CAPITULO III
MAGISTERIO INTELECTUAL
(1968- 2002)
1. Evaluación global de mi carrera intelectual
Como puede apreciarse em mi currículo académico (Memorias,
t. IV), este período de mi vida fue intelectualmente intenso y mis actividades
se centraron en tres campos complementarios bien definidos: la docencia
académica universitaria en diversos Centros Superiores, escritos y
publicaciones y actividades pastorales extra-académicas. En estos tres primeros
capítulos quedan reflejadas esas tres áreas de acción por orden cronológico
destacando algunos aspectos y anécdotas a modo de comentario. En términos
generales se aprecia una etapa inicial centrada en el pensamiento de S. Agustín
y la síntesis de esta etapa quedó reflejada en la obra titulada Introducción a la filosofía de S. Agustín, aparecida
en 1984.
Mi incorporación a la Universidad Complutense de Madrid
significó la clausura de esta etapa y el comienzo de otra nueva centrada en la
ética de los medios de comunicación. De esta época son las obras Ética y medios de comunicación y La nueva ética en los medios de
comunicación. Pero mi gran preocupación desde 1971 fue el tema de la vida
humana como puede apreciarse en las obras: Bioética
fundamental; Bioética, la nueva
ciencia de la vida; La bioética y los
hijos del futuro y más tarde Bioética y Biotanasia. Hablando de la
vida, mis trabajos sobre la pena de
muerte alcanzaron notable prestigio y fueron objeto de una tesis doctoral
en Roma. Estos trabajos me reportaron una satisfacción profunda como servicio
de amor a la vida, incluida la de los criminales.
Otro tema que terminó acaparando mi atención como
objeto de investigación y estudio fue el Uso
de la razón. Pronto empecé a convencerme de que muchos de los problemas
personales y sociales que no encuentran solución en el presente podrían ser
evitados en el futuro o al menos atenuados, si la gente aprendiera a usar esta
facultad específica de los seres humanos. En la obra El uso de la razón hablé ampliamente de este problema como
experiencia personal del estudio y enseñanza de la filosofía a lo largo y ancho
de mi vida. Repasando el currículo, resulta obvio que todos los problemas
fuertes de mi tiempo fueron de una u otra forma objeto de mi consideración.
Como prueba de ello, baste recordar los títulos de publicaciones relacionadas
con los derechos humanos, el marxismo, la pena de muerte, la bioética, la
información, la prostitución, el terrorismo, o los pecadores y delincuentes en
la Iglesia y problemas directamente relacionados con las diversas formas de
entender y practicar el amor humano. En los años maduros, confinado por la
pandemia del coronavirus, me ocupé preferencialmente de divulgar mi teoría del
amor personal y de responder a través de la revista Studium a cuestiones
gravísimas emergentes como la ideología de género, el contrato contrasexual y
la eutanasia, como puede verse al final de este resumen memorial la relación de
mis últimas publicaciones en tiempo de pandemia. También, a pesar de mis
limitaciones personales de todo tipo, tuve el honor de colaborar de alguna
manera en la restauración de la gran biblioteca del convento de san Pedro
Mártir en Madrid.
2. Colaborador Honorífico y Asociado de Universidad
Los
cursos académicos 1979-1983 fueron muy ricos en experiencias. Finalizado el
Doctorado, me dediqué en cuerpo y alma a preparar mis clases en los Institutos
de Filosofía y Teología y abrirme al mundo de la intelectualidad al tiempo que
me introducía con mis estudios y publicaciones en los problemas más candentes
de aquella época convulsiva. Me sentía feliz y plenamente realizado así sin
complicarme la vida. Mi estado de salud tampoco me permitía hacerme ilusiones
buscando otros compromisos fuera del alcance de mis fuerzas. Así estaban las
cosas cuando supe que en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense
algunos catedráticos amigos míos habían hablado de mi posible incorporación a
la Facultad de Filosofía tras la defensa de la tesis doctoral. De hecho, cuando
después surgió la necesidad de contratar a un profesor, hicieron gestiones ante
mis autoridades académicas en los Institutos de Filosofía y Teología a fin de
sondear mi disponibilidad para introducirme en la Facultad de Filosofía de la
Complutense. No se me informó de esta consulta y, al parecer, el presidente de
los Institutos de turno les sugirió que se olvidaran de mí alegando los
múltiples compromisos que yo tenía ya adquiridos.
Lo
extraño es que estas gestiones tuvieron lugar sin contar conmigo para nada. El
catedrático José Todolí, O.P, comentó después con extrañeza este alejamiento
mío de la Complutense tras la defensa de mi tesis doctoral. Después de que todo
esto ocurriera Xavier Zubiri me aconsejó que, aunque el ambiente reinante en la
Universidad civil no fuera de mi agrado, no me alejara de la Complutense. Esta
recomendación de Zubiri la sentí casi como un deber de conciencia. Por otra
parte, el vivir la experiencia de la universidad civil me atraía mucho y tenía
buenos motivos para no perder la oportunidad. Así las cosas, me nombraron
Colaborador Honorífico de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía
y Ciencias de la Educación de la Universidad Complutense durante los cursos
académicos 1979-1983.
La
figura del Colaborador Honorífico no tenía estatuto propio como profesor, ni
percibía remuneración económica ninguna. Su función era enriquecer la docencia
de algún Departamento sin ánimo de lucro. Ni siquiera podía impartir clases
para suplir a los profesores. Mi misión, pues, consistió en ayudar a los
estudiantes en consultas privadas y coloquios públicos complementarios sobre
temas importantes relacionados con alguna asignatura particular. Tampoco se
excluía mi eventual participación en algún proyecto de investigación. En estas
condiciones no dudé en aceptar ser colaborador. Esto me permitía introducirme
en la Universidad de una manera agradable, progresiva y al mismo tiempo
compatible con mis obligaciones en los Institutos de Filosofía y Teología. El
tiempo diría después si convenía o no seguir adelante con vistas a entrar en la
dinámica del escalafón universitario.
El
primer año las cosas discurrieron con toda normalidad y resultados
prometedores. Entre otras actividades programé unos coloquios de libre
asistencia los sábados a media mañana. La concurrencia fue sorprendentemente
numerosa y alguien lamentó que no dispusiéramos de más tiempo para prolongar
los debates. Dado el buen resultado de los mismos, decidimos organizar un
Congreso de Filosofía sólo para estudiantes. La idea era que ellos y sólo ellos
fueran los protagonistas de la organización y de las ponencias. Pero todo
nuestro gozo en un pozo. Al comienzo del
segundo curso un profesor de la Facultad de Filosofía e ideólogo comunista
beligerante levantó una calumnia contra mí. Según él, yo, en calidad de
profesor “honorífico” habría supuestamente sustituido en las clases al profesor
en cuyo Departamento prestaba mis servicios. De lo cual deducía que yo habría
recibido la compensación económica correspondiente. Con la circunstancia
agravante de ser yo un eclesiástico. ¡Un eclesiástico impartiendo clases en la
Universidad! Este comunista era bien conocido por su cerrilismo y, como supe
después, tenía cuentas pendientes con mucha gente. Nunca tuve el disgusto de
hablar con él, pero había formulado la acusación contra mí y las autoridades
académicas tenían que tenerla en cuenta. Mientras tanto nuestro proyecto de
Congreso se fue al traste e incluso suspendimos las actividades del año anterior
hasta conocer la posición de las autoridades de turno.
Les
informé a los estudiantes de lo ocurrido e inmediatamente propusieron organizar
una huelga de protesta en mi defensa. Los alumnos fueron informados desde el
principio sobre quién era yo y qué es lo que estaba haciendo allí por ellos sin
recibir la más mínima compensación económica. Esto lo conocían de antemano los
estudiantes y eran testigos directos de que jamás había yo hecho suplencias de
clases a nadie. Se comprende que su indignación fuera grande, pero los aconsejé
que desistieran de hacer nada por defenderme con acciones perturbadoras. Por
otra parte, las autoridades académicas conocían bien al calumniador, así como
las actividades que yo realizaba. Por ello no había nada que temer. Como
respuesta a toda esta movida el Rectorado expidió el documento por el cual
ratificaba mi nombramiento como profesor honorífico. Fue la respuesta
administrativa a la calumnia. Poco tiempo después en la Facultad se planteó la
cuestión sobre la continuidad en la docencia de este catedrático calumniador.
Cuando nuestro Departamento se reunió para estudiar el caso, me llamaron para
que asistiera a la discusión y me informara sobre la personalidad conflictiva de
aquel personaje. Unos eran partidarios de jubilarlo anticipadamente con pensión
completa alegando que no era persona apta para la docencia. Otros, en cambio,
eran partidarios de llevarle a los tribunales y exigirle responsabilidades
penales por su conducta violenta con varias personas. El tiempo se encargó de
taparlo y olvidarlo todo, incluidas mis actividades como profesor honorífico.
En cualquier caso, fue una experiencia muy positiva con los estudiantes y la
puerta de ingreso en la Universidad se había abierto. Pero antes de seguir
adelante me parece oportuno dejar constancia de la anécdota siguiente.
Aunque
mi trabajo como profesor honorífico no tenía compensación económica, ello no
excluía que, si colaboraba en algún trabajo de investigación del Departamento,
recibiera la compensación asignada al trabajo realizado como cualquiera otro
colaborador. Pues bien, sucedió que trabajé en un proyecto y se me asignó la
remuneración correspondiente. Cuando ya había yo cobrado la cantidad asignada,
el profesor con el que colaboraba me pidió el dinero recibido como compensación
por su apoyo para que yo pudiera estar allí haciendo mis experiencias. Luego me
dijo que yo, como fraile dominico, no tenía necesidad de ese dinero mientras
que él sí la tenía para poder pagar un viaje de placer que hacía tiempo había prometido
a su esposa. Vino a mi casa a pedirme el dinero y se lo entregué íntegramente
en efectivo. Así estaban las cosas cuando en la Facultad de Ciencias de la
Información solicitaron una plaza de Ayudante Contratado de Derecho y Deontología de la Información.
José María Desantes Guanter, que a la sazón era el director de este
Departamento, se personó en mi casa persuadiéndome para que presentara mi
candidatura. Terminé accediendo a su petición, pero las cosas no estaban nada
fáciles. Había un personaje en el Departamento que desde el primer momento que
supo de mi candidatura hizo cuanto pudo para impedir mi acceso.
Según
me informaron después, en la Comisión que arbitraba sobre las diversas candidaturas
no había lugar a dudas de que mi curriculum
puntuaba el primero. Pero tuvo lugar una pelea descomunal por parte de este
señor para devaluar y disminuir lo más posible los datos de mi curriculum a favor de su candidato. No
hubo consenso y la Comisión hubo que ser sustituida por el Departamento en
pleno, que dictaminó en mi favor. Perdida su batalla, el profesor hostil
prometió no pisar en el Departamento estando yo presente, cosa que cumplió
puntualmente durante algún tiempo como signo de protesta. Me parece oportuno
añadir que esta persona, a la que yo antes no conocía de nada, era un sacerdote
que había abandonado el ministerio sacerdotal y la Orden religiosa a la que
pertenecía por razones psicológicas patentes a todos. De hecho, tuvo que ser internado
más de una vez a causa de depresiones profundas. Pero dejemos la historia de
este personaje singular que tantos quebraderos de cabeza siguió dándome
después. Una vez que el Departamento se había pronunciado por mi candidatura,
el Decano de la Facultad tenía la obligación de tramitar el expediente
enviándolo al Rectorado para su ratificación y puesta en práctica. Cosa que no
hizo. Según me informaron después, lo retuvo en su despacho hasta que alguien
le advirtió de que, si no lo remitía al Rectorado en el plazo de los seis meses
establecidos por la ley, le acusaría de algunas gestiones suyas poco limpias
como Decano. Al parecer esta amenaza surtió efecto y comencé a cumplir con mis
obligaciones en el Departamento.
Por
aquellas fechas había muchas huelgas de estudiantes y movidas de todo tipo en
la Facultad de Ciencias de la Información. En este contexto surgió la necesidad
de cubrir clases y el profesor hostil a mi candidatura, a la sazón Vicedecano,
se vio en la necesidad de recurrir a mí para que me ocupara cuanto antes de un
curso a fin de evitar mayores problemas y mientras se tramitaba mi candidatura
como Profesor Encargado de Curso, ya que como Ayudante no podía asumir todas
las responsabilidades académicas. Este fue el comienzo de una actitud pintoresca
por su parte que iba a ser la constante en el futuro. Las mismas personas que
hicieron cuanto estuvo de su parte para que yo no tuviera acceso a la Facultad
me utilizaron después cuando les era útil para sus intereses o resolver sus
problemas. Pero este es otro capítulo fascinante del que no quiero hablar aquí.
Lo cierto es que el Departamento solicitó una plaza de profesor encargado de curso
de Derecho y Deontología de la Información. La plaza me fue otorgada y en ella
permanecí hasta la reforma de 1987. Durante esos años cabía pensar que tenía
las puertas abiertas para acceder a una Titularidad, que fue siempre mi
objetivo con el fin de estabilizar mi situación administrativa y poder hacer
cosas útiles. Jamás tuve interés por concursar a Cátedra. No lo consideré
necesario para realizar mi vocación intelectual y menos aún para transmitir a
los demás la verdad de la inteligencia y de la revelación cristiana.
En
1987 se produjo una reforma importante en la vida académica universitaria
española y pudo haber sido la ocasión adecuada para introducirme de forma
natural y sin conflictos con el estamento académico. Hubiera bastado la
presentación de mi curriculum intelectual
por aquellas fechas para superar con amplio margen la prueba requerida por la
nueva ley. Pero una de las cláusulas era que el concursante llevara como mínimo
tres años consecutivos contratados en la Universidad. Sin el cumplimiento de
esta cláusula no se admitía la candidatura a méritos académicos. Yo sólo
llevaba dos años contratado por lo que no pude optar al concurso de méritos que
era mi mejor oportunidad. La opción ahora, si quería continuar en la
Universidad, era optar inmediatamente por la candidatura de Profesor Asociado.
Para ello yo reunía todas las condiciones señaladas por la ley y no hubo
ninguna dificultad en hacer el cambio de contratación. En principio este nuevo
rango de profesor era para mí muy honroso, pero no reportaba ventajas
económicas ni garantizaba mi continuidad en la Universidad a largo plazo, que
es a lo que yo aspiraba, incluso sin compensaciones económicas significativas.
De ahí que aprovechara la única oportunidad que surgió de acceder a la
Titularidad durante los veinte años que siguieron después con resultado
negativo. Pero esta experiencia merece trato aparte. Sumariamente me ha
parecido útil recordar lo siguiente.
3. Oposiciones a Titular
De acuerdo con la disciplina administrativa entonces
vigente, el inicio de mi oposición a Titular de Universidad tuvo lugar el 27 de
marzo de 1996. Llegué a las once horas de la mañana y me recibieron algunas
personas amigas deseándome éxito, aunque convencidas de que el tribunal,
presidido por el antiguo Decano al que he aludido antes y en edad de
jubilación, nunca estaría de mi parte. Sabían ellos que todo estaba decidido
antes de que se celebraran los actos reglamentarios de puro trámite. A las doce
horas en punto los candidatos fuimos llamados por orden alfabético y seguidamente
entró el escaso público asistente. Conociendo que el tribunal había decidido de
antemano a quién iba a otorgar la plaza de Titular, una de las candidatas
decidió aquella misma mañana no presentarse. A continuación, nos pidieron que
hiciéramos entrega de nuestros documentos. Yo presenté varias bolsas de libros
y trabajos publicados ante el asombro del público. Hecha la presentación de
nuestros documentos curriculares, el presidente del tribunal nos entregó de
forma sorpresiva un papel no impreso en el que, sin ninguna explicación previa,
se nos instaba imperiosamente a los concursantes a firmar nuestra renuncia a
los plazos establecidos por la ley para el comienzo de la primera prueba.
Yo pedí una explicación sobre esta extraña proposición
y se negó a darla. Entonces le recordé respetuosamente lo que prescribía la ley
sobre los plazos entre la primera y la segunda prueba, así como mi deseo de que
se cumpliera estrictamente lo establecido por la ley, según la cual, la primera
prueba debía comenzar a partir del día siguiente de la presentación de
documentos y del currículo por parte de los concursantes. Le recordé también lo
establecido por la ley en el sentido de que los concursantes y los miembros del
tribunal debían conocer esa documentación antes de proceder a las pruebas. Cosa
que resultaría prácticamente imposible si no se respetaban los plazos
preceptuados entre la entrega de los documentos y la celebración de las
pruebas. Estas observaciones irritaron mucho a uno de los miembros del
tribunal. Pero el presidente reconoció que yo tenía razón y, en consecuencia,
interrumpió la sesión y se retiró con los miembros del tribunal para deliberar.
El resultado de la deliberación fue que las pruebas, de acuerdo con lo
estipulado por la ley, comenzarían al día siguiente a las nueve horas de la
mañana.
¿Hice bien o hice mal negándome a firmar el panfleto?
Algunos interpretaron que hice mal porque había irritado al tribunal. Pero la
opinión general fue que mi gesto tenía un significado moral importante como
denuncia civilizada de las corruptelas del tribunal capitaneado por su
presidente, del que cabía esperar cualquier cosa como el incumplimiento de la
ley, si ello era favorable a sus objetivos. Por ejemplo, pedirme descaradamente
durante la celebración de las pruebas que retirara mi candidatura. El día 28 de
marzo todo estaba consumado. La plaza fue otorgada a la joven candidata
predestinada, a la que felicité sinceramente, lo cual no significaba que yo
convalidara el proceso que la había llevado a su triunfo. Ella era plenamente
consciente de ello. Había sido alumna nuestra y yo mismo había colaborado para
que se fuera afianzando en la Facultad cediendo de mis derechos en el
Departamento. Me siento muy satisfecho de haberla ayudado y me he alegrado
siempre de sus éxitos posteriores. Ella, por su parte, nunca desaprovechó
después la ocasión de expresarme su reconocimiento y simpatía. El problema de
fondo no era ella sino las corruptelas en la promoción de las plazas
universitarias. Lo que digo a continuación sobre el proceso de las pruebas
puede ser útil para evaluar aquellos hechos, que para mí fueron fuente de
experiencia y reflejan la forma corrupta de actuar de un tribunal de
oposiciones, como espejo de una situación bastante generalizada por aquella
época en la Universidad.
4. Impresiones
personales sobre el desarrollo del concurso
Primero voy a intentar presentar
una imagen global de lo acaecido para después descender a algunos detalles
significativos sobre la forma de proceder del presidente y de los miembros del
tribunal, los cuales, como queda dicho, habían tomado previamente posición a
favor de la joven candidata, la cual tenía un curriculum intelectual y
docente inferior al del resto de los concursantes. Pero los miembros del
tribunal habían sido bien amaestrados por el presidente para descalificar sin
compasión a cualquiera que pudiera hacer la menor sombra a su favorita. Cabía
pensar que, si se hubieran presentado cien concursantes más, todos hubieran
sucumbido por igual como condenados por la justicia ante un pelotón de
fusilamiento. La ley, por ejemplo, destacaba explícitamente la importancia del currículo docente y de investigación de
los candidatos. Pero esta matización legal favorecía muy poco a la candidata
del presidente del tribunal por relación al resto de los concursantes. Para
salvar este escollo legal la estrategia consistió en bloquearlo ya desde el
principio. ¿Cómo? Haciendo caso omiso del currículo o trivializando
descaradamente su contenido. En mi caso concreto ni siquiera se hizo alusión a
mis trabajos más importantes relacionados con la información. Cabe pensar que
ni se habían molestado en verlos. O si los vieron decidieron silenciarlos como
si no existieran. El silenciamiento cómplice es siempre una técnica de
manipulación muy eficaz.
Durante la intervención de la predestinada el
presidente del tribunal se mostró eufórico haciendo gestos teatrales de
admiración hacia su favorita. El secretario del Departamento de Periodismo III,
a su vez, se encargó de ayudarla con pequeños detalles asistenciales como si
fuera su niñera. Por el contrario, cuando llegó mi turno, el presidente empezó
a hacer gestos despectivos como si no le interesara siquiera escuchar mi
exposición reglamentaria. Todo lo que yo decía sobre mi curriculum
destacando los aspectos más significativos del mismo provocaba en él extrañeza.
La comedia estaba perfectamente montada, pero empezó a ponerse nervioso y a
fumar con la ansiedad de un adolescente. En algún momento he pensado que debí
marcharme de su presencia haciendo que la comedia terminara en tragedia. Pero
pudo más la convicción de que era mejor permanecer allí para poder hablar
después como testigo directo de una forma de proceder impropia de profesionales
universitarios. Sobre la intervención particular de los miembros del tribunal
cabe destacar lo siguiente. Uno de ellos, conocido en la Facultad como el
lazarillo del presidente, dijo que en Teoría de la Información se podía
prescindir por completo de mi memoria
y proyecto de investigación tratando de trivializar mi exposición. Llegó a
calificarme de aficionado, aunque después rectificó reconociendo que se le
había ido la lengua. Consideró un fallo grave el haber encontrado en mi texto
un título corregido con una pegatina. Su acusación fundamental a mi proyecto
fue que, contra lo que yo pretendía, la ética no tiene cabida en la Teoría
General de la Información. ¿Entroncar la ética en la TGI? O lo que es igual:
¿ética para los medios de comunicación? El interrogante equivalía a una
descalificación autoritaria de mi hipótesis de trabajo sin dejarme margen para
que le respondiera como era mi derecho. En coherencia con lo anterior dijo que
en Teoría de la información se podía pasar sin el proyecto que yo presentaba.
Yo podía haberle respondido ad hominem que la Teoría de la Información
podía pasar igualmente y con mayor razón de sus libros y de todos los que
habían escrito los miembros del tribunal. Pero la voz de mi conciencia me
aconsejó no entrar en una confrontación personal evitando el ponerme moralmente
a su bajo nivel.
La única mujer que formaba parte
del tribunal, y de la que yo esperaba sensatez y humanidad, no fue menos
expeditiva y contundente. Dijo que mi curriculum
era muy filosófico y, pasando olímpicamente del mismo, se centró en el programa
de la asignatura. Lo acusó de sobrecarga de periodismo, defectos de conexión
interna y otros detalles particulares como la lógica de las lecciones, algunas
de las cuales distribuiría ella de otra manera. Lo mismo que el anterior, se
decantó contra mi tesis del entroncamiento de la ética y deontología de la
información en la Teoría General, con lo cual me daba a entender que su voto
negativo estaba asegurado. La verdad es que esta señora no demostró estar
capacitada para valorar con objetividad mi curriculum ni mi proyecto de
investigación y se limitó a seguir la consigna del presidente del tribunal de
descalificarlo sin reparar que en el modo de hacerlo se estaba descalificando a
sí misma en público poniendo de manifiesto su falta de humanidad e
incompetencia profesional.
El siguiente miembro del tribunal
que tomó la palabra parecía una momia etarra. Dijo en tono desafiante que mi
programa resultaba imposible de realizar en la práctica y calificó mi respuesta
a esta observación de demagógica. No entendía el porqué de la lección 45,
dedicada a los problemas de la información en los países del Este europeo
después de la caída del muro de Berlín ni en los países del Tercer Mundo. Que
había encontrado una falta de ortografía. Y lo que es más grave. Confesó que yo
había escrito muchísimo, y que en uno de mis libros había escrito sobre la
información y el terrorismo “de oído”, sin tener la experiencia de haber sido
amenazado de muerte. Que para escribir sobre este tema hay que mancharse más.
De su provocador alegato cabía deducir que
para escribir sobre información y terrorismo con objetividad uno tiene que
estar amenazado constantemente de muerte por terroristas o practicar el
terrorismo. No perdí la calma en ningún momento y con este interlocutor menos
todavía. Cabía pensar por precaución que, procedente de Bilbao, no era ajeno a
la banda terrorista que campeaba por aquellas hermosas tierras y había que
extremar la prudencia. A pesar de todo se me concedió la palabra para
responderle y le dije que, contra lo que él presuponía gratuitamente, yo
también había conocido la amenaza de muerte con pistola y navaja y había oído
pasar cerca de mí el silbido de las balas. Aparte de que, para escribir sobre
esos temas, lo que se requiere es mucha sensibilidad, delicadeza y prudencia, y
no necesariamente experiencia de terrorista o de aterrorizado como él suponía.
Por si esto fuera poco, le recordé mis colaboraciones en materia de terrorismo
e información en el Instituto Vasco de Criminología de S. Sebastián y con la
corporación Rex pública de Bilbao, lo cual ponía en evidencia la consideración
favorable que desde el País vasco había merecido mi forma de tratar esos temas.
Podía haberle replicado que si lo
que me insinuaba era que, para hablar de información y terrorismo, hay que
convivir con terroristas o practicar el terrorismo, su insinuación podía ser
objeto de denuncia judicial. Pero la voz interior de la conciencia me aconsejó
una vez más dejar las cosas como estaban. Este hombre no estaba para razonar
con él. Insistió testarudamente en que mi programa era irrealizable en la práctica
y que la explicación que yo había dado para justificar su extensión y la
posibilidad de acomodarlo a las circunstancias temáticas y de tiempo
disponible, basado en mi larga experiencia docente, era más bien demagógica
para descalificar a la joven concursante. Como quiso hacer alarde de su
experiencia para reafirmarse en la descalificación de mi programa por su
extensión y densidad de contenido, todavía pude replicarle lacónicamente que, si
él no era capaz de adaptarse al tiempo disponible limitándose a explicar los
puntos más esenciales, yo sí que era capaz de hacerlo y lo había hecho muchas
veces con éxito cuando ello fue menester. ¡Alguna ventaja habría que reconocer
a mis años de experiencia! Por supuesto que en ningún momento traté de
compararme en nada con la favorita del tribunal y sólo hablé de lo mío. Por
estos detalles resultaba obvio que ni se había molestado en mirar mi obra Ética
y medios de Comunicación ni el curriculum en el que se hablaba de estas
actividades mías relacionadas con el terrorismo y la información. Esto le
hubiera llevado un tiempo considerable que se ahorró alegremente.
Por fin salió al ruedo el otro
banderillero del tribunal y empezó refiriéndose a mi curriculum, que
calificó de realmente brillante por su trayectoria humana y abrumador por el
número de publicaciones. Un gran trabajo, dijo, al que rendía homenaje. Pero
seguidamente se apresuró a trivializar su valor lamentando el que alguien no me
hubiera desaconsejado presentarme al concurso. A su juicio, ni mi brillante
currículo ni mi proyecto de investigación se ajustaban al perfil de la plaza en
cuestión. Y lo que es más grave. Además de no aportar ninguna razón para
justificar su despótico y maquiavélico veredicto, hizo estas alegres
afirmaciones expresándome su deseo amenazador de que no tratara de hacer uso de
la palabra para responderle. Llegaron así hasta el extremo de negarme el
derecho a responder en defensa de mi persona y de mi currículo, y todo ello con
la aprobación explícita del presidente del tribunal que era el capitán de la
operación.
Obviamente me abstuve de hacer uso
del derecho a responderle para que su arbitrariedad quedara justamente en el
punto que la hace siempre reprobable y susceptible de denuncia. Como la
decisión de descalificarme estaba tomada de antemano, me pareció más prudente
reservarme el derecho y la posibilidad de poderla denunciar después ante los
tribunales de justicia si ello fuere menester. Así las cosas, el presidente ordenó
levantar la sesión para deliberar. Ni siquiera se dignó hablar él mismo
presentando su punto de vista, sino que se limitó a dirigir los ataques de los
demás previamente entrenados. Todo estaba clarísimo. No pudiendo la concursante
favorita competir con su curriculum,
el tribunal había adoptado de antemano la estrategia de silenciar este
importante aspecto legal del concurso y ridiculizar los aspectos del mismo
menos vinculados con la Teoría de la Información, centrando exclusivamente la
atención en el programa y el proyecto, que es lo único que, con el
asesoramiento previo de su protector, podía ofrecer su apadrinada candidata. Mi
proyecto fue descalificado pura y simplemente por pretender vincular la ética a
la teoría de la información. Una hipótesis hipócritamente no reconocida por el
tribunal, cuando en realidad estaba en la misma línea de los escritos de tres
de los miembros del mismo, incluido el presidente. Por este solo detalle se
puede apreciar el grado de hipocresía que suponía dicha descalificación. Por lo
demás, todas las cosas que yo dije explicando el significado de algunos de los
puntos más relevantes de mi curriculum
fueron interpretadas en mi contra. Algo así como si todos los cartuchos que yo
llevaba preparados en mi defensa hubieran empezado a dispararse automáticamente
contra mí.
El presidente se propuso llevar a
cabo la primera prueba como los juicios sumariales militares sin permitir
diálogo ni debate propiamente dicho, sino sólo el tiempo indispensable para que
cada miembro del tribunal descalificara por la vía rápida a los concursantes
prejuzgados de antemano. Además de forma sorprendentemente irrespetuosa,
agresiva y altiva. Todo lo dicho nada tiene que ver con la agraciada, que
estaba en su derecho a concursar como los demás. Y además lo que hizo lo hizo
bien siguiendo puntualmente las instrucciones recibidas de su protector. Otra
cosa es la conducta del tribunal capitaneado por su presidente, cuya actuación
tendenciosa se puso de manifiesto desde el primer momento con gestos propios de
un comediante irrespetuoso.
Hacia las diez horas de la mañana
del día siguiente me llamó por teléfono el director del Departamento de
Periodismo III para ponerse a mi disposición. Me dijo que yo era una persona de
grandes valores, pero que me faltaba experiencia de oposiciones. En
consecuencia, que se ponía a mi disposición para hacerme triunfar en el futuro
con sus consejos inspirados en su larga experiencia en estas batallas. Le
agradecí su oferta, pero también le recordé que yo no podía poner en peligro mi
prestigio personal entregándome al juego institucionalizado de la astucia para
conseguir un puesto en la Universidad. Le di a entender con delicadeza que si
era la experiencia en el arte de la astucia lo que se requería para que la
institución universitaria reconociera los presuntos valores personales míos, y
que él reconocía, yo renunciaba de antemano a los éxitos que me auguraba. Me
dijo que, a su juicio, el tribunal me había tratado con dureza desmedida y que
uno de los miembros estaba dispuesto a pedirme disculpas.
Mi impresión de esta conversación
telefónica fue que el director del Departamento estaba preocupado por la
opinión pública, la cual lógicamente no podía ser favorable ni para los
miembros del tribunal ni para él mismo como director del Departamento. Para
quienes supieron lo que había ocurrido lo indignante no fue tanto el resultado
final como el trato discriminador e irrespetuoso dispensado por el tribunal a
los concursantes descalificados. Nos trataron a degüello y sin piedad ridiculizando
sin pudor el valor de nuestros méritos académicos y legales. En mi caso
reconocieron hipócritamente después que se habían excedido hasta el punto de
pedir excusas tratando de dar la impresión de que lamentaban lo ocurrido. Pero
ellos habían logrado sus objetivos sin reparar en los medios utilizados.
El paso siguiente fue cuidar su
imagen interpretando cínica y sagazmente los acontecimientos en su favor. De
todos era sabido que había pactado con el presidente del tribunal el facilitar
la asignación de esta plaza a la joven concursante, a cambio de su poderosa
influencia para asegurarse los votos inciertos para ser elegido director del
Departamento. Desde el momento en que quedó vacante la plaza sacada a concurso
público, dicho presidente se autoproclamó inapelablemente presidente del
tribunal para decidir el destino de la misma en favor de su protegida y de sus
intereses personales con la colaboración explícita del director del
Departamento, el cual pagaba así el precio de los votos que le habían llevado a
la dirección del mismo. Desde el primer momento el director del Departamento
fue consciente de que el asunto de esta plaza no se llevaba de forma limpia y
con criterios de rigor académico y de justicia departamental. Incluso en alguna
reunión previa no ocultó su temor a que este concurso pudiera dar lugar a que
interviniera la prensa y fuera recurrido ante la ley. Una profesora, que
conocía bien el percal, me comunicó posteriormente que, según informaciones
recibidas, el tribunal se había puesto previamente de acuerdo para invertir el
criterio legal de evaluación considerando en último lugar el curriculum
y la experiencia docente y de investigación, que es lo que la preceptiva legal
colocaba en primer término y en lo que la favorita no podía competir con
ninguno de los otros concursantes.
Yo tenía razones personales para
vetar al presidente del tribunal. Tenía la impresión de que no soportaba mi
condición de religioso dominico y que me había discriminado sistemáticamente
desde hacía algunos años. En una ocasión vino a mi despacho a disculparse.
Según él, la opinión pública le acusaba de ser él el culpable de que yo no
fuera profesor Titular. Me dijo que eso
era falso. Que, si hubiera querido hacerme algún daño, lo hubiera podido hacer
con relativa facilidad cuando fue Decano y que ahora era un hombre sin
influencia en la Facultad. Le tranquilicé manifestándole que, dada nuestra edad
y experiencia de la vida, podía él estar tranquilo, ya que yo no daba
importancia a las murmuraciones, chismorreos e intrigas de pasillo. Que
aceptaba su descargo de conciencia y asunto terminado.
Sin embargo, recordando ahora su
actitud pública de desprecio hacia mi curriculum académico y falta de
respeto a mi persona durante la celebración del concurso, me cuesta creer que
no fuera un hombre maquiavélico y que aquel presunto descargo de conciencia no
fue más que un acto de hipocresía. Por esta razón me alegro de no haberle
vetado como presidente del tribunal. Ni siquiera me pasó por la mente recurrir
su actuación alegando trato discriminatorio y falta de objetividad legal. Con
este tipo de personas lo más prudente es evitar tener que discutir con ellas.
La mejor respuesta a sus comportamientos maquiavélicos es el respeto personal
-que ellos niegan a los demás- acompañado del más sepulcral silencio dejándolos
solos con las mordidas de su propia conciencia moral, si es que no la han
perdido. En cualquier caso, me alegro de haber tenido esta experiencia y bien
sabe Dios que no quedó en mi corazón el más mínimo sentimiento de frustración o
de rencor hacia las personas que me negaron el debido respeto durante la
celebración del concurso.
¡Y lo que es la ironía de la vida!
Cuando le llegó el turno de jubilación al presidente de este tribunal, pidió
recibir el título de emérito con la posibilidad de continuar impartiendo
docencia. Pues bien, la segunda vez que solicitó esta gracia le fue denegada en
votación secreta por el propio Departamento y sólo gracias a la generosidad del
Rectorado de la Universidad pudo llevar a cabo su deseo. Pero, insisto, con el
voto negativo previo del Departamento, lo cual equivalía a una descalificación
moral pública de sus formas de conducta.
Por el contrario, yo avisé
oportunamente para que al cumplir los 65 años de edad no contaran más conmigo.
Cuando llegó el momento de la despedida por iniciativa mía, el Departamento me
pidió “por favor” que aceptara seguir impartiendo la docencia por lo menos un
año más. Sería largo de contar cómo y por qué se produjo este fenómeno, pero lo
que me interesa destacar es el hecho de que, al cabo de veinte años, este
hombre, que se había propuesto que yo no llegara nunca a conseguir la
titularidad universitaria, fue moralmente descalificado en una votación secreta
por el mismo Departamento que a mí me pidió por favor que no me marchara. Un
ilustre catedrático me aconsejó que aceptara la propuesta de no marcharme,
aceptando seguir siquiera un año más, para evitar que algunos interpretaran mi
rechazo como una represalia al trato poco justo que yo había recibido por parte
del Departamento durante dos décadas. Me pareció que fue un buen consejo y
acepté seguir un año más. Así las cosas, asumí la jubilación definitiva con
mucha satisfacción ya que, a pesar de los malos ratos que me tocó pasar, como a
todo el mundo, el balance de mi gestión en la Universidad Complutense de Madrid
fue altamente positivo. Eso sí, todo valió la pena gracias al trato agradecido
y cariñoso que siempre recibí de mis alumnos y alumnas. Económicamente cobré
siempre el sueldo mínimo universitario, pero humanamente tengo la impresión de
que el respeto y amistad que la mayoría de mis alumnos y alumnas me dispensaron
fue el pago más gratificante al que un profesor universitario puede
aspirar.
En 1971 se produjo una noticia muy sensacional. Me
refiero a los intentos de producir vida humana en el laboratorio prescindiendo
por completo de las relaciones sexuales de toda la vida. Se trataba de la
fecundación “in vitro”. Pronto me percaté de que lo que estaba en juego era la
vida humana y esto me fascinó de tal manera que no cesé de adquirir noticias y
conocimientos sobre el tema a través de todos los medios que estuvieron a mi
alcance. Muy pronto escribí un artículo para la revista Studium, titulado: La
fabricación de niños en tubos de ensayo. Un folleto que puede ser
considerado como la primera publicación en España de un trabajo monográfico
sobre el tema.
Dos cosas creo oportuno destacar aquí. En primer lugar,
se estaba gestando una nueva era de la humanidad reflejada en la Bioética como
nueva disciplina llamada a deliberar sobre la vida humana desde su gestación
hasta su ocaso. La vida estaba en juego y mi mente no podía pasar de largo. La
preocupación por el ser y suerte de la vida humana acaparó así gran parte de mi
atención intelectual hasta el día de hoy, como queda reflejado en el currículo.
En segundo lugar, me parece oportuno recordar algo anecdótico, pero altamente
significativo. Un editor de Madrid me había citado para hablar sobre la eventual
publicación de un trabajo mío de filosofía. En realidad, yo llevaba en la
chistera dos proyectos y el texto mecanografiado sobre “La fabricación de niños
en tubos de ensayo”, listo ya para ser publicado en la revista Studium. A penas iniciamos la conversación
el editor se percató de este texto e inmediatamente se interesó por verlo
olvidándose de lo demás. Después de una mirada somera me lo pidió para
publicarlo inmediatamente.
Grande fue mi sorpresa, pero, ante su insistencia, le
sugerí que me permitiera introducir algunas modificaciones de rigor ya que el
texto estaba redactado como artículo de revista y no con formato de libro. El
pequeño libro se publicó, pero la editorial estaba ya en quiebra de suerte que
no hubo lugar para el éxito editorial pronosticado por el editor. A pesar de
todo, la experiencia para mí fue buena por doble partida. Había encontrado una
nueva brecha de investigación de cara al futuro y al mismo tiempo empecé a
conocer los avatares editoriales. Muchas veces los intereses del escritor no
coinciden con los del editor. Otras, en cambio, los intereses del editor no son
satisfechos por los intereses de los lectores y compradores. Es todo un drama
porque esto da lugar a que en ocasiones los libros de menor valor suscitan más
interés que los mejores, que se quedan sin publicar. Esta situación se ha
agravado con la mediación de la publicidad y la propaganda como factor
comercial. A pesar de todo, tengo la satisfacción de poder decir que, hasta el
momento y a pesar de esas dificultades, todo lo que he escrito con la intención
de que sea publicado, antes o después, de una u otra forma, ha sido publicado.
No he ganado dinero, pero sí he recibido el pago de esta satisfacción.
6. La
responsabilidad de escribir
En
1972 se celebró en Brasilia el VIII
Congreso Interamericano de Filosofía. Por aquellas calendas yo hacía todo lo
posible por estar presente en estos eventos. Era la época de búsqueda de
experiencias y contactos personales con los líderes del pensamiento mundial. En
este sentido me es grato recordar lo siguiente. Dos filósofos mundialmente
conocidos por aquella época estaban hondamente preocupados por la forma de
reducir el pensamiento de los grandes filósofos antiguos y modernos a fórmulas
matemáticas de acuerdo con los cánones de la
lógica matemática o simbólica en pleno auge. Yo creía que los grandes
filósofos se distinguían por su acercamiento a la realidad y no por su
capacidad de especulación y manipulación de los conceptos vacíos de contenido.
Menos aún cabía en mi cabeza que hubiera que derramar el contenido de los
conceptos realistas para quedarnos sólo con los conceptos formales reducidos a
fórmulas matemáticas. Esto me parecía algo así como vaciar un huevo para
quedarnos sólo con la cáscara. Esta experiencia contribuyó a que en adelante se
acabaran para mí todos los mitos publicitarios entorno a tal o cual filósofo.
Mi conclusión fue que la calidad de un filósofo no puede establecerse nunca en
razón de su prestigio social sino de la validez de sus formas de pensar. Hubo
filósofos famosos como estos, que me decepcionaron, y otros que me causaron
admiración. La anécdota siguiente es también significativa.
Tan
pronto llegué a Brasilia me dirigí a la sede donde se iba a celebrar el
Congreso y pronto quedé sorprendido al ver que mi nombre figuraba en diversas
partes como secretario o presidente de diversas sesiones. Y lo que es más.
Durante las jornadas del congreso me vi rodeado de profesores universitarios y estudiantes
deseosos de hablar conmigo. Por fin llegó el momento de mi ponencia en un aula
repleta de gente y al final de la sesión llegó la gran sorpresa. Un pequeño
grupo de personalidades relevantes del pensamiento filosófico latinoamericano
me rodeó para felicitarme gozosamente. ¿Por qué su alegría? Porque, según me
explicó uno de ellos, todos los allí presentes creían que yo era una persona de
más edad y no tan joven como me habían encontrado. ¿Y por qué esta creencia?
Pues simplemente porque hasta aquel momento me conocían desde hacía mucho
tiempo por mis escritos en la revista Studium.
Escritos que ellos habían seguido con mucho interés. De ahí el gusto por
conocerme ahora en persona y encontrarme mucho más joven de lo que ellos
imaginaban.
Mi
asombro fue grande pero no perdí el tiempo y deduje inmediatamente esta
conclusión: mis escritos son leídos, luego en adelante he de ser más
responsable y pensar mejor lo que escribo. Hasta ese momento, en efecto, yo
escribía porque sentía placer en poner por escrito lo que pensaba sin imaginar
que mis escritos podían ser leídos y condicionar la vida de los demás. Fue una
llamada a la responsabilidad como escritor ya que lo escrito permanece y puede
ser leído por quien menos se piensa y ser causa de bien o de mal. A partir de
aquel momento entendí que el quehacer de escribir debía ser para mí una
responsabilidad ante los demás y no sólo un deporte, una forma de emplear el
tiempo o un negocio. Este criterio lo he mantenido en vigor en todo momento y
el resultado ha sido tan positivo que con el paso del tiempo me fío menos de lo
que hablo y más de lo que escribo. Yo mismo me siento mejor leyendo lo que he
escrito que recordando lo que he hablado.
7. Libertad de
expresión en Varna
En
el otoño de 1973 se celebró el XV
Congreso Mundial de Filosofía en Varna, Bulgaria. Eran los tiempos duros y
hegemónicos del comunismo en Europa y una oportunidad de oro que yo no podía
desaprovechar para conocer por mí mismo la triste realidad del comunismo
imperante y amenazador. Dos años antes había realizado la aventura de cruzar el
“telón de acero” y me sentía un experto entre aquellas personas supuestamente
intelectuales que caían en la trampa marxista como “tontos útiles”. Ya en el
viaje lamentaba yo que algunos de ellos que yo conocía no asistieran a estos
eventos para poner en evidencia su ingenuidad o malignidad. En el contexto de
este evento me parece oportuno recordar algunas anécdotas y después mi
experiencia como ponente.
En
el control aduanero del aeropuerto de Sofía, por ejemplo, una joven señora
francesa que llegaba conmigo estuvo a punto de sufrir un infarto. Al menos
cabía pensar en ello por el nerviosismo que tenía a causa de los terribles
controles a que éramos sometidos por parte de la policía comunista. Nunca ella
había tenido una experiencia tan desagradable y traté de consolarla echando
mano de mi experiencia. Durante la visita turística a la catedral de Sofía un
norteamericano estuvo a punto de dar saltos de indignación al tener que oír
resignadamente las explicaciones del guía sobre las obras de arte de la cripta
catedralicia. Según sus explicaciones, habría que sacar la conclusión de que
todo aquel complejo artístico era obra del régimen comunista. Durante todo el
tiempo del recorrido turístico éramos vigilados por personas que seguían de
cerca nuestras conversaciones para tomar nota de ellas, por lo que había que
evitar cualquier comentario crítico por la cuenta que nos tenía. Para este
menester el Régimen disponía de políglotas por todas partes. En un momento dado
me quedé sin cinta para la cámara fotográfica. ¿Cómo resolver este problema?
Sólo en un lugar oficial de Sofía era posible conseguirla y bajo condiciones
draconianas. En primer lugar, había que rellenar y firmar un formulario impreso
y después asegurar que las fotos serían reveladas dentro del territorio
búlgaro.
Durante
la celebración del Congreso logré que algunos jóvenes estudiantes posaran para
mi cámara aprovechando los momentos más discretos y lugares más recónditos del
recinto. Pero a causa de la prisa y el nerviosismo, pensando que pudieran
sorprendernos en la toma de fotografías, colocaba mal los carretes en la cámara
cuando los reemplazaba y, como consecuencia, todos ellos se desvelaron sin que
resultara revelada ninguna fotografía. Con ello perdí una documentación gráfica
de gran valor por el lugar, las personas y circunstancias que habían
protagonizado la aventura fotográfica. En uno de los descansos de las sesiones
de trabajo se me ocurrió invitar a tomar café a una joven estudiante que se
encontraba a mi lado observando en absoluto silencio. Muy sorprendida ella por
mi invitación me preguntó fríamente en otro momento por qué la había invitado.
La expliqué que en el mundo libre de Occidente una invitación como aquella era
una forma de cortesía y buena educación, además de una buena ocasión para
conversar sobre la marcha de las actividades culturales que se celebraban. Me
miró fijamente y aceptó la explicación. En otra ocasión aceptó de nuevo mi
invitación y me confesó en voz muy baja para que no la oyera nadie más que yo,
que nunca había tenido la experiencia de que un extranjero la invitara a tomar
café desinteresadamente. Tuve la sensación de que aquella “espía” del régimen
se había sentido feliz con mi invitación y traté de mantener contacto con ella
durante la celebración del Congreso. Me facilitó algunas informaciones útiles,
pero no volví a verla más. Estaba claro que todos los contactos y
conversaciones con los congresistas extranjeros no comunistas estaban
controlados.
En
otra ocasión me dirigí al Departamento de la URSS instalado en la sede del
Congreso para solicitar una entrevista con el director de la Academia de Moscú
el cual se encontraba presente al frente de la delegación de la Unión
Soviética. Mi objetivo era avisar de antemano que pasaría por Moscú y deseaba
visitar la Academia. Le expuse mi deseo a una joven funcionaria de la
delegación soviética y me contestó fríamente que pusiera la solicitud por
escrito. Así lo hice, entregué la solicitud escrita y sin más palabras por su
parte abandoné el recinto. Al día siguiente, cuando calculé que la gente pasaba
por allí a gestionar sus asuntos, me personé de nuevo para ver si había para mí
alguna respuesta. La funcionaria me respondió como un cardo diciendo que allí
no había nada para mí. Como yo ya conocía el percal, no manifesté ningún tipo
de sorpresa y al día siguiente, última oportunidad para contactar con el
personaje en cuestión, volví. Pero tan pronto se percató de mi presencia se
adelantó a decirme en tono casi amenazante que ya me había dicho el día
anterior que allí no había nada para mí. Como puede suponerse, abandoné el
recinto sin replicar como alma que lleva el diablo.
Pero había una joven, espía como todas las
demás, que hablaba muy bien español. Esta me seguía de cerca y yo no dejaba
pasar oportunidad de hablar con ella. Tan pronto regresé del Departamento de la
URSS me salió al paso y yo, ni corto ni perezoso, la expliqué lo ocurrido.
Cuando ella intentó darme una explicación, otro joven que se encontraba por
allí se acercó a nosotros y la increpó con estas palabras en correcto y
clarísimo español: “La orden del jefe, ¿cuál es?”. La joven enmudeció,
desapareció y no volví a verla más.
Un
día los participantes de habla española convinimos en almorzar juntos para
cambiar impresiones sobre la marcha del Congreso. Por cortesía invitamos a
comer con nosotros a una presunta periodista que hablaba muy bien español.
Después del almuerzo alguien nos hizo discretamente una señal para que
observáramos a nuestra ilustre invitada y así pudimos sorprenderla apagando la grabadora
oculta en la que había registrado nuestros comentarios antes de despedirse. Por
otra parte, yo tenía particular interés en hablar con los delegados de la URSS
que eran los que dominaban la situación. Había cuatro de edad madura con los
que conseguí platicar en diversas ocasiones. Nunca se podía hablar con uno solo
y por eso iban en grupos de no menos de cuatro personas para espiarse mutuamente.
Yo les hablaba con desenfado juvenil y provocador a sabiendas de que mi forma
de dirigirme a ellos les resultaba agradable. Ellos escuchaban, pero no
hablaban. A lo más hacían gestos ambiguos cuando los ponía en aprieto con mis
preguntas. Les decía irónicamente, por ejemplo, que yo no tenía experiencia
como ellos ni había conocido la segunda guerra mundial. O que en Occidente a
los jóvenes nos gustaba hacer el amor y no la guerra. Luego les explicaba el
significado de este aforismo de la época y los invitaba a visitar España
prometiéndoles alojamiento y cuanto necesitaran. Ellos no salían de su asombro
y me escuchaban con una sonrisa de simpatía y alivio. Yo tenía la impresión de
que estaban encantados de oír hablar a un joven inocente con el desenfado y
libertad que a ellos se les había negado. Pero hablemos ahora de mi
intervención en el Congreso y lo que ocurrió después.
Por
fin llegó mi turno y tomé la palabra. Según el reglamento disponía de diez
minutos para hacer mi exposición, pero de hecho me permitieron hablar durante
media hora sobre la libertad. ¿Por qué esta concesión a un joven presuntamente
inexperto y procedente de un país políticamente considerado enemigo de los
regímenes comunistas? Lo cierto es que durante los días siguientes a mi
intervención la gente se mostró más osada y hablaba con más libertad. Hasta tal
punto que se llegó a una verdadera confrontación dialéctica cuando un militante
socialista americano se atrevió a publicar los nombres y apellidos de filósofos
que habían sido vetados por los regímenes comunistas para participar en el
Congreso. Según él, se había practicado la “purga” interna de aquellos
considerados “no gratos” por el sistema comunista, cosa que para pensadores
auténticos resultaba absolutamente intolerable.
Durante la ceremonia oficial de clausura del
Congreso el filósofo austriaco Leo Gabriel se acercó a mí para decirme que mi
intervención en el Congreso había significado un antes y un después durante su
celebración. Le pregunté sorprendido si para bien o para mal y que si
consideraba que mi intervención no había sido acertada. Mira, me dijo, la
mayoría de los que estamos aquí hemos tomado parte de alguna forma en la
segunda guerra mundial. Tú, en cambio, eres inocente de toda esa desgracia y te
puedes permitir el lujo de hablar aquí con el desenfado y libertad que lo has
hecho sin que nadie te pueda quitar la palabra de la boca. Por esta razón
puedes estar tranquilo porque el público estuvo encantado escuchándote durante
media hora. No puedo asegurar que fueran estas las palabras exactas que usó Leo
Gabriel, pero sí estoy seguro de que reflejan fielmente el contenido esencial
de las mismas. La conclusión que yo deduje de ellas es que la verdad hay que
buscarla y decirla sin prejuicios, sin maldad y sin intereses creados. Si a
esto se añade la salsa de la simpatía y el amor, el éxito está asegurado,
aunque uno no lo vea.
8. Intelectuales
cristianos y marxistas ante el futuro de la humanidad
En
el otoño de 1986 se celebró en Budapest el Symposium
científico marxista-cristiano sobre “Sociedad y valores éticos”, por iniciativa
del Vaticano y de la Academia de las Ciencias de Hungría con el visto bueno de
Moscú durante el famoso período de la “perestroika” liderada por Mihail
Gorvachev. Sobre los pormenores de este célebre encuentro escribí lo que consta
en el currículo y sólo quisiera destacar aquí lo siguiente. En primer lugar,
cabe matizar que, aunque en el título del evento se hablaba de cristianos y
marxistas, de hecho, los cristianos que participamos éramos todos conocidos
como filósofos católicos. ¿Por qué sólo católicos? Por lo que pude intuir la
razón era porque para los pensadores marxistas los filósofos católicos
representábamos la línea intelectual más sólida y competitiva del momento
frente al marxismo puro y duro.
Hasta
la celebración de aquel histórico encuentro yo había estado convencido de que
los regímenes marxistas europeos iban a durar más tiempo. Mi convicción estaba
apoyada en lo siguiente. Las dictaduras y regímenes despóticos personales
suelen desaparecer con la muerte o desaparición de los líderes que las
instauran. Pero el marxismo era una dictadura colectiva, o sea, de un partido
político que estaba por encima de los líderes particulares de turno. Desaparece
un líder y automáticamente llega otro tan malo o peor que el anterior pero el
régimen continúa. Así había ocurrido durante setenta años consecutivos en la
Unión Soviética y cabía pensar que las cosas iban a continuar así todavía
durante muchos años. Por eso yo estaba convencido de que había que estar
preparados para soportar esta situación con paciencia y sin desfallecer.
Pero
durante la celebración de este Simposio en Budapest cambié de opinión. Los
pensadores marxistas allí presentes fueron muy realistas y no disimularon su
convicción de que los regímenes marxistas europeos estaban al borde del abismo.
De ahí su obsesión por la paz. La cuestión ahora era cómo se iba a producir a
corto plazo ese final pronosticado. Había razones sólidas para pensar que el
derrumbamiento del ruinoso sistema comunista podría producirse haciéndonos
saltar a medio mundo por los aires y de ahí la necesidad de que los pensadores
más serios de los dos bandos que se habían disputado el liderazgo de la
humanidad se pusieran a reflexionar juntos para evitar el final apocalíptico
que se cernía sobre todos.
Terminada
la celebración del Simposio llegué a la conclusión de que debíamos prepararnos,
no para soportar setenta años más de marxismo asfixiante, sino para encontrar
la manera de no quedar en cualquier momento bajo los escombros del diabólico
edificio marxista a punto de desplomarse. Un año más tarde contemplábamos con
asombro cómo el edificio comenzaba a hundirse sin las consecuencias
apocalípticas temidas por todos. Con la caída simbólica del muro de Berlín
cabía pensar que habíamos entrado en una era nueva de relajamiento y
tranquilidad, pero no fue así. Al terror marxista sucedió el terror del
fundamentalismo islámico y de los nacionalismos. Pero este es otro capítulo de
la historia de Occidente que no corresponde analizar en estos retazos de mi
vida. Lo he traído a colación para reflejar mejor la evolución de mi forma de
pensar al filo de la realidad social que me ha tocado vivir.
9. Anacronismo
marxista y espíritu universal
En
el verano de 1988 tuvo lugar en Brighton, Reino Unido, el XVIII Congreso Mundial de Filosofía y quisiera destacar dos
aspectos que me llamaron particularmente la atención durante su celebración.
Hasta este momento los congresos de filosofía estuvieron dominados por las
delegaciones procedentes de los países del entonces denominado telón de acero.
O sea, de la antigua Unión Soviética y sus satélites. En realidad, no eran
filósofos propiamente tales sino ideólogos del Partido que asistían como
agentes intelectuales de combate contra los regímenes capitalistas,
especialmente los Estados Unidos. De ahí que las delegaciones procedentes de
ambos campos sociales fueran siempre las más numerosas y en número bien
calculado para equilibrar las fuerzas dialécticas de combate.
Lo
primero que me llamó la atención fue que las tradicionales delegaciones
marxistas habían desaparecido de escena como alma que lleva el diablo. Por eso
sorprendió mucho la intervención de un marxista que se convirtió en pintoresco
y divertido. Digo esto porque, además de ser el único residuo de la especie
llamada a desparecer, valía la pena escuchar su discurso como ejemplo de lo que
es la corrupción del quehacer filosófico con la retórica huera y ridícula de un
marxista nostálgico de la antigua observancia. ¿Dónde estaban aquellas
arrolladoras delegaciones de la Unión Soviética y sus satélites, dispuestas a
llevarse por delante a cualquiera que los saliera al paso con una crítica
mínimamente razonable? Estaba claro que el imperio de la ideología marxista en
los congresos de Filosofía se había terminado y el Gerundio de Campazas
marxista, único exponente de dicha ideología en el Congreso, no fue más que un
muñeco ridículo para asombro de unos y divertimiento de otros. Pero además de
la ausencia saludable del marxismo hubo otro acontecimiento absolutamente
novedoso y con mucho futuro. Me refiero a la presencia por primera vez de
ponencias relacionadas con la nueva disciplina denominada BIOÉTICA. Si la
memoria no me falla, esta fue la primera vez que las cuestiones sobre la vida
humana son tratadas desde los puntos de vista de esta nueva ciencia de la vida.
Desaparecieron las clásicas cuestiones relacionadas directamente con la
antropología marxista clásica y se impusieron los pensadores preocupados por
los asuntos de la vida desde los nuevos parámetros de la Bioética.
Por
último, me es grato recordar otro aspecto que se puso de relieve durante la
celebración de este histórico evento filosófico en la ciudad de Brighton. Uno
de los primeros días pasaba yo cerca de una oficina administrativas del
Congreso y una señorita requirió amablemente mi presencia. Se disculpó
preguntándome si disponía de unos minutos libres y, obviamente, la respondí que
sí, y que, además, sería un placer para mí conversar con ella. Mire, replicó
cariñosa, mis compañeras y yo hemos mantenido una discusión sobre su
nacionalidad. No pude disimular mi sorpresa y continuó. Hemos constatado que
usted ha enviado su ponencia en español, viene de Madrid y alguien que le ha
oído hablar en español dice que lo habla usted muy bien. No obstante, hay
quienes piensan que usted no es español. ¿Y en qué apoyan la opinión de que no
soy español?, repliqué. Pues mire, respondió al tiro, porque hemos visto a
algunos españoles por aquí y coincidimos en que usted no se parece a ninguno de
ellos en su forma de estar y tratar con la gente. Esta anécdota me alegró mucho
porque era una más entre otras muchas que confirmaban mi capacidad para
adaptarme a los lugares y las personas echando por tierra las barreras
políticas, culturales, religiosas y geográficas. Por ello, cuando estaba en el
sur de Italia pensaban que yo era italiano del norte. En Rumania suponían que
era rumano emigrado que volvía a la patria con acento extranjero. En otros
países pensaron que era francés, norteamericano o ruso. A 50 kilómetros de mi
lugar de nacimiento en Ávila me trataron como argentino. En Madrid algún
caballero quiso ayudarme en el metro convencido de que yo era extranjero. Una
encantadora señora inmigrante hablaba conmigo en mi propia casa en Madrid
convencida de que yo no soy español. Con todo esto sólo que querido decir que
me siento muy feliz por haber recibido una educación que me permite no sentirme
extranjero o extraño en ningún rincón del mundo. Por la misma razón me siento
feliz con lo mío y participo con lo que hace felices a los demás superando los
particularismos egoístas y los sentimientos nacionalistas que tanto daño hacen
a la gente que los padece. Ahora bien, para disfrutar de esta felicidad es
indispensable una buena educación de la inteligencia en los valores universales
que unen a las personas y los pueblos en lugar de utilizarla para fomentar el
egoísmo y la incomprensión atizando los sentimientos particularistas en lo
personal y los nacionalistas en la vida política y social. Es muy consolador
sentirse uno ciudadano universal sin renegar del amor a la tierra que nos ha
visto nacer.
10. Opción por la verdad y desencanto del
poder
Durante
el trienio académico 1988-1991 ejercí las funciones de presidente de los
Institutos Pontificios de Filosofía y Teología “Santo Tomás”, en Madrid,
Agregados a la misma Universidad de Manila. La crónica puntual de mi gestión se
encuentra en el archivo. Traigo a colación esta eventualidad porque fue una
oportunidad para contrastar los intereses enfrentados de quienes hemos nacido
para buscar la verdad y quienes nacieron para el ejercicio de la autoridad y el
poder. Cuando yo me hice cargo de la presidencia el Centro se encontraba en
proceso de disolución natural. Mi predecesor no dejó rastro de su gestión hasta
el punto de que ni siquiera en los archivos hay más pruebas de su existencia
que el documento de su nombramiento y el de su salida prematura. Los Institutos
llevaban por lo menos tres años sin gobierno en decadencia irreversible y el
ambiente era cada vez más tenso y desagradable. Yo acepté la presidencia como
una aventura y en condiciones de salud lamentables sin que fueran tenidas para
nada en cuenta a la hora de confirmar mi nombramiento. Luego llegaron los
momentos de prueba y mi salud se resquebrajó a pasos agigantados hasta el punto
de tener que someterme a una operación quirúrgica de alto riesgo. Dado que en
los archivos hay constancia puntual de mi gestión durante aquellos tres años de
infeliz memoria al frente de los Institutos, salvo la comprensión y buenos
servicios del secretario, Vicente Borragán Mata O.P, sólo quiero destacar aquí
algunos aspectos relacionados con mi vocación y trayectoria intelectual. De
entrada, tuve que sacrificar un tiempo precioso a la administración del Centro.
Al principio con mucha ilusión, pero después con gran dolor y desencanto. Los
hechos sucedieron aproximadamente como sigue. Los Institutos se encontraban en
franca decadencia por falta de estudiantes y de profesores suficientemente
motivados para la docencia académica. No había ya Estatutos válidos vigentes y
había que crearlos y obtener su aprobación. Por otra parte, disminuía el número
de estudiantes de forma implacable sin previsiones de futuro. Así las cosas,
las reuniones de profesores empezaron a convertirse en una pelea constante de
unos contra otros como quienes tratan de compensar su fracaso culpando a los
demás de la marcha de los acontecimientos.
Con
motivo del Capítulo Provincial dominicano de 1989 celebrado en Ávila, yo
redacté un informe realista sobre la situación de los Institutos, pero fue mal
interpretado. El Informe consistió en hacer ver sin tapujos que el futuro de
los Institutos era inviable a menos que se iniciara una reforma realista del
Centro pensando en un proyecto muy modesto, adaptado al escaso personal docente
disponible pero abierto a la posibilidad de reclutar alumnado suficiente. Como
apoyatura legal de esta reforma presenté los nuevos Estatutos aprobados por las
autoridades académicas de la Universidad de Santo Tomás de Manila y Roma.
Pensaba yo ingenuamente que, una vez rescatada canónicamente la barca del
naufragio legal en que se encontraban los Institutos, era el momento de
presentar un nuevo proyecto de reforma mucho más realista que el reflejado en
los Estatutos tan generosamente aprobados por Roma. Pero el Capítulo Provincial
de Ávila de 1989 decidió de forma draconiana “desguazar” los Institutos en
lugar de repararlos. ¡Y de qué manera! El enfermo lo estaba de muerte. pero no
le dejaron morir naturalmente en paz y sin dolor, sino que le aplicaron una
“eutanasia” muy dolorosa, traumática y no exenta de escándalo. Pero no es mi
propósito describir aquí la historia de aquella faraónica decisión
institucional, y menos aún distribuir las responsabilidades de la misma entre
personas concretas con nombres y apellidos.
Lo
que sí quiero dejar claro es que, para mí, la forma como se gestó aquella
decisión y los criterios según los cuales debía llevarse después a la práctica,
me causaron un sufrimiento moral mucho más intenso que las múltiples y graves
enfermedades que me habían acompañado hasta entonces. Lo que más dolor moral me
causó fue que se me reprochara el haber realizado algunas cosas que habían
contribuido a mantener el prestigio de los Institutos en un esfuerzo por evitar
que terminaran malamente a la deriva. Por ejemplo, lograr la redacción de los
Estatutos y su definitiva aprobación por Roma y reforzar los contactos con la
Universidad Complutense con ocasión de la fiesta de Sto. Tomás, presidida por
el Nuncio de S. Santidad y con la presencia ilusionada del Socio del Maestro
General de la Orden Dominicana, sin olvidar los apoyos morales y
administrativos recibidos por parte del Rector de turno de la Universidad de
Sto. Tomás de Manila. Pero esta experiencia dolorosa de ver cómo se despreció
lo poco que pude hacer valió la pena porque quedé vacunado de una vez por todas
contra la gripe del gobierno y la administración. Hasta aquel momento yo había
tenido siempre un alto concepto de las instituciones de gobierno y comprendía sin
dificultad sus eventuales equivocaciones. Pero en esta ocasión las autoridades
de turno me decepcionaron profundamente. Llegué a la conclusión de que la causa
de la verdad no interesaba a los responsables de la administración.
Después
de esta experiencia entendí mejor que hay dos clases principales de hombres: la
de aquellos que sólo buscan y disfrutan del poder y la de aquellos otros
“desgraciados” que sólo disfrutamos buscando y sirviendo a la verdad, aunque
nos cueste el pellejo. Con la particularidad de que pocos son los que en el
ejercicio del poder reconocen sus equivocaciones mientras que los que buscamos
la verdad no encontramos dificultad ninguna en reconocer nuestros errores y
equivocaciones en nombre de la vida.
Han
pasado los años y tengo la impresión de que, como experiencia de vida, hice
bien en no rechazar la Presidencia de los Institutos. Igualmente valió la pena
concursar a Titular de Universidad sabiendo de antemano que no conseguiría mi
objetivo. Estas dos experiencias fueron desagradables, pero intelectualmente
saludables ya que contribuyeron a afianzar más mi vocación genética en la
búsqueda de la verdad y defensa de la vida, vacunado contra cualquier virus
contaminador de la inteligencia procedente de las instancias del poder.
11.
El placer de viajar y la desgracia de los idiomas
Desde la más tierna infancia me gustó viajar para
conocer el mundo y las personas que lo habitan directamente “in situ”. Cuando
desde lo más alto de algún cerro de la sierra de Gredos descubría un paisaje
nuevo y otro horizonte, me emocionaba y se apoderaba de mí el deseo de
recorrerlo y conocerlo lo antes posible. Luego oía hablar de otros mundos y mis
deseos se convertían en un proyecto de futuro a realizar. Poco a poco fui
conociendo nuevos entornos geográficos y nuevas personas hasta convertir mis
viajes en una fuente de placer y sabiduría al mismo tiempo. A medida que mi
mente se abría a lo universal tenía la sensación de que comprendía mejor mi
propia realidad particular y la de los demás. La posibilidad de satisfacer mis
sueños de viajar para conocer el mundo llegó bastante tarde pero no
desaproveché ninguna ocasión para compensar el retraso. Viajando, mi mente se
enriquecía conociendo directamente nuevos mundos y personas. Los viajes se
convirtieron para mí en fuente inagotable de sabiduría y método seguro para
educar mi inteligencia en la promoción de los valores universales que unen a
todos los seres humanos allanando las fronteras políticas, religiosas y
culturales. Pero tropezaba siempre con un muro que había que franquear. Me
refiero a la diversidad de idiomas que impide la buena comunicación entre las
personas y su mutua comprensión. El asunto es grave sobre todo cuando los
políticos se sirven de la diversidad de idiomas como instrumento de
manipulación sentimental al servicio del poder.
La pasigrafía o pasimología
tiene como finalidad evitar las dificultades de comunicación lingüística entre
los hombres. Lo cual demuestra que, como he dicho antes, la multiplicidad de
lenguas o idiomas constituye un obstáculo serio para la comunicación humana y comprensión
entre los pueblos. Esto es tan obvio que hasta los niños de pecho lo entienden.
Llega una patera de inmigrantes clandestinos y ¿cuál es el primer problema a
resolver? Obviamente, cómo hacernos entender por ellos si hablan idiomas
diferentes. Damos un vistazo a la propaganda turística e inmediatamente
constatamos que el guía conoce el idioma más adecuado para informarnos durante
la gira. ¿Quién, que haya viajado por diversos países o tenga necesidad de
comunicarse con personas que no hablan su idioma, pondrá razonablemente en duda
la conveniencia de encontrar un idioma que facilite la comprensión mutua entre
las personas y los pueblos? Vayamos por partes y seamos razonables.
No se necesita tener gran
experiencia de la vida ni ser linces de la realidad para darnos cuenta de que
la diversidad de idiomas surgió de la necesidad de comunicación entre los
diversos grupos humanos aislados por la geografía o los sistemas sociales
represivos, que prohibían el intercambio con otros pueblos igualmente aislados
por la naturaleza o las costumbres. Ahora bien, cada grupo étnico o social
aislado inventaba su propio idioma para sobrevivir con sus semejantes. Aquí
está la clave para comprender la grandeza de la inteligencia humana de nuestros
antepasados, que fueron dando cuerpo a los diversos idiomas obligados por la
necesidad de comunicarse con sus semejantes. Los idiomas son una obra maestra
del genio humano y como tales han de ser tratados. Ellos son obra maravillosa y
exclusiva del hombre. La invención del lenguaje corresponde a ese sector de la
realidad que existe porque el hombre la produce íntegramente. El estudio del
lenguaje, por tanto, es un instrumento indispensable para conocer la naturaleza
del ser humano. Pero igualmente hemos de reconocer que la multiplicación de los
idiomas ha contribuido poderosamente en el pasado y sigue contribuyendo hoy día
a la miseria de la incomunicación e incomprensión entre los diversos grupos
étnicos y entre los pueblos. No en vano, cuando dos personas discuten y no se
entienden, terminan diciendo frases como esta: “Hablamos idiomas distintos”. Y
cuando las cosas van a mayores: “Oiga, que le estoy hablando en español”, en
inglés o en lo que sea. Lo cual significa que hablar idiomas diferentes
dificulta la comprensión entre las personas y que el hablar el mismo idioma
facilita la comprensión y el mutuo entendimiento. Cuando cada cual habla en un
idioma distinto se produce un fenómeno de confusión que nos recuerda la leyenda
del Génesis 11 sobre la torre de
Babel. Recordémosla.
Según la leyenda: “Todo el mundo
era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la humanidad
desde oriente, hallaron una vega en el país de Senaar y allí se establecieron.
Entonces se dijeron el uno al otro: Ea, vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos
al fuego. Así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. Después
dijeron: Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los
cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la
tierra. Bajó Yhaveh a ver la ciudad y la torre que habían edificado los
humanos, y dijo Yhaveh: He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo
lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan
les será imposible. Ea, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje,
de modo que no entienda cada cual el de su prójimo. Y desde aquel punto los
desperdigó Yahvé por todo el haz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.
Por eso se la llamó Babel: porque allí embrolló Yahvé el lenguaje de todo el
mundo, y desde allí los desperdigó Yahvé por toda la faz de la tierra”.
En este cuento o leyenda hay dos
lecciones importantes. La primera, deducida de la experiencia vulgar, consiste
en poner de manifiesto cómo la diversidad de idiomas es principio de confusión
e incomprensión entre las gentes. Por el contrario, la adopción de un idioma
universal es principio de cohesión y buen entendimiento. Los muchos idiomas
aumentan la incomprensión, que se reduce a medida que los hombres se acercan
más a un idioma común conocido por todos. La segunda lección de la leyenda es
religiosa. La diversidad idiomática es presentada como una medida de maldición
y castigo. En la cultura europea, mientras dominó el latín en el mundo culto
hasta el siglo XVII, no se planteó el problema de la necesidad de otra lengua
internacional. La gente culta salida de las universidades se entendía en latín
y la gente corriente no necesitaba ni siquiera el latín para entenderse. La
primera sugerencia de una lengua universal se remonta a Descartes. Leibniz y
posteriormente el Obispo John Wilkins hicieron suya aquella sugerencia y le
dieron forma sin resultados prácticos apreciables. Desde entonces hasta
nuestros días se han producido muchos intentos de solución práctica al problema
de la unidad de los idiomas sin excluir la instauración de lenguas artificiales
como el esperanto. Actualmente el problema de comunicación universal se
resuelve en la práctica con el inglés, el español, el francés y las
traducciones simultáneas. Pero todo esto se ha complicado con la
instrumentalización política de viejos idiomas locales por parte de muchos
políticos nacionalistas. Así las cosas, resulta muy difícil reconducir el
problema por el camino de la razón. Mi opinión sobre este escabroso tema queda
expresada del modo siguiente. Cada persona debe ser libre de hablar el idioma
que considere más apto para comunicarse y entenderse con el mayor número
posible de personas. Esto es un derecho natural que sólo puede ser limitado
cuando se haya demostrado que se invoca ese derecho como pretexto para hacer
daño a los demás. Si un grupo de terroristas, por ejemplo, utiliza un
determinado idioma para proteger sus proyectos criminales, las autoridades
competentes pueden y deben controlar hasta donde sea necesario el uso de ese
idioma por parte de los terroristas y de sus colaboradores. En principio y en
circunstancias normales las autoridades públicas no tienen derecho a reprimir
el uso libre de cualquier idioma, antiguo o moderno, como tampoco a imponerlo mediante
la coacción política. La autoridad tiene el deber de favorecer razonablemente, no
imponer, el uso de aquellos idiomas que favorecen el entendimiento y la
comprensión del mayor número posible de personas y pueblos.
En el momento histórico actual yo
pienso que lo razonable es que las nuevas generaciones aprendan desde la
infancia los dos o tres idiomas más universales en vigor además del idioma
nativo. Con esta estrategia pedagógica y el influjo de los medios modernos de
comunicación las nuevas generaciones terminarán hablando algún idioma en el que
puedan entenderse con todo el mundo sin dificultad de forma natural, espontánea
y agradable. Como consecuencia de este progreso habrá idiomas minoritarios que,
como ha ocurrido en tiempos pasados, irán quedando de forma natural y sin
traumas en el olvido, o bien como objeto de investigación y estudio por parte
de los especialistas. Lo importante es que este fenómeno se produzca como
resultado de un proceso natural y civilizado. Así ha ocurrido, por ejemplo, con
la supresión de la mayor parte de las monedas nacionales europeas para ser
sustituidas por el euro. En un momento dado de la historia de Occidente la
moneda común del lenguaje fue el griego. Luego el latín. La realidad actual, en
los comienzos del siglo XXI, es que los buenos servicios del griego y latín de
otros tiempos han sido suplantados por el inglés, español y francés. Tengo para
mí que el mayor obstáculo actual contra este deseable progreso en el uso
razonable y pacífico de los idiomas por el mayor número posible de personas
proviene de la manipulación política de los mismos por parte de los movimientos
nacionalistas. A ellos se debe en gran parte el fanatismo que lleva a la
mayoría de esos políticos a tomar decisiones irracionales e incivilizadas en
política lingüística. La Biblia presentó en los tiempos más remotos la
diversidad de lenguas como maldición y castigo de Dios. En los tiempos actuales
el fomento político de la diversidad de idiomas es una desgracia porque impide
la gracia y felicidad de que las personas y los pueblos se conozcan y entiendan
cada vez mejor haciendo desaparecer el aislamiento e incomunicación impuestos
por la proliferación de idiomas en el pasado.
12. Magisterio sobre la pena de muerte
La
pena de muerte como castigo legal es un asunto que me empezó a preocupar
después de haber terminado los estudios de ética y teología moral. Recuerdo que
el profesor de ética puso sobre la mesa el problema, pero pasó tan de largo del
mismo que no me quedó ningún recuerdo claro sobre su opinión acerca de tan
grande castigo. En teología moral ninguno de los tres profesores que tuve
encontró el momento adecuado para discutir esta cuestión. Si alguno de ellos sacó
a discusión el problema yo no lo recuerdo. Pero durante la segunda mitad del
siglo XX estaba de moda la cuestión de los “derechos humanos” con lo cual el
tema de la pena de muerte se convirtió en un tema estrella. Siendo yo profesor
de Historia de la filosofía en el Seminario Conciliar de Madrid tuvo lugar el
denominado “proceso de Burgos” que culminó con la condena a la pena de muerte
de un militante comunista. Mis alumnos en clase me acosaron haciéndome
preguntas sobre esta decisión judicial y confieso que me pillaron en blanco.
Hasta ese momento yo no había conocido ningún caso en el que de hecho se fuera
a ejecutar a nadie como resultado de un proceso de justicia. Por otra parte, el
asunto me pareció de extrema gravedad. Mi obligación era no defraudar a mis
alumnos ni engañarme a mí mismo. Por ello decidí estudiar el problema a fondo y
la ocasión propicia para ello no tardó en llegar. En los Institutos de los PP.
Dominicos en Madrid se programó la asignatura de Derechos Humanos y me fue asignada a mí. Por si esto fuera poco
elegí como tema de mi segunda tesis doctoral en filosofía la pena de muerte en
S. Agustín.
En el año 1994 escribí yo en la
Introducción de mi libro La pena de
muerte estas palabras: “Me vengo ocupando de la pena de muerte desde el año
1975. Fue entonces cuando por primera vez se me abrieron los ojos ante las
condenas a muerte sentenciadas por ceremoniosos jueces bien protegidos por
fuerzas de seguridad. Por el año 1980, cuando apareció mi libro sobre Los
derechos del hombre, todavía no veía yo claro hasta qué punto se podría
negar al Estado el derecho a instituir la pena de muerte contra determinados
malhechores. Entendía yo que tan terrible castigo se compagina mal con los
principios específicos de la ética cristiana, que corrige y perfecciona la
moral del Antiguo Testamento. Pero me quedaba aún la duda sobre la posible
legitimidad ética de tan magno castigo impuesto por la suprema autoridad del
Estado en nombre del principio del todo y las partes, de inspiración
aristotélico-tomista, y del bien común de la entera sociedad. Una mayor
profundización en el pensamiento de san Agustín, de santo Tomás, de la
tradición canónica de la iglesia primitiva con la oportuna consulta a los
biblistas modernos, me sacó de toda duda. Me convencí de que incluso desde el
punto de vista racional, la validez ética de la pena de muerte como castigo
legal, por parte de la suprema y legítima autoridad del Estado, resulta
insostenible, vistas las cosas desde la perspectiva realista de la dignidad
radical de todo hombre y de su derecho inalienable e inviolable a la vida, por
más que moralmente pueda ser calificada de perversa y antisocial”.
Y en la conclusión: “La pena de
muerte como castigo legal es tan vieja como la humanidad. Hasta cierto punto
representa un progreso contra la venganza privada y los inconvenientes de que
cada cual se tome la justicia por sus manos. De ahí el que, en todas las
culturas, aún las más severas, los legisladores han buscado excusas y
atenuantes para justificar tan grave castigo o para dificultar los procesos
legales que pudieran terminar condenando a muerte al malhechor. Con la ley
nueva promulgada por Cristo se produce una novedad original. El AT es revisado,
interpretado y perfeccionado. En esa revisión la pena de muerte como castigo
legal queda proscrita sin ningún tipo de excepciones ni concesiones. Pero en
las costumbres ancestrales y en el derecho romano vigente la pena de muerte era
una institución muy arraigada contra la cual poco podían hacer los cristianos
para erradicarla desde su base. Con el tiempo la Iglesia llegó a una especie de
compromiso pragmático con los poderes temporales. Sin entrar a discutir
frontalmente el presunto derecho del Estado a castigar con la pena capital, se
consiguió en la práctica algo muy importante como el llamado «derecho de
intercesión», por el que, por oficio, el papa o el obispo del lugar intercedían
en favor del reo condenado a muerte para que se le conmutara la pena. La pena
capital estaba prevista en la ley, pero como instrumento de intimidación y
disuasión. Ya se sabía que al final la intercesión episcopal sería requerida
para desviar la pena por otro camino. Se trataba de un abolicionismo pastoral,
pactado con las autoridades civiles y que funcionó con mayor o menor rigor
hasta la edad media. Según los expertos, Federico Barbarroja habría sido el
primero en romper definitivamente este pacto y las autoridades civiles
empezaron a ejecutar por su cuenta y riesgo a los reos.
Los moralistas y canonistas, por
su parte, buscaron una salida práctica con la teoría del «brazo secular»,
basándose en una exégesis bíblica absolutamente inaceptable, y en el principio
de totalidad de inspiración aristotélica sancionado por santo Tomás. Se
consolidó así la fórmula hipócrita de que la Iglesia no, pero el Estado sí
puede instituir y eventualmente aplicar la pena de muerte legalmente
establecida. Ningún tipo de abolicionismo de los que hemos hablado, ni siquiera
el episcopal, ha cuestionado abiertamente la presunta autoridad del Estado de
derecho a castigar con la pena de muerte en casos muy extremados. El propio CEC
de
La otra ofensiva contra la pena de
muerte parte de la ética cristiana y es más decisiva y convincente. Me refiero
a la ética de Jesucristo reflejada en su vida y en los escritos del Nuevo
Testamento. La pena de muerte es incompatible con el mandato del perdón al
enemigo y la abolición expresa de la ley mosaica del Talión. Los exegetas
prestarían un gran servicio a la humanidad si dedicaran más tiempo a explicar
convenientemente los textos bíblicos del NT relativos a la revisión que Cristo
hizo de la ley mosaica y a las novedades del sermón de la montaña y la condena
formal de la ley del Talión, proclamación solemne de la ley del amor, del que
no pueden ser excluidos los enemigos. De forma rutinaria e irreflexiva el tema
de la pena de muerte suele ser tratado en el contexto de la legítima defensa.
Este enfoque del problema es objetivamente falso y vicia desde el principio
cualquier intento de discurso razonable sobre el mismo. Por otra parte, se dice
con frecuencia que la tradición unánime de la Iglesia ha reconocido en
principio al Estado el presunto derecho a instituir la pena de muerte. Pienso
que eso es objetivamente falso. Semejante tradición unánime no ha existido
nunca. Lo que sí ha existido y sigue existiendo es una lamentable confusión
entre determinadas tradiciones eclesiásticas y la Tradición Apostólica.
La legitimación teórica de la pena
de muerte por parte del Estado se encuentra en una determinada tradición
eclesiástica tardía, que tiene muy poco que ver con el espíritu de la Tradición
Apostólica original, en la que la pena de muerte no tiene cabida. Por todo lo
dicho sigo pensando que el Estado carece de poder moral para instituir y
eventualmente aplicar la pena de muerte contra ningún delincuente.
Objetivamente hablando -sin entrar en juicios de intenciones o sobre la buena
fe de quienes pudieran seguir pensando lo contrario- creo que la pena de muerte
constituye siempre una violación del derecho humano a la vida y un rechazo
práctico del precepto cristiano del amor. La cruda realidad objetiva de la
ejecución del reo, por muy legal y sofisticadamente que se lleve a cabo, y sean
cuales sean los motivos subjetivos alegados, constituye siempre y en sí mismo
un acto de inhumanidad y una soberana injusticia de Estado. Y por descontado
que todo lo dicho es aplicable tanto al derecho civil como al militar”.
Pues bien, así las cosas, en enero
de 1997 recibí una carta muy elocuente de un autor norteamericano. El ella se
reflejaba una gran simpatía por mi forma de abordar el tema de la muerte,
aunque cuando la escribió no conocía el nuevo libro mío en el que ratifico mi
pensamiento y critico el modo de tratar el tema en el Catecismo la Iglesia Católica. Posteriormente me envió las
galeradas correspondientes de su obra en trámite de edición: MEGIVERN, James J., The death Penalty. Un Historical and Theological Survey (Nueva York
1997). En esas páginas me cita generosamente y con gran respeto. Una vez publicada me envió un ejemplar e
insistió sobre su deseo de que mi pensamiento sobre este asunto fuera traducido
al inglés. Pasó el tiempo y un día me encontré en casa con un paquete en cuyo
interior había un libro. El portero me dijo que lo había dejado allí para mí un
señor que no era el cartero. Lo abrí con curiosidad. El título del libro era el
siguiente: La argumentación sobre la pena
de muerte en Niceto Blázquez y en Ernest van den Haag (Tesis Doctoral de Ignacio Campos Fernández-Figares, totaliter
edita, en la Pontificia Universitas Sanctae Crucis, Facultas Theologiae) Roma
2006.
La
verdad es que quedé muy sorprendido. El autor había dejado dentro un mensaje en
el cual me comunicaba que me había llevado personalmente a casa un ejemplar
para asegurarse de que yo había llegado al conocimiento del mismo. Me
encontraba preparando un viaje y me limité a poner unas palabras por correo
electrónico dándole las gracias por el detalle de hacerme llegar personalmente
el ejemplar al tiempo que le felicitaba por haber elegido como tema de su tesis
doctoral un tema tan importante y fuerte como la pena de muerte. Durante el
viaje y después lo examiné con detención y quedé decepcionado. El trabajo que
había realizado no me pareció aceptable como tesis doctoral ni como actitud
mental por parte del autor.
Lo
único en lo que sí podía estar de acuerdo con él es en la importancia que los
expertos en la materia habían reconocido ya a mi planteamiento de la cuestión.
De hecho, este fue el motivo que le indujo a elegir como tema de su tesis el
estudio de mis argumentaciones. Pero, insisto, me pareció un estudio mal hecho.
Se trata de la típica tesis doctoral mal enfocada y peor dirigida. Así las
cosas, archivé el ejemplar con algunas observaciones críticas escritas de mi
puño y letra. El autor intentó posteriormente mantener algún contacto conmigo, pero
en lugar de corresponder a su pretensión me pareció más prudente distanciarme
de él con el silencio por respuesta.
Mi
libro Pena de muerte, editado por la
Editorial S. Pablo en 1994, se publicó con la convicción de que sería todo un
éxito editorial, tanto por el tema tratado como por la forma sólidamente
argumentada, relativamente breve y en lenguaje asequible. Cuando salió al
público un Diario madrileño de ámbito nacional habló del mismo como “el libro
del mes”. Pues bien, a pesar de todos los pronósticos de éxito, al cabo de tres
años no llegó a venderse la edición por lo que el editor retiró el libro del
mercado. Un funcionario de la editorial me comentó confidencialmente que esta
sorpresa había que atribuirla al descuido de la publicidad del libro por exceso
de confianza en su calidad por parte del editor. Pero esto no es todo. En el
año 2012 consideré oportuno retomar el tema de la pena de muerte y publiqué en Vision Libros el libro titulado La pena de muerte y biotanasia de Estado.
En esta nueva publicación mantengo la tesis central contra la pena de muerte,
pero aportando numerosos datos informativos nuevos. Lo más novedoso fue la
introducción del concepto de biotanasia
de Estado para denunciar todas las formas de violar el derecho a la vida
con la protección legal del Estado. En la contracubierta del libro puede leerse
lo siguiente.
El
Estado carece de legitimación ética y moral para instituir y aplicar la pena de
muerte contra ningún delincuente. Objetivamente hablando, sin entrar en juicios
sobre la buena fe de quienes pudieran pensar lo contrario, la pena de muerte
constituye siempre una violación del derecho humano a la vida y un rechazo
práctico del precepto cristiano del amor. La cruda realidad objetiva de la
ejecución del reo, por muy legal y sofisticadamente que se lleve a cabo, y sean
cuales fueren los motivos subjetivos alegados para instituirla y aplicarla, es
siempre un acto de inhumanidad y de muerte. Por lo mismo, ni el Estado tiene
poder legítimo para instituir y aplicar la pena de muerte ni la Iglesia
autoridad moral para legitimar ética o teológicamente ese presunto derecho por
parte de nadie. Este libro es para mí una de las publicaciones que mayor
satisfacción personal me han reportado por el hecho de haber dedicado tiempo y
paciencia a expresar mi opinión personal contra viento y marea a favor de la
vida humana. Había empezado defendiendo la vida de los más débiles e indefensos
con mis publicaciones contra el aborto y la eutanasia y ahora lo había hecho en
defensa de la vida de los criminales. Creo que la vida me ha pagado este
trabajo, no con dinero sino con una profunda satisfacción personal. La vida
pasa siempre factura a quienes la maltratan, pero es muy generosa con quienes
la aman y respetan sin condiciones.
Con
ocasión del V Congreso Mundial contra La
Pena de muerte, celebrado en Madrid, se produjo el diálogo siguiente.
Niceto Blázquez Fernández escribió: Me llamo Niceto Blázquez y soy el autor del
libro aparecido recientemente en Vision Libros con el título "La pena de
muerte y la biotanasia de Estado". Dado que por razones de salud no podré
estar presente en el V Congreso Mundial contra la Pena de Muerte que se va a
celebrar en Madrid del 12 al 15 de este mes de junio 2013, me gustaría al menos
estar presente con mi libro. Dispongo ahora mismo de media docena de ejemplares
para regalarlos. Si pensáis que vale la pena que algún mensajero vuestro venga
a mi casa a buscarlos, me lo decís y yo se los entregaré encantado. En espera
de vuestras noticias os deseo mucho éxito en vuestro humanitario trabajo y
aprovecho también la oportunidad para enviaros y fuerte abrazo. Niceto
Blázquez. La respuesta llegó a los pocos minutos en estos términos. “Gracias
por contactar con Amnistía Internacional. Acusamos recibo de su correo
electrónico. Recibirá respuesta a la mayor brevedad posible. Un saludo. Pocos
días después recibí la siguiente proposición de la editorial San. Pablo: “Nos
ponemos en contacto con usted porque desearíamos transformar su obra Pena de
muerte en formato digital, para lo cual le adjuntamos dos copias del contrato
de edición para dicho formato con sal especificaciones correspondientes a los
nuevos derechos de autor (más elevados que en los libros en papel) también
porque el PVP es inferior en este caso). Así, modernizaremos nuestro catálogo y
ofertas editoriales, fomentando la promoción y difusión de su obra”. Como
diremos más adelante, esta obra no tuvo el resultado comercial previsto por la
Editorial y en el momento de recibir yo esta proposición de venta digitalizada
de la misma estaba ya fuera de circulación. Dada la importancia del tema, el
lector queda remitido al capítulo XXXII del tomo IV de las Memorias,
titulado Reforma del catecismo de la Iglesia.
13. Sobre los pecados de la Iglesia
El año 2002 asistí a otra sorpresa
editorial con motivo de la publicación del libro Los pecados de la Iglesia, también en la editorial S. Pablo. De la
extensa Introducción cabe recordar los párrafos siguientes. El 11 de septiembre
del año 2001 se perpetró la acción terrorista más espectacular y macabra de la
historia cuando varios aviones con viajeros a bordo fueron secuestrados y
estrellados contra las emblemáticas torres gemelas de Nueva York y el
Pentágono. Una obra suicida y criminalmente magistral de fanáticos religiosos
islámicos. Se ha dicho, bajo el impacto del terror, que este acto terrorífico
marcará un hito decisivo de nuestra historia. Lo mismo que se había dicho poco
antes con motivo del desciframiento del genoma humano. Pero la celebración de
los 2.000 años del nacimiento de Cristo fue otro acontecimiento mundialmente
festejado con actos culturales y religiosos de gran calado humano. No en vano
la persona de Cristo ha marcado una nueva y decisiva etapa en la historia de la
humanidad en clave positiva, lo cual constituye un motivo de profundo consuelo
y esperanza a pesar de la ola de terrorismo y bio-terrorismo que azota al
mundo en el momento actual.
Ahora bien, entre las
celebraciones conmemorativas del nacimiento de Cristo tuvo lugar una muy singular
protagonizada por Juan Pablo Il. Me refiero al gesto jubilar de poner de
rodillas a la Iglesia entera ante Dios para pedirle perdón por sus pecados.
Como si dijéramos: «Yo, la Iglesia institucional, me confieso ante Dios y ante
vosotros hermanos...». Un gesto que, dentro y fuera de la Iglesia, sorprendió
mucho por constituir una novedad gozosa e históricamente singular. La prensa
mundial divulgó el acto papal a todo trapo como gran noticia acompañada de
numerosos y competentes comentarios. Pocas veces la prensa había publicitado un
acontecimiento eclesial con tanto respeto y expectación. Sin embargo, y por
extraño que pueda parecer, los teólogos y las revistas eclesiásticas apenas se
hicieron eco de tan puntero acontecimiento. Cabe pensar que el talante del
gesto sorprendió tanto a los teólogos, que todavía no han salido de su estupor.
Sea como fuere, lo cierto es que el 12 de marzo de 2000 Juan Pablo II pidió
públicamente perdón por los pecados de la Iglesia en el curso de una ceremonia
penitencial única y singular en la historia del cristianismo. Este fue el
hecho consumado que a mí personalmente me causó una impresión tan profunda que
me puse inmediatamente a la búsqueda de información sobre el mismo para
analizarla y dejar constancia escrita de mi feliz sorpresa. De momento me
pareció haber cumplido con el imperativo de mi conciencia redactando un
artículo informativo para la revista Studium sobre tan señero gesto
papal, acompañado de mis gratísimas impresiones personales sobre el mismo.
Pero el asunto era demasiado importante y me pareció que debía ir más lejos
entrando al trapo de la cuestión, llevando el gesto penitencial pontificio
hasta las últimas consecuencias prácticas. Así surgió el presente libro, que
espero sea de provecho para quienes lo lean con honradez y sentido común sin
escandalizarse ni buscar los tres pies al gato. Nos hallamos ante un gesto
eclesial sorpresivamente feliz, tanto por las razones teológicas que lo
sostienen como por lo insólito de gestos semejantes en la historia del gobierno
y administración de la Iglesia por parte de sus gobernantes de turno.
Por supuesto que no fue un acto
improvisado sino bien calculado y preparado. En 1994 Juan Pablo II empezó a
calentar motores para la celebración del jubileo 2000 de la era cristiana con
la carta apostólica Tertio millennio adveniente (TMA), seguida en 1998
de la Bula de convocación del Año Santo 2000 Incarnationis mysterium (IM).
Entrados ya en el 2000, la Comisión Teológica Internacional (CTl) publicó el
documento teológico Memoria y reconciliación. La Iglesia y las culpas del
pasado (MR) de acuerdo con las pautas indicadas en la TMA y buscando su
legitimación bíblica, histórica y teológica. Paralelamente a este proceso
preparatorio de carácter doctrinal, Juan Pablo II fue pidiendo disculpas a
diversos grupos religiosos y sociales por formas de comportamiento de la Iglesia
y de los cristianos en el pasado impropias de los legítimos herederos del
legado salvífico de Cristo. Esta novedosa actitud pastoral culminó el 12 de
marzo de 2000 con la histórica Misa Penitencial presidida por el propio
Pontífice en la plaza de San Pedro con cobertura informativa de la prensa
mundial. Pero no todo quedó ahí. El Pontífice, desafiando a la edad, la salud y
las dificultades políticas, se desplazó, del 20 al 26 del mismo mes de marzo, a
Tierra Santa para poner el broche de oro ante el Muro de las Lamentaciones. Más
aún. En junio de 2001 se marchó a Grecia, Siria y Ucrania a rematar la faena
pidiendo perdón en su propia casa a las Iglesias ortodoxas e invitando a los
musulmanes a comprometerse en gestos análogos de comprensión y reconciliación.
Posteriormente Juan Pablo II mandó una carta al Gobierno de Pekín pidiendo perdón
y comprensión por las formas de actuar de los cristianos que pudieran haber
ofendido a los chinos en tiempos pasados. Esos fueron los momentos estelares
que jalonaron el proceso histórico de preparación y culminación del solemne
acto de petición de perdón de la Iglesia en el contexto del Jubileo 2000 de sus
«errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes» más importantes, cometidos
a lo largo de su dilatada historia. La Iglesia ha reconocido sin ambages que
sus líderes de turno, instituciones públicas y muchos cristianos responsables
de la vida pública han tomado a veces decisiones, fomentado y tolerado formas
de conducta contrarias a la voluntad de Dios. De ahí que hayan de ser
examinadas y asumidas como verdaderos pecados que requieren confesión,
arrepentimiento y propósito de enmienda. Un proceso penitencial análogo al
requerido por el sacramento de la confesión personal.
Sobre la originalidad del acto penitencial
que nos ocupa, la propia CTI lo resaltó como el primero de este género a lo
largo de la historia de la Iglesia. No es que la Iglesia no haya reconocido
hasta ahora sus propios errores. Los ha reconocido siempre y ha tratado de
corregirlos en todo momento. Todas las reformas eclesiales y todos los
concilios han realizado el examen de conciencia pertinente para detectar
aquellos pecados o formas de conducta de la Iglesia susceptibles de reprensión
y mejora. Lo que no había hecho nunca hasta ahora es añadir un acto de petición
de perdón por esas formas de conducta pecaminosas reconocidas y asumidas como
propias. Aquí está la originalidad del acto penitencial protagonizado por Juan
Pablo II con motivo del Jubileo 2000. Cuando el pontífice empezó a sondear la
opinión de sus colaboradores sobre la conveniencia de consumar este solemne
acto penitencial, algunos pensaron que no parecía prudente echar carnaza a
los hostigadores clásicos de la Iglesia. Y menos aún, dar la impresión de que
la Iglesia católica es la culpable de todos los males y, los demás, unos
ángeles inocentes injustamente tratados. Por otra parte, así como no es
aceptable que paguen justos por pecadores, o sea, que alguien pida perdón de
pecados del pasado que cometieron otros y no él, tampoco parece justo que la
Iglesia pida perdón de pecados perpetrados, en tiempos pasados, por sus
autoridades de turno, las cuales ya han muerto. O lo que es igual, nadie está
obligado a pedir perdón de pecados que no ha cometido. Lo contrario tiene todos
los visos de una injusticia en toda regla. Pero Juan Pablo II lo tenía todo muy
claro. En clave cristiana, el pedir perdón a Dios por los propios pecados es
un imperativo de la conciencia que se ha de cumplir, aunque se prevea que tal
acto no va a ser correspondido por la parte ofendida con otro gesto similar.
Tampoco disculpa el temor de que tal gesto no vaya a ser debidamente
comprendido. El pedir perdón y perdonar por Dios y en nombre de Dios es un acto
sustantivo de la ética cristiana que no admite vuelta de hoja. Estos actos,
además, no son signo de debilidad, sino todo lo contrario. De ahí que, cuando
son realmente sinceros, no sólo no producen efectos contraproducentes, sino que
la gente inteligente y de buena voluntad los admira y reflexiona sobre ellos.
De hecho, así ha sucedido con el gesto papal, cuyo respeto ha sido la tónica
general, incluso entre los no cristianos.
Por lo que se refiere a lo de
pagar justos por pecadores o que se haya de pedir perdón por los pecados que
cometieron otros, también el Papa tenía las cosas muy claras. Lo que realmente
ha hecho Juan Pablo II es reconocer, como propios de la Iglesia, los errores o
pecados cometidos por sus líderes de turno -la mayoría de los cuales están
muertos y no pueden responder de sus actos- prometiendo que, en lo que de él dependa,
la Iglesia no volverá a repetirlos. Eso es todo. De esta forma se hace justicia
histórica y al mismo tiempo se invita a las partes concernidas a hacer las
paces y evitar que el mero recuerdo de los pecados de nuestros antecesores se
convierta en una torturante pesadilla psicológica que nos impide vivir en paz
en el presente. Con el mutuo perdón desaparece esa pesadilla histórica y los
herederos de las ofensas nos liberamos de ese fardo de odio e incomprensión que
nos legaron nuestros antepasados. Con el perdón arrojamos ese lastre al mar y
comenzamos una nueva singladura, asumiendo nuestras propias responsabilidades,
mandando al diablo las de nuestros antepasados, para que con su pan se lo coman
y a nosotros nos dejen vivir en paz. Si ellos no se entendieron y salvajemente
se pelearon, ¿por qué hemos nosotros de perpetuar sus malos ejemplos? Con la
política del perdón se condenan esos comportamientos y se hace el propósito
firme de no imitados. La Iglesia, comportándose como una buena madre -no como
madrastra- pide disculpas por los malos comportamientos de algunos o muchos de
sus hijos, pero con amor y el firme propósito de poner orden en casa mediante
las reformas que sean necesarias para que en el futuro los cristianos se
comporten como hijos bien nacidos.
Por otra parte, el gesto
penitencial papal llegó en un momento histórico muy oportuno. La globalización
de la economía, de la cultura, de las relaciones entre los pueblos, así como la
desaparición de las grandes distancias, gracias a las tecnologías más avanzadas
de la comunicación, forman parte de un proceso inevitable ante el cual las
Iglesias cristianas y las otras grandes religiones tienen pendiente su
asignatura más importante. Su historia, en efecto, ha estado marcada por la
incomprensión entre ellas, la violencia moral y el fanatismo sangriento en
muchos casos. O se entienden entre sí en lo que se refiere a su razón de
existir, que es el problema de las relaciones del hombre con Dios, o se juegan
su credibilidad. Y lo que es peor. Si no hacen un esfuerzo por mejorar sus
relaciones abandonando la diabólica costumbre de imponer a los demás por la
fuerza sus respectivos dogmas religiosos, en lugar de contribuir a la
construcción de un mundo mejor, cabe temer que los fanatismos religiosos, con
el atropello sistemático de la libertad religiosa, contribuyan a agravar más
aún la actual crisis del humanismo.
Quien sobre esto tenga todavía dudas que
recuerde los hechos neoyorquinos del 11
de septiembre de 200l. Juan Pablo II se adelantó a mover ficha
asumiendo las responsabilidades históricas que le correspondían por parte del
cristianismo. El órdago a
todas las Iglesias cristianas y a todas las religiones del mundo está echado.
Hubo que esperar muchos siglos hasta que se produjera este envite, pero, al
fin, llegó su momento. La presente obra, con la cual se rompe el misterioso
silencio de los teólogos, se ha escrito con la convicción de que el Papa tiene
más razón que un santo y hay que apoyar sin vacilaciones su nuevo estilo de
hacer Iglesia y de anunciar el Evangelio abandonando actitudes administrativas
y pastorales arrogantes y autoritarias de otros tiempos felizmente superados”.
Desde el momento en que anuncié que estaba preparando el texto del libro se
produjo una gran expectación. Lo más común era oír decir que iba a ser un éxito
editorial o una “bomba” por su contenido.
14. Presentación del libro en
Guadalajara y Madrid
Tal
como estaba previsto el 16 de mayo del 2002 nos dimos cita en la madrileña
estación de Atocha los responsables de relaciones públicas y marketing y el
jefe de ventas de la Editorial S. Pablo y yo. En cuestión de sólo 50 minutos
llegamos a Ciudad Real en el tren AVE. Nos trasladamos al centro de la ciudad
para tomar un refresco y seguidamente fuimos a la librería Manantial para
recibir a la Televisión local. Estaba previsto, en efecto, que antes del acto
de presentación la TV me haría una entrevista. Pero al llegar a la librería nos
informaron de que la TV había comunicado que no podrían ir a la cita. En cambio,
sí llegaron los reporteros de la prensa local La Tribuna de Ciudad Real. A las 19 horas comenzamos el acto para
lo cual habían acomodado el local recolocando las estanterías de los libros. En
la presidencia había una mesita con dos sillas y un estante al lado en el que
se exhibían numerosos ejemplares de mi libro junto a los cuales se hicieron
algunas fotografías.
El
jefe de ventas D. José María García Fraile dio comienzo a la sesión leyendo el
texto siguiente:
“La
Editorial San Pablo tiene el placer de presentar la obra Los pecados de la Iglesia. Sin ajuste de cuentas, del sacerdote
dominico P. Niceto Blázquez. En un
contexto social y mediático, en el que cualquier gesto, palabra o posición de
la Iglesia son analizados minuciosamente y juzgados con rigor, este libro
pretende poner el dedo en la llaga y
afrontar con valentía las críticas que nuestros contemporáneos hacen a la
Iglesia, contestando desde la objetividad y la moderación. La obra tiene como
eje la declaración de petición de perdón del Papa Juan Pablo II con motivo de
las conmemoraciones jubilares, el 12 de marzo de 2000. Un gesto sin precedentes
en el que la Iglesia pide perdón por los pecados y errores cometidos en los
siglos pasados por sus miembros, pero también un gesto polémico, criticado por
muchos sectores dentro de la misma Iglesia, tanto progresistas como
conservadores. El autor, doctor en Filosofía y Maestro en Teología, es
actualmente profesor de Ética y Deontología de la Información, Psicología de la
Información y Bioética en la Universidad Complutense de Madrid. Además, ha
publicado numerosas obras, algunas de ellas en la Editorial San Pablo, como Pena de muerte y La Prostitución. El amor humano en clave comercial.
El
libro que ahora presentamos se divide en seis interesantes capítulos: La Iglesia se defiende, La Iglesia contra
las cuerdas, La Iglesia católica se confiesa, Propósito de enmienda, Reforma de
la disciplina eclesiástica y de las formas de exponer la doctrina del evangelio
y Nacionalismos religiosos y fanatismo científico. En cada uno de ellos, el
autor parte de las críticas de los hombres de nuestro tiempo y de opiniones
recogidas en la prensa y, sin caer en una fácil apologética, va reconstruyendo
el auténtico rostro de la Iglesia sin revanchismos ni “ajuste de cuentas”.
Además, afronta las “asignaturas pendientes” de la Iglesia católica en el campo
de la oración, la misa dominical, los consejos evangélicos, la dirección
espiritual, la censura, etc...., para terminar con una panorámica sobre los
“fallos” de otras comunidades eclesiales y religiosas: el nacional-ortodoxismo,
el nacional-protestantismo y la actitud de judíos y musulmanes ante sus propios
pecados y errores históricos. No podía faltar, una mirada a la Iglesia
española, a la historia de España escrita “por Dios y contra Dios” y un rápido
análisis, de tanta actualidad, de la actitud de la Iglesia española ante el
fenómeno del terrorismo. Una obra, por tanto, escrita en diálogo con la cultura
y con los medios de comunicación de nuestro tiempo, con gran impacto
periodístico y actualidad, que tiene como destinatarios no sólo los cristianos,
sino todos aquellos que, aun sintiéndose lejos de la Iglesia por sus propias
convicciones o por su vida, se siguen preguntando por esta institución, se
interesan por ella o disienten de ella”.
A continuación, tomé yo la palabra
para agradecer nuestra acogida y exponer al público el origen, contenido y
significado eclesial y social del libro. La gente que asistió quedó encantada e
invitada a tomar un vino español con exquisitos aditivos. Fueron unos momentos muy
interesantes por los comentarios e impresiones positivas que tuve ocasión de
constatar. Las Hermanas y personal empleado de la librería no disimularon su
contento por nuestra presencia y nos despidieron regalándonos una botella de
exquisito vino de la región. Una de las hermanas había estado bastantes años en
la librería que tuvieron en Japón hasta 1999 y conocía mucho al P. Javier
Lechón O.P. También tenía conocimiento del P. Andrés Galparsoro O.P,
recientemente fallecido si bien desconocía esta triste noticia. Ambos habían
sido alumnos míos. El ambiente después de la celebración del acto de
presentación del libro fue tan animado y agradable que tuvimos que buscar con
prisa un taxi para no perder el tren de vuelta a Madrid.
Durante el trayecto conversamos
sobre las dificultades por las que estaban atravesando los editores y
vendedores del libro religioso. Cada vez hay más competencia editorial y
propagandística al tiempo que los lectores de libros religiosos disminuyen.
Todos estábamos de acuerdo en que hay que reconsiderar la tradicional
especialización en libros religiosos dando cabida en las librerías a otros
temas no religiosos de interés general. Por parte de los autores está la
cuestión de cómo tratar los asuntos teológicos y eclesiales de forma que puedan
interesar a toda suerte de público serio fuera también del ámbito estrictamente
eclesial. Ambos aspectos encuentran dificultades prácticas importantes. A los
editores y libreros religiosos tradicionales les cuesta mucho adaptarse a la
nueva realidad, que además de cambio de mentalidad requiere recursos económicos
significativos. Por parte de los autores está la dificultad de presentar al
gran público los grandes asuntos humanos de la teología cristiana de forma
atractiva e interesante. En la estación de Atocha nos despedimos y nos dimos
cita para el próximo día 23 en la librería ANTES
de Madrid, donde estaba previsto repetir la presentación del libro en un
contexto de organización y de público bastante diferente.
El día 23 de mayo llegué a la
madrileña librería ANTES con tiempo
suficiente para cambiar impresiones con la dirección de la Ed. S. Pablo y
saludar a los presentadores. El ambiente era muy agradable y selecto. Primero
habló Pedro Miguel García Fraile en calidad de director General Adjunto de
publicaciones. Luego tomaron la palabra D. César Vidal y D. José María Laboa.
El primero hizo una presentación estupenda del libro. Me agradó mucho que
dijera, entre otras cosas, que se trata de un libro equilibrado, seminal y
abierto a muchas lecturas que invitan a la reflexión constante. El segundo
estuvo más ambiguo aprovechando la ocasión para hacer divagaciones relacionadas
más con sus libros que con el mío que era presentado. Luego hablé yo dando las
gracias a la Editorial, a los presentadores y a la librería anfitriona.
Expliqué en pocas palabras la naturaleza del libro, su verdadero contenido,
significado y clave de lectura. Tras un interesante diálogo con el público
compartimos unos momentos felices tomando saludables pinchos, refrescos y vino
español. Asistieron personas muy entrañables para mí, además de mis sobrinas
Maribel, Élida y Sara.
Pues bien, para sorpresa de todos,
este libro tampoco tuvo éxito comercial. Pero tampoco se produjeron las
reacciones críticas en contra que cabía esperar por parte de algunos sectores
eclesiales poco dados a lo razonable. En Internet apareció una crítica negativa
por parte de un eclesiástico más pintoresco por su forma de pensar que por la
solidez de sus argumentos. Por ello consideré que no valía la pena responderle.
Por el contrario, sí recibí una llamada telefónica felicitándome y pidiéndome
información. Quien me llamaba se encontraba gratamente sorprendido por expresar
yo puntos de vista ampliamente compartidos sobre los que mucha gente no se
atreve a hablar fuera del ámbito confidencial. En cualquier caso, también la
publicación de este libro me ha causado satisfacción personal, aunque no ha
reportado dinero. Para mí es una satisfacción, en efecto, saber que mi forma de
abordar los problemas ayuda a las personas más débiles y no provoca las iras de
los menos razonables. Al final de la vida uno se da cuenta de que es mejor el
silencio respetuoso que la polémica exhibicionista. Pero el silencio
respetuoso, para evitar polémicas inútiles o perniciosas, nada tiene que ver
con el silencio cómplice con la injusticia. Esta matización exige una
aclaración complementaria sin salirnos del enfoque y significado del magnífico
gesto papal en el año 2000. Desde el año 2005 la Iglesia tuvo que salir al paso
de las corrupciones personales y abusos sexuales del fundador de los
Legionarios de Cristo, muerto en el 2008, Marcial Maciel, así como de otros
sacerdotes y obispos en el pasado cercano en diversos países. Ante estos hechos
escribí un artículo para el tercer fascículo de la revista Studium (2010) del que transcribo aquí
la conclusión del mismo.
Mi
punto de vista personal sobre este vidrioso asunto de la pederastia en las
filas eclesiásticas queda resumido como sigue. En el caso Maciel caben pocas
dudas de que hubo complicidad formal por parte de algunos de sus colaboradores
más cercanos y otras personas conocedoras de sus andanzas. Igualmente hay que
reconocer que en un sector amplio de las autoridades eclesiásticas ha
prevalecido durante mucho tiempo la que hemos denominado praxis del silencio
total en los asuntos relacionados con las conductas sexuales desviadas y
delictivas entre los miembros del clero. Sería injusto decir que ese sector de
autoridades eclesiásticas haya sido cómplice formal de las mismas. Pero
igualmente hemos de reconocer que han sido muy temerarios e imprudentes quienes
desde el ejercicio de la autoridad en la Iglesia han fallado en la aplicación
de la disciplina canónica, como el mismo Benedicto XVI les ha echado en cara.
No hay que descartar que el silencio prolongado haya degenerado en algunos
casos en complicidad manifiesta. La tesis del silencio absoluto en materia de
pederastia se revela absolutamente inaceptable y es consolador que Benedicto
XVI la haya desautorizado. Tampoco es aceptable la tesis opuesta del libre
flujo de información, propia de tontos y locos. Ya desde los primeros tiempos
aconsejó S. Pablo que los trapos sucios de los cristianos se laven en casa y no
fuera. Primero tratando los problemas de forma individual con los delincuentes.
Si esto no daba los resultados benéficos esperados, el culpable debía ser
juzgado en público. Pero siempre en el ámbito interno de la comunidad cristiana
y no recurriendo a los tribunales paganos de justicia, que no ofrecían por
aquellas calendas ninguna garantía de imparcialidad y objetividad.
Actualmente,
por el contrario, existen normas civiles que combaten justamente la pederastia
y por ello Benedicto XVI no ha dudado en que esos delitos cometidos por
eclesiásticos sean llevados lo antes posible ante los tribunales civiles de
justicia cuando los tribunales canónicos no funcionan debidamente. Lo justo y
razonable es que la Iglesia aplique con firmeza las severas penas canónicas
existentes contra estos abusos. Pero si estos tribunales no funcionan
eficazmente contra ellos, como ha ocurrido en algunos casos, hay que pedir la
ayuda de los tribunales civiles de justicia. No se trata de un duelo de
competencias jurídicas sino de aunar fuerzas de emergencia para evitar que
tales abusos se repitan, las víctimas sean compensadas lo antes y mejor
posible, y el temor a la ley sirva para que los abusadores no puedan jamás
jugar en su favor con la impunidad o el castigo irrisorio. La nueva postura de
información, prevención y mano firme contra la pederastia debería ser
extensiva, pienso yo, a la homosexualidad y el lesbianismo en las filas
eclesiásticas. La crisis de vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal en
algunos países, así como la falsa piedad es terreno abonado para que los
homosexuales y las lesbianas instalen sus nidos de corrupción en las
estructuras sociales y religiosas de la Iglesia. Por ello pienso que los
obispos y todas aquellas personas que ejercen la autoridad en la Iglesia harían
muy bien en revisar algunos métodos existentes de captación de vocaciones. Hay
un peligro serio de confundir algunos métodos de promoción vocacional vigentes
con técnicas cercanas al fanatismo religioso fundamentalista. El ingreso en la
vida religiosa y sacerdotal es una cosa muy seria y la admisión colectiva de
candidatos o candidatas sin que los obispos y autoridades religiosas que los
admiten conozcan individualmente los rasgos esenciales de la personalidad de
cada uno y cada una es un riesgo muy grande en los tiempos que corren.
Lo
peor en estos casos ocurre cuando algunos superiores, demasiado humanitarios
unos e ingenuos otros, apoyan a estas personas las cuales terminan colándose en
las comunidades religiosas. No hay peor servicio que una falsa ayuda. Como dije
antes y lo repito, prefiero lidiar con ateos dialécticamente combativos que con
homosexuales y lesbianas de mucha piedad religiosa y aparentemente inofensivos.
S. Agustín estuvo a punto de pedir la dimisión como obispo después de haber
conferido el orden sacerdotal a un tipo piadoso que después resultó ser un
impresentable. Pero en otra ocasión estuvo a punto de ser víctima de las
violencias desatadas por sus propios cristianos contra él por negarse a ordenar
de sacerdote a otro que no reunía las condiciones necesarias para ese menester.
El miedo tradicional al sexo produjo muchos trastornos sexuales en el pasado y
la idolatría del mismo en los tiempos que corren corrompe la naturaleza humana.
Los protagonistas de esta corrupción pisan fuerte en la sociedad y sería muy
lamentable que la Iglesia cayera en la coartada dando entrada a gatos en la
despensa. Hay otros dos campos de investigación abiertos por los medios de
comunicación en los que la Iglesia se encuentra también en el ojo del huracán.
Me
refiero al tema de la complicidad de personas eclesiásticas en actividades terroristas,
en el contexto de los movimientos nacionalistas, así como en las prácticas
abortivas en centros de salud que dependen directa o indirectamente de la
presencia de la Iglesia en la dirección o administración de los mismos. Estos
frentes están ya abiertos y cabe esperar que no se siga tropezando en la misma
piedra del silencio encubridor por motivos económicos o políticos
inconfesables. Si en los casos de pederastia, homosexualidad y lesbianismo no
cabe ningún tipo de tolerancia con los delincuentes, menos aún debe haberla con
los que son cómplices de las violencias y muertes que tienen lugar en los actos
terroristas y prácticas abortivas. Pienso igualmente que la Iglesia tendría que
propiciar menos el culto anticipado a la personalidad de los fundadores y
líderes religiosos por parte de sus seguidores. Por otra parte, estoy
convencido de que esta calamidad de la pederastia va a servir para reflexionar
y rectificar errores de gobierno y dirección en la Iglesia. No hay mal que por
bien no venga en la “viña del Señor”, en la que siempre hubo y habrá de todo,
pero también sobreabundancia incomparable de recursos humanos y divinos para
salir al paso de las miserias humanas.
15. El nacional clericalismo vasco
1) La obra
Durante décadas varios grupos
terroristas de inspiración política asolaron la convivencia humana en muchas
partes del mundo y el 30 de mayo de 2002 los Obispos del País Vasco en España
publicaron una Carta sobre el tema, la cual fue muy mal recibida fuera del
ámbito nacionalista vasco y catalán. Con este motivo escribí un artículo para
la revista Studium en el cual
expresaba yo mi opinión desfavorable sobre la polémica Carta. El artículo fue
aceptado en principio por el director de turno de la revista, pero después se
volvió atrás alegando que había consultado con sus asesores los cuales se
habían manifestado en contra de la publicación. Por las razones que me dio
interpreté que se trataba de una censura
en toda regla contra el contenido del artículo por más que él lo negaba. Así
las cosas, le pedí que borrara mi nombre del equipo responsable de la revista y
no se habló más del asunto. Pero como no hay mal que por bien no venga, no sólo
se publicó después el texto del artículo redactado para Studium sino también el material informativo del que disponía sobre
las críticas de los medios de comunicación con motivo de la polémica Carta de
los Obispos del País Vasco. De la publicación se encargó la editorial Edibesa.
La única modificación al texto original consistió en omitir las críticas a los
clérigos nacionalistas catalanes por razones estratégicas del editor centrando
la atención sólo en el nacionalismo clerical vasco. El editor alegó razones de
brevedad y de prudencia. Comprendí la posición del editor y se suprimieron los
pasajes aludidos. Nunca he tenido dificultad en aceptar las sugerencias y
consejos de los editores que no tratan de censurar
mi pensamiento sino de mejorar el texto. En cuestión de poco más de un mes el
libro estuvo publicado con el título El
nacional clericalismo vasco.
De la introducción cabe destacar
los párrafos siguientes: “Así reza un refrán castellano: «Reunión de pastores
oveja muerta». El término pastor se asocia aquí a los obispos de las diócesis del
País Vasco en España, los cuales publicaron una carta pastoral conjunta el 30
de mayo de 2002 con el título Preparar la paz, la cual provocó
reacciones en cadena de rechazo, estupor e indignación en casi todos los
medios de comunicación social, tanto por su contenido como por su
intencionalidad política. La oveja muerta va asociada a los miles de personas
asesinadas, secuestradas, amenazadas o extorsionadas por los terroristas
etarras. Son las denominadas «víctimas del terrorismo». La expresión Nacional
clericalismo vasco, está basada en que, en el nacimiento y evolución del
nacionalismo vasco, un sector importante del clero jugó un papel indiscutible.
El hecho es históricamente fácil de verificar, aunque se manifieste con matices
diferentes, como puede percibirse en la carta pastoral de los obispos y en el
manifiesto de 358 curas. En estos movimientos nacionalistas el protagonismo de
un sector del clero fue decisivo. Las reacciones contra la Carta pastoral de los prelados vascos en los medios de comunicación
fueron tan numerosas, universales, persistentes y duras que obligaron a poner
en marcha la máquina diplomática del Gobierno español y de la Santa Sede a fin
de evitar un conflicto en toda regla en las relaciones Iglesia-Estado. La
Conferencia Episcopal salió al paso inmediatamente con una nota de emergencia
de la Oficina de Prensa, pero no resolvió nada. Las críticas aumentaron y pocos
días después, el 7 de junio, volvió a la cancha con una Nota del Comité
Ejecutivo, la cual evitó el potencial conflicto diplomático, pero tampoco
satisfizo la demanda pastoral de un amplio sector de la opinión pública. No
obstante, el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal arzobispo de
Madrid, Antonio María Rouco Varela, prometió que el máximo órgano colegiado
episcopal trataría a fondo en un futuro próximo el tema del terrorismo desde el
punto de vista cristiano.
Dicho y hecho. El 23 de noviembre
de 2000 todos los medios de comunicación saludaron el importante documento del
que damos cuenta y razón en el capítulo tercero. Con esta intervención creemos
que se inauguró una nueva etapa quedando marginada la carta pastoral de los
obispos vascos. En realidad, matizaba yo, se ha producido un fenómeno
históricamente paradójico y hasta cierto punto grotesco. Durante el régimen
dictatorial del general Franco, en efecto, la mayoría de los obispos españoles
respaldó el llamado nacional-catolicismo. Pues bien, cuando razonablemente
cabía pensar que ese pecado de la Iglesia en España por relación al resto del
mundo estaba felizmente llamado a desaparecer, vienen los prelados vascos
atizando su institucionalización en Euskadi con el Partido Nacionalista en el
poder. Lo que sus predecesores hicieron con Franco -por razones inaceptables,
pero hasta cierto punto más comprensibles-, lo hacen ahora ellos con el PNV en
el poder. De hecho, en Euskadi nunca se ha producido la separación de facto,
aunque sí de iure, entre la Iglesia y el PNV, que es el único Partido-Estado
que ha pervivido en la democracia española. ¿Grotesco? Sin duda, pero los
hechos son hechos. Salvadas las distancias de tiempo y espacio, el «caudillo»
de otros tiempos en toda España ahora es el «caudillo» de turno de Euskadi. Es
verdad que no entra en las iglesias bajo palio. Pero advierte al Vaticano que
sólo reconoce en “su nación” a obispos de sangre vasca y no a “un tal Blázquez”
o cualquiera otro llegado de por “ahí abajo”. Pero hay algo más. El
nacional-catolicismo tradicional suponía que todo el mundo tenía que adoptar
obligatoriamente el catolicismo como religión de Estado y los curas tenían la
misión exclusiva de velar por la formación religiosa de los ciudadanos con el
apoyo estatal. El factor religioso era fundamental en la formación cívica.
Actualmente, por el contrario, se
da la paradoja de que las religiones tradicionales son sustituidas en los
movimientos nacionalistas por el culto a la patria chica, la raza, el idioma y
costumbres presuntamente ancestrales y en exclusiva. Se han liberado del
lastre religioso tradicional sustituyéndolo por el culto a los líderes
políticos locales y al terruño. Los nacionalistas tradicionales eran muchos de
ellos religiosamente fanáticos. Por el contrario, actualmente, o son ateos
redomados que practican el culto a la raza y a la nación con fe ciega y brutal,
o simplemente pasan de la religión. A menos que no exista algún motivo
políticamente pragmático que aconseje lo contrario. De ahí que la militancia de
los hombres de Iglesia en los nacionalismos actuales resulte, además de
anacrónica y grotesca, contradictoria y no pocas veces delictiva. El presente
ensayo se inscribe en el contexto de Los pecados de la Iglesia (Madrid,
Ed. San Pablo 2002) y el capítulo primero no es más que un apéndice o
complemento del capítulo sexto de aquella obra cuya acogida editorial resultó
excelente. Luego apareció la Carta de los obispos vascos y este acontecimiento
precipitó el resto del presente ensayo el cual es sólo el núcleo central de un
trabajo inédito mucho más amplio en el que se da cuenta del tremendo impacto
mediático provocado por la polémica Carta episcopal. Los capítulos que
nosotros consideramos más importantes son el primero y el quinto. El primero,
porque en él se plantea el problema de los sentimientos nacionalistas
clericales en el contexto de toda la cristiandad como «pecado estructural», el
cual afecta a todas las denominaciones cristianas, al judaísmo y al Islám. En
el capítulo quinto se plantea el problema en términos teológicos y se ofrece
una respuesta provisional con vistas a estimular la reflexión por parte de los
expertos en teología bíblica y pastoral. En el tercero se expone el contenido
doctrinal de la CEE sobre el terrorismo y el nacionalismo. En dicho documento
hay una doctrina ética explícita sobre el terrorismo y los sentimientos nacionalistas
y deja la puerta abierta para el planteamiento teológico del problema, que es
el objeto del capítulo quinto. Los otros capítulos son básicamente
sociológicos, anecdóticos e informativos.
Comprendo que sentimentalmente a
muchos no les interese tratar directa y explícitamente el tema del
nacionalismo clerical desde el punto de vista teológico. Tal vez no resulte
«políticamente correcto». Pero lo políticamente correcto muchas veces no
coincide con lo intelectualmente honesto y deseable. El asunto de los
nacionalismos clericales es tan viejo como la Iglesia y nunca ha sido tratado
como problema teológico y tal vez haya llegado la hora de afrontarlo de una vez
por todas abandonando los tabúes tradicionales. Los nacionalismos clericales
han sido fuente de muchos males en el pasado y siguen siéndolo en el presente
en el área del cristianismo y más aún en el ámbito hebreo e islámico. Estos son
los hechos crudos que suelen quedar difuminados en planteamientos teóricos
angelicales de inspiración política”. De la conclusión final del libro me
parece oportuno recordar los párrafos siguientes: “Teológicamente hablando, la
dinámica nacionalista que actualmente tenemos la desgracia de conocer en
diversas partes del mundo es incompatible con la conducta política de Cristo
frente al nacionalismo judío de su tiempo y el imperialismo romano. Cristo se
comportó como un patriota judío irreprochable hasta el punto de someterse a
normas y leyes que Él mismo estaba llamado a perfeccionar o eliminar
reemplazando la normativa obsoleta del Antiguo Testamento por la Ley Nueva.
Pero nunca entró al trapo de la política activa por más que se encontró en situaciones
dilemáticas y provocadoras en extremo. Ni judíos ni romanos pudieron acusarle,
como no fuera en falso, ni de tomar partido por alguna opción política ni de
antipatriota o ingrato con la tierra que le vio nacer y sus costumbres.
Sobre el caso concreto de San
Pablo cabe hacer las siguientes precisiones. Antes de ser cristiano fue un
nacionalista judío exagerado rayando en el fanatismo. Una vez que conoció a
Cristo, reconoció sin reservas los verdaderos motivos por los que su pueblo,
el judío, podía sentirse orgulloso en el concierto de las naciones. Pero
igualmente abandonó sus sentimientos nacionalistas por razones teológicas
tomadas de la historia de la salvación. Su conversión supuso para él despojarse
de los sentimientos nacionalistas hebreos tradicionales para revestirse de la
fe en Cristo muerto y resucitado en beneficio de la humanidad entera y no sólo
de su pueblo, el hebreo, del que, insisto, no renegó nunca. A la luz de estos
datos teológicos resulta obvio que la actividad política desplegada por un
sector de eclesiásticos vascos liderando sentimientos políticos nacionalistas
carece absolutamente de legitimidad canónica al contradecir abiertamente la
conducta de Cristo y de San Pablo en esa materia. De hecho, en sus manifiestos
políticos hablan del País Vasco como ideales de su vida y para nada de Cristo,
como no sea por alusiones a veces poco respetuosas y en el mejor de los casos
poniéndolo en segundo plano. Justamente lo contrario de lo que hizo San Pablo
después de su conversión. Tampoco la polémica pastoral de los obispos vascos es
teológicamente aceptable. En situaciones mucho más comprometidas Cristo fue
provocado para que se pronunciara a favor o en contra de la causa nacionalista
hebrea y se negó hábilmente a entrar al trapo.
Los obispos vascos, por el
contrario, se han pronunciado recientemente a favor de los sentimientos
nacionalistas y éste es su pecado pastoral del que, por otra parte, no parece
que estén dispuestos a arrepentirse. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.
Tuvieron que pasar veinte siglos para que un Papa en calidad de sucesor de San
Pedro tuviera la valentía de pedir perdón a la entera humanidad por los
pecados de la Iglesia. O sea, por pecados cometidos por muchos eclesiásticos
en el pasado entre los cuales se computa el pecado de nacionalismo. El fomento
de los nacionalismos ha sido siempre y sigue siendo un pecado crónico de la
Iglesia institucional tanto en clave ortodoxa como católica y protestante. En
nombre de Cristo y siguiendo el ejemplo de San Pablo y Juan Pablo II ¿sería
mucho pedir a esos eclesiásticos, obispos incluidos, que pidieran alguna vez
disculpas por el pecado del nacionalismo? En cualquier caso, y de cara al
futuro, los ejemplos de Cristo, de San Pablo y de Juan Pablo II están ahí como
referentes ineludibles de política cristiana y urge que las nuevas generaciones
eclesiásticas sean formadas de acuerdo con esos paradigmas teológicos”. El
libro se publicó contra viento y marea y no sin sorpresas. El ambiente estaba
muy caldeado y cabía esperar mucha polémica e incluso cosas peores. Cuando se
tocan temas relacionados directamente con el terrorismo todas las precauciones
son pocas. Sin embargo, contra todas las expectativas del editor, que no dudó
en celebrar una cena con periodistas para dar publicidad al libro, el libro
pasó sin pena ni gloria. Las escaramuzas más destacables fueron las que se
relatan a continuación.
2) Presentación crítica del libro
en Alfa y Omega
El
miércoles 25 de febrero tuvo lugar una cena de presentación del libro a
periodistas en el madrileño restaurante La Ópera, calle Amnistía nº.5
programada por el editor José Antonio Martínez Puche, O.P., y el jueves
(26/II/2004) apareció en el suplemento de ABC Alfa y Omega la recensión crítica siguiente:
“Querido José Antonio: Ya sabes
cuánto admiro la trayectoria editorial que iniciaste hace no muchos años -o
quizá sí- resucitando el sello EDIBESA, que está marcando significativamente
mucho de lo bueno y práctico del día a día de cientos de cristianos en su vida
espiritual e intelectual. No hace falta recordar aquí que tu edición del Evangelio
diario es un auténtico crack, una genialidad que sirve, y mucho. Te puedo
decir que hasta los más pequeños de mi casa tienen tus libros sobre Jesús y la
vida de los santos como libro de cabecera. Ahora tercias en una difícil y
peliaguda cuestión: el nacionalismo vasco y la contribución de la Iglesia a ese
complejo proceso. Y lo haces con un libro del dominico y profesor de la
Facultad de Ciencias de la Información, de la Complutense, Niceto Blázquez.
Después de haber leído el libro,
sin prisa, pero sin pausa, no acierto a entender el motivo de su publicación.
Es claro lo que ha supuesto para la historia de la Iglesia en España, y para la
sociedad y la cultura españolas, el documento Valoraci6n moral del
terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de noviembre
de 2002. Este texto marca un antes y un después en el juicio moral del fenómeno
del terrorismo de ETA y en algunos de los factores determinantes del proceso
de conformación de la ideología terrorista. A partir de ese momento, cualquier
acercamiento que quiera hacer una contribución significativa a este fenómeno
eclesial, o terciar en un proceso de clarificación pública de la citada
Instrucción, debería hacerse en la perspectiva de los presupuestos allí propuestos
y especificados. Creo que este libro que comienza con una muy desacertada captatio
benevolentiae: «Así reza un refrán castellano: Reunión de pastores,
oveja muerta. El término pastor se asocia aquí a los obispos de las
diócesis del País Vasco en España, la oveja muerta va asociada a los miles de
personas asesinadas, secuestradas, amenazadas o extorsionadas por los
terroristas etarras», que continúa en dos capítulos con una glosa de un texto
ya publicado de su autor en el libro Los pecados de la Iglesia, que
sigue con una desenfocada acumulación de textos periodísticos sobre la polémica
que se originó a raíz de la Pastoral de los obispos en el País Vasco -con la
que te podrás imaginar que muchos no estamos ni remotamente de acuerdo- y que
va concluyendo con unas parábolas sobre y del nacionalismo: parábola del
cáncer, del virus informático, del fumador, alcohólico y drogadicto, y del
obseso sexual que, ciertamente, hasta parecen de mal gusto, contribuya en nada
a la clarificación del hecho en sí y a su percepción por parte de la comunidad
cristiana.
El autor, en las conclusiones
finales, piensa que la distinción entre nacionalismo violento y democrático es
válida en teoría o académicamente hablando. Y más adelante escribe: «La
presunta inocuidad del nacionalismo democrático es más un deseo o una ilusión
que una realidad palpable». Si este libro quiere ser glosa y ejercicio de
profundidad de la citada Instrucción pastoral-y espero que no sea así leído
por muchos- se aleja del citado texto episcopal que merece algo más que
respeto. He querido compartir con los lectores estas reflexiones en voz alta
para que, cuando se acerquen al libro que reseñamos, lo hagan en diálogo
múltiple y, en serenidad de ciencia y conciencia. (ABC, 26/II/2004, Alfa y Omega, p.29). José Francisco Serrano”.
Como era lógico, yo hice uso de mi
derecho de réplica y respondí en estos términos:
“Querido José Francisco: He leído
varias veces y despacio tu reseña de mi libro El nacional clericalismo vasco, publicado por EDIBESA (Madrid
2004). Te agradezco que le hayas dedicado un lugar tan destacado en Alfa y Omega al tiempo que hago uso del
derecho de réplica que me asiste para hacer algunas matizaciones a las reservas
que has expresado en tu presentación.
1) Dices, por ejemplo, que no
entiendes el motivo de la publicación de este libro.
- Respuesta: Lo tienes expresado ya al principio de la Introducción. El
motivo detonante fue la aparición de la Pastoral de los obispos vascos a la que
siguió una ola de críticas feroces en los medios de comunicación más tres
documentos de la Conferencia Episcopal Española. Había pues motivos sobrados y
materia suficiente para escribir no sólo un libro pequeño como el mío sino una
docena y voluminosos. ¿Y qué culpa tengo yo de ello?
2) Que empiezo ya mal en la
introducción llamando la atención del lector mediante el recurso al refrán
popular “reunión de pastores oveja muerta”.
- Respuesta: Con este recurso retórico mi verdadera intención ha sido, además
de suscitar la curiosidad del lector, como se hace en el periodismo castizo,
rendir ya desde el primer momento un homenaje caluroso y entrañable a todas las
víctimas del terrorismo, a saber, a los que murieron, a sus familiares y a
cuantos siguen actualmente amenazados y amenazadas por esos nacionalistas
malvados. ¿Qué malo hay en esto que tenga yo que corregir o retractar?
3) Que hay en el libro una
desenfocada acumulación de textos periodísticos motivados por la aparición de
la polémica Carta Pastoral de los obispos vascos.
- Respuesta: Tu reserva es muy confusa porque no te has expresado con
claridad. Te diré que la acumulación de textos críticos periodísticos que
aparecen en el libro, están relacionados con la Instrucción de la
Conferencia Episcopal y no con la Carta de los obispos vascos como se podía
deducir de tus palabras. Estos textos, que fueron numerosos y muy duros, salvo
un diez por ciento procedentes del ámbito nacionalista vasco y catalán, los
tengo archivados por si en algún momento es necesario recordarlos. Por el
contrario, los relativos a la Instrucción de la Conferencia fueron
favorables casi todos excepto los procedentes del ámbito nacionalista. Por otra
parte, como tú sabes igual o mejor que yo, en el mundo en que vivimos hoy los
medios de comunicación son los que modelan mayormente la forma de pensar y de
vivir de las masas. De ahí la necesidad práctica de tener en cuenta la opinión
pública forjada por ellos para pasarla por el filtro de la reflexión y devolver
a las mismas masas, no a las nubes o a las estrellas, los frutos de dicha
reflexión. Eso es lo que yo trato de hacer con mayor o menor acierto en mi
libro sin ocultar los textos o manipularlos informativamente. El fruto de esa
reflexión después lo pongo a disposición de todos en el capítulo quinto, que es
el más importante del libro y del que sólo has tenido en consideración lo de
las “parábolas” pasando por alto el tremendo problema teológico que allí se
plantea por primera vez. Luego doy a conocer honestamente la conclusión a la
que he llegado como opinión personal sobre el problema planteado, susceptible
de ser revisada y eventualmente rectificada tan pronto haya alguien que me demuestre
con razones, no con sentimientos como tú tiendes a hacer, que estoy
equivocado.
4) Dices que el
recurso que hago a “unas parábolas sobre y del nacionalismo” (parábola
del cáncer, del virus informático, del fumador, alcohólico y drogadicto y del
obseso sexual) te parecen casi de mal gusto y dudas de que vayan a contribuir
en nada a la clarificación del hecho en sí del nacionalismo y a su percepción
por parte de la comunidad cristiana.
- Respuesta: A parte de que sobre gustos no hay nada escrito, o sea, que eso
es muy relativo de suerte que lo que a unos disgusta a otros les puede
encantar, he sido consciente de que introducía una forma de hablar novedosa y
que podía prestarse a malos entendidos en razón de esa tendencia que todos
llevamos dentro a anteponer los sentimientos personales y los prejuicios
culturales al uso de la razón. Por ello, en la p. 221 explico puntualmente en
qué sentido utilizo este género literario de las parábolas para evitar
susceptibilidades. Por si queda alguna duda, a lo allí dicho añado lo
siguiente. Como viejo aficionado a la psicología médica y experto en Bioética
estoy acostumbrado a utilizar estos tipos de analogías con buenos resultados
académicos para explicar ciertas formas de conducta humana. Si nadie normal y
razonable se considera insultado cuando un médico o un psicólogo hace un
diagnóstico negativo, por ejemplo, del hábito de fumar, de beber o de lo que
sea, no veo por qué se ha de escandalizar o sentirse molesto cuando yo analizo
con criterio terapéutico el fenómeno de los sentimientos nacionalistas
destacando el hecho objetivo de que arrastran siempre consigo el peligro de una
adición afectiva y política malsana a la patria, a una determinada
configuración geográfica y a una cultura. También Jesucristo utilizó las
parábolas y los refranes populares como apoyatura para dar a conocer mejor sus
ideas y forma de entender la vida. Cuando yo utilizo esas analogías no
es para insultar a nadie sino para explicar con realismo y viveza un hecho
verificable que consiste en el peligro próximo de quedar psicológicamente
atrapados en la dependencia adictiva que lleva consigo todo sentimiento
nacionalista de patria, nación, geografía, religión y cultura. Algo que en
buena parte queda expresado visualmente en la foto de la cubierta. Y eso es
todo. Lo demás es ganas de buscar tres pies al gato atribuyendo a mis palabras
un significado que no tienen ni en mi intención ni en su expresión.
5) Dices que la Instrucción
de la Conferencia Episcopal supuso un antes y un después tras la aparición de
la Pastoral de los prelados vascos y que “a partir de ese momento cualquier
acercamiento que quiera hacer una contribución significativa a este fenómeno
eclesial, o terciar en un proceso de clarificación pública de la citada
Instrucción, debería hacerse en la perspectiva de los presupuestos allí
propuestos y especificados”.
- Respuesta: Das la impresión de que dejo en mal lugar a la Conferencia
Episcopal limitándome a respetar lo que dice. O también que una vez que ha
hablado la Conferencia el problema está resuelto y que no es lícito hablar más
del mismo si no es para repetir e inculcar lo que ha dicho la Conferencia. No.
Una vez que se pronunció la Conferencia, el problema de los nacionalismos no
sólo no quedó definitivamente zanjado, sino que incluso se radicalizó más entre
los obispos y curas nacionalistas. De ahí que sea conveniente seguir tratando
del problema buscando nuevos caminos. Uno de ellos consiste en suministrar a
los obispos sugerencias para llevar hasta sus últimas consecuencias la doctrina
expuesta en la Instrucción. Por
otra parte, que la Instrucción de la
Conferencia Episcopal marcó un antes y un después respecto de la Pastoral de
los prelados vascos es algo que se dice explícitamente en alguna parte del
libro y por ello se le dedica monográficamente el capítulo III, que concluyo
con estas palabras textuales en la p.194: “La segunda parte (de la Instrucción),
que es donde se aborda el tema del nacionalismo y de su potencial
compatibilidad en determinados casos -nacionalismo etarra siempre excluido- fue
la que dio lugar al voto pastoralmente poco responsable de los obispos
nacionalistas vascos y catalanes. A pesar de todo, lo dicho en esta Instrucción
sobre el tema de los nacionalismos es de lo más razonable y civilizado que
podía decirse y lo comparto totalmente. Sin embargo, creo que se puede ir
todavía más lejos. ¿Cómo y de qué manera? La respuesta merece un capítulo
aparte”. ¿Es esto dejar en mal lugar a la Instrucción de la Conferencia
Episcopal o ser desleal a su doctrina “en la perspectiva de los presupuestos
allí propuestos? Sinceramente no veo dónde está mi error o trato inadecuado del
texto de la Conferencia.
Y viene el capítulo V y último en
el cual se encuentra el verdadero mensaje que yo he querido transmitir en el
libro abriendo un debate teológico teniendo como paradigmas principales de mi
reflexión el texto de la Conferencia Episcopal como piedra angular o punto
sólido de partida, y el ejemplo de Cristo y de S. Pablo frente al nacionalismo
judío de su tiempo y la ocupación de Palestina por la administración imperial
de Roma. Pero sobre este capítulo, que es el central y más interesante, como
advierto ya en la introducción, has pasado como sobre ascuas citando un par de
frases desvinculadas entre sí y de su contexto. Y 6) Terminas tu crítica con
estas palabras: “He querido compartir con los lectores estas reflexiones en voz
alta para que, cuando se acerquen al libro que reseñamos, lo hagan en diálogo
múltiple y, en serenidad de ciencia y conciencia”. Queridos lectores, les ruego
encarecidamente que sigan ustedes este sabio consejo de mi crítico.
Afectuosamente, tu incondicional amigo Niceto Blázquez, O.P”. La respuesta por
teléfono a esta réplica mía fue que el texto que les había enviado resultaba
demasiado extenso para publicarlo. No quise entrar en discusión sobre esta
restricción desagradable y me apresuré a remitir la siguiente respuesta
resumida en estos términos: “Querido José Francisco: Te agradezco que hayas
dedicado un lugar tan destacado en Alfa y Omega a mi libro El
nacional clericalismo vasco, publicado por EDIBESA, Madrid 2004. Dicho lo
cual quisiera hacer algunas matizaciones pensando en los lectores al filo de
las reservas que has expresado en tu presentación.
1) Dices, por
ejemplo, que no entiendes el motivo de la publicación de este libro.
Respuesta: Lo que motivó que yo escribiera este libro lo digo ya al
principio de la Introducción y no fue otro que la aparición de la Pastoral de
los obispos vascos Preparar la paz, 30 de mayo del 2002. Ellos hicieron
saltar la chispa que dio lugar al incendio mediático que siguió después ante el
cual me sentí obligado en conciencia a hablar.
2) No te parece bien que empiece
llamando la atención del lector mediante el recurso al refrán popular “reunión
de pastores oveja muerta”.
Respuesta: Mi intención ha
sido, sin duda, suscitar la curiosidad del lector, como se hace en el
periodismo castizo, pero más aún rendir ya desde el primer momento un homenaje
caluroso y entrañable a todas las víctimas del terrorismo, a saber: a los que
murieron, a sus familiares y a cuantos siguen actualmente amenazados y
amenazadas por esos nacionalistas malvados.
3) Que hay en el libro una
desenfocada acumulación de textos periodísticos.
Respuesta: En el mundo en
que vivimos hoy los medios de comunicación son los que modelan mayormente la
forma de pensar y de vivir de las masas. De ahí la necesidad práctica de tener
en cuenta la opinión pública forjada a través de esos medios. Por otra parte,
los testimonios mediáticos de los que se da cuenta en el capítulo IV se
refieren a la Instrucción de la Conferencia Episcopal y no a la Carta de
los prelados vascos, como podría deducirse de tus palabras. Los relativos a la
Carta, que fueron durísimos, los tengo archivados por si es preciso
recordarlos. En su lugar está la crítica mía personal al polémico documento en
el capítulo II.
4) Que el recurso que hago a “unas
parábolas sobre y del nacionalismo” te parecen casi de mal gusto y que
dudas que vayan a contribuir en nada a la clarificación del hecho en sí del
nacionalismo y a su percepción por parte de la comunidad cristiana.
Respuesta: A parte de que
sobre gustos no hay nada escrito, o sea, que eso es muy relativo de suerte que
lo que a unos disgusta a otros les puede encantar, he sido consciente de que
introducía una forma de hablar novedosa y que podía prestarse a malos
entendidos en razón de esa tendencia, que todos llevamos dentro a anteponer los
sentimientos personales y los prejuicios culturales al uso de la razón. Por
ello, en la p.221 explico puntualmente en qué sentido utilizo este género
literario de las parábolas para evitar susceptibilidades. También Jesucristo utilizó
las parábolas y los refranes populares como apoyatura para dar a conocer mejor
sus ideas y forma de entender la vida. Cuando yo utilizo esas analogías no
es para insultar a nadie sino para explicar con realismo y viveza un hecho
constatable que consiste en el peligro próximo de quedar psicológicamente
atrapados por la dependencia adictiva que lleva consigo todo sentimiento
nacionalista de patria, nación, geografía, religión y cultura.
5) Dices que la Instrucción
de la Conferencia Episcopal supuso un antes y un después tras la aparición de
la Pastoral de los prelados vascos y que “a partir de ese momento cualquier
acercamiento que quiera hacer una contribución significativa a este fenómeno
eclesial, o terciar en un proceso de clarificación pública de la citada
Instrucción, debería hacerse en la perspectiva de los presupuestos allí
propuestos y especificados”.
Respuesta: Que la Instrucción de la Conferencia Episcopal marcó un
antes y un después respecto de la Pastoral de los prelados vascos es algo que
se dice explícitamente en alguna parte del libro y por ello se le dedica
monográficamente el capítulo III que concluyo con estas palabras textuales en
la p.194: “La segunda parte (de la Instrucción), que es donde se aborda el tema
del nacionalismo y de su potencial compatibilidad en determinados casos
-nacionalismo etarra siempre excluido- fue la que dio lugar al voto pastoralmente
poco responsable de los obispos nacionalistas vascos y catalanes. A pesar de
todo, lo dicho en esta Instrucción sobre el tema de los nacionalismos es
de lo más razonable y civilizado que podía decirse y lo comparto totalmente.
Sin embargo, creo que se puede ir todavía más lejos. ¿Cómo y de qué manera? La
respuesta merece un capítulo aparte”. Y viene el capítulo V y último en el cual
se encuentra el verdadero mensaje que yo he querido transmitir en el libro a
mis lectores retomando el discurso allí donde lo dejó la Conferencia para
llevarlo hasta sus últimas consecuencias en el capítulo V de acuerdo con los
ejemplos pastorales de Cristo y de S. Pablo frente al nacionalismo judío de su
tiempo y la ocupación de Palestina por la administración imperial de Roma. No
veo que haya nada incorrecto o que se salga de la metodología teológica más
ortodoxa en mi forma de proceder. Tu siempre amigo, Niceto Blázquez, O.P”.
Insistieron en que mi respuesta resumida seguía resultando demasiado extensa lo
cual me hizo pensar que estaban buscando la manera de evitar su publicación o
de publicarla sólo en función de sus intereses editoriales. En consecuencia,
decidí que la publicaran como más les gustase a ellos y así lo hicieron sin el
menor respeto ni reparo. El texto que publicaron manipulando el mío a su gusto
fue el siguiente:
- Respuesta publicada en Alfa y Omega
(11/III/2004, p.10)
El
nacional clericalismo vasco
“Les agradezco que hayan dedicado
un lugar tan destacado en Alfa y Omega a mi libro El nacional
clericalismo vasco. Quisiera hacer algunas matizaciones: Lo que motivó
este libro fue la aparición de la Pastoral de los obispos vascos Preparar la
paz, que hizo saltar la chispa que dio después lugar al incendio mediático.
Mi intención ha sido suscitar la curiosidad del lector, pero, más aún, rendir
un homenaje a todas las víctimas del terrorismo. Los testimonios mediáticos de
los que se da cuenta en el capítulo IV se refieren a la Instrucción de la
Conferencia Episcopal, y no a la Carta de los prelados vascos. Los relativos a
la Carta, que fueron durísimos, los tengo archivados, por si es preciso
recordarlos. En su lugar, está la crítica mía personal al polémico documento
en el capítulo II. He sido consciente de que introducía una forma de
hablar novedosa y de que podía prestarse a malos entendidos. En la página 221
explico puntualmente en qué sentido utilizo el género literario de las
parábolas para evitar susceptibilidades. Que la Instrucción de la Conferencia
Episcopal marcó un antes y un después respecto de la Pastoral de los prelados
vascos es algo que se dice explícitamente en alguna parte del libro, y por
ello se le dedica monográficamente el capítulo III, que concluyo con estas
palabras: «La segunda parte (de la Instrucción), que es donde se aborda el tema
del nacionalismo y de su potencial compatibilidad en determinados casos
-nacionalismo etarra siempre excluido- fue la que dio lugar al voto
pastoralmente poco responsable de los obispos nacionalistas vascos y
catalanes. A pesar de todo, lo dicho en esta Instrucción sobre el tema de los
nacionalismos es de lo más razonable y civilizado que podía decirse y lo comparto
totalmente. Sin embargo, creo que se puede ir todavía más lejos. ¿Cómo y de
qué manera? La respuesta merece un capítulo aparte”. Niceto Blázquez. Madrid.
N. de la R: “Alfa y Omega ratifica lo publicado en su reseña
crítica de este libro”.
Nota aclaratoria. Como he
dicho, no fui yo sino la Redacción de Alfa
y Omega quien redactó el texto definitivo en función de sus intereses. Y no
sólo eso, sino que añadieron una NOTA ratificándose en todo lo dicho contra el
libro. Yo podía haber seguido respondiendo a esa NOTA dando lugar a una
polémica en toda regla. Por otra parte, siguieron sin hacer ninguna referencia
al capítulo V, que, insisto, es el capítulo principal de la obra. Por razones
de prudencia y de dignidad decidí no dar más importancia a este asunto y no se
habló más del mismo. En la cena de presentación del libro estuvo presente el
autor del siguiente reportaje periodístico.
3)
EL Mundo, viernes 27 de febrero de 2004
El dominico Niceto Blázquez afirma
en su libro “El nacional c1ericalismo vasco’” que está reñido con el
«universalismo cristiano» Madrid. «El nacionalismo es un pecado y monseñor Setién
un político”. El que lo dice no es José María Aznar ni Jaime Mayor Oreja, sino
el dominico Niceto Blázquez, profesor de Ética de la Universidad Complutense de
Madrid. Y lo sostiene en un libro titulado El nacional clericalismo vasco,
publicado por la editorial Edibesa. El padre dominico señaló ayer que «el
nacionalismo no es inocuo, sino principio del mal en el pasado y en el
presente. Es un pecado». Un pecado en el que no cayó ni Cristo, «que no renegó
de su patria, pero tampoco presumió de ella”, ni San Pablo, que fue en un
primer momento un nacionalista radical, pero después «cambió por el
universalismo del catolicismo”. Más aún, asegura el profesor que “los
sentimientos nacionalistas llamados democráticos son psicológicamente como los
procesos cancerosos benignos bajo control médico. Mejor es no padecerlos en
absoluto que tenerlos, aunque sea bajo control. La metástasis puede declararse
al menor descuido”. Sentados los principios teológicos y los argumentos de
autoridad de su condena del nacionalismo, Niceto Blázquez saca las
consecuencias: “Es un anacronismo que haya tendencias nacionalistas en la
Iglesia, que debe tender a la universalidad. Son tendencias eclesiales
involucionistas”. Y añade: “Un nacionalista auténtico no puede ser un auténtico
cristiano” ¿Están, por tanto, en pecado, los curas y los obispos nacionalistas?
“No sé si están en pecado, pero sí en error. Y como ese error tiene categoría
de pecado, la Conferencia Episcopal debería intervenir para darle un consejo a
monseñor Setién y ponerlo en su sitio”. Porque,
según el profesor de Ética, “monseñor Setién es un político y actúa como un
político, pero no como un pastor”. No tiene en cuenta que “los sentimientos
nacionalistas democráticos son actualmente indeseables y políticamente desaconsejables,
al menos desde el punto de vista psicológico y teológico. Y más aún si sus
protagonistas son hombres y mujeres de Iglesia comprometidos directamente con
la causa del Evangelio.
Por eso, a la carta pastoral de
los obispos vascos Preparar la paz, de 30 de mayo de 2002, el padre
Blázquez la denomina «la pastoral de la discordia». Alaba, en cambio, la
pastoral de la Conferencia Episcopal titulada Valoración moral del
terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, del
23 de noviembre de ese mismo año. Un documento que provocó duras críticas de
los obispos vascos y catalanes que, prácticamente en su totalidad (Blázquez
parece que se abstuvo), votaron en contra del mismo (precisamente por la condena que hace del
nacionalismo «totalitario”. El profesor Blázquez reconoce que
hubo en el Episcopado español un antes y un después de la jubilación de
monseñor Setién. Mientras éste estuvo en activo, «ningún obispo se atrevía a criticar
sus posturas y actitudes». La situación cambió, a su juicio, con la llegada a
la Presidencia del Episcopado del cardenal Rouco Varela que, apoyado en los
análisis del arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, cambió radicalmente
la actitud de los obispos españoles ante el problema vasco. No contento con
eso, Blázquez pide al Episcopado que «vaya más allá en su condena del
nacionalismo», porque no casa con la universalidad del catolicismo. (José
Manuel Vidal, El Mundo, 27/II/2004, p.21). El autor de este
reportaje era un ex – sacerdote y desde el punto vista periodístico su artículo
es, en términos generales, aceptable. Tampoco es de extrañar que no refleje con
la precisión deseada algunos detalles de nuestra conversación durante la cena.
Para evitar confusiones lo mejor es que quien tenga interés por conocer lo que
yo dije durante aquella cena de presentación lea el libro en cuestión.
4) Sobre
el Obispo Setién
En
la nota 30 de mi libro escribí en el 2004 lo siguiente: “Hablando de
sentimientos nacionalistas y de teología cabría pensar que el Obispo emérito de
San Sebastián, D. José María Setién Alberro, tiene algo que decir digno de ser
tenido en cuenta. Sobre todo, dada su implicación personal en la promoción del
nacionalismo vasco a pesar de su condición episcopal. En realidad D. José María
Setién, denostado casi universalmente fuera de los círculos nacionalistas,
jamás ha abordado el tema desde el punto de vista teológico o claramente
pastoral. El calificativo más suave que se le ha propinado constantemente en
los medios de comunicación es el de “tibio”. Escuchando sus declaraciones
públicas y leyendo su libro De la ética y el nacionalismo (Erein,
Donosita 2003), la impresión inmediata que uno recibe es que nos hallamos ante
un teórico de alto voltaje del nacionalismo vasco y nada más. Su planteamiento
del problema y su lenguaje es exclusivamente político y no teológico o pastoral
como cabría esperar de un Obispo. A ese nivel teórico se puede estar de
acuerdo con él casi en todo. Pero tiene, entre otros, dos fallos de extrema
gravedad por sus consecuencias prácticas. Me refiero a la desvinculación de la
política de la ética y a la crítica que hace contra la Conferencia Episcopal
Española de la que forma parte. Llega a decir cosas como “que la resistencia a
que la política no tenga otra referencia de valoración que ella misma y las
leyes sociológicas internas a su funcionamiento, tiene mucho de razonable”.
Esta afirmación equivale a admitir en la práctica la desvinculación de la
política de la ética general como si la política pudiera llevarse a cabo
honestamente siguiendo las reglas de juego que ella misma quiera darse
abstrayendo de principios más universales de humanidad. El otro fallo grave
consiste en la puñalada por la espalda que propina a la Instrucción de la
Conferencia Episcopal en la tercera parte del libro. La verdad es que el
polémico prelado emérito tiene más méritos como teórico político que como pastor
de la Iglesia. Esta es la impresión que fácilmente pueden causar sus hechos y
sus dichos, los cuales han sido y siguen siendo esencialmente políticos y no
teológicos o pastorales”. En el año 2010 no encontré hechos o dichos de
Monseñor Setién que me llevaran a cambiar esta impresión personal sobre su modo
equivocado de actuar como Obispo dejándose llevar por sus sentimientos
político-nacionalistas.
5)
Contra todas las previsiones
Como dije al principio, el director de la
revista Studium se negó a publicar el
contenido del capítulo V, principalmente por miedo a las críticas que pudieran
llegar a la revista por la publicación de mi artículo desfavorable a los
sentimientos nacionalistas y su promoción por parte de muchos eclesiásticos en
el País Vasco y Cataluña. No se publicó el artículo, pero se publicó el
presente libro. No puedo asegurar que el director de Studium llegara a conocer esta publicación ya que muy pronto su
estado de salud le obligó a dimitir como director de la revista y una crisis
cardiaca le condujo a la casa del Padre. En Internet apareció una crítica muy
agresiva por parte de una persona acusándonos a mí como autor y al editor de
oportunistas y desleales a la causa de la verdad. Oportunistas por el momento
de calentamiento político en que apareció la obra y el dinero que presuntamente
reportaría su venta al público. Y desleales a la verdad por ser ambos
dominicos. Como si ambos estuviéramos buscando publicidad personal y lucro
material. Paradójicamente, la prensa nacionalista apenas destacó la importancia
del libro. Ni siquiera aquella prensa más cercana y favorable al terrorismo en
el País Vasco. La prensa se hizo eco del libro, ciertamente, pero de tal forma
que el lector terminaba deduciendo que, dada la autoría del mismo, no valía la
pena invertir dinero ni tiempo en comprarlo y leerlo. Como consecuencia de esta
estrategia de silenciamiento y descalificación de autor y editor, la obra,
contra
Todos llamaban a la lucha
en el estilo marxista más genuino y ortodoxo. Siguió la huelga general de
Secundaria y el Barrio Latino se convirtió en un campo de batalla. Tras un día
de descanso la Sorbona fue tomada por los estudiantes bajo el lema “La
imaginación al poder”, e igualmente el teatro Odeón. Los obreros de la Renault,
por su todos los pronósticos, no
llamó la atención del público y constituyó un solemne fracaso editorial. En
contrapartida, tampoco se produjo ningún riesgo o peligro de que los grupos más
cerrilmente vinculados a los movimientos nacionalistas me causaran molestia
alguna. Así pues, el libro pasó sin pena ni gloria como si no hubiera ocurrido
nada. No fue causa de popularidad, ni de ganancia de dinero ni de disgustos. Lo
que sí fue, como en el caso del libro sobre Los
pecados de la Iglesia, una experiencia más de la eficacia del método de la estrategia del silenciamiento para
evitar que una determinada forma de pensar no prospere por más que ella sea
objetiva, verdadera o simplemente interesante. Insisto, estos dos libros,
contra todos los pronósticos, no me acarrearon ni fama, ni dinero ni disgustos.
Nunca lo pretendí y, dada la naturaleza de los problemas que en ellos son
tratados, me siento profundamente satisfecho de haberlos escrito y haber tenido
la posibilidad de publicarlos.
16. Las relaciones con editoriales y censores
1) Primeras experiencias
Como ya he dicho, una de mis
experiencias positivas como escritor es que todo lo que he escrito con el deseo
de publicarlo, antes o después, de una u otra forma, mi deseo ha sido siempre
satisfecho. Hecha esta observación sólo quiero recordar algunas anécdotas y
pequeños incidentes relacionados con este asunto. La primera vez que tuve
contacto con una entidad editorial distinta de la revista Studium tuvo lugar por el año 1970. Me dirigí a la editorial Espasa
Calpe en Madrid con un escrito sobre filosofía oriental para hablar de su
posible publicación. El joven representante editorial me recibió muy bien y le
hablé sobre la posibilidad de editar el texto en cuestión en la colección de
bolsillo. Le expliqué que en caso de que el proyecto interesara a la comisión
de publicaciones yo tendría que revisar y perfeccionar el texto definitivo. Su
respuesta fue que lo importante era que la comisión de economía considerara el
texto comercialmente rentable. Esta respuesta me decepcionó profundamente
porque, en mi ingenuidad e inexperiencia en estos asuntos yo pensaba que lo
primero que interesaría a la editorial era la calidad intelectual del libro.
Las amistosas conversaciones con
el propietario de la editorial Studium me fueron muy útiles para
comprender lo difícil que resulta muchas veces compatibilizar la calidad
objetiva de los escritos con los intereses comerciales de los editores. No en
vano las editoriales son antes que nada empresas comerciales que no pueden subsistir
sin los recursos económicos necesarios. Por otra parte, la mayoría de los
escritores necesita percibir beneficios por sus publicaciones. El asunto es
complicado. En la práctica, como es sabido, estos problemas editoriales se
resuelven muchas veces mediante el recurso a las Fundaciones, las partidas de
dinero destinadas a la promoción de la cultura por parte de las instituciones
públicas y, sobre todo, pagando el autor los costes de edición o mediante la
ayuda de mecenas generosos. En mi caso ha habido un poco de todo y las dos
editoriales de alto prestigio que más se interesaron por mis escritos fueron la
Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) y la Ed. San Pablo. Sin olvidar la Ed. Noticias,
cuyo director vino expresamente a mi casa a pedirme permiso para editar por su
cuenta y riesgo mi primer trabajo en el que yo había madurado mi opinión sobre
la pena de muerte. Ese trabajo lo había yo presentado a Amnistia
Internacional en Madrid. Valoraron el texto muy positivamente, pero como no
tenía cabida en el programa de sus publicaciones lo remitieron al propietario
de la Editorial Noticias, el cual, como digo, se presentó en mi casa con el
texto en mano para expresarme su deseo de publicarlo. Este buen hombre se
llamaba Antonio Roldán, el cual no sólo publicó Estado de derecho y pena de muerte, sino tres volúmenes más sobre
ética de la información. Su generosidad conmigo fue grande.
En esta línea de generosidad
editorial me es muy grato recordar también aquí a la Ed. Montecarmelo, liderada
durante muchos años por Fernando Domingo. En julio del 2010 me invitó a
almorzar con él en un restaurante de Burgos donde mantuvimos una fraternal
conversación sobre la vida y sus avatares. Habida cuenta de nuestra edad ya
avanzada, los temas de conversación surgían por doquier y el tiempo se nos hizo
corto. Como botón de muestra de nuestro cambio de impresiones sobre aspectos
diversos de la vida y de nuestras experiencias personales respectivas, me
parece oportuno recordar una anécdota suya. En una ocasión la famosa Fundación
alemana Adveniat le pidió que hiciera llegar a un arzobispo
centroamericano una cantidad de dinero para paliar sus necesidades. El Jerarca
eclesiástico recibió al P. Fernando en su despacho como corresponde, pero poco
después de recibir el dinero desapareció, supuestamente para formalizar el
recibo de la ayuda recibida o urgido por imperativos de la naturaleza. Pasaba
el tiempo y el arzobispo no regresaba por lo cual el P. Fernando informó a
alguien de lo que ocurría y reapareció el Jerarca, el cual se quedó muy
sorprendido cuando le sugirió que le entregara el justificativo correspondiente
del dinero recibido. Negó haber recibido nada del P. Fernando y se despidió
como si allí nada hubiera ocurrido pocos minutos antes. Cuando el P. Fernando
trató de explicar a Adveniat lo ocurrido le tranquilizaron porque allí
conocían muy bien las formas de actuar del ilustre arzobispo. Por esa razón le
habían aconsejado que no le entregara el dinero hasta que no presentara el
justificante de haberlo recibido. La pregunta lógica era esta: ¿qué hacía el
arzobispo con el dinero recibido? Al final de la visita el ilustre y experto
director de la Ed. Montecarmelo (un siglo de existencia) me pidió que le
presentara un texto relacionado con la bioética para publicarlo y manifestó un
cariñoso interés en publicar mi obra La
cátedra de la vida. No tengo palabras para agradecerle la magnanimidad que
derrochó conmigo bajo un precioso cielo azul, el bello entorno de la catedral
burgalesa y el canto alegre del río.
Durante el mes de agosto redacté
en Ávila el texto del pequeño libro que me encargó sobre La biotanasia y
a mi regreso a Madrid el día 26 del mismo mes me encontré con este mensaje:
“Discúlpame por haber acusado recibo tan tarde de tu original que titulas
BIOTANASIA. Pero es que este bendito Dios que nos quiere tanto ha estado
dudando este mes de agosto en si llevarme o no con Él. Y por el momento parece
que me deja aquí. Hablando ya en concreto, mis hermanos carmelitas de Gijón se
empeñaron en llevarme allá, primero para sacarme unos días de Burgos, y
también, para intentar probar, a la vez, unos tratamientos de hidroterapia que
parece me vendrían bien. Llegué el día 2 de agosto, todo comenzó estupendo,
pero casualmente el día 4 me dio un coma adisoniano en plenas Urgencias del
Hospital de la Seguridad Social gijonesa. Total, parece que estuve una hora sin
conocimiento, lo recuperé, y como creo todo provenía de una infección producida
por un virus o bacteria causante de la alta fiebre que tenía, allí he estado 15
días, acabando con un cuerpo más debilucho aún de lo que ya estaba. No sé si,
pese a todo cuanto sabes, el mayor enemigo de esta insuficiencia suprarrenal
que padecemos tantas personas es cualquier infección que produzca fiebre. Pese
a todo, y como ves, ya estoy de nuevo al teclado. Mañana recomenzamos el
trabajo tras el período vacacional de los empleados. ¡Y que el Señor me permita
seguir con la ilusión de trabajar, ayudándome, a la par, para asumir la
impotencia que uno siente ante este tipo de enfermedad consistente, como ya le
he dicho varias veces en la pérdida de fuerzas físicas y no poder uno ni con su
propia alma ¡Y eso que es espiritual! Aún no he tenido ni tiempo de leer tu
original. Estamos ahora liadísimos preparando la Feria del Libro de Barcelona
para fin de septiembre. A partir de octubre me meteré (D.m.) con ello y te
tendré al corriente de cuanto haya. Muchísimas gracias por todo. Y por lo del
presupuesto de LA CÁTEDRA DE LA VIDA, no te preocupes. En cuestiones monetarias
todo tiene remedio. Sería una pena que no lo editases. Con nosotros o con otros
¡Es al fin la ciencia y experiencia condensada de toda una vida tan llena como
la tuya! Un abrazo. Adiós. Y quedemos con Él. Fr. Fernando Domingo”.
Últimamente apareció la Ed. Vision
Libros como una alternativa a las editoriales tradicionales gracias a las
nuevas tecnologías en el campo de la informática. Entré en relaciones con el
director de dicha editorial y ello dio lugar a una serie de publicaciones
breves, rápidas y económicas. Y, sobre todo, liberadas de censuras previas.
Para mí esta nueva modalidad editorial me puso en bandeja la posibilidad de
editar cuanto me ha parecido oportuno sin tener que someterme a la censura
tradicional impuesta por los propios editores en función sólo de sus intereses
editoriales a costa de los intereses del autor. Pero hablando de problemas
editoriales resulta prácticamente imposible no tropezar alguna vez con la
institución de la censura ideológica.
De entrada, quiero dejar claro que no he tenido problemas serios con la censura
tradicional. El único caso relevante en esta materia fue el que se describe a
continuación.
2) Conflicto con un censor de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)
La
Conferencia Episcopal Española había ordenado la publicación de una serie de manuales
para ser utilizados como libros de texto en las Universidades y Facultades de
teología de la Iglesia de acuerdo con unas normas resumidas en seis puntos. El
objetivo era garantizar con estos textos de base en las aulas la mayor
ortodoxia posible en la doctrina de una forma ordenada, breve y sistemática. La
gran novedad en esta materia era el auge de la nueva disciplina denominada Bioética. Había que redactar también un
texto de Bioética y la Comisión de los manuales no dudó en encargar la
redacción del mismo al conocido y experto jesuita Javier Gafo, el cual redactó
un texto que no satisfizo a la Comisión y a partir de aquí comenzó la historia
de mi incidente con la censura. En la editorial me dijeron confidencialmente
que el texto presentado por Gafo no había satisfecho ni a la Comisión ni a la
editorial. Así las cosas, me entregaron dicho texto para que yo les diera mi
opinión sobre el mismo. Mientras tanto le pidieron al autor que lo revisara,
pero no estaba por la labor. Yo leí detenidamente el original teniendo
presentes los criterios aprobados para su redacción y presenté mis
conclusiones.
Mi
opinión fue que el texto de Javier Gafo debería publicarse como un libro suyo y
bajo su exclusiva responsabilidad, pero no como texto de base para los alumnos
en las Facultades de la Iglesia. Mi Informe era bastante amplio y, según me
informaron confidencialmente, avalaba la opinión negativa que ya recaía sobre
el mismo. Así las cosas, en la BAC me sugirieron que prepara yo un texto
alternativo en la línea de mi obra Bioética
fundamental que tan buena fortuna había tenido. Pero sólo acepté esta
proposición cuando supe que Javier Gafo había abandonado definitivamente la
idea de revisar su texto. Este hombre conocía muy bien la historia de la
Bioética y estaba puntualmente informado de todo lo que acontecía en ese campo,
pero carecía de criterio moral seguro y encontraba mucha dificultad para aceptar
el Magisterio de la Iglesia sobre aspectos fundamentales de la Bioética. Así
las cosas, decidí remodelar la Bioética
fundamental con el fin de que pudiera servir de texto alternativo al
desestimado de Javier Gafo. Pero el texto tenía que pasar por el Censor oficial
del Arzobispado de Madrid. Pasaron bastantes meses sin que la editorial
recibiera respuesta lo cual empezó a intrigarnos a todos. Por fin, después de
muchos ruegos, llegó la respuesta en un texto farragoso que no he podido
recuperar. Por el contrario, sí he recuperado en la computadora mi respuesta al
censor en los términos siguientes. Las frases entre comillas son del censor.
3) Respuesta al censor del Arzobispado de Madrid
Respuesta a A, I). “Ccon una subrayada sensibilidad hacia planteamientos
tomistas”: Más bien debería decir “sensibilidad hacia planteamientos
RAZONABLES”. Ahora bien, si la “sensibilidad hacia planteamientos tomistas” es
un reproche por parte del censor, entonces quien sale mal parado no soy yo sino
el propio Magisterio de la Iglesia y el mismísimo Juan Pablo II, que puede ser
considerado como el tomista más cualificado de la actualidad. Incluso el propio
Catecismo de la Iglesia está redactado en clave intelectual literalmente tomista.
Y lo mismo puede decirse de las encíclicas Veritatis splendor y Evangelium
vitae.
B, l). El texto intencionadamente citado de Santo Tomás es
más que suficiente para superar el peligro denunciado en el n.56 de la Veritatis
splendor. El peligro real está más bien en que el profesor que imparta la
disciplina, así llamada Bioética, no sepa interpretar correctamente el texto
tomasiano en cuestión o tenga un concepto equivocado del Magisterio de la
Iglesia. Por lo demás, creo que me explico con bastante claridad en los temas
en los que, según el censor, aludo “a soluciones pastorales”. (C.III, p.127 ss;
147 ss. Y C. IV, 175 ss). Otra cosa es que mi censor tenga otra opinión y no
quiera oír la mía. Pero eso es problema suyo. Curiosamente, una de las
observaciones positivas que oigo siempre de mis escritos, incluida mi obra
“Bioética fundamental”, que el censor parece desconocer, es que se entiende muy
bien todo lo que digo incluso cuando trato sobre temas de suyo difíciles y
complicados. He releído esos capítulos y tengo la impresión de que están
bastante claros para cualquier censor competente y que quiera entenderlos sin
prejuicios.
B,2). Aquí vuelve el censor sobre “estos casos pastorales”
y dice que “cuando la solución propuesta se disocia aparentemente de los
enunciados generales del Magisterio”. A esto tengo que decir que si la
disociación es sólo aparente no tiene por qué hacer de ello un problema de vida
o muerte. Y si tal problema existe, que me lo demuestre. Ya en la introducción
advierto que en esos puntos no se trata de corregir al Magisterio de la Iglesia
sino de perfeccionarlo en su formulación y, sobre todo, de aplicarlo a la vida
real y no sólo imaginaria o reducida a meros conceptos abstractos. Es una
operación delicada, pero por ello se aplica el criterio pastoral de Sto. Tomás,
que el propio Magisterio de la Iglesia recomienda y utiliza en los casos más
difíciles. Me gustaría conocer qué idea tiene el censor del Magisterio de la
Iglesia, así como su experiencia pastoral. Por otra parte, mis explicaciones al
respeto son bien conocidas en un sector bastante amplio de la Iglesia y hasta ahora
han sido aceptadas como suficientemente razonables, realistas y ortodoxas en el
mejor sentido de la palabra. Una cosa es disentir del Magisterio de la Iglesia
y otra muy distinta explicarlo y aplicarlo dentro de las coordenadas de la vida
real, de la justicia y de la caridad.
Dice después: “alude únicamente en general a “moralistas” sin citar
expresamente a ninguno”. Esa alusión sin cita explícita se ha hecho
intencionadamente por delicadeza y respeto personal hacia esos autores a los
que cito explícitamente en mi obra “Bioética fundamental”. Consideré que era
mejor evitar en el manual la confrontación. Tanto más cuanto que cualquier
experto en Bioética conoce con nombres y apellidos a quiénes me estoy
refiriendo y es él, el profesor de la disciplina, quien debe decidir, según su
prudencia u oportunidad pedagógica, si procede o no plantear esa discusión con
los alumnos. En mi texto se suscita respetuosamente la polémica y se sugieren
criterios razonables de solución, que es lo más importante en este caso.
Termina B,2 considerando conveniente “superar el mero plano de la
propia opinión o convicción personal”. Esta proposición es una provocación a la
deshonestidad intelectual y a la hipocresía, lo cual es incompatible con mi
formación teológica y moral recibida en la Orden Dominicana, en la que
profesamos como lema la “verdad”, tanto objetiva como subjetiva. Por ello me he
esforzado en exponer en mi texto con la mayor objetividad posible las opiniones
ajenas y con transparencia y sinceridad la mía propia sobre todos y cada uno de
los temas que trato. ¡No faltaba más! He sido durante muchos años profesor de
futuros sacerdotes y desde 1983 profesor en una de las más importantes
Universidades del Estado Español y me siento orgulloso y feliz por no haber
engañado jamás a mis alumnos hurtándoles mi propia opinión sobre ningún tema
abordado en la docencia. Según mi larga experiencia docente esto es lo
pedagógico y educativo y no lo que sugiere el censor de mi texto.
Método teológico. Dice el
censor: “El libro está escrito prescindiendo prácticamente de su destino a ser
encuadrado en la colección de manuales de Teología. Se acerca más a un tipo de
manual de pura Bioética donde se tiene en cuenta el Magisterio de la Iglesia,
pero nada más”. Esta apreciación es completamente falsa. He sido consciente de
que se trata de un manual para dicha colección y el Magisterio de la Iglesia
domina de una u otra forma toda la obra. Cuando por razones obvias de espacio y
de organización mental no es posible ni lógicamente aconsejable aducir textos
del Magisterio se remite al lector a donde puede hallarlos sin dificultad. Por
otra parte, se trata, efectivamente, de un manual de Bioética. Es decir, de una
nueva disciplina que se está haciendo y que hay que estructurar de acuerdo con
su propia idiosincrasia y no según esquemas preconcebidos. De ahí la
importancia dispensada a los dos capítulos primeros, cuya trascendencia el
censor no ha sabido o no ha querido apreciar. En ellos se intenta mediar entre
posturas ampliamente difundidas sobre el estatuto epistemológico de la nueva
disciplina en los cuales se prescinde de la ley natural, de la Teología y más
aún del Magisterio de la Iglesia. En dichos capítulos se define la naturaleza
de la nueva disciplina de acuerdo con los paradigmas de la ley natural y de la
ética para dejarla en el punto de mira de la Teología Moral. Si ahora el
profesor de Teología Moral sabe lo que se trae entre manos y los alumnos
conocen ya las claves del método teológico propiamente dicho, como es obligado,
resulta relativamente fácil proyectar la luz de la revelación sobre todas las
cuestiones tratadas.
Esta operación se encuentra ya
realizada en los textos del Magisterio por lo que no es necesario repetirla en
cada caso concreto. Si el censor piensa que lo que actualmente se llama
Bioética, se ha de exponer sistemáticamente, como hacían los manualistas
escolásticos, planteando cada cuestión según la Sagrada Escritura, Santos
padres, etc.etc., está bastante equivocado. Nos hallamos ante una disciplina
nueva que hay que definir y tratar de acuerdo con su propia naturaleza todavía
en discusión y en este sentido creo que mi texto constituye una aportación
significativa en la línea del Magisterio de la Iglesia, por más que el censor
no haya sabido o no haya querido reconocerlo. Por lo demás, eso de que “se
tiene en cuenta el Magisterio de la Iglesia, pero nada más”, me parece una
frivolidad. Ya en la introducción me adelanto a justificar el trato
preferencial dispensado en mi texto al Magisterio de la Iglesia. De hecho, el
Magisterio de la Iglesia vertebra toda la obra y en ningún caso queda en mal
lugar, sino todo lo contrario, incluso cuando justa, razonablemente y con
lealtad absoluta a su mensaje sustancial, es criticado en el contexto de la
legítima libertad del quehacer teológico y pastoral más castizo y responsable.
Contenido. Dice el censor que están “totalmente ausentes
planteamientos teológicos deseables”. Que “resulta claramente insuficiente
contentarse con el apartado dedicado a “Bioética y Teología Moral” pp.77-
Dice el censor: “Extraña la inclusión de los temas del suicidio y
pena de muerte atendiendo al modo en que los desarrolla. Esta inclusión
concuerda poco con lo decidido por el autor en el capítulo segundo de la
primera parte, en el apartado “Definición de la Bioética en sentido estricto”
(p. 67 ss) No sé por qué se extraña tanto. Es verdad que ambos temas son clásicos
de la ética tradicional y de la Moral Teológica. Yo he distinguido entre
Bie6tica en sentido amplio y en sentido estricto. Las he tratado en el contexto
de la Bioética en sentido estricto porque existe una corriente de pensamiento
que pretende sustraer estos temas a la ética y a la Teología Moral para
tratarlos con la mentalidad bioética liberada de la ética tradicional y más aún
de los planteamientos tradicionales del Magisterio de la Iglesia. Habida cuenta
de esta pretensión abusiva y razonablemente inaceptable, así como de la
gravedad de los dos temas en cuestión, me pareció oportuno agarrar al toro por
los cuernos en su propio campo de lidia. Estamos tratando de definir la
Bioética y su campo de estudio teniendo en cuenta que la nueva disciplina es muy
reciente y que no se pueden aplicar criterios matemáticos. Estos dos temas son
frecuentemente abordados en el contexto de la Bioética con criterios y con
enfoques propios y específicos de la nueva disciplina “secularizada”. Por esta
razón de pragmatismo metodológico ambas cuestiones han sido incluidas en
nuestro texto. De hecho, los bioeticistas de profesión laicista tratan estos
temas como propios de la Bioética y con enfoques bastante diferentes de los de
la ética tradicional y más aún del Magisterio de la Iglesia. Este solo hecho
práctico bastaría para abordar ambos temas en el manual de Bioética.
Equilibrio y orden. Dice el censor: “Ambos puntos presentan múltiples
aspectos de perplejidad. Observo una clara desproporción entre las páginas
concedidas a la primera parte (introductoria) y la segunda parte. Los dos
capítulos de la primera parte resultan excesivos en el contexto de la obra”. No
estoy de acuerdo con la presunta desproporción de los dos capítulos primeros.
Tampoco acepto el que ambos capítulos los considere como meramente
introductorios a la Bioética. La razón es porque en ellos se debate la
naturaleza misma de la disciplina como novedad científica y académica. De la
cuestión teórica sobre su naturaleza y estatuto epistemológico dependen después
el enfoque y tratamiento de los problemas concretos. Tanto es así que la
Bioética es ya para muchos tratadistas una mentalidad y forma de entender la
vida humana que echa por tierra los principios que parecían más estables del
pensamiento ético tradicional, y más aún aquellos directamente relacionados con
la fe y la revelación cristiana. He puesto particular empeño en estos dos
capítulos, que constituyen la parte primera, por considerar que sin ellos la
parte segunda estaría de sobra ya que todos los temas allí tratados podrían
estudiarse en cualquier buen tratado moderno de Teología Moral. Esos dos
capítulos son tan fundamentales que requieren toda la extensión que sea
necesaria para poner las cosas en su sitio desde el principio y no construir
sobre arena o sobre un campo sembrado de minas éticas contra la propia vida
humana. En un manual serio de Bioética los temas que yo trato en mi texto no
pueden ser trivializados o reducidos a cuestiones introductorias protocolarias,
como parece sugerir el censor. Son cuestiones de fondo en las que nos jugamos
el todo por el todo y tienen que recibir el trato debido, que es lo que yo he
procurado hacer abriendo el camino para clarificar las muchas cuestiones que
todavía quedan por discutir y aclarar a nivel teórico sobre la Bioética por su
repercusión después en la forma de abordar éticamente las cuestiones concretas
más destacables en la segunda parte.
Y sigue: “El autor incurre en una especie de contradicción
pedagógica en cierto punto. En el capítulo primero de la primera parte trata
del “Impacto de la bioética en los foros legislativos civiles. Seguidamente
incluye toda una serie de apartados dedicados a la presentación de una
documentación, ciertamente de interés. Pero ¿es este el lugar apropiado? Al
aportar, tras la documentación respectiva, su valoración crítica, presupone una
doctrina que luego va a desarrollar, y fundamentar”. Es obvio que en un
catecismo de bioética toda esa documentación estaría fuera de lugar. Lo que
ocurre es que se trata de un manual con pretensiones de objetividad informativa
y de realismo práctico. Ahora bien, esos textos, de procedencia no
eclesiástica, son los que de hecho están sirviendo de criterio moral efectivo,
mucho más que los que emanan del Magisterio de la Iglesia, y son aceptados
incluso por teólogos católicos y aplicados en centros dependientes de la
Iglesia. Este hecho justifica el que en un manual para estudiantes de estudios
teológicos y futuros sacerdotes esos documentos sean conocidos y puntualmente
criticados. Por lo tanto, sigo pensando que el lugar en que son dados a conocer
en mi texto con la crítica correspondiente es el adecuado en razón de la
importancia teórica y práctica que tales documentos reciben en la sociedad
contemporánea por parte de las instituciones legislativas y sanitarias y de
investigación científica. Por lo demás, no veo dónde está la contradicción de
la que me acusa el censor. Esos textos son criticados en el lugar en que son
expuestos con los criterios que coherentemente he seguido en el resto de mi
obra. Por supuesto que, para realizar esa crítica, hay que anticipar criterios.
Como para realizar una medición hay que contar de antemano con alguna unidad de
medida. ¿Hay alguna contradicción en hacer uso de la misma unidad de medida
antes o después para medir superficies de la misma o análoga naturaleza? El
criterio crítico es como llevar el metro en el bolsillo para sacarlo cuando sea
preciso y hacer alguna medición. La contradicción estaría en descalificar
después el criterio utilizado antes.
El estilo. Dice el censor: “Este es el aspecto que más me ha
sorprendido y que más difícil me ha hecho la lectura de la obra”. El estilo de
un manual de Bioética no puede ser exactamente el mismo que el de un manual
escolástico clásico. Lo que el censor considera un defecto al respecto, en
realidad, como ya he dicho antes, es un mérito mío que consiste en hacer
accesible y comprensible lo que digo en lugar de seguir tópicos manidos y
formas académicas anticuadas que se compaginan mal con la sensibilidad expresiva
y peculiaridad comunicativa de la juventud actual. Al menos de la juventud
universitaria con la que yo convivo. Por estas razones, que no son las únicas,
me parece que el rechazo categórico de mi texto por parte de este censor no
está justificado. El texto puede ser revisado y perfeccionado en todo. Como
cualquiera otro que sea presentado como alternativa. Pero creo que reúne por lo
menos las condiciones mínimas para su aceptación, tanto por su contenido
doctrinal como por su enfoque y desarrollo. Niceto Blázquez, O.P. (Madrid,
1/II/1998)
4) Silencio por respuesta y desenlace final
El
censor no respondió a esta réplica mía y no se hablar de publicar un manual de
Bioética. Fallecido Javier Gafo su nombre en la lista de autores encargados de
los manuales fue reemplazado por el mío, pero pasaron los años y del manual de
Bioética no se habló más. Por otra parte, mi primera obra titulada Bioética fundamental había tenido éxito
editorial y había que reeditarla actualizada. Apareció así Bioética. La nueva ciencia de la vida, que sustancialmente era el
mismo texto censurado por el funcionario del Arzobispado. Cuando el principal
objetor de mi obra se percató de esta publicación, quiso pedir
responsabilidades al editor de la misma. Pero, como vulgarmente se dice, le
salió el tiro por la culata ya que el Obispo secretario de turno de la Conferencia
Episcopal zanjó la cuestión de suerte que las aguas siguieron por su cauce
normal sin problemas. Pero la obra tuvo también éxito editorial y se agotó. La
editorial me habló de preparar un nuevo texto, pero el director de la BAC,
Joaquín L. Ortega, se jubiló y con ello la editorial entró en una crisis muy
seria que estuvo a punto de arruinarla. Una de las víctimas de esta vorágine de
cambio de directores fue mi obra, que no se editó más.
Por
fin se normalizó la dirección de la editorial y el nuevo director llevó a cabo
un compromiso del problemático director saliente. Sobre dicha obra hice una
recensión en la revista Studium en los términos siguientes: “Sgreccia, E., Manual de Bioética, vol. I. Fundamentos y
ética biomédica, Ed. BAC, Madrid 2009, 968 pp. El autor de la presente obra
es un pionero y consumado maestro de la Bioética de calidad en el contexto
italiano. El anterior director de la BAC tomó por su cuenta y riesgo la
decisión de editarla en lengua española y me parece bien que sea publicada con
la exquisitez editorial que la BAC edita todas sus obras. Nos hallamos ante el
primer volumen y cabe pensar que el segundo, que el ilustre autor está
revisando para su reedición en italiano, tardará bastante tiempo en aparecer en
español. Por lo mismo, me reservo la opinión definitiva sobre dicha obra hasta
que aparezca el volumen segundo, si es que yo llego a verlo. De momento me
limito a hacer algunas observaciones críticas sobre el volumen presente que en
nada disminuyen la calidad objetiva de la obra en su conjunto y los méritos de
su autor, pero que pueden ser de alguna utilidad, tanto para la editorial que
lo edita como para sus lectores. Pues bien, habida cuenta del trato brutal que
se está dispensando a la vida humana naciente y sufriente en el campo de la
bioética, el modelo personalista adoptado por el autor, sin dejar de ser
impecable y correcto, resulta poco o nada eficaz contra esas brutalidades a las
que termino de aludir. Este modelo bioético es sólo entendido por una minoría
selecta de personas y resulta inofensivo para quienes han perdido ya el respeto
a la vida humana en las actividades biomédicas. La reflexión filosófica y
teológica en el terreno de la bioética, para que llame la atención y sea tenida
en cuenta por los tecnócratas de la investigación biomédica, de las ciencias de
la salud y de la bio-jurídica, tiene que surgir de manera lógica y natural al
filo de los datos científicos conocidos sobre el embrión humano y no desde
afirmaciones conceptuales abstractas previas sobre el respeto a la dignidad
humana o la autoridad del Magisterio de la Iglesia. El discurso biomédico
eficaz hoy día parte de los concretos reales que nos proporciona la
investigación científica seria y responsable, y no de los abstractos formales
de la lógica del conocimiento.
Con
esto sólo he querido insinuar que la obra en cuestión es objetivamente buena
pero pedagógicamente poco eficaz contra el nazismo actualmente sumergido en la
bioética y denunciado en la biotanasia. La obra de Elio Sgreccia merece todos
mis respetos, pero, pensando en quienes han perdido ya el respeto a la vida
humana naciente y sufriente en el campo de la bioética, dicha obra resulta
descriptivamente agradable pero intelectualmente floja y débil. Por otra parte,
está dirigida a lectores muy enmarcados en la cultura y lengua italiana y no
española. Pienso igualmente que los resúmenes de cada capítulo y la
bibliografía adjunta en la edición española no sirven para nada como no sea
para ocupar espacio, lo mismo si se adopta la obra como manual, que como un
buen libro de lectura sobre los asuntos de la bioética”. En la primavera del
2010 tuve la satisfacción de publicar Bioética y Biotanasia.
Satisfacción por doble partida. Primero, porque la obra apareció como era mi
deseo. Y segundo, porque tuve tiempo para mejorar el texto introduciendo
novedades y aclaraciones muy enriquecedoras.
17.
La filosofía de S. Agustín
Dije
al principio de este capítulo que la obra titulada Introducción a la filosofía de S. Agustín marcó la culminación de
la primera etapa de mi carrera intelectual. Pues bien, en el año 2012 volví
sobre el pensamiento filosófico del Hiponense perfeccionando y actualizando lo
expuesto en dicho libro. El nuevo texto notablemente perfeccionado fue publicado
por la prestigiosa editorial Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) con el
título Filosofía de san Agustín. El
siguiente mensaje se refiere a esta obra en los términos siguientes. “Estimado
Niceto, tenemos en proyecto inmediato introducirnos en el mundo del libro
digital, y hemos pensado que uno de los títulos a este propósito es el del
libro que preparaste. Como esta opción no se planteó en su día en el contrato
de edición que hicimos contigo, necesitaríamos que nos indicases como
contestación a este correo tu aceptación a que tu obra titulada “Filosofía de
san Agustín” que preparaste para ser publicada en papel, pueda ser igualmente
publicada en formato digital por la BAC. En este caso variaría a tu favor el
porcentaje destinado a derechos de autor, que, si en la edición en papel era
del 10%, en el caso del libro digital sería del 25%, que se calcularía sobre
todos los ejemplares vendidos y conforme al precio de venta sin IVA. Si estás
de acuerdo con nuestra propuesta, te agradecería tu respuesta lo antes posible
por este mismo medio del correo electrónico. Quedo a la espera de tus noticias.
Cordialmente, Juan Antonio Mayoral”.
Como
puede sospechar el lector, me apresuré a dar mi consentimiento con sumo gusto a
esta proposición. Lo que en principio fue un libro de juventud terminó
convirtiéndose en un libro de madurez. De hecho, esta publicación me produjo
gran satisfacción y en la contracubierta del libro puede leerse lo siguiente.
La
filosofía de san Agustín brota de su vida personal como el agua de la fuente y,
por ello, la comprensión adecuada de sus ideas requiere el conocimiento previo
de su historia personal. Sus ideas y su vida forman un todo vital íntimamente
trabado. Su pensamiento filosófico es muy peculiar porque se apoya en la
experiencia interior del hombre con Dios y no en experiencias tecnológicas o en
datos científicos al estilo moderno de nuestro tiempo. De ahí su carácter
encantadoramente ingenuo y asombrosamente genial al tratar de ciertos
problemas.
En
esta obra hay un ritmo ascendente hasta el capítulo tercero. Dios se revela en
lo más íntimo del alma de san Agustín, desde cuya experiencia de encuentro con
Dios, el Hiponense interpreta el legado filosófico de Grecia y Roma y plantea
algunos problemas fundamentales sobre el hombre, el ser y la vida humana en su
versión masculina y femenina, a nivel individual, político y social. La
peculiar filosofía de san Agustín arroja un balance global muy positivo en
quilates de humanismo, especialmente por la trayectoria personal que lo llevó
al encuentro con esa forma de saber sapiencial propio de la verdadera
filosofía, así como por su actitud de apertura a la trascendencia y a los
valores que no pierden su interés con el mero pasar del tiempo.
Sobre
este libro me llegó de Argentina el siguiente mensaje de la profesora Liliana
Gabriela Méndez: "Estoy por concluir la lectura de su libro y lo considero
verdaderamente muy bueno. Admiro la claridad de su entendimiento sobre S.
Agustín y la facilidad para trasmitirlo. Enhorabuena por su publicación en una
editorial tan seria." Mi
respuesta fue la siguiente: Gracias,
Liliana, por tus generosas y lindas palabras en facebook sobre mi libro. Como
hice saber en su momento a todos nuestros amigos de facebook, para mí fue
también una gran satisfacción el que la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)
manifestara su interés por publicar este libro, fruto del trabajo y del amor a
la verdad, analizando la vida y obra filosófica de un personaje tan emblemático
y siempre fascinante como es S. Agustín. Pero hablando de S. Agustín me parece
oportuno decir lo siguiente.
Para
hacernos una idea del valor de los aspectos esenciales de su pensamiento y del
testimonio de su vida como hombre, teólogo y obispo no basta leer el libro de Las Confesiones. Hay que leer también
con atención su epistolario, muchos de sus sermones y conferencias, así como la
biografía de Posidio, el cual le conoció durante varias décadas y le acompañó
en el momento de la muerte. Posidio habla de él desde que fue ordenado
sacerdote y obispo hasta el final de sus días dejando atrás lo que S. Agustín
dejó dicho sobre su vida y otras cuestiones de carácter filosófico, teológico y
místico sin excluir algunas reflexiones de gran calado metafísico como la
existencia de Dios, el tiempo y la eternidad. Hay que tener también en cuenta
el libro de las Retractaciones, en el que demuestra su sentido
personal de responsabilidad al tomar conciencia acerca de nuestras limitaciones
humanas cuando se trata de decir a los demás lo que sentimos y pensamos sobre
la realidad en general y los avatares de esta vida terrenal, como peregrinos
inseguros de la verdad última de todas las cosas. El corregir y rectificar es
propio de sabios y S. Agustín no era científico, pero sí un gran sabio que supo
aprender incluso de sus propios errores y equivocaciones. NICETO BLÁZQUEZ, O.P.
No hay comentarios:
Publicar un comentario