UN DOCUMENTO CHOCANTE
El cronista de la serranía carpetona,
Pasaba el tiempo encerrado en casa,
Leyendo y haciendo alguna comilona.
Pero siempre le asaltaban las dudas,
Sobre la autenticidad de lo que leía,
Que no le parecía del todo verdadero,
Ni totalmente falso como ello parecía.
¿Eran cuentos de misteriosas hadas,
O documentos históricos auténticos?
Esta era la gran pregunta que se hacía,
El cronista y con fuertes argumentos.
A veces no sé dónde termina el azúcar,
Y comienza tu amor siempre hechicero,
Exclamaba un gran amante a su amada,
Como un ciego de amor en el candelero.
Y para mejor hacerse entender por ella,
Remató faena con este lindo requiebro:
Todo tesoro de amor bello como eres tú,
Es igual en la primavera y en invierno.
La sorprendida y muy hermosa amada,
Echó la culpa de sus pecados del amor,
No al elegante y pretendiente caballero,
Sino a la bondad y misericordia de Dios.
Dios creó el cielo y todo cuanto existe,
Impulsado Él por la fuerza de su amor,
Y así nos hace a nosotros muy felices,
Llevándonos por ese camino a los dos.
Amar como Dios ama al ser humano,
Insistió la misteriosa y dulce amada,
Es vivir hombre y mujer en armonía,
Como los bien nacidos en una camada.
El noble y orgulloso caballero aludido,
La replicó con muy grande desenfado:
No sé si es que te quiero o sólo te miro,
Pero quede claro lo mucho que te amo.
Amado y dulce compañero del alma,
Tus palabras son dulce panal de miel,
Que endulza mis penas en esta vida,
Como si fueras Dios o enviado de Él.
El amante caballero se asustó mucho,
Al oír tales requiebros de una mujer,
Y terminó el chocante diálogo de amor,
Con palabras dignas de recordar bien.
Tú estás cansada de bregar por la vida,
Amando sin preguntar quién es quién,
Pero te conozco por tus obras de amor,
Y por ello yo te amo como es mi deber.
Leídos tan extraños razonamientos,
El cronista guardó este documento,
Temiendo a que pudiera ser robado,
O profanado como santo sacramento.
El moralista con sabiduría proverbial,
Dedujo también conclusión esperada,
Del tan extraño escrito descubierto,
Que el cronista con esmero guardaba.
Las recetas del amor a los hombres,
Que Dios a todos aconseja siempre,
Han de ser recetadas sin el copago,
Por igual a ricos y pobres pacientes.
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