miércoles, 14 de marzo de 2018

FILOSOFÍA CAPÍTULO VII


CAPÍTULO VII


TRAVESTISMO DE VALORES Y POSVERDAD

            El año 2016 la Orden de Predicadores celebró 800 años de existencia histórica y en su escudo de identidad puede leerse esta leyenda: VERITAS. La verdad. Por otra parte estábamos acostumbrados a oír en clave evangélica que la Verdad nos hará libres y nos salvará. ¿Y qué es la verdad? Fue la pregunta del tirano político Pilatos a Cristo y también de muchos despistados de este mundo. Actualmente se tiene la impresión de que la verdad ha perdido su protagonismo natural y que la mentira ha pasado de la oposición al poder ejecutivo. Nunca antes se había dado este salto cuantitativo o inversión de valores. No es que la verdad clásica haya sido ahora superada resultando así otra verdad más convincente sobreañadida. La palabra Posverdad no se refiere a una presunta SUPERVERDAD sino al asalto al poder político e intelectual de lo que siempre se llamó y se seguirá llamando: mentiras y trapacerías para conseguir poder y atropellar descarada e impunemente a quien se ponga por delante. Sólo unas breves reflexiones de aperitivo sobre este curioso fenómeno de nuestro tiempo.

            1. Setecientos años antes de Cristo

            El profeta Isaías, aproximadamente siete siglos antes del nacimiento de Cristo, hizo una admonición alarmante a los que pervierten los valores morales. Textualmente: “¡Ay de los que al mal llaman bien, y al bien mal; que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz; y dan lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo”! (Is 5,20). Por otra parte, según el refranero popular español, aunque el mono se vista de seda, mono se queda. La falsificación de los valores morales había sido una constante histórica sin éxito hasta finales del siglo XIX. Pero en el siglo XX se fortaleció y en el siglo XXI tiende a imponerse como ley de vida. Como si ahora bastara que vistamos a los monos de seda para que dejen de ser monos. Se puso de moda decir ingenuamente en el campo científico que el hombre procede del mono pero, teniendo en cuenta la conducta de muchas personas, igualmente se podría decir que es el mono el que procede del hombre.
            La corrupción de los valores humanos es como el deterioro de la fruta. Lo razonable es que tan pronto nos percatamos de que hay alguna manzana podrida la retiremos del frutero para que no corrompa a las demás. Pues bien, el travestismo de valores añade una novedad a la corrupción de los mismos. Dicha novedad consiste en que, en lugar de sacar la pieza podrida sustituyéndola con otra sana, se la recicla mental y legalmente para ponerla de nuevo en el frutero, como si fuera de más calidad que antes de su deterioro.            
            En La biotanasia o el reverso de la bioética (Burgos, 2011) analicé algunos de esos valores humanos travestidos. Por ejemplo, el primado de la libertad contra la vida; la manipulación de los sentimientos contra el uso de la razón; el legalismo arbitrario disfrazado de ética responsable; la procreación de laboratorio disfrazada de paternidad responsable. Pero durante el 2016 cobró particular relevancia la celebración de lo falso y la mentira contra los fueros naturales de la verdad, hasta el extremo de que el término emblemático del año, elegido por el diccionario de Oxford fue: POSVERDAD. El asunto no es baladí pero vayamos por partes.
           
            2. La celebración de lo falso y la mentira hasta el 2016
                       
            Terminada ya la segunda guerra mundial, se produjo un fenómeno en la civilización occidental digno de ser recordado. Los horrores de la guerra fueron el caldo de cultivo de una actitud de reflexión responsable frente a los actos de inhumanidad que se habían cometido durante la contienda bélica. Surgieron así personajes ilustres comprometidos con los derechos humanos y un movimiento espiritual animado por intelectuales de alta calidad, preocupados todos ellos por cuestiones de gran calado relacionadas con Dios y la vida religiosa en su sentido humano más genuino.
            Pero igualmente surgieron movimientos políticos y sociales liderados por personas vengativas, dispuestas a resarcirse de formas diversas de los horrores de la guerra. La denominada “guerra fría” entre el bloque comunista, liderado por la Unión Soviética, y el bloque del mundo libre, liderado por los Estados Unidos de América, no consistió sólo en la carrera armamentística para dominar al mundo por las armas, sino también en la promoción de formas de conducta personales y sociales degeneradas como los secuestros, la muerte del adversario político, el terrorismo y los nacionalismos violentos, el consumo de drogas, la revolución sexual, la revolución cultural en China, el capitalismo salvaje y la prostitución, la experimentación salvaje con seres humanos, la legalización de las prácticas abortivas, la eutanasia y la procreación humana asociada a las prácticas veterinarias al margen del sexo natural y del amor personal.
            Los grandes logros científicos en el ámbito de la biotecnología y de las comunicaciones sociales fueron realmente prodigiosos durante las últimas décadas pero al mismo tiempo se han utilizado irresponsablemente contra el hombre. Se ha progresado mucho en ciencia y tecnología pero no en sensibilidad humana, que,  por el contrario, ha ganado mucho terreno en favor de los animales. Hay personas, por ejemplo, que pueden pasar fríamente de largo ante la necesidad de una persona pero se vuelcan con todo su corazón ante las necesidades de un animal doméstico o salvaje.
            Reflexionando sobre este fenómeno paradójico me parece oportuno hacer una matización importante sobre la filosofía de fondo de la biotanasia, tal como ha quedado descrita en mi obra antes mencionada. Me refiero a la idealización primero y celebración actual de esas prácticas objetivamente inhumanas, que han hecho posible la desviación de la bioética como obra de vida hacia la biotanasia como obra de muerte, como si ambas cosas fueran igualmente legítimas. Los medios de comunicación, sobre todo los audiovisuales, cine, radio y televisión, contribuyeron eficazmente a la idealización de formas personales y sociales de conducta revolucionarias. La década de los años sesenta del siglo XX significó un momento crítico de este fenómeno con la revolución sexual, los pronósticos científicos y el desafío armamentístico entre la Unión Soviética y los Estado Unidos. La revolución de los estudiantes de 1968 fue como el crisol de este fenómeno mediante la alianza ideológica entre marxismo y freudismo llevada a cabo por Herbert Marcuse y otros ideólogos estrellas del momento. Prensa, radio, cine y televisión fueron los medios que protagonizaron la idealización de la revolución cultural de valores puesta en marcha en aquella época.
            Pero la idealización irresponsable de formas irracionales de conducta no significaba necesariamente por aquellas calendas la aprobación de las mismas. La espontaneidad sexual, las prácticas abortivas, la eutanasia, el uso de la violencia como método políticamente correcto, la investigación con seres humanos, la promoción de la prostitución como servicio social y la simpatía creciente por los grupos terroristas hasta convertirlos en héroes nacionales, eran formas de conducta que generaban noticias del máximo impacto emocional o interés mediático, pero dejaban siempre un margen razonable para rechazar su aceptación como buenas. Los medios de comunicación social las idealizaban sin disimular su creciente simpatía por ellas pero los receptores de los mensajes podían expresar también con plena libertad su oposición con razones intelectuales sin ser molestados o castigados. Al menos en el bloque del denominado “mundo libre”  por relación al los países del “telón de acero” y sus satélites donde la libertad de expresión pública no existía como no fuera para cantar por la fuerza las presuntas glorias del partido comunista reinante.
            Ahora bien, ese periodo de idealización con margen razonable para la crítica intelectual duró poco tiempo, imponiéndose el criterio de lo “políticamente correcto” con lo cual se pasó de la idealización y la tolerancia crítica a la celebración social de esas y otras formas irracionales de conducta que han favorecido la consolidación de la biotanasia como una institución tan digna socialmente de respeto como la bioética. Para entender el significado de este paso de la idealización a la celebración de las prácticas biomédicas, que se llevan a cabo actualmente en el contexto de la biotanasia, bastará recordar algunos ejemplos ilustrativos. Cuando en julio de 1978 nació el primer ser humano como resultado de un programa de fecundación in vitro, el acontecimiento fue celebrado a bombo y platillo. Obviamente había razones para ello, pero en los medios de comunicación se puso todo el énfasis en el hecho científicamente consumado pasando por alto los puntos negros del proceso que había conducido a aquel final. Había que celebrar el resultado final como si la consumación del hecho fuera la razón legitimadora de todo el proceso.
            La filosofía de fondo consistía en que todo lo que técnicamente es factible es humanamente legítimo cuando nos lo proponemos como objetivo a realizar. A partir de aquel momento las técnicas de reproducción in vitro y otras asociadas o derivadas se desarrollaron sin dificulta y se consolidó la mentalidad de que el fin de conseguir un hijo, aunque esto lleve consigo el tráfico y muerte de fetos humanos y el olvido total de los derechos del hijo llamado a nacer, está siempre justificado y debe recibir el apoyo legal correspondiente en el contexto de los presuntos derechos de reproducción. Primero se corrompió el verdadero concepto de paternidad responsable y ahora se lo sanciona como derecho humano legalmente protegido, como si el loable deseo de tener un hijo convirtiera automáticamente en buenos a todos los medios utilizados para satisfacer ese deseo.
            El caso de la legalización del aborto en España fue un ejemplo patético pero altamente ilustrativo del travestismo de valores que se ha llevado a cabo en el contexto de la biotanasia. A finales de la segunda guerra mundial la legalización de las prácticas abortivas se convirtió en un objetivo generalizado siguiendo el ejemplo del socialismo sueco. Intelectuales, sociólogos, médicos y moralistas discutieron por activa y por pasiva este proyecto. La legalización del aborto era uno de los objetivos del humanismo socialista, pero al principio quienes no eran favorables a ese proyecto inhumano podían expresar públicamente sus opiniones y razones contra el mismo.
            Aun los más cerriles e incivilizados reconocían por lo menos el derecho a la objeción de conciencia por parte del personal sanitario que se negara a llevar a cabo esas prácticas mortíferas. Pero actualmente las cosas han cambiado mucho. Ya en la primera década del siglo XXI, la equiparación legal de las uniones homosexuales con el matrimonio natural, la legalización del aborto como un presunto derecho de cualquier mujer en el contexto del derecho a la procreación humana, la equiparación de la prostitución con los buenos servicios sociales, el trato de preferencia social a los mayores ladrones y asesinos, todo esto y mucho más es celebrado y recibido como un signo de progreso social.
            Durante varias décadas de la segunda mitad del siglo XX, insisto, esas y otras formas de conducta similares fueron idealizadas, pero no aprobadas como si fueran formas de conducta recomendables. Últimamente, sin embargo, esas mismas formas de conducta, otrora indeseables, son celebradas como signos de progreso social y respeto de presuntos derechos humanos. Pero esto no es todo. Quienes, por dignidad personal, sentido común y uso correcto de la razón, no pueden comulgar con esas ruedas de molino, se arriesgan a ser socialmente marginados y amenazados.
            Las espantosas leyes abortistas existentes en todo el mundo y su extensión imparable a la eutanasia, incluso de los niños, son un ejemplo palpable de cómo se trata de presentar esas leyes como un presunto derecho de las mujeres y de los enfermo hasta el punto de obligar a su ejecución poniendo el acatamiento al criminal precepto legal por encima incluso del derecho a  la objeción de conciencia. Es un caso elocuente en el que se ha podido apreciar un proceso de idealización, corrupción, celebración e imposición de una ley que se inscribe en el contexto de la corrupción y travestismo de valores humanos en el campo de la biotanasia de Estado. La inmensa mayoría de los medios de comunicación idealiza las prácticas de la biotanasia de Estado y los cuerpos legislativos las “regulan”, es decir, las protegen legalmente, fijando condiciones legales de lugar, tiempo y dinero para ser puestas en práctica con seguridad e impunidad por parte de quienes piden esos servicios y de quienes los prestan en nombre de la ley.
            Pero ¿cómo se pudo llegar a estos extremos?, se preguntan las personas sensatas y de buena voluntad. Después de muchos años de estudio y experiencia profesional yo he llegado a la conclusión de que uno de los factores decisivos que contribuyen a la corrupción de los valores humanos primero, y a su presentación falsa y travestida después, es el dinero. Cuando el dinero suena o se busca el poder, la sensatez y la sana razón guardan silencio. En este contexto se entiende perfectamente que los protagonistas del fenómeno descrito celebren actualmente el triunfo público de lo falso y de la mentira con escarnio de la vida y de los sentimientos más nobles de humanidad. 
                       
            3. La era de la posverdad
                       
            El término POSVERDAD se refiere a circunstancias en las que los hechos objetivos son mucho menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. O lo que es igual, un mundo en el cual la verdad no es considerada como un valor realmente importante y relevante. El origen del término lo encuentran los analistas de forma descarada en dos hechos políticos ocurridos en el 2016, cuales fueron el Brexit o salida del Reino Unido de la Unión Europea, y  la elección de Donald Trump como Presidente de los EE.UU.
            Según el Diccionario de Oxford, el término posverdad se usó por primera vez en un artículo de Steve Tesich publicado en 1992 en la revista The Nation, hablando de la primera Guerra del Golfo. Tesich lamentaba ya entonces que “nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en una especie de mundo de la posverdad”, es decir, un mundo en el que la verdad ya no es importante ni relevante.
            Oxford cita también un artículo del Independent, publicado antes de las elecciones estadounidenses del 2016 en el que se destacaba el hecho de que tras las elecciones hemos pasado a vivir en la sociedad de la posverdad: “La verdad se ha devaluado tanto que ha pasado de ser el ideal del debate político a una moneda sin valor”. Cita también un artículo del The Economist, titulado El arte de la mentira, en el que se dice que “Trump es el principal exponente de la política de la posverdad, que se basa en frases que se sienten como verdaderas, pero que no tienen ninguna base real”.
            Del análisis de los dos acontecimientos políticos antes mencionados y otros anteriores similares, se llegó a la triste conclusión de que la verdad se había devaluado ya tanto que había dejado de ser el ideal del debate político para convertirse en una moneda de cambio de escaso o nulo valor referencial. Se impuso así el arte de mentir en base a que las afirmaciones políticas se sienten como verdaderas pero sin base objetiva en la realidad.
            En la discusión política no se tiene en cuenta la realidad pura y dura, sino que se escogen unas ideas muy precisas y luego se buscan argumentos con los cuales sostenerlas prescindiendo de la verdad objetiva. Da igual que se hayan desmentido con anterioridad; una vez que se dice algo, se mantiene lo dicho con descaro aunque sea falso. Y no es cuestión de opiniones posibles y cambiables acerca de la realidad sino que estos discursos se presentan como relatos de hechos acontecidos sin tener en cuenta para nada si son o no son conformes con lo que realmente son las cosas y los acontecimientos.
            Desde mi infancia sentí profundamente la necesidad de conocer la verdad de las cosas y de la vida separada de las mentiras. Con estos sentimientos surgió  en mí el amor incondicional a la verdad que pude satisfacer después en la Orden de Predicadores, cuyo lema institucional es Veritas, la verdad. Durante mi carrera de profesor estudié apasionadamente como un peregrino de la verdad, pensando en las necesidades básicas de mi inteligencia y de mis alumnos.
            De joven estuve durante mucho tiempo persuadido de que todo el mundo buscaba la verdad como yo, pero en los años maduros llegué a la conclusión de que a mucha gente no le interesa la verdad por sí misma, sino sólo en la medida en que resulte económicamente rentable. Hay personas que ni siquiera quieren oír hablar de ella. En este curioso contexto surgió una frase emblemática para distinguir entre lo políticamente correcto o incorrecto. El significado práctico de la expresión, esto es o no “políticamente correcto”, es que, tanto en el contexto político como en cualquiera otro orden de la vida, el que sabe la verdad de algo debe callarse o decir otra cosa hasta que se levante la censura. Miente, que algo queda. Este viejo aforismo expresa muy bien la apología de la mentira como norma de vida.
            Pues bien, de todo esto se ha pasado a la así denominada  pos-verdad, que, como queda dicho, es el vocablo consagrado por el Diccionario de Oxford en el 2016, reconociendo oficialmente ese neologismo, cuyo significado inicial es el que he descrito antes. Luego, recogiendo el significado usual del mismo como imperio de la mentira sobre la verdad, publiqué con carácter sentencioso en mi página de FB las siguientes líneas críticas. ¿Quieres tener éxito social y admiradores? Habla mucho diciendo mentiras grandes mentiras como si fueran verdades. ¿Quieres no tener amigos o perder los que tienes? Habla poco y di la verdad.
            A los pocos instantes la Fraternidad Laical Jordán de Sajonia (De la Orden de Predicadores) a través de Carlos Cárdenas, publicó un mensaje de respuesta con estas palabras. “El suscrito jordaniano cumple años también el 1 de octubre (como yo) y está de acuerdo con sus dos grandes preguntas y sus respectivas respuestas, porque la verdad nos hace libres pero molesta a los que no buscan la libertad. De todos modos hay que cultivar la amistad, aunque alimentándola de verdades”.
             Confieso que este comentario me alegró mucho y me apresuré a responder con estas breves palabras improvisadas. “Totalmente de acuerdo. De hecho yo he publicado un libro sobre la amistad donde expongo también mi experiencia positiva de la misma como una especie de amor personal que a largo plazo da frutos muchos y admirables. De acuerdo con mi experiencia, la mentira tiene los pies muy cortos y sólo la verdad termina poniendo a cada uno de nosotros en nuestro sitio, incluso con satisfacciones impensables, aún cuando parezca que la mentira desplaza a la verdad, como indica el neologismo post-verdad. Al final la verdad termina quedando siempre por encima de la mentira como los pies sobre el suelo que pisamos”.
            En febrero del 2017, la ilustre periodista Ángela Vallvey (La Razón, 1/II/2017) publicó un breve artículo de opinión sobre la verdad desplazada por la mentira, siempre dentro del campo político, pero que me animó a seguir planificando un libro analizando el calado humano y universal de este travestismo corrupto de la verdad en mentira, en todos los órdenes de la vida. La mentira política, según esta ilustre analista, suele ser efectiva a corto plazo. Es fruto de un estilo de vida expresado mediante una retórica que de momento fascina a los frívolos, ingenuos e ignorantes. Estos políticos se sirven de la retórica para disfrazar sus “verdaderas” intenciones de poder sobre los demás. En este sentido la autora no duda en afirmar lo siguiente:” El «problema de la verdad» no es un asunto nuevo sino, obviamente, más viejo que el sol”. La novedad consiste en que ahora casi nadie reclama el derecho a saber la verdad objetiva de las cosas y de los acontecimientos, sino el presunto derecho a mentir.
            Desde que existe la humanidad existen la mentira en todos los órdenes de la vida, las patrañas y el engaño, pero lo grave ahora es que todo eso se lo acepta más como un derecho humano fundamental que como una equivocación o pecado contra la naturaleza humana. Así las cosas, el silo XXI habría  nacido, no como un siglo de luces sino de oscuridades. La era de la pre-verdad habría terminado para dar paso a la denominada era de la pos-verdad. Análogamente, habría terminado la era cristiana y habría comenzado la era pos-cristiana. 
            El Diccionario de Oxford, como he dicho antes, dedicó su palabra emblemática del año, posverdad, a Trump y al Brexit. Lo cual significa que en el debate político lo importante no es la verdad, sino ganar la discusión y unas elecciones políticas. El reino del algoritmo, de los automatismos y de la falta de periodismo objetivo y verdadero abren el camino a la dictadura de la posverdad, un neologismo elegido, como digo, por el diccionario Oxford como palabra emblemática del 2016, año histórico del auge del populismo político. Su definición se adapta muy bien a las falsedades con las que nace la primera presidencia viral: “Circunstancias en las que los hechos objetivos son menos decisivos que las emociones o las opiniones personales a la hora de crear opinión pública”.
            Así las cosas, Amy B Wang, en 2016, sentenció: “It's official: Truth is dead”. Oficialmente, la verdad ha muerto. Las trapacerías y las mentiras prefabricadas, los chismes y bulos, la manipulación de los datos informativos y toda suerte de enredos caben en la posverdad. El espíritu maquiavélico clásico (el fin justifica todos los medios) podría formularse ahora así: la mentira justifica la conquista del poder, del prestigio social y del dinero. No es que la mentira siga lógicamente  a la verdad. El verdadero significado de la posverdad no es que la verdad deje de ser un valor referencial prioritario para políticos y profesionales de la información, sino que el lugar de la verdad ha sido ocupado  por la mentira magistralmente prefabricada. Ya no se trata de saber quién dice la verdad sino quién miente más y mejor para que la mentira sea aceptada sumisamente como verdad. Ahora no es cuestión de meter hábilmente gato por liebre, sino de hacernos comer carne corrupta de gato descartando de buena gana la carne de liebre. Todo es cuestión de que los cocineros sepan aliñar esa carne corrupta de la mentira con la salsa de la verdad.
            Partiendo siempre de que el término posverdad se ha acuñado principalmente en el terreno de la política, con la complicidad de los medios informativos, Ángela Vallvey hizo unas observaciones críticas en el artículo mencionado que me parece oportuno recordar aquí. La mentira política, decía esta analista, es la única que jamás ha precisado tener buena memoria ya que los políticos que mienten declaran nobles principios que luego se apresuran a desmentir incluso con sus actos inicuos. Por lo general y a corto plazo las cosas les suelen salir bien según sus objetivos, gracias al uso que hacen de la retórica para disfrazar sus «verdaderas» intenciones, a veces inconfesables.
            Al filo de estas observaciones me viene a la memoria un aforismo atribuido a S. Agustín, que yo no he encontrado literalmente en sus escritos, pero que sí está en la línea de su pensamiento  por el significado del mismo. Suena más o menos así: He conocido a muchos hombres que desean engañar a los demás, pero ni uno sólo que desee ser engañado. San Agustín no tuvo empacho en declarar que en su etapa de joven profesor de retórica enseñó esta disciplina como un arte sofisticado para engañar a la audiencia, al estilo clásico heredado de cínicos, sofistas y otras hierbas helénicas y romanas. Luego cambió de tercio e hizo uso de su genialidad dialéctica para expresar la verdad con el riesgo siempre de ser incomprendido y hasta vapuleado. Si el Hiponense levantara hoy día la cabeza quedaría sorprendido al constatar que hay mucha gente a la que no sólo no le interesa la verdad sino que se siente cómoda en la mentira como el loro en la jaula engullendo pipas e insultando a sus ingenuos admiradores. 
            El problema de la verdad es un asunto tan viejo como la humanidad. Sin embargo resulta curioso que cuando actualmente se reclaman nuevos derechos, a nadie se le ocurra exigir el derecho a la verdad. Siempre es posible hacer manifestaciones reivindicando bienes tangibles como vivienda, trabajo y tantos otros, o intangibles como son la libertad, seguridad, las  creencias políticas o religiosas. Pero resulta muy raro que se reclame solemnemente el derecho a la verdad. Aunque en ocasiones se haya podido pedir «el derecho a saber» sobre algún asunto más o menos controvertido, la pretensión de la verdad como derecho fundamental de orden político, observa esta analista, no se suele explicitar legalmente en las Cartas Magnas de los Estados.
            Las mentiras de los políticos causan indignación, sobre todo cuando se trata de asuntos de dinero. Pero no es fácil encontrar personas descontentas porque no se hable del derecho a la verdad por sí misma. Al contrario, de acuerdo con el concepto expuesto de posverdad, los ciudadanos desean conquistar el derecho a la mentira, olvidándose cada vez más de su derecho a la verdad. Según Ángela Vallvey: “Así concluye la era de la «preverdad»: sabiendo que, en todo caso, el imperio de la verdad nunca ha existido, ni existirá. Sí hubo un siglo denominado de “las luces,” pero ahora se tiene la impresión de que el siglo XXI podría muy bien pasar a la historia como el siglo de las sombras en la medida en que las mentiras socialmente aceptadas terminen usurpando los derechos de la verdad en todos los sectores de la vida”.
           
           
            4. Crisis de la verdad informativa
           
            Corría el año 2002 cuando yo me encontraba haciendo frente al declive de la verdad en el terreno de la comunicación social con la publicación de mi obra titulada La nueva ética en los medios de comunicación. Problemas y dilemas de los informadores. La depreciación de la verdad como valor humano de primera línea, junto con la vida, la libertad de expresión y el amor personal, era acusadísima y por ello no dudé en dedicar al problema tres extensos capítulos buscando la justificación racional de la profesión periodística. Por aquellos años de infancia del siglo XXI se hablaba sobre la naturaleza de la verdad, la posibilidad de hallarla en caso de que existiera y sus características subjetivas. A lo largo y tendido de la historia de la filosofía se había hablado de ella como un asunto de vida o muerte, pero sin haber llegado jamás a dudar en el ámbito de la civilización occidental del señorío de la verdad sobre la falsedad y las mentiras institucionalizadas al modo como se hace en la era de la posverdad.
            La mentira, las falsedades, los enredos y las trapacerías humanas gozaron siempre de buena salud, pero no se aceptaba que los fabricantes de noticias falsas fueran gente honrada. En este contexto social decía yo en la obra citada que la crisis de la verdad en materia de información no era el reflejo inevitable de su desprestigio en el campo de la reflexión filosófica frente a la realidad misma de la vida. Ya por aquella época denunciaba yo el protagonismo alarmante de la voluntad sobre la inteligencia y de la libertad individual sobre la verdad y la vida.
            En el contexto cultural occidental se siente, se desea y se quiere algo cada vez más abiertamente al margen de la razón y del pensamiento reflexivo responsable. La voluntad va directamente a las cosas sin pasarlas por el filtro de la razón, la cual se usa sólo para legitimar los objetivos de la voluntad por más que ellos sean objetivamente  injustos o irracionales. La cultura deviene así voluntarista, fuera de razón y libertaria en el sentido más peyorativo de la palabra. No se admite otra verdad que la derivada de la satisfacción puntual de deseos químicamente puros, es decir, de logros de la voluntad obtenidos al margen del filtro de la razón, cuyo objeto propio es justamente la verdad. La buena literatura, como el Quijote, expresa grandes verdades utilizando historias inventadas con base en la realidad de la vida.
            Pero existe hoy día también un incremento alarmante de literatura periodística y de propaganda comercial socialmente aceptada como cosa normal  mediante la cual incluso cuando están diciendo la verdad sobre algo nos están engañando. Baste recordar como botón de muestra la información que se recibía de los sucesos reales en los tabloides. Pero la cosa ha ido a más y peor. En este sentido, las noticias falsas de Facebook, por ejemplo, han significado un paso gigante y decisivo: de mentir con verdades se ha pasado a mentir directamente emitiendo las mentiras muy bien fabricadas, lo mismo a cara descubierta que subliminalmente. Así las cosas, me parece muy oportuno traer a colación los análisis de un conocido experto en la materia en el contexto de la información periodística.
           
            5. El arte de la manipulación masiva

            Lo que digo en este apartado viene a completar y actualizar lo que ya dije y dicho queda sobre el maquiavelismo informativo y el fantasma de la manipulación informativa en La nueva ética en los medios de comunicación (Madrid 2002). Para ello 
Me es grato evocar aquí algunas reflexiones del conocido e ilustre analista Alex Grijelmo, aparecidas en el 2017, en el contexto ya de la posverdad.
            Para este analista la era de la posverdad es la era por antonomasia del  engaño y de la mentira, que, como he dicho y repetido, es tan vieja como la humanidad. Pero hay una novedad muy importante y preocupante que se asocia a ese neologismo. Esta novedad consiste  en la “masificación de las creencias falsas y en la facilidad para que los bulos prosperen”. ¿Pero cómo conseguir que los bulos y las trapacerías prosperen?  Tan sencillo como esto. La mentira debe tener un alto porcentaje de verdad para que resulte creíble. Por lo mismo, la mentira alcanzará mayor eficacia aún si está psicológicamente aliñada al cien por cien por alguna verdad. Algo así como un paquete informativo cuyo envoltorio es una verdad y el contenido del mismo una mentira. ¿Una contradicción? Eso es lo que puede parecernos razonablemente hablando pero psicológicamente está funcionando muy eficazmente para fines inconfesables y descarados.
            Por una parte, en el primer cuarto del siglo XXI todo se puede técnicamente verificar sin grande dificultad y de ahí que no resulte fácil mentir sin ser puestos en evidencia. Pero eso de que “miente que algo queda” tiene un éxito desconcertante a despecho de los controles posibles de la mentira. Los dos factores principales que salvan la mentira de los controles son psicológicos: la insistencia en la aseveración falsa, pese a los desmentidos que puedan producirse, y la descalificación personal de quienes intentan contradecir o poner en evidencia a la mentira. Si a esto añadimos que los informadores serios y objetivos son suplantados por los agentes desvergonzados de la mentira y el engaño, el resultado final es que los agentes sociales de la comunicación se adueñan de las masas convenciéndolas de que lo blanco es negro y lo negro blanco.
            Como es sabido, actualmente existen tecnologías sofisticadísimas que permiten manipular digitalmente sin dificultad cualquier documento escrito o en imagen. Lo cual permite presentar fácilmente como sospechosos o calumniadores a aquellos que se atreven a desmontar con razones y datos objetivos las mentiras. Con el agravante de que la amenaza económica está siempre en alto sobre la cabeza de esos informadores verídicos y objetivos.
            A pesar de todo, sabemos por experiencia que la mentira es siempre muy arriesgada, y requiere también de medios económicos y estructurales potentes para sostenerse. De ahí también la opción de muchos informadores por las técnicas de silenciamiento. Se emite una parte verificable del mensaje pero omitiendo igualmente la parte de verdad del mismo. Algunos de los ejemplos más estudiados y conocidos por los expertos en esta materia son los siguientes.
            La insinuación. No se ofrecen datos falsos a cara descubierta, simplemente son sugeridos, pero las conclusiones que inevitablemente se extraen de ellas llegan mucho más lejos. La principal técnica de la insinuación en los medios informativos parte de las yuxtaposiciones, que consisten en decir una idea situada junto a otra sin que se explicite relación sintáctica o semántica alguna entre ambas.
            La presuposición y el sobrentendido. Presuposición y el sobrentendido comparten algunos rasgos, y se basan en dar algo por supuesto sin cuestionarlo. Alex Grijelmo pone el siguiente ejemplo práctico. “Por ejemplo, en el conflicto catalán se ha extendido la presuposición de que votar es siempre bueno. Sin embargo, esa afirmación no puede ser universal, puesto que no se aceptaría que el Gobierno español quisiera poner las urnas para que sus ciudadanos votasen si desean o no la esclavitud. Sólo el hecho de admitir esa posibilidad ya sería inconstitucional, por mucho que la respuesta se esperase negativa. Primero habría que modificar la Constitución para permitir la esclavitud, y luego ya se podría votar al respecto. Por tanto, se ha creado una presuposición según la cual el hecho de votar es siempre bueno, cuando la validez de una consulta va ligada a la legitimidad y a la legalidad democrática de lo que se somete a votación”.
             A este ejemplo yo añadiría que tanto los macro-nacionalismos, como los micro-nacionalismos de cuño vasco o catalán en España, son un semillero de mentiras y engaños al por mayor que terminan atemorizando a las personas más honestas y excitando violentamente las psicopatías de los menos razonables. Otra técnica muy utilizada consiste en la eliminación deliberada del contexto en que se producen los acontecimientos informativos. La falta del contexto adecuado manipula y falsea lo hechos. Por otra parte no siempre los agentes de la posverdad disponen de hechos relevantes por los cuales atacar a sus adversarios. En esos casos invierten la relevancia de los hechos dando importancia a los que no la tienen y marginando los que realmente son importantes.
            El analista Juan Soto Ivars (Arden las redes, 2017) ha acuñado en el contexto de la posverdad el concepto de poscensura. Según él, en este nuevo mundo de la poscensura, quienes se manifiestan al margen de la tesis dominante se exponen a recibir una descalificación personal ofensiva que actúa como aviso para los demás colegas. La novedad consiste en que en estos casos la censura ya no la ejercen, como tradicionalmente ocurría, el Gobierno o el poder económico, sino grupos de miles de ciudadanos que no toleran una idea discrepante, que se realimentan entre sí, y que son capaces de linchar a quien atente contra lo que ellos consideran incontrovertible y que ejercen su papel de turbamulta incluso sin saber bien qué están criticando. Soto Ivars detalla algunos casos espeluznantes para ilustrar esta constatación.
            Nos hallamos ante una Inquisición popular en toda regla que contribuye a formar una espiral del silencio que acaba creando una apariencia de realidad y de mayoría cuyo fin consiste en expulsar del debate a las posiciones minoritarias. En ese proceso, insiste  nuestro analista, “la gente se da cuenta pronto de que es arriesgado sostener algunas opiniones, y desiste de defenderlas para mayor gloria de la posverdad, la posmentira y la poscensura (Álex Grijelmo: La información del silencio. Cómo se miente contando hechos verdaderos). 

6. Actitudes ante la verdad en el ámbito informativo
           
            En las vísperas de la proclamación solemne de la posverdad, afirmando la preferencia institucionalizada de las mentiras presentadas como verdades, hacía yo el análisis siguiente de la cuestión. La estimación de que no es posible encontrar algo a lo cual llamar verdad informativa cunde por doquier entre los profesionales de la información. Se habla hasta la saciedad de noticias exactas o inexactas, de veracidad, de no distorsionar la información, de renunciar a la llamada objetividad informativa, y a la presunción de establecer fronteras entre la verdad y la falsedad como si existiera alguna posibilidad de discernir satisfactoriamente entre lo verdadero y lo falso en materia de información. Los falsos valores prenden como fuego en estopa ocupando buena parte de los contenidos vertidos en los medios de comunicación. Frente a la verdad considerada como valor humano de referencia fundamental, los emisores se mueven frecuentemente en un océano de incredulidad cuando realizan sus servicios informativos, convencidos de que no es posible ofrecer un servicio público satisfactorio en términos de verdad desnuda.
            Como alternativa a esta actitud escéptica ante la verdad cobró vigor la teoría denominada “construcción de la realidad”. O sea, cómo prefabricar la opinión pública mediante la instrumentalización de los medios de comunicación social con el apoyo de los monopolios hegemónicos de los mass media a escala planetaria. El solo oír la palabra verdad provoca malestar y pone en guardia a muchos profesionales de la información social hasta el punto de sentirse emocionalmente turbados. Entre los técnicos y tecnócratas de la comunicación, lo más frecuente es que ni siquiera se nombre esa palabra, que ha sido condenada al olvido incluso en diccionarios de la comunicación. En este contexto el desarrollo sorprendente de las técnicas de creación y manipulación de imágenes ha favorecido el relativismo más absurdo acerca de la verdad informativa. En tiempos pasados la fotografía, por ejemplo, era considerada como un aval seguro de información. Actualmente, por el contrario, las imágenes pueden ser fabricadas y utilizadas para disfrazar la realidad hasta extremos casi inimaginables. Para creer en la verdad de una fotografía conseguida con técnicas avanzadas hay que pensarlo dos veces para no caer ingenuamente en la trampa visual.
            Algunos analistas de este fenómeno informativo confiesan abiertamente su pesimismo acerca de la verdad informativa tal como es servida por los emisores personales y empresariales. Sus condicionamientos culturales, ideológicos, legales, técnicos, políticos y económicos son tales que la verdad informativa, en el mejor de los casos, sólo alcanza el rango de conocimiento aproximativo de la realidad más fugaz y efímera, como es la información de actualidad. Por otra parte no hay que olvidar los intentos surgidos de borrar de la memoria histórica unos hechos para ensalzar otros con sentimientos de venganza por injusticias reales, exageradas o inventadas, que presuntamente tuvieron lugar en el pasado.
            Por estas y otras razones comprensibles, algunos analistas están convencidos de que, en términos generales, el público cree muy poco o nada en la objetividad de la prensa escrita, menos aún de la televisión y de Internet. Y sin embargo, mucha de esa gente incrédula está permanentemente pegada a Internet en todas sus manifestaciones multiplicadas con los maravillosos teléfonos celulares de última hora. Pero esta paradoja incrementa la gravedad del caso. Mucha gente no cree en el bombardeo permanente de esos mensajes cocinados en las computadoras, pero no puede desengancharse de ellos. Saben que están viviendo en un mundo falso pero son incapaces de salir de él como no sea de forma violenta o por la tangente.  Al perder la inteligencia el control de la verdad, resulta psicológicamente muy difícil creer en ella y la mentira aprovecha la ocasión para ocupar el puesto de la verdad.
            En este contexto un colega mío universitario llegó a escribir estas palabras: “Me atrevo a afirmar que constituye un sinsentido hablar de verdad informativa y que supone una pura utopía la expresión objetividad informativa. Y un poco más adelante: “La verdad es y será siempre para el hombre un ideal a perseguir y no un objetivo conquistable; y la objetividad, más que un hallazgo humano, es la fría realidad  de las cosas en sí mismas, que fue denominada por Kant como noúmeno o lo en sí”.
            De estas expresiones acerca de la verdad informativa a la posverdad sólo había un paso. Sólo faltaba dejar de pensar en las dificultades sobre el conocimiento de la verdad y proclamar a bombo y platillo el triunfo de las trapacerías y las mentiras prefabricadas para el consumo de ignorantes, ingenuos e irresponsables. Pero esta proclamación se produjo pocos años después en el 2016. Mientras tanto el lugar de la verdad fue ocupado por la veracidad. A los informadores se les pedía que sean veraces, o sea, que digan al público lo que realmente piensan, sin tener en cuenta si eso que dicen es verdadero o falso. La veracidad se refiere a la coherencia con uno mismo, para no engañar a los demás, y no a la objetividad o verdad real de lo que se dice. A los informadores se les exigía que sean subjetivamente verídicos pero no objetivos y verdaderos.
            Como respuesta a esta patética situación, previa a la proclamación de la posverdad, dediqué los capítulos X y XI de mi obra citada a recordar el legado histórico de los griegos acerca de la verdad, la forma de entender la verdad en la Biblia y en la patrística occidental con particular énfasis en el tratado De veritate de san Anselmo de Aosta, para rematar la faena con el análisis ontológico de la verdad en santo Tomás de Aquino, que se convirtió en un referente indispensable para entender las diversas formas de tratar el tema de la verdad en la civilización occidental hasta nuestros días.
           
            7. Tomás de Aquino contra la bacteria de la posverdad
           
            En el pensamiento occidental Tomás de Aquino significó la culminación histórica de la tradición bíblica, griega, patrística y árabe de la verdad. Se puede decir sin exagerar que después de la reflexión metafísica tomasiana sobre la verdad poco se ha progresado. Se ha profundizado en la psicología del fenómeno del conocimiento humano, pero el problema metafísico de fondo sigue condicionado por la formulación tomasiana del mismo. De ahí que, siendo la verdad objeto de tanta polémica en el campo de la información, resulte casi indispensable esclarecer el pensamiento tomasiano sobre el problema. De hecho, la polémica en torno a la verdad, la objetividad y la veracidad informativa gira toda en torno a los conceptos de verdad, falsedad, veracidad y mentira sistematizados y transmitidos por el Aquinate.
            Es obvio que Tomás de Aquino no pensó para nada en lo que nosotros llamamos actualmente “verdad informativa”. Pero si se admite, como de hecho sucede, que la verdad informativa es la verdad en cuanto conocida por los sujetos receptores a través de los medios modernos de comunicación social, estamos reconociendo el significado nuclear del concepto de verdad como paradigma de fundamentación racional de la información y necesaria relación con el proceso cognoscitivo de los receptores. En la obra citada expuse el pensamiento de Tomás de Aquino sobre la verdad con vistas a la legitimación racional de la existencia de profesiones consagradas a la información social. Cabe decir en sentido metafórico que la verdad buscada y estudiada por el Aquinate es el antibiótico intelectualmente más eficaz contra la bacteria mortífera de la posverdad, tal como queda descrita en sus rasgos esenciales. Pero también, según el Aquinate, el tema de la verdad es un asunto de mucha envergadura.
            Nada más fácil y al mismo tiempo más difícil de tratar, dice Tomás de Aquino (II Met., 993 a 30) que el tema o teoría de la verdad. Fácil, porque no hay persona normal y sensata que no pueda decir algo sobre la verdad. Por instinto natural tenemos el convencimiento de que estamos dotados de facultades para conocer y que, aunque sea poco, algo conocemos de la realidad de las cosas y de la vida en la medida en que nos servimos correctamente de nuestras facultades cognoscitivas. Por otra parte, en el lenguaje corriente hablamos de personas verdaderas o veraces. Con ello queremos decir que se comportan de forma auténtica y no fingida por cuanto conforman su conducta a principios básicos de de vida privada o profesional. En este sentido podemos oír frases como estas: “Es todo un hombre o una mujer”. O “es un auténtico profesional”, por ejemplo, médico, sabio, pensador y así sucesivamente. Se habla también de palabras verdaderas y verídicas en cuanto que estas son signos que nos desvelan el ser real de las cosas y de los acontecimientos. Se dice así de alguien que “tiene palabras de verdad”.
            El término verdad juega un papel decisivo en la vida humana en el mismo plano que la vida, el amor, la mentira, la justicia o la injusticia. Vaciar de significado real a estos términos equivaldría a negar de raíz la validez misma del lenguaje humano como medio de comunicación social. Por eso se dice que el hombre es un ser naturalmente hambriento de verdad, de lo cual es un buen testimonio el progreso de las ciencias y de la cultura en general. Las especulaciones filosóficas mal llevadas pueden oscurecer el sentido de la verdad, pero esto sólo significa que la verdad es inseparable de la realidad y de la necesidad natural de hacerla nuestra mediante el conocimiento. 
            Por otra parte, sin embargo, la teoría de la verdad resulta muy difícil de digerir. El Aquinate afirmó rotundamente que la verdad es muy difícil de conocer tanto por la complejidad de la misma y los fallos de la realidad como por las limitaciones específicas del entendimiento humano. El deseo natural de conocer la verdad lleva consigo un esfuerzo enorme para obtener resultados muy modestos, incluso en los tiempos actuales de gran progreso tecnológico. Son relativamente pocos los hombres o mujeres que llegan a un conocimiento profundo y verdadero de las cosas, y ello después de muchos esfuerzos y con mezcla de errores. 
            Por un lado, el hombre necesita encontrar una respuesta satisfactoria al problema de la verdad. Por otro, la realidad, que es compleja y difícil de controlar por parte del entendimiento humano, sometido a duras pruebas subjetivas y limitaciones naturales. Esto explica los avatares históricos por los que ha tenido que pasar esta cuestión, como demuestra la historia del pensamiento. Tomás de Aquino abordó la cuestión con impresionante realismo y nos ofreció, en mi opinión, la respuesta filosófica probablemente más sensata y equilibrada del pensamiento occidental.
            Con esta convicción dediqué monográficamente los capítulos XI y XII de la obra antes citada a examinar el análisis que hizo Tomás de Aquino del fenómeno de la verdad con vistas a la aplicación de sus resultados a la denominada verdad informativa en particular. Cuando yo realicé este estudio no se conocía todavía el término posverdad que, como queda dicho, se divulgó a bombo y platillo durante el año 2016. Sin olvidar que la proclamación de la mentira para reemplazar oficialmente a la verdad, tuvo lugar gracias a la complicidad tramposa de los poderes políticos y los medios de comunicación social más destacados del momento. Nada nuevo pues, dirán algunos, dado que esa complicidad malsana existió siempre. Pero la novedad no está ahí ya que esa complicidad nunca había sido reconocida antes como algo bueno y deseable. La novedad ha consistido en que se ha dado un salto a traición de la verdad deseada a la mentira políticamente correcta y socialmente asumida.
            Así las cosas cabe hacer estas preguntas: ¿Y ahora qué?  ¿Muera la verdad y la mentira al poder? Yo pienso que la verdad seguirá siendo la roca segura de los poderes legítimos y de los profesionales de la información más responsables. La verdad seguirá siendo el producto más cotizado de la inteligencia humana y la mentira el más despreciable de la voluntad. En este sentido no dudo en recomendar el estudio de la verdad para lo cual Tomás de Aquino puede ser una guía intelectual nada despreciable. Metafóricamente hablando la posverdad es comparable a una bacteria intelectual, cuya destrucción sólo es posible aplicando la convicción de que la verdad es la adecuación mental y sensible a la realidad desde cualquier punto de vista que se la contemple. Pero la comprensión de lo que termino de decir tropieza con la existencia de personas fuera de los parámetros de la normalidad y con las cuales cualquier discurso razonable está condenado al fracaso.
            En este contexto de la posverdad cabe preguntar muchas veces si sus agentes, sobre todo políticos fanáticos y muchos otros que podemos encontrar en cualquier profesión y vuelta de la esquina, son gente que está loca o simplemente es mala. Afortunadamente contamos ya con una ayuda valiosa para poder contestar en alguna medida a esta pregunta y poder actuar después en consecuencia en nuestras relaciones profesionales y familiares con estas personas. A los expertos en cuestiones de este jaez les son familiares los nombres de psicólogos y psiquiatras como Scott Peeck, Robert Hare, Patrick Carnes, José Luis Conde o Iñaqui Piñuel, entre otros muchos.
           
            8. De locos, delincuentes  y psicópatas integrados

            En el primer cuarto del siglo XXI algunos analistas de la psicología humana de muchas personas casadas destacaron la triste figura de los denominados psicópatas integrados. Pero no siempre resulta fácil distinguir entre psicópatas integrados y malvados maquiavélicos redomados. En ambos casos el depredador de vidas ajenas utiliza técnicas iguales o muy parecidas para manipular a sus víctimas sentimentales o profesionales con vistas a sacar el mayor rendimiento egoísta de ellas. Pero hay una diferencia importante entre ambos personajes.
            Hay psicópatas que necesitan ser internados en centros siquiátricos. Hay otros que pueden hacer vida relativamente normal en la vida social ordinaria sin crear más problemas que los inevitables de cualquiera otro enfermo bien atendido. Pero hay psicópatas solapados en todas partes que hacen incluso cosas hermosas dignas de admiración pública al tiempo que en sus vidas privadas son refinados tiranos de sus subordinados sociales y cónyuges. Estos son los más peligrosos porque gozan de un estatuto socialmente reconocido como líderes sociales, maridos o esposas. La gran diferencia entre este tipo de personalidades consiste en que el psicópata se comporta de mala manera con sus subordinados o su cónyuge, sin libertad psicológica ni sentido de responsabilidad, como un niño caprichoso y egoísta con el que todavía no se puede razonar. Lo que él hace o desea es siempre bueno y lo que hacen o desean los demás es interpretado compulsivamente en daño suyo. Lo que ocurre es que el niño evoluciona en su proceso de maduración hacia el uso libre y correcto de la razón con sentido de responsabilidad y de culpabilidad.
            Tratándose de psicópatas integrados, en cambio, el uso retorcido de la razón y la  ausencia de sentido de responsabilidad por el mal que causan a los demás se agrava con la edad en lugar de mejorar su calidad humana. De ahí la necesidad de mantener distancias prudenciales con estas personas para no caer en sus redes del victimismo como estrategia para seguir ellos destrozando la personalidad de quienes les son más cercanos, como pueden ser el cónyuge respectivo o sus subordinados sociales. El trato aconsejable que se ha de dar a estas sanguijuelas psicológicas, dotadas casi siempre de una personalidad relevante, ha de ser prioritariamente el que corresponde a un tipo de enfermos psíquicos y no al perverso moral propiamente dicho. Nos encontramos siempre ante una disfunción psicológica de andar por casa y no para estar en el manicomio o en la cárcel.
            El malhechor o malvado integral, como es el maquiavélico o el mafioso en su estado puro, goza de libertad para hacer el bien o el mal a otros y elije esto último sin perder el sentimiento de culpabilidad, aunque lo disimule. De ahí que mientras no se deterioren sus facultades mentales, cabe siempre la posibilidad de que su conciencia moral le ajuste las cuentas y paradójicamente cambie su forma de conducta volviendo al buen camino.  No es una sinrazón decir que del psicópata depredador integrado no hay nada que esperar satisfactorio. El psicópata integral de andar por casa como tal no puede ser un arrepentido por la simple razón de que  está fatalmente determinado por la estructura psicótica de su personalidad.
             El malvado maquiavélico, lo mismo que el mafioso, en cambio, no pierde el sentido de culpabilidad y de ahí que le quede siempre un espacio psicológico para el cambio de vida y la conversión. El que es psicópata lo es, como el tonto psicológico, de por vida, mientras que del malo sin más, como del mafioso, siempre queda alguna esperanza de que la mala conciencia le pase factura y saque consecuencias positivas para él y para aquellas personas que estuvieron bajo su diabólico dominio.
            Con estos patrones de personas resulta muy difícil, si no imposible, razonar correctamente y de ahí que lo más indicado en estos casos, para asegurar un mínimo de convivencia pacífica con ellas, sea mantener una distancia respetuosa como estrategia  de defensa contra sus razonamientos distorsionados y actitudes psicológicamente depredadoras. El psicópata integrado en la vida social y familiar tiene mucho que ver con los “locos sueltos” o “locos de atar”, que nos pueden salir al paso en cualquier esquina, rincón del despacho de trabajo y en la vida familiar. También el dicho popular de que “en cualquier familia hay alguna cabra coja” es una forma espontánea de definir en términos genéricos el perfil de personalidad de esos que los modernos psiquiatras denominan psicópatas integrados y que en era de la posverdad todos ellos tienen el terreno abonado para dar sus frutos de mentiras, engaños y formas de razonar extravagantes e irracionales.
            El fenómeno ocurrido en EE. UU con la elección presidencial de Donald Trump y el Brexit en el Reino Unido corrió políticamente como alma que lleva el diablo, pero no hay que olvidar que el proceso de la posverdad venía de lejos. En España, por ejemplo, los líderes políticos del nacionalismo vasco y catalán se habían adelantado con ventaja desde el adoctrinamiento prematuro en las icastolas y el espejismo subliminal de la inmersión lingüística por decreto. Todo lo demás fue llegando como cabía esperar y muchos no supieron o no quisieron prevenir.
            En el momento de redactar estas líneas existen ya análisis minuciosos del manejo institucionalizado de la posverdad como método político para envenenar los sentimientos nacionalistas más auténticos y dignos de todo respeto. El arte de decir mentiras para que sean aceptadas por las masas ingenuas como grandes verdades, en función de intereses fuera de razón, lo practican los líderes nacionalistas irresponsables con gran maestría. ¿Están locos? ¿Son malas personas o simplemente psicópatas integrados? Yo estoy convencido de que hay de todo un poco, pero prefiero que lo digan los psiquiatras, como ya lo están haciendo, empezando por Donal Turmp, pero con esta matización.
            Tengo la impresión de que fuera del campo de la política abundan más los psicópatas integrados que los malos, delincuentes responsables  de calabozo o locos de atar. En el campo de la política, en cambio, las cosas se complican más porque hay que contar también con la configuración maquiavélica y mafiosa de la personalidad de muchos de ellos. Con esta matización devuelvo la palabra a los psiquiatras antes mencionados para escuchar ahora a Rafael Latorre, cuando analizó como noticia de gran actualidad cómo se fue instalando en Cataluña la posverdad con la aceleración descarada de bulos e informaciones falsificadas. Sólo algunos ejemplos emblemáticos como botones de muestra.
            Manipulación de las palabras del Presidente de la Unión Europea Juncker desautorizando el proceso independentista catalán del 2017. Hablar de un presunto respaldo supranacional inexistente. Tratar de convencer a los catalanes de que la ONU exime a los catalanes del cumplimiento de las leyes españolas contenidas en la Constitución. Algo así como convencerles de que tienen derecho al autoengaño. Calificar las medidas normales de control y vigilancia de cualquier Estado de Derecho moderno civilizado como represión española de los derechos de los catalanes. Como respuesta a las grandes corrupciones financieras por parte de algunos políticos catalanes de primera línea y la imposición injusta de multas e impuestos arbitrarios, los líderes independentista de la posverdad catalana levantan la voz para decir que “nos roban mucho”. Con la independencia se acabarían todos los robos, internos y externos. Se dice que el acuñador responsable de este mágico slogan, España nos roba, fue Alfons López Tena.
            Rafael Latorre termina su análisis con estas palabras: “Pero sería exagerado decir que el Espanya ens roba es la mentira fundacional de la tupida red de mentiras que sostiene el argumentario del procés. Hay una mentira implícita, que podríamos llamar nuclear porque está en el centro mismo del discurso independentista, y que es mucho más peligrosa que el resto por cuanto es una mentira que puede convertirse en verdad. Es aquella que dice que no podemos vivir juntos. La célebre profecía autocumplida -una mentira que termina por convertirse en verdad- con la que todo nacionalismo excluyente trata de acabar con la convivencia (El Mundo 17/IX/2017).
            De lo dicho cabe concluir que, de acuerdo con los postulados del buen uso de la razón, los científicos deberían estar siempre abiertos a la reflexión filosófica sin limitarse a descuartizar y analizar la materia; los filósofos deberían estar abiertos a la trascendencia sin perder el tiempo en disquisiciones teóricas meramente conceptuales e ideologías, y los teólogos deberían aprender a reflexionar correctamente sobre los datos de la fe revelada, desde la razón filosófica y teológica, teniendo siempre  en cuenta los datos obtenidos por la ciencia. La teología sin ciencia es tuerta y la ciencia sin teología está coja. Todos tenemos necesidad de aprender a razonar correctamente para encontrar el sentido a la existencia humana.
            Contra los abusos de la ciencia, de la razón y de la fe (cienticismo, racionalismo, fideísmo) cabe siempre la alternativa de la razonabilidad en nuestras formas de sentir, creer, pensar y de comportarnos como seres libres y responsables ante la vida. Y, por supuesto, sin perder nunca el sentido común entendido como olfato natural para discernir entre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, sin dejarnos engañar por falsos razonamientos intoxicados por los virus contaminantes del lenguaje y de las pasiones humanas. 
            De acuerdo con la experiencia más castiza de la vida, para llevar una vida feliz no basta sentir, hay que rumiar los sentimientos y las emociones con el pensamiento. Tampoco basta pensar sino que hay que digerir lo pensado, razonando. Pero tampoco basta razonar. Hay que digerir los pensamientos razonando correctamente. Por último, no basta razonar bien. A las buenas razones hay que añadir la salsa del amor. Es cierto que se puede vivir en este mundo sin usar la razón, usándola incorrectamente y hasta de forma perversa. Igualmente  se puede  vivir sin amar maltratando y hasta odiando a nuestros semejantes. Por desgracia hay mucha gente que ha vivido o vive así.
            Pero es prácticamente imposible ser realmente felices al margen del buen uso de la razón y del amor. Los buenos razonamientos son indispensables pero no suficientes para hacernos felices a las personas. Sin la salsa del amor: la inteligencia nos hace perversos y la justicia implacables; la riqueza nos hace avaros y la pobreza orgullosos y vengativos; la diplomacia nos hace hipócritas y la política drogatas del poder y egoístas; el éxito nos hace arrogantes  y la belleza, ridículos; la autoridad nos convierte en tiranos y las leyes y el trabajo nos convierten en esclavos; la oración nos hace introvertidos, la religión nos hace fanáticos y el sufrimiento, aunque sea pequeño, se convierte en tortura.
            Yo entiendo que estas convicciones choquen frontalmente con los sentimientos y actitudes dominantes en la rampante era de la posverdad, presidida por la mentira políticamente institucionalizada. Pero la vida humana es muy breve y las mentiras con las que muchos agentes del poder tratan de infectar descaradamente a las personas ingenuas, honestas e indefensas, tienen los pies muy cortos. La verdad y el bien terminarán siempre ganando esta batalla aparentemente perdida de la verdad. Veritas salvabit vos. Y si a la verdad se añade el amor personal, que es el único verdadero, y no otras hierbas que encontramos en el mercado de la cultura dominante, no se hable más. El éxito de cualquier vida humana así configurada está asegurado.

                                                                                             
INDICE

INTRODUCCIÓN

CAPITULO I
 INTELIGENCIA Y RAZÓN

1. Miedo a pensar
2. Necesidad del uso reflexivo de la inteligencia
3. Desencanto ante la pérdida del buen uso de la razón
4. ¿Racionalistas o sentimentales?
5. La preocupación actual por la inteligencia
6. Los tipos de inteligencia
7. Inteligencia y uso de razón

CAPITULO II
EL DRAMA DE LA RAZÓN PERSONAL

1. La razón perdida y hallada en D. Quijote
2. El uso de la razón en la administración de la justicia
3. Pérdida de la razón en los momentos críticos de la vida
4. Asincronía genética y ocaso natural del uso de la razón
5. Uso de la razón y el precio de la inocencia perdida
6. La razón operacionista
7. El uso de la razón como antídoto de la soledad

CAPITULO III
OBSTÁCULOS CONTRA EL USO DE LA RAZÓN

1. El dolor y las alegrías
2. El enamoramiento y el resentimiento
3. Fideísmo religioso y racionalismo científico
4. Las ideologías políticas y los sentimientos nacionalistas
5. Las pasiones humanas y el sentimentalismo romántico
6. Autoritarismo, dogmatismo y fanatismo
7. La razón humana frente al dolor y la muerte
8. La puntilla mediática al uso de la razón
9. El fenómeno de la "desinformación" mediática
10. La "cátedra" del televisor y el "imperio" de internet

CAPITULO IV
EL USO DE LA RAZÓN
FRENTE AL DOLOR EN LAS FILOSOFÍAS ORIENTALES

1. El pensamiento caldeo y egipcio
2. Filosofía pérsica
3. La filosofía hindú en los Vedas
4. La filosofía brahamánica
                a) Metafísica brahamánica
                b) Existencia individual y liberación
                c) La existencia social
5. Filosofía  de las escuelas ortodoxas
                a) El Sankhya
                b) El Yoga
                c) El Vaiseshica y el Nyaya
                6. Buda y el budismo
                a) El carvacaismo
                b) Buda y su vida
                c) Las cuatro verdades budistas
                d) Las leyes del pensamiento
                e) El cosmos y la esencia de las cosas
                f) El hombre y el Nirvana como destino
7. El jainismo y sus cismas
8. El canon jaina y los principios lógicos
9. Dios y el mundo
10. El alma, el karman y la vida
11. La filosofía china en su contexto ambiental
12. El Yin-Yang y el Tao
13. Dios, el hombre y la ética
14. Lao-Tsé y el taoísmo
15. Confucio, moralista y pedagogo social
                a) La naturaleza humana y el estado Chung
                b) El Jen
                16. El Shinto y el Kami
                a) Aclaración previa
                b) El KAMI
                c) Teología shintoista
17. La exaltación de la naturaleza y el Bushido
18. Las escuelas filosóficas. Jô-do y Zen
19. El problema estético
20. El dolor humano como categoría existencial

CAPITULO V
EL USO DE LA RAZÓN
EN EL MUNDO GRECOLATINO

1. El uso de la razón a la deriva y el Decreto de Justiniano
                1) La razón estoica o la represión de los sentimientos
2) Arrogancia y dignidad humana.
3) La razón placentera y desafío a la muerte
4) De mal en peor
5) Prohibido razonar.
6) El decretazo imperial contra la enseñanza de la filosofía
7) ¿Valió la pena tanto esfuerzo mental?
2. La razón frente a las creencias religiosas judaicas, cristianas e islámicas
                  1) ¿La razón aristotélica o la Biblia?
2) Los primeros cristianos y el uso de la razón filosófica
3) Los resabios de S. Pablo contra la razón filosófica
4) La razón pagana contra la razón cristiana
5) Remodelación cristiana del pensamiento filosófico griego
6) Agustín de Hipona y el uso selectivo de la razón filosófica
7) ¿La razón filosófica o el Corán?
3. Alberto Magno y el uso de la razón científica
4. Tomás de Aquino y el uso de la razón en su plenitud
1) Rasgos de su personalidad intelectual
2) Valor de la materia y terapia contra el materialismo
3) La razón teológica como plenitud del uso de la razón
4. El precio de ser razonable
5. Conjura voluntarista  contra el uso de la razón
6. Modernismo, miserias humanas y misticismo contra la razón
7. Lo que la naturaleza no da Salamanca no presta
8. Nueva agonía de la razón académica
9. Hacia el endiosamiento de la razón
10. La razón al poder y su perversión maquiavélica
11. El uso de la razón y las utopías sociales
12. Entre el desencanto y la esperanza
13. El abuso ilustrado de la razón
14. Endiosamiento de la razón e irracionalidad
15. Nuevas formas de irracionalidad
1) El uso "light" de la razón posmoderna
2) El engaño marxista y los nuevos filósofos
3) De la razón débil a la razón de los bajos fondos

CAPITULO VI
EL ARTE DE RAZONAR BIEN

1. Sentido común y experiencia de la vida
2. Utilidad de la Lógica racional
3. Intoxicación lingüística y géneros literarios
4. El problema de los sofismas y el metalenguaje
5. Actitudes que favorecen el recurso a los sofismas
6. Sofismas o falacias más frecuentes
7. El metalenguaje                                          
8. Géneros literarios y falsificación de la realidad
9. Necesidad de las imágenes y conflicto con la realidad
10. Novela pura, novela histórica e historia novelada
1) Realismo apocalíptico
2) Realismo quijotesco
3) Realismo camiliano
4) Realismo orweliano
5) Falsificación novelada de la histórica
11. El manejo racional del lenguaje novelado
12. El uso de la razón en Aristóteles y Tomás de Aquino
  13. Modos equivocados de leer a Tomás de Aquino
  14. Aclaraciones sobre la Lógica matemática
  15. Algunos consejos prácticos para razonar bien

CAPÍTULO VII
TRAVESTISMO DE VALORES Y POSVERDAD

1. Setecientos años antes de Cristo
2. La celebración de lo falso y la mentira hasta el 2016
3. La era de la posverdad
4. Crisis de la verdad informativa
5. El arte de la manipulación masiva
6. Actitudes ante la verdad en el ámbito informativo
7. Tomás de Aquino contra la bacteria de la posverdad
8.  De locos, delincuentes  y psicópatas integrados
 CONCLUSIÓN



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