LA EXISTENCIA DE DIOS
El
filósofo de la república vetona,
Convocó
una sesión de urgencia,
Para
que Mabel hablara de Dios,
A
una muy concurrida asistencia.
Tú
estás muy equivocada Mabel:
Si
Dios existiera en alguna parte,
No
habría tantos ateos a la carta,
Ni
tantos criminales para rescate.
Y
Mabel replicó sin nada dudar:
Prefiero
ser equivocada honesta,
A
ser mujer imprudente y tonta,
Creyendo
que sin Dios hay fiesta.
De
creer en un Dios mi Creador,
No
me arrepentiré nunca jamás,
Pues
aunque no existiera por ahí,
Existe
en mi corazón para amar.
Un
joven y enamorado de Mabel,
Aunque
lo tenía bien disimulado,
Pidió
al tiro su turno para hablar,
Como
el hombre más afortunado.
Hablando
de corazones, comentó,
Ninguno
más hermoso que el tuyo,
De
él he aprendido a creer en Dios,
Sin
duda porque ya hasta lo intuyo.
Nadie
niega a Dios, dijo un sabio,
Sino
aquel cuya existencia ensucia,
Con
su mala vida de corrupciones,
Como
si su vida fuera de prostituta.
La
persona razonable y responsable,
Expone
respetuosamente sus dudas,
Sobre
si Dios realmente existe o no,
Pero
sin contradecir con las burlas.
El
rancio filósofo cerró la sesión,
Como
era siempre su costumbre,
Con
una reflexión y de las suyas,
Echando
en el fuego más lumbre.
Dios
existe realmente y sin hablar,
El
idioma que hablan los hombres,
Sólo
aquellos que saben amar bien,
Le sienten pronto en sus
corazones.
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