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INQUISICIÓN Y PENA DE MUERTE
Aquí
pues yace la Inquisición,
Hija
de la fe y del fanatismo,
Y
no por estar muy enferma,
Sino
por vejez del organismo.
La
Inquisición más religiosa,
A
pesar de su mucha virtud,
Terminó
hallando su muerte,
Como
la cabeza del avestruz.
Después
de siglos existiendo,
Abusando
del siniestro poder,
Parió
a la pena de muerte vil,
Para
morir ella luego también.
La
mala hija de aquellas leyes,
Que
condenaban a la muerte,
A
gatos humanos sin cascabel,
Tuvo
también una mala suerte.
En
la tumba donde ya reposaba,
Pusieron
un epitafio muy serio,
Recordándola
allí a su madre,
Con
gran respeto al cementerio.
Aquí
yace ya la pena de muerte,
Hija
primera de la Inquisición,
Pasó
por la vida como la virgen,
Pero
finalmente alguno la violó.
Tuvo
un nacimiento muy precoz,
Desde
el origen de la humanidad,
Creció
con admirable salud física,
Pero
sin saber qué es la felicidad.
Aunque
se sintió orgullosa de sí,
Y
tuvo muy grandes defensores,
No
logró sentirse jamás segura,
Por
las asechanzas de traidores.
Hubo muchos santos inocentes,
Y
defensores todos muy legales,
Que
la protegieron con descaro,
Como
se hace con los animales.
Lo
admirable de esta gran señora,
Es
que ella jamás lloró ni protestó,
Ya
que los mejores legisladores,
La
trataron como a un gran dios.
En
el Antiguo y rancio Testamento,
Invocaban
a Dios para amar y matar,
Y
en perniciosas culturas modernas,
Se
estudia la ley para luego asesinar.
Había
que poner el cascabel al gato,
Pero
pocos se atrevieron a hacerlo,
Por
más que muchos lo intentaron,
Pero
siempre con muchos riesgos.
Hasta
que un día en hora comedida,
El
Papa Francisco decidió intervenir,
Convencido
de que había que matar,
A
la pena de muerte sin guardiacivil.
La
tenían reclusa en un catecismo,
Y
con sus pies y manos bien atada,
Pero
existiendo posibilidad remota,
De
ser excarcelada de una patada.
Un
tribunal de la justicia canónica,
Por
iniciativa propia bien razonada,
Consiguió
que los buenos obispos,
Se
pusieran de acuerdo y matarla.
Al
principio la pena capital resistió,
A
jugarse por ley su propia suerte,
Pero
terminó en la horca sin llorar,
Y
sin derramar su sangre vilmente.
Los
más ávidos de la justicia legal,
Y
muchos de la divina con estupor,
Se
escandalizaron de esta muerte,
Como
si fuera una ofensa a su dios.
Todos
los verdugos de este mundo,
Se
quedaron privados de seguridad,
Los
legalistas perdieron más trabajo,
Pero
vivieron con honor y dignidad.
Dijo
un Inquisidor impunemente:
La
supresión de la pena de muerte,
Es
calumniar la conducta de Dios,
Que
la instituyó Él y para siempre.
Y
un civilizado juez contestó al tiro:
Que
Dios ampare a los condenados,
Porque
ni Él mismo está ya seguro,
De
no ser antes o después inculpado.
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