Buenas noches mi vida,
Y buenos días mi amor,
Miremos juntos al cielo,
Donde nos espera Dios.
¡Qué hermoso es el amor,
El que profesamos los dos,
Durante esta vida mortal,
En busca de la salvación!
Esta es mi opinión modesta,
Pero qué piensa tu corazón?
Dímelo ya pronto te lo ruego,
Para no caer yo en tentación.
Volando muy juntos al cielo,
En las alas de nuestro amor,
Cantaremos música de vida,
Al ritmo del designo de Dios.
Guardad mis mandamientos,
Nos aconsejó nuestro Señor,
Y sin olvidar el más grande,
Que es siempre el del amor.
Si os amáis los unos a los otros,
Como Yo a todos os he amado,
Vosotros seréis mis hermanos,
Como hijos de Dios y humanos.
Ama a Dios sobre todas las cosas,
Y a las personas buenas y malas,
Sin excluir a nadie de tu corazón,
Aunque parezca ser hierba mala.
El amor verdadero y el miedo,
Son como el agua pura y el fuego,
O se evapora muy pronto el agua,
O se apaga y desaparece el fuego.
Ama sin condiciones y no temas,
Aconsejó un sabio a un inexperto,
Aunque dolores y muerte lleguen,
Para enterrarte vivo en un cesto.
Cuando el enemigo te sorprenda,
Para hacerte el mal de su cosecha,
No pagues con la misma moneda,
El perdón es la moneda correcta.
Perdonar es cosa difícil de hacer,
Pero para Dios nada es imposible,
Ponte tú en sus amorosas manos,
Y Él hará que todo ello sea posible.
El miedo guarda la viña, pero el
amor hace que sus cepas no mueran y nos ofrezcan generosamente sus dulces y
saludables frutos. El miedo al guarda de la viña puede resultad eficaz en un
momento dado para evitar los robos. Pero si no se la cultiva al mismo tiempo
con cariño y se agasaja con sus dulces racimos y añejos vinos a nadie sin
cobrar nada, se corre el riesgo de tenerla que arrancar de cuajo algún día no
lejano para quemar las cepas muertas. La vida humana sin amor es como una viña
seca condenada al fuego. La vida humana con amor, por el contrario, es como una
viña cultivada con cariño de cuyos frutos podrán disfrutar los buenos y los
malos. El dolor y la proximidad de la muerte producen miedo de momento. Pero
cuando se activa el amor, ese miedo va desapareciendo a medida que el amor toma
posesión del alma y poniendo al miedo en retirada con la esperanza. A veces la
dificultad mayor consiste en la dificultad de perdonar a los que nos hicieron
algún mal. Pero si hay voluntad de amar como Dios manda, Dios aporta su fuerza
y poder para que, como Jesucristo, seamos capaces de perdonar incluso a
nuestros propio martirizadores, con derramamiento de sangre o de forma
incruenta. El hombre con sus propias fuerzas es incapaz de perdonar al enemigo.
Es capaz de pedir disculpas y aceptarlas como estrategia defensiva, pero lo que
se dice perdonar como Dios manda, eso sólo es posible mediante la gracia
amorosa de Dios. Cuando tal gracia se activa es cuando el miedo huye como alma
que lleva el diablo o como el fuego del agua.
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