CAPÍTULO V
ANTOLOGÍA DE
RECUERDOS Y PENSAMIENTOS
En
el presente capítulo son espigados algunos recuerdos y pensamientos que dejaron
huella en mi historia personal desde finales de 1992 hasta noviembre de 1996.
1. Solidarios para el Desarrollo y otras
actividades pastorales
El
relato que hago a continuación se inscribe en el contexto de mi trabajo en la
Universidad Complutense de Madrid (UCM). Es sólo un ejemplo concreto de
colaboración con gente noble y que está relacionado con el movimiento Solidarios para el Desarrollo nacido en
la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de
Madrid bajo el liderazgo del Profesor José Carlos García Fajardo, en el
contexto de sus clases de historia de las ideas políticas, hablando de pobreza,
derechos humanos e injusticias sociales en el mundo. Para discutir de esos
problemas y la forma de contribuir eficazmente a su solución creó el Seminario
Solidaridad, por donde pasaron miles de estudiantes sensibilizados con los
problemas de la justicia en el mundo contemporáneo. José Carlos García Fajardo
y yo nos conocimos personalmente en la Facultad de Ciencias de la Información
de la UCM y me invitó a participar en sus encuentros con los voluntarios
que se ofrecían generosamente a ayudar a gente necesitada. Uno de los primeros
servicios de voluntariado social llevados a cabo empezó con las denominadas Aulas
de Cultura en la cárcel de Segovia. Las visitas a las cárceles tuvieron un
éxito inmediato y yo mismo colaboré directamente en esa actividad a favor de
los presos. Luego surgió El Programa de Atención a Estudiantes
Discapacitados para ayudarles a superar obstáculos en la Universidad. El
apoyo a Enfermos de Sida fue otro de los servicios pioneros. Cuando
todavía era tabú hablar de ese tema los voluntarios de Solidarios acompañaron a
los enfermos de sida en los hospitales de España, Latinoamérica y África a
donde se desplazaban durante las vacaciones de verano. Sin olvidar su
preocupación por los enfermos en los hospitales y las personas de avanzada
edad.
En
1995 se pusieron en marcha los programas de Atención a Domicilio y Vivienda
Compartida, y también para niños y jóvenes en situaciones de riesgo,
enfermos mentales, mujeres marginadas, drogodependientes y apoyo a los
inmigrantes. El Puente Solidario, uno de los programas estrella, surgió
de un viaje de José Carlos a Cuba en 1998 y su actividad principal consistía en
la recogida, clasificación y envío de medicamentos a cualquier parte del mundo
donde tuvieran necesidad de ellos y fuera posible hacerlos llegar. También es
muy importante la labor realizada por Solidarios mediante el envío de libros y
bibliotecas a diversos países donde su adquisición resulta muy costosa. Con al
paso del tiempo lo que nació como un simple voluntariado
para ayudar a los estudiantes que llegaban a la Facultad de Ciencias de la
Información terminó convirtiéndose en la ONG oficial de la Universidad
Complutense de Madrid. Mi colaboración directa en este movimiento terminó en
1996 a raíz de la enfermedad de mi padre, pero hay algunos puntos que me parece
oportuno destacar.
José
Carlos García Fajardo era un líder nato con una educación jesuítica muy
marcada. Noble de sentimientos y en lo mejor de la edad, tenía la capacidad de
fascinar a sus alumnos en las clases criticando las injusticias sociales, y más
aún, presentando proyectos ambiciosos de humanidad sin ocultar su fe cristiana.
Mi colaboración más destacada con él y el grupo Solidarios, a parte algunas
intervenciones puntuales académicas en el ámbito de la bioética, consistió en
la celebración de la Eucaristía en los encuentros que se organizaban
frecuentemente dentro y fuera de la Universidad, y a escuchar a cuantos se
acercaban libremente a mí solicitando asesoramiento para la solución de sus
problemas personales. Con el paso del tiempo observé que surgían fuertes
tensiones entre José Carlos y sus más fieles colaboradores terminando siempre
en ruptura personal con él por su forma de liderar el movimiento sin dejar de
reconocer que los objetivos del mismo debían ser respetados y promovidos. Los
estudiantes me informaban confidencialmente sobre las fuertes tensiones que
surgían durante la celebración de los Consejos y José Carlos me informaba, a su
vez, de las palabras fuertes que en ocasiones tenía que oír de sus más
estrechos colaboradores. José Carlos, como todos los líderes natos, hablaba de
los problemas, pero no pedía consejo a nadie para tomar decisiones. Las
decisiones de los líderes se acatan y no se discuten. El líder tiene siempre
razón, aunque no la tenga. En una ocasión le acusaron de que durante las
celebraciones eucarísticas hablaba él más que yo. La verdad es que yo me
limitaba a hacer una breve homilía centrada en la explicación del texto
evangélico mientras que él encontraba siempre motivos para tomar la palabra,
antes, después o en el medio de la celebración para hacer algún discurso casi
siempre repetitivo y agotador.
José
Carlos era un gran experto en relaciones públicas y llevó al grupo a muchas y
cualificadas personas para discutir sobre los problemas más acuciantes del
momento. Pero, como he dicho, era un líder nato y no se dejaba aconsejar por
nadie. Por las historias que me contaban los estudiantes, tuve la impresión de
que paró los pies a todos cuantos osaron criticar sus métodos de liderazgo o se
permitieron la libertad de darle algún consejo. Yo, consciente de la nobleza
original del proyecto Solidarios, pero también de su estilo jesuítico, me
guardé mucho de darle jamás ningún consejo o de expresar mi desacuerdo público
con él en nada. Tal vez por eso me profesó siempre gran respeto y una generosa
admiración sin poner distancias conmigo como hizo con otros más cualificados
que yo. Para mí siempre tuvo palabras de elogio y le agradezco su generosidad.
Por otra parte, los estudiantes me pedían confidencialmente consejo para
interpretar correctamente sus desencuentros con él. A veces yo mismo sancioné
las rupturas de algunos de sus colaboradores, cosa que me agradecieron mucho
por la libertad personal que recuperaron frente al líder. En algún momento
estuve convencido de que el movimiento universitario Solidarios tenía
los días contados si no cambiaba su forma de liderazgo. Los más fieles
colaboradores terminaban abandonándole, pero todos estábamos de acuerdo en que
había que buscar la forma de seguir unidos en la idea original que había dado
vida al movimiento, ayudando a los estudiantes que llegaban a la Universidad,
desorientados o sin ideales nobles por los cuales luchar.
El
día 16 de febrero de 1993 dejé escrito lo siguiente. Los estudiantes del
Movimiento Solidarios deben ser liberados de actividades incompatibles con la
asistencia regular a las clases. Echo de menos su presencia en las clases para
contribuir a la revitalización de las mismas. Hay alumnos y alumnas del
Movimiento que tienen asignaturas pendientes y que apenas aparecen por las
clases. Tratándose de un movimiento esencialmente universitario de inspiración
cristiana, su asistencia a las clases debe ser una prioridad irrenunciable. Hay
que espaciar más la celebración de los encuentros y convivencias fuera de la
Facultad, para evitar el cansancio y la rutina por su excesiva frecuencia.
Habría que insistir más sobre los aspectos formativos y no multiplicar las
actividades apostólicas que terminan generando ansiedad y cansancio. Pienso que
sería más pedagógico perfeccionar las muchas ya existentes que adquirir
insaciablemente nuevos compromisos. Ha llegado el momento en que José Carlos,
fundador admirable del Movimiento, comience a dar más confianza y
responsabilidad a los diversos líderes de grupo y tener más en cuenta las
observaciones que le llegan para no poner en peligro el futuro del Movimiento.
A medida que pasa el tiempo y el Movimiento se consolida, José Carlos debería
ejercer su autoridad moral de forma menos autoritaria confiando más en la
responsabilidad y las iniciativas de sus más estrechos y fieles colaboradores.
Conviene que José Carlos compagine lo más posible su dedicación al Movimiento
con la atención a su familia, que a veces echa de menos su presencia en casa,
lo cual tampoco contribuye a la buena marcha del Movimiento. El día 17 de abril
por la tarde, uno de los colaboradores más cercanos de José Carlos me llamó por
teléfono para comunicarme que al día siguiente tenían previsto celebrar una
reunión con él para discutir abiertamente sobre el futuro del Movimiento. Como
eco de esta noticia dejé escritas también las siguientes reflexiones.
Este
hombre admirable está pasando por una “crisis de líder”. Me refiero a esa
crisis que han sufrido todos los grandes hombres cristianos que han sido
pioneros de grandes proyectos. Los fundadores tienen siempre una idea genial
que tratan de llevar a cabo hasta el heroísmo si es necesario. El éxito de su
obra termina desbordándoles y se ven en la necesidad de revisar su proyecto. Los
muchachos y muchachas de Solidarios están fascinados por el proyecto social y
apostólico de José Carlos, pero empiezan a sentir agobio, cansancio y desánimo
cuando su éxito está tomando vuelos casi imprevisibles. El líder se resiste a
aflojar la cuerda de los compromisos. Por el contrario, cada día es más
exigente y encuentra grandes dificultades para dialogar con sus colaboradores
más cercanos por el temor, sin duda, a tener que revisar el proyecto global y
sus métodos de actuación. Él comprende todo con la cabeza, pero
sentimentalmente está muy susceptible y hasta celoso de que su magna obra le
desborde perdiendo el control absoluto de todos los hilos de la madeja.
¿Qué
va a ocurrir mañana, 18 de abril de 1993? Puede ser un día histórico para
Solidarios. Este momento tenía que llegar y yo lo veía venir. Pero no me ha
parecido nunca prudente adelantarme a los acontecimientos provocando una
hipotética sospecha de competencia. Mi misión con Solidarios es espiritual y no
de liderazgo, y menos todavía de usurpación. Por esta razón no he querido
reunirme paralelamente con los muchachos y muchachas que miraban siempre hacia
mí como un consuelo para discutir los problemas de Solidarios sin la presencia
de José Carlos. No me pareció ni prudente ni honesto convocar reuniones
paralelas en momentos de crisis. Pero ahora las circunstancias han cambiado y
son ellos y ellas quienes desean hablar conmigo antes de asistir a la histórica
reunión con José Carlos. Para ello propusieron venir a mi casa, el convento de
S. Pedro Mártir O.P, en Madrid, donde me expondrían sus puntos de vista sobre
la marcha de Solidarios y conocer mi opinión al respecto. Se sentían muy
cansados por el exceso de actividad, empezaba a cundir el desánimo y estaban
dispuestos a exponer a José Carlos de forma abierta y realista su situación
para persuadirle a que tomara nuevas medidas para evitar que Solidarios pasara
a mejor vida como una explosión efímera de entusiasmo.
La cuestión era cómo abordar al líder para no
fracasar en el intento. Así estaban las cosas cuando vinieron a mi casa tres de
los miembros más destacados del Consejo. Después de escucharlos, llegué a la
conclusión de que estaban al borde de la ruptura. Su agobio y cansancio habían
llegado a extremos difíciles de soportar y, lo que es peor, la falta de
estímulo moral para seguir adelante se complicaba con una pérdida incipiente de
respeto hacia José Carlos en persona. Su vuelta de Ceuta y Chile no había
contribuido a mejorar la situación. El propio José Carlos se encontraba
nervioso y confuso. Tiene conflictos por donde va con quienes le reciben y de
esto no se habla nunca. En su casa para poco y esto repercute negativamente en
su esposa y en sus hijos. Me temo, pensaba yo, que el líder se mira demasiado a
sí mismo, como si tratara de encarnar las grandes figuras bíblicas
incomprendidas. A mí no me sorprendía
nada de lo que me contaban los muchachos, pero sí empezó a preocuparme el
futuro del proyecto Solidarios, que podría ser víctima de su propio éxito y la
falta de realismo de su fundador. Al terminar nuestro encuentro nos pusimos de
acuerdo en que estas reuniones confidenciales entre nosotros no se dieran a
conocer imprudentemente y que, una vez celebrado el histórico encuentro con
José Carlos, me tuvieran informado del resultado del mismo con la misma
prudencia y discreción. Por otra parte, les aconsejé que evitaran el
sentimentalismo y se mantuvieran siempre serenos, objetivos y respetuosos en
las discusiones con José Carlos.
Según
las informaciones recibidas, el resultado del histórico Consejo fue el
siguiente. José Carlos, después de escuchar las quejas de algunos miembros del
Consejo, sugirió suspender todos los compromisos especiales adquiridos para
comenzar de nuevo en Pentecostés contando sólo con aquellos colaboradores que estuvieran
dispuestos a continuar trabajando como hasta el momento presente. Con esta
decisión evitó entrar en la esencia del problema planteado sobre el agobio y
descontento creciente a causa de su manera autoritaria de liderar los trabajos.
Algunos rechazaron la propuesta de seguir como antes, otros estaban confundidos
y no se decidían a tomar una decisión clara. Todos, sin embargo, estaban
convencidos de que José Carlos no estaba dispuesto a ceder ni un palmo de su
influencia decisiva ni en sus criterios de dirección. Por las informaciones que
me fueron llegando, yo empecé a alarmarme por la tendencia de José Carlos a
creerse indispensable, comparándose con S. Pablo en sus dificultades con el
apoyo de una carta del cardenal D. Ángel Suquía, el cual, como era lógico, le
animaba a seguir adelante con su obra en lo que tenía de positivo, que era
mucho. El cardenal Suquía no estaba informado de las dificultades concretas por
las que estaban pasando José Carlos y el Movimiento “Solidarios”. Yo les
aconsejé a los miembros del Consejo 1) Que a quien hay que seguir, como diría
S. Pablo, es a Cristo muerto y resucitado y no a ningún otro líder intermedio.
2) Que se liberaran de compromisos agobiantes e innecesarios, que más que
favorecer, impiden que el seguimiento de Cristo resulte libre y gozoso. 3) Si
José Carlos responde con el dilema: o me aceptáis a mí, u os marcháis, que no
dudaran en marcharse. Eso sí, de una forma amistosa y fraterna dispuestos a
conservar los ideales del proyecto original que un día los había fascinado.
El
día 29 de marzo José Carlos se confidenció conmigo. En una larga carta dirigida
a Solidarios añadió de su puño y letra lo siguiente: “Querido Niceto, para mantenerte informado y pedirte que no nos
olvides. Hay crisis en Galilea. Que el Señor nos ilumine en Pentecostés. Un
fuerte abrazo. José Carlos, 26/4/93”. Sin pérdida de tiempo me acerqué a su
despacho donde le encontré solo, cosa que ocurría en muy raras ocasiones.
Durante nuestra larga entrevista, además, sólo apareció por allí María José
Atienza para gestionar un asunto sin importancia. Como te digo, Niceto,
-insistió- sí, hay crisis en Galilea. Y sin más preámbulos tomó la palabra sin
yo formularle ninguna pregunta, para informarme en caliente sobre la crisis de
Solidarios. Era la primera vez que me hablaba del problema y tuve la impresión
de que no sabía que los muchachos y las muchachas me tenían informado de todo
desde hacía algún tiempo. Yo esperaba que este momento llegara de modo que yo
pudiera contar con la versión de los hechos directamente de José Carlos y tal
momento, efectivamente, llegó.
Comenzó
hablando del problema económico que
planteaba el mantenimiento de la Residencia de los chicos, los cuales, por otra
parte, exigían más autonomía y que la Residencia fuera mixta. La respuesta de
José Carlos era que el responsable ante los bancos era él, así como de la
garantía moral ante la arrendataria con la cual se había firmado el contrato
por cinco años. Así las cosas, él se consideraba responsable del contrato y de
la buena conducta de los que habitaban en la Residencia. No obstante, aceptaba
la independencia de los chicos si asumían la responsabilidad económica y daban
garantías de que su forma de vida no era motivo de sospechas o de censura moral.
Cosa que, a su juicio, era poco probable que ocurriera una vez que la Capilla
perdiera protagonismo y se aceptara la convivencia mixta. Los chicos nunca me
habían hablado de este tema de la financiación de la Residencia ni de su
proyecto de convertirla en Residencia mixta.
Luego
pasó al capítulo de las acusaciones y
críticas por parte ellos y ellas. Le acusaban de excesiva amistad y
compenetración con Pablo. José Carlos me habló del tema con mucha tranquilidad
dándome a entender que su edad ya no le permitía dar importancia a habladurías
y chismes de jóvenes celosos. Hizo una apología de Pablo, al que consideraba un
muchacho noble, fiel y transparente. Hacía algún tiempo que los chicos y las
chicas me habían hablado de este tema. Veían a este chico como alucinado por la
personalidad de José Carlos, como si viera por sus ojos en todos sus
planteamientos. Le veían demasiado dócil y sumiso. Tanta sumisión a José Carlos
les molestaba y éste no sacaba las conclusiones prácticas oportunas. Por mi
parte, siempre pensé que José Carlos debía tener más en cuenta la sensibilidad
crítica de los jóvenes, los cuales se mueven por estímulos sensibles y
emocionales, tratando de deshacer esas imágenes que generaban en ellos
inquietud y desasosiego, en lugar de quedarse siempre en su castillo
fortificado sin rectificar nada. El buen líder, pensaba yo mientras escuchaba a
José Carlos, debe preocuparse de que sus seguidores le sigan libremente y no
arrastrados por el impacto de su personalidad generando discípulos y seguidores
excesivamente sumisos. La sumisión excesiva termina casi siempre en rechazo
frontal. Posiblemente este excelente muchacho padecía una dependencia excesiva
de la vigorosa personalidad de José Carlos, cosa que incluso sus propios hijos
habían constatado con la comprensible preocupación. Le habían acusado duramente
también de haber admitido a dormir en la Residencia a dos presos sin consultar
con ellos. Esto, matizó José Carlos, no me lo perdonan. Efectivamente, yo
recuerdo que un sábado en que celebraba la Eucaristía en la Capilla de la
Residencia, me presentó a un joven casado que cumplía una pena en la cárcel.
Las razones evangélicas alegadas por José Carlos para dejarle allí a dormir
eran teóricamente comprensibles, pero desde el punto de vista práctico y realista
eran más que discutibles. Siempre según la versión de José Carlos, le acusaron
después de que “habla demasiado” al comienzo de las celebraciones eucarísticas
y al final dejando en un segundo plano mi homilía. José Carlos respondió a esta
acusación diciendo que era la oportunidad que él tenía para mentalizarlos
espiritualmente sobre el compromiso cristiano con los pobres del Evangelio.
La
verdad es que sus moniciones de entrada, pensaba yo mientras él proseguía su
monólogo, eran muy largas. Un instrumento, por muy bien que suene, si se repite
mucho termina cansando. Esto es una cuestión de pedagogía y no de principios.
En los encuentros José Carlos hablaba mucho y terminaba cansando a la
audiencia. Por otra parte, ellos y ellas deseaban hablar más de cuestiones
morales y espirituales para su propia orientación personal fuera del contexto
litúrgico, y no se atrevían a hacerlo en su presencia. Yo estaba convencido de
que había que insistir menos en los aspectos litúrgicos y más en su formación
teológica, con el fin de evitar el adoctrinamiento y facilitar la formación de
la conciencia personal. La multiplicación rutinaria de actos de culto resulta
con frecuencia estéril y agobiante si falta la formación teológica. Le acusaron
también de considerarse como un profeta. Como dije más arriba, José Carlos
tenía tendencia a parangonarse con personajes bíblicos en dificultad. Los
muchachos veían en esas alusiones bíblicas un mecanismo de autoridad. En
ocasiones yo mismo tuve la impresión de que se sentía como enviado de Dios para
realizar alguna obra concreta. Tal vez era un idealista noble, que se
desentendía en la práctica de aspectos ineludibles de la vida real. Todos, los
incondicionales y los críticos, coincidían en que la creación de fraternidades en el seno de Solidarios
era algo fuera de lugar y que sólo contribuía a establecer jerarquías y
clasismo dentro del Movimiento. De hecho, introdujo un rito para-litúrgico de
compromiso ante José Carlos al final de la celebración eucarística, emulando el
rito de la profesión religiosa. Cosa que en sí misma no tenía nada de
censurable, pero en aquel contexto podía interpretarse como una maniobra más de
sumisión a la persona de José Carlos. De hecho, los chicos y las chicas más
avispados así lo interpretaron y de ahí su queja.
Al
final de nuestro encuentro me limité a sugerir a José Carlos que, tal como
estaban las cosas, me parecía conveniente que redujera los compromisos de ayuda
en el extranjero para no defraudar con falsas expectativas y, sobre todo, que
suprimiera incondicionalmente las
promesas de compromiso y fidelidad que había introducido emulando el rito
de la profesión religiosa. Creo haber dicho antes que, por prudencia, nunca
traté de dar consejos a José Carlos. Esto no es del todo exacto ya que esta vez
no me privé de hacerlo y José Carlos quedó satisfecho.
Después
de la celebración de una cena de trabajo en el Colegio Mayor S. Juan
Evangelista, tuve la oportunidad de cambiar impresiones con dos miembros
destacados del Consejo de Solidarios. Según sus informaciones, los más fieles
estaban de acuerdo en que Solidarios tenía que rectificar y cambiar de rumbo
volviendo a la idea original surgida en la Facultad de Ciencias de la
Información, pero no estaban de acuerdo con la forma dura con la que algunos se
habían enfrentado a José Carlos traspasando los límites de la caridad y
comprensión de los problemas discutidos. Igualmente me expresaron su disgusto
por la iniciativa de José Carlos de dar acogida en la Residencia a dos presos
sin consultar previamente con los residentes.
Solidarios
terminó siendo la ONG de la Universidad Complutense de Madrid con todos los
cambios de mentalidad y de estructuración administrativa propios de las ONG. El
día 24 de septiembre de 1993 José Carlos me informó sobre la firma del convenio
de Cooperación Educativa entre la Universidad Complutense de Madrid y la
Organización Solidarios para el Desarrollo. El último párrafo del comunicado
que dirigió a todos decía así: “Finalmente, pero no lo último, a los que os
habéis interesado por la salud de mi mujer, os digo que va saliendo adelante.
La han operado y ha terminado la quimioterapia. Ahora nos aguarda la fase más
dura que tendrá lugar en el hospital Octubre, con un tratamiento muy complejo y
nuevo que afecta a la médula y nos obligará a estar un tiempo en el Hospital
porque es imposible sobrellevarlo afuera. Confiamos en Dios que nos dé fuerzas
para saber llevarlo como hasta ahora. Ella os agradece el interés que algunos
habéis mostrado y sabe que cuenta con vuestro afecto. Nuestros hijos también lo
están llevando con una gran dignidad y cariño. Ya sabéis dónde me tenéis. Lo
que cuenta es el poder servir a los demás, cada uno desde su personal capacidad
y estilo. Un abrazo. José Carlos”.
Matizaciones
finales. José Carlos fue un gran hombre cristiano con defectos y nobles
virtudes. Como fundador del movimiento estudiantil universitario Solidarios
tuvo algunos fallos importantes. Por ejemplo, en lugar de convertir a sus
seguidores en estudiantes universitarios ejemplares asistiendo a las clases con
regularidad y competencia científica, los utilizó para organizar y realizar
trabajos ciertamente nobles, pero incompatibles con las obligaciones académicas
de sus seguidores y la dedicación plena al estudio de las asignaturas de la
carrera. Por otra parte, su estilo de liderazgo me pareció ser autoritario y
monopolizador hasta el punto de que su presencia terminó siendo incómoda para
sus más estrechos colaboradores. Me sorprendió siempre su interés por dar al
movimiento Solidarios una impronta cristiana excluyendo al mismo tiempo el
sacerdocio como opción libre por parte de sus miembros. ¿No era esto una contradicción?
Otro fallo de liderazgo consistió en no estar satisfecho nunca con los logros
alcanzados, si estos no se ajustaban exactamente a sus previsiones. Por
ejemplo, en una ocasión había calculado enviar un centenar de jóvenes
voluntarios durante el verano a Latinoamérica. El responsable de la operación
le comunicó que había conseguido reclutar el noventa por ciento y que los
recursos económicos no daban de sí para más. Según la mentalidad de José Carlos
había que llegar al cien por cien del proyecto. En consecuencia, le ordenó que
continuara recabando fondos para completar el número de enviados de acuerdo con
su proyecto original. El joven me llamó por teléfono angustiado. Obviamente, le
felicité por el éxito logrado en lugar de amargarle injustamente la vida
siguiendo el criterio asfixiante de José Carlos. ¿No era ya un éxito grande
haber reclutado noventa voluntarios? ¿Por qué no se sentía satisfecho?
Mi
colaboración con el grupo Solidarios
terminó en el año 1996, pero siguieron los contactos personales. Pasaron los
años y por medio de Internet conseguimos reunirnos un número considerable en
una discoteca de Madrid con José Carlos a la cabeza y su amorosa esposa Valle,
la cual había conseguido doblegar un cáncer maligno. Todos los presentes
habíamos cambiado mucho y en algunos casos tuvimos que presentarnos para
reconocernos. Fue un encuentro realmente feliz. Recordamos aquellos hermosos
tiempos de estudiantes y profesores universitarios llenos de ilusión. La noble
idea que dio cuerpo al movimiento Solidarios había permanecido viva y los
momentos desagradables habían desaparecido en el desván del olvido donde sólo
quedaron como anécdotas de un pasado feliz irrepetible.
En
octubre de 1992 yo me encontraba en plenitud de vida física y psíquica después
de mi operación de corazón. Hasta entonces el cansancio había limitado
severamente la calidad y satisfacción personal de mis trabajos. Ahora
descansaba con normalidad y me recuperaba para seguir trabajando con gusto e
ilusión renovada. El encuentro de Solidarios en Sigüenza los días 3 y 4 de
octubre fue impresionante y el día 12 celebramos la bendición de la Residencia
en Aravaca para chicas. La gente estaba entusiasmada. José Carlos estaba
asombrado por los éxitos de las convocatorias. Pero yo escuchaba a la gente
confidencialmente y constataba que aumentaba también la tensión entre José
Carlos y sus simpatizantes por su forma de liderazgo. A pesar de ello, yo me
abstuve siempre de darle consejos o de discutir con él algunos de sus
planteamientos. Por último, quiero recordar que José Carlos fue el que
consiguió que en la Facultad de Ciencia de la Información de la UCM se
destinara un lugar estratégico que sirviera de Capilla. Su propuesta fue
aceptada por una mayoría aplastante de gente que echaba de menos aquel lugar
sagrado. Fue un logro importante para el cual José Carlos puso toda su carne en
el asador. Al principio, el movimiento Solidarios utilizó la Capilla como lugar
de encuentro ecuménico y el primer capellán, el joven chileno, D. Mariano, que
se encontraba de paso, trabajó con mucho acierto y prudencia. Pero esta
situación cambió radicalmente con su sucesor, el cual convirtió la Capilla en
un gheto del Opus Dei, del que la
mayoría de la gente empezamos a pasar de largo.
Del mes de octubre de 1992
quedaron muy grabados en mi memoria, entre otros muchos eventos agradables como
los encuentros con Solidarios de Sigüenza y Aravaca, el inicio de
conversaciones privadas con Francisco Osés (Pachi), Delegado de Prensa de
Tele-5. Periódicamente nos encontrábamos a la hora del almuerzo en los
comedores de Tele-5 o en otros lugares. Para mí fue una fuente de información
muy valiosa de primera mano sobre los problemas más acuciantes del momento en
aquella institución mediática. Yo mismo presidí su boda en nuestra Iglesia
dominicana de S. Pedro Mártir de Madrid, pero su matrimonio resultó un fracaso.
En el histórico encuentro con antiguos militantes de Solidarios, al que me he
referido más arriba, apareció después de muchos años y le encontré tan desconocido,
que fue necesario presentarnos de nuevo.
Por otra parte, me había
comprometido desde hacía algún tiempo a celebrar la Eucaristía los domingos por
la tarde en la madrileña Parroquia del Espíritu Santo y la Araucana. Las cosas
sucedieron así. Su párroco, D. Deogracias, había coincidido conmigo en el
Seminario Metropolitano de Madrid siendo yo allí profesor de Historia de la
Filosofía cuando él formaba parte del equipo de formación. Nombrado Párroco, me
llamó muy pronto para pedirme ayuda pastoral. En realidad, mi ayuda se limitó a
sentarme una vez a la semana media hora en el confesionario antes de celebrar
la Eucaristía dominical vespertina. Era este un programa que resultaba compatible
con mis obligaciones académicas y los quehaceres pastorales en nuestra iglesia
de S. Pedro Mártir los fines de semana. D. Deogracias era realmente un hombre
de Dios y como tal era considerado por sus parroquianos. Le interesaba mucho
que la gente escuchara mis homilías, y cuando me sentaba en el confesionario se
formaba pronto cola de espera. Por las reacciones y muestras de simpatía,
deduje que la gente triste salía muy consolada del confesionario y
teológicamente confortada tras la escucha de mis homilías. Esta feliz
experiencia pastoral terminó con la muerte de D. Deogracias, de cuya felicidad
en la presencia del Padre no me cabe la menor duda.
El día 17 de octubre 1992 vinieron
a casa para filmar conmigo una entrevista sobre la ética empresarial destinada
a una escuela de enfermería y el día 18 celebré un almuerzo con V. Sarmiento, a
la que deseo dedicar un especial recuerdo. El día 20 me solicitaron una
entrevista en directo para Radio Nacional-5 sobre un caso relacionado con la
Bioética y el 27, después de la celebración eucarística, pronuncié en la
parroquia del Espíritu Santo una conferencia sobre las Bienaventuranzas. El día
29 celebré una Misa de funeral por el alma de la Catedrática Sor Mercedes del
Manzano en la Sala de Grados de la Facultad de Ciencias de la Información. Por
aquella época no había todavía Capilla en esta Facultad, pero los profesores se
morían y había que hacer algo apropiado en esas circunstancias. Así, por
ejemplo, murió un joven profesor comunista y se celebró una Misa de funeral en
la Capilla de la Facultad de Derecho. Ahora había fallecido una ilustre
profesora, religiosa de la congregación Teresiana del P. Poveda, y el Decano
Davara me sugirió la idea de celebrar la Misa en su honor en la Sala de Grados
y así lo hicimos. Fue la primera vez que yo me manifesté públicamente como
sacerdote en la Facultad y la sorpresa fue muy grata para muchos que estaban
intrigados por mi tipo de personalidad, empezando por el estudiante alumno mío
que se encargó de preparar la celebración. Sería largo e interesante recordar
cómo fui abriéndome camino en la Facultad hasta conseguir que mi condición
sacerdotal terminara siendo reconocida como mi mejor título personal
universitario.
1) Mariano Peña
Fue dominico y un buen profesor de
eclesiología en Ávila y Roma en tiempos recios. Nació en 1909 y falleció en
1992. Pero cayó en la trampa del enamoramiento y comenzó una etapa de su vida
con más sufrimiento que alegrías. El día 1 de noviembre de 1992 recibí una
llamada telefónica de su viuda Sonsoles. Deseaba que la visitara en su casa
para que viera la biblioteca que había dejado su marido y decidir sobre el
futuro de la misma. Brevemente las cosas sucedieron así. Mariano Peña abandonó
la Orden de Predicadores en septiembre de 1948. Por aquella época ese tipo de
rupturas recibían un trato social y eclesial muy severo lo que explica que
Mariano sólo mantuviera desde entonces contactos furtivos con algunos frailes
de su confianza. Los dos dominicos que más se interesaron por ayudarle fueron
sin duda el P. Manuel González Pola, O.P. y el Maestro General de la Orden
Aniceto Fernández O.P. El primero como confidente y el segundo como gestor
eficaz de las ayudas urgentes de las que Mariano necesitaba.
Yo había oído hablar de él mucho,
pero no le conocía personalmente. Siendo yo presidente de los Institutos de
Filosofía y Teología de Madrid tuve ocasión de conocerle en una sesión
académica celebrada en el madrileño convento dominicano de Claudio Coello donde
el P. Manuel González me le presentó. Me alegré mucho de este encuentro y le
invité a almorzar con nosotros en el convento de S. Pedro Mártir. Al principio
estuvo reticente, pero aceptó la aventura de acabar con sus prejuicios e
inhibiciones. Pasó un día realmente feliz y a partir de aquel momento todos los
domingos y días festivos acudía con su esposa Sonsoles a la Misa dominical y
aprovechaba la ocasión para visitar la biblioteca y conversar con los frailes
sus hermanos nunca olvidados. En alguna ocasión me pidió ayuda académica para
uno de sus hijos. Nuestros encuentros se incrementaron para el bien y felicidad
de todos. Mariano se sentía ahora como quien había abandonado su casa y volvía
a ella siendo recibido por todos con alegría. La viuda Sonsoles me habló a
corazón abierto del sufrimiento moral y las dificultades materiales que le
había costado aquel histórico enamoramiento. Luego hablamos de la biblioteca.
Yo me llevé una colección de obras de literatura y los documentos personales de
archivo. El resto de la biblioteca quedó para su hijo, que había manifestado
interés por ella. Sonsoles me habló de su marido difunto con mucho realismo y
admiración hacia él. El enamoramiento, pensé yo, confunde y desordena la vida
de los seres humanos y el amor verdadero termina poniendo las cosas en su
sitio.
Abandonó
también la Orden dominicana por un motivo sentimental, pero en su corazón
permaneció en todo momento estrechamente vinculad a la Orden de Predicadores
hasta el final de su larga vida. Le tuve de profesor en Ávila y Madrid, pero
nuestras relaciones personales por aquella época no tuvieron significado alguno
especial. Era un gran comunicador y tenía fama de buen predicador. Fue de los
hombres con gran visión de los cambios sociales y culturales que se produjeron
en su tiempo y pocos le comprendieron. Durante los últimos años de su vida me
llamaba con frecuencia por teléfono para interesarse por mis actividades
pastorales e intelectuales y aprovechaba la ocasión para hablarme de sus
relaciones personales con algunos de los superiores que tuvo durante su vida
religiosa. Cuando me hablaba de sus conflictos con ellos lo hacía con mucha
objetividad y comprensión.
En las festividades más
importantes que tenían lugar en nuestros conventos hacía lo posible por estar
presente. En el convento se sentía como en su casa y sus conversaciones
preferidas, incluso con su esposa, estaban relacionadas con su antigua vida de
fraile. Pero la edad pasa factura y la última vez que vino a casa para almorzar
con los frailes las cosas sucedieron así. Como él ya no podía conducir su coche
tomó un taxi y llegó muy tarde. Yo le esperaba a la puerta preocupado y cuando
llegó le encontré muy cansado y desorientado. Le propuse celebrar nuestro
encuentro en otro momento más favorable y aceptó gustoso mi proposición. Con la
disculpa de que yo tenía que ir a Madrid subí al taxi con él y le dejé a la
puerta de su casa. Cuando cayó en la cuenta de que había pagado yo el taxi se
emocionó mucho. El nuevo y último encuentro tuvo lugar en su casa cuando apenas
podía él ya salir a la calle solo.
Un día tórrido de agosto en
Madrid, cuando me disponía a salir de viaje, me comunicaron que Florencio Muñoz
se encontraba ingresado en una clínica y deseaba verme. Le encontré muy abatido
físicamente pero todavía pudo abrir sus ojos, reconocerme y expresarme de
alguna forma la satisfacción de verme a su lado. Su hija Helena y su esposa Mari
Carmen me dijeron que después de haber recibido los auxilios sacramentales
propios del momento crítico en que se encontraba el paciente había
experimentado una gran paz. Durante mi visita en el hospital su esposa e hija
me informaron de que conservaban el hábito religioso dominicano del enfermo,
con el cual pensaban amortajarle como símbolo de su fidelidad de corazón a la
Orden de Predicadores. Su hija me devolvió a casa con su coche y se despidió de
mí reclinando amorosamente la frente sobre mi pecho. Ella había comprendido
perfectamente el significado de aquella visita mía a su padre. La noticia de su
fallecimiento a los 93 años de edad la recibí en Almería el día 6 de agosto de
Nació en 1913 y falleció el 12 de
mayo del 2006. Su vida personal y profesional fue cualquier cosa menos un
jardín de rosas. Fue un arquitecto excepcional perseguido por unos y admirado
por otros. Colaborador directo y personal del fundador del Opus Dei,
sufrió mucho por las presiones morales recibidas para que se integrara
definitivamente en esta Institución, siendo así que él estaba convencido de que
no tenía vocación religiosa ni sacerdotal y lo confesaba públicamente. Él mismo
reconocía que tenía un carácter fuerte y crítico, pero nadie dudó de su buen
corazón indiscutiblemente cristiano. La construcción del Colegio Apostólico de
PP. Dominicos de Valladolid (Arcas Reales) y del Conjunto Convento/Teologado de
S. Pedro Mártir de los PP. Dominicos, en Madrid, significó el comienzo y la
apoteosis de su gloria como arquitecto. Luego pasó casi al olvido hasta que en
1993 la Escuela de Arquitectura de Munich rescató su memoria situándole en el
lugar glorioso que le correspondía en la historia universal de la arquitectura.
Tuve la suerte de conocerle y tratarle como amigo y confidente. Durante muchos
años asistió con regularidad junto con su esposa Ana María Badell a la liturgia
dominical en nuestra Iglesia que él había construido. Algunos meses antes de su
fallecimiento la pareja Fisac aparecieron en la Iglesia caminando con
dificultad para asistir a una boda de familia. Tan pronto me vieron se
dirigieron a mí fatigados y emocionados. ¡Qué alegría, después de tanto tiempo
sin verte!, exclamé. Me miró cariñoso y me dijo que esta sería su última visita
porque sus días, habida cuenta de la edad, estaban ya contados. Comprendí que
se estaba despidiendo y le agasajé lo mejor que pude con palabras de cariño y
admiración. Quedamos en vernos de nuevo en su casa y así fue.
Pocos meses antes de fallecer le
visité en su casa y durante la visita le entregué un ejemplar de una partitura
de música que terminaba yo de publicar, ilustrada con bellas fotos de nuestra
Iglesia que él había construido. Al hojear la partitura sólo decía: “qué bonito
lo has hecho”. Estaba entusiasmado como un niño con un regalo inesperado en el
cual él mismo se veía reflejado. Miguel, le pregunté, ¿cómo ves tú estas nuevas
construcciones del barrio Sanchinarro? Ya soy muy viejo y no entiendo nada, me
respondió. No obstante, todavía aquel día cercano a su muerte encontré en su
casa a una joven estudiante de arquitectura solicitando sus consejos
profesionales. Tan pronto me informaron del fallecimiento, me personé en casa y
me dejaron solo ante su cuerpo presente. En la mesilla había dos artísticos
folios con dos textos bellamente escritos de su puño y letra. Si mal no
recuerdo, en uno había escrito el Padrenuestro y la oración de la “Buena muerte”.
El otro texto era un breve testamento en el que se encomendaba a Dios y
expresaba su deseo de que le dejaran morir en paz de acuerdo con el curso de la
naturaleza, descartando que le aplicaran técnicas artificiales para prolongar
inútilmente su vida. De Miguel Fisac he hablado más detenidamente en mi libro Personas y personalidades (Ed. Vision
Libros, Madrid 213).
4) Verónica Sarmiento
Era
la secretaria Manager del entonces subdirector de Tele-5. Nos unió una gran
amistad hasta que desapareció sin dejar rastro de su vida. Joven y hermosa,
estaba dotada de una inteligencia administrativa muy notable. Le encantaba
hablar conmigo y me escuchaba con profundo respeto e interés. Sus últimas
palabras de despedida a raíz de nuestros encuentros casi siempre eran estas:
“No te me pierdas”. Era una forma cariñosa de suplicarme que estuviera siempre
dispuesto a escucharla. Un día me contó que había sufrido una caída muy grave
en su casa, pero que, por fortuna, había salido ilesa. La razón de la caída fue
que volvió a casa después de una gran cena a altas horas de la noche con una
borrachera. Su novio de turno se había enojado mucho con ella por esta razón y
no lo comprendía. Yo le hice algunas reflexiones y me respondió que los vinos
de la cena fueron de alta calidad y había que aprovecharlos al máximo.
En otra ocasión me pidió por favor
que la acompañara a ver una película. Comprendí que ella estaba pasando por
alguna situación personal difícil y deseaba hablar conmigo. Yo, que hacía
muchos años que no entraba en una sala de cine, accedí a su petición. La verdad
es que el film resultó entretenido y no me arrepentí de verlo. Luego hablamos
brevemente de sus problemas caminando por una calle tranquila hasta llegar al
portal de su casa. Yo seguí mi camino en dirección a la boca del Metro más
próximo mientras ella abría la puerta principal del complejo de casas donde
vivía. De pronto oí su voz que me llamaba. ¿Algún problema en casa?, la
pregunté preocupado. No, es que me había olvidado de darte las gracias por el
tiempo que me has dedicado esta tarde y de despedirme de ti. Me dio un beso en
la mejilla y desapareció de nuevo como alma que lleva el diablo. Fue un beso
frío que me ayudó a comprender mejor sus problemas personales. Con la cabeza
comprendía que hay que ser agradecidos y ella quería serlo conmigo. Siempre lo
fue. Pero de corazón era incapaz de transmitir afecto. Al poner sus labios
sobre mi mejilla sentí como si me hubiera puesto dos frías cuchillas cortantes.
Cuando llegó el momento oportuno comenté con ella esta anécdota y me dio la
razón. Ella necesitaba mucho afecto y lo pedía a gritos como una niña inocente
y desesperada. ¿Tú has querido alguna vez a alguien?, la pregunté. Me respondió
con un gesto dándome a entender que no. Luego añadió de palabra: “yo soy una
mujer arisca”.
Además de arisca era autoritaria e
intransigente con quien no compartía sus puntos de vista o criterios de
conducta. Por ejemplo, criticaba con mucha facilidad a sus colegas de trabajo.
Por las cosas que me contaba yo llegué a estar persuadido de que sus colegas la
soportaban porque era profesionalmente una joya pero que su trato personal
dejaba bastante que desear. Otro día me invitó a almorzar en un restaurante
mejicano donde se servían comidas aliñadas con mucho picante. Ella me quería
agasajar solicitando para mí un menú a su gusto. Pero me negué a ello y yo
elegí mi menú prescindiendo de sus gustos. No pudimos terminar felizmente el
almuerzo porque empezó a sentir unos dolores de estómago cada vez más intensos
a causa de la cantidad de comida que había ingerido cargada de picante.
Entonces me acordé de la caída que había sufrido después de la gran cena de
negocios y me permití la confianza de hacer un prudente comentario sobre sus
excesos en la comida y la bebida. Su respuesta fue la misma. ¿Cómo se iba ella
a abstener de un manjar o una bebida que la apetecía?
Verónica se comportó siempre
conmigo como una gran amiga y en algún momento empezó a seguir mis consejos.
Baste decir que me confió las llaves de su casa, la cual fue durante algún
tiempo lugar común de encuentro con sus amigos y admiradores. Un día me llamó
para hablar de sus problemas sentimentales. La había salido al paso un hombre
con el que se había ilusionado y deseaba que yo le conociera y la diera mi
opinión sobre él, como posible marido. Le había invitado a dormir con ella y
pensó que, por fin, había encontrado al hombre de su vida. Yo traté de hacer
tiempo para evitar el encuentro con aquel hombre, pero ella se apresuró a
presentármelo. ¿Qué te ha parecido?, me preguntó cuando quedamos solos. Se lo
dije con toda claridad y felizmente no hubo necesidad de hablar más de este
asunto. Verónica Sarmiento había roto el círculo familiar de gente rica
buscando la libertad personal, pero vivía en el error muy generalizado de que
el amor sólo existe cuando hay disfrute sexual y enamoramiento. Como era una
persona muy inteligente, cayó en la cuenta de que ahí radicaban muchas de sus
desgracias sentimentales. Un día la invité a comer en un restaurante vecino a su
despacho laboral. Ambos presentíamos que mis obligaciones con mi padre padre
enfermo en Ávila y los compromisos académicos terminarían reduciendo al mínimo
nuestros encuentros. De ahí sus palabras de despedida: “no te me pierdas”.
Pues bien, llegamos los primeros
al restaurante y tomamos asiento confortablemente frente a frente. Yo la
encontré tan elegante como siempre, pero con el rostro triste y físicamente
desmejorada. Elegimos el menú y tan pronto desapareció el camarero me miró a
los ojos con tristeza al tiempo que con sus manos me descubría delicadamente
sus pechos. Vale, le dije. Sus pechos ofrecían un espectáculo aterrador
comparable al de una superficie de bosque florido abrasado por las llamas de un
incendio. Me habló del severo diagnóstico clínico y el tratamiento “de caballo”
al que estaba sometida para controlar la tragedia. Tengo así las tres cuartas
partes de mi cuerpo, añadió. La desgracia, precisó después, había comenzado
durante sus recientes vacaciones estivales en la playa. De momento todo estaba
bajo control y en el trabajo nadie se había apercibido de su problema. Admiré
su buen estado de ánimo, nos despedimos y nunca más volvimos a vernos ni a
comunicarnos. Un día que pasaba por la zona donde vivía pedí información sobre
ella al portero de su casa y me dijo que hacía mucho tiempo que se había
marchado de allí con alguien sin dejar rastro de su paradero. ¿Qué habrá sido
de aquella hermosa, inteligente y atormentada mujer?
Al recordar a estas personas por
la amistad y simpatía que me dispensaron, me parece oportuno hacer las
siguientes matizaciones. Mariano Peña y Florencio Muñoz cayeron en la trampa
del enamoramiento, pero fueron coherentes con sus buenos principios de vida y
responsables como maridos y padres de sus hijos por quienes fueron queridos,
respetados y admirados. Verónica Sarmiento fue una mujer equivocada en su forma
de afrontar la vida, pero suficientemente inteligente para escuchar, aprender y
rectificar. Miguel Fisac fue un gran cristiano atormentado por el fanatismo
religioso de quienes le coaccionaron sin piedad para que se implicara en el
ministerio sacerdotal a sabiendas de que no tenía vocación. Pero hablando de
Miguel Fisac, no puedo dejar de recordar a Xavier Zubiri, el cual fue víctima
del amor ciego de sus padres, los cuales le coaccionaron igualmente para que
asumiera el ministerio sacerdotal para el que no había nacido. Cada vez me
convenzo más de que el enamoramiento, el amor ciego de los padres y el
fanatismo religioso son pésimos consejeros. También de Xavier Zubiri hablo en
el libro sobre personas y personalidades.
5) Antonio Montero, arzobispo
de Badajoz
En este contexto memorial y
académico de personas me resulta particularmente grato evocar la memoria de D.
Antonio Montero, arzobispo de Badajoz, con motivo de una Mesa Redonda celebrada
en la Facultad de Ciencias de la Información, en la cual el protagonista fue D.
Antonio Montero rodeado de directores de periódicos madrileños y periodistas.
D. Antonio era un profesional nato de la información y desempeñó durante muchos
años la función de presidente de esa sección en la Conferencia Episcopal
española. Hablaba con la claridad de un maestro de la información y la
objetividad y contundencia de un Obispo que sabía distinguir lo blanco de lo
negro llamando a las cosas por sus nombres. Esto explica el interés suscitado
por su presencia en la Facultad de Ciencias de la Información. Yo quedé muy
impresionado por la forma paternal y cariñosa en que me saludó con un abrazo
espontáneo ante la admiración del público que se encontraba esperándole para
comenzar la sesión académica a la entrada de la Sala de Grados. El periódico Diario 16 destacó al día siguiente este
abrazo y el momento en que yo le hacía entrega de mi obra Información responsable. En mis relaciones de amistad personal con
D. Antonio Montero me es grato recordar también lo que digo a continuación. Por
ejemplo, en relación con nuestro encuentro en la Expo-Sevilla 1992 donde fui
invitado a participar en un acto académico sobre información y medios de
comunicación social y en el que D. Antonio fue la estrella del encuentro.
En otra ocasión D. Antonio fue propuesto
como miembro de un tribunal para valorar una tesis doctoral en nuestra Facultad
de Ciencias de la Información. Tan pronto tuvo en sus manos el trabajo
presentando por el doctorando y lo echó un vistazo me llamó por teléfono
preocupado. A su juicio, la tesis, relacionada con la información y la Iglesia,
era de ínfima calidad y no le parecía prudente participar en aquel tribunal
académico. También a mí me habían propuesto como miembro del tribunal y le
contesté que, efectivamente, el trabajo presentado por el doctorando no reunía
las condiciones mínimas de una tesis doctoral por lo que tampoco yo estaba
dispuesto a formar parte de dicho tribunal. Ambos estuvimos de acuerdo en
declinar nuestra participación en aquel evento. Él se disculpó alegando que sus
deberes episcopales no le dejaban margen de tiempo para ocuparse de tesis
doctorales. Yo presenté también mis disculpas y no se habló más del tema. D.
Antonio me agradeció mucho las informaciones que le facilité sobre el asunto de
esta tesis, que no llegó a ser presentada, al tiempo que me facilitó un
teléfono personal para que yo pudiera estar en contacto directo con él siempre
que lo necesitara. En otra ocasión D. Antonio fue invitado por AEDOS para
pronunciar una conferencia, pero él sugirió que me invitaran a mí en su lugar.
Por último, otro detalle de simpatía y generosidad conmigo del ilustre arzobispo
de Badajoz D. Antonio Montero. Se encontraba en nuestro convento de S. Pedro
Mártir de Madrid descansando y en un momento dado llamó a la puerta de mi
habitación de trabajo. Ante tan grata y honorable visita me levanté de mi
asiento para recibirle. Al cabo de unos minutos de animada conversación, yo
sentado y él de pie, hizo un paréntesis para preguntarme si no tenía disponible
alguna silla para él. Con la emoción que me había causado su amable e
inesperada visita me olvidé de ofrecerle siquiera una modesta silla para que se
sentara. ¡Sin comentarios!
El
día 1 de junio de 1993 recibí una tarjeta postal suya con este texto: “Querido
P. Niceto, he recibido, leído y aprendido mucho el número de Studium que
recoge su crónica sobre el Encuentro de la Expo
de Sevilla con la conferencia de Mons. Martí Alanis y nuestra Mesa redonda.
Excelente y brillantísima exposición, con elogios para mí, tan gratos como inmerecidos.
Celebro también que haya aprovechado la ocasión para incluir su enjundiosa
Comunicación al Congreso de Comunicadores cristianos, cuyas Actas, o al menos
trabajos más relevantes todavía deberíamos publicar, si se encuentran mecenas.
Le animo a continuar su obra monumental sobre Ética de la Información. Es un
hontanar de saberes para la “inmensa minoría”. Abrazos +Antonio”. La tarjeta
está fechada el 27 de mayo de 1993 en Badajoz, y en el lugar oportuno añadí
estas palabras de comentario: “Don Antonio Montero es un Obispo encantador.
Maestro de periodistas y Pastor de la Iglesia, es amado por cuantos hemos
tenido la suerte de relacionarnos con él”. Confieso que, salvo con D. Antonio
Montero, con el resto de los obispos españoles no he mantenido relaciones
personales ni profesionales significativas con ninguno. Menos aún relaciones de
amistad personal. Por ello puedo decir que mis relaciones con ellos han sido
siempre excelentes ya que no me han dado ni trabajo ni disgustos y el respeto
mutuo ha sido total. Fuera de España, en cambio, he contado con la amistad
entrañable y paternal de algunos obispos tales como Henri L`Heureux, Obispo de
Perpiñán; Ioan Robu, arzobispo de Bucarest; Petru Gherghel, Obispo de Iasi y
Virgil Vercea, Obispo greco-católico de Oradea, y algunos más, no españoles.
6) Eduardo Sánchez Junco,
director y propietario del semanario HOLA
El día 14 de julio de 2010 murió
cristianamente en Madrid Eduardo Sánchez Junco, director y propietario del
popular semanario madrileño Hola, editado en nueve idiomas con una
tirada de diez millones de ejemplares. Eduardo nació en Palencia el año 1943,
hizo la carrera de ingeniero agrónomo y, a raíz de la muerte de su padre
Antonio en 1984, fundador de la revista en 1944, Eduardo y su esposa María del
Carmen Pérez Villota se matricularon en la Facultad de Ciencias de la
Información de la Universidad Complutense de Madrid. El motivo no fue otro que
conseguir el título de periodista para poder en adelante asumir la dirección de
Hola sin cortapisas administrativas ni competencias ajenas a la
propiedad del popular semanario ilustrado. Eduardo fue un visionario de la
comunicación semanal y maestro de la comunicación social el cual que se fue con
la sencillez y discreción que habían caracterizado toda su vida personal. Hola,
decía Eduardo, es la espuma de la vida, algo que no tiene densidad ni peso. Uno
de los criterios éticos profesionales aplicados a la promoción de Hola
era que no había que complicar al lector sino presentarle el producto
informativo sin más pretensión que la de entretener al lector manteniendo unas
normas rigurosas de buen gusto estético, con discreción y evitando las injurias
y los escándalos. Eduardo quería que Hola fuera una revista semanal
amable y de gran interés humano. No quería para Hola el periodismo de
opinión, ni implicarse en hacer juicios de valor sobre las personas, sino
publicar lo que dicen los personajes y hacerlo en su propio ambiente y
contexto. Su ética estaba inspirada en el respeto incondicional a los
personajes como personas y la objetividad y buen gusto en la presentación de
los aspectos más positivos de los mismos.
Por lo que se refiere al éxito
empresarial de Hola, Eduardo pensaba que la información debe ser
presentada de forma atractiva e interesante ofreciendo algo que sorprenda al
lector como primicia. En esto radicaría, según él, el éxito de las portadas de Hola.
Para no perder calidad ni lectores, lo más difícil es mantener un estilo
equilibrado procurando contar todo, incluso lo escabroso, pero dando a cada
cosa su espacio y contexto apropiado. Según Eduardo, la vieja guardia del
corazón mantuvo y sigue manteniendo un periodismo amable y no escandaloso que
ha servido de barrera contra el escandaloso periodismo amarillo. Todo es
cuestión de acostumbrar al público a un periodismo de entretenimiento
respetando las normas del buen gusto estético, de la discreción y del respeto a
las personas. Dicho lo anterior me parece oportuno añadir que Eduardo Sánchez
Junco y su esposa María del Carmen fueron alumnos míos en Ética de la
información y me es grato recordar los siguiente. Asistían regularmente a
clase juntos y eran recibidos como “la pareja feliz”. Algunos sabían que eran
los dueños de la popular revista del corazón. Yo sólo lo supe al final del
curso cuando Eduardo vino a invitarme a su despacho. Las cosas sucedieron así.
Durante el curso la “pareja feliz” nunca intervino en los coloquios de clase ni
formuló preguntas al profesor pasando así desapercibida.
Pero
llegó el día último de clase. Todos conocían ya los resultados finales de sus
calificaciones respectivas y era tiempo de las despedidas. Eduardo y su esposa
habían invitado ya a los compañeros y compañeras de clase a un almuerzo y la
mayoría de ellos pensó que cada cual debería pagar su cubierto. Pero no fue
así. Él invitó y pagó el almuerzo de todos los que aceptaron la invitación. Yo
me excusé de asistir, pero fue entonces cuando se acercó a mi mesa y me invitó
a que le visitara en su despacho de trabajo. Le felicité por el trabajo
práctico de clase que había realizado y por su examen escrito y acepté su
invitación. Pero ¿dónde está tu despacho?, le pregunté. Mira mi ficha personal
y ahí lo tienes, en Hola. Es así como descubrí que la “pareja feliz” de
la clase era la responsable del famoso semanario del corazón. Me recibieron
como a un amigo de toda la vida y me hicieron pasar una tarde feliz conversando
sobre temas diversos. Con motivo de la muerte de Eduardo no me ha sorprendido
que se haya destacado su honestidad profesional como periodista de la prensa
del corazón, su respeto a las personas, su preocupación por el buen gusto
estético y su generosidad. Para mí fue una satisfacción saber que ayudó a
encontrar trabajo a compañeros de clase. También me es grato decir que Eduardo
ha sido un caso práctico de la prensa del corazón que demuestra hasta qué punto
la buena ética profesional es, a largo plazo, la mayor garantía de éxito
económico y prestigio social.
3. En Tele-5, Onda Madrid y Mónica Nedelcu
El día 4 de diciembre de 1992
visité los Estudios de Tele-5 en Madrid. En aquel canal de televisión
trabajaban dos personas que hacían cuanto estaba a su alcance para que yo
hiciera acto de presencia por allí cuando lo creyera oportuno para conocer por
dentro el mundo de la televisión. Estas personas eran Francisco Roses, al que
ya me he referido antes, y la artista Estrella Zapatero. En una de mis visitas
de estudio coincidió que estaban ensayando un programa. Yo asistía a los
ensayos y en los descansos los artistas salían del escenario y cambiábamos
impresiones. Pero en una ocasión, no recuerdo cómo ni por qué, yo me encontré
por sorpresa en el escenario durante una emisión en directo y el líder del
programa me empezó a hacer preguntas sobre Estrella Zapatero, la cual había
sido alumna mía. Es un detalle que refleja la simpatía y generosidad con la que
yo era recibido en aquel importante aforo mediático.
Por otra parte, el Papa Juan Pablo
II había pronunciado una homilía en Roma sobre Resurrección y sexualidad, la cual llamó mucho la atención de los
medios de comunicación. El Pontífice, comentando a Lc 20,27-40 y paralelos, dijo, entre otras cosas, que los
resucitados “no tomarán mujer ni marido,
no será necesario el ejercicio de la procreación y se tendrá la más alta
respuesta a nuestras necesidades íntimas de felicidad con la posesión de un
bien infinito que es Dios”.
Estas
palabras elementales de la fe cristiana sorprendieron a muchos, incluso
cristianos, que viven obsesionados por los bienes sexuales en este mundo. El esquema
que preparé para la entrevista fue el siguiente. El Papa ha dicho que existe el
“más allá” o paraíso donde se cumplirá el deseo humano más genuino de
felicidad. Esta afirmación está apoyada en el hecho histórico de la
resurrección de Cristo con la promesa de nuestra futura resurrección confirmada
con la resurrección de Lázaro y de la hija de Jairo. El secreto de esa
felicidad pronosticada está en la visión de Dios y no en la posesión o
continuidad de ningún valor terrenal efímero, como puede ser el ejercicio de la
vida sexual. Los medios de comunicación comentaron la homilía papal como si el
Pontífice hubiera inventado algo nuevo hasta ahora desconocido y absurdo. El
Papa, por el contrario, estaba pensando y comentando los textos del Evangelio
que hablan de la resurrección de los muertos y de la inutilidad de la actividad
sexual después de la resurrección. Era esta la respuesta a una pregunta
malintencionada sobre la ley del Levirato por parte de los saduceos, los cuales
negaban la resurrección de los cuerpos y la vida futura.
El Papa en su homilía se limitó a
recordar a los hombres de hoy, como Cristo a los saduceos de su tiempo, que
quienes piensan que se debe atribuir a los cuerpos resucitados las funciones
sexuales de las que disfrutaron en este mundo no han entendido las Escrituras
en las que se habla de la resurrección de los muertos ni el poder de Dios para
resucitarlos. Después de la resurrección, tanto la actividad sexual como la
obsesión por la procreación, en la que pensaban los saduceos, serán actividades
innecesarias e inútiles ya que el estado de inmortalidad sustituye a la
mortalidad y tales actividades no pueden aportar nada a nuestra felicidad.
Cristo proclamó estas enseñanzas tajantes poco después de haber resucitado él
mismo a Lázaro como demostración pública del poder de Dios para resucitar a los
muertos. A los obsesionados por el mito de la felicidad basada en el goce
sexual y el libertinaje S. Pablo (Fil 3,17-21) les censura diciendo que su Dios
es el vientre y que han optado por lo caduco y efímero. Su fin no será la
felicidad sino la perdición. En la carta a los romanos los acusa de corromper
la cultura y ofender a la naturaleza humana con la promoción de sus
perversiones sexuales. La misma experiencia humana enseña que la actividad
sexual y sus encantos ni siquiera acompañan al hombre a lo largo de su vida
terrenal ni constituyen un valor fundamental para la verdadera felicidad
humana. El mito del amor-sexo constituye una experiencia frustrante sin
necesidad de que lo recuerde el Papa ni cualquier persona sensata. Como
conclusión del esquema preparado para la entrevista, hice las matizaciones
siguientes. El Papa no ha dicho nada nuevo al proclamar la resurrección de los
muertos de acuerdo con la fe cristiana, y que en estado de resurrección tanto
la actividad sexual simple como la conyugal y reproductiva resultarán
innecesarias e inútiles para la auténtica felicidad humana. El Papa se ha
limitado a recordar una verdad elemental de la teología cristiana y que conoce
cualquier persona culta y no obsesionada por el mito de la felicidad sexual. La
polvareda levantada por las palabras del Pontífice en algunos medios de
comunicación sólo demuestra la ignorancia de unos, la incultura de otros y la
frivolidad de aquellos medios de comunicación social que sólo buscan el
sensacionalismo. La entrevista finalizó a las 22 horas de la noche, pero antes
aprovecharon la ocasión para preguntarme sobre la decisión anglicana de
“ordenar” o conferir el sacerdocio ministerial a las mujeres e invitarme a
celebrar otra entrevista para hablar sobre el Nuevo Catecismo de la Iglesia,
que terminaba de aparecer.
Mis
actividades pastorales y académicas durante el último mes del 1992 fueron
muchas e interesantes. Era solicitado por todas partes y terminé el año
cansado. Pero tengo particular interés en evocar aquí la memoria de una mujer y
de algunos debates radiofónicos singulares.
Mónica
Nedelcu fue una bella e inteligente mujer de nacionalidad rumana, exiliada en
España y profesora de literatura española en la Universidad Complutense de
Madrid. Tuvo un tío Obispo condenado a muerte por el régimen comunista rumano y
fallecido en Roma. Su hermano murió de cáncer en los Estados Unidos y ella
murió también de cáncer en Madrid en lo mejor de su vida. Nos conocimos en la
Universidad en el contexto del movimiento Solidarios cuando yo había realizado
ya tres viajes históricos a Rumania. En la Universidad conocí también
personalmente a Vintila Horia el cual falleció poco tiempo después de
jubilarse. Mónica Nedelcu me dijo que uno de sus proyectos editoriales era
reivindicar la verdadera figura intelectual y humana de Vintila Horia, pero
Mónica fue presa también del cáncer y nos dejó muy pronto para reunirse con el
Padre. La acompañé en sus últimos días en el hospital y celebré su funeral en
el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias de la Información. Presidió la
concelebración el Vicario Episcopal universitario y yo pronuncié el panegírico.
Conservó la mente lúcida hasta el último momento y también su belleza física
con la cual deseaba contribuir a que su presencia resultara siempre lo más
grata posible a todos. Entre los estudiantes dejó un recuerdo ejemplar como
académica y como mujer.
Al
día siguiente visité la comunidad rumana de Madrid en la Iglesia Ortodoxa sita
en la madrileña calle de Nicaragua donde celebramos el funeral en rito
oriental. A continuación, visité a Valle, la esposa de José Carlos, el fundador
de Solidarios. Dos hermanas de Valle habían fallecido de cáncer y ella estaba
luchando a vida o muerte con el suyo propio. Hablamos de su cáncer, pero
también de la crisis por la que estaba pasando el movimiento Solidarios con
repercusiones negativas en su familia. El problema de fondo, además de la forma
de liderazgo a la que me he referido antes, era que la dedicación y entrega de
José Carlos a Solidarios estaba afectando negativamente a su vida familiar. Así
las cosas, sus colaboradores hasta entonces más fieles decidieron celebrar
conmigo una reunión de emergencia para discutir sobre la profunda crisis por la
que estaba pasando Solidarios. Descarté este encuentro para no dramatizar la
situación y los aconsejé que hicieran un paréntesis durante las cercanas
fiestas de Navidad tratando de calmar los ánimos. En uno de nuestros encuentros
habituales Francisco Roses, delegado de prensa de Tele-5, me expresó su temor
de que, tal como iban las cosas, Solidarios tuviera sus días contados.
El
día 19 de noviembre me encontré de nuevo en los Estudios de Radio Nacional, Radio-5, para celebrar
un debate sobre el sacerdocio de la mujer. A mi lado tenía a una investigadora
del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la cual hacía pesquisas
sobre asuntos militares. Me pareció una mujer muy emocional con síntomas de
resentida por lo cual me limité a tratarla con mucha prudencia poniendo
distancia entre los dos. Pero mis opiniones sobre el sacerdocio femenino
suscitaron interés en la audiencia y muy pronto me llamaron de Onda Cero para seguir hablando del mismo
tema en aquella cadena radial. Antes, sin embargo, me parece oportuno hacer la
siguiente matización. Manolo Ferreras, que así se llamaba el director del
popular programa “aúpa con ellos”, me confesó que abusaba de mí llevándome a su
programa sin recibir nómina por mi
colaboración. Lo dijo en broma, pero luego matizó que había pensado sobre la posibilidad
de celebrar un debate serio conmigo y el entonces popular periodista Julián
Lago sobre “la ética en los medios de comunicación social”, para lo cual tenía
que recibir la aprobación de la autoridad superior de la Emisora. Yo acepté la
propuesta y él se comprometió a informarme puntualmente de su gestión. La
respuesta de la autoridad llegó en estos términos: el debate propuesto se
celebraría el próximo jueves, pero con otras personas como invitadas. Yo y
Julián Lago podríamos en todo caso participar en el debate exponiendo nuestros
puntos de vista por teléfono. Obviamente no lo hicimos. ¿Cuánto cobraron de
nómina los elegidos por la autoridad suprema? Podía haberlo averiguado, pero
tampoco lo hice. ¡Poderoso caballero es don dinero!
El
día 24 me llamaron una vez más de Radio Nacional-5 para hablar el día 28 de
enero, día de los Santos Inocentes, sobre el celibato sacerdotal. Mi
interlocutor fue Julio Pérez Pinillos, ex sacerdote líder del Movimiento pro
Celibato Opcional (MO-CE-OP). El debate comenzó con una “inocentada” anunciando
que el Vaticano había publicado un comunicado en el que dejaba la puerta
abierta para el matrimonio de los curas. La noticia produjo impacto inmediato y
a continuación, después de dejar muy claro que se trataba de una “inocentada”,
entramos directamente al tema del celibato sacerdotal. Con este motivo yo hice
un estudio histórico a fondo del tema, pero no tenía yo todavía las ideas tan
claras sobre este polémico asunto como han quedado expuestas en el capítulo
anterior. Como matización muy significativa de aquel encuentro me parece
oportuno recordar lo siguiente. Manolo Ferreras apreciaba mucho mis
intervenciones en sus programas radiales, pero pensaba que resultaban demasiado
serios, lo cual no favorecía a los intereses de la radio, la cual se interesaba
más por el espectáculo sensacional que por las discusiones serias sobre asuntos
importantes. Fue una confesión de honestidad que me llamó mucho la atención.
Tampoco disimuló que en alguna ocasión los protagonistas del debate le habíamos
desbordado a él como director y coordinador del mismo.
4. Aclaraciones teológicas y
pastorales
Mi trabajo académico y pastoral me
exigió estar al día de los grandes problemas de la gente, sometiéndolos a un
proceso de reflexión constante. Por ejemplo, el día 28 de marzo de 1993 dejé
anotadas las siguientes reflexiones.
Amor y admiración. He observado que la gente se enamora de la belleza y se conforma con admirar el bien que hacen los demás.
Esto es un error fundamental radicado en la cultura, y es causa de muchos
problemas personales. Hay que desautorizar a Platón en esta materia como uno de
los principales responsables culturales de este grave error en la civilización
occidental. Faltan estudios objetivos y valientes sobre esta confusión de
objetos y los trastornos de personalidad que lleva consigo, sobre todo en la
vida de los artistas menos reflexivos, de los adolescentes y de jóvenes sin
experiencia suficiente de la vida. Pienso que el amor debe alimentarse en lo
bueno y la admiración en la belleza. Si admirando la belleza y amando el bien
surgen problemas, eso sólo significa que no sabemos amar, que no sabemos
admirar o ambas cosas a la vez.
Sobre el enamoramiento y el amor. Hay que conocer bien la
naturaleza y el significado de estos dos fenómenos psicológicos. He constatado
con mucha frecuencia que puede darse el enamoramiento sin amor y el amor sin
enamoramiento. El enamoramiento es un fenómeno muy primario que ha de ser
superado y asumido en el amor, que es una realidad superior con características
específicas propias. El enamoramiento genera pérdida de la libertad personal y
tendencias irracionales, mientras que el amor amplía el campo de la libertad
personal y no entorpece el uso correcto de la razón. El enamoramiento “congela”
las relaciones afectivas convirtiéndolas en obsesión y dependencia tiránica de
una determinada persona. El enamoramiento es el resultado psicológico de la fijación de la imagen de una persona en
el constructo sentimental de otra. Si no me equivoco fue Ortega y Gasset quien
dijo alguna vez que el enamoramiento es un estado de imbecilidad transitoria.
Por el contrario, el amor humano bien entendido hace posible el feliz
intercambio de afecto entre personas sin entrar en conflicto sentimental con
nadie. Por esta razón el secreto de la verdadera amistad consiste en amar a las
personas sin enamorarnos de ellas. Si un hombre se enamora de otro hombre el
resultado inmediato es la homosexualidad.
El enamoramiento entre las mujeres
da lugar al lesbianismo; entre casados y solteros, al adulterio y así
sucesivamente. El amor de amistad, en cambio, al excluir el enamoramiento, hace
posible el intercambio de afecto entre personas sin entrar en conflicto
sentimental con nadie. El amor humano no se ha de entender como ejercicio
mecánico de la sexualidad o estado permanente de enamoramiento, sino como
encuentro entre personas libres y responsables. El amor humano es compatible
con el sexo y el enamoramiento mientras no es confundido con alguno de esos
extremos. Con mucha frecuencia el sexo y el enamoramiento son la causa de que
el amor personal del que todos necesitamos en la vida resulte prácticamente
imposible. El colofón de este párrafo es mi obra La aventura del amor, a la que el lector queda remitido.
Hombres religiosos y hombres de fe. He constatado que hay personas
muy religiosas que no creen en Dios. El sentimiento religioso existe en
cualquier persona normal, incluidos los ateos pasivos y militantes activos. Por
el contrario, no todo el mundo tiene fe o cree en Dios. Hay que ayudar a la
gente religiosa a dar el salto de la
religión a la fe, de las prácticas religiosas a la vida según Dios. No es
lo mismo el cristianismo cultural que el cristianismo real que sigue el modelo
de vida presentado por Cristo muerto y resucitado, como rostro visible de Dios
invisible. Lo que salva no es la religión expresada en prácticas rituales sino
la fe en el Hijo del Hombre refrendada por la práctica del bien y la esperanza
en las promesas ofrecidas por Cristo muerto y resucitado.
Jesucristo como Rostro Visible de Dios. Hay que tener presente su
naturaleza humana como camino seguro para llegar con relativa facilidad a
descubrir su personalidad divina. La fe cristiana no da saltos. Lo normal es
que nace y se desarrolla progresivamente al ritmo de la naturaleza. La Iglesia
como institución docente debe insistir más en este modelo pedagógico tan
querido por Cristo. Los propios Apóstoles asimilaron el mensaje cristiano poco
a poco hasta el gran día de Pentecostés. La fe no puede imponerse por coacción
moral, sino que tiene un proceso natural de nacimiento y maduración que debe
ser respetado.
Tradición Apostólica y tradiciones eclesiásticas. Existe el riesgo
de idolatrar tradiciones eclesiásticas que no pueden ser consideradas como
transmisión oral o escrita de hechos y dichos de Cristo y de los Apóstoles.
Ocurre a veces que una mala costumbre que no ha sido corregida a tiempo termina
convirtiéndose en una “venerable tradición”. En la Iglesia hay algunas tradiciones
eclesiásticas que son consideradas erróneamente como tradiciones apostólicas.
Educación en la fe y adoctrinamiento. Educar en la fe significa
enseñar a descubrir cada uno por sí mismo el mensaje salvador de Cristo.
Adoctrinar, en cambio, significa imponer autoritariamente las verdades de la
fe, o algunas de ellas fuera de su contexto propio, sin la apoyatura de la
reflexión teológica. La lectura fanática de la Biblia sin criterio exegético y
teológico sólido es caldo de cultivo de los sentimientos religiosos fanáticos y
de la manipulación religiosa de los creyentes. Son los métodos doctrinarios
extrapolados del campo de la política a la religión con fines proselitistas y
no apostólicos. Hay que educar en la fe sin adoctrinar.
Fideísmo
y racionalismo. Se abusa de la fe y se abusa de la razón, lo cual es grave
y se impone una llamada urgente a la razonabilidad
para superar esos extremos. La fe exige una justificación para no caer en el
fideísmo, y la razón exige credibilidad para no caer en el abismo del
racionalismo. Hay que ayudar a filtrar la fe en la razón y la razón en la fe.
La fe quaerit intellectum y la razón quaerit fidem. Los fideístas tienen
pánico a la razón y se pierden en el sentimiento. Los racionalistas, en cambio,
desprecian el sentimiento y se pierden en el desierto de la razón. La única
alternativa a los abusos en el terreno de la fe y de la razón es la razonabilidad. El significado de esta
afirmación ha quedado reflejado en mi obra El
uso de la razón, aparecida en el año 2008.
Los predicadores dominicales. La homilía es con frecuencia un
discurso paralelo del predicador, que toma ocasión de las lecturas dominicales
para hablar de todo lo que se le ocurre sin explicar al público el contenido o
mensaje teológico de los textos bíblicos leídos durante la celebración
eucarística. La decepción de la sacrificada asamblea suele ser grande porque
muchas veces tiene que conformarse con oír un discurso rutinario paralelo,
suponiendo que la gente ya sabe justamente aquello que el predicador debe
explicar de forma clara y breve: la Palabra de Dios revelada y no las
ocurrencias más menos felices del predicador.
Métodos sospechosos de promoción religiosa. Elena, una alumna mía
del curso quinto de periodismo, había militado en el Camino Neo-catecumental,
popularmente conocido por “Los Kikos”, hasta que no pudo más y decidió alejarse
del movimiento. Entre otras cosas me preguntó si había hecho bien con tomar esa
decisión después de describirme las técnicas de los “escrutinios” a las que
había sido sometida. No dudé en ratificar su decisión por lo que se sintió muy
confortada y agradecida. Esta entrevista en mi despacho de la Universidad era
una más de las innumerables que tuvieron lugar a lo largo de veinte años, sobre
todo tipo de problemas personales que requieren trato individualizado y
confidencial. Yo había oído hablar de esos escrutinios, pero nadie hasta aquel
momento me había descrito sus técnicas con tanto detalle y experiencia directa
de los mismos. En aquel momento dejé escritas estas palabras: “Sinceramente
creo que eso que llaman “escrutinios” debe ser investigado por los obispos con
el fin de evitar abusos que nada tienen que ver con el verdadero catecumenado
cristiano. Eso es un método de cuya ortodoxia cristiana dudo totalmente”. Esta
duda me acompañó siempre, incluso después de consultar los dos volúmenes
existentes de uso privado sobre la dinámica de esos escrutinios en el año 2008.
Por la misma fecha encontré en
Internet el texto de un tal David, que había pasado por esa experiencia y se
había liberado de ella. “¿Qué son los primeros escrutinios?, se pregunta David.
Y responde: “Los primeros escrutinios son uno de los aberrantes y despreciables
pasos que la secta del camino Neo-catecumenal utiliza en la consecución de sus
fines para manipular ideológicamente a cada uno de sus adeptos. ¿En qué
consisten los primeros escrutinios? Consisten en cuatro días de retiro en una
residencia de una ciudad alejada. Empieza el jueves por la noche y termina el
domingo por la tarde. Existe obligación de faltar al trabajo el jueves por la
tarde y el viernes. La ciudad suele estar a unos trescientos-cuatrocientos
kilómetros como norma general para que el adepto se sienta desorientado y sea
más influenciable. ¿Qué ocurre en ese retiro? Se produce un adoctrinamiento
continuo desde por la mañana hasta por la noche sin descanso. En ellos se te va
a pedir que vendas TODOS tus bienes para dárselos a los pobres. Que des el
sueldo entero de ese mes a los pobres y esperes a ver qué pasa o bien que si
Dios te llama a ello, vendas incluso tu casa y te sugieren que te vayas a vivir
debajo de un puente”. En el 2008 el Camino Neocatecumenal había recibido ya,
como era de esperar, órdenes de la Santa Sede para que revisara y pusiera en
orden sus formas de pensar y de comportamiento de acuerdo con las leyes de la
Iglesia. Con frecuencia el Camino neo-catecumental es acusado de constituir un
grupo fundamentalista y sectario. Muchos sacerdotes y otros miembros de la
Iglesia Católica se han mostrado renuentes a la entrada de los
neo-catecumenales en sus parroquias, por sus singularidades doctrinales y sus
pautas de comportamiento y desde el exterior algunos lamentan su secretismo y
las presuntas técnicas de control mental que presuntamente aplican a sus
seguidores. Al Camino neo-catecumenal se le acusa de secretismo, comparable al
secretismo masónico, y de fanatismo religioso. Algunos lo han acusado también
de desprecio a la Tradición, de asumir la concepción luterana de la salvación y
de negar la redención, la confesión penitencial, el sacrificio eucarístico, la
presencia real de Cristo en la Eucaristía y la resurrección final. Se lo acusa
además de superficialidad, presunción y astucia.
Como es sabido, el fundador y
líder principal del movimiento fue el pintor Francisco José Gómez de Argüello
(Kiko Argüello) y su mano derecha la ex monja Carmen Hernández. Hasta el momento
de redactar estas páginas, yo nunca he tenido la oportunidad de tratar
personalmente a Kiko Argüello. Por el contrario, sí tuve la oportunidad de
celebrar una reunión de trabajo en la que se estaba deliberando sobre los
estudios institucionales de los futuros miembros del Camino neo-catecumenal, en
cuya reunión se encontraba Carmen Hernández y tengo que confesar lo siguiente.
Al final de la reunión hice un comentario confidencial desfavorable de la
intervención de Carmen Hernández sin saber siquiera que era la cofundadora del
movimiento neo-catecumenal. Lo que menos me agradó de su intervención fue la
forma autoritaria e impositiva de hablar. Cuando me informaron de que era la
mano derecha del fundador quedé todavía más defraudado pensando en los que iban
a estar bajo sus órdenes. Dicho lo cual he de decir también lo siguiente.
Cuando empecé a conocer a miembros
del Camino y a oír opiniones sobre ellos procedentes de colaboradores suyos,
tuve la impresión de que eran alérgicos a la formación teológica, propensos al
fideísmo sectario y racistas contra el ministerio sacerdotal. Después empezaron
a promocionar la ordenación sacerdotal entre sus adeptos y, como consecuencia,
empezaron a realizar los estudios canónicos indispensables para poder recibir
el orden sacerdotal. Confieso que esto ha supuesto un progreso grande por su
parte. Ahora sólo falta que aprendan a integrarse en la Iglesia sin echarse al
monte como las cabras creando ghetos
en las diócesis y en las parroquias donde hacen acto de presencia. En cualquier
caso, hasta que no abandone definitivamente las técnicas de reclutamiento y
adoctrinamiento mediante los ritos de iniciación o “escrutinios”, el Camino
ne-ocatecumental seguirá siendo catalogado entre los movimientos bajo sospecha
dentro y fuera de la Iglesia. En el año 2008, como queda dicho, tuve en mis
manos dos volúmenes escritos en el ordenador, en los cuales hay una información
privada sobre la técnica de los “escrutinios” y pude comprobar que mis
sospechas contra los mismos eran objetivas y bien fundadas. Esas técnicas de
reclutamiento, además de su inaceptable carácter secretista y excluyente, no
resisten un análisis bíblico y teológico serio.
Los
ejercicios espirituales. Trataba yo a una
antigua alumna que sufría depresiones muy serias. Había tenido contactos con el
mundo de la droga en la Universidad y toda mi atención estaba centrada en las
secuelas de la droga y la sustitución de las mismas por el alcohol. Mi sorpresa
fue cuando, después de más de un año de tratamiento, veía yo que el problema de
las drogas quedaba atrás y el del alcohol remitía progresivamente, pero no así
su estado de angustia que la llevó a plantearse abiertamente la cuestión del
suicidio. Fue entonces cuando, abordando esta nueva crisis, la paciente me
habló por primera vez de unos ejercicios espirituales ignacianos que había
hecho cuando era todavía muy joven. No me cupo la menor duda de que su
dramática situación tenía algo que ver con aquellos días de ejercicios de los
que salió machacada. Como dice el refrán, el mejor vino puede convertirse en el
peor vinagre. La dirección espiritual, en efecto, conlleva siempre el riesgo de
intromisión, en los actos internos de la persona. A veces se da el caso de que
el director espiritual se arroga el derecho de suplir las decisiones libres del
dirigido, decidiendo todo lo que éste debe hacer o pensar sometiéndole a un
programa de conducta, que ha de ser aceptado y ejecutado sin pretender saber
otra cosa sobre el mismo que el hecho de estar prescrito o desaprobado por el
director espiritual. Aún en el caso de que el interesado aceptara libremente
esa sumisión total de su vida interior al director espiritual, éste, creo yo,
no debe asumir tal responsabilidad. La experiencia enseña que lo único que se
consigue en esos casos es fomentar la inmadurez de la persona dirigida, la cual
se acostumbra a vivir espiritualmente en dependencia de otro, como un eterno
niño llevado de la mano de su padre.
La madurez de la conciencia frente
a Dios y a la vida queda así mediatizada por esa entrega ciega al director
espiritual, el cual, en lugar de ser un guía seguro, se convierte en principio
de frustración cuando se equivoca o no satisface las aspiraciones del dirigido.
La dirección espiritual no puede convertirse en una especie de «clonación» en
la que el dirigido termina siendo una copia psicológica del director. Por esta
razón, no soy partidario de la existencia de directores espirituales de oficio
a los que se haya de acudir por obligación o simple protocolo. Soy partidario,
en cambio, de que haya personas competentes y disponibles para que, si alguien
necesita consultar algo sobre su vida, tenga la oportunidad de acudir a ellas
con absoluta libertad en busca de orientación y consejo. Hay que evitar que la
dirección espiritual y los ejercicios espirituales degeneren en técnicas
psicológicas de invasión de la intimidad o control despótico de la libertad de
conciencia de los dirigidos. Los directores espirituales y de ejercicios
deberían ser como los médicos y los guardias de tráfico. Está bien que los
haya, pero que la gente aprenda a asumir las responsabilidades personales de su
vida de tal forma que tenga que recurrir a ellos lo menos posible. Lo ideal
sería que nadie tuviera necesidad de recurrir a ellos nunca. No hay que
confundir la consulta puntual con un experto de confianza para resolver un
problema, con la entrega de la inteligencia y la voluntad a una persona para
que esta controle nuestra vida, piense y decida por nosotros. No hay que imitar
a otros convirtiéndonos en “clones” de nuestros maestros y educadores, sino
tratar de ser nosotros mismos contando con la ayuda de los demás cuando ello
fuere necesario.
5. Semana Santa en las Islas Afortunadas
En
los años de juventud me agradó mucho desplazarme a pueblos y ciudades para
ayudar a los párrocos que solicitaban ayuda en los oficios de la Semana Santa.
La gente, por su parte, agradecía la presencia de caras nuevas en la
predicación y las consultas sobre sus problemas personales. Al final solía
terminar cansado, pero realmente feliz por el trabajo realizado. Como ejemplo
práctico de este tipo de trabajo pastoral añadido a mis actividades académicas,
me es grato recordar mi estadía en Las Palmas de Gran Canaria durante la Semana
Santa de 1993. D. José Alemani, a la sazón párroco de Ingenio, había sido
intervenido quirúrgicamente y su recuperación resultó más lenta de lo deseado. De
ahí que me recibieran en el aeropuerto el sacerdote sustituto y algunos
parroquianos. En la Casa Parroquial me recibieron dos encantadoras señoras, las
cuales se encargaron de agasajarme cuanto pudieron asumiendo la responsabilidad
de que todos mis servicios domésticos estuvieran siempre a punto.
Durante
el vuelo Madrid/ Las Palmas repasé la prensa del día, cuya noticia principal
fue la muerte de D. Juan, padre del rey D. Juan Carlos I. Me llamó la atención
la valoración positiva de los medios de comunicación de la personalidad del
finado, resaltando su gesto histórico de renunciar a sus presuntos derechos a
la sucesión de la Corona a favor de su hijo. Destaco este acontecimiento para
hacer saber que yo he admirado siempre a los que, encontrándose en la espiral
del poder, lo abandonaron para evitar enfrentamientos y guerras con aquellos
que sólo buscan el poder y no el servicio generoso a los demás. El gusto del
poder es para muchos una especie de droga a la que, una vez acostumbrados, son
incapaces de renunciar por nada del mundo. Por llegar al poder o por retenerlo
son capaces de provocar peleas absurdas y guerras atroces, si lo consideran
necesario, y tuve la impresión de que D. Juan no cayó en esa tentación, por lo
que su gesto de abdicación me mereció el más profundo respeto. En la Casa Parroquial de Ingenio
reinaba un ambiente alegre y fraterno. Había unas señoras que se encontraban
felices realizando los quehaceres normales de la casa, mientras otras
trabajaban en el archivo parroquial y en los despachos, prestando diversos
servicios administrativos y pastorales. Afortunadamente D. José se incorporó
pronto a las faenas normales de la parroquia y las señoras de las que hablo le
recibieron con flores y alegría. La hora habitual del chocolate se convertía en
una agradable tertulia. Recordando a aquellas mujeres canarias, me vienen a la
memoria aquellas otras que seguían amorosamente los pasos de Jesús para
servirle y agasajarle.
La
casa Parroquial era un lugar de encuentro fraterno y el párroco D. José su
animador espiritual. Siempre he pensado que el sacerdote se ha de ocupar
preferentemente de aquellos menesteres que sólo a él corresponden por razón del
sacramento del Orden, facilitando el que los demás se ocupen de los asuntos
administrativos y pastorales no esencialmente vinculados a dicho sacramento.
Tuve la impresión de que D. José seguía en su parroquia este criterio con
prudencia y cosechaba buenos resultados apostólicos.
Por
la tarde celebré la Misa seguida de una Penitencia Cuaresmal. Escuchando los
comentarios de la gente, me llamó pronto la atención el sufrimiento de muchas
madres por causa de sus hijos debido al ritmo de vida que llevaban opuesto a
los ideales de sus padres. Pronto constaté sobre el terreno que el consumo de
drogas, el indiferentismo religioso y las relaciones sentimentales
irresponsables estaban a la orden del día y constituían la preocupación mayor
de padres y educadores. La corrupción de la moral pública estaba invadiendo
toda la vida social, incluida la familia, sin que se viera la forma de atajarlo
de una manera satisfactoria. El sufrimiento moral de muchos padres que buscaban
consuelo era una más de las consecuencias de aquella situación social que
estaba ya afectando severamente a la institución familiar. Estas fueron las
impresiones del primer día. Por la mañana temprano del día siguiente, las
señoras que me habían recibido el día anterior me sorprendieron gratamente a la
hora del desayuno. Entraron sigilosamente en la casa, sin hacer ruido, pensando
que yo estaría todavía dormido y no querían interrumpir mi descanso. Ellas
velaban amorosamente por la casa Parroquial como si fuera la suya propia. Por
la mañana muy temprano dejaron en orden los asuntos de sus casas y vinieron a
preparar el templo para los servicios religiosos, así como la comida para al
Sr. Párroco.
Por
cierto, aquella mañana disponía yo de tiempo y lo aproveché para visitar a mis
amistades en la isla. La esposa del Farero de Maspalomas, María José, y yo nos
habíamos conocido en la Universidad, donde hicimos una gran amistad. Luego se
casó con Carlos, el Farero, y nuestra amistad se vio reforzada. A primera hora
llegaron a Ingenio para recogerme y pasar juntos la primera parte del día 3 de
abril de 1993. Antes de su llegada hacía una mañana paradisíaca. El viento del
día anterior se había calmado y nos cubría un cielo azul impresionantemente
bello. Esta fue la primera impresión matinal antes de salir de casa. Luego
retornaron los vientos, pero mi sensación era la de un invierno dulce y arrullador
que invitaba a la reflexión y la meditación con el murmullo de las olas y de
los vientos remotos de fondo. No me extraña, pensé, que las gentes de estas
tierras sean naturalmente religiosas y que artistas y pensadores hayan elegido
estos lugares para descansar e inspirarse. El contexto natural me pareció una
dulce invitación a la reflexión.
Por
fin llegaron mis amigos Carlos y María José para llevarme a su casa junto al
inmenso Faro de Maspalomas. La casa era un pequeño palacete adosado a la torre
del Faro, construida a finales del siglo XIX. Me encontré ante la inmensa playa
y una aglomerada urbanización turística. Hacia el norte se divisaban las dunas
desérticas, paraíso de nudistas, homosexuales y otras hierbas raras. Antes,
durante y después del almuerzo, preparado con inmenso cariño por María José,
hablamos de temas filosóficos, religiosos y teológicos. En un momento dado,
Carlos nos confidenció que él se acercaba en ocasiones al confesionario, a lo
que María José replicó que ese sacramento no era su fuerte. Luego matizó
diciendo que su fe en Dios era por convencimiento y que valoraba muy
positivamente la práctica de la oración. Pero “soy poco cultual” añadió. Sentía
alergia hacia los actos de culto al tiempo que valoraba cada vez más la fe en
Dios para dar sentido a la vida. Sobre la oración matizó que esta práctica debe
realizarse de forma espontánea y directa y no de acuerdo con normas religiosas
establecidas. Esta conversación me hizo pensar una vez más en la conveniencia
de estudiar a fondo el tránsito de la religiosidad a la fe en Dios propiamente
dicha. Hay que aclarar la cuestión del cristianismo por cultura y el
cristianismo vivo basado en la fe en Jesucristo Hijo de Dios vivo, muerto y
resucitado. Pero transcurrió el tiempo y había que volver a Ingenio con la
esperanza de volvernos a encontrar en Maspalomas para proseguir aquellos
coloquios teológicos ante el inmenso mar y bajo la protección del cielo azul.
De
vuelta en Ingenio celebré la Eucaristía vespertina con lectura de la Pasión
después de haber dedicado un tiempo a oír en confesión a la gente que lo pedía.
Los encuentros con gente nueva que acudía a la sacristía para conversar conmigo
eran siempre muy gratificantes. Aquella misma tarde, al finalizar el servicio
religioso, se acercó una señora que había sido miembro del Consejo Diocesano y
me habló confidencialmente de su experiencia en ese oficio. Al día siguiente me
notificó con mucho humor que la conversación que habíamos mantenido el día
anterior en la sacristía con tanto sigilo había sido escuchada por todos los
que estaban presentes en la nave de la Iglesia. Inmediatamente me tranquilizó
diciendo que era bueno que la gente estuviera informada de los comentarios que
me había hecho sobre su experiencia como miembro del Consejo Diocesano. El
pintoresco incidente se produjo porque yo me había olvidado de apagar el
teléfono portátil, con lo cual nuestra conversación se transmitió a través de
la instalación acústica de la Iglesia, que estaba todavía en funciones. En
cualquier caso, yo no me privé de hacer un comentario posterior sobre las
ventajas de los modernos medios de comunicación, pero también de la dificultad
de poner a salvo la intimidad, incluida aquella que tiene lugar en el contexto
de la confesión sacramental.
Al
día siguiente por la mañana celebré la primera Misa del Domingo de Ramos con la
lectura de la Pasión según S. Mateo, y más tarde la Misa para los niños. Una
niña quinceañera era la encargada de preparar la liturgia con la ayuda de otros
niños. Me agradó mucho la ilusión que pusieron en los preparativos. En lugar de
leer el texto íntegro de la Pasión, hice unos comentarios adaptados a la
mentalidad de los niños sobre los acontecimientos que estábamos celebrando.
Terminada la celebración litúrgica un grupo de niños expresó su deseo de
visitar a D. José para conocer en directo el proceso de su convalecencia. Luego,
me invitaron a que los acompañara en una reunión que iban a celebrar en uno de
los despachos parroquiales. Innecesario decir que aquel encuentro con los niños
fue para mí un verdadero placer. Después de la visita de los niños, D. José me
invitó a visitar juntos al anciano D. Manuel, que vivía muy cerca de la Casa
Parroquial. D. Manuel tenía 84 años de edad, había celebrado con gozo sus bodas
de oro sacerdotales, había regentado durante 40 años la Parroquia del Risco de
S. Nicolás en una zona conflictiva de Las Palmas y había sido capellán militar
y de la ONCE. El venerable sacerdote era alto, enjuto, lúcido de mente y poseía
un gran sentido del humor. Y ya que estábamos allí y era Semana Santa, pidió a
D. José que le escuchara en confesión. Mientras tanto yo salí a la puerta de
casa para curiosear el ambiente y pronto vi venir hacia mí a un caballero que
caminaba con la ayuda de muletas. Era uno de los hermanos de D. Manuel. Nos
presentamos el uno al otro y bromeamos haciendo tiempo para entrar en casa. ¿Su
estado de salud? Sin perder el buen humor dijo: “Hasta que Dios quiera”. D.
José y yo habíamos cumplido con nuestro deber fraterno y nos despedimos de D.
Manuel y de su hermano. Durante el camino de vuelta a casa me llamó mucho la
atención el cariño con el que D. José era saludado en la calle por niños,
jóvenes y adultos. La misma señora que me llevó a almorzar y dar un paseo por
la playa el primer día, había programado invitarnos hoy mismo a D. José y a mí
a almorzar juntos en un restaurante de su gusto, ubicado en la zona. Declinamos
su gentil invitación, cosa que comprendió sin dificultad al conocer nuestro
programa de la tarde y la necesidad que teníamos de descansar, sobre todo D.
José todavía en estado de convalecencia. Celebré la Misa vespertina del Domingo
de Ramos no sin antes haberme sentado en el confesionario para oír a los
piadosos fieles que se preparaban con toda su alma para celebrar los misterios
de la muerte y resurrección de Cristo nuestro Salvador. A continuación, tuvo
lugar la procesión con un Paso de Jesús entrando en Jerusalén.
Durante
el trayecto de la procesión un joven estudiante de informática me confesó que
sus padres no eran practicantes. Luego me hizo algunas preguntas interesantes.
Por ejemplo, sobre el carácter pedagógico que debe tener la procesión religiosa
como manifestación pública en la que toman parte incluso los niños. Se admiraba
de que yo pudiera compatibilizar mi condición sacerdotal con los compromisos
académicos contraídos en la Universidad del Estado. Durante la procesión me
llamó la atención, además de la preparación de las calles por donde había de
transitar el Paso, el perfume de las flores que arrojaban desde puertas y
ventanas al paso del cortejo acompañando a Jesús, evocando así su entrada
triunfal en Jerusalén. Al final de la jornada D. José se encontraba cansado, y
yo también, por lo que nos retiramos pronto a descansar acortando la
conversación después de la cena.
El
Lunes Santo decliné una amable invitación a dar un paseo por la Isla. Por una
parte, no quería dejar solo a D. José en casa para evitar que hiciera algún
esfuerzo prematuro forzado por las demandas pastorales. Por otra, un grupo de
jóvenes permanecía haciendo guardia al Santísimo en la sacristía. Por ello no
me pareció prudente ausentarme durante la mañana. La señora que me invitó
comprendió todo al tiro y quedamos citados para otro momento más oportuno. Al
lado de casa habían improvisado un simpático mercadillo y dentro de casa el
ambiente era de entusiasmo y alegría. Las señoras Antonia y Josefa estaban
felices limpiando la casa y preparándonos el almuerzo. Las visitas se sucedían
ininterrumpidamente, así como las llamadas telefónicas. Las bolsas del mercado
en la cocina estaban repletas de frutas y alimentos para que no nos faltara
nada. La generosidad de la gente era amenizada con el trinar de un lindo
canario que vivía en el patio ajardinado.
Por
la tarde hablé a la gente sobre la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén (Jn
12,1-8 y 12-19). Una muchedumbre de judíos se dio cita para ver a Jesús, pero
más aún para ver a Lázaro resucitado. Las autoridades habían decidido matar a
Lázaro por cuya resurrección los seguidores de Jesús se multiplicaban por
doquier. Había que quitar de en medio a los dos. A Jesús porque resucitó a
Lázaro y a Lázaro porque proclamaba, con su vuelta a la vida, la mesianidad de
Jesús. No consta que Lázaro fuera ejecutado. Por el contrario, Jesús fue
prendido en el huerto de los olivos y, traicionado por Judas, fue falsamente
acusado y condenado a morir en la cruz en medio de dos delincuentes comunes.
Con la procesión de la tarde nos disponíamos a evocar de modo especial el
prendimiento de Jesús en Getsemaní. Terminé la jornada pastoral con una
satisfacción añadida. Por fin conseguí entrar en comunicación con “Villa
Teresita” en Las Palmas. Julia, a la sazón directora de esta Institución,
prometió recogerme en Ingenio el sábado inmediato para llevarme a casa y
conociera sobre el terreno la situación humana de aquella zona.
Tradicionalmente el barrio donde “Villa Teresita” estaba ubicada era un gheto de la prostitución femenina. Pero
últimamente la situación se había complicado de forma alarmante con la llegada
de los traficantes de drogas.
El
Martes Santo temprano una señora se presentó en casa para llevarme a dar un
paseo por la ciudad de Las Palmas. Visitamos las iglesias más antiguas, la
Catedral y una librería. Terminado nuestro periplo regresamos a Ingenio donde recogimos
a D. José para dirigirnos los tres a una linda casa de comidas para almorzar. Durante
la sobremesa conversamos animadamente sobre temas diversos de interés y algunos
problemas pastorales. La señora que nos invitó estaba implicada a fondo en la
pastoral parroquial. Meditando al final de la jornada sobre Jn 13,21-33; 36-38,
escribí las líneas siguientes. Se trata del anuncio de la traición de Judas y
el comienzo de los discursos de despedida. Jesús se conmocionó interiormente
ante la gravedad de la culpa de Judas y el cumplimiento ineludible de los actos
de violencia máxima que se avecinaban. Increpó irónicamente a Judas para que
llevara a efecto su obra cuanto antes. Pero Judas, al ser puesto en evidencia,
no solo no recapacitó para dar marcha atrás, como cabría esperar de una persona
ofuscada pero honrada, sino que pisó el acelerador sin reparar en las
consecuencias. Tal vez algunos pensaron que Jesús le había ordenado hacer las
compras habituales como síndico del grupo, o que hiciera alguna donación a los
pobres. Todos se equivocaron haciendo hipótesis interpretativas de aquellas
irónicas palabras de Jesús al traidor, el cual estaba resuelto a entregar a
Jesús al precio miserable de unos dineros. El dinero fortalece la voluntad
malvada de los malhechores.
Juan
matiza que “era de noche” cuando Judas se echó a la calle. En efecto, la cena
se celebraba ya de noche y, según Juan, Cristo representaba la Luz y Judas las
tinieblas de todos los traidores y corruptos de Israel. Y llegó la tarde del Martes
Santo. Me senté en el confesionario, celebré la Eucaristía del día y rematamos
la jornada con otra procesión por las calles del pueblo. El tema de meditación
fue “Jesús atado a la columna”, lo cual me dio ocasión para hacer un comentario
sobre la tortura y la violación de los derechos humanos en los tribunales de
justicia y en las guerras. La lección era clara. Como Cristo perdonó a sus
propios torturadores así también nosotros hemos de perdonar a los nuestros
propios, lo mismo a los que nos maltratan al margen de las leyes protectoras de
la vida y dignidad humana como invocando a las leyes para llevar a cabo
impunemente sus objetivos de maldad. Paradójicamente, el acto de perdonar al
modo como lo hizo Jesús supone la denuncia y condena de aquellas formas de conducta
que son perdonadas. Tal fue la política de Cristo pidiendo odio al pecado y
perdón para el pecador. Por demás, D. José se recuperaba muy bien de su
reciente intervención quirúrgica y aquella noche mantuvimos una conversación
larga y tendida después de la cena. Hablamos en tono confidencial de problemas
eclesiales y pastorales. Hicimos comentarios también sobre la actitud mediocre
y poco inteligente de los dirigentes socialistas del Ayuntamiento de Ingenio
por aquellas calendas.
El
texto evangélico del Miércoles Santo me llevó a continuar reflexionando sobre
el pacto traidor de Judas cuyo nombre ha quedado asociado a toda persona que
actúa a traición. Los tres relatos sinópticos destacan la culpabilidad de
Judas, el cual se ofrece voluntario a las autoridades para quitar a Cristo del
medio. Y lo consiguió de forma clandestina, a traición y con soborno. Puso
precio a su trabajo sucio como un vulgar delincuente. El poner precio a Cristo
significó un acto más de desprecio hacia su persona. El precio se pone a los
animales, aunque en su tiempo también se ponía precio a las personas sometidas
a esclavitud. Treinta siclos de plata era lo que se pedía por el reclutamiento
de un esclavo. Pagado ese precio, los sanedritas expresaban su desprecio a
Cristo y Judas quedaba exento de responsabilidad ante las autoridades judías.
Estas y Judas se sobornaron así mutuamente transando a Cristo como esclavo
condenado a trabajar como un animal. El desprecio a Cristo quedó bien expresado
por ambas partes. Realizada tan cobarde maniobra de corrupción Judas sólo
buscaba consumar lo antes posible su innoble objetivo como un político
oportunista y rastrero evitando provocar altercados o posibles protestas
populares. Todo había quedado pactado entre ambas partes para entrar en acción
al primer aviso de Judas, el cual conocía bien el lugar de retiro del Señor en
Jerusalén por aquellos días. Durante la celebración de la Última Cena Judas fue
denunciado y puesto en evidencia, se echó a la calle perdiéndose en la
oscuridad de la noche, se produjo la detención de Jesús y sin pérdida de tiempo
fue llevado ante la justicia romana y ejecutado entre dos delincuentes comunes.
La gran sorpresa reivindicativa de la justicia vendrá después. Pero antes me es
grato recordar lo siguiente.
Por
ejemplo, la visita al Museo de Piedra y
el Molino. El museo es un complejo impresionante donde se exhibe todo tipo
de objetos antiguos, pero, sobre todo, Pasos Cuaresmales. El propietario era un
artista que fabricaba él mismo los Pasos. Pero hay una historia de por medio
que conviene recordar. Hasta hacía poco tiempo nuestro artista se había
implicado a fondo en las procesiones cuaresmales de Ingenio. Pero el Obispo no
veía con buenos ojos la ostentación y el viraje turístico de las procesiones
con perjuicio de su natural significado religioso. Como respuesta a este recelo
por parte del Obispado, el artista empezó a organizar una procesión por cuenta
propia y al margen de la parroquia por otras calles del pueblo exhibiendo todos
sus magníficos pasos con el permiso del Ayuntamiento. D. José no me supo decir
si las reservas del párroco anterior y del Obispado fueron o no acertadas.
Posiblemente tenían que haber sido más comprensivos con las manías y caprichos
de un artista obsesionado por la exhibición religiosa al estilo como lo había
sido su familia. También resultaba chocante el modo de acumular en su museo
objetos y figuras religiosas. En cualquier caso, en el pueblo de Ingenio se
celebraba una procesión paralela como protesta a la mencionada censura episcopal
sin que ello fuera más allá de su carácter pintoresco y nada conflictivo.
Luego
me llevaron a visitar el Barranco de Guayadeque. Me pareció una maravilla de la
naturaleza. Al fondo del profundo y largo valle brota el agua de las galerías
subterráneas. Tuve la impresión de que la constancia de la corriente era debida
a la filtración del agua del mar y no de la lluvia, que es escasísima. Pero,
siendo Miércoles Santo, resultaba inevitable reflexionar sobre los pasajes de
Lc 23,26-32 y paralelos, en los que se habla del camino del Calvario o Vía
dolorosa. Mis pensamientos estrella fueron, entre otros, los siguientes.
Viendo
cómo Jesús desfallecía bajo el peso de la cruz, echaron mano de Simón de
Cirene, hijo de un tal Rufo y que volvía del campo a casa, el cual fue obligado
a cargar con la cruz a fin de que Jesús llegase vivo al lugar donde iba a ser
crucificado. Era costumbre macabra que el reo cargara con su propio patíbulo,
pero Jesús no ofrecía garantías de poderlo hacer dado su estado de agotamiento.
Igualmente era costumbre en los duelos fúnebres la presencia de plañideras o
“lloronas” de oficio, pero en los casos de condenados a muerte esas
manifestaciones de duelo estaban prohibidas, tal vez para evitar reacciones de
protesta por parte de la gente. Las mujeres que acompañaban a Jesús eran amigas
suyas incondicionales y no plañideras de oficio. Eran las amigas de siempre y
su madre María. ¿Acaso había también algunas de la “cofradía” que existía en
Jerusalén encargadas de aliviar a los reos con vino mirrado? Probablemente no.
En cualquier caso, se comprende que la escolta militar no prestara mayor
atención a la presencia de aquellas piadosas y amorosas mujeres de las cuales
no cabía esperar ningún tipo de venganza.
Como
siempre, Jesús correspondió con corazón agradecido a las demostraciones de
afecto incondicional de aquellas amorosas mujeres. Así, se volvió hacia ellas
para agradecerlas su compasión, y acaso también para ahorrarlas complicaciones
legales por su actitud de simpatía y afecto hacia Él. En cualquier caso,
aprovechó la ocasión para informarlas sobre la profecía de la destrucción de
Jerusalén. El leño verde era Él mismo y el leño seco era Jerusalén que iba a
ser arrasada después de un asedio durante el cual morirían sus propios hijos.
Sabemos por la historia lo que ocurrió el año 70 cuando el general Tito tomó a
sangre y fuego la ciudad. Y evocando los sentimientos maternos pronunció el
famoso aforismo: “Llorad por vosotras y por vuestros hijos”. Ante tal
catástrofe sobre el leño seco de Jerusalén, que no quiso recibir al Señor de la
Gloria, más valía no haber tenido hijos para ser exterminados. Es una expresión
popular muy maternal ante la guerra: “Ya ves, tienes los hijos para que otros
los maten”. Jesús, como siempre, se preocupa de los demás antes que de sí mismo
y lo hace ahora expresando su cariño hacia aquellas piadosas y amorosas
mujeres. Por la tarde celebramos la correspondiente procesión del Encuentro de
Jesús con las piadosas mujeres. Fueron leídos y comentados algunos pasajes
evangélicos describiendo el camino del Calvario durante el cual tuvo lugar el
histórico encuentro. La tarde fue paradisíaca con el disfrute de una
temperatura semi-tropical sin privarnos de la brisa del mar ni de la sequía
serrana. Tuve la impresión de que la gente era muy hospitalaria y rica en
sentimientos nobles. Yo tenía la sensación de vivir más tiempo y más
intensamente. El tiempo cundía, había paz, silencio y ausencia de
precipitación, lo cual contribuye poderosamente a hacer una vida más feliz.
Y
llegó el día del Jueves Santo. En el programa de la tarde figuraba la
administración del sacramento de la Penitencia, la Misa solemne del día, una
Hora Santa y un solemne Via Crucis nocturno. Las anotaciones que dejé
escritas fueron las siguientes. Sólo Juan (13,4-20) relata la escena del
lavatorio de los pies y en el contexto de la última cena. En aquella tarde
memorable Cristo colocó tres piedras angulares de su obra: Institución de la
Eucaristía, Sacramento del Orden en función de la Eucaristía y promulgación
solemne del Mandamiento Nuevo del Amor. Por la Eucaristía perpetuó su presencia
vital entre nosotros garantizada con el sacramento del Orden y con la ley Nueva
del Evangelio, vertebrada por el amor, incluso al enemigo y al extranjero, suplantó
en lo esencial a la Ley sin más del Antiguo Testamento. En la escena del
lavatorio de los pies Cristo se vistió para ejercer la función asignada en
aquella sociedad a los esclavos. Pedro debía entender de una vez por todas que
la caridad pasa muchas veces por la humildad. O lo que es igual, Cristo les dio
a los suyos más cercanos una lección de humanidad y amor al estilo de Dios.
Lección, por otra parte, con carácter universal que hemos de aprender todos sin
excepción.
El
rechazo de Pedro es comprensible ya que no podía emocionalmente soportar que
quien había dado pruebas de tanto poder sobrehumano, incluso resucitando
muertos, realizara ahora con él la función humillante de un esclavo de la
época. Pero Cristo fue contundente. Si Pedro no aceptaba aquel gesto de
humildad se exponía a quedar fuera o “excomulgado” de entre los suyos. Pedro
captó pronto la contundencia con que Jesús exigía aquella nueva actitud y
reaccionó bien, aunque le faltaba mucho todavía por aprender hasta el día de
Pentecostés, como el propio Cristo les había dicho a todos en repetidas
ocasiones. Cabe pensar que la escena del lavatorio de los pies en el contexto
de la Última Cena es una parábola en acción para enseñar a los Apóstoles y a la
entera humanidad la necesidad de la humildad como expresión del amor. Lo dijo
muy claro: ejemplo os he dado, ya no hay excusas. El amor que no llega a ser
caridad sirve de poco. Pero la humildad que no pasa por la caridad corre el
riesgo de ser una farsa cuyo elevado precio es la de no tener parte con Él, o
sea, la excomunión o exclusión en la participación de los bienes del Reino.
Pienso que, en lo referente a la Eucaristía, al Sacramento del Orden y a la forma de entender y practicar el Amor/Caridad propugnado por Cristo falta una catequesis bíblica objetiva y realista. Mientras unos se pierden en altas especulaciones teológicas o en tecnicismos bíblicos de factura académica, otros se conforman con hacer consideraciones piadosas poco sólidas al respecto limitándose a celebrar actos de culto sin ofrecer un conocimiento objetivo y realista de los hechos y dichos de Cristo. En relación con el Mandamiento Nuevo del amor Cristo introdujo aspectos realmente novedosos. El concepto de prójimo, por ejemplo, desborda el ámbito estrictamente judío y lo extiende a la entera humanidad. El prójimo del que habla Cristo como usufructuario del amor no conoce raza, color de piel, sexo, condición social, pueblo o nación. Nadie puede ser excluido del amor cristiano por estos motivos ni por ninguno otro. El amor del que hablaba Cristo trasciende también al sexo y el enamoramiento, aunque no lo excluya. Y lo que es más: alcanza incluso a los enemigos. El amor a los enemigos representa la plenitud del amor proclamado por Cristo. Ahora bien, si Cristo salió al paso de nuestra condición pecadora para redimirla con el amor sin excluir a nadie, nosotros no somos libres para amar a unos excluyendo a otros. Haciendo estas reflexiones pensé en la práctica de la pena de muerte como castigo social impuesto a los más grandes malhechores de la humanidad. ¿Cómo es posible que observando la conducta de Cristo y escuchando sus palabras muchos cristianos hayan defendido y sigan defendiendo ese tipo de castigo legal? El día del Jueves Santo terminé la jornada pastoral bastante cansado a pesar del fraternal y delicioso almuerzo que me ofrecieron las Hermanas Franciscanas. Pero a las 22 horas estaba programada la Hora Santa ante el Monumento y a continuación un Via Crucis por las calles de Ingenio. Durante la Hora Santa hice un comentario sobre las célebres “Siete Palabras” de acuerdo con el guión siguiente.
6. Agonía, muerte y resurrección de Jesucristo
Durante
la Última Cena y camino del Calvario el Señor habló íntimamente con los suyos
más cercanos. Pero durante su lenta agonía se impuso a sí mismo un
impresionante silencio sólo interrumpido por unas frases lapidarias
diversamente transmitidas por los evangelistas y tradicionalmente conocidas
como las “siete palabras”. Helas aquí expuestas por el orden considerado por
los expertos como el más probable:
“Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 33-34). Cristo invocó a
Dios como Padre ratificando indirectamente su coparticipación en la divinidad.
Y suplica perdón para los dirigentes de Israel que eran los verdaderos responsables
de su muerte, y no los soldados romanos que no sabían quién era Jesús y
cumplían órdenes de sus superiores. En realidad, no es que las autoridades de
Israel no supieran quién era Jesús. Habían seguido muy de cerca sus pasos y
estaban puntualmente informados de lo que hacía y decía. Cristo se limitó a
pedir misericordia para ellos teniendo en cuenta su pasional ceguera para ver a
Cristo con objetividad y realismo. En este sentido se expresó después S. Pablo
(1Cor 2,8) cuando matizó que si las autoridades judías hubieran actuado sin
pasión y conocimiento de causa Cristo no habría sido crucificado. Es verdad que
el populacho pidió a gritos que fuera crucificado, pero no lo es menos que sólo
lo hicieron después de haber sido manipulados y provocados por las autoridades.
Cristo no los miró con odio como tampoco los insultó ni trató de escapar.
Sufrió y se quejó dulcemente como un humilde mortal que se entrega a la muerte
por amor a los mismos que le condenaban (Jn 15,22-24). Por ello no pidió
venganza para ellos sino excusas, con lo cual condenó indirectamente el placer
de la venganza y ratificó con su ejemplo lo que había formulado de palabra:
“amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen (Mt 5,44).
Sería
una insensatez pensar que Cristo, al perdonar a sus propios verdugos, legitimó
de rechazo la pena de muerte de la que él mismo era víctima. El perdón del acto
criminal, por el contrario, presupone que tal acto es malo por más que su autor
sea disculpado y eventualmente perdonado. Perdonar a una persona no significa
aprobación de sus malas acciones sino todo lo contrario. Jesús perdonó a las
autoridades judías, pero no las eximió de responsabilidad ante Dios y la
historia. Jesús sufrió además el sarcasmo: sálvate a Ti mismo y a nosotros. A
otros pudo salvar… si eres el Mesías y todo lo que ya conocemos. ¿Respuesta de
Jesús? Ni caso. Al sarcasmo respondió con el silencio. Nosotros, al fin de
cuentas, comentó el compañero de patíbulo, indignado por el trato sarcástico
dispensado a Jesús, somos ladrones y legalmente nos lo hemos ganado. En
nosotros se cumple la justicia y recibimos el castigo merecido. Pero éste nada
malo ha hecho. Al oír estas palabras Jesús rompió su silencio:
“En verdad te digo que hoy estarás conmigo
en el paraíso (Lc 23,43). En esta respuesta puede apreciarse cómo Jesús
decide sobre la suerte eterna de los hombres reafirmando su conciencia de
co-poder con Dios al que antes ha invocado como Padre coparticipando de su
condición divina. El acto de perdonar pecados era considerado como un atributo
exclusivo de Dios y Jesús responde convencido desde la cruz de que ese poder le
corresponde. Es obvio que el término “paraíso” o jardín evoca inmediatamente la
idea de felicidad sin fin fuera del marco del espacio y del tiempo. En esta respuesta
veo un ejemplo práctico en el que cabe identificar la estructura teológica del
Sacramento de la Penitencia o Reconciliación. 1) El ladrón reconoce a Cristo
por lo menos como hombre directamente vinculado a Dios. 2) El ladrón reconoce
sus propios pecados ante Él. 3) Confiesa sus pecados, manifiesta sus
sentimientos de justicia y se arrepiente de sus malas acciones ante Cristo. 4)
Cristo, por su parte, condena el pecado y absuelve al pecador reabriéndole el
camino de la salvación del que se había alejado. Por otra parte, Jesús no muere
abandonado de los suyos más íntimos. Allí estaba su madre ante cuya presencia
se vio obligado a romper una vez más su elocuente silencio.
Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y
dirigiéndose a Juan: “Ahí tienes a tu
madre” (Jn 19,25-27). ¿Eran tres o cuatro las mujeres que con Juan
siguieron de cerca la agonía de Cristo en la cruz? Los soldados tenían la orden
de custodiar de cerca a los crucificados para evitar posibles altercados o que
fueran desclavados por la gente. Al principio a María y las piadosas mujeres no
les quedó otra alternativa que la de mantenerse a una distancia prudencial del
mortífero escenario (Mt 15,40). Luego el centurión las permitió acercarse a la
cruz (Mc 15,44-45). ¿Qué molestias podían causar a las fuerzas de seguridad
estas mujeres? Por otra parte, Jesús estaba ya a punto de expirar. Todo parece
indicar que al centurión no le faltaron sentimientos de humanidad ante aquel
macabro espectáculo de la crucifixión de Cristo. Por otra parte, María era ya
viuda de José y Jesús era su único hijo. Así las cosas, se comprende que Jesús
pidiera a Juan que cuidara de su madre una vez que faltara Él, y a su madre que
cuidara de Juan. Literalmente se trataba de una solicitud mutua en los asuntos
materiales del día a día. Pero las palabras de Cristo y su conducta tenían
siempre un significado trascendente más allá de la materia, el tiempo y el
espacio. Los cristianos así lo entendieron desde el primer momento y de ahí que
en el siglo XI al significado temporal de la petición de Jesús a su madre y a
Juan se añadiera otro trascendente implicado en el anterior. Es lo que se
conoce como maternidad espiritual de María sobre todos los hombres.
Este
enfoque interpretativo se impuso en la práctica al anterior, sostenido por S.
Juan Crisóstomo, S. Cirilo de Alejandría y S. Agustín, a partir del siglo XV
sancionado por Dionisio el Cartujano en su famosa Vita Christi. Sobre la maternidad espiritual de la madre de Jesús
en los tiempos modernos el Papa Pío XII escribió en 1942 lo siguiente:
“Jesucristo mismo, desde lo alto de la cruz, quiso ratificar, por un don
simbólico y eficaz, la maternidad espiritual de María con relación a los
hombres, cuando pronunció aquellas memorables palabras: <Mujer, he ahí a tu
hijo>. En la persona del discípulo predilecto confiaba también toda la
cristiandad a la Santísima Virgen”. La experiencia espiritual de muchas
personas a lo largo de la historia del cristianismo confirma el efecto
consolador que produce el recuerdo amoroso de la madre de Jesús en los momentos
críticos de la vida. En tal sentido cabe afirmar metafóricamente que María es
madre espiritual de la Iglesia y de todos los seres humanos que amorosamente
invocan su nombre. Pero la respiración del Señor era ya muy fatigosa y
prorrumpió en un profundo suspiro de alivio:
“Dios
mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27,46). ¿Desesperación? Nada
de eso. Es una frase del salmo 21 en el cual se expresan mesiánicamente los
sufrimientos del Señor. Cabe pensar que expresa el dolor humano que Jesús
ofrece amorosamente al Padre en favor de todos los seres humanos. Jesús no
estaba solo sino cumpliendo conscientemente cuanto estaba previsto en las
Escrituras sobre la venida del Mesías Redentor descrito en Isaías de acuerdo
con la voluntad del Padre: “He aquí que mi Siervo prosperará, será elevado,
ensalzado y puesto muy alto. Como de él se pasmaron muchos, tan desfigurado
estaba su aspecto, que no parecía ser de hombre, así se admirarán muchos
pueblos, y los reyes cerrarán ante él su boca, porque vieron lo que no se les
había contado y comprendieron lo que no habían oído. ¿Quién creerá lo que hemos
oído?, ¿A quién fue revelado el brazo de Yahvé? Sube ante él como un retoño,
como raíz de tierra árida. No hay en él parecer, no hay hermosura para que le
miremos, ni apariencia para que en él nos complazcamos. Despreciado y
abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento,
y como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos
en cuenta. Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos, y cargó
con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido
por Dios y abatido. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por
nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él, y en sus llagas hemos
sido curados. Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno
su camino, y Yahvé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado, pero
él se sometió, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja
muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que
nadie defendiera su causa, pues fue arrancado de la tierra de los vivientes y
herido de muerte por el crimen de su pueblo.
Dispuesta
estaba entre los impíos su sepultura y fue en la muerte igualado a los
malhechores, a pesar de no haber cometido maldad ni haber mentira en su boca.
Quiso Yahvé quebrantarle con padecimientos. Ofreciendo su vida en sacrificio
por el pecado, verá descendencia que prolongará sus días, y el deseo de Yahvé
prosperará en sus manos. Por la fatiga de su alma verá y se saciará de su
conocimiento. El Justo, mi Siervo, justificará a muchos y cargará con las
iniquidades de ellos. Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres y dividirá
la presa con los poderosos por haberse entregado a la muerte y haber sido
contado entre los pecadores, llevando sobre sí los pecados de muchos e
intercediendo por los pecadores” (Is 52,19-15 y 53,1-12). Así habló Isaías siete siglos antes del
sufrido y amoroso Mesías prometido tan distinto del Mesías político y mundano
oficialmente esperado por las autoridades judías de su tiempo. Su final se
acercaba y de ahí que Jesús se apresurara antes de expirar a pronunciar las
últimas palabras consciente de que no había tiempo para más:
“Tengo sed” (Jn 19,28). Es muy verosímil
que el Señor rumiaba mentalmente salmos mesiánicos referidos a su muerte. Por
ejemplo: “En mi sed me dieron a beber
vinagre” (Ps 68,22). O bien: “Como
una teja estaba seca mi garganta y en mis fauces pegada mi lengua (Ps
21,16). De hecho, nada había bebido desde la noche anterior y desde el momento
de la flagelación no había cesado de perder sangre. Sin olvidar el sudor de muerte
y la exposición al sol. Los soldados, que cumplían órdenes, pero no habían
perdido el sentido de humanidad, se atrevieron a tener un gesto humanitario con
el ilustre ajusticiado y uno de ellos quiso ofrecerle un poco de “posca” de la
que ellos mismos se servían. Se trataba de un vino aguado o vinagre con agua.
Uno de los soldados colocó la esponja que servía de tapón al jarro en la punta
de la espada y se la aplicó a los labios. Pero la chusma que merodeaba por allí
protestó contra tal gesto de humanidad por parte del soldado y que sólo se
tenía con los agonizantes normales para ayudarles a dar el salto final. “Que
venga Elías a salvarle”, protestaron irónicamente dejándose llevar por la
creencia popular de que el ilustre profeta se haría presente en la inauguración
del reino mesiánico. El soldado no tuvo en cuenta para nada la protesta y cabe
pensar que, aunque Jesús rechazó gentilmente la oferta, el frescor del agua
debió prestarle un ligero alivio. Ahora se comprende mejor aquel consejo suyo
de dar de comer y beber al hambriento y al sediento. O también aquello de que
lo que hagáis a uno de los más pequeños y desamparados a mí me lo hacéis. Pero
los minutos estaban contados y no había tiempo que perder. Por eso añadió
inmediatamente la sexta y contundente frase:
“Todo está consumado” (Jn 19,30). ¿Qué es lo que
estaba consumado? Se habían consumado todas las profecías referidas a su pasión,
así como las predicciones que Él mismo había hecho en diversas ocasiones a sus
discípulos sobre su propia muerte y que ellos no habían comprendido. Pero el
tiempo no daba para más y concluyó:
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu
(Jn 23,46). E inclinando la cabeza expiró. Estas últimas palabras fueron
pronunciadas en voz alta agotando con ellas toda la energía vital que le
quedaba. Leyendo entre líneas el relato de la pasión y muerte cabe pensar que
Jesús murió de hecho cuando consideró que todo lo que tenía que hacer estaba
hecho. Él fue consciente de que había llegado su hora ni un minuto antes ni
después de lo debido. Y lo de siempre. Después de muerto todos se apuntaron
cínicamente a los elogios del finado. “Verdaderamente este era un hombre justo”
y muchos entre la muchedumbre se daban golpes de pecho protagonizando un
espectáculo de hipocresía colectiva. Hubo un valiente, todo hay que decirlo,
José de Arimatea, que se jugó el tipo acogiendo el cadáver. Y un cobarde mayor,
Pilatos, el gobernador romano. Luego llegaron los aromas y los servicios de
embalsamaje por parte de sus amigas incondicionales. Pero volvamos al Viernes
Santo. A primera hora de la mañana
visité la casa de una señora recién fallecida para rezar con la familia y sus
amigos un responso de cuerpo presente. Volví a la Iglesia y me senté en el confesionario
hasta entrada la tarde para atender a los penitentes que llegaron a formar una
larga cola de espera. Algunos jóvenes me habían hablado del interés que había
suscitado mi homilía del Jueves Santo sobre al amor cristiano y varios de los
penitentes me hicieron el mismo comentario favorable. La conclusión que yo
deduje de estos comentarios públicos fue que la gente necesita más y mejor
instrucción teológica. Por otra parte, pude ser testigo de su soledad interior,
de sus desequilibrios afectivos y del sufrimiento que llevan consigo las
separaciones matrimoniales, la invasión galopante del consumo de drogas y la
incomprensión entre padres e hijos. La gente necesita ser escuchada con mucha
paciencia en el relato de sus penas para aliviar su estado de ansiedad, agobio
psicológico y descompensación afectiva.
Por
la tarde, de acuerdo con el horario vespertino establecido, reanudé la tarea
del confesionario y seguidamente dimos comienzo a la celebración de los actos
litúrgicos propios del Viernes Santo con una breve homilía sobre la Pasión y
Muerte de Cristo. Durante la procesión del Entierro por las calles de Ingenio
se leyeron los relatos del entierro de Jesús según los cuatro evangelistas y en
la homilía traté de desautorizar una interpretación del juicio de Jesús con
intencionalidad política que la gente había escuchado el día anterior por la
radio. Cualquier intento de politizar la vida y los dichos de Cristo me pareció
siempre una frivolidad por más que su predicación sobre el Reino de los cielos
conlleve siempre una condena de las injusticias que se cometen en los reinos
políticos de este mundo. Ya entrada la noche presidí la procesión de la Soledad
de la Virgen a raíz de la muerte de Jesús y aproveché la ocasión para hablar de
la soledad de las viudas y de las madres que tienen que asistir a la muerte de
sus hijos. A pesar de lo avanzado de la noche cuando terminamos la procesión
todavía tuve que recibir a dos jóvenes que deseaban conversar sobre diversas
cuestiones teológicas. Y llegó el Sábado Santo durante el cual nos preparábamos
para recibir y celebrar la gran NOTICIA de la resurrección de Cristo de entre
los muertos (Mt 28,1-10).
Pasado
el sábado, muy de mañana al alborear del primer día de la semana, María
Magdalena, Juana y María la de Santiago y otras buenas mujeres de entre las que
Jesús había curado o que le servían con sus bienes materiales, terminado el
ritual reposo sabático, volvieron al sepulcro para ver a Jesús y terminar de
embalsamar amorosamente su cuerpo. Todo hace pensar que no sabían que había
sido puesta una guardia oficial para evitar el posible robo del cuerpo de
Jesús. De ahí sus comentarios sobre cómo remover la piedra con la que había
sido bloqueada la entrada al sepulcro. De hecho, tan pronto llegaron al lugar y
vieron que la piedra había sido movida y el sepulcro vacío, pensaron
inmediatamente en el robo. La entrada en escena del ángel está muy dentro del
contexto de la historia sagrada y aquí significa un procedimiento milagroso
para poner en evidencia la inutilidad del piquete de guardia ante un
acontecimiento que tenía lugar por encima de todos los poderes y cálculos
humanos. Por otra parte, me pareció oportuno destacar el hecho de que esta gran
noticia fuera confiada de primera mano por Jesús a estas mujeres amigas suyas
incondicionales. Destaqué también el protagonismo de Pedro a la hora de la verificación de la noticia en lugar de
divulgarla de forma sensacionalista e irresponsable.
Recordando
aquella mañana de 1993 pienso que sería bueno hacer algunas reflexiones
pastorales prácticas de gran calado teológico. Está claro que el primer anuncio
de la resurrección de Cristo fue hecho por mujeres. Ellas fueron las
“reporteras” que recibieron la exclusiva de tan importante noticia y Pedro el
primero que la investigó y contrastó sobre el terreno. De acuerdo con el relato
evangélico, cabe pensar en la conveniencia de implicar más a las mujeres en el
ministerio de la predicación oral al pueblo. Por otra parte, pensando en la
Iglesia Ortodoxa, pienso yo si no sería sería bueno que meditaran
desapasionadamente sobre el protagonismo apostólico de Pedro. También he de
decir que encuentro difícil demostrar que el Orden Sacerdotal instituido en la
Última Cena pueda ser conferido a las mujeres. No porque haya razones
dogmáticas en contra de la mujer, pero hay una de carácter práctico y es que
Cristo repartió de hecho los ministerios eclesiales entre hombres y mujeres con
criterios muy distintos a los nuestros y sería una temeridad pasarlos por alto.
Las razones sociológicas y antropológicas que suelen invocarse a favor carecen
de fundamento teológico. Igualmente tengo que de decir que no encuentro
objeción alguna seria para que las mujeres tengan más protagonismo en la
proclamación y exposición del Evangelio dado que el propio Cristo las confió la
primicia informativa de su resurrección de entre los muertos, acontecimiento
que constituye la piedra angular del depósito de la fe cristiana. Sin olvidar
el diálogo de Jesús con la samaritana a la que Jesús hizo confidente del
secreto mesiánico antes que a ninguno de los Apóstoles. No es cuestión de
discriminación sino de distribución de funciones diferentes complementarias.
Recibida
la noticia de las mujeres con las comprensibles cautelas, Pedro y Juan se
apresuraron a visitar el sepulcro. Era lógico que, por razón de la edad, Juan
llegara antes y Pedro después. Pero Juan espera a que llegue Pedro como si
fuera a él, a Pedro, a quien correspondía verificar la noticia para confirmar
en la fe a los suyos como Cristo en su momento le había pedido. Pedro constató
que las cosas dentro del sepulcro vacío estaban demasiado en orden para pensar
que el cuerpo del Señor había sido robado. Sabía que habían puesto un piquete
de guardia para evitar el robo y que a un cuerpo enterrado no se lo trasportaba
desfajado y desatado de pies y manos. El caso de Lázaro estaba todavía
reciente. Después de Pedro entró Juan y también creyó. ¿En qué? Desde luego que
Cristo había desaparecido del sepulcro y no porque su cuerpo hubiera sido
robado. En aquel momento Juan creyó en todo lo que Cristo les había dicho
repetidas veces sobre su futura muerte y resurrección. Todo ello terminaba de
cumplirse al pie de la letra. Es lógico que, una vez terminada la verificación
de la gran noticia “in situ” Pedro y Juan fueran a reunirse con los otros
apóstoles para tomar las decisiones oportunas ante la realidad de los
acontecimientos (Jn 20,3-10; 21,19).
7. Coloquios y reflexiones de Maspalomas y Villa Teresita
El
Domingo de Resurrección celebré la primera Misa a media mañana y al terminar
una gentil señora esperaba con su coche para llevarme a visitar la ciudad de
Agüimes donde la Orden de Predicadores tuvo un gran convento, destruido por un
incendio en 1827. El en altar mayor de la Iglesia Parroquial se conservan las
tallas de la Virgen del Rosario, de Sto. Domingo de Guzmán y de S. Vicente
Ferrer. Estas son las estatuas que pudieron salvarse del incendio. En el lugar
del antiguo convento dominicano hay actualmente un teatro. En la población, sin
embargo, se mantiene vivo el recuerdo del convento destruido y de sus
originales habitantes. Desde Agüimes nos dirigimos a Telde donde pude admirar
su gigantesca Iglesia semi-catedral. Luego almorzamos en un restaurante chino
donde nos sirvieron dos bellas chicas canarias en un ambiente muy agradable y
festivo a tono con el tiempo pascual. De vuelta a Ingenio llegó una joven madre
soltera que estaba estudiando la carrera de periodismo en Madrid y acaparó todo
mi tiempo disponible hasta el momento de reanudar los servicios en la Iglesia con
la Misa vespertina y la procesión del Resucitado por las calles de Ingenio. Me
habló de sus depresiones y momentos difíciles, de su experiencia maternal que
la ayudaba a salir de las depresiones y mantener su moral alta, de su alegría
por la fe cristiana y de su inútil enamoramiento del padre de la criatura, el
cual daba la impresión de que quería vivir a costa de ella siguiendo los
criterios irresponsables de la mentalidad posmoderna. El tiempo no daba para
más y tuve que despedir a un travestido que cohabitaba homosexualmente con un
joven en la casa de la abuela de éste. Ambos deseaban mantener una entrevista
conmigo en su casa, pero no acepté la propuesta. A pesar de ello tuve la
impresión de que el joven se marchó algo aliviado de sus problemas personales.
Una observación a tiempo o la respuesta acertada a una pregunta concreta bien
hecha resulta a veces más orientadora que todo un discurso académico. También
es importante cuidar el lugar y el momento en que se celebran los encuentros
para tratar de asuntos personales muy importantes. Finalizada la procesión del
Resucitado llegaron Carlos y su esposa María José para llevarme con ellos a su
casa del Faro de Maspalomas a donde llegamos ya entrada la noche.
La
casa era un palacete del siglo XIX adosada al inmenso Faro marítimo de 60
metros de altura y 250 peldaños. Fue construida en 1899 por un arquitecto
francés en plena playa. Desde el Faro podía contemplarse una vista paradisíaca
de monte, mar abierto, playa y urbanizaciones turísticas. Y todo ello con un
clima semi-tropical de inmensa tranquilidad. Regalando así mi mirada pensé en
un piano de cola, un ordenador y una pluma estilográfica clásica para escribir,
soñar, oír música, escribir, leer, descansar y rezar. El ambiente era una
invitación a cualquier actividad bella, noble y digna del ser humano. Mientras
meditaba y redactaba estas notas interrumpía mi actividad para asomarme por
alguno de los ventanales para recrear mi vista y refrescar mis pensamientos. El
ruido de las olas del mar me llegaba como un murmullo arrullador como si fuera
música de fondo bajita, armoniosa y relajante. El ruido de las olas no me
resultaba molesto, sino que me servía de dulce compañía. Por el norte podían
contemplarse sobre los picachos abruptos las nubes matinales que iban
desapareciendo a medida que el sol imponía su señorío sobre el cielo azul.
Comentando este espectáculo de belleza María José matizó que sólo tenía razones
para dar gracias a Dios por tener el privilegio de vivir en aquel pequeño
paraíso terrenal.
Era
todavía temprano cuando María José se arreglaba y prepara amorosamente el
desayuno. Carlos había salido de casa horas antes para controlar el
funcionamiento de los faros marítimos de la isla. Contemplando este paisaje
natural me vino a la memoria una reflexión que se me ocurrió en 1968 desde la
cumbre del Vesubio: “¿Por qué habiendo hecho Dios la naturaleza tan bella somos
los hombres tan ruines”? Pensaba yo en las guerras, los odios personales, el
desamor, la riqueza de unos y la pobreza extrema de otros como expresiones de
la ruindad humana. Terminado el desayuno María José me invitó a subir a la
cúpula del Faro. Obviamente no se construyó con ascensor ni tampoco se preveía
que lo fuera a tener en el futuro. Pero la subida a pie resultó bastante ligera
debido a su buena estructura. Desde lo alto el paisaje que podía contemplarse
era impresionantemente bello. A continuación, dimos un paseo por las dunas y
volvimos a casa por la orilla de la playa. Las dunas me parecieron un
espectáculo maravilloso de la naturaleza. Se trata de pequeñas colinas de arena
finísima que el viento se encarga de modificar caprichosamente. En la parte
trasera de las dunas había una zona poblada de arbustos donde se daban cita los
nudistas homosexuales que encontraban allí el paraíso perdido pasa satisfacer
libremente sus perversiones emocionales. En la playa se practicaba un nudismo
civilizado e inofensivo. Era aquel un lugar cosmopolita donde la gente buscaba
paz y tranquilidad en el contacto con la naturaleza pura y el disfrute de un
clima semi-tropical muy saludable. Incluso la zona de corrupción no ofrecía
signos de violencia o provocación intencionada. El problema moral más grave
consistía en la crisis de identidad que estaban padeciendo los nativos
tradicionales de la zona con la presencia de turistas adinerados y de
costumbres a todas luces dudosas si no abiertamente corruptas. Por otra parte,
aquellas imágenes playeras no aparecían y desaparecían con la llegada del
verano, sino que eran permanentes a lo largo del año y era comprensible que el
joven trabajador nativo sintiera la tentación de tumbarse en la playa en lugar
de ir a trabajar. Existía además por aquellas calendas una crisis laboral lo
cual contribuía a que muchos jóvenes permanecieran en casa de sus padres sin
ilusión ninguna fascinados por esas imágenes de presunta ociosidad feliz de los
turistas.
Después
del paseo por las dunas y la ascensión al Faro ayudé a María José a regar las
plantas del jardín mientras su marido realizaba algunos trabajos con la
computadora relacionados con el control y buena marcha de los Faros marítimos
de la isla. Por la tarde salimos a pasear por la urbanización y los invité a
cenar en una terraza estratégicamente ubicada. Durante la cena pasaron por
nuestra mesa a saludarnos varias personas conocidas de mis invitados y los
camareros se volcaron en atenciones con nosotros. Por lo que deduje que mis
anfitriones de la isla eran personas muy conocidas y apreciadas. El director de
uno de los hoteles más importantes del complejo turístico nos habló de sus
problemas con el personal de trabajo. Según su versión, los que llevaban
trabajando durante mucho tiempo eran reacios a la introducción de cambios
significativos en la forma de trabajar exigidos por las nuevas circunstancias,
lo que entorpecía la evolución y mejora de los servicios y de la institución.
Estas informaciones del hotelero me llevaron a reflexionar después en solitario
sobre un problema, que es universal y que yo lo he vivido en el contexto de las
instituciones religiosas de la Iglesia. He observado, por ejemplo, que un
Prior, reelegido para un segundo mandato, gobierna peor la segunda vez que la
primera. Si es elegido por tercera vez en el mismo lugar lo más probable es que
su gobierno sea un desastre. Lo mismo ocurre tratándose de Provinciales y otras
autoridades incluidas las académicas. La reelección frecuente de una persona
para un cargo de gobierno es signo de decadencia o de exceso de ambición por
parte de los electores más que por parte de los elegidos. Estos, por otra
parte, se acostumbran a gobernar de forma rutinaria perdiendo la capacidad de
imaginación creadora y de adaptación a las nuevas situaciones. Ocurre a veces
que con el ejercicio administrativo se atrofian para el apostolado hasta el
punto de que algunos sólo saben mandar y cuando se les quita esa oportunidad no
saben qué hacer con ellos mismos.
Pienso
que no es bueno para las instituciones, y menos aún para las personas, el que
los mismos permanezcan por mucho tiempo en cargos de administración y gobierno.
Además, impiden que otros sean elegidos y aporten sus iniciativas nuevas
reconfortantes de cara al futuro. Sin olvidar que la presencia constante de los
mismos en las gestiones de gobierno termina generando “clanes” o grupos de
influencia permanente que bloquean la posibilidad de participación de personas
valiosas, que quedan marginadas para toda la vida con perjuicio de todos. Lo
que termino de decir, referido al gobierno de las instituciones religiosas y
académicas de la Iglesia, es aplicable con mayor razón a las instituciones
políticas en las que el abuso de poder lleva derechamente al despotismo y a la
tiranía de pequeños núcleos de personas con un dictador a la cabeza, o de
grupos más amplios denominados partidos políticos en los regímenes
democráticos. El relevo periódico de personas y de partidos políticos en el
gobierno de las naciones es una necesidad vital para matar la sed insaciable de
poder y promover el servicio de la justicia y de la paz.
Por
fin tuvo lugar la ansiada visita a “Villa Teresita” en las Palmas de Gan
Canaria. Estas Hermanas del Buen Pastor estaban ubicadas en el nº 32 de la
calle Andamada de Las Palmas en la zona marginal de la Isleta. Tradicionalmente
había sido el barrio clásico de la prostitución femenina y de morbosa
curiosidad turística. Por aquella época muchas prostitutas estaban emigrando a
otro barrio marginal ante la invasión de los drogadictos. De hecho, los
prostíbulos y bares análogos tradicionales eran un mercado de drogas y
prostitutas al mismo tiempo. De ahí el peligro de transitar por aquellas
calles. Por todas partes, ventanas, celosías, terrazas y esquinas había
observadores, espías y vigilantes de ese inframundo de la moderna
delincuencia.
“Villa
Teresita” estaba allí tratando de ayudar a quien fuera menester en aquel mundo
infernal e impenetrable. Con el agravante de las drogas había llegado la
contaminación del Sida y su programa de muerte rápida. ¿Qué podía hacer “Villa
Teresita” en aquel mundo humanamente inmundo? Un dato digno de destacar a este
respecto es que las mujeres de “Villa Teresita” circulaban por la calle y eran
respetadas por todos los que las conocían. Su coche era bien conocido y podían
dejarlo aparcado en la calle sin temor a que fuera robado o desguazado. Todos y
todas sabían que ese coche estaba allí al servicio de todos y lo protegían como
si fuera suyo. Quedé admirado de lo poco que materialmente podía hacer “Villa
Teresita” en aquel lugar y lo mucho que testimonialmente representaba su
presencia. Julia, a la sazón directora de la Institución, me acercó con el
enigmático coche a casa del P. Agustín Estévez, O.P, que vivía cerca con su
madre anciana y enferma. El P. Agustín era admirado en la zona por la obra de
caridad que estaba llevando a cabo ayudando pastoralmente en una parroquia y
cuidando día y noche a su madre minusválida en una silla de ruedas. Antes de
devolverme a Ingenio con su coche nos dimos un paseo por los barrios pobres y
la zona del Puerto. Era impresionante la situación de rusos, polacos y de otras
nacionalidades del Este europeo que habían optado por refugiarse en la zona del
muelle viviendo en los mismos barcos en los que se encontraban cuando cayó el
muro de Berlín. Algunos barcos rusos que se encontraban atracados allí por
aquellas calendas seguían ocupados por sus tripulantes esperando una
oportunidad para sobrevivir sin volver a la antigua Unión Soviética o a
Polonia. Visitamos también la plaza de Sto. Domingo donde se conserva la
antigua iglesia de los Dominicos.
El
día 13 de abril visité de nuevo la bella ciudad de Las Palmas con María José.
Después de realizar algunas cuestiones burocráticas y realizar la compra
obligada de recuerdos turísticos volvimos paseando hasta el Faro donde
mantuvimos un coloquio mirando al mar abierto sobre temas y problemas relativos
a los países del Este europeo tras la caída del Muro de Berlín. Ella sabía de
mis viajes y contactos por aquellas tierras y estaba muy interesada en conocer
mi opinión sobre la nueva situación que se había creado en aquellas latitudes y
sus repercusiones en toda Europa. La tiranía comunista había terminado en sus
aspectos esenciales, pero había que contar ahora con el capitalismo salvaje,
los sentimientos nacionalistas y el terrorismo islámico. Por la noche invité a
mis anfitriones a cenar en un restaurante en la playa del inglés donde fuimos
muy bien tratados y continuamos nuestro diálogo hasta bien entrada la noche.
Los temas de nuestra conversación versaron sobre la personalidad de S. Pablo y
sus problemas personales con judíos, cristianos y paganos. Después nuestra conversación
derivó hacia la naturaleza y función de las Órdenes religiosas en la Iglesia,
especialmente sobre Dominicos, Jesuitas y Franciscanos por ser estas las
instituciones sobre las que yo me encontraba más preparado para responder a las
múltiples preguntas de mis interlocutores sobre las mismas. Luego hablamos
sobre la tendencia psicológica de algunos líderes a acaparar todas las
responsabilidades hasta el punto de considerarse personas indispensables. Desde
la órbita del liderazgo se olvidan fácilmente de que todos podemos ser útiles
en este mundo, pero nadie es indispensable. La experiencia demuestra que de
hombres y mujeres que se consideraron indispensables en este mundo están las
tumbas llenas. De vuelta en el palacete del Faro yo seguí reflexionando sobre
diversas cuestiones antes de iniciar el vuelo de retorno a Madrid. El ambiente
se prestaba a tales reflexiones. Por ejemplo, se produjo la noticia de que el presidente
del Gobierno socialista de turno, Felipe González, había decidido adelantar las
elecciones generales al día 6 de junio. Esta decisión me llevó a pensar una vez
más en la conveniencia de romper el cuadro político de turno poniendo en tela
de juicio la existencia de los sindicatos obreros. Estas instituciones, pensaba
yo, habían perdido su razón de existir en España y sería bueno sustituirlas por
otras más honestas y adaptadas a las exigencias de una sociedad menos
politizada y más humana. Era media noche y tenía que interrumpir este discurso
en solitario, aunque acompañado por el lejano murmullo de las olas del mar. En
cualquier caso, me sentía profundamente feliz por la oportunidad de haber
disfrutado de las delicadezas naturales y humanas que adornan a las islas
afortunadas. ¿Novedades al llegar a Madrid? Muchas y algunas de ellas entrañables.
Como botón de muestra me es grato recordar las siguientes.
En
política, como he dicho antes, la noticia estrella fue el anuncio de elecciones
generales, tan deseadas como necesarias para intentar siquiera paliar el
rampante proceso de corrupción por parte de la Administración socialista. Como
era mi costumbre, puse en marcha el transistor para escuchar las noticias de
Radio Francia Internacional en rumano y me llamó la atención la importancia que
dispensaron a la galopante corrupción del socialismo español en el contexto de
la denominada “epidemia del socialismo internacional”. Hacía mucho tiempo que
estaba yo convencido de que el virus de la corrupción política socialista se
encontraba oculto en el comunismo. Los comunistas y socialistas se alimentaron
ideológicamente en el marxismo-leninismo más o menos adulterado o adaptado a
las circunstancias. En 1989 el mundo comunista empezó a ser inundado por sus
propias inmundicias políticas y ahora correspondía el turno a sus hermanos
falsos los socialistas. Estos edificios políticos se construyeron con un
material humano putrefacto en la ideología marxista y de ahí que comenzaran a
hundirse por sí solos poniendo en evidencia sus injusticias y métodos de acción
inhumanos. El comunismo reprimió sin piedad la libertad personal y el
socialismo sólo ofreció un espejismo y falsa concepción de la misma. La lección
histórica que cabía deducir era la siguiente: ni la fuerza bruta represiva ni
el libertinaje pueden sostenerse por mucho tiempo por más que esas formas de
entender la vida humana se estructuren o encarnen en instituciones políticas y
sociales aparentemente sólidas.
Otra
noticia que me llamó mucho la atención fue que se había iniciado el juicio
contra el incombustible político italiano Julio Andreotti, acusado por
arrepentidos mafiosos. De entrada, me costaba creer que este hombre pudiera
estar implicado en la mafia hasta el extremo de pactar la muerte de dos
personas para ocultar la tragedia del secuestro y asesinato del ilustre
político Aldo Moro. Independientemente de que la acusación tuviera algún
fundamento o fuera una operación mafiosa, me vino a la memoria una frase oída
al Embajador de España ante la Santa Sede durante una cena en dicha Embajada. A
una pregunta del antiguo Maestro General de la Orden de Predicadores, P. Aniceto
Fernández, O.P., el Embajador contestó lacónicamente: “Mire, soy diplomático de
carrera y puedo decirle que en política todo es posible”. Quiso decir que, una
vez metidos en ese mundo, cualquier combinación, alianza o cambio de conducta
es posible en tanto en cuanto ello resulte rentable en términos de poder. Los
enemigos políticos lo mismo se amenazan de muerte que se abrazan como si fueran
hermanos. Hoy se declaran la guerra y mañana firman la paz como amigos. A pesar
de todo me costaba creer que Julio Andreotti no estuviera siendo víctima de
algún chantaje mafioso. Que un político italiano se vea obligado a mantener
algún tipo de contacto con la mafia es posible. Pero me resultaba muy
sorprendente que Julio Andreotti lo hubiera hecho por los motivos criminales de
los que era acusado por antiguos militantes de la mafia. Si, a pesar de todo,
esta acusación fuera objetiva, tendríamos una prueba más a favor de mi tesis
sobre la deshonestidad tradicional de gran número de los profesionales de la
política. En la vida doméstica habían ocurrido muchas cosas durante mi ausencia,
pero tengo particular interés en dejar constancia de lo siguiente. Mi hermano
Pelegrín había sido elegido Prior del convento dominicano de Sto. Tomás en Ávila.
Esta elección significó el reconocimiento de la bondad de mi hermano y una
circunstancia providencial para que él pudiera estar más cerca de mi padre, el
cual vivía en la Residencia de la Tercera Edad con 91 años de edad cumplidos.
Después supe que esta circunstancia fue tenida en cuenta por los electores para
elegirle Prior de aquel histórico convento. Al cabo de tres años fue reelegido
pero la salud de mi padre exigía un sacrificio añadido asistencial muy grande
por lo que mi hermano fue reemplazado anticipadamente en el cargo para que
pudiera dedicarse casi a tiempo completo al cuidado de mi padre. Por lo demás,
la vuelta a la Universidad después de las vacaciones de Pascua fue muy grata.
Algunos de los muchachos y muchachas de “Solidarios” iban regresando felizmente
de América y así reemprendimos la marcha académica.
8. Desde la playa y Radio Nacional
El
mes de agosto de 1993 fue muy caluroso y tomé dos decisiones de contraste
respecto a los veranos pasados. La primera consistió en suspender el viaje a
Moscú para participar en el Congreso Mundial de Filosofía. Además de
encontrarme cansado, me desagradó mucho la decisión de la Dirección del
Congreso de no aceptar el español como lengua oficial al tiempo que desconfiaba
yo de la seguridad personal por aquellos años confusos tras la caída de la
Unión Soviética. Dada mi trayectoria pasada, lo lógico era volver a Rumania,
pero decidí irme a Estepona a descansar con mi familia durante unos días,
aunque sin descartar un viaje relámpago a Bucarest del 18 al 28 de agosto. El
día 3 del tórrido agosto madrileño, después de realizar todos los contactos
necesarios con mi gran amigo Raoul Sorban y el Arzobispado de Bucarest, tomé un
bus nocturno con dirección a Marbella para dirigirme después al Parque Antena
de Estepona donde me esperaba mi querida prima María José como principal
anfitriona.
El
viaje no fue agradable y el video que pusieron para distracción de los
pasajeros me pareció de muy mal gusto. Por otra parte, por aquellas calendas
todavía estaba permitido fumar en los medios públicos de transporte y los
fumadores campearon a sus anchas con lo cual el ambiente que se respiraba en el
autobús era pestilente. Como consecuencia no pude descansar durante la noche,
pero pensé mucho en la necesidad de mentalizar a los fumadores sobre el daño
que se causan a sí mismos y a los demás cuando fuman. A pesar de todo llegué a
mi destino a la hora prevista y mi prima María José me recibió con mucha
alegría, con lo cual olvidé pronto la mala noche pasada entre fumadores
desaprensivos y aficionados a la televisión basura servida en el autobús. Luego
me mostró la casa muy reformada y embellecida por ella misma, que es una
artista consumada. Terminado el desayuno marchamos a Estepona a tomar el sol en
la playa y almorzar junto al mar. Pero antes se produjo una sorpresa agradable.
A
la puerta de una oficina me encontré con mi un amigo y compañero en la Facultad
de Ciencias de la Información de la UCM. Me refiero al veterano periodista D.
Enrique Aguinaga. Por aquella época era él catedrático emérito de periodismo y
durante nuestro magisterio en la Universidad fuimos buenos amigos y compañeros.
Tenía su casa de vacaciones no lejos de la nuestra en el Parque Antena y me
dijo que se aburría mucho cuando no encontraba personas con las cuales poder
hablar de temas nobles relativos al espíritu como mecanismo de defensa contra
las vulgaridades de la vida. Con frecuencia, comentaba el ilustre periodista,
se encuentra uno con gente muy buena pero no preparada para mantener una
conversación rigurosamente intelectual. Nos prometimos visitarnos en nuestras
respectivas casas durante aquellos días de descanso, pero, por unas razones o
por otras, nunca llegamos a cumplir nuestra promesa. Al cabo de pocos años
volvimos a encontrarnos en el Parque Antena, pero ambos estábamos ya muy
cambiados por aquello de que la edad no perdona. Él había perdido ya a su
esposa y vivía más que nunca de recuerdos y proyectos que ya no podía realizar.
Después
de este sorpresivo y agradable encuentro la prima María José y yo visitamos el
mercadillo popular de Estepona, almorzamos en una terraza típica del interior
de la población y en el momento oportuno nos ubicamos en un lugar estratégico
de la playa donde alternábamos entre la sombra de las palmeras y las olas
espumosas del mar. De vuelta a casa vino a saludarnos la vecina de arriba y nos
contó sus penas. Su marido había fallecido recientemente y sus hijos estaban
encontrando serios problemas laborales. Habían pasado dos años desde que nos
habíamos conocido y al principio no reconocí a la apenada señora. Su marido había
muerto cristianamente hacía pocos meses fulminado por una serie de infartos
traidores. A pesar de todo, la señora se sentía muy consolada porque su marido
había muerto con la paz e ilusión de un gran cristiano.
En
su relato mezclaba el humor y las lágrimas por lo que me causó una impresión
amorosa y encantadora. De la forma más natural dejó caer que también ella tenía
sus dolencias. Pero, mientras conversábamos en la terraza con la apenada y
amorosa señora, se produjo un alboroto en la calle y mi prima salió como un
rayo hacia fuera gritando que caía agua por alguna parte. Pronto verificamos
que el agua procedía del depósito central averiado en la terraza superior del
bloque residencial. Algunas mujeres se pusieron muy nerviosas pero el problema
fue resuelto con prontitud y eficacia para tranquilidad de todos. Poco antes de
media noche fuimos a saludar a los tíos Hilario y Diosdada cuyo apartamento de
verano se encontraba cerca.
Nos
recibieron con gestos de profunda alegría. Mientras la tía Diosdada nos
abrazaba amorosamente el tío Hilario pronunció una frase que me llegó al alma:
“Hijo, nos da mucha alegría verte aquí con nosotros”. Fue una exclamación
gozosa con unas palabras que traté de grabar literalmente en la memoria. La
animada conversación se prolongó hasta pasada la media noche, pero antes de
despedirnos la nietecita Ana Patricia, que se encontraba allí, nos regaló un
beso muy amoroso de buenas noches antes de retirarse a dormir. Lo que más me
conmovió de la adorable criatura fue la expresión ilusionada de su deseo de
recibir la primera comunión de mis manos. Con este bello colofón dimos por
terminada la visita a los tíos y volvimos a nuestro apartamento cuando eran las
dos horas de la madrugada del día 4 de agosto.
Afortunadamente
disfruté de un sueño reparador compensando la mala noche anterior en el autobús
rodeado de fumadores. Claro que no todo en el monte fue orégano ya que hacia
las 8 de la mañana el jardinero de la urbanización perturbó la tranquilidad
matinal con el ruido desagradable de la segadora. La intención mía y de María
José era desayunar y marcharnos pronto a la playa más cercana, pero se
agolparon las visitas y tuvimos que modificar nuestro programa. Mis reflexiones
no se hicieron esperar. Hay momentos en que las visitas, incluso las más
esperadas y agradables, producen cansancio. Pero el mero hecho de que la gente
llame a nuestras puertas es un signo bueno. Mucha gente padece el síndrome de
la soledad y necesita hablar mucho para aliviar sus angustias. Por otra parte,
he llegado a la conclusión de que dejar hablar y escuchar a los demás es una de
las obras más beneficiosas que podemos hacer en estos tiempos que nos ha tocado
vivir. A veces hay que oír una y otra vez las mismas cosas, lo cual es
psicológicamente agotador, pero hay que hacer un esfuerzo por escuchar como si
lo que nos dicen lo oyéramos por primera vez.
Por
fin pudimos dirigirnos a la playa más cercana donde ya se encontraban algunos
de nuestros familiares incluido el tío Hilario. Al cabo de un par de horas
disfrutando de tan amorosa compañía bajo un hermoso cielo azul frente al manso
mar, ellos retornaron a casa mientras María José y yo nos quedamos solos
paseando por la playa. Llegamos a casa entrada la tarde y después del almuerzo
María José y yo seguimos conversando sobre el cielo y la tierra y recibiendo
visitas. Luego, entrada la noche, paseamos entre flores y el aroma destilado
por la flora del Parque. Me entregué al sueño a altas horas de la noche entre
las sábanas del silencio y la paz más relajante que pueda imaginarse. Mi
pensamiento espontáneo de buenas noches fue el siguiente: “Gracias a Ti, Señor,
por los siglos de los siglos”.
El
nuevo día en El Parque Antena de Estepona se presentó con signos de intenso
calor, pero disfrutamos de la playa abierta, de los árboles cercanos y de un
inmenso mar calmado, con agua casi cristalina y con un fondo de finísima arena.
El agua estaba agradablemente fresca y nadábamos dulcemente como corchos
flotantes. Fue una mañana deliciosa para el cuerpo y para el alma. En aquel
ambiente tuve la impresión de que mi espíritu se elevaba sintiéndome como
flotando en la nube de una espontánea oración de acción de gracias al Creador
por el disfrute de tanta felicidad. La prima María José tenía muchas cosas
importantes sobre las que deseaba conversar conmigo y la hora del descanso
nocturno se retrasó de nuevo. Y llegó el día 7 de agosto. Me levanté a las 9 de
la mañana y María José me confesó que ella se había acostado más tarde aún que
otros días y se había levantado también más temprano. Convinimos en que el
cansancio es mal consejero y por ello hemos de tratar por todos los medios de
disfrutar del descanso necesario para vivir mejor y estar siempre en forma.
Como de costumbre, preparó amorosamente nuestro desayuno y puso en marcha el
televisor como si estuviera esperando alguna noticia importante. Se trataba de
la retrasmisión en directo de las exequias del rey Balduino de Bélgica,
fallecido en Motril, Granada, el 31 de julio de 1993. La ceremonia prometía ser
larga, pero María José tenía particular interés en seguirla hasta el final por
lo que me hice a la idea de que pasaríamos la mañana en casa. En realidad, a mí
también me interesaba seguir la ceremonia por tratarse del funeral de un hombre
ejemplar como persona y como político. Por lo que yo pude saber de este hombre
llegué a la conclusión de que Balduino fue un caballero cristiano de primera
categoría. Siempre he admirado a las personas que no tienen ambición de poder y
más aún hacia aquellas que no les importa abandonarlo por razones éticas y
humanitarias.
El
rey Balduino tuvo el valor de dimitir durante veinticuatro horas como rey para
no firmar la legalización del aborto en Bélgica. Sólo por este gesto de
grandeza humana y altura moral merece el respeto de toda la humanidad y estoy
seguro de que Dios se lo habrá premiado. Cabe pensar que con jefes de Estado
con la categoría moral del rey Balduino el mundo sería más humano y agradable.
Anulamos nuestro programa matinal de playa por asistir a las exequias de este
buen hombre y caballero cristiano, pero quedamos muy satisfechos. María José
hizo algunos comentarios congruentes sobre la vida ejemplar del rey Balduino y
me invitó a disfrutar de la piscina que había en la urbanización al pie de
nuestro bloque residencial mientras ella preparaba el almuerzo en casa. Yo hice
mis reflexiones y llegué a la conclusión de que la bondad es el único mensaje
perdurable de las personas, sobre todo de los líderes políticos cristianos como
Balduino.
Igualmente me ratifiqué en la idea de que el escuchar
y hacer compañía a las personas es una de las formas más urgentes y bellas de
la caridad en nuestro tiempo. Por la tarde asistí con mis tíos, primos y
sobrinos a la misa dominical que se celebró al aire libre en el centro de la
Urbanización. Fue un bello espectáculo estival. Además, me gustó el estilo del
sacerdote y su forma de dirigirse al público. Lo sustancial de su homilía fue
que no hemos de tener miedo porque Cristo ha vencido al mal y a la muerte. Esta
idea la ilustró con palabras de Cristo muy bien traídas a cuento. Al final de
la celebración se despidió de la gente con una bella oración de acción de
gracias comunicando que se marchaba con un grupo de jóvenes al encuentro del
Papa con la juventud en los Estados Unidos. Al final de la celebración le
saludé y conversamos gratamente durante unos minutos. A continuación, nos
reunimos con los tíos Diosdada e Hilario en casa de los primos y la
conversación resultó, como siempre, muy animada. Hablamos y discutimos de temas
religiosos, filosóficos, políticos y culturales hasta el agotamiento. Yo me
sentía cansado de tanto hablar y escuchar y decidí no prolongar las
conversaciones nocturnas en casa con María José más allá de la media noche.
A
media mañana del día ocho estaba prevista la retrasmisión de la misa dominical
televisada, presidida por el Obispo de Getafe D. José Francisco Pérez Golfín.
Con este motivo presentaron un reportaje cultural ambientador sobre un antiguo
convento franciscano femenino en Toledo. Por otra parte, era la fiesta de Santo
Domingo de Guzmán, Fundador de la Orden de Predicadores. Sí, de aquel hombre
admirable contemporáneo de S. Francisco de Asís. Domingo de Guzmán y Francisco
de Asís constituyen un capítulo aparte de la historia del cristianismo y de la
civilización occidental por lo que me resultó particularmente grata aquella
evocación televisada. La única nota discordante fue la música de acompañamiento
al órgano. La pobreza franciscana no tiene por qué significar pobreza musical,
sobre todo cuando se trata de una retrasmisión televisada. En cualquier caso,
la pobreza musical litúrgica quedó muy compensada por la flamante homilía del
Obispo Pérez Golfín de Getafe. Mi reflexión personal al término de esta
celebración fue que el mensaje redentor de Cristo ha de ser proclamado de forma
agradable y profesionalmente competente a través de los medios de comunicación
social, con prudencia, sin miedo y de la forma más estética y agradable posible
para los sentidos y la inteligencia.
Después
del desayuno María José y yo nos trasladamos a Marbella. En este día me tocaba
a mí invitar a la prima a almorzar en aquel maravilloso entorno en nombre de
Santo Domingo. Tuvimos la grata sorpresa de encontrar allí a los primos José
Manuel y María Ángeles. Brindamos juntos por Santo Domingo y conversamos sobre
su personalidad al tiempo que alternábamos las entradas y salidas en el mar
agitado aquel día con furiosas olas. Después de un tiempo prudencial retornamos
todos juntos al Parque Antena no sin antes brindar de nuevo por Santo Domingo
con unos refrescos de despedida. Con la grata sorpresa, además, de que fuimos
obsequiados por el propio restaurante donde después íbamos a almorzar. Santo
Domingo no pudo imaginar que ocho siglos más tarde un seguidor y admirador suyo
como yo brindaría en su nombre, rodeado de veraneantes, familiares y amigos en
el sur de España. También estoy seguro de que, si levantara la cabeza, no solo
no estaría en desacuerdo conmigo en la forma de honrar su nombre, sino que me
diría: “Me parece muy bien”. Durante el “brindis” me hicieron preguntas sobre
la personalidad de Santo Domingo y su obra y la razón del cambio de su
festividad litúrgica del 4 al 8 de agosto. Hablamos de los orígenes familiares
de Santo Domingo, por qué y cómo fundó la Orden de Predicadores, así como su
presunta paternidad sobre la oración mariana del Rosario. Sin olvidar los
rasgos que caracterizan al estilo dominicano por relación al estilo jesuítico y
otras instituciones eclesiales importantes. Estos coloquios tuvieron lugar bajo
dos sombrillas en una popular playa de Marbella. Las vacaciones veraniegas son,
en efecto, un tiempo de oro para el descanso del cuerpo y refuerzo del
espíritu. Mucha gente, sin embargo, aprovecha las vacaciones para humillar la
dignidad humana con frivolidades o entregarse a formas de conducta
irracionales. La tarde del día ocho terminó entre lágrimas y perfumes.
Me
explico. Relativamente pronto María José y yo nos sentamos en la terraza
mirando al mar para disfrutar del frescor vespertino. Con el inmenso mar a la
vista y las caricias de la brisa del mar me di cuenta cómo nuestra conversación
discurría por sendas de alegría y relajamiento. A pesar de todo María José
necesitaba hablar también de problemas y dificultades. Así las cosas, me
pareció que había llegado el momento de invitarla a tomar un refresco en la
terraza del piso bajo del bloque residencial Mónica. Allí permanecimos hablando
hasta la media noche. Luego dimos un paseo por el Parque disfrutando de los
aromas de las flores y del frescor nocturno. Había una planta aromática
popularmente denominada “la dama de noche”. Es escasa y difícil de ubicar, pero
emite un perfume embriagador. Conseguí identificarla y cortar una ramita. Así
las cosas, nos miramos frente a frente y sin palabras entendimos que había
llegado el momento oportuno de despedir el día y retirarnos a descansar. Fue
aquel un día muy feliz perfumado por la “dama de noche”.
El
día nueve amaneció con viento desagradable y apetecía cualquier cosa menos ir a
la playa. En consecuencia, decidimos permanecer en la piscina de la
urbanización compartiendo aquellos buenos momentos con amigos y familiares.
Cuando descendíamos por las escaleras nos encontramos con el anciano Quintín
que subía cargado con la bolsa de compras. Se la tomé de las manos y la
introduje en su casa en el cuarto piso. ¡Con qué poca cosa se puede sorprender
felizmente a un anciano! ¡Con qué gestos aparentemente insignificantes se puede
contribuir a la felicidad de los demás, sobre todo de los ancianos, niños y
necesitados!, pensaba yo después. La tarde del día nueve la dedicamos a las
visitas familiares que han llegado a casa. Hemos conversado de política,
bioética, literatura, religión y hasta de asuntos domésticos ineludibles. Ya
entrada la noche aparecieron nuestros venerables tíos Hilario y Diosdada
subiendo hasta el cuarto piso sin ascensor dispuestos a darnos una feliz
sorpresa. Luego salimos con ellos a dar un paseo nocturno por el Parque
conversando a la luz de la luna y el murmullo del mar recordando escenas
familiares de tiempos pasados que dejaron en nosotros la marca del amor y de la
felicidad.
Los
acompañamos hasta la puerta de su casa ya bien entrada la noche y quedamos
invitados a compartir con ellos al día siguiente una cena de despedida con
motivo de mi partida a Madrid para desplazarme a Rumania. Al final de la
jornada me sentí físicamente cansado de hablar, acompañar y escuchar rompiendo
mis horarios habituales, pero valió la pena. Desde esta perspectiva de la
caridad todas las cosas y todos los acontecimientos de la vida se ven de forma
positiva, incluso los trabajos y las penas que hemos de afrontar. Durante la
noche descansé muy bien y el día diez amanecí recibiendo la caricia fresca de
la brisa y el murmullo del mar. La prima María José madrugó para acompañar al
tío Hilario en su gira habitual de madrugada y volvió a casa ofreciéndome una
bolsita de higos que el tío había arrebatado con ilusión a las higueras que se
encontraban en el borde del camino. El tío Hilario conocía las higueras, como
el pastor a sus ovejas, y calculaba con gran precisión el día y la hora en que
el delicioso fruto estaba maduro para ser cosechado.
A
las diez horas de la mañana me encontraba sentado en una de las terrazas del
apartamento. A mi derecha contemplaba el mar abierto y a mi izquierda la serranía
de Ronda arropada todavía con ligeras nubes. Los veraneantes del Parque Antena
empezaban a resurgir y sólo un fondo permanente de ruido rompía aquella paz
matinal. Me refiero al ruido del tráfico de la autovía del Mediterráneo, ese
ruido crónico y tirano del que no se libran ni los muertos. Uno se acostumbra a
los ruidos de la naturaleza como al ruido de las olas del mar, de la lluvia
torrencial y de los vientos huracanados. O al trinar de los pajarillos o cantar
de los arroyos. Por el contrario, no hay forma de habituarnos sin daño a los
ruidos mecánicos o artificiales como es el de los coches, los aviones y centros
industriales. El organismo humano se defiende contra el ruido artificial y
mecánico, pero no lo acepta, sino que lo sufre en sus consecuencias
devastadoras del sistema nervioso. Mi experiencia sobre este asunto no deja
ningún lugar a dudas sobre lo que termino de decir. Pero mis horas en el Parque
Antena de Estepona estaban contadas y el día diez María José y yo salimos
temprano camino de Estepona. Después de desayunar en una freiduría muy popular
nos dirigimos al mercadillo donde realizamos algunas compras, necesarias unas y
de capricho otras.
De
vuelta en el Parque nos dirigimos al apartamento de los tíos Hilario y Diosdada
donde estaba prevista la cena de despedida en familia con los primos y sobrinos
presentes. Como de costumbre, nuestra alegría fue grande y hablamos de temas
filosóficos, teológicos, familiares y turísticos. En un momento dado de la
discusión alguien de los presentes confesó que no tenía miedo a la muerte, pero
sí al dolor. Todos estábamos de acuerdo en que las personas intelectualmente
maduras y honestas no esquivan el problema de Dios y del más allá como tampoco
imponen a los demás sus convicciones. Se habló también del exceso de actos de
piedad en algunas parroquias y falta de formación teológica sólida de
sacerdotes y feligreses. La cena de despedida terminó a media noche y al día
siguiente por la mañana emprendí el viaje de vuelta a Madrid con los primos
José Manuel y María Ángeles que me dejaron en casa con su coche. La estancia en
el Parque Antena había sido deliciosa en extremo. Las primas María José y
Carmen, los tíos Hilario y Diosdada y todos los primos que se encontraban por
allí me agasajaron amorosamente a más no poder. Para remate, si el viaje Madrid-Marbella
había sido, como dije antes, desagradable, la vuelta a Madrid con los primos
fue el broche de oro de aquellos lindos días de descanso y convivencia familiar
en el Parque Antena de Estepona. Estos felices paréntesis estivales habían
comenzado años antes en vida de la tía Agustina, y continuaron después del
fallecimiento del tío Hilario. Pero este es otro capítulo aparte del que no
puedo ocuparme aquí ni tampoco olvidar.
Al
volver a Madrid había muchos asuntos pendientes sobre la mesa y todo estaba
listo para mi quinto viaje a Rumania. La salida para Bucarest estaba prevista
para el día dieciocho, pero el día trece acepté participar en un debate en
Radio Nacional 5 sobre la Virgen María con un teólogo protestante adventista.
Primero unas palabras sobre el esquema que preparé para el debate y después
sobre el desarrollo y conclusión final del mismo. En la Bula Munificentissimus Deus de Pío XII el 1 de noviembre de 1950,
pueden leerse estas palabras: “Por tanto,
declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la inmaculada Madre
de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue
asumpta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. En virtud de esta
declaración sólo el hecho concreto de la asunción de María -y no el de su
muerte, resurrección o inmortalidad- es dogma de fe. Sobre la muerte de María y
cómo tuvo lugar habla el escrito apócrifo Transitus
Mariae pero de una manera imaginativa y supletoria por lo que no merece
crédito. Lo mismo cabe decir de otros escritos apócrifos posteriores al
Concilio de Éfeso celebrado el año 421.
Es
comprensible que muchos cristianos primitivos creyeran piadosamente que el
cuerpo de la madre de Jesús no hubiera sufrido la corrupción del sepulcro como
el resto de los mortales. Desde el punto de vista piadoso y emocional les
parecía coherente pensar que la mujer que había sido gloriosa en su vida lo
fuera también en su muerte. Los escritos apócrifos encontraron el terreno
emocional bien abonado para objetivar un deseo más que ofrecer el testimonio de
una verdad revelada o incuestionable. En la definición papal, sin embargo, se
apunta a que, en este caso, la asunción de la persona de María puede afirmarse
como una convicción de la comunidad cristiana previa a los escritos apócrifos,
que pulularon sólo a partir del siglo V. Como en las novelas históricas hay un
fondo de verdad, así también en las leyendas apócrifas sobre María y Jesús. Ese
fondo es lo que parece recoger la definición dogmática de Pío XII.
Personalmente
pienso que tanto el dogma de la Asunción como el de la Inmaculada y de la
infalibilidad del Romano Pontífice podían haber quedado como estaban en la
tradición real de la Iglesia sin más precisiones de carácter dogmático. Las
definiciones dogmáticas como éstas coartan la libertad para opinar de forma
diferente sobre cuestiones de segunda o tercera categoría en materia de fe, y
revierten en perjuicio de otras de primer rango como la divinidad de Cristo, la
resurrección, la caridad o la maternidad biológica de María respecto de Cristo
como Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Pienso que hay que corregir la
tendencia a la “idolatría sentimental” respecto de la Virgen María. Este riesgo
se evita hablando de Ella siempre por relación a su función providencial como
Madre de Jesucristo y su puesto en la Iglesia como madre espiritual de los
cristianos y de la entera humanidad. Estos son datos reales que admiten poco o
nulo margen de discusión y que deberían prevalecer en la mariología teológica y
en la piedad cristiana. Con ello se evitaría el trato sesgado de María al poner
excesivamente la atención en sus virtudes personales derivadas de su maternidad
cristológica, privilegios y leyendas piadosas alimentadas en el
sentimentalismo.
A
las 14:15 horas un taxi enviado por la Emisora me dejó en Prado del Rey. El
título del debate era: “Los rostros de la Virgen María” con motivo de la
celebración de fiesta de La Asunción el día 15 de agosto. En los Estudios de
Radio Nacional de Prado del Rey en Madrid nos encontrábamos el director del
programa “Aúpa con ellos”, Manuel Ferreras y yo. Al otro lado del hilo
telefónico en Barcelona se encontraba el pastor protestante adventista Antolín
Diestre, que había estudiado teología católica. Manolo Ferreras hizo mi
presentación con la generosidad de siempre que me invitaba a su programa,
destacando mucho mi condición de dominico y profesor ética de la información en
la Universidad Complutense de Madrid. Durante el debate, contra lo que cabía
esperar, hablamos de María con admiración y cariño. Todos estuvimos de acuerdo
en reconocer su lugar privilegiado en la Biblia por su condición de madre de
Jesucristo. Desde esa perspectiva se comprende sin dificultad los sentimientos
de culto y admiración hacia ella enraizados en lo más íntimo del corazón de los
cristianos de todos los tiempos hasta nuestros días. El teólogo adventista
insistió en el riesgo de idolatría a la Virgen en la veneración de sus
imágenes, inclinándose por el rigorismo protestante tradicional al respecto. Yo
insistí en la coincidencia teológica de fondo de nuestros planteamientos sin
incurrir en la iconoclastia protestante ni en el sentimentalismo mariológico
que pudiera degenerar en idolatría en el culto a la Madre de Jesús. Opté por el
realismo colocando a la Virgen María en el lugar que de hecho la corresponde en
la economía de la salvación como Madre de Jesús. Ni siquiera una monja que se
había pasado a los testigos de Jehová se atrevió a poner en duda la grandeza de
María a pesar de negar abiertamente la divinidad de Cristo. Por el contrario, y
contra lo que yo esperaba, el pastor adventista se presentó como cristiano
convencido admitiendo la divinidad de Cristo. Por mi parte busqué en todo
momento destacar los puntos de acuerdo pensando en el ecumenismo y la fe del
pueblo sencillo sin entrar en discusiones mariológicas de segunda categoría o
simplemente académicas.
En
el fondo había también consenso en que la pedagogía y formación catequística
mariana del pueblo creyente debe ser muy cuidada para no confundir la realidad
de la Virgen María con las leyendas y representaciones artísticas o
folclóricas. Estas deben ayudar a expresar el cariño a la Madre de Jesús sin
falsear su realidad humana, bíblica y espiritualmente maternal. En este
contexto se destacó la necesidad de la prudencia en materia de presuntas
apariciones y milagros atribuidos a la Madre de Jesús. El pastor adventista se
decantó abiertamente por el rigorismo protestante tradicional en esta materia.
Yo, en cambio, insistí en la comprensión de la Nueva Ley del Evangelio y de la Iglesia
de nuestra naturaleza humana necesitada de apoyos sensibles, como el culto no
idolátrico a la Virgen, para fortalecer la fe. El pastor adventista quedó
sorprendido por mi actitud de convergencia con él en las cuestiones
mariológicas esenciales y manifestó abiertamente su interés por seguir en
contacto conmigo. Al comienzo del programa tuve la oportunidad de hacer una
referencia a la devoción mariana en la Orden de Predicadores. De vuelta en casa
dejé escritas estas palabras.
El
debate ha sido una estupenda contribución al conocimiento y culto mariano, así
como al diálogo ecuménico y por ello doy gracias a Dios. Hoy no me encontraba
yo con el buen ánimo de otras veces para intervenir en la Radio, pero quedé más
satisfecho que otras veces de haber intervenido. La polémica se convirtió en un
auténtico diálogo ecuménico fraterno y celebración pública de la grandeza de la
Virgen María como Madre de Jesucristo Redentor. La Virgen María fue la
verdadera protagonista y nadie se atrevió a hacer afirmaciones irrespetuosas o
carentes de afecto y admiración hacia la Madre de Jesucristo. Para entender
todo el alcance de esta afirmación téngase presente que los radio-oyentes
participaron telefónicamente en el debate.
9. Nombres
propios y testimonios
Uno de los hombres más destacados del siglo XX fue
ciertamente el Papa Juan Pablo II el cual llegó a España por cuarta vez durante
su pontificado el día 12 de junio de 1993. Con este motivo fui requerido dos
veces por la cadena radial Onda Madrid.
La primera, para celebrar una entrevista polémica y la segunda para comentar
radiofónicamente la ceremonia de Dedicación
de la Catedral de Madrid el día 15. Me parece oportuno recordar algunas de
las ideas que pasaron por mi mente con este motivo y cómo tuvieron lugar estas
dos intervenciones mías en la cadena radial.
1) Mis recuerdos
personales de Juan Pablo II
Estos
recuerdos se remontan a 1976, dos años antes de su acceso a la Cátedra de
Pedro, con ocasión de un Congreso Internacional de filosofía en Génova. Primero
le conocí allí como principal ponente del ciclo de conferencias programadas por
la Dirección del Congreso. Su conferencia marco fue muy larga sin que ello
fuera obstáculo para tenernos a todos cautivados por el rigor de su discurso,
la originalidad de estilo y el impacto de su destacada personalidad. El
filósofo español Ángel González Álvarez, a la sazón Catedrático de Metafísica y
Rector de la Universidad Complutense de Madrid, allí presente, comentó: en
estos tiempos sólo se puede escuchar con interés una conferencia tan larga
cuando el conferenciante es una persona tan original y destacada como este
hombre. Posteriormente en la Isla Margarita tuve la suerte de participar en una
sesión de trabajo presidida por el entonces flamante arzobispo de Cracovia.
Durante
el curso del debate quedé muy impresionado por su personalidad humana y talante
episcopal. Tanto fue así que dentro de mí pensé por qué no elegían Papa a un
obispo como aquel que tenía tan cerca de mí. Este pensamiento lo manifesté en
voz alta a un sobrino mío que me acompañaba el cual lo guardó bien en su
memoria. De hecho, tan pronto conoció la noticia de su elevación a la Cátedra
de Pedro, me llamó inmediatamente por teléfono para recordarme aquel profético
pensamiento mío. Aquella tarde memorable de su elección me encontraba yo en la
Plaza de S. Pedro cuando anunciaron al mundo entero su elección y dieron su
nombre. Con un teleobjetivo de largo alcance pude fotografiarle en su primera
aparición en el balcón para saludar a la multitud allí congregada. Al verme la
gente con el objetivo fotográfico algunos pensaron que yo era un periodista. A mi
lado había una joven y bellísima mujer muy emocionada. Era una religiosa polaca
a la que pronto se acercó un periodista de oficio para registrar sus
impresiones ante la persona del recién elegido Papa. Lloraba de emoción y sólo
dijo: ¡Ha sufrido tanto! Al año siguiente tuve la oportunidad de saludarle en
el “Angelicum” de Roma, a donde acudió gentilmente a cenar con sus antiguos
profesores y amigos dominicos. En el curso de este encuentro en la Isla
Margarita el antiguo profesor Wojtyla y flamante arzobispo Cardenal de Cracovia
fue propuesto para ser el primer presidente de la Sociedad Internacional Tomás
de Aquino (SITA). Pero presentó sus excusas alegando la imposibilidad de asumir
tal responsabilidad, habida cuenta de su situación personal como arzobispo de
una ciudad como Cracovia, sometida todavía por aquellas calendas a la dictadura
del régimen comunista. Como digo, Juan Pablo II acudió a la Universidad de
Santo Tomás de Roma, antiguo “Angelicum” para saludar y cenar con sus
profesores y amigos. Allí estaba, por ejemplo, el P. Bernasky O.P, que le había
ayudado en tiempos recios ofreciéndole clases de filosofía en Polonia. El P.
Bernasky, como tantos otros, tuvo que abandonar Polonia y cuando el futuro Papa
Juan Pablo II llegaba a Roma iba a visitarle en el Angelicum con su botella de
vodka como regalo y aprovechaban la ocasión para compartir informaciones, penas
y alegrías.
Finalizada
su conferencia en el Aula Magna y terminado el protocolo del recibimiento
oficial con la prensa y la televisión presentes, el Papa pasó al salón de
visitas en el ámbito privado donde la Comunidad dominicana le esperábamos antes
de pasar al comedor. Fueron unos momentos de gran emoción. Tan pronto cruzó el
umbral de nuestra vida privada se percató de la presencia de un anciano
profesor suyo, A. Gagnevet. O.P, postrado en una silla de ruedas. Se fue
derechamente a él y le abrazó con cariño ante la admiración de todos y la
felicidad del anciano y desvalido profesor. Luego nos saludó uno por uno
colocados en fila. Allí se encontraban los cardenales dominicos Luigi Ciapi y
Paul Philip. Juan Pablo II bromeó recordando cómo se dirigió al P. Philip para
que dirigiera su tesis doctoral y éste le remitió a Ciapi. Nadie podía imaginar
entonces que un día aquellos dos frailes dominicos se encontrarían en el
Cónclave del que saldría elegido sucesor de Pedro el estudiante que les pedía
el favor de dirigir su tesis doctoral.
Cuando
llegó a mí le pregunté si se acordaba de la tarde memorable de la Isla
Margarita y me dijo cariñosamente: “Sí, sí, allí estabas tú también”. La
fotografía que recogió aquel lindo momento se ha perdido. Sospecho dónde quedó
esta fotografía, pero la persona que probablemente podría dar razón de ella no
se encuentra ya en condiciones de hacerlo. Hablando de fotos, me es grato decir
también que poseo una en la que me hizo el regalo de una mirada exclusiva para
mi cámara. Es una foto única y personal en la que Juan Pablo II me dejó el
regalo de su profunda mirada paternal. La muerte de la persona que tramitaba
una visita mía posterior a Polonia, antes de su elección papal, fue la causa
determinante que impidió mi viaje y el que el arzobispo Wojtyla pudiera
recibirme como huésped suyo en el Arzobispado de Cracovia. Poco después de este
encuentro en la isla Margarita, yo mismo fui propuesto para el cargo de subdirector
y director de un boletín informativo bilingüe de la misma entidad, creada con
motivo del primer centenario de la encíclica
Aeterni Patris de León XIII. Pero también yo me vi obligado a desestimar la
oferta por razones de orden práctico y administrativo.
2) Significado de
las visitas papales
Cuando
Pedro fue elegido Cabeza del Cuerpo Apostólico, pensaba yo, Cristo le encargó
como función primordial e inexcusable confirmar y fortalecer la fe de sus
hermanos creyentes en Él. Pedro debía pastorear espiritualmente a sus ovejas,
las de Israel y las de fuera del pueblo de Israel. Además de fortalecer la fe
de los creyentes de buena voluntad, la presencia del Papa estimula a los
indiferentes y hace reflexionar a los agnósticos y no creyentes sobre el
problema de Dios y el sentido de la vida de una manera seria. La sola presencia
papal evoca las cuestiones más profundas sobre el ser y la vida. Cuestiones,
por otra parte, que en la era posmoderna han quedado culturalmente marginadas
con perjuicio de todos y beneficio de nadie. La presencia del Papa sacude las
conciencias y hace pensar en la realización de obras sociales y humanitarias
como la creación de centros de acogida para los más pobres, la creación de
infraestructuras de utilidad pública como y el embellecimiento de poblaciones
que visita. Sin olvidar las promociones artísticas, científicas y culturales en
general. Las visitas papales contribuyen a que el dinero se mueva y reparta en
beneficio de todos aquellos que colaboran en la preparación de los viajes y los
servicios de seguridad. La visita del Papa, además, honra al país anfitrión e
invita a salir de la monotonía de los temas políticos y materialistas para
pensar sobre los valores esenciales de la vida que trascienden el espacio y el
tiempo.
Algunos
teólogos contestatarios no se sintieron cómodos con la visita papal. Pero
también entre los más allegados a Cristo hubo protestas contra sus hechos y
dichos hasta el extremo de crucificarle. A los que argumentan contra las
visitas papales en razón de los gastos que llevan consigo cabe recordarles,
pensaba yo, que ese fue el argumento estrella de Judas antes de ahorcarse. Con
las visitas del Papa nadie pierde nada y todos los que tienen buena voluntad
pueden enriquecerse en algo, aunque sólo sea en curiosidad psicológicamente
saludable. No puede decirse lo mismo de los presupuestos destinados a la
fabricación de armas para la guerra, de las costosísimas conferencias políticas
a escala mundial y de los espectáculos de frivolidad a los que nos tienen
acostumbrados los medios de comunicación social. Las visitas papales producen
un efecto humanizador que no siempre ocurre con otras instituciones públicas.
Más en concreto, el cuarto viaje de Juan Pablo II a España estuvo estrechamente
relacionado con la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América,
en cuya hazaña histórica la Iglesia y España jugaron una baza fundamental y
decisiva. Esta visita significó un reconocimiento a España, y más aún a la
Iglesia, que puso la base moral de la gesta. España dejó allí el idioma y lo
peor de su política. La Iglesia dejó la fe en Cristo y la esperanza de un mundo
siempre nuevo y mejor. La celebración del XLV Congreso Internacional
Eucarístico en Sevilla fue sólo la excusa para invitar al Papa a participar en
los festejos de la evangelización de América.
3) En Onda Madrid
El
día 12 a las 10:30 de la mañana me encontraba yo en los Estudios de Onda
Madrid. Estaba invitado también D. Gonzalo Puente Ojea. Me refiero al polémico
embajador de España ante la Santa Sede, agnóstico militante muy agresivo y
destituido como embajador. Puente Ojeda anunció que no participaría en el
programa y trataron de compensar su ausencia invitando al disidente del Opus
Dei y crítico implacable de José María Escrivá de Balaguer, D. Alberto
Moncada. Pero también éste presentó sus excusas para eludir su presencia. En el
fondo me alegré de encontrarme solo ante el peligro sin la presencia de dos
personajes tan problemáticos, los cuales sólo sabían protestar y crear un
ambiente desagradable. Pronto me percaté de que el líder del programa tampoco
era buen contertulio y comprendí por qué había invitado a los personajes
citados para hablar de la visita del Papa.
Presentó
a Juan Pablo II con tópicos comunes y sensacionalistas. Luego prolongó sus
comentarios hablando de tonterías y poniendo música de baja calidad apenas
dejando tiempo para que interviniera yo. Por aquellas calendas esta forma de
proceder en los medios de comunicación no era para mí una sorpresa. Yo conocía
ya en qué consistía el juego de los intereses mediáticos e hice de tripas
corazón. Me conformaba con disponer de algún minuto para dejar mi mensaje ante
el gran público. Al final de la emisión me sentí satisfecho por haber tenido la
oportunidad de hablar de mis recuerdos personales de Juan Pablo II y de mi
identificación plena con su visión humana de la vida. También tuve la
oportunidad de hablar sobre la pena de muerte y de los teólogos sectarios y
resentidos. Dispuse de poco tiempo para hablar, pero con la ventaja de no tener
que soportar ni a Puente Ojea ni a Alberto Moncada, los cuales se hubieran
llevado el gato al agua hablando casi con toda probabilidad negativamente de la
visita papal.
Por
otra parte, el día 15 iba a tener lugar la ceremonia de Dedicación de la
Catedral de Madrid por Juan Pablo II y me llamaron de nuevo de Onda Madrid para
comentar la ceremonia en tiempo real. Los contertulios éramos D. Luis Rodríguez
Olivares, director del programa y moderador, D. José María Fernández Montalvo,
archivero de la villa de Madrid y yo. Durante casi dos horas comentamos la
ceremonia papal, que resultó estéticamente bella y espiritualmente muy rica.
Teníamos delante las imágenes de la televisión y al filo de ellas y las
conexiones en directo con los reporteros “in situ” hicimos los comentarios que
consideramos pertinentes. El Sr. Montalvo comentó los aspectos históricos de la
advocación de Virgen de la Almudena destacando
que, según el material disponible en los archivos, había sido más popular la
advocación de Nuestra Señora de Atocha.
Yo me encargué de glosar la personalidad del Papa y de comentar el significado
litúrgico de cada uno de los momentos de la ceremonia siguiendo el esquema del
Ritual. El día 16 tuvo lugar la retransmisión en directo de la Misa solemne de
Juan Pablo II en la plaza de Colón de Madrid. A parte la esperada homilía
papal, tuvo lugar la Canonización de Enrique De OSSÓ, sacerdote fundador de la
Compañía de Santa Teresa de Jesús.
Este
buen hombre nació en Vimbre, Tarragona, España, el año 1840 en el seno de una
familia modesta de labradores, y murió el 27 de enero de 1896 a los 55 años de
edad. Su madre fue una piadosa cristiana orgullosa de tener un hijo sacerdote,
y su padre un buen trabajador catalán con sentido práctico de los negocios.
Enrique heredó la profundidad cristiana de su madre y el sentido práctico de su
padre. A la edad de catorce años marchó a Montserrat con la intención de
hacerse monje y sacerdote. Como fundador se enfrentó con la autoridad
eclesiástica. Tachado de estafador, fue condenado y castigado. Le acusaron
incluso sus amigos. Se ha comentado también que en su prematura muerte influyó
la crisis interna sufrida por la Compañía teresiana por él fundada y
actualmente viva y floreciente. Como no podía ser de otra manera, tuve ocasión
de explicar los entresijos de una canonización desde las razones que la
justifican hasta los pormenores canónicos, vicisitudes y pruebas por las que
las personas ensalzadas a tal honor han tenido que pasar.
Algunas
de las matizaciones que hice al filo de la ceremonia fueron las siguientes. El
acto de canonización es prerrogativa personal del Papa, el cual puede delegar
en un Obispo. Según la antigua disciplina canónica, para pedir la canonización
de una persona, supuestamente heroica en el amor a Dios y en obras buenas en
beneficio de la humanidad, tenía que haber sido incluida previamente en la
lista de los “beatificados”. En algún tiempo, sin embargo, existió la costumbre
de simultanear la ceremonia de beatificación y de canonización. Esta costumbre
fue anulada por Clemente XI (1649-1721). De suyo no hay razón ninguna decisiva
que impida canonizar a una persona sin ser antes beatificada pero no es la
práctica habitual de la Iglesia. La ceremonia de canonización se celebra
normalmente en el contexto de una misa solemne presidida por el Papa, el cual
hace la homilía de elogio y recibe las ofrendas simbólicas correspondientes. En
el mismo día se promulga la homilía papal en forma de Bula. Se trata de un
texto oficial en el que aparece un resumen de la vida ejemplar del santo, las
etapas del proceso canónico más la fórmula de canonización. Es la denominada Bula de Canonización con la cual se
autoriza a instituir una fiesta litúrgica en honor de la persona canonizada de
acuerdo con el grado de su heroicidad reconocida en el amor de Dios y sus obras
de caridad a favor de los hombres. El culto que se autoriza tributar a los
santos no puede confundirse bajo ningún concepto con el culto tributado a Dios.
Para evitar este posible error existen los términos siguientes: Latría, que es el culto exclusivo de
Dios; hiperdulía, para significar el
culto a la Virgen María como Madre de Jesucristo; y dulía, para significar el culto debido a los santos.
Algunos datos relativos a la personalidad de Enrique DE
OSSÓ, y que fueron destacados durante la emisión radiofónica fueron los
siguientes. Fue profesor de matemáticas, gran pedagogo y buen comunicador. De
hecho, fue director y jefe de “El amigo del Pueblo”. Tuvo en gran estima y
admiró el rol de la mujer en la educación humana y no quiso signo de vestir
externos para sus monjas. Convencido de que el futuro de las personas y de las
sociedades se decide en los centros educativos, pensó que había que estar
activamente presentes en los colegios y en las universidades. Como he dicho
antes, sufrió hasta el punto de ser acusado ante los tribunales de la
apropiación indebida de un solar. Su Fundación pasó por una crisis interna
hasta el punto de negarle su confianza y como respuesta se retiró a bien morir
en el convento franciscano de Espíritu Santo de Valencia, en Gilet, el 27 de
enero de 1896. ¿Qué hubo de verdad en las acusaciones contra Enrique De SUSÓ?
¿Por qué la Fundación entró en crisis profunda y se reestructuró después?
Hablando
de personas testimoniales me parece oportuno hacer memoria aquí de dos más. El
día 10 de julio de 1993 durante el desayuno me llegó un mensaje telefónico de
mi sobrino Ángel María. Pensé que me llamaba para comentar alguna novedad
relacionada con nuestro previsto viaje a Moscú con motivo del Congreso Mundial
de Filosofía, y que después cancelamos. Me llamaba para comunicarme que el
Seminarista de Valencia, que se había incorporado al grupo de “Solidarios” en
aquella ciudad del Turia, había sido asesinado en el poblado de Chocó,
Colombia, por un asaltante. Me puse inmediatamente en contacto con José Carlos
García Fajardo para obtener más información sobre la triste noticia y me dijo
que en aquel preciso momento estaba él pensando en llamarme para ponerme al
corriente de lo ocurrido. Según sus fuentes de información, el seminarista
había sido brutalmente acuchillado sin que pudiera darme por el momento más
detalles. Seguidamente pasó a comentar que el cáncer galopante de su esposa
Valle, este asesinato y las dificultades por las que estaba atravesando la
viuda madre de Cristóbal, su colaborador más fiel y eficiente, eran signos
evidentes de la Providencia que había que asumir con serenidad cristiana. Me
dijo también que Valle agradecía mucho mis llamadas telefónicas y que el
filósofo Raimundo Paniker le había hablado dándole mucho ánimo en estos
momentos de prueba. Me prometió que me tendría puntualmente informado sobre la
muerte del que denominó el “primer mártir” del movimiento “Solidarios”. Según
las informaciones que me facilitó después mi sobrino Ángel María sobre este
triste acontecimiento, el joven seminarista fue víctima inocente de la
agresividad imprevista de un joven metido en el mundo de la droga. El asesino
era un muchacho que pedía dinero para la droga. En un momento dado el
seminarista caminaba por una calle de Chocó con su compañera de Solidarios,
Susana Román, cuando el asesino se dirigió a ellos asestando el golpe mortal al
seminarista. La reacción inmediata de José Carlos frente a este hecho
lamentable no fue interpretada por todos como la más adecuada. Pero este es
otro capítulo que nos llevaría muy lejos habida cuenta del deterioro creciente
por aquella época de las relaciones entre José Carlos y sus más íntimos
colaboradores.
En
noviembre de 1993 tuvimos que afrontar otra noticia triste con un mensaje
positivo. Daniel tenía 19 años floridos de edad cuando cursaba el segundo año
académico de periodismo y se incorporó a nuestro movimiento “Solidarios”. El
mes de agosto lo había pasado en Chile ayudando a huérfanos y ancianos. Regresó
muy contento de su experiencia apostólica, pero en septiembre falleció en un
accidente de moto. El día 24 de noviembre celebramos en su memoria una
Eucaristía en la Facultad de Ciencias de la Información con la presencia de sus
padres. Fue un acto conmovedor en el que yo mismo me sentí emocionado durante
la celebración eucarística. La capilla de la Facultad estaba abarrotada de
gente y dirigí unas palabras a sus padres, los cuales habían dado y ofrecido
generosamente el mejor fruto de su amor. Siguiendo la metáfora del grano de
trigo de la parábola evangélica, comparé a Daniel con un joven naranjo que
floreció y dio sus frutos con premura cuando Dios se lo llevó consigo como la
mejor recompensa de su apostolado juvenil. Todos hemos nacido con una misión
que cumplir en este mundo y Daniel había cumplido con la suya por lo que el
Padre Eterno le recompensaría con creces.
El padre de Daniel comentó después que los planes de
Dios son diferentes a los nuestros. Los padres de Daniel se ofrecieron al
movimiento “Solidarios” para colaborar en la línea humanitaria y apostólica de
su hijo al que consideraban ya como su mejor intercesor ante el Padre Eterno.
Cierto que el Señor podía haber esperado un poco más de tiempo para llevárselo
consigo, pero había que acatar la voluntad del Padre. Un amigo de Daniel
redactó una carta tratando de interpretar sus sentimientos. La leí haciendo un
breve comentario. Lo interesante de aquella carta era cómo el amigo de Daniel
expresaba en su nombre la aceptación de un sacrificio personal llevado hasta
las últimas consecuencias del Evangelio. Los estudiantes allí presentes se
identificaron con estos sentimientos considerados como un mensaje de ilusión y
esperanza sin olvidar el realismo cotidiano de la vida. El día 18 de agosto
emprendí el quinto viaje a Rumania hasta el día 28 del mismo mes. De mis
andanzas y vivencias durante este viaje se da cuenta y razón en otro lugar. Fue
un viaje interesante como todos los demás, pero faltó el protagonismo de Raoul
Sorban que fue asumido por el arzobispo Joan Robu de Bucarest y el Obispo Petru
Gherghel Iasi. El mes de septiembre fue muy movido y en octubre me encontré una
vez más envuelto en la intensa actividad académica y pastoral que por aquellas
calendas venía desarrollando en la Universidad Complutense de Madrid.
10. Anécdotas y comentarios
1) La inocencia
angelical de un niño
El
día 19 de septiembre de 1993 fue Domingo y, como de costumbre, dediqué la
jornada a celebrar la Eucaristía para el pueblo, oír a la gente en confesión y
a las consultas personales. Cuando me disponía a marcharme del lugar se acercó
a mí una joven pareja con dos niñitos muy emocionados. Padre, me interpeló la
joven mamá, mi hijo el pequeño me ha dicho que desea darle a usted un beso. Y
sin más preámbulos el niño se adelantó a poner sus labios sobre mis mejillas
con inmensa ternura. No pudo contener su emoción y se quedó mirándome fijamente
al tiempo que trataba de contener sus lágrimas y su rostro tomaba un tono
deslumbrante de ángel inocente. A continuación, se echó también a mi cuello su
hermano mayor, el cual ya había hecho la primera Comunión.
¿Cómo
te llamas?, me preguntó, con la intención de confesarse de nuevo conmigo en la
próxima ocasión en que visitara nuestra Iglesia. Los padres de estos dos niños
fueron testigos directos de esta preciosa escena infantil y, como ni ellos ni
yo teníamos prisa, aprovechamos la ocasión para comentar la escena que habíamos
presenciado y conversar largamente sobre la situación de la Iglesia en los
países del Este europeo. El motivo de esta conversación fue el tener yo en mis
manos una edición del Nuevo Testamento en rumano, lo que los había llevado a
pensar que yo era extranjero. Soy español de pura cepa, les dije, y nacido muy
cerca de Ávila para más detalles. Lo que ocurre, añadí, es que viajo mucho, me
comunico con gente de todo el mundo y los acentos de los idiomas se pegan. Me ocurre
con bastante frecuencia el que, al oírme hablar, me pregunten por mi
nacionalidad sospechando que no soy español. Esto me ocurre estando fuera y
dentro de España. De todos modos, lo que, al parecer fascinó al niñito que
deseaba darme un beso fue la forma en que yo le correspondí cuando pasó por
delante del confesionario y me saludó con su tierna mirada y no sé qué palabras
inocentes que he olvidado. ¡Qué linda es la inocencia y cuánto bien se puede
hacer con una mirada de respeto y admiración!, pensé para mis adentros. La
mirada inocente de los niños es el mejor reflejo de la mirada invisible de Dios
sobre todas sus criaturas, entre las cuales los seres humanos somos el objeto
de su mayor predilección. Por algo Jesucristo puso a los niños como paradigma
de la inocencia y bondad humana que Dios espera de los hombres. Si no os hacéis
como niños no entraréis en el Reino de los Cielos.
En otra ocasión llegó a aquel mismo lugar una señora ya
entrada en años con su capacidad de audición reducida. Muy prudente ella, me lo
advirtió antes de iniciar el diálogo confesional. Al terminar se quedó
mirándome frente a frente con cariño y se despidió con estas textuales
palabras: “¡Qué simpático es usted!”. La comunicación personal con/entre las
personas sordas es un problema cada vez más serio a medida que llegamos a
edades más avanzadas. Yo he disfrutado hasta el momento de redactar estas
líneas de una capacidad de audición excelente y por ello soy muy sensible a la
situación de aislamiento en que quedan los sordos y los problemas de
incomprensión que surgen en las relaciones personales por el mero hecho de no
oír bien lo que dicen los demás. No en vano se habla coloquialmente de
“lenguaje de sordos”. La amorosa señora a la que me estoy refiriendo pronto se
percató de mi esfuerzo de adaptación a su situación y esa fue la razón de su
gozosa despedida. Cabe pensar que en otras ocasiones había tenido una
experiencia menos agradable debido a la sordera, y de ahí su alegría y contento
en esta ocasión. El problema se agrava mucho cuando el confesor es también
sordo.
2) Décimo
aniversario de la muerte de Xavier Zubiri
El
día 22 de septiembre de 1993 lo dediqué a mis padres y mi hermano Pelegrín en
Ávila. En el Diario ABC de aquel día aparecieron cuatro densas páginas dedicadas
al filósofo Xavier Zubiri al cumplirse el décimo aniversario de su muerte. Creo
haber dicho ya que tuve conocimiento de su muerte en Tenerife cuando regresaba
yo a España después de una gira por Chile en 1983. En consecuencia, no pude
llegar a tiempo a Madrid para concelebrar en sus funerales con Ignacio
Ellacuría, Alfonso López Quintás y otros buenos amigos y allegados del ilustre
finado. José Gaos había descrito a Zubiri así: “Bajito, delgadito, con su
sotana, su manteo y sombrero de cura, las tres prendas un poco escasas,
estrechas; con la cara muy pálida y ojerosa”. Gaos quedó muy impactado por la
personalidad de Zubiri y le convirtió en su maestro. Las primeras páginas de
memoria y homenaje reproducen una conferencia a la sazón inédita del gran filósofo
sobre Lo real y lo irreal. El mensaje
central de este texto es que el hombre es
forjador de irrealidad por una presunta intrínseca necesidad, vertido a lo
irreal, para poder estar en lo real. Como decía Bergson, el camino de nuestra
vida está bordeado por las ruinas de lo que pudimos haber sido y no fuimos.
La
irrealidad es parte integrante de la vida real del hombre. Me produjo
satisfacción encontrar este texto de Zubiri porque plantea a nivel metafísico
el mismo problema que planteo yo cuando en varias ocasiones hablo del problema
fundamental ético de la imagen en el contexto de la ética de la información
audiovisual. Zubiri llama irrealidad a lo que yo llamo imagen en el orden de
las realidades artísticas y de los medios avanzados de comunicación. Su enfoque
es prioritariamente metafísico. El mío es ético y psicológico. La diferencia
fundamental entre la respuesta de Zubiri y la mía radica en que Zubiri no
analoga adecuadamente al usar el concepto de realidad, mientras que yo aplico
rigurosamente la analogía. La irrealidad (imágenes) que forja el hombre posee
su realidad, pero sólo analógicamente hablando. Es la realidad del mundo de las
imágenes producidas por el hombre y que le alejan de la realidad original.
Zubiri
tiende siempre a univocar o equivocar los conceptos en su discurso y no tiene
suficientemente en cuenta la analogía, lo cual le lleva a reconocer a la
irrealidad forjada por el hombre una importancia de la que carece. T. De León
Sotelo destaca la vocación intelectual de Zubiri, su condición sacerdotal, las
etapas de su itinerario intelectual y su estadía en Roma para tramitar el
abandono del ministerio sacerdotal. Por mi parte, cada vez estoy más convencido
de que lo mejor de Zubiri es su vocación de verdad, su testimonio personal en la
búsqueda apasionada de la verdad última de todas las cosas cuyo coronamiento es
Dios. Como escribe Diego Gracia en su artículo “Diez años sin Zubiri”, éste
concibió su vida como una profesión de verdad. Lo cual significa ser “profeso”
y no mero profesional. El profesional manipula la verdad mientras que el
“profeso” vive de la búsqueda de la verdad y va tras ella a dondequiera que le
lleve con todas sus consecuencias. Toda la obra de Zubiri es un intento por
responder a la escéptica e irónica pregunta de Pilatos a Caifás: ¿Qué es la
verdad? Zubiri es un paradigma de cómo la respuesta a ese insidioso
interrogante vale toda una vida. Sólo por esto es digno de todos los honores y
beneplácitos. No obstante, tengo la impresión de que este ilustre buscador de verdad
a duras penas superó en los años maduros el “problematismo” en el que se había
atrincherado durante los años jóvenes.
3) Con Rusia e Israel de fondo
Desde
Moscú llega la noticia de que el presidente Boris Yelsin ha decretado la
disolución del Parlamento ruso, lo cual es interpretado como una forma de golpe
de Estado. El Parlamento sigue dominado, pensaba yo, por comunistas
recalcitrantes y son los decretos presidenciales y no los votos parlamentarios
los que sustituyen a la libertad democrática tras la caída del comunismo. Por
otra parte, el presidente de Ucrania dimite y en Georgia y otras antiguas
repúblicas soviéticas se desatan verdaderas guerras civiles. La herencia
comunista es lamentable y el futuro capitalista occidental está corrompido por el
materialismo pragmático y un falso concepto de la libertad. Tengo la impresión
de que faltan pensadores con autoridad moral suficiente para hacer un análisis
crítico y realista del humanismo contemporáneo ofreciendo alternativas más
razonables a la militancia política y las ideologías a la carta como el
marxismo o la posmodernidad. Por otra parte, surgen con vigor los grupos
religiosos fundamentalistas y fanáticos agravándose la crisis del humanismo.
Así las cosas, pensaba yo, es necesario que surja una generación nueva de
pensadores capaces de inspirar nuevas formas de gestionar las actividades
políticas y financieras superando los vicios del maquiavelismo político
tradicional y del capitalismo salvaje. Otra noticia importante del momento fue
la visita del Gran Rabino de Jerusalén a Juan Pablo II en Castelgandolfo.
Esta
visita simbolizaba la reparación de casi 2000 años de incomprensión entre
judíos y cristianos. Este acercamiento se produjo en el marco de los acuerdos
para el reconocimiento del Estado de Israel por parte de los árabes y del
Estado Palestino por parte de los judíos. Es una gran noticia –escribía yo
entonces- que con el tiempo puede mejorar la trágica historia del Medio
Oriente. En este contexto la visita del Papa a Jerusalén está más próxima y
conviene que tenga lugar lo antes posible. Si nuestros hermanos mayores en la
fe, los hebreos, se volcaran de una vez por todas en el mejor de sus hijos,
Jesucristo, se habría producido el acontecimiento más feliz de toda la historia
de la humanidad después de su resurrección de entre los muertos. El comunismo
se ha venido abajo por sí mismo como todos los regímenes tiránicos del pasado.
¿Por qué no ha de caer también algún día el vergonzoso muro de la incomprensión
entre judíos y cristianos?
4) Sesión tormentosa en el Parlamento de Israel
El
24 de septiembre de 1993 tuvo lugar en el Parlamento de Israel una sesión
tormentosa en la que se aprobó una nueva estrategia política con los
palestinos. Siempre he tenido la impresión de que los judíos no saben ni
quieren perdonar a sus enemigos ni los árabes renunciar a la venganza desde
presupuestos religiosos fanáticos. Por esta razón, pensaba yo, el problema
político de Oriente Medio, protagonizado por árabes y judíos, está condenado a
continuar sin solución por los siglos de los siglos. Creo oportuno matizar que
los religiosamente fanáticos por ambas partes han constituido siempre el
obstáculo mayor para llegar a la paz. Los artífices políticos de estos acuerdos
recientes de paz no se destacan por sus creencias religiosas e incluso después
de los acuerdos firmados sobre la mesa son los grupos religiosos más severos e
irracionales los que por ambas partes amenazan con acciones terroristas contra
los artífices de esos acuerdos.
Siempre
han existido fanáticos que han instrumentalizado a Dios y las creencias
religiosas para maltratar a los hombres, incluso dentro de las filas del
cristianismo. Lo único que consiguen estos fanáticos de signo cristiano es
desfigurar ante el mundo la imagen amorosa y liberadora de Jesucristo, el cual
no vino a condenar al mundo sino a salvarlo por la vía de la verdad y del amor,
de la razonabilidad y la bondad de corazón. No son las rutinarias prácticas
religiosas las que salvan al hombre sino la fe en Nuestro Señor Jesucristo que
nos acerca directamente a Dios y nos deja con Él. Si los políticos menos
afectos a Dios son capaces de encontrar vías de comprensión y de paz entre los
pueblos en conflicto es porque antes de la fe en Dios existe la inteligencia
humana que nos hace razonables. ¿Por qué a veces los más decantados por Dios
son los más tiranos e incomprensivos con los hombres? Tengo para mí que la
creencia religiosa que no ofrece una imagen de Dios bondadosa y dispuesta a la
misericordia es falsa, o por lo menos deficiente. Odiarse y matarse por motivos
religiosos es una forma gravísima de ofender a Dios. Los judíos y árabes
fundamentalistas son más irrespetuosos con Dios y los hombres que los ateos
convencidos. De hecho, hay muchos ateos razonables con los que se puede hablar
y convivir en paz y felicidad siempre que usan correctamente la razón. Los
grupos religiosos fanáticos, en cambio, lo primero pierden o usan mal es la
razón, que es la facultad por la que se define nuestra condición humana. Existe
un terrorismo político que tiene de fondo el olvido o rechazo de Dios en la
vida. Pero cabe hablar también de un terrorismo religioso basado en el abuso de
Dios al convertirlo en instrumento para satisfacer pasiones humanas.
Yo
pediría a los que prescinden de Dios y a los que pervierten la fe religiosa en
Él, que se conviertan a la razonabilidad.
Sólo desde esta base común es posible construir un mundo más habitable y
amable. Durante mucho tiempo estuve convencido de que el despotismo comunista
tardaría siglos en desaparecer de la escena política y social. Igualmente creí
que árabes y judíos no llegarían jamás a entenderse y convivir como buenos
vecinos. Hoy, sin embargo, pensaba yo ingenuamente por aquella época, estoy
convencido de que esta creencia será desmentida por la historia. Pero a renglón
seguido añadía: “Lo que sigue preocupándome es que los grupos más abiertamente
religiosos por ambas partes son los que menos colaboran en tan noble empresa
humana como es la pacificación social y personal del Oriente Medio. Por algo
sentenció Cristo que las prostitutas precederán a algunos en el Reino de los
Cielos y que los últimos serán los primeros.
5)
Ventajas de la vida comunitaria
dominicana
Las
ventajas de la vida comunitaria en la Orden de Predicadores, pensaba yo, son
muchas. Su riesgo mayor consiste en que degenere en “comunitarismo” o colectivismo.
Cuando yo ingresé en la Orden de Predicadores el comunismo marxista estaba en
pleno apogeo en el Este europeo y más de una vez se dijo entre nosotros con
orgullo que los verdaderos comunistas éramos nosotros y no los regímenes
marxistas. ¿Por qué? Porque nosotros constituíamos una minoría selecta de
personas reunidos en nombre de Dios y no del ateísmo militante marxista.
Pensaba yo que por aquella época se exageraba la dimensión comunitaria bajo el
influjo cultural marxista como posteriormente se pasó a la exaltación del
individualismo y la vida privada. Caminamos así dando bandazos sin encontrar el
equilibrio en la vida religiosa dominicana actual. En consecuencia, urge una
reforma en profundidad entre nosotros si queremos ofrecer algo más atractivo y
realista a nuestros sucesores. Pero estas situaciones forman parte de la vida
normal y en cualquier caso las ventajas de la vida en común diseñada en la
legislación de la Orden de Predicadores me parecen dignas de ser conocidas. Por
ejemplo, mucha gente vive sumergida en una terrible soledad. La inmensa mayoría
porque pasan de Dios en sus vidas. Y otros porque no tienen quien los acompañe
en su ancianidad. Por otra parte, los de media edad viven en medio del ruido
mundanal rodeados de gente por todas partes, menos por una, que es la de la
comprensión y el amor. Estos son paradójicamente los grandes solitarios de
nuestro tiempo.
Pues
bien, en términos generales cabe decir que los dominicos compartimos ideales
nobles en comunidad por lo que no estamos condenados a la terrible soledad que
se enseñorea de nuestros contemporáneos. Nuestros ancianos y enfermos, por
ejemplo, son tratados en casa conscientes de que en ello está en juego nuestro
sentido de la justicia y de la credibilidad cristiana. Hay otras muchas
ventajas, como la participación y enriquecimiento mutuo en los conocimientos
científicos y experiencias más importantes de la vida. En una auténtica
comunidad dominicana hay siempre gente experta en los diversos campos del
saber, con quienes se puede consultar cualquier tipo de problemas. La
experiencia de cada uno y la ciencia se convierte en patrimonio de la
comunidad, la cual, por su parte, promueve el desarrollo humano y cristiano de
sus miembros. Al final todos nos beneficiamos de los éxitos de todos los
miembros de la comunidad sin adeudar a nadie lo que es suyo. El bien de los
demás se convierte automáticamente en bien de cada uno por la caridad. Los
seres humanos somos muy limitados individualmente y necesitamos unos de otros.
El
individualismo es el abuso egoísta de nuestra individualidad intransferible y
el comunismo o colectivismo el abuso de nuestra condición social basada en la
insuficiencia del individuo aislado de sus semejantes. La vida comunitaria
dominicana, tal como la diseñó Domingo de Guzmán, es la forma más equilibrada
de convivencia humana que conozco de inspiración religiosa. La vida comunitaria
o en comunidad es la vía más razonable entre el comunitarismo y el
individualismo egoísta e irresponsable. En el primer extremo todos hacen las
mismas cosas físicamente juntos, a la misma hora, en el mismo lugar y a las
órdenes de una persona que ordena y manda. Es lo más parecido a un pelotón de
soldados o al autobús urbano que en algunas partes denominan el “colectivo”. En
el segundo extremo cada cual se organiza su vida caprichosamente sin tener en
cuenta el bien y los intereses de los demás. Por mi larga experiencia en la
Orden de Predicadores he llegado a la conclusión de que incluso los problemas
de convivencia personal más serios se resuelven más fácilmente y mejor en una
comunidad dominicana que en el ámbito normal de la familia.
6)
Conflicto con MOCEOP
Se
trata del Movimiento por el Celibato Opcional de los sacerdotes seculares
liderado en España por el ex-sacerdote Julio Pinillos. Estos ex-sacerdotes
casados propugnaban la libertad total en la Iglesia Católica para casarse u
optar por el celibato tradicional. Se trata de un proyecto totalmente legítimo
pero que, en mi opinión, por aquella época, no se estaba llevando a cabo con
honradez sino provocando y desafiando a las autoridades eclesiásticas. Los
había que ni siquiera se habían molestado en pedir la dispensa matrimonial y
cuando les parecía bien celebraban la Eucaristía con grupos manipulados por
ellos mismos. Buscaban además una publicidad morbosa y el apoyo de teólogos y
grupos de dudosa ortodoxia, al menos en sus formas de comportarse dentro de la
Iglesia. Ya en otras ocasiones este grupo de sacerdotes casados y conflictivos
había celebrado reuniones en las dependencias de nuestro convento dominicano de
S. Pedro Mártir, en Madrid con normalidad y sin crearnos problemas. Pero la
última vez que lo hicieron no respetaron las condiciones pactadas con el prior
de turno y los responsables de la Residencia desplegando una campaña de
publicidad provocativa en los medios de comunicación que llamó mucho la
atención de la Jerarquía eclesiástica y de algunos grupos cristianos laicos. Al
cabo de tres años MOCEOP solicitó de nuevo el permiso para usar las
dependencias de nuestro convento y, recordando la mala experiencia del último
encuentro, el prior de turno realizó oportunas consultas antes de otorgar el
permiso que solicitaban y les fue denegado. Conocida la trayectoria de esta
Asociación, había fundamento suficiente para sospechar que esta reunión no se
iba a celebrar con la discreción y prudencia de otras veces. Por el contrario,
cabía pensar que se iba a repetir de forma aún más espectacular la experiencia
desagradable de tres años antes.
7)
Comprensión de las debilidades humanas
Desde
muy joven fui intransigente con la maldad y muy sensible a las debilidades
humanas. Tal vez porque yo mismo me he sentido siempre un ser débil con
conciencia clara de mis limitaciones personales. Nada más ajeno a mis
verdaderos sentimientos que humillar a nadie o permitir que nadie se humille
ante mí. A lo largo de mi vida he tenido ocasión de tropezar con personas
moralmente malas o con ideas según mi modo de pensar perversas. En mi obra El uso de la razón hablé de la pérdida
de mi inocencia como primera experiencia explícita del bien y del mal. Pero he
de añadir que incluso tratándose de personas dedicadas profesionalmente a la
promoción de lo peor en la sociedad, no encuentro grandes dificultades para
atenuar su responsabilidad al considerar los límites de la naturaleza humana
que dan lugar a eso que denominamos errores y debilidades humanas por
contraposición a la maldad que se lleva a cabo de forma libre e intencionada.
Hecha esta aclaración me parece oportuno comentar algo que ocurrió durante el
curso académico 1993/1994 en mi Departamento de Periodismo III.
Desde
el segundo semestre del curso anterior algo extraño estaba ocurriendo con la secretaria
del Departamento. Después de una larga ausencia apareció durante algunos días.
Yo la felicité por su vuelta al trabajo dando por supuesto que había estado
enferma. Se ausentó de nuevo y la única explicación que dieron de su ausencia
fue que no se encontraba bien por lo que cabía suponer que seguía de baja
laboral por enfermedad. Llegó el fin del curso y me sorprendió mucho que no se
celebrara la tradicional reunión plenaria del Departamento para evaluar el
curso finalizado y programar el siguiente. Después del verano se convocó el
Pleno, pero no recibimos explicación de la prolongada ausencia de la secretaria
la cual había sido reemplazada ya por otra persona. Así estaban las cosas
cuando alguien me facilitó confidencialmente la explicación de todo lo ocurrido
en estos términos. Nuestra secretaria del Departamento había tenido un litigio
con una compañera a la cual agredió. Ésta, en defensa propia, la acusó al
Rectorado de haberla agredido físicamente y de convivir con el secretario
divorciado de su esposa. La expedientada, por su parte, acusó al director del
Departamento de haberla acosado sexualmente. Por si esto fuera poco, también
uno de los profesores jóvenes del Departamento y Vicedecano de la Facultad,
habría abandonado a su joven esposa y madre para unirse sentimentalmente con
otra profesora que era compañera nuestra, divorciada y entrada en años.
Más tarde esta última fue acusada de malversación de ayudas económicas recibidas del Rectorado, abandonó la docencia por razones de salud y su compañero sentimental murió prematuramente. Por su parte, el profesor sentimentalmente comprometido con la secretaria expedientada tuvo un hijo con ella, terminó abandonándola y por razones de salud se vio obligado a ausentarse de la Universidad en lo mejor de la vida. Entre los miembros del Departamento había al menos otra pareja divorciada, un catedrático con problemas psicológicos serios y otras dos mujeres implicadas en conflictos sentimentales. Una becaria tuvo que abandonar la tesis doctoral porque, según la opinión más probable, era acosada sexualmente por su director de tesis. A esta joven le fue detectada después un cáncer y por razones ajenas a mi voluntad no pude acompañarla en su enfermedad ni supe más de su vida. Por otra parte, había gente en el Departamento vinculada políticamente al esperpéntico partido comunista. Sin olvidar a los rebotados de las filas eclesiásticas o vinculados a las mismas de forma “sui generis”. Cuando me preguntaban por la naturaleza y marcha del Departamento yo solía responder humorísticamente con esta expresión: “Mi Departamento es un ZOO” donde pueden admirarse los tipos más pintorescos de la especie humana. Nunca encontré dificultad especial para convivir con estas personas ni para comprender sus miserias y debilidades por más que en algunas ocasiones el comportamiento de algunos conmigo no fue el más respetuoso, razonable y civilizado que cabía esperar de ellos. Por ejemplo, siendo yo el presidente de una mesa electoral en la Facultad, uno de ellos, constituido en autoridad, me propuso realizar una operación en la urna para que en el recuento apareciera un voto más a favor de su candidato favorito. Le reté con una mirada silenciosa de reprobación y no se habló más del tema.
11. ¿Profesionales o profesos de la
filosofía?
El
día 1 de octubre de 1993 tuvo lugar la inauguración del curso académico
1993-1994 en nuestro Instituto de Filosofía de Madrid. Por razones ajenas a mi
voluntad tuve que encargarme yo de impartir la tradicional Lectio prima inaugural cuyo texto fue el siguiente.
“Nos
reunimos hoy aquí con motivo de la inauguración del curso académico 1993-1994
de filosofía. Es tradicional comenzar con una lectio prima que solía ser al mismo tiempo magistralis. Primera y única, porque el resto del día los
estudiantes vacaban. Y magistral, porque se celebraba de una manera solemne con
la presencia de autoridades, misa y juramentos de fidelidad doctrinal por parte
de los profesores. Pero principalmente porque el académico encargado de la
primera lección solía ser un Maestro el cual preparaba un texto científicamente
elaborado con vistas a su posterior publicación. En muchos casos el texto de la
Lectio prima era el embrión
desarrollado de un próximo libro. Como quiera que a mí se me ha hecho este
encargo dos días antes de la celebración del solemne acto y se trata de
inaugurar un curso académico de Filosofía, me ha parecido oportuno hablar con
ustedes en esta ocasión haciendo una invitación persuasiva al estudio de la
Filosofía como llamada o vocación a la búsqueda de la verdad usando
correctamente la facultad específica de los seres humanos cual es la
inteligencia. La filosofía, en efecto, es investigación de la verdad, pero no
de una verdad cualquiera, sino de aquella que es reflejo inequívoco de la realidad
en sí misma y no de sus apariencias. La filosofía busca conocer la realidad en
sí misma generando certezas cada vez más sólidas reduciendo el terreno de las
opiniones. En este sentido decía Santo Tomás de Aquino que la ciencia, que sólo
es tal en el ámbito de las certezas, no versa sobre lo que la gente opina sino
sobre lo que las cosas realmente son o deben ser. La Filosofía, decía por su
parte S. Agustín, es como un puerto de mar para los marineros. Para unos lo es
de salvación y para otros, de perdición. Actualmente se tiene la impresión de
que la Filosofía es una actividad inútil. En el mejor de los casos es
considerada como una forma más de pasar el tiempo como jugar al billar o ver la
televisión después de tener asegurado el pan de cada día mediante otras
ocupaciones económicamente más rentables. El filósofo como buscador de la
verdad o caballero enamorado de la sabiduría carece del reconocimiento social
de tiempos pasados. La reflexión y el pensamiento, que tradicionalmente fueron
considerados como actividades específicas del hombre y dignas de ser
socialmente promovidas, actualmente son privilegio de minorías socialmente
insignificantes cuando no actividades tachadas de sospechosas por su derivación
en las ideologías. El pensador puro, por el hecho de serlo, está condenado a la
marginación social debido, entre otras cosas, a que está sometido a los poderes
fácticos de la política y las finanzas. En otros tiempos se hablaba de los que
se dedicaban a las letras o a las armas. En la actualidad la mayoría de la
gente opta por el arma del poder y sólo una minoría silenciosa opta por las
letras, o sea, por la búsqueda de la verdad. Esta minoría que opta por la
inteligencia sapiencial, y entre la que cabe pensar que nos encontramos
nosotros, es tolerada como decorativo social pero no es aceptada rigurosamente
hablando.
Pero
¿cómo investigamos los filósofos la verdad?
Yo diría, evocando la memoria de un filósofo vocacionado o llamado para
la reflexión, como Xavier Zubiri, y utilizando la analogía, con lo que se
denomina canónicamente “profesión religiosa”, que hay profesionales de la
verdad y “profesos” de la verdad. El profesional de la Filosofía se ocupa de la
Filosofía. Por ejemplo, ejerciendo la docencia de Filosofía como actividad
laboral que asegura un salario digno para vivir. El profesional ocupa su tiempo
en conocer lo que han dicho otros en sus libros, lo organiza pedagógicamente y
lo transmite a los alumnos de forma que estos “se lo aprendan” y reproduzcan
después fielmente en pruebas o exámenes académicos. Estos profesionales de la
Filosofía corren el riesgo de convertirse con el tiempo en burócratas de la
enseñanza. Incluso pueden llegar a escribir voluminosos libros de Filosofía.
Trabajan con la Filosofía y se ocupan de la Filosofía, pero de muchos de ellos
no puede decirse que sean filósofos rigurosamente hablando. El filósofo
auténtico es amante o caballero de la sabiduría. Se ocupa, ciertamente, de la
Filosofía, pero no como un profesional sino como un “profeso” de la misma. Es
un hombre o una mujer llamados por la verdad que tratan de encontrar por encima
de cualquiera otro objetivo. De ahí que su ocupación de la Filosofía sea más
exactamente una dedicación.
Dedicación significa mostrar algo con una fuerza especial. Tratándose de una
dedicación intelectual, como exige la vocación filosófica, esa fuerza consiste
en configurar nuestra mente a la realidad sin desfigurarla, para comunicarla
después gozosa y fielmente a los demás. El mero profesional que se ocupa de la
Filosofía no lo hace necesariamente por vocación y por ello no para mientes en
manejar y manipular la verdad de las cosas en función de intereses ajenos a la
verdad misma. El “profeso” de la verdad, en cambio, se comporta de una manera
peculiar. En el orden religioso, por ejemplo, un teólogo puede ser un gran
profesional de la Teología sin creer en Dios. Un “profeso religioso”, por el
contrario, es antes que nada un hombre de Dios compatible incluso con la
incultura teológica. El que sólo se ocupa de la Filosofía como profesional posee
verdades fragmentadas, generalmente suministradas por otros. El “profeso de la
verdad” o verdadero filósofo, en cambio, se siente poseído por la verdad. No es
él quien maneja y administra la verdad, sino que se siente poseído y arrastrado
por ella. Al profesar la verdad nos sentimos dulcemente arrastrados por ella y
este arrastre feliz hacía nuestra señora, la verdad, es lo que llamo
investigación filosófica. El hombre busca naturalmente la verdad y la
investigación filosófica auténtica conlleva una entrega desinteresada,
incondicional y apasionada a la misma. El “profeso de la verdad” se entrega a
su búsqueda y se deja llevar por ella como el “profeso religioso” se abandona y
deja llevar amorosamente por los designios de Dios.
El arrastre de la verdad convierte nuestros actos de intelección en un movimiento de búsqueda fascinante, constante e inacabable. Digo fascinante porque es un hecho experimental que sólo es conocido por quien lo vive. Es una experiencia de felicidad que puede ser contagiada pero no transferida. Y es constante, porque, al contrario de lo que ocurre con la mera profesionalidad que nos pone en una actitud de ocupación provisional, la búsqueda de la verdad nos dedica o consagra a ella de por vida. En esa búsqueda no existen “vacaciones”, o sea, interrupciones de tiempo para ocuparnos de otra cosa. La inteligencia, aun cuando los estados de nuestra conciencia están bajo mínimos, sigue inconscientemente buscando la verdad, incluso cuando deliberadamente queremos engañarnos a nosotros mismos. La búsqueda de la verdad es una necesidad instintiva de nuestra naturaleza racional y las agresiones a ese instinto o tendencia natural constituye una violencia directa contra nuestra condición humana. Y es inacabable al menos por dos razones. Primero, porque el hombre no puede agotar con su intelección la riqueza de la realidad, de la que se sustenta la verdad, la cual sólo es tal en la medida en que es adecuación o conformación con la realidad. Ahora bien, la realidad creada es constitutivamente limitada y, por lo mismo, abierta a su constante perfeccionamiento y a la trascendencia. Por eso no es posible el conocimiento total o terminativo, ni siquiera de las cosas más simples. Segundo, porque al ser la inteligencia propiamente dicha una lectura interior de las cosas, sus posibilidades de conocimiento no son infinitas, pero sí indefinibles o incalculables. Lo cual se aprecia mejor cuando nuestra búsqueda de verdad se proyecta explícitamente sobre la realidad increada, que no depende para nada de ninguna actividad humana. Por eso decía S. Agustín que hemos de buscar la verdad como quienes no han encontrado y encontrarnos como quienes aún han de seguir buscándola. En este sentido dinámico, la Filosofía es un quehacer fascinante sin más descanso que la satisfacción de saber que no vamos perdidos por la vida, la cual tiene sentido y luz en sí misma para capotear los peligros de sus noches oscuras.
Si alguna utilidad tiene la Filosofía es la de enseñarnos a encontrar el sentido de la vida aplicando nuestra capacidad de reflexión a la realidad en la que estamos inmersos y de la que formamos parte cualificada. Cuando esto no ocurre, la Filosofía degenera en mera cultura y el filósofo se reduce en el mejor de los casos a la categoría de erudito y culto. En el peor de los casos se convierte en manipulador de ideas o ideólogo. La Filosofía pierde así su carácter sapiencial y el filósofo deja de ser su fiel y amante caballero. Se comprende entonces que, como diagnosticaba S. Agustín, mientras unos filósofos encuentran en la Filosofía el sentido de sus vidas o puerto de salvación, otros sólo hallan el de su perdición en los tugurios de la llamada posmodernidad erudita, cuya nota más destacable consiste en el rechazo del sentido de la vida y exaltación morbosa del absurdo. Y termino. No tengáis miedo a la verdad. No estudiéis la Filosofía como algo que se os impone como una ocupación provisional. Estudiarla como un entrenamiento que despierte en vosotros la vocación innata de verdad que hay en cada uno de vosotros. Sólo cuando hayáis probado y experimentado la alegría profunda del encuentro con la verdad comprenderéis aquello de que “la verdad os hará libres”. No os conforméis con ser profesionales o administradores de verdad. Sed “profesos” buscándola con pasión y dejándoos arrastrar por ella sin miedo, hasta que se os revele en toda su plenitud, que es el propio Cristo en persona como VERDAD encarnada del Padre. Con el estudio sistemático de la Filosofía lo que se pretende es despertar vuestro deseo natural de verdad. Posteriormente, con los estudios sistemáticos de Teología, se os abrirá un horizonte nuevo de verdad aún más fascinante. Con los estudios teológicos la experiencia feliz del encuentro intelectual con la verdad como baño de realidad, deberá transformarse en un encuentro personal con Cristo, epicentro y punto culminante entre Dios y el mundo. La Filosofía os enseñará a buscar amorosamente la verdad y a dejaros arrastrar por ella. La Teología os enseñará a descubrir la plenitud de la verdad en Cristo como rostro visible de Dios invisible. No os conforméis con ser profesionales o meros burócratas de la verdad. Por el contrario, sed “profesos” dedicándoos y consagrándoos a ella de por vida si queréis realmente encontrar el sentido de vuestra existencia y la fuente de la verdadera felicidad. Con estos sentimientos os deseo a todos, profesores y alumnos, un feliz año académico 1993-1994.
12. Descanso en Tacita de Plata
He
hablado más arriba de una Semana Santa en las Islas Afortunadas y ahora tengo
el gusto de recordar tres estadías en la ciudad de Cádiz, poéticamente conocida
como la tacita de plata. La primera
vez que aparecí por aquellas tierras tuvo lugar durante la Navidad de 1974. Mi
madre Delfina había fallecido a mediados del mes de agosto, yo me encontraba muy
cansado y decidí desplazarme al convento dominicano de Cádiz durante las
vacaciones académicas navideñas para tomarme un descanso en aquellas hermosas
tierras que desconocía. Anque la climatología muy húmeda yo disfruté mucho del
ambiente y de la amabilidad de la gente. Al instalarme en el tren Madrid/Cádiz
saludé a los viajeros que ya ocupaban sus asientos y a los pocos minutos
estábamos conversando como si nos conociéramos de toda la vida. La protagonista
fue una encantadora señora gaditana que viajaba también a Cádiz donde vivía su
familia. Llegados a Cádiz me dijo donde vivía, me facilitó su teléfono y me
invitó a visitarla en su casa antes de que yo regresara a Madrid. La visité, en
efecto, y pasé una tarde deliciosa agasajado por ella y su familia. En el
convento de los dominicos había un venerable fraile no sacerdote que nos hacía
la comida. Se llamaba Fr. Eduardo. Su conversación era un placer y su mesa un
banquete interminable. La buena gente le regalaba pavos que él guisaba
magistralmente de forma que nos tenía siempre a los comensales “a cuerpo de
pavo”. Fr. Eduardo falleció muy entrado en años y dejó en todos los que tuvimos
la suerte de conocerle un recuerdo indeleble de hombre bueno y entregado al
bien de los demás. El Prior de la comunidad era el P. Vicente López, O.P, al
que tuve la suerte de encontrar años después en Almería y cuya bondad era
igualmente celebrada por todos cuantos le conocían.
Al
cabo de veinte años decidí volver a la tacita
de plata en busca de descanso. Pero esta vez elegí las vacaciones
académicas de Semana Santa en abril de 1994. Dadas las características
geográficas de la ciudad, tuve la impresión de haber llegado al final de la
tierra y comienzo del inmenso mar. El Prior del convento dominicano, a la
sazón, era el P. Ildefonso Gutiérrez, O.P, que junto con los otros miembros de
la comunidad hicieron cuanto estuvo a su alcance para que durante los días de
mi estadía allí me sintiera feliz. El trayecto de mi primer paseo por la ciudad
fue el siguiente. Desde la popular plaza de S. Juan me dirigí al paseo marítimo
y seguí por la Caleta, el paseo Carlos III, plaza de España, plaza de S. Juan y
el convento. Durante el trayecto hice altos en el camino entrando en algunas
iglesias barrocas y recordar allí a las buenas gentes de aquellas tierras.
Después de la oración vespertina y cena fraterna con los frailes del convento
me retiré a la segunda planta del mismo y desde allí, contemplando el inmenso
mar, me embarqué en una meditación profunda. Entre otras reflexiones recuerdo con
gusto la siguiente. Siendo la naturaleza tan bella y siendo Dios su autor, es
obvio que Dios tiene que ser algo sorprendentemente maravilloso y bueno. ¿Por
qué entonces hay tanta mezquindad humana? Si la gente reflexionara más y no
perdiera el tiempo en cosas efímeras, habría más felicidad en el mundo. Sin
referencia a Dios no es posible ser felices, aunque todo el mundo esté a
nuestros pies. Desde Dios todo parece más bello y se estimula nuestra
esperanza, que es el mejor remedio contra el pesimismo y contra las
depresiones.
El
día cinco de abril mi vida gaditana transcurrió más o menos como sigue. A pesar
del ruido infernal que llegaba del puerto marítimo, de la estación del
ferrocarril y de la calle, descansé durante la noche relativamente bien y a las
nueve de la mañana celebré la Eucaristía en la Iglesia del convento y Patronal
de la ciudad. Por cierto, que la Iglesia había sido notablemente embellecida.
Terminada la celebración eucarística me eché a la calle en dirección a la
Catedral. Desayuné en una cafetería muy agradable y caminé después durante
varias horas visitando calles, mercados y monumentos. El cielo era azul
intenso, la temperatura agradable y las calles estaban abarrotadas de turistas.
Era un ambiente muy agradable y relajante. Durante el paseo pensé en muchas
cosas e hice muchas reflexiones sobre lo divino y lo humano. En aquellos
momentos tan agradables me acordé de mis amistades y personas más entrañables
y, en consecuencia, escribí algunas postales para compartir con ellos y ellas aquellos
momentos felices. Como dato interesante me parece oportuno recordar aquí una
reflexión personal sobre mi experiencia de la temporalidad. En aquella bella
ciudad marítima tuve la impresión de que el tiempo cundía y daba más de sí que
en las grandes ciudades como Madrid. Tuve la impresión también de que la vida
era más larga y se vivía más. Al volver a casa me pareció que había hecho
muchas cosas en poco tiempo. Esta sensación me hizo pensar en la relatividad
del tiempo. En los momentos difíciles de la vida parece que se alarga sin fin.
Por el contrario, en los momentos felices parece que pasa rápidamente como
papel abrasado por el fuego.
Durante
el paseo de la tarde puse mucha atención en la decoración de las estrechísimas
y antiguas calles de la ciudad. En algunos barrios se reflejaba el eco de
gloriosos tiempos pasados venidos a menos, pero con mucha carga humana. Me
llamó mucho la atención el decorado de calles antiguas con pequeños altares
murales y representaciones pictóricas de la Virgen del Rosario rodeada de
flores frescas. Pensé que posiblemente esas imágenes y esas flores expresaban
el afecto y admiración a la Madre de Cristo mejor que algunas celebraciones
litúrgicas. Cada cual se dirige a Dios como puede o le dictan los impulsos del
corazón en las situaciones críticas de la vida. Por ejemplo, colocando
discretamente flores ante una representación artística de María o de Cristo
resucitado. Lo importante es que todo eso se haga como expresión de amor y no
como un mero rito canónico o folclórico. Mientras tomaba un refresco en la
plaza de S. Juan un joven matrimonio de habla inglesa llamó mi atención por el
trato ejemplarmente amoroso que dispensaba a su hijo más pequeño subnormal. El
día seis de abril disfruté de un amanecer delicioso. A las nueve de la mañana
celebré la Eucaristía y escuché los sabrosos comentarios del Sr. sacristán. Los
sacristanes de las iglesias son como los porteros de los pisos residenciales.
Conocen las debilidades de la gente que por oficio tienen que controlar y conviene
estar siempre a bien con ellos. El sacristán en cuestión me habló de aquellas
personas que frecuentan poco la Iglesia, pero cuando llegan las grandes
solemnidades de la Semana Santa procuran hacerse notar ante los demás.
Luego
llegó una encantadora y amorosa joven señora. Tenía siete hijos y se ocupaba de
otras personas que solicitaban su ayuda. A pesar de todo, todavía tenía tiempo
y humor para ocuparse de los asuntos de la Iglesia. Ella se había encargado de
restaurar con sus propias manos los ornamentos sagrados creando una preciosa
colección de los mismos sirviéndose a veces de los antiguos ya deteriorados.
Tengo la impresión, dejé escrito aquel día sin conocer su nombre, de que es el
brazo derecho del Prior en el mantenimiento de la Iglesia. Ella causa la
impresión de ser feliz realizando esta labor de “diaconisa”. Lo hace con amor.
Se nota por donde pasan sus delicadas manos y su amorosa mirada. Estoy
seguro-concluía yo- de que esta mujer será contada por el Señor entre los que
amaron mucho. Cuando escribí estas palabras no dije su nombre porque aún no lo
conocía. Después de muchos años nos encontramos de nuevo fortuitamente ayudando
a un enfermo en estado terminal. Nos miramos y ambos tuvimos la impresión de
habernos visto alguna vez en la vida. Su nombre es María Luisa Quílez Cervera
que hablará después en el capítulo X.
Por
la tarde caminé por la playa y aproveché para leer un libro por entonces de
gran actualidad sobre el dictador comunista Nicolai Ceausescu. La obra fue
escrita originalmente en francés y traducida al rumano por mi entrañable amiga
la profesora Simona Modreanu, la cual me había dedicado de su puño y letra un
ejemplar. Volví a casa descubriendo nuevas representaciones de la Virgen María
y de Jesucristo en las calles del antiguo Cádiz y rematé la jornada con
sabrosos coloquios vespertinos en casa con el popular Fr Domingo, O.P, y el
Prior del convento, Ildefonso. Y llegamos al día 7. Celebrada la Eucaristía a
primera hora, María Luisa Quílez Cervera, nos condujo a ambos con su coche
hasta los Estudios de la Cadena COPE, donde el P. Ildefonso emitía dos
interesantes programas semanales. Teniendo en cuenta que por aquella época yo
estaba implicado a fondo en los problemas de la comunicación social en calidad
de profesor de la Universidad Complutense de Madrid, grabó una entrevista
conmigo que fue difundida pocos días después. Nuestra conversación ante los
micrófonos giró en torno a la ética de la información en la sociedad actual, lo
que me permitió hacer un avance de mi obra
Ética y medios de comunicación, a punto de aparecer aquel mismo año. El
controlador de grabación sugirió que, si volvía por allí, se organizaran actos
y debates conmigo sobre los temas más candentes de la ética de la comunicación
social. Como lugares deseables para el desarrollo de esas actividades sugirió
los Estudios de la COPE y la sede de la Asociación de la Prensa. Terminada la
entrevista en los Estudios de la COPE el P. Ildefonso me condujo a una librería
cuyo propietario era un gran amigo del convento de los dominicos. Allí encontré
un libro mío sobre la pena de muerte que compré al tiro para dejarlo como
recuerdo a mis frailes de Cádiz. Mis horas en Cádiz estaban contadas y había
que volver a Madrid para reanudar las actividades académicas en la Universidad.
Pero vayamos despacio.
No
ha sido infrecuente que fuera y dentro del territorio español me hayan
considerado como súbdito de alguna nacionalidad no española. Esta misma tarde
me tomaron en Cádiz por extranjero. Así de sencillo y pintoresco. Salí como de
costumbre a pasear por las calles del casco antiguo. Al pasar por una
peluquería de caballeros pensé que bien podía aprovechar la oportunidad para
cortarme el pelo con tranquilidad y relajo en lugar de hacerlo en Madrid con
prisas e incomodidad. Con estos pensamientos me acerqué a una peluquería
próxima, pero tuve la impresión de que había un solo señor trabajando y estaba
ocupado. Cuando me disponía a pasar de largo buscando otro lugar salió su
compañero, al que yo no había visto y estaba desocupado, invitándome
amablemente a entrar. Le seguí sin dudar y me senté en la silla libre y bien
dispuesta para mí. Pronto me di cuenta de que el señor peluquero era un hombre
amable y educado convencido de que yo era extranjero. Al poco tiempo de empezar
su trabajo me dijo totalmente convencido: Usted no es español, ¿verdad? Me vi
en el aprieto de siempre que esto me ocurre. Por una parte, no debo mentir y,
por otra, no me parece bien descalificar la buena fe de mis interlocutores
poniendo en evidencia su equivocada apreciación. Mi respuesta fue la siguiente.
Sí, soy español, pero viajo mucho por el extranjero y me encuentro de paso por
aquí. No se habló más del tema y siguió con su trabajo tan convencido como
antes de que yo no era español. Al final le pregunté por el precio de su
trabajo y me contestó con una sola palabra acompañada de una indicación con los
dedos de la mano. En vista de lo cual yo me despedí amablemente de él en
inglés. Me quedé así con la impresión de no haber mentido y de haber respetado
su buena fe. Esta anécdota pintoresca me llevó a pensar sobre la imprudencia de
hacer preguntas impertinentes sobre la vida privada de los demás, sus creencias
religiosas, militancias políticas o nacionalidades. Nos olvidamos de que, por
encima de todas esas accidentalidades, somos personas y como tales debemos
recibirnos tratarnos. Todo lo demás es secundario y termina dándose a conocer sin
necesidad de preguntarlo. Esas preguntas impertinentes relacionadas con la vida
privada y la nacionalidad sólo sirven para interponer prejuicios insidiosos y
barreras que impiden la buena marcha de las relaciones humanas.
El
día ocho a media mañana fui al Obispado donde el P. Ildefonso, prior de mi
convento, tenía un despacho de trabajo y allí nos habíamos dado cita. El Obispo
estaba ausente por razones familiares, pero tuve la oportunidad de saludar al
Vicario General, el cual me recibió con simpatía. Nos quedamos solos
conversando y en un momento dado de nuestra conversación le manifesté en tono
sorprendido que en una calle había una pintada en la que podía leerse
textualmente: “La puta Sevilla”. Comprendió que yo había interpretado la
pintada en clave política y se apresuró a explicarme con donaire que no se
trataba de política sino de religión. Según su versión, había en Cádiz gente
que admiraba mucho las procesiones de Semana Santa en Sevilla y trataba de
imitarlas en Cádiz. Otros, en cambio, eran muy celosos de sus tradiciones
gaditanas de Semana Santa y no soportaban las imitaciones sevillanas. Estos
eran supuestamente los autores de la pintada al margen por completo de
connotaciones políticas. Pero llegó la hora oficial del almuerzo y otros funcionarios
del Obispado, antes de retirase pasaron a saludarme gentilmente. A continuación,
se sumó el P. Ildefonso y el Vicario Episcopal el cual nos invitó a visitar el
Museo provincial. Allí pudimos admirar, entre otras cosas, la hermosa maqueta
de la ciudad de Cádiz, realizada a petición del rey Carlos III, así como la
reproducción de una momia fenicia encontrada en Cádiz y única en el mundo.
Terminada
la visita del Museo nos despedimos del Vicario y pocos minutos después nos
encontrábamos en la sede del ilustre Periódico gaditano donde estaba previsto
que me hicieran una entrevista. Después de una breve presentación de mi persona
como dominico y académico de la Universidad Complutense por parte del P.
Ildefonso, una joven redactora se levantó de su mesa de trabajo y me habló de
su situación académica en la Facultad de Ciencias de la Información donde yo
impartía la docencia. Todo hacía suponer que ella iba a ser alumna mía en el
próximo año académico en aquella Facultad de Ciencias de la Información. Luego
resultó que era ella misma la designada para hacerme la entrevista acompañada
del fotógrafo de oficio. Cuando yo me disponía a tomar asiento frente a ella
para que me interrogara, alguien con mucho sentido del humor la aconsejó que se
portara bien conmigo ya que de “este examen” podía depender el aprobar la
asignatura de ética de la información el próximo curso académico en Madrid.
Para mí fue un inmenso placer someterme al interrogatorio de aquella primorosa
joven gaditana, cuyo nombre era Inmaculada Macías, pensando en que iba a ser
pronto alumna mía. La entrevista duró quince minutos mientras el fotógrafo me
acosó con la cámara. Terminada la entrevista volvimos a la sala de redacción
donde sus colegas nos esperaban celebrando con simpatía este encuentro imprevisto
de futura alumna y profesor. ¿Te ha aprobado el profesor?, preguntó con mucho
humor uno de los presentes. ¡Dios mío, qué vergüenza!, repetía ella
amorosamente.
Otra
anécdota pintoresca. Yo tenía previsto emprender el regreso a Madrid por la tarde
después y por este motivo me dirigí a una pastelería vecina a comprar unos
dulces para agasajar a mis frailes a la hora del café. Hecho el pedido y
realizado el pago correspondiente en caja, felicité al dependiente por la
calidad del producto. En aquel momento no había otros clientes e iniciamos una
breve conversación durante la cual el dueño del negocio me informó de su
situación laboral y de su próxima jubilación. Me dijo que, por una parte, ya
tenía ganas de jubilarse, pero, por otra, le preocupaba mucho abandonar el
trabajo. Y me dijo por qué. Su hermano, matizó, había fallecido poco después de
jubilarse y temía que a él le pudiera ocurrir lo mismo. Durante el trayecto
desde la pastelería al convento me vino a la cabeza la idea de escribir algo
sobre el impacto psicológico negativo de la jubilación para mucha gente. ¿Por
qué? Tal vez, pensaba yo, porque la mayoría de la gente tiene apreciaciones
falsas sobre la vida en general y de la actividad laboral en particular. Tengo
para mí que esas percepciones equivocaciones tienen mucho que ver con la
frustración que sufren muchas personas ante la jubilación laboral.
13. Agosto, 1994 desde Cádiz
1)
Vacaciones estivales
El
día 1 de agosto de 1994 por la mañana volví a Cádiz donde había decidido
disfrutar de mis vacaciones estivales después de un año académico interesante
pero agotador. Poco después de instalarme en una habitación panorámicamente
estratégica del histórico convento de los Dominicos junto al puerto marítimo y
la estación del ferrocarril, el Prior Ildefonso Gutiérrez O.P me dio la
bienvenida y me facilitó las informaciones necesarias para garantizar que mi
estadía resultara feliz. En su agenda tenía programado un servicio inmediato de
capellanía a Palestina con un grupo de peregrinos. Esto significaba que en caso
de necesidad yo asumiría algún servicio religioso en la Iglesia del convento
durante su ausencia. Un servicio que para mí constituía un placer poderlo
realizar. Al día siguiente amanecimos con viento de poniente y una brisa fresca
del mar que invitaba al relajo y la meditación. Y, por si esto no fuera
suficiente, a primera hora de la mañana me visitó la joven señora de la que he
hablado antes, animadora espiritual de nuestra Iglesia. Pronto me vino a la
memoria que tenía siete hijos y cuidaba a su suegra y una tía, ambas de
avanzada edad. Sacaba tiempo para cuidar de su casa, de rezar las Horas
canónicas y participar las actividades pastorales de nuestra Iglesia. Sin
olvidar que trabajaba en dos negocios de zapatería en el casco viejo de Cádiz.
A continuación, el Prior Ildefonso me invitó a dar un paseo por la playa
después de haber realizado algunas gestiones burocráticas en la ciudad. Mi
sorpresa fue cuando vimos que la hija pequeña de la Señora Quílez Cervera nos
estaba esperando en la parada del autobús con una sombrilla. La encantadora
niña tenía 9 añitos. Nos fuimos los tres a la playa y después la llevamos a
almorzar con nosotros al convento. Su madre estaba al corriente de todo y yo
mismo me encargué de devolverla a sus padres. La amorosa niñita estaba radiante
de felicidad. Me pareció que, para su tierna edad, tenía una personalidad y un
talante espiritual que hacía pensar en su admirable madre.
Cuando
me quedé solo me vino a la mente el pensamiento siguiente. Los recuerdos
felices de la infancia marcan para toda la vida, y yo espero que los felices
recuerdos de hoy queden en la memoria de esta niña como un referente feliz
cuando las borrascas de la vida la pongan a prueba más tarde. La cena con los
frailes fue muy fraterna y animada, terminada la cual el P. Francisco, O.P me
llevó a su biblioteca privada donde me mostró las preciosas decoraciones que él
mismo había realizado en el inmueble. Constaté su madera de artista y afición
por los libros, que es una cualidad emblemática de los frailes dominicos, pero
que él había heredado también de su padre, del que conservaba buenos libros e
importantes documentos. Por otra parte, el P. Ildefonso era un experto
consumado en asuntos de Palestina a donde viajaba con frecuencia. Poseía un
tesoro documental de primera mano de sus viajes a Israel y conversamos sobre
los problemas de aquella emblemática y atormentada zona. Me invitó a
acompañarle en su próximo viaje en octubre, pero la fecha de su viaje me era
favorable. En septiembre tenía yo previsto un viaje a Rumania y en la primera
semana de octubre mi presencia en la Universidad era inexcusable.
Habían transcurrido sólo tres días y sentí de nuevo la
experiencia positiva del tiempo. Una vez más tuve la impresión de que en Cádiz
mi tiempo daba más de sí que en Madrid donde somos víctimas de las prisas y de
las distancias, con lo cual se tiene la sensación de que el tiempo pasa más
rápidamente y se vive menos. Después de tomar un delicioso desayuno con churros
en la plaza de S. Juan pasé por una peluquería donde pedí que me dejaran a tono
con la comodidad playera olvidando los convencionalismos sociales que nos
obligan muchas veces a presentar ante los demás una imagen que a nosotros
personalmente nos resulta cuando menos incómoda, si no perjudicial. La
liberación de los convencionalismos sociales ayuda mucho a descansar y el
descanso favorece la libertad de pensamiento y comunicación con los demás. Con
este ambiente reposado y de libertad interior disfruté de una mañana playera
deliciosa rematada con sabrosos comentarios con el P. Ildefonso sobre “La
estrategia del limes”, que era el título de la conferencia que yo estaba
preparando para intervenir en los tradicionales cursos de verano de El
Escorial, organizados por la Universidad Complutense de Madrid. Al final de la
jornada me vino a la mente el siguiente pensamiento: “Si la vida, que es el
valor fundamental que confiere consistencia y sentido a todos los demás
valores, es tan bella, ¡cómo será Dios, que es el autor de la misma!
2) En tiempo de
melones no hay sermones
Lo más temible de una celebración litúrgica suele ser
el sermón del cura cuando hay lugar a
ello. Lo más jóvenes tienen ganas locas de hablar y los viejos pierden el
sentido del tiempo y aburren a la gente con sus peroratas y achaques. Pocos son
los que se dan cuenta de que cuanto más hablan más incongruencias dicen. Con el
paso del tiempo y la experiencia he llegado a la conclusión de que la misión
del predicador en el contexto de las celebraciones litúrgicas es hablar poco y
bien de las cosas de Dios. El resto lo hace el Espíritu Santo en la intimidad
de cada persona. Pero hablar poco y bien sobre Dios o de Jesucristo como rostro
visible de Dios requiere mucha preparación. Hay homilías, por ejemplo, que son
un aglomerado de opiniones y ocurrencias más o menos ingeniosas del predicador.
Por otra parte, cuando una persona tiene que hablar con mucha frecuencia en
público, por muy bien que hable, termina cansando a la audiencia. Esta es una
razón más para recomendar que la homilía sea breve. En este sentido me llamó
gratamente la atención el sabio consejo que me dio el sacristán antes de
comenzar la celebración eucarística dominical: “En tiempo de melones no hay
sermones”. En realidad, hizo una crítica humorística muy objetiva de los malos
predicadores que se gustan tanto a sí mismos cuando hablan que se olvidan del
sufrido público incluso cuando en la nave de la Iglesia hace un calor de verano
agobiante. El predicador avisado tiene en cuenta, entre otras circunstancias,
si el contexto ambiental donde habla es confortable o incómodo para la
audiencia. Resulta incompresible que el predicador prolongue su discurso sin
darse cuenta de que el público se encuentra escuchando bajo el impacto del
calor estival o del frío invernal. Por otra parte, el predicador debe predicar
como una necesidad que siente de comunicar a los demás el mensaje redentor de
Cristo y no por motivos sólo rituales. La predicación del Evangelio, como decía
S. Pablo, debe llevarse a cabo como una necesidad o imperativo moral y no como
un mero trabajo asalariado o forma de entretenimiento gratificante. El buen
predicador habla poco, convencido de lo que dice y sin más artificio literario
que el de la corrección lingüística, la precisión y orden pedagógico de las
ideas. La experiencia enseña también que la falta de seguridad en lo que dice y
de humildad en la forma de decirlo convierten al predicador automáticamente en
un publicista y un farsante. El dicho popular “en tiempo de melones no hay
sermones” significa que cuando la gente se encuentra incómoda en la Iglesia por
causa del calor, la predicación larga o inoportuna es muy mal recibida y que el
predicador inteligente y respetuoso con el público se esfuerza por ser breve y
sustancioso en lo que dice. Sin olvidar los casos en los que, a pesar de las
prescripciones rituales, la prudencia pastoral aconseja suprimir la
homilía.
3) Una historia
trágica
La historia del viejo convento dominicano de Cádiz es
un rosario de glorias por haber sido la sede oficial de la Virgen del Rosario,
Patrona de la ciudad y punto de partida de los misioneros dominicos que
evangelizaron América. Pero también de calamidades. Conoció amenazas de derribo
y la acción de las llamas y el Ayuntamiento de Cádiz no se había incautado del
histórico por dificultades económicas para darle un destino. Por aquella época
el P. Vicente Díaz, O.P tenía preparado un artículo para publicarlo en la
prensa sobre el proyecto del convento por parte de las autoridades civiles en
el siglo XIX. El artículo estaba basado en documentos encontrados por él en los
archivos de Cádiz. La Biblioteca y el Archivo fueron pasto de las llamas
durante la guerra civil de 1936 al paso de las salvajes hordas marxistas y
comunistas. A pesar de lo cual todavía se conservaban algunas obras importantes
editadas en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. La Biblioteca conventual en 1994
era muy pobre y en estado casi de abandono. Por el contrario, las bibliotecas particulares
de los frailes eran bastante interesantes. Todos ellos poseían cualidades
artísticas notables y sabían valorar los documentos históricos, lo cual me
agradó mucho
4) Valor de la
vida y sentido de la muerte
El P. Vicente Díaz fue misionero en África y me
agradaba mucho oírle hablar de aquellas tierras y gentes. Me dijo textualmente:
“Allí no se entiende la muerte”. Lo cual significa que el africano tradicional
no tiene asumido que la muerte sobrevenga de forma natural. “No creen en la
muerte natural”. En consecuencia, piensan que cuando una persona muere es por
culpa de alguien. Toda muerte se produce porque alguien la ha provocado. Esta
forma de pensar sobre la muerte complica de forma alarmante la acción de los
profesionales de la salud y del personal sanitario en los hospitales. A todos
nos cuesta asumir que la muerte debe ser contemplada como el reverso de la
vida. Pero a medida que desarrollamos nuestra capacidad de reflexión terminamos
asumiéndola como un hecho ineludible del que no siempre alguien tiene que ser
el culpable. El verdadero sentido objetivo de la muerte sólo se conoce en la
cultura cristiana más desarrollada en el contexto de la vida, muerte y
resurrección de Cristo. Así las cosas, es interesante saber que la muerte no
forma parte del esquema cultural de esos países africanos, por más que se
cierna sobre ellos mediante los odios tribales, las guerras, las enfermedades y
el hambre.
5) De turismo y
reflexión por la “tacita de plata”
La
zona turística y playera Santi Petri
me pareció paradisíaca, con la isla y el castillo, la parte arqueológica y una
playa inmensa que invitaba a dejarse uno acariciar por su harinosa arena y
cristalino mar. Después de dos horas de relajo almorcé en el restaurante
playero La Barrosa mirando al inmenso mar. Nos encontrábamos allí conversando
el P. Vicente Díaz, O.P, Santiago Guerreo, O.P y yo. Nuestra animada
conversación durante el almuerzo giró en torno a la figura de Cristóbal Colón y
Bartolomé de Las Casas, O.P. El P. Vicente dijo, entre otras cosas, que, sin
negar la parte de razón que asistió a nuestro polémico colega Bartolomé de Las
Casas, globalmente hablando fue un hombre fracasado. En su opinión, el hecho
mismo de su ingreso en la Orden de Predicadores había sido un fracaso, habida
cuenta de su pasado. También habría sido un fracaso como Obispo. El P. Vicente
apoyó su tesis en datos históricos y biográficos.
A
pesar de las apreciaciones anteriores, reconocía que las duras críticas de Las
Casas contra los abusos cometidos por los conquistadores estaban asentadas
sobre la realidad de los hechos. Pero insistió en que, en su opinión, también
él, Las Casas, mentía y exageraba y que fue una persona poco o nada grata a sus
contemporáneos debido a su peculiar personalidad. Hablamos también de los
cambios episcopales que se estaban produciendo en la Iglesia española y
expresamos nuestros respectivos puntos de vista críticos sobre el Opus Dei,
los Grupos catecumenales, los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación.
Todos teníamos alguna experiencia desagradable que contar, relacionada con
personas de esos grupos, que nos permitía hablar con conocimiento de causa. Mi
opinión global fue que estos movimientos eclesiales necesitaban madurar mucho
todavía, sobre todo en su forma de entender y vivir la vida espiritual
cristiana. Los tres estábamos de acuerdo en que los obispos deberían conocer
mejor los métodos pastorales, y formación espiritual de estos grupos para
ayudarles a madurar en sus actividades pastorales.
Al
día siguiente de la visita a Santi Petri
salí de casa a desayunar en la plaza del Mercadillo. La mañana era deliciosa y
terminado el desayuno de café con churros, me puse a leer el libro de Jean
Christophe Rufin sobre El imperio y
los nuevos bárbaros, sentado en un banco de plaza de S. Juan. Desaparecida
la confrontación Este-Oeste en Europa tras la caída del Muro de Berlín, se
tenía la impresión de que se había acentuado la oposición Norte-Sur
reactivándose peligrosamente la ideología de la desigualdad y las diferencias
como líneas o fronteras internacionales. El mito del desarrollo y la
cooperación internacional ha sido suplantado por la ideología del “limes”, es
decir, de la política de fronteras. Los romanos llamaban “limes” a la frontera
que separaba el Imperio romano de los bárbaros. Era un límite ideológico entre
lo que el Imperio romano reconocía como suyo y lo que rechazaba como extraño.
El
nuevo “limes” contemporáneo equivale a una especie de apartheit o marginación a escala mundial como resultado de la nueva
política de los países ricos del Norte respecto de los países pobres del Sur.
Así las cosas, el Norte trata de estabilizar al Sur controlando y manteniéndolo
a sus gentes en su status de
subdesarrollo humano y económico como mecanismo de defensa contra ellas. El Norte
trata de defender su identidad y presunta superioridad humana, cultural y
económica abandonando al Sur a su propia suerte. Todo estaría permitido hacer
en y con esos países con el fin de mantenerlos estabilizados, dependientes y
marginados al mismo tiempo. ¿Es correcto este análisis de la realidad política
y social mundial después de la caída del Muro de Berlín en 1989?
Luego
cerré el libro y mirando al mar me vinieron a la memoria las reflexiones de
Marco Aurelio (Pensamiento, lib. IV,
XVII): “No obres como si tuvieras que vivir durante miles de años. Lo
inevitable pende sobre ti. Mientras vivas y te sea posible, compórtate como un
hombre de bien”. Esta constatación de que hay mucha gente que vive y se
comporta como si su vida en este mundo fuera eterna, la he verificado yo muchas
veces y se refleja perfectamente en este aforismo latino transmitido por Marco
Aurelio. Deberíamos pararnos mejor para reflexionar sobre la brevedad de la
vida y la realidad de la muerte. Estos pensamientos bien llevados nos ayudan a
ser más sabios, realistas y prudentes en la vida. Todo lo temporal y humano es
caduco y efímero y la eternidad es exclusiva de Dios. Quienes no asumen
responsablemente esta realidad están condenados a vivir engañándose a sí mismos
en sus formas de afrontar la realidad de la vida.
6)
Las peñas gaditanas y el teatro romano
El
término la peña era muy familiar en
Cádiz. Yo había oído hablar mucho de las peñas literarias y taurinas
tradicionales. Posteriormente se impusieron otros términos como club, casino y
centro social. La peña sin más en Cádiz era un centro social inspirado en
motivos religiosos. La peña era un local de recreación con servicio de bar,
ideal para encuentros agradables y que se inauguraban con una bendición
solemne. El local o peña a cuya inauguración fui invitado estaba bellamente
decorado con representaciones pictóricas de la Virgen María y de Cristo. El
responsable del discurso inaugural destacó principalmente la vinculación de la
peña a la Madre de Jesús por parte de la Cofradía correspondiente. La peña en
cuestión era un centro social de convivencia cristiana. Al llegar a la casa
fuimos recibidos por una banda de música y durante la solemne ceremonia
inaugural dos bellísimas jóvenes se encargaron de que la ceremonia resultara
agradable y feliz. El presidente pronunció un breve discurso sobre la Virgen
del Rosario como alma y vida de convivencia social, y a continuación el P.
Vicente Díaz, O.P, explicó el significado de la bendición litúrgica del nuevo
lugar de encuentro. Entre los responsables del acto inaugural se encontraban la
emblemática y amorosa María Luisa Quílez Cervera y su marido José Luis. Según
me informaron, una de las razones del éxito de estas peñas era la pobreza de
las viviendas del casco viejo de la ciudad. Al no ser éstas confortables la
gente necesita crear otro tipo de habitat para la convivencia social. En
consecuencia, estas peñas están preparadas para que convivan alegremente
adultos, jóvenes y niños, y son como una compensación a la incomodidad que
supone vivir en un casco urbano muy antiguo y difícil de adaptar a la vida
moderna como no sea derribándolo. Una de las visitas obligadas en Cádiz es a
las ruinas del teatro romano y los PP Vicente Díaz y Santiago Guerrero
quisieron obsequiarme con esta visita. Un teatro del tiempo de los romanos fue
descubierto al borde del mar entre la catedral primitiva (Iglesia de La Cruz) y
una calle empedrada al modo románico. Mi impresión fue que sería necesario
destruir bastantes casas del entorno para sacar a la superficie todo el
complejo artístico romano. Se trata de un impresionante entramado de columnas y
arcos de piedra. Casi un laberinto. Estas beldades arquitectónicas han recibido
un decorado posterior, en mi opinión, de mal gusto. Por otra parte, el entorno
ambiental me causó la impresión de abandono y suciedad.
7)
Playeando y paseando
La
tarde del 7 de agosto la dediqué a la playa. La afluencia de gente era un
espectáculo impresionante, pero doró poco. Cambió el tiempo y terminé
quedándome casi solo y aburrido. Así las cosas, me vinieron a la mente estas
reflexiones sobre la soledad. Uno puede estar rodeado de gente y sentirse solo.
Pero tal sensación de soledad no tiene lugar cuando se piensa en Dios.
Comprendo que quienes no descubren la presencia de Dios en sus vidas y en su
entorno sientan miedo y hastío de la vida. Con estos y otros pensamientos volví
a casa y después de la celebración eucarística vespertina el P. Vicente nos
invitó al P. Santiago y a mí a dar un paseo por el puerto marítimo con la
inmensa bahía en el horizonte inmediato. Fue un paseo muy interesante, pero yo
me sentía cansado y volvimos a casa donde el P. Vicente nos obsequió con una
deliciosa cena preparada por él mismo al tiempo que nos deleitaba con sus
relatos fascinantes sobre África donde había dejado lo mejor de su vida como
misionero.
El
día 9 de agosto por la mañana temprano despedimos al P. Santiago Guerrero
(Prior del convento dominicano de Scala
Coeli en Córdoba) en la estación de autobuses de Cádiz. A continuación, El
P. Vicente se dirigió a un colegio donde tenía compromisos pastorales y yo
retomé el camino a casa caminando por las calles todavía desiertas de Cádiz y
disfrutando del frescor mañanero de un hermoso día agraciado con el viento de
poniente. Cada inhalación de aire era como un vaso de salud. Al llegar a la
plaza de S. Juan tomé el habitual desayuno con churros y envié postales de
recuerdo a los amigos. Después del almuerzo reanudé el paseo por la inmensa
playa gaditana tomando el sol y el aire fresco de poniente alternando con
chapuzones, zarandeado por las gigantescas olas que se estrellaban furiosamente
en el borde de la playa. La jornada fue coronada con la Eucaristía vespertina y
un atardecer precioso contemplado desde mi habitación del convento con la
inmensa bahía de las columnas de Hércules a la vista. Luego llegaron los PP.
José Luis García Trapiello, catedrático de Sagrada Escritura en Roma, y el
Pascual Saturio, O.P. Nuestra conversación durante la cena giró en torno a la
situación política en Italia. La presencia del P. García Trapiello propició
muchas preguntas sobre los partidos políticos, la mafia y la Iglesia en la
península itálica. Al día siguiente alterné el paseo playero habitual con la
preparación de la conferencia que tenía prevista para los cursos de El Escorial
de aquel verano 1994, programados por la Universidad Complutense de Madrid. El
tema de mi conferencia estaba relacionado con la teoría del “limes” a la que he
hecho mención antes. O sea, a la nueva política de fronteras Norte-Sur tras la
caída del muro de Berlín y la desaparición de la confrontación Este-Oeste que
había predominado desde la segunda guerra mundial.
Por
aquellos días era impresionante ver cómo los países ricos del Norte se
desentendían de los más pobres del Sur tratando de imponerles el control más
descarado de la fecundidad mediante el control demográfico. Cabe suponer,
pensaba yo entonces, que en un futuro no lejano ese control se llevará a cabo
también mediante el recurso a los controles genéticos. La bioética es la nueva
bomba que se suma a la bomba atómica para que los pueblos más poderosos opriman
sin escrúpulos a los más débiles desde las instituciones políticas. Después de
la cena el P. Vicente me invitó una vez más a dar un paseo nocturno por los
lugares más populares de Cádiz. Mientras caminábamos pudimos admirar la belleza
del inmenso mar azotado por los vientos del Atlántico, los parques y las plazas
repletas de gente disfrutando de una agradable temperatura nocturna. Durante el
recorrido tuvimos la oportunidad de encontrarnos con muchos amigos y conocidos
del P. Vicente y de hacer sabrosos comentarios sobre el cielo y la tierra.
Otro
día dimos un largo paseo al borde del mar. Caminamos varios kilómetros entre la
multitud y nuestra conversación se centró en los monumentos históricos de
Cádiz, sobre los cuales el P. Vicente era un experto consumado. De hecho,
publicaba con frecuencia artículos sobre estos temas en la prensa local y había
dado las pistas para descubrir el lugar del anfiteatro romano. Otro tema sobre
el que era apasionante escucharle era África. Me impresionó mucho la puesta del
sol en el mar. Era la segunda vez que contemplaba tan bello espectáculo en
Cádiz, con su castillo de S. Sebastián, el faro, la bahía y los barcos anclados
en alta mar para evitar el impuesto de aparcamiento portuario. Regresamos a
casa a altas horas de la noche cansados de caminar y hablar, pero felices y
contentos. Antes de retirarnos a descansar el P. José Luis García Trapiello nos
contó la siguiente historia. Tenía él que celebrar una ceremonia nupcial en
Tenerife. Llegó la hora prevista para el acto litúrgico y no había nadie en la
Iglesia. Al cabo de un tiempo de espera llegó un familiar de los novios
anunciando que ya se disponían a salir de sus casas respectivas. Poco después
llegó otro emisario anunciando que ya estaban de camino. El significado de este
retraso intencionado y del envío de emisarios anunciando la llegada de los
contrayentes era el siguiente. Según las costumbres locales en aquella isleña
región, el llegar puntualmente al templo para la ceremonia nupcial significaba
que la novia estaba embarazada y que los novios tenían prisa en casarse. Pues
bien, para evitar sospechas entre la gente, se retrasaba deliberadamente la
llegada a la Iglesia. Esta anécdota, además de graciosa, demuestra -pensé yo- lo
importante que es conocer la cultura y las tradiciones locales para llevar a
cabo con paciencia y prudencia el trabajo pastoral.
El paseo matinal del día siguiente no fue menos
reconfortante. Muy pronto me eché a la calle para sanear mis pulmones por el
paseo marítimo admirando los parques y solazándome con la lectura a la sombra
de un “ficus” gigantesco. El paseo culminó visitando librerías y mercadillos
diseminados por el casco viejo de la ciudad. Cuando decidí abandonar el Parque
del Paseo Carlos III mirando al mar, eché de menos la preciosa gorra deportiva
que me había regalado mi entrañable amiga y Miss-Madrid, Patricia De Grandis.
No había duda, yo había perdido el simbólico y amoroso recuerdo. Recorrí
mentalmente el camino andado y pensé que podía haber quedado olvidada en el
banco de azulejos bajo el “ficus”. Retomé el camino en sentido contrario, pero
en vano. Me consolé pensando que alguien había tenido la suerte de encontrarla
y que había hecho muy bien recogiéndola. Y sin dar más vueltas al asunto me
dirigí al mercadillo de la plaza Topete y compré otra. No hay mal que por bien
no venga, pensé. La mía perdida le haría un servicio al que la encontró y yo
ayudé al comerciante de gorras comprando otra. El no se consuela es porque no
quiere. A Patricia no le dije nunca que había perdido su regalo. Pero ¿cómo era
aquella elegante gorra? Es como si no la hubiera perdido porque en una
maravillosa fotografía que conservo suya, luce ella el mismo modelo de gorra
que me había regalado. Después de este pintoresco incidente el pensamiento que
me acompañó de vuelta a casa fue el siguiente. En resumidas cuentas, todos
felices y contentos. Mi amiga Patricia porque me regaló la gorra; yo porque la
recibí de ella; el que se la encontró perdida por la alegría de encontrarla y
el señor al que le compré la nueva porque era una contribución a la promoción de
su negocio. Es admirable cómo con una simple gorra deportiva se puede hacer
felices a muchas personas. Los días 15 y 16 de agosto los dediqué a los
servicios pastorales en nuestra Iglesia y a ultimar la conferencia que me
habían pedido para los Cursos de verano de El Escorial.
8) Drogadicto en casa
El
acceso al interior del convento de Santo Domingo en Cádiz se hacía franqueando
la puerta de la calle y la del claustro. Entre ambas había un pequeño patio o hall. Durante el día la puerta grande de
la calle permanecía abierta y la del claustro siempre cerrada con llave. Un
día, al volver de mi paseo playero ya entrada la tarde, me encontré en el hall con un joven sentado en la pequeña
escalinata que media entre ambas puertas dispuesto a drogarse. Al verse sorprendido
se disculpó diciendo que no tenía jeringuillas ni existía riesgo de
contaminación sanguínea. Luego añadió que se había refugiado allí por miedo a
la policía y que sólo era cuestión de unos segundos, o sea, el tiempo mínimo
para “respirar” la papeleta. Y así fue. Me dijo también que llevaba varios años
tratando de “desengancharse” de la droga pero que no podía. Yo le recomendé que
tratara de controlar los sentimientos con la cabeza por considerar que este
método era el más eficaz. Me respondió respetuosamente que eso “es fácil
decirlo”. Obviamente le di la razón, pero insistiendo en mi consejo. Sin más
comentarios abandonó el recinto después de haber inhalado ansiosamente delante
de mí la dosis de droga empapelada. Sentí gran compasión por él y gran
indignación contra los traficantes y promotores de esa arma letal para la
libertad personal y, como consecuencia, para todo su ser de sus adictos. ¿Por
qué se suicidan lentamente de esa forma las personas? ¿Por qué existen los asesinos que matan
también con esa arma traidora? La droga, pensé en mi interior, es la terrible
arma de los modernos pobres y de los ricos desesperados. Nuestra cultura está
contaminada con el veneno de la muerte provocada por nuestros propios
semejantes. Pero desde el amor incondicional a la vida humana todo resulta
comprensible, incluso la muerte natural no provocada por nadie. Desde la
destrucción de la vida, en cambio, nada tiene sentido ni encuentra legitimación
racional y menos aún cristiana.
9) De vuelta en Cádiz
Como
diré después, me desplacé a Madrid para intervenir en los cursos de verano de
El Escorial. Pero el día
El
día estaba desapacible y el viento de levante propiciaba el aumento de las
temperaturas. No era un día playero y me sentía cansado. Después de los
servicios religiosos vespertinos el P. Vicente me invitó a visitar un lugar
emblemático donde fabricaban y reparaban los Pasos de Semana Santa, así como el
material de las famosas procesiones. De vuelta en casa nos encontramos con la
grata sorpresa de la presencia del P. José Luis Otero, O.P, que había llegado
de Sevilla para celebrar una Eucaristía con ocasión del aniversario del
fallecimiento de su madre. El P. Otero tenía fama de ser un hombre muy culto y
buen conversador.
Al poco tiempo de nuestro encuentro nos embarcamos en comentarios apasionados relacionados con la restauración del convento, su estado de salud y la vida de los frailes dominicos en Estados Unidos, Reino Unido e Irlanda. Al día siguiente tuve suerte. En el mar reinaba la calma y sus aguas eran frescas y cristalinas. Durante un par de horas la playa estuvo casi desierta y pude disfrutar a mis anchas de la frescura matinal y la azucarada arena de la playa. Pero la bonanza no duró por mucho tiempo. La gente empezó a llegar masivamente y el aire contaminó con polvo la playa. Así las cosas, decidí marcharme y me dirigí hacia el gigante “ficus” del Paseo con la idea de sentarme a leer y reflexionar bajo su sombra. Pero lo encontré ocupado por una pareja de enamorados en estado de éxtasis. No obstante, tuve suerte. No lejos de allí encontré otro lugar sombreado frente al inmenso mar sin más molestia que la de algunos turistas que disfrutaban también en aquel bello entorno de la “siesta del carnero”. Muchos pensamientos afloraron a mi mente en aquel ambiente relajante. Por ejemplo, sobre la definición metafísica del hombre como animal racional.
A mí personalmente no me cuesta entender el alcance profundo de esta definición conceptual. Pero tengo la impresión de que la mayoría de la gente confunde en la práctica el orden del ser con el orden del conocer y del obrar. De ahí, pensaba yo, que muchos tiendan a definir al hombre por la libertad o por la conciencia psicológica de sí mismos y de los demás. Así las cosas, cabe pensar que, desde el punto de vista pedagógico, fuera más acertado traducir “animal racional” por animal con conciencia refleja. El animal puro tiene conciencia sensible de sí mismo. pero no puede reflexionar. Tiene conciencia, pero no refleja. O lo que es igual, no puede reflexionar y elegir libremente su forma de obrar. Se me dirá que un feto o un niño tampoco tienen conciencia refleja, la cual sólo se manifiesta con el uso de la razón. La respuesta a esta observación es sencilla. El uso de la razón y ejercicio práctico de la libertad personal no tendrían lugar jamás si el hombre no estuviera dotado ontológicamente de la capacidad real de conciencia refleja independientemente del momento en que ésta haga su aparición o de la forma correcta o incorrecta de hacerlo. El hombre es hombre, aunque no pueda desarrollar satisfactoriamente su capacidad de razonar o poner en ejercicio la libertad. Las dotes metafísicas del ser humano no desaparecen cuando no podemos ponerlas en pleno ejercicio. Así, por ejemplo, no dejamos de ser personas humanas por estar anestesiados durante una intervención quirúrgica, o mientras nos entregamos al sueño. Lo mismo cabe decir cuando nuestras facultades físicas o psíquicas se deterioran. Sólo cuando se produce la muerte dejamos de ser hombres o mujeres. Estas reflexiones estaban motivadas por los problemas que se plantean en el terreno de la Bioética cuando los legisladores y el personal sanitario aplican a la praxis médica la teoría de la conciencia refleja con consecuencias letales para la vida de los pacientes. En mi obra Bioética y Biotanasia desarrollé después estas reflexiones teniendo en cuenta los datos más granados de la genética.
10 ¿A dónde iremos sin Ti?
Cristo aceptó ser criticado por los suyos, que seguían
aferrados a una idea equivocada del Mesías anunciado por los profetas de
Israel. No comprendían que tal Mesías fuera Cristo mismo en persona, el cual
iba a morir como un delincuente y resucitar de entre los muertos como primicia
de todos los mortales. Jesús les había dicho a sus seguidores y simpatizantes
que tenían que perdonar incluso a los enemigos. Más aún, tenían que comer su
carne y beber su sangre como condición inexcusable para entrar en su Reino de
vida eterna. Estas y otras muchas cosas, cuyo verdadero significado sólo pudo
ser descifrado a la luz de la resurrección y de Pentecostés, tuvieron que oír
desconcertados los seguidores de Jesús. Muchos le abandonaron ante la
dificultad de aceptar su personalidad mesiánica y su mensaje de salvación. Pero
Jesús no obligó a nadie a seguirle. ¿También vosotros queréis marchar? Así les
retó a los doce. El espontáneo Pedro pronto reaccionó confesando que su lealtad
a Él era inquebrantable. ¿A dónde iremos si Tú tienes palabras de vida eterna?
Fue una confesión inspirada por el Espíritu Santo, sin duda, pero no por ello
exenta de comprensible egoísmo por parte de Pedro. La respuesta reveló la
necesidad de Cristo para dar sentido a nuestra vida mortal. Respuesta, además,
válida para ricos y pobres, jóvenes y viejos, buenos y malos. El sol sale por
igual para buenos y malos pero el seguimiento de Cristo exige una actitud de
lealtad hacia Él sin fisuras y no a medio corazón, ambigüedades o medias
tintas. Esa actitud radical define el destino de los agradecidos y de los
malvados. Después de los acontecimientos de Pentecostés los más allegados suyos
lo entendieron perfectamente y por ello no dudaron en jugarse el tipo por la
causa salvadora del Evangelio. Pero la salvación ofrecida por Jesús no se
confunde con la mera prolongación sin fin de la vida humana aquí en la tierra.
Se trata de alcanzar la vida eterna, sí, pero fuera del espacio y del tiempo.
Lo cual sólo será posible mediante el seguimiento incondicional de Cristo
amando a Dios más que a todas las cosas y personas de este mundo sin despreciar
nada bello, noble y bueno.
11) De vuelta en la playa y sabiduría andaluza
Esta vez me sentí agasajado por agua fresca y
cristalina, mansas olas y un fondo alfombrado de arena fina como el azúcar. Con
tal ambiente placentero mi mente se puso en marcha mientras me dejaba mecer por
el agua cariñosa como un niño en la cuna por su amorosa madre. El inmenso mar
me invitaba irresistiblemente a meditar sobre los grandes misterios de Dios y
las maravillas de la creación. Paseando luego por la playa me llamaron la
atención los envejecidos y deformados cuerpos de la mayoría de las personas
adultas de ambos sexos y la baja calidad estética de los jóvenes que
abarrotaban la playa. Esta constatación me llevó a pensar en la transitoriedad
de la vida humana, condicionada al rápido envejecimiento corporal, y en la
primacía del espíritu que anima los cuerpos abatidos. Pronto pensé que la
bioética podría ayudar a mejorar la calidad corporal de las personas y la fe
cristiana a revitalizar la mente y el espíritu en general. Pero la bioética,
pensé también, es un arma de doble filo ya que existe la tendencia a tratar el
cuerpo humano como en veterinaria los cuerpos de los animales. Por lo que se
refiere a la posible revitalización de la mente humana, tropezamos siempre con
el desplazamiento del uso de la razón por los sentimientos y emociones
derivados de los instintos primarios de conservación y reproducción. Por otra
parte, el acceso y comprensión correcta de la fe cristiana tiene mucho que ver
con el buen uso que hacemos de la razón. Perdido en estos pensamientos mientras
paseaba por la playa gaditana me vino la idea de escribir, si Dios me concedía
tiempo y salud, un libro sobre el uso de la razón. Un libro que después se
convirtió en realidad en el año 2008. Alguien que conocía bien la idiosincrasia
de los andaluces me había prevenido sobre las posibles sorpresas gaditanas. Por
ejemplo, cuando a media tarde uno se encuentra con una procesión religiosa por
la calle desafiando al radiante sol. Para los andaluces no hay nada sorpresivo
si tenemos en cuenta que “cualquier excusa es buena para montar un jolgorio”.
Los andaluces, me informó un andaluz de pura cepa, tienden a interpretar
cualquier aspecto de la vida en tono festivo. El tono festivo justifica
cualquier manifestación pública, política o religiosa a despecho del tiempo y
del espacio. En Cádiz había un personaje muy culto y popular que tenía la manía
de hacer ingeniosas pintadas críticas en las paredes y algunas eran
verdaderamente agudas. Una de ellas, destinada a una campaña de moralidad,
rezaba así: “Los niños buenos van al cielo. Los malos a todas partes”. Pronto
comprendí que para entender el significado de sus pintadas había que conocer la
trayectoria personal del autor y el contexto ambiental en que vivía.
12) Ángel María y Mercedes Sánchez
El
día 22 de agosto lo dediqué principalmente a saldar cuentas pendientes con
familiares y personas entrañables en la lejanía. Por ejemplo, mi sobrino Ángel María se encontraba en Méjico dando
cuenta del resultado de las elecciones a la Presidencia de la República,
celebradas unos días antes, como corresponsal de la Cadena radiofónica nacional
"Onda Cero" en América Latina. ¿Por qué estaba allí? El 23 de mayo,
cuando el reloj marcaba las ocho de la mañana, una potentísima explosión rompía
el diario trajín del Paseo de Extremadura en Madrid, a escasos 500 metros del
domicilio de mi sobrino. Las ventanas abiertas de la casa dejaron entrar el
olor ocre y ácido de lo que se hubiese detonado, y Ángel María temió lo que
pocos instantes después se confirmó. Sin mediar el más mínimo instante más que
para dejar encargado en casa que se fuera ya marcando a la centralita de
"Onda Cero", bajó inmediatamente a la calle, para correr desde el
portal hasta el lugar donde se encontró con los temores que escasos dos minutos
antes había previsto. El tráfico, bloqueado en un cuello de botella por cientos
de vehículos que como cada jornada laboral movían a sus propietarios a sus
puestos de trabajo. Uno de ellos, era el teniente del Ejército de Tierra de 47
años Miguel Peralta Utrera. Su cadáver, vilmente mutilado, yacía frente a los
ojos de mi sobrino entre el conjunto de metales retorcidos de lo que había sido
su coche. Una organización terrorista, como después se confirmó, había adosado
una "bomba lapa" a los bajos del vehículo, y por azares de la fortuna
se evitó una catástrofe mayor. El mecanismo de detonación no funcionó cuando el
Oficial arrancó el coche en su domicilio para llevar como cada mañana a sus
hijas al colegio. Inconsciente de la trampa mortal que cargaba, las pudo llevar
al centro escolar, y subir después por todo el Paseo de Extremadura hasta que a
la altura de la casa de Ángel M. se activó causándole la muerte en el acto. Mi
sobrino, después de grabar en retinas y mente lo que acababa de ocurrir, corrió
sobre sus pasos y desde el teléfono público de un bar en los bajos de su
edificio, -aún no eran tiempos del uso de los teléfonos móviles-, marcó con la
premura de ese momento a los Estudios Centrales de "Onda Cero" en
Madrid. El programa matinal de referencia de la Cadena, y su conocido director
y presentador, le dieron paso y él relató a la audiencia en riguroso directo el
suceso. La sociedad española viviendo una nueva mañana impotente y convulsa.
Minutos después, y ya desde su casa, volvió a entrar en
vivo a la emisión, nuevas preguntas, la lectura de lo visto y vivido, la
adrenalina del instante y la objetividad informativa equilibrándose con las
sensaciones personales. Sólo 45 minutos después consiguió, finalmente, acceder
una Unidad Móvil de la Cadena al lugar del atentado. El Equipo de Producción de
los Servicios Informativos al habla con mi sobrino, le invitó a visitar esa
misma tarde la sede central de la empresa, como signo de agradecimiento y
deferencia al joven desconocido y espontáneo cronista para conocerle y
felicitarle por el servicio informativo prestado sobre un asunto tan grave. Lo
que aconteció entonces hizo cumplirse literalmente aquello de que "no hay
mal que por bien no venga" en una sucesión de casualidades. La productora
de los informativos le recibió sonriente y después de comentar todo lo
tristemente acontecido horas antes le preguntaron: ¿eres periodista?, nos daba
esa impresión esta mañana? Mi sobrino respondió afirmativamente. Surgió
entonces en la conversación el hecho de que Ángel María se iba a ir a vivir a
Méjico. "Vaya, pues no tenemos a nadie en América Latina. ¡Qué lástima que
no esté aquí nuestro director de Informativos!
Y en ese preciso instante, mientras caminaban por la Redacción, camino
ya de la salida, al abrir la puerta se encontraron con el director. Una hora
después, mi sobrino salía del despacho del responsable de Informativos de
"Onda Cero" con el puesto de Corresponsal para México y América
Latina de la Cadena nacional bajo el brazo. Él había actuado espontáneamente
movido por sus profundos sentimientos de humanidad y se encontró recompensado
con un contrato laboral y la responsabilidad de representar a un medio
informativo radial a miles de kilómetros de casa. Es así como mi sobrino se
encontraba en México en aquel mes de agosto de 1994 trabajando para los
informativos de "Onda Cero". Pues bien, pensé que debía enviarle una
bella postal gaditana y comunicarle que sus reportajes estaban siendo muy bien
acogidos por su calidad técnica y su sensibilidad humana.
La
otra deuda moral saldada fue con Mercedes Sánchez, O.P, joven dominica
misionera en Costa de Marfil. Mercedes tiene una historia personal bellísima y
fue para mí una felicidad el solo hecho de conocerla cuando tenía menos de
veinte años, pero más aún cuando decidió ingresar en la Orden de Predicadores y
se convirtió en una misionera heroica en el corazón de África. Cuando redacto
estas líneas Mercedes es la Superiora de las Dominicas de Friburgo en Suiza, y
una de las mujeres para mí más queridas y entrañables. Hacía mucho tiempo que
no conectaba con ella y no podía dejar pasar un día más sin reanudar los
contactos. Por la tarde, finalizados los servicios litúrgicos vespertinos, el
prior Ildefonso me pidió que le acompañara a visitar la “Peña” que días atrás
habíamos inaugurado en su ausencia. Todo así de claro. Se trataba de un Centro
Social en toda regla marcado por la piedad mariana y la devoción a la Pasión de
Cristo. Los buenos cristianos del barrio se reúnen allí para convivir y
conversar al socaire de unos refrescos o un chato de buen vino para animar la
conversación o la partida de naipes. Nuestra visita fue breve, pero nos
recibieron con alegría y nos agasajaron. Pronto me di cuenta de que estas
visitas breves a los frailes dominicos vecinos daban mucha fuerza moral a la
peña.
14. Fiesta de santo Domingo en Jerez y cursos
de El Escorial
El
día ocho de agosto celebramos los dominicos la fiesta de nuestro fundador Santo
Domingo de Guzmán, nacido en Caleruega (Burgos, España) el año 1170, y
fallecido en Bolonia el año 1221. Vivió, por tanto, 51 años, que era la edad
considerada por aquellas calendas como de plenitud ya que la mayor parte de la
gente se moría antes. La historia de Domingo de Guzmán se inscribe en el
contexto de la gran civilización occidental de cuño judeo-cristiano y la Orden
de Predicadores, que él fundó, es parte integral del tesoro cultural y
espiritual más cualificado de Europa. Se comprende que los dominicos celebremos
con entusiasmo y sano orgullo la fiesta de este gran hombre. Siendo así que el
ocho de agosto de 1994 me encontraba yo por tierras gaditanas, me es grato
recordar aquel día evocando algunos de los recuerdos y pensamientos que
quedaron grabados en mi memoria. Por ejemplo, el retrato literario que la joven
Cecilia nos legó de la figura de Domingo de Guzmán con estas palabras:
“Estatura
mediana, cuerpo minúsculo, rostro bello y ligeramente sonrosado. Cabellos y
barba ligeramente rojos, ojos bellos, frente y cejas que emanaban una especie
de esplendor que provocaba la reverencia y el afecto de todos. Siempre
sonriente y alegre, a menos que no estuviera conmovido por compasión por alguna
aflicción del prójimo. Manos largas y bellas, una gran voz, bella y sonora.
Nunca calvo y con una corona de cabellos completa moteada por algunos mechones
blancos”. Este bello retrato refleja la admiración y el cariño de esta joven
dominica hacia su guía espiritual. Un hombre de la talla humana y cristiana de
Domingo de Guzmán bien merecía el elogio amoroso de una encantadora mujer como
la joven Cecilia. Por mi parte aproveché la ocasión para expresar también mi
simpatía y admiración a Santo Domingo dejando escritas las reflexiones
espontáneas siguientes.
1)
Aspectos de la personalidad de santo
Domingo de Guzmán y su obra
Para
dirimir dificultades prácticas fundó su Orden de Predicadores comenzando con
una comunidad de apoyo femenina en Pruille, antes de fundar una comunidad
masculina junto a la Iglesia de S. Román de Tolosa. Apeló a la pobreza como
respuesta a los cataros y albigenses, pero sin perder el sentido de la realidad
y humano del Evangelio. Y primó la formación teológica de sus frailes para
compensar la miseria cultural y cristiana de su tiempo. Luego difundió su obra
en París, Bolonia y Roma. O sea, en los centros principales de la cultura, pero
sin implicarse directamente en los asuntos políticos. Los monjes tradicionales
habían elegido para ubicar sus monasterios zonas inhabitadas. Domingo, en
cambio, eligió para fundar sus conventos los cascos urbanos más habitados de
las ciudades importantes. Domingo tuvo gran sensibilidad por los pobres de este
mundo y un día se dijo a sí mismo: “No quiero estudiar en pieles muertas
mientras hay hombres que mueren de hambre”. Y vendió el tesoro de su biblioteca
personal para ayudar a los pobres. Podría decirse que Domingo de Guzmán
“inventó” la forma de predicación basada en el conocimiento a fondo de la
Sagrada Escritura y su exposición al pueblo de forma racionalmente ordenada e
inteligible para evitar caer en el fideísmo y la piedad sentimental e
ignorante.
El
secreto de su predicación era su bondad personal y el estudio profundo de las
Escrituras. Se dijo que llevaba siempre consigo el evangelio de S. Mateo y que
se sabía de memoria las cartas de S. Pablo. En el gobierno de su Orden
introdujo el sentido democrático de la convivencia humana inspirado en el
Evangelio evitando tanto la anarquía como el autoritarismo. En consecuencia, no
aceptó los puestos de gobierno vitalicios e introdujo el sistema electivo de
los gobernantes por periodos cortos de tiempo. La predicación competente del
Evangelio es la que da sentido y legitima su institución. Esto significa que la
predicación competente del Evangelio es el fin específico al que Domingo
subordinó la vida comunitaria (no colectivismo), la oración canónica, el
estudio de la teología y de las ciencias. El contenido de la predicación es
Cristo mismo como rostro visible de Dios. La oración canónica es sacerdotal o
ministerial y no monacal. Esto significa que el sacerdote dominico no es ni
monje ni cura secular sino sacerdote predicador de la Verdad cuya
responsabilidad principal consiste en ser ministro de la Palabra de Dios antes
que funcionario burocrático o administrativo de los sacramentos. Por lo que se
refiere al estudio de la teología y de las ciencias, el dominico no es un
especulador mental que usa la inteligencia como objeto de entretenimiento, sino
un buscador ansioso de verdad para compartirla con los demás como servicio de
amor. Comunicar a los demás la verdad descubierta es un imperativo de la verdad
misma cuando es reflejo de la realidad y no un mero ejercicio mecánico de las
facultades cognitivas. Si Santo Domingo viviera hoy día, pensaba yo en 1994,
llevaría a cabo algunas reformas como las que se indican a continuación.
Abandonar
o adaptar el lastre monacal que dificulta el ejercicio del ministerio de la
predicación. El dominico no debe atarse a costumbres y tradiciones propias de
los monjes ya que el dominico no es un monje sino un sacerdote predicador.
Estructurar la oración canónica en función del ministerio sacerdotal y de la
predicación y no al revés. Para el dominico la oración comunitaria es un medio
importante pero no un fin en sí mismo. El voto de pobreza debe practicarse en
sentido positivo, es decir, ordenando los bienes necesarios y útiles a la
predicación de la Palabra de Dios, que es la que legitima la posesión de esos
bienes. La cuestión central no consiste en no tener o poseer bienes materiales
sino en el destino que se da a lo que se tiene en función de la predicación
apostólica. Hay que encontrar fórmulas prácticas para que cada fraile dominico
disponga de esos bienes materiales necesarios administrándolos responsablemente
en utilidad de los demás sin apegarse a ellos. La experiencia de la vida enseña
que es mejor tener algo para dar que carecer de todo para tenerlo que pedir.
Creo que esta segunda interpretación de la pobreza evangélica es un error y con
frecuencia un obstáculo serio para la predicación. Tampoco favorece el
desarrollo del sentido de responsabilidad. Desde esa visión de la pobreza
evangélica ocurre a veces que el dinero se convierte para algunos en algo malo
de lo cual no pueden prescindir. Esto a nivel personal. La verdadera pobreza
recomendada por Cristo significa desapego a lo mucho o poco que tengamos. El
espíritu evangélico de la pobreza está en el desapego y no en el volumen de
bienes materiales que poseamos.
A
nivel institucional la conservación de algunos conventos y de propiedades
históricas impide una mejor distribución de los frailes en puntos estelares
para el apostolado. La pobreza dominicana, pensaba yo aquel día lejano,
conlleva la posesión de medios materiales proporcionados a las necesidades de
la predicación evangélica. De esto no caben dudas razonables. Proporcionados significa
que el aspecto cuantitativo es muy relativo. Lo que en determinados tiempos y
lugares es mucho puede ser poco en tiempos y lugares diferentes. Las
necesidades de la predicación evangélica son los criterios objetivos más
acertados para discernir entre lo mucho y lo poco. Por otra parte, hay que
evitar que, con el pretexto de pobreza evangélica, sea sobreestimado el valor
de los bienes materiales cayendo así en una especie de “materialismo místico”.
La verdadera pobreza se opone tanto a la riqueza que ofende al pobre como a la
miseria que es incompatible con la dignidad humana.
En coherencia con lo anterior cabe recordar
que la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán no es una
empresa económica o comercial, sino una empresa o proyecto apostólico. Lo cual
significa que en el gobierno y administración de la Orden deben primar los
criterios apostólicos y pastorales sobre los mercantiles o empresariales. El
dominico debe educarse para obedecer a sus superiores legítimos. Pero no de una
manera ciega e irresponsable. La prudencia debe aplicarse a la obediencia
canónica lo mismo que a cualquiera otra virtud moral o teológica. Lo mismo hay
que decir de la castidad por el Reino de los Cielos. La salvación eterna está
condicionada a la caridad y no a la obediencia o a la pobreza. Estas virtudes,
si no son expresión de la caridad, no sirven para nada. El dominico, pues, debe
educarse en la castidad, pero como expresión libre de amor universal inspirado
en Cristo y no como negación o rechazo de presuntos placeres prohibidos. La
educación del fraile dominico en la castidad apunta a una forma de entender el
amor más allá del sexo bruto y del enamoramiento, en un punto en el que el amor
vincula a las personas liberadas de ataduras sexuales y sentimentales.
Sobre
el estudio y la vida común en la Orden de Predicadores se me ocurrió lo
siguiente. No basta recordar en la legislación dominicana que el estudio es
consustancial a la razón de ser del dominico ideal diseñado por Domingo de
Guzmán. La experiencia enseña que el estudio, aunque sea de la verdad sagrada,
puede degenerar en una actividad meramente especulativa de entretenimiento y
curiosidad. O también en una especulación al estilo griego. Para que el estudio
en la Orden de Predicadores sea fuente de felicidad personal y cumpla con la
misión que le fue asignada por Domingo de Guzmán, tiene que ser entendido como
búsqueda constante y apasionada de la verdad e instrumento apostólico. El
estudio, como la obediencia, la pobreza y la castidad, no es un fin en sí mismo
sino un medio para llevar a cabo la misión apostólica con dignidad moral y
competencia profesional. Tampoco la vida comunitaria es un fin en sí mismo sino
un medio para facilitar la misión apostólica. En la vida común lo más
importante es que haya caridad y no mera convivencia física para asegurar un status social para resolver los
problemas materiales de las personas. La comunidad dominicana no debe ser o no
debe convertirse en una colectividad o “colectivo”.
Un
pelotón de soldados, por ejemplo, es un colectivo. Los viajeros acomodados en
un autobús en marcha son un colectivo. Lo más característico del colectivo es
que todos se encuentran en el mismo lugar haciendo las mismas cosas, a la misma
hora y a las órdenes de un jefe o superior. En una comunidad dominicana, por el
contrario, ni los lugares comunes, ni los trabajos ni las órdenes de los
superiores suponen más sacrificio por parte de los miembros de la comunidad que
aquellos que son indispensables para llevar una vida en común responsable y
civilizada en nombre de Jesucristo y cohesionados por mandamiento supremo del
amor personal. Todas las ventajas de esta forma de entender la vida comunitaria
dominicana vienen por añadidura. Otra matización es la siguiente. Reflexionando
sobre el tema de la predicación como trabajo fundamental de los dominicos,
pensaba yo que, si Domingo de Guzmán levantara hoy la cabeza, prestaría
particular atención al nuevo estilo de hablar a las masas impuesto por los
medios de comunicación social. Cabe pensar que trataría de traducir el mensaje
evangélico y la reflexión teológica al lenguaje que entiende la mayoría de la
gente, como es el lenguaje periodístico y más aún el de las imágenes
tecnificadas. En cualquier caso, la predicación ha de ser teológica, es decir, bíblica y vital de los misterios de Dios. Pero
esta condición requiere mucho estudio actualizado de las fuentes de la
revelación y experiencia personal de Dios. De acuerdo con la mentalidad de
Domingo de Guzmán sobre la predicación, la caridad y el saber humano son
inseparables en la dinámica del buen predicador.
2)
Almuerzo histórico en Jerez de la
Frontera
Con
motivo de la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, el Prior del convento de
dominicos de Jerez de la Frontera nos invitó a los PP. Vicente Díaz, Santiago
Guerrero y yo mismo a celebrar un almuerzo fraterno en aquel bello convento
jerezano. Salimos de Cádiz de madrugada en dirección a Medina Sidonia. El
paisaje natural me resultó impresionante y los monumentos históricos dignos de
verse. Tuvimos un pequeño incidente mecánico con el coche, pero afortunadamente
se resolvió de suerte que, después de hacer un paréntesis para disfrutar de las
aguas playeras de Santi Petri, pudimos llegar felizmente a la aristocrática
ciudad jerezana, la cual me pareció una belleza urbanística e histórica. El
convento dominicano era de ensueño y los frailes dominicos nos recibieron con
inmensa alegría. En Medina Sidonia teníamos particular interés en visitar la
histórica Iglesia de Santiago. Llegamos a tiempo, pero por diversos motivos
coyunturales un niño con mucha gracia andaluza fue el encargado de hacer de
guía turístico con nosotros. Nos explicó las diversas partes de la Iglesia como
un consumado cicerone. Cuando nos encontrábamos admirando un cuadro de S. Antonio
el niño nos sorprendió con esta graciosa explicación: “Y este es S. Antonio,
para que si no tienen ustedes. novia, se la pidan”. El almuerzo fue animado a
más no poder como no podía ser de otra manera estando presente el P. José Luis
Otero. Entre sus numerosos y sabrosos comentarios uno se me quedó muy grabado
en la memoria. Yo he sido prior una vez, dijo, y llegué a la conclusión de que,
para resolver los problemas de una comunidad, cada cual debe conocer bien sus
obligaciones. Ahora bien, la principal obligación del prior consiste en mandar
y la de los súbditos en desobedecer. Con este comentario de humor andaluz dimos
por terminada nuestra visita.
3) El
triste final de un verano
La
última semana de agosto de 1994 fue generosa en noticias desagradables. Los
incendios, la mayor parte de ellos provocados, calcinaron muchos miles de
hectáreas de bosque en España y los terroristas hicieron también su agosto en
España y fuera de España. Por otra parte, el Papa Juan Pablo II expresó su
deseo de visitar la antigua Yugoslavia, pero le advirtieron que los riesgos de
ese viaje eran muy grandes. De hecho, se produjeron amenazas veladas contra
dicho viaje. En diversos partes del mundo se estaban cometiendo atrocidades a
mano armada con la más absoluta impunidad. A la sequía del agua se añadió la
sequía de humanidad.
Nunca tuve dificultad para comprender las
debilidades humanas. Lo que no puedo comprender es su idealización hasta
convertirlas en auténticas maldades por parte de los responsables públicos de
la educación y de la convivencia social bajo falsos pretextos de libertad. A
veces pienso que, en la base de este mal, que es la idealización de lo peor,
está la exclusión de Dios o el abuso fanático del mismo en los programas
educativos y en la convivencia social. El día veintiséis de agosto dejé
escritas las siguientes reflexiones. La crónica negra de los medios
informativos crece cada día. Hoy nos han hablado de la detención en Francia de
una joven sanguinaria española que había participado en los asesinatos
perpetrados contra turistas en Egipto y Marruecos, entre otros crímenes
espeluznantes perpetrados por gente muy joven.
A
falta de ideales nobles, pensaba yo, la vida humana se trivializa cada vez más
hasta el extremo de perderle todo el respeto. Surgen entonces los fanatismos
religiosos, entre los cuales los islámicos destacan de modo particular. Y los
atropellos contra la vida, a la que no se le reconoce ningún otro sentido que
el lúdico. La vida se convierte así en un juego mortal. En juego, porque se da
por supuesto que podemos hacer de ella lo que se nos antoje. Mortal, porque el
final del juego suele ser la muerte provocada.
A
continuación, decía yo que hay que culpar abiertamente a la mayoría de los
dirigentes sociales, sobre todo políticos y educadores, de esta calamidad.
Desde las instancias educativas y políticas se idealiza lo peor y se ridiculiza
lo mejor. Se tiene la impresión de que la justicia como institución pública
está corrompida por haber invertido la escala de valores. Dice el refrán
castellano que “de padres gatos hijos michos”. Lo cual significa que nuestra
sociedad tiene la paz social y la calidad de vida que merecen sus líderes
políticos y sociales.
4) Cursos de verano de El Escorial
El
miércoles 17 de agosto de 1994 me encontraba en el euro-forum del Hotel
Infantes de S. Lorenzo de El Escorial, Madrid, para pronunciar mi
conferencia-coloquio sobre “La nueva ideología del limes”, en el marco de los
cursos de verano 1994 organizados por la Universidad Complutense de Madrid. Los
otros conferenciantes que participaron en esta mesa de discusión fueron Ramón
Tamames, Luis González Carvajal y Luis Magriñá. La invitación a participar en
esta sesión no me llegó en el momento más deseado. Por una parte, necesitaba
aprovechar el mayor tiempo posible de descanso en Cádiz y, por otra, me obligó
a abandonar la idea de trasladarme a Constanza, junto al mar negro, con el
propósito de ayudar a un párroco de aquella ciudad y perfeccionarme en el
idioma rumano. Pero decidí aceptar la invitación de El Escorial, aunque no sin
sacrificio. En principio yo estaba muy de acuerdo en que esos cursos de verano
se celebraran en un lugar tan emblemático como El Escorial. Lo más interesante
de dichos cursos era que propiciaban el que hombres y mujeres de la cultura,
del arte, de la política y de las ciencias pudieran encontrarse personalmente,
conocerse y hablar del cielo y de la tierra con plena libertad como personas
razonables y civilizadas. Estos encuentros favorecen principalmente las
conversaciones informales que tienen lugar en el restaurante, en los descansos
y conversaciones privadas las cuales son frecuentemente más interesantes que
las exposiciones académicas de turno. Cuando yo llegué al lugar estaba hablando
todavía Ramón Tamames, muy conocido como catedrático de economía de la
Universidad Autónoma de Madrid, pero más aún por su pasado como militante
comunista. Se decía de él que siempre repetía lo mismo pero que era un hombre
interesante por su historia personal y porque se adaptaba muy bien al público
hablando con chispa, sencillez y naturalidad. Yo no le había oído antes hablar
en público, pero recuerdo que al oírle ahora por primera vez empecé a sentir
los síntomas del aburrimiento. No obstante, al final de su aburrido discurso
aprecié también que sabía mantener la atención del público por su forma sencilla
y chispeante de expresarse. Hablando del problema del crecimiento de la
población mundial, estando ya en perspectiva la Conferencia del Cairo, Tamames
dijo que el Papa, “jefe de la mayor multinacional del mundo”, que es la
Iglesia, estaba en su pleno derecho a opinar contra el aborto, por tratarse de
un asunto sangriento. Pero en materia de población el Papa, en su opinión,
estaba desfasado al presentar sus graves reservas contra la política de control
de la natalidad en el Tercer Mundo. Dijo también que admiraba a los místicos.
Ramón Tamames me pareció respetuoso y razonable en relación con el Papa, aunque
su interpretación de la opinión papal sobre la política de control de natalidad
impuesta por los países del Norte a los del Sur fuera equivocada.
Contra
lo que cabía esperar, me pareció menos responsable José Carlos García Fajardo
cuando yo le expresé mi opinión sobre la tesis de Tamames. Mi punto de vista
era que el Norte pretendía controlar al Sur imponiendo una política castradora.
La mejor forma de controlar políticamente al Sur sería impidiendo que las
gentes se reproduzcan. En mi opinión, no se trataba de educar para la
paternidad responsable sino de imponer a los más débiles la castración masiva.
Lo cual podía interpretarse también como una nueva forma de colonialismo por
parte del Norte sobre el Sur. Yo pensaba que esta forma de opresión es la que
estaba prevista para ser promocionada en la Conferencia de El Cairo y que el
Vaticano tenía el deber de condenar. José Carlos García Fajardo trató de
descalificar mi interpretación alabando a Tamales, cuya opinión compartía con
más emoción que razones objetivas.
Sabiendo
yo que José Carlos no soportaba discrepancias con sus puntos de vista por parte
de sus presuntos amigos, decidí olvidar por completo este pequeño incidente.
Después tuve la impresión de que se había dado cuenta de que había ido
demasiado lejos conmigo y trató de quitar hierro al asunto diciendo que nuestra
discrepancia había puesto de manifiesto la libertad de expresión reinante en la
Iglesia. Por mi parte deduje la conclusión de que, tratándose de asuntos
delicados que provocan sentimientos y emociones fuertes, conviene evitar las
discusiones verbales y razonar las cosas por escrito. De esta forma se explican
las cosas y se exponen las razones con más libertad y precisión, al tiempo que
se evita el apasionamiento y los enfrentamientos personales. Con la pluma en
ristre uno se siente más libre para opinar con objetividad que discutiendo
personalmente con la gente. En las discusiones orales prevalecen los
sentimientos. Escribiendo en la soledad, en cambio, es más probable que
prevalezcan las razones. Sobre las ONGS tampoco quise discutir en público en la
jornada de El Escorial. Y no lo hice porque había voluntarios sociales de signo
político, y otros que se diferenciaban poco de los aventureros o de aquellos
otros que buscan sensaciones fuertes, o satisfacer su curiosidad de conocer la
vida y costumbres de los países subdesarrollados hasta que se cansan y los
abandonan. Pensaba yo que, si los voluntarios sociales no tienen algún mensaje
humano que transmitir a las gentes de los países subdesarrollados, o alguna
ayuda concreta material o cultural de calidad que ofrecer, lo mejor que pueden
hacer es quedarse en sus casas y dejar de curiosear a los más débiles y
necesitados. Un joven que escuchó mi conferencia me dijo en privado que le
había llamado mucho la atención mi alusión a este tema. En mi alusión pasajera
había quedado claro que el voluntariado social no era para curiosos y aventureros
sino para gente joven muy seria y capaz de llevar con ayudas materiales
concretas un mensaje de humanidad verdadero.
Terminada
mi intervención en El Escorial tenía la opción de quedarme a cenar y dormir en
el Hotel, pero al percatarme de la presencia de mi prima María José cambié mis
planes. A petición nuestra el coche oficial nos dejó ante el Corte Inglés de
Princesa. Mi intención era invitarla a cenar en un restaurante, pero ella tenía
previsto prepararme amorosamente la cena en su casa y hablar de algunos asuntos
importantes. De entrada, me informó sobre una buena experiencia laboral que
estaba llevando a cabo en México su hijo Ángel María, del que ya he hablado
antes. Pero había algo más. Me dijo que deseaba comunicarme antes que a nadie
que tenía que someterse a una delicada intervención quirúrgica. Por la mañana
ella marchó a su despacho de Televisión Española y yo a comprar el pasaje de
vuelta a Cádiz en un servicio nocturno. Ángel Díez, O.P, siempre gentil y
dispuesto a ayudar a los demás, me acercó con el coche a la estación de
Autobuses del Sur. Como he dicho más arriba, regresé a Cádiz a las cinco de la
mañana del día 19 de agosto. Me alegré de haber aceptado la invitación a
participar en los cursos de El Escorial, pero perdí el interés por seguir
participando en el futuro. La experiencia fue positiva, pero no tanto como para
declinar otros proyectos estivales que por aquellos años me resultaban más
atractivos y enriquecedores.
15. Desde Ibiza y Benidorm
1)
Una historia familiar
El
seis de mayo de 1995 aterricé en Ibiza. En el aeropuerto me estaba esperando el
joven Tomás Moratalla, al que yo había conocido como colaborador de Solidarios
para el Desarrollo. Del aeropuerto me llevó a su casa donde sus padres me
recibieron con los brazos abiertos y me agasajaron a cuerpo de rey. Luego me
llevaron a Es Cubells donde teníamos programado un encuentro con un grupo de
jóvenes colaboradores de “Caritas Diocesana”. Por un error involuntario de
organización el encuentro no pudo celebrarse, circunstancia que el padre de
Tomás, D. José Luis, aprovechó para pasearme por la isla hasta bien entrada la
tarde. Visitamos las poblaciones principales y yo disfruté mucho de aquel
paradisíaco entorno natural y de una climatología que hacía respirar salud. D.
José Luis nos introdujo en un rinconcito playero y allí bajo un cielo azul
dulce y sensual me hablaron de sus problemas personales y familiares. En el
fondo de todo estaba la muerte de su hijo José Luis a los 24 años de edad.
Había nacido parapléjico y fue la cruz de su vida al tiempo que la causa de su
gloria familiar. Habían dedicado lo mejor de sus vidas a criar y ayudar a aquel
hijo enfermo sin separarse nunca de su lado. Lo cual no les impidió desplegar
una actividad profesional casi frenética.
Pero
el nacimiento de su hijo enfermo fue causa de alejamiento por parte de sus
familiares. Incluso los padres de José Luis habían manifestado poco aprecio
hacia su esposa a raíz del nacimiento de su hijo fallecido. Los padres de Tomás
Moratalla habían llevado el peso de esta cruz con gran dignidad y ello
explicaba el que, a pesar de todo lo ocurrido, fueran una pareja feliz. Y lo
que es más. Por aquellas fechas ella, la sufrida madre del joven difunto, tenía
en su casa a sus ancianos suegros a los que trataba con todo el amor, respeto y
cariño que se debe a los ancianos, olvidando por completo el trato desafecto
que de ellos había recibido a raíz del nacimiento de su hijo. Pude comprobar
que los ancianos suegros estaban admirados del trato que estaban recibiendo por
parte de su nuera. Por otra parte, el fallecido seguía presente en el recuerdo
amoroso de todos como un ángel de la guarda. D. José Luis me dijo que su hijo
difunto era maravilloso y que estaba seguro de que Dios lo tenía en su gloria.
¡Sin comentarios! D. José Luis tenía además madera de genio y era, como su
esposa, un gran cristiano. Había viajado por muchas partes del mundo como
músico de orquesta con su mujer y su hijo disminuido al lado. Era sastre de
alto copete y trabajaba la piel como un artista consumado. No había actividad u
oficio que escapara a sus manos. Cuando yo le conocí era el responsable de arte
y urbanización del Ayuntamiento. Me impresionó su vitalidad desbordante y era
feliz con su esposa y su hijo Tomás. Hablaba con realismo y comprensión hacia
las personas de su familia, incluidos sus padres, de las que no había recibido
la ayuda moral que cabía esperar para sobrellevar la cruz de su hijo disminuido
de nacimiento. Hacia las veinte horas un joven me acercó con su coche a la Parroquia
del Rosario donde me encontré con otros jóvenes que preparaban la liturgia
dominical. Durante nuestro coloquio hablamos del seguimiento de Cristo, del
apostolado como testimonio de su resurrección y de la paz interior como prueba
de maduración espiritual. También surgió el tema de la politización del
seguimiento de Cristo. Fue un encuentro feliz coronado con la presencia de una
joven madre con un niñito precioso como ella. Los jóvenes padres del niño
habían llegado para invitarme a cenar en su casa, pero consideré más razonable
cenar en casa de D. José Luis teniendo en cuenta la presencia de sus ancianos
padres. La cena resultó deliciosa y animada. D. José Luis disfrutó mucho
recordando experiencias de su vida y sus padres se encontraron como el pez en
el agua escuchándole. Por fin regresó Paco del trabajo acompañado de un amigo y
la conversación se reactivó. Cuando decidimos retirarnos todos a descansar
habíamos entrado ya en un nuevo día.
2)
Coloquios de Es Cubells
Tal
como estaba previsto, a las 10:30 de la mañana del día 7 de mayo me encontraba
a la puerta de las religiosas de Es Cubells donde se habría de celebrar un
coloquio. Salió a recibirme una monja con mucha personalidad, la cual, antes de
introducirme en casa, me dio algunas instrucciones sobre el modo de proceder
durante nuestro encuentro. Sólo cuando acepté todas las condiciones me invitó a
entrar. El ambiente interior y exterior de la casa era de ensueño. Todo era
silencio reconfortante, cielo azul, mar y pinares. Por si esto fuera poco,
fuera hacía una temperatura ambiental paradisíaca. En la primera meditación
hablé de la obediencia religiosa y la dirección espiritual. Les puse algunos
ejemplos prácticos de conflictos entre la libertad personal y la obediencia a
los superiores religiosos. E igualmente en lo que se refiere a la tradicional
dirección espiritual. En otro momento les hablé de la caridad en la vida
apostólica y el trato con los ancianos y enfermos. Los coloquios terminaron con
la celebración de la Eucaristía y me despedí de las religiosas, las cuales no
disimularon su satisfacción por la forma en que se había producido nuestro
encuentro.
Dña.
Horosia, la esposa admirable de D. José Luis, me esperaba en su casa para
agasajarme una vez más con una deliciosa paella. Después de una prolongada
posmesa, Paco me pidió que le acompañara a su lugar de trabajo en el hotel Los Molinos. A continuación, tomé el plano de la ciudad y me eché a la calle
como un turista más. Primero me senté a descansar y reflexionar junto al mar
disfrutando de aquel ambiente relajante. Después me dirigí a la parte nueva de
la capital ibicenca pero pronto me encontré en el casco viejo de la ciudad
presidida por la Catedral. Subí por la falda que da al mar contemplando la
belleza de los muros y la grandiosidad del mar abierto. Al llegar a la plaza de
la Catedral me encontré con unas niñas lindamente ataviadas y acompañadas de su
madre. Me dijeron que iban a la Catedral para celebrar el I centenario de la
muerte de D. Sebastián Gil y Vives, fundador de la Congregación de las
Agustinas HH del Amparo. El templo estaba abarrotado de jóvenes alumnos del
colegio. A continuación, di una vuelta por la falda de la ciudad que da al
puerto. La muralla me trajo a la memoria el cinturón de la Ciudad del Vaticano.
La calle S. Rafael me llamó particularmente la atención por su angostura y me
acordé del humorista cuando dice que en una ciudad había una calle tan estrecha
que los perros que transitaban por ella no podían mover la cola para saludar al
amo. Me pareció muy gratamente significativo el número elevado de calles
dedicadas a algún santo. Pero son muy escarpadas lo que hace pensar que no
resultará confortable vivir en muchas de ellas, sobre todo a partir de cierta
edad. Sorpresivamente me encontré frente a un personaje sentado en un banco en
el estilo más rigurosamente clásico y clerical. Se trataba de una estatua de
bronce impresionante por su expresión realista, dedicada a D. Isidoro Macabich
por la ciudad de Eivissa y Formentera. El ilustre sacerdote vivió de 1883 a
1973. Después pude comprobar que D. Isidoro tiene dedicada una calle y que el
monumento, al que termino de referirme, figuraba como una obra recomendada por
su valor artístico.
3)
Con el clero de Ibiza
A
las nueve de la mañana del día ocho de mayo me encontraba yo en la plaza de la
Catedral ibicenca. Tras una breve visita al templo llamé a la puerta del
Obispado y fue el propio Obispo D. Javier Salinas quien salió a recibirme. ¿Has
desayunado?, me preguntó. No, respondí. Sin perder tiempo me introdujo en la
cocina y me preparó él mismo un delicioso desayuno, terminado el cual me
condujo con su coche a Es Cubells donde nos esperaba un grupo de sacerdotes
diocesanos llegados de toda la isla. Pero al pasar por la Iglesia de Santo
Domingo de Guzmán nos detuvimos para visitar la Iglesia del antiguo convento de
los dominicos, actualmente convertido en Ayuntamiento, pero exquisitamente
conservada con gran riqueza de pinturas e iconografías dominicanas. Me llamaron
particularmente la atención la capilla del Rosario y la estatua de S. Vicente
Ferrer.
Llegados
a Es Cubells iniciamos la jornada con el rezo de Laudes. El Sr. Obispo presidió
la celebración e hizo una lectura. A continuación, yo hice un breve comentario
espiritual centrado en la resurrección del Señor con una matización que pilló
de sorpresa al Prelado. Yo comencé mi intervención contando a los presentes
cómo me había recibido el Obispo en su casa. Luego destaqué el hecho de que
fuera él mismo, en calidad de padre y pastor de nuestra fe, quien nos
confortara con su presencia. Por otra parte, todos ellos me habían sido hasta
aquel momento desconocidos, pero, por obra del Espíritu Santo, podíamos
verificar con nuestro encuentro hasta qué punto sin vernos nos queríamos.
Pasados unos minutos de meditación pasamos a la sala de reuniones para celebrar
la primera conferencia. El Sr. Obispo me presentó con cariñosas palabras
agradeciendo la alusión que previamente había yo hecho en la Capilla al
significado teológico y pastoral de su presencia como padre responsable de
nuestra fe. Dijo que por más que la vinculación del oficio episcopal con el
ministerio apostólico de confirmar en la fe fuera algo siempre sabido y
asumido, el destaque que yo había hecho de esa función episcopal le había
pillado muy gratamente de sorpresa. Luego puso una nota de humor diciendo que
no pensaran que me había invitado como pago por las palabras que elogiosamente
yo le había dedicado. Todos correspondieron con una amplia sonrisa de
complacencia. Seguidamente dimos comienzo a nuestras reflexiones pastorales
sobre la Eucaristía, la administración del sacramento de la Penitencia, la
predicación homilética y formas de conducta eclesiásticas que pueden contribuir
tanto a potenciar el anticlericalismo militante como la falta de credibilidad
en los ministros de la Iglesia. Se interesaron mucho por mis experiencias
pastorales en la Universidad Complutense de Madrid. El Sr. Obispo me había
dicho que sus curas eran poco habladores y más aún en ocasiones como estas. No
obstante, yo tuve la impresión de que hablamos mucho y en tono agradable. Al
terminar el coloquio el Obispo aprovechó la ocasión para cambiar impresiones
con sus curas sobre algunos asuntos importantes y me invitó a que permaneciera
allí con ellos. Por razones obvias de prudencia agradecí su invitación y
abandoné el recinto. Poco después nos encontrábamos todos juntos almorzando
fraternalmente felices y contentos, a excepción del más joven de todos, cuyos
planes para el encuentro con los grupos de “Caritas” no pudieron llevarse a
cabo. Así las cosas, llegó el momento de la despedida y el Sr. Obispo pidió al
joven párroco de El Rosario que se encargara de mis asuntos. Mientras volvíamos
a Eivissa me dijo que conocía a gente que había sido educada en algún colegio
de la Iglesia bajo el signo del rigorismo pedagógico y que después abandonaron
la Iglesia. Entre esa gente, añadió, se encontraba su propio hermano.
4)
Visita de cortesía al Comisario Paco
D.
José Luis y su esposa Horo, mis anfitriones durante mi estadía en la isla, me
hablaron mucho de su amistad con el popular “Comisario Paco” y concertaron un
encuentro para que nos conociéramos. Al llegar a la bella residencia del
Comisario nos encontramos con el espectáculo de una hermosa perra-lobo de un
solo año de edad, la cual terminaba de parir doce preciosos cachorros de los
que sobrevivían diez. La joven madre nos miraba con ojos tiernos mientras
amamantaba a sus cachorrillos, los cuales se turnaban en la teta materna como
hambrientos clientes en un autoservicio. Seguidamente fuimos ocupando asiento
en una bella terraza, nos obsequiaron con una suculenta merienda y comenzó
nuestra conversación con alegría y contento por parte de todos. Se habló de
muchas cosas felices, pero también de penas y sufrimiento. Paco, el Comisario,
estaba preparando su jubilación laboral en condiciones muy positivas, pero
tenían en casa la espina de su preciosa hija cuya vida sentimental era fuente
de disgustos. Su hijo, según me dijeron, era un buen muchacho, pero negado para
los estudios. Así las cosas, nuestra conversación estuvo centrada en asuntos
culturales y problemas religiosos. Pero pasaba el tiempo, avanzaba la noche y
había que interrumpir aquel encuentro tan grato como irrepetible.
5)
Últimas horas y vuelta a Madrid
A
primera hora de la mañana de mayo 1995 el joven Paco Moratalla me invitó a
visitar las iglesias de la ciudad y hacer algunas compras en el mercado. Pronto
me di cuenta de que compraba Champagne y dulces exquisitos autóctonos para el
almuerzo de despedida que su madre estaba preparando en casa. Durante el
trayecto nos sentamos en una terraza para conversar sobre la marcha del
movimiento “Solidarios, del que ya he hablado y en el cual él estaba embarcado.
Ambos estuvimos de acuerdo en que habían surgido problemas de liderazgo pero
que sus objetivos eran dignos de ser asumidos y promovidos.
Cuando
nos disponíamos para volver a casa llegó un joven amigo de Tomás Moratalla, el
cual nos invitó a dar un paseo con su coche hasta el peñón de Es Vedras. A las
tres horas de la tarde estábamos de vuelta en casa donde los padres de Tomás
nos esperaban con la mesa puesta mirando al mar y acariciados por una brisa
fresca que penetraba en el comedor por la terraza. Fue realmente un almuerzo
delicioso, y también de despedida. Abrimos el champagne y los dulces, nos
abrazamos y los abuelos dejaron correr sus lágrimas como quienes estaban
seguros de que este encuentro feliz no se iba a repetir jamás en este mundo. D.
José Luis y su hijo marcharon al trabajo y el buen amigo Vicente me acercó con
su coche al aeropuerto de Ibiza.
Mientras
esperaba el momento de embarcar sentado en la sala de espera mirando al mar
quedé perdido en mis pensamientos y recuerdos felices. Despegó el avión a la
hora prevista y nos anunciaron que las condiciones meteorológicas no eran
favorables por lo que podrían producirse movimientos desagradables durante el
vuelo. ¡Qué contrastes tan rápidos se producen en la vida!, pensaba yo después
del ambiente de paz y felicidad del que había disfrutado pocos minutos antes!
Pero así es la vida. En un momento dado los funcionarios del vuelo suspendieron
el servicio de bar a causa del movimiento y pocos minutos después yo tenía la
impresión de que la aeronave se movía dando saltos en el aire. Llegamos
felizmente a nuestro destino, pero no puedo decir que el vuelo se produjera,
nunca mejor dicho, a la altura de las circunstancias que me habían acompañado
en tierra.
6)
Ciudadano de Benidorm
En
julio de 1996 decidí pasar una semana de descanso en Benidorm sólo sin otro
programa ni objetivo que descansar. Y vive Dios que iba a necesitar las fuerzas
recuperadas. El otoño de 1996 fue crucial en mi vida, entre otras cosas por la
enfermedad de mi padre que habría de acaparar durante los seis años siguientes
toda mi atención con el costo de un desgaste vital irreparable, aunque con un
balance final positivo. Por ello me ha parecido oportuno recordar aquella
emblemática semana que marcó el final de un descanso reparador como preanuncio
de una nueva y definitiva etapa de mi vida. El viaje en autobús desde Madrid a
Benidorm me resultó desagradable. Los fumadores se encargaron de contaminar el
aire que respirábamos dentro del autobús y durante el trayecto no faltaron
discusiones y faltas de respeto entre algunos de los viajeros. Llegamos a
Benidorm a la hora prevista y decidí acercarme al hotel Brasil, en el que había
reservado un apartamento, caminando en lugar de tomar un taxi. Me instalé,
intenté dormir, pero sólo logré descansar satisfactoriamente. Por la tarde bajé
a la playa y la encontré muy agradable. El agua estaba mansa y cristalina y el
fondo dulce por la finura de la arena como si fuera azúcar. Después de nadar
relajadamente y serenar mi estado nervioso maltratado durante el desagradable
viaje en autobús, me fui de turismo por la ciudad y visité una Iglesia que
resultó ser la Iglesia parroquial tradicional de la vieja población. Volví al
hotel, cené y me retiré a descansar en la terraza mientras oraba
espontáneamente y pensaba en cómo organizar el tiempo para recuperar fuerzas
con el fin de empezar el curso académico 1996-1997 en mejores condiciones que
el año anterior. Por aquella época yo tenía muy claro que el cansancio, tanto
corporal como psicológico, es muy mal consejero. Creo que tuve la intuición de que el año que
tenía por delante podía ser peor que el que había terminado, como de hecho
ocurrió.
Por
la noche descansé muy bien y el segundo día resultó muy agradable. Ni calor
molesto ni exceso de humedad. Por otra parte, mi apartamento era modesto, pero
suficientemente confortable y sin ruidos. Terminado el desayuno me eché a la
calle. En lugar de bajar directamente al mar bordeé por el centro de la ciudad
hasta la ciudadela donde se encuentra la Parroquia de S. Jordi. Estaba ya
abierta y aproveché la ocasión para hacer allí una oración matinal de acción de
gracias y de recuerdo para todas las personas del lugar y las otras que, como
yo, acudían buscando el reconfortante descanso. Terminada la oración volví al
punto de partida bordeando la playa, que poco a poco iba siendo tomada por la
gente. Al llegar a la altura de mi hotel decidí hacer alto en el camino. El sol
estaba empañado por algunas nubes, pero el mar era lo más parecido a una
inmensa colcha de paz, el suelo como si fuera de azúcar y el agua gratamente
fresca. Sobre ella dejé caer mi cuerpo de espaldas como sobre un dulce colchón
de espuma mirando al cielo y dando gracias a Dios en mi interior por tanta
felicidad y belleza puesta a mi disposición. Al cabo de pocas horas volví al hotel
con mis pensamientos y unos deliciosos racimos de uvas que compré en el camino.
Al llegar al apartamento colgué la bolsa de las uvas en un lugar estratégico y
cuando me apetecía picaba de ellas como un ave rapaz y caprichoso. Escuchando
una música muy agradable perdí el control del tiempo y bajé tarde al comedor,
pero el jefe de servicios resolvió amablemente el problema. El día siguiente
temprano me encontraba de nuevo en la playa. Tomé el sol e hice saludables
ejercicios de natación. Después del almuerzo en el hotel y un breve descanso
regresé a la playa abarrotada de gente para proseguir mis ejercicios de
natación. Posteriormente me senté en una terraza mirando al mar con una cerveza
delante disfrutando de la brisa marina. Si yo fuera poeta y músico cualificado,
pensaba yo, describiría en prosa y en música las bellezas de este tapiz
veraniego tejido de cielo azul, luz resplandeciente y agua mansa.
7)
Una linda escena playera
Cuando
estaba dentro del agua me llamó la atención un grupo de personas alejadas de la
orilla, presuntamente atraídas por algo que estaba allí ocurriendo. Caí en la
tención de satisfacer mi curiosidad y me dirigí hacia el lugar. Pronto me
percaté de que las personas que se encontraban allí arrojaban trozos de pan al
agua. Me acerqué más y pude contemplar el espectáculo de un rebaño de preciosos
peces, algunos muy grandes, saltando para cazar el pan. Maliciosamente pensé
que, con una red o un anzuelo, una vez convocados por la comida, sería muy
fácil realizar allí una “pesca milagrosa”. Pero yo estaba seguro que a nadie de
los allí presentes le pasaría tal idea por la cabeza. Un señor trataba de
acercarse a los peces con la esperanza de que alguno le arrebatara el trozo de
pan de sus manos, pero no lo logró. Los peces tenían un lustre y una vitalidad
sorprendentes. Ante el lindo espectáculo me hice la siguiente reflexión. Hasta
los peces del mar se amansan con la bondad humana, ¿cómo se explica entonces
que haya todavía seres humanos tan fieros y criminales contra sus semejantes?
¿Hasta cuándo seguirá cumpliéndose el aforismo latino “homo homini lupus”?
De
vuelta en hotel y mientras me preparaba para cenar me asaltó otro pensamiento
como conclusión del día. S la vida humana bien llevada es tan bella, y también
la naturaleza, ¿cómo será Dios su Creador? Aquella noche cené acompañado de un
gentil caballero llegado de Madrid con aspecto de empresario, el cual, como
tantas otras veces me ha ocurrido, a la primera de cambio pensó que yo no era
español. Nuestra conversación durante la cena giró en torno a la noticia del
avión que se había estrellado con doscientos pasajeros a bordo, procedente de
Nueva York con destino París. La gran cuestión pendiente era si se trataba de
un accidente involuntario o de un atentado terrorista con motivo de los juegos
olímpicos de Atlanta. Por otra parte, la sesión de playa de aquel día había
sido muy intensa por lo que me limité a dar un breve y paseo nocturno entre la
multitud que circulaba por la calle antes de retirarme a descansar.
Desafortunadamente durante la noche no logré descansar satisfactoriamente y
surgieron síntomas de resfriado. Había que cortar por lo sano. Primero,
suprimir la playa y tomar una medicación de emergencia. La decisión resultó tan
eficaz que no fue necesario privarme de los agradables paseos y la
contemplación del paisaje marítimo y humano desde terrazas más estratégicas. En
una de esas correrías me encontré con algunas personas inválidas llevadas en
sillas de ruedas por sus familiares y quedé admirado de la abnegación y amor con
que eran tratadas. La presencia de las personas inválidas es una prueba de
fuego para chequear nuestro grado de humanidad. Después de admirar estas
escenas me senté en un banco a la orilla del mar donde había una señora en edad
madura acompañada por un señor bastante joven en silla de ruedas. Mi primera
sorpresa fue que era su marido. La segunda fue la forma cálida y amorosa como
le trataba y paseaba orgullosamente en su silla de ruedas. Cuando les pareció
bien se marcharon y me quedé solo leyendo la prensa sin olvidar la lección de
humanidad que terminaba de recibir.
De
vuelta en al hotel hice una visita a la iglesia parroquial cercana y nuevamente
un caballero, al que cedí el paso a la entrada del templo, me respondió
amablemente: “Merci, monsieur”, convencido sin duda de que yo no era español.
Afortunadamente, por la tarde me sentí muy recuperado del resfriado y me
encontré animado para echarme a la calle a darme un baño de multitud. Pero en
un momento dado el corazón me dijo que debía hacer una llamada telefónica a la
prima Rosario. Y la sorpresa no se hizo esperar. La niña pequeña Merichel, y su
padre Juan habían sido intervenidos quirúrgicamente durante mi ausencia y mi prima
Rosario se encontraba sola cuidándolos a los dos. Habitualmente tenía por norma
darme a conocer las cosas tristes de su casa cuando lo peor ya había pasado.
Hasta ahí llega la grandeza de esta prima entrañable que tanto me ha querido
desde nuestra infancia. Ella sólo quiere verme en su casa para mimarme y
agasajarme y no para compartir penas. Después de ofrecerme las informaciones
pertinentes sobre los enfermos y su feliz evolución, me comunicó que Juan y
ella tenían previsto alquilar un chalet en “Los Molinos” para descansar durante
el mes de agosto y que allí tenía yo también mi casa. No me habían informado de
sus penas, pero querían que no me privara de compartir con ellos ahora sus
alegrías.
El
día veinte de julio me encontré en plena forma y decidí aprovechar el tiempo de
playa al máximo mañana y tarde. Tanto la climatología como el estado de las
playas invitaban a lo mejor. Aquel día constaté con satisfacción mi resistencia
física nunca experimentada en el pasado. Recordaba los tiempos cuando el
ejercicio de natación me resultaba fatigoso en extremo mientras que ahora podía
permanecer en el agua durante largo tiempo de forma placentera y sin cansarme.
Entrada ya la tarde me dirigí a la parroquia del Buen Pastor de Benidorm con el
propósito de asistir o celebrar la Eucaristía. La nave del templo era espaciosa
y funcional pero carente por completo de valor estético. Ni siquiera en el
exterior había signos por los que el visitante pudiera reconocer el edificio
como un templo. El joven sacerdote celebrante me causó una primera impresión
muy buena. No era español y hablaba castellano perfectamente con un acento muy
agradable. Era natural en sus gestos, riguroso con las normas litúrgicas, pero
sin caer en el ritualismo y la beatería. Un grupo de jóvenes le ayudaba en los
cantos y las lecturas. Su homilía fue breve y sustanciosa sin perder su talante
natural al dirigirse al público. Explicando la parábola de la cizaña insistió
en que hemos de fijarnos en el buen trigo que Dios ha sembrado en nosotros
renunciando a sembrar nosotros cizaña en los demás. Esta idea la explicó en un
lenguaje sencillo y muy asequible. Era sábado y las calles, plazas y terrazas
estaban abarrotadas de gente. El sol sale y se pone. Las estaciones se suceden
sin cesar y también las generaciones humanas. Pero los problemas esenciales de
la vida humana son los mismos y Dios permanece para siempre. Con este
pensamiento concluí el paseo durante aquella bella tarde mediterránea a la luz
de las farolas que alumbraban el paseo marítimo de la playa de poniente de
Benidorm.
8)
Domingo, 21 de Julio de 1996 y más
En
el desayuno me acompañó a la mesa un señor entrado en años, bien trajeado y de
porte distinguido. Era un caballero portugués recién llegado al hotel para
pasar unos días de descanso. Intercambiamos las palabras de rigor en estos
casos y observé al principio y al final que hizo la señal de la cruz como gesto
de bendición y acción de gracias a Dios. Terminado el desayuno volví a la
parroquia del Buen Pastor. Celebró la Eucaristía el mismo joven sacerdote, el
cual, obviamente, repitió la homilía del día anterior por la tarde, pero muy
mejorada. Pronto me percaté de que no era un repetidor mecánico, sino que sabía
transmitir el mismo mensaje homilético adaptándolo a la audiencia. La cizaña
del mal, dijo, nos acompaña siempre, pero nosotros tenemos que vivir
alimentándonos con el trigo del bien que Dios ha sembrado en todos nosotros. Mi
sorpresa fue que entre los fieles que asistían a la Misa se encontraba también
el caballero portugués que me había acompañado pocos minutos antes durante el
desayuno. A la hora del almuerzo decidí romper el hielo. Entramos en
conversación y me dijo que había viajado mucho por España desde el año 1951.
Por su forma de expresarse me pareció un hombre inteligente y comprensivo, pero
no conseguí desvelar su personalidad. Por otra parte, yo tenía por costumbre no
hacer preguntas personales a nadie para satisfacer mi curiosidad esperando a
que mis interlocutores se presentaran de forma libre, espontánea y natural.
Apliqué este criterio al visitante portugués y me quedé con el buen recuerdo
del encuentro, pero con el interrogante sin respuesta sobre su personalidad. La
homilía del joven cura, sin embargo, suscitó en mí algunas reflexiones sobre la
parábola del trigo y la cizaña.
Se
me ocurrió pensar que la imagen del fuego manejada en la parábola como lugar de
destrucción de la cizaña estaba tomada probablemente de la gehenna
jerosolimitana. Ahora bien, una cosa es la imagen tomada de la vida real, y
otra el significado de la misma en la lección que Jesús quiso transmitirnos con
la parábola. La enseñanza sustancial o mensaje formal de la parábola es que los
buenos según Dios han de aprender a convivir con los malos de este mundo sin
caer en la tentación de tomarse la justicia por sus manos, ya que Dios mismo
hará justicia a cada uno de nosotros sin necesidad de la ayuda de nadie al
final de los tiempos. La justicia divina consistirá en llamar a los suyos junto
a Sí rechazando a los demás que serán excluidos de la visión de Dios para
siempre. Este rechazo o exclusión divina constituye de por sí el verdadero
infierno y no un presunto lugar físico con fuego inextinguible. Lo contrario me
parece una confusión del mensaje transmitido en la parábola con la imagen o
recurso literario utilizado para la transmisión del mismo.
El
mensaje es que la condenación eterna lleva consigo la ausencia de Dios de forma
irreparable. Pero de ahí no parece correcto deducir que el rechazo por Dios
haya de permanecer para siempre en un lugar físico de fuego inextinguible. Que
el tormento que lleva consigo la pérdida de Dios forma parte de eso que se
denomina infierno, está bastante claro. Lo que no está claro es que esa pena
haya de ser saldada en fuego lento e inextinguible por más que se utilice
alegóricamente en la parábola la imagen de la gehenna o basurero humeante de
Jerusalén. A los hombres malos no se los puede confundir literalmente con las
malas hierbas. Los hombres, por malos que sean, nunca son hierbas y, por lo
mismo, no deben ser tratados como tales. Si se habla de hombres malos como de
malas hierbas es en sentido figurado y metafórico. En este mismo sentido
tampoco los hombres buenos son ángeles. Hemos de aprender el arte de no
confundir los géneros literarios con los mensajes que con ellos queremos
transmitir a los demás. Esto es indispensable para comprender cualquier
discurso normal y lo es aún más para descifrar correctamente los mensajes que
Jesús quiso transmitir a la humanidad cuando hablaba. Por la tarde decidí no ir
a la playa. Después de un animado almuerzo en el hotel con el enigmático caballero
portugués y el madrileño agente de negocios, decidí permanecer durante las
horas de más calor en mi apartamento descansando, oyendo música y reflexionando
hasta la hora de la cena que no resultó menos animada que el almuerzo. Luego me
eché a la calle perdiéndome entre la gente y pertrechado con la cámara
fotográfica dispuesta para cualquier eventualidad gráfica interesante que
pudiera surgir. Las calles y paseos de Benidorm estaban abarrotadas de gente,
nacionales y extranjeros, disfrutando de un ambiente climatológico casi
paradisíaco.
Llegado
a la plaza de los pintores junto a la iglesia de S. Jaume, comenzaron las
tracas y pronto supe la razón de tan perturbador incidente. Una gigantesca
procesión salía del puerto con la Virgen del Carmen llevada a hombros por
marineros, precedidos por la banda de música y un cortejo de bellas muchachas
ataviadas con vestidos regionales. En la gran explanada la gente escuchaba
entusiasmada el homenaje de los marineros a su Patrona la Virgen del Carmen por
boca de una joven con un tono de voz dulce y tierno. A continuación, escuchamos
con emoción el canto de la imponente Salve
Marinera. Para mí fue una grata sorpresa este apéndice del día dedicado a
la Madre de Cristo en un contexto humano y ecológico tan agradable. La belleza
y el bienestar, pensaba yo, deberían conducirnos siempre a Dios en lugar de
alejarnos de Él. ¡Qué distinto es este bello espectáculo del creado por los
profesionales del terror y de la muerte! Con estos sentimientos y dando gracias
a Dios por el feliz día que terminaba me retiré a mi apartamento.
El
día veintidós reanudé mis ejercicios de natación y relajo en la playa. La única
escena llamativa durante la mañana fue una vulgar manifestación política sin
olvidar las noticias de actos terroristas que no cesaban. Cuando llegó la hora
del almuerzo tomé asiento en una terraza mirando al mar. Las terrazas estaban
abarrotadas de gente. Al ver el ambiente reinante decidí quedarme allí en lugar
de almorzar en el hotel. El ambiente era festivo, la climatología muy agradable
y el mar nos regalaba con la belleza de su inmensidad y la música de sus
espumosas olas. Por si esto fuera poco, el menú fue exquisito y el precio
sorprendentemente barato. De vuelta a casa me encontré una vez más con la
señora de las cerezas. Me explico. En la calle Maraval había una humilde tienda
de frutas propiedad de una señora rondando la media edad. Sus frutas eran
variadas, exquisitas y asequibles a precio de pobres. Por si esto fuera poco,
la señora era amabilísima en su trato y cuando pasaba por allí no me resistía a
comprar algo, aunque sólo fuera para contribuir a su modesto negocio. Hoy
pasaba yo por allí cuando estaba a punto de cerrar la tienda. En su rostro se
reflejaba el cansancio del día, lo cual no fue obstáculo para que a mí me
recibiera con gran delicadeza al tiempo que regalaba una amorosa sonrisa a otra
persona que pasaba también por allí. No recuerdo qué compré en esta ocasión,
pero aquella mezcla de cansancio y de bondad me causó gran impacto y me llevó a
pensar en la grandeza de la dignidad humana que se refleja en las personas
pobres, humildes y buenas de corazón. Esta fue la impresión que me causó
aquella honorable señora ganándose el pan de cada día en una modesta tienda de
exquisitas frutas a precio de pobres y regalando sonrisas y simpatía a los
clientes. Mis recuerdos del día veintitrés de julio están condicionados por la
subida de las temperaturas y las noticias relacionadas con los terroristas. El
calor lo combatí con los ejercicios de natación en la playa y el almuerzo en
una terraza fresca. Sobre las actividades terroristas reflexioné mucho acerca
de la maldad humana, por una parte, y el mensaje de la parábola del trigo y la
cizaña y el mandato cristiano del perdón, por otra. ¿Cómo compaginar la justicia
con el perdón y la misericordia? La conclusión a la que llegué fue que, sin
referencia a Dios tal como se manifestó en la persona de Cristo, tal
compatibilidad resulta en la práctica imposible.
9)
Despedidas
Suele
decirse que las despedidas son siempre tristes. Esto no siempre es verdad,
aunque el dicho popular no carece de fundamento. Además de la modesta tienda de
frutas a la que me he referido antes, en la calle Maraval de Benidorm había
también un bar con el rótulo en la puerta: “El RUSO”. Después de pasar en
diversas ocasiones por delante del establecimiento me llamó la atención el
hecho de que nunca había apreciado desde fuera la presencia de clientes en el
local. Una tarde, cuando regresaba al hotel, entré a tomar una cerveza más
movido por la curiosidad que por la necesidad. Me recibieron el barman y su
esposa con porte americano. Sólo había un cliente en el otro extremo de la
barra, llegado de Madrid y con más alcohol en el cuerpo de lo conveniente. El
ambiente allí no me inspiró confianza e inmediatamente abandoné el local.
Después pasaba con frecuencia por la puerta y observé que cuando el local
estaba cerrado casi siempre y cuando estaba abierto sólo había en el interior
el barman y su esposa viendo a la gente pasar de largo. Un día decidí entrar a
tomar una cerveza con la intención de descifrar el enigma de aquel bar. Entré,
me acomodé en la barra y vino a servirme un adolescente mientras sus padres
esperaban sentados ante el televisor a que llegaran más clientes. Pronto me
percaté de que el niño encontraba alguna dificultad en expresarse en
castellano. Me confesó que era ruso e inmediatamente se acercaron el padre y la
madre. La madre se expresaba bien en español y me contó su vida en pocas
palabras. El matrimonio y su hijo eran moscovitas y habían llegado a España
hacía sólo algunos meses buscando mejor vida. Les hablé de mis incursiones por
la antigua Unión Soviética lo que fue motivo de una animada conversación. Al
final pagué la consumición al niño dejándole una generosa propina. Los padres
pensaron que era excesiva, pero yo les rogué que la aceptaran como recuerdo de
nuestro encuentro. El niño me regaló una mirada tierna y penetrante y abandoné
el local. ¿Estaba esta familia relacionada con las mafias rusas que estaban de
moda por aquellos años?
A
la hora del desayuno coincidí de nuevo con el caballero portugués y le comenté
lo ocurrido en “El RUSO” el día anterior. Me dijo que también él había visitado
el lugar y le había llamado la atención la sequía habitual de clientes. “Así,
añadió, creo que va a ganar poco dinero”. Al día siguiente volví al RUSO para
despedirme de aquella buena gente. Pero no me permitieron pagar la consumición.
Al contrario, me agasajaron ellos con jamón y croquetas rusas. ¿Qué habrá sido
de ellos? ¿Habrán encontrado la mejor vida que buscaban? También me pareció un
deber de cortesía despedirme de la camarera del restaurante del hotel. Era una
encantadora chiquilla granadina que no cesó de prodigarme atenciones en el
comedor. Después de conocerla me pareció oportuno regalarle un librito de humor
con esta dedicatoria: “La alegría de todos los chistes del mundo son nada en
comparación con una sola de tus sonrisas”. La chiquilla estaba feliz.
El
día veinticinco de julio, festividad de Santiago Apóstol, fui a despedirme de
la parroquia del Buen Pastor de
Benidorm. Me recibió el joven sacerdote del que he hablado antes y que resultó
ser un P. Franciscano llegado de El Salvador. Era el Vicario Parroquial y se
encargaba principalmente de la pastoral vocacional. Me invitó a concelebrar la
Eucaristía con él y a predicar la homilía al pueblo. Acepté con mucho gusto
concelebrar, pero, por razones obvias, no acepté suplirle en la predicación. El
párroco era D. Tomás, hombre entrado en años y con problemas de salud, pero muy
sabio, sensato y bondadoso. Era especialista en biología y conservaba recuerdos
muy entrañables de algunos frailes dominicos de Valencia. Terminada la Misa el
P. René, que así se llamaba el joven sacerdote franciscano, me invitó a
desayunar con él y me facilitó algunas informaciones sociológicas y pastorales
interesantes sobre la ciudad de Benidorm. Tuve la impresión de que el P. René
gozaba de gran simpatía entre la gente y me resultó muy edificante el retrato
que diseñó de la personalidad moral de D. Tomás al que profesaba gran respeto y
admiración por su trayectoria personal y pastoral.
16. En el
infierno nacionalista vasco
En
repetidas ocasiones he expresado mi opinión contra los sentimientos
nacionalistas y en dos ocasiones fui invitado a conferenciar en Euskadi donde
las personas que no compartían esos sentimientos estaban condenadas a vivir
como en un infierno de odio, sangre y fuego.
1)
Lección en el Instituto vasco de
criminología
El
día doce de julio de 1990 participé en el curso para funcionarios de prisiones
organizado por el Instituto Vasco de Criminología de San Sebastián con una
lección sobre los medios de comunicación en las cárceles. La preparación de
dicha lección tuvo lugar en la madrileña cárcel masculina de Carabanchel y en
el toledano Penal de Ocaña. En ambos centros penitenciarios tuve la grata
sorpresa de ser recibido por funcionarios que habían sido compañeros míos de
estudios con lo cual se me abrieron todas las puertas sin dificultad para que
investigara en los archivos y conociera por dentro y desde dentro la condición
delictiva de los reclusos, su forma de vida y el trato que recibían. En un momento
dado el funcionario que acompañaba me sugirió que mirara hacia un punto
determinado a donde se encontraba un recluso. Tuve la sensación que más que
hombre era un tigre feroz dispuesto a degollar alguna presa. No en vano era un
terrorista condenado por varios asesinatos. Al final de mi escrupulosa y
exhaustiva investigación en los dos centros penitenciarios indicados quedé muy
sorprendido por la facilidad con que los reclusos terroristas tenían acceso a
informaciones relacionadas con sus intereses y objetivos criminales. Me
sorprendió también negativamente la politización reinante de la praxis
carcelaria por parte de los responsables de la administración de los centros
penitenciarios.
El
extenso texto de mi lección fue publicado después y en el penúltimo párrafo
escribí lo siguiente: “Por último, un interrogante abierto. ¿Es razonable que a
los presos por delitos de violencia extrema se les permita, aunque sea bajo
control, estar puntualmente informados en la prisión sobre las actividades y
planes de sus colegas en la calle, recibiendo incluso panfletos
propagandísticos de sus simpatizantes? Si se considera que esta situación debe
continuar, entonces habrá que mentalizar mucho más a los informadores en
materia de terrorismo para que hablen de esos temas extremando la prudencia y
el sentido de responsabilidad para no convertirse de hecho en lo que se ha
denominado “oxígeno del terrorismo” bajo pretextos informativos de dudosa
calidad deontológica”. Durante la mesa redonda que siguió a mi intervención ocurrieron
anécdotas interesantes. Por ejemplo, yo hice un ejercicio práctico de
deontología informativa utilizando expresiones referidas a la banda terrorista
que todos conocíamos por sus hechos criminales, pero sin pronunciar su nombre.
Esta forma mía de hablar no gustó a la periodista Carmen Gurruchaga, conocida
por su valiente y ejemplar actitud frente a las actividades terroristas, por lo
que, llevada de la espontaneidad, pronunció una frase poco cortés hacia mí y no
sin sorpresa de los presentes. De hecho, ella estaba improvisando ya que la
habían llamado a última hora para sustituir a uno de los invitados, el cual
excusó su participación en el último momento. Pronto las aguas volvieron a la
normalidad. Durante el agasajo posterior en la cafetería Carmen Gurruchaga se
mantuvo todo el tiempo a mi lado como si quisiera compensar su descortesía.
Carmen tuvo que abandonar después el País Vasco por razones de seguridad
personal sin otro motivo que su actitud abierta y valiente como periodista
frente a los terroristas asesinos y quienes los apoyan.
2)
Debate en el Hotel Carlton de Bilbao
El día quince de diciembre de 1994 aterricé en el aeropuerto de Bilbao donde me recibió el ilustre abogado D. Ángel Gabinde, presidente de la Asociación de Estudios Penales RESPUBLICA. El vuelo salió de Madrid con retraso, pero resultó agradable. D. Ángel me instaló en el Hotel Ercilla y me condujo a una casa pintoresca de comidas para el almuerzo que se prolongó durante casi dos horas. Hablamos de la Universidad Complutense de Madrid, de los Dominicos, por los que sentía gran simpatía, y también de los Jesuitas y el Opus Dei sobre los que su simpatía no era excesiva. Pero la mayor parte del tiempo hablamos de la tensión existente entre periodistas y jueces y la forma en que se había organizado el debate de la tarde. A las 18:30 nos encontrábamos en el Salón de Conferencias del Hotel Carlton dispuestos a debatir: D. Ángel Gabinde, D. José María Montero, D. Ricardo de Ángel, D. Emilio Alfaro, D. Mariano Ferrer y yo mismo. Los tres primeros eran ilustres abogados y los dos siguientes ilustres periodistas de El Mundo y la Cadena COPE respectivamente. Pronto me percaté de que el combate dialéctico iba a ser duro y que me tocaba hacer de pacificador o conciliador entre ambos fuegos. Los abogados acusaron a los medios de comunicación: 1) De ser un poder incontrolado y no suficientemente subordinado al imperio de la ley. 2) De practicar un periodismo de investigación que da lugar a lo que los juristas llaman “prueba ilícita”. 3) De presentar una verdad de artificio o casi siempre manipulada. 4) De practicar el periodismo como un instrumento de enriquecimiento personal. 5) De despreocuparse de las garantías penales desestimando las posibles vejaciones y afrentas públicas contra los inculpados. 6) De convertirse en fiscales sin juicio previo, formar juicios paralelos y practicar el “ensañamiento informativo”. 7) De predeterminar el fallo de los jueces con su presencia en los procesos. 8) De no respetar el tratamiento equiparable. O lo que es igual, de no compaginar el derecho de informar con el derecho al honor y a la propia imagen. Luego se discutió sobre los sistemas de control deseables para salir al paso de esos presuntos fallos mediante la ley. Y, como no podía ser de otra manera, debatimos sobre información, violencia y el terrorismo. El público fue muy selecto y el debate resultó apasionante y en algún momento verbalmente violento. A pesar de todo no se perdió nunca el sentido del humor ni de la mutua comprensión. Yo fui consciente desde el primer momento de que mi función era escuchar a ambos bandos en litigio buscando la paz con observaciones puntuales a sus embestidas desde el terreno de la ética y deontología profesional aplicada al campo de la jurisprudencia y de la información. El debate duró tres horas y al final todos tuvimos la oportunidad de intercambiar opiniones, puntos de vista y simpatías personales disfrutando de un delicioso picnic social. Tuve la impresión de que la mayor parte de los asistentes al debate eran cristianos muy cualificados y responsables.
Al apasionado debate en el Hotel Clarton siguió una suculenta y animada cena en el Hotel Ercilla. José María Montero (El Chema: converso de la violencia nacionalista) nos informó de sus contactos con los militantes del IRA y del SIN FEN, e igualmente con la Alemania del Este en los tiempos del comunismo. Quedé sorprendido de lo bien informado que estaba y de su enfoque realista y humano de los problemas derivados de la violencia y el terrorismo. La ilusión juvenil le había llevado por esos derroteros, pero la sensatez le había devuelto a las buenas razones como la mejor arma para combatir honrosamente en causas nobles. Había estado presente también en el “affaire Noriega” en Panamá. A los americanos les interesaba tener en Panamá a un tipo como Noriega, pero cuando los medios de comunicación descubrieron el pastel los propios gobernantes americanos se apresuraron a ponerle fuera de combate. Trajo a colación este caso como ejemplo ilustrativo del poder real que de hecho tienen los medios de comunicación. Emilio Alfaro, por el contrario, sostenía que ese poder presuntamente tan eficaz no existe y que es muy difuso y accidental. Todos estábamos de acuerdo con él en que no es un poder como el de un juez, que decreta una orden y automáticamente se cumple. O como el poder ejecutivo del Gobierno de una nación. Pero se trata de un poder, el poder de la opinión pública, que es subliminal y afecta sin darnos cuenta a la forma de pensar y comportarse de los consumidores habituales de la información. En un momento dado me pareció oportuno introducir una pregunta sobre la asignación del abogado defensor y cómo se sienten los jueces cuando defienden a un acusado de cuya culpabilidad están seguros. La respuesta no se hizo esperar: nos sentimos muy mal. A continuación, dos de ellos, con criterios algo divergentes, nos dijeron cómo resolvían en la práctica esos casos de conciencia en los que, por una parte, tienen que defender a un culpable seguro, y, por otra, no colaborar con la culpa del delincuente. Era ya bien entrada la noche cuando nos despedimos. Ellos se marcharon a sus casas y yo a mi confortable habitación 236 del Hotel Hercilla. De este apasionante encuentro dio cuenta y razón el ilustre periodista Germán Yanke en El Mundo (16/XII/1994). Durante la cena uno de los comensales me confesó que en Bilbao todavía se podía hablar como lo estábamos haciendo nosotros pero que en otras partes del País Vasco había que ser muy precavidos para evitar consecuencias indeseables. La libertad pública de expresión sólo estaba garantizada a los violentos.
17. Desde el Parque Antena con amor
A
las 5:45 de la mañana del diecinueve de agosto de 1996 me encontraba sentado en
un banco de piedra en la avenida principal de Marbella esperando a que amaneciera
y se abrieran las puertas de la estación de autobuses para continuar mi viaje
hasta el Parque Antena de Estepona. El objetivo de este viaje fue disfrutar una
vez más de la amorosa acogida que habitualmente me dispensaban mis primas María
José y su hermana Carmen, los tíos Hilario y Diosdada y un suma y sigue de
primos, primas, sobrinos y amigos del corazón que me esperaban con los brazos
abiertos para agasajarme en aquel pequeño paraíso estival. Esta feliz historia
había comenzado muchos años antes cuando la tía Agustina estaba en vida y
viéndome cansado me llevaba con ella a su casita de verano para que recuperara
mis fuerzas desgastadas por las cuitas de la vida y el trabajo.
1)
Encuentro con Israel y añoranzas
familiares
A
mi lado en el autobús nocturno Madrid/Marbella viajaba un joven el cual me
saludó amablemente y se presentó con estas palabras: “Me llamo Israel”. Le
pregunté si era judío y dijo que no. Luego me presenté yo destacando el
significado etimológico de mi nombre y él replicó explicándome el significado
del suyo. Poco después me obsequió con una botellita de agua mineral y me dijo
que viajaba a Fuengirola para tomarse unos días de descanso después de haber
ganado unas oposiciones para el cuerpo de policía nacional. De momento trabajaba
en el Corte Inglés de puerta del Sol en Madrid en la sección de música clásica
y decía considerarse ciudadano del mundo y admirador de todas las religiones
porque en todas ellas la gente seria trata de buscar el sentido de la vida.
Hablamos
después de política, filosofía y uso de la razón. Luego me confesó que estaba
enamorado de una chica después de haber tenido una desilusión con otra pero que
se sentía feliz y esperanzado. Se encontraba muy satisfecho de haber ganado las
oposiciones al tercer intento entre miles de aspirantes y aspiraba a llegar a
ser profesor del cuerpo de policía nacional. A medio camino el autobús hizo una
parada técnica y le invité a tomar café. Me dijo que dormía muy bien y yo le
aconsejé que no sacrificara el sueño por nada del mundo porque el dormir es
salud. Me confesó también que había sido mal estudiante pero que ahora trataba
de compensar ese fallo. La verdad es que la compañía de este joven viajero me
resultó sumamente grata. Cuando nos despedimos me asaltó esta pregunta: ¿Por
qué será que haya tantos jóvenes aspirantes a policías y uso de las armas y tan
pocos para el ministerio sacerdotal y predicación del amor? Aquella inolvidable
semana en Estepona se caracterizó por una convivencia familiar muy intensa y
reconfortante. Los tíos Hilario y Diosdada seguían siendo los patriarcas y
referentes amorosos para todos nosotros. En una de aquellas tardes de
convivencia familiar hablamos mucho de la vida ejemplar de nuestros abuelos y
familiares más cercanos ya fallecidos. En todos ellos encontrábamos motivos
para evocar su memoria con amor y admiración. En un momento dado la tía
Diosdada hizo espontáneamente esta confesión: “Yo estoy cosechando todavía la
semilla de bien que sembraron mis padres”. Sus padres fueron Lino y Federica,
los cuales ejercieron la caridad cristiana de forma ejemplar durante toda su
vida con todo el mundo y de modo especial con los pobres y perseguidos durante
y después de la guerra civil española. La tía Diosdada contó algunas anécdotas
relacionadas con esas obras de caridad que sus padres llevaron a cabo con la
más absoluta prudencia y discreción. Yo aproveché la ocasión para dar a conocer
a todos el impacto de grandeza humana y caridad cristiana que los abuelos Lino
y Federica me causaron la última vez que tuve la suerte de hablar a solas con
los dos. La abuela Federica era hermana de mi abuela Justa y el abuelo Lino era
hermano de mi abuelo Mariano. Por ambas partes se trataba de hombres y mujeres
inolvidables por sus quilates de humanidad que sus hijos, nietos y sobrinos
tratábamos de conservar como oro en paño.
La prima Mary Carmen (Mamen) y Manolo (Balo) habían adquirido una bellísima casa de verano en el área de Marbella en un barrio denominado “Linda vista”, muy cerca de las ruinas de una Basílica cristiana del siglo VI. Con sus padres se encontraban también allí sus hijos Marta, Eduardo, Carmen (Mamen hija) y Manuel. Sin olvidar a Eduardo, Toñy y todos los suyos. Eduardo, hermano de Balo, era el gran charlista de la familia, amante del cine y apasionado por la lectura. Allí organizaron un almuerzo para agasajarme. Fue una experiencia difícil de olvidar en el sentido de que el contexto natural y humano estuvo marcado por la dulzura del clima, la belleza del paisaje y, sobre todo y por encima de todo, por el amor familiar que allí se respiraba. Terminado el feliz almuerzo, antes de reemprender el retorno al Parque Antena, me llevaron a visitar las ruinas de la Basílica antes mencionada. Se trata de una prueba arquitectónica de la presencia de los cristianos en aquellas tierras malagueñas, y que presuntamente tenían alguna relación con la presencia de cristianos en África. Esta presunción se deduce sobre todo de la estructura: dos ábsides, una nave central con dos laterales en función de la posición reservada al clero, a los hombres y mujeres formando sectores separados. Podía apreciarse también el lugar destacado que ocupaban el baptisterio y la sacristía. Por otra parte, tanto el recinto interior del templo como el exterior habían servido de necrópolis o cementerio. De hecho, todavía quedaban restos de sepulcros vacíos. Tuve la impresión de que estas ruinas tenían un valor arqueológico e histórico importante pero que estaban poco cuidadas. Pero aquel feliz día 22 de agosto de 1994 no podía yo olvidar que se cumplían 22 años del fallecimiento de mi querida madre en el Hospital Provincial de Ávila después de casi diez años inválida y haber superado varias crisis cardíacas importantes. A esta gran mujer, que fue mi madre Delfina, le tocó vivir tiempos recios. Su vida fue una entrega total y amorosa a sus hijos. Mi padre la cuidó como se merecía hasta el último momento y yo no he olvidado nunca sus cariños y buenos consejos maternos durante la niñez ni su última mirada amorosa poco antes de dejarnos. Son situaciones, sentimientos y recuerdos teñidos de tristeza y felicidad al mismo tiempo sólo comprensibles desde una perspectiva sobrehumana.
2) La fuerza de la razón
Por
aquellos años me asaltaba con frecuencia la idea de escribir algo sobre el uso
de la razón al observar cómo muchos de los errores que cometemos en la vida son
debidos a que nos dejamos llevar por los sentimientos en lugar de usar la razón
antes de tomar nuestras decisiones. Es verdad que se usa la razón, pero razonar
bien no es cosa fácil y no faltan quienes usan la razón perversamente. Rondaban
estos pensamientos por mi mente cuando el filósofo Julián Marías publicó dos
magistrales artículos periodísticos relacionados con el tema de la verdad y la
fuerza de la razón. Estos dos artículos fueron para mí como un balón de oxígeno
que me impulsó a seguir en mi proyecto que culminaría en el año 2008. El
anciano e ilustre filósofo hablaba en su primer artículo de la importancia de
tener razón en política siendo coherentes con la verdad. El artículo era una
crítica inteligente y desfavorable para los gobernantes políticos de turno en
aquel momento. Julián Marías utilizó el término “razonabilidad” aplicándolo a la
praxis política, y que yo venía barajando desde hacía ya mucho tiempo como
alternativa al abuso de la razón o racionalismo. Tener razón, pensaba yo,
equivale a poseer la verdad de algo. Lo cual significa que no es posible entrar
en razones al margen de la verdad, la cual, paradójicamente es un valor humano
infravalorado en la cultura contemporánea. Son pocos a los que realmente les
interesa la verdad por sí misma. La verdad no tiene adeptos ni siquiera entre
los filósofos los cuales degeneran fácilmente en ideólogos y manipuladores de
ideas. Pero, ¿qué es la verdad? Para mí la respuesta a esta emblemática
pregunta no revestía una dificultad especial. La verdad, pensaba yo, consiste
en que la percepción sensorial o intelectual que tenemos de las cosas sea conforme
a lo que las cosas realmente son o deben ser. Por lo mismo, no es posible ser
razonables al margen o a espaldas de la verdad.
Julián Marías hablaba de la razón como algo “tenido” refiriéndose a la verdad como fruto o término de la razón, facultad ésta capacitada para encontrar la verdad. El imperativo de la razón, pues, es lo mismo que la exigencia de verdad. Después de haber publicado mi obra El uso de la razón en el año 2008, y recordar aquellos días memorables en el Parque Antena en el año 1996, tengo la impresión de que fue allí donde se gestó el embrión de la obra que sería llevada a feliz término después. Uno de aquellos días inolvidables la prima María José y yo nos dimos un paseo por Puerto Banús y nos sentamos en una terraza por donde pasaban personas pintorescas y famosas. Una de las cosas que llamaron mucho mi atención fue la exhibición de opulencia que se presentaba ante mis ojos. Por ejemplo, la desplegada en la riqueza material de algunas mansiones residenciales. Contemplando aquel espectáculo llegué a la conclusión de que mientras existan estos excesos de opulencia por parte de los ricos de este mundo necesariamente seguirá habiendo hombres y mujeres extremadamente pobres. Pero había que volver a Madrid para continuar la vida en el fragor de mis compromisos académicos en la Universidad y la promoción de nuevos compromisos editoriales. En Benidorm y en el Parque Antena había recuperado fuerzas físicas y espirituales, pero a partir del día veintinueve de noviembre comenzó la nueva y definitiva etapa de mi vida durante la cual todas ellas y muchas más iban a ser necesarias.
18. Dos
vivencias troncales
La
vida de cada uno de nosotros está hecha de vivencias sobre las que se puede
hablar, pero no transferir a los demás. Las vivencias son experiencias
personales intransferibles. Cada cual conoce las suyas propias y habla de ellas
en momentos especiales como es el caso presente.
1) A corazón abierto
El día trece de diciembre del año 1990
fue para mí una fecha decisiva en mi vida. Desde la infancia tuve que sufrir
las consecuencias de una insuficiencia cardiaca que ya en la adolescencia se había
revelado abiertamente. Al cabo de setenta y dos años de edad todavía recuerdo
mis crisis de salud durante la infancia disimuladas para no llamar la atención
ni privarme de participar en los juegos propios de los niños. En una ocasión me
encontraba solo en una de las fincas de mi padre y un dolor en el pecho me obligó
a permanecer tumbado hasta que pasó la crisis y pude reemprender el camino de
regreso a casa. No hablé con nadie de lo sucedido. Yo no tenía conciencia en
aquellos momentos de la gravedad de lo ocurrido y ello explica que prefiriera
disimularlo para no verme obligado a reducir mi actividad infantil. Otro
recuerdo que se me quedó muy grabado es el siguiente. En septiembre se
celebraban las solemnes fiestas patronales de Hoyocasero. Los niños de mi edad
eran incansables corriendo de un lado para otro disfrutando del ambiente
festivo. Pero yo no podía seguir su ritmo frenético. Me fatigaba enormemente
hasta el punto de que me veía obligado a quedarme en casa con un dolor en el
pecho que apenas me permitía caminar. Confesarlo equivalía a tener que ir al médico
y privarme de las alegrías infantiles del juego con los amigos y, en
consecuencia, lo disimulé y no dije nada a mis padres de lo que me ocurría.
Esas crisis se fueron superando en medio del mayor anonimato hasta que llegué
al colegio donde se practicaba el chequeo habitual de salud a los alumnos. Ya
en el primer control el médico detectó el deficiente funcionamiento de mi
corazón por lo que ordenó que me dispensaran de los ejercicios de gimnasia. Por
otra parte, yo evitaba por iniciativa propia la participación plena en los
deportes.
Me cansaba muy pronto y me resultaba
penoso competir con los demás. La insuficiencia cardiaca me obligó a llevar una
vida físicamente muy moderada en plena adolescencia. Pero los adelantos médicos
eran todavía muy limitados en aquella época por lo que tuvieron que pasar
algunos años para disfrutar de un tratamiento médico adecuado. Durante ese
tiempo de espera fui sobreviviendo gracias a un autocontrol severo hasta que
llegó el momento en que mi situación era alarmante y decidí marchar a Madrid en
busca de un cardiólogo en toda regla. Y vive Dios que lo encontré. Años más
tarde me explicó hasta qué punto mi situación era gravísima cuando me recibió
en la primera consulta. Bajo su control comenzó para mí una nueva época de estabilidad
llevando una vida casi normal hasta el año 1989 en que la cirugía cardiaca
había evolucionado mucho. El Dr. Enrique García Ortiz se jubiló y yo había
pasado algunos años sin acudir al cardiólogo. Pero esta situación no podía
prolongarse más y decidí someterme de nuevo al control regular de un cardiólogo
nuevo. Ahora tuve la suerte de encontrarme con el Dr. D. Fermín Bañuelos, el
cual me reconoció y dictaminó de forma tajante que mi situación era grave pero
que tenía una solución relativamente fácil. En su opinión mi caso tenía una
solución quirúrgica normal, pero urgía que se llevara a cabo antes de que se
produjera alguna crisis. Según él, había que aprovechar la circunstancia de la
relativa bonanza en lugar de esperar a que fuera demasiado tarde. Le informé al
Dr. García Ortiz de todo esto y me dijo que siguiera al pie de la letra el
consejo del Dr. Bañuelos. No se discutió más y comenzamos los preparativos para
la intervención quirúrgica prevista.
El
día trece de diciembre de 1990 tuvo lugar dicha operación, el día veinticuatro
del mismo mes pude celebrar en casa la Cena de Navidad con mi comunidad y un
mes más tarde reanudé las clases en la Universidad con toda normalidad. La
espectacular operación quirúrgica extracorpórea fue un éxito en toda regla,
pero quisiera dejar constancia de algunos detalles durante y después de la
misma. Uno de los requisitos indispensables para llevar a cabo esta importante
y espectacular operación extracorpórea era disponer de un banco de sangre
adecuado. Pero la introducción de sangre ajena es siempre un riesgo y para
evitarlo el banco se fue formando discretamente con mi propia sangre. Terminado
el tiempo del preparatorio y fijada la fecha de la gran intervención quirúrgica
me desplacé a Ávila para informar a mi padre de la decisión que había tomado.
Mi padre escuchó atentamente los datos de mi información y me hizo las
siguientes reflexiones. Una vez que el médico y yo habíamos considerado que era
necesario realizar la operación quirúrgica él daba por buena tal decisión. Él,
en razón de su edad (89 años) no consideraba prudente trasladarse a Madrid para
acompañarme porque consideraba que su presencia sólo contribuiría a añadir más
preocupación a mis hermanos los cuales tendrían que ocuparse también de él,
cuando, en su opinión, lo razonable era que se ocuparan plenamente de mí en ese
momento crítico. Eso sí, enfatizó, deseaba que le tuviéramos en todo momento
informado de la marcha de los acontecimientos. Por último, me preguntó por el
coste económico de la intervención quirúrgica con el fin de aportar él la
cantidad de dinero que fuera necesaria. Yo le respondí amorosamente
agradeciéndole su siempre disponibilidad paterna para resolver todos mis
problemas asegurándole que él ya había hecho todo lo que estuvo de su parte y
que ahora la Providencia se ocupaba de mi generosamente a través de la Orden de
Predicadores. En este diálogo mi padre demostró una vez más su calidad humana y
paterna a pesar del peso de los años.
Por
fin llegó el momento de la verdad. Se habían llevado a cabo todos los
preparativos preoperatorios sin incidencias y el Dr. Juan José Rufilanchas, a
la sazón uno de los mejores cardiólogos cirujanos del momento, me llamó para
informarme sobre la naturaleza de la operación a la que iba a someterme y el
proceso detallado de la misma. Yo le escuché atentamente, como no podía ser de
otra manera, y cuando estábamos dispuestos a dar por terminada la entrevista me
dijo si no le preguntaba sobre los riesgos de la misma. Yo repliqué que daba
por supuesto el que una intervención quirúrgica de esta naturaleza tiene
siempre riesgos. Entonces él me propuso como mínimo un cinco por ciento de
riesgo. Yo repliqué sorprendido: ¿Sólo eso? Él me sonrió satisfecho y
levantamos la sesión prometiéndonos mutuamente que él iba a poner de su parte
toda la carne en el asador como médico y yo como paciente. El cirujano se
percató de que yo no hacía ilusiones, pero no tenía miedo y había depositado mi
confianza en él como profesional responsable. La gran intervención quirúrgica
había sido programada para el día doce de diciembre de 1990 por la tarde,
siempre y cuando no surgiera alguna urgencia que lo impidiera. De hecho, llegó
un paciente en estado de urgencia y mi entrada en el quirófano tuvo lugar un
día después. Antes, sin embargo, recibí en la habitación una visita sorpresa.
Se trataba de un alumno de la Universidad el cual se personó en mi habitación.
Al reconocerle le expresé mi grata sorpresa por su visita sin disimular mi
extrañeza. Yo no recordaba haber informado a ninguno de mis alumnos sobre la
fecha exacta de mi intervención quirúrgica. De ahí la sorpresa. Pero pronto se
aclaró todo. El alumno en cuestión me dijo sonriente que era el inspector de
los quirófanos. Por eso sabía de mi presencia allí y había venido para asegurarse
de que mi quirófano reunía todas las condiciones de seguridad. Por fin llegó el
momento culminante de la operación. Todo transcurrió según las previsiones
optimistas del cirujano y aún mejor. Como he dicho antes, esto ocurrió el día
trece de diciembre de 1990 y el veinticuatro volví a casa para celebrar la Cena
de Navidad. Algunos detalles más sobre esta experiencia son los siguientes.
Antes
de entrar en el quirófano y después durante el pre-anestésico me sentí
psicológicamente al lado de Cristo durante el proceso de su pasión. Me sentí
muy cerca de Él, pero con algunas diferencias. Él, pensaba yo, iba a ser
ejecutado como un malhechor en medio de terribles dolores y humillaciones
personales. Yo, en cambio, iba a ser intervenido sin el menor dolor y con la
esperanza de volver a la vida restablecido y mejorado. Y lo que es más. En el
caso de que la operación resultara fallida, me quedaba la esperanza de
resucitar un día con Cristo. Con estos pensamientos quedé felizmente dormido
con la anestesia. Cuando desperté en la unidad de cuidados intensivos, lo
primero que oí fue la voz del vigilante técnico que exclamó gozoso: “Niceto,
esto va de maravilla”. Tanto que me trasladaron a la habitación normal antes
del tiempo previsto para estos casos. Ya en la habitación de la planta, una de
las actividades a realizar eran los ejercicios de rehabilitación. Con este
motivo se produjo otra sorpresa gratísima. Cuando llegó la enfermera encargada
de mis ejercicios me saludó con estas palabras: “Tú eres Niceto. ¿Cómo tú aquí?”.
Me explico. Susan era hija de un anciano pastor luterano sueco, amigo mío y un
hombre de bondad. Susan y yo nos conocíamos de hablar por teléfono, pero no nos
habíamos visto personalmente nunca. Al encontrarnos incidentalmente aquí, ella
como enfermera y yo como paciente suyo, nos miramos amorosamente y comentamos:
¡qué pequeño es el mundo! Mis ejercicios de rehabilitación fueron un
divertimiento. En un momento dado Susan me dijo: tengo la impresión de que
estás tan bien que no necesitas hacer estos ejercicios, pero es mejor que los
hagas como si realmente los necesitaras. Nos sonreíamos felices y
continuábamos.
La
experiencia vital cosechada en esta importante intervención quirúrgica puede
resumirse en lo siguiente. Antes de ella me sentía habitualmente cansado y
percibía cómo las fuerzas físicas me abandonaban sin remedio ni esperanza de
recuperación. Había perdido la sensación de recuperación o compensación de las
fuerzas desgastadas y el placer del descanso. Por el contrario, después de la
operación empecé a sentir el placer del descanso y de la recuperación de una
buena parte de las fuerzas desgastadas durante el trabajo o el esfuerzo. Antes
veía el final de mi vida como algo que podía producirse de inmediato en
cualquier momento. Después, al sentirme más fuerte y experimentar el placer del
descanso, empecé a ver mi final como algo que tiene que ocurrir, pero con un
margen de vida razonable que me permitía hacer proyectos también razonables de
futuro con la esperanza de poderlos realizar con gusto e ilusión. Y, de hecho,
así sucedió. Los trabajos que pude realizar a partir de esta fecha memorable
hubieran sido un puro sueño antes de la operación. Sentí una plenitud física y
psicológica hasta entonces desconocida. Lo cual me llevó a la conclusión de que
el cansancio en la vida, lo mismo
físico que psicológico, es siempre un mal consejero. Hay un cansancio vital
inherente al hecho mismo de vivir, y otro añadido por el trabajo y las
preocupaciones. En todos los casos ese cansancio nos lleva a perder el gusto
incluso por las cosas que más nos gustan cuando estamos descansados. El
cansancio crónico y profundo nos hace perder incluso el gusto por la vida, que
es lo peor que nos puede ocurrir en este mundo. De ahí la conveniencia de
llevar una vida laboriosa, sí, pero relajada y sin tensiones. Hay quienes se
imponen voluntariamente trabajos agobiantes por creer que el valor de nuestras
realizaciones está en proporción directa con el esfuerzo y energía que hemos
consumido en ellas. Esto es un error grande. Pienso que nuestras obras valen
principalmente y ante todo por el amor que se pone en ellas, y no por el
esfuerzo añadido. Sobre todo, cuando el esfuerzo es innecesario y produce
cansancio. En cualquier caso, me es grato dejar constancia de que mi cansancio vital
agravado con la insuficiencia cardiaca tuvo un final feliz. Tanto fue así que
empecé a sentir verdadero placer en el trabajo y pude llevar a cabo proyectos
que antes hubiera sido prácticamente imposible de realizar. De hecho, desde
1996 al 2002 tuve que superar una prueba no prevista de gran envergadura que
puso al límite todas las energías físicas recuperadas, así como las morales
acumuladas. Es la otra vivencia troncal.
2) La dramática enfermedad de mi padre
El
29 de noviembre de 1996 fue una fecha histórica muy fuerte para mí. Después de
terminar la jornada académica en la Universidad regresaba yo a casa afectado
por la gripe y con la intención de meterme en la cama y tomar los remedios
oportunos para superarla lo antes posible. Pero cuando me acercaba a la puerta
de casa sonó el teléfono y la portera, al ver que yo llegaba en ese justo
momento a la puerta, me hizo la señal para que tomara el teléfono descolgado.
La llamada era para mí y el que llamaba era mi hermano Ángel. “Padre, dijo
lacónicamente, ha sido ingresado en urgencias”. Todo hacía pensar que se
encontraba en situación gravísima. Apenas me dio tiempo a preparar una bolsa de
viaje de emergencia cuando ya estaba mi hermano a la puerta esperándome para
trasladarnos rápidamente a Ávila. Seguidamente llegaron su hija Sara y su
futuro esposo Fernando. Pasamos por la casa de mi hermano en Pozuelo de Alarcón
y con un vaso de leche caliente en mi estómago llegamos a las 17:30 horas a la
sala de urgencias del complejo sanitario de la Seguridad Social de Ávila. Era
de noche y hacía un frío invernal que penetraba hasta el alma. Pero yo me había
olvidado prácticamente de mi estado gripal. En la sala de espera se encontraban
mi hermana María y mis hermanos Pelegrín, Alberto y Mariano, además de mi
cuñada Dominica y mi sobrino Martín, acompañados por Felipe e Ingebor, padres
de Marina la futura esposa de mi sobrino Miguel Ángel. Esperábamos ansiosamente
noticias y pronto llegaron. El paciente, de 94 años de edad, había sufrido una
hemiplejía derecha con pérdida total de la capacidad de hablar. Su estado era
gravísimo y los médicos del turno de urgencias trataron de persuadirnos para
que nos lo llevásemos a casa descartando su ingreso en el hospital. Insistieron
en que no valía la pena ingresarle habida cuenta de su edad y de que su
situación crítica era terreno abonado para ser víctima fácil de los virus
hospitalarios. No aceptamos su proposición y exigimos que se gestionara su
ingreso en el Hospital Provincial. A las 21:15 horas subimos a la ambulancia
para acompañarle mi hermana María y yo. Me coloqué a la cabecera y le tomé su
rostro entre mis manos. La noche era oscura como la boca de un lobo con un
viento frío cada vez más intenso. Pero el deber de acompañar a mi padre en esos
momentos críticos me hizo olvidar todo lo que no fuera demostrarle mi cariño y
gratitud y recomendarle a la divina providencia. Me esperaban seis años
durísimos de historia personal y familiar desarrollada en dos etapas. La
primera desde la noche trágica del 29 de noviembre de 1996 al 28 de junio del
mismo año en el Hospital Provincial de Ávila, y la segunda desde el 28 de junio
1996 al 6 de diciembre del 2002 en la Residencia de la Tercera Edad, también en
Ávila.
Una
vez ingresado mi padre en el hospital mis hermanos y yo nos organizamos para no
dejarle ni un momento solo. Al principio convencidos de que aquella situación
no podría prolongarse por mucho tiempo habida cuenta de la edad del paciente y
la gravedad de la enfermedad. Mi hermana María dejó el trabajo para trasladarse
a Ávila y dedicarse a tiempo completo a cuidar de nuestro padre. Igualmente, mi
hermano Pelegrín dejó el cargo de Prior del convento de Sto. Tomás por la misma
razón. Los demás hermanos colaborábamos con ellos y así logramos poner en
marcha un equipo asistencial eficiente a prueba de edad, salud, obligaciones y
hábitat de cada cual. El criterio de esta organización fue que siempre hubiera
alguno de nosotros que se encontrara libre y descansado para tomar el relevo
asistencial. Comprendimos que sólo si nosotros nos encontrábamos descansados
podíamos serle útiles a nuestro padre. Este criterio nos reportó resultados
excelentes. Baste decir que, al cabo de seis años, ni una sola vez el personal
de enfermería tuvo que reemplazarnos en los servicios de asistencia al enfermo
que habíamos asumido bajo nuestra responsabilidad.
La
etapa del Hospital Provincial fue muy desagradable por la baja calidad del
viejo centro médico tanto por su infraestructura material como por los
servicios administrativos. A pesar de todo, teníamos la impresión de que el
mover de allí al enfermo podía significar acelerar su final. Afortunadamente no
fue así. El enfermo fue dado de alta en el Hospital Provincial y remitido a la
vecina Residencia de la Tercera Edad donde ya no podría vivir como antes sino
en la enfermería y con asistencia permanente. Por aquella época los enfermos
que no se valían por sí mismos y requerían asistencia permanente eran llevados
a las residencias así denominadas de asistidos. Con mi padre la Residencia de
Ávila inició una nueva etapa de su historia creando nuevas plantas para “asistidos”.
Allí recibimos todas las facilidades para seguir al lado de nuestro padre con
la ayuda de un equipo médico maravilloso escoltado por enfermeras amorosas que
hicieron posible que nuestra convivencia entorno al enfermo terminara
convirtiéndose en una vida de familia. Allí hablábamos de nuestros problemas,
nos consolábamos en las adversidades y celebrábamos con dulces y buen vino
nuestros acontecimientos personales y familiares. El alma de nuestra feliz
convivencia con el personal sanitario y administrativo fue mi hermana María.
Una enfermera la dedicó un poema de agradecimiento por su conducta ejemplar,
como hija del paciente y amiga de todo el personal sanitario que tuvo algo que
ver con la asistencia a mi padre durante seis años. El poema está centrado en
la mirada amorosa y comprensiva de mi hermana. Aquellos seis años de asistencia
a mi padre enfermo significaron un antes y un después en mi vida. Las fuerzas
físicas recuperadas con la operación quirúrgica de corazón dieron de sí para
compaginar los deberes con mi padre en Ávila con los compromisos académicos en
Madrid, gracias a la colaboración añadida de mis hermanos. Físicamente quedé
muy desgastado, pero humanamente muy fortalecido. Esta dura experiencia vivida
a pleno pulmón me ayudó a entender mejor muchas cosas esenciales de la vida.
Sobre
esta historia de sufrimiento y amor recomiendo al lector que lea las Memorias
de mi hermana María, fallecida el día 10 de agosto de 2020 en León a los 79
años de edad. Vivió su infancia y adolescencia entre los rescoldos de la guerra
civil española, y la bomba atómica de la segunda guerra mundial. Ella nos
cuenta con brevedad, claridad y realismo, cómo escuchó la llamada personal de
Dios y, sin despojarse de su rango de mujer, asumió la condición de persona
divinamente redimida por Cristo. En este quehacer, la contribución de nuestros
padres Emiliano y Delfina, fue incondicional y ejemplar sin fisura hasta que
Dios se los llevó consigo. NICETO BLÁZQUEZ, O.P.
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