CAPITULO VI
EL ARTE DE RAZONAR BIEN
1. Sentido común y experiencia de la vida
En la vida corriente estamos acostumbrados a oír expresiones como: “es una
persona con mucho sentido común”, “esto es de sentido común”. O bien: “es una
persona muy insensata”; “seamos sensatos” y así sucesivamente. Son formas de
destacar el grado de sensatez, cordura y sentido realista de las personas. O
bien la no necesidad de explicar cosas que son obvias para la mayoría de la
gente por lo que nos sentimos excusados de perder el tiempo dando explicaciones
innecesarias.
¿Qué significa usar el sentido común relacionado con la experiencia de la vida?
¿Basta usar el sentido común para resolver satisfactoriamente los problemas
básicos de la vida o es preciso reforzarlo con la aplicación rigurosa de la
disciplina filosófica denominada Lógica racional? Por otra parte, a veces se
oye decir que tal o cual persona es “lógica” o “incoherente” en sus
planteamientos y proposiciones. En realidad lo que se quiere decir con estos
calificativos es que somos o no somos razonables en lo que decimos y hacemos.
La Lógica evoca inmediatamente la idea de orden y forma razonable de pensar y
actuar en la vida. En contextos académicos y científicos la Lógica está
íntimamente relacionada con la metodología científica utilizada en los diversos
campos de investigación. Esta constatación empírica nos permite sospechar ya
que el asunto de la Lógica es importante.
En la doctrina clásica se habla de sentidos externos (vista, oído, olfato,
gusto y tacto) e internos. Estos últimos son: sentido común, imaginación,
memoria y estimativa-cogitativa. Para enfatizar el grado de
concentración requerida para tratar con éxito un asunto importante que traemos
entre manos decimos que hay que “poner los cinco sentidos”, ya que cualquier
distracción podría echarlo todo a perder o tener consecuencias gravísimas. Un
fallo de atención, por ejemplo, del piloto de un avión con centenares de
pasajeros a bordo puede dar lugar a una catástrofe sobre la cual mejor es no
pensar. Por su parte, en los tratados clásicos de psicología racional el
sentido común es definido como aquella facultad interior en la cual se reciben
e imprimen todas las imágenes que llegan enviadas por los sentidos externos.
La función clave del sentido común, entendido como facultad interna, consiste
en unificar y regular la multiplicidad sensorial llegada del exterior sirviendo
de enlace con el resto de los sentidos internos. El sentido común, así
entendido, no ejerce función alguna reflexiva sino que colabora en el
procesamiento de nuestros conocimientos. No entiende las cosas, las siente al
acoger y unificar la diversidad de imágenes y sensaciones transmitidas por los
sentidos externos. Como funciones propias del sentido común cabe destacar las
siguientes. 1) Conocer las diferentes cualidades captadas por los sentidos
externos y compararlas. 2) Conocer los actos u operaciones de los sentidos
externos y 3) Distinguir los objetos reales de las imágenes fraguadas en la
fantasía.
Esta tercera función es del máximo interés porque nos protege contra el riesgo
de salirnos de la realidad y perdernos en el mundo de los sentimientos, de la
imaginación y de la fantasía. Las personas con mucho sentido común son
realistas y, como suele decirse, “tienen los pies en la tierra”. El tener
sentido común va asociado así a tener una visión realista y objetiva de las
cosas y es el aspecto que nos interesa destacar aquí por su vinculación con la
realidad y el estudio de la Lógica racional. En los diccionarios pueden
encontrarse definiciones del sentido común con matices que lo asocian a la
sensatez y la cordura. Por ejemplo, cuando se lo define como “capacidad de
juzgar y obrar con acierto. La Real Academia lo define como “modo de pensar y
proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”. En esta definición
se asocia el sentido común a aquello que es conforme al buen juicio natural de
las gentes. Otras veces aparece contrapuesto al conocimiento de los expertos
evocando las habilidades mentales compartidas también por mucha gente. O cuando
se dice que es el conocimiento que se adquiere por medio de la experiencia y a
través de los sentidos. Lo cual significa que se trata de un conocimiento
espontáneo ya que se da sin haberlo buscado, o bien es fruto de la necesidad de
solucionar inmediatamente un problema concreto que no admite dilación.
Cuando
uno se encuentra con un enfermo en la calle, por ejemplo, lo primero que se le
ocurre a cualquiera por sentido común, es buscar lo antes posible un médico o
llevarlo al centro de salud más próximo. Después se resolverán los problemas
burocráticos del paciente. En muchos casos las decisiones del sentido común
están relacionadas con lo que hace la mayoría de la gente de acuerdo con
costumbres y tradiciones culturales concretas. Por ejemplo, ante un problema que
afecta directamente a las mujeres, la mayoría de la gente no reacciona de la
misma manera en la cultura islámica y en la cultura de inspiración cristiana.
En cualquier caso el sentido común es asociado siempre a la toma de decisiones
que la mayoría de la gente considera sensatas y prudentes sin necesidad de
recurrir a estudios o razonamientos especiales.
Es famoso a este respecto el irónico comentario de Descartes en su Discurso
del método, cuando dice que el sentido común es el mejor repartido, ya que
nadie parece apetecer más del que tiene. El buen sentido es lo que mejor
repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena
provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra
cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que
todos se engañen, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y
distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen
sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto,
que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más
razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por
derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto,
tener el ingenio bueno. Lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes
son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes. Y los que
andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino
recto, que los que corren, pero se apartan de él.
Ironía a parte, Descartes reconocía la existencia del sentido común del que
cualquier persona normal está dotada para discernir entre lo verdadero y lo
falso, el bien y el mal. Otra cosa es el uso que luego hacemos de esa facultad
innata y previa al conocimiento científico. Nos encontramos ante una capacidad natural de pensar y actuar, de juzgar y obrar de forma
acertada en los asuntos de la vida. Esto es obvio y como tal se acepta en esta
obra.
Otra cosa es la pretensión posmoderna de querer excusarnos de usar la
razón en nombre del sentido común, que, por mucha importancia que tenga, en fin
de cuentas no es más que un preludio natural del uso de la razón. Los clásicos
hablaban de conocimiento vulgar asociado a la experiencia de la vida, por
relación al conocimiento científico, que es el resultado final de
investigaciones y razonamientos posteriores. En esto hay mucha tela que cortar
ya que, al relacionar el sentido común con la experiencia de la vida, muchos
posmodernos quieren a toda costa que el uso de la razón sea suplantado por
experiencias emotivas previas o consiguientes a la aparición y uso de la razón.
Hablando
de la experiencia de la vida como fuente de inspiración del sentido común, los
posmodernos nos remiten a las vivencias personales en el ámbito de las
emociones, sensaciones y disposiciones corporales. Experiencias inmediatas,
dicen, que tienen lugar en nosotros sin posibilidad de ser verificadas
racionalmente sino sólo como sentimientos y emociones. Sin emociones no puede
haber racionalidad. El sistema lógico conceptual o conocimiento explícito, es,
ciertamente, la forma más especializada en definir y conceptualizar, pero es
parcial, por lo que necesita del constante apoyo dado por un conocimiento
más global e inmediato como es el del conocimiento tácito proveniente de la
experiencia inmediata a través de los sentimientos y las emociones.
Esta teoría tiene una parte de verdad y otra de engaño. Hemos hablado antes de
la asincronía genética del uso de la razón como el mayor obstáculo para
el uso de la misma. En efecto, cuando el uso de la razón emerge durante
el desarrollo de la personalidad, han pasado ya muchos años de experiencias
inmediatas exclusivamente emocionales, las cuales se han convertido en
referentes eficaces para fijar nuestra visión de la vida y de nuestros
criterios de conducta. Con la aparición del uso de la razón se produce un
conflicto entre esas experiencias o vivencias emocionales y los criterios
racionales en los que esas experiencias tienen que ser filtrados. ¿Quién pone
orden en la casa de nuestra personalidad?, ¿la loca de la imaginación y de los
sentimientos o la razón ordenada y serena?
Pero vengamos a las vivencias inmediatas fundamentales. ¿Tienen estas la última
palabra? Aquí está la parte engañosa. Si el liderazgo de nuestra vida, una vez
que aparece el uso de la razón, lo han de seguir ejerciendo la imaginación y
las emociones, salimos del fuego para caer en las brasas. En ese caso no
habría desarrollo humano propiamente dicho, el cual sólo tiene lugar bajo el
liderazgo razonable de toda nuestra riqueza emocional acumulada durante los
años anteriores a la aparición del uso de la razón y las que irán surgiendo a
lo largo de la vida.
Desde el momento preciso en que se instaura nuestro código genético empieza
nuestra carrera en la experiencia de la vida. Sin que nadie nos lo enseñe,
asumimos como bueno lo que es favorable para nuestra existencia feliz y como malo
lo que es desfavorable. Desde el seno materno empezamos a luchar por la vida.
Primero de forma instintiva e inconsciente y posteriormente de una manera
consciente aunque no siempre reflexiva. Con el paso del tiempo vamos acumulando
así una sabiduría denominada natural porque es fruto del hecho mismo de
vivir, anterior a cualquier aprendizaje escolar o académico. Un bebé, por
ejemplo, no necesita ir al colegio para saber quién es su madre. Esto lo
aprende de forma natural en sus relaciones y experiencias amorosas con élla.
Tampoco le ha enseñado nadie a comer y beber cuando tiene hambre o sed. Si lo
contrario ocurriera sería signo inequívoco de que el bebé padece alguna
anormalidad.
A lo largo de la vida somos después testigos de acontecimientos felices y
desgraciados sin fin. Una larga vida es una fuente de experiencias múltiples y
los que tienen sentido común, aunque no sean cultos o intelectuales, aprenden
la lección de esas experiencias con relativa facilidad. De ahí el dicho popular
de que “el diablo sabe más por viejo que por diablo”. O este otro: “Sabe más
por viejo que por haber estudiado”. O aquel otro: “Lo que la naturaleza no da
Salamanca no lo presta”. La naturaleza es la primera maestra de la vida y para
aprender de élla no es necesario realizar grandes estudios. Basta ser personas
normales. Esa sabiduría acumulada a lo largo de la vida es la base del sentido
común. O sea, de ese olfato natural con el que todos nacemos para discernir lo
verdadero de lo falso, lo bueno y lo malo, antes y después de poner a pleno
rendimiento el uso de la razón.
El sentido común es la capacidad natural o innata para aprender de la
vida antes de la aparición del uso de la razón y durante toda nuestra
existencia terrenal. Por el hecho mismo de vivir vamos acumulando experiencias
seguras sobre lo que es favorable o desfavorable para el logro de una
existencia feliz dentro o fuera del tiempo y del espacio. Por sentido común, o
sea, sin necesidad de devanarnos los sesos con razonamientos científicos,
cualquier persona normal y sin prejuicios culturales acepta sin dificultad que
la razón tiene la misión primordial de poner orden en la administración de
nuestro mundo de los sentimientos y de las emociones. Por experiencia sabemos
que cuando esto no ocurre se produce el caos. El sentido común se alimenta de
la experiencia de la vida bajo el gobierno de la razón. El sentido común es ese
olfato de verdad coherente con la realidad, con el que todos nacemos, y que nos
lleva a buscar esa verdad de la vida de una forma instintiva y natural antes
incluso de la aparición del uso de la razón. No obstante, se habla de actitudes
y opciones que muchos quisieran dejar durante toda la vida fuera de ese
razonable y saludable control. Por ello me parece oportuno añadir las
siguientes consideraciones.
2.
Utilidad de la Lógica racional
Después
de lo dicho sobre el sentido común y la experiencia de la vida, cabe
preguntarnos si, realmente, vale la pena embarcarse en el estudio de la Lógica
racional. La mayoría de los seres humanos, desde que el hombre existe sobre la
tierra, no ha realizado estudios de Lógica. La gente corriente vive del sentido
común y de la experiencia directa de la vida. Los más lúcidos añaden un poco de
reflexión elemental espontánea y poco más. Por otra parte, los grandes
pensadores que se han empleado a fondo en el estudio de la Lógica racional no
siempre han sido un modelo práctico de cordura y buenas razones. La Lógica
racional mal utilizada puede resultar peor incluso que su desconocimiento. Su
mala aplicación se presta a las mil maravillas al uso perverso de la razón. Ahí
está, como prueba de ello, la historia de los malos intelectuales que con
sus especulaciones nos alejan de la realidad.
No obstante, y a pesar de todo, creo que el sentido común y la experiencia de
la vida, si no pasan de alguna manera por el filtro del uso correcto de la
razón, nos llevan igualmente por caminos con alto riesgo de errar en la vida.
La historia de la humanidad está tachonada de graves errores humanos debidos al
protagonismo de la imaginación y el sentimiento sin control de la razón. No en
vano cuando se trata de definir seriamente al ser humano tenemos que reconocer
que su insignia propia es la razón como facultad exclusiva de pensar y razonar.
Pero no basta razonar. Hay que aprender a razonar bien de acuerdo con las leyes
del pensamiento humano en armonía con la realidad. Por ello creo que el estudio
de la Lógica racional, por más que no sea absolutamente necesario para la vida,
resulta muy aconsejable, sobre todo en los centros educativos de las nuevas
generaciones. A simple vista, teniendo en cuenta los rasgos esenciales
de la Lógica racional clásica, cabe destacar algunas utilidades de gran
envergadura.
La Lógica, en efecto, tiene como finalidad propia asegurar el acierto del
conocimiento humano en todos los ámbitos de la vida. Tomás de Aquino la definió
como “el arte por el que se dirigen los actos de la razón, para proceder en el
conocimiento de la verdad ordenadamente, con facilidad y sin error”. La Lógica
es, en efecto, una habilidad que se logra aplicando de forma rigurosa las
reglas propias del pensamiento humano. Su objeto propio son los actos del
pensamiento aplicados al conocimiento de la realidad de una forma ordenada y
reflexiva. Ahora bien, el pensamiento humano se articula en tres momentos u operaciones
psicológicas básicas denominadas por los expertos clásicos simple
aprehensión, juicio y raciocinio.
La simple aprehensión (simplex aprehentio) consiste en la primera toma
de conciencia de la realidad en la que estamos inmersos. Es el primer chispazo
de nuestra primera percepción de la realidad universal y de las realidades
particulares que nos rodean. Tomamos conciencia, por ejemplo, de nuestra
ubicación en el espacio y el tiempo. Nos hacemos conscientes del lugar
geográfico en el que nos encontramos y de la época histórica que nos ha tocado
vivir. No es lo mismo encontrarse uno viviendo en un país africano que en
Alaska; en un país desarrollado o en vías de desarrollo; en el trópico o en la
Patagonia; en un país tradicionalmente en guerra con sus vecinos o en otro
pacificado; en una zona rural tradicional o en una gran urbe moderna. El
entorno geopolítico condiciona profundamente nuestra primera imagen de la
realidad. Un niño, por ejemplo, que ha crecido en una región montañosa con vegetación
y agua abundante tiene una imagen inicial del mundo muy distinta de otro que ha
nacido y crecido en el desierto y la llanura. Los jóvenes nacidos y crecidos en
países en permanente conflicto bélico tienen también otra percepción inicial de
su mundo real. Otro momento decisivo frente a la realidad se refiere a la toma
de conciencia de nuestra realidad genética y familiar. ¿Niño o niña? ¿Hombre o
mujer? ¿Sexo masculino o femenino? ¿Homosexual/lesbiana o heterosexual?
¿Solteros o casados? ¿Hijo/a de familia rica y poderosa o pobre y desamparada?
Son todas aquellas cuestiones relacionadas directamente con nuestra identidad
personal, con nuestro yo y nuestras circunstancias.
La simple aprehensión o primera toma de conciencia de estas realidades
que termino de enunciar y equivalentes, es decisiva para el futuro desgraciado
o feliz de las personas. Es el punto de partida de la aventura del conocimiento
y, por lo mismo, si emprendemos el viaje con mal pié el resto del camino será
un constante tropezar y caer. Una percepción inicial equivocada, por ejemplo,
de nuestra realidad genética y familiar nos conducirá inexorablemente a formas
equivocadas e infelices de ver y entender después la vida.
Por la simple aprehensión tomamos conciencia también de la realidad
política, económica y educativa en que nos hemos de realizar como personas. La
dimensión social del hombre se explica adecuadamente por el principio de
necesidad. Todos, en efecto, nacemos débiles y necesitados de la ayuda de los demás
para llevar a cabo el proyecto de nuestra vida. Cualquier animal al nacer tiene
más capacidad de valerse pronto por sí mismo que el hombre. Esa dependencia
natural de los unos con los otros es lo que nos obliga a ser sociables y
agradecidos con los demás. Ahora bien, la ayuda natural que todos necesitamos
para subsistir, una vez arrojados a la existencia, no se percibe de la misma
forma bajo un régimen político dictatorial, democrático, rico o pobre.
Al tomar conciencia de estas realidades las reacciones pueden ser muy
diversas en función de la primera imagen de la vida que ha sido asimilada y los
sistemas educativos en vigor. Después de la segunda guerra mundial, por
ejemplo, el mundo comunista y el denominado “mundo libre” se disputaron y trataron
de imponer dos formas radicales opuestas y en muchos casos contradictorias de simple
aprehensión del mundo y de la vida. Yo tuve la oportunidad de constatar
sobre el terreno esta “duplex aprehentio”, materialista y libertaria, como
fuentes de inspiración científica, política y económica. El resultado inmediato
fue que la simple aprehensión de la materia embruteció a los primeros y
la simple aprehensión de la libertad corrompió a todos. Últimamente cabe
hablar también de lo que podíamos denominar simplex aprehentio
islámica y de los nacionalismos. Está por ver el final de esta nueva andadura
si bien cabe sospechar que no sea más feliz que el final de la simpleza
perceptiva del materialismo y de la libertad enfrentada a la vida. Ni el
dogmatismo materialista, ni el libertinaje democrático, ni el fanatismo
religioso son una percepción correcta de primera instancia de la realidad. Por
el contrario, son deformaciones de la realidad convertidas artificialmente y
por la fuerza en cosmogonía y falsa teología. Cualquier cosa menos lo que en
Lógica se considera una primera toma de conciencia de la realidad como primer
momento psicológico del proceso cognoscitivo humano.
La segunda operación de la mente para conocer la realidad se denomina juicio.
El juicio del que se habla en la Lógica nada tiene que ver con los juicios o
procesos judiciales que tienen lugar en los tribunales de justicia. Otra cosa
es cuando se dice de una persona que “ha perdido el juicio”. Esta expresión
puede referirse, efectivamente, a que la sentencia de los tribunales le ha sido
desfavorable. Pero también, según el contexto, a que ha perdido la capacidad de
razonar. Por el contrario, cuando esa capacidad no admite dudas se dice que
está “en pleno uso de sus facultades”. En realidad lo que se quiere decir es
que está capacitada para razonar y tomar decisiones juiciosas como, por
ejemplo, dictar su testamento. En la vida real tener uso de razón equivale a
estar psicológicamente en condiciones de emitir juicios de valor sobre cosas,
personas y formas de comportamiento. En este punto nos encontramos en pleno
campo de la Lógica.
Una vez que hemos tomado conciencia de la realidad, corresponde ahora juzgarla
y emitir juicios acertados de valor sobre ella. ¿Cómo? Esto es justamente lo
que se aprende también en la Lógica. Pero antes digamos que la simple
aprehensión de la realidad no es suficiente para la vida. Por ello sentimos
después la necesidad de valorar la realidad aprehendida para establecer lo más
acertadamente posible nuestra escala de valores. Nos preguntamos, por ejemplo,
qué es más importante, la salud o el incremento del sueldo. Cualquier persona
normal y sensata, que se detiene unos momentos a pensar y sopesar el bien de la
salud como alternativa a una tentadora subida del sueldo, concluye sin
dificultad que el sueldo debe estar en función de la vida y no al revés. O bien
que se trabaja para comer en lugar de comer para trabajar. O sea, que la vida
es lo primero y que todo lo demás vale más o vale menos por relación a la vida.
Esto es lo que expresamos en el lenguaje ordinario cuando saludamos a un amigo
y le preguntamos afectuosamente: ¿cómo te va la vida?; ¿qué es de tu vida?”. O
bien, “lo importante es que haya salud”, y así sucesivamente.
En fin de cuentas, la libertad, el amor, la verdad, la belleza, la amistad, el
prestigio social, el dinero o el poder, sin vida son como hojas otoñales que se
lleva el viento. Sin vida no hay felicidad y mientras hay vida hay esperanza.
Pues bien, esta escala de valores es el resultado de la activación del juicio
como segunda operación de la mente en el proceso de nuestro conocimiento de la
realidad. Se comprende así que esta operación haya sido analizada
minuciosamente por los expertos de la Lógica desde los tiempos de Aristóteles
hasta nuestros días.
El otro capítulo fundamental de la Lógica se refiere al raciocinio.
¡Razonar bien! ¡Saber razonar! ¡Ser razonables! ¿Una ilusión? No. La Lógica ha
descubierto las reglas del razonamiento correcto. Entonces, ¿por qué la gente
no es más razonable? ¿Por qué hay tanta gente que razona tan poco y tan mal? La
respuesta es relativamente fácil.
Nacemos con una naturaleza racional, es decir, con capacidad para razonar. Pero
a razonar bien se aprende con el tiempo usando el sentido común, sacando
lecciones prácticas de la experiencia de la vida y con el estudio de la Lógica.
Las dificultades principales que han de ser superadas durante el aprendizaje
han sido ya señaladas pero vale la pena recordarlas sumariamente antes de
seguir adelante. Son las provenientes de la asincronía genética, del predominio
de los sentimientos y de los malos sistemas educativos. La aportación esencial
del raciocinio en el contexto de la Lógica consiste en aprender a deducir unas
verdades de otras previas mediante la reflexión, y ordenar nuestros conceptos e
ideas sin suprimir sus vínculos con la realidad. Por otra parte, una de las
funciones específicas de la inteligencia consiste en poner orden en nuestra
mente de acuerdo con el orden de la realidad. Ahora bien, la materialización de
esta función se lleva a cabo mediante la sistematización científica de nuestros
conocimientos. De ahí la importancia de la Lógica en todos los sectores de las
ciencias, lo mismo filosóficas que empíricas. Pero sigamos adelante matizando
algo más las reflexiones que hemos hecho sobre las utilidades del estudio de la
Lógica racional y científica.
Los estudios históricos existentes sobre la Lógica clásica a partir de
Aristóteles hasta nuestros días, y de la Lógica simbólica o matemática desde
mediados del siglo XX constituyen un testimonio elocuente de la importancia de
esta disciplina para la educación de la inteligencia humana y organización
científica de nuestros conocimientos. La posmodernidad ha pasado por alto esta
disciplina y cada vez se siente más la necesidad de volver a ella. Eso sí,
habrá que hacerlo de una forma más realista y pedagógica que en tiempos pasados
sin caer en la trampa de la Lógica simbólica o matemática. Así de claro.
El estudio académico de la Lógica racional no es necesario para la vida. La
mayoría de los hombres y mujeres del pasado y del presente han vivido y viven
más o menos felices sin estudiar Lógica. La naturaleza nos ha dotado a todos de
sentido común, experiencia y capacidad reflexiva suficiente para afrontar los
problemas normales y menos complicados de la vida. Es lo que se denomina Lógica
natural. No obstante, las jóvenes generaciones estarían mejor preparadas para
afrontar los retos de la vida si se les facilitara en los centros educativos la
posibilidad de acceder a los estudios de la Lógica racional, oportunamente
actualizada y pedagógicamente bien impartida, como “Organon” o introducción a
todas las áreas del conocimiento. Aristóteles, del que podrán decirse muchas
cosas, pero no que fuera corto de inteligencia, así concibió y parió la Lógica
racional y pienso que si esta vieja criatura fuera rejuvenecida y actualizada
como merece, podría convertirse en un instrumento estupendo para enseñar a las
nuevas generaciones a usar correctamente la razón.
3. Intoxicación lingüística y géneros literarios
Hemos hablado del uso de la razón como
problema personal de primera categoría destacando las principales dificultades
connaturales y ambientales que han de ser superadas para garantizar su
ejercicio de la forma más correcta posible. Tradicionalmente el arte de
aprender a razonar tuvo referentes diversos siendo altamente valorado el
descrito en la Lógica de Aristóteles, la cual sigue siendo una joya
pedagógica para aprender a razonar, pero insuficiente. Sin olvidar que con
frecuencia ha sido utilizada de forma inadecuada propiciando incluso el abuso y
uso despótico de la razón. De ahí que, por más que siga siendo un referente
fundamental a tener en cuenta para garantizar el correcto uso de la razón, ello
no dispensa de hacerlo con las debidas cautelas. En todo caso la Lógica
aristotélica constituye una herramienta valiosísima para contrarrestar la
intoxicación del lenguaje y el conflicto permanente entre el manejo de las
imágenes y la percepción de la realidad.
En efecto, cuando hablamos utilizamos las palabras y las frases con
significados diversos provocando fácilmente percepciones falsas de la realidad
en nuestros interlocutores. Otras veces hablamos con “segundas” y “terceras”
intenciones. Incluso hay personas que se comen el mundo hablando del cielo y de
la tierra sin saber realmente de lo que hablan. Esto ha dado lugar a la
institucionalización de los sofismas y del metalenguaje. En esta
misma línea tropezamos con el problema de los géneros literarios y las
poderosas imágenes visuales modernas, que lo mismo facilitan la percepción
fácil y agradable de la realidad que la percepción deformada o falseada de la
misma. La Lógica aristotélica, bien entendida y reforzada con los modernos
avances en el campo de la psicología del conocimiento, constituye una ayuda
valiosísima para desenmascarar estos factores que complican aún más las
dificultades connaturales del uso de la razón de las que hemos hablado antes.
Cuando hablo de “intoxicación” del lenguaje me refiero a todas las formas
manipuladoras del mismo que tienen lugar en los medios de comunicación social,
al uso de los sofismas y del metalenguaje pero sin olvidar la
instrumentalización política de los idiomas. La intoxicación del lenguaje tiene
lugar siempre que se manejan las palabras y los discursos con significados
falsos, distorsionados o deliberadamente equívocos induciendo a la confusión.
Sin olvidar tampoco el problema de los géneros literarios y el manejo cada vez
más frecuente del lenguaje subliminal. Es obvio que para hablar de forma
razonable e inteligible hay que tener en cuenta también las intenciones de
nuestros interlocutores y el género literario utilizado. Para ello es necesario
conocer bien el significado de las palabras, que son como los ladrillos con los
que se construye el edificio de nuestros razonamientos. Procedamos de forma
breve y por partes.
4. El problema de los sofismas y del metalenguaje
Llamamos sofisma (del griego sophisma = artificio, razonamiento
capcioso) a un argumento falaz con el que se pretende defender algo
falso. Todo argumento falso con apariencia de verdadero, y con el que se
confunde al interlocutor mediante una argucia en la argumentación, es un
sofisma. La argucia puede consistir en partir de premisas falsas como si fueran
verdaderas, o bien en deducir de premisas verdaderas conclusiones que no se
siguen realmente de dichas premisas. Una mujer, por ejemplo, está
embarazada de un mes y quiere abortar. Va al centro de planificación familiar y
le dicen que no hay ninguna razón en contra porque hasta los tres meses como
mínimo el embrión no es humano y, además, la mujer es dueña de su cuerpo.
Después de escuchar estos argumentos de los funcionarios del Centro a favor del
aborto la mujer queda gratamente persuadida de que su opción por abortar es la
correcta y pide día, hora y precios por el servicio. El engaño o sofisma ha
consistido en dar por verdadero lo que realmente es falso. A saber, que el feto
que lleva una mujer en sus entrañas no es humano antes de los tres meses y que
la mujer es dueña absoluta de su cuerpo. También puede ocurrir lo siguiente. Se
reconoce que el feto es humano antes de los tres meses, pero la ley permite
practicar el aborto durante ese tiempo. Esto es lamentablemente verdad en la
mayoría de las legislaciones en vigor. Pero de ahí no se puede deducir en
nombre del correcto uso de la razón que las prácticas abortivas legalizadas no
sean homicidas, o que sean humanamente buenas y aconsejables. La razón nos dice
que las leyes no convierten en buena una conducta objetivamente mala como la
provocación del aborto por el mero hecho de realizarse con cobertura legal.
El sofisma es prácticamente lo mismo que la falacia lógica. Falaz viene de
falso y por ello falacia es toda proposición afirmativa presentada como
verdadera pero que solo lo es aparentemente. Las falacias lógicas son
utilizadas para justificar argumentos o posturas que no son justificables
utilizando correctamente la razón. En los argumentos falaces hay siempre
enmascarados engaños, falsedades y estafas. Por ello el saber reconocer las
falacias lógicas es de gran ayuda para no ser engañados. Las falacias tienen
muchos rostros. Por ejemplo, cuando se trata de distraer al interlocutor de la
verdadera realidad de un asunto. En el caso anterior del aborto esa distracción
tiene lugar cuando a la mujer que pide abortar se le informa hasta la saciedad
de los aspectos legales y administrativos favorables a las prácticas abortivas
sin decir a la paciente cómo y de qué manera se destruye la vida de un ser
inocente en el seno de su madre, y se lo bota después a la basura o se lo
destina a fines inconfesables.
Lo mismo suele ocurrir cuando se informa a las potenciales candidatas a la
fecundación in vitro y prácticas concomitantes. Se las ilusiona con la
posibilidad de satisfacer su deseo intenso de maternidad pasando por alto, o
tratando con mucha cautela, aquellos aspectos más vidriosos que con la cabeza
serena y puesta en su sitio resultarían inaceptables. Lo mismo cabe decir de
las informaciones masivas de la prensa, radio, televisión e internet. Como
regla general se insiste en presentar las novedades científicas en función del
presunto progreso científico que ellas representan, prestando escasa o nula
atención a sus aspectos negativos en nombre de la razón. A menos que lo
contrario resulte económicamente más rentable. La falacia o engaño en todo esto
consiste en distraer la atención de nuestros interlocutores con descripciones,
discursos y razonamientos falsos, en parte o en su totalidad. Estas falacias se
caracterizan por el uso ilegitimo del operador lógico con el fin de distraer al
lector de la aparente falsedad de tal o cual proposición.
Otras veces la falacia o engaño se lleva a cabo cambiando de tema para discutir
sobre la persona que emite el argumento más que sobre las razones para creer o
no en la conclusión. A falta de razones objetivas para sostener un argumento se
apela a la presunta autoridad de determinadas personas. Es la falacia del
“currículo”. Las personas simples y bien intencionadas son fácilmente
sugestionadas por los títulos académicos y los cargos administrativos. El
engaño está en relacionar deliberadamente el valor de un razonamiento con la
posición social o los títulos académicos. Pero, de hecho, ni los títulos
académicos ni la posición social de una persona son en sí mismos una garantía
absoluta de buenas razones. Incluso cabe pensar que en ocasiones son un
impedimento. El decir la verdad sobre algo o sobre alguien depende de poseerla
y de quererla decir y no de los títulos académicos o de posiciones sociales
privilegiadas.
Pero tal vez lo más bochornoso es cuando se engaña a la gente utilizando
argumentos sentimentales mediante la explotación de sus estados emocionales
psicológicamente débiles. A un enfermo de cáncer, por ejemplo, resulta fácil
convencerle para que compre medicamentos de dudosa eficacia a precios
desorbitados. El enfermo ante el médico busca salud y se pone emocionalmente en
sus manos aunque le cueste un riñón. Igualmente, la mujer que está obsesionada
por tener un hijo se somete a un programa de reproducción de laboratorio aunque
ello lleve consigo someterse a prácticas biomédicas razonablemente
impresentables, si no objetivamente criminales a la luz de la razón. La falacia
o engaño por explotación de los sentimientos es cada vez más frecuente. Largo
sería describir las falacias y embustes de las que somos víctimas
constantemente por parte de las personas privadas, y más aún de las
instituciones públicas, sobre todo políticas y legislativas. Por ejemplo, a
través de las interpretaciones de las estadísticas y las estrategias para
conseguir votos favorables en las elecciones, o para la aprobación de leyes
objetivamente irracionales e inhumanas en los foros legislativos de las
naciones.
Está de fondo el problema de las apariencias y la realidad. En cualquier orden
de cosas podemos encontrarnos con apariencias de verdad que ocultan una
falsedad. La sabiduría popular lo tiene claro: “las apariencias engañan”. O
aquello de meterle a uno “gato por liebre”. En todo género de cosas se puede
presentar el fenómeno de algo que parece ser lo que realmente no es. Las
manzanas en el escaparate ofrecen a veces un aspecto exterior divino pero con
gusano dentro. Una persona puede parecernos agradable y educada y ser realmente
mala como un pecado. Los que tienen fama de chistosos y muy alegres muchas
veces son gente triste por más que nos diviertan y nos hagan pasar ratos
agradables con sus gracias e ingeniosidades. La sabiduría popular ha sancionado
también esta realidad: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. El rico
al que le van bien los negocios se queja de que le van medianamente. Y el rico
al que le van realmente mal presume de hacer gastos desorbitados y de comerse
el mundo. Una vez más la sabiduría popular: “Medio mundo está para engañar al
otro medio”. Otros van más lejos: “Esta vida es un engaño”. Se equivocan, claro
está, porque no se han percatado de que la vida es justamente lo único que no
engaña. Nos engañamos a nosotros mismos cuando no aceptamos sus leyes o incluso
la maltratamos.
Pues bien, algo semejante ocurre con el conocimiento. Junto a la alternativa de
la verdad y el error manifiesto, existe también una apariencia de verdad en las
expresiones y en el pensamiento humano tras de la cual con frecuencia se oculta
un error o una falsedad. Ahí está el sofisma como el gusano dentro de la
lustrosa manzana en la vitrina del mercado. Por ejemplo: “Hay que respetar las
opiniones de todos”. En esta afirmación solemne hay un sofisma o falsedad ya
que las opiniones, por definición, no pueden ser realmente sujeto de derechos.
El verdadero sujeto de derechos es la persona que opina y no sus opiniones, las
cuales pueden resultar tan estúpidas que sólo merezcan rechazo y
desconsideración. Aquello de que “sobre gustos no hay nada escrito pero hay
gustos que merecen palos” es perfectamente aplicable a las opiniones. Las hay
que no merecen el menor respeto. De hecho, cuando alguien toma la palabra en
una discusión y comienza diciendo que respeta la opinión de su interlocutor, en
realidad es una forma de advertir que no la respeta en absoluto. Otro ejemplo.
“Hay que respetar la libertad de todos”. Ahora bien, la policía detiene a un
terrorista y lo entregan a los tribunales, que le privan de su libertad
enviándole a la cárcel. Conclusión: las leyes que permiten esos arrestos son
injustas. El error se oculta bajo una forma de razonamiento en apariencia
coherente manejando un concepto falso de libertad. El sofisma, paralogismo, o
falacia es siempre un argumento que siendo erróneo parece concluir la verdad.
Por eso en cualquier sofisma concurren dos elementos esenciales: una
verdad aparente que sirve de trampa a los incautos; y un error oculto que nos
lleva a deducir una conclusión falsa a partir de algo verdadero.
5. Actitudes que favorecen el recurso a los sofismas
Los argumentos sirven para corroborar la verdad de una conclusión a la que
eventualmente hemos llegado por diversos caminos. Pero con frecuencia no
alcanzamos nuestro objetivo de forma satisfactoria porque los argumentos están
mal construidos. Si, por ejemplo, uno se empeña en convencer a otro para que
vote a un determinado partido político argumentando que sólo esta agrupación
gobernará de forma justa y honrada cuando llegue al poder, lo más probable es que
esté perdiendo el tiempo. La base de la argumentación es emocional y no
racional. La desilusión está servida ya que en política la opción óptima no
existe, sólo existe lo menos malo frente a lo peor. Pero otras veces, y esto es
lo que me interesa destacar aquí en función de los sofismas, hay gente que
emplea argumentos aparentemente deslumbrantes con el fin de engañar, distraer o
acallar al adversario. Es entonces cuando hablamos propiamente de sofismas o
falacias.
Falacia es la traducción castellana del latín fallatia, que significa
engaño y es, a su vez, la traducción latina del término griego sofisma.
Los sofismas o falacias son razonamientos incorrectos pero psicológicamente
persuasivos. O sea, formas de razonar que parecen correctas pero que, cuando
las analizamos nos percatamos de que son falsas. Nuestro lenguaje común está
infectado de este tipo de razonamientos falsos a pesar de su apariencia
atractiva. De ahí la conveniencia de tenerlos en cuenta para prevenirnos contra
la desilusión y el engaño. Dicho esto, me parece importante destacar el hecho
de que el recurso a los sofismas no ocurre por casualidad. Muchas veces son la
consecuencia lógica de actitudes personales que conviene tener en cuenta como
son las tres siguientes:
- La actitud hostil frente a la racionalidad
Tal
ocurre cuando nos negamos de antemano a escuchar aquellos argumentos o razones
que pudieran llevarnos a modificar nuestras propias opiniones o puntos de vista
personales, a los que estamos aferrados y que por nada del mundo estamos
dispuestos a renunciar. Las razones (más bien sinrazones) pueden ser de orden
exclusivamente emocional, por bajo índice de inteligencia o por intereses
ajenos a la razonabilidad. Esto lleva derechamente a disfrazar la realidad con
argucias, ambigüedades y preguntas impertinentes. O lo que es peor. Hay quienes
el desacuerdo con sus opiniones o puntos de vista lo interpretan como un ataque
o descalificación de sus personas dando lugar a valoraciones y comentarios
fuera de razón. De no optar por callar, la discusión puede envenenar las
relaciones personales y degenerar en afirmaciones y reflexiones sofísticas
falaces antes de dar el brazo a torcer. Hay gente que trata de afirmar su
personalidad llevando siempre la contraria a todo el mundo, aunque sea haciendo
razonamientos falsos y absurdos. Son esos de los que coloquialmente se dice que
nunca están dispuestos a dar su brazo a torcer. Desde esa actitud no paran
mientes en usar toda suerte de argucias dialécticas para mantenerse en sus
trece.
- Eludir
el problema en lugar de abordarlo
Este
fenómeno es muy frecuente. En lugar de ir “directamente al grano” se hacen
rodeos introduciendo otras cuestiones para distraer la atención, o simplemente
para esquivar el bulto de la responsabilidad. La joven embarazada llegó con su
pareja para tomar consejo y asumir sus responsabilidades de cara a su futuro y
el de su hijo. Pero el padre de la criatura consiguió bloquear el tema de sus
responsabilidades con un arsenal de cuestiones en extremo pintorescas y ajenas
por completo al motivo que nos había convocado. Mi experiencia profesional es
una cantera de casos en los que se esquiva la realidad marchándose por los
cerros de Úbeda. Es una actitud nefasta en la vida corriente que sólo da lugar
a discursos y sinrazones que al final se pagan caros. Con la realidad no se
juega. Los problemas deben ser afrontándolos con todo su realismo sin
eludirlos, si realmente queremos encontrar para ellos una solución. Hay gente
muy experta en echar balones fuera con argumentaciones falsas pero
deslumbrantes cuando algo no les interesa.
- Los
olvidos y las confusiones
Nuestra memoria sensitiva es muy frágil y limitada. También nuestra memoria
intelectual. A parte de que la dotación natural de cada uno de nosotros varía
mucho, con el curso del tiempo la memoria se va debilitando alarmantemente. Con
la edad vamos perdiendo la capacidad de ver, oír y recordar. Cuando utilizamos
tópicos como “si mal no recuerdo”, “creo recordar”, “si la memoria no me
falla”, estamos reconociendo prácticamente que existe una pérdida natural de la
memoria, tanto sensitiva como intelectiva. El olvido total de unas cosas y el
recuerdo parcial de otras da lugar a juicios y valoraciones deficientes y
engañosas como cuando hacemos generalizaciones indebidas. Sobre todo
confundiendo lo accidental o secundario con lo importante o esencial de las
cosas y de los acontecimientos. Los olvidos nos llevan a la confusión de lo
esencial con lo accidental, de la regla general con las excepciones, del todo
con la parte o viceversa, lo absoluto y lo relativo de las cosas. Los olvidos
pueden producirse por el deterioro natural de nuestras facultades, pero también
como recurso manipulador deliberado como cuando se aplica la técnica del
silenciamiento. Pero vengamos ya más en concreto al recuento de algunos de los
sofismas o falacias en los que la gente incurre con más frecuencia.
6.
Sofismas o falacias más frecuentes
- Juicios
y valoraciones basados sólo en las apariencias
La esencia de las cosas es lo que ellas son
en sí mismas, y los accidentes aquello que las particulariza con aspectos
sobreañadidos o sobrevenidos. Por ejemplo, el color de un automóvil, la estatura
de una persona, la belleza física de una mujer y todo lo que es susceptible de
ser adjetivable. Pero, como reza el refrán: “aunque el mono se vista de seda
mono se queda”. Nuestra percepción superficial de las cosas no cambia su ser.
En la cultura contemporánea denominada “cultura de la imagen” bajo el influjo
de medios de comunicación masiva como la televisión, el cine e internet, el
riesgo de juzgar las cosas y a las personas por su apariencia externa, y no por
lo que realmente son, es constante, prepotente y alarmante, y nos lleva
derechamente a hacer valoraciones precipitadas basadas en aspectos pintorescos
o contingentes. Cuando se dice, por ejemplo, que los vascos son violentos, los
gallegos desconfiados, los catalanes peseteros y egoístas o los andaluces
mentirosos, etc., en realidad se está definiendo a todos ellos por rasgos
accidentales, que pueden ser reales en determinadas personas, pero nunca
esenciales a éstas ni atribuibles a todas.
Qué duda cabe, es otro ejemplo, de que hay muchos políticos corruptos,
tribunales de justicia injustos y médicos que privan de la vida a ciertos
pacientes. Pero de esta triste realidad no puede concluirse que todos los
políticos son necesariamente unos golfos, que todos los jueces sean corruptos y
los médicos asesinos. Unas veces las apariencias son buenas y la realidad mala.
Otras, en cambio, las apariencias son malas y la realidad buena. De ahí la
conveniencia de razonar las cosas antes de juzgarlas convencidos de que las
apariencias engañan. Usando bien la razón evitaremos engañarnos a nosotros
mismos y a los demás confundiendo lo accidental con lo esencial y lo que es
importante con lo transitorio, accidental y efímero. En los ejemplos
anteriores, además de ser víctimas de las apariencias, se aprecia
inmediatamente una generalización absolutamente inadmisible de lo particular a
lo universal, que no tiene cabida en un discurso racional bien hecho de acuerdo
con las leyes más elementales de la Lógica.
- Las
afirmaciones gratuitas
Me refiero a esas afirmaciones gloriosas que a veces se hacen sin
fundamentarlas en razones objetivas. Son muy propensas a esta forma de hablar
las personas autoritarias y aquellas otras que, a falta de razones, presionan
con los sentimientos. “Lo dijo Blas, punto redondo”. Quien dice Blas dice “el
jefe” o simplemente: “lo digo yo y basta”. Hay muchas personas constituidas en
autoridad que consideran normal sentirse excusadas de razonar sus decisiones.
Incluso llegan más lejos creyendo que la autoridad no debe pedir disculpas de
sus errores. Cuando alguien les pide explicaciones de algo presuntamente mal
hecho son capaces de mentir descaradamente como bellacos antes que razonar sus
decisiones o puntos de vista, sobre todo cuando temen tener que dar explicaciones
por sus eventuales errores cometidos.
Las afirmaciones gratuitas son frecuentes también entre personas de dotación
intelectual baja, que tratan de suplir con la voluntad lo que les falta de
inteligencia. Suelen ser personas “tercas” y peligrosamente voluntariosas, las
cuales anteponen la voluntad y los sentimientos al uso de la razón. Las
afirmaciones gratuitas o faltas de fundamento racional son el pan nuestro de
cada día en el prensa, en los editoriales y columnas de opinión así como en los
debates y tertulias mediáticos en los que el objetivo principal es la
propaganda, la publicidad y el espectáculo, prevaleciendo los criterios
comerciales y políticos sobre la razón y la verdad. El hacer afirmaciones sin
aportar razones conduce a la imposición de puntos de vista carentes de
fundamento racional y es la antesala del abuso de la buena fe de nuestros
interlocutores. Lo razonable es que cuando afirmamos seriamente una cosa lo
hagamos apoyando nuestras afirmaciones en razones o motivos suficientes. Por lo
mismo, cuando no estamos seguros de la solvencia de nuestros argumentos, lo
razonable y honesto es callar en lugar de engañar al prójimo con nuestras
apreciaciones subjetivas o intereses personales.
- Deducción de conclusiones impertinentes
Tal falacia tiene lugar cuando un razonamiento, que se supone dirigido a
establecer una conclusión determinada sobre un aspecto concreto, es usado para
probar una conclusión diferente. Un ejemplo. Se discute en el Parlamento la
aprobación de una ley concreta sobre la clonación de embriones humanos como
material básico de células madre con fines terapéuticos. Un orador pide la
palabra y hace un discurso patético sobre el progreso de las ciencias
biomédicas y sus potenciales beneficios para la humanidad, concluyendo que tal
ley debe ser aprobada. Este discurso resulta impertinente, o lógicamente
inatingente, porque de lo que se trata no es de aprobar una ley sobre la
importancia del progreso científico sino de una ley concreta con unas
características determinadas. Ni su desaprobación pone en duda la importancia
del progreso científico ni su aprobación puede depender del mismo sino de las
razones particulares que haya para aprobarla.
Pero el orador logra así despertar una actitud de simpatía afectiva hacia su
persona y su propuesta. Una vez logrado este apoyo afectivo, hace una
transferencia de su actitud a la conclusión final. Pero tal conclusión no puede
ser considerada como razonable y lógicamente pertinente. De la importancia del
progreso científico no puede deducirse en nombre del uso correcto de la razón
que la clonación de seres humanos, para ser destruidos después con fines de
investigación o terapéuticos, deba ser aprobada. Otro ejemplo. Durante el
proceso de un juicio el fiscal trata de probar que el acusado es culpable de
asesinato. Para ello trata de demostrar que el asesinato es un delito horrible.
Si de estas apreciaciones acerca de lo horrible del asesinato pretendiera
inferir o deducir que el acusado es realmente culpable de tal delito, y el juez
sentenciara impresionado por esos argumentos, tendría lugar la falacia de
conclusión impertinente. Y es que, por muy horroroso que sea el crimen de
homicidio, de ahí no se puede deducir que tal o cual persona sea un homicida.
En el fondo de estas falacias legislativas y jurídicas está el fenómeno de las presiones
sobre legisladores y jueces, sobre todo políticas y financieras. Pocas cosas
hay que trastornen tanto el uso de la razón en la vida ordinaria como el poder,
el dinero y las pasiones humanas.
-
El recurso a la fuerza y apelación al miedo
Consiste
en apelar a la fuerza, en lugar de dar razones, para establecer una verdad o
inducir una determinada forma de conducta. Es un recurso frecuente de las
personas e instituciones que carecen de argumentos razonables y poseen alguna
autoridad. Las amenazas pueden ser explícitas o veladas. Por ejemplo, la
amenaza pública de aplicar sanciones económicas a un país o la declaración de
guerra. Otras veces se hacen insinuaciones veladas. La vida política es la
fuente más escandalosa de estas formas de argumentar mediante el recurso a la
fuerza. De hecho, la declaración de guerra es el paso inmediato a la pérdida del
uso de la razón. En las negociaciones con delincuentes y terroristas éstos
argumentan siempre con amenazas verbales veladas y la pistola sobre la mesa.
Los partidos políticos tratan de persuadir a sus militantes para que respeten
la disciplina del partido y voten a favor de sus programas de acción bajo la
amenaza de ser expulsados, aunque esto suponga votar en contra de su
conciencia. Es obvio que en estos casos el factor decisivo de sus decisiones no
es la fuerza de la razón sino la fuerza bruta. Durante las campañas electorales
el recurso al miedo para ganar votos suele ser muy efectivo. ¡O nosotros o la
calamidad y el desastre! ¡O nosotros o el demonio de nuestros opositores! ¡O
nosotros o la vuelta a las dictaduras del pasado! Desde esta actitud se arman
los argumentos persuasivos de forma que psicológicamente el votante se vea en
la obligación moral de votar a favor del mejor manipulador de masas y el menos
recomendable en nombre de la razón.
El caso más extremo e irracional de recurso a la fuerza lo tenemos en los
grupos terroristas cuyos razonamientos apenas se distinguen de los anuncios de
extorsión, las amenazas de muerte y los disparos en la nuca de quien no se
somete a sus sinrazones. En la vida privada las formas de presionar a otras
personas mediante el recurso a las amenazas veladas, que afectan directamente a
la sensibilidad condicionando el uso de la razón, son innumerables y pocas
personas podrán decir que están libres de éllas. Aquello de que “quien bien te
quiere te hará llorar” responde a la pretensión de quienes tratan de justificar
sus formas habitualmente poco razonables de tratar a los demás ejerciendo la
nefasta pedagogía del miedo, que nada tiene que ver con la conveniencia de ser
razonablemente ordenados y disciplinados en la vida.
- El
argumento “ad hominem” ofensivo y circunstancial
Me refiero a aquellos argumentos que van dirigidos contra las personas más que
contra sus opiniones. Esta forma de argumentar resulta ofensiva porque en lugar
de tratar de cuestionar la verdad de lo que se afirma, por considerar que las
razones en las que está apoyada no son razonablemente válidas, se ataca
directamente a la persona que hace la afirmación. En filosofía, por ejemplo,
hay sistemas filosóficos falsos por falta de cimentación suficiente en la
realidad, lo cual no obsta para que podamos encontrar en ellos verdades
de apuño. El que un edificio (en este caso un sistema filosófico) esté mal
construido y resulte inhabitable no obsta para que dentro de él haya muebles
(verdades) de gran valor. No se puede negar el valor de estos muebles porque el
edificio en su conjunto esté mal construido y amenace hundirse. De modo análogo
no es razonable ni justo rechazar la verdad de una afirmación porque salga de
boca de una persona poco o nada honrada. Una prostituta, por ejemplo, puede
decir cosas estupendas sobre el amor como un médico puede ser un desastre como
persona y al mismo tiempo un profesional más responsable que otros que gozan de
buena reputación personal. Otra cosa es que “dime con quién andas y te diré
quién eres”. Si una persona lleva una vida poco honrada, en principio es menos
de fiar que otra que lo es en igualdad de circunstancias. Pero de ahí no se
sigue que el rechazo eventual de un argumento haya de hacerse prescindiendo de
la objetividad de las razones aducidas atacando al autor para ponerlo fuera de
combate. Francis Bacon, por ejemplo, fue depuesto de su cargo de canciller por
deshonestidad. Pero sería absurdo y falaz deducir por esto que su filosofía
debe ser proscrita. Los regímenes comunistas han sido probablemente los más
crueles y falsos de la historia. Sin embargo ello no significa que entre los
marxistas no haya habido gente que ha dicho y hecho cosas estupendas. Los
cristianos han sido criticados y hasta perseguidos desde sus orígenes hasta
nuestros días. Igualmente los judíos y musulmanes. Pues bien, sería ridículo
pensar que de estas denominaciones religiosas no puede salir nada bueno.
Los prejuicios contra las personas y las instituciones nos llevan fácilmente a
rechazar verdades comunes a todos que brotan del uso corecto de la razón. No.
El recurso al ataque personal para descalificar una opinión dejando al lado las
razones en que se apoya es una actitud irracional, cobarde y casi siempre
ofensiva. No vale eso de desviar la atención del asunto que se discute hacia la
persona del adversario o sus circunstancias personales desventajosas. Los
políticos suelen ser maestros en el arte de la descalificación personal en los
Parlamentos y durante las campañas electorales. Las campañas de desprestigio
del adversario forman parte de su praxis habitual. Otras veces el argumento “ad
hominem” o de ataque a la persona se utiliza aprovechando una circunstancia
particular. Ocurre, por ejemplo, cuando en un debate público se reprocha al
contrincante de no respetar los principios de su partido político o de su
condición profesional. Así, un comunista, en vez de responder a las razones de
su interlocutor cristiano, acusa a éste de no tener en cuenta la doctrina
social de la Iglesia y le da consejos para que sea coherente con los principios
del cristianismo. O a la inversa, un democristiano reprocha al comunista de no
ser coherente con los principios del marxismo. Se producen así discursos
ridículos con los que se trata de descalificar moralmente al adversario sin
entrar en la discusión auténtica de las razones objetivas en las que deberían
centrar su atención. Este tipo de argumentos de descalificación moral del
adversario no ofrece fundamento racional para la verdad de sus conclusiones ya
que están dirigidos solamente a conquistar el asentimiento de algún oponente a
causa de especiales circunstancias vinculadas con él. Esta forma de
argumentación ad hominem es lo mismo que acusar de incurrir en una contradicción
al adversario entre sus creencias o convicciones y su vida práctica. En todo
caso, ni de la ofensa personal directa a nuestro interlocutor ni de la presunta
incoherencia de sus convicciones o creencias podemos deducir la presunta
falsedad de sus razones. Lo contrario da lugar a la falacia o engaño respecto
de los argumentos de este jaez.
A veces oímos decir: “Es un sinvergüenza y como tal no puede tener una opinión
fiable”. O “es un exagerado”, “se pone muy nervioso”, “es muy conservador o
izquierdista”. O es afín a tal o cual grupo político o religioso. En
todos estos casos la estrategia consiste en descalificar de entrada al
contrincante como persona para excusar sus razones antes incluso de hablar. Qué
duda cabe de que muchas veces nuestros interlocutores no son como personas todo
lo honrados y emocionalmente equilibrados que fuera deseable. Pero dentro de
ciertos límites esas mismas personas pueden tener momentos de lucidez y ser
capaces de hacer juicios más certeros y razonables que otras personas más
honradas, pero más torpes de inteligencia. La descalificación personal nunca
puede ser considerada como una fuente de verdad. Pensar lo contrario puede
llevarnos a situaciones de irracionalidad inconfesables. De ahí la necesidad de
aprender el arte de criticar las opiniones ajenas respetando siempre a las
personas que opinan, incluso cuando sus opiniones sean equivocadas
y razonablemente inaceptables.
En relación con el engaño de la argumentación “ad hominem”, o del ataque
personal, se encuentra el recurso dialéctico: “Y tú también”. Este
sofisma consiste en rechazar un razonamiento reprochando al contrincante
de hacer o defender lo mismo que condena. O bien de no practicar lo que
aconseja hacer a otros. Es la filosofía dialéctica del “médico, cúrate a ti
mismo”. Porque, ¿cómo voy a seguir las recomendaciones del médico para dejar de
fumar cuando él mismo fuma como un carretero? “Es más fácil predicar que dar
trigo”. O “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”; “ven la
paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo propio”. Expresiones como estas
tienen un uso legítimo y otro engañoso. Todo es cuestión de saberlas manejar
correctamente. Es correcto el uso del “tú también” cuando se utiliza claramente
con el fin de rechazar la autoridad moral de una persona que pretende
indebidamente influir sobre nosotros. La autoridad moral consiste en ser
consecuentes con lo que aconsejamos a los demás predicando con el ejemplo lo
que decimos con las palabras. En el fondo, de lo que se trata es de condenar la
hipocresía de quienes no practican las virtudes que exigen a los demás. Es, por
tanto, un mecanismo de defensa personal.
En las situaciones dudosas, porque no hay razones convincentes o argumentos
sólidos, recurrimos a los consejos de personas fiables por su coherencia y
honestidad moral, la cual es incompatible con la hipocresía de quienes nos
acusan de los defectos que ellos mismos comparten. No hay nada más intolerable,
decía Cicerón, que alguien, que es incapaz de rendir cuentas de su vida, exija
cuenta de sus vidas a los demás. El rechazo de la autoridad moral de una
persona es legítimo y muchas veces necesario. La única condición es que se
rechace su autoridad moral y no a su persona. Pero pongamos las cosas en su
sitio y reconozcamos que el rechazo de la autoridad moral de una persona, tal
como queda descrita, no justifica el rechazo sin más de sus razonamientos sin
conocerlos y analizarlos. Otras veces el “tú también” se utiliza, no para
descalificar la autoridad moral de las personas o de las instituciones, sino
para excusar una determinada conducta. Tal sería el caso, por ejemplo, del que
no deja de fumar simplemente porque el médico tampoco deja de fumar. Cuando el
médico aconseja profesionalmente a un paciente no fumar no lo hace para
respaldar su autoridad moral sino por razones médicas objetivas. Cuando tal
sucede, el eludir los consejos del facultativo porque éste es incoherente en
las cosas de su vida particular, es un sofisma. Igualmente es un autoengaño
reducir la cantidad de sal en las comidas cuando el médico aconseja eliminarla
por completo. El ataque personal a las personas y el “tapar la boca”
dialécticamente a nuestros interlocutores nunca es fuente de verdad y siempre
causa de disgustos y engaños.
- Argumento
por la ignorancia
Se
comete esta falacia cuando se pretende sostener que una proposición es
verdadera simplemente porque todavía no se ha demostrado su falsedad. O que es
falsa porque no se ha demostrado su verdad. Esta falacia se comete muy
frecuentemente tratándose de asuntos o fenómenos en los que no hay pruebas
claras y definitivas en pro ni en contra. Hay muchas personas que están
convencidas de verdades profundas de las que no renunciarían por nada del mundo
y, sin embargo, carecen de capacidad expresiva suficiente para hacerlas valer
con razones y argumentos lógicamente convincentes. Sería una simpleza, por
ejemplo, pensar que, porque un niño sea incapaz de demostrar jurídicamente que
tal mujer es su madre, el niño es huérfano de madre. Lo más escandaloso en este
sentido tiene lugar en el campo jurídico. Si el nacimiento de un niño no está
oficialmente registrado, para efectos legales es considerado como si no
existiera. O bien este otro caso de la denominada “presunción de inocencia”.
Puede ocurrir que la defensa del acusado haga ver al juez que su protegido es
inocente siendo realmente culpable. Cuando esto ocurre es obvio que el juez ha
sido engañado y ha sentenciado basado en la ignorancia. El hecho mismo de que
después se demuestre la falsedad de la argumentación que dio lugar a la
sentencia demuestra que el juez fue víctima del argumento por ignorancia. Los
procesos judiciales son una mina de falacias y contra-falacias que pocos se
atreven a denunciar. ¿Por qué será?
- Los
argumentos piadosos
El argumento “ad misericordiam” tiene lugar cuando se apela a la piedad
para conseguir que se acepte una determinada conclusión. Por ejemplo, cuando el
abogado defensor en el tribunal de justicia deja a un lado los hechos que
atañen al caso para obtener la absolución de su cliente, despertando
sentimientos de compasión en el juez y los miembros del jurado. Un ejemplo
históricamente célebre a este respecto se encuentra descrito en la Apología de
Platón. El relato pretende ser una apología de la defensa que Sócrates hizo de
sí mismo ante los jueces que le condenaron a muerte. Es una pieza maestra del
género que no me resisto a reproducir. “Quizá haya alguno entre vosotros que
pueda experimentar resentimiento hacia mi al recordar que él mismo, en una
ocasión similar y hasta, quizás menos grave, rogó y suplicó a los jueces con
muchas lágrimas y llevó ante el tribunal a sus hijos, para mover a compasión,
junto con toda una hueste de sus parientes y amigos. Yo, en cambio, aunque
corra peligro mi vida, no haré nada de esto. El contraste puede aparecer en su
mente, predisponiéndolo en contra de mí e instarlo a depositar su voto con ira,
debido a su disgusto conmigo por esta causa. Si hay alguna persona así entre
vosotros –observad que no afirmo que la haya, pero si la hay- podría
responderle razonablemente de esta manera: Querido amigo, yo soy un hombre y,
como los otros hombres, una criatura de carne y sangre, y no de madera o piedra
como dice Homero. Y tengo también familia. Sí, y tres hijos. ¡Oh atenienses!,
tres en número, uno casi un hombre y dos aún pequeños. Sin embargo, no traeré a
ninguno de ellos ante vosotros para que os pidan mi absolución”.
La argumentación de este discurso de autodefensa apelando a la misericordia es
realmente de antología. Lo que ocurre es que la objetividad o falsedad del
crimen de imputación no es deducible de las razones humanitarias alegadas,
tanto a favor como en contra del acusado. De ahí el engaño a que pueden inducir
estas formas de argumentar. Sin ir tan lejos, otro ejemplo patético de esta
naturaleza fue el discurso de despedida y autodefensa del Presidente Nixon
cuando hacía memoria de su padre tras el escándalo de Watergate que le obligó a
dimitir como Presidente de los Estados Unidos. Los argumentos de llamado a la
piedad pueden tener sentido humanitario cuando se trata de poner freno a los
potenciales abusos de la justicia. Pero resultan ridículos y falsarios cuando
se utilizan para conseguir objetivos injustos o inhumanos. Por ejemplo, cuando
el abogado defensor del joven que ha asesinado a sus padres pide que su
protegido sea absuelto alegando que se ha quedado huérfano. O cuando se pide
que los terroristas sean encarcelados en lugares donde puedan recibir visitas
más fácilmente y ser atendidos por sus familiares. O simplemente se pide su
absolución para evitar sufrimiento a sus padres. El argumento sentimental es un
arma de doble filo que lo mismo conduce al ridículo que a la sinrazón. Por la
vía sentimental se consigue eficazmente persuadir pero no convencer ya que en
el fondo hay siempre un engaño disfrazado de humanidad.
- El
sofisma populista
Es otra falacia o engaño que consiste en hacer un llamado emocional “al
pueblo” o público en general con el fin de conseguir su respaldo a favor
de conclusiones no asentadas en razonamientos objetivos válidos. Se basa en la
supuesta autoridad del pueblo, de una mayoría social o simplemente del
auditorio que tenemos delante en una sala de conferencias. Se apela a esa
supuesta autoridad como si la verdad de un argumento dependiera del número de
personas que la apoyan. Es aquello de: “no es posible que tantos se equivoquen
o no tengan razón”. El pueblo tiene razón aunque no la tenga. Se conoce también
como la falacia del carro de la banda, por alusión al carro de los músicos en
los festejos electorales al que se encaraman los entusiastas del ganador. Es lo
mismo que “subirse al carro del vencedor”. En esta cuestión se supone
arbitrariamente que una afirmación o proposición es aceptada como cierta por el
mero hecho de ser aceptada por muchos o todos.
Es obvio que, tratándose de meras opiniones o gustos, el argumento de la
mayoría puede ser aceptable, aunque no necesariamente verdadero. La trampa está
en deducir que algo es verdad, no en función de las razones aducidas sino del
número estadístico de personas que opinan. El asunto es grave cuando se intenta
probar mediante el peso de la opinión mayoritaria cosas que por su naturaleza
no son opinables. Por ejemplo, matar a un ser inocente en el seno de su madre,
mediante prácticas abortivas legalmente protegidas, no es una conducta cuya
aceptación haya de depender de una opinión pública mayoritaria a su favor o en
contra. La vida humana inocente no es un valor negociable. La opinión pública
como tal no es fuente de verdad sino expresión de opiniones, voluntades y
sentimientos. Pero no necesariamente de razones. Basta hacer un estudio
psicológico serio sobre cualquier mitin político o campaña de propaganda o
publicidad. Las estadísticas, por tanto, incluso las mejor hechas y objetivas,
sólo sirven como orientación para conocer lo que un determinado número de
personas siente y opina, pero no pueden ser consideradas como fuente de verdad
en sentido propio. Más bien son fuentes de engaño.
Y lo mismo puede decirse del recurso terco a la tradición y a la práctica
común. “Siempre se ha hecho así” o “todo el mundo hace lo mismo”, luego
tiene que ser verdadero o bueno. Esta forma de pensar y de argumentar conduce
con frecuencia al simplismo y al ridículo. Muchas veces ocurre que,
precisamente porque algo siempre se hizo así o porque todo el mundo hace lo
mismo, la razón deduce que estamos equivocados y que hay que cambiar de tercio
para no seguir en el error. Hay muchas tradiciones y costumbres que, analizadas
con objetividad, no son más que malas costumbres que, al no haber sido
corregidas a tiempo, terminaron convirtiéndose en venerables tradiciones. El
recurso discursivo a ellas es una fuente constante de sofísticos y falsos
argumentos. Con frecuencia la falacia populista consiste en el intento de ganar
el asentimiento popular para una conclusión despertando las pasiones y el
entusiasmo de la multitud. Es el argumento específico utilizado en las campañas
de publicidad comercial y propaganda
política.
- El argumento “ad verecundiam” o de apelación a la autoridad
Consiste en la evocación de respeto que siente la gente hacia las personas
famosas para conseguir la aprobación de una propuesta o conclusión. Es obvio
que en casos dudosos o de poca claridad es razonable invocar la autoridad de
personas competentes en la materia. Pero lo que no es admisible es confundir
los hechos objetivos y las razones con el prestigio de las personas. Por
ejemplo, es una falacia o engaño concluir que una conclusión filosófica es
verdadera porque está avalada por Aristóteles. La autoridad de Aristóteles en
filosofía es debida al valor objetivo de sus conclusiones y no al revés. Por
tanto, lo que hay que buscar y criticar son esas razones sin tratar de
imponerlas a los demás apelando a la autoridad del Estagirita. Si la conclusión
es verdadera lo será por las razones en que está sostenida y no porque lo diga
Aristóteles o cualquiera otro personaje célebre en el campo de la filosofía.
Este tipo de falacia la encontramos indefectiblemente entre las técnicas de
publicidad y propaganda. Hay una campaña electoral, por ejemplo, y para
conseguir votos a favor de una determinada opción política, se reclutan
celebridades conocidas por las masas a través de los medios de comunicación
para entrevistarlas sobre el cielo y la tierra. Es obvio que el éxito de una
bella y popular bailarina, por ejemplo, o de un deportista en el éxtasis del
éxito no es un título que garantice mucha competencia para hablar de temas
importantes ajenos a su profesión. Sin embargo, el impacto emocional de estos y
otros personajes populares en las masas es tal que son escuchados aunque sean
mudos. Pero es un engaño utilizar a estas personas como reclamo sentimental de
apoyo o rechazo de conclusiones o proyectos desprovistos de razones objetivas
válidas en nombre de la razón.
- La
falsa causa y la confusión causal
A veces se toma como causa de un efecto algo que no es su causa real.
Aparece un incendio en el monte y nos preguntamos por la causa del mismo.
¿Intencionado o fortuito? ¿Lo prendieron pirómanos profesionales, turistas,
ganaderos o alguno de los bomberos? Mientras se averigua la verdadera causa del
incendio cabe atribuirlo a causas o personas que realmente no lo
causaron. Pero puede ocurrir, y a veces sucede, que conociendo la causa del
incendio o de un acto criminal cualquiera, se atribuya falsamente la
responsabilidad del mismo a personas inocentes o a causas falsas. De esto saben
mucho los jueces y expertos en criminología. Es todo un arte descifrar las
falacias de testigos falsos y declaraciones de delincuentes destinadas a
atribuir a otros la causalidad de sus crímenes.
La falacia de confusión causal tiene lugar siempre que pedimos a una causa que
produzca consecuencias o efectos que no le corresponden. Por ejemplo, no puede
atribuirse a la religión el progreso o retroceso de las matemáticas por la
simple razón de que no es esa su misión o razón de ser. Como la metafísica no
tiene por objeto propio enseñar matemáticas o música. Uno puede ser un gran
metafísico y no saber tocar el piano o pintar un cuadro. Igualmente se puede
ser un gran matemático e ignorante en cuestiones metafísicas. Menos aún
corresponde a la religión el progreso de las ciencias. La metafísica y la
religión tienen unos objetivos y las ciencias otros. Si en algún caso cupiera
establecer alguna relación causal entre el progreso o retraso de las ciencias y
la religión o la metafísica, la responsabilidad sería de las personas y no de
la religión como tal o de la reflexión metafísica. Este tipo de confusión
causal y, por tanto de discursos falaces y engañosos, son el pan nuestro de
cada día entre gente culta e intelectual. Otras veces se confunde la mera
sucesión temporal con un vínculo causal. Es un problema de lógica inductiva. Si
alguien dijera, por ejemplo, que después de la dictadura comunista en Rusia
vino la democracia, y que por ello la democracia fue la causa de la caída del
comunismo ruso, estaría incurriendo en la falacia de la confusión causal. Mil
personas pueden desfilar una detrás de otra sin que exista entre ellas ninguna
relación de padres a hijos. La sucesión en el tiempo, en efecto, no significa
necesariamente relación de causalidad real.
-
Las preguntas complejas
Se
comete la falacia de la pregunta compleja cuando, no percibiéndose la
pluralidad de preguntas, se exige una respuesta única a la pregunta compleja
como si fuera simple. Si uno pregunta a otro si ha acabado ya con sus malos
hábitos o de pegar a su mujer, estas preguntas suponen que se ha dado ya respuesta
a una pregunta anterior, que ni siquiera ha sido formulada. La primera, en
efecto, supone que se ha respondido afirmativamente a la pregunta no formulada:
¿Tenía Ud. anteriormente malos hábitos? La segunda supone haber respondido
también afirmativamente a la pregunta no formulada: ¿Ha pegado Ud. alguna vez a
su mujer? En ambos casos, si se contesta con un simple sí o no,
ello tiene el efecto de ratificar o confirmar la respuesta implícita a la
pregunta no formulada. Ahí está la trampa.
Las preguntas de este tipo no admiten un simple sí o no como respuesta válida
ya que son preguntas complejas en las que, de hecho, hay varias preguntas
entrelazadas que han de ser respondidas por separado. Este tipo de falacia es
muy frecuente en los tribunales de justicia. Por ejemplo, cuando los abogados
plantean preguntas complejas a los testigos para confundirlos o incluso
acusarlos. ¿Dónde ocultó Ud. las pruebas? Esta pregunta supone otra no
formulada: ¿Ocultó Ud. las pruebas? ¿Qué hizo con el dinero robado? Esta
pregunta supone esta otra no formulada: “¿Robó Ud. el dinero? Responder sí o no
sin más a la pregunta compleja, y no a cada pregunta por separado, equivale a
caer directamente en la trampa del interlocutor. Lo mismo ocurre en los
Parlamentos cuando se entrecruzan las preguntas entre el Gobierno y los
Parlamentarios, o de los Parlamentarios entre sí. El sofisma y la falacia de
las preguntas complejas es parte del arte oratorio parlamentario. Los más
diestros, además de responder con rapidez e ingeniosidad a los argumentos
sofísticos del adversario, saben dividir hábilmente las preguntas complejas
para responder a cada una de ellas por separado evitando el sí o no global.
Pero la trampa de estas preguntas se encuentra como el gusano en el interior de
la manzana en las preguntas que a veces son sometidas a votación general o
referéndum. ¿Está Ud. por el socialismo y el progreso?, sí o no. En realidad
son dos preguntas que requieren respuesta por separado para no caer en la
trampa. Asociar el progreso humano al socialismo es una simpleza demagójica
imperdonable ya que se puede estar a favor del progreso sin militar en el
socialismo. Y uno puede votar a favor del socialismo y ser un retrógrado
solemne en asuntos fundamentales de la vida. Cuando se propuso a votación el
primer proyecto de Constitución europea en el 2004 se hizo en clave de pregunta
completa sin tener en cuenta que uno podía estar de acuerdo con unos aspectos y
en total desacuerdo con otros fundamentales. Por ejemplo, el voto global
favorable equivalía a aceptar la fundamentación del texto en una concepción de
los derechos humanos realmente deprimente. Paradójicamente, ni los que votaron
a favor ni los que votaron en contra lo hicieron pensando en la parte
consagrada a los derechos humanos. Lo cual pone de manifiesto hasta qué punto
los motivos políticos suplantaron al uso de la razón de los votantes. Siempre
que se propone a votación una conclusión o propuesta en forma de pregunta
compleja, tal como queda descrita, hay una trampa o falacia política que es
preciso denunciar a tiempo antes de comprometer nuestro voto.
Todas estas falacias de atingencia o engaños solapados en la formulación de
argumentos, conclusiones o propuestas científicas, comerciales, políticas o religiosas
están denunciadas en el dicho popular: “Esto no viene a cuento”. La mayor parte
de la gente desconoce por completo la existencia de los estudios realizados
sobre estas formas de engaño, pero, por sentido común y experiencia de la vida,
la gente los “huele” y reacciona defensivamente con expresiones inequívocas
como: “No sabría decir por qué, pero esto no me convence”. “No lo veo claro”.
“Ya me lo pensaré”. “Fíate de nadie”. “Demasiado bello para ser verdadero”.
Como te descuides “te meten gato por liebre”. O simplemente, ¡Ojo!, que “estos
lo mismo planchan un huevo que fríen una corbata”. Se intuye que las razones
aducidas son falsas o “no vienen a cuento”. Pero hay también
otro tipo de falacias y engaños basados en la ambigüedad del lenguaje y falta
de claridad. En los razonamientos y discursos se utilizan palabras o frases
cuyos significados oscilan y cambian sutilmente en el curso del razonamiento
falseándolo. Recordemos algunos más llamativos.
-
El uso de términos equívocos
Ejemplo
clásico de razonamiento equívoco: “El fin de una cosa es su perfección. La
muerte es el fin de la vida. Luego la muerte es la perfección de la vida”. ¿Por
qué este razonamiento es falaz o engañoso? Porque se confunden dos sentidos diferentes
de la palabra fin. Me explico. Muchas de las palabras que usamos,
por no decir la mayoría, tienen más de un significado literal. Por ejemplo, la
palabra “vino” lo mismo puede significar el fruto de la uva que la acción de
llegada en el pasado. El término “pico” lo mismo podemos usarlo para designar
la herramienta que lleva ese nombre que la boca de un ave. Así pues, si, en
lugar de distinguir y precisar claramente el significado en que usamos las
palabras, las usamos mezclando sus diferentes significados, el equívoco y
desconcierto resulta inevitable. Por supuesto que ambos significados del
término fin son legítimos. Pero hay que utilizarlos sin confundirlos
como en el ejemplo anterior. Por supuesto que el objetivo de una cosa es su
perfección y que la muerte es el último acontecimiento de la vida. Pero la
conclusión de que la muerte es la perfección de la vida no se deduce de estas
premisas. Por lo tanto la conclusión del razonamiento es falsa.
Otro tipo de equívoco muy frecuente está relacionado con el uso de términos relativos
que tienen significados diferentes en contextos también diferentes. Así, por
ejemplo, cuando hablamos de un hombre alto y de un edificio alto
estamos hablando de la altura en dos contextos de realidad distintos. Un hombre
se dice alto por relación a otros hombres y un edificio es alto por relación a
otros edificios. Los argumentos en los que no se manejan correctamente los
términos relativos suelen resultar pueriles y ridículos si se los toma en
serio. Otra cosa es cuando se trata de construir razonamientos en clave
de humor y entretenimiento. Sería pueril y ridículo tomar en serio los
razonamientos de Jaimito en los que el juego con los términos equívocos es el
secreto de la hilaridad. En razonamientos a lo “Jaimito” cabría razonar así:
“Un elefante es un animal; por lo tanto, un elefante pequeño es un animal
pequeño”. El argumento es ridículo porque el término “pequeño” es relativo y un
elefante, por pequeño que sea, es grande por relación a otros animales.
Cuenta el humorista que fue un baturro a Sevilla a visitar a un amigo. Llegado
a casa el amigo le recibió con gran alegría e inmediatamente ordenó a la señora
del servicio: “Elenita, sirva Ud. al señor un “pocito” de chocolate”. El
baturro, al oir “un pocito de chocolate”, pensando que un pocito, por chico que
sea, siempre será grande, replicó sin vacilar: “Oiga, por favor, tal vez un
“pocito” sea demasiado. Yo con un cubo tengo bastante”. El uso del término
relativo “pocito” produjo el equívoco dando lugar a la conclusión en clave de
humor que pretendía ofrecernos el humorista. El uso de los equívocos es
indispensable para el género humorístico. Pero hay que saber cuando hablamos en
clave de humor o queremos realmente decir verdades en serio. Si decimos, por
ejemplo, que los sexos no son iguales y que, por tanto, los derechos no pueden
ser iguales, estamos confundiendo la igualdad biológica con la jurídica. En
realidad, del hecho de que biológicamente los sexos no sean iguales no puede
deducirse que ante la ley no lo sean. Otro razonamiento falso por el uso de
términos equívocos podía ser este: “Quien ocasiona una herida grave a otra
persona es un delincuente. Es así que los cirujanos del corazón ocasionan
heridas graves a sus pacientes. Luego los cirujanos de corazón deberían ir
todos a la cárcel por delincuentes”. A nadie con dos dedos de frente se le
oculta que en este razonamiento se confunde la acción de matar o hacer daño a
otro con la intervención quirúrgica realizada con el único y verdadero propósito
de lograr la curación de los enfermos y salvarles la vida. La misma falacia o
engaño tiene lugar cuando se confunde la responsabilidad jurídica, en la que se
presupone la inocencia del acusado hasta que se demuestre lo contrario en los
tribunales de justicia, con la responsabilidad política, que se basa
exclusivamente en la confianza de los ciudadanos expresada mediante los votos.
El perder la confianza de los votantes no significa necesariamente haber
incurrido en la delincuencia aunque no se excluya. Si ésta existe o se
sospecha, tendrá que ser demostrada.
Otras
veces la falacia o engaño de los argumentos estriba en el uso torpe y
descuidado de las palabras. Es lo que se denomina ambigüedad por anfibología.
Por ejemplo: “Pedro dijo a su hijo que tenía mal aspecto”. Esta afirmación es
ambigua o anfibológica porque no queda claro si el que tiene mal aspecto es el
padre o el hijo. Para aclararlo no queda otro remedio que tener en cuenta el
contexto. Pero a veces esta ambigüedad es deliberada. Tal ocurre habitualmente
en los titulares de la prensa. Hay periodistas que no reparan en caer en el
ridículo con tal de ofrecer un título sensacional y atractivo. Por ejemplo: “Un
granjero se saltó la tapa de los sesos con una pistola después de haberse
despedido afectuosamente de su familia”. O este otro: “Una prostituta acusó a
su cliente de violarla”. No, por favor. El despedirse uno afectuosamente de su
familia o el violar a una prostituta son expresiones que no se pueden utilizar
razonablemente sin matizar el uso polisémico de las mismas. Que un “cliente”
sea acusado de violar a una prostituta puede valer como chiste. Igualmente
habrá que saber distinguir entre la ternura o afecto de un matón y de una
persona normal. Es muy importante en la vida tener sentido del humor manejando
los diversos significados de las palabras, pero de tal forma que nuestros
interlocutores puedan saber en cada caso si estamos hablando en broma o en
serio.
- Uso
enfático de las palabras
Cuando hablamos es normal que recalquemos palabras y expresiones cambiando el
tono de voz, retardando la pronunciación o acompañando las palabras con gestos
corporales. Hay gente que habla siendo muy parca en gestos. Otras, en cambio,
dicen más con los gestos corporales que con las palabras. ¡Gesticulan mucho¡
Cuando escribimos, el énfasis solemos hacerlo mediante el subrayado, las letras
cursivas o el uso de mayúsculas o negrillas. El problema de fondo consiste en
que, al enfatizar una palabra o una frase, podemos cambiar el significado de
las mismas generando ambigüedad, falacias y engaños. Si yo digo, por ejemplo,
que “no debemos hablar mal de nuestros amigos”, cualquiera
entiende lo que quiero decir si lee la frase sin enfatizar ninguna de las
palabras. Pero si se hace la lectura poniendo el acento en las palabras
destacadas con negrillas, alguien podría sacar la conclusión de que somos
libres para hablar mal de cualquiera otra persona que no sea nuestro amigo. O
bien que no hemos de hacer mal a nuestros amigos pero sí, si llega el caso, a
los que no lo son. Lo cual es una barbaridad. El énfasis en la palabras y en
las frases cambia el significado de las mismas y en la medida en que esto
ocurre hay que tener mucho cuidado para no enfatizar indebidamente confundiendo
a nuestros interlocutores, que podrían deducir conclusiones falsas. El manejo
del énfasis en nuestros discursos orales o escritos es un arte que hay
que aprender para evitar las falacias y los engaños. El recurso excesivo al
énfasis puede resultar hasta molesto. En el mejor de los casos nos arriesgamos
a que nos tilden de exagerados, si no obsesivos e impositivos, en la
manifestación de nuestros puntos de vista. El recurso al énfasis sobra cuando
ofrecemos razones sólidas en apoyo de nuestras convicciones.
- Los reduccionismos simplistas
El reduccionismo científico equivale a simplificar los problemas,
descomponiéndolos en sus partes más simples mediante la eliminación de lo
accesorio, con el fin de entender más pronto y mejor la esencia de las cosas y
de los acontecimientos. Pero, hablando de falacias y sofismas, el reduccionismo
tiene un significado peyorativo equivalente a simplismo. Cuando decimos
que un argumento es simplista lo estamos tildando de ingenuo porque
tenemos la impresión de que, por el afán de convencernos de algo, se pone el
énfasis en algún aspecto muy concreto que no refleja realmente la esencia del
problema. Los historiadores marxistas, por ejemplo, tenían el gravísimo defecto
de explicar la historia de la humanidad desde el punto de vista exclusivamente
materialista, lo que les llevaba a falsear la historia silenciando
deliberadamente épocas históricas importantes, o reduciendo su importancia a
cero para poner en la picota la ideología marxista. Desde Heráclito hasta Hegel
construían un puente que les permitía simplificar la historia del pensamiento
olvidando o menospreciando de un golpe un montón de siglos para llegar antes al
marxismo como epicentro de la historia. Fue un reduccionismo realmente
falsificador de la verdad histórica y un insulto a la inteligencia.
La mejor respuesta a los diversos tipos de reduccionismo en clave simplista es
la realidad del pluralismo social y cultural existentes. Somos reduccionistas o
simplistas siempre que hacemos afirmaciones ingenuas o pueriles simplificando
excesivamente lo que es complejo para llevar a los demás a nuestro campo.
Decir, por ejemplo, que las dictaduras son la causa de todos los males sociales
y que la democracia es la única solución de todos ellos es un reduccionismo o
simpleza, que conduce indefectiblemente a la desilusión y el engaño. La
realidad es que, en todos los sectores de la vida, ni las cosas son tan
complicadas como les parecen a unos ni tan simples o sencillas como pueden
parecerles a otros. Hay gente que disfruta convirtiendo los problemas fáciles
en difíciles y los difíciles en imposibles de resolver. Son esas personas que
denominamos coloquialmente “complicadas”. Otras, por el contrario, tienen la
solución de todo en la punta de la lengua aplicando la regla del menor esfuerzo
y pasando por alto aspectos importantes del problema. Son esas otras que
confidencialmente tildamos de “simplistas”. Como Jaimito, siempre tienen una
respuesta simple y convincente para todo. En efecto, en la solución de los
problemas hay que aprender a reducir distancias para llegar lo antes posible a
la esencia de los mismos y de sus soluciones. Este es el reduccionismo
científico. Pero sin caer en el reduccionismo simplista ni la omisión insultante
de datos y hechos.
- Falacias
de falso dilema
Tienen lugar siempre que empleamos términos en disyuntiva que no
son ciertos, exhaustivos o excluyentes. Las disyuntivas incompletas incurren en
el error del olvido de otras alternativas. Dos ejemplos clásicos famosos de
dilema falso porque los términos del dilema no son exhaustivos. “El que se casa
lo hace con mujer guapa o fea. Si es guapa es causa de celos. Y si es fea causa
desagrado. Luego, para evitar estos inconvenientes, mejor es no casarse”. Es
obvio que son muchas las mujeres que caben entre estos dos extremos. Pero es
igualmente obvio que no son todas. Mujeres hay bellísimas que nada tienen que
ver con los celos, y feas que son la felicidad de quien se casa con ellas. La
enumeración, pues, resulta incompleta y ahí está la trampa. Otro ejemplo. Según
una leyenda, el obispo de Alejandría pidió permiso para utilizar los libros de
la célebre biblioteca, que habían sido incautados desde la invasión musulmana,
y el califa Omar respondió: “Si los libros están de acuerdo con la doctrina del
Corán, son inútiles. Y si tienen algo en contra, deben ser destruidos”. La
trampa de esta respuesta tan ingeniosa está en que se omite otra alternativa o
término medio entre los extremos del dilema. Los libros no decían lo mismo que
el Corán, pero tampoco hablaban en contra. Con lo cual el argumento dilemático
se convierte automáticamente en un dilema falso.
Otras veces ocurre que los términos del dilema no son incompatibles. Por
ejemplo. Un jefe de Gobierno empieza a tener dificultades para seguir
gobernando y pide el voto de confianza a los parlamentarios en estos términos:
“O el Parlamento ratifica su confianza en mi gestión para seguir progresando, o
presento la dimisión con todas las consecuencias negativas para la nación”.
Obviamente estamos ante un falso dilema ya que los términos del mismo no son
incompatibles. El Parlamento puede negarle su confianza para gobernar y seguir
progresando con otro jefe del Ejecutivo con resultados más positivos para la
nación. Por eso, en cualquier actividad social y en circunstancias normales,
cuando un jefe se considera indispensable y amenaza con dimitir, lo mejor que
puede hacerse es tomarle por la palabra y preparar su relevo. Los cementerios
están llenos de hombres y mujeres que se consideraron indispensables.
- Falacia
de la composición y división
La
primera consiste en atribuir a un conjunto cosas o propiedades que solamente
son ciertas en las partes. Como si dijéramos: “Todos los componentes son buenos
o malos, luego el conjunto ha de ser bueno o malo”. Todos los miembros de la
orquesta son excelentes, luego el concierto será excelente. La deducción es
completamente falaz y engañosa ya que el éxito del concierto depende de muchos
factores independientes de la profesionalidad de los músicos en particular. Lo
que se predica de las partes no siempre puede predicarse del todo. Una
antología de frases no hace un buen libro. El cloro y el sodio, componentes de
la sal, por separado son tóxicos. Y, sin embargo, la sal como tal es necesaria
para la vida. Otro ejemplo: “La Iglesia es la Iglesia de los pobres, luego la
Iglesia es o tiene que ser pobre”. Esta afirmación, tomada literalmente como
suena, es una falacia. Del hecho de que los miembros de la Iglesia por separado
y en igualdad de circunstancias deban ayudar preferentemente a las personas que
más lo necesitan no significa que la Iglesia como institución sea ni deba ser
pobre. Es una conclusión improcedente porque se aplica al todo lo que es
exclusivo de las partes y, además, porque es imposible ayudar a los pobres con
la pobreza. Nadie puede dar lo que no tiene. Pero puede darse también el caso
opuesto. A veces atribuimos a las partes propiedades que corresponden al todo.
Por ejemplo, no es correcto deducir que una mujer tiene unos ojos preciosos
porque como persona es un encanto. Ni del hecho de tener los ojos bellos se
puede deducir que es una mujer encantadora (falacia de composición), ni por el
hecho de ser una mujer adorable se puede deducir que sus ojos sean bellos.
Habrá que ver lo uno y lo otro por separado.
- La falacia del dominó o pendiente
resbaladiza
Consiste en dar por fundadas consecuencias que no son seguras o incluso
improbables. Ejemplo: “Hay que despenalizar las leyes represivas del aborto
porque, de lo contrario, las mujeres que deseen abortar se verán obligadas a
hacerlo en el extranjero, con lo cual nuestro país será tildado de
antiprogresista al tiempo que estaríamos propiciando los abortos ilegales y
clandestinos con todos los riesgos que ello representa para la salud de las
mujeres y su repercusión indirecta en la economía nacional”. En esta
argumentación nos encontramos ante una cadena de inferencias (A causa B, B
causa C, etc), que culminan en un final casi tenebroso. Primero se da por
supuesto lo que hay que probar, a saber, que la provocación legal del aborto es
una opción humana más aceptable que su represión legal. Y sobre esta base falsa
se establece después una concatenación causal sin más fundamento que el miedo
infundado, con el fin de conseguir la aprobación de la propuesta legal. En las
campañas electorales somos aleccionados generosamente por los líderes políticos
sobre las terroríficas consecuencias que se producirían si llegaran a gobernar
los contrarios. Este sofisma suele ir asociado a los argumentos “ad hominem” o
ataques personales. Al final de sus enfervorizados discursos y larga falacia de
la pendiente resbaladiza, terminan pidiendo el voto favorable de forma
anticipadamente victoriosa o patética, según los casos. Unas veces concluyen
afirmando que van a ganar las elecciones y otras advirtiendo de las terribles e
inexorables consecuencias que se seguirían si llegara al poder el adversario.
Para la fabricación de estas falacias los líderes políticos cuentan con la
profesionalidad de sus asesores de imagen y expertos en demagogia. Todos los
argumentos “tremendistas” conducen al engaño de la falacia de la pendiente
resbaladiza.
- La
falacia de “los balones fuera”
Consiste esencialmente en eludir el asunto ignorándolo. Ocurre cuando
alguien saca la discusión de su terreno o se empeña en probar lo que nadie
discute. Un caso pintoresco es el del estudiante que le toca por sorteo hablar
en el examen de la lección 5 y habla de la 2 que ha estudiado mejor. Yo,
personalmente, cuando algunas personas me interpelan con preguntas
impertinentes suelo recurrir al chiste oportuno para distraer su atención y
derivar hacia otra cuestión. Otras veces no nos interesa entrar en un debate
sobre la licitud de un determinado proyecto que está sobre la mesa. Para ello
desviamos la atención hacia la utilidad del mismo y que nadie discute. En un
Congreso de Bioética un equipo de expertos expuso con toda precisión y detalles
las técnicas de reproducción humana de laboratorio que ellos estaban
utilizando. Quedé impresionado de la habilidad dialéctica con la que “tiraban
balones fuera” obviando las preguntas comprometedoras que recibieron acerca de
la legitimidad ética de las diversas tecnologías que estaban aplicando. Hay
gente realmente habilísima en el arte de desviar las cuestiones hacia lo
inofensivo, o que no interesa, para soslayar el trato directo y responsable de
los problemas reales de la vida.
- La
ley del embudo o del caso especial
Esta
falacia consiste en rechazar la aplicación de una regla apelando a excepciones
infundadas. Es la popularmente denominada “ley del embudo” (para mí lo ancho y
para ti lo estrecho) para justificar excepciones o alegar privilegios
injustificados. La falacia o engaño consiste en reclamar una excepción no
justificada de la regla. Es un recurso muy frecuente entre los políticos. La
ley es la ley para todos con excepciones por todos reconocidas. Pero siempre
hay alguien que se considera excepcional para exigir más excepciones y privilegios.
Un caso escandaloso lo tenemos con los nacionalismos violentos, insaciables en
sus exigencias y reclamo de presuntos derechos históricos desprovistos de
fundamento racional. Terminada la Segunda Guerra Mundial había un pacto entre
las potencias vencedoras de favorecer la libertad de expresión pública siempre
y cuando no se hicieran críticas negativas relevantes contra la Unión
Soviética. Durante mucho tiempo la ONU y la CE vienen reconociendo a los árabes
el ejercicio de todas las libertades sin obligación de reciprocidad en sus
respectivos países. El asunto de la libertad religiosa y del trato a las
mujeres es realmente escandaloso. El reclamo de excepciones a la ley como
derecho al privilegio es una trampa basada en razones falsas o insuficientes.
- El sofisma patético
Me
refiero a todos los medios de persuasión mediante los cuales se pretende
sostener un punto de vista provocando y manipulando las emociones de las
personas. En lugar de convencer con razones se provocan los sentimientos con
argumentos emocionales. ¡Si tu padre levantara la cabeza! ¡Termino de salir de
la cárcel y mi madre está llorando! Un drogata pedía ayuda: “No hay alguien que
tenga corazón? “Lo siento, replicó uno, yo soy cardíaco”. Pero los timos de la
estampita y los alegatos sentimentales de los delincuentes no son especialmente
preocupantes. Con una vez que hayamos caído en la trampa aprendemos. Más
preocupantes son los patéticos discursos de los demagogos políticos durante las
campañas electorales. No es que sea malo apelar a los sentimientos. Pero cuando
esto se hace suplantando a las razones es malísimo. No es ilícito exhortar y
tratar de persuadir. En ocasiones es un deber. Lo inaceptable y falaz es
exhortar y persuadir para inducir a acciones o formas de conducta contrarias a
la razón. Los grandes tiranos fueron siempre maestros en el arte de persuadir
mediante el recurso al miedo, a la lealtad y a las pistas falsas. El sofisma
patético reviste un peligro particular cuando se disfraza de piedad humana o
religiosa. ¡Ay, si te viera tu madre! ¡No hagas eso que es pecado! Toda nuestra
vida está impregnada de patetismo y tremendismo con perjuicio del uso sereno de
la razón.
- La
falacia del silencio
Consiste en considerar que algo no es cierto porque no existen datos
suficientes para sostenerlo. Datos que podemos buscar y que los hemos buscado
sin éxito. Por ejemplo: “Si El Cojo X fuera terrorista figuraría en los
archivos de la policía. Es así que no figura en los archivos de la policía.
Luego, no es terrorista. La falacia o engaño de esta argumentación salta a la
vista. Es falso que un terrorista, por el mero hecho de serlo, se inscriba
automáticamente en el registro policial. Desgraciadamente hay muchos
terroristas sueltos. Unos que lo son pero todavía no han sido acusados, y otros
que lo son y han sido liberados de la prisión. Del mero desconocimiento de las
cosas o de las personas no podemos deducir que tales no existen. Hay un nivel
de la realidad que no depende para nada de nuestro conocimiento. Tal sería el
caso de la existencia de terroristas que todavía no han sido identificados. Es
más, no podrían ser identificados si previamente no existieran. Suele decirse
que “aquello de lo que no se habla es como si no existiera”. Es un engaño. La
mayor parte de la humanidad a lo largo de la historia se ha muerto de una
enfermedad por ellos y por sus médicos desconocida. Si uno tiene cáncer, el
cáncer es una realidad por más que lo desconozca o se haga a la idea de que no
lo tiene. La realidad no puede ser acallada con nuestro silencio cognitivo. Lo
contrario es un engaño. Es la falacia del silencio. ¿Ojos que no ven, corazón
que no siente? Mentira. Una cosa es que sea conveniente mirar para otra parte
para no ver cosas que no merecen ser vistas, y otra cosa muy distinta es creer
que porque las silenciemos no existen o dejan de existir.
- La falacia genética
Consiste en valorar las cosas en la actualidad teniendo sólo en cuenta el
origen o su desarrollo. ¿Cómo es posible que tal o cual médico goce de tanto
éxito con sus pacientes cuando le hemos conocido de estudiante con dificultades
para sacar adelante la carrera? ¿Qué importancia puede tener el pensamiento
filosófico de Francisco Suárez cuando sabemos que no superó satisfactoriamente
la prueba de inteligencia para ingresar en la Compañía de Jesús? ¿Qué valor
filosófico pueden tener los libros de Xavier Zuburi cuando ya el ginecólogo que
asistió a su madre durante el parto pronosticó que, si sobrevivía, el recién
nacido iba para tonto? O “de padres gatos, hijos michos”. Dos señoras que
esperaban a sus respectivos hijos a la puerta del colegio cambiaban impresiones
sobre el progreso de sus niños en los estudios. ¿Qué tal lleva su hijo los
estudios? A lo que la interpelada respondió: “mi hijo no es muy inteligente,
pero, como eso se hereda del padre “. Humor aparte, la realidad es esta: “Genio
y figura hasta la sepultura”. Lo cual quiere decir que lo normal es que cuando
algo o alguien tienen precedentes negativos, estos suelen consolidarse con el
tiempo. Hay insuficiencias genéticas, intelectuales, culturales y emocionales
que desgraciadamente nos acompañan hasta la sepultura. Pero es igualmente
cierto que el tiempo es una medicina estupenda que cura muchos males. Los niños
crecen y se hacen adultos, y con el esfuerzo y la experiencia pueden llegar a
superar a sus maestros. La vida nos curte a todos de tal manera que la
personalidad se va desarrollando y perfeccionando. Y si no surgen
circunstancias adversas importantes, una persona de origen pobre o débil puede
alcanzar con el tiempo cuotas de inteligencia y competencia impensables. Es
verdad que hay ricos que lo son porque han robado mucho. Pero los hay también
que siendo muy pobres han llegado a la riqueza a fuerza de honradez e
inteligencia. Es verdad que hay políticos que sin saber hacer la o con
un canuto alcanzan las cumbres del poder, y así nos va después. Es bien sabido
que el ascenso a los cargos políticos tiene lugar más por la confianza que por
la inteligencia. Pero es igualmente cierto que hay políticos que llegan al
poder desde la mediocridad y terminan haciéndolo mejor que otros que llegaron
desde la competencia. La falacia o engaño consiste en dudar en el presente de
la competencia de las personas teniendo sólo en consideración su origen y su
pasado. Hay personas que no evolucionan nunca enquistándose en su pasado pobre
o desventurado. Otras evolucionan a peor. Pero las hay que evolucionan
espectacularmente a mejor. Esta es la realidad de la vida que es falseada
cuando juzgamos de forma implacable en el presente a las personas teniendo sólo
en cuenta sus orígenes y errores del pasado olvidando la terapia del tiempo.
- La
falacia por el recurso a la ignorancia
Es el
argumento que se apoya en la incapacidad de responder a una demanda por parte
del interlocutor. Por ejemplo, cuando alguien es acusado falsamente ante los
tribunales de justicia de haber cometido un crimen y el abogado defensor es
incapaz de convencer al juez de que la acusación es falsa. A veces hay certeza
moral del crimen y legalmente no se puede demostrar. Otras veces no existe
crimen desde el punto de vista legal pero sí lo hay desde el punto de vista
moral. La sabiduría popular lo tiene claro: “El que hace la ley hace la
trampa”. Hay leyes que se crean en base a trucos lingüísticos y ambigüedades
para que todo sea posible, incluso el que el justo sea condenado y absuelto el
culpable. En los debates parlamentarios y en los medios de comunicación la
falacia o engaño por el recurso a la ignorancia es tan habitual que la gente lo
tiene asumido como cosa normal y legítima. Los espectadores esperan con
ansiedad la respuesta rápida a las acusaciones pero y la dificultad en ofrecer
una respuesta satisfactoria rápida y brillante es interpretada casi siempre
como falta de razón. Contra este engaño conviene recordar que la verdad de una
proposición o de un argumento no depende de la capacidad dialéctica del
interlocutor para responder sino de su conformidad con la realidad. No en vano
las verdades más importantes sobre la vida y los primeros principios del
conocimiento son indemostrables. Su verdad o conformidad con la realidad no
depende de nuestra capacidad perceptiva o demostrativa de los mismos. El no
poder o no saber responder con palabras apropiadas a un argumento falso no
convierte a éste en verdadero, lo blanco en negro o lo negro en blanco.
- La
falacia del montón
Es
famoso el ejemplo atribuido por Diógenes Laercio a Eubulides de Mileto. “Dos granos
de trigo son montón de trigo?: No. ¿Y añadiendo otro grano?: Tampoco. ¿Y
añadiendo otro?: Tampoco. Luego, mientras se añada uno a uno, nunca habrá
montón”. O bien: “Si a quien no es calvo se le arranca un pelo, no queda calvo;
si se le quita otro, tampoco; y así, pelo a pelo, nunca será calvo”. La falacia
o sofisma está en asumir que pequeñas diferencias en una serie continua de
sucesos son irrelevantes. O bien que posiciones extremas, conectadas por
pequeñas diferencias intermedias, son la misma cosa porque no podemos
establecer un límite objetivo para el cambio. La falacia o engaño consiste en
afirmar que no existen diferencias entre los extremos. O que, si existen,
cualquier límite que pretendamos establecer será arbitrario. Ahora bien,
por más que en ocasiones resulte difícil establecer esas diferencias o
establecer límites dentro de un proceso evolutivo, existen diferencias
relevantes y es posible establecer límites entre las diversas etapas de dicho
proceso. Sería ridículo decir que no hay viejos, ricos, pobres, vida, muerte,
adolescencia o juventud, etc. etc. porque no podamos establecer unos
límites matemáticos entre esos extremos. No siempre sabemos con exactitud en
qué punto o momento se producen las diferencias, dónde se encuentra el umbral
de la nueva cualidad, pero sí podemos apreciar que es una cualidad nueva y que
algo ha cambiado. Existen umbrales mínimos que permiten regular nuestras
conductas en base a esos cambios reales. ¿Dónde está el umbral de riqueza y de
la pobreza, de la persona madura y anciana, de la adolescencia y de la
juventud, de los tontos y los listos, de los buenos y los mejores, malos y
peores, entre la vida y la muerte? No siempre es fácil determinarlo con
exactitud. Pero sería cuando menos sospechoso no saber distinguir un grano de
trigo de un montón de trigo chico, mediano o grande. O a un calvo del que tiene
una gran melena, a un tonto de un inteligente, o a un vivo de un muerto.
Existen diferencias grandes y pequeñas entre los extremos así como momentos
iniciales y culminantes en cualquier proceso de continuidad. El no ver o negar
esta realidad conduce derechamente a la formulación de argumentos falaces y
pueriles.
- La
falacia del muñeco de paja
En la falacia del “muñeco de paja” o del espantapájaros se ataca la tesis o
propuesta del interlocutor deformándola previamente con el fin de debilitar su
posición y poder atacarla después con ventaja. Los políticos son maestros en el
arte de deformar los argumentos del adversario político y de la estrategia del
desgaste. “Su Gobierno envió tropas a Irak en misión de guerra. Mi Gobierno las
envía a Afganistán en misión de paz”. “Nosotros queremos construir un puente
hacia el futuro y Uds. hacia el pasado”. “Su partido no cree en la democracia
ni en el progreso”. Los principios en los que se inspira la acción política de
los contrincantes son desprestigiados para después poner fuera de juego
electoralmente a sus representantes. En los argumentos personales o “ad
hominem” se va directamente a por la cabeza del líder. En los argumentos del
“muñeco de paja”, en cambio, se atribuyen al adversario todas las sinrazones y
desastres que llevarían a la ruina al país deformando sus razonamientos
dándoles la vuelta en su contra. En el fondo se está criticando una realidad
compleja como si fuera simple, o manifiestamente falsa o inexistente.
El procedimiento suele ser mediante el recurso a la exageración para deformar
los argumentos contrarios. Por ejemplo, lo que uno afirma como probable o
verosímil, el adversario lo entiende como seguro o indudable. Otras veces se
recurre a las generalizaciones injustificadas. Donde se dice algunos se
traduce todos. Y donde se dice algunas veces se interpreta como
si se hubiera dicho siempre. Así de sencillo. Para arruinar la posición
del adversario político nada más eficaz que citar frases fuera de contexto,
descubrir intenciones ocultas donde no existen y exagerar las cosas relativas
al adversario de forma que no se parezcan en nada a la realidad. Ante maestros
en el arte del desprestigio moral del adversario político los electores tienen
pocas defensas y a los más sensatos y avisados sólo les queda como opción
ejercer el derecho al “pataleo” y a la expresión pública de su
indignación.
No se sigue
Hay veces que los razonamientos son tan tontos que no se sabe qué admirar más,
si la ingenuidad y falta de reflexión de quienes los formulan o la ingeniosidad
chistosa, si es que no queremos ponernos a llorar. El médico pide una
radiografía pulmonar a un paciente fumador y, a la vista de la misma, le
aconseja que deje de fumar urgentemente si no quiere dejar su domicilio para
ser instalado rápidamente en el cementerio. A lo que el paciente responde:
“Bueno, de algo hay que morir”. Obviamente esta conclusión no se deduce de las
premisas. Está claro que de algo tenemos que morir. Pero de ahí no se sigue que
tenga que ser en un plazo breve de tiempo por no dejar de fumar. En este caso,
como en infinidad de otros, el argumento sentimental, motivado por la dificultad
o imposibilidad de abandonar los malos hábitos adquiridos, suplanta al uso de
la razón convirtiéndose en una fuente inagotable de razonamientos absurdos y de
infelicidad. Es inútil y peligroso empeñarnos en dar coces contra el aguijón
buscando en la vida “los tres pies al gato”. Los gatos normales tienen cuatro
patas. Igualmente hemos de evitar deducir conclusiones de premisas en las que
no están incluidas. No busquemos agua en fuentes secas.
-
Petición de principio
Consiste
en argumentar suponiendo como verdadero aquello que se debe demostrar. Con lo
cual se expresa la idea de que la garantía de una demostración no puede
apoyarse en la conclusión. Las cosas no se prueban por sí mismas y por ello
necesitamos hacer razonamientos en los cuales lo que sirve de fundamento debe
ser más claro y conocido que lo que se quiere probar. La falacia o engaño surge
siempre que damos como cierto y seguro aquello mismo que justamente es preciso
demostrar. La policía comunista, por ejemplo, arrestaba a un ciudadano por un
“quítame de ahí esas pajas” y automáticamente era condenado como “enemigo del
pueblo”. Para los tribunales de justicia comunistas (por llamarlos de alguna
manera) ser arrestados por la policía y ser “enemigos del pueblo” era
prácticamente lo mismo expresado con palabras diferentes. Con lo cual nunca se
sabía si el acusado era o no un delincuente que debiera rendir cuentas ante la
justicia. Se daba por supuesto que por el hecho mismo de ser arrestado por la
policía era un malhechor y los jueces procedían en consecuencia mediante un
proceso en el cual lo único que hacían era exigir que el detenido confesara que
realmente era un malhechor.
Si decimos que el opio produce sueño porque es soporífico y que es soporífico
porque induce al sueño, estamos diciendo lo mismo con palabras distintas
quedándonos sin saber realmente por qué el opio es soporífero o induce al
sueño. Incurrimos, demás, en lo que se denomina “círculo vicioso”. En la
petición de principio se da por supuesto que el interlocutor aceptará como
evidente una proposición no demostrada. Esto ocurre con frecuencia en los
discursos religiosos y políticos. Por ejemplo, cuando un cristiano habla de la
divinidad de Cristo a un auditorio que ni siquiera cree en Dios. Los oyentes
quedarían estupefactos porque, para ellos, no tiene sentido hablar de la
divinidad de nadie sin saber antes si Dios existe. Otro ejemplo. Si un
científico dice: “Dios no existe, porque el universo no tiene causa”, el
razonamiento resulta falso ya que da por supuesto lo que hay que probar, a
saber, que el universo no ha sido causado. Igualmente, si un filósofo plantea
el problema de la existencia de Dios y concluye: “Dios existe, porque es un ser
perfecto en sí mismo”, incurre en la misma falacia o engaño ya que no tiene
sentido lógico afirmar algo de Dios sin saber antes si existe. Una vez más se
da por sabido con otras palabras aquello que hay que demostrar. La publicidad
comercial y la propaganda política son un campo minado de sofismas afines a la
petición de principio. Se nos venden como buenos productos propuestas o ideas
cuya calidad sólo conocemos demasiado tarde después de haberlos pagado o
votado.
-
La pista falsa
Consiste
en despistar o distraer la atención del oponente o del auditorio de forma que
éste centre su atención en algún asunto colateral y así hacer pasar
desapercibida la debilidad o falta de fundamento de la propia proposición. La
pista falsa no es lo mismo que “cambiar de tercio” pasando a discutir de otra
cosa. El público se daría pronto cuenta de la “huída” y no se produciría el
engaño. La pista falsa decimos que ha de ser colateral porque ha de estar de
alguna manera relacionada con el problema que está sobre la mesa. Durante un
debate televisivo, por ejemplo, yo tenía a mi lado a la pareja que recababa el
apoyo público para realizar una maniobra de biotecnología reproductiva a todas
luces inmoral. Yo expuse mis razones en contra pero eran sistemáticamente
ninguneadas tratando de distraerme con preguntas y comentarios afines a la
cuestión con el fin de que el público se olvidara de las verdaderas razones de
mi oposición. Obviamente, el objetivo de disimular la debilidad de nuestros
argumentos, distrayendo o despistando al interlocutor o a la audiencia, se
consigue con gran eficacia por la vía sentimental. El público no suele
implicarse en las verdaderas razones de los debates, pero pone toda la carne en
el asador cuando se toca el palillo de sus sentimientos y emociones. Si, por
ejemplo, de lo que se trata es de producir, natural o artificialmente, un
embrión humano para usarlo con fines “terapéuticos”, los promotores de estas
prácticas lograrán más fácilmente su objetivo despistando a sus opositores con
incisos sentimentales que aduciendo razones realmente válidas. De esta forma
los tramposos simulan estar al lado de lo grande y bueno y los incautos son
tildados de insensibles al dolor ajeno. ¿Es que a Ud. no le importa el progreso
científico o la salud de los demás? Ante estos ataques al sentimiento no es de
extrañar que hasta el amor propio y las lágrimas terminen suplantando a las
razones. Con lo cual el engaño resulta aún más humillante.
- Confusión de los deseos vehementes con la realidad
Tiene
dos modalidades interesantes. La primera consiste en el engaño al que suele
conducir el considerar sólo y exclusivamente las posibilidades favorables de
una alternativa despreciando otras posibles. La falacia se produce al pensar
que, por el mero hecho de que las cosas pueden salir bien, saldrán bien con
toda seguridad. Es la falacia del cuento de La lechera. Construimos argumentos
basados en una serie de relaciones causa-efecto para concluir en un final
feliz. Pero mientras vamos absortos en nuestra ensoñación tropezamos, caemos y
se quiebra el cántaro desparramándose la leche por el suelo. Y así, todo
nuestro gozo en un pozo. En las campañas políticas tienen lugar casi siempre
los dos extremos de la misma falacia. El primero equivale al sofisma de la
corriente resbaladiza. Ya desde el primer momento del discurso se enfatizan
tanto las presuntas consecuencias catastrofistas, que inevitablemente se
seguirán de votar al opositor, que sería una temeridad imperdonable votar a su
favor. El segundo extremo consiste en mostrar un resultado final altamente
positivo pero incierto. De lo que se trata ahora es de ofrecer un panorama
atractivo que distraiga de la falta de razones realmente objetivas y poderosas
para reclamar el voto favorable. Pero esto mismo puede hacerse en clave de pendiente
resbaladiza o del cuento de La lechera. A un candidato político, por
ejemplo, se le puede promocionar enumerando las presuntas consecuencias
negativas que se seguirían para la ciudad o el Estado de no ser elegido. O bien
ensalzando las maravillas que con toda seguridad se producirán en beneficio de
todos en caso de serle otorgado el voto de confianza para gobernar. En esto los
asesores de imagen y directores de las campañas tienen la última palabra sobre
qué alternativa puede resultar más eficaz en cada caso. El sofisma o engaño
está en dar por seguro sólo lo bueno que deseamos o lo malo que no queremos. Lo
que ocurre es que en la vida real las cosas funcionan de otra forma menos
simplista. La mera posibilidad de que una cosa salga bien no excluye la
posibilidad de que salga mal, y viceversa. Igualmente, el mero hecho de desear
algo intensamente no significa que lo deseado sea una realidad. Cuando
confundimos nuestros deseos con la realidad deseada es porque o no usamos bien
la razón, o la tenemos peligrosamente perturbada.
De lo dicho a lo largo de este capítulo se deduce hasta qué punto los sofismas
o falacias son razonamientos tramposos que es preciso detectar y evitar. Nos
siguen por todas partes como los “virus” en los quirófanos. Hay que conocerlos
y aprender a inmunizarnos contra ellos. Unas veces basta un poco de sentido
común y de observación para descubrir y dar muerte al “bicho”. Pero otras veces
es muy difícil y requiere mucho adiestramiento ya que hay argumentos falsos muy
brillantes que pueden deslumbrarnos. De ahí la conveniencia de conocerlos bien
y aprender a manejar el lenguaje. En este sentido resulta de todo punto
indispensable el conocimiento y manejo de los géneros literarios utilizados en
los diversos campos de las ciencias del arte, de la cultura en general y del
lenguaje coloquial ordinario.
7. El metalenguaje
Los sofismas son como zarzas en el camino que nos acompañan a todas partes con
el peligro de llegar a nuestro destino, si no malheridos, ciertamente cosidos
de rasguños y desfigurados. En este contexto me parece muy oportuno dedicar
unas palabras al metalenguaje para aprender a manejar el lenguaje
de forma que sirva para mejorar nuestras relaciones coloquiales. Se trata de un
lenguaje que codifica las ideas de forma distinta que el lenguaje natural y
científico. De hecho, es un lenguaje escondido o latente en el lenguaje
natural. Un ejemplo de la vida real. El viajero llega con su coche a una
gasolinera. El funcionario, que se encuentra leyendo tranquilamente el
periódico, le vio llegar pero siguió su lectura exasperando al viajero, que
viajaba con prisa. Cuando el empleado terminó de leer la prensa dobló el
periódico y le preguntó: ¿Qué desea, señor? Y el viajero, malhumorado, le contestó
irónicamente: ¡gasolina! En realidad, el verdadero significado de la pregunta
del empleado de la gasolinera es un reproche que hace a su cliente por haber
llegado en el momento justo en que le obligaba a interrumpir su lectura de la
prensa. El metalenguaje está relacionado con los sofismas y el uso de segundas
intenciones tanto en el lenguaje coloquial como de la publicidad. Tomemos como
ejemplo algunos de los reclamos de venta de pisos, formulados por Allan
Paese/Garner.
“Comprar ya. Ocasión única” = Tenemos problemas para vender. “Interesante”=
Feo. “Espacio bien aprovechado”= Muy pequeño. “Estilo rural”= Frío y
desangelado. “Con muchas posibilidades de desarrollo”= Zona subdesarrollada.
“Bien situado”= Ubicación en un lugar cualquiera. “En zona buena y tranquila”=
Lejos de comercios y escuelas. “Fachada soleada”= Orientada hacia
poniente. “Transporte a la puerta”= Parada de autobuses a dos metros de
la entrada. “Muchos rasgos originales”= Servicios higiénicos en el corral. “Ideal
para hacer reformas con mucha imaginación”= Puesta al día costosísima.
Es obvio que si alguien desea comprar un piso y no traduce correctamente el
significado de estos anuncios o de otros similares, lo más probable es que
termine desilusionado con la sensación de haber sido engañado. Cuando se dice:
“Esto hay que leerlo entre líneas” estamos reconociendo que no sólo hay que
tener en cuenta lo que dice materialmente un texto sino también, y a veces
sobre todo, lo que el autor del mismo ha querido sugerirnos. Lo mismo ocurre en
la conversación oral. ¡Cuántas veces formulamos y recibimos preguntas de
sondeo! En las consultas profesionales, en las que está en juego la intimidad
de las personas, con frecuencia el éxito de nuestra respuesta está en “adivinar”
lo que realmente quieren decir nuestros clientes mediante gestos y preguntas de
sondeo. El error está servido cuando respondemos al significado literal de las
preguntas y no a lo que realmente nos están preguntando.
¿Por qué el metalenguaje hablado y cómo aprender a manejarlo con éxito? Muchas
veces la mala convivencia de las personas y la falta de amigos tienen su origen
a un defecto de comunicación verbal por no saber manejar el metalenguaje.
Tomemos como punto de partida de este discurso el diálogo entre dos
desconocidos. Lo normal es comenzar con un aséptico “¿cómo está Ud”?, que
suscita automáticamente un “bien ¿y Ud.?”. O simplemente: “Encantado de
conocerle”. Estas y otras expresiones análogas forman parte de un ritual de
cortesía que ponemos automáticamente en marcha. Al final del encuentro podemos
concluir con un “encantado de haberle conocido”, que lo mismo puede ser una
confesión sincera que el deseo elegante de perderlo de vista. El metalenguaje lo
utilizamos constantemente sin darnos cuenta y juega un papel decisivo en el
éxito o fracaso de nuestras relaciones personales y sociales. De ahí la
conveniencia de aprender a detectarlo y descodificarlo con acierto para evitar
malos entendidos, discusiones violentas, rechazos y sufrimiento moral. Veamos
algunos ejemplos prácticos que corroboran esta afirmación.
- Las preguntas irritantes
Hay personas cuya conversación resulta cuando menos desagradable por el uso
constante de palabras y expresiones insidiosas. Por ejemplo, “como Ud. sabe
mejor que yo”; “Ud. que es una persona inteligente”; “Cómo diría yo, una
especie de… bueno, Ud. me comprende”. ¿“Sabe Ud.”? Para pedir algo dan vueltas
y rodeos hasta que nos obligan a gritar: “Por favor, aclárese de una vez y
dígame qué ha ocurrido o qué quiere de mí”. A veces se trata de personas
buenísimas pero insoportables. Otras veces son personas manifiestamente
insidiosas y ladinas. Lo peor es cuando, tanto unas como otras, toman la
ofensiva de la conversación haciéndonos una cascada de preguntas impertinentes
de carácter personal. Por ejemplo: “De dónde vienes y a dónde vas”. Si les informamos
de que un amigo común se encuentra gravemente enfermo de cáncer, se apresurarán
a preguntar “dónde tiene el cáncer”. Si decimos que hemos estado recientemente
de viaje en el extranjero nos preguntarán si conocemos tal o cual país o
cuántos idiomas hablamos. Y no digamos que estamos jubilados porque la pregunta
inevitable la tienen en la punta de la lengua: ¿“Y qué haces ahora”?
Estas y tantas otras preguntas parecidas, que se usan en la vida diaria
de forma rutinaria, tienen una respuesta común “ad hominem” tan sencilla y
fácil de formular como esta: ¡“Y a ti o a Ud. qué le importa”!. ¡Métase en sus
asuntos! Son preguntas irritantes debidas, en el mejor de los casos, a la
ingenuidad, la incultura y siempre a la falta de reflexión. Pero muchas veces
son preguntas deliberadamente insidiosas y emocionalmente desestabilizadoras.
Este tipo de preguntas es muy corriente en lo debates políticos y en las
entrevistas periodísticas sensacionalistas. No favorecen la buena convivencia
ni el progreso en la verdad. De ahí la conveniencia de poner la razón por
delante para no caer en la trampa de las insidias o de las impertinencias. Las
insidias encuentran el terreno abonado en las frases y expresiones adulatorias.
La adulación es un tipo de metalenguaje muy peligroso.
- Palabras
con carga emocional
Toda
palabra pronunciada tiene alguna carga emocional. Nadie, por ejemplo, dice
padre, madre, hijo, calma o tranquilidad sin poner en juego alguna dosis de
emoción de buena o mala calidad. Pero cuando, hablando del metalenguaje, nos
referimos a la carga emocional de las palabras nos estamos refiriendo a la
intensidad afectiva que ponemos en unas por relación a otras. Por ejemplo, el
término mujer sin más es un sonido desprovisto en sí mismo de emoción.
Esa palabra suelta lo mismo la puede articular un loro que reproducir una cinta
grabada sin carga emocional ninguna. Pero si un caballero se presenta en
sociedad y dice: “esta es mi mujer o mi esposa”, es obvio que se ha producido
una carga emocional. No es lo mismo decir “el jefe” que “mi jefe”. El jefe
puede significar un cualquiera ante el cual no manifestamos ni simpatía ni
antipatía. Cuando termina su mandato se elije a otro y asunto terminado. Pero
“mi jefe” lleva carga emocional explícita, favorable o desfavorable. No sería
insólito oír decir algo como esto: “Mi Jefe, que es una gran persona, o un
impresentable…” En cualquier caso se destaca la carga de emotividad inherente.
No es lo mismo decir “mi país pasa por un mal momento” que “mi patria está en
grave peligro”. En el primer caso no hay una implicación afectiva propiamente
dicha. En el fondo lo que se quiere decir es que, si el País va mal, no es por
culpa nuestra sino de los gobernantes. En el segundo caso se deja entrever que
tenemos el deber de implicarnos poniendo todo lo que esté de nuestra parte para
obviar el peligro. La patria es el lugar concreto donde hemos nacido y se ha
fraguado lo mejor de nuestra personalidad. De ahí la relación afectiva hacia
ese lugar geográfico y nuestro interés por que las cosas funcionen bien. Y si
un trabajador abandona una empresa para cambiarse a otra es obvio que esa
decisión no tiene la misma carga emotiva que si abandona a su esposa y sus
hijos para irse con otra mujer.
- El
énfasis de las palabras
Las
frases cambian de sentido según que se enfatice una palabra u otra. Por
ejemplo: “Yo tengo que aceptar este puesto de trabajo que se me
ofrece”. Traducción: Es necesario que yo antes que nadie otro lo acepte“. Es
necesario que yo acepte este puesto de trabajo”. Traducción: No me
queda otra alternativa. “Es necesario que yo acepte este puesto
de trabajo”. Traducción: Debo aceptarlo sin hacer críticas ni rechazarlo. “Es
necesario que yo acepte este puesto de trabajo”. Traducción: Este
puesto de trabajo y no otro. “Es necesario que yo acepte este puesto de
trabajo”. Traducción: No me gusta. Lo desprecio. Un ejemplo clásico de
metalenguaje por acentuación es el siguiente. ¿Cuántos animales de cada
especie introdujo Moisés en el Arca? Lo más probable es que mucha
gente, después de breve reflexión, responda que dos, cuando la respuesta
correcta es: ninguno. El acento ha producido un despiste importante olvidando
que hay una falsedad. En efecto, el protagonista del relato bíblico en cuestión
no es Moisés sino Noé. El acento en una determinada palabra o expresión puede
llevarnos a una respuesta falsa. Esta técnica falaz del énfasis o acento de
palabras o expresiones se utiliza habitualmente en las entrevistas
periodísticas cuando el entrevistador trata de llevar el agua a su molino y
formula las preguntas al entrevistado forzándole a contestar en un sentido u
otro. Los sofismas son expresiones del metalenguaje que se pueden manejar
insidiosamente o sin malicia manipulando a nuestros interlocutores. Hay
personas que, en su afán de ser corteses y respetuosas, hacen preguntas o
formulan proposiciones que en el fondo son formas inconscientes de
manipulación.
- Uso
de clichés o expresiones manidas
Son palabras o expresiones prefabricadas que se utilizan por falta de
imaginación, pereza mental o mala costumbre. Unas veces sirven para justificar
afirmaciones irrelevantes o carentes de interés. Expresiones como: “si no
recuerdo mal”; “antes de que se me olvide”; “a propósito de lo que acabas de
decir”; “bueno, en cierto modo…”; “hasta cierto punto, claro está”; “siempre
mejorando lo presente”; “no será para tanto”; “nosotros los de a pié”; “hay un
vacío legal de poder” son una forma manifiesta de restar interés por lo que
dicen los demás. Se comprende que las personas de baja cultura o “cursis” se
vean obligadas al uso de frases de repertorio.
Pero hay otras que tienen la mala costumbre de ningunear lo que dicen los demás
interrumpiendo constantemente su discurso con observaciones críticas, preguntas
impertinentes o inesperadas. O dando consejos que nadie les ha pedido como si
estuvieran obligados a ello. Los periodistas suelen ser maestros en el uso de
frases hechas y tópicos comunes como los militares y eclesiásticos en el acoso
al interlocutor con aclaraciones críticas y consejos moralizantes inoportunos.
Pero no siempre el uso de estas expresiones tienen como objeto restar
importancia a lo que dicen los demás. A veces esas meta-expresiones son
utilizadas para destacar la importancia de lo que con ellas se quiere decir.
Verdaderamente, dice el padre al hijo, has obtenido unas calificaciones óptimas
y tendremos que celebrarlo. Pero, ya que hablabas ayer de vacaciones, conviene
que sepas que este año no iremos a la playa. Obviamente, “ya que hablabas de
vacaciones” en este caso no es para restar importancia al tema sino todo lo
contrario. La conversación con personas que hablan un lenguaje de repertorio
suele resultar pobre y hasta desagradable. Para que una conversación o
intercambio de comunicación con otras personas resulte amena e interesante hay
que tener imaginación para evitar los tópicos comunes hablando con personalidad
propia y no desestimar sistemáticamente lo que dicen los demás, aunque ello no
sea de nuestro interés o agrado. Es mejor hablar claro y con respeto a las
personas que jugar al gato y el ratón a ver si adivinamos lo que nos estamos
diciendo. No es un arte fácil pero vale la pena aprender a manejarlo.
- Las
metapalabras
No son frases o expresiones sino palabras sueltas con las que se trata de velar
la verdad o de inducirnos a error. Por ejemplo, cuando alguien comienza su
discurso con palabras como estas: “Sinceramente”, “por mi honor”, es obvio que
durante el discurso va a ser menos sincero y honesto de lo que promete. La
audiencia lo “huele” sin devanarse demasiado los sesos. Y no olvidemos a los
que tratan de reforzar sus puntos de vista mediante el recurso al juramento.
“Te lo juro por mi madre”, o “te doy mi palabra de honor”. Quienes así se
expresan nos inducen a pensar con fundamento que mienten. Otras veces el orador
empieza su discurso prometiendo que será “breve”. Lo más frecuente es que,
salvo honrosas excepciones, el discurso será largo y aburrido. En ocasiones las
metapalabras son un arma eficaz para forzar a nuestro interlocutor a que esté
de acuerdo con nosotros haciendo suyos nuestros puntos de vista. “Los políticos
son todos unos mentirosos, ¿no es así?”. Hay personas que sistemáticamente
tienen la costumbre de terminar su discurso interpelando al interlocutor con
expresiones como estas: ¿“Verdad que sí?”; “supongo que estará Ud. de acuerdo
conmigo”; “¿ha visto Ud. tal cosa u oído lo que ha dicho fulano o menganita?
Pues ¡ya me dirá usted”! Son formas de forzar al interlocutor a pronunciarse a
favor de un determinado punto de vista con un simple sí o no.
Nos encontramos ante el sofisma de la falsa disyuntiva.
Estamos en el despacho y entra un agente comercial. Buenos días, ¿es Ud. el
prof. Koch? Sí, en qué puedo ayudarle. ¿Puedo robarle sólo dos
minutos de su tiempo? El prof. Koch se percata de que el visitante es un agente
de negocios que se dispone a sacar de la cartera un fardo de información
comercial sobre un determinado producto. Al cabo de un cuarto de hora el prof.
Koch se disculpa diciendo que los alumnos le están esperando en el aula. Sólo
dos minutos, tal como se ponían las cosas, podían haberse convertido en una
hora si el prof. Koch no corta por lo sano. El adverbio solamente puede
utilizarse con otros significados meta-lingüísticos. Por ejemplo, para atenuar
la potencial culpabilidad de la que uno puede ser acusado ante los tribunales.
El acusado es inculpado por el fiscal de robar en una granja. A lo que el
acusado responde: “solamente he robado una gallina en caso de extrema
necesidad”. Robar en una granja puede significar haber cometido muchos y graves
crímenes mientras que robar solamente una gallina por extrema necesidad
cambia por completo el estado de la cuestión. Otras veces el solamente
encubre un engaño u otra significación. En tiempo de las rebajas
comerciales podemos encontrar u oír anuncios como este: “Sólo por 29,99
euros”. Es una forma de sugerir a los clientes que el producto es muy barato
para que nos decidamos a comprarlo. Sería largo el análisis de las
metapalabras de un idioma.
-
Expresiones manipuladoras y egolátricas
El metalenguaje manipulador consiste en llevar
al interlocutor a nuestro terreno para allí imponerle nuestros propios puntos
de vista. He tratado este tema ampliamente en diversas ocasiones y las
consideraciones siguientes sirven de complemento a lo dicho más arriba sobre la
manipulación en los medios de comunicación social como impedimento para el
correcto uso de la razón. Expresiones como “no cree Ud”; “no le parece que”;
“acaso no es verdad que” son formas de forzar al interlocutor a dar una
respuesta afirmativa incondicional. Y más aún cuando se toca la vena
sentimental o sentimientos de piedad. Los protagonistas de campañas
públicas a favor de los pobres y necesitados de todo tipo corren siempre el
riesgo de utilizar argumentos manipulatorios para persuadir a la gente a que
sea generosa. Esto ocurre cuando los líderes de las campañas se embarcan en sus
discursos en la vía sentimental en lugar de razonar con argumentos
objetivamente fiables sus peticiones de ayuda. De ahí que puedan darse timos y
engaños escandalosos. Lo mismo que en el “timo de la estampita”, el engaño en
las campañas públicas de beneficencia radica en la manipulación de los
sentimientos de las personas con frases emotivas e imágenes
sensacionalistas y hasta falsas. Sin llegar a estos extremos, hay expresiones
manipuladoras que se aceptan normalmente en la conversación ordinaria. Por
ejemplo. “Como Ud, sabe mejor que yo”; “sin ningún lugar a duda”; “Ud.
que es una persona inteligente”, y tantas otras, con frecuencia no son más que
formas de manipular al interlocutor forzándole a aceptar puntos de vista con
los que en el fondo no se está de acuerdo. Siempre que tratamos de convencer a
otros de algo por la fuerza de la persuasión y de los sentimientos, y no de
forma libre y respetuosa mediante razones objetivas y desinteresadas, estamos
incurriendo en alguna forma de manipulación metalingüística. El metalenguaje se
presta, además, a las mil maravillas para la diseminación de rumores y noticias
falsas.
Hay también expresiones metalingüísticas egolátricas. “Según mi humilde
parecer”. “Un servidor piensa que”. Esta forma de expresarse en público puede obedecer
a una formación religiosa apocada y timorata poco o nada recomendable. En
efecto, hay personas que se expresan de esta forma obedeciendo a consignas
pedagógicas piadosas inofensivas. Pero no siempre es así. Bajo la capa de
humildad se oculta con frecuencia un culto al yo y una autosuficiencia
detestable. Se cumple aquello de “dime de qué presumes y te diré de qué
careces”. Detrás de las apariencias externas de falsa humildad y de los
amaneramientos sociales se ocultan muchas veces el orgullo y la autosuficiencia
más repelentes. Cuando a un potentado económico, por ejemplo, se le pide ayuda
para resolver un problema puntual de miseria humana y responde: “He hecho ya
todo lo que estaba de mi parte para resolver este problema”, a lo mejor es
verdad. Pero cabe también que todo lo que hizo se redujera a dar una orden a
otra persona para que resolviera el problema mientras él hacía un viaje de
placer. En tal caso el significado metalingüístico de su respuesta podía ser
este: soy rico, los pobres dependen de mí y mis subordinados cumplen
órdenes por la cuenta que les tiene.
- Metalenguaje popular
Me refiero a las frases de ritual más frecuentes en los actos de sociedad como
pueden ser, bodas, funerales, conferencias etc. “No me he pasado hablando,
verdad? El significado real podía ser este: sé que he hablado demasiado, pero
Ud. diga que no, que he estado a la altura de las circunstancias. O esta otra:
¿“He dicho algo inconveniente o que debiera haber callado?”. El que hace esta pregunta
está convencido de que ha dicho algo que no debía pero pide al interlocutor una
respuesta negativa. Hay personas que en los pésames por los difuntos
prometen la luna a los familiares en caso de que tuvieran necesidad de ella.
Sería una ingenuidad tomar esas promesas en serio. Expresiones como “era muy
joven todavía”, en realidad es una forma de confesar que nos sentimos aludidos.
La muerte de este “joven” de setenta años representa un aviso para los
que ya han cumplido los sesenta y nueve. En la tienda el dueño me hablaba de su
próxima jubilación como de algo absolutamente indeseable con frases y gestos
muy explícitos. Al final entendí que me estaba hablando del miedo que tenía a
morirse pensando en su hermano que había fallecido poco después de la
jubilación. Cuando hablamos de “los mayores” o de “la tercera edad”, en
realidad estamos burlando la realidad de nuestra propia vejez. “Ud. es mayor,
no viejo”. Cuando un interlocutor nos habla así es porque no quiere reconocer
su propia edad ya alejada de la juventud. Al final de las conferencias es
frecuente oír comentarios de este jaez sobre el conferenciante: “Se ve que está
bien informado”; “Tiene mucha facilidad de palabra”; “es una persona muy
dinámica”; “tiene mucha capacidad de síntesis”; “Estuvo interesante”; “se ve
que es una persona dialogante”. Y, como estas, otras muchas expresiones cuyo
significado real es que el conferenciante no ha dicho nada realmente
importante, o que ha perdido su tiempo hablando a un público que no ha
entendido el contenido de la conferencia. Es lo mismo que cuando nos dicen:
“Ud. ya sabe que mi casa es suya y que está siempre invitado a comer”. Es una
forma de decirnos que, sin previa invitación, nuestra visita será siempre
inoportuna y molesta.
- Metalenguaje político y de los negocios
La política es siempre un campo abonado para el metalenguaje. El uso del
metalenguaje en política consiste en construir un muro impenetrable de palabras
difíciles de entender causando la impresión de que el político es una persona
hábil e inteligente. Las entrevistas mediáticas a los políticos son un
laboratorio impresionante de metalenguaje. En los regímenes autoritarios y
dictatoriales los políticos suelen responder a las preguntas de los
informadores con desprecio total hacia los profesionales de la información, sin
excluir las amenazas implícitas cuando les hacen preguntas comprometedoras. En
los regímenes democráticos, en cambio, lo más frecuente en el lenguaje político
consiste en echar hábilmente balones fuera y mentir por las estrellas, si ello
fuere menester. Hasta el extremo de que a veces se tiene la impresión de que, a
fuerza de mentir, terminan creyéndose ellos mismos sus propias mentiras. El
humorista se pregunta: ¿“Qué diferencia hay entre un diplomático y un
político”?. Respuesta: “El diplomático dice lo que no piensa y el político no
piensa lo que dice”. En efecto, los discursos y escritos políticos son como
campos minados de sofismas y trucos metalingüísticos y hay que leerlos entre
líneas para que no exploten en nuestras manos.
Lo mismo cabe decir tratándose de negocios. A nivel personal los líderes
comerciales suelen incurrir en autosuficiencia y egolatría. Cuando hablan los
ricos la razón calla. “Los negocios son los negocios” significa que en nombre
de la rentabilidad económica los agentes de la productividad pueden permitirse
el lujo de hacer y pensar lo que quieran. Las personas y los capitales son o no
son productivos. El que produce y paga, manda. Los demás son considerados como seres
inútiles, parásitos o indeseables. Cuenta el humorista que un investigador
famoso, pero que era tartamudo, comenzó su conferencia ante el gran público con
estas palabras: “Señoras y señores. No tengan Uds. en cuenta lo que quiero
decir sino lo que digo, porque mese empalabran los trabucos”. Con
el metalenguaje ocurre lo contrario. Hay que poner más atención a lo que nos
quieren decir los que lo usan que a lo que dicen. Nuestros interlocutores en
este caso no son tartamudos sino gente que articula muy bien sus insidias y
engaños sofísticos. Para que esto quede más claro vale la pena terminar este
asunto del metalenguaje con unos ejemplos más tomados de la vida ordinaria.
Pregunta: ¿Qué opina Ud. de las últimas elecciones? Metarespuestas: “Hemos
obtenido mejor resultado que en las elecciones precedentes”; “Hemos conseguido
un avance notable con el voto femenino”; “Hemos actuado con mayor corrección
democrática que ninguno otro partido”. “Haremos una oposición constructiva”.
Traducción: Hemos perdido las elecciones Pregunta: “Qué te parece mi
nuevo apartamento? Metarespuestas: “Se nota que está habitado”; “Te sientes
como en casa”; “¡Qué colores más interesantes!”; “Me encanta porque no soporto
el orden exagerado”; “Te vienen ganas de descalzarte, ponerte cómodo y
descansar”. Traducción: Es un cochitril, una pocilga. Pregunta: “Como
Presidente del Gobierno de la Nación, qué medidas va Ud. a tomar respecto a los
problemas que le han sido presentados? Metarespuesta: “He seguido con mucho
interés las sugerencias que me han presentado Uds. y las he anotado
minuciosamente”; “En la primera ocasión que se presente presentaré todos estos
problemas al Consejo de Ministros”; “Le aseguro que, a partir de este momento,
estos problemas tendrán prioridad”. “Me ocuparé de ellos lo más pronto
posible”. Traducción: No voy a tomar ninguna medida. Pregunta: ¿“Qué
impresión te causó el novio de mi hija”: Metarespuestas: “Sinceramente bien”;
“Parece trabajador”; “Parece un hombre bien intencionado”; “Va vestido a la
última moda”; “Es la primera vez que le veo y no tengo nada en contra de él”;
“Dicen que vuelve locas a las mujeres”. Traducción: Es un impresentable.
Pregunta: ¿“Le molesta a Ud. que fume”?.Traducción: Ya sé que le molesta,
pero me da igual. Me apetece y voy a fumarme un cigarrillo. Metaproposición:
“Sinceramente la encuentro a usted más delgada que la última vez que nos
vimos”. Traducción: Está Ud. muy gruesa. Metaproposición: “La
conferencia se desarrolló con normalidad, se trataron asuntos interesantes y terminó
con un diálogo franco”. Traducción: Fue una pérdida de tiempo. No te
perdiste nada con tu ausencia.
Pero no sólo hay metarespuestas a preguntas normales. También hay
metarespuestas a metaproposiciones. Por ejemplo: Metaproposiciones: “Siento que
tal vez he dicho algo inoportuno. No sabía que el Sr. Ramírez es vecino de Ud”.
Metarespuestas: “Todo está en regla. No hablemos más de este asunto”. “No tenía
Ud. por qué saberlo”. “No se sienta Ud. mal por esta causa”. “Estoy seguro de
que el Sr. Ramírez no se ha dado cuenta”. Traducción: Es Ud. un imprudente
sin tacto ni modales adecuados. Metaproposición: “En nombre de los
Sindicatos dispensen las molestias que pueda causar nuestra huelga”. “Tráfico
cortado por obras. Perdonen las molestias”. Traducción: Nos da igual que la
huelga cause molestias al público si nosotros conseguimos nuestros objetivos.
Es igual que haya o no problemas de tráfico. Lo importante es que nuestros
proyectos urbanísticos estén acabados para las próximas elecciones.
Metaproposición: “Un día tiene que venir Ud. a cenar en mi casa”. Traducción: Venga
a mi casa sólo y cuando sea invitado. No venga a mi casa sin previa invitación.
Metaproposición: “Iremos a cenar en un restaurante japonés. Espero que le
guste la comida japonesa”. Traducción: Le será servido un menú japonés
indiferentemente de que le guste o no. Metaproposición: “Por favor, no se
preocupe por mi”. Traducción: No se moleste, estoy acostumbrado a que me
traten como a un “Don nadie”. Metaproposición: “Todos estamos implicados en
este asunto”. Traducción: Si fracasamos repartiremos las responsabilidades.
Pero si triunfamos, el mérito y los honores serán míos. Metapregunta:
¿“Tuviste muchos problemas para aparcar el coche?”.Traducción: “¿Por qué llegas
tan tarde a casa? Metaproposición: “La calidad de los servicios de este
hotel son tan buenos como hace quice años”. Traducción: La calidad de
los servicios de este hotel no ha mejorado nada durante los últimos quince
años.
8. Géneros literarios y falsificación de la realidad
Terminamos de hablar de los sofismas y del metalenguaje para tomar conciencia
de las trampas y engaños en que podemos caer cuando hablamos con o/a los demás.
Son trucos que impiden entendernos correctamente mediante el lenguaje hablado.
Ahora vamos a recordar brevemente los géneros literarios escritos. Me refiero a
las múltiples formas de escribir en las que está en juego nuestro compromiso
con la realidad y la verdad sobre lo que escribimos. No es lo mismo, por
ejemplo, describir una rosa con lenguaje poético en un soneto que mediante el
lenguaje científico de laboratorio. El género literario es una forma de
escribir con características propias, que el escritor utiliza con alguna
intención personal o por alguna causa concreta. El autor del libro bíblico
conocido como El Apocalipsis, por ejemplo, tuvo sus buenas razones para
escribirlo en clave apocalíptica forzado por la falta de libertad de expresión
y el estado de represión política de los destinatarios del libro cuando éste
fue escrito. Los géneros literarios han sido estudiados exhaustivamente por los
literatos así como por los expertos en estudios bíblicos y los resultados de
esos estudios están al alcance de cualquiera que tenga un mínimo interés por conocerlos.
Para nuestro propósito baste recordar algunos datos informativos para fijar la
atención en su necesidad sin olvidar el riesgo de falsear la realidad cuando no
se los utiliza con maestría.
Por lo general, los expertos de la retórica clásica clasificaban los géneros
literarios (no científicos o históricos) atendiendo a su contenido, en tres
grupos importantes, a saber: lírico, épico y dramático. El primero, para
expresar sentimientos y pensamientos con predominio de la subjetividad del
escritor. Su forma literaria específica de expresión es el verso y la prosa
poética. El segundo relata sucesos reales o imaginarios que le han ocurrido al
poeta o a otra persona. El relato épico pretende ser objetivo por más que su
forma de expresión fuera siempre el verso. El género dramático es el tipo de
género que se usa en el teatro. Por medio del dialogo entre los actores el
autor plantea conflictos diversos. Puede estar escrito en verso o en prosa pero
su finalidad específica es la representación ante el público. Los expertos
presentan análisis minuciosos de estos géneros literarios acompañados de
infinidad de subgéneros pero sin perder de vista las notas esenciales a todos
ellos y que termino de recordar.
La Biblia es un referente antológico de géneros literarios que muchas
veces resultan desconcertantes. En lugar de ayudar a entender lo que se nos
quiere decir con ellos se tiene la impresión de que nos lo quieren ocultar. La
lectura del Apocalipsis, por ejemplo, puede pasar por momentos de
absoluta decepción. Hay momentos en los que un no experto pudiera estar tentado
a pensar que no se trata de un libro serio sino de una falta de respeto al
lector que busca verdad y claridad. Sin embargo, tras el estudio en profundidad
del libro, no es difícil percatarnos de que esa forma de escribir fue una
opción realista y sabia por parte del autor del libro para hacer llegar con
garantías su mensaje a los destinatarios. Pero para llegar a esta conclusión
hay que emplearse a fondo con la cabeza dejando a un lado el impacto de las
primeras impresiones nacidas de la emotividad. Lo dicho de los géneros
literarios bíblicos es válido, salvadas las diferencias, para cualquier otro
género literario extra-bíblico.
Actualmente resulta difícil hablar de géneros literarios en el contexto de la
mentalidad modernista y posmoderna, debido a que no existen características
formales reconocidas como en el pasado para determinar qué obras pertenecen a
un determinado género. La novela, por ejemplo, admite muchos discursos en su
concepto sin que se exija unidad o coherencia en la acción de acuerdo con los
cánones clásicos. El concepto de novela, piensan algunos, es muy amplio y
ambiguo, por lo que no existe un elemento formal común que permita decir esto es
novela y lo otro no. No obstante, veremos que también esta convicción es más un
sofisma que una realidad.
Por lo que se refiere al género narrativo cabe hablar de una narrativa de la
modernidad y otra de la posmodernidad. La primera tiene
muchos tonos y significados. Como dicen los expertos, es polifónica y multisemántica.
Y, sobre todo, rompe con el tratamiento cronológico de hechos concatenados.
Además, tiene una estructura fragmentaria ya que cada frase o cada fragmento
puede ser autónomo. En las narraciones puede o no haber momentos culminantes en
absoluto. Es una narrativa anárquica con relación a la narrativa clásica
reglamentada. La narrativa posmoderna juega
con técnicas narrativas diversas y es intertextual en el sentido de que una
sola narración abarca varios discursos. Por otra parte es fluctuante ya que
varía entre la parodia, el juego de espejos y lo canónico o normativo.
Antes se seguir adelante me parece interesante recordar lo siguiente. La
novela, cuyo reconocimiento epistemológico y social es impresionante, no gozó
de estatuto propio como tal género hasta mediados del siglo XX. Más exactamente
hasta después 1934 cuando M. Mijailovish diferenció la novela de la prosa
novelesca y de la poesía lírica. Hasta entonces los críticos consideraron que
la novela carecía del estilo poético y por ello se le había negado cualquier
significación artística para sólo tratarla como un documento. Actualmente
nadie pone en cuestión que el género novela constituye un arte. Pero, sobre todo,
a nadie se le oculta el poder de fascinación que ejercen las novelas y la
repercusión que ello tiene en la economía de mercado. Basta entrar en cualquier
librería importante para darnos cuenta del volumen de producción novelesca
existente. Sobre todo cuando las novelas son convertidas en imágenes visuales a
través del cine y la televisión. El éxito de las telenovelas es una
prueba evidente del grado de fascinación que ejerce este género literario en
las masas con los riesgos que esto lleva consigo para el uso de la razón. Está
en juego el falseamiento de la realidad y la correcta percepción racional de la
misma. Pero vayamos por partes porque el asunto es grave.
9. Necesidad de las
imágenes y conflicto con la realidad
La
naturaleza humana está configurada de tal forma que las imágenes son
imprescindibles para conocer la realidad y comunicarla a nuestros semejantes.
Necesitamos elaborar imágenes para conocer la realidad, para formar nuestros
juicios de valor y para transmitir nuestros pensamientos, sentimientos y
deseos a los demás. Siempre que nos referimos a símbolos, signos, semejanzas,
analogías, simulacros, arte, fotografía, conceptos, ideas, opiniones, pareceres,
lenguaje y comunicación humana, estamos elaborando o tratando de comunicar
algún tipo de imagen. Dada nuestra condición humana, el acceso cognoscitivo a
la realidad y el ejercicio de la comunicación interpersonal y social resultan
prácticamente imposibles sin la mediación de algún tipo de imagen.
El conflicto realidad-ficción en el plano objetivo, y verdad-engaño en el
cognoscitivo, resulta inevitable ya que está en juego nuestra actitud frente al
principio de realidad, lo que lleva consigo un problema fundamental que
podíamos formular así: ¿Hasta qué punto es razonable y lícito embarcarnos en el
mundo de las imágenes alejándonos de la realidad? Por su propia naturaleza, las
imágenes son representación figurativa y no reproducción o espejo objetivo de
la realidad. Insisto, necesitamos de ellas para expresarnos como del aire para
respirar. Pero al mismo tiempo nos alejan de la realidad. Toda imagen es una
representación figurada pero no la realidad. Una fotografía, por ejemplo, es
una representación figurada pero no la realidad objetiva de la persona o cosa
fotografiada.
El mundo de las imágenes es un lenguaje con muchas ventajas sobre el lenguaje
oral, pero sólo a condición de que su elaboración en el ámbito de la
imaginación, de la fantasía y de los sentimientos pase rigurosamente por el
filtro de la razón. Para cruzar el Atlántico lo mejor es lanzamos al espacio
en una magnífica aeronave. Pero sería una temeridad pretender permanecer
en el aire desconectados de los controladores aéreos, que se encuentran en
tierra, o pretender fugamos alegremente de la tierra para vivir en otro
planeta por nuestra propia cuenta y riesgo en las actuales circunstancias.
¿Hasta dónde es razonable desconectar la imaginación, la fantasía y los
sentimientos de los rigurosos controles terrenos de la razón, para lanzamos a
un mundo de vivencias exclusivamente imaginarias, fantásticas y emocionales?
¿Acaso la historia personal de muchos artistas y profesionales fanáticos de la
imagen no es suficientemente elocuente? Todas las locuras humanas están
relacionadas con el abuso de la razón o la falta del uso adecuado de la misma.
10. Novela pura, novela histórica e historia novelada
Si preguntamos a un niño de tres años qué es un cuento lo más
probable es que no sepa responder. Pero si le contamos uno interesante, casi
con toda seguridad nos va a pedir que le contemos otro. Sabe perfectamente lo
que es un cuento, aunque no sepa definirlo, y lo distingue al instante de
cualquiera otro relato. Pues bien, una novela es cualquier narración en prosa
más extensa que un cuento, con una trama más o menos complicada en la que
intervienen personajes y ambientes bien definidos con lo que se crea un mundo
autónomo e imaginario. El término novela procede del italiano novella,
y éste del latín nova, que significa literalmente noticia. Una novela,
pues, es algo novedoso susceptible de ser noticia. Los expertos dicen que el
término novella en italiano comenzó a utilizarse después para nombrar
los relatos de ficción con una extensión entre el cuento y el romance.
Se han estudiado hasta la hartura todas las características de la novela como
género literario, pero a nosotros sólo interesa destacar lo que es esencial y
común a cualquier tipo de novela, desde las antiguas novelas de caballería,
descalificadas por Cervantes en El Quijote, hasta la moderna novela
policíaca o de ciencia ficción, pasando por la novela “progre”, posmoderna y
violenta.
La razón de hablar aquí con preferencia de la novela es porque se trata de un
género literario en auge, el cual se presta más que otros para introducirnos en
el mundo de la imaginación y de la fantasía alejándonos del principio de
realidad. La novela es un género literario maravilloso pero sólo útil y
aconsejable para la vida si se lo maneja con maestría. La razón en que apoyo
esta afirmación es obvia. La novela pura, o pura novela, si es que ésta es
posible, se realiza en el terreno de la pura ficción. Es fruto de la fantasía
sin fundamento sólido en la realidad extra-imaginaria. Otras veces la novela
pretende ser histórica. En cuyo caso el novelista trata de explicar o criticar
hechos reales que han acontecido en una trama novelesca. Y está la historia
novelada en la que el escritor quiere contarnos la historia de forma imaginaria
lo que le obliga a falsear la realidad de la misma. Para destacar la
importancia de la novela como género literario y la necesidad de estar
vigilantes para no engañarnos alejándonos peligrosamente de la realidad en aras
de la imaginación y la fantasía, me parece útil recordar algunos títulos de
obras maestras en su género. Unas breves reflexiones sobre su naturaleza,
intencionalidad y contenido objetivo pueden ser suficientes para darnos
cuenta de la necesidad de no claudicar del uso de la razón ante el
imperio de la imaginación y del mundo ficción.
1)
Realismo apocalíptico
Hablando de
los géneros literarios es obligado tener en cuenta el género apocalíptico.
Aparentemente, resulta difícil imaginar un libro más alejado de la realidad y
comprometido con la imaginación y la fantasía que El Apocalipsis. Su
lectura puede resultar a muchos desesperante. Parece como si el autor tuviera
particular interés en oscurecer lo que es claro y ennegrecer lo que es oscuro
con tal de que el lector no entienda en absoluto lo que está leyendo. Es como
si estuviéramos leyendo un sueño absurdo que produce pesadillas. Es un escrito
tachonado de símbolos que ni los expertos han logrado todavía descifrar
satisfactoriamente. Por supuesto que los estudiosos del lenguaje han encontrado
siempre en este libro una mina de sugerencias y trucos literarios. A pesar de
todo, y esto es lo importante, este libro, contra todas las apariencias, es un
libro realista que no se pierde en la imaginación. Esta afirmación puede
resultar chocante pero no así si se tienen en cuenta las reflexiones que
hacemos a continuación.
A nadie se le oculta que la novela, la poesía y el teatro (incluso la música)
han sido con frecuencia una trinchera ideal para burlar abiertamente la falta
de libertad de expresión pública. Todos los movimientos revolucionarios,
indeseables unos y ejemplares otros, contaron con poetas y artistas que
mediante el recurso a las imágenes literarias fueron socavando las resistencias
de muchos tiranos. Pues bien, para descifrar el objetivo realista del autor del
libro bíblico del Apocalipsis, basta tener en cuenta el contexto
políticamente represivo en que se encontraban sus destinatarios así como la
urdimbre de su mensaje por relación al Antiguo Testamento. Los expertos no han
llegado a desvelar todo el entramado histórico-literario del texto en cuestión
pero sí disponemos de datos suficientes para sostener la tesis de su realismo.
Históricamente se sabe que el Apocalipsis fue escrito cuando las
persecuciones romanas contra los cristianos se hicieron más cruentas, sobre
todo en tiempos de Domiciano. Este, como algunos otros emperadores, exigió que
sus estatuas fueran adoradas en todo el territorio imperial., cosa que los
cristianos se negaron a hacer por motivos religiosos. Los Césares se
autoproclamaban ‘Señor de Señores’, además de ‘hijos de Dios’, títulos que los
cristianos reservaban exclusivamente para Jesucristo. Pues bien, el Apocalipsis
fue escrito en ese contexto histórico por lo que abundan en él referencias
múltiples a estas persecuciones y a los consejos que el autor daba a sus
lectores cristianos para que se mantuvieran firmes en la fe y soportaran las
calamidades de la persecución poniendo la esperanza final de la nueva
Jerusalén.
La clave histórica para descubrir el contenido realista del libro del Apocalipsis,
según Prévost; podía ser esta: Persecución de los cristianos bajo el emperador
Nerón, destrucción del templo de Jerusalén por los romanos y expulsión de los
judíos del territorio de Palestina ((70-73). A partir del año 73 se
incrementaron los conflictos entre judíos y cristianos y hacia el año 90 fue
escrito el Apocalipsis siendo Domiciano emperador de Roma. Domiciano
impuso por la fuerza a los cristianos el culto al emperador, los cuales, como
no podía ser de otra manera, se negaron a ello provocando así el
recrudecimiento de las medidas imperiales contra ellos.
Con estos datos ya tenemos una de las claves para descifrar el carácter
realista del texto en cuestión. El género literario apocalíptico de este libro
no se justifica por el deseo de escapar de la realidad hacia el terreno
incontrolado de la imaginación sino todo lo contrario. La represión política y
falta de libertad de expresión obligó al autor a expresarse así convencido de
que sus destinatarios sabrían aplicar las imágenes correctamente a la vida
real. No se trata, pues, de un libro fantasioso y fuera de la realidad
sino de un libro realista en el que el autor elige el género literario que le
permite comunicar unas creencias y convicciones a sus destinatarios sometidos a
persecución y desposeídos del derecho a la libertad de expresión. Por otra
parte, los expertos han logrado ya descifrar el significado real de algunas de
las imágenes utilizadas, con lo cual se confirma el realismo del género
apocalíptico utilizado por el autor del Apocalipsis. Babilonia, por
ejemplo, significa Roma con todo su poder político. La primera fiera es el
imperio romano y la segunda, el culto al emperador. El caballo blanco significa
al Cristo verdadero que murió por nosotros en la Cruz y con el que
pretenden identificarse los falsos predicadores confundiendo y engañando a la
gente. El caballo rojo, que aparece matando hombres y llevándose la paz de la
tierra, simboliza la guerra. El caballo negro simboliza la hambruna. El pálido,
la peste y así sucesivamente.
Los analistas del lenguaje utilizado en la redacción del Apocalipsis
encuentran muchas dificultades para hallar la clave simbólica de cada imagen
pero todos están de acuerdo en el realismo de su mensaje. Después de un corto
período de expansión, siempre difícil pero estimulante, los cristianos entraron
en conflicto directo con Roma. El año 64 Nerón desencadenó la primera
persecución contra ellos en la que fueron asesinados los dos líderes más
importantes, Pedro y Pablo. Domiciano (81-96) fue un verdadero tirano con la
pretensión de hacerse tratar como dios hasta reclamar culto público. Muchos de
los cristianos que se rebelaron contra tanta estupidez fueron dados en
pasto a las fieras. En tal situación interviene el autor del Apocalipsis
para denunciar la represión tiránica y levantar el ánimo de los cristianos.
Pero la falta de libertad de expresión le obligó a lanzar su mensaje de
esperanza haciendo uso, como ya se había hecho en circunstancias análogas en el
Antiguo Testamento, del lenguaje y estilo apocalíptico. Un lenguaje para
nosotros desconcertante pero que en aquel momento histórico a nadie le pillaba
de sorpresa por ser un lenguaje conocido. La realidad era que los cristianos
estaban políticamente condenados a desaparecer frente a lo cual había que
buscar la manera de hablar de Cristo y de su Iglesia burlando el status
de represión decretado contra ella. Y esa fórmula práctica se encontró en el
lenguaje apocalíptico. He hecho estas consideraciones para reivindicar el
realismo del Apocalipsis a pesar de que su estilo pudiera dar a entender
que se trata de una huida de la realidad. Lo cual no significa que me agrade
este género literario. En efecto, no seré yo quien lo utilice, a menos que me
vea en la desgracia de tener que hablar bajo el yugo de la tiranía o de la
falta de libertad para usar la razón.
2) Realismo quijotesco
D. Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) escribió una de las
novelas más bellas de la historia universal: Don Quijote de la Mancha.
Como novela cabe pensar que se trata de un libro ficción y lo es. Pero me llamó
siempre la atención el realismo de su mensaje central. La primera lectura de
esta obra magistral suele causar en los lectores poco avisados la sensación de
que que se trata de un libro ingenioso para divertimiento y recreación de la
imaginación. Tanto Sancho como D. Quijote hacen reir con sus extravagancias y
donaires. La segunda lectura suscita la reflexión y durante la tercera el
lector descubre la seriedad y realismo del autor. D. Quijote se arruina
económicamente y pierde la cabeza comprando y leyendo novelas de caballería. La
razón de la sin razón, es decir, la imaginación, se convierte en el motor de su
vida tratando de reproducir fielmente las escenas más irracionales y
descabelladas descritas en aquellos libros salidos de la “loca de la casa” que
es la imaginación activada sin el debido control de la razón. La vida de D.
Quijote y de Sancho Panza es presentada con humor y dramatismo. Pero hay un
momento de la trama en el que el lector ya no sabe si Sancho, símbolo de la
realidad, ha perdido el norte y se ha marchado psicológicamente por los cerros
de Úbeda de la imaginación alocada de D. Quijote. Más aún, cuando D. Quijote
vuelve a la cordura y al mundo de lo real, se tiene la impresión de que los de
su entorno quedan sorprendidos después de haberse acostumbrado a sus locuras y
sinrazones. Y es que también a ser locos nos acostumbramos y la cordura termina
resultando sospechosa.
Cuenta el fabulista que, como consecuencia de un naufragio, unos tripulantes
hicieron tierra en una isla donde todos sus habitantes eran jorobados. Al
percatarse los nativos de la isla de que los náufragos no eran chepudos, se
mofaron de ellos como si fueran seres anormales. La locura también es
contagiosa y corremos el riesgo de que, a fuerza de vivir con locos y dar
rienda suelta a nuestra imaginación, la locura termine pareciéndonos lo normal
y el uso de la razón y la cordura algo extraño y divertido e incluso motivo de
marginación social. En este sentido llama la atención hasta qué extremo el
autor de esta gran novela no pierde en ningún momento de su relato el sentido
de la realidad. Cuando una persona o un proyecto cualquiera nos parecen
exagerados o demasiado fantasiosos, los calificamos de “quijotescos”, es decir,
irreales. Sin embargo, El Quijote es una novela maestra de realismo
vital. Sólo es cuestión de saber descifrarlo. D. Miguel de Cervantes no se hizo
ilusiones. La lectura indiscriminada de novelas caballerescas puede poner en
peligro el uso de la razón sacándonos del mundo de la realidad para sumergirnos
en el mundo de la imaginación y de la fantasía. Por otra parte, sabemos por
experiencia que la pérdida del uso de la razón es la enfermedad más
temible, entre otras cosas, porque tiene difícil si no imposible curación
satisfactoria.
D. Quijote, por el contrario, es presentado en la novela como un caso ejemplar
y consolador. Pierde la razón hasta extremos altamente preocupantes, pero, al
final la recupera reintegrándose al mundo de la realidad. Miguel de Cervantes
ofrece aquí una lección magistral de realismo y optimismo. Ante todo, “no
perder nunca los estribos”, “la cabeza”, que es lo mismo que decir “no
perder el uso de la razón” consumiendo ansiosamente paja literaria acarreada en
los campos de la imaginación y de la fantasía. Pero mientras hay vida hay
esperanza. El optimismo cervantismo es tal que, aún en los casos más extremos,
como el de D. Quijote, nos invita a pensar que nunca es tarde para
recuperar la cordura y volver al redil de la realidad y uso de la razón. Cabe
preguntarnos si D. Miguel sería hoy día tan optimista como en su tiempo, cuando
los libros extravagantes de caballería se llaman televisión, cine o Internet.
3) Realismo camiliano
El
siglo XX pasó a la historia como el siglo de las dos guerras mundiales más
horribles de todos los tiempos y, al mismo tiempo, de los avances científicos
más prometedores. Las dos guerras fueron el resultado del uso más perverso de
la razón que pudiera imaginarse encarnado en las ideologías nazi y marxista.
Entre ambos extremos hubo y sigue habiendo uso perverso de la razón en los
fundamentalismos religiosos y el nuevo capitalismo democrático. Pero no es mi
propósito demostrar la objetividad y alcance de estas afirmaciones sino situar
en el tiempo un género de novela crítica que, lejos de llevarnos fuera de la
realidad, describe con humor, respeto y gusto estético una situación grotesca
creada en Italia y otros países al final de la segunda guerra mundial. La
desgracia consistió en que la derrota militar del nazismo se llevó a cabo con
la colaboración de los regímenes comunistas, que también habían sido amenazados
por los nazis. Los comunistas aprovecharon esta circunstancia de covencedores
para imponer a lo bestia su propia tiranía en los países en los que conservaron
la hegemonía y, en la medida de lo posible, también donde ellos no gobernaban.
Así las cosas, uno de los países donde los covencedores comunistas estuvieron a
punto de hacerse totalmente con el poder tuvo lugar en Italia.
En ese contexto surgieron situaciones muy peculiares, sobre todo en localidades
pequeñas, donde todo el mundo se conocía, relacionadas con la convivencia
ciudadana entre personas que habían combatido en bandos opuestos, y que ahora
estaban condenadas a convivir como buenos ciudadanos en tiempo de paz. El periodista
y novelista Giovanni Guareschi (1908-1968) aprovechó esta circunstancia para
escribir los relatos de su famoso D. Camilo, una novela crítica,
divertida, imaginativa y magistral por su manera de usar la imaginación sin
perder el sentido de la realidad. Los dos personajes centrales, Pepone, el
alcalde comunista, y D. Camilo, el cura párroco del pueblo, son presentados
cómo los personajes centrales. Peppone representa toda la irracionalidad y
brutalidad del comunismo y sus detestables proyectos. D. Camilo es presentado
como el cura castizo, voluntarioso e insensato, pero de buen fondo. En
realidad, lo mismo Pepone que D. Camilo son presentados como hombres de buenas
intenciones. De ahí, que, después, y a pesar de sus brutales discusiones y
peleas, ese fondo bueno aparece siempre. Lo único que les falataba a los dos
era el uso de la razón. D. Camilo y Pepone discuten, se insultan y hasta
se dan de puñetazos. Hacían cualquier cosa menos razonar. En la mayoría de los
casos conflictivos presentados en estos relatos novelescos ninguno de los dos
tiene razón. El único que razona es Guareschi, que expresa sus propios puntos
de vista mediante la voz del Cristo del Altar Mayor.
D. Camilo es una novela deliciosa en la que la imaginación vuela como un
lindo pajarillo de un árbol a otro sin perder de vista la tierra que pisa y la
realidad de las personas con las que trata. Es una obra maestra del humorismo y
de la sátira más acertada de la absurda y ridícula confrontación entre
marxistas y cristianos al término de la segunda guerra mundial. En la novela
hay mucha imaginación y humor. Pero el autor ha introducido deliberadamente la
voz de la razón en las intervenciones de Cristo, que son de hecho, las razones
críticas de Guareschi frente a las sinrazones y brutalidades de Pepone y D.
Camilo y sus secuaces. Nos encontramos ante un caso de novela crítica de
una situación histórica en la que se describe una realidad de forma novelada
bajo el control de la razón. De ahí que su lectura pueda resultar amena y al
mismo tiempo útil.
4) Realismo orweliano
En la línea
de la novela crítica de D. Camilo me parece interesante recordar La
rebelión en la granja” de George Orwell. (1903-1950). Pensada en 1937, fue
terminada en 1943 y en 1944 fue rechazada por cuatro editores. ¿Por qué?
Recordemos primero el entramado de la pequeña novela y después comprenderemos
mejor el por qué de ese rechazo. Los animales de la granja del Sr. Jones,
después de oír el discurso nocturno subversivo de un venerable cerdo, se
sublevaron contra sus dueños humanos y los expulsaron de la granja. Al
principio de la nueva situación todo parecía “coser y cantar” a las órdenes de
dos cerdos excepcionales (Snowball y Napoleón), los cuales, a su vez, no
estaban nunca de acuerdo en nada de lo que se hacía y se discutía. Si el uno
decía blanco el otro decía negro. Si Snowball creía que había que sembrar
cebada, Napoleón opinaba que había que sembrar nabos. Y así en todo. La
rivalidad entre estos dos líderes cerdos terminó con la satanización del uno
por el otro el cual se hizo con el poder y no dudó en degollar a los animales
de la granja que osaron presentar la más mínima oposición a sus órdenes. A
causa de estas rivalidades internas y de los contactos inevitables con sus
enemigos los hombres, la revolución de los animales de la granja fracasó.
Algunos se aliaron con los amos de las granjas humanas vecinas y así quedó
traicionada la identidad de la “granja animal” y su ideal de derrocamiento de
sus enemigos los hombres. La razón por
la que se impuso la censura contra esta obra, según el testimonio de un alto
funcionario del Ministerio de información británico, fue la siguiente. “Ahora
me doy cuenta de cuán peligroso puede ser publicarlo en estos momentos porque,
si la fábula estuviera dedicada a todos los dictadores y a todas las dictaduras
en general, su publicación no estaría mal vista. Pero la trama sigue tan
fielmente el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dictadores que
sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen
dictatorial. Y otra cosa. Sería menos ofensiva si la casta dominante que
aparece en la fábula no fuera la de los cerdos. Creo que la elección de estos
animales puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco
susceptibles, como es el caso de los rusos”.
Así de claro. Al terminar la segunda guerra mundial incluso en Gran Bretaña se
impuso la censura contra cualquier opinión que pudiera disgustar a los comunistas,
y Orwell se refugió en la fábula para escribir una crítica pura y dura contra
el comunismo estalinista vigente en la antigua Unión Soviética. ¿Novela? Sí.
Pero para describir en clave de fábula la terrible realidad histórica que fue
el régimen comunista a las órdenes de un tirano como Estalin. Por extensión, la
novela es aplicable a todos los sistemas políticos despóticos e irracionales
contemporáneos. Cualquiera que haya conocido de cerca la realidad de la antigua
Unión Soviética y de sus satélites identificará fácilmente en esta novela a sus
líderes más importantes y formas irracionales de gobernar encarnados en los
cerdos, perros y demás animales de la granja. Igualmente se describen las
famosas “purgas” estalinistas y las corrupciones vergonzantes del sistema. Nos
encontramos ante una novela por la forma de hablar y el uso de las imágenes
literarias. Pero, de hecho, describe una realidad histórica que no podía ser
denunciada de otra forma sin incurrir en sanciones severas. De ahí su
realismo travestido de imaginación.
5) Falsificación novelada de la historia
Con el paso del tiempo estas novelas realistas corren el riesgo
de no ser comprendidas por los lectores que no conocieron aquellas situaciones
descritas en el pasado, con lo cual pierden su interés como relatos realistas.
Últimamente se han puesto de moda otros géneros literarios en los que se trata
de contar la historia falseándola deliberadamente mediante el recurso a la
novela. Un caso digno de mención, por la repercusión mundial que ha tenido, es
la obra de Dan Brown “El Código da Vinci”. Tan pronto tuve la obra en
mis manos me sorprendieron inmediatamente varias cosas. Primera, la falta de
índice. Segunda, la aparición de signos masónicos y apelación a presuntos
secretos y documentos ocultos sólo conocidos por el autor de la novela. La
falta de índice de materias en un libro, aunque se trate de una novela, puede
interpretarse como falta de ideas claras por parte del autor. Pero también como
una falta de respeto hacia los lectores. Por otra parte, la aparición de signos
masónicos y la explotación del “secretismo” es una invitación a la sospecha más
que a la confianza. Una reacción inmediata comprensible podría ser la de no
perder tiempo ni dinero con la adquisición y lectura de la obra. El autor de la
novela asegura que la teoría y las afirmaciones formales que aparecen en su
libro están basadas en estudios históricos competentes. Con lo cual quiere
hacer pasar su novela como un documento histórico y no como un texto de ciencia
ficción. Sin embargo, no existe ningún historiador serio conocido que avale con
sus investigaciones esta pretensión de Dan Brown. Björn Are
Davidsen/Öivind Benestard (Da Vinci Decoded) son contundentes en la
desautorización de esta novela como presunto documento a favor de la verdad
histórica. No me resisto a recordar las líneas vertebrales de su crítica.
Sobre el Priorato de Sión. La novela está montada en torno a la
organización secreta denominada “Priorato de Sión” y los documentos que
supuestamente esconde esta organización. Pues bien, la afirmación formal de que
esta sociedad secreta es real y que fue fundada en 1099 es absolutamente falsa.
El Priorato, en efecto, no existió hasta que Pierre Plantard lo
estableció como organización en 1956, y en 1960 creó un mito sobre sí mismo en
calidad de Gran Maestre de dicho Priorato. Luego elaboró una serie de
documentos falsos sobre “El santo Grial”, que Dan Brown utiliza. El fraude de
esta falsificación de documentos salió a la luz en 1980 cuando Placard confesó
el engaño ante la policía. Vale la pena recordar su crítica.
Documentos secretos. En El Código da Vinci puede leerse que
“en 1975 y en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos
conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a
numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton,
Sandro Boticelle, Victor Hugo y Leonardo da Vinci.”. Efectivamente, Plantard y
sus amigos elaboraron esos documentos falsos, los depositaron en los archivos
de la Biblioteca Nacional y reconocieron el engaño y el fraude. Lo del Priorato
de Sión es fruto de la imaginación de Plantard y lo mismo el contenido de esos
documentos secretos. Por lo tanto, ni existió tal institución, fuera de la
imaginación de Plantard, ni existieron históricamente esos documentos tan
presuntamente protegidos en los que se dicen cosas que nada tienen que ver con
la realidad histórica en relación con el Santo Grial, o las relaciones entre
Jesús y María Magdalena. Estas presuntas historias son producto exclusivo de la
imaginación de Plantard y los suyos con fines poco honestos.
¿Que la divinidad de Cristo es un asunto dilucidado por votación en el
concilio de Nicea? La realidad histórica es que Jesús fue tratado
como Hijo de Dios desde el principio de la historia de la Iglesia y el concilio
de Nicea (325) simplemente ratificó lo que era un hecho histórico consumado.
Discutir este hecho equivale a una pérdida de tiempo inútil. Por lo demás es
absolutamente falso y fruto de la imaginación de Dan Brown que el emperador
Constantino financiara la redacción de una nueva Biblia para manipular su
contenido. Jamás se le ocurrió a ningún experto en la materia sostener tal
afirmación, ni siquiera como hipótesis de trabajo. Resulta igualmente sospecha
la afirmación de que los evangelios agnósticos sean más fiables que los
cuatro canónicos de la Biblia, los cuales fueron escritos cuando aún vivía
gente de la generación de Jesús. Por otra parte, la lectura que Brown hace en
su novela de estos documentos falsea abierta y descaradamente su contenido.
Sobre María Magdalena. Los personajes principales de El
Código Da Vinci afirman que el plan de Jesús era casarse con María
Magdalena y tener hijos con ella; que Jesús nombró a María Magdalena como la
líder de la Iglesia y como una diosa; que ella sería el icono de la
“divinidad femenina” en la adoración y la teología cristiana y que el acto
sexual es un elemento central de la enseñanza de Jesús. La unión física con la
mujer sería, según Él, el único medio a través del cual el varón puede llegar a
la plenitud espiritual y alcanzar el conocimiento de lo divino. Y lo que es
más. Según El Código Da Vinci, Jesús no fue capaz de organizar su secta
basada en el sexo antes de que lo crucificaran; María Magdalena estaba embarazada
de Jesús y tuvo que emigrar a Francia, donde nació la niña Sara, cuyos
descendientes se casaron después con la familia real francesa y que el Priorato
de Sión es el guardián de miles de documentos secretos. Esos documentos
prueban los verdaderos planes de Jesús y el rol de María Magdalena como líder
de la Iglesia y como diosa. La Iglesia habría escondido todos estos secretos
sobre María Magdalena durante 2000 años. Si Dan Brown dejara claro que todas
estas afirmaciones solemnes son fruto de la fantasía para escribir su novela/ficción,
nadie podría reprocharle el derecho a hacerlo. Lo grave es que se tiene la
impresión de que su novela es una excusa para hacer tales afirmaciones como si
se tratase de verdades históricas que se han ocultado a lo largo de la
historia. Pero la realidad es que no hay evidencias históricas ni ninguna
fuente que respalde la información que aparece en esta novela, que es pura
especulación y producto de la imaginación calenturienta del novelista. Tanto
más cuanto que, como queda dicho, ni siquiera existe ese Priorato de Sión que
se supone que debía ser el guardián de esos secretos.
Sobre Leonardo Da Vinci. El artista habría aceptado cientos de
lucrativos encargos del Vaticano al tiempo que incorporaba símbolos ocultos en
sus pinturas que no tenían nada que ver con el cristianismo. Una vez más se
produce el engaño por falta de base histórica. Según Davidsen/Benestad, es
históricamente falso que Da Vinci recibiera tantos encargos del Vaticano y que
fuera un rebelde contra la Iglesia. Como es falso que puso el nombre a la Mona
Lisa basándose en los nombres de dos dioses egipcios cuando la
realidad es que tal nombre le fue impuesto 31 años después de la muerte del
pintor. Por otra parte, el Priorato de Sión no existía, con lo cual mal podía
conocer Leonardo da Vinci los secretos custodiados por el Priorato y de los que
habla Brown. Por lo mismo, los códigos y símbolos que Dan Brown descubre en el
arte de Da Vinci son puro fruto de su imaginación. Oskar Skarsaune, historiador
de la Iglesia y experto en las teorías latentes en la novela de Brown,
interrogado por un periodista, respondió sin vacilar: “Ninguna de las
afirmaciones que Dan Brown hace en relación con la Historia de los inicios de
la Iglesia y con su Historia Medieval es cierta. Ninguna”.
11. El manejo racional del lenguaje novelado
Insisto una vez más en que no es posible la percepción de la realidad y la
comunicación humana sin la ayuda de imágenes o representaciones figuradas de la
misma. Pero precisamente por ello tenemos que cuidar de que ellas, las
imágenes, sean elaboradas y utilizadas de tal forma que no nos saquen de la
realidad para sumergirnos en un mundo imaginario y engañoso. La novela, por su
propia naturaleza, es ficción y como tal, un mecanismo evasivo de la realidad.
Por lo tanto, en el caso de que utilicemos ese género literario, por sentido
común y en nombre de la razón, cabe hacer las siguientes observaciones
relacionadas con los modelos a los que termino de hacer referencia.
Como principio general, pienso que cuando se escribe cualquier tipo de
novela se debe hacer de tal forma que en ningún momento el lector confunda el
mundo real con el mundo ficción. Los buenos y buenas novelistas se distinguen
de los malos, entre otras cosas, porque nunca pervierten el orden de la
realidad, de tal forma que los lectores se sienten gratificados con la lectura
de sus novelas pero nunca confundidos o engañados. El lector de una buena
novela sabe en todo momento en qué punto de la realidad o del mundo ficción se
encuentra. Es posible que durante la lectura puedan surgir dudas, pero al final
de la misma todas las dudas al respecto quedan aclaradas. El lector cierra la
novela y vuelve al mundo de la realidad con la misma naturalidad y gozo que
después de haber jugado una partida de ajedrez se recogen las fichas y asunto
terminado. O terminamos de ver una buena película y salimos satisfechos de la
sala de cine a la realidad de la calle. Las buenas novelas devuelven al lector
a la realidad en lugar de dejar su imaginación convertida en un nido de pájaros
locos. Si, además, el recurso al género novelesco ha sido forzado por
situaciones puntuales de falta de libertad de expresión para denunciar
injusticias o defender derechos, por mucho que la novela nos parezca irreal y
fruto de la fantasía, al final nos devuelve a la realidad cruda de la vida. En
este sentido los casos arriba mencionados son realmente ejemplares.
El autor del Apocalipsis, por ejemplo, por más que su lenguaje nos pueda
parecer a nosotros ininteligible y desconcertante por la artillería imaginaria
utilizada, contiene una tesis sobre Cristo y la Iglesia que no podía explicar
con lenguaje corriente a sus destinatarios por la falta de libertad de
expresión vigente bajo un régimen político represivo. Sus destinatarios no
fueron engañados sino informados de la única manera que era posible en aquellas
circunstancias lamentables. En cualquier caso, lo ideal es que nunca sea
necesario tener que recurrir al género apocalíptico. No es un género literario
que favorezca al uso de la razón y la comprensión deseable entre personas y en
situaciones normales.
Tratándose de novelas históricas, los buenos autores delimitan con maestría lo
que se ha de tomar como históricamente verdadero y lo que es fruto de su
imaginación creativa. De todos modos el riesgo de que el lector se pierda y no
sepa dónde termina lo real de su relato y empieza lo ficticio o fruto de
su imaginación es constante. Hay autores que son incapaces de escribir un relato
histórico sin inventar situaciones o acontecimientos que nunca tuvieron lugar.
Cuando se les pregunta por tal o cual personaje en acción responden con una
sonrisa o simplemente confiesan que les pareció oportuno introducirlos por
razones literarias. Yo tuve un profesor que tenía este “vicio” de novelar la
realidad. Le encargaron que escribiera una biografía y la escribió
literariamente tan bien que los lectores la tomaron en gran parte por novela.
Luego publicó un libro histórico, como testigo de excepción de la segunda
guerra mundial con el mismo estilo novelado. Este género literario no ayuda a
clarificar las cosas y, por lo mismo, nos aleja de la realidad. Por lo mismo,
huelga decir que en nombre del uso de la razón no es un género aconsejable en
la medida en que no se facilita al lector la posibilidad de discernir entre lo
que se relata como realidad objetiva y como ficción.
Este defecto, en cambio, no tiene lugar en El Quijote. La primera
impresión de esta obra genial puede ser de humor. Hay quienes la leen como
divertimiento. ¡Y vive Dios que hay en ella relatos divertidos! Pero a medida
que se entra en materia con su lectura pronto nos damos cuenta de que se trata
de una obra llena de sabiduría de la vida real expresada con imaginación y buen
gusto estético. Y todo ello para persuadirnos a no perder el uso de la razón
leyendo libros que nos alejan de la realidad. D. Miguel de Cervantes escribió
su gran novela para decirnos que no huyamos de la realidad. Y lo que es más
admirable. Si hemos tenido la desgracia de contaminar nuestra mente con
imágenes falsas de la realidad, cabe siempre pensar que, mientras hay vida hay
esperanza. D. Quijote, el personaje central de la gran novela, perdió el uso de
la razón pero al final de su vida volvió a la razón y la cordura. Un mensaje
consolador transmitido en una novela realmente “ejemplar”, porque no sólo no
nos aleja de la realidad sino que nos acerca más a ella de una manera grata y
divertida. Lo mismo cabe decir de Giovanni Guareschi y George Orwell. Cualquiera
que haya conocido la situación de la “Europa libre” al final de la segunda
guerra mundial leerá Don Camilo con verdadera fruición sin engañarse en
ningún momento. El alcalde Peppone y el cura párroco D. Camilo son presentados
de forma exagerada y hasta ridícula en muchos casos, pero nunca de forma que el
lector pierda el sentido de la estúpida realidad social y política de fondo que
motivó la novela. El lector pronto se da cuenta de que la voz imaginaria de
Cristo desde el crucifijo de la iglesia parroquial es la voz de la razón del
propio Guareschi. Nos encontramos ante una novela crítica de signo político en
un contexto de libertad de expresión. No hay en ella confusión entre lo real e
imaginario y, por lo mismo, puede ser considerada como una obra maestra en su
género.
El contexto real e histórico de “La rebelión en la granja” de Orwell fue
distinto. Ahora nos encontramos ante una completa fábula en la que el
autor se refugia para denunciar el despotismo del comunismo estalinista en un
momento en el que tal denuncia podía dar lugar a una represión imprevisible.
Tiene el gran mérito de describir en clave de novela una realidad política y
social de forma breve y realista. Cualquiera que haya conocido la estructura y
los métodos del régimen comunista soviético verá reflejada en la novela aquella
triste realidad. En “La rebelión en la granja” no hay lugar para el
divertimiento o la hilaridad. La realidad que de forma fabulada se describe es
tan cruda que no deja lugar ni al humor ni al divertimiento. Es una realidad
triste. El inconveniente de este tipo de novelas no es que nos alejen de la
realidad sino que, con el paso del tiempo, las personas que no conocieron
aquellas situaciones o contextos políticos y sociales encuentran dificultad para
entender su verdadero significado. Los lectores necesitan tener una preparación
histórica específica. Nos pasa como con el estilo apocalíptico. Los
destinatarios inmediatos de estos libros los entendieron sin dificultad
mientras que las generaciones posteriores necesitan estudiarlos para descifrar
su contenido realista. Por lo que se refiere al “Código da Vinci” de Dan Brown
el juicio en nombre de la razón ha de ser totalmente negativo. En este caso el
autor se ha servido del género novelesco para falsear deliberadamente la
realidad histórica. No sólo esta novela aleja al lector de la realidad sino que
el autor pretende con ella presentar como realidad histórica lo que sólo es
fruto de su imaginación. Ahora bien, el falseamiento deliberado de la realidad
histórica constituye una deshonestidad intelectual y uso perverso de la razón.
De ahí que la lectura de este tipo de novelas sea siempre desaconsejable.
12. El uso de la razón en
Aristóteles y Tomás de Aquino
Hablando de la Lógica y del uso de la razón resulta obligado hacer
algunas aclaraciones sobre la aportación de Aristóteles de Estagira (384-322) y
Tomás de Aquino (12251274). Aristóteles fue un filósofo de pies a cabeza que
usó la inteligencia convencido de que del buen uso que hagamos de ella depende
nuestra felicidad personal y social. En una de sus obras dejó escrito que la
ansiada y escasa felicidad que es posible alcanzar en este mundo pasa por el
uso acertado de la inteligencia como facultad esencialmente constitutiva de la
naturaleza humana. Con esta convicción no dudó en definir al hombre como ser
racional y nos legó los primeros escritos serios de la historia sobre las
cuestiones fundamentales que se estudian en la disciplina filosófica conocida
como la Lógica. La sola mención de este término nos hace pensar
inmediatamente en los escritos de Aristóteles como piedra angular de todos los
tratados de Lógica racional producidos hasta nuestros días.
Los dos grandes logros aristotélicos en esta materia son la afirmación del uso
correcto de la razón como condición indispensable para encontrar la verdad
última de todas las cosas, y su vinculación con la realidad evitando el
conceptualismo vacío y el uso de la inteligencia como puro medio de
entretenimiento haciendo malabarismos conceptuales. La Lógica moderna conocida
bajo la denominación de “Lógica simbólica o matemática”, en sus aspectos
positivos no es más que el desarrollo coherente de la Lógica aristotélica. Y en
sus aspectos negativos, una interpretación desafortunada de la misma, como
veremos a continuación. Como consecuencia del enfoque realista aristotélico, el
uso de la razón bien entendido nos abre las puertas para acercarnos lo más
posible a todos los ámbitos de la realidad, incluidas las realidades transcendentales.
En cualquier caso Aristóteles es un filósofo puro que se alumbra en la vida con
la sola linterna de la razón alimentada con el combustible de la experiencia
vital y el sentido común. Esta es, creo yo, la gran aportación del Estagirita
como referente universal del uso de la razón.
Por lo que se refiere a Tomás de Aquino me parece oportuno destacar lo
siguiente. Primero, no es un filósofo, como Aristóteles, sino un teólogo que
usa la razón para ordenar y explicar intelectualmente las realidades contenidas
y transmitidas en los misterios del cristianismo. Para ello se sirvió
magistralmente de la inteligencia construyendo un sistema de pensamiento en el
que son tenidos en cuenta todos los órdenes de la realidad. Por otra parte,
tanto en Aristóteles como en Tomás de Aquino la clave metodológica de su forma
de razonar sobre los diversos órdenes de la realidad es la analogía.
El proyecto técnico más cumplido de establecer un orden jerárquico racional de
las realidades o niveles del ser universal en la antigüedad es debido a
Aristóteles. Me refiero a los famosos predicamentos. Sistematización que
resultaría ininteligible y arbitraria de no ser vista a través del prisma de la
analogía. Lo que es un todo respecto de sí mismo es parte respecto de los
demás. Lo que en un determinado nivel es genérico a otro nivel es específico, y
así sucesivamente se van describiendo los diversos niveles de la realidad
teniendo en cuenta lo que es múltiple, lo común y lo diverso, lo que une y lo
que separa, lo que permanece y lo que cambia. O sea, la unidad y la pluralidad.
El acto por antonomasia de la razón humana consiste en la operación intelectual
mediante la cual el intelecto es capaz de conocer las relaciones de unas cosas
con otras, sea de las partes respecto del todo, sea respecto de sus fines
respectivos. A esta operación la llama Tomás de Aquino ordenar, que no
es otra cosa que poner científicamente cada cosa en su sitio para después
poderlas analizar y conocer como realmente son. Las cosas, como las personas,
cuando están fuera de lugar, además de estorbar, están expuestas a ser pasadas
por alto cuando no atropelladas. Para evitar esa tragedia intelectual, Tomás de
Aquino ordena la realidad universal distinguiendo metodológicamente varios
niveles u órdenes presididos por la realidad ontológica del ser analógicamente
entendido.
Así, dice él, existe un ordo o nivel de realidades que no es creación o
producto de la razón humana sino que la razón se lo encuentra ya hecho. Es algo
que la inteligencia considera, estudia, conoce y eventualmente transforma, pero
que no crea o produce. Todos los nacidos, por ejemplo, nos hemos encontrado con
un mundo de cosas que ya estaban ahí, y de las cuales muchas seguirán estando
después de habernos muerto. Muchos muertos, si levantaran la cabeza, quedarían
sorprendidos ante las novedades que han tenido lugar durante los últimos cien
años.
Pero
igualmente constatarían que hay cosas que siguen siendo las mismas sin cambios
notables más allá del desgaste normal de la existencia. Son todas esas
realidades que hemos descubierto durante la vida y de las que después tuvimos
que despedirnos dejándolas dónde estaban y como estaban. Ahí están, por
ejemplo, las grandes cordilleras o los monumentos históricos seculares que
contemplan impasibles nuestra movediza existencia humana. Ahí estaban cuando
nacimos y ahí se quedan cuando morimos como mudos observadores del acaecer
humano.
Hay realidades que han precedido a nuestra existencia humana de tal forma que
nosotros no tuvimos arte ni parte en su origen. Es el orden de las realidades
objetivas cuya producción no puede ser ontológicamente atribuida a la razón
humana de nadie. Para bien o para mal están ahí y no nos queda otra alternativa
racional que tenerlas en cuenta para conocerlas y saber cómo hemos de
comportarnos frente a ellas. En este nivel existencial la realidad es la medida
de la inteligencia, la cual trata de conformarse a ella dando lugar al concepto
de verdad en su sentido más radical y universal.
Existe también otro nivel de realidades, que, por el contrario, es producto
exclusivo de la razón humana en el ejercicio de sus actos específicos y
propios. La razón, por ejemplo, crea el mundo del lenguaje y de las leyes más
aptas para expresar y comunicar los sentimientos y las ideas. Son las
realidades producidas por la razón en el ejercicio de sus funciones. En el caso
presente ocurre lo contrario. La inteligencia es la medida de las cosas. La
muerte, por ejemplo, es una realidad natural que está ahí condicionando toda
nuestra vida, pero nosotros podemos modificar el sentido y significación de las
palabras y de nuestros medios de expresión. Podemos eliminar un idioma y crear
otro. Es el mundo del lenguaje, de la conceptualización y de la comunicación
humana, de la creatividad científica y de las diversas técnicas de comunicación
desde el lenguaje natural hasta las modernas técnicas de comunicación social.
La bioética, por ejemplo, es una ciencia joven creada por el hombre como lo son
la televisión o internet en el orden de las comunicaciones sociales.
El tercer nivel de realidades señalado por Tomás de Aquino se refiere al de las
realidades éticas, es decir, al de las acciones propiamente humanas, las cuales
son tales sólo cuando el hombre obra con libertad suficiente de acuerdo con la
naturaleza racional y las perspectivas de su destino final. Cuando en las
acciones de la voluntad falta orden entre ellas, es decir, razonabilidad
suficiente desviándose de su propio fin, tales acciones pierden automáticamente
la categoría de humanas. Cuando esto no ocurre el nivel de las realidades
éticas queda reducido al de las vegetativas o brutales. En el orden de las
realidades éticas la iniciativa procede de la voluntad en armonía con el fin
último estimulador de toda acción humana. La categoría humana de estas acciones
tiene lugar en el acuerdo o convergencia de la voluntad y el fin último de toda
acción realmente humana. Es el conocido orden ético, moral y jurídico.
Tomás de Aquino habla también de un cuarto nivel de realidades, que en parte
son creación de la razón. Es el mundo del arte y de la tecnología. Digo en
parte, porque la razón trabaja desde dentro, pero con materiales dados sobre
los que interviene transformándolos en realidades nuevas. El arquitecto, por
ejemplo, trabaja en su mente con materiales dados con los que crea otra
realidad, la cual, al ser materializada en un edificio habitable se convierte
en una realidad dada para los futuros inquilinos. De acuerdo con estos hechos
de tan sencilla comprensión, Tomás de Aquino diseña después una planificación
de las ciencias indicando sus pistas y sus objetos. Pero todo ello ha de ser
visto a través del prisma de la analogía. Ello nos permite saber exactamente en
qué nivel de realidades nos encontramos para no confundir unos niveles con
otros con la correspondiente confusión que se produciría en nuestros juicios de
valor.
Lo que es verdad en física pura puede ser una falsedad a nivel metafísico. La
teoría atómica, por ejemplo, en física es correcta y falsa en metafísica. Una
acción estéticamente bella puede ser detestable en el orden ético y viceversa.
Mucha de la incomprensión existente entre los diversos grupos humanos actuales
es debida no tanto al lenguaje en sí mismo, como algunos piensan, cuanto al
indebido uso unívoco o equívoco que de él se hace y de los conceptos más
fundamentales. Al faltar el sentido de la analogía podemos estar diciendo y
deseando todos lo mismo sin llegar jamás a entendemos.
Esta admirable perspectiva metodológica de la analogía la encontramos ya en el
comienzo del comentario de Tomás de Aquino a la Ética a Nicómaco, y la Suma
Teológica toda ella es un ejemplo práctico del uso de la analogía como
metodología teológica. Allí se presupone un quinto orden de realidades, cual es
el clásicamente conocido por “ordo supranaturalis”, cuyo estudio no corresponde
a la filosofía, sino a la ciencia teológica, en la que el correcto uso de la
analogía es más necesario si cabe que en filosofía. Tanto el modelo
racional aristotélico en el campo de la reflexión filosófica como el tomasiano
en el de la reflexión teológica han sido utilizados por muchos
desafortunadamente como aval de los diversos racionalismos o abusos de la
razón. En relación con el modelo racional tomasiano cabe hacer las siguientes
consideraciones.
13. Modos equivocados
de leer a Tomás de Aquino
Con frecuencia los peores enemigos de un gran maestro son sus discípulos más
incondicionales. Los errores de interpretación de Tomás de Aquino por parte de
sus más fieles seguidores pueden reducirse a las siguientes formas de leer e
interpretar sus escritos.
- Como una segunda Biblia
Tratándose de la Biblia suponemos que en cualquiera de sus textos auténticos
hay algún mensaje relacionado con la revelación divina. Con frecuencia tal
mensaje no es claro y hay que hacer exégesis de los mismos hasta conseguir
nuestro objetivo, muchas veces inalcanzable o sólo modestamente logrado. De lo
que no se duda es que el mensaje está allí aunque expresado de forma
ininteligible para nosotros.
Muchos, apoyados en las recomendaciones del Magisterio de la Iglesia para que
se estudie y siga a Sto.Tomás en las cuestiones más polémicas, han leído la
Suma Teológica como una segunda Biblia tratando de descubrir y explicar el
pensamiento del Aquinate como si se tratara de una revelación divina frente a
la cual sólo cabe la sumisión religiosa de la mente y del sentimiento. El
razonamiento implícito y operativo podía formularse así: El pensamiento de Sto.
Tomás, como el de la Biblia, debe ser conocido, religiosamente asumido, propagado
con entusiasmo y defendido contra sus adversarios. Ni más ni menos que lo que
hay que hacer con el Evangelio. Por consiguiente, en los casos difíciles o
dudosos habrá que buscar explicaciones para justificar la postura del Aquinate
convencidos de que él siempre tiene razón.
Durante muchos años, sobre todo desde la restauración del tomismo por León
XIII, la Suma Teológica fue el manual básico de los estudiantes de teología en
la mayoría de las Universidades y Facultades de teología de la Iglesia, y
muchos de los profesores hacían sus exposiciones académicas siguiendo
materialmente el texto de la Suma con el criterio antes descrito. De hecho, las
obras de muchos teólogos tomistas clásicos no son otra cosa que comentarios más
o menos literales o libres a la Suma cuando impartían sus clases.
En casos extremos la lectura del texto de la Suma Teológica llegó a suplantar
prácticamente la lectura directa de los textos bíblicos en las aulas de
teología. Lo que dio lugar a la aparición de un cuerpo de teología racional
paralelo a otro de teología bíblica. Con lo cual, y por increíble que parezca,
la obra de Sto. Tomás terminó siendo considerada por muchos académicos como una
fuente de teología del mismo rango que la Biblia.
- Como un catecismo
Había profesores que daban por supuesto que todo lo que dice Sto. Tomás es
verdad aunque no se entienda. Al menos esta era la impresión que causaban. Así
pues, el estudiante debía leer y memorizar fielmente lo que dice Tomás de
Aquino sin exigir explicaciones o comentarios críticos. Su pensamiento sería
para aprenderlo y no para discutirlo. Es una lectura obediente y acrítica. En
caso de duda, la respuesta era como al niño que pedía explicaciones sobre las
verdades del catecismo: maestros tiene la Iglesia que lo sabrán explicar. O
cuando seas mayor lo entenderás. Desde esta actitud no cabía otra alternativa
que la de decir amén a todo lo que diga el maestro o Doctor común de la
Iglesia.
Así las cosas, los profesores de teología mejor considerados eran aquellos que
memorizaban y repetían con fidelidad material el texto de Sto. Tomás. Por lo
general los profesores no corregían a Sto.Tomás sino que trataban de exponer e
interpretar fielmente sus enseñanzas y defenderlas frente a quienes osaran
ponerlas en duda o negarlas. De ahí que las clases de teología degeneraran
muchas veces en luchas dialécticas de escuelas en lugar de progresar en la
presentación razonada y actualizada del mensaje cristiano de salvación, que es
lo que Sto. Tomás trató de hacer en su tiempo. Paradójicamente, en muchas aulas
de teología el estudio y la defensa del pensamiento de Sto.Tomás cobraron un
protagonismo más relevante que el conocimiento y profundización de la Sagrada
Escritura.
Algo incomprensible si tenemos en cuenta que la reflexión teológica que lleva a
cabo con mayor o menor acierto el Aquinate supone ya que el profesor y el
alumno conocen de antemano a fondo la Sagrada Escritura. De hecho, él escribió
la Suma para ser estudiada después de dos años previos monográficos de estudios
directos sobre el texto de la Biblia. En su brevísimo prólogo a la Suma
Teológica confiesa que lo único que pretendió fue escribir un modesto manual
académico de teología bien estructurado para que sus alumnos no perdieran el
tiempo en las aulas con disquisiciones tediosas e inútiles. Cualquier cosa
menos escribir un catecismo para ser aprendido de memoria de generación en
generación como algunos insensatamente han pretendido. Una cosa es que Tomás de
Aquino sea un pensador y un teólogo excepcional, que merece ser conocido antes
que muchos otros, y otra cosa es que su pensamiento haya de servir para todo y
para todos.
- En clave piadosa
Tomás de Aquino no sólo es divus Thomas, o el Angélico. Es, por encima
de todo, “El Santo”. “Como muy bien dice el santo”... Todas estas expresiones
reflejan la actitud de quienes consideran que lo que dice Sto. Tomás ha de ser
aceptado de forma cultual. Se da culto al pensamiento del Santo. Por lo mismo
hay que estudiarlo con devoción y defenderlo con ardor contra sus
“adversarios”.
Quienes cometieron este error olvidaron que la santidad puede darse en una
persona sin autoridad científica ninguna. Igualmente, un pensador puede
alcanzar gran autoridad científica y llevar una vida ética desastrosa. Ni la
santidad es de por sí una garantía de ciencia ni la ciencia lo es de la
santidad. Una persona puede ser santa y analfabeta, científicamente una
eminencia y en su conducta personal un desastre. La santidad no es un aval de
todo lo que uno dice ni la ciencia de lo que debemos ser. Sto. Tomás es un caso
antológico de armonía de estos extremos pero ello no autoriza a exagerar
ninguno de ellos. Si alguien quiere admirar la santidad del Aquinate está en su
derecho de hacerlo. Pero tal derecho no autoriza a deducir automáticamente su
autoridad intelectual de su santidad. Tampoco su santidad de su autoridad
intelectual.
El respeto y veneración del discípulo hacia su maestro es comparable al de un
buen hijo con sus buenos padres. Tal veneración no implica la aprobación de sus
defectos y eventuales equivocaciones. Lo mismo cabe decir de los buenos
discípulos de Sto. Tomás. El pensamiento de Tomás de Aquino pierde todo su
valor desde el momento en que se lo convierte en un fetiche religioso al que
hay que tributar culto o veneración. Él mismo protestaría contra esta forma de
tratar sus magistrales enseñanzas.
- Como algo impuesto y no como algo sabiamente recomendado
La obra de
Sto. Tomás en su conjunto es una joya de la inteligencia humana y como tal ha
de ser considerada. En el esfuerzo por conocerlo nunca se pierde el tiempo.
Pero, como todas las cosas buenas, cuando son impuestas, también el estudio de
Sto.Tomás puede ser objeto de rechazo por la simple razón psicológica de ser
impuesto de forma autoritaria en lugar de recomendarlo por su valor objetivo.
Históricamente se han cometido errores en este punto pero ello no debería ser
motivo para dejarnos llevar por el sentimiento perdiendo la oportunidad de
conocer una de las formas más sanas y fecundas de pensar sobre los asuntos más
trascendentales de la existencia humana. Es muy conveniente estudiar a
Sto. Tomás, sobre todo en los centros teológicos, pero no en clave autoritaria,
o piadosa, sino como maestro de la inteligencia humana y con sentido crítico.
Ni como una segunda Biblia, ni como un catecismo sino como una de las obras más
lúcidas de la inteligencia humana aplicada a todos los problemas
trascendentales de la existencia en torno a Dios, la vida, el hombre y el
mundo. De lo contrario se corre el riesgo de desfigurar su pensamiento y de
provocar una reacción de rechazo.
Desde el período de restauración del pensamiento tomista por parte de León XIII
hasta el concilio Vaticano II la balanza se inclinó en muchos casos hacía la
imposición autoritaria. Con Pablo VI y Juan Pablo II se puso de nuevo de
relieve la conveniencia de la educación tomista de la inteligencia, pero como
una recomendación sincera y honesta, basada en razones objetivas, y nunca más
como una imposición autoritaria. En fin de cuentas, ni siquiera la Biblia fue
necesaria aunque sí muy conveniente. De hecho Cristo no escribió ningún libro
de teología. De modo análogo cabe decir que se puede ser un gran pensador y un
cristiano ejemplar sin conocer para nada los escritos de Sto.Tomás. Pero esto
no invalida la encarecida recomendación de sus escritos principales como obra
de una de las cabezas intelectuales mejor armadas de Occidente. Esta es
la cuestión. No se trata de seguir estudiando a Tomás de Aquino por razones
nostálgicas o sentimentales. Se trata de aprender de Tomás de Aquino el arte de
usar correctamente la razón en lo cual nos jugamos el sentido de la vida y
nuestra felicidad.
14.
Aclaraciones sobre la Lógica matemática
Llegados a este momento de nuestro discurso es obligado hacer una mención y
valoración crítica de la denominada “Lógica matemática o simbólica”. Los
razonamientos formulados en cualquier idioma con frecuencia son difíciles de
evaluar ya que el lenguaje natural está intoxicado de sofismas, ambigüedades,
diversidad de intenciones, metáforas, imágenes y toda suerte de manipulaciones.
Aún cuando conocemos los mecanismos para detectar estas intoxicaciones subsiste
siempre el problema de determinar la validez o invalidez de nuestros
razonamientos. Para obviar este escollo surgió el lenguaje simbólico artificial
al cual puedan traducirse los enunciados y los razonamientos del lenguaje
natural. El propio Aristóteles utilizó ya abreviaturas para facilitar esta labor
y en los tratados de Lógica clásica se consolidó un sistema simbólico de letras
aplicado a los enunciados, razonamientos simples y complejos.
En principio cabía pensar que de esta forma se podrían obviar los
inconvenientes de la imprecisión y acortar el proceso de los razonamientos. Tan
sencillo como reducir proposiciones y razonamientos a simples letras del
alfabeto para jugar después con ellas de una manera precisa, lógica y
coherente. Fue algo parecido a la sustitución de los números romanos (I, II,
XXIII…) por los arábigos (1, 2, 2 3…). Es obvio que en la realización de
cálculos resulta más fácil trabajar con la numeración arábiga que con la
romana. Pues bien, la Lógica matemática o simbólica, se tomó tan en serio la
sustitución de las proposiciones y de los razonamientos naturales por palabras
y símbolos que olvidó casi por completo la referencia a la realidad. Para
comprender el alcance de esta afirmación basta recordar algunos datos de su
breve pero intensa historia reciente.
El uso de los símbolos al estilo aristotélico fue imitado por los estoicos y
los escolásticos medievales. Pero, según los historiadores, el primer proyecto
de cálculo lógico de esta naturaleza es atribuido a Raimundo LLull (1235-1315)
en su célebre Ars magna, donde se propuso crear simbólicamente mediante
letras, círculos, triángulos y otras figuras un instrumento capaz de encontrar
todas las conclusiones posibles de premisas dadas de una manera prácticamente
mecánica. Sin embargo, se piensa que el verdadero promotor de este proyecto con
la perspectiva actual es debido a Wilhelm Leibniz (1646-1716). Leibniz constató
cómo los matemáticos resolvían los problemas de los cálculos matemáticos sin
discusiones mientras que los filósofos se encontraban enfrentados siempre con
eternas polémicas. Así las cosas, lanzó la idea de transformar los
razonamientos lógicos en un “cálculo raciocinador” en el cual a cada idea debía
corresponder un signo representativo, de tal forma que combinando estos signos
resultara una especie de idioma universal en el cual fuera posible expresar
todos los conceptos complejos con sus conclusiones correspondientes. De esta
forma, opinaba Leibniz, se evitarían las ambigüedades del lenguaje común y del
discurso filosófico al tiempo que se eliminarían los errores de todos los
razonamientos como simples errores de cálculo matemático. Como puede
apreciarse, en esta sugerencia está ya prevista la reducción del discurso
filosófico a fórmulas matemáticas.
Pero la construcción efectiva de una Lógica matemática o simbólica tuvo lugar
en el siglo XIX con George Boole (1815-1864), Augusto Morgan (1806-1871),
Gottlob Frege (1848-1924) y José Peano (1858-1932). Con la particularidad de
que estos expertos no pretendieron, como Leibniz, crear un instrumento para el
lenguaje común o filosófico, sino en concreto para las matemáticas. La lógica
simbólica, por tanto, era concebida por estos autores como una construcción
rigurosamente lógica de las matemáticas. De ahí que terminara hablándose de
lógica matemática en lugar de lógica simbólica. Entre 1910 y 1913 aparecieron
los tres volúmenes de Bertrand Russell (1872-1970) y Alfred North Whitehead
(1861-1947): Principia matemática, que se convirtió en una de las obras
del género más importantes hasta nuestros días. Su desarrollo prodigioso se ha
llevado a efecto en el ámbito de la lógica de las proposiciones, de los
predicados y de la lógica de clases. Destacando que fue esta, la lógica de
clases, la que primero y más se desarrolló.
En efecto, una vez decididos a traducir la Lógica a fórmulas matemáticas, lo
primero que hicieron fue considerar los términos universales como clases,
grupos o conjunto de objetos de acuerdo con una definición o regla de formación
como, por ejemplo, los números naturales, primos o cuadrados. Todo ello con
vistas a sustituir la Lógica aristotélica de los términos, que considera
principalmente la comprensión de éstos, por una Lógica de clases en la cual
centrar la atención en la extensión de los términos dando lugar a una especie
de álgebra abstracta. Algo así como la teoría de los conjuntos matemáticos o el
álgebra de las matrices. En consecuencia, se definieron los primeros conceptos
lógico-matemáticos. Luego siguió la enunciación de las leyes lógicas que deben
regular las relaciones entre los elementos y las clases mediante operaciones
que no siempre equivalen a las de las operaciones numéricas. En el álgebra de
los números, por ejemplo, un producto es nulo si uno de los factores es nulo.
En el álgebra de las clases, en cambio, el producto puede ser nulo incluso
cuando ninguna de las clases es nula. Basta que ninguna clase tenga elementos
comunes con otras clases. Total que se terminaron implantando las ecuaciones
lógicas. Luego se desarrollaron ampliamente la lógica de las proposiciones, de
los predicados y de los axiomas.
Como
era de esperar, la lucha entre la Lógica clásica y la Lógica matemática o
simbólica no tardó en desatarse. Quienes dispongan de tiempo y humor
pueden entretenerse leyendo los impresionantes tratados de lógica matemática
tachonados de letras y símbolos convencionales con sus fórmulas, que hacen
pensar en una sopa de letras y palabras. Mi opinión sobre este asunto es la
siguiente. Es obvio, como hemos observado más arriba, que el lenguaje
común, y más el lenguaje filosófico y científico, está intoxicado de sofismas,
géneros literarios, imágenes y toda clase de ambigüedades que impiden la
precisión y exactitud de nuestros discursos, y es comprensible que se busquen
soluciones para resolver este problema. Pero la pretensión de reducir el
lenguaje humano a fórmulas matemáticas, además de imposible, puede resultar no
menos ridículo que la pretensión de reducir los idiomas a poesía. Dada la
grandeza de nuestra condición humana y la riqueza de lo real, el lenguaje humano
es incapaz de expresar en su totalidad y de forma perfecta toda esa riqueza de
contenidos. Por lo mismo, pretender hacerlo con precisión matemática equivale a
empobrecer nuestra percepción y expresión humana de la realidad. La lógica
matemática o simbólica ha contribuido mucho al desprestigio actual de la razón
filosófica. No menos que los conceptualistas y nominalistas de todos los
tiempos, y la razón es fácil de comprender.
La Lógica simbólica, en efecto, se dedica a hacer malabarismos con los signos
abstrayendo por completo de la realidad o contenido objetivo de los conceptos,
de las proposiciones y de las conclusiones. Es la Lógica formal clásica sin
referencia a la realidad, reducida a fórmulas matemáticas cuya entidad no va
más allá de los puros entes de razón sin consistencia en la vida real. En
Lógica clásica se estudia esta dimensión subjetiva de los conceptos y de su
organización racional. Pero cuando se la aplica al discurso normal y
a la reflexión filosófica o científica, jamás se prescinde de su
referencia a la realidad. Cuando tal referencia o conformación con la realidad
no existe, los conceptos, las proposiciones y los razonamientos resultan
automáticamente falsos y carentes de interés cuando no dañinos. La Lógica
simbólica o matemática de la que hemos hablado, por relación a la Lógica
clásica de cuño aristotélico, puede ser comparada en su conjunto a un estupendo
libro moderno de contabilidad. Me explico.
Mientras que en la Lógica clásica no tiene sentido perder el tiempo redactando
un informe económico sin capital contable y efectivo, lo propio de la Lógica
matemática es enseñarnos a redactar ese informe abstrayendo de si hay o no
capital básico o dinero en efectivo. Basta quererlo hacer y disponer de tiempo
e imaginación. Uno se imagina que tiene un patrimonio X, unos ingresos anuales
A y gastos B, y redacta el libro en todos los pormenores imaginables con un
saldo anual C. Según la Lógica clásica, en cambio, un informe económico no
tiene sentido ninguno si lo que se dice en él no se corresponde con la
existencia real del patrimonio y la contabilidad bancaria. Siguiendo la
comparación, cabe añadir que, por su propia naturaleza, la Lógica
matemática aplicada al lenguaje ordinario o al filosófico, no cotiza en
la bolsa de la realidad. Sus libros de cuentas son imaginarios y sólo autorizan
a poseer y firmar cheques en blanco. Una vez más el uso de la razón es
defraudado en su compromiso natural con la realidad.
La experiencia de la vida nos enseña, antes de ser filósofos, teólogos o
científicos de profesión, que no basta ser lógicos y coherentes con nosotros
mismos y con nuestras ideas. Hay que ser también objetivos y verídicos. No
basta la coherencia lógica y formalista. Hay que ser realistas y de ahí la
utilidad del estudio de la Lógica clásica actualizada con preferencia a la
Lógica matemática o simbólica. Dicho lo cual, y habida cuenta de las
dificultades connaturales ya mencionas que hay que afrontar, cabe recordar los
consejos prácticos siguientes.
15. Algunos
Algunos consejos prácticos para razonar bien
Razonar
bien es una habilidad que se aprende con la experiencia de la vida, el estudio
de la Lógica y la puesta en práctica de algunas normas elementales al alcance
de todos. Razonar bien no es cosa fácil pero los consejos que siguen pueden
ayudar mucho a superar las dificultades congénitas y culturales existentes.
1) Evitar la precipitación pensando antes de
hablar lo que se va a decir
Hay
personas que hablan precipitadamente sin pensar bien antes lo que dicen. Como
consecuencia de esto se encuentran luego en la necesidad de hacer
rectificaciones y de pedir disculpas por lo que han dicho o han dejado de
decir. La precipitación es mala consejera. Tan mala como la inhibición y el
miedo a hablar. Lo sabio y prudente consiste en hablar con conocimiento de
causa en el momento oportuno y con las menos palabras posibles. El mucho hablar
no favorece la corrección de nuestros discursos si estos no van precedidos de
información sólida y reflexión. La experiencia de la vida enseña que la falta
de reflexión previa antes de hablar suele ser causa de muchos disgustos y
equivocaciones que podían haberse evitado. La sabiduría popular a este respecto
es elocuente. Quien dice lo que no debe (por precipitación o falta de
reflexión) oye lo que no quiere.
2) No emocionarse demasiado
Tanto matan las alegrías como las penas. Esto
significa que las emociones fuertes nos privan de la serenidad necesaria para
afrontar los problemas de la vida. De ahí que los sentimientos suelen ser malos
consejeros. No en vano se dice que del corazón salen los problemas y de la
cabeza las soluciones. Para afrontar las situaciones fuertes de la vida con
acierto hay que acostumbrarse a enfriar las emociones y poner a pleno
rendimiento la razón. Una persona enamorada, por ejemplo, u ofendida, no se
encuentra en condiciones emocionales adecuadas para tomar ciertas decisiones
que afectan directamente a esos sentimientos. Cuando estamos eufóricos vemos
las mismas cosas de forma diferente que cuando estamos deprimidos. Los
psicólogos se las ven y se las desean para equilibrar estos extremos en sus
pacientes. Los grandes problemas de la vida se resuelven mejor con un poco de
sangre fría que con mucho calor emocional. Se dirá que es difícil mantener esa
sangre fría en los momentos más calientes de la vida. Es difícil, ciertamente,
pero por eso mismo hay que concienciarse de ello y ejercitarse en filtrar los
sentimientos en la razón antes de que sea demasiado tarde.
3) No obsesionarse por encontrar inmediatamente la solución a los
problemas
Por supuesto que hay problemas que requieren solución urgente. El piloto aéreo
que se encuentra en vuelo con un problema técnico imprevisto tiene que actuar
con la mayor rapidez posible para evitar el desastre. La víctima de un bestial
atentado terrorista no puede esperar mucho tiempo para ser socorrida. Nuestra
vida es muchas veces un rosario de urgencias. Pero estas decisiones rápidas,
para que sean tomadas con acierto, suponen mucho tiempo de preparación y
entrenamiento previo para actuar oportuna y correctamente en las situaciones de
emergencia. Ahora bien, hay gente acelerada que ante los problemas que surgen
sin urgencias tienden a precipitarse tomando decisiones que luego han de
retractar. Por ejemplo, casarse o no casarse, casarse sin otro motivo que el
estar enamorados de una u otra persona, optar por una u otra profesión, tener
un hijo, cambiar de trabajo. Son decisiones importantes que requieren un tiempo
prudencial para no ser tomadas a la ligera y cometer errores sin marcha atrás.
Los sentimientos suelen ser malos consejeros, pero cuando se convierten en
obsesión son altamente peligrosos porque nos hacen perder la necesaria libertad
para actuar con serenidad y corrección.
4) Proceder de lo conocido a lo desconocido y de lo fácil a lo difícil
Aunque este principio parece obvio, en la vida práctica se tiene muy poco en
cuenta. Ocurre un accidente mortal de tráfico y muere un joven conductor. Pues
bien, en lugar de empezar investigando la causa inmediata del accidente, la
madre de la joven víctima lanza un grito de protesta al cielo preguntando a
Dios por qué ha permitido la muerte de su hijo. Ya antes de conocer la causa
del accidente imputa emocionalmente a Dios la responsabilidad del mismo.
Obviamente, y con toda razón, esa pregunta no tiene respuesta. En vez de
empezar formulando preguntas que no tienen respuesta, lo razonable en este caso
es que la madre exprese amorosamente su dolor materno por el hijo fallecido y
espere los resultados finales de la investigación en curso sobre la causa inmediata
del accidente. Imaginemos que el resultado de la investigación es que el joven
había salido de una fiesta a las cuatro de la mañana con una considerable dosis
de alcohol en el cuerpo conduciendo su coche a 130 kilómetros por hora. Si
estos datos son objetivos, ya tenemos el punto de partida que facilitará el
conocimiento de otras circunstancias concomitantes del accidente antes de
atribuir responsabilices a nadie, y menos a Dios. Por ejemplo, que el coche
había pasado una revisión técnica y no habían advertido fallos importantes en
el motor. O que se cruzó un borracho y el joven conductor hizo una maniobra de
emergencia para evitar embestirlo y, como con secuencia, se salió de la
calzada. Y así sucesivamente, de lo inmediato y más fácil se van descubriendo
las causas y concausas del accidente hasta poder formular un juicio certero y
justo sobre las responsabilidades del mismo. Una vez que todo esto ha quedado
claro, tiene pleno sentido reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre la
responsabilidad de conducir un vehículo a las cuatro de la mañana después de
una animada fiesta nocturna y tantas cosas más. En este contexto se comprende
que la madre se dirija a Dios, pero no para culparle del accidente, sino para
presentarle su dolor y suplicar la fuerza moral necesaria para afrontar con
dignidad la muerte de su hijo. Es sólo un ejemplo para ilustrar la
razonabilidad de proceder con éxito de lo más fácil y conocido a lo más difícil
y desconocido.
Por otra
parte, hay personas que parecen disfrutar creando problemas donde no los hay
haciendo que las cosas fáciles resulten difíciles y la difíciles, imposibles.
En el lenguaje común se dice que son personas “enrevesadas”. Son los
conferenciantes, profesores y escritores los cuales piensan que, si hablan con
claridad, sus oyentes los van tomar por superficiales o poco profundos. Por el
contrario, si hablan utilizando cultismos, circunloquios y términos exóticos
para oscurecer sus discursos, estos serán calificados de profundos. Estas
personas confunden el uso de la razón con la pedantería. Pero aún fuera del
contexto académico hay personas tan “enrevesadas” que resulta muy difícil
mantener con ellas una conversación fluida y razonable. Todo lo ven dudoso,
complicado y prácticamente sin solución. Basta que encendamos la pequeña
linterna de la razón para aportar un poco de luz para que algunos se apresuren
a apagarla con sutilísimos argumentos. Estas personas causan la impresión de
que las razones, la claridad y las cosas fáciles les molestan y se apresuran a
complicarlo todo. Ese afán de complicar las cosas en lugar de aclararlas es
justamente el proceso opuesto al buen uso de la razón, que nos protege tanto
contra las ilusiones como del pesimismo poniéndonos en el lugar que nos
corresponde en el mundo de lo real.
5) Aprender a analogar y usar los géneros literarios
Hay que aprender a situar primero las partes en el todo, tratando de lograr una
visión global, para después afirmar los intereses del todo sin negar los
intereses de las partes y viceversa. El resultado final será un razonamiento
integral en el que ambas dimensiones son tenidas en cuenta. Así pues, las
exigencias del bien común no pueden imponerse suprimiendo los derechos
inalienables de las personas. Pero tampoco es razonable afirmar los derechos
inalienables de las personas particulares a costa de los bienes que son comunes
a todos. Por ejemplo, el poder pasear libremente por la calle y hablar con
quien nos plazca es un bien común que ha de ser respetado y protegido por las
autoridades públicas. Pero cualquier persona normal y con uso de razón
comprende que si cada uno va por la vía pública “como si la calle fuera suya”,
atropellando al que se le pone por delante o insultando, la libertad de estas
personas debe ser reducida a sus justos límites. En el lenguaje corriente se
dice que la libertad de cada uno termina allí donde empieza la libertad de los
demás.
El asunto de la analogía para el correcto uso de la razón es muy serio y lo he
tratado con detención en diversas ocasiones. De todos modos, recordemos ya que
expresiones como: “O yo o nadie”, “o todos o ninguno” etc. se oyen con
frecuencia en la vida ordinaria y son temerosas porque con ellas se está
sugiriendo la imposición absolutista del todo contra las partes, o de las
partes contra el todo. Lo cual suele traducirse en política como represión de
las libertades personales o desorden y anarquismo social. Cualquier cosa menos
optar por lo justo y razonable entre esos extremos indeseables. De ahí la
posibilidad de evitar estos extremos sin necesidad de ser expertos conociendo,
si es posible, y manejando la Lógica racional. Pero no es necesario llegar a
tanto. Basta dejarnos llevar por el sentido común aprendiendo a utilizar
correctamente las comparaciones, los ejemplos ilustrativos, las exageraciones e
hipérboles, las generalizaciones y los matices cuando hablamos. Si oímos decir,
por ejemplo, que “todos los políticos son iguales”, a saber, sedientos de
poder, mentirosos, ladrones o sinvergüenzas, la réplica del sentido común no se
hace esperar. Pronto algún interlocutor matizará: “hombre, también hay
políticos buenos”; “no hay que exagerar” y así sucesivamente. Por el contrario,
si alguien se entusiasma cantando las glorias de tal o cual candidato político,
o despellejando a su contrincante, también la voz del sentido común nos sale al
encuentro para que no nos hagamos ilusiones ni seamos pesimistas. El sentido
común y la experiencia de la vida nos ponen en la realidad, según la cual,
cualquier candidato político puede resultar tan malo y mejor que su predecesor.
Nadie es tan malo como piensan sus enemigos ni tan bueno como piensan sus
amigos. Razonar analogando significa poner mentalmente cada cosa en su sitio en
todos los órdenes de la vida tratando de compaginar siempre la totalidad del
ser en general como la diversidad de las realidades concretas.
6) No confundir la verdad objetiva con la mera corrección lógica del
discurso
La
coherencia entre lo que uno piensa o siente y su forma de comportarse en la
vida es uno de los factores psicológicos que más influyen en el éxito de los
charlatanes, de los tiranos y de toda suerte de demagogos. Todos, por lo
general, sentimos alguna admiración hacia aquellos que tratan de llevar a la práctica
de forma rigurosa y sistemática lo que piensan, aunque nos parezca que están
equivocados. Por el contrario, sentimos indignación y rechazo incontenible
hacia los hipócritas, aunque tengan razón, precisamente porque hacen gala de la
verdad que proclaman con las palabras pero que niegan al mismo tiempo con sus
hechos. De ahí la facilidad con la cual los tiranos y demagogos embaucan
momentáneamente a la gente pero son aborrecidos tan pronto se descubre que no
son coherentes sino hipócritas y falsos.
Los
discursos de estos personajes son a veces piezas maestras desde el punto de
vista gramatical y literario. No en vano suelen disponer de buenos expertos en
la materia. En efecto, un argumento puede ser formulado con perfecta corrección
gramatical y de acuerdo con las normas más rigurosas de la Lógica racional y
ser falso por su contenido. La coherencia lógica no garantiza la verdad de lo
que decimos. En el lenguaje común se expresa esto mismo con frases como estas:
“habla muy bien pero no dice nada”; “habla muy bien pero no me convence”; “sí,
está muy bien lo que Ud. dice pero no me interesa su propuesta”. Otras veces se
dice que fulano o mengano habla o escribe muy bien y a continuación se añade un
silencio descalificador. Es una forma elegante de decir que eso tan bien dicho
o escrito no es verdad por más que lo parezca. No basta hablar o escribir bien.
Hay que decir algo verdadero, o por lo menos no engañar, para no traicionar al
uso de la razón y ponernos fuera de la realidad.
Los
razonamientos gramatical y lógicamente correctos con contenido falso son como
los fascinantes billetes falsos de 500 euros en el mercado. Hay que aprender a
detectarlos para ponerlos fuera de circulación. Para terminar este rosario de
consejos prácticos para usar bien la razón cabe añadir que cualquier
razonamiento que esté fundamentado en la falta de respeto a la vida humana o
con el cual se pretenda justificar su eventual destrucción, nos pone
automáticamente fuera del uso correcto de la razón y, por lo mismo, debe ser
revisado y rectificado. Cualquier razonamiento contrario a la vida humana es
por su propia naturaleza falso, aunque esté lógica y gramaticalmente bien
formulado. La coherencia lógica por sí misma no es garantía de pensamiento
razonable y verdadero. Ahora bien, entre estos criterios prácticos para acertar
en el uso de la razón hay que destacar la analogía como método propio y
específico de la inteligencia humana.
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