martes, 13 de marzo de 2018

LAFELICIDAD DE LA VIDA


LA FELICIDAD DE LA VIDA

            Cuenta el cronista oficial de la república carpetovetónica que el filósofo rancio tenía convicciones que chocaban frontalmente con la política de la posverdad que se había impuesto allí de una manera repugnante y eficaz.
            Por ejemplo, creía en el valor fundamental de la vida humana y en la posibilidad de poder encontrar formas de vivirla con dignidad, gusto y esperanza. Estaba convencido de que mediante el respeto incondicional a toda vida humana, lo mismo si es inocente como si es culpable, la búsqueda sincera de la verdad, de la bondad y del amor personal, más allá del sexo y del enamoramiento, es posible disfrutar en este mundo de una felicidad satisfactoria y esperanzada.
            Un día el extraño filósofo comunicó a sus seguidores que la lección del día tendría lugar en las alturas de la serranía, sentados sobre una alfombra de hierba primaveral, y rodeados de amarillos piornos con el canto de fondo de una fuente de agua cristalina. Todos ya allí acomodados sobre el césped de cervunas y muy ellos relajados, el filósofo comenzó a hablar con estas palabras de aperitivo.
            Con todo respeto y sin ánimo de ofender a nadie creo que la mayor empresa del mundo es la vida humana. Todos quedaron con la boca abierta como pajarillos en el nido esperando la comida de la pájara. Mabel, como de costumbre, empezó con mucha coquetería a hacer gestos de extrañeza, pero el maestro prosiguió su discurso con tranquilidad recordando algunas cosas obvias pero frecuentemente olvidadas por mucha gente.
            No tengáis miedo a los estados de ansiedad. Aunque parezca lo contrario, siempre hay personas que admiran y quieren a los demás sin intereses egoístas y entre ellas podéis encontraros también vosotros sin saberlo.
            Bien está intentar satisfacer el deseo natural de ser felices en este mundo. Pero no al precio de que desaparezcan los problemas, el cansancio y las decepciones inesperadas. Ni hay dolores infinitos ni rosales sin espinas.
            Si no os esforzáis en perdonar a vuestros malhechores evitando la venganza inyectada en el cuerpo por los malos educadores y guías sociales sin esperanza en una vida futura mejor donde reinen la paz y el amor, resulta prácticamente imposible ser felices en este mundo.
            El ser felices no consiste en cosechar o conmemorar éxitos, aplausos y sonrisas a flor de piel. Para ser felices es necesario saber llorar, reflexionar sobre los fracasos convirtiéndolos en fuente de sabiduría y compartir generosamente las alegrías con los demás.
            La vida es la flor y nata del ser y no engaña a nadie. Somos nosotros los que nos engañamos tratándola mal. No hay felicidad humana posible sin amor a la vida hasta el último momento de nuestra existencia terrenal.
            Para ser felices hay que huir de la superchería de la fatalidad, aprendiendo a caminar por las sendas de nuestro propio ser con la esperanza de llegar mediante el amor a las moradas misteriosas de Dios.
            Para ser felices hay que abandonar el victimismo y asumir las responsabilidades propias en lugar de buscar chivos expiatorios para culpar a otros de nuestros errores personales. Para ser felices hay que saber ser artífices de la propia historia reconociendo por igual nuestras virtudes y nuestros pecados. La felicidad no excluye la travesía de los desiertos con la esperanza de encontrar oasis en los repliegues del alma.
            Las personas felices no tienen miedo a sus sentimientos y los educan en beneficio propio y de los demás. Igualmente la felicidad es compatible siempre con la seguridad personal para escuchar críticas aunque ellas sean injustas.
            La persona que es feliz sabe besar en el momento oportuno y transmitir signos de amor a los demás según la condición de las personas, los tiempos y las circunstancias. Las personas felices no encuentran dificultades especiales para reconocer sus propios errores y equivocaciones, como tampoco respetos humanos para pronunciar la palabra amor y perdonar de corazón a los enemigos si los hubiere. Las personas felices transmiten alegría en primavera, sabiduría en invierno y cuando se equivocan de camino no maldicen su suerte sino que buscan el camino acertado.
            La persona feliz reconoce que vale la pena vivir a cualquier precio y agradece a Dios por la mañana y por la tarde la suerte de haber nacido y haber sido incluida en el milagro divino de la vida humana.
            La bella e intrigante Mabel, siguiendo su costumbre, cruzaba y volvía a cruzar las piernas, tiraba coquetamente de su minifalda, apartaba con las manos la melena de los ojos, pero no por ello perdía ripio de lo que decía el filósofo. Sus oídos eran como potentes antenas que absorbían sin dificultad las ondas sonoras de todo lo que se decía a su alrededor. Hizo una señal al maestro e interrumpió su discurso con estas palabras. Perdone que le interrumpa, pero creo que hay dos factores que impiden fatalmente que haya felicidad en este mundo. Me refiero a la envidia y al egoísmo. Dicho lo cual, tiró de la minifalda de nuevo para ponerla en su sitio ya que, al hablar, había enderezado espontáneamente el cuerpo y se la había descolocado algunos centímetros hacia arriba.
            Y el maestro sentenció. Tienes más razón que un santo. El envidioso se pone triste con la felicidad ajena y no disfruta con lo suyo propio ni con lo ajeno. La envidia  se define como tristeza por el bien ajeno. Es como una bacteria psicológica que impide al paciente crecer en el amor al prójimo deseándole lo mejor. El envidioso no soporta que los demás triunfen en la vida y les vayan las cosas bien. Cuando eso ocurre contra sus previsiones se pone triste. De ahí su deriva hacia el egoísmo radical considerando que lo suyo es suyo y lo de los demás también.
            La envidia es incompatible con el amor verdadero en general y la caridad cristiana en particular. La persona verdaderamente amorosa y caritativa disfruta como un niño con lo suyo propio y la alegría y prosperidad de los demás. El envidioso, por el contrario, reduce fatalmente sus posibilidades de felicidad mientras que las personas amantes y caritativas las multiplican.
            Mabel se sintió tan feliz oyendo estas palabras del filósofo que en un momento dado no pudo disimular una sonrisa generosa y complaciente con lo cual su rostro se iluminó irradiando una particular hermosura, que dejó embelesados al filósofo y a sus jóvenes compañeros de viaje intelectual. Mabel se sentía muy feliz con su belleza y compartía su felicidad con todos los que la rodeaban. No era exhibicionista ni engreída y a su lado cualquiera otra mujer parecía tan hermosa como ella. Era feliz con lo suyo y disfrutaba como un bebé con la felicidad de los demás. Mabel no era envidiosa sino muy bella físicamente y moralmente amorosa.
            Después de esta escena tan linda, protagonizada por la jovial y deslumbrante Mabel, el filósofo dio por concluida la sesión del día con la esperanza de que las nuevas generaciones de jóvenes generen una nueva era de la humanidad en la que el amor a la vida, la búsqueda sincera de la verdad y las alegrías compartidas en la libertad del verdadero amor personal sean los impulsos vitales que impidan el desastre humano anunciado por los falsos profetas de los engaños y mentiras de la posverdad.

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