AMOR SIN INTERESES
En la república carpetovetónica,
Hubo muchos y buenos filósofos,
Pero llegada pronto la posverdad,
Algunos resultaron ya peligrosos.
La verdad siempre y por delante,
Fue lema de las personas sanas,
Y que el asno se ha de aguantar,
Llevando resignado él sus cargas.
Pero llegó la impostora posverdad,
Con gran lustre y brillo intelectual,
Para amaestrarnos con la mentira,
Como si eso fuera lo más natural.
Miente, que algo queda al final,
Oculta la verdad correctamente,
Calumnia mucho sin compasión,
Y asegura tu éxito políticamente.
Pero los filósofos de aquella era,
Podían hablar de todo sin rubor,
Y había un tema muy discutido,
Relacionado con el ser del amor.
El amor humano, decían unos,
Es sexual o de enamoramiento,
Sin alternativa humana o divina,
Que anule este convencimiento.
El hombre lo busca en la vagina,
Y la mujer lo busca en el corazón,
Los más osados en ambas partes,
Y algún extraño lo busca en Dios.
Los platónicos rechazan la carne,
En la imaginación hacen balance,
Evitan la carne de cañón y hueso,
Quedando sin nada a su alcance.
Los románticos se desesperan,
Todos falsamente enamorados,
Matan el tiempo con desgracias,
Y no excluyen morir ahorcados.
Muchos intelectuales de profesión,
Especulan sobre el amor humano,
Transmiten conceptos muy sabios,
Pero sin el afecto de ellos esperado.
Después de este cuento de amores,
Poco verdaderos ellos o muy falsos,
El gran moralista carpetovetónico,
Dedujo las conclusiones sin trabajo.
El amor verdadero es el personal,
Así es el amor de Dios al hombre,
Lo mismo si macho que hembra,
En este mundo y en la eternidad.
Otra gran conclusión del moralista,
Es también necesario aquí recordar,
Pues sale al paso de un grave error,
Como se puede fácilmente mostrar.
El amor auténtico no es para prestar,
Como el dinero para que sea devuelto,
El amor se ha de dar a cambio de nada,
Porque el amor sólo con amor se paga.
El amor humano no es la mercancía,
Que se vende barata en el mercado,
Es un don de Dios que se encuentra,
En los mejores corazones humanos.
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