jueves, 17 de marzo de 2022

MI VIDA RESUMIDA IV

 

CAPÍTULO IV

IDENTIDAD CRISTIANA Y VIVENCIAS PASTORALES

         Hablé antes del momento crítico en que surgió en mí la vocación intelectual y cómo se fue consolidando después. De modo análogo voy a intentar recordar ahora los momentos culminantes de mi vocación cristiana y del proceso de su culminación en el ministerio sacerdotal. 

         1. La luz de la fe

         La fe cristiana es un tema fascinante por el mero hecho de que Cristo es el único personaje de la historia que murió y volvió a la vida, ratificando con hechos contundentes la verdad de sus palabras. Hasta que Él irrumpió en la historia, nadie había dado respuesta satisfactoria al interrogante del más allá ni a los problemas del sufrimiento y de la felicidad en este mundo. No en vano la persona de Cristo es, sin lugar a dudas, la más controvertida y al mismo tiempo amada desde su irrupción en la historia humana hace ya dos milenios largos. Mi iniciación al conocimiento de este sobrehumano personaje se inició el seno de mi familia y se fue consolidando en la parroquia y escuela pública de Hoyocasero. La familia que yo conocí de niño, tanto por parte de mi padre como de mi madre, era numerosa y cristiana convencida sin frivolidad ni beatería. En mi familia se profesaba una religiosidad castiza al filo de la vida y del sentido común. Por otra parte, a los niños se los instruía sobre Dios lo mismo en la iglesia parroquial que en la escuela pública.

         Entre los adultos había peleas y formas de conducta nada ejemplares. Pero a los niños se nos educaba para que aprendiéramos lo bueno y no imitáramos lo malo de los adultos. Por ejemplo, no se nos inculcaba el odio o el rencor hacia los vencidos de la guerra civil, sino que se practicaba la política del olvido caritativo, del respeto y de la defensa de cualquiera que corriera el peligro de ser maltratado por motivos políticos. En este contexto mis padres tenían siempre la puerta de casa abierta para que entrara quien necesitara de protección personal o de saciar el hambre que siguió a la contienda civil.

         Mi padre, Emiliano, gozaba de autoridad moral suficiente para cantar las cuarenta a las autoridades públicas de la posguerra en Hoyocasero y en Ávila. Y mi madre, Delfina, solía decir que en la mesa de S. Francisco donde comen cuatro comen cinco, sin tener en cuenta su militancia política o su mala reputación personal. Mi padre aconsejaba a unos y a otros para evitar las represalias una vez terminada la guerra civil, y mi madre los consolaba y daba de comer si era necesario. Por otra parte, en mi casa esos y esas que parecían más peligrosos o peligrosas se comportaban siempre como personas extremadamente educadas y respetuosas. Sólo recuerdo el caso de un trastornado que estuvo a punto de causarnos un disgusto en casa. Yo me sentía comprensiblemente incómodo y hasta atemorizado por estas visitas, pero fue una lección de humanidad por parte de mis padres inspirada en la visión cristiana de la vida que predominó en mi entorno familiar durante la niñez. Con esto sólo quiero destacar el hecho de que yo empecé a creer en Dios de una manera natural y agradable desde la infancia siguiendo las sanas costumbres de mi familia y las enseñanzas elementales que recibía en la escuela pública y en la catequesis parroquial. Ya dije que la pedagogía utilizada en la enseñanza no era envidiable, pero el contenido de la misma era de lo mejor y como tal yo lo recibía. De hecho, los momentos más felices de mi infancia están relacionados con la experiencia de la confesión sacramental y de la primera comunión. Desde muy pronto tuve la convicción de que por encima o al lado de las miserias humanas, tiene que haber algo o Alguien que nos comprenda y consuele ya en esta vida. Estas son convicciones mías desde la más tierna infancia relacionadas siempre con la existencia de Dios. 

         Durante la adolescencia estuve sometido a todas las vicisitudes que corresponden a ese período crucial de la vida. Pero nunca se extinguió en mi la luz de esas convicciones profundas, que fueron decisivas para salir adelante en medio de las tempestades. Hubo un momento en que las turbulencias normales de la adolescencia pusieron a prueba dichas convicciones, pero ni me asustaron ni me hicieron perder el sentido de la orientación y de la cordura. Al contrario, terminaron convirtiéndose en una fuente de saludable experiencia. Más tarde se produjo un oscurecimiento de la fe cristiana que había recibido, pero en ningún momento llegó a ser un apagón total. Esta crisis se produjo durante los estudios de filosofía al tiempo que se iba desarrollando en mí el sentido crítico sobre algunas formas de religiosidad y de vida cristiana tradicionales consideradas en mi entorno como esenciales cuando, en realidad, no lo eran, como yo iba comprobando con el paso del tiempo, el progreso en mis estudios y la experiencia personal de la vida.

         Fue entonces cuando el sentido común y el uso de la razón se activaron al máximo y llegué a una conclusión pragmática con buenos resultados. En primer lugar, pensaba yo, hay que dar tiempo al tiempo y seguir adelante con los estudios de teología. Por otra parte, esas tradiciones religiosas cristianas que no me satisfacían, invitaban siempre a lo mejor, por lo que no encontré dificultad especial en ser tolerante con ellas esperando tiempos mejores. Con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, mi razonable y comprensible inconformidad con algunas prácticas religiosas cristianas tradicionales desapareció felizmente de suerte que la oscuridad de mi fe no llegó a ser total en ningún momento. Afortunadamente no llegué a la experiencia desoladora de quienes sufren el apagón de la fe en Dios.

          El acceso a la fe es un fenómeno muy peculiar. Lo normal es que la aparición de esa luz en la vida surja de forma progresiva como la luz del sol a partir de la aurora y al ritmo de la vida. Luego surgen días más oscuros y soleados. Hay personas que llegan a la fe tras un largo y tortuoso recorrido intelectual. Cada uno tiene su propia historia personal. En mi caso reconozco que primero conocí a Dios por la fe y luego, con el estudio y la experiencia de la vida, esa fe se fue consolidando y perfeccionando hasta el día de hoy. La clave de ese proceso afortunado está, creo yo, en tener buen corazón, rectificar los errores de la vida a tiempo cuantas veces sea necesario y transformar los sentimientos en amor a los demás desde el amor sin condiciones a la vida propia y ajena. Todo lo demás viene por añadidura.

         Lo que termino de decir es válido para todos. En mi caso particular he de reconocer que los estudios filosóficos y teológicos me ayudaron enormemente a sanear la fe, pero no aportaron nada esencial a la experiencia básica de fe que yo había ya adquirido durante la infancia y adolescencia. Dicho de otra manera, la mayor parte de la gente llega a la fe por la experiencia de la vida sin realizar estudios teológicos, pero es muy conveniente que sea ilustrada con la reflexión filosófica y teológica. La experiencia enseña que la así denominada “fe del carbonero” no es aconsejable, sino que es necesario profundizar en su significado y contenido mediante estudios específicos durante toda la vida. El modo como se llega a la fe no dispensa de seguir profundizando en ella mediante el estudio y la reflexión sobre sus cánones. Es muy interesante seguir el proceso de cada persona hacia la fe, pero no es este el lugar adecuado para abordar este tema fascinante en profundidad. Lo he traído a colación sólo para destacar el hecho de que, en mi caso concreto, yo conocí a Dios antes por la fe y la vida ejemplar de las personas de mi entorno que, por mis estudios, si bien estos me ayudaron mucho después a resolver felizmente el problema ineludible del sentido de la vida desde la perspectiva de Dios. La fe en Dios no dispensa del uso de la inteligencia, como tampoco el uso correcto de la inteligencia legitima la no creencia religiosa irresponsable.

         2. Ordenación sacerdotal y primeras experiencias pastorales

         El proceso de maduración de mi fe cristiana culminó en un compromiso formal de por vida con la Orden de Predicadores, fundada por Domingo de Guzmán el año 1221, con vistas a ser ordenado sacerdote tras haber realizado los estudios teológicos prescritos por las leyes académicas de la Iglesia. Dicho compromiso tuvo lugar de forma provisional el 26 de julio de 1956, y de forma definitiva en julio de 1958. La ordenación sacerdotal tuvo lugar el 30 de junio de 1963. En relación con estos importantes acontecimientos me parece oportuno hacer algunas matizaciones. 

         Nunca me presté a que alguien bajo ningún pretexto pensara por mí o pretendiera controlar mi forma real de vivir. Me refiero a eso que tradicionalmente se conoce como “dirección espiritual”. Pero igualmente tengo que decir que me ha gustado siempre escuchar a los demás y pedir consejo a personas competentes cuando lo he necesitado, antes de tomar decisiones personales importantes. Por ejemplo, cuando tuve que decidirme sobre mi futuro en la Orden de Predicadores, no dudé en acudir a un venerable fraile curtido por la vida para exponerle las razones que me movían a tomar tal decisión y conocer su opinión sobre los aspectos negativos de mi personalidad que pudieran echarlo todo a perder. Aquel hombre se llamaba Santos Galende. Me escuchó atentamente sin pestañear y se levantó del asiento despidiéndome con una mirada inequívoca de simpatía, como invitándome a seguir sin miedo por el camino que había emprendido. Pasaron los años y coincidimos viviendo en la misma casa. Pero no por mucho tiempo ya que el cáncer se ensañó con él. Le acompañaba yo poco después de salir del quirófano y tan pronto pudo hablar pidió un cigarrillo para fumárselo sobre la marcha. Esta anécdota se me grabó en la memoria y la traigo a colación para poner en evidencia cómo en aquellos tiempos se compaginaba el ser buen fraile y gran fumador.

         Por fin, llegó el deseado día de mi ordenación sacerdotal después de haber finalizado los estudios institucionales en Valencia, como queda dicho en el capítulo segundo. La ceremonia tuvo lugar el 30 de junio de 1963 en la bella iglesia del Colegio “Arcas Reales” de Valladolid. Allí nos dimos cita un grupo de jóvenes entusiasmados para recibir el Orden sacerdotal de manos del arzobispo emérito de Fochew, Teodoro Labrador Fraile, O.P. La razón de tener allí esta celebración fue porque éramos los primeros con los que se había inaugurado la actividad académica del flamante Colegio en septiembre de 1954. Éramos, como se dice en lenguaje coloquial, los primeros panes salidos del horno. Pero no todo fue alegría y regocijo por la meta alcanzada. Mi estado de salud era tan débil que durante la solemne y larga ceremonia de ordenación no descarté la posibilidad de tener que retirarme a recobrar fuerzas para continuar. Lo que menos podía yo imaginar aquel día es que, a pesar de todo, llegaría a la edad de 83 años de edad, cuando redacto estas líneas.

         El verano de 1963 fue mi “luna de miel” y en septiembre volví a Valencia para completar el último curso institucional de teología e iniciarme en las actividades pastorales. La Iglesia de los Dominicos por aquella época era un verdadero laboratorio de ministerio pastoral en la línea del Concilio Vaticano II y tuve la suerte de vivir un año más en aquel ambiente ejemplar de investigación teológica y promoción pastoral. Mi ocupación principal durante aquel feliz año consistió en prepararme para obtener el honroso título académico de Lector en Teología de acuerdo con la legislación de la Orden de Predicadores y de cuya experiencia he hablado ya en el capítulo segundo. Pero al mismo tiempo realizaba algunos ministerios pastorales de iniciación con inmenso agrado. Desde muy pronto entendí que la especulación teológica tiene que ir pegada a la vida real del día a día de la gente y los problemas concretos de la existencia humana. Intuía yo que la reflexión filosófica y teológica no puede ser un entretenimiento placentero de la mente sino una actividad específica del hombre destinada a resolver satisfactoriamente los problemas esenciales de esta vida desde la trascendencia. Pronto me percaté de que la reflexión teológica y el ministerio sacerdotal se implican y no se excluyen.

         Innecesario decir que no se ha de confundir la reflexión filosófica y teológica o la competencia científica con las actividades estrictamente académicas. Para reflexionar no es necesario ser profesores o catedráticos de ninguna institución académica. Como tampoco se necesita recibir el orden sacerdotal para ser un buen pensador. Lo que quiero decir es que la actividad intelectual de un sacerdote debe ser realista y no sólo teórica y conceptual. Ahora bien, ese sentido de la realidad se adquiere de una manera prodigiosa en el contacto directo con la gente y sus problemas mediante la actividad pastoral. Ni la actividad intelectual debe alejar al sacerdote de la vida real ni la vida real debe ser una excusa para no pensar y tratar de dar sentido a los acontecimientos de la vida. Entonces empecé a entender también el dicho de Tomás de Aquino: “contemplata aliis tradere”. O sea, comunicar o entregar a los demás mediante la predicación las verdades que hemos descubierto mediante la oración, la investigación y el estudio. En efecto, nadie da lo que no tiene, ni tiene para poder dar si antes no lo ha adquirido. El balance final de aquel año de “luna de miel” sacerdotal en Valencia terminó con la maduración de estas convicciones acompañadas de la satisfacción creciente que me producía el poder ser útil a un número de gente cada vez mayor.

         Como despedida, antes de regresar a Madrid, marché a Manacor en las islas Baleares para tomar un descanso y durante mi estancia en Valencia falleció un fraile que había vuelto de Chile donde había ejercido el ministerio sacerdotal durante muchos años. He de confesar que aquella defunción me hizo reflexionar mucho con la cabeza fría sobre la realidad cruda de la muerte. Pensé mucho, pero no me asusté. Pues bien, ya en Mallorca, un compañero nos invitó a mí y a otro a pasar el día en una linda playa cercana a la casa de su madre, la cual nos esperaba para agasajarnos con un almuerzo. Recibida la invitación en Manacor, un compañero de avanzada edad expresó su deseo de acompañarnos en la excursión. No se percató de que, habida cuenta de su avanzada edad, si él se sumaba a la excursión los tres jóvenes ya comprometidos tendríamos que ocuparnos más de él que de nosotros mismos. Con el agravante de que deseaba entrar en el mar. Nos miramos sorprendidos, pero ¿cómo decir no al anciano? Yo, sin embargo, traté de convencerle sin éxito de que desistiera de venir con nosotros en aquella ocasión. El resultado final fue el siguiente. Le equipamos de lo necesario para la excursión y llegamos a la playa. Mis dos jóvenes compañeros se adentraron en el mar, pero yo preferí quedarme en la orilla vigilando los movimientos del anciano. Se sentó al borde del agua a unos treinta metros de distancia y di unas brazadas. Pocos minutos después miraba yo hacia el lugar donde el anciano se había sentado, pero no lograba verle. Por fin observé cómo el oleaje le arrastraba hacia fuera del agua. Sólo dos observaciones sobre este incidente. En primer lugar, yo había tenido el presentimiento de que la presencia del venerable anciano podría acarrearnos problemas serios. De ahí la franqueza con la que me había opuesto a que nos acompañara en la excursión. La segunda observación se refiere a lo siguiente. El único testigo directo de lo que en pocos minutos tuvo lugar fatalmente en la playa fui yo. Sin embargo, al día siguiente la prensa local daba cuenta y razón con detalles de lo ocurrido sin haber hablado conmigo para nada. Esto me sorprendió mucho. En aquellos momentos no pasaba siquiera por mi imaginación que muchos años después sería yo profesor de estudiantes de periodismo con lo cual dejaría de sorprenderme de muchas cosas. Por ejemplo, de cómo se redactan muchas veces las noticias y se escribe la historia al margen de las fuentes objetivas y de la realidad.

         De regreso en Madrid en septiembre de 1964, las actividades pastorales fueron combinadas con la asistencia a las clases de licenciatura en Filosofía y el comienzo de mi actividad como profesor y conferenciante. Todo ello me resultaba fascinante por las posibilidades que se me abrían de seguir aprendiendo de la vida y de comunicar a los demás lo mejor de mis convicciones y experiencias. Durante los dos años que siguieron en Madrid traté de compaginar lo mejor que pude las obligaciones académicas como estudiante y profesor con las actividades pastorales. De lunes a sábado me dediqué con entusiasmo a la vida académica y los fines de semana a los servicios pastorales que ofrecíamos en nuestra bella y concurrida iglesia del convento dominicano de S. Pedro Mártir, que se había convertido en un lugar de encuentro internacional y de referencia emblemática en Madrid. Por otra parte, cuando llegaba la Semana Santa, y con ella las vacaciones académicas, me gustaba mucho ayudar a los sacerdotes diocesanos durante esos días tan significados de la vida cristiana. Eran días de intenso trabajo, pero muy compensador porque me ponía al día de los problemas reales de la gente que aprovechaba la presencia de un extraño para exponerlos abiertamente.

         Luego llegaban las vacaciones académicas estivales y establecí por norma pasar ese tiempo fuera de España. Con ello mataba varios pájaros de un tiro. Compensaba la poca experiencia de viajar que tenía, aprendía idiomas y enriquecía mi experiencia académica y pastoral. Pero antes de hablar de mis aventuras como viajero, quiero dejar constancia de una inquietud pastoral surgida en Madrid relacionada con el mundo de la marginación social. Me refiero a los contactos y proyectos en “Villa Teresita”. Un buen día alguien me pidió ayuda para resolver el grave problema de una joven. Consciente de mi insolvencia para asesorar a nadie sobre el asunto de la consulta, hablé con uno de mis compañeros, cuyo nombre no recuerdo, el cual me remitió a “Villa Teresita” como el lugar más apropiado para resolver el problema de la joven. Ni corto ni perezoso busqué el teléfono y llamé pidiendo una entrevista para exponer el caso. Mi sorpresa fue las muchas veces que yo había pasado por el número cuatro de la madrileña calle Emilio Rubín sin sospechar que allí había un discreto “chalet” con un rótulo a la puerta que decía: “Villa Teresita”. Pulsé el botón de un timbre y al instante se abrió una puerta al final del pasillo que cruzaba el pequeño jardín de entrada. La “señorita” que me recibió estaba en traje de faena haciendo la comida para las “chicas”. Se encontraba sola en aquel momento porque las demás estaban gestionando problemas fuera. Me recibió como si de toda la vida nos hubiéramos conocido y le expuse la razón de mi visita. Me escuchó y me aconsejó en cuestión de pocos minutos porque la comida de las “chicas” era asunto prioritario en aquellos momentos. La amable “señorita” que por primera vez me recibió y aconsejó en “Villa Teresita” se llamaba Encarna la cual falleció prematuramente y estoy seguro de que Dios la tiene en su gloria. A partir de aquel inolvidable día “Villa Teresita” se convirtió en uno de mis laboratorios pastorales preferidos. Poco tiempo después tuve la suerte de conocer a la fundadora, Isabel Garbayo, cuya personalidad me impactó mucho. Yo era entonces un joven inexperto y ella una mujer llena de vida, bondadosa y curtida por la experiencia. Me hizo una confidencia en tono maternal en el sentido de que de haber previsto en 1942 el cambio de mentalidad que se había producido en torno a la prostitución, no habría fundado “Villa Teresita”. No es que estuviera arrepentida de haberlo hecho. Sólo quiso expresarme el sentido realista de su visión de las cosas y la conveniencia de adaptar la institución a las necesidades de los tiempos y situaciones cambiantes de las personas.

         Poco a poco fui adentrándome en el problema de la prostitución desde la perspectiva de los derechos humanos y redacté un texto con la ilusión de publicarlo. Me dirigí con el original a un editor el cual me contestó que el libro era bueno, pero que no ofrecía garantías de venta suficiente. No obstante, estaba dispuesto a negociar conmigo una edición coeditada. Después me hablaron de un banquero interesado en la publicación de trabajos importantes, pero económicamente no rentables. Tan pronto tuvo conocimiento del tema de mi original se apresuró a enviarme un mensaje por tercera persona del tenor siguiente: que no perdiera el tiempo y que buscara otra posibilidad editorial. La razón era contundente. Su banco, en razón de las honorables cuentas corrientes allí domiciliadas pertenecientes al sector de la prostitución, tenía por norma no financiar la publicación de ningún original relacionado con ese colectivo social. Pasaron los años y decidí desempolvar el original, lo actualicé e intenté de nuevo publicarlo. ¿Para qué? Sobre todo, para rendir un caluroso homenaje a todas las mujeres del mundo explotadas por los traficantes del vicio y estimular a quienes trabajan de una u otra forma por liberarlas de esa esclavitud. El libro fue publicado con el título La prostitución. El amor humano en clave comercial.

         Otra gran mujer a la que tuve la suerte de conocer allí fue una joven que había tenido un hijo con su hermano. Con el tiempo se resolvieron los problemas surgidos de este incidente llegando a ser una persona admirable por la obra humanitaria que realizó después. En alguno de mis libros habló ella y me creo en la obligación de dejar aquí constancia histórica de mis sentimientos de gratitud y admiración hacia la grandeza de su persona y de su obra.  Pero hay más. Es de justicia recordar aquí también a otra mujer. Me refiero a la “vasca” del barrio chino de Barcelona. A pesar del calor humano y la ayuda recibida en “Villa Teresita”, terminó suicidándose. Pero antes había dejado allí sus penas y calamidades e incluso había practicado la generosidad a pesar de su miseria moral y económica. Un día de paso por Barcelona fui a visitar el refugio que “Villa Teresita” había creado en la calle S. Ramón del “barrio chino” de la ciudad condal. Con este motivo la “vasca” quiso agasajarme con una suculenta merienda de agradecimiento por la visita. Como el lector puede imaginar, tuve que hacer de tripas corazón para aceptar aquellos productos tocados con sus manos. Pero ella vivió unos momentos felices viendo cómo yo aceptaba su ofrenda - símbolo de la aceptación de su persona-, al tiempo que la escuchaba con interés el relato apasionado de sus calamidades.

        

         3. Trotando por el mundo

 

         Como queda dicho, mis posibilidades de derribar fronteras viajando llegaron tarde, pero nunca es tarde si la dicha es buena. En el verano de 1965 crucé los Pirineos por primera vez camino de París. Por aquellos años los viajes largos eran todavía aventuras. No existían los medios informativos computarizados y, por lo mismo, no se podía programar los viajes desde cualquier rincón del mundo conociendo de antemano los caminos y lugares de destino. Había que descubrirlo todo sobre la marcha y sobre el terreno. Para conocer tierras, obras de arte y personas, o para ser escuchados a corta y larga distancia había que viajar desplazando físicamente el cuerpo. Los viajes se preparaban con los mapas clásicos sobre la mesa, el intercambio de cartas, el teléfono y el telégrafo. No existían Internet, los correos electrónicos, el Google earth ni la telefonía móvil.  Ni siquiera la prensa y la radiofonía llegaban a todos. Menos aún la incipiente televisión. Por eso digo que mis primeros viajes importantes fueron todos ellos aventuras fascinantes.

          Cada viaje significaba para mí una nueva oportunidad de conocer el mundo y la diversidad de personas que lo habitan con sus ideales, logros y miserias. Como digo, esta primera gran aventura viajera tuvo lugar en el verano de 1965. Llegué en tren a París y me dirigí al entonces famoso convento de los Dominicos de Solchoire. El recibimiento no fue todo lo agradable que fuera de desear, pero pronto un compañero, el P. Robert, O.P. se percató de ello y me llevó consigo a cenar en un lugar próximo donde él ejercía una pastoral social importante con gente necesitada. En el camino me explicó que el Prior de turno del convento no se destacaba por su amabilidad con los visitantes, lo cual era conocido por todos. Al día siguiente él mismo me condujo a Ponthierry donde habían previsto que yo supliera al párroco del lugar durante un mes. El viaje a Ponthierry me resultó muy agradable, en primer lugar, por la bondad y comprensión del P. Robert. Pero también por la oportunidad de cruzar el bosque de Fontenebleau en un citröen de la primera hornada industrial.

         En algún momento pensé que volcaríamos, pero luego me convencí de que el genial coche era más seguro de lo que yo pensaba. Como es sabido, el amueblado interior era muy rudimentario pero confortable en extremo. En Ponthierry había un párroco castizo a la francesa y sin duda feliz. Me recibió con los brazos abiertos y me dejó abiertas todas las puertas de la parroquia durante su ausencia. Era la primera vez que yo asumía una responsabilidad de esa naturaleza y me sentí muy feliz por la confianza que habían depositado en mi persona. Instalado en la casa parroquial, a los pocos días desapareció el párroco y allí me quedé bajo la vigilancia y los cuidados personales de su madre, la cual era una gran señora entrada en años, pero muy consciente de sus funciones como madre del cura párroco. De hecho, ella hacía las funciones de secretaria parroquial para todos los efectos y controlaba todo lo que allí se hacía o dejaba de hacer.

         Aquel verano fue una prolongación de mi “luna de miel” sacerdotal. En primer lugar, disfruté de una confianza total a pesar de mi juventud e inexperiencia. Por otra parte, estaba el entorno geográfico y amistoso de la gente y la sensación de que estaba descubriendo nuevos horizontes vitales. Lo único que no me acompañó fue la salud, entre otras razones por la humedad de la zona. Los paseos y meditaciones a la orilla del Sena, contemplando el tráfico de los barcos comerciales tenían mucho encanto, pero la humedad era intensa y perjudicial. En relación con los servicios parroquiales, no recuerdo nada especial digno de destaque. Era verano y la mayor parte de la gente estaba de vacaciones.

         Por otra parte, de los aspectos burocráticos y administrativos se ocupaba con celo y competencia la madre del párroco, de suerte que me quedaba tiempo para conocer el entorno, reflexionar y descansar. Un día me llevaron a visitar una colonia de trabajadores inmigrantes de diversos países, entre ellos españoles. La visita tuvo lugar al atardecer cuando los obreros regresaban del trabajo. Habitaban en un complejo prefabricado de barracones para seis personas, mujeres incluidas. En uno de ellos encontré a una joven embarazada. Lo peor no era tener que vivir apiñados como ovejas en los barracones sin privacidad. Lo más preocupante era cómo al volver del trabajo, muchos se daban a la bebida, al juego y al proselitismo político. Los comunistas, sobre todo, tenían allí el terreno abonado para la propaganda anticapitalista. ¿Cómo terminar la jornada de trabajo sin que al juntarse en los barracones no hubiera peleas, disputas alarmantes y proxenetismo político desestabilizador de la convivencia? Ni el alcohol ni la propaganda política son buenos consejeros. El solo hecho de mostrarme la forma de vida que llevaban allí los inmigrantes laborales fue un gesto de confianza hacia mí y nunca lo olvidé. Cuando me disponía a abandonar el recinto, uno de los que me acompañaban y explicaba la situación me dijo en voz baja y tono confidencial lo siguiente. Ganamos mucho dinero y por eso estamos aquí. Pero trabajamos mucho y vivimos de esta forma humillante. No quisiéramos que nuestras esposas, hijos y familiares conozcan esta situación.

         En otro orden de cosas más positivo, quisiera recordar las anécdotas siguientes. Las comidas que me preparaba la señora madre del párroco eran de calidad. Pero, debido ciertamente a su edad ya avanzada, había detalles de higiene y limpieza en la cocina menos cualificados. Por ejemplo, en el viejo frutero iba depositando la fruta nueva sin parar mientes en si había que retirar ya la fruta vieja en estado de descomposición. Por si esto fuera poco, había un gato que se paseaba por encima del frutero cuando le parecía bien sin que ella se inmutara lo más mínimo. Luego llegaba el momento del postre, y sin ninguna prevención, aquella fruta era depositada en los platos de los postres. Yo, obviamente, que contemplaba aquel espectáculo todos los días, tomaba mis precauciones lavando o pelando cada pieza de fruta, según los casos, antes de comerla. Un día tuvimos varios señores invitados a la mesa, los cuales, al observar mis cautelas con la fruta, comentaron en voz baja con la señora que lo más probable es que yo procedía de familia aristocrática. Como el lector puede comprender, era lógico que yo tratara de vengarme del gato cuando se paseaba por la mesa donde estaba la cesta de la fruta. En una ocasión el gato pasó delante de mí y aproveché que su señora dueña estaba distraída para disparar una patada sobre el felino. La señora se limitó sólo a exclamar desconsolada: ¡Mon chaaat!  Ahí quedó todo. Otro día subí al coro de la iglesia a tocar el órgano. Lo puse en marcha y afortunadamente había una lámpara fijada en la consola para facilitar la lectura de la partitura. Encendí la lámpara y centré mi atención en el teclado. Pero poco tiempo después olía a quemado. Me alarmé y pronto advertí que la lámpara se había recalentado y estaba afectando ya a la vieja y reseca madera del pequeño atril sobre la consola del órgano. Corté la corriente eléctrica y salí como alma que lleva el diablo en busca de agua para sofocar el potencial incendio que se estaba preparando. Volví a tiempo y en cuestión de segundos sofoqué la pequeña brasa antes de convertirse en llama. Después de cerciorarme de que el peligro había sido totalmente eliminado, apagué todas las luces, abandoné el coro y no volví a aparecer más por allí. Recordando todo esto pienso que, si no hubiera sido por la rapidez con la que actué, el incendio de la iglesia se hubiera producido y con ello hubiera quedado ensombrecida para siempre aquella linda primicia pastoral mía en la ribera del Sena. Este incidente me resultó tan desagradable, que no lo di a conocer a nadie hasta el día de hoy.

         De vuelta en Madrid, me detuve en París para hacer una visita obligada. En París trabajaba de enfermera en una clínica María Teresa Sierra, cuya madre fue la maestra de la escuela pública de Hoyocasero durante varias décadas. Hoyocasero había sido nuestro mundo de infancia y su viuda madre una amiga entrañable de mis padres. Pasar por París sin visitar a Tere hubiera sido un fallo imperdonable. Ella era algunos años de edad mayor que yo y me recibió como madre amorosa. Vivían varias compañeras de trabajo juntas en una bella casa en la que fui recibido con ilusión y alegría. Mi llegada tuvo lugar por la tarde y ya estaba todo previsto para que yo durmiera en casa. Ella me habló de sus experiencias en París y yo evoqué lindos recuerdos familiares de infancia en Hoyocasero. Al mismo tiempo ella diseñó el programa para el día siguiente. Disponíamos de todo el día hasta las 23 horas en que yo debía tomar el tren de regreso a Madrid. Entre otras cosas había decidido preparar ella el almuerzo en casa en lugar de ir al restaurante. Quería agasajarme preparando una comida especial para mí. Hicimos las compras de rigor y comenzó la faena culinaria con gran entusiasmo sin dejar de conversar sobre el cielo y la tierra. Nos sentamos a la mesa y yo quedé admirado del banquete que había preparado. Comimos con la alegría de encontrarnos juntos en un lugar tan emblemático como París y el disfrute de un menú realmente abundante y exquisito en extremo, en su casa y preparado por ella. Pero antes de levantarnos para retirar la vajilla me miró suplicante y me dijo: “¿No me dices nada?”. Me había olvidado de felicitarla por el menú. Como había comprobado el placer con que había devorado la comida no fue difícil justificar el retraso de mi felicitación y me miró amorosamente expresando su satisfacción por mi excusa. Terminado el almuerzo y tras un razonable descanso digestivo nos echamos a la calle y lo primero que hizo fue llevarme a un mercado de alimentación. Allí me preparó una deliciosa bolsa de comida para el largo viaje París–Madrid. Cuando todo estuvo terminado le dije espontáneamente lo siguiente: Tere, teniendo en cuenta ese delicioso francés que tú hablas con los vendedores, deberían hacerte una importante rebaja de precio. Vive Dios que la felicitación me salió de forma espontánea y que estaba muy justificada.

         Volví a Madrid para implicarme a fondo en mis obligaciones académicas e incrementar cada vez más mis compromisos pastorales. Llegado el verano de 1966 cambié de tercio y marché a Marsella con la intención de vivir en el convento dominicano situado en la calle Edmond Rostand. Al llegar a la puerta del convento me sorprendió la gran pintada en la fachada que decía: “Durand, á Moscou”. El Superior de la casa se llamaba André Durand y a él iba dirigida la leyenda mural. Eran los tiempos gloriosos del marxismo europeo y el Prior de los dominicos de Marsella era tildado por algunos grupos de filo-marxista. Fui recibido maravillosamente bien y el Prior Durand me informó del plan que tenía para mí durante mi estancia en Marsella. El plan era, si yo estaba de acuerdo, que me fuera a vivir a la popular parroquia de St. Michel, donde era párroco a la sazón un sacerdote de gran prestigio llamado Henri L´Heureux, el cual lideraba aquella parroquia pionera con otros sacerdotes que vivían con él en comunidad. No dudé en aceptar su oferta y fue un gran acierto.

         La parroquia de St. Michel era probablemente en aquel momento la más importante de Marsella bajo el impacto del Concilio Vaticano II. Pero, según me informaron, surgieron problemas importantes y el arzobispo Lallier puso al frente de la misma a su Vicario General. De hecho, Henri L´Heureux había solicitado marchar a tierras de misión, pero el arzobispo le pidió que se encargara de normalizar la vida pastoral en aquella pionera parroquia de acuerdo con el verdadero espíritu del Concilio. Más tarde, cuando todo quedó felizmente encauzado, Henri L´Heureux dejó St. Michel y marchó de misionero a Burundi de donde sería llamado después para ser nombrado obispo de Perpiñán. Pero vayamos por partes. Fui recibido en la comunidad parroquial de St. Michel con simpatía y muy pronto me encontré envuelto en sus actividades pastorales. El P. Henri era un hombre sencillo, comprensivo, realista y profundo. Era un hombre felizmente identificado con su condición sacerdotal sin ambiciones clericales. No en vano había un trasiego constante de visitantes que deseaban hablar con él de los problemas más serios. Por lo que a mí se refiere, me llamó muy pronto la atención su interés por introducirme en la vida real de la parroquia de una manera progresiva al tiempo que me dejaba márgenes generosos de tiempo para que yo hiciera responsablemente mi vida. Entre las diversas actividades parroquiales existía una muy peculiar suya. Consistía en celebrar reuniones periódicas en la casa de algún parroquiano con grupos de personas cristianas comprometidas en la vida social.

         En esas reuniones nocturnas se oraba brevemente juntos y se abordaban los problemas eclesiales y sociales más graves del momento. Me llamaba mucho la atención la capacidad del P. Henri para escuchar a sus interlocutores y de sugerir vías de solución a los problemas sin escandalizarse de nada, con respeto y firmeza en sus puntos de vista desde la razonabilidad castiza y el sentido cristiano de la vida. Yo me sentía feliz cuando me llevaba consigo en sus correrías pastorales con su pequeño seat. Otras veces aprovechaba que estábamos solos para prodigarme breves y sustanciosos comentarios. Durante mi estancia en St. Michel pasó mi hermano Pelegrín por allí a visitarme. Al término de su visita y tras el encuentro con el P. Henri, mi hermano me comentó que le había impresionado la talla humana y sacerdotal de aquél cura.

         Aquel verano de 1966 fue inolvidable. Por una parte, tuve la suerte de encontrarme con un hombre admirable que me introdujo en la vida pastoral de una manera realista al tiempo que tuve la oportunidad de conocer sobre el terreno la ciudad de Marsella en la que convergían los grandes problemas humanos, eclesiales, políticos y sociales de la época. Desde el punto de vista eclesial, la parroquia de St. Michel fue un verdadero laboratorio pastoral en la línea del Vaticano II. Por otra parte, en lo social Marsella era un monstruo de problemas humanos con un índice de inmigración, corrupción humana y marginación social impresionante. De todo ello fui testigo directo bajo la mirada comprensiva y buena del P. Henri L´Heureux. De él conservo todavía como recuerdo personal una preciosa mini-talla de la Virgen María con una dedicatoria de su puño y letra. Antes de dejar Marsella me parece oportuno destacar tres recuerdos significativos. Por ejemplo, el drama personal de un joven cuyos padres eran comunistas fanáticos y no soportaban que su hijo fuera católico. El joven se debatía entre un complejo de culpabilidad si rompía con la familia y otro si no era coherente con sus convicciones religiosas. Le escuché con inmensa admiración por la forma realista y responsable de afrontar este problema personal y familiar. Al cabo de los años pienso que nuestras conversaciones fueron acertadas y que al menos le reportaron consuelo. Eran los tiempos del comunismo puro y duro idealizado de la posguerra, y también de la convivencia social ridícula y absurda humorísticamente descrita y denunciada por Giovanni Guaresqui con sus inmortales relatos novelados en D. Camilo.

         En St. Michel había un comunista glorioso que se encontraba en la casa parroquial como en la suya propia y sospecho que mejor. Era, como tantos otros, un hombre de buen corazón, pero con la cabeza a pájaros a causa del adoctrinamiento marxista. Lo cierto es que allí hablaba sin miedo, se sentía respetado como persona y estaba dispuesto a ayudar si ello fuere necesario. Un caso similar lo encontré en un convento de monjas de clausura cercano a Marsella. El líder comunista de la localidad era quien se ocupaba de los servicios materiales del convento. Las monjas podían confiar totalmente en sus buenos servicios asistenciales. Durante el tiempo que yo presté los servicios de capellán pude comprobar la satisfacción de aquel hombre por prestar los suyos como contratado laboral del convento. Había un interés material, sin duda, pero no disimulaba su simpatía abierta por las religiosas. Un buen día me comunicaron que su esposa había muerto. ¿Qué hacer? ¿Será prudente ir a su casa a darle el pésame? ¿Cómo será interpretada mi visita por sus camaradas comunistas? No di más vueltas al asunto y me personé en su casa cuando todavía su mujer estaba de cuerpo presente. Tan pronto se percató de mi presencia se fundió en un abrazo conmigo y me dio las gracias profundamente emocionado. Entendí que había acertado con mi visita y después de pocos minutos abandoné el domicilio. Han pasado muchos años desde entonces y me pregunto: ¿Qué habrá sido de aquellos Peppones de la posguerra?

         Por último, una anécdota significativa. Un día por la mañana terminaba yo de celebrar la Eucaristía en St. Michel cuando una joven se acercó a la sacristía solicitando los servicios de un sacerdote para su abuela que se encontraba muy enferma. El P. L´Heureux, que apareció también por allí en aquel momento, me pidió que, sin perder tiempo, acompañara a la joven. No perder tiempo significaba que saliera a la calle tal como estaba revestido todavía con el hábito blanco dominicano tras la celebración eucarística. Llegados a la casa, la nieta me introdujo en la habitación de la abuela y le dijo que ya estaba allí el padre como ella había solicitado. Pero la señora, al verme vestido con la librea blanca dominicana, quedó sorprendida y, tras un breve silencio, respondió amablemente: “sirvan un café al señor”. La nieta insistió que yo era el sacerdote que ella esperaba. Pero la abuela insistió de nuevo en que me sirvieran un café. Miré a la nieta y la hice comprender que su abuela no me reconocía como sacerdote a causa de mi atuendo. Volví como un relámpago a la sacristía y expuse el caso al P. L´Heureux. Tienes razón, dijo. Probablemente esta señora no ha visto jamás a un sacerdote vestido de dominico. Ya verás cómo voy yo con el “collar” y me reconoce inmediatamente. Y así fue. En otra ocasión y contexto distinto alguien me vio paseando vestido con el hábito dominicano y llamó discretamente a otras personas, ante las cuales me convertí en un objeto especial de curiosidad. De estas y tantas otras anécdotas yo sacaba las oportunas conclusiones para aprender a ser realista en la vida y útil a los demás.

         Pero había que volver a Madrid y no sólo sino acompañado. Esta es la cuestión. En la parroquia había una señora pastoralmente muy comprometida que ayudaba cuanto podía a las personas necesitadas. Una de ellas era una joven soltera que había llegado a Marsella por razones laborales y tenía un hijo de pocos meses. Ella tenía previsto regresar a España con su hijo y me preguntaron si yo tenía inconveniente en que realizara el viaje conmigo para evitar que viajara sola con el niño. Nos pusimos de acuerdo, nos compraron los pasajes de tren correspondientes y nos acercaron triunfalmente a la estación del ferrocarril con el precioso niño como protagonista. Tan pronto aparecimos en el andén recibimos todas las atenciones de los funcionarios, los cuales debieron pensar que éramos una joven pareja que viajábamos orgullosos con nuestro hijo primogénito. Yo asumí la responsabilidad de acompañar a la joven con su hijo hasta Barcelona donde sus padres nos esperaban. Durante el largo viaje ayudé a la joven madre lo mejor que pude y los viajeros que nos vieron nos expresaron en todo momento su simpatía. Para ellos era obvio que la joven madre y yo éramos los felices padres de la criatura. Por fin llegamos a Barcelona y, tal como estaba previsto, los padres de la joven estaban esperándonos en el andén. Ellos al vernos se emocionaron mucho, sobre todo al contemplar la preciosa criatura, y yo comprendí que mi misión se había cumplido felizmente. Los padres de la joven quisieron agasajarme invitándome a su casa para presentarme a la familia. Rechacé amablemente la oferta alegando algunas excusas, pero la verdadera razón de no aceptar su invitación fue la siguiente. Una vez cumplida la misión que me habían encomendado en Marsella, yo debía extremar la prudencia para evitar dos posibles riesgos. Primero, que alguien dedujera que yo era el padre de la criatura y, segundo, que la joven madre convirtiera sus sentimientos de gratitud hacia mí en enamoramiento. Así pues, me despedí tiernamente de todos y desaparecí sin dejar ningún rastro informativo de mi persona. ¿Qué habrá sido de aquella amorosa madre soltera y de su precioso hijo?

 

         4. La experiencia de París


         Durante el verano de 1967 mi laboratorio pastoral fue París. Yo conocía París por la historia, pero ahora quería conocer aquella ciudad emblemática directamente sobre el terreno. O sea, a sus habitantes naturales, a los inmigrantes llegados del mundo entero, sus librerías y medios de información y los problemas sociales que por aquellas calendas convergían en la gran metrópoli europea. Como sería muy largo hacer una crónica completa de mis visitas a París, me limitaré a destacar algunos aspectos de mis experiencias pastorales tal como afloran a la memoria. Como queda dicho más arriba, el curso académico 1966-1967 lo hice en Roma como estudiante en el ciclo de doctorado en filosofía y desde allí planifiqué el cambio de experiencia estival. Todo resultó felizmente según mis previsiones y llegué a la parroquia de Saint Jean-Baptiste de Grenelle, donde me integré en el equipo parroquial sabiamente dirigido por André Mathé. Al igual que en St. Michel, en Marsella, en la parisina parroquia de St. Jean-Baptiste de Genelle los sacerdotes vivían en comunidad. Aunque el cambio de tercio pastoral fue decidido en Roma, el viaje a París lo hice desde Madrid.

         La nueva andadura de experiencias en París como centro de operaciones se va a desarrollar durante los veranos 1967, en vísperas de la revolución de mayo del 68; 1968, con las calles calientes y muchas zanjas todavía abiertas; 1969 y 1971, vísperas de la crisis del petróleo en 1974 y crisis de las utopías sociales. Por aquella época tenían lugar dos fenómenos sociales muy populares entre la juventud estudiantil con un denominador común: ganar dinero en verano para pagarse los estudios. Una fórmula consistía en dirigirse con tiempo suficiente a centros o personas conocidas en las capitales europeas donde se buscaba trabajo y alojamiento para estudiantes durante las vacaciones estivales. Otra fórmula era desplazarse sin previo aviso a los lugares donde tenía lugar la recolección de la uva, para ofrecerse a trabajar sobre el terreno. Pues bien, junto a mi viajaban un joven estudiante con destino Burdeos para trabajar en la vendimia y una joven que viajaba a Londres. Pero al llegar a Burdeos el joven prefirió pagar el viaje hasta París en lugar de despedirse de la muchacha. La decisión supuso para él un desembolso de dinero no previsto y con el agravante de que a su retorno a Burdeos hubiera perdido la oportunidad laboral que había conseguido. Al llegar a París le ayudé en algo para que retornara lo antes posible a Burdeos, pero no recuerdo exactamente en qué consistió la ayuda. El presbiterio estaba ubicado en la calle Etien Pernet, 14, en la primera planta de un bloque de casas. No había lujos, pero sí habitaciones suficientes y confortables. Y además con el edificio de la iglesia al lado en la plaza y la posibilidad de acceder fácilmente con el Metro a todos los puntos importantes de París. Los curas que me recibieron eran castizos a la francesa y curtidos por la vida. El párroco, André Mathé, en una ocasión en que la señora del servicio le expuso alguna preocupación, le respondió con humor que no se quemara la sangre por las pequeñas rarezas o manías de un grupo de hombres célibes como ellos.

         Una vez instalado en la confortable habitación y fijado mi programa de actividades pastorales, pensé que debía matricularme en los cursos de francés para extranjeros en la Aliance Francaise. Hablando en términos bíblicos, allí nos dábamos cita gentes de toda raza, pueblo y nación, con lo cual se ampliaba mi experiencia estableciendo contactos personales multilaterales. La profesora era una joven que no disimuló su simpatía por mí. Pronto me di cuenta del interés que tenía en que yo aprovechara bien el tiempo y mis ejercicios lingüísticos fueran de calidad a todos manifiesta. Un día me mandó hacer una improvisación en clase y conté cómo había depositado mi pequeño paraguas en el lugar adecuado y cuando fui a recogerlo había desaparecido. ¿Quién se había llevado el paraguas? Nunca lo supe. Ella ciertamente no. Conociendo su comportamiento en clase conmigo, de haberlo cogido me lo habría devuelto con una pícara y amorosa sonrisa. Por el contrario, se enojó por la desaparición del paraguas y se alegró de que yo aprovechara la ocasión para denunciar su desaparición. Al final del curso firmó mi documento de certificación testificando que había cursado dos meses cuando en realidad sólo había asistido a sus clases durante un mes. Cuando estuvo disponible la foto de fin de curso y me disponía a comprarla, ella se adelantó a regalármela. Otras anécdotas relacionadas con aquel inolvidable curso de francés fueron las siguientes.

         Durante los tiempos de descanso hablábamos animadamente y llegó a crearse un ambiente de convivencia muy agradable entre los alumnos del curso. Todos teníamos interés por conocer nuestro origen, nuestras ilusiones y ocupaciones. Sobre uno de los compañeros se había generalizado la opinión de que era seminarista o persona relacionada con el mundo eclesiástico. Él lo desmentía casi indignado, pero no llegaba a convencer a nadie. Yo, por el contrario, cuando llegó el momento oportuno me presenté como sacerdote dominico y hombre de Iglesia y me creyeron aún menos. ¿Había intuido la profesora algo de mi personalidad y por ello me regaló desde el primer momento su amorosa y desinteresada simpatía? Todo es posible, pero no lo sé. En algún momento de esta autobiografía tendré que hablar de mi estilo personal y forma de introducirme en los diversos ambientes sociales en los que he tenido ocasión de hacerme presente.  Otra anécdota digna de recuerdo es la siguiente. A los pocos días de comenzar el curso me llamó la atención una joven, la cual se mantenía separada de todos guardando distancia durante el descanso entre clase y clase. Ni ella hablaba con nadie ni nadie intentaba hablar con ella. Aquello no me pareció normal y pensando que la joven tenía algún problema, me acerqué a ella, la saludé amablemente y me respondió con una linda sonrisa. Yo pensé que había cumplido con mi deber, pero algunos de los que me vieron acercarme a la joven, me llamaron preocupados y me aconsejaron que no tratara de conversar con ella. Es la hija del Embajador de Irán, me dijeron, y no puede hablar con nadie bajo pena de ser severamente castigada cuando vuelva a casa.

         Uno de los servicios que me encomendaron en la parroquia fue hacer permanencias en el despacho, lo cual fue para mí una oportunidad de oro para entrar en contacto con la gente y conocer en directo sus problemas personales. Un buen día a primera hora de la mañana se presentaron dos árabes que terminaban de llegar a París en tren buscando trabajo. ¿Qué podía yo hacer por ellos? Nos echamos a la calle y en poco tiempo nos encontramos ante unos bloques en construcción y nos dirigimos a un señor que inspeccionaba las obras. ¿Qué desean ustedes, preguntó? Trabajar, respondimos. Tras unas palabras aclaratorias los invitó a incorporarse ya al trabajo y ellos aceptaron sin vacilar. De vuelta a casa yo mismo me admiraba de cómo en poco más de una hora los había dejado trabajando. Por aquella época encontrar trabajo en París era relativamente fácil. Los estudiantes aprovechaban las vacaciones estivales para trabajar y ganarse unos dineros en los servicios de limpieza de los bares o en las terminales de camiones haciendo trabajos de carga y descarga. Mi habitación en el presbiterio fue también lugar de acogida de estudiantes españoles que volvían de Inglaterra cansados y desilusionados por el trato que habían recibido.

         El despacho parroquial en St. Jean-Baptiste de Grenelle fue un excelente laboratorio pastoral para mí y me resulta grato recordar algunas anécdotas interesantes. Un día, por ejemplo, irrumpió violentamente un tipo inmenso con voz desencajada y palabras amenazadoras. ¿Por qué han llamado ustedes a la televisión? Perdone, pero no sé de qué me está hablando usted, respondí con tranquilidad. Salí del despacho y observé que, efectivamente, a la puerta de la iglesia había un equipo de televisión dispuesto a filmar. Volvimos al despacho y me explicó. El funeral que se va a celebrar es por mi padre y no quiero ver a la televisión aquí. Le expliqué con buenas palabras que si la televisión estaba a la puerta de la iglesia no era porque la parroquia la hubiera llamado, y que tampoco tenía yo autoridad para impedir que filmara en la calle lo que creyera oportuno. Creo que le convencí de mi inocencia y todo quedó en amenazas de palabra y gestos de indignación por su parte. El difunto, cuyo funeral estaba a punto de celebrarse, me informaron después, era un capo importante de la mafia y se comprende que la televisión estuviera interesada en filmar la llegada de los asistentes a la ceremonia religiosa. Tampoco había que excluir la presencia de ladrones con pasamontañas en la nave de la iglesia o la de oportunistas alegando que eran exiliados políticos.

         A las actividades en el contexto de la iglesia parroquial tengo que añadir las visitas al barrio latino. Durante la década de los años 60 del siglo XX el barrio latino era un centro de convergencia mundial fascinante. Allí se daban cita el pasado secular y el presente en evolución acelerada. Se estaba preparando la revolución de mayo del 68. En el histórico barrio había que visitar, además de las calles, plazas y cafeterías, las librerías y sus sótanos. O también la sede de las “feministas”. En los sótanos de las librerías podían encontrarse revistas y periódicos revolucionarios con facilidad. En la sede de las “feministas” fui recibido cordialmente y me mostraron sin hipocresía su verdadero rostro. Detrás de su abandono personal, la falta de higiene y carencias afectivas fundamentales, pude descubrir en ellas los estragos del desamor y de las ideologías vengativas. La redacción del diario Le Monde y de la revista Le Nouvel Observateur fueron otros de mis lugares de visita preferidos. Sin olvidar la obra del mítico P. Talvas en favor de las mujeres explotadas como carne de consumo prostitucional. Pero sigamos con las anécdotas.

         Después de haber formalizado el bautismo de su hija, el joven padre replicó de forma sorpresiva: ¿Y si le digo que soy judío? Usted dirá, contesté con naturalidad. Y me explicó todo. Él, en efecto, era judío, pero su esposa era católica y por eso se encontraba allí solicitando el bautismo de su hija. Estoy convencido, añadió, de que religiosamente mi esposa tiene razón y trato de seguir sus pasos, pero no tengo la fe. Yo traté de explicarle que lo que a él le ocurría es un fenómeno conocido denominado técnicamente credentidad y que, por tanto, no me sorprendía. Me miró con simpatía y concluyó: “Si los míos -los judíos- entendieran a Cristo y judíos y católicos nos uniéramos, el mundo sería nuestro en veinticuatro horas”. Esta entrevista se comenta por sí sola por su calado teológico y político en clave judía.

         En otra ocasión, apenas había abierto el despacho cuando irrumpió una señora totalmente desconocida y, sin presentarse, me pidió la llave del Sagrario. La miré sorprendido esperando alguna explicación aclaratoria por lo que no disimuló su disgusto. La pregunté para qué y en nombre de quién me pedía la llave y respondió que estaba autorizada para llevar la comunión a los enfermos y que era una religiosa dominica. No dudé de su confesión y le entregué la llave sin decirle que yo también era dominico y que lo menos que podía haber hecho era presentarse como Dios manda. Durante el almuerzo fue celebrada la anécdota al tiempo que el párroco A. Mathé me pidió disculpas por sus presuntos fallos informativos al encomendarme el despacho parroquial. Por ejemplo, me había informado sobre cómo convenía recibir y tratar a los que pedían dinero. O sobre los criterios a seguir para aceptar o rechazar invitaciones para visitar los domicilios de los parroquianos.

 

         5. Algunos casos emblemáticos

         Un día me hablaron de una joven madre que se encontraba hospitalizada y deseaba hablar con algún sacerdote de la parroquia. Me tocó el turno y me personé inmediatamente en el hospital. La encontré sola y en pocas palabras me contó su vida. Aparte la enfermedad del momento, el marido la había abandonado y tenía una hija muy pequeña. La visité más de una vez en el hospital y cuando fue dada de alta me invitó a su casa para que conociera a su hija. Antes de yo abandonar París programó una excursión para que conociera una zona de la Bretaña, donde nos esperaba una familia amiga suya para agasajarnos. Terminada la excursión, pensé que la joven madre abandonada quería introducirme en su mundo de amigos y familiares de una forma prudente y respetuosa con vistas a hacerme después alguna propuesta de matrimonio. Era sin duda una mujer con la cabeza bien puesta, y tal vez por ello no tuvo reparos en demostrarme su aprecio y simpatía, pero sin dar lugar a que se produjera una indeseable situación sentimental entre los dos. Una mujer con esta capacidad de prudencia es doblemente admirable y por eso la recuerdo aquí con cariño y el deseo de que tanto a ella como a su hija Dios las haya tenido siempre de su mano.

         Era ya bien entrada la noche cuando sonó el teléfono. Alguien solicitaba un servicio de urgencia y lo más natural era, que siendo yo en aquel momento el más joven en casa, asumiera aquella responsabilidad. Me eché a la calle con la precaución correspondiente y pronto me encontré en un piso oscuro y desangelado ante un muerto tendido en el suelo. Soy una pobre viuda, mi marido acaba de morir, exclamó la señora que había llamado mientras me abría la puerta. A los pocos minutos llegó un médico del servicio de urgencias para certificar la defunción. Y ahora viene lo que quiero destacar de este encuentro. El médico, terminado su trabajo, esperó a que la viuda le pagara los servicios allí mismo delante del muerto y desapareció como alma que lleva el diablo. Solos ante el muerto, también la señora me miró esperando que le dijera yo cuáles eran mis honorarios por el servicio prestado. Hice un gesto expresivo y la respondí delicadamente que a mí no tenía que pagarme nada. Cuando consideré que mi misión pastoral había terminado, salí a la calle meditando en la oscuridad de aquella noche parisina sobre todo lo que había ocurrido en poco más de dos horas. De vuelta a casa me sentí profundamente feliz de haber podido ayudar a aquella desconsolada mujer sin otra compensación que la del deber cumplido con amor.

         En otra ocasión me requirieron de un hospital para prestar los servicios religiosos a un caballero. Esta vez no era de noche sino en pleno día y el enfermo señor mostró interés en prolongar nuestro encuentro conversando. Posiblemente le llamó la atención mi juventud y mi carácter. La conversación que mantuvimos estuvo marcada por el realismo de la vida y el sentido del humor. Mira, me dijo, yo soy ya un hombre que estoy de vuelta de todo, y lo único que me preocupa es tener un final digno en este mundo y después un encuentro feliz con Dios. No puedo asegurar que estas fueron exactamente sus palabras, pero sí que este fue el mensaje esencial de las mismas. Luego me preguntó por qué la Iglesia no crea alguna institución para hombres como él, que no tienen vocación de monasterio o de vida clerical, pero que son cristianos convencidos que desean por encima de todo encontrarse felizmente con Dios.

         En una de las calles adyacentes al complejo parroquial había un restaurante oriental por cuya puerta yo tenía que pasar constantemente. En la Iglesia yo había visto orientales que me causaron la impresión de ser cristianos convencidos y sin complejos. Un día el párroco André Mathé me pidió que celebrara el bautismo del hijo de una familia oriental de la parroquia. Aceptado el delicado encargo, mi primera sorpresa fue que el niño que había de ser bautizado era hijo de los propietarios del restaurante oriental vecino del que he hablado antes. Me sorprendió gratamente también la numerosa concurrencia a la celebración y la alegría desbordante de todos los asistentes a la ceremonia. La sorpresa fue en aumento cuando ellos descubrieron que yo era dominico de nacionalidad española y yo descubrí que ellos eran vietnamitas asentados en Francia. Así las cosas, me hablaron de algunos dominicos misioneros españoles amigos suyos y que yo conocía personalmente o había oído hablar de ellos. Efectivamente, con la llegada del comunismo a Vietnam, esta familia optó por abandonar su país y emigrar a Francia. Los misioneros dominicos habían encontrado en esta familia un apoyo importante y ahora había tocado el turno de ayuda a los misioneros. Era una familia profundamente cristiana que había mantenido unas relaciones de amistad incondicional con los misioneros dominicos españoles, algunos de los cuales, como he dicho, yo había conocido personalmente. Cuando comenté todo esto con los curas del presbiterio se alegraron mucho porque, según ellos, era una familia cristianamente ejemplar. Lo primero que hicieron fue invitarme a su casa. Llegué a la puerta del restaurante y me presenté. El portero me regaló una sonrisa y al instante apareció el padre del niño bautizado. Era la hora punta del restaurante y me llevó a una mesa reservada para mí. Las órdenes de servicio estaban dadas y el menú fue una exhibición de exquisiteces y gestos de alegría por estar allí. Cuando consideré que era el momento más oportuno solicité la cuenta al camarero de turno, el cual fue a consultar y volvió rápidamente para decirme que yo allí no tenía nada que pagar. Dado que era la hora punta del restaurante consideré que no era el momento de permanecer más tiempo allí pero el padre del bebé bautizado no se separaba de mí. De vuelta en el presbiterio comenté lo ocurrido y me dijeron que el problema con aquella familia era que tenía por norma no pasar factura a los sacerdotes de la parroquia que iban a comer a su restaurante. Por ello yo sólo volví el día de mi despedida evitando que se consideraran moralmente obligados a darme de comer gratuitamente cuantas veces pasara a saludarlos.

 

         6. Pilar, capítulo aparte

 

         Hacia las cuatro de una estival tarde parisina alguien golpeó tímidamente con los nudillos de los dedos en la puerta de mi despacho de la Parroquia de S. Juan Bautista de Grenelle. Era ella, aquella bella señora que en varias ocasiones había yo visto en la nave de la Iglesia y cuyo porte distinguido llamaba la atención. Observando su compostura en el templo me pareció contemplar una síntesis acabada de estética y mística. La maravillosa señora era Madame Stella Visiers de Rivas. Para los amigos, simplemente Pilar. ¡Adelante, por favor! Abrió la puerta disculpándose con estas palabras: hace días que deseaba saludarle, pero, como hay siempre gente esperando a la puerta del despacho, he aprovechado este momento en que parece que está usted más libre. Tomó asiento y con una naturalidad impresionante abrió la conversación, haciendo comentarios interesantes sobre algunos aspectos de la vida parroquial como las homilías dominicales.

         Primero hizo unas observaciones críticas con gran comprensión sobre defectos crónicos de la predicación dominical, de los que todo el mundo se queja inútilmente. Luego destacó los aspectos positivos o ejemplares de cada predicador sin disimular su respeto y comprensión hacia todos ellos. Terminado el repaso crítico de cada predicador, me dijo cuál de ellos era su confesor y director espiritual. Pronto me di cuenta de que estaba hablando con una mujer que conocía a los hombres en profundidad y que tenía una capacidad inmensa para comprender y disculpar las limitaciones naturales de las personas. Pero aquello había sido sólo la introducción al tema del que realmente deseaba hablar conmigo.

         Al término de estos comentarios dijo que deseaba pedirme un favor. Hacía tiempo, matizó, que había pensado invitar al párroco a almorzar en su casa pero que no lo había hecho por considerar que el Sr. párroco tendría otras cosas más importantes que hacer que perder el tiempo hablando con ella. Fue inútil tratar de convencerla de que no pedía nada del otro mundo y que no se privara de cursar la invitación al párroco. Su respuesta fue que, independientemente de que invitara o no después al Sr. párroco, me pedía, por favor, que aceptara yo almorzar en su casa antes de abandonar París. En aquel momento me acordé de uno de los consejos que el párroco me había dado cuando me encomendó el despacho parroquial. Mira - me dijo- si alguien te invita a comer a su casa, si puedes, acepta la invitación y prepárate para escuchar. Aquí es costumbre de muchos parroquianos invitar al sacerdote a su casa para hablar allí con él de algún asunto importante. Lo cual es más probable que ocurra tratándose de un sacerdote que está de paso o es extranjero. Así las cosas, consulté la agenda y sobre la marcha fijamos el día y la hora de nuestro almuerzo en su casa, que resultó estar a poco más de trescientos metros de donde nos encontrábamos hablando.

         Durante el almuerzo, que había preparado ella misma con inmensa ilusión, me fue desvelando gradualmente su vida pasada como prostituta de lujo en París. Primero me habló de un marido que tuvo, a la sazón en paradero desconocido, y de su hijo del que sólo sabía de él cuando llegaba a casa para darla algún trago de tormento en lugar de satisfacción. Un buen día tuvo que ser ingresada enferma en el hospital y allí conoció a una joven enfermera muy distinta de otras, la cual resultó ser una religiosa. Como resultado de aquel encuentro mi anfitriona terminó bautizándose y cambiando de vida para siempre. Actualmente la joven monja enfermera se había convertido en una verdadera hermana para ella. Tanto su director espiritual como la religiosa conocían casi al detalle la historia personal de Pilar, pero no todo. A Pilar le quedaba todavía algo muy importante que contar a alguien. ¿Por qué huyó de casa a la edad de trece años cayendo en las garras de las mafias del vicio en las cercanías de la torre Eiffel?  Esta era la cuestión. Me dijo que a raíz de nuestra conversación en el despacho tuvo la impresión de que yo había adivinado la causa de aquella fuga de la casa paterna y que no me sorprendería nada si ella me desvelaba ahora el secreto escondido que tanto tormento moral la producía.

         Cuando terminó su relato y oyó mi interpretación, me confesó profundamente agradecida que desde los trece años llevaba dentro aquel sufrimiento moral del que, por fin, se había sentido felizmente liberada. Entonces comprendí el verdadero objetivo de su invitación y la sabiduría pastoral del párroco cuando me previno sobre las eventuales invitaciones que pudiera recibir por parte de sus parroquianos. Después de haberla escuchado atentamente la pregunté si no pensaba escribir sus Memorias y me respondió que ni se consideraba escritora ni veía qué interés podría tener su vida para nadie. En realidad, lo que deseaba era olvidar su pasado en lugar de recrearlo con la excusa de escribir sus Memorias.

         Antes de finalizar nuestro encuentro me sorprendió con una oferta. Ella había constatado mi interés por todo lo que me contaba y pensó que ella podía ofrecerme la oportunidad de conocer de primera mano y con todas las garantías de seguridad personal los aspectos inconfesables del parisino barrio de Pigalle. ¿Cómo? Solicitando una entrevista especial para mí con el personaje más poderoso y mezquino de aquel infernal sitio. Ella estaba dispuesta a tragarse el sapo de preparar la entrevista, venciendo su repugnancia natural a volver a encontrarse con aquel nefasto ser humano, con tal de que ello fuera de alguna utilidad informativa para mí. Cuando se disponía a descolgar el teléfono para concertar la entrevista comprendí que sólo lo hacía para darme la oportunidad única de informarme de primera mano sobre lo que ocurría en aquel degenerado ambiente, para lo cual tenía ella que hacer un gran sacrificio para vencer la repugnancia que le causaba volver a aquellos lugares.

         La di las gracias por la privilegiada oferta informativa que me ofrecía, pero rogándola que desistiera de su intento ya que –la dije -, después de conocerla y haberla oído hablar a ella, todas las informaciones sobre ese diabólico mundo carecían ya de interés para mí. Colgó el teléfono y, mirándome tiernamente, replicó: “Mejor que no conozca usted ese mundo”. En contrapartida me entregó una síntesis de su currículo laboral. Madame Stella Visiers de Rivas hablaba a la perfección en francés, inglés, español e italiano. En Christian Dior fue jefa de relaciones públicas y directora de personal. En la Banca de Francia trabajó como cajera y subdirectora de los servicios de estadística. Igualmente, fue agente de ventas en el sector inmobiliario, así como contable y jefe de personal en una importante biblioteca parisina. Obviamente en su currículo laboral no figuraba que había sido una de las mujeres más bellas de París sexualmente explotada por magnates de la prostitución, de la política y las finanzas. He conservado siempre un hermoso recuerdo de esta mujer y en alguna ocasión le he dedicado versos de gratitud y admiración por el remate final de su vida guiada por el amor de Dios.

 

         7.  Mayo del 68, primer trasplante de corazón y aterrizaje en la luna

         Tres acontecimientos llamaron particularmente mi atención durante aquellos años en que París se había convertido en mi laboratorio de experiencia pastoral y me parece obligado hacer una breve memoria de ellos. En el campo científico se estaban produciendo sorpresas importantes al tiempo que socialmente la denominada “revolución sexual” y el marxismo propiciaban un conflicto violento entre estudiantes y obreros con los regímenes políticos rivales del totalitarismo marxista. Durante los años anteriores a mayo de 1968 se habían producido en diversas partes del mundo acontecimientos que fueron vistos por los estudiantes universitarios franceses como iconos de admiración. Por ejemplo, la revolución marxista cubana, la guerra por la independencia de Argelia, la resistencia de Ho Chi Min en Viet-nam y la revolución cultural en China. Sin olvidar a EE.UU., y otros países. La explosión final se desencadenó en la Universidad de Nanterre el 3 de mayo desde donde las violentas protestas se extendieron rápidamente a la Sorbona en París. Pocos días después el movimiento obrero y el estudiantil se unieron en asambleas, comités de acción, barricadas y una impresionante huelga general. Estudiantes y obreros se unieron contra el sistema establecido actuando con una efervescencia casi incontrolable por las fuerzas del orden público. Con motivo de la fiesta del trabajo decenas de miles de personas se manifestaron en la Bastilla al tiempo que las aulas de la universidad de Nanterre eran ocupadas por los manifestantes. En París la policía cerró las puertas de la Sorbona y detuvo a varios centenares de estudiantes de los cuales cuatro cabecillas fueron condenados a dos meses de cárcel. Como reacción a estas detenciones varios miles de estudiantes se manifestaron ante la sede de la Sorbona exigiendo libertad para los encarcelados al tiempo que se creó un periódico revolucionario, Action, que se agotó inmediatamente.

parte, ocuparon la fábrica y secuestraron al director. La revolución de estudiantes y obreros prendió como fuego en estopa y la huelga se fue extendiendo por toda Francia. Ocuparon los astilleros del Sena, se racionó la gasolina y paralizaron los servicios de correo, trenes, aviones y metro. En una manifestación por el Barrio Latino fue exhibida esta pancarta: "Todos somos judíos alemanes". La Sorbona se sumó a la lucha y murió un estudiante. Se hablaba ya de diez millones de huelguistas violentos. Talaron árboles para construir barricadas y los cócteles molotov empezaron a llover sobre las comisarías. Se produjeron dimisiones gubernamentales y el presidente de la República, Charles De Gaule, desapareció de la escena, pero regresó muy pronto para disolver las Cortes y afrontar políticamente la crisis con éxito como después se comprobó. Yo había seguido los acontecimientos desde Roma y el verano de 1968 mi regreso a París tenía un interés particular para mí. Aunque la calma era prácticamente total se percibía que el fuego revolucionario no se había extinguido y que algo estaba todavía en ebullición.

         Desde el punto de vista ideológico mi opinión personal sobre la revolución estudiantil de mayo de 1968 puede resumirse así. Eran los tiempos álgidos del marxismo y de la revolución sexual y Herbert Marcuse fue el ideólogo probablemente más influyente entre la juventud universitaria por aquella época. Marcuse reconsideró la teoría freudiana con la intención de desarrollar sus virtualidades revolucionarias reconciliándola con el marxismo para aplicarla a la sociedad industrial más avanzada. Marcuse acusó al marxismo y al capitalismo clásico de haber reducido la condición del sexo a la situación opresiva delatada por Freud respecto de sus antepasados. A la idea de liberar el sexo se añadió ahora la de una revolución social a todos los niveles. Marcuse pensaba que Freud se había quedado corto al reconocer que un mínimo de control sexual es absolutamente necesario. No obstante, dejó claramente señalado el camino a seguir. Si el sexo estaba todavía esclavizado había que liberarlo buscando el momento oportuno que, a juicio de Marcuse, para las sociedades industrializadas más avanzadas, ya había llegado. Las condiciones creadas por la tecnología le llevaron a pensar que el trabajo deja de ser una necesidad vital hasta el punto de que la contención sexual al servicio de esas necesidades primarias estaría ya llamada a desaparecer. Los obstáculos contra la total espontaneidad sexual no serían más que excusas para seguir explotando y subyugando las libertades. En Marcuse ya no se sabe dónde termina el sexo y empieza la política, y las masas universitarias, en las que la ideología marcusiana había prendido como fuego en estopa, fundieron el contenido político y sexual marcusiano en el término libertad, en nombre de la cual los estudiantes se echaron a la calle con pretensiones revolucionarias incontenibles.

         Primero surgió el fenómeno de la “contestación” a nivel de inconformismo ideológico. Los signos fueron chocantes y pintorescas formas de vestir, de hablar y de manifestarse en público. Sexo y política fueron los colores de la bandera de la presunta nueva libertad. La revuelta estudiantil parisina de 1968 marcó el clímax de un proceso de acusación a toda la historia de Occidente desde la cátedra del sexo y de la política de acuerdo con la tesis programática de Herbert Marcuse y otros teóricos afines de aquella época. Recuerdo todo esto para resaltar hasta qué punto con Freud se radicalizó la convicción de que el amor es, antes que nada, sexo, y con Marcuse la idea de que la libertad ha de entenderse en términos de sexualidad. Por consiguiente, ni habría amor humano donde no hay sexo, ni verdadera libertad donde no hay espontaneidad sexual. En la civilización socialista del futuro fantaseada por Marcuse el trabajo estaría llamado a convertirse en entretenimiento narcisista y la represión sexual en encantadora, pacífica y gozosa sexualidad dorada con los ribetes de la estética. Marcase incurrió así en el oportunismo intelectual pretendiendo ser criticando al marxismo y al freudismo al mismo tiempo. Paradójicamente, la misma juventud universitaria que llevó su teoría a la calle, a los clubes nocturnos y a las celebraciones sociales más frívolas abucheó al Marcuse más viejo, maduro y cuerdo cuando años después hizo una gira por Europa.

         Quienes, siguiendo sus consignas, se entregaron al sexo politizado como expresión de la libertad fueron los primeros en experimentar las argollas de la dependencia viciosa del sexo. Desesperados del orgasmo se dieron después a la droga y últimamente sus sucesores se encuentran entre los grupos y movimientos que cultivan el caldo de la violencia. Con la dependencia del vicio mataron la posibilidad misma de su propia libertad individual. El recurso a la violencia ahora no es más que la venganza en los demás de aquello que no son capaces de alcanzar para sí mismos. Marcuse demostró tener una experiencia muy pobre de la naturaleza humana y no superó la categoría de un teórico agitador de masas llamado a ser destronado por los mismos que antes le había convertido en su líder revolucionario. En otro orden de cosas, el día 3 de diciembre de 1967 el mundo entero quedó asombrado ante la noticia de que un médico sudafricano había realizado el primer trasplante de corazón de un ser humano a otro ser humano. La operación había sido llevada a cabo por un equipo de veinte cirujanos bajo la dirección del Dr. Christian Barnard en Ciudad del Cabo, Suráfrica. La operación duró seis horas y el receptor fue Louis Washkansky, de cincuenta y seis años de edad y desahuciado por un irreversible problema cardiaco al que se unía una diabetes aguda. La donante fue Dénise Darvall, una joven oficinista de veinticinco años atropellada junto a su madre por un automóvil. Tanto el médico como el paciente salieron catapultados hacia la fama, pero el agraciado sólo sobrevivió dieciocho días. Murió de una neumonía inducida por el tratamiento inmunosupresor que debía tomar.

         El 2 de enero de 1968 el Dr. Barnard realizó el segundo trasplante. Ahora el corazón de un negro latió durante 563 días en el cuerpo de un blanco. La polémica sobre estas intervenciones quirúrgicas se disparó al tiempo que los pacientes fueron ganando expectativas de vida, gracias a los fármacos inmunosupresores como la ciclosperina. En Francia el fraile dominico P. Boulogne, consciente de su estado de máxima gravedad cardiaca, no dudó en ofrecerse como paciente con la ilusión de prolongar su vida lo más posible y eventualmente servir de estímulo moral para asumir la muerte si la alternativa del trasplante no resultaba exitosa. Este acontecimiento me conmocionó intelectualmente y escribí una carta a mi cardiólogo el Dr. Enrique García Ortiz expresándole mi opinión sobre el mismo de cara al futuro. No conservo copia de esta carta ni de su respuesta y lo lamento mucho. De lo que sí recuerdo es que mi reflexión fue positiva y temblorosa al mismo tiempo. En aquel momento ni siquiera existía el término bioética ni pasaba por mi mente que tres años después me iba a encontrar yo mismo embarcado en esa aventura de la vida. El otro acontecimiento que impactó también fuertemente mi mente por aquella época fascinante de mi vida fue el primer viaje exitoso a la luna. La noche del 16-17 de julio de 1969 en París fue una noche realmente para no dormir. La llegada de los primeros seres humanos a la luna pudo ser contemplada con estupor por televisión desde todos los rincones del mundo El asombro dio lugar incluso a interpretaciones escépticas sobre el hecho. Mucha gente llegó a pensar que se trataba de un simulacro magistralmente fabricado, Apolo 11. Así fue bautizada la misión que los Estados Unidos enviaron al espacio en julio de 1969, siendo la primera en llegar a la superficie de la luna con personal humano a bordo y fue lanzado por el cohete Saturno V desde Cabo Kennedy, en Florida, Estados Unidos. El comandante de la tripulación Neil Armstrong fue el primer ser humano que pisó la superficie de la luna el 20 de julio de 1969. El 24 de julio, los tres astronautas protagonistas de la hazaña amerizaron felizmente en aguas del Océano Pacífico poniendo fin a su misión.

         La década de los años 60 significó el apogeo del marxismo europeo, pero también las vísperas de la conquista del espacio y de la genética humana. Por aquella época pocos o nadie imaginaba que los tiránicos regímenes marxistas europeos estaban en vísperas de su disolución. Paralelamente se estaba abriendo el camino para la conquista del espacio y del genoma humano al tiempo que la economía mundial prometía un futuro de oro. Pero la crisis del petróleo en 1974 y la inseguridad ciudadana a causa de los secuestros y el terrorismo político ensombrecieron de forma permanente lo que parecía un horizonte nuevo de progreso y paz para la humanidad. Yo viví aquellos años a tope mientras realizaba mis estudios de doctorado en Roma y desde París programaba viajes aventureros por Europa para conocer directamente sobre el terreno los escenarios más importantes del cambio social que se estaba produciendo.

 

         8. Bruselas, Lovaina y Villeneuve de l´Archêveque

        

        Bruselas era por aquellas calendas la capital de la Comunidad Económica Europea frente al COMECOM o mercado común comunista de los países del Este europeo. Pero no hablaré de la situación económica sino de dos experiencias personales. Una vez instalado en el convento dominicano de la Renaissance, en Bruxelas, era fácil programar escapadas interesantes a diversos lugares e instituciones. Por ejemplo, la ciudad universitaria de Louvain. Allí se me abrieron los ojos a los sentimientos nacionalistas en toda su crudeza. Fortuitamente coincidió conmigo allí mi compañero Pedro Sansegundo, O.P., y juntos nos dirigimos a Lovaina. Primero visitamos la Universidad en la cual se respiraba un tufo nacionalista que apestaba. Pero el colmo de la sorpresa fue cuando visitamos el Seminario Juan XXIII. Era un inmenso edificio casi vacío en el que nos recibió una señora la cual pasó aviso de nuestra visita a un cura que nos dio la bienvenida muy efusivamente y, con gran sorpresa nuestra, se apresuró a preguntarnos si hablábamos flamenco. Muy asombrados por la pregunta nos disculpamos de no poder satisfacer su deseo, pero no por ello se abstuvo de hablarnos gloriosamente y sin el más mínimo sentido del ridículo de sus libros publicados en flamenco. En el convento de los dominicos también se vivía por aquella época la división entre flamencos y valones, lo cual me resultó más triste que pintoresco. De vuelta en Bruselas tuve la oportunidad de conversar confidencialmente con un fraile entrado en edad y con un sentido realista de la vida muy notable. Simpatizamos inmediatamente y me habló a corazón abierto. En un momento dado de nuestra conversación me propuso quedarme allí a vivir. Bruselas era un lugar siempre abierto a proyectos pastorales interesantes y, según él, era necesario que gente joven y con entusiasmo tomara las riendas de aquella casa rica en historia y mucho futuro por su estratégica situación. No podía yo imaginar entonces que muchos años más tarde iba yo a recibir otra invitación para vivir en Bruselas como responsable de una importante institución internacional de medios de comunicación. El sentido realista de la vida no me permitió aceptar ninguna de estas honrosas invitaciones, pero el sentido de la gratitud me obliga a dar las gracias a quienes depositaron en mí tanta confianza y generosidad.

         Pero hablando de París como epicentro de experiencias me resulta grato recordar dos viajes a la pequeña población de Villeneuve de l´Archêveque a veinte kilómetros de Sens y ciento treinta de París. Hacía tiempo que había oído hablar en familia del tío Teodoro que de joven emigró a Francia y no volvió nunca a España por razones políticas por más que él no militó nunca en la política. Se fue de casa en busca de trabajo y encontró también a una mujer maravillosa con la que se casó, tuvo hijos agradecidos y vivió feliz hasta el fin de sus días. Una hermana suya longeva me facilitó los datos informativos indispensables para encontrarle. En realidad, sólo necesitaba saber su nombre y el lugar de residencia, que era el histórico pueblecito de Villeneuve de l´Archêveque. Llegué a Sens en tren y allí tomé un autobús que paraba en todas las localidades del trayecto. Fue un viaje fascinante, tanto por el interés histórico de la zona como por el objetivo aventurero del mismo. Por fin llegamos al pueblecito y el autobús se paró junto a la puerta de un bar. Si no me falla la memoria yo era el único viajero con aquel destino y la parada estaba desierta de gente. Entré en la taberna inmediata con mi estilo juvenil, mochila al hombro, y me dirigí a dos caballeros entrados en edad que estaban en la barra. Buenas tardes, señores, ¿el Hotel de la Estación se encuentra por aquí? Uno de los caballeros me dirigió una tierna sonrisa y replicó: Sí, está muy cerca de aquí. Se despidió del compañero y se fundió en un emocionado abrazo conmigo. Yo, joven, había descubierto a un anciano tío. Él, anciano, había descubierto a un sobrino joven. Sólo faltaba introducirme en casa y descubrir el resto de una hermosa y feliz familia. Obviamente, yo había oído hablar de la tía Antonieta y ahora me encontraba en sus brazos participando de su alegría por la visita y de su amor. El hotel de la Estación del ferrocarril era suyo y allí vivían. Mr. Théo, mi tío, estaba jubilado, había perdido un dedo en el trabajo en una fábrica maderera, pero gozaba de muy buena salud. De joven fue camionero y conocía Francia por todos los costados. La tía, Madame Théo, era bastante más joven y llevaba toda la responsabilidad administrativa del hotel. Por lo demás, la vía del tren se conservaba, pero desde hacía bastantes años el servicio ferroviario había sido suspendido. Una vez instalado en mi habitación cenamos en la intimidad. Pero a partir del día siguiente la tía me propuso comer con los clientes habituales del restaurante con el fin de que me conocieran y discutiéramos sobre los problemas que ellos planteaban. A ella le encantaba que los comensales me hicieran preguntas y yo me encontraba como el pez en el agua escuchando sus comentarios sobre política y la situación de los trabajadores sin excluir cuestiones religiosas. Los acontecimientos de mayo del 68 estaban todavía calientes en la memoria y había mucha emoción. Para mí resultaba fascinante encontrarme frente a frente comiendo en la misma mesa de los trabajadores que llegaban fatigados en traje de faena a reponer fuerzas para seguir trabajando hasta media tarde según los horarios laborales.

         Yo disfrutaba de esta oportunidad y mi tía, Mme. Théo, como cariñosamente la llamaban los clientes, casi todos obreros, se sentía orgullosa de su sobrino recién descubierto. Mi tiempo en Villeneuve de l´Archêveque estaba distribuido entre los paseos en bicicleta y las visitas familiares. La edad de jubilación de la tía Antonieta se avecinaba y se había construido un precioso chalet en la finca donde pensaban vivir los últimos días de su vida. La casa era preciosa y el lugar paradisíaco en verano. Pero era una casa solitaria y había que contar con las inclemencias del invierno y las limitaciones “in crescendo” de la edad. La tía replicaba que los hijos y nietos eran conscientes de todo ello y que su cercanía no les iba a faltar. Mi tío gozaba de gran reputación en la fábrica donde se había jubilado y muchos días pasaba la mañana allí como si siguiera trabajando. Pero, además de este feliz descubrimiento familiar, en Villeneuve de l´Archêveque descubrí al cura párroco y su iglesia. Mi tía, que no había tenido tiempo de ocuparse de cuestiones religiosas, tenía un corazón de oro y admiraba profundamente al Sr. cura párroco. De ahí su interés por presentarme a él. No recuerdo su nombre, pero me llamó mucho la atención su pose eclesiástica sin complejos y su sentido realista de la vida. Físicamente era un hombre elegante, tal vez de unos cincuenta años de edad, consciente de que estaba al frente de una iglesia cristianamente floreciente en tiempos pasados, pero actualmente fría y marginada. Yo tuve la impresión de que los despojos de la revolución francesa estaban todavía allí en los contenedores de la basura. Incluso arquitectónicamente me parecía que todo lo que había tenido algo que ver con la Iglesia había sido convertido en terreno marginal. En aquellos momentos de mi juventud este fenómeno de marginalización social de la Iglesia me impactó y me llevó a plantearme preguntas importantes al contrastar la equilibrada personalidad del cura párroco con el “status” de marginación social al que, me parecía a mí, se había sometido a la Iglesia en aquel lugar.

         La segunda y última visita a Villeneuve de l´Archêveque tuvo lugar en el verano de 1969. La familia había sido felizmente descubierta en la visita anterior y ahora se trataba de reforzar los vínculos familiares. De vuelta a París decidí detenerme durante algunas horas en Sens para visitar la histórica ciudad, sobre todo la Catedral. Como es sabido, Sens pertenece administrativamente al departamento de Yonnne al norte de la Burgoña, a 60 kilómetros de Troyes y 110 de París. Los historiadores saben que en la edad media Sens llegó a ser tan importante o más que París. Como testimonio perenne de esa excelencia basta visitar la catedral. Cuando entré en la nave y contemplé su conjunto arquitectónico me llamó particularmente la atención el deterioro de muchas estatuas debido al paso devorador del tiempo. En un momento dado me percaté de que me encontraba solo en el interior del complejo catedralicio reflexionando sobre el significado de aquellas esculturas muertas y deformadas por el paso del tiempo. ¿Qué ha sido de aquellas personas vivas que les dieron forma artística? Las obras artísticas, por muy bellas que sean, son cosa muerta y se las come el tiempo como a los seres vivos. ¿Qué provecho tiene admirar estas vetustas esculturas simulando rostros humanos si desconocemos el futuro de quienes las produjeron? ¿Qué es el hombre y cuál es su futuro después de la muerte?

         La conclusión a que llegué no se hizo esperar. Lo importante no son las obras de arte muertas sino los artistas, o sea las personas vivas que llevaron a cabo esas obras y después se murieron sin saber a ciencia cierta qué ha sido de ellas. La idolatría del arte traspasando los fueros de la simple admiración sólo puede hacerse a expensas del respeto y los intereses específicos del hombre. Pero había que interrumpir estos pensamientos y volver a la estación del ferrocarril para continuar mi camino a París de regreso a Madrid. En la sala de espera había dos hombres con aspecto de obreros. Los saludé e inmediatamente entramos en animada conversación. Uno era español y otro marroquí. Miré al reloj y los invité a tomar una cerveza mientras llegaba el tren de París. Al ver mi porte de estudiante me preguntaron con suspicacia si yo era de los estudiantes revolucionarios de París que habían arrastrado a los obreros a las manifestaciones de protesta. Los convencí de que yo no había tomado parte en los disturbios de mayo del 68 y reanudamos la conversación.

         El señor español hablaba utilizando constantemente palabras fuertes aludiendo a Dios y el marroquí le pidió amablemente que se abstuviera de usar palabras groseras y dejara a Dios en paz. La hora del tren se acercaba y me adelanté a pagar la consumición por más que ellos, muy agradecidos, querían que fuera yo su invitado. Ya instalados los tres en el departamento del tren, el español comenzó a describirme con pelos y señales el desastre de su vida. Huérfano de padre por oscuros motivos que no recuerdo, su conducta fue un calvario para su madre hasta que, por fin, emigró a Francia en busca de trabajo. Yo le escuchaba con mucha atención hasta que hizo un paréntesis y exclamó en voz baja: “Con todo esto, si Dios existe y hay justicia, ¡buena me espera!”. Yo entonces repliqué insistiendo en que, efectivamente, si en este mundo no hay justicia, Dios tendrá que hacerla en alguna parte. Al oír esto frunció tristemente el ceño y puso fin a su animado relato. Mi respuesta fue cruel. Él había puesto en mí toda su confianza para darme a conocer su vida; no para que le condenara como persona mala, sino para desahogarse conmigo y encontrar alivio para su atormentada conciencia. Después me di cuenta del error de mi espontánea respuesta y traté de enderezar el entuerto, pero no sé si sirvió de algo. Cuando recuerdo este incidente me remuerde todavía la conciencia por no haber sabido escuchar y comprender a tiempo el significado de aquella confesión pública de mi compañero de viaje que tanta confianza había puesto en mí. Pero, como la cabra tira al monte, al despedirnos momentos antes de bajar del tren quiso indagar sobre la presunta bella mujer parisina que, según él, estaría esperándome para holgar con ella. ¿Qué habrá sido de aquel hombre? ¿Habrá encontrado la paz de conciencia que buscaba? Pero sigamos adelante camino de Madrid.

 

         9. Roma, el Vesubio y la mafia

         

        Durante los agitados años 1968-1972 mi cuartel general de experiencias intelectuales y pastorales fueron Roma y París. Llegué a Roma en septiembre de 1967 donde permanecí durante los cursos académicos 1967-1968 y 1968-1969 con el objetivo específico de obtener el título de Doctor en Filosofía en la Universidad de Santo Tomás de Aquino, como queda dicho en el capítulo segundo. Fueron dos años fascinantes en todos los aspectos. Desde Roma viví el antes y el después inmediato a la revolución de mayo del 68 y la nueva andadura de la Iglesia a raíz del Concilio Vaticano II. El ambiente intelectual, político y social en Roma por aquellos años era fascinante y tanto en la via Condotti 41, mi casa, como en el Angelicum, mi universidad, el entusiasmo estudiantil era la nota dominante.

         Desde la terraza de casa podía contemplar y meditar sobre la historia y vida de la “ciudad eterna” tan temporal y caduca como cualquiera otra ciudad del mundo. La mayor parte de mi tiempo estaba dedicado a la preparación de la tesis doctoral. Pero había que descansar y para ello organizaba paseos por los lugares más emblemáticos de Roma a uno y otro lado del Tiber. Uno de los paseos preferidos para estirar las piernas consistía en hacer un círculo callejero teniendo como puntos de referencia la plaza de Venecia, los foros, la estación ferroviaria Termini, via Veneto y los jardines del Pincio para regresar a via Condotti bajando por la escalinata de piedra de Trinità in Monte y la plaza de España.

         La plaza de España era un lugar de encuentro de turistas de todo el mundo, de todas las razas, lenguas y colores. Y, sobre todo, de jóvenes revolucionarios, melenudos, cínicos e irresponsables. Aquel emblemático lugar, casi a la puerta de casa, lo convertí en un laboratorio de observación y reflexión permanente. Un buen día, de retorno a casa de mi paseo habitual, en el amplio descanso central de la escalinata había un grupo de jóvenes pintorescos discutiendo con una bella muchacha con papel y bolígrafo en mano. Como hacían corro en torno a ella, en lugar de seguir mi camino de descenso me detuve con curiosidad para ver qué estaba ocurriendo. Pensé incluso que podría necesitar alguna ayuda. No recuerdo de qué discutían, pero sí que la discusión estaba subiendo de tono. Apenas me acerqué al corro me creí en el deber de intervenir haciendo una aclaración relacionada con el tema de la discusión. Al oír mi voz rompieron súbitamente el círculo y la joven, que ya se iba sintiendo acosada por sus interlocutores, exclamó aliviada: ¡Aquí hay un psicólogo! Y en menos de lo que canta un gallo desaparecieron sus acosadores dejándonos solos a ella y a mí mirándonos frente a frente con extrañeza e inmensa simpatía. ¿Qué hacíamos allí los dos? Pocos minutos después nos encontrábamos sentados en una cervecería cercana. Yo pasaba incidentalmente por allí cuando ella estaba realizando un reportaje informativo para una revista. Hablamos del problema desde el punto de vista profesional, tomó buena nota de mis observaciones y la invité a conocer mi casa allí en la célebre via Condotti 41. A partir de aquel momento nació en nosotros la semilla de una entrañable amistad que con el tiempo se iría felizmente consolidando.

         La bella joven de 21 años se llamaba Ana Bonanni, vivía en Roma y trabajaba como periodista. A partir de aquel día y tenía que realizar algún trabajo por aquella zona de Roma, me invitaba a acompañarla. Un día me llevó a una galería de pintura sobre la cual tenía que escribir un informe. Yo, que soy negado para la pintura, quedé admirado de su forma de explicar el contenido de las obras pictóricas. De una forma sencilla y natural me introducía en el contenido y valor artístico de las obras expuestas hasta el punto de hacerme entender muchas cosas que por mi cuenta me sentía incapaz para ello. Como es sabido, por Navidad la plaza Navona de Roma se convierte en un espectáculo de divertimiento y motivos navideños. Obviamente fuimos a visitar juntos la plaza. Entre la infinidad de motivos de entretenimiento nos llamó la atención uno muy original a precio razonable y en el que había que hacer uso de una escopeta. Yo no había tenido jamás en mis manos una escopeta y no me agradaba hacerlo para nada. Pero a ella le gustó el juego y no dudé en aceptar su propuesta. Eso sí, nunca mejor dicho, nos salió el tiro por la culata. Disfrutamos muchísimo con el juego y cuando solicitamos la factura la señora responsable del negocio nos pidió una cantidad desorbitada no prevista en la publicidad. La Bonnani se indignó con la señora advirtiéndola que no estábamos dispuestos a pagar la factura que nos había entregado. La señora replicó alegando que nos habíamos divertido mucho y que eso había que pagarlo. La Bonanni se irritó aún más y, ante el temor de que se montara un escándalo público, yo la sugería en voz baja que abandonara la discusión porque teníamos dinero para pagar. Por fin se llegó a un acuerdo, pero pagando más de lo que habíamos calculado. ¿Nos habría hecho una rebaja si en lugar de disfrutar del juego nos hubiéramos aburrido? ¿Llegará el día en que haya que pagar un impuesto o IVA de felicidad personal hasta por disfrutar con el dulce de un caramelo?

         Mi tiempo en Roma estaba hipotecado por la redacción y defensa de mi tesis doctoral y Ana Bonanni me habló de la posibilidad de que la sesión académica de mi defensa de la tesis fuera retransmitida, al menos como noticia, por televisión. No cabía duda de que era una idea original favorable para ella como periodista y para la Universidad como publicidad. De hecho, cuando yo notifiqué la eventualidad de la emisión televisiva del acto académico nadie puso reparos. Llegó el día y la hora de la celebración del acto académico y Ana apareció, pero sólo para hacerme compañía. Yo comprendí que su idea no fuera aceptada y no se habló más de este asunto.

         Nuestra amistad se había consolidado felizmente hasta el punto de que en su familia se hablaba de mí con frecuencia y simpatía. Un día la madre de Ana me confesó que yo era la única persona que había conseguido tener un influjo positivo apreciable sobre su hija. La verdad es que cuando discutíamos en pocas cosas estábamos de acuerdo, pero su respeto y admiración por mí eran notorios. Un buen día Ana Bonanni me comunicó que abandonaba Roma para irse a vivir a Milán por razones de trabajo. Como he dicho más arriba, la visité en Milán en el verano de 1971 cuando yo regresaba de Bucarest en tren camino de Londres encontrándola en la situación humana lamentable descrita. Aquel Marco con el que vivía en Milán y que la había convertido en una esclava sexual, era el mismo personaje que en Roma me acercaba a casa con el coche cuando Ana se lo pedía después de alguna gira cultural por la ciudad. Nunca imaginé que volveríamos encontrarnos en Milán en circunstancias tan distintas y desagradables. Pero, como queda dicho, al poco tiempo de mi visita Marco la dejó libre y ella recobró su libertad perdida.

         Después de un año largo, volví a Roma para realizar un trabajo de investigación y encontré tiempo para acercarme de nuevo a Milán. Ella me estaba esperando en el andén del tren y el reencuentro no pudo ser más agradable. La encontré totalmente cambiada después de su liberación de aquel hombre nefasto que la había tiranizado. La encontré rejuvenecida, bellísima y radiante como aquel día en que la conocí por primera vez en Roma. Al vernos juntos en el andén los agentes ferroviarios que nos observaban debieron pensar que yo era el afortunado marido de aquella hermosa y feliz mujer. ¡Cómo engañan las apariencias y la imaginación frente a la realidad de la vida! Como resultado de aquella visita relámpago, nos pareció que sería bueno para ella que se tomara unas vacaciones para cambiar de ambiente y olvidar aquella triste historia personal todavía reciente. ¿Dónde? Yo la propuse Madrid como invitada por alguien de mi familia. Una prima mía, María José, aceptó gustosa recibirla en su casa y no se habló más sino de fechas.

         Fijada la fecha y hora de su llegada fui a recibirla al aeropuerto, pero Ana Bonanni no llegó. Pronto supe la razón. Poco antes de emprender el viaje conoció a un joven que la impactó y no dudó en absoluto cancelar el viaje a Madrid. Terminó casándose con este joven, tuvieron una hija y se les murió a los pocos meses de nacer. Yo me encontraba en Roma y pude acompañarlos en su soledad dolorosa. Años más tarde yo me encontraba en Génova participando en un encuentro internacional de filosofía. Un día, al caer de la tarde, me informaron de que tenía una visita. Era ella, Ana Bonanni. ¿Cómo tú aquí? Sí, replicó cariñosa, supe por la prensa que se celebra este encuentro aquí en Génova y que tú estabas aquí; en consecuencia, hice cálculos y he tomado un billete de tren ida/vuelta Milán/Génova sólo para verte, aunque sea por poco tiempo. Consultado el reloj y la hora de partida del tren apenas nos quedaba tiempo para cenar juntos. Pero el tiempo es oro y había que aprovecharlo al máximo.

         La conversación durante la cena resultó muy entrañable y nostálgica. Habían pasado los años y la vida nos había cambiado en muchos aspectos, aunque no en lo que se refiere a la admiración y respeto personal que siempre nos habíamos profesado. Como resumen de aquella romántica cena en Génova me parece obligado dejar constancia aquí de una reflexión conclusiva de Ana. ¿Te acuerdas, dijo, de los días que estuviste en Ancona descansando en el convento dominicano cuando yo trabajaba en la Agencia de Noticias Montecitorio? Yo, añadió, me divertía mucho con mis colegas de trabajo cuando les hablaba de ti y ellos pensaban que tú y yo estábamos viviendo un bello romance que desembocaría en matrimonio. ¡Qué ingenuos unos y maliciosos otros! Y añadió: nuestra feliz amistad ha sido posible porque nunca nos hemos dejado invadir por el enamoramiento. ¡Sin comentarios! Nos acompañaba en la cena un joven sobrino mío, Emiliano, que hacía turismo. Él no seguía nuestra conversación, pero estaba encantado. Luego le expliqué el significado de la inesperada y gratísima visita y comprendió todo sin dificultad. Pero esta bella historia con la Bonanni trajo cola. Como he dicho antes, Ana canceló su viaje a Madrid como invitada de mi prima María José porque conoció a un joven estudiante de arquitectura llamado Bruno Romani con el cual terminó casándose. Pero dio la casualidad de que Bruno, su futuro marido, tenía una hermana casada en Madrid y Ana me facilitó su dirección para que la conociera. La llamé por teléfono, me presenté y pocas horas después me encontraba llamando al timbre de la puerta de su casa ubicada al final de la madrileña calle de Arturo Soria. Se abrió la puerta y apareció Lucia Romani, la hermana de Bruno, la cual me recibió y agasajó como si fuera su propio hermano que volvía a casa después de mucho tiempo de ausencia en un país lejano. Con el tiempo su casa se convirtió en lugar de encuentro de amigos comunes. Muchos años pasaron sin contactos entre nosotros, pero en el 2015 volvimos a encontrarnos, ya entrados los dos en edad. Fue muy feliz este reencuentro a través de la red y llamadas telefónicas. En mi libro titulado Versos para pensar la había dedicado yo un poema recordando aquel momento en que prendió nuestra amistad de forma fortuita en la bella Piazza di Spagna de Roma.

         Lucia Romani había trabajado como modelo en Roma para sacar adelante a sus padres, luego sufrió un gravísimo accidente de tráfico, se casó en España y fue alumna mía. Cuando tuve la suerte de conocerla era muy joven, bella, inteligente y con un corazón de oro. Su trato con la gente era delicioso. Al cabo de quince años y después de haber tenido dos hijas me confesó que había llegado a la conclusión de que su marido no la había querido nunca. De hecho, terminaron separándose de forma civilizada pero no por ello indolora. A pesar de todo y el deterioro subsiguiente de su salud no perdió nunca su grandeza de corazón siendo admirada en todo momento por cuantos tuvimos la suerte de conocerla. Con motivo de la celebración de las bodas de plata matrimoniales de una pareja entre los amigos comunes celebramos una Eucaristía de acción de gracias. Entre otras cosas dije que “lo único de lo que no hay que arrepentirse nunca en este mundo es de haber amado a los demás, aunque no hayamos sido correspondidos”. Los presentes prestaron mucha atención a esta afirmación y la relacionaron inmediatamente con la admirable trayectoria matrimonial de Lucia Romani allí presente. Ella era la llamada a ser mi madrina en la ceremonia de investidura de Doctor en la Universidad Complutense y me trató como uno más de su familia. Ana Bonanni, su cuñada, con mucho humor y cariño nos recordaba que la culpable de nuestra amistad había sido ella. Pero demos un salto hasta Nápoles.

         El verano de 1968 decidí trasladarme a Nápoles donde fui recibido con curiosidad y simpatía en la comunidad dominicana de Madonna de L´Arco. La popular Basílica fue para mí otro laboratorio de experiencia pastoral pionera. Era un lugar privilegiado para conocer en directo la vida de mucha gente psicológicamente marcada por la amenaza permanente del Vesubio y la mafia. Los actos de culto y las tradiciones religiosas con frecuencia eran una mezcla de sana religiosidad y superstición, sobre todo entre la gente más humilde e inculta. Cuando la gente venía a mí para hablar de sus asuntos personales en dialecto napolitano yo las remitía inmediatamente a un venerable fraile que conocía magistralmente el percal, lo cual no ocurría sin comentarios sorpresivos. Era evidente que a la gente la atraía mi presencia exótica y mi juventud y se consideraba desplantada cuando la remitía al anciano de siempre. Más de una vez me tomaron por italiano del norte. Pero el interés de conectar conmigo aumentaba cuando se percataban de que, además de joven, era extranjero y no me sorprendía de nada. La joven casada, por ejemplo, daba por supuesto que yo, como joven, comprendería mejor que nadie que ella tuviera en gran estima a su suegro y que, en consecuencia, mantuviera felices relaciones sexuales con él. Los hombres maduros daban igualmente por supuesto que yo conocería por propia experiencia el problemático tipo de conducta que los llevaba a hablar conmigo. La expresión de apoyo psicológico “usted es joven y comprende” podía traducirse así: “usted que hace lo mismo que yo, o más, no tiene que sorprenderse de lo que yo hago”. 

         La vida en la comunidad dominicana de Madonna de L´Arco era agradable. Los frailes eran muy humanos y de buen corazón. Uno de ellos me llamaba particularmente la atención por su capacidad de hablar sin decir nada sustancial. Sus palabras, además, iban acompañadas de gestos y mucha emoción. Su hablar era más un arte de usar bellamente palabras que un medio de comunicación de mensajes significativos de realidades concretas. Este buen fraile de no mucha cultura y que no era sacerdote me trae a la memoria a otros con títulos académicos y de escritores a los cuales se les puede aplicar aquello de “se pusieron de parto los montes y parieron un ratón”. Son aquellos que hablan y escriben con tal facilidad y emoción que sus interlocutores quedan prendados de ellos hasta que terminan sus apasionados discursos sin que de ellos se pueda sacar algo en limpio digno de ser archivado en la memoria o el entendimiento. Me refiero a las personas eruditas y dotadas de una notable memoria sensitiva que hablan del cielo y de la tierra, pero reflexionan poco o nada sobre el significado real de lo que dicen o escriben.

         Como es sabido, a un británico le resulta difícil desayunar sin bacon, a un francés comer sin queso en la mesa y a un español tradicional sin vino. Pues bien, yo diría que le es más difícil todavía a un italiano encontrarse ante un menú sin pasta y este era el único problema para mí en Madonna de L´Arco.  El Prior, un hombre muy sensato, había dado orden en la cocina de que tuvieran compasión del venerable fraile francés que estaba allí por razones de salud, y de mí, para que no nos castigaran con pasta eterna en las comidas. Yo era consciente de que aquello no tenía remedio recordando la semana que había vivido en Roma en otra comunidad dominicana donde comer pasta era un arte y un rito digno de ser filmado. Pero volvamos a Nápoles.

         Eran los tiempos gloriosos de la “revolución sexual” y por aquellas latitudes la juventud vivía a tope sus cánones del sexismo. Frecuentemente llegaba por allí una bellísima y joven minifaldera en un lujoso descapotable con el fin de llevar al médico al anciano fraile francés. Cuando llegaba la agraciada y feliz muchacha aparecían jóvenes como moscas para verla y eventualmente conversar con ella, la cual parecía disponer de tiempo para entretenerse por allí. Sobre todo, cuando estaba otro fraile que nos la presentó como su querida sobrina. Un día tuve que saludarla y participar en la conversación que el tío, ella y sus jóvenes admiradores mantenían sobre cuestiones que rozaban el trato entre hombres y mujeres. En un momento dado yo manifesté razonablemente mi disconformidad con sus tesis y no disimularon su disgusto. Como respuesta a mi desacuerdo el presunto tío de la muchacha la acarició con las manos la parte superior de sus desnudas y bellas piernas enviándome ambos un mensaje subliminal a la vista de todos muy fácil de entender. Me gustaría hablar contigo, repliqué cariñosamente, dentro de diez años. Desapareció la joven en su lujoso descapotable y uno de sus admiradores me comentó: es una puta. Yo tuve mejor opinión de ella y presté más atención a su presunto tío, el cual me pareció ser, como mínimo, un desvergonzado. Cuando comenté todo esto con el venerable anciano se entristeció mucho al tiempo que destacó el comportamiento caritativo que la joven había tenido siempre con él. Pero, insisto, eran los tiempos de la “revolución sexual” y en este contexto se inscribe también lo que digo a continuación.

         Un buen día me pidió el Prior de Madonna de L´Arco que celebrara un encuentro con un grupo de jóvenes universitarios. Acepté con gusto la oferta con el resultado siguiente. El tema de mi intervención versó sobre sexo y amor. La tesis que sometí a discusión fue que quienes buscan el amor por la vía directa del sexo corren el riesgo de quedarse sin sexo de calidad y sin amor. Por el contrario, quienes contextúan la vida sexual en el amor obtienen mejores resultados. Mi intención era desautorizar la convicción reinante de que donde no hay sexo no hay amor. Mi tesis provocó la furia de quienes pensaban que con la revolución sexual habían descubierto la pólvora. Terminada la animada discusión los dos jóvenes estudiantes que me habían ido a buscar con su coche me devolvieron a casa ya entrada la noche. Al despedirme de ellos me hicieron la siguiente confesión. A pesar de la algarabía de la discusión, nosotros estamos de acuerdo contigo, pero no podemos ya dar marcha atrás. Mira, añadió uno, después de dejarte aquí a la puerta de tu casa, nosotros vamos a encontrarnos con unas chicas dispuestos a practicar de alguna manera el sexo con ellas. Esta confidencia me sirvió a mí para seguir profundizando con acierto en un asunto tan delicado como la relación entre sexo y amor humano. También este encuentro con estudiantes universitarios ha quedado reflejado en otro poema del libro al que termino de referirme.

         El Prior de Madonna de L´Arco me aconsejó que visitara “le isole”, especialmente la bella isla de Capri, con la ayuda económica del convento. Programé la gira turística de la cual me es grato dejar constancia de algunas anécdotas que tuvieron lugar. En el restaurante compartí mesa con dos caballeros helvéticos. Ellos pidieron vino con el menú y yo simplemente agua. Cuando comprobaron que el agua no era mineral se miraron asombrados el uno al otro y me preguntaron si no tenía miedo a beber agua natural. Luego caí en la cuenta de su prudencia, pero me sorprendió su exceso de preocupación ya que no cabía en mi cabeza que en un restaurante de aquella categoría me fueran a servir agua no potable. La excursión me resultó gratísima y no escasearon las anécdotas entre las cuales quedaron muy grabadas en mi memoria las dos siguientes. De regreso a Nápoles por la tarde el barco se movió mucho y me percaté de que una señora entrada en edad podría necesitar alguna ayuda. Me puse junto a ella y pronto llamamos la atención de la gente con nuestra animada conversación. Cuando terminó la travesía y nos despedíamos unos de otros con expresiones de afecto y simpatía la señora de la que hablo recibió los parabienes de haber sido acompañada por el joven que se había preocupado de ella. La verdad es que yo no caí en la cuenta de que había gente entre los viajeros que seguían con interés la simpatía de aquella solitaria señora entrada en edad conmigo. ¿Qué habrá sido de ella? Ni siquiera recuerdo su nombre, pero nunca he olvidado su simpatía y gentileza de trato agradecido.

         Había llegado el momento de las despedidas y me quedé sólo en el puerto de Nápoles. Era una tarde de sábado y las calles de Nápoles estaban casi desiertas. De pronto me vino una idea a la mente. ¿Por qué no aprovechar la ocasión para dar un paseo de sábado por la ciudad antes de regresar a Madonna de L´Arco? Y sin más preámbulos me lancé a recorrer algunas calles con mi mochila al hombro. No habían pasado quince minutos cuando empecé a oír música festiva y dejándome llevar por el oído me orienté hacia el lugar de origen estimulado por la curiosidad de saber qué se estaba celebrando. Mi sorpresa fue que el ambiente de fiesta no tenía lugar en la plaza pública ni en ningún lugar específico de baile sino en un edificio con finalidad académica. Esta circunstancia me animó a llamar a la puerta persuadido de que era asunto de estudiantes y, por tanto, del máximo interés para mí. La puerta fue abierta y a penas me hube presentado cuando empecé a recibir la bienvenida por parte de todos los que se percataban de mi presencia. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes y a dónde vas? ¿Cómo has llegado hasta aquí? La mayoría seguía bailando con mucha alegría al son de una música de baja calidad. Pero eso era lo de menos. Pronto me sentí rodeado por un grupo de chicos y chicas que dejaron de bailar para hacerme compañía y servirme refrescos. La conversación se animaba y la expectación ante el joven extranjero recién llegado por sorpresa aumentaba.

         Nuestra conversación empezó a salpicarse con chistes y relatos de humor. Fue entonces cuando una jovencita rubia, que no había abierto su boca hasta entonces, suplicó discretamente a uno de los muchachos que fuera prudente con sus chistes para evitar que yo pudiera llevarme una mala impresión de aquel encuentro. Luego me invitaron a bailar, pero yo alegué que venía muy cansado de la excursión y tenía que viajar. Lo primero fue comprendido sin dificultad, pero no así el que yo tuviera tanta prisa en ausentarme. Llegados a este momento me quedé acompañado por la rubita silenciosa y otra joven mientras los otros reanudaron el baile. Pero miré al reloj y había llegado el momento de la despedida sin que yo me diera cuenta de que se había producido una linda conjura sentimental en torno a mí. Al final se quedaron conmigo para acompañarme hasta la puerta principal la rubita silenciosa y la hija del director de la Academia. Con la puerta ya abierta y con la portera y la hija del director como testigos, la rubita me miró tiernamente y me preguntó si era posible que aquel nuestro fortuito encuentro se convirtiera en el principio de una vida para ser compartida entre ella y yo en el futuro.

         Entonces comprendí lo que felizmente había acontecido en aquella inolvidable tarde napolitana. Sin perder la calma respondí que la agradecía de corazón su propuesta pero que, dada mi edad, yo ya tenía programado ese futuro feliz que amorosamente me auguraba junto a ella. En cualquier caso, replicó cariñosa y comprensiva, ¿te importaría tomar mi dirección y cuando llegues a Londres me envías una postal diciéndome que has llegado bien? Con mucho gusto, respondí. Me entregó su dirección postal y desaparecí por la escalera hacia la oscuridad de la calle alumbrado interiormente por la luz amorosa de aquella joven napolitana. Llegué a Londres y me apresuré a escribir la postal prometida en la cual daba las gracias al director de la Academia y a sus estudiantes por la acogida que me habían dispensado, y a ella, SUSANA, que, si no me equivoco, así se llamaba la adorable criatura que tan lindo recuerdo dejó en mi memoria. Pero había que extremar la prudencia para no crear en ella vanas expectativas o desilusiones y por ello no dejé en la misiva desde Londres ningún rastro de dirección postal. Así terminó aquella fortuita, fugaz y bella historia de amor. En mi poema titulado “un cielo de Nápoles” quedó reflejado este hermoso recuerdo.

         En Nápoles maduré algunas convicciones importantes. Una de ellas fue la que se refiere al tema del sexo y el amor. El contexto social del momento forzaba a plantear la cuestión con seriedad y urgencia. Por lo menos me quedó claro que el sexo no es el amor como predicaban los ideólogos de la revolución sexual más irresponsable. Quedaba todavía por aclarar la segunda parte de la respuesta sobre amor y enamoramiento. La clarificación total de estas cuestiones para mí se produjo posteriormente, como consta en varios de mis escritos, pero la experiencia de Nápoles fue muy positiva y estimulante. Por aquella época estaba muy activa la mentalidad eclesial creada por el Concilio Vaticano II y en este contexto se planteaban cuestiones muy interesantes relacionadas con presuntos errores cometidos por algunos líderes de la Iglesia a lo largo de la historia. Recuerdo que durante una discusión alguien me preguntó sobre si la Iglesia puede equivocarse y yo le respondí al tiro afirmativamente. Luego maticé la respuesta para tranquilizar a mi interlocutor. En aquel momento no podía yo imaginar que muchos años después iba a escribir un libro monográfico titulado “Los pecados de la Iglesia”.

         Por otra parte, mis paseos por Nápoles y la región napolitana fueron motivo de reflexión constante sobre formas de conducta religiosa y social sorprendentes. En lo religioso pude constatar un influjo importante de creencias supersticiosas, y en lo social la omnipresencia amenazadora de la mafia con sus ritos de venganza. La tragedia de Pompeya y Herculano tuvo lugar hace muchos años, pero las entrañas del Vesubio siguen revueltas y no se puede descartar que vomite de nuevo e incluso con más fuerza su furia telúrica. Pero la mafia es aún más peligrosa y temible. Su actividad criminal no se mitiga con el paso del tiempo, es aparentemente más inofensiva que el Vesubio y descarga sus instintos vengativos donde menos se lo espera. Cuando esto sucede y llega la policía solicitando información nadie ha visto ni sabe nada sobre lo ocurrido. Mi estancia en la Madonna de L´Arco fue muy grata y constructiva en todos los sentidos. Como detalle significativo de la benevolencia y generosidad que tuvieron conmigo, cuando anuncié que tenía que marcharme me pidieron que retrasara lo más posible mi partida, por lo menos hasta que se celebrara la fiesta de Sto. Domingo. Un venerable anciano me sugirió la idea de que me quedara a vivir allí definitivamente.

 

         10.  Reencuentro con Henri L´Heureux en Perpiñán 

 

         Como dije antes, Henri L´Hereux dejó St. Michel de Marsella y marchó de misionero a Burundi de donde sería llamado después para ser nombrado Obispo de Perpiñán en 1972. Tras nueve años de Pastor episcopal se retiró en noviembre de 1981 por razones de salud. Su predecesor en la sede episcopal de Perpiñán, monseñor Joèl Ballu, encontró muchas dificultades en el gobierno de la diócesis y pidió ser liberado del ministerio episcopal para dedicarse al ministerio pastoral ordinario como cura rural. Las dificultades, entendí yo, provenían de un sector del clero poco dado a la prudencia pastoral y la comprensión humana.

         Henri L´Leureux era conocido por su solidez cristiana, prudencia y capacidad de entenderse con todo el mundo. La noticia de su nombramiento episcopal para resolver un problema difícil como el de Perpiñán no me sorprendió nada y me alegró mucho saber que le tenía ahora más cerca que nunca. Llegó el verano de 1972 y nos reencontramos felizmente en Perpiñán. Hay una parroquia, me dijo, cuyo párroco se ausenta cuando le apetece y queda prácticamente abandonada. Con mucho gusto destiné el tiempo de las vacaciones estivales para hacer los servicios en aquella parroquia a mi estilo y con la confianza plena del Obispo. Los parroquianos estaban muy agradecidos por mis servicios y se preocupaban de que no me faltara nada en casa. Habitualmente yo iba a comer a un convento de religiosas donde tenía la oportunidad de encontrarme con otros comensales y oír comentarios y opiniones interesantes sobre la vida eclesial y el mundo de la política dominante. Los había que tenían particular interés en no identificarse como sacerdotes, pero no podían evitar que yo detectara fácilmente su tufo clerical. Con motivo de la muerte de un sacerdote uno de ellos hizo un comentario crítico sin piedad descalificando el hecho de que le habían amortajado revestido de sacerdote. En otra ocasión coincidieron a la mesa conmigo un sacerdote entrado en edad, experimentado y con la cabeza muy bien armada, y un dominico que había abandonado la Orden de Predicadores. Este último se despachó hablando contra el P. Manuel Suárez, Maestro General de la Orden de Predicadores fallecido en un accidente de tráfico cerca de Toulouse. Él no sabía que yo era dominico y me limité a escucharle sin hacer ningún comentario ni identificarme. Pero al despedirnos el otro comensal le descubrió mi identidad.

         Un domingo por la tarde fui invitado a conocer las zonas más pintorescas de Perpiñán. En un momento dado vimos a un montañero y una señora exclamó: ¡mirad quién viene por ahí! Era el cura párroco al que yo estaba supliendo. Nos saludamos muy cordialmente y siguió su camino sin interesarse para nada de mí ni de la parroquia. De hecho, nunca apareció por allí. Los que sí venían con frecuencia, supongo que a “convertirme”, eran los mormones. Llegaban a la puerta y pulsaban el timbre en el momento más inoportuno cuando yo estaba descansando. La primera vez creo que abrí la puerta, pero no más. Me asomaba por la ventana dándoles a entender que estaban molestando y no volvieron. Más agradable fue el encuentro a la hora del almuerzo en las monjas con el ilustre dominico y exegeta especialista de la Carta a los Hebreos el P. Ceslas Spiq. Era un hombre ya curtido por la vida y de gran corazón. Hablamos de problemas de actualidad y cariñosamente me decía que estábamos pasando por un período decadente de la historia en lo que se refiere a valores humanos. Y me lo decía como hombre entrado en años a mí como joven que no debía asustarme de nada. Yo le conocía por sus escritos exegéticos, pero no personalmente y confieso que me dejó un recuerdo positivo imborrable. El obispo L´Heureux, por su parte, me invitaba a comer con él en algún lugar discreto y me hablaba confidencialmente de lo que creía conveniente en relación con el gobierno de la diócesis. En una ocasión un sacerdote me dijo que tenía la impresión de que el Obispo se confidenciaba más conmigo que con su clero.

         El verano siguiente volví a Perpiñán, pero esta vez el Obispo me dijo que la iglesia de St. Estève estaba cerrada, que la abriera e hiciera lo que me pareciera conveniente para ponerla en marcha. A falta de sacerdote se había responsabilizado de la parroquia un buen cristiano que a la sazón era el jefe de la estación local del ferrocarril. Fui recibido con alegría y expectación. Me instalaron en la casa parroquial, me adelantaron una cantidad de dinero para mis gastos personales y me preguntaron por el tipo de coche que necesitaba para cumplir con mis funciones pastorales. Yo les pedí una pequeña motocicleta y a los pocos días me entregaron una torrot sin estrenar con todas las formalidades legales cumplimentadas. En casa no tenía que preocuparme de nada porque siempre aparecía alguien que hacía la limpieza o se preocupaba de que el frigorífico estuviera repleto de deliciosos productos. Como detalle quiero recordar que era la época de la recolección de la fruta y había gente que me obsequiaba poniendo en mi frigorífico fruta directamente llevada del árbol. A la hora de comer o cenar había competencia para llevarme a sus casas y tuve que tomar una decisión al respecto. Para comprender el significado de esta decisión conviene tener en cuenta lo siguiente.

         St. Estève se había convertido en una ciudad dividida en dos zonas bastante diferenciadas. La antigua, poblada por gente sencilla de clase media y la de los chalets, donde habitaban muchos repatriados de Argelia con una posición económica relativamente alta. Eran como dos pequeños mundos que no terminaban de integrarse sin recelos, lo cual tenía repercusiones apreciables negativas en la vida cotidiana hasta el punto de que ni la iglesia era lugar de encuentro. Así las cosas, tuve la impresión de que desde el punto de vista pastoral no era un lugar fácil y algunos llegaron a pensar que hacía falta un sacerdote sociólogo que comprendiera la situación. Así las cosas, yo opté por aceptar las invitaciones a comer en casa de los parroquianos de forma alternativa con el fin de mantenerme imparcial y evitar susceptibilidades. Esto tenía además la ventaja de que me permitía oír diversas versiones del problema desde las dos orillas sin caer en la ingenuidad o el partidismo en mi forma de enfocar el trabajo pastoral. Por fin llegó el tiempo de mi partida y la reacción de la gente fue la siguiente. 

         De acuerdo con algunos comentarios, hasta entonces los sacerdotes que habían sido enviados a St. Estève no habían satisfecho las expectativas de los parroquianos y algunos preguntaron en voz alta por qué ahora, que había llegado uno que había satisfecho a todos, se marchaba dejándolos como estaban. Alguien fue más lejos y me preguntó sobre la oportunidad o conveniencia de pedir a la autoridad eclesial competente que me dejaran a mí definitivamente allí. Pero comprendieron que yo tenía que marchar y me prepararon una sorpresa. El día antes de mi partida organizaron un acto entrañable de despedida en el cual me dirigieron palabras lindas de agradecimiento por haber compartido con ellos mis vacaciones estivales. Un niño me entregó un obsequio en nombre de sus padres, que estaban alejados de la Iglesia, pero querían agradecerme los servicios prestados a todos los niños sin discriminación. Otras anécdotas y hechos que se grabaron en mi memoria y me es grato recordar son los siguientes.

         La iglesia es una joya arquitectónica románica medieval perteneciente a una abadía. Había sido muy bien restaurada en 1970 y me sorprendió la presencia de un fresco de santa Catalina de Siena y otros motivos que me llevaron a pensar en el paso por allí de los dominicos. De hecho, según me informaron, la fábrica industrial vecina estaba ubicada en el lugar del presunto convento de los dominicos. Yo no verifiqué esta información, pero los signos dominicanos en la restaurada Iglesia romana eran evidentes por más que antes hubo allí dos abadías de monjes en abierta competencia según cuenta la historia. Con la moto pude ampliar la capacidad de tiempo disponible para visitar los lugares que me interesaron del entorno. Por ejemplo, el monumento erigido a la memoria del P. Manuel Suárez, Maestro General de la Orden de Predicadores, en la carretera de Narbona, lugar donde falleció en accidente de tráfico en agosto de 1954 cuando se dirigía a España.

         La gente agradeció mucho que la Iglesia estuviera siempre abierta, especialmente la zona de niños y jóvenes con el salón de juegos. También sorprendió gratamente el que la gente pudiera acercarse a la Iglesia para recibir el sacramento de la penitencia. Un día se acercó a mí un caballero y me preguntó si sería mucho pedirme que le oyera en confesión. Por su forma de hablar tuve la impresión de que este sacramento había quedado marginado si no olvidado por completo en aquella iglesia. Se corrió la voz de que yo estaba disponible para ese servicio y todo volvió a la normalidad. La persona que más me informaba de la situación parroquial era un caballero que de comunista militante había pasado a ser catequista. Era una historia personal singular con una situación familiar también muy especial. Este fue quien sugirió la idea de pedir a las autoridades eclesiales competentes que me destinaran a aquella parroquia. Todo comenzó a raíz de una homilía mía en la que hice algunas aclaraciones sobre el problema del mal desde la óptica cristiana. Al final de la celebración eucarística se acercó a mí para decirme que, por primera vez en su vida, le parecía haber entendido algo satisfactorio sobre un problema tan serio. Con esta confesión me abrió una pista para hacer las homilías con acierto como diré después. 

         Otra sorpresa muy agradable fue la siguiente. Con motivo de la fiesta de la Asunción el 15 de agosto, se acercaron unos caballeros para preguntarme si sería posible tener una para-liturgia vespertina con exposición del Santísimo en honor de la Madre de Jesús. Les respondí que me dieran ideas y yo me encargaría de ponerlas en práctica. Ellos buscaron organista, hicieron el programa de la celebración y yo me limité a presidir el acto que resultó brillante y entrañable. En el programa que habían preparado figuraba un listado de peticiones a Dios en las que se podía apreciar la grandeza humana de quienes las habían redactado y sus nobles sentimientos cristianos de caridad. Entre esas preces había una en la que expresaban públicamente su agradecimiento a Dios por tenerme a mí entre ellos. Obviamente no pude evitar la reacción contenida de sorpresa y emoción interior y tomé nota para aprender la lección que me habían dado.

         En las conversaciones con la gente y en los medios de comunicación los escándalos juveniles en la zona, sobre todo los fines de semana, eran motivo frecuente de comentarios. Las copas y la fuerza pasional juvenil fuera del control de la razón conducen siempre a los mismos resultados en todas las partes del mundo y no iba a ser allí una excepción. Pero un día a media mañana llegó a la puerta de la Iglesia un tipo muy extraño en una moto imponente y cara de pocos amigos. Observé cautelosamente sus gestos y movimientos sin enfrentarme a él, pero salió de la Iglesia y desapareció en la moto como alma que lleva el diablo sin entrar en conflicto con nadie. Quienes se habían apercibido de su llegada y desaparición no disimularon después su estado de preocupación. ¿Volvería de nuevo para llevar a cabo algún objetivo inconfesable después de haber explorado el terreno? Era una hipótesis no despreciable pero afortunadamente no se verificó.

         Otro día a media mañana llegó a la puerta de la Iglesia un coche negro muy antiguo tipo furgón que hacía pensar en los primeros tiempos de la funeraria mecanizada. El conductor se dirigió a mí saludándome muy educadamente y con profundo respeto. ¡Oh, Mr. l´Abbé!, me dijo, he visto que tiene Usted un harmonium en la Iglesia. ¿Sería posible que ensayáramos juntos algunas piezas con violín y órgano? A los pocos minutos había sacado del coche las partituras y los atriles como quien se dispone a celebrar un ensayo descomunal. El músico estaba visiblemente emocionado ante la posibilidad de realizar su sueño conmigo. Yo comprendí que aquel buen hombre era un solitario que necesitaba compañía y, olvidándome de mis casi nulas dotes de organista, me presté al juego. Empezábamos y a cada poco tiempo parábamos y volvíamos al principio de la partitura tratando de no tropezar en la misma piedra. Pero ¿quién era el culpable de las repeticiones? Por supuesto que el que más se equivocaba era yo. En su opinión, por el contrario, el cuerpo del delito era siempre él. Mr. l´Abbé, repetía descorazonado, ya me equivoqué otra vez, soy una bestia. ¡Lástima que nuestros ensayos no quedaran grabados para divertimiento y holganza de la humanidad! Al final de la jornada con frecuencia salíamos a la calle con sillas para tomar el fresco y conversar. Aquellas tertulias de vecinos al anochecer en la calle eran verdaderos foros de humanidad y civismo. Yo me sentaba entre estas buenas gentes a oír sus comentarios sobre los problemas de la vida al aire libre sin ningún tipo de censura. Aparte los asuntos que eran objeto de discusión, era particularmente llamativo el hecho de que todos se entendían sin pobreza de expresión de aquellas buenas gentes. Mal está que se nos obligue por razones políticas a hablar un idioma u otro, pero el no poder hablar ningún idioma empobrece también seriamente nuestra capacidad de comunicación.

        

              11. Encuentro en Inglaterra con el cristianismo protestante y la bioética

        

         Por fin crucé el Canal de la Mancha y puse pié en el Reino Unido. Londres era otro de los focos mundiales más atractivos de la época y tenía yo particular interés en conocer directamente el corazón del mundo anglosajón. Llegué a Londres por primera vez en el verano de 1968 donde me recibió mi hermano Pelegrín en la parroquia de St. George, sita en Shernhall st. Walthamstow. Tras una breve estancia en aquella comunidad parroquial dirigida por el canónigo Manin, me trasladaron a Rayleigh, Essex, para que me iniciara en la pastoral británica con la ayuda de Comrad Smith el cual había hecho su carrera de teología en España en el seminario irlandés de Valladolid. Yo había cambiado ahora de tercio dejando entre paréntesis las experiencias llevadas a cabo en la Europa continental y mediterránea. Mi residencia en Rayleigh sólo duró un verano. Posteriormente y de forma interrumpida mi cuartel de experiencias pastorales en el Reino Unido lo fijé en Stanford – Le – Hope y Romford, siempre en la diócesis de Brentwood y la circunscripción de Essex.

         En Stanford-Le-Hope tuve la suerte de ser recibido por el párroco John Taylor el cual reunía todas las cualidades de un gran sacerdote y caballero. Nuestra amistad se consolidó para toda la vida. Nos encontramos después en Romford y visitamos juntos Granada y Sevilla. En la lista de mis amistades figura entre mis mejores amigos y maestros en el ministerio pastoral. La feliz memoria histórica de mi paso por el Reino Unido en el marco de la década de los años 70 y 80 del siglo pasado puede resumirse en torno a los tres eventos siguientes: conocimiento directo del cristianismo protestante, maduración de mi forma de explicar el Evangelio en las celebraciones eucarísticas y la irrupción de la Bioética.

         Uno de mis objetivos favoritos en mis correrías consistía en visitar las iglesias protestantes cuando se celebraban actos de culto. Me gustaba mezclarme con la gente como uno más, pero resultaba muy difícil disimular mi presencia sin suscitar la curiosidad del público. Me apetecía hacerme presente, pero sin perder la libertad del anonimato y de la conversación libre, lo que no siempre era posible. Me agradaba oír los cantos litúrgicos, pero no la candidez de la gente de buena fe y los prejuicios de los líderes religiosos. Visitando la catedral de S. Pablo en Londres o la de Canterbury no podía evitar la tristeza que me producía el solo recuerdo de la insensatez y el desamor que dieron lugar al comportamiento incivilizado de nuestros antepasados en la fe hasta el punto de no respetar ni siquiera el patrimonio artístico cristiano de aquellos emblemáticos lugares. 

         Me acercaba a una iglesia de la High Church y leía esta información: aquí se celebra la Misa y se adora y recibe de rodillas a Cristo presente en la Eucaristía. Me acercaba a otra de la Low Church y decía que se celebraba la Misa, pero se advertía de la no presencia de Cristo en la Eucaristía para evitar gestos de adoración. En una ocasión fui invitado a la toma de posesión de un párroco anglicano de la High Church. Terminada la ceremonia litúrgica un cura castizo y ensotanado desde el cuello a los pies se acercó a mí con una mujer del brazo. Yo iba bien encorbatado y sin ningún distintivo eclesiástico. Gracias por su visita, me dijo. Tengo el gusto de presentarle a mi esposa. Me miró con simpatía y con su esposa por testigo comentó: ¡quién diría que yo y tú somos sacerdotes! ¿Qué dirían nuestros antepasados si nos vieran aquí juntos como buenos hermanos en esta celebración? Nos miramos cariñosamente y nos despedimos flexionando sobre el significado de nuestro feliz encuentro. De esta forma pienso que los dos desautorizamos moralmente a todos aquellos que sancionaron en el pasado la escandalosa división actual de los cristianos.

         Pero en la casa parroquial de John Taylor había lugar para todos. Allí se celebraban reuniones de pastores protestantes y párrocos católicos para discutir sobre asuntos de común interés. El primer día me sorprendió la presencia de un simpático uniformado militar de color azul. Pregunté si aquel personaje estaba allí por razones de seguridad y me informaron con mucho humor que era el pastor protestante de la Salvation Army. Obviamente un día visité su asamblea en la que tuve la oportunidad de admirar el simplismo y buena fe de sus feligreses, así como su pésimo gusto musical. Cuando me encontraba por la calle me saludaba muy cariñoso. Un día le pregunté a John Taylor cómo había transcurrido el último encuentro ecuménico y me dijo que los deberes familiares de los pastores protestantes no les permitían comprometerse a fondo en los asuntos eclesiales. Por otra parte, los había que ya tenían bastante con ocuparse de su mujer y de sus hijos. En conclusión, vino a decirme que los pastores protestantes de su entorno eran unos buenos padres de familia y eclesialmente poco más se podía esperar de ellos. Muchos de los católicos procedían de la iglesia anglicana. Las conversiones de la Iglesia Anglicana a la Iglesia Católica formaban parte de la vida normal de una parroquia. Había un ritual muy simple y fraterno para estas eventualidades, lo cual me hacía pensar en el rigorismo practicado en otros tiempos con los conversos. Leyendo la historia de algunas conversiones en la edad media, por ejemplo, uno llega a la conclusión de que al pagano o al hereje le tenía más cuenta seguir viviendo libre fuera de la Iglesia que volver a ella convertido. El ritual de recibimiento de los conversos en la Iglesia me pareció serio y ejemplar en clave de respeto y amor y no de sentimientos justicieros con los débiles en la fe. En las conversaciones era frecuente oír historias interesantes relacionadas con el proceso de conversión.

         Uno de los conversos más ilustres que tuve la suerte de conocer fue Mr. Pipa, funcionario diplomático del Foreing Ofice británico. Era el secretario del Consejo Parroquial de Romford y encargado de la asistencia espiritual a los enfermos y necesitados de la parroquia. Los fines de semana los dedicaba a tiempo completo a los servicios litúrgicos en la Iglesia. Un día le di las gracias al final de las celebraciones litúrgicas por su impagable ayuda. Me respondió que para él era un honor y una felicidad hacer aquellos servicios y que esperaba la jubilación laboral en el Ministerio de Asuntos Exteriores para poderse dedicar por completo al servicio de la Iglesia con todas sus fuerzas. Este gran hombre, convertido de la Iglesia anglicana, era políglota, tradujo al inglés un texto mío sobre el diálogo cristiano-marxista de Budapest y fue el traductor oficial de la reina Isabel II en su histórico viaje de Estado a España en octubre de 1988. La casa parroquial de John Taylor era un lugar de encuentro ecuménico y también de sacerdotes jóvenes extranjeros que deseaban perfeccionarse en el inglés. Personalmente era muy austero en su forma de vivir y generoso a más no poder con los demás. Pocas veces faltaban huéspedes o invitados a su mesa.

         Se practicaba la sabia costumbre del día off semanal y siempre que podíamos hacer un arreglo me llevaba consigo ese día para visitar a sacerdotes ancianos o enfermos, amigos y familiares. Cuando vivía su madre era ella la que nos visitaba y agasajaba amorosamente. Después de fallecer su madre visitábamos a su única hermana en Chamford la cual se desvivía con nosotros. En relación conmigo su hermana estuvo preocupada durante algún tiempo a causa de la forma de cocinar de la señora que se ocupaba de ese servicio en la casa parroquial. ¿Tenía en cuenta que yo estaba habituado a dietas diferentes? Hasta que un día su hermano le dijo con humor británico por teléfono que yo no tenía problemas con las comidas, como se demostraba por el hecho de que mi plato quedaba tan limpio que se podía comer de nuevo en él sin pasarlo por el lavaplatos.

         Cuando al término de la jornada nos quedábamos solos en casa lo habitual era oír juntos el último telediario y cambiar impresiones sobre algún acontecimiento o asunto importante antes de retirarnos a descansar. Pero un día ocurrió algo extraño. Los dos quedamos atentos a una noticia que nos llamó particularmente la atención. Se trataba de un aviso de alarma general en relación con un producto alimenticio marítimo adulterado, procedente de Canadá, y cuya ingesta estaba causando serios problemas en los consumidores. Sin decirme nada, John desapareció y pronto me percaté de que estaba hablando por teléfono. Yo seguí el curso de las noticias y cuando él terminó la conversación telefónica volvió cerca de mí. Apagamos el televisor y nos pusimos a hablar animadamente. Era ya media noche cuando decidimos retirarnos a descansar. A mí me había sorprendido aquella locuacidad nocturna de John, pero no lo di mayor importancia.

         Al día siguiente muy temprano me salió al paso para preguntarme inmediatamente cómo había pasado la noche y me explicó todo. ¿Te acuerdas de la alarmante noticia de anoche? Y me mostró la pequeña lata de pescado vacía que yo había consumido ante el televisor antes de oír la terrible noticia. Él se había percatado de la coincidencia y fue a comunicarlo por teléfono al Centro de Salud. Le respondieron que me siguiera de cerca y que tan pronto observara en mí el más mínimo síntoma de malestar me condujera inmediatamente a urgencias. Entonces comprendí yo por qué aquella tarde nuestra conversación se había prolongado tanto antes de retirarnos a descansar. Yo no debí pasar una noche mejor ni peor que ninguna otra, pero no me atreví a preguntarle cómo la había pasado él. Nos miramos, nos sonreímos y no se habló más del asunto. Mis relaciones con los coadjutores de John Taylor fueron excelentes. En Stanford-Le-Hope coincidí con el joven Neil Toser. Era un joven sacerdote todavía inexperto en el trabajo pastoral pero una gran persona. Con él realicé viajes interesantes a Oxford, Cambridge y Canterbury. Un día le invité a comer en el convento dominicano de Londres. Históricamente cabe destacar lo siguiente. Con la reforma protestante la Iglesia Católica perdió casi todas las iglesias importantes con excepción de la iglesia de los dominicos de Londres. Renovada en el siglo XIX, es una de las iglesias monumentales más grandes conservadas por la Iglesia Católica en el Reino Unido. Esta sede de los Dominicos ingleses llegó a ser tan popular que para que llegara la correspondencia bastaba escribir: St Dominic, London. Pues bien, yo tenía mucho interés en visitar aquella comunidad dominicana acompañado por Neil Toser, el cual no había estado nunca en una casa de dominicos.

         La primera sorpresa fue el recibimiento. Aquel día coincidió que hacía sol y nos recibió un fraile que estaba descamisado en el jardín interior aprovechando aquellos rayos de oro solar. Luego fuimos al refectorio y nos explicaron cómo funcionaba la cocina. Allí cada cual preparaba su menú y vive Dios que mi invitado no salía de su asombro. Cuando terminamos la visita Neil me invitó a comer como Dios manda en un pequeño y agradable restaurante. En relación con Neil Toser me parece oportuno recordar también lo siguiente. Había en la parroquia una joven pareja cuyo marido cayó gravemente enfermo. Cuando íbamos a visitarle en el hospital observé con admiración la ayuda moral que representaba Neil Toser para ellos así como la entrega amorosa de la joven muchacha a su marido enfermo. Después supe que aquella joven esposa estaba dispuesta a abandonar a su marido para entregarse sentimentalmente a Neil. No sé en qué quedó aquella historia. Un día me llevó a casa de sus padres y observé que había algo de tensión entre padres e hijo. ¿Por qué? Yo tomé nota una vez más de lo nefasto que es el fenómeno del enamoramiento cuando los sentimientos, incluidos los más nobles, no pasan por el filtro de la razón. El enamoramiento ciego corrompe las mejores amistades, destruye los matrimonios más sólidos y pervierte el ministerio sacerdotal de los más santos. Con el agravante de que con los enamorados es inútil razonar.

         En Romford conocí a otro coadjutor de John Taylor llamado también John. Era un hombre de una bondad humana y calidad sacerdotal muy notables, pero no gozaba de buena salud. De hecho, falleció muy pronto. Un día me hizo una consulta personal relacionada con escrúpulos de conciencia. Al final de mi respuesta me dijo que eso que yo le había dicho era lo que dicta el sentido común y el espíritu de las normas eclesiásticas. Pero sus formadores le habían inculcado sin piedad el cumplimiento material de las leyes y emocionalmente le resultaba muy difícil liberarse de absurdos sentimientos de culpabilidad moral. Malo es el enamoramiento patológico, pero no es mejor la escrupulosidad religiosa. Los enamorados y los escrupulosos sufren mucho ellos y hacen sufrir a los demás porque, como he explicado en diversas ocasiones en mis escritos, en ambos casos resulta muy difícil usar bien la razón.

         En julio de 1981 tuvo lugar en la Catedral de S. Pablo de Londres la solemne ceremonia nupcial de Diana Spencer (Popularmente conocida como Lady Di) con el príncipe Carlos. La ceremonia fue transmitida en directo por televisión y seguida por muchos millones de telespectadores en todo el mundo. Tuvo dos hijos y colaboró con varias organizaciones benéficas dedicadas a la lucha contra el sida y contra las minas antipersonales en Angola. Su elegancia y su carisma motivaron que fuera objetivo permanente de fotógrafos sin piedad y de las revistas del corazón. Acoso del que se quejó en reiteradas ocasiones y del que probablemente fue víctima en 1997 muriendo en un accidente de tráfico de extrañas características nunca aclaradas. Su matrimonio debió ser un infierno.

         Yo me encontraba en Inglaterra cuando este desgraciado matrimonio tuvo lugar y fue para mí objeto de reflexión. Aquello fue un montaje político de alto voltaje. Según algunos críticos la colosal inversión de dinero que se hizo en la propaganda de esta ceremonia no estaba justificada. Otros dijeron que el Reino Unido ganaba dinero y prestigio en el mundo con la inversión que se había hecho en dicha celebración. Pero a mí lo que me hacía pensar era el proceso de mitificación masiva que se había llevado a cabo de un matrimonio que podía fracasar al día siguiente.  A lo largo de los años he podido constatar cómo la gente realista celebra los grandes acontecimientos de su vida (matrimonio, ordenación sacerdotal, promoción profesional, etc. etc.) con discreción y sin exhibicionismos sociales mientras que los simples y poco realistas se montan ceremonias costosísimas y esplendorosas en acontecimientos personales condenados a terminar en desilusión y fracaso. Se cumple aquello de que “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. La exhibición de dinero y de felicidad suelen ser la prueba más evidente de crisis económica y carencia de felicidad.

         En Oxford y Cambridge mi mente se transportaba a la edad media y actualizaba el origen de las universidades europeas. Pero mi gozo mayor consistió en visitar las emblemáticas casas de los dominicos. Los lugares tradicionales más emblemáticos de un convento dominicano son la iglesia y la biblioteca. Actualmente hay que añadir la instalación del sistema de conexión a la Red de Internet. En la biblioteca de Oxford tuve una sorpresa desagradable. Curioseando un libro encontré de registro en una página la esquela de defunción de un joven teólogo dominico inglés que yo había conocido en Valencia años atrás y al que recordaba con mucha simpatía. No sabía yo que hubiera fallecido aquel buen hombre y reflexioné profundamente sobre la grandeza de la vida y lo efímero de la existencia humana. Por la calle me había sorprendido también la cantidad de gente que circulaba de reducida estatura y otras anomalías físicas. Me explicaron que eran las víctimas de la talidomida que habían ingerido sus madres durante los respectivos embarazos. En otro orden de cosas he de confesar también que fue en un restaurante de Oxford donde disfruté de una deliciosa paella valenciana preparada por un cocinero chino. Lo cual me hace recordar igualmente el fabuloso cocido madrileño que me habían servido en Río de Janeiro años antes. Dejando a un lado las correrías y peripecias por el Reino Unido quisiera añadir algunas observaciones más. Por ejemplo, sobre la preparación de la homilía dominical y mis investigaciones en el campo de la bioética.

         La homilía es ese discurso que hace el cura después de la lectura del Evangelio y que muchas veces los fieles desean que termine lo antes posible. ¿Por qué? Esta es la cuestión. Entre los defectos que la gente suele encontrar en la homilía dominical cabe destacar los siguientes:

         Que es muy larga. En efecto, hay predicadores sobre los cuales se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo van a terminar. Con sólo oírles las primeras palabras la asamblea se pone ya a temblar. Cualquier asamblea dominical está dispuesta a escuchar con atención e interés a un predicador, por malo que sea, durante cinco minutos. Más allá de los cuales, aunque que hable como Demóstenes, la gente empieza a moverse automáticamente sobre los asientos y a mirar para las paredes.

         Que no se entiende lo que dice el cura. A veces la gente no entiende lo que dice el predicador simplemente porque no dice más que palabras sin un mensaje definido para ser comunicado al público. Es el típico predicador que domina bien el lenguaje y se permite el lujo de improvisar y hablar de todo sin orden ni concierto. El lenguaje habitualmente utilizado en las homilías suele ser desfasado y poco o nada comprensible para la gente, comparable al de los médicos en las recetas que a duras penas lo entienden los farmacéuticos. Además de usar un lenguaje desfasado, hay predicadores que son como discos rayados. Escuchándolos se tiene la impresión de que se aprendieron un sermón y lo repiten de memoria como papagallos ante cualquier público que tengan delante. Sea por desfase de lenguaje, falta de preparación de la homilía, olvido de la condición del público o por hablar aceleradamente, la mayor parte de la asamblea se queda a la luna de Valencia marchándose a casa sin sacar ningún provecho de la homilía.

         Tono negativo, broncas a los presentes y alusiones a los ausentes. Se olvidan por completo de explicar amablemente el contenido del Evangelio en clave positiva de salvación ocupándose sólo del trabajo de mandar pecadores al infierno. Se olvidan igualmente de tratar bien a los presentes dejando en paz a los ausentes. Lo peor es cuando el predicador habla con guantes de armiño, saca la cabritera de la ironía y con lenguaje ponderado empieza diciendo que no quisiera herir la sensibilidad de nadie, pero hay quienes… Y se despacha después repartiendo leña a diestra y siniestra, contra presentes y ausentes, la juventud de hoy día, el cine y la televisión. ¿Resultado? La gente se marcha del templo malhumorada e indignada.

         Voz desnaturalizada. Los hay que tienen una voz poco agraciada y nadie tiene la culpa de ello. Pero ¿por qué no hablan con naturalidad sin falsearla adoptando tonos ficticios de ultratumba? Otros tienen una voz estupenda, pero hablan con autocomplacencia escuchándose a sí mismos lo cual desdice mucho de los predicadores dominicales. En el mejor de los casos se trata de un mimetismo pueril y desagradable. ¿Y qué decir de esos otros que se ponen místicos a punto de lagrimear agua bendita repitiendo piadosísimos y exasperantes argumentos?

         Teatralización indebida y exhibicionismo. Algunos predicadores parecen comediantes que tratan de impactar al público como publicistas o vendedores de ideologías de las que ni ellos mismos parecen estar convencidos. En Inglaterra llegué a la conclusión de que el predicador dominical tiene que estar convencido de lo que dice, hacer el discurso breve y usar un lenguaje sencillo y asequible por la audiencia. Además, el predicador debe hablar con orden y cariño al público transmitiendo afecto y no sólo ideas o conceptos bien elaborados. Cuando la gente dice que un predicador “no llega” lo que quiere decir es que no está convencido de lo que dice o que sólo comunica conceptos sin afecto. Pero todo esto requiere mucha preparación y la brevedad es la regla de oro confirmada por la psicología de la comunicación. Está demostrado que aún las cosas más gratas, cuando se prolongan demasiado, terminan produciendo hastío. Uno puede escuchar con placer durante algún tiempo, o de cuando en cuando, la novena sinfonía. Pero a fuerza de escucharla, puede llegar el momento en que a uno le apetezca más escuchar un cencerro, aunque sólo sea para variar. La predicación de la homilía no es una excepción. Pero ¿cómo prepararla?  Hasta mi llegada a Inglaterra yo había predicado con mucho entusiasmo y buena intención, pero no estaba seguro de haber encontrado la clave práctica de la predicación dominical. Estaba convencido de la necesidad de una buena formación bíblica y teológica y de que el predicador es una persona que habla y no un disco grabado que reproduce fielmente algo prestado para salir del paso. También tenía ya claro que el buen predicador de la homilía dominical debe evitar el repelente estilo del sermón y la frialdad conceptual de la lección académica. Por otra parte, me encontraba en un contexto anglosajón y debía hablar en inglés lo cual no me permitía licencias literarias. Esta circunstancia y el respeto debido al público me exigían un esfuerzo permanente para llegar al Domingo y hacer una predicación lo más aceptable posible.

         En Stand-Ford-Le-Hope se me ocurrió un día empezar la homilía pidiendo disculpas a la asamblea por los eventuales errores de expresión que pudiera cometer. Terminada la celebración me rogaron cariñosamente que no pidiera disculpas de nada ya que eran ellos los que necesitaban de mí y no yo de ellos. Tomando una cerveza en Romford pregunté con humor si los que escuchaban mi homilía los domingos entendían algo de lo que yo decía. La respuesta fue sorprendente porque me recordaron con toda precisión y exactitud los puntos centrales que yo había desarrollado en mis homilías. Esto fue para mí una feliz revelación porque significaba que el método de preparación de la homilía dominical que estaba siguiendo era el adecuado. Clarísimo: una sola idea, brevedad rigurosa y uso de palabras fáciles de entender por la audiencia. La idea a desarrollar debe ser aquella de los textos litúrgicos leídos que resulte más difícil de comprender para los oyentes sin sobrepasar los cinco minutos de exposición. Y lenguaje inteligible, a saber, el más cercano al que se usa en los medios de comunicación social dotándole de contenido teológico con respeto y afecto al público sin caer en la vulgaridad o tópicos manidos. Con el tiempo y la experiencia fui perfeccionando estos criterios obteniendo resultados pastorales cada vez más positivos y personalmente gratificantes y fue en Inglaterra donde yo aprendí esta primera lección.

         Así como en Rumania descubrí directamente la realidad de la Iglesia Ortodoxa y sus problemas, en Inglaterra descubrí las confesiones cristianas protestantes. Llegué a la conclusión de que, como había denunciado el filósofo Kierkegaard, el protestantismo degradó aspectos fundamentales del cristianismo. Con la ruptura protestante no mejoró la situación anterior de la Iglesia, sino que en muchos aspectos empeoró. Me llamó la atención particularmente la situación del anglicanismo. ¿Cómo es posible que la Iglesia Anglicana del Reino Unido siga aceptando en nuestros días, aunque sea de forma civilizada, la situación creada por Enrique VIII? La propia Iglesia anglicana está dividida en asuntos que rozan aspectos esenciales del cristianismo y cada vez se van introduciendo formas de conducta incompatibles con la moral cristiana más genuina. Me parecía grotesco y aberrante que el rey o la reina de Inglaterra fuera al mismo tiempo, al menos legalmente, la Cabeza institucional de la Iglesia. Pero eso no es todo. Ahora los líderes religiosos anglicanos se reclutan incluso entre los homosexuales. La historia, en efecto, sigue dando la razón a Kierkegaard. Por otra parte, analizando con rigor la vida personal de Lutero se llega fácilmente a la conclusión de que fue una persona psicológicamente desequilibrada. De ahí que, como los locos y atormentados, dijera lo mismo verdades críticas dignas de respeto que barbaridades y contradicciones. Y lo que es peor. Si es verdad lo que cuenta la historia, el promotor principal de la reforma protestante murió odiando. ¿Hay algo más contrario a lo que Cristo espera de sus seguidores? ¿Por qué, pues, el liderazgo reconocido a Lutero y sus admiradores? Muchas eran las preguntas que me hacía yo entonces, para las que no encontraba respuestas satisfactorias. De lo que no me cabía duda era que, lo mismo que ocurrió en Oriente, el fanatismo político-religioso ha sido decisivo en la formación de esta herida en la unidad del cristianismo. Pero vengamos a la bioética.

         La noche del 25 de julio de 1978, a las 23:47 horas, tuvo lugar un acontecimiento histórico singular. Me refiero al nacimiento por cesárea de Louise Brown, el primer ser humano de la historia fecundado científicamente en una probeta y transferido al seno materno de la señora Lesley Brown. El feliz evento tuvo lugar en el Hospital General de Oldham en Lancashire, Gran Bretaña. Desde hacía nueve años sus padres Lesley y John intentaban tener un hijo sin éxito debido a que las trompas de Falopio de Lesley estaban obstruidas. Louise Brown no supo cómo había sido concebida hasta la edad de 4 años cuando sus padres le mostraron el video de su nacimiento. Los niños de la escuela la hacían preguntas crueles del tipo: "¿Cómo aguantaste en la probeta?” y otras por el estilo. Louise se casó con Mullinder, un guardia de seguridad, en 2004 y tuvo a su hijo Cameron a finales del 2006. Yo me encontraba en Inglaterra por aquellas fechas y seguí de cerca el impacto mediático de la insólita noticia.

         En realidad, esta noticia no me pilló de sorpresa puesto que pocos años antes había yo pronosticado su proximidad en un artículo publicado con el título “La fabricación de niños en tubos de ensayo”. Los pronósticos se habían cumplido y me apresuré a buscar todo tipo de información al respecto. En 1984 se publicó el pionero “Warnock Report” y lo estudié con rigor crítico. En aquellos momentos yo era consciente de que se había abierto una nueva era de la humanidad mediante el control del genoma humano y la reproducción humana de laboratorio desafiando científicamente a la naturaleza sexuada y al amor. En consecuencia, me entregué sin descanso al estudio de los problemas de la nueva ciencia de la vida llamada BIOÉTICA. Estos estudios culminaron en el 2010 con la publicación de la obra Bioética y Biotanasia.

         Sería largo hablar de mis meditaciones y experiencias durante mis viajes al Reino Unido donde tuve la suerte de tener como maestro y protector a John Taylor. Su recuerdo es para mí un placer y un motivo de constante gratitud. Año tras año se adelanta a desearnos a mí, a mi hermano Pelegrín y a los frailes de mi comunidad lo mejor que le dicta el corazón con motivo de la Navidad. Cuando cumplió los 70 años me confesó que la cuesta de su vida comenzaba a ser escarpada. Luego me notificó la muerte de su hermana que tan amorosamente nos agasajaba en su casa. Vino a visitarme tres veces a España. La primera vez le acompañé a visitar Granada y Sevilla. Él era mi invitado en España como yo era invitado suyo en Inglaterra. Pero una vez más me demostró su capacidad de generosidad. Al despedirnos me entregó un monedero típico como recuerdo de nuestra visita a Sevilla.

         La sorpresa fue cuando al curiosear sobre la originalidad estética del mismo, en uno de sus compartimentos había algo escondido. Hizo cálculo de los gastos que habíamos realizado y quiso pagarlos todos él. En otra ocasión trajo consigo a la única sobrina que tenía de tierna edad. Fue como un sueño para ella viajar a Madrid con su tío y vivir durante una semana en mi convento. Era un invierno soleado pero frío y la niña al ver el sol radiante cayó en la trampa del atuendo y se resfrió seriamente. Afortunadamente atajamos el mal a tiempo. Un día mi prima Rosario nos invitó a merendar a su casa. Preparó una generosa mesa de agasajo como ella acostumbra a hacer, pero la niña se negó en redondo a tomar jamón de alta calidad y otros productos fuera de uso en Inglaterra. Se me había olvidado prevenir a mi prima para que tuviera en cuenta las costumbres británicas y evitara hacer una demostración a lo grande de productos típicos españoles. Aprendida la lección, cuando fuimos invitados a casa de la prima María José no hubo sorpresas. Ella había preparado una mesa al estilo británico y la niña participó normalmente en la celebración. La última vez que John vino a España le acompañaba una señora de su parroquia la cual tenía curiosidad por conocer la zona donde presuntamente habría muerto un familiar suyo en apoyo a los “maquis” de la posguerra civil española de 1936.

 

         12. A caballo entre los Cárpatos, los Urales y el Atlántico

 

              a) De Bulgaria a la Unión Soviética

             

              Como queda dicho, en septiembre de 1973 asistí al XV Congreso Mundial de Filosofía celebrado en Varna, Bulgaria. Llegué a Sofía desde París en un avión de la Balcan en condiciones higiénicas deplorables. Si no recuerdo mal, antes del despegue había moscas dentro de la nave y tuve la impresión de que no se había hecho la limpieza de rigor antes de emprender el nuevo viaje. Durante el vuelo mantuve una discusión con un par de españoles que viajaban con el mismo fin que yo y me llamó la atención el hecho de que no figurara en el programa ninguno de los teóricos marxistas españoles más destacados del momento. ¿Por qué no hacían acto de presencia y se informaban sobre el terreno de cómo funcionan las cosas en los países comunistas? ¿Temían tener que retractar ideas y actitudes absurdas sobre el comunismo?  Al llegar a Sofía me percaté de que no había hecho la provisión necesaria de material fotográfico y me apresuré a reparar el entuerto. Era una oportunidad de oro para hacer un reportaje fotográfico interesante y no podía perderla. Para adquirir los films que yo necesitaba tuve que ir al único lugar donde los había y firmar un formulario de condiciones de adquisición y uso. Entre los protocolos figuraba una cláusula en la que se advertía de la obligación de revelar los films antes de salir del país. Obviamente era una forma de asegurar el control total de las actividades fotográficas. En cualquier caso, para mí lo importante era adquirir los films y ya dije más arriba lo que desgraciadamente ocurrió después con ellos.

                              Entre las numerosas anécdotas ocurridas durante la celebración del Congreso cabe recordar las dos siguientes. En el restaurante del hotel había un “autoservicio” en el cual se encontraba el “menú comunista” vigilado de suerte que nadie se permitiera hacer excesos. La comida era escasa y racionada. Cierto día un congresista francés protagonizó una escena singular a la hora de comer. No satisfecho con el menú prescrito para todos quiso servirse de algún producto no previsto para él. Uno de los vigilantes trató de impedirlo y el señor protestó hasta que consiguió su propósito después de un intercambio de palabras que yo temí pudiera causarle algún disgusto serio. Lo más admirable del caso fue que, una vez que logró su egoísta propósito en el estilo capitalista más desvergonzado, y sentado ya a la mesa, comenzó a hacer una apología del comunismo búlgaro como si todos sus defectos estuvieran justificados por las circunstancias. Por la forma de hablar saqué la conclusión de que el ineducado personaje en cuestión era un comunista o filo-comunista pero que vivía en Francia haciendo de su capa un sayo sin haber sufrido nunca la desgracia de vivir bajo una dictadura comunista.

                              Un día fui a la playa, que por aquella época otoñal era un paraíso de tranquilidad y climatología muy agradable. En un momento dado me dispuse a tomar una fotografía a un señor ataviado con un precioso traje folklórico y que paseaba a los niños de los turistas cabalgando sobre un pintoresco burrito enano. Al percatarse de que apuntaba hacia él con la cámara me hizo un gesto terrible de desaprobación. Me abstuve de disparar la cámara fotográfica y le pedí disculpas, pero no le convencieron del todo. La cosa no fue a más, pero por un momento temí ser detenido y puesto a disposición de la justicia comunista. Por lo demás, de la señora francesa, que al pasar los controles en el aeropuerto de Sofía estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios, no supe más de ella.

                              Por otra parte, después de tantas entradas y salidas al hotel, el personal de servicio me miraba cada vez con más simpatía. Tal vez porque, a pesar de las normas existentes sobre el trato con extranjeros, yo no me privaba nunca de saludar amablemente al personal de recepción de turno y de intercambiar algún comentario de buen humor, aunque sólo fuera durante un minuto. Así las cosas, llegó el momento de la despedida y tuve la impresión de que el afecto mutuo y la simpatía entre nosotros habían burlado los controles represivos del régimen comunista.

              Terminó el Congreso y en el aeropuerto volví a encontrarme con la delegación soviética rumbo a Moscú. Uno de aquellos venerables comunistas que conversaron conmigo en Varna se alegró al verme de nuevo y me pidió una información. ¿Dónde había que poner la maleta para que llegara con seguridad a Moscú? Le indiqué donde había que hacerlo, pero no fue posible conversar con él. Yo también iba a Moscú y por razones obvias me hubiera gustado encontrarme con él allí. Pero era inútil tratar de violar las normas comunistas sobre el trato con extranjeros.

              En el avión me tocó viajar con un caballero al lado con cara de pocos amigos. Intenté entrar en conversación con él, pero comprendí que era mejor desistir del intento. Cuando ya estábamos llegando a Moscú se dirigió a mí y me preguntó si hablaba yo español. Me dijo que era periodista. En aquellos tiempos todos los funcionarios y trabajadores eran agentes comunistas y espías que trabajaban por la causa del Partido comunista. ¿Era este “periodista” mudo que hablaba español el agente encargado de seguir mis pasos hasta la llegada a Moscú? No lo sé, pero tampoco sería descabellado pensarlo.

             

              b) Con los pies en Moscú

 

              La llegada al aeropuerto de Moscú al caer de la tarde en 1973 era cualquier cosa menos un acontecimiento agradable a no ser que uno se lo tomara como una aventura de investigación, como era mi caso. Bajamos del avión y llegamos al puesto de control policial. El policía de oficio tomó mi documentación, que era abundante, y sin ninguna prisa examinó documento por documento. Luego me hizo las preguntas que consideró oportunas para confirmar yo de palabra lo que estaba escrito en el documento. Por ejemplo, ¿cómo se llama Ud? A lo cual respondí con humor irónico: Me llamo Nikita, pero no Kruchev. Mi respuesta fue arriesgada, pero tuve suerte. El funcionario levantó la cabeza al tiempo que desplazaba la gorra de uniforme y trató de dibujar una sonrisa de aceptación. Entonces respiré tranquilo porque había entendido y aceptado mi sentido del humor. Entendió que yo había jugado con mi homónimo en ruso evocando la memoria de Nikita Kruchev, el tirano comunista de turno que había precedido a Leonidas Breznev. Al otro lado del control policial había un personaje que me acompañó hasta un coche con el que una tercera persona me esperaba para llevarme a Moscú, o sabe Dios a dónde. Era impresionante atravesar los robledales aquella tarde otoñal moscovita al tiempo que se echaba la noche encima camino de Moscú. ¿Dónde me iban a depositar? Por fin llegamos al monstruoso hotel Rosiya de la plaza roja donde el régimen soviético concentraba a los extranjeros para tenerlos bien controlados. Desde mi habitación tenía una vista muy buena que daba a la plaza roja y al Kremlin y alguna vez caí en la tentación de enfocar la cámara fotográfica desde la ventana. Yo sabía que todos mis movimientos estaban controlados y había que extremar la prudencia. El hotel Rosiya desapareció con la caída del régimen comunista.

 

              c) Para visitar los dominios soviéticos

 

              Para visitar los dominios de la antigua Unión Soviética comunista había que viajar en grupo de acuerdo con las reglas del Inturist. ¿Qué hacía yo allí solo sin vinculación a ningún grupo turístico? ¿Cómo moverme sin ser detenido por espionaje? Nunca he encontrado una explicación satisfactoria a este hecho insólito. Pero aquella misma noche empecé a encontrar dificultades en el restaurante del hotel. Por otra parte, para visitar los países del telón de acero había que pagar previamente todos los gastos de hotel y restaurante previsibles en la ruta a través de la empresa u organización turística organizadora desde los países respectivos de origen. Para pagar en los restaurantes nos entregaban unos bonos sustitutivos de las divisas propias del lugar, en este caso el rublo. El asunto era muy serio porque la posesión de rublos por un turista era considerada como un hecho delictivo muy grave. ¿Cómo y por qué un extranjero había adquirido esa moneda fuera de la Unión Soviética? Por otra parte, en los lugares destinados a los turistas los productos se adquirían sólo con dólares americanos. Mi caso fue el siguiente. Yo había recibido en Madrid todos los bonos requeridos para Bulgaria y la Unión Soviética. En Bulgaria no tuve ningún problema, pero los funcionarios se quedaron con los bonos suyos y algún requisito más que me fue exigido en Moscú. Pronto entendí que tenía que pagar en dólares mi estancia en Moscú y Leningrado. Con este desagradable incidente pensé que había que dar la batalla. Yo había pagado ya mi estancia, tenía en mano las pruebas y no estaba dispuesto a pagarla otra vez y en dólares por el capricho de unos funcionarios comunistas irresponsables. Con estos pensamientos intenté descansar durante la noche y al día siguiente me dirigí al Inturist a pedir informaciones y explicaciones. Con buenos modales, por supuesto, pero con firmeza y sin miedo.

                      

                       d) Entrevista frustrada con el Patriarca Pimen y visita privada de alto riesgo

 

                       En primer lugar, pedí información para celebrar una entrevista con el Patriarca Pimen por expreso deseo del mismo cuando estuvo en Madrid y en mi casa, convento de los dominicos. Luego mostré un pequeño recuerdo que llevaba para entregarlo a una familia cuyo padre era de los denominados “niños de la guerra” civil española. El ilustre arquitecto D. Miguel Fisac me había pedido este encargo facilitándome los datos necesarios para encontrar a dicha familia. Por último, pedí una explicación acerca del incidente en el hotel. Sobre mi proyecto de visitar la Academia de Moscú me pareció que después de la respuesta recibida en Bulgaria por los servicios de información (más bien de espionaje) soviéticos, no valía la pena insistir. Como respuesta a mis cuestiones lo primero que hicieron fue quedarse con el pequeño paquete que llevaba de parte de Miguel Fisac para su amigo. Sobre la posibilidad de entrar en contacto con el Patriarca Pimen ni siquiera se interesaron como si tal personaje no existiera en Moscú. Por el contrario, sí se interesaron por el problema administrativo. Les mostré las pruebas en las que constaba inequívocamente que yo había pagado previamente todos los gastos previstos de hotel, restaurante y transportes en Moscú y Leningrado. No pudieron negar la evidencia, pero tampoco me dieron ninguna respuesta. Al día siguiente volví dispuesto a no salir de allí hasta que se resolviera mi problema. Me puse cabezón, y los hice llamar a la agencia que había tramitado mi viaje en Madrid. Sólo cuando la agencia respondió que todo lo mío estaba en regla y que me dejaran ya en paz, quedé libre de tener que pagar dos veces por la estupidez de la administración comunista.

                       Una vez resuelto este problema, lo primero que hice fue burlar la vigilancia del hotel para tomar un taxi y dirigirme al domicilio del amigo de Miguel Fisac. Bajé del taxi y subí por una escalera oscura y poco cuidada hasta el segundo piso. Aquella visita era una aventura. La calle estaba desierta, pero yo era un extranjero que llegaba por sorpresa a una casa particular. ¿Me estaba siguiendo la policía? ¿Estaba realizando el propio taxista las funciones de policía? Cuando me aseguré de que estaba ante la puerta que yo buscaba sentí una emoción especial y temblorosamente llamé al timbre. Oí el sonido del timbre y también algún ruido por el que colegí que había alguien al otro lado de la puerta. Esperé pacientemente durante un par de minutos y comenzó a entreabrirse la puerta sólo lo justo para ver el rostro de la persona que trataba de identificar al visitante. Era un joven tímido con rostro sonriente. Me presenté con pocas palabras y me introdujo en casa. Luego me presentó a su novia la cual no salía del asombro al ver allí por sorpresa a un extranjero. Pero el joven la explicó todo y su rostro atemorizado se transformó en amorosa timidez. El joven en cuestión era el hijo del amigo de Miguel Fisac y conocía la historia de amistad entre ellos. Mi visita duró poco más de quince minutos porque había que extremar la prudencia. Le pregunté por su padre y la posibilidad de conocerle, pero su hijo me respondió amablemente que era difícil que pudiera verlo. Luego los invité a él y a su novia a dar un paseo por la ciudad, pero también esto les parecía difícil. Yo entendí que mi presencia allí constituía un riesgo serio para ellos por violar la normativa comunista sobre el trato con extranjeros por lo que decidí dales un abrazo y marcharme. Fueron unos minutos de grande y feliz emoción por ambas partes. Yo no excluía que a la salida estuviera esperándome la policía para ajustarme las cuentas por mi osadía capitalista pero la calle seguía estando desierta y nadie me detuvo. Me dirigí al Metro y tampoco allí me molestó nadie. Ni siquiera las milicianas que lanzaban miradas y broncas recriminatorias a los viajeros despistados o que no cumplían estrictamente la normativa comunista.

                      

                       e) Turismo colectivo y solitario

 

                        Durante mi estancia en Moscú programé el tiempo alternando las visitas turísticas en grupo con mis escapadas solitarias por la ciudad burlando la disciplina vigente sobre la presencia de extranjeros. Un día tomé un taxi y, siguiendo la costumbre occidental, me senté detrás del conductor. El taxista abrió la puerta delantera y me invitó a sentarme a su lado. ¿Gesto de cortesía? Nada de eso. El sentarse en los asientos traseros, me recordó en tono recriminatorio, es propio de los países capitalistas. Aquí somos socialistas y todos iguales, quienes prestan los servicios y quienes los reciben. Según esta teoría, el sentarse al lado del taxista era signo de igualdad de clases sociales, y el sentarse atrás signo de desigualdad social al estilo capitalista. Luego llegamos a un semáforo rojo y paró el coche en seco. ¿Razón? Aparentemente ninguna, pero yo deduje que la parada estaba relacionada con la casi inexistencia de tráfico en las calles y, sobre todo, a que allí no había prisa para nada. Uno sentía el tiempo como si fuera un inmenso océano tranquilo y sin oleaje. ¿Para qué prisas, si el Partido Comunista lo tenía previsto todo a su tiempo? Estas eran las agradables apariencias, pero la cruda realidad era otra muy distinta. Por ejemplo, en el hotel había un menú a la carta para los turistas capitalistas. De hecho, sin embargo, la mayoría de los productos registrados en la carta no existían y el menú real existente era un menú de hambre. Los turistas eran conducidos a los lugares oficialmente preparados donde se podían adquirir los productos más apetecidos a precios desorbitados y sólo pagando con divisas extranjeras fuertes como el dólar.

                       Mis escapadas por las calles de Moscú tenían lugar después del almuerzo cuando las calles estaban desiertas. Siempre llevaba la cámara fotográfica escondida en una pequeña bolsa de viaje y cuando encontraba algún objetivo interesante echaba una mirada de circunspección para asegurarme de que no me veía nadie, disparaba y escondía la cámara como si no hubiera ocurrido nada. Me llamaron particularmente la atención las ruinas de antiguas iglesias que el Régimen había condenado a la desaparición o a servicios impropios de los templos cristianos. A mis oídos llegó una pequeña historia según la cual un extranjero fue sorprendido con una cámara fotográfica en la plaza roja y los agentes de seguridad consultaron a la autoridad competente sobre cómo debían actuar contra el osado delincuente. El tirano comunista de turno, que a la sazón era Nikita Kruchev, respondió con humor que si el autor del delito era un extranjero lo único que procedía era devolverle a su país de origen. Esta pintoresca anécdota habría sido interpretada como una autorización implícita para que en adelante los turistas pudieran llevar con ellos cámaras fotográficas y hacer prudentemente uso de ellas.

 

                       f) Adoración al “santo” entre bayonetas

 

                       Pero en Moscú había un lugar emblemático por el que había que pasar. Me refiero al mausoleo de Lenin en la plaza roja. La visita al mausoleo de Lenin por parte de los turistas era un espectáculo grotesco digno de verse. En la capital del ateísmo militante se rendía culto a uno de los tiranos más grandes de la historia. Por supuesto que era un culto político obligado y no religioso, pero, paradójicamente, se parecía mucho al culto que los creyentes tributan respetuosamente a Dios. Yo no podía perder la oportunidad de pasar a “besar la reliquia del santo tirano” desfilando ante el cadáver embalsamado casi rozando las puntas de las bayonetas de sus custodios armados hasta los dientes. Primero había que pasar un control de seguridad depositando todos los objetos considerados peligrosos por los servicios de seguridad. A continuación, nos acercamos por grupos separados al mausoleo y nos hicieron otro chequeo corporal a cada uno antes de penetrar en el recinto. Una vez dentro, había que desfilar en absoluto silencio en torno a cadáver sin mover las manos. Detrás y en frente estaban los policías con las bayonetas caladas y las ametralladoras en posición de ataque inmediato si ello fuere necesario.

                       El ambiente creado en el entorno era el apropiado para conmocionar a las gentes sencillas que peregrinaban desde los cuatro puntos cardinales de la Unión Soviética para tributar culto político inquebrantable al dictador como si de Dios se tratara. Para mí, aquella ceremonia grotesca me resultaba muy humillante, pero comprendí que había que tragar el sapo para poder hablar después con autoridad moral y conocimiento de causa sobre las glorias que muchos intelectuales predicaban del marxismo puro y duro. En este sentido me sentí muy satisfecho de haber pasado por esta humillación sin la cual me hubiera privado de una saludable experiencia intelectual y moral.

                      

                       g) Leningrado, capítulo aparte

                      

                       Como es sabido, en tiempo de Estalin, esta gran ciudad llevaba el nombre de Estalingrado. Después, en memoria del tirano que le sucedió, Lenín, la ciudad empezó a llamarse Estalingrado. En realidad, su denominación noble original es San Petersburgo, o sea, San Pedro. Pues bien, el tiempo en Moscú transcurría y había que ir a Leningrado donde mi estancia resultó más agradable. Leningrado era, si cabe, otro mundo dentro del mundo comunista. Allí se respiraban aires culturales más occidentales, aunque reprimidos. Ante el río Neva sentí una emoción especial, pero más aún ante el legado artístico y cultural arruinado por el régimen comunista. Como botón de muestra me parece oportuno recordar lo siguiente. Estábamos visitando el Hermitage, que se encontraba en un estado de deterioro bochornoso, donde la joven guía de turismo nos iba explicando la historia y significado de las diversas obras de arte de acuerdo con la metodología del adoctrinamiento marxista. Cuando explicó el significado de algunas pinturas lo hizo ridiculizando de tal manera su contenido religioso que la interrumpí para hacer una aclaración sobre el verdadero significado de las mismas. Tuve suerte, pero temí lo peor. Me miró amenazadora dándome a entender que en adelante procurara ponerme una cremallera en la boca. Tras un breve silencio reanudó su autoritario discurso que terminó en mitin político. Sí, los guías de turismo hacían un discurso cultural interpretando los motivos artísticos en clave marxista para terminar recordando a los turistas los presuntos logros del régimen comunista. En este caso concreto el líder supremo de la felicidad humana era el dictador de turno Leónidas Breznev.

                       Por fin, me llevaron al aeropuerto. Era una soleada mañana otoñal y el Neva produjo en mí sentimientos de nostalgia. Atrás quedaban mis experiencias de Sofía, Varna y Moscú. Pero había que abandonar la Unión Soviética y la policía me acompañó hasta la escalerilla del avión. Antes habíamos tenido que sufrir los controles de despedida final. Dos cosas me llamaron mucho la atención. Primero, la presencia de una mujer ataviada de forma extraña, lo que me hizo pensar en las imágenes populares relacionadas con la brujería. Era la enfermera encargada de poner la vacuna al pasajero que tuviera necesidad de vacunarse. Lo segundo que me llamó la atención fue el modo cómo los agentes del control aduanero advirtieron sobre la necesidad de depositar todas las monedas del país antes de pasar el control policial. Alguien pidió, por favor, el permiso para llevarse alguna pequeña moneda como recuerdo del viaje turístico. La respuesta fue contundentemente negativa. Sobre este asunto no se permitía ningún tipo de tolerancia. Entrar o salir de la Unión Soviética con rublos era motivo suficiente para arrestar al delincuente y exigirle responsabilidades. Sólo dos cuestiones más para terminar esta pintoresca historia. He hablado antes de los problemas que tuve en Moscú con la administración comunista.

 

                       h) Un caballero mejicano y un interrogante

        

                       Me es grato recordar sobre este asunto que un caballero mejicano que hacía turismo en Moscú con su hija, al conocer mis problemas con la administración, se puso generosamente a mi disposición. Le expliqué lo que ocurría y me dijo que no me preocupara porque él estaba dispuesto a prestarme la ayuda económica que necesitara. Afortunadamente, como queda dicho, el problema se resolvió felizmente sin necesidad de tener que pedirle ayuda, pero el recuerdo agradecido de este caballero quedó afincado fuertemente en mi memoria. Al final de nuestro periplo en Leningrado, él se mostró muy satisfecho del paseo turístico realizado por la Unión Soviética, pero su hija, que era muy joven, estaba indignada porque sólo habíamos podido ver lo que quisieron enseñarnos y tenía la sensación de que la verdadera realidad nos la habían ocultado. Obviamente, yo estaba totalmente de acuerdo con el diagnóstico de la niña y no con la comprensible satisfacción de su padre.

                       Por último, queda un interrogante abierto. ¿Por qué se me permitió a mí entrar en la Unión Soviética sin estar integrado en un grupo turístico, de acuerdo con las normas comunistas en vigor? Una explicación plausible es que yo llegaba a la Unión Soviética desde Bulgaria, que era país satélite de la URSS. Por otra parte, yo era ya bien conocido por los servicios secretos de Rumania, otro país satélite, donde nunca fui considerado, que yo sepa, como personaje peligroso. En cualquier caso, yo viajaba a título personal y según la mentalidad comunista entonces imperante, cabía pensar que yo era por lo menos un espía infiltrado. Llegué felizmente a Copenhague y aquello era otro mundo donde encontré mucha libertad, pero también mucha corrupción humana.

                      

                       i) En Río, Brasilia, Nueva York y Caracas

                      

                       Más arriba me he referido a mi presencia en el VIII Congreso Interamericano de Filosofía celebrado en Brasilia en 1972 y me parece oportuno completar lo allí dicho como experiencia intelectual y de escritor con algunas anécdotas pintorescas y significativas. El viaje lo realicé en compañía de mi antiguo profesor de metafísica, ya entrado en edad, y que aprovechó la celebración del Congreso para visitar y despedirse de algunos familiares suyos afincados en Río de Janeiro. Al principio yo pensé que le acompañaba a él, pero tan pronto nos encontramos acomodados en el avión me percaté de que era él el que viajaba conmigo y necesitaba de mis cuidados. No estaba acostumbrado a viajar solo y, según fui informado, sólo se decidió a emprender este viaje cuando estuvo seguro de que iba conmigo. De no haber viajado yo, no habría viajado él. Así las cosas, llegamos felizmente a Río de Janeiro y pronto nos encontramos agasajados por su familia. Mi anciano acompañante era el P. Bienvenido Turiel, O.P, el cual fue recibido con inmensa alegría entre los suyos, especialmente por una sobrina físicamente muy bella y con un corazón de oro. Una vez realizado el contacto familiar, reemprendimos el viaje hacia Brasilia para participar en dicho Congreso. El viaje lo efectuamos en un viejo avión de hélices con cuatro motores y a baja altura con lo cual pude disfrutar de vistas maravillosas. A veces uno tenía la impresión de que había que ayudar a la pesada nave para que remontara y no cayera al suelo.

                       En Brasilia nos hospedamos en una residencia de las Madres Dominicas no lejos del foro del Congreso y mi venerable acompañante me suplicó que no le dejara nunca solo. Cuando, por una u otra razón, yo tenía que separarme de él le indicaba dónde debía esperar hasta que yo regresara y allí le encontraba infaliblemente resignado y agradecido. Un día, al final de la jornada, yo tenía un compromiso y le propuse que volviera a casa solo en taxi. Por favor, me suplicó, te ruego que me dejes siempre en casa y luego te vayas tranquilo a donde quieras. Comprendí que lo mejor era seguir su consejo y así lo hice para tranquilidad suya y mía. Por otra parte, hacía un tiempo paradisíaco y era un placer prescindir de ropa y disfrutar leyendo a la sombra de algún árbol. Eso sí, hasta que aparecían las nubes y descargaban agua en tal cantidad que hacía pensar en el fin del universo. Pero después de quince o veinte minutos de diluvio universal volvía el ambiente paradisíaco como si no hubiera ocurrido nada.

                       Terminado el Congreso, volvimos a Río de Janeiro donde dejé al P. Turiel con su familia, que no sabía cómo agasajar al querido “tío fraile”, como cariñosamente le llamaban. Yo permanecí algún día más en Río antes de regresar a Madrid por lo que me instalé en un modesto hotel de Ipanema. El primer consejo que me dieron allí fue que cuando fuera a la playa procurara ir en traje de baño y sin nada en las manos con el fin de no llamar la atención de los malhechores. La verdad es que con la toalla en mano y una módica cantidad de dinero preventivo me paseé por Ipanema a mis anchas observando sobre todo los ritos vespertinos de superstición playera sin que en ningún momento de mis excursiones fuera molestado por nadie. Por su parte los administrativos del hotel habían seguido de cerca mis pasos y al final me expresaron su asombro por el hecho de que, siendo yo un hombre joven, no había solicitado una mujer de compañía para dormir y holgar con ella. Por otra parte, yo había convenido con un catedrático de la Universidad de Río en celebrar una entrevista con él en su despacho universitario aprovechando mi paso por Río. Fui a buscarle al lugar y hora convenida pero allí no apareció nadie ni encontré ninguna explicación de su ausencia. Cuando comenté este desagradable desplante me comentaron que allí eso era casi normal y que lo más probable era que al señor catedrático no le “pidió el cuerpo” personarse en aquel momento para cumplir con su palabra.

                        Otro día fui invitado a hacer una gira turística por Río. A los pocos minutos de iniciar la gira el buen amigo que me llevaba en su coche paró el automóvil y me dijo que esperara durante unos minutos porque tenía que hablar con alguien que se encontraba en el bar de enfrente. A los pocos minutos volvió y me explicó la razón de la parada sorpresa. Su coche no estaba legalmente en regla y había ido a explicar la situación a un policía que se encontraba en el bar. Entendí que le había dado la adecuada propina y que ya podíamos continuar nuestra excursión tranquilos.

                       El año 1977 se celebró en Caracas, Venezuela, el IX Congreso Internacional de Filosofía Interamericana, y ello fue un buen motivo para cruzar el Atlántico pasando por Nueva York. La ciudad de los rascacielos era por aquella época la meca del mundo entero. Me impresionó su grandeza material, la falta de respeto por la vida y la comercialización salvaje de la corrupción humana. Me llamó mucho la atención también la conciencia de inseguridad personal de los turistas que se encontraban en mi hotel ubicado en el corazón de la ciudad. La gente salía del hotel en grupo por razones de seguridad. Yo, sin embargo, me eché a la calle solo con la prudencia debida y no fui molestado por nadie, ni siquiera en las zonas de más riesgo. Mi cara no debió resultar sospechosa ni mi porte era el de un hombre acostumbrado a manejar dinero. En los centros comerciales de la quinta avenida acosaban a los turistas con ofertas de precios competitivos en lucha abierta con sus colegas de negocio. Un ejemplo significativo puede ser el siguiente. Entré en una tienda atraído por la oferta de precios, pero salí sin comprar nada. De pronto me encontré cogido amablemente del brazo por un dependiente de otro centro comercial vecino el cual me ofrecía el mismo producto a un precio más bajo. Así era la guerra a la caza de clientes. Me llamó también la atención el uso amplio que se hacía del español en aquella ciudad cosmopolita. Tuve la satisfacción de celebrar la Eucaristía en la catedral de S. Patricio y conservo un recuerdo muy agradable del trato que me dispensaron las personas encargadas de los servicios catedralicios. Visité Nueva York en dos ocasiones y tuve la oportunidad de realizar una experiencia pastoral interesante a la que renuncié por incompatibilidad de tiempo con un compromiso preferencial en Chile. También mis estudios en el campo de la Bioética propiciaron alguna visita más a la gran ciudad, pero nunca se llevó a cabo. En 1981 visité Miami y Tallahassee camino de Chile. Pero estamos todavía en 1977 camino de Venezuela.

                       La salida de Nueva York, ya entrada la noche, rumbo a Caracas fue espectacular y me hizo pensar mucho en todo lo que es grande. Por encima de las limitaciones y miserias de este mundo está la inteligencia humana como imagen del Creador. La reflexión inevitable fue la siguiente: si la inteligencia humana es capaz de hacer tantas maravillas, ¿cómo será la Inteligencia del Creador mismo del ser y de la vida?  Durante el vuelo todo transcurrió con normalidad técnica y administrativa. Lo único que rompió la rutina de navegación aérea fue el caso de una joven señora sentada en la misma fila que yo al otro lado del pasillo. A medio camino empezó a marearse y tuvo que ser atendida por el personal de a bordo. Todo hacía pensar que su estómago estaba revuelto con lo cual su viaje fue desagradable, pero con el tiempo recobró la normalidad. Ya nos estábamos acercando a Venezuela cuando recibimos el aviso de que se había desatado una gran tormenta sobre el aeropuerto de Caracas por lo cual teníamos que hacer una escala técnica en la isla Santa Margarita hasta que recibiéramos la orden de reanudar el viaje. Al descender del avión en Santa Margarita quedé impactado por las altas temperaturas ambientales y el fuerte olor a plantas tropicales. Durante el corto recorrido desde el avión a las instalaciones de viajeros del aeropuerto pensé que podíamos caer al suelo como gorriones abatidos por el sol. Una hora más tarde reanudamos el viaje a Caracas y tuve la primera sorpresa.

                       Al otro lado del control policial había una persona que amablemente nos llamó por nuestro nombre a la joven señora que tan mal viaje había tenido y a mí. Era el encargado de recibirnos como miembros participantes del IX Congreso Interamericano de Filosofía. Aquel recibimiento significó un alivio inmenso para ambos. Sin más preámbulos me dijo que ella era la representante oficial de la OEA (Organización de Estados Americanos) para los asuntos relacionados con la financiación del Congreso. Yo me presenté también quedando ella muy gratamente sorprendida. ¿Por qué? Porque le dije que yo era dominico y ella había tenido durante sus estudios a un profesor dominico del que conservaba un recuerdo estupendo. ¡Qué pequeño es el mundo! Pero apenas descendimos del avión empezó de nuevo a llover torrencialmente y la oscuridad de la noche era impresionante. Durante el trayecto surgían constantemente animales que cruzaban y el riesgo de desprendimientos de tierra era alto. Con no pocos sobresaltos llegamos sanos y salvos al hotel mientras arreciaba la tormenta. Nos acompañaron a la amplia y confortable habitación reservada para ella y una profesora de la Universidad de S. Marcos de Perú que apareció inmediatamente. El primer objetivo para mí desde allí era comunicarme con mis frailes dominicos de Caracas. En 1977 estábamos todavía muy lejos de los teléfonos móviles y de Internet y no había manera de comunicarme con ellos por teléfono normal para decirles dónde me encontraba sano y salvo. 

                       Pasaba el tiempo y no había manera de conectar por teléfono desde el hotel debido a la tormenta y la saturación de las líneas disponibles. Intenté tomar un taxi, pero sin éxito. Así las cosas, mi amable anfitriona y su compañera de habitación me aconsejaron que aquella noche me quedara allí con ellas, y que, si había que pagar algo para eso estaba ella allí, la responsable de las finanzas del Congreso por parte de la OEA. Después de agradecer su generosidad y su preocupación por mí, las expliqué que en mi casa de Caracas estarían muy preocupados esperándome sin saber dónde me encontraba vivo o muerto. Pero este argumento no las convenció e insistieron amablemente en que me quedara aquella noche allí. La habitación, replicaron, es espaciosa y en la cama cabemos tres cómodamente. Entonces cambié de argumentación. Mirad, las dije, mañana temprano comenzamos los trabajos del Congreso y yo necesito estar en forma. Ahora bien, tengo serias dificultades para dormir y, acostumbrado a dormir siempre solo en mi cama, temo que en cama prestada y con dos personas al lado voy a pasar la noche contando estrellas. Y esto descartando que ninguna de vosotras ronca, ya que entonces mi drama podría terminar en tragedia. Me miraron con cariño, amainó el aguacero y con mucha paciencia conseguimos contratar un taxi que me llevó a la Florida a altas horas de la noche sano y salvo. Comenzaron las sesiones del Congreso y todos los días mi amable anfitriona encontraba el momento para saludarme e interesarse por mí. Al cabo de un año me pidió una colaboración para la revista que dirigía. Pasó el tiempo y un día recibí unas palabras de despedida que dirigió a todos sus amigos dando a entender que dejaba el cargo que tenía e iniciaba una nueva andadura. ¿Qué habrá sido de ella?

                       La celebración del Congreso se prolongó durante una semana, mañana y tarde, pero con el ambiente refrigerado y los debates soporté relativamente bien el rigor del calor atmosférico. Como experiencia de este encuentro me parece oportuno recordar lo siguiente. El Congreso estaba dominado por marxistas y el mero hecho de no serlo fue considerado como una actitud digna de castigo. Tanto fue así que el filósofo Agustín Basave y yo fuimos acusados de coincidir en nuestros planteamientos filosóficos no favorables al marxismo imperante. Basave temió seriamente que boicotearan unas conferencias que tenía programadas y a mí me ajustaron las cuentas excluyendo la publicación de mi ponencia en las Actas del Congreso a raíz de publicar yo en la revista Arbor una crónica de los acontecimientos. Allí denuncié la metodología marxista utilizada por un grupo bien organizado y llegué a afirmar que en los países comunistas del “telón de acero” yo había encontrado un margen de libertad de expresión mucho más generoso que en Caracas. Esta afirmación iba directamente al corazón de la despótica estrategia marxista utilizada durante el Congreso.

                       Terminado el Congreso el P. Guillermo Tejón, O.P., a la sazón Vicario Regional de los dominicos en Venezuela, programó para mí una gira por el país para que visitara a nuestros misioneros en sus puestos de trabajo. El proyecto me pareció de oro y el P. Agustín Estévez O.P, experto consumado en viajes difíciles y arriesgados, preparó el coche con todas las previsiones necesarias y, como D. Quijote y Sancho, al alborear de una mañana esplendorosa salimos al campo por los caminos de Valencia. Las principales ciudades visitadas fueron las siguientes: Barquisimeto, San Cristóbal, Rubio (con incursión a Cúcuta/Colombia), San Fernando de Apure, Barinas, Trujillo, Mérida y Maracaibo, regresando a Caracas por Morón. El recorrido fue largo, pero nos acompañó el buen tiempo. Sólo al abandonar Barinas pude hacerme una idea del temporal de agua que se avecinaba. Por otra parte, amenazaba una huelga de los servicios de gasolina, pero apenas nos afectó. Lo más de temer eran los derrumbamientos de tierra en las carreteras y los atascos. Lo aconsejable en esos casos tan frecuentes era armarse de paciencia y no salir del coche a pedir explicaciones de nada. Y menos aún para protestar ya que la respuesta podía ser contundente. En la bella ciudad de Mérida alguien me hizo notar cómo se destruían viejas casas de estilo colonial sin respetar su valor histórico y artístico. No pudimos usar el teleférico por razones de seguridad a causa del viento. Me impresionó mucho el espectáculo natural de los montes nevados rezumando agua como limones exprimidos. Lo que no podía yo imaginar es que el propietario de la popular Radio Universidad ubicada en Mérida era el padre de la que muchos años después sería una gran amiga mía. Me refiero a la maravillosa Alice Dubuc que habla en el capítulo dieciséis.

                       San Fernando de Apure fue un capítulo aparte y el P. Ovidio Rodríguez (O.P) me paseó por la zona del misterioso río en coche y en avioneta. Un día que íbamos de excursión llegamos a un determinado punto de la carretera donde tiempos atrás había él sufrido un accidente de tráfico sin consecuencias importantes. Entonces, aprovechando que no había tráfico, trató de explicarme lo ocurrido reproduciendo la maniobra que imprudentemente había realizado y que fue la causa de salirse de la calzada. Afortunadamente tuve unos reflejos rápidos y le pedí, por favor, que no lo hiciera porque me bastaba su explicación verbal. En otra ocasión me invitó a dar un paseo aéreo con la avioneta por la ribera del río Apure. Antes de subir a la pequeña aeronave hizo un chequeo rápido y superficial del aparato, pero yo no quedé satisfecho y le pregunté si en el tanque había combustible suficiente. Creo que sí, me respondió con naturalidad. Al ver que yo no me decidía a embarcar condescendió y chequeó delante de mí el tanque del combustible. Afortunadamente el cielo estaba despejado y pudimos disfrutar del paisaje sin problemas. Pero empezaron a aparecer nubes y había que preparar el descenso sin dilación. En estas estábamos cuando el piloto se percató de la proximidad de la finca de un amigo suyo y me propuso enviarle un saludo de sorpresa haciendo una pasada a bajo nivel con la aeronave. Esta idea no me agradó nada y afortunadamente conseguí que desistiera de su intento. De Barinas salimos apresuradamente huyendo del vendaval de agua que se avecinaba y en Maracaibo estuve muy condicionado por el calor ambiental, así como sorprendido por las historias de venganza mafiosa entre familias y la poligamia tradicional de caciques locales. El regreso a Caracas por la costa de Morón fue espectacular. Me impresionaron sobre todo los bosques de cocoteros en las playas.

                       Durante mi estadía en Caracas me llamó mucho la atención el contraste entre la gente buena y los delincuentes de oficio. Muy cerca de La Florida vivía un matrimonio inmigrante al que yo había conocido siendo niño por lo que mis visitas eran recibidas con mucha alegría y cariño. Las visitas tenían lugar en plena luz del día, pero ellos temían que en la calle pudiera encontrarme con alguna sorpresa desagradable y me pedían que tan pronto estuviera de vuelta en mi casa los hiciera un llamado telefónico comunicando que había llegado sano y salvo. No les faltaba razón. Un día me encontraba ya muy cerca de casa cuando tuve un incidente con unos travestidos que me salieron al paso. No perdí la calma, pero sí la cámara fotográfica y la pequeña cantidad de dinero que llevaba para andar por la calle. Otro día unos primos míos, que vivían por la zona de la Florida, me invitaron a un paseo en el teleférico del pico del Ávila. Aquella fue una jornada muy agradable, pero al día siguiente en uno de los viajes se produjo un fallo técnico y la cabina quedó paralizada a mitad de camino con los pasajeros dentro y el bosque debajo. Tuvieron que ser evacuados con un helicóptero y no hubo desgracias, pero a partir de aquel día el servicio del teleférico quedó suspendido por tiempo indefinido. Me parecía increíble que el día anterior había viajado yo en el mismo vehículo y por el mismo cable contemplando el abismo en el que podía haber sido precipitado.

                       Y llegó el tiempo de regresar a Madrid vía Nueva York. Martín Pino, O.P. me había dado un consejo muy práctico en Maracaibo. Después de informarme sobre la psicología de la gente y sus costumbres me recomendó que, en caso de encontrar alguna dificultad en el aeropuerto antes del embarque, a pesar de que toda mi documentación de viaje estaba en regla, no dudara en dar una propina al funcionario de turno. Estando ya en cola para el chequeo normal del pasaje observé que a un caballero no le permitían acceder al embarque por alguna supuesta irregularidad de su billete. Tras una breve discusión con el funcionario le vi pasar alegremente con trato de viajero preferencial. ¿Cuál fue el monto de la propina? No puedo asegurar siquiera que hubiera tal propina por medio, pero yo me acordé de la recomendación recibida al respecto. Y con razón. Poco después se acercó a mí amablemente un presunto agente del orden, tomó mi maleta, me invitó a seguirle unos metros más adelante en la cola de espera y me puso la mano para recibir el pago por el servicio prestado. De vuelta en Madrid el director de la revista de información doméstica Huellas Dominicanas (39, 1977) me pidió una pequeña crónica de mis correrías por Venezuela en la cual confesé mi admiración por todas las cosas que había visto y experimentado a lo grande. Grande me pareció la calidad de aquellas tierras y de las muchas y maravillosas personas a las que tuve la suerte de tratar. En cuanto a las miserias y debilidades humanas no encontré más ni menos que en cualquiera otro país del mundo. Eso sí, con matices propios sobre los cuales sería largo e interesante hablar.


                       13. Actividades pastorales mejor logradas

         A lo largo de mi larga actividad pastoral, me es grato avanzar ya que tuve ocasión de intervenir en muchos foros intelectuales y pastorales, pero mis preferencias fueron la celebración de la Eucaristía con predicación de la homilía, la celebración del sacramento de la Penitencia y las consultas privadas de gentes con problemas personales graves. Como regla general, de lunes a viernes me dediqué a tiempo completo a la predicación académica oral y escrita, y los fines de semana a la predicación cultual y sacramental en la iglesia de mi convento en Madrid, con el brazo pastoral siempre tendido a servicios requeridos desde otras instituciones eclesiales y no eclesiales. O sea, sin cerrarme a las eventualidades pastorales emergentes fuera de programa y que fueron muchas. Con el tiempo comprobé que mi modo de hacer la predicación dominical daba buenos resultados y en varias ocasiones y en lugares diversos tuve que corresponder con pudor y bochorno a los aplausos de la audiencia al terminar la homilía. No fue insólito ver a personas que durante la homilía tomaban notas por escrito, o que después de la misa me invitaban a tomar una cerveza como excusa para seguir profundizando sobre algún tema importante relacionado con ella.

         A pesar de lo que termino de decir, nunca me hice ilusiones y atribuí estas demostraciones de aceptación más a la magnanimidad de la gente que a la calidad real de mi predicación, de cuyos defectos era yo más consciente que nadie. El tema de la predicación dominical de la homilía me preocupó mucho siempre y en varias ocasiones me he pronunciado por escrito sobre los errores más frecuentes que cometen muchos predicadores dominicales. En mi libro Reflexiones y sugerencias pastorales (Madrid 2014) expuse ampliamente mi pensamiento sobre esta cuestión y tuve la satisfacción de comprobar que mis reflexiones se encontraban en la misma onda que la Exhortación Evangelii Gaudium del Papa Francisco. Por ello, aunque mi texto se había publicado ya hacía algún tiempo en Internet, no tuve que rectificar ni una tilde de lo que había dicho cuando volví sobre el tema en la obra citada. Al contrario, el texto papal me vino como anillo al dedo para mantener mis puntos de vista críticos acerca de los defectos de la predicación dominical y revalidar los criterios expuestos para corregirlos en la medida de lo posible.

         En este sentido yo he tropezado siempre con una carencia personal importante. Me refiero a que nunca pisé la tierra de Palestina. ¿Cómo es posible que en los comienzos del siglo XXI un predicador cristiano no conozca los lugares geográficos donde Cristo vivió, murió y resucitó de entre los muertos? Durante mi juventud tuve siempre la ilusión de desplazarme a Jerusalén para seguir algún curso en la Escuela Bíblica regentada por la Orden de Predicadores. La verdadera razón de no haber realizado siquiera una excursión turística por aquellas tierras, se debió principalmente al ambiente de guerra permanente entre judíos y palestinos. No quiero entrar en este delicado asunto, pero me parece oportuno dejar constancia de que en abril de 1987 fui invitado oficialmente a Jerusalén por Yad-Vashem, y en otra ocasión fui invitado a participar, también en Jerusalén, en un congreso sobre la violencia. Por razones que no es del caso exponer aquí, no acepté ninguna de estas invitaciones.

         Por otra parte, cuando era joven me gustaba mucho hablar en público. Ahora que soy viejo tengo la impresión de que cuanto más hablo más cosas digo de las cuales yo mismo no quedo satisfecho. Agradezco de corazón la magnanimidad de quienes valoraron positivamente mi predicación oral, pero pido igualmente disculpas por mis limitaciones y lagunas en el ejercicio de ese noble quehacer pastoral. Por otra parte, siempre me ha ido mejor en el trato privado y confidencial con la gente que en mis intervenciones públicas. En este sentido me es grato expresar mi satisfacción por los resultados obtenidos en la administración del sacramento de la penitencia y las consultas privadas de la gente, incluso en el contexto de mis actividades académicas.

         Tuve siempre muy claro que la actitud del confesor responsable es la de recibir y tratar a los penitentes como lo hacía Cristo en persona. Para ello hay que estudiar a fondo los pasajes evangélicos en los que se describen escenas de alto voltaje misericordioso. Por ejemplo, perdonando al ladrón que se confiesa antes de morir en la cruz junto al propio Cristo. O la parábola del hijo pródigo, que más bien lo es de la misericordia amorosa e ilimitada del Padre, y así sucesivamente. Sin olvidar la experiencia del propio confesor como beneficiario de la misericordia divina y la adecuada formación antropológica. También tuve siempre claro que la confesión sacramental es un juicio en toda regla, pero sin olvidar que las diferencias entre el juicio sacramental y el emitido por un tribunal humano de justicia son sustanciales, y hay que conocerlas muy bien. En los tribunales de justicia, por ejemplo, el fiscal acusa al reo, el cual será condenado si su abogado defensor no es más hábil o astuto que el fiscal, o el juez es un merengue comprado por una de las partes. De ahí que, como reza el refrán, no se excluye la circunstancia de que paguen justos por pecadores. En el juicio sacramental, por el contrario, el reo es el propio penitente, que no es llevado al tribunal por ningún fiscal de oficio. El fiscal es su propia conciencia.

         El penitente escucha a su propia conciencia y se dirige por iniciativa propia al confesor para decirle la verdad delante de Dios como testigo. A veces el confesor hace amable y respetuosamente alguna pregunta clarificadora, a la que el penitente responde con gusto. Y lo que es aún más admirable. Mientras en un tribunal de justicia común la sentencia puede ser absolutoria o condenatoria, en el tribunal de la confesión sacramental el reo, que confiesa como Dios manda su culpa, es inexorablemente absuelto. Es un juicio que, si se celebra correctamente, es sólo para absolver y nunca para condenar al reo. De ahí el final feliz de toda confesión sacramental bien hecha. Estas y otras ideas sobre el sacramento de la confesión las tuve siempre muy claras desde que en la infancia asimilé mis primeras experiencias felices como penitente. Su aplicación práctica reforzada con la experiencia y la profundización teológica me aportó grandes satisfacciones acompañadas a veces de gestos inolvidables de afecto y gratitud.

         En este contexto del secreto profesional conservo también recuerdos muy gratificantes relacionados con las consultas privadas sobre los problemas más graves que suelen turbar la vida de las personas. Y no sólo en lo que se refiere a la salud psíquica, espiritual y cristiana, sino también en el campo académico e intelectual. Tuve siempre la impresión, insisto, de que ante la gente mi imagen en el ámbito privado y confidencial cotizó más y mejor que en mis intervenciones públicas. Para corroborar esta afirmación podría aportar casos y anécdotas significativas, incluidas las pintorescas y radiantes de buen humor. Por otra parte, cuando era joven me gustaba intervenir en los medios de comunicación, convencido de que la presencia en ellos era indispensable para hacer llegar a la gente el mensaje evangélico. Con el paso del tiempo adopté una actitud más realista a este respecto y decidí intervenir en los medios audiovisuales sólo a título personal evitando la participación en debates colectivos y tendenciosos. Como alternativa, sobre todo tratándose de asuntos graves, me pareció más prudente y eficaz invitar a la gente a leer mis escritos o bien a tratar conmigo sus problemas de forma personalizada en consultas privadas. Creo que esta estrategia fue un acierto y de ahí también mi reticencia sistemática a discutir en público de palabra en torno a cuestiones sobre las cuales me he pronunciado ya por escrito.

         Otras observaciones que me resulta grato hacer son las siguientes. Me ha gustado escuchar con atención a la gente que me confesaba sus penas y dolores de orden físico o moral. El sufrimiento no perdona a nadie y muchas veces, quienes sufren mucho necesitan de una forma patética que alguien los escuche antes de recibir consejos no solicitados. Sólo después de esta escucha paciente y caritativa estamos en condiciones de dar algún consejo oportuno, saludable y consolador. Escuchar al que sufre es una prueba inequívoca de respeto, que produce siempre frutos saludables y consoladores. Debo confesar sin rubor que me siento muy feliz cuando constato que, las personas que han venido a mí para confiarme sus penas y dolores, han encontrado alivio y consuelo. Como no podía ser de otra manera, hubo imprudencias pastorales, pero hice siempre lo que pude para que fueran compensadas. Al menos esto es lo que yo pienso.

         A la altura del año 2020, cuando todas las penas y dolores se multiplicaron por el Covid/19, tuve la gran ocasión de instruir y consolar a quienes se acercaron a mí solicitando algún servicio pastoral, como el sacramento de la penitencia. En el artículo titulado Covid/19 y pastoral litúrgica, destinado a ser publicado en el fascículo primero de la revista Studium (2021), expuse mis criterios pastorales para distribuir el consuelo y el perdón de los pecados en un tiempo de angustia añadida por el estado de guerra declarado por el pandémico y mortífero Covid/19.                                                                NICETO BLÁZQUEZ, O.P.

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