jueves, 17 de marzo de 2022

MI VIDA RESUMIDA II

 

                                                                        CAPITULO II

                                         PROBLEMAS DEL CORAZÓN Y LUZ DE LA INTELIGENCIA

                                                                       (1956-1968)        

              1. Inicio de los estudios filosóficos en Ávila

                        Por fin llegué a Ávila para comenzar los estudios de filosofía, que se completarán después con otros cuatro de teología como mínimo. Era el curso académico 1956/1957. Me fascinaba el estudio de la filosofía, que yo asociaba a mis propios pensamientos e ideales, y había llegado el momento de afrontar académicamente ese tipo de estudios intrigantes. Las nociones previas de filosofía que habíamos recibido en el colegio de Santa María de Nieva no fueron pedagógicamente envidiables, pero suscitaron en mí el interés por descifrar los secretos del pensamiento humano. El profesor planteaba grandes cuestiones de filosofía y teología escolástica y conseguía convertir la clase en un espectáculo apasionante de argumentos y raciocinios, hasta el punto de que los estudiantes estábamos todos de acuerdo en que, si tuviera lugar la celebración de algún concilio, como el de Trento, seguro que nuestro profesor sería llamado como teólogo oficial del mismo. Pero yo sólo recuerdo de aquellas lecciones los nombres de algunos filósofos como santo Tomás o Kant, y el tema de la predestinación como el objeto estrella de su programa. En cualquier caso, mi interés por los estudios filosóficos crecía y en Arcas Reales tuve ocasión de tener en mis manos la obra titulada La esencia del tomismo del P. G. M. Manser O.P., profesor ilustre de Filosofía de la Universidad de Friburgo (Suiza), traducida y publicada en español por Valentín García Yebra en 1947.

              Por otra parte, la presencia en Ávila de los estudiantes de los cursos superiores, avezados ya a las discusiones dialécticas, era un estímulo añadido. En las clases los profesores seguían un libro de texto escrito en latín en un estilo condensado, oscuro y muy difícil de entender. No era un libro pedagógicamente recomendable para entusiasmar a nadie con el estudio de la filosofía. Con la circunstancia agravante de que, aparte alguna honrosa excepción, tampoco los profesores eran estrellas en su forma de enseñar.

              La primera clase de filosofía correspondió a un profesor que era buenísimo como persona, pero con una tara psicológica que se reflejaba en su forma de pensar y de expresarse. Era un hombre severamente escrupuloso y sufría mucho por ello. Luego fueron apareciendo otros que tampoco puede decirse que brillaran por sus dotes pedagógicas para entusiasmar a unos jóvenes como nosotros con el estudio de la filosofía. Sin olvidar que las lecciones magistrales de las asignaturas troncales se impartían en latín. Igualmente se celebraban en latín los exámenes escritos y orales, así como los trabajos prácticos.

              A pesar de todo, terminé el primer curso de filosofía con una satisfacción profunda por haberme adentrado en el campo de la filosofía hablando y escribiendo en la lengua de Cicerón y haber obtenido unas calificaciones académicas excelentes, cosa que yo no esperaba. Reconozco que la generosidad de los profesores fue muy grande conmigo. Concluido el curso académico, comenzamos las vacaciones estivales. Recuerdo que me tumbé en el suelo a la sobra de un árbol de la antigua huerta del convento mirando al cielo azul, y rumié con el pensamiento aquel final feliz de mi primer curso de filosofía. Yo Había superado la primera barrera del latín y había logrado unas calificaciones académicas sorprendentemente buenas. Poco importaba si había aprendido mucho o poco. Lo importante era que me sentía capaz de roer el duro hueso de la filosofía y cualquiera otro que hubiera que roer intelectualmente en el futuro.

              Durante el segundo curso las cosas no cambiaron mucho. Eran casi los mismos profesores y alguno más con sus métodos pedagógicos poco atractivos. La novedad mayor fue que el profesor de metafísica, a medio curso cayó gravemente enfermo y fue sustituido por el mismo que nos había impartido la primera clase el curso anterior. Con lo cual, una disciplina filosófica tan importante como la metafísica, quedó mal cubierta. Digamos también que el profesor sustituto nos confesó ejemplarmente su escasa capacidad para sustituir al profesor enfermo.

              Durante este mismo curso académico estaba establecido que cada estudiante debía redactar un pequeño trabajo sobre un tema filosófico, como ejercicio práctico de investigación. La idea era estupenda, pero el profesor que debía dirigir el trabajo me pareció pedagógicamente un desastre. El tema que el profesor nos propuso para ser desarrollado se titulaba así: De quidditate proprietatum entis in genere. Le pedimos alguna aclaración sobre su propuesta y la respuesta fue que disponíamos de una semana para entregarle cada cual su propio borrador para ser aprobado antes de que realizáramos la redacción final del mismo. Por lo que a mí se refiere, recuerdo que realicé el trabajo sin entender realmente de lo que hablaba, pero redactado en un latín muy cuidado, por lo que el profesor me felicitó por mi manejo de la lengua del Lacio.

              Durante estos dos años de estudios filosóficos descubrí sobre todo la importancia de aprender a razonar bien. Como fallos o defectos de aquellos profesores, yo destacaría su falta de formación pedagógica, por lo que, al escucharlos, uno estaba tentado a pensar que lo que decían no tenía relación directa con la realidad. Explicaban conceptos abstractos elaborados por otros, como doctrinas que había que aprender más que como realidades que había que afrontar o vivir. De todos modos, este escollo ha sido siempre uno de los retos mayores en la enseñanza de la filosofía.

              Por otra parte, durante el segundo año en Ávila el Centro fue elevado a la categoría de Instituto Pontificio de Filosofía, agregado a la Universidad de Santo Tomás de Manila con capacidad para impartir el título de Licencia en Filosofía. Como complemento de los estudios filosóficos, comenzamos a ejercitarnos en la realización y difusión de programas de radio bajo la dirección del P. Florencio Muñoz Hidalgo, el cual era un experto avanzado de la comunicación social ya en aquellos tiempos. Para ello disponíamos de una pequeña emisora radial, que fue un verdadero laboratorio para ejercitarnos en la redacción de programas radiofónicos y su difusión por las ondas. En el año 1956 este complemento de estudios significó un avance espectacular en la formación de los futuros predicadores dominicos. Por si esto fuera poco, los estudiantes disponíamos de la revista Oriente para la difusión escrita de nuestros trabajos realizados bajo la tutoría de un profesor. Un estudiante realizaba las funciones de director de la misma bajo la tutela de dicho profesor. No recuerdo que existiera en aquel tiempo ninguna otra revista en los centros superiores de estudios de la Iglesia en España, gestionada por los estudiantes. La revista llegó a gozar de muy buena salud y sólo desapareció cuando apareció la revista Studium como órgano oficial del Instituto de Filosofía, que había sido creado promocionando el Estudio General dominicano.

               2. Inicio de los estudios teológicos en Madrid

             En septiembre de 1958, todos los estudiantes de Filosofía y Teología nos trasladamos a Madrid para proseguir allí nuestros estudios en el moderno y popular convento que terminaba de ser construido en la periferia de la capital de España. Por su ubicación en la vieja carretera que unía la capital con el viejo pueblo de Alcobendas, se popularizó el nombre de Los Dominicos de Alcobendas como referencia que facilitaba el acceso al nuevo convento. Su arquitectura moderna y funcional llamó mucho la atención y su arquitecto Miguel Fisac ganó el premio internacional de arquitectura religiosa moderna. Por otra parte, al Instituto de Filosofía, que procedía de Ávila, se añadió el Instituto de Teología, ambos Asociados a la Universidad de Santo Tomás de Manila. A partir de este momento, el Centro de Estudios de la Orden de Predicadores empezó a ser conocido oficialmente como Institutos Pontificios de Filosofía y Teología Santo Tomás Agregados a la Universidad de Sto. Tomás de Manila. Con esta nueva singladura, el Centro se convirtió en un lugar importante de referencia y por allí empezaron a desfilar personalidades relevantes de la ciencia y de la cultura.

              Para el propósito de mi trayectoria intelectual me es grato recordar de modo muy especial al prestigioso médico y humanista Gregorio Marañón y al filósofo Xavier Zubiri Ipalategui. Con el primero, que se dejó ver en la alguna misa dominical y saludó muy cordialmente a los frailes, se había programado un coloquio con los estudiantes, pero desgraciadamente falleció una semana antes de la fecha elegida para el deseado encuentro en 1960. Con Xavier Zubiri, en cambio, tuvimos mejor suerte y celebró con nosotros una histórica conferencia con motivo de la festividad de Santo Tomás, seguida de un coloquio que dejó en mí una huella profunda. El acontecimiento es evocado en la obra “Xavier Zubiri. La soledad sonora” con estas palabras: “El 8 de marzo, fiesta de santo Tomás de Aquino, Xavier Zubiri imparte una conferencia titulada “Utrum Deus sit” [Si Dios existe], en el Estudio General que los Padres Dominicos tienen en Alcobendas, cerca de Madrid. En ella hace una valoración de las pruebas tomistas de la existencia de Dios. Pero, antes, insiste en reflexionar sobre «el porqué y el cómo de la pregunta del hombre actual acerca de Dios», pues la historia modula las nociones y el hombre creyente de hoy tiene sus propias inquietudes.

              Citando un ejemplo de santo Tomás («conocer que alguien viene, no es conocer a Pedro, aunque sea Pedro el que viene»), Zubiri sostiene que para el hombre contemporáneo la primera inquietud es saber «si efectivamente hay alguien que viene, antes de averiguar quién es el que viene». El planteamiento riguroso del problema de Dios exige hoy «un análisis más o menos largo y reflexivo de la simple intelección». Las cinco Vías de santo Tomás podrían tener luego algún valor como esfuerzo de la razón demostrativa. Pero, en todo caso, «más que demostrar a Dios, demuestran la existencia de una realidad de la que después habrá que ver si tiene los atributos que todos otorgamos a Dios. [...] .

              Suponiendo que se haya demostrado, no ya ante el metafísico, sino ante un público que cree en religiones distintas, la existencia de una “causa prima”, la pregunta es inexorable: esa causa primera ¿es Yahvé, es el Padre Eterno del Evangelio, es Júpiter o es Varuna?». Al Dios cristiano «no se llega sino por una forma distinta de razón, que no es la razón de lo racional, sino la razón de lo razonable». Por experiencia estricta el hombre ha ido, como dice san Pablo, «tanteando a la Divinidad, buscándola, hasta tropezar con ella y encontrarla», a lo largo de ese inmenso catecumenado teológico que ha constituido la historia de la religión cristiana desde Abraham hasta la muerte del último Apóstol. Y lo que ha encontrado es un Dios amor que está allende la necesidad y la contingencia”.

              El diálogo que siguió a la exposición resultó muy dinámico y dialécticamente magistral entre Zubiri y algunos profesores del Centro. Por una parte, el mero hecho de invitarle fue un gesto por parte de los Dominicos de apertura intelectual y comprensión hacia un personaje tan interesante como lo era Zubiri, cuyo drama personal y trayectoria intelectual es magistralmente descrito en la obra citada. Sobre todo, si tenemos en cuenta que por aquellas fechas se había desatado la ofensiva contra el pensamiento de José Ortega y Gasset, protagonizada por el dominico Santiago Ramírez. Después de muchos años fue recuperado el texto íntegro de aquella memorable conferencia, como queda reflejado en mi currículo personal. Para mí, aquel encuentro con Zubiri fue muy estimulante como se deduce de lo que digo a continuación.

              Entre los diversos y solemnes actos académicos que tradicionalmente se celebraban en el Estudio General, uno de ellos consistía en que un estudiante pronunciara una conferencia, asesorado por algún profesor. Pues bien, el curso académico 1959/1960 recibí yo el encargo de preparar el tradicional discurso ante los estudiantes y profesores del Centro sobre el tema “Filosofía de la personeidad”. Este término lo había utilizado Zubiri en su conferencia con gran sorpresa mía y esa fue la razón que me llevó a comentar el significado del mismo, comparándolo con otros conceptos de la metafísica clásica. Terminado el acto académico, un estudiante de teología me felicitó diciendo que yo había demostrado cualidades para ser fichado como futuro profesor de metafísica. Yo no lo tenía tan claro. El texto de ésta mi conferencia primigenia fue revisado y publicado en la revista Oriente, que, como queda dicho, era el órgano de expresión de los estudiantes. En nota a pie de página declaraba yo la autoría del término con referencia al histórico encuentro personal con Zubiri. Así fue mi primer estreno como escritor. La publicación de este pequeño artículo fue el inicio de una experiencia feliz que se iba prolongar a lo largo de toda mi vida.

              Veinte años más tarde, recordábamos los dos con nostalgia en su despacho de Madrid aquella fecha memorable, y le informé sobre mi artículo inspirado en el término personeidad, que él había utilizado en su conferencia. Con esta ocasión me dijo en tono confidencial que se le ocurrió utilizar ese concepto reflexionando sobre la Eucaristía, y que lo comentó con su amigo el cardenal Pacelli, futuro Pío XII, al cual le pareció muy bien. Nuestros contactos posteriores fueron relativamente frecuentes por teléfono y, sobre todo, con motivo de la presentación regular de sus libros. En una ocasión me dijo que tenía mucho interés en que a esos actos públicos asistieran teólogos. Pero me parece interesante destacar dos de nuestros encuentros personales. Durante uno de ellos se confidenció mucho conmigo. Por una parte, me aconsejó que no debía yo alejarme de la Universidad Complutense considerando que, dada mi vocación y amor a la reflexión filosófica, era bueno que estuviera presente en esa institución pública tan importante. Fue éste un consejo que no olvidé después. También me habló del cuidado que hemos de tener para no escandalizar a los más débiles con nuestras opiniones y formas de pensar. Observación que ilustró con un ejemplo práctico en el que un sobrino suyo, cuando era de corta edad, le hizo una pregunta relacionada con la Biblia. Y como su salud empezaba a flaquear, hablamos de la muerte. Me dijo que la última vez que hubo de ser internado en el hospital se vio obligado a ponerse al día sobre el tema de la muerte. Hasta entonces estuvo convencido de que estaba preparado para afrontar la situación cuando llegara el momento, pero al ver que la muerte llamaba ya con insistencia a su puerta, sintió la necesidad de ponerse de nuevo al día. Una cosa es reflexionar sobre la muerte mientras la contemplamos como algo todavía muy lejano a nosotros, y otra, muy distinta, cuando se encuentra ya a la puerta de nuestra casa dispuesta a segar nuestra vida. De hecho, la muerte nos pilla a todos por sorpresa y nunca podemos presumir de que estamos suficientemente preparados para encararnos con ella, y Xabier Zubiri en esto no fue una excepción.

              El otro encuentro personal que me parece oportuno recordar tuvo lugar así. Yo impartía a la sazón un curso académico de Ontología y, obviamente, era inevitable que el nombre de Zubiri fuera evocado antes o después. Mis alumnos tenían una idea casi mítica del gran filósofo al que consideraban poco menos que inaccesible. Un buen día les pregunté si tenían interés en hablar con él personalmente y quedaron muy sorprendidos por mi pregunta. Les dije que, si les parecía bien, una tarde podíamos ir a conocerle en su propio despacho de Madrid. Dicho y hecho. Le llamé por teléfono y con inmensa alegría programamos la visita en su despacho de trabajo en Plaza del rey en el corazón de Madrid. Nos esperaba en la puerta del ascensor. Al salir nos fundimos en un abrazo y los estudiantes no salían de su asombro al constatar que, quien con tanto cariño y alegría nos recibía, era el mismísimo y mítico Zubiri en persona. Inmediatamente nos sentamos y le presenté a mis alumnos, que estaban radiantes mirando a aquel anciano cariñoso y entrañable. Fue una hora llena de vida durante la cual los estudiantes fijaron más su atención en la felicidad personal que irradiaba aquella inteligencia gigante en un cuerpo pequeño de estatura que en lo que decía. Fue una clase testimonial de cómo un hombre puede ser feliz buscando la verdad última de todas las cosas, y de modo especial las que se refieren a Dios. Terminado el encuentro nos despedimos, pero la sorpresa fue aún mayor cuando los estudiantes se percataron de que él, el mismísimo Xavier Zubiri, se dirigía como un hombre cualquiera a tomar el autobús para volver a su casa.

              El 23 de septiembre de 1983, mientras yo volvía a Madrid desde Santiago de Chile, Carlos Castro presidía la misa concelebrada con otros cuatro sacerdotes por el eterno descanso de Xavier Zubiri. No llegué a tiempo ni para acompañarle en los últimos momentos de su vida ni para participar en la concelebración eucarística por su eterno descanso. Bienaventurados los que buscan a Dios mediante la inteligencia porque le encontrarán. Xavier Zubiri le buscó con la inteligencia y el corazón por lo que estoy seguro que le ha encontrado y de lo cual me alegro también de corazón. Pero volvamos a mis años de estudiante de filosofía y teología en Madrid.

              Como he dicho antes, la revista Oriente fue el primer pedestal de mi pensamiento escrito. Era una revista interna de los estudiantes, pero se imprimía y publicaba como cualquiera otra revista abierta a todos los públicos. De hecho, disfrutaba de prestigio entre las revistas de su género y en la práctica era leída con el mismo interés o mayor que otras de mayor rango institucional. Nunca he sabido quién tuvo la iniciativa de crear dicha revista, pero con el paso del tiempo es claro que la iniciativa fue digna de todo elogio. Para mí fue un estímulo permanente durante la época de estudiante. Yo no había recibido ninguna formación literaria, pero tuve pronto conciencia de la importancia de la comunicación escrita y de la que hablaré en algún momento más adelante. De ahí mi agradecimiento a quienes me facilitaron ese medio para entrenarme en los avatares de la comunicación escrita de mi pensamiento.

              En Madrid terminé el curso tercero institucional de filosofía con el título de Bachiller. Más tarde obtuve también el título de Licenciado en Filosofía. Pero antes tuve que superar cinco cursos institucionales de teología y me interesa mucho hablar aquí del significado que tuvo para mí el paso de los estudios institucionales de filosofía pura, como se decía entonces, al estudio de la teología. Por aquella época los estudios filosóficos institucionales en la Orden dominicana duraban tres años bien aprovechados y que en nuestro Centro culminaban con el título de Bachillerato en Filosofía. Conviene resaltar que durante esos tres años no se mezclaban disciplinas teológicas y filosóficas, con las cuales la mente era sometida a un ejercicio racional riguroso para acostumbrarse al manejo de los datos científicos y de las argumentaciones racionales, relegando a un segundo plano los argumentos inspirados o motivados por la autoridad moral.

              Al pasar de los estudios filosóficos a los estudios teológicos se producía una crisis muy comprensible porque la metodología teológica invierte el orden de factores atribuyendo valor decisivo a la autoridad de la revelación cristiana dejando en segundo plano las razones científicas y argumentaciones inspiradas en la sola luz de la razón humana. Y como no todos los profesores de teología sabían encontrar el equilibrio deseado entre esos dos niveles de conocimiento, los alumnos acusábamos inmediatamente el golpe, lo que daba lugar a discusiones interesantes y clarificadoras, pero también a confusiones lamentables debido a la confrontación metodológica en la manera de abordar los problemas. Para mí este choque psicológico resultó muy positivo y fecundo, gracias al contacto directo con la Suma Teológica de Santo Tomás. Pronto me di cuenta de que el presunto conflicto entre los postulados de la fe cristiana y los postulados de la ciencia y de la reflexión filosófica era más imaginario que real, debido a intereses ajenos a la búsqueda de la verdad y a falsos planteamientos del problema por parte de los académicos. Con el paso del tiempo, el tradicional problema fe/razón se fue desvaneciendo ante mí, convencido de que una cosa es la realidad y otra la percepción que cada uno tiene de la misma.

              Por otra parte, la calidad pedagógica dominante por parte del profesorado, con honrosas excepciones, y de los responsables religiosos principales del Centro no era, en mi opinión, la más recomendable, pero se respetaba la libertad interior y la autonomía inteligente y respetuosa de las personas, que no era poco. Yo me acogí a ese respeto y me fue muy bien. Con el avance en los estudios y la propia experiencia personal cada vez sentí menos la necesidad de consultar con las autoridades de turno sobre mis problemas personales, lo cual me dio buenos resultados. Este carácter independiente fue, creo yo, una de las causas por las que yo era ya objeto de fobias y simpatías al mismo tiempo entre los profesores y educadores oficiales del Centro. Según me informó una autoridad académica, que me profesaba gran aprecio, el proyecto de que yo fuera enviado a terminar la carrera de teología en Alemania fue boicoteado por el profesor de metafísica y sus afines que no se fiaban de mí.

              La discusión en el Consejo de profesores debió ser tensa, pero llegaron a un acuerdo retrasando ese proyecto para más tarde en atención a mi estado de salud, que convenía no forzar. La autoridad académica de turno, Miguel Crescente, que me informó de lo ocurrido, trató de restar importancia a lo ocurrido y se mostró esperanzado en que llegara pronto el momento oportuno para que me enviaran a terminar mis estudios de teología en París. Yo no di importancia al incidente y lo interpreté después como algo providencial, ya que el estado de mi salud se fue deteriorando y el traslado a Alemania no hubiera contribuido a mejorar mi situación personal. Así las cosas, con el Bachillerato en Filosofía en mis manos y un año de teología bien aprovechado volví a Ávila. La historia de estos cambios entre Ávila y Madrid pertenece a otro capítulo de carácter administrativo y al nuevo clima eclesial creado por el Concilio Vaticano II y que algunas autoridades religiosas y académicas no terminaban de comprender en su justa medida. Ese nuevo clima dio lugar a muchas confusiones, pero para mí fue favorable.

              3. Retorno a Ávila y problemas con la salud

              Los cursos académicos 1960/1961 y 1961/1962 tuvieron lugar en Ávila. Desde el punto de vista de mi evolución intelectual no hubo grandes novedades, pero sí algunas experiencias dignas de recuerdo. Por una parte, me sentía cada vez más satisfecho de mis progresos intelectuales, pero mi salud se deterioraba sensiblemente. Uno de los profesores de Teología, que Hipólito Fernández se llamaba, se percató de mi eficiencia intelectual y del estado precario de mi salud. Por ello no dudó en dejar a mi libre albedrío y responsabilidad la decisión de asistir o no asistir a sus clases cuando yo lo considerara conveniente. Por otra parte, alguien me había informado de que el profesor de Derecho Canónico sostenía una opinión sobre la disciplina de las Horas Canónicas que me afectaba directamente y con la que yo, por sentido común, no estaba de acuerdo. Cuando tocó el turno académico, le propuse hacer una investigación sobre el c.135 del antiguo Ius Canonicum, lo cual le pareció muy bien. Leyó atentamente el trabajo y lo galardonó con la máxima calificación. Pero yo no le dije que había elegido ese tema intencionadamente con la esperanza de desautorizar su opinión. Conocida su forma de ser y pensar, me pareció que lo más prudente era no confesarle mis intenciones.

              El primer año al regreso de Madrid, los estudiantes vivíamos en el antiguo, ruinoso y desangelado pabellón, mientras se terminaba de construir uno nuevo. El traslado se produjo pronto, pero ello no contribuyó nada a mejorar mi salud a la deriva. Algunas noches, al terminar la cena, le decía confidencialmente a mi compañero más cercano que, si por la mañana del día siguiente no aparecía a la hora normal, entrara en mi habitación para cerciorarse de que yo estaba todavía vivo. Muchas noches me retiraba a dormir con la convicción de que podía ser la última. Las cosas fueron a más y un día decidí marchar a Madrid en busca de mejor suerte y la tuve porque me encontré con el Dr. D. Enrique García Ortiz, todo un caballero y cardiólogo cirujano de vanguardia. Ya había operado a un compañero mío en situación crítica y no dudé en dirigirme a él.

              Fue un encuentro feliz porque, además de salvar médicamente aquella situación extrema, se convirtió en uno de mis mejores amigos. Durante algún tiempo no cobró nada por las consultas que le hacía. Más tarde, cuando su situación económica vino a menos, sólo cobraba el cincuenta por ciento de la tarifa establecida. Prologó un pequeño libro mío y me invitaba con su esposa a cenar en algún restaurante para mantener viva nuestra amistad y mutua admiración. En una ocasión me habló abiertamente de la situación crítica en que me encontró el primer día que me recibió en su consulta. De hecho, algunas señoras que esperaban el turno de su visita en la sala de espera me miraban compasivas y comentaban en voz baja: “Mira ese joven, qué malito debe estar”.

              Como recuerdo nostálgico de esa época me agrada hacer saber que siempre conservé la afición por la música y el manejo del órgano, si bien eran más las ganas que yo tenía de aprender a tocarlo que mis dotes para ello, como se demostró después con el tiempo. Pero esta es otra historia. Lo cierto es que había en la isabelina Iglesia del convento de Santo Tomás un antiquísimo órgano de tubos abandonado. Durante un duro invierno, otro estudiante y yo nos dedicamos a repararlo durante los tiempos de descanso sin que nadie lo supiera, hasta que un buen día sorprendimos a todos haciéndolo sonar. Mi compañero daba aire manualmente con el fuelle y yo tocaba. Fue como si un muerto hubiera resucitado para alegría de todos. Pero todo nuestro gozo en un pozo. Durante mi estancia en Valencia restauraron el coro y desguazaron el viejo órgano, el cual, aunque no sonara, era una belleza decorativa en el conjunto arquitectónico isabelino. Cuando vuelvo por allí no puedo evitar que mis ojos queden fijos en el lugar del que fueron arrancados sin compasión aquellos preciosos tubos de los que en tiempos pasados habían salido tan dulces sonidos de flautas y trompetas.

              Un buen día de septiembre de 1962 me comunicaron que debía trasladarme al Estudio General de Valencia para continuar allí mis estudios. Después supe que antes de esta decisión por parte de las autoridades religiosas y académicas, se había tomado otra, según la cual, debía trasladarme a la Universidad de Santo Tomás de Roma (Angelicum). De hecho, allí estaba reservada ya mi habitación. La decisión de que fuera a Valencia provenía de España y esta es la que se cumplió. En todo este asunto tuvieron presente, por una parte, mi vocación intelectual y, por otra, mi estado de salud precario. Por ello mis autoridades en España descartaron París y Roma y me mandaron al Estudio General de Valencia. Una decisión que, con el paso del tiempo, se consolidó como la mejor de todas, ya que por aquellas calendas yo me encontraba condicionado principalmente por la evolución de mi estado de salud.

             4. Final de los estudios teológicos en Valencia

           Mi diagnóstico cardíaco fue claro y contundente. Sufría una lesión severa en la aorta con riesgo de terminar con mi vida en cualquier momento sin alternativa quirúrgica de inmediato. En esta situación y bajo el control permanente del Dr. Enrique García Ortiz, marché al Estudio General de Valencia para incorporarme al curso académico 1960/1961. A pesar de las limitaciones impuestas por mi estado de salud, fueron tres años muy felices. La llegada al Estudio General de Valencia significó una etapa nueva muy positiva de mi vida intelectual. El ambiente reinante allí era muy bueno. Encontré profesores mediocres, ciertamente, pero había algunos excelentes y en sintonía con el Concilio Vaticano II. Algunos de ellos eran peritos conciliares y asesores asiduos de los obispos españoles. Por otra parte, la Iglesia del convento dominicano era un foro de predicación cualificada con mucho prestigio. Se respiraba el ambiente de inquietud teológica y proyección pastoral. Paradójicamente, la situación económica de la casa dejaba mucho que desear. Vivíamos con pobreza material y riqueza intelectual cualificada. Comíamos, vestíamos y trabajábamos como pobres, pero nos sentíamos intelectualmente ricos y así éramos considerados por la gente. En casa había un cuarto viejo que llamábamos biblioteca. La penuria de libros era proverbial. Cuando se pudo comprar la Patrología Latina de Migne, el hecho se celebró como un acontecimiento histórico relevante para el Estudio General. Había un ambiente estupendo de investigación teológica y predicación. Lo cual no quiere decir que todos allí fueran teólogos y predicadores de indiscutible competencia. Había personas excelentemente cualificadas para la investigación teológica y la predicación escrita, pero no para la predicación oral al pueblo. Por el contrario, había también otras personas menos cualificadas para la predicación escrita u oral, pero rayando en lo heroico en la predicación testimonial.

              Lo interesante era cómo en aquella casa de estudios todos esos aspectos existían, no como paralelos o excluyentes unos de otros, sino como complementarios. Cada cual respetaba el campo de especialización de los demás y todos ellos juntos formaban una comunidad ejemplar de intelectuales y predicadores. La llegada al Estudio General de Valencia significó para mí una etapa de mi vida muy interesante. Todos eran conscientes de mi delicado estado de salud y a la vez de mi vocación intelectual. Desde el primer momento me sentí tratado como una persona adulta y responsable, y no como un número más dentro de un colectivo humano. Con el paso del tiempo, entendí que la opción por Valencia en lugar de Colonia, París o Roma fue un gran acierto.

              Como recuerdos agradables de mi paso por el Estudio General de Valencia me es grato destacar los siguientes. Había algunos profesores académicamente mediocres, pero otros eran excelentes y todos ellos tenían algún rasgo personal edificante. En las clases fuertes de Teología usábamos la Suma de Santo Tomás, pero los profesores sabían leerla y comentarla con objetividad y creatividad. Con la lectura directa de la Suma aprendíamos a reflexionar y a ordenar el pensamiento y sobre esta base los profesores planificaban sus programas adaptados a la vida real. Unos lo hacían con más competencia que otros, pero esta diversidad lejos de ser empobrecedora facilitaba el contraste de calidad en la enseñanza. Para mí, el maestro en este asunto fue Emilio Sáuras. Lo mismo por su modo de leer e interpretar a Santo Tomás como por su trato exquisito y edificante en las consultas privadas. Primero escuchaba con tranquilidad y placer cuanto se le decía y después razonaba sus puntos de vista como de igual a igual. Durante el diálogo uno se sentía como elevado a su propio nivel intelectual por obra y gracia de su forma de trato y de desarrollar el discurso.

              Al poco tiempo de iniciar el curso académico, me tocó exponer en clase el contenido de un artículo de la Suma Teológica. Durante mi exposición me escuchó sin pestañear y al terminar hizo unas matizaciones magistrales para entender y comprender mejor el problema planteado y se olvidó de mí durante el resto del curso académico. Eso sí, al final me dio una calificación excelente. En realidad, la clase no terminaba allí. Había otras actividades que él evaluaba y tenía muy en cuenta a la hora de calificar académicamente. Por ejemplo, los diálogos informales y privados, que con él eran siempre de altura y calidad intelectual.

              La parte académica menos favorecida fue sin duda la que se refiere a la Sagrada Escritura. Los profesores de esta disciplina que había en aquel momento eran personas excelentes, pero ocupados en actividades pastorales muy encomiables que no les permitían disponer del tiempo necesario para preparar e impartir sus clases con la deseada competencia. En cualquier caso, todo quedaba en casa porque en la Iglesia de Predicadores los servicios pastorales eran excelentes y públicamente reconocidos como tales. Allí se llevaron a cabo reformas litúrgicas muy sabias, incluso antes de ser prescritas por el Concilio Vaticano II. Los Domingos y fiestas por la tarde mucha gente acortaba su fin de semana para volver a casa y oír en las breves e iluminadoras homilías que se pronunciaban en la Iglesia de Predicadores.

              Mis relaciones con los compañeros estudiantes en el Estudio General de Valencia fueron inmejorables. De hecho, me sentí en todo momento apreciado y admirado por todos ellos. Recuerdo que había un Mural interno dirigido por uno de los estudiantes y en el cual éstos se desahogaban exponiendo sus puntos de vista sobre la marcha de los estudios, la calidad de los profesores y de las decisiones emanadas de los órganos de gobierno de la casa. Como no podía ser de otra manera, lo más interesante del Mural era su apertura a la libertad de expresión y la crítica en clave de humor. Un buen día me llamó el Maestro de Estudiantes y me hizo unas reflexiones sobre el tono crítico vertido en algunos de aquellos artículos del Mural. Convencido de que el tono crítico de los mismos era excesivo, propuso que me encargara yo de la dirección del mismo para introducir un tono de moderación. Podía haber declinado fácilmente su propuesta, pero la acepté convencido de que los estudiantes iban a recibir el cambio con gusto sin necesidad de entrar en conflicto con el Maestro de Estudiantes. El tono crítico no disminuyó e incluso se incrementó bajo mi dirección.

               La verdad es que yo no veía por qué se alarmaba el Maestro de Estudiantes ante aquellas críticas. De hecho, alguno de los artículos en cuestión lo había escrito yo mismo. Los estudiantes encontraban una válvula de escape inocente a sus inquietudes al tiempo que con su sinceridad ayudaban a los profesores y educadores a tratarlos con corrección, evitando o razonando más y mejor sus decisiones sobre la marcha de los estudios. Pero un día me llamó el Maestro de Estudiantes y, sin sospechar él para nada que yo era partidario de esa apertura crítica del Mural, me habló de suspender su publicación. Le dije que, si creía conveniente hacerlo que lo hiciera, ya que tampoco se perdía nada del otro mundo. Y así terminó el Mural de forma pacífica pues yo mismo me encargué de que los estudiantes aceptaran la decisión de clausura sin traumas ni enfrentamientos con el Maestro de Estudiantes. 

              Mi carrera institucional en Valencia terminó con la ordenación sacerdotal y el título académico de Lector en Teología. Era un título muy honroso que se concedía en la Orden de Predicadores a los que se iban a dedicar a la investigación y la enseñanza de la filosofía o de la teología. Requisitos indispensables para la obtención del mismo eran la redacción y aprobación de una tesis escrita bajo la dirección de un profesor, y la superación de un examen público oral ante un tribunal formado por cinco profesores. De hecho, este título equivalía prácticamente a un Doctorado fuera de las instituciones académicas de la Orden de Predicadores. Con las reformas del Concilio Vaticano II, este título se suprimió y fue sustituido por la Licenciatura y el Doctorado. El título de mi tesis de Lector fue La inhabitación del Espíritu Santo según S. Agustín, bajo la dirección del Maestro Marceliano Llamera. Aprobada la tesis sin dificultad, fue publicada después, como consta en el currículo. Esta primera aproximación directa y en profundidad a los escritos de S. Agustín me abrieron la pista para ulteriores trabajos de especialización en el pensamiento del Hiponense.

              Por lo que se refiere al examen oral, diré que duró dos horas y media durante las cuales los cinco profesores que formaban el tribunal se distribuyeron el tiempo para poner a prueba al candidato, formulándole preguntas en torno a cien temas previamente aprobadas por las autoridades académicas del Centro. Fue una experiencia muy grata, ya que el examen se convirtió en un diálogo de gran altura entre los profesores y el examinando, tomando como ocasión los diversos problemas filosóficos y teológicos reflejados en las tesis del programa. Lo más grato de esta experiencia fue cuando tomó la palabra el Maestro Emilio Sáuras, el cual se dirigió a mí en estos términos. He visto, me dijo en tono confidencial y amable, que en el programa hay algunos temas relativos a la fe, por lo que supongo que los tienes bien estudiados. Yo, continuó, estoy en este momento estudiando también alguno de ellos como perito del Concilio y consultor de los Obispos españoles, y me gustaría conocer tu opinión al respecto. Seguidamente me informó sobre los términos en que le habían formulado la consulta episcopal y comenzó nuestro diálogo.

              Dos cosas me llamaron gratamente la atención durante el desarrollo del examen. En primer lugar, la maestría pedagógica de los miembros del tribunal formulándome sus preguntas, de suerte que yo pudiera contestarlas con objetividad y con mi estilo personal de expresión. En segundo lugar, la forma en que se desarrolló el examen de modo que yo tuviera la impresión de que se trataba más de un debate abierto entre iguales que de evaluación pública de mis conocimientos. En estos detalles descubrí yo la maestría de aquellos profesores inolvidables. Al final de la sesión, se reunieron para deliberar sobre mi actuación y a los pocos minutos el Maestro Marceliano Llamera, presidente del tribunal y director de mi tesis, convocó a la comunidad para felicitarme y hacer saber a todos que yo había superado el examen de Lector en Teología con la máxima calificación. Yo me sentía físicamente muy cansado, pero moralmente feliz y agradecido por la bondad y generosidad de aquellos profesores y estudiantes con los que compartí un periplo esencial de mi vida. Abatido físicamente, sí, pero no derrotado, había conseguido el Orden Sacerdotal y el honroso título de Lector en Teología, sin olvidar el aprecio y respeto profundos hacia mi persona por parte de todos los miembros de aquella comunidad dominicana de estudio y predicación. No podía pedir más y con este precioso equipaje me disponía a volver a Madrid. Los tres años de mi estancia en Valencia fueron muy ricos bajo todos los aspectos y sería largo hablar de todos ellos. Eso sí, quiero que al menos quede constancia histórica de mis sentimientos de gratitud.

              Recordando aquellos buenos tiempos, me resulta grato y pintoresco recordar otros aspectos de la vida diaria en el Estudio General de Valencia. Sólo algunos como botones de muestra. Ordenado de diácono, el Prior Vicente Forcada me confió la celebración de paraliturgias en la iglesia conventual con distribución de la comunión y autorización para hacer pequeñas homilías de circunstancia. Traigo a colación el tema de la distribución de la comunión porque me resultaba nada grato dar la comunión en la boca a la gente, tanto por razones higiénicas como estéticas. Con la pandemia del 2020 me ratifiqué en que no me faltaba razón. Lo mismo he de decir de la adoración del Niño en Navidad, la adoración de la Cruz en Semana Santa y el “besuqueo” popular de las estatuas de los santos. El Covid-19 ha suscitado ya una reflexión pastoral muy saludable sobre estos aspectos de los ritos litúrgicos condicionados en algunos aspectos a las circunstancias de la vida y de las personas.

              En el convento había un Padre anciano, antiguo misionero en China, llamado Jesús Castelló. Vivía en una habitación con mucho misterio empapelada con periódicos chinos amarillentos, y con un dormitorio en el que no permitía entrar a nadie, por lo que era llamado jocosamente el “santa santorum” del P. Jesús. Un día con mucho humor el P. Emilio Sáuras, teólogo del Vaticano II, le hizo esta observación. P. Jesús, he oído decir que alguien ha visto salir del “santa santorum” un ratón. Hombre, P. Emilio, replicó al tiro con gran naturalidad el P. Castelló, depende de lo que usted entienda por razón.

              El P. Jesús tenía serios problemas con la humedad y un día le dijo al Prior Forcada que unos amigos le habían invitado a pasar unos días de descanso en su finca. Padre Jesús, se lo piense usted dos veces, porque en ese lugar precisamente hay mucha humedad. Sí, replicó el P. Jesús, pero es una humedad más bien seca.

              En otra ocasión llegó a la puerta del convento un presunto timador pidiendo dinero por caridad. Al verlo por allí el Prior Forcada le recomendó que expusiera su problema al P. Jesús, el cual asumió religiosamente el encargo. El anciano P. Jesús escuchó al pícaro indigente con paciencia y resignación hasta que el pícaro concluyó su discurso patético pidiendo una cantidad de dinero por caridad. Mire, dijo el P. Jesús, para que se haga usted una idea de cómo estamos en esta casa, le digo que, si se le cayera a usted en este momento una peseta al suelo, me tiraría como una flecha a recogerla. Y el pícaro desapareció como alma que lleva el diablo. Yo le conté esta y otras graciosas peripecias a Monseñor Teodoro Labrador, O.P., que fue su obispo en China, y me dijo: El P. Jesús es más chino que los chinos.             

              5. Licenciatura en Filosofía e inicio de la docencia en Madrid

             Un buen día recibí la orden de trasladarme de Valencia a Madrid para incorporarme al curso académico 1965-1966. Obtenido el título de Lector en Teología en el Estudio General de Valencia y ordenado de sacerdote, las autoridades de turno decidieron dedicarme a la enseñanza de la filosofía. Por ello era indispensable que completara el Bachillerato en Filosofía con la Licenciatura. De acuerdo con este plan cursé el año de Licenciatura al tiempo que entré a formar parte del cuerpo académico del Centro como profesor de lengua latina. Fue así como me convertí en estudiante y profesor al mismo tiempo de los Institutos Pontificios. Innecesario decir que yo estaba encantado con este proyecto de futuro que garantizaba mi dedicación plena a la reflexión filosófica y el ministerio sacerdotal de forma siempre compatible con las limitaciones personales impuestas por mi estado precario de salud. En la casa había algunas personas poco preparadas para encajar las reformas del Concilio Vaticano II, pero ello no fue obstáculo para que se creara un ambiente propicio para asumir dichas reformas. En este sentido mi paso por el Estudio General de Valencia me ayudó mucho a sortear las dificultades del nuevo ambiente. Por otra parte, yo seguí mi trayectoria de hombre respetuoso con las estructuras y las personas, pero independiente en mis criterios y formas de pensar. Al mismo tiempo llegó de Superior de la casa un fraile que había consumido lo mejor de su vida en las misiones del Vietnam. Físicamente era un “don nadie” al que cualquiera estaría dispuesto a dar una limosna. Pero este hombre tenía una personalidad intelectual y moral muy destacada y pronto empatizamos. Su nombre era Teodoro González y fue un referente muy positivo para los jóvenes que afrontábamos nuestro futuro en un momento de la historia convulso y cambiante.

              Al término del curso académico obtuve el título de Licenciado en Filosofía y quedé incluido en la programación del curso siguiente como profesor de Historia de la Filosofía. Mi tesis de Licenciatura fue dedicada al análisis del concepto de substancia en los escritos de S. Agustín. Durante la elaboración de mi tesis para el Lectorado en Teología, en Valencia, constaté el uso variado que el Hiponense hacía de ese concepto en sus reflexiones teológicas y me pareció oportuno seguir investigando el significado real que ese término capital recibía en los diversos contextos en que era utilizado por S. Agustín. Mi trabajo fue bastante pobre, como tesis académica, pero sirvió de esbozo de lo que después se convertiría en una tesis doctoral en toda regla. Y sobre todo, fue una buena oportunidad para conocer a fondo los escritos más importantes de S. Agustín. A lo anterior tengo que añadir mi primera experiencia como profesor. Empecé enseñando latín clásico y en concreto la Eneida de Virgilio. Yo no había recibido formación ninguna para enseñar esa disciplina y tuve que poner a prueba todo mi ingenio para no defraudar a los alumnos.

              Fue entonces cuando me di cuenta de los fallos de los profesores que yo había tenido de latín, lo cual me obligaba a no incurrir en sus defectos pedagógicos. En primer lugar, traté de entender yo mismo el texto virgiliano para lo cual seguí los consejos de un compañero que había estudiado lenguas clásicas en Salamanca con buenos conocedores del latín y de su estructura. Consciente yo de mi limitado conocimiento del idioma del Lacio, y de la falta de preparación pedagógica para enseñarlo a otros, decidí estudiar en las clases una parte mínima del texto virgiliano aplicando rigurosamente los consejos recibidos de mi compañero. Me es grato recordar aquí que redacté una pequeña y elemental gramática en latín, que los alumnos copiaron al dictado. Obviamente, el que más latín aprendió fui yo mismo, el profesor, que sabía poco más que los alumnos. Pero fue una experiencia feliz porque comprendí que sólo se sabe algo bien cuando uno es capaz de hacérselo saber con competencia a otros. A pesar de mis limitaciones personales, quedaron buenos recuerdos en los alumnos. El uso del latín como lengua académica tocó a su fin y cabe pensar sin exagerar que las clases que yo impartí de lengua latina en latín fueron tal vez las últimas de la historia.

              El curso 1966-1967 significó mi inmersión plena en las actividades académicas como docente de Historia de la Filosofía Antigua, mientras mi predecesor obtenía el doctorado en Roma. Lo convenido era que cuando él terminara volviera a Madrid y yo me desplazara a Roma con el mismo objetivo. Pero por aquellos años surgían con frecuencia conflictos entre profesores y estudiantes en nuestro Centro y yo no podía ser una excepción. Para congraciarse con los estudiantes, algunos profesores habían adoptado la política de aprobar a todos de forma casi incondicional. Yo, ingenuo, pagué la novatada y suspendí a alguno. La protesta no se hizo esperar y el presidente de turno de los Institutos propuso a la autoridad competente que me ofreciera una alternativa honrosa a la de profesor de los Institutos en razón de mis presuntas cualidades intelectuales y morales. La autoridad de turno aceptó la propuesta y me escribió una carta en la que me informaba de la vuelta de otro profesor al Centro, con lo cual yo ya no era necesario allí.

              Yo recibí la carta en Marsella y tan pronto volví a Madrid me personé ante el Superior para obtener la información adecuada. Simplemente le dije que había entendido el mensaje de su carta y sólo deseaba saber dónde estaba mi nuevo destino. Ante esta reacción mía me dijo que él no decidiría mi nuevo destino hasta que yo mismo le hiciera la propuesta que más fuera de mi conveniencia y agrado. Seguidamente hizo un elogio de mis presuntas cualidades personales e insistió en que deseaba respetar por encima de todo mi voluntad, y que actuaba por indicación del Prior Provincial y no por iniciativa propia. Al oír esto quedé muy sorprendido y le hablé de la orden que yo había recibido directamente del Provincial durante su visita canónica. La orden fue que el profesor Jesús Villarroel marchara a Roma a terminar su Doctorado en filosofía y que cuando él terminara, regresara a Madrid para que yo me desplazara a Roma e hiciera lo mismo. Al oír esto el Vicario Provincial, no sabía dónde meterse. De entrada, renunció a tomar una decisión sobre mi nuevo destino dejando el asunto en mis manos, esquivando así asumir la responsabilidad que le correspondía en el ejercicio de la autoridad. Por otra parte, es obvio que le había pillado en contradicción. En efecto, la iniciativa de alejarme del Centro de Estudios no había sido del Provincial, sino del presidente de los Institutos, y la decisión de poner en práctica tal iniciativa, de él en persona. Llegados a este momento, me despidió diciendo que me olvidara de lo hablado con él y que siguiera estrictamente las directrices que yo había recibido del Prior Provincial. Esta carta quedó archivada y es un modelo perfecto de astucia administrativa. A pesar de este incidente el proyecto de mi carrera intelectual continuó con toda normalidad. Por mi parte nunca le reproché yo esta contradicción ni él desaprovechó después ocasión para felicitarme por mis escritos y actividades académicas.

              El primer año de docencia de la filosofía significó para mí un reto importante. Comencé explicando Historia de la Filosofía Antigua sin más conocimientos que los adquiridos durante los años de estudiante sin haber realizado estudios complementarios de especialización en la materia. Lo que sí tenía claro es que había tenido unos profesores de historia de la filosofía muy mediocres, y debía hacer todo lo posible para no incurrir en sus defectos. Al principio traté de seguir en clase el mismo texto que yo había estudiado, pensando que sería el más indicado para empezar mi aventura docente.

              Pero pronto me percaté de sus defectos pedagógicos y decidí crear yo mis propias lecciones siguiendo otros criterios académicos y pedagógicos presuntamente mejores. Primero exigí que los alumnos tomaran notas al dictado y posteriormente decidí ofrecerles yo un texto básico escrito, con el fin de evitar que deformaran mi pensamiento. La preparación de las clases fue para mí una verdadera escuela de aprendizaje, convencido de que sólo después que yo hubiera entendido bien las cuestiones a tratar, sería capaz de explicarlas convenientemente a los demás. En el inicio de la singladura docente, me parecía que todos los temas relacionados con la disciplina académica de mi incumbencia eran importantes y me faltaba tiempo para explicarlos todos. Luego me fui dando cuenta de que no todos tenían la misma importancia y me limitaba a explicar los temas que consideraba más relevantes. Por último, cuando yo llegué a tener dominio suficiente de la materia, me limité a exponer aquellas cuestiones que yo consideraba más útiles o necesarias para los alumnos. Así ocurrió que, al principio, cuando yo no dominaba la materia, todo me parecía importante y enseñaba más de lo que sabía. Luego, a medida que iba dominando la materia, enseñaba lo que sabía y, finalmente, cuando llegué a un dominio razonable y suficiente de la misma, me sobraba siempre tiempo para enseñar lo que realmente consideraba que era más conveniente para mis alumnos.

               6. Doctorado en Roma

             Por fin llegué a Roma para culminar mis estudios filosóficos con el Doctorado en Filosofía. Mi residencia fue fijada en la popular y elegante Via Condotti 41 y no en el Angelicum. Al día siguiente de mi llegada lo primero que hice fue darme un paseo por el corazón de la ciudad antigua para conocer el camino que debería recorrer después casi todos los días para asistir a las clases de Doctorado y visitar las bibliotecas de consulta. Era la primera vez que visitaba Roma y me causó una impresión profunda. Me parecía un sueño ver con mis propios ojos aquellas ruinas cargadas de historia y que sólo conocía por los libros. Tenía dos años por delante para reflexionar en profundidad, conocer gentes de todos los continentes y la posibilidad de consultar buenas bibliotecas. Desde el primer momento me pareció que debía aprovechar bien la oportunidad que se me ofrecía de disfrutar y aprender viviendo y estudiando en una ciudad como Roma.

              Llegué al Angelicum entusiasmado y me dirigí al Decano de la Facultad de Filosofía. Me causó muy buena impresión la forma de recibirme y el interés que puso en mi proyecto de Doctorado. Yo llevaba en la chistera tres temas alternativos para realizar mi tesis doctoral. Cuando terminé de exponerle los motivos que me habían impulsado a elegir esos temas, me propuso desarrollar uno de ellos en Canadá contando con su apoyo. Yo agradecí su propuesta, pero exponiéndole mis excusas, que comprendió sin dificultad. Fue entonces cuando me aconsejó que me presentara al Prof. Clemens Vansteenkiste para que aceptara la dirección de mi tesis. Este hombre era de muy pocas palabras, pero simpatizamos muy bien desde el primer momento. Tan pronto le comuniqué que iba de parte del Decano para que le informara sobre mi proyecto de Doctorado, tomamos asiento y me escuchó con sumo interés. Después de exponerle los motivos por los que deseaba hacer una investigación sobre el concepto de sustancia en los escritos de S. Agustín pasé a exponerle los otros dos temas que llevaba previstos como alternativa. Pero me cortó amable y lacónicamente con estas palabras: “No hace falta, este es el tema”. Y no hablamos más.

              Tomé sus cursos de Doctorado y cuando me veía trabajando en la Biblioteca se acercaba a mí sin decir palabra y me ponía delante alguna obra que consideraba interesante para el desarrollo de mi tesis. Cuando iba a su habitación a informarle del trabajo realizado nuestra conversación era breve y sustanciosa. Nos hacíamos mutuamente algunas preguntas en busca de alguna aclaración y nos entendíamos a las mil maravillas sin necesidad de perder el tiempo. Cuando llegó el momento de defender públicamente la tesis estábamos los dos preparados para responder a cualquier pregunta, sobre todo si era impertinente. Mis relaciones con este profesor fueron excelentes. Era un auténtico maestro enseñando a investigar con rigor y seriedad. Tal vez por esto en sus cursos de Doctorado había siempre pocos matriculados y los que se matriculaban lo hacían porque buscaban, por encima de todo, calidad. Después comprendí por qué el Decano de la Facultad de Filosofía me remitió a este hombre, por lo que le estoy profundamente agradecido.

              Mi experiencia con la tesis doctoral en el Angelicum fue muy positiva. Lo mejor que aprendí fue a tomar gusto por los placeres de la inteligencia en la búsqueda apasionada de la verdad. La prueba doctoral tenía tres momentos: 1) Superar los cursos monográficos de doctorado. 2) Redacción y defensa pública de la tesis y 3) La Lectio coram o exposición oral pública de un tema previamente preparado. Al final de esta tercera etapa, un profesor comentó que, por mi forma desenfadada y segura de expresarme ante los oyentes, yo daba la impresión de que había actuado más como un profesor que enseña a sus alumnos que como un examinando que espera un juicio benévolo del tribunal examinador. No en vano yo había enseñado ya durante dos cursos académicos y estaba acostumbrado a preparar y desarrollar los temas con mi propio estilo y la impronta de mi personalidad.

              Los dos cursos académicos transcurridos en Roma fueron muy ricos en experiencias personales y académicas. Me sentí feliz en la Ciudad Eterna en un momento apasionante de mi vida. El único inconveniente fue la salud. Cuando llegué a Roma, me encontraba con el espíritu en un momento esplendoroso, pero con mis fuerzas físicas muy reducidas. Por razones de salud me vi obligado, por ejemplo, a abandonar las clases de alemán que se impartían en la Universidad. La mente me llevaba por las nubes, pero el cuerpo me arrastraba por los suelos. Al principio me resultaba muy costoso hasta el placentero paseo que suponía ir caminando desde la Via Condotti a la Universidad sita a la altura del Foro de Trajano. Gracias a la sensación de bienestar en casa y la buena alimentación, fui remontando y cobrando fuerzas para llegar a un final feliz. Durante estos dos años me resultó también muy interesante el conocimiento cercano del Vaticano. Lo visitaba con frecuencia como lugar de encuentro de toda la humanidad y símbolo de la realidad de la Iglesia con sus luces y sombras históricas.             

              7. Profesor en el Seminario Conciliar de Madrid

         De vuelta en Madrid para reanudar la docencia de la filosofía en los Institutos Pontificios bajo la responsabilidad de la Orden de Predicadores, el ambiente había cambiado mucho en la onda del Concilio Vaticano II. Los Institutos se encontraban en todo su esplendor, pero no faltaron tensiones a las que había que añadir los cambios constantes en la convivencia interna y la competencia externa. A pesar de todo, la docencia durante estos años fue una oportunidad de oro para consolidar mi vocación intelectual a pesar de los achaques de salud que iban en aumento. La extensión e intensidad de mi vida intelectual por esta época queda suficientemente reflejada en el currículo académico tal como aparece en el apéndice. Pero me parece oportuno resaltar también la docencia en el Seminario Conciliar de Madrid y la obtención del Doctorado en Filosofía por la Universidad Complutense. Y todo ello sin dispensarme lo más mínimo de las obligaciones académicas contraídas en los Institutos de Filosofía y Teología.

              Sobre la docencia en el Seminario Conciliar madrileño las cosas sucedieron así. Durante el verano de 1970 falleció en París el P. Guillermo Fraile, O.P, ilustre historiador de la Filosofía y catedrático de esa misma disciplina en la Universidad Pontificia de Salamanca. Urgía reparar académicamente su inesperada muerte y, según pude saber, se barajaron para ello mi nombre y otro. Por otra parte, el arzobispo de Madrid tuvo que proveer también de profesor de Historia de la Filosofía en el Seminario Conciliar a raíz de un incidente interno de carácter académico, y pidieron también un profesor a nuestros Institutos para subsanar el problema. El resultado final de aquellas deliberaciones fue que yo asumiera la responsabilidad de impartir las clases en el Seminario Conciliar en Madrid. Fueron tres cursos académicos muy enriquecedores para mí y una oportunidad estupenda para conocer de cerca el mundo del clero secular, su psicología y sus ambiciones. Nos encontrábamos en plena euforia pos-conciliar experimentándolo todo de forma apasionante y precipitada. En el Seminario Conciliar, como en todas las instituciones de la Iglesia, había proyectos nobles, tensiones internas y decepciones imprevistas.

              Durante el primer curso académico estuvo al frente de la Archidiócesis de Madrid el arzobispo D. Casimiro Morcillo al que sucedió el cardenal de Toledo D. Vicente Enrique y Tarancón. Ambos fueron hombres brillantes y dignos de todo respeto. La historia inmediata a primado el protagonismo de la personalidad del cardenal Tarancón. Sin embargo, a mí personalmente me gustó más el talante sereno, competente, objetivo y desapasionado del arzobispo Morcillo que la indiscutible brillantez del cardenal Tarancón. Ambos, insisto, fueron personalidades de primera talla, pero nunca tuve la oportunidad de hablar personalmente con ellos. Mi cercanía no fue mayor que la que había en el comedor o salón académico donde ambos se encontraban con relativa frecuencia para tratar asuntos importantes con el profesorado. De aquellos tres años me parece oportuno recordar algunas anécdotas significativas.

              Una de las veces en que, después de la reunión académica con el arzobispo, cuando ya estábamos todos sentados a la mesa para tomar el almuerzo, el Decano de Filosofía comentó con el que tenía a su lado que yo, siendo el catedrático de Historia de la Filosofía, me había sentado al final de la mesa junto al profesor de gimnasia. Este comentario reflejaba una mentalidad según la cual los profesores debían sentarse más o menos cerca del arzobispo de acuerdo con el rango de la asignatura que impartían. Según esta mentalidad, era comprensible que el profesor de gimnasia, que además era un laico, se colocara en el último puesto, pero no que el catedrático de Historia de la Filosofía se sentara en el penúltimo junto al profesor de gimnasia. Entonces salí de mi ingenuidad y comprendí que a la llegada del arzobispo todos trataran de que su cercanía física a la autoridad estuviera garantizada. Yo estaba acostumbrado a respetar el orden jerárquico, pero sin degenerar en clasismo institucional por encima de cualquiera otra consideración relacionada con la fraternidad, la amistad o la caridad.

              Por aquellos años inmediatos al Concilio Vaticano II había mucha excitación. En ese contexto se celebró la famosa Asamblea Conjunta de Madrid y el arzobispo Morcillo nos pidió a los profesores del Seminario que nos empleáramos a fondo a fin de que el polémico evento resultara lo más provechoso posible. En una de las reuniones de estudio durante la fase de preparación, un sacerdote secular, experto en sociología, presentó un borrador de trabajo que llamó particularmente mi atención por lo siguiente. Leyendo aquel documento alguien podía sacar fácilmente la conclusión de que la estructura de la Iglesia estaba constituida por el clero secular, quedando al margen el clero procedente de las Órdenes Religiosas. O dicho para que se entienda mejor, que la Iglesia son los curas y los obispos sin contar para nada con los frailes y los laicos. Inmediatamente pedí la palabra para expresar mi sorpresa y la respuesta no fue menos sorprendente. Con un gesto de admiración también por su parte, el ponente me dio a entender que las cosas eran así y que no encontraba nada que rectificar en su borrador de trabajo. Esta forma elitista y clasista de pensar no era algo propio de algunas personas incompetentes o carentes de sentido común. Por otra parte, los estudiantes que hacían sus estudios en el Seminario Conciliar, procedentes de algunas Órdenes Religiosas, me hablaban del trato discriminatorio que recibían por parte de algunos profesores, los cuales los trataban en clase como estudiantes de segunda categoría.

              Entre los seminaristas había también clasismo. Estaba el grupo de los estudiosos o intelectuales y el de los pastoralistas. Los primeros miraban al futuro tratando de promocionarse sobre todo en función de la competencia intelectual. Otros, en cambio, miraban más a las funciones administrativas y de gobierno. Lo admirable y chocante no es que existieran estas tendencias sino la forma en que los pastoralistas desdeñaban a los intelectuales. Entre estos últimos los había que acudían a mí solicitando ayuda y consejo para realizar los trabajos académicos que les eran solicitados por otros profesores. Lo hacían confidencialmente y con toda discreción para que sus consultas conmigo pasaran desapercibidas a los demás.

              Con el tiempo supe que aquellos contactos furtivos con los estudiantes del sector “intelectual” habían dado buenos resultados. Como dije antes, yo llegué al Seminario Conciliar para suplir la ausencia de un profesor que abandonó la docencia provisionalmente a raíz de una discusión interna en la que se enfrentaron puntos de vista diferentes. Pero había una cláusula estatutaria según la cual, si al cabo de tres cursos académicos de ausencia, un profesor no retomaba la disciplina en cuestión, el profesor que le había sustituido durante esos tres años se convertía automáticamente en el profesor titular de esa asignatura. Como era de esperar, finalizado el tercer año el profesor al que yo había sustituido pidió volver para no perder definitivamente sus derechos.

              Yo recibí una notificación muy respetuosa del hecho con la posibilidad de hacer las reclamaciones que considerara oportunas. Cuando comuniqué a los estudiantes que mi misión con ellos había terminado no disimularon su sorpresa y alguno sugirió la conveniencia de que entraran ellos en escena para que, a pesar de todo, yo continuara como profesor en el Seminario. Les agradecí su simpatía, pero los aconsejé que dejaran que las cosas siguieran su curso sin crear problemas innecesarios. Lo que más les convenció para no pasar a la acción en mi favor fue cuando les dije que, si yo continuaba entre ellos por coacción moral y no por la aplicación de las normas administrativas establecidas, no me sentiría a gusto y nuestras relaciones no podrían ser como lo habían sido en el pasado. No se habló más de este asunto y creo que fue un acierto. De entre aquellos jóvenes algunos fueron después consagrados obispos y quedaron recuerdos muy gratos para todos. Con el paso de los años el profesor, que en un momento de excitación decidió abandonar el Seminario, pero después volvió para recuperar sus derechos académicos cuando estaban a punto de revertir definitivamente en mi favor, se convirtió en una autoridad universalmente reconocida en el campo de la teología. Nos encontramos en repetidas ocasiones después en actos culturales compartidos y otras circunstancias, pero nunca le recordé aquel incidente ni siquiera en clave de humor. Su nombre era Juan de Dios Mártín Velasco, titular de la cátedra que lleva su nombre en la Universidad Pontificia de Salamanca y fallecido en el año 2020 a los 86 años de edad.             

              8. Doctor por la Universidad Complutense de Madrid. Psicología médica y ginecología             

              Afincado ya en Madrid, la decisión de obtener ahora una titulación académica civil complementaria a la canónica ya conseguida se debió a dos motivos. El primero, para hacer frente a la nueva situación creada, que había convertido los títulos superiores civiles en requisitos casi indispensables para competir en la vida pública. El segundo, para demostrar que mi deseo de tener esos títulos obedecía sólo a motivos de capacitación intelectual personal permaneciendo siempre fiel a mis compromisos ya adquiridos con la Orden de Predicadores. Por aquellas calendas, en efecto, se pudo observar que bastantes eclesiásticos ambicionaban los títulos civiles para promocionarse en la sociedad abandonando el estado sacerdotal. Esa mentalidad penetró entre mis compañeros hasta el extremo de que las autoridades de nuestros Institutos Pontificios, sin dejar de reconocer la conveniencia de dichos títulos, empezaron a recelar de quienes los buscaban con pasión, y optaron por poner dificultades para obtenerlos. Así las cosas, yo pensaba que había que buscar alguna fórmula aceptable para superar esas dificultades, tomando las cautelas necesarias para regenerar la confianza de mis superiores sin caer en el error de convertir los títulos en una excusa para la irresponsabilidad. Por lo que a mí personalmente se refiere, yo veía además el paso por la Universidad del Estado como una oportunidad de oro para completar mi experiencia intelectual y de conocer un mundo, que cada vez resultaba más difícil de penetrar.

              Para empezar, realicé todos los trámites burocráticos para que mi título de Licenciatura en Filosofía, otorgado por la Universidad de Santo Tomás de Manila en Madrid, fuera convalidado por el Estado español, con lo cual pude matricularme directamente en los cursos de doctorado programados en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Estos trámites los llevé yo personalmente adelante de una forma discreta sin hacer publicidad. Para ello tomé los cursos de primera hora de la mañana en la Universidad de suerte que aquel horario resultara compatible con mis obligaciones académicas contraídas en los Institutos de Filosofía y Teología. De esta forma mis actividades como alumno en la Universidad del Estado pasaban prácticamente desapercibidas. Pero había que realizar la tesis doctoral, lo cual suponía un trabajo añadido importante. El catedrático Adolfo Muñoz Alonso aceptó sin dificultad ser mi director de tesis tan pronto le hablé de mi tema preferido. En efecto, mi intención era continuar profundizando en el estudio de S. Agustín, en concreto sobre el tema de la pena de muerte. Muñoz Alonso, que era un agustiniano de primera línea, me animó a llevar a feliz término mi trabajo. Tuve la ocasión de pasar en Roma un par de meses trabajando en la tesis y desde allí le informé por carta de la marcha de mis investigaciones. Recibí unas líneas de ánimo, pero en ese mismo verano de 1974 Adolfo Muñoz Alonso falleció de un infarto de corazón mientras participaba en los cursos de verano de Santander. Tuve que buscar nuevo director de tesis y el P. José Todolí, O.P. se prestó con gusto a asumir esa responsabilidad. Terminé la tesis sin que el director difunto ni el nuevo influyeran para nada en la redacción de la misma. Cuando estuvo terminada la presenté y dieron el visto bueno para la defensa sin ninguna dificultad. Pero ocurrieron algunas anécdotas dignas de recordar. Tras la muerte de Adolfo Muñoz Alonso me apresuré a tramitar el cambio de director de la tesis en la Secretaría de la Facultad de Filosofía. La sorpresa fue ésta. Informé sobre la muerte del director de mi tesis y comuniqué el nombre del nuevo director. Pero cuando me presentaron la esperada rectificación observé con estupefacción que me habían asignado como nuevo director al difunto Muñoz Alonso.

              Otra anécdota fue la siguiente. Cuando ya había yo depositando en secretaría los ejemplares reglamentarios de la tesis y volví para realizar los trámites previos para la defensa de la misma, la secretaria de turno no encontraba mi documentación y trató de despedirme como si allí no hubiera nada relacionado conmigo. La respondí conteniendo la ira y pidiéndola, por favor, que pusiera más atención en lo que hacía. Como su reacción no fue agradable la recordé que durante dos años hasta pocos días antes mi documentación estaba allí a no ser que alguien se la hubiera comido. Luego la indiqué el cajón de donde tantas veces durante dos años había visto yo sacarla y guardarla. Como no podía ser de otra manera, allí estaba mi documentación.

              Por fin llegó el día de la defensa de la tesis. El P. José Todolí, O.P., en calidad de director de la misma, formó el tribunal, presidido por el entonces Rector Magnífico de la Complutense, Ángel González Álvarez, de acuerdo con la disciplina vigente y me dio algunos consejos prácticos para que todo transcurriera de forma normal y exitosa. En primer lugar, me dijo, una vez que los miembros del tribunal habían aceptado participar en el acto académico, cabía suponer que en principio estaban de acuerdo con la tesis. O sea, que la tesis había sido ya aprobada a menos que durante el acto académico no hubiera sorpresas imprevistas que aconsejaran lo contrario. Por consiguiente, de lo que se trataba ahora era de que durante la celebración del acto académico todo transcurriera con normalidad para conseguir la mayor calificación posible de la tesis. Ahora bien, para ello era indispensable que ante las preguntas u observaciones de los miembros del tribunal yo no perdiera nunca la calma y evitara responder de forma que mis interlocutores quedaran mal ante el público. Todolí sabía que yo había defendido ya en Roma una tesis doctoral y que tenía experiencia como profesor. Sabía también que en las Universidades de la Iglesia la tesis doctoral no estaba nunca aprobada de antemano, sino que el candidato tenía que defenderla satisfactoriamente ante el tribunal examinador. También conocía mi carácter y temía que alguno de los miembros del tribual me hiciera alguna pregunta u observación inoportuna o de poca monta y que yo le contestara dejándole mal ante el público presente. 

              Por fin llegó el momento de la prueba y no sin sorpresa. Uno de los miembros del tribunal me llamó a su casa pocas horas antes de la celebración del acto académico. ¿Para qué? Nunca lo supe. Después de una breve conversación nos despedimos para reencontrarnos en la Sala de Grados. Mi sorpresa fue que este profesor fue el que desempeñó el papel de “malo” de la película. Al escuchar sus observaciones el P. Todolí me miró invitándome a la calma. Yo me encontraba entre la espada y la pared. Por una parte, me hacía preguntas y observaciones que yo podía poner fuera de combate con suma facilidad quedando bien ante el público. Por otra, corría el riesgo de quedar mal ante un miembro del tribunal perdiendo el favor de su voto. Todo terminó felizmente pero no quiero poner fin a este capítulo apasionante de mis años sin recordar otra anécdota.

              De acuerdo con el reglamento, el candidato al título de doctor debía entregar nueve ejemplares de su tesis doctoral en la Secretaría de la Facultad. Cuando llegaba yo con los pesados ejemplares para entregarlos un grupo de estudiantes curiosos se acercó a mí y una joven me preguntó por el contenido de aquellos libros mecanografiados. La contesté que eran los ejemplares de la tesis doctoral, que dentro de poco tiempo iba a ser sometida a debate público para su aprobación. La encantadora joven me preguntó cariñosa que cómo me sentía después de haber llegado a ese momento culminante de mi carrera. Yo la respondí espontáneamente: “Que soy más viejo que antes”. Ella quedó algo desilusionada con mi respuesta, pero yo traté con humor de restaurar su ilusión. 

              El proyecto de Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense había terminado pero mis inquietudes intelectuales crecían al ritmo marcado por unos tiempos nuevos que no permitían el descanso. Por esta razón busqué tiempo para matricularme en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense con el fin de seguir las clases de Historia de la Medicina de Pedro Laín Entralgo, que era un referente cualificado de la medicina humanista. Pero quedé defraudado cuando constaté que sus clases eran impartidas por una profesora sustituta. Comenté mi decepción con uno de los compañeros de clase el cual me informó sobre unos cursos que se impartían en el Gran Hospital de Madrid y que, a su juicio, eran más afines a mis intereses. Tomé nota de su consejo y no dudé en abandonar la Facultad de Medicina para matricularme en aquellos cursos entre los cuales me llamó particularmente la atención el programa de psicología médica. Fue una experiencia interesante, no tanto por lo que aprendí de esta disciplina, sino por el ambiente que reinaba allí. La psicología era la asignatura estrella en todas partes y gran parte de los que por aquellas calendas optaban por esos estudios lo hacían fascinados por la posibilidad de encontrar solución a sus traumas y problemas personales. En nuestros Institutos, sin ir más lejos, yo mismo pude constatar que los libros relacionados con la psicología y la psiquiatría eran los preferidos por aquellos estudiantes psicológicamente menos equilibrados o que pasaban por alguna etapa difícil de su vida.

              Lo más inefable durante la asistencia a estas clases tuvo lugar con uno de los profesores que era el director de un centro psiquiátrico bien conocido en Madrid. Durante las discusiones en clase se producían momentos de verdadera violencia moral. En una ocasión tuve que intervenir yo personalmente por temor a que la discusión de los alumnos con el profesor degenerara en violencia física. Mi impresión fue que, el profesor estaba algo loco o más que los internados en el Centro en el que ejercía las funciones de director. Mi interés por la psicología me llevó a conocer un mundo traumatizado al que había que tratar con mucho tacto. Pronto entendí que los conocimientos de la psicología debía utilizarlos para conocerme mejor a mí mismo y no para hacer juicios irrespetuosos o temerarios sobre las personas más débiles tratándolas como meros objetos de investigación o explotando en provecho propio la intimidad de los pacientes. En cualquier caso, yo me encontraba en edad de búsqueda apasionada de verdad sobre la naturaleza humana y de los valores superiores heredados del pasado. Necesitaba conocer por mí mismo la realidad de las cosas poniendo a prueba todo aquello que oía decir a los demás. No podía resignarme a que otros pensaran y tomaran decisiones por mí. La búsqueda de la verdad es un deber del que nadie se puede dispensar alegremente. Por eso mi interés por conocer más a fondo la naturaleza humana me llevó a completar estos estudios complementarios de psicología médica con la ginecología. Deseaba conocer en directo cómo emerge la vida humana, el trato que merece y el que de hecho recibe.

              Por aquella época empezó a estar de moda una mentalidad hostil a la vida humana inocente mediante las prácticas abortivas y otras formas de agredir la vida. Para estar en la onda de las discusiones del momento sobre estas cuestiones me pareció conveniente conocer sobre el terreno por mí mismo todas las cuestiones que pueden plantearse sobre las diversas formas de hacer vida humana o destruirla. Pronto encontré un ginecólogo, director de una Clínica de ginecología, que puso a mi disposición todas las facilidades a su alcance para que yo visitara el Centro y realizara mis estudios personales dentro del marco de la ley. Fue una experiencia por doble partida. Como experto en psicología médica me encargaron de preparar a las señoras que iban a dar a luz mal dispuestas. Por ejemplo, para ayudarlas a aceptar al hijo naciente antes del parto o después, según los casos. Por otra parte, era patente el interés del doctor por ayudar a las madres a llevar a feliz término sus embarazos sin recurrir a la cesárea, cosa que no siempre agradaba al anestesista por la simple razón de que se veía privado de los ingresos económicos correspondientes al prescindir de sus servicios. Con el tiempo constaté que entre el director y su enfermera se producían tensiones fuertes incluso dentro del quirófano. No es que allí se hiciera nada incorrecto sino todo lo contrario. Allí ayudaban a parir felizmente y con todas las garantías a las mujeres que llegaban. Por otra parte, cuando había que realizar alguna intervención quirúrgica, se llevaba a cabo con competencia y corrección profesional. No obstante, yo presentía que algo anómalo estaba ocurriendo en la clínica.

              Un día el doctor me pidió que le acompañara en la visita a las nuevas madres en sus respectivas habitaciones y me hizo una confidencia. La señora que nos miraba radiante con su bebé al lado no era su verdadera madre. Me confesó en voz baja que se había fingido un embarazo y se había hecho un trueque de madre. Yo entendí que la señora que tenía delante había salido del quirófano o de otro lugar de la clínica con el bebé como si fuera suyo pero que la verdadera madre que lo había dado a luz era otra. Tomé nota de la información y me abstuve de hacer ningún comentario ni preguntas aclaratorias. Salimos de aquella habitación para proseguir la visita rutinaria al resto de las pacientes y no se habló más del tema. Terminadas las visitas a las pacientes abandoné la clínica, dispuesto a no aparecer más por ella. Pero todavía tuve que volver en una ocasión para pedir un favor. Se trataba de una joven pareja que después de varios años casados no conseguían tener hijos a pesar de los esfuerzos que habían hecho por conseguirlo. Una vez informado de su problema y obligado moralmente a hacer algo por ayudarlos, los remití al director de la clínica, el cual se comprometió a recibir a la pareja y a poner a su disposición toda la ayuda que estuviera a su alcance. El favor se lo había pedido yo confiado en que no me defraudaría. Les dio cita y tan pronto volvieron a casa me llamaron por teléfono. ¿Ese es el amigo al que nos recomendaste? ¿Qué os ha dicho?, repliqué. Nos ha dicho que tengo vaginismo infantil y que lo mejor que podemos hacer es adoptar un niño para lo cual él puede ayudarnos. La joven señora sabía que sus órganos reproductivos se encontraban en perfecto estado y que su vagina, aunque no fuera de oro, con toda seguridad era de plata. No se habló más del caso y yo decidí de una vez por todas no volver a aparecer por aquella clínica ni mantener comunicación con nadie que trabajara en ella.

              A los pocos meses una revista sensacionalista de la época descubrió el escándalo que yo intuía. El Dr. en cuestión ayudaba en la clínica a prostitutas para que dieran a luz allí, pero al precio de ceder el bebé a señoras dispuestas a llevárselo a casa como si fuera suyo. En el caso concreto del que termino de hablar, la señora había fingido un embarazo con gran habilidad ante la familia, de forma que el traspaso del bebé de la madre verdadera a la madre falsa se realizara con éxito sin la menor sospecha. De hecho, la joven que acompañaba en la habitación a la falsa madre era su propia hermana, convencida de que, por fin, su hermana mayor había dado a luz un hijo. La prensa desveló después otras cosas más graves que no habían pasado siquiera por mi imaginación. El médico fue expulsado de la profesión y la autoridad competente decretó el cierre de la clínica. El dieciocho de julio de 2010, el Dr. Luis Vela fue noticia de nuevo.

              Se le acusó en la prensa de propiciar el tráfico de niños para su adopción, de mantener cuerpos de niños congelados en un frigorífico y de decir en ocasiones que el bebé nacido había muerto presentando un certificado falso de defunción sin posibilidad de verificar su muerte. Una madre, convencida de que su hijo no había muerto, como la habían dicho en la clínica, sino que había sido dado en adopción, consiguió encontrar a su hijo, el cual era consciente también de que había sido dado en adopción. El Dr. Vela confesó que había colaborado en este tráfico de bebés, pero insistiendo en que sólo trató de ayudar a mujeres en dificultad y nunca por dinero.

              Según los expertos en sociología, este tráfico de bebés tuvo lugar también en Barcelona, Valencia y Bilbao. En el año 2010 tenía yo la impresión de que el tráfico de niños era una actividad más extendida de lo que cabría imaginar. Más aún, las mujeres embarazadas que no quieren a sus hijos, van a los “mataderos” o clínicas abortistas donde son sacrificados y mandados a los contenedores de basura como “restos de quirófano”. Y todo ello realizado legalmente y pagado como servicios prestados por profesionales de la salud. Después hice prácticas también en la madrileña clínica de O´Donnell. Lo que más me impresionó allí fue la brutalidad de algunas enfermeras y comadronas, que trataban a las pacientes como ovejas. A la tortura psicológica de los comentarios groseros durante el parto, se añadía la sensación de inseguridad de la paciente cuando en ocasiones oía que el instrumental específico no estaba debidamente preparado. En una ocasión durante el descanso rutinario yo permanecía mudo sin decir palabra. Una enfermera se puso nerviosa y me preguntó por qué yo no hablaba. La respondí que puesto a hablar tendría que decir cosas desfavorables para ellas, y alguien replicó con el siguiente comentario: sí, realmente a veces perdemos la cabeza durante los partos y decimos cosas que deberíamos callar.

               9. Balance conclusivo

             Durante este período de mi vida se produjo un desafío singular entre las limitaciones que me imponía el estado precario de salud, a causa de una severa cardiopatía, y la luz que me entraba por vía de la inteligencia. Fue una experiencia singular con final feliz. No porque la cardiopatía encontrara solución inmediata satisfactoria, sino porque comprendí que había que coordinar los impulsos del corazón y los deseos de la voluntad mediante el uso de la razón. La aplicación de este criterio me ayudó a ser realista, siguiendo la senda de la realidad y no la de los sentimientos sin pasar por el filtro de la razón. Desde el momento en que gusté los placeres de la inteligencia, todos los demás empezaron a saberme a poco. Había que conocer los misterios de la vida sin perder ninguna oportunidad, pero desde la vida misma tal como ella es, y no como a nosotros nos gustaría que fuera.

              La vida es dura, pero bella. Breve, pero valiosa y digna de ser vivida. Hay que amarla y respetarla por encima de todas las cosas de este mundo, pero esto sólo es posible desde la verdad que alimenta a la inteligencia y a la que se tiene acceso mediante el uso correcto de la razón. Sin uso de la razón, la vida humana no puede realizarse plenamente como tal. Mi estado de salud precario, insisto, me ayudó a optar por los valores más nobles tratando de superar las dificultades que nos asaltan a todos los seres humanos con relativa facilidad.

              Por una parte, comprendí que la vida humana no tiene sentido ni es fuente de verdadera felicidad, sin referencia a la trascendencia. Por otra, descubrí que el verdadero amor humano, del que nos hablaba y practicaba Cristo, se encuentra más allá de la sexualidad y del enamoramiento como encuentro feliz entre personas. Estas convicciones fueron una guía segura para afrontar sin miedo el reto de la vida, incluso hasta el extremo de convertir los errores y las equivocaciones en fuente inagotable de experiencia y sabiduría.

              Otra experiencia importante fue que, un mínimo de buena salud física es indispensable para poder llevar una vida intelectual sana y exitosa. La unidad sustancial del ser humano es tal, que cualquier desequilibrio corporal o psíquico afecta negativamente al desarrollo armonioso de la personalidad. En mi caso, la debilidad física limitó mucho mis potencialidades intelectuales por más que el resultado final global haya sido razonablemente satisfactorio. El viejo aforismo de “mente sana en cuerpo sano” refleja una experiencia humana profunda forjada en la realidad de la vida. Lo cual no significa que la buena salud sea siempre fuente de sabiduría. He conocido muchas personas que, disfrutando gloriosamente de su buena salud, vivieron inocentemente distraídas con sus éxitos y se sorprendieron muy tristemente cuando les llegaron los momentos dolorosos de los fracasos, de la enfermedad y la muerte. Hay unos límites de dolor indeseables, pero hay dolores reconfortantes y saludables. La explicación de este fenómeno nos llevaría muy lejos hasta encontrar la respuesta adecuada en el contexto de la existencia del mal en general, y del dolor humano en particular. ¿Cómo convertir la experiencia del dolor humano en fuente de sabiduría y felicidad? Esta es la cuestión. NICETO BBLÁZQUEZ, O.P.

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