FELICES ELLOS Y VOSOTROS
(Mt 5, 1-12. Lc 6,
20-26)
Felices los pobres del buen espíritu,
Pues de ellos es el reino de los cielos,
Pero cuidado de no estar apegados,
A riquezas, aún sin ser pendencieros.
Felices quienes son ellos maltratados,
Por los tiranos de este mundo terreno,
No os venguéis de sus tratos indignos,
Y recibiréis en el cielo vuestro premio.
Terminarán los tiranos de este mundo,
Muriendo y siendo todos enterrados,
En la tierra de sus grandes posesiones,
Y por Dios serán juzgados sus pecados.
Tened paciencia y mucha constancia,
Porque llegará el gran día de la verdad,
Los tiranos serán todos ellos juzgados,
Y vosotros seréis por Dios consolados.
Felices los más pobres entre los pobres,
Sed siempre humanos y esperanzados,
Llegará para vosotros un muy gran día,
Y con divina tierra seréis compensados.
Felices vos con hambre y sed de justicia,
Ni de hambre ni de sed seréis enterrados,
Recibiréis pan de la vida y agua cristalina,
Seréis bien nutridos por Dios y saciados.
Felices vos también los misericordiosos,
Porque sentís compasión del atribulado,
Porque seréis por Dios bien pagados.
Y felices los que con su limpio corazón,
No ensucian su vida ni la de los demás,
Porque sin pena y mucha más felicidad,
Ellos sin dudarlo un día y a Dios verán.
¿Y qué decir de los que procuran la paz,
La de sus conciencias y de los demás?
Pues serán ellos llamados hijos de Dios.
Para siempre y con toda la seguridad.
Felices los que hayan sido perseguidos,
Y por mi causa de la justicia y de la paz,
Porque de igual forma que los buenos,
El reino de los cielos de ellos luego será.
Y lo será cuando os insulten y persigan,
Y digan mal contra ustedes falsamente,
Por causa de Mi sin vergüenza ni pudor,
Como hicieron a los profetas eminentes.
Regocíjense y alégrense mucho ustedes,
Cuando llegue ella la hora de la verdad,
La recompensa que en el cielo recibirán,
Muy grande y colmada también ella será.
Pero ¡ay!
de vosotros los que sois ricos,
Pues habéis recibido ya vuestro consuelo,
Y de vosotros los que ahora tanto os reís,
Porque lloraréis sin la ayuda del pañuelo.
MENSAJE
El
apoyo de Jesús a los más débiles y desvalidos de este mundo terrenal resulta
desconcertante a primera vista, pero no tanto cuando se tiene en cuenta
adecuadamente las dos formas de entender la vida humana que son confrontadas en
el famoso discurso de Cristo. Según la primera, las riquezas acumuladas, la
buena salud, el poder sobre los demás y el haber generado, engendrado y haber parido
a muchos hijos y nietos, era interpretado como recompensa de Dios y aprobación
de la forma de comportarse de esos presuntos agraciados consigo mismos y los
demás. Esto parece ser así en los reinos de este mundo caduco y terrenal. Pero
en el reino de los cielos, anunciado por Cristo, sólo será tenido en cuenta y
recompensado el amor a Dios y a nuestros semejantes de forma incondicional. Por
eso les dice a los más pobres y oprimidos de este mundo que no se preocupen, porque
sus sufrimientos, la falta de salud y de hijos será compensada con creces y sin
llanto desesperado allende la muerte, por toda la eternidad. Eso sí, con una
condición indispensable, y es que los oprimidos, explotados y mal tratados por
los ricos y poderosos despiadados de este mundo no busquen escusas para odiar y
maltratar a su vez ellos a sus opresores y explotadores, violando el sagrado
mandato de amar a Dios por encima de todas las cosas y a sus prójimos de
cualquier pueblo raza o nación, aunque estos se hayan comportado de forma
injusta y perversa con ellos. Esto, que humanamente parece absurdo e imposible,
para los que así aman a Dios y a sus semejantes como a sí mismos, resulta muy
consolador en este mundo y esperanzador mirando al otro mundo del más allá
descubierto con la muerte y resurrección de Cristo.
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