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MIRADAS Y ABRAZOS
¿A quién miras con tus
hermosos ojos,
A quién abrazas con
ese tierno abrazo?
Si fuera yo quien
viviese en tu corazón,
Sería el ser más
dichoso de aquí abajo.
Y la hermosa Mabel
respondió al tiro,
Con emoción contenida
de felicidad:
Aunque fueras un
pecador honrado,
Te amaría con todo mi
corazón igual.
Ese árbol al que
tiernamente abrazas,
Hablará en todos los
bosques de amor,
Proclamando la
grandeza de tu alma,
Y la belleza de todo
tu cuerpo en flor.
Cuando llegues al
otoño de tu vida,
No temas quedar desnuda
de hojas,
Dios te vestirá como
reina de amor,
Y te dejará más bella
que las rosas.
Cuando Mabel oyó estos
requiebros,
Se ruborizó como el
más tierno lirio,
Destilando dulces
lágrimas de dicha,
Como al pecho de su
madre un niño.
Después de haber
sollozado muy feliz,
Tomó la palabra para
hablar y gemir,
Como un alma perdida
en el bosque,
Que busca un regazo
para allí dormir.
Haciendo ella otra vez
uso de sus ojos,
Vio acercase a un
hombre arrepentido,
De no haber amado él
jamás a nadie,
Ofreciendo amor ahora
a su enemigo.
Mabel le escuchó muy
serena y dulce,
Como la luna al
resplandeciente sol,
Abriéndole las puertas
de su corazón,
Como una madre al hijo
de su amor.
Después de un coloquio
muy íntimo,
Únicamente oído por el
oído de Dios,
Mabel y el su
bienaventurado amado,
Se fundieron en un
abrazo de amor.
Ambos derramaron
lindas lágrimas,
Mientras sus corazones
se fundían,
En uno solo felizmente
palpitando,
Durante las noches y
todos los días.
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