martes, 1 de diciembre de 2020

LA PALABRA DE DIOS ESCRITA POR HOMBRES

 

LA PALABRA DE DIOS ESCRITA POR HOMBRES

 

          ABSTRAT. La lectura de la Biblia ha resultado siempre difícil por su estructura material y la dificultad de encontrar el verdadero significado de textos y expresiones bíblicas que literalmente entendidas chocan con la sensibilidad humana a flor de piel. La Biblia es una pequeña biblioteca en la que podemos encontrar también mensajes sublimes de humanismo que no tienen parangón en las culturas y civilizaciones extrabíblicas. Por otra parte, la liturgia cristiana considera la Biblia como palabra de Dios. Así las cosas, el autor de este artículo trata de ayudar a superar las dificultades más corrientes de lectura de la Biblia, con algunas reflexiones al alcance de cualquier persona razonable, liberada de prejuicios y con buena voluntad.

          La Biblia es históricamente algo así como el catecismo cultural de la civilización occidental y sin su conocimiento, aunque sea mínimo, resulta muy difícil entender la cultura y civilización occidentales, acuñadas en clave judeo-cristiana. Por otra parte, la Biblia es considerada también y sobre todo como Palabra de Dios, lo cual exige una aclaración antes de hablar de sus características específicas, la dificultad de entender su lenguaje y la necesidad de aprender a descifrar su verdadero significado humano y trascendente.

 

          1. Palabra de Dios escrita por hombres y para hombres

 

          San Pablo, en la segunda carta a Timoteo, le insta a que predique la Palabra sin cesar, porque se avecinan tiempos difíciles para la predicación del Evangelio. Le pide que aguante y soporte todas las dificultades que surjan haciendo obra de evangelista. “Predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo… pues vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina…Pero tú sé circunspecto en todo, soporta los trabajos, haz obra de evangelista”. (2Tim 4,1-5).

          Para Pablo, predicar la Palabra y hacer obra de evangelista, es prácticamente lo mismo. ¿Y qué hicieron los evangelistas? San Juan lo explica claramente en el prólogo a su evangelio: predicar por escrito y de palabra a Jesucristo como Hijo de Dios, muerto y resucitado. Cristo es el Logos de Dios, el Verbum Dei, Dios mismo hecho hombre sin dejar de ser Dios. Predicar la Palabra, por tanto, es igual que predicar a Dios mismo, ya que Cristo es igual a Dios. La Palabra de Dios no es un sonido bucal como la palabra humana. La Palabra de Dios es la Persona de Cristo, igual a Dios como el Espíritu Santo. Por lo tanto, escuchar la Palabra de Dios es lo mismo que escuchar a Cristo en persona, que es la clave para descifrar los misterios divinos en beneficio del pueblo de Israel y de la entera humanidad.

          Pues bien, aquilata Pablo: “Nosotros anunciamos a ese Cristo”, Palabra de Dios (Col 1,24-29). La pelea apostólica de Pablo es para que sus interlocutores laodicenses y quienes no le conocen todavía, se mantengan “unidos en el amor mutuo, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Dios, que no es otro que Cristo. En Él están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento” (Col 2, 1-3).

          Pero la cosa viene de lejos. Mateo, remitiéndonos al Deuteronomio, 8,3, dice: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Como es obvio, aquí se habla de palabras que salen de la boca de Dios. Si esto se toma literalmente tal como suena (en la Vulgata: in omni VERBO, quod egreditur de ORE DOMINI), habría que concluir que Dios tiene boca y pronuncia palabras como los hombres, lo cual sería un antropomorfismo inaceptable. La interpretación analógica y correcta del texto parece ser esta. Se trata de la boca de Dios hecho hombre en Cristo y de los dichos y discursos de Cristo, como rostro visible de Dios, que tanto los viejos como los nuevos hagiógrafos plasmaron como mejor pudieron en los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento respectivamente, dando lugar a la Biblia, tanto judía como cristiana.

          Por otra parte, nos encontramos con otro texto de Pablo de este jaez: “Y todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones. Los hombres malos y seductores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados; pero tú (Timoteo) permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado, considerando de quiénes lo aprendiste, y porque desde la infancia conoces las Escrituras Sagradas, que pueden instruirte en orden a la salud por la fe en Jesucristo. Pues toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté equipado para toda obra buena” (2Tim 12-17).

          Es importante destacar el reconocimiento paulino de la tradición oral cristiana de la otra escrita. Según parece, Timoteo había aprendido las Sagradas Escrituras, no leyendo libros escritos, sino del ejemplo práctico y los relatos de su abuela Loide, su madre Eunice y del propio Pablo. (2Tim 2,5). Pero cuando se habla de las Sagradas Escrituras, se está hablando de libros escritos, que son lo mismo que la Biblia sin más aditivos. La Biblia judía, que se queda con lo que llamamos Antiguo Testamento, y la Biblia cristiana, que comprende el Antiguo y el Nuevo Testamento.

          Que diga Pablo que esas escrituras sagradas o Biblia son muy útiles para enseñar cosas esenciales sobre los misterios de la vida humana, es cosa que no tiene por qué sorprender a nadie con dos dedos de frente y buena voluntad. Pero que esas escrituras estén todas inspiradas por Dios, resulta por lo menos chocante, para cualquiera que haya leído antes ciertos textos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. La Biblia contiene la Palabra de Dios, pero escrita por hombres y al modo humano.

          El Catecismo de la Iglesia Católica (n.101) se expresa en estos términos: “En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del Eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres”.  Y en el n. 102: “A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios sólo dice una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf Hb 1,1-3).

          Luego S. Agustín (Psal. 103, 4,1) remacha el clavo: “recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo”.  

          Las reflexiones que siguen a continuación han sido motivadas por este hecho con la esperanza de que puedan servir para aprender a leer la Biblia o Sagrada escritura con provecho.

 

          2. Mi experiencia personal de la Biblia

      

     Mi experiencia personal de la Biblia fue muy tardía. A la edad de doce o trece años, entre mis libros personales había una edición de bolsillo del Nuevo Testamento, la cual desapareció sin que sea capaz de recordar ahora su paradero. La conservaba en el colegio como una joya y la ojeaba con profundo interés. Un día la abrí decidido a dedicar algún tiempo a su lectura dejando a un lado los libros de texto escolares. En un momento dado me pareció difícil entender algo y me dirigí al profesor de turno que velaba por la disciplina en la sala de estudio y le expuse mi dificultad. ¿Respuesta? Sí, “ya lo aprenderás cuando seas mayor”. La anécdota tuvo lugar el año 1951 o 1952 y con tan expeditiva y sapiencial respuesta he olvidado por completo en qué consistió mi pregunta. La respuesta recibida por aquel profesor constituyó para mí una decepción tan grande a una edad tan tierna, que no la he olvidado nunca. Si la memoria no me falla, creo que hasta los 17 o 18 años de edad no tuve en mis manos nunca una edición completa de la Biblia.

     También recuerdo, y esto con placer, que la primera Biblia que compré fue la Vulgata en latín. Cuando inicié los estudios teológicos, la Biblia empezó a interesarme de forma especial y admiraba a quienes se especializaban en Sagrada Escritura con la posibilidad de hacerlo en Jerusalén. Yo no podía aspirar a tanto, pero estudiaba durante el verano griego y hebreo por mi cuenta con la ilusión de poder leer los textos bíblicos en sus lenguas originales. Tampoco en esto tuve éxito, pero alguien pensó que yo debía dedicarme a la Biblia, y me regaló dos obras básicas de consulta para ese tipo de estudios. Sin embargo, el curso de la vida y mis circunstancias personales me llevaron por otro camino.

     Tuve cuatro profesores de Biblia que se habían especializado en la célebre Escuela Bíblica de Jerusalén, pero todos ellos carecían de dotes pedagógicas y dos de ellos se dedicaban preferentemente a otros trabajos pastorales relegando la preparación de las clases de Biblia. Sólo uno de ellos me causó la impresión de que conocía a fondo y tenía ideas propias e interesantes sobre tan importante libro, pero sus dotes de comunicador eran escasas. A pesar de ello, de él aprendí algunas claves decisivas para leer y entender en alguna medida los textos bíblicos más complicados.

     En los años viejos uno de mis mayores gozos consiste en abrir la Biblia por los cuatro costados tratando de descubrir por mí mismo el mensaje humano y teológico que contiene, separando la paja literaria y cultural del grano salvador emergente, el cual no es otro que Cristo en persona como rostro visible de Dios invisible. Mientras no se llega a esta separación de paja y grano, la Biblia causa la impresión de ser algo así como un montón de cereales amontonados, con paja, grano y malas hierbas sin trillar y beldar. Ahora bien, para que ese proceso de discernimiento entre paja literaria y grano teológico se lleve felizmente a cabo, es necesaria una buena exégesis, reflexión teológica sana y más aún experiencia de la vida.

 

   3. Libro complejo, difícil de entender y a veces desconcertante

    

     Más que un libro, la Biblia es una biblioteca compacta en un solo volumen de 73 libros o escritos de extensión desigual, 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo. No se trata de un libro monográfico sobre un tema escrito por un autor en un momento dado de su vida, sino de una serie de escritos elaborados por autores múltiples que se explican y aclaran entre sí, se corrigen y se completan en relación con la experiencia de fe del pueblo de Israel, tratándose del Antiguo Testamento; y de la experiencia de fe cristiana tratándose del Nuevo. En este sentido la Biblia es considerada como un todo en el cual las partes que lo integran alcanzan su pleno sentido y significado. En los libros sapienciales, por ejemplo, Dios apenas tiene relevancia y son fruto de una reflexión fría y realista, que parte de la realidad cotidiana de la vida en este mundo caduco. Entre los libros líricos llama la atención el Cantar de los Cantares, el cual, sacado del contexto general de la Biblia en su totalidad, no supera la literatura barata de un poema erótico puro y duro. Por otra parte, el tema de Dios allí carece de interés. De hecho, el nombre de Dios sólo aparece una sola vez por comodidad literaria. Esa única evocación del nombre de Dios podía haberla hecho cualquier poeta o versificador ateo.

     Por el contrario, en los libros denominados proféticos, a Dios lo encontramos por todas partes como líder principal de la historia de Israel. Esto es sólo un ejemplo para entender que la verdad religiosa esencial, revelada en la Biblia, sólo puede ser adecuadamente captada mediante el contraste entre las diversas partes o libros que la integran, y no en cada libro aislado del resto.

     La Biblia es un libro muy complicado y el primer encuentro con ella puede producir desilusión, sobre todo entre lectores habituados a la investigación científica moderna e histórica. Por el contrario, los literatos la suelen usar con inmenso placer como fuente inagotable de inspiración literaria, y más aún algunos grupos para alimentar su fanatismo religioso. De hecho, en la Biblia hay textos llenos de belleza, cordura y sensatez humana, pero también los hay que son de escasa calidad estética, enigmáticos, ambiguos y susceptibles de interpretaciones irracionales y absurdas.

     Que la Biblia es un libro muy complejo, difícil de entender correctamente, y en ocasiones desconcertante, es un hecho reconocido por los mejores expertos, exegetas, historiadores y teólogos. Pero igualmente reconocen que nos hallamos ante un libro fascinante, cuyo estudio y lectura inteligente es siempre fuente de humanidad y consuelo humano inigualable. Vayamos por partes destacando primero algunas de las dificultades que hemos de afrontar frente a la Biblia para indicar después las claves de su lectura y el grano o mensaje humanístico limpio del polvo y la paja literaria en que viene envuelto. 

    

     4. Textos aparentemente sin interés ninguno actual

 

     Como he dicho antes, la Biblia no es un solo libro, sino una biblioteca unificada, y el lector puede decidir empezar a leerla desde el principio, o quedarse enganchado en alguno de los libros que la integran porque le ha llamado particularmente la atención después de repasar el índice. Si opta por la primera opción, que es lo lógico tratándose de un libro normal, lo más probable que puede ocurrir es que se canse muy pronto a medida que se va encontrando con relatos arcaicos de escaso o nulo interés para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A menos que esos relatos se los considere como meros episodios de novela policíaca arcaica, o elenco de costumbres pintorescas. Por ejemplo, ¿qué interés comercial o alimenticio pueden tener hoy día las múltiples y minuciosas leyes del Levítico sobre los alimentos, o en el segundo libro de Samuel el relato de la sucesión al trono de David? La trama de esta historia carece de toda lógica histórica y los episodios descritos hacen pensar en los ingredientes de una novela policíaca con sus intrigas, tráfico de influencias y corrupciones.

     Otros dos botones de muestra tomados del Antiguo Testamento pueden ser las listas del censo del libro de los Números o la descripción que se nos ofrece en el libro de Ezequiel sobre el futuro templo de Jerusalén. Cualquier arquitecto moderno quedará sorprendido. En el Nuevo Testamento el libro que a simple vista resulta más desconcertante es tal vez el Apocalipsis. El lector puede llegar a tener la impresión de que el autor de ese escrito tuvo particular interés en que no se entienda lo que dice. Así podíamos continuar recordando textos hasta la saciedad sin otro interés aparente que el puramente literario y el de la curiosidad particular del lector.

 

     5. ¿Historias reales o relatos leyendarios?

 

     Los menos propensos hoy en día a leer la Biblia suelen ser los científicos y los historiadores. Desde el punto de vista de la ciencia moderna, la Biblia es muy ingenua cuando habla de la formación del mundo en total contradicción con las leyes de la ciencia pura en vigor. Por ejemplo, según la Biblia, la formación del mundo tuvo lugar en el transcurso de seis días. Los científicos modernos, por el contrario, sostienen que la formación del mundo en que vivimos ha tenido lugar a lo largo de millones de años, y ningún vestigio del diluvio universal descrito en el Génesis ha sido nunca encontrado. ¿Y qué decir de la edad atribuida a ciertas personas o de la creencia en que el sol gira alrededor de la tierra y no viceversa, como se enseña científicamente desde Galileo?

     Por otra parte, la cosmovisión bíblica, según la cual la tierra es plana y el cielo una serie de techumbres cóncavas superpuestas, basada sólo en las apariencias, choca frontalmente con la cosmovisión científica moderna del universo. Para los científicos modernos esos relatos bíblicos carecen por completo de interés para el progreso de las ciencias.

     Y están también los historiadores profesionales, que tratan de reconstruir por escrito los acontecimientos del pasado. Estos profesionales de la historia refutan sin ambages la versión que ofrece la Biblia sobre ciertos hechos de la historia de Israel. Cuando se nos cuenta en la Biblia cómo tuvieron lugar las victorias del pueblo de Israel sobre otros pueblos, la Biblia, según los historiadores, no siempre tiene razón. Ante la actitud objetiva y fría del historiador objetivo e imparcial, muchos de los relatos, que en la Biblia se presentan como históricos, tienen mucho sabor a leyenda, triunfalismo exagerado y milagrería gratuita. Los historiadores actuales menos simpatizantes de la Biblia se encuentran entre los agentes de la historia politizada y de los ideólogos de la maldición del recuerdo judeo-cristiano.

 

     6. ¿Justicia o venganza?

 

     En la Biblia hay textos en los que las guerras, la violencia y la venganza humana son el pan y el agua de cada día. Los libros de Josué y Jueces, por ejemplo, describen con todo detalle batallas campales y masacres, con el presunto beneplácito divino. Dios es presentado con frecuencia en el Antiguo Testamento como un Dios guerrero, que se complace en la ira y la venganza. En este contexto tropezamos con relatos como el del sacrificio de Isaac, según el cual, a simple vista se tiene la impresión de que Dios exige a Abraham que sacrifique personalmente a su hijo Isaac. ¿Qué clase de Dios es ese que exige a un padre que mate con sus propias manos a su hijo? En algunos salmos el instinto de venganza está a flor de piel. Por otra parte, estaba la ley del Talión o pena de muerte como si se tratara de un acto de piedad.

     En el Antiguo Testamento hay también frases inaceptables contra la condición femenina, y a Dios se le atribuyen las glorias de Israel y sus gestos de violencia contra sus presuntos o reales enemigos. Otra cosa muy chocante es la mentalidad reflejada en el Antiguo Testamento de que la riqueza, la salud y el éxito en esta vida son el signo inequívoco de la bendición de Dios. Por el contrario, la pobreza, la enfermedad y la marginación, aparecen como signos de maldición y castigo divino. Por otra parte, la ética del perdón a los no judíos y la esperanza en la resurrección fuera del tiempo y del espacio, no llegan a calar en el Antiguo Testamento, todo lo cual complica y dificulta mucho la correcta inteligencia de esos textos en los que se presenta a Dios como presunto vengador y protagonista principal de formas de conducta absolutamente inaceptables a la luz del sentido común, de la ciencia y de la sensatez humana más elemental. Por último, hay dos cuestiones en la Biblia que, además de impedir la captación y correcta inteligencia de su mensaje, desconciertan a unas personas en sentido positivo y a otras en sentido negativo. Me refiero a la forma de plantear y responder en la Biblia al problema del mal.

    

     7. El sufrimiento de los buenos y el perdón a los enemigos

    

     El lector de la Biblia que busca en ella una respuesta autorizada a sus problemas más vitales constata, por una parte, que las desgracias humanas se ceban muchas veces con la gente honrada y buena, y no sólo con los malhechores o pecadores. Por otra, mientras en el Antiguo Testamento se aprueba la pena de muerte o ley del talión, en el Nuevo se impone la ley del amor sin restricciones de raza, cultura o nación, y del perdón incluso a los enemigos. ¿Cómo responde la Biblia al problema crónico del mal y al modo de crear formas de convivencia social? En la Biblia hay textos que son utilizados por muchos para justificar el fanatismo, tanto religioso como político. Ahí están las sectas judeo-cristianas y el nacionalismo político judío que no soportó el sentido universal y generoso del mensaje de Cristo en beneficio de toda la humanidad, y no sólo del pueblo hebreo.

     Detengámonos brevemente sobre el problema del mal, tal como se encuentra planteado explícitamente en el libro de Job, para recordar después los textos más emblemáticos del Nuevo Testamento en los que Cristo proclama la ley del amor y del perdón universal allende las fronteras étnicas y políticas del pueblo de Israel.

     El famoso libro de Job es un poema o pieza literaria en la que su autor reflexiona sobre el sentido de los sufrimientos y calamidades del pueblo de Israel y, por ende, de cada uno de nosotros. La estructura literaria del libro es a todas luces la de un drama poético desarrollado en dos actos fácilmente escenificables en forma teatral. El libro enfrenta la tesis, convicción o creencia tradicional del pueblo judío, de que Dios premia al justo o bueno y castiga al impío o pecador, con la tesis o creencia nueva, según la cual, el sufrimiento de los buenos tiene sentido en el contexto de los planes misteriosos e insondables de Dios. O lo que es igual, que lo mismo que sale el sol y llueve para justos y pecadores, de igual forma los sufrimientos y las calamidades acontecen, sin que ello nos permita concluir que significan un castigo para los malos, mientras que la vida exitosa, indolora y feliz significa el premio merecido por las buenas obras.

     Los amigos de Job, defensores de la tesis tradicional del sufrimiento, interpretado como castigo de Dios, quieren demostrar que la prosperidad primera de Job fue la consecuencia natural de sus buenas obras. Por lo mismo, si ahora su situación ha ido de mal en peor, esto sólo demuestra que ha dejado de ser un hombre justo o bueno ante Dios, y no le queda otra alternativa que la del arrepentimiento y la rectificación de su conducta.

     Pero Job no acepta esta explicación, ya que tiene la conciencia tranquila de no haber pasado de una vida buena a otra mala. Tampoco acepta esta explicación como la clave para entender las calamidades sufridas por el pueblo de Israel. En consecuencia, pide explicación de sus males a Dios y quiere defenderse ante él.

     Los amigos reprenden a Job por su actitud y le recuerdan con terquedad de mulo la tesis tradicional de que sus calamidades actuales son la prueba contundente y palmaria de que ha dejado de ser un hombre justo. Pero Job responde reafirmándose en su actitud de pedir explicaciones a Dios, al que acusa de castigar a los justos y no a los malvados. Si Dios es justo, ¿por qué en la vida prosperan tanto los malvados?

     Pero en su soledad personal, Job comprende que sólo le queda Dios como abogado defensor, y nadie más. Se llega así a un momento del discurso en que los amigos no aportan más argumentos, limitándose a decirle que, si quiere pleitear inútilmente con Dios, que lo haga. Por más que Job no recuerde la lista de sus presuntos pecados por los que es castigado, esos pecados son, según ellos, la causa de sus calamidades.

     Job tiene pocas esperanzas de ganar el pleito, pero se acuerda de que en algún momento gozó de la amistad de Dios y ello le da fuerza y confianza para retar de forma dramática a Dios afirmando solemnemente ante Él su inocencia puesta en entredicho por sus acusadores. Sigue después una reflexión profunda del autor del poema sobre la sabiduría divina, inaccesible al hombre, insinuando así la solución final del drama.

     En el acto segundo Dios acepta el reto de Job. Ahora Dios habla mucho y Job escucha con humildad, hasta reconocer que se ha comportado como un insensato acusando a Dios de las calamidades que le afligen. Dios es justo y sus planes sobre la vida de las personas y de todo cuanto existe constituyen un misterio insondable. Al final, Job reconoce que hasta entonces había oído hablar de Dios, pero que ahora le había conocido con los ojos de su propia experiencia.

     El autor del libro de Job alaba la valentía de su protagonista al pedir a Dios explicaciones sobre el sufrimiento de los justos, superando la terquedad tradicional sobre el problema y dejando insinuaciones saludables basadas en la experiencia de la vida y la esperanza en la grandeza y misericordia de Dios.

     En esta obra sapiencial se aprecia ciertamente un progreso notable en la forma de plantear el problema del mal, pero habrá que esperar al Nuevo Testamento para encontrar una respuesta más cercana y reconfortante en los hechos y dichos de Cristo.

     Tampoco el tema del perdón a los enemigos es un asunto menor en la Biblia. Por una parte, en el Antiguo Testamento se reconoce la ley del talión o pena de muerte, como forma de ejercer la justicia en casos concretos bien especificados. ¡Ojo por ojo y diente por diente! Pero en el Nuevo Testamento se afirma la ley del amor y del perdón para todos, incluidos los enemigos, superando los sentimientos nacionalistas judíos y la tentación de camuflar el instinto de venganza con el celo por la justicia.

     Todos estos contrates desconciertan al lector de la Biblia, o le inducen a tomarla como fuente de inspiración para la adopción de actitudes personales humanamente contradictorias e inaceptables por la sana razón. De hecho, las diversas lecturas e interpretaciones de la Biblia han sido durante siglos causa de odios y derramamiento de sangre entre los propios seguidores de sus enseñanzas. Sobre el libro común de la Biblia no existe todavía entendimiento satisfactorio ni entre judíos y cristianos, ni entre los propios cristianos.

     El mandato del Nuevo Testamento de perdonar a los enemigos, por ejemplo, no suscita simpatía. El no perdonar al enemigo no sólo es una nota característica del pueblo judío, a menos que se trate de judíos entre sí, sino que entre los mismos cristianos hay muchos que en la vida práctica, no sólo no están dispuestos a practicarlo, sino que se indignan cuando alguien reconoce sus errores y pide perdón por ellos. En la Biblia hay relatos de todo tipo: sublimes, desconcertantes y escandalosos. El perdón reivindicado en el Nuevo Testamento es susceptible de ser considerado por muchos, social y políticamente, inútil, si no injusto. Pero esto no es todo.

     Si el perdonar es una forma de conducta bíblica que produce desconcierto, no es menor el desconcierto que produce el que las personas buenas sufran mientras los malvados triunfan, al menos aparentemente. La forma de plantear el problema del mal en el libro de Job nos remite a Cristo. Para los judíos tradicionales y extremistas, el hecho de que Cristo padeciera como cualquier ser humano y muriera de forma tan ignominiosa, sigue siendo la prueba más contundente de que no podía encarnar a la persona del Mesías prometido al pueblo de Israel. Los musulmanes mantienen la misma tesis. Es injusto que una persona buena sufra y, por lo mismo, la absoluta inocencia de Cristo no es admitida. Aparentemente, y esto es lo que quiero resaltar ahora, la Biblia da pie para pensar en lo uno y en lo otro, y de ahí el desconcierto que puede causar su lectura sin una preparación adecuada. Pero sigamos adelante. Veamos primero cómo se instituye la ley del amor en el Nuevo Testamento y recordemos algunas de las claves de lectura que ayudan a descifrar la calidad del humanismo contenido en el conjunto de la Biblia.

    

     8. El Dios del amor en el Nuevo Testamento

    

     Toda la vida de Cristo, que es el protagonista principal del Nuevo testamento, es una vida marcada por el amor a Dios y a los seres humanos. Pero en este momento me interesa sólo recordar algunos textos culminantes en los que el amor es proclamado de una forma taxativa y contundente. Durante la celebración de la última cena, por ejemplo, según el relato de Juan, hubo dos momentos particularmente significativos a este respecto. El primero se refiere al gesto de Jesús lavando los pies a sus apóstoles.            Al final de la escena, ante el estupor de todos, sobre todo de Pedro, Jesús les dijo que aprendieran la lección de amor que les había dado. Jesús no pronunció una bella conferencia sobre el amor para después discutir con ellos sobre si hay que amar y cómo a los demás. Realizó una práctica de amor con ellos sin dejar margen para discusiones dialécticas estériles. Lo que Él hizo como signo de amor, ellos tenían que hacerlo con todo el mundo sin pedir explicaciones. Así de claro: “Este es el mandamiento mío, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,12-13).   

     Todo hace pensar que en este mundo el principal signo de identidad cristiana debe ser el amor y no la cruz. Los cristianos han de amarse entre ellos y amar a los demás como Cristo los amó primero, reflejando el amor que existe entre Dios y Cristo. Los cristianos deben estar unidos por el mismo amor que une a Cristo con Dios Padre. Las dos cartas de Juan son una ratificación de esta primacía del amor personal por encima de cualquier otro signo distintivo socialmente idealizado como criterio de humanidad.

     Paradójicamente, el Jesús crucificado constituye un caso único en que la muerte es transformada en un acto de amor, jamás antes conocido, hacia los propios enemigos. De hecho, Cristo es presentado en el Nuevo testamento, con sus hechos y dichos, como la personificación viviente del Dios comprensivo y amoroso, en contraposición con el Dios justiciero y terrible que a veces nos presenta el Antiguo Testamento.

     En estos textos, aparentemente desconcertantes, hay un mensaje de humanidad y civismo jamás conocido hasta que Cristo lo desveló y proclamó como programa de su vida al servicio salvador de la entera humanidad. Pero esta afirmación requiere una explicación.

 

     9. Actitud de Cristo frente a la ley judía

 

     En la segunda parte del capítulo quinto del relato evangélico de Mateo, aparece la actitud de Jesús frente a la Ley judía, que en ocasiones incumplía materialmente o bien la interpretaba con autoridad propia. Por ejemplo, haciendo milagros en sábado, o censurando con dureza el materialismo leguleyo de los fariseos. En los relatos evangélicos se aprecia un enfrentamiento constante entre Jesús y los fariseos por la forma diversa de interpretar la Ley. Esta pelea continuó después entre judíos y cristianos hasta nuestros días. Cristo fijó con bastante claridad su posición frente a la ley de Moisés. Cristo no vino a abolir la ley de Moisés, sino a perfeccionarla. ¿En qué sentido? En el sentido de que interpreta el verdadero significado de muchas cosas del Antiguo Testamento, deformadas por la interpretación material y leguleya de los fariseos, al tiempo que añade otras cosas nuevas de las cuales hablan los textos del Nuevo Testamento.

     Cristo perfeccionó la ley de Moisés superándola con su forma de interpretarla, más de acuerdo con los designios de Dios, tal como puede apreciarse en los relatos evangélicos. La ley de Moisés cumplió con una función específica hasta la ley mesiánica, pero Jesús no habla de cumplir materialmente toda la ley antigua, sino de darle vida con un espíritu nuevo. Es en este contexto del “espíritu nuevo” que hasta el más mínimo detalle de la ley antigua conserva su valor. En caso contrario, la interpretación material de muchas prescripciones del Antiguo Testamento, de acuerdo con la interpretación de Jesús, deben ser suprimidas. Y para que no haya dudas sobre la posición de Cristo frente al Antiguo Testamento, Mateo relata diversos momentos en los que Cristo se pronunció públicamente sobre el Decálogo, que era como el corazón mosaico de la ley de Moisés.

     En el quinto precepto del Decálogo, por ejemplo, se prohibía matar. Jesús ratifica dicho precepto, pero lo interpreta y perfecciona diciendo que también viola ese precepto quien se enoja injustamente contra alguien o falta al respeto a una persona profiriendo insultos contra ella. El Decálogo condena el adulterio. Pero Jesús matiza que no sólo es adúltero el que comparte favores sexuales físicamente cuerpo a cuerpo con otra mujer que no es su esposa, sino también quienes se solazan con el solo deseo de hacerlo, aunque físicamente no puedan o no les interese llevar a cabo sus propósitos adulterinos. La infidelidad matrimonial se consuma con la unión de los cuerpos, pero nace de la infidelidad ya existente en los corazones.

      La ley de Moisés propiciaba el repudio de la mujer por motivos muchas veces banales y caprichosos por parte del marido. Jesús matiza que el que se aprovecha de la mujer injustamente repudiada comete también adulterio. El segundo precepto del Decálogo prohibía el perjurio. Jesús va más lejos y condena todo tipo de juramento invitando a llamar a las cosas por sus nombres; a lo blanco, blanco y a lo negro, negro.     En la ley de Moisés estaba en pleno vigor el “ojo por ojo y diente por diente”.  O sea, la “ley del talión”, eso que llamamos pena de muerte como supremo castigo legal. El propio Cristo fue víctima de esta prescripción legal. La respuesta exegética de Cristo a esta prescripción de la ley de Moisés es tajante: NO. “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha, ofrécele también la otra; al quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5,38-42).

     Para enfatizar hasta qué punto eso que nosotros llamamos pena de muerte, es absolutamente inaceptable, utiliza, como en los casos anteriores, el método del contraste. ¿Que, fulano o mengano te la ha jugado en el lecho o el trigal con tu mujer? Mal hecho, pero el mal comenzó ya cuando se cultivó frívolamente el deseo erótico en la imaginación irresponsable para usar a la mujer como un objeto pasionalmente útil de usar y tirar. Para enfatizar su condena de cualquier tipo de venganza, apelando a la ley del talión, contrasta esa actitud con la reacción de un presunto abofeteado como si lo correcto fuera presentar al agresor la otra mejilla para que la abofeteé también, en lugar de defenderse. Es una manera de decir que, si hemos de estar dispuestos a perdonar sin poner condiciones a quien nos ofende, lo mismo hay que perdonar lo poco que lo mucho, sin que esto se haya de interpretar como una forma de convalidar el mal recibido, o de renunciar imprudentemente a los medios de legítima defensa contra el agresor.

     Cristo no tiene nada en contra de las leyes penales justamente establecidas y humanamente aplicadas. Pero condena de forma tajante la ley del talión y otras formas de conducta mencionadas en el Decálogo, con un lenguaje irónico típicamente oriental. No se trata de abolir las leyes penales justas, pero la pena de muerte no tiene cabida en el humanismo profesado por Cristo. Esta incompatibilidad se hace plenamente patente en los dichos y hechos de Cristo relacionados con la forma de entender y llevar a la práctica el mandamiento troncal del humanismo cristiano sobre el amor.

    

     10. El perdón a los enemigos

    

     La ley de Moisés es perfeccionada por Cristo de una forma original y contundente a propósito del amor a los enemigos (Lc 6,27-35; Mt 5,44. 39-40. 42;7,12; 5,46.45). Jesús, como buen judío, visitaba la sinagoga siempre que tenía la oportunidad de hacerlo para participar en las lecturas bíblicas y exponer, si llegaba el caso, su propio pensamiento. Sus intervenciones llamaban mucho la atención por las cosas que decía con autoridad propia prescindiendo de la autoridad tradicional atribuida a los rabinos de oficio más famosos. Uno de esos días, dijo lo siguiente: “Pero a vosotros, los que me escucháis, yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldicen, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome de lo tuyo, no se lo reclames. Y tratad a los hombres como queréis que ellos os traten. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que los aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto!  Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; entonces vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los perversos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá”.

     Mateo, 5,43-44, matiza: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”.

      La gente estaba acostumbrada a oír aquello de “amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. En la ley de Moisés se preceptuaba, efectivamente, el amor al prójimo. Pero el término “prójimo” no se refería a todos los hombres, a todo ser humano, sino al que era considerado judío. En Lv 19,34 se recomienda y manda el amor al extranjero peregrino, pero no se trata de personas de tránsito sino de gente advenediza que terminaba incorporándose al pueblo judío. Por otra parte, la ley de Moisés preceptuaba taxativamente el exterminio de los pueblos idólatras (amalecitas, amonitas, moabitas, madianitas y cananeos), para los cuales se prescribe (Nm 35,31) la venganza de sangre y la prohibición de aceptar compensación económica por el eventual rescate de sus gentes (Nm 31,31).

     De la exclusividad del amor al judío y de estas prescripciones terribles contra los no judíos se llegó a la conclusión de que la ley del amor en la Ley de Moisés no se entendía en sentido universal sino en beneficio exclusivo de los judíos y exclusión total de los no judíos. Las palabras “odiarás a tu enemigo” reflejan la mentalidad rabínica en los tiempos de Cristo. En el Lv 19,18 se condena al odio de judíos contra judíos y sólo judíos. El amor al prójimo, según la mentalidad rabínica de la época de Jesús, excluía a los samaritanos, alienígenas, prosélitos o no conversos.

     Según los estudios de Hermann L. Strack y Paul Billerbeck (Commentary on the New Testament from the Talmud and Midrash), la Sinagoga en tiempo de Jesús entendía la noción de prójimo, lo mismo que en el Antiguo Testamento, aplicada sólo y exclusivamente a los israelitas. Todos los demás, los no israelitas, quedaban fuera del concepto de prójimo. En la Mishna, de hecho, se legitima explícitamente la venganza y el rencor contra “los otros”, es decir, contra los no judíos y extranjeros.

     Pues bien, frente a esta mentalidad, Cristo presenta su enseñanza propia sobre el amor. El amor no sólo no ha de ser excluyente del no judío, sino que ha de ser universal hasta el extremo de incluir a los propios enemigos. Los judíos no sólo han de perdonarse entre sí, como manda la Ley vieja, sino que han de perdonar ellos mismos también a los demás sin excluir a nadie, ni siquiera a los enemigos declarados.

     El amor y el perdón a todo ser humano sin exclusiones raciales, religiosas o culturales es una meta del cristianismo que en parte estaba incoada en el Antiguo Testamento en función de los intereses exclusivamente judíos, pero que Cristo interpretó de una forma nueva y humana, susceptible de fascinar a los espíritus más nobles y civilizados.

     Pero no quiero terminar esta meditación sin referirme a la explicación psicológica y pastoral de S. Pablo del mandato nuevo del amor, contrapuesto a los preceptos rituales y legales del Antiguo Testamento, que Cristo perfecciona rectificando la idea del Dios terrible de la Ley de Moisés por el Dios del Amor revelado en Cristo.

     Pablo de Tarso escribió unas palabras sobre la primacía del amor personal en la vida y enseñanza de Cristo, que se han convertido en una página magistral de la literatura universal. Me refiero al capítulo trece de su primera carta a los corintios. Como aclaración previa digo que el término amor adquiere un significado nuevo que se expresa con el término caridad.

     Dice así: “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente y servicial; no es envidiosa ni jactanciosa ni se engríe. La caridad es decorosa, no busca su interés ni se irrita; no toma en cuenta el mal ni se alegra de la injusticia y se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando venga lo perfecto desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño hablaba como niño. Pensaba como niño. Razonaba como niño. Al hacerme hombre dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad. Estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1Cor 13).

     En el primer párrafo Pablo afirma la necesidad que tenemos todos del amor. Una persona puede estar dotada de cualidades humanas excepcionales. Si carece del amor ante Dios no le servirán para nada. Cuando hay una gran sequía, es corriente oír este comentario: podemos vivir careciendo de muchas cosas menos del agua. Cuando ésta falta es cuando nos damos cuenta de la absoluta necesidad que tenemos de este elemento. De modo análogo, una persona puede rebosar de bienes y privilegios de la naturaleza. Pero si no es buena persona se irá en el mejor de los casos al archivo del olvido en este mundo y de los rechazados en el mundo venidero. Este párrafo es un canto al amor teniendo en cuenta al ser humano en todas sus dimensiones y aspiraciones más profundas de felicidad. En el segundo párrafo Pablo hace una descripción psicológica magistral de las propiedades o características del amor personal resaltando su belleza y dignidad moral. En ocasiones diversas me he ocupado de explicar el significado profundo y consolador de este pasaje paulino.

     Este descubrimiento del amor personal, que Cristo puso como piedra angular de la felicidad humana y de la esperanza más allá de la muerte, es una novedad gozosa que se encuentra reseñada por escrito sólo en la Biblia y de ahí que, a pesar de la dificultad de su lectura, este libro singular siga siendo tan estudiado y editado. Las fiestas de Navidad y Pascua de Resurrección son los momentos culminantes en los que siglo tras siglo la humanidad se reconforta con el recuerdo gozoso de este descubrimiento.

     Según Juan, Cristo se despidió de los suyos con palabras como estas: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,34-35).

     A propósito de estas palabras cabe hacer las siguientes matizaciones. En primer lugar, no se trata de una simple recomendación protocolaria sino de un mandato taxativo o condición indispensable para profesar el humanismo cristiano. Las novedades que Cristo introduce con la primacía del amor son las siguientes.

     1) Debe ser un amor universal hacia toda persona humana y no restringido al pueblo judío.        

     2) Es un amor al modo de Dios, es decir, esencialmente personal y no sexual o de enamoramiento, aunque estos aspectos no sean excluidos.

     3) Debe ser universal, incluidos los enemigos.

     4) Este tipo de amor, y no la cruz, es la verdadera y definitiva señal social del humanismo cristiano. De hecho, esta primacía y forma de entender el amor en clave personal por encima de las fronteras étnicas, del sexo y del enamoramiento, es lo que fascinó al mundo pagano, según los testimonios autorizados de Tertuliano y de Minucio Félix. En tal sentido me parece oportuno recordar aquí unas vetustas palabras tomadas del Papa León Magno (440-461) de su sermón séptimo con motivo de la Navidad o nacimiento de Cristo, y que, traducidas, suenan así:

      “Al nacer nuestro Señor Jesucristo como hombre verdadero, sin dejar por un momento de ser Dios verdadero, realizó en sí mismo el comienzo de la nueva creación y, con su nuevo origen, se dio al género humano un principio de vida espiritual. ¿Qué mente será capaz de comprender este misterio, qué lengua será capaz de explicar semejante don? La iniquidad es transformada en inocencia, la antigua condición humana queda renovada y los que eran enemigos y estaban alejados de Dios se convierten en hijos adoptivos y herederos suyos.” Ante este hecho protagonizado por Cristo tal como es presentado en el Nuevo Testamento, el orador exclamó: “Despierta, hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en motivo de alabanza y gloria del Creador”.

     En la Biblia, en efecto, encontramos el fundamento de la dignidad ontológica y moral del hombre. Nuestra dignidad o excelencia como personas humanas radica en irrumpir en la existencia como “imágenes de Dios”. En ese nivel de personas todos somos iguales ante Dios y ante nosotros mismos. En consecuencia, nuestra dignidad moral radica en nuestra forma de vivir en clave de amor personal o desamor. Desde la Biblia se entiende con relativa facilidad la igualdad ontológica de todos los seres humanos como personas y la desigualdad individual por razón de nuestra forma de afrontar la vida y de vivir de una forma o de otra, en clave de amor o de desamor. Lo cual significa que como personas somos todos iguales, lo mismo hombres que mujeres. Pero al mismo tiempo somos todos desiguales por razón de nuestra personalidad. Como personas somos todos iguales en dignidad o excelencia, pero esa dignidad o excelencia es diferente por razón de nuestra vida moral, de la que depende en gran parte la estructura de nuestra personalidad. En cualquier caso, la Biblia, insisto, es un libro muy complejo y difícil de entender. De ahí la conveniencia de indicar algunas claves de lectura para sacar provecho de la misma evitando el riesgo de quedar indiferentes ante sus enseñanzas, o, lo que sería peor, religiosamente fanatizados.

    

     11. Algunos consejos prácticos de lectura

    

     La Biblia es un libro muy antiguo escrito por muchas personas y en épocas diferentes. No es una obra escrita de un tirón, sino a lo largo de muchos siglos y en la que cada autor dejó su propia huella personal. Por eso es un engaño buscar en ella la solución a todos los problemas característicos de nuestro tiempo. La Biblia es un libro esencialmente religioso y no un recetario de soluciones, o un libro que con abrirlo para basta para encontrar a Dios siempre a nuestra disposición. Por otra parte, sus palabras escritas no han sido dictadas directamente por Dios y fielmente transcritas por los hagiógrafos. No se trata de un libro que ha venido íntegra y directamente del cielo al modo como los islamistas presentan el Corán. Cada autor en la Biblia dejó su huella indeleble con sus cualidades y defectos humanos, como ocurre en la elaboración de cualquier otro libro. A pesar de todo, las dificultades que ofrece la Biblia desaparecen en gran parte, o al menos se mitigan, teniendo en cuenta algunas claves de lectura objetiva como las que indicamos a continuación.

    

     12. Pistas falsas que se han de evitar para leer la Biblia

    

     La Biblia, no lo olvidemos nunca, es un libro de libros o biblioteca. Es una unidad didáctica como lo es una biblioteca especializada integrada por muchos libros que giran en torno a un asunto esencialmente religioso, y no científico o histórico en el sentido moderno de la palabra. Por esta razón, no se puede aislar un libro bíblico del conjunto de la Biblia. Si, por ejemplo, leemos como libros independientes los cinco que componen el Pentateuco, difícilmente puede entenderse el mensaje que en esos libros en su conjunto se nos desea transmitir sobre la experiencia de Dios y su liderazgo en la creación universal, incluido el hombre. Y si leemos por una parte los libros proféticos, y por otra los libros sapienciales, como unidades literarias y didácticas separadas, pronto nos damos cuenta de que los profetas mezclan a Dios en todo, mientras que los autores sapienciales reflexionan por su cuenta como si Dios estuviera ausente.

     Y ¿qué tiene que ver el Cantar de los Cantares por separado con los pasajes del Nuevo Testamento sobre el amor? El primero tiene todos los visos de un poema erótico, lo cual choca contra el concepto de amor personal del que hablan S. Juan o S. Pablo. Por otra parte, todo lo que ocurre y se relata en el Nuevo Testamento, sólo se logra entender bien como culminación de una larga historia de experiencia de Dios, relatada a su modo y manera en el Antiguo Testamento. Es pues un error de principio aislar un libro bíblico del conjunto de la Biblia como libro integrador de todas las partes literarias que la componen. Igualmente es un error desligar el Antiguo Testamento del Nuevo o el Nuevo del Antiguo.

     Otro error grave que dificulta la comprensión de la Biblia consiste en aislar una frase bíblica de su contexto propio dentro de cada libro. No es necesario ser expertos para darnos cuenta de que en la Biblia hay frases sueltas, aforismos y sentencias para todos los gustos, incluidos los menos agradables o aconsejables. Las sectas religiosas son maestras en el manejo de este error a favor de sus intereses. A partir de un texto cualquiera o un versículo bíblico son capaces de crear un movimiento religioso extravagante. Esta estrategia está en la base de aquellos grupos que tratan de encontrar en la Biblia la legitimación para formas de conducta inaceptables o extravagantes. Por ejemplo, el apartheid africano en Sudáfrica o diabólicas torturas físicas y psíquicas. Los temerosos fundamentalismos cristianos se alimentan casi siempre de lecturas sesgadas de textos bíblicos y de lecturas literales fuera de contexto.

     Otra tentación frecuente consiste en hacer de la Biblia una Palabra de Dios automática. En primer lugar, Dios no habla como nosotros, ni escribe. Cuando en la Biblia se utiliza la expresión “Palabra de Dios” nos hallamos ante una metáfora que los lectores fundamentalistas convierten en antropomorfismo. Es una ingenuidad creer que Dios nos habla automáticamente desde el momento en que abrimos la Biblia y empezamos a leer un texto. La Biblia no es un cofre en el que se nos entrega la Palabra de Dios como un tesoro limpio de polvo y paja. La Biblia nos ayuda a reflexionar sobre los misterios profundos de la vida y la muerte desde la perspectiva de Dios, pero su lectura no dispensa de la reflexión ni de la responsabilidad de desentrañar su mensaje mediante el estudio y la investigación bíblica.

     La Biblia no un recetario fácil para solucionar ingenuamente los problemas de la vida, o un manual de supervivencia en el que presuntamente Dios nos ofrece la receta adecuada para resolver de forma contundente todos y cada uno de nuestros problemas. Este tipo de lectura conduce inevitablemente al desencanto y la frustración. De hecho, en los momentos más duros de la vida tenemos a veces la impresión de que Dios permanece mudo como un muerto. El propio Cristo en algún momento tuvo esa sensación. Lo que ocurre es que la grandeza de Dios y de sus designios no pueden ser encorsetados en un libro escrito por hombres, y de ahí el error de leer la Biblia sin tener en cuenta esta realidad.

      

     13. Leer la Biblia con introducciones y anotaciones

    

     La Biblia es un libro de valor universal que no puede faltar en la biblioteca de ninguna persona que se considere culta, intelectual, civilizada o piadosa. La Biblia es la primera piedra angular escrita de la civilización de Occidente en la que ha tenido lugar (con muchas luces y sombras) el mayor progreso humano de la historia del mundo. Así las cosas, lo primero que procede hacer es adquirir una buena edición de la Biblia con introducciones y notas a pie de página, elaboradas por especialistas de reconocida solvencia. Me resulta incomprensible la práctica protestante de multiplicar las ediciones de la Biblia sin notas explicativas y objetivas introducciones. Esta práctica es debida a un prejuicio conocido, que sólo conduce a la arbitrariedad interpretativa de unos y el desconcierto de otros, a la vista de las dificultades que entraña la lectura de un libro tan complejo y difícil de entender. 

     Por otra parte, la Biblia es un libro muy antiguo donde encontramos con bastante frecuencia palabras y expresiones que no tienen el mismo significado que nosotros les atribuimos hoy día. Palabras como hermano, mar, cielo o el significado de los números, por ejemplo, necesitan ser clarificadas para entender muchos textos bíblicos. Sin esas aclaraciones la lectura de la Biblia resulta a veces exasperante. Si leemos el relato del sacrificio de Isaac, es sólo un ejemplo, el desconcierto puede terminar en indignación. Por el contrario, si el texto es presentado en su contexto cultural y con las aclaraciones correspondientes sobre la naturaleza del relato y la lección teológica que se trata de transmitir, el lector queda tan consolado y edificado al final como sorprendido y escandalizado al principio.

     La Biblia intenta relatar una historia religiosa o experiencia de Dios desde la creación del mundo hasta la denominada “plenitud de los tiempos” y “nueva creación”, inaugurada por Cristo como rostro visible de Dios invisible, redimiendo a la entera humanidad por el amor y la esperanza allende la muerte fuera del tiempo y el espacio.           Ahora bien, esta historia religiosa y de salvación es narrada por sus autores de forma humana, manejando, entre otros muchos recursos psicológicos y pedagógicos, los denominados “géneros literarios”. En la vida diaria cuando hablamos de cosas que suceden en el presente o sucedieron en el pasado, lo hacemos desde nuestra propia idiosincrasia, sensibilidad e intereses. Entre los hechos que narramos en sí mismos y lo que decimos de ellos hay una distancia natural, la que existe entre los hechos y nuestras percepciones e interpretaciones de los mismos. Los hechos pasan y sólo permanecen y se repiten los ecos que aquellos dejaron en nosotros. Está además el envoltorio del lenguaje en el que transmitimos los hechos.

     Este fenómeno ha de ser tenido también en cuenta para leer correctamente la Biblia. Los narradores de la Biblia eran hombres de carne y hueso, que nos hablan de un pueblo que ha experimentado fuertemente en su historia la presencia de un Dios salvador, y da testimonio de la fe en ese Dios salvador con el fin de que sus lectores se comporten tributándole la debida lealtad. Pero, en principio, salvo Lucas en el Nuevo Testamento, los narradores bíblicos no tienen ninguna pretensión de escribir la historia en sentido rigurosamente moderno de la palabra, reconstruyendo por escrito los hechos del pasado en clave de objetividad exclusivamente científica.

     Lo cual no significa que la Biblia sea una leyenda o cuento literario en toda regla. Está basada en una experiencia real de la presencia de Dios en la vida seleccionando, organizando, adornando y modificando los hechos que son relatados con una finalidad esencialmente religiosa y no científica o histórica. O lo que es igual, los relatos bíblicos están escritos de tal forma que el pueblo de Israel o los cristianos entiendan cómo y por qué han de ser fieles en todo momento a Dios reconociendo y acatando con esperanza sus designios misteriosos de salvación.

     En consecuencia, que nadie busque, por ejemplo, datos científicos en el relato bíblico de la creación, sino la afirmación tajante de que Dios es el creador del mundo y del género humano. O sea, que Dios es quien hizo posible el tránsito de la nada al ser y la existencia y no la explicación científica de su evolución posterior.

     Por su parte, los historiadores pierden inútilmente el tiempo tratando de verificar fechas y acontecimientos narrados con gran viveza en el Antiguo Testamento. Lo cual no significa que no respondan a un fondo realmente histórico tradicional o transmitido de boca en boca con todas las limitaciones que esto lleva consigo.

     Los textos proféticos, por poner otro ejemplo, tampoco son una trascripción inmediata de lo que dijeron los profetas, sino el resultado de un largo proceso histórico en el que se expresa la vida de las comunidades que los han recogido, vivido y trasmitido a la posteridad. Según la Biblia, Dios ha creado o sacado todas las cosas de la nada, pero no ofrece explicación científica ninguna sobre cómo ha tenido y sigue teniendo lugar el desarrollo o evolución posterior de las cosas creadas. De eso se ocupan los científicos y los historiadores aplicando correctamente la inteligencia de la que el mismo Dios les ha dotado.

     Tratándose del Nuevo Testamento tampoco se necesita ser expertos para darnos cuenta de que hay tres bloques de escritos bien definidos y más cercanos a nosotros. Me refiero a los relatos evangélicos, los relatos epistolares y Hechos. Al llegar al Nuevo Testamento, el lector empieza a respirar un nuevo aire de cercanía histórica y realismo. El líder en torno al cual gira la experiencia de Dios es Cristo muerto y resucitado, y su mensaje de amor y redención universal sancionado por el Espíritu Santo. Pero en la narración escrita de esta experiencia nos encontramos con el mismo problema del lenguaje utilizado y el predominio de la enseñanza religiosa por encima de intereses científicos, históricos o culturales. El impacto causado por la resurrección de Cristo, después del proceso vergonzante de su muerte, fue de tal magnitud psicológica que los que fueron testigos personales del evento y sus inmediatos colaboradores perdieron el interés inmediato por cualquiera otra cuestión histórica, científica o política que no fuera transmitir a la posteridad con su vida y sus escritos su experiencia de Dios en clave de amor y esperanza más allá de la muerte.

     Todos los textos del Nuevo Testamento están redactados bajo el impacto de esta experiencia religiosa, la lucha entre judíos seguidores de Cristo y sus detractores, así como las condiciones sociopolíticas creadas por el imperio romano. Así las cosas, pienso que el lector serio de la Biblia tiene derecho a conocer todas estas circunstancias mediante introducciones y notas explicativas del texto, redactadas por expertos de indudable competencia profesional. A medida que pasa el tiempo me convenzo más de que la edición de la Biblia al desnudo sin este bagaje crítico y clarificador, es una falta de respeto al lector e incitación a la arbitrariedad subjetiva que degenera fácilmente en la formación de grupos religiosamente fanáticos.

    

     14. Atención al ropaje bíblico de los géneros literarios

    

     Me parece conveniente insistir también sobre el tema de los géneros literarios, manejados por los relatores bíblicos. Los géneros literarios bíblicos son formularios o moldes en los que los redactores de la Biblia volcaron aquellos mensajes que quisieron transmitir de inmediato a sus contemporáneos y a la posteridad. Para ello dispusieron de estos moldes o modelos de redacción pensando en la mejor forma de hacer llegar el mensaje esencial, histórico o religioso, a sus destinatarios. Así como en nuestros días hay formularios para redactar un currículum vitae, solicitar un puesto de trabajo, redactar un artículo periodístico o un farragoso y desagradable texto jurídico, sin olvidar las recetas médicas o la documentación de ingreso en un hospital o la redacción de textos religiosos o políticos de carácter oficial, y así en todos los órdenes de la vida, los redactores de los diversos libros de la Biblia utilizaron múltiples géneros literarios como leyendas, sueños, visiones, refranes, himnos, consejos sapienciales, poemas eróticos, metáforas, parábolas, alegorías, poemas épicos, líricos y piadosos, así como grandes construcciones apocalípticas.

     Los expertos estudian con mucha estos y otros moldes de redacción, lo cual ayuda a entender mejor el verdadero mensaje bíblico, que es siempre esencialmente religioso evitando las interpretaciones literales o arbitrarias que conducen derechamente al fanatismo religioso y al desencanto.

     Para presentar a un personaje importante, por ejemplo, los redactores bíblicos suelen servirse del relato de vocación, cuyos ingredientes literarios son los siguientes. Aparición de un ángel para mostrar que Dios ha tenido arte y parte en la vida de algún personaje. El ángel llama a la persona concernida en el relato. Comunicación de que es Dios en persona quien llama. La persona interpelada reacciona con temor ante la llamada de Dios. Invitación del ángel a disipar todo temor. El elegido presenta alguna dificultad. Se expone la futura misión del elegido. Finalmente, Dios, personificado por el ángel, ofrece una señal para verificar la intervención divina.

     La Biblia está plagada de ejemplos concretos en los que se aplica el relato de vocación con todos o algunos de estos elementos. La esencia de estos relatos es presentar la misión de la persona elegida. Como ejemplos ilustrativos baste recordar el capítulo sexto de Isaías o el primero de Jeremías. O también el segundo de Ezequiel, así como los capítulos primero y segundo del evangelio de Lucas al hablar de la vocación de Juan el Bautista, Jesús y María. En la presentación de estos personajes se emplea un modelo similar.

          Otro género literario bíblico utilizado por los narradores bíblicos es el oráculo. Se trata de un texto poético con la apariencia de un mensaje venido de Dios mismo en persona. Esos oráculos o presuntos mensajes venidos directamente de Dios, unas veces son de maldición (Jer 36,29-31), y otras de bendición (Jr 28,2-4).

          Una observación muy importante que conviene hacer antes de seguir adelante es la siguiente. Cuando se habla de literatura o lenguaje literario de cualquier libro, lo más importante son las palabras y la forma de usarlas, y no su significado o contenido. Las palabras son un fin en sí mismas y el autor selecciona el lenguaje sin otra preocupación mayor que enriquecer la capacidad léxica de una lengua o idioma determinado. En cualquier caso, se trata siempre de elegir palabras, imágenes y símbolos fonéticos y escritos de tal forma que suenen bien al oído o produzcan agrado a la vista, sin que necesariamente los discursos así compuestos lleven dentro algún mensaje o enseñanza concreta. Así podemos encontrarnos con poesías o libros aparentemente científicos como nueces muy vistosas por fuera, pero que por dentro están vacías de contenido. Se trata de versos, discursos, conferencias, libros y gestos, que literariamente pueden resultar muy interesantes, pero que, por su contenido real, son como nueces vanas exhibidas en el mercado. No tienen nada por dentro y sólo son aprovechables en apariencia por fuera.

          Lo que termino de decir se comprende con relativa facilidad en el contexto del estructuralismo filosófico actual, la literatura desde el punto de vista estrictamente literario o uso agradable de las letras, además de los estudios semánticos y la moderna semiótica.

          En la Biblia, por el contrario, no se puede separar la literatura, o género literario utilizado, del mensaje teológico que los hagiógrafos quieren siempre transmitir a sus lectores. Aunque a veces lo parezca, en la Biblia no hay nueces vanas y de ahí que los buenos exégetas y teólogos se quemen las cejas para descubrir el mensaje teológico envuelto en el ropaje literario bíblico, con la ilusión de encontrarlo, aunque no siempre lo consigan. En cualquier caso, es obvio que en la Biblia hay por lo menos media docena de géneros literarios inconfundibles como son los siguientes: legislativo, sapiencial, lirico, profético, apocalíptico, histórico y epistolar. Son formas de hablar y escribir muy diferentes y humanas para expresar siempre algún mensaje teológico importante, el cual unas veces salta a la vista del lector inteligente y bienintencionado, y otras, muy difícil de descubrir.

 

         15. Evitar la lectura materialista y sólo piadosa de la Biblia

    

     En el Antiguo Testamento predomina la afirmación tajante y contundente de la presencia personal de Dios como juez supremo que premia a los buenos y exige responsabilidades ineludibles a los malos. Nadie podrá huir de su presencia ni quedar fuera de la acción de su justicia. Este es el mensaje formal o “Palabra de Dios” que es proclamado y enfatizado de mil formas y maneras, sin excluir el miedo a Dios.        

     En el Nuevo Testamento, en cambio, el protagonista inmediato de la “Palabra de Dios” es Jesucristo hecho hombre, muerto y resucitado. La primacía de Dios del Antiguo Testamento se mantiene y es reforzada, pero mediante su presencia amorosa, encarnada en la humanidad de Cristo. Por una parte, se afirma la primacía absoluta de Dios sobre todas las cosas y acontecimientos históricos, y al mismo tiempo se afirma la dignidad de toda persona humana como imagen de Dios, cuyo rostro visible y amoroso es el propio Cristo. La ley antigua y la justicia veterotestamentaria son superadas por la ley del amor personal que incluye a los enemigos.

     En cualquier caso, los narradores del Nuevo Testamento se sirvieron también de aquellos géneros literarios que ellos consideraron más oportunos para transmitir las grandes novedades religiosas que trataron de transmitir a sus contemporáneos y a la entera humanidad. Aunque la primera impresión de la Biblia pueda resultarnos poco estimuladora por su antigüedad, complejidad y dificultad de lectura, a medida que vamos conociendo mejor su entramado y códigos o claves de lectura, las dificultades de comprensión de la misma van desapareciendo por más que queden siempre muchos interrogantes secundarios. Lo importante consiste en descubrir su mensaje formal entre el follaje literario y los malos hábitos de lectura.

     Pero hay dos formas nefastas de leer la Biblia. Me refiero a quienes interpretan las palabras y los relatos bíblicos literalmente tal como suenan en sus oídos. La interpretación materialista o literal de los textos bíblicos fue siempre fuente de fanatismo y calamidades. Otros, en cambio, piensan que la Biblia hay que leerla siempre piadosamente como “Palabra de Dios” sin percatarse de que los relatos bíblicos son todos “palabras de hombres”. Estas dos formas de lectura de la Biblia quedan en ridículo ante los científicos e historiadores más serios y responsables. Para evitar estos y otros extremos, lo inteligente y sensato es empezar estudiando la Biblia para conocer sus entresijos literarios y después el mensaje religioso y humano que nos es transmitido. La lectura materialista y literal de la Biblia es tan indeseable como la lectura sentimentalmente piadosa sin instrucción exegética adecuada. Ambas lecturas impiden psicológicamente desvelar el verdadero contenido divino y humano de la Biblia y facilitan el deslizamiento fácil hacia el fanatismo religioso en unos casos, y al desencanto de la gente buena que se empeña en falsear la Biblia convirtiéndola en un recetario eficaz para resolver al tiro todos sus problemas de cualquier tipo que sean.

 

         16. Recomendaciones para científicos y estudiosos de la Biblia

    

     De acuerdo con lo que terminamos de decir, parece razonable hacer algunas recomendaciones sobre las diversas formas de leer y estudiar la Biblia. Tanto los científicos como los historiadores modernos han de saber que la Biblia no es un libro de ciencia ni de historia en el sentido moderno de la palabra. Quienes se acerquen a la Biblia con mentalidad científica o historicista perderán el tiempo. Pero les será muy útil conocerla si se acercan a ella como una obra de sabiduría divina y humana que toca los puntos más neurálgicos de nuestra existencia personal y social. En la Biblia hay respuestas peculiares a preguntas para las cuales no hay respuestas satisfactorias ni en la ciencia pura y dura ni en la historia escrita moderna presumiendo de objetividad. La sabiduría bíblica y su historia de salvación superan los parámetros metodológicos de la ciencia y de la historia escrita por los hombres. Por su parte, los literatos encontrarán en la Biblia una fuente inagotable de inspiración, pero esta dimensión es de interés menor por relación a la importancia del mensaje religioso o teológico que los autores bíblicos desean transmitir a sus destinatarios.

     Tratándose de exegetas y teólogos, mi opinión es que deben estudiar la Biblia en su integridad comenzando por el Antiguo Testamento. De esta forma pueden seguir paso a paso el desarrollo de la historia de la salvación de forma lógica y natural desde sus orígenes hasta su consumación en la persona de Cristo.

     Tratándose de predicadores y catequistas, por el contrario, pienso que es más pedagógico empezar desvelando la figura de Cristo como protagonista del Nuevo Testamento y analizar el Antiguo desde los acontecimientos que tuvieron lugar en el Nuevo. Lo ideal es conocer la Biblia en su conjunto. No podemos quedarnos con el Nuevo Testamento desligado del Antiguo. Pero tampoco quedarnos en el Antiguo con los judíos.

     En cualquier caso, es también obvio que hay textos y libros de la Biblia que por no leerlos no se pierde nada. De hecho, algunos de ellos encontraron serias dificultades para ser incluidos en el canon, lo mismo entre judíos que entre cristianos. No obstante, creo que hay que hacer todo lo posible para que los intelectuales, así como la gente culta y seria, aprendan a leer correctamente la Biblia descubriendo el mensaje de salvación y humanismo que se esconde detrás del follaje literario y las dificultades de interpretación que ofrecen sus relatos. Todo es cuestión de aprender a separar el mensaje o “Palabra de Dios” de su forma de expresión o “palabras y sensibilidades de los hombres” que llevaron a cabo esos relatos.           

     Se trata de una tarea fascinante de exegetas, teólogos, predicadores y catequistas que ha de ser sancionada por una vida en clave de comprensión humana y amor universal a todo ser humano, desde su irrupción en la existencia hasta la muerte natural. Según la Biblia, Dios quiso que el ser humano fuera ontológicamente diseñado como figura e imagen suya. De ahí la grandeza de todo individuo humano o persona por relación a todos los demás seres de la creación. Según la antropología bíblica, todos los seres humanos, hombres o mujeres, somos iguales en excelencia o dignidad, como personas. Pero desiguales en dignidad moral o excelencia de personalidad. Así las cosas, Cristo se revela como rostro visible de Dios en nuestra humanidad para salvar a los pecadores o personas, condenando sus pecados o formas de indignidad moral.

     En el lenguaje popular esta dimensión antropológica es expresada diciendo que hay que condenar siempre el pecado, pero no al pecador. El pecado se refiere a la personalidad que cada cual se crea en desacuerdo con la grandeza o dignidad de su condición personal. El pecador, en cambio, significa a la persona propiamente dicha, la cual ha sido ontológicamente diseñada por Dios a su imagen. Por lo mismo, cuando Cristo pide perdón para el pecador, lo hace en razón de su excelencia o dignidad como persona. Por el contrario, cuando exige la condena del pecado, está reconociendo la diferencia abismal de personalidad que se refleja en las múltiples y diversas formas de comportamiento de las personas. Como personas, todos y todas somos iguales en dignidad, pero igualmente diferentes por lo que se refiere a nuestras respectivas personalidades individuales. 

    

17. Palabras de S. Agustín

 

     En el capítulo IX del libro II De doctrina cristiana, ya S. Agustín (354-430) advertía que en la Biblia se ha de buscar la voluntad de Dios y no otras cosas. Pero ¿cómo? Lo primero en este empeño y trabajo -añadía- ha de ser conocer estos libros leyéndolos, aunque de momento no los entendamos, para aprenderlos de memoria, aunque solo sea para que no nos sean desconocidos. Después se ha de investigar cuidadosamente lo que en ellos claramente se dice sobre la fe y las costumbres de vida, o lo que es igual, sobre la esperanza y la caridad. Una vez adquirida cierta familiaridad con el lenguaje de la Biblia, “procédase, dice, a explicar y discutir lo que de oscuro hay en ella, tomando ejemplos de locuciones claras, para ilustrar por ellas las locuciones más oscuras, y por las sentencias ciertas resolver las dudas de las dudosas”.

     La Biblia es un libro que hay que conocer como instrumento transmisor de la voluntad de Dios. Pero es un libro complicado y de difícil comprensión. Por lo mismo, hay que estudiar y analizar sus textos sin descanso en lugar de dejarnos llevar por el desánimo de las dificultades o la comodidad de una lectura irresponsable o meramente piadosa en función de nuestros intereses ajenos a la historia de la salvación y la promoción de la dignidad humana de cada persona que viene a este mundo.

    

          18. Cuatro pilares del humanismo bíblico

 

          Cuando analizamos los rasgos específicos de las diversas culturas existentes en el mundo, resulta indispensable hablar de cuatro de ellos, que han alcanzado particular relevancia en la cultura cristiana. Su descubrimiento significó para mí un hito decisivo en la forma de entender la vida y de estar en ella. Se trata de los cuatro grandes descubrimientos que dieron sentido a mi vida personal. Ya me he ocupado de ellos en otra ocasión, pero me ha parecido oportuno volverlos a recordar aquí de una forma más sazonada y madura al socaire de la Biblia o Sagrada Escritura.

Descubrir significa poner de manifiesto algo que estaba oculto a nuestra vista o a nuestra inteligencia. El verbo descubrir procede del latino cooperire, que significa ocultar o tapar algo con otra cosa. Descubrir, por tanto, es la acción contraria de tapar u ocultar. Por ejemplo, quitar la tapa o lo que cubre una cosa de manera que se vea lo que hay dentro o debajo. Así se dice que descubrimos o destapamos los muebles, o el regalo que nos han entregado envuelto en una caja. Encontramos así el regalo que estaba oculto en un envoltorio, poniéndolo de manifiesto para admirarlo y dar las gracias al que nos obsequió con el sorpresivo y lindo regalo. Descubrir, insisto, equivale a desvelar lo que estaba oculto. Por ejemplo, hallar la fórmula científica de un nuevo producto o encontrar una cosa nueva al modo como Fleming descubrió la penicilina. Se pone una placa en la puerta de la casa donde nació o vivió una persona. La placa está cubierta para ser descubierta después al público durante la celebración del acto de inauguración. Siempre que destapamos algo que estaba cubierto o nos era desconocido se produce algún tipo de descubrimiento, desde quitarnos el sombrero hasta el descubrimiento del genoma humano. Pero no es de los descubrimientos científicos de los que yo quiero hablar aquí, sino de los cuatro grandes descubrimientos que yo hice y que están envueltos en el ropaje literario de la Biblia, y son los siguientes.

          19. La Trascendencia

 

          El término trascendencia tiene muchos significados, desde algo muy importante que nos desborda por sus consecuencias, hasta algo irrelevante y sin importancia. Un tumor maligno con metástasis, por ejemplo, es de gran trascendencia para la salud mientras que una simple acumulación sebácea tiene escasa importancia médicamente hablando, por lo que resulta intrascendente, si se la ataja a tiempo antes de que se convierta en un foco activo de infección.

          En un sentido muy elemental, el término trascendencia se refiere a una metáfora espacial. Trascender es un vocablo derivado del latín trans, más allá, y scando, escalar, y significa metafóricamente pasar de un ámbito a otro atravesando el límite que los separa. Así, por ejemplo, los satélites espaciales trascienden los límites de la biosfera y se introducen en el ámbito de la estratosfera. Trascender equivale a romper límites y barreras en cualquier orden de la realidad.

          Desde el punto de vista filosófico, el concepto de trascendencia incluye la idea de superación o superioridad. Así, en la tradición filosófica occidental, la trascendencia supone la existencia de un «más allá» del punto de referencia. Trascender significa la acción de «sobresalir», de pasar de «dentro» a «fuera» de un determinado ámbito, superando su limitación o clausura. En este sentido S. Agustín dijo de los filósofos platónicos que «trascendieron todos los cuerpos buscando a Dios».

          Trascendencia se opone a la inmanencia. Lo trascendente es aquello que se encuentra «por encima» de lo puramente inmanente y, por lo mismo, la inmanencia es la propiedad por la que una determinada realidad permanece como cerrada en sí misma, agotándose en ella su ser y su actuar. La trascendencia supone, por tanto, la inmanencia como uno de sus momentos, al cual se añade la superación que el trascender representa. Lo inmanente se refiere entonces a este mundo en que vivimos y lo que vivimos en la experiencia. Así las cosas, lo trascendente nos remite a la cuestión sobre si hay algo más fuera del mundo que conocemos, y desde esta perspectiva surge inmediatamente la cuestión sobre la existencia de Dios por encima del cosmos y de la vida personal e histórica de los seres humanos. ¿Existe más allá de este mundo algo o alguien superior, distinto y comprometido con la vida de los hombres y la evolución dinámica del cosmos?

          Algunos sostienen que, científicamente hablando, la respuesta afirmativa a esta pregunta es inaceptable, mientras que otros se pronuncian por la respuesta afirmativa, siempre y cuando se manejen correctamente los datos que ofrecen las ciencias de la vida. Yo no voy a entrar aquí a discutir opiniones de nadie sobre la existencia de Dios. Lo he hecho ya en muchas ocasiones y remito al lector interesado a mis escritos sobre el tema. Lo que pretendo ahora es decir cómo surgió en mí esta cuestión como algo de capital importancia para encontrar el sentido de mi vida. Desde que tuve uso de razón me pareció que encontrar la respuesta acertada a esta pregunta era algo irrenunciable para mí, y la respuesta afirmativa a este interrogante equivalió al descubrimiento de la Trascendencia personificada en Dios, lo cual cuadra perfectamente con el mensaje central de la Biblia.

          Primero descubrí que tiene que haber Algo más allá de este mundo en que vivimos. Luego descubrí que ese Algo es también ALGO PERSONAL absolutamente importante y superior a cualquiera otra realidad conocida o por conocer. Con el paso del tiempo y a la luz de la experiencia personal y profesional, he llegado a la conclusión de que cuanto antes se haga este descubrimiento, mejor. Pienso también que la adolescencia es la edad ideal para afrontar este problema de forma imparcial y realista.          Por eso me parece que los sistemas educativos que tratan de silenciar pedagógicamente las cuestiones sobre Dios, hacen mucho mal. Igualmente hacen mucho mal los que practican el fanatismo religioso. Tanto el fanatismo político excluyente de la búsqueda de la verdad sobre Dios, como el religioso, que trata de inculcar las convicciones religiosas de forma violenta e irrespetuosa, son cosa mala que hay que tratar de evitar. La cuestión neurálgica de la Trascendencia está directamente ligada a la cuestión sobre la existencia de Dios y no podemos perder el tiempo mirando para otro lado, y menos aun persiguiendo política o religiosamente a quienes buscan libre y públicamente una respuesta acertada y digna de la condición humana.

                    

          20. Nueva dimensión de la existencia humana

           

          En estrecha relación con la cuestión de la Trascendencia surge la cuestión sobre el “más allá” de esta vida después de la muerte. ¿Termina todo en el féretro y las condolencias de familiares y amigos? Aparentemente sí. Pero las apariencias engañan también tratándose de la muerte. Es obvio que el cadáver ni oye, ni ve ni entiende. No se entera, por tanto, ni de los elogios apologéticos de sus admiradores en vida ni de los desprecios y vituperios de sus enemigos. No se entera de nada. Por lo mismo, al muerto le da igual que lloremos por motivos de amor ante su tumba o que denostemos por odio y maldigamos su memoria. ¿Hay cosa más clara y evidente que esto que termino de decir? Y, sin embargo, la pelota sigue en el tejado, y es posible recuperarla. ¿Cómo y de qué manera? Este es el descubrimiento.

          Hasta la irrupción de Cristo en la historia, la incógnita del “más allá” no había sido despejada. Es el hecho insólito y desconcertante de su resurrección de entre los muertos lo que despejó esa incógnita de forma satisfactoria y feliz. Pero, ojo al parche. La resurrección de Cristo no fue una reencarnación, ni un mero revivir para volver a morir y asunto terminado. Es verdad que no faltan en el Antiguo Testamento alusiones a casos de resurrección, y en el Segundo libro de los Macabeos se habla explícitamente de la fe en la resurrección. Pero en todos estos casos se trata de la esperanza en una vuelta a la vida en este mundo y ahí se acaba todo.

          La resurrección de Cristo, por el contrario, tuvo unas características insólitas totalmente imprevistas. En primer lugar, vuelve a la vida, pero para no morir más. En segundo lugar, la vida de Cristo resucitado es una forma de vida nueva vencedora de la muerte y liberada de las categorías del tiempo, del espacio y de las leyes de la naturaleza cósmica. Los relatos evangélicos sobre la resurrección de Cristo son contundentes y felizmente desconcertantes. Tanto es así, que el impacto que produjo en quienes le vieron resucitado cambió por completo el rumbo de sus vidas al darse cuenta de que, más allá de la muerte terrenal, la vida humana empalma con una nueva dimensión de nuestra existencia terrenal.

          A la luz del magno acontecimiento de la resurrección de Cristo, la incógnita sobre nuestro futuro allende la muerte quedó felizmente despejada. Un ejemplo de nuestra vida real puede ayudar a entender lo que termino de decir. Cuando una persona muere, la primera y pertinaz impresión que tenemos es que la vida del difunto ha terminado para siempre como un vehículo estrellado en un callejón sin salida. Pues bien, contra ese hecho contrasta la resurrección de Cristo, garantizando la continuidad de la vida, transformada en otra especie de vida con características diferentes a las de la vida que fenece con la muerte.

          El hecho de que a primera vista tengamos la impresión de que no queda nada vivo, no es suficiente razón para darlo todo por perdido. Esta primera impresión es comparable con lo que ocurre cuando contemplamos el despegue de un avión. Le vemos despegar y alejarse hasta que se pierde entre las nubes y nosotros lo perdemos de vista. Pues bien, no sería razonable pensar que el avión y los viajeros que van dentro de la nave aérea dejan de existir por el mero hecho de que nosotros ya no podemos verlos. Siguen existiendo en el aire, o sea, viajando en otra dimensión o área distinta del espacio cósmico. De modo análogo podemos decir que, por más que el muerto no dé más señales de vida, o que nosotros no podamos percibirlas, ello no significa necesariamente que todo está perdido. El hecho inconcuso de la resurrección de Cristo fue una demostración práctica de que, a pesar de la muerte terrenal, la vida sigue en otra dimensión de la existencia con características propias y misteriosas para nosotros, pero reales.

          Para mí la resurrección de Cristo de entre los muertos fue un descubrimiento feliz que ilumina mi afanoso caminar por este mundo con la esperanza de incorporarme a esa nueva dimensión de la existencia allende la muerte, donde terminará el temor a morir y se inaugurará un reino perpetuo de paz y felicidad por los siglos de los siglos.

 

21. El perdón a los enemigos

 

          Otro descubrimiento histórico trascendental se refiere al perdón a los enemigos como plenitud del amor. A lo dicho en otras ocasiones sobre este tema, quisiera añadir algunas reflexiones prácticas consoladoras. El perdón a los enemigos es una novedad cristiana por antonomasia. Es verdad que antes y fuera del cristianismo castizo se habló y sigue hablando de perdón. Pero se trata sólo de una actitud estratégica civilizada que se queda a medio camino del perdón recomendado por Cristo sin exclusiones ni limitaciones. Pedir disculpas es un signo de madurez humana y de civismo, pero el perdonar a quienes nos han hecho algún mal va mucho más lejos. La gente encuentra una dificultad muy grande para perdonar a los enemigos, sobre todo cuando el mal que nos han hecho lleva consigo mucho dolor. En estos casos pueden oírse expresiones como estas: “Olvido, pero no perdono”. O bien: “Perdono, pero no olvido”.

          En el primer caso, está claro que no hay perdón. En el segundo, el perdón tiene cabida, pero, a causa de la persistencia del dolor infligido, puede desaparecer la voluntad del perdonar. En ambos casos cabe la posibilidad de que el instinto de venganza se camufle de tópicos y costumbres de compromiso social, que se ve reflejado en leyes y costumbres tradicionalmente admitidas. Por ejemplo, en el recurso a la pena de muerte o el resentimiento expresado en expresiones como: “a la vuelta te espero” o “el que la hace la paga” o “esto tiene un precio”. Para entendernos conviene recordar lo siguiente.

          El perdón a todos los que nos han hecho algún mal lleva consigo no devolver mal por mal y la erradicación de los sentimientos de rencor o resentimiento y odio al malhechor. Lo cual es totalmente compatible con el ejercicio de la justicia. Perdonar no significa convalidar o avalar la injusticia cometida por el malhechor. La justicia debe seguir su curso, pero reprimiendo el pecado y salvando al pecador. El que un asesino, por ejemplo, sea perdonado no significa que quede dispensado de perder su libertad para seguir matando cuando se le presente otra ocasión. El malhechor ha de ser reprimido por la justicia en la medida en que representa un peligro para los demás. Pero sin guardar odio ni rencor contra su persona.

          El Papa Juan Pablo II, por ejemplo, perdonó a su agresor la acción cometida contra él, pero no impidió que la justicia reprimiera su libertad para evitar que su intento de asesinato quedara impune o convalidado como si nada hubiera ocurrido. Es un caso ejemplar reflejado en la metáfora bíblica del beso de la justicia y la paz. La pregunta que surge espontáneamente ante hechos como este y otros similares bien conocidos en relación con los profesionales del terror es la siguiente. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que un hijo perdone al terrorista que asesinó a su padre? 

          Llegados a este momento de nuestro discurso cabe recordar dos hechos indiscutibles. En primer lugar, hemos de reconocer que el hombre abandonado a sus propias fuerzas es incapaz de perdonar a sus enemigos. Buscará estrategias defensivas contra él, pero eso no significa perdonar realmente. Hay enemigos con los que se puede negociar y la gente normal piensa que se debe aprovechar esta ocasión para desarmarlos sin arriesgar la propia vida. Aquello de que “el miedo guarda la viña” es aplicable también al perdón de los enemigos.

          Bajo el impacto del miedo, muchos piensan que resulta más rentable dar la impresión de que se los perdona que perdonarlos realmente. Las cosas pueden ir incluso más lejos hasta ser víctimas del síndrome de Estocolmo, cuando éstas se convencen de que lo correcto y justo es pasarse sumisamente al bando del agresor. Bajo el impacto del miedo, la víctima atemorizada queda presa del malhechor y desarmada psicológicamente para reaccionar en su propia defensa frente al mismo. A pesar de todo, el perdón real al enemigo sigue siendo posible y deseable. El hombre abandonado a sus propias fuerzas es incapaz de perdonar realmente a los enemigos y malhechores. Pero hay dos hechos que demuestran que tal proeza es una realidad verificable y no sólo una posibilidad hipotética. Recordemos estos dos hechos demostrativos.

          En primer lugar, está la forma en que Jesucristo trató a sus verdugos desde la cruz. Cristo pudo bajarse de ella y abatir sin dificultad a los que le crucificaron, pero no lo hizo. Pudo desde allí colgado insultarlos y pedir venganza contra ellos, pero no lo hizo. Al contrario, recicló teológicamente toda nuestra basura humana transformando su muerte en amor a los seres humanos. Abandonado a sus fuerzas humanas, se preguntó si aquel trago de tormento no podía ser evitado. Pero comprendió que ello hubiera significado comportarse como un falsificador de su personalidad mesiánica, que era lo que esperaban de Él las autoridades judías de turno que decretaron su condena a muerte.

          Pues bien, este torrente de perdón sin pedir para sus enemigos el mismo mal que le infligían a Él, sin sentimientos de odio o venganza, fue posible sólo porque Dios estaba con Él. Lo cual significa que el perdón que Cristo practicó con sus enemigos y nos recomendó que practiquemos nosotros, sólo es posible llevarlo a cabo con la ayuda de Dios. La respuesta final que Cristo recibió a esta forma extrema de amar fue su resurrección gloriosa, triunfando del mal de todos los males que es la muerte. Por lo mismo, si nosotros con la ayuda de Dios amamos a todos los seres humanos sin exclusión, como Él lo hizo, también nosotros resucitaremos con Él. Y aquí encaja el ejemplo práctico de los verdaderos mártires cristianos y de las víctimas del terrorismo.

          Los mártires cristianos mueren perdonando a sus verdugos y las víctimas del terrorismo, que perdonan de verdad, piden justicia sin sentimientos de venganza. Con dolor sí, como Cristo, pero sin venganza ni enconado rencor. Confieso que para mí la constatación de este hecho del perdón a los enemigos fue un descubrimiento muy consolador porque es una prueba irrefutable de que Dios está con nosotros guiando nuestros pasos por el camino de la verdad y de la vida. Y una observación final importante. El perdonar a nuestros malhechores no significa que desaparezca totalmente el dolor que non infligieron. Significa que, aunque el dolor del maleficio persista con el recuerdo, lo soportamos con fortaleza y no sentimos la necesidad de devolver el mismo mal que nos han hecho. El perdón es incompatible con las reservas de venganza camuflada o simplemente sublimada.

         

          22. El amor personal y de amistad

         

          Por último, me es grato decir dos palabras sobre mi experiencia en relación con el amor personal. La gran sorpresa de este descubrimiento consistió en la experiencia feliz del amor personal, superando los tópicos ancestrales y erróneos del amor sexual y de enamoramiento, tanto juntos como separados. A este descubrimiento llegué al cabo de muchos años de investigación y experiencia profesional. El momento más fuerte tuvo lugar en la década de los años sesenta del siglo XX, cuando surgió el fenómeno social de la denominada “revolución sexual”. Nunca antes había yo pensado que hablar de amor era lo mismo que hablar de sexo. Pero la presión social a favor de esta opción durante aquellos años revolucionarios me llevó a estudiar cada vez más a fondo el problema, y sólo en mis años maduros llegué a formarme una idea completa y clara sobre este espinoso problema. El amor humano es una aventura muy arriesgada que tenemos todos que afrontar. Consciente de su importancia, yo me arriesgué sin miedo a afrontarla, y terminé haciendo el feliz encuentro con la verdad en materia tan delicada.

          Este feliz descubrimiento consistió en la constatación de que hay que superar la dinámica del sexo y del enamoramiento en todas sus manifestaciones hasta llegar al amor personal tal como lo he descrito en un libro. La segunda parte de este proceso de investigación consistió en el descubrimiento de que, ese amor personal, es el que Cristo practicó con nosotros y nos pidió que practicáramos con todos los seres humanos, incluidos los enemigos.

          La tercera parte del mismo descubrimiento se refiere al amor de amistad, tan buscado y difícil de encontrar. Ningún tipo de amistad es plenamente verdadero si no es una aplicación práctica del amor personal, el cual es la clave propia para solfear correctamente cualquier partitura de amor, por difícil que pueda parecernos su interpretación. Cuando Cristo habla del amor como regla suprema de humanidad, se refiere al amor personal que Él practicó con nosotros. Durante la carrera de filosofía y teología tuve muchas ocasiones de leer y escuchar cosas intelectualmente admirables sobre el amor humano a base de conceptos abstractos muy bien ordenados, pero sin tocar tierra en la realidad concreta de la vida de las personas, como hizo Cristo. El evangelista S. Juan lo tenía muy claro a este respecto. La Palabra de Dios es Cristo en persona, y no un sonido bucal al que vinculamos convencionalmente un significado concreto; o una forma de conducta emocional, que es lo que ha prevalecido en la cultura dominante de todos los tiempos en la literatura universal extrabíblica hasta nuestros días. Sólo por esta posibilidad de descubrir el amor personal, valdría la pena leer y estudiar la Biblia, aunque su lectura resulte muchas veces desconcertante y su estudio trabajoso.

         

CONCLUSIÓN

    

     La Palabra de Dios no es un sonido bucal o florilegio de frases escritas en un libro convencional. La Palabra de Dios que hay que escuchar y respetar es Cristo en persona, coeterno en su condición divina con el Padre y el Espíritu Santo. En la celebración de la Eucaristía, al final de las lecturas del Antiguo Testamento y de los escritos del Nuevo, que no son los evangelios, el lector termina recordando que lo escuchado es palabra de Dios.

     Lo cual no significa que Dios haya expresado su voluntad mediante algún discurso oral audible al modo como un maestro de escuela enseña oralmente a su audiencia una lección sobre un tema determinado para ser aprendida y examinarnos de ella después. Dios tiene su propio idioma que los seres humanos tenemos que aprender. Pero esas palabras bíblicas leídas fueron escritas por personas que conocemos por el nombre de hagiógrafos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

     Los personajes responsables de los escritos del Viejo Testamento, entendieron de alguna manera que Dios quería transmitir a través de ellos un mensaje de salvación a la humanidad, y ellos lo expresaron como mejor supieron y pudieron, con todas las limitaciones y defectos materiales atribuibles a cualquiera otro libro no bíblico.

     Al final de la lectura del Evangelio, en cambio, el lector no termina diciendo que lo leído y escuchado es palabra de Dios, sino del Señor. En realidad, decir que es palabra de Dios, o palabra del Señor, es lo mismo, pero con un matiz que conviene resaltar.

     Los hagiógrafos del Antiguo Testamento no fueron apóstoles que convivieron con el rostro visible de Dios, que es Cristo, consustancial a Él, como explica S. Juan en su evangelio. Los hagiógrafos del Nuevo Testamento, en cambio, vieron y oyeron directamente a Cristo hablando al modo como hablamos los hombres, y esa Palabra con mayúsculas, Logos o Verbum, es a lo que llamamos Palabra del Señor, en lugar de Palabra de Dios. En cualquier caso, teológicamente hablando, insisto, el significado de Palabra de Dios o Palabra del Señor, es lo mismo.

     Pero sería un despropósito peligroso pensar que la Biblia deja de ser un libro humano en cuanto a su redacción y composición, por más que en su contenido haya siempre algún mensaje más o menos explícito de la voluntad de Dios y de sus designios. Los verdaderos exégetas y teólogos tienen la misión de buscar ese mensaje en medio del follaje literario estrictamente humano de esos escritos sagrados, que lo son por el mensaje salvador que albergan, y no por el modo y manera en que fueron escritos

     La Biblia es Palabra de Dios por su contenido esencial. Pero digamos también que ha sido escrita por hombres inspirados por Dios. Este tema de la inspiración divina de los escritos bíblicos surge lógicamente al filo de todo lo que terminamos de decir sobre la condición humana de la Biblia en cuanto a su redacción literaria, pero es como grano de otro costal que me gustaría moler en otra ocasión, si Dios quiere, y los hombres no lo impiden.      NICETO BLÁZQUEZ, O.P. (Madrid, agosto de 2020).

 

 

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