FILOSOFÍA Y USO DE LA INTELIGENCIA
Niceto Blázquez, O.P.
INTRODUCCIÓN
Usar la razón y
ser razonables, ésta es la cuestión. Pero ¿cómo? Este es el problema. Nadie con
dos dedos de frente pone en duda que el ser humano está dotado de una facultad
natural denominada inteligencia, intelecto o razón. Otra cosa es saber en qué consiste
esa facultad, cómo funciona o no funciona y por qué. Tampoco se necesita ser
linces para distinguir entre una persona adulta razonable y otra insensata o
irresponsable por no usar la razón, por usarla de forma incorrecta o incluso
perversa. Para este tipo de discernimientos no se necesita haber realizado
estudios especiales. Cuando en lenguaje coloquial, por ejemplo, decimos que
“esto tiene mal pelaje”, o que una persona tiene “mala pinta” estamos
expresando un juicio de valor por la vía del simple “barrunto” o
intuición muchas veces más certera que por la vía del conocimiento
formal. Sin embargo este olfato natural lo poseen también a su modo e incluso
más desarrollado muchos animales. Pero la inteligencia humana va más lejos, y
en el uso correcto, incorrecto o perverso que hacemos de ella nos jugamos
nuestra dignidad como personas y, como consecuencia indirecta, nuestra
felicidad.
La vida cotidiana es un museo de escenas humanas en las que se reflejan de
forma contundente los efectos de la falta del correcto de la razón. Nos
encontramos contemplando el espectáculo que tiene lugar en el patio interno de
un colegio de niños. Van y vienen, corren como locos de un lado para otro
detrás de la pelota y caen al suelo como bolos, chocan frontalmente y se causan
heridas, gritan, lloran y se pelean como soldados enfurecidos en un campo de
batalla. Pero no nos olvidemos de las pandillas de adolescentes. Su exuberancia
biológica salta a la vista pero ahí está el problema. No hablan con normalidad
sino que emiten sonidos desarticulados cargados de pasión. Se dan de puñetazos
y se patean hasta que alguno se da por vencido. Observando a estos adolescentes
pandilleros uno piensa en las luchas a muerte entre carneros y los sementales de vacas cuando
alguna hembra en celo requiere sus servicios. Y todo esto sin hablar de
aquellos y aquellas que se dan a la bebida o a la violencia callejera
obedeciendo ellos a consignas políticas o racistas. ¿Y qué decir sobre el
espectáculo de los acontecimientos deportivos y de los mítines políticos? Tanto
los fanáticos del deporte como de la política derivan fácilmente hacia la
irracionalidad de la violencia verbal y física cuando su apasionamiento impide
el uso normal y sereno de la razón.
Por otra parte, cuando ya no encontramos calificativos para condenar un acto
terrorista o de asesinato entre parejas casadas o sólo amontonadas, recurrimos
a expresiones como: “están locos”, o “han perdido la cabeza”. Es una forma
fatalmente resignada de reconocer que ha fallado el uso de la razón y se ha
desatado una tormenta de pasión y violencia fuera de todo control humano. Es
obvio que en estos casos y tantos otros similares, ni los niños, ni los
adolescentes ni los adultos usan la razón sino que actúan movidos por la fuerza
bruta de los instintos primarios y de los sentimientos de ellos derivados. De
ahí la necesidad de la educación para ayudar a madurar y civilizar esos
instintos y sentimientos lo mejor posible pasándolos por el filtro de la razón.
Toda forma de violencia moral o física entre personas supone que se ha perdido
el uso de la razón, o bien que se la usa equivocada o perversamente. De ahí la
necesidad de crear instituciones para la educación personal y cívica, para la
administración de la justicia y para paliar las consecuencias personales,
familiares y sociales de las deficiencias psíquicas de muchas personas.
Otras veces, sin llegar a esos extremos, se usa la razón cometiendo
errores que después se trata de rectificar. La vida de cualquier persona normal
está trenzada de errores y rectificaciones desde que tenemos uso de razón hasta
que lo perdemos con el paso del tiempo y el desgaste natural de la vida. Pero
esto no es todo. Lo peor es cuando la inteligencia o razón es usada de forma perversa
y maquiavélica para falsear la percepción de la realidad o maltratar consciente
y deliberadamente a los demás. La historia de la humanidad es un museo de
atrocidades cometidas en nombre de la razón muy perversamente utilizada. Hechas
estas sugestivas constataciones iniciales cabe añadir algunas
matizaciones orientativas para ayudar al lector a entender el mensaje central
de la presente obra sobre la necesidad de usar la razón de forma acertada para
ser felices y no fracasar en la vida.
En el capitulo primero destaco el miedo de mucha gente a pensar y la necesidad
de recuperar el gusto por la verdad como ajustamiento o adecuación a la
realidad. Lo cual sólo es posible amando la vida en lugar de maltratarla, y
usando bien la inteligencia, que es el ingrediente esencial de la condición
humana. En el capítulo segundo pongo de manifiesto una dificultad congénita que
dificulta el buen uso de la razón desde el momento mismo de nuestra irrupción
como individuos en la existencia. Me refiero al hecho de que la aparición
del uso de la razón personal no es contemporánea de la aparición de los
instintos primarios de conservación y reproducción. Ni surgen, ni se
desarrollan ni fenecen a la par o al mismo tiempo. Por el contrario, aparecen,
se desarrollan y fenecen asincrónicamente, dando lugar a constantes conflictos
entre el impacto emocional de los sentimientos y el uso de la razón. De esta
confrontación nacen los conflictos característicos de la adolescencia y
juventud. La dificultad se agrava cuando no se llega a un equilibrio bajo la
guía sabia de la razón. De la salida acertada o desacertada de este conflicto
depende muchas veces el futuro feliz o desgraciado de la mayor parte de los
seres humanos.
A esa dificultad genética de toda persona para usar bien la razón se suman
otras de orden cultural que vienen a complicar el problema. Unas son internas a
las personas y otras impuestas por la cultura dominante o heredada. De esas
dificultades doy cuenta en el capítulo
tercero, en el que destaco el fenómeno del enamoramiento y del resentimiento.
Psicológicamente el enamoramiento obnubila y “entontece” la mente, y el
resentimiento la daña como un virus venenoso muy difícil de destruir. El
enamoramiento entontece la inteligencia y el resentimiento embrutece los
sentimientos. Por ello cabe decir sin exagerar que el enamoramiento y el rencor son enemigos naturales de la razón. Sobre este asunto
tan sensible hay mucha tela que cortar, sobre todo porque en esta materia hay
muchos errores culturalmente asumidos como si fueran verdades indiscutibles.
Esos errores son como piedras en las que todo el mundo tropieza fatalmente sin
que sea permitido culturalmente removerlas.
Por otra parte, la cultura humana es, en fin de cuentas, fruto del uso de la
inteligencia. En tal sentido el uso de la razón ha oscilado a lo largo de la
historia entre glorias y constantes fracasos. Se ha cumplido la ley del péndulo
ya que se puede constatar una oscilación permanente entre una tendencia hacia
el endiosamiento de la razón y otra hacia su envilecimiento. Lo mismo se ha identificado la
inteligencia humana con Dios que se la ha vilipendiado y despreciado. El hecho
de que en varias ocasiones se haya prohibido por decreto el uso de la razón
filosófica o teológica, como institución social, es elocuente y de ello doy
cuenta de forma muy breve pero sustancial en el capítulo quinto, después de dar
un paseo por las filosofías destacando su preocupación por mitigar o adormecer
el sufrimiento humano.
En el capítulo sexto se afirma el valor universal del sentido común o instinto
pre-intelectual con el que todos nacemos para discernir entre el bien y el mal
y, por lo mismo, para saber a qué atenernos con vistas a resolver los problemas
ordinarios de la existencia. A ese instinto u olfato natural se suma la
experiencia de la vida. Pero hay situaciones realmente difíciles y preguntas
fundamentales ineludibles para cuya respuesta es muy aconsejable aprender el
uso técnico de la razón mediante el estudio de la Lógica racional. En
consecuencia, se hacen algunas recomendaciones prácticas que pueden ayudar a
superar las dificultades congénitas, concomitantes y culturales que impiden el
aprendizaje y uso correcto de la razón.
El capítulo séptimo es una breve improvisación sobre el significado de la
denominada “era de la posverdad”, o del
arte de mentir. Miente, que algo queda, decía un proverbio antiguo. En el
contexto de la posverdad se pretende
que sea la mentira integral lo que quede cuando hablamos.
En tiempos pasados el uso de la
razón fue asociado principalmente al estudio de la filosofía pero en nuestros
días este término ha perdido su significado original y es utilizado para
significar cualquier baratija de mercadillo callejero con la etiqueta de las
ideologías y otras frivolidades presuntamente intelectuales. Como veremos a lo largo de esta
obra, la historia de la filosofía refleja muy bien cómo el no uso, el uso
equivocado o perverso de la razón da lugar a un drama humano de mucho cuidado.
De ahí la necesidad de asociar directamente la filosofía al uso correcto de la
razón en todas las etapas de la vida humana, superando así las frivolidades
ideológicas, políticas, financieras, emocionales y culturales dominantes.
CAPITULO I
INTELIGENCIA Y
RAZÓN
1. Miedo a pensar
Mucha gente vive habitualmente bajo el influjo del miedo. Razones no faltan e
incluso sobran, y cada uno es libre para administrarlo como mejor le parezca. El
miedo, suele decirse, es libre. Pero no me refiero al miedo coyuntural
provocado por los atentados terroristas, las guerras o las catástrofes
naturales. Me refiero a la actitud creciente y culturalmente dominante de
excluir el uso de la razón como herramienta apropiada para afrontar los
problemas esenciales de la vida. Durante el siglo XX se habló del miedo a la
libertad. En el siglo XXI se ha impuesto el miedo al uso de la razón. En su
lugar intervienen las emociones, los deseos apasionados, los sentimientos y los
recuerdos. Sobre todo los sentimientos vengativos camuflados de justicia o en
nombre de la memoria histórica. El miedo existencial está en todas partes y se
manifiesta de muchas formas.
La novedad
actual en esta materia consiste en que, consciente y deliberadamente, el uso de
la razón carece de reconocimiento social. El pensar, si no está prohibido está
por lo menos mal visto en muchos ambientes sociales, incluidos los que otrora
se dedicaron profesionalmente al ejercicio de la reflexión. Me refiero a la
crisis de las instituciones universitarias dedicadas a la filosofía y la
teología actualmente en crisis profunda si no llamadas a desaparecer. Los
estoicos definieron la filosofía como una “meditación constante sobre la
muerte”. No por masoquismo sino por realismo. La muerte, en efecto, es un hecho
cierto e ineludible acompañado de mucho dolor físico y moral, y es inútil
engañarnos a nosotros mismos tratando de vivir como si esas situaciones
hubieran ya desaparecido o estuvieran llamadas a desaparecer con el progreso
científico.
La reflexión serena y equilibrada sobre la vida y la muerte nos ayuda, en
efecto, a ser más sensatos y responsables y a disfrutar mejor de la vida que
viviendo sólo de emociones y sentimientos a la deriva. Pero actualmente,
insisto, esta experiencia no parece tener aceptación social. Al contrario, se
trata por todos los medios de apagar la lámpara de la reflexión por miedo a
tener que afrontar la realidad y eventualmente vernos en la necesidad de
corregir o rectificar formas de pensar y de vivir ajenas a esa realidad. Y no
aprendemos la lección ni siquiera cuando visitamos a los enfermos en los
hospitales o a los muertos en los tanatorios. De hecho la mayor parte de la
gente pasa por estos lugares y momentos cruciales de la existencia sin
reflexionar lo más mínimo sobre el significado profundo de la muerte como
reverso de la vida. Prefieren mirar hacia otra parte evitando entrar en razones
sobre el misterio humano de la vida.
Muchos tienen la impresión de que las cosas sólo existen cuando se las piensa.
En consecuencia, adoptan como medida de prudencia la actitud de no pensar
reflexivamente sobre lo que tienen ante sus ojos. Es justamente lo contrario de
lo que hacen las personas razonables que afrontan la realidad de la vida
y la muerte sin miedo a tomar las decisiones personales que sean necesarias. Es
lo que hacen las personas que usan la razón en todo momento en lugar de
desactivarla. En el lenguaje actual se ha puesto de moda la frase: “no te
enrolles”. Para no complicarnos la vida se recomienda no pensar. Cualquier cosa
menos hacer uso de la razón para descubrir los problemas, afrontarlos
reflexivamente y tratar de encontrar para ellos la solución adecuada.
El resultado de esta actitud irracional se denomina “pensamiento “light” o
débil, por analogía con la cerveza sin alcohol, la coca-cola sin cocaína, la
leche desnatada o el café descafeinado. El ser humano se definió siempre por su
condición racional frente a los demás seres de la naturaleza. Actualmente, por
el contrario, se prefiere definirlo como humanamente “light”, es decir, flojo y
desvirtuado. Usar la razón se ha convertido hoy día para mucha gente en algo
tan peligroso como el alcohol o la sal para la tensión arterial, la nicotina
para los pulmones o el tocino para el colesterol. La prudencia filosófica
posmoderna recomienda a lo más un uso “light” de la razón frente a las
situaciones críticas de la existencia. Además de los problemas
relacionados directamente con la vida y la muerte personal como eventos
normales de la existencia humana, que deberían invitar a la reflexión profunda,
hay eventos sociales y acontecimientos naturales que deberían también hacernos
pensar más y mejor. Cosa que lamentablemente no ocurre. Al menos de forma
socialmente perceptible. Recordemos algunos ejemplos llamativos de gran
actualidad.
Empecemos por el fenómeno lacerante del terrorismo político y el fanatismo
religioso. El terrorismo político ha logrado hacerse valer socialmente como un
fenómeno normal. A lo largo de la historia han existido los “terrorismos de
Estado” encarnados en las grandes dictaduras como el nazismo o el marxismo, por
citar sólo dos ejemplos aterradores recientes. Como alternativa a estas
imposturas han surgido los terrorismos “democráticos”, los cuales pervierten
los más nobles sentimientos patrióticos hasta el extremo de convertir la
“patria” (lugar geográfico y amoroso donde nacemos y crecemos) en un matadero
sagrado de conciudadanos aborrecidos. El culto primario e incivilizado al
“terruño” termina convirtiendo los sentimientos nacionalistas en una religión
de sustitución con sus altares propios y ritos sangrientos. De la democracia,
entendida como gobierno del pueblo, se pasa fácilmente a la “terrocracia” o
gobierno de los terroristas tanto en el terreno físico como en el político y
cultural. A las diversas formas de terrorismo político se suman los
fanatismos religiosos. En Occidente siempre han existido grupos religiosos
violentos en el judaísmo, en el cristianismo y en el islam. En nombre de Dios
estos grupos justificaron atrocidades humanas absolutamente incompatibles con
el sano uso de la
razón.
En el contexto judeocristiano las cosas han mejorado algo pero en el islámico
han mejorado muy poco y el fanatismo religioso funciona aún hoy día en comunión
con el fanatismo político en la mayor parte de los países islámicos. La
represión marxista, como no podía ser de otra manera, sólo contribuyó a
potenciar el recurso a la violencia como reacción defensiva y reivindicativa.
La represión generó el odio y el deseo de venganza en nombre de Dios, que es lo
más paradójico e irracional que podía ocurrir. Tanto en la práctica del
terrorismo político como religioso lo primero que desaparece es la
razonabilidad o correcto uso de la razón, que es sustituida por sentimientos
religiosos irracionales e inhumanos. Una vez perdido el control de la razón, o
ésta es utilizada para satisfacer los sentimientos violentos en nombre de la
“patria” o de Dios, ya podemos echarnos todos a temblar. Las buenas razones
ceden su lugar a las grandes pasiones desbordadas, la convivencia social se
convierte en un infierno y las ciudades se transforman en tanatorios. Así las
cosas, el uso de la razón es fatalmente anulado por el imperio psicológico del
miedo.
Cabría pensar que los regímenes políticos democráticos actuales estarían a la
altura de las circunstancias para potenciar el uso de la razón y de la libertad
responsable en la convivencia social. En teoría así debería ser. En la
práctica, sin embargo, las cosas no suelen ir en esa dirección. Los que ostentan
el poder otorgado por las urnas, una vez que lo alcanzan, se tiene la impresión
de que su objetivo principal e irrenunciable es retenerlo a costa del bien
común y de la razón. Para lograrlo hacen alianzas con el diablo si es menester.
Los que están en la oposición, a su vez, hacen lo mismo para derrocar a los que
están en el poder. En esta dinámica el uso de la razón juega un papel meramente
instrumental y de esclavitud al servicio de los intereses de los diversos
grupos políticos aunque esos intereses sean objetivamente irracionales.
Nunca se miente tanto como después de una cacería, durante la guerra y las
campañas políticas electorales. Y, sin embargo, la mayor parte de la gente no
aprende la lección. El sentimiento de desencanto impide recobrar la fuerza de
la razón para subsanar los errores cometidos y se vuelve a tropezar una y otra
vez en la misma piedra. Los políticos tienen muy claro que lo suyo es el poder
y los filósofos, si es que queda actualmente alguno en funciones digno de tal
nombre, olvidan con frecuencia que lo suyo es la verdad, convirtiéndose en
ideólogos o manipuladores de ideas al servicio de su amo político o financiero
de turno. Esto se aprecia sobre todo en las instituciones legislativas en las
que se establecen leyes cada vez más irracionales e inhumanas.
Por otra parte, la política moderna está estrechamente vinculada a la economía.
Los políticos necesitan ideólogos que justifiquen racionalmente sus ambiciones
de poder, y de economistas eficientes que financien sus proyectos. En otros
tiempos se hablaba de la verdad como ideal de vida y tal fue el de los
auténticos filósofos. Actualmente no hay más verdad que la “verdad económica”.
Esto significa que cuando una forma de vida o de conducta genera dinero,
cualquier consideración desfavorable está condenada al fracaso. En
consecuencia, las guerras deben fomentarse para que no quiebre la industria
armamentística, los experimentos científicos que llevan consigo la destrucción
de seres humanos han de ser legalmente protegidos si lo contrario repercute
negativamente en las inversiones de dinero llevadas a cabo en el sector. Y así
ocurre en casi todo. Se invoca al progreso. Pero nunca a la razón. En nuestro
mundo actual “tener razón” es lo mismo que no tener nada. Pero esta situación
es muy grave ya que al final de la vida lo único que nos acompaña es el poco o
mucho de verdad que hayamos descubierto durante nuestro periplo existencial y
el amor o bien que hayamos hecho a los demás. El resto se lo come la tierra.
Pero esta mentalidad irracional y malsana no disfrutaría de tan buena salud
pública sin la acción psicológicamente imperial de los medios de comunicación.
Es cierto que la radio, la televisión e internet y todas las tecnologías de la
comunicación social son maravillas de la creación humana que podrían contribuir
poderosamente a potenciar el coeficiente de humanidad entre los hombres y los
diversos grupos humanos a escala planetaria. Pero es igualmente cierto que, salvo
honrosas y a veces heroicas excepciones, están contribuyendo de forma alarmante
a la atrofia del uso de la razón. Los estudios sobre este triste fenómeno en
niños y adolescentes son cada vez más numerosos y preocupantes. Estos medios de
comunicación son la “cátedra” universal abierta al mundo entero durante día y
noche de una forma tan espectacular y fascinante que sólo dejan tiempo para ver
y oír sin margen para el pensamiento profundo y la reflexión. La mayor parte de
la gente piensa y habla, para bien o para mal, sobre lo que oye y ve en los
medios de comunicación hasta el extremo de perder la capacidad de pensar y
razonar por cuenta propia.
Además de caer en la comprensible fascinación que psicológicamente ejercen
estos medios, la gente suele creer ingenuamente que todo aquello que no pasa
por la tribuna mediática carece de interés o importancia. Se olvida que a la
televisión o a la radio, por ejemplo, no se va a resolver problemas sino a
presentar espectáculos de todo tipo que sean comercialmente rentables. La
verdad profunda de las cosas no interesa a las empresas de la comunicación, ni
siquiera cuando se ocupan de las verdades científicas. En el mejor de los casos
las empresas de la comunicación son entidades comerciales en las que el
espectáculo y el dinero son sus objetivos prioritarios. En casos extremos esas
empresas se convierten en aliados del poder político. Así las cosas, la verdad
y la razón sólo interesan en la medida en que pueden considerarse como un
producto política o comercialmente ventajoso. O lo que es igual, nada
tienen que ver de por sí con el uso correcto de la razón y la búsqueda de la
verdad. Las honrosas excepciones que puedan darse confirman la regla.
Cabría pensar que la alternativa inmediata ineludible a esta situación es
aprender a reflexionar sobre los asuntos más graves de la vida sacando
las consecuencias pertinentes para convertir nuestra existencia humana en una
experiencia feliz desafiando a las circunstancias adversas, incluidas las que
conducen a la muerte. O lo que es igual, se impone el uso correcto de la razón
y del sentido común como alternativa urgente. Pero tengo la impresión de que
esta convicción es patrimonio de minorías cada vez más selectas sin significado
social destacable. De hecho, dentro del panorama actual de la filosofía sólo
una honrosa minoría sin relevancia social está convencida de que filosofar es
vivir en plenitud nuestra condición humana poniendo a tope los recursos propios
de la inteligencia desde una perspectiva sapiencial de la vida y no meramente
funcional, emocional, mecánica e intranscendente. Ante este estado de cosas
pienso que es necesaria y urgente una vuelta al uso
correcto de la razón para que la gente sea más consciente de su dignidad perdida
en un momento histórico singular en el que los valores más humanos tienden a
desaparecer de los mercados filosóficos en boga. O hacemos filosofía realista
de calidad o morimos a manos de los asesinos de la inteligencia y profesionales
del miedo a la vida.
2. Necesidad del uso reflexivo de la inteligencia
Algunos dirán que el uso de la razón,
tal como ha sido presentado por la historia de la filosofía, no es un ejemplo a
imitar ni por la conducta personal de muchos de los filósofos del pasado ni por
el resultado práctico de sus especulaciones filosóficas en el presente.
Lamentablemente esta opinión refleja una parte innegable de verdad. Por ello
conviene llamar la atención sobre la necesidad de beldar y cribar el inmenso
patrimonio de cultura filosófica, del que la humanidad tiene derecho a exigir
una mayor separación de paja, granzas y grano. Me estoy refiriendo a la
filosofía académica tal como se ha venido enseñando en las aulas. Por algo la
filosofía cultivada en los centros académicos o escolásticos ha terminado
desprestigiándose como una actividad propia de quienes viven al margen de la
realidad distraídos en especulaciones y peleas dialécticas pintorescas,
si no exóticas e inútiles para la vida. Como reacción surgieron los
pensadores irracionales antiacadémicos con lo cual se juntó el hambre con las
ganas de comer. De los primeros podría decirse que se pusieron fuera de la
realidad y de los segundos fuera de la razón.
Antes de seguir adelante conviene recordar que existe una filosofía inseparable
de la vida y que la actividad filosófica es una de las formas superiores de
expresarnos como seres humanos. Me refiero a esa sabiduría de los ancianos, que
saben más por viejos que por haber estudiado en los libros; del primor de los
inocentes, que saben por instinto natural antes que por oír lecciones
escolares; de la experiencia del pastor de ovejas que se compadecía del joven
que volvía de la universidad a su localidad rural de origen haciendo y
diciendo tonterías en nombre de la erudición y la cultura. Esta sabiduría
pre-académica, que brota de la aventura cotidiana del vivir, es la filosofía
que nunca muere y por la que popularmente se dice que todos somos en alguna
medida filósofos. Filosofar es vivir es vivir con sentido. Filosofar y vivir
son términos convertibles en un estado anterior a la filosofía como cultura
impresa en los libros. A esta filosofía pre-científica y meta-histórica se
refiere el refrán popular: primero la vida y después la filosofía cultural,
que presupone la primacía de esa otra filosofía identificada con el hecho de
vivir con dignidad y responsabilidad.
Pero, a pesar del comprensible desprestigio de la filosofía académica o
escolástica, existe también una filosofía científica como producto de la
cultura humana, la cual es igualmente una necesidad vital de la inteligencia
en busca de la razón última de las cosas, del hombre y de la vida. Es el mundo
de las ideas y del orden exigido por la razón. Pues bien este es el tipo de
filosofía condenada a muerte en las universidades y centros superiores de
enseñanza, en los cuales los verdaderos filósofos escasean al tiempo que
proliferan los ideólogos políticos, los sofistas y charlatanes de la historia,
de la lingüística, y de la información. Actividades todas ellas desconectadas
de la verdadera filosofía para ser tratadas con metodología sofista al servicio
de la política y de la economía. Por eso, los filósofos de raza son vistos, a
lo más, como seres pintorescos, y la filosofía en profundidad como una
actividad inútil y ajena a la realidad.
Pero digámoslo todo. A pesar de lo dicho y tal vez por ello, se siente por
doquier la necesidad de tener ideas filosóficas coherentes con la naturaleza
del hombre, sometida a grandes pruebas por la tecnología y las formas modernas
de vivir, para llenar positivamente su espíritu vacío de motivaciones y
convicciones transcendentes en las cuales poder encontrar el sentido último de
la vida y ordenar mejor la convivencia humana. Las generaciones jóvenes más
sanas sienten con verdadero dramatismo la necesidad de aprender a pensar bien,
a reflexionar mejor y ordenar sus convicciones. La experiencia enseña que una
idea falsa o mal puesta en la cabeza es capaz de trastornar al mundo. Sólo en
el acto de reflexionar ordenadamente se revela en plenitud nuestra condición
humana. De ahí que la filosofía sea, para unos, puerto de salvación y, para
otros, de perdición.
Ahora bien, si la filosofía sistemática pura está desprestigiada en los centros
superiores de estudios, siendo una necesidad vital de la inteligencia,
probablemente es debido en parte a que los sofistas, charlatanes y tecnócratas
sustituyen en el quehacer filosófico a los verdaderos filósofos. De hecho,
salvo en casos excepcionales y con muchas dificultades administrativas, lo más
que se hace es historia de la filosofía como mera información del pasado o para
legitimar actitudes políticas o sociológicas. Y, por supuesto, para justificar
puestos de trabajo. Así las cosas, los profesores de filosofía se limitan a
transmitir las opiniones escritas en los libros y a verificar que los alumnos
las han memorizado mediante pruebas y exámenes rutinarios sin enseñar a los alumnos
a pensar y razonar correctamente sobre los grandes problemas de la vida y la
muerte. Pero esto no es lo peor.
Lo peor es cuando los profesores de filosofía quieren poner una pica en Flandes
y confunden ellos mismos la lógica racional con el verbalismo nominalista
implicado en la lógica simbólica. La ética es sacrificada a la política, a la
biotecnología y a las finanzas. El derecho natural es corrompido y reemplazado
por el consenso arbitrario de voluntades. El derecho positivo, la sociología y
la psicología se estudian sin relación ninguna con la ética humana o la
antropología metafísica, que con Manuel Kant quedó prácticamente reducida a
cuestiones nogseológicas racionalmente desfondadas. La filosofía de la
naturaleza o cosmología suele reducirse a cuestiones de física abstracta
vinculadas a las ciencias exactas dependientes de las matemáticas, sin excluir
cuestiones supersticiosas a las que siempre fueron propensos los cultivadores
de la química y de la astronomía. De esta forma la filosofía apenas se
distingue hoy día del esoterismo y la divagación inútil.
3. Desencanto ante la pérdida del buen uso de la
razón
En mi opinión, compartida por el silencio sapiencial de muchas personas de
bien, el pensamiento filosófico contemporáneo, considerado de una manera
global, está “enfermo” por falta del uso correcto de la razón. Como síntomas de
esta enfermedad peculiar cabe destacar el alejamiento progresivo de la
naturaleza a la que se pretende científicamente dominar; el vacío ontológico o
incapacidad para encontrar las razones últimas y definitivas del ser y de la
vida; el parasitismo historicista, como si todo hubiera de resolverse desde la
historia en categorías temporales y efímeras; el mesianismo científico, que
no tiene más fundamento que la falta de reflexión metafísica sobre Dios, la
vida humana y el sentido del mundo. La verdadera reflexión metafísica es
reemplazada por el operacionismo matemático y las estadísticas desde una
perspectiva mecánico-cuanticista. De ahí el coeficiente de provisionalidad y
angustia, de urgencia y precipitación, que no conduce al hombre actual a parte
ninguna, si no es al desencanto, que últimamente ha degenerado en una feroz
violencia programada a todos los niveles de la vida, incluso desde antes de
nacer. El terror social y la falta de respeto a la vida humana se han
convertido así en los signos más característicos de nuestro tiempo al encontrar
apoyo en leyes cívicas que contemplan la posibilidad de destruir la vida ajena
ya desde el seno materno.
En este estado de emergencia histórica los socorristas intelectuales del siglo
XX acudieron a Carlos Marx, a Kant, Hegel, Freud y Marcuse, a los sociólogos y
tecnócratas de las finanzas. Mientras tanto los políticos jugaron su propia
baza con los aleatorios naipes de la democracia social, del activismo
político, del desarme y la coexistencia sobre la base de unas relaciones cada
vez más comerciales y menos humanas. Por otra parte, la biotecnología y las
ciencias biomédicas profetizan la transformación de todos los tipos de
relaciones humanas, consideradas secularmente inviolables, desde las técnicas
de reproducción humana hasta la inducción de la muerte clínica regulada por las
leyes. Los mismos promotores de los derechos humanos son a veces los mismos
que profesan una filosofía de la vida muy discutible cuando no inadmisible.
El nuevo siglo debería ser más justo con los buenos pensadores, que existen,
pero que en el mejor de los casos sólo son considerados como elementos
decorativos de la sociedad. De hecho sólo la filosofía de los peores llegó a
las masas durante la segunda mitad del siglo XX y en las celebraciones
internacionales de acontecimientos filosóficos prevalecieron casi siempre las
ideas de los activistas políticos, sobre todo marxistas, de los charlatanes del
neopositivismo lingüístico y de los teóricos de la técnica. Sin olvidar el
fantasma del nominalismo y de la sofística y otras degeneraciones
medievales reproducidas a título de modernidad y progreso en nombre de una
ignorancia supina de la historia. Buena parte de los congresos filosóficos y
de otros acontecimientos académicos por el estilo durante las últimas décadas
del siglo XX tuvieron más que ver con la industria del turismo y de la política
que con la búsqueda científica de la verdad. Se comprende que tales
acontecimientos hayan perdido todo su interés a favor de las nuevas tecnologías
aplicadas a la estrategia política y a la bioética en cuyo contexto lo que peor
funciona es el uso correcto de la razón en perjuicio siempre de la vida
de los más inocentes, débiles e indefensos. Así las cosas, las grandes
esperanzas suscitadas por el descubrimiento del genoma humano y de la Bioética
en general se han frustrado con la irrupción de la biotanasia.
4. ¿Racionalistas o
sentimentalistas?
La historia del pensamiento filosófico es un exponente colosal del conflicto
histórico entre los que tomaron partido abiertamente a favor de los
dictámenes de la razón reprimiendo la vida emocional, y los que optaron por
desnudarse de la razón para dejarse llevar ciegamente por la corriente
impetuosa de sus sentimientos y emociones. Los historiadores de la filosofía
han descrito con todo detalle los extremismos del racionalismo filosófico
y del sentimentalismo romántico en lucha permanente. Los racionalistas
exaltan la inteligencia y reprimen los sentimientos. Los sentimentales exaltan
los sentimientos y desprecian la inteligencia. En ambos extremos late una
decepción fundamental frente a los problemas fundamentales de la vida que no
aciertan a resolver de forma satisfactoria en la vida práctica. Por otra parte,
los psicólogos constatan cómo hay personas con un coeficiente intelectual
altísimo que van por la vida de fracaso en fracaso, y otras que triunfan sin
demasiados quebraderos de cabeza. Todo esto significa el triunfo de la
mediocridad sobre la inteligencia particularmente apreciable en las sociedades
democráticas posmodernas.
Con una circunstancia agravante que yo mismo he podido constatar durante mi
experiencia profesional. Hay personas que con la cabeza reconocen sin
dificultad que sus desgracias personales son debidas principalmente al
desbordamiento habitual de sus emociones. Estas personas están convencidas de
que, si usaran la razón antes de hablar o de tomar decisiones importantes, se
ahorrarían el calvario de pasarse la vida lamentando sus errores sin encontrar
remedio. En el fondo se encuentran a gusto sufriendo y haciendo sufrir a los
demás, por lo que no están dispuestas a levantar una paja del suelo para salir
de esa situación de círculo vicioso. Hacen cualquier cosa menos activar el
ejercicio de la razón. Prefieren seguir sufriendo las consecuencias de los
errores que cometen con el sentimiento a razonar antes para evitar seguir
incurriendo en ellos en el futuro.
Por el contrario, hay quienes sienten un desprecio olímpico por los
sentimientos propios y ajenos aduciendo razonamientos fríos y descarnados sobre
las personas y las cosas. Son gente sin piedad. Este defecto lo he encontrado
con mucha frecuencia entre personas que han tomado gusto a la autoridad y al
ejercicio del poder militar, político, financiero y religioso. Los que llevan
mucho tiempo en el ejercicio del poder corren el riesgo, si no se cuidan, de
considerar a las personas que de ellos dependen sólo como piezas útiles para
las instituciones de las que forman parte, al margen de sus sentimientos
humanos, de sus penas y alegrías. Toda autoridad tiene una propensión natural a
sacrificar a las personas en el altar de las instituciones en nombre de la ley,
del orden y la supervivencia histórica de dichas instituciones. Como reacción
defensiva, también natural, los súbditos tienden a responder con el desacato
convulsivo y la anarquía. En ambos extremos la gran perdedora es siempre la
razón, y el sufrimiento y la infelicidad el resultado más frecuente.
Con estas personas resulta muy difícil mantener una conversación razonable y
positiva en orden a resolver sus problemas íntimos y de convivencia social. Los
que se instalan en sus sentimientos desbordados utilizan diabólicamente la
razón para potenciar y justificar sus errores. Y los que se instalan en el
desprecio de los sentimientos se sirven de la razón para juzgar a los demás de
forma arrogante y prepotente. Los sentimentales tiene miedo a la razón y los
racionalistas temen sentirse humillados por los sentimientos. En la historia de
la filosofía se habla de intentos de reconciliación entre racionalismo y
sentimentalismo pero con éxitos prácticos poco apreciables. En la actualidad se
buscan soluciones a este problema en la genética, en los condicionamientos
históricos de las culturas y en un nuevo intento de redefinir la inteligencia
como mera estrategia psicológica para administrar los sentimientos y las
emociones con vistas a triunfar en la vida y lograr mayores cuotas de
felicidad. El intento es loable porque pone el dedo en la llaga y busca un tipo
de reconciliación entre el racionalismo y el sentimentalismo. El marcusianismo,
por ejemplo, fue un intento entre otros al tratar de reconciliar freudismo con
marxismo y conocemos sus resultados negativos. Con el freudismo manipulado se
llegó a la devaluación actual del amor humano reducido poco más que a
categorías brutalmente sexuales. Con el marxismo se llegó al uso más perverso
de la razón que jamás se había conocido contra el hombre. La novedad actual
consiste en buscar una reconciliación pragmática entre el racionalismo y el
sentimentalismo mediante el equilibrio de fuerzas emocionales en un mundo nuevo
marcado por la tecnología y la ausencia de valores trascendentes. Los
protagonistas de esta nueva aventura son predominantemente psicólogos y
psiquiatras con escasa participación de filósofos de casta. Por una parte se
reconoce la necesidad de aprender a usar correctamente la razón en la solución
de los problemas que producen infelicidad, pero, de hecho, el uso correcto de
la razón es sistemáticamente eludido como criterio básico de referencia para
acertar en la solución de los problemas concretos de la existencia. El
filósofo Xavier Zubiri hablaba de inteligencia “sentiente” tratando de resolver
en profundidad el eterno conflicto entre inteligencia y sensualidad,
sensualidad e inteligencia. Pero sus escritos, como otros muchos, sólo son
asequibles a una minoría muy selecta de pensadores, tanto por el lenguaje que
utiliza como por el planteamiento metafísico del problema. En contrapartida han
surgido intentos más pedagógicos destinados a estimular la reflexión y uso
correcto de la razón entre las nuevas generaciones. Pero el contexto cultural y
social contemporáneo contribuye poderosamente a que esas buenas hierbas
emergentes sean sofocadas pronto y se agosten en plena flor.
Últimamente se prefiere hablar de “inteligencia emocional” y corresponde a
Daniel Goleman, psicólogo de profesión, el mérito de haber puesto una vez más
de manifiesto el problema sobre la mesa con un lenguaje asequible y cercano a
la mayoría de la gente desde una impostación descriptiva y psicológica
atractiva. Se comprende que su “Emotional Intelligence” alcanzara
rápidamente un éxito editorial importante convirtiéndose en fuente inagotable
de inspiración para organizar la vida personal y educar a los nuevos
funcionarios y ejecutivos sociales con vistas a triunfar y no seguir fracasando
en la lucha personal y colectiva por la felicidad. Al margen del
reducido valor objetivo de la teoría de la inteligencia emocional, es innegable
que D. Goleman ha puesto una vez más el dedo en la llaga y viene a confirmar
que en el uso correcto o desacertado que hagamos de la inteligencia nos jugamos
en buena parte el éxito o fracaso de nuestra vida. De ahí que cualquier
esfuerzo por evitar ese fracaso haya de ser acogido con esperanza. Como iremos
viendo a lo largo de estas páginas, todo apunta a que es indispensable superar el
abuso de la razón y de los sentimientos mediante la razonabilidad basada
en el aprendizaje y uso correcto de la razón.
5. La preocupación actual por la inteligencia
Con la inteligencia conocemos la realidad de la que formamos parte y se afirma
nuestra dignidad humana entre los demás seres de la naturaleza. Por ello se
comprende que los estudios sobre la inteligencia estén ahora más que nunca en
el punto de mira de la psicología, de la bioética y de la educación. Y por
supuesto, en el campo de la filosofía, por más que ésta esté atravesando por
una crisis nueva de gran envergadura. En el pasado se medía la
inteligencia humana con la ayuda de tests en los que se trataba de
evaluar las capacidades numéricas, lingüísticas o espaciales de cada persona.
Pero con este método se ha cometido el error de centrar la atención
excesivamente en la solución de problemas técnicos olvidando otras habilidades
del ser humano como son la reflexión, la comunicación afectiva o la
inteligencia emocional. La teoría últimamente más aceptada es la de la inteligencia
múltiple de Howard Gardner, el cual parte de la hipótesis de que no tenemos
una sola capacidad mental sino varias: la lógico-matemática, la espacial, la
lingüística, la musical, la corporal, la interpersonal y la intra-personal. Por
tanto, cuando nos proponemos medir la inteligencia de un sujeto, deberíamos
hacerlo basándonos en todas ellas y no sólo en alguna o algunas. Se están
intentando generar nuevos tests que midan estas capacidades, pero este
es un proceso difícil que todavía está en los inicios.
La inteligencia de una persona está formada por un conjunto de variables como
la atención, la capacidad de observación, la memoria, el aprendizaje, las
habilidades sociales, etc., que le permiten enfrentarse al mundo diariamente.
El rendimiento que obtenemos de nuestras actividades diarias depende mucho de
la atención que les prestamos así como de la capacidad de concentración que
manifestamos en cada momento. Pero hay que tener en cuenta que, para alcanzar
un rendimiento adecuado, intervienen muchas otras funciones. Por ejemplo, un
estado emocional estable, una buena salud psico-física y un nivel de activación
normal.
La inteligencia, piensan algunos, es la capacidad de asimilar, guardar,
elaborar información y utilizarla para resolver problemas. Sorprendentemente no
se menciona la capacidad de razonar y se advierte que también los animales y
las computadoras están dotados de esas capacidades. Es la típica definición
descriptiva en la que apenas se utiliza la reflexión. Otros, más acertadamente,
piensan que el ser humano va más lejos, desarrollando una capacidad de iniciar,
dirigir y controlar nuestras operaciones mentales y todas las actividades que
manejan información. El hombre reconoce y relaciona muchas cosas sin saber cómo
lo hace. Pero tenemos además la capacidad de integrar estas actividades
mentales y de hacerlas voluntarias mediante su debido control. Tal ocurre
cuando activamos nuestra atención durante los procesos de aprendizaje. En esos
momentos ya no nos comportamos con el automatismo de los animales sino que
dirigimos voluntariamente nuestro aprendizaje hacia los objetivos por nosotros
deseados. La función principal de la inteligencia es conocer y dirigir
nuestro comportamiento para resolver problemas personales y sociales de la vida
con acierto y eficacia.
Hasta hace poco tiempo existió una opinión errónea según la cual la
inteligencia sólo sirve para resolver los problemas de las matemáticas y de la
física dejando a un lado las capacidades personales para resolver los problemas
que afectan directamente a nuestra felicidad personal y la buena convivencia
social. Cuando los cuerpos docentes opinaban sobre las cualidades intelectuales
de los estudiantes, a muchos le parecía evidente que la mayor facilidad para el
estudio de las matemáticas era la prueba indiscutible de una dotación
intelectual superior a la de aquellos que encontraban mayor dificultad. Esta
mentalidad llevó a extremos como la división administrativa de los estudios
institucionales en ciencias, letras y humanidades. Con lo cual se potenció el
prejuicio de que los jóvenes que optaban por el estudio de las humanidades eran
aquellos cuyo coeficiente intelectual no daba para el estudio de las ciencias.
O dicho en lenguaje coloquial: el estudio de las ciencias es para los listos y
el de las humanidades para los menos inteligentes. La sociedad actual ha asumido
esta forma de pensar y la ha sancionado promocionando el apoyo económico de los
estudios denominados científicos negando prácticamente un estatuto social digno
a las instituciones humanísticas. La razón de fondo es que la informática y la
tecnología prometen un futuro económicamente rentable mientras que el estudio
de las humanidades, como la filosofía, sólo garantiza un futuro a precio de
hambre.
Frente a esta triste situación está la realidad de los hechos. Ya en el siglo
XIII Tomás de Aquino pensaba que el estudio de las matemáticas debería
realizarse desde la más tierna infancia por una razón muy simple. Porque el
nivel del conocimiento matemático, pensaba él, depende más de un tipo de
imaginación que de la capacidad intelectual propiamente dicha. Por el
contrario, el estudio de los problemas éticos y metafísicos requiere
experiencia de la vida y mucha capacidad reflexiva. Por ello, el estudio de las
matemáticas puede llevarse a cabo con total éxito desde la más tierna infancia,
lo cual no es posible en el campo de la ética o de la metafísica. De hecho hay
personas altamente capacitadas para todo aquello que tiene relación directa con
las matemáticas y que, al mismo tiempo, son incapaces de hacer un razonamiento
correcto en el ámbito intelectual propiamente dicho. Saben hacer operaciones
matemáticas complicadísimas con relativa facilidad pero encuentran serias
dificultades para razonar correctamente frente a los problemas esenciales del
hombre frente la vida y la muerte. Son incapaces de entender nada que no pueda
ser tratado mediante un proceso matemático. A esto hay que añadir otro hecho
empírico. Hay personas intelectualmente bien dotadas que fracasan en la vida y
otras muy mediocres que saben cómo comportarse para triunfar. Esta constatación
está en la base de la teoría de la inteligencia emocional como alternativa al
fracaso permanente de la inteligencia en la gestión de la felicidad humana en
las sociedades modernas avanzadas.
6.
Los tipos de inteligencia
Entre los temas específicos de la psicología moderna cabe destacar aquellos
relacionados con la conciencia, la memoria y el pensamiento. Pero una de las
cuestiones estrella se refiere a las cuestiones relacionadas con la
inteligencia y nuestro mundo afectivo. La afectividad o impacto emocional se
refiere a la capacidad de ser impactados por las circunstancia externas
en las que nos vemos envueltos. Una vez afectados o influenciados por dichas
circunstancias (la muerte de un ser querido, la curación inesperada de una
enfermedad, la supervivencia en un accidente de tráfico, la simple escucha de
una palabra agradable o desagradable) exteriorizamos esos impulsos afectivos
mediante sentimientos, emociones y pasiones. Los sentimientos son los embajadores
inconfundibles del estado interior de nuestra afectividad.
En el lenguaje popular tradicional se hablaba de “listos y tontos”, y en los
círculos académicos, de “inteligentes y menos inteligentes”. Pero con una
particularidad interesante. Como queda dicho, listos o inteligentes eran
considerados aquellos que estaban dotados de una memoria sensitiva notable y,
sobre todo, de una dotación especial para el estudio de las matemáticas.
Actualmente se habla de diversos tipos de inteligencia y la mayor parte de los
analistas aceptan sin dificultad que las personas más inteligentes no son
necesariamente las mejor dotadas de memoria sensitiva o de capacidad para el
estudio de las matemáticas sino aquellas que saben organizarse más sabiamente
la vida.
Como signos de esa sabiduría cabe destacar los siguientes.
- Aprender de la experiencia. Una persona que incurre frecuentemente en
un error y no aprende por lo menos a reconocer que tiene que cambiar de
conducta, ello puede ser signo de poca inteligencia o que su estado emocional
la ha inundado. En el primer caso cabe hablar de personas con escasa o nula
dotación intelectual. Son los que nunca aprenden de sus errores. En el segundo
caso nos hallamos ante la situación de aquellas personas que no han perdido un
ápice de su lucidez mental para discernir en teoría entre lo que es bueno o
malo para ellas, pero su estado emocional no les permite llevar a la práctica
eso que con la cabeza fría entienden que es lo mejor. Un fumador, por ejemplo,
puede estar plenamente convencido de que, en bien suyo y de los demás, debe
dejar de fumar, se propone no fumar más y, antes o después, termina
aborreciendo esa maligna e indeseable costumbre. Otro, por el contrario, busca
argumentos debajo de las piedras para justificar el seguir fumando. En el
primer caso el uso de la razón se ha impuesto sobre sentimientos y emociones de
mala calidad. En el segundo, en cambio, la razón ha sucumbido al oleaje salvaje
de los sentimientos.
Una persona que es capaz de sobrevivir a los embates de los sentimientos
aprendiendo a rectificar los errores cometidos es sin lugar a dudas más
inteligente que otra que trata de legitimar con falsas razones sus errores. Las
personas realmente inteligentes no son aquellas que más saben o son más cultas,
sino aquellas que son capaces de aprender de todo el mundo y de sus propios errores.
Las personas inteligentes son conscientes de sus éxitos pero igualmente de sus
fracasos. Las personas poco inteligentes, en cambio, sólo ven éxitos en su vida
y nunca equivocaciones. Carecen de la capacidad de aprender de la experiencia
propia y ajena. Las personas verdaderamente inteligentes convierten la
experiencia de la vida en fuente inagotable de sabiduría, incluso las
experiencias negativas. Por eso cabe decir que uno de los fallos más notables
de la pedagogía de todos los tiempos ha consistido en enseñar casi
exclusivamente a hacer las cosas bien, como si no hubiera que aprender a
corregir las cosas que fatalmente se habrán de hacer mal. Con la experiencia de
la vida la inteligencia sana y bien educada aprende lo mismo de las experiencia
positivas como de las negativas. Cuando tal sucede la inteligencia va asociada,
no tanto a la cultura o al mero conocimiento científico, sino a la sabiduría
como el fruto sazonado y más auténtico de las personas realmente inteligentes y
sabias.
- Sentido realista de la vida. Es lo que los psicólogos llaman
comportamiento adecuado a la realidad. Me refiero a la capacidad para deducir
conclusiones correctas de la experiencia de la vida y aplicarlas adecuadamente
al entorno humano en que nos movemos. La persona realmente inteligente vive con
ilusión pero no se hace ilusiones de nada. Vive de la realidad pura y dura y no
de la engañosa fantasía. Hay personas, por ejemplo, que viven y trabajan de
forma desmedida porque dan por supuesto que van a vivir eternamente en este
mundo. Asisten a los funerales de conocidos, familiares y amigos. Pero se
comportan ante la muerte y hablan de ella como si eso fuera algo que no va con
ellas. Estas personas no son realistas. Viven de deseos y emociones y no del
uso llano y sencillo de la inteligencia que nos mantiene siempre en el ámbito
de la realidad.
- Sentido del tiempo real. Las personas que usan correctamente su
inteligencia no piensan que todo pasado o presente fue mejor o peor. Viven el
presente sin olvidar del todo el pasado y sin hacerse ilusiones sobre el
futuro. El pasado ya no nos pertenece, el futuro es en muchos aspectos
imprevisible y el presente es efímero. Hay quienes viven sólo de recuerdos.
Otros, en cambio, sólo sueñan con la imaginación en un futuro inexistente. En
contrapartida están quienes viven sólo del presente efímero en medio de
sorpresas y sobresaltos sin memoria del pasado ni visión de futuro. Las
personas que usan bien la inteligencia, por el contrario, saben cómo hacer para
aprender de la experiencia del pasado en el presente con visión realista de
futuro.
Vivir de forma inteligentemente correcta equivale a saber estar en este mundo
de forma provisional sin añoranzas del pasado ni pretensiones absurdas o
imaginarias respecto del futuro. Mediante el uso correcto de la inteligencia
aprendemos a vivir y a morir con dignidad y esperanza. Para ello tenemos que
actualizar los recuerdos felices del pasado, tener conciencia clara del
carácter efímero del presente y entregarnos sin miedo al misterio de nuestro
futuro. De ahí que, como ya recordara Aristóteles, del uso correcto o
incorrecto que hacemos de la inteligencia depende en buena parte nuestra
felicidad en este mundo como seres humanos. La sabiduría popular expresa esta
misma idea cuando aconseja que, si hemos de perder algo, que nunca sea la
cabeza. Por otra parte, en la vida corriente se dice que una persona es muy
inteligente o simplemente que es más inteligente que otra. Esta forma de hablar
tiene su fundamento y por ello me parece oportuno recordar los tipos de
inteligencia que más se manejan en los ámbitos de la antropología y que han
trascendido al lenguaje corriente de las personas estudiosas. Cabe hablar de
los tipos de inteligencia siguientes.
- Inteligencia teórica
Se denomina así a la capacidad de una persona para abstraer de las cosas
particulares y moverse en el ámbito de lo abstracto. Esto lleva consigo la
elaboración de conceptos, ideas u opiniones sobre las cosas así como la formulación
de juicios y raciocinios. Mediante la abstracción buscamos conocer las razones
últimas de las cosas conjugando los elementos comunes que hay en ellas y las
diferencias. Nos preguntamos, por ejemplo, qué es el hombre. Si aplicamos la
inteligencia teórica correctamente analizando con objetividad los datos
biológicos que compartimos las personas con las plantas y los animales, y
tomamos conciencia de las diferencias sustanciales que nos distinguen, podemos
llegar a conclusiones y razonamientos como estos: el hombre es un ser racional
con una dignidad o excelencia entitativa que impide ser tratado como una cosa,
una planta o un animal. Si esta conclusión la aplicamos después al campo de la
bioética y a la praxis médica, esas diferencias tendrán una orientación
práctica distinta que si pensamos que entre la vida de las plantas, de los
animales y de las personas no hay diferencia sustancial ninguna sino sólo
apreciaciones subjetivas diferentes. Lo propio de la inteligencia teórica es la
reflexión sobre los datos empíricos que proporcionan las ciencias
particulares y sobre los propios actos del pensamiento. Cuando cultivamos este
tipo de inteligencia nos comportamos como intelectuales propiamente
dichos. La inteligencia teórica es el modelo propio de los auténticos
intelectuales.
Pero en la cultura posmoderna el concepto de intelectual se ha devaluado
en proporción con el desinterés por la búsqueda de las verdades últimas de la
vida. De ahí que actualmente cualquier hombre o mujer que goce de popularidad
en alguna actividad social sea considerado como intelectual capacitado para
opinar con autoridad sobre el cielo y la tierra. Sobre todo si son personas
magnificadas por los medios de comunicación social. Pero esto es una
depreciación injusta del trabajo intelectual reflexivo propio y exclusivo de la
naturaleza humana. A muchos intelectuales se les ha tildado con razón de
alejarse de la realidad y perderse en especulaciones sin sentido práctico de la
vida. Pero esto sólo demuestra que hay que aprender a razonar bien en lugar de
prescindir del uso correcto de la razón o incluso usarla perversamente.
-
Inteligencia práctica
Es la facultad o capacidad para resolver los problemas de orden operativo que
nos salen al paso en la vida. Es el modelo de inteligencia de los hombres de
acción o ejecutivos modernos en los diversos ámbitos de la vida. También
los “manitas” que lo mismo “fríen un huevo que planchan una corbata”. Los
hombres prácticos son más imaginativos que inteligentes en su trabajo. Ellos
ejecutan eficazmente los proyectos que otros piensan. Hay personas tan
prácticas que tienen habilidad para hacer de todo sin saber por qué ni para qué
mientras su trabajo sea bien remunerado. En la cultura posmoderna los hombres
prácticos o ejecutivos así descritos son los herederos directos de los pragmáticos
de otros tiempos que han terminado desplazando casi por completo de la vida
social a los intelectuales tradicionalmente representados por los filósofos y
pensadores. De ahí que el lugar propio de los intelectuales lo ocupen los
ideólogos y los ejecutivos hasta el extremo de que el pensamiento y la
reflexión en profundidad son actividades “políticamente incorrectas”
condenadas al ámbito de la vida privada.
- Inteligencia social
Es el modelo de inteligencia
desplegado por los expertos en relaciones públicas. Casi todas las grandes
instituciones sociales cuentan con expertos en “relaciones públicas”. Su misión
principal consiste en crear y divulgar la buena imagen de la institución a la
que representan. Su slogan preferido es que se hagan las cosas bien y que se
sepa. Estos personajes son sensibles al trato humano como método eficaz para
lograr sus objetivos políticos, comerciales o culturales y tienen un carisma
especial para actuar en el terreno de las relaciones interpersonales mediante
un trato humano agradable y fiable. Los relacionadores públicos modernos no han
de ser confundidos con los “buenos políticos” o “buenos diplomáticos”, los
cuales no consiguen superar la mala opinión que se cierne sobre ellos. Para los
relacionadores públicos el engaño y la mentira son su enemigo principal. Para
los políticos y diplomáticos, en cambio, la verdad y la sinceridad no son
valores necesariamente prioritarios. Los buenos relacionadores públicos se
caracterizan por el perfil humano de su trato con la gente aunque a veces ello
se haga por motivos egoístas.
-
Inteligencia parlamentaria
Se llama así a la habilidad dialéctica que ciertas personas manifiestan durante
los debates televisados en directo y más aún en las agudísimas e ingeniosas
respuestas de ciertos parlamentarios a los ataques de sus adversarios
políticos. Hay quienes ante las cámaras de televisión o en el Parlamento activan
con gran facilidad sus discursos. Otros, en cambio, reaccionan genialmente
cuando los provocan. Ante la habilidad para hacer preguntas comprometedoras a
sus adversarios y responder a sus argumentos el público se entusiasma y no duda
en atribuir a estas personas una inteligencia prodigiosa. Con frecuencia el
público queda fascinado por la ingeniosidad de los argumentos y se olvida de la
validez o falsedad objetiva de los mismos.
-
Inteligencia política
Como es sabido, lo propio de la política es el ejercicio del poder. En
consecuencia, los que lo ejercen tratan por todos los medios de no perderlo y
los que están en la oposición luchan por alcanzarlo. Una vez que estos llegan
al poder repiten el mismo juego de los anteriores haciendo ahora todo lo
posible para no perderlo. En este contexto los políticos inteligentes son
aquellos que tienen una especial habilidad o capacidad para mantenerse en el
poder cuando lo tienen, o de conquistarlo cuando carecen del mismo. En
categorías maquiavélicas la inteligencia política así descrita tiene mucho que
ver con la sagacidad y la astucia humana. La característica más llamativa de la
inteligencia política es el maquiavelismo de aquellos que no tienen reparo en
servirse de cualquier medio para mantenerse en el poder o para escalarlo,
aunque ello pueda conducir a la violencia armada en casos extremos.
-
Inteligencia analítica y sintética
La inteligencia analítica es la habilidad o capacidad para analizar las cosas
descomponiéndolas pieza por pieza. Algo así como cuando el relojero desmonta
las piezas de un reloj para examinarlas una por una puntualmente. O como cuando
el niño toma el juguete en sus manos y procede inmediatamente a destruirlo sin
saber después cómo reconstruirlo. Otros, por el contrario, tienen una habilidad
especial para hacer síntesis y resúmenes de las cosas. Hay profesores, por
ejemplo, que tienen una habilidad especial para desarrollar un tema ante sus
alumnos haciendo descripciones minuciosas e interminables y tienen la sensación
de que jamás disponen del tiempo suficiente para desarrollar su programa
académico. Otros, por el contrario, resumen el tema en un esquema sencillo y
fácil de retener en la memoria y proceden a explicarlo con frases cortas y
definiciones precisas. En el primer caso nos hallamos ante personas dotadas de
una inteligencia analítica y en el segundo hablamos de personas con
inteligencia sintética. Obviamente, lo ideal es poseer ambas capacidades y
ejercitarlas bien. El ejercicio unilateral y exclusivo de estas capacidades es
siempre indeseable ya que el conocimiento adecuado de cualquier realidad
requiere analizar antes de sintetizar y sintetizar después de analizar.
- Inteligencia discursiva
Se denomina así a la capacidad para preparar un discurso bien estructurado con
lenguaje adecuado, ideas claras y redacción impecable. Es la inteligencia de
esas personas que redactan discursos importantes para ser leídos por otros, o
simplemente para ser conservados en los archivos. A veces encuentran serias
dificultades para expresarse bien hablando en público pero elaboran crónicas,
informes y discursos escritos con verdadera facilidad y maestría. Por el
contrario, hay personas que se expresan muy bien hablando pero son negadas para
escribir eso mismo que dicen de palabra. El filósofo Zubiri se excusó durante
mucho tiempo de publicar sus obras filosóficas alegando que no sabía escribir.
De hecho se sirvió de un equipo de expertos para publicarlas. Poseía una
inteligencia discursiva oral impresionante muy superior a la que se refleja en
sus escritos. Otra cosa es que en esos discursos tan bien redactados haya un
mensaje o contenido de verdad. El discurso puede estar bien hecho y carecer de
contenido razonable y digno de ser aceptado, o simplemente ser falso en su
totalidad. La facilidad de palabra y la brillantez literaria de un discurso no
son garantía segura de verdad. Por el contrario, detrás de las bellas palabras
y los brillantes discursos puede haber mucha falsedad disfrazada, como veremos
después al hablar de los sofismas y los géneros literarios.
-
Inteligencia matemática
Es la capacidad de describir las cosas mediante fórmulas matemáticas y de
manejar las estadísticas. Actualmente es el tipo de inteligencia socialmente
más preciado porque sirve para penetrar a fondo en las realidades materiales
para transformarlas en beneficio social. Todas las investigaciones sobre la
materia, desde las sustancias vivas hasta las piedras, se llevan a cabo
mediante estudios estadísticos y fórmulas matemáticas. El desarrollo material y
económico está vinculado directamente a las matemáticas aplicadas a los diversos
sectores de la realidad. Mientras la inteligencia matemática se aplica a las
realidades materiales cuantificables todo funciona bien. El problema aparece
cuando se pretende reducir a fórmulas y criterios matemáticos las realidades
humanas que trascienden a la materia, como la vida humana propiamente dicha y
los valores transcendentales como son la bondad humana, la libertad, la verdad
o el amor. Hay un orden de realidades que no puede ser encasillado en fórmulas
matemáticas, sólo aptas para la materia. Por ejemplo, los valores de orden
moral o metafísico. Sería ridículo, por ejemplo, tratar de medir o pesar el
valor de una persona en metros o kilos. Esta forma de hablar tiene sentido
tratándose de realidades materiales pero carece de sentido cuando se trata de
valores cualitativos como la verdad, la bondad humana, la belleza, la libertad
o el amor. Una vez más es oportuno recordar que quienes anteponen la
inteligencia matemática a la inteligencia reflexiva están equivocados. Hay
personas que están muy dotadas de inteligencia matemática y se comportan como
niños inmaduros e irresponsables ante los problemas fundamentales de la vida y
de la muerte. Por el contrario, hay otras con un coeficiente de inteligencia
matemática limitado pero poseen un coeficiente de inteligencia reflexiva
admirable que les permite afrontar con éxito los grandes problemas de la vida
que trascienden el ámbito de las realidades cuantificables.
-
Inteligencia artificial
La expresión “inteligencia artificial” es una metáfora referida a la forma de
moverse de ciertos artefactos imitando mecánicamente acciones similares a las
que realizamos mentalmente las personas. Es el mundo de los robots en el
sentido más amplio de la palabra. Las máquinas no poseen inteligencia pero
algunas son fabricadas de tal forma que al ser puestas en movimiento nos causan
la impresión de que se comportan como si realmente fueran conscientes de lo que
están haciendo. Pero son meros artefactos mecánicos creados por los humanos.
La inteligencia no es de los artefactos sino de las personas que los fabrican.
Un simulador aéreo, por ejemplo, nos coloca en situaciones similares a las que
tienen lugar en la realidad del tráfico aeronáutico. Pero el aparato se mueve
mecánicamente de acuerdo con la programación que le ha dado el fabricante y el
uso que hace del mismo el piloto. Ni tiene ciencia ni conciencia. Por eso, haga
lo que haga, es siempre una máquina en bruto fabricada y manejada por el
hombre. Otro ejemplo admirable moderno lo tenemos en los ordenadores o
computadoras. En los programas hay sólo lo que nosotros introducimos
previamente, como en el frigorífico o despensa no hay alimentos que los que
nosotros hemos previamente introducido. Otra cosa es que las operaciones del
ordenador sean programadas por los fabricantes imitando el orden de la
inteligencia humana, lo cual es realmente admirable. Pero, insisto, la
inteligencia no está en el ordenador sino en las personas que lo fabrican y
utilizan. Igualmente, la inteligencia matemática no está en las computadoras
sino en las personas que las fabrican y utilizan para facilitar los procesos
operativos. Tal ocurre exitosamente en el ámbito de la lingüística
computacional, de la robótica, video juegos y mundo virtual. Nos hallamos ante
máquinas fabricadas de forma que, puestas en marcha, imiten lo más posible los
procesos de la inteligencia humana. La idea de construir una máquina que pueda
ejecutar tareas percibidas como requerimientos de inteligencia humana es un
atractivo fascinante y las operaciones que han sido estudiadas desde este punto
de vista incluyen juegos, traducción y comprensión de idiomas, robótica así
como suministro de asesoría experta en diversos ámbitos. Es así como, en
el intento de crear máquinas capaces de realizar tareas que son pensadas como
propias de la inteligencia humana, se acuñó el término “inteligencia
artificial” en 1956.
Actualmente la inteligencia artificial es considerada como una disciplina
científico-técnica que trata de crear sistemas artificiales capaces de
comportarse de tal forma que parece que tienen inteligencia como las personas
para realizar las mismas acciones. Otras veces la inteligencia artificial se
refiere al estudio de los mecanismos de la inteligencia y las operaciones que
los sustentan. O bien el intento de reproducir o modelar la manera en que las
personas identifican, estructuran y resuelven problemas prácticos complicados.
En cualquier caso se trata de meras herramientas mecánicas de trabajo
fabricadas y manejadas por el hombre, que es el que tiene la inteligencia en
sentido propio y exclusivo. La inteligencia artificial, insisto, es una
expresión metafórica referida al desarrollo y uso de ordenadores con los que se
intenta imitar mecánicamente los procesos de la inteligencia humana.
-
Inteligencia analógica e inteligencia emocional
La primera se refiere a la capacidad intelectual de conocer la realidad en toda
su complejidad. O sea, de aprehender la diversidad de las cosas en la unidad, y
la unidad en la diversidad. Es la inteligencia científica y metafísica de la
realidad bajo el prisma del análisis, la síntesis y la analogía. La segunda, la
inteligencia emocional, se refiere al conjunto de estrategias o habilidades en
el manejo exitoso de los sentimientos y las emociones para triunfar en la
vida y ser felices. Se reconoce que las emociones son perturbadoras y causa de
infelicidad. Pero no se acepta que hayan de ser gobernadas por la inteligencia.
Por el contrario, lo que se busca es utilizar su energía vital en favor de
nuestros intereses aunque estos no estén de acuerdo con la razón.
Detrás del hábil manejo de las emociones y de los sentimientos late un
voluntarismo a ultranza en el que el uso de la razón queda subordinado a la
voluntad ciega. La estrategia puede resultar exitosa en función de nuestros
intereses, pero si estos no son razonables y justos aumentará nuestro malestar
e infelicidad. Un buen estratega de las emociones puede llegar a controlar y
dinamizar sus impulsos emotivos y los de sus semejantes para conseguir pingües
ganancias en una empresa laboral. Pero ello no significa haber resuelto el
problema de fondo sobre la necesidad de usar correctamente la razón. Los militares,
por ejemplo, celebran las estrategias adoptadas para ganar las batallas. Pero
se olvidan de que las guerras empiezan allí donde termina el uso de la razón
para resolver los problemas como personas civilizadas. Igualmente los nuevos
empresarios pueden tener más éxito económico jugando hábilmente con los
sentimientos y estados emocionales de sus trabajadores. Pero tal objetivo puede
lograrse al margen de los derechos humanos y de la justicia.
Cuando esto ocurre la inteligencia emocional ha funcionado, pero no el correcto
uso de la razón. En consecuencia, aumenta la productividad pero no el bienestar
y la felicidad interior de las personas. No hay tirano que no haya controlado y
manejado hábilmente los sentimientos propios y ajenos para triunfar en esta
vida a costa de los demás haciendo uso perverso de la razón. O los sentimientos
y las emociones pasan por el filtro de la recta razón o el remedio puede
resultar peor que la enfermedad. De ahí la conveniencia de insistir en la
necesidad de aprender a usar la razón en lugar de quedarnos en la adquisición
de meras habilidades y estrategias inspiradas en los deseos químicamente puros
disparados por la voluntad al margen de la razón.
-
Inteligencia sentiente
Esta
denominación se refiere a la correlación existente entre el conocimiento
sensitivo y el intelectual o racional. La inteligencia necesita de los sentidos
y los sentidos necesitan de la inteligencia. El uso frío de la inteligencia
prescindiendo de los sentimientos y emociones que condicionan la vida real de
las personas resulta tan nefasto para el ser humano como el uso de las
emociones sin control ninguno por parte de la inteligencia práctica de la vida.
La inteligencia ha de ser sensible y no un mero hueso sin carne.
-
Inteligencia instrumental
Es la inteligencia humana como “herramienta” indispensable sin cuyo uso
correcto la vida personal y la convivencia social está llamada fatalmente al
fracaso. La inteligencia es una capacidad única y exclusiva del ser humano. De
ahí que en el uso que hagamos de ella nos jugamos la felicidad en este mundo y
la esperanza en el porvenir. En los comienzos del siglo XXI esta capacidad o
instrumento específicamente humano es la que goza de menos interés o
simpatía. El objeto principal de este pequeño libro consiste precisamente en
destacar su importancia y la necesidad vital de usar bien esta
“herramienta” propia de la condición humana bajo la denominación de “uso de la
razón”.
7. Inteligencia y uso de la
razón
Antes de seguir adelante conviene hacer algunas precisiones con vistas a
establecer el concepto exacto de la razón y el uso correcto de la misma. El Diccionario
de la Real Academia Española describe seis acepciones del término inteligencia.
Capacidad de entender o comprender. El profesor de matemáticas, por
ejemplo, explica el teorema de Pitágoras y hay alumnos que lo entienden
inmediatamente y otros que necesitan más tiempo o simplemente no lo entienden o
lo entienden a medias. En igualdad de circunstancias constatamos cómo cada
alumno manifiesta su propia capacidad personal de comprensión o inteligencia
del teorema.
Capacidad de resolver problemas. Hay personas que tienen una capacidad
especial para salir adelante exitosamente en situaciones difíciles. Las hay que
incluso disfrutan afrontando esas situaciones para resolverlas. Ante los
problemas se auto-estimulan en lugar de acobardarse y disfrutan mucho
encontrando las mejores soluciones.
Conocimiento,
comprensión, acto de entender. En este sentido la inteligencia no se toma
como capacidad intelectual sino como el conocimiento que tenemos de las cosas y
el acto mismo que nos permite entenderlas. Se dice tener inteligencia de las
cosas cuando de hecho las conocemos y entendemos. Hay personas saben mucho
y entienden lo que saben. Otras, por el contrario, son muy cultas y son capaces
de hablar de todo pero con un nivel de comprensión de lo que dicen muy bajo.
Habilidad, destreza y experiencia. Con el tiempo y la repetición de
actos terminamos adquiriendo una experiencia de las cosas y de la vida que nos
permite actuar con acierto. Hay ancianos, por ejemplo, que saben más y mejor de
la vida y de los asuntos de su profesión por su larga experiencia que por haber
estudiado en los libros. Se dice de ellos que tienen una inteligencia natural
admirable que no necesita de pruebas académicas.
Trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí.
En tal sentido se dice que hay buena inteligencia entre dos personas o
naciones. O sea, que se entienden, para bien o para mal. En este segundo
sentido el término inteligencia tiene un significado peyorativo. Por
ejemplo, cuando se habla de la inteligencia entre países con regímenes
políticos sospechosos o abiertamente indeseables.
Sustancia puramente espiritual. Este es el sentido estrictamente
filosófico del término. La inteligencia se toma ahora como una potencia del
alma humana equivalente al intelecto o razón. Es el significado que hemos
adoptado en este trabajo. Así pues, usaremos indistintamente la expresión uso
de la razón, de la inteligencia o del intelecto.
En el lenguaje común lo más normal es considerar la inteligencia como la
capacidad para elegir con libertad lo mejor para nosotros de acuerdo con las
diversas situaciones de la vida, con o sin ayuda de procesos cognoscitivos
previos. Esta capacidad es propia y exclusiva de los seres humanos que nos diferencia
esencialmente de los animales. Los animales, en efecto, no deliberan antes de
actuar, ni actúan y reflexionan después sobre lo que hacen.
Lo más natural sería que antes de hablar pensemos lo que vamos a decir.
Igualmente, antes de tomar decisiones con la voluntad lo que procede es consular
con la inteligencia o razón. En la vida real, sin embargo, mucha gente hace las
cosas y después, si salen mal, las piensa. O sea, que se toman decisiones de
una manera automática impulsados por hábitos y costumbres sin pasarlos
previamente por el filtro de la razón. Unos más y otros menos, todos disponemos
de un sistema de hábitos que se activan de manera automática cuando percibimos
un contexto que nos resulta familiar. Pero cuando no obtenemos los resultados
esperados reaccionamos con sorpresa, ira o ansiedad. Es entonces cuando
se activa nuestro sistema cognitivo y nos paramos a pensar.
Por lo general, en situaciones normales actuamos de forma automática impulsados
por los hábitos adquiridos y sólo cuando surgen situaciones inesperadas,
novedosas o sorpresivas ponemos en marcha el registro de nuestra capacidad
intelectual. Esta mala costumbre de guiarnos por la inteligencia pre-reflexiva
está en la base de las grandes desgracias personales y sociales de todos los
tiempos. Y más aún en los tiempos actuales cuando el recurso a la reflexión
carece socialmente de interés ni siquiera en el ámbito de la pedagogía
intelectual En tiempos pasados se tenía la impresión de que la función
principal de la inteligencia es sólo conocer para saber. Actualmente se piensa
que no es menos importante su función de dirigir el comportamiento para
resolver problemas de la vida cotidiana con eficacia. Igualmente se pensaba que
la inteligencia servía principalmente para resolver los problemas matemáticos o
físicos. Actualmente el concepto de inteligencia abarca también a la capacidad
de resolver problemas que afectan a la felicidad individual de las personas y a
la buena convivencia social.
De lo cual se deduce que no sólo se considera inteligente el que tiene gran
capacidad intelectual para adquirir conocimientos, analizar problemas y aportar
soluciones sino también al que conoce y sabe ser feliz y hacer felices a los
demás. Es aquello del dicho popular clásico de que “al final de la vida el que
se salva sabe y el que no se salva no sabe nada”. Lo cual pone a la
inteligencia en la perspectiva de la búsqueda del sentido último de la vida,
que es la dimensión paradójicamente menos valorada en la cultura posmoderna. En
cualquier caso se reconoce que la inteligencia es fundamentalmente una
capacidad o facultad abierta al conocimiento y a la felicidad y que los
diversos tipos de inteligencia no son más que aspectos o procesos cognitivos
distintos destacados o predominantes.
En este tema de la inteligencia humana hay que evitar varios simplismos. Por
ejemplo creer, como ocurrió en la antigüedad, que existe una inteligencia única
con la que pensamos todos como existe un astro solar para ver o una atmósfera
para respirar. De ahí se seguiría que los famosos y discutibles chequeos
pedagógico de inteligencia con vistas a la orientación profesional y
perfeccionamiento de los métodos pedagógicos de enseñanza serían una falta de
respeto a las personas por su carácter discriminatorio. Si todos pensáramos con
el mismo entendimiento, todos deberíamos pensar igual y todas nuestras opiniones
deberían tener el mismo valor. Cosa que no es compatible con la experiencia de
la vida. No. La inteligencia es una facultad personal intransferible y cada
cual pensamos con nuestro propio intelecto personal como hacemos la digestión
con nuestro propio estómago. Por lo mismo, así como no todos los estómagos
digieren igualmente los alimentos, de modo análogo no todos conocemos y
pensamos las cosas uniformemente sino a la medida de la capacidad y
entrenamiento de nuestra inteligencia personal.
Otro extremo a evitar es el de creer que hay en nosotros tantas inteligencias o
facultades cognoscitivas como tipos o especies de conocimiento. La inteligencia
humana como capacidad o facultad para conocer e interpretar la realidad y dar
sentido a la vida es una y única con una diversidad asombrosa de posibilidades
que se desarrollan mediante la educación y el adiestramiento. Sólo en este
sentido cabe hablar de inteligencias múltiples. Por ejemplo, de inteligencia
lingüística, lógico-matemática, espacial, física y cinestética, musical o interpersonal,
según la teoría de Howard
Gardner.
En sentido descriptivo resulta obvio que hay personas mejor dotadas que otras
para hablar y escribir, aprender idiomas, comunicar ideas y lograr objetivos
usando su capacidad lingüística. Otros manifiestan una capacidad especial para
el manejo de los números y de los conceptos abstractos y solución de
operaciones matemáticas muy complejas. Y así sucesivamente. Hay genios de la música,
de la pintura, de las relaciones públicas, de las artes y de las ciencias. Pero
cada una de esas capacidades geniales no equivale a una facultad intelectiva
distinta sino a un aspecto o dimensión destacable de una y única inteligencia
personal. Ni existe un entendimiento o inteligencia en el universo fuera de
nosotros común para todos, ni dentro de cada uno de nosotros existen
inteligencias o facultades múltiples sino una sola personal e intransferible
con posibilidades cuasi-infinitas de expresión.
Por otra parte se habla de inteligencia, intelecto, razón y
uso de la razón. Inteligencia (del latín: intus legere),
significa literalmente leer por dentro. De ahí el uso del término para
hablar de personas inteligentes cuando destacan en algún aspecto del
conocimiento humano. A veces se confunde ser inteligente con ser culto, lo cual
es un error. Una persona puede ser muy culta porque está dotada de una memoria
sensitiva prodigiosa y puede hablar de todo lo que ha oído, visto y leído en
los libros. Pero puede darse el caso de que no conozca las cosas en profundidad
sino sólo por las apariencias. Las personas cultas no son necesariamente
inteligentes, ni siquiera en el sentido de saber andar por la vida sin
tropiezos. Ser cultos o eruditos tampoco equivale a ser sabios. La sabiduría o
saber gozoso sólo se adquiere mediante el conocimiento profundo de las cosas y
de los acontecimientos en sus principios y en sus causas. Las personas
verdaderamente inteligentes son aquellas que conocen las cosas por sus cuatro
causas o costados. O sea, por fuera y por dentro, por lo alto y por la
bajo.
Cuando en el lenguaje coloquial advertimos a alguien que estamos dispuestos a
decirle “cuatro verdades” sobre algún asunto nos estamos refiriendo al
conocimiento absoluto que creemos tener sobre el mismo. En el mismo sentido
sapiencial y profundo hablaba Buda de “las cuatro verdades” sobre nuestra
existencia dolorosa. Cualquier realidad, para ser conocida a fondo, necesita
ser considerada desde sus cuatro dimensiones o causas constitutivas. Sólo
quienes conocen esas cuatro dimensiones (eficiente, final, material y formal,
en terminología aristotélica) pueden ser considerados como realmente sabios. Lo
que determina el carácter sapiencial de nuestro conocimiento más allá de la
erudición es la inteligencia o descubrimiento de la dimensión esencial
de las cosas. Por ejemplo, una persona culta puede retener en la memoria sensitiva
un arsenal descomunal de datos históricos o hazañas humanas y al mismo
tiempo ser incapaz de hacer una valoración crítica razonable sobre los mismos.
O ser un matemático que resuelve complicadísimos problemas de física sobre el
papel o la pantalla del ordenador y tener opiniones absurdas sobre los asuntos
más ordinarios de la vida. Ser inteligentes en la vida es algo más que ser
genios u hombres de cultura. Ser verdaderamente inteligentes significa usar la
razón, y no de cualquier forma sino correctamente. Esta es la cuestión. Por
ello me parece necesario hacer la siguiente precisión final de este apartado
sobre inteligencia y uso de la razón
Para evitar confusiones, en esta obra los términos inteligencia,
intelecto y razón se refieren a la potencia o capacidad cognoscitiva
suprema del hombre para reflexionar sobre la vida y el mundo que nos
rodea mediante el descubrimiento y conocimiento esencial de sus valores. Es esa
capacidad por la que el hombre fue definido desde los tiempos de Aristóteles
como poseedor de razón o animal racional. El hombre, en efecto,
comparte aspectos comunes con el resto de los seres vivos pero no su dignidad
humana, que radica en su específica condición racional. Por consiguiente, el
uso de la inteligencia, del intelecto, del entendimiento o de la razón
constituye la nota esencial y específica del comportamiento humano por relación
al resto de los seres vivos. Y no de cualquier manera. Se trata de la capacidad
o facultad de pensar y reflexionar sobre las razones últimas de las cosas y de
los acontecimientos, y no como la mera habilidad para manejar los sentimientos
y las emociones en función de nuestros intereses al modo como se entiende la
inteligencia emocional. La inteligencia humana es por su propia naturaleza racional
y no emocional. Esta expresión genera confusión en lugar de ayudar a resolver
los conflictos personales derivados del desarrollo natural o provocado de los
sentimientos y las emociones en la vida de las personas y su repercusión en la
convivencia social.
Cuando hablamos, pues, de uso de la razón nos estamos refiriendo
al ejercicio acertado o equivocado de la facultad de razonar como propia y
exclusiva de los seres humanos. Nadie nace haciendo uso de la razón. Pero
todos, incluidos los genéticamente deficientes, hemos nacido con la capacidad o
facultad de razonar. Una cosa es la capacidad actual de razonar y otra el
ejercicio de esa facultad. Un piano, por ejemplo, una vez fabricado de acuerdo
con las características propias de este instrumento musical, no deja de ser un
piano porque nadie lo utilice. Hay casas en las que el piano está sólo como
objeto de decoración o recuerdo romántico. De modo análogo, un ser humano es ya
racional desde el momento mismo de la constitución de su código genético
individual y sigue siéndolo hasta su muerte aunque no use la razón. Una cosa es
la capacidad racional impresa en el código genético y otra el desarrollo
progresivo y acertado de la misma. Por
tanto, al hablar en esta obra del uso de la razón me estoy
refiriendo a esta segunda etapa de ejercicio y despliegue acertado de la
inteligencia para resolver felizmente los problemas de la vida. Las personas
humanas somos inteligentes por naturaleza pero desgraciadamente no todas usan
la inteligencia de forma satisfactoria. Otras la usan mal o nunca. Este es el
problema. ¿Cómo hacer comprender a la gente que hay que usar la razón? ¿Cómo
enseñar a usarla correctamente? Como veremos a en los capítulos siguientes, la
respuesta a ambas preguntas encuentra grandes dificultades. Unas derivadas del
desarrollo natural de nuestra propia personalidad individual, y otras del
contexto cultural o educativo en el que hemos de vivir.
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