132
EL ADN DEL MESÍAS
Consolad
a mi pueblo dice Dios,
Hablad
al corazón de Jerusalén,
Gritad desde las mayores alturas,
Que
el Mesías nacerá y en Belén.
Un
gran profeta desde desierto,
Dijo
con la voz potente y segura:
Preparad
ya los caminos a Dios,
Para
que os llegue con premura.
La
gloria de Dios será evidente,
Y
para muchos seres humanos,
Sin
las exclusiones arbitrarias,
Muy
propias de líderes tiranos.
El
cielo, tierra, mares y océanos,
Serán
todos ya por Dios agitados,
Haciendo
Él temblar a los malos,
Para
que el justo no sea olvidado.
Vosotros
los judíos más buenos,
Esperáis
a un Mensajero divino,
Con
mayor y paciente esperanza,
Que
un viñador a un buen vino.
Vendrá
y le adoraréis como Dios,
Aunque
sin ser sapientes de ello,
Y
sentiréis de corazón su Alianza,
Como
de madre oveja su cordero.
Él
llegará y será fuego purificador,
Para
quien pone resistencia a Dios,
Y
nadie será indiferente o neutral,
Ante
el poder de Dios purificador.
Purificará
a todos los hijos de Leví,
Que
le ofrecerán al Señor ofrendas,
Como
acción de obligadas gracias,
Con
mucha paz en sus conciencias.
Escuchad
sin dudar con atención:
Una
virgen concebirá y dará a luz,
A
un hijo que llamará Emmanuel,
Dios
es con nosotros siempre fiel.
Gloria
a Dios en todas las alturas,
Y
paz en la tierra para el hombre,
Que
con su mejor buena voluntad,
Hace
el bien a todos los hombres.
Alegraos
ya todas las hijas de Sión,
Y
aclamad alegres las de Jerusalén,
A
vuestro Rey que ya está llegando,
Como
Salvador y príncipe del bien.
Empezarán
a ver los ojos de ciegos,
Y
los oídos del sordo se destaparán,
Los
cojos saltarán como los ciervos,
Y
las lenguas de los mudos hablarán.
Como
el pastor que cuida su rebaño,
Reunirá
a sus ovejas como a niños,
Llevará
con gran amor en su regazo,
A
las madres que recién han parido.
Id
a Él los que estéis abrumados,
Cargad
con su yugo que es liviano,
Hallaréis
reposo para los cuerpos,
Y la salud de alma bien
sosegados.
Su
yugo es suave y su carga ligera,
Aunque
ello os parezca lo contrario,
No
tengáis miedo al dolor pasajero,
Porque
Él os enseñará a superarlo.
Este
es el Cordero de Dios humanado,
Que
quita los pecados de este mundo,
Como
un experto divino del más allá,
Que
los conoce y perdonará al segundo.
Él
fue despreciado por los hombres,
Siendo
varón acostumbrado a sufrir,
Pero
sin protestar ni culparle a Dios,
Con
esperanza siempre de sobrevivir.
Ofreció
las espaldas a sus verdugos,
Para
ser cruelmente luego azotado,
Y
sus mejillas a quienes las besaron,
Con
ultrajes y humillantes salivazos.
Él
soportó nuestros sufrimientos,
Y
aguantó todos nuestros dolores,
Fue
herido por nuestros pecados,
Y
olvidado por nuestros corazones.
El
precio de la paz de nuestra alma,
Le
llegó como factura de abogados,
Que
le exigieron un pago silencioso,
Para
de nuestro pecado ser curados.
¿Por qué los pueblos luchan entre
sí,
Y los hombres planean desgracias?
Los reyes de este mundo conspiran,
Contra su Ungido con malas mañas.
Rompamos sus terribles ataduras,
Y sacudámonos de su yugo traidor,
Para recibir ya al Prometido Mesías,
Como nuestro verdadero Redentor.
El Soberano de los supremos cielos,
Se ríe de ellos con grande
desprecio,
Los humillará y romperá a pedazos,
Con sus poderosos brazos de hierro.
Alleluya, que el Señor nuestro Dios,
Reinará con su poder omnipotente,
Entregando el reino de este mundo,
A Dios y a Jesucristo para siempre.
Yo sé muy bien que mi redentor vive,
Y que se alzará sobre el polvo
mortal,
Aunque gusanos devoren mi cuerpo,
Mi alma después pronto a Dios verá.
Cristo resucitado de entre los
muertos,
Es el primer fruto de los que
duermen,
Por Adán vino la muerte sin
remisión,
Y por Cristo la resurrección y
salvación.
Os voy a revelar este grande
secreto:
Moriremos y seremos transformados,
Los muertos resucitarán obedientes,
Y sus cuerpos serán inmortalizados.
¡Oh muerte, dónde está esa tu
victoria,
O tu temeroso y tan terrible
aguijón?
El aguijón de nuestra muerte humana,
Ha sido sacado por Cristo el
Redentor.
Y si Dios está siempre con nosotros,
¿Quién podrá contrariar su divino
ser?
Dios no condena a nadie por su
culpa,
Él nos perdonará con amoroso poder.
Cristo, el Cordero que fue
sacrificado,
Nos redimió ante Dios con su sangre,
A Él el poder, la sabiduría y
alabanza,
Por todos los siglos de los siglos
amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario