jueves, 17 de marzo de 2022

MI VIDA RESUMIDA V

 

CAPÍTULO V

 

ANTOLOGÍA DE RECUERDOS Y PENSAMIENTOS

 

              En el presente capítulo son espigados algunos recuerdos y pensamientos que dejaron huella en mi historia personal desde finales de 1992 hasta noviembre de 1996.

 

              1.  Solidarios para el Desarrollo y otras actividades pastorales

             

              El relato que hago a continuación se inscribe en el contexto de mi trabajo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Es sólo un ejemplo concreto de colaboración con gente noble y que está relacionado con el movimiento Solidarios para el Desarrollo nacido en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid bajo el liderazgo del Profesor José Carlos García Fajardo, en el contexto de sus clases de historia de las ideas políticas, hablando de pobreza, derechos humanos e injusticias sociales en el mundo. Para discutir de esos problemas y la forma de contribuir eficazmente a su solución creó el Seminario Solidaridad, por donde pasaron miles de estudiantes sensibilizados con los problemas de la justicia en el mundo contemporáneo. José Carlos García Fajardo y yo nos conocimos personalmente en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM y me invitó a participar en sus encuentros con los voluntarios que se ofrecían generosamente a ayudar a gente necesitada. Uno de los primeros servicios de voluntariado social llevados a cabo empezó con las denominadas Aulas de Cultura en la cárcel de Segovia. Las visitas a las cárceles tuvieron un éxito inmediato y yo mismo colaboré directamente en esa actividad a favor de los presos. Luego surgió El Programa de Atención a Estudiantes Discapacitados para ayudarles a superar obstáculos en la Universidad. El apoyo a Enfermos de Sida fue otro de los servicios pioneros. Cuando todavía era tabú hablar de ese tema los voluntarios de Solidarios acompañaron a los enfermos de sida en los hospitales de España, Latinoamérica y África a donde se desplazaban durante las vacaciones de verano. Sin olvidar su preocupación por los enfermos en los hospitales y las personas de avanzada edad.

              En 1995 se pusieron en marcha los programas de Atención a Domicilio y Vivienda Compartida, y también para niños y jóvenes en situaciones de riesgo, enfermos mentales, mujeres marginadas, drogodependientes y apoyo a los inmigrantes. El Puente Solidario, uno de los programas estrella, surgió de un viaje de José Carlos a Cuba en 1998 y su actividad principal consistía en la recogida, clasificación y envío de medicamentos a cualquier parte del mundo donde tuvieran necesidad de ellos y fuera posible hacerlos llegar. También es muy importante la labor realizada por Solidarios mediante el envío de libros y bibliotecas a diversos países donde su adquisición resulta muy costosa. Con al paso del tiempo lo que nació como un simple voluntariado para ayudar a los estudiantes que llegaban a la Facultad de Ciencias de la Información terminó convirtiéndose en la ONG oficial de la Universidad Complutense de Madrid. Mi colaboración directa en este movimiento terminó en 1996 a raíz de la enfermedad de mi padre, pero hay algunos puntos que me parece oportuno destacar.

              José Carlos García Fajardo era un líder nato con una educación jesuítica muy marcada. Noble de sentimientos y en lo mejor de la edad, tenía la capacidad de fascinar a sus alumnos en las clases criticando las injusticias sociales, y más aún, presentando proyectos ambiciosos de humanidad sin ocultar su fe cristiana. Mi colaboración más destacada con él y el grupo Solidarios, a parte algunas intervenciones puntuales académicas en el ámbito de la bioética, consistió en la celebración de la Eucaristía en los encuentros que se organizaban frecuentemente dentro y fuera de la Universidad, y a escuchar a cuantos se acercaban libremente a mí solicitando asesoramiento para la solución de sus problemas personales. Con el paso del tiempo observé que surgían fuertes tensiones entre José Carlos y sus más fieles colaboradores terminando siempre en ruptura personal con él por su forma de liderar el movimiento sin dejar de reconocer que los objetivos del mismo debían ser respetados y promovidos. Los estudiantes me informaban confidencialmente sobre las fuertes tensiones que surgían durante la celebración de los Consejos y José Carlos me informaba, a su vez, de las palabras fuertes que en ocasiones tenía que oír de sus más estrechos colaboradores. José Carlos, como todos los líderes natos, hablaba de los problemas, pero no pedía consejo a nadie para tomar decisiones. Las decisiones de los líderes se acatan y no se discuten. El líder tiene siempre razón, aunque no la tenga. En una ocasión le acusaron de que durante las celebraciones eucarísticas hablaba él más que yo. La verdad es que yo me limitaba a hacer una breve homilía centrada en la explicación del texto evangélico mientras que él encontraba siempre motivos para tomar la palabra, antes, después o en el medio de la celebración para hacer algún discurso casi siempre repetitivo y agotador.

              José Carlos era un gran experto en relaciones públicas y llevó al grupo a muchas y cualificadas personas para discutir sobre los problemas más acuciantes del momento. Pero, como he dicho, era un líder nato y no se dejaba aconsejar por nadie. Por las historias que me contaban los estudiantes, tuve la impresión de que paró los pies a todos cuantos osaron criticar sus métodos de liderazgo o se permitieron la libertad de darle algún consejo. Yo, consciente de la nobleza original del proyecto Solidarios, pero también de su estilo jesuítico, me guardé mucho de darle jamás ningún consejo o de expresar mi desacuerdo público con él en nada. Tal vez por eso me profesó siempre gran respeto y una generosa admiración sin poner distancias conmigo como hizo con otros más cualificados que yo. Para mí siempre tuvo palabras de elogio y le agradezco su generosidad. Por otra parte, los estudiantes me pedían confidencialmente consejo para interpretar correctamente sus desencuentros con él. A veces yo mismo sancioné las rupturas de algunos de sus colaboradores, cosa que me agradecieron mucho por la libertad personal que recuperaron frente al líder. En algún momento estuve convencido de que el movimiento universitario Solidarios tenía los días contados si no cambiaba su forma de liderazgo. Los más fieles colaboradores terminaban abandonándole, pero todos estábamos de acuerdo en que había que buscar la forma de seguir unidos en la idea original que había dado vida al movimiento, ayudando a los estudiantes que llegaban a la Universidad, desorientados o sin ideales nobles por los cuales luchar.

              El día 16 de febrero de 1993 dejé escrito lo siguiente. Los estudiantes del Movimiento Solidarios deben ser liberados de actividades incompatibles con la asistencia regular a las clases. Echo de menos su presencia en las clases para contribuir a la revitalización de las mismas. Hay alumnos y alumnas del Movimiento que tienen asignaturas pendientes y que apenas aparecen por las clases. Tratándose de un movimiento esencialmente universitario de inspiración cristiana, su asistencia a las clases debe ser una prioridad irrenunciable. Hay que espaciar más la celebración de los encuentros y convivencias fuera de la Facultad, para evitar el cansancio y la rutina por su excesiva frecuencia. Habría que insistir más sobre los aspectos formativos y no multiplicar las actividades apostólicas que terminan generando ansiedad y cansancio. Pienso que sería más pedagógico perfeccionar las muchas ya existentes que adquirir insaciablemente nuevos compromisos. Ha llegado el momento en que José Carlos, fundador admirable del Movimiento, comience a dar más confianza y responsabilidad a los diversos líderes de grupo y tener más en cuenta las observaciones que le llegan para no poner en peligro el futuro del Movimiento. A medida que pasa el tiempo y el Movimiento se consolida, José Carlos debería ejercer su autoridad moral de forma menos autoritaria confiando más en la responsabilidad y las iniciativas de sus más estrechos y fieles colaboradores. Conviene que José Carlos compagine lo más posible su dedicación al Movimiento con la atención a su familia, que a veces echa de menos su presencia en casa, lo cual tampoco contribuye a la buena marcha del Movimiento. El día 17 de abril por la tarde, uno de los colaboradores más cercanos de José Carlos me llamó por teléfono para comunicarme que al día siguiente tenían previsto celebrar una reunión con él para discutir abiertamente sobre el futuro del Movimiento. Como eco de esta noticia dejé escritas también las siguientes reflexiones.

              Este hombre admirable está pasando por una “crisis de líder”. Me refiero a esa crisis que han sufrido todos los grandes hombres cristianos que han sido pioneros de grandes proyectos. Los fundadores tienen siempre una idea genial que tratan de llevar a cabo hasta el heroísmo si es necesario. El éxito de su obra termina desbordándoles y se ven en la necesidad de revisar su proyecto. Los muchachos y muchachas de Solidarios están fascinados por el proyecto social y apostólico de José Carlos, pero empiezan a sentir agobio, cansancio y desánimo cuando su éxito está tomando vuelos casi imprevisibles. El líder se resiste a aflojar la cuerda de los compromisos. Por el contrario, cada día es más exigente y encuentra grandes dificultades para dialogar con sus colaboradores más cercanos por el temor, sin duda, a tener que revisar el proyecto global y sus métodos de actuación. Él comprende todo con la cabeza, pero sentimentalmente está muy susceptible y hasta celoso de que su magna obra le desborde perdiendo el control absoluto de todos los hilos de la madeja.

              ¿Qué va a ocurrir mañana, 18 de abril de 1993? Puede ser un día histórico para Solidarios. Este momento tenía que llegar y yo lo veía venir. Pero no me ha parecido nunca prudente adelantarme a los acontecimientos provocando una hipotética sospecha de competencia. Mi misión con Solidarios es espiritual y no de liderazgo, y menos todavía de usurpación. Por esta razón no he querido reunirme paralelamente con los muchachos y muchachas que miraban siempre hacia mí como un consuelo para discutir los problemas de Solidarios sin la presencia de José Carlos. No me pareció ni prudente ni honesto convocar reuniones paralelas en momentos de crisis. Pero ahora las circunstancias han cambiado y son ellos y ellas quienes desean hablar conmigo antes de asistir a la histórica reunión con José Carlos. Para ello propusieron venir a mi casa, el convento de S. Pedro Mártir O.P, en Madrid, donde me expondrían sus puntos de vista sobre la marcha de Solidarios y conocer mi opinión al respecto. Se sentían muy cansados por el exceso de actividad, empezaba a cundir el desánimo y estaban dispuestos a exponer a José Carlos de forma abierta y realista su situación para persuadirle a que tomara nuevas medidas para evitar que Solidarios pasara a mejor vida como una explosión efímera de entusiasmo.

               La cuestión era cómo abordar al líder para no fracasar en el intento. Así estaban las cosas cuando vinieron a mi casa tres de los miembros más destacados del Consejo. Después de escucharlos, llegué a la conclusión de que estaban al borde de la ruptura. Su agobio y cansancio habían llegado a extremos difíciles de soportar y, lo que es peor, la falta de estímulo moral para seguir adelante se complicaba con una pérdida incipiente de respeto hacia José Carlos en persona. Su vuelta de Ceuta y Chile no había contribuido a mejorar la situación. El propio José Carlos se encontraba nervioso y confuso. Tiene conflictos por donde va con quienes le reciben y de esto no se habla nunca. En su casa para poco y esto repercute negativamente en su esposa y en sus hijos. Me temo, pensaba yo, que el líder se mira demasiado a sí mismo, como si tratara de encarnar las grandes figuras bíblicas incomprendidas.  A mí no me sorprendía nada de lo que me contaban los muchachos, pero sí empezó a preocuparme el futuro del proyecto Solidarios, que podría ser víctima de su propio éxito y la falta de realismo de su fundador. Al terminar nuestro encuentro nos pusimos de acuerdo en que estas reuniones confidenciales entre nosotros no se dieran a conocer imprudentemente y que, una vez celebrado el histórico encuentro con José Carlos, me tuvieran informado del resultado del mismo con la misma prudencia y discreción. Por otra parte, les aconsejé que evitaran el sentimentalismo y se mantuvieran siempre serenos, objetivos y respetuosos en las discusiones con José Carlos.

              Según las informaciones recibidas, el resultado del histórico Consejo fue el siguiente. José Carlos, después de escuchar las quejas de algunos miembros del Consejo, sugirió suspender todos los compromisos especiales adquiridos para comenzar de nuevo en Pentecostés contando sólo con aquellos colaboradores que estuvieran dispuestos a continuar trabajando como hasta el momento presente. Con esta decisión evitó entrar en la esencia del problema planteado sobre el agobio y descontento creciente a causa de su manera autoritaria de liderar los trabajos. Algunos rechazaron la propuesta de seguir como antes, otros estaban confundidos y no se decidían a tomar una decisión clara. Todos, sin embargo, estaban convencidos de que José Carlos no estaba dispuesto a ceder ni un palmo de su influencia decisiva ni en sus criterios de dirección. Por las informaciones que me fueron llegando, yo empecé a alarmarme por la tendencia de José Carlos a creerse indispensable, comparándose con S. Pablo en sus dificultades con el apoyo de una carta del cardenal D. Ángel Suquía, el cual, como era lógico, le animaba a seguir adelante con su obra en lo que tenía de positivo, que era mucho. El cardenal Suquía no estaba informado de las dificultades concretas por las que estaban pasando José Carlos y el Movimiento “Solidarios”. Yo les aconsejé a los miembros del Consejo 1) Que a quien hay que seguir, como diría S. Pablo, es a Cristo muerto y resucitado y no a ningún otro líder intermedio. 2) Que se liberaran de compromisos agobiantes e innecesarios, que más que favorecer, impiden que el seguimiento de Cristo resulte libre y gozoso. 3) Si José Carlos responde con el dilema: o me aceptáis a mí, u os marcháis, que no dudaran en marcharse. Eso sí, de una forma amistosa y fraterna dispuestos a conservar los ideales del proyecto original que un día los había fascinado.

              El día 29 de marzo José Carlos se confidenció conmigo. En una larga carta dirigida a Solidarios añadió de su puño y letra lo siguiente: “Querido Niceto, para mantenerte informado y pedirte que no nos olvides. Hay crisis en Galilea. Que el Señor nos ilumine en Pentecostés. Un fuerte abrazo. José Carlos, 26/4/93”. Sin pérdida de tiempo me acerqué a su despacho donde le encontré solo, cosa que ocurría en muy raras ocasiones. Durante nuestra larga entrevista, además, sólo apareció por allí María José Atienza para gestionar un asunto sin importancia. Como te digo, Niceto, -insistió- sí, hay crisis en Galilea. Y sin más preámbulos tomó la palabra sin yo formularle ninguna pregunta, para informarme en caliente sobre la crisis de Solidarios. Era la primera vez que me hablaba del problema y tuve la impresión de que no sabía que los muchachos y las muchachas me tenían informado de todo desde hacía algún tiempo. Yo esperaba que este momento llegara de modo que yo pudiera contar con la versión de los hechos directamente de José Carlos y tal momento, efectivamente, llegó.

              Comenzó hablando del problema económico que planteaba el mantenimiento de la Residencia de los chicos, los cuales, por otra parte, exigían más autonomía y que la Residencia fuera mixta. La respuesta de José Carlos era que el responsable ante los bancos era él, así como de la garantía moral ante la arrendataria con la cual se había firmado el contrato por cinco años. Así las cosas, él se consideraba responsable del contrato y de la buena conducta de los que habitaban en la Residencia. No obstante, aceptaba la independencia de los chicos si asumían la responsabilidad económica y daban garantías de que su forma de vida no era motivo de sospechas o de censura moral. Cosa que, a su juicio, era poco probable que ocurriera una vez que la Capilla perdiera protagonismo y se aceptara la convivencia mixta. Los chicos nunca me habían hablado de este tema de la financiación de la Residencia ni de su proyecto de convertirla en Residencia mixta.

              Luego pasó al capítulo de las acusaciones y críticas por parte ellos y ellas. Le acusaban de excesiva amistad y compenetración con Pablo. José Carlos me habló del tema con mucha tranquilidad dándome a entender que su edad ya no le permitía dar importancia a habladurías y chismes de jóvenes celosos. Hizo una apología de Pablo, al que consideraba un muchacho noble, fiel y transparente. Hacía algún tiempo que los chicos y las chicas me habían hablado de este tema. Veían a este chico como alucinado por la personalidad de José Carlos, como si viera por sus ojos en todos sus planteamientos. Le veían demasiado dócil y sumiso. Tanta sumisión a José Carlos les molestaba y éste no sacaba las conclusiones prácticas oportunas. Por mi parte, siempre pensé que José Carlos debía tener más en cuenta la sensibilidad crítica de los jóvenes, los cuales se mueven por estímulos sensibles y emocionales, tratando de deshacer esas imágenes que generaban en ellos inquietud y desasosiego, en lugar de quedarse siempre en su castillo fortificado sin rectificar nada. El buen líder, pensaba yo mientras escuchaba a José Carlos, debe preocuparse de que sus seguidores le sigan libremente y no arrastrados por el impacto de su personalidad generando discípulos y seguidores excesivamente sumisos. La sumisión excesiva termina casi siempre en rechazo frontal. Posiblemente este excelente muchacho padecía una dependencia excesiva de la vigorosa personalidad de José Carlos, cosa que incluso sus propios hijos habían constatado con la comprensible preocupación. Le habían acusado duramente también de haber admitido a dormir en la Residencia a dos presos sin consultar con ellos. Esto, matizó José Carlos, no me lo perdonan. Efectivamente, yo recuerdo que un sábado en que celebraba la Eucaristía en la Capilla de la Residencia, me presentó a un joven casado que cumplía una pena en la cárcel. Las razones evangélicas alegadas por José Carlos para dejarle allí a dormir eran teóricamente comprensibles, pero desde el punto de vista práctico y realista eran más que discutibles. Siempre según la versión de José Carlos, le acusaron después de que “habla demasiado” al comienzo de las celebraciones eucarísticas y al final dejando en un segundo plano mi homilía. José Carlos respondió a esta acusación diciendo que era la oportunidad que él tenía para mentalizarlos espiritualmente sobre el compromiso cristiano con los pobres del Evangelio.

              La verdad es que sus moniciones de entrada, pensaba yo mientras él proseguía su monólogo, eran muy largas. Un instrumento, por muy bien que suene, si se repite mucho termina cansando. Esto es una cuestión de pedagogía y no de principios. En los encuentros José Carlos hablaba mucho y terminaba cansando a la audiencia. Por otra parte, ellos y ellas deseaban hablar más de cuestiones morales y espirituales para su propia orientación personal fuera del contexto litúrgico, y no se atrevían a hacerlo en su presencia. Yo estaba convencido de que había que insistir menos en los aspectos litúrgicos y más en su formación teológica, con el fin de evitar el adoctrinamiento y facilitar la formación de la conciencia personal. La multiplicación rutinaria de actos de culto resulta con frecuencia estéril y agobiante si falta la formación teológica. Le acusaron también de considerarse como un profeta. Como dije más arriba, José Carlos tenía tendencia a parangonarse con personajes bíblicos en dificultad. Los muchachos veían en esas alusiones bíblicas un mecanismo de autoridad. En ocasiones yo mismo tuve la impresión de que se sentía como enviado de Dios para realizar alguna obra concreta. Tal vez era un idealista noble, que se desentendía en la práctica de aspectos ineludibles de la vida real. Todos, los incondicionales y los críticos, coincidían en que la creación de fraternidades en el seno de Solidarios era algo fuera de lugar y que sólo contribuía a establecer jerarquías y clasismo dentro del Movimiento. De hecho, introdujo un rito para-litúrgico de compromiso ante José Carlos al final de la celebración eucarística, emulando el rito de la profesión religiosa. Cosa que en sí misma no tenía nada de censurable, pero en aquel contexto podía interpretarse como una maniobra más de sumisión a la persona de José Carlos. De hecho, los chicos y las chicas más avispados así lo interpretaron y de ahí su queja.

              Al final de nuestro encuentro me limité a sugerir a José Carlos que, tal como estaban las cosas, me parecía conveniente que redujera los compromisos de ayuda en el extranjero para no defraudar con falsas expectativas y, sobre todo, que suprimiera incondicionalmente las promesas de compromiso y fidelidad que había introducido emulando el rito de la profesión religiosa. Creo haber dicho antes que, por prudencia, nunca traté de dar consejos a José Carlos. Esto no es del todo exacto ya que esta vez no me privé de hacerlo y José Carlos quedó satisfecho.

              Después de la celebración de una cena de trabajo en el Colegio Mayor S. Juan Evangelista, tuve la oportunidad de cambiar impresiones con dos miembros destacados del Consejo de Solidarios. Según sus informaciones, los más fieles estaban de acuerdo en que Solidarios tenía que rectificar y cambiar de rumbo volviendo a la idea original surgida en la Facultad de Ciencias de la Información, pero no estaban de acuerdo con la forma dura con la que algunos se habían enfrentado a José Carlos traspasando los límites de la caridad y comprensión de los problemas discutidos. Igualmente me expresaron su disgusto por la iniciativa de José Carlos de dar acogida en la Residencia a dos presos sin consultar previamente con los residentes.

              Solidarios terminó siendo la ONG de la Universidad Complutense de Madrid con todos los cambios de mentalidad y de estructuración administrativa propios de las ONG. El día 24 de septiembre de 1993 José Carlos me informó sobre la firma del convenio de Cooperación Educativa entre la Universidad Complutense de Madrid y la Organización Solidarios para el Desarrollo. El último párrafo del comunicado que dirigió a todos decía así: “Finalmente, pero no lo último, a los que os habéis interesado por la salud de mi mujer, os digo que va saliendo adelante. La han operado y ha terminado la quimioterapia. Ahora nos aguarda la fase más dura que tendrá lugar en el hospital Octubre, con un tratamiento muy complejo y nuevo que afecta a la médula y nos obligará a estar un tiempo en el Hospital porque es imposible sobrellevarlo afuera. Confiamos en Dios que nos dé fuerzas para saber llevarlo como hasta ahora. Ella os agradece el interés que algunos habéis mostrado y sabe que cuenta con vuestro afecto. Nuestros hijos también lo están llevando con una gran dignidad y cariño. Ya sabéis dónde me tenéis. Lo que cuenta es el poder servir a los demás, cada uno desde su personal capacidad y estilo. Un abrazo. José Carlos”.

              Matizaciones finales. José Carlos fue un gran hombre cristiano con defectos y nobles virtudes. Como fundador del movimiento estudiantil universitario Solidarios tuvo algunos fallos importantes. Por ejemplo, en lugar de convertir a sus seguidores en estudiantes universitarios ejemplares asistiendo a las clases con regularidad y competencia científica, los utilizó para organizar y realizar trabajos ciertamente nobles, pero incompatibles con las obligaciones académicas de sus seguidores y la dedicación plena al estudio de las asignaturas de la carrera. Por otra parte, su estilo de liderazgo me pareció ser autoritario y monopolizador hasta el punto de que su presencia terminó siendo incómoda para sus más estrechos colaboradores. Me sorprendió siempre su interés por dar al movimiento Solidarios una impronta cristiana excluyendo al mismo tiempo el sacerdocio como opción libre por parte de sus miembros. ¿No era esto una contradicción? Otro fallo de liderazgo consistió en no estar satisfecho nunca con los logros alcanzados, si estos no se ajustaban exactamente a sus previsiones. Por ejemplo, en una ocasión había calculado enviar un centenar de jóvenes voluntarios durante el verano a Latinoamérica. El responsable de la operación le comunicó que había conseguido reclutar el noventa por ciento y que los recursos económicos no daban de sí para más. Según la mentalidad de José Carlos había que llegar al cien por cien del proyecto. En consecuencia, le ordenó que continuara recabando fondos para completar el número de enviados de acuerdo con su proyecto original. El joven me llamó por teléfono angustiado. Obviamente, le felicité por el éxito logrado en lugar de amargarle injustamente la vida siguiendo el criterio asfixiante de José Carlos. ¿No era ya un éxito grande haber reclutado noventa voluntarios? ¿Por qué no se sentía satisfecho?

              Mi colaboración con el grupo Solidarios terminó en el año 1996, pero siguieron los contactos personales. Pasaron los años y por medio de Internet conseguimos reunirnos un número considerable en una discoteca de Madrid con José Carlos a la cabeza y su amorosa esposa Valle, la cual había conseguido doblegar un cáncer maligno. Todos los presentes habíamos cambiado mucho y en algunos casos tuvimos que presentarnos para reconocernos. Fue un encuentro realmente feliz. Recordamos aquellos hermosos tiempos de estudiantes y profesores universitarios llenos de ilusión. La noble idea que dio cuerpo al movimiento Solidarios había permanecido viva y los momentos desagradables habían desaparecido en el desván del olvido donde sólo quedaron como anécdotas de un pasado feliz irrepetible.

              En octubre de 1992 yo me encontraba en plenitud de vida física y psíquica después de mi operación de corazón. Hasta entonces el cansancio había limitado severamente la calidad y satisfacción personal de mis trabajos. Ahora descansaba con normalidad y me recuperaba para seguir trabajando con gusto e ilusión renovada. El encuentro de Solidarios en Sigüenza los días 3 y 4 de octubre fue impresionante y el día 12 celebramos la bendición de la Residencia en Aravaca para chicas. La gente estaba entusiasmada. José Carlos estaba asombrado por los éxitos de las convocatorias. Pero yo escuchaba a la gente confidencialmente y constataba que aumentaba también la tensión entre José Carlos y sus simpatizantes por su forma de liderazgo. A pesar de ello, yo me abstuve siempre de darle consejos o de discutir con él algunos de sus planteamientos. Por último, quiero recordar que José Carlos fue el que consiguió que en la Facultad de Ciencia de la Información de la UCM se destinara un lugar estratégico que sirviera de Capilla. Su propuesta fue aceptada por una mayoría aplastante de gente que echaba de menos aquel lugar sagrado. Fue un logro importante para el cual José Carlos puso toda su carne en el asador. Al principio, el movimiento Solidarios utilizó la Capilla como lugar de encuentro ecuménico y el primer capellán, el joven chileno, D. Mariano, que se encontraba de paso, trabajó con mucho acierto y prudencia. Pero esta situación cambió radicalmente con su sucesor, el cual convirtió la Capilla en un gheto del Opus Dei, del que la mayoría de la gente empezamos a pasar de largo.

              Del mes de octubre de 1992 quedaron muy grabados en mi memoria, entre otros muchos eventos agradables como los encuentros con Solidarios de Sigüenza y Aravaca, el inicio de conversaciones privadas con Francisco Osés (Pachi), Delegado de Prensa de Tele-5. Periódicamente nos encontrábamos a la hora del almuerzo en los comedores de Tele-5 o en otros lugares. Para mí fue una fuente de información muy valiosa de primera mano sobre los problemas más acuciantes del momento en aquella institución mediática. Yo mismo presidí su boda en nuestra Iglesia dominicana de S. Pedro Mártir de Madrid, pero su matrimonio resultó un fracaso. En el histórico encuentro con antiguos militantes de Solidarios, al que me he referido más arriba, apareció después de muchos años y le encontré tan desconocido, que fue necesario presentarnos de nuevo.

              Por otra parte, me había comprometido desde hacía algún tiempo a celebrar la Eucaristía los domingos por la tarde en la madrileña Parroquia del Espíritu Santo y la Araucana. Las cosas sucedieron así. Su párroco, D. Deogracias, había coincidido conmigo en el Seminario Metropolitano de Madrid siendo yo allí profesor de Historia de la Filosofía cuando él formaba parte del equipo de formación. Nombrado Párroco, me llamó muy pronto para pedirme ayuda pastoral. En realidad, mi ayuda se limitó a sentarme una vez a la semana media hora en el confesionario antes de celebrar la Eucaristía dominical vespertina. Era este un programa que resultaba compatible con mis obligaciones académicas y los quehaceres pastorales en nuestra iglesia de S. Pedro Mártir los fines de semana. D. Deogracias era realmente un hombre de Dios y como tal era considerado por sus parroquianos. Le interesaba mucho que la gente escuchara mis homilías, y cuando me sentaba en el confesionario se formaba pronto cola de espera. Por las reacciones y muestras de simpatía, deduje que la gente triste salía muy consolada del confesionario y teológicamente confortada tras la escucha de mis homilías. Esta feliz experiencia pastoral terminó con la muerte de D. Deogracias, de cuya felicidad en la presencia del Padre no me cabe la menor duda.

              El día 17 de octubre 1992 vinieron a casa para filmar conmigo una entrevista sobre la ética empresarial destinada a una escuela de enfermería y el día 18 celebré un almuerzo con V. Sarmiento, a la que deseo dedicar un especial recuerdo. El día 20 me solicitaron una entrevista en directo para Radio Nacional-5 sobre un caso relacionado con la Bioética y el 27, después de la celebración eucarística, pronuncié en la parroquia del Espíritu Santo una conferencia sobre las Bienaventuranzas. El día 29 celebré una Misa de funeral por el alma de la Catedrática Sor Mercedes del Manzano en la Sala de Grados de la Facultad de Ciencias de la Información. Por aquella época no había todavía Capilla en esta Facultad, pero los profesores se morían y había que hacer algo apropiado en esas circunstancias. Así, por ejemplo, murió un joven profesor comunista y se celebró una Misa de funeral en la Capilla de la Facultad de Derecho. Ahora había fallecido una ilustre profesora, religiosa de la congregación Teresiana del P. Poveda, y el Decano Davara me sugirió la idea de celebrar la Misa en su honor en la Sala de Grados y así lo hicimos. Fue la primera vez que yo me manifesté públicamente como sacerdote en la Facultad y la sorpresa fue muy grata para muchos que estaban intrigados por mi tipo de personalidad, empezando por el estudiante alumno mío que se encargó de preparar la celebración. Sería largo e interesante recordar cómo fui abriéndome camino en la Facultad hasta conseguir que mi condición sacerdotal terminara siendo reconocida como mi mejor título personal universitario.

             

              2. Nombres propios

              1) Mariano Peña

 

               Fue dominico y un buen profesor de eclesiología en Ávila y Roma en tiempos recios. Nació en 1909 y falleció en 1992. Pero cayó en la trampa del enamoramiento y comenzó una etapa de su vida con más sufrimiento que alegrías. El día 1 de noviembre de 1992 recibí una llamada telefónica de su viuda Sonsoles. Deseaba que la visitara en su casa para que viera la biblioteca que había dejado su marido y decidir sobre el futuro de la misma. Brevemente las cosas sucedieron así. Mariano Peña abandonó la Orden de Predicadores en septiembre de 1948. Por aquella época ese tipo de rupturas recibían un trato social y eclesial muy severo lo que explica que Mariano sólo mantuviera desde entonces contactos furtivos con algunos frailes de su confianza. Los dos dominicos que más se interesaron por ayudarle fueron sin duda el P. Manuel González Pola, O.P. y el Maestro General de la Orden Aniceto Fernández O.P. El primero como confidente y el segundo como gestor eficaz de las ayudas urgentes de las que Mariano necesitaba.

              Yo había oído hablar de él mucho, pero no le conocía personalmente. Siendo yo presidente de los Institutos de Filosofía y Teología de Madrid tuve ocasión de conocerle en una sesión académica celebrada en el madrileño convento dominicano de Claudio Coello donde el P. Manuel González me le presentó. Me alegré mucho de este encuentro y le invité a almorzar con nosotros en el convento de S. Pedro Mártir. Al principio estuvo reticente, pero aceptó la aventura de acabar con sus prejuicios e inhibiciones. Pasó un día realmente feliz y a partir de aquel momento todos los domingos y días festivos acudía con su esposa Sonsoles a la Misa dominical y aprovechaba la ocasión para visitar la biblioteca y conversar con los frailes sus hermanos nunca olvidados. En alguna ocasión me pidió ayuda académica para uno de sus hijos. Nuestros encuentros se incrementaron para el bien y felicidad de todos. Mariano se sentía ahora como quien había abandonado su casa y volvía a ella siendo recibido por todos con alegría. La viuda Sonsoles me habló a corazón abierto del sufrimiento moral y las dificultades materiales que le había costado aquel histórico enamoramiento. Luego hablamos de la biblioteca. Yo me llevé una colección de obras de literatura y los documentos personales de archivo. El resto de la biblioteca quedó para su hijo, que había manifestado interés por ella. Sonsoles me habló de su marido difunto con mucho realismo y admiración hacia él. El enamoramiento, pensé yo, confunde y desordena la vida de los seres humanos y el amor verdadero termina poniendo las cosas en su sitio. 

             

              2) Florencio Muñoz Hidalgo

             

              Abandonó también la Orden dominicana por un motivo sentimental, pero en su corazón permaneció en todo momento estrechamente vinculad a la Orden de Predicadores hasta el final de su larga vida. Le tuve de profesor en Ávila y Madrid, pero nuestras relaciones personales por aquella época no tuvieron significado alguno especial. Era un gran comunicador y tenía fama de buen predicador. Fue de los hombres con gran visión de los cambios sociales y culturales que se produjeron en su tiempo y pocos le comprendieron. Durante los últimos años de su vida me llamaba con frecuencia por teléfono para interesarse por mis actividades pastorales e intelectuales y aprovechaba la ocasión para hablarme de sus relaciones personales con algunos de los superiores que tuvo durante su vida religiosa. Cuando me hablaba de sus conflictos con ellos lo hacía con mucha objetividad y comprensión.

              En las festividades más importantes que tenían lugar en nuestros conventos hacía lo posible por estar presente. En el convento se sentía como en su casa y sus conversaciones preferidas, incluso con su esposa, estaban relacionadas con su antigua vida de fraile. Pero la edad pasa factura y la última vez que vino a casa para almorzar con los frailes las cosas sucedieron así. Como él ya no podía conducir su coche tomó un taxi y llegó muy tarde. Yo le esperaba a la puerta preocupado y cuando llegó le encontré muy cansado y desorientado. Le propuse celebrar nuestro encuentro en otro momento más favorable y aceptó gustoso mi proposición. Con la disculpa de que yo tenía que ir a Madrid subí al taxi con él y le dejé a la puerta de su casa. Cuando cayó en la cuenta de que había pagado yo el taxi se emocionó mucho. El nuevo y último encuentro tuvo lugar en su casa cuando apenas podía él ya salir a la calle solo.

              Un día tórrido de agosto en Madrid, cuando me disponía a salir de viaje, me comunicaron que Florencio Muñoz se encontraba ingresado en una clínica y deseaba verme. Le encontré muy abatido físicamente pero todavía pudo abrir sus ojos, reconocerme y expresarme de alguna forma la satisfacción de verme a su lado. Su hija Helena y su esposa Mari Carmen me dijeron que después de haber recibido los auxilios sacramentales propios del momento crítico en que se encontraba el paciente había experimentado una gran paz. Durante mi visita en el hospital su esposa e hija me informaron de que conservaban el hábito religioso dominicano del enfermo, con el cual pensaban amortajarle como símbolo de su fidelidad de corazón a la Orden de Predicadores. Su hija me devolvió a casa con su coche y se despidió de mí reclinando amorosamente la frente sobre mi pecho. Ella había comprendido perfectamente el significado de aquella visita mía a su padre. La noticia de su fallecimiento a los 93 años de edad la recibí en Almería el día 6 de agosto de 2007. A veces pienso que su hija María Helena es un espejo vivo de la inteligencia brillante de su padre y la bondad de corazón de su madre.

 

              3) Miguel Fisac

             

              Nació en 1913 y falleció el 12 de mayo del 2006. Su vida personal y profesional fue cualquier cosa menos un jardín de rosas. Fue un arquitecto excepcional perseguido por unos y admirado por otros. Colaborador directo y personal del fundador del Opus Dei, sufrió mucho por las presiones morales recibidas para que se integrara definitivamente en esta Institución, siendo así que él estaba convencido de que no tenía vocación religiosa ni sacerdotal y lo confesaba públicamente. Él mismo reconocía que tenía un carácter fuerte y crítico, pero nadie dudó de su buen corazón indiscutiblemente cristiano. La construcción del Colegio Apostólico de PP. Dominicos de Valladolid (Arcas Reales) y del Conjunto Convento/Teologado de S. Pedro Mártir de los PP. Dominicos, en Madrid, significó el comienzo y la apoteosis de su gloria como arquitecto. Luego pasó casi al olvido hasta que en 1993 la Escuela de Arquitectura de Munich rescató su memoria situándole en el lugar glorioso que le correspondía en la historia universal de la arquitectura. Tuve la suerte de conocerle y tratarle como amigo y confidente. Durante muchos años asistió con regularidad junto con su esposa Ana María Badell a la liturgia dominical en nuestra Iglesia que él había construido. Algunos meses antes de su fallecimiento la pareja Fisac aparecieron en la Iglesia caminando con dificultad para asistir a una boda de familia. Tan pronto me vieron se dirigieron a mí fatigados y emocionados. ¡Qué alegría, después de tanto tiempo sin verte!, exclamé. Me miró cariñoso y me dijo que esta sería su última visita porque sus días, habida cuenta de la edad, estaban ya contados. Comprendí que se estaba despidiendo y le agasajé lo mejor que pude con palabras de cariño y admiración. Quedamos en vernos de nuevo en su casa y así fue.

              Pocos meses antes de fallecer le visité en su casa y durante la visita le entregué un ejemplar de una partitura de música que terminaba yo de publicar, ilustrada con bellas fotos de nuestra Iglesia que él había construido. Al hojear la partitura sólo decía: “qué bonito lo has hecho”. Estaba entusiasmado como un niño con un regalo inesperado en el cual él mismo se veía reflejado. Miguel, le pregunté, ¿cómo ves tú estas nuevas construcciones del barrio Sanchinarro? Ya soy muy viejo y no entiendo nada, me respondió. No obstante, todavía aquel día cercano a su muerte encontré en su casa a una joven estudiante de arquitectura solicitando sus consejos profesionales. Tan pronto me informaron del fallecimiento, me personé en casa y me dejaron solo ante su cuerpo presente. En la mesilla había dos artísticos folios con dos textos bellamente escritos de su puño y letra. Si mal no recuerdo, en uno había escrito el Padrenuestro y la oración de la “Buena muerte”. El otro texto era un breve testamento en el que se encomendaba a Dios y expresaba su deseo de que le dejaran morir en paz de acuerdo con el curso de la naturaleza, descartando que le aplicaran técnicas artificiales para prolongar inútilmente su vida. De Miguel Fisac he hablado más detenidamente en mi libro Personas y personalidades (Ed. Vision Libros, Madrid 213).

 

              4) Verónica Sarmiento

 

              Era la secretaria Manager del entonces subdirector de Tele-5. Nos unió una gran amistad hasta que desapareció sin dejar rastro de su vida. Joven y hermosa, estaba dotada de una inteligencia administrativa muy notable. Le encantaba hablar conmigo y me escuchaba con profundo respeto e interés. Sus últimas palabras de despedida a raíz de nuestros encuentros casi siempre eran estas: “No te me pierdas”. Era una forma cariñosa de suplicarme que estuviera siempre dispuesto a escucharla. Un día me contó que había sufrido una caída muy grave en su casa, pero que, por fortuna, había salido ilesa. La razón de la caída fue que volvió a casa después de una gran cena a altas horas de la noche con una borrachera. Su novio de turno se había enojado mucho con ella por esta razón y no lo comprendía. Yo le hice algunas reflexiones y me respondió que los vinos de la cena fueron de alta calidad y había que aprovecharlos al máximo.

              En otra ocasión me pidió por favor que la acompañara a ver una película. Comprendí que ella estaba pasando por alguna situación personal difícil y deseaba hablar conmigo. Yo, que hacía muchos años que no entraba en una sala de cine, accedí a su petición. La verdad es que el film resultó entretenido y no me arrepentí de verlo. Luego hablamos brevemente de sus problemas caminando por una calle tranquila hasta llegar al portal de su casa. Yo seguí mi camino en dirección a la boca del Metro más próximo mientras ella abría la puerta principal del complejo de casas donde vivía. De pronto oí su voz que me llamaba. ¿Algún problema en casa?, la pregunté preocupado. No, es que me había olvidado de darte las gracias por el tiempo que me has dedicado esta tarde y de despedirme de ti. Me dio un beso en la mejilla y desapareció de nuevo como alma que lleva el diablo. Fue un beso frío que me ayudó a comprender mejor sus problemas personales. Con la cabeza comprendía que hay que ser agradecidos y ella quería serlo conmigo. Siempre lo fue. Pero de corazón era incapaz de transmitir afecto. Al poner sus labios sobre mi mejilla sentí como si me hubiera puesto dos frías cuchillas cortantes. Cuando llegó el momento oportuno comenté con ella esta anécdota y me dio la razón. Ella necesitaba mucho afecto y lo pedía a gritos como una niña inocente y desesperada. ¿Tú has querido alguna vez a alguien?, la pregunté. Me respondió con un gesto dándome a entender que no. Luego añadió de palabra: “yo soy una mujer arisca”.

              Además de arisca era autoritaria e intransigente con quien no compartía sus puntos de vista o criterios de conducta. Por ejemplo, criticaba con mucha facilidad a sus colegas de trabajo. Por las cosas que me contaba yo llegué a estar persuadido de que sus colegas la soportaban porque era profesionalmente una joya pero que su trato personal dejaba bastante que desear. Otro día me invitó a almorzar en un restaurante mejicano donde se servían comidas aliñadas con mucho picante. Ella me quería agasajar solicitando para mí un menú a su gusto. Pero me negué a ello y yo elegí mi menú prescindiendo de sus gustos. No pudimos terminar felizmente el almuerzo porque empezó a sentir unos dolores de estómago cada vez más intensos a causa de la cantidad de comida que había ingerido cargada de picante. Entonces me acordé de la caída que había sufrido después de la gran cena de negocios y me permití la confianza de hacer un prudente comentario sobre sus excesos en la comida y la bebida. Su respuesta fue la misma. ¿Cómo se iba ella a abstener de un manjar o una bebida que la apetecía?  

              Verónica se comportó siempre conmigo como una gran amiga y en algún momento empezó a seguir mis consejos. Baste decir que me confió las llaves de su casa, la cual fue durante algún tiempo lugar común de encuentro con sus amigos y admiradores. Un día me llamó para hablar de sus problemas sentimentales. La había salido al paso un hombre con el que se había ilusionado y deseaba que yo le conociera y la diera mi opinión sobre él, como posible marido. Le había invitado a dormir con ella y pensó que, por fin, había encontrado al hombre de su vida. Yo traté de hacer tiempo para evitar el encuentro con aquel hombre, pero ella se apresuró a presentármelo. ¿Qué te ha parecido?, me preguntó cuando quedamos solos. Se lo dije con toda claridad y felizmente no hubo necesidad de hablar más de este asunto. Verónica Sarmiento había roto el círculo familiar de gente rica buscando la libertad personal, pero vivía en el error muy generalizado de que el amor sólo existe cuando hay disfrute sexual y enamoramiento. Como era una persona muy inteligente, cayó en la cuenta de que ahí radicaban muchas de sus desgracias sentimentales. Un día la invité a comer en un restaurante vecino a su despacho laboral. Ambos presentíamos que mis obligaciones con mi padre padre enfermo en Ávila y los compromisos académicos terminarían reduciendo al mínimo nuestros encuentros. De ahí sus palabras de despedida: “no te me pierdas”.

              Pues bien, llegamos los primeros al restaurante y tomamos asiento confortablemente frente a frente. Yo la encontré tan elegante como siempre, pero con el rostro triste y físicamente desmejorada. Elegimos el menú y tan pronto desapareció el camarero me miró a los ojos con tristeza al tiempo que con sus manos me descubría delicadamente sus pechos. Vale, le dije. Sus pechos ofrecían un espectáculo aterrador comparable al de una superficie de bosque florido abrasado por las llamas de un incendio. Me habló del severo diagnóstico clínico y el tratamiento “de caballo” al que estaba sometida para controlar la tragedia. Tengo así las tres cuartas partes de mi cuerpo, añadió. La desgracia, precisó después, había comenzado durante sus recientes vacaciones estivales en la playa. De momento todo estaba bajo control y en el trabajo nadie se había apercibido de su problema. Admiré su buen estado de ánimo, nos despedimos y nunca más volvimos a vernos ni a comunicarnos. Un día que pasaba por la zona donde vivía pedí información sobre ella al portero de su casa y me dijo que hacía mucho tiempo que se había marchado de allí con alguien sin dejar rastro de su paradero. ¿Qué habrá sido de aquella hermosa, inteligente y atormentada mujer?

              Al recordar a estas personas por la amistad y simpatía que me dispensaron, me parece oportuno hacer las siguientes matizaciones. Mariano Peña y Florencio Muñoz cayeron en la trampa del enamoramiento, pero fueron coherentes con sus buenos principios de vida y responsables como maridos y padres de sus hijos por quienes fueron queridos, respetados y admirados. Verónica Sarmiento fue una mujer equivocada en su forma de afrontar la vida, pero suficientemente inteligente para escuchar, aprender y rectificar. Miguel Fisac fue un gran cristiano atormentado por el fanatismo religioso de quienes le coaccionaron sin piedad para que se implicara en el ministerio sacerdotal a sabiendas de que no tenía vocación. Pero hablando de Miguel Fisac, no puedo dejar de recordar a Xavier Zubiri, el cual fue víctima del amor ciego de sus padres, los cuales le coaccionaron igualmente para que asumiera el ministerio sacerdotal para el que no había nacido. Cada vez me convenzo más de que el enamoramiento, el amor ciego de los padres y el fanatismo religioso son pésimos consejeros. También de Xavier Zubiri hablo en el libro sobre personas y personalidades.

 

              5) Antonio Montero, arzobispo de Badajoz

 

              En este contexto memorial y académico de personas me resulta particularmente grato evocar la memoria de D. Antonio Montero, arzobispo de Badajoz, con motivo de una Mesa Redonda celebrada en la Facultad de Ciencias de la Información, en la cual el protagonista fue D. Antonio Montero rodeado de directores de periódicos madrileños y periodistas. D. Antonio era un profesional nato de la información y desempeñó durante muchos años la función de presidente de esa sección en la Conferencia Episcopal española. Hablaba con la claridad de un maestro de la información y la objetividad y contundencia de un Obispo que sabía distinguir lo blanco de lo negro llamando a las cosas por sus nombres. Esto explica el interés suscitado por su presencia en la Facultad de Ciencias de la Información. Yo quedé muy impresionado por la forma paternal y cariñosa en que me saludó con un abrazo espontáneo ante la admiración del público que se encontraba esperándole para comenzar la sesión académica a la entrada de la Sala de Grados. El periódico Diario 16 destacó al día siguiente este abrazo y el momento en que yo le hacía entrega de mi obra Información responsable. En mis relaciones de amistad personal con D. Antonio Montero me es grato recordar también lo que digo a continuación. Por ejemplo, en relación con nuestro encuentro en la Expo-Sevilla 1992 donde fui invitado a participar en un acto académico sobre información y medios de comunicación social y en el que D. Antonio fue la estrella del encuentro.

              En otra ocasión D. Antonio fue propuesto como miembro de un tribunal para valorar una tesis doctoral en nuestra Facultad de Ciencias de la Información. Tan pronto tuvo en sus manos el trabajo presentando por el doctorando y lo echó un vistazo me llamó por teléfono preocupado. A su juicio, la tesis, relacionada con la información y la Iglesia, era de ínfima calidad y no le parecía prudente participar en aquel tribunal académico. También a mí me habían propuesto como miembro del tribunal y le contesté que, efectivamente, el trabajo presentado por el doctorando no reunía las condiciones mínimas de una tesis doctoral por lo que tampoco yo estaba dispuesto a formar parte de dicho tribunal. Ambos estuvimos de acuerdo en declinar nuestra participación en aquel evento. Él se disculpó alegando que sus deberes episcopales no le dejaban margen de tiempo para ocuparse de tesis doctorales. Yo presenté también mis disculpas y no se habló más del tema. D. Antonio me agradeció mucho las informaciones que le facilité sobre el asunto de esta tesis, que no llegó a ser presentada, al tiempo que me facilitó un teléfono personal para que yo pudiera estar en contacto directo con él siempre que lo necesitara. En otra ocasión D. Antonio fue invitado por AEDOS para pronunciar una conferencia, pero él sugirió que me invitaran a mí en su lugar. Por último, otro detalle de simpatía y generosidad conmigo del ilustre arzobispo de Badajoz D. Antonio Montero. Se encontraba en nuestro convento de S. Pedro Mártir de Madrid descansando y en un momento dado llamó a la puerta de mi habitación de trabajo. Ante tan grata y honorable visita me levanté de mi asiento para recibirle. Al cabo de unos minutos de animada conversación, yo sentado y él de pie, hizo un paréntesis para preguntarme si no tenía disponible alguna silla para él. Con la emoción que me había causado su amable e inesperada visita me olvidé de ofrecerle siquiera una modesta silla para que se sentara. ¡Sin comentarios! 

              El día 1 de junio de 1993 recibí una tarjeta postal suya con este texto: “Querido P. Niceto, he recibido, leído y aprendido mucho el número de Studium que recoge su crónica sobre el Encuentro de la Expo de Sevilla con la conferencia de Mons. Martí Alanis y nuestra Mesa redonda. Excelente y brillantísima exposición, con elogios para mí, tan gratos como inmerecidos. Celebro también que haya aprovechado la ocasión para incluir su enjundiosa Comunicación al Congreso de Comunicadores cristianos, cuyas Actas, o al menos trabajos más relevantes todavía deberíamos publicar, si se encuentran mecenas. Le animo a continuar su obra monumental sobre Ética de la Información. Es un hontanar de saberes para la “inmensa minoría”. Abrazos +Antonio”. La tarjeta está fechada el 27 de mayo de 1993 en Badajoz, y en el lugar oportuno añadí estas palabras de comentario: “Don Antonio Montero es un Obispo encantador. Maestro de periodistas y Pastor de la Iglesia, es amado por cuantos hemos tenido la suerte de relacionarnos con él”. Confieso que, salvo con D. Antonio Montero, con el resto de los obispos españoles no he mantenido relaciones personales ni profesionales significativas con ninguno. Menos aún relaciones de amistad personal. Por ello puedo decir que mis relaciones con ellos han sido siempre excelentes ya que no me han dado ni trabajo ni disgustos y el respeto mutuo ha sido total. Fuera de España, en cambio, he contado con la amistad entrañable y paternal de algunos obispos tales como Henri L`Heureux, Obispo de Perpiñán; Ioan Robu, arzobispo de Bucarest; Petru Gherghel, Obispo de Iasi y Virgil Vercea, Obispo greco-católico de Oradea, y algunos más, no españoles.

 

              6) Eduardo Sánchez Junco, director y propietario del semanario HOLA

 

              El día 14 de julio de 2010 murió cristianamente en Madrid Eduardo Sánchez Junco, director y propietario del popular semanario madrileño Hola, editado en nueve idiomas con una tirada de diez millones de ejemplares. Eduardo nació en Palencia el año 1943, hizo la carrera de ingeniero agrónomo y, a raíz de la muerte de su padre Antonio en 1984, fundador de la revista en 1944, Eduardo y su esposa María del Carmen Pérez Villota se matricularon en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. El motivo no fue otro que conseguir el título de periodista para poder en adelante asumir la dirección de Hola sin cortapisas administrativas ni competencias ajenas a la propiedad del popular semanario ilustrado. Eduardo fue un visionario de la comunicación semanal y maestro de la comunicación social el cual que se fue con la sencillez y discreción que habían caracterizado toda su vida personal. Hola, decía Eduardo, es la espuma de la vida, algo que no tiene densidad ni peso. Uno de los criterios éticos profesionales aplicados a la promoción de Hola era que no había que complicar al lector sino presentarle el producto informativo sin más pretensión que la de entretener al lector manteniendo unas normas rigurosas de buen gusto estético, con discreción y evitando las injurias y los escándalos. Eduardo quería que Hola fuera una revista semanal amable y de gran interés humano. No quería para Hola el periodismo de opinión, ni implicarse en hacer juicios de valor sobre las personas, sino publicar lo que dicen los personajes y hacerlo en su propio ambiente y contexto. Su ética estaba inspirada en el respeto incondicional a los personajes como personas y la objetividad y buen gusto en la presentación de los aspectos más positivos de los mismos.

              Por lo que se refiere al éxito empresarial de Hola, Eduardo pensaba que la información debe ser presentada de forma atractiva e interesante ofreciendo algo que sorprenda al lector como primicia. En esto radicaría, según él, el éxito de las portadas de Hola. Para no perder calidad ni lectores, lo más difícil es mantener un estilo equilibrado procurando contar todo, incluso lo escabroso, pero dando a cada cosa su espacio y contexto apropiado. Según Eduardo, la vieja guardia del corazón mantuvo y sigue manteniendo un periodismo amable y no escandaloso que ha servido de barrera contra el escandaloso periodismo amarillo. Todo es cuestión de acostumbrar al público a un periodismo de entretenimiento respetando las normas del buen gusto estético, de la discreción y del respeto a las personas. Dicho lo anterior me parece oportuno añadir que Eduardo Sánchez Junco y su esposa María del Carmen fueron alumnos míos en Ética de la información y me es grato recordar los siguiente. Asistían regularmente a clase juntos y eran recibidos como “la pareja feliz”. Algunos sabían que eran los dueños de la popular revista del corazón. Yo sólo lo supe al final del curso cuando Eduardo vino a invitarme a su despacho. Las cosas sucedieron así. Durante el curso la “pareja feliz” nunca intervino en los coloquios de clase ni formuló preguntas al profesor pasando así desapercibida.

              Pero llegó el día último de clase. Todos conocían ya los resultados finales de sus calificaciones respectivas y era tiempo de las despedidas. Eduardo y su esposa habían invitado ya a los compañeros y compañeras de clase a un almuerzo y la mayoría de ellos pensó que cada cual debería pagar su cubierto. Pero no fue así. Él invitó y pagó el almuerzo de todos los que aceptaron la invitación. Yo me excusé de asistir, pero fue entonces cuando se acercó a mi mesa y me invitó a que le visitara en su despacho de trabajo. Le felicité por el trabajo práctico de clase que había realizado y por su examen escrito y acepté su invitación. Pero ¿dónde está tu despacho?, le pregunté. Mira mi ficha personal y ahí lo tienes, en Hola. Es así como descubrí que la “pareja feliz” de la clase era la responsable del famoso semanario del corazón. Me recibieron como a un amigo de toda la vida y me hicieron pasar una tarde feliz conversando sobre temas diversos. Con motivo de la muerte de Eduardo no me ha sorprendido que se haya destacado su honestidad profesional como periodista de la prensa del corazón, su respeto a las personas, su preocupación por el buen gusto estético y su generosidad. Para mí fue una satisfacción saber que ayudó a encontrar trabajo a compañeros de clase. También me es grato decir que Eduardo ha sido un caso práctico de la prensa del corazón que demuestra hasta qué punto la buena ética profesional es, a largo plazo, la mayor garantía de éxito económico y prestigio social.

                    3. En Tele-5, Onda Madrid y Mónica Nedelcu

              El día 4 de diciembre de 1992 visité los Estudios de Tele-5 en Madrid. En aquel canal de televisión trabajaban dos personas que hacían cuanto estaba a su alcance para que yo hiciera acto de presencia por allí cuando lo creyera oportuno para conocer por dentro el mundo de la televisión. Estas personas eran Francisco Roses, al que ya me he referido antes, y la artista Estrella Zapatero. En una de mis visitas de estudio coincidió que estaban ensayando un programa. Yo asistía a los ensayos y en los descansos los artistas salían del escenario y cambiábamos impresiones. Pero en una ocasión, no recuerdo cómo ni por qué, yo me encontré por sorpresa en el escenario durante una emisión en directo y el líder del programa me empezó a hacer preguntas sobre Estrella Zapatero, la cual había sido alumna mía. Es un detalle que refleja la simpatía y generosidad con la que yo era recibido en aquel importante aforo mediático.

              Por otra parte, el Papa Juan Pablo II había pronunciado una homilía en Roma sobre Resurrección y sexualidad, la cual llamó mucho la atención de los medios de comunicación. El Pontífice, comentando a Lc 20,27-40 y paralelos, dijo, entre otras cosas, que los resucitados “no tomarán mujer ni marido, no será necesario el ejercicio de la procreación y se tendrá la más alta respuesta a nuestras necesidades íntimas de felicidad con la posesión de un bien infinito que es Dios”.

              Estas palabras elementales de la fe cristiana sorprendieron a muchos, incluso cristianos, que viven obsesionados por los bienes sexuales en este mundo. El esquema que preparé para la entrevista fue el siguiente. El Papa ha dicho que existe el “más allá” o paraíso donde se cumplirá el deseo humano más genuino de felicidad. Esta afirmación está apoyada en el hecho histórico de la resurrección de Cristo con la promesa de nuestra futura resurrección confirmada con la resurrección de Lázaro y de la hija de Jairo. El secreto de esa felicidad pronosticada está en la visión de Dios y no en la posesión o continuidad de ningún valor terrenal efímero, como puede ser el ejercicio de la vida sexual. Los medios de comunicación comentaron la homilía papal como si el Pontífice hubiera inventado algo nuevo hasta ahora desconocido y absurdo. El Papa, por el contrario, estaba pensando y comentando los textos del Evangelio que hablan de la resurrección de los muertos y de la inutilidad de la actividad sexual después de la resurrección. Era esta la respuesta a una pregunta malintencionada sobre la ley del Levirato por parte de los saduceos, los cuales negaban la resurrección de los cuerpos y la vida futura.

              El Papa en su homilía se limitó a recordar a los hombres de hoy, como Cristo a los saduceos de su tiempo, que quienes piensan que se debe atribuir a los cuerpos resucitados las funciones sexuales de las que disfrutaron en este mundo no han entendido las Escrituras en las que se habla de la resurrección de los muertos ni el poder de Dios para resucitarlos. Después de la resurrección, tanto la actividad sexual como la obsesión por la procreación, en la que pensaban los saduceos, serán actividades innecesarias e inútiles ya que el estado de inmortalidad sustituye a la mortalidad y tales actividades no pueden aportar nada a nuestra felicidad. Cristo proclamó estas enseñanzas tajantes poco después de haber resucitado él mismo a Lázaro como demostración pública del poder de Dios para resucitar a los muertos. A los obsesionados por el mito de la felicidad basada en el goce sexual y el libertinaje S. Pablo (Fil 3,17-21) les censura diciendo que su Dios es el vientre y que han optado por lo caduco y efímero. Su fin no será la felicidad sino la perdición. En la carta a los romanos los acusa de corromper la cultura y ofender a la naturaleza humana con la promoción de sus perversiones sexuales. La misma experiencia humana enseña que la actividad sexual y sus encantos ni siquiera acompañan al hombre a lo largo de su vida terrenal ni constituyen un valor fundamental para la verdadera felicidad humana. El mito del amor-sexo constituye una experiencia frustrante sin necesidad de que lo recuerde el Papa ni cualquier persona sensata. Como conclusión del esquema preparado para la entrevista, hice las matizaciones siguientes. El Papa no ha dicho nada nuevo al proclamar la resurrección de los muertos de acuerdo con la fe cristiana, y que en estado de resurrección tanto la actividad sexual simple como la conyugal y reproductiva resultarán innecesarias e inútiles para la auténtica felicidad humana. El Papa se ha limitado a recordar una verdad elemental de la teología cristiana y que conoce cualquier persona culta y no obsesionada por el mito de la felicidad sexual. La polvareda levantada por las palabras del Pontífice en algunos medios de comunicación sólo demuestra la ignorancia de unos, la incultura de otros y la frivolidad de aquellos medios de comunicación social que sólo buscan el sensacionalismo. La entrevista finalizó a las 22 horas de la noche, pero antes aprovecharon la ocasión para preguntarme sobre la decisión anglicana de “ordenar” o conferir el sacerdocio ministerial a las mujeres e invitarme a celebrar otra entrevista para hablar sobre el Nuevo Catecismo de la Iglesia, que terminaba de aparecer.  

              Mis actividades pastorales y académicas durante el último mes del 1992 fueron muchas e interesantes. Era solicitado por todas partes y terminé el año cansado. Pero tengo particular interés en evocar aquí la memoria de una mujer y de algunos debates radiofónicos singulares.

              Mónica Nedelcu fue una bella e inteligente mujer de nacionalidad rumana, exiliada en España y profesora de literatura española en la Universidad Complutense de Madrid. Tuvo un tío Obispo condenado a muerte por el régimen comunista rumano y fallecido en Roma. Su hermano murió de cáncer en los Estados Unidos y ella murió también de cáncer en Madrid en lo mejor de su vida. Nos conocimos en la Universidad en el contexto del movimiento Solidarios cuando yo había realizado ya tres viajes históricos a Rumania. En la Universidad conocí también personalmente a Vintila Horia el cual falleció poco tiempo después de jubilarse. Mónica Nedelcu me dijo que uno de sus proyectos editoriales era reivindicar la verdadera figura intelectual y humana de Vintila Horia, pero Mónica fue presa también del cáncer y nos dejó muy pronto para reunirse con el Padre. La acompañé en sus últimos días en el hospital y celebré su funeral en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias de la Información. Presidió la concelebración el Vicario Episcopal universitario y yo pronuncié el panegírico. Conservó la mente lúcida hasta el último momento y también su belleza física con la cual deseaba contribuir a que su presencia resultara siempre lo más grata posible a todos. Entre los estudiantes dejó un recuerdo ejemplar como académica y como mujer.

              Al día siguiente visité la comunidad rumana de Madrid en la Iglesia Ortodoxa sita en la madrileña calle de Nicaragua donde celebramos el funeral en rito oriental. A continuación, visité a Valle, la esposa de José Carlos, el fundador de Solidarios. Dos hermanas de Valle habían fallecido de cáncer y ella estaba luchando a vida o muerte con el suyo propio. Hablamos de su cáncer, pero también de la crisis por la que estaba pasando el movimiento Solidarios con repercusiones negativas en su familia. El problema de fondo, además de la forma de liderazgo a la que me he referido antes, era que la dedicación y entrega de José Carlos a Solidarios estaba afectando negativamente a su vida familiar. Así las cosas, sus colaboradores hasta entonces más fieles decidieron celebrar conmigo una reunión de emergencia para discutir sobre la profunda crisis por la que estaba pasando Solidarios. Descarté este encuentro para no dramatizar la situación y los aconsejé que hicieran un paréntesis durante las cercanas fiestas de Navidad tratando de calmar los ánimos. En uno de nuestros encuentros habituales Francisco Roses, delegado de prensa de Tele-5, me expresó su temor de que, tal como iban las cosas, Solidarios tuviera sus días contados.

              El día 19 de noviembre me encontré de nuevo en los Estudios de Radio Nacional, Radio-5, para celebrar un debate sobre el sacerdocio de la mujer. A mi lado tenía a una investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la cual hacía pesquisas sobre asuntos militares. Me pareció una mujer muy emocional con síntomas de resentida por lo cual me limité a tratarla con mucha prudencia poniendo distancia entre los dos. Pero mis opiniones sobre el sacerdocio femenino suscitaron interés en la audiencia y muy pronto me llamaron de Onda Cero para seguir hablando del mismo tema en aquella cadena radial. Antes, sin embargo, me parece oportuno hacer la siguiente matización. Manolo Ferreras, que así se llamaba el director del popular programa “aúpa con ellos”, me confesó que abusaba de mí llevándome a su programa sin recibir nómina por mi colaboración. Lo dijo en broma, pero luego matizó que había pensado sobre la posibilidad de celebrar un debate serio conmigo y el entonces popular periodista Julián Lago sobre “la ética en los medios de comunicación social”, para lo cual tenía que recibir la aprobación de la autoridad superior de la Emisora. Yo acepté la propuesta y él se comprometió a informarme puntualmente de su gestión. La respuesta de la autoridad llegó en estos términos: el debate propuesto se celebraría el próximo jueves, pero con otras personas como invitadas. Yo y Julián Lago podríamos en todo caso participar en el debate exponiendo nuestros puntos de vista por teléfono. Obviamente no lo hicimos. ¿Cuánto cobraron de nómina los elegidos por la autoridad suprema? Podía haberlo averiguado, pero tampoco lo hice. ¡Poderoso caballero es don dinero!

              El día 24 me llamaron una vez más de Radio Nacional-5 para hablar el día 28 de enero, día de los Santos Inocentes, sobre el celibato sacerdotal. Mi interlocutor fue Julio Pérez Pinillos, ex sacerdote líder del Movimiento pro Celibato Opcional (MO-CE-OP). El debate comenzó con una “inocentada” anunciando que el Vaticano había publicado un comunicado en el que dejaba la puerta abierta para el matrimonio de los curas. La noticia produjo impacto inmediato y a continuación, después de dejar muy claro que se trataba de una “inocentada”, entramos directamente al tema del celibato sacerdotal. Con este motivo yo hice un estudio histórico a fondo del tema, pero no tenía yo todavía las ideas tan claras sobre este polémico asunto como han quedado expuestas en el capítulo anterior. Como matización muy significativa de aquel encuentro me parece oportuno recordar lo siguiente. Manolo Ferreras apreciaba mucho mis intervenciones en sus programas radiales, pero pensaba que resultaban demasiado serios, lo cual no favorecía a los intereses de la radio, la cual se interesaba más por el espectáculo sensacional que por las discusiones serias sobre asuntos importantes. Fue una confesión de honestidad que me llamó mucho la atención. Tampoco disimuló que en alguna ocasión los protagonistas del debate le habíamos desbordado a él como director y coordinador del mismo.

 

              4.  Aclaraciones teológicas y pastorales

              Mi trabajo académico y pastoral me exigió estar al día de los grandes problemas de la gente, sometiéndolos a un proceso de reflexión constante. Por ejemplo, el día 28 de marzo de 1993 dejé anotadas las siguientes reflexiones.

              Amor y admiración. He observado que la gente se enamora de la belleza y se conforma con admirar el bien que hacen los demás. Esto es un error fundamental radicado en la cultura, y es causa de muchos problemas personales. Hay que desautorizar a Platón en esta materia como uno de los principales responsables culturales de este grave error en la civilización occidental. Faltan estudios objetivos y valientes sobre esta confusión de objetos y los trastornos de personalidad que lleva consigo, sobre todo en la vida de los artistas menos reflexivos, de los adolescentes y de jóvenes sin experiencia suficiente de la vida. Pienso que el amor debe alimentarse en lo bueno y la admiración en la belleza. Si admirando la belleza y amando el bien surgen problemas, eso sólo significa que no sabemos amar, que no sabemos admirar o ambas cosas a la vez.

              Sobre el enamoramiento y el amor. Hay que conocer bien la naturaleza y el significado de estos dos fenómenos psicológicos. He constatado con mucha frecuencia que puede darse el enamoramiento sin amor y el amor sin enamoramiento. El enamoramiento es un fenómeno muy primario que ha de ser superado y asumido en el amor, que es una realidad superior con características específicas propias. El enamoramiento genera pérdida de la libertad personal y tendencias irracionales, mientras que el amor amplía el campo de la libertad personal y no entorpece el uso correcto de la razón. El enamoramiento “congela” las relaciones afectivas convirtiéndolas en obsesión y dependencia tiránica de una determinada persona. El enamoramiento es el resultado psicológico de la fijación de la imagen de una persona en el constructo sentimental de otra. Si no me equivoco fue Ortega y Gasset quien dijo alguna vez que el enamoramiento es un estado de imbecilidad transitoria. Por el contrario, el amor humano bien entendido hace posible el feliz intercambio de afecto entre personas sin entrar en conflicto sentimental con nadie. Por esta razón el secreto de la verdadera amistad consiste en amar a las personas sin enamorarnos de ellas. Si un hombre se enamora de otro hombre el resultado inmediato es la homosexualidad.

              El enamoramiento entre las mujeres da lugar al lesbianismo; entre casados y solteros, al adulterio y así sucesivamente. El amor de amistad, en cambio, al excluir el enamoramiento, hace posible el intercambio de afecto entre personas sin entrar en conflicto sentimental con nadie. El amor humano no se ha de entender como ejercicio mecánico de la sexualidad o estado permanente de enamoramiento, sino como encuentro entre personas libres y responsables. El amor humano es compatible con el sexo y el enamoramiento mientras no es confundido con alguno de esos extremos. Con mucha frecuencia el sexo y el enamoramiento son la causa de que el amor personal del que todos necesitamos en la vida resulte prácticamente imposible. El colofón de este párrafo es mi obra La aventura del amor, a la que el lector queda remitido.

              Hombres religiosos y hombres de fe. He constatado que hay personas muy religiosas que no creen en Dios. El sentimiento religioso existe en cualquier persona normal, incluidos los ateos pasivos y militantes activos. Por el contrario, no todo el mundo tiene fe o cree en Dios. Hay que ayudar a la gente religiosa a dar el salto de la religión a la fe, de las prácticas religiosas a la vida según Dios. No es lo mismo el cristianismo cultural que el cristianismo real que sigue el modelo de vida presentado por Cristo muerto y resucitado, como rostro visible de Dios invisible. Lo que salva no es la religión expresada en prácticas rituales sino la fe en el Hijo del Hombre refrendada por la práctica del bien y la esperanza en las promesas ofrecidas por Cristo muerto y resucitado.

              Jesucristo como Rostro Visible de Dios. Hay que tener presente su naturaleza humana como camino seguro para llegar con relativa facilidad a descubrir su personalidad divina. La fe cristiana no da saltos. Lo normal es que nace y se desarrolla progresivamente al ritmo de la naturaleza. La Iglesia como institución docente debe insistir más en este modelo pedagógico tan querido por Cristo. Los propios Apóstoles asimilaron el mensaje cristiano poco a poco hasta el gran día de Pentecostés. La fe no puede imponerse por coacción moral, sino que tiene un proceso natural de nacimiento y maduración que debe ser respetado.

              Tradición Apostólica y tradiciones eclesiásticas. Existe el riesgo de idolatrar tradiciones eclesiásticas que no pueden ser consideradas como transmisión oral o escrita de hechos y dichos de Cristo y de los Apóstoles. Ocurre a veces que una mala costumbre que no ha sido corregida a tiempo termina convirtiéndose en una “venerable tradición”. En la Iglesia hay algunas tradiciones eclesiásticas que son consideradas erróneamente como tradiciones apostólicas.

              Educación en la fe y adoctrinamiento. Educar en la fe significa enseñar a descubrir cada uno por sí mismo el mensaje salvador de Cristo. Adoctrinar, en cambio, significa imponer autoritariamente las verdades de la fe, o algunas de ellas fuera de su contexto propio, sin la apoyatura de la reflexión teológica. La lectura fanática de la Biblia sin criterio exegético y teológico sólido es caldo de cultivo de los sentimientos religiosos fanáticos y de la manipulación religiosa de los creyentes. Son los métodos doctrinarios extrapolados del campo de la política a la religión con fines proselitistas y no apostólicos. Hay que educar en la fe sin adoctrinar.

               Fideísmo y racionalismo. Se abusa de la fe y se abusa de la razón, lo cual es grave y se impone una llamada urgente a la razonabilidad para superar esos extremos. La fe exige una justificación para no caer en el fideísmo, y la razón exige credibilidad para no caer en el abismo del racionalismo. Hay que ayudar a filtrar la fe en la razón y la razón en la fe. La fe quaerit intellectum y la razón quaerit fidem. Los fideístas tienen pánico a la razón y se pierden en el sentimiento. Los racionalistas, en cambio, desprecian el sentimiento y se pierden en el desierto de la razón. La única alternativa a los abusos en el terreno de la fe y de la razón es la razonabilidad. El significado de esta afirmación ha quedado reflejado en mi obra El uso de la razón, aparecida en el año 2008.

              Los predicadores dominicales. La homilía es con frecuencia un discurso paralelo del predicador, que toma ocasión de las lecturas dominicales para hablar de todo lo que se le ocurre sin explicar al público el contenido o mensaje teológico de los textos bíblicos leídos durante la celebración eucarística. La decepción de la sacrificada asamblea suele ser grande porque muchas veces tiene que conformarse con oír un discurso rutinario paralelo, suponiendo que la gente ya sabe justamente aquello que el predicador debe explicar de forma clara y breve: la Palabra de Dios revelada y no las ocurrencias más menos felices del predicador.

              Métodos sospechosos de promoción religiosa. Elena, una alumna mía del curso quinto de periodismo, había militado en el Camino Neo-catecumental, popularmente conocido por “Los Kikos”, hasta que no pudo más y decidió alejarse del movimiento. Entre otras cosas me preguntó si había hecho bien con tomar esa decisión después de describirme las técnicas de los “escrutinios” a las que había sido sometida. No dudé en ratificar su decisión por lo que se sintió muy confortada y agradecida. Esta entrevista en mi despacho de la Universidad era una más de las innumerables que tuvieron lugar a lo largo de veinte años, sobre todo tipo de problemas personales que requieren trato individualizado y confidencial. Yo había oído hablar de esos escrutinios, pero nadie hasta aquel momento me había descrito sus técnicas con tanto detalle y experiencia directa de los mismos. En aquel momento dejé escritas estas palabras: “Sinceramente creo que eso que llaman “escrutinios” debe ser investigado por los obispos con el fin de evitar abusos que nada tienen que ver con el verdadero catecumenado cristiano. Eso es un método de cuya ortodoxia cristiana dudo totalmente”. Esta duda me acompañó siempre, incluso después de consultar los dos volúmenes existentes de uso privado sobre la dinámica de esos escrutinios en el año 2008.

              Por la misma fecha encontré en Internet el texto de un tal David, que había pasado por esa experiencia y se había liberado de ella. “¿Qué son los primeros escrutinios?, se pregunta David. Y responde: “Los primeros escrutinios son uno de los aberrantes y despreciables pasos que la secta del camino Neo-catecumenal utiliza en la consecución de sus fines para manipular ideológicamente a cada uno de sus adeptos. ¿En qué consisten los primeros escrutinios? Consisten en cuatro días de retiro en una residencia de una ciudad alejada. Empieza el jueves por la noche y termina el domingo por la tarde. Existe obligación de faltar al trabajo el jueves por la tarde y el viernes. La ciudad suele estar a unos trescientos-cuatrocientos kilómetros como norma general para que el adepto se sienta desorientado y sea más influenciable. ¿Qué ocurre en ese retiro? Se produce un adoctrinamiento continuo desde por la mañana hasta por la noche sin descanso. En ellos se te va a pedir que vendas TODOS tus bienes para dárselos a los pobres. Que des el sueldo entero de ese mes a los pobres y esperes a ver qué pasa o bien que si Dios te llama a ello, vendas incluso tu casa y te sugieren que te vayas a vivir debajo de un puente”. En el 2008 el Camino Neocatecumenal había recibido ya, como era de esperar, órdenes de la Santa Sede para que revisara y pusiera en orden sus formas de pensar y de comportamiento de acuerdo con las leyes de la Iglesia. Con frecuencia el Camino neo-catecumental es acusado de constituir un grupo fundamentalista y sectario. Muchos sacerdotes y otros miembros de la Iglesia Católica se han mostrado renuentes a la entrada de los neo-catecumenales en sus parroquias, por sus singularidades doctrinales y sus pautas de comportamiento y desde el exterior algunos lamentan su secretismo y las presuntas técnicas de control mental que presuntamente aplican a sus seguidores. Al Camino neo-catecumenal se le acusa de secretismo, comparable al secretismo masónico, y de fanatismo religioso. Algunos lo han acusado también de desprecio a la Tradición, de asumir la concepción luterana de la salvación y de negar la redención, la confesión penitencial, el sacrificio eucarístico, la presencia real de Cristo en la Eucaristía y la resurrección final. Se lo acusa además de superficialidad, presunción y astucia.

              Como es sabido, el fundador y líder principal del movimiento fue el pintor Francisco José Gómez de Argüello (Kiko Argüello) y su mano derecha la ex monja Carmen Hernández. Hasta el momento de redactar estas páginas, yo nunca he tenido la oportunidad de tratar personalmente a Kiko Argüello. Por el contrario, sí tuve la oportunidad de celebrar una reunión de trabajo en la que se estaba deliberando sobre los estudios institucionales de los futuros miembros del Camino neo-catecumenal, en cuya reunión se encontraba Carmen Hernández y tengo que confesar lo siguiente. Al final de la reunión hice un comentario confidencial desfavorable de la intervención de Carmen Hernández sin saber siquiera que era la cofundadora del movimiento neo-catecumenal. Lo que menos me agradó de su intervención fue la forma autoritaria e impositiva de hablar. Cuando me informaron de que era la mano derecha del fundador quedé todavía más defraudado pensando en los que iban a estar bajo sus órdenes. Dicho lo cual he de decir también lo siguiente.

              Cuando empecé a conocer a miembros del Camino y a oír opiniones sobre ellos procedentes de colaboradores suyos, tuve la impresión de que eran alérgicos a la formación teológica, propensos al fideísmo sectario y racistas contra el ministerio sacerdotal. Después empezaron a promocionar la ordenación sacerdotal entre sus adeptos y, como consecuencia, empezaron a realizar los estudios canónicos indispensables para poder recibir el orden sacerdotal. Confieso que esto ha supuesto un progreso grande por su parte. Ahora sólo falta que aprendan a integrarse en la Iglesia sin echarse al monte como las cabras creando ghetos en las diócesis y en las parroquias donde hacen acto de presencia. En cualquier caso, hasta que no abandone definitivamente las técnicas de reclutamiento y adoctrinamiento mediante los ritos de iniciación o “escrutinios”, el Camino ne-ocatecumental seguirá siendo catalogado entre los movimientos bajo sospecha dentro y fuera de la Iglesia. En el año 2008, como queda dicho, tuve en mis manos dos volúmenes escritos en el ordenador, en los cuales hay una información privada sobre la técnica de los “escrutinios” y pude comprobar que mis sospechas contra los mismos eran objetivas y bien fundadas. Esas técnicas de reclutamiento, además de su inaceptable carácter secretista y excluyente, no resisten un análisis bíblico y teológico serio.

              Los ejercicios espirituales. Trataba yo a una antigua alumna que sufría depresiones muy serias. Había tenido contactos con el mundo de la droga en la Universidad y toda mi atención estaba centrada en las secuelas de la droga y la sustitución de las mismas por el alcohol. Mi sorpresa fue cuando, después de más de un año de tratamiento, veía yo que el problema de las drogas quedaba atrás y el del alcohol remitía progresivamente, pero no así su estado de angustia que la llevó a plantearse abiertamente la cuestión del suicidio. Fue entonces cuando, abordando esta nueva crisis, la paciente me habló por primera vez de unos ejercicios espirituales ignacianos que había hecho cuando era todavía muy joven. No me cupo la menor duda de que su dramática situación tenía algo que ver con aquellos días de ejercicios de los que salió machacada. Como dice el refrán, el mejor vino puede convertirse en el peor vinagre. La dirección espiritual, en efecto, conlleva siempre el riesgo de intromisión, en los actos internos de la persona. A veces se da el caso de que el director espiritual se arroga el derecho de suplir las decisiones libres del dirigido, decidiendo todo lo que éste debe hacer o pensar sometiéndole a un programa de conducta, que ha de ser aceptado y ejecutado sin pretender saber otra cosa sobre el mismo que el hecho de estar prescrito o desaprobado por el director espiritual. Aún en el caso de que el interesado aceptara libremente esa sumisión total de su vida interior al director espiritual, éste, creo yo, no debe asumir tal responsabilidad. La experiencia enseña que lo único que se consigue en esos casos es fomentar la inmadurez de la persona dirigida, la cual se acostumbra a vivir espiritualmente en dependencia de otro, como un eterno niño llevado de la mano de su padre.

              La madurez de la conciencia frente a Dios y a la vida queda así mediatizada por esa entrega ciega al director espiritual, el cual, en lugar de ser un guía seguro, se convierte en principio de frustración cuando se equivoca o no satisface las aspiraciones del dirigido. La dirección espiritual no puede convertirse en una especie de «clonación» en la que el dirigido termina siendo una copia psicológica del director. Por esta razón, no soy partidario de la existencia de directores espirituales de oficio a los que se haya de acudir por obligación o simple protocolo. Soy partidario, en cambio, de que haya personas competentes y disponibles para que, si alguien necesita consultar algo sobre su vida, tenga la oportunidad de acudir a ellas con absoluta libertad en busca de orientación y consejo. Hay que evitar que la dirección espiritual y los ejercicios espirituales degeneren en técnicas psicológicas de invasión de la intimidad o control despótico de la libertad de conciencia de los dirigidos. Los directores espirituales y de ejercicios deberían ser como los médicos y los guardias de tráfico. Está bien que los haya, pero que la gente aprenda a asumir las responsabilidades personales de su vida de tal forma que tenga que recurrir a ellos lo menos posible. Lo ideal sería que nadie tuviera necesidad de recurrir a ellos nunca. No hay que confundir la consulta puntual con un experto de confianza para resolver un problema, con la entrega de la inteligencia y la voluntad a una persona para que esta controle nuestra vida, piense y decida por nosotros. No hay que imitar a otros convirtiéndonos en “clones” de nuestros maestros y educadores, sino tratar de ser nosotros mismos contando con la ayuda de los demás cuando ello fuere necesario.

 

              5. Semana Santa en las Islas Afortunadas

              En los años de juventud me agradó mucho desplazarme a pueblos y ciudades para ayudar a los párrocos que solicitaban ayuda en los oficios de la Semana Santa. La gente, por su parte, agradecía la presencia de caras nuevas en la predicación y las consultas sobre sus problemas personales. Al final solía terminar cansado, pero realmente feliz por el trabajo realizado. Como ejemplo práctico de este tipo de trabajo pastoral añadido a mis actividades académicas, me es grato recordar mi estadía en Las Palmas de Gran Canaria durante la Semana Santa de 1993. D. José Alemani, a la sazón párroco de Ingenio, había sido intervenido quirúrgicamente y su recuperación resultó más lenta de lo deseado. De ahí que me recibieran en el aeropuerto el sacerdote sustituto y algunos parroquianos. En la Casa Parroquial me recibieron dos encantadoras señoras, las cuales se encargaron de agasajarme cuanto pudieron asumiendo la responsabilidad de que todos mis servicios domésticos estuvieran siempre a punto.

              Durante el vuelo Madrid/ Las Palmas repasé la prensa del día, cuya noticia principal fue la muerte de D. Juan, padre del rey D. Juan Carlos I. Me llamó la atención la valoración positiva de los medios de comunicación de la personalidad del finado, resaltando su gesto histórico de renunciar a sus presuntos derechos a la sucesión de la Corona a favor de su hijo. Destaco este acontecimiento para hacer saber que yo he admirado siempre a los que, encontrándose en la espiral del poder, lo abandonaron para evitar enfrentamientos y guerras con aquellos que sólo buscan el poder y no el servicio generoso a los demás. El gusto del poder es para muchos una especie de droga a la que, una vez acostumbrados, son incapaces de renunciar por nada del mundo. Por llegar al poder o por retenerlo son capaces de provocar peleas absurdas y guerras atroces, si lo consideran necesario, y tuve la impresión de que D. Juan no cayó en esa tentación, por lo que su gesto de abdicación me mereció el más profundo respeto. En la Casa Parroquial de Ingenio reinaba un ambiente alegre y fraterno. Había unas señoras que se encontraban felices realizando los quehaceres normales de la casa, mientras otras trabajaban en el archivo parroquial y en los despachos, prestando diversos servicios administrativos y pastorales. Afortunadamente D. José se incorporó pronto a las faenas normales de la parroquia y las señoras de las que hablo le recibieron con flores y alegría. La hora habitual del chocolate se convertía en una agradable tertulia. Recordando a aquellas mujeres canarias, me vienen a la memoria aquellas otras que seguían amorosamente los pasos de Jesús para servirle y agasajarle.

              La casa Parroquial era un lugar de encuentro fraterno y el párroco D. José su animador espiritual. Siempre he pensado que el sacerdote se ha de ocupar preferentemente de aquellos menesteres que sólo a él corresponden por razón del sacramento del Orden, facilitando el que los demás se ocupen de los asuntos administrativos y pastorales no esencialmente vinculados a dicho sacramento. Tuve la impresión de que D. José seguía en su parroquia este criterio con prudencia y cosechaba buenos resultados apostólicos.

              Por la tarde celebré la Misa seguida de una Penitencia Cuaresmal. Escuchando los comentarios de la gente, me llamó pronto la atención el sufrimiento de muchas madres por causa de sus hijos debido al ritmo de vida que llevaban opuesto a los ideales de sus padres. Pronto constaté sobre el terreno que el consumo de drogas, el indiferentismo religioso y las relaciones sentimentales irresponsables estaban a la orden del día y constituían la preocupación mayor de padres y educadores. La corrupción de la moral pública estaba invadiendo toda la vida social, incluida la familia, sin que se viera la forma de atajarlo de una manera satisfactoria. El sufrimiento moral de muchos padres que buscaban consuelo era una más de las consecuencias de aquella situación social que estaba ya afectando severamente a la institución familiar. Estas fueron las impresiones del primer día. Por la mañana temprano del día siguiente, las señoras que me habían recibido el día anterior me sorprendieron gratamente a la hora del desayuno. Entraron sigilosamente en la casa, sin hacer ruido, pensando que yo estaría todavía dormido y no querían interrumpir mi descanso. Ellas velaban amorosamente por la casa Parroquial como si fuera la suya propia. Por la mañana muy temprano dejaron en orden los asuntos de sus casas y vinieron a preparar el templo para los servicios religiosos, así como la comida para al Sr. Párroco.

              Por cierto, aquella mañana disponía yo de tiempo y lo aproveché para visitar a mis amistades en la isla. La esposa del Farero de Maspalomas, María José, y yo nos habíamos conocido en la Universidad, donde hicimos una gran amistad. Luego se casó con Carlos, el Farero, y nuestra amistad se vio reforzada. A primera hora llegaron a Ingenio para recogerme y pasar juntos la primera parte del día 3 de abril de 1993. Antes de su llegada hacía una mañana paradisíaca. El viento del día anterior se había calmado y nos cubría un cielo azul impresionantemente bello. Esta fue la primera impresión matinal antes de salir de casa. Luego retornaron los vientos, pero mi sensación era la de un invierno dulce y arrullador que invitaba a la reflexión y la meditación con el murmullo de las olas y de los vientos remotos de fondo. No me extraña, pensé, que las gentes de estas tierras sean naturalmente religiosas y que artistas y pensadores hayan elegido estos lugares para descansar e inspirarse. El contexto natural me pareció una dulce invitación a la reflexión.

              Por fin llegaron mis amigos Carlos y María José para llevarme a su casa junto al inmenso Faro de Maspalomas. La casa era un pequeño palacete adosado a la torre del Faro, construida a finales del siglo XIX. Me encontré ante la inmensa playa y una aglomerada urbanización turística. Hacia el norte se divisaban las dunas desérticas, paraíso de nudistas, homosexuales y otras hierbas raras. Antes, durante y después del almuerzo, preparado con inmenso cariño por María José, hablamos de temas filosóficos, religiosos y teológicos. En un momento dado, Carlos nos confidenció que él se acercaba en ocasiones al confesionario, a lo que María José replicó que ese sacramento no era su fuerte. Luego matizó diciendo que su fe en Dios era por convencimiento y que valoraba muy positivamente la práctica de la oración. Pero “soy poco cultual” añadió. Sentía alergia hacia los actos de culto al tiempo que valoraba cada vez más la fe en Dios para dar sentido a la vida. Sobre la oración matizó que esta práctica debe realizarse de forma espontánea y directa y no de acuerdo con normas religiosas establecidas. Esta conversación me hizo pensar una vez más en la conveniencia de estudiar a fondo el tránsito de la religiosidad a la fe en Dios propiamente dicha. Hay que aclarar la cuestión del cristianismo por cultura y el cristianismo vivo basado en la fe en Jesucristo Hijo de Dios vivo, muerto y resucitado. Pero transcurrió el tiempo y había que volver a Ingenio con la esperanza de volvernos a encontrar en Maspalomas para proseguir aquellos coloquios teológicos ante el inmenso mar y bajo la protección del cielo azul.

              De vuelta en Ingenio celebré la Eucaristía vespertina con lectura de la Pasión después de haber dedicado un tiempo a oír en confesión a la gente que lo pedía. Los encuentros con gente nueva que acudía a la sacristía para conversar conmigo eran siempre muy gratificantes. Aquella misma tarde, al finalizar el servicio religioso, se acercó una señora que había sido miembro del Consejo Diocesano y me habló confidencialmente de su experiencia en ese oficio. Al día siguiente me notificó con mucho humor que la conversación que habíamos mantenido el día anterior en la sacristía con tanto sigilo había sido escuchada por todos los que estaban presentes en la nave de la Iglesia. Inmediatamente me tranquilizó diciendo que era bueno que la gente estuviera informada de los comentarios que me había hecho sobre su experiencia como miembro del Consejo Diocesano. El pintoresco incidente se produjo porque yo me había olvidado de apagar el teléfono portátil, con lo cual nuestra conversación se transmitió a través de la instalación acústica de la Iglesia, que estaba todavía en funciones. En cualquier caso, yo no me privé de hacer un comentario posterior sobre las ventajas de los modernos medios de comunicación, pero también de la dificultad de poner a salvo la intimidad, incluida aquella que tiene lugar en el contexto de la confesión sacramental.

              Al día siguiente por la mañana celebré la primera Misa del Domingo de Ramos con la lectura de la Pasión según S. Mateo, y más tarde la Misa para los niños. Una niña quinceañera era la encargada de preparar la liturgia con la ayuda de otros niños. Me agradó mucho la ilusión que pusieron en los preparativos. En lugar de leer el texto íntegro de la Pasión, hice unos comentarios adaptados a la mentalidad de los niños sobre los acontecimientos que estábamos celebrando. Terminada la celebración litúrgica un grupo de niños expresó su deseo de visitar a D. José para conocer en directo el proceso de su convalecencia. Luego, me invitaron a que los acompañara en una reunión que iban a celebrar en uno de los despachos parroquiales. Innecesario decir que aquel encuentro con los niños fue para mí un verdadero placer. Después de la visita de los niños, D. José me invitó a visitar juntos al anciano D. Manuel, que vivía muy cerca de la Casa Parroquial. D. Manuel tenía 84 años de edad, había celebrado con gozo sus bodas de oro sacerdotales, había regentado durante 40 años la Parroquia del Risco de S. Nicolás en una zona conflictiva de Las Palmas y había sido capellán militar y de la ONCE. El venerable sacerdote era alto, enjuto, lúcido de mente y poseía un gran sentido del humor. Y ya que estábamos allí y era Semana Santa, pidió a D. José que le escuchara en confesión. Mientras tanto yo salí a la puerta de casa para curiosear el ambiente y pronto vi venir hacia mí a un caballero que caminaba con la ayuda de muletas. Era uno de los hermanos de D. Manuel. Nos presentamos el uno al otro y bromeamos haciendo tiempo para entrar en casa. ¿Su estado de salud? Sin perder el buen humor dijo: “Hasta que Dios quiera”. D. José y yo habíamos cumplido con nuestro deber fraterno y nos despedimos de D. Manuel y de su hermano. Durante el camino de vuelta a casa me llamó mucho la atención el cariño con el que D. José era saludado en la calle por niños, jóvenes y adultos. La misma señora que me llevó a almorzar y dar un paseo por la playa el primer día, había programado invitarnos hoy mismo a D. José y a mí a almorzar juntos en un restaurante de su gusto, ubicado en la zona. Declinamos su gentil invitación, cosa que comprendió sin dificultad al conocer nuestro programa de la tarde y la necesidad que teníamos de descansar, sobre todo D. José todavía en estado de convalecencia. Celebré la Misa vespertina del Domingo de Ramos no sin antes haberme sentado en el confesionario para oír a los piadosos fieles que se preparaban con toda su alma para celebrar los misterios de la muerte y resurrección de Cristo nuestro Salvador. A continuación, tuvo lugar la procesión con un Paso de Jesús entrando en Jerusalén.

              Durante el trayecto de la procesión un joven estudiante de informática me confesó que sus padres no eran practicantes. Luego me hizo algunas preguntas interesantes. Por ejemplo, sobre el carácter pedagógico que debe tener la procesión religiosa como manifestación pública en la que toman parte incluso los niños. Se admiraba de que yo pudiera compatibilizar mi condición sacerdotal con los compromisos académicos contraídos en la Universidad del Estado. Durante la procesión me llamó la atención, además de la preparación de las calles por donde había de transitar el Paso, el perfume de las flores que arrojaban desde puertas y ventanas al paso del cortejo acompañando a Jesús, evocando así su entrada triunfal en Jerusalén. Al final de la jornada D. José se encontraba cansado, y yo también, por lo que nos retiramos pronto a descansar acortando la conversación después de la cena.

              El Lunes Santo decliné una amable invitación a dar un paseo por la Isla. Por una parte, no quería dejar solo a D. José en casa para evitar que hiciera algún esfuerzo prematuro forzado por las demandas pastorales. Por otra, un grupo de jóvenes permanecía haciendo guardia al Santísimo en la sacristía. Por ello no me pareció prudente ausentarme durante la mañana. La señora que me invitó comprendió todo al tiro y quedamos citados para otro momento más oportuno. Al lado de casa habían improvisado un simpático mercadillo y dentro de casa el ambiente era de entusiasmo y alegría. Las señoras Antonia y Josefa estaban felices limpiando la casa y preparándonos el almuerzo. Las visitas se sucedían ininterrumpidamente, así como las llamadas telefónicas. Las bolsas del mercado en la cocina estaban repletas de frutas y alimentos para que no nos faltara nada. La generosidad de la gente era amenizada con el trinar de un lindo canario que vivía en el patio ajardinado.

              Por la tarde hablé a la gente sobre la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén (Jn 12,1-8 y 12-19). Una muchedumbre de judíos se dio cita para ver a Jesús, pero más aún para ver a Lázaro resucitado. Las autoridades habían decidido matar a Lázaro por cuya resurrección los seguidores de Jesús se multiplicaban por doquier. Había que quitar de en medio a los dos. A Jesús porque resucitó a Lázaro y a Lázaro porque proclamaba, con su vuelta a la vida, la mesianidad de Jesús. No consta que Lázaro fuera ejecutado. Por el contrario, Jesús fue prendido en el huerto de los olivos y, traicionado por Judas, fue falsamente acusado y condenado a morir en la cruz en medio de dos delincuentes comunes. Con la procesión de la tarde nos disponíamos a evocar de modo especial el prendimiento de Jesús en Getsemaní. Terminé la jornada pastoral con una satisfacción añadida. Por fin conseguí entrar en comunicación con “Villa Teresita” en Las Palmas. Julia, a la sazón directora de esta Institución, prometió recogerme en Ingenio el sábado inmediato para llevarme a casa y conociera sobre el terreno la situación humana de aquella zona. Tradicionalmente el barrio donde “Villa Teresita” estaba ubicada era un gheto de la prostitución femenina. Pero últimamente la situación se había complicado de forma alarmante con la llegada de los traficantes de drogas. 

              El Martes Santo temprano una señora se presentó en casa para llevarme a dar un paseo por la ciudad de Las Palmas. Visitamos las iglesias más antiguas, la Catedral y una librería. Terminado nuestro periplo regresamos a Ingenio donde recogimos a D. José para dirigirnos los tres a una linda casa de comidas para almorzar. Durante la sobremesa conversamos animadamente sobre temas diversos de interés y algunos problemas pastorales. La señora que nos invitó estaba implicada a fondo en la pastoral parroquial. Meditando al final de la jornada sobre Jn 13,21-33; 36-38, escribí las líneas siguientes. Se trata del anuncio de la traición de Judas y el comienzo de los discursos de despedida. Jesús se conmocionó interiormente ante la gravedad de la culpa de Judas y el cumplimiento ineludible de los actos de violencia máxima que se avecinaban. Increpó irónicamente a Judas para que llevara a efecto su obra cuanto antes. Pero Judas, al ser puesto en evidencia, no solo no recapacitó para dar marcha atrás, como cabría esperar de una persona ofuscada pero honrada, sino que pisó el acelerador sin reparar en las consecuencias. Tal vez algunos pensaron que Jesús le había ordenado hacer las compras habituales como síndico del grupo, o que hiciera alguna donación a los pobres. Todos se equivocaron haciendo hipótesis interpretativas de aquellas irónicas palabras de Jesús al traidor, el cual estaba resuelto a entregar a Jesús al precio miserable de unos dineros. El dinero fortalece la voluntad malvada de los malhechores.

              Juan matiza que “era de noche” cuando Judas se echó a la calle. En efecto, la cena se celebraba ya de noche y, según Juan, Cristo representaba la Luz y Judas las tinieblas de todos los traidores y corruptos de Israel. Y llegó la tarde del Martes Santo. Me senté en el confesionario, celebré la Eucaristía del día y rematamos la jornada con otra procesión por las calles del pueblo. El tema de meditación fue “Jesús atado a la columna”, lo cual me dio ocasión para hacer un comentario sobre la tortura y la violación de los derechos humanos en los tribunales de justicia y en las guerras. La lección era clara. Como Cristo perdonó a sus propios torturadores así también nosotros hemos de perdonar a los nuestros propios, lo mismo a los que nos maltratan al margen de las leyes protectoras de la vida y dignidad humana como invocando a las leyes para llevar a cabo impunemente sus objetivos de maldad. Paradójicamente, el acto de perdonar al modo como lo hizo Jesús supone la denuncia y condena de aquellas formas de conducta que son perdonadas. Tal fue la política de Cristo pidiendo odio al pecado y perdón para el pecador. Por demás, D. José se recuperaba muy bien de su reciente intervención quirúrgica y aquella noche mantuvimos una conversación larga y tendida después de la cena. Hablamos en tono confidencial de problemas eclesiales y pastorales. Hicimos comentarios también sobre la actitud mediocre y poco inteligente de los dirigentes socialistas del Ayuntamiento de Ingenio por aquellas calendas.

              El texto evangélico del Miércoles Santo me llevó a continuar reflexionando sobre el pacto traidor de Judas cuyo nombre ha quedado asociado a toda persona que actúa a traición. Los tres relatos sinópticos destacan la culpabilidad de Judas, el cual se ofrece voluntario a las autoridades para quitar a Cristo del medio. Y lo consiguió de forma clandestina, a traición y con soborno. Puso precio a su trabajo sucio como un vulgar delincuente. El poner precio a Cristo significó un acto más de desprecio hacia su persona. El precio se pone a los animales, aunque en su tiempo también se ponía precio a las personas sometidas a esclavitud. Treinta siclos de plata era lo que se pedía por el reclutamiento de un esclavo. Pagado ese precio, los sanedritas expresaban su desprecio a Cristo y Judas quedaba exento de responsabilidad ante las autoridades judías. Estas y Judas se sobornaron así mutuamente transando a Cristo como esclavo condenado a trabajar como un animal. El desprecio a Cristo quedó bien expresado por ambas partes. Realizada tan cobarde maniobra de corrupción Judas sólo buscaba consumar lo antes posible su innoble objetivo como un político oportunista y rastrero evitando provocar altercados o posibles protestas populares. Todo había quedado pactado entre ambas partes para entrar en acción al primer aviso de Judas, el cual conocía bien el lugar de retiro del Señor en Jerusalén por aquellos días. Durante la celebración de la Última Cena Judas fue denunciado y puesto en evidencia, se echó a la calle perdiéndose en la oscuridad de la noche, se produjo la detención de Jesús y sin pérdida de tiempo fue llevado ante la justicia romana y ejecutado entre dos delincuentes comunes. La gran sorpresa reivindicativa de la justicia vendrá después. Pero antes me es grato recordar lo siguiente.

              Por ejemplo, la visita al Museo de Piedra y el Molino. El museo es un complejo impresionante donde se exhibe todo tipo de objetos antiguos, pero, sobre todo, Pasos Cuaresmales. El propietario era un artista que fabricaba él mismo los Pasos. Pero hay una historia de por medio que conviene recordar. Hasta hacía poco tiempo nuestro artista se había implicado a fondo en las procesiones cuaresmales de Ingenio. Pero el Obispo no veía con buenos ojos la ostentación y el viraje turístico de las procesiones con perjuicio de su natural significado religioso. Como respuesta a este recelo por parte del Obispado, el artista empezó a organizar una procesión por cuenta propia y al margen de la parroquia por otras calles del pueblo exhibiendo todos sus magníficos pasos con el permiso del Ayuntamiento. D. José no me supo decir si las reservas del párroco anterior y del Obispado fueron o no acertadas. Posiblemente tenían que haber sido más comprensivos con las manías y caprichos de un artista obsesionado por la exhibición religiosa al estilo como lo había sido su familia. También resultaba chocante el modo de acumular en su museo objetos y figuras religiosas. En cualquier caso, en el pueblo de Ingenio se celebraba una procesión paralela como protesta a la mencionada censura episcopal sin que ello fuera más allá de su carácter pintoresco y nada conflictivo.

              Luego me llevaron a visitar el Barranco de Guayadeque. Me pareció una maravilla de la naturaleza. Al fondo del profundo y largo valle brota el agua de las galerías subterráneas. Tuve la impresión de que la constancia de la corriente era debida a la filtración del agua del mar y no de la lluvia, que es escasísima. Pero, siendo Miércoles Santo, resultaba inevitable reflexionar sobre los pasajes de Lc 23,26-32 y paralelos, en los que se habla del camino del Calvario o Vía dolorosa. Mis pensamientos estrella fueron, entre otros, los siguientes.

              Viendo cómo Jesús desfallecía bajo el peso de la cruz, echaron mano de Simón de Cirene, hijo de un tal Rufo y que volvía del campo a casa, el cual fue obligado a cargar con la cruz a fin de que Jesús llegase vivo al lugar donde iba a ser crucificado. Era costumbre macabra que el reo cargara con su propio patíbulo, pero Jesús no ofrecía garantías de poderlo hacer dado su estado de agotamiento. Igualmente era costumbre en los duelos fúnebres la presencia de plañideras o “lloronas” de oficio, pero en los casos de condenados a muerte esas manifestaciones de duelo estaban prohibidas, tal vez para evitar reacciones de protesta por parte de la gente. Las mujeres que acompañaban a Jesús eran amigas suyas incondicionales y no plañideras de oficio. Eran las amigas de siempre y su madre María. ¿Acaso había también algunas de la “cofradía” que existía en Jerusalén encargadas de aliviar a los reos con vino mirrado? Probablemente no. En cualquier caso, se comprende que la escolta militar no prestara mayor atención a la presencia de aquellas piadosas y amorosas mujeres de las cuales no cabía esperar ningún tipo de venganza.

              Como siempre, Jesús correspondió con corazón agradecido a las demostraciones de afecto incondicional de aquellas amorosas mujeres. Así, se volvió hacia ellas para agradecerlas su compasión, y acaso también para ahorrarlas complicaciones legales por su actitud de simpatía y afecto hacia Él. En cualquier caso, aprovechó la ocasión para informarlas sobre la profecía de la destrucción de Jerusalén. El leño verde era Él mismo y el leño seco era Jerusalén que iba a ser arrasada después de un asedio durante el cual morirían sus propios hijos. Sabemos por la historia lo que ocurrió el año 70 cuando el general Tito tomó a sangre y fuego la ciudad. Y evocando los sentimientos maternos pronunció el famoso aforismo: “Llorad por vosotras y por vuestros hijos”. Ante tal catástrofe sobre el leño seco de Jerusalén, que no quiso recibir al Señor de la Gloria, más valía no haber tenido hijos para ser exterminados. Es una expresión popular muy maternal ante la guerra: “Ya ves, tienes los hijos para que otros los maten”. Jesús, como siempre, se preocupa de los demás antes que de sí mismo y lo hace ahora expresando su cariño hacia aquellas piadosas y amorosas mujeres. Por la tarde celebramos la correspondiente procesión del Encuentro de Jesús con las piadosas mujeres. Fueron leídos y comentados algunos pasajes evangélicos describiendo el camino del Calvario durante el cual tuvo lugar el histórico encuentro. La tarde fue paradisíaca con el disfrute de una temperatura semi-tropical sin privarnos de la brisa del mar ni de la sequía serrana. Tuve la impresión de que la gente era muy hospitalaria y rica en sentimientos nobles. Yo tenía la sensación de vivir más tiempo y más intensamente. El tiempo cundía, había paz, silencio y ausencia de precipitación, lo cual contribuye poderosamente a hacer una vida más feliz.

              Y llegó el día del Jueves Santo. En el programa de la tarde figuraba la administración del sacramento de la Penitencia, la Misa solemne del día, una Hora Santa y un solemne Via Crucis nocturno. Las anotaciones que dejé escritas fueron las siguientes. Sólo Juan (13,4-20) relata la escena del lavatorio de los pies y en el contexto de la última cena. En aquella tarde memorable Cristo colocó tres piedras angulares de su obra: Institución de la Eucaristía, Sacramento del Orden en función de la Eucaristía y promulgación solemne del Mandamiento Nuevo del Amor. Por la Eucaristía perpetuó su presencia vital entre nosotros garantizada con el sacramento del Orden y con la ley Nueva del Evangelio, vertebrada por el amor, incluso al enemigo y al extranjero, suplantó en lo esencial a la Ley sin más del Antiguo Testamento. En la escena del lavatorio de los pies Cristo se vistió para ejercer la función asignada en aquella sociedad a los esclavos. Pedro debía entender de una vez por todas que la caridad pasa muchas veces por la humildad. O lo que es igual, Cristo les dio a los suyos más cercanos una lección de humanidad y amor al estilo de Dios. Lección, por otra parte, con carácter universal que hemos de aprender todos sin excepción.

              El rechazo de Pedro es comprensible ya que no podía emocionalmente soportar que quien había dado pruebas de tanto poder sobrehumano, incluso resucitando muertos, realizara ahora con él la función humillante de un esclavo de la época. Pero Cristo fue contundente. Si Pedro no aceptaba aquel gesto de humildad se exponía a quedar fuera o “excomulgado” de entre los suyos. Pedro captó pronto la contundencia con que Jesús exigía aquella nueva actitud y reaccionó bien, aunque le faltaba mucho todavía por aprender hasta el día de Pentecostés, como el propio Cristo les había dicho a todos en repetidas ocasiones. Cabe pensar que la escena del lavatorio de los pies en el contexto de la Última Cena es una parábola en acción para enseñar a los Apóstoles y a la entera humanidad la necesidad de la humildad como expresión del amor. Lo dijo muy claro: ejemplo os he dado, ya no hay excusas. El amor que no llega a ser caridad sirve de poco. Pero la humildad que no pasa por la caridad corre el riesgo de ser una farsa cuyo elevado precio es la de no tener parte con Él, o sea, la excomunión o exclusión en la participación de los bienes del Reino.

              Pienso que, en lo referente a la Eucaristía, al Sacramento del Orden y a la forma de entender y practicar el Amor/Caridad propugnado por Cristo falta una catequesis bíblica objetiva y realista. Mientras unos se pierden en altas especulaciones teológicas o en tecnicismos bíblicos de factura académica, otros se conforman con hacer consideraciones piadosas poco sólidas al respecto limitándose a celebrar actos de culto sin ofrecer un conocimiento objetivo y realista de los hechos y dichos de Cristo. En relación con el Mandamiento Nuevo del amor Cristo introdujo aspectos realmente novedosos. El concepto de prójimo, por ejemplo, desborda el ámbito estrictamente judío y lo extiende a la entera humanidad. El prójimo del que habla Cristo como usufructuario del amor no conoce raza, color de piel, sexo, condición social, pueblo o nación. Nadie puede ser excluido del amor cristiano por estos motivos ni por ninguno otro. El amor del que hablaba Cristo trasciende también al sexo y el enamoramiento, aunque no lo excluya. Y lo que es más: alcanza incluso a los enemigos. El amor a los enemigos representa la plenitud del amor proclamado por Cristo. Ahora bien, si Cristo salió al paso de nuestra condición pecadora para redimirla con el amor sin excluir a nadie, nosotros no somos libres para amar a unos excluyendo a otros. Haciendo estas reflexiones pensé en la práctica de la pena de muerte como castigo social impuesto a los más grandes malhechores de la humanidad. ¿Cómo es posible que observando la conducta de Cristo y escuchando sus palabras muchos cristianos hayan defendido y sigan defendiendo ese tipo de castigo legal? El día del Jueves Santo terminé la jornada pastoral bastante cansado a pesar del fraternal y delicioso almuerzo que me ofrecieron las Hermanas Franciscanas. Pero a las 22 horas estaba programada la Hora Santa ante el Monumento y a continuación un Via Crucis por las calles de Ingenio. Durante la Hora Santa hice un comentario sobre las célebres “Siete Palabras” de acuerdo con el guión siguiente. 

              6. Agonía, muerte y resurrección de Jesucristo

              Durante la Última Cena y camino del Calvario el Señor habló íntimamente con los suyos más cercanos. Pero durante su lenta agonía se impuso a sí mismo un impresionante silencio sólo interrumpido por unas frases lapidarias diversamente transmitidas por los evangelistas y tradicionalmente conocidas como las “siete palabras”. Helas aquí expuestas por el orden considerado por los expertos como el más probable:

               “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 33-34). Cristo invocó a Dios como Padre ratificando indirectamente su coparticipación en la divinidad. Y suplica perdón para los dirigentes de Israel que eran los verdaderos responsables de su muerte, y no los soldados romanos que no sabían quién era Jesús y cumplían órdenes de sus superiores. En realidad, no es que las autoridades de Israel no supieran quién era Jesús. Habían seguido muy de cerca sus pasos y estaban puntualmente informados de lo que hacía y decía. Cristo se limitó a pedir misericordia para ellos teniendo en cuenta su pasional ceguera para ver a Cristo con objetividad y realismo. En este sentido se expresó después S. Pablo (1Cor 2,8) cuando matizó que si las autoridades judías hubieran actuado sin pasión y conocimiento de causa Cristo no habría sido crucificado. Es verdad que el populacho pidió a gritos que fuera crucificado, pero no lo es menos que sólo lo hicieron después de haber sido manipulados y provocados por las autoridades. Cristo no los miró con odio como tampoco los insultó ni trató de escapar. Sufrió y se quejó dulcemente como un humilde mortal que se entrega a la muerte por amor a los mismos que le condenaban (Jn 15,22-24). Por ello no pidió venganza para ellos sino excusas, con lo cual condenó indirectamente el placer de la venganza y ratificó con su ejemplo lo que había formulado de palabra: “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen (Mt 5,44).

              Sería una insensatez pensar que Cristo, al perdonar a sus propios verdugos, legitimó de rechazo la pena de muerte de la que él mismo era víctima. El perdón del acto criminal, por el contrario, presupone que tal acto es malo por más que su autor sea disculpado y eventualmente perdonado. Perdonar a una persona no significa aprobación de sus malas acciones sino todo lo contrario. Jesús perdonó a las autoridades judías, pero no las eximió de responsabilidad ante Dios y la historia. Jesús sufrió además el sarcasmo: sálvate a Ti mismo y a nosotros. A otros pudo salvar… si eres el Mesías y todo lo que ya conocemos. ¿Respuesta de Jesús? Ni caso. Al sarcasmo respondió con el silencio. Nosotros, al fin de cuentas, comentó el compañero de patíbulo, indignado por el trato sarcástico dispensado a Jesús, somos ladrones y legalmente nos lo hemos ganado. En nosotros se cumple la justicia y recibimos el castigo merecido. Pero éste nada malo ha hecho. Al oír estas palabras Jesús rompió su silencio:

              “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). En esta respuesta puede apreciarse cómo Jesús decide sobre la suerte eterna de los hombres reafirmando su conciencia de co-poder con Dios al que antes ha invocado como Padre coparticipando de su condición divina. El acto de perdonar pecados era considerado como un atributo exclusivo de Dios y Jesús responde convencido desde la cruz de que ese poder le corresponde. Es obvio que el término “paraíso” o jardín evoca inmediatamente la idea de felicidad sin fin fuera del marco del espacio y del tiempo. En esta respuesta veo un ejemplo práctico en el que cabe identificar la estructura teológica del Sacramento de la Penitencia o Reconciliación. 1) El ladrón reconoce a Cristo por lo menos como hombre directamente vinculado a Dios. 2) El ladrón reconoce sus propios pecados ante Él. 3) Confiesa sus pecados, manifiesta sus sentimientos de justicia y se arrepiente de sus malas acciones ante Cristo. 4) Cristo, por su parte, condena el pecado y absuelve al pecador reabriéndole el camino de la salvación del que se había alejado. Por otra parte, Jesús no muere abandonado de los suyos más íntimos. Allí estaba su madre ante cuya presencia se vio obligado a romper una vez más su elocuente silencio.

               Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y dirigiéndose a Juan: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,25-27). ¿Eran tres o cuatro las mujeres que con Juan siguieron de cerca la agonía de Cristo en la cruz? Los soldados tenían la orden de custodiar de cerca a los crucificados para evitar posibles altercados o que fueran desclavados por la gente. Al principio a María y las piadosas mujeres no les quedó otra alternativa que la de mantenerse a una distancia prudencial del mortífero escenario (Mt 15,40). Luego el centurión las permitió acercarse a la cruz (Mc 15,44-45). ¿Qué molestias podían causar a las fuerzas de seguridad estas mujeres? Por otra parte, Jesús estaba ya a punto de expirar. Todo parece indicar que al centurión no le faltaron sentimientos de humanidad ante aquel macabro espectáculo de la crucifixión de Cristo. Por otra parte, María era ya viuda de José y Jesús era su único hijo. Así las cosas, se comprende que Jesús pidiera a Juan que cuidara de su madre una vez que faltara Él, y a su madre que cuidara de Juan. Literalmente se trataba de una solicitud mutua en los asuntos materiales del día a día. Pero las palabras de Cristo y su conducta tenían siempre un significado trascendente más allá de la materia, el tiempo y el espacio. Los cristianos así lo entendieron desde el primer momento y de ahí que en el siglo XI al significado temporal de la petición de Jesús a su madre y a Juan se añadiera otro trascendente implicado en el anterior. Es lo que se conoce como maternidad espiritual de María sobre todos los hombres.

              Este enfoque interpretativo se impuso en la práctica al anterior, sostenido por S. Juan Crisóstomo, S. Cirilo de Alejandría y S. Agustín, a partir del siglo XV sancionado por Dionisio el Cartujano en su famosa Vita Christi. Sobre la maternidad espiritual de la madre de Jesús en los tiempos modernos el Papa Pío XII escribió en 1942 lo siguiente: “Jesucristo mismo, desde lo alto de la cruz, quiso ratificar, por un don simbólico y eficaz, la maternidad espiritual de María con relación a los hombres, cuando pronunció aquellas memorables palabras: <Mujer, he ahí a tu hijo>. En la persona del discípulo predilecto confiaba también toda la cristiandad a la Santísima Virgen”. La experiencia espiritual de muchas personas a lo largo de la historia del cristianismo confirma el efecto consolador que produce el recuerdo amoroso de la madre de Jesús en los momentos críticos de la vida. En tal sentido cabe afirmar metafóricamente que María es madre espiritual de la Iglesia y de todos los seres humanos que amorosamente invocan su nombre. Pero la respiración del Señor era ya muy fatigosa y prorrumpió en un profundo suspiro de alivio:

               “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27,46). ¿Desesperación? Nada de eso. Es una frase del salmo 21 en el cual se expresan mesiánicamente los sufrimientos del Señor. Cabe pensar que expresa el dolor humano que Jesús ofrece amorosamente al Padre en favor de todos los seres humanos. Jesús no estaba solo sino cumpliendo conscientemente cuanto estaba previsto en las Escrituras sobre la venida del Mesías Redentor descrito en Isaías de acuerdo con la voluntad del Padre: “He aquí que mi Siervo prosperará, será elevado, ensalzado y puesto muy alto. Como de él se pasmaron muchos, tan desfigurado estaba su aspecto, que no parecía ser de hombre, así se admirarán muchos pueblos, y los reyes cerrarán ante él su boca, porque vieron lo que no se les había contado y comprendieron lo que no habían oído. ¿Quién creerá lo que hemos oído?, ¿A quién fue revelado el brazo de Yahvé? Sube ante él como un retoño, como raíz de tierra árida. No hay en él parecer, no hay hermosura para que le miremos, ni apariencia para que en él nos complazcamos. Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento, y como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta. Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos, y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido por Dios y abatido. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él, y en sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yahvé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado, pero él se sometió, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa, pues fue arrancado de la tierra de los vivientes y herido de muerte por el crimen de su pueblo.

              Dispuesta estaba entre los impíos su sepultura y fue en la muerte igualado a los malhechores, a pesar de no haber cometido maldad ni haber mentira en su boca. Quiso Yahvé quebrantarle con padecimientos. Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado, verá descendencia que prolongará sus días, y el deseo de Yahvé prosperará en sus manos. Por la fatiga de su alma verá y se saciará de su conocimiento. El Justo, mi Siervo, justificará a muchos y cargará con las iniquidades de ellos. Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres y dividirá la presa con los poderosos por haberse entregado a la muerte y haber sido contado entre los pecadores, llevando sobre sí los pecados de muchos e intercediendo por los pecadores” (Is 52,19-15 y 53,1-12).  Así habló Isaías siete siglos antes del sufrido y amoroso Mesías prometido tan distinto del Mesías político y mundano oficialmente esperado por las autoridades judías de su tiempo. Su final se acercaba y de ahí que Jesús se apresurara antes de expirar a pronunciar las últimas palabras consciente de que no había tiempo para más:

              “Tengo sed” (Jn 19,28). Es muy verosímil que el Señor rumiaba mentalmente salmos mesiánicos referidos a su muerte. Por ejemplo: “En mi sed me dieron a beber vinagre” (Ps 68,22). O bien: “Como una teja estaba seca mi garganta y en mis fauces pegada mi lengua (Ps 21,16). De hecho, nada había bebido desde la noche anterior y desde el momento de la flagelación no había cesado de perder sangre. Sin olvidar el sudor de muerte y la exposición al sol. Los soldados, que cumplían órdenes, pero no habían perdido el sentido de humanidad, se atrevieron a tener un gesto humanitario con el ilustre ajusticiado y uno de ellos quiso ofrecerle un poco de “posca” de la que ellos mismos se servían. Se trataba de un vino aguado o vinagre con agua. Uno de los soldados colocó la esponja que servía de tapón al jarro en la punta de la espada y se la aplicó a los labios. Pero la chusma que merodeaba por allí protestó contra tal gesto de humanidad por parte del soldado y que sólo se tenía con los agonizantes normales para ayudarles a dar el salto final. “Que venga Elías a salvarle”, protestaron irónicamente dejándose llevar por la creencia popular de que el ilustre profeta se haría presente en la inauguración del reino mesiánico. El soldado no tuvo en cuenta para nada la protesta y cabe pensar que, aunque Jesús rechazó gentilmente la oferta, el frescor del agua debió prestarle un ligero alivio. Ahora se comprende mejor aquel consejo suyo de dar de comer y beber al hambriento y al sediento. O también aquello de que lo que hagáis a uno de los más pequeños y desamparados a mí me lo hacéis. Pero los minutos estaban contados y no había tiempo que perder. Por eso añadió inmediatamente la sexta y contundente frase:

              “Todo está consumado” (Jn 19,30). ¿Qué es lo que estaba consumado? Se habían consumado todas las profecías referidas a su pasión, así como las predicciones que Él mismo había hecho en diversas ocasiones a sus discípulos sobre su propia muerte y que ellos no habían comprendido. Pero el tiempo no daba para más y concluyó:

              Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Jn 23,46). E inclinando la cabeza expiró. Estas últimas palabras fueron pronunciadas en voz alta agotando con ellas toda la energía vital que le quedaba. Leyendo entre líneas el relato de la pasión y muerte cabe pensar que Jesús murió de hecho cuando consideró que todo lo que tenía que hacer estaba hecho. Él fue consciente de que había llegado su hora ni un minuto antes ni después de lo debido. Y lo de siempre. Después de muerto todos se apuntaron cínicamente a los elogios del finado. “Verdaderamente este era un hombre justo” y muchos entre la muchedumbre se daban golpes de pecho protagonizando un espectáculo de hipocresía colectiva. Hubo un valiente, todo hay que decirlo, José de Arimatea, que se jugó el tipo acogiendo el cadáver. Y un cobarde mayor, Pilatos, el gobernador romano. Luego llegaron los aromas y los servicios de embalsamaje por parte de sus amigas incondicionales. Pero volvamos al Viernes Santo.  A primera hora de la mañana visité la casa de una señora recién fallecida para rezar con la familia y sus amigos un responso de cuerpo presente. Volví a la Iglesia y me senté en el confesionario hasta entrada la tarde para atender a los penitentes que llegaron a formar una larga cola de espera. Algunos jóvenes me habían hablado del interés que había suscitado mi homilía del Jueves Santo sobre al amor cristiano y varios de los penitentes me hicieron el mismo comentario favorable. La conclusión que yo deduje de estos comentarios públicos fue que la gente necesita más y mejor instrucción teológica. Por otra parte, pude ser testigo de su soledad interior, de sus desequilibrios afectivos y del sufrimiento que llevan consigo las separaciones matrimoniales, la invasión galopante del consumo de drogas y la incomprensión entre padres e hijos. La gente necesita ser escuchada con mucha paciencia en el relato de sus penas para aliviar su estado de ansiedad, agobio psicológico y descompensación afectiva. 

              Por la tarde, de acuerdo con el horario vespertino establecido, reanudé la tarea del confesionario y seguidamente dimos comienzo a la celebración de los actos litúrgicos propios del Viernes Santo con una breve homilía sobre la Pasión y Muerte de Cristo. Durante la procesión del Entierro por las calles de Ingenio se leyeron los relatos del entierro de Jesús según los cuatro evangelistas y en la homilía traté de desautorizar una interpretación del juicio de Jesús con intencionalidad política que la gente había escuchado el día anterior por la radio. Cualquier intento de politizar la vida y los dichos de Cristo me pareció siempre una frivolidad por más que su predicación sobre el Reino de los cielos conlleve siempre una condena de las injusticias que se cometen en los reinos políticos de este mundo. Ya entrada la noche presidí la procesión de la Soledad de la Virgen a raíz de la muerte de Jesús y aproveché la ocasión para hablar de la soledad de las viudas y de las madres que tienen que asistir a la muerte de sus hijos. A pesar de lo avanzado de la noche cuando terminamos la procesión todavía tuve que recibir a dos jóvenes que deseaban conversar sobre diversas cuestiones teológicas. Y llegó el Sábado Santo durante el cual nos preparábamos para recibir y celebrar la gran NOTICIA de la resurrección de Cristo de entre los muertos (Mt 28,1-10).

              Pasado el sábado, muy de mañana al alborear del primer día de la semana, María Magdalena, Juana y María la de Santiago y otras buenas mujeres de entre las que Jesús había curado o que le servían con sus bienes materiales, terminado el ritual reposo sabático, volvieron al sepulcro para ver a Jesús y terminar de embalsamar amorosamente su cuerpo. Todo hace pensar que no sabían que había sido puesta una guardia oficial para evitar el posible robo del cuerpo de Jesús. De ahí sus comentarios sobre cómo remover la piedra con la que había sido bloqueada la entrada al sepulcro. De hecho, tan pronto llegaron al lugar y vieron que la piedra había sido movida y el sepulcro vacío, pensaron inmediatamente en el robo. La entrada en escena del ángel está muy dentro del contexto de la historia sagrada y aquí significa un procedimiento milagroso para poner en evidencia la inutilidad del piquete de guardia ante un acontecimiento que tenía lugar por encima de todos los poderes y cálculos humanos. Por otra parte, me pareció oportuno destacar el hecho de que esta gran noticia fuera confiada de primera mano por Jesús a estas mujeres amigas suyas incondicionales. Destaqué también el protagonismo de Pedro a la hora de la verificación de la noticia en lugar de divulgarla de forma sensacionalista e irresponsable.

              Recordando aquella mañana de 1993 pienso que sería bueno hacer algunas reflexiones pastorales prácticas de gran calado teológico. Está claro que el primer anuncio de la resurrección de Cristo fue hecho por mujeres. Ellas fueron las “reporteras” que recibieron la exclusiva de tan importante noticia y Pedro el primero que la investigó y contrastó sobre el terreno. De acuerdo con el relato evangélico, cabe pensar en la conveniencia de implicar más a las mujeres en el ministerio de la predicación oral al pueblo. Por otra parte, pensando en la Iglesia Ortodoxa, pienso yo si no sería sería bueno que meditaran desapasionadamente sobre el protagonismo apostólico de Pedro. También he de decir que encuentro difícil demostrar que el Orden Sacerdotal instituido en la Última Cena pueda ser conferido a las mujeres. No porque haya razones dogmáticas en contra de la mujer, pero hay una de carácter práctico y es que Cristo repartió de hecho los ministerios eclesiales entre hombres y mujeres con criterios muy distintos a los nuestros y sería una temeridad pasarlos por alto. Las razones sociológicas y antropológicas que suelen invocarse a favor carecen de fundamento teológico. Igualmente tengo que de decir que no encuentro objeción alguna seria para que las mujeres tengan más protagonismo en la proclamación y exposición del Evangelio dado que el propio Cristo las confió la primicia informativa de su resurrección de entre los muertos, acontecimiento que constituye la piedra angular del depósito de la fe cristiana. Sin olvidar el diálogo de Jesús con la samaritana a la que Jesús hizo confidente del secreto mesiánico antes que a ninguno de los Apóstoles. No es cuestión de discriminación sino de distribución de funciones diferentes complementarias.

              Recibida la noticia de las mujeres con las comprensibles cautelas, Pedro y Juan se apresuraron a visitar el sepulcro. Era lógico que, por razón de la edad, Juan llegara antes y Pedro después. Pero Juan espera a que llegue Pedro como si fuera a él, a Pedro, a quien correspondía verificar la noticia para confirmar en la fe a los suyos como Cristo en su momento le había pedido. Pedro constató que las cosas dentro del sepulcro vacío estaban demasiado en orden para pensar que el cuerpo del Señor había sido robado. Sabía que habían puesto un piquete de guardia para evitar el robo y que a un cuerpo enterrado no se lo trasportaba desfajado y desatado de pies y manos. El caso de Lázaro estaba todavía reciente. Después de Pedro entró Juan y también creyó. ¿En qué? Desde luego que Cristo había desaparecido del sepulcro y no porque su cuerpo hubiera sido robado. En aquel momento Juan creyó en todo lo que Cristo les había dicho repetidas veces sobre su futura muerte y resurrección. Todo ello terminaba de cumplirse al pie de la letra. Es lógico que, una vez terminada la verificación de la gran noticia “in situ” Pedro y Juan fueran a reunirse con los otros apóstoles para tomar las decisiones oportunas ante la realidad de los acontecimientos (Jn 20,3-10; 21,19).

 

              7. Coloquios y reflexiones de Maspalomas y Villa Teresita


           El Domingo de Resurrección celebré la primera Misa a media mañana y al terminar una gentil señora esperaba con su coche para llevarme a visitar la ciudad de Agüimes donde la Orden de Predicadores tuvo un gran convento, destruido por un incendio en 1827. El en altar mayor de la Iglesia Parroquial se conservan las tallas de la Virgen del Rosario, de Sto. Domingo de Guzmán y de S. Vicente Ferrer. Estas son las estatuas que pudieron salvarse del incendio. En el lugar del antiguo convento dominicano hay actualmente un teatro. En la población, sin embargo, se mantiene vivo el recuerdo del convento destruido y de sus originales habitantes. Desde Agüimes nos dirigimos a Telde donde pude admirar su gigantesca Iglesia semi-catedral. Luego almorzamos en un restaurante chino donde nos sirvieron dos bellas chicas canarias en un ambiente muy agradable y festivo a tono con el tiempo pascual. De vuelta a Ingenio llegó una joven madre soltera que estaba estudiando la carrera de periodismo en Madrid y acaparó todo mi tiempo disponible hasta el momento de reanudar los servicios en la Iglesia con la Misa vespertina y la procesión del Resucitado por las calles de Ingenio. Me habló de sus depresiones y momentos difíciles, de su experiencia maternal que la ayudaba a salir de las depresiones y mantener su moral alta, de su alegría por la fe cristiana y de su inútil enamoramiento del padre de la criatura, el cual daba la impresión de que quería vivir a costa de ella siguiendo los criterios irresponsables de la mentalidad posmoderna. El tiempo no daba para más y tuve que despedir a un travestido que cohabitaba homosexualmente con un joven en la casa de la abuela de éste. Ambos deseaban mantener una entrevista conmigo en su casa, pero no acepté la propuesta. A pesar de ello tuve la impresión de que el joven se marchó algo aliviado de sus problemas personales. Una observación a tiempo o la respuesta acertada a una pregunta concreta bien hecha resulta a veces más orientadora que todo un discurso académico. También es importante cuidar el lugar y el momento en que se celebran los encuentros para tratar de asuntos personales muy importantes. Finalizada la procesión del Resucitado llegaron Carlos y su esposa María José para llevarme con ellos a su casa del Faro de Maspalomas a donde llegamos ya entrada la noche.

              La casa era un palacete del siglo XIX adosada al inmenso Faro marítimo de 60 metros de altura y 250 peldaños. Fue construida en 1899 por un arquitecto francés en plena playa. Desde el Faro podía contemplarse una vista paradisíaca de monte, mar abierto, playa y urbanizaciones turísticas. Y todo ello con un clima semi-tropical de inmensa tranquilidad. Regalando así mi mirada pensé en un piano de cola, un ordenador y una pluma estilográfica clásica para escribir, soñar, oír música, escribir, leer, descansar y rezar. El ambiente era una invitación a cualquier actividad bella, noble y digna del ser humano. Mientras meditaba y redactaba estas notas interrumpía mi actividad para asomarme por alguno de los ventanales para recrear mi vista y refrescar mis pensamientos. El ruido de las olas del mar me llegaba como un murmullo arrullador como si fuera música de fondo bajita, armoniosa y relajante. El ruido de las olas no me resultaba molesto, sino que me servía de dulce compañía. Por el norte podían contemplarse sobre los picachos abruptos las nubes matinales que iban desapareciendo a medida que el sol imponía su señorío sobre el cielo azul. Comentando este espectáculo de belleza María José matizó que sólo tenía razones para dar gracias a Dios por tener el privilegio de vivir en aquel pequeño paraíso terrenal.

              Era todavía temprano cuando María José se arreglaba y prepara amorosamente el desayuno. Carlos había salido de casa horas antes para controlar el funcionamiento de los faros marítimos de la isla. Contemplando este paisaje natural me vino a la memoria una reflexión que se me ocurrió en 1968 desde la cumbre del Vesubio: “¿Por qué habiendo hecho Dios la naturaleza tan bella somos los hombres tan ruines”? Pensaba yo en las guerras, los odios personales, el desamor, la riqueza de unos y la pobreza extrema de otros como expresiones de la ruindad humana. Terminado el desayuno María José me invitó a subir a la cúpula del Faro. Obviamente no se construyó con ascensor ni tampoco se preveía que lo fuera a tener en el futuro. Pero la subida a pie resultó bastante ligera debido a su buena estructura. Desde lo alto el paisaje que podía contemplarse era impresionantemente bello. A continuación, dimos un paseo por las dunas y volvimos a casa por la orilla de la playa. Las dunas me parecieron un espectáculo maravilloso de la naturaleza. Se trata de pequeñas colinas de arena finísima que el viento se encarga de modificar caprichosamente. En la parte trasera de las dunas había una zona poblada de arbustos donde se daban cita los nudistas homosexuales que encontraban allí el paraíso perdido pasa satisfacer libremente sus perversiones emocionales. En la playa se practicaba un nudismo civilizado e inofensivo. Era aquel un lugar cosmopolita donde la gente buscaba paz y tranquilidad en el contacto con la naturaleza pura y el disfrute de un clima semi-tropical muy saludable. Incluso la zona de corrupción no ofrecía signos de violencia o provocación intencionada. El problema moral más grave consistía en la crisis de identidad que estaban padeciendo los nativos tradicionales de la zona con la presencia de turistas adinerados y de costumbres a todas luces dudosas si no abiertamente corruptas. Por otra parte, aquellas imágenes playeras no aparecían y desaparecían con la llegada del verano, sino que eran permanentes a lo largo del año y era comprensible que el joven trabajador nativo sintiera la tentación de tumbarse en la playa en lugar de ir a trabajar. Existía además por aquellas calendas una crisis laboral lo cual contribuía a que muchos jóvenes permanecieran en casa de sus padres sin ilusión ninguna fascinados por esas imágenes de presunta ociosidad feliz de los turistas.

              Después del paseo por las dunas y la ascensión al Faro ayudé a María José a regar las plantas del jardín mientras su marido realizaba algunos trabajos con la computadora relacionados con el control y buena marcha de los Faros marítimos de la isla. Por la tarde salimos a pasear por la urbanización y los invité a cenar en una terraza estratégicamente ubicada. Durante la cena pasaron por nuestra mesa a saludarnos varias personas conocidas de mis invitados y los camareros se volcaron en atenciones con nosotros. Por lo que deduje que mis anfitriones de la isla eran personas muy conocidas y apreciadas. El director de uno de los hoteles más importantes del complejo turístico nos habló de sus problemas con el personal de trabajo. Según su versión, los que llevaban trabajando durante mucho tiempo eran reacios a la introducción de cambios significativos en la forma de trabajar exigidos por las nuevas circunstancias, lo que entorpecía la evolución y mejora de los servicios y de la institución. Estas informaciones del hotelero me llevaron a reflexionar después en solitario sobre un problema, que es universal y que yo lo he vivido en el contexto de las instituciones religiosas de la Iglesia. He observado, por ejemplo, que un Prior, reelegido para un segundo mandato, gobierna peor la segunda vez que la primera. Si es elegido por tercera vez en el mismo lugar lo más probable es que su gobierno sea un desastre. Lo mismo ocurre tratándose de Provinciales y otras autoridades incluidas las académicas. La reelección frecuente de una persona para un cargo de gobierno es signo de decadencia o de exceso de ambición por parte de los electores más que por parte de los elegidos. Estos, por otra parte, se acostumbran a gobernar de forma rutinaria perdiendo la capacidad de imaginación creadora y de adaptación a las nuevas situaciones. Ocurre a veces que con el ejercicio administrativo se atrofian para el apostolado hasta el punto de que algunos sólo saben mandar y cuando se les quita esa oportunidad no saben qué hacer con ellos mismos.

              Pienso que no es bueno para las instituciones, y menos aún para las personas, el que los mismos permanezcan por mucho tiempo en cargos de administración y gobierno. Además, impiden que otros sean elegidos y aporten sus iniciativas nuevas reconfortantes de cara al futuro. Sin olvidar que la presencia constante de los mismos en las gestiones de gobierno termina generando “clanes” o grupos de influencia permanente que bloquean la posibilidad de participación de personas valiosas, que quedan marginadas para toda la vida con perjuicio de todos. Lo que termino de decir, referido al gobierno de las instituciones religiosas y académicas de la Iglesia, es aplicable con mayor razón a las instituciones políticas en las que el abuso de poder lleva derechamente al despotismo y a la tiranía de pequeños núcleos de personas con un dictador a la cabeza, o de grupos más amplios denominados partidos políticos en los regímenes democráticos. El relevo periódico de personas y de partidos políticos en el gobierno de las naciones es una necesidad vital para matar la sed insaciable de poder y promover el servicio de la justicia y de la paz.

              Por fin tuvo lugar la ansiada visita a “Villa Teresita” en las Palmas de Gan Canaria. Estas Hermanas del Buen Pastor estaban ubicadas en el nº 32 de la calle Andamada de Las Palmas en la zona marginal de la Isleta. Tradicionalmente había sido el barrio clásico de la prostitución femenina y de morbosa curiosidad turística. Por aquella época muchas prostitutas estaban emigrando a otro barrio marginal ante la invasión de los drogadictos. De hecho, los prostíbulos y bares análogos tradicionales eran un mercado de drogas y prostitutas al mismo tiempo. De ahí el peligro de transitar por aquellas calles. Por todas partes, ventanas, celosías, terrazas y esquinas había observadores, espías y vigilantes de ese inframundo de la moderna delincuencia. 

              “Villa Teresita” estaba allí tratando de ayudar a quien fuera menester en aquel mundo infernal e impenetrable. Con el agravante de las drogas había llegado la contaminación del Sida y su programa de muerte rápida. ¿Qué podía hacer “Villa Teresita” en aquel mundo humanamente inmundo? Un dato digno de destacar a este respecto es que las mujeres de “Villa Teresita” circulaban por la calle y eran respetadas por todos los que las conocían. Su coche era bien conocido y podían dejarlo aparcado en la calle sin temor a que fuera robado o desguazado. Todos y todas sabían que ese coche estaba allí al servicio de todos y lo protegían como si fuera suyo. Quedé admirado de lo poco que materialmente podía hacer “Villa Teresita” en aquel lugar y lo mucho que testimonialmente representaba su presencia. Julia, a la sazón directora de la Institución, me acercó con el enigmático coche a casa del P. Agustín Estévez, O.P, que vivía cerca con su madre anciana y enferma. El P. Agustín era admirado en la zona por la obra de caridad que estaba llevando a cabo ayudando pastoralmente en una parroquia y cuidando día y noche a su madre minusválida en una silla de ruedas. Antes de devolverme a Ingenio con su coche nos dimos un paseo por los barrios pobres y la zona del Puerto. Era impresionante la situación de rusos, polacos y de otras nacionalidades del Este europeo que habían optado por refugiarse en la zona del muelle viviendo en los mismos barcos en los que se encontraban cuando cayó el muro de Berlín. Algunos barcos rusos que se encontraban atracados allí por aquellas calendas seguían ocupados por sus tripulantes esperando una oportunidad para sobrevivir sin volver a la antigua Unión Soviética o a Polonia. Visitamos también la plaza de Sto. Domingo donde se conserva la antigua iglesia de los Dominicos.

              El día 13 de abril visité de nuevo la bella ciudad de Las Palmas con María José. Después de realizar algunas cuestiones burocráticas y realizar la compra obligada de recuerdos turísticos volvimos paseando hasta el Faro donde mantuvimos un coloquio mirando al mar abierto sobre temas y problemas relativos a los países del Este europeo tras la caída del Muro de Berlín. Ella sabía de mis viajes y contactos por aquellas tierras y estaba muy interesada en conocer mi opinión sobre la nueva situación que se había creado en aquellas latitudes y sus repercusiones en toda Europa. La tiranía comunista había terminado en sus aspectos esenciales, pero había que contar ahora con el capitalismo salvaje, los sentimientos nacionalistas y el terrorismo islámico. Por la noche invité a mis anfitriones a cenar en un restaurante en la playa del inglés donde fuimos muy bien tratados y continuamos nuestro diálogo hasta bien entrada la noche. Los temas de nuestra conversación versaron sobre la personalidad de S. Pablo y sus problemas personales con judíos, cristianos y paganos. Después nuestra conversación derivó hacia la naturaleza y función de las Órdenes religiosas en la Iglesia, especialmente sobre Dominicos, Jesuitas y Franciscanos por ser estas las instituciones sobre las que yo me encontraba más preparado para responder a las múltiples preguntas de mis interlocutores sobre las mismas. Luego hablamos sobre la tendencia psicológica de algunos líderes a acaparar todas las responsabilidades hasta el punto de considerarse personas indispensables. Desde la órbita del liderazgo se olvidan fácilmente de que todos podemos ser útiles en este mundo, pero nadie es indispensable. La experiencia demuestra que de hombres y mujeres que se consideraron indispensables en este mundo están las tumbas llenas. De vuelta en el palacete del Faro yo seguí reflexionando sobre diversas cuestiones antes de iniciar el vuelo de retorno a Madrid. El ambiente se prestaba a tales reflexiones. Por ejemplo, se produjo la noticia de que el presidente del Gobierno socialista de turno, Felipe González, había decidido adelantar las elecciones generales al día 6 de junio. Esta decisión me llevó a pensar una vez más en la conveniencia de romper el cuadro político de turno poniendo en tela de juicio la existencia de los sindicatos obreros. Estas instituciones, pensaba yo, habían perdido su razón de existir en España y sería bueno sustituirlas por otras más honestas y adaptadas a las exigencias de una sociedad menos politizada y más humana. Era media noche y tenía que interrumpir este discurso en solitario, aunque acompañado por el lejano murmullo de las olas del mar. En cualquier caso, me sentía profundamente feliz por la oportunidad de haber disfrutado de las delicadezas naturales y humanas que adornan a las islas afortunadas. ¿Novedades al llegar a Madrid? Muchas y algunas de ellas entrañables. Como botón de muestra me es grato recordar las siguientes.

              En política, como he dicho antes, la noticia estrella fue el anuncio de elecciones generales, tan deseadas como necesarias para intentar siquiera paliar el rampante proceso de corrupción por parte de la Administración socialista. Como era mi costumbre, puse en marcha el transistor para escuchar las noticias de Radio Francia Internacional en rumano y me llamó la atención la importancia que dispensaron a la galopante corrupción del socialismo español en el contexto de la denominada “epidemia del socialismo internacional”. Hacía mucho tiempo que estaba yo convencido de que el virus de la corrupción política socialista se encontraba oculto en el comunismo. Los comunistas y socialistas se alimentaron ideológicamente en el marxismo-leninismo más o menos adulterado o adaptado a las circunstancias. En 1989 el mundo comunista empezó a ser inundado por sus propias inmundicias políticas y ahora correspondía el turno a sus hermanos falsos los socialistas. Estos edificios políticos se construyeron con un material humano putrefacto en la ideología marxista y de ahí que comenzaran a hundirse por sí solos poniendo en evidencia sus injusticias y métodos de acción inhumanos. El comunismo reprimió sin piedad la libertad personal y el socialismo sólo ofreció un espejismo y falsa concepción de la misma. La lección histórica que cabía deducir era la siguiente: ni la fuerza bruta represiva ni el libertinaje pueden sostenerse por mucho tiempo por más que esas formas de entender la vida humana se estructuren o encarnen en instituciones políticas y sociales aparentemente sólidas.

              Otra noticia que me llamó mucho la atención fue que se había iniciado el juicio contra el incombustible político italiano Julio Andreotti, acusado por arrepentidos mafiosos. De entrada, me costaba creer que este hombre pudiera estar implicado en la mafia hasta el extremo de pactar la muerte de dos personas para ocultar la tragedia del secuestro y asesinato del ilustre político Aldo Moro. Independientemente de que la acusación tuviera algún fundamento o fuera una operación mafiosa, me vino a la memoria una frase oída al Embajador de España ante la Santa Sede durante una cena en dicha Embajada. A una pregunta del antiguo Maestro General de la Orden de Predicadores, P. Aniceto Fernández, O.P., el Embajador contestó lacónicamente: “Mire, soy diplomático de carrera y puedo decirle que en política todo es posible”. Quiso decir que, una vez metidos en ese mundo, cualquier combinación, alianza o cambio de conducta es posible en tanto en cuanto ello resulte rentable en términos de poder. Los enemigos políticos lo mismo se amenazan de muerte que se abrazan como si fueran hermanos. Hoy se declaran la guerra y mañana firman la paz como amigos. A pesar de todo me costaba creer que Julio Andreotti no estuviera siendo víctima de algún chantaje mafioso. Que un político italiano se vea obligado a mantener algún tipo de contacto con la mafia es posible. Pero me resultaba muy sorprendente que Julio Andreotti lo hubiera hecho por los motivos criminales de los que era acusado por antiguos militantes de la mafia. Si, a pesar de todo, esta acusación fuera objetiva, tendríamos una prueba más a favor de mi tesis sobre la deshonestidad tradicional de gran número de los profesionales de la política. En la vida doméstica habían ocurrido muchas cosas durante mi ausencia, pero tengo particular interés en dejar constancia de lo siguiente. Mi hermano Pelegrín había sido elegido Prior del convento dominicano de Sto. Tomás en Ávila. Esta elección significó el reconocimiento de la bondad de mi hermano y una circunstancia providencial para que él pudiera estar más cerca de mi padre, el cual vivía en la Residencia de la Tercera Edad con 91 años de edad cumplidos. Después supe que esta circunstancia fue tenida en cuenta por los electores para elegirle Prior de aquel histórico convento. Al cabo de tres años fue reelegido pero la salud de mi padre exigía un sacrificio añadido asistencial muy grande por lo que mi hermano fue reemplazado anticipadamente en el cargo para que pudiera dedicarse casi a tiempo completo al cuidado de mi padre. Por lo demás, la vuelta a la Universidad después de las vacaciones de Pascua fue muy grata. Algunos de los muchachos y muchachas de “Solidarios” iban regresando felizmente de América y así reemprendimos la marcha académica.

 

               8. Desde la playa y Radio Nacional


              El mes de agosto de 1993 fue muy caluroso y tomé dos decisiones de contraste respecto a los veranos pasados. La primera consistió en suspender el viaje a Moscú para participar en el Congreso Mundial de Filosofía. Además de encontrarme cansado, me desagradó mucho la decisión de la Dirección del Congreso de no aceptar el español como lengua oficial al tiempo que desconfiaba yo de la seguridad personal por aquellos años confusos tras la caída de la Unión Soviética. Dada mi trayectoria pasada, lo lógico era volver a Rumania, pero decidí irme a Estepona a descansar con mi familia durante unos días, aunque sin descartar un viaje relámpago a Bucarest del 18 al 28 de agosto. El día 3 del tórrido agosto madrileño, después de realizar todos los contactos necesarios con mi gran amigo Raoul Sorban y el Arzobispado de Bucarest, tomé un bus nocturno con dirección a Marbella para dirigirme después al Parque Antena de Estepona donde me esperaba mi querida prima María José como principal anfitriona.

              El viaje no fue agradable y el video que pusieron para distracción de los pasajeros me pareció de muy mal gusto. Por otra parte, por aquellas calendas todavía estaba permitido fumar en los medios públicos de transporte y los fumadores campearon a sus anchas con lo cual el ambiente que se respiraba en el autobús era pestilente. Como consecuencia no pude descansar durante la noche, pero pensé mucho en la necesidad de mentalizar a los fumadores sobre el daño que se causan a sí mismos y a los demás cuando fuman. A pesar de todo llegué a mi destino a la hora prevista y mi prima María José me recibió con mucha alegría, con lo cual olvidé pronto la mala noche pasada entre fumadores desaprensivos y aficionados a la televisión basura servida en el autobús. Luego me mostró la casa muy reformada y embellecida por ella misma, que es una artista consumada. Terminado el desayuno marchamos a Estepona a tomar el sol en la playa y almorzar junto al mar. Pero antes se produjo una sorpresa agradable.

              A la puerta de una oficina me encontré con mi un amigo y compañero en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM. Me refiero al veterano periodista D. Enrique Aguinaga. Por aquella época era él catedrático emérito de periodismo y durante nuestro magisterio en la Universidad fuimos buenos amigos y compañeros. Tenía su casa de vacaciones no lejos de la nuestra en el Parque Antena y me dijo que se aburría mucho cuando no encontraba personas con las cuales poder hablar de temas nobles relativos al espíritu como mecanismo de defensa contra las vulgaridades de la vida. Con frecuencia, comentaba el ilustre periodista, se encuentra uno con gente muy buena pero no preparada para mantener una conversación rigurosamente intelectual. Nos prometimos visitarnos en nuestras respectivas casas durante aquellos días de descanso, pero, por unas razones o por otras, nunca llegamos a cumplir nuestra promesa. Al cabo de pocos años volvimos a encontrarnos en el Parque Antena, pero ambos estábamos ya muy cambiados por aquello de que la edad no perdona. Él había perdido ya a su esposa y vivía más que nunca de recuerdos y proyectos que ya no podía realizar.

              Después de este sorpresivo y agradable encuentro la prima María José y yo visitamos el mercadillo popular de Estepona, almorzamos en una terraza típica del interior de la población y en el momento oportuno nos ubicamos en un lugar estratégico de la playa donde alternábamos entre la sombra de las palmeras y las olas espumosas del mar. De vuelta a casa vino a saludarnos la vecina de arriba y nos contó sus penas. Su marido había fallecido recientemente y sus hijos estaban encontrando serios problemas laborales. Habían pasado dos años desde que nos habíamos conocido y al principio no reconocí a la apenada señora. Su marido había muerto cristianamente hacía pocos meses fulminado por una serie de infartos traidores. A pesar de todo, la señora se sentía muy consolada porque su marido había muerto con la paz e ilusión de un gran cristiano.

              En su relato mezclaba el humor y las lágrimas por lo que me causó una impresión amorosa y encantadora. De la forma más natural dejó caer que también ella tenía sus dolencias. Pero, mientras conversábamos en la terraza con la apenada y amorosa señora, se produjo un alboroto en la calle y mi prima salió como un rayo hacia fuera gritando que caía agua por alguna parte. Pronto verificamos que el agua procedía del depósito central averiado en la terraza superior del bloque residencial. Algunas mujeres se pusieron muy nerviosas pero el problema fue resuelto con prontitud y eficacia para tranquilidad de todos. Poco antes de media noche fuimos a saludar a los tíos Hilario y Diosdada cuyo apartamento de verano se encontraba cerca.

              Nos recibieron con gestos de profunda alegría. Mientras la tía Diosdada nos abrazaba amorosamente el tío Hilario pronunció una frase que me llegó al alma: “Hijo, nos da mucha alegría verte aquí con nosotros”. Fue una exclamación gozosa con unas palabras que traté de grabar literalmente en la memoria. La animada conversación se prolongó hasta pasada la media noche, pero antes de despedirnos la nietecita Ana Patricia, que se encontraba allí, nos regaló un beso muy amoroso de buenas noches antes de retirarse a dormir. Lo que más me conmovió de la adorable criatura fue la expresión ilusionada de su deseo de recibir la primera comunión de mis manos. Con este bello colofón dimos por terminada la visita a los tíos y volvimos a nuestro apartamento cuando eran las dos horas de la madrugada del día 4 de agosto.

              Afortunadamente disfruté de un sueño reparador compensando la mala noche anterior en el autobús rodeado de fumadores. Claro que no todo en el monte fue orégano ya que hacia las 8 de la mañana el jardinero de la urbanización perturbó la tranquilidad matinal con el ruido desagradable de la segadora. La intención mía y de María José era desayunar y marcharnos pronto a la playa más cercana, pero se agolparon las visitas y tuvimos que modificar nuestro programa. Mis reflexiones no se hicieron esperar. Hay momentos en que las visitas, incluso las más esperadas y agradables, producen cansancio. Pero el mero hecho de que la gente llame a nuestras puertas es un signo bueno. Mucha gente padece el síndrome de la soledad y necesita hablar mucho para aliviar sus angustias. Por otra parte, he llegado a la conclusión de que dejar hablar y escuchar a los demás es una de las obras más beneficiosas que podemos hacer en estos tiempos que nos ha tocado vivir. A veces hay que oír una y otra vez las mismas cosas, lo cual es psicológicamente agotador, pero hay que hacer un esfuerzo por escuchar como si lo que nos dicen lo oyéramos por primera vez.

              Por fin pudimos dirigirnos a la playa más cercana donde ya se encontraban algunos de nuestros familiares incluido el tío Hilario. Al cabo de un par de horas disfrutando de tan amorosa compañía bajo un hermoso cielo azul frente al manso mar, ellos retornaron a casa mientras María José y yo nos quedamos solos paseando por la playa. Llegamos a casa entrada la tarde y después del almuerzo María José y yo seguimos conversando sobre el cielo y la tierra y recibiendo visitas. Luego, entrada la noche, paseamos entre flores y el aroma destilado por la flora del Parque. Me entregué al sueño a altas horas de la noche entre las sábanas del silencio y la paz más relajante que pueda imaginarse. Mi pensamiento espontáneo de buenas noches fue el siguiente: “Gracias a Ti, Señor, por los siglos de los siglos”.

              El nuevo día en El Parque Antena de Estepona se presentó con signos de intenso calor, pero disfrutamos de la playa abierta, de los árboles cercanos y de un inmenso mar calmado, con agua casi cristalina y con un fondo de finísima arena. El agua estaba agradablemente fresca y nadábamos dulcemente como corchos flotantes. Fue una mañana deliciosa para el cuerpo y para el alma. En aquel ambiente tuve la impresión de que mi espíritu se elevaba sintiéndome como flotando en la nube de una espontánea oración de acción de gracias al Creador por el disfrute de tanta felicidad. La prima María José tenía muchas cosas importantes sobre las que deseaba conversar conmigo y la hora del descanso nocturno se retrasó de nuevo. Y llegó el día 7 de agosto. Me levanté a las 9 de la mañana y María José me confesó que ella se había acostado más tarde aún que otros días y se había levantado también más temprano. Convinimos en que el cansancio es mal consejero y por ello hemos de tratar por todos los medios de disfrutar del descanso necesario para vivir mejor y estar siempre en forma. Como de costumbre, preparó amorosamente nuestro desayuno y puso en marcha el televisor como si estuviera esperando alguna noticia importante. Se trataba de la retrasmisión en directo de las exequias del rey Balduino de Bélgica, fallecido en Motril, Granada, el 31 de julio de 1993. La ceremonia prometía ser larga, pero María José tenía particular interés en seguirla hasta el final por lo que me hice a la idea de que pasaríamos la mañana en casa. En realidad, a mí también me interesaba seguir la ceremonia por tratarse del funeral de un hombre ejemplar como persona y como político. Por lo que yo pude saber de este hombre llegué a la conclusión de que Balduino fue un caballero cristiano de primera categoría. Siempre he admirado a las personas que no tienen ambición de poder y más aún hacia aquellas que no les importa abandonarlo por razones éticas y humanitarias.

              El rey Balduino tuvo el valor de dimitir durante veinticuatro horas como rey para no firmar la legalización del aborto en Bélgica. Sólo por este gesto de grandeza humana y altura moral merece el respeto de toda la humanidad y estoy seguro de que Dios se lo habrá premiado. Cabe pensar que con jefes de Estado con la categoría moral del rey Balduino el mundo sería más humano y agradable. Anulamos nuestro programa matinal de playa por asistir a las exequias de este buen hombre y caballero cristiano, pero quedamos muy satisfechos. María José hizo algunos comentarios congruentes sobre la vida ejemplar del rey Balduino y me invitó a disfrutar de la piscina que había en la urbanización al pie de nuestro bloque residencial mientras ella preparaba el almuerzo en casa. Yo hice mis reflexiones y llegué a la conclusión de que la bondad es el único mensaje perdurable de las personas, sobre todo de los líderes políticos cristianos como Balduino.

               Igualmente me ratifiqué en la idea de que el escuchar y hacer compañía a las personas es una de las formas más urgentes y bellas de la caridad en nuestro tiempo. Por la tarde asistí con mis tíos, primos y sobrinos a la misa dominical que se celebró al aire libre en el centro de la Urbanización. Fue un bello espectáculo estival. Además, me gustó el estilo del sacerdote y su forma de dirigirse al público. Lo sustancial de su homilía fue que no hemos de tener miedo porque Cristo ha vencido al mal y a la muerte. Esta idea la ilustró con palabras de Cristo muy bien traídas a cuento. Al final de la celebración se despidió de la gente con una bella oración de acción de gracias comunicando que se marchaba con un grupo de jóvenes al encuentro del Papa con la juventud en los Estados Unidos. Al final de la celebración le saludé y conversamos gratamente durante unos minutos. A continuación, nos reunimos con los tíos Diosdada e Hilario en casa de los primos y la conversación resultó, como siempre, muy animada. Hablamos y discutimos de temas religiosos, filosóficos, políticos y culturales hasta el agotamiento. Yo me sentía cansado de tanto hablar y escuchar y decidí no prolongar las conversaciones nocturnas en casa con María José más allá de la media noche.

              A media mañana del día ocho estaba prevista la retrasmisión de la misa dominical televisada, presidida por el Obispo de Getafe D. José Francisco Pérez Golfín. Con este motivo presentaron un reportaje cultural ambientador sobre un antiguo convento franciscano femenino en Toledo. Por otra parte, era la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, Fundador de la Orden de Predicadores. Sí, de aquel hombre admirable contemporáneo de S. Francisco de Asís. Domingo de Guzmán y Francisco de Asís constituyen un capítulo aparte de la historia del cristianismo y de la civilización occidental por lo que me resultó particularmente grata aquella evocación televisada. La única nota discordante fue la música de acompañamiento al órgano. La pobreza franciscana no tiene por qué significar pobreza musical, sobre todo cuando se trata de una retrasmisión televisada. En cualquier caso, la pobreza musical litúrgica quedó muy compensada por la flamante homilía del Obispo Pérez Golfín de Getafe. Mi reflexión personal al término de esta celebración fue que el mensaje redentor de Cristo ha de ser proclamado de forma agradable y profesionalmente competente a través de los medios de comunicación social, con prudencia, sin miedo y de la forma más estética y agradable posible para los sentidos y la inteligencia.

              Después del desayuno María José y yo nos trasladamos a Marbella. En este día me tocaba a mí invitar a la prima a almorzar en aquel maravilloso entorno en nombre de Santo Domingo. Tuvimos la grata sorpresa de encontrar allí a los primos José Manuel y María Ángeles. Brindamos juntos por Santo Domingo y conversamos sobre su personalidad al tiempo que alternábamos las entradas y salidas en el mar agitado aquel día con furiosas olas. Después de un tiempo prudencial retornamos todos juntos al Parque Antena no sin antes brindar de nuevo por Santo Domingo con unos refrescos de despedida. Con la grata sorpresa, además, de que fuimos obsequiados por el propio restaurante donde después íbamos a almorzar. Santo Domingo no pudo imaginar que ocho siglos más tarde un seguidor y admirador suyo como yo brindaría en su nombre, rodeado de veraneantes, familiares y amigos en el sur de España. También estoy seguro de que, si levantara la cabeza, no solo no estaría en desacuerdo conmigo en la forma de honrar su nombre, sino que me diría: “Me parece muy bien”. Durante el “brindis” me hicieron preguntas sobre la personalidad de Santo Domingo y su obra y la razón del cambio de su festividad litúrgica del 4 al 8 de agosto. Hablamos de los orígenes familiares de Santo Domingo, por qué y cómo fundó la Orden de Predicadores, así como su presunta paternidad sobre la oración mariana del Rosario. Sin olvidar los rasgos que caracterizan al estilo dominicano por relación al estilo jesuítico y otras instituciones eclesiales importantes. Estos coloquios tuvieron lugar bajo dos sombrillas en una popular playa de Marbella. Las vacaciones veraniegas son, en efecto, un tiempo de oro para el descanso del cuerpo y refuerzo del espíritu. Mucha gente, sin embargo, aprovecha las vacaciones para humillar la dignidad humana con frivolidades o entregarse a formas de conducta irracionales. La tarde del día ocho terminó entre lágrimas y perfumes.

              Me explico. Relativamente pronto María José y yo nos sentamos en la terraza mirando al mar para disfrutar del frescor vespertino. Con el inmenso mar a la vista y las caricias de la brisa del mar me di cuenta cómo nuestra conversación discurría por sendas de alegría y relajamiento. A pesar de todo María José necesitaba hablar también de problemas y dificultades. Así las cosas, me pareció que había llegado el momento de invitarla a tomar un refresco en la terraza del piso bajo del bloque residencial Mónica. Allí permanecimos hablando hasta la media noche. Luego dimos un paseo por el Parque disfrutando de los aromas de las flores y del frescor nocturno. Había una planta aromática popularmente denominada “la dama de noche”. Es escasa y difícil de ubicar, pero emite un perfume embriagador. Conseguí identificarla y cortar una ramita. Así las cosas, nos miramos frente a frente y sin palabras entendimos que había llegado el momento oportuno de despedir el día y retirarnos a descansar. Fue aquel un día muy feliz perfumado por la “dama de noche”.

              El día nueve amaneció con viento desagradable y apetecía cualquier cosa menos ir a la playa. En consecuencia, decidimos permanecer en la piscina de la urbanización compartiendo aquellos buenos momentos con amigos y familiares. Cuando descendíamos por las escaleras nos encontramos con el anciano Quintín que subía cargado con la bolsa de compras. Se la tomé de las manos y la introduje en su casa en el cuarto piso. ¡Con qué poca cosa se puede sorprender felizmente a un anciano! ¡Con qué gestos aparentemente insignificantes se puede contribuir a la felicidad de los demás, sobre todo de los ancianos, niños y necesitados!, pensaba yo después. La tarde del día nueve la dedicamos a las visitas familiares que han llegado a casa. Hemos conversado de política, bioética, literatura, religión y hasta de asuntos domésticos ineludibles. Ya entrada la noche aparecieron nuestros venerables tíos Hilario y Diosdada subiendo hasta el cuarto piso sin ascensor dispuestos a darnos una feliz sorpresa. Luego salimos con ellos a dar un paseo nocturno por el Parque conversando a la luz de la luna y el murmullo del mar recordando escenas familiares de tiempos pasados que dejaron en nosotros la marca del amor y de la felicidad.

              Los acompañamos hasta la puerta de su casa ya bien entrada la noche y quedamos invitados a compartir con ellos al día siguiente una cena de despedida con motivo de mi partida a Madrid para desplazarme a Rumania. Al final de la jornada me sentí físicamente cansado de hablar, acompañar y escuchar rompiendo mis horarios habituales, pero valió la pena. Desde esta perspectiva de la caridad todas las cosas y todos los acontecimientos de la vida se ven de forma positiva, incluso los trabajos y las penas que hemos de afrontar. Durante la noche descansé muy bien y el día diez amanecí recibiendo la caricia fresca de la brisa y el murmullo del mar. La prima María José madrugó para acompañar al tío Hilario en su gira habitual de madrugada y volvió a casa ofreciéndome una bolsita de higos que el tío había arrebatado con ilusión a las higueras que se encontraban en el borde del camino. El tío Hilario conocía las higueras, como el pastor a sus ovejas, y calculaba con gran precisión el día y la hora en que el delicioso fruto estaba maduro para ser cosechado.

              A las diez horas de la mañana me encontraba sentado en una de las terrazas del apartamento. A mi derecha contemplaba el mar abierto y a mi izquierda la serranía de Ronda arropada todavía con ligeras nubes. Los veraneantes del Parque Antena empezaban a resurgir y sólo un fondo permanente de ruido rompía aquella paz matinal. Me refiero al ruido del tráfico de la autovía del Mediterráneo, ese ruido crónico y tirano del que no se libran ni los muertos. Uno se acostumbra a los ruidos de la naturaleza como al ruido de las olas del mar, de la lluvia torrencial y de los vientos huracanados. O al trinar de los pajarillos o cantar de los arroyos. Por el contrario, no hay forma de habituarnos sin daño a los ruidos mecánicos o artificiales como es el de los coches, los aviones y centros industriales. El organismo humano se defiende contra el ruido artificial y mecánico, pero no lo acepta, sino que lo sufre en sus consecuencias devastadoras del sistema nervioso. Mi experiencia sobre este asunto no deja ningún lugar a dudas sobre lo que termino de decir. Pero mis horas en el Parque Antena de Estepona estaban contadas y el día diez María José y yo salimos temprano camino de Estepona. Después de desayunar en una freiduría muy popular nos dirigimos al mercadillo donde realizamos algunas compras, necesarias unas y de capricho otras.

              De vuelta en el Parque nos dirigimos al apartamento de los tíos Hilario y Diosdada donde estaba prevista la cena de despedida en familia con los primos y sobrinos presentes. Como de costumbre, nuestra alegría fue grande y hablamos de temas filosóficos, teológicos, familiares y turísticos. En un momento dado de la discusión alguien de los presentes confesó que no tenía miedo a la muerte, pero sí al dolor. Todos estábamos de acuerdo en que las personas intelectualmente maduras y honestas no esquivan el problema de Dios y del más allá como tampoco imponen a los demás sus convicciones. Se habló también del exceso de actos de piedad en algunas parroquias y falta de formación teológica sólida de sacerdotes y feligreses. La cena de despedida terminó a media noche y al día siguiente por la mañana emprendí el viaje de vuelta a Madrid con los primos José Manuel y María Ángeles que me dejaron en casa con su coche. La estancia en el Parque Antena había sido deliciosa en extremo. Las primas María José y Carmen, los tíos Hilario y Diosdada y todos los primos que se encontraban por allí me agasajaron amorosamente a más no poder. Para remate, si el viaje Madrid-Marbella había sido, como dije antes, desagradable, la vuelta a Madrid con los primos fue el broche de oro de aquellos lindos días de descanso y convivencia familiar en el Parque Antena de Estepona. Estos felices paréntesis estivales habían comenzado años antes en vida de la tía Agustina, y continuaron después del fallecimiento del tío Hilario. Pero este es otro capítulo aparte del que no puedo ocuparme aquí ni tampoco olvidar.

              Al volver a Madrid había muchos asuntos pendientes sobre la mesa y todo estaba listo para mi quinto viaje a Rumania. La salida para Bucarest estaba prevista para el día dieciocho, pero el día trece acepté participar en un debate en Radio Nacional 5 sobre la Virgen María con un teólogo protestante adventista. Primero unas palabras sobre el esquema que preparé para el debate y después sobre el desarrollo y conclusión final del mismo. En la Bula Munificentissimus Deus de Pío XII el 1 de noviembre de 1950, pueden leerse estas palabras: “Por tanto, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asumpta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. En virtud de esta declaración sólo el hecho concreto de la asunción de María -y no el de su muerte, resurrección o inmortalidad- es dogma de fe. Sobre la muerte de María y cómo tuvo lugar habla el escrito apócrifo Transitus Mariae pero de una manera imaginativa y supletoria por lo que no merece crédito. Lo mismo cabe decir de otros escritos apócrifos posteriores al Concilio de Éfeso celebrado el año 421.

              Es comprensible que muchos cristianos primitivos creyeran piadosamente que el cuerpo de la madre de Jesús no hubiera sufrido la corrupción del sepulcro como el resto de los mortales. Desde el punto de vista piadoso y emocional les parecía coherente pensar que la mujer que había sido gloriosa en su vida lo fuera también en su muerte. Los escritos apócrifos encontraron el terreno emocional bien abonado para objetivar un deseo más que ofrecer el testimonio de una verdad revelada o incuestionable. En la definición papal, sin embargo, se apunta a que, en este caso, la asunción de la persona de María puede afirmarse como una convicción de la comunidad cristiana previa a los escritos apócrifos, que pulularon sólo a partir del siglo V. Como en las novelas históricas hay un fondo de verdad, así también en las leyendas apócrifas sobre María y Jesús. Ese fondo es lo que parece recoger la definición dogmática de Pío XII.

              Personalmente pienso que tanto el dogma de la Asunción como el de la Inmaculada y de la infalibilidad del Romano Pontífice podían haber quedado como estaban en la tradición real de la Iglesia sin más precisiones de carácter dogmático. Las definiciones dogmáticas como éstas coartan la libertad para opinar de forma diferente sobre cuestiones de segunda o tercera categoría en materia de fe, y revierten en perjuicio de otras de primer rango como la divinidad de Cristo, la resurrección, la caridad o la maternidad biológica de María respecto de Cristo como Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Pienso que hay que corregir la tendencia a la “idolatría sentimental” respecto de la Virgen María. Este riesgo se evita hablando de Ella siempre por relación a su función providencial como Madre de Jesucristo y su puesto en la Iglesia como madre espiritual de los cristianos y de la entera humanidad. Estos son datos reales que admiten poco o nulo margen de discusión y que deberían prevalecer en la mariología teológica y en la piedad cristiana. Con ello se evitaría el trato sesgado de María al poner excesivamente la atención en sus virtudes personales derivadas de su maternidad cristológica, privilegios y leyendas piadosas alimentadas en el sentimentalismo.

              A las 14:15 horas un taxi enviado por la Emisora me dejó en Prado del Rey. El título del debate era: “Los rostros de la Virgen María” con motivo de la celebración de fiesta de La Asunción el día 15 de agosto. En los Estudios de Radio Nacional de Prado del Rey en Madrid nos encontrábamos el director del programa “Aúpa con ellos”, Manuel Ferreras y yo. Al otro lado del hilo telefónico en Barcelona se encontraba el pastor protestante adventista Antolín Diestre, que había estudiado teología católica. Manolo Ferreras hizo mi presentación con la generosidad de siempre que me invitaba a su programa, destacando mucho mi condición de dominico y profesor ética de la información en la Universidad Complutense de Madrid. Durante el debate, contra lo que cabía esperar, hablamos de María con admiración y cariño. Todos estuvimos de acuerdo en reconocer su lugar privilegiado en la Biblia por su condición de madre de Jesucristo. Desde esa perspectiva se comprende sin dificultad los sentimientos de culto y admiración hacia ella enraizados en lo más íntimo del corazón de los cristianos de todos los tiempos hasta nuestros días. El teólogo adventista insistió en el riesgo de idolatría a la Virgen en la veneración de sus imágenes, inclinándose por el rigorismo protestante tradicional al respecto. Yo insistí en la coincidencia teológica de fondo de nuestros planteamientos sin incurrir en la iconoclastia protestante ni en el sentimentalismo mariológico que pudiera degenerar en idolatría en el culto a la Madre de Jesús. Opté por el realismo colocando a la Virgen María en el lugar que de hecho la corresponde en la economía de la salvación como Madre de Jesús. Ni siquiera una monja que se había pasado a los testigos de Jehová se atrevió a poner en duda la grandeza de María a pesar de negar abiertamente la divinidad de Cristo. Por el contrario, y contra lo que yo esperaba, el pastor adventista se presentó como cristiano convencido admitiendo la divinidad de Cristo. Por mi parte busqué en todo momento destacar los puntos de acuerdo pensando en el ecumenismo y la fe del pueblo sencillo sin entrar en discusiones mariológicas de segunda categoría o simplemente académicas.

              En el fondo había también consenso en que la pedagogía y formación catequística mariana del pueblo creyente debe ser muy cuidada para no confundir la realidad de la Virgen María con las leyendas y representaciones artísticas o folclóricas. Estas deben ayudar a expresar el cariño a la Madre de Jesús sin falsear su realidad humana, bíblica y espiritualmente maternal. En este contexto se destacó la necesidad de la prudencia en materia de presuntas apariciones y milagros atribuidos a la Madre de Jesús. El pastor adventista se decantó abiertamente por el rigorismo protestante tradicional en esta materia. Yo, en cambio, insistí en la comprensión de la Nueva Ley del Evangelio y de la Iglesia de nuestra naturaleza humana necesitada de apoyos sensibles, como el culto no idolátrico a la Virgen, para fortalecer la fe. El pastor adventista quedó sorprendido por mi actitud de convergencia con él en las cuestiones mariológicas esenciales y manifestó abiertamente su interés por seguir en contacto conmigo. Al comienzo del programa tuve la oportunidad de hacer una referencia a la devoción mariana en la Orden de Predicadores. De vuelta en casa dejé escritas estas palabras.

              El debate ha sido una estupenda contribución al conocimiento y culto mariano, así como al diálogo ecuménico y por ello doy gracias a Dios. Hoy no me encontraba yo con el buen ánimo de otras veces para intervenir en la Radio, pero quedé más satisfecho que otras veces de haber intervenido. La polémica se convirtió en un auténtico diálogo ecuménico fraterno y celebración pública de la grandeza de la Virgen María como Madre de Jesucristo Redentor. La Virgen María fue la verdadera protagonista y nadie se atrevió a hacer afirmaciones irrespetuosas o carentes de afecto y admiración hacia la Madre de Jesucristo. Para entender todo el alcance de esta afirmación téngase presente que los radio-oyentes participaron telefónicamente en el debate.

 

              9. Nombres propios y testimonios

              Uno de los hombres más destacados del siglo XX fue ciertamente el Papa Juan Pablo II el cual llegó a España por cuarta vez durante su pontificado el día 12 de junio de 1993. Con este motivo fui requerido dos veces por la cadena radial Onda Madrid. La primera, para celebrar una entrevista polémica y la segunda para comentar radiofónicamente la ceremonia de Dedicación de la Catedral de Madrid el día 15. Me parece oportuno recordar algunas de las ideas que pasaron por mi mente con este motivo y cómo tuvieron lugar estas dos intervenciones mías en la cadena radial.

              1) Mis recuerdos personales de Juan Pablo II

              Estos recuerdos se remontan a 1976, dos años antes de su acceso a la Cátedra de Pedro, con ocasión de un Congreso Internacional de filosofía en Génova. Primero le conocí allí como principal ponente del ciclo de conferencias programadas por la Dirección del Congreso. Su conferencia marco fue muy larga sin que ello fuera obstáculo para tenernos a todos cautivados por el rigor de su discurso, la originalidad de estilo y el impacto de su destacada personalidad. El filósofo español Ángel González Álvarez, a la sazón Catedrático de Metafísica y Rector de la Universidad Complutense de Madrid, allí presente, comentó: en estos tiempos sólo se puede escuchar con interés una conferencia tan larga cuando el conferenciante es una persona tan original y destacada como este hombre. Posteriormente en la Isla Margarita tuve la suerte de participar en una sesión de trabajo presidida por el entonces flamante arzobispo de Cracovia.

              Durante el curso del debate quedé muy impresionado por su personalidad humana y talante episcopal. Tanto fue así que dentro de mí pensé por qué no elegían Papa a un obispo como aquel que tenía tan cerca de mí. Este pensamiento lo manifesté en voz alta a un sobrino mío que me acompañaba el cual lo guardó bien en su memoria. De hecho, tan pronto conoció la noticia de su elevación a la Cátedra de Pedro, me llamó inmediatamente por teléfono para recordarme aquel profético pensamiento mío. Aquella tarde memorable de su elección me encontraba yo en la Plaza de S. Pedro cuando anunciaron al mundo entero su elección y dieron su nombre. Con un teleobjetivo de largo alcance pude fotografiarle en su primera aparición en el balcón para saludar a la multitud allí congregada. Al verme la gente con el objetivo fotográfico algunos pensaron que yo era un periodista. A mi lado había una joven y bellísima mujer muy emocionada. Era una religiosa polaca a la que pronto se acercó un periodista de oficio para registrar sus impresiones ante la persona del recién elegido Papa. Lloraba de emoción y sólo dijo: ¡Ha sufrido tanto! Al año siguiente tuve la oportunidad de saludarle en el “Angelicum” de Roma, a donde acudió gentilmente a cenar con sus antiguos profesores y amigos dominicos. En el curso de este encuentro en la Isla Margarita el antiguo profesor Wojtyla y flamante arzobispo Cardenal de Cracovia fue propuesto para ser el primer presidente de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITA). Pero presentó sus excusas alegando la imposibilidad de asumir tal responsabilidad, habida cuenta de su situación personal como arzobispo de una ciudad como Cracovia, sometida todavía por aquellas calendas a la dictadura del régimen comunista. Como digo, Juan Pablo II acudió a la Universidad de Santo Tomás de Roma, antiguo “Angelicum” para saludar y cenar con sus profesores y amigos. Allí estaba, por ejemplo, el P. Bernasky O.P, que le había ayudado en tiempos recios ofreciéndole clases de filosofía en Polonia. El P. Bernasky, como tantos otros, tuvo que abandonar Polonia y cuando el futuro Papa Juan Pablo II llegaba a Roma iba a visitarle en el Angelicum con su botella de vodka como regalo y aprovechaban la ocasión para compartir informaciones, penas y alegrías.

              Finalizada su conferencia en el Aula Magna y terminado el protocolo del recibimiento oficial con la prensa y la televisión presentes, el Papa pasó al salón de visitas en el ámbito privado donde la Comunidad dominicana le esperábamos antes de pasar al comedor. Fueron unos momentos de gran emoción. Tan pronto cruzó el umbral de nuestra vida privada se percató de la presencia de un anciano profesor suyo, A. Gagnevet. O.P, postrado en una silla de ruedas. Se fue derechamente a él y le abrazó con cariño ante la admiración de todos y la felicidad del anciano y desvalido profesor. Luego nos saludó uno por uno colocados en fila. Allí se encontraban los cardenales dominicos Luigi Ciapi y Paul Philip. Juan Pablo II bromeó recordando cómo se dirigió al P. Philip para que dirigiera su tesis doctoral y éste le remitió a Ciapi. Nadie podía imaginar entonces que un día aquellos dos frailes dominicos se encontrarían en el Cónclave del que saldría elegido sucesor de Pedro el estudiante que les pedía el favor de dirigir su tesis doctoral.

              Cuando llegó a mí le pregunté si se acordaba de la tarde memorable de la Isla Margarita y me dijo cariñosamente: “Sí, sí, allí estabas tú también”. La fotografía que recogió aquel lindo momento se ha perdido. Sospecho dónde quedó esta fotografía, pero la persona que probablemente podría dar razón de ella no se encuentra ya en condiciones de hacerlo. Hablando de fotos, me es grato decir también que poseo una en la que me hizo el regalo de una mirada exclusiva para mi cámara. Es una foto única y personal en la que Juan Pablo II me dejó el regalo de su profunda mirada paternal. La muerte de la persona que tramitaba una visita mía posterior a Polonia, antes de su elección papal, fue la causa determinante que impidió mi viaje y el que el arzobispo Wojtyla pudiera recibirme como huésped suyo en el Arzobispado de Cracovia. Poco después de este encuentro en la isla Margarita, yo mismo fui propuesto para el cargo de subdirector y director de un boletín informativo bilingüe de la misma entidad, creada con motivo del primer centenario de la encíclica Aeterni Patris de León XIII. Pero también yo me vi obligado a desestimar la oferta por razones de orden práctico y administrativo.

              2) Significado de las visitas papales

              Cuando Pedro fue elegido Cabeza del Cuerpo Apostólico, pensaba yo, Cristo le encargó como función primordial e inexcusable confirmar y fortalecer la fe de sus hermanos creyentes en Él. Pedro debía pastorear espiritualmente a sus ovejas, las de Israel y las de fuera del pueblo de Israel. Además de fortalecer la fe de los creyentes de buena voluntad, la presencia del Papa estimula a los indiferentes y hace reflexionar a los agnósticos y no creyentes sobre el problema de Dios y el sentido de la vida de una manera seria. La sola presencia papal evoca las cuestiones más profundas sobre el ser y la vida. Cuestiones, por otra parte, que en la era posmoderna han quedado culturalmente marginadas con perjuicio de todos y beneficio de nadie. La presencia del Papa sacude las conciencias y hace pensar en la realización de obras sociales y humanitarias como la creación de centros de acogida para los más pobres, la creación de infraestructuras de utilidad pública como y el embellecimiento de poblaciones que visita. Sin olvidar las promociones artísticas, científicas y culturales en general. Las visitas papales contribuyen a que el dinero se mueva y reparta en beneficio de todos aquellos que colaboran en la preparación de los viajes y los servicios de seguridad. La visita del Papa, además, honra al país anfitrión e invita a salir de la monotonía de los temas políticos y materialistas para pensar sobre los valores esenciales de la vida que trascienden el espacio y el tiempo.

              Algunos teólogos contestatarios no se sintieron cómodos con la visita papal. Pero también entre los más allegados a Cristo hubo protestas contra sus hechos y dichos hasta el extremo de crucificarle. A los que argumentan contra las visitas papales en razón de los gastos que llevan consigo cabe recordarles, pensaba yo, que ese fue el argumento estrella de Judas antes de ahorcarse. Con las visitas del Papa nadie pierde nada y todos los que tienen buena voluntad pueden enriquecerse en algo, aunque sólo sea en curiosidad psicológicamente saludable. No puede decirse lo mismo de los presupuestos destinados a la fabricación de armas para la guerra, de las costosísimas conferencias políticas a escala mundial y de los espectáculos de frivolidad a los que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación social. Las visitas papales producen un efecto humanizador que no siempre ocurre con otras instituciones públicas. Más en concreto, el cuarto viaje de Juan Pablo II a España estuvo estrechamente relacionado con la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América, en cuya hazaña histórica la Iglesia y España jugaron una baza fundamental y decisiva. Esta visita significó un reconocimiento a España, y más aún a la Iglesia, que puso la base moral de la gesta. España dejó allí el idioma y lo peor de su política. La Iglesia dejó la fe en Cristo y la esperanza de un mundo siempre nuevo y mejor. La celebración del XLV Congreso Internacional Eucarístico en Sevilla fue sólo la excusa para invitar al Papa a participar en los festejos de la evangelización de América.

 

              3) En Onda Madrid

              El día 12 a las 10:30 de la mañana me encontraba yo en los Estudios de Onda Madrid. Estaba invitado también D. Gonzalo Puente Ojea. Me refiero al polémico embajador de España ante la Santa Sede, agnóstico militante muy agresivo y destituido como embajador. Puente Ojeda anunció que no participaría en el programa y trataron de compensar su ausencia invitando al disidente del Opus Dei y crítico implacable de José María Escrivá de Balaguer, D. Alberto Moncada. Pero también éste presentó sus excusas para eludir su presencia. En el fondo me alegré de encontrarme solo ante el peligro sin la presencia de dos personajes tan problemáticos, los cuales sólo sabían protestar y crear un ambiente desagradable. Pronto me percaté de que el líder del programa tampoco era buen contertulio y comprendí por qué había invitado a los personajes citados para hablar de la visita del Papa.

              Presentó a Juan Pablo II con tópicos comunes y sensacionalistas. Luego prolongó sus comentarios hablando de tonterías y poniendo música de baja calidad apenas dejando tiempo para que interviniera yo. Por aquellas calendas esta forma de proceder en los medios de comunicación no era para mí una sorpresa. Yo conocía ya en qué consistía el juego de los intereses mediáticos e hice de tripas corazón. Me conformaba con disponer de algún minuto para dejar mi mensaje ante el gran público. Al final de la emisión me sentí satisfecho por haber tenido la oportunidad de hablar de mis recuerdos personales de Juan Pablo II y de mi identificación plena con su visión humana de la vida. También tuve la oportunidad de hablar sobre la pena de muerte y de los teólogos sectarios y resentidos. Dispuse de poco tiempo para hablar, pero con la ventaja de no tener que soportar ni a Puente Ojea ni a Alberto Moncada, los cuales se hubieran llevado el gato al agua hablando casi con toda probabilidad negativamente de la visita papal.

              Por otra parte, el día 15 iba a tener lugar la ceremonia de Dedicación de la Catedral de Madrid por Juan Pablo II y me llamaron de nuevo de Onda Madrid para comentar la ceremonia en tiempo real. Los contertulios éramos D. Luis Rodríguez Olivares, director del programa y moderador, D. José María Fernández Montalvo, archivero de la villa de Madrid y yo. Durante casi dos horas comentamos la ceremonia papal, que resultó estéticamente bella y espiritualmente muy rica. Teníamos delante las imágenes de la televisión y al filo de ellas y las conexiones en directo con los reporteros “in situ” hicimos los comentarios que consideramos pertinentes. El Sr. Montalvo comentó los aspectos históricos de la advocación de Virgen de la Almudena destacando que, según el material disponible en los archivos, había sido más popular la advocación de Nuestra Señora de Atocha. Yo me encargué de glosar la personalidad del Papa y de comentar el significado litúrgico de cada uno de los momentos de la ceremonia siguiendo el esquema del Ritual. El día 16 tuvo lugar la retransmisión en directo de la Misa solemne de Juan Pablo II en la plaza de Colón de Madrid. A parte la esperada homilía papal, tuvo lugar la Canonización de Enrique De OSSÓ, sacerdote fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús.

              Este buen hombre nació en Vimbre, Tarragona, España, el año 1840 en el seno de una familia modesta de labradores, y murió el 27 de enero de 1896 a los 55 años de edad. Su madre fue una piadosa cristiana orgullosa de tener un hijo sacerdote, y su padre un buen trabajador catalán con sentido práctico de los negocios. Enrique heredó la profundidad cristiana de su madre y el sentido práctico de su padre. A la edad de catorce años marchó a Montserrat con la intención de hacerse monje y sacerdote. Como fundador se enfrentó con la autoridad eclesiástica. Tachado de estafador, fue condenado y castigado. Le acusaron incluso sus amigos. Se ha comentado también que en su prematura muerte influyó la crisis interna sufrida por la Compañía teresiana por él fundada y actualmente viva y floreciente. Como no podía ser de otra manera, tuve ocasión de explicar los entresijos de una canonización desde las razones que la justifican hasta los pormenores canónicos, vicisitudes y pruebas por las que las personas ensalzadas a tal honor han tenido que pasar.

              Algunas de las matizaciones que hice al filo de la ceremonia fueron las siguientes. El acto de canonización es prerrogativa personal del Papa, el cual puede delegar en un Obispo. Según la antigua disciplina canónica, para pedir la canonización de una persona, supuestamente heroica en el amor a Dios y en obras buenas en beneficio de la humanidad, tenía que haber sido incluida previamente en la lista de los “beatificados”. En algún tiempo, sin embargo, existió la costumbre de simultanear la ceremonia de beatificación y de canonización. Esta costumbre fue anulada por Clemente XI (1649-1721). De suyo no hay razón ninguna decisiva que impida canonizar a una persona sin ser antes beatificada pero no es la práctica habitual de la Iglesia. La ceremonia de canonización se celebra normalmente en el contexto de una misa solemne presidida por el Papa, el cual hace la homilía de elogio y recibe las ofrendas simbólicas correspondientes. En el mismo día se promulga la homilía papal en forma de Bula. Se trata de un texto oficial en el que aparece un resumen de la vida ejemplar del santo, las etapas del proceso canónico más la fórmula de canonización. Es la denominada Bula de Canonización con la cual se autoriza a instituir una fiesta litúrgica en honor de la persona canonizada de acuerdo con el grado de su heroicidad reconocida en el amor de Dios y sus obras de caridad a favor de los hombres. El culto que se autoriza tributar a los santos no puede confundirse bajo ningún concepto con el culto tributado a Dios. Para evitar este posible error existen los términos siguientes: Latría, que es el culto exclusivo de Dios; hiperdulía, para significar el culto a la Virgen María como Madre de Jesucristo; y dulía, para significar el culto debido a los santos.

              Algunos datos relativos a la personalidad de Enrique DE OSSÓ, y que fueron destacados durante la emisión radiofónica fueron los siguientes. Fue profesor de matemáticas, gran pedagogo y buen comunicador. De hecho, fue director y jefe de “El amigo del Pueblo”. Tuvo en gran estima y admiró el rol de la mujer en la educación humana y no quiso signo de vestir externos para sus monjas. Convencido de que el futuro de las personas y de las sociedades se decide en los centros educativos, pensó que había que estar activamente presentes en los colegios y en las universidades. Como he dicho antes, sufrió hasta el punto de ser acusado ante los tribunales de la apropiación indebida de un solar. Su Fundación pasó por una crisis interna hasta el punto de negarle su confianza y como respuesta se retiró a bien morir en el convento franciscano de Espíritu Santo de Valencia, en Gilet, el 27 de enero de 1896. ¿Qué hubo de verdad en las acusaciones contra Enrique De SUSÓ? ¿Por qué la Fundación entró en crisis profunda y se reestructuró después?

               4) ¿Primer mártir de “Solidarios?

              Hablando de personas testimoniales me parece oportuno hacer memoria aquí de dos más. El día 10 de julio de 1993 durante el desayuno me llegó un mensaje telefónico de mi sobrino Ángel María. Pensé que me llamaba para comentar alguna novedad relacionada con nuestro previsto viaje a Moscú con motivo del Congreso Mundial de Filosofía, y que después cancelamos. Me llamaba para comunicarme que el Seminarista de Valencia, que se había incorporado al grupo de “Solidarios” en aquella ciudad del Turia, había sido asesinado en el poblado de Chocó, Colombia, por un asaltante. Me puse inmediatamente en contacto con José Carlos García Fajardo para obtener más información sobre la triste noticia y me dijo que en aquel preciso momento estaba él pensando en llamarme para ponerme al corriente de lo ocurrido. Según sus fuentes de información, el seminarista había sido brutalmente acuchillado sin que pudiera darme por el momento más detalles. Seguidamente pasó a comentar que el cáncer galopante de su esposa Valle, este asesinato y las dificultades por las que estaba atravesando la viuda madre de Cristóbal, su colaborador más fiel y eficiente, eran signos evidentes de la Providencia que había que asumir con serenidad cristiana. Me dijo también que Valle agradecía mucho mis llamadas telefónicas y que el filósofo Raimundo Paniker le había hablado dándole mucho ánimo en estos momentos de prueba. Me prometió que me tendría puntualmente informado sobre la muerte del que denominó el “primer mártir” del movimiento “Solidarios”. Según las informaciones que me facilitó después mi sobrino Ángel María sobre este triste acontecimiento, el joven seminarista fue víctima inocente de la agresividad imprevista de un joven metido en el mundo de la droga. El asesino era un muchacho que pedía dinero para la droga. En un momento dado el seminarista caminaba por una calle de Chocó con su compañera de Solidarios, Susana Román, cuando el asesino se dirigió a ellos asestando el golpe mortal al seminarista. La reacción inmediata de José Carlos frente a este hecho lamentable no fue interpretada por todos como la más adecuada. Pero este es otro capítulo que nos llevaría muy lejos habida cuenta del deterioro creciente por aquella época de las relaciones entre José Carlos y sus más íntimos colaboradores.

              En noviembre de 1993 tuvimos que afrontar otra noticia triste con un mensaje positivo. Daniel tenía 19 años floridos de edad cuando cursaba el segundo año académico de periodismo y se incorporó a nuestro movimiento “Solidarios”. El mes de agosto lo había pasado en Chile ayudando a huérfanos y ancianos. Regresó muy contento de su experiencia apostólica, pero en septiembre falleció en un accidente de moto. El día 24 de noviembre celebramos en su memoria una Eucaristía en la Facultad de Ciencias de la Información con la presencia de sus padres. Fue un acto conmovedor en el que yo mismo me sentí emocionado durante la celebración eucarística. La capilla de la Facultad estaba abarrotada de gente y dirigí unas palabras a sus padres, los cuales habían dado y ofrecido generosamente el mejor fruto de su amor. Siguiendo la metáfora del grano de trigo de la parábola evangélica, comparé a Daniel con un joven naranjo que floreció y dio sus frutos con premura cuando Dios se lo llevó consigo como la mejor recompensa de su apostolado juvenil. Todos hemos nacido con una misión que cumplir en este mundo y Daniel había cumplido con la suya por lo que el Padre Eterno le recompensaría con creces.

              El padre de Daniel comentó después que los planes de Dios son diferentes a los nuestros. Los padres de Daniel se ofrecieron al movimiento “Solidarios” para colaborar en la línea humanitaria y apostólica de su hijo al que consideraban ya como su mejor intercesor ante el Padre Eterno. Cierto que el Señor podía haber esperado un poco más de tiempo para llevárselo consigo, pero había que acatar la voluntad del Padre. Un amigo de Daniel redactó una carta tratando de interpretar sus sentimientos. La leí haciendo un breve comentario. Lo interesante de aquella carta era cómo el amigo de Daniel expresaba en su nombre la aceptación de un sacrificio personal llevado hasta las últimas consecuencias del Evangelio. Los estudiantes allí presentes se identificaron con estos sentimientos considerados como un mensaje de ilusión y esperanza sin olvidar el realismo cotidiano de la vida. El día 18 de agosto emprendí el quinto viaje a Rumania hasta el día 28 del mismo mes. De mis andanzas y vivencias durante este viaje se da cuenta y razón en otro lugar. Fue un viaje interesante como todos los demás, pero faltó el protagonismo de Raoul Sorban que fue asumido por el arzobispo Joan Robu de Bucarest y el Obispo Petru Gherghel Iasi. El mes de septiembre fue muy movido y en octubre me encontré una vez más envuelto en la intensa actividad académica y pastoral que por aquellas calendas venía desarrollando en la Universidad Complutense de Madrid.            

             10. Anécdotas y comentarios

              1) La inocencia angelical de un niño

              El día 19 de septiembre de 1993 fue Domingo y, como de costumbre, dediqué la jornada a celebrar la Eucaristía para el pueblo, oír a la gente en confesión y a las consultas personales. Cuando me disponía a marcharme del lugar se acercó a mí una joven pareja con dos niñitos muy emocionados. Padre, me interpeló la joven mamá, mi hijo el pequeño me ha dicho que desea darle a usted un beso. Y sin más preámbulos el niño se adelantó a poner sus labios sobre mis mejillas con inmensa ternura. No pudo contener su emoción y se quedó mirándome fijamente al tiempo que trataba de contener sus lágrimas y su rostro tomaba un tono deslumbrante de ángel inocente. A continuación, se echó también a mi cuello su hermano mayor, el cual ya había hecho la primera Comunión.

              ¿Cómo te llamas?, me preguntó, con la intención de confesarse de nuevo conmigo en la próxima ocasión en que visitara nuestra Iglesia. Los padres de estos dos niños fueron testigos directos de esta preciosa escena infantil y, como ni ellos ni yo teníamos prisa, aprovechamos la ocasión para comentar la escena que habíamos presenciado y conversar largamente sobre la situación de la Iglesia en los países del Este europeo. El motivo de esta conversación fue el tener yo en mis manos una edición del Nuevo Testamento en rumano, lo que los había llevado a pensar que yo era extranjero. Soy español de pura cepa, les dije, y nacido muy cerca de Ávila para más detalles. Lo que ocurre, añadí, es que viajo mucho, me comunico con gente de todo el mundo y los acentos de los idiomas se pegan. Me ocurre con bastante frecuencia el que, al oírme hablar, me pregunten por mi nacionalidad sospechando que no soy español. Esto me ocurre estando fuera y dentro de España. De todos modos, lo que, al parecer fascinó al niñito que deseaba darme un beso fue la forma en que yo le correspondí cuando pasó por delante del confesionario y me saludó con su tierna mirada y no sé qué palabras inocentes que he olvidado. ¡Qué linda es la inocencia y cuánto bien se puede hacer con una mirada de respeto y admiración!, pensé para mis adentros. La mirada inocente de los niños es el mejor reflejo de la mirada invisible de Dios sobre todas sus criaturas, entre las cuales los seres humanos somos el objeto de su mayor predilección. Por algo Jesucristo puso a los niños como paradigma de la inocencia y bondad humana que Dios espera de los hombres. Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos. 

              En otra ocasión llegó a aquel mismo lugar una señora ya entrada en años con su capacidad de audición reducida. Muy prudente ella, me lo advirtió antes de iniciar el diálogo confesional. Al terminar se quedó mirándome frente a frente con cariño y se despidió con estas textuales palabras: “¡Qué simpático es usted!”. La comunicación personal con/entre las personas sordas es un problema cada vez más serio a medida que llegamos a edades más avanzadas. Yo he disfrutado hasta el momento de redactar estas líneas de una capacidad de audición excelente y por ello soy muy sensible a la situación de aislamiento en que quedan los sordos y los problemas de incomprensión que surgen en las relaciones personales por el mero hecho de no oír bien lo que dicen los demás. No en vano se habla coloquialmente de “lenguaje de sordos”. La amorosa señora a la que me estoy refiriendo pronto se percató de mi esfuerzo de adaptación a su situación y esa fue la razón de su gozosa despedida. Cabe pensar que en otras ocasiones había tenido una experiencia menos agradable debido a la sordera, y de ahí su alegría y contento en esta ocasión. El problema se agrava mucho cuando el confesor es también sordo.

              2) Décimo aniversario de la muerte de Xavier Zubiri

              El día 22 de septiembre de 1993 lo dediqué a mis padres y mi hermano Pelegrín en Ávila. En el Diario ABC de aquel día aparecieron cuatro densas páginas dedicadas al filósofo Xavier Zubiri al cumplirse el décimo aniversario de su muerte. Creo haber dicho ya que tuve conocimiento de su muerte en Tenerife cuando regresaba yo a España después de una gira por Chile en 1983. En consecuencia, no pude llegar a tiempo a Madrid para concelebrar en sus funerales con Ignacio Ellacuría, Alfonso López Quintás y otros buenos amigos y allegados del ilustre finado. José Gaos había descrito a Zubiri así: “Bajito, delgadito, con su sotana, su manteo y sombrero de cura, las tres prendas un poco escasas, estrechas; con la cara muy pálida y ojerosa”. Gaos quedó muy impactado por la personalidad de Zubiri y le convirtió en su maestro. Las primeras páginas de memoria y homenaje reproducen una conferencia a la sazón inédita del gran filósofo sobre Lo real y lo irreal. El mensaje central de este texto es que el hombre es forjador de irrealidad por una presunta intrínseca necesidad, vertido a lo irreal, para poder estar en lo real. Como decía Bergson, el camino de nuestra vida está bordeado por las ruinas de lo que pudimos haber sido y no fuimos.

              La irrealidad es parte integrante de la vida real del hombre. Me produjo satisfacción encontrar este texto de Zubiri porque plantea a nivel metafísico el mismo problema que planteo yo cuando en varias ocasiones hablo del problema fundamental ético de la imagen en el contexto de la ética de la información audiovisual. Zubiri llama irrealidad a lo que yo llamo imagen en el orden de las realidades artísticas y de los medios avanzados de comunicación. Su enfoque es prioritariamente metafísico. El mío es ético y psicológico. La diferencia fundamental entre la respuesta de Zubiri y la mía radica en que Zubiri no analoga adecuadamente al usar el concepto de realidad, mientras que yo aplico rigurosamente la analogía. La irrealidad (imágenes) que forja el hombre posee su realidad, pero sólo analógicamente hablando. Es la realidad del mundo de las imágenes producidas por el hombre y que le alejan de la realidad original.

              Zubiri tiende siempre a univocar o equivocar los conceptos en su discurso y no tiene suficientemente en cuenta la analogía, lo cual le lleva a reconocer a la irrealidad forjada por el hombre una importancia de la que carece. T. De León Sotelo destaca la vocación intelectual de Zubiri, su condición sacerdotal, las etapas de su itinerario intelectual y su estadía en Roma para tramitar el abandono del ministerio sacerdotal. Por mi parte, cada vez estoy más convencido de que lo mejor de Zubiri es su vocación de verdad, su testimonio personal en la búsqueda apasionada de la verdad última de todas las cosas cuyo coronamiento es Dios. Como escribe Diego Gracia en su artículo “Diez años sin Zubiri”, éste concibió su vida como una profesión de verdad. Lo cual significa ser “profeso” y no mero profesional. El profesional manipula la verdad mientras que el “profeso” vive de la búsqueda de la verdad y va tras ella a dondequiera que le lleve con todas sus consecuencias. Toda la obra de Zubiri es un intento por responder a la escéptica e irónica pregunta de Pilatos a Caifás: ¿Qué es la verdad? Zubiri es un paradigma de cómo la respuesta a ese insidioso interrogante vale toda una vida. Sólo por esto es digno de todos los honores y beneplácitos. No obstante, tengo la impresión de que este ilustre buscador de verdad a duras penas superó en los años maduros el “problematismo” en el que se había atrincherado durante los años jóvenes.


              3) Con Rusia e Israel de fondo


              Desde Moscú llega la noticia de que el presidente Boris Yelsin ha decretado la disolución del Parlamento ruso, lo cual es interpretado como una forma de golpe de Estado. El Parlamento sigue dominado, pensaba yo, por comunistas recalcitrantes y son los decretos presidenciales y no los votos parlamentarios los que sustituyen a la libertad democrática tras la caída del comunismo. Por otra parte, el presidente de Ucrania dimite y en Georgia y otras antiguas repúblicas soviéticas se desatan verdaderas guerras civiles. La herencia comunista es lamentable y el futuro capitalista occidental está corrompido por el materialismo pragmático y un falso concepto de la libertad. Tengo la impresión de que faltan pensadores con autoridad moral suficiente para hacer un análisis crítico y realista del humanismo contemporáneo ofreciendo alternativas más razonables a la militancia política y las ideologías a la carta como el marxismo o la posmodernidad. Por otra parte, surgen con vigor los grupos religiosos fundamentalistas y fanáticos agravándose la crisis del humanismo. Así las cosas, pensaba yo, es necesario que surja una generación nueva de pensadores capaces de inspirar nuevas formas de gestionar las actividades políticas y financieras superando los vicios del maquiavelismo político tradicional y del capitalismo salvaje. Otra noticia importante del momento fue la visita del Gran Rabino de Jerusalén a Juan Pablo II en Castelgandolfo.

              Esta visita simbolizaba la reparación de casi 2000 años de incomprensión entre judíos y cristianos. Este acercamiento se produjo en el marco de los acuerdos para el reconocimiento del Estado de Israel por parte de los árabes y del Estado Palestino por parte de los judíos. Es una gran noticia –escribía yo entonces- que con el tiempo puede mejorar la trágica historia del Medio Oriente. En este contexto la visita del Papa a Jerusalén está más próxima y conviene que tenga lugar lo antes posible. Si nuestros hermanos mayores en la fe, los hebreos, se volcaran de una vez por todas en el mejor de sus hijos, Jesucristo, se habría producido el acontecimiento más feliz de toda la historia de la humanidad después de su resurrección de entre los muertos. El comunismo se ha venido abajo por sí mismo como todos los regímenes tiránicos del pasado. ¿Por qué no ha de caer también algún día el vergonzoso muro de la incomprensión entre judíos y cristianos?

 

              4) Sesión tormentosa en el Parlamento de Israel

 

              El 24 de septiembre de 1993 tuvo lugar en el Parlamento de Israel una sesión tormentosa en la que se aprobó una nueva estrategia política con los palestinos. Siempre he tenido la impresión de que los judíos no saben ni quieren perdonar a sus enemigos ni los árabes renunciar a la venganza desde presupuestos religiosos fanáticos. Por esta razón, pensaba yo, el problema político de Oriente Medio, protagonizado por árabes y judíos, está condenado a continuar sin solución por los siglos de los siglos. Creo oportuno matizar que los religiosamente fanáticos por ambas partes han constituido siempre el obstáculo mayor para llegar a la paz. Los artífices políticos de estos acuerdos recientes de paz no se destacan por sus creencias religiosas e incluso después de los acuerdos firmados sobre la mesa son los grupos religiosos más severos e irracionales los que por ambas partes amenazan con acciones terroristas contra los artífices de esos acuerdos.

              Siempre han existido fanáticos que han instrumentalizado a Dios y las creencias religiosas para maltratar a los hombres, incluso dentro de las filas del cristianismo. Lo único que consiguen estos fanáticos de signo cristiano es desfigurar ante el mundo la imagen amorosa y liberadora de Jesucristo, el cual no vino a condenar al mundo sino a salvarlo por la vía de la verdad y del amor, de la razonabilidad y la bondad de corazón. No son las rutinarias prácticas religiosas las que salvan al hombre sino la fe en Nuestro Señor Jesucristo que nos acerca directamente a Dios y nos deja con Él. Si los políticos menos afectos a Dios son capaces de encontrar vías de comprensión y de paz entre los pueblos en conflicto es porque antes de la fe en Dios existe la inteligencia humana que nos hace razonables. ¿Por qué a veces los más decantados por Dios son los más tiranos e incomprensivos con los hombres? Tengo para mí que la creencia religiosa que no ofrece una imagen de Dios bondadosa y dispuesta a la misericordia es falsa, o por lo menos deficiente. Odiarse y matarse por motivos religiosos es una forma gravísima de ofender a Dios. Los judíos y árabes fundamentalistas son más irrespetuosos con Dios y los hombres que los ateos convencidos. De hecho, hay muchos ateos razonables con los que se puede hablar y convivir en paz y felicidad siempre que usan correctamente la razón. Los grupos religiosos fanáticos, en cambio, lo primero pierden o usan mal es la razón, que es la facultad por la que se define nuestra condición humana. Existe un terrorismo político que tiene de fondo el olvido o rechazo de Dios en la vida. Pero cabe hablar también de un terrorismo religioso basado en el abuso de Dios al convertirlo en instrumento para satisfacer pasiones humanas.

              Yo pediría a los que prescinden de Dios y a los que pervierten la fe religiosa en Él, que se conviertan a la razonabilidad. Sólo desde esta base común es posible construir un mundo más habitable y amable. Durante mucho tiempo estuve convencido de que el despotismo comunista tardaría siglos en desaparecer de la escena política y social. Igualmente creí que árabes y judíos no llegarían jamás a entenderse y convivir como buenos vecinos. Hoy, sin embargo, pensaba yo ingenuamente por aquella época, estoy convencido de que esta creencia será desmentida por la historia. Pero a renglón seguido añadía: “Lo que sigue preocupándome es que los grupos más abiertamente religiosos por ambas partes son los que menos colaboran en tan noble empresa humana como es la pacificación social y personal del Oriente Medio. Por algo sentenció Cristo que las prostitutas precederán a algunos en el Reino de los Cielos y que los últimos serán los primeros.

             

              5) Ventajas de la vida comunitaria dominicana

             

              Las ventajas de la vida comunitaria en la Orden de Predicadores, pensaba yo, son muchas. Su riesgo mayor consiste en que degenere en “comunitarismo” o colectivismo. Cuando yo ingresé en la Orden de Predicadores el comunismo marxista estaba en pleno apogeo en el Este europeo y más de una vez se dijo entre nosotros con orgullo que los verdaderos comunistas éramos nosotros y no los regímenes marxistas. ¿Por qué? Porque nosotros constituíamos una minoría selecta de personas reunidos en nombre de Dios y no del ateísmo militante marxista. Pensaba yo que por aquella época se exageraba la dimensión comunitaria bajo el influjo cultural marxista como posteriormente se pasó a la exaltación del individualismo y la vida privada. Caminamos así dando bandazos sin encontrar el equilibrio en la vida religiosa dominicana actual. En consecuencia, urge una reforma en profundidad entre nosotros si queremos ofrecer algo más atractivo y realista a nuestros sucesores. Pero estas situaciones forman parte de la vida normal y en cualquier caso las ventajas de la vida en común diseñada en la legislación de la Orden de Predicadores me parecen dignas de ser conocidas. Por ejemplo, mucha gente vive sumergida en una terrible soledad. La inmensa mayoría porque pasan de Dios en sus vidas. Y otros porque no tienen quien los acompañe en su ancianidad. Por otra parte, los de media edad viven en medio del ruido mundanal rodeados de gente por todas partes, menos por una, que es la de la comprensión y el amor. Estos son paradójicamente los grandes solitarios de nuestro tiempo.

              Pues bien, en términos generales cabe decir que los dominicos compartimos ideales nobles en comunidad por lo que no estamos condenados a la terrible soledad que se enseñorea de nuestros contemporáneos. Nuestros ancianos y enfermos, por ejemplo, son tratados en casa conscientes de que en ello está en juego nuestro sentido de la justicia y de la credibilidad cristiana. Hay otras muchas ventajas, como la participación y enriquecimiento mutuo en los conocimientos científicos y experiencias más importantes de la vida. En una auténtica comunidad dominicana hay siempre gente experta en los diversos campos del saber, con quienes se puede consultar cualquier tipo de problemas. La experiencia de cada uno y la ciencia se convierte en patrimonio de la comunidad, la cual, por su parte, promueve el desarrollo humano y cristiano de sus miembros. Al final todos nos beneficiamos de los éxitos de todos los miembros de la comunidad sin adeudar a nadie lo que es suyo. El bien de los demás se convierte automáticamente en bien de cada uno por la caridad. Los seres humanos somos muy limitados individualmente y necesitamos unos de otros.

              El individualismo es el abuso egoísta de nuestra individualidad intransferible y el comunismo o colectivismo el abuso de nuestra condición social basada en la insuficiencia del individuo aislado de sus semejantes. La vida comunitaria dominicana, tal como la diseñó Domingo de Guzmán, es la forma más equilibrada de convivencia humana que conozco de inspiración religiosa. La vida comunitaria o en comunidad es la vía más razonable entre el comunitarismo y el individualismo egoísta e irresponsable. En el primer extremo todos hacen las mismas cosas físicamente juntos, a la misma hora, en el mismo lugar y a las órdenes de una persona que ordena y manda. Es lo más parecido a un pelotón de soldados o al autobús urbano que en algunas partes denominan el “colectivo”. En el segundo extremo cada cual se organiza su vida caprichosamente sin tener en cuenta el bien y los intereses de los demás. Por mi larga experiencia en la Orden de Predicadores he llegado a la conclusión de que incluso los problemas de convivencia personal más serios se resuelven más fácilmente y mejor en una comunidad dominicana que en el ámbito normal de la familia.

               

              6) Conflicto con MOCEOP

 

              Se trata del Movimiento por el Celibato Opcional de los sacerdotes seculares liderado en España por el ex-sacerdote Julio Pinillos. Estos ex-sacerdotes casados propugnaban la libertad total en la Iglesia Católica para casarse u optar por el celibato tradicional. Se trata de un proyecto totalmente legítimo pero que, en mi opinión, por aquella época, no se estaba llevando a cabo con honradez sino provocando y desafiando a las autoridades eclesiásticas. Los había que ni siquiera se habían molestado en pedir la dispensa matrimonial y cuando les parecía bien celebraban la Eucaristía con grupos manipulados por ellos mismos. Buscaban además una publicidad morbosa y el apoyo de teólogos y grupos de dudosa ortodoxia, al menos en sus formas de comportarse dentro de la Iglesia. Ya en otras ocasiones este grupo de sacerdotes casados y conflictivos había celebrado reuniones en las dependencias de nuestro convento dominicano de S. Pedro Mártir, en Madrid con normalidad y sin crearnos problemas. Pero la última vez que lo hicieron no respetaron las condiciones pactadas con el prior de turno y los responsables de la Residencia desplegando una campaña de publicidad provocativa en los medios de comunicación que llamó mucho la atención de la Jerarquía eclesiástica y de algunos grupos cristianos laicos. Al cabo de tres años MOCEOP solicitó de nuevo el permiso para usar las dependencias de nuestro convento y, recordando la mala experiencia del último encuentro, el prior de turno realizó oportunas consultas antes de otorgar el permiso que solicitaban y les fue denegado. Conocida la trayectoria de esta Asociación, había fundamento suficiente para sospechar que esta reunión no se iba a celebrar con la discreción y prudencia de otras veces. Por el contrario, cabía pensar que se iba a repetir de forma aún más espectacular la experiencia desagradable de tres años antes.

             

              7) Comprensión de las debilidades humanas

 

              Desde muy joven fui intransigente con la maldad y muy sensible a las debilidades humanas. Tal vez porque yo mismo me he sentido siempre un ser débil con conciencia clara de mis limitaciones personales. Nada más ajeno a mis verdaderos sentimientos que humillar a nadie o permitir que nadie se humille ante mí. A lo largo de mi vida he tenido ocasión de tropezar con personas moralmente malas o con ideas según mi modo de pensar perversas. En mi obra El uso de la razón hablé de la pérdida de mi inocencia como primera experiencia explícita del bien y del mal. Pero he de añadir que incluso tratándose de personas dedicadas profesionalmente a la promoción de lo peor en la sociedad, no encuentro grandes dificultades para atenuar su responsabilidad al considerar los límites de la naturaleza humana que dan lugar a eso que denominamos errores y debilidades humanas por contraposición a la maldad que se lleva a cabo de forma libre e intencionada. Hecha esta aclaración me parece oportuno comentar algo que ocurrió durante el curso académico 1993/1994 en mi Departamento de Periodismo III.

              Desde el segundo semestre del curso anterior algo extraño estaba ocurriendo con la secretaria del Departamento. Después de una larga ausencia apareció durante algunos días. Yo la felicité por su vuelta al trabajo dando por supuesto que había estado enferma. Se ausentó de nuevo y la única explicación que dieron de su ausencia fue que no se encontraba bien por lo que cabía suponer que seguía de baja laboral por enfermedad. Llegó el fin del curso y me sorprendió mucho que no se celebrara la tradicional reunión plenaria del Departamento para evaluar el curso finalizado y programar el siguiente. Después del verano se convocó el Pleno, pero no recibimos explicación de la prolongada ausencia de la secretaria la cual había sido reemplazada ya por otra persona. Así estaban las cosas cuando alguien me facilitó confidencialmente la explicación de todo lo ocurrido en estos términos. Nuestra secretaria del Departamento había tenido un litigio con una compañera a la cual agredió. Ésta, en defensa propia, la acusó al Rectorado de haberla agredido físicamente y de convivir con el secretario divorciado de su esposa. La expedientada, por su parte, acusó al director del Departamento de haberla acosado sexualmente. Por si esto fuera poco, también uno de los profesores jóvenes del Departamento y Vicedecano de la Facultad, habría abandonado a su joven esposa y madre para unirse sentimentalmente con otra profesora que era compañera nuestra, divorciada y entrada en años.

              Más tarde esta última fue acusada de malversación de ayudas económicas recibidas del Rectorado, abandonó la docencia por razones de salud y su compañero sentimental murió prematuramente. Por su parte, el profesor sentimentalmente comprometido con la secretaria expedientada tuvo un hijo con ella, terminó abandonándola y por razones de salud se vio obligado a ausentarse de la Universidad en lo mejor de la vida. Entre los miembros del Departamento había al menos otra pareja divorciada, un catedrático con problemas psicológicos serios y otras dos mujeres implicadas en conflictos sentimentales. Una becaria tuvo que abandonar la tesis doctoral porque, según la opinión más probable, era acosada sexualmente por su director de tesis. A esta joven le fue detectada después un cáncer y por razones ajenas a mi voluntad no pude acompañarla en su enfermedad ni supe más de su vida. Por otra parte, había gente en el Departamento vinculada políticamente al esperpéntico partido comunista. Sin olvidar a los rebotados de las filas eclesiásticas o vinculados a las mismas de forma “sui generis”. Cuando me preguntaban por la naturaleza y marcha del Departamento yo solía responder humorísticamente con esta expresión: “Mi Departamento es un ZOO” donde pueden admirarse los tipos más pintorescos de la especie humana. Nunca encontré dificultad especial para convivir con estas personas ni para comprender sus miserias y debilidades por más que en algunas ocasiones el comportamiento de algunos conmigo no fue el más respetuoso, razonable y civilizado que cabía esperar de ellos. Por ejemplo, siendo yo el presidente de una mesa electoral en la Facultad, uno de ellos, constituido en autoridad, me propuso realizar una operación en la urna para que en el recuento apareciera un voto más a favor de su candidato favorito. Le reté con una mirada silenciosa de reprobación y no se habló más del tema. 

              11. ¿Profesionales o profesos de la filosofía?

              El día 1 de octubre de 1993 tuvo lugar la inauguración del curso académico 1993-1994 en nuestro Instituto de Filosofía de Madrid. Por razones ajenas a mi voluntad tuve que encargarme yo de impartir la tradicional Lectio prima inaugural cuyo texto fue el siguiente.

              “Nos reunimos hoy aquí con motivo de la inauguración del curso académico 1993-1994 de filosofía. Es tradicional comenzar con una lectio prima que solía ser al mismo tiempo magistralis. Primera y única, porque el resto del día los estudiantes vacaban. Y magistral, porque se celebraba de una manera solemne con la presencia de autoridades, misa y juramentos de fidelidad doctrinal por parte de los profesores. Pero principalmente porque el académico encargado de la primera lección solía ser un Maestro el cual preparaba un texto científicamente elaborado con vistas a su posterior publicación. En muchos casos el texto de la Lectio prima era el embrión desarrollado de un próximo libro. Como quiera que a mí se me ha hecho este encargo dos días antes de la celebración del solemne acto y se trata de inaugurar un curso académico de Filosofía, me ha parecido oportuno hablar con ustedes en esta ocasión haciendo una invitación persuasiva al estudio de la Filosofía como llamada o vocación a la búsqueda de la verdad usando correctamente la facultad específica de los seres humanos cual es la inteligencia. La filosofía, en efecto, es investigación de la verdad, pero no de una verdad cualquiera, sino de aquella que es reflejo inequívoco de la realidad en sí misma y no de sus apariencias. La filosofía busca conocer la realidad en sí misma generando certezas cada vez más sólidas reduciendo el terreno de las opiniones. En este sentido decía Santo Tomás de Aquino que la ciencia, que sólo es tal en el ámbito de las certezas, no versa sobre lo que la gente opina sino sobre lo que las cosas realmente son o deben ser. La Filosofía, decía por su parte S. Agustín, es como un puerto de mar para los marineros. Para unos lo es de salvación y para otros, de perdición. Actualmente se tiene la impresión de que la Filosofía es una actividad inútil. En el mejor de los casos es considerada como una forma más de pasar el tiempo como jugar al billar o ver la televisión después de tener asegurado el pan de cada día mediante otras ocupaciones económicamente más rentables. El filósofo como buscador de la verdad o caballero enamorado de la sabiduría carece del reconocimiento social de tiempos pasados. La reflexión y el pensamiento, que tradicionalmente fueron considerados como actividades específicas del hombre y dignas de ser socialmente promovidas, actualmente son privilegio de minorías socialmente insignificantes cuando no actividades tachadas de sospechosas por su derivación en las ideologías. El pensador puro, por el hecho de serlo, está condenado a la marginación social debido, entre otras cosas, a que está sometido a los poderes fácticos de la política y las finanzas. En otros tiempos se hablaba de los que se dedicaban a las letras o a las armas. En la actualidad la mayoría de la gente opta por el arma del poder y sólo una minoría silenciosa opta por las letras, o sea, por la búsqueda de la verdad. Esta minoría que opta por la inteligencia sapiencial, y entre la que cabe pensar que nos encontramos nosotros, es tolerada como decorativo social pero no es aceptada rigurosamente hablando.

              Pero ¿cómo investigamos los filósofos la verdad?  Yo diría, evocando la memoria de un filósofo vocacionado o llamado para la reflexión, como Xavier Zubiri, y utilizando la analogía, con lo que se denomina canónicamente “profesión religiosa”, que hay profesionales de la verdad y “profesos” de la verdad. El profesional de la Filosofía se ocupa de la Filosofía. Por ejemplo, ejerciendo la docencia de Filosofía como actividad laboral que asegura un salario digno para vivir. El profesional ocupa su tiempo en conocer lo que han dicho otros en sus libros, lo organiza pedagógicamente y lo transmite a los alumnos de forma que estos “se lo aprendan” y reproduzcan después fielmente en pruebas o exámenes académicos. Estos profesionales de la Filosofía corren el riesgo de convertirse con el tiempo en burócratas de la enseñanza. Incluso pueden llegar a escribir voluminosos libros de Filosofía. Trabajan con la Filosofía y se ocupan de la Filosofía, pero de muchos de ellos no puede decirse que sean filósofos rigurosamente hablando. El filósofo auténtico es amante o caballero de la sabiduría. Se ocupa, ciertamente, de la Filosofía, pero no como un profesional sino como un “profeso” de la misma. Es un hombre o una mujer llamados por la verdad que tratan de encontrar por encima de cualquiera otro objetivo. De ahí que su ocupación de la Filosofía sea más exactamente una dedicación. Dedicación significa mostrar algo con una fuerza especial. Tratándose de una dedicación intelectual, como exige la vocación filosófica, esa fuerza consiste en configurar nuestra mente a la realidad sin desfigurarla, para comunicarla después gozosa y fielmente a los demás. El mero profesional que se ocupa de la Filosofía no lo hace necesariamente por vocación y por ello no para mientes en manejar y manipular la verdad de las cosas en función de intereses ajenos a la verdad misma. El “profeso” de la verdad, en cambio, se comporta de una manera peculiar. En el orden religioso, por ejemplo, un teólogo puede ser un gran profesional de la Teología sin creer en Dios. Un “profeso religioso”, por el contrario, es antes que nada un hombre de Dios compatible incluso con la incultura teológica. El que sólo se ocupa de la Filosofía como profesional posee verdades fragmentadas, generalmente suministradas por otros. El “profeso de la verdad” o verdadero filósofo, en cambio, se siente poseído por la verdad. No es él quien maneja y administra la verdad, sino que se siente poseído y arrastrado por ella. Al profesar la verdad nos sentimos dulcemente arrastrados por ella y este arrastre feliz hacía nuestra señora, la verdad, es lo que llamo investigación filosófica. El hombre busca naturalmente la verdad y la investigación filosófica auténtica conlleva una entrega desinteresada, incondicional y apasionada a la misma. El “profeso de la verdad” se entrega a su búsqueda y se deja llevar por ella como el “profeso religioso” se abandona y deja llevar amorosamente por los designios de Dios.

              El arrastre de la verdad convierte nuestros actos de intelección en un movimiento de búsqueda fascinante, constante e inacabable. Digo fascinante porque es un hecho experimental que sólo es conocido por quien lo vive. Es una experiencia de felicidad que puede ser contagiada pero no transferida. Y es constante, porque, al contrario de lo que ocurre con la mera profesionalidad que nos pone en una actitud de ocupación provisional, la búsqueda de la verdad nos dedica o consagra a ella de por vida. En esa búsqueda no existen “vacaciones”, o sea, interrupciones de tiempo para ocuparnos de otra cosa. La inteligencia, aun cuando los estados de nuestra conciencia están bajo mínimos, sigue inconscientemente buscando la verdad, incluso cuando deliberadamente queremos engañarnos a nosotros mismos. La búsqueda de la verdad es una necesidad instintiva de nuestra naturaleza racional y las agresiones a ese instinto o tendencia natural constituye una violencia directa contra nuestra condición humana. Y es inacabable al menos por dos razones. Primero, porque el hombre no puede agotar con su intelección la riqueza de la realidad, de la que se sustenta la verdad, la cual sólo es tal en la medida en que es adecuación o conformación con la realidad. Ahora bien, la realidad creada es constitutivamente limitada y, por lo mismo, abierta a su constante perfeccionamiento y a la trascendencia. Por eso no es posible el conocimiento total o terminativo, ni siquiera de las cosas más simples. Segundo, porque al ser la inteligencia propiamente dicha una lectura interior de las cosas, sus posibilidades de conocimiento no son infinitas, pero sí indefinibles o incalculables. Lo cual se aprecia mejor cuando nuestra búsqueda de verdad se proyecta explícitamente sobre la realidad increada, que no depende para nada de ninguna actividad humana. Por eso decía S. Agustín que hemos de buscar la verdad como quienes no han encontrado y encontrarnos como quienes aún han de seguir buscándola. En este sentido dinámico, la Filosofía es un quehacer fascinante sin más descanso que la satisfacción de saber que no vamos perdidos por la vida, la cual tiene sentido y luz en sí misma para capotear los peligros de sus noches oscuras.  

        Si alguna utilidad tiene la Filosofía es la de enseñarnos a encontrar el sentido de la vida aplicando nuestra capacidad de reflexión a la realidad en la que estamos inmersos y de la que formamos parte cualificada. Cuando esto no ocurre, la Filosofía degenera en mera cultura y el filósofo se reduce en el mejor de los casos a la categoría de erudito y culto. En el peor de los casos se convierte en manipulador de ideas o ideólogo. La Filosofía pierde así su carácter sapiencial y el filósofo deja de ser su fiel y amante caballero. Se comprende entonces que, como diagnosticaba S. Agustín, mientras unos filósofos encuentran en la Filosofía el sentido de sus vidas o puerto de salvación, otros sólo hallan el de su perdición en los tugurios de la llamada posmodernidad erudita, cuya nota más destacable consiste en el rechazo del sentido de la vida y exaltación morbosa del absurdo. Y termino. No tengáis miedo a la verdad. No estudiéis la Filosofía como algo que se os impone como una ocupación provisional. Estudiarla como un entrenamiento que despierte en vosotros la vocación innata de verdad que hay en cada uno de vosotros. Sólo cuando hayáis probado y experimentado la alegría profunda del encuentro con la verdad comprenderéis aquello de que “la verdad os hará libres”. No os conforméis con ser profesionales o administradores de verdad. Sed “profesos” buscándola con pasión y dejándoos arrastrar por ella sin miedo, hasta que se os revele en toda su plenitud, que es el propio Cristo en persona como VERDAD encarnada del Padre. Con el estudio sistemático de la Filosofía lo que se pretende es despertar vuestro deseo natural de verdad. Posteriormente, con los estudios sistemáticos de Teología, se os abrirá un horizonte nuevo de verdad aún más fascinante. Con los estudios teológicos la experiencia feliz del encuentro intelectual con la verdad como baño de realidad, deberá transformarse en un encuentro personal con Cristo, epicentro y punto culminante entre Dios y el mundo. La Filosofía os enseñará a buscar amorosamente la verdad y a dejaros arrastrar por ella. La Teología os enseñará a descubrir la plenitud de la verdad en Cristo como rostro visible de Dios invisible. No os conforméis con ser profesionales o meros burócratas de la verdad. Por el contrario, sed “profesos” dedicándoos y consagrándoos a ella de por vida si queréis realmente encontrar el sentido de vuestra existencia y la fuente de la verdadera felicidad. Con estos sentimientos os deseo a todos, profesores y alumnos, un feliz año académico 1993-1994.

              12. Descanso en Tacita de Plata

              He hablado más arriba de una Semana Santa en las Islas Afortunadas y ahora tengo el gusto de recordar tres estadías en la ciudad de Cádiz, poéticamente conocida como la tacita de plata. La primera vez que aparecí por aquellas tierras tuvo lugar durante la Navidad de 1974. Mi madre Delfina había fallecido a mediados del mes de agosto, yo me encontraba muy cansado y decidí desplazarme al convento dominicano de Cádiz durante las vacaciones académicas navideñas para tomarme un descanso en aquellas hermosas tierras que desconocía. Anque la climatología muy húmeda yo disfruté mucho del ambiente y de la amabilidad de la gente. Al instalarme en el tren Madrid/Cádiz saludé a los viajeros que ya ocupaban sus asientos y a los pocos minutos estábamos conversando como si nos conociéramos de toda la vida. La protagonista fue una encantadora señora gaditana que viajaba también a Cádiz donde vivía su familia. Llegados a Cádiz me dijo donde vivía, me facilitó su teléfono y me invitó a visitarla en su casa antes de que yo regresara a Madrid. La visité, en efecto, y pasé una tarde deliciosa agasajado por ella y su familia. En el convento de los dominicos había un venerable fraile no sacerdote que nos hacía la comida. Se llamaba Fr. Eduardo. Su conversación era un placer y su mesa un banquete interminable. La buena gente le regalaba pavos que él guisaba magistralmente de forma que nos tenía siempre a los comensales “a cuerpo de pavo”. Fr. Eduardo falleció muy entrado en años y dejó en todos los que tuvimos la suerte de conocerle un recuerdo indeleble de hombre bueno y entregado al bien de los demás. El Prior de la comunidad era el P. Vicente López, O.P, al que tuve la suerte de encontrar años después en Almería y cuya bondad era igualmente celebrada por todos cuantos le conocían. 

              Al cabo de veinte años decidí volver a la tacita de plata en busca de descanso. Pero esta vez elegí las vacaciones académicas de Semana Santa en abril de 1994. Dadas las características geográficas de la ciudad, tuve la impresión de haber llegado al final de la tierra y comienzo del inmenso mar. El Prior del convento dominicano, a la sazón, era el P. Ildefonso Gutiérrez, O.P, que junto con los otros miembros de la comunidad hicieron cuanto estuvo a su alcance para que durante los días de mi estadía allí me sintiera feliz. El trayecto de mi primer paseo por la ciudad fue el siguiente. Desde la popular plaza de S. Juan me dirigí al paseo marítimo y seguí por la Caleta, el paseo Carlos III, plaza de España, plaza de S. Juan y el convento. Durante el trayecto hice altos en el camino entrando en algunas iglesias barrocas y recordar allí a las buenas gentes de aquellas tierras. Después de la oración vespertina y cena fraterna con los frailes del convento me retiré a la segunda planta del mismo y desde allí, contemplando el inmenso mar, me embarqué en una meditación profunda. Entre otras reflexiones recuerdo con gusto la siguiente. Siendo la naturaleza tan bella y siendo Dios su autor, es obvio que Dios tiene que ser algo sorprendentemente maravilloso y bueno. ¿Por qué entonces hay tanta mezquindad humana? Si la gente reflexionara más y no perdiera el tiempo en cosas efímeras, habría más felicidad en el mundo. Sin referencia a Dios no es posible ser felices, aunque todo el mundo esté a nuestros pies. Desde Dios todo parece más bello y se estimula nuestra esperanza, que es el mejor remedio contra el pesimismo y contra las depresiones.

              El día cinco de abril mi vida gaditana transcurrió más o menos como sigue. A pesar del ruido infernal que llegaba del puerto marítimo, de la estación del ferrocarril y de la calle, descansé durante la noche relativamente bien y a las nueve de la mañana celebré la Eucaristía en la Iglesia del convento y Patronal de la ciudad. Por cierto, que la Iglesia había sido notablemente embellecida. Terminada la celebración eucarística me eché a la calle en dirección a la Catedral. Desayuné en una cafetería muy agradable y caminé después durante varias horas visitando calles, mercados y monumentos. El cielo era azul intenso, la temperatura agradable y las calles estaban abarrotadas de turistas. Era un ambiente muy agradable y relajante. Durante el paseo pensé en muchas cosas e hice muchas reflexiones sobre lo divino y lo humano. En aquellos momentos tan agradables me acordé de mis amistades y personas más entrañables y, en consecuencia, escribí algunas postales para compartir con ellos y ellas aquellos momentos felices. Como dato interesante me parece oportuno recordar aquí una reflexión personal sobre mi experiencia de la temporalidad. En aquella bella ciudad marítima tuve la impresión de que el tiempo cundía y daba más de sí que en las grandes ciudades como Madrid. Tuve la impresión también de que la vida era más larga y se vivía más. Al volver a casa me pareció que había hecho muchas cosas en poco tiempo. Esta sensación me hizo pensar en la relatividad del tiempo. En los momentos difíciles de la vida parece que se alarga sin fin. Por el contrario, en los momentos felices parece que pasa rápidamente como papel abrasado por el fuego.

              Durante el paseo de la tarde puse mucha atención en la decoración de las estrechísimas y antiguas calles de la ciudad. En algunos barrios se reflejaba el eco de gloriosos tiempos pasados venidos a menos, pero con mucha carga humana. Me llamó mucho la atención el decorado de calles antiguas con pequeños altares murales y representaciones pictóricas de la Virgen del Rosario rodeada de flores frescas. Pensé que posiblemente esas imágenes y esas flores expresaban el afecto y admiración a la Madre de Cristo mejor que algunas celebraciones litúrgicas. Cada cual se dirige a Dios como puede o le dictan los impulsos del corazón en las situaciones críticas de la vida. Por ejemplo, colocando discretamente flores ante una representación artística de María o de Cristo resucitado. Lo importante es que todo eso se haga como expresión de amor y no como un mero rito canónico o folclórico. Mientras tomaba un refresco en la plaza de S. Juan un joven matrimonio de habla inglesa llamó mi atención por el trato ejemplarmente amoroso que dispensaba a su hijo más pequeño subnormal. El día seis de abril disfruté de un amanecer delicioso. A las nueve de la mañana celebré la Eucaristía y escuché los sabrosos comentarios del Sr. sacristán. Los sacristanes de las iglesias son como los porteros de los pisos residenciales. Conocen las debilidades de la gente que por oficio tienen que controlar y conviene estar siempre a bien con ellos. El sacristán en cuestión me habló de aquellas personas que frecuentan poco la Iglesia, pero cuando llegan las grandes solemnidades de la Semana Santa procuran hacerse notar ante los demás.

              Luego llegó una encantadora y amorosa joven señora. Tenía siete hijos y se ocupaba de otras personas que solicitaban su ayuda. A pesar de todo, todavía tenía tiempo y humor para ocuparse de los asuntos de la Iglesia. Ella se había encargado de restaurar con sus propias manos los ornamentos sagrados creando una preciosa colección de los mismos sirviéndose a veces de los antiguos ya deteriorados. Tengo la impresión, dejé escrito aquel día sin conocer su nombre, de que es el brazo derecho del Prior en el mantenimiento de la Iglesia. Ella causa la impresión de ser feliz realizando esta labor de “diaconisa”. Lo hace con amor. Se nota por donde pasan sus delicadas manos y su amorosa mirada. Estoy seguro-concluía yo- de que esta mujer será contada por el Señor entre los que amaron mucho. Cuando escribí estas palabras no dije su nombre porque aún no lo conocía. Después de muchos años nos encontramos de nuevo fortuitamente ayudando a un enfermo en estado terminal. Nos miramos y ambos tuvimos la impresión de habernos visto alguna vez en la vida. Su nombre es María Luisa Quílez Cervera que hablará después en el capítulo X.

              Por la tarde caminé por la playa y aproveché para leer un libro por entonces de gran actualidad sobre el dictador comunista Nicolai Ceausescu. La obra fue escrita originalmente en francés y traducida al rumano por mi entrañable amiga la profesora Simona Modreanu, la cual me había dedicado de su puño y letra un ejemplar. Volví a casa descubriendo nuevas representaciones de la Virgen María y de Jesucristo en las calles del antiguo Cádiz y rematé la jornada con sabrosos coloquios vespertinos en casa con el popular Fr Domingo, O.P, y el Prior del convento, Ildefonso. Y llegamos al día 7. Celebrada la Eucaristía a primera hora, María Luisa Quílez Cervera, nos condujo a ambos con su coche hasta los Estudios de la Cadena COPE, donde el P. Ildefonso emitía dos interesantes programas semanales. Teniendo en cuenta que por aquella época yo estaba implicado a fondo en los problemas de la comunicación social en calidad de profesor de la Universidad Complutense de Madrid, grabó una entrevista conmigo que fue difundida pocos días después. Nuestra conversación ante los micrófonos giró en torno a la ética de la información en la sociedad actual, lo que me permitió hacer un avance de mi obra Ética y medios de comunicación, a punto de aparecer aquel mismo año. El controlador de grabación sugirió que, si volvía por allí, se organizaran actos y debates conmigo sobre los temas más candentes de la ética de la comunicación social. Como lugares deseables para el desarrollo de esas actividades sugirió los Estudios de la COPE y la sede de la Asociación de la Prensa. Terminada la entrevista en los Estudios de la COPE el P. Ildefonso me condujo a una librería cuyo propietario era un gran amigo del convento de los dominicos. Allí encontré un libro mío sobre la pena de muerte que compré al tiro para dejarlo como recuerdo a mis frailes de Cádiz. Mis horas en Cádiz estaban contadas y había que volver a Madrid para reanudar las actividades académicas en la Universidad. Pero vayamos despacio.

              No ha sido infrecuente que fuera y dentro del territorio español me hayan considerado como súbdito de alguna nacionalidad no española. Esta misma tarde me tomaron en Cádiz por extranjero. Así de sencillo y pintoresco. Salí como de costumbre a pasear por las calles del casco antiguo. Al pasar por una peluquería de caballeros pensé que bien podía aprovechar la oportunidad para cortarme el pelo con tranquilidad y relajo en lugar de hacerlo en Madrid con prisas e incomodidad. Con estos pensamientos me acerqué a una peluquería próxima, pero tuve la impresión de que había un solo señor trabajando y estaba ocupado. Cuando me disponía a pasar de largo buscando otro lugar salió su compañero, al que yo no había visto y estaba desocupado, invitándome amablemente a entrar. Le seguí sin dudar y me senté en la silla libre y bien dispuesta para mí. Pronto me di cuenta de que el señor peluquero era un hombre amable y educado convencido de que yo era extranjero. Al poco tiempo de empezar su trabajo me dijo totalmente convencido: Usted no es español, ¿verdad? Me vi en el aprieto de siempre que esto me ocurre. Por una parte, no debo mentir y, por otra, no me parece bien descalificar la buena fe de mis interlocutores poniendo en evidencia su equivocada apreciación. Mi respuesta fue la siguiente. Sí, soy español, pero viajo mucho por el extranjero y me encuentro de paso por aquí. No se habló más del tema y siguió con su trabajo tan convencido como antes de que yo no era español. Al final le pregunté por el precio de su trabajo y me contestó con una sola palabra acompañada de una indicación con los dedos de la mano. En vista de lo cual yo me despedí amablemente de él en inglés. Me quedé así con la impresión de no haber mentido y de haber respetado su buena fe. Esta anécdota pintoresca me llevó a pensar sobre la imprudencia de hacer preguntas impertinentes sobre la vida privada de los demás, sus creencias religiosas, militancias políticas o nacionalidades. Nos olvidamos de que, por encima de todas esas accidentalidades, somos personas y como tales debemos recibirnos tratarnos. Todo lo demás es secundario y termina dándose a conocer sin necesidad de preguntarlo. Esas preguntas impertinentes relacionadas con la vida privada y la nacionalidad sólo sirven para interponer prejuicios insidiosos y barreras que impiden la buena marcha de las relaciones humanas.

              El día ocho a media mañana fui al Obispado donde el P. Ildefonso, prior de mi convento, tenía un despacho de trabajo y allí nos habíamos dado cita. El Obispo estaba ausente por razones familiares, pero tuve la oportunidad de saludar al Vicario General, el cual me recibió con simpatía. Nos quedamos solos conversando y en un momento dado de nuestra conversación le manifesté en tono sorprendido que en una calle había una pintada en la que podía leerse textualmente: “La puta Sevilla”. Comprendió que yo había interpretado la pintada en clave política y se apresuró a explicarme con donaire que no se trataba de política sino de religión. Según su versión, había en Cádiz gente que admiraba mucho las procesiones de Semana Santa en Sevilla y trataba de imitarlas en Cádiz. Otros, en cambio, eran muy celosos de sus tradiciones gaditanas de Semana Santa y no soportaban las imitaciones sevillanas. Estos eran supuestamente los autores de la pintada al margen por completo de connotaciones políticas. Pero llegó la hora oficial del almuerzo y otros funcionarios del Obispado, antes de retirase pasaron a saludarme gentilmente. A continuación, se sumó el P. Ildefonso y el Vicario Episcopal el cual nos invitó a visitar el Museo provincial. Allí pudimos admirar, entre otras cosas, la hermosa maqueta de la ciudad de Cádiz, realizada a petición del rey Carlos III, así como la reproducción de una momia fenicia encontrada en Cádiz y única en el mundo.

              Terminada la visita del Museo nos despedimos del Vicario y pocos minutos después nos encontrábamos en la sede del ilustre Periódico gaditano donde estaba previsto que me hicieran una entrevista. Después de una breve presentación de mi persona como dominico y académico de la Universidad Complutense por parte del P. Ildefonso, una joven redactora se levantó de su mesa de trabajo y me habló de su situación académica en la Facultad de Ciencias de la Información donde yo impartía la docencia. Todo hacía suponer que ella iba a ser alumna mía en el próximo año académico en aquella Facultad de Ciencias de la Información. Luego resultó que era ella misma la designada para hacerme la entrevista acompañada del fotógrafo de oficio. Cuando yo me disponía a tomar asiento frente a ella para que me interrogara, alguien con mucho sentido del humor la aconsejó que se portara bien conmigo ya que de “este examen” podía depender el aprobar la asignatura de ética de la información el próximo curso académico en Madrid. Para mí fue un inmenso placer someterme al interrogatorio de aquella primorosa joven gaditana, cuyo nombre era Inmaculada Macías, pensando en que iba a ser pronto alumna mía. La entrevista duró quince minutos mientras el fotógrafo me acosó con la cámara. Terminada la entrevista volvimos a la sala de redacción donde sus colegas nos esperaban celebrando con simpatía este encuentro imprevisto de futura alumna y profesor. ¿Te ha aprobado el profesor?, preguntó con mucho humor uno de los presentes. ¡Dios mío, qué vergüenza!, repetía ella amorosamente.

              Otra anécdota pintoresca. Yo tenía previsto emprender el regreso a Madrid por la tarde después y por este motivo me dirigí a una pastelería vecina a comprar unos dulces para agasajar a mis frailes a la hora del café. Hecho el pedido y realizado el pago correspondiente en caja, felicité al dependiente por la calidad del producto. En aquel momento no había otros clientes e iniciamos una breve conversación durante la cual el dueño del negocio me informó de su situación laboral y de su próxima jubilación. Me dijo que, por una parte, ya tenía ganas de jubilarse, pero, por otra, le preocupaba mucho abandonar el trabajo. Y me dijo por qué. Su hermano, matizó, había fallecido poco después de jubilarse y temía que a él le pudiera ocurrir lo mismo. Durante el trayecto desde la pastelería al convento me vino a la cabeza la idea de escribir algo sobre el impacto psicológico negativo de la jubilación para mucha gente. ¿Por qué? Tal vez, pensaba yo, porque la mayoría de la gente tiene apreciaciones falsas sobre la vida en general y de la actividad laboral en particular. Tengo para mí que esas percepciones equivocaciones tienen mucho que ver con la frustración que sufren muchas personas ante la jubilación laboral.

             

              13. Agosto, 1994 desde Cádiz


              1) Vacaciones estivales

 

              El día 1 de agosto de 1994 por la mañana volví a Cádiz donde había decidido disfrutar de mis vacaciones estivales después de un año académico interesante pero agotador. Poco después de instalarme en una habitación panorámicamente estratégica del histórico convento de los Dominicos junto al puerto marítimo y la estación del ferrocarril, el Prior Ildefonso Gutiérrez O.P me dio la bienvenida y me facilitó las informaciones necesarias para garantizar que mi estadía resultara feliz. En su agenda tenía programado un servicio inmediato de capellanía a Palestina con un grupo de peregrinos. Esto significaba que en caso de necesidad yo asumiría algún servicio religioso en la Iglesia del convento durante su ausencia. Un servicio que para mí constituía un placer poderlo realizar. Al día siguiente amanecimos con viento de poniente y una brisa fresca del mar que invitaba al relajo y la meditación. Y, por si esto no fuera suficiente, a primera hora de la mañana me visitó la joven señora de la que he hablado antes, animadora espiritual de nuestra Iglesia. Pronto me vino a la memoria que tenía siete hijos y cuidaba a su suegra y una tía, ambas de avanzada edad. Sacaba tiempo para cuidar de su casa, de rezar las Horas canónicas y participar las actividades pastorales de nuestra Iglesia. Sin olvidar que trabajaba en dos negocios de zapatería en el casco viejo de Cádiz. A continuación, el Prior Ildefonso me invitó a dar un paseo por la playa después de haber realizado algunas gestiones burocráticas en la ciudad. Mi sorpresa fue cuando vimos que la hija pequeña de la Señora Quílez Cervera nos estaba esperando en la parada del autobús con una sombrilla. La encantadora niña tenía 9 añitos. Nos fuimos los tres a la playa y después la llevamos a almorzar con nosotros al convento. Su madre estaba al corriente de todo y yo mismo me encargué de devolverla a sus padres. La amorosa niñita estaba radiante de felicidad. Me pareció que, para su tierna edad, tenía una personalidad y un talante espiritual que hacía pensar en su admirable madre.

              Cuando me quedé solo me vino a la mente el pensamiento siguiente. Los recuerdos felices de la infancia marcan para toda la vida, y yo espero que los felices recuerdos de hoy queden en la memoria de esta niña como un referente feliz cuando las borrascas de la vida la pongan a prueba más tarde. La cena con los frailes fue muy fraterna y animada, terminada la cual el P. Francisco, O.P me llevó a su biblioteca privada donde me mostró las preciosas decoraciones que él mismo había realizado en el inmueble. Constaté su madera de artista y afición por los libros, que es una cualidad emblemática de los frailes dominicos, pero que él había heredado también de su padre, del que conservaba buenos libros e importantes documentos. Por otra parte, el P. Ildefonso era un experto consumado en asuntos de Palestina a donde viajaba con frecuencia. Poseía un tesoro documental de primera mano de sus viajes a Israel y conversamos sobre los problemas de aquella emblemática y atormentada zona. Me invitó a acompañarle en su próximo viaje en octubre, pero la fecha de su viaje me era favorable. En septiembre tenía yo previsto un viaje a Rumania y en la primera semana de octubre mi presencia en la Universidad era inexcusable.

              Habían transcurrido sólo tres días y sentí de nuevo la experiencia positiva del tiempo. Una vez más tuve la impresión de que en Cádiz mi tiempo daba más de sí que en Madrid donde somos víctimas de las prisas y de las distancias, con lo cual se tiene la sensación de que el tiempo pasa más rápidamente y se vive menos. Después de tomar un delicioso desayuno con churros en la plaza de S. Juan pasé por una peluquería donde pedí que me dejaran a tono con la comodidad playera olvidando los convencionalismos sociales que nos obligan muchas veces a presentar ante los demás una imagen que a nosotros personalmente nos resulta cuando menos incómoda, si no perjudicial. La liberación de los convencionalismos sociales ayuda mucho a descansar y el descanso favorece la libertad de pensamiento y comunicación con los demás. Con este ambiente reposado y de libertad interior disfruté de una mañana playera deliciosa rematada con sabrosos comentarios con el P. Ildefonso sobre “La estrategia del limes”, que era el título de la conferencia que yo estaba preparando para intervenir en los tradicionales cursos de verano de El Escorial, organizados por la Universidad Complutense de Madrid. Al final de la jornada me vino a la mente el siguiente pensamiento: “Si la vida, que es el valor fundamental que confiere consistencia y sentido a todos los demás valores, es tan bella, ¡cómo será Dios, que es el autor de la misma!

              2) En tiempo de melones no hay sermones

              Lo más temible de una celebración litúrgica suele ser el sermón del cura cuando hay lugar a ello. Lo más jóvenes tienen ganas locas de hablar y los viejos pierden el sentido del tiempo y aburren a la gente con sus peroratas y achaques. Pocos son los que se dan cuenta de que cuanto más hablan más incongruencias dicen. Con el paso del tiempo y la experiencia he llegado a la conclusión de que la misión del predicador en el contexto de las celebraciones litúrgicas es hablar poco y bien de las cosas de Dios. El resto lo hace el Espíritu Santo en la intimidad de cada persona. Pero hablar poco y bien sobre Dios o de Jesucristo como rostro visible de Dios requiere mucha preparación. Hay homilías, por ejemplo, que son un aglomerado de opiniones y ocurrencias más o menos ingeniosas del predicador. Por otra parte, cuando una persona tiene que hablar con mucha frecuencia en público, por muy bien que hable, termina cansando a la audiencia. Esta es una razón más para recomendar que la homilía sea breve. En este sentido me llamó gratamente la atención el sabio consejo que me dio el sacristán antes de comenzar la celebración eucarística dominical: “En tiempo de melones no hay sermones”. En realidad, hizo una crítica humorística muy objetiva de los malos predicadores que se gustan tanto a sí mismos cuando hablan que se olvidan del sufrido público incluso cuando en la nave de la Iglesia hace un calor de verano agobiante. El predicador avisado tiene en cuenta, entre otras circunstancias, si el contexto ambiental donde habla es confortable o incómodo para la audiencia. Resulta incompresible que el predicador prolongue su discurso sin darse cuenta de que el público se encuentra escuchando bajo el impacto del calor estival o del frío invernal. Por otra parte, el predicador debe predicar como una necesidad que siente de comunicar a los demás el mensaje redentor de Cristo y no por motivos sólo rituales. La predicación del Evangelio, como decía S. Pablo, debe llevarse a cabo como una necesidad o imperativo moral y no como un mero trabajo asalariado o forma de entretenimiento gratificante. El buen predicador habla poco, convencido de lo que dice y sin más artificio literario que el de la corrección lingüística, la precisión y orden pedagógico de las ideas. La experiencia enseña también que la falta de seguridad en lo que dice y de humildad en la forma de decirlo convierten al predicador automáticamente en un publicista y un farsante. El dicho popular “en tiempo de melones no hay sermones” significa que cuando la gente se encuentra incómoda en la Iglesia por causa del calor, la predicación larga o inoportuna es muy mal recibida y que el predicador inteligente y respetuoso con el público se esfuerza por ser breve y sustancioso en lo que dice. Sin olvidar los casos en los que, a pesar de las prescripciones rituales, la prudencia pastoral aconseja suprimir la homilía. 

              3) Una historia trágica

              La historia del viejo convento dominicano de Cádiz es un rosario de glorias por haber sido la sede oficial de la Virgen del Rosario, Patrona de la ciudad y punto de partida de los misioneros dominicos que evangelizaron América. Pero también de calamidades. Conoció amenazas de derribo y la acción de las llamas y el Ayuntamiento de Cádiz no se había incautado del histórico por dificultades económicas para darle un destino. Por aquella época el P. Vicente Díaz, O.P tenía preparado un artículo para publicarlo en la prensa sobre el proyecto del convento por parte de las autoridades civiles en el siglo XIX. El artículo estaba basado en documentos encontrados por él en los archivos de Cádiz. La Biblioteca y el Archivo fueron pasto de las llamas durante la guerra civil de 1936 al paso de las salvajes hordas marxistas y comunistas. A pesar de lo cual todavía se conservaban algunas obras importantes editadas en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. La Biblioteca conventual en 1994 era muy pobre y en estado casi de abandono. Por el contrario, las bibliotecas particulares de los frailes eran bastante interesantes. Todos ellos poseían cualidades artísticas notables y sabían valorar los documentos históricos, lo cual me agradó mucho

              4) Valor de la vida y sentido de la muerte

              El P. Vicente Díaz fue misionero en África y me agradaba mucho oírle hablar de aquellas tierras y gentes. Me dijo textualmente: “Allí no se entiende la muerte”. Lo cual significa que el africano tradicional no tiene asumido que la muerte sobrevenga de forma natural. “No creen en la muerte natural”. En consecuencia, piensan que cuando una persona muere es por culpa de alguien. Toda muerte se produce porque alguien la ha provocado. Esta forma de pensar sobre la muerte complica de forma alarmante la acción de los profesionales de la salud y del personal sanitario en los hospitales. A todos nos cuesta asumir que la muerte debe ser contemplada como el reverso de la vida. Pero a medida que desarrollamos nuestra capacidad de reflexión terminamos asumiéndola como un hecho ineludible del que no siempre alguien tiene que ser el culpable. El verdadero sentido objetivo de la muerte sólo se conoce en la cultura cristiana más desarrollada en el contexto de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Así las cosas, es interesante saber que la muerte no forma parte del esquema cultural de esos países africanos, por más que se cierna sobre ellos mediante los odios tribales, las guerras, las enfermedades y el hambre.

              5) De turismo y reflexión por la “tacita de plata”

              La zona turística y playera Santi Petri me pareció paradisíaca, con la isla y el castillo, la parte arqueológica y una playa inmensa que invitaba a dejarse uno acariciar por su harinosa arena y cristalino mar. Después de dos horas de relajo almorcé en el restaurante playero La Barrosa mirando al inmenso mar. Nos encontrábamos allí conversando el P. Vicente Díaz, O.P, Santiago Guerreo, O.P y yo. Nuestra animada conversación durante el almuerzo giró en torno a la figura de Cristóbal Colón y Bartolomé de Las Casas, O.P. El P. Vicente dijo, entre otras cosas, que, sin negar la parte de razón que asistió a nuestro polémico colega Bartolomé de Las Casas, globalmente hablando fue un hombre fracasado. En su opinión, el hecho mismo de su ingreso en la Orden de Predicadores había sido un fracaso, habida cuenta de su pasado. También habría sido un fracaso como Obispo. El P. Vicente apoyó su tesis en datos históricos y biográficos.

              A pesar de las apreciaciones anteriores, reconocía que las duras críticas de Las Casas contra los abusos cometidos por los conquistadores estaban asentadas sobre la realidad de los hechos. Pero insistió en que, en su opinión, también él, Las Casas, mentía y exageraba y que fue una persona poco o nada grata a sus contemporáneos debido a su peculiar personalidad. Hablamos también de los cambios episcopales que se estaban produciendo en la Iglesia española y expresamos nuestros respectivos puntos de vista críticos sobre el Opus Dei, los Grupos catecumenales, los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación. Todos teníamos alguna experiencia desagradable que contar, relacionada con personas de esos grupos, que nos permitía hablar con conocimiento de causa. Mi opinión global fue que estos movimientos eclesiales necesitaban madurar mucho todavía, sobre todo en su forma de entender y vivir la vida espiritual cristiana. Los tres estábamos de acuerdo en que los obispos deberían conocer mejor los métodos pastorales, y formación espiritual de estos grupos para ayudarles a madurar en sus actividades pastorales.

              Al día siguiente de la visita a Santi Petri salí de casa a desayunar en la plaza del Mercadillo. La mañana era deliciosa y terminado el desayuno de café con churros, me puse a leer el libro de Jean Christophe Rufin sobre El imperio y los nuevos bárbaros, sentado en un banco de plaza de S. Juan. Desaparecida la confrontación Este-Oeste en Europa tras la caída del Muro de Berlín, se tenía la impresión de que se había acentuado la oposición Norte-Sur reactivándose peligrosamente la ideología de la desigualdad y las diferencias como líneas o fronteras internacionales. El mito del desarrollo y la cooperación internacional ha sido suplantado por la ideología del “limes”, es decir, de la política de fronteras. Los romanos llamaban “limes” a la frontera que separaba el Imperio romano de los bárbaros. Era un límite ideológico entre lo que el Imperio romano reconocía como suyo y lo que rechazaba como extraño.

              El nuevo “limes” contemporáneo equivale a una especie de apartheit o marginación a escala mundial como resultado de la nueva política de los países ricos del Norte respecto de los países pobres del Sur. Así las cosas, el Norte trata de estabilizar al Sur controlando y manteniéndolo a sus gentes en su status de subdesarrollo humano y económico como mecanismo de defensa contra ellas. El Norte trata de defender su identidad y presunta superioridad humana, cultural y económica abandonando al Sur a su propia suerte. Todo estaría permitido hacer en y con esos países con el fin de mantenerlos estabilizados, dependientes y marginados al mismo tiempo. ¿Es correcto este análisis de la realidad política y social mundial después de la caída del Muro de Berlín en 1989?

              Luego cerré el libro y mirando al mar me vinieron a la memoria las reflexiones de Marco Aurelio (Pensamiento, lib. IV, XVII): “No obres como si tuvieras que vivir durante miles de años. Lo inevitable pende sobre ti. Mientras vivas y te sea posible, compórtate como un hombre de bien”. Esta constatación de que hay mucha gente que vive y se comporta como si su vida en este mundo fuera eterna, la he verificado yo muchas veces y se refleja perfectamente en este aforismo latino transmitido por Marco Aurelio. Deberíamos pararnos mejor para reflexionar sobre la brevedad de la vida y la realidad de la muerte. Estos pensamientos bien llevados nos ayudan a ser más sabios, realistas y prudentes en la vida. Todo lo temporal y humano es caduco y efímero y la eternidad es exclusiva de Dios. Quienes no asumen responsablemente esta realidad están condenados a vivir engañándose a sí mismos en sus formas de afrontar la realidad de la vida.

             

              6) Las peñas gaditanas y el teatro romano

 

              El término la peña era muy familiar en Cádiz. Yo había oído hablar mucho de las peñas literarias y taurinas tradicionales. Posteriormente se impusieron otros términos como club, casino y centro social. La peña sin más en Cádiz era un centro social inspirado en motivos religiosos. La peña era un local de recreación con servicio de bar, ideal para encuentros agradables y que se inauguraban con una bendición solemne. El local o peña a cuya inauguración fui invitado estaba bellamente decorado con representaciones pictóricas de la Virgen María y de Cristo. El responsable del discurso inaugural destacó principalmente la vinculación de la peña a la Madre de Jesús por parte de la Cofradía correspondiente. La peña en cuestión era un centro social de convivencia cristiana. Al llegar a la casa fuimos recibidos por una banda de música y durante la solemne ceremonia inaugural dos bellísimas jóvenes se encargaron de que la ceremonia resultara agradable y feliz. El presidente pronunció un breve discurso sobre la Virgen del Rosario como alma y vida de convivencia social, y a continuación el P. Vicente Díaz, O.P, explicó el significado de la bendición litúrgica del nuevo lugar de encuentro. Entre los responsables del acto inaugural se encontraban la emblemática y amorosa María Luisa Quílez Cervera y su marido José Luis. Según me informaron, una de las razones del éxito de estas peñas era la pobreza de las viviendas del casco viejo de la ciudad. Al no ser éstas confortables la gente necesita crear otro tipo de habitat para la convivencia social. En consecuencia, estas peñas están preparadas para que convivan alegremente adultos, jóvenes y niños, y son como una compensación a la incomodidad que supone vivir en un casco urbano muy antiguo y difícil de adaptar a la vida moderna como no sea derribándolo. Una de las visitas obligadas en Cádiz es a las ruinas del teatro romano y los PP Vicente Díaz y Santiago Guerrero quisieron obsequiarme con esta visita. Un teatro del tiempo de los romanos fue descubierto al borde del mar entre la catedral primitiva (Iglesia de La Cruz) y una calle empedrada al modo románico. Mi impresión fue que sería necesario destruir bastantes casas del entorno para sacar a la superficie todo el complejo artístico romano. Se trata de un impresionante entramado de columnas y arcos de piedra. Casi un laberinto. Estas beldades arquitectónicas han recibido un decorado posterior, en mi opinión, de mal gusto. Por otra parte, el entorno ambiental me causó la impresión de abandono y suciedad.

 

              7) Playeando y paseando

             

              La tarde del 7 de agosto la dediqué a la playa. La afluencia de gente era un espectáculo impresionante, pero doró poco. Cambió el tiempo y terminé quedándome casi solo y aburrido. Así las cosas, me vinieron a la mente estas reflexiones sobre la soledad. Uno puede estar rodeado de gente y sentirse solo. Pero tal sensación de soledad no tiene lugar cuando se piensa en Dios. Comprendo que quienes no descubren la presencia de Dios en sus vidas y en su entorno sientan miedo y hastío de la vida. Con estos y otros pensamientos volví a casa y después de la celebración eucarística vespertina el P. Vicente nos invitó al P. Santiago y a mí a dar un paseo por el puerto marítimo con la inmensa bahía en el horizonte inmediato. Fue un paseo muy interesante, pero yo me sentía cansado y volvimos a casa donde el P. Vicente nos obsequió con una deliciosa cena preparada por él mismo al tiempo que nos deleitaba con sus relatos fascinantes sobre África donde había dejado lo mejor de su vida como misionero.

              El día 9 de agosto por la mañana temprano despedimos al P. Santiago Guerrero (Prior del convento dominicano de Scala Coeli en Córdoba) en la estación de autobuses de Cádiz. A continuación, El P. Vicente se dirigió a un colegio donde tenía compromisos pastorales y yo retomé el camino a casa caminando por las calles todavía desiertas de Cádiz y disfrutando del frescor mañanero de un hermoso día agraciado con el viento de poniente. Cada inhalación de aire era como un vaso de salud. Al llegar a la plaza de S. Juan tomé el habitual desayuno con churros y envié postales de recuerdo a los amigos. Después del almuerzo reanudé el paseo por la inmensa playa gaditana tomando el sol y el aire fresco de poniente alternando con chapuzones, zarandeado por las gigantescas olas que se estrellaban furiosamente en el borde de la playa. La jornada fue coronada con la Eucaristía vespertina y un atardecer precioso contemplado desde mi habitación del convento con la inmensa bahía de las columnas de Hércules a la vista. Luego llegaron los PP. José Luis García Trapiello, catedrático de Sagrada Escritura en Roma, y el Pascual Saturio, O.P. Nuestra conversación durante la cena giró en torno a la situación política en Italia. La presencia del P. García Trapiello propició muchas preguntas sobre los partidos políticos, la mafia y la Iglesia en la península itálica. Al día siguiente alterné el paseo playero habitual con la preparación de la conferencia que tenía prevista para los cursos de El Escorial de aquel verano 1994, programados por la Universidad Complutense de Madrid. El tema de mi conferencia estaba relacionado con la teoría del “limes” a la que he hecho mención antes. O sea, a la nueva política de fronteras Norte-Sur tras la caída del muro de Berlín y la desaparición de la confrontación Este-Oeste que había predominado desde la segunda guerra mundial.

              Por aquellos días era impresionante ver cómo los países ricos del Norte se desentendían de los más pobres del Sur tratando de imponerles el control más descarado de la fecundidad mediante el control demográfico. Cabe suponer, pensaba yo entonces, que en un futuro no lejano ese control se llevará a cabo también mediante el recurso a los controles genéticos. La bioética es la nueva bomba que se suma a la bomba atómica para que los pueblos más poderosos opriman sin escrúpulos a los más débiles desde las instituciones políticas. Después de la cena el P. Vicente me invitó una vez más a dar un paseo nocturno por los lugares más populares de Cádiz. Mientras caminábamos pudimos admirar la belleza del inmenso mar azotado por los vientos del Atlántico, los parques y las plazas repletas de gente disfrutando de una agradable temperatura nocturna. Durante el recorrido tuvimos la oportunidad de encontrarnos con muchos amigos y conocidos del P. Vicente y de hacer sabrosos comentarios sobre el cielo y la tierra.

              Otro día dimos un largo paseo al borde del mar. Caminamos varios kilómetros entre la multitud y nuestra conversación se centró en los monumentos históricos de Cádiz, sobre los cuales el P. Vicente era un experto consumado. De hecho, publicaba con frecuencia artículos sobre estos temas en la prensa local y había dado las pistas para descubrir el lugar del anfiteatro romano. Otro tema sobre el que era apasionante escucharle era África. Me impresionó mucho la puesta del sol en el mar. Era la segunda vez que contemplaba tan bello espectáculo en Cádiz, con su castillo de S. Sebastián, el faro, la bahía y los barcos anclados en alta mar para evitar el impuesto de aparcamiento portuario. Regresamos a casa a altas horas de la noche cansados de caminar y hablar, pero felices y contentos. Antes de retirarnos a descansar el P. José Luis García Trapiello nos contó la siguiente historia. Tenía él que celebrar una ceremonia nupcial en Tenerife. Llegó la hora prevista para el acto litúrgico y no había nadie en la Iglesia. Al cabo de un tiempo de espera llegó un familiar de los novios anunciando que ya se disponían a salir de sus casas respectivas. Poco después llegó otro emisario anunciando que ya estaban de camino. El significado de este retraso intencionado y del envío de emisarios anunciando la llegada de los contrayentes era el siguiente. Según las costumbres locales en aquella isleña región, el llegar puntualmente al templo para la ceremonia nupcial significaba que la novia estaba embarazada y que los novios tenían prisa en casarse. Pues bien, para evitar sospechas entre la gente, se retrasaba deliberadamente la llegada a la Iglesia. Esta anécdota, además de graciosa, demuestra -pensé yo- lo importante que es conocer la cultura y las tradiciones locales para llevar a cabo con paciencia y prudencia el trabajo pastoral.

              El paseo matinal del día siguiente no fue menos reconfortante. Muy pronto me eché a la calle para sanear mis pulmones por el paseo marítimo admirando los parques y solazándome con la lectura a la sombra de un “ficus” gigantesco. El paseo culminó visitando librerías y mercadillos diseminados por el casco viejo de la ciudad. Cuando decidí abandonar el Parque del Paseo Carlos III mirando al mar, eché de menos la preciosa gorra deportiva que me había regalado mi entrañable amiga y Miss-Madrid, Patricia De Grandis. No había duda, yo había perdido el simbólico y amoroso recuerdo. Recorrí mentalmente el camino andado y pensé que podía haber quedado olvidada en el banco de azulejos bajo el “ficus”. Retomé el camino en sentido contrario, pero en vano. Me consolé pensando que alguien había tenido la suerte de encontrarla y que había hecho muy bien recogiéndola. Y sin dar más vueltas al asunto me dirigí al mercadillo de la plaza Topete y compré otra. No hay mal que por bien no venga, pensé. La mía perdida le haría un servicio al que la encontró y yo ayudé al comerciante de gorras comprando otra. El no se consuela es porque no quiere. A Patricia no le dije nunca que había perdido su regalo. Pero ¿cómo era aquella elegante gorra? Es como si no la hubiera perdido porque en una maravillosa fotografía que conservo suya, luce ella el mismo modelo de gorra que me había regalado. Después de este pintoresco incidente el pensamiento que me acompañó de vuelta a casa fue el siguiente. En resumidas cuentas, todos felices y contentos. Mi amiga Patricia porque me regaló la gorra; yo porque la recibí de ella; el que se la encontró perdida por la alegría de encontrarla y el señor al que le compré la nueva porque era una contribución a la promoción de su negocio. Es admirable cómo con una simple gorra deportiva se puede hacer felices a muchas personas. Los días 15 y 16 de agosto los dediqué a los servicios pastorales en nuestra Iglesia y a ultimar la conferencia que me habían pedido para los Cursos de verano de El Escorial.

              8) Drogadicto en casa

              El acceso al interior del convento de Santo Domingo en Cádiz se hacía franqueando la puerta de la calle y la del claustro. Entre ambas había un pequeño patio o hall. Durante el día la puerta grande de la calle permanecía abierta y la del claustro siempre cerrada con llave. Un día, al volver de mi paseo playero ya entrada la tarde, me encontré en el hall con un joven sentado en la pequeña escalinata que media entre ambas puertas dispuesto a drogarse. Al verse sorprendido se disculpó diciendo que no tenía jeringuillas ni existía riesgo de contaminación sanguínea. Luego añadió que se había refugiado allí por miedo a la policía y que sólo era cuestión de unos segundos, o sea, el tiempo mínimo para “respirar” la papeleta. Y así fue. Me dijo también que llevaba varios años tratando de “desengancharse” de la droga pero que no podía. Yo le recomendé que tratara de controlar los sentimientos con la cabeza por considerar que este método era el más eficaz. Me respondió respetuosamente que eso “es fácil decirlo”. Obviamente le di la razón, pero insistiendo en mi consejo. Sin más comentarios abandonó el recinto después de haber inhalado ansiosamente delante de mí la dosis de droga empapelada. Sentí gran compasión por él y gran indignación contra los traficantes y promotores de esa arma letal para la libertad personal y, como consecuencia, para todo su ser de sus adictos. ¿Por qué se suicidan lentamente de esa forma las personas?  ¿Por qué existen los asesinos que matan también con esa arma traidora? La droga, pensé en mi interior, es la terrible arma de los modernos pobres y de los ricos desesperados. Nuestra cultura está contaminada con el veneno de la muerte provocada por nuestros propios semejantes. Pero desde el amor incondicional a la vida humana todo resulta comprensible, incluso la muerte natural no provocada por nadie. Desde la destrucción de la vida, en cambio, nada tiene sentido ni encuentra legitimación racional y menos aún cristiana.

             

                9) De vuelta en Cádiz

             

              Como diré después, me desplacé a Madrid para intervenir en los cursos de verano de El Escorial. Pero el día 19 a las 5 de la mañana me encontraba de vuelta en la gaditana estación de autobuses. Pero ¿qué hacer a esa hora en Cádiz sin servicio de taxis ni autobuses? Tomé la bolsa de viaje y me puse a caminar por el paseo marítimo en dirección al centro de la ciudad. Sólo encontré un coche patrulla de la policía, un perro lobo dormido, dos jóvenes sentados al borde de la playa en actitud erótica y otros dos dispuestos a introducirse en el oscuro mar con una pequeña barca. De frente y al fondo podía contemplarse el faro del castillo de S. Sebastián emitiendo sus luminosos rayos dividiendo en dos partes la inmensa oscuridad del mar. A las 6 de la mañana penetré sigilosamente en casa abriendo las puertas como un ladrón respetuoso a horas intempestivas. Llegué presuntamente desapercibido a mi habitación e intenté descansar durante tres horas más. Hice acto de presencia en la sacristía de la Iglesia y me lancé a la calle. Tomé mi acostumbrado desayuno con churros y me vino la idea de visitar algunas librerías. La conclusión de mis visitas a las librerías fue la siguiente: ¡Cuántos libros se están publicando que ya no necesito comprar! La mayoría de ellos trataban de cosas del pasado con escaso o nulo interés para resolver los problemas del presente, a menos que su lectura sirva de noble distracción y entretenimiento. El resto de los libros que vi eran de carácter novelesco cuando, paradójicamente, lo que yo buscaba eran libros que trataran de la realidad pura y dura.

              El día estaba desapacible y el viento de levante propiciaba el aumento de las temperaturas. No era un día playero y me sentía cansado. Después de los servicios religiosos vespertinos el P. Vicente me invitó a visitar un lugar emblemático donde fabricaban y reparaban los Pasos de Semana Santa, así como el material de las famosas procesiones. De vuelta en casa nos encontramos con la grata sorpresa de la presencia del P. José Luis Otero, O.P, que había llegado de Sevilla para celebrar una Eucaristía con ocasión del aniversario del fallecimiento de su madre. El P. Otero tenía fama de ser un hombre muy culto y buen conversador.

              Al poco tiempo de nuestro encuentro nos embarcamos en comentarios apasionados relacionados con la restauración del convento, su estado de salud y la vida de los frailes dominicos en Estados Unidos, Reino Unido e Irlanda. Al día siguiente tuve suerte. En el mar reinaba la calma y sus aguas eran frescas y cristalinas. Durante un par de horas la playa estuvo casi desierta y pude disfrutar a mis anchas de la frescura matinal y la azucarada arena de la playa. Pero la bonanza no duró por mucho tiempo. La gente empezó a llegar masivamente y el aire contaminó con polvo la playa. Así las cosas, decidí marcharme y me dirigí hacia el gigante “ficus” del Paseo con la idea de sentarme a leer y reflexionar bajo su sombra. Pero lo encontré ocupado por una pareja de enamorados en estado de éxtasis. No obstante, tuve suerte. No lejos de allí encontré otro lugar sombreado frente al inmenso mar sin más molestia que la de algunos turistas que disfrutaban también en aquel bello entorno de la “siesta del carnero”. Muchos pensamientos afloraron a mi mente en aquel ambiente relajante. Por ejemplo, sobre la definición metafísica del hombre como animal racional.                

        A mí personalmente no me cuesta entender el alcance profundo de esta definición conceptual. Pero tengo la impresión de que la mayoría de la gente confunde en la práctica el orden del ser con el orden del conocer y del obrar. De ahí, pensaba yo, que muchos tiendan a definir al hombre por la libertad o por la conciencia psicológica de sí mismos y de los demás. Así las cosas, cabe pensar que, desde el punto de vista pedagógico, fuera más acertado traducir “animal racional” por animal con conciencia refleja. El animal puro tiene conciencia sensible de sí mismo. pero no puede reflexionar. Tiene conciencia, pero no refleja. O lo que es igual, no puede reflexionar y elegir libremente su forma de obrar. Se me dirá que un feto o un niño tampoco tienen conciencia refleja, la cual sólo se manifiesta con el uso de la razón. La respuesta a esta observación es sencilla. El uso de la razón y ejercicio práctico de la libertad personal no tendrían lugar jamás si el hombre no estuviera dotado ontológicamente de la capacidad real de conciencia refleja independientemente del momento en que ésta haga su aparición o de la forma correcta o incorrecta de hacerlo. El hombre es hombre, aunque no pueda desarrollar satisfactoriamente su capacidad de razonar o poner en ejercicio la libertad. Las dotes metafísicas del ser humano no desaparecen cuando no podemos ponerlas en pleno ejercicio. Así, por ejemplo, no dejamos de ser personas humanas por estar anestesiados durante una intervención quirúrgica, o mientras nos entregamos al sueño. Lo mismo cabe decir cuando nuestras facultades físicas o psíquicas se deterioran. Sólo cuando se produce la muerte dejamos de ser hombres o mujeres. Estas reflexiones estaban motivadas por los problemas que se plantean en el terreno de la Bioética cuando los legisladores y el personal sanitario aplican a la praxis médica la teoría de la conciencia refleja con consecuencias letales para la vida de los pacientes. En mi obra Bioética y Biotanasia desarrollé después estas reflexiones teniendo en cuenta los datos más granados de la genética.

              10 ¿A dónde iremos sin Ti?

              Cristo aceptó ser criticado por los suyos, que seguían aferrados a una idea equivocada del Mesías anunciado por los profetas de Israel. No comprendían que tal Mesías fuera Cristo mismo en persona, el cual iba a morir como un delincuente y resucitar de entre los muertos como primicia de todos los mortales. Jesús les había dicho a sus seguidores y simpatizantes que tenían que perdonar incluso a los enemigos. Más aún, tenían que comer su carne y beber su sangre como condición inexcusable para entrar en su Reino de vida eterna. Estas y otras muchas cosas, cuyo verdadero significado sólo pudo ser descifrado a la luz de la resurrección y de Pentecostés, tuvieron que oír desconcertados los seguidores de Jesús. Muchos le abandonaron ante la dificultad de aceptar su personalidad mesiánica y su mensaje de salvación. Pero Jesús no obligó a nadie a seguirle. ¿También vosotros queréis marchar? Así les retó a los doce. El espontáneo Pedro pronto reaccionó confesando que su lealtad a Él era inquebrantable. ¿A dónde iremos si Tú tienes palabras de vida eterna? Fue una confesión inspirada por el Espíritu Santo, sin duda, pero no por ello exenta de comprensible egoísmo por parte de Pedro. La respuesta reveló la necesidad de Cristo para dar sentido a nuestra vida mortal. Respuesta, además, válida para ricos y pobres, jóvenes y viejos, buenos y malos. El sol sale por igual para buenos y malos pero el seguimiento de Cristo exige una actitud de lealtad hacia Él sin fisuras y no a medio corazón, ambigüedades o medias tintas. Esa actitud radical define el destino de los agradecidos y de los malvados. Después de los acontecimientos de Pentecostés los más allegados suyos lo entendieron perfectamente y por ello no dudaron en jugarse el tipo por la causa salvadora del Evangelio. Pero la salvación ofrecida por Jesús no se confunde con la mera prolongación sin fin de la vida humana aquí en la tierra. Se trata de alcanzar la vida eterna, sí, pero fuera del espacio y del tiempo. Lo cual sólo será posible mediante el seguimiento incondicional de Cristo amando a Dios más que a todas las cosas y personas de este mundo sin despreciar nada bello, noble y bueno.

              11) De vuelta en la playa y sabiduría andaluza

              Esta vez me sentí agasajado por agua fresca y cristalina, mansas olas y un fondo alfombrado de arena fina como el azúcar. Con tal ambiente placentero mi mente se puso en marcha mientras me dejaba mecer por el agua cariñosa como un niño en la cuna por su amorosa madre. El inmenso mar me invitaba irresistiblemente a meditar sobre los grandes misterios de Dios y las maravillas de la creación. Paseando luego por la playa me llamaron la atención los envejecidos y deformados cuerpos de la mayoría de las personas adultas de ambos sexos y la baja calidad estética de los jóvenes que abarrotaban la playa. Esta constatación me llevó a pensar en la transitoriedad de la vida humana, condicionada al rápido envejecimiento corporal, y en la primacía del espíritu que anima los cuerpos abatidos. Pronto pensé que la bioética podría ayudar a mejorar la calidad corporal de las personas y la fe cristiana a revitalizar la mente y el espíritu en general. Pero la bioética, pensé también, es un arma de doble filo ya que existe la tendencia a tratar el cuerpo humano como en veterinaria los cuerpos de los animales. Por lo que se refiere a la posible revitalización de la mente humana, tropezamos siempre con el desplazamiento del uso de la razón por los sentimientos y emociones derivados de los instintos primarios de conservación y reproducción. Por otra parte, el acceso y comprensión correcta de la fe cristiana tiene mucho que ver con el buen uso que hacemos de la razón. Perdido en estos pensamientos mientras paseaba por la playa gaditana me vino la idea de escribir, si Dios me concedía tiempo y salud, un libro sobre el uso de la razón. Un libro que después se convirtió en realidad en el año 2008. Alguien que conocía bien la idiosincrasia de los andaluces me había prevenido sobre las posibles sorpresas gaditanas. Por ejemplo, cuando a media tarde uno se encuentra con una procesión religiosa por la calle desafiando al radiante sol. Para los andaluces no hay nada sorpresivo si tenemos en cuenta que “cualquier excusa es buena para montar un jolgorio”. Los andaluces, me informó un andaluz de pura cepa, tienden a interpretar cualquier aspecto de la vida en tono festivo. El tono festivo justifica cualquier manifestación pública, política o religiosa a despecho del tiempo y del espacio. En Cádiz había un personaje muy culto y popular que tenía la manía de hacer ingeniosas pintadas críticas en las paredes y algunas eran verdaderamente agudas. Una de ellas, destinada a una campaña de moralidad, rezaba así: “Los niños buenos van al cielo. Los malos a todas partes”. Pronto comprendí que para entender el significado de sus pintadas había que conocer la trayectoria personal del autor y el contexto ambiental en que vivía.

              12) Ángel María y Mercedes Sánchez

              El día 22 de agosto lo dediqué principalmente a saldar cuentas pendientes con familiares y personas entrañables en la lejanía. Por ejemplo, mi sobrino Ángel María se encontraba en Méjico dando cuenta del resultado de las elecciones a la Presidencia de la República, celebradas unos días antes, como corresponsal de la Cadena radiofónica nacional "Onda Cero" en América Latina. ¿Por qué estaba allí? El 23 de mayo, cuando el reloj marcaba las ocho de la mañana, una potentísima explosión rompía el diario trajín del Paseo de Extremadura en Madrid, a escasos 500 metros del domicilio de mi sobrino. Las ventanas abiertas de la casa dejaron entrar el olor ocre y ácido de lo que se hubiese detonado, y Ángel María temió lo que pocos instantes después se confirmó. Sin mediar el más mínimo instante más que para dejar encargado en casa que se fuera ya marcando a la centralita de "Onda Cero", bajó inmediatamente a la calle, para correr desde el portal hasta el lugar donde se encontró con los temores que escasos dos minutos antes había previsto. El tráfico, bloqueado en un cuello de botella por cientos de vehículos que como cada jornada laboral movían a sus propietarios a sus puestos de trabajo. Uno de ellos, era el teniente del Ejército de Tierra de 47 años Miguel Peralta Utrera. Su cadáver, vilmente mutilado, yacía frente a los ojos de mi sobrino entre el conjunto de metales retorcidos de lo que había sido su coche. Una organización terrorista, como después se confirmó, había adosado una "bomba lapa" a los bajos del vehículo, y por azares de la fortuna se evitó una catástrofe mayor. El mecanismo de detonación no funcionó cuando el Oficial arrancó el coche en su domicilio para llevar como cada mañana a sus hijas al colegio. Inconsciente de la trampa mortal que cargaba, las pudo llevar al centro escolar, y subir después por todo el Paseo de Extremadura hasta que a la altura de la casa de Ángel M. se activó causándole la muerte en el acto. Mi sobrino, después de grabar en retinas y mente lo que acababa de ocurrir, corrió sobre sus pasos y desde el teléfono público de un bar en los bajos de su edificio, -aún no eran tiempos del uso de los teléfonos móviles-, marcó con la premura de ese momento a los Estudios Centrales de "Onda Cero" en Madrid. El programa matinal de referencia de la Cadena, y su conocido director y presentador, le dieron paso y él relató a la audiencia en riguroso directo el suceso. La sociedad española viviendo una nueva mañana impotente y convulsa.

              Minutos después, y ya desde su casa, volvió a entrar en vivo a la emisión, nuevas preguntas, la lectura de lo visto y vivido, la adrenalina del instante y la objetividad informativa equilibrándose con las sensaciones personales. Sólo 45 minutos después consiguió, finalmente, acceder una Unidad Móvil de la Cadena al lugar del atentado. El Equipo de Producción de los Servicios Informativos al habla con mi sobrino, le invitó a visitar esa misma tarde la sede central de la empresa, como signo de agradecimiento y deferencia al joven desconocido y espontáneo cronista para conocerle y felicitarle por el servicio informativo prestado sobre un asunto tan grave. Lo que aconteció entonces hizo cumplirse literalmente aquello de que "no hay mal que por bien no venga" en una sucesión de casualidades. La productora de los informativos le recibió sonriente y después de comentar todo lo tristemente acontecido horas antes le preguntaron: ¿eres periodista?, nos daba esa impresión esta mañana? Mi sobrino respondió afirmativamente. Surgió entonces en la conversación el hecho de que Ángel María se iba a ir a vivir a Méjico. "Vaya, pues no tenemos a nadie en América Latina. ¡Qué lástima que no esté aquí nuestro director de Informativos!  Y en ese preciso instante, mientras caminaban por la Redacción, camino ya de la salida, al abrir la puerta se encontraron con el director. Una hora después, mi sobrino salía del despacho del responsable de Informativos de "Onda Cero" con el puesto de Corresponsal para México y América Latina de la Cadena nacional bajo el brazo. Él había actuado espontáneamente movido por sus profundos sentimientos de humanidad y se encontró recompensado con un contrato laboral y la responsabilidad de representar a un medio informativo radial a miles de kilómetros de casa. Es así como mi sobrino se encontraba en México en aquel mes de agosto de 1994 trabajando para los informativos de "Onda Cero". Pues bien, pensé que debía enviarle una bella postal gaditana y comunicarle que sus reportajes estaban siendo muy bien acogidos por su calidad técnica y su sensibilidad humana.

              La otra deuda moral saldada fue con Mercedes Sánchez, O.P, joven dominica misionera en Costa de Marfil. Mercedes tiene una historia personal bellísima y fue para mí una felicidad el solo hecho de conocerla cuando tenía menos de veinte años, pero más aún cuando decidió ingresar en la Orden de Predicadores y se convirtió en una misionera heroica en el corazón de África. Cuando redacto estas líneas Mercedes es la Superiora de las Dominicas de Friburgo en Suiza, y una de las mujeres para mí más queridas y entrañables. Hacía mucho tiempo que no conectaba con ella y no podía dejar pasar un día más sin reanudar los contactos. Por la tarde, finalizados los servicios litúrgicos vespertinos, el prior Ildefonso me pidió que le acompañara a visitar la “Peña” que días atrás habíamos inaugurado en su ausencia. Todo así de claro. Se trataba de un Centro Social en toda regla marcado por la piedad mariana y la devoción a la Pasión de Cristo. Los buenos cristianos del barrio se reúnen allí para convivir y conversar al socaire de unos refrescos o un chato de buen vino para animar la conversación o la partida de naipes. Nuestra visita fue breve, pero nos recibieron con alegría y nos agasajaron. Pronto me di cuenta de que estas visitas breves a los frailes dominicos vecinos daban mucha fuerza moral a la peña.

             

              14. Fiesta de santo Domingo en Jerez y cursos de El Escorial

             

              El día ocho de agosto celebramos los dominicos la fiesta de nuestro fundador Santo Domingo de Guzmán, nacido en Caleruega (Burgos, España) el año 1170, y fallecido en Bolonia el año 1221. Vivió, por tanto, 51 años, que era la edad considerada por aquellas calendas como de plenitud ya que la mayor parte de la gente se moría antes. La historia de Domingo de Guzmán se inscribe en el contexto de la gran civilización occidental de cuño judeo-cristiano y la Orden de Predicadores, que él fundó, es parte integral del tesoro cultural y espiritual más cualificado de Europa. Se comprende que los dominicos celebremos con entusiasmo y sano orgullo la fiesta de este gran hombre. Siendo así que el ocho de agosto de 1994 me encontraba yo por tierras gaditanas, me es grato recordar aquel día evocando algunos de los recuerdos y pensamientos que quedaron grabados en mi memoria. Por ejemplo, el retrato literario que la joven Cecilia nos legó de la figura de Domingo de Guzmán con estas palabras:

              “Estatura mediana, cuerpo minúsculo, rostro bello y ligeramente sonrosado. Cabellos y barba ligeramente rojos, ojos bellos, frente y cejas que emanaban una especie de esplendor que provocaba la reverencia y el afecto de todos. Siempre sonriente y alegre, a menos que no estuviera conmovido por compasión por alguna aflicción del prójimo. Manos largas y bellas, una gran voz, bella y sonora. Nunca calvo y con una corona de cabellos completa moteada por algunos mechones blancos”. Este bello retrato refleja la admiración y el cariño de esta joven dominica hacia su guía espiritual. Un hombre de la talla humana y cristiana de Domingo de Guzmán bien merecía el elogio amoroso de una encantadora mujer como la joven Cecilia. Por mi parte aproveché la ocasión para expresar también mi simpatía y admiración a Santo Domingo dejando escritas las reflexiones espontáneas siguientes.

 

              1) Aspectos de la personalidad de santo Domingo de Guzmán y su obra

             

              Para dirimir dificultades prácticas fundó su Orden de Predicadores comenzando con una comunidad de apoyo femenina en Pruille, antes de fundar una comunidad masculina junto a la Iglesia de S. Román de Tolosa. Apeló a la pobreza como respuesta a los cataros y albigenses, pero sin perder el sentido de la realidad y humano del Evangelio. Y primó la formación teológica de sus frailes para compensar la miseria cultural y cristiana de su tiempo. Luego difundió su obra en París, Bolonia y Roma. O sea, en los centros principales de la cultura, pero sin implicarse directamente en los asuntos políticos. Los monjes tradicionales habían elegido para ubicar sus monasterios zonas inhabitadas. Domingo, en cambio, eligió para fundar sus conventos los cascos urbanos más habitados de las ciudades importantes. Domingo tuvo gran sensibilidad por los pobres de este mundo y un día se dijo a sí mismo: “No quiero estudiar en pieles muertas mientras hay hombres que mueren de hambre”. Y vendió el tesoro de su biblioteca personal para ayudar a los pobres. Podría decirse que Domingo de Guzmán “inventó” la forma de predicación basada en el conocimiento a fondo de la Sagrada Escritura y su exposición al pueblo de forma racionalmente ordenada e inteligible para evitar caer en el fideísmo y la piedad sentimental e ignorante.

              El secreto de su predicación era su bondad personal y el estudio profundo de las Escrituras. Se dijo que llevaba siempre consigo el evangelio de S. Mateo y que se sabía de memoria las cartas de S. Pablo. En el gobierno de su Orden introdujo el sentido democrático de la convivencia humana inspirado en el Evangelio evitando tanto la anarquía como el autoritarismo. En consecuencia, no aceptó los puestos de gobierno vitalicios e introdujo el sistema electivo de los gobernantes por periodos cortos de tiempo. La predicación competente del Evangelio es la que da sentido y legitima su institución. Esto significa que la predicación competente del Evangelio es el fin específico al que Domingo subordinó la vida comunitaria (no colectivismo), la oración canónica, el estudio de la teología y de las ciencias. El contenido de la predicación es Cristo mismo como rostro visible de Dios. La oración canónica es sacerdotal o ministerial y no monacal. Esto significa que el sacerdote dominico no es ni monje ni cura secular sino sacerdote predicador de la Verdad cuya responsabilidad principal consiste en ser ministro de la Palabra de Dios antes que funcionario burocrático o administrativo de los sacramentos. Por lo que se refiere al estudio de la teología y de las ciencias, el dominico no es un especulador mental que usa la inteligencia como objeto de entretenimiento, sino un buscador ansioso de verdad para compartirla con los demás como servicio de amor. Comunicar a los demás la verdad descubierta es un imperativo de la verdad misma cuando es reflejo de la realidad y no un mero ejercicio mecánico de las facultades cognitivas. Si Santo Domingo viviera hoy día, pensaba yo en 1994, llevaría a cabo algunas reformas como las que se indican a continuación.

              Abandonar o adaptar el lastre monacal que dificulta el ejercicio del ministerio de la predicación. El dominico no debe atarse a costumbres y tradiciones propias de los monjes ya que el dominico no es un monje sino un sacerdote predicador. Estructurar la oración canónica en función del ministerio sacerdotal y de la predicación y no al revés. Para el dominico la oración comunitaria es un medio importante pero no un fin en sí mismo. El voto de pobreza debe practicarse en sentido positivo, es decir, ordenando los bienes necesarios y útiles a la predicación de la Palabra de Dios, que es la que legitima la posesión de esos bienes. La cuestión central no consiste en no tener o poseer bienes materiales sino en el destino que se da a lo que se tiene en función de la predicación apostólica. Hay que encontrar fórmulas prácticas para que cada fraile dominico disponga de esos bienes materiales necesarios administrándolos responsablemente en utilidad de los demás sin apegarse a ellos. La experiencia de la vida enseña que es mejor tener algo para dar que carecer de todo para tenerlo que pedir. Creo que esta segunda interpretación de la pobreza evangélica es un error y con frecuencia un obstáculo serio para la predicación. Tampoco favorece el desarrollo del sentido de responsabilidad. Desde esa visión de la pobreza evangélica ocurre a veces que el dinero se convierte para algunos en algo malo de lo cual no pueden prescindir. Esto a nivel personal. La verdadera pobreza recomendada por Cristo significa desapego a lo mucho o poco que tengamos. El espíritu evangélico de la pobreza está en el desapego y no en el volumen de bienes materiales que poseamos.

              A nivel institucional la conservación de algunos conventos y de propiedades históricas impide una mejor distribución de los frailes en puntos estelares para el apostolado. La pobreza dominicana, pensaba yo aquel día lejano, conlleva la posesión de medios materiales proporcionados a las necesidades de la predicación evangélica. De esto no caben dudas razonables. Proporcionados significa que el aspecto cuantitativo es muy relativo. Lo que en determinados tiempos y lugares es mucho puede ser poco en tiempos y lugares diferentes. Las necesidades de la predicación evangélica son los criterios objetivos más acertados para discernir entre lo mucho y lo poco. Por otra parte, hay que evitar que, con el pretexto de pobreza evangélica, sea sobreestimado el valor de los bienes materiales cayendo así en una especie de “materialismo místico”. La verdadera pobreza se opone tanto a la riqueza que ofende al pobre como a la miseria que es incompatible con la dignidad humana.

               En coherencia con lo anterior cabe recordar que la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán no es una empresa económica o comercial, sino una empresa o proyecto apostólico. Lo cual significa que en el gobierno y administración de la Orden deben primar los criterios apostólicos y pastorales sobre los mercantiles o empresariales. El dominico debe educarse para obedecer a sus superiores legítimos. Pero no de una manera ciega e irresponsable. La prudencia debe aplicarse a la obediencia canónica lo mismo que a cualquiera otra virtud moral o teológica. Lo mismo hay que decir de la castidad por el Reino de los Cielos. La salvación eterna está condicionada a la caridad y no a la obediencia o a la pobreza. Estas virtudes, si no son expresión de la caridad, no sirven para nada. El dominico, pues, debe educarse en la castidad, pero como expresión libre de amor universal inspirado en Cristo y no como negación o rechazo de presuntos placeres prohibidos. La educación del fraile dominico en la castidad apunta a una forma de entender el amor más allá del sexo bruto y del enamoramiento, en un punto en el que el amor vincula a las personas liberadas de ataduras sexuales y sentimentales.

              Sobre el estudio y la vida común en la Orden de Predicadores se me ocurrió lo siguiente. No basta recordar en la legislación dominicana que el estudio es consustancial a la razón de ser del dominico ideal diseñado por Domingo de Guzmán. La experiencia enseña que el estudio, aunque sea de la verdad sagrada, puede degenerar en una actividad meramente especulativa de entretenimiento y curiosidad. O también en una especulación al estilo griego. Para que el estudio en la Orden de Predicadores sea fuente de felicidad personal y cumpla con la misión que le fue asignada por Domingo de Guzmán, tiene que ser entendido como búsqueda constante y apasionada de la verdad e instrumento apostólico. El estudio, como la obediencia, la pobreza y la castidad, no es un fin en sí mismo sino un medio para llevar a cabo la misión apostólica con dignidad moral y competencia profesional. Tampoco la vida comunitaria es un fin en sí mismo sino un medio para facilitar la misión apostólica. En la vida común lo más importante es que haya caridad y no mera convivencia física para asegurar un status social para resolver los problemas materiales de las personas. La comunidad dominicana no debe ser o no debe convertirse en una colectividad o “colectivo”.

              Un pelotón de soldados, por ejemplo, es un colectivo. Los viajeros acomodados en un autobús en marcha son un colectivo. Lo más característico del colectivo es que todos se encuentran en el mismo lugar haciendo las mismas cosas, a la misma hora y a las órdenes de un jefe o superior. En una comunidad dominicana, por el contrario, ni los lugares comunes, ni los trabajos ni las órdenes de los superiores suponen más sacrificio por parte de los miembros de la comunidad que aquellos que son indispensables para llevar una vida en común responsable y civilizada en nombre de Jesucristo y cohesionados por mandamiento supremo del amor personal. Todas las ventajas de esta forma de entender la vida comunitaria dominicana vienen por añadidura. Otra matización es la siguiente. Reflexionando sobre el tema de la predicación como trabajo fundamental de los dominicos, pensaba yo que, si Domingo de Guzmán levantara hoy la cabeza, prestaría particular atención al nuevo estilo de hablar a las masas impuesto por los medios de comunicación social. Cabe pensar que trataría de traducir el mensaje evangélico y la reflexión teológica al lenguaje que entiende la mayoría de la gente, como es el lenguaje periodístico y más aún el de las imágenes tecnificadas. En cualquier caso, la predicación ha de ser teológica, es decir, bíblica y vital de los misterios de Dios. Pero esta condición requiere mucho estudio actualizado de las fuentes de la revelación y experiencia personal de Dios. De acuerdo con la mentalidad de Domingo de Guzmán sobre la predicación, la caridad y el saber humano son inseparables en la dinámica del buen predicador.

             

              2) Almuerzo histórico en Jerez de la Frontera

 

              Con motivo de la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, el Prior del convento de dominicos de Jerez de la Frontera nos invitó a los PP. Vicente Díaz, Santiago Guerrero y yo mismo a celebrar un almuerzo fraterno en aquel bello convento jerezano. Salimos de Cádiz de madrugada en dirección a Medina Sidonia. El paisaje natural me resultó impresionante y los monumentos históricos dignos de verse. Tuvimos un pequeño incidente mecánico con el coche, pero afortunadamente se resolvió de suerte que, después de hacer un paréntesis para disfrutar de las aguas playeras de Santi Petri, pudimos llegar felizmente a la aristocrática ciudad jerezana, la cual me pareció una belleza urbanística e histórica. El convento dominicano era de ensueño y los frailes dominicos nos recibieron con inmensa alegría. En Medina Sidonia teníamos particular interés en visitar la histórica Iglesia de Santiago. Llegamos a tiempo, pero por diversos motivos coyunturales un niño con mucha gracia andaluza fue el encargado de hacer de guía turístico con nosotros. Nos explicó las diversas partes de la Iglesia como un consumado cicerone. Cuando nos encontrábamos admirando un cuadro de S. Antonio el niño nos sorprendió con esta graciosa explicación: “Y este es S. Antonio, para que si no tienen ustedes. novia, se la pidan”. El almuerzo fue animado a más no poder como no podía ser de otra manera estando presente el P. José Luis Otero. Entre sus numerosos y sabrosos comentarios uno se me quedó muy grabado en la memoria. Yo he sido prior una vez, dijo, y llegué a la conclusión de que, para resolver los problemas de una comunidad, cada cual debe conocer bien sus obligaciones. Ahora bien, la principal obligación del prior consiste en mandar y la de los súbditos en desobedecer. Con este comentario de humor andaluz dimos por terminada nuestra visita.

 

               3) El triste final de un verano

             

              La última semana de agosto de 1994 fue generosa en noticias desagradables. Los incendios, la mayor parte de ellos provocados, calcinaron muchos miles de hectáreas de bosque en España y los terroristas hicieron también su agosto en España y fuera de España. Por otra parte, el Papa Juan Pablo II expresó su deseo de visitar la antigua Yugoslavia, pero le advirtieron que los riesgos de ese viaje eran muy grandes. De hecho, se produjeron amenazas veladas contra dicho viaje. En diversos partes del mundo se estaban cometiendo atrocidades a mano armada con la más absoluta impunidad. A la sequía del agua se añadió la sequía de humanidad.

               Nunca tuve dificultad para comprender las debilidades humanas. Lo que no puedo comprender es su idealización hasta convertirlas en auténticas maldades por parte de los responsables públicos de la educación y de la convivencia social bajo falsos pretextos de libertad. A veces pienso que, en la base de este mal, que es la idealización de lo peor, está la exclusión de Dios o el abuso fanático del mismo en los programas educativos y en la convivencia social. El día veintiséis de agosto dejé escritas las siguientes reflexiones. La crónica negra de los medios informativos crece cada día. Hoy nos han hablado de la detención en Francia de una joven sanguinaria española que había participado en los asesinatos perpetrados contra turistas en Egipto y Marruecos, entre otros crímenes espeluznantes perpetrados por gente muy joven.

              A falta de ideales nobles, pensaba yo, la vida humana se trivializa cada vez más hasta el extremo de perderle todo el respeto. Surgen entonces los fanatismos religiosos, entre los cuales los islámicos destacan de modo particular. Y los atropellos contra la vida, a la que no se le reconoce ningún otro sentido que el lúdico. La vida se convierte así en un juego mortal. En juego, porque se da por supuesto que podemos hacer de ella lo que se nos antoje. Mortal, porque el final del juego suele ser la muerte provocada.

              A continuación, decía yo que hay que culpar abiertamente a la mayoría de los dirigentes sociales, sobre todo políticos y educadores, de esta calamidad. Desde las instancias educativas y políticas se idealiza lo peor y se ridiculiza lo mejor. Se tiene la impresión de que la justicia como institución pública está corrompida por haber invertido la escala de valores. Dice el refrán castellano que “de padres gatos hijos michos”. Lo cual significa que nuestra sociedad tiene la paz social y la calidad de vida que merecen sus líderes políticos y sociales.

             

              4) Cursos de verano de El Escorial

 

              El miércoles 17 de agosto de 1994 me encontraba en el euro-forum del Hotel Infantes de S. Lorenzo de El Escorial, Madrid, para pronunciar mi conferencia-coloquio sobre “La nueva ideología del limes”, en el marco de los cursos de verano 1994 organizados por la Universidad Complutense de Madrid. Los otros conferenciantes que participaron en esta mesa de discusión fueron Ramón Tamames, Luis González Carvajal y Luis Magriñá. La invitación a participar en esta sesión no me llegó en el momento más deseado. Por una parte, necesitaba aprovechar el mayor tiempo posible de descanso en Cádiz y, por otra, me obligó a abandonar la idea de trasladarme a Constanza, junto al mar negro, con el propósito de ayudar a un párroco de aquella ciudad y perfeccionarme en el idioma rumano. Pero decidí aceptar la invitación de El Escorial, aunque no sin sacrificio. En principio yo estaba muy de acuerdo en que esos cursos de verano se celebraran en un lugar tan emblemático como El Escorial. Lo más interesante de dichos cursos era que propiciaban el que hombres y mujeres de la cultura, del arte, de la política y de las ciencias pudieran encontrarse personalmente, conocerse y hablar del cielo y de la tierra con plena libertad como personas razonables y civilizadas. Estos encuentros favorecen principalmente las conversaciones informales que tienen lugar en el restaurante, en los descansos y conversaciones privadas las cuales son frecuentemente más interesantes que las exposiciones académicas de turno. Cuando yo llegué al lugar estaba hablando todavía Ramón Tamames, muy conocido como catedrático de economía de la Universidad Autónoma de Madrid, pero más aún por su pasado como militante comunista. Se decía de él que siempre repetía lo mismo pero que era un hombre interesante por su historia personal y porque se adaptaba muy bien al público hablando con chispa, sencillez y naturalidad. Yo no le había oído antes hablar en público, pero recuerdo que al oírle ahora por primera vez empecé a sentir los síntomas del aburrimiento. No obstante, al final de su aburrido discurso aprecié también que sabía mantener la atención del público por su forma sencilla y chispeante de expresarse. Hablando del problema del crecimiento de la población mundial, estando ya en perspectiva la Conferencia del Cairo, Tamames dijo que el Papa, “jefe de la mayor multinacional del mundo”, que es la Iglesia, estaba en su pleno derecho a opinar contra el aborto, por tratarse de un asunto sangriento. Pero en materia de población el Papa, en su opinión, estaba desfasado al presentar sus graves reservas contra la política de control de la natalidad en el Tercer Mundo. Dijo también que admiraba a los místicos. Ramón Tamames me pareció respetuoso y razonable en relación con el Papa, aunque su interpretación de la opinión papal sobre la política de control de natalidad impuesta por los países del Norte a los del Sur fuera equivocada.

              Contra lo que cabía esperar, me pareció menos responsable José Carlos García Fajardo cuando yo le expresé mi opinión sobre la tesis de Tamames. Mi punto de vista era que el Norte pretendía controlar al Sur imponiendo una política castradora. La mejor forma de controlar políticamente al Sur sería impidiendo que las gentes se reproduzcan. En mi opinión, no se trataba de educar para la paternidad responsable sino de imponer a los más débiles la castración masiva. Lo cual podía interpretarse también como una nueva forma de colonialismo por parte del Norte sobre el Sur. Yo pensaba que esta forma de opresión es la que estaba prevista para ser promocionada en la Conferencia de El Cairo y que el Vaticano tenía el deber de condenar. José Carlos García Fajardo trató de descalificar mi interpretación alabando a Tamales, cuya opinión compartía con más emoción que razones objetivas.

              Sabiendo yo que José Carlos no soportaba discrepancias con sus puntos de vista por parte de sus presuntos amigos, decidí olvidar por completo este pequeño incidente. Después tuve la impresión de que se había dado cuenta de que había ido demasiado lejos conmigo y trató de quitar hierro al asunto diciendo que nuestra discrepancia había puesto de manifiesto la libertad de expresión reinante en la Iglesia. Por mi parte deduje la conclusión de que, tratándose de asuntos delicados que provocan sentimientos y emociones fuertes, conviene evitar las discusiones verbales y razonar las cosas por escrito. De esta forma se explican las cosas y se exponen las razones con más libertad y precisión, al tiempo que se evita el apasionamiento y los enfrentamientos personales. Con la pluma en ristre uno se siente más libre para opinar con objetividad que discutiendo personalmente con la gente. En las discusiones orales prevalecen los sentimientos. Escribiendo en la soledad, en cambio, es más probable que prevalezcan las razones. Sobre las ONGS tampoco quise discutir en público en la jornada de El Escorial. Y no lo hice porque había voluntarios sociales de signo político, y otros que se diferenciaban poco de los aventureros o de aquellos otros que buscan sensaciones fuertes, o satisfacer su curiosidad de conocer la vida y costumbres de los países subdesarrollados hasta que se cansan y los abandonan. Pensaba yo que, si los voluntarios sociales no tienen algún mensaje humano que transmitir a las gentes de los países subdesarrollados, o alguna ayuda concreta material o cultural de calidad que ofrecer, lo mejor que pueden hacer es quedarse en sus casas y dejar de curiosear a los más débiles y necesitados. Un joven que escuchó mi conferencia me dijo en privado que le había llamado mucho la atención mi alusión a este tema. En mi alusión pasajera había quedado claro que el voluntariado social no era para curiosos y aventureros sino para gente joven muy seria y capaz de llevar con ayudas materiales concretas un mensaje de humanidad verdadero.

              Terminada mi intervención en El Escorial tenía la opción de quedarme a cenar y dormir en el Hotel, pero al percatarme de la presencia de mi prima María José cambié mis planes. A petición nuestra el coche oficial nos dejó ante el Corte Inglés de Princesa. Mi intención era invitarla a cenar en un restaurante, pero ella tenía previsto prepararme amorosamente la cena en su casa y hablar de algunos asuntos importantes. De entrada, me informó sobre una buena experiencia laboral que estaba llevando a cabo en México su hijo Ángel María, del que ya he hablado antes. Pero había algo más. Me dijo que deseaba comunicarme antes que a nadie que tenía que someterse a una delicada intervención quirúrgica. Por la mañana ella marchó a su despacho de Televisión Española y yo a comprar el pasaje de vuelta a Cádiz en un servicio nocturno. Ángel Díez, O.P, siempre gentil y dispuesto a ayudar a los demás, me acercó con el coche a la estación de Autobuses del Sur. Como he dicho más arriba, regresé a Cádiz a las cinco de la mañana del día 19 de agosto. Me alegré de haber aceptado la invitación a participar en los cursos de El Escorial, pero perdí el interés por seguir participando en el futuro. La experiencia fue positiva, pero no tanto como para declinar otros proyectos estivales que por aquellos años me resultaban más atractivos y enriquecedores.

 

              15. Desde Ibiza y Benidorm

             

              1) Una historia familiar

 

              El seis de mayo de 1995 aterricé en Ibiza. En el aeropuerto me estaba esperando el joven Tomás Moratalla, al que yo había conocido como colaborador de Solidarios para el Desarrollo. Del aeropuerto me llevó a su casa donde sus padres me recibieron con los brazos abiertos y me agasajaron a cuerpo de rey. Luego me llevaron a Es Cubells donde teníamos programado un encuentro con un grupo de jóvenes colaboradores de “Caritas Diocesana”. Por un error involuntario de organización el encuentro no pudo celebrarse, circunstancia que el padre de Tomás, D. José Luis, aprovechó para pasearme por la isla hasta bien entrada la tarde. Visitamos las poblaciones principales y yo disfruté mucho de aquel paradisíaco entorno natural y de una climatología que hacía respirar salud. D. José Luis nos introdujo en un rinconcito playero y allí bajo un cielo azul dulce y sensual me hablaron de sus problemas personales y familiares. En el fondo de todo estaba la muerte de su hijo José Luis a los 24 años de edad. Había nacido parapléjico y fue la cruz de su vida al tiempo que la causa de su gloria familiar. Habían dedicado lo mejor de sus vidas a criar y ayudar a aquel hijo enfermo sin separarse nunca de su lado. Lo cual no les impidió desplegar una actividad profesional casi frenética.

              Pero el nacimiento de su hijo enfermo fue causa de alejamiento por parte de sus familiares. Incluso los padres de José Luis habían manifestado poco aprecio hacia su esposa a raíz del nacimiento de su hijo fallecido. Los padres de Tomás Moratalla habían llevado el peso de esta cruz con gran dignidad y ello explicaba el que, a pesar de todo lo ocurrido, fueran una pareja feliz. Y lo que es más. Por aquellas fechas ella, la sufrida madre del joven difunto, tenía en su casa a sus ancianos suegros a los que trataba con todo el amor, respeto y cariño que se debe a los ancianos, olvidando por completo el trato desafecto que de ellos había recibido a raíz del nacimiento de su hijo. Pude comprobar que los ancianos suegros estaban admirados del trato que estaban recibiendo por parte de su nuera. Por otra parte, el fallecido seguía presente en el recuerdo amoroso de todos como un ángel de la guarda. D. José Luis me dijo que su hijo difunto era maravilloso y que estaba seguro de que Dios lo tenía en su gloria. ¡Sin comentarios! D. José Luis tenía además madera de genio y era, como su esposa, un gran cristiano. Había viajado por muchas partes del mundo como músico de orquesta con su mujer y su hijo disminuido al lado. Era sastre de alto copete y trabajaba la piel como un artista consumado. No había actividad u oficio que escapara a sus manos. Cuando yo le conocí era el responsable de arte y urbanización del Ayuntamiento. Me impresionó su vitalidad desbordante y era feliz con su esposa y su hijo Tomás. Hablaba con realismo y comprensión hacia las personas de su familia, incluidos sus padres, de las que no había recibido la ayuda moral que cabía esperar para sobrellevar la cruz de su hijo disminuido de nacimiento. Hacia las veinte horas un joven me acercó con su coche a la Parroquia del Rosario donde me encontré con otros jóvenes que preparaban la liturgia dominical. Durante nuestro coloquio hablamos del seguimiento de Cristo, del apostolado como testimonio de su resurrección y de la paz interior como prueba de maduración espiritual. También surgió el tema de la politización del seguimiento de Cristo. Fue un encuentro feliz coronado con la presencia de una joven madre con un niñito precioso como ella. Los jóvenes padres del niño habían llegado para invitarme a cenar en su casa, pero consideré más razonable cenar en casa de D. José Luis teniendo en cuenta la presencia de sus ancianos padres. La cena resultó deliciosa y animada. D. José Luis disfrutó mucho recordando experiencias de su vida y sus padres se encontraron como el pez en el agua escuchándole. Por fin regresó Paco del trabajo acompañado de un amigo y la conversación se reactivó. Cuando decidimos retirarnos todos a descansar habíamos entrado ya en un nuevo día.

             

              2) Coloquios de Es Cubells

             

              Tal como estaba previsto, a las 10:30 de la mañana del día 7 de mayo me encontraba a la puerta de las religiosas de Es Cubells donde se habría de celebrar un coloquio. Salió a recibirme una monja con mucha personalidad, la cual, antes de introducirme en casa, me dio algunas instrucciones sobre el modo de proceder durante nuestro encuentro. Sólo cuando acepté todas las condiciones me invitó a entrar. El ambiente interior y exterior de la casa era de ensueño. Todo era silencio reconfortante, cielo azul, mar y pinares. Por si esto fuera poco, fuera hacía una temperatura ambiental paradisíaca. En la primera meditación hablé de la obediencia religiosa y la dirección espiritual. Les puse algunos ejemplos prácticos de conflictos entre la libertad personal y la obediencia a los superiores religiosos. E igualmente en lo que se refiere a la tradicional dirección espiritual. En otro momento les hablé de la caridad en la vida apostólica y el trato con los ancianos y enfermos. Los coloquios terminaron con la celebración de la Eucaristía y me despedí de las religiosas, las cuales no disimularon su satisfacción por la forma en que se había producido nuestro encuentro.

              Dña. Horosia, la esposa admirable de D. José Luis, me esperaba en su casa para agasajarme una vez más con una deliciosa paella. Después de una prolongada posmesa, Paco me pidió que le acompañara a su lugar de trabajo en el hotel Los Molinos. A continuación, tomé el plano de la ciudad y me eché a la calle como un turista más. Primero me senté a descansar y reflexionar junto al mar disfrutando de aquel ambiente relajante. Después me dirigí a la parte nueva de la capital ibicenca pero pronto me encontré en el casco viejo de la ciudad presidida por la Catedral. Subí por la falda que da al mar contemplando la belleza de los muros y la grandiosidad del mar abierto. Al llegar a la plaza de la Catedral me encontré con unas niñas lindamente ataviadas y acompañadas de su madre. Me dijeron que iban a la Catedral para celebrar el I centenario de la muerte de D. Sebastián Gil y Vives, fundador de la Congregación de las Agustinas HH del Amparo. El templo estaba abarrotado de jóvenes alumnos del colegio. A continuación, di una vuelta por la falda de la ciudad que da al puerto. La muralla me trajo a la memoria el cinturón de la Ciudad del Vaticano. La calle S. Rafael me llamó particularmente la atención por su angostura y me acordé del humorista cuando dice que en una ciudad había una calle tan estrecha que los perros que transitaban por ella no podían mover la cola para saludar al amo. Me pareció muy gratamente significativo el número elevado de calles dedicadas a algún santo. Pero son muy escarpadas lo que hace pensar que no resultará confortable vivir en muchas de ellas, sobre todo a partir de cierta edad. Sorpresivamente me encontré frente a un personaje sentado en un banco en el estilo más rigurosamente clásico y clerical. Se trataba de una estatua de bronce impresionante por su expresión realista, dedicada a D. Isidoro Macabich por la ciudad de Eivissa y Formentera. El ilustre sacerdote vivió de 1883 a 1973. Después pude comprobar que D. Isidoro tiene dedicada una calle y que el monumento, al que termino de referirme, figuraba como una obra recomendada por su valor artístico.

             

              3) Con el clero de Ibiza

             

              A las nueve de la mañana del día ocho de mayo me encontraba yo en la plaza de la Catedral ibicenca. Tras una breve visita al templo llamé a la puerta del Obispado y fue el propio Obispo D. Javier Salinas quien salió a recibirme. ¿Has desayunado?, me preguntó. No, respondí. Sin perder tiempo me introdujo en la cocina y me preparó él mismo un delicioso desayuno, terminado el cual me condujo con su coche a Es Cubells donde nos esperaba un grupo de sacerdotes diocesanos llegados de toda la isla. Pero al pasar por la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán nos detuvimos para visitar la Iglesia del antiguo convento de los dominicos, actualmente convertido en Ayuntamiento, pero exquisitamente conservada con gran riqueza de pinturas e iconografías dominicanas. Me llamaron particularmente la atención la capilla del Rosario y la estatua de S. Vicente Ferrer.

              Llegados a Es Cubells iniciamos la jornada con el rezo de Laudes. El Sr. Obispo presidió la celebración e hizo una lectura. A continuación, yo hice un breve comentario espiritual centrado en la resurrección del Señor con una matización que pilló de sorpresa al Prelado. Yo comencé mi intervención contando a los presentes cómo me había recibido el Obispo en su casa. Luego destaqué el hecho de que fuera él mismo, en calidad de padre y pastor de nuestra fe, quien nos confortara con su presencia. Por otra parte, todos ellos me habían sido hasta aquel momento desconocidos, pero, por obra del Espíritu Santo, podíamos verificar con nuestro encuentro hasta qué punto sin vernos nos queríamos. Pasados unos minutos de meditación pasamos a la sala de reuniones para celebrar la primera conferencia. El Sr. Obispo me presentó con cariñosas palabras agradeciendo la alusión que previamente había yo hecho en la Capilla al significado teológico y pastoral de su presencia como padre responsable de nuestra fe. Dijo que por más que la vinculación del oficio episcopal con el ministerio apostólico de confirmar en la fe fuera algo siempre sabido y asumido, el destaque que yo había hecho de esa función episcopal le había pillado muy gratamente de sorpresa. Luego puso una nota de humor diciendo que no pensaran que me había invitado como pago por las palabras que elogiosamente yo le había dedicado. Todos correspondieron con una amplia sonrisa de complacencia. Seguidamente dimos comienzo a nuestras reflexiones pastorales sobre la Eucaristía, la administración del sacramento de la Penitencia, la predicación homilética y formas de conducta eclesiásticas que pueden contribuir tanto a potenciar el anticlericalismo militante como la falta de credibilidad en los ministros de la Iglesia. Se interesaron mucho por mis experiencias pastorales en la Universidad Complutense de Madrid. El Sr. Obispo me había dicho que sus curas eran poco habladores y más aún en ocasiones como estas. No obstante, yo tuve la impresión de que hablamos mucho y en tono agradable. Al terminar el coloquio el Obispo aprovechó la ocasión para cambiar impresiones con sus curas sobre algunos asuntos importantes y me invitó a que permaneciera allí con ellos. Por razones obvias de prudencia agradecí su invitación y abandoné el recinto. Poco después nos encontrábamos todos juntos almorzando fraternalmente felices y contentos, a excepción del más joven de todos, cuyos planes para el encuentro con los grupos de “Caritas” no pudieron llevarse a cabo. Así las cosas, llegó el momento de la despedida y el Sr. Obispo pidió al joven párroco de El Rosario que se encargara de mis asuntos. Mientras volvíamos a Eivissa me dijo que conocía a gente que había sido educada en algún colegio de la Iglesia bajo el signo del rigorismo pedagógico y que después abandonaron la Iglesia. Entre esa gente, añadió, se encontraba su propio hermano.

             

              4) Visita de cortesía al Comisario Paco

             

              D. José Luis y su esposa Horo, mis anfitriones durante mi estadía en la isla, me hablaron mucho de su amistad con el popular “Comisario Paco” y concertaron un encuentro para que nos conociéramos. Al llegar a la bella residencia del Comisario nos encontramos con el espectáculo de una hermosa perra-lobo de un solo año de edad, la cual terminaba de parir doce preciosos cachorros de los que sobrevivían diez. La joven madre nos miraba con ojos tiernos mientras amamantaba a sus cachorrillos, los cuales se turnaban en la teta materna como hambrientos clientes en un autoservicio. Seguidamente fuimos ocupando asiento en una bella terraza, nos obsequiaron con una suculenta merienda y comenzó nuestra conversación con alegría y contento por parte de todos. Se habló de muchas cosas felices, pero también de penas y sufrimiento. Paco, el Comisario, estaba preparando su jubilación laboral en condiciones muy positivas, pero tenían en casa la espina de su preciosa hija cuya vida sentimental era fuente de disgustos. Su hijo, según me dijeron, era un buen muchacho, pero negado para los estudios. Así las cosas, nuestra conversación estuvo centrada en asuntos culturales y problemas religiosos. Pero pasaba el tiempo, avanzaba la noche y había que interrumpir aquel encuentro tan grato como irrepetible.

             

              5) Últimas horas y vuelta a Madrid

             

              A primera hora de la mañana de mayo 1995 el joven Paco Moratalla me invitó a visitar las iglesias de la ciudad y hacer algunas compras en el mercado. Pronto me di cuenta de que compraba Champagne y dulces exquisitos autóctonos para el almuerzo de despedida que su madre estaba preparando en casa. Durante el trayecto nos sentamos en una terraza para conversar sobre la marcha del movimiento “Solidarios, del que ya he hablado y en el cual él estaba embarcado. Ambos estuvimos de acuerdo en que habían surgido problemas de liderazgo pero que sus objetivos eran dignos de ser asumidos y promovidos.

              Cuando nos disponíamos para volver a casa llegó un joven amigo de Tomás Moratalla, el cual nos invitó a dar un paseo con su coche hasta el peñón de Es Vedras. A las tres horas de la tarde estábamos de vuelta en casa donde los padres de Tomás nos esperaban con la mesa puesta mirando al mar y acariciados por una brisa fresca que penetraba en el comedor por la terraza. Fue realmente un almuerzo delicioso, y también de despedida. Abrimos el champagne y los dulces, nos abrazamos y los abuelos dejaron correr sus lágrimas como quienes estaban seguros de que este encuentro feliz no se iba a repetir jamás en este mundo. D. José Luis y su hijo marcharon al trabajo y el buen amigo Vicente me acercó con su coche al aeropuerto de Ibiza.

              Mientras esperaba el momento de embarcar sentado en la sala de espera mirando al mar quedé perdido en mis pensamientos y recuerdos felices. Despegó el avión a la hora prevista y nos anunciaron que las condiciones meteorológicas no eran favorables por lo que podrían producirse movimientos desagradables durante el vuelo. ¡Qué contrastes tan rápidos se producen en la vida!, pensaba yo después del ambiente de paz y felicidad del que había disfrutado pocos minutos antes! Pero así es la vida. En un momento dado los funcionarios del vuelo suspendieron el servicio de bar a causa del movimiento y pocos minutos después yo tenía la impresión de que la aeronave se movía dando saltos en el aire. Llegamos felizmente a nuestro destino, pero no puedo decir que el vuelo se produjera, nunca mejor dicho, a la altura de las circunstancias que me habían acompañado en tierra.

                           

              6) Ciudadano de Benidorm

             

              En julio de 1996 decidí pasar una semana de descanso en Benidorm sólo sin otro programa ni objetivo que descansar. Y vive Dios que iba a necesitar las fuerzas recuperadas. El otoño de 1996 fue crucial en mi vida, entre otras cosas por la enfermedad de mi padre que habría de acaparar durante los seis años siguientes toda mi atención con el costo de un desgaste vital irreparable, aunque con un balance final positivo. Por ello me ha parecido oportuno recordar aquella emblemática semana que marcó el final de un descanso reparador como preanuncio de una nueva y definitiva etapa de mi vida. El viaje en autobús desde Madrid a Benidorm me resultó desagradable. Los fumadores se encargaron de contaminar el aire que respirábamos dentro del autobús y durante el trayecto no faltaron discusiones y faltas de respeto entre algunos de los viajeros. Llegamos a Benidorm a la hora prevista y decidí acercarme al hotel Brasil, en el que había reservado un apartamento, caminando en lugar de tomar un taxi. Me instalé, intenté dormir, pero sólo logré descansar satisfactoriamente. Por la tarde bajé a la playa y la encontré muy agradable. El agua estaba mansa y cristalina y el fondo dulce por la finura de la arena como si fuera azúcar. Después de nadar relajadamente y serenar mi estado nervioso maltratado durante el desagradable viaje en autobús, me fui de turismo por la ciudad y visité una Iglesia que resultó ser la Iglesia parroquial tradicional de la vieja población. Volví al hotel, cené y me retiré a descansar en la terraza mientras oraba espontáneamente y pensaba en cómo organizar el tiempo para recuperar fuerzas con el fin de empezar el curso académico 1996-1997 en mejores condiciones que el año anterior. Por aquella época yo tenía muy claro que el cansancio, tanto corporal como psicológico, es muy mal consejero.  Creo que tuve la intuición de que el año que tenía por delante podía ser peor que el que había terminado, como de hecho ocurrió.

              Por la noche descansé muy bien y el segundo día resultó muy agradable. Ni calor molesto ni exceso de humedad. Por otra parte, mi apartamento era modesto, pero suficientemente confortable y sin ruidos. Terminado el desayuno me eché a la calle. En lugar de bajar directamente al mar bordeé por el centro de la ciudad hasta la ciudadela donde se encuentra la Parroquia de S. Jordi. Estaba ya abierta y aproveché la ocasión para hacer allí una oración matinal de acción de gracias y de recuerdo para todas las personas del lugar y las otras que, como yo, acudían buscando el reconfortante descanso. Terminada la oración volví al punto de partida bordeando la playa, que poco a poco iba siendo tomada por la gente. Al llegar a la altura de mi hotel decidí hacer alto en el camino. El sol estaba empañado por algunas nubes, pero el mar era lo más parecido a una inmensa colcha de paz, el suelo como si fuera de azúcar y el agua gratamente fresca. Sobre ella dejé caer mi cuerpo de espaldas como sobre un dulce colchón de espuma mirando al cielo y dando gracias a Dios en mi interior por tanta felicidad y belleza puesta a mi disposición. Al cabo de pocas horas volví al hotel con mis pensamientos y unos deliciosos racimos de uvas que compré en el camino. Al llegar al apartamento colgué la bolsa de las uvas en un lugar estratégico y cuando me apetecía picaba de ellas como un ave rapaz y caprichoso. Escuchando una música muy agradable perdí el control del tiempo y bajé tarde al comedor, pero el jefe de servicios resolvió amablemente el problema. El día siguiente temprano me encontraba de nuevo en la playa. Tomé el sol e hice saludables ejercicios de natación. Después del almuerzo en el hotel y un breve descanso regresé a la playa abarrotada de gente para proseguir mis ejercicios de natación. Posteriormente me senté en una terraza mirando al mar con una cerveza delante disfrutando de la brisa marina. Si yo fuera poeta y músico cualificado, pensaba yo, describiría en prosa y en música las bellezas de este tapiz veraniego tejido de cielo azul, luz resplandeciente y agua mansa.

             

              7) Una linda escena playera

             

              Cuando estaba dentro del agua me llamó la atención un grupo de personas alejadas de la orilla, presuntamente atraídas por algo que estaba allí ocurriendo. Caí en la tención de satisfacer mi curiosidad y me dirigí hacia el lugar. Pronto me percaté de que las personas que se encontraban allí arrojaban trozos de pan al agua. Me acerqué más y pude contemplar el espectáculo de un rebaño de preciosos peces, algunos muy grandes, saltando para cazar el pan. Maliciosamente pensé que, con una red o un anzuelo, una vez convocados por la comida, sería muy fácil realizar allí una “pesca milagrosa”. Pero yo estaba seguro que a nadie de los allí presentes le pasaría tal idea por la cabeza. Un señor trataba de acercarse a los peces con la esperanza de que alguno le arrebatara el trozo de pan de sus manos, pero no lo logró. Los peces tenían un lustre y una vitalidad sorprendentes. Ante el lindo espectáculo me hice la siguiente reflexión. Hasta los peces del mar se amansan con la bondad humana, ¿cómo se explica entonces que haya todavía seres humanos tan fieros y criminales contra sus semejantes? ¿Hasta cuándo seguirá cumpliéndose el aforismo latino “homo homini lupus”?

              De vuelta en hotel y mientras me preparaba para cenar me asaltó otro pensamiento como conclusión del día. S la vida humana bien llevada es tan bella, y también la naturaleza, ¿cómo será Dios su Creador? Aquella noche cené acompañado de un gentil caballero llegado de Madrid con aspecto de empresario, el cual, como tantas otras veces me ha ocurrido, a la primera de cambio pensó que yo no era español. Nuestra conversación durante la cena giró en torno a la noticia del avión que se había estrellado con doscientos pasajeros a bordo, procedente de Nueva York con destino París. La gran cuestión pendiente era si se trataba de un accidente involuntario o de un atentado terrorista con motivo de los juegos olímpicos de Atlanta. Por otra parte, la sesión de playa de aquel día había sido muy intensa por lo que me limité a dar un breve y paseo nocturno entre la multitud que circulaba por la calle antes de retirarme a descansar. Desafortunadamente durante la noche no logré descansar satisfactoriamente y surgieron síntomas de resfriado. Había que cortar por lo sano. Primero, suprimir la playa y tomar una medicación de emergencia. La decisión resultó tan eficaz que no fue necesario privarme de los agradables paseos y la contemplación del paisaje marítimo y humano desde terrazas más estratégicas. En una de esas correrías me encontré con algunas personas inválidas llevadas en sillas de ruedas por sus familiares y quedé admirado de la abnegación y amor con que eran tratadas. La presencia de las personas inválidas es una prueba de fuego para chequear nuestro grado de humanidad. Después de admirar estas escenas me senté en un banco a la orilla del mar donde había una señora en edad madura acompañada por un señor bastante joven en silla de ruedas. Mi primera sorpresa fue que era su marido. La segunda fue la forma cálida y amorosa como le trataba y paseaba orgullosamente en su silla de ruedas. Cuando les pareció bien se marcharon y me quedé solo leyendo la prensa sin olvidar la lección de humanidad que terminaba de recibir.

              De vuelta en al hotel hice una visita a la iglesia parroquial cercana y nuevamente un caballero, al que cedí el paso a la entrada del templo, me respondió amablemente: “Merci, monsieur”, convencido sin duda de que yo no era español. Afortunadamente, por la tarde me sentí muy recuperado del resfriado y me encontré animado para echarme a la calle a darme un baño de multitud. Pero en un momento dado el corazón me dijo que debía hacer una llamada telefónica a la prima Rosario. Y la sorpresa no se hizo esperar. La niña pequeña Merichel, y su padre Juan habían sido intervenidos quirúrgicamente durante mi ausencia y mi prima Rosario se encontraba sola cuidándolos a los dos. Habitualmente tenía por norma darme a conocer las cosas tristes de su casa cuando lo peor ya había pasado. Hasta ahí llega la grandeza de esta prima entrañable que tanto me ha querido desde nuestra infancia. Ella sólo quiere verme en su casa para mimarme y agasajarme y no para compartir penas. Después de ofrecerme las informaciones pertinentes sobre los enfermos y su feliz evolución, me comunicó que Juan y ella tenían previsto alquilar un chalet en “Los Molinos” para descansar durante el mes de agosto y que allí tenía yo también mi casa. No me habían informado de sus penas, pero querían que no me privara de compartir con ellos ahora sus alegrías.

              El día veinte de julio me encontré en plena forma y decidí aprovechar el tiempo de playa al máximo mañana y tarde. Tanto la climatología como el estado de las playas invitaban a lo mejor. Aquel día constaté con satisfacción mi resistencia física nunca experimentada en el pasado. Recordaba los tiempos cuando el ejercicio de natación me resultaba fatigoso en extremo mientras que ahora podía permanecer en el agua durante largo tiempo de forma placentera y sin cansarme. Entrada ya la tarde me dirigí a la parroquia del Buen Pastor de Benidorm con el propósito de asistir o celebrar la Eucaristía. La nave del templo era espaciosa y funcional pero carente por completo de valor estético. Ni siquiera en el exterior había signos por los que el visitante pudiera reconocer el edificio como un templo. El joven sacerdote celebrante me causó una primera impresión muy buena. No era español y hablaba castellano perfectamente con un acento muy agradable. Era natural en sus gestos, riguroso con las normas litúrgicas, pero sin caer en el ritualismo y la beatería. Un grupo de jóvenes le ayudaba en los cantos y las lecturas. Su homilía fue breve y sustanciosa sin perder su talante natural al dirigirse al público. Explicando la parábola de la cizaña insistió en que hemos de fijarnos en el buen trigo que Dios ha sembrado en nosotros renunciando a sembrar nosotros cizaña en los demás. Esta idea la explicó en un lenguaje sencillo y muy asequible. Era sábado y las calles, plazas y terrazas estaban abarrotadas de gente. El sol sale y se pone. Las estaciones se suceden sin cesar y también las generaciones humanas. Pero los problemas esenciales de la vida humana son los mismos y Dios permanece para siempre. Con este pensamiento concluí el paseo durante aquella bella tarde mediterránea a la luz de las farolas que alumbraban el paseo marítimo de la playa de poniente de Benidorm.

             

              8) Domingo, 21 de Julio de 1996 y más

             

              En el desayuno me acompañó a la mesa un señor entrado en años, bien trajeado y de porte distinguido. Era un caballero portugués recién llegado al hotel para pasar unos días de descanso. Intercambiamos las palabras de rigor en estos casos y observé al principio y al final que hizo la señal de la cruz como gesto de bendición y acción de gracias a Dios. Terminado el desayuno volví a la parroquia del Buen Pastor. Celebró la Eucaristía el mismo joven sacerdote, el cual, obviamente, repitió la homilía del día anterior por la tarde, pero muy mejorada. Pronto me percaté de que no era un repetidor mecánico, sino que sabía transmitir el mismo mensaje homilético adaptándolo a la audiencia. La cizaña del mal, dijo, nos acompaña siempre, pero nosotros tenemos que vivir alimentándonos con el trigo del bien que Dios ha sembrado en todos nosotros. Mi sorpresa fue que entre los fieles que asistían a la Misa se encontraba también el caballero portugués que me había acompañado pocos minutos antes durante el desayuno. A la hora del almuerzo decidí romper el hielo. Entramos en conversación y me dijo que había viajado mucho por España desde el año 1951. Por su forma de expresarse me pareció un hombre inteligente y comprensivo, pero no conseguí desvelar su personalidad. Por otra parte, yo tenía por costumbre no hacer preguntas personales a nadie para satisfacer mi curiosidad esperando a que mis interlocutores se presentaran de forma libre, espontánea y natural. Apliqué este criterio al visitante portugués y me quedé con el buen recuerdo del encuentro, pero con el interrogante sin respuesta sobre su personalidad. La homilía del joven cura, sin embargo, suscitó en mí algunas reflexiones sobre la parábola del trigo y la cizaña.

              Se me ocurrió pensar que la imagen del fuego manejada en la parábola como lugar de destrucción de la cizaña estaba tomada probablemente de la gehenna jerosolimitana. Ahora bien, una cosa es la imagen tomada de la vida real, y otra el significado de la misma en la lección que Jesús quiso transmitirnos con la parábola. La enseñanza sustancial o mensaje formal de la parábola es que los buenos según Dios han de aprender a convivir con los malos de este mundo sin caer en la tentación de tomarse la justicia por sus manos, ya que Dios mismo hará justicia a cada uno de nosotros sin necesidad de la ayuda de nadie al final de los tiempos. La justicia divina consistirá en llamar a los suyos junto a Sí rechazando a los demás que serán excluidos de la visión de Dios para siempre. Este rechazo o exclusión divina constituye de por sí el verdadero infierno y no un presunto lugar físico con fuego inextinguible. Lo contrario me parece una confusión del mensaje transmitido en la parábola con la imagen o recurso literario utilizado para la transmisión del mismo.

              El mensaje es que la condenación eterna lleva consigo la ausencia de Dios de forma irreparable. Pero de ahí no parece correcto deducir que el rechazo por Dios haya de permanecer para siempre en un lugar físico de fuego inextinguible. Que el tormento que lleva consigo la pérdida de Dios forma parte de eso que se denomina infierno, está bastante claro. Lo que no está claro es que esa pena haya de ser saldada en fuego lento e inextinguible por más que se utilice alegóricamente en la parábola la imagen de la gehenna o basurero humeante de Jerusalén. A los hombres malos no se los puede confundir literalmente con las malas hierbas. Los hombres, por malos que sean, nunca son hierbas y, por lo mismo, no deben ser tratados como tales. Si se habla de hombres malos como de malas hierbas es en sentido figurado y metafórico. En este mismo sentido tampoco los hombres buenos son ángeles. Hemos de aprender el arte de no confundir los géneros literarios con los mensajes que con ellos queremos transmitir a los demás. Esto es indispensable para comprender cualquier discurso normal y lo es aún más para descifrar correctamente los mensajes que Jesús quiso transmitir a la humanidad cuando hablaba. Por la tarde decidí no ir a la playa. Después de un animado almuerzo en el hotel con el enigmático caballero portugués y el madrileño agente de negocios, decidí permanecer durante las horas de más calor en mi apartamento descansando, oyendo música y reflexionando hasta la hora de la cena que no resultó menos animada que el almuerzo. Luego me eché a la calle perdiéndome entre la gente y pertrechado con la cámara fotográfica dispuesta para cualquier eventualidad gráfica interesante que pudiera surgir. Las calles y paseos de Benidorm estaban abarrotadas de gente, nacionales y extranjeros, disfrutando de un ambiente climatológico casi paradisíaco.

              Llegado a la plaza de los pintores junto a la iglesia de S. Jaume, comenzaron las tracas y pronto supe la razón de tan perturbador incidente. Una gigantesca procesión salía del puerto con la Virgen del Carmen llevada a hombros por marineros, precedidos por la banda de música y un cortejo de bellas muchachas ataviadas con vestidos regionales. En la gran explanada la gente escuchaba entusiasmada el homenaje de los marineros a su Patrona la Virgen del Carmen por boca de una joven con un tono de voz dulce y tierno. A continuación, escuchamos con emoción el canto de la imponente Salve Marinera. Para mí fue una grata sorpresa este apéndice del día dedicado a la Madre de Cristo en un contexto humano y ecológico tan agradable. La belleza y el bienestar, pensaba yo, deberían conducirnos siempre a Dios en lugar de alejarnos de Él. ¡Qué distinto es este bello espectáculo del creado por los profesionales del terror y de la muerte! Con estos sentimientos y dando gracias a Dios por el feliz día que terminaba me retiré a mi apartamento.

              El día veintidós reanudé mis ejercicios de natación y relajo en la playa. La única escena llamativa durante la mañana fue una vulgar manifestación política sin olvidar las noticias de actos terroristas que no cesaban. Cuando llegó la hora del almuerzo tomé asiento en una terraza mirando al mar. Las terrazas estaban abarrotadas de gente. Al ver el ambiente reinante decidí quedarme allí en lugar de almorzar en el hotel. El ambiente era festivo, la climatología muy agradable y el mar nos regalaba con la belleza de su inmensidad y la música de sus espumosas olas. Por si esto fuera poco, el menú fue exquisito y el precio sorprendentemente barato. De vuelta a casa me encontré una vez más con la señora de las cerezas. Me explico. En la calle Maraval había una humilde tienda de frutas propiedad de una señora rondando la media edad. Sus frutas eran variadas, exquisitas y asequibles a precio de pobres. Por si esto fuera poco, la señora era amabilísima en su trato y cuando pasaba por allí no me resistía a comprar algo, aunque sólo fuera para contribuir a su modesto negocio. Hoy pasaba yo por allí cuando estaba a punto de cerrar la tienda. En su rostro se reflejaba el cansancio del día, lo cual no fue obstáculo para que a mí me recibiera con gran delicadeza al tiempo que regalaba una amorosa sonrisa a otra persona que pasaba también por allí. No recuerdo qué compré en esta ocasión, pero aquella mezcla de cansancio y de bondad me causó gran impacto y me llevó a pensar en la grandeza de la dignidad humana que se refleja en las personas pobres, humildes y buenas de corazón. Esta fue la impresión que me causó aquella honorable señora ganándose el pan de cada día en una modesta tienda de exquisitas frutas a precio de pobres y regalando sonrisas y simpatía a los clientes. Mis recuerdos del día veintitrés de julio están condicionados por la subida de las temperaturas y las noticias relacionadas con los terroristas. El calor lo combatí con los ejercicios de natación en la playa y el almuerzo en una terraza fresca. Sobre las actividades terroristas reflexioné mucho acerca de la maldad humana, por una parte, y el mensaje de la parábola del trigo y la cizaña y el mandato cristiano del perdón, por otra. ¿Cómo compaginar la justicia con el perdón y la misericordia? La conclusión a la que llegué fue que, sin referencia a Dios tal como se manifestó en la persona de Cristo, tal compatibilidad resulta en la práctica imposible.

 

              9) Despedidas

             

              Suele decirse que las despedidas son siempre tristes. Esto no siempre es verdad, aunque el dicho popular no carece de fundamento. Además de la modesta tienda de frutas a la que me he referido antes, en la calle Maraval de Benidorm había también un bar con el rótulo en la puerta: “El RUSO”. Después de pasar en diversas ocasiones por delante del establecimiento me llamó la atención el hecho de que nunca había apreciado desde fuera la presencia de clientes en el local. Una tarde, cuando regresaba al hotel, entré a tomar una cerveza más movido por la curiosidad que por la necesidad. Me recibieron el barman y su esposa con porte americano. Sólo había un cliente en el otro extremo de la barra, llegado de Madrid y con más alcohol en el cuerpo de lo conveniente. El ambiente allí no me inspiró confianza e inmediatamente abandoné el local. Después pasaba con frecuencia por la puerta y observé que cuando el local estaba cerrado casi siempre y cuando estaba abierto sólo había en el interior el barman y su esposa viendo a la gente pasar de largo. Un día decidí entrar a tomar una cerveza con la intención de descifrar el enigma de aquel bar. Entré, me acomodé en la barra y vino a servirme un adolescente mientras sus padres esperaban sentados ante el televisor a que llegaran más clientes. Pronto me percaté de que el niño encontraba alguna dificultad en expresarse en castellano. Me confesó que era ruso e inmediatamente se acercaron el padre y la madre. La madre se expresaba bien en español y me contó su vida en pocas palabras. El matrimonio y su hijo eran moscovitas y habían llegado a España hacía sólo algunos meses buscando mejor vida. Les hablé de mis incursiones por la antigua Unión Soviética lo que fue motivo de una animada conversación. Al final pagué la consumición al niño dejándole una generosa propina. Los padres pensaron que era excesiva, pero yo les rogué que la aceptaran como recuerdo de nuestro encuentro. El niño me regaló una mirada tierna y penetrante y abandoné el local. ¿Estaba esta familia relacionada con las mafias rusas que estaban de moda por aquellos años?

              A la hora del desayuno coincidí de nuevo con el caballero portugués y le comenté lo ocurrido en “El RUSO” el día anterior. Me dijo que también él había visitado el lugar y le había llamado la atención la sequía habitual de clientes. “Así, añadió, creo que va a ganar poco dinero”. Al día siguiente volví al RUSO para despedirme de aquella buena gente. Pero no me permitieron pagar la consumición. Al contrario, me agasajaron ellos con jamón y croquetas rusas. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Habrán encontrado la mejor vida que buscaban? También me pareció un deber de cortesía despedirme de la camarera del restaurante del hotel. Era una encantadora chiquilla granadina que no cesó de prodigarme atenciones en el comedor. Después de conocerla me pareció oportuno regalarle un librito de humor con esta dedicatoria: “La alegría de todos los chistes del mundo son nada en comparación con una sola de tus sonrisas”. La chiquilla estaba feliz.

              El día veinticinco de julio, festividad de Santiago Apóstol, fui a despedirme de la parroquia del Buen Pastor de Benidorm. Me recibió el joven sacerdote del que he hablado antes y que resultó ser un P. Franciscano llegado de El Salvador. Era el Vicario Parroquial y se encargaba principalmente de la pastoral vocacional. Me invitó a concelebrar la Eucaristía con él y a predicar la homilía al pueblo. Acepté con mucho gusto concelebrar, pero, por razones obvias, no acepté suplirle en la predicación. El párroco era D. Tomás, hombre entrado en años y con problemas de salud, pero muy sabio, sensato y bondadoso. Era especialista en biología y conservaba recuerdos muy entrañables de algunos frailes dominicos de Valencia. Terminada la Misa el P. René, que así se llamaba el joven sacerdote franciscano, me invitó a desayunar con él y me facilitó algunas informaciones sociológicas y pastorales interesantes sobre la ciudad de Benidorm. Tuve la impresión de que el P. René gozaba de gran simpatía entre la gente y me resultó muy edificante el retrato que diseñó de la personalidad moral de D. Tomás al que profesaba gran respeto y admiración por su trayectoria personal y pastoral.

 

              16. En el infierno nacionalista vasco

              En repetidas ocasiones he expresado mi opinión contra los sentimientos nacionalistas y en dos ocasiones fui invitado a conferenciar en Euskadi donde las personas que no compartían esos sentimientos estaban condenadas a vivir como en un infierno de odio, sangre y fuego.

 

 

              1) Lección en el Instituto vasco de criminología

             

              El día doce de julio de 1990 participé en el curso para funcionarios de prisiones organizado por el Instituto Vasco de Criminología de San Sebastián con una lección sobre los medios de comunicación en las cárceles. La preparación de dicha lección tuvo lugar en la madrileña cárcel masculina de Carabanchel y en el toledano Penal de Ocaña. En ambos centros penitenciarios tuve la grata sorpresa de ser recibido por funcionarios que habían sido compañeros míos de estudios con lo cual se me abrieron todas las puertas sin dificultad para que investigara en los archivos y conociera por dentro y desde dentro la condición delictiva de los reclusos, su forma de vida y el trato que recibían. En un momento dado el funcionario que acompañaba me sugirió que mirara hacia un punto determinado a donde se encontraba un recluso. Tuve la sensación que más que hombre era un tigre feroz dispuesto a degollar alguna presa. No en vano era un terrorista condenado por varios asesinatos. Al final de mi escrupulosa y exhaustiva investigación en los dos centros penitenciarios indicados quedé muy sorprendido por la facilidad con que los reclusos terroristas tenían acceso a informaciones relacionadas con sus intereses y objetivos criminales. Me sorprendió también negativamente la politización reinante de la praxis carcelaria por parte de los responsables de la administración de los centros penitenciarios.

              El extenso texto de mi lección fue publicado después y en el penúltimo párrafo escribí lo siguiente: “Por último, un interrogante abierto. ¿Es razonable que a los presos por delitos de violencia extrema se les permita, aunque sea bajo control, estar puntualmente informados en la prisión sobre las actividades y planes de sus colegas en la calle, recibiendo incluso panfletos propagandísticos de sus simpatizantes? Si se considera que esta situación debe continuar, entonces habrá que mentalizar mucho más a los informadores en materia de terrorismo para que hablen de esos temas extremando la prudencia y el sentido de responsabilidad para no convertirse de hecho en lo que se ha denominado “oxígeno del terrorismo” bajo pretextos informativos de dudosa calidad deontológica”. Durante la mesa redonda que siguió a mi intervención ocurrieron anécdotas interesantes. Por ejemplo, yo hice un ejercicio práctico de deontología informativa utilizando expresiones referidas a la banda terrorista que todos conocíamos por sus hechos criminales, pero sin pronunciar su nombre. Esta forma mía de hablar no gustó a la periodista Carmen Gurruchaga, conocida por su valiente y ejemplar actitud frente a las actividades terroristas, por lo que, llevada de la espontaneidad, pronunció una frase poco cortés hacia mí y no sin sorpresa de los presentes. De hecho, ella estaba improvisando ya que la habían llamado a última hora para sustituir a uno de los invitados, el cual excusó su participación en el último momento. Pronto las aguas volvieron a la normalidad. Durante el agasajo posterior en la cafetería Carmen Gurruchaga se mantuvo todo el tiempo a mi lado como si quisiera compensar su descortesía. Carmen tuvo que abandonar después el País Vasco por razones de seguridad personal sin otro motivo que su actitud abierta y valiente como periodista frente a los terroristas asesinos y quienes los apoyan. 

             

              2) Debate en el Hotel Carlton de Bilbao

 

              El día quince de diciembre de 1994 aterricé en el aeropuerto de Bilbao donde me recibió el ilustre abogado D. Ángel Gabinde, presidente de la Asociación de Estudios Penales RESPUBLICA. El vuelo salió de Madrid con retraso, pero resultó agradable. D. Ángel me instaló en el Hotel Ercilla y me condujo a una casa pintoresca de comidas para el almuerzo que se prolongó durante casi dos horas. Hablamos de la Universidad Complutense de Madrid, de los Dominicos, por los que sentía gran simpatía, y también de los Jesuitas y el Opus Dei sobre los que su simpatía no era excesiva. Pero la mayor parte del tiempo hablamos de la tensión existente entre periodistas y jueces y la forma en que se había organizado el debate de la tarde. A las 18:30 nos encontrábamos en el Salón de Conferencias del Hotel Carlton dispuestos a debatir: D. Ángel Gabinde, D. José María Montero, D. Ricardo de Ángel, D. Emilio Alfaro, D. Mariano Ferrer y yo mismo. Los tres primeros eran ilustres abogados y los dos siguientes ilustres periodistas de El Mundo y la Cadena COPE respectivamente. Pronto me percaté de que el combate dialéctico iba a ser duro y que me tocaba hacer de pacificador o conciliador entre ambos fuegos. Los abogados acusaron a los medios de comunicación: 1) De ser un poder incontrolado y no suficientemente subordinado al imperio de la ley. 2) De practicar un periodismo de investigación que da lugar a lo que los juristas llaman “prueba ilícita”. 3) De presentar una verdad de artificio o casi siempre manipulada. 4) De practicar el periodismo como un instrumento de enriquecimiento personal. 5) De despreocuparse de las garantías penales desestimando las posibles vejaciones y afrentas públicas contra los inculpados. 6) De convertirse en fiscales sin juicio previo, formar juicios paralelos y practicar el “ensañamiento informativo”. 7) De predeterminar el fallo de los jueces con su presencia en los procesos. 8) De no respetar el tratamiento equiparable. O lo que es igual, de no compaginar el derecho de informar con el derecho al honor y a la propia imagen. Luego se discutió sobre los sistemas de control deseables para salir al paso de esos presuntos fallos mediante la ley. Y, como no podía ser de otra manera, debatimos sobre información, violencia y el terrorismo. El público fue muy selecto y el debate resultó apasionante y en algún momento verbalmente violento. A pesar de todo no se perdió nunca el sentido del humor ni de la mutua comprensión. Yo fui consciente desde el primer momento de que mi función era escuchar a ambos bandos en litigio buscando la paz con observaciones puntuales a sus embestidas desde el terreno de la ética y deontología profesional aplicada al campo de la jurisprudencia y de la información. El debate duró tres horas y al final todos tuvimos la oportunidad de intercambiar opiniones, puntos de vista y simpatías personales disfrutando de un delicioso picnic social. Tuve la impresión de que la mayor parte de los asistentes al debate eran cristianos muy cualificados y responsables.

              Al apasionado debate en el Hotel Clarton siguió una suculenta y animada cena en el Hotel Ercilla. José María Montero (El Chema: converso de la violencia nacionalista) nos informó de sus contactos con los militantes del IRA y del SIN FEN, e igualmente con la Alemania del Este en los tiempos del comunismo. Quedé sorprendido de lo bien informado que estaba y de su enfoque realista y humano de los problemas derivados de la violencia y el terrorismo. La ilusión juvenil le había llevado por esos derroteros, pero la sensatez le había devuelto a las buenas razones como la mejor arma para combatir honrosamente en causas nobles. Había estado presente también en el “affaire Noriega” en Panamá. A los americanos les interesaba tener en Panamá a un tipo como Noriega, pero cuando los medios de comunicación descubrieron el pastel los propios gobernantes americanos se apresuraron a ponerle fuera de combate. Trajo a colación este caso como ejemplo ilustrativo del poder real que de hecho tienen los medios de comunicación. Emilio Alfaro, por el contrario, sostenía que ese poder presuntamente tan eficaz no existe y que es muy difuso y accidental. Todos estábamos de acuerdo con él en que no es un poder como el de un juez, que decreta una orden y automáticamente se cumple. O como el poder ejecutivo del Gobierno de una nación. Pero se trata de un poder, el poder de la opinión pública, que es subliminal y afecta sin darnos cuenta a la forma de pensar y comportarse de los consumidores habituales de la información. En un momento dado me pareció oportuno introducir una pregunta sobre la asignación del abogado defensor y cómo se sienten los jueces cuando defienden a un acusado de cuya culpabilidad están seguros. La respuesta no se hizo esperar: nos sentimos muy mal. A continuación, dos de ellos, con criterios algo divergentes, nos dijeron cómo resolvían en la práctica esos casos de conciencia en los que, por una parte, tienen que defender a un culpable seguro, y, por otra, no colaborar con la culpa del delincuente. Era ya bien entrada la noche cuando nos despedimos. Ellos se marcharon a sus casas y yo a mi confortable habitación 236 del Hotel Hercilla. De este apasionante encuentro dio cuenta y razón el ilustre periodista Germán Yanke en El Mundo (16/XII/1994). Durante la cena uno de los comensales me confesó que en Bilbao todavía se podía hablar como lo estábamos haciendo nosotros pero que en otras partes del País Vasco había que ser muy precavidos para evitar consecuencias indeseables. La libertad pública de expresión sólo estaba garantizada a los violentos.

              17. Desde el Parque Antena con amor

              A las 5:45 de la mañana del diecinueve de agosto de 1996 me encontraba sentado en un banco de piedra en la avenida principal de Marbella esperando a que amaneciera y se abrieran las puertas de la estación de autobuses para continuar mi viaje hasta el Parque Antena de Estepona. El objetivo de este viaje fue disfrutar una vez más de la amorosa acogida que habitualmente me dispensaban mis primas María José y su hermana Carmen, los tíos Hilario y Diosdada y un suma y sigue de primos, primas, sobrinos y amigos del corazón que me esperaban con los brazos abiertos para agasajarme en aquel pequeño paraíso estival. Esta feliz historia había comenzado muchos años antes cuando la tía Agustina estaba en vida y viéndome cansado me llevaba con ella a su casita de verano para que recuperara mis fuerzas desgastadas por las cuitas de la vida y el trabajo.             

             

              1) Encuentro con Israel y añoranzas familiares

 

              A mi lado en el autobús nocturno Madrid/Marbella viajaba un joven el cual me saludó amablemente y se presentó con estas palabras: “Me llamo Israel”. Le pregunté si era judío y dijo que no. Luego me presenté yo destacando el significado etimológico de mi nombre y él replicó explicándome el significado del suyo. Poco después me obsequió con una botellita de agua mineral y me dijo que viajaba a Fuengirola para tomarse unos días de descanso después de haber ganado unas oposiciones para el cuerpo de policía nacional. De momento trabajaba en el Corte Inglés de puerta del Sol en Madrid en la sección de música clásica y decía considerarse ciudadano del mundo y admirador de todas las religiones porque en todas ellas la gente seria trata de buscar el sentido de la vida.

              Hablamos después de política, filosofía y uso de la razón. Luego me confesó que estaba enamorado de una chica después de haber tenido una desilusión con otra pero que se sentía feliz y esperanzado. Se encontraba muy satisfecho de haber ganado las oposiciones al tercer intento entre miles de aspirantes y aspiraba a llegar a ser profesor del cuerpo de policía nacional. A medio camino el autobús hizo una parada técnica y le invité a tomar café. Me dijo que dormía muy bien y yo le aconsejé que no sacrificara el sueño por nada del mundo porque el dormir es salud. Me confesó también que había sido mal estudiante pero que ahora trataba de compensar ese fallo. La verdad es que la compañía de este joven viajero me resultó sumamente grata. Cuando nos despedimos me asaltó esta pregunta: ¿Por qué será que haya tantos jóvenes aspirantes a policías y uso de las armas y tan pocos para el ministerio sacerdotal y predicación del amor? Aquella inolvidable semana en Estepona se caracterizó por una convivencia familiar muy intensa y reconfortante. Los tíos Hilario y Diosdada seguían siendo los patriarcas y referentes amorosos para todos nosotros. En una de aquellas tardes de convivencia familiar hablamos mucho de la vida ejemplar de nuestros abuelos y familiares más cercanos ya fallecidos. En todos ellos encontrábamos motivos para evocar su memoria con amor y admiración. En un momento dado la tía Diosdada hizo espontáneamente esta confesión: “Yo estoy cosechando todavía la semilla de bien que sembraron mis padres”. Sus padres fueron Lino y Federica, los cuales ejercieron la caridad cristiana de forma ejemplar durante toda su vida con todo el mundo y de modo especial con los pobres y perseguidos durante y después de la guerra civil española. La tía Diosdada contó algunas anécdotas relacionadas con esas obras de caridad que sus padres llevaron a cabo con la más absoluta prudencia y discreción. Yo aproveché la ocasión para dar a conocer a todos el impacto de grandeza humana y caridad cristiana que los abuelos Lino y Federica me causaron la última vez que tuve la suerte de hablar a solas con los dos. La abuela Federica era hermana de mi abuela Justa y el abuelo Lino era hermano de mi abuelo Mariano. Por ambas partes se trataba de hombres y mujeres inolvidables por sus quilates de humanidad que sus hijos, nietos y sobrinos tratábamos de conservar como oro en paño.

              La prima Mary Carmen (Mamen) y Manolo (Balo) habían adquirido una bellísima casa de verano en el área de Marbella en un barrio denominado “Linda vista”, muy cerca de las ruinas de una Basílica cristiana del siglo VI. Con sus padres se encontraban también allí sus hijos Marta, Eduardo, Carmen (Mamen hija) y Manuel. Sin olvidar a Eduardo, Toñy y todos los suyos. Eduardo, hermano de Balo, era el gran charlista de la familia, amante del cine y apasionado por la lectura. Allí organizaron un almuerzo para agasajarme. Fue una experiencia difícil de olvidar en el sentido de que el contexto natural y humano estuvo marcado por la dulzura del clima, la belleza del paisaje y, sobre todo y por encima de todo, por el amor familiar que allí se respiraba. Terminado el feliz almuerzo, antes de reemprender el retorno al Parque Antena, me llevaron a visitar las ruinas de la Basílica antes mencionada. Se trata de una prueba arquitectónica de la presencia de los cristianos en aquellas tierras malagueñas, y que presuntamente tenían alguna relación con la presencia de cristianos en África. Esta presunción se deduce sobre todo de la estructura: dos ábsides, una nave central con dos laterales en función de la posición reservada al clero, a los hombres y mujeres formando sectores separados. Podía apreciarse también el lugar destacado que ocupaban el baptisterio y la sacristía. Por otra parte, tanto el recinto interior del templo como el exterior habían servido de necrópolis o cementerio. De hecho, todavía quedaban restos de sepulcros vacíos. Tuve la impresión de que estas ruinas tenían un valor arqueológico e histórico importante pero que estaban poco cuidadas. Pero aquel feliz día 22 de agosto de 1994 no podía yo olvidar que se cumplían 22 años del fallecimiento de mi querida madre en el Hospital Provincial de Ávila después de casi diez años inválida y haber superado varias crisis cardíacas importantes. A esta gran mujer, que fue mi madre Delfina, le tocó vivir tiempos recios. Su vida fue una entrega total y amorosa a sus hijos. Mi padre la cuidó como se merecía hasta el último momento y yo no he olvidado nunca sus cariños y buenos consejos maternos durante la niñez ni su última mirada amorosa poco antes de dejarnos. Son situaciones, sentimientos y recuerdos teñidos de tristeza y felicidad al mismo tiempo sólo comprensibles desde una perspectiva sobrehumana.               

 

              2) La fuerza de la razón

 

              Por aquellos años me asaltaba con frecuencia la idea de escribir algo sobre el uso de la razón al observar cómo muchos de los errores que cometemos en la vida son debidos a que nos dejamos llevar por los sentimientos en lugar de usar la razón antes de tomar nuestras decisiones. Es verdad que se usa la razón, pero razonar bien no es cosa fácil y no faltan quienes usan la razón perversamente. Rondaban estos pensamientos por mi mente cuando el filósofo Julián Marías publicó dos magistrales artículos periodísticos relacionados con el tema de la verdad y la fuerza de la razón. Estos dos artículos fueron para mí como un balón de oxígeno que me impulsó a seguir en mi proyecto que culminaría en el año 2008. El anciano e ilustre filósofo hablaba en su primer artículo de la importancia de tener razón en política siendo coherentes con la verdad. El artículo era una crítica inteligente y desfavorable para los gobernantes políticos de turno en aquel momento. Julián Marías utilizó el término “razonabilidad” aplicándolo a la praxis política, y que yo venía barajando desde hacía ya mucho tiempo como alternativa al abuso de la razón o racionalismo. Tener razón, pensaba yo, equivale a poseer la verdad de algo. Lo cual significa que no es posible entrar en razones al margen de la verdad, la cual, paradójicamente es un valor humano infravalorado en la cultura contemporánea. Son pocos a los que realmente les interesa la verdad por sí misma. La verdad no tiene adeptos ni siquiera entre los filósofos los cuales degeneran fácilmente en ideólogos y manipuladores de ideas. Pero, ¿qué es la verdad? Para mí la respuesta a esta emblemática pregunta no revestía una dificultad especial. La verdad, pensaba yo, consiste en que la percepción sensorial o intelectual que tenemos de las cosas sea conforme a lo que las cosas realmente son o deben ser. Por lo mismo, no es posible ser razonables al margen o a espaldas de la verdad.

              Julián Marías hablaba de la razón como algo “tenido” refiriéndose a la verdad como fruto o término de la razón, facultad ésta capacitada para encontrar la verdad. El imperativo de la razón, pues, es lo mismo que la exigencia de verdad. Después de haber publicado mi obra El uso de la razón en el año 2008, y recordar aquellos días memorables en el Parque Antena en el año 1996, tengo la impresión de que fue allí donde se gestó el embrión de la obra que sería llevada a feliz término después. Uno de aquellos días inolvidables la prima María José y yo nos dimos un paseo por Puerto Banús y nos sentamos en una terraza por donde pasaban personas pintorescas y famosas. Una de las cosas que llamaron mucho mi atención fue la exhibición de opulencia que se presentaba ante mis ojos. Por ejemplo, la desplegada en la riqueza material de algunas mansiones residenciales. Contemplando aquel espectáculo llegué a la conclusión de que mientras existan estos excesos de opulencia por parte de los ricos de este mundo necesariamente seguirá habiendo hombres y mujeres extremadamente pobres. Pero había que volver a Madrid para continuar la vida en el fragor de mis compromisos académicos en la Universidad y la promoción de nuevos compromisos editoriales. En Benidorm y en el Parque Antena había recuperado fuerzas físicas y espirituales, pero a partir del día veintinueve de noviembre comenzó la nueva y definitiva etapa de mi vida durante la cual todas ellas y muchas más iban a ser necesarias.             

              18. Dos vivencias troncales

              La vida de cada uno de nosotros está hecha de vivencias sobre las que se puede hablar, pero no transferir a los demás. Las vivencias son experiencias personales intransferibles. Cada cual conoce las suyas propias y habla de ellas en momentos especiales como es el caso presente.

             

              1) A corazón abierto

            

                            El día trece de diciembre del año 1990 fue para mí una fecha decisiva en mi vida. Desde la infancia tuve que sufrir las consecuencias de una insuficiencia cardiaca que ya en la adolescencia se había revelado abiertamente. Al cabo de setenta y dos años de edad todavía recuerdo mis crisis de salud durante la infancia disimuladas para no llamar la atención ni privarme de participar en los juegos propios de los niños. En una ocasión me encontraba solo en una de las fincas de mi padre y un dolor en el pecho me obligó a permanecer tumbado hasta que pasó la crisis y pude reemprender el camino de regreso a casa. No hablé con nadie de lo sucedido. Yo no tenía conciencia en aquellos momentos de la gravedad de lo ocurrido y ello explica que prefiriera disimularlo para no verme obligado a reducir mi actividad infantil. Otro recuerdo que se me quedó muy grabado es el siguiente. En septiembre se celebraban las solemnes fiestas patronales de Hoyocasero. Los niños de mi edad eran incansables corriendo de un lado para otro disfrutando del ambiente festivo. Pero yo no podía seguir su ritmo frenético. Me fatigaba enormemente hasta el punto de que me veía obligado a quedarme en casa con un dolor en el pecho que apenas me permitía caminar. Confesarlo equivalía a tener que ir al médico y privarme de las alegrías infantiles del juego con los amigos y, en consecuencia, lo disimulé y no dije nada a mis padres de lo que me ocurría. Esas crisis se fueron superando en medio del mayor anonimato hasta que llegué al colegio donde se practicaba el chequeo habitual de salud a los alumnos. Ya en el primer control el médico detectó el deficiente funcionamiento de mi corazón por lo que ordenó que me dispensaran de los ejercicios de gimnasia. Por otra parte, yo evitaba por iniciativa propia la participación plena en los deportes.

                            Me cansaba muy pronto y me resultaba penoso competir con los demás. La insuficiencia cardiaca me obligó a llevar una vida físicamente muy moderada en plena adolescencia. Pero los adelantos médicos eran todavía muy limitados en aquella época por lo que tuvieron que pasar algunos años para disfrutar de un tratamiento médico adecuado. Durante ese tiempo de espera fui sobreviviendo gracias a un autocontrol severo hasta que llegó el momento en que mi situación era alarmante y decidí marchar a Madrid en busca de un cardiólogo en toda regla. Y vive Dios que lo encontré. Años más tarde me explicó hasta qué punto mi situación era gravísima cuando me recibió en la primera consulta. Bajo su control comenzó para mí una nueva época de estabilidad llevando una vida casi normal hasta el año 1989 en que la cirugía cardiaca había evolucionado mucho. El Dr. Enrique García Ortiz se jubiló y yo había pasado algunos años sin acudir al cardiólogo. Pero esta situación no podía prolongarse más y decidí someterme de nuevo al control regular de un cardiólogo nuevo. Ahora tuve la suerte de encontrarme con el Dr. D. Fermín Bañuelos, el cual me reconoció y dictaminó de forma tajante que mi situación era grave pero que tenía una solución relativamente fácil. En su opinión mi caso tenía una solución quirúrgica normal, pero urgía que se llevara a cabo antes de que se produjera alguna crisis. Según él, había que aprovechar la circunstancia de la relativa bonanza en lugar de esperar a que fuera demasiado tarde. Le informé al Dr. García Ortiz de todo esto y me dijo que siguiera al pie de la letra el consejo del Dr. Bañuelos. No se discutió más y comenzamos los preparativos para la intervención quirúrgica prevista.

              El día trece de diciembre de 1990 tuvo lugar dicha operación, el día veinticuatro del mismo mes pude celebrar en casa la Cena de Navidad con mi comunidad y un mes más tarde reanudé las clases en la Universidad con toda normalidad. La espectacular operación quirúrgica extracorpórea fue un éxito en toda regla, pero quisiera dejar constancia de algunos detalles durante y después de la misma. Uno de los requisitos indispensables para llevar a cabo esta importante y espectacular operación extracorpórea era disponer de un banco de sangre adecuado. Pero la introducción de sangre ajena es siempre un riesgo y para evitarlo el banco se fue formando discretamente con mi propia sangre. Terminado el tiempo del preparatorio y fijada la fecha de la gran intervención quirúrgica me desplacé a Ávila para informar a mi padre de la decisión que había tomado. Mi padre escuchó atentamente los datos de mi información y me hizo las siguientes reflexiones. Una vez que el médico y yo habíamos considerado que era necesario realizar la operación quirúrgica él daba por buena tal decisión. Él, en razón de su edad (89 años) no consideraba prudente trasladarse a Madrid para acompañarme porque consideraba que su presencia sólo contribuiría a añadir más preocupación a mis hermanos los cuales tendrían que ocuparse también de él, cuando, en su opinión, lo razonable era que se ocuparan plenamente de mí en ese momento crítico. Eso sí, enfatizó, deseaba que le tuviéramos en todo momento informado de la marcha de los acontecimientos. Por último, me preguntó por el coste económico de la intervención quirúrgica con el fin de aportar él la cantidad de dinero que fuera necesaria. Yo le respondí amorosamente agradeciéndole su siempre disponibilidad paterna para resolver todos mis problemas asegurándole que él ya había hecho todo lo que estuvo de su parte y que ahora la Providencia se ocupaba de mi generosamente a través de la Orden de Predicadores. En este diálogo mi padre demostró una vez más su calidad humana y paterna a pesar del peso de los años.

              Por fin llegó el momento de la verdad. Se habían llevado a cabo todos los preparativos preoperatorios sin incidencias y el Dr. Juan José Rufilanchas, a la sazón uno de los mejores cardiólogos cirujanos del momento, me llamó para informarme sobre la naturaleza de la operación a la que iba a someterme y el proceso detallado de la misma. Yo le escuché atentamente, como no podía ser de otra manera, y cuando estábamos dispuestos a dar por terminada la entrevista me dijo si no le preguntaba sobre los riesgos de la misma. Yo repliqué que daba por supuesto el que una intervención quirúrgica de esta naturaleza tiene siempre riesgos. Entonces él me propuso como mínimo un cinco por ciento de riesgo. Yo repliqué sorprendido: ¿Sólo eso? Él me sonrió satisfecho y levantamos la sesión prometiéndonos mutuamente que él iba a poner de su parte toda la carne en el asador como médico y yo como paciente. El cirujano se percató de que yo no hacía ilusiones, pero no tenía miedo y había depositado mi confianza en él como profesional responsable. La gran intervención quirúrgica había sido programada para el día doce de diciembre de 1990 por la tarde, siempre y cuando no surgiera alguna urgencia que lo impidiera. De hecho, llegó un paciente en estado de urgencia y mi entrada en el quirófano tuvo lugar un día después. Antes, sin embargo, recibí en la habitación una visita sorpresa. Se trataba de un alumno de la Universidad el cual se personó en mi habitación. Al reconocerle le expresé mi grata sorpresa por su visita sin disimular mi extrañeza. Yo no recordaba haber informado a ninguno de mis alumnos sobre la fecha exacta de mi intervención quirúrgica. De ahí la sorpresa. Pero pronto se aclaró todo. El alumno en cuestión me dijo sonriente que era el inspector de los quirófanos. Por eso sabía de mi presencia allí y había venido para asegurarse de que mi quirófano reunía todas las condiciones de seguridad. Por fin llegó el momento culminante de la operación. Todo transcurrió según las previsiones optimistas del cirujano y aún mejor. Como he dicho antes, esto ocurrió el día trece de diciembre de 1990 y el veinticuatro volví a casa para celebrar la Cena de Navidad. Algunos detalles más sobre esta experiencia son los siguientes.

              Antes de entrar en el quirófano y después durante el pre-anestésico me sentí psicológicamente al lado de Cristo durante el proceso de su pasión. Me sentí muy cerca de Él, pero con algunas diferencias. Él, pensaba yo, iba a ser ejecutado como un malhechor en medio de terribles dolores y humillaciones personales. Yo, en cambio, iba a ser intervenido sin el menor dolor y con la esperanza de volver a la vida restablecido y mejorado. Y lo que es más. En el caso de que la operación resultara fallida, me quedaba la esperanza de resucitar un día con Cristo. Con estos pensamientos quedé felizmente dormido con la anestesia. Cuando desperté en la unidad de cuidados intensivos, lo primero que oí fue la voz del vigilante técnico que exclamó gozoso: “Niceto, esto va de maravilla”. Tanto que me trasladaron a la habitación normal antes del tiempo previsto para estos casos. Ya en la habitación de la planta, una de las actividades a realizar eran los ejercicios de rehabilitación. Con este motivo se produjo otra sorpresa gratísima. Cuando llegó la enfermera encargada de mis ejercicios me saludó con estas palabras: “Tú eres Niceto. ¿Cómo tú aquí?”. Me explico. Susan era hija de un anciano pastor luterano sueco, amigo mío y un hombre de bondad. Susan y yo nos conocíamos de hablar por teléfono, pero no nos habíamos visto personalmente nunca. Al encontrarnos incidentalmente aquí, ella como enfermera y yo como paciente suyo, nos miramos amorosamente y comentamos: ¡qué pequeño es el mundo! Mis ejercicios de rehabilitación fueron un divertimiento. En un momento dado Susan me dijo: tengo la impresión de que estás tan bien que no necesitas hacer estos ejercicios, pero es mejor que los hagas como si realmente los necesitaras. Nos sonreíamos felices y continuábamos.

              La experiencia vital cosechada en esta importante intervención quirúrgica puede resumirse en lo siguiente. Antes de ella me sentía habitualmente cansado y percibía cómo las fuerzas físicas me abandonaban sin remedio ni esperanza de recuperación. Había perdido la sensación de recuperación o compensación de las fuerzas desgastadas y el placer del descanso. Por el contrario, después de la operación empecé a sentir el placer del descanso y de la recuperación de una buena parte de las fuerzas desgastadas durante el trabajo o el esfuerzo. Antes veía el final de mi vida como algo que podía producirse de inmediato en cualquier momento. Después, al sentirme más fuerte y experimentar el placer del descanso, empecé a ver mi final como algo que tiene que ocurrir, pero con un margen de vida razonable que me permitía hacer proyectos también razonables de futuro con la esperanza de poderlos realizar con gusto e ilusión. Y, de hecho, así sucedió. Los trabajos que pude realizar a partir de esta fecha memorable hubieran sido un puro sueño antes de la operación. Sentí una plenitud física y psicológica hasta entonces desconocida. Lo cual me llevó a la conclusión de que el cansancio en la vida, lo mismo físico que psicológico, es siempre un mal consejero. Hay un cansancio vital inherente al hecho mismo de vivir, y otro añadido por el trabajo y las preocupaciones. En todos los casos ese cansancio nos lleva a perder el gusto incluso por las cosas que más nos gustan cuando estamos descansados. El cansancio crónico y profundo nos hace perder incluso el gusto por la vida, que es lo peor que nos puede ocurrir en este mundo. De ahí la conveniencia de llevar una vida laboriosa, sí, pero relajada y sin tensiones. Hay quienes se imponen voluntariamente trabajos agobiantes por creer que el valor de nuestras realizaciones está en proporción directa con el esfuerzo y energía que hemos consumido en ellas. Esto es un error grande. Pienso que nuestras obras valen principalmente y ante todo por el amor que se pone en ellas, y no por el esfuerzo añadido. Sobre todo, cuando el esfuerzo es innecesario y produce cansancio. En cualquier caso, me es grato dejar constancia de que mi cansancio vital agravado con la insuficiencia cardiaca tuvo un final feliz. Tanto fue así que empecé a sentir verdadero placer en el trabajo y pude llevar a cabo proyectos que antes hubiera sido prácticamente imposible de realizar. De hecho, desde 1996 al 2002 tuve que superar una prueba no prevista de gran envergadura que puso al límite todas las energías físicas recuperadas, así como las morales acumuladas. Es la otra vivencia troncal.

                           

              2) La dramática enfermedad de mi padre

             

              El 29 de noviembre de 1996 fue una fecha histórica muy fuerte para mí. Después de terminar la jornada académica en la Universidad regresaba yo a casa afectado por la gripe y con la intención de meterme en la cama y tomar los remedios oportunos para superarla lo antes posible. Pero cuando me acercaba a la puerta de casa sonó el teléfono y la portera, al ver que yo llegaba en ese justo momento a la puerta, me hizo la señal para que tomara el teléfono descolgado. La llamada era para mí y el que llamaba era mi hermano Ángel. “Padre, dijo lacónicamente, ha sido ingresado en urgencias”. Todo hacía pensar que se encontraba en situación gravísima. Apenas me dio tiempo a preparar una bolsa de viaje de emergencia cuando ya estaba mi hermano a la puerta esperándome para trasladarnos rápidamente a Ávila. Seguidamente llegaron su hija Sara y su futuro esposo Fernando. Pasamos por la casa de mi hermano en Pozuelo de Alarcón y con un vaso de leche caliente en mi estómago llegamos a las 17:30 horas a la sala de urgencias del complejo sanitario de la Seguridad Social de Ávila. Era de noche y hacía un frío invernal que penetraba hasta el alma. Pero yo me había olvidado prácticamente de mi estado gripal. En la sala de espera se encontraban mi hermana María y mis hermanos Pelegrín, Alberto y Mariano, además de mi cuñada Dominica y mi sobrino Martín, acompañados por Felipe e Ingebor, padres de Marina la futura esposa de mi sobrino Miguel Ángel. Esperábamos ansiosamente noticias y pronto llegaron. El paciente, de 94 años de edad, había sufrido una hemiplejía derecha con pérdida total de la capacidad de hablar. Su estado era gravísimo y los médicos del turno de urgencias trataron de persuadirnos para que nos lo llevásemos a casa descartando su ingreso en el hospital. Insistieron en que no valía la pena ingresarle habida cuenta de su edad y de que su situación crítica era terreno abonado para ser víctima fácil de los virus hospitalarios. No aceptamos su proposición y exigimos que se gestionara su ingreso en el Hospital Provincial. A las 21:15 horas subimos a la ambulancia para acompañarle mi hermana María y yo. Me coloqué a la cabecera y le tomé su rostro entre mis manos. La noche era oscura como la boca de un lobo con un viento frío cada vez más intenso. Pero el deber de acompañar a mi padre en esos momentos críticos me hizo olvidar todo lo que no fuera demostrarle mi cariño y gratitud y recomendarle a la divina providencia. Me esperaban seis años durísimos de historia personal y familiar desarrollada en dos etapas. La primera desde la noche trágica del 29 de noviembre de 1996 al 28 de junio del mismo año en el Hospital Provincial de Ávila, y la segunda desde el 28 de junio 1996 al 6 de diciembre del 2002 en la Residencia de la Tercera Edad, también en Ávila.

              Una vez ingresado mi padre en el hospital mis hermanos y yo nos organizamos para no dejarle ni un momento solo. Al principio convencidos de que aquella situación no podría prolongarse por mucho tiempo habida cuenta de la edad del paciente y la gravedad de la enfermedad. Mi hermana María dejó el trabajo para trasladarse a Ávila y dedicarse a tiempo completo a cuidar de nuestro padre. Igualmente, mi hermano Pelegrín dejó el cargo de Prior del convento de Sto. Tomás por la misma razón. Los demás hermanos colaborábamos con ellos y así logramos poner en marcha un equipo asistencial eficiente a prueba de edad, salud, obligaciones y hábitat de cada cual. El criterio de esta organización fue que siempre hubiera alguno de nosotros que se encontrara libre y descansado para tomar el relevo asistencial. Comprendimos que sólo si nosotros nos encontrábamos descansados podíamos serle útiles a nuestro padre. Este criterio nos reportó resultados excelentes. Baste decir que, al cabo de seis años, ni una sola vez el personal de enfermería tuvo que reemplazarnos en los servicios de asistencia al enfermo que habíamos asumido bajo nuestra responsabilidad.

              La etapa del Hospital Provincial fue muy desagradable por la baja calidad del viejo centro médico tanto por su infraestructura material como por los servicios administrativos. A pesar de todo, teníamos la impresión de que el mover de allí al enfermo podía significar acelerar su final. Afortunadamente no fue así. El enfermo fue dado de alta en el Hospital Provincial y remitido a la vecina Residencia de la Tercera Edad donde ya no podría vivir como antes sino en la enfermería y con asistencia permanente. Por aquella época los enfermos que no se valían por sí mismos y requerían asistencia permanente eran llevados a las residencias así denominadas de asistidos. Con mi padre la Residencia de Ávila inició una nueva etapa de su historia creando nuevas plantas para “asistidos”. Allí recibimos todas las facilidades para seguir al lado de nuestro padre con la ayuda de un equipo médico maravilloso escoltado por enfermeras amorosas que hicieron posible que nuestra convivencia entorno al enfermo terminara convirtiéndose en una vida de familia. Allí hablábamos de nuestros problemas, nos consolábamos en las adversidades y celebrábamos con dulces y buen vino nuestros acontecimientos personales y familiares. El alma de nuestra feliz convivencia con el personal sanitario y administrativo fue mi hermana María. Una enfermera la dedicó un poema de agradecimiento por su conducta ejemplar, como hija del paciente y amiga de todo el personal sanitario que tuvo algo que ver con la asistencia a mi padre durante seis años. El poema está centrado en la mirada amorosa y comprensiva de mi hermana. Aquellos seis años de asistencia a mi padre enfermo significaron un antes y un después en mi vida. Las fuerzas físicas recuperadas con la operación quirúrgica de corazón dieron de sí para compaginar los deberes con mi padre en Ávila con los compromisos académicos en Madrid, gracias a la colaboración añadida de mis hermanos. Físicamente quedé muy desgastado, pero humanamente muy fortalecido. Esta dura experiencia vivida a pleno pulmón me ayudó a entender mejor muchas cosas esenciales de la vida.

              Sobre esta historia de sufrimiento y amor recomiendo al lector que lea las Memorias de mi hermana María, fallecida el día 10 de agosto de 2020 en León a los 79 años de edad. Vivió su infancia y adolescencia entre los rescoldos de la guerra civil española, y la bomba atómica de la segunda guerra mundial. Ella nos cuenta con brevedad, claridad y realismo, cómo escuchó la llamada personal de Dios y, sin despojarse de su rango de mujer, asumió la condición de persona divinamente redimida por Cristo. En este quehacer, la contribución de nuestros padres Emiliano y Delfina, fue incondicional y ejemplar sin fisura hasta que Dios se los llevó consigo. NICETO BLÁZQUEZ, O.P.

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