jueves, 17 de marzo de 2022

MI VIDA RESUMIDA I

 

CAPITULO I

LA MADRE NATURALEZA Y EL SENTIDO DE LA VIDA

(1937/1956)

 

         El lugar donde nacemos y la familia en la que crecemos son factores muy importantes que contribuyen poderosamente al forjamiento exitoso o fracasado de nuestra personalidad. Para bien o para mal, la infancia nos persigue siempre y al final de mis días tengo la sensación de que, por ambas partes, he sido un hombre afortunado.

 

         1. Venta del Obispo y Hoyocasero

 

         Yo nací en Venta del Obispo, en la jurisdicción municipal de San Martín del Pimpollar, provincia de Ávila (España) el 1 de octubre de 1937. Es un lugar geográfico de gran belleza natural ubicado entre el puerto de Menga y el puerto del Pico en la sierra de Gredos. La Venta del Obispo es un caserío denominado así porque, según yo había oído decir, un Obispo de Ávila viajaba en visita pastoral hacia el sur de la diócesis y sufrió serias dificultades a causa de la nieve por lo que ordenó construir en aquel lugar una Venta que sirviera de posada y refugio adecuado en sustitución de las “viejas majadas” antes existentes en el lugar. De ahí su denominación de “Venta del Obispo”, que terminó convirtiéndose en un lugar estratégico de encuentro entre los dos puertos de carretera antes indicados, la laguna y los picos de Gredos. Con el tiempo la calzada romana fue sustituida por la carretera Ávila- Arenas de San Pedro y El Barco de Ávila, con lo cual fue necesario construir las denominadas “casetas de camineros”. Eran casas de piedra espaciosas y muy bien construidas, asignadas a los denominados “peones camineros” o personal de mantenimiento, los cuales reparaban las carreteras de tierra que eran constantemente erosionadas por la nieve, las lluvias, el tránsito de los carros de vacas y de los primeros automóviles que iban goteando cada vez con más frecuencia. Más en concreto cabe hacer las siguientes matizaciones históricas sobre el origen de la emblemática Venta.

         Según algunos datos escritos, la casa original denominada Venta del Obispo fue construida en el siglo XIV y restaurada en 1803 por el Obispo de Ávila D. Manuel Gómez de Salazar, para el amparo de los caminantes y cobijo de los pastores que transitaban entre Ávila y Talavera de la Reina. La antigua casa restaurada de Venta del Obispo hace pensar en el ruido de las diligencias de correos que en ella se detenían, el clamor de los cencerros de las vacas trashumantes, los validos de las ovejas que repostaban camino de Extremadura y las voces de los arrieros que subían de los pueblos del Barranco con sus mercancías de frutas cabalgando sobre las mulas. Esto suponía subir y bajar dos importantes puertos de montaña, el del Pico y el de Menga, para adentrarse en los llanos de Salobral y de la Moraña. Según Tomás Sobrino Chomón (Episcopado abulense siglo XIX, datos sobre el obispo de Ávila D. Manuel Gómez de Salazar (1.802 – 1.815), el Obispo abulense D. Manuel alude en su testamento a la Venta del Obispo en estos términos: “Es notorio que a mi arribo a esta ciudad mandé construir en un sitio llamado las Majadas Viejas una venta que se titula del Obispo para amparo de viajeros en los meses de invierno, a poca distancia del puerto del Pico, cuyo edificio ha sido de mucho amparo a viajeros de todas provincias, y recomiendo su conservación a la Colectoría General de Expolios y Vacantes y a mis sucesores. Y en el caso de que no se advierta medio de conservarse la referida casa, construida de mi propio haber, quiero y es mi voluntad se venda al mejor postor, siempre que ocurra esta proposición”. Según puede leerse en un artículo publicado en la desaparecida revista El pregón de Gredos, firmado por Javier Apausa, Alejandro Carbonell y Jesús González Tejado, la Venta fue comprada al propio Gobierno por D. Lorenzo Fernández y las cosas ocurrieron más o menos como sigue.

         Con la desamortización de Mendizábal, el Obispado de Ávila perdió la Venta del Obispo y el Gobierno la sacó a subasta en Piedrahita, siéndole adjudicada la propiedad de toda la finca a D. Lorenzo Fernández, cuyos hijos D. Gaspar, D. Gerardo y su sobrino D. Mariano Fernández se la repartieron después como herencia paterna quedando D. Gaspar como propietario de la parte donde estaba ubicada la vieja casa fundada por el Obispo D. Manuel Gómez de Salazar. A raíz de la división hereditaria D. Mariano y Dña. Sofía, D. Gerardo y Dña. María construyeron sus propias casas y dependencias agrícolas respectivas. Posteriormente fueron construidas otras dos casas más donde vivieron Dña. Lucía y su familia, por una parte, y Dña. Sabina y Dña. Pepa por otra. La vieja casa original denominada “La Venta del Obispo” la heredó de D. Lorenzo Fernández, como queda dicho, su hijo D. Gaspar con su esposa Dña. Natalia. De D. Gaspar, a su vez, la heredó su hijo D. Enrique, el cual llegó a un acuerdo con su hermana Dña. Daría Fernández para que ésta y su marido D. Martín del Río quedaran como propietarios de dicha Venta.

         En 1937, cuando yo nací, la Venta estaba regentada por D. Enrique Fernández y los niños de las familias allí ubicadas, entre ellos mi hermano Pelegrín, estaban escolarizados en Navalsauz, a poco más de un kilómetro al norte, a donde accedían a pie por la carretera polvorienta o embarrada, según el estado del tiempo, a la vera del río Alberche. En el año 2010 mi hermano Pelegrín y la prima Julia Fernández (fallecida en junio del 2010) recordaban todavía con nostalgia y emoción aquellos años de su niñez en Venta del Obispo con sus idas y venidas a la escuela primaria de Navalsauz.

         Una observación importante a tener en cuenta es que en torno a la Venta del Obispo (casa de refugio fundada por el Obispo de Ávila D. Manuel Gómez de Salazar) surgió durante el siglo XX un pequeño caserío donde vivían varias familias, con Capilla y fiestas propias. De ahí que para los vecinos del emplazamiento La Venta vino a significar algo más que una casa tradicional de refugio, de comidas o de alto en el camino de viajantes o trashumantes de ganado. La Venta del Obispo terminó convirtiéndose de hecho en un caserío anejo civilmente a San Martín del Pimpollar y canónicamente a Cepeda de la Mora. En la primera década del siglo XXI, sin embargo, lo único que quedaba de la Venta es la vieja casa original restaurada y convertida en restaurante de carretera. Tres de las otras casas sólo eran abiertas en verano y la que construyera D. Mariano Fernández, mi abuelo materno y la caseta de camineros, donde yo nací, se encontraban abandonadas y en ruinas. Tampoco carece de interés histórico la tradición oral según la cual en el enclave de La Venta hubo un Lazareto y un convento de frailes. El lugar donde estuvo situado el convento es todavía reconocible al otro lado del río y todo hace pensar que las piedras de aquel convento abandonado sirvieron después para las construcciones posteriores en el recinto de la Venta y su entorno.

         Pues bien, en la casa de camineros construida en Venta del Obispo nací yo, como consta en el certificado de nacimiento, el uno de octubre de 1937 cuando mi padre trabajaba como operario de obras públicas en plena guerra civil española. La circunstancia de la guerra fue nefasta también para mí porque, al nacer y durante los primeros años de mi vida, impidió que mi madre y yo recibiéramos los auxilios médicos indispensables para sobrevivir con buena salud. De hecho, mi padre y el resto de mis hermanos, nacidos antes y después de la guerra, disfrutaron de buena salud, mientras que mi madre y yo pudimos sobrevivir gracias a la paz posterior y a los adelantos médicos de los que pudimos disfrutar. Como digo, nací en Venta del Obispo, pero fui bautizado en Navalsauz, donde los niños de La Venta eran bautizados y después iban a la escuela. De este pueblecito era Francisca Sánchez, la hermosa campesina analfabeta española que fue el gran amor del poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) hasta que la muerte los separó.

         Mi padre solía contar la anécdota siguiente. El día en que me bautizó el párroco de Cepeda de la Mora, del que Navalsauz dependía eclesiásticamente, se celebró el banquete de rigor en casa de unos amigos, los cuales pusieron sobre la mesa un mantel de alta calidad. Al verlo y admirarlo, el párroco hizo un breve comentario sobre su valor añadiendo algunas reflexiones sobre lo fácil que era mancharlo y lo difícil que sería después hacer desaparecer la mancha sin dañar de forma irreparable la calidad de la pieza.

         Terminada la guerra civil, mis padres optaron por volver a Hoyocasero dejando atrás una etapa de su vida, para iniciar otra nueva marcada ahora por la vida agrícola y ganadera. Mis abuelos murieron relativamente jóvenes al terminar la guerra civil española y las dos abuelas disponían de tierras de pastos y labranza, que prometían mucho por aquellos años duros de la posguerra. Yo nací el 1 de 1937 y el año 1939 mis padres se trasladaron a vivir en Hoyocasero a raíz de la muerte de mi abuelo Pelegrín en 1939. Lo cual significa, entre otras cosas, que mi adolescencia se desarrolló en Hoyocasero para todos los efectos educativos y administrativos de mis padres, si bien el retorno a la Venta del Obispo con mi abuela materna, Sofía, era frecuente y a veces prolongado en tiempo de verano.

         Hoyocasero formó parte antiguamente del concejo del Burgo, siendo una pedanía del mismo. Documentalmente es sabido que este pueblo fue formado tras la Reconquista, impulsado por los clérigos de la abadía del Burgo Hondo. La ubicación geográfica del pueblo se debió probablemente a sus condiciones idóneas por la proximidad de pastos y tierras de labor junto a fuentes, leña y resguardo de las inclemencias del tiempo. De ahí que recibiera el nombre de HOYO donde se hacían quesos. De ahí también los nombres originales de Oyoquesereo y Oyoquesero, que por evolución y corrección ortográfica pasó de estas denominaciones a Hoyoquesero y en fecha incierta, alrededor del año 1836, a Hoyocasero. Este interesante pueblo se encuentra ubicado en plena sierra de Gredos a 1.349 metros de altitud, tiene una extensión de 52 kilómetros cuadrados a 55 kilómetros de Ávila y 37 de Arenas San Pedro, a donde se accede bajando el puerto de El Pico. A la derecha y el oeste se encuentran San Martín del Pimpollar y Navarredonda, a los pies de los famosos picos de Gredos y su laguna. Son estos paisajes muy hermosos durante las cuatro estaciones del año que merece la pena visitar. La Ermita de "El Cristo" es el principal centro de devoción de los vecinos de Hoyocasero desde tiempo inmemorial. La romería se celebra año tras año el lunes inmediato al Domingo de Pentecostés. Por otra parte, en la Iglesia parroquial bajo la advocación de S. Juan bautista, existe la Capilla de la Virgen de las Angustias, que constituye otro monumento excepcional de piedad mariana. Según una tradición oral transmitida por los ancianos del lugar, esta ermita fue en su día la Iglesia de una pequeña comunidad que terminó desapareciendo.

         La Enciclopedia Wikipedia ofrece algunos datos que me parece oportuno recordar. Hoyocasero es una población de la provincia de Ávila situada en el valle del alto Alberche, en la falda de su sierra homónima. Tiene su origen en la cultura celta de los Vettones como se constata por los enterramientos en el entorno de la Ermita del Cristo. La primera referencia histórica a Hoyocasero es la de una escaramuza de guerra en 1090, enmarcada dentro de la lucha entre el rey moro de Badajoz, Mutawakkil y Alfonso VI, por el control de Toledo tras la muerte de Al-Mamun en 1076. Durante la edad media y hasta 1795 dependió con el resto de aldeas o collaciones del valle del Alberche de la Abadía del Burgohondo, que controlaba el valle desde la Ermita de San Pedro en Navarrevisca. Dicha abadía fue disuelta por su extrema relajación e indisciplina en el siglo XVIII por el rey a petición del cabildo catedralicio de Ávila. En el siglo XVI una parte del término municipal, propiedad de los Velada, era aprovechado por los vecinos del lugar, sin que los titulares la prestasen atención, ya que seguramente les había sido entregada a sus antepasados como tributo de bizarría. Tras una serie de pleitos entre los vecinos de Hoyocasero, que habían ocupado la tierra, y los dueños, fue concertado el Censo Enfitéutico entre ambas partes, por escritura fechada en 6 de enero de 1567 y que establecía una especie de alquiler sin fecha de finalización entre el representante de Mosén Rubí de Bracamonte y el pueblo de Hoyocasero, acuerdo que estuvo en vigor hasta entrado el siglo XX.

         En la primera década del siglo XXI, el pueblo es conocido por su pinar de pino albar, el más meridional de esta variedad en la Península Ibérica, y que es un sorprendente "islote de vida" que alberga en su reducido espacio a más de cuatrocientas especies vegetales superiores, que crecen en sus tres estratos de arbóreo, arbustivo y herbáceo. Conserva en su estrato herbáceo especies verdaderamente sorprendentes, lo que le hace ser único en todo el Sistema Central, tanto por su riqueza de especies endémicas como por guardar otras de carácter eurosiberiano, que constituyen verdaderas reliquias a esta latitud. De él se dice que se han sacado pinos para los mástiles de importantes navíos históricos, si bien esto no está constatado. Don Fernando Sanz Frutos, secretario de Administración Local con ejercicio en el Ayuntamiento de Hoyocasero, escribió una Memoria histórica del escudo y bandera de Hoyocasero en 1986. Se trata de un documento en toda regla sobre los orígenes e historia de Hoyocasero. En el año 1999 el Ayuntamiento de Hoyocasero lo publicó en ciclostil y en el 2005 la C.T.R Fábrica Cabrera hizo la trascripción electrónica de dicho documento el cual está disponible íntegramente en Internet.

         Asentados ya mis padres en Hoyocasero, mi vida corrió serio peligro. Todavía me queda un leve recuerdo de aquel trance. Algo extraño apareció en la ingle que aconsejó una intervención quirúrgica. Sólo queda en mi memoria una imagen vaga de aquel incidente preocupante para mis padres, que tomaron las oportunas decisiones de urgencia. Supongo que me llevaron a Ávila y no recuerdo en absoluto de haber sufrido dolores. En el año 2010 pude constatar que la casa antigua donde tuvo lugar este incidente había desaparecido para construir otra nueva en el mismo solar. A pesar de todo conservo aún la imagen de la vieja casa por fuera. Durante muchos años recordábamos aquella casa como “la casa de la tía Zoila”. Esta señora era la propietaria de la casa y solía estar sentada mucho tiempo a la puerta. dada su dificultad para caminar. Esa imagen de la señora Zoila sentada a la puerta de su casa se me quedó muy grabada, pero nunca se me ocurrió pedirle que me enseñara la casa por dentro cuando yo pasaba por su puerta y la saludaba.   

         Por aquella época los niños comenzaban a ir a la escuela a los cinco años de edad y para mí la escolarización significó un antes y un después de mi infancia. Eran los tiempos duros de la posguerra civil y de la segunda guerra mundial y D. Antonio Sainz Pardo, que así se llamaba el maestro de la escuela, no tenía fama de hombre amable con los niños. Tenía muchos hijos y poco que darles de comer. No en vano decían en otros tiempos: “tiene más hambre que un maestro de escuela”. Con el paso del tiempo se comprende que el hambre y los resabios de la guerra, sólo oficialmente terminada, contribuyeran a que el maestro expresara su amargura desahogándose en la escuela bajo la excusa de que “la letra con sangre entra”. Traigo a colación esto para comprender la anécdota siguiente relacionada directamente conmigo.

         En mi casa se hablaba de la conveniencia de “ponerme a la escuela”, como se decía, una vez cumplidos los cinco años de edad. Pero yo había oído hablar a mis hermanos de cómo el maestro trataba a los alumnos, lo cual me hacía pensar mucho y temer lo peor. Por una parte, no me apetecía en absoluto ir a la escuela en esas condiciones y, por otra, no había otra alternativa que ir. No recuerdo si el primer día me acompañó mi padre o uno de mis hermanos. Lo que sí recuerdo perfectamente es que, cuando me encontré dentro del local frente al maestro y me vino a la memoria cuanto había oído decir sobre el trato que dispensaba a los alumnos, pensé que lo más práctico era ponerme desde el principio de su parte como colaborador en caso de que me necesitara. Mi instinto de defensa me llevó a pensar que la mejor manera de evitar que me agrediera a mí, era ponerme a sus órdenes para ayudarle a castigar a los demás.

         Mi propuesta fue objeto de admiración, como no podía ser de otra manera, y sólo recuerdo haber sido tratado injustamente por el maestro en una ocasión. Siguiendo su costumbre, nos colocó a tres o cuatro niños frente a una pizarra instalada en la pared, y después de haber formulado en ella una operación de matemáticas, nos pidió que obtuviéramos el resultado correcto dejándonos solos mientras inspeccionaba las tareas de otros niños. Cuando llegó el turno volvió a nosotros y, constatando que no habíamos resuelto correctamente el problema, tomó con la mano derecha la tabla o palmeta que llevaba debajo del brazo, nos ordenó poner hacia arriba la palma de la mano y nos pegó un “palmetazo” a cada uno de nosotros con toda su fuerza. No recuerdo haber llorado, pero el dolor y la indignación quedaron como recuerdo inolvidable. La escena del “palmetazo” por un quítame de ahí esas pajas se repetía constantemente, pero no conmigo. La pedagogía era así, nos exigían que supiéramos lo que no nos habían enseñado antes y en caso de no saberlo, nos castigaban físicamente. Pero la vida se encarga luego de ponernos a todos en el lugar que nos corresponde.

         En relación con mis recuerdos de infancia en la escuela de Hoyocasero me parece oportuno dejar constancia también de lo siguiente. Yo sentía particular placer por la lectura y pronto destaqué por mi capacidad para leer correctamente con mucha facilidad. Lo cual fue, creo yo, un factor decisivo para que el maestro me respetara más que a mis compañeros. En cualquier caso, yo no me fiaba para nada de él, convencido de que en cualquier momento podía verme en la situación de tener que poner la mano para recibir algún “palmetazo” como los demás. Esta desconfianza explica lo que digo a continuación.

         Celebrábamos, como era costumbre, la “matanza” en casa de una de mis abuelas llamada Sofía. La “matanza” se refiere a tres días dedicados a sacrificar y procesar en la forma tradicional casera la carne de los cerdos que se habían criado y engordado durante casi todo un año con el fin de disponer de carne para el consumo familiar. Pues bien, era el tercer día de la celebración cuando alguien sugirió la idea de invitar a D. Antonio, el maestro, a compartir un asado a la hora de la merienda. Fuera había una nevada impresionante. Al poco tiempo se oyó la voz del maestro D. Antonio llamando a la puerta y yo, tan pronto la reconocí, salí a carrera tendida como alma que lleva el diablo desde la cocina por el pasillo hacia la calle cayendo de bruces sobre la nieve. Esta anécdota pasó a la historia de la familia como un rasgo de mi personalidad infantil, pero sobre todo como expresión de la idea negativa que yo tenía de mi maestro de escuela al que no quería ver cerca de mí y menos aún en casa de mi abuela.

         Pero al cabo de uno o dos años el maestro D. Antonio, que era ya una institución en Hoyocasero, decidió emigrar a Madrid en busca sin duda de mejor vida para él y de su familia numerosa. Con esta ocasión mi madre me dijo lo siguiente. D. Antonio, el Sr. Maestro, se está preparando para marcharse del pueblo y debes ir a despedirte de él. Dicho y hecho. Pocos minutos después llegué a la plaza del pueblo, donde estaba ubicada la escuela, remonté la escalera de su casa sita en la primera planta del edificio y no necesité llamar a la puerta porque estaba abierta. Al verme, D. Antonio dejó todo y salió a recibirme cariñosamente. No sé qué palabras de despedida le dije. Lo que sí recuerdo de él es que estaba muy ocupado con la recogida de sus pertenencias para abandonar el pueblo y me acarició haciéndose cargo de que yo era un niño que venía a decirle “Adiós” para siempre. Me puso su mano tiernamente sobre la frente y mirándome con cariño me dijo: “Niceto, que seas bueno”. Gratamente sorprendido y sin decir palabra, me di la vuelta escalera abajo con este lindo mensaje de aquel hombre amargado por las circunstancias adversas de la vida creadas por una guerra civil.

         Pasaron muchos años y cuando yo había terminado mi carrera y había sido ordenado sacerdote en la Orden de Santo Domingo, un buen día anuncié en la prensa de Madrid una conferencia en la calle Conde de Peñalver 40. Era mi primera conferencia pública y, por tanto, el comienzo de una etapa nueva y fascinante de mi vida. Tan pronto eché una mirada para hacerme una idea del público que tenía delante de mí reconocí (genio y figura) al viejo D. Antonio Sainz Pardo entre los asistentes a la conferencia. Eché otra mirada de inspección para asegurarme de que era él y comencé la conferencia recordando al público que entre los asistentes había reconocido al maestro de escuela que de niño me había enseñado a leer y escribir. Terminó la conferencia y nos fundimos en un abrazo muy emotivo. Esta vez me dijo: “Niceto, ¡cuánto tengo que aprender de ti”! Pasaron los años y un día el portero del convento de S. Pedro Mártir, Madrid, me comunicó que tenía una visita. D. Antonio tenía 90 y más años cumplidos, estaba muy sordo, pero con la cabeza en su sitio. Consciente de su situación, había pedido a sus hijos que le llevaran a despedirse de mí. Fue la última vez que nos vimos. La penúltima había tenido lugar en su casa de Madrid. Me recibieron él y su esposa Doña Dolores. Ambos pasamos una tarde felices. Él me contó muchas cosas de agradecimiento a las gentes de Hoyocasero por el trato allí recibido durante sus muchos años de trabajo profesional como maestro de escuela, de niños durante el día y de adultos por las noches. Doña Dolores remataba siempre sus relatos con este estribillo: “eran otros tiempos”. ¡Y qué razón tenía! Innecesario advertir que no todo el mundo hablaba en Hoyocasero tan bien de él, empezando por mí mismo. Pero no me costaba comprender su situación personal y reconocer que era un hombre muy inteligente, capaz de aprender de sus alumnos y sentirse orgulloso de ellos. Como detalle pintoresco de esta histórica visita a mi maestro de escuela, valga la pena recordar el siguiente. Él había sido y era un gran fumador. Pero conocía los efectos nocivos del tabaco y tomaba las comprensibles precauciones. Hablando de su programa de jubilado, me dijo que, de siempre tenía la costumbre de comenzar el día liando manualmente los cigarrillos que pensaba fumar durante todo el día, insertando en da uno de ellos un filtro para impedir el paso la nicotina.

         Otro acontecimiento que marcó mi infancia en Hoyocasero fue la presencia de dos párrocos. Me refiero a los titulares de la parroquia D. Sebastián Cuenca Ortega y D. Victorio Herráez. Del primero me es grato recordar lo siguiente. A la edad de siete años me preparó con un nutrido grupo de niños y niñas para recibir la Primera Comunión. Cuando ya estábamos listos para el gran día, nos pidió un favor que consistió en lo siguiente: que cuando recibiéramos a Cristo nos acordáramos de él. Mi sorpresa fue grande por dos razones. Primero, por el hecho de que el párroco nos pidiera un favor a los niños. Y segundo, porque yo había visto en mi familia rezar por los difuntos, pero nunca por los vivos. En cualquier caso, entendí que cuando D. Sebastián nos pedía ese favor, sus razones habría y yo no podía negárselo. Murió muy pronto a los 63 años de edad el mismo día de Navidad y no le he olvidado nunca. Además, me dejó una imagen entrañable del sacramento de la confesión, que he procurado reflejar en mi trabajo pastoral. Esta experiencia maravillosa del sacramento de la confesión la tuve también con D. Victorio Herráez. D. Victorio comprendió pronto que yo tenía vocación sacerdotal, pero no para el clero secular, y supo en todo momento ayudarme espiritualmente respetando mi personalidad. Con D. Sebastián mi trato fue escaso y distante, pero muy positivo para mi vida. Con D. Victorio, en cambio, tuve un trato prolongado, frecuente y de verdadera amistad. A ambos les debo gratitud profunda por la huella positiva que dejaron en mi vida durante mi infancia y adolescencia. Pero, tratándose de D. Sebastián, tengo que puntualizar lo siguiente. Él era un fumador clásico con el cenicero siempre en ristre en la mesa de su despacho parroquial. Por las mañanas su hermana hacía la limpieza y asomándose por la ventana vaciaba en la calle el cenicero con las colillas de los cigarros. Otro chaval y yo pasábamos por allí en tiempo oportuno y recogíamos las colillas del señor cura y con ellas liábamos nuestros cigarrillos clandestinos. Esta pícara costumbre no duró mucho tiempo porque yo pronto me di cuenta que el fumar me hacía mal y no bien, y tomé la decisión de mandar al diablo todas las plantaciones de tabaco.

         De los años de infancia en Hoyocasero quedan todavía algunos recuerdos significativos que no se han borrado de la memoria con el paso del tiempo. Mi padre compró la cafetería, salón de baile y frontón de pelota. Por lo que he oído decir, esta adquisición fue una aventura, pero con el tiempo se convirtió en un acierto. Esta institución fue para mí fue un verdadero laboratorio de humanismo. Allí me acostumbré a vivir con el público conociendo sus virtudes y sus defectos. Conocí a personas buenísimas y también los estragos personales y familiares que producía el fumar y el beber en muchas de ellas. Los días de fiesta tenía que ayudar a mis padres en el servicio al público. Por ejemplo, poniendo la música del baile con un manubrio de cilindro con púas. Para mí era un verdadero calvario pasar la tarde encerrado en la sala de baile poniendo la música para que los demás bailaran, renunciando yo a marchar lo más lejos posible con mis amigos. Pero comprendía que tenía que ayudar a mis padres, ya que ello significaba hacer modestos pero indispensables ingresos de dinero para vivir con un mínimo de dignidad. Yo, a pesar de mi escasa edad, era consciente de ello. Al final de la jornada yo acompañaba a mi padre mientras hacía la caja del día y hacía mis cálculos sobre los ingresos y gastos de la semana. Yo conocía la cantidad de dinero en efectivo de la que disponíamos para cubrir los gastos familiares y ello me impedía pedirles cosas innecesarias conformándome con lo que había.

         Era norma que a las once de la noche se cerrara el establecimiento y yo no podía ocultar mi mal humor cuando llegaba la hora del cierre y había gente que no tenía prisa en marcharse a su casa o a donde les apeteciera. Casi siempre eran los mismos, es decir, los que todavía disponían de unas pesetas para seguir pidiendo chatos de vino. En una ocasión no me resistí a recordarles que había llegado la hora del cierre y que tenían que abandonar cuanto antes el local. Fue entonces cuando uno de los “bebedores retrasados” me replicó con contundencia que tuviera en cuenta que “ellos estaban allí dejando la peseta a mi padre”. Lo cierto es que el ambiente del bar y del baile no me gustaba nada. Crecí en ese ambiente por necesidad y tal vez por ello me negué siempre a aprender a beber y a bailar. Yo ponía la música para que bailaran los demás, pero bailar me parecía ridículo. Cuando contemplaba cómo las parejas bailaban “al son que yo tocaba” me parecían ridículos todos sus gestos y movimientos. En cualquier caso, estas vivencias se convirtieron para mí en una fuente de experiencia y de conocimiento de la naturaleza humana. Perdí para siempre el miedo al público y descubrí la grandeza de la soledad personal y del encuentro directo con la realidad de la vida. Empecé a sentir la necesidad de evitar la masificación de las personas y de descubrir la grandeza y dignidad de cada ser humano en particular.

         En el 2013 Mercedes Martín Martín, publicó un entrañable y hermoso blog en Internet con el título: EL CAFÉ DE TIO EMILIANO, PUNTO DE ENCUENTRO EN HOYOCASERO. El texto publicado e ilustrado con fotografías de mis padres fue el siguiente. “En este lugar surgieron muchas parejas, que aún hoy, recuerdan con nostalgia y cariño este lugar. Rara ha sido la ocasión que, hablando con algún lugareño de Hoyocasero, no haya salido a relucir el "Café de Tío Emiliano" en la conversación y esto nos ha llevado a pensar que sería interesante acercar este emblemático lugar a todos los que hemos oído hablar de él y también para los que no. En este caso, la persona encargada de trasladarnos en el tiempo hasta la apertura del "Café", ha sido Niceto Blázquez, hijo de este empresario local, que recuerda perfectamente la época, y al que agradecemos enormemente el cariño con el que me recibió en "su casa", nada más y nada menos que la residencia que los Dominicos tienen en Madrid, muy cerca del Corte Inglés de San Chinarro, y más teniendo en cuenta que aún está convaleciente de su reciente operación. Niceto nos traslada hasta la época posterior de la guerra, cuando su padre, tío Emiliano, era el secretario de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos de la localidad, además de ser también el corresponsal del subsidio que se daba a las familias de la localidad que tuvieran más de dos hijos, y que se recibía de forma mensual. En esa época, el Gobernador de Ávila era D. Fernando Herrero Tejedor, quién llegó a ser un gran amigo personal de tío Emiliano y con el que tenía grandes discusiones para lograr los mayores beneficios para todos los habitantes de Hoyocasero. Así se encargaba de ir a recoger el dinero a la capital, viajando con una carpeta guardada en el pecho donde llevaba el dinero en efectivo y anotaba todas las cuentas. Niceto recuerda con cariño una anécdota, que ocurrió la última vez que su padre fue a por los subsidios para la gente de la localidad. ¡Le faltaba un duro!, y repetía con tristeza: "esto no me había pasado nunca". Finalmente, y tras buscar en el lugar adecuado halló el duro en el chaleco. Según nos va desgranando sus vivencias del pasado, Niceto recuerda que los ganaderos querían dejarle siempre una propina a su padre, la cual nunca quiso aceptar. Hablando, hablado, al final llegamos a cuando su padre compró los terrenos a un personaje adinerado de la localidad llamado Florencio Nieto, pero conocido por "tío Bilbo", el cual se lo dejó a muy buen precio por un favor personal que su padre previamente le había hecho.

         Una parte importante de la finca era el espacio habilitado para frontón de pelota. Niceto recuerda algunas anécdotas pintorescas que tenían lugar en el frontón. En ocasiones el cura de Navalacruz, que era muy joven y bajito de estatura, por lo que le llamaban “D. Pedrillo”, y que era un gran jugador de pelota a mano, se desplazaba a Hoyocasero para jugar con los mozos, entre los cuales se encontraban algunos muchachos jóvenes de la Guardia Civil. El cura jugaba con la sotana remangada y los guardias civiles con el uniforme puesto y mirando constantemente a la cuesta del majano por si asomaba algún coche de inspección y los pillaban allí jugando a la pelota en lugar de estar en el cuartel esperando órdenes de sus superiores. En ocasiones Niceto jugaba en el frontón con uno de los guardias y no entendía por qué, en lugar de tener una mano casi siempre puesta en la pistola mientras pegaba la pelota con la otra, no se liberaba del arma mientras jugaba. Una vez dejó la pistola para jugar con él, pero no sin miedo a que llegara alguna inspección y le pillara desarmado fuera del cuartel. A partir de aquí recuerda que él en cuanto podía se escapaba del café para no trabajar e irse a jugar con los muchachos. Tras una buena carcajada recuerda que él era el encargado de dar al manubrio para que sonara la pieza, y que si la pareja que le pedía una pieza preferida le caía bien se la ponía y los miraba mientras bailaban. Por el contrario, como no le cayera muy bien, les tocaba aguantarse porque tardaba en ponerla. En este lugar, único punto de diversión de los jóvenes del pueblo, se reunían para bailar los mozos y mozas y aquí surgió el amor en muchas ocasiones entre los mancebos, el cual acabó en matrimonio. Estas parejas perduran hasta el día de hoy. También acudían los más jovenzuelos y jovenzuelas, a los que tío Emiliano, cuando el café estaba lleno echaba amablemente diciendo: "a ver este ganaillo". Salían y volvían a entrar haciendo él la vista gorda. Después de la guerra, el café estuvo arrendado a tío Ricardo y después lo volvió a coger su padre hasta que cerró. A la pregunta ¿cuántas parejas de novios salieron del Café?, nos responde: “no sé, pero tengo la impresión de que casi todas”. Recuerda también que por aquella época de su niñez había en Hoyocasero chicas guapísimas, de las cuales unas han fallecido ya y otras se encuentran en edad avanzada”. Cuando Mercedes Martín Martín vino a visitarme en mi casa era una joven mujer entrañable y amorosa, que desempeñaba un cargo público importante en Madrid. Pero, además, y sobre todo, era hija de María Martín, compañera mía de infancia en Hoyocasero. Por una simple casualidad tuve la suerte de conocerla en el año 2005 con ocasión de las fiestas del Cristo en Hoyocasero, y dar la primera comunión a su hija, también llamada María, la cual me profesó desde aquel día un profundo cariño.

         Otros recuerdos lindos de mi infancia en Hoyocasero están relacionados con mis padres y mis abuelas. Mis padres, Emiliano y Delfina, pasaron por momentos duros pero compensados con el paso del tiempo. A mi madre no la acompañó la salud y a ambos los acompañaron las calamidades que siguieron a la guerra civil española de 1936. Lo que no sufrió jamás deterioro fue su dignidad y sentido de la responsabilidad. Vivieron y murieron por sus hijos y para sus hijos y esto lo percibí yo ya desde mi más tierna infancia. Como consecuencia lógica de esta trayectoria, cosecharon amigos por doquier y murieron queridos y admirados por todos cuantos los habían conocido y tratado. Mis padres fueron un regalo precioso de la Providencia. Sus defectos y debilidades humanas, al lado de su nobleza de alma y grandeza personal, no pasan de ser anécdotas de la vida para contar, o accidentes inevitables felizmente superados en el camino de la vida. Desgraciadamente no conservo recuerdos personales de los abuelos, pero disfruté del amor y admiración de mis dos abuelas. Mi abuela materna se llamaba Sofía y vivió la mayor parte de su vida en Venta del Obispo. Sabía leer y escribir y entre sus libros de lectura se encontraban las meditaciones de Fray Luis de Granada, que leía discretamente de forma desapercibida mientras vigilaba los movimientos de los ganados en las praderas y cañadas desde la parte más alta del corral de la casa. Más tarde, cuando la edad la obligó a retirarse en su casa de Hoyocasero, alternaba la oración con la lectura de unos folletos biográficos que yo le había proporcionado sobre personajes como Tomás de Aquino y Alberto Magno. No soportaba que en su presencia se hablara mal de nadie. Cuando las vecinas se juntaban a la puerta de su casa en Hoyocasero y derivaban hacia la murmuración contra alguien, ella buscaba cualquier excusa para meterse en casa y desligarse de la conversación.

         La última escena amorosa de esta abuela materna fue así. Era un día muy frío de diciembre o enero cuando fui a visitarla en Hoyocasero. Llegué por la tarde y me apresuré a verla en casa del tío Pablo, su hijo mayor y mi padrino de bautismo, donde se encontraba en aquellos momentos. La encontré físicamente muy desmejorada, pero con su cabeza lúcida y brillante. Después de la alegría del encuentro la despedí hasta el día siguiente. Cuando volví a verla salió de su habitación con unos deliciosos bizcochos que se fabricaban en Hoyocasero y que ella misma había ido a comprar para obsequiarme con ellos. Al percatarse de todo, mi tía le reprochó que hubiera salido sola a comprar los bizcochos, argumentando que no había necesidad ninguna porque los había en casa, y además por el riesgo que había corrido de que la ocurriera algo en la calle habida cuenta del estado de su salud. Yo salí al paso del reproche y repliqué amablemente que yo tomaría los bizcochos que había comprado para mí la abuela, porque estos eran los que más me gustaban. ¡Sin comentarios! La abuela quedó feliz y yo también. Mi abuela paterna se llamaba Justa y era el prototipo de la mujer dulce, sufrida y buena. Era analfabeta y contaba ella cómo aprendió a escribir su firma. Llegó el momento de casarse y fue con el novio a exponer su deseo al párroco de Hoyocasero, y que D. Justo se llamaba. Durante la entrevista prematrimonial el párroco descubrió con gran sorpresa que ella no sabía leer ni escribir. Así las cosas, la convenció de que tenía que aprender por lo menos a escribir su firma. Y lo consiguió con la ayuda del párroco, pero no pasó de ahí porque de hecho tampoco lo necesito después.

         Ella explicaba esta anómala situación por el hecho de que cuando fue el tiempo de ir a la escuela nació su hermana Federica, y tuvo que ayudar a su madre a cuidarla. ¡Cosas de la vida! Mi último encuentro con ella fue así. Volví de Roma a visitar a mi familia y, como era costumbre, llevaba simbólicos recuerdos para familiares y amigos. Para la abuela llevaba uno muy bien elegido. Se trataba de un Rosario fluorescente pensando que este objeto le iba a producir mucha alegría. La invité a venir conmigo a un cuarto sin luz y, una vez allí, le mostré el Rosario brillando en la oscuridad. Al reconocerlo se emocionó mucho no pudiendo disimular su alegría ante tanta belleza. Y lo que es más. No podía comprender que un regalo así de bello y presuntamente tan costoso pudiera ser para ella, y me suplicó amorosamente que la dijera cuánto tenía que pagarme. Y añadió el siguiente comentario. “Cuando las señoras me pregunten, Justa, ¿quién te ha regalado ese Rosario tan bonito?, yo diré, pues ¿quién va a ser?, ¡mi nieto! Fueron las últimas palabras que oí de ella.  

         A ambas abuelas las recuerdo con mucho amor por su bondad por su gran bondad conmigo. Me enseñaron amorosamente a encomendarme a Dios en el silencio de las noches antes de dormir, y me expresaron siempre su admiración y cariño con gestos entrañables. Las anécdotas que de ellas recuerdo reflejan la grandeza humana de estas dos mujeres, por la sabiduría de la vida y su bondad inspirada por el sentido común y la fe cristiana. Por razones coyunturales, ambas tuvieron que vivir juntas en mi casa con mi madre postrada en silla de ruedas. Mi padre Emiliano las cuidaba a las tres y las tenía de punta en blanco. Era admirable ver a las dos abuelas ayudándose mutuamente y cediéndose la una a la otra el mejor asiento como expresión de preocupación fraterna. Las dos abuelas juntas eran un espejo precioso de humanidad alimentada con la presencia de Dios en sus vidas. Cuando fallecieron en mi ausencia por encontrarme realizando algunos estudios fuera de España, mi padre me comunicó por carta la noticia respectivamente, resalando el hecho de que habían muerto como mujeres santas.

         De los abuelos, que Pelegrín y Mariano se llamaban, siempre oí hablar bien de ellos. Del primero destacaban su bondad y buen humor. Del segundo mi padre solía destacar su inteligencia y sus dotes de hombre creativo para afrontar las dificultades de la vida. Yo deduzco que debió sufrir bastante ante las injusticias. En la Venta del Obispo había una Capilla dedicada a la Virgen del Carmen, en la que todos los años se celebraba su fiesta solemne el día 16 de julio. Por la mañana se celebraba una Misa solemne y por la tarde se hacía baile. Estalló la guerra civil de 1936 y un buen día llegaron “los rojos” (“comunistas o republicanos”) y destrozaron la estatua de la Virgen del Carmen que presidía la Capilla. Mi abuelo contempló el salvaje espectáculo desde su casa, situada en frente al otro lado de la carretera, y cuando los profanadores desaparecieron mi abuelo se apresuró a ir al lugar del crimen, recogió los trozos de la imagen y trató de reconstruirla ante la admiración de quienes temían por su vida si era sorprendido por los salvajes iconoclastas. Siento mucho no haber convivido con estos dos hombres en los que se dieron cita la bondad, la inteligencia y la responsabilidad.

         Mi vida infantil en Hoyocasero y Venta del Obispo estuvo marcada por el enriquecimiento de mi personalidad mediante el contacto directo con la naturaleza, las vivencias familiares y la escasez de medios materiales que siguió a la guerra civil española de 1936. Sin olvidar el miedo a los terroristas que quedaron por la zona conocidos como “maquis”, así como mi estado de salud siempre delicado. El contacto con la naturaleza fue una escuela en la que aprendí a reflexionar en profundidad buscando el por qué último de las cosas y el sentido de la vida. Las nieves del invierno, las flores de la primavera, el calor del verano y la cosecha de los frutos de la tierra en otoño, fueron las aulas magistrales de mi infancia junto con la casa de mis padres y la Iglesia. De niño conocí directamente cómo nace, crece y se seca la hierba de los campos, se marchita la belleza de las flores y maduran los frutos de los árboles. O cómo engendran y se reproducen los animales y se crían los niños enganchados a los pechos gloriosos de sus madres. Conocí en directo cómo morían por igual niños, adolescentes, jóvenes y ancianos. Y también cómo se cuida un rebaño de ovejas o una manada de vacas. Conocí el hambre y la hartura y sobre todo descubrí el misterio de la trascendencia para dar sentido a mi vida. Llegó un momento en que mi infancia se convirtió en una meditación constante sobre la vida y la muerte, el presente y el futuro. Este proceso tuvo una culminación en la anécdota que cuento a continuación y la decisión posterior de marchar del pueblo como peregrino de la verdad y del sentido último de mi vida. 

         Uno de mis entretenimientos gozosos de infancia consistía en visitar el hermoso prado que mi padre poseía en el lugar denominado “La chorrera” a menos de un kilómetro de Hoyocasero hacia el este. El prado está situado en la falda de una ladera frondosa surcada horizontalmente por la carretera y verticalmente por una “chorrera” o cascada de agua que vierte en el prado a través de un pequeño puente. Este lugar ha sido remodelado para ampliar la carretera, con lo cual se ha perdido su orografía original. Lo cierto es que cuando llegaba la primavera yo empezaba a visitar con harta frecuencia aquel paradisíaco entorno. Me introducía en el bosque, observaba el curso del agua de la cascada y, sobre todo, observaba atentamente cómo eran los árboles y las plantas con la ilusión añadida de descubrir los nidos de los pajarillos y otras aves de mayor envergadura. Y todo con mucha cautela para no ser sorprendido por algún desagradable o mortífero reptil. De hecho, era frecuente que culebras y víboras hicieran acto de presencia.

         Un día durante mi recorrido solitario por el bosquecillo admirando la vegetación, descubrí un retoño de árbol que me llamó particularmente la atención. Era un chopo pequeñito que había brotado al lado de otro inmenso y tenía la misma estatura que yo aproximadamente. El arbolito era todavía muy delgado y tierno y comenzaban a brotar sus delicadas hojas. Al verlo quedé fascinado por su belleza. Si mal no recuerdo, lo toqué suavemente con la mano cuidando de no causarle algún daño. A su lado estaba el chopo inmenso y yo miraba a los dos, pensando con ilusión que algún día el retoño llegaría también a ser grande y majestuoso como el adulto. A partir de aquel hermoso día, cuando iba a la “chorrera”, visitaba el “chopito” siguiendo de cerca su crecimiento. Pero todo mi gozo en un pozo.

         Otro día fui como de costumbre a visitarlo y no podía creer lo que estaba viendo. El inocente e indefenso arbolito había sido cercenado. No había duda. Alguien lo habían cortado por la mitad de su cuerpo con una navaja. Imaginemos un niñito de tres meses asesinado en su propia cuna. Cerré espontáneamente los ojos y me hice dos preguntas: ¿Quién ha sido? ¿Por qué? No entendía que aquella criatura hubiera hecho algún mal que mereciera tan severo castigo. Entonces, ¿por qué? ¿Por envidia de que el arbolito se encontraba en la propiedad de mi padre? ¿Cosas de niño o algo más? En aquel momento mi capacidad de razonamiento se disparó y abandoné el lugar con el corazón roto. Por primera vez pensé que hay gente mala, que el mal existe y que en adelante debía conocer las cosas sin fiarme de las apariencias. En aquel histórico momento de mi vida perdí la inocencia y se activó dentro de mí el uso intenso de la razón. O lo que es igual, dejé de ser niño psicológicamente y comencé a tomar conciencia de lo bueno y lo malo, de lo verdadero y lo falso, de lo bello y lo monstruoso, de la vida y de la muerte. En aquel preciso momento comenzó mi carrera filosófica como ejercicio constante del uso de la razón frente a las situaciones de la vida. Pero, como no hay mal que por bien no venga, he de confesar también que en el atardecer de mi vida me siento muy feliz de haber aprendido la lección positiva de aquella prematura y terrible experiencia. En septiembre de 1950 llegué al colegio de los PP. Dominicos de la Mejorada, en la provincia de Valladolid, como culminación reflexiva de aquella experiencia con la ayuda incondicional y sacrificada de mis padres, que no pasaban en aquel momento por una situación económica envidiable, de lo cual yo era plenamente consciente y por lo que evitaba pedirles nada a no ser que fuera estrictamente necesario.

 

         2. La Mejorada, Santa María de Nieva y Arcas Reales

     

         La llegada al colegio de La Mejorada tuvo lugar en una tarde de septiembre de 1950. Me llevó mi padre, con el cual yo me sentía siempre protegido contra todos los males. A pesar de mi niñez, hablaba conmigo de las cosas como si yo fuera una persona mayor, lo cual era para mí motivo de orgullo e invitación constante a la responsabilidad. El trayecto desde Hoyocasero a Ávila lo hicimos en autobús y de Ávila a Medina del Campo, en tren. Por cierto, era la primera vez que yo viajaba en tren ya que hasta entonces no sólo había viajado a Ávila desde Hoyocasero. Allí, si mal no recuerdo, nos fue a recoger un operario con una tartana tirada por un caballo, para llevarnos directamente al colegio de La Mejorada, situado a pocos kilómetros de Olmedo, y a donde había que acceder por un camino polvoriento entre viñedos. El popular operario del colegio se llamaba Atanasio, cuyos servicios fueron pronto sustituidos con una furgoneta de madera. Al llegar a la puerta principal me alegró mucho ver el frontón de pelota, aunque no tan bien acondicionado como el de mi padre en Hoyocasero, donde a mi corta edad era yo un líder en ese deporte.

         Lo primero que hicimos fue saludar al P. Román Azcoaga, el cual era un venerable fraile dominico del que en mi casa sólo se habían oído decir palabras laudatorias y él mismo nos presentó al Rector del colegio. Este primer encuentro con el Rector fue meramente protocolario y expeditivo de suerte que a los pocos minutos le perdí de vista a mi padre. En aquel momento me sentí perdido entre una “muchachería” sin nombre. Fue una separación muy brusca de mi padre, pero yo sentí el deber de ser consecuente con la decisión que había tomado de iniciar una vida nueva, radicalmente distinta de la que había llevado hasta aquel momento. Yo había puesto en juego mi propio futuro y había que perder el miedo. Mis padres me llevaron allí porque consideraron que en aquel momento era lo mejor que podían ofrecerme. Pero yo fui muy gustoso y esperanzado con la ilusión de encontrar un porvenir adecuado a mis más profundas inquietudes humanas.

         Algunos de aquellos muchachos que empecé a tratar terminaban de llegar como yo, y otros eran veteranos del año anterior. En el colegio de La Mejorada sólo se impartían los dos primeros cursos académicos del Bachillerato. Recuerdo que inmediatamente nos llevaron al comedor para tomar la merienda y, de repente, cuando yo conversaba animadamente con el compañero de al lado, llamado Domingo Marcos, que también terminaba de llegar, presentándonos y comentando el viaje, se oyó una voz potente gritando: ¡Silencio! Era el fraile responsable de la disciplina en aquel momento, el cual nos conminaba a tomar la merienda sin hablar unos con otros. Esta fue la primera sorpresa desagradable. ¿Será malo hablar con el compañero de al lado mientras merendamos?, pensé yo, y todo parecía indicar que sí.

         Los veteranos nos informaron después de que en el comedor había que guardar silencio y escuchar una lectura durante el almuerzo y la cena. No me pareció mal en absoluto que se escucharan interesantes lecturas en aquel lugar, para lo cual, obviamente, había que guardar silencio. Lo que no cabía en mi cabeza es que no me hubieran informado previamente de esta costumbre, viéndome obligado a oír un reproche innecesario cuando yo lo único que estaba haciendo era saludar y darme a conocer como persona bien educada al compañero que tenía a mi lado. Las sorpresas fueron en aumento y algunas de ellas bastante desagradables quedaron grabadas en mi memoria. Por ejemplo. Llegó la noche y con ello la hora de dormir. Pero ¿dónde? Yo había dejado mis pertenencias en un salón inmenso con dos filas de camas. ¿Será aquí?, pensaba yo. Allí era, efectivamente, y ésta fue otra sorpresa desagradable para mí, recién llegado al colegio. Yo me sentí indefenso al tener que aceptar que aspectos esenciales de mi vida privada quedaran a la vista de los curiosos, y tuve la impresión de que me robaran la intimidad al perder aquel trato personal y confidencial al que yo estaba acostumbrado. Digamos que me sentí despersonalizado y masificado como un objeto cualquiera. Yo entendía, por ejemplo, que el dormir y la higiene personal son aspectos de la vida íntima de una persona que en el dormitorio común son fatalmente violados.

         En La Mejorada cursé los dos primeros cursos de bachillerato: 1950/1951 y 1951/1952. Mi padre volvió por Navidad para conocer mi situación y mi alegría fue inmensa al verle después de tres meses de ausencia. Pero no le hablé de mis desilusiones, pues yo no quería bajo ningún concepto que él regresara a casa insatisfecho, pensando que se había equivocado llevándome allí. Yo entendía sin dificultad que había que dejar pasar el tiempo hasta ver cómo evolucionaba la situación. Un hermano mío, Mariano, me había dado este consejo: si ves malas y no buenas, te vienes a casa y asunto terminado.

         Como balance global de mi paso por el colegio de La Mejorada cabe decir lo siguiente. No encontré el trato personal que yo necesitaba y me sentí tratado como un objeto perdido en una masa bulliciosa de muchachos que buscaban hacer deporte y divertirse inocentemente. Yo necesitaba algo más y no lo encontraba tampoco en la docencia de las aulas ni en las relaciones con las autoridades educativas del colegio. En algún momento no descarté la idea de tirar la tolla y volver a casa con mis padres siguiendo el consejo de mi hermano Mariano.

         Pero había un anciano misionero del Extremo Oriente discapacitado, y que fue para mí un referente admirable. Se llamaba Eugenio González y la enfermedad había convertido su cuerpo en un montón de ruinas, pese a lo cual, su cabeza y su corazón eran admirables. Era el párroco de Calabazas y hacía el camino desde el colegio al pequeño pueblo arrastrándose por los pinares y cruzando el río Adaja con serio peligro de caer al agua. Cuando los estudiantes estábamos por los campos de deporte y le veíamos asomar de vuelta a casa, algunos salíamos a su encuentro y nos sentábamos a su alrededor en el suelo bajo la copa de un pino. Luego cargaba la pipa de tabaco, nos hablaba de las misiones en Vietnam y respondía a nuestras preguntas. Cuando considerábamos que el tiempo no daba más de sí, le ayudábamos a levantarse del suelo y continuaba su viaje de vuelta a casa arrastrando una pierna por el polvoriento camino, sosteniendo a duras penas la pipa. Era un espectáculo de debilidad y grandeza humana al mismo tiempo. Este hombre, aparentemente inútil, fue mi verdadero maestro durante los dos años académicos que estuve en La Mejorada. De él recibí el trato personal y comprensivo que yo necesitaba cuando me sentía perdido en una masa de muchachos colectivizados y sometidos a un sistema de educación masiva.

         La llegada al colegio de Santa María de Nieva en la provincia de Segovia, supuso un notable progreso para mí. El sistema de educación masiva era prácticamente el mismo, pero había otros hombres y otros compañeros mayores en edad y experiencia. El hombre clave para mí fue el Rector del colegio, José González Cuesta, que había llegado de la Universidad de Santo Tomás de Manila para subsanar problemas que habían surgido con el Rector anterior. De este hombre recibí el trato personal y respetuoso que yo necesitaba. Dos anécdotas pueden bastar para destacar este recuerdo positivo de él.

         Pocos días antes de comenzar el curso académico 1952/1953 se casaba en Madrid mi hermano Emiliano, y obviamente me planteé la cuestión sobre solicitar el permiso correspondiente para desplazarme a la metrópoli con el fin de asistir a la boda. El tiempo apremiaba y no estaba yo convencido de que el rector del colegio estuviera por la labor. En realidad, yo estaba convencido de que mi propuesta iba a ser rechazada. Pero se me ocurrió comentar el asunto con un compañero de curso llamado Jesús Arróniz, con el cual jugaba yo partidas de pelota, y me animó a subir al despacho del Rector y plantearle la cuestión. Bueno, pensé para mis adentros, si me niega el permiso no me pilla de sorpresa y si me lo concede, me quedará la satisfacción de haber convertido mi ilusión en realidad. Con estos pensamientos me dirigí a su despacho sin perder tiempo. Tan pronto el Rector se percató de mi presencia, vino rápidamente a recibirme preguntándome cariñosamente si me ocurría algo y en qué me podía ayudar. Era mi primer encuentro a solas con él. Le expuse el motivo de mi visita en hora tan inoportuna e inmediatamente se interesó por mi familia y por mi hermano. Yo estaba felizmente sorprendido comparando los fríos e impersonales encuentros que habían tenido lugar durante los dos años precedentes con el Rector del colegio de La Mejorada. Escuchó mi petición como quien escucha respetuosamente a otro hombre, me hizo alguna pregunta aclaratoria y me contestó que le parecía muy razonable y conveniente que viajara a Madrid para asistir a la boda de mi hermano. Me sentí todo un hombre hecho y derecho, dispuesto a dejarle en buen lugar por el trato y confianza que me había otorgado. 

         Otra anécdota fue la siguiente. Había un profesor decidido a suspenderme en una de las disciplinas académicas que impartía. Yo, convencido de que, a parte la circunstancia académica, mi persona no le resultaba grata, estaba dispuesto a expresarle a mi padre mi desánimo preparando el terreno para abandonar el colegio. El P. José González Cuesta, al conocer mi estado de ánimo, mantuvo conmigo una conversación entrañable, durante la cual me persuadió con pocas palabras para que dejara pasar algún tiempo antes de tomar una decisión inesperada por mis padres. Yo seguí su consejo y acerté, al tiempo que crecía en edad y experiencia de la vida a pasos agigantados. La vuelta a Hoyocasero para las vacaciones de verano eran otro motivo importante de reflexión y maduración de mi personalidad con la ayuda moral del párroco D. Vitorio Herráez, del que ya he hablado antes. Él fue mi verdadero guía y amigo durante aquel tiempo. En relación con las vacaciones estivales recuerdo otra anécdota muy significativa.

         Uno de los veranos, recortaron drásticamente el tiempo de las vacaciones estivales con la familia. La iniciativa, según las informaciones recibidas, fue del Rector de La Mejorada, y el Rector de Santa María de Nieva, por solidaridad con su homólogo, tomó también la misma decisión. En consecuencia, marchamos a casa en la primera semana de julio, pero nos ordenaron regresar al colegio al cabo de un par de semanas. Por otra parte, fue un verano castigado por una sequía devastadora y un calor extremo. La situación llegó a ser tan crítica que, de vuelta ya en el colegio, nos vimos obligados a racionar incluso el agua para beber. Cabía pensar que, dada la gravedad de la situación, nos dejarían volver a nuestras casas hasta el fin del verano para paliar la situación. Pero esto no ocurrió. Nuestra exasperación llegó a tal extremo que llegamos a pensar en sabotear la poca agua de la que disponíamos derramándola o rompiendo los cántaros, a ver si así, forzados por la necesidad, nos dejaban marchar de nuevo a casa con nuestros padres. No saboteamos el agua y tuvimos que aguantar allí un verano terrible de calor e incomodidad. Eran aquellos tiempos recios en que muchos de mis compañeros de camino sucumbieron.

         Allí, en Santa María de Nieva, tuvimos la mala suerte de conocer las arbitrariedades de un fraile inesperado, y que nos acompañó después a Arcas Reales como responsable de la disciplina escolar. Al parecer, había vuelto de Filipinas a España por razón de algún conflicto personal con alguien, o tal vez por razones de salud. Pero no se domicilió en ningún convento de dominicos, como hubiera sido lo normal, sino que se fue a vivir a Arévalo, provincia de Ávila, donde fue contratado como profesor de inglés. Ya en la presentación que de él hizo el Rector del colegio, José González Cuesta, que le conocía bien, quedé poco satisfecho del hallazgo. Por una parte, parecía no vivir para otra cosa que para servir y ayudarnos a los estudiantes. Pero, por otra, lo echaba todo a perder con sus arbitrariedades y recurso en ocasiones a la violencia física. Me limito a recordar su actitud conmigo.

         En una ocasión, estando yo en mi habitación en la segunda planta del colegio, oí un ruido estrepitoso. Salí como un cohete de la habitación para ver lo que había ocurrido, y ninguna sorpresa. Desde el campo de futbol había llegado un balón rompiendo los cristales de una ventana. En ese momento me encontré frente a frente con el conflictivo fraile y, dirigiéndose a mí con cara amenazante, me increpó preguntándome con cara de perro, como si yo hubiese sido el responsable de la ruptura de los cristales. Yo le respondí con tranquilidad y frialdad que nada tenía que ver con el episodio, y que estaba allí, lo mismo que él, para conocer y lamentar sobre el terreno lo acontecido. Poco después, puestos ya en fila para acercarnos al comedor, se dirigió a mí amenazante delante de todos. Yo esperaba alguna bofetada por la respuesta que le había dado antes, pero mirándole con un gesto sin miedo, lo cual le conmovió. Desde aquel momento me trató con respeto y no desaprovechaba ocasión para tener conmigo algún gesto de parcialidad y preferencia. En Arcas Reales este pódium de privilegiado fue a más, hasta que la cuerda se rompió por la parte más floja del modo siguiente.

         Pasó por allí un ilustre fraile dominico, llegado a Chile desde Filipinas, y antes de cruzar de nuevo el Atlántico tuvo a bien regalarnos a los que nos disponíamos ya para ir al noviciado de Ocaña, un hermoso rosario de cintura. Pero éramos 35 los agraciados y el lindo y significativo regalo era una sola pieza. Así las cosas, El P. Alberto decidió por su cuenta que el rosario era para mí. Obviamente, yo me negué a aceptarlo y le dije que lo justo y razonable era echarlo a suertes. Así se hizo, pero me miró como si yo le hubiera traicionado. En aquel momento caí en desgracia con él. Pero digámoslo todo. Pasaron los años y, ya ordenado yo sacerdote, le encontré como un hombre maduro, respetuoso, cariñoso y agradecido.  

        Finalizado el curso 1953/54, disfruté de unas largas vacaciones con mis padres y comenzó para mi otra etapa importante de la vida. Se cerraron los colegios de La Mejorada y de Santa María de Nieva y se inauguró el bello, novedoso y espectacular colegio de Arcas Reales en las afueras de Valladolid. Cuando me incorporé en septiembre de 1954, se respiraba ya un ambiente de bonanza y modernidad reconfortante en comparación con el ambiente que habíamos dejado atrás. Por otra parte, durante ese verano todas mis experiencias de infancia fueron sometidas a prueba con el desarrollo biológico que acompaña a la edad. Entre otros fenómenos dignos de mención me parece oportuno destacar el del enamoramiento, que tantas desventuras y desencantos acarrea a las personas que caen ingenuamente en sus redes. Las cosas se sucedieron, en líneas generales, más o menos, así.

         Yo sentía por aquella época una admiración profunda por una joven. Era físicamente bella, pero mi interés por su persona se había despertado por sus formas de conducta y un encanto propio de quienes no conocen el mal. Así las cosas, comprendí que estaba irrumpiendo en la órbita del enamoramiento y tenía que tomar una decisión nueva acerca de mi futuro, ya que esta situación emocional podía entrar en conflicto con la decisión que había tomado ya en razón de mis experiencias anteriores. La opción que había tomado de buscar la verdad por encima de todo, y antes que nada, después de las experiencias antes descritas, estaba en pleno vigor, pero la fuerza de la vida y las nuevas circunstancias pujaban llevándome hacia otros derroteros por la vía del enamoramiento.

         La toma de posición ante esta nueva experiencia de vida no me resultó particularmente difícil. Yo me encontraba ante la posibilidad de continuar por el camino emprendido o de abandonarlo para crear una familia como hace la mayoría de la gente. Pero ¿qué garantías tenía yo de que en el futuro no me iba a arrepentir de haberme casado añorando la senda de la verdad que me había trazado como prioridad de mi vida? Entonces me hice el siguiente razonamiento. Si expreso mis sentimientos a esta amorosa muchacha y me caso, me obligo a ser coherente con ella hasta las últimas consecuencias. Pero, ¿qué ocurrirá si las cosas no nos van bien, como ocurre a tanta gente que se casó ilusionada? La cuestión de fondo era saber siquiera con certeza moral si yo había nacido antes que nada para crear una familia biológica o más bien para dedicarme prioritariamente a otras cosas, que yo había descubierto antes. Así las cosas, me pareció que lo más prudente era buscar y encontrar primero el sentido de la vida y después vivirla responsablemente en plenitud, en lugar de lanzarme a la aventura del enamoramiento aparcando el uso de la razón que me llevaba por otros derroteros.

         Entendía que, si me casaba y me comportaba como persona responsable, no debía dar marcha atrás después, sino que debía asumir responsablemente las consecuencias de tal decisión. Por el contrario, si dejaba aparcada la opción de casarme hasta estar seguro de que la otra opción era la acertada, nada estaba perdido, porque tan pronto surgiera alguna dificultad seria que me impidiera seguir en la opción por la vida religiosa, quedaba siempre la posibilidad abierta de reconsiderar la opción por el matrimonio. En cualquier caso, esto requería un tiempo de prueba y, sobre todo, poner todos los medios para no ilusionar a la adorable muchacha declarándole mis sentimientos sin estar yo seguro de la solidez de los mismos. Así las cosas, opté por evitar cualquier tipo de encuentro con ella que pudiera desvelar mi estado de ánimo y seguí conociendo más a fondo el camino que ya había emprendido con vistas a optar por la vida religiosa. No recuerdo haber desvelado esta situación a nadie para que me aconsejara qué debía hacer. Mi consejero fue la propia conciencia que puede ser considerada como el eco más íntimo y cercano de la voz de Dios en el hombre.

         A medida que pasó el tiempo me fui convenciendo de que yo no había nacido para crear una familia, sino para otros menesteres de los que me he ocupado feliz y contento a lo largo de mi vida. Por otra parte, como me cuidé mucho de no generar ninguna ilusión en la joven muchacha, tampoco mi decisión de marchar por otro camino pudo causar en ella ningún daño moral o desilusión. Esta determinación, que, insisto, el tiempo sancionó como la acertada y correcta, no hubiera sido posible sin el control previo de los sentimientos por parte de la razón. Así, al no implicarla a ella irresponsablemente en mis emociones pude optar con conocimiento y libertad personal propia por la senda que me había trazado la vida en un nivel mucho más profundo que el de los comunes sentimientos de enamoramiento, sin causar daño a nadie. En consecuencia, no dudé en pedir ingresar en la Orden de Predicadores, consciente de que iniciaba otra etapa importante de mi vida, de acuerdo con aquellas primeras experiencias de infancia, preparándome para afrontar los obstáculos y dificultades que inevitablemente habrían de surgir después en el camino.

          Uno de esos obstáculos fue la pedagogía educativa en vigor. En el moderno y flamante colegio de Arcas Reales yo llegué a gozar de prestigio como estudiante cualificado, pero eso no me importaba gran cosa. La procesión iba por dentro y sólo Dios conocía adecuadamente y comprendía mis dudas, luchas, debilidades humanas, equivocaciones y sentimientos. También allí encontré a profesores de baja calidad docente y pedagógica. La bestia negra era un fraile amargado, responsable de la disciplina general del colegio, y varios profesores laicos, los cuales utilizaban la coacción moral sin excluir la violencia física. Esta circunstancia dio lugar a momentos de alta tensión entre profesores y estudiantes hasta el punto de que nos vimos obligados a defendernos de los malos tratos de alguno, amenazando con el recurso a la violencia proporcionada. Pero esta es otra historia que se suma a las dificultades que hay que ir superando a lo largo de la vida para sacar lecciones prácticas y no fracasar en nuestros proyectos de vida fundamentales.

         Me parece de justicia terminar mi paso por el ilustre colegio de Arcas Reales mencionando a la Asociación de antiguos alumnos de este colegio de la Provincia del Rosario de la Orden de Predicadores. Unos iniciaron los estudios institucionales con vistas a su ordenación sacerdotal, pero no llegaron a ello por muy diversas y comprensibles razones. Otros, fueron ordenados sacerdotes, pero diversas razones igualmente comprensibles los llevaron a dejar el ministerio sacerdotal. Pues bien, todos ellos, salvo alguna excepción insignificante, cuando hablan de sus experiencias como potenciales candidatos a la Orden de Predicadores, lo hacen convencidos de que algo noble habían descubierto todos ellos, que los ha mantenido unidos después entre sí y la Orden de Predicadores. Desde esa nobleza de sentimientos compartidos, cuando ellos hablan de las deficiencias pedagógicas que encontraron en su tiempo de estudiantes en el colegio de Arcas Reales y después durante los estudios de filosofía y teología, así como de las debilidades humanas de algunos de sus profesores y educadores, lo hacen con objetividad y cariño indiscutibles. Lo cual es digno de destaque por la grandeza de alma que se refleja en tales valoraciones críticas.

 

         3. Año experimental en Ocaña

     

         El curso académico 1954/1955 en Arcas Reales fue decisivo. No fue pacífico, pero sí interesante y fructífero en experiencias. El ambiente era arquitectónicamente muy bello y conveniente para albergar a jóvenes inquietos y llenos de ilusión ante la vida. La disciplina, en cambio, era poco o nada pedagógica. Como he dicho antes, hubo profesores que crearon un ambiente de coacción moral y física, lo cual no contribuía a la maduración de mi proyecto de vida. A pesar de todo, salí adelante resolviendo solo mis problemas personales y no dudé en pedir el ingreso en el histórico convento-noviciado de Ocaña en la provincia de Toledo. Allí fuimos un grupo de jóvenes ilusionados, pero con cautelas. El año de noviciado iba a ser un año de prueba viviendo en una comunidad de frailes dominicos con vistas a seguir adelante o dar marcha atrás después de conocer el terreno “in situ”.

         Aquel verano, en lugar de ir de vacaciones a casa de nuestros padres, fuimos a La Mejorada a disfrutar durante un par de semanas del ambiente agradable que allí se respiraba con el río Adaja, la piscina, los pinares y el ambiente natural reinante al margen de los convencionalismos ciudadanos. Pero el viaje desde Arcas Reales a La Mejorada pudo haber cambiado nuestra historia personal. Yo, consciente de mis limitaciones de salud, hice el viaje en un coche de casa, pero el resto de mis compañeros optaron por hacerlo deportivamente a pie, alternando la carretera polvorienta con la travesía de pinares y atajos. Durante la travesía se desencadenó una tormenta impresionante de truenos, agua y pedrisco y pudo ocurrir lo peor. Afortunadamente, llegaron todos sanos y salvos a La Mejorada, pero no se habló nunca más de la imprudencia por todos cometida en este arriesgado viaje. Pero olvidemos este incidente y sigamos adelante.

         A pesar de las tensiones surgidas en Arcas Reales, finalizado el curso académico obtuvimos el visto bueno para dirigirnos a Ocaña y pedir formalmente el ingreso en la Orden de Santo Domingo. La llegada fue cualquier cosa menos agradable. Llegamos en dos grupos separados el mismo día, pero a distinta hora. El grupo más numeroso llegó primero y el resto llegamos en tren más tarde. Yo aproveché este viaje para visitar en Madrid a mía tía Agustina, que era una mujer amorosa a mas no poder y que quería de todo corazón. Vivía en la calle Juan Pantoja, 14. Tan pronto me vio llegar de sorpresa, sin haber anunciado antes mi visita, dio un grito de alegría. ¡Pero hijo! ¡Sin comentarios!

         Era el mes de agosto de un verano seco y castigador. No recuerdo si alguien salió a recibirnos a la estación del tren al llegar a Ocaña. De lo que sí recuerdo es que tuvimos que caminar buen trecho por un camino polvoriento en plena hora de calor, respirando el tamo de las eras, en plena época de trilla, para acceder al convento de Sto. Domingo.

         Llegados por fin a nuestro destino, no entramos por la puerta principal, sino por la trasera que daba al jardín donde nos esperaban los otros compañeros. Uno de ellos, Pedro Luis González, me dio la bienvenida con estas palabras: “Niceto, esto significa una ilusión menos”. El recibimiento no fue el adecuado para un grupo de jóvenes que buscábamos despejar el horizonte de nuestra vida de una manera noble y esperanzada. Nos mirábamos unos a otros como si nos hubiéramos equivocado. De hecho, alguno, Juan Fernando Chamorro, comentó con humor: ¿Nos volvemos a casa? Al cabo de unos quince minutos aproximadamente apareció el denominado Maestro de novicios el cual, sin saludarnos ni presentarse, nos urgió a que le siguiéramos por un corredor oscuro hasta la puerta del comedor. Al llegar allí tuvimos la sensación de que habíamos encontrado un refrescante oasis en medio del desierto y algunos se apresuraron a arrebatar los botijos manchegos repletos de agua fresca que aparecieron a nuestra vista.

          Pero el misterioso Maestro hizo un gesto de aparente disgusto y nos pidió que nos abstuviéramos de beber agua. Grande fue nuestro estupor, pero pronto se despejó el enigma. Dio media vuelta y en menos de lo que canta un gallo volvió sonriente y feliz, dispuesto servirnos él mismo con unas jarras repletas de leche fresca para agasajarnos. Era la sorpresa que nos tenía reservada para refrescar nuestros cuerpos fatigados por el calor. Con el tiempo fuimos constatando que tenía formas muy originales de hacernos la vida grata y llevadera. Esta anécdota no fue más que el comienzo.

         Para presentarnos en el convento había llegado un fraile joven de Arcas Reales, el P. Felipe Pérez, por el que todos sentíamos profundo respeto y admiración por su forma de ser y el buen recuerdo que teníamos de sus clases de griego y ciencias naturales. Cuando se despidió de nosotros yo me sentí como perdido en una comunidad de frailes de edad avanzada y un Maestro de novicios que me desconcertaba. Pero no era cuestión de tirar la toalla por estas primeras impresiones. Yo había intuido que la Orden de Predicadores era una institución muy seria en la que se ofrecía un futuro de vida noble y había que seguir superando obstáculos e impresiones pasajeras para no errar.

         A medida que fueron pasando las horas y los días, nuestras primeras impresiones desagradables mejoraban sensiblemente y cada cual iba sacando sus conclusiones como yo las mías. ¿Dar marcha atrás? De momento, no. Había que quemar todos los cartuchos conociendo todas las posibilidades de futuro que se ofrecían en la Orden de Predicadores. Aquellos jóvenes estudiantes de teología que yo había conocido en Ávila eran gente muy inteligente y tuve la impresión de que eran también felices preparándose para convertirse en buenos profesores, predicadores y misioneros, incluso en tierras lejanas, respaldados por siglos de historia y vidas ejemplares. En las vacaciones de verano yo había leído con verdadero gozo artículos de algunos misioneros dominicos en Extremo Oriente en la revista Misiones Dominicanas que posteriormente se llamó Ultramar. Y lo que allí se leía no eran relatos novelados, sino historias de la vida real de unos hombres que habían pasado por los mismos trámites que yo estaba iniciando. Por otra parte, a medida que pasaban los días se creó en el noviciado un clima de buen humor y buena convivencia que ayudaba mucho a olvidar los fallos pedagógicos y aspectos menos agradables de la vida diaria. Por ello me resulta particularmente grato recordar algunos aspectos positivos durante aquel año de prueba o noviciado en el convento de Santo Domingo de Ocaña.

         La figura clave era la persona del oficialmente conocido como el Maestro de Novicios. Se llamaba Ricardo Rodrigo. Era un hombre de 68 años de edad, intelectualmente nada brillante tirando a corto, pero con mucho sentido común y bueno de corazón. Además, causaba la impresión de ser un fraile feliz y se sentía orgulloso de nosotros. Una vez puesta en marcha la vida normal del noviciado, le pedí una entrevista para darle a conocer mi estado de ánimo y hacerle algunas preguntas relativas a la nueva vida que trataba de abrazar. Me escuchó estoicamente sin pestañear, pero no respondió a nada de lo que le pregunté. El escucharme con atención lo interpreté como un gesto de profundo respeto personal. Pero el silencio por respuesta me causó la impresión de que aquel hombre no estaba intelectualmente preparado para guiar a un grupo de jóvenes como el que le habían encomendado. En consecuencia, no volví a hablar más con él para informarle de mis preocupaciones y problemas personales. Me pareció que no estaba a la altura de los problemas que se nos planteaban a unos jóvenes despiertos e inquietos en la plenitud juvenil.

          Pero tampoco ponía él obstáculos para que cada cual consultara o se asesorara con cualquiera otro fraile de la comunidad, lo cual era muy de agradecer. En este ambiente de respetuosa libertad un buen día expuse una serie de cuestiones a un veterano misionero de China, que vivía en la comunidad y quedé gratamente sorprendido. Después de escucharme con mucha atención, me dijo que mis planteamientos sobre las normas religiosas vigentes y su cumplimiento eran totalmente correctos, y añadiendo unas matizaciones que me invitaban a ser realista en la vida sin dejarme llevar por los idealismos. Para ilustrar su consejo me propuso unos ejemplos prácticos tomados de su larga experiencia de vida religiosa. Este hombre se llamaba Félix Calle y siempre he recordado con agradecimiento el mensaje clarificador que me dejó en el curso de aquella entrevista.

         A pesar de las deficiencias pedagógicas que por aquellas calendas estaban en vigor en la casa de noviciado, el balance final fue positivo y no dudé nada en comprometerme formalmente con la Orden Dominicana por dos años, siguiendo la normativa canónica en vigor, antes de hacer la opción de vida de una forma definitiva. Durante aquel año conocí más a fondo la entraña de la Orden de Predicadores como proyecto de vida y las imperfecciones y debilidades de las personas me parecían meras anécdotas para contar. Ese proyecto de vida estaba sabiamente diseñado en las Constituciones que yo leía y escudriñaba con placer en lengua latina, sin olvidar el testimonio histórico de hombres y mujeres pertenecientes a la Orden Dominicana que a lo largo de la historia contribuyeron a lo mejor y más noble de cuanto existe en la civilización occidental. Domingo de Guzmán, Alberto Magno, Tomás de Aquino y una legión de misioneros y mártires que por amor dejaron el pellejo predicando el Evangelio de Cristo era todo un patrimonio de humanidad que estaba en mis manos y valía la pena hacer cualquier sacrificio para no perderlo. Esto es lo positivo y decisivo que quedó en mí de aquel año experimental en Ocaña, quedando todo lo demás reducido al capítulo de las anécdotas, graciosas unas y prosaicas otras.

         Como aspectos pedagógicamente negativos me quedaron en la memoria algunos importantes, como los siguientes. Por aquella época existía la práctica monástica del denominado capítulo “de culpis”, de ascendencia monástica medieval. Esta práctica consistía en hacer una confesión pública de nuestros pecados no importantes una vez a la semana. Uno por uno se ponía en pie y con gesto de humildad fingida iniciaba su confesión en voz audible: me acuso de haber faltado a la caridad, al silencio, metido ruido, de romper una escoba o una aguja, faltando así a la pobreza, de reírme en el refectorio. Por todo lo cual pido perdón y penitencia. Pero ojo al parche. No se excluía la acusación por parte de los compañeros penitentes, lo cual era una oportunidad para la “venganza” piadosa contra el penitente compañero de turno. Yo llevé muy mal desde el principio esa práctica por parecerme absurda y contraria a la caridad. Pero digámoslo todo. Tampoco parecía darle mucha importancia el Maestro de novicios, y los novicios nos la tomábamos con sano humor como si estuviéramos representando una obra corta de teatro cómico. Con la llegada del Concilio Vaticano II, esa práctica ascética desapareció de un plumazo y sólo a título de humor ha quedado memoria de ella entre quienes la conocimos, con pocas excepciones.

         Por aquella época de 1956 había también en la casa de noviciado al alcance de todos, un libro titulado Instrucción sobre los votos religiosos y el oficio divino, cuyo autor era el P. Juan Casas O.P. La primera edición data de 1907 y la segunda, corregida y aumentada, de 1953, y esta era de la que nosotros disponíamos en el noviciado. No recuerdo que el Maestro de novicios nos brindara la más mínima explicación acerca de los temas tratados en dicho libro ni que algo realmente atractivo encontrara yo en su lectura. Actualmente me parece un libro de instrucciones del antiguo derecho canónico y tópicos manidos sobre la vida religiosa y sacerdotal con una sorprendente carencia de fundamentación bíblica acorde con los hechos y enseñanzas de Cristo en el Nuevo Testamento. No tiene ninguna orientación pedagógica concreta relevante sobre la vocación religiosa y sacerdotal y la primacía de la caridad en la vida humana y religiosa. Tampoco aborda problemas de lo que actualmente llamamos “educación del corazón”, al hablar del voto de castidad, como tampoco de la obediencia y pobreza realista y responsable. El Maestro de novicios por su parte nos exigió que aprendiéramos de memoria la regla de san Agustín en latín, pero no recuerdo que se dignara explicarnos en ningún momento su contenido y significado. A pesar de lo que termino de decir, me reafirmo en los recuerdos positivos antes destacados durante el año de noviciado experimental en Ocaña.    

        

         4. Balance global de esta etapa de mi vida

     

         El balance positivo de esta etapa de mi vida está vertebrado por algunos descubrimientos importantes. Por ejemplo, el descubrimiento de la sabiduría de la naturaleza en contacto directo con ella. Aquella zona geográfica de la sierra de Gredos fue para mí una escuela de sabiduría sin darme cuenta de ello. El contraste de las estaciones, el murmullo de los arroyos, la siembra, cultivo y recolección de los productos básicos de la tierra para sobrevivir, las montañas y los valles, los lobos y las ovejas, los mugidos de las vacas, el canto y los graznidos de toda suerte de pájaros y aves silvestres constituyeron una fuente permanente de sabiduría pegada a la realidad. Sin olvidar el espectáculo de las nevadas y de las tormentas, o de los incendios que asolaban los cerros sin piedad. La naturaleza invitaba lo mismo a la esperanza que a la desilusión. El tiempo favorable para los pastos y las buenas cosechas invitaba a la esperanza. Pero las tormentas con truenos, rayos y pedrisco infundían miedo y desconsuelo. En medio de esos contrastes de la naturaleza aprendí a meditar sobre la vida y la muerte, a razonar y comprender la realidad, todo lo cual me ayudó a buscar el sentido último de la vida en los supremos valores de la trascendencia más allá de horizontes meramente terrenales y efímeros.

         El contacto directo con la naturaleza en aquella zona montañosa de la sierra de Gredos, bajo la amorosa tutela familiar, y el apoyo de la Iglesia como referente de la trascendencia, me curtió con un baño permanente de realidad. Por eso tal vez, yo necesitaba salir de aquel recinto estrecho en busca de esa parte de realidad que echaba de menos. Mis padres hicieron un sacrificio generoso para satisfacer mis nobles aspiraciones y me ofrecieron la oportunidad de probar ventura en la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán en el siglo XIII.

          Durante los años de estudiante en los colegios descubrí el valor de la persona humana amenazada por sistemas educativos en masa y despersonalizados. Por otra parte, el ambiente político y social de la época no favorecía el tipo de educación que yo necesitaba y buscaba. Con el paso del tiempo he comprendido que aquellos profesores y educadores eran también ellos víctimas del contexto sociocultural del momento. Por ello nunca he dudado de su buena voluntad ni he tenido que hacer mucho esfuerzo para entender y disculpar sus limitaciones pedagógicas. Descubrí también a la Orden de Predicadores como el nuevo hogar en el que se iban a realizar mis mejores sueños. A la edad de 83 años me siento feliz de haber escalado lo más importante de la cuesta de mi vida como miembro vivo de la Orden de Predicadores al servicio incondicional de quienes han requerido de mí orientación en la búsqueda del sentido de la vida, o simplemente alivio y consuelo para vivir con un mínimo de felicidad y dignidad personal en este mundo.

         En relación con mi año de noviciado quisiera recordar también lo siguiente. Mi padre no pudo asistir a la ceremonia de mi toma de hábito en Ocaña por razones de salud e hizo sus veces mi padrino de bautismo, Pablo, hermano de mi madre, el cual se sintió siempre muy orgulloso de sus dos sobrinos y ahijados, mi primo Jesús, que falleció en Argentina y yo.

         En la ceremonia de mi ordenación sacerdotal en Arcas Reales también me acompañó con mis padres. Por otra parte, en el verano de 1956 tuvo lugar la celebración de la primera misa solemne de mi hermano Pelegrín, pero yo no asistí a su ordenación por haber tenido lugar una semana antes de que yo terminara el año canónico de mi noviciado. Por lo demás, mi Maestro de novicios terminó su oficio con mi grupo y salimos del convento todos juntos para no volver. El P. Ricardo Rodrigo había puesto en marcha el noviciado en Ocaña terminada la guerra civil española con el grupo al que pertenecía mi hermano Pelegrín, y ahora terminaba con mi grupo, sucediéndole en el cargo el P. Vidal Fueyo, que había sido el primer rector del colegio de Arcas Reales.  NICETO BLÁZQUEZ, O.P.

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