LA SORPRESA DE MABEL
Pasados
los rigores del invierno y nacida ya la aurora de una nueva primavera, los
encuentros peripatéticos del rancio filósofo de la república carpetovetónica
con sus admiradores se reanudaron como por encanto. Por aquello de que, según
los antiguos escolásticos, prima non
datur et ultima dispensatur, el maestro no había preparado nada para la
lección inaugural pero había encargado a la bella Mabel que abriera ella el
fuego.
A
penas se hubieron acomodado todos sobre la alfombra de cervunas en torno a una
fuente de agua cristalina y rodeados por una corona amarilla de piornos en
flor, Mabel pidió la palabra para hablar y se produjo un silencio muy elocuente
al oírse su voz musical y siempre hechicera.
Si
no os parece mal, suplicó ella muy coqueta, os cuento una breve historia que
termino de descubrir. Nadie de los presentes sabía que Mabel era amiga y
admiradora del archivero mayor de la república. No era él su novio ni su
marido, pero conseguía ella con su ayuda conocer de primera mano el contenido
de los documentos más sensibles del archivo, cuando estos trataban de historias
de amor, verdaderas unas e inventadas otras.
El
maestro la hizo una señal para que comenzara su intrigante discurso y esto fue
lo que dijo. Según he podido saber de fuente bien informada, en nuestra
república hubo un hombre y una mujer que se enviaban clandestinamente mensajes
de amor muy sofisticados por miedo a ser castigados por los agentes de la
moralidad pública. Los mensajes eran cortos y en un archivero juntó todos los
que llegaron a su conocimiento copiándolos en un único documento del cual he
podido conseguir la copia fiel que tengo en mis manos. Y sin más preámbulos, la
bella e intrigante Mabel comenzó a leer despacio el documento poniendo mucho
énfasis en las palabras y frases que ella consideraba más importantes.
-
¿Mi amor, qué hacemos esta tarde? ¿Qué te parece sin nos vamos a los caballitos
y te hago unas fotos lindas de amazona? Cuando nos cansemos de cabalgar, juntos
o por separado, descansaremos respirando aire de amor no contaminado,
recostados sobre una alfombra de flores y rodeados por un círculo de rosales
encargados de que nuestro amor esté siempre perfumado.
-
Sí, replicó ella, pero sin prisa ni agobio. Dejemos primero que los rayos del
amoroso sol, filtrados ellos a su paso por el bosque, acaricien dulcemente todo
nuestro cuerpo desde la cabeza a los pies. Con este masaje de amor solar
quedaremos en condiciones para después irnos a bailar.
-
Mi amor, nos estamos quedando dulcemente dormidos en este lecho amoroso
preparado por la naturaleza. El tiempo corre a gran velocidad por lo felices
que estamos amándonos de esta forma original, pero si tú quieres que celebremos
este nuestro amor bailando, despierta ya, vístete de gala y apresurémonos para
llegar a tiempo al salón de baile antes de que le llegue la hora de cerrar.
-
Nos vestiremos como Dios manda, para amar y bailar al ritmo del amor divino,
como niños grandes e inocentes que aman sin saber por qué y lo que diga la
gente les importa un comino. Terminado el baile imaginario el amante añadió el
siguiente comentario.
-Por
lo que se oye decir a la gente, deduzco que
has embelesado a los presentes con tu forma de bailar. Pero hemos de
volver a casa para descansar y reanudar mañana nuestra carrera de amor hasta el
fondo del mar. Mientras yo preparo tu lecho de flores que perfumen tus dulces
sueños durante la oscura noche, tú esperas mirando al mar recibiendo la caricia
de la brisa marítima como una novia que se prepara para irse a casar. Al día
siguiente la bella amante recibió de su amado este amoroso saludo matinal:
-
Gracias corazón, por tus lindos sueños compartidos con este tu siervo de amor,
que, absorto en tus virtudes, se olvida con frecuencia de rezar contigo a Dios.
-
Al llegar a este punto del desconcertante relato todos los presentes al unísono
espontáneamente exclamaron: Mabel, por favor, para ya de leer. Queremos que nos
digas de una vez quién eres tú y quién es él. Y se inició un debate muy
divertido sobre la autenticidad del documento sin haberlo terminado de leer.
¿Eres
tú ella? ¿Soy yo él? ¡Y por qué no yo y ninguna ella? Las preguntas se
multiplicaban y el Maestro consideró oportuno dar su opinión acerca del
documento leído por la pijotera Mabel, la cual se puso más coqueta que nunca
regalando una amplia sonrisa de placer.
Cuando
dos personas se aman de verdad, puntualizó el filósofo, lo mismo da que sean
hombre o mujer. Lo importante es que se amen como personas y no por otros
motivos como el sexo, el enamoramiento, el dinero, la fama o el poder. Y toda
la asamblea de admiradores respondió espontáneamente: Amén, así sea, así debe
ser.
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