DECISIÓN HISTÓRICA
CONTRA LA PENA DE
MUERTE
NICETO BLÁZQUEZ,
O.P.
MADRID
2018
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I. ALGUNOS DATOS
ÚTILES DE ENTRADA
1. Qué es la pena de muerte y su ritual
2. La profesión vil
de verdugos y torturadores
3. Los derechos
humanos en cuestión
4. Homilías episcopales prohibidas
1)
Homilía de D. Alberto Iniesta
2) Obispado de Gerona
3)
Arzobispado de Tarragona
4)
El Nuncio Dadaglio se lava las manos
4)
Respuesta de la Nunciatura y réplica de la señora Milá
CAPÍTULO II. LA PENA DE MUERTE
SIN FRONTERAS
1. Un castigo de
siempre y en todas partes
2. Pena de muerte
en el Antiguo Testamento y tradición rabínica
3. Cristo contra la
ley del talión
4. Los primeros
cristianos y la pena de muerte
5. La pena de
muerte según S. Agustín
6. La Iglesia entre
la espada y la pared
7. El "brazo
secular" con el dogal al cuello
8. Embrutecimiento del poder constituido
CAPÍTULO III. CONSOLIDACIÓN
MEDIEVAL DE LA PENA DE MUERTE
1. Ivon de Chartres
2. Decreto de
Graciano
3. El precepto del
Decálogo "No matarás" según Pedro de Poitiers
4. La contestación
valdense y Alano de Lille
5. Observaciones
críticas
CAPÍTULO IV. LA PENA DE MUERTE
SEGÚN SANTO TOMÁS
1. Pena de muerte
contra herejes y cismáticos
2. El derecho a la
vida de los delincuentes
3. Contra la
venganza privada
4. Inviolabilidad
de la vida inocente
5. Pena de muerte
versus ministerio sacerdotal
6. Consolidación de
la tesis tomasiana y la complicación protestante
7. Observaciones
críticas a la tesis de santo Tomás
CAPÍTULO V. SANTO TOMÁS Y SUS
CIRCUNSTANCIAS
1. Objeto de la caridad cristiana según Santo
Tomás
2 ¿Se ha de amar a los pecadores por caridad?
3. ¿Obliga la caridad a amar a los enemigos?
4. Observaciones críticas
5. ¿Se debe por caridad dar muestras de amor
al enemigo? (II-II, 25,9).
6. Observaciones críticas
7. Sobre la misericordia II-II, q. 30, 1
8. Observaciones críticas
9. ¿Cuál debe tener preferencia, la
misericordia o la caridad? (a. 4)
10. Más observaciones críticas
11. Formas de entender el perdón cristiano en
la Edad Media
12. Reflexiones finales
13. Modos equivocados de estudiar a santo
Tomás
CAPÍTULO VI. ESPECULACIONES
ACADÉMICAS DE VITORIA
1.
Pena de muerte contra herejes y cismáticos
2.
Recurso a la autoridad de S. Agustín y de la Sagrada Escritura
3. ¡Abajo los perniciosos sociales!
4. Observaciones críticas
5. Más leña al fuego
6. Réplica a las matizaciones de algunos
escotistas
7. Exposición gradual de la tesis vitoriana
8.
Autoridad pública y pena de muerte
9. Observaciones críticas a la tesis de
Vitoria
1) Por
relación al pensamiento de Santo Tomás
2) Valor
de las citas agustinianas
3) Valor
de las citas bíblicas
4) La
respuesta de Vitoria a biclecitas y luteranos
5) Sobre
la polémica con Escoto y algunos escotistas
6) Sobre
la aplicación del principio aristotélico del todo y las partes
CAPÍTULO VII. EL ABOLICIONISMO FILOSÓFICO Y
SOCIAL
1. Dos cuerpos de opinión
2. El abolicionismo de César Beccaria
3. Declaración Universal de los Derechos del
Hombre
4. Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos
5. Límites a los delitos de pena capital
6. La pena de muerte y el terrorismo
7. Declaración de Estocolmo contra la pena de
muerte
8.
Declaración sobre las ejecuciones extrajudiciales
9. Salvaguardia para garantizar la protección
de los derechos de los sentenciados a muerte
10. Declaración de AI
sobre la participación del personal sanitario en la pena de muerte
11. El Parlamento
Europeo y la Iglesia contra la pena de muerte
CAPÍTULO
VIII. EL ABOLICIONISMO TEOLÓGICO
1. Pío XII y el Concilio
Vaticano II
2. Teología
abolicionista postconciliar
3. Comisiones de
Justicia y Paz y L'Osservatore Romano
4. Movimiento
abolicionista episcopal
5. Declaración de
Giovanni Papini contra la pena de muerte
6. Testimonio de
María Séiquer Gayá
CAPÍTULO IX. LA PENA DE
MUERTE EN LA PRIMERA EDICIÓN DEL
CATECISMO
1. La piedra de
escándalo
2. El rojo 2266 y
el amarillo 2267
3. Tesis, razones y
condiciones
4. Idolatría de una
tradición sospechosa
5. Y el quinto, «No
matarás» (Ex 20,13)
6. ¿Pena de muerte
y vida en Cristo?
7. ¿Descargo de
conciencia?
8. Razones que no
convencen
9. La pena de
muerte en la Ciudad del Vaticano
10. La pena de
muerte en la Evangelium Vitae
11. La ONU y
Congreso Mundial sobre la pena de muerte
12. Los defensores
actuales de la pena capital
13. Pena de muerte
y biotanasia de Estado
CAPÍTULO X. LA PENA DE MUERTE
EN EL BANQUILLO
1. Primera edición del
Catecismo en 1992
2. Texto de la
edición típica de 1997
3. Carteo de María Asunción Milá y el Papa Francisco
4. Testimonio de Luis Arroyo Zapatero
5. Documento del cardenal Christoph Schönborn
6. Documentos del Papa Francisco sobre la pena de muerte
1)
Vaticano, 30 de mayo de 2014
2) Vaticano, 20 de marzo de 2015
3) Vaticano, 21 de febrero del 2016
4) Videomensaje, Oslo 21-23 de junio
de 2016
5) Vaticano 11/X/2017
7. Contenido esencial de estos textos papales
8. Carta a los obispos sobre la
nueva redacción del 2267
9. Texto definitivo del nº 2267
10. Palabras de agradecimiento
de María Asunción Milá
12. Comentario breve
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
El día 2 de agosto del año 2018 el mundo fue gratamente
sorprendido por la noticia oficial de que el nº 2267 del Catecismo de la
Iglesia Católica, sobre la pena de muerte como castigo legal, había sido modificado
para condenarlo sin paliativos ni paños calientes.
Durante muchos siglos, la Jerarquía suprema de la Iglesia
defendió y aplicó la pena de muerte contra determinados delitos penalmente
tarifados. Sobre todo a partir del siglo XIII cuando santo Tomás de Aquino cimentó
con férrea lógica aristotélica los presuntos argumentos a favor de tamaño
castigo contra los declarados herejes contumaces por la Inquisición.
En 1992 apareció la primera edición del Catecismo del
Concilio Vaticano II, y la redacción de los nn. 2262 - 2267 fue una
desagradable sorpresa para muchos, lo cual dio lugar a críticas bien fundadas y
desenfadadas contra la presentación de dicho texto en el contexto del quinto
precepto del Decálogo bíblico, el cual exige, como deseo irrenunciable de Dios,
la defensa de toda vida humana, con dos palabras contundentes: ¡No matar!
Por otra parte, estaba en el candelero la cuestión de la
defensa de los derechos humanos, por encima de creencias religiosas e
ideologías políticas, la cual no tiene sentido ninguno si no se respeta el
primero y piedra angular de todos ellos, que es la vida humana, la cual resulta
totalmente destruida en cada persona que es castigada con la pena de muerte,
sea cual fuere el motivo alegado.
Poco
después, en 1995, el entonces Papa Juan Pablo II publicó su encíclica Evangelium vitae, y éramos muchos los
que habíamos esperado con ansiedad que, en ese canto a la vida, no quedara
lugar ni margen alguno para la pena de muerte. Hubo ciertamente corrección del
texto del Catecismo de 1992, debido a las enmiendas que fueron llegando para
fijar el texto definitivo que debería quedar listo para la edición típica en
latín. Pero se quedó a media asta. Echó abajo algunas pelotas del tejado, pero
se quedó todavía allí una, aparentemente inofensiva, pero susceptible de ser
utilizada por políticos y juristas fanáticos como arma represiva altamente
peligrosa.
El texto de la Evangelium
vitae fue asumido después en la edición típica latina de 1997, que es el
que fue suprimido y reemplazado por otro distinto en el año 2018 por el Papa
Francisco con el visto bueno del episcopado mundial. Esta decisión del Papa
Francisco permite hablar de un antes
y un después en la forma de tratar el
castigo mortal de la pena de muerte por parte del Magisterio de la Iglesia.
Como línea fronteriza
de estas dos etapas históricas cabe destacar las palabras solemnes del
Pontífice en octubre del año 2017:
“Hay que afirmar de
manera rotunda que la condena a muerte, en cualquier circunstancia, es una
medida inhumana que humilla la dignidad de la persona. Es en sí misma contraria
al Evangelio porque con ella se decide suprimir voluntariamente una vida
humana, que es siempre sagrada a los ojos del Creador y de la que sólo Dios
puede ser, en última instancia, su único juez y garante. Jamás ningún hombre,
«ni siquiera el homicida, pierde su dignidad personal» (Carta al Presidente
de la Comisión Internacional contra la pena de muerte, 20 marzo 2015),
porque Dios es un Padre que siempre espera el regreso del hijo que, consciente
de haberse equivocado, pide perdón y empieza una nueva vida. Por tanto, a nadie
se le puede quitar la vida ni la posibilidad de una redención moral y
existencial que redunde en favor de la comunidad”.
En los nueve primeros capítulos reviso, corrijo y resumo todos mis escritos
sobre la pena capital desde 1975 a 2018; y en el décimo doy un carpetazo a la etapa
primera para centrar la atención en la novedad que representa la etapa
inaugurada por Francisco en esta materia.
Pero una vez colocada la piedra angular del nuevo texto, es
necesario estudiarlo después dentro del contexto de varios documentos
magisteriales del Papa Francisco. De hecho, el nuevo y lacónico texto de
sustitución es copia literal de un párrafo de su discurso de 2017 con motivo
del 25 aniversario de la primera aparición del Catecismo del Vaticano II en
1992. No nos privaremos de hacer alguna sugerencia con vistas a mejorar la redacción
de todo el artículo 5, dedicado al quinto precepto del Decálogo. Una vez más
viene aquí como anillo al dedo el aforismo según el cual todo aquello que cae
en manos del hombre es susceptible siempre de ser mejorado.
Por otra parte, en el tomo IV de mis Memorias hablé de los avatares que sufrió este proyecto de reforma
desde el 2013 al 2018, y en octubre del 2016 temimos lo peor al tener que superar
dicho proyecto la prueba de fuego de la Comisión para la doctrina de la fe en
Roma y no aparecer la rectificación que ansiosamente se esperaba en la clausura
del 2016, que había sido declarado Año de la Misericordia.
Entre otras objeciones interpuestas estaba el hecho consumado
de que la pena de muerte había sido defendida abiertamente por santo Tomás de
Aquino, cuya autoridad en el Magisterio de la Iglesia debía ser respetada. Independientemente
de todo este guirigay de ortodoxia magisterial, se produjeron algunos cambios
significativos de personas implicadas en el asunto, por razones de jubilación y
otros razonables motivos, con lo cual el proyecto de reforma retomó el ritmo
normal hacia su realización.
Pero cuando ya en el mes de octubre del 2017 todo hacía
pensar razonablemente que la guinda estaba madura y a punto ya de caer, apareció
sorpresivamente una nueva edición del Catecismo en italiano, alegando como
pretexto la celebración del 25 aniversario de la primera edición en 1992.
La sorpresa se produjo al constatar que en dicha edición no
se habían tenido en cuenta cuatro lecciones magisteriales públicas del Papa
Francisco contra la pena de muerte ni el proyecto de reforma que estaba en avanzado
proceso de estudio por parte de los obispos. No obstante, en el comentario al
nº 2267 su autor destacó de forma sutil que no se había cambiado nada del
contenido original del texto sino que se decía lo mismo de una forma más clara
que antes. O sea, más de lo mismo con un subliminal portazo al proyecto de
reforma que estaba en marcha por iniciativa personal del Papa con la colaboración
correspondiente de los obispos.
Fue entonces cuando decidí introducir un capítulo complementario
con el objeto de ayudar a comprender por qué el recurso a la autoridad del
Aquinate, en la valoración ética y cristiana de la pena capital, constituye un
error muy grande que hay que evitar. Es algo así como mencionar la soga en casa
del ahorcado.
Los nueve capítulos primeros de la obra son un resumen del antes de la corrección del 2267 del
Catecismo, y el último, algo así como la inauguración del después, dejando atrás el pasado de la cuestión para mirar más
libre y esperanzadamente al futuro.
Por relación al
derecho penal, el capítulo décimo puede ser comparado con la misión de Juan el
Bautista respecto del Antiguo y Nuevo Testamento. Es el capítulo que deja el
pasado a la espalda para introducirnos de frente con cara descubierta a una
nueva era del derecho penal, más humana y venturosa de lo que fue en el pasado.
Es como la clausura del antiguo testamento del derecho penal y el comienzo del
nuevo testamento del derecho como Dios manda en el Nuevo Testamento.
Si antes se consideró admisible
la pena de muerte a la luz del Antiguo Testamento y de la filosofía social
aristotélica, ahora se la considera inadmisible
a la luz del Evangelio, del sentido común y de la recta razón. Si antes hubo
quienes se permitieron el lujo de corregir a Jesucristo por haber amado y perdonado
incluso a sus propios enemigos, ahora se les recuerda que el “no matar” ha de
interpretarse en sentido absoluto sin excluir a nadie, inocente o culpable. Si
antes muchos se atrincheraron en la pena de muerte como refugio de legítima
defensa, ahora esa trinchera ha sido dinamitada sin necesidad de torturar ni
matar a los que estaban dentro de ella.
Pero digámoslo todo sin fuegos artificiales. Así como el
Mesías esperado en Israel llegó después de mucho tiempo de espera impaciente, y
cuando llegó unos le reconocieron con gozo y otros le rechazaron como a un
cordero inocente llevado al matadero, de modo parecido o análogo cabe esperar
de la llegada del nuevo 2267 del Catecismo. No hay que descartar que su
aparición en algunos países y mentes jurídicas embotadas provoque más ganas de
seguir confundiendo la verdadera justicia penal con la satisfacción de los
instintos más bajos de venganza disfrazada de justicia.,
CAPÍTULO I
ALGUNOS DATOS ÚTILES DE ENTRADA
1. Qué es la pena de muerte y su
ritual
Algunas
definiciones actualmente operativas de la pena de muerte son las siguientes:
1) Sanción penal
que ordena la privación de la vida al delincuente, cuya ejecución tiene muchas
variantes, pero todas ellas conducentes a matar realmente al reo.
2) Privación de la
vida impuesta por los tribunales del Estado. La pena consiste en ejecutar al
condenado.
3) Sanción jurídica
capital, la más rigurosa de todas, que consiste en quitar la vida a un
condenado mediante los procedimientos y órganos de ejecución establecidos por
el orden jurídico que la instituye.
La pena de muerte
recientemente condenada en el nº 2267 del Catecismo de la Iglesia se refiere a
la ejecución de los malhechores como castigo supremo decretado por la autoridad
suprema de una sociedad, legítima o ilegítimamente constituida, de acuerdo con unas
normas establecidas en nombre de la estricta justicia y presuntamente del bien
común de la sociedad. Se condena, por tanto, la pena de muerte tal como queda
definida en los tres ejemplos mencionados y más relevantes en el mundo actual.
Hecha esta precisión
conceptual quiero recordar al lector que no tengo aquí en consideración los
casos que se enjuician a la luz del principio de la legítima defensa individual
contra el injusto agresor ni la casuística derivada de los conflictos bélicos.
Excluyo igualmente las cuestiones referentes a la responsabilidad personal o
juicios morales sobre la buena o mala conciencia de quienes consideran legítimo
instituir y aplicar tan terrible castigo. Además, planteo el problema en
términos de estricta objetividad ética
desde el punto de vista del derecho humano fundamental a la vida y desde las
exigencias prácticas del espíritu evangélico.
No es cuestión, por
tanto, de discutir aquí sobre las modalidades legales de instituir y aplicar la
pena de muerte, de su oportunidad o inoportunidad, o de los abusos legales a
que de hecho se presta una vez instituida. Se trata por encima de todo de
cuestionar la validez misma de tal castigo así como la autoridad humana de
instituirlo y de llevar a cabo su aplicación. Con otras palabras: ¿Cómo
compaginar en la práctica de la justicia el respeto a los derechos humanos
fundamentales sin el respeto incondicional a toda vida, incluida la de los
peores malhechores? ¿Cómo justificar la pena de muerte como castigo frente al
mandamiento cristiano del amor, que incluye el perdón a los enemigos? ¿Quién
tiene autoridad para hacer excepciones al precepto bíblico de "no
matar"? ¿Qué interpretación razonable puede darse a la mención que en el
nuevo Catecismo se hizo en 1992 de tan terrible castigo? La pena de muerte
legalmente establecida lleva consigo la destrucción total de la vida del reo de
una manera directa y premeditada como final de un proceso judicial y es
aplicada por lo general, aunque no siempre, por un personaje de “oficio”
llamado verdugo, pagado para ejercer esa vil profesión legalmente reconocida.
Las diversas formas
más conocidas de aplicar la pena de muerte son las siguientes:
- El fusilamiento, el tiro en la nuca y el
ametrallamiento.
- La muerte por estrangulamiento
manual.
- La horca con el torniquete y el
garrote.
- La decapitación con el hacha, la
espada o la guillotina.
- El degüello seguido en ocasiones de
la decapitación.
- El acuchillamiento.
- Envenenamiento, la inyección letal y
la cámara de gas.
- La electrocución mediante la silla
eléctrica.
- La muerte por hambre, abandono en
las mazmorras o en jaulas colgadas a la intemperie. - Prisiones modernas diseñadas para el
exterminio de los reclusos.
- La flagelación con disciplinas,
mimbres, varas, garrotes o cualquier otro artilugio.
- La lapidación y el aplastamiento de
todo el cuerpo o de la cabeza.
- El desmembramiento mediante el
potro, la rueda o la tracción a cargo de animales.
- La crucifixión, la sierra y el
empalamiento.
- El arrastramiento hasta la muerte
por erosión.
- Mutilaciones desde las amputaciones
progresivas de los distintos miembros del cuerpo con desuello integral.
- El ahogamiento, durante la época de la
Inquisición, destilando agua encima de un paño húmedo
introducido en la boca, o vertiendo el agua directamente en un embudo. Modernamente,
introduciendo la cabeza en una bañera
o en una bolsa de plástico.
- La muerte en la hoguera o en una
parrilla.
- Rociamiento de mujeres con un combustible
e incendiadas después por motivos "de honor" en algunos pueblos islámicos.
- El asaetamiento.
- La inmersión en metal fundido, o su
derramamiento.
- El enterramiento en vida, total o
parcial con la cabeza al descubierto, con las variantes de la presencia de termitas u otras alimañas.
- El emparedamiento.
- El saco y la bota: la introducción
del condenado en el saco junto con alimañas, para que le devoren, y en ocasiones arrojados a
continuación a un río.
- Las fieras en los circos romanos.
- El lanzamiento desde un precipicio
en la antigüedad; desde un puente, aplicado a las mujeres adúlteras en algunas zonas de Asia Menor; o
desde un avión en Latinoamérica.
Según Amnesty International, las formas de ejecutar a los reos, vigentes en el 2017 en distintos países y
regiones, eran las siguientes: la electrocución, la horca, la guillotina y el
fusilamiento, la inyección letal, la cámara de gas, la decapitación y la
lapidación. Sin olvidar otras formas bestiales de ejecutar al reo al
margen de lo legalmente establecido. Por esta misma fecha, al menos en 23
países se llevaron a cabo no menos de un millar de ejecuciones y más de 2.500
personas fueron condenadas a muerte en 53 países. Entre los países campeones en
este zanático menester llama la atención la competencia de los países árabes,
China y los Estados Unidos de América.
2. La profesión vil de verdugos y
torturadores
Mientras los medios de comunicación social
informan sobre la vigencia y aplicación de la pena de muerte todavía en muchas partes
del mundo, y en las revistas del pensamiento jurídico y social discuten sobre
las razones a favor y en contra de tamaño castigo, no dejan tampoco de seguir
apareciendo irónicos libros descriptivos de los métodos y rituales anejos a la
institución y aplicación de la pena capital, sobre todo poniendo el acento en
la figura del verdugo y los últimos momentos y voluntades de los reos.
Pero hablando de verdugos, en marzo del 2014 Stephen
Sackur venteó por el mundo el estremecedor testimonio de un verdugo
arrepentido, Allen Ault, el cual enfrentó las cámaras de televisión desnudando
ante ellas su alma de matador a sueldo por la ley. Ault trabajó como supervisor de ejecuciones en
Estados Unidos, en Georgia concretamente, y Sackur no duda en decir que las
respuestas del singular entrevistado a cara descubierta fue para él “uno de los
testimonios más dolorosos, brutalmente honestos y valientes que había escuchado
jamás”.
- La pena de muerte, Allen: “Sí todavía
tengo pesadillas", dijo. "Es la forma más premeditada de asesinato
que uno se pueda imaginar y se queda en la psique para siempre".
- "Asesinato": Una palabra
extraordinaria en los labios de un hombre que administró el castigo máximo de
EE.UU en cinco ocasiones, comenta Sackur. Y se pregunta él: ¿qué le pasó a
Allen Ault para que pasara de ser un empleado fiel del sistema judicial a un
activista apasionado contra la pena capital?
Toda esta triste historia empezó con
un ascenso laboral. Ault era psicólogo del centro de diagnosis y clasificación
del servicio de prisiones de Georgia donde estaba alojada la cámara de
ejecuciones, y Ault se convirtió en su director. Se trataba de una promoción
laboral y Ault no se planteó por entonces cuestiones acerca de la pena de
muerte y quedó encargado de la maquinaria mortal, que era una silla eléctrica.
Ault recordaba muy bien cada detalle de cada una de las ejecuciones que llevó a
cabo, pero se detuvo más hablando de la ejecución de un joven de 17 años el
cual no gozaba de una capacidad mental envidiable y había estado involucrado en
una violación con asesinato.
El joven en cuestión, según Ault, pasó
al corredor de la muerte en espera de su castigo mortal, pero se reconoció
culpable, fue reeducado y estaba sinceramente arrepentido de lo que había
hecho. No obstante fue ejecutado sin piedad y cuando Ault relataba cómo se
llevó a cabo la ejecución del joven delincuente, intercalaba silencios
aterradores de tristeza. Veinte años después confesaba que los remordimientos
de conciencia y sentimiento de culpabilidad por lo ocurrido no habían recibido
ningún alivio.
- "Las últimas palabras que me
dijo fueron: ¡Perdóneme, por favor!" "Y vi la sacudida de la
electricidad corriendo por su cuerpo. Le tiró la cabeza para atrás y luego hubo
un silencio absoluto y supe conscientemente que había matado a otro ser
humano". En cada una de las ejecuciones que Ault supervisó profundizó sus
dudas. “He pasado un vida entera arrepintiéndome de cada momento y cada
ejecución”.
Ault dejó su cargo en 1995 y confesó que
desde esa fecha estaba recibiendo tratamiento psicológico para afrontar su
profundo sentimiento de culpabilidad.
Así las cosas, Ault terminó siendo un
activista de alto perfil contra la práctica de la pena de muerte en los Estados
Unidos. Según él, la idea de que la existencia de la ejecución tenga un efecto
disuasivo significativo no tiene consistencia ninguna en la vida práctica.
Denuncia igualmente la escandalosa discriminación racial existente en esta
materia. "Si mata a alguien blanco, tendrá el triple de probabilidades de
que le den la pena capital que si mata a una persona negra", dijo.
Sackur comenta que existen en los
Estados Unidos algunos antiguos guardias del corredor de la muerte y directores
de correccionales que se han unido a la campaña de Ault contra la pena de muerte.
¿Pero qué hacer con los verdugos en activo? ¿Los condenamos también a
muerte? Hablando de sí mismo, Ault dijo
sentenciosamente que “nadie tiene el derecho de sentenciar a un funcionario
público a una cadena perpetua de dudas, vergüenza y culpa”.
Y
hablando de verdugos, ojo al parche en España durante la década de los
años 70 del siglo XX. “(...) llegó a la Modelo el verdugo, proveniente de
Badajoz, en un coche de la policía (...) dentro de un maletín negro traía el
garrote (...) Puig Antich esperó la llegada del indulto hasta el último momento
(...) El director llega a la sala acondicionada para hacer las funciones de
capilla y, dirigiéndose en Puig Antich, le dice: "Ha llegado el
momento" (...) El breve trayecto que iba hasta el lugar donde el verdugo
había preparado el garrote estaba lleno de policías sociales (...) En la última
habitación de paquetes, que normalmente se usaba de almacén, clavada en el
suelo con cemento, una viga de madera esperaba. Contra la viga, un banquillo
sin respaldo (...) El verdugo le pone la anilla alrededor del cuello, mientras
la habitación se va llenando: el cura de la prisión, el médico, los
funcionarios, policías (...) El médico va tomando el pulso de Puig Antich hasta
que decide que ha dejado de latir, y que ya puede certificar la defunción:
"En Barcelona, a 2 de marzo de 1974 y siendo las nueve cuarenta horas, se
extiende la presente diligencia para hacer constar que en la prisión de hombres
de esta ciudad ha sido ejecutada por garrote la pena de muerte en la persona del
reo Salvador Puig Antich" (...) Esta misma mañana, a las nueve y cuarto,
en la prisión provincial de Tarragona daban garrote a Heinz Chez”. (Carlota
Tolosa, La torna de la torna, 1985).
Carlota Tolosa es un seudónimo.
Pero digámoslo todo. Los verdugos, Antonio
López Guerra, de Badajoz, y José Monero Renomo, de Sevilla, eran personas muy
“legales” pues se habían presentado a las plazas de "ejecutores de
sentencias" publicadas en el BOE del 7 de octubre de 1948, habiendo
superado las pruebas como manda la ley. No consta que alguien exigiera su
renuncia al “oficio” por haber recibido el “master de matones legales” sólo por
amiguismo y no por méritos.
La historia de los verdugos es uno de
los argumentos más impresionantes contra el homicidio legalmente premeditado
tal como es promovido y llevado a cabo mediante la pena de muerte. Los verdugos
han sido siempre considerados en el pasado como personas despreciables con una
excepción nada honrosa. Me refiero a Calvino, el cual otorgó al verdugo el
título de “ministro del santo Evangelio”.
Pero tal desprecio del verdugo tiene
lugar porque existe la ley que le ordena cumplir con ese oficio de muerte. Se
dice de un juez moderno que condenó a una persona a la pena capital, y que
habiendo comprobado que la ejecución se había llevado a cabo de acuerdo con la
ley, le increpó al verdugo con estas palabras: pero ¿por qué has hecho eso? Y
el verdugo respondió: porque usted me lo ha mandado.
La figura del verdugo legal ha sido
muy estudiada desde diversos puntos de vista, todos ellos convergentes en la
condena de la existencia de ese oficio de muerte. Muchas son las imágenes que
quedan del pasado acerca de las ejecuciones de los reos. Pero actualmente esas
imágenes y otras muchas actuales horrorosas pueden ser contempladas con estupor
en reportajes visuales y auditivos publicados en las redes sociales más
avanzadas al alcance fácil de todos. A quienes todavía siguen haciendo malabarismos
mentales para justificar, aunque sólo sea ello en casos muy contados, esa forma
de castigo mortal, les recomiendo que
reflexionen sobre esas imágenes macabras y crudamente divulgadas en los
modernos medios audiovisuales de comunicación social. ¿Justicia, sadismo,
venganza disfrazada? Yo diría que cualquier cosa menos justicia verdadera y
sentimientos sanos de humanidad.
Por lo que se refiere al recurso tradicional
a las torturas más sádicas imaginables en el mundo a las que muchas veces son
sometidos los reos a modo de aperitivo, antes del almuerzo gratis de su
ejecución, no me voy a entretener aquí en describir la alegría vengativa del
público que suele acudir al espectáculo para dar rienda suelta a sus instintos más
bajos y sádicos al abrigo de los linchamientos contra el perro apaleado. Pío II
(1458-1464), que no destacó precisamente por ser un dechado de caridad
cristiana, cuando apeló a la clemencia de la Iglesia a favor del reo, fue única
y exclusivamente para evitar las torturas al uso, previas a la ejecución del
mismo. Pero no pasó de ahí. La historia de la tortura desde los tiempos más
remotos hasta nuestros días ha sido y sigue siendo prima hermana de la pena de
muerte, a veces más dolorosa incluso que la misma muerte.
3. Los derechos humanos en cuestión
Empecé a estudiar el tema de la pena de muerte el año 1975
cuando por primera vez me encontré ante la posibilidad de que algunos
delincuentes fueran condenados a muerte como castigo legal por sus delitos. En
el año 1980 apareció mi libro sobre Los
derechos del hombre, pero todavía no veía yo del todo claro por aquella
fecha hasta qué punto se podía negar a la legítima autoridad del Estado el
derecho a instituir la pena capital como castigo legal contra algunos
malhechores.
Por una parte me resultaba imposible compaginar la pena
capital con los principios básicos de la ética cristiana, en la que Cristo
perfeccionó la moral del Antiguo Testamento. Pero al mismo tiempo me quedaba
alguna duda sobre la presunta legitimidad ética de tamaño castigo siendo impuesto
por la autoridad del Estado aplicando el principio aristotélico-tomista del
todo y las partes en nombre del bien común de la entera sociedad. Teóricamente
esta posibilidad no me parecía descartable de una forma absoluta pero su
aplicación práctica me horrorizaba como a cualquier persona que no ha perdido
su sensibilidad humana.
Una mayor profundización en el pensamiento de S. Agustín y
de santo Tomás, así como de la tradición canónica de la iglesia primitiva y de
la exégesis moderna más autorizada me sacó de toda duda y me convencí de que,
incluso desde el punto de vista teórico y racional, la validez ética de la pena
de muerte como castigo legal, aunque sea impuesto por la legítima autoridad del
Estado, resulta totalmente inaceptable, vistas las cosas desde una perspectiva
realista de la dignidad radical de todo ser humano y de su derecho inviolable a
su vida individual, por más que su personalidad moral sea sumamente perversa o
antisocial.
Los ataques terroristas y otros crímenes horrorosos de la
época pusieron a muchos en la tentación de recurrir a la pena de muerte como
respuesta adecuada por parte del Estado a esas formas horribles de conducta.
Por otra parte, en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, había una mención
de la pena capital que hizo correr mucha tinta crítica. Con lo cual el asunto
se puso en la cresta de la actualidad.
Esta fue la razón principal por la que publiqué en 1994 el
libro Pena de muerte, en el que
expresé mi opinión definitiva contra la existencia y aplicación de tamaño
castigo, tanto desde el ángulo de la ética cristiana como de la simple razón
humana y de los sentimientos más genuinos de humanidad. Bien sabe Dios que mi
intención entonces fue dar por cerrada esta cuestión para siempre. Sin embargo
nunca puede decirse “de esta agua no beberé más”, y en el año 2012 me pareció
oportuno volver sobre el tema impulsado por las razones siguientes.
Primero, porque en muchas partes del mundo seguían
produciéndose las ejecuciones sin escrúpulos a pesar del movimiento
abolicionista ya existente y las protestas en aumento contra la pena capital.
En segundo lugar, en el 2006 se publicó una tesis doctoral con el título
siguiente: La argumentación sobre la pena
de muerte en Niceto Blázquez y en Ernest van den Haag.
En esta misma línea surgió otro motivo determinante para
volver sobre el tema que nos ocupa. En enero de 1997 recibí una carta que me
hizo reflexionar mucho. Cuando yo empecé a interesarme por el tema de la pena
de muerte no pensaba que mi forma de plantear el problema y de resolverlo
podría influir en la forma de pensar de otras personas más veteranas que
estaban acostumbradas a capear a este toro de lidia tan bravo. Pero aquella
carta me descubrió que mi planteamiento del problema no había pasado
desapercibido, lo cual me obligó moralmente a volver sobre el tema con mayor
energía si cabe, a pesar de que el año 1997 no fue un año fácil para mí por
razones que no es del caso exponer aquí.
Cuando dicha carta fue escrita el autor no conocía todavía
el nuevo libro mío Pena de muerte,
aparecido en 1994 en la editorial S. Pablo, en el cual critiqué el modo de
tratar el tema de la pena de muerte en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Posteriormente me envió las galeradas de su obra en trámite de edición para que
yo revisara las referencias que hacía de mis escritos. Una vez publicada me
envió un magnífico ejemplar impreso de la misma con una elogiosa dedicatoria, e
insistió sobre su deseo de que mi pensamiento sobre este asunto fuera conocido
en el idioma de Shakespeare.
En las páginas
467-472, James Megivern, autor de la obra, hace una valoración de los trabajos
míos que había leído sobre la pena de muerte con gran objetividad sin disimular
su estima por mi forma de afrontar el problema. Se trata de una obra del máximo
interés por la información histórica que ofrece y el espíritu por el que está
animada toda ella, mirando siempre hacia un futuro en el que ningún ser humano
ni ninguna institución pública, política o religiosa, se atribuya bajo ningún
pretexto el poder de destruir la vida de un ser humano, ya sea éste inocente o
culpable.
Por otra parte la asignatura académica de Derechos Humanos
se puso de moda y tuve la suerte de poder impartirla durante varios años con lo
cual el tema de la pena de muerte terminó convirtiéndose para mí en un problema
de bandera, junto con el aborto legal y la eutanasia. Tres cuestiones estas íntimamente
relacionadas y que me llevaron después derechamente al terreno novedoso y
escabroso de la Bioética y de la Biotanasia.
La pena de muerte quedó así incorporada en lo que denominé Biotanasia de Estado (Madrid, 2012). La
pena de muerte, en efecto, no es otra cosa en sí misma que una manera más de
quitar la vida a las personas por parte de las autoridades del Estado con rito
propio. Pronto llegué a la conclusión de que la pena de muerte es siempre y en
todas partes una violación brutal del derecho a la vida, tanto de inocentes
como culpables, y por lo mismo, de la piedra angular de todos los demás
derechos, cuya defensa y promoción no tiene sentido objetivo ninguno
destruyendo legalmente la vida, que es el fundamento de todos.
Pero antes de seguir adelante me parece oportuno recordar aquí
algunas cosas memorables que ocurrieron en 1975 en España en relación con la
pena de muerte en concreto.
4. Homilías episcopales
prohibidas
1) Homilía de D. Alberto Iniesta
El 2 de marzo de 1974 fueron
ejecutados con garrote Salvador Puig Antich en Barcelona y Heinz Chez en
Tarragona. Sus verdugos fueron, como queda dicho, Antonio López Guerra, de
Badajoz, y José Monero Renomo, de Sevilla, los cuáles se habían presentado a
las plazas de "ejecutores de sentencias" publicadas en el BOE del 7
de octubre de 1948.
Luego, en septiembre de 1975, tuvieron lugar
también en España cinco fusilamientos históricos como consecuencia de la
aplicación de la pena de muerte vigente por aquella época, y el Obispo D. Alberto
Iniesta predicó una homilía en contra de ese terrible castigo comentando los
pasajes bíblicos del día. Estos pasajes comentados fueron Is 5,1-7, (parábola
de la viña); Fil 4, 1-7 (la alegría y la paz); y Mt 21, 33-43, parábola de los
viñadores infieles. Este fue el texto completo de la histórica homilía.
“La viña del Señor, hermanos, es el
mundo en general y de una manera especial el pueblo escogido, tanto del Antiguo
como del Nuevo Testamento. Dios se compara a sí mismo a un agricultor que traja
su campo y que, en el momento de la cosecha, espera tener buenos frutos.
Cuando descubre que durante tanto
tiempo ha estado cultivando una mala calidad que no vale para comer y que no
interesa para el mercado, se lleva un gran disgusto, una gran desilusión. Y nos
dice Dios: “Esto me ha pasado a mí con mi Pueblo”. Dios plantó en el mundo la
vida y el amor y se encuentra con que los hombres producen el odio, el pecado
y, como consecuencia la muerte.”La viña del Señor de los Ejércitos, -nos dice
la primera lectura- es la casa de Israel. Esperó de ellos derecho y ahí tenéis
asesinatos. Esperó justicia y ahí tenéis lamento”.
En el relato simbólico del Paraíso Original, Dios nos cuenta que preparó un
hermoso huerto para el hombre. Y en medio plató un árbol, el árbol de la vida,
del que el hombre podía comer. Pero plantó otro, el de la ciencia, el de los
sabiondos, el signo de la soberbia, de la autosuficiencia humana, y de ese no
debían comer, porque se harían petulantes, orgullosos, engreídos, y se
alejarían de Dios. Y así pasó, y como fruto inmediato, vino la lucha entre los
hermanos, Caín y Abel, que serán para siempre como la mala planta
que ni aún después de Cristo nos hemos podido arrancar del todo. El uno da
muerte al otro. Y así seguirá el mundo hasta hoy, a pesar del mandato divino:
“No matarás”. Llegarán hasta dar muerte al autor de la vida, a Dios mismo en
Cristo. Él vino a traernos la vida, y nosotros le dimos la muerte. Cada cual da
lo que tiene.
Pero aún así, el Padre no nos mató por el
asesinato de su Hijo, sino al contrario: por esto tenemos ya siempre el derecho
al perdón y a la vida. En el pasaje del Evangelio de hoy, los mismos
interlocutores, se mueven por los mecanismos puramente humanos de venganza,
aunque en ese caso, están juzgando sobre ellos mismos sin saberlo. “Cuando
vuelva el Señor a la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?, pregunta Jesús.
Y le contestan: “Hará morir de mala muerte a esos malvados”. Ese era el camino
de los hombres “justos”. Pero no el del Dios “justo”, cuyos caminos no son
exactamente como los nuestros. Jesús había dicho: “Si tu enemigo tiene hambre,
dale de comer”. ¡Qué lejos de decir: Si tu enemigo ha caído en tus manos,
aplástale, no le dejes salir con vida, sino que en el mismo patíbulo le estaba
pidiendo al Padre: “Perdónales”. Y en esos momentos, en el momento de la
muerte, en momento de la suprema verdad, nadie hace literatura, nadie hace
comedia, y menos el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, la Verdad de Dios.
La muerte física existe de todas
maneras, y no podemos evitarla del todo; la vejez, la enfermedad incurable, el
accidente mortal son datos con los que hemos de contar, aunque sabemos que si
vivimos como hijos de Dios, la muerte es para nosotros, como para Cristo, la
puerta de la vida inmortal. No está en nuestras manos torcer ese camino, como
no se cambió ni siquiera para Jesús, ni para su madre santísima, la Virgen
María. Lo que sí está en nuestro poder, y moralmente en nuestro deber, es el no
colaborar nunca con la muerte, sino al contrario, luchar en todos los campos a
favor de la vida y de la vida digna del hombre. El que comete el pecado, se hace
esclavo del pecado, dice la Escritura. Podríamos decir también que el que causa
la muerte se hace esclavo de la muerte, del reino de la muerte, contrario al
Dios de la Vida. Aunque se crea tener miles de argumentos. No hay ningún
argumento que valga más que la vida del hombre que es sagrada por ser hijo de
Dios, miembro de Cristo, de hecho o de derecho mientras esté en camino como
nosotros hacia la casa del Padre. Matar a un hombre es de alguna manera matar a
Cristo.
Como ya comprenderéis, estoy pensando
en los tristes acontecimientos que durante los últimos meses ensombrecen la
vida social de nuestra nación. No pretendo tocar todos los problemas en esta
homilía, como es evidente, ni tampoco voy a hacer un juicio de la
responsabilidad de las personas, cosa siempre difícil por la complejidad de
datos que entran en cada caso y que en último término toca a Dios. Por lo
mismo, no entro en comparaciones de unos con otros, y desde luego, en todos los
casos trataré de hablar con amor y por amor cristianos. Por ese mismo amor,
debo deciros unas palabras de iluminación, que nos sirvan de orientación común
en la vida cristiana de nuestra vicaría, dentro de estos de emoción colectiva
en que estamos envueltos y para los que quisiera aportar un poco de serenidad,
una mirada de fe sobre los acontecimientos y unas exigencias de caridad.
1.- Desde el punto de vista cristiano,
es totalmente rechazable quitar la vida a un ser humano inocente. Es uno de los
pecados más graves en nuestra moral. Por eso, repruebo y lamento profundamente
los asesinatos causados por el terrorismo de todo el mundo, pero muy
especialmente los ocurridos recientemente en nuestra Patria contra miembros del
orden público. En momentos en que he tenido la oportunidad he manifestado
públicamente mi desacuerdo y mi dolor, y en todos los casos he lamentado
intensamente estas desgracias, y rezado y celebrado la misa por la salvación de
los difuntos y por el consuelo de los familiares, así como por el bien de
nuestra Patria.
2.- Con la moral cristiana en la mano
no se puede negar con evidencia que un Estado tenga el derecho a reprimir
ciertos delitos con la amenaza legal de la pena de muerte, en atención al bien
común. Los argumentos principales que se esgrimen, que ya no están sacados
directamente de nuestra fe, sino de la razón, son los siguientes: En primer
lugar el de la intimidación, que supone que el miedo a la pena de muerte
reprimirá a los posibles culpables. En segundo lugar, el de la reparación, que
busca la compensación de un mal y un equilibrio social dando la muerte al
delincuente que antes la ha causado voluntariamente a otro hombre.
Sin embargo, una gran parte de la
sociedad entre los que me cuento y cuyo número va constantemente en aumento,
opinamos que la pena de muerte se debe eliminar de los códigos modernos, sin
que entremos a juzgar lo que hicieran en siglos anteriores en otras
circunstancias. Recuérdese, por ejemplo, que todavía en el siglo pasado en
Inglaterra se llegaba hasta ahorcar a niños de 7 a 14 años por delitos
relativamente leves, lo que era considerado por la sociedad con relativa
naturalidad, como algo normal. Lo que de paso nos puede advertir si actualmente
no estamos aceptando por la costumbre cosas que algún día más evolucionada
considere inhumana por lo menos, y no digamos anticristiana. Y somos opuestos a la pena de muerte, en
primer lugar porque no parece que consiga el efecto de reprimir a los posibles
delincuentes de nuevos asesinatos.
La experiencia de otros países y la
triste experiencia del nuestro en estos últimos días, vienen a darnos
lamentablemente una confirmación en este sentido. Además, un muerto no puede
compensar en nada a la sociedad, no puede contribuir en modo alguno a ninguna
reparación, sólo ha quitado a él y a la sociedad toda esperanza de reincorporación
sin que haya sido Dios quien se la haya quitado, sino los hombres, que nunca
sabemos el cambio que podría dar un hombre hacia el bien si se lo ayuda. Si
Dios hubiera muerto a Agustín en sus jóvenes tiempo de pecador, no hubiéramos
tenido luego al gran S. Agustín. Existe además la posibilidad de error, que con
la pena de muerte consumada resulta ya imposible de reparar. Con la reclusión
se podría reparar de alguna manera pero nunca con la última pena.
Por otra parte, existen otros medios
de evitar que ciertos individuos perjudiquen a la vida social, recluyéndolos
mientras sea necesario, y aún entonces debemos ayudarles allí con el fin de
reeducarlos o sanarlos en su caso. Eso sin contar que toda sociedad debe
examinarse constantemente a todos los niveles en qué aspecto produce o colabora
con la criminalidad desde la aparente honestidad, por sus estructuras, sus
ejemplos, sus móviles principales. Por ejemplo, el afán de lucro, el culto a la
agresividad, a la lucha competitiva en exámenes y puestos de trabajo, el
estímulo al lujo, al consumismo, al confort, la falta o insuficiencia de los
medios de formación o de cauces de participación, etc.
Por todo lo anterior, yo estimo que lo
antes posible se debe suprimir la pena de muerte de las leyes españolas, y que
mientras tanto se debe hacer uso del indulto de gracia con todos los condenados
a muerte. Y lamento, juntamente con el Papa Pablo VI, la reciente ejecución de
cinco condenados. Por ellos y sus familiares, a ninguno de los cuales conozco,
pero que considero hermanos míos, como hijos de Dios que son, lo sepan o no lo
sepan, he sufrido y he ofrecido el Santo sacrificio de la Eucaristía.
3.- Aún en el caso en que en un país
exista legalmente la pena de muerte, el proceso debe ser extraordinariamente
sinuoso, para garantizar aún la más mínima posibilidad de error. Y si se diera
hasta la más pequeña duda, con tal que sea sólida, estimo que no se debe
condenar a nadie a la última pena, ya que es preferible la posibilidad de
equivocarse perdonando a un culpable a castigar a un inocente a un mal
irreparable. Además, las declaraciones deben hacerse evitando cualquier presión
psíquica o física, se debe facilitar el contacto rápido y constante por los
abogados defensores libremente elegidos, y alargar el proceso todo lo necesario
para que el caso pueda ser estudiado con la atención que la gravedad merece,
por eso, creo que se debe evitar el
recurso a los juicios sumarísimos, y como cristiano repruebo el uso de los
malos tratos para conseguir declaraciones de los reos, lo cual ha ocurrido
recientemente en nuestro país.
4.- Estimo que la ley contra el
terrorismo, que en intención de la Administración, tiene un carácter
provisional, debe ser rescindida lo antes posible por los cauces que
corresponda, ya que por la imprecisión de algunos de sus términos pueden
sentirse inmersos en sus amenazas tantos abogados, periodistas, sacerdotes y
ciudadanos en general que acaso estén dentro de la oposición civilizada, pero
que no sólo ni piensan ni obran como terroristas, sino que inclusive condenan
claramente estos métodos.
5.- Repruebo con pena los actos de
vandalismo producidos por algunos grupos en varias ciudades europeas, con
procedimientos impropios de países civilizados y además con un destino común
dentro de un gran continente llamado a la unidad. No obstante, no por ello
debemos omitir los españoles nuestro propio examen de conciencia nacional. No
basta pedir a los demás que cumplan los acuerdos recientes de Helsinki, sino
que también nosotros hemos de examinar constantemente hasta qué punto los
practicamos en nuestra vida social nacional.
6.- En cambio, es completamente
distinto las declaraciones del Papa Pablo VI sobre los acontecimientos de
nuestra Patria, hechas con toda claridad, conocimiento de causa, con toda
prudencia, aunque con toda energía, dado que se dirigía a un país donde nos
proclamamos colectivamente católicos, con todas las exigencias éticas y todos
los sacrificios que ello comporta.
El que para ciertos católicos el Papa
sea “santo” y sea “padre” cuando los alaba y los autoriza, y dejó de ser
“padre” y hasta “santo” cuando con amor cristiano ejerce con ellos el deber de
corrección fraterna, no es señal de un catolicismo muy profundo, sino más bien
parece ocasional y oportunista.
Hermanos: Sé que he hablado de cosas
muy serias. He intentado hablar con seriedad cristiana sobre ellas. Pero es que
la vida humana y cristiana no son cosas de juego. Es decir: En ocasiones, sí.
En ocasiones hay que jugarse el todo por el todo, por ser fieles a la
conciencia y a la voluntad del Padre que en ellas se nos manifiesta. Es
realizar lo que hizo Jesucristo, cuyo acto final y a la vez inicial vamos a
realizar ahora en el sacrificio de la Misa, que fue el sacrificio de su vida.
Sacrificio final en cuanto a un modo de existencia que le arrancaron porque fue
fiel a sus principios. Sacrificio inicial porque así inauguraba la nueva
situación del hombre nuevo, el sacrificio celestial desde el que nos acompaña,
nos ayuda y nos espera. Es lo que humildemente pero con fortaleza y esperanza,
a la vez que con caridad hacia todos, he procurado hacer esta homilía.
Aún a riesgo de alargarme, quiero
acabar con las palabras de San Pablo a los Filipenses, que hemos oído en la
segunda lectura: “Hermanos, nada os preocupe; sino que en toda ocasión, en la
oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a
Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa a
todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo
Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es
verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud y
mérito, tenedlo en cuenta (…) y el Dios de la paz estar á con vosotros”. Que
así sea lo pido para vosotros y para todos los españoles” (Alberto Iniesta, Madrid,
4 de octubre de 1975).
Estas
cinco ejecuciones provocaron un escándalo internacional. Incluso, el Papa
Pablo VI pidió clemencia para los detenidos. Franco no le escuchó. Pero Alberto
Iniesta, obispo auxiliar emérito de Madrid, leyó en Sevilla su homilía el día 2
de marzo de 1999. La ocasión fue la apertura de un congreso dedicado a los
cristianos en la lucha por la democracia, en la Sala San Hermenegildo de
Sevilla. El obispo pidió en la homilía dominical que se suprimiera la pena de
muerte de la legislación española. Pero no sin levantar las iras de muchos
simpatizantes de la dictadura franquista. "Por la noche – dijo- me
llamaban por teléfono con insultos y amenazas de muerte. Se trataba seguramente
de un grupo parapolicial", matizó Iniesta. Pero la cosa no quedó sólo en
amenazas y D. Alberto Iniesta optó por marcharse de España. En Roma le
esperaban los cardenales Benelli y Casaroli.
"La muerte de Franco, dijo, desvió mi
caso de la atención de la opinión pública y la homilía pasó a un segundo
plano". Regresó a España, pero en tren para pasar lo más desapercibido
posible. "La homilía tuvo mucho eco en España y en el extranjero. Ahora la
veo bastante rollo. La encuentro recargada de concesiones, matices y vaselina,
con el intento de hacer digerible un alimento que resultaba indigesto para la
sociedad". Luego Iniesta señaló que las cosas que decía en su homilía y
que levantaron las iras de los franquistas son asumidas con normalidad hoy en
día”. (El País, 3/III/1999).
2)
Obispado de Gerona
Con fecha 2 de octubre de 1975 el
Obispo Campodrón Rovira escribió el texto siguiente de su homilía.
“Queridos: Sabéis que siempre me gusta
comunicarme con vosotros. Los renglones que hoy os dirijo y vuestros
presbíteros os leerán, las escribo apesadumbrado pero con esperanza. Apesadumbrado
por los acontecimientos que estamos viviendo; con confianza, porque ayudado del
Evangelio confío en dar luz sobre ellos y así a contribuir a formar un criterio
cristiano. Querría hablaros “no guiado por una sabiduría carnal, sino por la
gracia de Dios” (2Cor. 1,12).
Los hechos de las últimas semanas nos
han trastornado. El clima que se respira es tenso, y, si no estamos alerta, las
reacciones espontáneas, más hijas de la razón humana que de la gracia, pueden
llevarnos a posturas no cristianas.
Nuestro Dios es el Dios de la Paz y
del amor que “ha mandado a su Hijo al mundo, no para condenar al mundo, sino
para que el mundo sea salvado por medio de Él” (Juan 3,17).
Por otra parte, la experiencia de
estos últimos días nos dice que la violencia engendra violencia; que ni los
asesinatos ni las ejecuciones conducen a buen fin, antes despiertan rencores y
provocan venganzas. Siguiendo por este camino ¿qué clima se crea para el hombre
de mañana? Las desafortunadas criaturas que han quedado estos días sin padre
¿encontrarán un aire sano para resarcirse del amor que los hombres les han
arrebatado? La vida es un don de Dios, y los hijos de Dios hemos de ponernos a
favor de ella. “Si uno dice: “amo a Dios” y odia a su hermano, es mentiroso”
(Juan 4,20).
Escuchemos
la escuela de Jesús: “Si vuestra justicia no sobrepasa la de los escribas y
fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo:
Amarás a tu prójimo pero no a tu enemigo. Pero yo os digo; amad a vuestros
enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de mi padre
celestial, que hace brillar el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre
justos e injustos” (Mateo 5, 20 y 43, 45).
Si el padre del cielo derrama la luz sobre
todos los hombres sin diferencias de bandos ¿con qué derecho el hombre puede
privar de esa luz a sus hermanos?
Queridos:
no nos dejemos arrebatar por el espiral de la violencia; salgamos de ella si es
que nos encontramos dentro, y purifiquemos el pensamiento y el corazón con las
palabras de Jesús.
Deseo
hablaros con toda franqueza porque creo que es la base de un verdadero diálogo
para una pacífica convivencia. Por eso manifestaros mi manera de pensar sobre
un punto que es hoy discutido. Condenando por supuesto los asesinatos y
reconociendo que los culpables deben ser castigados; vuestro obispo cree,
respetando otras opiniones, que ni en la letra ni en el Espíritu del Nuevo
Testamento se encuentra justificación para la pena de muerte.
Decir
que no debemos decantarnos por ninguna clase de violencia, no equivale a
recomendar que nos encerremos en casa inhibiéndonos de la situación dolorosa
que vive nuestro pueblo. El cristiano es enviado al mundo como Cristo fue
enviado por el Padre con el encargo de hacer presente su amor. El cristiano ha
de vivir y tomar partido en los problemas del mundo, pero no según los
criterios que dominan al mundo.
En una ocasión en que Jesús había sido
rechazado por un pueblo de samaritanos, dos de sus discípulos (Juan y
Santiago), indignados, se le acercaron y le dijeron: “¿queréis que digamos que
baje fuego del cielo y los consuma”? Pero el Maestro les reprendió (Lucas 9, 54
s.). Jesús nos enseña a enfocar el orden
de las cosas con una visión distinta, la que nos viene de su resurrección. La
presencia que tenemos encomendada en los quehaceres humanos, es una presencia
de amor y amor eficiente, de amor que perdona, de amor que busca al más
olvidado. Los cristianos hemos de velar trabajar, a menudo a costa de los
propios intereses, para que cada hombre pueda realizarse según le corresponde
como hijos de Dios. Y esto exige – dice Juan XXIII en su carta “paz en la
tierra”- que cada cual aporte su contribución en la creación de ambientes
humanos donde derechos y deberes tengan su contenido cada vez más rico” (nº
26). Esto supone que cada uno de los seres humanos, es y tiene que ser, el
fundamento, el fin y el sujeto de todas las instituciones en las cuales se
expresa y actúa la vida social” (“Mater et Magistra”). Este y no otro es el
camino que el Espíritu ha escogido para edificar la paz.
Hermanos,
examinémonos a la luz de la palabra de Dios. No fuese el caso que aún
condenando la violencia, con nuestro quehacer egoísta, nuestra cerrazón y
nuestros partidismos, fomentáramos aquella misma violencia que estamos
condenando.
Permitidme finalmente que, como
obispo, exprese mi adhesión a la persona del Santo Padre y mi comunión con su
petición de clemencia, lamentando las recelosas interpretaciones de que ha sido
objeto.
Que el espíritu de Jesús, el Príncipe
de la Paz, sea con todos vosotros. Muy vuestro, el Obispo. (Jaume Camprodon
Rovira).
3) Arzobispado de Tarragona
Este fue el texto firmado por el
Arzobispo de Tarragona D. José Pont y Gol el día 3 de octubre de 1977 para ser
leído en las misas del domingo.
“Queridos sacerdotes: por medio de
vosotros dirijo a todos los fieles este mensaje. Dado que el momento es muy
serio, os ruego que, si tenéis que hablar de estas cuestiones, lo hagáis con
las presentes letras íntegramente y sin comentarios. + José, Arzobispo de
Tarragona.
BUSQUEMOS CAMINOS DE PAZ
(UNAS PALABRAS A LA IGLESIA DE TARRAGONA para
ser leídas los domingos 5 a 12 de octubre – si no se modifican sustancialmente
las circunstancias- donde se crea pastoralmente conveniente)
La Iglesia, Cuerpo de Cristo, crece
con la carne de cada pueblo donde se encarna, y llora con los ojos de todos los
hombres. Su tristeza es la de la misma humanidad. Por eso, en nuestro país, la
Iglesia llora con el dolor de todas las muertes que ha habido estas últimas
semanas, y las lágrimas de todos los familiares y amigos que participan de
ellas. Como cristianos la primera cosa que se impone es rezar por todos los que
han muerto. Todos. Y también por los que vivimos. Más que nunca, la oración se
ha de convertir en aquella clarividencia que nos haga ver lo que hemos de pedir
y cómo hemos de actuar, ya que muchas veces no lo sabemos. Es conveniente que
sea el Espíritu de Jesús quien guie nuestras vidas en un momento en que todos
tenemos el peligro de caer en la tentación.
Los que pueden estar tentados
de desconfianza hacia la Iglesia porque les parece que dice o no dice, hace o
no hace lo que ellos quisieran o no quisieran de acuerdo con sus opciones
políticas, piensen que la Iglesia tiene una salvadora, de fe, y que esta misión
implica fomentar y defender los valores más básicos y más nobles de la
convivencia social –contando con las limitaciones humanas- y reprobar con
energía toda acción violenta contra las personas. Pero no esperando de la
Iglesia que haga de legisladora de ningún sistema político como tampoco de
ninguna de las oposiciones. Es necesario esperar de la Iglesia lo que le es
propio. De ninguna manera el servicio a unas opciones aunque fueran legítimas,
pero sin embargo ajenas a su misión. De igual manera no es legítimo ni honesto
intentar servirse de la Iglesia para otros fines que no le son propios.
Los que puedan estar tentados a
ahogar a los que pacífica y noblemente aspiran a un mundo más justo y
fraternal, que no lo hagan. Matarían en el corazón del hombre
Sus
aspiraciones más profundas y podrían ser culpables de su desaparición y de
hacerlos caer en la tentación de la violencia.
Los que puedan estar tentados
de desánimo y perder la confianza en los hombres y en la sociedad, que levanten
su espíritu, no se desanimen, sean valientes. Es necesario pedir al Señor la
fuerza para mantener bien altos los valores de la justicia, la verdad, la paz y
el amor.
Los que puedan estar tentados
de evadir responsabilidades en estos momentos difíciles, que carguen con su propia
responsabilidad en la construcción de una convivencia pacífica y serena.
Y si alguno pudiera estar tentado
a derramar sangre humana para defender lo que él creyera un ideal, que deje
este pensamiento criminal. En primer lugar sería una contradicción para con el
ideal que se propusiera, ya que un fin por noble que fuera nunca justificaría
el empleo de medios perversos; entonces aprobaría odio y venganza (¿…?) de Dios
con la sangre del hermano.
Al contrario, debemos comprometernos
todos juntos en una solución paciente en el respeto a la persona y sus
derechos. La persona es cosa sagrada. No solamente criatura, sino imagen e hija
de Dios que nunca puede ser convertida en medio para cosa ninguna…porque la
vida del hombre es un absoluto. La Iglesia se opone a cualquier clase de
atentado contra la vida humana: el aborto, la eutanasia, el genocidio, y la ola
de atentados que perturban actualmente la vida de los pueblos. Por eso la
petición de clemencia que hemos oído de muchos cristianos con motivo de la pena
de muerte no puede ser interpretada como posible legitimación de posibles actos
de violencia, sino como un ejercicio de la gracia de conciliación que le toca a
la Iglesia como instrumento del perdón de Dios a los hombres. Es esta la
convicción fundamental la que da el sentido cristiano y tradicional a la
súplica de clemencia de los Obispos y de tantos cristianos. Cuando la Iglesia
lo hace es consecuente con su misión evangélica. Sobre todo, la figura del
Santo Padre pidiendo paternalmente clemencia (…) de los católicos, gratitud y
adhesión a sus pastores de reconciliación, de perdón y de amor.
Este respeto absoluto de la vida humana pone
en entredicho cada día más, en amplios sectores de nuestra sociedad, la pena de
muerte y su eficacia. Nos encontramos en uno de aquellos casos en que la
conciencia de muchos hombres resulta más exigente que la misma ley escrita.
Estamos firmemente convencidos de que es el Espíritu de Dios quien anima este
progreso de la conciencia humana en la repugnancia hacia cualquier tipo de
muerte violenta.
La Comisión Permanente de la Conferencia
Episcopal Española ha recordado el peligro de una escalada de violencia. En
momentos de peligro se impone la responsabilidad de cada uno para evitarlo.
Conociendo y denunciando con lucidez su ritmo que puede empezar por la
injusticia, pasar por la violencia y continuar en la represión. Es necesario
por parte de todos, un esfuerzo paciente y convencido para dejar las actitudes
agresivas y crear otras de respeto y comprensión. Con el espíritu lleno de
confianza es necesario trabajar activamente para que en nuestra deteriorada
convivencia reinen actitudes de verdad, de justicia, de amor y de paz, nacidas
del Evangelio.
En estado de lucidez, serenidad y prudencia,
es necesario afrontar los problemas profundos y sustanciales que angustian al
mundo, y en concreto al nuestro, con comprensión y decisión sin apelar a
tópicos e ideologías cerrados. De lo contrario estos mismos problemas
fácilmente se convierten en fuente latente de malestar y de violencia.
Por esto la Comisión Permanente de la
Conferencia Episcopal Española ha recordado la insuficiencia, no solamente
moral, sino también práctica de la violencia y la represión y necesidad de
otros caminos que hagan posible el desarrollo político y social del país, con
las siguientes palabras: “Queremos subrayar, por otra parte, que, para atajar
el mal, no bastan las medidas represivas. Paralelamente se deben promover la
revitalización moral y religiosa de las conciencias y la evolución y desarrollo
moral y político de la comunidad nacional hacia formas jurídicas que aseguren
siempre mejor el bien común que “en la época actual consista principalmente en
la defensa de los derechos y deberes de la persona humana” (Pacem in terris, 60).
Estos postulados de oración, reflexión y
acción, fruto de lo que nos enseña el Evangelio, son el camino único para
sentirnos todos cerca los unos de los
otros y ser de verdad Iglesia que es comunidad de amor. Espero que nos ayuden
también a caminar como ciudadanos conscientes que quieren vivir el difícil
momento con fe, esperanza y caridad, con la confianza puesta en Jesucristo, el
único auténtico salvador”.
4) El Nuncio Dadaglio se lava las manos
Con fecha 31 de octubre de 1975, la
señora María Asunción Milá dirigió una carta al Nuncio de S. Santidad en Madrid
en estos términos.
Exmo. y
Rvdsmo Moseñor Luigi Dadaglio
Nuncio Apostólico
“Monseñor:
Ha
llegado a mis manos la carta pastoral que el Obispo de Gerona dirigía a sus
feligreses diocesanos el 2 de octubre último y que según nos comunicaba la
prensa, “el Nuncio de S. Santidad, junto con las presiones de la autoridad
civil, le hicieron retirar”.
Leo
la carta una y otra vez, y me pregunto que si es verdad lo que la prensa decía,
¿en nombre de qué, podía usted pedir al Obispo que la retirase?
Si
fue en nombre de una diplomacia Vaticana, se nos pone de relieve una vez más,
la dualidad de este Estado que muchos confunden aún con la “Iglesia de Cristo”.
Pero desde luego lo que sí está claro es que no pudo ser en nombre del mismo
Cristo, pues no tiene sentido que en su nombre se prohíba el Evangelio.
Tal
vez hubo una mala información y usted no
tuvo nada que ver, pero entonces, ¿cómo no se desmintió?
Estamos
muy preocupados, y permítame que en estas circunstancias delicadas, con todo
respeto, solicite de usted una aclaración. Atentamente María Asunción Milá de
Salinas”.
5) Respuesta de la Nunciatura y réplica de la señora Milá
de Salinas
Madrid, 8 noviembre 1975.
“En atención a su carta, del 31 del
pasado octubre, se le comunican las siguientes líneas de un informe oficial del
Sr. Obispo de Gerona:
“Parece
que en el Ministerio hay mucho interés en que no se lea. El Sr. Nuncio me dice
que él no conoce el texto en cuestión, que no tiene autoridad sobre mis actos;
por tanto debo ser yo quien asuma la responsabilidad”.
(Esta carta está sellada con el sello de la
Nunciatura en Madrid, pero ningún funcionario se hace responsable del envío de
la misma).
La
respuesta de la Sra. Milá no se hizo esperar y el día 12 de noviembre del mismo
año 1975, con mucha diplomacia esta vez, escribió lo siguiente:
“Doña
María Asunción Milá de Salinas, agradece la aclaración que a sus dudas ha
recibido en carta de esa Nunciatura Apostólica el señor Nuncio, fecha 8 de
noviembre 1975.
La
sorprende solamente que “sin conocer el texto” y el señor Nuncio, y “sin tener
él autoridad sobre los actos del Obispo de Gerona” haya conseguido de éste, que
cambiara de criterio y una vez escrita y distribuida la homilía, la retirase.
El
pueblo de Dios, que a partir del Vaticano II va despertando a una sociedad más
adulta, se hace muchas preguntas, y contesta que por aquellos días, Monseñor
Iniesta fue enviado precipitadamente a Roma, mientras que varios de los
sacerdotes que habían leído en su iglesia la homilía por él escrita, quedaban
presos en Carabanchel. Pocos días después, unos y otros volvieron a sus casas
sin incidentes y sin multas.
Por
otra parte, consta en el texto de la nota, cuya copia le ha sido enviada, que
el Obispo de Gerona “asume la responsabilidad”, pero no se especifica en ella
si es de “su lectura” o de “su retirada”, y sacerdotes de aquella diócesis
informan que “fueron fuerzas de la policía armada y de la guardia civil, las
que se personaron en las parroquias la madrugada del domingo con el fin de
evitar la lectura de la homilía en las misas.
El
pueblo de Dios sigue haciendo conjeturas, y analiza y piensa si la situación
actual de los elementos que en España se consideran “cristianos piadosos” y aún
“hijos fieles del “Santo Padre” al tiempo que desoyen, ahorcan, persiguen,
torturan brutalmente y multan a infinidad de sacerdotes y no sacerdotes,
dejando a algunos malvivir en esas cárceles, como la Concordataria de Zamora,
con la complacencia y el aplauso de una sociedad que con nombre de cristiana,
no tiene más Dios que el BECERRO DE ORO, ni otra fe que la VIOLENCIA… no será
tal vez el fruto lógico de esas connivencias entre dos ESTADOS, con perjuicio
profundo de la evangelización en España.
Si
el Sr. Nuncio “desconocía el texto en cuestión” y “no tenía autoridad sobre los
actos del Obispo de Gerona”, el pueblo de Dios se pregunta qué es lo que le
puede decir para hacerle cambiar de criterio, porque lo que es cierto es que le
habló”.
Cuando
la falta de libertad de expresión pública no es suficiente, ni siquiera la de
expresión privada goza de buena salud. De ahí las características a veces
pintorescas y divertidas del extenso epistolario de la señora Milá con obispos,
arzobispos y cardenales acerca de la pena de muerte en el Catecismo de la
Iglesia. “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá;
porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre”
(Mateo 7,7-12). Y la señora Milá pidió como “la mosca de la siesta” hasta
conseguir despertar a los que más profundamente dormían el sueño de la muerte legal,
lo mismo entre las autoridades civiles que religiosas.
Cuando
muchos de estos personajes eran interrogados sobre la presencia de la pena de
muerte en el Catecismo, pocos disimulaban su sorpresa por tal atrevimiento, y
más aún por parte de una mujer tan pesada y molesta como una mosca durante la
siesta. Lo que dice el Catecismo estaba muy claro, la legítima defensa de la
sociedad es incuestionable por parte de la autoridad pública, la Iglesia
evoluciona y todo llegará, santo Tomás defiende la pena de muerte y es cuestión
de leer y releer con atención lo que dice el número 2267 porque allí está todo
muy claro.
Salvo
honrosas excepciones, como los responsables de las homilías prohibidas que acabamos
de reproducir, y otros que no pudieron manifestar sus verdaderos sentimientos, la
mayoría de los consultados echaban el balón fuera dejando sin contestar las
preguntas que se les hacían. Algunos no se dignaron ni siquiera contestar;
otros contestaron con los tópicos rutinarios de siempre, pero luego
reflexionaron y pusieron prudentemente las cosas en su sitio. Otros delegaron
en terceras personas competentes para que respondieran a las preguntas. Así
pasaron los años desde la primera edición del Catecismo en 1992, del caño al
corro y del corro al caño. Por fin llegó el Papa Francisco y decidió, con la
anuencia de su colegio episcopal, romper de una vez el cántaro de la pena de
muerte para reemplazarlo con otro nuevo lleno del agua viva del Evangelio. Así
nació, y no sin dolores de parto, el nuevo número 2267 del Catecismo.
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