miércoles, 14 de marzo de 2018

FILOSOFÍA CAPÍTULO III


CAPÍTULO III  
OBSTÁCULOS CONTRA EL USO  DE LA RAZÓN
            Hemos hablado en el capítulo anterior de lo que he denominado “asincronía genética” como dificultad constitutiva que dificulta el aprendizaje y uso correcto de la razón. En el presente capítulo hablaremos de otros obstáculos importantes. Me refiero a  los denominados  “enemigos connaturales” o internos de la razón y a las presiones externas ejercidas por los medios de comunicación social. Nacemos con obstáculos emocionales que, para bien o para mal, nos acompañan durante toda la vida. Algunos de ellos nacen y se crían dentro de nosotros. Otros nos son inoculados de tal forma que terminamos interiorizándolos y sintiéndolos como nuestros. Las creencias religiosas y las convicciones políticas son un buen ejemplo de ellos. Nacemos sin creencias ni convicciones, pero nuestros educadores y el ambiente cultural en el que crecemos siembran en nosotros las suyas propias. Con el tiempo, si no hemos reaccionado oportunamente, convertimos esas creencias y convicciones en vivencias personales. En efecto, una vez que nos han sido inoculadas, podemos llegar a sentirlas como elementos consustanciales de nuestra persona. Lo que en su origen nos llegó de afuera, como una simple información o transmisión de ideas, al final se convirtió en una vivencia íntima personal intransferible. Son como los alimentos que, una vez asimilados, se convierten en algo sustancial de nuestro soporte biológico. De modo análogo, las convicciones y las ideas que nos llegan del exterior mediante la educación, la información  propagandística y publicitaria terminan convirtiéndose en algo propio. Ahora bien, esos factores esencialmente emocionales pueden distorsionar por completo el uso correcto de la razón. A continuación hacemos un recorrido por algunos de ellos más relevantes y fácilmente identificables. Después haremos lo mismo con los influjos externos procedentes de los medios de comunicación social.  
   
                1. El dolor y las alegrías
            Según el dicho popular “tanto matan las alegrías como las penas”. Lo cual nos recuerda el hecho de que, como sabemos por experiencia, unas veces lloramos porque sufrimos mucho y estamos tristes, y otras porque nos sentimos muy felices y contentos. En ambos casos se tiene la impresión de que nuestro dolor o nuestra felicidad se han salido de los cauces normales que marcan la razón y el sentido común. De ahí el refrán de coartada: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. En efecto, hay quienes exageran sus desdichas y sus alegrías para ocultar la verdadera realidad de sus estados de ánimo. Ni es verdad que los negocios les van tan mal como los pintan ni son tan felices como aparentan.
            Lo cierto es que un dolor, físico o moral, intenso y persistente termina poniendo a prueba a cualquier inteligencia induciéndola a formar juicios y razonamientos desafortunados. Las filosofías orientales antiguas, como veremos después, estuvieron marcadas por la búsqueda desesperada de una solución práctica al dolor humano llegando en algunos casos a la conclusión de que el deseo de vivir es el principio de todos nuestros males ya que la vida está impregnada de dolor. Es muy difícil hacer razonamientos serenos y acertados cuando estamos sometidos a un dolor físico agudo y constante, o a una desazón psicológica y moral insoportable. En el primer caso terminamos gritando desesperadamente o lanzando al aire un “por qué”; o “qué he hecho yo para que esto me suceda”. Cuando a esa exigencia de explicación no hay pronta respuesta y el dolor no remite, se pierde el gusto por todo y hasta las ganas de vivir. Los suicidas  lo tienen claro. Para vivir así más valía no haber nacido. En consecuencia, optan por quitarse la vida, convencidos de que esta opción es mejor que la de seguir viviendo.
            Es un hecho de experiencia universal que un dolor físico intenso y persistente es capaz de turbar y trastornar por completo el uso de la razón hasta hacernos ver las cosas totalmente al revés e induciéndonos a tomar decisiones extremas, equivocadas o absurdas. En contrapartida, sin embargo, el dolor de baja intensidad es un indicativo de que hay vida en nosotros. Los que ya ni sienten ni padecen en absoluto son los cadáveres. El dolor es connatural a la vida y en ocasiones su protector. Es cierto que el exceso de dolor turba y desequilibra el uso de la razón. Pero es igualmente cierto que su presencia en dosis proporcionadas constituye un protector natural de la vida. El miedo al dolor nos previene de forma espontánea contra los peligros que acechan contra ella. Tan pronto aparece el fantasma del dolor damos marcha atrás y evitamos perder la vida desistiendo de acciones que podrían ser fatalmente mortales. Paradójicamente,  aquello de que “el miedo guarda la viña” es una forma de decir que el dolor y miedo a perder la vida es un guardián de la misma. El dolor humano de baja intensidad es también “maestro de la vida” y fuente inagotable de experiencia sapiencial en la medida en que es asumido por la razón. La experiencia del dolor nos enseña a ser realistas y a no caer en el vacío de la imaginación y de la fantasía. Nos ayuda a educarnos teniendo como punto de referencia seguro el principio de realidad. Sin una experiencia mínima del dolor no sabríamos tampoco en qué consiste nuestra felicidad y cómo disfrutarla. No hay que darlo vueltas, tan indeseable es el dolor intenso y persistente como necesario el dolor que puede ser asumido con relativa facilidad.
            El problema, creo yo, no se plantea en términos de “dolor sí o dolor no” sino de máximos y mínimos, dado que la ausencia total de dolor nos pone fuera del principio de realidad y de la vida misma. La cuestión es cómo dosificar los sentimientos de dolor de suerte que la razón no sea perturbada e inducida a funcionar en contra de su propia naturaleza poniéndonos fuera del principio de realidad. El dolor insoportable fuerza a usar la razón a favor del suicidio, pero asumido como placer conduce al sadismo o al masoquismo. O sea, a situaciones patológicas en las que la razón es utilizada de forma perversa. El dolor físico genera sentimientos profundos de tristeza por la presencia y operatividad actual del mal sobre nuestro cuerpo perturbando y obnubilando nuestra mente. Pero también las orgías de felicidad impiden el correcto uso de la razón.
            De modo análogo a lo que ocurre con el dolor, cabe decir que sin el disfrute de un mínimo de placer y felicidad la vida humana no tiene sentido. La propia naturaleza está dotada de unas gratificaciones connaturales que nos ayudan a vivir y sin las cuales la vida humana se habría extinguido hace mucho tiempo. Si la vida no es maltratada o falsamente interpretada, tanto los actos procreativos como los que tienen que ver con la subsistencia están incentivados por una dosis de placer y felicidad indispensable. Es como la compensación de la propia naturaleza para ayudar a que la vida continúe y se perpetúe. De hecho, cuando las actividades procreativas y nutritivas se realizan sin ninguna satisfacción física o psicológica la razón empieza turbarse y la vida humana corre peligro. Es obvio que un mínimo de felicidad y de alegría es indispensable para vivir y razonar correctamente.
            Pero, eso sí, sin olvidar el reverso de la medalla. Al igual que el exceso de dolor, también el exceso de felicidad y alegría puede convertirse en un impedimento psicológico del buen uso de la razón. Se cumple implacablemente el dicho popular de que las alegrías también matan. Las orgías de felicidad son siempre sospechosas y tienen más visos de falsedad que de verdad. Termina un partido de fútbol entre dos equipos importantes y resulta fácil comprobar el estado de tristeza de los perdedores, de alegría de los ganadores así como las sinrazones e insensateces que los partidarios de ambos dicen bajo el impacto emocional de la derrota y del triunfo. La pérdida del uso de la razón es tal que con frecuencia perdedores y ganadores terminan protagonizando actos de violencia.
            Otro ejemplo socialmente relevante lo tenemos en la vida política. Los que están es el poder durante mucho tiempo pervierten la razón usándola para seguir en el poder, aunque sea recurriendo a medios ilícitos o inmorales como la mentira, la astucia y  la fuerza militar. Los que están en la oposición, a su vez, utilizan la razón para escalar el poder aunque sea por el tejado. La alegría de los primeros y la tristeza de los segundos los induce a usar la razón en función de sus intereses de poder y no de la verdad o del bien común. Durante las campañas políticas electorales (donde hay lugar a ellas ya que en muchos países del mundo ni siquiera existen), es un espectáculo bochornoso escuchar a los demagogos pronunciando discursos estratégicamente planificados para conseguir el voto de los electores. Es un espectáculo en el que se juega con los sentimientos de éstos al margen de la cordura y del uso de la razón. La “erótica del poder”, o sea, el placer de mandar y dominar a los demás, constituye un obstáculo psicológico de primer orden para aprender a razonar correctamente. Y cuando hablo de poder me refiero por igual al poder político, financiero y religioso salvando los matices propios de cada una de estas instituciones públicas.
            Tanto las grandes penas como las grandes alegrías, vengan de donde vengan, constituyen un obstáculo muy importante para el ejercicio de la razón. Lo que termino de decir, preferentemente del dolor físico o corporal, es aplicable al dolor moral. Me refiero a esas situaciones sentimentales derivadas del desamor y de las contrariedades de la vida que impiden la satisfacción de nuestros deseos más apasionados. Las personas con carencias profundas de amor tropiezan con serias dificultades para hacer discursos razonables, lo mismo que las personas que son constantemente rechazadas en sus personas y en sus opiniones. Las personas maltratadas en el contexto del amor son un ejemplo proverbial para entender lo difícil que resulta poner a punto el uso de la razón cuando las imágenes del desprecio y el desamor son el manantial del que procede el sufrimiento. Lo cual se comprenderá mejor si tenemos en cuenta las reflexiones siguientes.


       2. El enamoramiento y el resentimiento

            Entre las situaciones emocionales psicológicamente adversas al sano ejercicio y uso de la razón cabe destacar aquellas directamente relacionadas con el amor y el odio entre las personas. El amor humano implica aprecio personal con transferencia afectiva. Cuando ese aprecio y transferencia son recíprocos se produce una situación de bienestar y felicidad inefable. Ahora bien, hay personas que saben apreciar a los demás conceptualmente con la cabeza fría, pero no transmiten afecto. Por el contrario, hay otras que sólo transmiten afecto y esperan afecto en la misma proporción pero son incapaces de valorar con la cabeza la dignidad de los demás. Este desajuste entre el aprecio racional de las personas y la transmisión de afectos nos lleva derechamente a hablar del enamoramiento y del resentimiento como enemigos irreconciliables internos del buen uso de la razón.
            Observemos lo que ocurre con el fenómeno del enamoramiento en los casos más simples y normales en los que tiene lugar entre dos personas de sexo opuesto. Unas veces está enamorado el hombre pero no la mujer. Otras veces está enamorada la mujer pero no el hombre. En el caso primero el hombre se “obsesiona” con la imagen de una mujer concentrando toda su capacidad sentimental sobre la misma con exclusión absoluta de todas las demás. Supongamos que sus amigos o familiares tratan de convencerle de que su “elección” no ha sido acertada aduciendo, no intereses egoístas familiares, grupales, económicos o prejuicios racistas o humanamente discriminatorios - como a veces ocurre-, sino razones objetivas y obvias que hacen presagiar razonablemente el fracaso de esa relación sentimental. Salvo en casos muy raros, estadísticamente despreciables, cualquier razonamiento desfavorable a esta relación sentimental resultará inútil. Es como pretender razonar con un borracho. Lo más que se puede conseguir es su antipatía o rechazo frontal alegando que se está produciendo una injerencia intolerable en sus asuntos personales. Esto, dicho de un hombre respecto de una mujer es igualmente válido a la inversa, cuando es la mujer la que se enamora de un hombre.
            Imaginemos ahora que un hombre es rechazado por una mujer por el hecho de que ella está enamorada de otro hombre. O porque otro hombre distinto está enamorado de ella. Si cada uno de ellos se deja llevar por su estado emocional de enamoramiento bruto, lo más probable es que se produzca un final trágico. El denominador común de la literatura trágica consiste en escenificar artísticamente un fenómeno tan corriente y vulgar como el crimen pasional o la delincuencia de “género”. En el origen hay siempre un factor emocional relacionado con el enamoramiento de alguna de las partes implicadas o algún tipo de traición sentimental. El final trágico se produce cuando el uso de la razón ha sido totalmente bloqueado por los estados emocionales derivados del “enamoramiento” o del apasionamiento excesivo de alguna de las partes. Ocurre como en el desencadenamiento de las guerras. Estas se producen inexorablemente cuando una de las partes en litigio abandona la razón y prefiere ir directamente a las armas. Con la particularidad de que, una vez declarada la guerra, todas  las partes en litigio pierden la razón poniendo todos los medios necesarios para destruir al presunto enemigo.
            Hay muchas personas convencidas de que sus proyectos amorosos tienen que empezar siempre por un enamoramiento embriagador. Para ello multiplican sus relaciones íntimas con personas diversas hasta “enganchar” apasionadamente a alguna. Al potenciar el apasionamiento pierden la capacidad psicológica para evaluar correctamente su situación emocional y el resultado final suele ser una triste cadena de ilusiones y desengaños que terminan arruinando su personalidad. La expresión en inglés “fall in love,” es muy elocuente porque asocia el estado de enamoramiento a un tipo de enfermedad psicológica. De hecho, el enamoramiento es una pasión obsesiva vinculada directamente a la fantasía y la idealización de una determinada persona. No a lo que la persona realmente es, lo cual se percibe mediante el uso de la razón. El amor, por el contrario, está relacionado directamente con la realidad de la vida, la edad y las circunstancias personales en cambio permanente. El enamoramiento nos ata tiránicamente a la idea obsesiva de una determinada persona con exclusión automática de todas las demás en el ámbito de la fantasía. El amor, por el contrario, es un proceso dinámico que crece y madura con la vida compartiendo libre y felizmente emociones y felicidad con los demás.
            Los analistas más objetivos del fenómeno del enamoramiento suelen estar de acuerdo en los siguientes puntos. En primer lugar, caben pocas dudas sobre el hecho de asociarlo a un estado pasional obsesivo que nos hace percibir casi exclusivamente los aspectos positivos de la persona amada. Cualidades que muchas veces existen más en la fantasía que en la realidad. En consecuencia, cuanto más apasionado es el enamoramiento más desengaño y sufrimiento acarrea cuando la realidad termina imponiéndose a la fantasía.
            Otra característica del estado pasional de enamoramiento consiste en que al idealizar a una determinada persona todas las demás son comparadas y tratadas afectivamente como inferiores. Por otra parte, se cumple aquello que la sabiduría popular ha sancionado con la expresión “el amor es ciego”. Esto significa que la razón no funciona y, por tanto, la persona enamorada no percibe de forma objetiva los defectos reales de la persona deseada ni las consecuencias negativas que de tales defectos pudieran derivarse. Por el contrario, las personas enamoradas están convencidas de que son protagonistas de una auténtica historia de amor y que tienen ya al alcance de sus manos la solución definitiva para sus fracasos anteriores con otras personas.
            Por otra parte, las personas muy enamoradas caen fácilmente en la trampa del “complejo del redención”. Cuando alguien les advierte de la personalidad conflictiva de la persona a la que aman, y lo difícil que resultará con ella la convivencia del día a día, la respuesta no se hace esperar. La persona enamorada está plenamente convencida de que conoce y comprende mejor que nadie a la persona que ama y que con su ayuda va a cambiar a mejor su situación. O lo que es igual, se siente en el deber de  conciencia de casarse lo antes posible con la persona de la cual está enamorado o enamorada, con la ilusión ciega de que todas las dificultades que surjan en la convivencia serán felizmente superadas. La experiencia demuestra que sólo en casos muy honrosos y excepcionales el complejo de redención de los enamorados no termina como el rosario de la aurora en una profunda decepción. Como suele decirse coloquialmente con gran sentido realista, “el noviazgo no tiene nada que ver con la convivencia”. O sea, que el enamoramiento no es garantía segura de amor y felicidad como vulgarmente se piensa. Las mujeres que se sienten amorosamente frustradas con sus maridos y caen en la trampa de enamorarse de otro hombre pierden fácilmente el sentido de la realidad. Con frecuencia ocurre que este nuevo hombre tiene más defectos y problemas que el anterior. Pero, una vez enamoradas, la razón deja de funcionar satisfactoriamente y salen del fuego para caer en las brasas. Lo mismo ocurre con los hombres que “caen en el amor” de una nueva mujer. Es como caer en una enfermedad cuyos síntomas más alarmantes son la dificultad para usar bien la razón en la toma de decisiones importantes para la vida.
            El enamoramiento, no lo demos vueltas, en su estado químicamente puro, tiene características obsesivas y adictivas y se desvanece tan pronto las fantasías amorosas son contrastadas con la realidad pura y dura de lo que es la persona apasionadamente deseada. Es un error grave muy difundido confundir el amor humano con el enamoramiento. Como he dichos antes, en toda forma de amor humano tiene que haber aprecio personal y transferencia afectiva. Lo cual significa que el enamoramiento como estado emocional tiene que pasar por el filtro de la razón, madurar y desaparecer. En caso contrario el enamoramiento constituye uno de los obstáculos connaturales más importantes contra el aprendizaje y uso correcto de la razón. 
            De hecho, con las personas unilateralmente enamoradas es muy difícil razonar. Su obsesión sentimental por una determinada persona, con exclusión de todas las demás, obnubila su visión objetiva de la realidad y de las personas de suerte que todos sus razonamientos, en el mejor de los casos, resultan distorsionados, incomprensibles si no absurdos. Por supuesto que lo dicho sobre el enamoramiento como obstáculo para aprender a razonar y hacer uso correcto de la razón por parte de los hombres es igualmente válido para las mujeres. Largo sería hablar sobre este asunto. Para nuestro propósito baste recordar que el enamoramiento es un estado sentimental que tiene que madurar hasta su desaparición bajo el gobierno de la razón. De lo contrario, es como el agua torrencial que no es adecuadamente canalizado para amansarlo y poderlo utilizar en la irrigación de los campos. En lugar de darles vida los inunda produciendo destrucción y muerte por doquier. De modo análogo, el enamoramiento en bruto en lugar de saciar nuestra necesidad humana de amor nos despoja del uso de la razón y terminamos ahogados en el torrente incontrolado de sentimientos y emociones a la deriva.
            Resumiendo. El enamoramiento es una emoción fuerte de tal manera que la persona enamorada tiene tal fijación por la persona amada que se obsesiona con ella y con todo lo que se relaciona con ella como con los lugares que frecuenta, su sonrisa, su mirada y su presunta perfección. La persona enamorada vive una fantasía y un sueño del que antes o después, más bien pronto, tendrá que despertar para afrontar la cruda realidad de la persona amada. Es entonces cuando ese sueño se va convirtiendo en realidad al encontrarse a cara descubierta con las cualidades y los defectos que antes no se veían, no se querían ver o simplemente se idealizaban. Suele ocurrir que cuando las personas están enamoradas, sólo ven lo que quieren e idealizan a la persona amada. Y cuando ese hechizo se va deshaciendo se van dando cuenta de que esa persona que habían idealizado se parece muy poco o nada a la que realmente es.
            Cuando la persona enamorada es correspondida la fusión de sentimientos que los dos miembros sienten se acerca al éxtasis total, concentrándose ciegamente en ellos mismos, en sus sentimientos y en sus relaciones íntimas. Por el contrario, Cuando el enamoramiento no es correspondido, la persona que tiene estos sentimientos, se siente frustrada, pierde las ganas de hacer cosas e incluso el deseo de vivir. En casos extremos no se descarta el suicidio. De ahí que el estado de enamoramiento pueda ser comparado a una fiebre agradable que, si no desaparece, puede terminar con la vida del paciente. Lo ideal es que ese estado emocional madure pasando por el filtro de la razón, de lo contrario la razón de los enamorados quedará anegada en las borrascosas aguas de sus sentimientos. Lo cual puede conducirlos a los extremos del odio y del resentimiento. La historia de la literatura trágica es una demostración patente y dolorosa de esta realidad perturbadora del buen uso de la razón a causa del estado de enamoramiento.  
            El resentimiento en su grado máximo se transforma en odio, y provoca un desorden del sistema evocativo que nos hace capaces de extraer de la memoria sucesos de todo tipo. En nuestro caso, sucesos de mala calidad como daños recibidos de otras personas o grupos sociales. De hecho, el término resentimiento se utiliza siempre en el sentido peyorativo de “resentir” o recordar constantemente el mal que nos ha hecho alguien. En el fondo se trata de un sentimiento solapado de venganza. Las emociones se turban y desordenan haciendo que la persona rencorosa o resentida sienta y “resienta” constantemente las ofensas recibidas, sean estas verdaderas o imaginarias.
            Eso que suele denominarse “memoria histórica” con frecuencia se refiere a hechos del pasado que se recuerdan constantemente para mantener vivos y transmitir a las generaciones futuras los sentimientos de odio que tuvieron lugar entre nuestros antepasados. Hechos lamentables, pero cuyos protagonistas ya no existen. Pero son evocados constantemente como si alguien en el presente fuera el responsable de los mismos. Esta forma de entender la “memoria histórica” es muy frecuente entre los políticos, sobre todo de pueblos o grupos sociales injustamente tratados en el pasado, o que en el presente alimentan ambiciones políticas de dudosa legitimidad. El rencor y el resentimiento es un signo de identidad de todas los grupos mafiosos entre los cuales el “ajuste de cuentas” forma parte de su idiosincrasia cultural.
            Las personas resentidas no dispuestas a olvidar magnifican los defectos de los demás y no reconocen sus virtudes. El rencoroso, por ejemplo, si es hombre y tiene malos recuerdos obsesivos de su madre, probablemente se forma una opinión rencorosa de todas las mujeres. Lo mismo puede ocurrir a la inversa cuando se trata de mujeres rencorosas. Al rencoroso le cuesta mucho confiar en los demás por miedo a ser lastimado y tiende a aislarse socialmente, siendo incapaz de comprender a los demás o perdonar. Sus juicios suelen ser implacables. Los resentidos son propensos al orgullo, al revanchismo y, muy susceptibles, están siempre como a la defensiva. Se sienten ofendidos con facilidad y les gusta jactarse en público de su dureza de carácter. En caso de perdonar, cosa poco probable, procuran dejar muy claro que perdonan pero no olvidan.
            Cuando el resentimiento degenera en sentimientos de venganza el estado emocional de los rencorosos se turba de tal manera que resulta indispensable serenarse para poder siquiera iniciar un intento de discurso razonable con ellos. El sentimiento de venganza se desencadena casi siempre al margen completo de la razón. “El que la hace la paga”. “Dejadme, que lo mato”. “Me lo vas a pagar”. “A la vuelta de la esquina te espero”. “Esto tiene un precio”. Y muchas otras expresiones en las que los sentimientos de venganza están servidos. Otras veces la venganza se camufla de justicia social. Por ejemplo, cuando los cuerpos legislativos establecen la pena de muerte como castigo. Bajo el pretexto de hacer justicia se camufla y sublima el instinto de venganza en lugar de aplicar coherentemente el principio de la razón a los delincuentes en nombre de la vida. Los partidarios de la pena de muerte afinan sus argumentos hasta extremos increíbles bajo el paraguas de la justicia. No se dan cuenta de que utilizan la razón como herramienta legal contra la vida. Es muy difícil establecer un discurso sereno y razonable con quienes militan a favor de la pena de muerte. Entre otras razones porque en un momento dado la razón es silenciada para dar paso al instinto de venganza sutilmente sublimado mediante la invocación de la justicia, a la cual la razón no puede traicionar. En estos casos la razón queda psicológicamente en suspenso mientras se ejecuta la sentencia y posteriormente se reactiva para legitimar los hechos ya consumados.
            El resentimiento y la venganza impiden siempre que la razón ponga orden y paz en la vida social. En nuestro tiempo cabe destacar dos casos emblemáticos sociales en los cuales la razón ha sido y es sistemáticamente humillada por el uso perverso que de ella se hace. Por ejemplo, el problema político crónico de Oriente Medio entre judíos y árabes. Ambas partes en general, con pocas y honrosas excepciones, cultivan el resentimiento en grado extremo como un deber moral. Su concepto de “memoria histórica” está directamente vinculado al sentimiento de venganza y en estas condiciones cualquier proyecto de paz entre ellos inspirado en el olvido de los malos recuerdos y el discurso razonable está siempre llamado a fracasar. Cada acontecimiento histórico del pasado es recordado e interpretado en clave pasional rencorosa con el fin de legitimar el “ajuste de cuentas” y eventualmente la sumisión o desaparición total de la otra parte del conflicto. Todo lo cual resulta particularmente aterrador cuando la falta de razón se suple con el refuerzo de motivos religiosos en bruto. No hay margen para la razón objetiva y serena ya que  cuando se usa la razón es de forma perversa para legitimar formas de conducta inspiradas en el odio y el rencor. Se comprende que por este camino la paz en estos territorios sea humanamente imposible, una vez que los sentimientos de odio y rencor desplazan sistemáticamente a los principios y criterios inspirados en el buen uso de la razón.
            Otro ejemplo emblemático vergonzoso ha sido la ideología marxista aplicada a la política. La teoría y práctica de la llamada “lucha de clases” no fue otra que la de llevar hasta extremos inimaginables el odio utilizando la razón para legitimar desde todos los ámbitos de la vida el sometimiento humillante de los contrarios y su eventual eliminación. Donde  no existía un enemigo a cara descubierta contra el cual luchar, lo inventaban. En ningún sistema de pensamiento del pasado se había pervertido el uso de la razón con tanto descaro desviando brutalmente a la inteligencia de su instinto natural hacia la verdad para ponerla al servicio del poder más despótico e inhumano que jamás haya existido. El fenómeno del denominado “escolasticismo soviético”, del que me he ocupado en alguna ocasión, basta para hacernos una idea de esta chocante perversión de la inteligencia humana. Durante el período de apogeo del pensamiento marxista era prácticamente imposible llevar a cabo un diálogo razonable con las personas contagiadas por esa ideología. Con la circunstancia agravante de que quienes vivimos esta triste experiencia llegamos a tener la impresión de que habrían de pasar muchos años y generaciones antes de que aquella peste contra la razón fuera erradicada. Afortunadamente no fue así, lo cual no significa que el panorama haya mejorado excesivamente ya que las pestes se suceden unas a otras con nuevos síntomas y consecuencias adversas para el buen uso de la razón.

                3. Fideísmo religioso y racionalismo científico
                Con la caída del materialismo marxista en Europa cabía pensar que la razón volvería a encontrar su verdadero cauce natural en el ámbito de la ciencia y la verdad, pero no ha sido así. Por el contrario, han reaparecido los fundamentalismos religiosos más temibles. Ahora no es cuestión del fideísmo filosófico tradicional, que proclamaba la supremacía exclusiva de la fe religiosa en el conocimiento de verdades fundamentales sobre Dios, la vida y cuestiones anejas. El fideísmo fue definido por los ideólogos soviéticos como aquella  doctrina que suplanta el saber por la fe o que, en general, asigna cierto valor a la fe. En mayor o menor grado el fideísmo es propio de las teorías idealistas y propugna que la ciencia debe subordinarse a la religión.
            Yo defino el fideísmo como el abuso de la fe en todos los ámbitos de la vida suplantando al sentido común y a la razón, tanto filosófica como científica. En la vida, en efecto, no se puede vivir sin un mínimo de fe o confianza de los unos en los otros. Cuando un viajero sube al autobús y toma asiento tranquilamente ha hecho un acto de fe más o menos explícito en la empresa de transportes y en el conductor del vehículo. El viajero da por supuesto que ni la empresa ni el conductor tienen interés en malograr el viaje o provocar un accidente. Cuando tratamos a un hombre como padre y a una mujer como madre es porque creemos que realmente lo son, mientras no se demuestre lo contrario. Y para creer que lo son no necesitamos pruebas científicas sino morales. Nos basta la autoridad moral derivada de su comportamiento habitual con nosotros y de nuestros familiares. El fideísmo es ocasionalmente usado para expresar la creencia de que los cristianos son salvados exclusivamente por fe religiosa. La doctrina de la sola fe es una nota relevante del pensamiento teológico protestante. En sentido más amplio el fideísmo es una teoría según la cual el razonamiento o uso de la razón es irrelevante frente a las creencias religiosas. Tratándose de la existencia de Dios, por ejemplo, el fideísmo enseña que los argumentos racionales son falaces y prácticamente inútiles.
            Pero no es mi propósito hablar aquí del fideísmo como ingenuidad o abuso de esta confianza indispensable para la convivencia humana del día a día. Tampoco del fideísmo filosófico como supeditación incondicional de la razón a la fe religiosa en determinados campos del conocimiento humano. Sólo me interesa destacar aquí el fideísmo como abuso de la fe religiosa. El fideísmo que actualmente resulta más temeroso es el islámico por su fanatismo. Este abuso de la fe religiosa es profesado de forma despótica y tirana por los grupos comúnmente denominados “fundamentalistas”. Frente a sus ciegas creencias religiosas  no caben razones. Quienes en nombre del sentido común o de las buenas razones de humanidad no aceptan sus cánones con frecuencia se juegan la vida. La fe del fideísmo religioso es ciega y más cercana a la superstición que al saber. En este sentido el fideísmo filosófico intentó conciliar la fe y el saber colocando la fe en primer lugar y a la razón en segundo plano. Esta fe filosófica equivale a la seguridad que se tiene en las conclusiones científicas e hipótesis de trabajo que todavía no han sido experimentalmente verificadas. Este tipo de fideísmo filosófico se refiere a la confianza que nos inspira el saber ya logrado y contrastado por la experiencia. En tal sentido se dice, por ejemplo, que creemos en un determinado médico más que en otro, o en una medicina por su eficacia contra una determinada enfermedad. Creemos en todo aquello que nos ofrece seguridad y confianza. La fe es connatural a la vida.
            Hasta las verdades científicas más contrastadas por los científicos son aceptadas por el público en general por la presunta autoridad de quienes las difunden. Por ejemplo, un científico surcoreano dijo a finales del 2005 haber obtenido unos resultados espectaculares en el ámbito de la clonación de células madre. La noticia fue divulgada por una revista científica de prestigio y los medios de comunicación la dieron a conocer al mundo entero. Cuando el científico en cuestión había sido ya considerado por muchos como un héroe de la ciencia más avanzada  se descubrió que el mundo había sido víctima de un fraude. Los presuntos logros, se dijo después, eran falsos. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién dice la verdad y quién miente? En última instancia se tiene la impresión de que también las verdades de la ciencia las aceptamos muchas veces llevados por la fe ciega en la presunta autoridad moral de los científicos y de los medios de comunicación. Pero, insisto, no es este el fideísmo religioso y fanático que desprecia a la inteligencia e impide que esta se desarrolle felizmente con la educación y la experiencia de la vida.
            El fideísmo contemporáneo que a mí me preocupa ahora se refiere al abuso y perversión de la fe religiosa que impide aprender a pensar y reflexionar correctamente. Por ello es un enemigo declarado del uso de la razón. El problema es tan viejo como la humanidad pero en la actualidad reviste unas características nuevas muy preocupantes por la obstinación de sus líderes y la disposición de medios morales y técnicos de coacción más sofisticados y contundentes que en el pasado. El fideísmo islámico fundamentalista, por ejemplo, cuenta con recursos materiales y armas destructivas impensables en el pasado para llevar a cabo sus objetivos irracionales con relativa facilidad. Las minorías intelectuales islámicas más razonables están luchando noblemente para salir de esta situación, pero no poseen todavía el grado de libertad suficiente para expresarse dentro del mundo islámico. Y ello a costa de jugarse la vida. Esos hombres y esas mujeres merecen todo nuestro apoyo y admiración.

     4. Ideologías políticas y sentimientos nacionalistas

            Los politólogos y sociólogos discuten sobre el concepto de ideología política. Yo no voy a entrar en esas discusiones teóricas, sólo útiles para la cultura en las aulas. Ideología en esta obra significa abuso de las ideas. Por ejemplo, falseándolas o aplicándolas de forma indebida o incluso perversa, como hacen muchas veces los líderes políticos aconsejados por sus asesores con vistas a ganar las elecciones. Al hablar de ideologías políticas me estoy refiriendo al trabajo de los “ideólogos” que dirigen y controlan los discursos de los políticos de un determinado partido. Los “ideólogos” de los partidos políticos manejan las ideas y eventual falsificación de las mismas con vistas a mantenerse en el poder o a escalarlo. El ideólogo puro no es un buscador de verdad sino de poder. Este hecho ayuda a comprender por qué las personas más cualificadas para gobernar con verdadero sentido de justicia y humanidad pocas veces tienen éxito en la vida política, en la que con excesiva frecuencia sólo triunfan las mediocridades morales y las personas racionalmente menos cualificadas.   
            La ideología en el sentido moderno de la palabra se refiere casi siempre a un conjunto de ideas y valores concernientes al orden político cuya función es guiar los comportamientos políticos colectivos. En el contexto marxista la ideología remite a la falsa conciencia determinada por las relaciones de dominación existentes entre las clases sociales. El término ideología ha sido utilizado también como un tipo específico de creencias, como una creencia falsa o distorsionada,  y también como un conjunto de creencias que abarcan el conocimiento científico, la religión y las creencias cotidianas sobre las conductas sin importar si son verdaderas o falsas. Más en concreto cabe hacer las precisiones siguientes. 
            En el primer sentido las ideologías son equivalentes prácticamente a lo que en la posmodernidad se denomina pensamiento débil y remite a un conjunto de ideas y valores relativos al orden político. O bien a un sistema de creencias organizadas en base a unos pocos valores centrales. Este ha sido el sentido más aceptado por la ciencia política y la sociología occidentales contemporáneas en el estudio de las determinantes o constantes de las principales corrientes ideológicas de turno. Desde esta forma de entender las ideologías se ha teorizado y analizado la naturaleza, fuerza y vigencia de sistemas ideológicos tales como el comunismo, el fascismo y los nacionalismos. Innecesario recordar que las ideologías así entendidas estuvieron siempre asociadas al dogmatismo, el pensamiento único y el adoctrinamiento. De ahí su comprensible desprestigio. Cuando se habla, por ejemplo, de “la caída de las ideologías” nos estamos refiriendo principalmente a las ideas o doctrinas con las que se trató de legitimar los regímenes comunistas y nazis más salvajes. En sentido más amplio significa la falta de convicciones profundas sobre el sentido de la vida humana bajo el influjo de la tecnología. La falta de ideas bien asentadas sobre la razón es suplida por los fideísmos religiosos más radicales e inhumanos y los fanatismos políticos cuya expresión más acabada son los actuales nacionalismos.
            Pero el concepto de ideología realmente preocupante se fraguó en el marxismo. Según el marxismo puro y duro, las ideas y las teorías, socialmente determinadas por las relaciones de dominación entre las clases sociales, generan la existencia de una falsa conciencia que lleva a visiones erróneas sobre el modo de la producción capitalista. La ideología es tildada de producto capitalista despreciable en función de los intereses de los capitalistas como presuntos culpables de las situaciones de injusticias social. En este sentido la religión, los valores, las ideas, las doctrinas así como la pertenencia a una clase social, serían los principales factores determinantes de la falsa conciencia. La ideología marxista fue presentada como el único y verdadero sistema de ideas y valores capaz de destruir para siempre la versión capitalista de la realidad. La ideología resulta así un concepto peyorativo cuando se refiere a las convicciones y sistemas de valores de inspiración capitalista, cuya alternativa sería la visión materialista de la vida y los sistemas de valores propugnados por los ideólogos del materialismo marxista.
            Los ideólogos marxistas eran los teóricos del Partido. Como los ideólogos de los partidos políticos no marxistas lo son de sus respectivos militantes. Estos no son profesionales de la verdad sino administradores de ideas en función de la permanencia en el poder o de las estrategias para alcanzarlo. De ahí que cuando un intelectual genuino y socialmente reconocido como tal se presta como ideólogo de un partido político, pierde automáticamente su prestigio como intelectual ante la comunidad científica y la entera sociedad. Otra cosa es que los intelectuales natos no deban intervenir en política en situaciones puntuales desde la libertad de pensamiento y la independencia profesional. Lo que no se acepta es que se vendan al servicio del poder renunciando a la búsqueda libre e independiente de la verdad.
            Otra forma actual de entender la ideología consiste en utilizar este concepto para designar de una manera global al conjunto de conocimiento científico, religión, creencias cotidianas, etc. sin tener para nada en cuenta si esas convicciones y creencias son verdaderas o falsas. Su base determinante está en la sociología del conocimiento enfatizando el determinismo social de todas ellas sin priorizar lo económico, lo político o lo verdadero. Una ideología en este sentido equivale a una mera descripción sociológica de estos fenómenos. Tal forma de entender las ideologías se ha visto reforzada con el advenimiento e imposición de la globalización con la expansión de la economía de mercado y el imperio de los medios de comunicación más avanzados.  Así las cosas, todo hace presentir que las ideologías, tal como han sido descritas, no sólo no desaparecerán como categoría de pensamiento en las ciencias sociales, sino que seguirán desafiando a la capacidad reflexiva y científica de las generaciones futuras haciendo un uso muy peculiar de la razón, más al servicio del poder político y económico que de la verdad. Las ideologías implican todas ellas abuso de las ideas y, por lo mismo, constituyen un impedimento serio para aprender a usar por cuenta propia la razón. Esta es nuestra preocupación.
            Pero hablando de los abusos de la fe religiosa y de las ideas resulta lógico y necesario hablar de los sentimientos nacionalistas contemporáneos en los que el resentimiento desemboca con relativa facilidad en violencia extrema y terror. Ahora bien, con miedo y terror en el cuerpo resulta prácticamente imposible razonar. La “terrocracia” o gobierno del terror es incompatible con el buen uso de la razón.  Los sentimientos nacionalistas han sido asociados a los estados de enfermedad. A  Albert Einstein se le atribuye la frase: “El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad”. Con las  siguientes consideraciones sólo pretendo destacar el componente emocional de los nacionalismos y su peligrosidad para el ejercicio correcto de la razón. En primer lugar, hemos de resaltar su componente emocional. Luego haremos  algunas analogías con otros sentimientos con el fin de denunciar su peligrosidad y necesidad de superarlo. Psicológicamente hablando, el nacionalismo puede ser descrito como un sentimiento obsesivo de raza, etnia, idioma, configuración geográfica, cultura y religión. Me explico.
            Toda persona nace en un lugar determinado de la tierra y, si no conoce otro habitat distinto, se va adaptando emocionalmente a ese lugar hasta el punto de convertirlo en el referente único y exclusivo de su existencia. Si, por ejemplo, crece en un lugar montañoso y aislado, rico en agua y verdor, cuando vea por primera vez una llanura inmensa sin agua, sin rocas, arroyos y verdor, su mente sufrirá una convulsión fascinante al constatar que hay otros mundos que provocan su deseo de descubrir y conocer. Por el contrario, si el niño crece en ese ambiente cerrado e incomunicado, termina “enamorándose” del lugar apegándose al “terruño” aunque le cueste la vida. Se genera un sentimiento de dependencia total a la tierra que le vio nacer y a sus tradiciones hasta el extremo de morir por ella, si fuere necesario.
            Esta dependencia emocional tiránica de “la tierra de sus padres” era comprensible en  tiempos pasados cuando los medios de comunicación no podían traspasar las fronteras geográficas. Actualmente resulta cada vez más incomprensible, sobre todo en los países desarrollados de Europa y América. Con los modernos medios de comunicación las fronteras geográficas tienden a desaparecer y el aferramiento afectivo a un lugar geográfico determinado resulta un sinsentido. Ahí está el fenómeno emigratorio moderno que supone el abandono, al menos provisional, de la tierra natal por imperativos existenciales de la propia vida.
            La incomunicación geográfica de otros tiempos favorecía a su vez la endogamia lingüística, religiosa, cultural y política. O sea, los ingredientes fundamentales de todos los nacionalismos, incluidos los actualmente llamados democráticos. Estos sentimientos de dependencia emocional y endogamia lingüística, religiosa y cultural son después explotados por los líderes políticos como recurso estratégico para mantenerse en el poder donde ya lo ostentan, o para escalarlo donde aspiran a ello. Es entonces cuando lo que originalmente surgió como un sentimiento natural y comprensible de afecto al lugar de nacimiento termina convirtiéndose en una actitud peligrosa y hasta violenta al idealizar irracionalmente esos sentimientos en lugar de educar a la gente para que se vaya liberando de ellos en aras de la comunicación y convivencia universal. Esos sentimientos de pueblo, raza, nación y religión se radicalizan a veces hasta extremos inimaginables de arrogancia, intolerancia tozuda y violencia sádica contra quienes no comparten sus raquíticos sentimientos nacionalistas.
            Las consecuencias psicológicas para las personas amordazadas por tales sentimientos son siempre desastrosas, incluso tratándose del llamado nacionalismo democrático. Pero veámoslo más en concreto sirviéndonos del recurso literario de las parábolas. Tomo aquí la parábola como narración comparativa  o analógica basada en la realidad para deducir una lección moral de valor objetivo. En tal sentido el sentimiento nacionalista puede ser comparado a determinados tipos de conducta socialmente aceptados pero que de por sí conducen casi siempre a males indeseables, entre los cuales la perversión del uso de la razón. Por razones obvias, no vale la pena insistir en la incompatibilidad del uso correcto de la razón y los sentimientos nacionalistas extremos que practican la violencia y el terror para lograr sus objetivos políticos. Las siguientes reflexiones, por tanto, conciernen a los sentimientos de los denominados nacionalismos democráticos.
            El sentimiento nacionalista, a simple vista inofensivo o democrático, puede ser comparado a un cáncer benigno bajo control. Afortunadamente cada vez hay más gente que vive con su cáncer declarado en alguna parte del cuerpo. Gracias a los adelantos quirúrgicos y a la quimioterapia se consigue mantenerlo inactivado por algún tiempo más o menos prolongado. Pero el enemigo está en casa y el gato en la despensa. Al menor descuido el enemigo lo asalta y el gato se come las tajadas. La amenaza de metástasis está siempre ahí como una espada de Damocles sobre la cabeza. Pues bien, del mismo modo que sería absurdo y un contrasentido querer vivir en esa situación de constante sobresalto con un cáncer benigno en el cuerpo, en lugar de desear que ni siquiera exista, así también resulta psicológicamente un contrasentido desear vivir a expensas de sentimientos nacionalistas, aunque estos sean democráticos y estén bajo control. La triste experiencia demuestra que cualquier circunstancia social adversa puede provocar una metástasis política mortal. De ahí que lo recomendable y deseable sea la superación total de esos sentimientos, como si de la extirpación de un cáncer benigno se tratara, en lugar de fomentarlos educativamente como si de suyo fueran inofensivos. Actualmente no conozco ningún tipo de nacionalismo inofensivo por naturaleza, como tampoco ningún tipo de cáncer benigno bajo control que no sea inquietante, mortalmente amenazador y digno de ser extirpado de raíz. Con los que están ya invadidos por el “cáncer” nacionalista es prácticamente imposible razonar por mucho tiempo. Sus sentimientos no se lo permiten a ellos mismos. Tienen la razón secuestrada por esos sentimientos con lo cual, mientras tales sentimientos subsistan, queda psicológicamente cerrada la posibilidad de establecer con ellos un discurso correctamente razonable en términos de justicia y equidad. A los argumentos que no les son favorables responden directamente con amenazas e indirectamente con las armas. Los sentimientos nacionalistas, aunque se los denomine “democráticos”, son siempre un obstáculo para el correcto ejercicio del uso de la razón. Todos los sentimientos son un obstáculo a superar y los sentimientos nacionalistas, incluso los aparentemente inofensivos, también lo son aunque estén bajo control.
            El nacionalismo “democrático” puede ser comparado también con el virus informático. Cualquiera que tenga un mínimo de experiencia en el manejo de esta tecnología comprenderá inmediatamente lo que voy a decir a continuación. Cuando alguien consigue introducir un virus en nuestra computadora los archivos existentes en el disco duro se distorsionan de suerte que el discurso escrito termina siendo ilegible o irreconocible. Todo el orden lógico queda distorsionado. De modo análogo, cuando el “chip” del sentimiento nacionalista se instala en el disco duro de los sentimientos, ya sea bajo el influjo del miedo o de la educación pacífica impartida en escuelas, centros de adoctrinamiento, medios de comunicación o catequesis parroquial, condiciona negativamente cualquier intento de discurso racional correcto. Todo se ve unilateralmente desde la óptica del “chip” nacionalista, y es inútil tratar de razonar sobre nada que no contemple los intereses unilaterales del nacionalismo. El que no opina de la misma forma es considerado como enemigo, explotador o extranjero indeseable. En los casos extremos surge el llamado “síndrome de Estocolmo”. El no nacionalista termina auto-culpabilizándose de las calamidades que padece por no secundar la causa nacionalista. En consecuencia, si no se marcha voluntariamente del territorio “sagrado” se juega la vida y en el mejor de los casos, si no se autoexilia,  se ve obligado a renunciar a sus libertades.
            Hecha esta constatación cabe decir lo siguiente. Así como no es razonable sostener la presunta inocuidad de un virus informático en la computadora, o  la de un virus o una bacteria en los riñones bajo control médico, tampoco lo es el conformarse con paliar socialmente los sentimientos nacionalistas, donde existan, sino que habría que prevenir a las futuras generaciones contra ellos. El nacionalismo democrático es psicológicamente tan poco recomendable como un virus en la computadora o una bacteria en los riñones por más que la tecnología y la medicina avancen espectacularmente. La mejor medicina contra una enfermedad es poner los medios preventivos para no padecerla y tenerla que curar. Pienso que cuando los analistas asocian el nacionalismo exagerado a una especie de enfermedad psicológica no andan descarriados. Ahora bien, tratándose de enfermedades, mejor es no contraerlas que tenerlas que padecer y soportar aunque no sean gravemente mortales. Los sentimientos nacionalistas extremos anulan el uso de la razón o la pervierten. Y los llamados “democráticos” constituyen, en el mejor de los casos, una dificultad seria y un peligro constante para aprender a razonar con corrección.
            Los sentimientos nacionalistas pueden ser comparados también a los estados de dependencia adictiva que generan la nicotina, el alcohol y las modernas drogas alucinógenas procesadas. Los que están tocados por el sentimiento nacionalista se sienten fatalmente enganchados a su patria chica y a sus costumbres tradicionales, como el fumador crónico al tabaco, los grandes bebedores al alcohol y los drogadictos a la droga. De modo análogo, ponen todo su empeño en catequizar a los demás para la causa nacionalista como los grandes consumidores de alcohol tratan de persuadirnos para que seamos igual que ellos bebiendo, los fumadores nos invitan y presionan para que fumemos y los drogadictos nos colocan la droga inadvertidamente en las entrañas del cuerpo. Lo más triste es que carecen de libertad psicológica para ser de otra manera. Si es necesario, dan la vida, se asocian con el diablo y se enemistan con el mundo entero a cambio de hacer valer sus sentimientos. Hacen cualquier cosa menos sacrificar una tilde de los mismos en aras de la universalidad. Se trata de una verdadera adicción afectiva y una dependencia sentimentalmente tiránica de la tierruca o patria chica. Lo cual sólo sirve para empobrecer el espíritu y dificultar la convivencia social. Los sentimientos nacionalistas terminan prevaleciendo sobre cualquier razonamiento sereno y objetivo que no les sea favorable.       
            Por último, cabe comparar el sentimiento nacionalista con la obsesión sexual o “erótica nacionalista”. El obseso sexual tiende patológicamente a  ver e interpretarlo  todo a través del prisma erótico. De modo análogo, los nacionalistas sienten con mayor o menor intensidad la obsesión por una determinada configuración geográfica, costumbres ancestrales, lengua, etnia y religión. De ahí el riesgo permanente de incurrir en regionalismo provinciano, tradicionalismo anacrónico, racismo y fanatismo religioso. Se sienten molestos, por ejemplo, si no se habla su idioma aunque este no sea el más adecuado para entender y comprender a los demás. Si llega el caso, lo usan deliberadamente para que los demás no les entiendan a ellos como gesto de autoafirmación étnica. Un ciudadano belga nacionalista entrado en años me llegó a manifestar su indignación y sentimiento de frustración por el hecho de que, siendo flamenco, le habían obligado de niño a aprender francés. Por supuesto que me explicaba a mí esta presunta injusticia que habían cometido con él en un delicioso francés que hubiera deseado hablar cualquier persona  razonable y civilizada. Para él, sin embargo, el haberle dado la oportunidad de hablar francés con tanta perfección desde la infancia lo consideraba como un atropello de sus obsesiones nacionalistas. Con la circunstancia agravante de que este hombre era un hombre de Iglesia del que razonablemente cabría pensar que se había educado en la universalidad que es consustancial a la condición humana y al modelo de humanidad cristiano. Es sólo un ejemplo.
            A la altura de nuestro tiempo los nacionalismos favorecen la corrupción del verdadero amor a la patria, a la que convierten en un fetiche idolátrico y caprichoso. Los sentimientos nacionalistas degeneran fácilmente en idolatría y perversión del genuino patriotismo convirtiéndolo en lo que despectivamente se conoce como patrioterismo y chauvinismo. Nada tan razonable y humano como los sentimientos de afecto hacia la tierra donde nacimos y en la que crecimos. Quienes reniegan, se avergüenzan o  denigran  sus orígenes terrenales y culturales son tildados por la tradición popular de hijos  mal nacidos y desagradecidos. Por el contrario, quienes aman a sus padres y se sienten orgullosos de la tierra que los vio nacer son considerados por todo el mundo como hijos bien nacidos y agradecidos. Estos sentimientos de afecto a la “patria chica”, como si de los propios padres de carne y sangre se tratara, son los que legitiman el verdadero patriotismo y amor a la patria. Pues bien, tan razonables y justos son estos sentimientos patrios como irracionales e injustos los sentimientos nacionalistas que convierten a la patria en un ídolo al cual se da culto mediante la violencia y la criminalidad. Lo cual resulta más obvio si tenemos en cuenta el desarrollo moderno de las comunicaciones que permiten echar por tierra las fronteras tradicionales nacidas del subdesarrollo y la incomunicación humana. El propio concepto de patria se ha relativizado dentro de un mundo cada vez más global interactivo y mejor comunicado. Por lo mismo, los sentimientos nacionalistas, que constriñen la mente a rechazar los sentimientos universales suplantándolos por otros particulares y efímeros, constituyen un obstáculo muy serio para el aprendizaje y uso correcto de la razón.    
            De acuerdo con la experiencia histórica cabe afirmar que los sentimientos nacionalistas, por más que en determinadas y raras circunstancias en algún tiempo o lugar pudieran merecer un respeto cauteloso y coyuntural como mal menor, son siempre indeseables. No menos que los sentimientos imperialistas o políticamente expansionistas. Otra cosa es que se discuta en los Parlamentos legítimamente constituidos de forma libre y civilizada sobre la mejor forma de gobernar un ESTADO socialmente complejo y reconocido ya en el concierto mundial de las naciones. Pero este no es el caso en los sentimientos nacionalistas que conducen antes o después a la confrontación y la violencia física de forma abierta o subrepticia mediante la coacción educativa. Creo sinceramente que incluso el nacionalismo democrático, tal como lo conocemos en Europa, no contribuye para nada al desarrollo armónico y equilibrado de las personas, del progreso y de la calidad humana de la convivencia social. La educación inspirada en los sentimientos nacionalistas arruga la inteligencia e impide su adecuado desarrollo natural en la búsqueda de la verdad universal sin fijaciones obsesivas en aspectos unilaterales de la realidad. Así como los sentimientos imperialistas impiden ver la realidad de las partes que constituyen el todo social, así los sentimientos nacionalistas impiden la visión de los bienes comunes por su visión idolátrica y egoísta de lo particular. No hay manera de encajarlos en la razón filosófica y menos aún en la razón teológica.
            En efecto, tal como esos sentimientos se traducen en la acción política actual, son  incompatibles con la conducta política de Cristo frente al nacionalismo judío de su tiempo y el imperialismo romano. Cristo se comportó como un patriota judío irreprochable hasta el punto de someterse a normas y leyes que El mismo estaba llamado a perfeccionar y eventualmente eliminar reemplazando la normativa obsoleta del Antiguo Testamento por la Ley Nueva. Pero nunca entró al trapo de la política por más que se encontró en situaciones dilemáticas y provocadoras en extremo. Ni judíos ni romanos pudieron acusarle, como no fuera en falso, de tomar partido por alguna opción política. Tampoco pudo ser tildado de antipatriota o ingrato con la tierra que le vio nacer y sus costumbres. Ni los romanos pudieron acusarle como presunto elemento peligroso para el Imperio Romano ni los judíos de antipatriota. Y, sin embargo, ni estuvo de acuerdo con el imperialismo romano dominante en Palestina ni con el nacionalismo hebreo en ninguna de sus modalidades, incluida la no violenta.
            Sobre el caso concreto de S. Pablo cabe hacer las siguientes precisiones. Antes de ser cristiano fue un nacionalista judío exagerado rayando en el fanatismo. Una vez que conoció a Cristo, reconoció sin reservas los verdaderos motivos por los que su pueblo, el judío, podía sentirse orgulloso en el concierto de las naciones. Pero igualmente abandonó sus sentimientos nacionalistas por razones teológicas tomadas de la historia de la salvación. Su conversión supuso para él despojarse de los sentimientos nacionalistas hebreos tradicionales para revestirse de la fe en Cristo muerto y resucitado en beneficio de la entera humanidad, y no sólo de su pueblo, el hebreo. Lo cual no le impidió sentirse orgulloso de su pueblo, de su tierra y de sus costumbres. Primero fue nacionalista fanático y después antinacionalista civilizado. O lo que es igual, primero se dejó arrastrar por el sentimentalismo político-religioso hebreo y después se convirtió a la razón y al verdadero universalismo mesiánico. Como Cristo, en esta forma de pensar y de obrar se jugó su vida pero no perdió la razón.
      
                 5. Pasiones humanas y el sentimentalismo romántico
                       
            En el lenguaje coloquial decimos que hay personas apasionadas por la política, el deporte, los toros, la música, la lectura y así sucesivamente. En principio una persona apasionada debería ser aquella que hace las cosas con entusiasmo. En tal sentido se dice que hay que poner pasión en lo que hacemos para que resulte atractivo e interesante. Una persona que “ni siente ni padece” termina resultando anodina y aburrida. Pero cuando decimos que una persona es muy apasionada es una manera de expresar nuestra preocupación en la medida en que su apasionamiento impide razonar con ella para llegar a conclusiones o toma de decisiones justas y razonables. De ahí que el término pasión haya tenido y siga teniendo un sentido altamente peyorativo.
            La pasión es un movimiento fuerte y desenfrenado de la afectividad sensitiva. El afecto significa la atracción psíquica hacia personas o cosas. Cuando esa atracción no filtra en la razón mantiene su carácter originalmente pasional o peyorativo. En la psicología moderna se prefiere hablar de emociones en lugar de pasiones al estilo clásico. En estrecha relación con las emociones se hallan los sentimientos. Estos son estados afectivos duraderos de moderada intensidad. Por ejemplo, la simpatía, la amistad, el decaimiento de ánimo transitorio o tener la moral baja por algún acontecimiento triste. Hay personas, por ejemplo, que tras la muerte de un familiar o de un amigo se sienten durante algún tiempo más afectadas que otras.
            Los tres vocablos estrechamente relacionados son pasión (padecer o recibir), emoción (remover o apartar del estado anterior) y sentimiento, que viene de sentir o percibir. Mientras no conste lo contrario usaremos los términos pasión y emoción como movimientos de la afectividad sensible. Así, cuando los partidarios de un equipo deportivo se exaltan, gritan, saltan de alegría o maldicen su suerte porque su equipo preferido ha ganado o perdido en la competición, decimos que están apasionados o muy emocionados. ¿Qué significa esto? Significa que hemos de esperar a que se serenen para poder hablar razonablemente con ellos sobre cualquier asunto por encontrarse turbada su razón. En la antigüedad los estoicos opinaron que las pasiones o emociones turban la serenidad de la razón por lo que han de ser consideradas  como auténticas enfermedades del alma y, como tales, malas en sí mismas. Según los estoicos, el hombre sabio o perfecto debe vivir en un estado de total indiferencia frente a las pasiones. La razón no debe jamás claudicar ante los embates pasionales o emocionales. Antes de sufrir esa humillación el hombre cabal debe aplicar tajantemente los criterios de la razón hasta el extremo de optar por el suicidio antes que sucumbir a las presiones emocionales.
            Como enseña la experiencia, la vida sin satisfacciones sensibles funciona mal. La propia naturaleza provee de las satisfacciones indispensables para afrontar los retos de la vida y de la muerte. Pero es igualmente cierto que las pasiones o emociones sensibles a lo bruto y fuera de control impiden la visión real de las cosas e inducen a tomar decisiones equivocadas. La mucha alegría, el enamoramiento fuera de control y el odio, la tristeza desmesurada, la drogadicción, la dependencia del alcohol, del tabaco o de cualquier estimulante emocional oscurecen la luz de la razón y debilitan hasta extremos alarmantes las decisiones de la voluntad. Lo mismo cabe decir de los fanatismo políticos, deportivos, científicos, religiosos o de lo que sea. Las grandes emociones son tan indeseables para la buena marcha de la vida como la carencia de ellas.
            Por otra parte, nuestro dominio de las emociones es indirecto y limitado. Las emociones hay que vivirlas de forma muy diplomática e inteligente mediante la educación. La cuestión está en cómo aprender a disfrutar de las emociones sin dejarnos arrastrar por ellas. Hay que aprender durante toda la vida a nadar en ellas sin ahogarnos zarandeados por su fascinante oleaje. Hemos de aprender a vivir con nuestras pasiones o emociones como los marineros a navegar en alta mar. Eso sí, o usamos la inteligencia o vamos al fondo de nuestro océano pasional. El mundo pasional o emocional es connatural a nuestra naturaleza humana y por ello se han ocupado de ellas los pensadores más importantes de nuestra historia. En la actualidad son objeto preferencial de estudio por parte de los psicólogos. El conocimiento de la dinámica de nuestras  pasiones o emociones es realmente fascinante. Un ser humano sin emociones es lo más parecido a un muerto o a un tirano. Pero inundado de emociones al margen de la razón es como paja que lleva el viento o, paradójicamente, como un animal marino ahogado en el agua.
            Llamo sentimentalismo al abuso de los propios sentimientos. Durante la niñez y adolescencia todos hemos sido sentimentales. Quiero decir, hemos vivido impulsados por nuestros sentimientos de amor y egoísmo. Es el pago de la asincronía entre nuestro desarrollo biológico y la aparición y maduración del uso de la razón. Los niños encarnan la ternura. Pero también el egoísmo inocente. Durante la adolescencia la fuerza de los sentimientos se robustece y surgen los primeros conflictos serios frente a la realidad de la vida. El sentimentalismo se dice romántico cuando los sentimientos son deliberadamente enaltecidos desafiando a la razón. No es una mera cuestión de sentimientos infantiles o adolescentes. El romanticismo es una filosofía de la vida que abarca a todos los segmentos de la realidad en competencia con la razón.
            Desde el siglo XIX en adelante el romanticismo puede ser considerado como una verdadera revolución en la escala de los valores primando los sentimientos y la subjetividad sobre la razón. El romanticismo fue filosóficamente una reacción frente al racionalismo moderno iniciado por Descartes. Con la Ilustración francesa se rehabilitaron la sensibilidad, la pasión y el amor por la naturaleza, y los románticos fueron más lejos divinizando el amor por la naturaleza consumiéndose en sus emociones, en sus dolores buscándose a sí mismos en todo lo que hacen y dicen. El romanticismo significa la exaltación de la libertad individual, de los sentimientos democráticos y nacionalistas. De hecho, los filósofos románticos del siglo XIX surgieron como rechazo del racionalismo clásico. El desarrollo de la industria sirvió para poner las bases del liberalismo. La revolución francesa fue una reacción sentimentalmente brutal contra el despotismo social clásico poniendo a la libertad, la igualdad ciudadana y los sentimientos de fraternidad civil por encima de la razón.
            Por su parte, la revolución americana puso en la picota de una manera sentimental los derechos del hombre, la libertad y el poder democrático por encima de la razón y de la vida. En el orden estético el romanticismo apostó por la exaltación de los sentimientos y las emociones personales relegando a un segundo lugar la consideración de la belleza objetiva de los artistas clásicos. Los clásicos pensaban que la belleza depende de la unidad variedad, regularidad, orden y proporción de los objetos. Los románticos, en cambio, ponen el acento en las sensaciones que esos objetos producen en los sujetos que los contemplan. Los románticos más que protagonistas de lo bello son creadores de situaciones sublimes y emociones fuertes. Un artista rigurosamente romántico no excluye de sus creaciones artísticas las emociones específicas de lo irracional  y eventualmente suicida.
            En el arte romántico priman las emociones fuertes ante la sublimidad de la naturaleza, los motivos fúnebres, macabros y contrarios a la razón serena. El romántico se complace, por ejemplo, en la descripción de una tormenta infernal que causa terror. O en la descripción de un paisaje florido y surcado por aguas cristalinas donde pacen los rebaños. O bien en la descripción sentimental de la oscuridad de la noche, de la luz y de la amistad. Al romántico le emociona lo sublime, lo bello es su dios y los acontecimientos que desbordan los cauces de la naturaleza le fascinan. El romántico se disuelve en el amor sensual sublimado hasta el extremo de suicidarse si fuere necesario. Hará cualquier cosa menos afrontar las situaciones sentimentales conflictivas introduciendo una dosis mínima de razonabilidad. La diosa razón es suplantada por el dios sentimiento y la belleza emocionante. El romanticismo es una forma de interpretar la vida desde los deseos y los sentimientos personales y no de la razón objetiva. El romántico entiende que la esencia de lo humano rebasa la esfera de lo inconsciente y de lo racional. En su rebeldía emocional contra el orden del mundo establecido y la cruda realidad, se opone a la separación entre razón y sentimiento, entre lo real y lo irreal.  El yo romántico rechaza formar parte de la naturaleza como una pieza más de su engranaje. Por el contrario, afirma su individualidad, su capacidad creadora y transformadora que extrae de su interior y plantea una relación con la naturaleza al modo de una comunicación sentimental del Uno al Todo desencadenándose un deseo apasionado de infinitud.
            El romántico, se ha dicho, transforma el instinto en arte y el inconsciente en saber, y su drama consiste en desear apasionadamente confundirse con el infinito. Aspira sentimentalmente a lo razonablemente imposible de alcanzar. Este dato nos ayuda a comprender la coherencia de algunos románticos que no excluyeron el suicidio como opción final. El romántico profundo se siente irremediablemente caduco y finito y desea a cualquier precio unirse y transformarse en infinito. Así las cosas, y rechazando brutalmente el principio de realidad, se comprende que el romántico profundo esté condenado a ser un personaje triste y eternamente desilusionado como quien espera obsesionado una relación de amor imposible. El romántico cabal es psicológicamente egocéntrico. Su alma es su mayor enemigo interior por cuanto está obsesionado fatalmente por lo imposible y por ello se priva de la felicidad normal con la que está dotada la naturaleza humana. Está convencido además de que su alma no le ha sido asignada desde fuera sino que la crea él mismo cuando tiene conciencia de sus sentimientos tratándose a sí mismo como imagen del mundo. El poeta romántico se considera a sí mismo alma y universo al mismo tiempo. El ideal supremo del romántico es la libertad absoluta y el principio fundamental de la ética la libertad formal en el ámbito de la creación artística como forma de comunicación del individuo con el infinito. El romántico se concibe a sí mismo como un ser libre que se manifiesta como un deseo patético de ser y encontrar la verdad fuera de los cauces normales de la razón. Por ello se resiste a aceptar leyes o normas emanadas de la autoridad en nombre de la razón o de dogmas religiosos.
            El romántico asocia amor y muerte y el amor le atrae como vía de conocimiento, como sentimiento puro, fe en la vida y cima del arte y la belleza. Al mismo tiempo el amor acrecienta su sed de infinito. El romántico recalcitrante ama el amor por el amor mismo que termina precipitándole en la muerte, en la que, paradójicamente, descubre un principio de vida, y hasta la posibilidad de convertir la muerte en vida. La muerte de amor, para el romántico, es vida, y la vida sin amor es muerte. El amor romántico es fuente de rebeldía universal en cuyo despliegue las pasiones terminan en tragedia, lo que es limitado termina muriendo y  la poesía contiene siempre algún elemento trágico. En el ámbito de los sentimientos religiosos cabe decir que los románticos puros no fundan sus creencias en alguna norma establecida o moral instituida sino en un sentimiento interior y en una intuición esencial de lo divino que conduce a una unión mística con Dios. Pero, atención. Para todos los románticos no existe Dios como ser personal distinto del mundo y del hombre. Por lo mismo, en el orden moral debemos actuar sólo movidos por el entusiasmo y el amor sintiéndonos llenos de Dios, el cual se confunde con el cosmos así como el amor es confundido con nuestras relaciones sentimentales y con la belleza estética.
             Los nacionalismos actuales son también movimientos sentimentales de inspiración romántica. La reivindicación del espíritu nacional y su reflejo en las creaciones populares y poéticas así como la oposición al clasicismo, favoreció el cultivo de la literatura y la música nacionalistas. Con el romanticismo del siglo XIX se fortaleció el desarrollo del denominado “espíritu nacional” o nacionalista que propugna la necesidad de suprimir la influencia presuntamente extranjera y de crear una literatura local y nacional. De ahí el énfasis en los temas históricos y nacionales que adquieren un papel de suma importancia como método político-cultural  en la medida que se reivindica la propia identidad. Tras la caída de los regímenes comunistas en Europa los sentimientos románticos nacionalistas reverdecieron con una virulencia irracional sin precedentes en algunas partes de Europa. Estos rebrotes anacrónicos por su incompatibilidad con el curso universalista de la historia cuentan con la fuerza de la tecnología moderna más avanzada para llevar a cabo sus objetivos, y son comparables a los movimientos violentos islamistas inspirados en el fanatismo religioso. De ahí que unos y otros puedan ser considerados en los comienzos del siglo XXI como una amenaza constante contra la paz y la convivencia humana. Una de sus características emblemáticas, como ocurrió con los regímenes comunistas, es la persecución sistemática  de cualquier expresión política, religiosa o cultural que no esté motivada por los sentimientos nacionalistas tal como han sido descritos más arriba.                      
            El precio del sentimentalismo romántico suele ser un hondo sentimiento de soledad y vacío. Romper con un orden, con la seguridad necesaria para subsistir, con el acatamiento de unas normas de convivencia social basadas en la razón y no sólo en los deseos brutos, lleva consigo ese doloroso desgarramiento del individuo frente al principio de realidad. De ahí que el sentimentalismo romántico  sea un obstáculo interno de primer orden para el desarrollo normal y uso de la razón al quedar ésta sometida a la dinámica de las emociones a la deriva  y de los deseos brutos tan imposibles como absurdos. El romanticismo sentimental, nos lleva al extremo opuesto del buen uso de la razón que pone orden, paz, progreso y serenidad en la vida. El racionalismo o abuso de la razón mata los sentimientos y el sentimentalismo romántico o abuso de los sentimientos mata a la razón. Si no coordinamos mediante la educación estos dos extremos estamos condenados a un fracaso vital irreparable. Ahora bien, todo parece indicar que el orden deseado ha de partir de la razón y no de los sentimientos. Esta opción, recomendada por la experiencia de la vida, se denomina razonabilidad. El principio de razonabilidad exige la filtración de los sentimientos en la razón y no la represión de los mismos. Exige que la razón reconozca su deuda con los sentidos y sea solidaria con ellos, pero también que los sentidos acepten el liderazgo de la razón. El egocentrismo romántico nos saca fuera del principio de realidad y nos deja tirados por la vida sin más compañía que la de nuestras ansiedades, angustias personales y desesperaciones. El correcto uso de la razón, en cambio, nos acerca a la realidad convirtiéndonos en personas razonables, sensatas y realistas frente a la vida. De ahí la necesidad de aprender a usar bien la razón. En ello nos jugamos nuestra felicidad aquí en la tierra y ponemos en grave riesgo nuestro destino final.





            6. Autoritarismo, dogmatismo y fanatismo

            Llamo autoritarismo al abuso de la autoridad cuando ésta es ejercida de forma irracional y despótica. Como rasgos psicológicos de la personalidad autoritaria, que dificultan el uso correcto de la razón, cabe destacar, entre otros, los siguientes.
            Adhesión irracional y acrítica a valores convencionales de una determinada clase social. Por ejemplo, a los ideales aristocráticos, proletarios o de un grupo profesional. Cada grupo o clase social como los militares, los médicos, los comerciantes y todas las corporaciones sociales tienen sus propios ritos y costumbres que la persona autoritaria entiende se han de cumplir a raja tabla sin miramientos ni concesiones. En todos los grupos y gremios sociales hay normas y costumbres que la autoridad trata de hacer que se cumplan sin compasión.
            Sumisión incondicional a las autoridades del propio grupo social al que pertenecen, idealizando fácilmente su poder de decisión. Cabe destacar aquí la obediencia militar o el seguimiento fanático a los líderes políticos o religiosos. El jefe o superior se convierte en un fetiche que ha de ser obedecido ciegamente sin pedir jamás explicaciones de nada. En caso de duda ante la orden del jefe, primero hay que obedecer. El culto a la personalidad del jefe suele generar aborrecimiento hacia el mismo y con frecuencia su destitución se lleva a cabo por la violencia. La historia de los dictadores políticos es elocuente a este respecto.
            Tendencia a atacar, incluso violentamente, a quienes menosprecian los valores del grupo. Dos ejemplos patéticos son el de los grupos políticamente extremistas y de los religiosos fanáticos. La autoridad tiene siempre la primera y la última palabra acerca de todo y quienes no aceptan ciegamente sus consignas son considerados fácilmente como enemigos o simplemente como extraños al grupo.
            No reconocimiento de errores cometidos en el ejercicio de la autoridad. Se presupone que la autoridad tiene siempre razón, aunque se equivoque. Estas personas tienden a buscar razones para que la autoridad no tenga que retractarse nunca de sus equivocaciones cometidas durante el ejercicio de la autoridad. Una razón muy pintoresca esgrimida en estos sectores autoritarios es que el superior no debe quedar nunca en mal lugar. Se reconoce que el superior o el jefe puedan cometer errores pero se exige igualmente que no pida perdón por ellos a nadie. Y menos aún a sus subordinados.
            Creencia en la fatalidad de los hechos consumados. Sucedió lo que tenía que suceder. De ahí la rigidez mental. Cualquier explicación de los hechos está orientada a justificarlos. Ante la evidencia de hechos  razonablemente inadmisibles la persona autoritaria tiende a pensar que ha sucedido lo que tenía que suceder y no hay más que discutir. Cualquier cosa menos admitir la más mínima responsabilidad por su parte.
            Poco o nulo interés por los más débiles y mucha preocupación por los problemas y las instancias del poder. Tendencia a mantener las instituciones a costa de victimar a las personas que las sostienen. Entienden que las personas están al servicio de las instituciones y no las instituciones al servicio de las personas. Las personas autoritarias especulan con sus súbditos como si fueran fichas de ajedrez. Cada una de ellas es valorada en la medida en que resulta útil para la subsistencia de las instituciones encomendadas a su gobierno.     
            Propensión a atribuir  a los demás la responsabilidad de los propios defectos o fracasos. En los éxitos, el mérito es de ellos, los jefes. En los fracasos, la culpa es de todos. Cuando por su culpa las cosas van mal piden como pordioseros el esfuerzo de todos sin el cual el fracaso es seguro. Cuando con el sacrificio de todos se logran éxitos dan por supuesto que estos son debidos a su buena gestión y reclaman su reconocimiento público. El autoritarismo suele ser un camuflaje psicológico de debilidad. En las personas autoritarias se cumple con frecuencia el dicho popular “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. La consecuencia inmediata de esta descripción del autoritarismo es que con las personas autoritarias es muy difícil razonar correctamente. En muchos casos es prácticamente imposible. Estas personas usan la razón, en efecto, pero de una manera perversa en función de sus intereses despóticamente fijados. O nuestros razonamientos coinciden totalmente con los suyos o no hay más que discutir.
            Una forma muy sutil de ejercer el autoritarismo es mediante el recurso a los buenos consejos. Hay personas que son incapaces de mantener una conversación normal sin dar consejos o mandar algo a su interlocutor. En la misma línea autoritaria cabe catalogar a quienes tienen la mala costumbre de hacer un comentario crítico a cada frase o palabra que pronunciamos. El abuso de la autoridad mediante el dictamen de órdenes y consejos fuera de tiempo y lugar es muy característico, y hasta cierto punto comprensible, de la clase militar y de los eclesiásticos. Pero donde resulta temeroso e insoportable es entre los grupos terroristas. En estos ambientes, políticos o religiosos, el uso de la razón frente a la autoridad se paga frecuentemente con la muerte. 
            Una modalidad importante de la personalidad autoritaria es el dogmatismo. Dogmatismo significa abuso de los dogmas o certezas absolutas. En sentido subjetivo se refiere a la actitud de aquellas personas que se consideran en la posesión de certezas absolutas de todo lo que tratan. En sentido objetivo, dogma significa el contenido de esas convicciones o creencias absolutas. Hemos dicho que el autoritarismo se refiere principalmente al abuso de la autoridad. Sin negar el valor racional y práctico del principio de autoridad, la personalidad dogmática o dogmatismo subjetivo se refiere directamente al grado de certeza con que algunas personas expresan sus ideas o convicciones. De acuerdo con algunos estudios significativos en el campo de la psicología moderna, cabe destacar, como rasgos de la personalidad dogmática o del dogmatismo subjetivo, los siguientes.
            Juzgar a los demás tomando como marco referencial las propias convicciones o creencias. Las convicciones o creencias de los demás son aceptadas sólo en la medida en que se acercan o identifican con las propias. Si se intenta, por ejemplo, iniciar un diálogo con personas con personalidad dogmática, el diálogo termina tan pronto como sus propuestas no son íntegramente aceptadas. Cuando se negocia algo con estas personas pronto nos damos cuenta de que su actitud es la de no hacer la más mínima concesión de su parte. O nos sometemos a sus propuestas o se cierran las negociaciones por tiempo indefinido. Ellos dan por supuesto que tienen siempre la razón y que los demás estamos equivocados. 
            Las personas dogmáticas fácilmente ven y enjuician a los demás desde puntos de vista parciales. En los encuentros ecuménicos, por ejemplo, un ortodoxo con personalidad dogmática juzgará a un católico como hereje y viceversa en razón de acontecimientos históricos desgraciados de los que ambas partes se acusan de forma rutinaria por tradición oral. De ahí su propensión a no admitir términos medios. O católico o ortodoxo. Todo o nada. Todo es blanco o negro, totalmente aceptable o rechazable. Totalmente verdadero o totalmente falso. O yo o nadie. Tratándose de un dogmático marxista juzgará todo y a todos desde el prisma materialista y, a partir de ahí, deducirá conclusiones políticas y sociales totalitarias sin opción a otras alternativas posibles más justas y humanas. Obviamente, los dogmáticos son intolerantes con las posturas ambiguas. No soportan las medias tintas. De ahí su tendencia a clasificar todo en categorías claras y distintas pasando por alto los matices. El dogmático propende a sesgar la selección de datos de la realidad para recordar y enfatizar sólo los datos que se avienen mejor con sus creencias y convicciones.
            Encuentra grandes dificultades para negociar acuerdos y compromisos. No asume riesgos ni acepta cambios. Cualquier cambio los desestabiliza y los induce a sentirse inseguros y amenazados. Los dogmáticos tienen gran dificultad para las relaciones interpersonales. Desconfían mucho de los demás y hablan en abstracto para evitar que entren en juego los sentimientos concretos y las vivencias. Se preocupan mucho de que exista un moderador de confianza que “dirija” con mano firme los encuentros interpersonales y los coloquios.
            Los dogmáticos suelen tener una experiencia personal del tiempo incorrecta, condicionada por la urgencia. Al no admitir la ambigüedad ni los detalles, sienten la necesidad de ir directamente al asunto de que se trate para aceptarlo o rechazarlo lo antes posible. El dogmático tiende a reducirlo todo inmediatamente a la disyuntiva blanco o negro y decidir expeditivamente en función de sus convicciones o creencias.
            El dogmático tiende a idealizar la autoridad y a confiar excesivamente en las personas que ejercen el poder por el mero hecho de ejercer la autoridad en la que deposita toda la confianza. Como consecuencia, en la personalidad dogmática aparecen los indicadores del autoritarismo y la intolerancia con una propensión muy marcada hacia el partidismo y la estrechez de miras. Nada más difícil que tratar de establecer un diálogo con las personas que absolutizan indebidamente el principio de autoridad o la presunta ortodoxia de sus creencias y convicciones ya que ellos se sienten con el derecho exclusivo a hablar para que los demás escuchen asintiendo sin replicar. En la práctica, el autoritarismo (abuso de la autoridad) y el dogmatismo (abuso de las certezas) suelen ir juntos y constituyen un obstáculo inmenso para el uso correcto de la razón. De hecho, en los casos más extremos ni siquiera es posible razonar con las personas o grupos autoritarios y dogmáticos.
            El autoritarismo y el dogmatismo conducen al fanatismo. O sea, a la defensa de la verdad absoluta mediante la acción. Por una parte nadie puede discutir que la verdad debe tener estatuto propio frente a las falsedades y medias verdades. Pero al tratar de imponer este principio sin razonarlo se pone en marcha un dinamismo tiránico por entender que ésta ha de imponerse y practicarse de una manera absoluta e inexorable. En el caso del fanatismo religioso se afirma arbitrariamente de una determinada doctrina que está revelada y después se obliga a creer que está revelada. En los casos de fanatismo político se afirma, por ejemplo, que tal grupo político es un enemigo del pueblo y a continuación se impone a todos la lucha a muerte contra el mismo. Se trata siempre de un círculo vicioso entre lo que se afirma irracionalmente y lo que se trata de conseguir mediante la coacción y la violencia.
            El fanatismo es la superstición u obsesión por alguna creencia o convicción  política, religiosa o  ideológica razonablemente inaceptable. Al no poder triunfar por la fuerza de la razón se la impone por coacción moral y la fuerza física si es necesario. Esas convicciones quedan blindadas contra cualquier razonamiento desfavorable. El fanatismo impide aprender de las razones y de la experiencia. La voluntad y la fantasía suplantan por completo a la razón alejándola cada vez más del principio de realidad. Sobre este tema es muy interesante estudiar cómo muchos líderes políticos, una vez alcanzado el poder, se convierten en dictadores. Tampoco los grandes líderes religiosos están exentos de este peligro. En la actualidad son particularmente peligrosos los grupos radicales islámicos en los que el fanatismo político y el religioso se confunden. El autoritarismo, el dogmatismo y el fanatismo derivan fácilmente en el uso perverso de la razón.

       7. La razón humana frente al sufrimiento y la muerte

       Desde que el mundo existe los seres humanos se han preguntado por qué existe el dolor y la muerte y quién es el responsable o los responsables de tamaña calamidad. Históricamente cabe destacar las siguientes actitudes  más relevantes. La respuesta estoica, que se caracterizó por el desprecio arrogante del dolor. En consecuencia, los pensadores estoicos apadrinaron el suicidio como presunta solución honorable ante la imposibilidad de vencer el dolor mediante el desprecio racional. La solución estoica refleja obviamente una actitud cobarde frente a la vida. Ni la arrogancia ni el desprecio es solución sino una claudicación frente a la existencia dolorosa.
            En las filosofías orientales asiáticas el comportamiento frente al dolor humano se caracterizó por lo que podríamos llamar anestesia existencial. El dolor nos sitúa en un callejón sin salida y se pretende salir del paso amortiguando hasta las últimas consecuencias el deseo mismo de vivir. Pero todo hace pensar que en buena parte el dolor es la salsa de la vida, por más que en muchos casos resulte demasiado amarga. Matar la fuente primera del dolor equivale a matar la vida misma y así el problema queda sin resolver.
            Otra actitud frecuente ante el dolor es la desesperación. Pero la experiencia demuestra que  rabiando contra el dolor y maldiciendo a la vida, no se resuelve el problema, sino que se sufre más y se hace sufrir injustamente a los que nos rodean. Otro extremo inaceptable es la resignación fatalista que degenera fácilmente en masoquismo. A nadie se le oculta que el regodeo en el propio dolor es síntoma inequívoco de una enfermedad psíquica bien conocida. Otros, paradójicamente, tratan de sacar placer del dolor degenerando en sadismo. Hay gente que disfruta sufriendo y haciendo sufrir a los demás. Obviamente estamos ya en el terreno de las patologías como refugio psicológico ante el dolor. Cualquiera de estas actitudes frente al dolor y la muerte puede ser caldo de cultivo para la eutanasia.
            Desde una postura inspirada en el uso correcto de la razón cabe hacer las matizaciones siguientes. La razón humana por sí sola es incapaz de asumir el dolor profundo y la  muerte como algo compatible con el deseo natural de felicidad de todo ser humano que se desarrolla de forma normal sin desviaciones culturales o patologías personales. Ni el pensamiento filosófico ni la ciencia médica han resuelto jamás este problema en el pasado ni cabe pensar que lo vayan a resolver en el futuro de forma satisfactoria. Pero la razón humana bien educada puede explicar las razones inmediatas del dolor y la muerte. Hay formas de sufrir y morir que nosotros mismos, sin quererlo o queriéndolo, las provocamos y después buscamos un chivo expiatorio para eludir responsabilidades. No obstante, el interrogante sobre la razón última que legitime el hecho del dolor y la muerte sigue abierto. Los creyentes siguen pidiendo a Dios explicaciones y los no creyentes siguen adoptando alguna de las actitudes antes señaladas. En el mejor de los casos intentan olvidar sus penas disfrutando lo más intensamente posible de los bienes a su alcance. Pero, insisto, el problema sigue ahí sin solución.
            Lo más razonable podría ser aceptar que el dolor y la muerte tienen algún sentido que desborda la capacidad comprensiva de la inteligencia pero cuyas repercusiones negativas para el disfrute legítimo de la felicidad en este mundo pueden y deben ser mitigadas mediante el desarrollo de la ciencia médica y el intercambio creciente de bondad humana en nuestras relaciones personales y sociales. La razón humana no encuentra dificultad en entender, por ejemplo, que el amor de buena ley es un reconstituyente de incalculable eficacia frente al dolor y la muerte. Razonando correctamente se comprende también que si no existiera el dolor en absoluto quedaríamos desprotegidos frente a los riesgos de perder la vida. Aquello de que “el miedo guarda la viña” podía aplicarse a nuestro caso diciendo que “el miedo guarda la vida”.  Llamamos digno de la persona humana a todo aquello que le es debido por razón de su excelencia. Ahora bien, la excelencia se mide por el hecho de que la persona humana es el ser más valioso del mundo conocido por ser lo más parecido a Dios. Según la antropología cristiana el hombre se define como imagen de Dios (imago Dei) y lo primero que le es debido de manera absoluta es la vida. Luego, como, consecuencia de la vida y expresión de la misma, le es debido la libertad y la felicidad con todas sus implicaciones prácticas.
        A la luz de la frágil linterna de la razón humana bien utilizada y teniendo en cuenta los medios de los que actualmente dispone la medicina, la muerte digna de una persona exige, por ejemplo, la aplicación de los llamados “cuidados paliativos”, y que en la práctica hospitalaria pueden describirse así: 1) Control del dolor físico de forma graduada de suerte que la persistencia e intensidad del mismo no perturbe la mente del enfermo, facilitando así el grado de lucidez mental necesario para que el paciente pueda asumir responsablemente el hecho de la muerte y tomar sus últimas decisiones con conocimiento de causa y libertad ante Dios y ante los hombres. Existen ya tratamientos paliativos del dolor físico que no implican pérdida total de la conciencia. La cuestión está en cómo aplicarlos oportuna y gradualmente por parte del personal sanitario. 2) Alimentación naso-gástrica mientras el organismo la acepte sin violentar la naturaleza añadiendo molestias inútiles al paciente. Esta forma de alimentación, en otros tiempos impensable, en la actualidad constituye una forma relativamente fácil de aplicar a determinados enfermos que de otra forma morirían. No puede haber excusas para denegar este tratamiento. La retirada del mismo mientras el organismo lo acepta es una forma de eutanasia mediante la denegación al enfermo del alimento necesario. 3) Oxigenación artificial e hidratación por goteo hasta el último momento. Esta técnica de uso corriente en los hospitales constituye una ayuda enorme para los enfermos en el trance de la muerte y se debe aplicar siempre como medida clínica normal. 4) Compañía cariñosa creando un ambiente de paz y tranquilidad en torno al enfermo. De esta forma se alivia especialmente el dolor psicológico del moribundo. 5) Evitar las visitas curiosas así como las prolongadas o perturbadoras del ambiente por sus gestos o conversaciones en la habitación del enfermo.6) Facilitar al enfermo el acceso a los auxilios espirituales de forma natural mientras es dueño y señor de sus facultades mentales como un servicio normal más en cualquier situación de riesgo para la vida.
                Pero, ¿y si un paciente solicita la muerte?
            Si aún cuando estamos sanos pedimos cosas poco razonables, se comprende que cuando estamos enfermos pidamos cosas aún menos razonables y hasta contradictorias. El dolor y los sentimientos son siempre malos consejeros en la medida en que impiden hacer uso correcto de la razón. No es raro encontrar pacientes que, abrumados por el dolor o la incapacidad para valerse por sí mismos, solicitan la muerte. Ante esta demanda, algunos profesionales de la medicina y familiares se sienten como obligados a satisfacer dicha demanda y no dudan en acudir a la eutanasia. Ante los enfermos que imploran que se acabe con su vida cabe reaccionar de dos maneras. Una, atendiendo sin más su solicitud como si se tratara de satisfacer la presunta legitimidad del paciente para decidir sobre su propia vida implicando a los demás en su decisión. Ésta sería una actitud a todas luces simplista e irresponsable. Y dos, pasando esa súplica por el filtro de la razón serena tratando de averiguar cuáles son los verdaderos motivos que llevan al enfermo a formular ese deseo desconcertante.
            La experiencia clínica y asistencial más castiza enseña que sólo la segunda actitud es la ética y humanamente correcta y que nos obliga a tomar las siguientes medidas: 1) Averiguar el verdadero significado de esa petición. Con frecuencia no es más que una forma patética y hasta cierto punto comprensible de llamar la atención para que se alivie su dolor o se ponga remedio a un insomnio devastador que no permite el más mínimo descanso natural para poder seguir afrontando con serenidad el desafío de la vida. 2) Tratar al enfermo de una forma más humana acompañándole más, evitando su sensación de soledad y abandono. 3) Explicarle al enfermo lo que ocurre con la prudencia que requiera cada caso, sin engañarle ni crear en él falsas ilusiones.
            En cualquier caso, está claro que esas personas no desean la muerte en sí misma sino que buscan salir de una situación que les resulta insoportable. De hecho, cuando un enfermo, abrumado por el dolor, dice no quiero vivir más, en realidad lo que quiere decir es no quiero vivir así. O, lo que es igual, quiere vivir, pero sin esos dolores atroces o esa situación de incapacidad que no le permiten ser dueño de sí mismo. Por consiguiente, la verdadera respuesta racional y humana a esa demanda de eutanasia por parte de algunos enfermos consiste en asumir la evolución natural de la enfermedad hacia la muerte concentrando toda la atención médica y asistencial en la aplicación razonable y proporcionada de los cuidados paliativos disponibles. Por lo mismo, no parece razonable ni humano en esos casos extremos ensañarse con la aplicación de técnicas que sólo contribuyen a aumentar el sufrimiento del enfermo. Pero tampoco podemos dispensarnos de ofrecerle todos los recursos disponibles para aliviar su dolor y afirmar su dignidad humana en esos momentos en los que pudiera parecernos que la ha perdido. Con el cariño y las atenciones al enfermo afirmamos su dignidad, que le corresponde por sí mismo como persona humana independientemente del deterioro de su salud. Como es obvio, a esta conclusión sólo es posible llegar haciendo uso de la razón serena  sin dejarnos inundar por el torrente de las emociones y los sentimientos.
            De lo dicho se infieren tres conclusiones importantes que quedan formuladas así. El grado de desarrollo humano de una sociedad se mide sobre todo por el modo de tratar a sus miembros más débiles y necesitados como son los ancianos y enfermos más graves. La verdadera medicina busca con ahínco fórmulas eficaces para combatir el sufrimiento y así ayudar a afrontar con dignidad la hora de la muerte. Y, por último, la legalización de la eutanasia, como solución rápida y barata, es el indicador de una sociedad perversa que resuelve el problema del dolor matando al paciente en lugar de ayudarle a vivir dignamente cuando más lo necesita. La medicina, por el contrario, tiene que ser un servicio a la vida desafiando a la eutanasia que es siempre una obra de muerte. La razón humana, insisto, por sí sola no alcanza a comprender el sentido del dolor y la muerte. Pero sí puede entender, cuando se la usa correctamente, que algún sentido tienen por lo que, como medida de prudencia, lo menos que podemos hacer es no poner por nuestra cuenta y riesgo puertas al campo de la vida como si ésta fuera objeto exclusivo de nuestra propiedad.     
            De acuerdo con la teología cristiana, el dolor, cuya culminación es la muerte, tiene sentido sólo desde una antropología inspirada en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Por lo mismo, la vida es un don de Dios y la muerte una realidad ineludible para la cual hay que prepararse sin hacernos los encontradizos con ella. Por lo mismo, la eutanasia es un homicidio jamás justificable. Por otra parte, tampoco es cuestión de desenchufar los aparatos y dejar al enfermo abandonado a su suerte. Hay que acompañarle en ese trance supremo ofreciéndole todo lo que moral y materialmente esté a nuestro alcance, de suerte que pueda decirse que se murió él cuando le llegó su hora ante la imposibilidad total por nuestra parte de retrasarla. Siempre que se practica la eutanasia activa, el muerto ha sido deliberadamente matado precipitando el proceso normal de la naturaleza.
            La única actitud razonable es  la siguiente. En los casos normales hay que ayudar a la naturaleza hasta donde ella lo permita. La eutanasia negativa, entendida como privación deliberada al enfermo de los remedios normales a nuestro alcance para dejarle morir, equivale prácticamente a la eutanasia activa. Cambia el modo de propinar la muerte al paciente, pero no cambian ni la intención zanática ni el efecto real de la muerte. En los casos de incertidumbre se ha de respetar tanto el derecho al heroísmo del paciente y de sus allegados como el de morir resignadamente aceptando con respeto las leyes de la naturaleza. En este contexto cabe hablar de eutanasia lenitiva. En efecto, el dejar al paciente morir en paz no significa que se le niegue la posibilidad de ser aliviado con fármacos lenitivos renunciando al llamado encarnizamiento terapéutico, que sólo sirve para ensañarse en el enfermo intensificando los trabajos de su agonía. A la luz de la sana razón se impone el amor a la vida como criterio práctico. Cuanto está a favor de élla es bueno. Cuanto hacemos en contra de ella es malo. Es igualmente razonable tomar la muerte y resurrección de Cristo como referente para entender que la vida y la muerte del hombre deben tener algún sentido aunque resulte difícil comprenderlo. En cualquier caso, sin la aplicación correcta del uso de la razón resulta prácticamente imposible estar seguros de que nuestra actitud ante el dolor y la muerte es la correcta y mejor para nosotros.

            8. La puntilla mediática al uso de la razón

Hemos hablado de factores congénitos, educativos y culturales que dificultan el uso correcto de la razón. Ahora bien, en los últimos tiempos  ha surgido una dificultad singular debida al impacto de los modernos medios de comunicación. Existe una teoría según la cual la gente de nuestro tiempo piensa y se comporta en la vida de acuerdo con los modelos de pensamiento y de conducta impuestos por los medios de comunicación social. Sin necesidad de realizar estudios científicos sobre el tema, es obvio que estos medios fijan los temas de discusión y el modo de tratarlos a través de los servicios informativos, de publicidad y propaganda, y la gente que no está prevenida termina hablando e interesándose casi exclusivamente por los asuntos que pasan por los medios de comunicación asumiendo al mismo tiempo su modo de enfocarlos a costa del uso personal de la razón. Me parece oportuno recordar sumariamente algunas de las formas más notables de dificultar la forma correcta de pensar bajo el influjo de los medios de comunicación social.


            - El fantasma de la manipulación informativa.
            Los códigos deontológicos del periodismo no utilizan la palabra manipulación. En su lugar aparecen constantemente los términos deformación y distorsión. Deformar o distorsionar deliberadamente la información, para negar maliciosamente la verdad o con fines deshonestos o injustos, equivale a manipular dicha información. En el lenguaje actual corriente la palabra manipulación lleva consigo una carga ética negativa. El término español manipulación proviene de los vocablos latinos manipulus, manipulare, manipulatio y manipulator. Es un compuesto de de manus (mano) y pleo (llenar). Su significado original está relacionado con la idea de lo qu se lleva en la mano o se contiene en ella. En el latín decadente, la idea del manipulus estaba relacionada con la alquimia,  y de ahí  que manipular algo se refiriese a la acción y al arte de cambiar o manejar hierbas, plantas, sustancias químicas y metales para obtener un resultado especial, distinto del que podría esperarse de ellos abandonados a sí mismos. Toda manipulación implica manejo y transformación de lo que se maneja o trata con las manos. Manipular es tratar de manejar las cosas o las personas para obtener un resultado concreto alterando la naturaleza de las mismas. 
            El manipulador, según la etimología, es  un experto o adiestrado en trucos y secretismos que le reportan prestigio y beneficios lucrativos. En el peor de los casos es un embustero, que trafica superficialmente sin llegar a intervenir en la raíz misma de las cosas y de las personas. La inocencia etimológica de la manipulación se pierde por completo en la práctica. El hecho de manipular algo evoca espontáneamente una descalificación moral. La manipulación moderna implica manejar las cosas o los negocios en dirección contraria a lo que postula la condición humana, libre y responsable, de los individuos. Nos hallamos ante una violencia enmascarada con apariencia de respeto a la verdad y la libertad, pero de tal forma que las personas que han sido manipuladas tienen la falsa creencia de que sus decisiones son racionales y enteramente libres.
            Toda manipulación humana implica la ausencia y supresión de capacidad crítica por parte del manipulado. Las personas se dicen manipuladas en tanto que son manejadas por otros, interviniendo selectivamente en los procesos de la naturaleza o del pensamiento humano, destruyendo la capacidad de reacción crítica defensiva frente al manipulador. Se produce un vacío previo de la conciencia personal, de la libertad y hasta de la esencia misma de los objetos manipulados. En todo tipo de manipulación se produce alguna distorsión del orden natural, de las decisiones libres o de los procesos generadores de la personalidad física, psíquica o espiritual. Los expertos hablan de manipulación del individuo por parte de la sociedad, de los diversos regímenes políticos y de las organizaciones industriales, de la violencia y el terrorismo ideológico, de la manipulación científica, del sentido de la historia y de los procesos mentales. A nosotros nos interesa destacar aquí de modo particular la manipulación de los modernos medios de comunicación social, sobre todo con fines presuntamente informativos. Existen análisis minuciosos de los diversos mecanismos de manipulación con particular incidencia en la dinámica del uso de la razón. Vale la pena recordar algunas de las técnicas de manipulación más conocidas en el campo de la comunicación social que ponen de manifiesto, por una parte, la perversión de quienes deliberada y torticeramente las crean y manejan, y, por otra, la perturbación que causan en la dinámica natural del uso de la razón.  

          -  Opiniones prefabricadas, prejuicios y supersticiones sobre personas y acontecimientos
            Prejuzgar consiste en formarnos una opinión negativa que emitimos precipitadamente sin dar lugar a la verificación de los datos. Juzgamos anticipadamente los hechos antes de conocer su naturaleza, o se reafirma con seguridad algo que realmente se desconoce. Los prejuicios o juicios prematuros son omnipresentes. Bajo el influjo de los medios de comunicación opinamos muchas  veces sobre el cielo y la tierra sólo en base a las opiniones que se vierten en ellos por diversos motivos e intenciones. Es la opinión pública construida por los propios medios informativos erigida en opinión universal. La opinión prefabricada puede afectar a muchas realidades como un país entero, un régimen determinado, una ideología, un escritor, artista, deportista o una posición ante una cuestión controvertida.  Se empieza a hablar de una de estas cuestiones y al cabo de poco tiempo recae sobre ella una sentencia, aprobatoria o condenatoria, que desde este momento tiene valor de ley. Tan pronto como surge algo que tenga que ver con la realidad correspondiente, entre ella y el observador se interpone esa sentencia, casi siempre negativa, que muy pronto adquiere vigencia automática. Luego vienen los elogios o denuestos. Tan pronto oímos el nombre de ese país, asunto o persona, se interpone esa opinión previa prefabricada y la proyectamos, para bien o para mal, en forma de juicio condenatorio o laudatorio al margen de la realidad objetiva. El primer efecto de esa actitud es cuantitativo en el sentido de que o hablamos prejuzgando irresponsablemente con la opinión prefabricada o nos callamos. El silencio programado suele ser una forma de manipulación eficacísima de la información. Es la llamada manipulación mediante la desinformación, que consiste en informar mucho pero deliberadamente mal.
            Lo más grave de las opiniones prefabricadas es la inhibición que produce en la facultad de opinar de la gente. Una vez que ha recaído sentencia sobre un asunto, la cuestión está fallada y casi nadie se atreve a opinar por su cuenta, a discrepar, a atender a otros factores o seguir el desarrollo lógico y normal del asunto con sus correspondientes variantes si las hubiere. Ni siquiera es frecuente que el individuo se adhiera a la opinión prefabricada o disienta de ella por parecerle justa en virtud de un razonamiento personal propio. El manipulado acepta la opinión prefabricada de forma pasiva y sumisa, sin otra razón que la de estar ya sentenciada por el manipulador. La capacidad de reacción crítica ha quedado completamente anulada en el público. Lo cual contribuye de forma eficaz y práctica a la disminución de la libertad personal en el enjuiciamiento de hechos, personas e instituciones. Es muy poco probable que nadie se atreva a examinar y poner a prueba las opiniones prefabricadas. El no aceptarlas parecería desacato. Como resultado final de la opinión prefabricada tiene lugar una falsificación generalizada de la convivencia. Se aplaude con frecuencia lo que no se estima. Se vota lo que no se desea. Se condena implacablemente lo que no parece tan mal. Si un intelectual, por ejemplo, es tratado bien en la prensa, bastará oír su nombre para que su libro sea comprado y sus opiniones respetadas aunque sean razonablemente inaceptables. Por el contrario, si una persona es difamada por los medios de comunicación, aunque la justicia restablezca su buen nombre, resulta muy difícil que el sólo oírle no genere sospechas. El aforismo de que “miente que algo queda” funciona.
            Los expertos hablan de muchas clases de prejuicios y opiniones prefabricadas. Entre ellos cabe destacar los raciales y culturales. El prejuicio racial consiste en creer rotundamente que hay razas humanas superiores a otras por naturaleza. Así, por ejemplo, los nazis estaban convencidos de que la raza aria era genéticamente superior a todas las demás. Como consecuencia de ello, decretaron el exterminio de cualquiera otra que pudiera hacerles competencia, como los judíos, o fuera considerada notablemente inferior como los gitanos y los física o mentalmente disminuidos. Este prejuicio nazi es ampliamente compartido hoy día, a su modo, en el campo de la bioética por expertos que propician diversas formas de biotanasia, tales como el aborto, la destrucción de embriones humanos, la eutanasia o la selección de embriones. La genética ha demostrado ya de forma contundente mediante investigaciones sobre el genoma humano que el racismo genético no tiene fundamento ninguno científico. A pesar de lo cual este tipo de  prejuicio racista se mantiene con una virulencia rayando en el fanatismo. Desde el momento en que la inteligencia no tiene acceso directo al problema para estudiarlo adecuadamente antes de tomar decisiones los sentimientos se disparan y se toman decisiones salomónicas basadas en una seguridad absolutamente falsa. La convicción previa, por ejemplo, de que la raza negra es inferior a la raza blanca, o viceversa, termina viciando todas las relaciones humanas entre ambas.
            Los prejuicios culturales se refieren a ideas preconcebidas sobre personas y grupos sociales. Tal ocurre, por ejemplo, cuando oímos decir que los “gallegos son desconfiados”, los catalanes son peseteros”,  “los vascos son violentos” o los “andaluces mentirosos”. Cuando los ánimos se excitan se llega incluso a pronunciar frases descalificadoras que de ordinario no se dicen pero se piensan. Cuando oímos hablar de  “los hijos de la Gran Bretaña”, o “el hijo de la Gran Francia”, por ejemplo, lo que se está evocando es la idea de fondo o el prejuicio subyacente fraguado en una larga experiencia histórica de relaciones políticas desafortunadas. Muchos de los aforismos populares, si no se toman con cautela, son puros prejuicios o ideas preconcebidas basadas en generalizaciones injustas. Según los prejuicios “machistas”, por ejemplo, las mujeres son un peligro y no hay que fiarse mucho de ellas. Hay quienes dicen que a las mujeres hay que tratarlas con frialdad y a distancia. Según los prejuicios “feministas”, a su vez, todos los hombres son desgraciadamente iguales. Otras veces se afirma que una determinada cultura es superior o inferior a otra. Tal se dice, por ejemplo, de la cultura grecorromana y judeo-cristiana por relación a otras menos evolucionadas en algunos países y continentes.
            El estudio psicológico de los prejuicios es muy interesante pero para nuestro propósito quisiera destacar un par de aspectos. En primer lugar, hay prejuicios que son absolutamente falsos o incluso perversos y ofensivos. Un caso clamoroso lo tenemos en los prejuicios racistas. Lo característico del prejuicio es la falta de conocimiento en nuestras valoraciones con la actitud añadida de negarnos a revisar nuestros juicios a la luz de la razón. Los prejuicios se alimentan de la ignorancia y de la terquedad al mismo tiempo. O lo que es igual, del desconocimiento adecuado de lo que se juzga y de la mala voluntad que se niega por principio a rectificar y aceptar la verdad objetiva de las cosas.  Pero tampoco podemos negar que a veces los prejuicios tienen algún fundamento en la realidad. Por ejemplo, es científica y éticamente intolerable decir que la raza gitana es inferior a los demás seres humanos. Pero ello no significa que ciertas formas de conducta social gitana no aconsejen prevención y cautela cuando se trata de asuntos relacionados con este colectivo humano. Lo mismo cabe decir de los blancos por relación a los negros, de los negros por relación a los blancos y así sucesivamente de todos los colectivos sociales. 
            La igualdad genética de las personas no significa que los diversos colectivos sociales se encuentren automáticamente en el mismo nivel intelectual, cultural y moral. No hay que confundir los prejuicios con la constatación objetiva de hechos evidentes para el que tenga ojos para ver y quiera verlos. Es un hecho históricamente verificable que, en términos globales, hay culturas y civilizaciones superiores a otras. Pero ello no significa que en aspectos particulares una cultura globalmente inferior no pueda tener valores superiores a otra globalmente superior. Esta afirmación no es un prejuicio sino un hecho histórica y científicamente verificable. Para entender el alcance de estas afirmaciones remito al lector a la historia comparada de las civilizaciones y a la filosofía de la historia. Prejuicios, no. Pero ingenuidad mental y simplismo, tampoco. En ambos casos se presta un flaco servicio al uso de la razón. Hay que acabar con los prejuicios, tópicos comunes e ideas prefabricadas sin negar  la realidad de los hechos y las evidencias.
            En estrecha relación con los prejuicios se encuentran las supersticiones o fascinación por lo falso. La superstición en sentido propio se refiere al culto a un dios o dioses que no existen. Es un sucedáneo de la falta de fe en un Dios verdadero. Los que no creen en el Dios verdadero se inventan uno falso al que adorar. Ese dios puede ser desde el dinero a cualquier objeto particular y extraño degenerando en lo que se conoce como fetichismo. No suele tener el carácter discriminatorio y selectivo del prejuicio pero ambos coinciden en sustentarse en alguna certeza falsa llevada en algunos casos hasta  extremos obsesivos. La superstición se alimenta con la ignorancia y la credulidad. El recurso, por ejemplo, a los horóscopos es una forma socialmente aceptada de superstición cuyos oráculos supremos son los astrólogos. Lo más letal de las supersticiones para el uso de la razón consiste en que su punto de apoyo psicológico es siempre la falsedad. O sea, lo contrario del fundamento de la razón que es la verdad. Sería largo hablar de las supersticiones religiosas, de los adivinos, de los horóscopos y de las creencias populares absurdas más comunes. Pero no me resisto a pasar por alto un ejemplo muy actual e ilustrativo de lo que puede ser la superstición como fascinación por lo falso y sus nefastas consecuencias para el buen uso de la razón.
            Tradicionalmente en Europa cada país operaba comercialmente con su propia moneda. De hecho, el tener moneda propia se consideró siempre como uno de los signos más representativos de la independencia de una nación. Incluso más que el uso del idioma aunque los nacionalismos menos civilizados traten de politizarlo. Con la llegada del año 2000, eso que tiempos atrás hubiera parecido una utopía terminó siendo una feliz realidad. Los países miembros de la Comunidad Europea (CE), a excepción de sólo uno, adoptaron el EURO como moneda común haciendo desaparecer de la circulación sus monedas tradicionales. Sin embargo, todavía hay gente que sigue pensando en pesetas, francos, liras etc. Para hacer el cálculo de sus gastos o inversiones traducen mentalmente la cantidad de euros en pesetas según el baremo que quedó establecido para reemplazarlas en el año 2000.
                Esta operación fue necesaria durante el corto período de tiempo fijado para que ambas monedas circularan en el mercado hasta completar el paso definitivo al euro. De lo que se trataba era de ir convirtiendo progresivamente las pesetas al euro de acuerdo con el valor de cambio establecido. Terminado ese período de tiempo el valor de la antigua moneda quedó suprimido y se impuso el euro como la única moneda válida en el mercado para todos los Estados miembros de la Unión. A partir de ese momento la peseta, por ejemplo, se convirtió en un muerto del que no quedó ni el cadáver. De hecho, para que nadie cayera en la tentación de operar ilegalmente con la peseta en el mercado, el Banco de España ordenó su destrucción física. La peseta se convirtió así en un puro ente de razón sin existencia alguna fuera del recuerdo y de la fantasía. En consecuencia, cuando una persona hace actualmente cálculos comerciales tomando la peseta como moneda de cambio en el mercado se está engañando a sí misma porque tal moneda comercialmente no existe en absoluto en ningún mercado. Nadie pide pesetas ni nadie puede ofrecerlas. No existen ni siquiera físicamente. Han sido destruidas tanto física como mentalmente. Usarlas es imposible y pensar en ellas es comercialmente una falsedad y un engaño.
            Este hecho popular nos lleva a hacer la siguiente reflexión. Si nos acostumbramos a tomar como referentes de nuestra vida realidades inexistentes o falsas, como la peseta, el franco o la lira, estamos condenados a vivir engañándonos a nosotros mismos como lo estarían quienes pretendieran comerciar con esas monedas de cambio inexistentes. Nuestra propensión a vivir de ilusiones al margen de la realidad es impresionante, como también lo es la necesidad psicológica de compensar la dureza de la vida refugiándonos en la imaginación y la fantasía. Pero las cosas son como son y no hay más cera que la que arde. La evasión de la realidad refugiándonos en recuerdos de un pasado irrepetible, en el ensueño imaginativo a fondo perdido, en la creatividad artística como una vida paralela a la vida real, o simplemente para pasar cómodamente el tiempo perdidos en la fantasía, puede conducirnos a un encontronazo brutal con la realidad. Para evitarlo, mejor pronto que tarde o nunca, no hay otra alternativa que pasar esa actividad por el filtro de la razón con el fin de no perder el sentido de la realidad. La razón nos enseña a afrontar la cruda realidad y a manejar la imaginación y la fantasía de forma adecuada para jamás perdernos en lo irreal. Hay quienes dicen que “esta vida es un engaño”. Yo pienso que la vida es lo único que no engaña. Somos nosotros quienes nos engañamos al establecer como moneda de cambio o puntos de referencia de nuestra existencia valores que, como la peseta, sólo existen como falsedad en la imaginación y la fantasía. Este hechizo o fascinación por lo inexistente termina convirtiéndose en una verdadera superstición o culto a la falsedad, y, por ende, en un obstáculo de primera categoría para el uso correcto de la razón. 
           
                - Manipulación del lenguaje
            Otro de los enemigos más temibles de la razón es la manipulación del lenguaje. El manipulador lingüístico usa palabras, expresiones y esquemas mentales que gozan ya de un gran prestigio sugestionador entre el público. Son términos estratégicos a modo de talismanes. Recordemos algunos de ellos como democracia, libertad, derechos humanos, votación democrática, alternativa política, situación coyuntural, crisis económica o de gobierno. Estas y otras expresiones análogas se repiten de forma insistente en los medios de comunicación, sin que se explique lo que realmente significan en la mente de quienes las pronuncian o escriben. En las campañas electorales, por ejemplo, líderes políticos de tendencias opuestas usan casi el mismo lenguaje. Los verdaderos demagogos saben decir lo que su público desea oír, ocultando hábilmente lo que realmente están diciendo. Los oyentes o lectores no conocen nunca el significado real de los eslóganes electorales, cuyo objetivo inmediato es mover a la gente para que preste su voto.
            Algo análogo ocurre con el lenguaje publicitario en el campo de las finanzas, si bien en este caso el público sabe de antemano que el lenguaje publicitario es un género literario especial que no debe interpretarse literalmente como suena. Aun en el caso más grave de la publicidad de tono excluyente, se da por sabido que lo que se dice no tiene por qué ser necesariamente verdad. Ni el anunciante lo pretende ni el comprador se considera engañado. Al primero lo que realmente le interesa es vender su producto y al segundo comprar lo que realmente necesita. Pero esta preparación para pasar por alto las formas de la propaganda política sólo la tiene una elite y no la gran masa del público que vota. No existe una deontología del discurso político o de las campañas electorales, como existe la deontología publicitaria, donde se indiquen las pautas éticas para no incurrir en el uso manipulador del lenguaje, cuyo resultado final es el engaño del público, que vota ilusionado a un grupo político que casi con toda seguridad le va a decepcionar.
            Toda época histórica crea su lenguaje estratégico como un sugestivo talismán, lo mismo en el ámbito de la propaganda ideológica que en el de la publicidad comercial. La Ilustración, por ejemplo, nos hace pensar inmediatamente en la diosa razón. La Revolución francesa mitificó los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad. La edad moderna nos tiene acostumbrados a oír hasta el aburrimiento palabras como ciencia, progreso, derechos humanos, dictadura, democracia, comunista, revolucionario, contrarrevolucionario, cambio, progresista, facha, machista, feminista y sabe Dios cuántas más. Últimamente se han impuesto algunos términos en punta de lanza, como ecologista, posmoderno y agnóstico. Dejemos a un lado el uso inconfesable de términos tan delicados como Gobierno o Iglesia y de todo lo relativo a estas instituciones básicas, sin olvidar la familia y todo el lenguaje referido a ella y a las diversas formas de reproducción humana. Un estudio científico sobre el uso falsificado del lenguaje de los media está por hacer de una forma global. Sobre algunos casos concretos ya están apareciendo estudios serios.
            Recordemos algunas formas de manipulación informativa por el procedimiento de los planteamientos estratégicos del lenguaje como las encuestas, la reducción de los contrastes a dilemas, el empobrecimiento del hombre para dominarlo, la explotación de la emotividad y el fraude de las preguntas mal planteadas. Las encuestas, en efecto, suelen realizarse de tal manera, que en la pregunta va prefijada la respuesta sin que los interlocutores lo adviertan. Este ocultamiento resulta factible debido al desequilibrio que existe entre la posición del encuestador y la del encuestado. A éste se le conmina a responder inmediatamente, sin tomarse tiempo para reflexionar. El encuestador, en cambio, tuvo a su disposición toda clase de facilidades para planear su estrategia y disponer sus medios tácticos. Hay encuestas que se preparan debidamente, de suerte que el encuestado puede contestar sin improvisar. Me refiero a las encuestas improvisadas, que son las que más se prestan a la manipulación. Los encuestados o bien son abordados a salto de mata, en número insuficiente y preparación dudosa, o son previamente seleccionados de suerte que las opiniones vertidas apoyen la idea previa o el prejuicio del encuestador. A este tipo de entrevistas manipuladoras estamos cansados de asistir en los media. Las técnicas de manipulación tienen el terreno particularmente abonado entre los bastidores de la televisión, donde se pueden producir efectos de imagen que le pasan totalmente desapercibidos al telespectador.
            El reducir el planteamiento de los problemas a dilemas equivale a colocarnos en un callejón con una sola salida, cuando en realidad hay otras muchas probablemente más airosas y razonables. Es como encallejonar al toro sin otra alternativa posible que la de terminar en la plaza donde encontrará la muerte segura. La técnica del dilema como método simplificador de los diversos planteamientos posibles de un problema, o como método pedagógico para ir a lo esencial de las cosas, evitando divagaciones inútiles, tiene aspectos muy positivos.
            La manipulación informativa tiene lugar cuando se absolutiza el método de tal manera que el lector, oyente o telespectador queda cegado de modo que desemboca necesariamente en el objetivo que se ha propuesto el informador. Por ejemplo, o pena de muerte o libertad para el delincuente. O aborto para el hijo o vida desgraciada para la madre. O progresista o atávico. O nuevo o viejo, blanco o negro. El manipulador maneja sagazmente la estrategia del dilema para hacer desaparecer de nuestra perspectiva la riqueza de los contrastes y la variedad de opciones. Para ello presenta el dilema de forma que el término opuesto al punto de vista que pretende inculcarnos aparezca implícitamente desprestigiado. Si nos informan de que en el mercado no puede encontrarse más fruta que plátanos y melones y estos últimos están demasiado verdes o demasiado maduros, aunque la información sea falsa, todos los que buscan fruta terminan comprando plátanos.
            Llama mucho la atención la forma ladina y provocativa con que algunos encuestadores y entrevistadores formulan sus preguntas. A una pregunta mal hecha es imposible contestar bien. La pregunta bien hecha lleva consigo la mitad de la respuesta. Hacer preguntas bien es propio de personas inteligentes. Lo que ocurre es que, cuando se trata de manipular, lo que menos interesa es la verdad objetiva, sino los intereses subjetivos del entrevistador. ¿Se considera usted progresista o contrarrevolucionario? ¿Es rentable casarse? ¿Es usted feliz? A veces, en un período de tiempo justo para respirar se pide a una persona que opine o se pronuncie sobre cuestiones complejísimas y delicadas.
            Entre las muchas formas de manipulación informativa cabe destacar el intrusismo profesional como procedimiento estratégico, o búsqueda planificada de la opinión de los incompetentes; el abuso de la libertad de expresión, como si ésta no tuviera nada que ver con el uso correcto de la libertad; la sustitución del debate por el monólogo triunfalista o entrevista sumisa; el boicot informativo o ausencia arbitraria de información necesaria; el recurso a las insinuaciones ambiguas y turbias; el ataque precipitado e infundado; la estrategia de la intimidación o la explotación del miedo; el rumor, forma de ataque anónimo y difuso; la valoración por yuxtaposición arbitraria de aspectos secundarios para desacreditar los más importantes y esenciales como segando la hierba bajo los pies; la valoración por vía de oposición o rebote; el recurso al desvío de la atención; la insistencia machacona como táctica de persuasión; la intimidación mediante el uso repetido de un vocablo prestigioso como apertura, fanatismo, fundamentalismo, cambio, progresismo; fomento del diálogo como pretexto para provocar el relativismo y el indiferentismo; el recurso a la mofa, burla o escarnio; la alteración sinuosa del sentido de términos y locuciones; alterar mediante el uso de etiquetas estratégicas el sentido de ciertas realidades; mentir abiertamente y sin medida; la utilización del lenguaje emotivo de la canción; el recurso a dividir para dominar; la táctica de borrar la memoria del pasado; interpretación fatalista del cambio.
            A todo esto hay que añadir una observación importante. Tradicionalmente se aceptaban los diccionarios de la lengua para dirimir cuestiones sobre el significado de las palabras. En ellos cada palabra tiene asignado un significado que todo el mundo aceptaba como referente semántico común. Para estar seguros de que se hablaba sabiendo lo que se decía se consultaba el diccionario en los casos de duda. Últimamente los políticos y los medios de comunicación cambian el significado de las palabras en función de sus intereses pasando por alto el paradigma clásico del diccionario. En los discursos parlamentarios y en sus réplicas las mismas palabras pueden significar cosas completamente opuestas según que sean pronunciadas por unas personas o por otras. Es obvio que cuando esto ocurre el uso de la razón está demás. Los deseos vehementes, los sentimientos y las sinrazones terminan imponiéndose mediante el recurso al voto mayoritario. Al final prevalece la fuerza bruta de las mayorías que puede o no coincidir con la fuerza de las buenas razones. Lo grave es que aún cuando coincide no suele ser en base al uso de la razón sino de la estrategia del poder.
           
                 - El sensacionalismo informativo y la mentira como norma
    El sensacionalismo informativo consiste en la exageración intencionada del contenido de las noticias, aunque de fondo haya verdad. La exageración se dirige otras veces a exaltar irracionalmente sensaciones preseleccionadas, llamando la atención mediante efectos técnicos sobre algún aspecto determinado, pero sin ocultar otro. Con la exageración informativa se pretende despertar en el lector o espectador sentimientos infra-culturales e infra-morales adulterando la verdad objetiva de las cosas y de los acontecimientos. Tal ocurre cuando se provoca la curiosidad morbosa en los lectores mediante descripciones truculentas o imágenes conmovedoras. La mentira tiene el campo siempre abonado en los medios de comunicación. 
            “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo actual, ha dicho explosivamente Francois Revel, es la mentira, y los medios de comunicación sirven para divulgar todo, incluidas las más sofisticadas formas de opresión mental. Censura, hipocresía y mentira son el caldo de cultivo de la información en los países libres, hasta el punto de que el público tiende a considerar la mala fe como una segunda naturaleza en la mayoría de los individuos cuya misión es informar, dirigir, pensar, hablar. Revel va aún más lejos. ¿Cómo explicar la escasez de información objetiva en las sociedades libres que disponen de más medios para alcanzarla? La verdad el valor humano fundamental que legitima el derecho a informar y a ser informados. Sin embargo, los que recogen la información parecen tener como preocupación dominante el falsificarla, y los que la reciben, la de eludirla. Se apela constantemente al deber de informar y al derecho a ser objetivamente informados. Pero los profesionales se muestran tan solícitos en traicionar ese deber como sus clientes desinteresados en gozar de ese derecho. En la adulación mutua de los interlocutores de la comedia de la información, productores y consumidores fingen respetarse, cuando no hacen más que temerse despreciándose”.
            Esta denuncia puede parecer exagerada. Pero en toda exageración hay algo o mucho de verdad. De hecho, son muchas las voces entre los mismos profesionales de los medios de comunicación y sus analistas que tienen la impresión reveliana de que son numerosos los profesionales de la comunicación social que se encuentran muy a gusto rindiendo pleitesía a la mentira. El tema es objeto de estudio por parte de los analistas principalmente en relación con la propaganda política y la publicidad comercial. Algunos han estudiado la mentira como denominador común de la propaganda política y publicitaria. La manipulación mediante el recurso sistemático a la mentira se lleva a cabo mintiendo con las palabras, con las imágenes, con falsos personajes, falsos objetos, falsas acciones y documentos falsificados.
            Las operaciones de la mentira pueden reducirse a tres tipos más significativos. Al primero pertenecen las supresiones, que tienen por objeto hacer creer al público que una cosa que existe no existe. Tanto en la propaganda como en la publicidad, el mentir suprimiendo consiste en la omisión, la negación y las supresiones materiales, ocultando objetos, destruyendo huellas y documentos. La omisión es la forma más fácil de mentir porque al no hablar de una cosa se evita cualquier tipo de réplica, lo cual no sucede cuando uno se arriesga a hacer afirmaciones falsas. La omisión resulta especialmente cómoda cuando se pretende ocultar intenciones, ya que éstas son más difíciles de detectar que los hechos. La omisión de hechos conocidos provoca la sorpresa y mueve a exigir las razones de la omisión. La ocultación de intenciones da lugar a hipótesis sin mayor riesgo de ser cogidos en contradicción. Las afirmaciones negativas hacen que el lector se ponga en guardia. La negación se refiere a las mentiras verbales. La supresión de materiales se refiere a la ocultación de objetos y a la destrucción de documentos. Al segundo tipo de mentiras corresponden las adiciones, cuyo objetivo es hacer creer al público en la existencia de cosas que no existen. Dicho objetivo se consigue disimulando planes, idealizando al amigo y desprestigiando al enemigo, hablando de cosas, propiedades, peligros y testimonios realmente inexistentes y explotando la publicidad de acontecimientos fingidos.
            Corresponden al tercer grupo las deformaciones, es decir, los mecanismos que tienden a ofrecer al público una imagen deformada o distorsionada de la realidad. Mediante las deformaciones cuantitativas se exagera o se minimiza. Las cualitativas son aquellas en las que se recurre a las calificaciones falsas. Hay mentiras sobre la identidad del mensaje (propaganda negra), de los hombres y de los objetos. En el ámbito de la publicidad cabe hablar de  las mentiras sobre las fuentes (publicidad clandestina), los anunciantes, las marcas de fábrica y los productos. Se miente en relación con las características de los objetos, los motivos de acción y la denominación por lo contrario, donde la cuantidad transforma a la cualidad. Y se miente también desviando la atención del público, pretendiendo que tal o cual cuestión es mal conocida, aludiendo a hechos presuntos y lanzando noticias contradictorias para desorientar. Otras veces se explotan las dificultades del conocimiento, los sentimientos y nuestro mundo del inconsciente.
            Por estas breves anotaciones vemos ya hasta qué punto la verdad es desplazada como valor fundamental de referencia en las comunicaciones públicas institucionalizadas siendo suplantada por la mentira y la falsedad como criterio de conducta. Lo cual equivale a prescindir metódicamente del uso de la razón cuyo objeto propio y específico es la verdad. O lo que es igual, la realidad en cuanto conocida de forma inteligente y responsable. En el fondo de esta actitud metodológica late un desprecio institucionalizado de la razón con lo cual se ahonda más el abismo de nuestras desgracias humanas. Como factor agravante de esta actitud cabe hacer las siguientes observaciones sobre la manipulación fotográfica de la información. Siempre ha existido la tentación de manipular las fotografías que se publican en los medios de comunicación. La novedad actual consiste en que el aumento de las posibilidades de hacerlo usando las nuevas y avanzadas tecnologías hace plantearnos con mayor dramatismo la cuestión ética de la credibilidad de la información gráfica. Y es que ya no es sólo cuestión de conseguir con mayor rapidez más calidad en la fotografía tradicional. Con las nuevas tecnologías se podrá sintetizar y producir nuevas imágenes con la computadora y a nuestro gusto, de forma que resulte muy difícil detectar su falsificación por su parecido con la realidad.

                9.  El fenómeno  de la «desinformación» mediática

            La ocultación deliberada y las campañas de silencio forman parte de una técnica más general llamada desinformación. La información se ordena de suyo a la verdad, y la “desinformación”  a la gran verdad de la mentira. La desinformación manipuladora consiste en proporcionar a terceros informaciones generales erróneas, llevándoles a cometer actos colectivos o a difundir opiniones que correspondan a las intenciones del desinformador.  Según los expertos, es una técnica en la que se aplican con fines manipuladores la mentira y la omisión, la analogía y la metáfora para marginar las certezas con las probabilidades; el tono dramático y persuasivo para intoxicar emocionalmente al receptor; el rumor referido a informes falsos o inventados difundidos maliciosamente sin confirmación. Al rumor se sale al paso con otro rumor todavía más difícil de deshacer. Juega un papel importante el recurso a los reduccionismos como: amor-sexo; dictadura-democracia; libertad-pena de muerte; vida o muerte.  O bien el uso de tópicos comunes como: democracia, cambio, progreso, ciencia. Otras veces se recurre a los binomios antitéticos como: izquierda y derecha; progresista y conservador; revolucionario y contrarrevolucionario; comunismo y capitalismo. Sin olvidar el recurso a los eufemismos lingüísticos o expresiones biensonantes como, por ejemplo: interrupción del embarazo, técnicas de reproducción asistida, restablecimiento del orden y otras análogas. 
            En toda técnica desinformativa hay coacción o persuasión, silenciamiento deliberado, censura brutal y deformación ideológica de la realidad. Se trata  de una manipulación total desde un montaje ideológico reforzado por los medios de comunicación. El desinformador actúa conscientemente con la intención de provocar unas reacciones determinadas en el receptor;  se sirve de unos mecanismos reconocibles y el mensaje desinformativo puede tener como destinatario lo mismo a grupos reducidos como a la entera comunidad. Para ello se sirve de todas las figuras posibles, desde la mentira hasta la inducción analógica. Por ello cabe definir la desinformación  como la acción del emisor que procede al ensamblaje de los signos con la intención de disminuir, suprimir o imposibilitar la correlación entre la representación del receptor y la realidad del original.
            En la edición de 1952 de la Enciclopedia Soviética puede leerse esta definición descriptiva: «La desinformación es la propagación de informaciones falsas con el fin de crear confusión en la opinión pública. La prensa y la radio capitalistas la utilizan ampliamente. La desinformación tiene como objetivo engañar a los pueblos, cercarlos con la mentira, a fin de que imaginen una nueva guerra preparada por el bloque imperialista contra la política pacifista de la URSS, de los países con democracias populares y de otros países pacíficos, presentada como agresiva. Un papel especial en la propagación de tales informaciones provocadoras y falsificadas corresponde a la prensa, la radio y otros órganos de información del capital americano, que suministran informaciones engañosas a la prensa y a los órganos de propaganda. Los medios gubernamentales de los Estados Unidos, Francia y otros países imperialistas utilizan frecuentemente la desinformación en el ámbito de las relaciones internacionales; numerosos ejemplos de esta clase de desinformación están presentes en el documento del SOVINFOR Falsificaciones de la historia; realidades históricas (1948). Los imperialistas angloamericanos utilizaron la desinformación para disimular el carácter de bandidaje de la guerra organizada por ellos en Corea en junio de 1950». Y en la edición de 1972: «La desinformación es la difusión, en los países burgueses, de noticias engañosas o deformadas, utilizadas profusamente como medio de propaganda política a fin de crear la confusión en la opinión pública, en particular en los casos en que se trate de relaciones entre gobiernos capitalistas y socialistas, del progreso del socialismo, de los movimientos nacionalistas de liberación, etc. En el ámbito militar, la desinformación tiene por objeto la difusión de informaciones engañosas en lo que concierne a sus propias fuerzas armadas y planes de acción militares, con el fin de confundir el discernimiento del adversario. La desinformación militar se produce por informaciones engañosas acerca de los movimientos de tropas, la instalación de aeródromos, etc.».
            Según estas definiciones, la desinformación es mucho más que no informar, como pudiera pensarse a simple vista, fijándonos sólo en la etimología. Desinformar lleva consigo la idea de destruir algo opuesto. Cuando Robespierre hablaba de descristianizadores, lo hacía pensando en la manera de hacer desaparecer de una vez para siempre a los cristianos de Francia. Análogamente, lo que el desinformador busca es aniquilar a su presunto adversario propagando informaciones falsas con el fin de confundir al público con el engaño. No es cuestión de simplemente no decir verdades, o de callarse, sino de difundir falsedades de una forma activa y agresiva. Y todo ello aprovechando la capacidad técnica de los medios de comunicación al alcance. Este uso de los media aparece más explícito en la definición del Petit Larousse cuando describe la desinformación como «acción de suprimir la información, de minimizar su importancia o modificar el sentido». A lo cual cabe añadir otro matiz importante, cual es el que la información falseada presente alguna verosimilitud de verdad con el fin de que produzca más fácilmente su efecto engañoso.
            Por otra parte, se tiene la impresión de que la desinformación, tal como queda descrita, ha campeado sobre todo en el ámbito político y militar. Lamentablemente, hoy día no puede decirse que su campo sea tan restringido. Según los analistas, estas técnicas han sido utilizadas por los jefes de los ejércitos para neutralizar la voluntad del adversario, por los responsables gubernamentales para su política exterior, por los dictadores para aniquilar la oposición interna, por los doctrinarios políticos y religiosos para conseguir prosélitos, por los industriales y comerciantes para aumentar sus beneficios y por los médicos para tranquilizar a sus pacientes.         Por otra parte, sería una simpleza pensar que la desinformación la practican sólo organismos y personas fuera de la profesión informativa propiamente dicha. También los organismos informativos tienen su propia censura y apelan constantemente al secreto profesional. La censura interna y el secreto se prestan a las mil maravillas para practicar un tipo de desinformación que puede pasar por completo inadvertida a los destinatarios de la información. Cuando el sujeto desinformador es alguna instancia suprema de poder lo más corriente es que aleguen excusas por razones de seguridad. Los agentes de estos servicios utilizan el camuflaje o falseamiento de la personalidad y la censura como prohibición taxativa de publicar algo de forma escrita, hablada, visual o artística.
            Otras veces los procedimientos son represivos y ofensivos. La represión puede llevarse a cabo mediante el recurso intimidatorio a la justicia penal o de forma más diplomática, pero agresiva. Entre los procedimientos ofensivos cabe mencionar: la maniobra de los tránsfugas y la llamada intoxicación. En el primer caso se trata de captar un responsable de los servicios adversos induciéndole a desertar de su organización o ideología. Son las informaciones que circulan entre los llamados servicios de contraespionaje. Lo ideal sería conseguir que el adversario deserte de su forma de obrar o de pensar. La intoxicación se refiere a la actividad del agente doble. Estos individuos se prestan al doble juego, generalmente movidos por la codicia. Su doble juego contribuye a conseguir el efecto distorsionador de la realidad mediante sus informaciones falsas.
            Entre los procedimientos más abiertamente agresivos de la desinformación merece especial mención la propaganda. Este término, usado por la Iglesia católica inocentemente para referirse a la propagación de la fe cristiana respetando la libertad de sus destinatarios y confiando sólo en la fuerza persuasiva de su propio mensaje, ha pasado a tener un significado negativo al implicar tendenciosidad y un modo de imponer a los demás los propios intereses mediante el uso de técnicas psicológicas incompatibles con el respeto a la libertad ajena. Se recurre además a la provocación como incitación a cometer errores o infracciones legales. O las revelaciones. Cuando la revelación consiste en divulgar caprichosamente o por intereses creados documentos o informaciones exactas se llama filtración. Otras veces se induce a determinadas personas o a determinados servicios a suministrar informes subjetivos a destinatarios particulares. Tiene lugar así la delación o denuncia de presuntos criminales. El delatar a un delincuente anónimo es una forma de amenaza característica de los que practican la desinformación. Bajo esa amenaza, cualquiera es capaz de hacer y de decir lo que le manden. La falsificación de documentos es otro recurso fantástico de los desinformadores profesionales. Las pruebas de acreditación son siempre inventadas. En este sentido se habla hoy día del agente de influencia, cuya función consiste en influir poderosa y deshonestamente en los medios informativos y gubernamentales.
            Recordemos, por último, la guerra psicológica, el recurso a la psiquiatría y a la parapsicología. Se somete a los individuos a una auténtica tortura intelectual o mental. Son las terribles técnicas del «lavado de cerebro», que originalmente se llevaban a cabo mediante el «adoctrinamiento» y actualmente no se repara ya en la aplicación de técnicas físicas con el fin de cambiar la mente y el comportamiento de las personas. Quienes no aceptan los puntos de vista de los manipuladores ideológicos o políticos son declarados anormales e internados en instituciones psiquiátricas. Sin olvidar las farsas parapsicológicas, el recurso al llamado «suero de la verdad», a los «detectores de mentiras» y, por supuesto, al desolador influjo de las drogas. El desinformador no es un pasivo silenciador de verdades, sino un peligroso activista de maldades.
            Las dos superpotencias del siglo XX, los Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, practicaron abiertamente la desinformación a escala mundial de una manera brutal. Los organismos centrales fueron la CIA y el KGB respectivamente. La mecánica de los servicios de desinformación consistía en falsificar recortes de prensa o redactar cartas apócrifas para ser introducidas discretamente en los medios de comunicación. Tan pronto esos falsos documentos eran publicados, los medios internacionales de comunicación los hacían suyos y los divulgaban como si fueran auténticos. Se creó así un clima de confusión, intriga y engaño de una forma aparentemente inocente. Esos documentos, que se decía proceden «de fuentes bien informadas», en realidad eran todos falsos y daban lugar a una serie de calumnias en cadena. El KGB fue un gigante de la desinformación que logró filtrar sus datos falsificados en todos los sectores de la comunidad internacional.
            Todos los regímenes políticos practican de algún modo la desinformación en función del poder que ostentan, incluso en las democracias más fervorosas. La libertad de expresión facilita también la libertad de manipulación. No obstante, los mecanismos desinformativos tienen el campo más abonado en los regímenes autoritarios y nacionalistas mediante la censura previa, las intimidaciones o acoso a los medios de comunicación independientes y críticos, así como las consignas. Cabría esperar que esta situación mejorara con la entrada del siglo XXI pero es así. Actualmente muchos medios de comunicación son acusados de haberse convertido en un poder social avasallador. Las agencias de noticias son consideradas por los analistas como emporios de dinero que mueven el mundo y describen abiertamente las formas de contaminación informativa, las llamadas «frivolidades periodísticas» y «patologías» de la información. A veces se usan calificativos con una gran carga de agresividad e indignación contra ciertos informadores y órganos de difusión informativa.
            Con frecuencia los mismos colegas de profesión se descalifican mutuamente. Se habla de saturación de mensajes y acoso de los es­tímulos audiovisuales bloqueadores del ejercicio de la reflexión serena. La desinformación o diseminación de información falsa y deliberadamente provocativa está a la orden del día, sin que se aprecien reacciones significativas y eficaces por parte del gran público. El fenómeno es de tal importancia que los psicólogos empiezan a interesarse por el estudio de la mentira como categoría estructural psíquica de la juventud contemporánea, amaestrada por los políticos y los medios de comunicación, sobre todo audiovisuales. Se tiende a hacer desaparecer la distinción clásica entre las opiniones personales y las informaciones propiamente dichas. La información resulta más que nada un producto de laboratorio o de gabinete. Algunos no dudan en afirmar abiertamente que la realidad informativa es la que crea el propio informador al margen de cualquiera otra realidad dada. Los sondeos de opinión resultan cada vez más arbitrarios porque suelen realizarse de tal forma que el individuo termina olvidando sus propias convicciones para sumarse sumisamente a las del grupo de presión, que organiza los sondeos en beneficio propio. Este igualamiento de opiniones y pareceres se aprecia de modo particular bajo la influencia de la televisión. Los analistas más fríos llegan a la conclusión de que la información, tanto proveniente de los medios de comunicación oficiales como del llamado sector privado, está toda ella en buena medida contaminada. Las televisiones privadas no resuelven los problemas de las televisiones sometidas al monopolio estatal.
            La competencia económica y el proselitismo de audiencia los lleva a una competitividad desleal, no desde la búsqueda de programas de calidad, sino todo lo contrario. Las excepciones son insignificantes al lado de la regla general. El ejercicio de la libertad de expresión tiene, entre otros objetivos, la noble misión de dar a conocer al público y denunciar los abusos e injusticias sociales. Pero hay una opinión bastante generalizada entre los expertos según la cual cada vez estamos más cerca del envilecimiento. Se explota sistemáticamente la violencia, el dinero y el sexo con la salsa del escándalo, el sensacionalismo, el amarillismo y la intromisión en la vida de los demás. Los principios éticos se respetan sólo cuando su cumplimiento resulta rentable para engordar el becerro de oro con una buena imagen pública.
            La mentalidad posmoderna se ha enseñoreado de los medios de comunicación y ello explica en parte su progresiva frivolización. La falta de ideales nobles, como la búsqueda y transparencia de la verdad, la belleza artística y la bondad humana, contribuye a que el imperio de los sentidos y de la iconización haya destronado al uso equilibrador y humano de la razón. La información se ofrece como ideología y mercancía al mismo tiempo. La prensa mal llamada «del corazón», por ejemplo, o los «culebrones» de todo tipo, satisfacen los apetitos y emociones de grandes audiencias presentando a seres humanos sujetos a grandes pasiones idealizadas. Los chismes, los rumores provocativos, el morbo sexual y el tráfico de divisas por «exclusivas» suelen ser los ingredientes y el caldo de cultivo sucio de esos populares artículos periodísticos y programas audio-visualizados. Los mismos y las mismas que se lamentan como vírgenes violadas de que no se ha respetado su intimidad y vida privada son quienes hipócritamente se venden al mejor postor y después reclaman cantidades astronómicas de dinero ante los tribunales de justicia. La noticia sigue siendo la materia prima de la información, pero a condición de que la morbosidad, el escándalo y la rentabilidad económica pre­valezcan sobre los legítimos intereses del público a conocer aquellas verdades y aquellos acontecimientos indispensables para vivir comunita­riamente como personas civilizadas, libres y responsables. La desinformación tal como queda descrita significa un golpe mortal contra el uso de la razón, la cual es utilizada de forma deliberada y perversa para suplantar la verdad por la mentira. La eficacia de esta maniobra se explica en parte por el fenómeno de la seducción mediática.
               
                10. La cátedra del televisor y el imperio de las redes sociales

            Según los catastrofistas, la televisión ha sido y sigue siendo el demonio meridiano de nuestro tiempo y causante de todos los males por su influjo todopoderoso en la vida de la gente. De hecho, todas las instancias de poder se la disputan para ejercer su dominio sobre los demás. Los publicistas y propagandistas se disputan los segundos como fieras para lanzar sus mensajes inadvertidos y llevarnos seductivamente al huerto de sus intereses. Según otros, la “caja tonta” sería lo mejor después del pan porque democratiza y socializa la cultura como no lo había conseguido ninguna institución política o educativa en el pasado. En cualquier caso, nadie pone en duda que los telespectadores complacientes y críticamente menos precavidos son profundamente influenciados por este endiablado ingenio. Si Cervantes levantara la cabeza, podría denunciar el influjo benéfico o pernicioso de la televisión casi con las mismas palabras que denunció la pérdida del sano juicio de D. Quijote incendiando su fantasía leyendo novelas sin tino y al por mayor.
            Desde una postura realista lo más razonable es aceptar el hecho de que el influjo de la televisión en los telespectadores ingenuos o masificados tiene poco que ver con el uso de la razón y mucho con su incidencia sobre la emotividad. Lo suyo no es razonar sino persuadir y seducir poniendo fuera de juego la libertad del telespectador mediante las comunicaciones inadvertidas. En el campo específico publicitario y propagandístico, mensajes inadvertidos en sentido estricto son aquellos que, por estar por debajo o por encima del umbral sensorial correspondiente, no son percibidos de manera consciente. Los mensajes subliminales se dicen así por relación a los umbrales sensoriales. En televisión el influjo subliminal se refiere a cualquier estímulo o mensaje no percibido de forma consciente. Lo mismo da que haya sido camuflado por el emisor o que sea percibido en razón de estados emotivos concretos por parte del receptor. Porque se ha producido la saturación informativa o bien porque las comunicaciones son indirectas y, lógicamente, se captan de forma inadvertida. Uno de los influjos subliminales de la televisión consiste en que las personas adictas a la pequeña pantalla terminan acostumbrándose a vivir felices en el engaño en lugar de aplicar el cuento a la cruda y objetiva realidad de la vida. 
            Al margen de teorías e interpretaciones más o menos interesadas sobre el influjo persuasivo y subliminal de la televisión, cabe afirmar en nombre del sentido común que la televisión influye poderosamente en la formación de ideas ilusorias sobre nuestra condición de seres libres, racionales, conscientes y objetivos en la percepción de la realidad. Después de un bombardeo publicitario o propagandístico televisado, por ejemplo, a los adictos de la pequeña pantalla les queda escaso margen para tomar decisiones realmente libres sobre los productos o las ideas que persuasiva y subliminalmente les han sido inculcadas. La televisión favorece más la espontaneidad que el ponderado  y  racional libre albedrío.
            Por otra parte, la incidencia directa de los mensajes televisados sobre la sensibilidad y emociones del telespectador condiciona profundamente el correcto uso de la razón. Con frecuencia, las emociones en televisión constituyen una verdadera conspiración contra la razón. Es más, una vez que la emoción se impone, la razón termina siendo instrumentalizada como mecanismo defensivo  de las emociones. Con lo cual termina imponiéndose la razón de la sinrazón. Los telespectadores fanáticos, además, viven en la ingenua convicción de que controlan conscientemente sus decisiones y creencias independientemente de lo que ven y oyen con pasión en la televisión. Pero la realidad es otra. Sobre todo cuando se trata de personas de corta edad las cuales conocen la realidad a través de imágenes antes que en el contacto directo y la experiencia de la vida.
            La televisión ha sido y sigue siendo un factor socializante de eficacia colosal en los países materialmente más desarrollados. Es, sin duda, una maravilla del ingenio humano. Pero  al mismo tiempo, constituye un desafío para el ejercicio del libre albedrío, la conciencia y la racionalidad. Es el imperio de la imagen física y auditiva en comandita. Lo visible con los ojos de la cara tiende a suplantar a lo inteligible con el uso correcto y libre de la razón cambiando por completo la visión de la vida. Desde el momento en que una persona se convierte en “tele-dependiente”, quedan en entredicho su libertad personal, su conciencia  y uso correcto de la razón en la percepción de la realidad. Este es el hecho psicológico, que implica un problema ético fundamental preocupante sobre el uso y abuso de los mensajes persuasivos, subliminales y sugestivos en televisión. Están en juego nuestra capacidad de razonar correctamente y el ejercicio de nuestra libertad personal.  
            La Internet con todo su abanico de servicios o redes sociales es otra maravilla del ingenio humano tanto por su tecnología como por su capacidad para convertir al mundo en un lugar común derribando barreras geográficas, raciales, políticas, religiosas y culturales. Esta herramienta, bien utilizada con sentido de responsabilidad, es un instrumento admirable comunicación universal. Y por lo mismo, un apoyo eficacísimo al conocimiento y transmisión de la verdad. Pero en la misma proporción es una herramienta de aislamiento e inhumanidad. De hecho, no hay crimen o forma de conducta humana perversa que no tenga cabida en la Red. Igualmente existe una preocupación creciente por los efectos nefastos que el “enganche” a la Red puede causar en quienes la convierten en una especie de “mamadera” universal. Está en juego, como en la televisión, el uso correcto de la razón y el ejercicio de la libertad personal. De ahí la necesidad de educar a las nuevas generaciones desde los grande principios de la ética aplicada a la comunicación.
                Los analistas más serios y objetivos de los efectos mediáticos están de acuerdo en que el “enganche” o dependencia de los programas televisados y de Internet son muy desfavorables para el desarrollo normal de la inteligencia personal o uso de la razón. Incluso tratándose de personas provectas y con experiencia de la vida. El problema se plantea de forma alarmante, como es obvio, tratándose de niños y adolescentes. Prueba de ello son la proliferación de normas legales para regular el uso de Internet y eventualmente salir al paso de las conductas indeseables que se producen en el ámbito ciberespacial, así como la bibliografía ya disponible para el estudio de los problemas éticos emergentes. La cuestión ahora está en la antropología de fondo en que se inspiran las normas legales y las recomendaciones deontológicas.
            Pero hemos de reconocer que, salvo honrosas excepciones, la antropología en que está inspirada la mayor parte de la bibliografía existente al respecto es de dudosa solidez racional. En la mayoría de los casos se trata de una ética de corte posmoderno en la que la libertad de expresión y el utilitarismo más egoísta priman sobre el uso de la razón y de la libertad responsable. Nos hallamos ante una ética legalista en la que el principio del bien y del mal no es un referente básico percibido a través de la razón sino el resultado de consensos voluntariosos al margen de lo objetivamente bueno y razonable. Existe una comprensible preocupación ética por los problemas éticos en el uso de Internet pero constatamos un fallo importante en la fundamentación antropológica de los principios ético-deontológicos actualmente operativos. En cualquier caso, una cosa es clara y es que, con el impacto mediático masivo de los fabulosos medios de comunicación social presididos por la televisión e internet y todo su entorno tecnológico y humano el imperativo psicológico del uso de la razón resulta más deseable que nunca.
            Hemos hablado de la personalidad autoritaria y dogmática. Cuando esos extremos de personalidad por parte del emisor son muy acentuados el receptor se previene con relativa facilidad. Cualquier exceso, en uno u otro sentido, pronto termina haciéndose patente y nos ponemos en guardia. Pero si también el receptor está marcado por alguno de los rasgos de personalidad descritos, la respuesta será igualmente desequilibrada. La información se recibe ajustándose a la forma o tipo de personalidad del receptor. ¿Dónde está el equilibrio? Creemos que la solución personal a estos extremos está en el correcto uso de la razón, que, por lo general, suele estar mal educada o invadida por la imaginación, los sentimientos y las emociones. El equilibrio, insisto, sólo puede venir del uso correcto de la razón, que es la facultad específica del ser humano. Dicho equilibrio significa dar a la razón lo que es de la razón y al sentimiento y a las emociones lo que es del sentimiento y de las emociones. La eterna confrontación sentimiento/razón sólo puede ser resuelta, en la práctica, reconociendo por igual el papel fundamental de los sentimientos en el despliegue de la vida humana así como la función orientadora y purificadora de la razón. Los sentimientos y las emociones han de pasar por el filtro de la razón y no a la inversa como suele ocurrir.
                El aprender a realizar este filtro a lo largo de la vida constituye el objetivo prioritario de la educación humana. Tenemos que aprender a ser razonables y no racionalistas; sensibles y no sentimentales. Para ello hemos de vigilarnos constantemente para no caer en la tentación fácil de poner el carro delante de los bueyes. Lo cual significa que hemos de ejercitarnos en gobernar nuestros sentimientos con la razón y no permitir la invasión de la razón por el torrente de los sentimientos. Hemos de tener pasiones. Pero si estas no están gobernadas y dirigidas por la razón, terminamos ahogados en ellas. Las pasiones y los sentimientos son como el agua. Necesitamos de ellas para vivir. Pero si no las canalizamos y conducimos con la razón, corremos el riesgo de ser inundados y ahogados en su cieno. Ni la afirmación de la prioridad de la razón significa represión de los sentimientos, ni la afirmación de los fueros sentimentales ha de significar desacato a la razón. Insisto. Hemos de ser razonables y sensibles pero no racionalistas  o sensualistas. Aquí está, desde el punto de vista psicológico, el mayor desafío de la educación humana.
                Por lo que se refiere al terreno de la información en concreto, es obvio que los rasgos descritos de la personalidad autoritaria y dogmática, que suelen ir juntos, favorecen muy poco o nada el servicio de una información mínimamente objetiva y veraz por parte del emisor. Como tampoco la percepción correcta por parte del receptor. Lo mismo cabe decir de la mentalidad relativista e igualadora sistemática de los valores. Pienso que la única alternativa válida a estos extremos es la razonabilidad de los mensajes informativos y de la actitud receptiva de sus destinatarios. El bombardeo propagandístico y publicitario va dirigido casi siempre y antes que nada a los sentimientos y a la voluntad y no a la razón. Por ello son un impedimento psicológico muy importante para el ejercicio correcto de la inteligencia personal. A la dificultad natural de razonar bien se añade el acoso mediático que impide la correcta educación progresiva de la inteligencia como piloto de mando de nuestra existencia terrenal en calidad de  seres humanos y no como simples animalitos.


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