CAPÍTULO
IV
IDENTIDAD CRISTIANA Y
VIVENCIAS PASTORALES
Hablé antes del momento crítico en que
surgió en mí la vocación intelectual y cómo se fue consolidando después. De
modo análogo voy a intentar recordar ahora los momentos culminantes de mi
vocación cristiana y del proceso de su culminación en el ministerio
sacerdotal.
1.
La luz de la fe
La fe cristiana es un tema fascinante por el mero hecho de
que Cristo es el único personaje de la historia que murió y volvió a la vida,
ratificando con hechos contundentes la verdad de sus palabras. Hasta que Él
irrumpió en la historia, nadie había dado respuesta satisfactoria al
interrogante del más allá ni a los problemas del sufrimiento y de la felicidad
en este mundo. No en vano la persona de Cristo es, sin lugar a dudas, la más
controvertida y al mismo tiempo amada desde su irrupción en la historia humana
hace ya dos milenios largos. Mi iniciación al conocimiento de este sobrehumano
personaje se inició el seno de mi familia y se fue consolidando en la parroquia
y escuela pública de Hoyocasero. La familia que yo conocí de niño, tanto por
parte de mi padre como de mi madre, era numerosa y cristiana convencida sin
frivolidad ni beatería. En mi familia se profesaba una religiosidad castiza al
filo de la vida y del sentido común. Por otra parte, a los niños se los instruía
sobre Dios lo mismo en la iglesia parroquial que en la escuela pública.
Entre los adultos había peleas y formas de conducta nada
ejemplares. Pero a los niños se nos educaba para que aprendiéramos lo bueno y
no imitáramos lo malo de los adultos. Por ejemplo, no se nos inculcaba el odio
o el rencor hacia los vencidos de la guerra civil, sino que se practicaba la
política del olvido caritativo, del respeto y de la defensa de cualquiera que
corriera el peligro de ser maltratado por motivos políticos. En este contexto
mis padres tenían siempre la puerta de casa abierta para que entrara quien
necesitara de protección personal o de saciar el hambre que siguió a la
contienda civil.
Mi padre, Emiliano, gozaba de autoridad moral suficiente
para cantar las cuarenta a las autoridades públicas de la posguerra en
Hoyocasero y en Ávila. Y mi madre, Delfina, solía decir que en la mesa de S.
Francisco donde comen cuatro comen cinco, sin tener en cuenta su militancia
política o su mala reputación personal. Mi padre aconsejaba a unos y a otros
para evitar las represalias una vez terminada la guerra civil, y mi madre los
consolaba y daba de comer si era necesario. Por otra parte, en mi casa esos y
esas que parecían más peligrosos o peligrosas se comportaban siempre como personas
extremadamente educadas y respetuosas. Sólo recuerdo el caso de un trastornado
que estuvo a punto de causarnos un disgusto en casa. Yo me sentía
comprensiblemente incómodo y hasta atemorizado por estas visitas, pero fue una
lección de humanidad por parte de mis padres inspirada en la visión cristiana
de la vida que predominó en mi entorno familiar durante la niñez. Con esto sólo
quiero destacar el hecho de que yo empecé a creer en Dios de una manera natural
y agradable desde la infancia siguiendo las sanas costumbres de mi familia y
las enseñanzas elementales que recibía en la escuela pública y en la catequesis
parroquial. Ya dije que la pedagogía utilizada en la enseñanza no era
envidiable, pero el contenido de la misma era de lo mejor y como tal yo lo
recibía. De hecho, los momentos más felices de mi infancia están relacionados
con la experiencia de la confesión sacramental y de la primera comunión. Desde
muy pronto tuve la convicción de que por encima o al lado de las miserias
humanas, tiene que haber algo o Alguien que nos comprenda y consuele ya en esta
vida. Estas son convicciones mías desde la más tierna infancia relacionadas
siempre con la existencia de Dios.
Durante la adolescencia estuve sometido a todas las
vicisitudes que corresponden a ese período crucial de la vida. Pero nunca se
extinguió en mi la luz de esas convicciones profundas, que fueron decisivas
para salir adelante en medio de las tempestades. Hubo un momento en que las
turbulencias normales de la adolescencia pusieron a prueba dichas convicciones,
pero ni me asustaron ni me hicieron perder el sentido de la orientación y de la
cordura. Al contrario, terminaron convirtiéndose en una fuente de saludable
experiencia. Más tarde se produjo un oscurecimiento de la fe cristiana que había
recibido, pero en ningún momento llegó a ser un apagón total. Esta crisis se
produjo durante los estudios de filosofía al tiempo que se iba desarrollando en
mí el sentido crítico sobre algunas formas de religiosidad y de vida cristiana
tradicionales consideradas en mi entorno como esenciales cuando, en realidad,
no lo eran, como yo iba comprobando con el paso del tiempo, el progreso en mis
estudios y la experiencia personal de la vida.
Fue entonces cuando el sentido común y el uso de la razón se
activaron al máximo y llegué a una conclusión pragmática con buenos resultados.
En primer lugar, pensaba yo, hay que dar tiempo al tiempo y seguir adelante con
los estudios de teología. Por otra parte, esas tradiciones religiosas
cristianas que no me satisfacían, invitaban siempre a lo mejor, por lo que no
encontré dificultad especial en ser tolerante con ellas esperando tiempos
mejores. Con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, mi razonable y
comprensible inconformidad con algunas prácticas religiosas cristianas
tradicionales desapareció felizmente de suerte que la oscuridad de mi fe no
llegó a ser total en ningún momento. Afortunadamente no llegué a la experiencia
desoladora de quienes sufren el apagón de la fe en Dios.
El acceso a la fe es
un fenómeno muy peculiar. Lo normal es que la aparición de esa luz en la vida
surja de forma progresiva como la luz del sol a partir de la aurora y al ritmo
de la vida. Luego surgen días más oscuros y soleados. Hay personas que llegan a
la fe tras un largo y tortuoso recorrido intelectual. Cada uno tiene su propia
historia personal. En mi caso reconozco que primero conocí a Dios por la fe y
luego, con el estudio y la experiencia de la vida, esa fe se fue consolidando y
perfeccionando hasta el día de hoy. La clave de ese proceso afortunado está,
creo yo, en tener buen corazón, rectificar los errores de la vida a tiempo
cuantas veces sea necesario y transformar los sentimientos en amor a los demás
desde el amor sin condiciones a la vida propia y ajena. Todo lo demás viene por
añadidura.
Lo que termino de decir es válido para
todos. En mi caso particular he de reconocer que los estudios filosóficos y
teológicos me ayudaron enormemente a sanear la fe, pero no aportaron nada
esencial a la experiencia básica de fe que yo había ya adquirido durante la
infancia y adolescencia. Dicho de otra manera, la mayor parte de la gente llega
a la fe por la experiencia de la vida sin realizar estudios teológicos, pero es
muy conveniente que sea ilustrada con la reflexión filosófica y teológica. La
experiencia enseña que la así denominada “fe del carbonero” no es aconsejable,
sino que es necesario profundizar en su significado y contenido mediante
estudios específicos durante toda la vida. El modo como se llega a la fe no
dispensa de seguir profundizando en ella mediante el estudio y la reflexión
sobre sus cánones. Es muy interesante seguir el proceso de cada persona hacia
la fe, pero no es este el lugar adecuado para abordar este tema fascinante en
profundidad. Lo he traído a colación sólo para destacar el hecho de que, en mi
caso concreto, yo conocí a Dios antes por la fe y la vida ejemplar de las
personas de mi entorno que, por mis estudios, si bien estos me ayudaron mucho
después a resolver felizmente el problema ineludible del sentido de la vida
desde la perspectiva de Dios. La fe en Dios no dispensa del uso de la
inteligencia, como tampoco el uso correcto de la inteligencia legitima la no
creencia religiosa irresponsable.
2.
Ordenación sacerdotal y primeras experiencias pastorales
El proceso de maduración de mi fe cristiana culminó en un
compromiso formal de por vida con la Orden de Predicadores, fundada por Domingo
de Guzmán el año 1221, con vistas a ser ordenado sacerdote tras haber realizado
los estudios teológicos prescritos por las leyes académicas de la Iglesia.
Dicho compromiso tuvo lugar de forma provisional el 26 de julio de 1956, y de
forma definitiva en julio de 1958. La ordenación sacerdotal tuvo lugar el 30 de
junio de 1963. En relación con estos importantes acontecimientos me parece
oportuno hacer algunas matizaciones.
Nunca me presté a que alguien bajo ningún pretexto pensara
por mí o pretendiera controlar mi forma real de vivir. Me refiero a eso que
tradicionalmente se conoce como “dirección espiritual”. Pero igualmente tengo que
decir que me ha gustado siempre escuchar a los demás y pedir consejo a personas
competentes cuando lo he necesitado, antes de tomar decisiones personales
importantes. Por ejemplo, cuando tuve que decidirme sobre mi futuro en la Orden
de Predicadores, no dudé en acudir a un venerable fraile curtido por la vida
para exponerle las razones que me movían a tomar tal decisión y conocer su
opinión sobre los aspectos negativos de mi personalidad que pudieran echarlo
todo a perder. Aquel hombre se llamaba Santos Galende. Me escuchó atentamente
sin pestañear y se levantó del asiento despidiéndome con una mirada inequívoca
de simpatía, como invitándome a seguir sin miedo por el camino que había
emprendido. Pasaron los años y coincidimos viviendo en la misma casa. Pero no
por mucho tiempo ya que el cáncer se ensañó con él. Le acompañaba yo poco
después de salir del quirófano y tan pronto pudo hablar pidió un cigarrillo
para fumárselo sobre la marcha. Esta anécdota se me grabó en la memoria y la
traigo a colación para poner en evidencia cómo en aquellos tiempos se
compaginaba el ser buen fraile y gran fumador.
Por fin, llegó el deseado día de mi ordenación sacerdotal
después de haber finalizado los estudios institucionales en Valencia, como
queda dicho en el capítulo segundo. La ceremonia tuvo lugar el 30 de junio de
1963 en la bella iglesia del Colegio “Arcas Reales” de Valladolid. Allí nos
dimos cita un grupo de jóvenes entusiasmados para recibir el Orden sacerdotal
de manos del arzobispo emérito de Fochew, Teodoro Labrador Fraile, O.P. La
razón de tener allí esta celebración fue porque éramos los primeros con los que
se había inaugurado la actividad académica del flamante Colegio en septiembre
de 1954. Éramos, como se dice en lenguaje coloquial, los primeros panes salidos
del horno. Pero no todo fue alegría y regocijo por la meta alcanzada. Mi estado
de salud era tan débil que durante la solemne y larga ceremonia de ordenación
no descarté la posibilidad de tener que retirarme a recobrar fuerzas para
continuar. Lo que menos podía yo imaginar aquel día es que, a pesar de todo,
llegaría a la edad de 83 años de edad, cuando redacto estas líneas.
El verano de 1963 fue mi “luna de miel” y en septiembre
volví a Valencia para completar el último curso institucional de teología e
iniciarme en las actividades pastorales. La Iglesia de los Dominicos por
aquella época era un verdadero laboratorio de ministerio pastoral en la línea
del Concilio Vaticano II y tuve la suerte de vivir un año más en aquel ambiente
ejemplar de investigación teológica y promoción pastoral. Mi ocupación
principal durante aquel feliz año consistió en prepararme para obtener el
honroso título académico de Lector en Teología de acuerdo con la
legislación de la Orden de Predicadores y de cuya experiencia he hablado ya en
el capítulo segundo. Pero al mismo tiempo realizaba algunos ministerios
pastorales de iniciación con inmenso agrado. Desde muy pronto entendí que la
especulación teológica tiene que ir pegada a la vida real del día a día de la
gente y los problemas concretos de la existencia humana. Intuía yo que la
reflexión filosófica y teológica no puede ser un entretenimiento placentero de
la mente sino una actividad específica del hombre destinada a resolver
satisfactoriamente los problemas esenciales de esta vida desde la
trascendencia. Pronto me percaté de que la reflexión teológica y el ministerio
sacerdotal se implican y no se excluyen.
Innecesario decir que no se ha de confundir la reflexión
filosófica y teológica o la competencia científica con las actividades
estrictamente académicas. Para reflexionar no es necesario ser profesores o
catedráticos de ninguna institución académica. Como tampoco se necesita recibir
el orden sacerdotal para ser un buen pensador. Lo que quiero decir es que la
actividad intelectual de un sacerdote debe ser realista y no sólo teórica y
conceptual. Ahora bien, ese sentido de la realidad se adquiere de una manera
prodigiosa en el contacto directo con la gente y sus problemas mediante la
actividad pastoral. Ni la actividad intelectual debe alejar al sacerdote de la
vida real ni la vida real debe ser una excusa para no pensar y tratar de dar
sentido a los acontecimientos de la vida. Entonces empecé a entender también el
dicho de Tomás de Aquino: “contemplata aliis tradere”. O sea, comunicar o
entregar a los demás mediante la predicación las verdades que hemos descubierto
mediante la oración, la investigación y el estudio. En efecto, nadie da lo que
no tiene, ni tiene para poder dar si antes no lo ha adquirido. El balance final
de aquel año de “luna de miel” sacerdotal en Valencia terminó con la maduración
de estas convicciones acompañadas de la satisfacción creciente que me producía
el poder ser útil a un número de gente cada vez mayor.
Como despedida, antes de regresar a Madrid, marché a Manacor
en las islas Baleares para tomar un descanso y durante mi estancia en Valencia
falleció un fraile que había vuelto de Chile donde había ejercido el ministerio
sacerdotal durante muchos años. He de confesar que aquella defunción me hizo
reflexionar mucho con la cabeza fría sobre la realidad cruda de la muerte.
Pensé mucho, pero no me asusté. Pues bien, ya en Mallorca, un compañero nos
invitó a mí y a otro a pasar el día en una linda playa cercana a la casa de su
madre, la cual nos esperaba para agasajarnos con un almuerzo. Recibida la
invitación en Manacor, un compañero de avanzada edad expresó su deseo de
acompañarnos en la excursión. No se percató de que, habida cuenta de su
avanzada edad, si él se sumaba a la excursión los tres jóvenes ya comprometidos
tendríamos que ocuparnos más de él que de nosotros mismos. Con el agravante de
que deseaba entrar en el mar. Nos miramos sorprendidos, pero ¿cómo decir no al
anciano? Yo, sin embargo, traté de convencerle sin éxito de que desistiera de
venir con nosotros en aquella ocasión. El resultado final fue el siguiente. Le
equipamos de lo necesario para la excursión y llegamos a la playa. Mis dos
jóvenes compañeros se adentraron en el mar, pero yo preferí quedarme en la
orilla vigilando los movimientos del anciano. Se sentó al borde del agua a unos
treinta metros de distancia y di unas brazadas. Pocos minutos después miraba yo
hacia el lugar donde el anciano se había sentado, pero no lograba verle. Por
fin observé cómo el oleaje le arrastraba hacia fuera del agua. Sólo dos
observaciones sobre este incidente. En primer lugar, yo había tenido el
presentimiento de que la presencia del venerable anciano podría acarrearnos
problemas serios. De ahí la franqueza con la que me había opuesto a que nos
acompañara en la excursión. La segunda observación se refiere a lo siguiente.
El único testigo directo de lo que en pocos minutos tuvo lugar fatalmente en la
playa fui yo. Sin embargo, al día siguiente la prensa local daba cuenta y razón
con detalles de lo ocurrido sin haber hablado conmigo para nada. Esto me
sorprendió mucho. En aquellos momentos no pasaba siquiera por mi imaginación
que muchos años después sería yo profesor de estudiantes de periodismo con lo
cual dejaría de sorprenderme de muchas cosas. Por ejemplo, de cómo se redactan
muchas veces las noticias y se escribe la historia al margen de las fuentes
objetivas y de la realidad.
De regreso en Madrid en septiembre de 1964, las actividades
pastorales fueron combinadas con la asistencia a las clases de licenciatura en
Filosofía y el comienzo de mi actividad como profesor y conferenciante. Todo
ello me resultaba fascinante por las posibilidades que se me abrían de seguir
aprendiendo de la vida y de comunicar a los demás lo mejor de mis convicciones
y experiencias. Durante los dos años que siguieron en Madrid traté de
compaginar lo mejor que pude las obligaciones académicas como estudiante y
profesor con las actividades pastorales. De lunes a sábado me dediqué con entusiasmo
a la vida académica y los fines de semana a los servicios pastorales que
ofrecíamos en nuestra bella y concurrida iglesia del convento dominicano de S.
Pedro Mártir, que se había convertido en un lugar de encuentro internacional y
de referencia emblemática en Madrid. Por otra parte, cuando llegaba la Semana
Santa, y con ella las vacaciones académicas, me gustaba mucho ayudar a los
sacerdotes diocesanos durante esos días tan significados de la vida cristiana.
Eran días de intenso trabajo, pero muy compensador porque me ponía al día de
los problemas reales de la gente que aprovechaba la presencia de un extraño
para exponerlos abiertamente.
Luego llegaban las vacaciones académicas estivales y
establecí por norma pasar ese tiempo fuera de España. Con ello mataba varios
pájaros de un tiro. Compensaba la poca experiencia de viajar que tenía,
aprendía idiomas y enriquecía mi experiencia académica y pastoral. Pero antes
de hablar de mis aventuras como viajero, quiero dejar constancia de una
inquietud pastoral surgida en Madrid relacionada con el mundo de la marginación
social. Me refiero a los contactos y proyectos en “Villa Teresita”. Un buen día
alguien me pidió ayuda para resolver el grave problema de una joven. Consciente
de mi insolvencia para asesorar a nadie sobre el asunto de la consulta, hablé
con uno de mis compañeros, cuyo nombre no recuerdo, el cual me remitió a “Villa
Teresita” como el lugar más apropiado para resolver el problema de la joven. Ni
corto ni perezoso busqué el teléfono y llamé pidiendo una entrevista para
exponer el caso. Mi sorpresa fue las muchas veces que yo había pasado por el
número cuatro de la madrileña calle Emilio Rubín sin sospechar que allí había
un discreto “chalet” con un rótulo a la puerta que decía: “Villa Teresita”. Pulsé
el botón de un timbre y al instante se abrió una puerta al final del pasillo
que cruzaba el pequeño jardín de entrada. La “señorita” que me recibió estaba
en traje de faena haciendo la comida para las “chicas”. Se encontraba sola en
aquel momento porque las demás estaban gestionando problemas fuera. Me recibió
como si de toda la vida nos hubiéramos conocido y le expuse la razón de mi
visita. Me escuchó y me aconsejó en cuestión de pocos minutos porque la comida
de las “chicas” era asunto prioritario en aquellos momentos. La amable
“señorita” que por primera vez me recibió y aconsejó en “Villa Teresita” se
llamaba Encarna la cual falleció prematuramente y estoy seguro de que Dios la
tiene en su gloria. A partir de aquel inolvidable día “Villa Teresita” se convirtió
en uno de mis laboratorios pastorales preferidos. Poco tiempo después tuve la
suerte de conocer a la fundadora, Isabel Garbayo, cuya personalidad me impactó
mucho. Yo era entonces un joven inexperto y ella una mujer llena de vida,
bondadosa y curtida por la experiencia. Me hizo una confidencia en tono
maternal en el sentido de que de haber previsto en 1942 el cambio de mentalidad
que se había producido en torno a la prostitución, no habría fundado “Villa
Teresita”. No es que estuviera arrepentida de haberlo hecho. Sólo quiso
expresarme el sentido realista de su visión de las cosas y la conveniencia de
adaptar la institución a las necesidades de los tiempos y situaciones
cambiantes de las personas.
Poco a poco fui adentrándome en el
problema de la prostitución desde la perspectiva de los derechos humanos y
redacté un texto con la ilusión de publicarlo. Me dirigí con el original a un
editor el cual me contestó que el libro era bueno, pero que no ofrecía
garantías de venta suficiente. No obstante, estaba dispuesto a negociar conmigo
una edición coeditada. Después me hablaron de un banquero interesado en la
publicación de trabajos importantes, pero económicamente no rentables. Tan
pronto tuvo conocimiento del tema de mi original se apresuró a enviarme un
mensaje por tercera persona del tenor siguiente: que no perdiera el tiempo y
que buscara otra posibilidad editorial. La razón era contundente. Su banco, en
razón de las honorables cuentas corrientes allí domiciliadas pertenecientes al
sector de la prostitución, tenía por norma no financiar la publicación de
ningún original relacionado con ese colectivo social. Pasaron los años y decidí
desempolvar el original, lo actualicé e intenté de nuevo publicarlo. ¿Para qué?
Sobre todo, para rendir un caluroso homenaje a todas las mujeres del mundo
explotadas por los traficantes del vicio y estimular a quienes trabajan de una
u otra forma por liberarlas de esa esclavitud. El libro fue publicado con el
título La prostitución. El amor humano en
clave comercial.
Otra gran mujer a la que tuve la suerte
de conocer allí fue una joven que había tenido un hijo con su hermano. Con el
tiempo se resolvieron los problemas surgidos de este incidente llegando a ser
una persona admirable por la obra humanitaria que realizó después. En alguno de
mis libros habló ella y me creo en la obligación de dejar aquí constancia
histórica de mis sentimientos de gratitud y admiración hacia la grandeza de su
persona y de su obra. Pero hay más. Es
de justicia recordar aquí también a otra mujer. Me refiero a la “vasca” del
barrio chino de Barcelona. A pesar del calor humano y la ayuda recibida en
“Villa Teresita”, terminó suicidándose. Pero antes había dejado allí sus penas
y calamidades e incluso había practicado la generosidad a pesar de su miseria
moral y económica. Un día de paso por Barcelona fui a visitar el refugio que
“Villa Teresita” había creado en la calle S. Ramón del “barrio chino” de la
ciudad condal. Con este motivo la “vasca” quiso agasajarme con una suculenta
merienda de agradecimiento por la visita. Como el lector puede imaginar, tuve
que hacer de tripas corazón para aceptar aquellos productos tocados con sus
manos. Pero ella vivió unos momentos felices viendo cómo yo aceptaba su ofrenda
- símbolo de la aceptación de su persona-, al tiempo que la escuchaba con
interés el relato apasionado de sus calamidades.
3. Trotando por el
mundo
Como queda dicho, mis
posibilidades de derribar fronteras viajando llegaron tarde, pero nunca es
tarde si la dicha es buena. En el verano de 1965 crucé los Pirineos por primera
vez camino de París. Por aquellos años los viajes largos eran todavía
aventuras. No existían los medios informativos computarizados y, por lo mismo,
no se podía programar los viajes desde cualquier rincón del mundo conociendo de
antemano los caminos y lugares de destino. Había que descubrirlo todo sobre la
marcha y sobre el terreno. Para conocer tierras, obras de arte y personas, o
para ser escuchados a corta y larga distancia había que viajar desplazando
físicamente el cuerpo. Los viajes se preparaban con los mapas clásicos sobre la
mesa, el intercambio de cartas, el teléfono y el telégrafo. No existían
Internet, los correos electrónicos, el Google
earth ni la telefonía móvil. Ni
siquiera la prensa y la radiofonía llegaban a todos. Menos aún la incipiente
televisión. Por eso digo que mis primeros viajes importantes fueron todos ellos
aventuras fascinantes.
Cada viaje
significaba para mí una nueva oportunidad de conocer el mundo y la diversidad
de personas que lo habitan con sus ideales, logros y miserias. Como digo, esta
primera gran aventura viajera tuvo lugar en el verano de 1965. Llegué en tren a
París y me dirigí al entonces famoso convento de los Dominicos de Solchoire. El
recibimiento no fue todo lo agradable que fuera de desear, pero pronto un
compañero, el P. Robert, O.P. se percató de ello y me llevó consigo a cenar en
un lugar próximo donde él ejercía una pastoral social importante con gente
necesitada. En el camino me explicó que el Prior de turno del convento no se
destacaba por su amabilidad con los visitantes, lo cual era conocido por todos.
Al día siguiente él mismo me condujo a Ponthierry donde habían previsto que yo
supliera al párroco del lugar durante un mes. El viaje a Ponthierry me resultó
muy agradable, en primer lugar, por la bondad y comprensión del P. Robert. Pero
también por la oportunidad de cruzar el bosque de Fontenebleau en un citröen de
la primera hornada industrial.
En algún momento pensé que volcaríamos, pero luego me
convencí de que el genial coche era más seguro de lo que yo pensaba. Como es
sabido, el amueblado interior era muy rudimentario pero confortable en extremo.
En Ponthierry había un párroco castizo a la francesa y sin duda feliz. Me
recibió con los brazos abiertos y me dejó abiertas todas las puertas de la
parroquia durante su ausencia. Era la primera vez que yo asumía una
responsabilidad de esa naturaleza y me sentí muy feliz por la confianza que
habían depositado en mi persona. Instalado en la casa parroquial, a los pocos
días desapareció el párroco y allí me quedé bajo la vigilancia y los cuidados
personales de su madre, la cual era una gran señora entrada en años, pero muy
consciente de sus funciones como madre del cura párroco. De hecho, ella hacía
las funciones de secretaria parroquial para todos los efectos y controlaba todo
lo que allí se hacía o dejaba de hacer.
Aquel verano fue una prolongación de mi “luna de miel”
sacerdotal. En primer lugar, disfruté de una confianza total a pesar de mi
juventud e inexperiencia. Por otra parte, estaba el entorno geográfico y
amistoso de la gente y la sensación de que estaba descubriendo nuevos
horizontes vitales. Lo único que no me acompañó fue la salud, entre otras
razones por la humedad de la zona. Los paseos y meditaciones a la orilla del
Sena, contemplando el tráfico de los barcos comerciales tenían mucho encanto,
pero la humedad era intensa y perjudicial. En relación con los servicios
parroquiales, no recuerdo nada especial digno de destaque. Era verano y la
mayor parte de la gente estaba de vacaciones.
Por otra parte, de los aspectos burocráticos y
administrativos se ocupaba con celo y competencia la madre del párroco, de
suerte que me quedaba tiempo para conocer el entorno, reflexionar y descansar.
Un día me llevaron a visitar una colonia de trabajadores inmigrantes de
diversos países, entre ellos españoles. La visita tuvo lugar al atardecer
cuando los obreros regresaban del trabajo. Habitaban en un complejo
prefabricado de barracones para seis personas, mujeres incluidas. En uno de
ellos encontré a una joven embarazada. Lo peor no era tener que vivir apiñados
como ovejas en los barracones sin privacidad. Lo más preocupante era cómo al
volver del trabajo, muchos se daban a la bebida, al juego y al proselitismo
político. Los comunistas, sobre todo, tenían allí el terreno abonado para la
propaganda anticapitalista. ¿Cómo terminar la jornada de trabajo sin que al
juntarse en los barracones no hubiera peleas, disputas alarmantes y
proxenetismo político desestabilizador de la convivencia? Ni el alcohol ni la
propaganda política son buenos consejeros. El solo hecho de mostrarme la forma
de vida que llevaban allí los inmigrantes laborales fue un gesto de confianza
hacia mí y nunca lo olvidé. Cuando me disponía a abandonar el recinto, uno de los
que me acompañaban y explicaba la situación me dijo en voz baja y tono
confidencial lo siguiente. Ganamos mucho dinero y por eso estamos aquí. Pero
trabajamos mucho y vivimos de esta forma humillante. No quisiéramos que
nuestras esposas, hijos y familiares conozcan esta situación.
En otro orden de cosas más positivo, quisiera recordar las
anécdotas siguientes. Las comidas que me preparaba la señora madre del párroco
eran de calidad. Pero, debido ciertamente a su edad ya avanzada, había detalles
de higiene y limpieza en la cocina menos cualificados. Por ejemplo, en el viejo
frutero iba depositando la fruta nueva sin parar mientes en si había que
retirar ya la fruta vieja en estado de descomposición. Por si esto fuera poco,
había un gato que se paseaba por encima del frutero cuando le parecía bien sin
que ella se inmutara lo más mínimo. Luego llegaba el momento del postre, y sin
ninguna prevención, aquella fruta era depositada en los platos de los postres.
Yo, obviamente, que contemplaba aquel espectáculo todos los días, tomaba mis
precauciones lavando o pelando cada pieza de fruta, según los casos, antes de
comerla. Un día tuvimos varios señores invitados a la mesa, los cuales, al
observar mis cautelas con la fruta, comentaron en voz baja con la señora que lo
más probable es que yo procedía de familia aristocrática. Como el lector puede
comprender, era lógico que yo tratara de vengarme del gato cuando se paseaba
por la mesa donde estaba la cesta de la fruta. En una ocasión el gato pasó
delante de mí y aproveché que su señora dueña estaba distraída para disparar
una patada sobre el felino. La señora se limitó sólo a exclamar desconsolada:
¡Mon chaaat! Ahí quedó todo. Otro día
subí al coro de la iglesia a tocar el órgano. Lo puse en marcha y
afortunadamente había una lámpara fijada en la consola para facilitar la
lectura de la partitura. Encendí la lámpara y centré mi atención en el teclado.
Pero poco tiempo después olía a quemado. Me alarmé y pronto advertí que la
lámpara se había recalentado y estaba afectando ya a la vieja y reseca madera
del pequeño atril sobre la consola del órgano. Corté la corriente eléctrica y
salí como alma que lleva el diablo en busca de agua para sofocar el potencial
incendio que se estaba preparando. Volví a tiempo y en cuestión de segundos
sofoqué la pequeña brasa antes de convertirse en llama. Después de cerciorarme
de que el peligro había sido totalmente eliminado, apagué todas las luces,
abandoné el coro y no volví a aparecer más por allí. Recordando todo esto
pienso que, si no hubiera sido por la rapidez con la que actué, el incendio de
la iglesia se hubiera producido y con ello hubiera quedado ensombrecida para
siempre aquella linda primicia pastoral mía en la ribera del Sena. Este
incidente me resultó tan desagradable, que no lo di a conocer a nadie hasta el
día de hoy.
De vuelta en Madrid, me detuve en París para hacer una
visita obligada. En París trabajaba de enfermera en una clínica María Teresa
Sierra, cuya madre fue la maestra de la escuela pública de Hoyocasero durante varias
décadas. Hoyocasero había sido nuestro mundo de infancia y su viuda madre una
amiga entrañable de mis padres. Pasar por París sin visitar a Tere
hubiera sido un fallo imperdonable. Ella era algunos años de edad mayor que yo
y me recibió como madre amorosa. Vivían varias compañeras de trabajo juntas en
una bella casa en la que fui recibido con ilusión y alegría. Mi llegada tuvo
lugar por la tarde y ya estaba todo previsto para que yo durmiera en casa. Ella
me habló de sus experiencias en París y yo evoqué lindos recuerdos familiares
de infancia en Hoyocasero. Al mismo tiempo ella diseñó el programa para el día
siguiente. Disponíamos de todo el día hasta las 23 horas en que yo debía tomar
el tren de regreso a Madrid. Entre otras cosas había decidido preparar ella el
almuerzo en casa en lugar de ir al restaurante. Quería agasajarme preparando
una comida especial para mí. Hicimos las compras de rigor y comenzó la faena
culinaria con gran entusiasmo sin dejar de conversar sobre el cielo y la
tierra. Nos sentamos a la mesa y yo quedé admirado del banquete que había
preparado. Comimos con la alegría de encontrarnos juntos en un lugar tan
emblemático como París y el disfrute de un menú realmente abundante y exquisito
en extremo, en su casa y preparado por ella. Pero antes de levantarnos para
retirar la vajilla me miró suplicante y me dijo: “¿No me dices nada?”. Me había
olvidado de felicitarla por el menú. Como había comprobado el placer con que
había devorado la comida no fue difícil justificar el retraso de mi
felicitación y me miró amorosamente expresando su satisfacción por mi excusa.
Terminado el almuerzo y tras un razonable descanso digestivo nos echamos a la
calle y lo primero que hizo fue llevarme a un mercado de alimentación. Allí me
preparó una deliciosa bolsa de comida para el largo viaje París–Madrid. Cuando
todo estuvo terminado le dije espontáneamente lo siguiente: Tere, teniendo en
cuenta ese delicioso francés que tú hablas con los vendedores, deberían hacerte
una importante rebaja de precio. Vive Dios que la felicitación me salió de
forma espontánea y que estaba muy justificada.
Volví a Madrid para
implicarme a fondo en mis obligaciones académicas e incrementar cada vez más
mis compromisos pastorales. Llegado el verano de 1966 cambié de tercio y marché
a Marsella con la intención de vivir en el convento dominicano situado en la
calle Edmond Rostand. Al llegar a la puerta del convento me sorprendió la gran
pintada en la fachada que decía: “Durand, á Moscou”. El Superior de la casa se
llamaba André Durand y a él iba dirigida la leyenda mural. Eran los tiempos
gloriosos del marxismo europeo y el Prior de los dominicos de Marsella era
tildado por algunos grupos de filo-marxista. Fui recibido maravillosamente bien
y el Prior Durand me informó del plan que tenía para mí durante mi estancia en
Marsella. El plan era, si yo estaba de acuerdo, que me fuera a vivir a la
popular parroquia de St. Michel, donde era párroco a la sazón un sacerdote de
gran prestigio llamado Henri L´Heureux, el cual lideraba aquella parroquia
pionera con otros sacerdotes que vivían con él en comunidad. No dudé en aceptar
su oferta y fue un gran acierto.
La parroquia de St. Michel era probablemente en aquel
momento la más importante de Marsella bajo el impacto del Concilio Vaticano II.
Pero, según me informaron, surgieron problemas importantes y el arzobispo
Lallier puso al frente de la misma a su Vicario General. De hecho, Henri
L´Heureux había solicitado marchar a tierras de misión, pero el arzobispo le
pidió que se encargara de normalizar la vida pastoral en aquella pionera
parroquia de acuerdo con el verdadero espíritu del Concilio. Más tarde, cuando
todo quedó felizmente encauzado, Henri L´Heureux dejó St. Michel y marchó de
misionero a Burundi de donde sería llamado después para ser nombrado obispo de
Perpiñán. Pero vayamos por partes. Fui recibido en la comunidad parroquial de
St. Michel con simpatía y muy pronto me encontré envuelto en sus actividades
pastorales. El P. Henri era un hombre sencillo, comprensivo, realista y profundo.
Era un hombre felizmente identificado con su condición sacerdotal sin
ambiciones clericales. No en vano había un trasiego constante de visitantes que
deseaban hablar con él de los problemas más serios. Por lo que a mí se refiere,
me llamó muy pronto la atención su interés por introducirme en la vida real de
la parroquia de una manera progresiva al tiempo que me dejaba márgenes
generosos de tiempo para que yo hiciera responsablemente mi vida. Entre las
diversas actividades parroquiales existía una muy peculiar suya. Consistía en
celebrar reuniones periódicas en la casa de algún parroquiano con grupos de
personas cristianas comprometidas en la vida social.
En esas reuniones nocturnas se oraba brevemente juntos y se
abordaban los problemas eclesiales y sociales más graves del momento. Me
llamaba mucho la atención la capacidad del P. Henri para escuchar a sus
interlocutores y de sugerir vías de solución a los problemas sin escandalizarse
de nada, con respeto y firmeza en sus puntos de vista desde la razonabilidad
castiza y el sentido cristiano de la vida. Yo me sentía feliz cuando me llevaba
consigo en sus correrías pastorales con su pequeño seat. Otras veces
aprovechaba que estábamos solos para prodigarme breves y sustanciosos
comentarios. Durante mi estancia en St. Michel pasó mi hermano Pelegrín por
allí a visitarme. Al término de su visita y tras el encuentro con el P. Henri,
mi hermano me comentó que le había impresionado la talla humana y sacerdotal de
aquél cura.
Aquel verano de 1966 fue inolvidable. Por una parte, tuve la
suerte de encontrarme con un hombre admirable que me introdujo en la vida
pastoral de una manera realista al tiempo que tuve la oportunidad de conocer
sobre el terreno la ciudad de Marsella en la que convergían los grandes problemas
humanos, eclesiales, políticos y sociales de la época. Desde el punto de vista
eclesial, la parroquia de St. Michel fue un verdadero laboratorio pastoral en
la línea del Vaticano II. Por otra parte, en lo social Marsella era un monstruo
de problemas humanos con un índice de inmigración, corrupción humana y
marginación social impresionante. De todo ello fui testigo directo bajo la
mirada comprensiva y buena del P. Henri L´Heureux. De él conservo todavía como
recuerdo personal una preciosa mini-talla de la Virgen María con una
dedicatoria de su puño y letra. Antes de dejar Marsella me parece oportuno
destacar tres recuerdos significativos. Por ejemplo, el drama personal de un
joven cuyos padres eran comunistas fanáticos y no soportaban que su hijo fuera
católico. El joven se debatía entre un complejo de culpabilidad si rompía con
la familia y otro si no era coherente con sus convicciones religiosas. Le
escuché con inmensa admiración por la forma realista y responsable de afrontar
este problema personal y familiar. Al cabo de los años pienso que nuestras
conversaciones fueron acertadas y que al menos le reportaron consuelo. Eran los
tiempos del comunismo puro y duro idealizado de la posguerra, y también de la
convivencia social ridícula y absurda humorísticamente descrita y denunciada
por Giovanni Guaresqui con sus inmortales relatos novelados en D. Camilo.
En St. Michel había un comunista glorioso que se encontraba
en la casa parroquial como en la suya propia y sospecho que mejor. Era, como
tantos otros, un hombre de buen corazón, pero con la cabeza a pájaros a causa
del adoctrinamiento marxista. Lo cierto es que allí hablaba sin miedo, se
sentía respetado como persona y estaba dispuesto a ayudar si ello fuere
necesario. Un caso similar lo encontré en un convento de monjas de clausura
cercano a Marsella. El líder comunista de la localidad era quien se ocupaba de
los servicios materiales del convento. Las monjas podían confiar totalmente en
sus buenos servicios asistenciales. Durante el tiempo que yo presté los servicios
de capellán pude comprobar la satisfacción de aquel hombre por prestar los
suyos como contratado laboral del convento. Había un interés material, sin
duda, pero no disimulaba su simpatía abierta por las religiosas. Un buen día me
comunicaron que su esposa había muerto. ¿Qué hacer? ¿Será prudente ir a su casa
a darle el pésame? ¿Cómo será interpretada mi visita por sus camaradas
comunistas? No di más vueltas al asunto y me personé en su casa cuando todavía
su mujer estaba de cuerpo presente. Tan pronto se percató de mi presencia se
fundió en un abrazo conmigo y me dio las gracias profundamente emocionado.
Entendí que había acertado con mi visita y después de pocos minutos abandoné el
domicilio. Han pasado muchos años desde entonces y me pregunto: ¿Qué habrá sido
de aquellos Peppones de la posguerra?
Por último, una anécdota significativa. Un día por la mañana
terminaba yo de celebrar la Eucaristía en St. Michel cuando una joven se acercó
a la sacristía solicitando los servicios de un sacerdote para su abuela que se
encontraba muy enferma. El P. L´Heureux, que apareció también por allí en aquel
momento, me pidió que, sin perder tiempo, acompañara a la joven. No perder
tiempo significaba que saliera a la calle tal como estaba revestido todavía con
el hábito blanco dominicano tras la celebración eucarística. Llegados a la
casa, la nieta me introdujo en la habitación de la abuela y le dijo que ya
estaba allí el padre como ella había solicitado. Pero la señora, al verme
vestido con la librea blanca dominicana, quedó sorprendida y, tras un breve
silencio, respondió amablemente: “sirvan un café al señor”. La nieta insistió
que yo era el sacerdote que ella esperaba. Pero la abuela insistió de nuevo en
que me sirvieran un café. Miré a la nieta y la hice comprender que su abuela no
me reconocía como sacerdote a causa de mi atuendo. Volví como un relámpago a la
sacristía y expuse el caso al P. L´Heureux. Tienes razón, dijo. Probablemente
esta señora no ha visto jamás a un sacerdote vestido de dominico. Ya verás cómo
voy yo con el “collar” y me reconoce inmediatamente. Y así fue. En otra ocasión
y contexto distinto alguien me vio paseando vestido con el hábito dominicano y
llamó discretamente a otras personas, ante las cuales me convertí en un objeto
especial de curiosidad. De estas y tantas otras anécdotas yo sacaba las
oportunas conclusiones para aprender a ser realista en la vida y útil a los
demás.
Pero había que volver a Madrid y no sólo sino acompañado.
Esta es la cuestión. En la parroquia había una señora pastoralmente muy
comprometida que ayudaba cuanto podía a las personas necesitadas. Una de ellas
era una joven soltera que había llegado a Marsella por razones laborales y
tenía un hijo de pocos meses. Ella tenía previsto regresar a España con su hijo
y me preguntaron si yo tenía inconveniente en que realizara el viaje conmigo
para evitar que viajara sola con el niño. Nos pusimos de acuerdo, nos compraron
los pasajes de tren correspondientes y nos acercaron triunfalmente a la
estación del ferrocarril con el precioso niño como protagonista. Tan pronto
aparecimos en el andén recibimos todas las atenciones de los funcionarios, los
cuales debieron pensar que éramos una joven pareja que viajábamos orgullosos
con nuestro hijo primogénito. Yo asumí la responsabilidad de acompañar a la
joven con su hijo hasta Barcelona donde sus padres nos esperaban. Durante el
largo viaje ayudé a la joven madre lo mejor que pude y los viajeros que nos
vieron nos expresaron en todo momento su simpatía. Para ellos era obvio que la
joven madre y yo éramos los felices padres de la criatura. Por fin llegamos a
Barcelona y, tal como estaba previsto, los padres de la joven estaban
esperándonos en el andén. Ellos al vernos se emocionaron mucho, sobre todo al
contemplar la preciosa criatura, y yo comprendí que mi misión se había cumplido
felizmente. Los padres de la joven quisieron agasajarme invitándome a su casa
para presentarme a la familia. Rechacé amablemente la oferta alegando algunas
excusas, pero la verdadera razón de no aceptar su invitación fue la siguiente.
Una vez cumplida la misión que me habían encomendado en Marsella, yo debía
extremar la prudencia para evitar dos posibles riesgos. Primero, que alguien
dedujera que yo era el padre de la criatura y, segundo, que la joven madre convirtiera
sus sentimientos de gratitud hacia mí en enamoramiento. Así pues, me despedí
tiernamente de todos y desaparecí sin dejar ningún rastro informativo de mi
persona. ¿Qué habrá sido de aquella amorosa madre soltera y de su precioso
hijo?
4. La experiencia de París
Durante el verano de 1967
mi laboratorio pastoral fue París. Yo conocía París por la historia, pero ahora
quería conocer aquella ciudad emblemática directamente sobre el terreno. O sea,
a sus habitantes naturales, a los inmigrantes llegados del mundo entero, sus
librerías y medios de información y los problemas sociales que por aquellas
calendas convergían en la gran metrópoli europea. Como sería muy largo hacer
una crónica completa de mis visitas a París, me limitaré a destacar algunos
aspectos de mis experiencias pastorales tal como afloran a la memoria. Como
queda dicho más arriba, el curso académico 1966-1967 lo hice en Roma como
estudiante en el ciclo de doctorado en filosofía y desde allí planifiqué el
cambio de experiencia estival. Todo resultó felizmente según mis previsiones y
llegué a la parroquia de Saint Jean-Baptiste de Grenelle, donde me integré en
el equipo parroquial sabiamente dirigido por André Mathé. Al igual que en St.
Michel, en Marsella, en la parisina parroquia de St. Jean-Baptiste de Genelle
los sacerdotes vivían en comunidad. Aunque el cambio de tercio pastoral fue
decidido en Roma, el viaje a París lo hice desde Madrid.
La nueva andadura de experiencias en París como centro de
operaciones se va a desarrollar durante los veranos 1967, en vísperas de la
revolución de mayo del 68; 1968, con las calles calientes y muchas zanjas
todavía abiertas; 1969 y 1971, vísperas de la crisis del petróleo en 1974 y
crisis de las utopías sociales. Por aquella época tenían lugar dos fenómenos
sociales muy populares entre la juventud estudiantil con un denominador común:
ganar dinero en verano para pagarse los estudios. Una fórmula consistía en
dirigirse con tiempo suficiente a centros o personas conocidas en las capitales
europeas donde se buscaba trabajo y alojamiento para estudiantes durante las
vacaciones estivales. Otra fórmula era desplazarse sin previo aviso a los
lugares donde tenía lugar la recolección de la uva, para ofrecerse a trabajar
sobre el terreno. Pues bien, junto a mi viajaban un joven estudiante con
destino Burdeos para trabajar en la vendimia y una joven que viajaba a Londres.
Pero al llegar a Burdeos el joven prefirió pagar el viaje hasta París en lugar
de despedirse de la muchacha. La decisión supuso para él un desembolso de
dinero no previsto y con el agravante de que a su retorno a Burdeos hubiera
perdido la oportunidad laboral que había conseguido. Al llegar a París le ayudé
en algo para que retornara lo antes posible a Burdeos, pero no recuerdo
exactamente en qué consistió la ayuda. El presbiterio estaba ubicado en la
calle Etien Pernet, 14, en la primera planta de un bloque de casas. No había
lujos, pero sí habitaciones suficientes y confortables. Y además con el
edificio de la iglesia al lado en la plaza y la posibilidad de acceder
fácilmente con el Metro a todos los puntos importantes de París. Los curas que
me recibieron eran castizos a la francesa y curtidos por la vida. El párroco,
André Mathé, en una ocasión en que la señora del servicio le expuso alguna
preocupación, le respondió con humor que no se quemara la sangre por las
pequeñas rarezas o manías de un grupo de hombres célibes como ellos.
Una vez instalado en la confortable habitación y fijado mi
programa de actividades pastorales, pensé que debía matricularme en los cursos
de francés para extranjeros en la Aliance Francaise. Hablando en términos
bíblicos, allí nos dábamos cita gentes de toda raza, pueblo y nación, con lo
cual se ampliaba mi experiencia estableciendo contactos personales multilaterales.
La profesora era una joven que no disimuló su simpatía por mí. Pronto me di
cuenta del interés que tenía en que yo aprovechara bien el tiempo y mis
ejercicios lingüísticos fueran de calidad a todos manifiesta. Un día me mandó
hacer una improvisación en clase y conté cómo había depositado mi pequeño
paraguas en el lugar adecuado y cuando fui a recogerlo había desaparecido.
¿Quién se había llevado el paraguas? Nunca lo supe. Ella ciertamente no.
Conociendo su comportamiento en clase conmigo, de haberlo cogido me lo habría
devuelto con una pícara y amorosa sonrisa. Por el contrario, se enojó por la
desaparición del paraguas y se alegró de que yo aprovechara la ocasión para
denunciar su desaparición. Al final del curso firmó mi documento de
certificación testificando que había cursado dos meses cuando en realidad sólo
había asistido a sus clases durante un mes. Cuando estuvo disponible la foto de
fin de curso y me disponía a comprarla, ella se adelantó a regalármela. Otras
anécdotas relacionadas con aquel inolvidable curso de francés fueron las
siguientes.
Durante los tiempos de descanso hablábamos animadamente y
llegó a crearse un ambiente de convivencia muy agradable entre los alumnos del
curso. Todos teníamos interés por conocer nuestro origen, nuestras ilusiones y
ocupaciones. Sobre uno de los compañeros se había generalizado la opinión de
que era seminarista o persona relacionada con el mundo eclesiástico. Él lo
desmentía casi indignado, pero no llegaba a convencer a nadie. Yo, por el
contrario, cuando llegó el momento oportuno me presenté como sacerdote dominico
y hombre de Iglesia y me creyeron aún menos. ¿Había intuido la profesora algo
de mi personalidad y por ello me regaló desde el primer momento su amorosa y
desinteresada simpatía? Todo es posible, pero no lo sé. En algún momento de
esta autobiografía tendré que hablar de mi estilo personal y forma de
introducirme en los diversos ambientes sociales en los que he tenido ocasión de
hacerme presente. Otra anécdota digna de
recuerdo es la siguiente. A los pocos días de comenzar el curso me llamó la
atención una joven, la cual se mantenía separada de todos guardando distancia
durante el descanso entre clase y clase. Ni ella hablaba con nadie ni nadie
intentaba hablar con ella. Aquello no me pareció normal y pensando que la joven
tenía algún problema, me acerqué a ella, la saludé amablemente y me respondió
con una linda sonrisa. Yo pensé que había cumplido con mi deber, pero algunos
de los que me vieron acercarme a la joven, me llamaron preocupados y me aconsejaron
que no tratara de conversar con ella. Es la hija del Embajador de Irán, me
dijeron, y no puede hablar con nadie bajo pena de ser severamente castigada
cuando vuelva a casa.
Uno de los servicios que me encomendaron en la parroquia fue
hacer permanencias en el despacho, lo cual fue para mí una oportunidad de oro
para entrar en contacto con la gente y conocer en directo sus problemas
personales. Un buen día a primera hora de la mañana se presentaron dos árabes
que terminaban de llegar a París en tren buscando trabajo. ¿Qué podía yo hacer
por ellos? Nos echamos a la calle y en poco tiempo nos encontramos ante unos
bloques en construcción y nos dirigimos a un señor que inspeccionaba las obras.
¿Qué desean ustedes, preguntó? Trabajar, respondimos. Tras unas palabras
aclaratorias los invitó a incorporarse ya al trabajo y ellos aceptaron sin
vacilar. De vuelta a casa yo mismo me admiraba de cómo en poco más de una hora
los había dejado trabajando. Por aquella época encontrar trabajo en París era
relativamente fácil. Los estudiantes aprovechaban las vacaciones estivales para
trabajar y ganarse unos dineros en los servicios de limpieza de los bares o en
las terminales de camiones haciendo trabajos de carga y descarga. Mi habitación
en el presbiterio fue también lugar de acogida de estudiantes españoles que
volvían de Inglaterra cansados y desilusionados por el trato que habían
recibido.
El despacho parroquial en St. Jean-Baptiste de Grenelle fue
un excelente laboratorio pastoral para mí y me resulta grato recordar algunas
anécdotas interesantes. Un día, por ejemplo, irrumpió violentamente un tipo
inmenso con voz desencajada y palabras amenazadoras. ¿Por qué han llamado
ustedes a la televisión? Perdone, pero no sé de qué me está hablando usted,
respondí con tranquilidad. Salí del despacho y observé que, efectivamente, a la
puerta de la iglesia había un equipo de televisión dispuesto a filmar. Volvimos
al despacho y me explicó. El funeral que se va a celebrar es por mi padre y no
quiero ver a la televisión aquí. Le expliqué con buenas palabras que si la
televisión estaba a la puerta de la iglesia no era porque la parroquia la
hubiera llamado, y que tampoco tenía yo autoridad para impedir que filmara en
la calle lo que creyera oportuno. Creo que le convencí de mi inocencia y todo
quedó en amenazas de palabra y gestos de indignación por su parte. El difunto,
cuyo funeral estaba a punto de celebrarse, me informaron después, era un capo
importante de la mafia y se comprende que la televisión estuviera interesada en
filmar la llegada de los asistentes a la ceremonia religiosa. Tampoco había que
excluir la presencia de ladrones con pasamontañas en la nave de la iglesia o la
de oportunistas alegando que eran exiliados políticos.
A las actividades en el contexto de la iglesia parroquial
tengo que añadir las visitas al barrio latino. Durante la década de los años 60
del siglo XX el barrio latino era un
centro de convergencia mundial fascinante. Allí se daban cita el pasado secular
y el presente en evolución acelerada. Se estaba preparando la revolución de
mayo del 68. En el histórico barrio había que visitar, además de las calles,
plazas y cafeterías, las librerías y sus sótanos. O también la sede de las
“feministas”. En los sótanos de las librerías podían encontrarse revistas y
periódicos revolucionarios con facilidad. En la sede de las “feministas” fui
recibido cordialmente y me mostraron sin hipocresía su verdadero rostro. Detrás
de su abandono personal, la falta de higiene y carencias afectivas
fundamentales, pude descubrir en ellas los estragos del desamor y de las
ideologías vengativas. La redacción del diario Le Monde y de la revista Le
Nouvel Observateur fueron otros de mis lugares de visita preferidos. Sin
olvidar la obra del mítico P. Talvas en favor de las mujeres explotadas como
carne de consumo prostitucional. Pero sigamos con las anécdotas.
Después de haber formalizado el bautismo de su hija, el
joven padre replicó de forma sorpresiva: ¿Y si le digo que soy judío? Usted
dirá, contesté con naturalidad. Y me explicó todo. Él, en efecto, era judío,
pero su esposa era católica y por eso se encontraba allí solicitando el
bautismo de su hija. Estoy convencido, añadió, de que religiosamente mi esposa
tiene razón y trato de seguir sus pasos, pero no tengo la fe. Yo traté de
explicarle que lo que a él le ocurría es un fenómeno conocido denominado
técnicamente credentidad y que, por tanto, no me sorprendía. Me miró con
simpatía y concluyó: “Si los míos -los judíos- entendieran a Cristo y judíos y
católicos nos uniéramos, el mundo sería nuestro en veinticuatro horas”. Esta
entrevista se comenta por sí sola por su calado teológico y político en clave
judía.
En otra ocasión, apenas había abierto el despacho cuando
irrumpió una señora totalmente desconocida y, sin presentarse, me pidió la
llave del Sagrario. La miré sorprendido esperando alguna explicación
aclaratoria por lo que no disimuló su disgusto. La pregunté para qué y en
nombre de quién me pedía la llave y respondió que estaba autorizada para llevar
la comunión a los enfermos y que era una religiosa dominica. No dudé de su
confesión y le entregué la llave sin decirle que yo también era dominico y que
lo menos que podía haber hecho era presentarse como Dios manda. Durante el
almuerzo fue celebrada la anécdota al tiempo que el párroco A. Mathé me pidió
disculpas por sus presuntos fallos informativos al encomendarme el despacho
parroquial. Por ejemplo, me había informado sobre cómo convenía recibir y
tratar a los que pedían dinero. O sobre los criterios a seguir para aceptar o
rechazar invitaciones para visitar los domicilios de los parroquianos.
5. Algunos casos emblemáticos
Un día me hablaron de una
joven madre que se encontraba hospitalizada y deseaba hablar con algún
sacerdote de la parroquia. Me tocó el turno y me personé inmediatamente en el
hospital. La encontré sola y en pocas palabras me contó su vida. Aparte la
enfermedad del momento, el marido la había abandonado y tenía una hija muy
pequeña. La visité más de una vez en el hospital y cuando fue dada de alta me
invitó a su casa para que conociera a su hija. Antes de yo abandonar París
programó una excursión para que conociera una zona de la Bretaña, donde nos
esperaba una familia amiga suya para agasajarnos. Terminada la excursión, pensé
que la joven madre abandonada quería introducirme en su mundo de amigos y
familiares de una forma prudente y respetuosa con vistas a hacerme después
alguna propuesta de matrimonio. Era sin duda una mujer con la cabeza bien
puesta, y tal vez por ello no tuvo reparos en demostrarme su aprecio y
simpatía, pero sin dar lugar a que se produjera una indeseable situación
sentimental entre los dos. Una mujer con esta capacidad de prudencia es
doblemente admirable y por eso la recuerdo aquí con cariño y el deseo de que
tanto a ella como a su hija Dios las haya tenido siempre de su mano.
Era ya bien entrada la noche cuando sonó el teléfono.
Alguien solicitaba un servicio de urgencia y lo más natural era, que siendo yo
en aquel momento el más joven en casa, asumiera aquella responsabilidad. Me
eché a la calle con la precaución correspondiente y pronto me encontré en un
piso oscuro y desangelado ante un muerto tendido en el suelo. Soy una pobre
viuda, mi marido acaba de morir, exclamó la señora que había llamado mientras
me abría la puerta. A los pocos minutos llegó un médico del servicio de
urgencias para certificar la defunción. Y ahora viene lo que quiero destacar de
este encuentro. El médico, terminado su trabajo, esperó a que la viuda le
pagara los servicios allí mismo delante del muerto y desapareció como alma que
lleva el diablo. Solos ante el muerto, también la señora me miró esperando que
le dijera yo cuáles eran mis honorarios por el servicio prestado. Hice un gesto
expresivo y la respondí delicadamente que a mí no tenía que pagarme nada.
Cuando consideré que mi misión pastoral había terminado, salí a la calle
meditando en la oscuridad de aquella noche parisina sobre todo lo que había
ocurrido en poco más de dos horas. De vuelta a casa me sentí profundamente
feliz de haber podido ayudar a aquella desconsolada mujer sin otra compensación
que la del deber cumplido con amor.
En otra ocasión me requirieron de un hospital para prestar
los servicios religiosos a un caballero. Esta vez no era de noche sino en pleno
día y el enfermo señor mostró interés en prolongar nuestro encuentro
conversando. Posiblemente le llamó la atención mi juventud y mi carácter. La
conversación que mantuvimos estuvo marcada por el realismo de la vida y el
sentido del humor. Mira, me dijo, yo soy ya un hombre que estoy de vuelta de
todo, y lo único que me preocupa es tener un final digno en este mundo y
después un encuentro feliz con Dios. No puedo asegurar que estas fueron
exactamente sus palabras, pero sí que este fue el mensaje esencial de las
mismas. Luego me preguntó por qué la Iglesia no crea alguna institución para
hombres como él, que no tienen vocación de monasterio o de vida clerical, pero
que son cristianos convencidos que desean por encima de todo encontrarse
felizmente con Dios.
En una de las calles adyacentes al complejo parroquial había
un restaurante oriental por cuya puerta yo tenía que pasar constantemente. En
la Iglesia yo había visto orientales que me causaron la impresión de ser
cristianos convencidos y sin complejos. Un día el párroco André Mathé me pidió
que celebrara el bautismo del hijo de una familia oriental de la parroquia.
Aceptado el delicado encargo, mi primera sorpresa fue que el niño que había de
ser bautizado era hijo de los propietarios del restaurante oriental vecino del
que he hablado antes. Me sorprendió gratamente también la numerosa concurrencia
a la celebración y la alegría desbordante de todos los asistentes a la
ceremonia. La sorpresa fue en aumento cuando ellos descubrieron que yo era
dominico de nacionalidad española y yo descubrí que ellos eran vietnamitas
asentados en Francia. Así las cosas, me hablaron de algunos dominicos
misioneros españoles amigos suyos y que yo conocía personalmente o había oído
hablar de ellos. Efectivamente, con la llegada del comunismo a Vietnam, esta
familia optó por abandonar su país y emigrar a Francia. Los misioneros
dominicos habían encontrado en esta familia un apoyo importante y ahora había
tocado el turno de ayuda a los misioneros. Era una familia profundamente
cristiana que había mantenido unas relaciones de amistad incondicional con los
misioneros dominicos españoles, algunos de los cuales, como he dicho, yo había
conocido personalmente. Cuando comenté todo esto con los curas del presbiterio
se alegraron mucho porque, según ellos, era una familia cristianamente
ejemplar. Lo primero que hicieron fue invitarme a su casa. Llegué a la puerta
del restaurante y me presenté. El portero me regaló una sonrisa y al instante
apareció el padre del niño bautizado. Era la hora punta del restaurante y me llevó
a una mesa reservada para mí. Las órdenes de servicio estaban dadas y el menú
fue una exhibición de exquisiteces y gestos de alegría por estar allí. Cuando
consideré que era el momento más oportuno solicité la cuenta al camarero de
turno, el cual fue a consultar y volvió rápidamente para decirme que yo allí no
tenía nada que pagar. Dado que era la hora punta del restaurante consideré que
no era el momento de permanecer más tiempo allí pero el padre del bebé
bautizado no se separaba de mí. De vuelta en el presbiterio comenté lo ocurrido
y me dijeron que el problema con aquella familia era que tenía por norma no
pasar factura a los sacerdotes de la parroquia que iban a comer a su
restaurante. Por ello yo sólo volví el día de mi despedida evitando que se consideraran
moralmente obligados a darme de comer gratuitamente cuantas veces pasara a
saludarlos.
6. Pilar,
capítulo aparte
Hacia las cuatro de una estival tarde
parisina alguien golpeó tímidamente con los nudillos de los dedos en la puerta
de mi despacho de la Parroquia de S. Juan Bautista de Grenelle. Era ella,
aquella bella señora que en varias ocasiones había yo visto en la nave de la
Iglesia y cuyo porte distinguido llamaba la atención. Observando su compostura
en el templo me pareció contemplar una síntesis acabada de estética y mística.
La maravillosa señora era Madame Stella Visiers de Rivas. Para los amigos,
simplemente Pilar. ¡Adelante, por favor! Abrió la puerta disculpándose con
estas palabras: hace días que deseaba saludarle, pero, como hay siempre gente
esperando a la puerta del despacho, he aprovechado este momento en que parece
que está usted más libre. Tomó asiento y con una naturalidad impresionante
abrió la conversación, haciendo comentarios interesantes sobre algunos aspectos
de la vida parroquial como las homilías dominicales.
Primero hizo unas observaciones
críticas con gran comprensión sobre defectos crónicos de la predicación
dominical, de los que todo el mundo se queja inútilmente. Luego destacó los
aspectos positivos o ejemplares de cada predicador sin disimular su respeto y
comprensión hacia todos ellos. Terminado el repaso crítico de cada predicador,
me dijo cuál de ellos era su confesor y director espiritual. Pronto me di
cuenta de que estaba hablando con una mujer que conocía a los hombres en
profundidad y que tenía una capacidad inmensa para comprender y disculpar las
limitaciones naturales de las personas. Pero aquello había sido sólo la
introducción al tema del que realmente deseaba hablar conmigo.
Al término de estos comentarios dijo
que deseaba pedirme un favor. Hacía tiempo, matizó, que había pensado invitar
al párroco a almorzar en su casa pero que no lo había hecho por considerar que
el Sr. párroco tendría otras cosas más importantes que hacer que perder el
tiempo hablando con ella. Fue inútil tratar de convencerla de que no pedía nada
del otro mundo y que no se privara de cursar la invitación al párroco. Su
respuesta fue que, independientemente de que invitara o no después al Sr.
párroco, me pedía, por favor, que aceptara yo almorzar en su casa antes de
abandonar París. En aquel momento me acordé de uno de los consejos que el
párroco me había dado cuando me encomendó el despacho parroquial. Mira - me
dijo- si alguien te invita a comer a su casa, si puedes, acepta la invitación y
prepárate para escuchar. Aquí es costumbre de muchos parroquianos invitar al
sacerdote a su casa para hablar allí con él de algún asunto importante. Lo cual
es más probable que ocurra tratándose de un sacerdote que está de paso o es
extranjero. Así las cosas, consulté la agenda y sobre la marcha fijamos el día
y la hora de nuestro almuerzo en su casa, que resultó estar a poco más de
trescientos metros de donde nos encontrábamos hablando.
Durante el almuerzo, que había preparado
ella misma con inmensa ilusión, me fue desvelando gradualmente su vida pasada
como prostituta de lujo en París. Primero me habló de un marido que tuvo, a la
sazón en paradero desconocido, y de su hijo del que sólo sabía de él cuando
llegaba a casa para darla algún trago de tormento en lugar de satisfacción. Un
buen día tuvo que ser ingresada enferma en el hospital y allí conoció a una
joven enfermera muy distinta de otras, la cual resultó ser una religiosa. Como
resultado de aquel encuentro mi anfitriona terminó bautizándose y cambiando de
vida para siempre. Actualmente la joven monja enfermera se había convertido en
una verdadera hermana para ella. Tanto su director espiritual como la religiosa
conocían casi al detalle la historia personal de Pilar, pero no todo. A Pilar
le quedaba todavía algo muy importante que contar a alguien. ¿Por qué huyó de
casa a la edad de trece años cayendo en las garras de las mafias del vicio en
las cercanías de la torre Eiffel? Esta
era la cuestión. Me dijo que a raíz de nuestra conversación en el despacho tuvo
la impresión de que yo había adivinado la causa de aquella fuga de la casa
paterna y que no me sorprendería nada si ella me desvelaba ahora el secreto
escondido que tanto tormento moral la producía.
Cuando terminó su relato y oyó mi
interpretación, me confesó profundamente agradecida que desde los trece años
llevaba dentro aquel sufrimiento moral del que, por fin, se había sentido
felizmente liberada. Entonces comprendí el verdadero objetivo de su invitación
y la sabiduría pastoral del párroco cuando me previno sobre las eventuales
invitaciones que pudiera recibir por parte de sus parroquianos. Después de
haberla escuchado atentamente la pregunté si no pensaba escribir sus Memorias y
me respondió que ni se consideraba escritora ni veía qué interés podría tener
su vida para nadie. En realidad, lo que deseaba era olvidar su pasado en lugar
de recrearlo con la excusa de escribir sus Memorias.
Antes de finalizar nuestro encuentro me
sorprendió con una oferta. Ella había constatado mi interés por todo lo que me
contaba y pensó que ella podía ofrecerme la oportunidad de conocer de primera
mano y con todas las garantías de seguridad personal los aspectos inconfesables
del parisino barrio de Pigalle. ¿Cómo? Solicitando una entrevista especial para
mí con el personaje más poderoso y mezquino de aquel infernal sitio. Ella
estaba dispuesta a tragarse el sapo de preparar la entrevista, venciendo su
repugnancia natural a volver a encontrarse con aquel nefasto ser humano, con tal
de que ello fuera de alguna utilidad informativa para mí. Cuando se disponía a
descolgar el teléfono para concertar la entrevista comprendí que sólo lo hacía
para darme la oportunidad única de informarme de primera mano sobre lo que
ocurría en aquel degenerado ambiente, para lo cual tenía ella que hacer un gran
sacrificio para vencer la repugnancia que le causaba volver a aquellos lugares.
La di las gracias por la privilegiada
oferta informativa que me ofrecía, pero rogándola que desistiera de su intento ya
que –la dije -, después de conocerla y haberla oído hablar a ella, todas las
informaciones sobre ese diabólico mundo carecían ya de interés para mí. Colgó
el teléfono y, mirándome tiernamente, replicó: “Mejor que no conozca usted ese
mundo”. En contrapartida me entregó una síntesis de su currículo laboral.
Madame Stella Visiers de Rivas hablaba a la perfección en francés, inglés,
español e italiano. En Christian Dior fue jefa de relaciones públicas y
directora de personal. En la Banca de Francia trabajó como cajera y
subdirectora de los servicios de estadística. Igualmente, fue agente de ventas
en el sector inmobiliario, así como contable y jefe de personal en una
importante biblioteca parisina. Obviamente en su currículo laboral no figuraba
que había sido una de las mujeres más bellas de París sexualmente explotada por
magnates de la prostitución, de la política y las finanzas. He conservado
siempre un hermoso recuerdo de esta mujer y en alguna ocasión le he dedicado
versos de gratitud y admiración por el remate final de su vida guiada por el
amor de Dios.
7. Mayo del 68, primer trasplante de corazón y
aterrizaje en la luna
Tres acontecimientos llamaron particularmente mi atención
durante aquellos años en que París se había convertido en mi laboratorio de
experiencia pastoral y me parece obligado hacer una breve memoria de ellos. En
el campo científico se estaban produciendo sorpresas importantes al tiempo que
socialmente la denominada “revolución sexual” y el marxismo propiciaban un
conflicto violento entre estudiantes y obreros con los regímenes políticos
rivales del totalitarismo marxista. Durante los años anteriores a mayo de 1968
se habían producido en diversas partes del mundo acontecimientos que fueron
vistos por los estudiantes universitarios franceses como iconos de admiración.
Por ejemplo, la revolución marxista cubana, la guerra por la independencia de
Argelia, la resistencia de Ho Chi Min en Viet-nam y la revolución cultural en
China. Sin olvidar a EE.UU., y otros países. La explosión final se desencadenó
en la Universidad de Nanterre el 3 de mayo desde donde las violentas protestas
se extendieron rápidamente a la Sorbona en París. Pocos días después el
movimiento obrero y el estudiantil se unieron en asambleas, comités de acción,
barricadas y una impresionante huelga general. Estudiantes y obreros se unieron
contra el sistema establecido actuando con una efervescencia casi incontrolable
por las fuerzas del orden público. Con motivo de la fiesta del trabajo decenas
de miles de personas se manifestaron en la Bastilla al tiempo que las aulas de
la universidad de Nanterre eran ocupadas por los manifestantes. En París la
policía cerró las puertas de la Sorbona y detuvo a varios centenares de
estudiantes de los cuales cuatro cabecillas fueron condenados a dos meses de
cárcel. Como reacción a estas detenciones varios miles de estudiantes se
manifestaron ante la sede de la Sorbona exigiendo libertad para los
encarcelados al tiempo que se creó un periódico revolucionario, Action, que se agotó inmediatamente.
parte, ocuparon la fábrica
y secuestraron al director. La revolución de estudiantes y obreros prendió como
fuego en estopa y la huelga se fue extendiendo por toda Francia. Ocuparon los
astilleros del Sena, se racionó la gasolina y paralizaron los servicios de
correo, trenes, aviones y metro. En una manifestación por el Barrio Latino fue
exhibida esta pancarta: "Todos somos judíos alemanes". La Sorbona se
sumó a la lucha y murió un estudiante. Se hablaba ya de diez millones de
huelguistas violentos. Talaron árboles para construir barricadas y los cócteles
molotov empezaron a llover sobre las comisarías. Se produjeron dimisiones
gubernamentales y el presidente de la República, Charles De Gaule, desapareció
de la escena, pero regresó muy pronto para disolver las Cortes y afrontar
políticamente la crisis con éxito como después se comprobó. Yo había seguido
los acontecimientos desde Roma y el verano de 1968 mi regreso a París tenía un
interés particular para mí. Aunque la calma era prácticamente total se percibía
que el fuego revolucionario no se había extinguido y que algo estaba todavía en
ebullición.
Desde el punto de vista ideológico mi opinión personal sobre
la revolución estudiantil de mayo de 1968 puede resumirse así. Eran los tiempos
álgidos del marxismo y de la revolución sexual y Herbert Marcuse fue el
ideólogo probablemente más influyente entre la juventud universitaria por
aquella época. Marcuse reconsideró la teoría freudiana con la intención de
desarrollar sus virtualidades revolucionarias reconciliándola con el marxismo
para aplicarla a la sociedad industrial más avanzada. Marcuse acusó al marxismo
y al capitalismo clásico de haber reducido la condición del sexo a la situación
opresiva delatada por Freud respecto de sus antepasados. A la idea de liberar
el sexo se añadió ahora la de una revolución social a todos los niveles.
Marcuse pensaba que Freud se había quedado corto al reconocer que un mínimo de
control sexual es absolutamente necesario. No obstante, dejó claramente
señalado el camino a seguir. Si el sexo estaba todavía esclavizado había que
liberarlo buscando el momento oportuno que, a juicio de Marcuse, para las
sociedades industrializadas más avanzadas, ya había llegado. Las condiciones
creadas por la tecnología le llevaron a pensar que el trabajo deja de ser una
necesidad vital hasta el punto de que la contención sexual al servicio de esas
necesidades primarias estaría ya llamada a desaparecer. Los obstáculos contra
la total espontaneidad sexual no serían más que excusas para seguir explotando
y subyugando las libertades. En Marcuse ya no se sabe dónde termina el sexo y
empieza la política, y las masas universitarias, en las que la ideología
marcusiana había prendido como fuego en estopa, fundieron el contenido político
y sexual marcusiano en el término libertad, en nombre de la cual los
estudiantes se echaron a la calle con pretensiones revolucionarias
incontenibles.
Primero surgió el fenómeno de la “contestación” a nivel de
inconformismo ideológico. Los signos fueron chocantes y pintorescas formas de
vestir, de hablar y de manifestarse en público. Sexo y política fueron los
colores de la bandera de la presunta nueva libertad. La revuelta estudiantil
parisina de 1968 marcó el clímax de un proceso de acusación a toda la historia
de Occidente desde la cátedra del sexo y de la política de acuerdo con la tesis
programática de Herbert Marcuse y otros teóricos afines de aquella época.
Recuerdo todo esto para resaltar hasta qué punto con Freud se radicalizó la
convicción de que el amor es, antes que nada, sexo, y con Marcuse la idea de
que la libertad ha de entenderse en términos de sexualidad. Por consiguiente,
ni habría amor humano donde no hay sexo, ni verdadera libertad donde no hay
espontaneidad sexual. En la civilización socialista del futuro fantaseada por
Marcuse el trabajo estaría llamado a convertirse en entretenimiento narcisista
y la represión sexual en encantadora, pacífica y gozosa sexualidad dorada con
los ribetes de la estética. Marcase incurrió así en el oportunismo intelectual
pretendiendo ser criticando al marxismo y al freudismo al mismo tiempo.
Paradójicamente, la misma juventud universitaria que llevó su teoría a la
calle, a los clubes nocturnos y a las celebraciones sociales más frívolas
abucheó al Marcuse más viejo, maduro y cuerdo cuando años después hizo una gira
por Europa.
Quienes, siguiendo sus consignas, se entregaron al sexo
politizado como expresión de la libertad fueron los primeros en experimentar
las argollas de la dependencia viciosa del sexo. Desesperados del orgasmo se
dieron después a la droga y últimamente sus sucesores se encuentran entre los
grupos y movimientos que cultivan el caldo de la violencia. Con la dependencia
del vicio mataron la posibilidad misma de su propia libertad individual. El
recurso a la violencia ahora no es más que la venganza en los demás de aquello
que no son capaces de alcanzar para sí mismos. Marcuse demostró tener una
experiencia muy pobre de la naturaleza humana y no superó la categoría de un
teórico agitador de masas llamado a ser destronado por los mismos que antes le
había convertido en su líder revolucionario. En otro orden de cosas, el día 3
de diciembre de 1967 el mundo entero quedó asombrado ante la noticia de que un
médico sudafricano había realizado el primer trasplante de corazón de un ser
humano a otro ser humano. La operación había sido llevada a cabo por un equipo
de veinte cirujanos bajo la dirección del Dr. Christian Barnard en Ciudad del
Cabo, Suráfrica. La operación duró seis horas y el receptor fue Louis
Washkansky, de cincuenta y seis años de edad y desahuciado por un irreversible
problema cardiaco al que se unía una diabetes aguda. La donante fue Dénise
Darvall, una joven oficinista de veinticinco años atropellada junto a su madre
por un automóvil. Tanto el médico como el paciente salieron catapultados hacia
la fama, pero el agraciado sólo sobrevivió dieciocho días. Murió de una
neumonía inducida por el tratamiento inmunosupresor que debía tomar.
El 2
de enero
de 1968 el Dr. Barnard realizó el segundo trasplante. Ahora el corazón de un
negro latió durante 563 días en el cuerpo de un blanco. La polémica sobre estas
intervenciones quirúrgicas se disparó al tiempo que los pacientes fueron
ganando expectativas de vida, gracias a los fármacos inmunosupresores como la
ciclosperina. En Francia el fraile dominico P. Boulogne, consciente de su
estado de máxima gravedad cardiaca, no dudó en ofrecerse como paciente con la
ilusión de prolongar su vida lo más posible y eventualmente servir de estímulo
moral para asumir la muerte si la alternativa del trasplante no resultaba
exitosa. Este acontecimiento me conmocionó intelectualmente y escribí una carta
a mi cardiólogo el Dr. Enrique García Ortiz expresándole mi opinión sobre el
mismo de cara al futuro. No conservo copia de esta carta ni de su respuesta y
lo lamento mucho. De lo que sí recuerdo es que mi reflexión fue positiva y
temblorosa al mismo tiempo. En aquel momento ni siquiera existía el término
bioética ni pasaba por mi mente que tres años después me iba a encontrar yo
mismo embarcado en esa aventura de la vida. El otro acontecimiento que impactó
también fuertemente mi mente por aquella época fascinante de mi vida fue el
primer viaje exitoso a la luna. La noche del 16-17 de julio de 1969 en París
fue una noche realmente para no dormir. La llegada de los primeros seres
humanos a la luna pudo ser contemplada con estupor por televisión desde todos
los rincones del mundo El asombro dio lugar incluso a interpretaciones
escépticas sobre el hecho. Mucha gente llegó a pensar que se trataba de un
simulacro magistralmente fabricado, Apolo 11. Así fue bautizada la misión que los Estados Unidos enviaron al
espacio en julio de 1969, siendo la primera en llegar a la superficie de la
luna con personal humano a bordo y fue lanzado por el cohete Saturno V desde
Cabo Kennedy, en Florida, Estados Unidos. El comandante de la tripulación Neil
Armstrong fue el primer ser humano que pisó la superficie de la luna el 20 de
julio de 1969. El 24 de julio, los tres astronautas protagonistas de
la hazaña amerizaron felizmente en aguas del Océano Pacífico poniendo fin a su
misión.
La década de los años 60 significó el apogeo del marxismo
europeo, pero también las vísperas de la conquista del espacio y de la genética
humana. Por aquella época pocos o nadie imaginaba que los tiránicos regímenes
marxistas europeos estaban en vísperas de su disolución. Paralelamente se
estaba abriendo el camino para la conquista del espacio y del genoma humano al
tiempo que la economía mundial prometía un futuro de oro. Pero la crisis del
petróleo en 1974 y la inseguridad ciudadana a causa de los secuestros y el
terrorismo político ensombrecieron de forma permanente lo que parecía un
horizonte nuevo de progreso y paz para la humanidad. Yo viví aquellos años a
tope mientras realizaba mis estudios de doctorado en Roma y desde París
programaba viajes aventureros por Europa para conocer directamente sobre el
terreno los escenarios más importantes del cambio social que se estaba
produciendo.
8. Bruselas, Lovaina y Villeneuve de l´Archêveque
Bruselas era por aquellas
calendas la capital de la Comunidad Económica Europea frente al COMECOM o
mercado común comunista de los países del Este europeo. Pero no hablaré de la
situación económica sino de dos experiencias personales. Una vez instalado en
el convento dominicano de la Renaissance, en Bruxelas, era fácil programar
escapadas interesantes a diversos lugares e instituciones. Por ejemplo, la
ciudad universitaria de Louvain. Allí se me abrieron los ojos a los
sentimientos nacionalistas en toda su crudeza. Fortuitamente coincidió conmigo
allí mi compañero Pedro Sansegundo, O.P., y juntos nos dirigimos a Lovaina.
Primero visitamos la Universidad en la cual se respiraba un tufo nacionalista
que apestaba. Pero el colmo de la sorpresa fue cuando visitamos el Seminario
Juan XXIII. Era un inmenso edificio casi vacío en el que nos recibió una señora
la cual pasó aviso de nuestra visita a un cura que nos dio la bienvenida muy efusivamente
y, con gran sorpresa nuestra, se apresuró a preguntarnos si hablábamos
flamenco. Muy asombrados por la pregunta nos disculpamos de no poder satisfacer
su deseo, pero no por ello se abstuvo de hablarnos gloriosamente y sin el más
mínimo sentido del ridículo de sus libros publicados en flamenco. En el
convento de los dominicos también se vivía por aquella época la división entre
flamencos y valones, lo cual me resultó más triste que pintoresco. De vuelta en
Bruselas tuve la oportunidad de conversar confidencialmente con un fraile
entrado en edad y con un sentido realista de la vida muy notable. Simpatizamos
inmediatamente y me habló a corazón abierto. En un momento dado de nuestra
conversación me propuso quedarme allí a vivir. Bruselas era un lugar siempre
abierto a proyectos pastorales interesantes y, según él, era necesario que
gente joven y con entusiasmo tomara las riendas de aquella casa rica en
historia y mucho futuro por su estratégica situación. No podía yo imaginar
entonces que muchos años más tarde iba yo a recibir otra invitación para vivir
en Bruselas como responsable de una importante institución internacional de
medios de comunicación. El sentido realista de la vida no me permitió aceptar
ninguna de estas honrosas invitaciones, pero el sentido de la gratitud me
obliga a dar las gracias a quienes depositaron en mí tanta confianza y
generosidad.
Pero hablando de París como epicentro de experiencias me
resulta grato recordar dos viajes a la pequeña población de Villeneuve de
l´Archêveque a veinte kilómetros de Sens y ciento treinta de París. Hacía
tiempo que había oído hablar en familia del tío Teodoro que de joven emigró a
Francia y no volvió nunca a España por razones políticas por más que él no
militó nunca en la política. Se fue de casa en busca de trabajo y encontró
también a una mujer maravillosa con la que se casó, tuvo hijos agradecidos y
vivió feliz hasta el fin de sus días. Una hermana suya longeva me facilitó los
datos informativos indispensables para encontrarle. En realidad, sólo
necesitaba saber su nombre y el lugar de residencia, que era el histórico
pueblecito de Villeneuve de l´Archêveque. Llegué a Sens en tren y allí tomé un
autobús que paraba en todas las localidades del trayecto. Fue un viaje
fascinante, tanto por el interés histórico de la zona como por el objetivo
aventurero del mismo. Por fin llegamos al pueblecito y el autobús se paró junto
a la puerta de un bar. Si no me falla la memoria yo era el único viajero con
aquel destino y la parada estaba desierta de gente. Entré en la taberna
inmediata con mi estilo juvenil, mochila al hombro, y me dirigí a dos
caballeros entrados en edad que estaban en la barra. Buenas tardes, señores,
¿el Hotel de la Estación se encuentra por aquí? Uno de los caballeros me
dirigió una tierna sonrisa y replicó: Sí, está muy cerca de aquí. Se despidió
del compañero y se fundió en un emocionado abrazo conmigo. Yo, joven, había
descubierto a un anciano tío. Él, anciano, había descubierto a un sobrino
joven. Sólo faltaba introducirme en casa y descubrir el resto de una hermosa y
feliz familia. Obviamente, yo había oído hablar de la tía Antonieta y ahora me
encontraba en sus brazos participando de su alegría por la visita y de su amor.
El hotel de la Estación del ferrocarril era suyo y allí vivían. Mr. Théo, mi
tío, estaba jubilado, había perdido un dedo en el trabajo en una fábrica
maderera, pero gozaba de muy buena salud. De joven fue camionero y conocía
Francia por todos los costados. La tía, Madame Théo, era bastante más joven y
llevaba toda la responsabilidad administrativa del hotel. Por lo demás, la vía
del tren se conservaba, pero desde hacía bastantes años el servicio ferroviario
había sido suspendido. Una vez instalado en mi habitación cenamos en la
intimidad. Pero a partir del día siguiente la tía me propuso comer con los
clientes habituales del restaurante con el fin de que me conocieran y
discutiéramos sobre los problemas que ellos planteaban. A ella le encantaba que
los comensales me hicieran preguntas y yo me encontraba como el pez en el agua
escuchando sus comentarios sobre política y la situación de los trabajadores
sin excluir cuestiones religiosas. Los acontecimientos de mayo del 68 estaban
todavía calientes en la memoria y había mucha emoción. Para mí resultaba
fascinante encontrarme frente a frente comiendo en la misma mesa de los
trabajadores que llegaban fatigados en traje de faena a reponer fuerzas para
seguir trabajando hasta media tarde según los horarios laborales.
Yo disfrutaba de esta oportunidad y mi tía, Mme. Théo, como cariñosamente
la llamaban los clientes, casi todos obreros, se sentía orgullosa de su sobrino
recién descubierto. Mi tiempo en Villeneuve de l´Archêveque estaba distribuido
entre los paseos en bicicleta y las visitas familiares. La edad de jubilación
de la tía Antonieta se avecinaba y se había construido un precioso chalet en la
finca donde pensaban vivir los últimos días de su vida. La casa era preciosa y
el lugar paradisíaco en verano. Pero era una casa solitaria y había que contar
con las inclemencias del invierno y las limitaciones “in crescendo” de la edad.
La tía replicaba que los hijos y nietos eran conscientes de todo ello y que su
cercanía no les iba a faltar. Mi tío gozaba de gran reputación en la fábrica
donde se había jubilado y muchos días pasaba la mañana allí como si siguiera
trabajando. Pero, además de este feliz descubrimiento familiar, en Villeneuve
de l´Archêveque descubrí al cura párroco y su iglesia. Mi tía, que no había
tenido tiempo de ocuparse de cuestiones religiosas, tenía un corazón de oro y
admiraba profundamente al Sr. cura párroco. De ahí su interés por presentarme a
él. No recuerdo su nombre, pero me llamó mucho la atención su pose eclesiástica
sin complejos y su sentido realista de la vida. Físicamente era un hombre
elegante, tal vez de unos cincuenta años de edad, consciente de que estaba al
frente de una iglesia cristianamente floreciente en tiempos pasados, pero
actualmente fría y marginada. Yo tuve la impresión de que los despojos de la
revolución francesa estaban todavía allí en los contenedores de la basura.
Incluso arquitectónicamente me parecía que todo lo que había tenido algo que
ver con la Iglesia había sido convertido en terreno marginal. En aquellos
momentos de mi juventud este fenómeno de marginalización social de la Iglesia
me impactó y me llevó a plantearme preguntas importantes al contrastar la
equilibrada personalidad del cura párroco con el “status” de marginación social
al que, me parecía a mí, se había sometido a la Iglesia en aquel lugar.
La segunda y última visita a Villeneuve de l´Archêveque tuvo
lugar en el verano de 1969. La familia había sido felizmente descubierta en la
visita anterior y ahora se trataba de reforzar los vínculos familiares. De
vuelta a París decidí detenerme durante algunas horas en Sens para visitar la
histórica ciudad, sobre todo la Catedral. Como es sabido, Sens pertenece
administrativamente al departamento de Yonnne al norte de la Burgoña, a
La conclusión a que llegué no se hizo esperar. Lo importante
no son las obras de arte muertas sino los artistas, o sea las personas vivas
que llevaron a cabo esas obras y después se murieron sin saber a ciencia cierta
qué ha sido de ellas. La idolatría del arte traspasando los fueros de la simple
admiración sólo puede hacerse a expensas del respeto y los intereses
específicos del hombre. Pero había que interrumpir estos pensamientos y volver
a la estación del ferrocarril para continuar mi camino a París de regreso a
Madrid. En la sala de espera había dos hombres con aspecto de obreros. Los
saludé e inmediatamente entramos en animada conversación. Uno era español y
otro marroquí. Miré al reloj y los invité a tomar una cerveza mientras llegaba
el tren de París. Al ver mi porte de estudiante me preguntaron con suspicacia
si yo era de los estudiantes revolucionarios de París que habían arrastrado a
los obreros a las manifestaciones de protesta. Los convencí de que yo no había
tomado parte en los disturbios de mayo del 68 y reanudamos la conversación.
El señor español hablaba utilizando constantemente palabras
fuertes aludiendo a Dios y el marroquí le pidió amablemente que se abstuviera
de usar palabras groseras y dejara a Dios en paz. La hora del tren se acercaba
y me adelanté a pagar la consumición por más que ellos, muy agradecidos,
querían que fuera yo su invitado. Ya instalados los tres en el departamento del
tren, el español comenzó a describirme con pelos y señales el desastre de su
vida. Huérfano de padre por oscuros motivos que no recuerdo, su conducta fue un
calvario para su madre hasta que, por fin, emigró a Francia en busca de
trabajo. Yo le escuchaba con mucha atención hasta que hizo un paréntesis y
exclamó en voz baja: “Con todo esto, si Dios existe y hay justicia, ¡buena me
espera!”. Yo entonces repliqué insistiendo en que, efectivamente, si en este
mundo no hay justicia, Dios tendrá que hacerla en alguna parte. Al oír esto
frunció tristemente el ceño y puso fin a su animado relato. Mi respuesta fue
cruel. Él había puesto en mí toda su confianza para darme a conocer su vida; no
para que le condenara como persona mala, sino para desahogarse conmigo y
encontrar alivio para su atormentada conciencia. Después me di cuenta del error
de mi espontánea respuesta y traté de enderezar el entuerto, pero no sé si
sirvió de algo. Cuando recuerdo este incidente me remuerde todavía la
conciencia por no haber sabido escuchar y comprender a tiempo el significado de
aquella confesión pública de mi compañero de viaje que tanta confianza había
puesto en mí. Pero, como la cabra tira al monte, al despedirnos momentos antes
de bajar del tren quiso indagar sobre la presunta bella mujer parisina que,
según él, estaría esperándome para holgar con ella. ¿Qué habrá sido de aquel
hombre? ¿Habrá encontrado la paz de conciencia que buscaba? Pero sigamos
adelante camino de Madrid.
9. Roma, el Vesubio y la mafia
Durante los agitados años
1968-1972 mi cuartel general de experiencias intelectuales y pastorales fueron
Roma y París. Llegué a Roma en septiembre de 1967 donde permanecí durante los
cursos académicos 1967-1968 y 1968-1969 con el objetivo específico de obtener
el título de Doctor en Filosofía en la Universidad de Santo Tomás de Aquino,
como queda dicho en el capítulo segundo. Fueron dos años fascinantes en todos
los aspectos. Desde Roma viví el antes y el después inmediato a la revolución
de mayo del 68 y la nueva andadura de la Iglesia a raíz del Concilio Vaticano
II. El ambiente intelectual, político y social en Roma por aquellos años era
fascinante y tanto en la via Condotti
Desde la terraza de casa podía contemplar y meditar sobre la
historia y vida de la “ciudad eterna” tan temporal y caduca como cualquiera
otra ciudad del mundo. La mayor parte de mi tiempo estaba dedicado a la
preparación de la tesis doctoral. Pero había que descansar y para ello
organizaba paseos por los lugares más emblemáticos de Roma a uno y otro lado
del Tiber. Uno de los paseos preferidos para estirar las piernas consistía en
hacer un círculo callejero teniendo como puntos de referencia la plaza de Venecia,
los foros, la estación ferroviaria Termini, via Veneto y los jardines del
Pincio para regresar a via Condotti bajando por la escalinata de piedra de
Trinità in Monte y la plaza de España.
La plaza de España era un lugar de encuentro de turistas de todo
el mundo, de todas las razas, lenguas y colores. Y, sobre todo, de jóvenes
revolucionarios, melenudos, cínicos e irresponsables. Aquel emblemático lugar,
casi a la puerta de casa, lo convertí en un laboratorio de observación y
reflexión permanente. Un buen día, de retorno a casa de mi paseo habitual, en
el amplio descanso central de la escalinata había un grupo de jóvenes
pintorescos discutiendo con una bella muchacha con papel y bolígrafo en mano.
Como hacían corro en torno a ella, en lugar de seguir mi camino de descenso me
detuve con curiosidad para ver qué estaba ocurriendo. Pensé incluso que podría
necesitar alguna ayuda. No recuerdo de qué discutían, pero sí que la discusión
estaba subiendo de tono. Apenas me acerqué al corro me creí en el deber de
intervenir haciendo una aclaración relacionada con el tema de la discusión. Al
oír mi voz rompieron súbitamente el círculo y la joven, que ya se iba sintiendo
acosada por sus interlocutores, exclamó aliviada: ¡Aquí hay un psicólogo! Y en
menos de lo que canta un gallo desaparecieron sus acosadores dejándonos solos a
ella y a mí mirándonos frente a frente con extrañeza e inmensa simpatía. ¿Qué
hacíamos allí los dos? Pocos minutos después nos encontrábamos sentados en una
cervecería cercana. Yo pasaba incidentalmente por allí cuando ella estaba
realizando un reportaje informativo para una revista. Hablamos del problema
desde el punto de vista profesional, tomó buena nota de mis observaciones y la
invité a conocer mi casa allí en la célebre via Condotti
La bella joven de 21 años se llamaba Ana Bonanni, vivía en
Roma y trabajaba como periodista. A partir de aquel día y tenía que realizar
algún trabajo por aquella zona de Roma, me invitaba a acompañarla. Un día me
llevó a una galería de pintura sobre la cual tenía que escribir un informe. Yo,
que soy negado para la pintura, quedé admirado de su forma de explicar el
contenido de las obras pictóricas. De una forma sencilla y natural me
introducía en el contenido y valor artístico de las obras expuestas hasta el
punto de hacerme entender muchas cosas que por mi cuenta me sentía incapaz para
ello. Como es sabido, por Navidad la plaza Navona de Roma se convierte en un
espectáculo de divertimiento y motivos navideños. Obviamente fuimos a visitar
juntos la plaza. Entre la infinidad de motivos de entretenimiento nos llamó la
atención uno muy original a precio razonable y en el que había que hacer uso de
una escopeta. Yo no había tenido jamás en mis manos una escopeta y no me
agradaba hacerlo para nada. Pero a ella le gustó el juego y no dudé en aceptar
su propuesta. Eso sí, nunca mejor dicho, nos salió el tiro por la culata.
Disfrutamos muchísimo con el juego y cuando solicitamos la factura la señora
responsable del negocio nos pidió una cantidad desorbitada no prevista en la
publicidad. La Bonnani se indignó con la señora advirtiéndola que no estábamos
dispuestos a pagar la factura que nos había entregado. La señora replicó
alegando que nos habíamos divertido mucho y que eso había que pagarlo. La
Bonanni se irritó aún más y, ante el temor de que se montara un escándalo
público, yo la sugería en voz baja que abandonara la discusión porque teníamos
dinero para pagar. Por fin se llegó a un acuerdo, pero pagando más de lo que
habíamos calculado. ¿Nos habría hecho una rebaja si en lugar de disfrutar del
juego nos hubiéramos aburrido? ¿Llegará el día en que haya que pagar un
impuesto o IVA de felicidad personal hasta por disfrutar con el dulce de un
caramelo?
Mi tiempo en Roma estaba hipotecado por la redacción y
defensa de mi tesis doctoral y Ana Bonanni me habló de la posibilidad de que la
sesión académica de mi defensa de la tesis fuera retransmitida, al menos como
noticia, por televisión. No cabía duda de que era una idea original favorable
para ella como periodista y para la Universidad como publicidad. De hecho,
cuando yo notifiqué la eventualidad de la emisión televisiva del acto académico
nadie puso reparos. Llegó el día y la hora de la celebración del acto académico
y Ana apareció, pero sólo para hacerme compañía. Yo comprendí que su idea no
fuera aceptada y no se habló más de este asunto.
Nuestra amistad se había consolidado felizmente hasta el
punto de que en su familia se hablaba de mí con frecuencia y simpatía. Un día
la madre de Ana me confesó que yo era la única persona que había conseguido
tener un influjo positivo apreciable sobre su hija. La verdad es que cuando
discutíamos en pocas cosas estábamos de acuerdo, pero su respeto y admiración
por mí eran notorios. Un buen día Ana Bonanni me comunicó que abandonaba Roma
para irse a vivir a Milán por razones de trabajo. Como he dicho más arriba, la
visité en Milán en el verano de 1971 cuando yo regresaba de Bucarest en tren
camino de Londres encontrándola en la situación humana lamentable descrita.
Aquel Marco con el que vivía en Milán y que la había convertido en una esclava
sexual, era el mismo personaje que en Roma me acercaba a casa con el coche
cuando Ana se lo pedía después de alguna gira cultural por la ciudad. Nunca
imaginé que volveríamos encontrarnos en Milán en circunstancias tan distintas y
desagradables. Pero, como queda dicho, al poco tiempo de mi visita Marco la
dejó libre y ella recobró su libertad perdida.
Después de un año largo, volví a Roma para realizar un
trabajo de investigación y encontré tiempo para acercarme de nuevo a Milán.
Ella me estaba esperando en el andén del tren y el reencuentro no pudo ser más
agradable. La encontré totalmente cambiada después de su liberación de aquel
hombre nefasto que la había tiranizado. La encontré rejuvenecida, bellísima y
radiante como aquel día en que la conocí por primera vez en Roma. Al vernos
juntos en el andén los agentes ferroviarios que nos observaban debieron pensar
que yo era el afortunado marido de aquella hermosa y feliz mujer. ¡Cómo engañan
las apariencias y la imaginación frente a la realidad de la vida! Como
resultado de aquella visita relámpago, nos pareció que sería bueno para ella
que se tomara unas vacaciones para cambiar de ambiente y olvidar aquella triste
historia personal todavía reciente. ¿Dónde? Yo la propuse Madrid como invitada
por alguien de mi familia. Una prima mía, María José, aceptó gustosa recibirla
en su casa y no se habló más sino de fechas.
Fijada la fecha y hora de su llegada fui a recibirla al
aeropuerto, pero Ana Bonanni no llegó. Pronto supe la razón. Poco antes de
emprender el viaje conoció a un joven que la impactó y no dudó en absoluto cancelar
el viaje a Madrid. Terminó casándose con este joven, tuvieron una hija y se les
murió a los pocos meses de nacer. Yo me encontraba en Roma y pude acompañarlos
en su soledad dolorosa. Años más tarde yo me encontraba en Génova participando
en un encuentro internacional de filosofía. Un día, al caer de la tarde, me
informaron de que tenía una visita. Era ella, Ana Bonanni. ¿Cómo tú aquí? Sí,
replicó cariñosa, supe por la prensa que se celebra este encuentro aquí en
Génova y que tú estabas aquí; en consecuencia, hice cálculos y he tomado un
billete de tren ida/vuelta Milán/Génova sólo para verte, aunque sea por poco
tiempo. Consultado el reloj y la hora de partida del tren apenas nos quedaba
tiempo para cenar juntos. Pero el tiempo es oro y había que aprovecharlo al
máximo.
La conversación durante la cena resultó muy entrañable y
nostálgica. Habían pasado los años y la vida nos había cambiado en muchos
aspectos, aunque no en lo que se refiere a la admiración y respeto personal que
siempre nos habíamos profesado. Como resumen de aquella romántica cena en
Génova me parece obligado dejar constancia aquí de una reflexión conclusiva de
Ana. ¿Te acuerdas, dijo, de los días que estuviste en Ancona descansando en el
convento dominicano cuando yo trabajaba en la Agencia de Noticias Montecitorio?
Yo, añadió, me divertía mucho con mis colegas de trabajo cuando les hablaba de
ti y ellos pensaban que tú y yo estábamos viviendo un bello romance que
desembocaría en matrimonio. ¡Qué ingenuos unos y maliciosos otros! Y añadió:
nuestra feliz amistad ha sido posible porque nunca nos hemos dejado invadir por
el enamoramiento. ¡Sin comentarios! Nos acompañaba en la cena un joven sobrino
mío, Emiliano, que hacía turismo. Él no seguía nuestra conversación, pero
estaba encantado. Luego le expliqué el significado de la inesperada y gratísima
visita y comprendió todo sin dificultad. Pero esta bella historia con la
Bonanni trajo cola. Como he dicho antes, Ana canceló su viaje a Madrid como
invitada de mi prima María José porque conoció a un joven estudiante de
arquitectura llamado Bruno Romani con el cual terminó casándose. Pero dio la
casualidad de que Bruno, su futuro marido, tenía una hermana casada en Madrid y
Ana me facilitó su dirección para que la conociera. La llamé por teléfono, me
presenté y pocas horas después me encontraba llamando al timbre de la puerta de
su casa ubicada al final de la madrileña calle de Arturo Soria. Se abrió la
puerta y apareció Lucia Romani, la hermana de Bruno, la cual me recibió y
agasajó como si fuera su propio hermano que volvía a casa después de mucho
tiempo de ausencia en un país lejano. Con el tiempo su casa se convirtió en
lugar de encuentro de amigos comunes. Muchos años pasaron sin contactos entre
nosotros, pero en el 2015 volvimos a encontrarnos, ya entrados los dos en edad.
Fue muy feliz este reencuentro a través de la red y llamadas telefónicas. En mi
libro titulado Versos para pensar la
había dedicado yo un poema recordando aquel momento en que prendió nuestra
amistad de forma fortuita en la bella Piazza di Spagna de Roma.
Lucia Romani había trabajado como modelo en Roma para sacar
adelante a sus padres, luego sufrió un gravísimo accidente de tráfico, se casó
en España y fue alumna mía. Cuando tuve la suerte de conocerla era muy joven,
bella, inteligente y con un corazón de oro. Su trato con la gente era
delicioso. Al cabo de quince años y después de haber tenido dos hijas me
confesó que había llegado a la conclusión de que su marido no la había querido
nunca. De hecho, terminaron separándose de forma civilizada pero no por ello
indolora. A pesar de todo y el deterioro subsiguiente de su salud no perdió
nunca su grandeza de corazón siendo admirada en todo momento por cuantos
tuvimos la suerte de conocerla. Con motivo de la celebración de las bodas de
plata matrimoniales de una pareja entre los amigos comunes celebramos una
Eucaristía de acción de gracias. Entre otras cosas dije que “lo único de lo que
no hay que arrepentirse nunca en este mundo es de haber amado a los demás,
aunque no hayamos sido correspondidos”. Los presentes prestaron mucha atención
a esta afirmación y la relacionaron inmediatamente con la admirable trayectoria
matrimonial de Lucia Romani allí presente. Ella era la llamada a ser mi madrina
en la ceremonia de investidura de Doctor en la Universidad Complutense y me
trató como uno más de su familia. Ana Bonanni, su cuñada, con mucho humor y
cariño nos recordaba que la culpable de nuestra amistad había sido ella. Pero
demos un salto hasta Nápoles.
El verano de 1968
decidí trasladarme a Nápoles donde fui recibido con curiosidad y simpatía en la
comunidad dominicana de Madonna de L´Arco. La popular Basílica fue para mí otro
laboratorio de experiencia pastoral pionera. Era un lugar privilegiado para
conocer en directo la vida de mucha gente psicológicamente marcada por la
amenaza permanente del Vesubio y la mafia. Los actos de culto y las tradiciones
religiosas con frecuencia eran una mezcla de sana religiosidad y superstición,
sobre todo entre la gente más humilde e inculta. Cuando la gente venía a mí
para hablar de sus asuntos personales en dialecto napolitano yo las remitía
inmediatamente a un venerable fraile que conocía magistralmente el percal, lo
cual no ocurría sin comentarios sorpresivos. Era evidente que a la gente la
atraía mi presencia exótica y mi juventud y se consideraba desplantada cuando
la remitía al anciano de siempre. Más de una vez me tomaron por italiano del
norte. Pero el interés de conectar conmigo aumentaba cuando se percataban de
que, además de joven, era extranjero y no me sorprendía de nada. La joven
casada, por ejemplo, daba por supuesto que yo, como joven, comprendería mejor
que nadie que ella tuviera en gran estima a su suegro y que, en consecuencia,
mantuviera felices relaciones sexuales con él. Los hombres maduros daban
igualmente por supuesto que yo conocería por propia experiencia el problemático
tipo de conducta que los llevaba a hablar conmigo. La expresión de apoyo
psicológico “usted es joven y comprende” podía traducirse así: “usted que hace
lo mismo que yo, o más, no tiene que sorprenderse de lo que yo hago”.
La vida en la comunidad dominicana de
Madonna de L´Arco era agradable. Los frailes eran muy humanos y de buen
corazón. Uno de ellos me llamaba particularmente la atención por su capacidad
de hablar sin decir nada sustancial. Sus palabras, además, iban acompañadas de
gestos y mucha emoción. Su hablar era más un arte de usar bellamente palabras
que un medio de comunicación de mensajes significativos de realidades
concretas. Este buen fraile de no mucha cultura y que no era sacerdote me trae
a la memoria a otros con títulos académicos y de escritores a los cuales se les
puede aplicar aquello de “se pusieron de parto los montes y parieron un ratón”.
Son aquellos que hablan y escriben con tal facilidad y emoción que sus
interlocutores quedan prendados de ellos hasta que terminan sus apasionados
discursos sin que de ellos se pueda sacar algo en limpio digno de ser archivado
en la memoria o el entendimiento. Me refiero a las personas eruditas y dotadas
de una notable memoria sensitiva que hablan del cielo y de la tierra, pero
reflexionan poco o nada sobre el significado real de lo que dicen o escriben.
Como es sabido, a un británico le
resulta difícil desayunar sin bacon,
a un francés comer sin queso en la mesa y a un español tradicional sin vino.
Pues bien, yo diría que le es más difícil todavía a un italiano encontrarse
ante un menú sin pasta y este era el único problema para mí en Madonna de
L´Arco. El Prior, un hombre muy sensato,
había dado orden en la cocina de que tuvieran compasión del venerable fraile
francés que estaba allí por razones de salud, y de mí, para que no nos
castigaran con pasta eterna en las comidas. Yo era consciente de que aquello no
tenía remedio recordando la semana que había vivido en Roma en otra comunidad
dominicana donde comer pasta era un arte y un rito digno de ser filmado. Pero
volvamos a Nápoles.
Eran los tiempos gloriosos de la
“revolución sexual” y por aquellas latitudes la juventud vivía a tope sus
cánones del sexismo. Frecuentemente llegaba por allí una bellísima y joven
minifaldera en un lujoso descapotable con el fin de llevar al médico al
anciano fraile francés. Cuando llegaba la agraciada y feliz muchacha aparecían
jóvenes como moscas para verla y eventualmente conversar con ella, la cual
parecía disponer de tiempo para entretenerse por allí. Sobre todo, cuando
estaba otro fraile que nos la presentó como su querida sobrina. Un día tuve que
saludarla y participar en la conversación que el tío, ella y sus jóvenes
admiradores mantenían sobre cuestiones que rozaban el trato entre hombres y
mujeres. En un momento dado yo manifesté razonablemente mi disconformidad con
sus tesis y no disimularon su disgusto. Como respuesta a mi desacuerdo el
presunto tío de la muchacha la acarició con las manos la parte superior de sus
desnudas y bellas piernas enviándome ambos un mensaje subliminal a la vista de
todos muy fácil de entender. Me gustaría hablar contigo, repliqué
cariñosamente, dentro de diez años. Desapareció la joven en su lujoso
descapotable y uno de sus admiradores me comentó: es una puta. Yo tuve mejor
opinión de ella y presté más atención a su presunto tío, el cual me pareció
ser, como mínimo, un desvergonzado. Cuando comenté todo esto con el venerable
anciano se entristeció mucho al tiempo que destacó el comportamiento caritativo
que la joven había tenido siempre con él. Pero, insisto, eran los tiempos de la
“revolución sexual” y en este contexto se inscribe también lo que digo a
continuación.
Un buen día me pidió el Prior de
Madonna de L´Arco que celebrara un encuentro con un grupo de jóvenes
universitarios. Acepté con gusto la oferta con el resultado siguiente. El tema
de mi intervención versó sobre sexo y amor. La tesis que sometí a discusión fue
que quienes buscan el amor por la vía directa del sexo corren el riesgo de
quedarse sin sexo de calidad y sin amor. Por el contrario, quienes contextúan
la vida sexual en el amor obtienen mejores resultados. Mi intención era
desautorizar la convicción reinante de que donde no hay sexo no hay amor. Mi
tesis provocó la furia de quienes pensaban que con la revolución sexual habían
descubierto la pólvora. Terminada la animada discusión los dos jóvenes
estudiantes que me habían ido a buscar con su coche me devolvieron a casa ya
entrada la noche. Al despedirme de ellos me hicieron la siguiente confesión. A
pesar de la algarabía de la discusión, nosotros estamos de acuerdo contigo,
pero no podemos ya dar marcha atrás. Mira, añadió uno, después de dejarte aquí
a la puerta de tu casa, nosotros vamos a encontrarnos con unas chicas
dispuestos a practicar de alguna manera el sexo con ellas. Esta confidencia me
sirvió a mí para seguir profundizando con acierto en un asunto tan delicado
como la relación entre sexo y amor humano. También este encuentro con
estudiantes universitarios ha quedado reflejado en otro poema del libro al que
termino de referirme.
El Prior de Madonna de L´Arco me
aconsejó que visitara “le isole”, especialmente la bella isla de Capri, con la
ayuda económica del convento. Programé la gira turística de la cual me es grato
dejar constancia de algunas anécdotas que tuvieron lugar. En el restaurante
compartí mesa con dos caballeros helvéticos. Ellos pidieron vino con el menú y
yo simplemente agua. Cuando comprobaron que el agua no era mineral se miraron
asombrados el uno al otro y me preguntaron si no tenía miedo a beber agua
natural. Luego caí en la cuenta de su prudencia, pero me sorprendió su exceso
de preocupación ya que no cabía en mi cabeza que en un restaurante de aquella
categoría me fueran a servir agua no potable. La excursión me resultó gratísima
y no escasearon las anécdotas entre las cuales quedaron muy grabadas en mi
memoria las dos siguientes. De regreso a Nápoles por la tarde el barco se movió
mucho y me percaté de que una señora entrada en edad podría necesitar alguna
ayuda. Me puse junto a ella y pronto llamamos la atención de la gente con
nuestra animada conversación. Cuando terminó la travesía y nos despedíamos unos
de otros con expresiones de afecto y simpatía la señora de la que hablo recibió
los parabienes de haber sido acompañada por el joven que se había preocupado de
ella. La verdad es que yo no caí en la cuenta de que había gente entre los
viajeros que seguían con interés la simpatía de aquella solitaria señora
entrada en edad conmigo. ¿Qué habrá sido de ella? Ni siquiera recuerdo su
nombre, pero nunca he olvidado su simpatía y gentileza de trato agradecido.
Había llegado el momento de las
despedidas y me quedé sólo en el puerto de Nápoles. Era una tarde de sábado y
las calles de Nápoles estaban casi desiertas. De pronto me vino una idea a la
mente. ¿Por qué no aprovechar la ocasión para dar un paseo de sábado por la
ciudad antes de regresar a Madonna de L´Arco? Y sin más preámbulos me lancé a recorrer
algunas calles con mi mochila al hombro. No habían pasado quince minutos cuando
empecé a oír música festiva y dejándome llevar por el oído me orienté hacia el
lugar de origen estimulado por la curiosidad de saber qué se estaba celebrando.
Mi sorpresa fue que el ambiente de fiesta no tenía lugar en la plaza pública ni
en ningún lugar específico de baile sino en un edificio con finalidad
académica. Esta circunstancia me animó a llamar a la puerta persuadido de que
era asunto de estudiantes y, por tanto, del máximo interés para mí. La puerta
fue abierta y a penas me hube presentado cuando empecé a recibir la bienvenida
por parte de todos los que se percataban de mi presencia. ¿Quién eres? ¿De
dónde vienes y a dónde vas? ¿Cómo has llegado hasta aquí? La mayoría seguía
bailando con mucha alegría al son de una música de baja calidad. Pero eso era
lo de menos. Pronto me sentí rodeado por un grupo de chicos y chicas que
dejaron de bailar para hacerme compañía y servirme refrescos. La conversación
se animaba y la expectación ante el joven extranjero recién llegado por
sorpresa aumentaba.
Nuestra conversación empezó a
salpicarse con chistes y relatos de humor. Fue entonces cuando una jovencita
rubia, que no había abierto su boca hasta entonces, suplicó discretamente a uno
de los muchachos que fuera prudente con sus chistes para evitar que yo pudiera
llevarme una mala impresión de aquel encuentro. Luego me invitaron a bailar,
pero yo alegué que venía muy cansado de la excursión y tenía que viajar. Lo
primero fue comprendido sin dificultad, pero no así el que yo tuviera tanta
prisa en ausentarme. Llegados a este momento me quedé acompañado por la rubita
silenciosa y otra joven mientras los otros reanudaron el baile. Pero miré al
reloj y había llegado el momento de la despedida sin que yo me diera cuenta de
que se había producido una linda conjura sentimental en torno a mí. Al final se
quedaron conmigo para acompañarme hasta la puerta principal la rubita
silenciosa y la hija del director de la Academia. Con la puerta ya abierta y
con la portera y la hija del director como testigos, la rubita me miró
tiernamente y me preguntó si era posible que aquel nuestro fortuito encuentro
se convirtiera en el principio de una vida para ser compartida entre ella y yo
en el futuro.
Entonces comprendí lo que felizmente
había acontecido en aquella inolvidable tarde napolitana. Sin perder la calma
respondí que la agradecía de corazón su propuesta pero que, dada mi edad, yo ya
tenía programado ese futuro feliz que amorosamente me auguraba junto a ella. En
cualquier caso, replicó cariñosa y comprensiva, ¿te importaría tomar mi
dirección y cuando llegues a Londres me envías una postal diciéndome que has
llegado bien? Con mucho gusto, respondí. Me entregó su dirección postal y
desaparecí por la escalera hacia la oscuridad de la calle alumbrado
interiormente por la luz amorosa de aquella joven napolitana. Llegué a Londres
y me apresuré a escribir la postal prometida en la cual daba las gracias al
director de la Academia y a sus estudiantes por la acogida que me habían
dispensado, y a ella, SUSANA, que, si no me equivoco, así se llamaba la
adorable criatura que tan lindo recuerdo dejó en mi memoria. Pero había que
extremar la prudencia para no crear en ella vanas expectativas o desilusiones y
por ello no dejé en la misiva desde Londres ningún rastro de dirección postal.
Así terminó aquella fortuita, fugaz y bella historia de amor. En mi poema
titulado “un cielo de Nápoles” quedó reflejado este hermoso recuerdo.
En Nápoles maduré algunas convicciones
importantes. Una de ellas fue la que se refiere al tema del sexo y el amor. El
contexto social del momento forzaba a plantear la cuestión con seriedad y
urgencia. Por lo menos me quedó claro que el sexo no es el amor como predicaban
los ideólogos de la revolución sexual más irresponsable. Quedaba todavía por
aclarar la segunda parte de la respuesta sobre amor y enamoramiento. La
clarificación total de estas cuestiones para mí se produjo posteriormente, como
consta en varios de mis escritos, pero la experiencia de Nápoles fue muy
positiva y estimulante. Por aquella época estaba muy activa la mentalidad
eclesial creada por el Concilio Vaticano II y en este contexto se planteaban
cuestiones muy interesantes relacionadas con presuntos errores cometidos por
algunos líderes de la Iglesia a lo largo de la historia. Recuerdo que durante
una discusión alguien me preguntó sobre si la Iglesia puede equivocarse y yo le
respondí al tiro afirmativamente. Luego maticé la respuesta para tranquilizar a
mi interlocutor. En aquel momento no podía yo imaginar que muchos años después
iba a escribir un libro monográfico titulado “Los pecados de la Iglesia”.
Por otra parte, mis paseos por Nápoles
y la región napolitana fueron motivo de reflexión constante sobre formas de conducta
religiosa y social sorprendentes. En lo religioso pude constatar un influjo
importante de creencias supersticiosas, y en lo social la omnipresencia
amenazadora de la mafia con sus ritos de venganza. La tragedia de Pompeya y
Herculano tuvo lugar hace muchos años, pero las entrañas del Vesubio siguen
revueltas y no se puede descartar que vomite de nuevo e incluso con más fuerza
su furia telúrica. Pero la mafia es aún más peligrosa y temible. Su actividad
criminal no se mitiga con el paso del tiempo, es aparentemente más inofensiva
que el Vesubio y descarga sus instintos vengativos donde menos se lo espera.
Cuando esto sucede y llega la policía solicitando información nadie ha visto ni
sabe nada sobre lo ocurrido. Mi estancia en la Madonna de L´Arco fue muy grata
y constructiva en todos los sentidos. Como detalle significativo de la
benevolencia y generosidad que tuvieron conmigo, cuando anuncié que tenía que
marcharme me pidieron que retrasara lo más posible mi partida, por lo menos
hasta que se celebrara la fiesta de Sto. Domingo. Un venerable anciano me
sugirió la idea de que me quedara a vivir allí definitivamente.
10. Reencuentro con Henri L´Heureux en Perpiñán
Como dije antes, Henri L´Hereux dejó St. Michel de Marsella
y marchó de misionero a Burundi de donde sería llamado después para ser
nombrado Obispo de Perpiñán en 1972. Tras nueve años de Pastor episcopal se
retiró en noviembre de 1981 por razones de salud. Su predecesor en la sede episcopal
de Perpiñán, monseñor Joèl Ballu, encontró muchas dificultades en el gobierno
de la diócesis y pidió ser liberado del ministerio episcopal para dedicarse al
ministerio pastoral ordinario como cura rural. Las dificultades, entendí yo,
provenían de un sector del clero poco dado a la prudencia pastoral y la
comprensión humana.
Henri L´Leureux era conocido por su solidez cristiana,
prudencia y capacidad de entenderse con todo el mundo. La noticia de su
nombramiento episcopal para resolver un problema difícil como el de Perpiñán no
me sorprendió nada y me alegró mucho saber que le tenía ahora más cerca que
nunca. Llegó el verano de 1972 y nos reencontramos felizmente en Perpiñán. Hay
una parroquia, me dijo, cuyo párroco se ausenta cuando le apetece y queda
prácticamente abandonada. Con mucho gusto destiné el tiempo de las vacaciones
estivales para hacer los servicios en aquella parroquia a mi estilo y con la
confianza plena del Obispo. Los parroquianos estaban muy agradecidos por mis
servicios y se preocupaban de que no me faltara nada en casa. Habitualmente yo
iba a comer a un convento de religiosas donde tenía la oportunidad de
encontrarme con otros comensales y oír comentarios y opiniones interesantes
sobre la vida eclesial y el mundo de la política dominante. Los había que
tenían particular interés en no identificarse como sacerdotes, pero no podían
evitar que yo detectara fácilmente su tufo clerical. Con motivo de la muerte de
un sacerdote uno de ellos hizo un comentario crítico sin piedad descalificando
el hecho de que le habían amortajado revestido de sacerdote. En otra ocasión
coincidieron a la mesa conmigo un sacerdote entrado en edad, experimentado y
con la cabeza muy bien armada, y un dominico que había abandonado la Orden de
Predicadores. Este último se despachó hablando contra el P. Manuel Suárez,
Maestro General de la Orden de Predicadores fallecido en un accidente de
tráfico cerca de Toulouse. Él no sabía que yo era dominico y me limité a
escucharle sin hacer ningún comentario ni identificarme. Pero al despedirnos el
otro comensal le descubrió mi identidad.
Un domingo por la tarde fui invitado a conocer las zonas más
pintorescas de Perpiñán. En un momento dado vimos a un montañero y una señora
exclamó: ¡mirad quién viene por ahí! Era el cura párroco al que yo estaba
supliendo. Nos saludamos muy cordialmente y siguió su camino sin interesarse
para nada de mí ni de la parroquia. De hecho, nunca apareció por allí. Los que
sí venían con frecuencia, supongo que a “convertirme”, eran los mormones. Llegaban
a la puerta y pulsaban el timbre en el momento más inoportuno cuando yo estaba
descansando. La primera vez creo que abrí la puerta, pero no más. Me asomaba
por la ventana dándoles a entender que estaban molestando y no volvieron. Más
agradable fue el encuentro a la hora del almuerzo en las monjas con el ilustre
dominico y exegeta especialista de la Carta a los Hebreos el P. Ceslas Spiq.
Era un hombre ya curtido por la vida y de gran corazón. Hablamos de problemas
de actualidad y cariñosamente me decía que estábamos pasando por un período
decadente de la historia en lo que se refiere a valores humanos. Y me lo decía
como hombre entrado en años a mí como joven que no debía asustarme de nada. Yo
le conocía por sus escritos exegéticos, pero no personalmente y confieso que me
dejó un recuerdo positivo imborrable. El obispo L´Heureux, por su parte, me
invitaba a comer con él en algún lugar discreto y me hablaba confidencialmente
de lo que creía conveniente en relación con el gobierno de la diócesis. En una ocasión
un sacerdote me dijo que tenía la impresión de que el Obispo se confidenciaba
más conmigo que con su clero.
El verano siguiente volví a Perpiñán, pero esta vez el
Obispo me dijo que la iglesia de St. Estève estaba cerrada, que la abriera e
hiciera lo que me pareciera conveniente para ponerla en marcha. A falta de
sacerdote se había responsabilizado de la parroquia un buen cristiano que a la
sazón era el jefe de la estación local del ferrocarril. Fui recibido con
alegría y expectación. Me instalaron en la casa parroquial, me adelantaron una
cantidad de dinero para mis gastos personales y me preguntaron por el tipo de
coche que necesitaba para cumplir con mis funciones pastorales. Yo les pedí una
pequeña motocicleta y a los pocos días me entregaron una torrot sin estrenar con todas las formalidades legales
cumplimentadas. En casa no tenía que preocuparme de nada porque siempre
aparecía alguien que hacía la limpieza o se preocupaba de que el frigorífico
estuviera repleto de deliciosos productos. Como detalle quiero recordar que era
la época de la recolección de la fruta y había gente que me obsequiaba poniendo
en mi frigorífico fruta directamente llevada del árbol. A la hora de comer o
cenar había competencia para llevarme a sus casas y tuve que tomar una decisión
al respecto. Para comprender el significado de esta decisión conviene tener en
cuenta lo siguiente.
St. Estève se había convertido en una ciudad dividida en dos
zonas bastante diferenciadas. La antigua, poblada por gente sencilla de clase
media y la de los chalets, donde habitaban muchos repatriados de Argelia
con una posición económica relativamente alta. Eran como dos pequeños mundos
que no terminaban de integrarse sin recelos, lo cual tenía repercusiones
apreciables negativas en la vida cotidiana hasta el punto de que ni la iglesia
era lugar de encuentro. Así las cosas, tuve la impresión de que desde el punto
de vista pastoral no era un lugar fácil y algunos llegaron a pensar que hacía
falta un sacerdote sociólogo que comprendiera la situación. Así las cosas, yo
opté por aceptar las invitaciones a comer en casa de los parroquianos de forma
alternativa con el fin de mantenerme imparcial y evitar susceptibilidades. Esto
tenía además la ventaja de que me permitía oír diversas versiones del problema
desde las dos orillas sin caer en la ingenuidad o el partidismo en mi forma de
enfocar el trabajo pastoral. Por fin llegó el tiempo de mi partida y la
reacción de la gente fue la siguiente.
De acuerdo con algunos comentarios, hasta entonces los sacerdotes
que habían sido enviados a St. Estève no habían satisfecho las expectativas de
los parroquianos y algunos preguntaron en voz alta por qué ahora, que había
llegado uno que había satisfecho a todos, se marchaba dejándolos como estaban.
Alguien fue más lejos y me preguntó sobre la oportunidad o conveniencia de
pedir a la autoridad eclesial competente que me dejaran a mí definitivamente
allí. Pero comprendieron que yo tenía que marchar y me prepararon una sorpresa.
El día antes de mi partida organizaron un acto entrañable de despedida en el
cual me dirigieron palabras lindas de agradecimiento por haber compartido con
ellos mis vacaciones estivales. Un niño me entregó un obsequio en nombre de sus
padres, que estaban alejados de la Iglesia, pero querían agradecerme los
servicios prestados a todos los niños sin discriminación. Otras anécdotas y
hechos que se grabaron en mi memoria y me es grato recordar son los siguientes.
La iglesia es una joya arquitectónica románica medieval
perteneciente a una abadía. Había sido muy bien restaurada en 1970 y me
sorprendió la presencia de un fresco de santa Catalina de Siena y otros motivos
que me llevaron a pensar en el paso por allí de los dominicos. De hecho, según
me informaron, la fábrica industrial vecina estaba ubicada en el lugar del
presunto convento de los dominicos. Yo no verifiqué esta información, pero los
signos dominicanos en la restaurada Iglesia romana eran evidentes por más que
antes hubo allí dos abadías de monjes en abierta competencia según cuenta la
historia. Con la moto pude ampliar la capacidad de tiempo disponible para
visitar los lugares que me interesaron del entorno. Por ejemplo, el monumento
erigido a la memoria del P. Manuel Suárez, Maestro General de la Orden de
Predicadores, en la carretera de Narbona, lugar donde falleció en accidente de
tráfico en agosto de 1954 cuando se dirigía a España.
La gente agradeció mucho que la Iglesia estuviera siempre abierta,
especialmente la zona de niños y jóvenes con el salón de juegos. También
sorprendió gratamente el que la gente pudiera acercarse a la Iglesia para
recibir el sacramento de la penitencia. Un día se acercó a mí un caballero y me
preguntó si sería mucho pedirme que le oyera en confesión. Por su forma de
hablar tuve la impresión de que este sacramento había quedado marginado si no
olvidado por completo en aquella iglesia. Se corrió la voz de que yo estaba
disponible para ese servicio y todo volvió a la normalidad. La persona que más
me informaba de la situación parroquial era un caballero que de comunista
militante había pasado a ser catequista. Era una historia personal singular con
una situación familiar también muy especial. Este fue quien sugirió la idea de
pedir a las autoridades eclesiales competentes que me destinaran a aquella
parroquia. Todo comenzó a raíz de una homilía mía en la que hice algunas
aclaraciones sobre el problema del mal desde la óptica cristiana. Al final de
la celebración eucarística se acercó a mí para decirme que, por primera vez en
su vida, le parecía haber entendido algo satisfactorio sobre un problema tan
serio. Con esta confesión me abrió una pista para hacer las homilías con
acierto como diré después.
Otra sorpresa muy agradable fue la siguiente. Con motivo de
la fiesta de la Asunción el 15 de agosto, se acercaron unos caballeros para
preguntarme si sería posible tener una para-liturgia vespertina con exposición
del Santísimo en honor de la Madre de Jesús. Les respondí que me dieran ideas y
yo me encargaría de ponerlas en práctica. Ellos buscaron organista, hicieron el
programa de la celebración y yo me limité a presidir el acto que resultó
brillante y entrañable. En el programa que habían preparado figuraba un listado
de peticiones a Dios en las que se podía apreciar la grandeza humana de quienes
las habían redactado y sus nobles sentimientos cristianos de caridad. Entre
esas preces había una en la que expresaban públicamente su agradecimiento a
Dios por tenerme a mí entre ellos. Obviamente no pude evitar la reacción
contenida de sorpresa y emoción interior y tomé nota para aprender la lección
que me habían dado.
En las conversaciones con la gente y en los medios de
comunicación los escándalos juveniles en la zona, sobre todo los fines de
semana, eran motivo frecuente de comentarios. Las copas y la fuerza pasional
juvenil fuera del control de la razón conducen siempre a los mismos resultados
en todas las partes del mundo y no iba a ser allí una excepción. Pero un día a
media mañana llegó a la puerta de la Iglesia un tipo muy extraño en una moto
imponente y cara de pocos amigos. Observé cautelosamente sus gestos y
movimientos sin enfrentarme a él, pero salió de la Iglesia y desapareció en la
moto como alma que lleva el diablo sin entrar en conflicto con nadie. Quienes
se habían apercibido de su llegada y desaparición no disimularon después su
estado de preocupación. ¿Volvería de nuevo para llevar a cabo algún objetivo
inconfesable después de haber explorado el terreno? Era una hipótesis no
despreciable pero afortunadamente no se verificó.
Otro día a media mañana llegó a la puerta de la Iglesia un
coche negro muy antiguo tipo furgón que hacía pensar en los primeros tiempos de
la funeraria mecanizada. El conductor se dirigió a mí saludándome muy
educadamente y con profundo respeto. ¡Oh, Mr. l´Abbé!, me dijo, he visto que
tiene Usted un harmonium en la Iglesia. ¿Sería posible que ensayáramos
juntos algunas piezas con violín y órgano? A los pocos minutos había sacado del
coche las partituras y los atriles como quien se dispone a celebrar un ensayo
descomunal. El músico estaba visiblemente emocionado ante la posibilidad de
realizar su sueño conmigo. Yo comprendí que aquel buen hombre era un solitario
que necesitaba compañía y, olvidándome de mis casi nulas dotes de organista, me
presté al juego. Empezábamos y a cada poco tiempo parábamos y volvíamos al
principio de la partitura tratando de no tropezar en la misma piedra. Pero
¿quién era el culpable de las repeticiones? Por supuesto que el que más se
equivocaba era yo. En su opinión, por el contrario, el cuerpo del delito era
siempre él. Mr. l´Abbé, repetía descorazonado, ya me equivoqué otra vez, soy
una bestia. ¡Lástima que nuestros ensayos no quedaran grabados para
divertimiento y holganza de la humanidad! Al final de la jornada con frecuencia
salíamos a la calle con sillas para tomar el fresco y conversar. Aquellas
tertulias de vecinos al anochecer en la calle eran verdaderos foros de
humanidad y civismo. Yo me sentaba entre estas buenas gentes a oír sus
comentarios sobre los problemas de la vida al aire libre sin ningún tipo de
censura. Aparte los asuntos que eran objeto de discusión, era particularmente
llamativo el hecho de que todos se entendían sin pobreza de expresión de
aquellas buenas gentes. Mal está que se nos obligue por razones políticas a
hablar un idioma u otro, pero el no poder hablar ningún idioma empobrece
también seriamente nuestra capacidad de comunicación.
11. Encuentro en Inglaterra con el cristianismo protestante y la bioética
Por fin crucé el Canal de la Mancha y puse pié en el Reino
Unido. Londres era otro de los focos mundiales más atractivos de la época y
tenía yo particular interés en conocer directamente el corazón del mundo
anglosajón. Llegué a Londres por primera vez en el verano de 1968 donde me
recibió mi hermano Pelegrín en la parroquia de St. George, sita en Shernhall
st. Walthamstow. Tras una breve estancia en aquella comunidad parroquial
dirigida por el canónigo Manin, me trasladaron a Rayleigh, Essex, para que me
iniciara en la pastoral británica con la ayuda de Comrad Smith el cual había
hecho su carrera de teología en España en el seminario irlandés de Valladolid.
Yo había cambiado ahora de tercio dejando entre paréntesis las experiencias
llevadas a cabo en la Europa continental y mediterránea. Mi residencia en
Rayleigh sólo duró un verano. Posteriormente y de forma interrumpida mi cuartel
de experiencias pastorales en el Reino Unido lo fijé en Stanford – Le – Hope y
Romford, siempre en la diócesis de Brentwood y la circunscripción de Essex.
En Stanford-Le-Hope tuve la suerte de ser recibido por el
párroco John Taylor el cual reunía todas las cualidades de un gran sacerdote y
caballero. Nuestra amistad se consolidó para toda la vida. Nos encontramos
después en Romford y visitamos juntos Granada y Sevilla. En la lista de mis amistades
figura entre mis mejores amigos y maestros en el ministerio pastoral. La feliz
memoria histórica de mi paso por el Reino Unido en el marco de la década de los
años 70 y 80 del siglo pasado puede resumirse en torno a los tres eventos
siguientes: conocimiento directo del cristianismo protestante, maduración de mi
forma de explicar el Evangelio en las celebraciones eucarísticas y la irrupción
de la Bioética.
Uno de mis objetivos favoritos en mis correrías consistía en
visitar las iglesias protestantes cuando se celebraban actos de culto. Me
gustaba mezclarme con la gente como uno más, pero resultaba muy difícil
disimular mi presencia sin suscitar la curiosidad del público. Me apetecía
hacerme presente, pero sin perder la libertad del anonimato y de la
conversación libre, lo que no siempre era posible. Me agradaba oír los cantos
litúrgicos, pero no la candidez de la gente de buena fe y los prejuicios de los
líderes religiosos. Visitando la catedral de S. Pablo en Londres o la de
Canterbury no podía evitar la tristeza que me producía el solo recuerdo de la
insensatez y el desamor que dieron lugar al comportamiento incivilizado de
nuestros antepasados en la fe hasta el punto de no respetar ni siquiera el
patrimonio artístico cristiano de aquellos emblemáticos lugares.
Me acercaba a una iglesia de la High Church y leía esta
información: aquí se celebra la Misa y se adora y recibe de rodillas a Cristo
presente en la Eucaristía. Me acercaba a otra de la Low Church y decía que se
celebraba la Misa, pero se advertía de la no presencia de Cristo en la
Eucaristía para evitar gestos de adoración. En una ocasión fui invitado a la
toma de posesión de un párroco anglicano de la High Church. Terminada la
ceremonia litúrgica un cura castizo y ensotanado desde el cuello a los pies se
acercó a mí con una mujer del brazo. Yo iba bien encorbatado y sin ningún distintivo
eclesiástico. Gracias por su visita, me dijo. Tengo el gusto de presentarle a
mi esposa. Me miró con simpatía y con su esposa por testigo comentó: ¡quién
diría que yo y tú somos sacerdotes! ¿Qué dirían nuestros antepasados si nos
vieran aquí juntos como buenos hermanos en esta celebración? Nos miramos
cariñosamente y nos despedimos flexionando sobre el significado de nuestro
feliz encuentro. De esta forma pienso que los dos desautorizamos moralmente a
todos aquellos que sancionaron en el pasado la escandalosa división actual de
los cristianos.
Pero en la casa parroquial de John Taylor había lugar para
todos. Allí se celebraban reuniones de pastores protestantes y párrocos
católicos para discutir sobre asuntos de común interés. El primer día me
sorprendió la presencia de un simpático uniformado militar de color azul.
Pregunté si aquel personaje estaba allí por razones de seguridad y me
informaron con mucho humor que era el pastor protestante de la Salvation Army. Obviamente un día visité
su asamblea en la que tuve la oportunidad de admirar el simplismo y buena fe de
sus feligreses, así como su pésimo gusto musical. Cuando me encontraba por la
calle me saludaba muy cariñoso. Un día le pregunté a John Taylor cómo había
transcurrido el último encuentro ecuménico y me dijo que los deberes familiares
de los pastores protestantes no les permitían comprometerse a fondo en los
asuntos eclesiales. Por otra parte, los había que ya tenían bastante con
ocuparse de su mujer y de sus hijos. En conclusión, vino a decirme que los
pastores protestantes de su entorno eran unos buenos padres de familia y
eclesialmente poco más se podía esperar de ellos. Muchos de los católicos
procedían de la iglesia anglicana. Las conversiones de la Iglesia Anglicana a
la Iglesia Católica formaban parte de la vida normal de una parroquia. Había un
ritual muy simple y fraterno para estas eventualidades, lo cual me hacía pensar
en el rigorismo practicado en otros tiempos con los conversos. Leyendo la
historia de algunas conversiones en la edad media, por ejemplo, uno llega a la
conclusión de que al pagano o al hereje le tenía más cuenta seguir viviendo
libre fuera de la Iglesia que volver a ella convertido. El ritual de
recibimiento de los conversos en la Iglesia me pareció serio y ejemplar en
clave de respeto y amor y no de sentimientos justicieros con los débiles en la
fe. En las conversaciones era frecuente oír historias interesantes relacionadas
con el proceso de conversión.
Uno de los conversos más ilustres que tuve la suerte de
conocer fue Mr. Pipa, funcionario diplomático del Foreing Ofice británico. Era el secretario del Consejo Parroquial
de Romford y encargado de la asistencia espiritual a los enfermos y necesitados
de la parroquia. Los fines de semana los dedicaba a tiempo completo a los
servicios litúrgicos en la Iglesia. Un día le di las gracias al final de las
celebraciones litúrgicas por su impagable ayuda. Me respondió que para él era
un honor y una felicidad hacer aquellos servicios y que esperaba la jubilación
laboral en el Ministerio de Asuntos Exteriores para poderse dedicar por
completo al servicio de la Iglesia con todas sus fuerzas. Este gran hombre,
convertido de la Iglesia anglicana, era políglota, tradujo al inglés un texto
mío sobre el diálogo cristiano-marxista de Budapest y fue el traductor oficial
de la reina Isabel II en su histórico viaje de Estado a España en octubre de
1988. La casa parroquial de John Taylor era un lugar de encuentro ecuménico y
también de sacerdotes jóvenes extranjeros que deseaban perfeccionarse en el
inglés. Personalmente era muy austero en su forma de vivir y generoso a más no
poder con los demás. Pocas veces faltaban huéspedes o invitados a su mesa.
Se practicaba la sabia costumbre del día off semanal y siempre que podíamos hacer
un arreglo me llevaba consigo ese día para visitar a sacerdotes ancianos o
enfermos, amigos y familiares. Cuando vivía su madre era ella la que nos
visitaba y agasajaba amorosamente. Después de fallecer su madre visitábamos a
su única hermana en Chamford la cual se desvivía con nosotros. En relación
conmigo su hermana estuvo preocupada durante algún tiempo a causa de la forma
de cocinar de la señora que se ocupaba de ese servicio en la casa parroquial.
¿Tenía en cuenta que yo estaba habituado a dietas diferentes? Hasta que un día
su hermano le dijo con humor británico por teléfono que yo no tenía problemas
con las comidas, como se demostraba por el hecho de que mi plato quedaba tan
limpio que se podía comer de nuevo en él sin pasarlo por el lavaplatos.
Cuando al término de la jornada nos quedábamos solos en casa
lo habitual era oír juntos el último telediario y cambiar impresiones sobre
algún acontecimiento o asunto importante antes de retirarnos a descansar. Pero
un día ocurrió algo extraño. Los dos quedamos atentos a una noticia que nos
llamó particularmente la atención. Se trataba de un aviso de alarma general en
relación con un producto alimenticio marítimo adulterado, procedente de Canadá,
y cuya ingesta estaba causando serios problemas en los consumidores. Sin
decirme nada, John desapareció y pronto me percaté de que estaba hablando por
teléfono. Yo seguí el curso de las noticias y cuando él terminó la conversación
telefónica volvió cerca de mí. Apagamos el televisor y nos pusimos a hablar
animadamente. Era ya media noche cuando decidimos retirarnos a descansar. A mí
me había sorprendido aquella locuacidad nocturna de John, pero no lo di mayor
importancia.
Al día siguiente muy temprano me salió al paso para
preguntarme inmediatamente cómo había pasado la noche y me explicó todo. ¿Te
acuerdas de la alarmante noticia de anoche? Y me mostró la pequeña lata de
pescado vacía que yo había consumido ante el televisor antes de oír la terrible
noticia. Él se había percatado de la coincidencia y fue a comunicarlo por
teléfono al Centro de Salud. Le respondieron que me siguiera de cerca y que tan
pronto observara en mí el más mínimo síntoma de malestar me condujera
inmediatamente a urgencias. Entonces comprendí yo por qué aquella tarde nuestra
conversación se había prolongado tanto antes de retirarnos a descansar. Yo no
debí pasar una noche mejor ni peor que ninguna otra, pero no me atreví a
preguntarle cómo la había pasado él. Nos miramos, nos sonreímos y no se habló
más del asunto. Mis relaciones con los coadjutores de John Taylor fueron
excelentes. En Stanford-Le-Hope coincidí con el joven Neil Toser. Era un joven
sacerdote todavía inexperto en el trabajo pastoral pero una gran persona. Con
él realicé viajes interesantes a Oxford, Cambridge y Canterbury. Un día le
invité a comer en el convento dominicano de Londres. Históricamente cabe
destacar lo siguiente. Con la reforma protestante la Iglesia Católica perdió
casi todas las iglesias importantes con excepción de la iglesia de los
dominicos de Londres. Renovada en el siglo XIX, es una de las iglesias
monumentales más grandes conservadas por la Iglesia Católica en el Reino Unido.
Esta sede de los Dominicos ingleses llegó a ser tan popular que para que
llegara la correspondencia bastaba escribir: St Dominic, London. Pues bien, yo
tenía mucho interés en visitar aquella comunidad dominicana acompañado por Neil
Toser, el cual no había estado nunca en una casa de dominicos.
La primera sorpresa fue el recibimiento. Aquel día coincidió
que hacía sol y nos recibió un fraile que estaba descamisado en el jardín
interior aprovechando aquellos rayos de oro solar. Luego fuimos al refectorio y
nos explicaron cómo funcionaba la cocina. Allí cada cual preparaba su menú y
vive Dios que mi invitado no salía de su asombro. Cuando terminamos la visita
Neil me invitó a comer como Dios manda en un pequeño y agradable restaurante.
En relación con Neil Toser me parece oportuno recordar también lo siguiente.
Había en la parroquia una joven pareja cuyo marido cayó gravemente enfermo.
Cuando íbamos a visitarle en el hospital observé con admiración la ayuda moral
que representaba Neil Toser para ellos así como la entrega amorosa de la joven
muchacha a su marido enfermo. Después supe que aquella joven esposa estaba
dispuesta a abandonar a su marido para entregarse sentimentalmente a Neil. No
sé en qué quedó aquella historia. Un día me llevó a casa de sus padres y
observé que había algo de tensión entre padres e hijo. ¿Por qué? Yo tomé nota
una vez más de lo nefasto que es el fenómeno del enamoramiento cuando los
sentimientos, incluidos los más nobles, no pasan por el filtro de la razón. El
enamoramiento ciego corrompe las mejores amistades, destruye los matrimonios
más sólidos y pervierte el ministerio sacerdotal de los más santos. Con el
agravante de que con los enamorados es inútil razonar.
En Romford conocí a otro coadjutor de John Taylor llamado
también John. Era un hombre de una bondad humana y calidad sacerdotal muy
notables, pero no gozaba de buena salud. De hecho, falleció muy pronto. Un día
me hizo una consulta personal relacionada con escrúpulos de conciencia. Al
final de mi respuesta me dijo que eso que yo le había dicho era lo que dicta el
sentido común y el espíritu de las normas eclesiásticas. Pero sus formadores le
habían inculcado sin piedad el cumplimiento material de las leyes y emocionalmente
le resultaba muy difícil liberarse de absurdos sentimientos de culpabilidad
moral. Malo es el enamoramiento patológico, pero no es mejor la escrupulosidad
religiosa. Los enamorados y los escrupulosos sufren mucho ellos y hacen sufrir
a los demás porque, como he explicado en diversas ocasiones en mis escritos, en
ambos casos resulta muy difícil usar bien la razón.
En
julio de 1981 tuvo lugar en la Catedral de S. Pablo de Londres la solemne
ceremonia nupcial de Diana Spencer (Popularmente conocida como Lady Di) con el
príncipe Carlos. La ceremonia fue transmitida en directo por televisión y
seguida por muchos millones de telespectadores en todo el mundo. Tuvo dos hijos
y colaboró con varias organizaciones benéficas dedicadas a la lucha contra el sida
y contra las minas antipersonales en Angola. Su elegancia y su carisma
motivaron que fuera objetivo permanente de fotógrafos sin piedad y de las
revistas del corazón. Acoso del que se quejó en reiteradas ocasiones y del que
probablemente fue víctima en 1997 muriendo en un accidente de tráfico de
extrañas características nunca aclaradas. Su matrimonio debió ser un infierno.
Yo me encontraba en Inglaterra cuando este desgraciado
matrimonio tuvo lugar y fue para mí objeto de reflexión. Aquello fue un montaje
político de alto voltaje. Según algunos críticos la colosal inversión de dinero
que se hizo en la propaganda de esta ceremonia no estaba justificada. Otros
dijeron que el Reino Unido ganaba dinero y prestigio en el mundo con la
inversión que se había hecho en dicha celebración. Pero a mí lo que me hacía
pensar era el proceso de mitificación masiva que se había llevado a cabo de un
matrimonio que podía fracasar al día siguiente.
A lo largo de los años he podido constatar cómo la gente realista
celebra los grandes acontecimientos de su vida (matrimonio, ordenación
sacerdotal, promoción profesional, etc. etc.) con discreción y sin
exhibicionismos sociales mientras que los simples y poco realistas se montan
ceremonias costosísimas y esplendorosas en acontecimientos personales
condenados a terminar en desilusión y fracaso. Se cumple aquello de que “dime
de qué presumes y te diré de qué careces”. La exhibición de dinero y de
felicidad suelen ser la prueba más evidente de crisis económica y carencia de
felicidad.
En Oxford y Cambridge mi mente se transportaba a la edad
media y actualizaba el origen de las universidades europeas. Pero mi gozo mayor
consistió en visitar las emblemáticas casas de los dominicos. Los lugares
tradicionales más emblemáticos de un convento dominicano son la iglesia y la biblioteca.
Actualmente hay que añadir la instalación del sistema de conexión a la Red de
Internet. En la biblioteca de Oxford tuve una sorpresa desagradable.
Curioseando un libro encontré de registro en una página la esquela de defunción
de un joven teólogo dominico inglés que yo había conocido en Valencia años
atrás y al que recordaba con mucha simpatía. No sabía yo que hubiera fallecido
aquel buen hombre y reflexioné profundamente sobre la grandeza de la vida y lo
efímero de la existencia humana. Por la calle me había sorprendido también la
cantidad de gente que circulaba de reducida estatura y otras anomalías físicas.
Me explicaron que eran las víctimas de la talidomida que habían ingerido sus
madres durante los respectivos embarazos. En otro orden de cosas he de confesar
también que fue en un restaurante de Oxford donde disfruté de una deliciosa
paella valenciana preparada por un cocinero chino. Lo cual me hace recordar
igualmente el fabuloso cocido madrileño que me habían servido en Río de Janeiro
años antes. Dejando a un lado las correrías y peripecias por el Reino Unido
quisiera añadir algunas observaciones más. Por ejemplo, sobre la preparación de
la homilía dominical y mis investigaciones en el campo de la bioética.
La homilía es ese discurso que hace el cura después de la
lectura del Evangelio y que muchas veces los fieles desean que termine lo antes
posible. ¿Por qué? Esta es la cuestión. Entre los defectos que la gente suele
encontrar en la homilía dominical cabe destacar los siguientes:
Que es muy larga. En efecto, hay
predicadores sobre los cuales se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo van a
terminar. Con sólo oírles las primeras palabras la asamblea se pone ya a
temblar. Cualquier asamblea dominical está dispuesta a escuchar con atención e
interés a un predicador, por malo que sea, durante cinco minutos. Más allá de
los cuales, aunque que hable como Demóstenes, la gente empieza a moverse
automáticamente sobre los asientos y a mirar para las paredes.
Que no se entiende lo
que dice el cura. A veces la gente no entiende lo que dice el predicador
simplemente porque no dice más que palabras sin un mensaje definido para ser
comunicado al público. Es el típico predicador que domina bien el lenguaje y se
permite el lujo de improvisar y hablar de todo sin orden ni concierto. El
lenguaje habitualmente utilizado en las homilías suele ser desfasado y poco o
nada comprensible para la gente, comparable al de los médicos en las recetas
que a duras penas lo entienden los farmacéuticos. Además de usar un lenguaje
desfasado, hay predicadores que son como discos rayados. Escuchándolos se tiene
la impresión de que se aprendieron un sermón y lo repiten de memoria como
papagallos ante cualquier público que tengan delante. Sea por desfase de
lenguaje, falta de preparación de la homilía, olvido de la condición del
público o por hablar aceleradamente, la mayor parte de la asamblea se queda a
la luna de Valencia marchándose a casa sin sacar ningún provecho de la homilía.
Tono negativo, broncas
a los presentes y alusiones a los ausentes. Se olvidan por completo de
explicar amablemente el contenido del Evangelio en clave positiva de salvación
ocupándose sólo del trabajo de mandar pecadores al infierno. Se olvidan
igualmente de tratar bien a los presentes dejando en paz a los ausentes. Lo
peor es cuando el predicador habla con guantes de armiño, saca la cabritera de
la ironía y con lenguaje ponderado empieza diciendo que no quisiera herir la
sensibilidad de nadie, pero hay quienes… Y se despacha después repartiendo leña
a diestra y siniestra, contra presentes y ausentes, la juventud de hoy día, el
cine y la televisión. ¿Resultado? La gente se marcha del templo malhumorada e
indignada.
Voz desnaturalizada.
Los hay que tienen una voz poco agraciada y nadie tiene la culpa de ello. Pero
¿por qué no hablan con naturalidad sin falsearla adoptando tonos ficticios de
ultratumba? Otros tienen una voz estupenda, pero hablan con autocomplacencia
escuchándose a sí mismos lo cual desdice mucho de los predicadores dominicales.
En el mejor de los casos se trata de un mimetismo pueril y desagradable. ¿Y qué
decir de esos otros que se ponen místicos a punto de lagrimear agua bendita
repitiendo piadosísimos y exasperantes argumentos?
Teatralización
indebida y exhibicionismo. Algunos predicadores parecen comediantes que
tratan de impactar al público como publicistas o vendedores de ideologías de
las que ni ellos mismos parecen estar convencidos. En Inglaterra llegué a la
conclusión de que el predicador dominical tiene que estar convencido de lo que
dice, hacer el discurso breve y usar un lenguaje sencillo y asequible por la
audiencia. Además, el predicador debe hablar con orden y cariño al público
transmitiendo afecto y no sólo ideas o conceptos bien elaborados. Cuando la
gente dice que un predicador “no llega” lo que quiere decir es que no está
convencido de lo que dice o que sólo comunica conceptos sin afecto. Pero todo
esto requiere mucha preparación y la brevedad es la regla de oro confirmada por
la psicología de la comunicación. Está demostrado que aún las cosas más gratas,
cuando se prolongan demasiado, terminan produciendo hastío. Uno puede escuchar
con placer durante algún tiempo, o de cuando en cuando, la novena sinfonía.
Pero a fuerza de escucharla, puede llegar el momento en que a uno le apetezca
más escuchar un cencerro, aunque sólo sea para variar. La predicación de la
homilía no es una excepción. Pero ¿cómo prepararla? Hasta mi llegada a Inglaterra yo había
predicado con mucho entusiasmo y buena intención, pero no estaba seguro de
haber encontrado la clave práctica de la predicación dominical. Estaba
convencido de la necesidad de una buena formación bíblica y teológica y de que
el predicador es una persona que habla y no un disco grabado que reproduce
fielmente algo prestado para salir del paso. También tenía ya claro que el buen
predicador de la homilía dominical debe evitar el repelente estilo del sermón y
la frialdad conceptual de la lección académica. Por otra parte, me encontraba
en un contexto anglosajón y debía hablar en inglés lo cual no me permitía
licencias literarias. Esta circunstancia y el respeto debido al público me
exigían un esfuerzo permanente para llegar al Domingo y hacer una predicación
lo más aceptable posible.
En Stand-Ford-Le-Hope se me ocurrió un día empezar la
homilía pidiendo disculpas a la asamblea por los eventuales errores de
expresión que pudiera cometer. Terminada la celebración me rogaron
cariñosamente que no pidiera disculpas de nada ya que eran ellos los que
necesitaban de mí y no yo de ellos. Tomando una cerveza en Romford pregunté con
humor si los que escuchaban mi homilía los domingos entendían algo de lo que yo
decía. La respuesta fue sorprendente porque me recordaron con toda precisión y
exactitud los puntos centrales que yo había desarrollado en mis homilías. Esto
fue para mí una feliz revelación porque significaba que el método de
preparación de la homilía dominical que estaba siguiendo era el adecuado.
Clarísimo: una sola idea, brevedad rigurosa y uso de palabras fáciles de
entender por la audiencia. La idea a desarrollar debe ser aquella de los textos
litúrgicos leídos que resulte más difícil de comprender para los oyentes sin
sobrepasar los cinco minutos de exposición. Y lenguaje inteligible, a saber, el
más cercano al que se usa en los medios de comunicación social dotándole de
contenido teológico con respeto y afecto al público sin caer en la vulgaridad o
tópicos manidos. Con el tiempo y la experiencia fui perfeccionando estos
criterios obteniendo resultados pastorales cada vez más positivos y
personalmente gratificantes y fue en Inglaterra donde yo aprendí esta primera
lección.
Así como en Rumania descubrí directamente la realidad de la
Iglesia Ortodoxa y sus problemas, en Inglaterra descubrí las confesiones
cristianas protestantes. Llegué a la conclusión de que, como había denunciado el
filósofo Kierkegaard, el protestantismo degradó aspectos fundamentales del
cristianismo. Con la ruptura protestante no mejoró la situación anterior de la
Iglesia, sino que en muchos aspectos empeoró. Me llamó la atención
particularmente la situación del anglicanismo. ¿Cómo es posible que la Iglesia
Anglicana del Reino Unido siga aceptando en nuestros días, aunque sea de forma
civilizada, la situación creada por Enrique VIII? La propia Iglesia anglicana
está dividida en asuntos que rozan aspectos esenciales del cristianismo y cada
vez se van introduciendo formas de conducta incompatibles con la moral
cristiana más genuina. Me parecía grotesco y aberrante que el rey o la reina de
Inglaterra fuera al mismo tiempo, al menos legalmente, la Cabeza institucional
de la Iglesia. Pero eso no es todo. Ahora los líderes religiosos anglicanos se
reclutan incluso entre los homosexuales. La historia, en efecto, sigue dando la
razón a Kierkegaard. Por otra parte, analizando con rigor la vida personal de
Lutero se llega fácilmente a la conclusión de que fue una persona
psicológicamente desequilibrada. De ahí que, como los locos y atormentados,
dijera lo mismo verdades críticas dignas de respeto que barbaridades y
contradicciones. Y lo que es peor. Si es verdad lo que cuenta la historia, el
promotor principal de la reforma protestante murió odiando. ¿Hay algo más
contrario a lo que Cristo espera de sus seguidores? ¿Por qué, pues, el liderazgo
reconocido a Lutero y sus admiradores? Muchas eran las preguntas que me hacía
yo entonces, para las que no encontraba respuestas satisfactorias. De lo que no
me cabía duda era que, lo mismo que ocurrió en Oriente, el fanatismo
político-religioso ha sido decisivo en la formación de esta herida en la unidad
del cristianismo. Pero vengamos a la bioética.
La noche del 25 de julio de
En realidad, esta noticia no me pilló de sorpresa puesto que
pocos años antes había yo pronosticado su proximidad en un artículo publicado
con el título “La fabricación de niños en tubos de ensayo”. Los pronósticos se
habían cumplido y me apresuré a buscar todo tipo de información al respecto. En
1984 se publicó el pionero “Warnock Report” y lo estudié con rigor crítico. En
aquellos momentos yo era consciente de que se había abierto una nueva era de la
humanidad mediante el control del genoma humano y la reproducción humana de
laboratorio desafiando científicamente a la naturaleza sexuada y al amor. En
consecuencia, me entregué sin descanso al estudio de los problemas de la nueva
ciencia de la vida llamada BIOÉTICA. Estos estudios culminaron en el 2010 con
la publicación de la obra Bioética y Biotanasia.
Sería largo hablar de mis meditaciones y experiencias
durante mis viajes al Reino Unido donde tuve la suerte de tener como maestro y
protector a John Taylor. Su recuerdo es para mí un placer y un motivo de
constante gratitud. Año tras año se adelanta a desearnos a mí, a mi hermano
Pelegrín y a los frailes de mi comunidad lo mejor que le dicta el corazón con
motivo de la Navidad. Cuando cumplió los 70 años me confesó que la cuesta de su
vida comenzaba a ser escarpada. Luego me notificó la muerte de su hermana que
tan amorosamente nos agasajaba en su casa. Vino a visitarme tres veces a
España. La primera vez le acompañé a visitar Granada y Sevilla. Él era mi
invitado en España como yo era invitado suyo en Inglaterra. Pero una vez más me
demostró su capacidad de generosidad. Al despedirnos me entregó un monedero
típico como recuerdo de nuestra visita a Sevilla.
La sorpresa fue cuando al curiosear sobre la originalidad
estética del mismo, en uno de sus compartimentos había algo escondido. Hizo
cálculo de los gastos que habíamos realizado y quiso pagarlos todos él. En otra
ocasión trajo consigo a la única sobrina que tenía de tierna edad. Fue como un
sueño para ella viajar a Madrid con su tío y vivir durante una semana en mi
convento. Era un invierno soleado pero frío y la niña al ver el sol radiante
cayó en la trampa del atuendo y se resfrió seriamente. Afortunadamente atajamos
el mal a tiempo. Un día mi prima Rosario nos invitó a merendar a su casa.
Preparó una generosa mesa de agasajo como ella acostumbra a hacer, pero la niña
se negó en redondo a tomar jamón de alta calidad y otros productos fuera de uso
en Inglaterra. Se me había olvidado prevenir a mi prima para que tuviera en
cuenta las costumbres británicas y evitara hacer una demostración a lo grande
de productos típicos españoles. Aprendida la lección, cuando fuimos invitados a
casa de la prima María José no hubo sorpresas. Ella había preparado una mesa al
estilo británico y la niña participó normalmente en la celebración. La última
vez que John vino a España le acompañaba una señora de su parroquia la cual
tenía curiosidad por conocer la zona donde presuntamente habría muerto un
familiar suyo en apoyo a los “maquis” de la posguerra civil española de 1936.
12. A caballo entre
los Cárpatos, los Urales y el Atlántico
a)
De Bulgaria a la Unión Soviética
Como
queda dicho, en septiembre de 1973 asistí al XV Congreso Mundial de Filosofía
celebrado en Varna, Bulgaria. Llegué a Sofía desde París en un avión de la
Balcan en condiciones higiénicas deplorables. Si no recuerdo mal, antes del
despegue había moscas dentro de la nave y tuve la impresión de que no se había
hecho la limpieza de rigor antes de emprender el nuevo viaje. Durante el vuelo
mantuve una discusión con un par de españoles que viajaban con el mismo fin que
yo y me llamó la atención el hecho de que no figurara en el programa ninguno de
los teóricos marxistas españoles más destacados del momento. ¿Por qué no hacían
acto de presencia y se informaban sobre el terreno de cómo funcionan las cosas
en los países comunistas? ¿Temían tener que retractar ideas y actitudes
absurdas sobre el comunismo? Al llegar a
Sofía me percaté de que no había hecho la provisión necesaria de material
fotográfico y me apresuré a reparar el entuerto. Era una oportunidad de oro
para hacer un reportaje fotográfico interesante y no podía perderla. Para
adquirir los films que yo necesitaba tuve que ir al único lugar donde
los había y firmar un formulario de condiciones de adquisición y uso. Entre los
protocolos figuraba una cláusula en la que se advertía de la obligación de
revelar los films antes de salir del país. Obviamente era una forma de
asegurar el control total de las actividades fotográficas. En cualquier caso,
para mí lo importante era adquirir los films y ya dije más arriba lo que
desgraciadamente ocurrió después con ellos.
Entre las
numerosas anécdotas ocurridas durante la celebración del Congreso cabe recordar
las dos siguientes. En el restaurante del hotel había un “autoservicio” en el
cual se encontraba el “menú comunista” vigilado de suerte que nadie se
permitiera hacer excesos. La comida era escasa y racionada. Cierto día un
congresista francés protagonizó una escena singular a la hora de comer. No
satisfecho con el menú prescrito para todos quiso servirse de algún producto no
previsto para él. Uno de los vigilantes trató de impedirlo y el señor protestó
hasta que consiguió su propósito después de un intercambio de palabras que yo
temí pudiera causarle algún disgusto serio. Lo más admirable del caso fue que,
una vez que logró su egoísta propósito en el estilo capitalista más
desvergonzado, y sentado ya a la mesa, comenzó a hacer una apología del
comunismo búlgaro como si todos sus defectos estuvieran justificados por las
circunstancias. Por la forma de hablar saqué la conclusión de que el ineducado
personaje en cuestión era un comunista o filo-comunista pero que vivía en
Francia haciendo de su capa un sayo sin haber sufrido nunca la desgracia de
vivir bajo una dictadura comunista.
Un día fui a la
playa, que por aquella época otoñal era un paraíso de tranquilidad y
climatología muy agradable. En un momento dado me dispuse a tomar una
fotografía a un señor ataviado con un precioso traje folklórico y que paseaba a
los niños de los turistas cabalgando sobre un pintoresco burrito enano. Al
percatarse de que apuntaba hacia él con la cámara me hizo un gesto terrible de
desaprobación. Me abstuve de disparar la cámara fotográfica y le pedí disculpas,
pero no le convencieron del todo. La cosa no fue a más, pero por un momento
temí ser detenido y puesto a disposición de la justicia comunista. Por lo
demás, de la señora francesa, que al pasar los controles en el aeropuerto de
Sofía estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios, no supe más de ella.
Por otra parte,
después de tantas entradas y salidas al hotel, el personal de servicio me
miraba cada vez con más simpatía. Tal vez porque, a pesar de las normas
existentes sobre el trato con extranjeros, yo no me privaba nunca de saludar
amablemente al personal de recepción de turno y de intercambiar algún
comentario de buen humor, aunque sólo fuera durante un minuto. Así las cosas,
llegó el momento de la despedida y tuve la impresión de que el afecto mutuo y
la simpatía entre nosotros habían burlado los controles represivos del régimen
comunista.
Terminó el Congreso y en el aeropuerto volví a
encontrarme con la delegación soviética rumbo a Moscú. Uno de aquellos
venerables comunistas que conversaron conmigo en Varna se alegró al verme de
nuevo y me pidió una información. ¿Dónde había que poner la maleta para que
llegara con seguridad a Moscú? Le indiqué donde había que hacerlo, pero no fue
posible conversar con él. Yo también iba a Moscú y por razones obvias me
hubiera gustado encontrarme con él allí. Pero era inútil tratar de violar las
normas comunistas sobre el trato con extranjeros.
En el avión me tocó viajar con un caballero al lado con
cara de pocos amigos. Intenté entrar en conversación con él, pero comprendí que
era mejor desistir del intento. Cuando ya estábamos llegando a Moscú se dirigió
a mí y me preguntó si hablaba yo español. Me dijo que era periodista. En
aquellos tiempos todos los funcionarios y trabajadores eran agentes comunistas
y espías que trabajaban por la causa del Partido comunista. ¿Era este
“periodista” mudo que hablaba español el agente encargado de seguir mis pasos
hasta la llegada a Moscú? No lo sé, pero tampoco sería descabellado pensarlo.
b) Con los pies en Moscú
La llegada al aeropuerto de Moscú al caer de la tarde
en 1973 era cualquier cosa menos un acontecimiento agradable a no ser que uno
se lo tomara como una aventura de investigación, como era mi caso. Bajamos del
avión y llegamos al puesto de control policial. El policía de oficio tomó mi
documentación, que era abundante, y sin ninguna prisa examinó documento por
documento. Luego me hizo las preguntas que consideró oportunas para confirmar
yo de palabra lo que estaba escrito en el documento. Por ejemplo, ¿cómo se
llama Ud? A lo cual respondí con humor irónico: Me llamo Nikita, pero no
Kruchev. Mi respuesta fue arriesgada, pero tuve suerte. El funcionario levantó
la cabeza al tiempo que desplazaba la gorra de uniforme y trató de dibujar una
sonrisa de aceptación. Entonces respiré tranquilo porque había entendido y
aceptado mi sentido del humor. Entendió que yo había jugado con mi homónimo en
ruso evocando la memoria de Nikita Kruchev, el tirano comunista de turno que
había precedido a Leonidas Breznev. Al otro lado del control policial había un
personaje que me acompañó hasta un coche con el que una tercera persona me
esperaba para llevarme a Moscú, o sabe Dios a dónde. Era impresionante
atravesar los robledales aquella tarde otoñal moscovita al tiempo que se echaba
la noche encima camino de Moscú. ¿Dónde me iban a depositar? Por fin llegamos
al monstruoso hotel Rosiya de la plaza roja donde el régimen soviético
concentraba a los extranjeros para tenerlos bien controlados. Desde mi
habitación tenía una vista muy buena que daba a la plaza roja y al Kremlin y
alguna vez caí en la tentación de enfocar la cámara fotográfica desde la
ventana. Yo sabía que todos mis movimientos estaban controlados y había que
extremar la prudencia. El hotel Rosiya desapareció con la caída del régimen
comunista.
c) Para visitar los dominios soviéticos
Para visitar los dominios de la antigua Unión Soviética
comunista había que viajar en grupo de acuerdo con las reglas del Inturist.
¿Qué hacía yo allí solo sin vinculación a ningún grupo turístico? ¿Cómo moverme
sin ser detenido por espionaje? Nunca he encontrado una explicación
satisfactoria a este hecho insólito. Pero aquella misma noche empecé a
encontrar dificultades en el restaurante del hotel. Por otra parte, para
visitar los países del telón de acero había que pagar previamente todos los
gastos de hotel y restaurante previsibles en la ruta a través de la empresa u
organización turística organizadora desde los países respectivos de origen.
Para pagar en los restaurantes nos entregaban unos bonos sustitutivos de las
divisas propias del lugar, en este caso el rublo. El asunto era muy serio
porque la posesión de rublos por un turista era considerada como un hecho
delictivo muy grave. ¿Cómo y por qué un extranjero había adquirido esa moneda
fuera de la Unión Soviética? Por otra parte, en los lugares destinados a los
turistas los productos se adquirían sólo con dólares americanos. Mi caso fue el
siguiente. Yo había recibido en Madrid todos los bonos requeridos para Bulgaria
y la Unión Soviética. En Bulgaria no tuve ningún problema, pero los
funcionarios se quedaron con los bonos suyos y algún requisito más que me fue
exigido en Moscú. Pronto entendí que tenía que pagar en dólares mi estancia en
Moscú y Leningrado. Con este desagradable incidente pensé que había que dar la
batalla. Yo había pagado ya mi estancia, tenía en mano las pruebas y no estaba
dispuesto a pagarla otra vez y en dólares por el capricho de unos funcionarios
comunistas irresponsables. Con estos pensamientos intenté descansar durante la
noche y al día siguiente me dirigí al Inturist
a pedir informaciones y explicaciones. Con buenos modales, por supuesto, pero
con firmeza y sin miedo.
d) Entrevista
frustrada con el Patriarca Pimen y visita privada de alto riesgo
En primer lugar, pedí
información para celebrar una entrevista con el Patriarca Pimen por expreso
deseo del mismo cuando estuvo en Madrid y en mi casa, convento de los dominicos.
Luego mostré un pequeño recuerdo que llevaba para entregarlo a una familia cuyo
padre era de los denominados “niños de la guerra” civil española. El ilustre
arquitecto D. Miguel Fisac me había pedido este encargo facilitándome los datos
necesarios para encontrar a dicha familia. Por último, pedí una explicación
acerca del incidente en el hotel. Sobre mi proyecto de visitar la Academia de
Moscú me pareció que después de la respuesta recibida en Bulgaria por los
servicios de información (más bien de espionaje) soviéticos, no valía la pena
insistir. Como respuesta a mis cuestiones lo primero que hicieron fue quedarse
con el pequeño paquete que llevaba de parte de Miguel Fisac para su amigo.
Sobre la posibilidad de entrar en contacto con el Patriarca Pimen ni siquiera
se interesaron como si tal personaje no existiera en Moscú. Por el contrario,
sí se interesaron por el problema administrativo. Les mostré las pruebas en las
que constaba inequívocamente que yo había pagado previamente todos los gastos
previstos de hotel, restaurante y transportes en Moscú y Leningrado. No
pudieron negar la evidencia, pero tampoco me dieron ninguna respuesta. Al día
siguiente volví dispuesto a no salir de allí hasta que se resolviera mi
problema. Me puse cabezón, y los hice llamar a la agencia que había tramitado
mi viaje en Madrid. Sólo cuando la agencia respondió que todo lo mío estaba en
regla y que me dejaran ya en paz, quedé libre de tener que pagar dos veces por
la estupidez de la administración comunista.
Una vez resuelto este
problema, lo primero que hice fue burlar la vigilancia del hotel para tomar un
taxi y dirigirme al domicilio del amigo de Miguel Fisac. Bajé del taxi y subí
por una escalera oscura y poco cuidada hasta el segundo piso. Aquella visita
era una aventura. La calle estaba desierta, pero yo era un extranjero que
llegaba por sorpresa a una casa particular. ¿Me estaba siguiendo la policía?
¿Estaba realizando el propio taxista las funciones de policía? Cuando me
aseguré de que estaba ante la puerta que yo buscaba sentí una emoción especial
y temblorosamente llamé al timbre. Oí el sonido del timbre y también algún
ruido por el que colegí que había alguien al otro lado de la puerta. Esperé
pacientemente durante un par de minutos y comenzó a entreabrirse la puerta sólo
lo justo para ver el rostro de la persona que trataba de identificar al
visitante. Era un joven tímido con rostro sonriente. Me presenté con pocas
palabras y me introdujo en casa. Luego me presentó a su novia la cual no salía
del asombro al ver allí por sorpresa a un extranjero. Pero el joven la explicó
todo y su rostro atemorizado se transformó en amorosa timidez. El joven en
cuestión era el hijo del amigo de Miguel Fisac y conocía la historia de amistad
entre ellos. Mi visita duró poco más de quince minutos porque había que
extremar la prudencia. Le pregunté por su padre y la posibilidad de conocerle,
pero su hijo me respondió amablemente que era difícil que pudiera verlo. Luego
los invité a él y a su novia a dar un paseo por la ciudad, pero también esto
les parecía difícil. Yo entendí que mi presencia allí constituía un riesgo
serio para ellos por violar la normativa comunista sobre el trato con
extranjeros por lo que decidí dales un abrazo y marcharme. Fueron unos minutos
de grande y feliz emoción por ambas partes. Yo no excluía que a la salida
estuviera esperándome la policía para ajustarme las cuentas por mi osadía
capitalista pero la calle seguía estando desierta y nadie me detuvo. Me dirigí
al Metro y tampoco allí me molestó nadie. Ni siquiera las milicianas que
lanzaban miradas y broncas recriminatorias a los viajeros despistados o que no
cumplían estrictamente la normativa comunista.
e) Turismo colectivo y
solitario
Durante mi estancia en Moscú programé el
tiempo alternando las visitas turísticas en grupo con mis escapadas solitarias
por la ciudad burlando la disciplina vigente sobre la presencia de extranjeros.
Un día tomé un taxi y, siguiendo la costumbre occidental, me senté detrás del
conductor. El taxista abrió la puerta delantera y me invitó a sentarme a su
lado. ¿Gesto de cortesía? Nada de eso. El sentarse en los asientos traseros, me
recordó en tono recriminatorio, es propio de los países capitalistas. Aquí
somos socialistas y todos iguales, quienes prestan los servicios y quienes los
reciben. Según esta teoría, el sentarse al lado del taxista era signo de
igualdad de clases sociales, y el sentarse atrás signo de desigualdad social al
estilo capitalista. Luego llegamos a un semáforo rojo y paró el coche en seco. ¿Razón?
Aparentemente ninguna, pero yo deduje que la parada estaba relacionada con la
casi inexistencia de tráfico en las calles y, sobre todo, a que allí no había
prisa para nada. Uno sentía el tiempo como si fuera un inmenso océano tranquilo
y sin oleaje. ¿Para qué prisas, si el Partido Comunista lo tenía previsto todo
a su tiempo? Estas eran las agradables apariencias, pero la cruda realidad era
otra muy distinta. Por ejemplo, en el hotel había un menú a la carta para los
turistas capitalistas. De hecho, sin embargo, la mayoría de los productos
registrados en la carta no existían y el menú real existente era un menú de
hambre. Los turistas eran conducidos a los lugares oficialmente preparados
donde se podían adquirir los productos más apetecidos a precios desorbitados y
sólo pagando con divisas extranjeras fuertes como el dólar.
Mis escapadas por las
calles de Moscú tenían lugar después del almuerzo cuando las calles estaban
desiertas. Siempre llevaba la cámara fotográfica escondida en una pequeña bolsa
de viaje y cuando encontraba algún objetivo interesante echaba una mirada de
circunspección para asegurarme de que no me veía nadie, disparaba y escondía la
cámara como si no hubiera ocurrido nada. Me llamaron particularmente la
atención las ruinas de antiguas iglesias que el Régimen había condenado a la
desaparición o a servicios impropios de los templos cristianos. A mis oídos
llegó una pequeña historia según la cual un extranjero fue sorprendido con una
cámara fotográfica en la plaza roja y los agentes de seguridad consultaron a la
autoridad competente sobre cómo debían actuar contra el osado delincuente. El
tirano comunista de turno, que a la sazón era Nikita Kruchev, respondió con
humor que si el autor del delito era un extranjero lo único que procedía era
devolverle a su país de origen. Esta pintoresca anécdota habría sido
interpretada como una autorización implícita para que en adelante los turistas
pudieran llevar con ellos cámaras fotográficas y hacer prudentemente uso de
ellas.
f) Adoración al “santo”
entre bayonetas
Pero en Moscú había un
lugar emblemático por el que había que pasar. Me refiero al mausoleo de Lenin
en la plaza roja. La visita al mausoleo de Lenin por parte de los turistas era
un espectáculo grotesco digno de verse. En la capital del ateísmo militante se
rendía culto a uno de los tiranos más grandes de la historia. Por supuesto que
era un culto político obligado y no religioso, pero, paradójicamente, se parecía
mucho al culto que los creyentes tributan respetuosamente a Dios. Yo no podía
perder la oportunidad de pasar a “besar la reliquia del santo tirano”
desfilando ante el cadáver embalsamado casi rozando las puntas de las bayonetas
de sus custodios armados hasta los dientes. Primero había que pasar un control
de seguridad depositando todos los objetos considerados peligrosos por los
servicios de seguridad. A continuación, nos acercamos por grupos separados al
mausoleo y nos hicieron otro chequeo corporal a cada uno antes de penetrar en
el recinto. Una vez dentro, había que desfilar en absoluto silencio en torno a
cadáver sin mover las manos. Detrás y en frente estaban los policías con las
bayonetas caladas y las ametralladoras en posición de ataque inmediato si ello
fuere necesario.
El ambiente creado en el
entorno era el apropiado para conmocionar a las gentes sencillas que
peregrinaban desde los cuatro puntos cardinales de la Unión Soviética para
tributar culto político inquebrantable al dictador como si de Dios se tratara.
Para mí, aquella ceremonia grotesca me resultaba muy humillante, pero comprendí
que había que tragar el sapo para poder hablar después con autoridad moral y
conocimiento de causa sobre las glorias que muchos intelectuales predicaban del
marxismo puro y duro. En este sentido me sentí muy satisfecho de haber pasado
por esta humillación sin la cual me hubiera privado de una saludable
experiencia intelectual y moral.
g) Leningrado,
capítulo aparte
Como
es sabido, en tiempo de Estalin, esta gran ciudad llevaba el nombre de
Estalingrado. Después, en memoria del tirano que le sucedió, Lenín, la ciudad
empezó a llamarse Estalingrado. En realidad, su denominación noble original es
San Petersburgo, o sea, San Pedro. Pues bien, el tiempo en Moscú transcurría y
había que ir a Leningrado donde mi estancia resultó más agradable. Leningrado
era, si cabe, otro mundo dentro del mundo comunista. Allí se respiraban aires
culturales más occidentales, aunque reprimidos. Ante el río Neva sentí una
emoción especial, pero más aún ante el legado artístico y cultural arruinado
por el régimen comunista. Como botón de muestra me parece oportuno recordar lo
siguiente. Estábamos visitando el Hermitage, que se encontraba en un estado de
deterioro bochornoso, donde la joven guía de turismo nos iba explicando la
historia y significado de las diversas obras de arte de acuerdo con la
metodología del adoctrinamiento marxista. Cuando explicó el significado de
algunas pinturas lo hizo ridiculizando de tal manera su contenido religioso que
la interrumpí para hacer una aclaración sobre el verdadero significado de las
mismas. Tuve suerte, pero temí lo peor. Me miró amenazadora dándome a entender
que en adelante procurara ponerme una cremallera en la boca. Tras un breve
silencio reanudó su autoritario discurso que terminó en mitin político. Sí, los
guías de turismo hacían un discurso cultural interpretando los motivos
artísticos en clave marxista para terminar recordando a los turistas los
presuntos logros del régimen comunista. En este caso concreto el líder supremo
de la felicidad humana era el dictador de turno Leónidas Breznev.
Por fin, me llevaron al
aeropuerto. Era una soleada mañana otoñal y el Neva produjo en mí sentimientos
de nostalgia. Atrás quedaban mis experiencias de Sofía, Varna y Moscú. Pero
había que abandonar la Unión Soviética y la policía me acompañó hasta la
escalerilla del avión. Antes habíamos tenido que sufrir los controles de
despedida final. Dos cosas me llamaron mucho la atención. Primero, la presencia
de una mujer ataviada de forma extraña, lo que me hizo pensar en las imágenes
populares relacionadas con la brujería. Era la enfermera encargada de poner la
vacuna al pasajero que tuviera necesidad de vacunarse. Lo segundo que me llamó
la atención fue el modo cómo los agentes del control aduanero advirtieron sobre
la necesidad de depositar todas las monedas del país antes de pasar el control
policial. Alguien pidió, por favor, el permiso para llevarse alguna pequeña
moneda como recuerdo del viaje turístico. La respuesta fue contundentemente
negativa. Sobre este asunto no se permitía ningún tipo de tolerancia. Entrar o
salir de la Unión Soviética con rublos era motivo suficiente para arrestar al
delincuente y exigirle responsabilidades. Sólo dos cuestiones más para terminar
esta pintoresca historia. He hablado antes de los problemas que tuve en Moscú
con la administración comunista.
h) Un caballero
mejicano y un interrogante
Me es grato recordar
sobre este asunto que un caballero mejicano que hacía turismo en Moscú con su
hija, al conocer mis problemas con la administración, se puso generosamente a
mi disposición. Le expliqué lo que ocurría y me dijo que no me preocupara
porque él estaba dispuesto a prestarme la ayuda económica que necesitara.
Afortunadamente, como queda dicho, el problema se resolvió felizmente sin
necesidad de tener que pedirle ayuda, pero el recuerdo agradecido de este
caballero quedó afincado fuertemente en mi memoria. Al final de nuestro periplo
en Leningrado, él se mostró muy satisfecho del paseo turístico realizado por la
Unión Soviética, pero su hija, que era muy joven, estaba indignada porque sólo
habíamos podido ver lo que quisieron enseñarnos y tenía la sensación de que la
verdadera realidad nos la habían ocultado. Obviamente, yo estaba totalmente de
acuerdo con el diagnóstico de la niña y no con la comprensible satisfacción de
su padre.
Por último, queda un
interrogante abierto. ¿Por qué se me permitió a mí entrar en la Unión Soviética
sin estar integrado en un grupo turístico, de acuerdo con las normas comunistas
en vigor? Una explicación plausible es que yo llegaba a la Unión Soviética
desde Bulgaria, que era país satélite de la URSS. Por otra parte, yo era ya
bien conocido por los servicios secretos de Rumania, otro país satélite, donde
nunca fui considerado, que yo sepa, como personaje peligroso. En cualquier caso,
yo viajaba a título personal y según la mentalidad comunista entonces imperante,
cabía pensar que yo era por lo menos un espía infiltrado. Llegué felizmente a
Copenhague y aquello era otro mundo donde encontré mucha libertad, pero también
mucha corrupción humana.
i) En Río, Brasilia,
Nueva York y Caracas
Más arriba me he referido
a mi presencia en el VIII Congreso Interamericano de Filosofía celebrado en
Brasilia en 1972 y me parece oportuno completar lo allí dicho como experiencia
intelectual y de escritor con algunas anécdotas pintorescas y significativas.
El viaje lo realicé en compañía de mi antiguo profesor de metafísica, ya
entrado en edad, y que aprovechó la celebración del Congreso para visitar y
despedirse de algunos familiares suyos afincados en Río de Janeiro. Al
principio yo pensé que le acompañaba a él, pero tan pronto nos encontramos
acomodados en el avión me percaté de que era él el que viajaba conmigo y
necesitaba de mis cuidados. No estaba acostumbrado a viajar solo y, según fui
informado, sólo se decidió a emprender este viaje cuando estuvo seguro de que
iba conmigo. De no haber viajado yo, no habría viajado él. Así las cosas,
llegamos felizmente a Río de Janeiro y pronto nos encontramos agasajados por su
familia. Mi anciano acompañante era el P. Bienvenido Turiel, O.P, el cual fue
recibido con inmensa alegría entre los suyos, especialmente por una sobrina
físicamente muy bella y con un corazón de oro. Una vez realizado el contacto
familiar, reemprendimos el viaje hacia Brasilia para participar en dicho Congreso.
El viaje lo efectuamos en un viejo avión de hélices con cuatro motores y a baja
altura con lo cual pude disfrutar de vistas maravillosas. A veces uno tenía la
impresión de que había que ayudar a la pesada nave para que remontara y no
cayera al suelo.
En Brasilia nos
hospedamos en una residencia de las Madres Dominicas no lejos del foro del
Congreso y mi venerable acompañante me suplicó que no le dejara nunca solo.
Cuando, por una u otra razón, yo tenía que separarme de él le indicaba dónde
debía esperar hasta que yo regresara y allí le encontraba infaliblemente
resignado y agradecido. Un día, al final de la jornada, yo tenía un compromiso
y le propuse que volviera a casa solo en taxi. Por favor, me suplicó, te ruego
que me dejes siempre en casa y luego te vayas tranquilo a donde quieras.
Comprendí que lo mejor era seguir su consejo y así lo hice para tranquilidad
suya y mía. Por otra parte, hacía un tiempo paradisíaco y era un placer
prescindir de ropa y disfrutar leyendo a la sombra de algún árbol. Eso sí,
hasta que aparecían las nubes y descargaban agua en tal cantidad que hacía
pensar en el fin del universo. Pero después de quince o veinte minutos de
diluvio universal volvía el ambiente paradisíaco como si no hubiera ocurrido
nada.
Terminado el Congreso,
volvimos a Río de Janeiro donde dejé al P. Turiel con su familia, que no sabía
cómo agasajar al querido “tío fraile”, como cariñosamente le llamaban. Yo
permanecí algún día más en Río antes de regresar a Madrid por lo que me instalé
en un modesto hotel de Ipanema. El primer consejo que me dieron allí fue que
cuando fuera a la playa procurara ir en traje de baño y sin nada en las manos
con el fin de no llamar la atención de los malhechores. La verdad es que con la
toalla en mano y una módica cantidad de dinero preventivo me paseé por Ipanema
a mis anchas observando sobre todo los ritos vespertinos de superstición
playera sin que en ningún momento de mis excursiones fuera molestado por nadie.
Por su parte los administrativos del hotel habían seguido de cerca mis pasos y
al final me expresaron su asombro por el hecho de que, siendo yo un hombre
joven, no había solicitado una mujer de compañía para dormir y holgar con ella.
Por otra parte, yo había convenido con un catedrático de la Universidad de Río
en celebrar una entrevista con él en su despacho universitario aprovechando mi
paso por Río. Fui a buscarle al lugar y hora convenida pero allí no apareció
nadie ni encontré ninguna explicación de su ausencia. Cuando comenté este
desagradable desplante me comentaron que allí eso era casi normal y que lo más
probable era que al señor catedrático no le “pidió el cuerpo” personarse en
aquel momento para cumplir con su palabra.
Otro día fui invitado a hacer una gira
turística por Río. A los pocos minutos de iniciar la gira el buen amigo que me
llevaba en su coche paró el automóvil y me dijo que esperara durante unos
minutos porque tenía que hablar con alguien que se encontraba en el bar de
enfrente. A los pocos minutos volvió y me explicó la razón de la parada
sorpresa. Su coche no estaba legalmente en regla y había ido a explicar la
situación a un policía que se encontraba en el bar. Entendí que le había dado
la adecuada propina y que ya podíamos continuar nuestra excursión tranquilos.
El año 1977 se celebró en
Caracas, Venezuela, el IX Congreso Internacional de Filosofía Interamericana, y
ello fue un buen motivo para cruzar el Atlántico pasando por Nueva York. La
ciudad de los rascacielos era por aquella época la meca del mundo entero. Me
impresionó su grandeza material, la falta de respeto por la vida y la
comercialización salvaje de la corrupción humana. Me llamó mucho la atención
también la conciencia de inseguridad personal de los turistas que se
encontraban en mi hotel ubicado en el corazón de la ciudad. La gente salía del
hotel en grupo por razones de seguridad. Yo, sin embargo, me eché a la calle
solo con la prudencia debida y no fui molestado por nadie, ni siquiera en las
zonas de más riesgo. Mi cara no debió resultar sospechosa ni mi porte era el de
un hombre acostumbrado a manejar dinero. En los centros comerciales de la
quinta avenida acosaban a los turistas con ofertas de precios competitivos en
lucha abierta con sus colegas de negocio. Un ejemplo significativo puede ser el
siguiente. Entré en una tienda atraído por la oferta de precios, pero salí sin
comprar nada. De pronto me encontré cogido amablemente del brazo por un
dependiente de otro centro comercial vecino el cual me ofrecía el mismo
producto a un precio más bajo. Así era la guerra a la caza de clientes. Me
llamó también la atención el uso amplio que se hacía del español en aquella
ciudad cosmopolita. Tuve la satisfacción de celebrar la Eucaristía en la
catedral de S. Patricio y conservo un recuerdo muy agradable del trato que me
dispensaron las personas encargadas de los servicios catedralicios. Visité
Nueva York en dos ocasiones y tuve la oportunidad de realizar una experiencia
pastoral interesante a la que renuncié por incompatibilidad de tiempo con un
compromiso preferencial en Chile. También mis estudios en el campo de la
Bioética propiciaron alguna visita más a la gran ciudad, pero nunca se llevó a
cabo. En 1981 visité Miami y Tallahassee camino de Chile. Pero estamos todavía
en 1977 camino de Venezuela.
La salida de Nueva York,
ya entrada la noche, rumbo a Caracas fue espectacular y me hizo pensar mucho en
todo lo que es grande. Por encima de las limitaciones y miserias de este mundo
está la inteligencia humana como imagen del Creador. La reflexión inevitable
fue la siguiente: si la inteligencia humana es capaz de hacer tantas
maravillas, ¿cómo será la Inteligencia del Creador mismo del ser y de la
vida? Durante el vuelo todo transcurrió
con normalidad técnica y administrativa. Lo único que rompió la rutina de
navegación aérea fue el caso de una joven señora sentada en la misma fila que
yo al otro lado del pasillo. A medio camino empezó a marearse y tuvo que ser
atendida por el personal de a bordo. Todo hacía pensar que su estómago estaba
revuelto con lo cual su viaje fue desagradable, pero con el tiempo recobró la
normalidad. Ya nos estábamos acercando a Venezuela cuando recibimos el aviso de
que se había desatado una gran tormenta sobre el aeropuerto de Caracas por lo
cual teníamos que hacer una escala técnica en la isla Santa Margarita hasta que
recibiéramos la orden de reanudar el viaje. Al descender del avión en Santa Margarita
quedé impactado por las altas temperaturas ambientales y el fuerte olor a
plantas tropicales. Durante el corto recorrido desde el avión a las
instalaciones de viajeros del aeropuerto pensé que podíamos caer al suelo como
gorriones abatidos por el sol. Una hora más tarde reanudamos el viaje a Caracas
y tuve la primera sorpresa.
Al otro lado del control
policial había una persona que amablemente nos llamó por nuestro nombre a la
joven señora que tan mal viaje había tenido y a mí. Era el encargado de
recibirnos como miembros participantes del IX Congreso Interamericano de
Filosofía. Aquel recibimiento significó un alivio inmenso para ambos. Sin más
preámbulos me dijo que ella era la representante oficial de la OEA
(Organización de Estados Americanos) para los asuntos relacionados con la
financiación del Congreso. Yo me presenté también quedando ella muy gratamente
sorprendida. ¿Por qué? Porque le dije que yo era dominico y ella había tenido
durante sus estudios a un profesor dominico del que conservaba un recuerdo
estupendo. ¡Qué pequeño es el mundo! Pero apenas descendimos del avión empezó
de nuevo a llover torrencialmente y la oscuridad de la noche era impresionante.
Durante el trayecto surgían constantemente animales que cruzaban y el riesgo de
desprendimientos de tierra era alto. Con no pocos sobresaltos llegamos sanos y
salvos al hotel mientras arreciaba la tormenta. Nos acompañaron a la amplia y
confortable habitación reservada para ella y una profesora de la Universidad de
S. Marcos de Perú que apareció inmediatamente. El primer objetivo para mí desde
allí era comunicarme con mis frailes dominicos de Caracas. En 1977 estábamos
todavía muy lejos de los teléfonos móviles y de Internet y no había manera de
comunicarme con ellos por teléfono normal para decirles dónde me encontraba
sano y salvo.
Pasaba el tiempo y no
había manera de conectar por teléfono desde el hotel debido a la tormenta y la
saturación de las líneas disponibles. Intenté tomar un taxi, pero sin éxito.
Así las cosas, mi amable anfitriona y su compañera de habitación me aconsejaron
que aquella noche me quedara allí con ellas, y que, si había que pagar algo
para eso estaba ella allí, la responsable de las finanzas del Congreso por
parte de la OEA. Después de agradecer su generosidad y su preocupación por mí,
las expliqué que en mi casa de Caracas estarían muy preocupados esperándome sin
saber dónde me encontraba vivo o muerto. Pero este argumento no las convenció e
insistieron amablemente en que me quedara aquella noche allí. La habitación,
replicaron, es espaciosa y en la cama cabemos tres cómodamente. Entonces cambié
de argumentación. Mirad, las dije, mañana temprano comenzamos los trabajos del
Congreso y yo necesito estar en forma. Ahora bien, tengo serias dificultades
para dormir y, acostumbrado a dormir siempre solo en mi cama, temo que en cama
prestada y con dos personas al lado voy a pasar la noche contando estrellas. Y
esto descartando que ninguna de vosotras ronca, ya que entonces mi drama podría
terminar en tragedia. Me miraron con cariño, amainó el aguacero y con mucha
paciencia conseguimos contratar un taxi que me llevó a la Florida a altas horas
de la noche sano y salvo. Comenzaron las sesiones del Congreso y todos los días
mi amable anfitriona encontraba el momento para saludarme e interesarse por mí.
Al cabo de un año me pidió una colaboración para la revista que dirigía. Pasó
el tiempo y un día recibí unas palabras de despedida que dirigió a todos sus
amigos dando a entender que dejaba el cargo que tenía e iniciaba una nueva
andadura. ¿Qué habrá sido de ella?
La celebración del
Congreso se prolongó durante una semana, mañana y tarde, pero con el ambiente
refrigerado y los debates soporté relativamente bien el rigor del calor
atmosférico. Como experiencia de este encuentro me parece oportuno recordar lo
siguiente. El Congreso estaba dominado por marxistas y el mero
hecho de no serlo fue considerado como una actitud digna de castigo. Tanto fue
así que el filósofo Agustín Basave y yo fuimos acusados de coincidir en
nuestros planteamientos filosóficos no favorables al marxismo imperante. Basave
temió seriamente que boicotearan unas conferencias que tenía programadas y a mí
me ajustaron las cuentas excluyendo la publicación de mi ponencia en las Actas
del Congreso a raíz de publicar yo en la revista Arbor una crónica de los acontecimientos. Allí denuncié la
metodología marxista utilizada por un grupo bien organizado y llegué a afirmar
que en los países comunistas del “telón de acero” yo había encontrado un margen
de libertad de expresión mucho más generoso que en Caracas. Esta afirmación iba
directamente al corazón de la despótica estrategia marxista utilizada durante
el Congreso.
Terminado
el Congreso el P. Guillermo Tejón, O.P., a la sazón Vicario Regional de los
dominicos en Venezuela, programó para mí una gira por el país para que visitara
a nuestros misioneros en sus puestos de trabajo. El proyecto me pareció de oro
y el P. Agustín Estévez O.P, experto consumado en viajes difíciles y
arriesgados, preparó el coche con todas las previsiones necesarias y, como D.
Quijote y Sancho, al alborear de una mañana esplendorosa salimos al campo por
los caminos de Valencia. Las principales ciudades visitadas fueron las
siguientes: Barquisimeto, San Cristóbal, Rubio (con incursión a Cúcuta/Colombia),
San Fernando de Apure, Barinas, Trujillo, Mérida y Maracaibo, regresando a
Caracas por Morón. El recorrido fue largo, pero nos acompañó el buen tiempo.
Sólo al abandonar Barinas pude hacerme una idea del temporal de agua que se
avecinaba. Por otra parte, amenazaba una huelga de los servicios de gasolina,
pero apenas nos afectó. Lo más de temer eran los derrumbamientos de tierra en
las carreteras y los atascos. Lo aconsejable en esos casos tan frecuentes era
armarse de paciencia y no salir del coche a pedir explicaciones de nada. Y
menos aún para protestar ya que la respuesta podía ser contundente. En la bella
ciudad de Mérida alguien me hizo notar cómo se destruían viejas casas de estilo
colonial sin respetar su valor histórico y artístico. No pudimos usar el
teleférico por razones de seguridad a causa del viento. Me impresionó mucho el
espectáculo natural de los montes nevados rezumando agua como limones
exprimidos. Lo que no podía yo imaginar es que el propietario de la popular
Radio Universidad ubicada en Mérida era el padre de la que muchos años después
sería una gran amiga mía. Me refiero a la maravillosa Alice Dubuc que habla en
el capítulo dieciséis.
San
Fernando de Apure fue un capítulo aparte y el P. Ovidio Rodríguez (O.P) me
paseó por la zona del misterioso río en coche y en avioneta. Un día que íbamos
de excursión llegamos a un determinado punto de la carretera donde tiempos
atrás había él sufrido un accidente de tráfico sin consecuencias importantes.
Entonces, aprovechando que no había tráfico, trató de explicarme lo ocurrido
reproduciendo la maniobra que imprudentemente había realizado y que fue la
causa de salirse de la calzada. Afortunadamente tuve unos reflejos rápidos y le
pedí, por favor, que no lo hiciera porque me bastaba su explicación verbal. En
otra ocasión me invitó a dar un paseo aéreo con la avioneta por la ribera del
río Apure. Antes de subir a la pequeña aeronave hizo un chequeo rápido y
superficial del aparato, pero yo no quedé satisfecho y le pregunté si en el
tanque había combustible suficiente. Creo que sí, me respondió con naturalidad.
Al ver que yo no me decidía a embarcar condescendió y chequeó delante de mí el
tanque del combustible. Afortunadamente el cielo estaba despejado y pudimos
disfrutar del paisaje sin problemas. Pero empezaron a aparecer nubes y había
que preparar el descenso sin dilación. En estas estábamos cuando el piloto se
percató de la proximidad de la finca de un amigo suyo y me propuso enviarle un
saludo de sorpresa haciendo una pasada a bajo nivel con la aeronave. Esta idea
no me agradó nada y afortunadamente conseguí que desistiera de su intento. De
Barinas salimos apresuradamente huyendo del vendaval de agua que se avecinaba y
en Maracaibo estuve muy condicionado por el calor ambiental, así como sorprendido
por las historias de venganza mafiosa entre familias y la poligamia tradicional
de caciques locales. El regreso a Caracas por la costa de Morón fue
espectacular. Me impresionaron sobre todo los bosques de cocoteros en las
playas.
Durante
mi estadía en Caracas me llamó mucho la atención el contraste entre la gente
buena y los delincuentes de oficio. Muy cerca de La Florida vivía un matrimonio
inmigrante al que yo había conocido siendo niño por lo que mis visitas eran
recibidas con mucha alegría y cariño. Las visitas tenían lugar en plena luz del
día, pero ellos temían que en la calle pudiera encontrarme con alguna sorpresa
desagradable y me pedían que tan pronto estuviera de vuelta en mi casa los
hiciera un llamado telefónico comunicando que había llegado sano y salvo. No
les faltaba razón. Un día me encontraba ya muy cerca de casa cuando tuve un
incidente con unos travestidos que me salieron al paso. No perdí la calma, pero
sí la cámara fotográfica y la pequeña cantidad de dinero que llevaba para andar
por la calle. Otro día unos primos míos, que vivían por la zona de la Florida,
me invitaron a un paseo en el teleférico del pico del Ávila. Aquella fue una
jornada muy agradable, pero al día siguiente en uno de los viajes se produjo un
fallo técnico y la cabina quedó paralizada a mitad de camino con los pasajeros
dentro y el bosque debajo. Tuvieron que ser evacuados con un helicóptero y no
hubo desgracias, pero a partir de aquel día el servicio del teleférico quedó
suspendido por tiempo indefinido. Me parecía increíble que el día anterior
había viajado yo en el mismo vehículo y por el mismo cable contemplando el
abismo en el que podía haber sido precipitado.
Y
llegó el tiempo de regresar a Madrid vía Nueva York. Martín Pino, O.P. me había
dado un consejo muy práctico en Maracaibo. Después de informarme sobre la
psicología de la gente y sus costumbres me recomendó que, en caso de encontrar
alguna dificultad en el aeropuerto antes del embarque, a pesar de que toda mi
documentación de viaje estaba en regla, no dudara en dar una propina al
funcionario de turno. Estando ya en cola para el chequeo normal del pasaje
observé que a un caballero no le permitían acceder al embarque por alguna
supuesta irregularidad de su billete. Tras una breve discusión con el
funcionario le vi pasar alegremente con trato de viajero preferencial. ¿Cuál
fue el monto de la propina? No puedo asegurar siquiera que hubiera tal propina
por medio, pero yo me acordé de la recomendación recibida al respecto. Y con
razón. Poco después se acercó a mí amablemente un presunto agente del orden,
tomó mi maleta, me invitó a seguirle unos metros más adelante en la cola de
espera y me puso la mano para recibir el pago por el servicio prestado. De
vuelta en Madrid el director de la revista de información doméstica Huellas Dominicanas (39, 1977) me pidió
una pequeña crónica de mis correrías por Venezuela en la cual confesé mi
admiración por todas las cosas que había visto y experimentado a lo grande.
Grande me pareció la calidad de aquellas tierras y de las muchas y maravillosas
personas a las que tuve la suerte de tratar. En cuanto a las miserias y
debilidades humanas no encontré más ni menos que en cualquiera otro país del
mundo. Eso sí, con matices propios sobre los cuales sería largo e interesante
hablar.
13. Actividades pastorales mejor logradas
A
lo largo de mi larga actividad pastoral, me es grato avanzar ya que tuve
ocasión de intervenir en muchos foros intelectuales y pastorales, pero mis
preferencias fueron la celebración de la Eucaristía con predicación de la
homilía, la celebración del sacramento de la Penitencia y las consultas
privadas de gentes con problemas personales graves. Como regla general, de
lunes a viernes me dediqué a tiempo completo a la predicación académica oral y
escrita, y los fines de semana a la predicación cultual y sacramental en la iglesia
de mi convento en Madrid, con el brazo pastoral siempre tendido a servicios
requeridos desde otras instituciones eclesiales y no eclesiales. O sea, sin
cerrarme a las eventualidades pastorales emergentes fuera de programa y que
fueron muchas. Con el tiempo comprobé que mi modo de hacer la predicación
dominical daba buenos resultados y en varias ocasiones y en lugares diversos
tuve que corresponder con pudor y bochorno a los aplausos de la audiencia al
terminar la homilía. No fue insólito ver a personas que durante la homilía
tomaban notas por escrito, o que después de la misa me invitaban a tomar una
cerveza como excusa para seguir profundizando sobre algún tema importante
relacionado con ella.
A pesar de lo que termino de decir,
nunca me hice ilusiones y atribuí estas demostraciones de aceptación más a la
magnanimidad de la gente que a la calidad real de mi predicación, de cuyos
defectos era yo más consciente que nadie. El tema de la predicación dominical
de la homilía me preocupó mucho siempre y en varias ocasiones me he pronunciado
por escrito sobre los errores más frecuentes que cometen muchos predicadores
dominicales. En mi libro Reflexiones y
sugerencias pastorales (Madrid 2014) expuse ampliamente mi pensamiento
sobre esta cuestión y tuve la satisfacción de comprobar que mis reflexiones se
encontraban en la misma onda que la Exhortación Evangelii Gaudium del Papa Francisco. Por ello, aunque mi texto se
había publicado ya hacía algún tiempo en Internet, no tuve que rectificar ni
una tilde de lo que había dicho cuando volví sobre el tema en la obra citada.
Al contrario, el texto papal me vino como anillo al dedo para mantener mis
puntos de vista críticos acerca de los defectos de la predicación dominical y
revalidar los criterios expuestos para corregirlos en la medida de lo posible.
En este sentido yo he tropezado siempre
con una carencia personal importante. Me refiero a que nunca pisé la tierra de
Palestina. ¿Cómo es posible que en los comienzos del siglo XXI un predicador
cristiano no conozca los lugares geográficos donde Cristo vivió, murió y
resucitó de entre los muertos? Durante mi juventud tuve siempre la ilusión de
desplazarme a Jerusalén para seguir algún curso en la Escuela Bíblica regentada
por la Orden de Predicadores. La verdadera razón de no haber realizado siquiera
una excursión turística por aquellas tierras, se debió principalmente al
ambiente de guerra permanente entre judíos y palestinos. No quiero entrar en
este delicado asunto, pero me parece oportuno dejar constancia de que en abril
de 1987 fui invitado oficialmente a Jerusalén por Yad-Vashem, y en otra ocasión fui invitado a participar, también en
Jerusalén, en un congreso sobre la violencia. Por razones que no es del caso
exponer aquí, no acepté ninguna de estas invitaciones.
Por otra parte, cuando era joven me
gustaba mucho hablar en público. Ahora que soy viejo tengo la impresión de que
cuanto más hablo más cosas digo de las cuales yo mismo no quedo satisfecho.
Agradezco de corazón la magnanimidad de quienes valoraron positivamente mi
predicación oral, pero pido igualmente disculpas por mis limitaciones y lagunas
en el ejercicio de ese noble quehacer pastoral. Por otra parte, siempre me ha
ido mejor en el trato privado y confidencial con la gente que en mis
intervenciones públicas. En este sentido me es grato expresar mi satisfacción
por los resultados obtenidos en la administración del sacramento de la
penitencia y las consultas privadas de la gente, incluso en el contexto de mis
actividades académicas.
Tuve siempre muy claro que la actitud
del confesor responsable es la de recibir y tratar a los penitentes como lo
hacía Cristo en persona. Para ello hay que estudiar a fondo los pasajes
evangélicos en los que se describen escenas de alto voltaje misericordioso. Por
ejemplo, perdonando al ladrón que se confiesa antes de morir en la cruz junto
al propio Cristo. O la parábola del hijo pródigo, que más bien lo es de la
misericordia amorosa e ilimitada del Padre, y así sucesivamente. Sin olvidar la
experiencia del propio confesor como beneficiario de la misericordia divina y
la adecuada formación antropológica. También tuve siempre claro que la
confesión sacramental es un juicio en toda regla, pero sin olvidar que las
diferencias entre el juicio sacramental y el emitido por un tribunal humano de
justicia son sustanciales, y hay que conocerlas muy bien. En los tribunales de
justicia, por ejemplo, el fiscal acusa al reo, el cual será condenado si su
abogado defensor no es más hábil o astuto que el fiscal, o el juez es un
merengue comprado por una de las partes. De ahí que, como reza el refrán, no se
excluye la circunstancia de que paguen justos por pecadores. En el juicio
sacramental, por el contrario, el reo es el propio penitente, que no es llevado
al tribunal por ningún fiscal de oficio. El fiscal es su propia conciencia.
El penitente escucha a su propia
conciencia y se dirige por iniciativa propia al confesor para decirle la verdad
delante de Dios como testigo. A veces el confesor hace amable y respetuosamente
alguna pregunta clarificadora, a la que el penitente responde con gusto. Y lo
que es aún más admirable. Mientras en un tribunal de justicia común la
sentencia puede ser absolutoria o condenatoria, en el tribunal de la confesión
sacramental el reo, que confiesa como Dios manda su culpa, es inexorablemente
absuelto. Es un juicio que, si se celebra correctamente, es sólo para absolver
y nunca para condenar al reo. De ahí el final feliz de toda confesión
sacramental bien hecha. Estas y otras ideas sobre el sacramento de la confesión
las tuve siempre muy claras desde que en la infancia asimilé mis primeras
experiencias felices como penitente. Su aplicación práctica reforzada con la
experiencia y la profundización teológica me aportó grandes satisfacciones
acompañadas a veces de gestos inolvidables de afecto y gratitud.
En este contexto del secreto
profesional conservo también recuerdos muy gratificantes relacionados con las
consultas privadas sobre los problemas más graves que suelen turbar la vida de
las personas. Y no sólo en lo que se refiere a la salud psíquica, espiritual y
cristiana, sino también en el campo académico e intelectual. Tuve siempre la
impresión, insisto, de que ante la gente mi imagen en el ámbito privado y
confidencial cotizó más y mejor que en mis intervenciones públicas. Para
corroborar esta afirmación podría aportar casos y anécdotas significativas,
incluidas las pintorescas y radiantes de buen humor. Por otra parte, cuando era
joven me gustaba intervenir en los medios de comunicación, convencido de que la
presencia en ellos era indispensable para hacer llegar a la gente el mensaje
evangélico. Con el paso del tiempo adopté una actitud más realista a este
respecto y decidí intervenir en los medios audiovisuales sólo a título personal
evitando la participación en debates colectivos y tendenciosos. Como alternativa,
sobre todo tratándose de asuntos graves, me pareció más prudente y eficaz
invitar a la gente a leer mis escritos o bien a tratar conmigo sus problemas de
forma personalizada en consultas privadas. Creo que esta estrategia fue un
acierto y de ahí también mi reticencia sistemática a discutir en público de
palabra en torno a cuestiones sobre las cuales me he pronunciado ya por
escrito.
Otras observaciones que me resulta
grato hacer son las siguientes. Me ha gustado escuchar con atención a la gente
que me confesaba sus penas y dolores de orden físico o moral. El sufrimiento no
perdona a nadie y muchas veces, quienes sufren mucho necesitan de una forma
patética que alguien los escuche antes de recibir consejos no solicitados. Sólo
después de esta escucha paciente y caritativa estamos en condiciones de dar
algún consejo oportuno, saludable y consolador. Escuchar al que sufre es una
prueba inequívoca de respeto, que produce siempre frutos saludables y
consoladores. Debo confesar sin rubor que me siento muy feliz cuando constato
que, las personas que han venido a mí para confiarme sus penas y dolores, han
encontrado alivio y consuelo. Como no podía ser de otra manera, hubo
imprudencias pastorales, pero hice siempre lo que pude para que fueran
compensadas. Al menos esto es lo que yo pienso.
A la altura del año 2020, cuando todas
las penas y dolores se multiplicaron por el Covid/19, tuve la gran ocasión de
instruir y consolar a quienes se acercaron a mí solicitando algún servicio
pastoral, como el sacramento de la penitencia. En el artículo titulado Covid/19
y pastoral litúrgica, destinado a ser publicado en el fascículo primero de
la revista Studium (2021), expuse mis criterios pastorales para distribuir el
consuelo y el perdón de los pecados en un tiempo de angustia añadida por el
estado de guerra declarado por el pandémico y mortífero Covid/19.
NICETO BLÁZQUEZ, O.P.
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