CAPÍTULO V
EL USO DE
LA RAZÓN EN EL MUNDO
GRECOLATINO
1. El uso de la razón a
la deriva y el Decreto de Justiniano
Hasta los tiempos de Sócrates (470/469-399) los grandes problemas de la vida en
Grecia fueron abordados con el recurso a las explicaciones mitológicas. Los
pensadores presocráticos se fueron desmarcando de los mitos para dar paso al
uso de la razón filosófica, que llegó a su máximo esplendor con la troika
Sócrates, Platón y Aristóteles. Con la muerte de Aristóteles el 322, y el
declive político de Grecia ante la pujanza de Roma, dio comienzo una era nueva
para la filosofía griega con un final trágico. El uso de la razón en Grecia no
estuvo polarizado en la supresión del dolor, como en las viejas filosofías
orientales, sino en la búsqueda de la verdad de todas las cosas, entre las
cuales la verdad del sufrimiento humano. No es que la gente dejara de pensar o
usar la razón. Esto es imposible. Lo que ocurrió es que los problemas
cotidianos de la vida no encontraban soluciones puntuales y el poder en auge de
Roma exigía pragmatismo y eficacia. Los filósofos siguen manteniendo su
estatuto profesional pero limitándose a repetir y resumir ideas viejas. Hasta
el siglo I antes de Cristo los filósofos se limitaron a interpretar a Platón y
Aristóteles de una manera parcial centrando su atención en cuestiones morales y
degenerando en sofistería, panteísmo, materialismo y escepticismo.
A este estado de decadencia de la filosofía griega, tras su momento de
esplendor con Sócrates, Platón y Aristóteles, contribuyeron diversos factores
entre los cuales cabe destacar la derrota de Queronea el 338 y la proliferación
de las escuelas moralistas cuya preocupación principal no era la búsqueda
racional de la verdad sino la organización de la vida personal.
Sociológicamente hablando el ideal de la Ciudad-Estado fue desafiado por el
cosmopolitismo personal y la ausencia de convicciones. La desconfianza en la
razón y en la posibilidad de encontrar la verdad dio paso al escepticismo más
asombroso. La filosofía ética terminó convirtiéndose en una especie de
metafísica religiosa con tres caras diferentes pero convergentes:
judaico-alejandrina, platónico-pitagórica y neoplatónica. El emperador
romano Justiniano se encargará de decretar la “pena de muerte” contra la
filosofía profesional pagana el año 529 después de Cristo. Pero veamos cómo se
fue preparando el terreno hasta llegar a tan drástica decisión.
1)
La razón estoica o represión racional de los sentimientos
El fin del hombre, según los estoicos, es la felicidad, la cual consiste en la
virtud moral, que, a su vez, consiste en seguir el ritmo de la naturaleza de
acuerdo con los dictados de la razón. El hombre, en efecto, es un resumen
cósmico y siendo su alma un destello de la razón cósmica universal, al vivir
conforme a su propia razón se adapta a la razón que gobierna el orden
universal. La primera norma de buena conducta consiste en dejarnos llevar por
la corriente del orden universal. El premio natural de la virtud es la
felicidad como el dolor es la respuesta natural a los vicios. La vida humana se
caracteriza por la racionalidad y la libertad dentro del orden universal. El
llegar a ser felices, por tanto, es un verdadero arte. En este ajustamiento a
la naturaleza, de acuerdo con los dictados de la razón, lo esencial es la
decisión firme por la que imperturbablemente y con absoluto desprecio de las
pasiones nos embarcamos en el orden del universo. Esta imperturbabilidad o
“ataraxia” frente a los embates de las pasiones es comparable al “nirvana”
budista respeto de la experiencia existencial del dolor. Así como Aristóteles
basaba la moral subjetiva en la prudencia como virtud destinada a establecer la
proporción y el justo medio, los estoicos hablaban de una moral objetiva
fundada en la razón eterna rectora de la naturaleza y del orden cósmico y la
razón humana es recta cuando se ajusta a ese orden universal.
Según los estoicos, las pasiones son movimientos sensitivos contrarios a los imperativos
de la razón. Son en sí mismos enfermedades del alma, desórdenes que nacen de la
ignorancia y dan lugar a percepciones falsas de las cosas y juicios erróneos
sobre las mismas. Esas pasiones que hay que mantener a raya son
fundamentalmente cuatro. La concupiscencia ciega o deseo desordenado del bien
futuro; el temor del mal futuro; el dolor que causa el mal presente y el placer
causado por el bien actual. Estas pasiones no sólo han de ser controladas. Han
de ser radicalmente extirpadas por lo que tienen de desorden. Este es el
denominado “ideal estoico” al que sólo llegan los sabios, los cuales son
impasibles ante cualquier forma de sufrimiento físico o moral. El sabio estoico
es como una roca contra la que se desmoronan todas las olas de la adversidad.
Quien sea capaz de llegar a tal grado de impasibilidad, dirá Séneca, será tan
feliz en la tierra como Zeus en el cielo.
2) Arrogancia y dignidad humana
Pero la historia sigue su curso. El imperio griego se va desplomando y sobre sus
escombros se edifica el romano en cuyas fronteras se va a diseñar una nueva era
de la historia de la humanidad con la irrupción en escena del cristianismo. En
tal contexto el estoicismo fue un testigo filosófico de excepción ya en la
órbita de Roma. El hombre que más y mejor supo estar a la altura de las
circunstancias en aquellos momentos de la filosofía fue Lucio Anneo SÉNECA. Nos
encontramos ya por los años 4-65 después de Cristo. Nacido en Córdoba, España,
fue llevado muy pronto a Roma donde escuchó al neo-pitagórico Soción de
Alejandría y al estoico Atalo. Buen orador, se ganó la antipatía de Calígula y
fue desterrado por Claudio a Córcega. Agripina, la esposa de Claudio, consiguió
que se le levantara la condena y le encomendó la educación nada más y nada
menos que del que sería el emperador Nerón. Como es sabido, Nerón, una vez
llegado al poder, desencadenó todos sus instintos bestiales contra su propia
familia matando a su madre Agripina, la cual, a su vez, había envenenado a su
esposo Claudio. Víctimas de la sangría neroniana fueron también su hermano
Germánico y su propia esposa Octavia.
Con el rumbo que habían tomado las cosas Séneca optó por abandonar la corte
marchándose a vivir fuera de Roma. Acusado de complicidad en la conjura de
Pisón, Nerón le propuso que eligiera el género de muerte que más le gustase y
optó por desangrarse en el baño junto a su esposa Pompeya Paulina. Cuentan que
la sangría no resultó eficaz y pidió la cicuta, la cual tampoco surtió efecto,
muriendo, por fin, en una cámara de vapor pronunciando estoicamente bellas
sentencias. ¿Leyenda, realidad o ambas cosas a la vez? Debió ser bastante rico
y Tertuliano no dudó en considerarle intelectualmente afín a los cristianos
(Séneca saepe noster) por la elevación de sus ideas. Carece de fundamento
histórico la hipótesis de que mantuviera correspondencia con S. Pablo. Nos
hallamos ante un filósofo de raza, estoico y ciudadano de Roma y en
circunstancias históricas totalmente nuevas con la aparición del cristianismo
en escena.
Séneca estaba convencido de que la razón filosófica debe ser eminentemente
práctica. Los filósofos han de aprender antes que nada a vivir virtuosamente.
Más que a saber, la filosofía, como expresión del uso de la razón, se ordena a
vivir razonablemente. El filósofo reconoce los defectos de los demás pero busca
remediarlos y disculparlos. Se conduele con su prójimo y acude a la filosofía
como fuente de consolación en las adversidades. El auténtico filósofo es como
un médico de las almas. El filósofo cordobés atenuó el rigorismo racionalista
estoico y ensalzó mucho la dignidad humana. Admitió la existencia de Dios en
sentido panteísta. De Dios habrían salido todas las cosas y Dios está en todas
ellas. Fue inclinado al teísmo y la admisión de la providencia divina, pero en
conflicto con la inexorabilidad del destino al cual hasta los dioses están
sometidos. Concebía intelectualmente a Dios como la mente del universo y
sostenía que los hombres sabios y virtuosos cumplen con la voluntad divina dejándose
llevar por la corriente de la vida. Los pusilánimes, en cambio, quieren
corregir el orden del universo. En cualquier caso, si no queda otra
alternativa, Séneca no hace ascos al suicidio como solución última a cualquier
problema personal. Para Séneca la parte más importante de la filosofía es la
moral y estaba convencido de que la virtud es suficiente para hacer felices a
los hombres. Los demás bienes y placeres poseen sólo un valor relativo. El
único mal real existente es el vicio y el pecado, y la comunión de naturaleza
es el fundamento de la fraternidad humana universal. En algún momento
recomienda el amor al prójimo, sin duda haciéndose ya eco de la presencia
social de los cristianos. La verdadera virtud sólo se da en los sabios, los
cuales saben ir al fondo de las cosas. Eso sí, sometiendo el dolor y las
pasiones de forma implacable a los dictámenes de la razón. Esta sería la vía
segura para llegar la serena imperturbabilidad, cosa nada fácil pero posible de
lograr si nos lo proponemos.
Otra convicción característica de Séneca fue que la vida debe ser una
meditación constante sobre la muerte, a la cual no hay por qué temer dada su
certeza y su presunto carácter liberador de las miserias de esta vida. El
verdadero sabio o filósofo aprende cómo marcharse tranquilamente de esta vida.
Séneca proclamó abiertamente la solidaridad y el cosmopolitismo. Nuestra
patria, decía, debe ser el mundo entero y los hombres somos todos iguales por
naturaleza. Sólo nos diferenciamos unos de otros por el ingenio y el trabajo.
Tuvo esclavos como era habitual en su época, pero reconoció intelectualmente la
dignidad humana de los mismos. En cualquier caso sostenía que bajo ningún
concepto los sentimientos de solidaridad universal deben ser tales que
perturben nuestra tranquilidad personal.
Séneca representa un uso de la razón algo más humano que sus colegas. Se
preocupa de Dios, del alma humana, de la naturaleza y del uso de la razón como
regla de vida. Sin duda apunta hacia una filosofía menos teórica y más práctica
cargando las tintas sobre la moral y la dignidad humana. Pero, como buen
estoico, es panteísta, racionalista, enemigo de los sentimientos y fatalista.
Resulta difícil compaginar su aspiración a dignificar la vida humana con su
desprecio racional de los sentimientos y las emociones hasta el punto de
proponer el suicidio como solución digna de última instancia en los momentos
críticos de la existencia. Se comprende que en nuestra cultura el calificativo
“estoico” nos haga pensar en una persona arrogante e insensible que
desafía a las pasiones, a los sentimientos, las preocupaciones de la vida, el
dolor y la muerte con decisiones tomadas desde la fría y engreída razón
A pesar de todo, dentro del propio movimiento estoico el tema de la dignidad
humana es cada vez más atractivo. Baste recordar a Epicteto. Esclavo de
nacimiento alcanzó la libertad de ciudadano normal y llegó a ser el jefe de la
guardia personal de Nerón. Pero los filósofos resultaban ya molestos en Roma y
por los años 92 ó 93 el emperador Domiciano decretó la expulsión de todos
ellos. Epicteto se refugió en Nicópolis de Epiro y fundó allí una escuela.
Según Flavio Arriano, Epicteto consideraba la filosofía como la ciencia
práctica de la vida por excelencia y no dudó en sostener que la dignidad del
hombre radica en que Dios es el padre de todos los hombres y está presente en
el alma de todos ellos como un compañero. La vida humana es un don de Dios y es
necesario rendir obediencia al precepto divino bajo el lema: “Somos porción de
Dios”. O bien: “Cuando están cerradas las puertas y todo está oscuro, no estás
solo, Dios está en el interior”. La dignidad humana radica en nuestro
parentesco con Dios y los sentimientos de fraternidad deben ser universales incluyendo
a los esclavos. En algún momento llegó a decir cosas como estas: “El hombre de
bien somete su propia voluntad a la de aquél que administra el universo, como
los buenos ciudadanos someten su voluntad a la ley de la Ciudad”. Y en otro
lugar: “Recuerda que Dios te trata como el entrenador a un joven robusto (...)
para que venza en los juegos olímpicos. Pero esto no puede hacerse sin sudar”.
E insiste: “Sabe que si te adhieres a Dios, atravesarás la vida con seguridad.
Unirse a Dios es querer lo que él quiere y no querer lo que él no quiere”.
Cuanto acontece en nuestro interior depende de la voluntad. La muerte, en
cambio, la vida, la salud y la enfermedad son algo externo a nosotros. De ahí
que el sabio se refugia en la interioridad de su espíritu en cuyo ámbito el
hombre obra libremente con indiferencia hacia todo lo exterior que escapa al
control de su voluntad. No debemos enfrentarnos a lo que no podemos evitar sino
a lo que está dentro de nuestras posibilidades como son los juicios, los sentimientos
y deseos irracionales. Epicteto es un testimonio elocuente del influjo de ideas
cristianas en el contexto romano. Pero como buen estoico mantiene que el hombre
sólo llega a la virtud y a la felicidad mediante el ejercicio de la razón
autónoma. De donde se infiere que la clave de la felicidad humana, a la que se
ordena la filosofía, está en el correcto e implacable uso de la razón sin
concesiones a ningún tipo de pasión o sentimiento contrario. Como es obvio, la
preocupación por la dignidad humana no consigue poner en su lugar propio a la
razón sin degenerar en el racionalismo despótico y la arrogancia. En cualquier
caso el estoicismo constituye un testimonio histórico importante sobre la
relación entre vida ética y dignidad humana así como de la necesidad de admitir
una moral objetiva liderada por el uso correcto de la razón liberada del
despotismo y la arrogancia estoica.
3) La razón placentera y desafío a la muerte
Contra el principio estoico de la imperturbabilidad de la razón frente al dolor
y las adversidades aparecieron los epicúreos enarbolando la bandera del
placer contra los temores básicos de la vida. Los estoicos se denominaron así
porque enseñaban en la Stoa o pórtico de Atenas. Pues bien, Epicuro y
los suyos impartían sus enseñanzas en uno de los jardines atenienses con el
mismo objetivo que los estoicos: encontrar la tranquilidad y serenidad de
espíritu en las tribulaciones de la vida sin la cual resulta imposible
disfrutar de la felicidad en este mundo. Es interesante destacar la
participación femenina en las actividades académicas de los epicúreos.
Se dice que Epicuro nació por los años 341-271 en Samos, que no disfrutó de
buena salud y que mereció la admiración y simpatía de mucha gente por su forma
serena y sencilla de afrontar los avatares de la vida. Aunque alardeaba de
autodidacta, lo cierto es que profesó un materialismo brutal inspirado en
Demócrito. Según él, todo es materia y sólo materia, dioses incluidos y todo lo
que no contribuye a hacer a los hombres más felices aquí y ahora en este mundo
en que vivimos ha de ser considerado inútil. No hay más evidencias que las que
aportan los sentidos y las sensaciones de placer y dolor. El placer es el
criterio del bien y el dolor del mal. La filosofía epicúrea es una filosofía de
la felicidad articulada sobre el principio del placer como única y definitiva
alternativa razonable en la vida. El hombre existe para ser feliz evitando el
dolor y disfrutando al máximo del placer como único bien y norma de conducta
virtuosa. El secreto está en cómo saber disfrutar de la vida con prudencia y
moderación para sacar el mayor rendimiento placentero posible.
Hay que ser realistas aprendiendo a combatir el dolor pero teniendo presente
que los abusos del placer terminan generando el dolor que tratamos de evitar. O
sea, hay que evitar los efectos contraproducentes. La cuestión del placer tiene
un aspecto negativo y otro positivo. El primero consiste en eliminar el dolor
evitando todo aquello que pudiera turbar la paz del alma. Por ejemplo, el
cuidado de la familia, la administración de las riquezas etc. El aspecto
positivo del placer consistiría en regular las actividades del cuerpo y del
alma. En caso de que este equilibrio placentero resultara imposible de
alcanzar, los epicúreos, como los estoicos, no pararon mientes en recurrir al
suicidio antes que aceptar la humillación de la razón. Los epicúreos pusieron
particular interés en convencernos de que no hay razones objetivas para vivir
con la ansiedad, zozobra y temores que suelen amargar nuestra existencia. Para
ello alegaban tres potísimas razones contra los temores básicos de la vida.
Helas aquí en sus términos esenciales.
No hay que temer al destino por la simple razón de que no existe ya que los
cuerpos no son gobernados por ninguna ley superior. Todo es mecanicidad sin
orden ni teleología. Así las cosas, lo único que existe es el azar al que hay
que tratar de burlar de la forma más eficaz posible. Tampoco hay que temer a la
muerte. Ella es la liberación de todos los males y como tal hemos de
afrontarla. El hombre está compuesto de cuerpo y alma, pero ésta se reduce a
átomos, los cuales, por muy sutiles que sean, siempre son materia y sólo
materia. Por consiguiente, muere con el cuerpo y asunto terminado. La muerte es
una simple y elemental disgregación de la materia atómica de la que estamos
compuestos. Cuando el cuerpo y el alma se separan sus átomos se integran en el
torbellino del movimiento que agita en el vacío a pesar de que el alma tiende a
liberarse del destino ciego. Textualmente, según testimonio de Diógenes
Laercio: “La muerte, pues, el más horrendo de los males, en nada nos atañe.
Pues mientras nosotros vivimos no ha venido ella y cuando ella llega ya no
vivimos nosotros. Así, la muerte no es contra los vivos ni contra los muertos,
pues en aquellos todavía no está y en éstos ya no está”.
Tampoco hay que temer a los dioses. Compuestos todos ellos de sutilísimos
átomos como las almas, habitan en unos encantadores vergeles entre los espacios
vacíos que separan a unos mundos de otros. Son felices y no se ocupan para nada
de los hombres, a los que ni siquiera conocen. ¿Por qué tenerles miedo? La
piedad y la religión significan únicamente la actitud de reconocimiento y
admiración hacia su naturaleza por el solo hecho de ser más perfecta que la
nuestra. La religión se reduce a un protocolo de cortesía hacia esa
superioridad de los dioses de suyo inofensiva para los hombres.
Los epicúreos desafiaron el despotismo racionalista estoico proclamando el
imperio del goce y el placer regulado por la razón. Materialistas en extremo
como Demócrito, negaron la inmortalidad del alma y cualquier tipo de vida en
ultratumba susceptible de premios o castigos. Lo cierto es que ni el
racionalismo estoico ni la aplicación práctica del principio del placer
resultaron satisfactorios para nadie y los estoicos abusaron de la razón como
los epicúreos del disfrute hedonista del placer. A todos ellos se les escapó la
felicidad de las manos quedando abandonados al escepticismo, la desilusión y el
fracaso social más sonado. No les quedó otra alternativa intelectual que la
indiferencia frente a la vida y el suicidio como solución de última instancia.
4) De
mal en peor
El derrumbamiento del imperio político griego y la desaparición de los grandes
creadores del pensamiento filosófico griego provocaron el escepticismo
desesperanzado así como reacciones extravagantes y violentas. Por una parte,
los sofistas mantuvieron su influjo social sin desmayo como movimiento paralelo
al de los seguidores de Platón y Aristóteles. Por otra, comenzaron a proliferar
grupos y escuelas enfrentadas al dogmatismo racionalista de los estoicos y
hedonista de los epicúreos. La experiencia de la vida no responde
satisfactoriamente a esos dogmas sobre la felicidad. Por más que los filósofos
discuten sobre la felicidad humana las gentes tienen que afrontar unas
condiciones de vida durísimas sin esperanza de encontrar los medios prácticos
eficaces para superarlas. Por otra parte había que contar con el hambre, las
pestes y las guerras. Así las cosas, el terreno estaba abonado para entregarse
al más crudo escepticismo. Se ha perdido por completo la confianza en la verdad
y en la posibilidad misma de encontrarla. ¿Por qué no optar por la indiferencia
escéptica como alternativa neutra al despotismo racionalista y hedonista de
estoicos y epicúreos?
Desde esta nueva perspectiva ya Pirrón, del cual se dice que vivió por los años
360-270, y que habría sido amigo y compañero de Alejandro Magno, no dudó en
sembrar algunas ideas demoledoras. Según él, sólo conocemos las apariencias de
las cosas y nunca lo que son en sí mismas. Lo cual significa que las cosas son
para nosotros como si no existieran y, por lo tanto, hemos de abstenernos de
emitir juicios valorativos sobre ellas. Lo mismo en el orden físico que en el
moral. Lo importante es alcanzar la tranquilidad por los medios que sean. Fuera
de la felicidad todo lo demás debe sernos indiferente y lo mejor es evitar
cualquier discusión perturbadora sobre qué sea el bien o el mal.
Entre los años 315-241 A.C. el líder de la segunda Academia, separándose de
Aristóteles y atacando duramente a los estoicos, no tuvo reparo en sostener que
no existe criterio alguno de certeza hasta el extremo de que el filósofo no ha
de dar como cierta ni siquiera su propia ignorancia. Pero, ¿cómo organizarnos
en la vida real sin admitir ningún criterio de certeza sobre nada?. Respondía
que para la vida práctica basta guiarnos por el principio de probabilidad. A la
Academia segunda siguió la Academia nueva bajo el liderazgo de Carnéades. Se
apuntó al probabilismo de Arcesilao negando rotundamente la presunta
validez del conocimiento sensitivo y de la experiencia sensible que sólo nos
reporta, según él, apariencias falsas de las cosas. Y como la razón depende de
los sentidos y de la experiencia, de ahí que tampoco los conocimientos racionales
sirven para nada. Nuestros conocimientos no serían más que probabilidades
más o menos convincentes, pero nunca certezas, basadas en la persuasión y la
coherencia.
Al llegar a este momento de nuestro discurso hemos de destacar que el trasvase
de filosofía griega a Roma encontró dificultades importantes. En Roma
interesaban los hombres prácticos, expertos en estrategias militares y leyes.
Carnéades, por ejemplo, fue enviado a Roma hacia el año 155 en calidad de
Embajador para obtener la dispensa de un tributo con motivo de la ocupación
militar de Oropos. Como buen orador que era, no se privó de hablar a la
juventud romana que quedó entusiasmada con sus discursos. Catón el Viejo no
dudó en pedir formalmente al Senado Romano que le expulsara de Roma junto con
sus colegas el estoico Diógenes y el aristotélico Critolao. A la vista del
éxito cosechado entre los jóvenes los “padres de la patria” romana debieron
pensar que los filósofos son gente peligrosa y perturbadora. Roma no estaba
preparada para las especulaciones filosóficas. Necesitaba militares y juristas.
La anécdota es referida por Plinio y es altamente significativa. Más tarde
Enesidemo de Creta irá más lejos rechazando la teoría del probabilismo
proclamando en su lugar la duda universal que condujo al puro
subjetivismo. Nada hay fijo y estable por lo que hemos de suspender todo juicio
de valor. Ya en la época de Cristo Agripa sostuvo firmemente las tesis del
escepticismo más radical y entrados en el siglo II después de Cristo el médico
Sexto Empírico propuso el método experimental en el estudio etiológico de las
enfermedades. Ochenta años antes de Cristo Heráclites de Tarento había
protestado ya contra el dogmatismo en medicina lo cual es un dato positivo de
gran relieve en la pendiente mortal por la que fatalmente se deslizaba la razón
filosófica.
Lo normal hubiera sido que Roma hubiese asumido la cultura filosófica
griega a medida que políticamente suplantaba a Atenas. Pero no fue así. Y es
que, además de los prejuicios contra la filosofía griega, Roma tuvo que hacer
frente al movimiento cristiano, cada vez más activo e influyente. A pesar de
todo, con Cornelio Escipión las escuelas filosóficas encontraron un respiro
creando una mentalidad sincretista de elementos estoicos, epicúreos y
pitagóricos. El hombre que se propuso el noble proyecto de trasvasar al latín
la filosofía griega fue Marco Tulio Cicerón. Nos encontramos por los años
106-43 antes de Cristo. Recibió la formación filosófica adecuada y se dice que
leyó a Platón, Aristóteles y otros filósofos griegos. Incluso viajó a Atenas
donde tuvo contactos directos con los epicúreos. Como es sabido, se comprometió
a fondo con la política de su tiempo pasando a la posteridad como el Demóstenes
romano. Derrotado Pompeyo, al cual había prestado sus servicios, fue indultado
por César retirándose provisionalmente de la política para escribir sus ensayos
filosóficos.
Muerto César volvió a la política activa al lado de Octavio. Sus famosas
“filípicas” o discursos parlamentarios contra Antonio le costaron la vida.
Expuesta su cabeza en el foro, Fulvia, la mujer de Antonio, atravesó
sádicamente su lengua con un alfiler. En De officiis dejó textualmente
escrito: “Sería cosa grande y admirable que los latinos no necesitáramos para
nada de las filosofías de los griegos y lo conseguiremos, ciertamente, si yo
puedo desarrollar todos mis planes”. Esos planes tan ambiciosos los diseñó en
el Hotentius del que desgraciadamente apenas quedó rastro. De todos
modos hizo un esfuerzo notable por hacer suyo de una manera ecléctica lo que le
pareció más valioso de la filosofía griega. Por ejemplo, en lógica adoptó la
teoría del probabilismo.
En teología admitió la existencia de Dios basado en la prueba del orden cósmico
el cual postula una causa eficiente proporcionada. Igualmente reconoció la
prueba del consentimiento universal. Pensaba que si en todas las partes del
mundo la gente cree en Dios a su manera es razonable concluir que Dios existe.
La entera humanidad no puede equivocarse en un asunto tan importante. En
psicología aceptó sin más las enseñanzas platónicas sobre el alma humana.
Simple, incorruptible e inmortal, es más feliz separada del cuerpo que unida a
él. En ética admitió la posibilidad de lograr una felicidad imperfecta en esta
vida y otra perfecta después de la muerte. La norma suprema objetiva y última
de todo comportamiento humano debe ser la ley eterna y la próxima y subjetiva
la ley natural radicada en la esencia misma del hombre. Las leyes sociales, por
tanto, deben ser un reflejo racional de la ley natural. Entre la ley eterna y
la ley natural Cicerón situó lo que se conoce como derecho de gentes
pegado a la ley natural. Sobre las pasiones humanas hizo suyas las tesis de los
estoicos.
Cicerón, así apodado por su verruga en forma de garbanzo (cicer = garbanzo), se
llamaba Marco Tulio. A pesar de su orgullo romano hizo un esfuerzo gigante por
traspasar la cultura filosófica griega a Roma. En mi opinión su gran error en
la vida consistió en dedicar su genio literario y capacidad intelectual a la
política. Pero sigamos adelante. Cicerón murió cuarenta o cincuenta años antes
del nacimiento de Cristo. O sea, en las vísperas del gran acontecimiento que
iba a cambiar en muchos aspectos el curso de la historia y del pensamiento.
Antonio Marco Aurelio, en cambio, vivió ya por los años 121-180 de la era
cristiana. Este hombre se encontró entre dos frentes contra los cuales Roma
presentó batalla: los filósofos venidos de Grecia y los cristianos llegados de
Palestina. ¿Cómo afrontó esta situación el emperador y filósofo Antonio Marco
Aurelio?
De origen español como Séneca, se llamaba Cratilo Severo y fue educado por su
abuelo Aurelio Vero del que tomó después el nombre. Estudió la filosofía
estoica y a instancias del emperador Trajano, también de origen español, fue
adoptado por Antonio Pío al que sucedió en el poder imperial el año 161 después
de Cristo. Entre las muchas calamidades que tuvo que afrontar durante su
mandato imperial cabe recordar la peste y el hambre. Murió en Viena en una
campaña militar no sin antes haber decretado la cuarta persecución contra la
los cristianos, probablemente forzado por el fanatismo de las autoridades
locales más que por propia iniciativa como cabe deducir de sus reflexiones
filosóficas.
En sus Solioquios o reflexiones filosóficas escribió: “La realidad es
como un río que incesantemente se desliza. Las fuerzas cambian, las causas se
transforman mutuamente y nada permanece inmóvil”. Con la muerte el alma se
libera de la tumba del cuerpo y ahí acaba todo. No se interesa para nada del
futuro del alma después de la muerte. A pesar de esta ruptura abrupta en un
callejón sin salida propugnó un verdadero optimismo ético. Los hombres, decía,
somos parientes de los dioses y existe una realidad divina permanente e
inmutable, causa del orden y armonía del universo. De ahí que los sentimientos
religiosos tengan justificación. Y lo que es más sorprendente: “Es propio del
hombre amar incluso a quien le hiere. Debes tener presente –insiste- que todos
los hombres son familiares tuyos, que pecan sólo por ignorancia e
involuntariamente, que la muerte nos amenaza a todos, y especialmente que nadie
te puede dañar, porque nadie puede atacar tu corazón”. Para entender el verdadero
significado de estas palabras de Marco Aurelio conviene no olvidar que el
movimiento cristiano llegado de Palestina estaba ya instalado como novedad de
la época en el corazón mismo de Roma. Una presencia que se fue consolidando
pero no sin reacciones de violencia intelectual y derramamiento de sangre.
5)
Prohibido razonar
El neoplatonismo se reactivó como alternativa a la desaparición del uso
profesional de la razón filosófica pero, en vista de su incapacidad para
responder a las demandas más profundas de la conciencia religiosa, el Emperador
Justiniano decidió el año 529 prohibir por decreto la enseñanza de la
filosofía. Esta fecha marca oficialmente el fin de la filosofía griega como
institución social oficialmente reconocida.
Como consecuencia del Decreto algunos de los filósofos que ejercían en Atenas
la profesión se dirigieron a Cósroas I de Pérsia con la idea de continuar allí
sus estudios. No tuvieron éxito y dos años más tarde volvieron a Atenas
enseñando en privado hasta que la lumbre que tan flamantemente habían encendido
los griegos más intrépidos terminó por apagarse. Luciano de Samosata (125-200),
decepcionado totalmente por la filosofía neoplatónica y estoica, había llegado
ya antes en Icaromenipo a la siguiente conclusión: “La vida preferible
es la del común de los hombres. Abandona la locura de disertar sobre los
cuerpos celestes y de buscar los principios y los fines. Desdeña los famosos
silogismos de los sabios. Considéralo todo como pura tontería. Proponte como
único fin atravesar lo mejor posible la vida presente. Diviértete de todas las
cosas y no te apasiones por nada”.
Es claro que el cierre oficial de los centros de filosofía por la presunta
inutilidad de su existencia no significó que se acabaran los filósofos. El
pensamiento humano no puede ser suprimido por ningún decreto-ley imperial. El
pensamiento humano es la expresión más propia y noble de la vida y mientras
haya vida humana habrá filosofía. Es una llama que mientras hay vida
necesariamente arde. El neoplatonismo, como parte de la filosofía griega,
terminó como institución pública con el decreto imperial del 529, pero la
ideología neoplatónica sobrevivió tenazmente hasta la edad media principalmente
a través de algunos ilustres personajes como Cayo Mario Victorino (300-363);
Macrobio, el cual por el año 399 desempeñaba el cargo de Prefecto en España y
después el de Procónsul en África; el clérigo cristiano Calcidio en pleno siglo
IV; el retórico africano Marciano Capella por los años 410-470 y, más todavía
Anicio Manlio Torquato Severino BOECIO (480-525). Y esto sin tener en cuenta el
impacto del neoplatonismo en S. Agustín que constituye un capítulo aparte en la
historia del uso de la razón para afrontar los grandes problemas de la vida.
6) El decretazo imperial contra la enseñanza de la filosofía
El emperador Justiniano (483-565) actuó como un verdadero señor de cielos y
tierra y en el famoso Código legislativo, que lleva su nombre, tomó medidas
severas contra la expansión de los focos paganos. Una de ellas consistió en
prohibir que los maestros y filósofos de ideología pagana impartieran la
enseñanza pública con posibilidad de que hicieran adeptos entre los cristianos.
Este fue el histórico texto prohibitivo del 529: “Y prohibimos que se enseñe
doctrina alguna por los que están dominados por el furor de los impíos paganos,
para que no aparenten de este modo instruir a los que por su mísera suerte
recurran a ellos, siendo así que en realidad corrompen el espíritu de sus
educandos, y que no perciban tampoco de los aprovisionamientos públicos ningún
socorro, no teniendo, por divinos rescriptos o pragmáticas sanciones, facultad
para reivindicar para sí semejante derecho…”(CJ.1.11.10.2).
Según muchos expertos este texto tiene relación directa con el cierre
definitivo de la escuela de filosofía de Atenas el año 529. Digo cierre
definitivo porque ya antes el emperador Decio (201-251) había dado la orden de
supresión. Otros historiadores opinan que este texto no contemplaba
directamente la supresión de la Academia de Atenas sino que, al prohibir las
actividades académicas a los profesores no bautizados, el cierre de la Academia
siguió como consecuencia lógica. Otros piensan que la Academia se cerró por su
propia inercia y la falta de recursos económicos para subsistir.
De todo modos Justiniano desplegó una represión muy severa contra los focos de
herejes y paganos capaces de influir en la educación de los cristianos, sobre
todo en Constantinopla, donde el influjo de la filosofía pagana se dejaba
sentir incluso en los círculos de la corte imperial. Cabe pensar que Justiniano
decidió salir al paso de esa influencia prohibiendo el acceso a la docencia a
los filósofos paganos con la clausura la Academia de Atenas. Pero leyendo el
texto en su contexto propio resulta muy forzado relacionarlo directamente con
el cierre de dicha institución. La mera coincidencia de fecha de promulgación
del Decreto con el cierre de la Academia no autoriza a establecer una relación
directa entre ambos acontecimientos.
En aquellos tiempos, además, no había medios de comunicación que permitieran la
rapidez necesaria para que, aún en el caso de que el decreto contemplara el
cierre de la Academia ateniense, éste pudiera ejecutarse contemporáneamente.
Como hemos visto, la marcha del quehacer filosófico fue tal que su final
natural era la desaparición de la célebre institución. La cual probablemente se
precipitó con la promulgación del decreto de Justiniano retirando las ayudas
económicas para todos los docentes de la filosofía todavía adictos a la
filosofía pagana tradicional. En cualquier caso, es tan significativo el
proceso degenerativo de la razón filosófica griega como escandaloso el hecho de
que la autoridad pública se arrogue el derecho de prohibir por decreto la
libertad de pensar y de expresar libre y responsablemente las ideas.
7) ¿Valió la pena tanto esfuerzo mental?
Sin duda que sí. Es verdad que las culturas orientales no
acertaron a resolver el problema del dolor humano con sus especulaciones y sus
mitos. Obsesionados por la eliminación del dolor se olvidaron con frecuencia de
la vida. Pero nos enseñaron, entre otras cosas, que la verdad sobre la
existencia humana, sumida en el dolor, y la paz personal como punto de partida
necesario para alcanzar la felicidad en este mundo son cuestiones sobre las
cuales la inteligencia humana no puede quedar indiferente.
Tampoco los filósofos griegos con sus especulaciones sobre la naturaleza y su
“nirvana” o ataraxia racionalista consiguieron liberarse de los mitos y
responder satisfactoriamente a los grandes interrogantes de la vida. De ahí su
cansancio y desilusión después de siglos de ilusión y esperanza. La filosofía
griega, como las filosofías orientales, tampoco logró liberarse de los mitos y
de las supersticiones en su intento de explicar racionalmente los problemas de
la naturaleza, de la vida y de la muerte. En materia de ética, por ejemplo, se
mantuvo siempre la estatolatría o sumisión absoluta de la vida de las personas
al poder del Estado como encarnación de la Naturaleza presuntamente eterna y
autosuficiente. De hecho, tanto la ruina del imperio griego como del romano
coincidieron históricamente con los momentos más oscuros y decadentes de sus
filósofos. Todos los pensadores griegos estaban convencidos de la
autosuficiencia de este mundo y de la sumisión de Dios a las leyes autónomas de
la naturaleza. Esta convicción culturalmente congénita fue la causa de muchos
de los fallos de la filosofía griega y a los que el movimiento cristiano
emergente trató de responder desde la óptica de una teología nueva basada en la
aceptación de Dios como un ser personal, creador y providente. El dogma cristiano
de la creación del mundo cambió por completo el dogma filosófico griego de la
autosuficiencia eterna de la naturaleza. El encuentro de estos dos dogmas fue
frontal y violento.
A pesar de todo, insisto, valió la pena. Los filósofos griegos legaron a la
civilización occidental muchos de los principios fundamentales de la Lógica, de
la Metafísica y de la Ética y pusieron las bases para aprender a usar la razón
en la búsqueda de la verdad. Ellos constituyen una prueba convincente de que
con la sola luz de la razón es posible llegar al conocimiento de algunas
verdades indispensables para llevar una vida digna. Sólo por esto su
contribución positiva a la causa de la humanidad me parece digna del mayor
respeto a pesar de sus deficiencias y fracasos. Las antiguas filosofías
orientales usaron la razón principalmente para acabar con el dolor humano. Los
griegos, para buscar la verdad última de todas las cosas y la Biblia para
descubrir el rostro de Dios, y a partir de Dios resolver todos los problemas de
la vida y de la muerte. Según S. Pablo, los judíos buscan milagros, los griegos
sabiduría intelectual y los cristianos predican a Cristo muerto y resucitado.
El conflicto Fe y Razón está servido en las tres grandes religiones
monoteístas: judíos, cristianos y musulmanes. Este conflicto nos llevará a
posiciones extremas que actualmente se han extremado aún más con el progreso de
la razón científica. Como resultado de esta confrontación se produce el
endiosamiento de la razón y el nuevo apagón del que todavía no nos hemos
recuperado.
2. La
razón frente a las creencias religiosas judaicas, cristianas e islámicas
1) ¿La razón aristotélica o la Biblia?
A pesar de que los judíos de la “diáspora” procuraron vivir aferrados a sus
tradiciones leales a Moisés no pudieron impedir el poderoso influjo cultural
del helenismo. Entre los diversos centros de la dispersión cabe destacar
Antioquia, Atenas y Roma. Pero por lo que se refiere a su encuentro con el uso
de la razón filosófica merece particular interés Alejandría. Se dice que
después del año 320 antes de Cristo llegaron a instalarse allí alrededor de un
millón de judíos. Con la particularidad de que, a pesar de sus esfuerzos para
no contaminarse con otras doctrinas que no fueran las suyas propias derivadas
de la ley mosaica, terminaron olvidando el hebreo hasta el extremo de no
entender la Biblia en la lengua patria. ¿Solución? Un grupo de rabinos decidió
traducirla al griego en tiempo de Tolomeo Filadelfo. Aquella traducción fue un
acontecimiento histórico y el nuevo texto es conocido desde entonces como la Versión
de los Setenta. A pesar de todo la influencia del helenismo fue inevitable.
Los expertos hablan de la influencia de las doctrinas pitagóricas y del orfismo
en la secta de los esenios y de los terapeutas. Por ejemplo, el
dualismo entre alma y cuerpo, la inmortalidad del alma y prácticas ascéticas
severas. Por otra parte, los fariseos eran abiertamente hostiles al
helenismo mientras que los saduceos eran simpatizantes. A pesar de todo,
el contacto con la cultura griega provocó un conflicto intelectual de primera
magnitud. Los filósofos judíos hicieron todo lo posible por quedarse con lo
mejor de la filosofía griega pero sometiendo la razón filosófica a los
postulados de la revelación bíblica. La filosofía judía se caracterizó por el
propósito de demostrar la superioridad de la Biblia sobre la filosofía.
Recordemos sólo dos nombres emblemáticos al respecto.
De Aristóbulo, por ejemplo, se dice que vivió hacia el año 150 antes de Cristo
y que formuló la hipótesis del “robo de los filósofos”, según la cual,
los filósofos griegos conocieron la Biblia judía antes de las guerras médicas
de suerte que Platón y Aristóteles habrían tomado de ella lo mejor de su
pensamiento filosófico. De esta forma Aristóbulo trató de demostrar la
superioridad de la Biblia sobre la filosofía. Luego, para concordar las
doctrinas bíblicas con las filosóficas, interpretó las primeras alegóricamente
y no hizo ascos en falsificar los textos atribuidos a Orfeo, Homero y otros
escritores griegos. Incluso se inventó oráculos que ponía en boca de las
sibilinas. Es un caso típico de fanatismo religioso y deshonestidad
intelectual.
No puede decirse lo mismo de Filón de Alejandría (20 AC al 50 DC) el cual
abordó el tema de las relaciones entre la Biblia judía y la filosofía griega
(fe/razón) con más seriedad y responsabilidad. Murió hacia el año 50 ya después
de Cristo y su pensamiento es un sincretismo de fondo judaico con predominio de
elementos platónicos por lo que S. Jerónimo le llamó el “Platón hebreo”.
Históricamente hablando, Filón de Alejandría es un personaje muy interesante al
menos por dos razones. Fue el primero que afrontó con talante filosófico y
realista el impacto de la filosofía griega sobre la cultura bíblica tratando de
conciliar el platonismo y el estoicismo con el judaísmo. En su noble proyecto
intelectual diseñó un nuevo esquema mental de la concepción tradicional del
universo. En el diseño de Filón de Alejandría Dios es colocado fuera del mundo
inteligible y coloca al mundo sensible en el lugar que le corresponde sin perjuicio
de su realismo. Quedó así superada la inmanencia divina de los estoicos y la
presunta superioridad de las ideas platónicas. Estoicos y platónicos quedaron
así conciliados con la fe judía dando lugar al esquema ideológico sobre el cual
cabalgarán después el neoplatonismo, la filosofía árabe e incluso la
escolástica cristiana. En efecto, los neoplatónicos se esforzarán por
compaginar la filosofía griega con la mitología pagana clásica y los árabes con
el islam. Entre los cristianos el Pseudo-Dionisio y Máximo el Confesor trataron
de sistematizar el pensamiento cristiano sirviéndose generosamente de los
esquemas filonianos y neoplatónicos.
Otro gran mérito de Filón consistió en plantear de una manera abierta y
explícita el problema de las relaciones entre la filosofía racional (uso de la
razón) y la verdad revelada en la Biblia judía. O como se dice en nuestros
días, el problema de la fe y la ciencia. Filón representa el primer intento
serio de solucionar este espinoso problema en relación con la fe hebrea.
¿Aristóteles y Platón o la Biblia? Los cristianos se lo van a plantear en
relación con la Biblia cristiana y los árabes más tarde en relación con el
Corán. En la actualidad el problema de fondo está más vivo que nunca. Lo que
ocurre es que ya no se plantea en términos de filosofía griega, Biblia y Corán.
El problema se plantea en términos de fe religiosa y progreso científico. La
ciencia moderna avanzada ha suplantado casi por completo a lo que otrora se
denominaba filosofía como expresión por antonomasia del uso de la
razón.
Después de Filón de Alejandría los judíos se dedicaron preferentemente a la
cábala y el talmudismo. Pero, a pesar de su tendencia al aislamiento, el
entorno helenístico y árabe terminó por suscitar en algunos de ellos el interés
por la filosofía con Platón y Aristóteles de fondo. Ante el dilema
filosofía/Biblia Anam Ben David, allá por los tiempos de Almanzor
(938-1002), sugirió nada más y nada menos que el libre examen del texto
sagrado. El egipcio Saadja, en cambio, (892-942) fue más tajante: la razón debe
estar al total servicio de la fe judaica. Su obra Amanat o Libro
de la fe y de la ciencia se convirtió en lugar obligado de referencia para
el estudio de la filosofía de acuerdo con la fe hebrea. En este contexto es un
placer recordar a Isaac Israeli que vivió entre los años 855-955. Se dice de él
que fue médico de profesión y filósofo neoplatónico. Se le atribuye la famosa
definición de la verdad como adecuación del entendimiento y la realidad. Ya en
el siglo XII el malagueño Avicebrón no tuvo reparos en dedicarse a la filosofía
a pleno pulmón sin miedo a salirse de los cauces bíblicos. Su obra Fuente
vital fue cuando menos interesante y sugestiva para aquellos tiempos.
Interesante su visión del cuerpo humano como un microcosmos y su defensa
decidida del hilemorfismo universal aristotélico.
Por lo que se refiere al cordobés Simón Maimónides (1135-1204) tampoco caben
dudas sobre su vocación filosófica compatible con la fe judaica. El objetivo
principal de su obra Guía de los perplejos es claro: conciliar a
Aristóteles con el judaísmo. La Biblia es la expresión de la verdad divina y la
filosofía debe ser utilizada para descubrir el significado de los textos
bíblicos. Eso sí, para ello colocó como una de las piedras angulares de su
sistema la creación bíblica de la naturaleza y el tiempo liquidando así el
dogma griego de la presunta eternidad del mundo. El malagueño y melancólico Ibn
Gabirol (1020-1058) se movió con bastante independencia respecto de la Biblia,
pero su platonismo no se sale de los cauces bíblicos. Los filósofos judíos
medievales oscilaron entre la explicación literal de los textos sagrados y la
interpretación libre de los mismos desde la filosofía platónica o aristotélica,
pero siempre sobre la base de la superioridad indiscutible de la Biblia sobre
la filosofía. Por estas breves anotaciones vemos hasta qué punto la filosofía
griega fue recibida por la comunidad judía con muchas reservas y cómo se llegó
a una solución práctica sobre la convicción de que la filosofía y el uso de la
razón han de ponerse siempre al servicio de la fe y de las tradiciones
judaicas. Platón y Aristóteles sí, pero como deudores o servidores de la
Biblia.
2) Los primeros cristianos y el uso de la razón filosófica
A Cristo ni le interesó personalmente la filosofía ni la necesitó para nada.
Tampoco a sus inmediatos colaboradores o equipo de los doce, testigos oculares
de sus hechos y dichos. El trabajo de éstos se centró totalmente en informar a
la humanidad sobre lo que habían visto y oído de Cristo y en organizar las
primeras comunidades cristianas en base a la nueva forma de entender la vida
motivada por el hecho hasta entonces inaudito de la resurrección de Cristo de
entre los muertos. Para lo cual no necesitaron para nada de la filosofía al
uso. Lo mismo ocurrió con los inmediatos colaboradores de los apóstoles,
conocidos históricamente bajo la denominación de padres apostólicos. Estos se
limitaron a exponer con sencillez el Evangelio, el cual constituía para todos
ellos la plenitud de la verdad sobre los problemas fundamentales de la vida
humana. Por otra parte, el episodio de San Pablo en el Areópago de Atenas no
pasó de ser un acontecimiento circunstancial. Durante más de un siglo, el
problema de las relaciones entre el cristianismo y la filosofía no aparece ni
siquiera mencionado por ningún escritor cristiano. Pero las cosas comenzaron a
cambiar dramáticamente a mediados del siglo II.
Las comunidades cristianas se habían fortalecido frente a la oposición de los
poderes civiles y rompieron el silencio iniciando una nueva forma de defenderse
respondiendo con el arma de la razón. Surgieron así los primeros escritores
cristianos llamados apologistas, los cuales se vieron en la necesidad
práctica de echar mano de los mismos conceptos filosóficos utilizados por sus
hostigadores. Al mismo tiempo empezaron a aparecer desviaciones de las
enseñanzas cristianas recibidas de primera mano de los apóstoles en base a
conceptos y nociones manejados desde la trinchera intelectual de la filosofía,
tales como los conceptos de esencia, sustancia, persona, relaciones y tantos
otros.
Otro factor importante a tener en cuenta es que la penetración del
cristianismo, a pesar de las persecuciones, empezó a sentirse de forma cada
vez más eficaz en los ámbitos cultos e intelectuales. Lo cual provocó una
reacción intelectualmente hostil por parte de los hombres de letras del
paganismo, los cuales comprendieron que a los cristianos no se los podría poner
ya fuera de combate con el simple desprecio. Los escritores paganos como
Tácito, Juvenal, Suetonio y Plinio, por ejemplo, habían dedicado poco interés
a una doctrina que conocían de manera superficial y desfigurada por calumnias
populares. Por esta razón, o no se ocupan del pensamiento cristiano o lo hacen
de forma despreciativa. Plinio, por ejemplo, se despachó a su gusto tratando a
los cristianos como si se tratara de una superstición detestable. En tiempo de
Marco Aurelio la violenta represión política de los cristianos fue acompañada y
seguida de una campaña intelectual en toda regla contra ellos por parte de
algunos retóricos y filósofos como Cornelio Frontón de Cirta, Crescente,
Alejandro de Abonóticos, Luciano de Samosata y Celso.
Pero los cristianos contaban ya con hombres capaces de enfrentarse
intelectualmente a los pensadores no cristianos. Por una parte esto fue una
suerte, pero, por otra, dio lugar a un enfrentamiento entre el cristianismo
puro y las especulaciones filosóficas dentro del propio campo cristiano. En sus
filas había cada vez más gente que antes de ser cristianos se habían formado en
la cultura y filosofía de la época. Se habían educado en las escuelas filosóficas
y literarias del paganismo y era inevitable que trataran de hacer comparaciones
entre la filosofía en la que se habían formado y las novedades halladas en el
cristianismo. ¿Eran cosas totalmente distintas o había algo en común? Por otra
parte es comprensible que al reflexionar sobre la fe cristiana que habían
abrazado siguieran usando los conceptos y categorías culturales adquiridos en
su antigua formación filosófica.
El problema no era nuevo. Como hemos dicho más arriba, lo habían planteado ya
algunos filósofos judíos. Aristóbulo y Filón lo habían abordado en relación con
la fe judaica e inventaron la teoría del “robo de los filósofos” para explicar
las semejanzas y coincidencias parciales entre la Biblia y la filosofía, y a la
vez hacer resaltar la presunta superioridad de la primera sobre la segunda.
Según esta ingeniosa teoría, las coincidencias existentes se debían a que
algunos filósofos griegos como Platón y Pitágoras habían conocido en sus viajes
los libros de Moisés y los profetas y se habían apropiado de sus doctrinas.
Filón trató de situar la filosofía en un plano de inferioridad respecto de la
Sagrada Escritura, pero al mismo tiempo tratando de justificar su utilización
en beneficio de la ciencia sagrada. Caso típico es la interpretación del
episodio de las dos mujeres de Abrahán -Sara, la señora, y Agar, la sierva-, en
las cuales personifica las relaciones entre la Biblia y la filosofía hasta el
punto de convertir a la filosofía en una sierva de la teología. Con esa
interpretación, Filón, creyente sincero, pero al mismo tiempo admirador de la
filosofía, pensó que podía ya dormir tranquilo conservando su fe y utilizando
la filosofía, sin escrúpulo de conciencia, como ciencia subsidiaria para la
explicación de las Sagradas Escrituras.
3) Los resabios de S. Pablo contra la razón filosófica
El problema sobre el uso de la razón filosófica en relación con la explicación
y transmisión de la fe cristiana encontró su primera manifestación
en S. Pablo de forma episódica y circunstancial. Nacido en Tarso y educado a
los pies de Gamaliel pudo crecer en la cultura helenística, de la que Tarso y
su colonia Soles eran centros florecientes. San Pablo se entrevistó en el ágora
de Atenas con algunos filósofos estoicos y epicúreos, los cuales, movidos por
la curiosidad, le condujeron al Areópago, pidiéndole que les explicara su
«nueva doctrina”. Textualmente según Hechos, 17: “Disputaba en la sinagoga con
los judíos y los prosélitos, y cada día en el ágora con los que le salían al
paso. Ciertos filósofos, tanto epicúreos como estoicos, conferenciaban con él,
y unos decían: ¿Qué es lo que propala este charlatán? Otros contestaban: Parece
ser predicador de divinidades extranjeras; porque anunciaba a Jesús y la
resurrección. Y tomándole le llevaron al Areópago, diciendo: ¿Podemos saber qué
nueva doctrina es esta que enseñas? Pues eso es muy extraño a nuestros oídos;
queremos saber qué quieres decir con esas cosas. Todos los atenienses y los
forasteros allí domiciliados no se ocupan en otra cosa que en decir y oír la
última novedad”. Pablo aprovecho la ocasión para pronunciar un discurso sobre
Dios como creador de la naturaleza y providente y Jesucristo muerto y
resucitado. “Cuando le oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se
echaron a reír, otros dijeron: Te oiremos sobre esto otra vez.”. Una forma
educada de decirle que sobre ese tema mejor era no hablar.
San Pablo fue el primero que definió claramente la actitud de los cristianos de
la primera hora frente a la filosofía como expresión del discurso basado
sólo en el ejercicio de la razón. Así de claro en la 1Cor. 1,17-25: “Que no me
envió Cristo a bautizar, sino a evangelizar, y no con sabia dialéctica, para
que no se desvirtúe la cruz de Cristo; porque la doctrina de la cruz de Cristo
es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se
salvan. Según está escrito: “Perderé la sabiduría de los sabios y anularé la
inteligencia de los prudentes”. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde
el disputador de este mundo? No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo? Pues
por cuanto el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina
sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes por la necedad de la predicación.
Porque los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que
nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura
para los gentiles (...) Porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y
la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres”.
San Pablo presentó la nueva fe tratando de afirmarse entre el judaísmo y el
helenismo. Los judíos, poseedores ciertamente de la revelación divina, estaban
aferrados a la literalidad de la ley escrita y acostumbrados a imponer la fe al
margen de argumentos racionales y sólo invocando la autoridad de Dios
corroborada por los milagros. Los griegos, por su parte, eran maestros en el
arte de la dialéctica, habituados a hacer pasar por el tamiz de su crítica las
doctrinas filosóficas más dispares. Entre unos y otros San Pablo propone como
alternativa su predicación. Los judíos exigen milagros y los griegos, razones.
San Pablo simplemente predica a unos y a otros la salvación por medio de
Cristo crucificado. Lo cual es interpretado por los judíos como un escándalo
imperdonable y los griegos como una insensatez. Al escándalo de los judíos
responde presentando la humildad de Cristo crucificado y frente al racionalismo
de los griegos, la afirmación de la misión redentora de Cristo en el cual están
escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.
Obviamente, el Tarsense no predica una mueva filosofía sino una doctrina de
salvación por medio de Cristo muerto y resucitado, considerando a su lado vanas
y falaces las especulaciones filosóficas de su tiempo. La única vez que
aparece en el Nuevo Testamento la palabra filosofía es empleada por San
Pablo y en sentido desfavorable. Así de claro en la carta a los colosenses 2,8:
“Mirad que nadie os engañe con filosofías y vanas falacias, fundadas en
tradiciones humanas, en los elementos del mundo, y no en Cristo”. S.
Pablo pone al cristianismo y la filosofía en dos planos distintos, cuya
diferencia esencial estriba en que el primero es una religión, una doctrina de
salvación basada en la autoridad de Dios y aceptada por fe, y la filosofía un
producto de la razón con todas las limitaciones y deficiencias inherentes a la
debilidad de la naturaleza humana. Tomadas al pie de la letra, las expresiones
de San Pablo parecen una declaración de guerra de la fe cristiana a la
filosofía tradicional en vigor. Estas expresiones de S. Pablo, entendidas en
sentido excesivamente literal, están en la base de la actitud hostil a la
filosofía que adoptarán después algunos escritores cristianos.
Sin embargo, el mismo Pablo, en su discurso en el Areópago, estuvo más
conciliador aludiendo a la estatua dedicada al dios desconocido para decir a
sus oyentes: “porque al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto he
hallado un altar en el cual está escrito: “al dios desconocido”. Pues ese que
sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio”. Después de presentar una
definición descriptiva de Dios como Creador añadió: “El fijó las estaciones y
los confines de las tierras (...) para que busquen a Dios y siquiera a tientas
le hallen, que no está lejos de cada uno de nosotros, porque en El vivimos, nos
movemos y existimos, como algunos de vuestros poetas han dicho: Porque somos
linaje suyo”. En estas palabras iba implícito el reconocimiento de la razón
humana para descubrir al verdadero Dios. San Pablo, se acomodó en esta ocasión
a la mentalidad de su auditorio citando a poetas no cristianos como
Aratos, Epiménides y Menandro.
En el capítulo primero de la carta a los Romanos reconoce explícitamente la
capacidad de la razón humana para llegar a conocer la existencia y la
providencia de Dios a través de la contemplación del espectáculo de la
creación. “En efecto, lo cognoscible de Dios es manifiesto entre ellos (...)
porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y
divinidad, son conocidos mediante las obras”. Ahora bien en lugar de reconocer
a Dios por sus obras, los filósofos “se entontecieron en sus razonamientos,
viniendo a obscurecerse su insensato corazón; y alardeando de sabios, se
hicieron necios, y trocaron la gloria de Dios incorruptible por la semejanza de
la imagen del hombre corruptible, de aves, cuadrúpedos y reptiles”. Y en
capítulo segundo afirma que los gentiles son responsables de sus actos si no
guardan la ley moral natural impresa por Dios en sus corazones. Lo cual
equivale a reconocer en parte la validez de las especulaciones de los filósofos
y la legitimidad de los procedimientos puramente racionales por más que su
valor sea muy pequeño en comparación con el conocimiento suministrado por la fe
cristiana. Teniendo en cuenta el contexto paulino lo razonable es pensar que
estaba convencido de que, absolutamente hablando, los cristianos no necesitaban
para nada de las especulaciones filosóficas al uso en su tiempo, pero que sí
son útiles cuando se usa correctamente la razón, e incluso necesarias para los
que carecen de la fe cristiana. En el Nuevo testamento se decanta el problema
del nosticismo como un elemento perturbador del mensaje evangélico y se toman
todas las cautelas.
4) La razón pagana contra la razón cristiana
A las persecuciones sangrientas contra los primeros cristianos
hay que añadir la guerra literaria por parte de los intelectuales paganos que
comenzó abiertamente en tiempo del emperador Marco Aurelio (121-180). Entre los
escritores anticristianos de esta época cabe recordar al propio preceptor de
Marco Aurelio, Frontón, que se distinguió por su forma burlesca de argumentar.
Según los fragmentos citados por Minucio Félix, Frontón acusaba a los
cristianos, por ejemplo, de asesinar niños para beberse la sangre y otras
presuntas barbaridades nunca probadas. Luciano de Samosata en su opúsculo sobre
“La muerte del peregrino” se burla del propio Cristo en persona al que presenta
como soñador y estafador.
Por una parte, el paganismo tenía su propia religión de Estado que los
cristianos se negaban a aceptar de forma impositiva, sobre todo porque
implicaba rendir culto de “divus” al emperador. Por otra, las nuevas tendencias
filosóficas de corte neo-pitagórico y neo-platónico temían por la desaparición
del helenismo del que la religión pagana era parte sustancial. Estaba en juego
el modelo tradicional pagano de cultura. De ahí que se tratara de socavar las
bases doctrinales de la nueva religión poniendo en cuestión sus principios y
enseñanzas. En este sentido resulta indispensable recordar a Celso y al
filósofo Porfirio.
Celso es sin duda el primero y más serio intelectual anticristiano de aquel
tiempo. Hacia el año 178 publicó su obra Alethés Logos (Palabra
verdadera) de la que sólo se conservan algunos fragmentos en la refutación que
de ella hizo Orígenes, a través de los cuales se aprecia su postura beligerante
anticristiana. Celso se muestra buen conocedor del Antiguo Testamento, de los
Evangelios y de la historia interna de las comunidades cristianas. Poco se sabe
de su persona, pero, a juzgar por sus razonamientos, no debió ser un
cualquiera. Según él, la doctrina cristiana es una mezcla de judaísmo,
platonismo y creencias de los cultos mistéricos egipcios y persas. Una mezcla
que, matiza, ya la habían llevado a cabo de forma más lograda los griegos sin
altanería ni pretensión de haber sido anunciadas por Dios o el Hijo de Dios en persona,
como hacían los cristianos. Celso se burla de judíos y cristianos y los acusa
de pretender ser el pueblo elegido. Según la visión judeocristiana de la vida,
por encima de todos está Dios y después ellos, creados a su imagen y semejanza.
Todas las demás realidades mundanas serían propiedad suya.
Celso responde comparando a la ralea de judíos y cristianos con una bandada de
murciélagos, un hormiguero, o una charca de ranas que croan, o de lombrices,
afirmando que el hombre se distingue muy poco del animal siendo sólo un modesto
fragmento del cosmos. Luego hace una serie de preguntas destinadas a poner en
ridículo la presunta venida de Dios al mundo para salvar a los hombres. Sobre
los contenidos de la fe cristiana viene a decir que en nada sustancial se
diferencia de lo que ya habían enseñados los filósofos platónicos, incluido lo
que se refiere al amor. Por otra parte, la figura de Cristo no reviste
excepcionalidad ninguna si lo comparamos con Hércules, Esculapio, Dionisos y
otros muchos que realizaron prodigios y ayudaron a los demás. Antes que Jesús
ya habría habido divinidades que murieron y resucitaron. Como también hay
testimonios de prodigios y milagros realizados por ellos que no son otra cosa
que obras de prestidigitadores. ¿Habremos de considerarlos por ello como Hijos
de Dios?. Según Celso, el cristianismo es para ignorantes. Las personas cultas
lo evitan y no se dejan embaucar.
Sin duda que Celso era tendencioso y como pagano estaba más que excusado de
entender a los cristianos. Como filósofo platónico y ciudadano de una sociedad
secularmente pagana se comprende que le resultara fácil formular preguntas en
tono sarcástico y escandaloso. Orígenes le llamó estúpido. En cualquier caso
este personaje formuló cuestiones interesantes a cara descubierta sobre los
fundamentos doctrinales del cristianismo y ello es de agradecer porque la
franqueza en la exposición de argumentos presuntamente falsos ayuda a encontrar
las respuestas adecuadas mejor que la hipocresía y el fingimiento. La libertad
de expresión favorece más la búsqueda de la verdad que las censuras y los
temores a las represalias por decir respetuosamente lo que se piensa.
En la línea de Celso se encuentra el filósofo platónico Porfirio nacido hacia
el año 233 en Tiro de Fenicia. Se estableció en Roma y allí se dio a conocer
como gran discípulo de Plotino. Hizo concesiones a la religiosidad popular y
admitía la magia, la astrología y toda suerte de divinidades paganas. Por el
contrario, fue duro e intolerante con el cristianismo. Prueba de ello fueron
sus quince libros “Contra los cristianos”, escritos durante su
convalecencia en Sicilia y de los que sólo se conservan algunos extractos y
citas. Se dice que esta obra debió ser víctima de alguna purga de libros
ordenada por los emperadores Constantino, Teodosio II o Valentiniano III.
Porfirio niega abiertamente la divinidad de Cristo y llega a decir que aunque
hubiese entre los griegos alguno tan obtuso como para creer que los
dioses residen realmente en las imágenes que tienen de ellos, ninguno lo será
tanto que llegue a admitir que la divinidad pudo entrar en el vientre de María
virgen, para convertirse en feto y ser envuelta en pañales después del parto.
Ataca duramente a S. Pedro y más aún a S. Pablo al que califica de ordinario,
oscurantista y demagogo. Le acusa de codicia. Según Porfirio, interpretando
palabras del propio Pablo a los corintios, como era pobre, predicaba para sacar
dinero a las damas ricas. Ese habría sido el cometido verdadero de sus viajes
apostólicos. Porfirio califica todas las creencias cristianas de irracionales y
es considerado como el pionero de la crítica racionalista de la Biblia.
De Porfirio cabe decir lo mismo que de Celso en cuanto a su sinceridad pagana.
Incluso es más civilizado, intelectual y sistemático. Todo un reto para el
desarrollo de la praxis cristiana sin fanatismos fideístas. Es lástima que esta
guerra intelectual contra el cristianismo no se haya mantenido siempre en este
nivel de discusión racional respetuosa en franca libertad de expresión por
ambas partes. Los paganos no respetaron la libertad religiosa de los cristianos
y estos no respetarán después la libertad de expresión teológica ni de paganos
ni de cristianos. A las persecuciones contra los cristianos sucederán por parte
de estos las persecuciones contra herejes y paganos a partir del siglo IV como
más tarde surgirán los fanatismos islámicos contra toda la humanidad hasta
nuestros días. Como es obvio, ya no se trata de revisar y perfeccionar las ideas
filosóficas recibidas de los maestros al estilo griego sino de utilizarlas como
armas mortales contra quienes no piensan igual. El uso de la razón empieza a
ser puesto en entredicho por tres libros esenciales de referencia: la Biblia,
en su tramo del Antiguo Testamento, por parte de los judíos; la Biblia en
general y el Nuevo Testamento en particular, por parte de los cristianos; y el
Corán más tarde por parte del mundo árabe. Es una guerra sin fronteras entre el
uso de la razón y las creencias de las tres grandes religiones monoteístas.
5) Remodelación
cristiana del pensamiento filosófico griego
Culturalmente hablando el cristianismo terminó convirtiéndose en el crisol de
la herencia recibida de Grecia y Roma, de judíos y árabes. Fue un proceso
difícil y a veces violento pero eficaz, que culminó en la edad media. La
filosofía, como expresión por antonomasia del uso de la razón, y la fe
religiosa de judíos árabes y cristianos se encontraron frente a frente. Hemos
recordado los primeros enfrentamientos y las diversas reacciones de emergencia
de los diversos grupos. Con la implantación del cristianismo en Occidente las
diversas soluciones al conflicto son protagonizadas principalmente por
filósofos y teólogos de inspiración cristiana. Incluso en nuestros días cuando
el protagonismo de los científicos (no de los filósofos que se encuentran a la
deriva) se impone progresivamente al margen de consideraciones filosóficas o
teológicas.
En el esquema mental greco-romano se presupone una concepción del cosmos como
eterno y autosuficiente. Todos los problemas se resuelven en base a la convicción
de que nada se crea ni se destruye sino que todo se transforma. El mundo ni habría
tenido origen ni tendrá fin. A los pensadores griegos les bastaba admirar el
orden y la belleza estructurales sin otro criterio histórico que la ley del
crecimiento y decadencia de las cosas. Todo se repite como la salida y puesta
del sol, o la sucesión de las estaciones. Para interpretar el mundo y el
acontecer histórico sobraba cualquier referencia a nada superior fuera del
mundo mismo en que vivimos. El presupuesto mental de la eternidad del mundo
supone la ausencia de un Dios personal y conduce a la negación racional de toda
providencia. Al no reconocer la existencia de un fin último como meta final no
puede hablarse propiamente de historia, la cual se reduce a un movimiento
absurdo sin punto de partida ni término de llegada. Eternidad y movimiento, en
efecto, son términos contradictorios.
El mundo es interpretado como fisis o natura o lo que es igual,
como principio de la unidad esencial en el seno de la pluralidad concreta
existencial. Es la síntesis de unidad y multiplicidad, de estaticidad y
movimiento, ciencia y opinión, esencia y existencia, fuera de cuyo ámbito no
existe nada y dentro del cual se encuentra la explicación última de todo,
incluidos los seres y valores presuntamente divinos. En la naturaleza se
encontraría toda la virtualidad de lo real. Conocer sus secretos equivale a
descubrir el substrato inmutable en la movilidad, la fuente del ser, el sentido
de la totalidad en la pluralidad, la ley universal del orden cósmico y el
criterio para establecer las lindes entre el conocimiento científico y la
opinión así como la regla suprema del comportamiento humano. La naturaleza es
sacra porque los mismos dioses son parte integral de ella. Por otra parte, la
naturaleza es inteligible en la medida en que puede explicarse a partir de la
inmutabilidad periódica según la cual los cambios son fenómenos regulares. Por
lo mismo, no queda margen para la significación universal de un único e
incomparable evento histórico. Al pensador griego no le interesaba propiamente
hablando el sentido de la historia ni el problema metafísico de Dios como
presunto árbitro del acontecer histórico. Lo que le interesaba más era la
cuestión del logos cósmico. La única historia que le interesaba era la
política.
Los acontecimientos presentes y pasados no se interpretan como verdadera
proyección de futuro, dada su concepción cíclica del tiempo, característica
común a todas las civilizaciones orientales no cristianas. Los acontecimientos
son tratados como imitaciones o remedos del ritmo de las estaciones del año
natural, y los periodos históricos interpretados en términos de florecimiento o
barbarie, progreso y decadencia, amor y odio, como una rueda en eterno
movimiento. La serenidad y la alegría de vivir no consiguen desvanecer su
sentimiento pesimista de la vida a causa del sufrimiento existencial. El
recurso a la razón para resolver el problema terminó siempre en fracaso. La
concepción cíclica del tiempo es la muerte de la historia al no dejar lugar
para el progreso ni una auténtica proyección de futuro. Desde esa perspectiva
se tiene la impresión de que todo es repetición interminable de lo mismo y
retorno a nuevas desilusiones y desencantos. El único futuro sería la
predicción, los oráculos y toda suerte de prácticas adivinatorias impregnadas
de fatalismo, superstición y folklore.
La percepción de este mundo como cosmos favorecía la racionalización del
orden materializado en la legalidad de la convivencia política en la
Ciudad-Estado. El Estado se convirtió así en el dueño absoluto de la vida y de
la muerte de los individuos que lo integran, lo que condujo a los griegos a la
más despiadada estatolatría. Baste recordar el socialismo espartano, el
comunismo platónico o el socialismo mitigado aristotélico. Mentalidad que en
Roma derivó hacia el despotismo jurídico y pragmático. Así estaban las cosas
filosóficamente hablando cuando irrumpió el cristianismo en la historia, lo que
significó el comienzo de una nueva era de la historia humana en la cual nos
encontramos en los albores del siglo XXI.
Con la cosmovisión introducida por el pensamiento cristiano la interpretación
del mundo y del acontecer humano en términos rotatorios quedó maltrecha. Según
S. Agustín, tal modo de ver las cosas hace imposible el logro de la felicidad
ansiosamente buscada por el hombre como saciedad entitativa y reposo en el
bienestar subjetivo. Si después de sufrir en esta vida la felicidad alcanzada
no lo es de forma culminante y definitiva sino sólo el punto de partida de un
retorno sin fin al dolor y a la muerte, la felicidad humana, liberación del
hombre o como se lo quiera llamar, valdría tanto como sus miserias y
calamidades. “Si sufrimos aquí los males presentes y tememos allí los futuros,
decía el Hiponense, seremos siempre unos completos desgraciados”. El miedo al
futuro intoxica la felicidad del presente.
La concepción cristiana del tiempo es un fenómeno historiable en sentido
progresivo e irreversible. No es un círculo sino una peregrinación hacia el fin
por un camino seguro. El fin y el camino de esa peregrinación convergen en la
persona de Cristo y no en los círculos vacíos y sin sentido de la
mentalidad grecorromana. Según el Génesis, “al principio creó Dios el cielo y
la tierra”. Esta afirmación significó una revolución metafísica tan profunda
que puede ser considerada como la subversión intelectual y cultural de todos
los sistemas interpretativos acuñados en la concepción cíclica del tiempo.
Aún admitiendo la posibilidad del origen eterno del mundo, según la cosmovisión
cristiana de la realidad ni el mundo ni el tiempo son eternos. La naturaleza
tiene un principio y existe un Señor del universo que da sentido a la historia
del hombre. A juicio del Hiponense, la concepción cíclica del tiempo fue fruto
de la ignorancia sobre el origen y fin último del género humano. La concepción
lineal cristiana presupone, entre otras cosas, que el curso de la historia
comienza realmente con la creación del mundo y se consumará con la
recapitulación de todas las cosas en Cristo. Lo cual significa que el pasado,
propiamente hablando, no se repite como vulgarmente suele decirse. Existe un
presente fugaz y decisivo en el cual el hombre se lo juega todo. Pero también
un futuro, que es lo más importante. El tiempo se convierte así en una tensión
humana constante hacia el porvenir.
La gran novedad cristiana frente a la filosofía tradicional de cuño
grecorromano consistió en la implantación de un modo humano de vivir inspirado
en principios nuevos hasta entonces desconocidos por los filósofos. Recordemos
algunos de ellos. Con la irrupción directa de Cristo sobre los asuntos humanos
se aclaró de una vez por todas la concepción de Dios como persona y distinto
del mundo. Dios es presentado ahora como Creador y no como fruto sublime de la
naturaleza y sometido a ella. Como consecuencia de esta novedad se vino abajo
la estatolatría o concepción mítica del Estado como intérprete y árbitro
supremo de la vida, muerte y educación de los ciudadanos. Con Cristo tanto la
naturaleza como el Estado quedan subordinados al Creador como ideal supremo de
vida y juez de todo comportamiento humano público y privado. La dignidad del
hombre no se mide por su dependencia del Estado sino por ser “imagen de Dios” y
afín a Él por la capacidad de inteligir, razonar y amar.
Con el advenimiento del cristianismo se vino también abajo la tesis helénica de
la eternidad del mundo que derivaba en fatalidad. Dios deja también de ser
entendido como una entelequia mental y es considerado como un padre y amigo
entrañable del hombre. Se introdujo además el verdadero concepto de historia.
Desde la clásica concepción cíclica del tiempo resultaba muy difícil la
comprensión adecuada del progreso humano. Se suponía que el hombre no cambia
realmente nada las cosas siendo el hombre mismo poco más que una pieza del
engranaje cósmico. Todo acontece de forma inexorable y ninguna intervención
humana podría cambiar un ápice en la naturaleza. El sólo intentarlo por parte
del hombre resultaría poco menos que un riesgo suicida.
Rigurosamente hablando, con el cristianismo se perfiló el verdadero concepto de
filosofía de la historia al consolidarse el individuo humano como el
presupuesto básico referencial previo a lo social. El tiempo se presenta como
algo estructurado en base al presente, pasado y por venir a partir del hecho de
la creación del mundo y el proyecto de redención humana. Es así como individual
y socialmente el hombre aparece estrechamente relacionado con su propia
historia. Al contrario de lo que ocurría desde la concepción rotativa del
tiempo, el individuo humano no puede quedar indiferente ante la historia ni el
conocimiento del porvenir determina fatalmente las diversas opciones de la
libertad humana ni su repercusión en el feliz o desgraciado desenlace final.
La cosmovisión cristiana sustituyó: El dogma helénico de la eternidad del mundo
por el de la creación; el cosmo-centrismo por el Cristo-centrismo; la
despiadada estatolatría por la democracia leal a la voluntad de Dios; la
concepción rotativa y fatalista del acontecer humano por la horizontalidad
histórica como preanuncio de la futura resurrección; la omnipotencia de los
dirigentes políticos por la omnipotencia de Dios como persona y Señor de la
vida y de la muerte; el socialismo totalitario por el personalismo social en el
que el amor compensa los defectos de la justicia; el amor-sexo por el amor
humano en el que la sexualidad es desmitificada y dignificada; el desencanto y
la desesperación frente al dolor humano por la esperanza en la muerte y
resurrección de Cristo; la valoración de la vida humana como propiedad del
Estado por su valoración como criatura e imagen de Dios y derecho humano
fundamental sin cuyo respeto en todas las etapas de su desarrollo resulta
absurdo hablar de derechos humanos.
El proceso de concienciación cultural todos estos aspectos fue lento,
progresivo y con frecuencia violento. Los cristianos de la primera hora se
preocuparon exclusivamente de hacer saber a sus contemporáneos que Cristo había
resucitado de entre los muertos sin el menor interés por las especulaciones
filosóficas. Su única filosofía consistió en conformar sus vidas a los dichos y
hechos de Cristo introduciendo en la conciencia de la humanidad la esperanza en
la futura resurrección. Pero pronto el movimiento cristiano se vio
acosado por el frente intelectual neoplatónico y los cristianos se vieron
obligados a empuñar las mismas armas intelectuales de sus opositores con el fin
de justificar su existencia en una sociedad en principio hostil a los cánones
cristianos de conducta práctica.
Con el paso del tiempo el asunto cristiano dejó de ser una cuestión interna de
las comunidades judías alcanzando proporciones alarmantes para la
intelectualidad clásica, herida ya de muerte. El cristianismo terminó
convirtiéndose en la gran novedad de los tiempos fascinando a los espíritus más
lúcidos. Desde el campo intelectual se intentó sofocar el movimiento cristiano
con la renovación del neoplatonismo adaptado a los nuevos tiempos. Como
respuesta política tuvieron lugar las famosas persecuciones. Por último, los
pensadores cristianos más importantes terminaron adoptando los esquemas
mentales de la filosofía clásica dotándoles de los contenidos nuevos aportados
por la cosmovisión cristiana. Fue una operación delicada y arriesgada ya que se
trataba de decir al mundo cosas distintas sirviéndose de los mismos esquemas
mentales ligeramente retocados. Se magnificó así el fascinante problema de las
relaciones entre la fe religiosa y el uso de la razón. Como hemos visto, el
problema había surgido ya por relación a la fe judaica. Pero ahora se magnifica
y se transmite de generación en generación hasta nuestros días en el seno de la
civilización cristiana asumiendo el mismo planteamiento posterior en relación con
el Islam. Del conflicto entre el uso de la razón filosófica con las creencias
religiosas de las tres grandes religiones monoteístas surgió la necesidad de
aprender también a hacer uso de la razón teológica. El problema se agudizó con
el tiempo hasta nuestros días en que, siendo esencialmente el mismo, ha
cambiado de rostro y se ha agravado con nuevas dificultades derivadas del
progreso de la razón científica.
6) Agustín de Hipona y el uso selectivo de la razón
filosófica
S. Agustín (Aurelio Agustín) nació en Tagaste el 13 de noviembre
del año 354 y murió el 28 de agosto del 430. Tagaste se llama actualmente
Souk-Ahras, en Argelia, y por aquellas calendas pertenecía a la provincia
romana llamada Numidia Proconsular. S. Agustín ha sido siempre paño de lágrimas
de espíritus atormentados. Según él, el uso de la razón filosófica en la
explicación de la fe cristiana es necesario pero con criterio selectivo de los
filósofos. De esta operación racional agustiniana me he ocupado ampliamente en
la obra Introducción a la Filosofía de S. Agustín (Madrid 1984).
El Hiponense se apuntó al uso platónico de la razón pero ni copia las ideas
platónicas más originales ni dea de poner crudamente de manifiesto sus
defectos. El platonismo, no obstante, le ofrece más posibilidades de
diálogo con la razón teológica cristiana que el resto de los filósofos. Eso es
todo. Por lo tanto, ni se puede exagerar su predilección platónica ni
subestimar su apertura a todas las corrientes de pensamiento que ofrezcan garantías
de diálogo. Por algún tiempo creyó que la elevación del pensamiento platónico
sobre Dios y el mundo del espíritu tendría una explicación en presuntos
contactos de Platón con la Biblia. Escribe textualmente: «Maravíllense algunos
que están en comunión con la gracia de Cristo con nosotros al oír o leer que
Platón sintió de Dios estas cosas que ven concuerdan en mucho con la verdad de
nuestra religión. Basados en esto, algunos han pensado que cuando viajó a
Egipto oyó al profeta Jeremías o que leyó en sus viajes las Escrituras
proféticas. A decir verdad, también yo inserté esta opinión en alguna de mis
obras. Pero, controlada con diligencia la cronología, que se contiene en la Historia
crónica, llegué a la conclusión de que desde el tiempo en que profetizó
Jeremías hasta el nacimiento de Platón mediaron cerca de cien años. Este vivió
ochenta y un años, y desde su muerte hasta el tiempo en que Tolomeo, rey de
Egipto, pidió a Judea las Escrituras proféticas de los hebreos y por medio de
setenta varones hebreos, versados también en la lengua griega, cuidó de
traducidas y tenerlas, pasaron casi otros sesenta años. Por tanto, en aquel
viaje Platón ni pudo ver a Jeremías, muerto tanto tiempo antes, ni leer las
escrituras, que aún no habían sido traducidas al griego, lengua que él sabía».
Es obvio que a S. Agustín no le convencía personalmente la teoría “del robo de
los filósofos” aunque tampoco excluyese totalmente la posibilidad de alguna
influencia de la Biblia sobre Platón. La tesis del “robo de los filósofos” fue
una estrategia de Filón de Alejandría para decirles a los filósofos griegos que
los judíos no tenían nada que aprender de ellos. Actitud imitada después por
los primeros intelectuales cristianos. Aquí se ve hasta qué punto la filosofía
platónica es aceptada por S. Agustín como instrumento extrínseco al servicio de
la revelación cristiana sin que ello sea obstáculo para dialogar con cualquiera
otro sistema filosófico razonable. El mismo S. Agustín contribuyó positivamente
al desarrollo ulterior de la razón filosófica occidental. De hecho, hasta la
llegada de Tomás de Aquino en el siglo XIII, el Hiponense fue el referente
obligado de los teólogos cristianos occidentales en el uso de la razón
filosófica y teológica bajo el eslogan: “para entender primero hay que
creer”.
7) ¿La razón filosófica o el
Corán?
El Corán es el Libro de los musulmanes como la Biblia lo es de los
judíos. Literalmente significa lectura o recitación y fue
presentado por Mahoma como palabra de Dios. Es un sincretismo de creencias
religiosas judías y cristianas hábilmente transformado en un instrumento de
unificación política y religiosa de las antiguas tribus árabes. Las creencias
cristianas asumidas en el Corán corresponden a tradiciones apócrifas y
deformadas conocidas por Mahoma probablemente durante sus viajes comerciales.
El islam asumió aspectos adulterados del cristianismo y recibió el impacto de
la filosofía griega a través de las traducciones e incluso del mazdeísmo y el
maniqueísmo. S. Juan Damasceno consideró al Islam como una herejía o desviación
cristiana. Lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que hubo monjes y
cristianos sirios que abrazaron la fe islámica y de este maridaje religioso
nació la teología de El Kalám. La polémica entre los teólogos sobre la
interpretación del Corán les llevó a todos a servirse de la filosofía para
defender sus respectivas posiciones. El Kalam se convirtió así en un semillero
de sectas y fanatismo religioso al tiempo que la filosofía griega, sobre todo
platónica y aristotélica, se revitalizó como instrumento intelectual al
servicio de la fe islámica. Hagamos un pequeño recordatorio de algunos
personajes significativos.
AL-KINDI (800-872). Ha sido considerado como la primera figura histórica
de la filosofía musulmana. Sus contemporáneos le llamaron “el filósofo de los
árabes” y se dice que el Califa Al-hamán le encargó la traducción de las obras
de Aristóteles y otros filósofos griegos. Su trabajo consistió en acomodar los
conceptos aristotélicos a la fe musulmana. Pensaba que Aristóteles coincidía en
muchas cosas con el Corán por lo que era muy útil para explicarlo e
interpretarlo. Enriqueció al Estagirita introduciendo los conceptos de creación
y de providencia divina desconocidos en la filosofía griega.
ALFARABI (870-950). Fue famoso como filósofo peripatético, matemático y médico.
Se relacionó mucho con los cristianos de su tiempo y fue considerado por sus
contemporáneos como el segundo maestro después de Aristóteles. Se dice que fue
muy religioso y adicto al sufismo. El sufismo era una secta coránica
filosóficamente neoplatónica y mística con influencias budistas. Los sufistas,
a imitación de los cristianos, crearon monasterios islámicos y se consideraron
llamados a islamizar toda África. La sumisión de la filosofía como expresión
genuina del uso de la razón le llevó a sostener cosas tan pintorescas como la
teoría del entendimiento agente separado identificándolo con el Ángel Gabriel
como presunto revelador a Mahoma del Corán.
En esta línea se posicionó Avicena (980-1037). Cordobés de nacimiento, sufrió
persecución política, cárcel y destierro. Por fin abandonó la política para
dedicarse a la teología. Su posición frente a la filosofía fue la de coordinar
y compatibilizar el uso de la razón con la fe islámica. La secta de los
alfaquíes rechazaba de plano la filosofía para asumir literalmente las
enseñanzas del Corán. Otros, en cambio, sobreestimaban tanto la filosofía y las
ciencias humanas que terminaban menospreciando la fe. Frente a los primeros Ibn
Hazm (994-1063) reconoció la utilidad de los conocimientos racionales y
de la filosofía. Pero siempre y cuando se reconozca la prioridad de la
revelación coránica, la cual pude salvar a los hombres sin necesidad de ser
razonada.
IBN-AL-SID (1052-1127). Nacido en Badajoz y muerto en Valencia, tampoco la vida
le fue fácil. Según él, la fe en las verdades del Corán y la razón filosófica
son dos formas de conocimiento de suyo complementarias. Por la filosofía
conocemos la verdad de las cosas de forma demostrativa y por la fe de forma
persuasiva. Esta segunda forma de conocimiento corresponde a la fantasía y es
la revelación del Corán. Pero ambos conocimientos tienen como objetivo común la
verdad. De ahí, que el conflicto entre el Corán y las tesis filosóficas sobre
la existencia de Dios y otras cuestiones sea, según él, más aparente que real
ya que en el fondo la verdad es una.
ALGAZEL (1058-1111). Atravesó una crisis muy fuerte de escepticismo llegando a
dudar de la razón, de la revelación y hasta de las cosas más obvias. Crisis que
fue superada, según él, gracias a una revelación divina por lo que se puso a
estudiar a fondo la filosofía y las sectas religiosas del Islam. Pero el
estudio del aristotelismo y las especulaciones teológicas de El Kalam
produjeron en él un profundo desengaño. Como consecuencia de ello abandonó la
confianza en la razón y se refugió en la fe en Dios y en los profetas por
razones meramente sentimentales. La salvación, pensaba, no viene de la razón
sino de la fe y la contemplación de Dios mediante las virtudes. Escribió dos
obras contra la filosofía y los filósofos. Algazel reventó el desarrollo de la
filosofía en el Oriente musulmán oponiéndose a los intentos de Alfarabí y
Avicena de armonizar en un sistema orgánico la filosofía con las enseñanzas del
Corán. El fideísmo se impuso así de forma brutal al uso de la razón. No es que
anule el valor de la razón, pero quiere que se someta servilmente a la fe
poniendo la revelación coránica por encima de las especulaciones de los
filósofos.
AVERROES (1126-1198). Es otro cordobés ilustre por su talento científico,
teológico y filosófico en la línea de Aristóteles. Fueron condenados él y su
obra pero tuvo suerte llegando a los setenta y dos años de edad, que para
aquellos tiempos eran muchos años de vida. Murió desterrado en Marruecos pero
sus restos volvieron gloriosamente a Córdoba. Abenarabi, que asistió al
entierro, cuenta que el cadáver de Averroes iba colocado a un lado de la mula y
al otro colocaron sus libros haciendo contrapeso. Averroes fue un aristotélico
convencido frente a la posición irracional de Algazel contra la filosofía por
lo que se le ha acusado injustamente de ateísmo e impiedad. Pensaba, contra
Algazel, que la filosofía no tiene nada en contra del Corán. Filosofía y
religión islámica buscan la verdad por caminos distintos. La filosofía estudia
en la realidad de la existencia los indicios que conducen al conocimiento de
Dios como hacedor del mundo y la revelación del Corán enseña la práctica de la
verdad que consiste en la ejecución de los actos que conducen a la felicidad y
evitan la desgracia en la vida futura.
La filosofía no puede contradecir a la revelación divina ya que la verdad no
puede contradecir a la verdad. Pero a veces parece que hay conflicto entre la
filosofía y la religión. Cuando tal ocurre, opinaba Averroes, se ha de pensar
que la revelación no habla del asunto en conflicto o bien que la revelación
está allí contenida implícitamente. Es obvio que en el primer caso el conflicto
es sólo aparente. No existe contradicción entre la revelación y la razón ya que
la revelación está fuera de juego. En el segundo caso habrá que examinar
detenidamente el texto revelado. Si, no obstante, persiste la contradicción, el
texto revelado deberá ser interpretado alegóricamente según los cánones o
reglas de la lengua árabe. Lo que el filósofo cordobés quiere dejar en claro es
su convicción de que, de suyo, no puede haber contradicción entre la verdad
filosófica y la presuntamente revelada en el Corán. Se trata simplemente de
niveles diversos de intelección: vulgar, fiel, teológico y filosófico. De donde
se infiere que no es correcto atribuir a Averroes la paternidad de la teoría de
la doble verdad, como si una afirmación pudiera ser totalmente verdadera desde
el punto de vista de la razón y al mismo tiempo y en el mismo sentido falsa
desde el punto de vista de la revelación. Y viceversa. Digamos para terminar
que el impacto de la filosofía fue imparable en el ámbito judío y árabe, pero
siempre bajo el sometimiento del uso de la razón a los sentimientos, creencias
y tradiciones básicas de la Biblia judía y del Corán. Dicho lo cual cabe añadir
que el cristianismo terminó convirtiéndose después en el crisol cultural de
Occidente de la tradición griega, judía y árabe en base al Nuevo Testamento y
la denominada tradición patrística. La operación fue larga, difícil y a veces
dolorosa como consta por la fascinante y desconcertante historia de la cultura
occidental desde la irrupción del cristianismo en la historia.
3. Alberto Magno y el uso de la razón científica
Alberto Magno (1206-1280) nació en Baviera y estudió desde
muy pronto en París donde pidió ingresar en la Orden dominicana de reciente
fundación por Domingo de Guzmán. Inició su carrera docente en Colonia. Después
enseño en Hildessein, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo y París donde
encontró el material cultural y al hombre, Tomás de Aquino, que construirá
después el edificio intelectual más bello de la cristiandad.
Por aquellas calendas del siglo XIII el estudio en las recién creadas
universidades estaba centrado en la Biblia y los Padres de la Iglesia al estilo
tradicional con Agustín de Hipona de fondo y las reservas impuestas respecto de
Aristóteles y las influencias árabes. Pero en 1259 tuvo lugar el Capítulo
dominicano de Valenciennes al cual asistieron Alberto Magno, Tomás de Aquino y
Pedro de Tarantasia (futuro Inocencio IV), los cuales sacaron adelante la
siguiente ordenación: “Quod ordinetur in provinciis, quae indiguerint, aliquod
studium artium, vel aliqua, ubi iuvenes instruantur”. Lo sustancial de esta
histórica ordenación es que se ordena la creación de centros en los que los
jóvenes aspirantes a la Orden dominicana se formen en el estudio de las artes.
O sea, de la filosofía y de todo lo que el estudio de la filosofía lleva
consigo. En consecuencia, en Alemania se crearon centros para el estudio
específico de las ciencias naturales y en este proyecto la intervención de
Alberto Magno fue decisiva hasta el extremo de presentar la dimisión como
Obispo de Ratisbona para dedicarse por completo a la vida académica y la
investigación.
Históricamente Alberto Magno representa uno de los pilares del pensamiento
occidental. Roger Bacon, a quien tanto molestaba que se alabara a nadie,
reconoció que jamás hombre alguno había gozado en vida de tanta autoridad
intelectual como Alberto Magno. De hecho, fue citado explícitamente en vida por
sus contemporáneos, cosa realmente insólita en aquellos tiempos. Intelectualmente
su propósito era claro. “Physica, metaphysica et matemática, intentio nostra
est omnes praedictas partes facere latinis intelligibiles”. O sea, latinizar
toda la cultura representada por la física, la metafísica y las matemáticas.
Con Alberto la física, las ciencias naturales y la razón aristotélica
entraron por la puerta grande de los programas de estudio dominicanos de su
tiempo. Y todo ello a pesar de las persistentes condenas del pensamiento
aristotélico que tuvieron lugar en París. La autoridad intelectual de Alberto
Magno era tal que esas condenas no iban con él. Tenía claro que en la búsqueda
de la verdad hay que dejar abiertas las puertas a los grandes pensadores, ya
sea Aristóteles, Platón o cualquiera otro con el que nos encontremos durante
esa búsqueda. Alberto defendió sin miedo la autonomía de la razón filosófica y
de todo el saber humano sin menoscabo de la autonomía de la razón teológica.
Para acertar en esta delicada cuestión hay que precisar el método, el objeto
propio y finalidad de los diversos ámbitos del saber humano.
Uno de los rasgos más genuinos de la personalidad intelectual de Alberto Magno
fue la promoción que hizo del estudio de las ciencias naturales en la medida
que lo permitían las circunstancias de su tiempo. Erns Meyer ha llegado a decir
que durante casi mil años Alberto el Grande fue el único representante de la
botánica auténticamente científica. Igualmente Franz Strunck ha dicho que los
conocimientos botánicos de Alberto Magno rayan en lo prodigioso. No estudia la
naturaleza, como era lo corriente, para encontrar alegorías literarias y
místicas, sino para hacer ciencia en el sentido más riguroso de la palabra,
proclamando a la experimentación como el único método científicamente válido
para el estudio de la botánica, de la zoología y mineralogía. Quien en sus
investigaciones sobre la naturaleza, decía, se olvida del movimiento y de los
datos sensibles, se expone a engañarse a sí mismo y decepcionar a los demás.
Toda conclusión que contradiga a los sentidos en el estudio de las ciencias
naturales corre el riesgo de ser inadmisible.
Ahora bien, tanto la experimentación como la verificación requieren mucho
tiempo y paciencia. Es necesario repetir los experimentos muchas veces y en
diversas circunstancias para llegar a conclusiones científicamente aceptables.
Alberto Magno realizó cálculos sobre el diámetro de la tierra y otras
cuestiones interesantes. Sus logros en este campo no son relevantes. Es todavía
el siglo XIII. Se ha pensado también que su preocupación por los asuntos de las
ciencias físicas y naturales influyó en los protagonistas del descubrimiento de
América. H. J. Stadler, editor de sus escritos sobre zoología, no dudó en
escribir que “si hubiera continuado el desarrollo de las Ciencias de la
Naturaleza por el camino emprendido por san Alberto, se les hubiera ahorrado un
rodeo de tres siglos.” Alberto se propuso hacer inteligibles a los latinos
todas las partes de la filosofía aristotélica así como la ciencia árabe y
judía. A él le debemos, según Gilson, la distinción definitiva entre la razón
filosófica y la razón teológica como etapas de plenitud del conocimiento humano
y no como enemigos irreconciliables. Para ello tuvo que luchar contra aquellos
que querían negar todo espacio a la razón científica y filosófica para quedarse
exclusivamente con la razón bíblica. A ellos se refiere Alberto cuando dice:
“Hay ignorantes que quieren combatir por todos los medios el empleo de la
Filosofía, y sobre todo entre los predicadores, donde nadie les resiste,
bestias brutas que blasfeman lo que ignoran.” Nos encontramos ante una vocación
científica de pura raza y la afirmación contundente de la autonomía y
complementariedad de la razón científica, filosófica y teológica al mismo
tiempo. Por este solo hecho se comprende que fuera respetado por sus
contemporáneos, citado en vida y acreedor del título de Alberto el Grande.
Con esta mentalidad realista se empeñó a fondo en la tutoría y formación
intelectual de su mejor alumno, Tomás de Aquino, al que confió como
heredad todo su saber enciclopédico. Primero le tuvo como alumno en París.
Luego se lo llevó consigo a Colonia teniéndole siempre a su lado en la
composición de un plan de estudios pionero para los frailes de su Orden. El
joven Tomás de Aquino debutó como profesor en el primer Estudio dominicano de
Colonia. Ya anciano y jubilado, Alberto estaba muy preocupado por la suerte de
su alumno Tomás en París. Cuando supo de que el obispo Tempier había puesto en
entredicho algunas enseñanzas de Tomás, Alberto, su maestro, se creyó en el
deber de hacer un viaje casi heroico a Paris para defender con su autoridad a
su discípulo predilecto.
Esta estampa de afecto fue descrita de forma impactante por Hugo de
Lucca. La impresión que causó la llegada a París de este anciano maestro y
obispo dimisionario para defender moralmente a Tomás de Aquino fue grande. De
vuelta en Colonia revisó por orden los escritos de Tomás y como resultado de
esta revisión celebró una reunión solemne con sus compañeros dominicos para
convencerlos de que en los escrito de Tomás no había nada que condenar o poner
bajo sospecha. Alberto murió poco después de haber cumplido con esta misión
histórica. Probablemente fue la factura que hubo de pagar por aquel arriesgado viaje
sin precedentes. No es exagerado decir que lo mejor de la obra intelectual de
Alberto el Grande consistió en crear conciencia sobre la razón científica en el
sentido moderno de la palabra y sobre la razón filosófica y teológica como
etapas complementarias de acceso racional a la verdad universal fijando los
objetos propios y los fines específicos del uso de la razón. La realización más
cumplida de este noble proyecto fue el propio Tomás de Aquino con el que se
produce un antes y un después histórico en el arte de usar la razón en su
plenitud. Con Alberto Magno se impone la conciencia de la razón científica como
elemento indispensable para el uso más cualificado posible de la razón
filosófica y teológica.
4. Tomás de Aquino y el uso de la razón en
su plenitud
1)
Rasgos de su personalidad intelectual
El currículo intelectual de Tomás de Aquino (1225-1274) es universalmente
conocido pero me interesa destacar aquí algunos datos singulares relacionados
con el tema que nos ocupa sobre el uso de la razón teológica. Muchos
intelectuales de París y autoridades locales se propusieron cerrarle todas las
puertas académicas hasta el punto de que sólo por expresa intervención papal
tuvo acceso a la cátedra. Y paradójicamente saltándose los reglamentos
académicos en vigor que regulaban la edad de acceso a las cátedras. Durante las
desgarradoras polémicas de su tiempo y frente a los violentos ataques contra su
persona jamás perdió su paz personal. Ni siquiera cuando los salvajes
estudiantes parisinos, instigados por el maligno bedel de la Facultad,
irrumpían en su aula sembrando el desorden y boicotear su docencia. Detestaba
los procedimientos demagógicos y no soportaba que los problemas más delicados y
oscuros fuesen discutidos irresponsablemente ante la masa de los ignorantes con
intenciones bastardas. A esos demagogos invitó más de una vez a discutir
personalmente con él en lugar de instrumentalizar la inexperiencia juvenil.
Tampoco comulgaba con la insolencia de algunos teólogos que parecían arrogarse
el monopolio de la verdad.
Cuando algunos protestantes lúcidos se cansaron de oír el socarrón y burlesco
capítulo “de doctoribus scholasticis”, dirigieron su atención hacia Tomás de
Aquino y el encuentro fue sorprendente. Leibniz, por ejemplo, admiró sin
reservas la solidez de su doctrina. Buddeo destacó la grandeza
de su genio. Wolf no vaciló en reconocer la penetración de su talento. Brucker
quedó pasmado ante el espíritu rigurosamente científico del Aquinate, la
justeza de sus juicios y hasta su erudición. S. Alberto el Grande le había
llamado con cariño de preceptor “la flor y honra del mundo y el hombre más
sabio que dieron a luz los tiempos”,
Ha sido un protestante, Neander, quien condecoró a Tomás de Aquino con el
birrete de doctor de los siglos mientras Leanderer celebra la
profundidad y precisión del pensamiento tomasiano así como su feliz solución
al delicado y viejo problema de las relaciones entre la fe divina y la razón
humana. Para Lecaultre el Aquinate es el teólogo por antonomasia del
catolicismo y el representante genuino de toda su ciencia. El mismo Harnak
queda asombrado ante la fuerza mental hercúlea desplegada en la obra
tomista, mientras C. R. S. Harris reconoce en Tomás de Aquino un poder de
síntesis sin par, un dominio prodigioso del detalle y una facultad para la
presentación lúcida de los problemas que ningún otro pensador medieval podía
igualar.
Por último permítaseme aún citar unas palabras textuales de Rodolfo Ihering
tomadas de la segunda edición de su ensayo Der Zweck im Recht: “Yo me
pregunto con asombro –dice- cómo es posible que tales ideas una vez expresadas
(por Tomás) hayan podido ser tan completamente olvidadas por nuestra ciencia
protestante. ¡Qué desviaciones no hubiera ésta evitado, si las hubiese recordado!.
Por mi parte yo nunca hubiera tal vez escrito mi libro, si las hubiera
conocido, ya que las ideas fundamentales que he tratado, se hallan explicadas
con perfecta claridad y en fórmulas extraordinariamente expresivas en este
poderoso pensador;”. Los comentarios elogiosos sobre Tomás de Aquino equivalen
a un canto al uso de la razón sin precedentes por encima de las comprensibles
limitaciones que eventualmente puedan hallarse en sus sistema de pensamiento.
Tomás de Aquino no es un mero profesional de la teología sino un profeso
de la verdad. El uso de la razón teológica en la investigación no consiste para
él en una mera ocupación sino en una dedicación de por vida
a la búsqueda de la verdad. Dedicación intelectual que consiste en conformar
las facultades cognoscitivas a la realidad y ofrecer lo que así se nos muestra
a la consideración de los demás. El verdadero filósofo y teólogo se dedica a
hacer que la realidad configure nuestras mentes y esa adecuación es lo
que constituye la esencia de toda verdad. Ahora bien, vivir intelectivamente,
según esta configuración, es en lo que constituye la profesión filosófica y
teológica. El auténtico filósofo y teólogo al modo de Tomás de Aquino es un profeso
de la verdad.
Y no es cuestión de ocuparse de la verdad como quien se entretiene con ella. El
buscar la verdad no es una forma de ocupar el tiempo. O una mera ocupación
laboral para conseguir un sueldo. Quienes así usan la razón no son profesos de
la verdad sino trabajadores que se ganan la vida transmitiendo cultura en las
aulas, o como escritores de oficio o traductores de libros. Estos poseen
verdades, ciertamente, pero a trozos y como poseedores de algo que les es
ajeno. Por el contrario, el que se dedica a la búsqueda de la verdad
conformando su mente y su vida a la realidad no posee verdades sino que está poseído
por ellas. En la investigación filosófica y teológica de la verdad vamos de la
mano de la realidad y nos sentimos arrastrados por ella de forma natural y sin
prejuicios. Tomás de Aquino no es un ideólogo que maneja y juega con las ideas
con fines ajenos a la verdad misma sino que, una vez hallada la verdad, se
entrega gozoso a ella. La búsqueda permanente de la verdad para entregarse a
ella con todas las consecuencias constituye unos de los rasgos esenciales de la
personalidad intelectual de Tomás de Aquino.
El intelectual tomista carga sobre sus espaldas con la gravosa responsabilidad
de enseñar a los incipientes, orientar a los sabios y exponer siempre la verdad
de acuerdo con el método propio de cada ciencia. En la exposición va incluida
la crítica del método y del contenido docente. Habrá que eliminar aquellas
cuestiones cuyo valor es sólo momentáneo y efímero, para atenerse, no a los
convencionalismos de disputas programadas para entretenimiento de bohemios
aburridos, al servicio de demagogos militantes o de las circunstancias
emocionales producidas por este o aquel libro publicitaria y comercialmente
importante, sino a los postulados naturales de la inteligencia y de la
esencia misma de las cosas sobre las que se investiga.
La investigación científica, dice textualmente Santo Tomás, “no consiste en
saber lo que los hombres opinan, sino en averiguar lo que realmente son las
cosas”, lo cual es tanto más admirable cuanto que la consideración dialogada
con el parecer de los demás es un aspecto esencial del método tomista (De
coelo et mundo, lect. 22; 11 Ethi., lect. 11). Pero el fallo final de
una auténtica investigación racional tomista no depende del mayor o menor
número de opiniones o pareceres estadísticamente registrados, sino del peso
de las razones halladas. La verdad no es patrimonio de ninguna clase
social, cultura o época histórica, sino de la razón. La verdad a la que
el hombre puede tener acceso no puede ser otra cosa que racional, es
decir, buscada y encontrada con la razón y traducida en razones intrínsecas y
sapienciales. Del rango y categoría de esas razones depende la valía de cada
ciencia particular. El método tomista, además, incorpora el diálogo
científico en el cual se investiga siempre teniendo en cuenta todas las
adquisiciones y puntos de vista posibles en torno al problema en cuestión, sin
menoscabo de la lealtad a la verdad objetiva en sí misma y a la
posibilidad radical de la inteligencia para alcanzarla. El resultado final es
el logro de visiones integrales y sapienciales de las cosas y de
la vida, de suerte que el espíritu, que al principio se afanaba dialécticamente
en la búsqueda, quede al fin plenamente saciado al tiempo que surgen nuevos
“campos científicos” intelectualmente roturables. El término de una
investigación es siempre el comienzo de otra nueva.
Los hallazgos que se van obteniendo jamás turban el espíritu. Al contrario, le
alientan y estimulan, fortalecen y fecundan capacitándole progresivamente para
nuevos descubrimientos sin riesgo de trastornar el orden natural de los
valores. Una buena investigación tomista es como una inseminación constante de
la inteligencia. Para Tomás de Aquino la razón tiene el noble quehacer de
interpretar autónoma y libremente las ciencias experimentales y
racionales a un nivel de la conciencia humana en el que hasta los postulados de
la divina revelación devienen razonables y humanamente necesarios. En
el contexto de esta visión sapiencial todos los órdenes del saber fraternizan
admirablemente y son reducidos a la unidad. Nada más anti-tomista que la
anarquía en el reino del saber. Pero todo esto requiere un adiestramiento
peculiar de la inteligencia. Adiestramiento que, para el Aquinate, implica de
modo muy especial la capacidad psíquica de reflexionar analogando.
La
operación de abstraer y de analogar después, es el presupuesto
indispensable para una sana reflexión filosófica y teológica. De hecho, cuando
un sujeto es incapaz de universalizar, lo más probable es que sus facultades
han tropezado con algún escollo neurológico o emotivo. Pero no basta
universalizar. Para Tomás de Aquino, de acuerdo con la más sana psicología
experimental, es preciso que la inteligencia prosiga en su evolución endógena
hasta ser capaz de ANALOGAR, pues no basta conocer la razón de ser de las cosas
en abstracto sino que es preciso captarla después existenciada, es
decir, realizada en el tiempo, en el espacio vital y en medidas
ontológicamente proporcionales.
Otro rasgo característico de la educación tomista de la inteligencia es el desinterés
y audacia con que Tomás de Aquino busca la verdad. A ese desinterés,
como rasgo sublime del amor, hay que añadir su confianza inquebrantable en
los insospechados poderes de la inteligencia humana y en Dios. El escepticismo
o la indiferencia ante estas realidades, en sano tomismo no es una postura
intelectual prudente, como pudieran pensar algunos, sino una señal inequívoca
de subdesarrollo intelectual, si no de mala voluntad. La verdad, sea ella cual
fuere, jamás debe ser temida y se la ha de buscar con amor aplicando las
técnicas más adecuadas a la inteligencia y a la naturaleza de las cosas en un
“campo” objetivo liberado de las posibles falsificaciones provenientes de los
condicionamientos subjetivos de la persona que investiga. De ahí que Tomás de
Aquino continúe siendo, a despecho del tiempo, el representante más genuino del
rigor científico y del progreso en la esfera de la reflexión humana. Ese rigor
es patente en la arquitectura misma de todas sus obras, pero de modo especial
en el articulus de la Suma Teológica, como modelo acabado de una
auténtica investigación científica dialogada. Tomás de Aquino fue además
humilde y consciente de la revolución intelectual y pedagógica que su obra
habría de representar. Para comprender todo el alcance de esta afirmación
basta leer con sentido crítico y contextualización histórica el breve y
carismático prólogo a la Suma Teológica.
2) Valor de la materia y terapia
intelectual contra el materialismo
La materia es el componente de los cuerpos físicos visibles y palpables.
Propiedades de la materia son la extensión, inercia y gravitación. La materia
se puede tocar, medir, pesar y cuantificar. Entre los elementos constitutivos
de la materia cabe destacar las partículas elementales denominadas electrones,
protones y neutrones. Materia es toda sustancia corpórea opuesta al espíritu,
que no es ni visible ni palpable. En la filosofía aristotélica la materia es
una de las cuatros causas o factores constitutivos sustanciales e internos de
una realidad completa. Se dice así que para conocer plenamente una cosa es
preciso descubrir sus cuatro causas: eficiente y final (externas), material y
formal (internas). En la antigüedad se llamaba materialistas a aquellos
filósofos que se ocuparon preferentemente del estudio de la materia al estilo
de los atomistas como Demócrito o los epicúreos pero sin negar necesariamente
la existencia de otros aspectos de la realidad. Su fallo consistió en
preocuparse de la materia como si sólo interesara la dimensión física de
las cosas.
El materialismo científico moderno tiene dos vertientes muy destacables. Una,
la que se deriva de la llamada “razón científica”, según la cual en el
conocimiento científico (matemático) de la materia estaría la clave del
progreso y del futuro de la humanidad. Los científicos que así piensan están
tan ocupados en desentrañar científicamente la materia que no tienen tiempo
para pensar en otra cosa. Trabajan y capitalizan sus éxitos al margen de
cualquier reflexión filosófica o teológica. Tal es el caso del materialismo de
muchos científicos actuales en el campo de la genética y de la bioética. Otra,
la de aquellos que presentan el materialismo como una filosofía de la vida
tratando de explicarlo todo, incluso los acontecimientos más alejados de la
materia como si todo fuera sustancialmente materia o reductible a la materia
bruta. El caso históricamente más escandaloso lo hemos tenido en el
materialismo dialéctico marxista. El materialismo tiene muchos rostros. Cuando
en el lenguaje coloquial se dice de alguien que es muy materialista lo que se
quiere destacar es que sólo piensa en el dinero y en disfrutar de los bienes de
este mundo sin ninguna preocupación de tipo trascendente. Cuando hablamos de
enquistamiento intelectual en la materia como efecto de la mentalidad
“operacionista” nos referimos tanto al materialismo científico como filosófico.
En el primer caso se prescinde de todo lo que no sea material. En el segundo el
materialismo es presentado como una explicación metafísica de la realidad
universal.
Las consecuencias del “operacionismo” generalizado tienen particular vigencia
en la convencionalmente llamada Ciencia Moderna referida a la física
matemática, a la mecánica cuántica, a las teorías relativistas, y, sobre todo,
a la revolución que se está llevando a cabo en el terreno silencioso de la
bioquímica y de la biogenética. Todas estas aproximaciones a la realidad han
dado lugar a la llamada nueva filosofía científica, o más exactamente, Filosofía
de la Ciencia. Desde una óptica tomista, los felices logros alcanzados por
estas ciencias particulares en el dominio reducido de la materia, no son sorprendentes,
ya que nadie como Tomás de Aquino fue tan temerariamente generoso en reconocer
a la inteligencia humana poderes tan fabulosos como los implicados en su teoría
sobre la virtualidad instrumental de las causas segundas. Pero se tiene la
impresión de que, a fuerza de bucear en la materia el hombre se cosifica y
abraza a la materia como a una madre tiranamente tierna, precipitando así el
naufragio de los valores más trascendentes y específicamente humanos.
Para justificar esta postura esencialmente intra-cósmica y
cerrada a una metafísica en la que la vida humana encontrase su verdadero
sentido, los científicos desconectan metódicamente la inteligencia del ser universal
para ocuparse única y exclusivamente en el control y manipulación de los
elementos microfísicos susceptibles de cuantificación. Aquí justamente, en el
nivel de la constitución misma de la materia, es donde se fragua el
embrutecimiento espiritual de muchos científicos y de cuantos ingenuamente son
hipnotizados por sus promesas. En los slogans publicitarios
etiquetados con el refrendo de la ciencia no se advierte a los consumistas de
ilusiones que las partículas elementales a las que físicamente se puede llegar
mediante una rigurosa disección de la materia no son otra cosa que una
aproximación a la realidad, o si se quiere, una mera expresión feliz de la
misma. Detrás de esas partículas no subsiste más que un conjunto de
propiedades estructurales representadas por un sistema de ecuaciones
diferenciales dotadas de movimiento y localizadas en un espacio diminuto. En
realidad, esas partículas o cuantos energéticos, físicamente no son más que
conceptos intelectuales de estructura matemática.
Ahora bien, y aquí está el nudo gordiano de los físicos, ¿cómo
concebir el paso de ese conjunto conceptual de estructura matemática a las
modalidades localizables, mensurables y perceptibles que constituyen el mundo
de lo real? Es evidente que entre las ondas matemáticas que figuran al
final del análisis o primeros substratos cuánticos, a partir de los cuales van
a elaborarse los electrones, protones, átomos y moléculas, y nuestro
conocimiento de lo real, media un abismo insuperable desde el punto de
vista estrictamente físico. Lo único que la física puede y debe hacer es poner
a disposición del metafísico esos datos de conocimiento como materia de
reflexión. De no aceptar esa generosa donación intelectual, el físico se obcecará
y se estrellará intelectualmente contra la materia cuántica, encerrándose en un
callejón sin salida para desembocar en un burdo y grosero materialismo
utilitarista y funcional.
Tomás de Aquino soslaya ese peligro partiendo de un concepto de materia más
amplio, capaz de abarcar todos los dominios de lo real confiado a la ciencia.
La materia tomista es ante todo un substrato susceptible a todo tipo de
transformaciones, comprendiendo tanto la energía cuántica, en la que se
resuelve toda materia física, como su dimensión rigurosamente corpuscular. Para
Tomás de Aquino ambas dimensiones de la materia no son otra cosa que estados
actuales, es decir, “formas” adoptadas por la materia entendida en un
sentido mucho más profundo como subyacente o soporte de ambos estados,
capaz de conferir su posibilidad de ser a cualquier elemento corporal
en no importa qué estado de mensurabilidad original. De donde resulta que esos
substratos intelectuales básicos en los que se resuelven los últimos análisis
de la disección física de la materia no expresan más que un aspecto parcial de
la materia tomista perceptible y adecuadamente comprensible en el orden
inteligible y abierta a toda forma posible generadora de lo real.
Largo sería evidenciar aquí con todo rigor la inconsistencia científica del
materialismo, que en nombre de la ciencia embrutece las conciencias de
nuestros congéneres. Pero creo obligado recordar otro aspecto importante
ligado a este tipo de materialismo barato. Me refiero al hecho de que, por
increíble que parezca, la cacareada evolución que a tantas conciencias ha
turbado poniéndolas en conflicto científico con el Creador, sometida a un
riguroso análisis tomista se reduce a una sencilla prueba positiva de aquello
justamente que algunos pretendían negar: la creación del mundo por un Ser
personal, dueño absoluto de la vida y de la muerte. La materia, pues, desde
cualquier punto de vista que se la mire, o es una mera ficción mental, o se
reduce a un aspecto particular de lo real forzosamente abierto a la realidad
universal sin reservas, restricciones ni prejuicios. De donde se infiere que el
materialismo dialéctico, cebado en la sola materia bruta cuantificable e interpretada
a base de categorías exclusivamente historio-dialécticas, es tan falso y
humanamente peligroso como falto de fundamento científico en la realidad.
En Tomás de Aquino flota por doquier la verdadera dimensión ontológica de la
persona humana como fuente racional de su dignidad, del valor real de las
relaciones interpersonales, del orden social, de la justicia más humana y
objetiva, de la prudencia como principio dinámico y reconstituyente de una
buena salud moral así como el verdadero sentido de la naturaleza social del
hombre. El olvido, además, de las estructuras ontológicas tomistas de la persona
humana ha dado lugar a la deshumanización del lenguaje, convertido en
estructuras puramente formalistas caprichosamente reducidas a fórmulas asépticas
matemáticas, desarraigadas de la vida y de los sentimientos. Una vez
desconsiderada la estructura primaria del individuo humano y reducido el
lenguaje a hipotéticos conjuntos algebraicos, sociológicos y culturales, se
cierran las puertas a la comunicación humana del pensamiento como comunión
vital inter-subjetiva y se da paso a la lucha despiadada de las
macro-estructuras sociales y culturales en cuya refriega la persona humana y
la vida de los más inocentes son siempre el inmolado chivo expiatorio.
En Tomás de Aquino esta encarnizada e inútil pelea está curada en su propia
raíz, ya que el lenguaje no es interpretado como causa del conocimiento y de la
sociedad sino como fruto precioso y sazonado del humano pensar, expresión
sublime de la vida y estímulo constante de acción. Para Sto. Tomás la materia
física es sólo un aspecto o parcela de la realidad universal cuyo conocimiento
debe estar abierto siempre a la reflexión trascendente y no limitado al círculo
exclusivo de lo material. Esto, que parece obvio al sentido común, tiene una
relevancia particular en el sistema tomista. El conocimiento humano no puede
quedarse en la fase meramente descriptiva de la materia sino que tiene que
ceder el paso a la reflexión propiamente dicha sobre la misma. No basta
“desguazar” científicamente la materia. Es preciso interpretarla lo cual nos
lleva de la mano a la reflexión.
3) La razón teológica como plenitud del uso de la razón
En Tomás de Aquino resulta incomprensible el divorcio entre el asentimiento firme
y seguro a la Palabra de Dios o dato revelado y la búsqueda racional,
la tensión intelectual y hasta una saludable insatisfacción, alimentada
por la misma certeza previa de la fe, a la vista de lo que falta por conocer
desde la tribuna de lo conocido. La cerrazón de la mente es una postura tan
incoherente con la fe como la precipitación en un fideísmo angelical
descarnado, pues en buen tomismo y en la realidad la interrelación cuerpo y
alma es sustantiva en la persona humana como sujeto creyente. Cuanto
más firme es el asentimiento previo al dato revelado, más imperiosamente
surge en la inteligencia la quaestio en términos dilemáticos y
urgentes. La fe no es una tranca para la razón, es una espuela. La razón
humana bien educada no puede negar la fe o debilitar el asentimiento previo al
dato revelado, sino que la traduce en términos humanos, es decir, razonables,
pedagógicos, científicos y, por extensión, culturales. Pero esta fecundidad
sólo puede explicarse a partir de lo que frecuentemente en la teología
contemporánea falta, la aceptación previa del misterio en una comunión
menos cultural y más mística con el propio objeto de esta ciencia, que por
definición no puede ser otro que Dios a través de su Mediador Jesucristo.
Desde el punto de vista de a reflexión teológica, para Tomás de Aquino la
vivencia de la fe es anterior a la racionalidad, y ésta, a su vez, es la
disposición o preámbulo indispensable para hacer del acto de fe algo realmente
humano y significativo para la vida del mundo. Por consiguiente, una ciencia
humana que entenebreciera la vida de fe sería por lo menos dudosa como ciencia,
y una fe que paralizara el desarrollo y progreso intelectual sería falsa por
definición. El pensamiento moderno, desde Descartes, es radicalmente subjetivista
y, por ende, escéptico ante el objeto; y en parte a la concepción misma de
la fe en el Protestantismo como “fiducia caeca” o fe ciega. Sus exegetas
y teólogos han influido y siguen influyendo notablemente en bastantes
escritores católicos de talla, siendo la fe para algunos de aquellos más
representativos, un salto dramático en el vacío. Situación que se ha agravado
con la explosión del pensamiento “débil” y la irrupción de la bioética en la
escena de las ciencias de la vida. Esa simbiosis necesaria del saber unitario
es precisamente el substrato latente en toda la obra tomista. La síntesis en
sus líneas maestras está hecha y los métodos propios de cada sector del
pensamiento señalizados. Para Tomás de Aquino la fe es ante todo consentimiento
pleno en la certeza que brota de la Palabra de Dios transformada en
vivencia personal. Dios ha hablado en la historia de nuestro espíritu, no
importa cómo, cuándo ni a través de qué medios o en qué circunstancias
psicológicas. Ahora bien, una vez que se asiente generosamente al
misterio, la inteligencia se pone automáticamente en marcha y sería inhumano
reprimir su doble proceso inquisitivo sobre los datos revelados.
El primer efecto de la firme aceptación graciosa del misterio es un amor de
corte esencialmente teologal, fecundante, inquieto y felizmente insatisfecho,
ya que se nutre de un bien poseído, inefable y cierto, pero abierto al mismo
tiempo a la consecución de metas e ideales imposibles de satisfacer dentro de
las limitadas fronteras del cosmos. Este amor teologal, derivado de la fe en su
primera fase de asentimiento, abarca generosamente al mundo, pero no se
identifica con él. El objeto primordialmente seductor es Dios mismo con el cual
el teólogo creyente firma un pacto de compromiso grave de servicio a los
hombres desde el cenit de su libertad como hijo de Dios. Un científico que no
aceptara en su vida esta intromisión del amor arriesgaría la salud metafísica
de su propia condición humana. O levanta un altar a la tiranía de la razón, o
se convierte en un objeto manipulable por los tecnócratas del maquiavelismo
social y de las ciencias experimentales. En cualquiera de los casos habrá
perdido la posibilidad de combatir su soledad metafísica con el encuentro de un
Dios real, que nada tiene que ver con los dioses fantásticos prefabricados en
los talleres históricos de la cultura.
Tomás de Aquino ha comprendido intelectualmente como nadie el consolador y
profundo significado de la tensión humana entre la oscuridad y la luz, el
saber y el creer, la ciencia y la fe, la razón y la revelación, la tiranía del
pragmatismo técnico y las aspiraciones más nobles del espíritu humano. S. Pablo
habla de la cautividad del espíritu, en el cual se encuentra en este mundo como
alienado y extranjero. Tomás de Aquino añade que de esa patética situación
existencial es precisamente de donde nace un constante, fecundo y constructivo
resurgimiento del espíritu. Más aún. Esa tensión vital entre el ideal abrazado
por el asentimiento de la fe y la angustia de la razón ante la
imposibilidad inmediata de palpar lo que conoce por ella, es para Tomás de
Aquino la mejor señal de salud teológica y fuente inagotable de progreso en la
medida en que el asentimiento previo, punto débil de la teología
contemporánea, es más sólido y estable.
En la exposición sumaria de las etapas del camino histórico del encuentro entre
fe y razón Juan Pablo II (Fides et ratio) destacó el puesto singular que
corresponde a santo Tomás. El Aquinate representa la culminación de la feliz
armonía entre fe y razón así como la afirmación decisiva de sus respectivas
autonomías. En este sentido, en el pensamiento tomasiano cabe resaltar también
“la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de
su tiempo”. Así de claro: “tuvo el gran mérito de destacar la armonía que
existe entre la razón y la fe”. Esta obra intelectual de armonización de la fe
y la razón, es la razón principal por la que la Iglesia “ha propuesto siempre a
santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer
teología”. El Pontífice destaca después la gran intuición tomasiana referente
al papel que el Espíritu Santo realiza haciendo madurar en sabiduría la ciencia
humana. Pero la prioridad reconocida a esta sabiduría no hace olvidar al
Aquinate “la presencia de otras dos formas de sabiduría complementarias: la filosófica,
basada en la capacidad del intelecto para indagar la realidad dentro de sus
límites connaturales, y la teológica, fundamentada en la Revelación y
que examina los contenidos de la fe”. Tomás de Aquino representa sin lugar a
dudas en la cultura occidental el momento culminante del equilibrio entre razón
científica, razón filosófica y razón teológica. O sea, la aplicación del uso de
la razón personal e institucional a la realidad universal evitando, como nunca
antes había ocurrido, el fideísmo irracional, la posibilidad del uso de la
ciencia contra la naturaleza humana y el racionalismo filosófico contra las
emociones y los sentimientos. Para ello consagró de forma sistemática el
discurso analógico y el diálogo científico.
Lo que ocurre es que el uso de la razón se desarrolla acertada o equivocadamente
sólo cuando vivimos, y no hay razón ninguna para excluir por principio que
personas que vivieron antes que nosotros usaran la razón personal mejor para
afrontar los problemas más importantes de la vida. Es obvio que actualmente
poseemos más cultura y tecnología que en tiempos pasados. Pero no
necesariamente más sabiduría, ni está claro que estemos usando la razón con más
acierto que algunos de nuestros antepasados, como Tomás de Aquino. No se trata
de saber más sobre todo sino de saber más y mejor sobre el sentido último de la
vida. Desde este punto de vista tengo la impresión de que la forma como el
Aquinate hizo uso de la razón sigue siendo realmente ejemplar y actual. Más
allá de las limitaciones naturales e inevitables de su cuerpo doctrinal, la forma
de usar la razón en este sistema logra unos niveles de sensatez y equilibrio
sapiencial frente a la realidad universal que no he encontrado fuera del
sistema tomasiano durante mi larga andadura académica por las sendas de la
historia del pensamiento occidental. El Aquinate es un pedagogo colosal del
buen uso la inteligencia humana. Se podrá estar de acuerdo con él en algunos o
muchos de sus planteamientos intelectuales. Pero en todo caso su forma de
razonar usando la inteligencia con rigor, realismo y sensatez es realmente
admirable y consoladora.
4) El precio
de ser razonable
La Facultad de Artes de París se había consolidado con un protagonismo que
preocupó mucho a la Facultad de Teología donde la tradición agustiniana se había
erigido en estandarte a ultranza de la ortodoxia teológica. Por otra parte el
entusiasmo por la razón aristotélica tampoco estaba libre de riesgos para la
razón teológica. Alberto Magno y Tomás de Aquino los conocían como nadie y los
tenían bien controlados. No obstante, la posición del Aquinate, como es sabido,
fue furiosamente contestada y perseguida. Hablando de riesgos cabe recordar la
irrupción del denominado averroísmo latino en la Facultad de Artes,
cuyos catedráticos, fascinados por las novedades culturales de origen griego
transmitidas por los árabes, las aceptaban por esnobismo más que por razones de
peso. La razón filosófica se sentía crecida y emancipada de la razón teológica
entrando abiertamente en conflicto. Como si la teología apoyada en la fe
tuviera poco o nada que ver con la filosofía representada por
Aristóteles, y viceversa. Por si esto fuera poco, era obvio también que el
pensamiento de Aristóteles venía intoxicado por el averroísmo. Los puntos
conflictivos de mayor calado eran los siguientes.
En lógica el averroísmo derivaba hacia la teoría de la doble verdad.
Según esta teoría la autonomía de la razón filosófica sería tal que una
afirmación podría ser aceptada como verdadera en nombre de la razón y falsa en
nombre de la fe cristiana. Y viceversa. Igualmente se aceptaba con entusiasmo
la eternidad de la materia y del movimiento, o la presunta incorruptibilidad de
los astros. Más aún. En el terreno de la psicología y de la metafísica se puso
de moda la teoría del entendimiento único para todos al modo de una sustancia
separada accidentalmente unida al cuerpo. De acuerdo con estas teorías
averroístas resultaba muy difícil explicar el verdadero desarrollo de la
personalidad y la responsabilidad moral. Tomás de Aquino conocía bien estas y
otras implicaciones del averroísmo latino y se cuidó mucho de asumir lo más
granado del pensamiento de Aristóteles sin dejarse atrapar por las trampas del
averroísmo. Como cabía esperar, los fanáticos del aristotelismo de cuño
averroísta no se lo perdonaron. ¿Cómo podía aceptar Tomás de Aquino la teoría
de la doble verdad, por ejemplo, o de una facultad racional única para todos
los hombres? Así las cosas, algunos intentaron hacerle un verdadero
ajuste de cuentas condenando públicamente una serie de proposiciones
entresacadas de sus escritos. Todavía en 1268 el Obispo Tempier censuró 20
proposiciones del Aquinate y en 1282 los franciscanos de Estrasburgo, reunidos
en Capítulo, prohibieron oficialmente leer a Tomás de Aquino sin tener en
cuenta las correcciones introducidas por Guillermo de la Mare. Todo inútil. Los
hombres más lúcidos de su época como S. Buenaventura no siguieron esas
recomendaciones.
Dentro de la Orden Dominicana los resabios contra el Aquinate se desvanecieron
antes gracias a la autoridad de Alberto Magno, el cual preparó el terreno para
que en el Capítulo General de 1278 sus enseñanzas fueran oficialmente
reconocidas. En 1286 otro Capítulo prohibió hablar contra Tomás de Aquino hasta
el punto de amenazar con la destitución de sus cargos a quienes rechazaran su
doctrina. Por si esto fuera poco, en el Capítulo de Zaragoza de 1309 la
doctrina del Aquinate fue impuesta. En 1323 Tomás fue canonizado por el Papa Juan
XXII y en 1325 el obispo parisino retiró la condena del 1277. Como es obvio, ya
desde antes de morir, surgió una corriente de admiradores fanáticos de Tomás y
de detractores hasta nuestros días. Nunca el ser razonables evitando marcharse
por los cerros de Úbeda fue bien visto por todos y Tomás de Aquino no escapó a
los brazos largos de los menos razonables. El personaje intelectualmente más
influyente que, bajo el pretexto de proteger la razón teológica de la razón
averroísta, impidió que la actitud razonable de Tomás de Aquino prosperara
fuera del círculo de los suyos, fue sin duda Juan Duns Escoto, para el que
Tomás significaba la racionalización de la sagrada teología.
Escoto, en lugar de promocionar el uso correcto de la razón, optó por el voluntarismo
y la tozudez mental escudándose en la voluntad de Dios. Según él, no existen
leyes ni normas morales independientes de la voluntad de Dios. En consecuencia,
el bien y el mal dependen del capricho de la voluntad divina. Las cosas son lo
que son simplemente porque a Dios le viene en gana que sean así, a
excepción de los dos primeros Mandamientos del Decálogo que se refieren a Dios
mismo. Los restantes son de por sí indiferentes. Si el matar o robar, por
ejemplo, es malo es porque a Dios se le ha antojado que lo sea. Por
consiguiente, son mandamientos dispensables. La naturaleza no confiere ningún
derecho a los individuos y lo que hemos recibido de la voluntad de Dios éste
nos lo puede quitar cuando quiera. Por otra parte, la voluntad es tan libre que
puede abstenerse de querer el Sumo Bien y optar por el mal en cuanto mal
incluso en la otra vida. Escoto induce a pensar que Dios actúa siempre
voluntariosamente “a lo loco” y no de forma razonable. Y si es así,
carece de sentido exigir a los hombres nos comportemos razonablemente tratando
de encontrar las razones internas de las cosas. Escoto se fue por los cerros de
Úbeda refugiándose personalmente en la simplicidad de S. Francisco pero
jugando una mala partida al uso equilibrado de la razón.
Tampoco contribuyeron a la promoción del uso equilibrado de la razón aquellos
otros que, como Roberto Grosseteste (1175-1254), Roger Bacon (110-1292) y
Raimundo Llull (1235-1310) tuvieron el acierto de simpatizar con los estudios
sobre la naturaleza con buena voluntad pero con falta de inteligencia. Hay que
apreciar su preocupación por las matemáticas pero los tres incurrieron en las
sinrazones del voluntarismo y la mistificación de las ciencias. De las ciencias
saltan a la mística sin pasar antes sus conocimientos por el filtro de la
razón, con lo cual salimos del fuego de la antigüedad para caer en las brasas
de la modernidad. Cualquier cosa menos usar bien la razón poniendo orden y
concierto en la búsqueda de la verdad. Estas actitudes contribuyeron
eficazmente al desprestigio del uso de la razón como profesión escolástica o
universitaria.
5. Conjura voluntarista contra el uso de la razón
La principal causa interna de la disolución progresiva del equilibrio entre fe,
razón y ciencia, alcanzado en el sistema de Alberto Magno y Tomás de Aquino en
el siglo XIII, fue la falta de hombres y mujeres competentes para desarrollar
en el ámbito universitario los principios quiciales de la formulación tomista
del problema a pesar del interés que la Iglesia puso en ello desde el
principio. Los profesores consumían sus energías en sutilezas conceptuales y
peleas dialécticas inútiles, interesadas y hasta de mal gusto. Por otra parte
estaba la triste situación interna de la Iglesia creada por el Cisma de
Occidente, la lucha política entre el Papado y el Imperio y el bajo nivel
cultural y moral del clero preocupado por la obtención de canonjías y grados
académicos. Las catedrales empezaron a ser regentadas por personas
incompetentes interesadas sólo por las novedades relativas a las audacias y el
desprestigio de las autoridades de turno. Se estaba incubando en falso la
reforma protestante. A todo esto hay que añadir la facilidad con que las
novedades comenzaron a ser divulgadas gracias al gran descubrimiento de la
imprenta.
Tengo la impresión de que Duns Escoto con sus sutilezas dialécticas rompió la
armonía entre fe y razón. Con él se impuso el carácter taxativamente pragmático
y arbitrario de las proposiciones dogmáticas. Mientras los académicos perdían
el tiempo en discusiones bizantinas y agudezas dialécticas la tesis averroísta
de la doble verdad hizo su agosto hasta convertirse en el portaestandarte del
escepticismo religioso y la desconfianza progresiva en la razón. Eso sí, como
no hay mal que por bien no venga, la desconfianza en la razón filosófica y
teológica favoreció a la razón científica como perspectiva de progreso.
A la ruptura de la armonía fe y razón hay que añadir el desmoronamiento del
ideal de una cristiandad universal bajo la guía y buen entendimiento entre la
autoridad suprema de la Iglesia y del Imperio. Paralelamente a la
diversidad de escuelas filosóficas y teológicas en lucha permanente surgieron
las nacionalidades políticas con sus monarquías aisladas, absolutistas e
independientes en continuos conflictos bélicos entre sí y con el Papado.
Paradójicamente el régimen feudal fue cediendo competencias a las burguesías
ciudadanas, que se hicieron prácticamente dueñas del comercio y de las
riquezas. Junto a este fenómeno sociológico se aprecia una tendencia
democratizadora que enfrenta a los Parlamentos con los Monarcas y a los
Concilios con los Papas. El resultado final de este proceso fue la reforma
protestante en el siglo XVI. Este acontecimiento puede ser considerado como la
prueba histórica más elocuente del estado de postración de la razón en el seno
de la Iglesia.
El número de maestros y estudiantes crecía, con lo cual la enseñanza comenzó a
burocratizarse aceleradamente. La calidad de los estudios disminuye y los
grados académicos son comprados si llega el caso. Las universidades se
multiplican y los maestros se dispersan buscando mejores condiciones de
trabajo. En el siglo XII se habló de grandes maestros. Ahora se habla de
Escuelas. Cada Orden religiosa cierra filas en defensa de las doctrinas de sus
maestros con lo cual se mata la originalidad y se obstaculiza el progreso
armónico de la razón en su único y exclusivo afán de prevalecer sobre otras
escuelas. Así las cosas, apareció el fantasma del nominalismo, que no
fue ni una escuela ni un sistema de pensamiento, sino un sentimiento confuso
que se presenta como movimiento fascinante hacia el progreso y la modernidad.
El nominalismo se presentó en sociedad como la “vía nueva” contrapuesta y en
conflicto con la “vía antigua”, representada por la escolástica o academicismo
universitario. Por supuesto que el uso de la razón en las universidades del
siglo XIV tenía poco o nada de ejemplarizante y algo había que hacer para
paliar la situación. El fallo consistió en el seguimiento fanático de Tomás de
Aquino por parte de algunos de sus admiradores, y el desprecio irracional de
otros como los nominalistas.
Alberto el Grande y Tomás de Aquino realizaron un trabajo realmente lúcido de
armonización entre la razón filosófica, teológica y científica con un objetivo
común: la verdad en todos los ámbitos de la realidad. Pero Duns Escoto puso toda
la carne en el asador en desmarcar la razón teológica de la razón filosófica
con un enfoque totalmente voluntarista y arbitrario de las fórmulas dogmáticas.
Guillermo Ockham fue todavía más lejos negando la posibilidad misma de
reconciliación entre fe y razón. La investigación filosófica debe guiarse
únicamente por la experiencia de la realidad terrenal en la que viven los
hombres sin atender para nada a lo que conocemos por la verdad revelada. Okham
exaltó abiertamente esta dicotomía irracional en la línea de inspiración
inglesa de Grosseteste, Roger Bacon, Duns Escoto, Durando de Saint Pourcain y
Pedro Aureolo. Los cuales fueron los verdaderos inspiradores de la filosofía
moderna como alternativa a la filosofía escolástica o académico-universitaria.
Okham fue el precursor o viejo patrón de Descartes, Hume, Locke, Leibniz y
Kant. Por ello merece una mención especial.
Guillermo Ockham fue un personaje conflictivo en un contexto social que le era
favorable. Inglés de origen, ingresó en la Orden de S. Francisco en 1280
y 10 años más tarde fue ordenado sacerdote después de haber estudiado en
Cambridge, Oxford y París. En 1324 fue citado para comparecer en Avignon por
sostener tesis presuntamente sospechosas. Para comprender a esta desconcertante
figura es preciso tener en cuenta el contexto social y eclesial de la
época y, más en particular, la crisis interna desatada en la Orden franciscana
entre el bando de los “espirituales” y de los “conventuales”. La verdad es que
el bueno de S. Francisco fundó un movimiento evangélico demasiado “a la buena
de Dios”. Pero en este mundo hay que contar con un mínimo de orden y
organización. Los denominados “espirituales” sostenían que la propiedad es
contraria al Evangelio. Según Pedro Olivi, ni Cristo ni los Apóstoles poseyeron
nada en propiedad. El verdadero franciscano, por tanto, no debía poseer ni
siquiera las cosas necesarias para salir al paso de las necesidades básicas. La
Iglesia, poseedora de bienes terrenales, era considerada como una segunda Babilonia
y el Papa como un anticristo. Al principio Ockham se mantuvo al margen de esta
polémica pero no tardó en ponerse del lado del General Miguel de Cesena
interviniendo en política contra el Papa.
Por aquella época las tensiones políticas entre el Papa Juan XXII y el rey Luis
de Baviera eran muy tensas. El rey fue excomulgado pero era apoyado por un
grupo de exaltados los cuales llegaron a declarar que el Papa era un hereje en
materia de pobreza evangélica. Le declararon depuesto y apareció un documento
firmado por Miguel de Cesena y algunos más entre los cuales figuraba Guillermo
Ockham. A raíz de este episodio Ockham se refugió en Pisa al amparo del rey a
quien, según las malas lenguas, dijo: “Emperador, defiéndeme tú con la espada,
que yo te defenderé a ti con la pluma”. Desde ahora Ockham se dedicó en cuerpo
y alma a la política y con otros compañeros marchó a Munich al lado del rey
Luis. No conocemos la fecha de su muerte como tampoco si hizo algún gesto de
reconciliación con la Iglesia. Sabemos, en cambio, que fue nombrado Vicario
General de su Orden por Miguel de Cesena y que, una vez nombrado nuevo General,
le hizo entrega del sello. Un gesto sin duda significativo.
Guillermo Ockham reconocía la autoridad de la Sagrada Escritura, de la Iglesia
en general y de los doctores aprobados por ella. Sin embargo causa a veces la
impresión de que despreciaba a todos sus contemporáneos que no pensaban como
él. En su opinión, la separación entre la razón filosófica y la teológica, fe y
razón, debe ser completa. La ciencia, decía, se basa en proposiciones
universales y necesarias compuestas de conceptos que hacen las veces de signos
de las cosas. Ahora bien, matizaba, los conceptos abstractos que nos
formamos en la mente no corresponden a nada en la realidad extra-mental.
Los conceptos universales son puros nombres sin contenido real propiamente
dicho. Esta teoría le condujo al escepticismo más pintoresco. Todo cuanto se
demuestra con argumentos que no sean manifestaciones inmediatas e intuitivas es
falso o incierto. En la base de todo estaría la voluntad de Dios el cual es tan
caprichoso y arbitrario que, si le place, puede incluso castigar a los
inocentes y premiar a los culpables. O sea que Dios mismo sería un ser
caprichoso e irresponsable.
No se puede negar a estos hombres del voluntarismo el mérito de haber combatido
por la libertad de la razón filosófica y la importancia de la experimentación
en las investigaciones científicas. Pero fueron unos irresponsables redomados
al echar por tierra el valor primordial del uso de la razón rompiendo la
armonía, autonomía y complementariedad de la razón filosófica, teológica y
científica a la que había llegado Tomás de Aquino. No es exagerado decir que
Ockham representa el momento más desgraciado y mezquino del uso de la razón
como profesión universitaria o escolástica de su tiempo. No se puede negar que
la actividad académica universitaria llegó a convertirse en una cruel pelea de
gallos contra el correcto uso de la razón degenerando en retórica barata,
palabrería y lucha por intereses ajenos a la búsqueda y exposición racional de
la verdad. Pero la posición voluntarista y arbitraria de Duns Escoto y el
desprecio occamista de la razón sólo contribuyeron a hacer más profunda la
tumba del uso correcto de la razón tratando de enterrar en dicha tumba la
cordura y el equilibrio racional representados por Alberto Magno y Tomás de
Aquino.
6. Modernismo, miserias
humanas y misticismo contra la razón
¿Cómo explicar el éxito
creciente del voluntarismo nominalista y la decadencia alarmante del uso de la
razón a partir del siglo XIV? A pesar de las cautelas tomadas por el Papa
Clemente VI contra estas “extrañas doctrinas sofísticas”, la denominada
“vía moderna” se filtró por todas las universidades europeas patrocinadas por
las Facultades de Artes. Sólo encontró alguna resistencia en las Órdenes
religiosas intelectualmente mejor preparadas que el clero secular. Cabe pensar
que, dada la pobreza intelectual de esta corriente de pensamiento y la miseria
social de la época, su éxito fue fruto de una fascinación por la novedad y la
esperanza en un cambio hacia mejor vida atribuyéndose injusta y abusivamente el
espíritu del progreso y la modernidad. Los autodenominados “modernos”, se dedicaron
con ahínco a la política activa y a la economía realizando campañas de
mentalización sobre las esperanzas en un futuro mejor. En esta dirección Juan
Buridán, por ejemplo, cultivó la física replanteando la teoría del ímpetu
aplicada a la astronomía y la teoría heliocéntrica. Esto fue algo así como el
preludio de la mecánica moderna. El cardenal Pedro Ailly, por su parte,
defendió abiertamente la presunta supremacía del Concilio sobre el Papa. Era
una forma de introducir formas democráticas en la vida de la Iglesia y, como
consecuencia, en toda la sociedad. Con el progresismo de inspiración
nominalista se consumó el divorcio entre fe y razón con consecuencias negativas
en la vida privada de las personas y de las instituciones públicas. La
modernidad nominalista introdujo, junto a la visón geocéntrica, cristiana y
racional de la vida, otra forma de pensar y vivir cosmo-céntrica, laicista y
políticamente anticlerical.
El divorcio entre fe y razón proclamado por el voluntarismo nominalista, las luchas
entre las escuelas, la sombra de la inminente ruina del ideal de unidad europea
bajo la autoridad imperial y pontificia, la corrupción de costumbres
generalizada dentro de la Iglesia, las pestes periódicas, la miseria económica
y las guerras fueron factores determinantes del estado de postración humana
registrado durante el siglo XIV. Comprensiblemente muchos buscaron refugio y
consuelo en la mística como mecanismo de autodefensa contra la mundanidad.
Otros optaron por desmarcarse de las escuelas de pensamiento en liza
convirtiéndose en pensadores independientes enfrentados a las escuelas. Vale la
pena hacer un breve recordatorio del contexto social y humano de la
época.
El tono general de la vida. Durante este periodo de la historia europea
predominaban los contrastes. Los grandes acontecimientos como el nacimiento, el
matrimonio y la muerte eran revestidos de sacralidad y misterio. Pero también
los pequeños acontecimientos iban acompañados de minuciosas formalidades. Los
contrastes eran más acusados aún entre la enfermedad y la salud, la miseria y
la felicidad, la opresión y el deseo de liberación. En casi todos los aspectos
de la vida había ostentación y crueldad pública. El mendigo, por ejemplo,
gimoteaba en la Iglesia al mismo tiempo que trataba de ocultar sus
deformidades. Todos a su modo trataban de hacer ostentación pública de sus
presuntas virtudes o de su condición social. Los acontecimientos eran
clamorosamente anunciados conservando el tono de espontaneidad alegre y dolorosa
al mismo tiempo, que nos hace pensar en la imagen psicológica de la infancia.
Nostalgia, jerarquización social e ideal caballeresco. En la
vida centroeuropea de aquella época había mucha y amarga melancolía. En la
literatura franco-borgoñona del siglo XV, por ejemplo, pueden encontrarse
abundantes recuerdos de solemnes despedidas a la miseria moral. Hay un deseo
latente de loar a la vida y al mundo, pero se hace con el sentimiento de que
algo se está violando. Esa fascinación y nostalgia de auto-compensarse gozando
de la vida y de sus encantos está en el ambiente pero choca todavía con el tono
general de la vida en la edad media. En cualquier caso lo cierto es que existía
un sentimiento generalizado de infelicidad e injusticia que llevó a muchos a
refugiarse en la melancolía.
Por otra parte, el ideal caballeresco feudal empezó a perder prestigio.
Ahora predominan los intereses mercantiles de la burguesía en función de la
eficiencia económica de los príncipes. La forma noble de vida no ha
desaparecido pero ha cambiado de signo dejando de ser una institución social
importante. La imagen del Estado evoca la idea de un orden establecido
dentro del cual cada grupo tiene razón de ser por sí mismo. Ahora bien, la
corrupción humana generalizada no permitía la realización concreta de tan bella
imagen del Estado moderno. Ese ideal permanece como promesa de futuro pero los
pecados de los hombres se convierten en el obstáculo principal para que ese
proyecto ideal de Estado pueda llevarse a cabo. El ideal caballeresco y la
religiosidad impregnaron toda la vida medieval. Pero con el tiempo se potenció
la aspiración hacia la paz universal, la concordia entre los reyes y el
alejamiento del peligro turco de Europa. Por otra parte, el sentimiento idílico
de convertir a Jerusalén por la fuerza en el corazón de la Cristiandad causó
más males y tristezas que éxitos y alegrías.
Heroísmo y erotismo. El ideal caballeresco requería una ascesis pacífica
y desinteresada pero en la vida real había que contar con crueles decepciones.
Por ello los ideales heroicos fueron quedando relegados a la fantasía
alimentada por los estímulos femeninos, incluso en la realización de hazañas
religiosas. La heroicidad por una dama era como una compensación espiritual. La
caballerosidad y combatividad por la doncella llenaba psicológicamente un vacío
erótico. De hecho la vida cultural de aquella época es como un espejo de
galanteo erótico sublimado preñado de ironía. Los discursos sobre la felicidad,
el amor y los ideales nobles están salpicados siempre de carcajadas. La forma
ideal del amor erótico tomó varias tonalidades. Sobre todo se buscaba una en la
que fuese posible compaginar la moral más severa con la fruición natural de la
mujer. Nació así la forma de amor cortés que rinde culto incondicional a la
mujer en un contexto lírico y virtuoso. Es la denominada “vita nuova” respecto
del amor greco-romano clásico en el que la separación del objeto erótico impide
la fruición completan del mismo.
Con Petrarca y otros de su escuela el amor cortés seguía la línea de la
sensualidad natural al estilo clásico sin construcciones artificiales. En otros
contextos surgieron también formas aristocráticas más refinadas y complicadas
de hacer el amor. El erotismo estilizado se va convirtiendo en una ilusión y se
buscan reglas que legitimen sus diversas formas de expresión. Surgió así una
forma culta y profana en la alta aristocracia centroeuropea en la que el
desenfreno sexual era regulado por normas convencionales. En el pueblo llano
las compensaciones sexuales encontraban especial justificación con motivo de
las bodas, cuyas celebraciones quedaron encuadradas en las lindes de lo
sacramental y de los festejos profanos llenos de simbolismos fálicos
precristianos. Las bromas de mal gusto sexual realizadas durante los festejos
nupciales eran la salsa picantísima de las conversaciones entre damas. Las
formas de trato amoroso constituían todo un código de conversación. Se hablaba
del amor en las comidas, fiestas y juegos de sociedad mediante infinidad de
narraciones y disputas sobre casuística. Igualmente mediante frases de
cumplido, el simbolismo de los colores de los atuendos de las damas, flores y
nombres enigmáticos. El amor se vivía intensamente en forma de juego encantador
y relajante de las fuertes tensiones de la vida. El torneo facilitaba el juego
del amor romántico en su versión heroica y la idea pastoril suministraba la
dimensión idílica. En los momentos fuertes de la vida el amor fue siempre y
sigue siendo el recurso relajante más socorrido. Esto es muy comprensible pero
queda el rabo por desollar desde el momento en que ese recurso al amor suele
hacerse siempre sin contar con la razón o haciendo uso equivocado de ella.
La imagen de la muerte y la peste. El pensamiento de la muerte era
inculcado con insistencia. Dionisio el Cartujano (+ en 1471), en su Guía
de la vida para uso de los nobles, escribió: “Cuando se eche Ud. en la cama
considere que muy pronto echarán otros su cuerpo en la tumba”. Los predicadores
en las iglesias destacaban con expresiones verbales y plásticas crudamente
realistas el aspecto caduco y efímero de la vida en este mundo con todas sus
glorias y pompas mundanas. Ya dijimos que los estoicos romanos no dudaron en
revalidar el pensamiento sobre la muerte como un criterio de saneamiento de la
razón. Pues bien, en la edad media el pensamiento y la idea de la muerte se
repite constantemente en la literatura y en la mística como un estribillo. A la
vida van unidos el dolor y los tormentos de todo tipo, lo cual invita a
fugarnos de la vida, como vimos hablando de las civilizaciones hindúes. Los
monjes medievales son pródigos en descripciones realistas de la caducidad de la
belleza corporal humana. El cuerpo es poco más que un odre de putrefacción. Se
agudizan dos posturas de signo extremista: la de quienes siente un verdadero
desprecio por este mundo y se refugian en la vida mística, y la de aquellos que
dan rienda suelta a sus fantasías buscando formas mágicas y extravagantes de
combatir la miseria humana, sobre todo el hambre y las enfermedades. Como es
obvio, en ambas posiciones se han desbordado los cauces de la razón. Los
primeros deseando salir de este mundo antes de tiempo, y los segundos buscando
la solución a sus desgracias humanas en el despliegue irracional del principio
del placer y de los legítimos deseos de felicidad.
La peste negra. Otro factor determinante a tener en cuenta durante esta
época fue la peste de 1348, conocida como la muerte negra. Boccacio habla de
las fiebres, erupciones e inflamaciones repugnantes que consumían vorazmente
las vidas indefensas. Según algunos cálculos, la muerte negra se llevó por
delante la cuarta parte de la población europea. En el siglo XIV apareció el
popularmente denominado “Baile de S. Vito” o tarantismo. Según Zinsser, los
afectados por la enfermedad sufrían histerias colectivas por desesperación. En
Nápoles el maléfico baile de S. Vito era llamado “tarantella”. En 1374 la peste
fue llamada “Baile de S. Juan”. Dice Hecker en su libro sobre las epidemias de
la edad media que las gentes afectadas por la enfermedad formaban círculos
cogiéndose por las manos y daban vueltas bailando como locos hasta que caían al
suelo extenuados. Este baile de S. Vito o de S. Juan, en Italia se lo llamó
tarantismo por considerar que la enfermedad era causada por la picadura de la
tarántula. Los testimonios gráficos existentes sobre los contagiados por la
peste son escalofriantes. Con el paso del tiempo surgió la moda de los baños
públicos. La falta de condiciones higiénicas y sanitarias en estos lugares
propició aún más el contagio de enfermedades como la sífilis. Los testimonios
gráficos sobre la peste, los baños públicos, el erotismo y la sífilis son
realmente estremecedores. La liturgia de la Iglesia se hizo eco de estas
calamidades en la letanía de los santos pidiendo ayuda contra la peste, el
hambre y la guerra. Se comprende psicológicamente hablando que, ante la
incapacidad de afrontar eficazmente tantas calamidades mediante los
razonamientos filosóficos, muchos optaran por la evasión mística, el desprecio
formal de la razón filosófica, el pensamiento independiente y el cultivo de las
matemáticas.
La postura de los místicos se caracterizó por su rechazo frontal de la razón
humana y la reflexión filosófica. Según los místicos de la época, la filosofía
sólo servía para oscurecer el espíritu y alejarnos de Dios. El texto de Tomás
de Kempis en su célebre Imitación de Cristo, I,3 habla por sí solo:
“Feliz aquel a quien la verdad enseña por sí misma, no por imágenes y pasajeras
palabras, sino tal como ella es. Nuestra opinión y nuestros sentidos nos
engañan muchas veces y ven poco. ¿De qué sirve el demasiado cavilar sobre
reconditeces y misterios, si el día del Juicio no se nos reprenderá de nuestra
ignorancia? Gran necedad por cierto es el escudriñar dañosas curiosidades y
abandonar lo útil y lo necesario. ¿Y por qué preocuparnos de los géneros y
especies? De muchas opiniones se ve libre aquel a quien habla el Verbo eterno”.
Este testimonio refleja claramente el estado de desilusión por aquella época
causada por las especulaciones filosóficas. Nadie puede negar a los místicos
cristianos del siglo XIV que los grandes problemas de la vida no se solucionan
a fuerza de calentarnos el cerebro con especulaciones filosóficas bizantinas
olvidándonos de la realidad cruda de la vida, de su brevedad y condición
dolorosa. Pero los místicos deberían ser más razonables y aceptar también que
la razón es la herramienta esencial con la que trabaja el ser humano. El mal
uso que se haga de ella no justificará nunca su rechazo. Al contrario, será un
argumento más para tratar de aprender a usarla bien. Si ya es calamitoso el que
haya personas que no usen la razón o la usen mal, ¿qué ocurrirá si pasamos de
ella y nos dejamos llevar por la corriente impetuosa del voluntarismo ciego y
de los sentimientos a la deriva? El mal uso de una herramienta es problema de
quien la maneja y no de la herramienta en sí misma. Ahora bien, la inteligencia
o razón es la herramienta propia de nuestra condición humana. En el rechazo de
la misma o en su uso inadecuado nos jugamos a una sola carta la felicidad en
este mundo dejando poco o ningún margen para la esperanza. Esto lo enseña la
experiencia más castiza y serena de la vida y, por lo mismo, los místicos no
están dispensados, como no lo está nadie, de aprender a usar bien la razón en
lugar de desprestigiarla.
7. Lo que la naturaleza
no da Salamanca no presta
En algún momento París llegó a ser el punto de referencia principal del uso de
la razón escolástica o académica medieval en las áulas universitarias. Pero en
el siglo XVI la antorcha de la razón teológica y jurídica pasó a Salamanca con
una cautela importante. Si por naturaleza alguien no está bien dotado para
razonar, que no piense que en las áulas de Salamanca se va a suplir esa
deficiencia. A razonar bien se aprende. Pero hay que dar por supuesto que somos
gente normal dotada de unas capacidades mínimas para razonar y perfeccionar el
uso de nuestra inteligencia con la experiencia de la vida y el aprendizaje
académico. El famoso adagio latino: “quod natura non dat Salmantica non
praestat”, es una forma irónica de reconocer el prestigio de los estudios
realizados en la Universidad de Salamanca en el siglo XVI y al mismo tiempo
expresa la necesidad de estar dotados de una inteligencia normal. Es inútil
tratar de enseñar a usar bien la razón a quienes no han nacido con una dotación
normal de inteligencia.
Adagios y dichos populares aparte, lo cierto es que después del estado de
postración de la razón, que termino de describir durante el siglo XIV, vuelve a
recuperar, aunque por breve tiempo, el prestigio perdido durante el segundo
renacimiento y sobre todo con la escuela de Salamanca. Me refiero al denominado
“siglo de oro español”. Muchas cosas importantes ocurrieron por ese tiempo y
otras más estaban por ocurrir. Dentro de la gran Europa cristiana las cosas
degeneraron tanto que el uso de la razón hizo aguas al desembocar en la ruptura
protestante. La razón no sólo no fue capaz de curar las heridas producidas por
las discusiones inútiles y el bajo nivel de vida moral al que se había llegado
sino que contribuyó a abrirlas aún más. Ni Lutero y sus seguidores se
comportaron como personas razonables ni la Iglesia actuó con la sabiduría
humana que cabía esperar de ella. La razón quedó relegada por ambas partes y se
impusieron los sentimientos religiosos fanatizados. A la falta de buen uso de
la razón se añadió la ausencia de la caridad, sin la cual cualquier opción
cristiana termina siendo estéril. Paradójicamente, la cultura y las ciencias
progresaron. Por la misma época se produjo el descubrimiento de América y con
el Concilio de Trento se potenciaron iniciativas fundacionales dentro de la
Iglesia católica de capital importancia histórica. Vale la pena recordar este
momento de esplendor del uso de la razón teológica y jurídica focalizado en la
escuela de Salamanca.
Entre los factores que contribuyeron a esta restauración provisional, sobre
todo teológica y jurídica en Salamanca, cabe destacar el rechazo formal del
nominalismo ocamista que asoló la Universidad de París. Con ello quedó la puerta
abierta en la ciudad del Tormes a lo que se la había cerrado brutalmente en la
ciudad del Sena: el genuino Aristóteles y la orientación diseñada por Alberto
Magno y Tomás de Aquino en el siglo XIII. En el decreto de condena del
nominalismo se pide expresamente que sean estudiados a cambio todos los grandes
maestros del siglo XIII. Esta condena significó una invitación al uso de la
razón y a comenzar con nuevos bríos el desarrollo académico del mismo.
Otro factor estimulante fue la invención de la imprenta y la reacción unitaria
de las escuelas teológicas ante los retos del humanismo del segundo
renacimiento y la escisión protestante dentro de la cristiandad. El concilio de
Trento salió al paso de esos retos. ¿Con qué éxito? Ciertamente con un éxito
momentáneo pero las cosas siguieron su curso histórico hasta nuestros días con
más sombras que luces. El uso de la razón es una vivencia personal
intransferible. Cada cual tenemos que aprender a razonar individualmente y
cuando desaparecemos nadie puede heredar genéticamente esa vivencia. Lo mismo
ocurre con las generaciones. Las que llegaron a un cierto grado de madurez
desaparecen y las generaciones nuevas tienen que comenzar su andadura desde
cero. El pasado no se repite nunca si no es en el recuerdo y éste es tan
efímero y caduco como la memoria personal. De todos modos, en el siglo XVI hubo
gente que cultivó a fondo la razón teológica con bastante altura de miras y es
de justicia histórica reconocerlo y recordarlo.
Como rasgos notables de esta forma de razonar en las aulas de Salamanca cabe
destacar el hecho de que los teólogos salmantinos empezaron a expresarse de una
forma más culta y elegante que sus homólogos parisinos decadentes. Y sobre todo
con un espíritu crítico más equilibrado tratando de volver a las fuentes más
fiables del pensamiento occidental. En este sentido fue muy significativa la
implantación de la Suma Teológica de Tomás de Aquino en las aulas
abandonando definitivamente las Sentencias de Pedro Lombardo. Con la Suma
de Tomás de Aquino se impuso el orden y la sobriedad en las discusiones así
como la precisión científica. Lo cual significó la eliminación sistemática de
cuestiones inútiles del pasado y la apertura a las más actuales y urgentes.
Por supuesto que la razón filosófica siguió sometida a la razón teológica. Los
profesores de Salamanca fueron antes que nada y por encima de todo teólogos
poco o nada proclives a la autonomía de la razón filosófica y la
experimentación científica. Ni faltó el grupo de retrógrados y tradicionalistas
a ultranza contra todo lo nuevo. No obstante, estos recalcitrantes de glorias
pasadas no pudieron impedir que al calor de la Universidad de Salamanca
surgiera un equipo de teólogos y juristas capaces de afrontar con la cabeza
bien puesta los problemas más importantes de su tiempo derivados de dos
acontecimientos históricos trascendentales: las escisión protestante y el
descubrimiento de América. El denominado “siglo de oro español” significó
históricamente una pequeña luz en el uso universitario de la razón en medio de
la gran oscuridad que empezaba a reinar en la Europa cristiana. Un hecho
reconocido con realismo y modestia dando a entender que por más que una
institución promocione el uso de la razón, si las personas no están
suficientemente dotadas para ello, nadie puede suplir satisfactoriamente ese
defecto de naturaleza. De ahí el dicho de que es inútil esperar de los estudios
realizados en Salamanca lo que nos ha sido negado por la naturaleza. Nadie ha
sido concebido ni ha nacido razonando. A usar la razón se aprende y hay mucha
gente que no llega a razonar bien nunca debido a la mala educación recibida.
Pero tampoco podemos negar que también hay personas que no han sido
suficientemente dotadas por la naturaleza para desarrollar el uso de la razón.
Cuando esto ocurre hemos de asumirlo como parte del principio de realidad y
buscar sus causas naturales para paliarlo en la medida en que ello sea posible
sin forzar a la naturaleza.
8. Nueva agonía de la razón académica
Cabe decir en términos coloquiales que con la desaparición de Francisco Suárez
(1548-1617) el uso de la razón en las instituciones universitarias europeas
entró una vez más en un estado de coma del que todavía no se ha recuperado
satisfactoriamente. Como hemos visto, el encuentro del pensamiento griego y
romano con la fe religiosa judaica, cristiana e islámica dio lugar de un modo
natural al problema de las relaciones entre la razón teológica y la razón
filosófica. En el siglo XIV algunos trataron de bloquear los logros alcanzados
en este campo por Alberto Magno y Tomás de Aquino en siglo XIII. Y como no hay
mal que por bien no venga, las fuerzas intelectuales se concentraron más en
otros planteamientos y usos de la razón que desembocaron en la nueva física
basada en la técnica y no en el razonamiento. El sistema cosmo-céntrico fue
desmentido por la teoría heliocéntrica sostenida por Copérnico. Luego vinieron
Galileo, Kepler y otros muchos como Newton, los cuales pusieron el geocentrismo
fuera de combate.
Por otra parte, el descubrimiento de Marte desmintió la teoría de las esferas
sólidas en las que se habría creído que giraban los planetas. Pertrechado de su
telescopio, Galileo descubrió las manchas solares, con lo cual se desvaneció
para siempre el mito griego de la incorruptibilidad de los cuerpos celestes.
Fueron igualmente desmentidas las teorías de la forma esférica y de los
movimientos circulares a raíz del descubrimiento de las montañas lunares y el
movimiento elíptico de los astros. Casi toda la física aristotélica, basada en
la experiencia vulgar, se fue al traste gracias a la observación experimental
basada en la tecnología. En poco tiempo causó un efecto más estimulador el
rudimentario telescopio de Galileo que el uso de la razón a lo largo de
los siglos. Alberto Magno abrió la puerta del aristotelismo pero no podía
imaginar que iba haber después fanáticos de Aristóteles que lo iban a echar
todo a perder.
¿Y qué ocurrió? Ocurrió lo de siempre: que no se usaba bien la razón. Como
decía Galileo, estos fanáticos aristotélicos “antes de introducir
cualquier alteración en el cielo de Aristóteles, prefieren negar tercamente lo
que ven en la naturaleza”. Pasaron los años y llegó la revolución francesa, y
con ella el Enciclopedismo y la Ilustración. En el seno de la Iglesia
acaecieron cosas muy tristes como la escisión protestante, el jansenismo y el
galicanismo, con lo cual se produjo un repliegue de la razón siempre a la
defensiva y sin creatividad. Las energías intelectuales se encontraron en
estado de guerra permanente con lo cual la fe cristiana se debilitaba mientras
la razón crecía hasta ser idolatrada para ser posteriormente humillada hasta el
polvo.
En Austria se llegó a prohibir la enseñanza de la filosofía académica durante
la regencia de María Teresa (1760-1780), y José II (1780-1790) ordenó el cierre
de los conventos religiosos creando cuatro Seminarios con prohibición de que se
impartiera en ellos la enseñanza de la filosofía escolástica. En España se
produjo un fenómeno similar de desprecio a la razón con Felipe V y los
Borbones. Como reflejo de aquel estado calamitoso de cosas el periódico de la
Sociedad Filosófica de Barcelona publicó un epitafio burlesco en latín, que traducido
suena así: “Aquí yace la noble materia prima dotada de cualidades sensibles e
insensibles. Unos la pusieron en el cielo, otros en la tierra y otros en el
entendimiento. Los más prudentes la pusieron en la letrina”. Pero veamos por
partes cómo se llegó a estos extremos y en qué situación nos encontramos en los
comienzos del siglo XXI.
9. Hacia el endiosamiento de la razón
De la razón académica cabe decir coloquialmente que tiene siete
vidas como los gatos. Unos la desprestigian y otros la ensalzan pero nunca
muere. En el siglo XIV europeo fue humillada hasta el polvo por el
voluntarismo. En el siglo XVI se recuperó obligada por la escisión protestante
y el descubrimiento de América. Pero con la llegada del segundo renacimiento el
uso de la razón académica se puso abiertamente al servicio del arte y del poder
político. Los protagonistas renacentistas fueron principalmente artistas,
científicos debutantes, políticos maquiavélicos e idealistas. En el orden
filosófico se recuperó la confianza en la razón mediante la vuelta apasionada a
la cultura griega. Marginada la visión antropológica teocéntrica medieval, los
pensadores centraron su atención en la naturaleza y en el hombre al que
consideraron como la medida de todas las cosas. Con la vuelta a la
antigüedad se recuperó la razón pero al servicio ahora de la imaginación
artística y del poder político sin excluir una dosis notable de perversión. Se
institucionaliza el maquiavelismo al mismo tiempo que el amor a la vida y a la
belleza estética. Es la fascinación más increíble por el arte y la ciencia sin
perder todavía la perspectiva cristiana, pero mucho menos comprometida que
durante el renacimiento carolingio. El primer renacimiento fue de inspiración
totalmente cristiana. El segundo mantiene esta fuente de inspiración pero
fascinado por la razón científica y el progreso moderno en perspectiva. El
clásico conflicto entre fe y razón filosófica comienza a perfilarse como
conflicto entre fe y razón científica. Al segundo renacimiento siguió el
endiosamiento de la razón absoluta con otro nuevo fracaso ante la razón
científica emergente.
El uso de la razón filosófica renacentista, además, se seculariza. Esto
significa que trata de desentenderse de la razón teológica tradicional optando
por el empirismo y el estudio de las matemáticas aplicadas al conocimiento de
la naturaleza. Se empieza a hablar así de derechos naturales, religión natural
y moral natural. La religión natural se refería a lo que el hombre siente de
Dios prescindiendo de la revelación, los dogmas religiosos y de las
tradiciones. Y se hace hincapié en los derechos del hombre por su sola
condición de hombre sin contar con los elementos de carácter sobrenatural
clásicos impuestos por la razón teológica tradicional. Esta esperanza puesta en
la razón no carecía de fundamento. Por las calendas renacentistas comenzaron a
aparecer instrumentos de trabajo científico tales como el microscopio y el
telescopio. Con el descubrimiento de América, además, se abrió un horizonte fascinante
para toda clase de ciencias particulares relacionadas con las matemáticas
aplicadas. Por si esto fuera poco, los acontecimientos empiezan a ser
ampliamente divulgados gracias a la invención de la imprenta.
Pero al mismo tiempo asistimos a una crisis profunda de la razón teológica, la
cual deriva hacia actitudes místicas en las que lo más importante no es saber
sino sentir y actuar. Con el resurgimiento vigoroso de la cultura helénica, la
naturaleza y el hombre al natural y el nuevo enfoque de la razón acapararon
todo el interés incubándose el moderno empirismo y el abuso más descarado de la
razón o racionalismo. Por otra parte, con el fenómeno protestante el foso
abierto entre la actividad científica y la vida cristiana se hizo más profundo.
Según Lutero, todo lo que sale del hombre está viciado. La filosofía es una
ambición de divinizarse y la razón algo sórdido, impío y sacrílego. En este
sentido la actitud filosófica renacentista y la forma luterana coinciden sólo
en lo negativo.
Los teólogos protestantes no conocieron la complementariedad y armonía entre fe
y razón descubierta por Alberto Magno y Tomás de Aquino. Conocieron sólo lo más
negativo de la teología del siglo XIV. El protestantismo se quedó así en el
texto bíblico caprichosamente entendido e interpretado. Paradójicamente, el
segundo renacimiento en general se quedó sólo con la cultura griega y romana al
margen de la Biblia sin llegar a la rebelión religiosa. El renacimiento
cultural glorificó a la razón humana y al hombre de una forma unidimensional,
intramundana y naturalista. El protestantismo, en cambio, como movimiento
espiritual reformista, despreció a la razón y con ella a la reflexión
filosófica destacando la presunta pecaminosidad constitutiva del hombre. En el
ámbito del poder civil empezaron a crecer los sentimientos nacionalistas
europeos con lo cual se potenciaron las posturas naturalistas y secularizantes.
Es la hora de los artistas, de los científicos debutantes y de los políticos
insaciables de poder. Si el uso de la razón sirve para algo es para servir
pragmáticamente a esos ideales relegando a un segundo plano la verdad como
objeto propio e inmediato de la inteligencia.
Otro impedimento serio para el uso de la razón fue el teosofísmo iluminista
protestante equivalente a una exaltación religiosa sentimental. Según el
iluminismo protestante de aquel tiempo, a Dios se llega únicamente por senderos
extra-racionales. El hombre no debe esperar nada de la razón o de la naturaleza
sino del misterio y del milagro. Según Sebastián Franck, la religión es algo
infalible en la medida en que ni requiere una profesión de fe, ni se apoya en
instituciones históricas o sociales como la Iglesia. Lo esencial es la
conversión interior de la persona al margen del uso de la razón y de las
instituciones. Lo importante es vivir y sentir convirtiéndose cada uno en
sacerdote de sí mismo. Lutero fue acusado de traicionar a la revolución
protestante con la aceptación de los pastores protestantes. Valentín Weigel insistía
en que cada cual va a Dios por sí solo sin ayuda de nada ni de nadie. Sólo dos
cosas bastan: la salvación interna y el rechazo del egoísmo.
Constatamos por una parte cómo los nuevos renacentistas sintieron la necesidad
de volver al uso de la razón rehabilitando a Platón y Aristóteles. Pero una vez
más se decantó su presunta inutilidad. La ruptura protestante es una
demostración más de lo poco y mal que se hizo uso de la razón en aquellos
tiempos fascinantes, turbulentos y apasionados. Todo parece indicar que el mal
uso que de ella hicieron unos y el rechazo visceral profesado por otros
contribuyó eficazmente a hacer imposible el logro de una vida más humana y
feliz. Se olvidaron tal vez de que el ser humano ni es sólo razón ni sólo voluntad,
sentimiento o pasión. Cuesta mucho aceptar que los abusos de la razón legitimen
los abusos de los sentimientos salvajes e incivilizados aunque estos vengan
envueltos en el papel de plata de la mística y la religiosidad morbosa. Por
otra parte, el uso de la razón en clave reflexiva derivó hacia lo que hoy
conocemos la razón científica lanzada por nuevos derroteros. Uno de los hechos
más importantes renacentistas fue el nacimiento de un nuevo concepto de la
ciencia a partir del uso del telescopio. Hasta entonces casi toda la atención
estuvo centrada en los aspectos cualitativos del ser. A partir de ahora empieza
a predominar entre los intelectuales la dimensión cuantitativa y mecánica del
hombre y del cosmos. Es el mundo de la denominada física moderna.
Otro matiz interesante del nuevo derrotero del uso de la razón
se refiere a los estudios destinados a la orientación profesional y la
especialización científica. Merece la pena recordar a este respecto el
famoso título de la obra de Juan Huarte (1529-1588), que reza así: “Examen
de los ingenios para las ciencias. Donde se demuestra la diferencia de
habilidades que hay en los hombres y el género de letras que a cada uno
corresponde en particular”. Como el propio autor advierte en el prólogo, su
intención es “distinguir y conocer estas diferencias naturales del ingenio
humano y aplicar con arte a cada uno la ciencia en que más ha de aprovechar…
para la buena administración de la República y gloria de Dios”. Reconoce la
necesidad de la especialización profesional ya que las dotes individuales son
indiscutibles. De ahí que cada ciencia sólo pueda ser poseída de forma
satisfactoria y eminente por cierto tipo de ingenios. Este célebre galeno,
formado en Alcalá y que ejerció la profesión en Baeza, tenía muy claro el
aforismo popular salmantino de que hay dotaciones personales con las que cada
cual nacemos y es inútil perder el tiempo buscándolas en las aulas de
Salamanca.
Por lo demás, la observación y la experimentación son absolutamente necesarias
para el progreso de las ciencias físicas. “El filósofo natural –decía- que
piensa que una proposición es verdadera porque la dijo Aristóteles, sin buscar
otra razón, no tiene ingenio, porque la verdad no está en la boca del que
afirma, sino en la cosa de que se trata, la cual está dando voces y grita
enseñando al hombre el ser que la naturaleza le dio y el fin para el que fue
ordenada”. La fuerza de la razón filosófica, pues, estriba en la evidencia
objetiva de la que se nutre la inteligencia y no en la autoridad personal de
nadie. Un hombre digno de memoria histórica fue Miguel Servet, víctima de la
irracionalidad religiosa de su época. Médico y teólogo, resulta difícil
qué admirar más en su vida, si la valentía místico-cristiana o la fabulosa erudición
de un fugado del manicomio. Calvino, su enemigo mortal, le condenó a morir en
la hoguera con el aplauso de sus secuaces protestantes. Melanchton no dudó en
calificar este crimen como un “piadoso y memorable ejemplo para la posteridad”.
¡Sin comentarios!
Otro personaje renacentista, víctima de la irracionalidad, fue Giordano Bruno,
representante del panteísmo trágico. “Cuando se ha abrochado mal el primer
botón de una sotana ya no se puede abrochar bien los demás”. La frase es del
mismo Bruno y a partir de ella podría explicarse de alguna manera el
significado de este enigmático personaje. Es muy posible que el ingreso a los
15 años en la Orden Dominicana fuera su primer botón mal abrochado. Su forma de
vivir en el convento fue siempre chocante y conflictivo y es de suponer que
algún plomo de la psique del joven Giordano se había fundido para siempre. A
pesar de todo fue ordenado sacerdote –otro botón mal abrochado-, pero pronto
abandonó la Orden dominicana iniciando una vida errante entre éxitos clamorosos
y persecuciones por parte de la Inquisición. Cuando abandonó el célebre
convento romano de la Minerva (prisión angosta y negra del convento), tenía 28
años de edad. Por el norte de Italia se ganaba la vida como profesor de
gramática y cosmografía para adolescentes. Después de viajar por Europa terminó
en la cárcel de la Inquisición donde permaneció durante siete años. De allí
salió sólo para ser devorado por la llamas de la Inquisición en el Campo de
Fiori el 17 de febrero de 1600. Su muerte y la brillantez apasionada de sus
escritos le granjearon la fama. Eso sí, después de muerto. Los librepensadores
le erigieron una estatua en el lugar del suplicio en 1889. En el discurso
inaugural del monumento se le llamó libertador de las cadenas medievales y fue
considerado mártir de la nueva cuencia y religión en la que ya no hay profetas
sino filósofos. El 7 de enero de 1865 la “Italia libre” le erigió otra estatua
en Nápoles. Durante la ceremonia de inauguración un grupo de estudiantes quemó
la encíclica de Pío IX del 8 de diciembre de 1864.
No cabe duda de que Giordano fue un desequilibrado. En todos los aspectos de su
vida desconoció el sentido de la prudencia. Ciertamente no fue un ejemplo en el
correcto uso de la razón. Vistas las cosas con fría objetividad, no es exagerado
suponer que la mayoría de los botones de su sotana estuvieron todos en algún
momento mal abrochados. Por si esto era poco, la muerte de este tipo de
personas era aceptada por un sector abrumador de la sociedad. La Inquisición
católica ordenó quemar a Giordano Bruno y la calvinista mandó a la hoguera a
Miguel Servet. En ambos casos por fanatismo religioso. Pero, no nos llamemos a
engaño. Este tipo de criminalidad legalmente instituida no ha cambiado
sustancialmente nada en el siglo XXI. En aquella época seguían condenando a
muerte a los considerados herejes de acuerdo con las diversas creencias
religiosas (católicos, ortodoxos, protestantes, judíos, islámicos etc.).
Actualmente se condena a muerte a los disidentes políticos, a los delincuentes
comunes por motivos raciales, a los niños en el seno de sus madres mediante las
prácticas abortivas, a los ancianos y enfermos seleccionados mediante la
eutanasia. O mandando al crematorio, o a los centros de investigación,
embriones humanos obtenidos científicamente en el laboratorio mediante técnicas
avanzadas de reproducción artificial. Por las calendas renacentistas se usaba
mal la razón y ello dio lugar a las atrocidades humanas referidas. Ahora no es
que se use mal la razón. La razón es usada pero de manera perversa.
Si en nombre de la razón se podía ejecutar a Miguel Servet o a Giordano Bruno,
actualmente habría que reservar muchas hectáreas de terreno sólo para sepultar
a los nuevos profesionales de la muerte en nombre de la justicia común, de los
fanatismos políticos y religiosos y del progreso científico. Bruno, como tantos
otros, proclamó el amor al mundo y a sus encantos. En esto tenía toda la razón.
Pero no supo o no pudo llevar esta postura hasta sus últimas consecuencias de
una forma razonable y humana. Lo cual no significa que sus enemigos y verdugos
fueran más razonables y civilizados. Al contrario, fueron más bestias e
incivilizados. En fin de cuentas, equivocado o no equivocado, Bruno declaró la
batalla con la palabra y razonamientos más o menos acertados o simplemente
falsos. Pero no pidió la vida de nadie. Sus enemigos, por el contrario,
pidieron la sangre de Bruno para saciar su sed absurda de justicia. Por ambas
partes se prestó un mal servicio a la razón pero, sin lugar a dudas, si hubiera
que optar necesariamente por Giordano o por sus perseguidores, las personas con
sano juicio optarían por Giordano. Ciertamente éste usó mal la razón, pero sus
perseguidores fueron más lejos pisoteando los sentimientos de humanidad y
burlándose de la inteligencia.
El renacentismo dio rienda suelta a la imaginación y a la irracionalidad pero
no todo era magia, alquimia y astrología. La verdadera física moderna debe
mucho al legítimo entusiasmo y a las modestas aportaciones de los personajes
que quiero recordar a continuación. En contraste con las sinrazones de
hilozoistas, pampsiquistas, astrólogos y alquimistas Leonardo da Vinci
(1452-1519), por ejemplo, desmintió la magia y la alquimia y puso fuera de combate
la física escolástica practicando el método experimental, la inducción y la
deducción. La sabiduría y la verdad, decía, son fruto de la experiencia y del
tiempo. Tuvo el mérito de haber intuido importantes descubrimientos como la
circulación de la sangre y la teoría ondulatoria de la luz. Y, por supuesto,
planeó en su fantasía la aeronáutica y el submarino. Da Vinci se imaginaba este
mundo como una gran máquina viviente animada por un principio misterioso y
regulada por precisas leyes matemáticas. El uso de la razón filosófica o
teológica empieza a ser reemplazada de una forma exitosa e irreversible por la
razón científica. En la misma línea cabe recordar al ilustre canónigo polaco
Nicolás Copérnico (1473-1543). En su célebre obra De revolutionibus orbium propuso
nada menos que la teoría heliocéntrica. Nadie en el pasado se había atrevido a
decir que la tierra no es plana o que el sol no gira en torno a la tierra. La
llamada “revolución copernicana” propuso exactamente lo contrario. A esta
conclusión llegó partiendo del principio de la sencillez y economía por el que,
según él, debe regirse la naturaleza. Para Copérnico el centro del universo es
el sol y no la tierra como falsamente se había creído siempre.
Al principio la revolucionaria teoría heliocéntrica no tuvo mucho eco social
debido principalmente a las luchas político-religiosas de la época. Se
encargaron de divulgarla Joaquín Rheticus y más aún Kepler, lo que le granjeó
muchas antipatías hasta el punto de tener que abandonar la universidad de
Tubinga. La teoría heliocéntrica fue despreciada por Lutero y Melanchton y
ridiculizada por Francisco Bacon. En Salamanca, por el contrario, se la dio a
conocer con toda normalidad. Esta teoría dio al traste con la concepción
greco-medieval del universo a base de esferas rotatorias concéntricas.
Psicológicamente el impacto fue mayor al tener que hacerse a la idea de que,
contra todas las apariencias, la tierra no es el centro privilegiado del cosmos
sino el sol. Era una invitación al realismo y la humildad al ceder al sol el
protagonismo que parecía exclusivo de la tierra.
Así como el nombre de Copérnico pasó a la historia asociado a la teoría
heliocéntrica el astrónomo Juan Kepler (1571-1630) representa la reducción de
dicha teoría a fórmulas matemáticas. Puso toda la carne en el asador en dar
expresión matemática a las ideas de Copérnico inspirado en el principio: “donde
hay materia hay geometría”. Así formuló las famosas leyes que llevan su nombre:
1) El camino recorrido por un planeta no es circular (como se venía creyendo
por suponer que a este tipo de movimiento más perfecto), sino elíptico, en uno
de cuyos centros se encuentra el sol. 2) En el movimiento alrededor del sol el
radio vector (barrido) de un planeta cubre en tiempos iguales superficies
iguales. 3) Los cuadrados de los tiempos de traslación de los planetas se
relacionan entre sí como los cubos de sus distancias medias respecto del sol.
Estas son la famosas leyes de Kepler, según el cual, el hombre sólo puede conocer
satisfactoriamente magnitudes y a través de magnitudes. De ahí la necesidad del
recurso a las matemáticas. La razón científica gana terreno a pasos agigantados
dejando aparte a la razón filosófica y teológica. Pero esto no será de forma
pacífica. La verdadera física moderna tuvo un nacimiento tan turbulento como la
vida de Galileo Galilei (1564-1642). Pisano de nacimiento, educado en el
monasterio de Vallombrosa, estudiante de filosofía y medicina en Pisa y genio
matemático, puede ser considerado como el verdadero padre de la moderna física
mecánica. Su nombre en la historia va asociado a la demostración práctica y
definitiva del sistema cósmico copernicano. Eso sí, con mucho sufrimiento.
A él se debe el descubrimiento de la ley de la caída. Significa que en la caída
libre de los cuerpos el espacio recorrido crece con el cuadrado del tiempo de
caída. Pero Galileo se popularizó sobre todo por la invención del telescopio y
la balanza hidrostática. Galileo consagró definitivamente el método inductivo abriendo
nuevos horizontes a la razón filosófica. Lo esencial del método inductivo de
Galileo consistía en lo siguiente: 1) Formulación de una hipótesis. 2)
Comprobar y, si es posible, experimentar las relaciones existentes entre la
afirmación básica de la hipótesis y las circunstancias complejas o términos que
acompañan en la hipótesis. 3) Formulación matemática de los resultados
obtenidos. 4) Formulación de la ley universal inducida de la comprobación de
los casos particulares. Galileo estaba convencido de que la naturaleza está
escrita en lenguaje matemático a base de triángulos, círculos y figuras
geométricas. No despreció el raciocinio pero lo relegó a un segundo plano. Con
Galileo tomó cuerpo la física moderna. En su línea de la razón científica su discípulo
Torricelli inventó el barómetro; Pedro Gassendi renovó el atomismo;
Roberto Boyle elevó la química al rango científico; Huyghens propuso la teoría
ondulatoria de la luz; Descartes puso en la picota la geometría analítica y
Leibniz desarrolló el cálculo infinitesimal. Por su parte, Isaac Newton
(1643-1727)? representa el coronamiento de la nueva perspectiva abierta por
Galileo. Newton fue profesor en Cambridge y en su obra maestra “Philosophia
naturales principia matemática” formuló la ley de la gravitación universal
inspirado en la ley de la caída de Galileo y su doctrina sobre las órbitas
planetarias. Interpretó así la totalidad de la mecánica en función de la
atracción de masas. Igual que Galileo, Newton trabajó mediante hipótesis sobre
la dimensión cuantitativa de la naturaleza. Vistas las cosas desde la
perspectiva del tiempo se comprende que el uso de la razón científica fuera
adquiriendo un protagonismo imparable hasta convertirse en el pedestal sobre el
cual se iba a colocar a la diosa razón sin más.
10. La razón al poder y su
perversión maquiavélica
Hemos visto cómo el uso de la razón deriva con paso seguro hacia la razón
científica en el sentido más moderno de la expresión. Pero no podemos olvidar
su otra vertiente hacia el poder. Para Francis Bacon (1561-1626), por ejemplo,
saber es poder. Inglés de origen y renacentista por cultura, intentó construir
un sistema orgánico de pensamiento llevando la reflexión filosófica al campo
del conocimiento basado principalmente en la experiencia. Bacon es el filósofo
por antonomasia del método empírico, convencido de que, para bien o para mal,
saber es poder y, por lo tanto, nuestros conocimientos y saberes han de regirse
por la utilidad de los mismos. Saber es poder significaba para Bacon que, en
adelante, el saber ya no está marcado por la búsqueda de la verdad y la
contemplación de los valores sino por su utilidad técnica. Según él, este saber
tecnológico debería ser la base de la moderna civilización en la que las
cuestiones metafísicas tradicionales deberían ser condenadas al olvido. El
saber pragmático significa que la razón se usa para poder y no para buscar la
verdad, hablar de ella o enseñarla a los demás. Es la proclamación del
pragmatismo puro y duro.
Con la aplicación del método inductivo-experimental habría que hacer
desaparecer los cuatro ídolos o prejuicios siguientes. 1) Las ideas que
retenemos en la memoria sólo por ser patrimonio escolar y se aceptan por pura
tradición sin tener para nada en cuenta los hechos. Son aquellas enseñanzas que
definen o distinguen a una escuela de otra. 2) El hombre, además, es proclive a
repetir las cosas que oye sin reflexionar sobre ellas ni desentrañar
personalmente su significado. 3) Existen también los ídolos o prejuicios de la
caverna. Son aquellas ideas propias y favoritas en las que nos encerramos
queriendo ver todas las cosas a través de ellas sin pensar antes si son válidas
o no. 4) Por fin, los ídolos de la tribu o prejuicios humanos mediante los
cuales subjetivizamos lo objetivo antropomorfoseando las cosas. Aquí se censura
el culto a la autoridad de Aristóteles, al que Bacon consideró como un déspota
del pensamiento, y a la antigüedad clásica como la infancia de la humanidad.
Pero no basta soslayar esta idolatría de ideas preconcebidas y de prejuicios.
Para que la inducción sea veraz es preciso además que sea completa. Sólo así es
posible conocer la causa real de los fenómenos. Sin esta experimentación básica
los razonamientos filosóficos serían tan inútiles como perjudiciales.
Obviamente Bacon sacrificó el uso de la razón filosófica y teológica al logro
del poder sobre la naturaleza y el poder político en el horizonte. Cualquier
cosa menos usar la razón para buscar la verdad última de las cosas y la
sabiduría de la vida más allá de las contingencias de este mundo.
El paso del saber cómo poder en general al uso de la razón como instrumento al
servicio del poder político lo dio Nicolás Maquiavelo (1469-1527). Secretario
de la segunda Cancillería florentina, nostálgico de la antigua grandeza romana
y consciente de la debilidad de las pequeñas repúblicas italianas, se convirtió
en un patriota fanático, oportunista y amoral. Su obra emblemática es El
Príncipe, que dedicó a Lorenzo de Médicis, al cual exhorta a liberar a
Italia del yugo extranjero con vistas a crear un Estado nacional. El principio
basilar del pensamiento político de Maquiavelo es que en la acción política no
hay que tener en cuenta lo que las cosas deben ser sino la eficacia y
efectividad para conseguir y conservar el poder. Esto es lo que él llama
realismo político o ciencia política. Cualquier cosa menos las utopías
platónicas o sentimentales. “Me ha parecido conveniente -escribe- buscar la
efectiva verdad de las cosas y no la imaginación de las mismas. Muchos han
imaginado principados o repúblicas que no se han visto jamás ni se ha conocido
ser verdaderas, porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debiera
vivir que aquel que deja lo que se hace por lo que se debiera hacer, antes procura
su ruina que su conservación. El hombre que quiere hacer en todo profesión de
bueno, ha de arruinarse entre tantos que no lo son”. La vida humana y el
acontecer histórico están condicionados por la suerte y la fortuna personal.
Por ello, el hombre de Estado tiene que aprender a manejar con energía y
sin escrúpulos la fuerza de los acontecimientos a favor del poder.
Los principios maquiavélicos de acción política pueden reducirse a los
siguientes. 1) El estadista debe partir del hecho de que los hombres son malos.
A esta triste conclusión debió llegar Maquiavelo después de haber sido testigo
de muchas injusticias e hipocresías en la Cancillería de Florencia. 2) Para
mantenerse en el poder hay que aprender el arte de no ser bueno y aprovechar
las oportunidades. 3) El estadista ha de ser más temido que amado usando, si es
preciso, de la crueldad. Y, si llega el caso, quebrantando los tratados y
convenios. 4) Pero debe también saber ser hipócrita aparentando ser piadoso y
sincero. Sin olvidar, claro está, que tanto la piedad como la sinceridad pueden
resultar perjudiciales. 5) Lo ideal sería que el hombre de Estado tenga tantas
caras como exijan las circunstancias y ser malo, cruel o bestia cuantas
veces lo considere oportuno. El estadista debe ser marrullero como la zorra y
sanguinario como el león. 6) Jamás debe dar medias soluciones, vacilar entre el
bien y el mal, el derecho o la fuerza. Por lo mismo, el Catolicismo, que
propugna la mansedumbre y la humildad es para la política antipráctico e
inútil. 7) Para subsistir socialmente y vencer, a una fuerza dada hay que
presentar otra igual o mayor. En esto el maquiavelismo político es una
aplicación práctica de la dimensión cuantitativo-mecanicista de la nueva física
renacentista en el ámbito de las relaciones humanas. 8) El hombre y el Estado,
según Maquiavelo, son un mero mecanismo de fuerzas cuyos elementos en juego son
las pasiones humanas. 9) Maquiavelo es un mitólogo del Estado absolutista. Al
Estado hay que supeditar todos los valores, la familia, la religión y la moral.
Maquiavelo puso las bases de la escisión entre política y moral. Lo cual
significa que al Estado y al pueblo se los ha de tratar de modo distinto que a
las personas en particular.
Maquiavelo fue sin duda un hombre amargado que puso al vivo la dialéctica de
las pasiones humanas en el mundo de la política. En la vida real las personas
honradas o débiles suelen ser maltratadas por los desaprensivos y moralmente
degenerados. Se tiene la impresión a veces de que medio mundo está para engañar
al otro medio. Como si la sociedad no fuera otra cosa que una horda de pillos y
granujas, con lo cual ha de contar el Príncipe para agarrar al toro por los
cuernos. El modo descarado y lapidario de hablar en El Príncipe suscitó
reacciones de todo tipo, desde la admiración hasta el desprecio más explícito.
La verdad es que leyendo atentamente esta obra podemos percatarnos cómo debían
estar las cosas de la política en la Italia de su tiempo. Cabe pensar que El
Príncipe es más que otra cosa un análisis descriptivo y confidencial de la
corrupción política reinante y que él conoció en directo desde dentro. Bodino
no dudó en tomar en serio el maquiavelismo llegando a decir que el poder
estatal debe ser supremo y absoluto y sólo responsable ante Dios y la Ley
natural. En este absolutismo temporal se han inspirado después todas las
modernas dictaduras. Y lo que es más admirable. Si analizamos la conducta de
muchos políticos modernos considerados como democráticos, resulta sorprendente
el maquiavelismo de fondo que inspira sus formas de comportamiento. Diríase
que, así como cuando los perros domésticos prueban sangre se vuelven violentos,
muchos políticos cuando prueban el poder se vuelven maquiavélicos. Se puede
decir sin exagerar que el maquiavelismo ha sido el catecismo universal de todos
los dictadores modernos y que, junto con el marxismo, constituye un ejemplo
emblemático del uso perverso de la razón.
11. El uso de la razón y
las utopías sociales
El maquiavelismo no fue la única expresión de la razón política
renacentista. Junto a la razón política maquiavélica surgió también la
razón política comunista. Tomás Moro (1480-1535), por ejemplo, fue un ilustre
Lord de la Cancillería británica y víctima, como es sabido, de la brutalidad e
irracionalidad de Enrique VIII. Su Utopía es una novela política en la
que expone una nueva conciencia comunista de inspiración platónica como
alternativa a la sociedad inglesa de su tiempo. En su forma de razonar condenó
la acumulación de bienes en manos de una minoría mientras otros se ven
condenados a vivir en la indigencia abatidos por el trabajo. Según él, los
reyes europeos deberían distribuir más justamente las riquezas en lugar de
malgastarlas en guerras y conquistas. Sólo así se lograría que la ciudadanía se
encontrara satisfecha evitándose las guerras y cuanto de brutal se sigue de
ellas. A no ser que se trate de defender las propias fronteras, las fronteras
de los países amigos o de los pueblos sometidos a regímenes tiránicos. Para
evitar la codicia abogó por la supresión de la moneda y el fomento de un
comercio de intercambio. Para evitar la acumulación de riquezas sugirió un
horario de trabajo de seis horas diarias dedicando el resto del tiempo disponible
al cultivo del espíritu y de la ciencia. Los esclavos y criminales realizarían
los trabajos más duros y la pena de muerte debería ser abolida.
En el régimen comunista propuesto por Tomás Moro los que niegan la existencia
de Dios, la inmortalidad del alma y la justicia en la otra vida, deberían ser
considerados como seres humanos de segunda clase. Igualmente, los fanáticos
religiosos deberían ser expatriados o reducidos a esclavitud. Desde el punto de
vista político exigió la libertad religiosa de los no fanáticos. A nadie se
puede impedir que en su interior piense lo que quiera si bien sólo a los que
hacen buen uso de la razón religiosa se les debe permitir que ostenten cargos
públicos. Los templos deberían se numerosos, espaciosos, con poca luz y sin
imágenes con el fin de facilitar el recogimiento y la verdadera libertad de
espíritu. La religión debe promocionarse por la fuerza intrínseca de sí misma y
nunca por la fuerza. Los intolerantes y fanáticos religiosos han de ser
tratados con severidad. A Tomás Moro le tocó vivir uno de los momentos
históricos más tristes de Inglaterra bajo la irracionalidad y brutalidad de
Enrique VIII. Maquiavelo describió y recomendó el uso corrupto de la razón en
materia política y no se jugó nada. Tomás Moro fue más lejos mirando a lo que
las cosas deberían ser y, como es sabido, se jugó la vida. En ningún caso el
uso de la razón sirvió prácticamente para nada.
En la misma línea de la razón utópica en el campo de la política merece la pena
recordar a Tomás Campanella (1568-1639). La corrupción interna en el seno de la
Iglesia, la influencia del luteranismo visceral, la amenaza turca, lo que él
llamaba sofística aristotélica, la hipocresía maquiavélica y otros factores
ambientales de su tiempo contribuyeron al forjamiento del carácter conflictivo
y de Tomás Campanella. Desde su ingreso en la Orden Dominicana se destacó por
su inteligencia poco común y su actitud inconformista. La cárcel fue su morada
casi habitual y la política su obsesión dominante. Se consideró a sí mismo
víctima y profeta. La política de Campanella expuesta en La ciudad del sol
es el polo opuesto del individualismo astuto de Maquiavelo.
Es como un sueño comunista en el que propone un socialismo agrario inspirado en
el platonismo, el cristianismo primitivo y la doctrina de Tomás Moro. En esta
sociedad ideal todo debería estar regulado por un orden único de principios
garantizado por la autoridad suprema del Papa. Por lo mismo, la religión y la
fe deberían ser la piedra angular de la unidad y de la autoridad. Según
Campanella, la propiedad privada no tiene fundamento ninguno natural. El
ejercicio de la propiedad privada no sería otra cosa que una concesión forzada
por la iniquidad de los hombres. Tampoco debería haber libertad de fe
religiosa. Tomás Campanella pensaba que el rey francés debía juzgar a todos los
herejes europeos y el español al resto del mundo. Como buen renacentista
admitía una religión natural, otra consensuada por los legisladores y,
finalmente, la cristiana. Esta última debería ser reconocida como la única
verdadera y necesaria para no errar en esa materia. Se comprende que la
Academia de Moscú de la antigua Unión Soviética ordenara la traducción al ruso
de La ciudad del Sol. Pero ello no deja de ser paradójico si tenemos en
cuenta que la fuente de inspiración de la razón comunista de Campanella nada
tiene que ver con las fuentes de inspiración de la razón comunista soviética.
Lo que está claro es que el uso de la razón va a bandazos del individualismo egoísta
al colectivismo social más absurdo. Unas veces se afirman los derechos de las
partes destruyendo los bienes más comunes a todos, y otras, se afirman los
derechos más comunes anulando a las personas. En este contexto dramático Hugo
Grocio (1583-1645) presentó como alternativa la llamada “razón de Estado”.
Grocio fue holandés de origen, educado en Francia y condicionado mentalmente
por las guerras crueles de su tiempo. Históricamente Grocio representa un
correctivo a las ideologías despóticas renacentistas, más realista y razonable
que Tomás Moro y Campanella. En su célebre obra De iure ac pacis libri tres,
in quibus ius naturae et gentium, item iuris publici praecipue explicantur,
sostiene que el derecho natural se deriva de los principios intrínsecos de la
naturaleza humana, de tal suerte que, aún en la hipótesis absurda de que Dios
no existiera, dichos principios no perderían su validez sociológica. Esta
convicción revela el valor que Grocio reconoció al buen uso de la razón en los
asuntos políticos. Desde esta perspectiva trató de justificar el derecho a la
legítima defensa entre personas particulares pero dejando bien claro que, una
vez constituido el Estado, corresponde a éste y no a los particulares la puesta
en práctica de ese derecho. No admitía bajo ningún concepto que las personas
privadas por su cuenta y riesgo se rebelen contra el Estado. Una vez que el
pueblo ha transmitido la soberanía al Estado, pierde el derecho a rebelarse
incluso cuando dicta leyes injustas y ejerce la tiranía, salvo casos de
necesidad extrema. Lo contrario acarrearía en la práctica muchos problemas de
difícil solución. Por el contrario, el Estado puede actuar contra las personas
privadas según justicia en nombre del bien común. Según Grocio, la auténtica guerra
tiene lugar cuando se enfrentan dos Estados. Cuando esto ocurre, todo está
permitido si bien evitando violar los principios universales de humanidad. En
lo religioso, como buen renacentista, admite una religión natural que todo el
mundo debe respetar. Ello implica el reconocimiento de la existencia de Dios
creador y su naturaleza superior. A todo esto la revelación cristiana añade
otros valores religiosos que sólo con la ayuda divina pueden ser adoptados y
comprendidos. Por lo mismo, ni la religión natural ni la revelada pueden ser
impuestas a nadie por la fuerza y menos aún por la armas.
Además de la razón de Estado está la razón o soberanía del Pueblo. Al igual que
Roberto Belarmino, Francisco Suárez y los escolásticos renacentistas, Grocio
sostiene que la potestad suprema del Estado reside en el Pueblo, el cual la ha
recibido de Dios. El Príncipe, pues, no recibe el poder directamente de Dios,
como propugnaba la teoría absolutista de Jacobo I de Inglaterra, sino por
gracia del Pueblo. Eso sí, una vez transmitido el poder al Estado, Grocio no
era partidario del derecho a la resistencia, ni por parte de las personas
privadas ni de los magistrados subalternos ya que lo contrario sería dejar
todas las puertas abiertas al desorden. Reconoce, no obstante, que el tirano
pierde su autoridad por el hecho mismo de ser tirano, ya que la voluntad
de dirigir es incompatible con la de destruir. Algunos han considerado a Grocio
como el fundador del derecho internacional moderno. Parece más razonable pensar
que esta nueva criatura nació en la escuela de Salamanca con Francisco Vitoria
y sus discípulos ilustres entre los cuales se encuentra Grocio.
12. El uso de la razón
entre el desencanto y la esperanza
Los grandes representantes del segundo renacimiento atizaron el fuego de
grandeza y orgiástica expectación en un futuro más venturoso para la razón que
en tiempos pasados. Los guiños de una ciencia incipiente deslumbraron a muchos.
Pero la vida seguía siendo dura. El recurso a Dios al estilo medieval para
aliviar las penas de este mundo perdió interés y el progreso de las ciencias
modernas seguía siendo demasiado insuficiente para encarar los problemas
cotidianos de la vida y menos aún los de la muerte. Con este telón de fondo se
comprende mejor la mezcla de desilusión y esperanza en el uso de la razón que
ha prevalecido hasta nuestros días. Pero vayamos despacio para verlo mejor.
Luis Vives y la razón pedagógica. Este ilustre humanista valenciano
estudió primero en Valencia y después en París. Luego enseñó en Lovaina y
Oxford. Enrique VIII le nombró preceptor de la princesa María y lector de la
reina Catalina. A raíz de los escándalos del rey marchó a Brujas donde murió el
6 de mayo de 1440 poco después de haber sido visitado por Ignacio de Loyola.
Luis Vives fue un hombre bueno comprometido con la renovación de la ciencia
aplicando una pedagogía nueva. Como buen humanista criticó resueltamente a la
razón escolástica de una manera global sin que él aportara ideas con contenidos
mejores. Les reprochaba, por ejemplo, el enseñar las doctrinas antiguas sin el
conocimiento adecuado de los respectivos idiomas clásicos. Por lo mismo, se
servían de códices inseguros y no de las fuentes. Les reprochaba igualmente de
buscar más el éxito personal que la verdad de forma objetiva y desinteresada.
Como buen renacentista tenía muy claro que al interior del conocimiento de las
cosas se llega entrando por la puerta de los sentidos. Luis Vives puede ser
considerado como el padre de la razón pedagógica y psicológica moderna. En esta
línea aporta muchas experiencias personales interesantes. Su derivación en la
pedagogía y la psicología se produce a partir de dos preguntas sobre el alma
humana: qué es y qué hace. A nadie se le oculta la importancia que el pensamiento
moderno ha dispensado a la psicología y la pedagogía. Paradójicamente se tiene
la impresión de que es más importante el modo de enseñar que la calidad de lo
que se enseña. Es el reemplazo de la metafísica y de la teología por la
psicología y la pedagogía.
Gómez Pereira y las sensaciones animales. ¿Y qué pensar sobre la
preocupación moderna por los animales? Hay muchas personas que derivan hacia
los animales toda la afectividad que razonablemente deberían otorgar a las
personas. Pero no parece que encuentren muchos apoyos racionales en el ilustre
médico y filósofo español Pereira (1500-1555). Nacido en Medina del Campo,
estudió en Salamanca y se hizo famoso con su obra Antoniana Margarita.
La obra es una amalgama de psicología y metafísica. Ya en su tiempo llamó mucho
la atención su tesis sobre el automatismo de los animales. Según él, los
animales carecen de sensación y sus movimientos se explican mediante factores
mecánicos que describe minuciosamente. Cabe imaginar que actualmente Gómez
Pereira no sería un buen amigo de la Sociedad Protectora de Animales.
Su pensamiento sobre los problemas humanos tiene un fondo platónico, pero al
mismo tiempo es un preludio del uso cartesiano de la razón. Es interesante
constatar las coincidencias de Descartes con Pereira. ¿Conoció Descartes la Antoniana
Margarita de Pereira publicada en 1554? Cronológicamente no hay nada en
contra toda vez que el Discurso del Método de Descartes vio la luz en
1637. Por otra parte, las coincidencias son muchas y casi literales. Ambos, por
ejemplo, parten de la sola razón como si las verdades religiosas no existieran.
Pero, sobre todo, el famoso “pienso, luego existo” (cogito, ergo sum)
cartesiano es la traducción abreviada de lo que dice Pereira: “Nosco me aliquid
noscere, et quidquid noscit est, ergo ego sum”. Conozco que sé algo, y lo que
conoce existe, luego yo existo”. ¿Qué diferencia hay entre decir “pienso, luego
existo” y “conozco, luego existo”?. Ambos coinciden igualmente en considerar a
los animales como simples autómatas, como máquinas especiales que actúan
mecánicamente impulsados por agentes externos.
¿Concordismo o resignación intelectual? Sebastián Fox Morcillo
(1528-1559) fue sevillano de nacimiento y estudiante en Lovaina. Lamentablemente
murió muy joven en un naufragio cuando volvía a España para ocuparse de la
educación de Carlos I. Creo que, a pesar de sus limitaciones, fue uno de los
hombres razonables de su tiempo. Trató de conciliar el pensamiento de Platón y
Aristóteles con las verdades de la fe cristiana lo cual, al margen de los
escasos o nulos resultados obtenidos, demuestra que era consciente de que el
uso de la razón no puede sustraerse a la reflexión sobre la trascendencia. Lo
cual no le impidió iniciar el llamado “método geométrico” mediante la
aplicación de axiomas, definiciones e hipótesis. Cuando estudia el problema de
las relaciones cuerpo y alma se tiene la impresión de que está ya dándole
pistas a Descartes. Su afán de concordia entre la razón platónica y aristotélica
puede dar pie a pensar en la falta de originalidad respecto del pasado. Pero en
la época de Fox Morcillo cabe pensar que fue una opción por la razonabilidad
cuando el uso de la razón se encontraba en franco desprestigio.
Francisco Valles y la embriología humana (1524-1592). Natural de
Covarrubias (Burgos), ejerció la medicina en la cámara de Felipe II con tal
competencia que se ganó el calificativo de “divino” por parte del rey. Fue un
pensador independiente con chispazos de originalidad en el campo teológico al
estilo del viejo Pedro Abelardo. En su época era comúnmente admitido que el
embrión humano posee primero alma sensitiva y después alma humana propiamente
dicha. De acuerdo con esta mentalidad, Valles sostenía que el alma no es acto
del cuerpo en cuanto cuerpo sino en cuanto sentiente e inteligente. Sólo cuando
el cuerpo ha adquirido la adecuada disposición Dios infunde la vida, que es al
mismo tiempo sensitiva e intelectiva. Pero antes ha habido ya otras formas
inferiores. El alma como principio de la vida estaría asentada en el cerebro.
Por otra parte, según Valles, entre el animal y el hombre sólo habría una
diferencia gradual y no sustancial por cuanto que el hombre es capaz de llegar
a la sabiduría. Llama la atención el que esta forma de pensar sea sostenida aún
hoy día por muchos expertos en embriología moderna avanzada a contrapelo de los
datos científicos que obran en su contra. La teoría de la animación retardada,
en efecto, propia de épocas pasadas y superadas por los conocimientos modernos
más avanzados sobre el embrión humano, es utilizada contra toda razón para
legitimar la producción y uso destructivo de embriones en el campo de la
bioética y de las investigaciones biomédicas. Algo que, sin duda no habría
aceptado Valles de haber dispuesto de los avances científicos de la moderna
embriología.
Escepticismo y resentimiento intelectual. El escepticismo como
indiferencia despreciativa del uso de la razón suele ser el estado intelectual
de transición propio de personas todavía sensatas aturdidas por el desorden de
las opiniones arbitrarias y los intereses mezquinos de los sistemas escolares.
El paso siguiente al escepticismo suele ser el resentimiento intelectual frente
a verdades fundamentales, o la credulidad ridícula en cosas banales. Por otra
parte, así como desde la cumbre de una montaña se divisa la cúspide de otras,
así también, desde la cumbre de la total desconfianza en la razón se empieza a
divisar la orgía racionalista (uso abusivo de la razón) capitaneada por Renato
Descartes. Pero hemos de descender hasta el suelo antes de comenzar la
escalada. Para hacernos una idea de este fenómeno me parece oportuno recordar
algunos nombres emblemáticos y sus actitudes frente al uso de la razón.
La decepción de Cornelio Agripa (1486-1535). Cinco años antes de
morir publicó su libro “De incertitudine et vanitate scientiarum atque
artium”. Nada más y nada menos que sobre la incertidumbre y vanidad de las
ciencias y las artes. Según Agripa, todas las ramas de las artes y de las
ciencias profanas son un conjunto de errores dañinos. Todos esos presuntos
conocimientos no son más que engaño e incertidumbre. Sí, la gramática, la
retórica y la dialéctica son muy útiles. Pero sólo para engañar más y mejor a
los demás. La cabalística, las ciencias adivinatorias y las matemáticas no van
más allá de la superstición. La alquimia es una impostura y la medicina no
tiene más fundamento que las trapacerías de los médicos y la credulidad de los
pacientes, que buscan el milagro de su curación aunque venga del diablo. La
administración del derecho, insistía, se ha convertido en una apología de la
fuerza y la teología de La Sorbona en sofística y logomaquia. Se revuelve
también contra la vida clerical, el culto, el lujo de los edificios y el
celibato eclesiástico. No sé si se cumplió la orden pero la Facultad de
Teología de La Sorbona mandó quemar el libro de Agripa. Es obvio que este
hombre no supo usar bien la razón. Pero su actitud personal es una prueba más
de que tampoco sus opositores y líderes del presunto progreso renacentista la
usaron mejor.
Miguel Eyquem, señor de Montaigne (1533-1592). Aristócrata de cuna,
de abolengo judío, alcalde de Burdeos y viajero empedernido, Montaigne, más que
un pensador o filósofo, fue un charlista que mezcla agradablemente sus
experiencias de viaje con una vasta y desordenada cultura sin asimilar. En
moral es un perfecto estoico y en religión un conformista sin escrúpulos. La
razón médica debe dejar que las enfermedades sigan su curso por la simple razón
de que las intervenciones médicas son inútiles. Es una peste creer que es
posible el verdadero conocimiento. Según él no hay motivo ninguno sólido para
creerlo y la experiencia demuestra que incluso nuestros sentidos nos engañan. El
mundo está dominado por fuerzas ocultas que van de la vida a la muerte. Por
ello, para aprender a vivir hay que aprender a morir. El hombre es miserable
pero orgulloso de sí mismo. Esta es su enfermedad crónica.
Por más que nos hagamos ilusiones, nuestras diferencias con los animales son
mínimas. Lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en la conciencia y tratar de
alcanzar lo que nos salga al paso de una manera desapasionada y estoica. Sólo
así alcanzaremos un mínimo de independencia y seguridad en la vida. Todo es
relativo y ninguna ley existe para todos los hombres. Todo depende del tiempo y
los lugares. Una forma de conducta, por ejemplo, que en un lugar es considerada
criminal, en otros puede ser considerada como virtud o heroísmo. El Sr. De
Montaigne me causa la impresión de un hombre desengañado de la vida y de las
promesas fáciles de los pensadores y científicos de su tiempo. Según él, en
lugar de halagar a los demás con falsas promesas de conocimiento y felicidad lo
más correcto sería que cada uno de nosotros nos preguntáramos: ¿qué sé yo? Y la
respuesta más probable sería que muy poco o casi nada de útil y provechoso para
resolver los grandes problemas de la vida. La actitud personal de este hombre
superculto no es de miedo a pensar, como en los tiempos actuales, sino de
pérdida total de confianza en el uso de la razón.
Pierre Charron, el canónigo analfabeto (1541-1603). Fue parisino de
nacimiento, abogado, sacerdote, canónigo y predicador de la reina Margarita.
Fue amigo de Montaigne y más extremado aún en su desconfianza en la razón
humana. La verdad, decía, no es patrimonio del espíritu humano ya que los
errores tienen siempre las puertas abiertas. Oponía el sentimiento moral al
saber dogmático y, lo mismo que su amigo Montaigne, pensaba que una misma forma
de conducta puede ser virtuosa en un lugar y viciosa en otro. Nuestro ilustre
canónigo no sólo se preguntaba si había algo sino que respondía
categóricamente: yo no sé nada.
En la misma onda se encontraba Francisco La Mothe-Le-Vayer (1588-1672).
Potegido de Richelieu y Mazarino ahondó más aún la fosa del escepticismo y
falta de confianza en la razón. La verdad de las cosas, decía, nunca llega a
nosotros. La historia, por ejemplo, por lo general es pura fábula. Las buenas
historias son como esos medicamentos raros que antes de usarlos hay que esperar
mucho tiempo hasta que son adecuadamente preparados para su consumo. De las
cosas más serias, decía, la más segura es dudar. Sin embargo, a pesar de
considerarse un cristiano convencido, no dudó en dedicarse al libertinaje. Nada
extraño cuando no se hace uso correcto de la razón.
La crítica despiadada de Francisco Sánchez (1550-1623). Nos
encontramos con otro galeno español que a los 24 años de edad era ya doctor en
medicina por la Universidad de Montpellier. En su obra “Nada sabemos”
(Quod nihil scitur) hay mucho ímpetu juvenil, realismo y desilusión frente a
las grandes promesas renacentistas. Ya se conocían las obras antiguas y se
había mejorado las formas de expresión escolástica y literaria. Y ahora ¿qué?.
Pues que la vida continuaba implacable como antes. La gente seguía muriéndose y
tan infeliz como siempre. La física aristotélica era aún presentada en forma
silogística desvinculada de la experiencia y de las matemáticas. Lo mismo
ocurría con las imaginarias cosmovisiones inspiradas en el platonismo, en la
cábala y el ocultismo. Hastiado y desilusionado, el joven galeno Sánchez
se ensañó cuanto pudo contra esas formas de usar la razón optando por dudar de
todo y no quiso construir una filosofía mejor a partir de la duda, como
hará después Descartes, ni fundamentar una certeza primordial. Lo único que
pretendió fue ridiculizar el estado lamentable de la ciencia de su tiempo.
En el prólogo de su obra no pudo ser más claro y explícito: “Desde niño, era yo
muy aficionado a la naturaleza y a darme cuenta de las cosas de mi alrededor.
Al principio contentábame con cualquier explicación, hasta que me invadió el
prurito criticista, y tanto, que, puesto a explicarlo todo, en nada
encontraba ya reposo. Cansado de consultar libros y de interrogar maestros,
encerréme en mí mismo, comencé a dudar de todo, como si todo se hallara
inédito, y díme a la inquisición de las cosas”. Como es obvio, esta es la
actitud normal de los adolescentes cuando, siguiendo el orden de la naturaleza,
empiezan a cuestionar todo lo que han aprendido hasta entonces de los adultos y
en los centros educativos. Conocemos los efectos nefastos que produce en ellos
el constatar que la enseñanza que han recibido no se corresponde con la
realidad de la vida sino que obedece sólo a tradiciones culturales que hay que
conservar, o que son impuestas por grupos dominantes por razones políticas o
culturales ajenas a la verdad de la vida. Este drama ha existido siempre y
existe hoy día. Francisco Sánchez lo vivió en su propia carne. Denunció con
pasión juvenil el hecho del mal uso que en su tiempo se hacía de la razón.
¡Lástima que se conformara con refugiarse en la duda, como medida de prevención,
en lugar hacer una demostración práctica sobre el uso correcto de la misma!
Después de estos testimonios descorazonadores cabría pensar que el uso de la
razón había sido sepultado por su presunta inutilidad para resolver los grandes
problemas de la vida. Paradójicamente no fue así. La razón se sintió muy herida
pero reaccionó rabiosamente levantándose con el santo y la limosna. El
duelo entre el racionalismo (abuso de la razón) y el sentimentalismo
(abuso de los sentimientos) va a cobrar una actualidad insospechada con el
correr del tiempo hasta nuestros días. Veámoslo aunque sólo sea de forma
breve y esquemática.
13. El abuso ilustrado de la razón
La
declaración de una guerra equivale siempre a un fracaso de la razón. Mientras
las partes en conflicto son capaces de hablarse y de razonar las armas esperan.
Cuando la razón deja de luchar con el arma de la palabra razonable se ponen en
acción los cañones y los misiles. Una vez declarada la guerra, ninguna de
las partes beligerantes tiene ya razón. Todos la han perdido o la usan
perversamente para destruir al presunto enemigo. Como es sabido, a lo largo de
los siglos XVI y XVII Europa fue asolada por las llamadas guerras de religión.
El hambre, la peste y las guerras fueron siempre una prueba de fuego para
los cultivadores del uso de la razón. Pero no menos los conflictos religiosos.
La escisión protestante entre los cristianos europeos significó otro fracaso
más del uso de la razón teológica y una de sus nefastas consecuencias fue la
absurda guerra de familia que duró 30 años. Y como la pérdida de la razón por
mucho tiempo termina resultando insoportable, llegó el tratado de Westfalia en
el que pueden leerse algunos párrafos que ponen de manifiesto los males que se
derivan de la pérdida de la razón en los asuntos públicos y los bienes que se
derivan de las buenas razones, aunque esta lección se aprenda demasiado tarde.
Sólo cuando la razón se impuso al odio y a las armas fue posible decir cosas
como las que fueron escritas en el histórico tratado de Westfalia del 24 de
octubre de 1648. La situación política en el continente europeo se estabilizó
con dicho Tratado pero el uso de la razón había quedado una vez más muy
desprestigiado. En su lugar surgió un ambiente de agitación que tendía a
centrar las nociones de fe y mística en las revelaciones individuales como la
fuente principal de conocimiento y sabiduría. La mística o el fideísmo suele
ser siempre el refugio de quienes han sido defraudados por el uso perverso de
la razón, como suele ocurrir después de las grandes contiendas. Baste recordar
el renacimiento espiritual en Europa surgido, aunque por poco tiempo, al
término de las dos guerras mundiales. Todo hay que decirlo, paralelamente han
surgido también movimientos humanamente degenerativos entre aquellos y aquellas
que fueron testigos o sufrieron las consecuencias sin haber podido olvidarlas o
sublimarlas.
La Ilustración, como es sabido, fue un movimiento cultural originalmente
europeo, peculiar del siglo XVIII, caracterizado por su afán de iluminar todos
los aspectos de la vida humana con la sola luz de la razón desterrando todo
tipo de superstición y tiranía. Se llegó a idolatrar la razón y la
libertad individual consideradas como los dos valores supremos de referencia.
Los tiempos pasados fueron considerados como la infancia de la razón humana que
con la nueva rehabilitación de la razón se trataba de superar para siempre.
Este movimiento abogaba por la razón como la forma de
establecer un sistema autoritario ético, estético y de
conocimientos. Los líderes intelectuales de este movimiento se consideraron a
sí mismos como la élite de la sociedad, cuyo principal propósito era liderar al
mundo hacia el progreso, sacándolo del largo periodo de tradiciones,
superstición, irracionalidad y tiranía. Este movimiento creó el marco
intelectual de la revolución francesa y americana así como del auge del
capitalismo que, a su vez, propició el nacimiento del socialismo que derivó
después en el despotismo comunista. Es la denominada «Era de la
Razón», en nombre de la cual se trató de establecer una
filosofía basada en axiomas o verdades evidentes sobre las que descansa el
resto del conocimiento o sobre la cual se construyen los demás conocimientos, y
en el absolutismo como garantías del conocimiento y de la estabilidad social.
Racionalismo quiere decir abuso de la razón. Lo cual es inevitable cuando
se proclama el uso de la razón a ultranza y por encima de todo. Todo se reduce
a la razón y la experiencia sensible. En consecuencia, nada que previamente no
haya sido sancionado por la razón debe ser creído. Hasta tal extremo que, como
veremos inmediatamente, durante la Revolución
Francesa se llegó a rendir culto a la «diosa Razón», que se
asocia con la luz y el progreso del espíritu humano. Desde el altar de
la razón endiosada algunos no dudaron en tratar las pasiones y los
sentimientos humanos como un mal en sí mismos. Aplicada esta mentalidad al
campo de la estética, sostenían que todo lo desprovisto de armonía, lo
desequilibrado, asimétrico y desproporcionado ha de ser considerado como
estéticamente monstruoso. En todos los modelos
racionalistas cabe destacar un denominador común que consiste en la
confianza que todos ellos ponen con matices diversos en el presunto poder
ilimitado de la razón humana. Igualmente, todos adaptan el método
lógico-matemático para explicar sus razonamientos, y el empírico para
confirmarlos cuando ello es posible. Paradójicamente se recuperan doctrinas
clásicas como el atomismo al modo Gassendi, el fatalismo al modo Spinoza o el
platonismo gnoseológico al modo leibniano. Los historiadores de la filosofía
han informado minuciosamente sobre el racionalismo moderno con Renato Descartes a la
cabeza. La universalización de la duda metódica cartesiana condujo al
racionalismo exagerado que culminó en el endiosamiento de la razón. Su obsesión
por las ideas claras y distintas le llevó a confundir su talento matemático con
la reflexión humana buscando en todo evidencias matemáticas en nombre de
la razón.
Siempre me llamó la atención la derivación del racionalismo cartesiano en el
panteísmo monístico de Baruc Spinoza (1632-1677). Nacido en Amsterdan de
padres sefarditas oriundos de España, fue educado por un rabino influenciado
por Maimónides y la cábala medieval. Quedó fascinado por el racionalismo
cartesiano subyacente en las ideas claras y distintas de Descartes y es
considerado como el teórico por antonomasia del panteísmo moderno. Spinoza
padece el vicio de la idea clara y distinta cartesiana que desarrolla hasta el
extremo de confundir la naturaleza de Dios (naturans) con la naturaleza mundana
(natura naturata). Lo cual equivale a un panteísmo determinístico en toda
regla. Spinoza tenía una fe en la razón casi religiosa llevando el racionalismo
cartesiano hasta las últimas consecuencias. Por ejemplo, propugnando el uso de
la razón filosófica contra la religión cristiana como única medida para llegar
a la paz social y a la práctica de una piedad verdadera. En nombre de la razón
promovió la independencia absoluta entre la razón filosófica y la teología así
como del Estado y la Iglesia abogando por una religión de la humanidad sin
dogmas ni culto. Es la diosa razón que hará suya el positivismo, el
racionalismo sectario y la masonería. Nos hallamos ante un racionalista
cartesiano en clave judía. El hecho de que abogue por estas independencias y
libertades es muy comprensible para cualquier observador razonable que conozca
el contexto histórico en que tiene lugar. Lo que llama la atención es que tales
propuestas se hagan como expresión del culto a la razón humana por encima de la
cual no se reconoce prácticamente ninguna instancia superior.
No se trata de Atenea, la diosa griega de la razón y la reflexión frente a los
impulsos pasionales. Según la mitología surgió de la cabeza de Zeus y en Roma
tomó el nombre de Minerva. De acuerdo con la mitología, fue hija indeseada de
Zeus y Metis, y vino al mundo armada de lanza, casco y égida con el objetivo de
convertirse en la diosa protectora de la razón y así presidir las artes, la
literatura, la filosofía y toda actividad inteligente que enalteciera al hombre
mediante la sabiduría y las artes. Pero no es a esta diosa de la mitología a la
que ahora se ensalza por las nubes sino a la inteligencia humana en
sí misma como única luz verdadera capaz de iluminar a las generaciones
del futuro en todos los avatares de la vida.
Los hombres y mujeres de la Ilustración supervaloraron tanto a la razón
humana que la convirtieron en un talismán con el que creyeron poder llegar a
desvelar todas las incógnitas de la existencia. Fue una escena de locura muy
significativa en el contexto de la revolución francesa. Introdujeron en la
Catedral de París, sobre una gran bandeja, a una prostituta desnuda y coronada
de flores, como símbolo de entronización en su templo de la nueva diosa Razón.
Se institucionalizó así, sobre todo en Francia, un verdadero culto religioso a
la razón o intelecto humano. En tal sentido se introdujeron un conjunto de
fiestas cívico-religiosas que se celebraron durante la etapa jacobina (1793-1794). Después siguió el sincretismo del siglo
de las Luces, de inspiración volteriana y rousoniana.
Esas celebraciones consistían en espectáculos carnavalescos y ceremonias
iconoclastas que culminaron en París en la fiesta de la Libertad en la catedral
de Notre Dame. En 1793, bajo el culto a la razón, la catedral fue
desvalijada con destrucción de muchos objetos y robando otros de sus tesoros
hasta quedar convertido el templo en un almacén de alimentación. En 1871, durante el corto ascenso de la Comuna de París, la
catedral fue convertida una vez más en telón de fondo de las turbulencias
sociales con riesgo incluso de ser incendiada. La historia ha confirmado que el
endiosamiento de la razón lleva derechamente a las utopías más absurdas y
a los totalitarismos más devastadores. Y es que, como decía Popper, enemigo de
utopías y totalitarismos, la diosa Razón tiene la cabeza en las nubes y los
pies bañados de sangre. Pero, como siempre ocurre, los extremos se provocan
entre sí y el endiosamiento de la razón provocó la reacción opuesta de los
defensores de la voluntad y de la libertad contra el despotismo racionalista.
Surgieron así los movimientos propensos al irracionalismo como rechazo de todo
lo que viene impuesto por la razón. A principios del siglo XXI podemos afirmar
sin temor a exagerar que el uso de la razón no ha vuelto a recuperarse salvo en
una honrosa minoría de pensadores condenados al ostracismo.
El término irracionalismo puede aplicarse a toda forma de conducta que
se produce al margen de los dictados de la razón. Por ejemplo cuando actuamos
exclusivamente bajo el impulso químico de los instintos primarios de
conservación y reproducción de forma similar a como esto ocurre entre los
animales. La vaca entra en celo, busca al toro, se juntan y hacen lo que tienen
que hacer impulsados por la fuerza bruta del instinto, y asunto terminado. Pero
tratándose de personas humanas el instinto bruto de reproducción debe pasar por
el filtro de la razón antes de ponerlo en ejecución. Lo mismo cabe decir del
comer y del beber en el ámbito del instinto de conservación individual. Cuando
la razón no interviene previamente en estas situaciones vitales se dice
coloquialmente con toda razón que nos comportamos “como los animales”.
Pero el término irracionalismo se aplica también de una manera global a
todas las tendencias filosóficas que anteponen el ejercicio de la voluntad
personal y de los impulsos vitales al uso previo de la razón y de la
comprensión real y objetiva de las cosas. En el fondo de esta irracionalidad
filosófica se encuentra una afirmación contundente de la vida como valor
fundamental. De ahí que los historiadores hablen indistintamente de
irracionalismo y vitalismo. Recordemos sólo algunos de los botones de muestra
más celebrados de esta desconcertante y comprensible irracionalidad. Sólo dos
nombres emblemáticos de la irracionalidad como afirmación anárquica de la vida
contra el uso despótico de la razón.
- El voluntarismo pesimista de Arturo
Schopenhauer (1788-1860)
Contrapone el principio de la voluntad ciega e irracional a los hechos
objetivos, que, según él, no pueden modificar esta tendencia de los seres
humanos. Para comprender el voluntarismo pesimista de Schopenhauer es preciso
tener en cuenta su historia personal como hijo de padres ricos y un contexto
familiar de enfermos mentales. En 1804 murió su padre y se sospecha que se
suicidó. A partir de este momento las relaciones personales fueron muy
conflictivas, abandonó las actividades comerciales de su padre y se dedicó
apasionadamente al estudio de la filosofía y la vida frívola. Murió célibe y
obsesionado con la presunta conspiración de silencio que los profesores de
filosofía habían decretado contra él. Su encuentro con las filosofías
orientales contribuyó decisivamente a consolidar su visión pesimista de la
vida. El dolor lo penetra todo. Nuestra existencia está marcada fatalmente por
el dolor y no encuentra perspectiva ninguna de solución real. La esencia del
mundo, según él en su Filosofía de la vida, es la voluntad y ésta se nos
manifiesta como voluntad de vivir. Por encima de todo deseamos y queremos vivir
y la vida acompaña a la voluntad como la sombra al cuerpo. Donde hay voluntad
hay vida y, por lo mismo, a la voluntad de vivir le está asegurada siempre la
vida.
¿Y qué es la voluntad? La voluntad es un impulso inconsciente, ciego e
irresistible como se aprecia en la vida inorgánica y vegetal. Pero tiende con
gran fuerza hacia formas superiores de vida hasta que adquiere en el hombre
conciencia de su querer y de aquello que quiere. Por otra parte, la vida no es
más que la manifestación del mundo como representación de la voluntad de vivir.
La voluntad de vivir sería, según Schopenhauer, la única expresión verdadera
del ser último del mundo y que se manifiesta como un impulso tumultuoso a la
vida. Esta voluntad de vivir es eterna e inmortal. En contraste con esta
exaltación de la voluntad de vivir Schopenhauer reconoce que la lucha
voluntariosa por la vida es dolorosa. En esencia toda vida es dolor y por ello,
tanto por su origen como por su esencia, la voluntad está condenada fatalmente
al dolor. Es la misma mentalidad del budismo. En coherencia con la exaltación
de la voluntad de vivir piensa que el egoísmo es el apetito fundamental de la
voluntad de vivir. El egoísmo, el dolor y el placer alcanzan su mayor grado de
intensidad y conflictividad en los seres humanos cuando estos buscan
malvadamente el dolor y daño ajenos por puro placer y sin provecho alguno
personal.
¿Soluciones para esta trágica situación de la vida con la voluntad atormentada?
No acepta el suicidio ya que el suicida lejos de negar la voluntad de vivir la
afirma. El suicida no quiere vivir de una determinada manera pero quiere vivir
de otra presuntamente mejor. La destrucción violenta de la vida no suprime la
voluntad de vivir. Tampoco acepta el recurso a las supersticiones religiosas.
El hombre, piensa él, se ha inventado sus dioses y demonios para resolver el
problema pero sin resultado alguno positivo. Nuestro filósofo se inclina
favorablemente por la imperturbabilidad estoica frente a la voluntad de vivir
contrariada por el dolor, para desembocar en el nirvana búdico. Así de claro:
“No hay verdadera salvación ni redención de la vida y del dolor sin una
completa negación de la voluntad”. Schopenhauer se declara ateo de solemnidad
pero refleja la influencia del pesimismo trágico de la teología luterana y
acusa al cristianismo de haber presentado al mundo como un valle de lágrimas.
En resumidas cuentas, se entrega al voluntarismo sin condiciones para decirnos
después que hay que destruir la voluntad misma de vivir, lo cual tampoco es
posible. Cualquier cosa menos hacer uso de la razón en la solución de los
problemas. De ahí su irracionalidad filosófica y su imagen triste y pesimista
de la vida.
- La
voluntad de poder de Federico Nietzsche (1844-1900)
Cree en la voluntad de poder y en la imposibilidad del conocimiento ya
que, según él, el mundo no tiene dirección objetiva. De la lectura de su
biografía cabe pensar que Nietzsche fue cualquier cosa menos un hombre
razonable y psicológicamente equilibrado. Huérfano de padre en la tierna edad
fue criado entre hermanas y tías con rigorismo luterano en casa y en el liceo.
En contrapartida se hizo acompañar después de gente frívola, fue un buen
bebedor y renegó de su ascendencia eclesiástica luterana. Es uno de los casos
más claros en los que su filosofía es un reflejo fiel de su vida interior
destrozada. Sus escritos tienen la fuerza y el atractivo de su desgarrada
sinceridad rayando a veces en la de un enajenado mental. La filosofía de
Nietzsche es la expresión de su personalidad y de su vida. Él mismo llegó a
decir que toda gran filosofía debe ser la confesión de su autor a modo de
memorias involuntarias. Hacer filosofía para él era manifestar el modo original
de pensar y de vivir. No en vano tiene escritos autobiográficos y en el resto
de sus obras su yo aparece por doquier. Es más, hay personajes que son
dobles de sí mismo. En medio de sus devaneos de cabeza la idea flotante de todo
su pensamiento es que hay que echar por tierra todos los valores tradicionales,
sobre todo de inspiración cristiana, mediante la voluntad de poder con el único
objetivo de producir lo que él llama el “superhombre”. Todo lo que en la
cultura occidental se significa con los términos conocimiento, verdad,
metafísica, moral, religión y otros similares debe ser mandado a paseo para ser
sustituido por la vida y los valores en ella enraizados. A todos los valores
hay que oponerse con la voluntad de dominio, la fidelidad a la tierra, el arte
y la inocencia del ser. Lo cual sólo será posible mediante la muerte de Dios y
la abolición de la moral cristiana.
Matar a Dios significa desterrar su recuerdo de la conciencia humana. Tal
deicidio se justificaría porque la conciencia del hombre no puede soportar a un
Dios omnipresente y testigo de todo. Tampoco soporta el hombre que haya un ser
superior a él ya que esto le llevaría a perder la confianza en sí mismo. Por lo
tanto, el hombre debe matar a Dios condenándole al olvido más absoluto con el
fin de dejar bien claro que los valores, si los hay, son creación del hombre y
no de Dios.
La abolición de la moral cristiana sería otra condición indispensable para que
el hombre pueda triunfar en la vida. Según Nietzsche, la moral cristiana es una
moral de esclavos y resentidos. Su único y real fundamento sería el
resentimiento de los débiles, los cuales se imaginan que triunfan en la vida
refugiándose en el ascetismo, el desinterés, la caridad, la humanidad y todas
las virtudes predicadas por el cristianismo. La moral cristiana es un atentado
contra la vida y por ello a los moralistas habría que colgarlos a todos. Más
allá del bien y del mal está la vida. Por otra parte, si no hay Dios ni otra
vida después de esta terrenal, es obvio que no hay más realidad que esta única
vida terrenal. De ahí la necesidad de proclamar la fidelidad a la tierra. La
realidad del hombre se reduce a su cuerpo dominado por el en sí mismo
que le impone placeres y deberes. Y cuando se siente ya incapaz de superar sus
límites, se precipita en la muerte.
Otra cuestión neurálgica en el pensamiento de Nietzsche se refiere a la vida y
la voluntad de dominio. La vida, según él, nada tiene que ver con la felicidad
ni con el amor al prójimo. La vida se reduce toda ella a la voluntad de
dominio o ansia de poder. Por lo mismo, es bueno todo lo que significa sí
a la vida y malo lo que significa no a la vida. Lo cual significa, según
Nietzsche, que lo bueno no es la paz sino la guerra, el poder y no la
resignación, que haya poderosos y no gente débil. La contrapartida a la moral
es el arte. El arte es proclamado por nuestro filósofo irracional como la
expresión más alta del hombre en tanto que afirma lo problemático y más
terrible de la vida. El arte es una herramienta estupenda para el ejercicio
práctico de la voluntad de dominio. Por último, la inocencia del ser. Llama así
a lo que quedaría después de haber abolido todas las categorías culturales de
Occidente. A saber: todo lo estético sin valores objetivos, sin racionalidad y
sin finalidad ninguna por encima del orden moral, del bien y del mal. Nos
encontraríamos así ante la inocencia original de todas las cosas. Ahora bien, a
estos niveles sólo pueden llegar los señores y poderosos con su voluntad de
dominio. Los débiles no van a parte ninguna.
Como es sabido, para Nietzsche la ética de los señores es la moral de los
poderosos por su superioridad vital. Este tipo de ética se caracteriza por la
afirmación de los impulsos vitales. Según él, en todas las razas fuertes existe
la “bestia rubia” capaz de perpetrar alegremente toda clase de crímenes. Siente
pasión por los personajes poderosos de la historia como César Borgia, Iván el
Terrible o Maquiavelo. En Napoleón encontraba la síntesis de lo inhumano y
sobrehumano como símbolo de la voluntad de vivir, de poder y de verdad. Por
otra parte están, según él, los sacerdotes inventores del espíritu que se
encargan de movilizar a los débiles y desgraciados contra los poderosos. El
prototipo de pueblo sacerdotal y rencoroso sería el pueblo judío. La Judea
vencida y subyugada por Roma se levantó contra ésta invirtiendo los valores del
mundo antiguo al conquistar Roma a través del cristianismo. Luego llegó la
revolución francesa cuyos protagonistas habrían jugado una baza decisiva
para la moral de los esclavos al entregar el triunfo a los mediocres dando así
lugar al nacimiento de las democracias modernas dominadas por el igualitarismo
y los plebeyos.
Es interesante la simbología nietzschiana de Apolo y Dionisios. Apolo es
presentado como el símbolo de la Grecia clásica que destacaba la serenidad, la
claridad, la medida y la racionalidad. Dionisios, en cambio, es presentado como
el representante de lo impulsivo, excesivo y desbordado, lo vital, erótico y
falto de razón. Es la orgía del sí a la vida por encima de la razón y a
pesar del sufrimiento. Estos dos extremos se hallan en permanente hostilidad y
la filosofía no sería otra cosa que la sabiduría trágica de esa lucha
original apolo-dionisiaca tras la cual late el fondo vital informe que lo
engendra todo y todo lo destruye. La filosofía, según Nietzsche, es la
intuición de la eterna lucha entre al unidad y la multiplicidad, entre la cosa
en sí y los fenómenos, entre la embriaguez y el sueño. La unidad es la vida y
la multiplicidad son todas las cosas que tienen lugar en torno a la vida.
Dionisios es la vida misma inundada de placeres y dolores, de protección y de
intemperie. El Crucificado (Cristo), en cambio, sería el símbolo del
sufrimiento sin más, el cual renuncia a este mundo terrenal optando por otro
ultramundano.
Para Nietzsche Dios ha muerto y, por lo mismo, no tiene sentido ninguno hablar
ya de su posible existencia, del alma inmortal, de la verdad o del bien. Y si
Dios no existe, tampoco existen valores transcendentales. Lo único que queda a
la vista de todos es este mundo terrenal en el que vivimos y la vida irracional
que se desarrollan en círculos concéntricos. Es un caos de fuerzas que se
afirman a sí mismas repitiéndose circularmente en un ayer, hoy y mañana. En
este círculo fatal lo único sustantivo sería el yo quiero del hombre
como señor y destino de sí mismo. Como es obvio, dentro de ese juego circular
impulsado por la voluntad de autoafirmación no queda margen para el uso de la
razón responsable ni para la libertad personal.
La meta final del ciego y eterno retorno es el “superhombre”, y el sentido
final de la tierra la aceptación de la vida. El hombre no es más que un puente
sobre el abismo. Así las cosas, Nietzsche lo tenía claro: tenemos que barrer a
Dios de la memoria histórica así como todos los valores heredados de la
tradición cultural de Occidente, mediante la voluntad de poder sin compasión
con los débiles. La victoria final consistiría en alcanzar esa etapa de
“superman”, privilegio exclusivo de las razas nobles y de la clase social de
los señores, que crean ellos mismos los valores que reconocen y adoptan. La
grandeza de la humanidad, insistía Nietzsche, se mide por el grado de apertura
al mundo. De donde se infiere que tanto más se acerca el hombre a la categoría
suprema de “superhombre” cuanto más se adentra en este mundo terrenal afirmando
su voluntad de poder. Como, por otra parte, se da por supuesto que Dios ya no
existe, al alcanzar el hombre la categoría de “superhombre” queda
automáticamente instalado como dueño y señor de la tierra y de la vida. El
hombre realizado termina sentándose en el trono que la tradición cultural de
Occidente había asignado al mismísimo Dios.
Por lo que termino de decir ya se ve que este hombre tenía poco o nada de
razonable. Pero no me resisto a recordar que su irracionalidad discursiva puede
apreciarse también por el odio que sentía hacia el cristianismo. Uno puede ser
ateo, agnóstico o no cristiano y ser una persona razonable. Nietzsche odiaba
visceralmente al cristianismo. Según él, Cristo en la cruz es una maldición
contra la vida y una invitación a huir de ella. Aborrece el denominado amor
cristiano, la humildad, la abnegación y la compasión. Sus expresiones son a
veces brutales.
Para explicar la irracionalidad de ese odio se han dado diversas explicaciones.
Personalmente pienso que su postura tan brutal tiene mucho que ver con la
muerte prematura de su padre y la educación recibida durante la infancia en el
rigorismo luterano. Pero no es mi propósito justificar aquí esta afirmación. Sólo
me interesa destacar el contraste entre el endiosamiento de la razón, por parte
de unos, y el desprecio visceral de la misma por parte de otros, entre los
cuales Nietzsche es un ejemplo proverbial. La voluntad de poder y su manía del
Superhombre son el reverso de sus complejos patológicos de inferioridad y
limitación humana no integrados en un concepto correcto de la realidad. De
todos modos, y a pesar de su voluntarismo irracional como actitud personal, su
afirmación de la vida como valor radical merece todos los respetos. ¡Lástima
que el rechazo previo del uso de la razón le impidiera deducir las
consecuencias lógicas y saludables que cabría esperar de una convicción tan
importante!
15.
Nuevas formas de irracionalidad
1) El uso light de la razón posmoderna
Hemos hablado de las dificultades personales congénitas y concomitantes que
dificultan el uso correcto de la razón, y que últimamente se han incrementado y
agravado. Por una parte, no se renuncia del todo a la razón porque es
psicológicamente imposible. Pero se hace uso de ella de una manera desvirtuada
de la eficacia que le corresponde. Tras el desencanto producido por el
racionalismo moderno se ha impuesto la mentalidad posmoderna en la que todos
los valores son relativizados e infravalorados. Por otra, se ha impuesto el
imperio de los medios de comunicación social en los cuales los valores
transcendentales a la luz de la razón son suplantados por el espectáculo
comercial y el “lavado cerebral” masivo. A la asincronía genética de la razón y
las dificultades congénitas personales se añaden ahora las dificultades
culturales y ambientales derivadas de la cultura posmoderna y mediática. El
fenómeno posmoderno tiene como referente de fondo el modernismo como
antesala europea de la primera guerra mundial. Para nuestro propósito en
relación con el uso de la razón cabe destacar, entre otros, los aspectos
siguientes.
Agnosticismo kantiano de fondo. Como es sabido, Kant confinó el conocimiento
de la razón teórica al mundo de los fenómenos, o sea, de las cosas que aparecen
sin capacidad para franquear sus límites. En consecuencia, rechazó el valor de
la reflexión metafísica que nos lleva a plantear las cuestiones relativas a las
causas últimas del ser y de la vida. La reflexión metafísica clásica es
equiparada al intelectualismo ridículo e inútil. El modernismo implica la
negación de toda intervención de Dios en la historia de la humanidad.
El principio de la inmanencia vital. Cerrada la puerta a la filosofía
racional propiamente dicha, cobra vigor la dinámica de los sentimientos. Los
sentimientos suplantan a las razones. Dios, la fe cristiana y la religión en
general son reducidos a sentimientos diversos inmanentes que brotan de lo más
oscuro de la conciencia. Por esta vía se llega al fideísmo religioso o religión
fideísta del sentimiento. Los sentimientos terminan suplantando a las
razones en todos los ámbitos de la vida de las personas. Tratándose de la
Iglesia católica, los modernistas la definieron como un producto de la
conciencia colectiva vitalmente dependiente de Cristo considerado como primer
creyente de referencia. En realidad el modernismo supuso un golpe mortal sobre
todo para el uso de la razón teológica a partir del agnosticismo kantiano. También
contra la unidad y coherencia del saber humano al proclamar la total separación
e independencia entre la fe religiosa y los conocimientos científicos. La
modernidad denigró a la razón teológica y dejó en mal lugar a la razón
científica. La posmodernidad ha pretendido suplir esos defectos pero hay dos
guerras mundiales de por medio con lo cual el uso de la razón se ha deteriorado
aún más.
El término posmodernismo, como es sabido, se refiere a un
amplio número de movimientos artísticos, culturales y filosóficos del siglo XX, definidos por su
oposición o superación del modernismo que
propugnaba la ruptura total con la tradición intelectual cristiana de Occidente
por considerarla irreconciliable con el nuevo rumbo de la ciencia. Histórica,
ideológica y metodológicamente las diversas corrientes posmodernas comparten la
idea de que la renovación radical de las formas tradicionales en el
arte, la cultura, el pensamiento y la vida social, impulsada por el proyecto
modernista, fracasó en su intento de lograr la emancipación de la humanidad y
de que un proyecto de tal envergadura es prácticamente imposible de realizar.
Los movimientos posmodernos abandonan el compromiso riguroso con la innovación
y el progreso, al que consideran una forma refinada de teología autoritaria, y defienden
la hibridación, la cultura popular, la descentralización de la autoridad
intelectual y científica y la desconfianza ante los grandes discursos sobre el
mundo y la vida humana. Insisto,
hay de por medio dos guerras mundiales y cada guerra es un fracaso más de la
razón. O lo que es igual, la guerra es siempre un insulto a la dignidad de la
persona humana que el posmodernismo trataría de compensar en alguna medida. La posmodernidad se aprecia muy destacadamente en
el arte en general y en la filosofía. Como rasgos más destacables del arte
posmoderno cabe recordar la valoración de las formas industriales y populares,
el debilitamiento de las barreras entre géneros y el uso deliberado de la intertextualidad.
El cine, la televisión y la mayoría de los medios de comunicación son hoy día
el espejo donde las masas ven nítidamente reflejada la mentalidad posmoderna.
Por ejemplo, cuando la verdad es sustituida por el espectáculo, la realidad por
las apariencias, las certezas por las opiniones, el bien por el mal, lo bello
por lo grotesco y la razón por la sinrazón y los sentimientos.
Según Gianni Vattimo, en el pensamiento posmoderno lo importante no son los
hechos sino sus interpretaciones. Así como el tiempo depende de la posición
relativa del observador, la certeza de un hecho no es más que una verdad
relativamente interpretada y, por lo mismo, incierta. El modelo determinista de
la causalidad, de la verdad absoluta y de la teoría del tiempo lineal o la
vigencia de la geometría euclidiana, fueron hasta hace poco tiempo paradigmas
ahora superados por el conocimiento de un espacio de cuatro dimensiones, en el
cual la variable tiempo entonces no había sido tomada muy en serio. La
posmodernidad abarca a todos los sectores de la vida humana contemporánea, pero
en algunos campos su influencia es devastadora. Por ejemplo, en la propuesta de
una ética carente de valores morales en la que se manifiesta un
relativismo sin fronteras y la creencia de que nada es totalmente malo ni absolutamente
bueno. La moral posmoderna es presentada como una moral crítica del cinismo
religioso predominante en la cultura occidental y hace énfasis en una ética
basada en la intencionalidad de los actos y la comprensión cultural de corte
secular de los mismos. La ética no es una cuestión de valores sino de
intenciones e influjo histórico de culturas. Las consecuencias de esta
forma de pensar son realmente importantes porque se tiene la impresión de
que el uso de la razón ha perdido su aura a favor de lo brumoso, esotérico,
mágico o de astrologías. La razón es suplida por los horóscopos, el mundo de
las sectas, los medios de comunicación menos fiables y el desmadre de la
sensibilidad. Cualquier cosa menos usar correctamente la razón. La razón es
como la cerveza: light, débil e ineficaz. Y cuando se usa es de
forma perversa al servicio del poder y de la violencia.
La Razón es grande pero muy limitada en sus posibilidades. Y al comprobar que a
pesar del desarrollo científico y tecnológico que ha tenido lugar, los grandes
problemas de la vida y de la muerte siguen sin resolver, abdican de ella para
botarla al pozo del olvido y el ostracismo. Los racionalistas habían esperado,
soberbiamente, demasiado de ella. La endiosaron y se sintieron dioses con ella
capaces de resolver de una vez por todas todos los misterios de la naturaleza y
del hombre. ¿Resultado de este endiosamiento racionalista? Primero vino la
etapa de la «sospecha» en general y sobre la propia razón. Luego la crisis de
las ideologías y, por último, el «desencanto». Y aquí nos encontramos al
principio del siglo XXI. La modernidad racionalista nacida a finales del siglo
XVIII ha cedido el paso al la posmodernidad de la segunda mitad del siglo XX.
Del uso abusivo de la razón hemos pasado a su olvido o bien a su uso perverso.
Por ello estamos desorientados después de dos guerras mundiales e incluso
asustados ante las perspectivas de futuro si no nos volvemos más sensatos y
razonables.
Hemos entrado en un período de «posmodernidad», que no sabemos aún a dónde nos
lleva ni por dónde saldremos de él a menos que aprendamos a usar más y mejor la
razón que nuestros antepasados. Al desconfiar hoy día tanto de la razón, muchos
caen en las redes de lo ilógico o de la evasión sustituyendo el uso de la razón
por la droga, la obnubilación y los falsos paraísos. Con el uso light o
posmoderno de la razón se ha perdido el respeto a la vida humana, la esperanza
de encontrar la verdad, la felicidad que reporta el bien y la alegría del
placer estético. No en vano están por los suelos valores como la vida, la
inteligencia discursiva, la libertad personal, la verdad, la belleza y la paz.
El racionalismo endiosó estos valores y el posmodernismo los ha infravalorado
hasta tal extremo que apenas merece la pena levantar una paja del suelo para
poseerlos. Así las cosas, cabe preguntarnos si no nos estamos jugando a una
sola carta nuestra felicidad y la de nuestros hijos. Con la razón funcionando
bajo mínimos no se va a parte ninguna como no sea al precipicio de la sinrazón
y de los sentimientos desmadrados.
2) El
engaño marxista y los nuevos filósofos
El uso de la razón marxista puede ser considerado como un
insulto superlativo a la inteligencia humana. La inteligencia fue utilizada
perversamente para borrar la verdad histórica no favorable a los regímenes
comunistas y atropellar impunemente la dignidad de la persona humana
sacrificada programáticamente al totalitarismo político más vergonzante y
humillante que haya existido. Paradójicamente, hasta la teología de la
redención fue interpretada por muchos en categorías de opresión y liberación
política en clave marxista. En el trasfondo de la corriente teológica,
conocida como “giro antropológico”, se encuentra el ateísmo de Feuerbach, de
todo lo cual algunos teólogos ni siquiera se dieron cuenta. Lo malo es que
algunos fueron plenamente conscientes de ello e hicieron el caldo gordo a los
regímenes marxistas de la segunda mitad del siglo XX.
Dentro de este contexto cultural y filosófico desconcertante surgió el
movimiento de los denominados “nuevos filósofos”. Se trata en su mayor parte
de líderes de la izquierda política más extremada, muchos de los cuales
participaron en los acontecimientos de París en mayo de 1968. Algunos de ellos
fueron los que después no se conformaron con interpretar a Marx de una u otra
forma, sino que rechazaron de plano a Marx y a la ideología alemana que se
remonta hasta Fichte pasando por Nietzsche, Freud y Hegel. Rechazaron abiertamente
la viabilidad de una alternativa socialista como solución política válida y
deseable para resolver los problemas sociales. Lo cual llevaría consigo la desgermanización
de la filosofía occidental, de la que nos habrían venido los mayores despotismos
intelectuales y políticos de nuestro tiempo. Sin los sistemas idealistas
alemanes y sin Hitler, su ejecutivo más cumplido, la situación actual del
mundo sería muy distinta.
Los filósofos alemanes más influyentes han arruinado a la filosofía y el
nazismo hitleriano acabó entregando a los comunistas la hegemonía despótica del
mundo. Si no hubiera existido Hitler, Marx hubiera sido ya olvidado y los
problemas sociales y económicos hubieran seguido probablemente por otros
caminos de solución más humana que la que ofrecieron los grandes colosos del
período inmediato a la segunda guerra mundial. Esta fue la conclusión implícita
del análisis fundamental que se llevó a cabo en el movimiento de los
denominados “nuevos filósofos”. En consecuencia, se propusieron recuperar la libertad
perdida en las “ideologías” y en el sistema marxista. Ni Marx es la
“verdad” ni el socialismo es el “paraíso”. Los “nuevos filósofos” reconocieron
que alguien les había abierto los ojos a estas realidades y estaban dispuestos
a actuar en consecuencia revisando incluso sus propias convicciones del
pasado próximo.
La libertad socialista exige poner la libertad personal en poder del Estado, lo
cual es inaceptable y frustrante. Quieren recuperar la libertad intelectual
primero, y la personal y social, después. Piensan que les ha tocado a ellos la
misión histórica de ponernos en alerta contra el sueño dogmático en el que
reposamos desde hace siglos, especialmente desde que aparecieron los grandes
idealismos alemanes y el marxismo. Ellos serían los discípulos de Sócrates de
nuestra época llamados a destruir los mitos filosóficos en boga y dar paso a
la renovación. Esta actitud de rechazo frontal del marxismo y de la filosofía
idealista alemana por parte de quienes fueron primero sus adictos
incondicionales tiene un valor histórico importante. Es el signo del
aburrimiento y del hastío desesperado que la filosofía alemana más influyente y
el marxismo causaron dentro de sus propias filas. Lo más triste fue que durante
algún tiempo, cuando los mismos marxistas empezaron a estar de vuelta del uso
marxista de la razón, otros empezaron a sentir fascinación por Marx. Cuando en
los países del telón de acero el ideal de los más sensatos consistía en
encontrar la libertad superando el despotismo marxista, en los países del Tercer
Mundo prendió como fuego en un matorral. Era el desequilibrio de las personas
y de las culturas, pero sobre todo de la deshonestidad de los que sólo buscaban
saciar el ansia de poder, para lo cual el sistema marxista les parecía el más
adecuado, especialmente cuando se contaba con la inexperiencia histórica de los
pueblos y el subdesarrollo cultural de las gentes. Afortunadamente, con la
caída del muro de Berlín en 1989 se vino abajo por sí sola la ideología
marxista de la que ningún intelectual inteligente quiere ya hacer memoria. Pero
ello no ha significado un avance para el pensamiento filosófico sino el
derrumbamiento también de cualquier forma de pensar en términos filosóficos
propiamente dichos.
Pienso que en el siglo XXI estamos en condiciones de poder decir con
conocimiento de causa que el sistema marxista de pensamiento ha sido uno de los
engaños más grandes de la historia de la humanidad. Pero al menos la brutalidad
con que fue impuesto sirvió de estímulo para el uso privado de la inteligencia
como refugio personal. Con la caída del marxismo nos hemos quedado sin
ideologías y sin ideas. Por una parte el pensamiento cristiano ha quedado muy
debilitado y, por otra, la gente sólo quiere vivir sin pensar. Este es un
fenómeno muy destacable de la llamada filosofía posmoderna.
3) De la razón débil a la razón de los bajos fondos
Como reacción de desencanto ha surgido la figura del hombre y de la cultura
“light”, es decir, cansada, floja, ligera, fragmentada y desvahída. Así como el
café hay que servirlo descafeinado y la cerveza sin alcohol, las verdades deben
ser servidas de forma fragmentada sin coherencia racional y sin certezas. A la
vida humana sólo se le reconoce un valor relativo y utilitario. No se admiten
verdades objetivas de valor universal como tampoco realidades objetivas en el
campo de la estética y de la ética. Para el hombre “light” la verdad es sólo
apariencia subjetiva, la belleza una cuestión de gustos personales y la bondad
humana un asunto de hábitos y costumbres socialmente aceptados o rechazados por
las mayorías democráticas al margen de la razón. Se reconoce que se ha
progresado algo. Los logros en el terreno de la informática, de las
comunicaciones, de la biotecnología, de las ciencias exactas e incluso de las
relaciones políticas tras la caída de la ideología marxista son evidentes.
Pero, al mismo tiempo, decepcionantes. ¿Qué hacer ante esta situación?
Cualquier cosa menos pensar más y mejor que nuestros antepasados para salir del
desencanto. Por el contrario, se ha adoptado una postura emocional previa que
luego se trata de justificar. Este hombre “light” o flojo de convicciones y
falto de ideales puede ser descrito en sus rasgos psicológicos del modo siguiente.
Es fruto del tiempo y su pensamiento es débil. De hecho no tiene convicciones
firmes de nada, es aséptico en sus compromisos e indiferente a todo como no sea
por mera curiosidad y entretenimiento. Su ideología es el pragmatismo y la
norma de conducta moral el éxito social y la moda. En ética sustituye la
conciencia moral por las estadísticas y rehúye cualquier compromiso estable y
responsable de por vida. No siente entusiasmo desmedido por nada. Por el
contrario, es frío, tiende a ponerlo todo en duda y cambia alegremente de
opinión de acuerdo con las circunstancias.
Pero, eso sí, es muy sensible al poder, a la fama y al buen nivel de vida. Los
medios de comunicación son su fuente de conocimiento y la renuncia a la
reflexión profunda la norma de su vida. En consecuencia, la cultura “light”
promovida por estos hombres y mujeres favorece: a) El materialismo en
el sentido de que el valor básico de referencia sea el dinero. b) El hedonismo.
La falta de grandes ideales y de sentido de la vida se suple con la búsqueda de
sensaciones nuevas y excitantes. c) Relativismo. Se absolutiza el
aspecto cambiante de las cosas pasando por alto lo que hay en ellas de
permanente y siempre válido. d) Consumismo libertario. La posibilidad de
acumular y consumir bienes materiales y de trastocarlo todo sin orden ni
concierto representa la fórmula posmoderna más usual de la libertad. Para la
filosofía, lo más negativo de la posmodernidad es el rechazo sistemático de las
certezas y el miedo a pensar entre las generaciones más jóvenes. Todo lo demás
viene por añadidura.
En el contexto de la razón “ligth” o posmoderna cabe recordar también a las
denominadas filosofías “underground” o de los bajos fondos. Representaron
una reacción sentimental programada contra el autoritarismo mental racionalista
y se destacaron por dos características peculiares: son irracionales y no
buscan la verdad de nada sino tener experiencias psicológicas fuertes. En lugar
de razonar buscan un estado de ánimo fusionando los conceptos mentales con el
estado físico del cuerpo que contribuya a tener una experiencia psicosomática
emocional nueva. Términos peculiares de su lenguaje son energía, vitalidad,
placer, gozo y serenidad. Nada se pretende demostrar con razonamientos y
argumentaciones intelectuales sino mediante vivencias personales vinculadas con
las tradiciones filosóficas no socráticas con el objetivo de humanizar los
excesos del uso de la razón y de la tecnología moderna. Las filosofías “underground”
son continuadoras de la tradición del pensamiento heterodoxo transmitido de
forma paralela y subterránea a lo largo de la historia cultural de Occidente.
Se han detectado, entre otras, dos tendencias fundamentales. Una de ellas se
destaca por la solidaridad mundial, los recortes del poder así como la
distribución, producción e información de las organizaciones autoritarias. Se
favorecen las posturas de ayuda, el asociacionismo voluntario, la
descentralización del poder y el federalismo. Intentan crear una
mentalidad planetaria tratando a todas las culturas y formas de vida por igual,
adaptándolas a los gustos de las personas y de los grupos. Nos hallamos ante un
sincretismo multicultural pragmático y acrítico. La otra tendencia básica
insiste en enfrentarse a las organizaciones sociales autoritarias ensayando las
comunas como medio de producción y las cooperativas como medio de distribución.
Y todo ello contando con la prensa y el arte como medios de información.
Por la década de los años 60 del siglo pasado, de esta tradición universalista,
libertaria y descentralizadora surgió la así denominada “contracultura”,
caracterizada por su implicación a fondo en la música rok, el mundo de las
drogas, las comunas y la fascinación por las filosofías exotéricas y
orientales. Las filosofías orientales han sido utilizadas para compensar los
dualismos, los individualismos, el activismo y el presunto monopolio del
racionalismo del pensamiento europeo. La filosofía y el mundo de las drogas ha
sido la respuesta de rechazo contra los dogmatismos del positivismo científico.
Tres parecen haber sido los afluentes de las filosofías “underground”. Por una
parte las filosofías individualistas, románticas, anarquistas y
amorales. Por otra, las filosofías orientales con una visión del mundo bastante
distinta de la occidental de cuño judeo-cristiano. Finalmente, las filosofías
psicodélicas nacidas de los experimentos realizados con sustancias capaces de
inducir los estados de la conciencia y a tener una visión relativista de
la realidad. Son filosofías irracionales en desafío contra el monopolio del
racionalismo despótico cuyo dominio se ejerce desde lo más íntimo del cerebro
humano. En este contexto cabe inscribir a los movimientos ecologistas y
sociedades protectoras de animales donde la preocupación por el ecosistema o
naturaleza cósmica ocupa el primer lugar relegando a un segundo plano la
preocupación por el hombre. Este tipo de razón de los bajos fondos tiene una
influencia social cada vez más operativa y eficaz a través de personas con un
coeficiente dudoso de identidad sexual y que ocupan cargos públicos
importantes. Los programas nocturnos de radio y televisión están infectados por
la razón de los bajos fondos con la apoyatura poderosa de internet y el ascenso
vertiginoso de este tipo de personas por la senda de las instituciones públicas
en las que se toman decisiones importantes para la vida social. Así las cosas,
el próximo y último capítulo está destinado a mentalizarnos sobre la necesidad
de reforzar la conciencia de responsabilidad aprendiendo a usar más y mejor la
herramienta de la inteligencia como piedra angular sobre la que descansa
cualquier proyecto de felicidad digno de nuestra condición humana.
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