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LOS PRESUMIDOS
En
la república carpetovetónica,
Había
personas muy presumidas,
Que
se gustaban como el narciso,
Y
se enamoraban de sí mismas.
La
pijotera Mabel conocía algunas,
Y
quiso darlas una buena lección,
De
realismo sano muy convincente,
Recordando
a Cristo el Redentor.
Cristo,
a pesar de su condición divina,
Nunca
presumió de ser Hijo de Dios,
Y
se hizo hombre como cualquier otro,
Hasta
morir como si fuera malhechor.
Hay
presumidos de diversos perfiles,
Pero
los más odiosos y desagradables,
Viven
del ejercicio del poder político,
Como
si fueran los dioses adorables.
Hay
también presumidos religiosos,
Que
alardean de su autoridad divina,
Como
dioses engreídos y descreídos,
Que
con fanatismo nos contaminan.
Los
presumidos en el arte y la ciencia,
Tienen
otro perfil más ejemplarizante,
Pero
su narcisismo artístico y sapiente,
Los
entontece de forma escalofriante.
El
que presume de lo que nunca es,
Es
como el mono que hace monerías,
Por
muy simpático que nos parezca,
Termina
mofándose con guarrerías.
Las
personas muy presumidas ellas,
Terminan
perdiendo al mejor amigo,
Al
que a veces obligan a convertirse,
En
un grande y peligroso enemigo.
Los
políticos se pierden en este seto,
Los
jefes religiosos y científicos igual,
Los
malos artistas no les van en zaga,
Y
la gente normal les llena el morral.
Así
como el que dice lo que no debe,
Ha
de escuchar lo que no le gusta oír,
El
presumido será puesto en su sitio,
Durante
la vida y más tarde al morir.
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