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SECRETOS DE MABEL
La
primavera en Carpetovetonia,
Era
fuente cristalina de placeres,
Tan
legítimos y reconfortantes,
Como
la manzana y los claveles.
Los
discípulos del rancio filósofo,
Amaban
las salidas del astro rey,
Pero
sin olvidar los crepúsculos,
Que
respetaban como a una ley.
Nadie
sabe si de mañana o tarde,
Cuando la intrigante
rubia Mabel,
Quiso
darles otra lección de amor,
A
los admiradores de su plantel.
Abriendo
el cajón de sus secretos,
Sacó
de él un nuevo documento,
Para
leerlo con grande atención,
Como
si fuese ya un sacramento.
Se
trataba de un diálogo de amor,
Uno
de tantos entre muchos más,
De
un autor olvidado ya por viejo,
Y
que convenía a todos recordar.
¿Cómo
te encuentras de cansado,
Al
final de cada día de primavera?
¿Amas
tú tanto durante los días,
Que
de noche velas como niñera?
Te
deseo una noche de felicidad,
Disfrutando
de sueños hermosos,
Abrazado
a tu amada ya dormida,
Como
los bien avenidos esposos.
Mirando
al sol soñé que eras tú,
Quien
me hablaba desde la luna,
Y
cuando me despertó el corazón,
Te
descubrí a ti como mi fortuna.
Los
luceros de tus ojos matinales,
Me
miraron con dulce resplandor,
Y
quedé como muerto de felicidad,
Con
esa dulzura tierna de tu amor.
Mabel
guardó el sacramental texto,
Y
todos quedaron como extasiados,
Envueltos
en una nube de jilgueros,
Que
cantaban todos entusiasmados.
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