jueves, 22 de marzo de 2018

LUTERO Y SU PERSONALIDAD


LUTERO Y SU PERSONALIDAD
Niceto Blázquez, O.P.
           
            Han transcurrido 500 años desde el 31 de octubre de 1517, cuando el fraile agustino fray Martín Lutero hizo públicas en Wittenberg sus 95 tesis contra la doctrina de las indulgencias. En realidad no sabemos con certeza si dicha manifestación pública de violencia teológica tuvo lugar exactamente en esa fecha. Se dice que los discípulos fanáticos del fraile necesitaban fijar una fecha emblemática de referencia para ellos y nadie sabe decirnos el por qué eligieron precisamente ese día. Ahora bien lo importante es que dichas tesis fueron publicadas, lo cual significó un antes y un después en la historia de la Iglesia occidental.
            Pero después de las fiestas vine la resaca y en este contexto me ha parecido oportuno recordar algunos gestos ecuménicos significativos que han tenido lugar últimamente entre la Iglesia católica y la luterana, aunque sin entrar en comentarios de repertorio ya que  el objeto principal de estas páginas está centrado en el perfil psicológico de la personalidad de Lutero como hombre religioso, aplicando los parámetros de la psiquiatría actual más autorizada en la que se habla de “sicópatas integrados”. Este es un aspecto cuyo olvido ha sido desde que yo tengo memoria una constante permanente cuando se habla de Lutero y la presunta “reforma protestante”.

            1. UNA ACLARACIÓN PREVIA

            La persona es aquello que somos siempre y la personalidad es lo que adquirimos y tenemos y vamos recambiando o dejado de tener con el paso del tiempo.  En el carnet de identidad, por ejemplo, la fotografía de rigor indica que el sujeto personal fotografiado es siempre el mismo pero no lo mismo. Comparando una fotografía realizada a los 18 años de edad con otra a los 80 ya cumplidos, resulta obvio que la persona es la misma pero la personalidad ha cambiado sorprendentemente, para bien o para mal. Lo mismo puede decirse tratándose de opiniones, ideas y formas de conducta de cualquier persona normal y corriente. Traigo esto a colación para indicar que voy a decir algo sobre la personalidad de Lutero como dato a tener en cuenta para no perder el tiempo con discusiones teológicas abstractas, olvidando los factores psicológicos que de hecho condicionaron su vida y modo de pensar desde la más tierna infancia. El otro factor a tener en cuenta se refiere al cariz político que tuvo la revolución luterana desde el primer momento. Por aquella época los sentimientos nacionalistas en Alemania contra la Europa latina,  así como las corrupciones existentes dentro de la Iglesia, fueron el caldo de cultivo social en el que se forjó y desarrolló la personalidad de Lutero. 

            2. FECHAS Y DOCUMENTOS SIGNIFICATIVOS
           
            1) Declaración conjunta de Ausburgo
           
             El 31 de octubre de 1999, los representantes oficiales de la Iglesia Católica y de la Federación Luterana Mundial, firmaron una Declaración conjunta, en la que ambas Iglesias llegaron a un acuerdo importante acerca de la doctrina de la justificación. Sólo Dios justifica al pecador, o sea, sólo Dios salva en última instancia.
            Esta declaración de 1999 se firmó en Augsburgo, precisamente porque en esta última ciudad fue escrita una página decisiva de la reforma luterana, la confesión de Augsburgo, que, según dijo Juan Pablo II, “fue la última tentativa verdaderamente seria que, después de la ruptura ha tenido lugar para llegar a un acuerdo entre luteranos y católicos”. El texto es muy amplio y está centrado en el tema de la justificación. A la Introducción sigue un Anexo y el texto de la Declaración. El Documento termina con estas palabras.
           

            V. Significado y alcance del consenso logrado:
            La interpretación de la doctrina de la justificación expuesta en la presente declaración demuestra que entre luteranos y católicos hay consenso respecto a los postulados fundamentales de dicha doctrina. A la luz de este consenso, las diferencias restantes de lenguaje, elaboración teológica y énfasis, descritas en los párrafos 18 a 39, son aceptables. Por lo tanto, las diferencias de las explicaciones luterana y católica de la justificación están abiertas unas a otras y no desbaratan el consenso relativo a los postulados fundamentales. De ahí que las condenas doctrinales del siglo XVI, por lo menos en lo que atañe a la doctrina de la justificación, se vean con nuevos ojos: Las condenas del Concilio de Trento no se aplican al magisterio de las iglesias luteranas expuesto en la presente declaración y, las condenas de las Confesiones Luteranas, no se aplican al magisterio de la Iglesia Católica Romana, expuesto en la presente declaración.   Ello no quita seriedad alguna a las condenas relativas a la doctrina de la justificación. Algunas distaban de ser simples futilidades y siguen siendo para nosotros «advertencias saludables» a las cuales debemos atender en nuestro magisterio y práctica. Nuestro consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación debe llegar a influir en la vida y el magisterio de nuestras iglesias. Allí se comprobará. Al respecto, subsisten cuestiones de mayor o menor importancia que requieren ulterior aclaración, entre ellas, temas tales como: La relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de la iglesia, eclesiología, autoridad en la iglesia, ministerio, los sacramentos y la relación entre justificación y ética social. Estamos convencidos de que el consenso que hemos alcanzado sienta sólidas bases para esta aclaración. Las iglesias luteranas y la Iglesia Católica Romana seguirán bregando juntas por profundizar esta interpretación común de la justificación y hacerla fructificar en la vida y el magisterio de las iglesias. Damos gracias al Señor por este paso decisivo en el camino de superar la división de la iglesia. Pedimos al Espíritu Santo que nos siga conduciendo hacia esa unidad visible que es voluntad de Cristo”.
           
            2) El Papa Francisco en Suecia

            El 31 de octubre  del 2016 el Papa Francisco y el Obispo Munib Yunan, Presidente de la Federación Mundial Luterana firmaron una Declaración conjunta al término de la oración conjunta que celebraron en la catedral luterana de Lund el primer día de la visita del Pontífice a Suecia.
           
            Texto íntegro de la Declaración:
                        «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).
                        Con corazones agradecidos
            Con esta Declaración Conjunta, expresamos gratitud gozosa a Dios por este momento de oración en común en la Catedral de Lund, cuando comenzamos el año en el que se conmemora el quinientos aniversario de la Reforma. Los cincuenta años de constante y fructuoso diálogo ecuménico entre Católicos y Luteranos nos ha ayudado a superar muchas diferencias, y ha hecho más profunda nuestra mutua comprensión y confianza. Al mismo tiempo, nos hemos acercado más unos a otros a través del servicio al prójimo, a menudo en circunstancias de sufrimiento y persecución. A través del diálogo y el testimonio compartido, ya no somos extraños. Más bien, hemos aprendido que lo que nos une es más de lo que nos divide.
                        Pasar del conflicto a la comunión
            Aunque estamos agradecidos profundamente por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma, también reconocemos y lamentamos ante Cristo que Luteranos y Católicos hayamos dañado la unidad vivible de la Iglesia. Las diferencias teológicas estuvieron acompañadas por el prejuicio y por los conflictos, y la religión fue instrumentalizada con fines políticos. Nuestra fe común en Jesucristo y nuestro bautismo nos pide una conversión permanente, para que dejemos atrás los desacuerdos históricos y los conflictos que obstruyen el ministerio de la reconciliación. Aunque el pasado no puede ser cambiado, lo que se recuerda y cómo se recuerda, puede ser trasformado. Rezamos por la curación de nuestras heridas y de la memoria, que nublan nuestra visión recíproca. Rechazamos de manera enérgica todo odio y violencia, pasada y presente, especialmente la cometida en nombre de la religión. Hoy, escuchamos el mandamiento de Dios de dejar de lado cualquier conflicto. Reconocemos que somos liberados por gracia para caminar hacia la comunión, a la que Dios nos llama constantemente.
                        Nuestro compromiso para un testimonio común
            A medida que avanzamos en esos episodios de la historia que nos pesan, nos comprometemos a testimoniar juntos la gracia misericordiosa de Dios, hecha visible en Cristo crucificado y resucitado. Conscientes de que el modo en que nos relacionamos unos con otros da forma a nuestro testimonio del Evangelio, nos comprometemos a seguir creciendo en la comunión fundada en el Bautismo, mientras intentamos quitar los obstáculos restantes que nos impiden alcanzar la plena unidad. Cristo desea que seamos uno, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).
                        Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa, como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro compromiso en el diálogo teológico.
                        Pedimos a Dios que Católicos y Luteranos sean capaces de testimoniar juntos el Evangelio de Jesucristo, invitando a la humanidad a escuchar y recibir la buena noticia de la acción redentora de Dios. Pedimos a Dios inspiración, impulso y fortaleza para que podamos seguir juntos en el servicio, defendiendo los derechos humanos y la dignidad, especialmente la de los pobres, trabajando por la justicia y rechazando toda forma de violencia. Dios nos convoca para estar cerca de todos los que anhelan dignidad, justicia, paz y reconciliación. Hoy, en particular, elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo, que afecta a muchos países y comunidades, y a innumerables hermanos y hermanas en Cristo. Nosotros, Luteranos y Católicos, instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la persecución, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo.
                        Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe extenderse a la creación de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia insaciable. Reconocemos el derecho de las generaciones futuras a gozar de lo creado por Dios con todo su potencial y belleza. Rogamos por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación.
                        Uno en Cristo
            En esta ocasión propicia, manifestamos nuestra gratitud a nuestros hermanos y hermanas, representantes de las diferentes Comunidades y Asociaciones Cristianas Mundiales, que están presentes y quienes se unen a nosotros en oración. Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. Invitamos a nuestros interlocutores ecuménicos para que nos recuerden nuestros compromisos y para animarnos. Les pedimos que sigan rezando por nosotros, que caminen con nosotros, que nos sostengan viviendo los compromisos de oración que manifestamos hoy.
                        Exhortación a los Católicos y Luteranos del mundo entero
            Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros. En vez de los conflictos del pasado, el don de Dios de la unidad entre nosotros guiará la cooperación y hará más profunda nuestra solidaridad. Nosotros, Católicos y Luteranos, acercándonos en la fe a Cristo, rezando juntos, escuchándonos unos a otros, y viviendo el amor de Cristo en nuestras relaciones, nos abrimos al poder de Dios Trino. Fundados en Cristo y dando testimonio de él, renovamos nuestra determinación para ser fieles heraldos del amor infinito de Dios para toda la humanidad”.
                       
                        3) Viernes, 31 de marzo de 2017
           
                        Discurso del Papa Francisco a los participantes en un congreso sobre «Lutero 500 años después» organizado por el Comité Pontificio de Ciencias Históricas.
           
            Texto de la Declaración (sin los protocolos):
           
            “Confieso que el primer sentimiento que experimento frente a esta loable iniciativa del Comité Pontificio de Ciencias Históricas es un sentimiento de gratitud a Dios, acompañado de un cierto estupor ante la idea de que no hace mucho tiempo un congreso de este tipo habría sido del todo impensable. Hablar de Lutero, protestantes y católicos juntos, por iniciativa de un organismo de la Santa Sede: realmente tocamos con la mano los frutos de la acción del Espíritu Santo, que supera todas las barreras y transforma los conflictos en ocasiones de crecimiento en la comunión. Del conflicto a la comunión es, efectivamente, el título del documento de la Comisión Luterano-Católica romana, en vista de la conmemoración común del quinto centenario del inicio de la Reforma de Lutero.
            Me alegré al saber que tal conmemoración ofreció a estudiosos procedentes de diversas instituciones la oportunidad de observar juntos aquellos eventos. Profundizar seriamente sobre la figura de Lutero y su crítica contra la Iglesia de su tiempo y del Papado contribuyen indudablemente a superar ese clima de desconfianza y rivalidad mutua que durante demasiado tiempo caracterizó en el pasado las relaciones entre católicos y protestantes. El estudio atento y riguroso, libre de prejuicios y polémicas ideológicas, permite a las Iglesias, hoy dialogantes, discernir y asumir aquello que de positivo y legítimo había en la Reforma, y distanciarse de los errores, exageraciones y fracasos, reconociendo los pecados que llevaron a la división.
            Todos somos conscientes de que el pasado no se puede cambiar. Sin embargo, hoy, después de cincuenta años de diálogo ecuménico entre católicos y protestantes, es posible hacer una purificación de la memoria, que no consiste en realizar una corrección impracticable de lo que ocurrió hace quinientos años, sino en «contar esta historia de una manera diferente» (Comisión Luterana-Católica romana para la unidad, Del conflicto a la comunión, 17 de junio de 2013, 16), sin rastro alguno de aquel rencor por las heridas sufridas que deforma la visión que tenemos los unos de los otros. Hoy, como cristianos, estamos llamados todos a liberarnos de los prejuicios hacia la fe que profesan otros con un acento y un lenguaje diferente, a intercambiarnos mutuamente el perdón por los pecados cometidos por nuestros padres y a invocar juntos de Dios el don de la reconciliación y de la unidad”.
            Con estos prenotandos ecuménicos positivos, sin comentario añadido, pasamos al objeto principal de estas páginas que es el destaque de algunos rasgos de la personalidad de Martín Lutero, que pueden ayudar a entender y valorar mejor el significado objetivo de su pensamiento teológico y de sus gestos personales a la luz de la psico-antropología moderna más desarrollada que en tiempos pasados.

            3. ¿HUMOR, LOCURA O PERVERSIDAD?
           
            La infancia y adolescencia suelen ser un espejo bastante fiel de nuestra personalidad y en el caso de Lutero adquirió un significado especial. Martín Lutero (1483-1546), como es sabido,  fue un teólogo alemán cuya ruptura con la Iglesia católica puso en marcha la “Reforma protestante” en Eisleben y Turingia. Contrariando la voluntad de sus padres se hizo fraile agustino en 1505 y comenzó a estudiar Teología en la Universidad de Wittenberg, en donde se doctoró en 1512. Siendo ya profesor comenzó a criticar la situación en la que se encontraba la Iglesia católica.
            Lutero denunció de forma contundente la frivolidad en que vivía gran parte del alto clero, a raíz de una visita a Roma en 1510. Y también el que las bulas eclesiásticas, documentos que teóricamente concedían indulgencias a los creyentes por los pecados cometidos, fueran objeto de un tráfico puramente mercantil. Un hecho notable fue el casamiento de Martin Lutero con Catalina Von Bohra, en 1552. Catalina fue una de las monjas que “se fugaron” de la vida religiosa con la ayuda moral de Lutero. Hija ella de familia aristocrática, tuvieron seis hijos y también adoptaron niños, algunos de los cuales murieron en la infancia. Este hecho sirvió para incentivar el casamiento de sacerdotes y monjas que habían preferido adoptar la “Reforma Protestante”.
            El valor de lo que diré a continuación hasta el final de estas reflexiones está condicionado principalmente por la veracidad y objetividad de las cosas que nos han llegado escritas en las Obras completas de Lutero. Sólo si lo que allí nos cuentan de su vida y de sus obras es verídico y mínimamente objetivo, mis reflexiones sobre la personalidad de Martín Lutero pueden ser seriamente aceptadas. Los hispanoparlantes disponen de una buena edición de las obras de Lutero en español en la llevada a cabo por Teófanes Egidio y publicada en ediciones Sígueme.
            Bien está lo que bien acaba. Pero este célebre aforismo  shakespeariano  (All’s well that ends well) desgraciadamente no se cumplió en Lutero, cuya vida tuvo un final nada envidiable. No exagero. Las últimas palabras de Lutero a sus familiares antes de morir fueron estas: “Después de mi muerte, conservad sólo una cosa: el odio contra el romano pontífice”. Y en el epitafio puede leerse: “Durante mi vida fui tu peste, Papa; con mi muerte seré tu muerte”. Si esto es verdad como se nos asegura, es obvio que Martín Lutero vivió y murió odiando. Pero esto no es todo. Lutero dijo también: “Sé pecador y peca fuerte, pero confía y alégrate más fuertemente aún en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Hay que pecar mientras vivamos aquí (…). Basta con que por la riqueza de la gloria hayamos conocido al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; de éste no nos apartará el pecado, incluso aunque forniquemos y matemos miles y miles de veces cada día (…). Reza fuerte aunque seas un pecador fortísimo”.
           
            4. ESPEJO AUTOBIOGRÁFICO
           
            Nos lo describe él mismo. “Yo, Martín Luther, nací en el año 1483. Mi padre fue Juan, mi madre Ana y mi patria Mansfeld. Mi padre murió en el año 30 y mi madre en el 31. En el año 1516 comencé a escribir contra el Papa. En el año 1518 el doctor Staupitz me liberó de la obediencia de la Orden (Agustiniana) y me dejó solo en Augsburg, donde había sido citado para comparecer ante el emperador Maximiliano y el legado pontificio, que estaba allí por aquel entonces. En el año 1519 me excomulgó de la Iglesia el Papa León, (León X 1513-1521) lo cual constituyó una segunda liberación. En el 1521 me proscribió el emperador Carlos, en una tercera “absolución”. Pero el Señor me acogió. El doctor Staupitz me dijo: “Te exonero de mi obediencia y te encomiendo a Dios”.
             H. G. GANSS dijo textualmente: “Su padre, Hans, era un minero áspero, duro, de carácter irascible que en opinión de muchos de sus biógrafos hubo de huir de Mohra, lugar de su familia, por una expresión de rabia incontenida, una herencia congénita que transmitió a su hijo mayor, para escapar de la pena u oprobio de homicidio. Esto, aunque expuesto por primera vez por Wicelius, un convertido del luteranismo, ha sido admitido en la tradición e historia protestante. Melanchton dice de su madre Margaret Ziegler que destacaba por su "modestia, temor de Dios y devota de la oración" (Corpus Reformatorum", Halle 1834). 
            La vida en su hogar se caracterizó por una extrema simplicidad y severidad inflexible, de manera que las alegrías de la niñez le fueron prácticamente desconocidas. Su padre le golpeó una vez de forma tan inmisericorde que huyó de casa y estaba tan "amargado contra él que tuvo que ganarme para él de nuevo". Su madre "por una simple nuez me golpeó hasta que corrió la sangre y por este rigor y severidad de la vida en su compañía me llevó a huir a un monasterio y hacerme monje”.
           
            5. LA LEYENDA DEL RAYO
           
            Un suceso que cambió profundamente la vida de Lutero tuvo lugar el 2 de julio de 1505 cerca de Stotternheim. Lutero, que acababa de graduarse de magíster y había comenzado el estudio de la jurisprudencia en la universidad de Erfurt, se encontraba de regreso de una visita a la casa de sus padres, cuando le sorprendió un grave temporal. Distante todavía varias horas de Erfurt, se vio en medio de una terrible tempestad eléctrica y un rayo cayó tan cerca que la presión del aire le lanzó a tierra. En aquel instante invocó a Santa Ana con una promesa: "¡Ayúdame, santa Ana; me haré fraile!" Lutero se refirió después varias veces a este episodio. También se considera probado que ya antes de su experiencia con el rayo, Lutero había acariciado la idea de tomar los hábitos. De ahí que, a despecho y para enojo de su padre, Lutero  cumplió la promesa e ingresó en el Monasterio Negro de Erfurt y se hizo fraile agustino.
            H. G. GANSS se expresa en estos términos: “La repentina e inesperada entrada de Lutero en el monasterio agustiniano de Erfurt ocurrió el 17 de julio de 1505. Los motivos que le llevaron a dar este paso fueron varios, conflictivos y tema de considerable debate. Él mismo alega, como se ha dicho arriba, que la brutalidad en la vida del hogar y en de la escuela le llevó al monasterio. Hausrath, su biógrafo y uno de los estudiosos especialistas en Lutero, se inclina sin reservas por esta creencia. "La casa de Mansfeld más que atraerle, le repelía".
            ¿Por qué entró Lutero en el monasterio? La respuesta que el mismo Lutero da es la más convincente. Lutero, en una carta a su padre explicando su defección de la antigua Iglesia, escribe:"Cuando estaba aterrorizado y abrumado por el miedo de una muerte inmediata hice un voto involuntario y forzado". Melancthon lo atribuye a una profunda melancolía que llegó a un punto crucial "cuando perdió a uno de sus camaradas en un accidente mortal". Cochlaeus, oponente de Lutero, relata que "en una ocasión estaba tan asustado en el campo, en medio de una tormenta o sintió tanta angustia por la muerte de un compañero que murió en una tormenta, que en breve tiempo, para asombro de muchas personas, pidió la admisión a la Orden de S. Agustín. 
            Mathesius, su primer biógrafo, lo atribuye "a la fatal muerte de un compañero alcanzado por un rayo en una tormenta" y Seckendorf, tras cuidadosa investigación, siguiendo a Bavarus (Beyer), un discípulo de Lutero, da nombre al fallecido amigo de Lutero: Alexius, y atribuye su muerte a un rayo.   D'Aubigné cambia el nombre de Alexius por Alexis y dice que fue asesinado en Erfurt. Oerger ha probado la existencia de este amigo, llamado Alexius o Alexis, pero su muerte por rayo o asesinato,  según él, carece de toda verificación histórica. Kostlin-Kawerau relata que volviendo de su "casa en Mansfeld fue sorprendido por una terrible tormenta con un alarmante aparato eléctrico de rayos y truenos.  Aterrorizado, grita: "Socorro, Santa Ana, seré monje”.
           
            6. TERROR CELEBRANDO LA EUCARISTÍA
           
            “En mi juventud, escribe, me sucedió en cierta ocasión, el día del Corpus Christi, cuando ministraba con ornamentos sacerdotales en la procesión: me asusté de tal forma ante el Santísimo que portaba el doctor Staupitz, que rompí a sudar, y hasta pensé que iba a fenecer a causa de la enorme angustia que sentía. Después de la procesión me confesé con el doctor Staupitz, quien, al ver mis lamentos, respondió: “Ay, que vuestras cuitas no son precisamente de Cristo”. Acepté estas palabras con gozo y me consolaron sobremanera”.
            “Cuando celebré mi primera misa en Erfurt, al leer las palabras: “Te ofrezco a ti, Dios vivo y verdadero”, me asusté tanto, que a punto estuve de abandonar el altar; y lo hubiera hecho de no haberme retenido mi preceptor. Y es que pensaba: “¿Quién es con el que estás hablando? Desde entonces siempre celebré la misa con terror estremecido y agradezco a Dios que me haya librado de todo eso”.
            Entró pues al convento bajo el influjo del miedo y contra la voluntad de su padre y cuando celebró la primera misa le preguntó por la razón de haberle molestado lo hecho. Su padre le respondió durante la comida: “¿Es que ignoras la Escritura, que dice: “honra a tu padre y a tu madre?” Martín se excusó y dijo que la tempestad le había llenado de tal pánico, que le obligó a hacerse fraile. Su padre repuso: “¿No crees que pudo tratarse de un fantasma?”
           
            7. ANGUSTIAS DEL FRAILE
           
            Palabras de Lutero: “No fui un monje a quien acuciase demasiado la libídine. Tuve poluciones,  pero por necesidades fisiológicas. A las mujercillas, ni las miraba cuando se estaban confesando. No quería ver la cara de las penitentes.  En Erfurt no oí a ninguna mujer  en confesión; en Wittenberg sólo a tres”. Muchas veces confesé al doctor Staupitz, no problemas de mujeres, sino dificultades de verdad, y él me decía: “No lo entiendo”. ¡Bonito consuelo! Lo mismo me sucedía al acudir a los demás. En resumen: que ningún confesor quería hacerse cargo. Pensaba el entonces: “eres el único que tiene estas tentaciones”.
            Y andaba como si fuese un cadáver inerte. Hasta que, en vista de mi tristeza y abatimiento, me comenzó a decir: “Por qué estás tan triste, fray Martín?” Le repuse: “Y cómo queréis que esté?” Me contestó: “¿Ignoras que esta tentación te beneficia  puesto que de otra forma Dios no sacaría nada bueno de vos?” Esto no lo entendía ni él mismo, porque se imaginaba que yo era un sabio muy expuesto a la soberbia y a la altanería, de no verme sacudido por estas tentaciones. No obstante, lo acepté en el sentido paulino: “Se me ha puesto en mi carne un aguijón (2Cor 12,7). Por eso lo tomé como palabra y voz del Espíritu Santo.
            Siendo fraile, yo era también muy piadoso en mis tiempos papistas; a pesar de todo me encontraba tan triste y acongojado que llegué a pensar que Dios me había retirado su gracia. Decía misa y rezaba; no veía entonces ni tenía a mujer alguna, cosa natural al ser fraile y pertenecer a una orden religiosa. Ahora el diablo me fustiga con otros pensamientos. Muchas veces me recrimina: “A cuántas personas has seducido con tu doctrina”. En ocasiones hallo consuelo, pero en otras circunstancias cualquier palabra basta para conturbar mi corazón. Una vez me dijo mi confesor, puesto que siempre acudía a él con pecados estultos: “Eres un necio; Dios no se enfada contigo, sino tú con él”. Palabras preciosas, grandes, estupendas, que pronunció iluminado por el evangelio. Pues bien, a pesar de estar convencido de que con Dios nadie está solo y de que Dios no quería que se atormentara por su causa, “cien veces al día me veo sacudido por pensamientos contrarios”.
            Su amigo Felipe Melanchthon escribe acerca de Lutero como monje joven: "A menudo grandes terrores le asustaron repentinamente, mientras reflexionaba más intensamente acerca de la ira de Dios y los ejemplos de Sus castigos; de manera que casi se volvió loco. Y yo mismo le vi, cuando fue vencido por la tensión en cierto debate acerca de la doctrina, acostarse en la celda del lado donde repetidamente oró sobre la idea discutida y lo resumió todo bajo pecado, para ser perdonado por todo. El sentía estos terrores desde el inicio, o más agudamente en aquel año porque perdió a su compañero que murió en un accidente”.
           
            8. BUENOS Y MALOS PREDICADORES
           
            El predicador ideal ha de estar adornado de los atributos siguientes: 1) que pueda enseñar de forma correcta y ordenada una materia sutil; 2) que tenga una cabeza muy clara: 3) que sea muy elocuente; 4) que tenga buena voz; 5) ha de disfrutar de muy buena memoria; 6) que sepa acabar a tiempo y no canse a los oyentes con exceso de palabrería; 7) tiene que dominar la materia y entregarse con diligencia a su estudio; 8) tiene que arriesgar cuerpo y vida, bienes y honor; 9) que esté dispuesto a que todo el mundo se ría de él.
           
            Sobre los malos predicadores vale la pena recordar la anécdota siguiente. Dijo la mujer de Lutero a su marido que había oído predicar al doctor Pommer, el cual se desviaba mucho del tema y mezclaba otros asuntos ajenos en sus sermones.
            A lo que Lutero respondió: “Pommer predica como habláis las mujeres, que decís cuanto se os ocurre. Es insensato el predicador que está convencido de que puede decir cuanto se le ocurra. Un predicador tiene que mantenerse fiel al tema y esforzarse para hacerse entender a la perfección. Esos predicadores que se empeñan en decir cuanto se les viene a la mente se comportan igual que las criadas cuando van a la plaza; se encuentran con otra muchacha y echan con ella una parrafada o engarzan una conversación; que se encuentran con otra criada, pues otra parrafada, y así con la tercera y con la cuarta, que por eso van tan despacio al mercado. Lo mismo hacen los predicadores que se apartan demasiado del tema y quieren decir todo de una vez. “Esto es lo que no se puede hacer”.
            Lutero habla también de lo que, según él, se requiere para que un predicador sea apreciado por el mundo:
            1) Que tenga muy buena pronunciación.
            2) Que sea muy letrado.
            3) que sea elocuente.
            4) que tenga una presencia tan agradable que puedan enamorarse de él las muchachas y las jovencitas.
             5) que no reciba dinero, sino que reparta.
             6) que hable de temas gratos de escuchar.
            Sobre los predicadores y la política Lutero dijo que el predicador no debe meterse en política. Le preguntaron si un párroco o predicador tenía potestad para reprender a las autoridades públicas, a lo que respondió: “Sí, por supuesto (…), hay que reprender a los dirigentes civiles si dejan que se avasallen los bienes de los súbditos y permiten que se les esquilme con usuras y mal gobierno. Sin embargo, no es conveniente que un predicador se ponga a establecer el orden que se ha de observar, ni tasar el precio del pan, de la carne, etcétera. Lo que tiene que hacer en público es enseñar que cada uno, según su condición, ha de ajustarse fiel y diligentemente a lo prescrito por Dios: que no robe, no cometa adulterio, que no maltrate ni veje, no engañe a los demás ni se aproveche de ellos, etc.”.
           
            9. CRISTO RECONCILIADOR
           
            En charlas de sobremesa: “No te lo imagines (a Cristo) como un juez sentado en el arco iris, puesto que eso te llenará de terror y de desesperación; es mucho mejor que lo imagines… como el hijo de Dios y de la virgen María. Personificado de esta manera, no puede asustar a nadie, no martiriza ni tortura, no nos desprecia a nosotros, pobres pecadores, no nos pide que le rindamos cuenta de nuestra vida, de esta vida que tan mal hemos llevado; sino que es una persona que ha quitado los pecados del mundo entero, que ha querido ser crucificado y aniquilado por propia voluntad (…).
            Porque Cristo, según su retrato vivo, no es un Moisés, un carcelero o un verdugo; es un mediador que nos reconcilia a nosotros, pobres pecadores, con Dios; que nos regala su gracia, vida y justificación; que se ha entregado a sí mismo, no por nuestro mérito, por nuestra santidad o justicia, ni por nuestra honra o nuestras buenas obras, sino por nuestros pecados. Pues, aunque Cristo en ocasiones interprete la ley, no es este su ministerio propio ni para eso ha sido enviado por el Padre”.
            Por lo demás, Lutero denunció la especulación teológica sobre Dios el cual sólo es asequible a través de Cristo, de sus hechos y de sus enseñanzas. A Dios no se le puede comprender pero sí percibir, y Cristo es el camino que conduce a Él, no la especulación teológica ni siquiera de las Santos Padres. Hay que leer la Biblia directamente y sin intermediarios.

             10. ¿FALSIFICADOR DEL NUEVO TESTAMENTO?
           
            En sus charlas de sobremesa Lutero dijo también: “Mirad, queridos amigos, la enorme oscuridad que se cierne en los escritos de los padres sobre la fe. Y cuando el artículo de la justificación está envuelto en la oscuridad, es imposible evitar los errores más groseros. Jerónimo escribió sobre Mateo, las epístolas a los Gálatas y a Tito, pero ¡con qué frialdad! Ambrosio escribió seis libros sobre el primero de Moisés, pero ¡qué poco consistentes son! Agustín no dijo nada especial sobre la fe hasta que se vio precisado a combatir contra los pelagianos, que fueron quienes le desperezaron y le hicieron dar la medida de su capacidad. Es cierto que los padres enseñaron mucho y bien, pero sólo pudieron hacerlo públicamente durante sus luchas y enfrentamientos. A pesar de ello, no existe exposición alguna sobre las epístolas a los romanos y a los Gálatas en la que se trasmita la doctrina pura y correcta. ¡Oh tiempos dichosos los nuestros, que pueden disfrutar de la verdadera enseñanza! Y, sin embargo, no hacemos caso. Los padres vivieron mejor que escribieron”.
            Luego cargó contra el Papa con estas palabras: ”Pero el Papa, con sus tradiciones dañinas y humanos estatutos, se ha precipitado como un nublado, como un diluvio universal, que ha anegado a la Iglesia, ha encadenado las conciencias a los alimentos, ha ido introduciendo errores monstruosos y ha llegado al extremo de apropiarse el dicho de san Agustín: “No daría fe ni al mismo evangelio si la Iglesia no lo hubiera aceptado, etc.”, y “Yo, el Papa, soy la cabeza de la Iglesia; donde yo estoy, allí está también la Iglesia, etc.”, cuando únicamente tiene que ser siervo y servidor de ella. Estos cabezas de borrico no se dan cuenta del motivo de estas palabras de Agustín, que habla de los maniqueos como si quisiera decir: “No os creo, porque sois unos herejes condenados; en cambio, la Iglesia, esposa de Cristo, no puede errar; a ella me atengo”.
            En otro momento en las conversaciones de sobremesa Lutero dijo también: “Desde el momento en que logré la comprensión de Pablo, me ha sido imposible hacer caso a ningún otro doctor. Se han tornado en muy poca cosa para mí. Al principio, no es que leyese, devoraba a Agustín. Pero en cuanto se me abrieron las puertas de Pablo y supe en qué consistía la justificación por la fe, prescindí de él. Sólo dos sentencias insignes se encuentran en todo Agustín: Primera: “El pecado se perdona, no en el sentido de que se deje de existir, sino porque no condena y es dominado”; y la otra: “La ley se cumple cuando se perdona su incumplimiento”.
           
            11. PECAR MUCHO Y CREER EN CRISTO
           
            En una carta a Melanchton, fechada el día de S. Pedro del 1521, Lutero  terminó su mensaje epistolar con estas palabras: “Lo que nunca volveré a hacer es celebrar la misa privada. Ruego fervientemente a Dios que se apresure a regalarnos su espíritu en abundancia. Sospecho que no tardará Dios en visitar a Alemania por lo bien merecido que lo tiene su incredulidad, su impiedad y su odio al evangelio. Cuando ello suceda nos echarán a nosotros la culpa de este azote, por haber provocado a Dios con nuestra herejía y nos “convertiremos en el oprobio de los hombres y desecho de la plebe”; pero ellos hallarán excusa para sus pecados, se justificarán a sí mismos comprobando que los réprobos no se han de convertir ni por la bondad ni por la ira y muchos se escandalizarán. Hágase, hágase la voluntad del Señor. Amén”.
            Y lo que es más: “Si eres predicador de la gracia, predica la gracia verdadera, ten la seguridad de que se trata del pecado verdadero, no del fingido, porque Dios no salva a los pecadores fingidos. Sé pecador y peca fuerte, pero confía y alégrate más fuertemente aún en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Hay que pecar mientras vivamos aquí. Esta vida no es la  morada de la justicia, sino que, como dice Pedro, estamos a la espera de cielos nuevos, de una tierra nueva en la que habite la justicia. Basta con que por la riqueza de la gloria hayamos conocido al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De éste no nos apartará el pecado, incluso aunque forniquemos y matemos miles y miles de veces cada día. ¿O es que crees que tan menguado es el precio de la redención de nuestros pecados? Reza fuerte aunque seas un pecador fortísimo”.
           
            12. EL DEMONIO
           
            En las charlas de sobremesa salió a colación Satanás y entre otras cosas Lutero dijo: “Por eso existen aún muchas regiones en las que habitan los demonios. Prusia está llena de demonios y Laponia de hechiceros. También en Suiza, cerca de Lucerna, en un monte altísimo, hay un lago que se llama “Alberca de Pilato”; ahí está furioso Satanás. Dijo también Lutero que en su patria, en el monte Pubelsberg, hay un lago que, si se le lanza una piedra y se remueve, se desencadena una tempestad enorme por toda la región. Son las habitaciones de los demonios, que están cautivos en ellas”. Cuenta también Lutero que encontrándose en una ocasión haciendo oración en su habitación, tuvo la sensación de que Cristo en persona se había hecho allí presente. “Pero enseguida recapacitó, y se dio cuenta de que tenía que ser el espectro del demonio, ya que Cristo se nos revela en su palabra y en forma humilde, abatida, tal como estuvo colgado y humillado en la cruz. Por eso el doctor increpó a la figura: “Vete de ahí, oprobio del diablo. Yo sólo conozco a Cristo que fue crucificado y que se manifiesta en su palabra”. Y al momento desapareció la figura, que no era otra que la del demonio encarnado”.
             Otro párrafo sobre cómo pararle los pies al diablo es el siguiente. “Es muy difícil conocer a Satanás en las luchas de conciencia, porque se transmuta en ángel de luz y en la persona de Dios; pero, después que se le reconoce, puedo decir con la mayor facilidad: “chúpame el culo, etc.”. Después de hacer algunas recomendaciones contra el odio de Satanás, Lutero hizo la siguiente confesión: “A mí me va muy bien la bebida generosa, pero no me atrevería a aconsejárselo a los jóvenes, para no fomentar la libídine”. Es decir que el alcohol le iba bien a Lutero para combatir al diablo, al cual le desagrada profundamente la música, ya que Satanás es el espíritu de la tristeza. Ahí queda eso.
           
            13.  LOS JUDÍOS Y LOS CAMPESINOS
           
            Como es sabido, Martín Lutero publicó un libro Sobre los judíos y sus mentiras. Entre otras cosa escribió que debían realizarse contra los judíos acciones como quemar las sinagogas, destruir sus libros de oración, prohibir predicar a los rabinos, «aplastar y destruir» sus casas, incautarse de sus propiedades, confiscar su dinero y obligar a esos «gusanos venenosos» a realizar trabajos forzados o expulsarlos «para siempre». Cuatro siglos después de haber sido escritos los nazis citaron los ensayos de Lutero para justificar la Solución Final. Algunos estudiosos han atribuido la Solución Final nazi directamente a Martín Lutero. Este libro contiene los siete principales principios por los cuales debe perseguirse a los Judíos, y coinciden sustancialmente con las mismas proclamas levantadas como banderas de lucha por el Nazismo hitleriano.
            Dice Lutero: “Son estos judíos seres muy desesperados, malos, venenosos y diabólicos hasta la médula y en estos mil cuatrocientos años han sido nuestra desgracia, peste y desventura, y siguen siéndolo...Son venenosas, duras, vengativas, pérfidas serpientes, asesinos e hijos del demonio, que muerden y envenenan en secreto, no pudiéndolo hacer abiertamente”. En consecuencia, Lutero solicita a las autoridades civiles y religiosas medidas drásticas para limpiar Alemania de la calamidad judía. ¿Qué medidas en concreto?
            1) “En primer lugar, hay que quemar sus sinagogas o escuelas; y lo que no arda ha de ser cubierto con tierra y sepultado, de modo que nadie pueda ver jamás ni una piedra ni un resto”.
          2) “Hay que destruir y desmantelar de la misma manera sus casas, porque en ellas hacen las mismas cosas que en sus sinagogas. Métaseles, pues, en un cobertizo o en un establo, como a los gitanos.            
             3)“Hay que quitarles todos sus libros de oraciones y los textos talmúdicos en los que se enseñan tales idolatrías, mentiras, maldiciones y blasfemias”.
             4) “Hay que prohibir a sus rabinos –so pena de muerte- que sigan enseñando”.
            5) “No hay que concederles a los judíos el salvoconducto para los caminos, porque no tienen nada que hacer en el campo, visto que no son ni señores, ni funcionarios, ni mercaderes o semejantes. Deben quedarse en casa”.
            6) “Hay que prohibirles la usura, confiscarles todo lo que poseen en dinero y en joyas de plata y oro y guardarlo”.
            7) “A los judíos y judías jóvenes y fuertes, se les ha de dar trillo, hacha, azada, pala, rueca, huso, para que se ganen el pan con el sudor de la frente”. A estas medidas Lutero añadió la prohibición de pronunciar el nombre de Dios en presencia de cristianos. Lutero insiste en que no hay que ser misericordiosos con los judíos. El objetivo es hacerles la vida imposible para que se vayan. “Yo, escribe Lutero, he hecho mi deber: ahora que otros hagan el suyo. Yo no tengo culpas”.
            En relación con los campesinos Lutero tampoco se anduvo con chiquitas. Como es bien sabido, inicialmente Lutero condenó las prácticas opresivas de la nobleza que habían irritado a muchos campesinos. Pero, después, debido al apoyo y la protección que había recibido de los príncipes y la nobleza, tuvo miedo de disponerlos en su contra. Así pues, en Contra las Hordas Asesinas y Ladronas del Campesinado incentivó a la nobleza para que castigara rápida y sangrientamente a los campesinos. La guerra en Alemania terminó en 1525 con la masacre de las fuerzas rebeldes por los ejércitos de  Felipe I de Hesse y de Jorge de Sajonia en la batalla de Frankenhausen, en la que seis mil sublevados perdieron la vida. Según diversas estimaciones, el conflicto atizado moralmente por Lutero arrojó un saldo de entre 100.000 y 130.000 mil campesinos sublevados.

            14. LOS TURCOS Y EL PAPA
           
            En otro lugar de las charlas de sobremesa dijo: “El Papa y el turco constituyen al alimón la persona del anticristo, porque la persona está formada de cuerpo y alma. El espíritu del anticristo es el Papa y su carne el turco, puesto que éste devasta corporalmente a la Iglesia y aquél lo hace espiritualmente. Los dos, sin embargo, pertenecen a un mismo señor, el diablo, al ser el Papa un mentiroso y el turco un homicida. Reduce a la unidad al anticristo y encontrarás ambas cosas en el Papa. Pero al igual que la iglesia apostólica venció sobre la santidad de los judíos y la potencia de los romanos, de la misma forma seguirá venciendo en nuestros días la hipocresía del Papa y la potencia del turco y del emperador. Lo único que tenemos que hacer es orar”. Más aún: “En el aspecto religioso, el turco y el Papa se diferencian sólo por las ceremonias. Aquél observa las ceremonias mosaicas, éste las cristianas. Ambos degradan esas observancias, porque al igual que el turco lacera los lavatorios de Moisés, así el Papa ensucia el recto uso del bautismo y de la eucaristía”. Hablando de los turcos dijo: “Si yo fuera Sansón, enseguida remediaría todo el problema; mataría diez mil turcos por día, lo que arrojaría trescientos cincuenta mil en un año”.
            Hablando del Papa aclaró que hay que distinguir entre la doctrina que enseña y su vida. “Nosotros vivimos mal, como mal viven los papistas. No luchamos contra los papistas a causa de la vida, sino de la doctrina. Y poco después de ilustrar esta actitud, añade: ”En concreto: si afirmamos que el reino y oficio del Papa, de las mamarrachadas de los obispos, clerizontes y frailes no está fundado en derecho, es malo y nada virtuoso, estamos diciendo sencillamente que tampoco su vida es buena. Por el contrario, donde se halle la palabra incontaminada, se vivirá correctamente, aunque se cometan faltas”. Luego trata de llevar el agua a su molino y dice: “El motivo primordial por el que he atacado al papado estriba en que el Papa se vanagloriaba de ser la cabeza de la Iglesia y condenaba a cuantos rehusaban someterse a su autoridad y a su poder. Pretendía y afirmaba que, aunque Cristo fuese la cabeza de la Iglesia, también había que aceptar una cabeza visible en la tierra, lo que hubiera aceptado yo de buen grado, si él hubiera enseñado el evangelio puro y limpio, en vez de enseñar futilidades humanas, mentiras y asnales pedorreras. Además, usurpó el poder sobre la iglesia sagrada, sobre la Escritura santa y sobre la palabra de Dios. Nadie que no fuera él, y no lo hiciera según su cabeza de borrico, podía exponer la Escritura. Después se constituyó en señor de la iglesia, a la que proclamó como señora poderosa y emperadora de la Escritura, ante la que había que apartarse y a la que se tenía que obedecer. Y esto no era posible aguantarlo. Aún en nuestros días se amparan en ello los adversarios; reconocen que nuestra doctrina es verdadera, pero la rechazan porque no ha sido aceptada ni confirmada por el Papa”.
            En tono socarrón Lutero comparó al Papa con el cuclillo y dijo: “El Papa es el cuclillo; quiere chupar los huevos de las iglesias y caga en cambio vanidosos cardenales; después quiere devorar a su madre la iglesia, dentro de la cual ha nacido y se ha criado. Por eso no puede aguantar las canciones, la predicación, la doctrina de los maestros piadosos, cristianos y rectos”.
            Más aún: “El mundo se empeña en no tener a Dios por Dios ni al diablo por diablo; por eso se ve constreñido a aguantar a sus vicarios, es decir, al falso vicario de Dios y verdadero vicario del demonio que es el Papa. El papado es el reino de los impíos, para que obedezcan a la fuerza a un hombre perverso quienes no quisieron obedecer a Dios de buen grado. Si el Papa arrojase la tiara, se apease de su sede y del primado, y confesara que ha errado, perdido a la iglesia y derramado sangre inocente, entonces le acogeríamos en la iglesia; de otra forma, será siempre para nosotros el anticristo. Y, por último. Estando ya Lutero muy enfermo  en Schmalkalda, dijo a los hermanos que le acompañaban estas palabras de despedida: “Después de mi muerte, conservad sólo una cosa: el odio contra el romano pontífice”. Estas palabras de Lutero quedaron reflejadas en su epitafio: “Durante mi vida fui tu peste, papa; con mi muerte seré tu muerte”.
           
            15. POLITIZACIÓN DE LA REVOLUCIÓN LUTERANA
           
            No voy a hablar aquí del significado político de la revolución luterana en su origen. En aquella época lo político y lo religioso estaban ya al borde del divorcio pero seguían inseparables. Sin el interés político que cobró la actitud de Lutero en Alemania las cosas habrían tomado probablemente otro rumbo como problema interno de la Iglesia. Los analistas del fenómeno, sobre todo políticos, lo han estudiado ya a fondo. Yo me refiero ahora al eco político que ha llegado hasta nuestros días y que se ha oído principalmente en Alemania con motivo de los 500 años de andadura. Baste sólo pensar que las celebraciones del evento comenzaron en el 2008 con exposiciones, fiestas y conciertos en toda Alemania con el propósito de aplicar los principios luteranos como fermento de los valores que impulsaron aquella revolución. En este contexto triunfal se programó un Coloquio preparado por la Iglesia protestante alemana y la Fundación del ex presidente de los EEUU Obama. La presencia Angela Merkel y Barack Obama, ambos protestantes, en la puerta de Brandemburgo en 2013, con motivo de esta celebración, fue políticamente muy significativa.       
             Merkel y Obama homenajearon  a Lutero en la puerta de Brandeburgo, y por las mismas fechas se inauguró una espectacular exposición en Wittenberg. Desde que terminó  la II Guerra Mundial los aniversarios luteranos (nacimiento, muerte, 95 tesis, iluminación divina durante la tormenta de 1505) apenas revestían relevancia. Pero ahora esto parece haber cambiado. Así, el gesto descrito a las puertas de la iglesia de Wittenberg puede interpretarse como la representación mítica y ritual de lo que significó Martín Lutero para el llamado Sacro Imperio Germánico. Aunque el encuentro tenía como excusa un motivo religioso compartido, el significado real del mismo era esencialmente político y no religioso. La revolución protestante en Alemania fue algo muy parecido en su significado a la revolución francesa en Francia en lo político. Estas celebraciones politizadas son, a mi entender, un serio impedimento añadido a las dificultades existentes para el diálogo ecuménico entre católicos y protestantes. Es verdad que actualmente no tienen la virulencia emocional que en tiempos pasados pero no dejan de ser un lastre que favorece la continuidad de los grupos religiosos fanáticos dentro de las filas cristianas. Un ejemplo bien triste y actual lo pudimos encontrar en el conflicto político entre el Reino Unido e Irlanda del Norte.
            Los analistas políticos más imparciales y liberados de leyendas negras no dudan en afirmar que el cisma luterano fue la manifestación explícita de un problema político de fondo cuyo olvido impide la comprensión y significado real de la revolución luterana. No se trataba de un conflicto religioso sin más, dentro de la Iglesia, sino de la canalización de una explosión principalmente política.  Según M. E. Roca Barea, por poner sólo un ejemplo: “A través de él se expresa el nacionalismo germánico de la primera hora y por eso Martín Lutero es celebrado y exaltado en Alemania cada vez que a ese nacionalismo le sube la temperatura. Desde la II Guerra Mundial no se ha conmemorado de manera significativa ninguna efemérides luterana. En 1983 pasó sin pena ni gloria en la RFA el quinto centenario del nacimiento de Martín Lutero que tan festejado fue en tiempos de Bismarck. Así, por ejemplo, el 10 de noviembre de 1883, el emperador Guillermo I encabezó el desfile del cuarto centenario del nacimiento de Martín Lutero en Eisleben”.
            Nadie duda actualmente de que Martín Lutero nos ha sido presentado muchas veces como un icono mitificado por leyendas negras con la pretensión de vendernos la moto como un santo profeta religioso y héroe de la humanidad. Pero esos cuentos tienen cada vez menos aceptación a medida que vamos conociendo mejor la personalidad del sujeto y el trasfondo político que había detrás.
            ¿Lutero libertador social? Según Elvira Roca Barea,  Lutero fue el gran valedor de las oligarquías y garante religioso de un feudalismo tardío que mantuvo a Alemania en el atraso y la pobreza. Casi la cuarta parte de las propiedades del Sacro Imperio cambiaron de manos, y esta operación es considerada como el latrocinio más grande  políticamente conocido antes de la Revolución Rusa. La libertad religiosa y el libre examen son otros dos grandes iconos lingüísticos acuñados por Lutero que no tuvieron nunca un reflejo en la realidad. Se le esgrime como adalid de la libertad religiosa, pero, de hecho, el clero luterano condenó sin piedad y persiguió a las demás versiones existentes del cristianismo.
            Lutero, ya lo sabemos, fue furiosamente antijudío y ha sido denunciado por el ilustre filósofo Karl Jaspers cuando dice sin pelos en la lengua que el programa nazi está prefigurado en Martín Lutero. Sabido es igualmente que el primer gran pogromo de 1938, La noche de los Cristales Rotos, fue justificado como una operación piadosa en honor de Martín Lutero por su 450 cumpleaños.
La noche de los Cristales Rotos fue una serie de linchamientos y ataques combinados ocurridos en la Alemania nazi durante la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, llevados a cabo contra ciudadanos judíos por las tropas de asalto de las SA junto con la población civil, mientras las autoridades alemanas observaban el espectáculo sin intervenir con los brazos cruzados.
            En las elecciones de 1933 Hitler concurrió con un inmenso cartel donde la imagen de Lutero y la cruz gamada aparecían juntas. Se dice que las celebraciones luteranas de los nazis fueron siempre espectaculares. Con no menos ferocidad Lutero alentó la persecución y la quema de brujas y según Henningsen, dejó en Alemania alrededor de 25.000 víctimas. Roca Barea, lo tiene claro: “Pero no hay de qué avergonzarse. Alemania celebra sin disimulo a Martín Lutero porque se siente bien, porque Lutero es el padre del nacionalismo alemán y de su iglesia y tiene por lo tanto indulgencia teológica”.
            Todo parece indicar que no es posible entender el significado y alcance real de la revolución luterana sin tener en cuenta los rasgos del perfil patológico de la personalidad de Martín Lutero y la utilización política que de ella hicieron los nacionalistas alemanes de su tiempo. En ellos encontró apoyo y protección política al precio de poder vender sus productos teológicos revolucionarios. Sin este patrocinio político resulta muy difícil entender la evolución posterior de la revolución luterana encendida dentro de la Iglesia.
            El ilustre historiador de la Iglesia Steve Weidenkopf se preguntaba en  el National Catholic Register, 2017, quién fue realmente Martín Lutero  y destacaba el hecho de cómo este amargado fraile llamó a la nobleza alemana para que se alzara contra la Iglesia y se separara de Roma creando una Iglesia Nacional Alemana Independiente. La intención política de la mal llamada reforma luterana estaba servida con las nefastas consecuencias sangrientas entre cristianos que siguieron después.
            Los historiadores más objetivos reconocen que la revolución luterana llevó la muerte y destrucción a Europa durante un siglo después de la muerte de Lutero. En Francia se produjeron enfrentamientos sangrientos durante 40 años entre católicos y hugonotes. Los Países Bajos se vieron envueltos en guerra durante 80 años hasta que se partieron en la Holanda protestante y la Bélgica católica. En Alemania todo acabó con 30 años de guerra en el siglo XVII durante la cual los analistas calculan que murieron cuatro millones y medio de personas, equivalente al 25% de la población. El caso de Inglaterra es otro capítulo muy penoso que vino a echar más leña al fuego. La politización de la revolución luterana es uno de los puntos más negros de la historia moderna de Europa. La politización de las creencias religiosas, como ocurrió con las razones patológicas bajo el paraguas de la teología luterana, termina siempre mal y no tiene sentido idealizar al protagonista como un presunto reformador bajado del cielo.

            16. OPINIÓN DE DOS ILUSTRES CARDENALES
           
            En el año 2013 (Personas y personalidades. Seis hombres y seis mujeres, Madrid, Liber Factory) hablé de Lutero como un revolucionario cristiano y no como un reformador católico, como tradicionalmente se venía haciendo. Pues bien, en la resaca de las celebraciones luteranas con motivo de sus 500 años de edad histórica, los cardenales Charles Chaput, Arzobispo de Filadelfia, y el ex -Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Gerhard Müller, hicieron sendas declaraciones en octubre del 2017 valorando el significado teológico y eclesial del pensamiento de Lutero. Según el primero, Lutero se horrorizaría hoy por el mundo que forjó. Según el segundo, no se trató de una reforma, sino de una revolución en toda regla. Vayamos por partes.
            El purpurado de Filadelfia hace su crítica considerando a Lutero como un reformador de la Iglesia, o sea, siguiendo la corriente sin entrar en el significado de esa palabra, aunque en algún momento utiliza el término reformadores entre comillas. En realidad, como él mismo advierte con toda razón, “la Iglesia cristiana había visto antes períodos de decadencia, pudrición y renovación. Los reformadores y los herejes no eran un fenómeno nuevo”. 
            Efectivamente, los historiadores más autorizados de la Iglesia se han encargado de demostrarlo. Tratándose del siglo XVI, en concreto, cabe destacar algunos que fueron  el caldo de cultivo en el que se configuró la personalidad del fraile Martín Lutero. Aparte las corrupciones personales instaladas en la curia romana y sus colaboradores, los historiadores denuncian la práctica de la simonía con la compra y venta de cargos administrativos y dignidades, el nepotismo, favoreciendo descaradamente a los familiares, el absentismo y pluralismo episcopal. Había Obispos que, como en la edad media, ni siquiera vivían en sus diócesis y otros eran obispos de varias diócesis y no por razones  pastorales o situaciones de necesidad, sino económicas y administrativas de poder. El tema de las indulgencias fue el primer pistoletazo del Lutero revolucionario. Nadie pone en duda hoy que el tema de las indulgencias venía asociado a la recaudación de dinero para financiar la remodelación de la Basílica de S. Pedro y otras inversiones materiales.
            Las primeras quejas de Lutero contra los líderes de mayor rango en la Iglesia eran compartidas por los cristianos más sinceros y responsables de su tiempo, que sentían vivamente la necesidad de llevar a cabo una verdadera reforma como respuesta urgente e inexcusable. Lutero no pretendió fundar una nueva Iglesia sino reformar a su imagen y semejanza la que ya había. Lo que ocurrió, según el purpurado, es que no calculó bien y ocurrieron cosas muy graves fuera de sus previsiones.
            En el siglo XVI  se enfrentaron a algo sin precedentes. El aumento de la piedad laica y la alfabetización en el siglo XVI contrasta con la corrupción y la esclerosis institucional de muchos líderes de la Iglesia. Los cambios en el comercio y la tecnología, como la imprenta, combinados con la propagación del humanismo renacentista y el sentimiento nacionalista, emergen para erosionar el hábito de la deferencia automática a Roma”. En ese contexto social y cultural lo que Lutero puso en movimiento “explotó de una manera que él no previó y no pudo controlar”. O sea, que le explotó la bomba en la mano resultando él mismo la primera víctima de la explosión.
            La gran novedad del Lutero reformador por relación a los reformadores medievales consistió, según el Arzobispo de Filadelfia, en “afirmar que muchas de las enseñanzas de la Iglesia eran falsas”. El problema no era sólo de orden moral, como lo fue durante la edad media, “también era de doctrina errónea”, lo cual contribuyó a que la reconciliación resultara prácticamente imposible durante más de siglo y medio de conflictos dialécticos y sangrientos entre católicos y protestantes. El purpurado californiano insiste en que Lutero se mofaba de la idea de libertad tal como la conocemos hoy y por ello cabe afirmar que, de hecho, “estaría disgustado por ella, ya que no tiene nada que ver con lo que él consideraba como la única libertad: la libertad inherente al cristiano”.
             El purpurado concluye su discurso con estas palabras: “Ni Lutero ni ninguno de los otros «reformadores» protestantes buscaban o imaginaban nada parecido a la libertad individual moderna. Tampoco la Reforma Protestante por sí sola condujo a ella. Lo que llevó a ello fueron los conflictos más que religiosos entre los protestantes y los católicos en la era de la Reforma, lo que creó una situación que llevó indirectamente, involuntariamente y, finalmente, a la creación de un mundo del siglo XXI, que casi todos los cristianos comprometidos de la época de la «Reforma» habrían deplorado. El mundo que ahora habitamos es, en cierto sentido, el mundo que merecemos. Tomando prestado la Escritura: «Él castiga en los hijos la maldad de los padres». La Reforma empezó haciéndose preguntas sinceras sobre la verdad, la fe y la práctica y se hundió en la obstinación humana y la violencia, produciendo una conciencia totalmente nueva y drásticamente diferente”.
            Yo pienso que el breve diagnóstico que hace el Arzobispo de Filadelfia es objetivo mirando a las consecuencias que tuvo el movimiento luterano en la civilización de Occidente, tal como se ha venido configurando hasta nuestros días. Pero a esto cabe hacer la matización siguiente.
             Si tenemos en cuenta esas consecuencias negativas que, según el purpurado, no habría previsto ni querido Lutero, y el hecho históricamente indiscutible de que tales consecuencias de hecho se fraguaron en el caldo de cultivo religioso y social del protestantismo europeo, yo no me atrevería a decir que, si Lutero levantara hoy la cabeza, se arrepintiera de lo que dijo e hizo en el siglo XVI. Y esto por dos razones.
            La primera, porque el perfil de su personalidad “psicopática” no lo permitiría, a menos que Dios le hiciera una cura milagrosa. Los problemas morales todos tienen solución cuando las coordenadas psicológicas de las personas son mínimamente normales y hay buena voluntad. Pero cuando se traspasa la barrera de la moral y se incurre en el terreno de las desviaciones psíquicas, hay poco o nada que esperar. Y menos aún cuando el sujeto en cuestión, como Lutero, manifiesta algunos de los síntomas que definen el perfil de la personalidad de los psicópatas integrados.
             Por otra parte, Lutero se refugió en las autoridades locales alemanas para hablar y hacer a sus anchas sin el riesgo de ser detenido y castigado “animadvertione  debita”  por el delito de hereje contumaz. Lutero se entregó así a los políticos de su entorno y estos se sirvieron suciamente de él para atizar con más leña la hoguera germánica encendida contra la política no menos sucia de los romano-latinos. No, yo no creo que Lutero se arrepintiera hoy de sus odios viscerales y de las brutalidades a que dio lugar con sus prédicas teológicas y socarronerías sociales.
            ¿Lutero, “testigo del Evangelio”, como se ha dicho por ahí con aire ecuménico? El alegato del cardenal Müller es una respuesta clara al Secretario de la Conferencia Episcopal Italiana, Nunzio Galantino, quien había afirmado que la reforma luterana fue un “acontecimiento del Espíritu Santo”. No, para el ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la reforma “se produjo contra el Espíritu Santo”. No se trató de una reforma sino de una revolución que ponía patas arriba los fundamentos de la fe católica más allá del tema de las indulgencias y las corrupciones humanas, que siempre han existido en el seno de la Iglesia. Digamos que Lutero metió en un saco los principios de la fe católica, la Sagrada Escritura, la Tradición Apostólica y el Magisterio del Papa, de los Concilios y de los Obispos y lo tiró al contenedor de la basura teológica y eclesial del papado. Abolió los sacramentos incluida la Eucaristía. El Papa de turno podía no ser un dechado de virtudes, pero de ahí a odiarle y tratarle como si fuera el anticristo en persona hay mucho campo minado por recorrer.
            Así de claro: “Por estas razonesno podemos aceptar que la reforma de Lutero se defina como una reforma de la Iglesia en el sentido católico. Es católica una reforma que consiste en una renovación de la fe vivida en la gracia, la renovación de las costumbres y la ética, la renovación espiritual y moral de los cristianos; no una nueva fundación, una nueva Iglesia. Por lo tantoes inaceptable que se afirme que la reforma de Lutero “fue un acontecimiento del Espíritu Santo". Es lo contrario, se produjo contra el Espíritu Santo”. En su discurso el purpurado desciende a detalles y trata de desenmascarar dichos y mentiras de inspiración protestante que corren contra la Iglesia católica, pidiendo menos entusiasmo por la reforma protestante y más sentido de la realidad de lo que de hecho ocurrió y sus nefastas consecuencias para todos. La reconciliación no puede llevarse a feliz término a costa de dar la vuelta a la realidad histórica pura y dura y de la verdad revelada.
            En lo esencial de esta respuesta del cardenal Müller al Secretario de la Conferencia Episcopal Italiana estoy totalmente de acuerdo, si bien hay alguna afirmación fuerte sobre la infalibilidad de la Iglesia que puede dar lugar a malos entendidos si se la saca del contexto luterano en que es proclamada. Pero lo que me interesa ahora destacar aquí es su definición neta del fenómeno luterano-protestante como una revolución en toda regla y no como una verdadera reforma de la Iglesia.
            Como he dicho en otras ocasiones, los auténticos reformadores de la Iglesia reformatean y mejoran constantemente lo que está mal sobre sus sólidos cimientos teológicos. Los revolucionarios, por el contrario, lo que encuentran bueno lo transforman en malo y lo que encuentran malo lo ponen y dejan mucho peor que estaba. Este fue el caso de Lutero y por ello le viene mejor el traje de revolucionario irresponsable que de reformador admirable. Siempre me resultó extraña la dicotomía Reforma/Contrarreforma, atribuyendo la primera a los protestantes y la segunda a los católicos. Actualmente cada vez parece más justo y razonable llamar revolución a la reforma protestante y simplemente reforma a la contrarreforma de la Iglesia católica.
            De esta misma opinión es Steve Weidenkopf, antes citado: “Durante siglos  Lutero, el hombre, derivó en Lutero el símbolo. O sea, en el ex fraile agustino que se rebeló contra la Iglesia y cuyos escritos generaron un siglo de horroroso derramamiento de sangre por toda Europa. Este fue el Lutero idealizado como un valiente “reformador” que se plantó contra la poderosa y corrupta Iglesia Católica. Lutero no fue un reformador, sino un furioso revolucionario que escindió la unidad del cristianismo y puso al mundo Occidental en el camino de la secularización y el indiferentismo religioso de la sociedad moderna”. A nadie se le oculta, cabe añadir, que el declive del cristianismo y de la visión cristiana más genuina de la vida en Europa se produjo en los países de predominio protestante cuyo responsable principal fue originalmente Lutero.
            Para terminar este breve comentario a la declaración del cardenal Müller, he de confesar que, lo mismo que en lo referente a la reforma de los nn 2266-2267 del Catecismo de la iglesia no estuvo él a la altura de las circunstancias, en el diagnóstico revolucionario que hace del fenómeno luterano producido en el siglo XVI tiene más razón que un santo.
           
                 17. REFLEXIONES SOBRE LA PERSONALIDAD DE LUTERO
           
            ¿Humorista, loco, perverso o psicópata integrado? De humorista nada de nada. Ni siquiera de humor negro. ¡Ojalá hubiera tenido un poco de sentido del humor, aunque fuera de mal gusto! Pero Lutero fue desde su infancia un ser existencialmente triste y amargado. Tampoco puede decirse que estuviera loco por más que en determinados momentos pudiera parecerlo. No era un hombre para ser encerrado en un manicomio. Tampoco un malvado cuyo domicilio habitual hubiera de ser el calabozo, o en su defecto, la hoguera, por sus delitos contumazmente cometidos, por más que, de acuerdo con la mentalidad de su tiempo, habría incurrido en ellos. Tampoco me inclino a pensar que fuera un psicópata integrado estricto tal como se define actualmente a este tipo de personalidad.
            Es verdad que sentía lástima de quienes no eran de su cuerda, pero nunca compasión con las debilidades humanas de sus presuntos enemigos o víctimas, lo cual es considerado como un rasgo específico del psicópata integrado. Por otra parte, el psicópata integrado puro no siente remordimiento de conciencia por las cosas malas que hace. Lutero, por el contrario, padeció grandes remordimientos de conciencia hasta el borde de la locura. Por otra parte coincide con el malvado en hacer cosas objetivamente malas pero el que es malvado puede tener momentos en los que la conciencia le pasa factura y cabe esperar de él lo mejor. Del psicópata integrado, en cambio, lo único que cabe esperar de él es que cuando es pillado in fraganti haciendo algo malo reaccione echando la culpa a alguien, de todo lo malo que hace y de sus desgracias. En el caso de Lutero su chivo expiatorio por antonomasia era el Papa. Para Lutero el Papa era el culpable de todas sus desgracias personales y había que aborrecerlo sin compasión. En esta forma de comportarse no cabe duda de que Lutero actuaba como un auténtico psicópata integrado. Pero en ocasiones tuvo también grandes remordimientos de conciencia y sentía la necesidad de confesarse compulsivamente. ¿Por qué? ¿Por escrúpulos de conciencia?
            No es aventurado decir que su confesor buscaba en la conciencia de Martín asuntos obsesivos de tipo emocional y sexual cuando, en realidad, lo que le torturaba era el miedo a condenarse. De ahí que Staupizt, su mentor espiritual, no le entendiera nunca y Lutero acusó el golpe olvidándose de la estulticia sexual y centrándose en la cuestión sobre el pecado, la gracia y la salvación.
            Si a este miedo existencial profundo añadimos  los  malos tratos recibidos de niño y esta incomprensión total su verdadero problema personal de fondo por parte de otros educadores religiosos de turno, apaga y vámonos. En alguna ocasión, en efecto,  no dudó en descalificar socarronamente al doctor Stuapitz por su incapacidad para entender la naturaleza real de sus verdaderos problemas personales. Lutero deja entender irónicamente que los confesores esperaban de él pecados tontos de perfil sexual, cuando sus problemas de fondo eran de otra índole. En estas condiciones era inevitable que los escándalos existentes en la Iglesia por aquellas calendas no pudieran psicológicamente ser tratados por Lutero con comprensión de las debilidades humanas y menos aún proyectar sobre ellos el perdón y la misericordia de Dios. La personalidad de Lutero se desarrolló de forma traumática desde su infancia y todo lo demás vino por añadidura.
            Hablando con frialdad objetiva, teniendo en cuenta sus fobias y odios hasta la muerte, Lutero fue un ser humano fracasado como hombre y como cristiano. Al menos si es verdad lo que él mismo y los historiadores más imparciales nos cuentan. Morir atormentado con escrúpulos de conciencia y odiando al mismo tiempo es un signo inequívoco del fracaso existencial de cualquier ser humano. Si a esto añadimos que el amor personal y el perdón a quienes nos ofenden es la piedra angular de la vida cristiana, Lutero fue también y más aún como cristiano un perfecto fracasado.
            ¿Culpable él de su fracaso? En parte sí porque era un hombre bien dotado de inteligencia pero no fue capaz de usarla correctamente. La buena dotación intelectual es uno de los rasgos característicos del psicópata integrado y en esto Lutero no se quedó corto. Puso el carro delante de los bueyes, o sea, el carro de sus obsesiones  por delante de la reflexión serena. Por esta circunstancia pienso que su caso hay que contextuarlo más en el ámbito del miedo y de la locura integrada que de la madurez psicológica y la cordura humana. Pero es aquí donde llegamos al punto más delicado de la cuestión. ¿Qué es lo que puso a este hombre al borde de la locura total?
            La respuesta nos la sirve él mismo en bandeja. En casa, cuando era niño, fue maltratado por sus propios padres, y fuera de casa el miedo existencial permanente penetró en él como agua en una esponja. Para paliar el miedo y llevar la contraria a su padre, decidió hacerse fraile sin vocación, o sea, sin haber sido llamado por Dios. Le admitieron sin dificultad a la vida religiosa, pero no le comprendieron ni recibió el trato personalizado que necesitaba. Por el contrario, le aconsejaron mal viéndose forzado a asumir las responsabilidades del ministerio sacerdotal para lo que él no había nacido.
             Por si esto fuera poco, la corrupción eclesiástica en Roma era su pan de cada día para cuya digestión cristiana no estaba preparado. En consecuencia, como D. Quijote en los momentos más delirantes de su locura, Lutero trató de defenderse diciendo algunas cosas admirables de carácter teológico y pastoral, pero al mismo tiempo falsificaba el Nuevo Testamento interpretándolo como quien lleva el agua a su molino ensañándose contra el Papa, el cual, todo hay que decirlo, tampoco era en aquel momento un dechado de virtudes morales. Pero en estas circunstancias es donde mejor se aprecia quiénes son las personas psicológicamente equilibradas y razonables, y quiénes ponen en acción la batería de sus sentimientos heridos para vengarse del malhechor, si es que no pueden destruirlo. Tres observaciones más y dejo a Lutero descansar en la paz y misericordia de Dios.
            Primero, en lo que se refiere a su teoría sobre la justificación por la sola fe sin obras buenas. Como es sabido, Lutero sostuvo sin ningún tipo de rubor intelectual que su tesis estaba avalada por el Nuevo Testamento. O sea, que aquello de que “obras son amores y no buenas razones” habría que olvidarlo por más que vaya contra el sentido común y la enseñanza más palpable de Jesucristo y los escritores del Nuevo Testamento. No me interesa entrar aquí en la polémica porque sería perder el tiempo como lo perdían quienes trataban de convencer a D. Quijote de sus locuras. Pero permítame el lector poner un ejemplo práctico para desenmascarar la forma intelectualmente deshonesta con la que Lutero trató de llevar el agua a su molino.
            Supongamos que un profesor de Nuevo Testamento pidiera a sus alumnos que realizaran un trabajo académico probando con textos de S. Pablo, Santiago y los evangelios la tesis de Lutero sobre la justificación. Pienso que después de haberse quemado las cejas para encontrar esos textos auténticos sin manipularlos, a favor de la tesis de Lutero, se verían obligados a manifestar al profesor la imposibilidad de encontrarlos porque todos los que tratan del tema enseñan explícita o implícitamente lo contrario. En su interpretación de la Sagrada Escritura Lutero se comportó a veces como un falsificador profesional de billetes de quinientos euros.
            Otro aspecto muy importante de la vida cristiana se refiere a la cuestión del pecado. Tampoco puedo entrar aquí en la descripción teológica de este concepto capital de la teología. Baste decir que pecado es un término que remite inmediatamente a Dios en el sentido de que algo que hacemos no se ajusta a los designios divinos. Muchas veces el término pecado equivale a delito por relación a las leyes humanas. Cuando esto ocurre los términos pecador y delincuente son sinónimos. Lo que pasa es que con frecuencia las leyes humanas son malas y en estos casos el ajustarse a los designios de Dios puede ser considerado como delito por los legisladores humanos. La provocación directa de un aborto, por ejemplo, es un pecado gravísimo ante Dios pero, desgraciadamente, las leyes humanas tienden a considerarlo sólo como un delito del que hay que rendir cuenta ante la justicia humana pero no ante Dios. Traigo esto a colación por lo siguiente.
            Lutero sostenía con terquedad de mulo que lo importante no es ser santos o canallas sino creer en Jesucristo. Algo así como si dijéramos que lo importante no es estar sanos o enfermos sino creer que en las farmacias hay medicinas que actúan como la “purga Benito” y que da lo mismo tomarlas que no tomarlas. Así pues, peca lo más que puedas y cree en Jesucristo. Difícilmente se puede hablar con menos respeto de la fe cristiana, que exige vivir en caridad hasta el extremo de perdonar a nuestros propios enemigos personales tantas veces cuantas fuere menester. Él mismo hablando de los buenos predicadores propone un elenco de obras buenas que ellos han de recomendar. Él es siempre inocente y mal tratado y los demás son perversos e indignos de comprensión y perdón. Judíos, campesinos, Papas y todo hijo de vecino que no se someta a sus ideas y propósitos revolucionarios han de ser aborrecidos hasta la muerte. En esto Lutero se comportó como un psicópata integrado con matrícula de honor.
            El análisis psicológico de este proceso argumental de Lutero es fascinante pero dejémoslo ahí. Baste destacar la ausencia total de responsabilidad en el manejo práctico de la fe cristiana y de la misericordia infinita de Dios tal como se refleja en los dichos y hechos de Cristo y la experiencia de la vida más castiza. Esta falta luterana de responsabilidad se manifestó de forma apocalípticamente descarada en sus fobias del demonio, en la incitación pasional a la represión de los judíos y campesinos, así como del Papa. Demonio, judíos, campesinos, turcos y papas, todos ellos, según Lutero, debían se abominados sin escrúpulos como medida de defensa personal.
            La pregunta que queda en el aire es cómo un cristiano convencido, como era Lutero, pudo llegar a estos extremos de brutalidad teológica. Resulta asombroso que esta personalidad desequilibrada sea olvidada por los teólogos empeñados en escudriñar su pensamiento. Los locos, como D. Quijote y los niños, dicen a veces verdades de a puño y sinrazones al mismo tiempo con la mayor naturalidad, y este fue el caso de Lutero. Pero ¿cómo se incubó este tipo de personalidad paradójica? En mi opinión jugaron un papel decisivo los factores siguientes: los malos tratos recibidos en casa por parte de sus padres; el miedo crónico ante la vida y a Dios; su ingreso en la vida religiosa y ordenación sacerdotal sin vocación, así como una dirección espiritual no personalizada y equivocada.
            ¿Reformador o anarquista religioso? Si por reformador religioso se entiende una persona que pone orden donde hay desorden, paz donde hay guerra, amor donde hay odio y honradez donde hay corrupción, es obvio que Lutero no fue un reformador religioso sino un anarquista de tomo y lomo. Un testigo cualificado de lo que termino de decir fue el filósofo existencialista danés Sören Kierkegaard (1813-1855).
            Los expertos conocen bien los desequilibrios de personalidad de este hombre que había sido educado en el luteranismo estricto. A la inversa que Lutero, Kierkegaard podía haber dicho que “con la iglesia luterana hemos topado”.  Al final de su vida se enfrentó abiertamente con la iglesia luterana y las cosas sucedieron aproximadamente como sigue. Murió el obispo luterano Mynster y su elogio fúnebre corrió a cargo del teólogo Martensen, el cual presentó al finado como un testimonio de la verdad. Kierkegaard montó en cólera por esta presentación y en su Diario atacó sin piedad a Mynster, alegando que con su predicación había presentado el cristianismo como una ilusión más que como una realidad.
            El cristianismo predicado por el obispo Mynster, según  Kierkegaard, no es cristianismo. Con esta convicción emprendió una  campaña contra el teólogo luterano Martens publicando dos decenas de artículos sacando la lucha a la calle. El filósofo se despachó a sus anchas con sátiras envenenadas contra los clérigos luteranos, criticando con dureza sus vidas, a sus familias y a sus prácticas sacramentales. En un desesperado grito de alarma a media noche, suplicó a la gente que dejara de participar en los cultos oficiales y se separara del orden establecido, que no es más que una deformación del cristianismo, es decir, “un inmenso agregado de errores e ilusiones con la amalgama de una débil dosis de auténtico cristianismo”.  En coherencia con esta crítica, el filósofo nórdico se negó en el lecho de muerte a recibir la comunión de un ministro luterano.
            La lección de fondo es que Lutero, contra lo que nos han dicho desde que se impuso la revolución protestante, no fue un verdadero reformador de la Iglesia sino que dejó las cosas peor aun de lo que ya estaban. Cuando una casa necesita de reformas, estas se llevan a cabo a partir de la piedra angular del edificio. Sobre esos cimientos sólidos se tumban tabiques, se cambian puertas, se sanea el tejado, se tiran al contenedor muebles y objetos inútiles. En los trabajos de reforma se respetan las estructuras básicas del edificio y sobre ellas se introducen aquellos cambios que sean necesarios o convenientes.
            Un revolucionario, por el contrario, entra a saco por la casa dejando todo por el suelo haciendo chapucerías ridículas y peligrosas. La crítica del filósofo a la reforma protestante corrobora desde dentro del luteranismo que Lutero fue un revolucionario religioso pero no un reformador verdadero y respetable como rutinariamente viene siendo considerado. El verdadero reformador no tira piedras a su propio tejado, como hizo Lutero, sino que reteja y quita las goteras, que en la Iglesia de su tiempo eran ciertamente muchas. Pero Lutero se subió al tejado como un burro inocente y pateo todo el edificio como un loco enfurecido.   
            La personalidad de Lutero fue el resultado nefasto de los malos tratos recibidos durante la infancia, el miedo y la incomprensión. Yo creo que si se hubieran tenido en cuenta estos hechos nos habríamos ahorrado muchos problemas y discusiones teológicas inútiles y hasta perjudiciales desde el siglo XVI hasta el día de hoy. Sobre todo teniendo en cuenta la politización del luteranismo y la creación posterior de leyendas negras que han sido el pan nuestro de cada día de los grupos protestantes fanáticos. 
            Tampoco hay que olvidar que, como el propio Lutero confiesa, le gustaba doblar el codo. Hay discursos de Lutero en los que en la primera parte dice grandes verdades y a renglón seguido dice una incoherencia o una brutalidad como quien habla sin estar borracho pero que ha bebido más de lo conveniente. El lector no se sorprenderá ya si digo que la ordenación sacerdotal de Lutero fue nula por haberse llevado a cabo en un contexto de miedo existencial profundo y como gesto reaccionario contra la voluntad de su padre.
            A pesar de todo lo que termino de decir sobre la personalidad de Martín Lutero, reconozco que en el momento actual las relaciones entre luteranos y católicos han mejorado enormemente. La Declaración conjunta de 1999, el viaje del Papa Francisco a Suecia,  así como los contactos permanentes entre teólogos luteranos y católicos, son motivo de alegría. En este contexto quisiera yo que se interpretara el significado de mis palabras analizando los aspectos negativos de la personalidad de Lutero. Aspectos negativos ciertamente, pero que analizados en su propio contexto personal y social pueden ayudar al incremento de la caridad cristiana, que es la clave del verdadero ecumenismo. El ponernos de acuerdo en formulaciones conceptuales de las verdades de la fe cristiana, por muy noble y loable que sea el intento, de nada servirá si no hay perdón sincero entre los interlocutores. Bien está que los teólogos luteranos y católicos sean ya capaces de reunirse para hablar de una forma civilizada sin odio ni rencores heredados, pero pienso que hay que ir más lejos en el ejercicio práctico de la caridad para que no sigan pasando los siglos esperando a la unidad deseada por Cristo como muertos esperando a que les traigan comida para sobrevivir.

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