miércoles, 14 de marzo de 2018

FILOSOFÍA CAPÍTULO II


CAPÍTULO II

EL DRAMA DE LA RAZÓN PERSONAL

            1. La razón perdida y hallada en don Quijote

            El Quijote de D. Miguel de Cervantes Saavedra es una de las obras de sabiduría popular en la que se plantea de forma explícita el drama de la pérdida del uso de la razón personal, se denuncia una de las principales causas culturales de esa pérdida al tiempo que se transmite un mensaje de esperanza.  
           
                - Muchos locos sueltos
            Según la sabiduría popular hemos de procurar por todos los medios no perder la cabeza ante nada ni ante nadie. La cabeza se refiere, obviamente, a la capacidad de razonar correctamente ante las dificultades de la vida. Los que trabajan en clínicas de enfermos mentales o en residencias de ancianos conocen por experiencia la dificultad de tratar a los enfermos cuya capacidad de razonar está seriamente dañada y construyen discursos en desacuerdo con la realidad desde la imaginación y la fantasía. Hay muchas clases de insuficiencia intelectual pero todas ellas tienen un denominador común: la pérdida más o menos acusada de la capacidad de razonar de forma correcta. La literatura humorística ha descrito con agudeza, ironía y comprensión esta triste realidad.
            Dos locos paseaban por el jardín del centro hospitalario discutiendo sobre la hora. Al no ponerse de acuerdo sobre si eran las 12 del mediodía o de la medianoche decidieron ir al despacho del Director del Centro a dirimir la cuestión. Los locos expusieron el problema al Director, el cual, mirando espontáneamente al reloj, respondió sorprendido: “siento mucho no poder resolver vuestro problema, tengo el reloj parado”. Otra vez un loco trataba de convencer a sus compañeros de que él era coronel del ejército. A lo cual replicó otro: “no le hagáis caso porque es un presumido que tiene la manía de hacerse pasar por algún personaje importante”. ¿Y por qué dices eso? ¿Cómo lo sabes?, replicó uno de los presentes. Pues “porque yo soy general y está a mis órdenes”. Otra vez llegó un paciente al psiquiatra alegando que era un perro y que se llevaba muy mal con los vecinos. ¿Y cuánto tiempo hace que tiene usted este problema con los vecinos?, inquirió el psiquiatra. A lo que el paciente contestó sin vacilar: “desde que era cachorro de tres meses y hacía mis necesidades en el portal”.
            Humor aparte, la locura es algo que termina contagiándose. A fuerza de tratar con locos corremos el riesgo de terminar pensando como ellos. De hecho, los locos y los niños (por defecto o por exceso de razón), por carencia o pérdida del sentido de la prudencia, dicen a veces verdades que los cuerdos no se atreven a decir. Lo cual nos deja estupefactos. Un loco total suscita la compasión y de entrada no prestamos atención a lo que dice o hace. Un medio-loco, en cambio, puede llegar a seducirnos con sus brillantes y desconcertantes razonamientos. Hay, sin duda, “locos de atar”. Pero los más problemáticos son aquellos que tienen “algún cable fundido” y funcionan como si la instalación de su psique fuera perfecta. A veces llegan a ocupar puestos de responsabilidad social y deslumbran a la gente que no convive con ellos o ellas habitualmente. Casos de estos pueden encontrarse donde menos se piensa, sobre todo entre activistas políticos, líderes religiosos fundamentalistas y artistas famosos. En tales casos lo más frecuente es que no se use la razón en absoluto, o se la use perversamente. Los fanáticos religiosos, por ejemplo, utilizan la fe ciega y los sentimientos irracionales. Los fanáticos políticos, por su parte, manejan perversamente las ideologías y el poder. En ambos casos se excluye o se pervierte el uso de la razón. Cuando tal forma de proceder es habitual se corre también el riesgo de perder la capacidad misma de razonar.
            Otra circunstancia que favorece el mal uso de la razón es, como veremos después más en detalle, es el fenómeno del enamoramiento. El lenguaje popular describe lacónicamente estas situaciones con expresiones como estas: “Ha perdido el coco”, o “está chiflado/a por fulanito o menganita”. La pérdida del uso de razón es muy triste porque desaparece aquello que nos distingue a los seres humanos de las plantas y de los animales. Los centros de internamiento psiquiátrico son el laboratorio donde se analizan los casos más graves de pérdida de la razón cuando las personas que adolecen de esta incurable enfermedad no pueden llevar una vida como personas normales que piensan, razonan y toman decisiones responsables frente a los retos de la vida.
            Pero como lo que nos hemos propuesto en estas páginas no es escribir una historia de locos sino de cómo hemos de concienciarnos de la importancia de conservar sana la razón y aprender a razonar correctamente, me ha parecido oportuno traer a colación los capítulos primero y último del Quijote, donde  don Miguel de Cervantes Saavedra describió genialmente cómo un hombre puede perder la razón, las consecuencias que de ello pueden derivarse para él y cuantos le rodean, así como el resultado de haberla recuperado. La mayor parte de las locuras pueden encontrar atenuantes pero no tienen curación completa. Cervantes, sin embargo, apostó por la posibilidad de una recomposición de la mente cuando sus trastornos son debidos a la mala educación recibida desde la imaginación y la fantasía perdiendo el sentido de la realidad. He aquí textualmente sus geniales palabras. 
            “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha  mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero; adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor (…) Tenía en su casa un ama que pasaba los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza (…). Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas anegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en qué leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos, ningunos la parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de aquellas intrincadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera  mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura”. Y también cuando leía: “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».
            Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello (…) En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches  leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo (…).  En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y  poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”.
            Lo dicho por Cervantes sobre el riesgo de perder la razón leyendo novelas de caballería es aplicable hoy día a quienes pierden lo mejor de su vida viendo frivolidades en la televisión, en el cine y más aún enganchados a internet. Si a este banquete de irrealidad y mundo ficción añadimos el tabaquismo, el alcoholismo y la drogadicción, el riesgo de trastornar el uso de la razón es aún mayor. Los que en otros tiempos perdían el juicio leyendo novelas caballerescas actualmente enloquecen y pierden el sentido de la realidad consumiendo imágenes tecnificadas al por mayor desde la más tierna infancia aliñadas con violencia, sexo y dinero. Los estudios estadísticos sobre los efectos negativos del consumo irracional de imágenes falsas de la realidad son ciertamente preocupantes en la medida en que está en juego el uso correcto de la razón, suplantada por la imaginación y la fantasía.
            Hoy, como en los tiempos de Cervantes, la pérdida de la razón tiene mala o nula solución. El que es “tonto”, reza un refrán, lo es de por vida. Lo cual significa que hay condicionamientos genéticos que afectan sustancialmente al desarrollo y buen uso de la razón. Desgraciadamente hay “deficientes mentales” de nacimiento y nadie tiene la culpa de ello mientras no se demuestre lo contrario. Pero, como decían los antiguos, lo que la naturaleza no da tampoco se adquiere en Salamanca. O sea, que hay carencias de uso de razón que no se pueden suplir satisfactoriamente con la cultura o el estudio. De ahí aquello de  “genio y figura hasta la sepultura”. Por otra parte, la cultura mal entendida o/y peor enseñada corrompe más a la razón que el analfabetismo. El analfabetismo no es incompatible con el buen uso de la razón. La mala educación intelectual, en cambio, sí lo es. De ahí que sea preferible hablar con un analfabeto cuerdo que discutir con un loco culto.          
            Pero no perdamos la esperanza. Contra lo que habitualmente ocurre, Cervantes termina su genial novela presentándonos a un D. Quijote cuerdo y sensato dispuesto a darnos la mejor lección de su vida. A lo largo y tendido de la gran novela describe las fascinantes locuras de un hombre que a fuerza de consumir imágenes falsas de la realidad mediante la lectura de novelas perdió el juicio. Ahora quiere dejar un mensaje abierto a la esperanza describiendo el triunfo de la razón y de la cordura invitando al abandono del despotismo de la imaginación y de la fantasía para que reine en nosotros la serenidad de la razón al servicio del principio de realidad. Los beneficios de este trueque vendrán por añadidura. El inteligente y sensato D. Miguel nos cuenta con realismo y graciosa sencillez la gran noticia de cómo su protagonista, D. Quijote, perdió el juicio a fuerza de leer libros fascinantes de pura fantasía, pero al final, como un caso excepcional, recobró el uso de la razón invitándonos a optar por el principio de realidad. La imaginación y la fantasía están muy bien pero a condición de que sean gobernadas por la razón. 
           
            - Mejor tarde que nunca
             Y concluye: “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de Don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero. Estos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y levantase para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una égloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba Don Quijote sus tristezas. Llamaron sus amigos al médico; tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo que por sí o por no, atendiese a la salud de su alma porque la del cuerpo corría peligro. Oyólo Don Quijote con ánimo sosegado; pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó Don Quijote que le dejasen solo, porque quería dormir  un poco. Hiciéronlo así, y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas; tanto que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño.
            Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz, dijo: -Bendito sea el Poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho. En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres. Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle más concertadas que él solía decirlas, a lo menos en aquella enfermedad, y preguntóle:- ¿Qué es lo que vuesa merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué misericordias son éstas o qué pecados de los hombres? - Las misericordias, respondió Don Quijote, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mi buenos amigos: al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero; que quiero confesarme y hacer mi testamento. Pero de este trabajo se excusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio Don Quijote, cuando dijo: Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Yo soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya por misericordia de Dios, escarmentado en cabeza propia, las abomino.
            Cuando le oyeron decir esto los tres creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado. Y Sansón le dijo: ¿Ahora, señor Don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuesa merced con eso; y ahora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño?. Calle por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos. Los de hasta aquí, replicó Don Quijote, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte con ayuda del cielo en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento: que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así suplico que en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano. Miráronse unos a otros admirados de las razones de Don Quijote, y aunque en duda, le quisieron creer: y una de las señales por donde conjeturaron que se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo; porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto acierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
            Hizo salir a la gente el cura y quedóse solo con él y confesóle. El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza; el cual Sancho (que ya sabía por nuevas del bachiller en qué estado estaba su señor) hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el cura, diciendo: -Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento. Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que Don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas y en tanto que fue Don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían. Entró el escribano con los demás, y después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma Don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo: -«Item, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos, ni se le pida  cuenta alguna, sino  que si sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera ahora estando cuerdo darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.».
            Y volviéndose a Sancho, le dijo: -Perdóname amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. ¡Ay!, respondió Sancho llorando: no se me muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no hay más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron: cuánto más que vuesa merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy será vencedor mañana. -Así es, dijo Sansón, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos.
            Señores, dijo Don Quijote, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui Don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano. «Item mando toda mi hacienda a puerta cerrada a Antonia Quijana, mi sobrina, que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas: y la primera satisfacción que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido. Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes. Item es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosas sean libros de caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe, y con todo eso mi sobrina quisiere casarse con él y se casare, pierde todo lo que le he mandado, lo cual pueden mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad. “Item suplico a los dichos señores mis albaceas, que si la buena suerte les trajere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de Don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan cuán encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe; porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.».
            Cerró con esto el testamento, y tomándole un desmayo, se tendió de largo en la cama. Alborotáronse todos, y  acudieron a su remedio; y en tres días que vivió después deste, donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero con todo comía la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto. En fin, llegó el último de Don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como Don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió”.
               
                - ¡Si Cervantes levantara la cabeza!
            Si Cervantes viviera hoy podría actualizar el primer capítulo del Quijote así: “Es de saber que este sobredicho hidalgo...se daba a ver televisión e internet con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la administración de su hacienda; y llegó a tanto su desatino, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar videos, D-Vdes  y novelas, y así ­llevó a su casa todo cuanto pudo encontrar en el mercado, y de todos ninguno le parecía tan bien como los del famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas le parecían perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos donde en muchas partes hallaba escrito: “La razón de la sinrazón  se hace, con tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”. Y también cuando leía “…los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.
            Con estas razones  perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarlas el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles si resucitara sólo para ello. El sobredicho hidalgo se en­frascó tanto en la televisión, los vídeos e internet que se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que veía en la televisióny demás medios de comunicación, así de amores, tormentas y disparates imposibles; y asentó­sele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de soñadas invenciones que veía, que para él no había otra historia más cierta  en el mundo. Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció obligado y necesario ejercitarse en todo aquello que había visto en cine, radio, televisión e internet». O sea, los medios modernos de fascinación y entontecimiento con la misma gracia, ironía y realismo.

                - La lección práctica sobre el uso de la razón
                Miguel de Cervantes fue un hombre realista hasta el punto de que su novela, lejos de alejarnos de la realidad, como ocurre en las malas novelas, nos acerca más a ella. Por eso, a su protagonista, D. Quijote, tenía que llegarle la hora de la verdad, como a todo hijo de vecino, que es el momento de la muerte,  frente a la cual es inútil intentar marcharnos por los cerros de Úbeda. La originalidad de D. Quijote consistió en aprovechar esta circunstancia ineludible como terapia optando por volver al sano juicio. Primero pidió que le dejaran dormir y descansar. Fue el primer signo de su vuelta a la razón. Los insensatos sacrifican el sueño por motivos diversos olvidándose de que el bien dormir es la medicina natural más saludable de la que no debemos privarnos bajo ningún pretexto. Después del reconfortante descanso su primera reacción fue dar gracias al Creador por los beneficios recibidos durante la vida y la comprensión de sus debilidades humanas. Ahora bien, entre todos los beneficios recibidos reconoce que el mayor de ellos era en aquel momento que había recobrado el sano juicio que había perdido leyendo los novelescos y estúpidos libros de caballería. Y para que no queden dudas, pide un confesor para ante él pedir perdón por sus sinrazones y  un notario para hacer testamento.
            Ante tales buenas razones los que le habían tenido siempre por loco prefieren ahora que siga en su locura, de la cual con el tiempo habían terminado contagiándose. Pero ante la realidad de la muerte lo mejor es agarrar al toro por los cuernos y no seguir engañándonos a nosotros mismos. La imaginación y la fantasía pueden ser gratas y provisionales compañeras para paliar los momentos duros de la vida. Pero nunca buenas consejeras cuando se trata de hacer frente a la cruda realidad. El reconocimiento de los propios defectos, el pedir disculpas por los daños causados a los demás y el encomendarse a la bondad de Dios son gestos que sólo pueden realizarse cuando la razón funciona a tope y correctamente frente a los desafíos de la realidad de la vida y de la muerte.
            Cervantes no consideró necesario describir la hipotética confesión de D. Quijote y el cura se limitó prudentemente a declarar que se trataba de un hombre en pleno dominio de sus facultades mentales por lo que el notario debía escucharle con el debido respeto para redactar su última voluntad o testamento. Como signos de su cordura y buenas razones baste destacar los siguientes detalles testamentarios. Por ejemplo, que su sobrina se case con quien quiera. ¡No faltaba más! Pero si se casare con un hombre enganchado a la lectura de libros novelescos de caballería, quede desheredada. El significado profundo de esta decisión testamentaria es claro. La razón humana y su uso adecuado para afrontar la realidad de la vida es la piedra angular de la existencia. En el buen uso de la razón nos jugamos a una sola carta nuestra condición humana y nuestra dignidad. En consecuencia, hemos de evitar todo aquello que pueda eclipsar el uso de la razón al precio incluso de un alto costo emocional. El mensaje resulta aún más explícito cuando D. Quijote se refiere en su testamento a Sancho Panza, el símbolo del realismo más primario, pero que terminó contagiándose en parte del idealismo irracional quijotesco. No, Sancho, en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Que a Sancho se le compense generosamente y con creces los daños que hubiere recibido en su simplicidad. Pero, sobre todo, D. Quijote le pide perdón por haberse servido de él para alimentar y llevar a cabo sus proyectos locos contra toda razón.
            Cervantes quiso que su protagonista cambiara de nombre relacionando el buen uso de la razón recuperada con la bondad humana. La recuperación del uso de la razón es un acontecimiento tan trascendental que ha de celebrarse con un nuevo bautismo. Por eso el loco D. Quijote muere ahora como un hombre cuerdo y sensato con el nombre de Alonso Quijano el Bueno. Mucha gente se pregunta por qué hay personas e instituciones que viven de odiar y matar a sus semejantes. La respuesta es compleja, pero podemos adelantar ya que una de las causas principales es porque no se usa la razón (en su lugar se usan sentimientos y pasiones) o se la usa mal o perversamente. Dos hombres se matan por el amor de una mujer con la aquiescencia de ésta. Los terroristas matan a sangre fría al que se les pone por delante. Los fundamentalistas religiosos islámicos se prestan para perpetrar actos de terrorismo suicida y determinados grupos políticos disfrutan como chanchos legalizando formas de conducta degradantes de la dignidad humana. En todos estos casos hay un denominador común: sentimentalismo, ignorancia y ambición de poder. O lo que es igual, uso equivocado o perverso de la razón. La bondad humana de calidad pasa necesariamente por el buen uso de la razón. Tan indeseables son los “buenos tontos” como necesarios los “inteligentes buenos”.  
 
     2. El uso de la razón en la administración de la justicia

            También la literatura humorística ha reflejado con ironía la importancia del buen uso de la razón para la convivencia social. Cuenta el satírico que dos locos salieron a pasear por la ciudad pero al poco tiempo volvieron asustados a casa. Preocupado el funcionario del Centro que cuidaba de ellos durante los recreos les preguntó por qué volvían tan pronto y si les había ocurrido algún percance. A lo que ellos respondieron: “no nos ha ocurrido nada pero temimos que nos ocurriera lo peor ya que hay mucho loco suelto por la calle”. ¿Quiénes son los locos?
            La pérdida generalizada del juicio o mal uso de la razón nos puede llevar hasta el extremo de no saber ya dónde termina la cordura y empieza la insensatez. Sin tal capacidad de discernimiento los criminales pueden ser confundidos con los héroes y los personajes famosos de la historia con los mayores delincuentes. Y esto no es novedad. Muchos de los personajes más celebrados con monumentos públicos, nombres de calles y avenidas, actos culturales y otras historias no pocas veces fueron matones de profesión o personas con el uso de la razón bastante trastornado. La historia de la filosofía, del arte y de la política está saturada de personajes famosos a los que si algo importante les faltó fue el buen uso de la razón. A lo mejor fue eso lo que los hizo famosos. De hecho, en las sociedades modernas avanzadas los medios de comunicación han creado la cultura de lo “interesante” que las más de las veces es fruto de la sinrazón o uso irresponsable de la misma. Las antiguas novelas de caballería, enemigas de la razón, según Cervantes, son juegos de niños al lado de los modernos programas mediáticos de todo tipo desde la atalaya de la política, del espectáculo mediático y de las finanzas.
            Lo peor de todo es que no se quiera reconocerlo, o se pretenda por razones diversas convertirlos en referentes modélicos para las futuras generaciones. Con esto estoy haciendo referencia a los modelos educativos en los que se imparte cultura a granel, más o menos falsificada, pero no se enseña a pensar y reflexionar con corrección sobre la información recibida. Pero esta es otra historia en la que no me interesa entrar ahora. De momento sólo quisiera enfatizar cómo la capacidad y uso correcto de la razón es un elemento sustancial de las relaciones sociales y de la administración de la justicia. Como botón de muestra me parece oportuno recordar la importancia que en el Derecho Canónico tiene el  uso de la razón para evaluar las responsabilidades legales.
            Se dice, por ejemplo (c.11), que las leyes emanadas de la autoridad eclesiástica no obligan nunca a los que carecen de uso de razón suficiente o no han cumplido los 7 años de edad. En esta determinación canónica subyace una antropología de fondo según la cual el ser racionales no implica necesariamente el uso o ejercicio efectivo de la razón de forma automática. Se sabía por la experiencia de la vida, y cada vez lo sabemos mejor por la psicología evolutiva, que el uso efectivo de la razón comienza a ejercerse después de mucho tiempo de rodaje en la existencia. La edad de 7 años es sólo un marco referencial de este fenómeno que tiene variantes de acuerdo con la evolución personal de cada uno de nosotros. Pero el marco genérico es bastante orientador.
            Según el Codex (c.97), las personas son consideradas mayores de edad a los 18 años y menores desde los 7 a los 18. El menor antes de los 7 años es considerado “sin uso de razón” y una vez cumplidos los 7  “se presume que tiene uso de razón”. En consecuencia, se presume también como regla general que puede ser tratado como sujeto responsable de sus actos en proporción con la edad. Por otra parte están los que carecen habitualmente de uso de razón. Estos (c.99) son considerados por la ley como personas infantiles, o sea, no susceptibles de responsabilidad legal por sus actos. El c. 1322 aclara que se consideran incapaces de cometer un delito quienes carecen habitualmente de uso de razón, aunque hayan infringido una ley o precepto cuando parecían estar sanos. Un ejemplo práctico. Los adolescentes que protagonizan actos callejeros vandálicos se comportan como para-terroristas inocentes. ¿Qué hacer con ellos? Si por razón de la edad o el estado de exaltación no pueden ser considerados subjetivamente como delincuentes que han de responder por sus actos ante la justicia, deberán responder por ellos sus padres, tutores o educadores. En la legislación canónica hay una referencia constante al uso de razón como condición indispensable para el ejercicio de los derechos y obligaciones dentro de la Iglesia. Todos los actos sociales de naturaleza sacramental, por ejemplo, son considerados nulos para efectos canónicos sin el uso de la razón. Quienes por razón de la edad o estado de salud no pueden ejercer por sí mismos el uso de la razón han de ser suplidos por personas capaces de hacerlo responsablemente por ellos.
            De hecho, el gran reto de todos los tribunales de justicia, eclesiásticos o civiles, consiste en determinar primero la capacidad de uso de razón de los inculpados para fijar después la pena prevista por la ley contra el delito perpetrado. La lucidez mental, el conocimiento de causa de los actos realizados y el estado de libertad aumentan la responsabilidad del inculpado. Por el contrario, la falta de uso de razón, el desconocimiento y la falta de libertad personal atenúan o anulan la responsabilidad del mismo. Esto, que en teoría resulta tan fácil de decir, en la práctica no es siempre fácil de determinar. El grado de lucidez mental de una persona no es un asunto que pueda clarificarse con precisión matemática. Cuando, por otra parte, los tribunales de justicia son corruptos o incompetentes (cosa nada sorprendente) el asunto se complica aún más. Sin olvidar los casos en los que el miedo lleva a los jueces a dictar sentencias a favor de los delincuentes alegando razones absurdas que indignan al público y hacen pensar lo peor sobre la competencia y catadura moral de esos jueces.
            Pero la dificultad de fijar la capacidad de uso de razón y responsabilidad subjetiva de los malhechores, así como la eventual corrupción de los tribunales de justicia, confirma la importancia del uso de razón, lo mismo para tratar a nuestros semejantes como para denunciar la mala administración de la justicia. Con personas e instituciones que no usan la razón, o que la usan perversamente, la convivencia humana resulta prácticamente imposible. Una vez que se prescinde del uso correcto de la razón se desencadenan las guerras y toda suerte de conductas absurdas e inhumanas alimentadas por ideologías y creencias fanáticas. Destronada la razón se instaura el imperio de la incomprensión y del odio. Buena prueba de ello son los modernos fanatismos políticos y religiosos vigentes o los atávicos sentimientos nacionalistas.
            En todas estas formas de conducta hay un denominador común,  cual es la pérdida o uso perverso de la razón. El asunto es tan grave que los locos propiamente dichos, como D. Quijote y todos los que son tratados en los centros psiquiátricos, son prácticamente inofensivos. Los de temer son los que en lugar de aspirar a recobrar el sano juicio, como D. Quijote antes de morir, luchan para que todos nos contagiemos de sus locuras poniendo patas arriba el principio de realidad del que se alimenta la razón. Para ello recurren a la astucia y la violencia. Cualquier cosa menos hacer uso correcto de la razón, que es lo que nos hace humanos en un mundo genérico de animales. Cierto que esto es más fácil constatarlo y describirlo que conocer sus causas y tratar de corregirlo. Para ayudar a comprender el problema y afrontarlo con éxito relativo hay que ser realistas y tener en cuenta las situaciones límite en que nos pone la vida, y el hecho de que el despertar y maduración del uso de la razón no va a la par con nuestro desarrollo biológico. Esta asincronía evolutiva de nuestra personalidad está en la base de todo el problema. Vayamos por partes.
           
                 3. Pérdida de la razón en los momentos críticos de la vida

                Dice un refrán que tanto matan las alegrías como las penas. Con lo cual se quiere decir que el mucho dolor acumulado y la mucha alegría momentánea nos hacen perder el control de nosotros mismos llevándonos a decir y hacer cosas que en estado emocional normal bajo el control de la razón no tendrían lugar. Tratándose de la niñez, infancia y adolescencia más que de perder la razón habría que hablar de desarrollo insuficiente de la misma. Cuando un niño, por ejemplo, llora desconsolado porque sus padres le niegan un capricho absurdo o imposible de satisfacer asistimos a un espectáculo desagradable porque el niño no entiende las razones de sus padres. En unos casos estos responden con admirable paciencia y comprensión hasta que el niño se serena y se olvida de todo. Otras veces los padres pierden la paciencia y se desahogan con gestos violentos que después tratan de compensar para tranquilizar su conciencia. En estos casos los niños no usan la razón porque todavía no están capacitados para ello. Los padres, en cambio, pierden el control de sí mismos y los castigan con dureza incluso desmedida por lo que, cuando se serenan, sienten la necesidad de compensar su falta de control racional.
            Estos conflictos entre padres e hijos suelen agravarse durante la adolescencia y primera juventud. A veces la situación es tan tensa que se rompen incluso los vínculos afectivos familiares más elementales. ¿Qué ocurre? Los unos no usan la razón porque no la tienen suficientemente desarrollada y ejercitada, y los otros porque, a pesar de estar capacitados para entender y comprender las razones de las cosas, la perturbación emocional les impide actuar con la serenidad y comprensión que sólo son posibles usando la razón con prudencia y sentido de responsabilidad. Cuando estos conflictos entre padres e hijos tienen lugar lo primero y más urgente es conseguir que las buenas razones pongan en su sitio a los sentimientos desbordados. Algo, que resulta muy difícil lograr en la práctica. Pero esto no es lo peor. Lo peor ocurre cuando el descontrol de los sentimientos y emociones se produce entre parejas. A lo largo de mi experiencia profesional pocas veces he asistido a la recuperación del uso correcto de la razón para rehacer una vida afectivamente fracasada entre personas casadas. Cuando un hombre y una mujer se explotan mutuamente de forma egoísta e irracional resulta muy difícil, si no imposible, hacerlos volver al terreno de las buenas razones. La razón se utiliza en estos casos, pero más para fortalecer los instintos de venganza que para volver al buen camino trazado por la razón.
            Pero volvamos a los estados emocionales por exceso de alegría o de dolor. Algunos ejemplos prácticos tomados de la vida diaria pueden ilustrar el problema que tenemos planteado. Estamos en un hospital visitando a un enfermo en estado muy grave. Hay personas que están allí para ayudar al enfermo y a sus familiares a afrontar con dignidad la prueba de la enfermedad. Cuando los servicios informativos comunican buenas noticias se alegran y cuando las noticias no son buenas se entristecen. Nadie que sea normal y razonable permanece insensible como un bloque de cemento armado ante las buenas o malas noticias sobre el estado de salud de un enfermo, o sobre cualquiera otro asunto importante de la vida. Lo contrario sería sintomático y muy de temer. Cualquier persona normal siente y padece las alegrías y las penas de forma razonable sin huir de la realidad. Pero esto no siempre ocurre así. Hay quienes al recibir la buena noticia de la evolución favorable del enfermo saltan como corderos en la pradera cantando una victoria todavía incierta y siempre limitada. La mucha alegría les lleva a hacer apasionados y triunfalistas comentarios espontáneos en los que incluyen al propio Dios en persona. Por el contrario, cuando las noticias sobre el enfermo no son favorables, automáticamente se desmayan, fuman, beben y piensan que Dios es el culpable de todo, por lo que nada hay que agradecerle. En ambos casos la alegría y la tristeza se han apoderado del uso de la razón.
            Paseamos por la ciudad y en el cruce de dos calles se produce un incidente de tráfico. No ha ocurrido nada importante. Simplemente que alguien ha realizado una maniobra incorrecta sin más consecuencias desagradables que el susto. No obstante, desde las ventanillas de los dos vehículos implicados se produce un intercambio de insultos. Estos van en aumento con el estímulo de alguno de los restantes viajeros. En un momento dado salen los conductores de sus respectivos coches y se oye la voz de una mujer, que desde dentro de uno de los coches exclama: “mátalo”. Gracias a la rápida intervención de la gente los enfurecidos conductores, dispuestos a agredirse hasta el extremo, son interceptados y se impide la agresión. Es obvio que en este caso tanto la mujer instigadora como los conductores perdieron el control emocional de sí mismos activándose en ellos el instinto de venganza. O lo que es igual, todos ellos perdieron en un momento dado el uso de la razón y como consecuencia de lo cual pudo producirse un derramamiento de sangre humana. Cuando en estos casos se apela a la serenidad para poder hablar y entendernos sin hacernos daño, en realidad lo que estamos haciendo es crear las condiciones indispensables para recuperar el uso de la razón.
            Hablando de momentos críticos de la vida en los que se trastorna el uso correcto de la razón no podemos olvidar aquellos en los que los conflictos interpersonales o la opresión social inducen a ciertas personas a quitarse la vida. Durante el despótico dominio comunista en el Este de Europa, por ejemplo, muchas personas llegaron a considerar razonable la posibilidad de suicidarse como única salida a las situaciones de acoso y terror creadas por las autoridades públicas. Una de estas personas acosadas y aterrorizadas, después de contarme las absurdas y ridículas acusaciones de que había sido objeto y los sufrimientos morales a los que había sido sometida, me llevó de paseo a un precioso bosque para mostrarme el lugar discreto donde, de no haber cambiado la situación política, habría dejado su vida antes de que se la quitara nadie. Los sufrimientos físicos y morales intensos y persistentes turban de tal manera nuestra razón que pueden llevarnos al uso de la misma contra nosotros mismos y de forma perversa contra los demás. Otra circunstancia dramática que puede hacernos perder el uso correcto de la razón es la enfermedad no asumida o la muerte cercana e inevitable. La práctica de la eutanasia activa es una de las pruebas más evidentes de la pérdida del uso correcto de la  razón  por parte de quienes la solicitan, y más aún por parte de quienes la apoyan y ejecutan.
            Escuchamos los servicios informativos en los que se nos habla de un acto terrorista en el que han muerto varias personas, niños incluidos. Los autores del inhumano acto celebran el acontecimiento como un éxito más a favor de su causa al tiempo que las víctimas del terror sufren las terribles consecuencias del cobarde acto criminal. La gente de bien se pregunta cómo es posible que unas personas cifren su felicidad en matar a otras incluidas las más inocentes. Ante estas reacciones cabe hacer algunas observaciones. Los terroristas son educados para ese menester pervirtiendo el uso de la razón de sus militantes. Es un proceso educativo intenso y sistemático durante el cual se produce una inversión de la escala de valores humanos. Los terroristas que matan a sus semejantes por motivos exclusivamente políticos o financieros establecen una escala de valores en función de esos intereses al margen de la razón y educan a sus militantes en función de los mismos. Todo lo que no sea compatible con esos objetivos a alcanzar es presentado a sus seguidores como malo y digno de ser aborrecido hasta la muerte. La misma vida debe ser sacrificada, si ello fuere menester, al logro eficaz de los objetivos políticos, sentimentales, religiosos o económicos programados.
            Los sentimientos nacionalistas fueron a lo largo de la historia y siguen siendo el caldo de cultivo más favorable para la educación terrorista por motivos políticos. En cualquier caso, lo que interesa destacar aquí es el hecho de que la razón es utilizada, pero de forma pervertida. Razonar con un terrorista profesional sobre cualquier asunto que no sea favorable a su causa política es tiempo perdido, a no ser que se haya desmarcado del grupo y no corra el riesgo de ser vengado. El lavado cerebral al que un terrorista ha sido sometido es demasiado importante como para pensar que puede liberarse fácilmente del mismo. Por otra parte, si analizamos las expresiones más corrientes de condena de esta forma de conducta, todas ellas apuntan a su inhumanidad por el uso pervertido que hacen de la razón. Cuando ya no sabemos qué calificativo aplicar a esos actos la única expresión que nos queda disponible es que sus protagonistas están locos. Es una forma desesperada de reconocer que no sólo han perdido los sentimientos más elementales de humanidad sino que han perdido o pervertido aquello mismo que nos hace esencialmente humanos: el uso correcto de la razón.
            Tratándose del terrorismo de inspiración religiosa al estilo islámico, por ejemplo, el proceso educativo de la mente para hacer imposible el uso de la razón es muy similar. Se invoca a presuntos premios divinos en la otra vida para quienes tengan el valor de quitársela en este mundo a quienes no secunden sus creencias. En el fondo se trata de una deformación de las auténticas creencias religiosas, como en el terrorismo político se deforman los auténticos sentimientos de patria o nación. En ambos casos se erige un altar de expiación cruenta donde se inmolan las vidas de los presuntos extraviados que no se convierten a la sinrazón de sus creencias presuntamente religiosas. Lo cual resulta psicológicamente posible porque ya desde la tierna infancia se va destruyendo la posibilidad misma del uso correcto de la razón.
            Por una parte se excitan los sentimientos políticos o religiosos (o ambos a la vez) de las personas para que se desarrollen al margen de la razón. Por otra, los educadores utilizan su propia razón de forma perversa invirtiendo la escala natural de los valores. Para lograr sus objetivos aplican la coacción y la violencia generando un estado de sumisión y miedo en caso de que se produzca la más mínima reacción defensiva. Al usar unos la razón perversamente y otros verse forzados a renunciar al uso correcto de la misma bajo el influjo de la ignorancia y la coacción, se produce el triste fenómeno de la conducta terrorista. ¡Están todos locos! Es la respuesta emocional de quienes tratan desesperadamente de comprender lo que ocurre usando el sentido común y la recta razón. Perder la cabeza y volvernos locos es el extremo más indeseable al que podemos llegar los seres humanos en este mundo por las consecuencias nefastas que fatalmente han de seguirse. De ahí la necesidad de volver al buen camino de la razón para curarnos en salud a tiempo contra los fanatismos políticos y religiosos que azotan a la humanidad. 
            Otra constatación importante a tener en cuenta es la siguiente. El siglo XX fue un siglo de grandes progresos y calamidades. Progresos en el orden material y calamidades en el orden intelectual y moral. Como referentes de estas dos polarizaciones baste recordar por un momento las dos guerras mundiales que tuvieron lugar. Ambas se produjeron porque los primeros responsables de la vida pública de las naciones no supieron usar bien o a tiempo la razón. La declaración de toda guerra, mundial o local, es el acto por el cual las partes en conflicto deciden renunciar al uso de la razón para dar paso al uso de la fuerza hasta la muerte. Una vez declarado el estado de guerra obviamente nadie se siente obligado a usar la razón, si no es para destruir al enemigo. Esta es la triste realidad. Terminadas las guerras, los presuntos ganadores escriben después la historia de acuerdo con sus intereses despreciando sin llega el caso los intereses legítimos de los perdedores. Así ha sido durante toda la historia de la humanidad y cabe pensar que no será de otra manera en el futuro. Pero lo que me interesa al hacer esta constatación es que la mejora de esta situación sólo será posible en la medida en que las generaciones futuras estén concienciadas de que tienen que recuperar la razón perdida y vilipendiada por las generaciones del pasado.
            En tal sentido la recuperación del uso correcto de la razón pasa por hacer una criba rigurosa de la denominada “memoria histórica”. A medida que pasa el tiempo me convenzo más de que un porcentaje muy elevado de la memoria histórica lo único que merece es el olvido más absoluto. Me parece bien que los historiadores profesionales constaten por escrito y archiven todo lo que ocurrió en el pasado. Lo que no me parece bien es que los políticos y educadores sociales obliguen a las generaciones actuales a conocer y transmitir a sus descendientes las sinrazones y calamidades heredadas de sus antepasados. Liberados de sentimentalismos, de tradicionalismos absurdos y con la cabeza bien puesta en su sitio, cabe pensar que lo más prudente es activar los recuerdos felices del pasado y arrojar al vertedero del olvido todas esas historias que se desarrollaron en el caldo de cultivo de la ignorancia y el odio entre las personas y los pueblos. A nadie se le puede prohibir que las escriba o las conozca. Pero hacer de la “memoria histórica” sin discriminación un lugar común para todos desde las instancias políticas y educativas me parece una forma de seguir alargando la cadena de sinrazones y odios que asolaron la vida de nuestros antepasados. Si muchos de ellos se odiaron y se maltrataron entre sí es injusto que se nos obligue a sus descendientes a heredar sus odios y sinrazones. Lo justo y razonable es que heredemos los buenos ejemplos de nuestros mayores y los transmitamos a la posteridad. Lo injusto e irracional es que tengamos que heredar sus malos ejemplos para perpetuarlos en el futuro. Ni ellos tenían derecho a imponernos este deber ni nuestros gobernantes y educadores actuales lo tienen para obligarnos a recordarlos y activarlos sin otro motivo que la satisfacción de sus intereses políticos o sentimentales en clave de venganza. A parte de que los políticos fanáticos falsean a su antojo a favor propio la realidad histórica, por la experiencia más castiza de la vida sabemos que un brillante futuro se basa siempre en un pasado olvidado. Es prácticamente imposible mirar al futuro con ilusión sin dejar atrás mediante el sabio mecanismo del olvido de experiencias negativas, fracasos y sufrimientos activando por encima de todo la memoria de las experiencias y de los recuerdos felices.
            Mencioné antes las dos guerras mundiales del siglo XX como momentos culminantes de la pérdida del buen uso de la razón por parte de los líderes políticos, sociales y militares. Pero a este respecto hay algo muy importante que me parece oportuno destacar. Entre los supervivientes a estas dos tragedias humanas mundiales hubo quienes reaccionaron después de forma desesperada entregándose a actividades delictivas o formas de conducta personalmente corruptas. La experiencia fue tan desastrosa que su razón no pudo asimilar los efectos negativos de aquellos recuerdos teñidos con tanta sangre humana derramada. Por el contrario, otros reaccionaron entregándose a las causas más nobles de humanidad y buena voluntad. Gracias a estos hombres y mujeres, que no perdieron la razón a pesar de tanta muerte y dolor tras ambas contiendas, fue posible un progreso humano material jamás soñado en el pasado y la creación de instituciones humanitarias con una eficiencia sorprendente por relación a tiempos pasados. De las cenizas de las dos guerras surgieron intelectuales y humanistas estupendos. Pero también hombres y mujeres entregados a la mala vida. En el fondo de todos ellos latía la vivencia del horror de la guerra. Pero mientras los primeros optaron por usar la razón para contrarrestar las consecuencias nefastas de la pérdida de la misma, los segundos tiraron la toalla y prefirieron buscar compensaciones en el desprecio práctico de los valores humanos más elementales y en las revueltas políticas. Entre los intelectuales se puso de moda el marxismo en lucha encarnizada contra el capitalismo salvaje con un trasfondo común cual era la concepción brutalmente materialista de la vida.
            Con el desprestigio del marxismo esta situación no ha mejorado sino que se ha agravado con los avances de las nuevas tecnologías, sobre todo en el campo de la bioética. Así las cosas, está claro en el comienzo del siglo XXI que el uso de la razón pasa por una profunda crisis tanto a nivel personal como social. Las instituciones públicas utilizan la razón para instalarse y mantenerse en el poder aunque sea a costa de la vida de los demás, aunque sean indefensos e inocentes mientras las personas privadas se dejan arrastrar por las emociones y los sentimientos al margen de la razón aunque sea a costa de su felicidad. Esta es la tónica general en las sociedades occidentales avanzadas y las personas que tratan de no caer en el abismo de la sinrazón y del fracaso humano tienen que soportar toda suerte de incomprensiones y hasta persecuciones. Pero esta situación no sólo es debida al ambiente social. Hay factores más profundos que conviene recordar.

                4. Asincronía genética y ocaso natural del uso de  la razón

            Seamos realistas. Nadie hasta ahora, que sepamos, ha nacido haciendo uso de la razón. Hay niños y niñas prodigio que razonan precozmente, pero aún en estos casos existe una lejanía muy clara entre su desarrollo biológico y el psicológico en cuyo ámbito emerge y se activa el uso de la razón como actividad específica de los seres humanos. Desde el momento matemático en que la cabeza de un espermatozoide incide en el núcleo de un óvulo y se configura el código genético, el nuevo individuo emergente despliega un proceso vital de desarrollo biológico acelerado sin intervención del uso de la razón. Esa capacidad está ya prevista en el código genético pero su ejercicio efectivo no tendrá lugar hasta pasados algunos años. Desgraciadamente en muchas personas esa capacidad de razonar no llega a desarrollarse nunca de forma satisfactoria, ni siquiera creciendo en un ambiente favorable. En lenguaje coloquial se habla de “tontos de nacimiento”, y tal expresión, correctamente utilizada, es una confirmación del hecho objetivo y verificable de que el uso de la razón no es contemporáneo de nuestro desarrollo biológico. Hay, de hecho, “niños grandes” y “adultos infantiles”. O sea, niños y adolescentes con un desarrollo intelectual superior al normal de su edad, y personas en edad biológicamente avanzada que usan la razón como si fueran biológicamente niños. Se habla así de niños precoces y de adultos muy infantiles. En sentido ofensivo existe la expresión según la cual “el que es tonto lo es de por vida”. Pero tal sentido ofensivo no tendría lugar si el uso de la razón surgiera y se desarrollara a la par con nuestro desarrollo biológico.   
            Tradicionalmente se aceptó que una persona normal empieza a razonar hacia los siete años de edad. En algunos la aparición del uso de la razón tiene lugar de forma brusca y desagradable a raíz de acontecimientos desventurados. Un niño, por ejemplo, que nace con alguna discapacidad física, o es testigo habitual de injusticias o violencias familiares o sociales, es más propenso a la precocidad racional que otro que nace y crece sano en un ambiente de normalidad. Lo cual no significa que una infancia infeliz favorezca de suyo el buen uso de la razón. De hecho hay personas que a raíz de esas experiencias traumáticas de infancia y adolescencia quedan psicológicamente incapacitadas para razonar con solidez y acierto para el resto de sus vidas. Pero esto no es todo. Más allá de la eventual discapacitación de origen y el contexto cultural hay que tener en cuenta el hecho genético al que se ha prestado hasta ahora poca o nula atención. Me refiero a la asincronía existente entre el desarrollo químicamente biológico del embrión humano y la aparición del uso de la razón.   
            En efecto, aún en un contexto de normalidad, el uso de la razón emerge con bastantes años de retraso respecto de la maduración biológica. Tenemos así el caso de personas biológicamente muy desarrolladas y psicológicamente muy inmaduras. Otras, en cambio, presentan un fenotipo corporal deficiente y una capacidad de razonamiento sorprendente. En el lenguaje popular hablamos de “niños grandes”. Son aquellos en los que se aprecia un desarrollo biológico desproporcionadamente superior al psicológico. Parecen hombres  o mujeres pero razonan y se comportan como si fueran niños o adolescentes. Otras veces, insisto, nos quedamos asombrados ante la discapacidad o subdesarrollo biológico de ciertas personas y su admirable capacidad intelectual.
            Lo normal es que la aparición del uso de la razón tenga lugar de forma lenta y   progresiva, como la aurora boreal, dependiendo mucho del contexto familiar y educativo en el que crecemos. Lo cual supone que durante bastantes años, a partir del momento de la fecundación, nos comportamos en base a emociones y sentimientos primarios motivados por el instinto ciego de conservación sin utilizar la capacidad de razonar. De hecho, una de las funciones esenciales de los adultos y educadores consiste en “suplir” esa carencia de razón suficiente de los niños y adolescentes. ¿Para qué sirven los procesos educativos si no es para suplir hasta donde sea necesario ese vacío de uso de la razón durante la niñez, adolescencia y juventud? Una suplencia, en efecto, que debe dejar de ejercerse en la medida y proporción en que el educando va desarrollando su propia facultad de razonar y es capaz de encontrar por sí mismo el sentido de su vida.
            Desde la constitución del código genético, dentro o fuera del seno materno, hasta los siete años aproximadamente, nuestro comportamiento ha sido biológicamente instintivo y emocional. Lo que cuenta no es la razón sino el instinto de conservación así como las emociones y sentimientos que del mismo se derivan. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia personal a partir del momento matemático en que se constituyó nuestro código genético, y a poco que nos esforcemos podemos saber desde cuándo y en qué circunstancias empezamos a hacer uso de la razón. Mucha gente ha experimentado su despertar al uso de la razón en edad avanzada. Por ejemplo, con motivo de un accidente de tráfico en el que estuvieron a punto de perder la vida. O la aparición de una enfermedad. Hay cosas que sólo valoramos en su justa medida cuando somos desposeídos de ellas. A ese despertar repentino o graduado del uso de la razón es a lo que yo llamo pérdida de la inocencia.
            Al instinto de conservación del individuo se suma más tarde el instinto de conservación de la especie. Con lo cual la situación se agrava ya que los impulsos emocionales derivados del instinto de supervivencia individual se suman ahora los impulsos biológicos y emocionales propios del despertar glorioso del instinto de reproducción o conservación de la especie. La capacidad sexual irrumpe con una fuerza arrolladora cuando todavía el uso de la razón no ha hecho más que estrenarse, lo cual constituye un factor perturbador muy importante durante la adolescencia. Si el contexto familiar y educativo no es favorable, el conflicto puede agravarse hasta extremos alarmantes. La fuerza arrolladora del instinto sexual es tal que la razón, todavía inexperta, empieza a titubear y a poner en tela de juicio todo lo que ha visto y aprendido. La fuerza de estos instintos biológicos es tan fuerte durante la adolescencia y la juventud que la capacidad de razonar tropieza con grandes dificultades para afirmarse poniendo orden en los sentimientos y las emociones. De hecho va siempre detrás hasta que, pasados los años de plenitud biológica, la razón empieza a sentirse más fuerte y consolidada.
            La asincronía del desarrollo de la razón respecto del desarrollo biológico no desaparece nunca. Por orden de naturaleza primero aparecen y se consolidan los instintos biológicos con sus emociones correspondientes. Luego aparece y se consolida el uso de la razón. Y a la inversa. Cuando la plenitud biológica empieza a debilitarse es justamente cuando la plenitud racional alcanza su clímax. Lo cual tiene la ventaja de que la naturaleza deja la posibilidad siempre abierta para que, al llegar a la madurez racional, podamos corregir los errores cometidos durante la etapa previa de maduración biológica.
            Lo malo es que muchas personas no llegan a tiempo porque a veces la capacidad de razonar se pierde antes de lo previsto y los errores cometidos durante la etapa de plenitud biológica son de tal envergadura que no tienen prácticamente solución. De ahí la necesidad de tomar en serio estas eventualidades para entrenar lo antes posible a los jóvenes en el uso de la razón antes de que sea tarde. Para ello es necesario enseñar a usar bien la razón cuanto antes a las nuevas generaciones evitando que hereden los errores de nuestros antepasados en la forma de afrontar con éxito los grandes problemas de la vida. Con el paso del tiempo y el desgaste vital se van debilitando nuestras facultades y fuerzas físicas y nos hacemos viejos sin pedirlo ni quererlo. Pero igualmente ocurre con las capacidades mentales. La vida no engaña a nadie. Vamos perdiendo la memoria, la vista, el oído y así sucesivamente, incluida la capacidad de pensar y razonar. Pero, según el humorista, lo último que perdemos son los malos hábitos y costumbres. Humor aparte, la realidad se impone y no hay tiempo que perder en el aprendizaje y uso acertado de la razón. De ahí que en cualquier proyecto pedagógico del uso de la razón habrá que tener en cuenta esta asincronía genética de la que hemos hablado asumiendo al mismo tiempo el deterioro natural de la inteligencia con el paso del tiempo.
            Esto significa que la educación de la inteligencia ha de realizarse de forma progresiva y lo más individualizada posible de acuerdo con el ritmo evolutivo de las personas sin olvidar que, antes o después, la capacidad de razonar empezará a resentirse hasta apagarse definitivamente. Es duro aceptar esta realidad pero es mejor afrontarla y asumirla que tratar de pasar de ella como si no existiera. Si el uso de la razón pudiéramos ejercerlo en sincronía perfecta con la aparición de los instintos de conservación y de reproducción nos ahorraríamos la mayor parte de los grandes problemas educativos que surgen durante la infancia y la adolescencia. Pero es inútil buscar los tres pies al gato. Durante la adolescencia y la primera juventud, la plenitud biológica se impone al uso de la razón mediante los sentimientos y las emociones, y cualquier intento de poner orden en ellos con la aplicación del uso de la razón encuentra siempre una resistencia espontánea. Si, debido al contexto cultural o a la aplicación de una mala pedagogía, los sentimientos y las emociones ahogan a la razón, o, por el contrario, la razón se impone con mano dura reprimiendo los sentimientos, el drama está servido. ¿Cómo evitar que este drama no degenere más tarde en tragedia? ¿Cómo educarnos durante la infancia y la juventud para aprender a razonar sin reprimir los sentimientos, y vivir sanamente las emociones pasándolas por el filtro saludable y humanizador de la razón? ¿Cómo evitar que haya personas tan sentimentales e inmaduras que viven como si no tuvieran uso de razón, o tan racionales que carecen de los más elementales sentimientos de humanidad?

       5. Uso de la razón o el precio de la inocencia perdida
           
            En el lenguaje ordinario la expresión “pérdida de la inocencia” está directamente relacionada con la primera experiencia sexual durante la adolescencia y la juventud. Por lo mismo, cuando una persona crece en edad y no se percata de las implicaciones anejas a la vida sexual se dice que “es todavía muy inocente” o inmadura. La pérdida de la inocencia, según la estimación popular, se refiere a ese momento en el que un hombre o una mujer se sienten sexualmente atraídos y proceden a realizar su primera experiencia tras la cual empiezan a verse y tratarse de una forma completamente distinta. La experiencia pudo resultar feliz o desgraciada pero, en cualquiera de los casos, desapareció para siempre una forma de verse y tratarse de forma libre y emocionalmente desinteresada. A partir de ese momento ya no hay lugar para las ilusiones y el romanticismo irresponsable. Lo mismo puede surgir un gran amor que un rechazo mutuo. La toma de conciencia de esta realidad equivale a perder la inocencia. En sentido menos popular y más técnico la pérdida de la inocencia puede referirse a la culpabilidad moral que se nos imputa por nuestra conducta en cualquier orden de la vida aunque no tenga nada que ver con la vida afectiva o sexual. Así, los jueces declaran a unos culpables y a otros inocentes de acuerdo con lo establecido en las leyes.
            Cuando yo hablo aquí de pérdida de la inocencia por relación al uso de la razón voy más lejos. Me refiero a ese momento culminante en el que una persona tiene conciencia por primera vez de la existencia del mal en este mundo y empieza a plantearse cuestiones sobre el origen, naturaleza y causa de su existencia. Como en el caso de la primera experiencia sexual, la primera toma de conciencia de la existencia del mal deja una huella profunda en el desarrollo de la personalidad que permite hablar de un antes y un después feliz, menos feliz o desgraciado. No todos despertamos de la inocencia a la conciencia del bien y del mal de la misma manera. Cada cual tenemos nuestra propia historia personal en cuyo contexto podemos identificar con un mínimo de esfuerzo el momento preciso en que la luz de la razón empezó a alumbrar el camino de nuestra existencia. Basta echar mano de cualquier biografía de personas ilustres para darnos cuenta de ello.            
                Lo deseable es que ese despertar se produzca suave y dulcemente como una bella salida del sol, y que su sueño definitivo ocurra como un bello y esperanzado atardecer de la vida. De hecho, sin embargo, las cosas no suelen ocurrir así. Mucha gente sólo despierta a la luz de la razón mediante experiencias bruscas y dolorosas al filo del miedo, la enfermedad y la muerte. Vivían irresponsablemente como si aquí no pasara nada, haciendo de su capa un sayo, y, de pronto, llegan el accidente de tráfico, el amago de infarto, el desamor de una persona o cualquiera otra calamidad imprevista, y todo el gozo en un pozo. Sin olvidar las guerras, las catástrofes naturales, las injusticias sociales o la necesidad de tener que convivir con gente con la cabeza perdida o el corazón envenenado.
            Ante estas situaciones límite hay personas que reaccionan positivamente y la historia está plagada de biografías ejemplares en este sentido. Pero no hay que hacerse ilusiones. No he conocido a nadie, vivo o muerto, que recomiende las experiencias negativas como criterio pedagógico para aprender a usar la razón. Aquello de que “no hay mal que por bien no venga” tiene otra lectura. De la experiencia del mal se puede aprender mucho, pero sólo cuando la razón encuentra apoyaturas suficientes y proporcionadas en alguna experiencia del bien. Un niño o adolescente, por ejemplo, que crece en un ambiente familiar y social malsano lo más probable es que, en lugar de aprender de las dificultades de la vida, sucumba fácilmente a ellas. Las experiencias negativas de por sí son un obstáculo para el uso correcto de la razón. De momento sólo quiero desvelar cómo en mi caso el despertar de la razón tuvo lugar de una manera brusca a partir de una experiencia negativa felizmente superada.
            Uno de mis entretenimientos gozosos de infancia consistía en visitar una hermosa finca de pastos que mi padre poseía en el lugar denominado “La chorrera” a menos de un kilómetro de Hoyocasero en la provincia de Ávila, España. La finca está ubicada en la parte baja de una ladera frondosa vertebrada horizontalmente por la carretera y verticalmente por una hermosa “chorrera” o cascada de agua. Este hermoso lugar ha sido remodelado para ampliar la carretera con lo cual se ha perdido parte de su orografía secular. Cuando llegaba la primavera yo visitaba con harta frecuencia aquel paradisíaco entorno. Me introducía en el bosque, observaba el curso del agua de la cascada y, sobre todo, observaba atentamente cómo eran los árboles y las plantas con la ilusión añadida de descubrir los nidos de los pajarillos y otras aves de mayor envergadura. Y todo con mucha cautela para no ser sorprendido por algún desagradable o mortífero reptil como las culebras y las víboras.
            Un día, durante mi recorrido solitario por la parte más profunda del bosquecillo admirando la vegetación, descubrí un retoño de arbolito que me llamó particularmente la atención. Se trataba de un chopo pequeñito que había brotado al lado de otro inmenso. Tenía aproximadamente la misma estatura que yo, era todavía muy delgado y tierno y comenzaban a brotar sus enanas y delicadas hojas. Quedé realmente fascinado ante su hermosura. Si mal no recuerdo, me atreví a tocarlo suavemente como quien desea acariciar el rostro de una niña de pecho cuidando mucho de no causarle algún daño. Y como a su lado se encontraba un chopo inmenso, yo miraba a los dos y pensaba con ilusión que algún día el chopito pequeño llegaría también a ser grande y majestuoso. A partir de aquel hermoso día siempre que volvía a la “chorrera” lo primero que hacía era visitar el  chopito para seguir de cerca su crecimiento.
            Pero todo mi gozo en un pozo. Un buen día fui como de costumbre a visitarlo y no podía creer lo que estaba viendo. El inocente y amoroso arbolito había sido cercenado. No había duda. Mi impresión fue que lo habían cortado por la mitad de su cuerpo con una navaja. Imaginemos un niñito de tres meses asesinado en su propia cuna. Cerré espontáneamente los ojos y me hice dos preguntas: ¿Quién ha sido? ¿Por qué? No entendía que aquella criatura pudiera haber hecho algún mal que mereciera tamaño castigo. Entonces, ¿por qué? ¿Por envidia de que el arbolito se encontraba en la propiedad de mi padre? ¿Cosas de niño o algo más?
            En aquel momento mi capacidad de razonamiento se disparó y abandoné el lugar con el corazón roto. Por primera vez pensé que puede haber gente mala, que el mal existe y que en adelante debía conocer las cosas como son sin fiarme de las apariencias. En aquel  histórico momento de mi vida perdí la inocencia y se activó en mí el uso de la razón. O lo que es igual, dejé de ser psicológicamente un niño y comencé a tomar conciencia del bien y del mal, de lo verdadero y lo falso, de lo bello y lo monstruoso, de la vida y de la muerte. En aquel preciso momento comenzó mi carrera filosófica como ejercicio constante del uso de la razón frente a las situaciones de la vida. Pero como no hay mal que por bien no venga, he de confesar también que en el atardecer de mi vida me siento muy feliz de haber aprendido la lección positiva de aquella prematura y terrible experiencia. Como he dicho antes, la historia está plagada de biografías en las que la pérdida de la inocencia tuvo lugar con ocasión de alguna experiencia negativa. Tal fue mi caso con la suerte de poder decir que en lugar de fundirse dentro de mí la lámpara de la razón se encendió felizmente para alumbrarme durante el resto de mi vida. Pero sigamos adelante.
            Cuando se dice que el ser humano es naturalmente filósofo no queremos decir que nacemos razonando. Queremos decir que estamos llamados por naturaleza a usar la razón en la medida en que se va desvelando en nosotros. El problema está en cómo seguir el proceso de su desarrollo y aprender a manejarla. En cualquier caso, del uso correcto o incorrecto de la razón depende buena parte de nuestra felicidad en este mundo caduco y la calidad humana de la cultura. Sin razonar bien no puede haber vida personal de calidad ni convivencia social feliz. La infelicidad humana es parte de la factura que nos pasa la naturaleza por el mal uso que sistemáticamente, de forma inocente o culpable, se hace de la razón.
            Hemos dicho que el uso de la razón en los casos normales empieza a ser efectivo después de bastantes años de rodaje biológico. Lo cual es causa permanente de problemas ya que durante ese largo periodo de tiempo se han fortalecido muchos hábitos emocionales que se resisten después a ser gobernados por la razón. El conflicto sentimiento/razón se produce antes o después y el desenlace puede ser acertado o desgraciado. Es desgraciado siempre que los sentimientos se imponen a la razón o la razón reprime los sentimientos en vez de educarlos. Este conflicto se agudiza sobre todo en la adolescencia cuando la plenitud biológica camina triunfante hacia su plenitud mientras la plenitud psicológica va a la zaga. Sabemos que desde el momento de la fecundación hasta la edad aproximada de los 25 años, más o menos, de acuerdo con nuestra estructura genética y el contexto ambiental en que crecemos, biológicamente nos estamos haciendo y madurando. Lo que viene después es una estabilización más o menos prolongada, y el comienzo de nuestro declive biológico irreversible.
            En tiempos pasados este declive biológico era mucho más acelerado y la gente moría muy pronto. La edad de 50 años era considerada en las antiguas civilizaciones como la edad de la plenitud y la experiencia de la vida. Eran los presbíteros o ancianos a los que los jóvenes debían escuchar, respetar e imitar por su presunta sabiduría acumulada de la vida. En nuestros días esta situación ha cambiado notablemente gracias al desarrollo de los antibióticos y de la tecnología biomédica. Se especula incluso con la posibilidad de combatir el envejecimiento biológico mediante el control y terapia génica de los telómeros y su entorno en el contexto de la bioética. Pero aún así nuestro soporte biológico encarnado en el cuerpo humano está llamado a fenecer de forma progresiva y sostenida por más que nosotros consigamos científicamente desacelerar el proceso senil. La inmortalidad biológica propiamente dicha tiene pocos visos de realidad ni a corto ni a largo plazo.
            ¿Y qué ocurre con el nacimiento, crecimiento y declive del uso de razón? La respuesta inspirada en la experiencia es sencilla: no nacemos razonando. A razonar se aprende con el tiempo, la buena educación y la experiencia de la vida. El uso de la razón es asincrónico, o sea, que no va a la par con el desarrollo biológico o celular y este es un dato fundamental para entender nuestra condición humana y afrontar con acierto sus problemas. Cuando comenzamos a usar la razón llevamos ya muchos años de vida profundamente condicionados por los deseos y los sentimientos asociados a los instintos brutos de conservación y reproducción. Esta asincronía evolutiva está en la base de muchas de nuestras desgracias y errores cometidos  durante el resto de la vida.
            De ahí que quienes no han aprendido ya desde la adolescencia a usar la razón están condenados a cometer muchos errores de los cuales la razón les pedirá cuentas después. El arte de saber pasar los deseos, los sentimientos y las emociones por el filtro de la razón, antes de expresarlos o exteriorizarlos, es indispensable para llevar una vida psicológicamente sana y feliz sin tener que estar constantemente rectificando con la cabeza las equivocaciones que antes hemos cometido con el corazón. De ahí también que el primer cometido de la filosofía debiera ser el de enseñar a pensar y reflexionar correctamente sobre los grandes problemas de la vida. La transmisión de los conocimientos filosóficos debería ocupar un lugar subsidiario y no primordial y único como ocurre en los centros docentes en los que todavía se imparte la enseñanza de la filosofía.
            He dicho que el uso de la razón emerge después de varios años de vida exclusivamente instintiva y emocional. Pero cada persona tiene su propia historia. Lo normal es que la luz de la razón vaya apareciendo lentamente como el clarear del nuevo día y se vaya extinguiendo con el desgaste o cansancio vital. Hay niños precoces cuyo desarrollo intelectual va por delante de su desarrollo biológico. Este hecho crea muchos problemas pedagógicos y los niños en cuestión sufren mucho ya que con una edad biológica muy tierna se plantean problemas de fondo propios de personas psicológicamente adultas. Otros, por el contrario, crecen biológicamente a ritmo acelerado e intelectualmente retardado. Son los popularmente llamados “niños grandes”. Físicamente se los considera adultos siendo psicológicamente niños. También crean problemas educacionales importantes y ellos mismos sufren bastante con estos desajustes. Por otra parte, hay personas que gozan de una constitución somática admirable y carecen de escasa capacidad de razonamiento sólido. Otras, por el contrario, somáticamente son un desastre e intelectualmente verdaderos prodigios.
            Por otra parte es verdad que el coeficiente intelectual depende mucho de la educación recibida. Pero esto no hace desaparecer el problema de base que consiste en la asincronía evolutiva del genoma humano de cada uno de nosotros y el amanecer y maduración del uso de la razón. Desde el momento matemático en que fuimos genéticamente encendidos a la vida hasta aquel otro en el que empezamos a usar la razón hay un periodo de tiempo bastante largo durante el cual hemos vivido exclusivamente de sentimientos y emociones derivados de los instintos de conservación y reproducción. Acostumbrados a esos sentimientos y emociones así como a la imitación de los modelos de conducta que nos ha ofrecido el contexto familiar y social correspondiente, la irrupción posterior del uso de la razón constituye un acontecimiento frecuentemente perturbador. Surgen así los grandes problemas de la adolescencia y juventud derivados del conflicto entre una vida sentimental intensa y el cuestionamiento de esos sentimientos y emociones por parte de la razón. Si los sentimientos se imponen sistemáticamente a la razón incurrimos en la tiranía del sentimentalismo. Si la razón sofoca a los sentimientos, incurrimos en la tiranía del racionalismo.
            Los sistemas educativos, insisto, deberían tener en cuenta estos riesgos educando a  la gente para comportarse en la vida como personas razonables. O lo que es igual, enseñando a usar correctamente la razón. Con un mínimo de experiencia de la vida y de reflexión serena pronto nos damos cuenta de que tenemos que equilibrar mediante la educación esa asincronía original entre el comienzo genético de nuestra existencia y el desarrollo posterior del uso de la razón. De lo contrario estaremos poniendo siempre el carro delante de los bueyes. O sea, tomando decisiones en la vida, fatalmente equivocadas, por no pasar los sentimientos y los deseos por el filtro de la razón. Hay personas que  pasan la segunda parte de sus vidas tratando de corregir con la razón o la cabeza los errores previamente cometidos con los sentimientos y el corazón. Algunos llegan a tiempo. Otros, una mayoría alarmante, demasiado tarde. Hay errores en la vida cuya factura hay que pagar sin rebajas ni descuentos. El mayor de esos errores consiste en haber renegado deliberadamente de aquello que nos define como seres humanos: el uso de la razón. Cuando las personas se maltratan a sí mismas y maltratan a los demás es en buena parte porque han perdido el uso de la razón, no saben razonar de forma correcta o la usan perversamente.
            Hemos aludido al hecho de cómo llegamos a tener uso de razón y lo perdemos. Lo que suele denominarse “coeficiente intelectual” se refiere a la potencia o capacidad para utilizar bien esa hermosa herramienta que es la inteligencia. No todos tenemos el mismo coeficiente intelectual. Hay personas muy cortas de inteligencia y otras que se pasan. Ambos extremos son indeseables. Lo normal es que nuestro coeficiente intelectual medio entre esos extremos se potencie progresivamente mediante una buena educación durante la adolescencia y juventud con el soporte de la experiencia. Pero hay otro aspecto del problema que no podemos olvidar.
            A partir de una determinada edad, lo mismo que ocurre con nuestro cuerpo y la salud física, la capacidad intelectual comienza a debilitarse hasta su ocaso definitivo. Los ojos, los oídos y el resto de los sentidos empiezan a perder su capacidad perceptiva normal y ello repercute fatalmente en la inteligencia y la convivencia. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia personal y experimentamos este orto y ocaso progresivo de nuestra vida sensitiva e intelectual. Es muy triste ver a una persona con sus cualidades físicas disminuidas y en proceso irreversible de desaparición. Pero es más triste todavía ver cómo hay personas que pierden el uso de la razón a causa de sus emociones vehementes o enfermedades específicas que constituyen el objeto de estudio propio de la psiquiatría. Así es nuestra vida personal. De la capacidad para razonar y del buen uso de la razón depende buena parte de nuestra felicidad. Por lo mismo, del buen uso de la razón depende igualmente la calidad de nuestra convivencia social, desde cuya perspectiva cabe decir también que hemos empezado la singladura del siglo XXI con la razón fracasada y humillada.
            En el plano individual no resulta difícil hacer ver a las personas que muchos de sus errores en la vida son debidos al uso de los sentimientos en lugar de la razón. No me refiero al uso de los sentimientos sin los cuales la vida humana se degrada, sino al uso de los mismos sin pasarlos previamente por el filtro de la razón. Por ejemplo, cuando hablamos mecánicamente sin ponderar antes lo que decimos, o actuamos bajo el impulso de las emociones sin atenernos a razones. Hay personas que actúan así multiplicando sus errores y lamentando las consecuencias de los mismos. Pero cuando hacen una consulta tratando de resolver sus problemas y se les informa sobre su normatividad emocional al margen de la razón como la causa principal, o una de las causas principales de sus problemas, reaccionan con alegría y voluntad de rectificar. A veces la rectificación no resulta fácil a corto plazo por el hábito adquirido de actuar de forma equivocada. Pero el sólo hecho de descubrir el fallo constituye un paso decisivo para llegar a una solución satisfactoria de los problemas.
            Ahora bien, no basta estar convencidos de que hemos de pasar nuestros sentimientos y emociones por el filtro de la razón. El conocimiento del bien no es suficiente para hacerlo. Es un hecho de experiencia común que desautoriza a  la famosa “paradoja socrática”. El mero hecho de conocer el bien no arrastra necesariamente a practicarlo. Está por medio el misterio de nuestra libertad, a menos que esta esté seriamente condicionada. Pero es una condición previa indispensable para no perder el tiempo en el empeño. Digo esto porque podemos encontrarnos con personas totalmente convencidas de ello pero que no están dispuestas a rectificar aunque parezca lo contrario. Igualmente hay quienes se encuentran a gusto con sus enfermedades para llamar la atención de los demás y tener a todos pendientes de ellas.
            Por último, hay otras que expresan abiertamente su voluntad de seguir comportándose en la vida al ritmo de sus sentimientos y emociones al margen de la razón. Es obvio que, cuando esto ocurre, cualquier intento de ayudarlas a usar la razón para filtrar en ella los sentimientos está llamado al fracaso. Al menos a corto y medio plazo. A la dificultad original de la asincronía entre el desarrollo biológico y el psicológico-racional se suma ahora la falta de voluntad para tratar de resolver este grave problema funcional, incluso cuando ha sido identificada la causa. Pero la cosa no queda tampoco en la actitud personal.
            Últimamente hay que tener en cuenta también la nueva mentalidad social cristalizada en tópicos comunes lacerantes que aconsejan la inhibición pública del uso de la razón. En el fondo se trata de infundir miedo a decir la verdad y a ser coherentes con ella en la vida pública. Para lograr este objetivo los sectores sociales de presión utilizan la estrategia de lo “políticamente incorrecto”, del silenciamiento, de la rebaja del perfil de personalidad así como palabras y gestos de indignación ante formas correctas de pensar y de obrar en la solución de los problemas. El asunto es grave y merece atención. Decir de una persona que lo que ha dicho o hecho es  “políticamente incorrecto” equivale a una censura velada de gran eficacia. Es una forma de avisar de que lo que ha dicho deberá callarlo en el futuro aunque sea la verdad. Y no se trata de una apelación comprensible a la prudencia antes de hablar sino de una amenaza implícita. Lo tipificado como “políticamente incorrecto” debe permanecer en el ámbito de la privacidad y cualquier manifestación pública de ello, será objeto de reproche y descalificación. Quienes no respetan esta consigna lo más probable es que se les aplique la estrategia del silenciamiento. Por ejemplo, un escritor publica un libro que es clasificado como “políticamente incorrecto”. En tiempos pasados podía dar lugar a una polémica furibunda entre defensores y detractores. Actualmente pueden suceder varias cosas. Por ejemplo, que no se hable de él para nada en los medios de comunicación o que, dados los temas que trata, se lo presente como noticia fugaz con un breve comentario desaconsejando su lectura sin entrar en ningún tipo de polémica. Pero a estas nuevas formas de censura se añade actualmente otra cosa peor.
            Me refiero a la estrategia utilizada por algunos grupos de políticos e ideólogos que consiste en tachar de deshonestidad personal la descalificación moral de ciertas formas inhumanas de conducta. Si a la luz del sentido común, de la experiencia de la vida y del sano juicio de la razón se opina que tal o cual forma de conducta no es humanamente aceptable,  estos grupos se ponen de acuerdo para crear un estado de opinión que acepte tales formas de conducta como las mejores y más recomendables. La historia reciente de la legalización del aborto, de la eutanasia y de otras tropelías en el ámbito de la bioética ofrece ejemplos escalofriantes sobre la actualidad de estas estrategias. En el ámbito de la militancia política un modelo referencial interesante lo tenemos en la polémica desatada sobre los movimientos y sentimientos nacionalistas. La bioética, los nacionalismos y el fanatismo religioso islámico constituyen los foros actualmente más notables en los que el correcto uso de la razón tiene por el momento la batalla perdida. Los analistas del fenómeno hablan del fracaso de la razón a todos los niveles.
            En el ámbito de la vida privada de las personas quienes más conocen este fracaso son los psiquiatras, los confesores y directores espirituales. Hay personas cuya infelicidad está estrechamente relacionada con una vida moral fuera de toda razón. Otras veces la felicidad no funciona porque hay trastornos psicológicos de difícil arreglo. Lo cierto es que, sea que la etiología de la infelicidad sea atribuible a una mala conducta ética, sea que la mala conducta ética sea consecuencia de trastornos psicológicos de la personalidad, en todos los casos asistimos a un fracaso práctico del uso de la razón. Obviamente, este fracaso se refleja después en la vida social con comportamientos antisociales imprevisibles preñados de frustración y violencia. Cuando los analistas de este fenómeno moderno hablan de la inteligencia fracasada se refieren a todas las facetas de la vida humana. El fracaso se manifiesta de forma alarmante en el ámbito del conocimiento, de los sentimientos y de las relaciones humanas.        
            Pero seamos realistas y no perdamos la esperanza. Nacemos totalmente desentrenados en el uso de la razón y hemos de vivir hasta la adolescencia casi por completo a merced de emociones  y sentimientos. Un hecho que ni ha sido destacado por los analistas del desarrollo de la personalidad ni tenido en cuenta para nada por los educadores. Cuando en el ejercicio de mi profesión explico a mis oyentes estas cuestiones para ayudarles a superar sus problemas emocionales mediante el uso correcto de la razón, muchos quedan sorprendidos porque nadie antes les había hecho tomar conciencia de esta realidad. Llegados a la edad madura, cualquier persona normal de buena voluntad es consciente de que tiene que educar sus instintos naturales y emociones filtrándolos en la razón. La cuestión es cómo llevar a cabo tan noble empresa cuando durante muchos años se ha potenciado el hábito contrario, a saber: el de tratar de conseguir con la voluntad todo lo que espontáneamente sugieren los sentimientos sin consultar previamente a la razón. Se pasan así la segunda mitad de sus vidas tratando de corregir sin éxito con la razón los errores que cometieron durante la primera con la voluntad. Por algo alguien dijo en la antigüedad que los cortos de inteligencia rectifican siempre sus errores cometiendo algún error nuevo. No puede ser de otra manera mientras no se compense con el ejercicio de la razón esa asincronía genética entre la nuestra vida emocional y racional.
            Por otra parte, el contexto cultural y social en el que nos movemos hoy día favorece poco o nada el entrenamiento y aprendizaje del uso correcto de la razón. De lo cual se siguen consecuencias lamentables para la vida personal y la convivencia social. Las razones son suplantadas por los sentimientos, las emociones y el poder. Ni las personas que así viven son felices ni los pueblos disfrutan de  paz y libertad. Hay muchos que se sienten bien así y parecen dispuestos a no cambiar. Así las cosas, apelar a la razón es una forma desesperante de perder el tiempo como llamar a un teléfono móvil que está siempre apagado o fuera de cobertura. A pesar de todo, otros estamos convencidos de que la vuelta a la razón y a la cordura es una condición previa indispensable para la promoción de un mundo mejor y más feliz que el actual. Con el uso de la razón se pierde la inocencia ante la existencia del mal, pero al  mismo tiempo se aprende a caminar con seguridad por la sendas de la vida buscando la verdad y la felicidad.                  

                6. La razón operacionista

            En el siglo XX se habló mucho del miedo a la libertad. En los comienzos del siglo XXI se habla del miedo a pensar, que es lo mismo que el miedo a usar la razón. Es famoso a este respecto el párrafo de Bertrand Russell escrito en 1916 en sus Principles of Social reconstruction: “Los hombres temen al pensamiento más de lo que temen a cualquier otra cosa del mundo; más que la ruina, incluso más que la muerte. El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado. Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al hombre, miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían supuesto. ¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros, los ricos?  ¿Van a pensar libremente los muchachos y las  muchachas jóvenes sobre el sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar? ¡Fuera el pensamiento!  ¡Volvamos a los fantasmas del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro! Es mejor que los hombres sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres, seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa. Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y universidades.”
            Russell hablaba del miedo a pensar contra la forma de actuar de las instituciones públicas. Actualmente el miedo a pensar usando la razón tiene otro matiz. Se trata de un miedo anejo al desarrollo personal inducido principalmente por la educación recibida y el contexto social adverso al pensamiento profundo sobre el ser y la vida. El fortalecimiento de los hábitos adquiridos durante la niñez y la adolescencia bajo el impulso dominante de los instintos biológicos de conservación y de reproducción, con el agravante de un contexto social hostil al ejercicio de la razón, termina generando una segunda naturaleza funcionalmente “irracional”. De ahí que cuando se interpone después el uso de la razón tenemos miedo a retractar o dar nueva orientación a nuestra vida, y tenemos la impresión de que todos nuestros esquemas anteriores se vienen abajo. Así las cosas, resulta más cómodo delegar la función de pensar en otras personas  convirtiéndolas en los “directores espirituales” de nuestra razón. Hay personas que dan la impresión de vivir felices asumiendo ciegamente el pensamiento de otros renunciando al suyo propio.
            En consecuencia, se someten sin dificultad a las decisiones de otros renunciando a asumir la responsabilidad de sus propias decisiones. Y como la vida golpea a todos, aún así prefieren meter la cabeza debajo del ala antes que afrontar libre y responsablemente los problemas de la vida y la muerte. El miedo a la vida lleva consigo el miedo a la razón, y, al no razonar, la aventura de vivir resulta cada vez más arriesgada y peligrosa. Se genera así un círculo psicológico infernal que da lugar a esta situación de espantada y de no querer saber nada con el uso de la razón para resolver los problemas de la vida. A falta de razones se multiplican y refuerzan más las pasiones, es decir, la fuerza de los instintos primarios de conservación, reproducción y poder. A medida que crecemos en edad echamos más de menos el uso de la razón pero los instintos pre-racionales son tan fuertes que, en el mejor de los casos, nos resignamos a aceptar nuestra condición de seres nacidos para el sufrimiento y la muerte. ¡Quien no se consuela es porque no quiere! Pero así no se resuelve el problema del uso de la razón como expresión propia y exclusiva de la condición humana. Esta actitud frente a la razón ha generado una forma de pensar no reflexiva sino descriptiva que se denomina “operacionista”.         
            Estos son sus rasgos más característicos. El “operacionismo” intelectual se alimenta con la tecnología y da lugar a una ciencia funcional y de consumo. Es un modo de pensar que acrecienta la erudición histórica y la acumulación de números estadís­ticos empobreciendo la sabiduría. El “operacionismo” identifica el significado de los conceptos con el conjunto de operaciones que le determinan. El concepto es sinónimo del correspondiente conjunto operacional. Primero se aplicó a la física y después a las operaciones mentales, preferentemente matemáticas, que sería su campo propio. Más tarde su aplicación fue extendiéndose a todo tipo de operaciones mentales y de modo particular a las psíquicas. Como era de esperar, el abuso del “operacionismo” generalizado co­menzó a suscitar recelos y actualmente hay ya fundamento sobrado para dudar que tales criterios de pensamiento puedan ser vá­lidos para todas las ciencias, sobre todo para las más específicas del espíritu con predominio de la reflexión. El “operacionismo” tiene amplia vigencia en la psicología con la pretensión de obviar los inconvenientes prácticos que surgen de la co­municación entre los distintos grupos psicoterapéuticos. Si se admite la existencia real de diversos niveles de motivación en el comporta­miento, la psicoterapia debería explorar esos niveles sin prejuicios, tra­tando de llegar a todos ellos. Pero si únicamente se admite la existencia real de motivaciones inmediatas, esos niveles serían sólo mitos y habría que negar teóricamente la posibilidad misma de la psicología profunda, así como la de todos los métodos que la presuponen. Ante esta dificul­tad, al menos teórica, se recurre en la práctica al “operacionismo” como parte del método experimental.
            En el “operacionismo” no se intenta conocer la esencia de las cosas, sino la descripción de fenómenos en función de unos factores siempre variables. Tampoco se buscan relaciones causales, es decir, entitativas y metafísicas, capaces de producir una sabiduría de las cosas. Se trata de relaciones meramente funcionales en razón de una utilidad inmediata, cuantificable y estadística en un contexto espacio-temporal frecuente­mente saturado de emotividad. Se renuncia por principio a la búsqueda de causas últimas y absolutas de las cosas y, consiguien­temente, a la verdad como valor normativo por contraste con el error interpretado cual fracaso. La definición operacionista no tiene más valor que el atribuido por el autor que la utiliza como método o hipótesis de trabajo. Por eso, podrá decirse de ella que se ajusta mejor o peor al lenguaje normal­mente utilizado, pero nunca que es verdadera o falsa, ya que estas apreciaciones axiológicas suponen la dimensión esencial de las cosas, aspecto expresamente desconsiderado y descartado cuando la mente tra­baja operacionisticamente. Lo importante no es definir la realidad en términos absolutos de verdad o falsedad, sino el recuento exacto del mayor número posible de factores relativos y cambiantes.
            La educación “operacionista” de la mente aplicada a todos los grados del saber sin discriminación, intelectualmente produce efectos alarmantes. A este respecto merece destacar la inflación histori­cista y el deficitario coeficiente de metafísica que caracteriza al pensa­miento contemporáneo. El “operacionismo” de la sociedad tecnificada frustra con frecuencia en la inteligencia la posibilidad psíquica de la ac­tividad analogativa, lo que conduce derechamente al unidimensionalis­mo o concepción unívoca de la pluralidad. Así las cosas, los criterios estadísticos suplantan a las razones intrínsecas de las cosas, quedando las puertas abiertas de par en par al relativismo más capri­choso, a la equivocidad, al confusionismo y a la desconfianza de la verdad. Desde otro punto de vista más individual se observa que la persona operacionalmente  mentalizada siente una especie de angustia bio­lógica por conocerlo todo, pero apenas sabe nada. Renuncia sistemá­ticamente a investigar el por qué y para qué últimos de las cosas sin trascender más allá del umbral “estético”, es decir, de las emociones sensibles. La posibilidad de adquirir hábitos sapienciales queda así las­timosamente frustrada. Lo importante entonces es “actuar”, no importa cómo ni en nombre de qué. El deficitario coeficiente de personalidad a nivel individual queda compensado por la acción del “grupo”, al tiempo que, mediante un pintoresco proceso de la psique se va acumulando comunitariamente un peligroso potencial de agresividad. Este tipo de pedagogía mental produce en las personas una especie de dicotomía maniquea con sensaciones casi orgiásticas de libertad. Al individuo se le presenta todo problematizado y en categorías estadís­ticas, sociológicas e históricas, o lo que es igual, caducas y efímeras.
            En esta atmósfera psico-afectiva se produce en los individuos un mie­do casi patológico a la verdad como valor normativo, sobre todo en los altos niveles de la reflexión. Convencerse reflexivamente de algo para llevarlo hasta sus últimas consecuencias prácticas, tanto en la vida privada como en la convivencia social, significaría enredarse en alguna estructura fija arriesgando el precioso don de la libertad. El sujeto queda así incapacitado psíquicamente para abstraer, universali­zar, analogar y adquirir hábitos sapienciales intelectivos. La personali­dad queda bloqueada y fijada en un estado de perpetua inmadurez mental y que, por analogía con lo que ocurre en el terreno afectivo, podríamos considerar como un es­tado de pubertad intelectual.
            La mentalidad operacionista favorece el eclecticismo (adopción de ideas de diversas filosofías sin coherencia lógica ni contextualización histórica), el historicismo (establecimiento de la verdad filosófica sólo por su adecuación a un momento histórico determinado), el mito de la ciencia ( reconocimiento exclusivo de las verdades físicamente experimentales al margen de la reflexión) y el pragmatismo en forma de actitudes y opciones basadas sólo en la eficacia al margen de consideraciones racionales o éticas propiamente dichas. Nuestros conocimientos se han enriquecido en el terreno de la lógica, de la filosofía del lenguaje, de la epistemología, la antropología, la filosofía de la naturaleza y de las vías afectivas del conocimiento. Pero, paradójicamente, no se ha producido el progreso paralelo que cabía esperar de esos conocimientos. Las cosas y los acontecimientos son descritos como jamás se había hecho hasta ahora pero se ha perdido en buena parte la dimensión reflexiva sobre la realidad.
           
            7. El uso de la razón como antídoto  de la soledad
           
                 Según datos técnicos de la prestigiosa institución “Teléfono de la esperanza” la mayor parte de los centenares de miles de llamadas que recibe anualmente están relacionadas con el sufrimiento de las personas a causa de la soledad. La soledad ha sido definida como “la peste del siglo XX”. Traigo el tema a colación para destacar que son muy pocos los que padecen la peste de la soledad y tratan de buscar la solución mediante el recurso al uso de la razón. Muchos de los solitarios desconocen que en la soledad física y el silencio es donde mejor se aprecian las ventajas del pensamiento. A través del pensamiento podemos sentirnos tan dentro de la realidad de las cosas que todas ellas terminan convirtiéndose en nuestros mejores acompañantes.
            Cuando un filósofo o un teólogo se embarca seriamente en una investigación racional a fondo sobre cualquier problema importante de la vida, lo más probable es que se olvide de todas las penas menores ante el gozo de acercarse más a la verdad que persigue. Los hombres que usan bien la razón nunca se sienten solos sino acompañados interiormente por las esquirlas de verdad que van descubriendo cada día. Son algo así como los pescadores pacientes que al atrapar una hermosa pieza con el anzuelo se olvidan del tiempo pasado esperando y de la inclemencia del tiempo.
            Por supuesto que el mejor antídoto contra la soledad es la comunicación y la capacidad de relación. Para salir del aislamiento es necesario establecer contacto, primero con nosotros mismos y después con los demás: familia, amigos, entorno laboral e incluso personas con las que sólo cruzamos cuatro palabras para comprar el pan. Por mucho que las cifras conviertan la soledad en un fenómeno social no deja de ser un problema íntimo y personal para el que no caben soluciones globales. Tal vez haya que aceptar que la soledad no va a abandonarnos nunca del todo, pero es bueno saber que podemos paliarla y aprender a convivir con ella. Por ejemplo, dedicando más tiempo al quehacer de pensar y reflexionar sobre los grandes problemas de la vida en lugar de esconder la cabeza debajo del ala quedándonos ahí lamentando nuestra triste situación.
            Los expertos en el fenómeno de la soledad humana hablan, por ejemplo, del “síndrome del nido vacío” en la edad madura. Tal ocurre cuando los hijos ya se han ido de casa y la pareja descubre que ya no tiene de qué hablar. La menopausia trae una pérdida de autoestima en la mujer, pero a la vez causa un renacimiento de su deseo sexual, que no suele estar acompañado por el hombre. Éste, por su parte, ve disminuir su potencia sexual y su valoración social. La mujer normalmente tiene un círculo de amigas, pero el hombre no ha sabido construirse algo similar y se siente más solo. Con la vejez aumenta la inseguridad personal, la depresión, la angustia y llega, por fin, el momento de la gran soledad.
            Ya no hay proyección futura posible y muchos ancianos se sienten aislados en un entorno que no comprenden bien y que les ignora. Los amigos, además, ya han comenzado a morir. Si tienen que vivir en casa de sus hijos, hay una pérdida de arraigo con el barrio o las amistades anteriores. Por otra parte,  la disminución irreversible de facultades físicas hace que los ancianos sean más dependientes, con el agravante de que, si les falla la familia, nadie les presta la atención que necesitan. Su forma de reclamar cuidados es ponerse enfermos o volverse muy egoístas ante el temor de acabar abandonados en un asilo o residencia para mayores. Por otra parte la soledad física suele ir acompañada de soledad interior. Hay personas físicamente acompañadas e interiormente solitarias en extremo. Son aquellas que durante la plenitud de la vida pasaron el tiempo entretenidas con su trabajo o sus proyectos políticos, científicos o simplemente laborales, pero no dedicaron tiempo a reflexionar sobre los grandes problemas del ser y de la vida ejercitando el uso de la razón. Al acercarse a los momentos críticos de la ancianidad, de la enfermedad y la muerte, se encuentran interiormente desarmados si no desesperados. Se encuentran solos  ante el peligro sin la compañía de la verdad y la paga del amor, que son los dos grandes valores humanos connaturales al buen uso de la razón al final de la vida. Por razones de estricta justicia natural lo lógico es que no sea la sensación de felicidad sino de infelicidad y fracaso la que se adueñe de su espíritu en el momento culminante de tener que despedirse de esta vida sin esperanza en ninguna otra.
            No nos llamemos a engaño. Si durante lo mejor de nuestra vida no usamos bien la razón, corremos el riesgo de no sentirnos acompañados interiormente por la posesión de la verdad, por limitada que ella sea, y, en consecuencia, de perder la senda de la felicidad. En los casos extremos hay personas que no dudan en recurrir a la razón una vez más para echarlo todo a perder entrando en la pendiente resbaladiza de la desesperación, la voluntad de suicidio o la eutanasia. El no uso a tiempo de la razón, o el mal uso de la misma cuando es ya demasiado tarde, nos lleva primero a la soledad que causa el vacío de verdad, y  a la infelicidad que causa el haber perdido al final de la vida toda perspectiva de futuro más allá de la muerte. Nunca estamos solos mientras la razón y la verdad nos acompañan. El refugio en el pensamiento ha sido y sigue siendo una opción dignísima ante la incomprensión y la injusticia. En este sentido Boecio (484-524) escribió en la cárcel su célebre tratado de reflexión Acerca de la consolación de la filosofía


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