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EL AZÚCAR DEL AMOR
Las
sorpresas de Mabel,
Llovían
en su república,
Como
los copos de nieve,
Y
en la lumbre aljumas.
Las
aljumas ardieron tanto,
Que
hubo riesgo de incendio,
Hablando
ella sobre el amor,
Su
casa ardía y sin remedio.
Ella
había recibido un mensaje,
De
destrucción de una catedral,
Hermosa
como muchas rosas,
Sin
ella haberlo podido evitar.
Desde
su pecho de indignación,
Tomó
la decisión de protestar,
Contra
aquella gran brutalidad,
Y
que estuvo a punto de llorar.
La
miraron con expectación,
Esperando
oír qué iba a decir,
Sorprendiendo
mucho a todos,
Con
palabras que voy a repetir.
Podrán
destruir las catedrales,
Les
dijo con ironía y con dolor,
Pero
no podrán destruir nunca,
Nuestro
bello templo del amor.
Luego
amplió ella su discurso:
Destruir
catedral no ha perdón,
Se
hizo por el maldito dinero,
Prometido
por mina de carbón.
Gran
pena inunda mi corazón,
Cotiza
más el carbón mineral,
Que
el amor extraído del alma,
Nacida
para mucho ella amar.
Se
ajustó su linda minifalda,
Cerró
sus bellos ojos de clavel,
Y
luego lanzó un grande grito,
Que
hizo a todos estremecer.
Nuestro
amor no es destruido,
Caerán
cielo y la tierra al mar,
Quedarán
nuestros corazones,
Nacidos
para vivir y más amar.
Como
ello ocurría con Mabel,
Surgió
polémica sentimental:
¿A
quién dirigía esas palabras,
Conjugables
con verbo amar?
Ella,
hechicera como siempre,
Invitó
a todos a tomar un café,
Para
contestarles la pregunta,
Con
la opción de tomar un té.
No,
le dijo firme al camarero,
No
ponga azúcares añadidos,
Quienes
somos aquí presentes,
Con
el amor estamos servidos.
El
camarero se fue pensando,
En
aquellas palabras de Mabel,
Y
deduciendo una conclusión,
Para
recordar y de agradecer.
El
mejor azúcar para la vida,
No
son azucareros para café,
Sino
el corazón del que ama,
De
día, noche, y al amanecer.
La
mejor caña del azúcar vital,
Es
aquel corazón de quien ama,
Como
Dios a persona humana,
Y Mabel como buena cristiana.
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