LA FELICIDAD DE LA VIDA
Cuenta
el cronista oficial de la república carpetovetónica que el filósofo rancio
tenía convicciones que chocaban frontalmente con la política de la posverdad que se había impuesto allí de
una manera repugnante y eficaz.
Por
ejemplo, creía en el valor fundamental de la vida humana y en la posibilidad de
poder encontrar formas de vivirla con dignidad, gusto y esperanza. Estaba
convencido de que mediante el respeto incondicional a toda vida humana, lo
mismo si es inocente como si es culpable, la búsqueda sincera de la verdad, de
la bondad y del amor personal, más allá del sexo y del enamoramiento, es
posible disfrutar en este mundo de una felicidad satisfactoria y esperanzada.
Un
día el extraño filósofo comunicó a sus seguidores que la lección del día
tendría lugar en las alturas de la serranía, sentados sobre una alfombra de
hierba primaveral, y rodeados de amarillos piornos con el canto de fondo de una
fuente de agua cristalina. Todos ya allí acomodados sobre el césped de cervunas
y muy ellos relajados, el filósofo comenzó a hablar con estas palabras de
aperitivo.
Con
todo respeto y sin ánimo de ofender a nadie creo que la mayor empresa del mundo
es la vida humana. Todos quedaron con la boca abierta como pajarillos en el
nido esperando la comida de la pájara. Mabel, como de costumbre, empezó con
mucha coquetería a hacer gestos de extrañeza, pero el maestro prosiguió su
discurso con tranquilidad recordando algunas cosas obvias pero frecuentemente
olvidadas por mucha gente.
No
tengáis miedo a los estados de ansiedad. Aunque parezca lo contrario, siempre
hay personas que admiran y quieren a los demás sin intereses egoístas y entre
ellas podéis encontraros también vosotros sin saberlo.
Bien
está intentar satisfacer el deseo natural de ser felices en este mundo. Pero no
al precio de que desaparezcan los problemas, el cansancio y las decepciones
inesperadas. Ni hay dolores infinitos ni rosales sin espinas.
Si
no os esforzáis en perdonar a vuestros malhechores evitando la venganza
inyectada en el cuerpo por los malos educadores y guías sociales sin esperanza
en una vida futura mejor donde reinen la paz y el amor, resulta prácticamente
imposible ser felices en este mundo.
El
ser felices no consiste en cosechar o conmemorar éxitos, aplausos y sonrisas a
flor de piel. Para ser felices es necesario saber llorar, reflexionar sobre los
fracasos convirtiéndolos en fuente de sabiduría y compartir generosamente las alegrías
con los demás.
La
vida es la flor y nata del ser y no engaña a nadie. Somos nosotros los que nos
engañamos tratándola mal. No hay felicidad humana posible sin amor a la vida
hasta el último momento de nuestra existencia terrenal.
Para
ser felices hay que huir de la superchería de la fatalidad, aprendiendo a
caminar por las sendas de nuestro propio ser con la esperanza de llegar
mediante el amor a las moradas misteriosas de Dios.
Para
ser felices hay que abandonar el victimismo y asumir las responsabilidades
propias en lugar de buscar chivos expiatorios para culpar a otros de nuestros
errores personales. Para ser felices hay que saber ser artífices de la propia
historia reconociendo por igual nuestras virtudes y nuestros pecados. La
felicidad no excluye la travesía de los desiertos con la esperanza de encontrar
oasis en los repliegues del alma.
Las
personas felices no tienen miedo a sus sentimientos y los educan en beneficio
propio y de los demás. Igualmente la felicidad es compatible siempre con la
seguridad personal para escuchar críticas aunque ellas sean injustas.
La
persona que es feliz sabe besar en el momento oportuno y transmitir signos de
amor a los demás según la condición de las personas, los tiempos y las
circunstancias. Las personas felices no encuentran dificultades especiales para
reconocer sus propios errores y equivocaciones, como tampoco respetos humanos
para pronunciar la palabra amor y perdonar de corazón a los enemigos si los
hubiere. Las personas felices transmiten alegría en primavera, sabiduría en
invierno y cuando se equivocan de camino no maldicen su suerte sino que buscan
el camino acertado.
La
persona feliz reconoce que vale la pena vivir a cualquier precio y agradece a
Dios por la mañana y por la tarde la suerte de haber nacido y haber sido
incluida en el milagro divino de la vida humana.
La
bella e intrigante Mabel, siguiendo su costumbre, cruzaba y volvía a cruzar las
piernas, tiraba coquetamente de su minifalda, apartaba con las manos la melena
de los ojos, pero no por ello perdía ripio de lo que decía el filósofo. Sus
oídos eran como potentes antenas que absorbían sin dificultad las ondas sonoras
de todo lo que se decía a su alrededor. Hizo una señal al maestro e interrumpió
su discurso con estas palabras. Perdone que le interrumpa, pero creo que hay
dos factores que impiden fatalmente que haya felicidad en este mundo. Me
refiero a la envidia y al egoísmo. Dicho lo cual, tiró de la minifalda de nuevo
para ponerla en su sitio ya que, al hablar, había enderezado espontáneamente el
cuerpo y se la había descolocado algunos centímetros hacia arriba.
Y
el maestro sentenció. Tienes más razón que un santo. El envidioso se pone
triste con la felicidad ajena y no disfruta con lo suyo propio ni con lo ajeno.
La envidia se define como tristeza por
el bien ajeno. Es como una bacteria psicológica que impide al paciente crecer
en el amor al prójimo deseándole lo mejor. El envidioso no soporta que los
demás triunfen en la vida y les vayan las cosas bien. Cuando eso ocurre contra sus
previsiones se pone triste. De ahí su deriva hacia el egoísmo radical
considerando que lo suyo es suyo y lo de los demás también.
La
envidia es incompatible con el amor verdadero en general y la caridad cristiana
en particular. La persona verdaderamente amorosa y caritativa disfruta como un
niño con lo suyo propio y la alegría y prosperidad de los demás. El envidioso,
por el contrario, reduce fatalmente sus posibilidades de felicidad mientras que
las personas amantes y caritativas las multiplican.
Mabel
se sintió tan feliz oyendo estas palabras del filósofo que en un momento dado
no pudo disimular una sonrisa generosa y complaciente con lo cual su rostro se
iluminó irradiando una particular hermosura, que dejó embelesados al filósofo y
a sus jóvenes compañeros de viaje intelectual. Mabel se sentía muy feliz con su
belleza y compartía su felicidad con todos los que la rodeaban. No era
exhibicionista ni engreída y a su lado cualquiera otra mujer parecía tan
hermosa como ella. Era feliz con lo suyo y disfrutaba como un bebé con la
felicidad de los demás. Mabel no era envidiosa sino muy bella físicamente y
moralmente amorosa.
Después
de esta escena tan linda, protagonizada por la jovial y deslumbrante Mabel, el
filósofo dio por concluida la sesión del día con la esperanza de que las nuevas
generaciones de jóvenes generen una nueva era de la humanidad en la que el amor
a la vida, la búsqueda sincera de la verdad y las alegrías compartidas en la
libertad del verdadero amor personal sean los impulsos vitales que impidan el
desastre humano anunciado por los falsos profetas de los engaños y mentiras de
la posverdad.
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