sábado, 19 de diciembre de 2020

EUTANASIA Y SUICIDIO ASISTIDO

 

CAPÍTULO XII


EUTANASIA Y SUICIDIO ASISTIDO

Niceto Blázquez

 

1. La cultura de la muerte

 Uno de los síntomas más alarmantes de la cultura de la muerte, denunciada por Juan Pablo II en la Evangelium vitae, es la eutanasia. La prensa nos sorprende constantemente con noticias sobre el buen estado de salud de la eutanasia como regalo de la bioética. En 1992 nacía en España la paradójica Sociedad de Tanatología para impartir cursos de eutanasia. Quien va a morir, dicen estos nuevos humanistas de la guadaña, quiere que se acelere el proceso para evitar sufrimientos físicos y psíquicos. En 1994 el tema de la eutanasia se discutía acaloradamente en Canadá y se la denominaba suicidio asistido. En 1995 Holanda ampliaba la eutanasia para enfermos no terminales que padezcan sufrimiento psíquico. Una vez que el paciente solicita la eutanasia, el médico tiene la última palabra para darle la puntilla con una inyección letal. Según una encuesta realizada en los EE.UU., la mayoría de los médicos deja morir a sus pacientes insalvables, y un 35 por 100 de ellos confiesa hacerlo sin pedir el consentimiento de los pacientes.

P.II.CUESTIONES DISPUTADAS DE BIOÉTICA APLICADA

            Pero el último grito en esta materia lo hemos oído en Australia. El 25 de mayo de 1995 se proclamó en aquel país el derecho a ser matado por un médico en nombre del derecho a una muerte digna. Se trata de una ley en la que se aprueba la aplicación directa o activa de la eutanasia. Todo así de sencillo: Una vez que el enfermo haya anunciado su decisión de poner fin a sus días, una comisión de expertos compuesta por dos médicos, uno de ellos psiquiatra, verifica que el paciente no sufre alguna depresión transitoria. Sigue a continuación un paréntesis de siete días durante el cual los médicos no pueden todavía tomar ninguna decisión. Finalizados los siete días, los dos médicos firman la autorización de eutanasia, tras de lo cual ha de transcurrir un retraso de sosiego de cuarenta y ocho horas antes de que el médico proceda y ponga fin a la vida del paciente.

Pero en 1997 la cordura y el buen sentido no se había doblegado. La legalidad de la eutanasia en aquel país fue anulada de nuevo. Y en agosto de 1996 el X Congreso Mundial de Psiquiatría, celebrado en Madrid, se pronunció abiertamente en defensa de sus pacientes como potenciales candidatos a la eutanasia 1.

            Mal está que se apuntille a los toros después de la corrida, pero parece bien el que se apuntille a un enfermo en el lecho del dolor propinándole una pócima letal de morfina. Hemos de reconocer que la lógica de los hechos es perfecta. Si hay razones para que a unos se les propine la muerte mediante el aborto, las ha de haber también para que otros mueran mediante la eutanasia. Pero esta coherencia lógica nada tiene que ver con la realidad objetiva de la vida humana y el respeto a su dignidad. Paradójicamente, los más coherentes con sus principios suelen ser los criminales y los que carecen de libertad. Cuando la coherencia es meramente lógica y desvinculada de la realidad objetiva y de la verdad, lo más probable es que desemboque en el error o la criminalidad, como ha ocurrido en el caso que nos ocupa. Éstos son hechos crudos que requieren una valoración ética y humana sin tapujos llamando a las cosas por sus nombres 2.

 2.Aclaraciones conceptuales

 Etimológicamente, el término eutanasia significa muerte buena en tanto que acaece sin sufrimientos atroces. Es lo que en términos coloquiales se llama muerte dulce o tranquila. En la práctica biomédica la eutanasia se refiere a la inducción de la muerte a determinados pacientes por diversas razones, especialmente para que dejen de sufrir o mueran sin dolores físicos o sufrimientos psíquicos. En el lenguaje propagandístico se habla de morir con dignidad. Es una expresión eufemística para encubrir a la eutanasia. Sólo por el contexto puede saberse si con esa expresión biensonante se pretende promocionar la eutanasia o ayudar a morir de acuerdo con la auténtica dignidad humana.

            Se dice que el primero que utilizó la palabra eutanasia en nuestra cultura occidental, en el sentido de atajar el dolor con la muerte, fue Francis Bacon. En su trabajo Sobre la vida y la muerte, publicado en 1623, decía que la función del médico es devolver la salud y mitigar los sufrimientos y los dolores, no sólo en cuanto que esa mitigación puede conducir a la curación, sino también si puede servir para procurar una muerte tranquila y fácil.

            Cualquiera que sea el lenguaje utilizado o la excusa alegada, en la práctica biomédica actual mediante la eutanasia se trata de eliminar radicalmente los últimos sufrimientos, evitar a los subnormales, a los enfermos mentales y a los presuntamente incurables bajo el pretexto de hacer desaparecer una vida humanamente desdichada, que, por otra parte, supondría cargas demasiado pesadas para la familia y para la sociedad.

            Mediante la eutanasia se precipita la muerte indolora de esas personas, por lo general mediante drogas químicas. Cuando se induce directamente la muerte del paciente, como prescriben las leyes holandesa y australiana, antes mencionadas, la eutanasia se llama activa. La eutanasia agónica tiene lugar cuando se induce la muerte en los enfermos considerados clínicamente desahuciados. Otras veces administran al paciente dosis químicas de doble efecto con el fin de aliviar sus dolores. Ésta es la eutanasia lenitiva. Hay casos de cáncer, por ejemplo, en los que se trata de aliviar los terribles dolores del enfermo con fármacos que, al mismo tiempo, favorecen el desen­lace final.

Desde el punto de vista de las víctimas, la eutanasia se dice voluntaria o involuntaria según que sea solicitada o no por las personas concernidas. Cuando las víctimas son recién nacidos deformes o deficientes, enfermos terminales, afectados por lesiones cerebrales irreversibles, ancianos o personas socialmente tenidas por improductivas o gravosas, se habla de eutanasia perinatal, agónica, psíquica o social.

            Desde el punto de vista de quienes la practican, se habla de eutanasia activa y pasiva. En el primer caso la muerte de la víctima es provocada o inducida por intervenciones directas. En el segundo, omitiendo aquellas acciones sin las cuales la muerte es segura. Por ejemplo, retirando la medicación normal del enfermo o la alimentación. Cuando se busca que sobrevenga la muerte se habla de eutanasia directa. Cuando lo que se pretende es mitigar en alguna medida el dolor físico o moral, a sabiendas de que el tratamiento puede acortar la vida del paciente, la eutanasia se denomina indirecta.

            El término correlativo de eutanasia es distanasia. Etimológicamente significa lo contrario de la eutanasia. Consiste, pues, en retrasar el advenimiento de la muerte todo lo posible. Para ello se aplican todos los medios, proporcionados o desproporcionados, aunque no haya esperanza alguna de curación y aunque eso conlleve infligir al enfermo moribundo unos sufrimientos añadidos e inútiles. Lo que se consigue es que el enfermo tenga que afrontar la muerte pasando por una larga y dolorosa agonía.

            En este contexto de la distanasia se inscriben las técnicas modernas de prolongación artificial de la vida y que se han ganado el calificativo peyorativo de encarnizamiento o ensañamiento terapéutico. O simplemente obstinación terapéutica. Cuando las personas piadosas ruegan a Dios que les conceda poco mal y buena muerte se refieren a una muerte sin prolongada y torturante agonía, que es lo contrario de la ­distanasia.

            La distanasia en sentido amplio se refiere a situaciones dudosas en las que lo más razonable es dejar morir al enfermo naturalmente, renunciando a tratamientos cuyos resultados positivos son tan inciertos como costosos y arriesgados. En sentido más estricto se refiere a la prolongación de la vida del enfermo mediante técnicas modernas de reanimación y prolongación artificial de las constantes biológicas. Determinadas intervenciones quirúrgicas, por ejemplo, con el fin de cortar por lo sano la complicación de una enfermedad, en realidad sólo sirven para acelerar la muerte del enfermo añadiendo un sufrimiento inútil.

            El término que significa el modo ideal de morir es ortotanasia. Literalmente significa morir rectamente. O, lo que es igual, dejarle a uno morir en paz y gracia de Dios. Lo cual supone el respeto incondicional de su vida, por una parte, y, por otra, el derecho a morir dignamente sin sufrimientos humillantes o envilecedores. Es un término ingenioso introducido por Boskan en 1950. Es sinónimo de buena muerte, en el mejor sentido de la palabra. O sea, ayudar a morir al enfermo sin practicarle la eutanasia ni la distanasia. Prestándole los auxilios clínicos específicos y el amor humano hasta que la naturaleza dice basta sin ser intencionadamente precipitada ni brutalmente retardada.

            Cuando la eutanasia es aplicada a personas que la solicitan expresamente, o simplemente han otorgado su consentimiento, se habla eufemísticamente de suicidio asistido. Por el contrario, cuando se elimina eutanásicamente al paciente en contra de su voluntad, se habla de cacotanasia. En estrecha relación con la eutanasia está el concepto o noción de muerte clínica. Si este concepto es clave para legitimar o deslegitimar éticamente un trasplante, no lo es menos cuando se trata de administrar un fármaco zanático a un paciente.

            Existe un sofisma generalizado que consiste en identificar, para efectos biomédicos, la muerte clínica con la muerte real. Esta confusión es muy peligrosa, ya que una cosa es la realidad de la muerte y otra el concepto mental o pragmático que nosotros nos formemos de esa realidad.

            Los médicos y los juristas tienen el vicio crónico de inventar términos y palabras sutiles para salirse siempre con la suya. Para practicar los abortos impunemente, por ejemplo, inventan la terminología que ya conocemos sobre el feto humano y los conceptos jurídicos sibilinos del lenguaje abortista. Ahora nos hablan de muerte clínica para decirnos que ellos pueden decidir sobre nuestras vidas cuando se cumplen las condiciones que ellos mismos establecen.

            No basta decir que la muerte clínica se caracteriza por la irreversibilidad frente a la muerte. Desde que somos concebidos estamos ya todos indefectiblemente abocados a la muerte de forma irreversible. El que en la última etapa de ese proceso la sintamos más cerca, y el movimiento hacia ella sea más acelerado sin billete de vuelta, no significa que los que vienen detrás de nosotros tengan derecho a empujarnos en el último tramo de la carrera de esta vida.

            Aceptamos el concepto de muerte clínica como evidencia científica de inactividad cerebral absoluta y cardiaco-circulatoria. Pero no como pretexto para darle al paciente la puntilla precipitando su final. Otra cosa es que humana y caritativamente le acompañemos con lenitivos a nuestro alcance para que su muerte, no la que nosotros pudiéramos propiciarle con la eutanasia, sea lo más digna posible de la condición humana. Por otra parte, el concepto de muerte clínica puede variar y la experiencia demuestra que a veces la muerte clínica o legal no coincide con la muerte real y efectiva.

 3.El Juramento Hipocrático y la eutanasia

 El planteamiento ético de la eutanasia es característico de la cultura judeo-cristiana por el paradigma moral del quinto precepto del Decálogo como abanderado moral de la vida del hombre de acuerdo con el instinto más profundo de la naturaleza. Pero en la civilización griega el Juramento Hipocrático, ya por el año 60 antes de Cristo, representa un testimonio histórico y humanístico de gran calado contra la eutanasia. En este genial documento se encuentra explícitamente reconocido el respeto absoluto a la vida del enfermo por parte del médico: «No daré ningún veneno a nadie, aunque me lo pidan, ni tomaré nunca la iniciativa de sugerir tal cosa». Esos venenos hipocráticos equivalen a lo que actualmente llamamos medicinas o drogas suministradas al paciente con motivos eutanásicos, a petición del interesado, o por mera prescripción médica, incluso contra la voluntad del paciente. Este testimonio contra la eutanasia y en favor de la vida, incluso la más precaria y aparentemente inútil, tiene un significado ético añadido por reflejar lo más sano y castizo de la razón humana sin ningún tipo de soporte religioso o teológico. De ahí su valor universal por encima de creencias, culturas o ideas en contrario. Con el humanismo del segundo renacimiento renació también la simpatía por la eutanasia y actualmente amenaza con convertirse en una práctica bioética frecuente regulada por prescripciones legales.

 4.Los abortistas y la eutanasia

 La eutanasia fue denunciada por el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 27) como crimen contra la vida, incompatible con el respeto a la dignidad de la persona humana. Su estudio moral queda encuadrado en el contexto de las violaciones de los derechos fundamentales del hombre.

Este problema fue abordado de forma especial por Pío XII, que fue la fuente inmediata preferida por los Padres del Concilio Vaticano II al respecto. Pablo VI continuó el magisterio anterior, pero teniendo en cuenta que el movimiento en favor de la eutanasia se confundía de hecho con el movimiento abortista. En efecto, si, como propugnan los abortistas, no hay razón para que tal o cual niño concebido nazca, no se ve por qué la ha de haber para que un demente, un herido grave, un minusválido o un viejo achacoso y sufriente viva. De ahí que los más devotos padrinos del aborto pidan también a gritos la eutanasia. Esto significa el deseo de reconocer legalmente la operación clínica de facilitar la muerte a determinados enfermos considerados como deshauciados, e incluso la supresión de aquellas vidas humanas consideradas sociológicamente sin valor al estilo nazi.

            Contra este frente común de abortistas y promotores de la eutanasia protestaron los obispos norteamericanos y Juan Pablo II les animó con estas palabras: «Habéis hablado claro en favor de los ancianos, afirmando que la eutanasia o muerte por piedad es un mal moral grave. Tal muerte es incompatible con el respeto por la dignidad humana y la veneración por la vida». Es obvio que convertir a la eutanasia en un acto de piedad es una burla manifiesta o el resultado de haber perdido el sentido de la razón. En el mejor de los casos, esa expresión refleja un falso y alarmante sentimentalismo, que es el peor consejero ético en los momentos decisivos de la vida.

 5.Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la eutanasia

 La bibliografía reciente sobre la eutanasia es ya un bosque casi impenetrable en el que los autores se enredan en disquisiciones de escaso valor ético creando el ambiente de cultivo favorable para la protección legal de estas prácticas zanáticas en el marco de la bioética. Por ello me parece oportuno insistir aquí en las líneas maestras del Magisterio más reciente de la Iglesia sobre esta cuestión con las observaciones que parezcan oportunas. Al menos, el lector tendrá así unos criterios razonables y claros de referencia sobre un asunto de tanta gravedad como es la toma de decisiones mortales sobre la vida de los demás. Por otra parte, el documento presente recoge la enseñanza del pasado y la actualiza oportunamente.

 a)Definición etimológica y usual de la eutanasia

Etimológicamente, el término eutanasia significaba en la antigüedad una muerte dulce sin sufrimientos atroces. «Hoy no nos referimos tanto al significado original del término cuanto más bien a la intervención de la medicina encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y de la agonía, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la vida. Además, el término es usado, en sentido más estricto, con el significado de causar la muerte por piedad, con el fin de eliminar radicalmente los últimos sufrimientos o de evitar a los niños subnormales, a los enfermos mentales o a los incurables la prolongación de una vida desdichada, quizás por muchos años, que podría imponer cargas demasiado pesadas a las familias o a la sociedad». Hecha esta aclaración, el documento pasa a ofrecernos la definición exacta de la eutanasia sobre la que se va a cernir después el juicio moral.

 b)Definición técnica

Nos referimos al sentido preciso en que se toma el término en este documento. «Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados». Está claro. Al paciente se le causa la muerte para que no sufra. Primero está la intención y después el medio adecuado que produce la muerte. Son los dos in­gredientes éticos esenciales para la valoración ética de la eutanasia. Pero el sentido exacto de la anterior definición queda clarificado con las palabras que siguen: «Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir ese gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad».

En las anteriores palabras se condena la eutanasia, su eventual legalización y el suicidio. Pero hay un fallo importante. Cuando dice que «nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente» introduce un prejuicio en favor de la pena de muerte en casos extremos contra determinados delincuentes. Después expresaré mi parecer contra la virtual aceptación de la pena de muerte por parte del Magisterio eclesiástico. Por lo demás, los que propician la eutanasia son considerados moralmente como homicidas y los que la solicitan como suicidas. No podía ser de otra manera por aquello de que donde los hechos cantan, las razones brillan.

            Pero están las razones subjetivas. «Podría también verificarse que el dolor prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros». De hecho son estos estados emocionales los que inducen más que otros a pensar en la eutanasia como eventual solución alternativa ante una situación concreta de sufrimiento.

            La respuesta es tan clara o más que la interpelación: «Aunque en casos de ese género la responsabilidad personal puede estar disminuida o incluso no existir, sin embargo, el error de juicio de la conciencia —aunque fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible». Pero ¿y si el paciente por sí mismo pide que se le aplique la eutanasia? La respuesta basada en el realismo de esas situaciones es ésta: «Las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; éstas, en efecto, son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y de afecto». Esta observación es cierta casi siempre. Pero actualmente los promotores de la eutanasia tienden a mentalizar a la gente para que se familiarice con ella, de suerte que su solicitud pueda interpretarse como expresión de su verdadera voluntad. Estos activistas suponen erróneamente que la satisfacción de un deseo está por encima de la racionalidad del mismo, lo cual complica bastante las cosas a la hora de tomar este tipo de decisiones.

 c)Sufrimiento humano y uso de analgésicos

Aunque no siempre la muerte viene acompañada de condiciones dramáticas y sufrimientos insoportables, la verdad es que hay casos muy extremados de dolor que ponen a prueba todos los recursos humanos y hacen pensar en la eutanasia como medida desesperada. En estas situaciones no se puede exigir a nadie el heroísmo como norma. «Al contrario, la prudencia humana y cristiana sugiere para la mayor parte de los enfermos el uso de las medicinas que sean adecuadas para aliviar o suprimir el dolor, aunque de ello se deriven, como efectos secundarios, entorpecimiento o menor lucidez. Tratándose de personas que no pueden expresarse, “se podrá razonablemente presumir que desean tomar tales calmantes y suministrárseles según los consejos del médico”. Por supuesto que esto no debe hacerse impidiendo que el enfermo pueda asumir sus responsabilidades personales frente a la muerte y afrontarla con dignidad».

 d)¿Es moralmente lícito recurrir a toda clase de remedios posibles?

Existe el peligro de que el tecnicismo terapéutico se convierta en abusivo. En tal sentido, «algunos hablan del derecho a morir, expresión que no designa el derecho de procurarse o hacerse procurar la muerte como se quiere, sino el derecho de morir con toda serenidad, con dignidad humana y cristiana». Aquella forma errónea de entender el derecho a morir con dignidad es la que conduce a la opción por la eutanasia. Dejando bien claro que la última palabra sobre el recurso a los medios terapéuticos extremos corresponde al enfermo concernido o a los que deben velar por su salud, el documento vaticano se plantea la cuestión sobre si «se deberá recurrir, en todas las circunstancias, a toda clase de remedios posibles».

En la respuesta revisa el planteamiento tradicional de esta cuestión como sigue: «Hasta ahora los moralistas respondían que no se está obligado nunca al uso de los medios extraordinarios. Hoy, en cambio, tal respuesta, siempre válida en principio, puede parecer menos clara tanto por la imprecisión del término como por los rápidos progresos de la terapia. Debido a esto, algunos prefieren hablar de medios proporcionados y desproporcionados. En cada caso, se podrán valorar bien los medios poniendo en comparación el tipo de terapia, el grado de dificultad y de riesgo que comporta, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación con el resultado que se puede esperar de todo ello, teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales». Tras estos principios generales, el documento en cuestión desciende al terreno de lo concreto.

 e)Decisiones finales

Pero aquí y ahora, ante este enfermo devorado por un cáncer incontenible o con un corazón destrozado e irreparable, y en medio de unos dolores atroces en aumento, ¿qué se puede hacer, si el recurso a la eutanasia activa queda descartado por su carácter objetivamente homicida e inmoral? La respuesta práctica es la siguiente: «A falta de otros remedios, es lícito recurrir, con el consentimiento del enfermo, a los medios puestos a disposición de la medicina más avanzada, aunque estén todavía en fase experimental y no estén libres de todo riesgo. Aceptándolos, el enfermo podrá dar así ejemplo de generosidad para el bien de la humanidad». Un caso histórico de puesta en práctica de este principio fue el del dominico francés padre Boulogne, el cual se sometió a un trasplante de corazón consciente y deliberadamente en virtud de este principio ético.

Más todavía. «Es también lícito interrumpir la aplicación de tales medios cuando los resultados defraudan las esperanzas puestas en ellos. Pero, al tomar tal decisión, deberá tenerse en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus familiares, así como el parecer de médicos verdaderamente competentes. Éstos podrán juzgar, sin duda, mejor que otra persona si el empleo de instrumentos y personal es desproporcionado a los resultados previsibles, y si las técnicas empleadas imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se pueden obtener de los mismos. Es siempre lícito contentarse con los medios normales que la medicina puede ofrecer. No se puede, por tanto, imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de cura que, aunque ya esté en uso, todavía no está libre de peligro o es demasiado costosa. Su rechazo no equivale al suicidio: significa más bien o simple aceptación de la condición humana, o deseo de evitar la puesta en práctica de un dispositivo médico desproporcionado a los resultados que se podrían esperar, o bien una voluntad de no imponer gastos excesivamente pesados a la familia o a la colectividad».

            Pero la muerte sigue empujando y está ya a punto de derrumbar el muro de nuestra vida. Los mismos contrafuertes amenazan con su derrumbamiento. ¿Qué hacemos? El documento vaticano afronta valientemente el tema con estas palabras: «Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir, sin embargo, las curas normales debidas al enfermo en casos similares. Por esto, el médico no tiene por qué angustiarse, como si no hubiera prestado asistencia a una persona en peligro». En estos casos la obviedad del proceso de la enfermedad y el sentido común sobre la realidad de la muerte suele ser el mejor criterio para saber qué es lo que se puede y debe hacer por el enfermo.

 f)Actitudes frente al sufrimiento

Históricamente cabe recordar algunas más destacables. La estoica, que se caracterizó por el desprecio arrogante del dolor. En consecuencia, apadrinó el suicidio como presunta solución honorable ante la imposibilidad de vencer el dolor de otra forma racionalizándolo. La solución estoica refleja una actitud cobarde frente a la vida. La arrogancia y el desprecio no es una solución. Es una claudicación.

En el contexto de las filosofías orientales asiáticas el comportamiento frente al dolor humano se caracterizó por lo que podríamos llamar anestesia existencial. El dolor nos sitúa en un callejón sin salida y se pretende salir del paso amortiguando hasta las últimas consecuencias el deseo mismo de vivir. Pero todo hace pensar que en buena parte el dolor es la salsa de la vida, por más que en muchos casos resulte demasiado amarga. Matar la fuente primera del dolor equivale a matar la vida misma y así el problema queda sin resolver.

            Otra actitud frecuente ante el dolor es la desesperación. Pero la experiencia demuestra que desesperándonos, es decir, rabiando contra el dolor y maldiciendo a la vida, no se resuelve el problema, sino que se sufre más inútilmente.

Otro extremo inaceptable es la resignación fatalista que degenera fácilmente en masoquismo. Lo cual nada tiene que ver con la resignación cristiana, la cual supone la aceptación implícita de la voluntad de Dios. El dolor y la muerte tienen un sentido en el contexto de los planes de Dios y esa realidad misteriosa es aceptada.

            Otros, paradójicamente, tratan de sacar placer del dolor degenerando en sadismo. Hay gente que disfruta patológicamente sufriendo y haciendo sufrir a los demás. Obviamente estamos ya en el terreno de las patologías como refugio psicológico ante el dolor.

Cualesquiera de las actitudes no cristianas frente al dolor y la muerte son caldo de cultivo para la eutanasia. Por eso el documento vaticano propone su propia solución, que es la cristiana. El dolor, cuya culminación es la muerte, tiene sentido sólo desde una antropología inspirada en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Todos los consejos prácticos del Magisterio de la Iglesia frente al dolor humano, la muerte y el trato clínico-pastoral con los enfermos parten de esa antropología, que es la única que de hecho aporta alivio real en tales situaciones. Lo que ocurre es que la cultura actual está invadida por la psicosis de la libertad y el imperio de la voluntad humana a despecho de cualquier referencia a Dios como fuente y dueño de la vida. Una testarudez antiteológica cuyo precio hay que pagar amargamente.

            En resumidas cuentas, que la vida es un don de Dios y la muerte una realidad ineludible para la cual hay que prepararse sin hacernos los encontradizos con ella. La eutanasia es un homicidio jamás justificable. Por otra parte, tampoco es cuestión de desenchufar los aparatos y dejar al enfermo abandonado a su suerte. Hay que acompañarle en ese trance supremo ofreciéndole todo lo que moral y materialmente esté a nuestro alcance, de suerte que pueda decirse que se murió él cuando le llegó su hora ante la imposibilidad total por nuestra parte de aplazarla. Siempre que se practica la eutanasia activa, el muerto ha sido deliberadamente matado precipitando el proceso normal de la naturaleza.

            La única actitud correcta es la siguiente. En los casos normales hay que ayudar a la naturaleza hasta donde ella lo permita. La eutanasia negativa, entendida como privación deliberada al enfermo de los remedios normales a nuestro alcance para dejarle morir, equivale prácticamente a la eutanasia activa. Cambia el modo de propinar la muerte al paciente, pero no cambian ni la intención zanática ni el efecto real de la muerte. En los casos de incertidumbre se ha de respetar tanto el derecho al heroísmo del paciente y de sus allegados como el de morir resignadamente aceptando con respeto las leyes de la naturaleza. Otra conclusión que se deduce del texto que comentamos es que se admite la eutanasia lenitiva. El dejar al paciente morir en paz no significa que se le niegue la posibilidad de ser aliviado con fármacos lenitivos y renunciando al llamado encarnizamiento terapéutico, que sólo sirve para ensañarse en el enfermo acrecentando los trabajos de su agonía.

6.Doctrina del Episcopado español sobre la eutanasia

 Desde los tiempos bíblicos se decía que hay tiempo para nacer y tiempo para morir. A todo le llega su tiempo. Pero la nueva tecnología ha alterado el tiempo de muchas cosas, incluso el de la muerte. Los puntos más relevantes de este documento episcopal son los siguientes. Por una parte, se lucha por prolongar artificialmente la vida de unos de una manera encarnizada y discutiblemente humana. Por otra no se acepta el hecho de la muerte y en los hospitales cunde la falta de información adecuada y se engaña a los enfermos de muchas formas. El movimiento pro legalización de la eutanasia está en marcha como abanderado de una cultura de muerte. La palabra eutanasia es de origen griego y significa inicialmente buena muerte, sin dolores, en plenitud de conciencia. Desde el siglo XVI tiene su significado actual: la aceleración o provocación de la muerte de un enfermo, realizada por otra persona, con el fin de acabar con sufrimientos intolerables e inútiles. Los obispos reconocen la existencia de movimientos y asociaciones en favor de la eutanasia.

            Como factores decisivos del renacer de este desconcertante fenómeno apuntan los siguientes. El proceso de secularización, la crisis de los valores religiosos y la absolutización de la libertad de la persona, la cual se considera dueña absoluta de sus decisiones. Después de recordar el mensaje cristiano sobre el respeto debido a toda vida humana en el curso de su existencia, interpreta los puntos neurálgicos del documento de la Congregación que acabamos de comentar.

            La Iglesia «nunca ha admitido la llamada eutanasia activa (o positiva) directa, es decir, la acción con la que se pretende exclusivamente poner fin a la vida de un paciente o acelerar su muerte. Tal práctica es un atentado contra la indisponibilidad de la vida humana». A continuación matiza: «Pero la tradición de la Iglesia ha admitido, basándose en el principio moral del doble efecto, la legitimidad del recurso a calmantes... aunque su administración pudiese ocasionar indirectamente un acortamiento de la vida. La misma moral católica, basándose en la distinción entre medios ordinarios y extraordinarios o, mejor, proporcionados y no proporcionados, afirma también que la Medicina no está siempre obligada a hacer todo lo posible por prolongar la vida de un paciente. Existen situaciones en las que es legítimo, e incluso hasta obligatorio, abstenerse de aplicar terapias no-proporcionadas y no habituales, que únicamente sirven para prolongar abusivamente el proceso irreversible de morir». Por una parte, el documento vaticano descarta sin paliativos la eutanasia positiva directa. Pero, por otra, ante la muerte inminente, admite la licitud moral de «renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir, sin embargo, las curas normales debidas al enfermo en casos similares». Se reconoce el derecho a morir con serenidad, ­dignidad humana y cristiana, para lo cual cabe hablar de medios ordinarios y extraordinarios, proporcionados o desproporcionados. «Todo ello significa que debe valorarse positivamente lo que algunos llaman ortotanasia, es decir, la muerte a su tiempo, respetando la dignidad humana del paciente y evitándole abusivas prolongaciones de su vida».

            Los obispos denuncian la eutanasia eugenésica, que tiene lugar cuando son abortados los niños diagnosticados con anomalías congénitas, y aclaran su posición con dos casos prácticos muy actuales. En el caso de niños anencefálicos, que por carecer de un cerebro estructurado están condenados a morir por sí solos rápidamente, no se ve que haya obligación de prolongar esas vidas con medios desproporcionados. Por el contrario, se deben poner todos los medios a nuestro alcance para ayudar a vivir a los mongólicos. El mongolismo es una enfermedad más, que tenemos la obligación de combatir en la medida de nuestras posibilidades. El resto del documento está destinado a denunciar y desaconsejar la eventual legalización de la eutanasia como estrategia pastoral urgente 3.

            En 1998 el Episcopado español salió al paso de una campaña orquestada por los medios de comunicación en favor de la eutanasia, con ocasión de la muerte de un tetrapléjico que satisfizo su deseo de morir con la ayuda de otros. Las ideas nucleares de la Declaración episcopal son las siguientes.

— Denuncia una campaña engañosa en favor de la eutanasia. Se pretende hacer pasar por normal y común un caso extremo y raro convirtiéndolo en criterio ético y legal.

— Se presenta como progreso lo que en realidad es un retroceso. La realidad histórica es que «el aprecio por toda vida humana fue un verdadero progreso introducido por el cristianismo». La eutanasia significa un retroceso a la barbarie de culturas antiguas y a la diagnosticada por Juan Pablo II como cultura de la muerte.

— La eutanasia en sentido propio y verdadero es intrínsecamente inmoral y antisocial. Su presunta legitimación estaría inspirada en el individualismo ateo y hedonista. En este contexto antropológico, la expresión el derecho a la muerte digna es un eufemismo para decir, en realidad, derecho a matarse.

— La vida humana no es un objeto para usar y abusar de ella como si fuera una finca o una cuenta bancaria. Es un don de Dios henchido de misterio y dignidad, que le viene de su origen y destino divinos. De ahí que la vida de los seres humanos sea sagrada e inviolable por su pertenencia original a Dios, único dueño y señor absoluto de la misma. La vida es la raíz primordial de todos los bienes propios del hombre.

— Esta inmoralidad intrínseca de la eutanasia compromete la vida común. El hecho mismo de quitar la vida a alguien, aunque sea a petición suya, es inaceptable y tiene consecuencias terribles. Algunas de ellas serían éstas: a) Presión moral sobre los ancianos y los enfermos. La legalización de la eutanasia llevaría consigo el estado de inseguridad permanente de los ancianos y enfermos, los cuales podrían llegar al extremo de sentirse casi obligados a pedir su desaparición para no resultar molestos. Lo que equivaldría a instituir la ley del dominio injusto de los más fuertes y del desprecio de las personas más necesitadas de cuidado. b) Muertes impuestas por otros. La eutanasia solicitada lleva consigo la maldad del suicidio y de la cooperación con el suicidio. Con la agravante de que tal voluntariedad, de acuerdo con las estadísticas, no existe en muchos casos. c) Desconfianza en las familias y en las instituciones sanitarias. Con la legalización de la eutanasia, la desconfianza y el temor se apoderarían de muchos enfermos, ancianos y discapacitados. d) Depreciación institucionalizada de la vida humana. Ésta sería valorada más por su capacidad de hacer y producir, que por su mismo ser.

— La fe en Jesucristo, fuerza para vivir y morir dignamente. El sufrimiento, de por sí es un mal. Pero asumido con fe y esperanza no destruye el ser humano, sino que pone límites a la cultura de la muerte.

— Se aboga por una muerte buena y realmente digna. Lo cual requiere calor humano, asistencia sanitaria competente, cercanía de los seres queridos y, cuando fuere menester, los cuidados paliativos que permitan aliviar el dolor y vivir con serenidad el momento final de esta vida mortal.

— El Episcopado recuerda que a nadie se le puede obligar a colaborar en la eutanasia, en razón de su inmoralidad, siendo obligado el recurso a la objeción de conciencia cuando las leyes autorizan esa práctica biomédica inmoral 4.

 7.La eutanasia en el CIC y la EV

 La eutanasia directa, según el Catecismo, «consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable». Se trata de una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, lo cual constituye objetivamente un homicidio directo y voluntariamente provocado (n.2276-2277). El n.2278 merece particular atención: «La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el encarnizamiento terapéutico. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla».

        No se puede actuar al margen de la voluntad contraria del paciente y de sus legítimos intereses. En cualquier caso, aunque la muerte parezca inminente, «los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos». Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad y deben ser alentados. El uso de analgésicos tiene sus riesgos, pero su uso razonable es siempre aceptable con la única y exclusiva buena intención de aliviar los sufrimientos de los moribundos (n.2279).

            El aborto es un drama en los comienzos de la vida y la eutanasia lo es en el otro extremo de la existencia cuando la enfermedad o la ancianidad nos aproximan a las puertas de la muerte. Eutanasia es «adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin dulcemente a la propia vida o a la de otros». Esta práctica absurda e inhumana es uno de «los síntomas más alarmantes de la cultura de la muerte» (n.64).

Entre las características culturales de este zanático fenómeno de la cultura actual, cerrada a la trascendencia, cabe destacar las ­siguientes.

            Prevalece la tendencia a valorar la vida sólo en base al placer, considerando el sufrimiento como algo insoportable. La muerte es considerada como un absurdo cuando acaece fuera de nuestros cálculos. Pero, paradójicamente, se la considera como una liberación reivindicada cuando se piensa que la existencia carece ya de sentido por estar sumida en el dolor. Por otra parte, el hombre actual se ha erigido en criterio y norma de sí mismo desafiando su relación fundamental con Dios. Con el acicate de las modernas y sofisticadas tecnologías para combatir el dolor y manipular artificialmente la vida, surge la tentación de precipitar la vida de unos para desguazar sus cuerpos con el fin de obtener órganos de trasplantación. ¿Qué juicio ético merece todo esto?

            Antes de emitir el juicio ético preciso sobre estas prácticas, el Pontífice formula técnicamente la definición de eutanasia. «Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados» (n.65). De acuerdo con esta definición, no se considera eutanasia la renuncia al llamado ensañamiento terapéutico en el sentido de que se puede en conciencia renunciar a unos tratamientos que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, aunque sin interrumpir las curas normales debidas al enfermo en casos similares. O sea que al enfermo hay que acompañarle hasta que se muere él mismo, sin empujarle nosotros intencionadamente hacia la muerte. «La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte» (n.65).

            En el contexto de los llamados cuidados paliativos surge el problema de los analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. Se remite a Pío XII, quien afirmó que «es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales». Lo que no se puede hacer es negar al enfermo el derecho a rechazar esos lenitivos cuando desea asumir sus penas terminales con entereza y responsabilidad.

            Actualmente, al uso de analgésicos y sedantes habría que añadir el rechazo de intervenciones quirúrgicas específicas para atajar eventuales complicaciones en el proceso de una determinada enfermedad. Por lo general, los cirujanos tienen propensión a las intervenciones quirúrgicas. Pero en la práctica es relativamente fácil discernir si la intervención quirúrgica es aconsejable o no. A veces, un poco de sentido común y de serenidad emocional es suficiente para entender que ciertas intervenciones quirúrgicas sólo contribuyen a acelerar el final del enfermo añadiéndole más sufrimiento inútil. El renunciar a esas intervenciones prosiguiendo con los tratamientos asistenciales normales equivale a aceptar humildemente la realidad de la muerte y nuestra impotencia para evitarla. El asumir la realidad de nuestra muerte y la de los demás es condición indispensable para afrontar la muerte con dignidad.

        A continuación, como hiciera al tratar del aborto procurado, el Pontífice formula también la solemne condena moral de la eutanasia en estos términos: «Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal».

            La práctica de la eutanasia, matiza después, conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio (n.65). Suicidio por parte del que solicita la eutanasia y homicidio por parte de quienes la procuran. Ésta es la realidad objetiva de los hechos que éticamente se condenan. La responsabilidad subjetiva de los mismos es otro capítulo aparte, aunque inseparable de la objetividad y crudeza de los hechos. En la evaluación de esta eventual responsabilidad subjetiva es donde hay que poner a pleno rendimiento pastoral nuestra capacidad de comprensión humana para con las personas que sufren y no se sienten capaces de entender que hasta el hecho mismo de nuestra muerte tiene un sentido que es preciso descubrir sirviendo incondicionalmente a la vida 5.

 8.Matizaciones sobre calidad de vida y muerte digna

             La bioética está formalmente comprometida con la vida humana y la promoción de su calidad. Por lo mismo, según a qué se llame calidad de vida, así será el trato que se le haya de dispensar después para su promoción.

            Desde el punto de vista exclusivamente clínico, la calidad de vida se refiere a las condiciones biofisiológicas y sociales que aseguran una vida humanamente autónoma. Esta autonomía se manifiesta principalmente en la capacidad de independencia respecto de los demás, de conocimiento, de expresividad y de movimiento. Los profesionales clínicos más primarios tienden a valorar la vida humana en función de parámetros meramente biológicos. La inmensa mayoría valora, además y sobre todo, la autoconciencia del paciente.

            Como es obvio, esta perspectiva es insuficiente para establecer un criterio objetivo y realista sobre la calidad de una vida humana. Toda vida humana posee una calidad intrínseca que va más allá del mero funcionamiento biológico y de la capacidad de ejercicio de la autoconciencia. Nuestra condición humana no termina en la biología ni se pierde con la inconsciencia. Una persona no vale menos cuando está dormida, por ejemplo, o enferma. Hasta que sobreviene la muerte todo es vida, cuya calidad emana de su mero existir. La calidad o valía de un ser humano es superior al mero funcionamiento biológico y psíquico.

            Desde el punto de vista metafísico, la calidad de vida es un atributo inherente al individuo humano equivalente al valor, categoría o dignidad del mismo por el mero hecho de ser humano. Desde este enfoque de la cuestión, la consecuencia inmediata y lógica es que toda vida humana es igual en dignidad a otra vida humana. Por lo mismo, ha de ser igualmente respetada. Respeto que le es debido cualesquiera que sean las anomalías que padezca, las limitaciones funcionales de su autonomía y la marginación social a la que se vea reducida. Esta dimensión metafísica es una exigencia del imperativo racional que trasciende a los meros procesos biológicos y a las circunstancias psico-ambientales más o menos felices o desgraciadas en que se ha de desarrollar la vida de las personas.

            Otra cosa es si planteamos la cuestión desde los parámetros de una filosofía materialista o relativista. Quienes así lo hacen, piensan que la vida humana no es digna de ser vivida cuando no es productiva. O que no comporta felicidad para sí o para los demás. Por ejemplo, cuando alguien no puede trabajar en absoluto, no puede alimentarse y cuidarse por sí mismo, sino que depende totalmente de la familia o de las instituciones sociales. Es obvio que, si la bioética adopta el concepto de calidad de vida de acuerdo con los parámetros de la filosofía materialista, los más enfermos, los ancianos y desvalidos tienen poco que esperar de la bioética.

            Pero está también la perspectiva teológica. La calidad de la vida humana viene dada ahora por el hecho de que el hombre y la mujer son imagen de Dios. La vida es recibida como don divino y tarea a realizar según los planes de Dios. Este don comprende la existencia temporal en todos sus momentos y circunstancias, así como el destino eterno para el cual todo individuo humano es encendido a la vida. La consecuencia inmediata de este enfoque es que no estamos autorizados nosotros a decidir sobre nuestras vidas por razón de su calidad. Nuestro deber es servirla sin condiciones. Lo que hacemos con nuestra vida a Dios se lo hacemos. Los juicios y tratos que dispensamos a cualquier vida humana nos remiten inmediata e inexorablemente a Dios. De ahí la osadía de intentar recalificar nuestra vida o la de los demás con criterios distintos de Dios, quien es su verdadero dueño y Señor.

            En cualquier caso, conviene añadir que en la teología cristiana de la vida no se desestiman los aspectos biológicos ni el enfoque metafísico sobre la calidad de la vida. Al contrario, son incorporados, asumidos y contemplados desde el gran angular de la revelación en Cristo como rostro visible de Dios encarnado en la historia de la humanidad para reconducirla a su destino eterno. Sólo así se comprende hasta cierto punto el valor de toda vida humana, incluso en los momentos de mayor sufrimiento y discapacidad.

            Tanto los agentes pastorales como el personal sanitario han de tratar a los enfermos terminales, o sojuzgados por su presunta minusvalía humana, de acuerdo con las coordenadas éticas y clínicas derivadas de la vida, muerte y resurrección de Cristo, vencedor del dolor y de la muerte. La eutanasia activa, tal como la hemos definido y en cualquiera de sus versiones, es incompatible con la antropología más castiza y razonable y la teología más creíble. Cualquier actividad pastoral o sanitaria que propicie la eutanasia contra vidas humanas, consideradas como indignas o inútiles, constituye una perversión del principio de razonabilidad y un acto de enfrentamiento directo con Dios en persona.

            Como circunstancias o condiciones para morir con dignidad humana y cristiana cabe recordar las siguientes:

Aceptar la muerte con serenidad y esperanza. La muerte es el reverso de la vida y el pensar en ella nos ayuda a ser más sensatos y razonables. Por algo algunos filósofos definían la filosofía como meditación sobre la muerte.

No a la obstinación terapéutica. El enfermo terminal y los que padecen deficiencias psíquicas o físicas profundas no pueden ser considerados como carnaza del tecnicismo clínico y de la experimentación científica.

Respetar el principio de proporcionalidad en los tratamientos médicos. A veces resulta obvio que ciertos tratamientos sólo añaden más molestias inútiles al enfermo en lugar de ayudarle a afrontar la muerte con serenidad y responsabilidad.

Nunca suspender la alimentación e hidratación. Incluso la alimentación artificial forma parte de los servicios normales que jamás se pueden negar al paciente.

Uso graduado de analgésicos. Lo cual significa que la administración de lenitivos debe hacerse de forma que no se suprima la conciencia del paciente de tal forma que no se le deje margen para que asuma sus responsabilidades ante la inminencia de la muerte.

Uso proporcionado de la anestesia. En los casos de dolores extremos insoportables, el recurso a la anestesia supone que el paciente haya dado su consentimiento, al menos implícita o interpretativamente, después de haber satisfecho sus deberes morales, familiares y eventualmente religiosos.

No tener engañado al enfermo. El enfermo tiene derecho a saber la verdad de todo lo relativo a su enfermedad. Cuando él mismo solicita información, hay que facilitársela con toda objetividad y prudencia. Por otra parte, esa información no se ha de hacer de forma rutinaria o brutal, sino con profundo respeto y consideración. Incluso cuando el enfermo renuncia a saber la verdad, el personal sanitario y los agentes pastorales tienen el deber de cumplir con su misión asistencial respetando la voluntad del paciente, pero sin favorecer situaciones falsas y engañosas. Hay cosas que, aunque el paciente no quiera saberlas, hay que decírselas. El cómo hacerlo depende de la habilidad, prudencia y caridad de los familiares, agentes sanitarios y pastorales.

Humanización de los servicios asistenciales. Es frecuente encontrar a profesionales de la medicina y agentes sanitarios que tratan a los enfermos con criterios prioritariamente laborales y empresariales. De ahí que, con frecuencia, se trate de negar la ayuda sanitaria a los enfermos más necesitados o que en términos empresariales no resultan rentables. Es obvio que esta forma de pensar y de actuar es incompatible con el derecho a una muerte realmente digna de la condición humana.

Acceso libre a los servicios de asistencia espiritual. En este orden de cosas, no contribuyen a morir con dignidad quienes impiden con leyes, reglamentos o actitudes personales que los enfermos tengan acceso libre a los servicios de asistencia religiosa 6.

 9.Cuando el paciente solicita la muerte

 No es raro encontrar pacientes que, abrumados por el dolor o la incapacidad para valerse por sí mismos, solicitan la muerte. Ante esta demanda, algunos profesionales de la medicina y familiares se sienten como obligados a satisfacer dicha demanda y no dudan en acudir a la eutanasia.

            Ante los enfermos que imploran que se acabe con su vida cabe reaccionar de dos maneras: 1) Atendiendo sin más su solicitud como si se tratara de satisfacer la presunta legitimidad del paciente para decidir sobre su propia vida implicando a los demás en su decisión. Ésta sería una actitud simplista e irresponsable. 2) Planteándonos seriamente cuáles son los verdaderos motivos que llevan al enfermo a formular esa súplica, para responder a ellos correctamente.

            La experiencia clínica y asistencial más castiza enseña que sólo la segunda actitud es la éticamente correcta y que nos obliga a tomar las siguientes medidas de acción: 1) Averiguar el verdadero significado de esa petición. Con frecuencia no es más que una forma patética y hasta cierto punto comprensible de llamar la atención para que se alivie su dolor o se ponga remedio a un insomnio devastador que no permite el más mínimo descanso natural para poder seguir afrontando con serenidad el desafío de la vida. 2) Tratar al enfermo de una forma más humana acompañándole más, evitando su sensación de soledad y abandono. 3) Explicarle al enfermo lo que ocurre con la prudencia que requiera cada caso, sin engañarle, ni crear en él falsas ilusiones.

            En cualquier caso, está claro que esas personas no desean la muerte como tal, sino que buscan salir de una situación que les resulta insoportable. De hecho, cuando un enfermo, abrumado por el dolor, dice no quiero vivir más, en realidad lo que quiere decir es no quiero vivir así. O, lo que es igual, quiere vivir, pero sin esos dolores atroces o esa situación de incapacidad que no le permiten ser dueño de sí mismo.

            Por consiguiente, la verdadera respuesta ética y profesional a esa demanda de eutanasia por parte de algunos enfermos consiste en asumir la evolución natural de la enfermedad hacia la muerte concentrando toda la atención médica y asistencial en la aplicación razonable y proporcionada de los cuidados paliativos.

            No parece sensato en esos casos extremos ensañarse en la aplicación de técnicas que sólo contribuyen a aumentar el sufrimiento del enfermo. Pero tampoco podemos dispensarnos de ofrecerle todos los recursos disponibles para aliviar su dolor y afirmar su dignidad humana en esos momentos en los que pudiera parecernos que la ha perdido. Con el cariño y las atenciones al enfermo afirmamos su dignidad, que le corresponde por sí mismo como persona humana independientemente del deterioro de su salud.

            De lo dicho se infieren tres conclusiones importantes. 1) El grado de desarrollo humano de una sociedad se mide sobre todo por el modo de tratar a sus miembros más débiles y necesitados como son los ancianos y enfermos más graves. 2) La verdadera medicina busca con ahínco fórmulas eficaces para combatir el sufrimiento y así ayudar a afrontar con dignidad la hora de la muerte. 3) La legalización de la eutanasia, como solución rápida y barata, es el indicador de una sociedad perversa que resuelve el problema del dolor matando al paciente en lugar de ayudarle a vivir dignamente cuando más lo necesita. La medicina, por el contrario, tiene que ser un servicio a la vida desafiando a la eutanasia que es siempre una obra de muerte.

NOTAS

1Cf. AGENCIAS, El Senado australiano pone fin a la legalidad de una ley regional de eutanasia: ABC (25/III/1997) 69. AGENCIAS, El Parlamento australiano deroga por sólo cinco votos la primera ley de eutanasia en el mundo: El País (25/III/1997) 23. CAMBERRA, Derogada en Australia la única ley del mundo que permitía la eutanasia: El Mundo (25/III/1997) 22.

2Cf. María José CARRASCO, Creada una sociedad para ayudar a morir a los pacientes: El País (19/XII/1992) 34. Sebastián SERRANO, Aceptar la eutanasia es introducir un cartucho de dinamita en un polvorín: El País (19/II/1995) 22. Carlos SEGOVIA, Holanda amplía la eutanasia para enfermos no terminales que padezcan sufrimiento psíquico: El Mundo (17/II/1995) 67. F. DE ANDRÉS, Los ancianos holandeses se asocian para protegerse frente a la ampliación de la eutanasia: ABC (18/II/1995) 73. Randal MIKELSEN, La mayoría de los médicos deja morir a sus pacientes «insalvables»: El Mundo (18/II/1995) 81. Andrew KELLY, Un tribunal holandés aprueba la eutanasia activa de un bebé: El Mundo (27/IV/1995) 75. José Ignacio RIVARES, «Derecho a ser matado» por un médico: Ecclesia 2.743 (1995) 21 (993). Paula CAUCANAS-PISIER, Asociaciones en defensa del derecho a morir dignamente: Concilium 199 (1985) 375-385. Julián SAVULESCU, Treatment limitation decisions under uncertainty: The value of subsequent euthanasia: Bioethics 8 (1994/1) 49-72. Chris CIESIELSKI-CARLUCCI y Gemit KIMSMA, The impact of reporting cases of euthanasia in Holland: A patient and family perspective: Bioethics 8 (1994/2) 151-158. GRONINGEN, Una enfermera holandesa asesina «por compasión» a 9 ancianos: El Mundo (15/IX/1995) 77. EDITORIAL, Holanda; regulada legalmente la eutanasia: Cuadernos de Bioética 17-18 (1994) 107-108. G. FRAVOLINI y otros, L’eutanasia in Olanda. Risposta legislativa ad una prassi iniqua: Medicina e Morale 44 (1994) 1093-1106. G. FRAVOLINI, La nuova normativa sull’eutanasia nei Paesi Bassi: Aggiornamenti Sociali 45 (1994) 839-848. L. GORMALLY, The house of Lords’ select committee on the legalization of euthanasia: Catholic Medical Quarterly 45 (1994) 5-14. G. HIGUERA, De nuevo la eutanasia: Ecclesia 2.682 (1994) 634-637. H. JOCHEMSEN, Euthanasia in Holland. An ethical critique of the new law: Journal of Medical Ethics 20 (1994) 212-217. J. KEOWN, A decade of dutch euthanasia: 1984-1994: Catholic Medical Quarterly 44 (1994/4) 5-11. Eduardo LÓPEZ AZPITARTE, La legalización de la eutanasia; un debate actualizado: Proyección 41 (1994) 19-32. M. REICHLIN, L’eutanasia nella bioetica di lingua inglese: Rivista di Teologia Morale 26 (1994) 87-116. A. TARANTINO, Eutanasia, diritto alla vita e diritto penale: Medicina e Morale 44 (1994) 865-901. Sonia ROBLA, Holanda triplica el número de casos de eutanasia en dos años de «despenalización»: El País (25/IX/1995) 28. X., Un Estado australiano pone en marcha la primera ley de «suicidio asistido»: El Mundo (2/VII/1996) 72. Ivo L. BRAJNOVIC, Los psiquiatras contra la eutanasia: El Mundo (29/VIII/1996) 68. Andreu MANRESA, Doctor muerte: El País (7/IX/1996) 15.

3Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia (5/V/1980): AAS 72 (1980) 545. Niceto BLÁZQUEZ, Cáncer, dolor y eutanasia, en el COLECTIVO «Cáncer, dolor y esperanza» (Madrid 1982) 159-177. Paula CAUCANAS-PISIER, Asociaciones en defensa del derecho a morir dignamente: Concilium 199 (1985) 375-385. Gonzalo HIGUERA, Eutanasia: precisiones terminológicas, en el COLECTIVO «Dilemas éticos de la medicina actual», I (Madrid 1986) 141-152; Ortotanasia: Miscelánea Comillas 44 (1986) 427-462. Francisco Javier ELIZARI, Eutanasia: Nuevo Diccionario de Teología Moral (Madrid 1990) 729-745. Marciano VIDAL, Moral de la persona y bioética teológica (Madrid 1991) 491-533. Eduardo LÓPEZ AZPITARTE, Ética y vida (Madrid 1990). Elio SGRECCIA, Bioetica. Manuale per medici e biologi (Milán 1986) 345-379. PAÍSES BAJOS, Informe final sobre la eutanasia: Labor Hospitalaria 212 (1989) 143-147. J. R. FLECHA, Eutanasia y muerte digna. 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4Cf. COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La eutanasia es inmoral y antisocial: Ecclesia 2.883 (1998) 7-10.

5Cf. Aurelio FERNÁNDEZ, Compendio de teología moral (Madrid 1995) 417-484. CONFERENCIA EPISCOPAL DE CANADÁ, La vita e la morte in una comunità compassionevole: Medicina e Morale 46 (1996) 780-792. CONFERENCIA EPISCOPAL USA, Fidelidad a la vida: Ecclesia 2.801-02 (1996) 1218-1223.

6Cf. JUAN PABLO II, La razón y la fe al servicio de la vida: Ecclesia 2.774 (1996) 163-164. U. FERRER, La dignidad y el sentido de la vida: Cuadernos de Bioética 7 (1996) 191-201. D. VOLTAS, Algunas consideraciones éticas en torno al concepto de «calidad de vida» como criterio para la asignación de recursos sanitarios: Medicina e Morale 46 (1996) 655-668. M. CUYÁS, Lo scoglio della «qualità della vita»: La Civiltà Cattolica (1996/3) 58-61.

 

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