CAPÍTULO XII
EUTANASIA
Y SUICIDIO ASISTIDO
Niceto Blázquez
1. La cultura de la muerte
P.II. CUESTIONES DISPUTADAS DE BIOÉTICA APLICADA
Pero
el último grito en esta materia lo hemos oído en Australia. El 25 de mayo de
1995 se proclamó en aquel país el derecho a ser matado por un médico en
nombre del derecho a una muerte digna. Se trata de una ley en la que se aprueba
la aplicación directa o activa de la eutanasia. Todo así de sencillo: Una vez
que el enfermo haya anunciado su decisión de poner fin a sus días, una comisión
de expertos compuesta por dos médicos, uno de ellos psiquiatra, verifica que el
paciente no sufre alguna depresión transitoria. Sigue a continuación un
paréntesis de siete días durante el cual los médicos no pueden todavía tomar
ninguna decisión. Finalizados los siete días, los dos médicos firman la
autorización de eutanasia, tras de lo cual ha de transcurrir un retraso de
sosiego de cuarenta y ocho horas antes de que el médico proceda y ponga fin
a la vida del paciente.
Pero en 1997 la cordura y el buen sentido no se
había doblegado. La legalidad de la eutanasia en aquel país fue anulada de
nuevo. Y en agosto de 1996 el X Congreso Mundial de Psiquiatría, celebrado en
Madrid, se pronunció abiertamente en defensa de sus pacientes como potenciales
candidatos a la eutanasia 1.
Mal
está que se apuntille a los toros después de la corrida, pero parece
bien el que se apuntille a un enfermo en el lecho del dolor propinándole
una pócima letal de morfina. Hemos de reconocer que la lógica de los hechos es
perfecta. Si hay razones para que a unos se les propine la muerte mediante el
aborto, las ha de haber también para que otros mueran mediante la eutanasia.
Pero esta coherencia lógica nada tiene que ver con la realidad objetiva de la
vida humana y el respeto a su dignidad. Paradójicamente, los más coherentes con
sus principios suelen ser los criminales y los que carecen de libertad. Cuando
la coherencia es meramente lógica y desvinculada de la realidad objetiva y de
la verdad, lo más probable es que desemboque en el error o la criminalidad, como
ha ocurrido en el caso que nos ocupa. Éstos son hechos crudos que requieren una
valoración ética y humana sin tapujos llamando a las cosas por sus nombres 2.
Se
dice que el primero que utilizó la palabra eutanasia en nuestra cultura
occidental, en el sentido de atajar el dolor con la muerte, fue Francis Bacon.
En su trabajo Sobre la vida y la muerte, publicado en 1623, decía que la
función del médico es devolver la salud y mitigar los sufrimientos y los
dolores, no sólo en cuanto que esa mitigación puede conducir a la curación,
sino también si puede servir para procurar una muerte tranquila y fácil.
Cualquiera
que sea el lenguaje utilizado o la excusa alegada, en la práctica biomédica
actual mediante la eutanasia se trata de eliminar radicalmente los últimos
sufrimientos, evitar a los subnormales, a los enfermos mentales y a los
presuntamente incurables bajo el pretexto de hacer desaparecer una vida
humanamente desdichada, que, por otra parte, supondría cargas demasiado pesadas
para la familia y para la sociedad.
Mediante
la eutanasia se precipita la muerte indolora de esas personas, por lo general
mediante drogas químicas. Cuando se induce directamente la muerte del paciente,
como prescriben las leyes holandesa y australiana, antes mencionadas, la
eutanasia se llama activa. La eutanasia agónica tiene lugar
cuando se induce la muerte en los enfermos considerados clínicamente
desahuciados. Otras veces administran al paciente dosis químicas de doble
efecto con el fin de aliviar sus dolores. Ésta es la eutanasia lenitiva.
Hay casos de cáncer, por ejemplo, en los que se trata de aliviar los terribles
dolores del enfermo con fármacos que, al mismo tiempo, favorecen el desenlace
final.
Desde el punto de vista de las víctimas, la
eutanasia se dice voluntaria o involuntaria según que sea
solicitada o no por las personas concernidas. Cuando las víctimas son recién
nacidos deformes o deficientes, enfermos terminales, afectados por lesiones
cerebrales irreversibles, ancianos o personas socialmente tenidas por
improductivas o gravosas, se habla de eutanasia perinatal, agónica, psíquica
o social.
Desde
el punto de vista de quienes la practican, se habla de eutanasia activa
y pasiva. En el primer caso la muerte de la víctima es provocada o
inducida por intervenciones directas. En el segundo, omitiendo aquellas
acciones sin las cuales la muerte es segura. Por ejemplo, retirando la
medicación normal del enfermo o la alimentación. Cuando se busca que sobrevenga
la muerte se habla de eutanasia directa. Cuando lo que se pretende es
mitigar en alguna medida el dolor físico o moral, a sabiendas de que el
tratamiento puede acortar la vida del paciente, la eutanasia se denomina indirecta.
El
término correlativo de eutanasia es distanasia. Etimológicamente
significa lo contrario de la eutanasia. Consiste, pues, en retrasar el
advenimiento de la muerte todo lo posible. Para ello se aplican todos los
medios, proporcionados o desproporcionados, aunque no haya esperanza alguna de
curación y aunque eso conlleve infligir al enfermo moribundo unos sufrimientos
añadidos e inútiles. Lo que se consigue es que el enfermo tenga que afrontar la
muerte pasando por una larga y dolorosa agonía.
En
este contexto de la distanasia se inscriben las técnicas modernas de
prolongación artificial de la vida y que se han ganado el calificativo
peyorativo de encarnizamiento o ensañamiento terapéutico. O
simplemente obstinación terapéutica. Cuando las personas piadosas ruegan
a Dios que les conceda poco mal y buena muerte se refieren a una muerte
sin prolongada y torturante agonía, que es lo contrario de la distanasia.
La
distanasia en sentido amplio se refiere a situaciones dudosas en las que lo más
razonable es dejar morir al enfermo naturalmente, renunciando a
tratamientos cuyos resultados positivos son tan inciertos como costosos y
arriesgados. En sentido más estricto se refiere a la prolongación de la vida
del enfermo mediante técnicas modernas de reanimación y prolongación artificial
de las constantes biológicas. Determinadas intervenciones quirúrgicas, por ejemplo,
con el fin de cortar por lo sano la complicación de una enfermedad, en realidad
sólo sirven para acelerar la muerte del enfermo añadiendo un sufrimiento
inútil.
El
término que significa el modo ideal de morir es ortotanasia.
Literalmente significa morir rectamente. O, lo que es igual, dejarle a uno
morir en paz y gracia de Dios. Lo cual supone el respeto incondicional de su
vida, por una parte, y, por otra, el derecho a morir dignamente sin
sufrimientos humillantes o envilecedores. Es un término ingenioso introducido
por Boskan en 1950. Es sinónimo de buena muerte, en el mejor sentido de la
palabra. O sea, ayudar a morir al enfermo sin practicarle la eutanasia ni la
distanasia. Prestándole los auxilios clínicos específicos y el amor humano
hasta que la naturaleza dice basta sin ser intencionadamente precipitada ni
brutalmente retardada.
Cuando
la eutanasia es aplicada a personas que la solicitan expresamente, o
simplemente han otorgado su consentimiento, se habla eufemísticamente de suicidio
asistido. Por el contrario, cuando se elimina eutanásicamente al paciente
en contra de su voluntad, se habla de cacotanasia. En estrecha relación
con la eutanasia está el concepto o noción de muerte clínica. Si este
concepto es clave para legitimar o deslegitimar éticamente un trasplante, no lo
es menos cuando se trata de administrar un fármaco zanático a un paciente.
Existe
un sofisma generalizado que consiste en identificar, para efectos biomédicos,
la muerte clínica con la muerte real. Esta confusión es muy
peligrosa, ya que una cosa es la realidad de la muerte y otra el concepto
mental o pragmático que nosotros nos formemos de esa realidad.
Los
médicos y los juristas tienen el vicio crónico de inventar términos y palabras
sutiles para salirse siempre con la suya. Para practicar los abortos
impunemente, por ejemplo, inventan la terminología que ya conocemos sobre el
feto humano y los conceptos jurídicos sibilinos del lenguaje abortista. Ahora
nos hablan de muerte clínica para decirnos que ellos pueden decidir sobre nuestras
vidas cuando se cumplen las condiciones que ellos mismos establecen.
No
basta decir que la muerte clínica se caracteriza por la irreversibilidad
frente a la muerte. Desde que somos concebidos estamos ya todos
indefectiblemente abocados a la muerte de forma irreversible. El que en la
última etapa de ese proceso la sintamos más cerca, y el movimiento hacia ella
sea más acelerado sin billete de vuelta, no significa que los que vienen detrás
de nosotros tengan derecho a empujarnos en el último tramo de la carrera de
esta vida.
Aceptamos
el concepto de muerte clínica como evidencia científica de inactividad
cerebral absoluta y cardiaco-circulatoria. Pero no como pretexto para darle al
paciente la puntilla precipitando su final. Otra cosa es que humana y
caritativamente le acompañemos con lenitivos a nuestro alcance para que su
muerte, no la que nosotros pudiéramos propiciarle con la eutanasia, sea lo
más digna posible de la condición humana. Por otra parte, el concepto de muerte
clínica puede variar y la experiencia demuestra que a veces la muerte
clínica o legal no coincide con la muerte real y efectiva.
Este problema fue abordado de forma especial por
Pío XII, que fue la fuente inmediata preferida por los Padres del Concilio
Vaticano II al respecto. Pablo VI continuó el magisterio anterior, pero
teniendo en cuenta que el movimiento en favor de la eutanasia se confundía de
hecho con el movimiento abortista. En efecto, si, como propugnan los
abortistas, no hay razón para que tal o cual niño concebido nazca, no se ve por
qué la ha de haber para que un demente, un herido grave, un minusválido o un
viejo achacoso y sufriente viva. De ahí que los más devotos padrinos del aborto
pidan también a gritos la eutanasia. Esto significa el deseo de reconocer
legalmente la operación clínica de facilitar la muerte a determinados enfermos
considerados como deshauciados, e incluso la supresión de aquellas vidas
humanas consideradas sociológicamente sin valor al estilo nazi.
Contra
este frente común de abortistas y promotores de la eutanasia protestaron los
obispos norteamericanos y Juan Pablo II les animó con estas palabras: «Habéis
hablado claro en favor de los ancianos, afirmando que la eutanasia o muerte
por piedad es un mal moral grave. Tal muerte es incompatible con el respeto
por la dignidad humana y la veneración por la vida». Es obvio que convertir a
la eutanasia en un acto de piedad es una burla manifiesta o el resultado de
haber perdido el sentido de la razón. En el mejor de los casos, esa expresión
refleja un falso y alarmante sentimentalismo, que es el peor consejero ético en
los momentos decisivos de la vida.
Etimológicamente, el término eutanasia
significaba en la antigüedad una muerte dulce sin sufrimientos atroces. «Hoy no
nos referimos tanto al significado original del término cuanto más bien a la intervención
de la medicina encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y de la
agonía, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la vida.
Además, el término es usado, en sentido más estricto, con el significado de causar
la muerte por piedad, con el fin de eliminar radicalmente los últimos
sufrimientos o de evitar a los niños subnormales, a los enfermos mentales o a
los incurables la prolongación de una vida desdichada, quizás por muchos años,
que podría imponer cargas demasiado pesadas a las familias o a la sociedad».
Hecha esta aclaración, el documento pasa a ofrecernos la definición exacta de
la eutanasia sobre la que se va a cernir después el juicio moral.
Nos referimos al sentido preciso en que se toma el
término en este documento. «Por eutanasia se entiende una acción o una omisión
que por su naturaleza, en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar
cualquier dolor. La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o
de los métodos usados». Está claro. Al paciente se le causa la muerte para que
no sufra. Primero está la intención y después el medio adecuado que produce la
muerte. Son los dos ingredientes éticos esenciales para la valoración ética de
la eutanasia. Pero el sentido exacto de la anterior definición queda
clarificado con las palabras que siguen: «Ahora bien, es necesario reafirmar
con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano
inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o
agonizante. Nadie además puede pedir ese gesto homicida para sí mismo o para
otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o
implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo.
Se trata, en efecto, de una violación de la ley divina, de una ofensa a la
dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado
contra la humanidad».
En las anteriores
palabras se condena la eutanasia, su eventual legalización y el suicidio. Pero
hay un fallo importante. Cuando dice que «nadie puede autorizar la muerte de un
ser humano inocente» introduce un prejuicio en favor de la pena de
muerte en casos extremos contra determinados delincuentes. Después expresaré mi
parecer contra la virtual aceptación de la pena de muerte por parte del
Magisterio eclesiástico. Por lo demás, los que propician la eutanasia son
considerados moralmente como homicidas y los que la solicitan como suicidas. No
podía ser de otra manera por aquello de que donde los hechos cantan, las
razones brillan.
Pero
están las razones subjetivas. «Podría también verificarse que el dolor
prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos,
induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o
procurarla a otros». De hecho son estos estados emocionales los que inducen más
que otros a pensar en la eutanasia como eventual solución alternativa ante una
situación concreta de sufrimiento.
La
respuesta es tan clara o más que la interpelación: «Aunque en casos de ese
género la responsabilidad personal puede estar disminuida o incluso no
existir, sin embargo, el error de juicio de la conciencia —aunque
fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida,
que en sí sigue siendo siempre inadmisible». Pero ¿y si el paciente por sí
mismo pide que se le aplique la eutanasia? La respuesta basada en el realismo
de esas situaciones es ésta: «Las súplicas de los enfermos muy graves que
alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una
verdadera voluntad de eutanasia; éstas, en efecto, son casi siempre peticiones
angustiadas de asistencia y de afecto». Esta observación es cierta casi
siempre. Pero actualmente los promotores de la eutanasia tienden a mentalizar a
la gente para que se familiarice con ella, de suerte que su solicitud pueda
interpretarse como expresión de su verdadera voluntad. Estos activistas suponen
erróneamente que la satisfacción de un deseo está por encima de la racionalidad
del mismo, lo cual complica bastante las cosas a la hora de tomar este tipo de
decisiones.
Aunque no siempre la muerte viene acompañada de
condiciones dramáticas y sufrimientos insoportables, la verdad es que hay casos
muy extremados de dolor que ponen a prueba todos los recursos humanos y hacen
pensar en la eutanasia como medida desesperada. En estas situaciones no se
puede exigir a nadie el heroísmo como norma. «Al contrario, la prudencia humana
y cristiana sugiere para la mayor parte de los enfermos el uso de las medicinas
que sean adecuadas para aliviar o suprimir el dolor, aunque de ello se deriven,
como efectos secundarios, entorpecimiento o menor lucidez. Tratándose de
personas que no pueden expresarse, “se podrá razonablemente presumir que desean
tomar tales calmantes y suministrárseles según los consejos del médico”. Por
supuesto que esto no debe hacerse impidiendo que el enfermo pueda asumir sus
responsabilidades personales frente a la muerte y afrontarla con dignidad».
Existe el peligro de que el tecnicismo terapéutico
se convierta en abusivo. En tal sentido, «algunos hablan del derecho a
morir, expresión que no designa el derecho de procurarse o hacerse procurar
la muerte como se quiere, sino el derecho de morir con toda serenidad, con
dignidad humana y cristiana». Aquella forma errónea de entender el derecho a
morir con dignidad es la que conduce a la opción por la eutanasia. Dejando bien
claro que la última palabra sobre el recurso a los medios terapéuticos extremos
corresponde al enfermo concernido o a los que deben velar por su salud, el
documento vaticano se plantea la cuestión sobre si «se deberá recurrir, en
todas las circunstancias, a toda clase de remedios posibles».
En la respuesta revisa el planteamiento
tradicional de esta cuestión como sigue: «Hasta ahora los moralistas respondían
que no se está obligado nunca al uso de los medios extraordinarios. Hoy, en
cambio, tal respuesta, siempre válida en principio, puede parecer menos clara
tanto por la imprecisión del término como por los rápidos progresos de la
terapia. Debido a esto, algunos prefieren hablar de medios proporcionados y
desproporcionados. En cada caso, se podrán valorar bien los medios poniendo en
comparación el tipo de terapia, el grado de dificultad y de riesgo que
comporta, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación con el
resultado que se puede esperar de todo ello, teniendo en cuenta las condiciones
del enfermo y sus fuerzas físicas y morales». Tras estos principios generales,
el documento en cuestión desciende al terreno de lo concreto.
Pero aquí y ahora, ante este enfermo devorado por
un cáncer incontenible o con un corazón destrozado e irreparable, y en medio de
unos dolores atroces en aumento, ¿qué se puede hacer, si el recurso a la
eutanasia activa queda descartado por su carácter objetivamente homicida
e inmoral? La respuesta práctica es la siguiente: «A falta de otros remedios,
es lícito recurrir, con el consentimiento del enfermo, a los medios puestos a
disposición de la medicina más avanzada, aunque estén todavía en fase
experimental y no estén libres de todo riesgo. Aceptándolos, el enfermo podrá
dar así ejemplo de generosidad para el bien de la humanidad». Un caso histórico
de puesta en práctica de este principio fue el del dominico francés padre
Boulogne, el cual se sometió a un trasplante de corazón consciente y
deliberadamente en virtud de este principio ético.
Más todavía. «Es también lícito interrumpir la
aplicación de tales medios cuando los resultados defraudan las esperanzas
puestas en ellos. Pero, al tomar tal decisión, deberá tenerse en cuenta el
justo deseo del enfermo y de sus familiares, así como el parecer de médicos
verdaderamente competentes. Éstos podrán juzgar, sin duda, mejor que otra
persona si el empleo de instrumentos y personal es desproporcionado a los
resultados previsibles, y si las técnicas empleadas imponen al paciente
sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se pueden obtener de
los mismos. Es siempre lícito contentarse con los medios normales que la
medicina puede ofrecer. No se puede, por tanto, imponer a nadie la obligación
de recurrir a un tipo de cura que, aunque ya esté en uso, todavía no está libre
de peligro o es demasiado costosa. Su rechazo no equivale al suicidio:
significa más bien o simple aceptación de la condición humana, o deseo de
evitar la puesta en práctica de un dispositivo médico desproporcionado a los
resultados que se podrían esperar, o bien una voluntad de no imponer gastos
excesivamente pesados a la familia o a la colectividad».
Pero
la muerte sigue empujando y está ya a punto de derrumbar el muro de nuestra
vida. Los mismos contrafuertes amenazan con su derrumbamiento. ¿Qué hacemos? El
documento vaticano afronta valientemente el tema con estas palabras: «Ante la
inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito
en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que
procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin
interrumpir, sin embargo, las curas normales debidas al enfermo en casos
similares. Por esto, el médico no tiene por qué angustiarse, como si no hubiera
prestado asistencia a una persona en peligro». En estos casos la obviedad del
proceso de la enfermedad y el sentido común sobre la realidad de la muerte
suele ser el mejor criterio para saber qué es lo que se puede y debe hacer por
el enfermo.
Históricamente cabe recordar algunas más
destacables. La estoica, que se caracterizó por el desprecio arrogante
del dolor. En consecuencia, apadrinó el suicidio como presunta solución
honorable ante la imposibilidad de vencer el dolor de otra forma
racionalizándolo. La solución estoica refleja una actitud cobarde frente a la
vida. La arrogancia y el desprecio no es una solución. Es una claudicación.
En el contexto de las filosofías orientales
asiáticas el comportamiento frente al dolor humano se caracterizó por lo que
podríamos llamar anestesia existencial. El dolor nos sitúa en un callejón
sin salida y se pretende salir del paso amortiguando hasta las últimas
consecuencias el deseo mismo de vivir. Pero todo hace pensar que en buena parte
el dolor es la salsa de la vida, por más que en muchos casos resulte demasiado
amarga. Matar la fuente primera del dolor equivale a matar la vida misma y así
el problema queda sin resolver.
Otra
actitud frecuente ante el dolor es la desesperación. Pero la experiencia
demuestra que desesperándonos, es decir, rabiando contra el dolor y maldiciendo
a la vida, no se resuelve el problema, sino que se sufre más inútilmente.
Otro extremo inaceptable es la resignación
fatalista que degenera fácilmente en masoquismo. Lo cual nada tiene que ver con
la resignación cristiana, la cual supone la aceptación implícita de la
voluntad de Dios. El dolor y la muerte tienen un sentido en el contexto de los
planes de Dios y esa realidad misteriosa es aceptada.
Otros,
paradójicamente, tratan de sacar placer del dolor degenerando en sadismo.
Hay gente que disfruta patológicamente sufriendo y haciendo sufrir a los demás.
Obviamente estamos ya en el terreno de las patologías como refugio psicológico
ante el dolor.
Cualesquiera de las actitudes no cristianas frente
al dolor y la muerte son caldo de cultivo para la eutanasia. Por eso el
documento vaticano propone su propia solución, que es la cristiana. El dolor,
cuya culminación es la muerte, tiene sentido sólo desde una antropología
inspirada en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Todos los consejos
prácticos del Magisterio de la Iglesia frente al dolor humano, la muerte y el
trato clínico-pastoral con los enfermos parten de esa antropología, que es la
única que de hecho aporta alivio real en tales situaciones. Lo que ocurre es
que la cultura actual está invadida por la psicosis de la libertad y el imperio
de la voluntad humana a despecho de cualquier referencia a Dios como fuente y
dueño de la vida. Una testarudez antiteológica cuyo precio hay que pagar
amargamente.
En
resumidas cuentas, que la vida es un don de Dios y la muerte una realidad
ineludible para la cual hay que prepararse sin hacernos los encontradizos con
ella. La eutanasia es un homicidio jamás justificable. Por otra parte, tampoco
es cuestión de desenchufar los aparatos y dejar al enfermo abandonado a su
suerte. Hay que acompañarle en ese trance supremo ofreciéndole todo lo que
moral y materialmente esté a nuestro alcance, de suerte que pueda decirse que
se murió él cuando le llegó su hora ante la imposibilidad total por nuestra
parte de aplazarla. Siempre que se practica la eutanasia activa, el muerto ha
sido deliberadamente matado precipitando el proceso normal de la naturaleza.
La
única actitud correcta es la siguiente. En los casos normales hay que ayudar a
la naturaleza hasta donde ella lo permita. La eutanasia negativa,
entendida como privación deliberada al enfermo de los remedios normales a
nuestro alcance para dejarle morir, equivale prácticamente a la eutanasia
activa. Cambia el modo de propinar la muerte al paciente, pero no cambian ni la
intención zanática ni el efecto real de la muerte. En los casos de
incertidumbre se ha de respetar tanto el derecho al heroísmo del paciente y de
sus allegados como el de morir resignadamente aceptando con respeto las leyes
de la naturaleza. Otra conclusión que se deduce del texto que comentamos es que
se admite la eutanasia lenitiva. El dejar al paciente morir en paz no
significa que se le niegue la posibilidad de ser aliviado con fármacos
lenitivos y renunciando al llamado encarnizamiento terapéutico, que sólo
sirve para ensañarse en el enfermo acrecentando los trabajos de su agonía.
6. Doctrina del Episcopado español sobre la eutanasia
Como
factores decisivos del renacer de este desconcertante fenómeno apuntan los
siguientes. El proceso de secularización, la crisis de los valores religiosos y
la absolutización de la libertad de la persona, la cual se considera dueña
absoluta de sus decisiones. Después de recordar el mensaje cristiano sobre el
respeto debido a toda vida humana en el curso de su existencia, interpreta los
puntos neurálgicos del documento de la Congregación que acabamos de comentar.
La
Iglesia «nunca ha admitido la llamada eutanasia activa (o positiva) directa, es
decir, la acción con la que se pretende exclusivamente poner fin a la vida de
un paciente o acelerar su muerte. Tal práctica es un atentado contra la
indisponibilidad de la vida humana». A continuación matiza: «Pero la tradición
de la Iglesia ha admitido, basándose en el principio moral del doble efecto, la
legitimidad del recurso a calmantes... aunque su administración pudiese
ocasionar indirectamente un acortamiento de la vida. La misma moral católica,
basándose en la distinción entre medios ordinarios y extraordinarios o, mejor,
proporcionados y no proporcionados, afirma también que la Medicina no está
siempre obligada a hacer todo lo posible por prolongar la vida de un paciente.
Existen situaciones en las que es legítimo, e incluso hasta obligatorio,
abstenerse de aplicar terapias no-proporcionadas y no habituales, que
únicamente sirven para prolongar abusivamente el proceso irreversible de
morir». Por una parte, el documento vaticano descarta sin paliativos la eutanasia
positiva directa. Pero, por otra, ante la muerte inminente, admite la licitud
moral de «renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una
prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir, sin embargo,
las curas normales debidas al enfermo en casos similares». Se reconoce el
derecho a morir con serenidad, dignidad humana y cristiana, para lo cual cabe
hablar de medios ordinarios y extraordinarios, proporcionados o
desproporcionados. «Todo ello significa que debe valorarse positivamente lo que
algunos llaman ortotanasia, es decir, la muerte a su tiempo,
respetando la dignidad humana del paciente y evitándole abusivas prolongaciones
de su vida».
Los
obispos denuncian la eutanasia eugenésica, que tiene lugar cuando son
abortados los niños diagnosticados con anomalías congénitas, y aclaran su
posición con dos casos prácticos muy actuales. En el caso de niños
anencefálicos, que por carecer de un cerebro estructurado están condenados a
morir por sí solos rápidamente, no se ve que haya obligación de prolongar esas
vidas con medios desproporcionados. Por el contrario, se deben poner todos los
medios a nuestro alcance para ayudar a vivir a los mongólicos. El mongolismo es
una enfermedad más, que tenemos la obligación de combatir en la medida de
nuestras posibilidades. El resto del documento está destinado a denunciar y
desaconsejar la eventual legalización de la eutanasia como estrategia pastoral
urgente 3.
En
1998 el Episcopado español salió al paso de una campaña orquestada por los medios
de comunicación en favor de la eutanasia, con ocasión de la muerte de un
tetrapléjico que satisfizo su deseo de morir con la ayuda de otros. Las ideas
nucleares de la Declaración episcopal son las siguientes.
— Denuncia una campaña engañosa en favor de la
eutanasia. Se pretende hacer pasar por normal y común un caso extremo y raro
convirtiéndolo en criterio ético y legal.
— Se presenta como progreso lo que en realidad es
un retroceso. La realidad histórica es que «el aprecio por toda vida humana fue
un verdadero progreso introducido por el cristianismo». La eutanasia significa
un retroceso a la barbarie de culturas antiguas y a la diagnosticada por Juan
Pablo II como cultura de la muerte.
— La eutanasia en sentido propio y verdadero es
intrínsecamente inmoral y antisocial. Su presunta legitimación estaría
inspirada en el individualismo ateo y hedonista. En este contexto
antropológico, la expresión el derecho a la muerte digna es un eufemismo
para decir, en realidad, derecho a matarse.
— La vida humana no es un objeto para usar y
abusar de ella como si fuera una finca o una cuenta bancaria. Es un don de Dios
henchido de misterio y dignidad, que le viene de su origen y destino divinos.
De ahí que la vida de los seres humanos sea sagrada e inviolable por su
pertenencia original a Dios, único dueño y señor absoluto de la misma. La vida
es la raíz primordial de todos los bienes propios del hombre.
— Esta inmoralidad intrínseca de la eutanasia
compromete la vida común. El hecho mismo de quitar la vida a alguien, aunque
sea a petición suya, es inaceptable y tiene consecuencias terribles. Algunas de
ellas serían éstas: a) Presión moral sobre los ancianos y los enfermos.
La legalización de la eutanasia llevaría consigo el estado de inseguridad
permanente de los ancianos y enfermos, los cuales podrían llegar al extremo de
sentirse casi obligados a pedir su desaparición para no resultar molestos. Lo
que equivaldría a instituir la ley del dominio injusto de los más fuertes y del
desprecio de las personas más necesitadas de cuidado. b) Muertes impuestas
por otros. La eutanasia solicitada lleva consigo la maldad del
suicidio y de la cooperación con el suicidio. Con la agravante de que tal
voluntariedad, de acuerdo con las estadísticas, no existe en muchos casos. c) Desconfianza
en las familias y en las instituciones sanitarias. Con la legalización de
la eutanasia, la desconfianza y el temor se apoderarían de muchos enfermos,
ancianos y discapacitados. d) Depreciación institucionalizada de la vida
humana. Ésta sería valorada más por su capacidad de hacer y producir, que
por su mismo ser.
— La fe en Jesucristo, fuerza para vivir y morir
dignamente. El sufrimiento, de por sí es un mal. Pero asumido con fe y
esperanza no destruye el ser humano, sino que pone límites a la cultura de
la muerte.
— Se aboga por una muerte buena y realmente digna.
Lo cual requiere calor humano, asistencia sanitaria competente, cercanía de los
seres queridos y, cuando fuere menester, los cuidados paliativos que permitan
aliviar el dolor y vivir con serenidad el momento final de esta vida mortal.
— El Episcopado recuerda que a nadie se le puede
obligar a colaborar en la eutanasia, en razón de su inmoralidad, siendo
obligado el recurso a la objeción de conciencia cuando las leyes autorizan esa
práctica biomédica inmoral 4.
No se puede actuar al margen de la
voluntad contraria del paciente y de sus legítimos intereses. En cualquier
caso, aunque la muerte parezca inminente, «los cuidados ordinarios debidos a
una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos». Los cuidados
paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad y deben ser
alentados. El uso de analgésicos tiene sus riesgos, pero su uso razonable es
siempre aceptable con la única y exclusiva buena intención de aliviar los
sufrimientos de los moribundos (n.2279).
El
aborto es un drama en los comienzos de la vida y la eutanasia lo es en el otro
extremo de la existencia cuando la enfermedad o la ancianidad nos aproximan a
las puertas de la muerte. Eutanasia es «adueñarse de la muerte, procurándola de
modo anticipado y poniendo así fin dulcemente a la propia vida o a la de
otros». Esta práctica absurda e inhumana es uno de «los síntomas más alarmantes
de la cultura de la muerte» (n.64).
Entre las características culturales de este
zanático fenómeno de la cultura actual, cerrada a la trascendencia, cabe
destacar las siguientes.
Prevalece
la tendencia a valorar la vida sólo en base al placer, considerando el
sufrimiento como algo insoportable. La muerte es considerada como un absurdo
cuando acaece fuera de nuestros cálculos. Pero, paradójicamente, se la
considera como una liberación reivindicada cuando se piensa que la existencia
carece ya de sentido por estar sumida en el dolor. Por otra parte, el hombre
actual se ha erigido en criterio y norma de sí mismo desafiando su relación
fundamental con Dios. Con el acicate de las modernas y sofisticadas tecnologías
para combatir el dolor y manipular artificialmente la vida, surge la tentación
de precipitar la vida de unos para desguazar sus cuerpos con el fin de obtener
órganos de trasplantación. ¿Qué juicio ético merece todo esto?
Antes
de emitir el juicio ético preciso sobre estas prácticas, el Pontífice formula
técnicamente la definición de eutanasia. «Por eutanasia en sentido verdadero y
propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la
intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia
se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados» (n.65).
De acuerdo con esta definición, no se considera eutanasia la renuncia al
llamado ensañamiento terapéutico en el sentido de que se puede en
conciencia renunciar a unos tratamientos que procurarían solamente una
prolongación precaria y penosa de la existencia, aunque sin interrumpir las
curas normales debidas al enfermo en casos similares. O sea que al enfermo hay
que acompañarle hasta que se muere él mismo, sin empujarle nosotros
intencionadamente hacia la muerte. «La renuncia a medios extraordinarios o
desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la
aceptación de la condición humana ante la muerte» (n.65).
En
el contexto de los llamados cuidados paliativos surge el problema de los
analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta
el riesgo de acortarle la vida. Se remite a Pío XII, quien afirmó que «es
lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como
consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, si no hay otros medios y
si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes
religiosos y morales». Lo que no se puede hacer es negar al enfermo el derecho
a rechazar esos lenitivos cuando desea asumir sus penas terminales con entereza
y responsabilidad.
Actualmente,
al uso de analgésicos y sedantes habría que añadir el rechazo de intervenciones
quirúrgicas específicas para atajar eventuales complicaciones en el proceso de
una determinada enfermedad. Por lo general, los cirujanos tienen propensión a
las intervenciones quirúrgicas. Pero en la práctica es relativamente fácil
discernir si la intervención quirúrgica es aconsejable o no. A veces, un poco
de sentido común y de serenidad emocional es suficiente para entender que
ciertas intervenciones quirúrgicas sólo contribuyen a acelerar el final del
enfermo añadiéndole más sufrimiento inútil. El renunciar a esas intervenciones
prosiguiendo con los tratamientos asistenciales normales equivale a aceptar
humildemente la realidad de la muerte y nuestra impotencia para evitarla. El
asumir la realidad de nuestra muerte y la de los demás es condición
indispensable para afrontar la muerte con dignidad.
A continuación, como hiciera al tratar
del aborto procurado, el Pontífice formula también la solemne condena moral de
la eutanasia en estos términos: «Hechas estas distinciones, de acuerdo con el
Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica,
confirmo que la eutanasia es una grave violación de la ley de Dios, en
cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana.
Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita;
es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio
ordinario y universal».
La
práctica de la eutanasia, matiza después, conlleva, según las circunstancias,
la malicia propia del suicidio o del homicidio (n.65). Suicidio por parte del
que solicita la eutanasia y homicidio por parte de quienes la procuran. Ésta es
la realidad objetiva de los hechos que éticamente se condenan. La
responsabilidad subjetiva de los mismos es otro capítulo aparte, aunque
inseparable de la objetividad y crudeza de los hechos. En la evaluación de esta
eventual responsabilidad subjetiva es donde hay que poner a pleno rendimiento
pastoral nuestra capacidad de comprensión humana para con las personas que
sufren y no se sienten capaces de entender que hasta el hecho mismo de nuestra
muerte tiene un sentido que es preciso descubrir sirviendo incondicionalmente a
la vida 5.
Desde
el punto de vista exclusivamente clínico, la calidad de vida se
refiere a las condiciones biofisiológicas y sociales que aseguran una vida humanamente
autónoma. Esta autonomía se manifiesta principalmente en la capacidad de
independencia respecto de los demás, de conocimiento, de expresividad y de
movimiento. Los profesionales clínicos más primarios tienden a valorar la vida
humana en función de parámetros meramente biológicos. La inmensa mayoría
valora, además y sobre todo, la autoconciencia del paciente.
Como
es obvio, esta perspectiva es insuficiente para establecer un criterio objetivo
y realista sobre la calidad de una vida humana. Toda vida humana posee una
calidad intrínseca que va más allá del mero funcionamiento biológico y de la
capacidad de ejercicio de la autoconciencia. Nuestra condición humana no
termina en la biología ni se pierde con la inconsciencia. Una persona no vale
menos cuando está dormida, por ejemplo, o enferma. Hasta que sobreviene la
muerte todo es vida, cuya calidad emana de su mero existir. La calidad o valía
de un ser humano es superior al mero funcionamiento biológico y psíquico.
Desde
el punto de vista metafísico, la calidad de vida es un atributo
inherente al individuo humano equivalente al valor, categoría o dignidad del
mismo por el mero hecho de ser humano. Desde este enfoque de la cuestión, la
consecuencia inmediata y lógica es que toda vida humana es igual en dignidad a
otra vida humana. Por lo mismo, ha de ser igualmente respetada. Respeto que le
es debido cualesquiera que sean las anomalías que padezca, las limitaciones
funcionales de su autonomía y la marginación social a la que se vea reducida.
Esta dimensión metafísica es una exigencia del imperativo racional que
trasciende a los meros procesos biológicos y a las circunstancias psico-ambientales
más o menos felices o desgraciadas en que se ha de desarrollar la vida de las
personas.
Otra
cosa es si planteamos la cuestión desde los parámetros de una filosofía
materialista o relativista. Quienes así lo hacen, piensan que la vida
humana no es digna de ser vivida cuando no es productiva. O que no comporta
felicidad para sí o para los demás. Por ejemplo, cuando alguien no puede
trabajar en absoluto, no puede alimentarse y cuidarse por sí mismo, sino que
depende totalmente de la familia o de las instituciones sociales. Es obvio que,
si la bioética adopta el concepto de calidad de vida de acuerdo con los
parámetros de la filosofía materialista, los más enfermos, los ancianos y
desvalidos tienen poco que esperar de la bioética.
Pero
está también la perspectiva teológica. La calidad de la vida humana
viene dada ahora por el hecho de que el hombre y la mujer son imagen de
Dios. La vida es recibida como don divino y tarea a realizar según
los planes de Dios. Este don comprende la existencia temporal en todos sus
momentos y circunstancias, así como el destino eterno para el cual todo
individuo humano es encendido a la vida. La consecuencia inmediata de este
enfoque es que no estamos autorizados nosotros a decidir sobre nuestras vidas
por razón de su calidad. Nuestro deber es servirla sin condiciones. Lo que
hacemos con nuestra vida a Dios se lo hacemos. Los juicios y tratos que
dispensamos a cualquier vida humana nos remiten inmediata e inexorablemente a
Dios. De ahí la osadía de intentar recalificar nuestra vida o la de los demás
con criterios distintos de Dios, quien es su verdadero dueño y Señor.
En
cualquier caso, conviene añadir que en la teología cristiana de la vida no se
desestiman los aspectos biológicos ni el enfoque metafísico sobre la calidad de
la vida. Al contrario, son incorporados, asumidos y contemplados desde el gran
angular de la revelación en Cristo como rostro visible de Dios encarnado en la
historia de la humanidad para reconducirla a su destino eterno. Sólo así se
comprende hasta cierto punto el valor de toda vida humana, incluso en los
momentos de mayor sufrimiento y discapacidad.
Tanto
los agentes pastorales como el personal sanitario han de tratar a los enfermos
terminales, o sojuzgados por su presunta minusvalía humana, de acuerdo con las
coordenadas éticas y clínicas derivadas de la vida, muerte y resurrección de
Cristo, vencedor del dolor y de la muerte. La eutanasia activa, tal como la
hemos definido y en cualquiera de sus versiones, es incompatible con la
antropología más castiza y razonable y la teología más creíble. Cualquier
actividad pastoral o sanitaria que propicie la eutanasia contra vidas humanas,
consideradas como indignas o inútiles, constituye una perversión del principio
de razonabilidad y un acto de enfrentamiento directo con Dios en persona.
Como
circunstancias o condiciones para morir con dignidad humana y cristiana cabe
recordar las siguientes:
— Aceptar la muerte con serenidad y esperanza.
La muerte es el reverso de la vida y el
pensar en ella nos ayuda a ser más sensatos y razonables. Por algo algunos
filósofos definían la filosofía como meditación sobre la muerte.
— No a la obstinación terapéutica. El enfermo terminal y los que padecen deficiencias
psíquicas o físicas profundas no pueden ser considerados como carnaza del
tecnicismo clínico y de la experimentación científica.
— Respetar el principio de proporcionalidad en
los tratamientos médicos. A veces
resulta obvio que ciertos tratamientos sólo añaden más molestias inútiles al
enfermo en lugar de ayudarle a afrontar la muerte con serenidad y
responsabilidad.
— Nunca suspender la alimentación e hidratación.
Incluso la alimentación artificial forma
parte de los servicios normales que jamás se pueden negar al paciente.
— Uso graduado de analgésicos. Lo cual significa que la administración de
lenitivos debe hacerse de forma que no se suprima la conciencia del paciente de
tal forma que no se le deje margen para que asuma sus responsabilidades ante la
inminencia de la muerte.
— Uso proporcionado de la anestesia.
En los casos de dolores extremos
insoportables, el recurso a la anestesia supone que el paciente haya dado su
consentimiento, al menos implícita o interpretativamente, después de haber
satisfecho sus deberes morales, familiares y eventualmente religiosos.
— No tener engañado al enfermo. El enfermo tiene derecho a saber la verdad de todo
lo relativo a su enfermedad. Cuando él mismo solicita información, hay que
facilitársela con toda objetividad y prudencia. Por otra parte, esa información
no se ha de hacer de forma rutinaria o brutal, sino con profundo respeto y
consideración. Incluso cuando el enfermo renuncia a saber la verdad, el
personal sanitario y los agentes pastorales tienen el deber de cumplir con su
misión asistencial respetando la voluntad del paciente, pero sin favorecer situaciones
falsas y engañosas. Hay cosas que, aunque el paciente no quiera saberlas, hay
que decírselas. El cómo hacerlo depende de la habilidad, prudencia y caridad de
los familiares, agentes sanitarios y pastorales.
— Humanización de los servicios asistenciales.
Es frecuente encontrar a profesionales de la
medicina y agentes sanitarios que tratan a los enfermos con criterios
prioritariamente laborales y empresariales. De ahí que, con frecuencia, se
trate de negar la ayuda sanitaria a los enfermos más necesitados o que en
términos empresariales no resultan rentables. Es obvio que esta forma de pensar
y de actuar es incompatible con el derecho a una muerte realmente digna de la
condición humana.
— Acceso libre a los servicios de asistencia
espiritual. En este orden de
cosas, no contribuyen a morir con dignidad quienes impiden con leyes,
reglamentos o actitudes personales que los enfermos tengan acceso libre a los
servicios de asistencia religiosa 6.
Ante
los enfermos que imploran que se acabe con su vida cabe reaccionar de dos
maneras: 1) Atendiendo sin más su solicitud como si se tratara de satisfacer la
presunta legitimidad del paciente para decidir sobre su propia vida implicando
a los demás en su decisión. Ésta sería una actitud simplista e irresponsable.
2) Planteándonos seriamente cuáles son los verdaderos motivos que llevan al
enfermo a formular esa súplica, para responder a ellos correctamente.
La
experiencia clínica y asistencial más castiza enseña que sólo la segunda
actitud es la éticamente correcta y que nos obliga a tomar las siguientes
medidas de acción: 1) Averiguar el verdadero significado de esa petición. Con
frecuencia no es más que una forma patética y hasta cierto punto comprensible
de llamar la atención para que se alivie su dolor o se ponga remedio a un
insomnio devastador que no permite el más mínimo descanso natural para poder
seguir afrontando con serenidad el desafío de la vida. 2) Tratar al enfermo de
una forma más humana acompañándole más, evitando su sensación de soledad y
abandono. 3) Explicarle al enfermo lo que ocurre con la prudencia que requiera
cada caso, sin engañarle, ni crear en él falsas ilusiones.
En
cualquier caso, está claro que esas personas no desean la muerte como tal, sino
que buscan salir de una situación que les resulta insoportable. De hecho,
cuando un enfermo, abrumado por el dolor, dice no quiero vivir más, en
realidad lo que quiere decir es no quiero vivir así. O, lo que es igual,
quiere vivir, pero sin esos dolores atroces o esa situación de incapacidad que
no le permiten ser dueño de sí mismo.
Por
consiguiente, la verdadera respuesta ética y profesional a esa demanda de
eutanasia por parte de algunos enfermos consiste en asumir la evolución natural
de la enfermedad hacia la muerte concentrando toda la atención médica y
asistencial en la aplicación razonable y proporcionada de los cuidados
paliativos.
No
parece sensato en esos casos extremos ensañarse en la aplicación de técnicas
que sólo contribuyen a aumentar el sufrimiento del enfermo. Pero tampoco
podemos dispensarnos de ofrecerle todos los recursos disponibles para aliviar
su dolor y afirmar su dignidad humana en esos momentos en los que pudiera
parecernos que la ha perdido. Con el cariño y las atenciones al enfermo
afirmamos su dignidad, que le corresponde por sí mismo como persona humana
independientemente del deterioro de su salud.
De
lo dicho se infieren tres conclusiones importantes. 1) El grado de desarrollo
humano de una sociedad se mide sobre todo por el modo de tratar a sus miembros
más débiles y necesitados como son los ancianos y enfermos más graves. 2) La
verdadera medicina busca con ahínco fórmulas eficaces para combatir el
sufrimiento y así ayudar a afrontar con dignidad la hora de la muerte. 3) La
legalización de la eutanasia, como solución rápida y barata, es el indicador de
una sociedad perversa que resuelve el problema del dolor matando al paciente en
lugar de ayudarle a vivir dignamente cuando más lo necesita. La medicina, por
el contrario, tiene que ser un servicio a la vida desafiando a la eutanasia que
es siempre una obra de muerte.
NOTAS
1 Cf. AGENCIAS,
El Senado australiano pone fin a la legalidad de una ley regional de
eutanasia: ABC (25/III/1997) 69. AGENCIAS,
El Parlamento australiano deroga por sólo cinco votos la primera ley de
eutanasia en el mundo: El País (25/III/1997) 23. CAMBERRA, Derogada en Australia la única ley del mundo que
permitía la eutanasia: El Mundo (25/III/1997) 22.
2 Cf. María José CARRASCO,
Creada una sociedad para ayudar a morir a los pacientes: El País
(19/XII/1992) 34. Sebastián SERRANO,
Aceptar la eutanasia es introducir un cartucho de dinamita en un polvorín:
El País (19/II/1995) 22. Carlos SEGOVIA,
Holanda amplía la eutanasia para enfermos no terminales que padezcan
sufrimiento psíquico: El Mundo (17/II/1995) 67. F. DE ANDRÉS, Los
ancianos holandeses se asocian para protegerse frente a la ampliación de la
eutanasia: ABC (18/II/1995) 73. Randal MIKELSEN,
La mayoría de los médicos deja morir a sus pacientes «insalvables»: El
Mundo (18/II/1995) 81. Andrew KELLY,
Un tribunal holandés aprueba la eutanasia activa de un bebé: El Mundo
(27/IV/1995) 75. José Ignacio RIVARES,
«Derecho a ser matado» por un médico: Ecclesia 2.743 (1995) 21 (993).
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derecho a morir dignamente: Concilium 199 (1985) 375-385. Julián SAVULESCU, Treatment limitation decisions under
uncertainty: The value of subsequent euthanasia: Bioethics 8 (1994/1)
49-72. Chris CIESIELSKI-CARLUCCI y Gemit KIMSMA, The impact of reporting cases of euthanasia in
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Una enfermera holandesa asesina «por compasión» a 9 ancianos: El Mundo
(15/IX/1995) 77. EDITORIAL, Holanda;
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107-108. G. FRAVOLINI y
otros, L’eutanasia in Olanda. Risposta legislativa ad una prassi iniqua:
Medicina e Morale 44 (1994) 1093-1106. G. FRAVOLINI,
La nuova normativa sull’eutanasia nei Paesi Bassi: Aggiornamenti Sociali
45 (1994) 839-848. L. GORMALLY, The house of Lords’ select
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(1994) 5-14. G. HIGUERA, De nuevo la eutanasia:
Ecclesia 2.682 (1994) 634-637. H. JOCHEMSEN,
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la eutanasia; un debate actualizado: Proyección 41 (1994) 19-32. M. REICHLIN, L’eutanasia nella bioetica
di lingua inglese: Rivista di Teologia Morale 26 (1994) 87-116. A. TARANTINO, Eutanasia, diritto alla
vita e diritto penale: Medicina e Morale 44 (1994) 865-901. Sonia ROBLA, Holanda triplica el número de
casos de eutanasia en dos años de «despenalización»: El País (25/IX/1995)
28. X., Un Estado australiano pone en marcha la primera ley de «suicidio
asistido»: El Mundo (2/VII/1996) 72. Ivo L. BRAJNOVIC, Los psiquiatras contra la eutanasia: El
Mundo (29/VIII/1996) 68. Andreu MANRESA,
Doctor muerte: El País (7/IX/1996) 15.
3 Cf. CONGREGACIÓN
PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Iura et bona, sobre la
eutanasia (5/V/1980): AAS 72 (1980) 545. Niceto BLÁZQUEZ, Cáncer, dolor y eutanasia, en el COLECTIVO «Cáncer, dolor y esperanza»
(Madrid 1982) 159-177. Paula CAUCANAS-PISIER, Asociaciones en defensa del
derecho a morir dignamente: Concilium 199 (1985) 375-385. Gonzalo HIGUERA, Eutanasia: precisiones
terminológicas, en el COLECTIVO
«Dilemas éticos de la medicina actual», I (Madrid 1986) 141-152; Ortotanasia:
Miscelánea Comillas 44 (1986) 427-462. Francisco Javier ELIZARI, Eutanasia: Nuevo
Diccionario de Teología Moral (Madrid 1990) 729-745. Marciano VIDAL, Moral de la persona y bioética
teológica (Madrid 1991) 491-533. Eduardo LÓPEZ
AZPITARTE, Ética y vida
(Madrid 1990). Elio SGRECCIA, Bioetica.
Manuale per medici e biologi (Milán 1986) 345-379. PAÍSES BAJOS, Informe
final sobre la eutanasia: Labor Hospitalaria 212 (1989) 143-147. J. R. FLECHA, Eutanasia y muerte digna.
Propuestas legales y juicios éticos: Revista Española de Derecho Canónico
45 (1988) 155-208. J. R. FLECHA y
J. M.ª MÚJICA, La pregunta ante
la eutanasia (Salamanca 1983). Dionigi TETTAMANZI,
Eutanasia. L’illusione della buona morte (Casale Monferrato 1985).
Patrick VERSPIEREN, Eutanasia?
Dall’accanimento terapeutico all’accompagnamento dei morenti (Paulinas
1985). AA.VV., La eutanasia y el derecho a morir con dignidad (Madrid
1989). AA.VV., La eutanasia y el arte de morir (Madrid 1990). AA.VV., Morir
y eutanasia: Moralia 12 (1990/4). H. BOELAARS,
Riflessioni sull’eutanasia. In seguito alla Dichiarazione del 5 maggio 1980:
Studia Moralia 19 (1981) 91-101. COLEGIO
DE MÉDICOS DE BARCELONA, Encuesta de opinión sobre
la legalización de la eutanasia: Labor Hospitalaria 212 (1989) 98-105. V. MARCOZZI, Morte clinica e morte vera:
La Civiltà Cattolica (1970/IV) 240-249. PH.
SMITH, Brain Death: A Thomistic
Appraisal: Angelicum 67 (1990) 3-35. Juan Fernando CHAMORRO, La eutanasia: pasión y muerte por la vida:
Studium 25 (1985) 71-85. Fernando MONGE,
¿Eutanasia? (Madrid 1989). Javier GAFO,
La eutanasia (Madrid 1989). Porfirio BARROSO,
Ética de la eutanasia: Studium 30 (1990) 317-334. R. DELGADO, Una respuesta global de la
Iglesia a la eutanasia, hoy: Moralia 12 (1990) 471-481. Pablo MARTÍNEZ-LAGE
ÁLVAREZ y José Manuel MARTÍNEZ-LAGE,
El diagnóstico neurológico de la muerte: en Aquilino POLAINO-LORENTE,
Manual de bioética general (Madrid 1994) 407-420. Lino CICCIONE, La ética y el término de la
vida humana: ibid., p.423-438. G. FRAVOLINI,
Eutanasia, accanimento terapeutico, accertamento della morte; definizioni
vechie per nuove necessità: Bioetica e Cultura 3 (1994/5) 93-102. R. GILLON,
Palliative care ethics; non-provision of artificial nutrition and hydration
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131-132; Withholding and withdrawing life-prolonging treatment. Moral implications of thought experiment: ibid., p.203-204. J. A. LÓPEZ GUERRERO, Asistencia
a enfermos terminales. La medicina paliativa: Cuadernos de Bioética 5
(1994) 279-307. J. NOEMI, Muerte
y tecnología: Persona y Sociedad 8 (1994/3) 96-99. M. PETRINI, Linee di assistenza al malato
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artificial nutrition and hydration of dying elderly: Journal of Medical
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41-46. VARIOS, Coma, état végétatif, mort cérébrale: Médecine
de l’homme 210 (1994) 2-36. VARIOS,
Sentido de la muerte y atención al paciente terminal: Cuadernos de
Bioética 5 (1994) 155-199. K. WILDES,
La muerte y el morir en una época de alta tecnología: Persona y Sociedad
8 (1994/3) 84-94. P. G. ACCORNERO,
La legalizzazione dell’eutanasia: Studi Sociali 33 (1994/1) 25-30. P. CATTORINI, Dieci tesi sullo stato
vegetativo persistente: Medicina e Morale (1994/5) 927-954. F. CULTRERA, Note sulla eutanasia: La
Civiltà Cattolica 145 (1994) 152-159. G. FRAVOLINI,
La nuova normativa sull’eutanasia nei Paesi Bassi: Aggiornamenti Sociali
45 (1994) 839-848. G. FRAVOLINI,
A. MENCARELLI y E. MAZZEO, L’eutanasia in Olanda:
risposta legislativa ad una prassi iniqua: Medicina e Morale (1994/6)
1093-1106. Giaccomo PERICO, La
nuova legge sull’accertamento della morte: Aggiornamenti Sociali 45 (1994)
405-416. A. TARANTINO, Eutanasia,
diritto alla vita e diritto penale: Medicina e Morale (1994/5) 865-901.
Maria Letizia ROMANO, Eutanasia.
Riflessioni e prospettive a confronto in alcuni contributi di recente
pubblicazione: Bioetica e Cultura 4 (1995/7) 99-110. Antonio CABEZÓN (O.P.), Euthanasia and Allowing to Die:
Philippiniana Sacra 29 (1994) 251-261. EPISCOPADO BRITÁNICO E IGLESIA ANGLICANA,
Le problème de l’euthanasie: La Documentation Catholique 2078 (1994)
779-781. Giovanni RUSSO, Bioetica
delle tecnologie della rianimazione: Bioetica e Cultura 8 (1995) 137-166.
4 Cf. COMISIÓN
PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA,
La eutanasia es inmoral y antisocial: Ecclesia 2.883 (1998) 7-10.
5 Cf. Aurelio FERNÁNDEZ,
Compendio de teología moral (Madrid 1995) 417-484. CONFERENCIA EPISCOPAL DE CANADÁ,
La vita e la morte in una comunità compassionevole: Medicina e Morale 46
(1996) 780-792. CONFERENCIA EPISCOPAL USA, Fidelidad a la vida:
Ecclesia 2.801-02 (1996) 1218-1223.
6 Cf. JUAN
PABLO II, La razón y la fe al
servicio de la vida: Ecclesia 2.774 (1996) 163-164. U. FERRER, La dignidad y el sentido de la
vida: Cuadernos de Bioética 7 (1996) 191-201. D. VOLTAS, Algunas consideraciones éticas
en torno al concepto de «calidad de vida» como criterio para la asignación de
recursos sanitarios: Medicina e Morale 46 (1996) 655-668. M. CUYÁS, Lo scoglio della «qualità della
vita»: La Civiltà Cattolica (1996/3) 58-61.
BIBLIOGRAFÍA
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FE, Declaración sobre
cuestiones éticas, médicas y jurídicas de la prolongación artificial de la vida
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la defensa de la vida y la actitud de los católicos (Madrid 1993); La
eutanasia es inmoral y antisocial: Ecclesia 2.883 (1998) 7-10. Marciano VIDAL, Eutanasia: un reto a la
conciencia (Madrid 1994). K. DEMMER
y F. J. ELIZARI, Eutanasia:
Nuevo Diccionario de Teología Moral (Madrid 1992) 729-745. AA.VV., El actual
debate sobre la eutanasia: Cuadernos de Bioética 7 (1996) 275-338. S. URRACA (ed.), La eutanasia hoy. Un
debate abierto (Madrid 1996). Javier GAFO,
La eutanasia y el derecho a una muerte humana (Madrid 1989). AA.VV., Sobre
el dolor y el derecho a una «muerte digna»: Labor Hospitalaria 42 (1995),
número monográfico. J. VICO, Dolor
y muerte humana digna (Madrid 1995). Ecclesia 2.624 (1993) 422-450. CUADERNOS DE
BIOÉTICA, Declaración de la
comisión central de deontología sobre el significado de la expresión «eutanasia
pasiva»: Cuadernos de Bioética 13 (1993) 90-92. Gonzalo HIGUERA, Valores del documento sobre
la eutanasia: Ecclesia 2.624 (1993) 421. CONFERENCIA
EPISCOPAL INGLESA E IGLESIA ANGLICANA,
El problema de la eutanasia: Ecclesia 2.662 (1993) 1839-1840.
AA.VV., Atención médica a pacientes terminales: Cuadernos de Bioética 7
(1996) 149-190. J. A. PAGOLA, Hacia
una muerte más humana y más cristiana: Estudios Trinitarios 30 (1996)
397-420. AA.VV., La eutanasia y el derecho a morir con dignidad (Madrid
1989). AA.VV., La eutanasia y el arte de morir (Madrid 1990). AA.VV., Morir
y eutanasia: Moralia 4 (1990). Andrés TORRES
QUEIRUGA, La eutanasia, entre
la ética y la religión: Razón y Fe 237 (1998) 373-389.
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