jueves, 17 de marzo de 2022

MI VIDA RESUMIDA III

 

CAPITULO III

MAGISTERIO INTELECTUAL

(1968- 2002)

 

              1. Evaluación global de mi carrera intelectual

 

              Como puede apreciarse em mi currículo académico (Memorias, t. IV), este período de mi vida fue intelectualmente intenso y mis actividades se centraron en tres campos complementarios bien definidos: la docencia académica universitaria en diversos Centros Superiores, escritos y publicaciones y actividades pastorales extra-académicas. En estos tres primeros capítulos quedan reflejadas esas tres áreas de acción por orden cronológico destacando algunos aspectos y anécdotas a modo de comentario. En términos generales se aprecia una etapa inicial centrada en el pensamiento de S. Agustín y la síntesis de esta etapa quedó reflejada en la obra titulada Introducción a la filosofía de S. Agustín, aparecida en 1984.

              Mi incorporación a la Universidad Complutense de Madrid significó la clausura de esta etapa y el comienzo de otra nueva centrada en la ética de los medios de comunicación. De esta época son las obras Ética y medios de comunicación y La nueva ética en los medios de comunicación. Pero mi gran preocupación desde 1971 fue el tema de la vida humana como puede apreciarse en las obras: Bioética fundamental; Bioética, la nueva ciencia de la vida; La bioética y los hijos del futuro y más tarde Bioética y Biotanasia. Hablando de la vida, mis trabajos sobre la pena de muerte alcanzaron notable prestigio y fueron objeto de una tesis doctoral en Roma. Estos trabajos me reportaron una satisfacción profunda como servicio de amor a la vida, incluida la de los criminales.

              Otro tema que terminó acaparando mi atención como objeto de investigación y estudio fue el Uso de la razón. Pronto empecé a convencerme de que muchos de los problemas personales y sociales que no encuentran solución en el presente podrían ser evitados en el futuro o al menos atenuados, si la gente aprendiera a usar esta facultad específica de los seres humanos. En la obra El uso de la razón hablé ampliamente de este problema como experiencia personal del estudio y enseñanza de la filosofía a lo largo y ancho de mi vida. Repasando el currículo, resulta obvio que todos los problemas fuertes de mi tiempo fueron de una u otra forma objeto de mi consideración. Como prueba de ello, baste recordar los títulos de publicaciones relacionadas con los derechos humanos, el marxismo, la pena de muerte, la bioética, la información, la prostitución, el terrorismo, o los pecadores y delincuentes en la Iglesia y problemas directamente relacionados con las diversas formas de entender y practicar el amor humano. En los años maduros, confinado por la pandemia del coronavirus, me ocupé preferencialmente de divulgar mi teoría del amor personal y de responder a través de la revista Studium a cuestiones gravísimas emergentes como la ideología de género, el contrato contrasexual y la eutanasia, como puede verse al final de este resumen memorial la relación de mis últimas publicaciones en tiempo de pandemia. También, a pesar de mis limitaciones personales de todo tipo, tuve el honor de colaborar de alguna manera en la restauración de la gran biblioteca del convento de san Pedro Mártir en Madrid.

 

              2. Colaborador Honorífico y Asociado de Universidad

 

              Los cursos académicos 1979-1983 fueron muy ricos en experiencias. Finalizado el Doctorado, me dediqué en cuerpo y alma a preparar mis clases en los Institutos de Filosofía y Teología y abrirme al mundo de la intelectualidad al tiempo que me introducía con mis estudios y publicaciones en los problemas más candentes de aquella época convulsiva. Me sentía feliz y plenamente realizado así sin complicarme la vida. Mi estado de salud tampoco me permitía hacerme ilusiones buscando otros compromisos fuera del alcance de mis fuerzas. Así estaban las cosas cuando supe que en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense algunos catedráticos amigos míos habían hablado de mi posible incorporación a la Facultad de Filosofía tras la defensa de la tesis doctoral. De hecho, cuando después surgió la necesidad de contratar a un profesor, hicieron gestiones ante mis autoridades académicas en los Institutos de Filosofía y Teología a fin de sondear mi disponibilidad para introducirme en la Facultad de Filosofía de la Complutense. No se me informó de esta consulta y, al parecer, el presidente de los Institutos de turno les sugirió que se olvidaran de mí alegando los múltiples compromisos que yo tenía ya adquiridos.

              Lo extraño es que estas gestiones tuvieron lugar sin contar conmigo para nada. El catedrático José Todolí, O.P, comentó después con extrañeza este alejamiento mío de la Complutense tras la defensa de mi tesis doctoral. Después de que todo esto ocurriera Xavier Zubiri me aconsejó que, aunque el ambiente reinante en la Universidad civil no fuera de mi agrado, no me alejara de la Complutense. Esta recomendación de Zubiri la sentí casi como un deber de conciencia. Por otra parte, el vivir la experiencia de la universidad civil me atraía mucho y tenía buenos motivos para no perder la oportunidad. Así las cosas, me nombraron Colaborador Honorífico de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad Complutense durante los cursos académicos 1979-1983.

              La figura del Colaborador Honorífico no tenía estatuto propio como profesor, ni percibía remuneración económica ninguna. Su función era enriquecer la docencia de algún Departamento sin ánimo de lucro. Ni siquiera podía impartir clases para suplir a los profesores. Mi misión, pues, consistió en ayudar a los estudiantes en consultas privadas y coloquios públicos complementarios sobre temas importantes relacionados con alguna asignatura particular. Tampoco se excluía mi eventual participación en algún proyecto de investigación. En estas condiciones no dudé en aceptar ser colaborador. Esto me permitía introducirme en la Universidad de una manera agradable, progresiva y al mismo tiempo compatible con mis obligaciones en los Institutos de Filosofía y Teología. El tiempo diría después si convenía o no seguir adelante con vistas a entrar en la dinámica del escalafón universitario.

              El primer año las cosas discurrieron con toda normalidad y resultados prometedores. Entre otras actividades programé unos coloquios de libre asistencia los sábados a media mañana. La concurrencia fue sorprendentemente numerosa y alguien lamentó que no dispusiéramos de más tiempo para prolongar los debates. Dado el buen resultado de los mismos, decidimos organizar un Congreso de Filosofía sólo para estudiantes. La idea era que ellos y sólo ellos fueran los protagonistas de la organización y de las ponencias. Pero todo nuestro gozo en un pozo.  Al comienzo del segundo curso un profesor de la Facultad de Filosofía e ideólogo comunista beligerante levantó una calumnia contra mí. Según él, yo, en calidad de profesor “honorífico” habría supuestamente sustituido en las clases al profesor en cuyo Departamento prestaba mis servicios. De lo cual deducía que yo habría recibido la compensación económica correspondiente. Con la circunstancia agravante de ser yo un eclesiástico. ¡Un eclesiástico impartiendo clases en la Universidad! Este comunista era bien conocido por su cerrilismo y, como supe después, tenía cuentas pendientes con mucha gente. Nunca tuve el disgusto de hablar con él, pero había formulado la acusación contra mí y las autoridades académicas tenían que tenerla en cuenta. Mientras tanto nuestro proyecto de Congreso se fue al traste e incluso suspendimos las actividades del año anterior hasta conocer la posición de las autoridades de turno.

              Les informé a los estudiantes de lo ocurrido e inmediatamente propusieron organizar una huelga de protesta en mi defensa. Los alumnos fueron informados desde el principio sobre quién era yo y qué es lo que estaba haciendo allí por ellos sin recibir la más mínima compensación económica. Esto lo conocían de antemano los estudiantes y eran testigos directos de que jamás había yo hecho suplencias de clases a nadie. Se comprende que su indignación fuera grande, pero los aconsejé que desistieran de hacer nada por defenderme con acciones perturbadoras. Por otra parte, las autoridades académicas conocían bien al calumniador, así como las actividades que yo realizaba. Por ello no había nada que temer. Como respuesta a toda esta movida el Rectorado expidió el documento por el cual ratificaba mi nombramiento como profesor honorífico. Fue la respuesta administrativa a la calumnia. Poco tiempo después en la Facultad se planteó la cuestión sobre la continuidad en la docencia de este catedrático calumniador. Cuando nuestro Departamento se reunió para estudiar el caso, me llamaron para que asistiera a la discusión y me informara sobre la personalidad conflictiva de aquel personaje. Unos eran partidarios de jubilarlo anticipadamente con pensión completa alegando que no era persona apta para la docencia. Otros, en cambio, eran partidarios de llevarle a los tribunales y exigirle responsabilidades penales por su conducta violenta con varias personas. El tiempo se encargó de taparlo y olvidarlo todo, incluidas mis actividades como profesor honorífico. En cualquier caso, fue una experiencia muy positiva con los estudiantes y la puerta de ingreso en la Universidad se había abierto. Pero antes de seguir adelante me parece oportuno dejar constancia de la anécdota siguiente.

              Aunque mi trabajo como profesor honorífico no tenía compensación económica, ello no excluía que, si colaboraba en algún trabajo de investigación del Departamento, recibiera la compensación asignada al trabajo realizado como cualquiera otro colaborador. Pues bien, sucedió que trabajé en un proyecto y se me asignó la remuneración correspondiente. Cuando ya había yo cobrado la cantidad asignada, el profesor con el que colaboraba me pidió el dinero recibido como compensación por su apoyo para que yo pudiera estar allí haciendo mis experiencias. Luego me dijo que yo, como fraile dominico, no tenía necesidad de ese dinero mientras que él sí la tenía para poder pagar un viaje de placer que hacía tiempo había prometido a su esposa. Vino a mi casa a pedirme el dinero y se lo entregué íntegramente en efectivo. Así estaban las cosas cuando en la Facultad de Ciencias de la Información solicitaron una plaza de Ayudante Contratado de Derecho y Deontología de la Información. José María Desantes Guanter, que a la sazón era el director de este Departamento, se personó en mi casa persuadiéndome para que presentara mi candidatura. Terminé accediendo a su petición, pero las cosas no estaban nada fáciles. Había un personaje en el Departamento que desde el primer momento que supo de mi candidatura hizo cuanto pudo para impedir mi acceso.

              Según me informaron después, en la Comisión que arbitraba sobre las diversas candidaturas no había lugar a dudas de que mi curriculum puntuaba el primero. Pero tuvo lugar una pelea descomunal por parte de este señor para devaluar y disminuir lo más posible los datos de mi curriculum a favor de su candidato. No hubo consenso y la Comisión hubo que ser sustituida por el Departamento en pleno, que dictaminó en mi favor. Perdida su batalla, el profesor hostil prometió no pisar en el Departamento estando yo presente, cosa que cumplió puntualmente durante algún tiempo como signo de protesta. Me parece oportuno añadir que esta persona, a la que yo antes no conocía de nada, era un sacerdote que había abandonado el ministerio sacerdotal y la Orden religiosa a la que pertenecía por razones psicológicas patentes a todos. De hecho, tuvo que ser internado más de una vez a causa de depresiones profundas. Pero dejemos la historia de este personaje singular que tantos quebraderos de cabeza siguió dándome después. Una vez que el Departamento se había pronunciado por mi candidatura, el Decano de la Facultad tenía la obligación de tramitar el expediente enviándolo al Rectorado para su ratificación y puesta en práctica. Cosa que no hizo. Según me informaron después, lo retuvo en su despacho hasta que alguien le advirtió de que, si no lo remitía al Rectorado en el plazo de los seis meses establecidos por la ley, le acusaría de algunas gestiones suyas poco limpias como Decano. Al parecer esta amenaza surtió efecto y comencé a cumplir con mis obligaciones en el Departamento.

              Por aquellas fechas había muchas huelgas de estudiantes y movidas de todo tipo en la Facultad de Ciencias de la Información. En este contexto surgió la necesidad de cubrir clases y el profesor hostil a mi candidatura, a la sazón Vicedecano, se vio en la necesidad de recurrir a mí para que me ocupara cuanto antes de un curso a fin de evitar mayores problemas y mientras se tramitaba mi candidatura como Profesor Encargado de Curso, ya que como Ayudante no podía asumir todas las responsabilidades académicas. Este fue el comienzo de una actitud pintoresca por su parte que iba a ser la constante en el futuro. Las mismas personas que hicieron cuanto estuvo de su parte para que yo no tuviera acceso a la Facultad me utilizaron después cuando les era útil para sus intereses o resolver sus problemas. Pero este es otro capítulo fascinante del que no quiero hablar aquí. Lo cierto es que el Departamento solicitó una plaza de profesor encargado de curso de Derecho y Deontología de la Información. La plaza me fue otorgada y en ella permanecí hasta la reforma de 1987. Durante esos años cabía pensar que tenía las puertas abiertas para acceder a una Titularidad, que fue siempre mi objetivo con el fin de estabilizar mi situación administrativa y poder hacer cosas útiles. Jamás tuve interés por concursar a Cátedra. No lo consideré necesario para realizar mi vocación intelectual y menos aún para transmitir a los demás la verdad de la inteligencia y de la revelación cristiana.

              En 1987 se produjo una reforma importante en la vida académica universitaria española y pudo haber sido la ocasión adecuada para introducirme de forma natural y sin conflictos con el estamento académico. Hubiera bastado la presentación de mi curriculum intelectual por aquellas fechas para superar con amplio margen la prueba requerida por la nueva ley. Pero una de las cláusulas era que el concursante llevara como mínimo tres años consecutivos contratados en la Universidad. Sin el cumplimiento de esta cláusula no se admitía la candidatura a méritos académicos. Yo sólo llevaba dos años contratado por lo que no pude optar al concurso de méritos que era mi mejor oportunidad. La opción ahora, si quería continuar en la Universidad, era optar inmediatamente por la candidatura de Profesor Asociado. Para ello yo reunía todas las condiciones señaladas por la ley y no hubo ninguna dificultad en hacer el cambio de contratación. En principio este nuevo rango de profesor era para mí muy honroso, pero no reportaba ventajas económicas ni garantizaba mi continuidad en la Universidad a largo plazo, que es a lo que yo aspiraba, incluso sin compensaciones económicas significativas. De ahí que aprovechara la única oportunidad que surgió de acceder a la Titularidad durante los veinte años que siguieron después con resultado negativo. Pero esta experiencia merece trato aparte. Sumariamente me ha parecido útil recordar lo siguiente.  

             

              3. Oposiciones a Titular

 

              De acuerdo con la disciplina administrativa entonces vigente, el inicio de mi oposición a Titular de Universidad tuvo lugar el 27 de marzo de 1996. Llegué a las once horas de la mañana y me recibieron algunas personas amigas deseándome éxito, aunque convencidas de que el tribunal, presidido por el antiguo Decano al que he aludido antes y en edad de jubilación, nunca estaría de mi parte. Sabían ellos que todo estaba decidido antes de que se celebraran los actos reglamentarios de puro trámite. A las doce horas en punto los candidatos fuimos llamados por orden alfabético y seguidamente entró el escaso público asistente. Conociendo que el tribunal había decidido de antemano a quién iba a otorgar la plaza de Titular, una de las candidatas decidió aquella misma mañana no presentarse. A continuación, nos pidieron que hiciéramos entrega de nuestros documentos. Yo presenté varias bolsas de libros y trabajos publicados ante el asombro del público. Hecha la presentación de nuestros documentos curriculares, el presidente del tribunal nos entregó de forma sorpresiva un papel no impreso en el que, sin ninguna explicación previa, se nos instaba imperiosamente a los concursantes a firmar nuestra renuncia a los plazos establecidos por la ley para el comienzo de la primera prueba.

              Yo pedí una explicación sobre esta extraña proposición y se negó a darla. Entonces le recordé respetuosamente lo que prescribía la ley sobre los plazos entre la primera y la segunda prueba, así como mi deseo de que se cumpliera estrictamente lo establecido por la ley, según la cual, la primera prueba debía comenzar a partir del día siguiente de la presentación de documentos y del currículo por parte de los concursantes. Le recordé también lo establecido por la ley en el sentido de que los concursantes y los miembros del tribunal debían conocer esa documentación antes de proceder a las pruebas. Cosa que resultaría prácticamente imposible si no se respetaban los plazos preceptuados entre la entrega de los documentos y la celebración de las pruebas. Estas observaciones irritaron mucho a uno de los miembros del tribunal. Pero el presidente reconoció que yo tenía razón y, en consecuencia, interrumpió la sesión y se retiró con los miembros del tribunal para deliberar. El resultado de la deliberación fue que las pruebas, de acuerdo con lo estipulado por la ley, comenzarían al día siguiente a las nueve horas de la mañana.

              ¿Hice bien o hice mal negándome a firmar el panfleto? Algunos interpretaron que hice mal porque había irritado al tribunal. Pero la opinión general fue que mi gesto tenía un significado moral importante como denuncia civilizada de las corruptelas del tribunal capitaneado por su presidente, del que cabía esperar cualquier cosa como el incumplimiento de la ley, si ello era favorable a sus objetivos. Por ejemplo, pedirme descaradamente durante la celebración de las pruebas que retirara mi candidatura. El día 28 de marzo todo estaba consumado. La plaza fue otorgada a la joven candidata predestinada, a la que felicité sinceramente, lo cual no significaba que yo convalidara el proceso que la había llevado a su triunfo. Ella era plenamente consciente de ello. Había sido alumna nuestra y yo mismo había colaborado para que se fuera afianzando en la Facultad cediendo de mis derechos en el Departamento. Me siento muy satisfecho de haberla ayudado y me he alegrado siempre de sus éxitos posteriores. Ella, por su parte, nunca desaprovechó después la ocasión de expresarme su reconocimiento y simpatía. El problema de fondo no era ella sino las corruptelas en la promoción de las plazas universitarias. Lo que digo a continuación sobre el proceso de las pruebas puede ser útil para evaluar aquellos hechos, que para mí fueron fuente de experiencia y reflejan la forma corrupta de actuar de un tribunal de oposiciones, como espejo de una situación bastante generalizada por aquella época en la Universidad.

             

              4. Impresiones personales sobre el desarrollo del concurso

 

              Primero voy a intentar presentar una imagen global de lo acaecido para después descender a algunos detalles significativos sobre la forma de proceder del presidente y de los miembros del tribunal, los cuales, como queda dicho, habían tomado previamente posición a favor de la joven candidata, la cual tenía un curriculum intelectual y docente inferior al del resto de los concursantes. Pero los miembros del tribunal habían sido bien amaestrados por el presidente para descalificar sin compasión a cualquiera que pudiera hacer la menor sombra a su favorita. Cabía pensar que, si se hubieran presentado cien concursantes más, todos hubieran sucumbido por igual como condenados por la justicia ante un pelotón de fusilamiento. La ley, por ejemplo, destacaba explícitamente la importancia del currículo docente y de investigación de los candidatos. Pero esta matización legal favorecía muy poco a la candidata del presidente del tribunal por relación al resto de los concursantes. Para salvar este escollo legal la estrategia consistió en bloquearlo ya desde el principio. ¿Cómo? Haciendo caso omiso del currículo o trivializando descaradamente su contenido. En mi caso concreto ni siquiera se hizo alusión a mis trabajos más importantes relacionados con la información. Cabe pensar que ni se habían molestado en verlos. O si los vieron decidieron silenciarlos como si no existieran. El silenciamiento cómplice es siempre una técnica de manipulación muy eficaz.

               Durante la intervención de la predestinada el presidente del tribunal se mostró eufórico haciendo gestos teatrales de admiración hacia su favorita. El secretario del Departamento de Periodismo III, a su vez, se encargó de ayudarla con pequeños detalles asistenciales como si fuera su niñera. Por el contrario, cuando llegó mi turno, el presidente empezó a hacer gestos despectivos como si no le interesara siquiera escuchar mi exposición reglamentaria. Todo lo que yo decía sobre mi curriculum destacando los aspectos más significativos del mismo provocaba en él extrañeza. La comedia estaba perfectamente montada, pero empezó a ponerse nervioso y a fumar con la ansiedad de un adolescente. En algún momento he pensado que debí marcharme de su presencia haciendo que la comedia terminara en tragedia. Pero pudo más la convicción de que era mejor permanecer allí para poder hablar después como testigo directo de una forma de proceder impropia de profesionales universitarios. Sobre la intervención particular de los miembros del tribunal cabe destacar lo siguiente. Uno de ellos, conocido en la Facultad como el lazarillo del presidente, dijo que en Teoría de la Información se podía prescindir por completo de mi memoria y proyecto de investigación tratando de trivializar mi exposición. Llegó a calificarme de aficionado, aunque después rectificó reconociendo que se le había ido la lengua. Consideró un fallo grave el haber encontrado en mi texto un título corregido con una pegatina. Su acusación fundamental a mi proyecto fue que, contra lo que yo pretendía, la ética no tiene cabida en la Teoría General de la Información. ¿Entroncar la ética en la TGI? O lo que es igual: ¿ética para los medios de comunicación? El interrogante equivalía a una descalificación autoritaria de mi hipótesis de trabajo sin dejarme margen para que le respondiera como era mi derecho. En coherencia con lo anterior dijo que en Teoría de la información se podía pasar sin el proyecto que yo presentaba. Yo podía haberle respondido ad hominem que la Teoría de la Información podía pasar igualmente y con mayor razón de sus libros y de todos los que habían escrito los miembros del tribunal. Pero la voz de mi conciencia me aconsejó no entrar en una confrontación personal evitando el ponerme moralmente a su bajo nivel.

              La única mujer que formaba parte del tribunal, y de la que yo esperaba sensatez y humanidad, no fue menos expeditiva y contundente. Dijo que mi curriculum era muy filosófico y, pasando olímpicamente del mismo, se centró en el programa de la asignatura. Lo acusó de sobrecarga de periodismo, defectos de conexión interna y otros detalles particulares como la lógica de las lecciones, algunas de las cuales distribuiría ella de otra manera. Lo mismo que el anterior, se decantó contra mi tesis del entroncamiento de la ética y deontología de la información en la Teoría General, con lo cual me daba a entender que su voto negativo estaba asegurado. La verdad es que esta señora no demostró estar capacitada para valorar con objetividad mi curriculum ni mi proyecto de investigación y se limitó a seguir la consigna del presidente del tribunal de descalificarlo sin reparar que en el modo de hacerlo se estaba descalificando a sí misma en público poniendo de manifiesto su falta de humanidad e incompetencia profesional.

              El siguiente miembro del tribunal que tomó la palabra parecía una momia etarra. Dijo en tono desafiante que mi programa resultaba imposible de realizar en la práctica y calificó mi respuesta a esta observación de demagógica. No entendía el porqué de la lección 45, dedicada a los problemas de la información en los países del Este europeo después de la caída del muro de Berlín ni en los países del Tercer Mundo. Que había encontrado una falta de ortografía. Y lo que es más grave. Confesó que yo había escrito muchísimo, y que en uno de mis libros había escrito sobre la información y el terrorismo “de oído”, sin tener la experiencia de haber sido amenazado de muerte. Que para escribir sobre este tema hay que mancharse más.

               De su provocador alegato cabía deducir que para escribir sobre información y terrorismo con objetividad uno tiene que estar amenazado constantemente de muerte por terroristas o practicar el terrorismo. No perdí la calma en ningún momento y con este interlocutor menos todavía. Cabía pensar por precaución que, procedente de Bilbao, no era ajeno a la banda terrorista que campeaba por aquellas hermosas tierras y había que extremar la prudencia. A pesar de todo se me concedió la palabra para responderle y le dije que, contra lo que él presuponía gratuitamente, yo también había conocido la amenaza de muerte con pistola y navaja y había oído pasar cerca de mí el silbido de las balas. Aparte de que, para escribir sobre esos temas, lo que se requiere es mucha sensibilidad, delicadeza y prudencia, y no necesariamente experiencia de terrorista o de aterrorizado como él suponía. Por si esto fuera poco, le recordé mis colaboraciones en materia de terrorismo e información en el Instituto Vasco de Criminología de S. Sebastián y con la corporación Rex pública de Bilbao, lo cual ponía en evidencia la consideración favorable que desde el País vasco había merecido mi forma de tratar esos temas.

              Podía haberle replicado que si lo que me insinuaba era que, para hablar de información y terrorismo, hay que convivir con terroristas o practicar el terrorismo, su insinuación podía ser objeto de denuncia judicial. Pero la voz interior de la conciencia me aconsejó una vez más dejar las cosas como estaban. Este hombre no estaba para razonar con él. Insistió testarudamente en que mi programa era irrealizable en la práctica y que la explicación que yo había dado para justificar su extensión y la posibilidad de acomodarlo a las circunstancias temáticas y de tiempo disponible, basado en mi larga experiencia docente, era más bien demagógica para descalificar a la joven concursante. Como quiso hacer alarde de su experiencia para reafirmarse en la descalificación de mi programa por su extensión y densidad de contenido, todavía pude replicarle lacónicamente que, si él no era capaz de adaptarse al tiempo disponible limitándose a explicar los puntos más esenciales, yo sí que era capaz de hacerlo y lo había hecho muchas veces con éxito cuando ello fue menester. ¡Alguna ventaja habría que reconocer a mis años de experiencia! Por supuesto que en ningún momento traté de compararme en nada con la favorita del tribunal y sólo hablé de lo mío. Por estos detalles resultaba obvio que ni se había molestado en mirar mi obra Ética y medios de Comunicación ni el curriculum en el que se hablaba de estas actividades mías relacionadas con el terrorismo y la información. Esto le hubiera llevado un tiempo considerable que se ahorró alegremente.

              Por fin salió al ruedo el otro banderillero del tribunal y empezó refiriéndose a mi curriculum, que calificó de realmente brillante por su trayectoria humana y abrumador por el número de publicaciones. Un gran trabajo, dijo, al que rendía homenaje. Pero seguidamente se apresuró a trivializar su valor lamentando el que alguien no me hubiera desaconsejado presentarme al concurso. A su juicio, ni mi brillante currículo ni mi proyecto de investigación se ajustaban al perfil de la plaza en cuestión. Y lo que es más grave. Además de no aportar ninguna razón para justificar su despótico y maquiavélico veredicto, hizo estas alegres afirmaciones expresándome su deseo amenazador de que no tratara de hacer uso de la palabra para responderle. Llegaron así hasta el extremo de negarme el derecho a responder en defensa de mi persona y de mi currículo, y todo ello con la aprobación explícita del presidente del tribunal que era el capitán de la operación.

              Obviamente me abstuve de hacer uso del derecho a responderle para que su arbitrariedad quedara justamente en el punto que la hace siempre reprobable y susceptible de denuncia. Como la decisión de descalificarme estaba tomada de antemano, me pareció más prudente reservarme el derecho y la posibilidad de poderla denunciar después ante los tribunales de justicia si ello fuere menester. Así las cosas, el presidente ordenó levantar la sesión para deliberar. Ni siquiera se dignó hablar él mismo presentando su punto de vista, sino que se limitó a dirigir los ataques de los demás previamente entrenados. Todo estaba clarísimo. No pudiendo la concursante favorita competir con su curriculum, el tribunal había adoptado de antemano la estrategia de silenciar este importante aspecto legal del concurso y ridiculizar los aspectos del mismo menos vinculados con la Teoría de la Información, centrando exclusivamente la atención en el programa y el proyecto, que es lo único que, con el asesoramiento previo de su protector, podía ofrecer su apadrinada candidata. Mi proyecto fue descalificado pura y simplemente por pretender vincular la ética a la teoría de la información. Una hipótesis hipócritamente no reconocida por el tribunal, cuando en realidad estaba en la misma línea de los escritos de tres de los miembros del mismo, incluido el presidente. Por este solo detalle se puede apreciar el grado de hipocresía que suponía dicha descalificación. Por lo demás, todas las cosas que yo dije explicando el significado de algunos de los puntos más relevantes de mi curriculum fueron interpretadas en mi contra. Algo así como si todos los cartuchos que yo llevaba preparados en mi defensa hubieran empezado a dispararse automáticamente contra mí.

              El presidente se propuso llevar a cabo la primera prueba como los juicios sumariales militares sin permitir diálogo ni debate propiamente dicho, sino sólo el tiempo indispensable para que cada miembro del tribunal descalificara por la vía rápida a los concursantes prejuzgados de antemano. Además de forma sorprendentemente irrespetuosa, agresiva y altiva. Todo lo dicho nada tiene que ver con la agraciada, que estaba en su derecho a concursar como los demás. Y además lo que hizo lo hizo bien siguiendo puntualmente las instrucciones recibidas de su protector. Otra cosa es la conducta del tribunal capitaneado por su presidente, cuya actuación tendenciosa se puso de manifiesto desde el primer momento con gestos propios de un comediante irrespetuoso.

              Hacia las diez horas de la mañana del día siguiente me llamó por teléfono el director del Departamento de Periodismo III para ponerse a mi disposición. Me dijo que yo era una persona de grandes valores, pero que me faltaba experiencia de oposiciones. En consecuencia, que se ponía a mi disposición para hacerme triunfar en el futuro con sus consejos inspirados en su larga experiencia en estas batallas. Le agradecí su oferta, pero también le recordé que yo no podía poner en peligro mi prestigio personal entregándome al juego institucionalizado de la astucia para conseguir un puesto en la Universidad. Le di a entender con delicadeza que si era la experiencia en el arte de la astucia lo que se requería para que la institución universitaria reconociera los presuntos valores personales míos, y que él reconocía, yo renunciaba de antemano a los éxitos que me auguraba. Me dijo que, a su juicio, el tribunal me había tratado con dureza desmedida y que uno de los miembros estaba dispuesto a pedirme disculpas.

              Mi impresión de esta conversación telefónica fue que el director del Departamento estaba preocupado por la opinión pública, la cual lógicamente no podía ser favorable ni para los miembros del tribunal ni para él mismo como director del Departamento. Para quienes supieron lo que había ocurrido lo indignante no fue tanto el resultado final como el trato discriminador e irrespetuoso dispensado por el tribunal a los concursantes descalificados. Nos trataron a degüello y sin piedad ridiculizando sin pudor el valor de nuestros méritos académicos y legales. En mi caso reconocieron hipócritamente después que se habían excedido hasta el punto de pedir excusas tratando de dar la impresión de que lamentaban lo ocurrido. Pero ellos habían logrado sus objetivos sin reparar en los medios utilizados.

              El paso siguiente fue cuidar su imagen interpretando cínica y sagazmente los acontecimientos en su favor. De todos era sabido que había pactado con el presidente del tribunal el facilitar la asignación de esta plaza a la joven concursante, a cambio de su poderosa influencia para asegurarse los votos inciertos para ser elegido director del Departamento. Desde el momento en que quedó vacante la plaza sacada a concurso público, dicho presidente se autoproclamó inapelablemente presidente del tribunal para decidir el destino de la misma en favor de su protegida y de sus intereses personales con la colaboración explícita del director del Departamento, el cual pagaba así el precio de los votos que le habían llevado a la dirección del mismo. Desde el primer momento el director del Departamento fue consciente de que el asunto de esta plaza no se llevaba de forma limpia y con criterios de rigor académico y de justicia departamental. Incluso en alguna reunión previa no ocultó su temor a que este concurso pudiera dar lugar a que interviniera la prensa y fuera recurrido ante la ley. Una profesora, que conocía bien el percal, me comunicó posteriormente que, según informaciones recibidas, el tribunal se había puesto previamente de acuerdo para invertir el criterio legal de evaluación considerando en último lugar el curriculum y la experiencia docente y de investigación, que es lo que la preceptiva legal colocaba en primer término y en lo que la favorita no podía competir con ninguno de los otros concursantes.

              Yo tenía razones personales para vetar al presidente del tribunal. Tenía la impresión de que no soportaba mi condición de religioso dominico y que me había discriminado sistemáticamente desde hacía algunos años. En una ocasión vino a mi despacho a disculparse. Según él, la opinión pública le acusaba de ser él el culpable de que yo no fuera profesor Titular.  Me dijo que eso era falso. Que, si hubiera querido hacerme algún daño, lo hubiera podido hacer con relativa facilidad cuando fue Decano y que ahora era un hombre sin influencia en la Facultad. Le tranquilicé manifestándole que, dada nuestra edad y experiencia de la vida, podía él estar tranquilo, ya que yo no daba importancia a las murmuraciones, chismorreos e intrigas de pasillo. Que aceptaba su descargo de conciencia y asunto terminado.

              Sin embargo, recordando ahora su actitud pública de desprecio hacia mi curriculum académico y falta de respeto a mi persona durante la celebración del concurso, me cuesta creer que no fuera un hombre maquiavélico y que aquel presunto descargo de conciencia no fue más que un acto de hipocresía. Por esta razón me alegro de no haberle vetado como presidente del tribunal. Ni siquiera me pasó por la mente recurrir su actuación alegando trato discriminatorio y falta de objetividad legal. Con este tipo de personas lo más prudente es evitar tener que discutir con ellas. La mejor respuesta a sus comportamientos maquiavélicos es el respeto personal -que ellos niegan a los demás- acompañado del más sepulcral silencio dejándolos solos con las mordidas de su propia conciencia moral, si es que no la han perdido. En cualquier caso, me alegro de haber tenido esta experiencia y bien sabe Dios que no quedó en mi corazón el más mínimo sentimiento de frustración o de rencor hacia las personas que me negaron el debido respeto durante la celebración del concurso.

              ¡Y lo que es la ironía de la vida! Cuando le llegó el turno de jubilación al presidente de este tribunal, pidió recibir el título de emérito con la posibilidad de continuar impartiendo docencia. Pues bien, la segunda vez que solicitó esta gracia le fue denegada en votación secreta por el propio Departamento y sólo gracias a la generosidad del Rectorado de la Universidad pudo llevar a cabo su deseo. Pero, insisto, con el voto negativo previo del Departamento, lo cual equivalía a una descalificación moral pública de sus formas de conducta.

              Por el contrario, yo avisé oportunamente para que al cumplir los 65 años de edad no contaran más conmigo. Cuando llegó el momento de la despedida por iniciativa mía, el Departamento me pidió “por favor” que aceptara seguir impartiendo la docencia por lo menos un año más. Sería largo de contar cómo y por qué se produjo este fenómeno, pero lo que me interesa destacar es el hecho de que, al cabo de veinte años, este hombre, que se había propuesto que yo no llegara nunca a conseguir la titularidad universitaria, fue moralmente descalificado en una votación secreta por el mismo Departamento que a mí me pidió por favor que no me marchara. Un ilustre catedrático me aconsejó que aceptara la propuesta de no marcharme, aceptando seguir siquiera un año más, para evitar que algunos interpretaran mi rechazo como una represalia al trato poco justo que yo había recibido por parte del Departamento durante dos décadas. Me pareció que fue un buen consejo y acepté seguir un año más. Así las cosas, asumí la jubilación definitiva con mucha satisfacción ya que, a pesar de los malos ratos que me tocó pasar, como a todo el mundo, el balance de mi gestión en la Universidad Complutense de Madrid fue altamente positivo. Eso sí, todo valió la pena gracias al trato agradecido y cariñoso que siempre recibí de mis alumnos y alumnas. Económicamente cobré siempre el sueldo mínimo universitario, pero humanamente tengo la impresión de que el respeto y amistad que la mayoría de mis alumnos y alumnas me dispensaron fue el pago más gratificante al que un profesor universitario puede aspirar.  

             

              5. La vida humana en cuestión

             

              En 1971 se produjo una noticia muy sensacional. Me refiero a los intentos de producir vida humana en el laboratorio prescindiendo por completo de las relaciones sexuales de toda la vida. Se trataba de la fecundación “in vitro”. Pronto me percaté de que lo que estaba en juego era la vida humana y esto me fascinó de tal manera que no cesé de adquirir noticias y conocimientos sobre el tema a través de todos los medios que estuvieron a mi alcance. Muy pronto escribí un artículo para la revista Studium, titulado: La fabricación de niños en tubos de ensayo. Un folleto que puede ser considerado como la primera publicación en España de un trabajo monográfico sobre el tema.  

              Dos cosas creo oportuno destacar aquí. En primer lugar, se estaba gestando una nueva era de la humanidad reflejada en la Bioética como nueva disciplina llamada a deliberar sobre la vida humana desde su gestación hasta su ocaso. La vida estaba en juego y mi mente no podía pasar de largo. La preocupación por el ser y suerte de la vida humana acaparó así gran parte de mi atención intelectual hasta el día de hoy, como queda reflejado en el currículo. En segundo lugar, me parece oportuno recordar algo anecdótico, pero altamente significativo. Un editor de Madrid me había citado para hablar sobre la eventual publicación de un trabajo mío de filosofía. En realidad, yo llevaba en la chistera dos proyectos y el texto mecanografiado sobre “La fabricación de niños en tubos de ensayo”, listo ya para ser publicado en la revista Studium. A penas iniciamos la conversación el editor se percató de este texto e inmediatamente se interesó por verlo olvidándose de lo demás. Después de una mirada somera me lo pidió para publicarlo inmediatamente.

              Grande fue mi sorpresa, pero, ante su insistencia, le sugerí que me permitiera introducir algunas modificaciones de rigor ya que el texto estaba redactado como artículo de revista y no con formato de libro. El pequeño libro se publicó, pero la editorial estaba ya en quiebra de suerte que no hubo lugar para el éxito editorial pronosticado por el editor. A pesar de todo, la experiencia para mí fue buena por doble partida. Había encontrado una nueva brecha de investigación de cara al futuro y al mismo tiempo empecé a conocer los avatares editoriales. Muchas veces los intereses del escritor no coinciden con los del editor. Otras, en cambio, los intereses del editor no son satisfechos por los intereses de los lectores y compradores. Es todo un drama porque esto da lugar a que en ocasiones los libros de menor valor suscitan más interés que los mejores, que se quedan sin publicar. Esta situación se ha agravado con la mediación de la publicidad y la propaganda como factor comercial. A pesar de todo, tengo la satisfacción de poder decir que, hasta el momento y a pesar de esas dificultades, todo lo que he escrito con la intención de que sea publicado, antes o después, de una u otra forma, ha sido publicado. No he ganado dinero, pero sí he recibido el pago de esta satisfacción.   

                      

 

         6. La responsabilidad de escribir

 

              En 1972 se celebró en Brasilia el VIII Congreso Interamericano de Filosofía. Por aquellas calendas yo hacía todo lo posible por estar presente en estos eventos. Era la época de búsqueda de experiencias y contactos personales con los líderes del pensamiento mundial. En este sentido me es grato recordar lo siguiente. Dos filósofos mundialmente conocidos por aquella época estaban hondamente preocupados por la forma de reducir el pensamiento de los grandes filósofos antiguos y modernos a fórmulas matemáticas de acuerdo con los cánones de la lógica matemática o simbólica en pleno auge. Yo creía que los grandes filósofos se distinguían por su acercamiento a la realidad y no por su capacidad de especulación y manipulación de los conceptos vacíos de contenido. Menos aún cabía en mi cabeza que hubiera que derramar el contenido de los conceptos realistas para quedarnos sólo con los conceptos formales reducidos a fórmulas matemáticas. Esto me parecía algo así como vaciar un huevo para quedarnos sólo con la cáscara. Esta experiencia contribuyó a que en adelante se acabaran para mí todos los mitos publicitarios entorno a tal o cual filósofo. Mi conclusión fue que la calidad de un filósofo no puede establecerse nunca en razón de su prestigio social sino de la validez de sus formas de pensar. Hubo filósofos famosos como estos, que me decepcionaron, y otros que me causaron admiración. La anécdota siguiente es también significativa.

              Tan pronto llegué a Brasilia me dirigí a la sede donde se iba a celebrar el Congreso y pronto quedé sorprendido al ver que mi nombre figuraba en diversas partes como secretario o presidente de diversas sesiones. Y lo que es más. Durante las jornadas del congreso me vi rodeado de profesores universitarios y estudiantes deseosos de hablar conmigo. Por fin llegó el momento de mi ponencia en un aula repleta de gente y al final de la sesión llegó la gran sorpresa. Un pequeño grupo de personalidades relevantes del pensamiento filosófico latinoamericano me rodeó para felicitarme gozosamente. ¿Por qué su alegría? Porque, según me explicó uno de ellos, todos los allí presentes creían que yo era una persona de más edad y no tan joven como me habían encontrado. ¿Y por qué esta creencia? Pues simplemente porque hasta aquel momento me conocían desde hacía mucho tiempo por mis escritos en la revista Studium. Escritos que ellos habían seguido con mucho interés. De ahí el gusto por conocerme ahora en persona y encontrarme mucho más joven de lo que ellos imaginaban.

              Mi asombro fue grande pero no perdí el tiempo y deduje inmediatamente esta conclusión: mis escritos son leídos, luego en adelante he de ser más responsable y pensar mejor lo que escribo. Hasta ese momento, en efecto, yo escribía porque sentía placer en poner por escrito lo que pensaba sin imaginar que mis escritos podían ser leídos y condicionar la vida de los demás. Fue una llamada a la responsabilidad como escritor ya que lo escrito permanece y puede ser leído por quien menos se piensa y ser causa de bien o de mal. A partir de aquel momento entendí que el quehacer de escribir debía ser para mí una responsabilidad ante los demás y no sólo un deporte, una forma de emplear el tiempo o un negocio. Este criterio lo he mantenido en vigor en todo momento y el resultado ha sido tan positivo que con el paso del tiempo me fío menos de lo que hablo y más de lo que escribo. Yo mismo me siento mejor leyendo lo que he escrito que recordando lo que he hablado.

 

      7. Libertad de expresión en Varna

 

              En el otoño de 1973 se celebró el XV Congreso Mundial de Filosofía en Varna, Bulgaria. Eran los tiempos duros y hegemónicos del comunismo en Europa y una oportunidad de oro que yo no podía desaprovechar para conocer por mí mismo la triste realidad del comunismo imperante y amenazador. Dos años antes había realizado la aventura de cruzar el “telón de acero” y me sentía un experto entre aquellas personas supuestamente intelectuales que caían en la trampa marxista como “tontos útiles”. Ya en el viaje lamentaba yo que algunos de ellos que yo conocía no asistieran a estos eventos para poner en evidencia su ingenuidad o malignidad. En el contexto de este evento me parece oportuno recordar algunas anécdotas y después mi experiencia como ponente.

              En el control aduanero del aeropuerto de Sofía, por ejemplo, una joven señora francesa que llegaba conmigo estuvo a punto de sufrir un infarto. Al menos cabía pensar en ello por el nerviosismo que tenía a causa de los terribles controles a que éramos sometidos por parte de la policía comunista. Nunca ella había tenido una experiencia tan desagradable y traté de consolarla echando mano de mi experiencia. Durante la visita turística a la catedral de Sofía un norteamericano estuvo a punto de dar saltos de indignación al tener que oír resignadamente las explicaciones del guía sobre las obras de arte de la cripta catedralicia. Según sus explicaciones, habría que sacar la conclusión de que todo aquel complejo artístico era obra del régimen comunista. Durante todo el tiempo del recorrido turístico éramos vigilados por personas que seguían de cerca nuestras conversaciones para tomar nota de ellas, por lo que había que evitar cualquier comentario crítico por la cuenta que nos tenía. Para este menester el Régimen disponía de políglotas por todas partes. En un momento dado me quedé sin cinta para la cámara fotográfica. ¿Cómo resolver este problema? Sólo en un lugar oficial de Sofía era posible conseguirla y bajo condiciones draconianas. En primer lugar, había que rellenar y firmar un formulario impreso y después asegurar que las fotos serían reveladas dentro del territorio búlgaro.

              Durante la celebración del Congreso logré que algunos jóvenes estudiantes posaran para mi cámara aprovechando los momentos más discretos y lugares más recónditos del recinto. Pero a causa de la prisa y el nerviosismo, pensando que pudieran sorprendernos en la toma de fotografías, colocaba mal los carretes en la cámara cuando los reemplazaba y, como consecuencia, todos ellos se desvelaron sin que resultara revelada ninguna fotografía. Con ello perdí una documentación gráfica de gran valor por el lugar, las personas y circunstancias que habían protagonizado la aventura fotográfica. En uno de los descansos de las sesiones de trabajo se me ocurrió invitar a tomar café a una joven estudiante que se encontraba a mi lado observando en absoluto silencio. Muy sorprendida ella por mi invitación me preguntó fríamente en otro momento por qué la había invitado. La expliqué que en el mundo libre de Occidente una invitación como aquella era una forma de cortesía y buena educación, además de una buena ocasión para conversar sobre la marcha de las actividades culturales que se celebraban. Me miró fijamente y aceptó la explicación. En otra ocasión aceptó de nuevo mi invitación y me confesó en voz muy baja para que no la oyera nadie más que yo, que nunca había tenido la experiencia de que un extranjero la invitara a tomar café desinteresadamente. Tuve la sensación de que aquella “espía” del régimen se había sentido feliz con mi invitación y traté de mantener contacto con ella durante la celebración del Congreso. Me facilitó algunas informaciones útiles, pero no volví a verla más. Estaba claro que todos los contactos y conversaciones con los congresistas extranjeros no comunistas estaban controlados.

              En otra ocasión me dirigí al Departamento de la URSS instalado en la sede del Congreso para solicitar una entrevista con el director de la Academia de Moscú el cual se encontraba presente al frente de la delegación de la Unión Soviética. Mi objetivo era avisar de antemano que pasaría por Moscú y deseaba visitar la Academia. Le expuse mi deseo a una joven funcionaria de la delegación soviética y me contestó fríamente que pusiera la solicitud por escrito. Así lo hice, entregué la solicitud escrita y sin más palabras por su parte abandoné el recinto. Al día siguiente, cuando calculé que la gente pasaba por allí a gestionar sus asuntos, me personé de nuevo para ver si había para mí alguna respuesta. La funcionaria me respondió como un cardo diciendo que allí no había nada para mí. Como yo ya conocía el percal, no manifesté ningún tipo de sorpresa y al día siguiente, última oportunidad para contactar con el personaje en cuestión, volví. Pero tan pronto se percató de mi presencia se adelantó a decirme en tono casi amenazante que ya me había dicho el día anterior que allí no había nada para mí. Como puede suponerse, abandoné el recinto sin replicar como alma que lleva el diablo.

               Pero había una joven, espía como todas las demás, que hablaba muy bien español. Esta me seguía de cerca y yo no dejaba pasar oportunidad de hablar con ella. Tan pronto regresé del Departamento de la URSS me salió al paso y yo, ni corto ni perezoso, la expliqué lo ocurrido. Cuando ella intentó darme una explicación, otro joven que se encontraba por allí se acercó a nosotros y la increpó con estas palabras en correcto y clarísimo español: “La orden del jefe, ¿cuál es?”. La joven enmudeció, desapareció y no volví a verla más.

              Un día los participantes de habla española convinimos en almorzar juntos para cambiar impresiones sobre la marcha del Congreso. Por cortesía invitamos a comer con nosotros a una presunta periodista que hablaba muy bien español. Después del almuerzo alguien nos hizo discretamente una señal para que observáramos a nuestra ilustre invitada y así pudimos sorprenderla apagando la grabadora oculta en la que había registrado nuestros comentarios antes de despedirse. Por otra parte, yo tenía particular interés en hablar con los delegados de la URSS que eran los que dominaban la situación. Había cuatro de edad madura con los que conseguí platicar en diversas ocasiones. Nunca se podía hablar con uno solo y por eso iban en grupos de no menos de cuatro personas para espiarse mutuamente. Yo les hablaba con desenfado juvenil y provocador a sabiendas de que mi forma de dirigirme a ellos les resultaba agradable. Ellos escuchaban, pero no hablaban. A lo más hacían gestos ambiguos cuando los ponía en aprieto con mis preguntas. Les decía irónicamente, por ejemplo, que yo no tenía experiencia como ellos ni había conocido la segunda guerra mundial. O que en Occidente a los jóvenes nos gustaba hacer el amor y no la guerra. Luego les explicaba el significado de este aforismo de la época y los invitaba a visitar España prometiéndoles alojamiento y cuanto necesitaran. Ellos no salían de su asombro y me escuchaban con una sonrisa de simpatía y alivio. Yo tenía la impresión de que estaban encantados de oír hablar a un joven inocente con el desenfado y libertad que a ellos se les había negado. Pero hablemos ahora de mi intervención en el Congreso y lo que ocurrió después.

              Por fin llegó mi turno y tomé la palabra. Según el reglamento disponía de diez minutos para hacer mi exposición, pero de hecho me permitieron hablar durante media hora sobre la libertad. ¿Por qué esta concesión a un joven presuntamente inexperto y procedente de un país políticamente considerado enemigo de los regímenes comunistas? Lo cierto es que durante los días siguientes a mi intervención la gente se mostró más osada y hablaba con más libertad. Hasta tal punto que se llegó a una verdadera confrontación dialéctica cuando un militante socialista americano se atrevió a publicar los nombres y apellidos de filósofos que habían sido vetados por los regímenes comunistas para participar en el Congreso. Según él, se había practicado la “purga” interna de aquellos considerados “no gratos” por el sistema comunista, cosa que para pensadores auténticos resultaba absolutamente intolerable.

               Durante la ceremonia oficial de clausura del Congreso el filósofo austriaco Leo Gabriel se acercó a mí para decirme que mi intervención en el Congreso había significado un antes y un después durante su celebración. Le pregunté sorprendido si para bien o para mal y que si consideraba que mi intervención no había sido acertada. Mira, me dijo, la mayoría de los que estamos aquí hemos tomado parte de alguna forma en la segunda guerra mundial. Tú, en cambio, eres inocente de toda esa desgracia y te puedes permitir el lujo de hablar aquí con el desenfado y libertad que lo has hecho sin que nadie te pueda quitar la palabra de la boca. Por esta razón puedes estar tranquilo porque el público estuvo encantado escuchándote durante media hora. No puedo asegurar que fueran estas las palabras exactas que usó Leo Gabriel, pero sí estoy seguro de que reflejan fielmente el contenido esencial de las mismas. La conclusión que yo deduje de ellas es que la verdad hay que buscarla y decirla sin prejuicios, sin maldad y sin intereses creados. Si a esto se añade la salsa de la simpatía y el amor, el éxito está asegurado, aunque uno no lo vea.

        

         8. Intelectuales cristianos y marxistas ante el futuro de la humanidad

 

         En el otoño de 1986 se celebró en Budapest el Symposium científico marxista-cristiano sobre “Sociedad y valores éticos”, por iniciativa del Vaticano y de la Academia de las Ciencias de Hungría con el visto bueno de Moscú durante el famoso período de la “perestroika” liderada por Mihail Gorvachev. Sobre los pormenores de este célebre encuentro escribí lo que consta en el currículo y sólo quisiera destacar aquí lo siguiente. En primer lugar, cabe matizar que, aunque en el título del evento se hablaba de cristianos y marxistas, de hecho, los cristianos que participamos éramos todos conocidos como filósofos católicos. ¿Por qué sólo católicos? Por lo que pude intuir la razón era porque para los pensadores marxistas los filósofos católicos representábamos la línea intelectual más sólida y competitiva del momento frente al marxismo puro y duro.

         Hasta la celebración de aquel histórico encuentro yo había estado convencido de que los regímenes marxistas europeos iban a durar más tiempo. Mi convicción estaba apoyada en lo siguiente. Las dictaduras y regímenes despóticos personales suelen desaparecer con la muerte o desaparición de los líderes que las instauran. Pero el marxismo era una dictadura colectiva, o sea, de un partido político que estaba por encima de los líderes particulares de turno. Desaparece un líder y automáticamente llega otro tan malo o peor que el anterior pero el régimen continúa. Así había ocurrido durante setenta años consecutivos en la Unión Soviética y cabía pensar que las cosas iban a continuar así todavía durante muchos años. Por eso yo estaba convencido de que había que estar preparados para soportar esta situación con paciencia y sin desfallecer.

         Pero durante la celebración de este Simposio en Budapest cambié de opinión. Los pensadores marxistas allí presentes fueron muy realistas y no disimularon su convicción de que los regímenes marxistas europeos estaban al borde del abismo. De ahí su obsesión por la paz. La cuestión ahora era cómo se iba a producir a corto plazo ese final pronosticado. Había razones sólidas para pensar que el derrumbamiento del ruinoso sistema comunista podría producirse haciéndonos saltar a medio mundo por los aires y de ahí la necesidad de que los pensadores más serios de los dos bandos que se habían disputado el liderazgo de la humanidad se pusieran a reflexionar juntos para evitar el final apocalíptico que se cernía sobre todos.

         Terminada la celebración del Simposio llegué a la conclusión de que debíamos prepararnos, no para soportar setenta años más de marxismo asfixiante, sino para encontrar la manera de no quedar en cualquier momento bajo los escombros del diabólico edificio marxista a punto de desplomarse. Un año más tarde contemplábamos con asombro cómo el edificio comenzaba a hundirse sin las consecuencias apocalípticas temidas por todos. Con la caída simbólica del muro de Berlín cabía pensar que habíamos entrado en una era nueva de relajamiento y tranquilidad, pero no fue así. Al terror marxista sucedió el terror del fundamentalismo islámico y de los nacionalismos. Pero este es otro capítulo de la historia de Occidente que no corresponde analizar en estos retazos de mi vida. Lo he traído a colación para reflejar mejor la evolución de mi forma de pensar al filo de la realidad social que me ha tocado vivir. 

 

         9. Anacronismo marxista y espíritu universal

             

              En el verano de 1988 tuvo lugar en Brighton, Reino Unido, el XVIII Congreso Mundial de Filosofía y quisiera destacar dos aspectos que me llamaron particularmente la atención durante su celebración. Hasta este momento los congresos de filosofía estuvieron dominados por las delegaciones procedentes de los países del entonces denominado telón de acero. O sea, de la antigua Unión Soviética y sus satélites. En realidad, no eran filósofos propiamente tales sino ideólogos del Partido que asistían como agentes intelectuales de combate contra los regímenes capitalistas, especialmente los Estados Unidos. De ahí que las delegaciones procedentes de ambos campos sociales fueran siempre las más numerosas y en número bien calculado para equilibrar las fuerzas dialécticas de combate.

              Lo primero que me llamó la atención fue que las tradicionales delegaciones marxistas habían desaparecido de escena como alma que lleva el diablo. Por eso sorprendió mucho la intervención de un marxista que se convirtió en pintoresco y divertido. Digo esto porque, además de ser el único residuo de la especie llamada a desparecer, valía la pena escuchar su discurso como ejemplo de lo que es la corrupción del quehacer filosófico con la retórica huera y ridícula de un marxista nostálgico de la antigua observancia. ¿Dónde estaban aquellas arrolladoras delegaciones de la Unión Soviética y sus satélites, dispuestas a llevarse por delante a cualquiera que los saliera al paso con una crítica mínimamente razonable? Estaba claro que el imperio de la ideología marxista en los congresos de Filosofía se había terminado y el Gerundio de Campazas marxista, único exponente de dicha ideología en el Congreso, no fue más que un muñeco ridículo para asombro de unos y divertimiento de otros. Pero además de la ausencia saludable del marxismo hubo otro acontecimiento absolutamente novedoso y con mucho futuro. Me refiero a la presencia por primera vez de ponencias relacionadas con la nueva disciplina denominada BIOÉTICA. Si la memoria no me falla, esta fue la primera vez que las cuestiones sobre la vida humana son tratadas desde los puntos de vista de esta nueva ciencia de la vida. Desaparecieron las clásicas cuestiones relacionadas directamente con la antropología marxista clásica y se impusieron los pensadores preocupados por los asuntos de la vida desde los nuevos parámetros de la Bioética.

              Por último, me es grato recordar otro aspecto que se puso de relieve durante la celebración de este histórico evento filosófico en la ciudad de Brighton. Uno de los primeros días pasaba yo cerca de una oficina administrativas del Congreso y una señorita requirió amablemente mi presencia. Se disculpó preguntándome si disponía de unos minutos libres y, obviamente, la respondí que sí, y que, además, sería un placer para mí conversar con ella. Mire, replicó cariñosa, mis compañeras y yo hemos mantenido una discusión sobre su nacionalidad. No pude disimular mi sorpresa y continuó. Hemos constatado que usted ha enviado su ponencia en español, viene de Madrid y alguien que le ha oído hablar en español dice que lo habla usted muy bien. No obstante, hay quienes piensan que usted no es español. ¿Y en qué apoyan la opinión de que no soy español?, repliqué. Pues mire, respondió al tiro, porque hemos visto a algunos españoles por aquí y coincidimos en que usted no se parece a ninguno de ellos en su forma de estar y tratar con la gente. Esta anécdota me alegró mucho porque era una más entre otras muchas que confirmaban mi capacidad para adaptarme a los lugares y las personas echando por tierra las barreras políticas, culturales, religiosas y geográficas. Por ello, cuando estaba en el sur de Italia pensaban que yo era italiano del norte. En Rumania suponían que era rumano emigrado que volvía a la patria con acento extranjero. En otros países pensaron que era francés, norteamericano o ruso. A 50 kilómetros de mi lugar de nacimiento en Ávila me trataron como argentino. En Madrid algún caballero quiso ayudarme en el metro convencido de que yo era extranjero. Una encantadora señora inmigrante hablaba conmigo en mi propia casa en Madrid convencida de que yo no soy español. Con todo esto sólo que querido decir que me siento muy feliz por haber recibido una educación que me permite no sentirme extranjero o extraño en ningún rincón del mundo. Por la misma razón me siento feliz con lo mío y participo con lo que hace felices a los demás superando los particularismos egoístas y los sentimientos nacionalistas que tanto daño hacen a la gente que los padece. Ahora bien, para disfrutar de esta felicidad es indispensable una buena educación de la inteligencia en los valores universales que unen a las personas y los pueblos en lugar de utilizarla para fomentar el egoísmo y la incomprensión atizando los sentimientos particularistas en lo personal y los nacionalistas en la vida política y social. Es muy consolador sentirse uno ciudadano universal sin renegar del amor a la tierra que nos ha visto nacer. 

      10. Opción por la verdad y desencanto del poder

 

              Durante el trienio académico 1988-1991 ejercí las funciones de presidente de los Institutos Pontificios de Filosofía y Teología “Santo Tomás”, en Madrid, Agregados a la misma Universidad de Manila. La crónica puntual de mi gestión se encuentra en el archivo. Traigo a colación esta eventualidad porque fue una oportunidad para contrastar los intereses enfrentados de quienes hemos nacido para buscar la verdad y quienes nacieron para el ejercicio de la autoridad y el poder. Cuando yo me hice cargo de la presidencia el Centro se encontraba en proceso de disolución natural. Mi predecesor no dejó rastro de su gestión hasta el punto de que ni siquiera en los archivos hay más pruebas de su existencia que el documento de su nombramiento y el de su salida prematura. Los Institutos llevaban por lo menos tres años sin gobierno en decadencia irreversible y el ambiente era cada vez más tenso y desagradable. Yo acepté la presidencia como una aventura y en condiciones de salud lamentables sin que fueran tenidas para nada en cuenta a la hora de confirmar mi nombramiento. Luego llegaron los momentos de prueba y mi salud se resquebrajó a pasos agigantados hasta el punto de tener que someterme a una operación quirúrgica de alto riesgo. Dado que en los archivos hay constancia puntual de mi gestión durante aquellos tres años de infeliz memoria al frente de los Institutos, salvo la comprensión y buenos servicios del secretario, Vicente Borragán Mata O.P, sólo quiero destacar aquí algunos aspectos relacionados con mi vocación y trayectoria intelectual. De entrada, tuve que sacrificar un tiempo precioso a la administración del Centro. Al principio con mucha ilusión, pero después con gran dolor y desencanto. Los hechos sucedieron aproximadamente como sigue. Los Institutos se encontraban en franca decadencia por falta de estudiantes y de profesores suficientemente motivados para la docencia académica. No había ya Estatutos válidos vigentes y había que crearlos y obtener su aprobación. Por otra parte, disminuía el número de estudiantes de forma implacable sin previsiones de futuro. Así las cosas, las reuniones de profesores empezaron a convertirse en una pelea constante de unos contra otros como quienes tratan de compensar su fracaso culpando a los demás de la marcha de los acontecimientos.

              Con motivo del Capítulo Provincial dominicano de 1989 celebrado en Ávila, yo redacté un informe realista sobre la situación de los Institutos, pero fue mal interpretado. El Informe consistió en hacer ver sin tapujos que el futuro de los Institutos era inviable a menos que se iniciara una reforma realista del Centro pensando en un proyecto muy modesto, adaptado al escaso personal docente disponible pero abierto a la posibilidad de reclutar alumnado suficiente. Como apoyatura legal de esta reforma presenté los nuevos Estatutos aprobados por las autoridades académicas de la Universidad de Santo Tomás de Manila y Roma. Pensaba yo ingenuamente que, una vez rescatada canónicamente la barca del naufragio legal en que se encontraban los Institutos, era el momento de presentar un nuevo proyecto de reforma mucho más realista que el reflejado en los Estatutos tan generosamente aprobados por Roma. Pero el Capítulo Provincial de Ávila de 1989 decidió de forma draconiana “desguazar” los Institutos en lugar de repararlos. ¡Y de qué manera! El enfermo lo estaba de muerte. pero no le dejaron morir naturalmente en paz y sin dolor, sino que le aplicaron una “eutanasia” muy dolorosa, traumática y no exenta de escándalo. Pero no es mi propósito describir aquí la historia de aquella faraónica decisión institucional, y menos aún distribuir las responsabilidades de la misma entre personas concretas con nombres y apellidos.

              Lo que sí quiero dejar claro es que, para mí, la forma como se gestó aquella decisión y los criterios según los cuales debía llevarse después a la práctica, me causaron un sufrimiento moral mucho más intenso que las múltiples y graves enfermedades que me habían acompañado hasta entonces. Lo que más dolor moral me causó fue que se me reprochara el haber realizado algunas cosas que habían contribuido a mantener el prestigio de los Institutos en un esfuerzo por evitar que terminaran malamente a la deriva. Por ejemplo, lograr la redacción de los Estatutos y su definitiva aprobación por Roma y reforzar los contactos con la Universidad Complutense con ocasión de la fiesta de Sto. Tomás, presidida por el Nuncio de S. Santidad y con la presencia ilusionada del Socio del Maestro General de la Orden Dominicana, sin olvidar los apoyos morales y administrativos recibidos por parte del Rector de turno de la Universidad de Sto. Tomás de Manila. Pero esta experiencia dolorosa de ver cómo se despreció lo poco que pude hacer valió la pena porque quedé vacunado de una vez por todas contra la gripe del gobierno y la administración. Hasta aquel momento yo había tenido siempre un alto concepto de las instituciones de gobierno y comprendía sin dificultad sus eventuales equivocaciones. Pero en esta ocasión las autoridades de turno me decepcionaron profundamente. Llegué a la conclusión de que la causa de la verdad no interesaba a los responsables de la administración.

              Después de esta experiencia entendí mejor que hay dos clases principales de hombres: la de aquellos que sólo buscan y disfrutan del poder y la de aquellos otros “desgraciados” que sólo disfrutamos buscando y sirviendo a la verdad, aunque nos cueste el pellejo. Con la particularidad de que pocos son los que en el ejercicio del poder reconocen sus equivocaciones mientras que los que buscamos la verdad no encontramos dificultad ninguna en reconocer nuestros errores y equivocaciones en nombre de la vida.

              Han pasado los años y tengo la impresión de que, como experiencia de vida, hice bien en no rechazar la Presidencia de los Institutos. Igualmente valió la pena concursar a Titular de Universidad sabiendo de antemano que no conseguiría mi objetivo. Estas dos experiencias fueron desagradables, pero intelectualmente saludables ya que contribuyeron a afianzar más mi vocación genética en la búsqueda de la verdad y defensa de la vida, vacunado contra cualquier virus contaminador de la inteligencia procedente de las instancias del poder.

 

              11. El placer de viajar y la desgracia de los idiomas

             

              Desde la más tierna infancia me gustó viajar para conocer el mundo y las personas que lo habitan directamente “in situ”. Cuando desde lo más alto de algún cerro de la sierra de Gredos descubría un paisaje nuevo y otro horizonte, me emocionaba y se apoderaba de mí el deseo de recorrerlo y conocerlo lo antes posible. Luego oía hablar de otros mundos y mis deseos se convertían en un proyecto de futuro a realizar. Poco a poco fui conociendo nuevos entornos geográficos y nuevas personas hasta convertir mis viajes en una fuente de placer y sabiduría al mismo tiempo. A medida que mi mente se abría a lo universal tenía la sensación de que comprendía mejor mi propia realidad particular y la de los demás. La posibilidad de satisfacer mis sueños de viajar para conocer el mundo llegó bastante tarde pero no desaproveché ninguna ocasión para compensar el retraso. Viajando, mi mente se enriquecía conociendo directamente nuevos mundos y personas. Los viajes se convirtieron para mí en fuente inagotable de sabiduría y método seguro para educar mi inteligencia en la promoción de los valores universales que unen a todos los seres humanos allanando las fronteras políticas, religiosas y culturales. Pero tropezaba siempre con un muro que había que franquear. Me refiero a la diversidad de idiomas que impide la buena comunicación entre las personas y su mutua comprensión. El asunto es grave sobre todo cuando los políticos se sirven de la diversidad de idiomas como instrumento de manipulación sentimental al servicio del poder.

              La pasigrafía o pasimología tiene como finalidad evitar las dificultades de comunicación lingüística entre los hombres. Lo cual demuestra que, como he dicho antes, la multiplicidad de lenguas o idiomas constituye un obstáculo serio para la comunicación humana y comprensión entre los pueblos. Esto es tan obvio que hasta los niños de pecho lo entienden. Llega una patera de inmigrantes clandestinos y ¿cuál es el primer problema a resolver? Obviamente, cómo hacernos entender por ellos si hablan idiomas diferentes. Damos un vistazo a la propaganda turística e inmediatamente constatamos que el guía conoce el idioma más adecuado para informarnos durante la gira. ¿Quién, que haya viajado por diversos países o tenga necesidad de comunicarse con personas que no hablan su idioma, pondrá razonablemente en duda la conveniencia de encontrar un idioma que facilite la comprensión mutua entre las personas y los pueblos? Vayamos por partes y seamos razonables.

              No se necesita tener gran experiencia de la vida ni ser linces de la realidad para darnos cuenta de que la diversidad de idiomas surgió de la necesidad de comunicación entre los diversos grupos humanos aislados por la geografía o los sistemas sociales represivos, que prohibían el intercambio con otros pueblos igualmente aislados por la naturaleza o las costumbres. Ahora bien, cada grupo étnico o social aislado inventaba su propio idioma para sobrevivir con sus semejantes. Aquí está la clave para comprender la grandeza de la inteligencia humana de nuestros antepasados, que fueron dando cuerpo a los diversos idiomas obligados por la necesidad de comunicarse con sus semejantes. Los idiomas son una obra maestra del genio humano y como tales han de ser tratados. Ellos son obra maravillosa y exclusiva del hombre. La invención del lenguaje corresponde a ese sector de la realidad que existe porque el hombre la produce íntegramente. El estudio del lenguaje, por tanto, es un instrumento indispensable para conocer la naturaleza del ser humano. Pero igualmente hemos de reconocer que la multiplicación de los idiomas ha contribuido poderosamente en el pasado y sigue contribuyendo hoy día a la miseria de la incomunicación e incomprensión entre los diversos grupos étnicos y entre los pueblos. No en vano, cuando dos personas discuten y no se entienden, terminan diciendo frases como esta: “Hablamos idiomas distintos”. Y cuando las cosas van a mayores: “Oiga, que le estoy hablando en español”, en inglés o en lo que sea. Lo cual significa que hablar idiomas diferentes dificulta la comprensión entre las personas y que el hablar el mismo idioma facilita la comprensión y el mutuo entendimiento. Cuando cada cual habla en un idioma distinto se produce un fenómeno de confusión que nos recuerda la leyenda del Génesis 11 sobre la torre de Babel. Recordémosla.

              Según la leyenda: “Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la humanidad desde oriente, hallaron una vega en el país de Senaar y allí se establecieron. Entonces se dijeron el uno al otro: Ea, vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego. Así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. Después dijeron: Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra. Bajó Yhaveh a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, y dijo Yhaveh: He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Ea, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo. Y desde aquel punto los desperdigó Yahvé por todo el haz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel: porque allí embrolló Yahvé el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Yahvé por toda la faz de la tierra”.

              En este cuento o leyenda hay dos lecciones importantes. La primera, deducida de la experiencia vulgar, consiste en poner de manifiesto cómo la diversidad de idiomas es principio de confusión e incomprensión entre las gentes. Por el contrario, la adopción de un idioma universal es principio de cohesión y buen entendimiento. Los muchos idiomas aumentan la incomprensión, que se reduce a medida que los hombres se acercan más a un idioma común conocido por todos. La segunda lección de la leyenda es religiosa. La diversidad idiomática es presentada como una medida de maldición y castigo. En la cultura europea, mientras dominó el latín en el mundo culto hasta el siglo XVII, no se planteó el problema de la necesidad de otra lengua internacional. La gente culta salida de las universidades se entendía en latín y la gente corriente no necesitaba ni siquiera el latín para entenderse. La primera sugerencia de una lengua universal se remonta a Descartes. Leibniz y posteriormente el Obispo John Wilkins hicieron suya aquella sugerencia y le dieron forma sin resultados prácticos apreciables. Desde entonces hasta nuestros días se han producido muchos intentos de solución práctica al problema de la unidad de los idiomas sin excluir la instauración de lenguas artificiales como el esperanto. Actualmente el problema de comunicación universal se resuelve en la práctica con el inglés, el español, el francés y las traducciones simultáneas. Pero todo esto se ha complicado con la instrumentalización política de viejos idiomas locales por parte de muchos políticos nacionalistas. Así las cosas, resulta muy difícil reconducir el problema por el camino de la razón. Mi opinión sobre este escabroso tema queda expresada del modo siguiente. Cada persona debe ser libre de hablar el idioma que considere más apto para comunicarse y entenderse con el mayor número posible de personas. Esto es un derecho natural que sólo puede ser limitado cuando se haya demostrado que se invoca ese derecho como pretexto para hacer daño a los demás. Si un grupo de terroristas, por ejemplo, utiliza un determinado idioma para proteger sus proyectos criminales, las autoridades competentes pueden y deben controlar hasta donde sea necesario el uso de ese idioma por parte de los terroristas y de sus colaboradores. En principio y en circunstancias normales las autoridades públicas no tienen derecho a reprimir el uso libre de cualquier idioma, antiguo o moderno, como tampoco a imponerlo mediante la coacción política. La autoridad tiene el deber de favorecer razonablemente, no imponer, el uso de aquellos idiomas que favorecen el entendimiento y la comprensión del mayor número posible de personas y pueblos.

              En el momento histórico actual yo pienso que lo razonable es que las nuevas generaciones aprendan desde la infancia los dos o tres idiomas más universales en vigor además del idioma nativo. Con esta estrategia pedagógica y el influjo de los medios modernos de comunicación las nuevas generaciones terminarán hablando algún idioma en el que puedan entenderse con todo el mundo sin dificultad de forma natural, espontánea y agradable. Como consecuencia de este progreso habrá idiomas minoritarios que, como ha ocurrido en tiempos pasados, irán quedando de forma natural y sin traumas en el olvido, o bien como objeto de investigación y estudio por parte de los especialistas. Lo importante es que este fenómeno se produzca como resultado de un proceso natural y civilizado. Así ha ocurrido, por ejemplo, con la supresión de la mayor parte de las monedas nacionales europeas para ser sustituidas por el euro. En un momento dado de la historia de Occidente la moneda común del lenguaje fue el griego. Luego el latín. La realidad actual, en los comienzos del siglo XXI, es que los buenos servicios del griego y latín de otros tiempos han sido suplantados por el inglés, español y francés. Tengo para mí que el mayor obstáculo actual contra este deseable progreso en el uso razonable y pacífico de los idiomas por el mayor número posible de personas proviene de la manipulación política de los mismos por parte de los movimientos nacionalistas. A ellos se debe en gran parte el fanatismo que lleva a la mayoría de esos políticos a tomar decisiones irracionales e incivilizadas en política lingüística. La Biblia presentó en los tiempos más remotos la diversidad de lenguas como maldición y castigo de Dios. En los tiempos actuales el fomento político de la diversidad de idiomas es una desgracia porque impide la gracia y felicidad de que las personas y los pueblos se conozcan y entiendan cada vez mejor haciendo desaparecer el aislamiento e incomunicación impuestos por la proliferación de idiomas en el pasado.

         12. Magisterio sobre la pena de muerte

 

              La pena de muerte como castigo legal es un asunto que me empezó a preocupar después de haber terminado los estudios de ética y teología moral. Recuerdo que el profesor de ética puso sobre la mesa el problema, pero pasó tan de largo del mismo que no me quedó ningún recuerdo claro sobre su opinión acerca de tan grande castigo. En teología moral ninguno de los tres profesores que tuve encontró el momento adecuado para discutir esta cuestión. Si alguno de ellos sacó a discusión el problema yo no lo recuerdo. Pero durante la segunda mitad del siglo XX estaba de moda la cuestión de los “derechos humanos” con lo cual el tema de la pena de muerte se convirtió en un tema estrella. Siendo yo profesor de Historia de la filosofía en el Seminario Conciliar de Madrid tuvo lugar el denominado “proceso de Burgos” que culminó con la condena a la pena de muerte de un militante comunista. Mis alumnos en clase me acosaron haciéndome preguntas sobre esta decisión judicial y confieso que me pillaron en blanco. Hasta ese momento yo no había conocido ningún caso en el que de hecho se fuera a ejecutar a nadie como resultado de un proceso de justicia. Por otra parte, el asunto me pareció de extrema gravedad. Mi obligación era no defraudar a mis alumnos ni engañarme a mí mismo. Por ello decidí estudiar el problema a fondo y la ocasión propicia para ello no tardó en llegar. En los Institutos de los PP. Dominicos en Madrid se programó la asignatura de Derechos Humanos y me fue asignada a mí. Por si esto fuera poco elegí como tema de mi segunda tesis doctoral en filosofía la pena de muerte en S. Agustín.

              En el año 1994 escribí yo en la Introducción de mi libro La pena de muerte estas palabras: “Me vengo ocupando de la pena de muerte desde el año 1975. Fue entonces cuando por primera vez se me abrieron los ojos ante las condenas a muerte sentenciadas por ceremoniosos jueces bien protegidos por fuerzas de seguridad. Por el año 1980, cuando apareció mi libro sobre Los dere­chos del hombre, todavía no veía yo claro hasta qué punto se podría negar al Estado el derecho a instituir la pena de muerte contra determinados malhechores. Entendía yo que tan terrible cas­tigo se compagina mal con los principios específicos de la ética cristiana, que corrige y perfecciona la moral del Antiguo Testamento. Pero me quedaba aún la duda sobre la posible legitimidad ética de tan magno castigo impuesto por la supre­ma autoridad del Estado en nombre del principio del todo y las partes, de inspiración aristotélico-tomista, y del bien común de la entera sociedad. Una mayor profundización en el pensamiento de san Agustín, de santo Tomás, de la tradición canónica de la iglesia primiti­va con la oportuna consulta a los biblistas modernos, me sacó de toda duda. Me convencí de que incluso desde el punto de vista racional, la validez ética de la pena de muerte como cas­tigo legal, por parte de la suprema y legítima autoridad del Estado, resulta insostenible, vistas las cosas desde la perspecti­va realista de la dignidad radical de todo hombre y de su dere­cho inalienable e inviolable a la vida, por más que moralmente pueda ser calificada de perversa y antisocial”.

              Y en la conclusión: “La pena de muerte como castigo legal es tan vieja como la humanidad. Hasta cierto punto representa un progreso contra la venganza privada y los inconvenientes de que cada cual se tome la justicia por sus manos. De ahí el que, en todas las culturas, aún las más severas, los legisladores han buscado excusas y atenuantes para justificar tan grave castigo o para dificultar los procesos legales que pudieran terminar condenando a muerte al malhechor. Con la ley nueva promulgada por Cristo se produce una novedad original. El AT es revisado, interpretado y perfeccionado. En esa revisión la pena de muerte como castigo legal queda proscrita sin ningún tipo de excepciones ni concesiones. Pero en las costumbres ancestrales y en el derecho romano vigente la pena de muerte era una institución muy arraigada contra la cual poco podían hacer los cristianos para erradicarla desde su base. Con el tiempo la Iglesia llegó a una especie de compromiso pragmático con los poderes temporales. Sin entrar a discutir frontalmente el presunto derecho del Estado a castigar con la pena capital, se consiguió en la práctica algo muy importante como el llamado «derecho de intercesión», por el que, por oficio, el papa o el obispo del lugar intercedían en favor del reo condenado a muerte para que se le conmutara la pena. La pena capital estaba prevista en la ley, pero como instrumento de intimidación y disuasión. Ya se sabía que al final la intercesión episcopal sería requerida para desviar la pena por otro camino. Se trataba de un abolicionismo pastoral, pactado con las autoridades civiles y que funcionó con mayor o menor rigor hasta la edad media. Según los expertos, Federico Barbarroja habría sido el primero en romper definitivamente este pacto y las autoridades civiles empezaron a ejecutar por su cuenta y riesgo a los reos.

              Los moralistas y canonistas, por su parte, buscaron una salida práctica con la teoría del «brazo secular», basándose en una exégesis bíblica absolutamente inaceptable, y en el principio de totalidad de inspiración aristotélica sancionado por santo Tomás. Se consolidó así la fórmula hipócrita de que la Iglesia no, pero el Estado sí puede instituir y eventualmente aplicar la pena de muerte legalmente establecida. Ningún tipo de abolicionismo de los que hemos hablado, ni siquiera el episcopal, ha cuestionado abiertamente la presunta autoridad del Estado de derecho a castigar con la pena de muerte en casos muy extremados. El propio CEC de 1993 ha tirado el balón fuera de campo remitiéndonos al abolicionismo pastoral. Lo más que ha hecho ha sido descalificar las razones que en otras épocas se consideraban indiscutibles para justificar la pena capital por parte del Estado. Todo esto ha supuesto un progreso innegable en la humanización del derecho penal y desmitificación de falsas razones. Pero ello no es suficiente. Hay que ir más lejos. Es preciso negar frontalmente al Estado el presunto poder de penalizar con la muerte a los criminales en virtud de una sentencia judicial como conclusión de un procesamiento legal del malhechor. Ese presunto derecho se puede negar desde dos frentes. Desde el frente de los derechos humanos fundamentales, entre los cuales se impone la afirmación del derecho absoluto a la vida, incluida la de los mayores delincuentes. Sin el respeto incondicional a ese valor fundamental la teoría de los derechos humanos carece de fundamento racional sólido. La destrucción total de una vida, por degradada que moralmente sea, no podrá justificarse jamás con el disfraz de la toga judicial.

              La otra ofensiva contra la pena de muerte parte de la ética cristiana y es más decisiva y convincente. Me refiero a la ética de Jesucristo reflejada en su vida y en los escritos del Nuevo Testamento. La pena de muerte es incompatible con el mandato del perdón al enemigo y la abolición expresa de la ley mosaica del Talión. Los exegetas prestarían un gran servicio a la humanidad si dedicaran más tiempo a explicar convenientemente los textos bíblicos del NT relativos a la revisión que Cristo hizo de la ley mosaica y a las novedades del sermón de la montaña y la condena formal de la ley del Talión, proclamación solemne de la ley del amor, del que no pueden ser excluidos los enemigos. De forma rutinaria e irreflexiva el tema de la pena de muerte suele ser tratado en el contexto de la legítima defensa. Este enfoque del problema es objetivamente falso y vicia desde el principio cualquier intento de discurso razonable sobre el mismo. Por otra parte, se dice con frecuencia que la tradición unánime de la Iglesia ha reconocido en principio al Estado el presunto derecho a instituir la pena de muerte. Pienso que eso es objetivamente falso. Semejante tradición unánime no ha existido nunca. Lo que sí ha existido y sigue existiendo es una lamentable confusión entre determinadas tradiciones eclesiásticas y la Tradición Apostólica.

              La legitimación teórica de la pena de muerte por parte del Estado se encuentra en una determinada tradición eclesiástica tardía, que tiene muy poco que ver con el espíritu de la Tradición Apostólica original, en la que la pena de muerte no tiene cabida. Por todo lo dicho sigo pensando que el Estado carece de poder moral para instituir y eventualmente aplicar la pena de muerte contra ningún delincuente. Objetivamente hablando -sin entrar en juicios de intenciones o sobre la buena fe de quienes pudieran seguir pensando lo contrario- creo que la pena de muerte constituye siempre una violación del derecho humano a la vida y un rechazo práctico del precepto cristiano del amor. La cruda realidad objetiva de la ejecución del reo, por muy legal y sofisticadamente que se lleve a cabo, y sean cuales sean los motivos subjetivos alegados, constituye siempre y en sí mismo un acto de inhumanidad y una soberana injusticia de Estado. Y por descontado que todo lo dicho es aplicable tanto al derecho civil como al militar”.

              Pues bien, así las cosas, en enero de 1997 recibí una carta muy elocuente de un autor norteamericano. El ella se reflejaba una gran simpatía por mi forma de abordar el tema de la muerte, aunque cuando la escribió no conocía el nuevo libro mío en el que ratifico mi pensamiento y critico el modo de tratar el tema en el Catecismo la Iglesia Católica. Posteriormente me envió las galeradas correspondientes de su obra en trámite de edición: MEGIVERN, James J., The death Penalty. Un Historical and Theological Survey (Nueva York 1997). En esas páginas me cita generosamente y con gran respeto. Una vez publicada me envió un ejemplar e insistió sobre su deseo de que mi pensamiento sobre este asunto fuera traducido al inglés. Pasó el tiempo y un día me encontré en casa con un paquete en cuyo interior había un libro. El portero me dijo que lo había dejado allí para mí un señor que no era el cartero. Lo abrí con curiosidad. El título del libro era el siguiente: La argumentación sobre la pena de muerte en Niceto Blázquez y en Ernest van den Haag (Tesis Doctoral de Ignacio Campos Fernández-Figares, totaliter edita, en la Pontificia Universitas Sanctae Crucis, Facultas Theologiae) Roma 2006.

              La verdad es que quedé muy sorprendido. El autor había dejado dentro un mensaje en el cual me comunicaba que me había llevado personalmente a casa un ejemplar para asegurarse de que yo había llegado al conocimiento del mismo. Me encontraba preparando un viaje y me limité a poner unas palabras por correo electrónico dándole las gracias por el detalle de hacerme llegar personalmente el ejemplar al tiempo que le felicitaba por haber elegido como tema de su tesis doctoral un tema tan importante y fuerte como la pena de muerte. Durante el viaje y después lo examiné con detención y quedé decepcionado. El trabajo que había realizado no me pareció aceptable como tesis doctoral ni como actitud mental por parte del autor.

              Lo único en lo que sí podía estar de acuerdo con él es en la importancia que los expertos en la materia habían reconocido ya a mi planteamiento de la cuestión. De hecho, este fue el motivo que le indujo a elegir como tema de su tesis el estudio de mis argumentaciones. Pero, insisto, me pareció un estudio mal hecho. Se trata de la típica tesis doctoral mal enfocada y peor dirigida. Así las cosas, archivé el ejemplar con algunas observaciones críticas escritas de mi puño y letra. El autor intentó posteriormente mantener algún contacto conmigo, pero en lugar de corresponder a su pretensión me pareció más prudente distanciarme de él con el silencio por respuesta.

              Mi libro Pena de muerte, editado por la Editorial S. Pablo en 1994, se publicó con la convicción de que sería todo un éxito editorial, tanto por el tema tratado como por la forma sólidamente argumentada, relativamente breve y en lenguaje asequible. Cuando salió al público un Diario madrileño de ámbito nacional habló del mismo como “el libro del mes”. Pues bien, a pesar de todos los pronósticos de éxito, al cabo de tres años no llegó a venderse la edición por lo que el editor retiró el libro del mercado. Un funcionario de la editorial me comentó confidencialmente que esta sorpresa había que atribuirla al descuido de la publicidad del libro por exceso de confianza en su calidad por parte del editor. Pero esto no es todo. En el año 2012 consideré oportuno retomar el tema de la pena de muerte y publiqué en Vision Libros el libro titulado La pena de muerte y biotanasia de Estado. En esta nueva publicación mantengo la tesis central contra la pena de muerte, pero aportando numerosos datos informativos nuevos. Lo más novedoso fue la introducción del concepto de biotanasia de Estado para denunciar todas las formas de violar el derecho a la vida con la protección legal del Estado. En la contracubierta del libro puede leerse lo siguiente.

              El Estado carece de legitimación ética y moral para instituir y aplicar la pena de muerte contra ningún delincuente. Objetivamente hablando, sin entrar en juicios sobre la buena fe de quienes pudieran pensar lo contrario, la pena de muerte constituye siempre una violación del derecho humano a la vida y un rechazo práctico del precepto cristiano del amor. La cruda realidad objetiva de la ejecución del reo, por muy legal y sofisticadamente que se lleve a cabo, y sean cuales fueren los motivos subjetivos alegados para instituirla y aplicarla, es siempre un acto de inhumanidad y de muerte. Por lo mismo, ni el Estado tiene poder legítimo para instituir y aplicar la pena de muerte ni la Iglesia autoridad moral para legitimar ética o teológicamente ese presunto derecho por parte de nadie. Este libro es para mí una de las publicaciones que mayor satisfacción personal me han reportado por el hecho de haber dedicado tiempo y paciencia a expresar mi opinión personal contra viento y marea a favor de la vida humana. Había empezado defendiendo la vida de los más débiles e indefensos con mis publicaciones contra el aborto y la eutanasia y ahora lo había hecho en defensa de la vida de los criminales. Creo que la vida me ha pagado este trabajo, no con dinero sino con una profunda satisfacción personal. La vida pasa siempre factura a quienes la maltratan, pero es muy generosa con quienes la aman y respetan sin condiciones.

              Con ocasión del V Congreso Mundial contra La Pena de muerte, celebrado en Madrid, se produjo el diálogo siguiente. Niceto Blázquez Fernández escribió: Me llamo Niceto Blázquez y soy el autor del libro aparecido recientemente en Vision Libros con el título "La pena de muerte y la biotanasia de Estado". Dado que por razones de salud no podré estar presente en el V Congreso Mundial contra la Pena de Muerte que se va a celebrar en Madrid del 12 al 15 de este mes de junio 2013, me gustaría al menos estar presente con mi libro. Dispongo ahora mismo de media docena de ejemplares para regalarlos. Si pensáis que vale la pena que algún mensajero vuestro venga a mi casa a buscarlos, me lo decís y yo se los entregaré encantado. En espera de vuestras noticias os deseo mucho éxito en vuestro humanitario trabajo y aprovecho también la oportunidad para enviaros y fuerte abrazo. Niceto Blázquez. La respuesta llegó a los pocos minutos en estos términos. “Gracias por contactar con Amnistía Internacional. Acusamos recibo de su correo electrónico. Recibirá respuesta a la mayor brevedad posible. Un saludo. Pocos días después recibí la siguiente proposición de la editorial San. Pablo: “Nos ponemos en contacto con usted porque desearíamos transformar su obra Pena de muerte en formato digital, para lo cual le adjuntamos dos copias del contrato de edición para dicho formato con sal especificaciones correspondientes a los nuevos derechos de autor (más elevados que en los libros en papel) también porque el PVP es inferior en este caso). Así, modernizaremos nuestro catálogo y ofertas editoriales, fomentando la promoción y difusión de su obra”. Como diremos más adelante, esta obra no tuvo el resultado comercial previsto por la Editorial y en el momento de recibir yo esta proposición de venta digitalizada de la misma estaba ya fuera de circulación. Dada la importancia del tema, el lector queda remitido al capítulo XXXII del tomo IV de las Memorias, titulado Reforma del catecismo de la Iglesia.

 

              13. Sobre los pecados de la Iglesia

             

              El año 2002 asistí a otra sorpresa editorial con motivo de la publicación del libro Los pecados de la Iglesia, también en la editorial S. Pablo. De la extensa Introducción cabe recordar los párrafos siguientes. El 11 de septiembre del año 2001 se perpetró la acción terro­rista más espectacular y macabra de la historia cuando varios aviones con viajeros a bordo fueron secuestrados y estrella­dos contra las emblemáticas torres gemelas de Nueva York y el Pentágono. Una obra suicida y criminalmente magistral de fanáticos religiosos islámicos. Se ha dicho, bajo el impacto del terror, que este acto terrorífico marcará un hito decisivo de nuestra historia. Lo mismo que se había dicho poco antes con motivo del desciframiento del genoma humano. Pero la celebración de los 2.000 años del nacimiento de Cristo fue otro acontecimiento mundialmente festejado con actos culturales y religiosos de gran calado humano. No en vano la persona de Cristo ha marcado una nueva y decisiva etapa en la historia de la humanidad en clave positiva, lo cual constituye un motivo de profundo consuelo y esperanza a pe­sar de la ola de terrorismo y bio-terrorismo que azota al mundo en el momento actual.

              Ahora bien, entre las celebraciones conme­morativas del nacimiento de Cristo tuvo lugar una muy sin­gular protagonizada por Juan Pablo Il. Me refiero al gesto jubilar de poner de rodillas a la Iglesia entera ante Dios para pedirle perdón por sus pecados. Como si dijéramos: «Yo, la Iglesia institucional, me confieso ante Dios y ante vosotros hermanos...». Un gesto que, dentro y fue­ra de la Iglesia, sorprendió mucho por constituir una no­vedad gozosa e históricamente singular. La prensa mundial divulgó el acto papal a todo trapo como gran noticia acompañada de numerosos y competentes comentarios. Pocas veces la prensa había publicitado un aconte­cimiento eclesial con tanto respeto y expectación. Sin embargo, y por extraño que pueda parecer, los teólogos y las revistas eclesiásticas apenas se hi­cieron eco de tan puntero acontecimiento. Cabe pensar que el talante del gesto sorprendió tanto a los teólogos, que todavía no han salido de su estupor. Sea como fuere, lo cierto es que el 12 de marzo de 2000 Juan Pablo II pidió públicamente perdón por los pecados de la Iglesia en el curso de una ceremonia penitencial única y sin­gular en la historia del cristianismo. Este fue el hecho consumado que a mí personalmente me causó una impresión tan profunda que me puse inmediatamente a la búsqueda de información sobre el mis­mo para analizarla y dejar constancia escrita de mi feliz sorpresa. De momento me pareció haber cumplido con el imperativo de mi conciencia redactando un artículo informativo para la revista Studium sobre tan señero gesto papal, acompañado de mis gra­tísimas impresiones personales sobre el mismo. Pero el asunto era demasiado importante y me pareció que debía ir más lejos entrando al trapo de la cuestión, llevando el gesto penitencial pontificio hasta las últimas consecuencias prácticas. Así surgió el presente libro, que espero sea de pro­vecho para quienes lo lean con honradez y sentido común sin escandalizarse ni buscar los tres pies al gato. Nos hallamos ante un gesto eclesial sorpresivamente feliz, tanto por las razones teológicas que lo sostienen como por lo insólito de gestos semejantes en la historia del gobier­no y administración de la Iglesia por parte de sus gobernan­tes de turno.

              Por supuesto que no fue un acto improvisado sino bien cal­culado y preparado. En 1994 Juan Pablo II empezó a calentar motores para la celebración del jubileo 2000 de la era cristiana con la carta apostólica Tertio millennio adveniente (TMA), segui­da en 1998 de la Bula de convocación del Año Santo 2000 Incarnationis mysterium (IM). Entrados ya en el 2000, la Co­misión Teológica Internacional (CTl) publicó el documento teo­lógico Memoria y reconciliación. La Iglesia y las culpas del pasa­do (MR) de acuerdo con las pautas indicadas en la TMA y buscando su legitimación bíblica, histórica y teológica. Paralelamente a este proceso preparatorio de carácter doc­trinal, Juan Pablo II fue pidiendo disculpas a diversos grupos religiosos y sociales por formas de comportamiento de la Igle­sia y de los cristianos en el pasado impropias de los legítimos herederos del legado salvífico de Cristo. Esta novedosa actitud pastoral culminó el 12 de marzo de 2000 con la histórica Misa Penitencial presidida por el propio Pontífice en la plaza de San Pedro con cobertura informativa de la prensa mundial. Pero no todo quedó ahí. El Pontífice, desafiando a la edad, la salud y las dificultades políticas, se desplazó, del 20 al 26 del mismo mes de marzo, a Tierra Santa para poner el broche de oro ante el Muro de las Lamentaciones. Más aún. En junio de 2001 se marchó a Grecia, Siria y Ucrania a rematar la faena pidiendo perdón en su propia casa a las Iglesias ortodoxas e in­vitando a los musulmanes a comprometerse en gestos análo­gos de comprensión y reconciliación. Posteriormente Juan Pablo II mandó una carta al Gobierno de Pekín pidiendo per­dón y comprensión por las formas de actuar de los cristianos que pudieran haber ofendido a los chinos en tiempos pasados. Esos fueron los momentos estelares que jalonaron el proce­so histórico de preparación y culminación del solemne acto de petición de perdón de la Iglesia en el contexto del Jubileo 2000 de sus «errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes» más importantes, cometidos a lo largo de su dilatada historia. La Iglesia ha reconocido sin ambages que sus líderes de tur­no, instituciones públicas y muchos cristianos responsables de la vida pública han tomado a veces decisiones, fomentado y tolerado formas de conducta contrarias a la voluntad de Dios. De ahí que hayan de ser examinadas y asumidas como verda­deros pecados que requieren confesión, arrepentimiento y propósito de enmienda. Un proceso penitencial análogo al reque­rido por el sacramento de la confesión personal.

              Sobre la originalidad del acto penitencial que nos ocupa, la propia CTI lo resaltó como el primero de este género a lo largo de la historia de la Igle­sia. No es que la Iglesia no haya reconocido hasta ahora sus propios errores. Los ha reconocido siempre y ha tratado de corregirlos en todo momento. Todas las reformas eclesiales y todos los concilios han realizado el examen de conciencia per­tinente para detectar aquellos pecados o formas de conducta de la Iglesia susceptibles de reprensión y mejora. Lo que no había hecho nunca hasta ahora es añadir un acto de petición de perdón por esas formas de conducta pecaminosas recono­cidas y asumidas como propias. Aquí está la originalidad del acto penitencial protagoniza­do por Juan Pablo II con motivo del Jubileo 2000. Cuando el pontífice empezó a sondear la opinión de sus colaboradores sobre la conveniencia de consumar este solemne acto peni­tencial, algunos pensaron que no parecía prudente echar car­naza a los hostigadores clásicos de la Iglesia. Y menos aún, dar la impresión de que la Iglesia católica es la culpable de todos los males y, los demás, unos ángeles inocentes injusta­mente tratados. Por otra parte, así como no es aceptable que paguen jus­tos por pecadores, o sea, que alguien pida perdón de pecados del pasado que cometieron otros y no él, tampoco parece justo que la Iglesia pida perdón de pecados perpetrados, en tiem­pos pasados, por sus autoridades de turno, las cuales ya han muerto. O lo que es igual, nadie está obligado a pedir perdón de pecados que no ha cometido. Lo contrario tiene todos los visos de una injusticia en toda regla. Pero Juan Pablo II lo tenía todo muy claro. En clave cristia­na, el pedir perdón a Dios por los propios pecados es un im­perativo de la conciencia que se ha de cumplir, aunque se pre­vea que tal acto no va a ser correspondido por la parte ofendida con otro gesto similar. Tampoco disculpa el temor de que tal gesto no vaya a ser debidamente comprendido. El pedir perdón y perdonar por Dios y en nombre de Dios es un acto sustanti­vo de la ética cristiana que no admite vuelta de hoja. Estos actos, además, no son signo de debilidad, sino todo lo contrario. De ahí que, cuando son realmente sinceros, no sólo no producen efectos contraproducentes, sino que la gente inteli­gente y de buena voluntad los admira y reflexiona sobre ellos. De hecho, así ha sucedido con el gesto papal, cuyo respeto ha sido la tónica general, incluso entre los no cristianos.

              Por lo que se refiere a lo de pagar justos por pecadores o que se haya de pedir perdón por los pecados que cometieron otros, también el Papa tenía las cosas muy claras. Lo que real­mente ha hecho Juan Pablo II es reconocer, como propios de la Iglesia, los errores o pecados cometidos por sus líderes de turno -la mayoría de los cuales están muertos y no pueden responder de sus actos- prometiendo que, en lo que de él de­penda, la Iglesia no volverá a repetirlos. Eso es todo. De esta forma se hace justicia histórica y al mismo tiempo se invita a las partes concernidas a hacer las paces y evitar que el mero recuerdo de los pecados de nuestros antecesores se convierta en una torturante pesadilla psicológica que nos im­pide vivir en paz en el presente. Con el mutuo perdón des­aparece esa pesadilla histórica y los herederos de las ofensas nos liberamos de ese fardo de odio e incomprensión que nos legaron nuestros antepasados. Con el perdón arrojamos ese lastre al mar y comenzamos una nueva singladura, asumiendo nuestras propias responsa­bilidades, mandando al diablo las de nuestros antepasados, para que con su pan se lo coman y a nosotros nos dejen vivir en paz. Si ellos no se entendieron y salvajemente se pelearon, ¿por qué hemos nosotros de perpetuar sus malos ejemplos? Con la política del perdón se condenan esos comportamien­tos y se hace el propósito firme de no imitados. La Iglesia, comportándose como una buena madre -no como madrastra- pide disculpas por los malos comportamien­tos de algunos o muchos de sus hijos, pero con amor y el fir­me propósito de poner orden en casa mediante las reformas que sean necesarias para que en el futuro los cristianos se comporten como hijos bien nacidos.

              Por otra parte, el gesto penitencial papal llegó en un momento histórico muy oportuno. La globalización de la economía, de la cultura, de las relaciones entre los pueblos, así como la desaparición de las grandes distancias, gracias a las tecnologías más avanzadas de la comunicación, forman parte de un proce­so inevitable ante el cual las Iglesias cristianas y las otras gran­des religiones tienen pendiente su asignatura más importante. Su historia, en efecto, ha estado marcada por la incompren­sión entre ellas, la violencia moral y el fanatismo sangriento en muchos casos. O se entienden entre sí en lo que se refiere a su razón de existir, que es el problema de las relaciones del hom­bre con Dios, o se juegan su credibilidad. Y lo que es peor. Si no hacen un esfuerzo por mejorar sus relaciones abandonando la diabólica costumbre de imponer a los demás por la fuerza sus respectivos dogmas religiosos, en lugar de contribuir a la construcción de un mundo mejor, cabe temer que los fanatis­mos religiosos, con el atropello sistemático de la libertad religio­sa, contribuyan a agravar más aún la actual crisis del humanis­mo.

               Quien sobre esto tenga todavía dudas que recuerde los hechos neoyorquinos del 11 de septiembre de 200l. Juan Pablo II se adelantó a mover ficha asumiendo las responsabilidades históricas que le correspondían por par­te del cristianismo. El órdago a todas las Iglesias cristianas y a todas las religiones del mundo está echado. Hubo que es­perar muchos siglos hasta que se produjera este envite, pero, al fin, llegó su momento. La presente obra, con la cual se rompe el misterioso silen­cio de los teólogos, se ha escrito con la convicción de que el Papa tiene más razón que un santo y hay que apoyar sin vaci­laciones su nuevo estilo de hacer Iglesia y de anunciar el Evan­gelio abandonando actitudes administrativas y pastorales arro­gantes y autoritarias de otros tiempos felizmente superados”. Desde el momento en que anuncié que estaba preparando el texto del libro se produjo una gran expectación. Lo más común era oír decir que iba a ser un éxito editorial o una “bomba” por su contenido.

             

              14. Presentación del libro en Guadalajara y Madrid

             

              Tal como estaba previsto el 16 de mayo del 2002 nos dimos cita en la madrileña estación de Atocha los responsables de relaciones públicas y marketing y el jefe de ventas de la Editorial S. Pablo y yo. En cuestión de sólo 50 minutos llegamos a Ciudad Real en el tren AVE. Nos trasladamos al centro de la ciudad para tomar un refresco y seguidamente fuimos a la librería Manantial para recibir a la Televisión local. Estaba previsto, en efecto, que antes del acto de presentación la TV me haría una entrevista. Pero al llegar a la librería nos informaron de que la TV había comunicado que no podrían ir a la cita. En cambio, sí llegaron los reporteros de la prensa local La Tribuna de Ciudad Real. A las 19 horas comenzamos el acto para lo cual habían acomodado el local recolocando las estanterías de los libros. En la presidencia había una mesita con dos sillas y un estante al lado en el que se exhibían numerosos ejemplares de mi libro junto a los cuales se hicieron algunas fotografías.

              El jefe de ventas D. José María García Fraile dio comienzo a la sesión leyendo el texto siguiente:

              “La Editorial San Pablo tiene el placer de presentar la obra Los pecados de la Iglesia. Sin ajuste de cuentas, del sacerdote dominico P. Niceto Blázquez. En un contexto social y mediático, en el que cualquier gesto, palabra o posición de la Iglesia son analizados minuciosamente y juzgados con rigor, este libro pretende poner el dedo en la llaga y afrontar con valentía las críticas que nuestros contemporáneos hacen a la Iglesia, contestando desde la objetividad y la moderación. La obra tiene como eje la declaración de petición de perdón del Papa Juan Pablo II con motivo de las conmemoraciones jubilares, el 12 de marzo de 2000. Un gesto sin precedentes en el que la Iglesia pide perdón por los pecados y errores cometidos en los siglos pasados por sus miembros, pero también un gesto polémico, criticado por muchos sectores dentro de la misma Iglesia, tanto progresistas como conservadores. El autor, doctor en Filosofía y Maestro en Teología, es actualmente profesor de Ética y Deontología de la Información, Psicología de la Información y Bioética en la Universidad Complutense de Madrid. Además, ha publicado numerosas obras, algunas de ellas en la Editorial San Pablo, como Pena de muerte y La Prostitución. El amor humano en clave comercial.

              El libro que ahora presentamos se divide en seis interesantes capítulos: La Iglesia se defiende, La Iglesia contra las cuerdas, La Iglesia católica se confiesa, Propósito de enmienda, Reforma de la disciplina eclesiástica y de las formas de exponer la doctrina del evangelio y Nacionalismos religiosos y fanatismo científico. En cada uno de ellos, el autor parte de las críticas de los hombres de nuestro tiempo y de opiniones recogidas en la prensa y, sin caer en una fácil apologética, va reconstruyendo el auténtico rostro de la Iglesia sin revanchismos ni “ajuste de cuentas”. Además, afronta las “asignaturas pendientes” de la Iglesia católica en el campo de la oración, la misa dominical, los consejos evangélicos, la dirección espiritual, la censura, etc...., para terminar con una panorámica sobre los “fallos” de otras comunidades eclesiales y religiosas: el nacional-ortodoxismo, el nacional-protestantismo y la actitud de judíos y musulmanes ante sus propios pecados y errores históricos. No podía faltar, una mirada a la Iglesia española, a la historia de España escrita “por Dios y contra Dios” y un rápido análisis, de tanta actualidad, de la actitud de la Iglesia española ante el fenómeno del terrorismo. Una obra, por tanto, escrita en diálogo con la cultura y con los medios de comunicación de nuestro tiempo, con gran impacto periodístico y actualidad, que tiene como destinatarios no sólo los cristianos, sino todos aquellos que, aun sintiéndose lejos de la Iglesia por sus propias convicciones o por su vida, se siguen preguntando por esta institución, se interesan por ella o disienten de ella”.

              A continuación, tomé yo la palabra para agradecer nuestra acogida y exponer al público el origen, contenido y significado eclesial y social del libro. La gente que asistió quedó encantada e invitada a tomar un vino español con exquisitos aditivos. Fueron unos momentos muy interesantes por los comentarios e impresiones positivas que tuve ocasión de constatar. Las Hermanas y personal empleado de la librería no disimularon su contento por nuestra presencia y nos despidieron regalándonos una botella de exquisito vino de la región. Una de las hermanas había estado bastantes años en la librería que tuvieron en Japón hasta 1999 y conocía mucho al P. Javier Lechón O.P. También tenía conocimiento del P. Andrés Galparsoro O.P, recientemente fallecido si bien desconocía esta triste noticia. Ambos habían sido alumnos míos. El ambiente después de la celebración del acto de presentación del libro fue tan animado y agradable que tuvimos que buscar con prisa un taxi para no perder el tren de vuelta a Madrid.

              Durante el trayecto conversamos sobre las dificultades por las que estaban atravesando los editores y vendedores del libro religioso. Cada vez hay más competencia editorial y propagandística al tiempo que los lectores de libros religiosos disminuyen. Todos estábamos de acuerdo en que hay que reconsiderar la tradicional especialización en libros religiosos dando cabida en las librerías a otros temas no religiosos de interés general. Por parte de los autores está la cuestión de cómo tratar los asuntos teológicos y eclesiales de forma que puedan interesar a toda suerte de público serio fuera también del ámbito estrictamente eclesial. Ambos aspectos encuentran dificultades prácticas importantes. A los editores y libreros religiosos tradicionales les cuesta mucho adaptarse a la nueva realidad, que además de cambio de mentalidad requiere recursos económicos significativos. Por parte de los autores está la dificultad de presentar al gran público los grandes asuntos humanos de la teología cristiana de forma atractiva e interesante. En la estación de Atocha nos despedimos y nos dimos cita para el próximo día 23 en la librería ANTES de Madrid, donde estaba previsto repetir la presentación del libro en un contexto de organización y de público bastante diferente.

              El día 23 de mayo llegué a la madrileña librería ANTES con tiempo suficiente para cambiar impresiones con la dirección de la Ed. S. Pablo y saludar a los presentadores. El ambiente era muy agradable y selecto. Primero habló Pedro Miguel García Fraile en calidad de director General Adjunto de publicaciones. Luego tomaron la palabra D. César Vidal y D. José María Laboa. El primero hizo una presentación estupenda del libro. Me agradó mucho que dijera, entre otras cosas, que se trata de un libro equilibrado, seminal y abierto a muchas lecturas que invitan a la reflexión constante. El segundo estuvo más ambiguo aprovechando la ocasión para hacer divagaciones relacionadas más con sus libros que con el mío que era presentado. Luego hablé yo dando las gracias a la Editorial, a los presentadores y a la librería anfitriona. Expliqué en pocas palabras la naturaleza del libro, su verdadero contenido, significado y clave de lectura. Tras un interesante diálogo con el público compartimos unos momentos felices tomando saludables pinchos, refrescos y vino español. Asistieron personas muy entrañables para mí, además de mis sobrinas Maribel, Élida y Sara.

              Pues bien, para sorpresa de todos, este libro tampoco tuvo éxito comercial. Pero tampoco se produjeron las reacciones críticas en contra que cabía esperar por parte de algunos sectores eclesiales poco dados a lo razonable. En Internet apareció una crítica negativa por parte de un eclesiástico más pintoresco por su forma de pensar que por la solidez de sus argumentos. Por ello consideré que no valía la pena responderle. Por el contrario, sí recibí una llamada telefónica felicitándome y pidiéndome información. Quien me llamaba se encontraba gratamente sorprendido por expresar yo puntos de vista ampliamente compartidos sobre los que mucha gente no se atreve a hablar fuera del ámbito confidencial. En cualquier caso, también la publicación de este libro me ha causado satisfacción personal, aunque no ha reportado dinero. Para mí es una satisfacción, en efecto, saber que mi forma de abordar los problemas ayuda a las personas más débiles y no provoca las iras de los menos razonables. Al final de la vida uno se da cuenta de que es mejor el silencio respetuoso que la polémica exhibicionista. Pero el silencio respetuoso, para evitar polémicas inútiles o perniciosas, nada tiene que ver con el silencio cómplice con la injusticia. Esta matización exige una aclaración complementaria sin salirnos del enfoque y significado del magnífico gesto papal en el año 2000. Desde el año 2005 la Iglesia tuvo que salir al paso de las corrupciones personales y abusos sexuales del fundador de los Legionarios de Cristo, muerto en el 2008, Marcial Maciel, así como de otros sacerdotes y obispos en el pasado cercano en diversos países. Ante estos hechos escribí un artículo para el tercer fascículo de la revista Studium (2010) del que transcribo aquí la conclusión del mismo.

              Mi punto de vista personal sobre este vidrioso asunto de la pederastia en las filas eclesiásticas queda resumido como sigue. En el caso Maciel caben pocas dudas de que hubo complicidad formal por parte de algunos de sus colaboradores más cercanos y otras personas conocedoras de sus andanzas. Igualmente hay que reconocer que en un sector amplio de las autoridades eclesiásticas ha prevalecido durante mucho tiempo la que hemos denominado praxis del silencio total en los asuntos relacionados con las conductas sexuales desviadas y delictivas entre los miembros del clero. Sería injusto decir que ese sector de autoridades eclesiásticas haya sido cómplice formal de las mismas. Pero igualmente hemos de reconocer que han sido muy temerarios e imprudentes quienes desde el ejercicio de la autoridad en la Iglesia han fallado en la aplicación de la disciplina canónica, como el mismo Benedicto XVI les ha echado en cara. No hay que descartar que el silencio prolongado haya degenerado en algunos casos en complicidad manifiesta. La tesis del silencio absoluto en materia de pederastia se revela absolutamente inaceptable y es consolador que Benedicto XVI la haya desautorizado. Tampoco es aceptable la tesis opuesta del libre flujo de información, propia de tontos y locos. Ya desde los primeros tiempos aconsejó S. Pablo que los trapos sucios de los cristianos se laven en casa y no fuera. Primero tratando los problemas de forma individual con los delincuentes. Si esto no daba los resultados benéficos esperados, el culpable debía ser juzgado en público. Pero siempre en el ámbito interno de la comunidad cristiana y no recurriendo a los tribunales paganos de justicia, que no ofrecían por aquellas calendas ninguna garantía de imparcialidad y objetividad.

              Actualmente, por el contrario, existen normas civiles que combaten justamente la pederastia y por ello Benedicto XVI no ha dudado en que esos delitos cometidos por eclesiásticos sean llevados lo antes posible ante los tribunales civiles de justicia cuando los tribunales canónicos no funcionan debidamente. Lo justo y razonable es que la Iglesia aplique con firmeza las severas penas canónicas existentes contra estos abusos. Pero si estos tribunales no funcionan eficazmente contra ellos, como ha ocurrido en algunos casos, hay que pedir la ayuda de los tribunales civiles de justicia. No se trata de un duelo de competencias jurídicas sino de aunar fuerzas de emergencia para evitar que tales abusos se repitan, las víctimas sean compensadas lo antes y mejor posible, y el temor a la ley sirva para que los abusadores no puedan jamás jugar en su favor con la impunidad o el castigo irrisorio. La nueva postura de información, prevención y mano firme contra la pederastia debería ser extensiva, pienso yo, a la homosexualidad y el lesbianismo en las filas eclesiásticas. La crisis de vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal en algunos países, así como la falsa piedad es terreno abonado para que los homosexuales y las lesbianas instalen sus nidos de corrupción en las estructuras sociales y religiosas de la Iglesia. Por ello pienso que los obispos y todas aquellas personas que ejercen la autoridad en la Iglesia harían muy bien en revisar algunos métodos existentes de captación de vocaciones. Hay un peligro serio de confundir algunos métodos de promoción vocacional vigentes con técnicas cercanas al fanatismo religioso fundamentalista. El ingreso en la vida religiosa y sacerdotal es una cosa muy seria y la admisión colectiva de candidatos o candidatas sin que los obispos y autoridades religiosas que los admiten conozcan individualmente los rasgos esenciales de la personalidad de cada uno y cada una es un riesgo muy grande en los tiempos que corren.

              Lo peor en estos casos ocurre cuando algunos superiores, demasiado humanitarios unos e ingenuos otros, apoyan a estas personas las cuales terminan colándose en las comunidades religiosas. No hay peor servicio que una falsa ayuda. Como dije antes y lo repito, prefiero lidiar con ateos dialécticamente combativos que con homosexuales y lesbianas de mucha piedad religiosa y aparentemente inofensivos. S. Agustín estuvo a punto de pedir la dimisión como obispo después de haber conferido el orden sacerdotal a un tipo piadoso que después resultó ser un impresentable. Pero en otra ocasión estuvo a punto de ser víctima de las violencias desatadas por sus propios cristianos contra él por negarse a ordenar de sacerdote a otro que no reunía las condiciones necesarias para ese menester. El miedo tradicional al sexo produjo muchos trastornos sexuales en el pasado y la idolatría del mismo en los tiempos que corren corrompe la naturaleza humana. Los protagonistas de esta corrupción pisan fuerte en la sociedad y sería muy lamentable que la Iglesia cayera en la coartada dando entrada a gatos en la despensa. Hay otros dos campos de investigación abiertos por los medios de comunicación en los que la Iglesia se encuentra también en el ojo del huracán.

              Me refiero al tema de la complicidad de personas eclesiásticas en actividades terroristas, en el contexto de los movimientos nacionalistas, así como en las prácticas abortivas en centros de salud que dependen directa o indirectamente de la presencia de la Iglesia en la dirección o administración de los mismos. Estos frentes están ya abiertos y cabe esperar que no se siga tropezando en la misma piedra del silencio encubridor por motivos económicos o políticos inconfesables. Si en los casos de pederastia, homosexualidad y lesbianismo no cabe ningún tipo de tolerancia con los delincuentes, menos aún debe haberla con los que son cómplices de las violencias y muertes que tienen lugar en los actos terroristas y prácticas abortivas. Pienso igualmente que la Iglesia tendría que propiciar menos el culto anticipado a la personalidad de los fundadores y líderes religiosos por parte de sus seguidores. Por otra parte, estoy convencido de que esta calamidad de la pederastia va a servir para reflexionar y rectificar errores de gobierno y dirección en la Iglesia. No hay mal que por bien no venga en la “viña del Señor”, en la que siempre hubo y habrá de todo, pero también sobreabundancia incomparable de recursos humanos y divinos para salir al paso de las miserias humanas.  

                   

                    15. El nacional clericalismo vasco

             

                    1) La obra

             

              Durante décadas varios grupos terroristas de inspiración política asolaron la convivencia humana en muchas partes del mundo y el 30 de mayo de 2002 los Obispos del País Vasco en España publicaron una Carta sobre el tema, la cual fue muy mal recibida fuera del ámbito nacionalista vasco y catalán. Con este motivo escribí un artículo para la revista Studium en el cual expresaba yo mi opinión desfavorable sobre la polémica Carta. El artículo fue aceptado en principio por el director de turno de la revista, pero después se volvió atrás alegando que había consultado con sus asesores los cuales se habían manifestado en contra de la publicación. Por las razones que me dio interpreté que se trataba de una censura en toda regla contra el contenido del artículo por más que él lo negaba. Así las cosas, le pedí que borrara mi nombre del equipo responsable de la revista y no se habló más del asunto. Pero como no hay mal que por bien no venga, no sólo se publicó después el texto del artículo redactado para Studium sino también el material informativo del que disponía sobre las críticas de los medios de comunicación con motivo de la polémica Carta de los Obispos del País Vasco. De la publicación se encargó la editorial Edibesa. La única modificación al texto original consistió en omitir las críticas a los clérigos nacionalistas catalanes por razones estratégicas del editor centrando la atención sólo en el nacionalismo clerical vasco. El editor alegó razones de brevedad y de prudencia. Comprendí la posición del editor y se suprimieron los pasajes aludidos. Nunca he tenido dificultad en aceptar las sugerencias y consejos de los editores que no tratan de censurar mi pensamiento sino de mejorar el texto. En cuestión de poco más de un mes el libro estuvo publicado con el título El nacional clericalismo vasco.

              De la introducción cabe destacar los párrafos siguientes: “Así reza un refrán castellano: «Reunión de pastores oveja muer­ta». El término pastor se asocia aquí a los obispos de las diócesis del País Vasco en España, los cuales publicaron una carta pasto­ral conjunta el 30 de mayo de 2002 con el título Preparar la paz, la cual provocó reacciones en cadena de rechazo, estupor e indig­nación en casi todos los medios de comunicación social, tanto por su contenido como por su intencionalidad política. La oveja muerta va asociada a los miles de personas asesinadas, secuestradas, amenazadas o extorsionadas por los terroristas etarras. Son las denominadas «víctimas del terrorismo». La expresión Nacional clericalismo vasco, está basada en que, en el nacimiento y evolución del nacionalismo vasco, un sector importante del clero jugó un papel indiscutible. El hecho es históricamente fácil de verificar, aunque se manifieste con matices diferentes, como puede percibirse en la carta pastoral de los obispos y en el manifiesto de 358 curas. En estos movimientos nacionalistas el protagonismo de un sector del clero fue decisivo. Las reacciones contra la Carta pastoral de los prelados vas­cos en los medios de comunicación fueron tan numerosas, uni­versales, persistentes y duras que obligaron a poner en marcha la máquina diplomática del Gobierno español y de la Santa Sede a fin de evitar un conflicto en toda regla en las relaciones Igle­sia-Estado. La Conferencia Episcopal salió al paso inmediatamente con una nota de emergencia de la Oficina de Prensa, pero no resolvió nada. Las críticas aumentaron y pocos días después, el 7 de ju­nio, volvió a la cancha con una Nota del Comité Ejecutivo, la cual evitó el potencial conflicto diplomático, pero tampoco satisfizo la demanda pastoral de un amplio sector de la opinión pública. No obstante, el presidente de la Conferencia Episcopal, car­denal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, prome­tió que el máximo órgano colegiado episcopal trataría a fondo en un futuro próximo el tema del terrorismo desde el punto de vista cristiano.

              Dicho y hecho. El 23 de noviembre de 2000 todos los medios de comunicación saludaron el importante documento del que damos cuenta y razón en el capítulo tercero. Con esta inter­vención creemos que se inauguró una nueva etapa quedando mar­ginada la carta pastoral de los obispos vascos. En realidad, matizaba yo, se ha producido un fenómeno históricamente pa­radójico y hasta cierto punto grotesco. Durante el régimen dicta­torial del general Franco, en efecto, la mayoría de los obispos es­pañoles respaldó el llamado nacional-catolicismo. Pues bien, cuando razonablemente cabía pensar que ese pecado de la Iglesia en España por relación al resto del mundo estaba felizmente lla­mado a desaparecer, vienen los prelados vascos atizando su ins­titucionalización en Euskadi con el Partido Nacionalista en el poder. Lo que sus predecesores hicieron con Franco -por razones inaceptables, pero hasta cierto punto más comprensibles-, lo ha­cen ahora ellos con el PNV en el poder. De hecho, en Euskadi nunca se ha producido la separación de facto, aunque sí de iure, entre la Iglesia y el PNV, que es el único Partido-Estado que ha pervivido en la democracia españo­la. ¿Grotesco? Sin duda, pero los hechos son hechos. Salvadas las distancias de tiempo y espacio, el «caudillo» de otros tiempos en toda España ahora es el «caudillo» de turno de Euskadi. Es verdad que no entra en las iglesias bajo palio. Pero advierte al Vaticano que sólo reconoce en “su nación” a obispos de sangre vasca y no a “un tal Blázquez” o cualquiera otro llegado de por “ahí abajo”. Pero hay algo más. El nacional-catolicismo tradicional supo­nía que todo el mundo tenía que adoptar obligatoriamente el ca­tolicismo como religión de Estado y los curas tenían la misión exclusiva de velar por la formación religiosa de los ciudadanos con el apoyo estatal. El factor religioso era fundamental en la formación cívica.

              Actualmente, por el contrario, se da la paradoja de que las re­ligiones tradicionales son sustituidas en los movimientos nacio­nalistas por el culto a la patria chica, la raza, el idioma y costum­bres presuntamente ancestrales y en exclusiva. Se han liberado del lastre religioso tradicional sustituyéndolo por el culto a los líderes políticos locales y al terruño. Los nacionalistas tradicio­nales eran muchos de ellos religiosamente fanáticos. Por el con­trario, actualmente, o son ateos redomados que practican el culto a la raza y a la nación con fe ciega y brutal, o simplemente pasan de la religión. A menos que no exista algún motivo políticamente pragmático que aconseje lo contrario. De ahí que la militancia de los hombres de Iglesia en los nacionalismos actuales resulte, ade­más de anacrónica y grotesca, contradictoria y no pocas veces delictiva. El presente ensayo se inscribe en el contexto de Los pecados de la Iglesia (Madrid, Ed. San Pablo 2002) y el capítulo primero no es más que un apéndice o complemento del capítulo sexto de aquella obra cuya acogida editorial resultó excelente. Luego apa­reció la Carta de los obispos vascos y este acontecimiento preci­pitó el resto del presente ensayo el cual es sólo el núcleo central de un trabajo inédito mucho más amplio en el que se da cuenta del tremendo impacto mediático provocado por la polémica Car­ta episcopal. Los capítulos que nosotros consideramos más importantes son el primero y el quinto. El primero, porque en él se plantea el pro­blema de los sentimientos nacionalistas clericales en el contexto de toda la cristiandad como «pecado estructural», el cual afecta a todas las denominaciones cristianas, al judaís­mo y al Islám. En el capítulo quinto se plantea el proble­ma en términos teológicos y se ofrece una respuesta provisional con vistas a estimular la reflexión por parte de los expertos en teología bíblica y pastoral. En el tercero se expone el contenido doctrinal de la CEE so­bre el terrorismo y el nacionalismo. En dicho documento hay una doctrina ética explícita sobre el terrorismo y los sentimientos na­cionalistas y deja la puerta abierta para el planteamiento teológi­co del problema, que es el objeto del capítulo quinto. Los otros capítulos son básicamente sociológicos, anecdóticos e informa­tivos.

              Comprendo que sentimentalmente a muchos no les inte­rese tratar directa y explícitamente el tema del nacionalismo cle­rical desde el punto de vista teológico. Tal vez no resulte «políti­camente correcto». Pero lo políticamente correcto muchas veces no coincide con lo intelectualmente honesto y deseable. El asun­to de los nacionalismos clericales es tan viejo como la Iglesia y nunca ha sido tratado como problema teológico y tal vez haya llegado la hora de afrontarlo de una vez por todas abandonando los tabúes tradicionales. Los nacionalismos clericales han sido fuente de muchos males en el pasado y siguen siéndolo en el pre­sente en el área del cristianismo y más aún en el ámbito hebreo e islámico. Estos son los hechos crudos que suelen quedar difuminados en planteamientos teóricos angelicales de inspiración política”.­ De la conclusión final del libro me parece oportuno recordar los párrafos siguientes: “Teológicamente ha­blando, la dinámica nacionalista que actualmente tenemos la des­gracia de conocer en diversas partes del mundo es incompatible con la conducta política de Cristo frente al nacionalismo judío de su tiempo y el imperialismo romano. Cristo se comportó como un patriota judío irreprochable has­ta el punto de someterse a normas y leyes que Él mismo estaba llamado a perfeccionar o eliminar reemplazando la normativa obsoleta del Antiguo Testamento por la Ley Nueva. Pero nunca entró al trapo de la política activa por más que se encontró en si­tuaciones dilemáticas y provocadoras en extremo. Ni judíos ni romanos pudieron acusarle, como no fuera en falso, ni de tomar partido por alguna opción política ni de antipatriota o ingrato con la tierra que le vio nacer y sus costumbres.

              Sobre el caso concreto de San Pablo cabe hacer las siguientes precisiones. Antes de ser cristiano fue un nacionalista judío exa­gerado rayando en el fanatismo. Una vez que conoció a Cristo, reconoció sin reservas los verdaderos motivos por los que su pue­blo, el judío, podía sentirse orgulloso en el concierto de las na­ciones. Pero igualmente abandonó sus sentimientos nacionalis­tas por razones teológicas tomadas de la historia de la salvación. Su conversión supuso para él despojarse de los sentimientos na­cionalistas hebreos tradicionales para revestirse de la fe en Cristo muerto y resucitado en beneficio de la humanidad entera y no sólo de su pueblo, el hebreo, del que, insisto, no renegó nunca. A la luz de estos datos teológicos resulta obvio que la activi­dad política desplegada por un sector de eclesiásticos vascos lide­rando sentimientos políticos nacionalistas carece absolutamente de legitimidad canónica al contradecir abiertamente la conducta de Cristo y de San Pablo en esa materia. De hecho, en sus mani­fiestos políticos hablan del País Vasco como ideales de su vida y para nada de Cristo, como no sea por alusiones a veces poco res­petuosas y en el mejor de los casos poniéndolo en segundo plano. Justamente lo contrario de lo que hizo San Pablo después de su conversión. Tampoco la polémica pastoral de los obispos vascos es teo­lógicamente aceptable. En situaciones mucho más comprometi­das Cristo fue provocado para que se pronunciara a favor o en contra de la causa nacionalista hebrea y se negó hábilmente a entrar al trapo.

              Los obispos vascos, por el contrario, se han pro­nunciado recientemente a favor de los sentimientos nacionalistas y éste es su pecado pastoral del que, por otra parte, no parece que estén dispuestos a arrepentirse. Pero nunca es tarde si la dicha es buena. Tuvieron que pasar veinte siglos para que un Papa en calidad de sucesor de San Pe­dro tuviera la valentía de pedir perdón a la entera humanidad por los pecados de la Iglesia. O sea, por pecados cometidos por mu­chos eclesiásticos en el pasado entre los cuales se computa el pecado de nacionalismo. El fomento de los nacionalismos ha sido siempre y sigue siendo un pecado crónico de la Iglesia institu­cional tanto en clave ortodoxa como católica y protestante. En nombre de Cristo y siguiendo el ejemplo de San Pablo y Juan Pablo II ¿sería mucho pedir a esos eclesiásticos, obispos in­cluidos, que pidieran alguna vez disculpas por el pecado del na­cionalismo? En cualquier caso, y de cara al futuro, los ejemplos de Cristo, de San Pablo y de Juan Pablo II están ahí como refe­rentes ineludibles de política cristiana y urge que las nuevas ge­neraciones eclesiásticas sean formadas de acuerdo con esos para­digmas teológicos”. El libro se publicó contra viento y marea y no sin sorpresas. El ambiente estaba muy caldeado y cabía esperar mucha polémica e incluso cosas peores. Cuando se tocan temas relacionados directamente con el terrorismo todas las precauciones son pocas. Sin embargo, contra todas las expectativas del editor, que no dudó en celebrar una cena con periodistas para dar publicidad al libro, el libro pasó sin pena ni gloria. Las escaramuzas más destacables fueron las que se relatan a continuación. 

              2) Presentación crítica del libro en Alfa y Omega

 

              El miércoles 25 de febrero tuvo lugar una cena de presentación del libro a periodistas en el madrileño restaurante La Ópera, calle Amnistía nº.5 programada por el editor José Antonio Martínez Puche, O.P., y el jueves (26/II/2004) apareció en el suplemento de ABC Alfa y Omega la recensión crítica siguiente:

              “Querido José Antonio: Ya sabes cuánto admiro la trayectoria editorial que iniciaste hace no muchos años -o quizá sí- resucitando el sello EDIBESA, que está marcando significativamente mucho de lo bue­no y práctico del día a día de cientos de cristianos en su vida espiritual e intelectual. No hace falta recordar aquí que tu edición del Evangelio diario es un auténtico crack, una genialidad que sirve, y mucho. Te puedo decir que hasta los más pequeños de mi casa tienen tus libros sobre Jesús y la vida de los santos como libro de cabecera. Ahora tercias en una difícil y peliaguda cuestión: el nacionalismo vasco y la contribución de la Iglesia a ese com­plejo proceso. Y lo haces con un libro del dominico y profesor de la Facultad de Ciencias de la Información, de la Complutense, Niceto Blázquez.

              Después de haber leído el libro, sin prisa, pero sin pausa, no acierto a entender el motivo de su publicación. Es claro lo que ha supuesto para la historia de la Iglesia en España, y para la sociedad y la cultura españolas, el docu­mento Valoraci6n moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de no­viembre de 2002. Este texto marca un antes y un después en el juicio moral del fenómeno del te­rrorismo de ETA y en algunos de los factores determinantes del proceso de conformación de la ide­ología terrorista. A partir de ese momento, cualquier acercamiento que quiera hacer una contribu­ción significativa a este fenómeno eclesial, o terciar en un proceso de clarificación pública de la citada Instrucción, debería hacerse en la perspectiva de los presupuestos allí propuestos y especificados. Creo que este libro que comienza con una muy desacertada captatio benevolentiae: «Así reza un refrán castellano: Reunión de pastores, oveja muerta. El término pastor se asocia aquí a los obispos de las diócesis del País Vasco en España, la oveja muerta va asociada a los miles de per­sonas asesinadas, secuestradas, amenazadas o extorsionadas por los terroristas etarras», que con­tinúa en dos capítulos con una glosa de un texto ya publicado de su autor en el libro Los pecados de la Iglesia, que sigue con una desenfocada acumulación de textos periodísticos sobre la polémica que se originó a raíz de la Pastoral de los obispos en el País Vasco -con la que te podrás imaginar que muchos no estamos ni remotamente de acuerdo- y que va concluyendo con unas parábolas so­bre y del nacionalismo: parábola del cáncer, del virus informático, del fumador, alcohólico y dro­gadicto, y del obseso sexual que, ciertamente, hasta parecen de mal gusto, contribuya en nada a la clarificación del hecho en sí y a su percepción por parte de la comunidad cristiana.

              El autor, en las conclusiones finales, piensa que la distinción entre nacionalismo violento y democrático es válida en teoría o académicamente hablando. Y más adelante escribe: «La presunta inocuidad del nacio­nalismo democrático es más un deseo o una ilusión que una realidad palpable». Si este libro quiere ser glosa y ejercicio de profundidad de la citada Instrucción pastoral-y espero que no sea así le­ído por muchos- se aleja del citado texto episcopal que merece algo más que respeto. He querido compartir con los lectores estas reflexiones en voz alta para que, cuando se acerquen al libro que reseñamos, lo hagan en diálogo múltiple y, en serenidad de ciencia y conciencia. (ABC, 26/II/2004, Alfa y Omega, p.29). José Francisco Serrano”.

              Como era lógico, yo hice uso de mi derecho de réplica y respondí en estos términos:

              “Querido José Francisco: He leído varias veces y despacio tu reseña de mi libro El nacional clericalismo vasco, publicado por EDIBESA (Madrid 2004). Te agradezco que le hayas dedicado un lugar tan destacado en Alfa y Omega al tiempo que hago uso del derecho de réplica que me asiste para hacer algunas matizaciones a las reservas que has expresado en tu presentación.

      1) Dices, por ejemplo, que no entiendes el motivo de la publicación de este libro.

              - Respuesta: Lo tienes expresado ya al principio de la Introducción. El motivo detonante fue la aparición de la Pastoral de los obispos vascos a la que siguió una ola de críticas feroces en los medios de comunicación más tres documentos de la Conferencia Episcopal Española. Había pues motivos sobrados y materia suficiente para escribir no sólo un libro pequeño como el mío sino una docena y voluminosos. ¿Y qué culpa tengo yo de ello?

         2) Que empiezo ya mal en la introducción llamando la atención del lector mediante el recurso al refrán popular “reunión de pastores oveja muerta”.

         - Respuesta: Con este recurso retórico mi verdadera intención ha sido, además de suscitar la curiosidad del lector, como se hace en el periodismo castizo, rendir ya desde el primer momento un homenaje caluroso y entrañable a todas las víctimas del terrorismo, a saber, a los que murieron, a sus familiares y a cuantos siguen actualmente amenazados y amenazadas por esos nacionalistas malvados. ¿Qué malo hay en esto que tenga yo que corregir o retractar?

         3) Que hay en el libro una desenfocada acumulación de textos periodísticos motivados por la aparición de la polémica Carta Pastoral de los obispos vascos.

              - Respuesta: Tu reserva es muy confusa porque no te has expresado con claridad. Te diré que la acumulación de textos críticos periodísticos que aparecen en el libro, están relacionados con la Instrucción de la Conferencia Episcopal y no con la Carta de los obispos vascos como se podía deducir de tus palabras. Estos textos, que fueron numerosos y muy duros, salvo un diez por ciento procedentes del ámbito nacionalista vasco y catalán, los tengo archivados por si en algún momento es necesario recordarlos. Por el contrario, los relativos a la Instrucción de la Conferencia fueron favorables casi todos excepto los procedentes del ámbito nacionalista. Por otra parte, como tú sabes igual o mejor que yo, en el mundo en que vivimos hoy los medios de comunicación son los que modelan mayormente la forma de pensar y de vivir de las masas. De ahí la necesidad práctica de tener en cuenta la opinión pública forjada por ellos para pasarla por el filtro de la reflexión y devolver a las mismas masas, no a las nubes o a las estrellas, los frutos de dicha reflexión. Eso es lo que yo trato de hacer con mayor o menor acierto en mi libro sin ocultar los textos o manipularlos informativamente. El fruto de esa reflexión después lo pongo a disposición de todos en el capítulo quinto, que es el más importante del libro y del que sólo has tenido en consideración lo de las “parábolas” pasando por alto el tremendo problema teológico que allí se plantea por primera vez. Luego doy a conocer honestamente la conclusión a la que he llegado como opinión personal sobre el problema planteado, susceptible de ser revisada y eventualmente rectificada tan pronto haya alguien que me demuestre con razones, no con sentimientos como tú tiendes a hacer, que estoy equivocado.  

                    4) Dices que el recurso que hago a “unas parábolas so­bre y del nacionalismo” (parábola del cáncer, del virus informático, del fumador, alcohólico y dro­gadicto y del obseso sexual) te parecen casi de mal gusto y dudas de que vayan a contribuir en nada a la clarificación del hecho en sí del nacionalismo y a su percepción por parte de la comunidad cristiana.

              - Respuesta: A parte de que sobre gustos no hay nada escrito, o sea, que eso es muy relativo de suerte que lo que a unos disgusta a otros les puede encantar, he sido consciente de que introducía una forma de hablar novedosa y que podía prestarse a malos entendidos en razón de esa tendencia que todos llevamos dentro a anteponer los sentimientos personales y los prejuicios culturales al uso de la razón. Por ello, en la p. 221 explico puntualmente en qué sentido utilizo este género literario de las parábolas para evitar susceptibilidades. Por si queda alguna duda, a lo allí dicho añado lo siguiente. Como viejo aficionado a la psicología médica y experto en Bioética estoy acostumbrado a utilizar estos tipos de analogías con buenos resultados académicos para explicar ciertas formas de conducta humana. Si nadie normal y razonable se considera insultado cuando un médico o un psicólogo hace un diagnóstico negativo, por ejemplo, del hábito de fumar, de beber o de lo que sea, no veo por qué se ha de escandalizar o sentirse molesto cuando yo analizo con criterio terapéutico el fenómeno de los sentimientos nacionalistas destacando el hecho objetivo de que arrastran siempre consigo el peligro de una adición afectiva y política malsana a la patria, a una determinada configuración geográfica y a una cultura. También Jesucristo utilizó las parábolas y los refranes populares como apoyatura para dar a conocer mejor sus ideas y forma de entender la vida. Cuando yo utilizo esas analogías no es para insultar a nadie sino para explicar con realismo y viveza un hecho verificable que consiste en el peligro próximo de quedar psicológicamente atrapados en la dependencia adictiva que lleva consigo todo sentimiento nacionalista de patria, nación, geografía, religión y cultura. Algo que en buena parte queda expresado visualmente en la foto de la cubierta. Y eso es todo. Lo demás es ganas de buscar tres pies al gato atribuyendo a mis palabras un significado que no tienen ni en mi intención ni en su expresión.

                    5) Dices que la Instrucción de la Conferencia Episcopal supuso un antes y un después tras la aparición de la Pastoral de los prelados vascos y que “a partir de ese momento cualquier acercamiento que quiera hacer una contribu­ción significativa a este fenómeno eclesial, o terciar en un proceso de clarificación pública de la citada Instrucción, debería hacerse en la perspectiva de los presupuestos allí propuestos y especificados”.

              - Respuesta: Das la impresión de que dejo en mal lugar a la Conferencia Episcopal limitándome a respetar lo que dice. O también que una vez que ha hablado la Conferencia el problema está resuelto y que no es lícito hablar más del mismo si no es para repetir e inculcar lo que ha dicho la Conferencia. No. Una vez que se pronunció la Conferencia, el problema de los nacionalismos no sólo no quedó definitivamente zanjado, sino que incluso se radicalizó más entre los obispos y curas nacionalistas. De ahí que sea conveniente seguir tratando del problema buscando nuevos caminos. Uno de ellos consiste en suministrar a los obispos sugerencias para llevar hasta sus últimas consecuencias la doctrina expuesta en la Instrucción.               Por otra parte, que la Instrucción  de la Conferencia Episcopal marcó un antes y un después respecto de la Pastoral de los prelados vascos es algo que se dice explícitamente en alguna parte del libro y por ello se le dedica monográficamente el capítulo III, que concluyo con estas palabras textuales en la p.194: “La segunda parte (de la Instrucción), que es donde se aborda el tema del nacionalismo y de su potencial compatibilidad en determinados casos -nacionalismo etarra siempre excluido- fue la que dio lugar al voto pastoralmente poco responsable de los obispos nacionalistas vascos y catalanes. A pesar de todo, lo dicho en esta Instrucción sobre el tema de los nacionalismos es de lo más razonable y civilizado que podía decirse y lo comparto totalmente. Sin embargo, creo que se puede ir todavía más lejos. ¿Cómo y de qué manera? La respuesta merece un capítulo aparte”. ¿Es esto dejar en mal lugar a la Instrucción de la Conferencia Episcopal o ser desleal a su doctrina “en la perspectiva de los presupuestos allí propuestos? Sinceramente no veo dónde está mi error o trato inadecuado del texto de la Conferencia.

              Y viene el capítulo V y último en el cual se encuentra el verdadero mensaje que yo he querido transmitir en el libro abriendo un debate teológico teniendo como paradigmas principales de mi reflexión el texto de la Conferencia Episcopal como piedra angular o punto sólido de partida, y el ejemplo de Cristo y de S. Pablo frente al nacionalismo judío de su tiempo y la ocupación de Palestina por la administración imperial de Roma. Pero sobre este capítulo, que es el central y más interesante, como advierto ya en la introducción, has pasado como sobre ascuas citando un par de frases desvinculadas entre sí y de su contexto. Y 6) Terminas tu crítica con estas palabras: “He querido compartir con los lectores estas reflexiones en voz alta para que, cuando se acerquen al libro que reseñamos, lo hagan en diálogo múltiple y, en serenidad de ciencia y conciencia”. Queridos lectores, les ruego encarecidamente que sigan ustedes este sabio consejo de mi crítico. Afectuosamente, tu incondicional amigo Niceto Blázquez, O.P”. La respuesta por teléfono a esta réplica mía fue que el texto que les había enviado resultaba demasiado extenso para publicarlo. No quise entrar en discusión sobre esta restricción desagradable y me apresuré a remitir la siguiente respuesta resumida en estos términos: “Querido José Francisco: Te agradezco que hayas dedicado un lugar tan destacado en Alfa y Omega a mi libro El nacional clericalismo vasco, publicado por EDIBESA, Madrid 2004. Dicho lo cual quisiera hacer algunas matizaciones pensando en los lectores al filo de las reservas que has expresado en tu presentación.

                    1) Dices, por ejemplo, que no entiendes el motivo de la publicación de este libro.

                    Respuesta: Lo que motivó que yo escribiera este libro lo digo ya al principio de la Introducción y no fue otro que la aparición de la Pastoral de los obispos vascos Preparar la paz, 30 de mayo del 2002. Ellos hicieron saltar la chispa que dio lugar al incendio mediático que siguió después ante el cual me sentí obligado en conciencia a hablar.

              2) No te parece bien que empiece llamando la atención del lector mediante el recurso al refrán popular “reunión de pastores oveja muerta”.

              Respuesta: Mi intención ha sido, sin duda, suscitar la curiosidad del lector, como se hace en el periodismo castizo, pero más aún rendir ya desde el primer momento un homenaje caluroso y entrañable a todas las víctimas del terrorismo, a saber: a los que murieron, a sus familiares y a cuantos siguen actualmente amenazados y amenazadas por esos nacionalistas malvados.

              3) Que hay en el libro una desenfocada acumulación de textos periodísticos.

              Respuesta: En el mundo en que vivimos hoy los medios de comunicación son los que modelan mayormente la forma de pensar y de vivir de las masas. De ahí la necesidad práctica de tener en cuenta la opinión pública forjada a través de esos medios. Por otra parte, los testimonios mediáticos de los que se da cuenta en el capítulo IV se refieren a la Instrucción de la Conferencia Episcopal y no a la Carta de los prelados vascos, como podría deducirse de tus palabras. Los relativos a la Carta, que fueron durísimos, los tengo archivados por si es preciso recordarlos. En su lugar está la crítica mía personal al polémico documento en el capítulo II.  

              4) Que el recurso que hago a “unas parábolas so­bre y del nacionalismo” te parecen casi de mal gusto y que dudas que vayan a contribuir en nada a la clarificación del hecho en sí del nacionalismo y a su percepción por parte de la comunidad cristiana.

              Respuesta: A parte de que sobre gustos no hay nada escrito, o sea, que eso es muy relativo de suerte que lo que a unos disgusta a otros les puede encantar, he sido consciente de que introducía una forma de hablar novedosa y que podía prestarse a malos entendidos en razón de esa tendencia, que todos llevamos dentro a anteponer los sentimientos personales y los prejuicios culturales al uso de la razón. Por ello, en la p.221 explico puntualmente en qué sentido utilizo este género literario de las parábolas para evitar susceptibilidades. También Jesucristo utilizó las parábolas y los refranes populares como apoyatura para dar a conocer mejor sus ideas y forma de entender la vida. Cuando yo utilizo esas analogías no es para insultar a nadie sino para explicar con realismo y viveza un hecho constatable que consiste en el peligro próximo de quedar psicológicamente atrapados por la dependencia adictiva que lleva consigo todo sentimiento nacionalista de patria, nación, geografía, religión y cultura.

              5) Dices que la Instrucción de la Conferencia Episcopal supuso un antes y un después tras la aparición de la Pastoral de los prelados vascos y que “a partir de ese momento cualquier acercamiento que quiera hacer una contribu­ción significativa a este fenómeno eclesial, o terciar en un proceso de clarificación pública de la citada Instrucción, debería hacerse en la perspectiva de los presupuestos allí propuestos y especificados”.

              Respuesta: Que la Instrucción de la Conferencia Episcopal marcó un antes y un después respecto de la Pastoral de los prelados vascos es algo que se dice explícitamente en alguna parte del libro y por ello se le dedica monográficamente el capítulo III que concluyo con estas palabras textuales en la p.194: “La segunda parte (de la Instrucción), que es donde se aborda el tema del nacionalismo y de su potencial compatibilidad en determinados casos -nacionalismo etarra siempre excluido- fue la que dio lugar al voto pastoralmente poco responsable de los obispos nacionalistas vascos y catalanes. A pesar de todo, lo dicho en esta Instrucción sobre el tema de los nacionalismos es de lo más razonable y civilizado que podía decirse y lo comparto totalmente. Sin embargo, creo que se puede ir todavía más lejos. ¿Cómo y de qué manera? La respuesta merece un capítulo aparte”. Y viene el capítulo V y último en el cual se encuentra el verdadero mensaje que yo he querido transmitir en el libro a mis lectores retomando el discurso allí donde lo dejó la Conferencia para llevarlo hasta sus últimas consecuencias en el capítulo V de acuerdo con los ejemplos pastorales de Cristo y de S. Pablo frente al nacionalismo judío de su tiempo y la ocupación de Palestina por la administración imperial de Roma. No veo que haya nada incorrecto o que se salga de la metodología teológica más ortodoxa en mi forma de proceder. Tu siempre amigo, Niceto Blázquez, O.P”. Insistieron en que mi respuesta resumida seguía resultando demasiado extensa lo cual me hizo pensar que estaban buscando la manera de evitar su publicación o de publicarla sólo en función de sus intereses editoriales. En consecuencia, decidí que la publicaran como más les gustase a ellos y así lo hicieron sin el menor respeto ni reparo. El texto que publicaron manipulando el mío a su gusto fue el siguiente:

              - Respuesta publicada en Alfa y Omega (11/III/2004, p.10)

         El nacional clericalismo vasco

              “Les agradezco que hayan dedicado un lugar tan desta­cado en Alfa y Omega a mi libro El nacional clerica­lismo vasco. Quisiera hacer algunas matizaciones: Lo que motivó este libro fue la aparición de la Pastoral de los obispos vascos Preparar la paz, que hizo saltar la chispa que dio después lugar al incendio me­diático. Mi intención ha sido sus­citar la curiosidad del lector, pero, más aún, rendir un homenaje a to­das las víctimas del terrorismo. Los testimonios mediáticos de los que se da cuenta en el capítu­lo IV se refieren a la Instrucción de la Conferencia Episcopal, y no a la Carta de los prelados vascos. Los relativos a la Carta, que fue­ron durísimos, los tengo archiva­dos, por si es preciso recordarlos. En su lugar, está la crítica mía per­sonal al polémico documento en el capítulo II. He sido consciente de que introducía una forma de hablar novedosa y de que podía prestarse a malos entendidos. En la página 221 explico puntualmente en qué sentido utilizo el género literario de las parábolas para evi­tar susceptibilidades. Que la Instrucción de la Confe­rencia Episcopal marcó un antes y un después respecto de la Pastoral de los prelados vascos es algo que se dice ex­plícitamente en alguna parte del libro, y por ello se le de­dica monográficamente el capítulo III, que concluyo con estas palabras: «La segunda parte (de la Instrucción), que es donde se aborda el tema del nacionalismo y de su po­tencial compatibilidad en determinados casos -naciona­lismo etarra siempre excluido- fue la que dio lugar al vo­to pastoralmente poco responsable de los obispos nacio­nalistas vascos y catalanes. A pesar de todo, lo dicho en es­ta Instrucción sobre el tema de los nacionalismos es de lo más razonable y civilizado que podía decirse y lo com­parto totalmente. Sin embargo, creo que se puede ir to­davía más lejos. ¿Cómo y de qué manera? La respuesta merece un capítulo aparte”. Niceto Blázquez.  Madrid.  N. de la R: “Alfa y Omega ratifica lo publicado en su reseña crítica de este libro”.

              Nota aclaratoria. Como he dicho, no fui yo sino la Redacción de Alfa y Omega quien redactó el texto definitivo en función de sus intereses. Y no sólo eso, sino que añadieron una NOTA ratificándose en todo lo dicho contra el libro. Yo podía haber seguido respondiendo a esa NOTA dando lugar a una polémica en toda regla. Por otra parte, siguieron sin hacer ninguna referencia al capítulo V, que, insisto, es el capítulo principal de la obra. Por razones de prudencia y de dignidad decidí no dar más importancia a este asunto y no se habló más del mismo. En la cena de presentación del libro estuvo presente el autor del siguiente reportaje periodístico.

 

                    3) EL Mundo, viernes 27 de febrero de 2004

                      

              El dominico Niceto Blázquez afirma en su libro “El nacional c1ericalismo vasco’” que está reñido con el «universalismo cristiano» Madrid. «El nacionalismo es un pecado y monseñor Setién un polí­tico”. El que lo dice no es José Ma­ría Aznar ni Jaime Mayor Oreja, si­no el dominico Niceto Blázquez, profesor de Ética de la Universidad Complutense de Madrid. Y lo sos­tiene en un libro titulado El nacio­nal clericalismo vasco, publicado por la editorial Edibesa. El padre dominico señaló ayer que «el nacionalismo no es inocuo, sino principio del mal en el pasado y en el presente. Es un pecado». Un pecado en el que no cayó ni Cristo, «que no renegó de su patria, pero tampoco presumió de ella”, ni San Pablo, que fue en un primer mo­mento un nacionalista radical, pero después «cambió por el universalismo del catolicismo”. Más aún, asegura el profesor que “los sentimientos nacionalistas llamados democráticos son psicológicamente como los procesos cancerosos benignos bajo control médico. Mejor es no padecerlos en absoluto que tenerlos, aunque sea bajo control. La metástasis puede declararse al menor descuido”. Sentados los principios teológicos y los argumentos de autoridad de su condena del nacionalismo, Niceto Blázquez saca las consecuencias: “Es un anacronismo que haya tendencias nacionalistas en la Iglesia, que debe tender a la universalidad. Son tendencias eclesiales involucionistas”. Y añade: “Un nacionalista auténtico no puede ser un auténtico cristiano” ¿Están, por tanto, en pecado, los curas y los obispos nacionalistas? “No sé si están en pecado, pero sí en error. Y como ese error tiene categoría de pecado, la Conferencia Episcopal debería intervenir para darle un consejo a monseñor Setién y ponerlo en su sitio”. Porque, según el profesor de Ética, “monseñor Setién es un político y actúa como un político, pero no como un pastor”. No tiene en cuenta que “los sentimientos nacionalistas democráticos son actualmente indeseables y políticamente desaconsejables, al menos desde el punto de vista psicológico y teológico. Y más aún si sus protagonistas son hombres y mujeres de Iglesia comprometidos directamente con la causa del Evangelio.

              Por eso, a la carta pastoral de los obispos vascos Preparar la paz, de 30 de mayo de 2002, el padre Blázquez la denomina «la pastoral de la discordia». Alaba, en cambio, la pastoral de la Conferencia Epis­copal titulada Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, del 23 de noviembre de ese mismo año. Un documento que provocó duras críticas de los obispos vascos y ca­talanes que, prácticamente en su totalidad (Blázquez parece que se abstuvo), votaron en contra del mismo (precisamente por la conde­na que hace del nacionalismo «to­talitario”. El profesor Blázquez reconoce que hubo en el Episcopado español un antes y un después de la jubila­ción de monseñor Setién. Mientras éste estuvo en activo, «ningún obispo se atrevía a criticar sus posturas y actitudes». La situación cambió, a su juicio, con la llegada a la Presidencia del Episcopado del cardenal Rouco Varela que, apoyado en los análisis del arzobispo de Pamplona, Fer­nando Sebastián, cambió radical­mente la actitud de los obispos es­pañoles ante el problema vasco. No contento con eso, Blázquez pi­de al Episcopado que «vaya más allá en su condena del nacionalis­mo», porque no casa con la univer­salidad del catolicismo. (José Manuel Vidal, El Mundo, 27/II/2004, p.21). El autor de este reportaje era un ex – sacerdote y desde el punto vista periodístico su artículo es, en términos generales, aceptable. Tampoco es de extrañar que no refleje con la precisión deseada algunos detalles de nuestra conversación durante la cena. Para evitar confusiones lo mejor es que quien tenga interés por conocer lo que yo dije durante aquella cena de presentación lea el libro en cuestión.

 

       4) Sobre el Obispo Setién

              En la nota 30 de mi libro escribí en el 2004 lo siguiente: “Hablando de sentimientos nacionalistas y de teología cabría pensar que el Obispo emérito de San Sebastián, D. José María Setién Alberro, tiene algo que decir digno de ser tenido en cuenta. Sobre todo, dada su implicación personal en la promoción del nacionalismo vasco a pesar de su condición episcopal. En realidad D. José María Setién, denostado casi universalmente fuera de los círculos nacionalistas, jamás ha abordado el tema desde el punto de vista teológico o claramente pastoral. El calificativo más suave que se le ha propinado constantemente en los medios de comunicación es el de “tibio”. Escuchando sus declaraciones públicas y leyendo su libro De la ética y el nacionalismo (Erein, Donosita 2003), la impresión inmediata que uno recibe es que nos hallamos ante un teórico de alto voltaje del nacionalismo vasco y nada más. Su planteamiento del problema y su lenguaje es exclusivamente político y no teológico o pastoral como cabría esperar de un Obispo. A ese nivel teórico se puede estar de acuerdo con él casi en todo. Pero tiene, entre otros, dos fallos de extrema gravedad por sus consecuencias prácticas. Me refiero a la desvinculación de la política de la ética y a la crítica que hace contra la Conferencia Episcopal Española de la que forma parte. Llega a decir cosas como “que la resistencia a que la política no tenga otra referencia de valoración que ella misma y las leyes sociológicas internas a su funcionamiento, tiene mucho de razonable”. Esta afirmación equivale a admitir en la práctica la desvinculación de la política de la ética general como si la política pudiera llevarse a cabo honestamente siguiendo las reglas de juego que ella misma quiera darse abstrayendo de principios más universales de humanidad. El otro fallo grave consiste en la puñalada por la espalda que propina a la Instrucción de la Conferencia Episcopal en la tercera parte del libro. La verdad es que el polémico prelado emérito tiene más méritos como teórico político que como pastor de la Iglesia. Esta es la impresión que fácilmente pueden causar sus hechos y sus dichos, los cuales han sido y siguen siendo esencialmente políticos y no teológicos o pastorales”. En el año 2010 no encontré hechos o dichos de Monseñor Setién que me llevaran a cambiar esta impresión personal sobre su modo equivocado de actuar como Obispo dejándose llevar por sus sentimientos político-nacionalistas.

 

5) Contra todas las previsiones

 

Como dije al principio, el director de la revista Studium se negó a publicar el contenido del capítulo V, principalmente por miedo a las críticas que pudieran llegar a la revista por la publicación de mi artículo desfavorable a los sentimientos nacionalistas y su promoción por parte de muchos eclesiásticos en el País Vasco y Cataluña. No se publicó el artículo, pero se publicó el presente libro. No puedo asegurar que el director de Studium llegara a conocer esta publicación ya que muy pronto su estado de salud le obligó a dimitir como director de la revista y una crisis cardiaca le condujo a la casa del Padre. En Internet apareció una crítica muy agresiva por parte de una persona acusándonos a mí como autor y al editor de oportunistas y desleales a la causa de la verdad. Oportunistas por el momento de calentamiento político en que apareció la obra y el dinero que presuntamente reportaría su venta al público. Y desleales a la verdad por ser ambos dominicos. Como si ambos estuviéramos buscando publicidad personal y lucro material. Paradójicamente, la prensa nacionalista apenas destacó la importancia del libro. Ni siquiera aquella prensa más cercana y favorable al terrorismo en el País Vasco. La prensa se hizo eco del libro, ciertamente, pero de tal forma que el lector terminaba deduciendo que, dada la autoría del mismo, no valía la pena invertir dinero ni tiempo en comprarlo y leerlo. Como consecuencia de esta estrategia de silenciamiento y descalificación de autor y editor, la obra, contra

Todos llamaban a la lucha en el estilo marxista más genuino y ortodoxo. Siguió la huelga general de Secundaria y el Barrio Latino se convirtió en un campo de batalla. Tras un día de descanso la Sorbona fue tomada por los estudiantes bajo el lema “La imaginación al poder”, e igualmente el teatro Odeón. Los obreros de la Renault, por su todos los pronósticos, no llamó la atención del público y constituyó un solemne fracaso editorial. En contrapartida, tampoco se produjo ningún riesgo o peligro de que los grupos más cerrilmente vinculados a los movimientos nacionalistas me causaran molestia alguna. Así pues, el libro pasó sin pena ni gloria como si no hubiera ocurrido nada. No fue causa de popularidad, ni de ganancia de dinero ni de disgustos. Lo que sí fue, como en el caso del libro sobre Los pecados de la Iglesia, una experiencia más de la eficacia del método de la estrategia del silenciamiento para evitar que una determinada forma de pensar no prospere por más que ella sea objetiva, verdadera o simplemente interesante. Insisto, estos dos libros, contra todos los pronósticos, no me acarrearon ni fama, ni dinero ni disgustos. Nunca lo pretendí y, dada la naturaleza de los problemas que en ellos son tratados, me siento profundamente satisfecho de haberlos escrito y haber tenido la posibilidad de publicarlos. 

                         

         16. Las relaciones con editoriales y censores

             

              1) Primeras experiencias

 

              Como ya he dicho, una de mis experiencias positivas como escritor es que todo lo que he escrito con el deseo de publicarlo, antes o después, de una u otra forma, mi deseo ha sido siempre satisfecho. Hecha esta observación sólo quiero recordar algunas anécdotas y pequeños incidentes relacionados con este asunto. La primera vez que tuve contacto con una entidad editorial distinta de la revista Studium tuvo lugar por el año 1970. Me dirigí a la editorial Espasa Calpe en Madrid con un escrito sobre filosofía oriental para hablar de su posible publicación. El joven representante editorial me recibió muy bien y le hablé sobre la posibilidad de editar el texto en cuestión en la colección de bolsillo. Le expliqué que en caso de que el proyecto interesara a la comisión de publicaciones yo tendría que revisar y perfeccionar el texto definitivo. Su respuesta fue que lo importante era que la comisión de economía considerara el texto comercialmente rentable. Esta respuesta me decepcionó profundamente porque, en mi ingenuidad e inexperiencia en estos asuntos yo pensaba que lo primero que interesaría a la editorial era la calidad intelectual del libro.

              Las amistosas conversaciones con el propietario de la editorial Studium me fueron muy útiles para comprender lo difícil que resulta muchas veces compatibilizar la calidad objetiva de los escritos con los intereses comerciales de los editores. No en vano las editoriales son antes que nada empresas comerciales que no pueden subsistir sin los recursos económicos necesarios. Por otra parte, la mayoría de los escritores necesita percibir beneficios por sus publicaciones. El asunto es complicado. En la práctica, como es sabido, estos problemas editoriales se resuelven muchas veces mediante el recurso a las Fundaciones, las partidas de dinero destinadas a la promoción de la cultura por parte de las instituciones públicas y, sobre todo, pagando el autor los costes de edición o mediante la ayuda de mecenas generosos. En mi caso ha habido un poco de todo y las dos editoriales de alto prestigio que más se interesaron por mis escritos fueron la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) y la Ed. San Pablo. Sin olvidar la Ed. Noticias, cuyo director vino expresamente a mi casa a pedirme permiso para editar por su cuenta y riesgo mi primer trabajo en el que yo había madurado mi opinión sobre la pena de muerte. Ese trabajo lo había yo presentado a Amnistia Internacional en Madrid. Valoraron el texto muy positivamente, pero como no tenía cabida en el programa de sus publicaciones lo remitieron al propietario de la Editorial Noticias, el cual, como digo, se presentó en mi casa con el texto en mano para expresarme su deseo de publicarlo. Este buen hombre se llamaba Antonio Roldán, el cual no sólo publicó Estado de derecho y pena de muerte, sino tres volúmenes más sobre ética de la información. Su generosidad conmigo fue grande.

              En esta línea de generosidad editorial me es muy grato recordar también aquí a la Ed. Montecarmelo, liderada durante muchos años por Fernando Domingo. En julio del 2010 me invitó a almorzar con él en un restaurante de Burgos donde mantuvimos una fraternal conversación sobre la vida y sus avatares. Habida cuenta de nuestra edad ya avanzada, los temas de conversación surgían por doquier y el tiempo se nos hizo corto. Como botón de muestra de nuestro cambio de impresiones sobre aspectos diversos de la vida y de nuestras experiencias personales respectivas, me parece oportuno recordar una anécdota suya. En una ocasión la famosa Fundación alemana Adveniat le pidió que hiciera llegar a un arzobispo centroamericano una cantidad de dinero para paliar sus necesidades. El Jerarca eclesiástico recibió al P. Fernando en su despacho como corresponde, pero poco después de recibir el dinero desapareció, supuestamente para formalizar el recibo de la ayuda recibida o urgido por imperativos de la naturaleza. Pasaba el tiempo y el arzobispo no regresaba por lo cual el P. Fernando informó a alguien de lo que ocurría y reapareció el Jerarca, el cual se quedó muy sorprendido cuando le sugirió que le entregara el justificativo correspondiente del dinero recibido. Negó haber recibido nada del P. Fernando y se despidió como si allí nada hubiera ocurrido pocos minutos antes. Cuando el P. Fernando trató de explicar a Adveniat lo ocurrido le tranquilizaron porque allí conocían muy bien las formas de actuar del ilustre arzobispo. Por esa razón le habían aconsejado que no le entregara el dinero hasta que no presentara el justificante de haberlo recibido. La pregunta lógica era esta: ¿qué hacía el arzobispo con el dinero recibido? Al final de la visita el ilustre y experto director de la Ed. Montecarmelo (un siglo de existencia) me pidió que le presentara un texto relacionado con la bioética para publicarlo y manifestó un cariñoso interés en publicar mi obra La cátedra de la vida. No tengo palabras para agradecerle la magnanimidad que derrochó conmigo bajo un precioso cielo azul, el bello entorno de la catedral burgalesa y el canto alegre del río.

              Durante el mes de agosto redacté en Ávila el texto del pequeño libro que me encargó sobre La biotanasia y a mi regreso a Madrid el día 26 del mismo mes me encontré con este mensaje: “Discúlpame por haber acusado recibo tan tarde de tu original que titulas BIOTANASIA. Pero es que este bendito Dios que nos quiere tanto ha estado dudando este mes de agosto en si llevarme o no con Él. Y por el momento parece que me deja aquí. Hablando ya en concreto, mis hermanos carmelitas de Gijón se empeñaron en llevarme allá, primero para sacarme unos días de Burgos, y también, para intentar probar, a la vez, unos tratamientos de hidroterapia que parece me vendrían bien. Llegué el día 2 de agosto, todo comenzó estupendo, pero casualmente el día 4 me dio un coma adisoniano en plenas Urgencias del Hospital de la Seguridad Social gijonesa. Total, parece que estuve una hora sin conocimiento, lo recuperé, y como creo todo provenía de una infección producida por un virus o bacteria causante de la alta fiebre que tenía, allí he estado 15 días, acabando con un cuerpo más debilucho aún de lo que ya estaba. No sé si, pese a todo cuanto sabes, el mayor enemigo de esta insuficiencia suprarrenal que padecemos tantas personas es cualquier infección que produzca fiebre. Pese a todo, y como ves, ya estoy de nuevo al teclado. Mañana recomenzamos el trabajo tras el período vacacional de los empleados. ¡Y que el Señor me permita seguir con la ilusión de trabajar, ayudándome, a la par, para asumir la impotencia que uno siente ante este tipo de enfermedad consistente, como ya le he dicho varias veces en la pérdida de fuerzas físicas y no poder uno ni con su propia alma ¡Y eso que es espiritual! Aún no he tenido ni tiempo de leer tu original. Estamos ahora liadísimos preparando la Feria del Libro de Barcelona para fin de septiembre. A partir de octubre me meteré (D.m.) con ello y te tendré al corriente de cuanto haya. Muchísimas gracias por todo. Y por lo del presupuesto de LA CÁTEDRA DE LA VIDA, no te preocupes. En cuestiones monetarias todo tiene remedio. Sería una pena que no lo editases. Con nosotros o con otros ¡Es al fin la ciencia y experiencia condensada de toda una vida tan llena como la tuya! Un abrazo. Adiós. Y quedemos con Él. Fr. Fernando Domingo”.

              Últimamente apareció la Ed. Vision Libros como una alternativa a las editoriales tradicionales gracias a las nuevas tecnologías en el campo de la informática. Entré en relaciones con el director de dicha editorial y ello dio lugar a una serie de publicaciones breves, rápidas y económicas. Y, sobre todo, liberadas de censuras previas. Para mí esta nueva modalidad editorial me puso en bandeja la posibilidad de editar cuanto me ha parecido oportuno sin tener que someterme a la censura tradicional impuesta por los propios editores en función sólo de sus intereses editoriales a costa de los intereses del autor. Pero hablando de problemas editoriales resulta prácticamente imposible no tropezar alguna vez con la institución de la censura ideológica. De entrada, quiero dejar claro que no he tenido problemas serios con la censura tradicional. El único caso relevante en esta materia fue el que se describe a continuación.

      2) Conflicto con un censor de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)

 

              La Conferencia Episcopal Española había ordenado la publicación de una serie de manuales para ser utilizados como libros de texto en las Universidades y Facultades de teología de la Iglesia de acuerdo con unas normas resumidas en seis puntos. El objetivo era garantizar con estos textos de base en las aulas la mayor ortodoxia posible en la doctrina de una forma ordenada, breve y sistemática. La gran novedad en esta materia era el auge de la nueva disciplina denominada Bioética. Había que redactar también un texto de Bioética y la Comisión de los manuales no dudó en encargar la redacción del mismo al conocido y experto jesuita Javier Gafo, el cual redactó un texto que no satisfizo a la Comisión y a partir de aquí comenzó la historia de mi incidente con la censura. En la editorial me dijeron confidencialmente que el texto presentado por Gafo no había satisfecho ni a la Comisión ni a la editorial. Así las cosas, me entregaron dicho texto para que yo les diera mi opinión sobre el mismo. Mientras tanto le pidieron al autor que lo revisara, pero no estaba por la labor. Yo leí detenidamente el original teniendo presentes los criterios aprobados para su redacción y presenté mis conclusiones.

              Mi opinión fue que el texto de Javier Gafo debería publicarse como un libro suyo y bajo su exclusiva responsabilidad, pero no como texto de base para los alumnos en las Facultades de la Iglesia. Mi Informe era bastante amplio y, según me informaron confidencialmente, avalaba la opinión negativa que ya recaía sobre el mismo. Así las cosas, en la BAC me sugirieron que prepara yo un texto alternativo en la línea de mi obra Bioética fundamental que tan buena fortuna había tenido. Pero sólo acepté esta proposición cuando supe que Javier Gafo había abandonado definitivamente la idea de revisar su texto. Este hombre conocía muy bien la historia de la Bioética y estaba puntualmente informado de todo lo que acontecía en ese campo, pero carecía de criterio moral seguro y encontraba mucha dificultad para aceptar el Magisterio de la Iglesia sobre aspectos fundamentales de la Bioética. Así las cosas, decidí remodelar la Bioética fundamental con el fin de que pudiera servir de texto alternativo al desestimado de Javier Gafo. Pero el texto tenía que pasar por el Censor oficial del Arzobispado de Madrid. Pasaron bastantes meses sin que la editorial recibiera respuesta lo cual empezó a intrigarnos a todos. Por fin, después de muchos ruegos, llegó la respuesta en un texto farragoso que no he podido recuperar. Por el contrario, sí he recuperado en la computadora mi respuesta al censor en los términos siguientes. Las frases entre comillas son del censor.

 

              3) Respuesta al censor del Arzobispado de Madrid

              Respuesta a A, I). “Ccon una subrayada sensibilidad hacia planteamientos tomistas”: Más bien debería decir “sensibilidad hacia planteamientos RAZONABLES”. Ahora bien, si la “sensibilidad hacia planteamientos tomistas” es un reproche por parte del censor, entonces quien sale mal parado no soy yo sino el propio Magisterio de la Iglesia y el mismísimo Juan Pablo II, que puede ser considerado como el tomista más cualificado de la actualidad. Incluso el propio Catecismo de la Iglesia está redactado en clave intelectual literalmente tomista. Y lo mismo puede decirse de las encíclicas Veritatis splendor y Evangelium vitae.

              B, l). El texto intencionadamente citado de Santo Tomás es más que suficiente para superar el peligro denunciado en el n.56 de la Veritatis splendor. El peligro real está más bien en que el profesor que imparta la disciplina, así llamada Bioética, no sepa interpretar correctamente el texto tomasiano en cuestión o tenga un concepto equivocado del Magisterio de la Iglesia. Por lo demás, creo que me explico con bastante claridad en los temas en los que, según el censor, aludo “a soluciones pastorales”. (C.III, p.127 ss; 147 ss. Y C. IV, 175 ss). Otra cosa es que mi censor tenga otra opinión y no quiera oír la mía. Pero eso es problema suyo. Curiosamente, una de las observaciones positivas que oigo siempre de mis escritos, incluida mi obra “Bioética fundamental”, que el censor parece desconocer, es que se entiende muy bien todo lo que digo incluso cuando trato sobre temas de suyo difíciles y complicados. He releído esos capítulos y tengo la impresión de que están bastante claros para cualquier censor competente y que quiera entenderlos sin prejuicios.

              B,2). Aquí vuelve el censor sobre “estos casos pastorales” y dice que “cuando la solución propuesta se disocia aparentemente de los enunciados generales del Magisterio”. A esto tengo que decir que si la disociación es sólo aparente no tiene por qué hacer de ello un problema de vida o muerte. Y si tal problema existe, que me lo demuestre. Ya en la introducción advierto que en esos puntos no se trata de corregir al Magisterio de la Iglesia sino de perfeccionarlo en su formulación y, sobre todo, de aplicarlo a la vida real y no sólo imaginaria o reducida a meros conceptos abstractos. Es una operación delicada, pero por ello se aplica el criterio pastoral de Sto. Tomás, que el propio Magisterio de la Iglesia recomienda y utiliza en los casos más difíciles. Me gustaría conocer qué idea tiene el censor del Magisterio de la Iglesia, así como su experiencia pastoral. Por otra parte, mis explicaciones al respeto son bien conocidas en un sector bastante amplio de la Iglesia y hasta ahora han sido aceptadas como suficientemente razonables, realistas y ortodoxas en el mejor sentido de la palabra. Una cosa es disentir del Magisterio de la Iglesia y otra muy distinta explicarlo y aplicarlo dentro de las coordenadas de la vida real, de la justicia y de la caridad.

              Dice después: “alude únicamente en general a “moralistas” sin citar expresamente a ninguno”. Esa alusión sin cita explícita se ha hecho intencionadamente por delicadeza y respeto personal hacia esos autores a los que cito explícitamente en mi obra “Bioética fundamental”. Consideré que era mejor evitar en el manual la confrontación. Tanto más cuanto que cualquier experto en Bioética conoce con nombres y apellidos a quiénes me estoy refiriendo y es él, el profesor de la disciplina, quien debe decidir, según su prudencia u oportunidad pedagógica, si procede o no plantear esa discusión con los alumnos. En mi texto se suscita respetuosamente la polémica y se sugieren criterios razonables de solución, que es lo más importante en este caso.

              Termina B,2 considerando conveniente “superar el mero plano de la propia opinión o convicción personal”. Esta proposición es una provocación a la deshonestidad intelectual y a la hipocresía, lo cual es incompatible con mi formación teológica y moral recibida en la Orden Dominicana, en la que profesamos como lema la “verdad”, tanto objetiva como subjetiva. Por ello me he esforzado en exponer en mi texto con la mayor objetividad posible las opiniones ajenas y con transparencia y sinceridad la mía propia sobre todos y cada uno de los temas que trato. ¡No faltaba más! He sido durante muchos años profesor de futuros sacerdotes y desde 1983 profesor en una de las más importantes Universidades del Estado Español y me siento orgulloso y feliz por no haber engañado jamás a mis alumnos hurtándoles mi propia opinión sobre ningún tema abordado en la docencia. Según mi larga experiencia docente esto es lo pedagógico y educativo y no lo que sugiere el censor de mi texto.

              Método teológico. Dice el censor: “El libro está escrito prescindiendo prácticamente de su destino a ser encuadrado en la colección de manuales de Teología. Se acerca más a un tipo de manual de pura Bioética donde se tiene en cuenta el Magisterio de la Iglesia, pero nada más”. Esta apreciación es completamente falsa. He sido consciente de que se trata de un manual para dicha colección y el Magisterio de la Iglesia domina de una u otra forma toda la obra. Cuando por razones obvias de espacio y de organización mental no es posible ni lógicamente aconsejable aducir textos del Magisterio se remite al lector a donde puede hallarlos sin dificultad. Por otra parte, se trata, efectivamente, de un manual de Bioética. Es decir, de una nueva disciplina que se está haciendo y que hay que estructurar de acuerdo con su propia idiosincrasia y no según esquemas preconcebidos. De ahí la importancia dispensada a los dos capítulos primeros, cuya trascendencia el censor no ha sabido o no ha querido apreciar. En ellos se intenta mediar entre posturas ampliamente difundidas sobre el estatuto epistemológico de la nueva disciplina en los cuales se prescinde de la ley natural, de la Teología y más aún del Magisterio de la Iglesia. En dichos capítulos se define la naturaleza de la nueva disciplina de acuerdo con los paradigmas de la ley natural y de la ética para dejarla en el punto de mira de la Teología Moral. Si ahora el profesor de Teología Moral sabe lo que se trae entre manos y los alumnos conocen ya las claves del método teológico propiamente dicho, como es obligado, resulta relativamente fácil proyectar la luz de la revelación sobre todas las cuestiones tratadas.

              Esta operación se encuentra ya realizada en los textos del Magisterio por lo que no es necesario repetirla en cada caso concreto. Si el censor piensa que lo que actualmente se llama Bioética, se ha de exponer sistemáticamente, como hacían los manualistas escolásticos, planteando cada cuestión según la Sagrada Escritura, Santos padres, etc.etc., está bastante equivocado. Nos hallamos ante una disciplina nueva que hay que definir y tratar de acuerdo con su propia naturaleza todavía en discusión y en este sentido creo que mi texto constituye una aportación significativa en la línea del Magisterio de la Iglesia, por más que el censor no haya sabido o no haya querido reconocerlo. Por lo demás, eso de que “se tiene en cuenta el Magisterio de la Iglesia, pero nada más”, me parece una frivolidad. Ya en la introducción me adelanto a justificar el trato preferencial dispensado en mi texto al Magisterio de la Iglesia. De hecho, el Magisterio de la Iglesia vertebra toda la obra y en ningún caso queda en mal lugar, sino todo lo contrario, incluso cuando justa, razonablemente y con lealtad absoluta a su mensaje sustancial, es criticado en el contexto de la legítima libertad del quehacer teológico y pastoral más castizo y responsable.

         Contenido. Dice el censor que están “totalmente ausentes planteamientos teológicos deseables”. Que “resulta claramente insuficiente contentarse con el apartado dedicado a “Bioética y Teología Moral” pp.77-80”. Que este “vacío no queda compensado por el breve capítulo último dedicado a “la Bioética en el Catecismo de la Iglesia Católica”. Pienso que, tratándose de una obra tan peculiar y nueva, que se está haciendo todavía, lo que yo digo sobre Bioética y Teología Moral podría ampliarse. Por supuesto. Como todas las demás cuestiones tratadas. Pero entonces diría que la obra es demasiado extensa. Creo sin embargo que para un manual de esta naturaleza tan peculiar lo que digo actualmente no es poco y sí bastante orientador para quienes conocen de qué va el asunto. Me temo que el censor está pensando en algo así como en un catecismo de Bioética en lugar de un manual con estatuto científico propio en el contexto de las ciencias modernas de la vida y en el ámbito de la ética y de la Teología Moral en liza con las corrientes de pensamiento contemporáneas. En ese caso bastaría editar conjuntamente los textos de la Donum vitae, de la Evangelium vitae y los números del Catecismo relativos a la Bioética para que los estudiantes se los aprendan de memoria y asunto terminado. Y si no es así, le agradecería al censor que me indicara alguna obra en lengua española en la que alguien haya hecho un esfuerzo más logrado que yo por reconducir la Bioética al ámbito de la ética más castiza y de la Teología Moral desde los presupuestos científicos específicos que han dado origen y lugar académico a la nueva disciplina.

         Dice el censor: “Extraña la inclusión de los temas del suicidio y pena de muerte atendiendo al modo en que los desarrolla. Esta inclusión concuerda poco con lo decidido por el autor en el capítulo segundo de la primera parte, en el apartado “Definición de la Bioética en sentido estricto” (p. 67 ss) No sé por qué se extraña tanto. Es verdad que ambos temas son clásicos de la ética tradicional y de la Moral Teológica. Yo he distinguido entre Bie6tica en sentido amplio y en sentido estricto. Las he tratado en el contexto de la Bioética en sentido estricto porque existe una corriente de pensamiento que pretende sustraer estos temas a la ética y a la Teología Moral para tratarlos con la mentalidad bioética liberada de la ética tradicional y más aún de los planteamientos tradicionales del Magisterio de la Iglesia. Habida cuenta de esta pretensión abusiva y razonablemente inaceptable, así como de la gravedad de los dos temas en cuestión, me pareció oportuno agarrar al toro por los cuernos en su propio campo de lidia. Estamos tratando de definir la Bioética y su campo de estudio teniendo en cuenta que la nueva disciplina es muy reciente y que no se pueden aplicar criterios matemáticos. Estos dos temas son frecuentemente abordados en el contexto de la Bioética con criterios y con enfoques propios y específicos de la nueva disciplina “secularizada”. Por esta razón de pragmatismo metodológico ambas cuestiones han sido incluidas en nuestro texto. De hecho, los bioeticistas de profesión laicista tratan estos temas como propios de la Bioética y con enfoques bastante diferentes de los de la ética tradicional y más aún del Magisterio de la Iglesia. Este solo hecho práctico bastaría para abordar ambos temas en el manual de Bioética.

         Equilibrio y orden. Dice el censor: “Ambos puntos presentan múltiples aspectos de perplejidad. Observo una clara desproporción entre las páginas concedidas a la primera parte (introductoria) y la segunda parte. Los dos capítulos de la primera parte resultan excesivos en el contexto de la obra”. No estoy de acuerdo con la presunta desproporción de los dos capítulos primeros. Tampoco acepto el que ambos capítulos los considere como meramente introductorios a la Bioética. La razón es porque en ellos se debate la naturaleza misma de la disciplina como novedad científica y académica. De la cuestión teórica sobre su naturaleza y estatuto epistemológico dependen después el enfoque y tratamiento de los problemas concretos. Tanto es así que la Bioética es ya para muchos tratadistas una mentalidad y forma de entender la vida humana que echa por tierra los principios que parecían más estables del pensamiento ético tradicional, y más aún aquellos directamente relacionados con la fe y la revelación cristiana. He puesto particular empeño en estos dos capítulos, que constituyen la parte primera, por considerar que sin ellos la parte segunda estaría de sobra ya que todos los temas allí tratados podrían estudiarse en cualquier buen tratado moderno de Teología Moral. Esos dos capítulos son tan fundamentales que requieren toda la extensión que sea necesaria para poner las cosas en su sitio desde el principio y no construir sobre arena o sobre un campo sembrado de minas éticas contra la propia vida humana. En un manual serio de Bioética los temas que yo trato en mi texto no pueden ser trivializados o reducidos a cuestiones introductorias protocolarias, como parece sugerir el censor. Son cuestiones de fondo en las que nos jugamos el todo por el todo y tienen que recibir el trato debido, que es lo que yo he procurado hacer abriendo el camino para clarificar las muchas cuestiones que todavía quedan por discutir y aclarar a nivel teórico sobre la Bioética por su repercusión después en la forma de abordar éticamente las cuestiones concretas más destacables en la segunda parte.

         Y sigue: “El autor incurre en una especie de contradicción pedagógica en cierto punto. En el capítulo primero de la primera parte trata del “Impacto de la bioética en los foros legislativos civiles. Seguidamente incluye toda una serie de apartados dedicados a la presentación de una documentación, ciertamente de interés. Pero ¿es este el lugar apropiado? Al aportar, tras la documentación respectiva, su valoración crítica, presupone una doctrina que luego va a desarrollar, y fundamentar”. Es obvio que en un catecismo de bioética toda esa documentación estaría fuera de lugar. Lo que ocurre es que se trata de un manual con pretensiones de objetividad informativa y de realismo práctico. Ahora bien, esos textos, de procedencia no eclesiástica, son los que de hecho están sirviendo de criterio moral efectivo, mucho más que los que emanan del Magisterio de la Iglesia, y son aceptados incluso por teólogos católicos y aplicados en centros dependientes de la Iglesia. Este hecho justifica el que en un manual para estudiantes de estudios teológicos y futuros sacerdotes esos documentos sean conocidos y puntualmente criticados. Por lo tanto, sigo pensando que el lugar en que son dados a conocer en mi texto con la crítica correspondiente es el adecuado en razón de la importancia teórica y práctica que tales documentos reciben en la sociedad contemporánea por parte de las instituciones legislativas y sanitarias y de investigación científica. Por lo demás, no veo dónde está la contradicción de la que me acusa el censor. Esos textos son criticados en el lugar en que son expuestos con los criterios que coherentemente he seguido en el resto de mi obra. Por supuesto que, para realizar esa crítica, hay que anticipar criterios. Como para realizar una medición hay que contar de antemano con alguna unidad de medida. ¿Hay alguna contradicción en hacer uso de la misma unidad de medida antes o después para medir superficies de la misma o análoga naturaleza? El criterio crítico es como llevar el metro en el bolsillo para sacarlo cuando sea preciso y hacer alguna medición. La contradicción estaría en descalificar después el criterio utilizado antes.

         El estilo. Dice el censor: “Este es el aspecto que más me ha sorprendido y que más difícil me ha hecho la lectura de la obra”. El estilo de un manual de Bioética no puede ser exactamente el mismo que el de un manual escolástico clásico. Lo que el censor considera un defecto al respecto, en realidad, como ya he dicho antes, es un mérito mío que consiste en hacer accesible y comprensible lo que digo en lugar de seguir tópicos manidos y formas académicas anticuadas que se compaginan mal con la sensibilidad expresiva y peculiaridad comunicativa de la juventud actual. Al menos de la juventud universitaria con la que yo convivo. Por estas razones, que no son las únicas, me parece que el rechazo categórico de mi texto por parte de este censor no está justificado. El texto puede ser revisado y perfeccionado en todo. Como cualquiera otro que sea presentado como alternativa. Pero creo que reúne por lo menos las condiciones mínimas para su aceptación, tanto por su contenido doctrinal como por su enfoque y desarrollo. Niceto Blázquez, O.P. (Madrid, 1/II/1998)

        

         4) Silencio por respuesta y desenlace final

             

              El censor no respondió a esta réplica mía y no se hablar de publicar un manual de Bioética. Fallecido Javier Gafo su nombre en la lista de autores encargados de los manuales fue reemplazado por el mío, pero pasaron los años y del manual de Bioética no se habló más. Por otra parte, mi primera obra titulada Bioética fundamental había tenido éxito editorial y había que reeditarla actualizada. Apareció así Bioética. La nueva ciencia de la vida, que sustancialmente era el mismo texto censurado por el funcionario del Arzobispado. Cuando el principal objetor de mi obra se percató de esta publicación, quiso pedir responsabilidades al editor de la misma. Pero, como vulgarmente se dice, le salió el tiro por la culata ya que el Obispo secretario de turno de la Conferencia Episcopal zanjó la cuestión de suerte que las aguas siguieron por su cauce normal sin problemas. Pero la obra tuvo también éxito editorial y se agotó. La editorial me habló de preparar un nuevo texto, pero el director de la BAC, Joaquín L. Ortega, se jubiló y con ello la editorial entró en una crisis muy seria que estuvo a punto de arruinarla. Una de las víctimas de esta vorágine de cambio de directores fue mi obra, que no se editó más.

              Por fin se normalizó la dirección de la editorial y el nuevo director llevó a cabo un compromiso del problemático director saliente. Sobre dicha obra hice una recensión en la revista Studium en los términos siguientes: “Sgreccia, E., Manual de Bioética, vol. I. Fundamentos y ética biomédica, Ed. BAC, Madrid 2009, 968 pp. El autor de la presente obra es un pionero y consumado maestro de la Bioética de calidad en el contexto italiano. El anterior director de la BAC tomó por su cuenta y riesgo la decisión de editarla en lengua española y me parece bien que sea publicada con la exquisitez editorial que la BAC edita todas sus obras. Nos hallamos ante el primer volumen y cabe pensar que el segundo, que el ilustre autor está revisando para su reedición en italiano, tardará bastante tiempo en aparecer en español. Por lo mismo, me reservo la opinión definitiva sobre dicha obra hasta que aparezca el volumen segundo, si es que yo llego a verlo. De momento me limito a hacer algunas observaciones críticas sobre el volumen presente que en nada disminuyen la calidad objetiva de la obra en su conjunto y los méritos de su autor, pero que pueden ser de alguna utilidad, tanto para la editorial que lo edita como para sus lectores. Pues bien, habida cuenta del trato brutal que se está dispensando a la vida humana naciente y sufriente en el campo de la bioética, el modelo personalista adoptado por el autor, sin dejar de ser impecable y correcto, resulta poco o nada eficaz contra esas brutalidades a las que termino de aludir. Este modelo bioético es sólo entendido por una minoría selecta de personas y resulta inofensivo para quienes han perdido ya el respeto a la vida humana en las actividades biomédicas. La reflexión filosófica y teológica en el terreno de la bioética, para que llame la atención y sea tenida en cuenta por los tecnócratas de la investigación biomédica, de las ciencias de la salud y de la bio-jurídica, tiene que surgir de manera lógica y natural al filo de los datos científicos conocidos sobre el embrión humano y no desde afirmaciones conceptuales abstractas previas sobre el respeto a la dignidad humana o la autoridad del Magisterio de la Iglesia. El discurso biomédico eficaz hoy día parte de los concretos reales que nos proporciona la investigación científica seria y responsable, y no de los abstractos formales de la lógica del conocimiento.

              Con esto sólo he querido insinuar que la obra en cuestión es objetivamente buena pero pedagógicamente poco eficaz contra el nazismo actualmente sumergido en la bioética y denunciado en la biotanasia. La obra de Elio Sgreccia merece todos mis respetos, pero, pensando en quienes han perdido ya el respeto a la vida humana naciente y sufriente en el campo de la bioética, dicha obra resulta descriptivamente agradable pero intelectualmente floja y débil. Por otra parte, está dirigida a lectores muy enmarcados en la cultura y lengua italiana y no española. Pienso igualmente que los resúmenes de cada capítulo y la bibliografía adjunta en la edición española no sirven para nada como no sea para ocupar espacio, lo mismo si se adopta la obra como manual, que como un buen libro de lectura sobre los asuntos de la bioética”. En la primavera del 2010 tuve la satisfacción de publicar Bioética y Biotanasia. Satisfacción por doble partida. Primero, porque la obra apareció como era mi deseo. Y segundo, porque tuve tiempo para mejorar el texto introduciendo novedades y aclaraciones muy enriquecedoras.

             

              17.  La filosofía de S. Agustín

 

              Dije al principio de este capítulo que la obra titulada Introducción a la filosofía de S. Agustín marcó la culminación de la primera etapa de mi carrera intelectual. Pues bien, en el año 2012 volví sobre el pensamiento filosófico del Hiponense perfeccionando y actualizando lo expuesto en dicho libro. El nuevo texto notablemente perfeccionado fue publicado por la prestigiosa editorial Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) con el título Filosofía de san Agustín. El siguiente mensaje se refiere a esta obra en los términos siguientes. “Estimado Niceto, tenemos en proyecto inmediato introducirnos en el mundo del libro digital, y hemos pensado que uno de los títulos a este propósito es el del libro que preparaste. Como esta opción no se planteó en su día en el contrato de edición que hicimos contigo, necesitaríamos que nos indicases como contestación a este correo tu aceptación a que tu obra titulada “Filosofía de san Agustín” que preparaste para ser publicada en papel, pueda ser igualmente publicada en formato digital por la BAC. En este caso variaría a tu favor el porcentaje destinado a derechos de autor, que, si en la edición en papel era del 10%, en el caso del libro digital sería del 25%, que se calcularía sobre todos los ejemplares vendidos y conforme al precio de venta sin IVA. Si estás de acuerdo con nuestra propuesta, te agradecería tu respuesta lo antes posible por este mismo medio del correo electrónico. Quedo a la espera de tus noticias. Cordialmente, Juan Antonio Mayoral”.

              Como puede sospechar el lector, me apresuré a dar mi consentimiento con sumo gusto a esta proposición. Lo que en principio fue un libro de juventud terminó convirtiéndose en un libro de madurez. De hecho, esta publicación me produjo gran satisfacción y en la contracubierta del libro puede leerse lo siguiente.

              La filosofía de san Agustín brota de su vida personal como el agua de la fuente y, por ello, la comprensión adecuada de sus ideas requiere el conocimiento previo de su historia personal. Sus ideas y su vida forman un todo vital íntimamente trabado. Su pensamiento filosófico es muy peculiar porque se apoya en la experiencia interior del hombre con Dios y no en experiencias tecnológicas o en datos científicos al estilo moderno de nuestro tiempo. De ahí su carácter encantadoramente ingenuo y asombrosamente genial al tratar de ciertos problemas.

              En esta obra hay un ritmo ascendente hasta el capítulo tercero. Dios se revela en lo más íntimo del alma de san Agustín, desde cuya experiencia de encuentro con Dios, el Hiponense interpreta el legado filosófico de Grecia y Roma y plantea algunos problemas fundamentales sobre el hombre, el ser y la vida humana en su versión masculina y femenina, a nivel individual, político y social. La peculiar filosofía de san Agustín arroja un balance global muy positivo en quilates de humanismo, especialmente por la trayectoria personal que lo llevó al encuentro con esa forma de saber sapiencial propio de la verdadera filosofía, así como por su actitud de apertura a la trascendencia y a los valores que no pierden su interés con el mero pasar del tiempo.

              Sobre este libro me llegó de Argentina el siguiente mensaje de la profesora Liliana Gabriela Méndez: "Estoy por concluir la lectura de su libro y lo considero verdaderamente muy bueno. Admiro la claridad de su entendimiento sobre S. Agustín y la facilidad para trasmitirlo. Enhorabuena por su publicación en una editorial tan seria." Mi respuesta fue la siguiente: Gracias, Liliana, por tus generosas y lindas palabras en facebook sobre mi libro. Como hice saber en su momento a todos nuestros amigos de facebook, para mí fue también una gran satisfacción el que la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) manifestara su interés por publicar este libro, fruto del trabajo y del amor a la verdad, analizando la vida y obra filosófica de un personaje tan emblemático y siempre fascinante como es S. Agustín. Pero hablando de S. Agustín me parece oportuno decir lo siguiente.

              Para hacernos una idea del valor de los aspectos esenciales de su pensamiento y del testimonio de su vida como hombre, teólogo y obispo no basta leer el libro de Las Confesiones. Hay que leer también con atención su epistolario, muchos de sus sermones y conferencias, así como la biografía de Posidio, el cual le conoció durante varias décadas y le acompañó en el momento de la muerte. Posidio habla de él desde que fue ordenado sacerdote y obispo hasta el final de sus días dejando atrás lo que S. Agustín dejó dicho sobre su vida y otras cuestiones de carácter filosófico, teológico y místico sin excluir algunas reflexiones de gran calado metafísico como la existencia de Dios, el tiempo y la eternidad. Hay que tener también en cuenta el libro de las Retractaciones, en el que demuestra su sentido personal de responsabilidad al tomar conciencia acerca de nuestras limitaciones humanas cuando se trata de decir a los demás lo que sentimos y pensamos sobre la realidad en general y los avatares de esta vida terrenal, como peregrinos inseguros de la verdad última de todas las cosas. El corregir y rectificar es propio de sabios y S. Agustín no era científico, pero sí un gran sabio que supo aprender incluso de sus propios errores y equivocaciones. NICETO BLÁZQUEZ, O.P.

No hay comentarios:

Publicar un comentario