LOS SUEÑOS DE LA VIDA
No sufras tú si
dormida caes al suelo,
Por tus amorosos
sueños de mañana,
Y te sientes
abrazada por algún amor,
Que escondido
estaba bajo tu cama.
Pues el suelo de la
amorosa mansión,
Es muy hermoso y
bien alfombrado,
Pensado para
accidentes nocturnos,
De quienes aman y
no son amados.
Las caídas en el
amor más verdadero,
No producen heridas
ni causan daño,
Porque Dios ama a
los accidentados,
Como un padre
amoroso sin enfados.
Cuando tú te
recuperes de las heridas,
Recibidas durante
tus dulces sueños,
Iremos luego muy
felices a corretear,
Como niños felices
que van al colegio.
Después de haber
recorrido un tramo,
Del primaveral
camino bien florecido,
Un caballito más blanco
que la nieve,
Nos saldrá por
sorpresa como un niño.
¿Te das cuenta tú
la flor de los campos,
Cómo el caballito
desea hablar contigo?
Pues escúchale te
pido yo sin tardanza,
Pregúntale qué has
de hacer conmigo.
El caballito blanco
te escuchó gustoso,
Y nos hizo esta
inesperada proposición:
Que ambos
subiéramos a sus espaldas,
Porque deseaba
oírnos hablar del amor.
Muy sorprendidos
íbamos ya nosotros,
Sentados juntitos
sobre sus hombros,
Cuando de repente
se quedó parado,
Para decirnos algo
de grande asombro.
Oh vosotros mis
enamorados clientes,
Orgullo de las
damas y los caballeros,
Conozco muy bien un
lugar del bosque,
Si queréis allí con
gran placer os dejo.
Llegados a nuestro
previsto destino,
El caballito se
quiso cortés despedir,
Pidiendo disculpa
de falta no habida,
Besando tus manos
sin olvidarse mí.
Al quedarnos
acostados entre flores,
Y que nos esperaban
hacía ya tiempo,
Nos dormimos como
niños traviesos,
Con el trinar de
pajaritos y del viento.
Pasaron las horas y
sin darnos cuenta,
Que estábamos en el
bosque dormidos,
Yo sentí en las
mejillas algo muy dulce,
Como si fuera un
beso tuyo con gemido.
Con calor de amor y
perfume de rosas,
No desperté
asustado ni despavorido,
Y siguiendo así muy
feliz semidormido,
Te dije yo que me quedaría
allí contigo
Pasaron las horas
de nuestro ensueño,
Sin despertar por nada de este mundo,
Que en nuestros
sueños de gran amor,
Nos parecía ya
muchas veces inmundo.
Al despertar del
largo sueño del bosque,
Tú me dirigiste a
la luz de un nuevo día,
Este muy amoroso y
matinal requiebro:
Agradezco el regalo
de tu amor, al Cielo.
Esta amorosa e
inaudita declaración,
Fue seguida de
sustancioso comentario,
Digno de recordar
en este mundo fugaz,
Lleno de historias
falsas y más engaños.
Pues cada día veo
yo con toda claridad,
Que Él a quien yo
no quise negar nada,
Al fin de mi paso
corto por este mundo,
Me llena con lindas
riquezas del alma.
Me ha llenado el
alma de sus riquezas,
Pero una de las más
bellas sin discutir,
Es haberme regalado
tu preciado amor,
Para caminar juntos
y así hacerme feliz.
Doy gracias a Dios
por su providencia,
Sabiendo Él de qué
tenía yo necesidad:
De amarle a Él y a
toda la humanidad,
Con el amor
verdadero y sólo personal.
Después de oírte
atento esta confesión,
De reina tú muy
ansiosa de buen amor,
Tomé yo esta
solemne y firme decisión,
De invitarte a
vivir feliz en mi corazón.
Luego tuvimos ya
dos hogares de vida,
Tu corazón y el mío
bien amueblados,
Para vivir allí con
amor todos los días,
Como seres humanos
por Dios creados.
Después de un dulce
y sabroso silencio,
Tú me obligaste a
decirte algo de amor,
Tomé la palabra con
temblor y temor,
Y esto fue lo que
presto se me ocurrió.
Mi reina del amor y
por Dios bendecida,
Al final de la vida
nos han de examinar,
No de muchas de las
obras realizadas,
Sino sólo del amor
a Dios y a los demás.
Y si esto así ha de
acontecer con certeza,
Yo pido a Dios que
nos examine juntos,
En tribunal del
amor y presidido por Él,
Sin ningún maestro
ni profesor adjunto.
Y cuando Dios me
preguntare Él a mí,
Sin yo saber
correctamente responder,
No tengas reparo en
responder por mí,
Pues tu amor a Dios
es el mío también.
Sin amor del bueno
que es el personal,
A Dios sobre todo y
luego a los demás,
En el valle del
mundo corren lágrimas,
Como los pajaritos
ellos sin poder volar.
Después de este
coloquio del bosque,
Y la siesta entre
los hermosos jazmines,
Nos miramos pero
sin decirnos nada,
Y contentos
abandonamos los jardines.
Acomodados en una
vistosa terraza,
Que encontramos
allí cerca del mar,
Iniciamos luego el
juego de ajedrez,
Con mucho amor y
deseos de ganar.
En el momento
crucial de una jugada,
Ambos los dos nos
miramos a los ojos,
Quedé cautivado por
tu dulce mirada,
Y te hice
declaración de amor gozoso.
Para mí esta
partida linda de ajedrez,
Tiene un objeto
claro y una sola razón:
Dar un jaque rápido
a mi querida reina,
E invitarla a vivir
feliz en mi corazón.
Así estaban las
cosas de nuestro amor,
Cuando dulcemente
tú gran hechicera,
Te abrazaste a mi
cuello con decisión,
Y me regalaste tus besos de
primavera.
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