TRAVESTISMO DE VALORES Y
POSVERDAD
Niceto Blázquez
Niceto Blázquez
El año 2016 la Orden de Predicadores celebró 800 años de
existencia histórica y en su escudo de identidad puede leerse esta leyenda:
VERITAS. La verdad. Por otra parte estábamos acostumbrados a oír en clave
evangélica que la Verdad nos hará libres y nos salvará. ¿Y qué es la verdad?
Fue la pregunta del tirano político Pilatos a Cristo y también de muchos
despistados de este mundo. Actualmente se tiene la impresión de que la verdad
ha perdido su protagonismo natural y que la mentira ha pasado de la oposición
al poder ejecutivo. Nunca antes se había dado este salto cuantitativo o
inversión de valores. No es que la verdad clásica haya sido ahora superada
resultando así otra verdad más convincente sobreañadida. La palabra Posverdad no se refiere a una presunta SUPERVERDAD
sino al asalto al poder político e intelectual de lo que siempre se llamó y se
seguirá llamando: mentiras y trapacerías para conseguir poder y atropellar
descarada e impunemente a quien se ponga por delante. Sólo unas breves
reflexiones de aperitivo sobre este curioso fenómeno de nuestro tiempo.
1.
Setecientos años antes de Cristo
El profeta Isaías, aproximadamente
siete siglos antes del nacimiento de Cristo, hizo una admonición alarmante a
los que pervierten los valores morales. Textualmente: “¡Ay de los que al mal
llaman bien, y al bien mal; que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas
luz; y dan lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo”! (Is 5,20). Por otra
parte, según el refranero popular español, aunque el mono se vista de seda, mono
se queda. La falsificación de los valores morales había sido una constante
histórica sin éxito hasta finales del siglo XIX. Pero en el siglo XX se
fortaleció y en el siglo XXI tiende a imponerse como ley de vida. Como si ahora
bastara que vistamos a los monos de seda para que dejen de ser monos. Se puso
de moda decir ingenuamente en el campo científico que el hombre procede del
mono pero, teniendo en cuenta la conducta de muchas personas, igualmente se
podría decir que es el mono el que procede del hombre.
La corrupción de los valores humanos
es como el deterioro de la fruta. Lo razonable es que tan pronto nos percatamos
de que hay alguna manzana podrida la retiremos del frutero para que no corrompa
a las demás. Pues bien, el travestismo de valores añade una novedad a la
corrupción de los mismos. Dicha novedad consiste en que, en lugar de sacar la
pieza podrida sustituyéndola con otra sana, se la recicla mental y legalmente
para ponerla de nuevo en el frutero, como si fuera de más calidad que antes de
su deterioro.
En La biotanasia o el reverso de la bioética (Burgos, 2011) analicé
algunos de esos valores humanos travestidos. Por ejemplo, el primado de la
libertad contra la vida; la manipulación de los sentimientos contra el uso de
la razón; el legalismo arbitrario disfrazado de ética responsable; la
procreación de laboratorio disfrazada de paternidad responsable. Pero durante
el 2016 cobró particular relevancia la celebración de lo falso y la mentira
contra los fueros naturales de la verdad, hasta el extremo de que el término
emblemático del año, elegido por el diccionario de Oxford fue: POSVERDAD. El
asunto no es baladí pero vayamos por partes.
2.
La celebración de lo falso y la mentira hasta el 2016
Terminada ya la segunda guerra
mundial, se produjo un fenómeno en la civilización occidental digno de ser
recordado. Los horrores de la guerra fueron el caldo de cultivo de una actitud
de reflexión responsable frente a los actos de inhumanidad que se habían
cometido durante la contienda bélica. Surgieron así personajes ilustres
comprometidos con los derechos humanos y un movimiento espiritual animado por
intelectuales de alta calidad, preocupados todos ellos por cuestiones de gran
calado relacionadas con Dios y la vida religiosa en su sentido humano más
genuino.
Pero igualmente surgieron
movimientos políticos y sociales liderados por personas vengativas, dispuestas
a resarcirse de formas diversas de los horrores de la guerra. La denominada
“guerra fría” entre el bloque comunista, liderado por la Unión Soviética, y el
bloque del mundo libre, liderado por los Estados Unidos de América, no
consistió sólo en la carrera armamentística para dominar al mundo por las
armas, sino también en la promoción de formas de conducta personales y sociales
degeneradas como los secuestros, la muerte del adversario político, el
terrorismo y los nacionalismos violentos, el consumo de drogas, la revolución
sexual, la revolución cultural en China, el capitalismo salvaje y la
prostitución, la experimentación salvaje con seres humanos, la legalización de
las prácticas abortivas, la eutanasia y la procreación humana asociada a las
prácticas veterinarias al margen del sexo natural y del amor personal.
Los grandes logros científicos en el
ámbito de la biotecnología y de las comunicaciones sociales fueron realmente
prodigiosos durante las últimas décadas pero al mismo tiempo se han utilizado
irresponsablemente contra el hombre. Se ha progresado mucho en ciencia y
tecnología pero no en sensibilidad humana, que,
por el contrario, ha ganado mucho terreno en favor de los animales. Hay
personas, por ejemplo, que pueden pasar fríamente de largo ante la necesidad de
una persona pero se vuelcan con todo su corazón ante las necesidades de un
animal doméstico o salvaje.
Reflexionando sobre este fenómeno
paradójico me parece oportuno hacer una matización importante sobre la
filosofía de fondo de la biotanasia,
tal como ha quedado descrita en mi obra antes mencionada. Me refiero a la
idealización primero y celebración actual de esas prácticas objetivamente
inhumanas, que han hecho posible la desviación de la bioética como obra de vida
hacia la biotanasia como obra de
muerte, como si ambas cosas fueran igualmente legítimas. Los medios de
comunicación, sobre todo los audiovisuales, cine, radio y televisión,
contribuyeron eficazmente a la idealización de formas personales y sociales de
conducta revolucionarias. La década de los años sesenta del siglo XX significó
un momento crítico de este fenómeno con la revolución sexual, los pronósticos
científicos y el desafío armamentístico entre la Unión Soviética y los Estado
Unidos. La revolución de los estudiantes de 1968 fue como el crisol de este
fenómeno mediante la alianza ideológica entre marxismo y freudismo llevada a
cabo por Herbert Marcuse y otros ideólogos estrellas del momento. Prensa,
radio, cine y televisión fueron los medios que protagonizaron la idealización
de la revolución cultural de valores puesta en marcha en aquella época.
Pero la idealización irresponsable
de formas irracionales de conducta no significaba necesariamente por aquellas
calendas la aprobación de las mismas. La espontaneidad sexual, las prácticas
abortivas, la eutanasia, el uso de la violencia como método políticamente
correcto, la investigación con seres humanos, la promoción de la prostitución
como servicio social y la simpatía creciente por los grupos terroristas hasta
convertirlos en héroes nacionales, eran formas de conducta que generaban
noticias del máximo impacto emocional o interés mediático, pero dejaban siempre
un margen razonable para rechazar su aceptación como buenas. Los medios de
comunicación social las idealizaban sin disimular su creciente simpatía por
ellas pero los receptores de los mensajes podían expresar también con plena
libertad su oposición con razones intelectuales sin ser molestados o
castigados. Al menos en el bloque del denominado “mundo libre” por relación al los países del “telón de
acero” y sus satélites donde la libertad de expresión pública no existía como
no fuera para cantar por la fuerza las presuntas glorias del partido comunista
reinante.
Ahora bien, ese periodo de
idealización con margen razonable para la crítica intelectual duró poco tiempo,
imponiéndose el criterio de lo “políticamente correcto” con lo cual se pasó de
la idealización y la tolerancia crítica a la celebración social de esas y otras
formas irracionales de conducta que han favorecido la consolidación de la biotanasia como una institución tan
digna socialmente de respeto como la bioética. Para entender el significado de
este paso de la idealización a la celebración de las prácticas biomédicas, que
se llevan a cabo actualmente en el contexto de la biotanasia, bastará recordar algunos ejemplos ilustrativos. Cuando
en julio de 1978 nació el primer ser humano como resultado de un programa de
fecundación in vitro, el
acontecimiento fue celebrado a bombo y platillo. Obviamente había razones para
ello, pero en los medios de comunicación se puso todo el énfasis en el hecho
científicamente consumado pasando por alto los puntos negros del proceso que
había conducido a aquel final. Había que celebrar el resultado final como si la
consumación del hecho fuera la razón legitimadora de todo el proceso.
La filosofía de fondo consistía en
que todo lo que técnicamente es factible es humanamente legítimo cuando nos lo
proponemos como objetivo a realizar. A partir de aquel momento las técnicas de
reproducción in vitro y otras asociadas o derivadas se desarrollaron sin
dificulta y se consolidó la mentalidad de que el fin de conseguir un hijo, aunque
esto lleve consigo el tráfico y muerte de fetos humanos y el olvido total de
los derechos del hijo llamado a nacer, está siempre justificado y debe recibir
el apoyo legal correspondiente en el contexto de los presuntos derechos de
reproducción. Primero se corrompió el verdadero concepto de paternidad
responsable y ahora se lo sanciona como derecho humano legalmente protegido,
como si el loable deseo de tener un hijo convirtiera automáticamente en buenos
a todos los medios utilizados para satisfacer ese deseo.
El caso de la legalización del
aborto en España fue un ejemplo patético pero altamente ilustrativo del
travestismo de valores que se ha llevado a cabo en el contexto de la
biotanasia. A finales de la segunda guerra mundial la legalización de las prácticas
abortivas se convirtió en un objetivo generalizado siguiendo el ejemplo del
socialismo sueco. Intelectuales, sociólogos, médicos y moralistas discutieron
por activa y por pasiva este proyecto. La legalización del aborto era uno de
los objetivos del humanismo socialista, pero al principio quienes no eran
favorables a ese proyecto inhumano podían expresar públicamente sus opiniones y
razones contra el mismo.
Aun los más cerriles e incivilizados
reconocían por lo menos el derecho a la objeción de conciencia por parte del
personal sanitario que se negara a llevar a cabo esas prácticas mortíferas.
Pero actualmente las cosas han cambiado mucho. Ya en la primera década del
siglo XXI, la equiparación legal de las uniones homosexuales con el matrimonio
natural, la legalización del aborto como un presunto derecho de cualquier mujer
en el contexto del derecho a la procreación humana, la equiparación de la
prostitución con los buenos servicios sociales, el trato de preferencia social
a los mayores ladrones y asesinos, todo esto y mucho más es celebrado y
recibido como un signo de progreso social.
Durante varias décadas de la segunda
mitad del siglo XX, insisto, esas y otras formas de conducta similares fueron
idealizadas, pero no aprobadas como si fueran formas de conducta recomendables.
Últimamente, sin embargo, esas mismas formas de conducta, otrora indeseables,
son celebradas como signos de progreso social y respeto de presuntos derechos
humanos. Pero esto no es todo. Quienes, por dignidad personal, sentido común y
uso correcto de la razón, no pueden comulgar con esas ruedas de molino, se
arriesgan a ser socialmente marginados y amenazados.
Las espantosas leyes abortistas
existentes en todo el mundo y su extensión imparable a la eutanasia, incluso de
los niños, son un ejemplo palpable de cómo se trata de presentar esas leyes
como un presunto derecho de las mujeres y de los enfermo hasta el punto de
obligar a su ejecución poniendo el acatamiento al criminal precepto legal por
encima incluso del derecho a la objeción
de conciencia. Es un caso elocuente en el que se ha podido apreciar un proceso
de idealización, corrupción, celebración e imposición de una ley que se
inscribe en el contexto de la corrupción y travestismo de valores humanos en el
campo de la biotanasia de Estado. La
inmensa mayoría de los medios de comunicación idealiza las prácticas de la
biotanasia de Estado y los cuerpos legislativos las “regulan”, es decir, las
protegen legalmente, fijando condiciones legales de lugar, tiempo y dinero para
ser puestas en práctica con seguridad e impunidad por parte de quienes piden
esos servicios y de quienes los prestan en nombre de la ley.
Pero ¿cómo se pudo llegar a estos
extremos?, se preguntan las personas sensatas y de buena voluntad. Después de
muchos años de estudio y experiencia profesional yo he llegado a la conclusión
de que uno de los factores decisivos que contribuyen a la corrupción de los
valores humanos primero, y a su presentación falsa y travestida después, es el
dinero. Cuando el dinero suena o se busca el poder, la sensatez y la sana razón
guardan silencio. En este contexto se entiende perfectamente que los
protagonistas del fenómeno descrito celebren actualmente el triunfo público de
lo falso y de la mentira con escarnio de la vida y de los sentimientos más
nobles de humanidad.
3.
La era de la posverdad
El término POSVERDAD se refiere a
circunstancias en las que los hechos objetivos son mucho menos influyentes en
la opinión pública que las emociones y las creencias personales. O lo que es
igual, un mundo en el cual la verdad no es considerada como un valor realmente
importante y relevante. El origen del término lo encuentran los analistas de
forma descarada en dos hechos políticos ocurridos en el 2016, cuales fueron el Brexit o salida del Reino Unido de la
Unión Europea, y la elección de Donald
Trump como Presidente de los EE.UU.
Según el Diccionario de Oxford, el
término posverdad se usó por primera
vez en un artículo de Steve Tesich publicado en 1992 en la revista The Nation, hablando de la primera
Guerra del Golfo. Tesich lamentaba ya entonces que “nosotros, como pueblo
libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en una especie de mundo de
la posverdad”, es decir, un mundo en el que la verdad ya no es importante ni
relevante.
Oxford cita también un artículo del Independent, publicado antes de las
elecciones estadounidenses del 2016 en el que se destacaba el hecho de que tras
las elecciones hemos pasado a vivir en la sociedad de la posverdad: “La verdad se ha devaluado tanto que ha pasado de ser el
ideal del debate político a una moneda sin valor”. Cita también un artículo del
The Economist, titulado El arte de la mentira, en el que se dice
que “Trump es el principal exponente de la política de la posverdad, que se basa en frases que se sienten como verdaderas,
pero que no tienen ninguna base real”.
Del análisis de los dos
acontecimientos políticos antes mencionados y otros anteriores similares, se
llegó a la triste conclusión de que la verdad se había devaluado ya tanto que
había dejado de ser el ideal del debate político para convertirse en una moneda
de cambio de escaso o nulo valor referencial. Se impuso así el arte de mentir
en base a que las afirmaciones políticas se sienten como verdaderas pero sin
base objetiva en la realidad.
En la discusión política no se tiene
en cuenta la realidad pura y dura, sino que se escogen unas ideas muy precisas
y luego se buscan argumentos con los cuales sostenerlas prescindiendo de la
verdad objetiva. Da igual que se hayan desmentido con anterioridad; una vez que
se dice algo, se mantiene lo dicho con descaro aunque sea falso. Y no es
cuestión de opiniones posibles y cambiables acerca de la realidad sino que
estos discursos se presentan como relatos de hechos acontecidos sin tener en
cuenta para nada si son o no son conformes con lo que realmente son las cosas y
los acontecimientos.
Desde mi infancia sentí
profundamente la necesidad de conocer la verdad de las cosas y de la vida
separada de las mentiras. Con estos sentimientos surgió en mí el amor incondicional a la verdad que
pude satisfacer después en la Orden de Predicadores, cuyo lema institucional es
Veritas, la verdad. Durante mi
carrera de profesor estudié apasionadamente como un peregrino de la verdad,
pensando en las necesidades básicas de mi inteligencia y de mis alumnos.
De joven estuve durante mucho tiempo
persuadido de que todo el mundo buscaba la verdad como yo, pero en los años
maduros llegué a la conclusión de que a mucha gente no le interesa la verdad
por sí misma, sino sólo en la medida en que resulte económicamente rentable.
Hay personas que ni siquiera quieren oír hablar de ella. En este curioso
contexto surgió una frase emblemática para distinguir entre lo políticamente
correcto o incorrecto. El significado práctico de la expresión, esto es o no
“políticamente correcto”, es que, tanto en el contexto político como en
cualquiera otro orden de la vida, el que sabe la verdad de algo debe callarse o
decir otra cosa hasta que se levante la censura. Miente, que algo queda. Este
viejo aforismo expresa muy bien la apología de la mentira como norma de vida.
Pues bien, de todo esto se ha pasado
a la así denominada pos-verdad, que, como queda dicho, es el vocablo consagrado por el
Diccionario de Oxford en el 2016, reconociendo oficialmente ese neologismo,
cuyo significado inicial es el que he descrito antes. Luego, recogiendo el
significado usual del mismo como imperio de la mentira sobre la verdad,
publiqué con carácter sentencioso en mi página de FB las siguientes líneas
críticas. ¿Quieres tener éxito social y admiradores? Habla mucho diciendo mentiras
grandes mentiras como si fueran verdades. ¿Quieres no tener amigos o perder los
que tienes? Habla poco y di la verdad.
A los pocos instantes la Fraternidad Laical Jordán de Sajonia (De
la Orden de Predicadores) a través de Carlos Cárdenas, publicó un mensaje de
respuesta con estas palabras. “El suscrito jordaniano cumple años también el 1
de octubre (como yo) y está de acuerdo con sus dos grandes preguntas y sus
respectivas respuestas, porque la verdad nos hace libres pero molesta a los que
no buscan la libertad. De todos modos hay que cultivar la amistad, aunque
alimentándola de verdades”.
Confieso que este comentario me alegró mucho y
me apresuré a responder con estas breves palabras improvisadas. “Totalmente de
acuerdo. De hecho yo he publicado un libro sobre la amistad donde expongo
también mi experiencia positiva de la misma como una especie de amor personal
que a largo plazo da frutos muchos y admirables. De acuerdo con mi experiencia,
la mentira tiene los pies muy cortos y sólo la verdad termina poniendo a cada
uno de nosotros en nuestro sitio, incluso con satisfacciones impensables, aún
cuando parezca que la mentira desplaza a la verdad, como indica el neologismo post-verdad. Al final la verdad termina
quedando siempre por encima de la mentira como los pies sobre el suelo que
pisamos”.
En febrero del 2017, la ilustre
periodista Ángela Vallvey (La Razón, 1/II/2017) publicó un breve artículo de
opinión sobre la verdad desplazada por la mentira, siempre dentro del campo
político, pero que me animó a seguir planificando un libro analizando el calado
humano y universal de este travestismo corrupto de la verdad en mentira, en
todos los órdenes de la vida. La mentira política, según esta ilustre analista,
suele ser efectiva a corto plazo. Es fruto de un estilo de vida expresado
mediante una retórica que de momento fascina a los frívolos, ingenuos e
ignorantes. Estos políticos se sirven de la retórica para disfrazar sus
“verdaderas” intenciones de poder sobre los demás. En este sentido la autora no
duda en afirmar lo siguiente:” El «problema de la verdad» no es un asunto nuevo
sino, obviamente, más viejo que el sol”. La novedad consiste en que ahora casi
nadie reclama el derecho a saber la verdad objetiva de las cosas y de los
acontecimientos, sino el presunto derecho a mentir.
Desde que existe la humanidad
existen la mentira en todos los órdenes de la vida, las patrañas y el engaño,
pero lo grave ahora es que todo eso se lo acepta más como un derecho humano
fundamental que como una equivocación o pecado contra la naturaleza humana. Así
las cosas, el silo XXI habría nacido, no
como un siglo de luces sino de oscuridades. La era de la pre-verdad habría
terminado para dar paso a la denominada era de la pos-verdad. Análogamente, habría terminado la era cristiana y
habría comenzado la era pos-cristiana.
El Diccionario de Oxford, como he
dicho antes, dedicó su palabra emblemática del año, posverdad, a Trump y al Brexit. Lo cual significa que en el debate
político lo importante no es la verdad, sino ganar la discusión y unas
elecciones políticas. El reino del algoritmo, de los automatismos y de la falta
de periodismo objetivo y verdadero abren el camino a la dictadura de la posverdad, un neologismo elegido, como
digo, por el diccionario Oxford como palabra emblemática del 2016, año
histórico del auge del populismo político. Su definición se adapta muy bien a
las falsedades con las que nace la primera presidencia viral: “Circunstancias
en las que los hechos objetivos son menos decisivos que las emociones o las
opiniones personales a la hora de crear opinión pública”.
Así las cosas, Amy B Wang, en 2016,
sentenció: “It's official: Truth is
dead”. Oficialmente, la verdad ha muerto. Las trapacerías y las mentiras
prefabricadas, los chismes y bulos, la manipulación de los datos informativos y
toda suerte de enredos caben en la posverdad.
El espíritu maquiavélico clásico (el fin justifica todos los medios) podría
formularse ahora así: la mentira justifica la conquista del poder, del
prestigio social y del dinero. No es que la mentira siga lógicamente a la verdad. El verdadero significado de la posverdad no es que la verdad deje de
ser un valor referencial prioritario para políticos y profesionales de la
información, sino que el lugar de la verdad ha sido ocupado por la mentira magistralmente prefabricada.
Ya no se trata de saber quién dice la verdad sino quién miente más y mejor para
que la mentira sea aceptada sumisamente como verdad. Ahora no es cuestión de
meter hábilmente gato por liebre, sino de hacernos comer carne corrupta de gato
descartando de buena gana la carne de liebre. Todo es cuestión de que los
cocineros sepan aliñar esa carne corrupta de la mentira con la salsa de la
verdad.
Partiendo siempre de que el término posverdad se ha acuñado principalmente
en el terreno de la política, con la complicidad de los medios informativos,
Ángela Vallvey hizo unas observaciones críticas en el artículo mencionado que
me parece oportuno recordar aquí. La mentira política, decía esta analista, es
la única que jamás ha precisado tener buena memoria ya que los políticos que
mienten declaran nobles principios que luego se apresuran a desmentir incluso
con sus actos inicuos. Por lo general y a corto plazo las cosas les suelen
salir bien según sus objetivos, gracias al uso que hacen de la retórica para
disfrazar sus «verdaderas» intenciones, a veces inconfesables.
Al filo de estas observaciones me
viene a la memoria un aforismo atribuido a S. Agustín, que yo no he encontrado
literalmente en sus escritos, pero que sí está en la línea de su
pensamiento por el significado del
mismo. Suena más o menos así: He conocido a muchos hombres que desean engañar a
los demás, pero ni uno sólo que desee ser engañado. San Agustín no tuvo empacho
en declarar que en su etapa de joven profesor de retórica enseñó esta
disciplina como un arte sofisticado para engañar a la audiencia, al estilo
clásico heredado de cínicos, sofistas y otras hierbas helénicas y romanas.
Luego cambió de tercio e hizo uso de su genialidad dialéctica para expresar la
verdad con el riesgo siempre de ser incomprendido y hasta vapuleado. Si el
Hiponense levantara hoy día la cabeza quedaría sorprendido al constatar que hay
mucha gente a la que no sólo no le interesa la verdad sino que se siente cómoda
en la mentira como el loro en la jaula engullendo pipas e insultando a sus
ingenuos admiradores.
El problema de la verdad es un
asunto tan viejo como la humanidad. Sin embargo resulta curioso que cuando
actualmente se reclaman nuevos derechos, a nadie se le ocurra exigir el derecho
a la verdad. Siempre es posible hacer manifestaciones reivindicando bienes
tangibles como vivienda, trabajo y tantos otros, o intangibles como son la
libertad, seguridad, las creencias
políticas o religiosas. Pero resulta muy raro que se reclame solemnemente el
derecho a la verdad. Aunque en ocasiones se haya podido pedir «el derecho a
saber» sobre algún asunto más o menos controvertido, la pretensión de la verdad
como derecho fundamental de orden político, observa esta analista, no se suele
explicitar legalmente en las Cartas Magnas de los Estados.
Las mentiras de los políticos causan
indignación, sobre todo cuando se trata de asuntos de dinero. Pero no es fácil
encontrar personas descontentas porque no se hable del derecho a la verdad por
sí misma. Al contrario, de acuerdo con el concepto expuesto de posverdad, los ciudadanos desean
conquistar el derecho a la mentira, olvidándose cada vez más de su derecho a la
verdad. Según Ángela Vallvey: “Así concluye la era de la «preverdad»: sabiendo
que, en todo caso, el imperio de la verdad nunca ha existido, ni existirá. Sí
hubo un siglo denominado de “las luces,” pero ahora se tiene la impresión de
que el siglo XXI podría muy bien pasar a la historia como el siglo de las
sombras en la medida en que las mentiras socialmente aceptadas terminen
usurpando los derechos de la verdad en todos los sectores de la vida”.
4.
Crisis de la verdad informativa
Corría el año 2002 cuando yo me
encontraba haciendo frente al declive de la verdad en el terreno de la comunicación
social con la publicación de mi obra titulada La nueva ética en los medios de comunicación. Problemas y dilemas de
los informadores. La depreciación de la verdad como valor humano de primera
línea, junto con la vida, la libertad de expresión y el amor personal, era
acusadísima y por ello no dudé en dedicar al problema tres extensos capítulos
buscando la justificación racional de la profesión periodística. Por aquellos
años de infancia del siglo XXI se hablaba sobre la naturaleza de la verdad, la
posibilidad de hallarla en caso de que existiera y sus características
subjetivas. A lo largo y tendido de la historia de la filosofía se había
hablado de ella como un asunto de vida o muerte, pero sin haber llegado jamás a
dudar en el ámbito de la civilización occidental del señorío de la verdad sobre
la falsedad y las mentiras institucionalizadas al modo como se hace en la era
de la posverdad.
La mentira, las falsedades, los
enredos y las trapacerías humanas gozaron siempre de buena salud, pero no se aceptaba
que los fabricantes de noticias falsas fueran gente honrada. En este contexto
social decía yo en la obra citada que la crisis de la verdad en materia de
información no era el reflejo inevitable de su desprestigio en el campo de la
reflexión filosófica frente a la realidad misma de la vida. Ya por aquella
época denunciaba yo el protagonismo alarmante de la voluntad sobre la
inteligencia y de la libertad individual sobre la verdad y la vida.
En el contexto cultural occidental
se siente, se desea y se quiere algo cada vez más abiertamente al margen de la
razón y del pensamiento reflexivo responsable. La voluntad va directamente a
las cosas sin pasarlas por el filtro de la razón, la cual se usa sólo para
legitimar los objetivos de la voluntad por más que ellos sean
objetivamente injustos o irracionales.
La cultura deviene así voluntarista, fuera de razón y libertaria en el sentido
más peyorativo de la palabra. No se admite otra verdad que la derivada de la
satisfacción puntual de deseos químicamente puros, es decir, de logros de la
voluntad obtenidos al margen del filtro de la razón, cuyo objeto propio es
justamente la verdad. La buena literatura, como el Quijote, expresa grandes
verdades utilizando historias inventadas con base en la realidad de la vida.
Pero existe hoy día también un
incremento alarmante de literatura periodística y de propaganda comercial
socialmente aceptada como cosa normal
mediante la cual incluso cuando están diciendo la verdad sobre algo nos están
engañando. Baste recordar como botón de muestra la información que se recibía
de los sucesos reales en los tabloides. Pero la cosa ha ido a más y peor. En
este sentido, las noticias falsas de Facebook, por ejemplo, han significado un
paso gigante y decisivo: de mentir con verdades se ha pasado a mentir
directamente emitiendo las mentiras muy bien fabricadas, lo mismo a cara
descubierta que subliminalmente. Así las cosas, me parece muy oportuno traer a
colación los análisis de un conocido experto en la materia en el contexto de la
información periodística.
5.
El arte de la manipulación masiva
Lo que digo en este apartado viene a
completar y actualizar lo que ya dije y dicho queda sobre el maquiavelismo
informativo y el fantasma de la manipulación informativa en La nueva ética en los medios de comunicación
(Madrid 2002). Para ello
Me es
grato evocar aquí algunas reflexiones del conocido e ilustre analista Alex
Grijelmo, aparecidas en el 2017, en el contexto ya de la posverdad.
Para este analista la era de la posverdad es la era por antonomasia
del engaño y de la mentira, que, como he
dicho y repetido, es tan vieja como la humanidad. Pero hay una novedad muy
importante y preocupante que se asocia a ese neologismo. Esta novedad consiste en la “masificación de las creencias falsas y
en la facilidad para que los bulos prosperen”. ¿Pero cómo conseguir que los
bulos y las trapacerías prosperen? Tan
sencillo como esto. La mentira debe tener un alto porcentaje de verdad para que
resulte creíble. Por lo mismo, la mentira alcanzará mayor eficacia aún si está
psicológicamente aliñada al cien por cien por alguna verdad. Algo así como un
paquete informativo cuyo envoltorio es una verdad y el contenido del mismo una
mentira. ¿Una contradicción? Eso es lo que puede parecernos razonablemente hablando
pero psicológicamente está funcionando muy eficazmente para fines inconfesables
y descarados.
Por una parte, en el primer cuarto
del siglo XXI todo se puede técnicamente verificar sin grande dificultad y de
ahí que no resulte fácil mentir sin ser puestos en evidencia. Pero eso de que
“miente que algo queda” tiene un éxito desconcertante a despecho de los
controles posibles de la mentira. Los dos factores principales que salvan la
mentira de los controles son psicológicos: la insistencia en la aseveración
falsa, pese a los desmentidos que puedan producirse, y la descalificación
personal de quienes intentan contradecir o poner en evidencia a la mentira. Si
a esto añadimos que los informadores serios y objetivos son suplantados por los
agentes desvergonzados de la mentira y el engaño, el resultado final es que los
agentes sociales de la comunicación se adueñan de las masas convenciéndolas de
que lo blanco es negro y lo negro blanco.
Como es sabido, actualmente existen
tecnologías sofisticadísimas que permiten manipular digitalmente sin dificultad
cualquier documento escrito o en imagen. Lo cual permite presentar fácilmente
como sospechosos o calumniadores a aquellos que se atreven a desmontar con
razones y datos objetivos las mentiras. Con el agravante de que la amenaza
económica está siempre en alto sobre la cabeza de esos informadores verídicos y
objetivos.
A pesar de todo, sabemos por
experiencia que la mentira es siempre muy arriesgada, y requiere también de
medios económicos y estructurales potentes para sostenerse. De ahí también la
opción de muchos informadores por las técnicas de silenciamiento. Se emite una
parte verificable del mensaje pero omitiendo igualmente la parte de verdad del
mismo. Algunos de los ejemplos más estudiados y conocidos por los expertos en
esta materia son los siguientes.
La
insinuación. No se ofrecen datos falsos a cara descubierta, simplemente son
sugeridos, pero las conclusiones que inevitablemente se extraen de ellas llegan
mucho más lejos. La principal técnica de la insinuación en los medios
informativos parte de las yuxtaposiciones,
que consisten en decir una idea situada junto a otra sin que se explicite
relación sintáctica o semántica alguna entre ambas.
La
presuposición y el sobrentendido. Presuposición y el sobrentendido
comparten algunos rasgos, y se basan en dar algo por supuesto sin cuestionarlo.
Alex Grijelmo pone el siguiente ejemplo práctico. “Por ejemplo, en el conflicto
catalán se ha extendido la presuposición de que votar es siempre bueno. Sin
embargo, esa afirmación no puede ser universal, puesto que no se aceptaría que
el Gobierno español quisiera poner las urnas para que sus ciudadanos votasen si
desean o no la esclavitud. Sólo el hecho de admitir esa posibilidad ya sería
inconstitucional, por mucho que la respuesta se esperase negativa. Primero
habría que modificar la Constitución para permitir la esclavitud, y luego ya se
podría votar al respecto. Por tanto, se ha creado una presuposición según la
cual el hecho de votar es siempre bueno, cuando la validez de una consulta va
ligada a la legitimidad y a la legalidad democrática de lo que se somete a
votación”.
A este ejemplo yo añadiría que tanto los
macro-nacionalismos, como los micro-nacionalismos de cuño vasco o catalán en
España, son un semillero de mentiras y engaños al por mayor que terminan
atemorizando a las personas más honestas y excitando violentamente las
psicopatías de los menos razonables. Otra técnica muy utilizada consiste en la eliminación deliberada del contexto en
que se producen los acontecimientos informativos. La falta del contexto
adecuado manipula y falsea lo hechos. Por otra parte no siempre los agentes de
la posverdad disponen de hechos
relevantes por los cuales atacar a sus adversarios. En esos casos invierten la relevancia de los hechos
dando importancia a los que no la tienen y marginando los que realmente son
importantes.
El analista Juan Soto Ivars (Arden
las redes, 2017) ha acuñado en el contexto de la posverdad el concepto de poscensura. Según él, en este nuevo
mundo de la poscensura, quienes se
manifiestan al margen de la tesis dominante se exponen a recibir una
descalificación personal ofensiva que actúa como aviso para los demás colegas.
La novedad consiste en que en estos casos la censura ya no la ejercen, como
tradicionalmente ocurría, el Gobierno o el poder económico, sino grupos de
miles de ciudadanos que no toleran una idea discrepante, que se realimentan
entre sí, y que son capaces de linchar a quien atente contra lo que ellos
consideran incontrovertible y que ejercen su papel de turbamulta incluso sin
saber bien qué están criticando. Soto Ivars detalla algunos casos espeluznantes
para ilustrar esta constatación.
Nos hallamos ante una Inquisición
popular en toda regla que contribuye a formar una espiral del silencio que
acaba creando una apariencia de realidad y de mayoría cuyo fin consiste en
expulsar del debate a las posiciones minoritarias. En ese proceso, insiste nuestro analista, “la gente se da cuenta
pronto de que es arriesgado sostener algunas opiniones, y desiste de
defenderlas para mayor gloria de la posverdad, la posmentira y la poscensura
(Álex Grijelmo: La información del
silencio. Cómo se miente contando hechos verdaderos).
6. Actitudes ante la verdad en el ámbito
informativo
En las vísperas de la proclamación
solemne de la posverdad, afirmando la
preferencia institucionalizada de las mentiras presentadas como verdades, hacía
yo el análisis siguiente de la cuestión. La estimación de que no es posible
encontrar algo a lo cual llamar verdad
informativa cunde por doquier entre los profesionales de la información. Se
habla hasta la saciedad de noticias exactas o inexactas, de veracidad, de no
distorsionar la información, de renunciar a la llamada objetividad informativa,
y a la presunción de establecer fronteras entre la verdad y la falsedad como si
existiera alguna posibilidad de discernir satisfactoriamente entre lo verdadero
y lo falso en materia de información. Los falsos valores prenden como fuego en
estopa ocupando buena parte de los contenidos vertidos en los medios de
comunicación. Frente a la verdad considerada como valor humano de referencia
fundamental, los emisores se mueven frecuentemente en un océano de incredulidad
cuando realizan sus servicios informativos, convencidos de que no es posible
ofrecer un servicio público satisfactorio en términos de verdad desnuda.
Como alternativa a esta actitud
escéptica ante la verdad cobró vigor la teoría denominada “construcción de la
realidad”. O sea, cómo prefabricar la opinión pública mediante la instrumentalización
de los medios de comunicación social con el apoyo de los monopolios hegemónicos
de los mass media a escala
planetaria. El solo oír la palabra verdad provoca malestar y pone en guardia a
muchos profesionales de la información social hasta el punto de sentirse
emocionalmente turbados. Entre los técnicos y tecnócratas de la comunicación,
lo más frecuente es que ni siquiera se nombre esa palabra, que ha sido
condenada al olvido incluso en diccionarios de la comunicación. En este
contexto el desarrollo sorprendente de las técnicas de creación y manipulación
de imágenes ha favorecido el relativismo más absurdo acerca de la verdad
informativa. En tiempos pasados la fotografía, por ejemplo, era considerada
como un aval seguro de información. Actualmente, por el contrario, las imágenes
pueden ser fabricadas y utilizadas para disfrazar la realidad hasta extremos
casi inimaginables. Para creer en la verdad de una fotografía conseguida con
técnicas avanzadas hay que pensarlo dos veces para no caer ingenuamente en la
trampa visual.
Algunos analistas de este fenómeno
informativo confiesan abiertamente su pesimismo acerca de la verdad informativa
tal como es servida por los emisores personales y empresariales. Sus
condicionamientos culturales, ideológicos, legales, técnicos, políticos y
económicos son tales que la verdad informativa, en el mejor de los casos, sólo
alcanza el rango de conocimiento aproximativo de la realidad más fugaz y
efímera, como es la información de actualidad. Por otra parte no hay que
olvidar los intentos surgidos de borrar de la memoria histórica unos hechos
para ensalzar otros con sentimientos de venganza por injusticias reales,
exageradas o inventadas, que presuntamente tuvieron lugar en el pasado.
Por estas y otras razones comprensibles,
algunos analistas están convencidos de que, en términos generales, el público
cree muy poco o nada en la objetividad de la prensa escrita, menos aún de la
televisión y de Internet. Y sin embargo, mucha de esa gente incrédula está
permanentemente pegada a Internet en todas sus manifestaciones multiplicadas
con los maravillosos teléfonos celulares de última hora. Pero esta paradoja
incrementa la gravedad del caso. Mucha gente no cree en el bombardeo permanente
de esos mensajes cocinados en las computadoras, pero no puede desengancharse de
ellos. Saben que están viviendo en un mundo falso pero son incapaces de salir
de él como no sea de forma violenta o por la tangente. Al perder la inteligencia el control de la
verdad, resulta psicológicamente muy difícil creer en ella y la mentira
aprovecha la ocasión para ocupar el puesto de la verdad.
En este contexto un colega mío
universitario llegó a escribir estas palabras: “Me atrevo a afirmar que
constituye un sinsentido hablar de verdad
informativa y que supone una pura utopía la expresión objetividad informativa. Y un poco más adelante: “La
verdad es y será siempre para el hombre un ideal a perseguir y no un objetivo
conquistable; y la objetividad, más que un hallazgo humano, es la fría
realidad de las cosas en sí mismas, que
fue denominada por Kant como noúmeno
o lo en sí”.
De estas expresiones acerca de la
verdad informativa a la posverdad
sólo había un paso. Sólo faltaba dejar de pensar en las dificultades sobre el
conocimiento de la verdad y proclamar a bombo y platillo el triunfo de las
trapacerías y las mentiras prefabricadas para el consumo de ignorantes,
ingenuos e irresponsables. Pero esta proclamación se produjo pocos años después
en el 2016. Mientras tanto el lugar de la verdad fue ocupado por la veracidad. A los informadores se les
pedía que sean veraces, o sea, que digan al público lo que realmente piensan,
sin tener en cuenta si eso que dicen es verdadero o falso. La veracidad se
refiere a la coherencia con uno mismo, para no engañar a los demás, y no a la
objetividad o verdad real de lo que se dice. A los informadores se les exigía
que sean subjetivamente verídicos pero no objetivos y verdaderos.
Como respuesta a esta patética
situación, previa a la proclamación de la posverdad,
dediqué los capítulos X y XI de mi obra citada a recordar el legado histórico
de los griegos acerca de la verdad, la forma de entender la verdad en la Biblia
y en la patrística occidental con particular énfasis en el tratado De veritate de san Anselmo de Aosta,
para rematar la faena con el análisis ontológico de la verdad en santo Tomás de
Aquino, que se convirtió en un referente indispensable para entender las
diversas formas de tratar el tema de la verdad en la civilización occidental
hasta nuestros días.
7.
Tomás de Aquino contra la bacteria de la posverdad
En el pensamiento occidental Tomás
de Aquino significó la culminación histórica de la tradición bíblica, griega,
patrística y árabe de la verdad. Se puede decir sin exagerar que después de la
reflexión metafísica tomasiana sobre la verdad poco se ha progresado. Se ha
profundizado en la psicología del fenómeno del conocimiento humano, pero el
problema metafísico de fondo sigue condicionado por la formulación tomasiana
del mismo. De ahí que, siendo la verdad objeto de tanta polémica en el campo de
la información, resulte casi indispensable esclarecer el pensamiento tomasiano
sobre el problema. De hecho, la polémica en torno a la verdad, la objetividad y
la veracidad informativa gira toda en torno a los conceptos de verdad,
falsedad, veracidad y mentira sistematizados y transmitidos por el Aquinate.
Es obvio que Tomás de Aquino no
pensó para nada en lo que nosotros llamamos actualmente “verdad informativa”.
Pero si se admite, como de hecho sucede, que la verdad informativa es la verdad
en cuanto conocida por los sujetos receptores a través de los medios modernos
de comunicación social, estamos reconociendo el significado nuclear del
concepto de verdad como paradigma de fundamentación racional de la información
y necesaria relación con el proceso cognoscitivo de los receptores. En la obra
citada expuse el pensamiento de Tomás de Aquino sobre la verdad con vistas a la
legitimación racional de la existencia de profesiones consagradas a la
información social. Cabe decir en sentido metafórico que la verdad buscada y
estudiada por el Aquinate es el antibiótico intelectualmente más eficaz contra
la bacteria mortífera de la posverdad,
tal como queda descrita en sus rasgos esenciales. Pero también, según el
Aquinate, el tema de la verdad es un asunto de mucha envergadura.
Nada más fácil y al mismo tiempo más
difícil de tratar, dice Tomás de Aquino (II
Met., 993 a 30) que el tema o teoría de la verdad. Fácil, porque no hay
persona normal y sensata que no pueda decir algo sobre la verdad. Por instinto
natural tenemos el convencimiento de que estamos dotados de facultades para
conocer y que, aunque sea poco, algo conocemos de la realidad de las cosas y de
la vida en la medida en que nos servimos correctamente de nuestras facultades
cognoscitivas. Por otra parte, en el lenguaje corriente hablamos de personas verdaderas o veraces. Con ello queremos decir que se comportan de forma auténtica y no fingida por cuanto
conforman su conducta a principios básicos de de vida privada o profesional. En
este sentido podemos oír frases como estas: “Es todo un hombre o una mujer”. O
“es un auténtico profesional”, por ejemplo, médico, sabio, pensador y así
sucesivamente. Se habla también de palabras verdaderas
y verídicas en cuanto que estas son signos que nos desvelan el ser real de las
cosas y de los acontecimientos. Se dice así de alguien que “tiene palabras de
verdad”.
El término verdad juega un papel
decisivo en la vida humana en el mismo plano que la vida, el amor, la mentira,
la justicia o la injusticia. Vaciar de significado real a estos términos
equivaldría a negar de raíz la validez misma del lenguaje humano como medio de
comunicación social. Por eso se dice que el hombre es un ser naturalmente
hambriento de verdad, de lo cual es un buen testimonio el progreso de las
ciencias y de la cultura en general. Las especulaciones filosóficas mal
llevadas pueden oscurecer el sentido de la verdad, pero esto sólo significa que
la verdad es inseparable de la realidad y de la necesidad natural de hacerla
nuestra mediante el conocimiento.
Por otra parte, sin embargo, la
teoría de la verdad resulta muy difícil de digerir. El Aquinate afirmó
rotundamente que la verdad es muy difícil de conocer tanto por la complejidad
de la misma y los fallos de la realidad como por las limitaciones específicas
del entendimiento humano. El deseo natural de conocer la verdad lleva consigo
un esfuerzo enorme para obtener resultados muy modestos, incluso en los tiempos
actuales de gran progreso tecnológico. Son relativamente pocos los hombres o
mujeres que llegan a un conocimiento profundo y verdadero de las cosas, y ello
después de muchos esfuerzos y con mezcla de errores.
Por un lado, el hombre necesita
encontrar una respuesta satisfactoria al problema de la verdad. Por otro, la
realidad, que es compleja y difícil de controlar por parte del entendimiento
humano, sometido a duras pruebas subjetivas y limitaciones naturales. Esto
explica los avatares históricos por los que ha tenido que pasar esta cuestión,
como demuestra la historia del pensamiento. Tomás de Aquino abordó la cuestión
con impresionante realismo y nos ofreció, en mi opinión, la respuesta
filosófica probablemente más sensata y equilibrada del pensamiento occidental.
Con esta convicción dediqué
monográficamente los capítulos XI y XII de la obra antes citada a examinar el
análisis que hizo Tomás de Aquino del fenómeno de la verdad con vistas a la
aplicación de sus resultados a la denominada verdad informativa en particular. Cuando yo realicé este estudio no
se conocía todavía el término posverdad
que, como queda dicho, se divulgó a bombo y platillo durante el año 2016. Sin
olvidar que la proclamación de la mentira para reemplazar oficialmente a la
verdad, tuvo lugar gracias a la complicidad tramposa de los poderes políticos y
los medios de comunicación social más destacados del momento. Nada nuevo pues,
dirán algunos, dado que esa complicidad malsana existió siempre. Pero la
novedad no está ahí ya que esa complicidad nunca había sido reconocida antes
como algo bueno y deseable. La novedad ha consistido en que se ha dado un salto
a traición de la verdad deseada a la mentira políticamente correcta y
socialmente asumida.
Así las cosas cabe hacer estas
preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Muera la
verdad y la mentira al poder? Yo pienso que la verdad seguirá siendo la roca
segura de los poderes legítimos y de los profesionales de la información más
responsables. La verdad seguirá siendo el producto más cotizado de la
inteligencia humana y la mentira el más despreciable de la voluntad. En este
sentido no dudo en recomendar el estudio de la verdad para lo cual Tomás de
Aquino puede ser una guía intelectual nada despreciable. Metafóricamente
hablando la posverdad es comparable a
una bacteria intelectual, cuya destrucción sólo es posible aplicando la
convicción de que la verdad es la adecuación mental y sensible a la realidad
desde cualquier punto de vista que se la contemple. Pero la comprensión de lo
que termino de decir tropieza con la existencia de personas fuera de los
parámetros de la normalidad y con las cuales cualquier discurso razonable está
condenado al fracaso.
En este contexto de la posverdad cabe preguntar muchas veces si
sus agentes, sobre todo políticos fanáticos y muchos otros que podemos
encontrar en cualquier profesión y vuelta de la esquina, son gente que está
loca o simplemente es mala. Afortunadamente contamos ya con una ayuda valiosa para
poder contestar en alguna medida a esta pregunta y poder actuar después en
consecuencia en nuestras relaciones profesionales y familiares con estas
personas. A los expertos en cuestiones de este jaez les son familiares los
nombres de psicólogos y psiquiatras como Scott Peeck, Robert Hare, Patrick
Carnes, José Luis Conde o Iñaqui Piñuel, entre otros muchos.
8.
De locos, delincuentes y psicópatas
integrados
En el primer cuarto del siglo XXI
algunos analistas de la psicología humana de muchas personas casadas destacaron
la triste figura de los denominados psicópatas integrados. Pero no siempre
resulta fácil distinguir entre psicópatas integrados y malvados maquiavélicos
redomados. En ambos casos el depredador de vidas ajenas utiliza técnicas
iguales o muy parecidas para manipular a sus víctimas sentimentales o
profesionales con vistas a sacar el mayor rendimiento egoísta de ellas. Pero
hay una diferencia importante entre ambos personajes.
Hay psicópatas que necesitan ser
internados en centros siquiátricos. Hay otros que pueden hacer vida
relativamente normal en la vida social ordinaria sin crear más problemas que
los inevitables de cualquiera otro enfermo bien atendido. Pero hay psicópatas
solapados en todas partes que hacen incluso cosas hermosas dignas de admiración
pública al tiempo que en sus vidas privadas son refinados tiranos de sus
subordinados sociales y cónyuges. Estos son los más peligrosos porque gozan de
un estatuto socialmente reconocido como líderes sociales, maridos o esposas. La
gran diferencia entre este tipo de personalidades consiste en que el psicópata
se comporta de mala manera con sus subordinados o su cónyuge, sin libertad
psicológica ni sentido de responsabilidad, como un niño caprichoso y egoísta
con el que todavía no se puede razonar. Lo que él hace o desea es siempre bueno
y lo que hacen o desean los demás es interpretado compulsivamente en daño suyo.
Lo que ocurre es que el niño evoluciona en su proceso de maduración hacia el
uso libre y correcto de la razón con sentido de responsabilidad y de
culpabilidad.
Tratándose de psicópatas integrados,
en cambio, el uso retorcido de la razón y la
ausencia de sentido de responsabilidad por el mal que causan a los demás
se agrava con la edad en lugar de mejorar su calidad humana. De ahí la
necesidad de mantener distancias prudenciales con estas personas para no caer
en sus redes del victimismo como estrategia para seguir ellos destrozando la
personalidad de quienes les son más cercanos, como pueden ser el cónyuge
respectivo o sus subordinados sociales. El trato aconsejable que se ha de dar a
estas sanguijuelas psicológicas, dotadas casi siempre de una personalidad
relevante, ha de ser prioritariamente el que corresponde a un tipo de enfermos
psíquicos y no al perverso moral propiamente dicho. Nos encontramos siempre
ante una disfunción psicológica de andar por casa y no para estar en el
manicomio o en la cárcel.
El malhechor o malvado integral,
como es el maquiavélico o el mafioso en su estado puro, goza de libertad para
hacer el bien o el mal a otros y elije esto último sin perder el sentimiento de
culpabilidad, aunque lo disimule. De ahí que mientras no se deterioren sus
facultades mentales, cabe siempre la posibilidad de que su conciencia moral le
ajuste las cuentas y paradójicamente cambie su forma de conducta volviendo al
buen camino. No es una sinrazón decir
que del psicópata depredador integrado no hay nada que esperar satisfactorio.
El psicópata integral de andar por casa como tal no puede ser un arrepentido
por la simple razón de que está
fatalmente determinado por la estructura psicótica de su personalidad.
El malvado maquiavélico, lo mismo que el
mafioso, en cambio, no pierde el sentido de culpabilidad y de ahí que le quede
siempre un espacio psicológico para el cambio de vida y la conversión. El que
es psicópata lo es, como el tonto psicológico, de por vida, mientras que del
malo sin más, como del mafioso, siempre queda alguna esperanza de que la mala
conciencia le pase factura y saque consecuencias positivas para él y para aquellas
personas que estuvieron bajo su diabólico dominio.
Con estos patrones de personas
resulta muy difícil, si no imposible, razonar correctamente y de ahí que lo más
indicado en estos casos, para asegurar un mínimo de convivencia pacífica con
ellas, sea mantener una distancia respetuosa como estrategia de defensa contra sus razonamientos
distorsionados y actitudes psicológicamente depredadoras. El psicópata
integrado en la vida social y familiar tiene mucho que ver con los “locos
sueltos” o “locos de atar”, que nos pueden salir al paso en cualquier esquina,
rincón del despacho de trabajo y en la vida familiar. También el dicho popular
de que “en cualquier familia hay alguna cabra coja” es una forma espontánea de
definir en términos genéricos el perfil de personalidad de esos que los
modernos psiquiatras denominan psicópatas
integrados y que en era de la posverdad
todos ellos tienen el terreno abonado para dar sus frutos de mentiras,
engaños y formas de razonar extravagantes e irracionales.
El fenómeno ocurrido en EE. UU con
la elección presidencial de Donald Trump y el Brexit en el Reino Unido corrió
políticamente como alma que lleva el diablo, pero no hay que olvidar que el
proceso de la posverdad venía de lejos. En España, por ejemplo, los líderes políticos
del nacionalismo vasco y catalán se habían adelantado con ventaja desde el
adoctrinamiento prematuro en las icastolas y el espejismo subliminal de la
inmersión lingüística por decreto. Todo lo demás fue llegando como cabía
esperar y muchos no supieron o no quisieron prevenir.
En el momento de redactar estas
líneas existen ya análisis minuciosos del manejo institucionalizado de la posverdad como método político para
envenenar los sentimientos nacionalistas más auténticos y dignos de todo
respeto. El arte de decir mentiras para que sean aceptadas por las masas
ingenuas como grandes verdades, en función de intereses fuera de razón, lo
practican los líderes nacionalistas irresponsables con gran maestría. ¿Están
locos? ¿Son malas personas o simplemente psicópatas integrados? Yo estoy
convencido de que hay de todo un poco, pero prefiero que lo digan los
psiquiatras, como ya lo están haciendo, empezando por Donal Turmp, pero con
esta matización.
Tengo la impresión de que fuera del
campo de la política abundan más los psicópatas integrados que los malos,
delincuentes responsables de calabozo o
locos de atar. En el campo de la política, en cambio, las cosas se complican
más porque hay que contar también con la configuración maquiavélica y mafiosa
de la personalidad de muchos de ellos. Con esta matización devuelvo la palabra
a los psiquiatras antes mencionados para escuchar ahora a Rafael Latorre,
cuando analizó como noticia de gran actualidad cómo se fue instalando en
Cataluña la posverdad con la
aceleración descarada de bulos e informaciones falsificadas. Sólo algunos
ejemplos emblemáticos como botones de muestra.
Manipulación de las palabras del
Presidente de la Unión Europea Juncker desautorizando el proceso
independentista catalán del 2017. Hablar de un presunto respaldo supranacional
inexistente. Tratar de convencer a los catalanes de que la ONU exime a los
catalanes del cumplimiento de las leyes españolas contenidas en la
Constitución. Algo así como convencerles de que tienen derecho al autoengaño. Calificar
las medidas normales de control y vigilancia de cualquier Estado de Derecho
moderno civilizado como represión española de los derechos de los catalanes.
Como respuesta a las grandes corrupciones financieras por parte de algunos
políticos catalanes de primera línea y la imposición injusta de multas e
impuestos arbitrarios, los líderes independentista de la posverdad catalana levantan la voz para decir que “nos roban
mucho”. Con la independencia se acabarían todos los robos, internos y externos.
Se dice que el acuñador responsable de este mágico slogan, España nos roba, fue Alfons López Tena.
Rafael Latorre termina su análisis
con estas palabras: “Pero sería exagerado decir que el Espanya ens roba es
la mentira fundacional de la tupida red de mentiras que sostiene el
argumentario del procés. Hay una mentira implícita, que podríamos
llamar nuclear porque está en el centro mismo del discurso independentista, y
que es mucho más peligrosa que el resto por cuanto es una mentira que puede
convertirse en verdad. Es aquella que dice que
no podemos vivir juntos. La célebre profecía autocumplida -una mentira que
termina por convertirse en verdad- con la que todo nacionalismo excluyente
trata de acabar con la convivencia (El Mundo 17/IX/2017).
De lo dicho cabe concluir que, de acuerdo
con los postulados del buen uso de la razón, los científicos deberían estar
siempre abiertos a la reflexión filosófica sin limitarse a descuartizar y
analizar la materia; los filósofos deberían estar abiertos a la trascendencia sin
perder el tiempo en disquisiciones teóricas meramente conceptuales e
ideologías, y los teólogos deberían aprender a reflexionar correctamente sobre
los datos de la fe revelada, desde la razón filosófica y teológica, teniendo
siempre en cuenta los datos obtenidos
por la ciencia. La teología sin ciencia es tuerta y la ciencia sin teología
está coja. Todos tenemos necesidad de aprender a razonar correctamente para
encontrar el sentido a la existencia humana.
Contra los abusos de la ciencia, de
la razón y de la fe (cienticismo, racionalismo, fideísmo) cabe siempre la
alternativa de la razonabilidad en
nuestras formas de sentir, creer, pensar y de comportarnos como seres libres y
responsables ante la vida. Y, por supuesto, sin perder nunca el sentido común
entendido como olfato natural para discernir entre lo verdadero y lo falso, lo
bueno y lo malo, sin dejarnos engañar por falsos razonamientos intoxicados por
los virus contaminantes del lenguaje y de las pasiones humanas.
De acuerdo con la experiencia más
castiza de la vida, para llevar una vida feliz no basta sentir, hay que rumiar
los sentimientos y las emociones con el pensamiento. Tampoco basta pensar sino
que hay que digerir lo pensado, razonando. Pero tampoco basta razonar. Hay que
digerir los pensamientos razonando correctamente. Por último, no basta razonar
bien. A las buenas razones hay que añadir la salsa del amor. Es cierto que se
puede vivir en este mundo sin usar la razón, usándola incorrectamente y hasta
de forma perversa. Igualmente se
puede vivir sin amar maltratando y hasta
odiando a nuestros semejantes. Por desgracia hay mucha gente que ha vivido o
vive así.
Pero es prácticamente imposible ser
realmente felices al margen del buen uso de la razón y del amor. Los buenos
razonamientos son indispensables pero no suficientes para hacernos felices a
las personas. Sin la salsa del amor: la inteligencia nos hace perversos y la
justicia implacables; la riqueza nos hace avaros y la pobreza orgullosos y
vengativos; la diplomacia nos hace hipócritas y la política drogatas del poder
y egoístas; el éxito nos hace arrogantes
y la belleza, ridículos; la autoridad nos convierte en tiranos y las
leyes y el trabajo nos convierten en esclavos; la oración nos hace
introvertidos, la religión nos hace fanáticos y el sufrimiento, aunque sea
pequeño, se convierte en tortura.
Yo entiendo que estas convicciones
choquen frontalmente con los sentimientos y actitudes dominantes en la rampante
era de la posverdad, presidida por la
mentira políticamente institucionalizada. Pero la vida humana es muy breve y
las mentiras con las que muchos agentes del poder tratan de infectar
descaradamente a las personas ingenuas, honestas e indefensas, tienen los pies
muy cortos. La verdad y el bien terminarán siempre ganando esta batalla
aparentemente perdida de la verdad. Veritas
salvabit vos. Y si a la verdad se añade el amor personal, que es el único verdadero, y no otras hierbas que
encontramos en el mercado de la cultura dominante, no se hable más. El éxito de
cualquier vida humana así configurada está asegurado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario