DIMISIÓN DE UN PRESIDENTE
NICETO BLÁZQUEZ, O.P.
INTRODUCCIÓN
Siempre sentí simpatía hacia las personas que renunciaron o dimitieron de sus cargos públicos de una forma oportuna y responsable. El Papa Benedicto XVI, por ejemplo, renunció al papado en el año 2013. Dos décadas antes yo había dimitido como presidente de una institución académica sin importancia. Es obvio que no se puede comparar el significado de una renuncia papal con la dimisión de un don nadie al frente de un centro de estudios de filosofía y teología.
En cualquier caso, la histórica resolución de Benedicto XVI me ha hecho recordar cómo yo fui también un día nombrado presidente de los Institutos Pontificios de Filosofía y Teología de la Orden de Predicadores en Madrid y cómo me sentí pronto en el deber de presentar la dimisión de ese cargo. ¿Cómo fui elegido y por qué dimití? Esta es la cuestión[1].
Las presentes páginas son una forma de responder a la maldición del pasado al modo de la clásica damnatio memoriae política, y de la ideología de género invasiva en el presente siglo XXI. Después de treinta años de silencio prudencial, quisiera hacer un brindis a los verdaderos historiadores que cuentan cosas del pasado; unas para que sean correctamente conocidas y aprendamos lo bueno de ellas, y otras para que sean olvidadas en lugar de imitarlas. La historia es maestra de la vida siempre que nos enseña a vivir con dignidad, imitando lo bueno del pasado para evitar tropezar en la misma piedra de los errores, en lugar de recordarlos sólo para imitarlos o vengarlos. El recuerdo objetivo de los errores del pasado se ha de hacer para corregirlos y no para imitarlos o tomar venganza de ellos, como gustan hacer los malos historiadores.
1. Breve historia de los Institutos de Filosofía y Teología
El convento de los PP. Dominicos de S. Pedro Mártir de Madrid, ubicado en el moderno barrio madrileño Sanchinarro, ha superado ya los sesenta años de existencia institucional. En septiembre de 1958 llegamos aquí más de un centenar de estudiantes y un nutrido equipo de profesores como piedras angulares de la nueva institución. Como antecedentes inmediatos de estos Institutos es obligado recordar el Estudio General constituido en Ocaña, Toledo (1830-1905); Ávila (1905-1958); Ávila-Madrid (1958-1968) y definitivamente, desde 1968 en Madrid capital. Ambos Institutos fueron agregados a las respectivas Facultades de Filosofía y Teología de la Universidad de santo Tomás de Manila (UST) con capacidad para conferir los títulos de Bachillerato y Licenciatura en filosofía y teología. Así las cosas, los estudios se realizaban en Madrid, pero los títulos académicos eran otorgados por la UST y durante algún tiempo el título de Licenciado en Filosofía fue reconocido por el Estado español con relativa facilidad.
Los Institutos fueron creados abiertos para estudiantes eclesiásticos y laicos, pero hasta muy tarde sólo fueron admitidos estudiantes de la Orden dominicana. ¿Por qué y quiénes impusieron esta restricción canónicamente inexistente? No sería difícil encontrar los motivos de esta sinrazón, pero cabe pensar que fue un error histórico irreparable en su momento, como pudo comprobarse después cuando surgió el problema de la supervivencia de la institución académica.
El Instituto Pontificio de Filosofía fue erigido por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades en el Convento de santo Tomás de Ávila con fecha 21 de noviembre de 1957 (cf. Prot. 814/57/12), como agregado «pleno iure» a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Santo Tomás de Manila, con facultad de conferir los grados académicos de bachillerato y licenciatura a los alumnos de la Orden, a tenor de la Constitución Apostólica «Deus Scientiarum Dominus y de los propios Estatutos, aprobados por dicha Congregación el 13 de marzo de 1958 (cf. Prot. 814/57/10). El Instituto Pontificio de Filosofía fue trasladado al Convento de San Pedro Mártir de Madrid, «ad tempus» el 26 de, agosto de 1958 (cf. Prot. 1182 58), y definitivamente el 19 de julio de 1960 (cf. Prot. 1840/60).
El Instituto Pontificio de Teología fue erigido por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades en el Convento de Santo Tomás de Ávila el 8 de septiembre de 1963 (Prot. 905/63/13), como agregado «pleno-iure» a la Facultad Pontificia de Teología de la Universidad de Santo Tomás de Manila, con la facultad de conferir los grados de bachillerato y licenciatura a los alumnos de la Orden de Predicadores a tenor de la Constitución Apostólica «Deus Seientiarum Dominus» y de los propios Estatutos, aprobados por dicha Congregación el 31 de agosto de 1963 (Prot. 905/03). El Instituto Pontificio de Teología fue trasladado al Convento de San Pedro Mártir de Madrid en virtud de un Decreto de la misma Congregación el día 1 de julio de 1968 (Prot. 588/68/7), previa conformidad del Sr. arzobispo de Madrid-Alcalá el 1 de junio de 1968. Desde esta fecha ambos Institutos formaron un solo Centro de Estudios salvando las peculiaridades específicas de cada uno de ellos.
El Instituto Pontificio de Teología, debido a la publicación del documento «Normae quaedam», con fecha 20 de mayo de 1968, y para secundar los proyectos de planificación de la Comisión Episcopal Española de Seminarios y Universidades, que recomendaba la «afiliación» de cualquier Instituto existente en España a una Universidad Pontificia cercana, se afilió, en su primer ciclo, por un período de cuatro años, a la Universidad Pontificia de Comillas el día 23 de agosto de 1973 (cf. Prot. 831/73/7), al término de los cuales renovó su afiliación, con fecha 4 de noviembre de 1977 (cf. Prot. 831/73/22), no abandonando, sin embargo, su «status» original de agregación a la Universidad de Santo Tomás de Manila. El Instituto Pontificio de Teología, con la publicación de la Constitución Apostólica «Sapientia Christiana» de Juan Pablo II, sobre los estudios eclesiásticos el 15 de abril de 1979, dio por concluido los vínculos de afiliación en su primer ciclo a la Universidad Pontificia de Comillas, lo cual fue dado conocer al Gran Canciller de dicha Universidad mediante comunicación de la Sagrada Congregación para la Educación Católica, con fecha 6 de junio de 198 (cf. Prot. 522/77/19).
Los Institutos fueron creados en unos momentos históricos de euforia cuando había muchos estudiantes de la Orden de Predicadores y un cuadro de profesores académicamente dotados con todos los títulos académicos necesarios. Había mucha demanda y mucha oferta dentro de la Orden de Predicadores sin necesidad de contar con estudiantes laicos y otros eclesiásticos del granero de la Iglesia. Pero pronto se cambiaron las tornas con la crisis de vocaciones dentro y fuera de la Orden, el envejecimiento de los profesores y la dificultad para formar otros que les sucedieran.
Los Institutos comenzaron a abrir las puertas que al principio de su creación fueron cerradas, como dije antes, pero era ya demasiado tarde. La crisis hizo muy pronto estragos en la marcha de los Institutos y cabía pronosticar su final a corto plazo. En ese contexto tuvieron lugar mi nombramiento como presidente y mi dimisión. Pero antes de entrar en detalle sobre el proceso de la misma, me parece oportuno adelantar algunos datos informativos.
A pesar de la crisis galopante de las instituciones académicas eclesiásticas, el 19 de mayo de 1989 la Congregación para la Educación Católica aprobó de forma definitiva los Estatutos de los Institutos, adaptados a las normas del Vaticano II, pero los tiempos y las personas habían cambiado mucho y tan generosa aprobación resultó ser demasiado arroz para poco pollo.
Entre los diversos proyectos que surgieron durante los buenos tiempos de los Institutos, cabe recordar la idea de pilotar desde Madrid la creación de una nueva Universidad en España regida por los Dominicos. En aquellos momentos el equipo de profesores dominicos en España era excelente y tuvo lugar en nuestro Centro una reunión de expertos para discutir el proyecto. Desconozco de quién surgió aquella idea. Lo que no he olvidado es el nombre de las dos personas, una de la antigua Provincia dominicana de España, y otra de la de Aragón, quienes tumbaron el proyecto sin gran dificultad. En aquel momento las razones que alegaron en contra no me convencieron, pero con el paso del tiempo hemos podido constatar que aquellos nobles proyectos de presente carecían de una visión realista de futuro.
Tampoco se descartó la idea de crear un puente histórico cultural con Filipinas con el apoyo de un grupo de académicos de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). En este posible proyecto había incluso nobles intereses políticos de buena ley. Pero, insisto, las personas y las circunstancias cambiaron mucho en poco tiempo y, en consecuencia, la marcha y el futuro de los Institutos de Filosofía y Teología cambiaron también.
Como muestra de sesenta años de servicio intelectual cabe recordar algunas realidades vigentes en el momento de redactar estas páginas. Por ejemplo, 61 gruesos volúmenes de la revista Studium en la que los profesores de los Institutos pasaron revista a los temas más vivos de la vida intelectual surgidos durante medio siglo. Esta revista de filosofía y teología, órgano oficial de los Institutos, es una joya intelectual que puede ser consultada por los intelectuales más serios y que en el 2022 sigue todavía viva mirando al futuro.
Con la revista Studium se encuentra también una gran Biblioteca. Era de rigor canónico que dichos Institutos estuvieran equipados con una buena biblioteca y tal norma se cumplió satisfactoriamente. Pero con el final de los Institutos, la biblioteca quedó huérfana de protección. Primero surgieron problemas serios de seguridad física y hubo que protegerla contra peligros externos. Luego el edificio empezó a resentirse por el peso de los libros que albergaba y obligó a trasladar progresivamente parte de ellos al sótano de la iglesia a la espera de mejor suerte. Hubo un momento en que yo temí que la biblioteca en su conjunto tuviera un final desgraciado.
Por otra parte, tres Informes independientes sobre su valor coincidieron en que era de gran interés filosófico, teológico e histórico y aconsejaban la conservación de su contenido en un solo lugar evitando la dispersión del depósito de libros. Dichos Informes fueron realizados por representantes de la Comunidad Autónoma de Madrid, de la Universidad Complutense y de la Universidad Pontificia de Comillas regentada por los jesuitas. Los tres informes fueron pedidos por el P. Maximiliano Rebollo O.P, a la sazón bibliotecario el año 2003. De todo ello con una breve reseña del origen de los libros y evolución de la biblioteca hay constancia documental amplia y detallada en una carpeta de archivo.
Después de muchas dificultades que parecían insuperables, a finales del 2015 se procedió a trasladar todos los libros a un sótano donde esperaban en cajas clasificadas volver a su lugar de origen, previamente reformado y equipado de acuerdo con las normas legales y de construcción requeridas en tiempos modernos. Antes de proceder al desalojo de los libros me pareció oportuno crear un video en mi canal de You Tube en el cual doy una idea aproximada de cómo estaba montada la vieja biblioteca del convento de los Padres Dominicos de S. Pedro Mártir en Madrid, antes de ser desmantelada con vistas a su reestructuración y modernización.
En el mes de julio del 2019 se inició su proceso de recolocación y tanto su espacio físico como la ubicación individuada de los libros constituye en el 2022 un espectáculo hermoso en proceso avanzado de informatización y servicio al público, a pesar del retraso impuesto por la terrible pandemia del 2020. La biblioteca nació en 1958 y alberga aproximadamente unas 300.000 unidades impresas, correspondientes a cinco siglos largos de andadura editorial hasta el año 2022.
La iglesia del convento, por su parte, vanguardista en arquitectura religiosa moderna universal, dejó de ser un templo privado de vida conventual para terminar convirtiéndose en una de las parroquias más importantes y frecuentadas de Madrid. Para resaltar el carácter conventual privado de este templo, baste decir que no tiene siquiera fachada propia. En su construcción se mantuvo el criterio de que las iglesias conventuales de los dominicos no son para realizar servicios propiamente parroquiales, a menos que el obispo del lugar lo requiera para cubrir las necesidades pastorales por diversos motivos ineludibles.
Por otra parte, el entorno geográfico de su enclave era por el año 1958 y siguió siéndolo durante muchos años después, un suburbio de Madrid, donde lo mismo aparecía un pastor con ovejas que un camionero vertiendo escombros casi a la puerta de casa y otras cosas peores. Nadie pensaba por aquellas calendas que de una misa de cara al público los domingos y fiestas de guardar y otras celebraciones sacramentales de lujo, autorizadas por el obispo del lugar, con el tiempo se llegaría a tener hasta ocho servicios eucarísticos cada domingo y fiestas de guardar, con todo lo que eso lleva consigo. Con esta matización sólo quería resaltar el hecho de que la iglesia de los institutos de filosofía y teología de Madrid, con la desaparición de los Institutos en cuestión, dejó de ser un recinto sagrado destinado única y casi exclusivamente a la convivencia religiosa privada de sus administradores, a un templo abierto al mundo entero.
En este contexto surgieron una exitosa Escuela de Teología para Laicos dirigida por el P. Miguel Ángel Medina Escudero, los cursos de Catequesis por los que pasan centenares de niños al año dando vida a las aulas y espacios que otrora ocuparon los estudiantes de filosofía y teología. Cabe pensar con fundamento que su paso por esta casa durante la infancia será una reserva de energía moral de gran valor para afrontar los problemas de la vida que les esperan.
A esto hay que sumar el servicio de predicación escrita y docente de los frailes de esta comunidad de san Pedro Mártir en diversas instituciones españolas y fuera de España. Los primeros cincuenta años de pastoral intelectual desde esta casa fueron fascinantes y constituyen un capítulo importante de la historia dominicana y madrileña, con brillantes luces y oscuras sombras también. Sin olvidar la mucha y diversa clase de gente que por razones académicas y no académicas buscaron asiento en estos espacios conventuales para orar, reflexionar y discutir civilizadamente sobre el cielo y la tierra sin excluir la política. Por todo ello, mi ilusión de viejo ahora es que una nueva generación de jóvenes dominicos tome cuanto antes la antorcha del futuro para que el noble quehacer de la predicación intelectual y académica salga una vez más al paso de las frivolidades históricas que impiden el acceso a la felicidad en este mundo y la esperanza más allá del tiempo y del espacio.
2. Mi nombramiento como presidente
El 27 de enero de 1988, la Congregación para la educación católica confirmó con el documento oficial correspondiente (112/88) mi nombramiento como presidente de los Institutos Pontificios de Filosofía y Teología Agregados a la Universidad de santo Tomás de Manila, fundada y regida por los dominicos desde el siglo XVI hasta nuestros días. Mi inmediato predecesor tenía muchos compromisos adquiridos que le impedían dedicar el tiempo necesario a la dirección de los Institutos, por lo que la autoridad competente le aconsejó que presentara la dimisión del cargo, cosa que hizo complacido y con agradecimiento por parte de dicha autoridad, que al aceptar la renuncia no se conformó con agradecer sus servicios prestados sino también la actitud generosa de ceder el paso a otra persona en la presidencia de los Institutos.
En la elección del nuevo presidente se procedió siguiendo la norma canónica de presentar una terna de posibles candidatos para optar por uno de ellos. En esa terna mi nombre iba como primer candidato y así empezó la triste historia de mi dimisión. El nombramiento era por un quinquenio, pero no llegué ni a la mitad del camino. Por otra parte, la dimisión fue una iniciativa personal mía que produjo sorpresa y encontró resistencia para ser aceptada, lo cual fue para mi motivo de no poco sufrimiento moral.
Otra matización importante es la siguiente. Una vez elegido yo entre los tres candidatos de la terna para ser nombrado por la Congregación, previo el visto bueno de UST, reflexioné sobre si debía aceptar el nombramiento o descartarlo. Los motivos para ello eran fundamentalmente dos. Uno era que por aquellas fechas yo estaba contratado como profesor de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Ahora bien, legalmente, no existía incompatibilidad entre mi dedicación presidencial a los Institutos y mi contrato académico con la Universidad Complutense.
Pero, por otra parte, si aceptaba dicho nombramiento, mi trabajo resultaría excesivo y repercutiría seriamente en perjuicio de mi salud. De hecho, esta era la razón más poderosa para rechazar el nombramiento. Con la particularidad de que cualquiera de los otros dos que figuraban en la terna, podía desempeñar bien las funciones de presidente de los Institutos, mientras que el trabajo que yo realizaba en la Universidad Complutense era exclusivamente personal y no podía delegarlo en otra persona sin perder la oportunidad de realizar una labor pastoral importante que allí se me había abierto. El propio representante del Maestro General de la Orden de Predicadores, P. Luis Muñoz, O.P, fue testigo de mis trabajos en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y me aconsejó que diera prioridad a ese trabajo académico mientras la UCM mantuviera en activo mi contrato laboral. La razón de esta recomendación era porque, según me explicó él, la presencia de los dominicos en el campo universitario estaba disminuyendo por aquellas fechas de forma preocupante.
Yo no trataba de retirar irresponsablemente el hombro rechazando el nombramiento de presidente en aquellos momentos convulsos; por ello presenté un informe médico con la esperanza de que fuera tenido en cuenta y pensaran en una de las otras dos personas que figuraban en la terna. Pero el responsable de esta gestión ni siquiera se dignó hacer un comentario sobre mi informe médico. No recuerdo si se dignó siquiera leerlo. Lo que él esperaba de mí era que aceptara el nombramiento, y misión burocrática cumplida por su parte. ¿Acerté al aceptar descorazonado? ¿Me equivoqué? Sólo Dios lo sabía y divinamente se calló. En cualquier caso, el menosprecio de mi informe médico me dio mala espina y me quedó un recuerdo desagradable de aquel encuentro, en el que lo único que el funcionario de los Institutos pretendía era que yo dijera sí, sin ningún tipo de consideración por su parte de mi situación personal.
3. Algunos precedentes de la dimisión
El día 4 de febrero de 1988 recibí mi nombramiento de Regente Provincial de Estudios, emitido por el Maestro General de la Orden Dominicana, y el de presidente de los Institutos de Filosofía y Teología santo Tomás en Madrid, Asociados a la Universidad de santo Tomás de Manila. Este segundo nombramiento venía de la Congregación para la Educación Católica, junto con el Placet o visto bueno del Rector Magnífico de la UST. Tales nombramientos supusieron una etapa importante de mi vida, rica en experiencias, sin duda, pero también en sufrimiento moral y desilusiones. La toma de posesión de estos cargos se programó para el martes día 9 de febrero con la previsión de que asistieran al acto protocolario varios catedráticos y profesores de la Universidad Complutense de Madrid.
El día 7, sin embargo, tuve que adelantar una entrevista con dos estudiantes en el contexto de los serios conflictos académicos que por aquella época habían surgido en los Institutos y que podrían desembocar incluso en la remodelación académica del cuadro de profesores. Me encontraba así envuelto en plena actividad administrativa de los Institutos en un momento de decadencia total de los mismo y de conflictos internos desagradables en aumento. Así, por ejemplo, D. Pedro Rosauro solicita desde Barcelona su Diploma de Licenciado en Filosofía y tengo que intervenir yo ante el secretario del Centro para que se resuelva el problema. El estudiante japonés Masashi Tanaca me comunica su firme decisión de no examinarse de dos disciplinas teológicas, dispuesto a retrasar su ordenación de diácono, si fuere necesario.
La razón principal de esta decisión era la dificultad encontrada para seguir los cursos en español. Le informé sobre la norma en vigor en relación con la dispensa de estudios y le aconsejé para que siguiera esforzándose por perfeccionar el español como algo que le iba a ser muy útil en el futuro. Por su parte, un estudiante con pinta de conflictivo me presentó su proyecto personal de participación en un encuentro de Estudiantes de Centros Eclesiásticos. Le hice algunas observaciones inexcusables y le pedí, por favor, que me dejara tomar posesión como presidente de los institutos antes de coaccionarme a tomar decisiones.
Todavía no había tomado posesión de mi cargo y otro estudiante vino a pedirme que le dispensara de asistir a las clases programadas para los que no habían cumplido con los requisitos estatutarios de escolaridad. Había de fondo un problema de malas relaciones personales con un profesor y me comprometí a título privado todavía a poner toda la carne en el asador para resolver los problemas que surgían como moscas en la siesta, al tiempo que veía ya llegar días muy desagradables, como de hecho ocurrió.
Por fin llegó el día 9 de febrero de 1988 en que tuvo lugar la solemne ceremonia de mi toma de posesión como presidente de los Institutos. Entre los asistentes a la ceremonia académica estaban algunos académicos de la Universidad Complutense de Madrid. Al asumir esta nueva responsabilidad comencé a alternar mis actividades académicas en la UCM y los Institutos de Filosofía y Teología con los trabajos añadidos de la Presidencia de estos cuando se encontraban ya en una crisis de la que no se recuperarían nunca. Como dije antes, el P. Luis Muñoz, en nombre del Maestro General de turno de la Orden de Predicadores, me había hecho saber que, si la presidencia de los Institutos resultaba incompatible con mis compromisos en la UCM, no dudara en renunciar a la presidencia de los Institutos. Sí, legalmente no había incompatibilidad, pero mis fuerzas físicas eran muy débiles.
Tras la entrevista de rigor con el secretario de los Institutos, P. Vicente Borragán Mata, O.P., inicié una ronda de entrevistas con profesores y estudiantes. Los conflictos más serios tenían lugar con dos profesores cuyas relaciones con los alumnos dejaban mucho que desear. Escuchando a unos y otros llegué a la conclusión de que a uno de los profesores había que retirarle de la docencia académica, y al otro hacerle ver que debía cambiar su forma de tratar a los alumnos.
A finales de 1989 estos y otros problemas sobre la mesa se resolvieron por sí solos con la precipitación del cierre de los Institutos. No obstante, el día 21 de febrero yo tenía ya las ideas bastante claras sobre estos conflictos internos de emergencia.
Sobre el primero hablé de su posible reemplazo por otro profesor del centro, el cual estaba dispuesto a aceptar mi propuesta si era necesario. Sobre el segundo caso decidí lo siguiente:
1) No perder el tiempo con asuntos contenciosos del pasado. Sobre todo, si, como en el caso presente, no existía buena voluntad por las partes en conflicto.
2) Por las informaciones que me llegaban entendí que los alumnos protagonistas del conflicto no cumplían con el deber académico de la asistencia a las clases por lo que esas ausencias debían en principio ser compensadas.
3) Se me informó de que mi predecesor había tratado de zanjar este conflicto suprimiendo por su cuenta y riesgo la asignatura afectada sin autorización del Consejo Académico, lo cual, de ser verdad, era ilegal, ya que el presidente de los Institutos no podía tomar esa decisión por su cuenta sin la aprobación del Consejo Académico.
4) Dado que el profesor afectado se encontraba cumpliendo con un compromiso cultural fuera de España, decidí informar a las autoridades competentes sobre el caso para que tomaran cartas en el asunto y adoptaran las decisiones que creyeran más convenientes para solucionar el problema. Por otra parte, había muchos problemas relacionados con la situación canónica de los Institutos, del profesorado y del futuro de la Institución. Como botón de muestra quedaron en mi agenda algunos recuerdos como los siguientes.
A finales de febrero de 1988 pedí al P. Pedro Sansegundo O.P, en calidad de Socio del Provincial Guillermo Tejón O.P, que tramitara el Placet del Rector de la UST de Manila para la promoción de profesores extraordinarios de nuestro Centro. Durante la entrevista celebrada con el Vicario Regional de turno, el P. Pedro Luis González, O.P, hablamos de este tema y me hizo saber que él no tenía interés ninguno en figurar en el cuadro de profesores del Centro ya que no estaba previsto que al terminar su mandato como Vicario Regional fuera a permanecer en España. Por otra parte, me confesó que la experiencia docente que tenía del año anterior le había resultado negativa por las muchas peleas y discusiones que se habían producido. No obstante, me sugirió que incluyera su nombre en la lista de los profesores solicitados para nuestro Centro con el fin de salir al paso de malas interpretaciones de su negativa a incorporarse al Centro como profesor.
Yo aproveché la celebración del próximo Consejo para zanjar definitivamente el conflicto surgido con anterioridad en relación con el profesor y los alumnos que se negaban a asistir a las clases con el fin de evitar que los errores heredados del pasado inmediato se convirtieran en precedentes indeseables para el futuro. En el archivo de los Institutos pueden consultarse las diversas agendas del Claustro de Profesores y del Consejo, donde quedaron reflejados todos los problemas que iban surgiendo. En el contexto de esta conflictiva actividad administrativa en marcha, me parece oportuno recordar algunos tópicos que tuvieron particular relieve.
El día 25 el P. Juan Acebal, O.P., Regente de Estudios de la Provincia de España, me habló de su proyecto de programar una Reunión Interprovincial de Regentes en Madrid y aproveché la ocasión para informarle de que el trabajo que se me había confiado para la nueva edición de la Suma de Sto. Tomás en la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) estaba terminado. Por su parte me pidió que escribiera una introducción a los tratados de Sto. Tomás de la Ley Antigua y Nueva. Propuesta que acepté y se llevó a cabo. Nunca había yo imaginado que un día escribiría un trabajo de esta naturaleza, pero la vida es muchas veces paradójica. El anterior autor de este trabajo para la histórica Suma bilingüe lo había realizado un biblista, el P. Alberto Colunga, O.P, el cual hacía bastantes años que había fallecido. Fernando Chamorro O.P aceptó el encargo de reemplazar al P. Colunga, pero no cumplió con su palabra. Así llegué yo de emergencia para realizar este trabajo para el que no estaba preparado, pero que me resultó muy útil para conocer por mi propia cuenta la relación cualitativa entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Por aquellos días recibimos en casa un Proyecto de Colegio Universitario en el área de nuestros Institutos del convento de S. Pedro Mártir de Madrid. El proyecto fue presentado por un Grupo laico de expertos. Lo estudié minuciosamente y llegué a la siguiente conclusión. Me gustaría, pensé yo para mí, llegar a un acuerdo razonable con la propuesta por considerar que podía ser una forma digna de dar un futuro honroso a un edificio y a los campos de deporte. El proyecto podría contribuir también a mejorar nuestra imagen dando cabida a este proyecto universitario en el ámbito de nuestra propiedad. Sobre todo, pensando en la posible colaboración con el nuevo Centro. En principio no veía yo inconveniente en que el edificio de la Residencia, incluida la galería, así como los campos de deporte, fueran arrendados a la Fundación que los solicitaba. Eso sí, con las siguientes condiciones.
No se aceptará bajo forma de contrato el acceso por la puerta principal del convento. Igualmente, no se cederá el uso de la portería y de la Secretaría de Estudios para sus servicios. Tampoco el uso del teatro, de las aulas y de la Capilla tal como se pedía en su proyecto. Por otra parte, en lo que se refería a la celebración conjunta de la Fiesta de Sto. Tomás y servicios religiosos por parte de la comunidad, habría que exigir mucho más de lo que ellos ofrecían. Con el paso de los años estas consideraciones de antaño me parecen un tanto ingenuas, pero entonces eran realistas en un momento de crisis de nuestros Institutos y de cambios sociales profundos. El día 9 por la tarde la troica compuesta por el P. Benigno Villarroel, O.P, P. Mario Jabares, O.P y yo mismo, recibimos en casa a una comisión de la UCM para negociar formalmente su proyecto de Colegio universitario en los locales del convento. No llegamos a ninguna conclusión concreta a pesar de que ellos batallaron con tesón por lograrla sin éxito. Yo tuve la impresión de que argumentaban con mucha “moralina” y presentaban muchos detalles de su proyecto de una forma demasiado ambigua e indeterminada de cara al futuro.
El día 10 recibí una gentil felicitación del Rector Magnífico del Angelicum de Roma en razón de mi elección como presidente de los Institutos. Igualmente recibí felicitación del futuro cardenal Franc Rodé con el que colaboré en 1986 en el Simposio de Budapest. El día 11 el catedrático D. José Carlos García Fajardo me informó sobre sus actividades pastorales con el grupo “Solidarios” en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, donde impartía la docencia sobre Historia del pensamiento político. Me pidió abiertamente colaboración en su proyecto de futuro lamentando que nadie me hubiera tenido hasta aquel momento informado de sus inquietudes y actividades pastorales desde su condición de laico en la Universidad Complutense. La colaboración con José Carlos García Fajardo fue desde este momento muy intensa como queda reflejado en mis Memorias.
Por estas mismas fechas me dirigí a dos de nuestros profesores que ejercían la docencia en Roma, rogándoles que no se comprometieran allí de tal forma que no pudiéramos contar con ellos en el futuro en Madrid. Yo estaba madurando un proyecto de renovación realista de nuestros Institutos y trataba de que el personal disponible, que era escaso, no se dispersara. Era un momento crítico y yo estaba convencido de que antes de cerrar a cal y canto los Institutos, cabía todavía la posibilidad de reorientarlos con un proyecto realista más adaptado a las nuevas y adversas circunstancias. Al menos, pensaba yo, había que intentarlo, una vez que habíamos conseguido el apoyo de subsistencia con la aprobación de los Estatutos.
Los nuevos Estatutos aprobados para nuestros institutos de filosofía y teología eran realmente generosos, pero yo era consciente de la imposibilidad de su aplicación. No obstante, sí me parecía posible desde su base estatutaria subsistir con un proyecto modesto y realista renunciando a objetivos ambiciosos imposibles de realizar.
El día 12 de abril el Obispo de Tortosa D. Ricardo María Carles, presidente de la Comisión Episcopal de Universidades, me llamó por teléfono para felicitarme con motivo de mi elección como presidente de los Institutos. En los últimos días de marzo presidí el primer Consejo Académico, terminé la redacción definitiva de la Introducción y Notas a las qq. 98-108 de la I-II para la nueva edición de la Suma en la BAC, envié al Provincial varios informes sobre la marcha de los Institutos y se incrementó mi actividad pastoral hasta el extremo de que el día 22 decidí no asistir más a la sesión regular de la Sociedad Española de Filosofía por razones de cansancio vital.
El día 1 solicité a la autoridad competente el nombramiento del P. Felicísimo Martínez O.P como profesor del Instituto de Teología, como primer paso para solicitar después su nombramiento como profesor Ordinario por parte del Dicasterio romano correspondiente. Pero mis ancianos padres habían abandonado ya la casa familiar de Baños de Montemayor para vivir en la Residencia de la Seguridad Social de Mérida. Los obligados viajes a Mérida me resultaban muy cansados por la distancia, pero compensadores por el hecho de tener a mis padres al seguro y bien cuidados. De hecho, vivieron allí muy felices hasta que surgió la oportunidad de trasladarse a la Residencia de Ávila, donde estaban como en su casa y cerca de todos. Pero su estancia en Mérida supuso para mí un esfuerzo añadido para cumplir con mis obligaciones filiales con ellos.
Desde marzo hasta finales de 1988, sucedieron muchas cosas importantes. Fue una década realmente crítica y quisiera destacar, entre otras muchas actividades, mi segundo histórico viaje a Rumania, la elaboración y aprobación de los Estatutos del Centro y su dramática desaparición, así como la caída del Muro de Berlín. Sin olvidar mi gestión como Capellán de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Recuerdo algunas actividades significativas. Por ejemplo, la Editorial BAC me pidió que escribiera un Folleto-BAC sobre bioética. Petición que acepté con mucho gusto. Por su parte, el P. Antonio Osuna, O.P. me encargó formalmente la redacción de la Introducción y Notas a los tratados sobre la Ley Antigua y Nueva de la Suma para la nueva edición en español BAC.
El día 3 de marzo envié una carta de cortesía al presidente del Instituto dominicano de Filosofía y Teología de Otawa, Canadá. Por otra parte, el P. Pedro Sansegundo me pidió que le remitiera a Hong-Kong el documento de Roma de mi elección como presidente de los Institutos y por la misma fecha recibí información sobre la entrega de los Estatutos al Rector de la Universidad de Sto. Tomás de Manila con la matización adjunta de que su aprobación estaba parada en Roma. Le agradecí esta información al tiempo que le envié fotocopia del Orden del día del próximo Claustro Académico previsto para el día siete. También le prometí compensar lo antes posible la “laguna informativa” del año académico 1986-1987, producida durante el mandato de mi predecesor en sus funciones de presidente. De hecho, yo heredé dos lagunas informativas que reflejaban el estado de abandono administrativo con el que yo me encontré al llegar a la Presidencia de los Institutos. La primera laguna se había producido en Secretaría.
El secretario anterior al P. Vicente Borragán, cuyo trabajo de secretariado fue excelente en aquellos críticos momentos, no había cumplido con sus obligaciones en la presentación del libro de Secretaría, por lo que no se podía conocer la marcha de la actividad académica del último año académico. Cuando se le pedía la información que debía constar en dicho libro, respondía siempre que la facilitaría sin demora. Pero ni cumplía sus promesas de hacerlo ni entregaba el libro a su sucesor para subsanar la laguna informativa de todo un año académico. La otra laguna informativa que heredé estaba relacionada también con mi predecesor en la presidencia. Baste decir que no dejó en el archivo ni rastro de su gestión de gobierno.
Sobre los Estatutos cabe recordar lo siguiente. Los Estatutos originales estaban obsoletos y yo tenía la impresión de que cada presidente había actuado en el pasado como le había parecido a su antojo. De hecho, los presidentes venían ejerciendo las funciones de presidente, secretario y administrador, siguiendo criterios y prácticas conventuales, sin tener en cuenta que, según los Estatutos, esas tres funciones debían ir separadas. Este hecho contribuyó a que los estatutos estuvieran, como alguien dijo, “secuestrados”, y a que algunos diplomas de licenciatura que habían llegado de la UST, fueran archivados como si no existieran en lugar de entregarlos a sus destinatarios. Cuando poniendo un poco de orden en el archivo yo los descubrí, fue demasiado tarde y sólo pude hacerlo llegar a uno solo de sus titulares. De estos diplomas sí que se puede decir que fueron “secuestrados” para evitar que llegaran a sus legítimos titulares. ¿Quiénes tomaron esa decisión y por qué? No sería difícil averiguarlo, pero no me parece oportuno especular en este momento sobre el tema.
Llegó un momento en que cabía dudar si nuestra situación canónica era legítima. Así estaban las cosas cuando llegó la orden de Roma de presentar nuevos Estatutos de acuerdo con la nueva normativa de la Iglesia para las Universidades y Facultades eclesiásticas. Entonces comprendí que era la ocasión para salir de la situación caótica en la que se encontraban nuestros Institutos, sin olvidar la escasez creciente de estudiantes y el derrumbamiento moral por parte del profesorado.
Puse manos a la obra y conseguí a contra reloj que se elaborara el texto exigido por Roma, con la sorpresa de que fue aprobado generosamente con carácter definitivo. El logro de este éxito sorprendió tanto a algunos de los capitulares de 1989 en Ávila, que uno de ellos, que después llegó a ser cuatro veces Provincial, me interrogó públicamente en tono de acusación sobre los motivos de mi interés por conseguir tan rápida aprobación de los nuevos Estatutos en Roma. En el archivo de los Institutos hay documentación sobre la salomónica decisión capitular acerca de los Institutos y sobre la cual el ruinoso claustro sobreviviente de profesores se pronunció en un documento conjunto del que me parece oportuno reproducir los párrafos siguientes.
“El Claustro de Profesores de estos Institutos de Filosofía y Teología “Santo Tomás” ante las informaciones recibidas sobre algunas resoluciones por la Asamblea General del Capítulo, tras larga y serena reflexión, ha considerado deber moral presentar respetuosamente al Definitorio las presentes consideraciones.
Los profesores de este Centro estamos muy sorprendidos:
a) Por el modo con que han sido tratados los problemas y dificultades que hay en esta casa. Denunciamos el hecho de que no ha habido preparación adecuada mediante oportunas consultas a la casa en general y a los profesores en particular, y que no se ha nombrado una comisión “ad hoc” previa al Capítulo, como se ha hecho, por ejemplo, con el caso de Arcas Reales. Hemos constatado, en lo que se refiere a este convento de S. Pedro Mártir, que se ha procedido sin la adecuada consideración hacia la comunidad en general y el profesorado como partes implicadas en la formación de nuestros estudiantes.
b) Por la extraña política de los Superiores de turno, que no actuaron a tiempo frente a ciertos problemas del Estudiantado por nosotros denunciados.
c) Por la precipitación con que la Asamblea General del Capítulo pide que se ponga en práctica la salida de los estudiantes de esta Casa de Estudios, medida que debería haberse tomado con mucha mayor ponderación.
d) Por la contradicción que existe entre la buena opinión que se ha manifestado sobre la calidad de los profesores de este Centro, a efectos de formación intelectual de nuestros estudiantes, y su descalificación como formadores”.
La decisión capitular de desmantelar los Institutos de una forma legalmente válida, pero éticamente inaceptable, se produjo en septiembre de 1989. Los Institutos habían recibido respaldo de Roma con la aprobación de los Estatutos actualizados, pero se encontraban en una situación crítica, como consta en el Informe que yo mismo había enviado al Capítulo Provincial y que no fue correctamente interpretado. Se fijaron sólo en la parte negativa y trataron sin ningún respeto la parte positiva en la que se apuntaba a una posible renovación del Centro, fortalecidos ahora con el apoyo de Roma, sin descartar alguna forma digna de cerrarlo.
El curso académico 1988-1989 fue para mí realmente muy intenso. El día 7 de marzo presidí el primer Claustro Académico y reconozco que fue una experiencia agradable sin hacerme ilusiones de cara a un futuro próximo nada halagador. Como recuerdo anecdótico y pintoresco de aquella celebración, me resulta grato transcribir el siguiente código de conducta del claustro académico, redactado con humor, pero teniendo en cuenta las sesiones borrascosas del pasado a las que ya nos habíamos acostumbrado:
“De internis non iudicat Ecclesia. Menos aún el Claustro Académico. Para esa especie de juicios, están la conciencia personal de cada uno, el confesor prudente, el Consejo Académico y en última instancia el Tribunal Supremo de la Santísima Trinidad.
Llame a las personas por su nombre propio y sonría con bondad. La música más agradable al oído de cualquiera es el sonido de su propio nombre. Para fruncir el ceño se necesitan mover alrededor de 72 músculos y sólo 14 para sonreír bondadosamente.
Sea amigable y servicial. Quien no lo es, ni hace amistades ni sirve para las instituciones humanitarias.
Siéntase siempre útil pero nunca indispensable. De gente que se creyó indispensable están los cementerios llenos.
Sea cordial en la convivencia académica. En toda convivencia humana vale más una gota de miel que un tonel de vinagre. Hablando se entiende la gente y discutiendo se pierde el correcto uso de la razón. Quien siembra intrigas con las palabras cosecha soledad y quebranto en la vida.
Interésese sinceramente por los argumentos de sus contrarios. Al menos tanto como por los suyos propios. Si así lo hace, puede llegar a sentir simpatía casi por todo el mundo.
En los elogios sea generoso sin exagerar y en las críticas, comedido sin encubrir. En caso de duda, “quae mala videantur, ut bona reputentur vel bona intentione facta”. Más vale equivocarse 99 veces pensando bien que una sola pensando mal. El juicio temerario es uno de los peores consejeros en las relaciones humanas.
No desestime “a priori” o “dogmáticamente” las opiniones ajenas. Por lo general, todo problema en discusi6n puede enfocarse desde tres puntos de vista diferentes: el suyo, el del otro y el correcto.
Sea considerado con los sentimientos y las opiniones de los demás. Aun cuando en conciencia crea que no debe compartirlos. Cuanto más respete a las personas más y mejor podrá criticar y rechazar sus opiniones, si ello fuere menester.
Obre siempre por motivos de recta conciencia. Se ahorrará así el tener que cargar con el peso de la ley. Si a este sopicaldo deontológico usted añade un poco de sentido del humor, una gran dosis de paciencia, una pizca de humildad y no fuma, será recompensado con creces en el banquete de esta vida y en los postres de la eternidad”.
Del mes de mayo 1988 recuerdo lo siguiente. El día primero del mes tramité a Roma la promoción de varios profesores y recibí un informe puntual sobre la biblioteca del Centro. Entre otros pormenores del Informe me llamó mucho la atención el hecho de que las tres cuartas partes del presupuesto económico de la biblioteca se invertía en la encuadernación de las revistas. Por otra parte, el bibliotecario informaba de que algunos profesores sacaban libros de la biblioteca y no los devolvían. Por aquella época se puso sobre la mesa la cuestión de informatizar la biblioteca, pero el bibliotecario titular se declaró no dispuesto a emprender ese proyecto, aunque tampoco se negó en redondo a colaborar con la persona que se responsabilizara del mismo. La biblioteca empezó a ser también un problema por las malas relaciones existentes entre las dos personas directamente responsables de sus servicios. Al administrador general de la casa le hoy lamentarse un día del dinero invertido en la adquisición de libros para la biblioteca, alegando que no iban a servir para nada como no fuera para convertirse al menor descuido en pasto del fuego.
El vicepresidente y los directores de los respectivos Institutos de Filosofía y Teología terminaban su mandato en diciembre y los consejeros con el fin del año académico en curso. Tal como estaban las cosas, cabía preguntarse si valía la pena seguir batallando por la supervivencia del Centro en aquellas condiciones de falta de alumnos y de interés por parte de los profesores. Lo paradójico de la situación era que algunos de ellos pedían insistentemente ser promocionados en su categoría académica como si en ello se jugaran la vida.
Yo me había propuesto hacer todo lo que estuviera de mi parte para satisfacer sus deseos, los cuales, en mi opinión, apenas tenían ya razón de ser. Por otra parte, yo tenía que alternar mis deberes académicos y administrativos en nuestros Institutos, y en la Universidad Complutense de Madrid. Pero explicar cómo yo me arreglaba para cumplir con estas obligaciones al mismo tiempo es otra historia que no interesa recordar aquí. Ahora me parece más oportuno destacar dos discursos emblemáticos relacionados con la toma de posesión y despedida como presidente de los Institutos.
4. Discurso de posesión (9/II/1988)
Lo que recuerdo ahora no es el texto completo del discurso homilético pronunciado en la solemne celebración eucarística de rigor, sino sólo el guion preparado para la homilía de toma de posesión.
Por qué una ceremonia académica en el contexto de un acto litúrgico
a) Razón histórica: Porque es una tradición secular que dio comienzo en las primeras universidades medievales y se ha conservado fielmente hasta el día de hoy en los Estudios Generales de la Orden de Predicadores. Las actividades académicas se programan ajustándose a los tiempos fuertes del calendario litúrgico: nacimiento de Cristo (Adviento-Navidad), muerte y resurrección (Cuaresma y Pascua de Resurrección).
b) Razón teológica: Porque, como intelectuales cristianos, nuestra actividad académica sigue como modelo el seguimiento de lo que el propio Cristo hizo en persona más que elaborando teorías más o menos discutibles. Dice santo Tomás:
“Vita activa secundum quam aliquis praedicando et docendo contemplata aliis tradit, est perfectior quam vita quae solum contemplatur, quia talis vita praesuponit abundantiam contemplationis. Et ideo Christus talem vitam elegit” (III.q.40 a.1 ad 2um). Más aún: “Sicut enim maius est illuminare quam lucere solum, ita maius est contemplata aliis tradere quam solum contemplare” (II-II, q.
Los dominicos no somos monjes, ni meros filósofos o teólogos especulativos ni simples laicos. Somos como Santo Domingo quiso que fuéramos con la aquiescencia de la Iglesia: hombres especulativos y prácticos al mismo tiempo, al estilo de Cristo, que enseñaba y predicaba haciendo la voluntad de su Padre, y no según gustos caprichosos o terrenales condenados a la caducidad. Somos peregrinos de la verdad que culmina en Cristo y que la dejamos en herencia a los demás. Esto es lo que significa el aforismo “contemplata aliis tradere”. En consecuencia, en la formación humana y cristiana del futuro dominico, la disociación entre la vida cristiana y la vida intelectual sin vida religiosa teológicamente sólida, no sirve para cumplir adecuadamente con la misión que la Iglesia tiene encomendada a la Orden de Predicadores. Igualmente cabe decir de la persona muy religiosa, pero que no reúne las condiciones canónicas de capacitación intelectual. La oración, teológicamente madura sin beatería y el trabajo intelectual alimentado en la contemplación asidua del misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo, constituyen una unidad didáctica y pedagógica absolutamente indispensable, y será uno de los criterios fundamentales de mi gestión como presidente de los Institutos.
c) Acción de gracias
Hechas las aclaraciones anteriores es obligado venir al capítulo de acción de gracias. Dice Sto. Tomás: “Est gratia sive gratitudo, quae benefactoribus gratiam recompensat” (II-II, q.106 a.1). Retribución que no se hace “secundum debitum legale”, o en razón de estricta justicia como a Dios o a los padres, sino “ex solo debito honestatis”, espontáneamente y sin coacción. (Ib., ad 2m). Lo cual significa que sería presuntuoso que yo pretendiera aquí agradecer a las personas e instituciones que mencionaré después y a otras ausentes, lo que de generosidad, gentileza y bondad me han ofrecido como si yo pretendiera pagarles y quedarme satisfecho. Por el contrario, lo que deseo es expresarles a ustedes el débito de conciencia que les debo simplemente como persona bien nacida que siente el deber de hacerlo desde lo más profundo de la conciencia como dice Sto. Tomás, con el mayor grado de placer y libertad.
En concreto: a los que me votaron, por su magnanimidad mirando al pasado; a los que no me votaron, por su prudencia mirando al futuro; al vicepresidente en Funciones (P. Eusebio Martínez, O.P) y al secretario (P. Vicente Borragán, O.P) por sus generosos servicios durante este interregno de insuficiencia canónica. Igualmente, al P. Juan Fernando Chamorro, O.P, por su buena disposición y cariñosa felicitación personal. Acción de gracias a la Orden Dominicana en general; al Ilmo. Rector de la Universidad de Sto. Tomás de Manila Norverto Castillo O.P; a la Santa Sede por haberme dado su voto de confianza y a mis alumnos, por la simpatía que siempre me han profesado.
Vosotros aquí, en estos Institutos, y tantos otros en la Universidad Complutense de Madrid habéis estado presentes en los momentos más felices de mi vida académica. Quisiera y es mi propósito no defraudaros en ningún momento y confío en vuestra capacidad de comprensión para solucionar con dignidad y honor los conflictos que pudieran surgir durante la marcha de la vida académica. Por último, quiero expresar mi profunda gratitud a los Sres. Catedráticos y Profesores de la Universidad Complutense de Madrid por el honor que nos hacen a todos con su presencia en este acto”.
Como no podía ser de otra manera, hice también una mención especial al Dr. D. Enrique García Ortiz, mi médico personal que elaboró el informe médico al que me he referido antes.
d) Significado de este acto
Ante todo, resolver de una vez jurídicamente la descompensación canónica que veníamos padeciendo. La Santa Sede reitera su voto de confianza en la gestión modesta de los Institutos de Filosofía y Teología y tenemos que responder de la manera más noble posible reforzando nuestra dedicación al Centro, tanto por parte de los profesores como de los alumnos en descenso constante. Lo cual significa que habrá que pensar en realizar algún tipo de “perestroika” académica y disciplinar, de acuerdo con la normativa legal canónica y civil por la que deben regirse nuestros Institutos. Es en este punto en el quisiera hacer una alusión final al capítulo de las esperanzas.
e) Las esperanzas
Hay quienes piensan que cualquier pasado fue mejor. Pero tal forma de pensar es un signo de envejecimiento. Quieren que todo siga igual o casi igual. Otros, en cambio, piensan que cualquier tiempo pasado fue peor. Esta forma de pensar es signo de juventud, pero también de inexperiencia y quisieran voltearlo todo y cambiar por cambiar. Yo pienso que el pasado y la vetustez son fuente de sabiduría y experiencia y que el presente y la juventud son fuente de ilusión, imaginación creadora y alegría de vivir. Por ello, les pido a todos, profesores presentes y ausentes, su experiencia y sabiduría. Y a los estudiantes, presentes o ausentes, vuestra imaginación creadora y vuestra alegría de vivir. Os lo pido a todos en nombre de Jesucristo sin mezcla de otros intereses impropios de nuestra condición humana, cristiana y dominicana. Si así lo hacéis, por lo que a mí respecta, sólo me resta ofreceros con cariño e ilusión lo mejor de mi persona para que la nueva andadura que inauguramos hoy resulte para todos feliz y venturosa”.
En este esquema quedó reflejado mi estado de ánimo en aquel momento. Al cabo de tres años tormentosos terminé con otro discurso en los términos siguientes.
5. Discurso de despedida (28/I/1991)
Mi homilía no fue homilía propiamente dicha, sino un breve discurso de circunstancia sobre santo Tomás de Aquino destacando algunos aspectos de su personalidad.
Universalidad de Santo Tomás por su santidad
a) En la adolescencia y juventud. La adolescencia suele ser el momento más propicio para las grandes intuiciones y el Aquinate no fue una excepción. Desde muy joven llevó grabada en su mente la cuestión sobre Dios, el cual se convirtió en la guía de su vida desde que tuvo uso de razón. La santidad es el resultado lógico y natural de haber considerado a Dios como el valor referencial que da sentido a toda nuestra vida y en Sto. Tomás esto fue constante (in crescendo) a lo largo de su vida.
b) En las relaciones con su familia. Tales relaciones fueron desagradables salvo con una hermana con la cual pasó sus últimas vacaciones y una sobrina que estuvo presente en los funerales. El Aquinate fue ejemplar en la muerte de su madre, ante las ambiciones políticas de algunos miembros de la familia, así como en su renuncia al arzobispado de Nápoles.
c) En su trato con los frailes y colegas de su Orden. Algunos le atacaron intelectualmente por su forma de pensar, pero contó siempre con la compresión y ayuda de su maestro principal, Alberto Magno.
d) En sus oposiciones a Cátedra y desarrollo de su actividad académica. Superó felizmente la persecución intelectual de los curas de Notre Dame, las amenazas de la censura episcopal y la indisciplina de los estudiantes azuzados por los bedeles de la Universidad para impedir su docencia. En contrapartida contó siempre con el respaldo de la Santa Sede. Aborrecido por unos y admirado por otros, se comportó siempre como el hombre bueno dispuesto a mediar en las terribles disputas universitarias de su tiempo. Supo siempre disentir de las opiniones sin despreciar a las personas cuyas opiniones no compartía. Sólo en una ocasión dijo: “stultiliter dixit” y en otra: “irrationabiliter dixit”.
e) Por el sentido apostólico de su trabajo intelectual. Para comprender esta dimensión de su personalidad hay que tener en cuenta la renovación introducida por Domingo de Guzmán en un momento histórico en que la Iglesia necesitaba de predicadores teológicamente preparados. Su gusto por la predicación al pueblo llano no le hizo perder nunca el sentido de responsabilidad histórica en la crisis intelectual que por aquellas calendas padecía la Iglesia.
f) En su enfermedad. Padecía de asma, era muy sensible al frío y murió a los 49 años de edad, convencido de que su misión estaba terminada.
g) Testimonios póstumos. Había muerto un maestro y caballero universitario. Al conocerse en Oxford la noticia de su muerte alguien dejó escrito: “Ha muerto Tomás. Maldita sea la muerte”. Como todos los hombres grandes, Tomás de Aquino tuvo que morir para que le fueran reconocidos los méritos que muchos sistemáticamente le negaron en vida.
h) Universalidad por su magisterio doctrinal en la Iglesia
Tomás de Aquino sigue siendo reconocido por el Concilio Vaticano II como Doctor universal de la Iglesia y el canon 252 prescribe el estudio de sus escritos como guía segura para la formación teológica de los futuros sacerdotes. ¿Con qué criterio? No como un catecismo que se aprende de memoria, o como una segunda Biblia, que ha de ser leída con devoción. La Suma Teológica sólo pretendió ser un manual didáctico de teología en el que se estudia de forma ordenada y razonada el contenido sustancial de los misterios de la fe cristiana teniendo en consideración la Sagrada Escritura y la Tradición Apostólica transmitida por la Iglesia. La Iglesia no prescribe todo ni sólo lo que dice Sto. Tomás ya que el Aquinate desconocía muchas cosas que conocemos ahora y otras que él enseñó fueron y siguen siendo discutibles.
La Iglesia recomienda el estudio de santo Tomás de Aquino como guía segura para tratar correctamente de una forma racional y científica los misterios de la fe cristiana. Con el estudio de Sto. Tomás se aprende a evitar el racionalismo e intelectualismo como abusos de la razón, y el fideísmo, como abuso de la fe religiosa. El estudio de santo Tomás ayuda a descubrir el sentido científico del conocimiento, a creer razonablemente y a razonar con fe y esperanza. El Aquinate es un sabio de la trascendencia y no un erudito de contingencias efímeras. Es una invitación constante a la razonabilidad como alternativa de equilibrio entre los extremos del racionalismo especulativo, desligado de la realidad y el fideísmo, que conduce a las posturas fundamentalistas más temerosas en nombre de la dictadura de los sentimientos, fuera de cualquier control por parte de la razón.
j) Universalidad por su influjo en el pensamiento occidental
Tomás de Aquino es reconocido como el Patrono de las Universidades Católicas en todo el mundo y uno de los pensadores más influyentes en el pensamiento y la cultura occidental de cuño judeocristiano”.
Con el desarrollo de este esquema me despedí solemnemente de tres años de sufrimiento moral al frente de los Institutos de Filosofía y Teología de Madrid, Agregados a la Universidad de Santo Tomás de Manila (UST).
6. La dimisión cada día más cercana
El día 4 de febrero los oficiales del Centro recibieron el documento de mi nombramiento, enviado por el Dicasterio correspondiente vaticano, y el día 9 tomé posesión del cargo siguiendo rigurosamente el protocolo canónico vigente para estas celebraciones académicas.
El día 6 de marzo convoqué al Claustro de profesores para expresarle mis sentimientos y recabar la ayuda indispensable por parte de todos para llevarlos a cabo en los 5 años previsibles, pero cada día más inciertos de mi mandato. A cada profesor le fue entregada una carpeta, cuyo contenido eran documentos y normas indispensables para cumplir con nuestro deber.
El contenido de la carpeta era un ejemplar de la Constitución Apostólica Sapientia cristiana de Juan pablo II sobre las Universidades y Facultades de la Iglesia; una copia de los Estatutos con las normas por las que se estaban rigiendo en aquel momento; una copia de la Ratio Particularis de la Orden de Predicadores y otra del Reglamento del Centro además de otra de la legislación canónica de los estudios superiores de la Iglesia. Se incluía también una hoja de escolaridad que cada profesor debía tener siempre al día para resolver los asuntos prácticos polémicos que ya estaban en el ambiente sobre la obligación de asistir a las clases. Otro detalle de aquella reunión fue la decisión de que, en adelante, la convocatoria del Claustro de profesores se haría personalmente y no de forma genérica.
Aproveché la ocasión también para hablar de la conveniencia de nombrar un secretario de Relaciones Públicas de los Institutos. Su tarea consistiría en coordinar los contactos de nuestro Centro con las Universidades y Facultades homólogas; invitar a conferenciantes de reconocido prestigio; animar a los profesores de nuestros institutos a participar activamente en actividades intelectuales externas importantes; informar sobre cursos, conferencias, congresos y todo tipo de actividades intelectuales y culturales interesantes. La propuesta fue muy bien recibida, pero no llegó a materializarse ya que los Institutos se encontraban ya en una pendiente resbaladiza sin marcha atrás, por lo que no quedaba mucho margen para grandes proyectos de futuro.
Como indiqué más arriba, un día llegó de Roma una carta de la Congregación para la Educación Católica en la que se nos pedía la presentación de nuevos Estatutos para su eventual aprobación provisional o definitiva, según lo permitieran las circunstancias de los Institutos. Sobre este asunto de los Estatutos del Centro, insisto, se habían producido discusiones muy agrias acerca de ellos y el cumplimiento efectivo de los mismos. Alguno efectivamente llegó a decir que alguien los tenía “secuestrados” para que no pudieran ser consultados quedando así un margen de gestión sin el control debido. Yo aproveché esta ocasión para “liberarlos” y empezar desde cero poniéndonos a trabajar en la redacción de los nuevos Estatutos exigidos por la Congregación romana para la Educación Católica.
Para este fin se nombró una comisión que redactó un borrador, el cual fue después inmediatamente sometido a la aprobación del Claustro. Es obligado reconocer que dicha comisión trabajó muy bien hasta el punto de conseguir un texto excelente que mereció ser aprobado sin ninguna enmienda por parte del Dicasterio Romano, el día 19 de mayo de 1989. Y no sólo “ad tempus” sino por tiempo indefinido.
Para mí esta rápida aprobación fue un gran alivio y traté de sacar partido de la misma, pues era condición indispensable para poder llevar a cabo ya ningún proyecto de futuro. Pero mientras todo esto y más ocurría, yo tenía siempre la mosca en la oreja sobre la viabilidad de los Institutos, las circunstancias que pronosticaban su disolución y la actitud de algunos profesores y otros no profesores constituidos en autoridad. Alguno, como dije antes, me reprochó el hecho de que yo hubiese tenido tanto interés en la redacción y aprobación de los nuevos Estatutos. ¡Así es la vida! Muchas cosas que hacemos mal pasan desapercibidas, pero algunos no soportan que hagamos alguna bien y nos la reprochan.
7. Fiesta de Santo Tomás y visita del Rector de la UST
La celebración de la festividad de santo Tomás de Aquino, Patrono de las Universidades y demás centros de estudio de la Iglesia, me ofreció la oportunidad de desvelar mi modo de enfocar las actividades académicas de nuestro Centro. Comuniqué al Claustro de profesores que mi intención era programar la fiesta reforzando nuestros vínculos con la Iglesia jerárquica y la Universidad española creando un ambiente de simpatía hacia nuestros Institutos. Para ello pensaba yo invitar al Nuncio del Papa en España, Mario Tagliaferri y al Catedrático de la UCM D. Gilberto Gutiérrez López para que impartiera la conferencia de rigor, que versaría sobre el tema “Comunidad moral y racionalidad colectiva”. Sin descartar la posible presencia del filósofo Carlos Díaz para que hablara sobre la posmodernidad, que era un tema muy actual por aquellas fechas y de su especialidad. Asimismo, pensaba yo en la conveniencia de mantener contactos directos con el P. Juan Luis Acebal, O.P, a la sazón Rector de la Universidad Pontificia de Salamanca.
El día 28 de enero se celebró solemnemente la fiesta en cuestión. El profesor Gilberto Gutiérrez pronunció su conferencia como estaba previsto, acompañado por un pequeño grupo de profesores de la Complutense. El Nuncio Tagliaferri por su parte presidió la solemne Eucaristía con una homilía muy interesante sobre Santo Tomás y su magisterio teológico. A continuación, se celebró un gozoso banquete durante el cual hubo comentarios sin desperdicio. Para seguir de cerca lo que ese día estaba ocurriendo en los Institutos estuvo presente y tomando nota de todo el R. P. Luis Muñoz, O.P, en nombre del Maestro General de los Dominicos. Dicho lo cual, a título informativo, me parece oportuno hacer las siguientes consideraciones con motivo de esta histórica celebración.
El representante del Maestro General de los Dominicos no disimuló su alegría por el enfoque que se había dado a la celebración y soñaba con un desarrollo feliz de nuestras futuras relaciones con la Jerarquía de la Iglesia y la Universidad Complutense de Madrid. Los profesores de dicha Universidad UCM allí presentes quedaron a la espera de iniciar esas prometedoras relaciones hasta entonces inexistentes. Sin embargo, todo esto a mí me iba pareciendo cada día que pasaba al cuento de la lechera. Nuestros proyectos eran buenos, pero no todos los profesores del Centro estaban por la labor ni yo veía que nuestros Institutos pudieran permitirse ya el lujo de hacer promesas de futuro. Este proyecto diseñado con motivo de la fiesta de santo Tomás en 1989 debió haberse programado desde sus orígenes o poco después, pero ya era demasiado tarde. Las cosas que no se hacen a su debido tiempo, cuando existe la posibilidad y los medios para llevarlas a cabo, no suelen realizarse nunca. Yo tenía esta convicción, pero como presidente era mi deber luchar para evitar que los Institutos murieran de una forma deshonrosa, como de hecho ocurrió.
Cuando al año siguiente llegó la fiesta de santo Tomás, los profesores de la UCM que habían asistido el año anterior, me preguntaron muy sorprendidos por qué la fiesta no se había repetido y el P. Luis Muñoz, O.P, descorazonado, quería saber de mí con toda precisión qué de malo había ocurrido en los Institutos. Nunca tuve ocasión después de decírselo en privado ni ganas de volver a hablar de ese tema con nadie.
Lo que ocurrió no fue nada para mí sorprendente. El número de estudiantes, a pesar de haber abierto sus puertas a todos los que desearan realizar allí sus estudios de filosofía o teología, disminuía aceleradamente sin marcha atrás, los profesores envejecían descorazonados al mismo ritmo y no eran reemplazados con fuerzas académicas jóvenes. Así las cosas, yo envié un informe al Capítulo Provincial celebrado en Ávila en septiembre del mismo año en el que presenté una descripción objetiva y realista de la situación. Yo no creía ya en la viabilidad de los Institutos tal como estaban estructurados, pero sí veía todavía posible una reestructuración de los mismos con objetivos modestos y realistas a nuestro alcance.
Pero esta segunda parte de mi informe no fue tenida en cuenta para nada y el Capítulo Provincial dejó caer la espada de Damocles sobre ellos sin compasión. Aquella fiesta de santo Tomás en 1989, en consecuencia, fue el último canto del gallo de los Institutos de Filosofía y Teología. Algo así como el final del cuento de la lechera.
Poco después de esta nostálgica celebración llegó a Madrid el entonces Rector de la Universidad de santo Tomás de Manila (UST), Norverto Castillo, O.P. Desde el punto de vista canónico y legal urgía que los Institutos obtuvieran la aprobación de los nuevos Estatutos. En la entrevista privada que celebramos manifestó su interés por los Estatutos y me ofreció su generosa disponibilidad para ayudarnos a conseguir la aprobación de los mismos en lo que a él concernía como Rector de la UST. Hablamos también sobre la posibilidad de establecer un convenio entre la UST y la Universidad Complutense de Madrid. En caso de que tal convenio se llevara a cabo, nuestros Institutos podrían servir de puente y estímulo para atraer algunos estudiantes a nuestro Centro. Ahí quedó todo, al menos por lo que a mí respeta, ya que el Rector de la UST no celebró ningún encuentro con el Claustro académico, pero sí me consta que habló con alguna persona más y vaya usted a saber de lo que allí hablaron y de qué manera acerca de los Institutos.
En aquel momento mi obligación era promocionar la creación de los nuevos Estatutos exigidos por el Dicasterio romano correspondiente. Con los nuevos Estatutos en la mano, hubiera sido fácil y honroso obtener el cierre definitivo de los Institutos de una forma natural y razonada agradeciendo la generosidad de la Congregación pontificia que los aprobó, alegando con ellos la mano la imposibilidad ya existente de cumplir con sus exigencias académicas.
También era mi deber en aquellos momentos interesarme por la promoción y calidad de la revista Studium. En repetidas ocasiones recordé que Studium era nuestro órgano oficial y que debía ser tratado con mucho esmero, convencido de que lo que se escribe puede ser leído por quien menos pensamos, vivos o muertos. Los escritos sobreviven casi siempre a los autores y nadie sabe a quién puede ser útil después de muertos lo que escribimos cuando estábamos vivos. Yo pensaba que la revista debía estar abierta a toda forma de reflexión humana dando preferencia a los escritos de nuestros profesores.
Con la revista iba anejo el tema del estudio como búsqueda azarosa de la verdad. Por aquella época pude constatar con pena que, incluso entre nuestros candidatos a la Orden de Predicadores, el interés por el estudio era cada vez menor dando primacía a la obtención de títulos académicos a cualquier precio académico. Pensando en ellos, insistí más de una vez en la necesidad de dedicar más tiempo e ilusión al estudio. El estudio para un dominico, pensaba yo, no debe ser un fardo pesado que nos ponen encima como algo que hay que tolerar, sino que pertenece a la esencia misma de la vocación dominicana. En la Orden de Predicadores nadie puede dispensarse del estudio asiduo acerca de los grandes problemas de la existencia humana, lo mismo de carácter individual como social. El dominico debe sentir en su alma la necesidad de buscar la verdad de forma irreversible e incondicional. El estudio en la búsqueda amorosa de la verdad es el oxígeno de los dominicos y el distintivo de su identidad social y cultural. Los frailes dominicos, tienen que hacer el camino de la verdad superando las etapas siguientes: experiencia personal de la vida; conocimiento científico; reflexión filosófica y reflexión teológica. Con este preámbulo paso ya a describir sumariamente cómo se produjo mi dimisión destacando las razones que me impulsaron a presentarla.
8. Del 12 de octubre de 1989 al 1 de febrero de 1991
Antes de finalizar el Capítulo Provincial de los dominicos en septiembre de 1989, celebrado en Ávila, yo me hice a la idea de que no pintaba nada como presidente de los Institutos y que mi deber era presentar la dimisión. En este contexto, el 12 de octubre de 1989 envié una carta al Maestro General de la Orden de Predicadores, en la cual le expresaba mi intención de presentar la dimisión a la Congregación. Entre otras razones por la “imposibilidad práctica de hacer cumplir los Estatutos recientemente aprobados, debido a una incomprensible hostilidad por parte del Capítulo Provincial contra la existencia misma de los Institutos, así como la falta de apoyo moral y humano por parte de la Provincia del Rosario en general”.
Le expresaba también mi deseo de celebrar una entrevista personal con él y con el secretario de la Congregación para la Educación Católica. Esta carta no tuvo la respuesta que cabía esperar, aunque sólo fuera de cortesía cívica acusando recibo de la misma. Sólo un año después el visitador canónico de la casa me dijo de palabra que el Maestro General comprendía el dolor que habría supuesto para mí el ser testigo directo del final de los Institutos, decretado por el Capítulo Provincial de Ávila. Yo me hubiera conformado con hablar con él cinco minutos por teléfono, pero ni eso siquiera obtuve como respuesta. Por lo que se refiere a mi deseo de entrevistarme en algún momento con el secretario de la Congregación pontificia, comprendí de seguida que era una ingenuidad y pérdida de tiempo por mi parte hacerlo y ni siquiera lo intenté.
El día 23 de noviembre de 1989, el Provincial de turno de la Provincia dominicana del Rosario comunicó oficialmente al secretario de la Congregación, José Saraiva Martins la decisión del último Capítulo provincial celebrado en Ávila en el mes de septiembre de suspender temporalmente la impartición de clases en los Institutos, por razones coyunturales ajenas a la esencia de los mismos. Y añadía: “Durante este período, las restantes actividades de los Institutos seguirán su normal funcionamiento: incremento y actualización de los fondos de la Biblioteca con publicaciones, promoción y perfeccionamiento del órgano oficial de los Institutos, la revista Studium”.
En esta notificación no se informa sobre la intención de algunos capitulares de “desguazar” el Centro y dejar de preparar profesores para el mismo dispersando a los actuales. Así las cosas, convoqué una reunión extraordinaria del Claustro de profesores, que tuvo lugar el 28 de noviembre del mismo año 1989. En esta ocasión me dirigí al Claustro con estas palabras:
1. El motivo único y exclusivo de esta reunión extraordinaria es comunicarles a ustedes la decisión que he tomado de presentar mi dimisión como presidente de los Institutos al Prefecto de la Congregación para la Educación Católica. Por lo tanto, sólo pretendo informar a ustedes públicamente de esta decisión para que se haga constar en Acta. La decisión está tomada de forma definitiva después de suficiente reflexión y asesoramiento. Por lo mismo, está fuera de lugar el entrar en discusiones de ningún tipo en esta ocasión.
2. Mi firme decisión de dimitir no obedece a razones personales. Personalmente, me hubiera gustado terminar el quinquenio realizando al menos la mitad de los proyectos que tenía 'in mente', de los cuales sólo se han podido realizar poco más de una décima parte. Preveía que el fin de los Institutos no estaba lejano, pero estaba igualmente convencido de que se les podía deparar un final más honroso del que probablemente van a tener.
3. La verdadera razón objetiva y real de mi dimisión es porque la Provincia Dominicana del Rosario me ha retirado su apoyo moral y humano para poder seguir desempeñando las funciones exigidas por la Congregación para la Educación católica y preceptuadas en los Estatutos recientemente aprobados. La Congregación me exige que promueva y presida la buena marcha de las actividades específicas de los Institutos al tiempo que la Provincia Dominicana del Rosario me ata las manos con decisiones contrarias a la vida y continuidad de los Institutos.
Tal situación de conflicto de deberes se ha producido a raíz de la celebración del Capítulo de Ávila 1989, cuyo ambiente general, hostil a la continuidad de los Institutos, se materializó en decisiones, cuya puesta en práctica hace que el cumplimiento de los compromisos contraídos ante la Congregación, no puedan ser cumplimentados, tal cual son exigidos por los Estatutos. Esta situación anómala se ha agravado también con una extraña conjura silenciosa y desinformación programada, tanto por parte del nuevo Provincial de la Provincia del Rosario como del Maestro General de la Orden, a quien corresponde ejercer las funciones de Gran Canciller de la UST, de la que dependen los Institutos.
4. En esta situación yo podía haber tomado una actitud beligerante por el daño moral que ha sufrido el Centro, informando por mi propia cuenta a la Congregación y hasta provocando algún tipo de escándalo mediático. Podía también haber aceptado el convertirme en cómplice de la conjura del silencio y desinformación antes mencionada, dando a entender a la Congregación que aquí no ha pasado nada, con el único fin de seguir disfrutando de los Institutos, pero dispensándonos de las obligaciones. Como ni la venganza ni la complicidad en causas deshonestas pueden filtrar en mi conciencia, he adoptado la postura que en conciencia he considerado más justa y honesta: poner mi oficio a disposición de la autoridad de acuerdo con el Derecho Canónico, presentando mi dimisión.
5. Por último, quisiera decir que mi determinación no debe ser motivo para crear un sentimiento de derrota en quienes, con comprensibles fallos humanos, hemos puesto lo mejor de nuestra vida y de nuestras ilusiones al servicio de una causa apostólica y dominicana al cien por cien, sin buscar otras compensaciones que las prometidas por Cristo a los trabajadores propter Regnum Dei”.
En coherencia con mi decisión, el día 5 de diciembre del año en curso informé al secretario de la Congregación con estas palabras:
“Me dirijo a V. E, para comunicarle que a raíz del Capitulo Provincial de la Provincia Dominicana del Rosario (Ávila, septiembre, 1989), la vida de estos Institutos Pontificios ha quedado de momento prácticamente paralizada. El cumplimiento de los Estatutos, tal cual fueron recientemente aprobados, resulta prácticamente imposible en sus aspectos más sustanciales. Como consecuencia de esta imprevista y sorprendente situación, tengo el propósito de presentar mi DIMISIÓN como presidente al Sr. Card. Prefecto de esa Congregación para la Educación Católica. Me creo en el deber de conciencia de hacerlo, pero antes me ha parecido razonable informar a V. E, sobre mi decisión, con la esperanza de contar con su consejo”.
Como cabía esperar, no recibí ningún consejo, pero yo volví a la carga el día 16 de este mismo mes de diciembre en estos términos:
“Después de haber notificado a S.E. mi intención de presentar la dimisión como presidente de estos Institutos, deseo explicitar ahora un poco más mi punto de vista personal mirando al futuro.
1. Cada día que pasa veo más claro que en las actuales circunstancias no vale la pena intentar un relanzamiento de los Institutos con las características que prescriben los actuales Estatutos recién aprobados.
La principal dificultad para ello es que no cuento ya con el equipo de profesores hasta hace poco tiempo disponible. Algunos de los más jóvenes han sido destinados a otros ministerios, incompatibles en la práctica con las tareas ordinarias de los Institutos. Otros se encuentran ya en edad avanzada y, sobre todo, la Provincia Dominicana del Rosario no ofrece garantías de que vaya a proveer de nuevos profesores para este Centro, como lo ha venido haciendo hasta ahora.
En consecuencia, me encuentro sin apoyo moral y humano para tomar ninguna iniciativa en orden a revitalizar la vida de los Institutos. S. E comprenderá lo incómodo de mi situación como presidente y la necesidad moral que siento de poner lo antes posible mi oficio a disposición de S. E el Sr. Cardenal Prefecto.
2. No obstante, quisiera precisar un poco más mi punto de vista personal:
a) En las actuales circunstancias no veo perspectivas de futuro para la continuidad de los Institutos. Los Estatutos actuales no pueden cumplirse debidamente.
b) Por otra parte, el cierre automático de los mismos sería un mal, tanto para la Orden Dominicana como para la Iglesia en España. Los medios de comunicación social terminarían sabiendo todo y ello podría dar lugar a falsas y perniciosas interpretaciones del hecho en sí mismo, lo cual se debe evitar a toda costa.
c) Creo sinceramente que hay una solución honrosa y realista digna de consideración por parte de la Provincia Dominicana del Rosario y de esa Congregación. Se podría pensar en una RECONVERSIÓN o transformación canónica de los actuales Institutos en un Instituto de Misionología (La especialidad del actual del Instituto de Teología), cuya finalidad específica sería la investigación y promoción de la acción misionera de la Iglesia en el mundo actual. Para ello la Provincia Dominicana del Rosario cuenta con una tradición misionera de cuatro siglos y un potencial humano de hombres dedicados prioritariamente al trabajo misional en diversos continentes. Este estupendo patrimonio misionero podría y debería encontrar su propio cauce en este nuevo Instituto de misionología, como fruto sazonado de esa reconversión de la que hablaba antes. Estoy personalmente persuadido de que esta fórmula podría ser la solución más realista y feliz para resolver la crisis por la que atraviesan los actuales Institutos de Filosofía y Teología. Lo que termino de decir es una sugerencia muy personal mía, todavía no discutida, pero que me ha parecido oportuno confidenciársela a V. E por si considera que vale la pena tenerla en consideración”.
Tan pronto el secretario José Saraiva Martins acusó recibo de mi carta, se apresuró a informar al P. Damian Aloysius BYRNE, Maestro General de la Orden de Predicadores, acerca de la carta que yo terminaba de enviarle. Textualmente le dice que no encuentra motivos claros para que yo tome la decisión de dimitir por lo que le pide una información más concreta sobre la situación real de los Institutos.
Para el lector que no conozca los entresijos de la administración vaticana, la afirmación de que los motivos que yo alegaba para dimitir no estaban claros le pueden resultar sorprendente. También es sorprendente para mí, pero no tanto, habida cuenta del proceso que suelen seguir las tramitaciones informativas vaticanas y que no es del caso exponer aquí. Mis motivos eran más claros que el agua cristalina, pero había que respetar los procesos burocráticos que seguían su curso irreversible.
Dentro de esa lógica administrativa y burocrática al uso, el Vicario regional de turno de la Provincia Dominicana del Rosario en España recibió el día 21 de diciembre una carta del Vicario General de los Dominicos, en la cual le decía entre otras cosas lo siguiente: “Le incluyo copias, primeramente, de una carta del P. Niceto Blázquez al Secretario de la Congregación para la Educación Católica, donde indica sus intenciones de poner la dimisión como presidente del Instituto de Filosofía y Teología de "Santo Tomás" en Madrid. Juntamente verá también la respuesta a esta carta enviada a esta Curia por el secretario de la Congregación, pidiendo un mayor esclarecimiento de los motivos que lo invitan a presentar su dimisión. Termino de recibir esta misma mañana una llamada, por otros motivos, del P. Luis Muñoz, que se encuentra en Alcobendas, y al hablarle sobre esta correspondencia del P. Blázquez con la Santa Sede, parecía indicar que hubiera habido cierto cambio en la posición del P. Blázquez en estos momentos. Por lo tanto, le agradecería que nos informara sobre los deseos del P. Blázquez y también que nos diera clara y concretamente, para así contestar a la Congregación, los motivos por los cuales el P. Blázquez, desea poner su dimisión”.
De esta carta sólo quisiera destacar mi sorpresa al decir que, según el P. Luis Muñoz, Asistente del General, yo habría cambiado de opinión. No recuerdo que en ningún momento yo diera marcha atrás en la decisión de dimitir. Pero aprovecho la ocasión para decir también que el P. Muñoz fue el único que tuvo interés en consultar conmigo personalmente acerca del fin anómalo de los Institutos. Cosa que no hizo nadie más. Pasado el tiempo me expresó en repetidas ocasiones su deseo de celebrar un encuentro conmigo para recibir una información directa de mi parte sobre el cierre de los Institutos, pero yo no tenía ya interés en hablar de este tema que había clasificado entre los recuerdos desagradables condenados al olvido. Pero el que avisa no engaña.
El día 28 de enero del 1990 presenté formalmente la dimisión con estas palabras:
Me dirijo a V.E. como Prefecto de la Congregación para la Educación Católica para presentarle mi DIMISIÓN como presidente de los Institutos Pontificios de Filosofía y Teología "Santo Tomás", agregados a la UST de Manila, a tenor de los cc. 187,189.
Las razones funcionales que alego son las siguientes:
1. Como consecuencia de algunas sorprendentes decisiones tomadas por el Capítulo Provincial de la Provincia Dominicana del Rosario (Ávila, 1989), el cumplimiento de los Estatutos, reciente y generosamente aprobados por esa Congregación, resulta prácticamente imposible.
2. El Capítulo provincial citado, para tomar las decisiones que iban a afectar negativamente a la de los Institutos, no consultó oportunamente ni al Consejo Académico, ni al Claustro de Profesores ni a mí personalmente en calidad de presidente del Centro.
3. El equipó de profesores ha quedado prácticamente desmantelado. Unos han sido ya destinados a ministerios incompatibles con las tareas específicas de los Institutos. Otros se encuentran en avanzada edad, y por lo general, casi todos más o menos desmoralizados. Por otra parte, no se aprecian indicios de que la Provincia tenga intención de seguir preparando profesores para este Centro. A todo lo cual hay que añadir la extraña política de "desinformación" adoptada por las autoridades de turno en la Provincia en relación con el asunto de los Institutos,
A medida, que pasa el tiempo me siento abandonado sin ningún apoyo moral ni humano por parte de la Provincia Dominicana del Rosario para tomar ningún tipo de iniciativa conducente a llevar adelante la noble misión de pastoral intelectual que un día fuera encomendada a estos Institutos.
He tomado esta decisión de dimitir como un deber de conciencia después de madura reflexión y evitando que trascienda a los medios de comunicación social. Aprovecho la ocasión para agradecer a V.E. la confianza que un día depositó en mi persona y en todos los profesores de este Centro, al tiempo que expreso mi deseo más profundo de que mi dimisión sea caritativamente aceptada lo antes posible”.
Pero pasaba el tiempo y no recibía yo ninguna respuesta a mi petición por lo que el día 16 de mayo de 1990 insistí. Textualmente: “Habiendo transcurrido los tres meses de los que se trata en el c.189, 3, y habiéndose agravado las razones que expuse en la presentación de mi DIMISIÓN como presidente de estos Institutos Pontificios de Filosofía y Teología "Santo Tomás" de Madrid (28/1/1990), me permito suplicar a V. E. que no retrase por más tiempo la aceptación de mi DIMISIÓN. Espero que comprenda mi insistencia sin necesidad de entrar en más explicaciones, cosa que quisiera evitar por todos los medios”.
La respuesta a esta petición no se hizo esperar. Al día siguiente me llegó el siguiente mensaje de la Secretaría de la Congregación:
“Reverendissimo Padre, accusiamo ricevimento della Sua lettera del 16 corrente, tramite telefax, nella quale Ella ci comunica ancora una volta le Sue dimissioni da Preside degli Istituti Pontifici di Filosofía e Teologia, pregando questa Congregazione di accettarle. Abbiamo presente quanto Ella ci ha giá scritto in precedenza circa i suddetti Istituti e la Sua posizione personale. Desideriamo esprimerLe la nostra comprensione per le difficoltà in cui Ella si trova, e da parte nostra auspichiamo vivamente che esse possano essere superate in modo positivo. Circa le Sue dimissioni, desideriamo attirare la Sua attenzione sul fatto che esse vanno presentate al Gran Cancelliere, il quale a sua volta presenterá l'eventuale Suo successore alla conferma di questo Dicastero. Siamo certi che Ella comprenderá il nostro atteggiamento e che vorrá seguire la procedura degli Statuti. Peraltro ci consta che attualmente gli Istituti Pontifici di Filosofía e di Teologia hanno sospeso la loro attivitá didattica”.
Obviamente, la Congregación estaba dispuesta a aceptar las razones de mi dimisión. Lo que ocurre es que, burocráticamente, yo debía haberme dirigido antes al Rector de la UST y al Maestro General de la Orden de Predicadores en lugar de ir directamente a la Congregación.
El día 29 de mayo del 90 yo respondí a esta carta con las siguientes palabras: “Excelencia Reverendísima, he recibido su carta Prot.N.122/88, la cual ha sido para mí de gran alivio por su comprensión y sentido realista de las cosas frente a mi necesidad moral de dimitir como presidente de estos Institutos, cuyo oficio acepté con cariño e ilusión. Agradezco de corazón los términos de su gentil carta al tiempo que le deseo todas las gracias del que es la Comprensión misma y fuente de toda comprensión”.
El día 23 de agosto del mismo año 1990 recibí la ansiada respuesta tramitada por el Pro-Vicario del Maestro General de la Orden de Predicadores:
“Muy querido Padre, tengo el gusto de comunicarle que el Consejo Generalicio del 25/VII/1990 ha examinado su petición de renuncia al cargo de presidente de los Institutos de Filosofía y Teología "Santo Tomás, de Madrid, y que dicha renuncia ha sido aceptada por unanimidad.
Quiero agradecerle todo el trabajo realizado por usted en dicho puesto, a la vez que le felicito por sus constantes y meritorios trabajos en el campo intelectual. Con esta misma fecha, he enviado una carta a HONG KONG al P. Provincial comunicándole personalmente cuanto antecede”.
Con esta información, el Provincial de turno me envió una carta en la cual, después de interesarse por mi delicado estado de salud, decía lo siguiente:
“Esta carta tiene la finalidad de agradecerte en nombre propio y en el de la Provincia, los buenos servicios que has prestado como presidente de los Institutos de Filosofía y Teología "Santo Tomás", de San Pedro Mártir. Durante estos años los Institutos han vivido momentos buenos y otros difíciles. Estos últimos debidos a circunstancias ajenas a tu buena gestión. Como ya te comenté en alguna otra ocasión, esas situaciones en nada merman la dedicación y competencia con que te dedicaste a buscar lo mejor para los Institutos. Por todo ello quiero expresarte mi agradecimiento al terminar tu oficio”.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
9. Reflexiones finales
La idea de crear los Institutos, la revista Studium, una flamante emisora de radio, una biblioteca de alta calidad y poner en marcha las actividades académicas contando con un nutrido número de estudiantes y profesores en lo mejor de sus vidas fue muy acertada y digna de memoria. Pero los Institutos fueron creados abiertos sin otra condición que las exigencias impuestas por la naturaleza misma y finalidad de los mismos. ¿Por qué se cerraron las puertas que estaban en principio canónicamente abiertas? Después fueron abiertas de par en par, pero cuando ya era demasiado tarde.
Todas las instituciones humanas tienen fecha de caducidad y estos Institutos no podían ser una excepción. Había que estar ciegos para no ver su terminación a corto plazo en el contexto de una crisis universal de los centros universitarios de la Iglesia por aquella época posconciliar. Crisis que afectó muy duramente a nuestros Institutos por la falta creciente de estudiantes, de profesorado y capacidad de competencia con otros centros análogos. Como consecuencia de esta situación, las discusiones internas se dispararon, pero yo siempre creí que el final de los Instituto podía ser honroso y no legalmente violento con el sufrimiento que suele acompañar a todas las decisiones drásticas en nombre de la autoridad.
Digamos con términos analógicos que los institutos pontificios de filosofía y teología de Madrid habían entrado ya en la fase de agonía irreversible, pero que, en lugar de ayudarlos a morir con alguna dignidad, el legislador les practicó legalmente la eutanasia académica, acelerando así su muerte sin dejar lugar siquiera para pedir perdón por los pecados cometidos durante su vida.
La decisión de suprimir los Institutos fue canónicamente correcta, pero el modo como se llevó a cabo, desde el punto de vista ético, dejó mucho que desear. Aquella decisión, en cuanto a la forma, fue cualquier cosa menos una demostración de respeto y comprensión hacia las personas directamente concernidas y menos aún un ejemplo de caridad cristiana. Innecesario recordar que esto no es algo novedoso en la dinámica administrativa de las instituciones eclesiales legalmente correctas. Según S. Pablo, la gracia y la caridad son lo principal. Pero, según los legisladores de todos los tiempos, la ley es la ley y hay que cumplirla sea como sea, aunque sea faltando al respeto a las personas y a la caridad.
¿Fue mi decisión de dimitir un acto de responsabilidad o de irresponsabilidad? Yo pienso que no se debe dimitir de un cargo público por el mero hecho de que haya personas o grupos que no están de acuerdo con nuestra gestión, a menos que haya pruebas objetivas de que se han producido o se están produciendo acciones corruptas con daño a terceros. Cuando tales pruebas existen, la dimisión es una obligación grave ineludible y las leyes deben prever la destitución de los así maniatados al poder como animales al pesebre.
Pero no es una obligación cuando cualquier persona o grupo de lo que se conoce como “oposición”, pide la dimisión del cargo por el mero hecho de que quien lo ejerce comete equivocaciones de las que no se libra ningún hijo de vecino, por muy honesto que sea. Equivocarse es propio de hombres, pero también lo es el entender y comprender esas debilidades sin odio, rencor o violencia.
Tampoco se debe dimitir como estrategia para eludir responsabilidades de una manera egoísta; ni cuando por razón del cargo tenemos que dar la cara por los demás en situaciones difíciles y complicadas.
La dimisión debe realizarse en un contexto de total libertad personal; la suficiente que permita razonar con objetividad los motivos de la dimisión. En situaciones de normalidad, lo razonable y justo es que la persona que fue elegida para un cargo, agote el plazo de tiempo fijado por la ley, a no ser que aparezcan actividades corruptas, asociadas a su mala gestión en el oficio, o simplemente por incapacidad para seguir ejerciéndolo.
Pero hay también situaciones en que, independientemente de su buena gestión, quien desempeña un cargo público siente la necesidad y el deber moral de dimitir. El caso de Benedicto XVI es un modelo de referencia ejemplar para todos. Encontrándose en edad muy avanzada y con una salud quebrantada, entendió por sí mismo que no podía seguir cumpliendo adecuadamente con las obligaciones contraídas como Sucesor de Pedro en la cátedra de Roma. Así las cosas, reflexionó serenamente sobre el bien de la Iglesia y decidió renunciar dejando la puerta abierta para que lo antes posible tomara el relevo un nuevo piloto en la barca de Pedro. Con esta decisión nos dio a todos una gran lección de humanidad y de responsabilidad pastoral.
En mi caso no se trataba con mi dimisión de compensar alguna mala gestión importante, ni de ceder a presiones por parte de nadie. Se trataba simplemente de que no me parecía honesto seguir en el cargo sin contar con los apoyos necesarios de quienes dependía mi gestión. Hasta aquí no encontré ninguna presión externa para dimitir. Como dije más arriba, sólo una persona me reprochó el interés por conseguir prontamente la aprobación generosa de los Estatutos del Centro. Pero digámoslo todo.
Paradójicamente, contra lo que cabía esperar, sí hubo presión para que yo diera marcha atrás en mi decisión de dimitir y siguiera en el cargo como si nada hubiera ocurrido, lo cual me produjo indignación y contribuyó a que yo presionara con más insistencia para que mi dimisión fuera aceptada urgentemente.
Para que se entienda bien lo que termino de decir, baste recordar que, estando las cosas de forma tan anómala después del mencionado Capítulo de Ávila, recibí más de una propuesta de “blanqueo de títulos”. Quiero decir que se me instó por parte de alguna autoridad a que arreglara las cosas para que más de una persona recibiera el diploma académico de licenciatura mediante una tramitación que suponía puentear las normas estatutarias de rigor para otorgar normalmente ese título.
Por otra parte, de haber entrado yo en ese juego, habría corrido el riesgo de terminar mi gestión presidencial pudiendo ser tildado de corrupción académica. Esta circunstancia aceleró aún más mi interés por abandonar el cargo de presidente sin demora, olvidando lo ocurrido desde mi nombramiento hasta la histórica y sorprendente desaparición de los Institutos pontificios de Filosofía y Teología de Madrid, agregados a la Universidad de Santo Tomás de Manila.
[1] Cf N. BLÁZQUEZ, La historia politizada y la responsabilidad de los historiadores: Studium 59 (2019/2) 203-257; Personas y personalidades. Seis hombres y seis mujeres, Madrid 2013, pp. 205-238; Ideología de género y perversión de la inteligencia: Studium 62 (2022/1).
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