jueves, 3 de diciembre de 2020

PERDÓN CRISTIANO Y VENGANZA LEGAL

 


PERDÓN CRISTIANO Y VENGANZA LEGAL

Niceto Blázquez, O.P.

ABSTRAT.  El uso rutinario de palabras y expresiones en las relaciones sociales termina desvirtuando, si no corrompiendo, su significado original. La palabra hermano, por ejemplo, usada constantemente como una muletilla o comodín de repertorio piadoso, puede resultar molesta para aquellas personas a las que se las llama rutinariamente hermanos, cuando ni siquiera son primos. Lo mismo ocurre con el término perdón cuando se lo utiliza como estrategia política o mero protocolo social, y no como la forma suprema de amor personal. Las reflexiones que siguen a continuación tienen por objeto ayudar a poner en práctica el significado humano del verbo perdonar a las personas que nos han ofendido como contrapunto a la venganza disfrazada de justicia.

 

            1. ETMOLOGÍA Y USO DEL TÉRMINO PERDÓN

             El término perdonar en español y resto de las lenguas latinas, proviene del latín vulgar perdonare. En concreto, de per + dono = donare. Lo cual apunta ya a la idea de donar o dar algo bueno a alguien. Por otra parte, los filólogos recuerdan que el término perdón tiene también un significado meramente poético y literario. En este contexto poético el término perdón hace referencia a algo exagerado, ya que el sufijo on tiene siempre un valor aumentativo. Así, de barriga decimos barrigón y de mirar, mirón; de cabeza cabezón y de pelear, peleón. O de meter las narices donde no le llaman a uno, meticón.

       El perdón del que hablamos aquí no se ha de entender en este sentido poético, sino en su sentido latino más primario de par-donare, que apunta a la idea de algo para dar. En filología clásica se tiene la impresión de que el término perdón se formó por derivación regresiva a partir de per-donar quedándose con la raíz pura que casualmente acaba en on. En latín perdón no lleva ningún sufijo aumentativo que termine en on. Por otra parte, tampoco puede decirse sin más que dicho término provenga del verbo latino par-donare, ya que el prefijo latino par se refiere siempre a lo que es igual o semejante. De hecho, no hay ningún prefijo en latín que sea par con el significado de para.

     Todo parece indicar que perdonar en español viene del prefijo per, que indica acción completa y total, y donare, que significa regalar. Lo cual permite decir con fundamento que el perdón no es algo para dar, sino que es un acto de completa dádiva generosa por parte del que perdona. En su origen etimológico, por tanto, el verbo perdonar apunta a algo así como cuando un acreedor regala definitivamente a un deudor aquello que le debía.

        Pero el uso del término perdón no se utiliza en la práctica restringido siempre a algún acto dadivoso, por lo que hay que tener en cuenta también el otro significado del prefijo per, que apunta a la idea de persistir en una acción hasta el final de la misma, a pesar de los obstáculos que puedan surgir para terminar completamente una obra. Lo cual enlaza los sentidos diversos de dicho prefijo. Así las cosas, resulta que el significado usual de perdonar es el de seguir dando, lo cual alude al deseo humano profundo de no tomar en cuenta el mal recibido ni buscar venganza por ello, ya que todos cometemos faltas y errores en la vida, y necesitamos de la indulgencia de los demás. Perdonar es tanto como seguir dando algo bueno o no dejar de darnos a nosotros mismos lo que todos necesitamos para seguir disfrutando del don recibido de la vida, a pesar de las ofensas recibidas o las faltas que cometemos unos contra otros. Como suele decirse, de acuerdo con esta perspectiva semántica del término, si amar es dar, perdonar es seguir amando a las personas sin condiciones restrictivas.

         Pero la cosa no es tan simple como parece a simple vista y por ello me parece conveniente que nos demos un breve paseo por el Antiguo Testamento, las novedades del Nuevo, los tropiezos de la teología y el derecho medieval. Si a esto añadimos un mínimo de experiencia de la vida, tendremos el terreno ya abonado para concluir el paseo con algunas conclusiones prácticas relacionadas con el perdón a nuestros enemigos, justicia, salud mental y dignidad humana.

 

            2. EL PERDÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

          El Antiguo Testamento es como la primera parte escrita de lo que en la teología judeo-cristiana llamamos historia de la salvación.

           El pueblo de Israel, a medida que fue experimentando la presencia y acción salvadora de Dios, fue tomando conciencia más clara de sus culpas y alejamiento de Él. En consecuencia, se hace también más consciente de la gravedad de dichas culpas, y programa como respuesta acciones penitenciales. Este sentimiento de culpabilidad y pecado se fue desarrollando, principalmente en el marco de la Alianza, como actos de desobediencia que serán denunciados vivamente por los profetas. Ya el comienzo de la profecía de Isaías es revelador a este respecto: “Oíd, cielos, escucha tierra. He criado y educado y ellos se han rebelado contra mí. El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño. Israel no me conoce. Mi pueblo no comprende”. Y seguidamente continúa con la denuncia y el lagrimeo sobre Jerusalén: “Ay, gente pecadora, pueblo cargado de culpas, raza malvada, hijos corrompidos. Han abandonado al Señor, han despreciado al santo de Israel, le han vuelto la espalda” (Is 1,2-9). Así las cosas, Jeremías llama a la conversión a Dios: “Volved, hijos apóstatas, que yo soy vuestro dueño” (Jr 3,14). “Si quieres volver, Israel, vuelve a mí. Si apartaras de mí tus abominaciones, no tendrías que andar extraviada” (Jr 4,1-4).

            El profeta Oseas denuncia con fuerza el adulterio, las injusticias y la violencia; la corrupción de los sacerdotes y un rosario de infidelidades del pueblo de Israel: “Acusad a vuestra madre, acusarla, porque ella ya no es mi mujer ni yo soy su marido; para que aparte de su rostro la prostitución y sus adulterios de entre sus pechos”. El profeta evoca aquí la infidelidad de la esposa para aplicarla a la infidelidad a Dios del pueblo de Israel (Os 2, 4-25).

      El corazón humano es proclive a la maldad, pero el pecado tiene solución mediante la conversión a Dios para recibir de Él la ración correspondiente de su misericordia. Dios es siempre fiel y misericordioso con su pueblo, a pesar de su infidelidad a la Alianza, y lo lleva a la conversión y la reconciliación con Él (Is 47,6).

      Jeremías promete una nueva alianza que describe con estas palabras de esperanza: “Ya llegan días en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su señor. Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: conoced al Señor, pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados” (Jr 31, 31-34).

          En este pasaje cabe destacar varias cosas muy importantes. Dios no hará pasar las culpas de los padres a los hijos, al los que perdonará sus pecados y establecerá la ley en su corazón para que la voz de su conciencia los ayude a cambiar de vida mediante la conversión y reconciliación definitiva con Dios. Al mismo tiempo el profeta apunta a una característica esencial del perdón divino, que consiste en no recordar las ofensas recibidas, sino que las olvida. Más tarde volveremos sobre esta característica del perdón divino que ha de ser el criterio para saber si los hombres realmente perdonamos o no.

            Ezequiel abunda en esta misma idea de un corazón nuevo más humano para una nueva conversión a Dios y obtener su misericordia. “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” ((Ez 36, 25-26)

            Dios hace llegar el perdón a su pueblo Israel de muchas formas, como por la intercesión de hombres justos, por la vía ritual y cultual, incluso por la curación de alguna enfermedad. De todos modos, el arrepentimiento y la conversión son condiciones indispensables para obtener el perdón de Dios. Lo cual supone un enfoque distinto de la vida como retorno a Dios y el abandono del mal. Hay que volver el rostro hacia Dios y dejar de darle la espalda. Además, la llamada a la conversión por parte de los profetas se dirige a todo el pueblo de Israel como colectivo predilecto. Es a todo ese complejo social privilegiado al que se hace el anuncio del perdón, de la misericordia y la esperanza. “Como queda azorado el ladrón sorprendido, lo mismo ha quedado la casa de Israel: sus reyes y gobernantes, sus sacerdotes y sus profetas. Dicen a un leño: padre mío, y a una piedra: Tú me has parido. ¡Me han dado la espalda, no la cara! pero luego, llegan los apuros y me dicen: ¡Ven a salvarnos!” (Jr 2,26-27).

            Todo el capítulo segundo de Jeremías es una acusación al pueblo de Israel de apostasía, pese a lo cual el perdón de Dios sigue siempre posible mediante el arrepentimiento colectivo y la conversión. Esta llamada profética, insisto, se dirige a todo el pueblo, por haber violado la Alianza abandonado a Yahvé y despreciando al Santo de Israel. Es una denuncia explícita del pecado cometido de apostasía, pero también un anuncio del perdón, de la misericordia y de la esperanza (Is 1,4-9).

            Ya en el último capítulo del Génesis se habla de la historia dramática de José, la cual empalma con los oráculos proféticos y reflexiones de los libros sapienciales acerca de la dinámica divina del perdón a favor de la casa de Israel. Pero digámoslo todo. El arrepentimiento y la conversión suponen que el pueblo de Dios se deje perdonar por Él. El hombre se tiene que dejar corregir para ser perdonado. Les dará un corazón nuevo para que conozcan quién es Él y se dejen perdonar. Para que no ocurra como con los higos malos, que de tan malos no se pueden comer. El hombre se tiene que dejar corregir y convertir. Dios perdona al hombre de corazón humillado y contrito, que no a los soberbios y engreídos (Jr 24,7; Sb 12,26; Sal 51,9).

            En el Antiguo Testamento esta actitud del pecador ante Dios permite que el perdón divino se derrame como un don y una gracia capaz de producir un profundo cambio interior que afecta a toda la conducta de las personas. Ahora bien, como decíamos antes, este arrepentimiento se mostró de formas diversas a lo largo de la historia de la salvación en el Antiguo Testamento. Recordemos algunas de esas formas.

Los expertos bíblicos señalan muchos textos en los que diversos personajes a título personal, y el pueblo mismo como colectivo social, confiesan sus pecados de infidelidad y desamor. Ya el capítulo 50 del Génesis resulta humanamente estremecedor: “Esto diréis a José: Perdona a tus hermanos su crimen y su pecado y el mal que hicieron. Por tanto, perdona el crimen de los siervos del Dios de tu padre. José al oírlo se echó a llorar” (Gn 50,17).

            Nótese cómo en este texto aparece ya una mención del amor al prójimo como reverso de la medalla del amor incondicional a Dios. A José se le pide que perdone a sus propios hermanos de sangre en nombre de Dios. Lo cual significa que el hombre debe pedir perdón a Dios por sus pecados, pero sin dispensarse de hacerlo también con su prójimo humano si le hubiere ofendido. Igualmente significativo y clarificador resulta el capítulo 25 del primer libro de Samuel. Nabal aparece como un ser impresentable por su villanía humana. Sin embargo, Abigail suplica a David que le perdone (1Sm 25, 23-25).

            “Cuando tu pueblo Israel haya sido derrotado por un enemigo, por haber pecado contra ti, y alabe tu nombre y se vuelva a ti y alabe tu Nombre, ore y suplique ante ti en este templo, tú escucharás en los cielos y perdonarás el pecado de tu pueblo Israel y los devolverás a la tierra que diste a sus padres” (1 Re 8, 33-35 y ss).

            El capítulo noveno de Esdras es una confesión impresionante de culpas del pueblo de Israel, confesadas por Esdras en su nombre. La reforma propuesta por Esdras pasa por la petición de perdón a Dios por dichas culpas y pecados, como condición para que el perdón sea otorgado a Israel por su conversión y vuelta a Él (Esd 9,6-15).

            Estas confesiones individuales o colectivas del propio pecado, unidas a la conversión del corazón, obtenían el perdón de los pecados. Todo el salmo 50(51), por ejemplo, resulta conmovedor si lo cribamos bien de sus granzas judaicas más destacadas. Es una invocación personal a Dios más allá del egoísmo nacionalista tradicional judío con la que puede identificarse sin dificultad cualquier persona humana realista y honesta. En cualquier caso, Dios ama y perdona. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia… No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas… Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen” (Sal 103(102) 8-13. Y el salmo 130(129) 3-4: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto”.

            A lo dicho cabe añadir la existencia de una liturgia penitencial en toda regla propia del pueblo judío, cuyos ritos solían realizarse para huir de algún peligro o calamidad, ya que, según la mentalidad típicamente judía, el origen de estos males se encontraba en el castigo por algún pecado del pueblo elegido. Los cinco primeros capítulos del Levítico están dedicados al ritual de los sacrificios, y el dieciséis al Yom Kippur o gran día de la expiación. El desarrollo de esos ritos penitenciales puede parecernos actualmente chocante y hasta de mal gusto, pero en ellos se destaca la necesidad moral de reconocer nuestras culpas personales y colectivas pidiendo a Dios perdón por ellas.

            La liturgia penitencial, como los sacrificios expiatorios, adquirió también muchas formas, asociadas siempre al ayuno, a las lamentaciones y a rasgarse las vestiduras. En este orden de cosas, destaca mucho la fiesta anual de la expiación o Yom Kippur, que era el símbolo máximo de reconciliación del pueblo entero con el rito de expulsión del macho cabrío al desierto, llevando consigo los pecados del pueblo (Jr 14,2; Nm 5,7-8).

            Huelga decir que estos ritos se quedaban casi siempre en lo externo, y de ahí que los profetas recordaran constantemente la necesidad de conversión y cambio del corazón para poder obtener el perdón (Os 5,6s).

            En toda la historia de la salvación, reflejada en la etapa del Antiguo Testamento, se percibe cómo Dios extiende su misericordia a todos los hombres, ya que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva. “Si el malvado, escribió el profeta Ezequiel, se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su conducta y viva?” (Ez 18,21-23).  Todo el capítulo 18 de Ezequiel es impresionante por la forma de hablar del olvido de los pecados por parte de Dios cuando existe el deseo sincero de obtener su perdón mediante la conversión del corazón por parte del pueblo de Israel y, por extensión, de cualquier ser humano arrepentido.

 

3. ACLARACIONES PRÁCTICAS

 

En primer lugar, cabe destacar la convicción profética sobre la presencia real de Dios en la historia del pueblo de Israel. La realidad de Dios es un hecho evidente de suerte que se recurre a Él para todo quehacer humano. En términos simplistas se piensa que las riquezas, la salud y el éxito son premio de Dios y la pobreza material, la enfermedad y los fracasos humanos, la factura que pasa Dios como castigo a los malos. Pero ahí está el meollo de la cuestión. Cualquier pecador contrito y arrepentido, que pida perdón a Dios por sus infidelidades y pecados, obtendrá infaliblemente el perdón divino, cuyo rasgo esencial consiste en que Dios se olvida de tal manera de ellos que deja ya de recordarlos y de recriminar al pecador por haberlos cometido. “Yo, soy yo quien por mi cuenta cancelo tus crímenes y olvido tus pecados” (Is 43, 25).

El perdonar de esa forma absoluta y taxativa es un atributo exclusivo de Dios. La cuestión ahora es si eso lleva consigo el que los hombres nos tengamos que perdonarnos entre nosotros las ofensas mutuas cometidas. En esto el Antiguo Testamento se queda a medio camino por dos razones. En el contexto global del Antiguo Testamento se tiene la impresión de que Dios es siempre el perdonador, y el pueblo de Israel el pecador destinatario y susceptible de beneficiarse del perdón divino. En los libros sapienciales, sin embargo, se aprecia cómo esa conciencia colectiva va cediendo prioridad a la conciencia individual de pecado y a la necesidad de obtener el perdón de Dios más a título personal que como miembros de un colectivo privilegiado llamado pueblo de Israel. Incluso teniendo en cuenta la perspectiva generosa de los profetas en esta materia, se tiene la impresión de que la infinita misericordia de Dios no implica que también los hombres tengamos que perdonarnos unos a otros por cualquier falta mutua cometida y menos aun cuando se trata de enemigos del pueblo de Israel (Ez 18,21-23).

            No es infundado pensar que incluso cuando los profetas apuntan a un sentido bastante universal del perdón de Dios a favor de todos los contritos y arrepentidos, en el contexto global de todo el Antiguo Testamento no consiguen traspasar las fronteras del pueblo de Israel. Pero aquí está la gran novedad del Nuevo Testamento como plenitud de la historia de la salvación universal.

            Dios nos ha amado y perdonado primero, y como consecuencia, los hombres tenemos que amarnos y perdonarnos mutuamente también con amor sin excusas de ningún tipo ni limitaciones personales. Las condiciones para perdonar al pueblo de Israel son aplicables, según el Nuevo Testamento, a todo ser humano arrepentido y deseoso de reconciliarse con Dios.

 

 

4. EL PERDÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO

 

Como textos emblemáticos sobre la necesidad de que los seres humanos nos perdonemos mutuamente nuestras ofensas cuando las hubiere, cabe recordar los siguientes.

Cuando Cristo fue preguntado sobre la forma de orar, se limitó a hacer un diseño tan sencillo como la oración del Padrenuestro donde la petición de perdón a Dios resulta ineludible: “Padre nuestro que estás en el cielo…Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden… Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mt 6,12-15).  

No se puede separar el amor de Dios del amor al prójimo, ni el amor al prójimo del amor a Dios. Por la misma regla de tres, hay que pedir perdón a Dios y también a las personas a las que hemos ofendido.

“Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-35).

Como es sabido, los números en la Biblia suelen tener sentido simbólico y no necesariamente matemático. En este caso el setenta veces siete significa que hemos de perdonar tantas cuantas veces seamos ofendidos, aunque el ofensor no nos pida ser perdonado. ¡Cuánto más si el ofensor suplica el perdón! Si hay que amar a fondo perdido sin esperar a ser correspondidos y amados, hemos de perdonar a quienes nos ofenden, aunque el ofensor no nos pida ser perdonado.

 “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 43-46).

Jesús no excluyó a ningún enemigo de su perdón. El perdón de Dios como su amor, nunca es discriminatorio, y nosotros no estamos autorizados por Él para introducir excepciones legales como ha sucedido a lo largo de la historia, hasta poder hablar con propiedad de “venganza legalizada” mediante leyes penales tan inhumanas como fue la pena de muerte contra los herejes contumaces y otras historias peregrinas del derecho penal internacional.

 “Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas” (Mc 11, 25).

            ¿Con qué cara pues, nos ponemos a orar ante Dios con odio, rencor o simplemente con indiferencia hacia alguna persona? “Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5,24).

“Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6,36-37).

El apartado del capítulo sexto de Lucas sobre el amor y el perdón a los enemigos es tan breve y enjundioso como impresionante. “En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen. Orad por los que os calumnian… Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos”  (Lc 6,27-38).

“Y les dijo: Así está escrito, el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará el arrepentimiento y el perdón de pecados en todos los pueblos, comenzando desde Jerusalén (Lc 24, 46-47).

            El final del evangelio de Lucas hablando de los discípulos de Emaús y la aparición a los apóstoles y discípulos después de su resurrección, llama mucho la atención por las siguientes razones. En primer lugar, cabe destacar la lección de exégesis bíblica que Jesús les fue dando a los compañeros de viaje. Les hizo una interpretación del Antiguo Testamento breve y sencilla desde los acontecimientos que se estaban consumando con su nacimiento, vida humana, muerte humana y resurrección divina. Pues bien, en ese apunte magistral no podía faltar el tema del amor y del perdón de los pecados por parte de Dios. Más en concreto, Jesús les fue enseñando a leer e interpretar el Antiguo Testamento desde el Nuevo, poniendo de relieve varias cosas muy importantes.

            Todo lo acontecido con asombro de todos, estaba previsto que ocurriera de alguna forma más o menos explícita en el Antiguo Testamento. En primer lugar, la confirmación indiscutible de que Jesús era la personificación real del Mesías, tan angustiosamente esperado en Israel. A partir de ahí, se despeja la incógnita del futuro real del hombre después de la muerte terrenal. Jesús les abrió los ojos a sus compañeros de camino como después a los apóstoles reunidos, para que le reconocieran como resucitado de entre los muertos y garantía del perdón de todos los pecados del pueblo de Israel y de la entera humanidad.

            ¡Y amor a los enemigos! “En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian…Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada” (Lc 6,27-38).

“Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: me arrepiento, lo perdonarás” (Lc 17,3-4).

Las enseñanzas de Cristo con sus hechos y con sus palabras sobre el perdón universal, incluidos los enemigos declarados, son consoladoras en extremo y al mismo tiempo desconcertantes a simple vista. Amor personal a fondo perdido y perdón a los enemigos son como el anverso y el reverso de la misma medalla. Según san Juan, no hay amor verdadero a Dios sin amor al hombre. Ni amor verdadero al hombre sin amor a Dios. Cualquier intento de separar estos dos aspectos concomitantes constituye un engaño lamentable. Dios es Amor y el hombre obra suya. ¿Cómo amar a Dios al que no vemos tal cual es, si no amamos al hombre o mujer que tenemos ante nuestros ojos? El perdón a nuestros amigos y enemigos no es más que el reflejo de la esencia amorosa de Dios. (1Jn 4, 7-21).

En su última lección magistral desde la cátedra salvadora de su cruz volvió a repetir la misma lección resumida en pocas y significativas palabras: “Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

¿Qué no sabían lo que hacían? Unos ciertamente que no lo sabían, otros en cambio eran muy conscientes de lo que habían hecho y estaban haciendo. Pero para efectos del perdón era igual. A la hora de perdonar, Cristo había metido en el mismo saco a unos y a otros. Eso sí, unos reconocieron su pecado y otros no. Por ejemplo, Pedro reconoció el suyo y pidió perdón. Judas no lo pidió y prefirió suicidarse.

“Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia” (1Jn 1-9). “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el padre, a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también del mundo entero” (1 Jn 2,1-2).

 “Este es mi mandamiento: Que os améis los unos a otros como yo os he amado…Esto os mando: que os améis unos a otros (Jn 15, 12.17).

Que nos amemos y perdonemos unos a otros como el Padre le amó a Él, y Él nos amó a nosotros. O sea, como personas que somos, creadas a imagen suya, y no como objetos platónicos o sentimentales románticos egoístas de usar y tirar.

El discurso de Pedro en el pórtico de Salomón es una lección de exégesis bíblica magistral y no podía faltar el recurso al arrepentimiento y el perdón. El texto ha de ser leído completo y analizado con lupa exegética y teológica. “Por tanto, arrepentíos y convertíos para que se borren vuestros pecados” (Hch 3, 19-20).  Si a todo esto añadimos algunos remaches más de san Pablo, tendremos ya el terreno más que abonado para deducir algunas conclusiones prácticas sobre la dinámica del perdón divino y humano en este mundo convulso y desconsolado en el que vivimos.

“En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría ha derrochado con nosotros” (Ef 1,7-8).

“Desterrar de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,31-32).

            “Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de ellos pecados” (Col 1,13-14).

            “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo” (Col 3,13).

            Como colofón bíblico sobre el perdón a los que nos han hecho mal, incluidos los mayores enemigos, léase sin prisas y reflexivamente el canto al amor-caridad del capítulo 13 de la primera carta de san Pablo a los corintios.

            Lo más impresionante sobre el perdón en el Nuevo Testamento es su extensión a los enemigos sin hacer discriminaciones por el mayor o menor mal recibido de ellos. Esta novedad sigue desconcertando todavía a muchos cristianos piadosos y no sólo a los judíos y musulmanes más fanáticos. Y no digamos nada tratándose de personas ajenas a cualquier creencia religiosa propiamente dicha.         En este contexto no estará mal que recordemos a continuación el patinazo que dio la teología medieval cristiana cuando algunos trataron de justificar la introducción de excepciones al precepto cristiano del amor universal a Dios y a los hombres, sin excluir a nadie, aunque sean enemigos de cualquier especie.

 

5. EL PERDÓN EN LA EDAD MEDIA CRISTIANA

 

La teoría y práctica del perdón en el occidente cristiano sufrieron cambios importantes en su forma de entenderlo de acuerdo con los contextos políticos, sociales y religiosos de cada época. No es lo mismo, por ejemplo, -recuerda con razón Gerardo Miguel Nieves Loja, hablar de perdón en los orígenes del cristianismo que durante los siglos XII – XIV, cuando santo Tomás de Aquino, lector asiduo de la Biblia y de Aristóteles, trató de dar una respuesta a la problemática planteada por los herejes de su época, dejando de lado en parte la predicación de Jesús acerca del perdón incondicional y gratuito.

Por otra parte, por aquellas calendas no estaba todavía bien definido socialmente el campo de la religión, de la teología y la política, con lo cual se complicaron aún más las cosas. Los reyes y emperadores hablaban y tomaban decisiones como si fueran obispos, y los obispos y los papas como si fueran reyes o emperadores.

            La defensa de la pena de muerte contra los herejes contumaces, por ejemplo, fue una paradoja medieval que sólo encuentra explicación psicológica atenuante en el contexto político-social de la época, el apego servil al pensamiento de Aristóteles y al Antiguo Testamento con menoscabo del Nuevo. El concepto de perdón no era relevante en la edad media y se lo concebía como un don no aplicable a los herejes contumaces, a los que habría que hacer desaparecer del mapa incluso aplicándoles la pena de muerte en los casos de contumacia.

            Los creyentes cristianos de la edad media eran invitados a perdonar a sus enemigos, ciertamente, pero con dos opciones posibles. Una: la que defendía y practicaba el mandato cristiano del perdón en sentido absoluto sin excepciones ni discriminaciones. Y otra: la que interpretaba el mandato cristiano del perdón, incluidos los enemigos, pero en sentido sólo relativo, negando dicho perdón a los denominados herejes contumaces.

            Lo cual no significa que el auténtico amor evangélico sin discriminaciones no existiera. Existía, pero llegó la Inquisición y con ella la institucionalización de la venganza disfrazada de celo apostólico y de leyes sociales vinculantes. Se declaró así la guerra abierta contra los herejes, tratándolos como delincuentes peligrosos para los intereses políticos de reyes, emperadores, papas y obispos feudales. Por supuesto que los herejes no siempre eran personas equilibradas y ejemplares, pero algunos grupos, como los cátaros y valdenses, criticaron con buenas razones la complicidad política de la Iglesia jerárquica, que se había implicado a fondo en los asuntos políticos desde el siglo IV a raíz de la política de tolerancia religiosa constantiniana.

            La Iglesia jerárquica trató de defenderse de las herejías con la excomunión en un primer intento. Pero pronto constató que la excomunión no era suficiente para hacer frente a su crecimiento y llegó la Inquisición, primero episcopal y luego papal, para salir al paso de las mismas con contundencia implacable.

            En 1184 Lucio III no dudó en entregar a los herejes a la autoridad civil para que recibieran la muerte con la ley en la mano, en caso de contumacia. En 1199 Inocencio III reafirmó las disposiciones de su antecesor clasificando la herejía como delito de lesa majestad, o sea, susceptible de la pena de muerte. En 1226, con Honorio III, el rey Carlos de Francia dispuso que los herejes declarados tales por los tribunales episcopales, recibieran su merecido con la muerte en la hoguera. El emperador Federico II actuó en esta misma línea por su cuenta y riesgo ampliando la aplicación de dicha pena con la hoguera. Con Gregorio IX se consolidó la colaboración entre la Iglesia oficial y el “brazo secular” en el recurso a la pena de muerte por causa de herejía.

En 1252 Inocencio IV, además de permitir la tortura para conseguir la confesión de los inculpados, tuvo la peregrina idea de presionar a dominicos y franciscanos para que actuaran como inquisidores papales. Algo que no casaba en absoluto con el proyecto fundacional de santo Domingo de Guzmán ni de san Francisco de Asís, pero esa fue la triste realidad que le tocó vivir a santo Tomás, el cual puso todo su ingenio en la cuestión 64 de la II-II para presentar un proyecto de legitimación de la pena capital de acuerdo con la mentalidad del sector social, religioso y político dominante de su tiempo. A sus espaldas tenía dos documentos papales explícitos de referencia. Me refiero a las dos bulas papales Ad abolendam (1184) y Vergentis in senium (1199), amén de algunas disposiciones concretas del concilio IV de Letrán (1215) convocado por Inocencio III.

Este paradójico comportamiento estaba basado en una forma reductiva de entender el perdón cristiano en cuyo contexto quedaba siempre un hueco para la aplicación de la pena de muerte contra los herejes contumaces. Como observa Nieves Loja con toda razón, perdonare (perdonar), es una expresión del latín tardío, que no se encuentra en los escritos de Tomás de Aquino. Había otra forma de decir perdón a media asta con la boca chica, y ni siquiera los predicadores daban mucha importancia al término perdón; sólo hablaban del perdón de manera ocasional, en circunstancias como la celebración de la liturgia. En su lugar solían hablar de obras de misericordia.

            Así, el teólogo Pierre le Chantre (1130-1197) hablaba con entusiasmo de la contrición, de la devoción y de la misericordia, considerando ésta como la más perfecta. Pero la palabra perdón, tal como lo entendemos hoy con el Evangelio en la mano, brilla por su ausencia.

            Se trata de una misericordia que implica corregir y estar fundamentada en la compasión y la caridad. Pero no se habla directamente del perdón a los culpables sino únicamente de compasión y clemencia. Se alaba y recomienda la compasión y la clemencia en la aplicación de los castigos previstos en las leyes sociales, sobre todo tratándose de las autoridades de profesión cristiana. Pero el aplicar el castigo para mitigar su dolor o conmutando la pena capital por otro castigo más suave, no invalidaba la presunta legitimidad de infligir esos castigos legales con toda su crudeza. De ahí la insistencia en que la Iglesia practicara la mansedumbre dejando que el trabajo más sucio de la pena capital lo hiciera el brazo secular, y en prohibir que los sacerdotes fueran miembros de los tribunales que aplicarían la pena de muerte con la ley en la mano.

Como descargo de conciencia se insistía en que el acto de perdonar es un gesto propio y específico de Dios. Esto no era negociable. Pero no algo que se haya de exigir siempre al hombre en relación con sus semejantes. De ahí también que se hable de reconciliación en lugar de perdón, y del esfuerzo que todos hemos de hacer para superar el rencor y la dureza en el trato con las personas, abriéndonos a los sentimientos de paciencia, apoyo, generosidad y caridad, según afirmaba el teólogo y filósofo Raoul Ardent allá por el año 1200. En cualquier caso, el perdón evangélico real brilla por su ausencia en esta forma de pensar medieval que termino de describir, y que en santo Tomás alcanzó su culminación racional a la sombra del Antiguo Testamento y de Aristóteles.

            Otro rasgo medieval presente en la época de santo Tomás era la existencia de una mentalidad rabiosamente jurídica, así como un recuerdo permanente del Juicio Final. Desde esta perspectiva, la falta cometida clamaba siempre venganza; palabra ésta que pertenecía al vocabulario jurídico como una exigencia de justicia que incluía recurrir al correspondiente proceso. Es la figura del Dios justiciero veterotestamentario, que tiene como una de sus atribuciones hacer justicia por encima de todo, y es lo que el rey debe hacer también como representante suyo en la tierra. La justicia conduce al castigo y la misericordia conduce al perdón. Pero al perdón por parte de Dios con nosotros y no necesariamente de un hombre respecto de otro hombre. Los herejes contumaces, por ejemplo, quedaban fuera del campo del perdón humano al ser condenados a muerte.

            Por otra parte, existía una forma discreta y conflictiva de interpretar el quinto precepto del Decálogo en sentido absoluto, y otra en sentido excluyente y selectivo, según la cual los herejes contumaces, y no sólo estos, podían ser torturados y destruidos aplicándoles de la pena capital en los casos legalmente bien especificados, y santo Tomás tomó posición en esta segunda línea, que era la línea oficial avalada por las autoridades políticas y religiosas de turno, y gran parte del pueblo llano. Existía la convicción de que hay que perdonar a los enemigos, como dijo Jesucristo, pero no necesariamente a todos. Los herejes contumaces quedaban excluidos y santo Tomás sistematizó equivocadamente esta creencia dominante durante la edad media[1].

            La importancia oficial reconocida posteriormente al pensamiento de santo Tomás en el Magisterio de la Iglesia jerárquica condujo a una paradoja dramática. Por una parte, se ha de predicar el amor infinito de Dios para con nosotros. Pero al mismo tiempo nosotros podemos consideramos autorizados para introducir excepciones jurídicas concretas para perdonar a unos y destruir a otros con la muerte por motivos diversos, como la herejía religiosa. Con lo cual se llegó a la patética conclusión de que el perdón cristiano a los enemigos es compatible con la destrucción de algunos de ellos mediante la pena capital. Este error tan grave fue afortunadamente corregido con la reforma del n.2267 del Catecismo de la Iglesia, como he explicado ampliamente en La pena de muerte en el banquillo (Madrid 2017), y Studium 59 (2019) 21-78).

 

            6. OLVIDO DEL DOLOR Y JUSTICIA HUMANA

 

            Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se insiste en que el perdón de Dios lleva consigo el olvido por su parte de nuestras malas acciones, cuando realmente estamos arrepentidos de haberlas cometido y suplicamos su divina misericordia. Pero ¿cómo olvidar nosotros el mal que una persona nos ha hecho, renunciando a la tendencia instintiva a pagarle con la misma moneda?  ¿No sería esto una injusticia? La reacción espontánea ante la ofensa es lo del “ojo por ojo y diente por diente” en todos los códigos penales antiguos y modernos más importantes que conocemos.

            El ojo por ojo, diente por diente, es un dicho que se usa para referirnos a la venganza como forma de justicia. Los expertos están de acuerdo en que surgió en la antigüedad lejana, allí donde cada cual se tomaba la justicia por su mano. En el contexto bíblico equivale a la ley del Talión, la cual alude a un principio práctico de justicia retributiva, según la cual, la norma establecida debe ser equitativa y recíproca con el crimen cometido. La frase sugiere la búsqueda de la proporcionalidad matemática entre la acción mala y la respuesta correspondiente al daño recibido. Actualmente la ley del Talión tiene particular vigencia en los países islámicos.

            En el Antiguo Testamento la ley del Talión es invocada muchas veces con una significación muy acorde con el instinto humano de venganza travestido de justicia humana. Son impresionantes a este respecto los capítulos 21-25 del Éxodo; 20-21 del Levítico y el 21 del Deuteronomio.

            Los expertos dicen que Hammurabi, rey de Babilonia en el siglo XVIII antes de Cristo, fue el autor de 282 leyes penales inspiradas en la ley del Talión, con la cual se vengaba el delito cometido devolviendo al delincuente el mismo daño o mal que él había causado. 

             Pero con la llegada de Cristo y de la Nueva Alianza esa triste historia quedó absolutamente desautoriza. Es muy interesante cómo el evangelista Mateo en el capítulo quinto de su evangelio va corrigiendo una serie de prácticas del Antiguo Testamento, descalificadas abiertamente por Cristo. Se os ha dicho, sí, pero Yo os digo (Mt 5, 38-42).

            A pesar de todo, no se ha progresado cuanto cabía esperar a partir de esta nueva era de humanismo inaugurada por Cristo. Hay colectivos sociales en los que la venganza por el mal recibido es regla sagrada que hay que respetar, y hasta que tal venganza no ha sido satisfecha, se piensa que no se ha cumplido con la justicia. La venganza es considerada como un deber de justicia estricta. Incluso entre penalistas cristianos los hay que la muerte del malhechor significa el cénit de la justicia humana. La pena de muerte sigue siendo considerada por muchos como la forma suprema de administración la justicia social. Algo así como la cúspide de la pirámide del derecho penal humano.

            Tanto en la Biblia como en los estudios más conocidos actualmente sobre el perdón humano, hay coincidencia total en considerar el olvido de las ofensas como ingrediente esencial del perdón verdadero. También hay coincidencia en el reconocimiento de los beneficios que reporta tanto al perdonado como al que perdona. No la hay sin embargo sobre la actitud de terceros frente a los que perdonan, Dios incluido. Los hay que no perdonan, pero respetan y admiran a quien es capaz de hacerlo. Pero hay otros que protestan contra quienes perdonan sin reservas a sus ofensores. El perdón es interpretado a veces como un gesto de debilidad y cobardía si no de injusticia manifiesta. Si Dios perdona también a gente como mi abuelo fallecido, oí decir una vez, no creo en Dios.  

            Pero ¿cómo compaginar el olvido del dolor recibido y el perdón con el ejercicio de la justicia? Porque hay personas que deliberadamente no quieren olvidar y otras que quisieran olvidar y no pueden. Intentemos primero poner las cosas en su sitio y recordemos después las ventajas que reporta el perdón tanto para el que perdona como para el perdonado.

 

            7. PROPIEDADES DEL PERDÓN VERDADERO

 

            De entrada, hay que excluir ya como perdón por las ofensas el pedirlo al ofendido como mera fórmula de cortesía o protocolo social, y menos aun cuando se habla de perdón en el contexto político y financiero. Ni significa el perdonar que hayamos de excusar el comportamiento malo del ofensor. Es simplemente cuestión de abandonar el resentimiento y contemplar al ofensor como un ser humano a pesar del mal que ha hecho. Como propiedades del perdón verdadero cabe destacar las siguientes.

            1) Renuncia consciente y deliberada al deseo de devolver vindicativamente al ofensor el mismo mal recibido. No vale perdonar como estrategia para quitarse provisionalmente un enemigo del medio, pero diciendo para sus adentros: el que la hace la paga, a la vuelta de la esquina te espero; perdono, pero no olvido. En estos casos el instinto de venganza queda de momento desactivado, pero tan pronto surge una oportunidad favorable, se activa automáticamente y salta como una fiera durmiente sobre el ofensor. 

            2) Erradicación de los sentimientos de odio, rencor y resentimiento contra el ofensor. Estos sentimientos son como el caldo de cultivo propio del instinto espontáneo de venganza. El odio y el rencor son psicológicamente comparables a un rescoldo sin llamas, que abrasa el corazón de la persona ofendida hasta que ésta consigue extinguirlo con el recurso al agua del perdón.

            3. Olvidar la ofensa recibida, evitando recordar permanentemente el daño causado como excusa para acusar al ofensor siempre que haya oportunidad de hacerlo. Quien realmente perdona no tiene interés ninguno en dar vueltas a la ofensa recibida como una campana repicando lo malo que hizo o dijo el ofensor.         Sí, ¡pero hay que ver el daño que me hizo y lo que me hizo sufrir! Pues bien, La estimulación permanente del recuerdo del daño recibido es incompatible con el verdadero perdón al que nos ha hecho algún mal con hechos o palabras. En ese olvido requerido está la prueba de fuego del verdadero perdón. Como dijimos antes, tanto en la Biblia como en la literatura universal occidental, el olvido de la ofensa es un requisito indispensable del verdadero perdón a cualquier malhechor o enemigo. El perdón de la ofensa es incompatible con estar recordando cada tres por cuatro los males recibidos como quien se complace en revolver basura en los contenedores.

            4. Una respuesta realista a esta gran dificultad de olvidar las ofensas puede ser la siguiente. Hay que distinguir entre el olvido de la ofensa y el olvido del dolor físico o moral sufrido. Hay ofensas que se olvidan con relativa facilidad, cuando el ofensor pide sinceramente perdón y no quedan efectos negativos colaterales. Ocurre algo así como cuando uno debe a alguien quinientos euros y se los paga, aunque sea tarde. La deuda queda saldada y el asunto terminado.

            Pero ocurre muchas veces que el dolor de la ofensa permanece y tiende a consolidarse bajo pretextos de justicia histórica, o por orgullo personal. En estos casos resulta poco menos que inútil hablar de perdón verdadero, por más que se lo disfrace de gestos diplomáticos de cortesía social o falsa tolerancia.

            Hemos de reconocer que el acto de perdonar, tal como lo hemos descrito, resulta muy difícil para muchas personas. Para algunas resulta psicológicamente imposible. No obstante, las hay que perdonan de corazón las ofensas, aunque el dolor causado por ellas tarde en desaparecer. Ante un atentado terrorista, por ejemplo, podemos encontramos con familiares de las víctimas transidos de dolor por la muerte de algún ser querido y piden que se haga justicia, pero de ningún modo devolviendo al malhechor el mal que ha cometido. Otros, en cambio, piden fríamente venganza directa o indirecta por la vía de la justicia, pero en definitiva lo que piden es venganza y no justicia. ¿Cómo explicar estas dos actitudes tan diferentes ante el malhechor?

            Desde una experiencia cristiana de la vida no hay dificultad en admitir que, sin la fuerza misteriosa de Dios, el hombre abandonado a sus propias fuerzas no es capaz de perdonar la ofensa, sobre todo cuando el dolor de la misma es intenso y tarda en desaparecer por sí solo con el paso del tiempo. La ofensa recibida es como un fuego abrasador que se apaga con el perdón. Pero apagado el fuego de la ofensa, permanece el humo del dolor contaminando el ambiente. Es entonces cuando juega un papel decisivo el olvido voluntario para que con el calor del humo no se reavive el fuego.

            Cuando Dios nos perdona a nosotros nuestros pecados, olvida la ofensa y hace desaparecer al mismo tiempo el humo del dolor. La experiencia cristiana sobre la grandeza humana de aquellas personas que se piden mutuamente perdón, y se perdonan de verdad de acuerdo con el mandato cristiano del amor, es en la práctica la más realista, aconsejable y consoladora que yo conozco.

             Pero debe quedar claro que el perdonar la ofensa no significa convalidar la mala acción, como si por el hecho de perdonar al ofensor, lo que éste hizo dejara automáticamente de ser malo. Por otra parte, el ofendido puede incluso dispensar al ofensor de rendir cuentas ante los tribunales de justicia. Pero en caso de que tal cosa sucediera, ello no significa que apruebe en absoluto el mal recibido. Esa dispensa es comprensible y aconsejable siempre que no existen garantías sobre la honestidad de los tribunales de justicia, o con toda probabilidad le van a aplicar un castigo vengativo, que es justamente lo que no cuadra con el perdón otorgado.

            Cuando, por el contrario, no hay dudas sobre la honestidad de la ley penal y de los agentes de la justicia que habrán de aplicarla, el hecho de perdonar no significa que se haya de suspender el proceso normal de la justicia. Como ejemplo práctico de lo que termino de decir, baste recordar cómo el Papa Juan Pablo II perdonó realmente la ofensa de su agresor Ali Azca en la Plaza de san Pedro, pero ello no fue un obstáculo para que el procedimiento de la justicia siguiera su curso normal.

            Otra aclaración importante es la siguiente. La práctica de pedir perdón a Dios y a nuestros semejantes por nuestros comportamientos inapropiados con Dios y con el prójimo, es una fuente de paz interior sin la cual resulta imposible disfrutar de un mínimo de verdadera felicidad en este mundo. Las personas que no reconocen nunca errores y equivocaciones en su vida, manteniéndose en sus trece de que todo lo que hicieron en el pasado y siguen haciendo en el presente estuvo y está siempre bien hecho, difícilmente pueden disfrutar de paz interior personal para compartirla con su entorno familiar y social.

            Desde el punto de vista del Nuevo Testamento, el perdón a los enemigos sigue siendo todavía escándalo para los judíos y necedad para los paganos de nuestro tiempo (Cf 1Cor. 1,22-23).

            Según los judíos más ortodoxos y los musulmanes más fanáticos, si Cristo murió crucificado como un malhechor es porque algo malo hizo. Con ese prejuicio por delante les resulta imposible entender que murió por amor perdonando a sus propios enemigos, por más que no aprobara su conducta. Todas las escenas del Nuevo Testamento en las que Cristo aparece perdonando a alguien son una realidad desconcertante y al mismo tiempo consoladora.

8. LA LECCIÓN DE LOS MÁRTIRES CRISTIANOS

            La última lección de Cristo en carne mortal de este perdón desconcertante y consolador tuvo lugar muriendo en la cruz. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 34).             Aunque esta petición de perdón no aparece en algunos códices y versiones de la Biblia, los expertos en la materia, no solamente no dudan de la coherencia interna y externa de esas palabras en aquel momento cumbre, sino que incluso sospechan con buenas razones filológicas que esta petición de Cristo a favor de sus verdugos legales, las autoridades constituidas de Israel en aquel momento histórico, debió ser invocado en diversos momentos de su crucifixión.

            Es obvio que los funcionarios romanos que aplicaron a Cristo la pena de muerte, no tenían la menor idea de quién era realmente Cristo. Ellos se limitaban a cumplir órdenes y nada más. No obstante, por sentido común, el mismo Pilatos y alguno de los soldados romanos implicados en el acto de la crucifixión de Cristo, no dudaron de que estaban ejecutando a un hombre superlativamente inocente. “Pilato dijo a los príncipes de los sacerdotes y a la muchedumbre: ningún delito hallo en este hombre”. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: realmente, este hombre era justo” (Lc 23,4. 47).

             San Pablo, hablando de la misteriosa sabiduría escondida de Dios en Cristo, no dudó en decir que ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues “si la hubiesen conocido nunca hubieran crucificado al rey de la gloria” (1Cor 2,4).

             No es que ese desconocimiento por parte de las autoridades judías estuviera justificado, pero era fruto de su ceguera pasional en aquel justo momento. Así las cosas, Cristo sólo tuvo en cuenta esta ceguera pasional actualizada para volcar sobre ella su misericordia, pidiendo disculpas para sus propios verdugos sin aprobar el delito por ellos cometido. Este hecho resulta tan desconcertante a simple vista como consolador en este valle de lágrimas en el que nos ha tocado vivir provisionalmente.

            En este mismo contexto el capítulo séptimo de los Hechos de los Apóstoles resulta tan nítido por su contenido como aleccionador. Lucas relata con gran maestría el espectáculo de la muerte del primer mártir cristiano después de Cristo. Después de escuchar con ira su discurso exegético-teológico de despedida, todos los acusadores allí presentes se taparon los oídos para no oírle más, “lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Y con estas palabras, murió. Saulo aprobaba su ejecución” (Hch 7,57-60).

            Como puede apreciarse fácilmente, la muerte de Esteban rogando por sus perseguidores tiene un sorprendente paralelo con la del propio Cristo en la primera y séptima de sus palabras en la cruz. Esteban muere como Cristo rogando a Dios por los que le estaban quitando la vida.

            En todas las persecuciones que han existido a lo largo de la historia conta los cristianos, desde las famosas persecuciones romanas hasta las más recientes y actuales como son la marxista-comunista y las derivadas del fanatismo islámico, la tónica permanente de los verdaderos mártires cristianos ha consistido en morir ellos perdonando a sus perseguidores y asesinos.

            Como es sabido, Quinto Septimio Florente Tertuliano (155-220) fue un escritor cristiano pionero de primera talla como apologista de la Iglesia y de los cristianos. Como suele ocurrir con los conversos, tenía una tendencia proclive al rigorismo. A él se le atribuye el famoso aforismo de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Esta idea se encuentra ya por la mitad del siglo II en el discurso de un autor desconocido dirigido al pagano Diogneto: "¿No ves que, arrojados a las fieras con el fin de que renieguen del Señor, no se dejan vencer? ¿No ves que, cuanto más se los castiga, en mayor cantidad aparecen otros?" (7, 7-8). 

            En este mismo contexto, Hipólito Romano, contemporáneo de Tertuliano, destacaba el hecho de que, durante la persecución del emperador Septimio Severo, muchos hombres, atraídos a la fe cristiana por medio de sus mártires, terminarían convirtiéndose también ellos en mártires (Cf. Comentario sobre Daniel, II,38).

            En relación con el tema del perdón, cabe destacar aquí lo siguiente. Durante su primera época de apologista valiente del cristianismo y comunión con la Iglesia, Tertuliano sostuvo con claridad que después del bautismo está el sacramento de la reconciliación o penitencia, mediante el cual se pueden perdonar todos los pecados. En su época de sectario montanista, en cambio, sostuvo que los pecados capitales de apostasía, homicidio y el adulterio no tienen perdón de Dios. En sus últimos escritos llegó más lejos todavía y negó con pasión a la Iglesia el poder para perdonar los pecados. Ese poder, según Tertuliano, compete a los montanistas, los cuales tampoco podrían perdonar absolutamente todos.

            Con el rigorismo montanista de Tertuliano quedaba prácticamente en papel mojado todo lo dicho en el Antiguo y Nuevo Testamento sobre el perdón universal incluidos los enemigos. Por otra parte, las famosas persecuciones romanas contra los cristianos, no sólo produjeron mártires del perdón, sino que también favorecieron la aplicación de ese rigor tan absurdo a los “lapti”. O sea, a aquellos que tuvieron el “lapsus” o tropiezo de aceptar las condiciones que imponían los perseguidores, si querían evitar la muerte, en lugar de optar por la aceptación heroica del martirio, como hicieron otros.

          Durante las persecuciones, muchos mostraron debilidad frente a la tortura y sacrificaron a los dioses paganos. Sin embargo, los historiadores de la Iglesia dejan bien entender que la mayoría de aquellos condescendientes con la paganía durante las persecuciones romanas de la segunda mitad del siglo III, no regresaron al paganismo por deseo de abandonar el cristianismo, sino porque les faltó la fortaleza suficiente para confesar la fe cristiana cuando les amenazaron con la pérdida de sus bienes temporales y castigos como el destierro, trabajos forzados y la muerte. Así las cosas, se comprende que su único deseo fuera librarse de la persecución por un acto externo y pragmático de apostasía para salvar sus bienes materiales, su libertad y la vida.

            Pero estas consideraciones de comprensión humana no cabían en las cabezas de los rigoristas al estilo de Tertuliano, los cuales hasta prohibían huir o esconderse durante las persecuciones. Para los que así habían actuado, según él, no había perspectivas de perdón. Estos extremos rigoristas han perdurado en mayor o menor grado y con diversos matices a lo largo y tendido de la historia del cristianismo hasta nuestros días.

            Lo más triste de todo esto es que esa lucha encarnizada entre rigoristas de todos los grados y responsables conscientes de sus limitaciones humanas, ha sido una de las causas principales que dieron después lugar a las guerras de religión, incluso entre los propios cristianos orientales y occidentales, y particularmente occidentales a raíz de la revolución protestante. Los rigorismos y las frivolidades, tienen siempre mal fin. Los dos frentes anticristianos modernos desde fuera del cristianismo siguen siendo el marxismo renovado y los fanatismos islámicos. Sin olvidar el frente científico y tecnológico. Pero no es mi propósito entrar aquí en este preocupante terreno de nuevas persecuciones contra los cristianos, sino sólo resaltar la trayectoria histórica del perdón entre los hombres en un mundo plagado de injusticias estructurales y personales. En cualquier caso, el martirio de Cristo y de sus verdaderos discípulos sigue siendo el referente de ejemplaridad suprema acerca del perdón incluyendo a los propios enemigos.

           

9. PERDÓN A LOS ENEMIGOS Y DIGNIDAD HUMANA

           

            Actualmente el perdonar a los enemigos sigue siendo la gran prueba de fuego para entender su relación directa con el respeto a la dignidad humana. ¿Es humanamente aceptable perdonar por principio cualquier ofensa recibida sin violar el principio de legítima defensa reconocido por las instituciones públicas de los pueblos? Para responder a esta cuestión correctamente hay que tener en cuenta algunos hechos históricos como los siguientes.

            Desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, ha existido y sigue existiendo la pena de muerte como castigo presuntamente justo para perseguir determinados delitos legalmente tipificados. Y digo presuntamente, porque al mismo tiempo que muchos han considerado ese castigo como justo y razonable en términos de estricta justicia, otros lo han considerado y siguen considerando como inhumano y lugarteniente del instinto de venganza disfrazado de ley.

            Por otra parte, hay gente que no perdona, pero admira a los que perdonan de verdad y no sólo como un acto de protocolo social o de mera estrategia para evitar el peligro de algún enemigo personal o colectivo. Por simple sentido común no es difícil estar de acuerdo con Gandhi cuando sentenciaba a su modo que eso del ojo por ojo y diente por diente de judíos obtusos y árabes fanáticos, no hace a las personas más humanas sino más ciegas y desdentadas. La violencia legal y la satisfacción plena del instinto de venganza no hace mejores a las personas, sino que degrada sus quilates de dignidad humana. De ahí que haya personas que se consideren incapaces de perdonar a sus ofensores, pero admiran al mismo tiempo a quienes son capaces de hacerlo realmente de corazón. El refranero español está lleno de frases y dichos que recogen esta realidad. Se necesita una persona fuerte para pedir perdón y una persona más fuerte aún para perdonar. El primero en pedir perdón es el más valiente, el primero en perdonar el más fuerte y el primero en olvidar es el más feliz. En todos estos aforismos y muchos otros por el estilo se reconoce y proclama la grandeza humana de quien pide perdón por las ofensas cometidas y de quien realmente las perdona de acuerdo con las características del acto de perdonar que más arriba hemos indicado.

            Pero queda siempre pendiente esta gran cuestión. ¿Por qué unos son capaces de pedir perdón y de perdonar y otros no?  

 

10. DOS CASOS PRÁCTICOS

           

            Yo tuve un amigo médico de profesión que conocía personalmente a la persona que había matado a su padre, y jamás le pasó por la cabeza hacerle ningún daño como respuesta. Cuando me hablaba de él, lo hacía con lástima y compasión por el asesino y con una limpieza de corazón admirable por la ausencia de esa suciedad corrosiva del alma que se llama odio, resentimiento y rencor. Obviamente, el autor del mortal delito no entendía por qué el hijo de su víctima no se vengaba de él con la justicia en la mano, ni intentaba hacerle ningún daño coyuntural como rendimiento de cuentas. Nunca le pregunté qué cuentas había rendido ya el parricida ante la justicia. Lo importante para mí era el hecho de que un hombre de cuerpo entero fuera capaz de perdonar al asesino de su padre sin odio ni rencor en el corazón.

            La única respuesta adecuada a esta forma de conducta es que mi amigo ofendido era un cristiano de pies a cabeza, y el ejemplo de Cristo y de los mártires cristianos había calado profundo en él. Aquello de perdónalos, porque no saben lo que hacen ahora, aunque lo supieran antes de hacerlo, se había convertido para este hombre en un principio de humanidad que sólo se puede poner en práctica con la ayuda superior del Espíritu Santo, y no con la sola capacidad del hombre abandonado a sus propias fuerzas. Se comprende que haya personas inteligentes que confiesen que no pueden olvidar y perdonar a sus ofensores por los daños de ellos recibidos, pero que al mismo tiempo son capaces de respetar y admirar a las personas que son capaces de hacerlo.

            Otro caso digno de recordar aquí es el de María Séiquer Gayá, fundadora de la Congregación de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado, y su marido.  Nació en Murcia el 12 de abril de 1891 y murió el 17 de julio de 1975. Fue una mujer que perdonó a los hombres que mataron a su marido, Ángel Romero, durante la guerra civil española. Dicen de ella que fue una joven mujer normal, aficionada a montar a caballo, de familia cristiana y casada con el otorrino Ángel Romero, conocido entre sus vecinos por su honradez y predisposición a ayudar a los demás. Pero estalló la guerra civil española en 1936 y este fue el caldo de cultivo en el que se fraguó su testimonio contra la pena de muerte y el perdón a los enemigos.

            Cuando los republicanos empezaron a incendiar conventos e iglesias, con sacerdotes y monjas dentro de ellas, Ángel Romero no se lo pensó dos veces y decidió entrar de lleno en política. Pero, tras el levantamiento del 18 de julio, su pertenencia a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de inspiración católica, y su fe católica, fueron cargos considerados como suficientes para ser encarcelado y fusilado. Durante su estancia en la cárcel, su esposa María sólo pudo visitarle dos veces, para no ser víctima de las iras de los milicianos que patrullaban las calles.

            La última de esas visitas tuvo lugar en la víspera de su muerte. Aquel día, Ángel dijo a su esposa: «Creen que nos sacrifican, y no ven que nos glorifican. Nunca he estado tan cerca de Jesús como al ver que me tratan como a Él». Y ella, después de confortar junto a su marido a otros presos desesperados, le confesó: «Si no me matan a mí también, te prometo ingresar en el convento». Tras la muerte de su marido y un periplo para huir de Murcia, se consagró a Dios, pero no entró en ningún convento, sino que, terminada la guerra y de regreso a Murcia, levantó uno propio en el que había sido su domicilio conyugal, el cual fue la primera casa de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado.

            Las dificultades para fundar la nueva Congregación fueron muchas, pero el mayor obstáculo fue el rencor y el miedo de sus vecinos. Algunas mujeres de la época recorrían las cárceles para denunciar a los asesinos de sus maridos e hijos. María Séiquer, sin embargo, optó por el camino del perdón: «Perdono a todos mis enemigos, te pido por ellos y avivo el deseo de perdonar a todos los que me hicieron mal», dejó escrito.

            Desde su Congregación, se ocupó de educar niños, alimentar a los pobres y visitar a los ancianos y enfermos de los pueblos cercanos. Y como entre ellos estaban los asesinos de su marido, envió a sus monjas hacer saber que en su convento se asistía a todos y nadie sería denunciado al ir a pedir allí ayuda. En el pueblo de Santo Ángel, por ejemplo, «casi todas las familias eran cómplices de la muerte de Ángel; la casa la destrozaron y se llevaron los muebles», pero ése fue su pueblo preferido para evangelizar.

            Aunque se negaba a dar publicidad a estos episodios, numerosos testigos dieron su testimonio para la Causa de su beatificación, que está en proceso de estudio. Por ellos sabemos que atendió, hasta su muerte, a una de las mujeres que denunció a su marido; que veía sus muebles en las casas de algunos enfermos y jamás los reclamó; que cuidó a los hijos del miliciano que arrastró por las calles el cadáver de su marido, sabiendo quiénes eran; y que se presentaba con frecuencia ante el Juzgado para exigir que no se tramitasen los sumarios de los asesinos que habían sido capturados, hasta que logró salvarlos de ser ejecutados.    En sus escritos y oraciones, dicen los que conocen el percal en proceso de estudio, está el secreto de esta mujer perdonadora. Un día la preguntaron: ¿Perdonaría usted a los asesinos de su marido? ¿Cuidaría a las mujeres de esos asesinos? ¿Alimentaría a sus hijos? ¿Callaría ante los autores del expolio de su casa, mientras disfrutan de los muebles que le robaron? Pues bien, eso es lo que hizo María Séiquer Gayá, la murciana que se consagró a Dios, tras el asesinato de su marido en la Guerra Civil española, fundó las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado y cuidó de las familias de aquellos que fusilaron a su esposo sólo por ser católico.

            Es admirable que esta mujer no sólo no guardara rencor a los asesinos de su marido, sino que dedicó el resto de su vida a cuidar, alimentar y educar a los más pobres, entre los cuales se encontraban las familias de quienes fusilaron a su esposo. Sin embargo, así fue la vida de María Séiquer Gayá y contra los hechos no queda otra alternativa que la de averiguar los motivos de esa admirable conducta. 

            Yo, dijo ella en una ocasión, “sólo he hecho lo que me enseñó Cristo: Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Dicho lo cual, me parece oportuno hacer unas breves observaciones para contextuar y ayudar a entender este testimonio heroico de amor a los enemigos.

            En primer lugar, cabe recordar que, terminada la guerra civil española, el nuevo régimen militar constituido puso en marcha un proceso de “depuración” de todas aquellas personas sospechosas de no pertenecer al nuevo régimen. Para ello dieron consignas muy precisas con el fin de identificar a todas esas personas mediante certificados de conducta que deberían ser facilitados, incluso por los sacerdotes y obispos. La viuda del otorrino asesinado, sin embargo, burló esas órdenes y prometió que jamás denunciaría a nadie por no ser adepto al régimen militar instaurado. Al contrario, en lugar de denunciar a esas personas, que ella conocía y tanto mal la habían hecho, hizo todo lo que pudo para que nadie fuera mandado al paredón. Ni odio, ni rencor, ni instinto de venganza, ni pena de muerte para nadie.  Sólo ayuda y perdón a los enemigos como Cristo nos mandó.             A nadie se le oculta que esta forma de proceder es la que cuadra con los hechos y dichos de Cristo, y no la pena de muerte como castigo legal. Igualmente, no hace falta ser linces para comprender que haya personas psicológicamente normales que reconocen y admiran la calidad humana de quienes son capaces de amar a sus propios malhechores. 

 

11. EL PERDÓN COMO TERAPIA MENTAL

 

            La importancia del perdón en nuestras relaciones sociales es tan grande que los profesionales de la psicología moderna más avanzada lo han convertido ya en un tema estrella de estudio. Basta echar un vistazo a las redes sociales para comprobar el interés creciente por analizar el fenómeno del perdón destacando los grandes beneficios de salud moral y psicológica que reporta, las dificultades que existen para perdonar las ofensas recibidas y los males que se siguen para quienes no quieren o no pueden perdonar ni pedir también perdón. En términos generales, estos estudios permiten destacar y aclarar algunos de los aspectos esenciales del problema. Se tiene por demostrado que la práctica del perdón reduce el estrés y los estados depresivos, aumenta los sentimientos de esperanza, de paz interior, de compasión hacia los demás y confianza en nosotros mismos. La práctica del perdón no solo favorece las buenas relaciones con los demás, sino que ayuda también a mejorar la salud física e influye en nuestras actitudes para abrir el corazón a la bondad, la belleza y el amor personal.

            Hablando de perdonar y olvidar ofensas recibidas, no tiene sentido hablar de ganadores y de perdedores. Todos salen ganando. Los que piden perdón descargan su conciencia y los que perdonan recargan la suya con la recompensa placentera de haber perdonado. Tanto la persona que pide perdón como la que perdona consiguen como resultado una paz interior muy difícil de conseguir, si no imposible, por otros medios.

            El beneficio más obvio e inmediato que reporta el pedir perdón consiste en que, para ello, reconocemos que hemos hecho algo malo a alguien, y en lugar de tratar de justificarlo, decidimos liberarnos de los remordimientos de conciencia que acechan a quienes se obstinan en no reconocer sus errores para corregirlos. Con la petición de perdón, en cambio, echamos por tierra nuestro orgullo y nos situamos en el lugar que nos corresponde como seres humanos responsables. Lo cual termina produciendo una satisfacción personal muy reconfortante. El pedir perdón lleva consigo una satisfacción natural que hace desaparecer multitud de obstáculos psicológicos que impiden sentirnos felices en este valle de lágrimas, pesadumbres y temores.

            En cuanto a las formas de pedir perdón cada cual ha de encontrar aquellas que le aconseje la prudencia, teniendo en cuenta la psicología y las reacciones previsibles de las personas ofendidas. Hay personas dispuestas a perdonar y otras que no lo están, y esta circunstancia ha de ser tenida en cuenta para no provocar reacciones contraproducentes por parte del ofendido. 

            El pedir perdón por las faltas cometidas reporta grandes beneficios para el que lo pide, pero muchos más aún son los beneficios recibidos por el que tiene la capacidad de perdonar y perdona de corazón. Mientras no perdonamos nos invaden la rabia y el dolor moral por la ofensa recibida. Por el contrario, cuando perdonamos, recuperamos la esperanza perdida, la tranquilidad y la confianza en nosotros mismos. Por otra parte, al desaparecer el resentimiento, después de haber otorgado el perdón suplicado, mejoran nuestras relaciones personales con los demás, lo cual favorece también nuestra estabilidad anímica y emocional.

            Sobre las formas de perdonar cabe destacar el hecho de que dicho acto de perdonar al ofensor suele resultar más difícil que el acto de pedir perdón al ofendido. Como hemos dicho más arriba, perdonar no significa que lo malo que hizo el ofensor deje de serlo por el mero hecho de ser perdonado. Como tampoco se ha de interpretar como una aprobación o convalidación del mal causado al ofendido. Significa reconocer que hay gente muy injusta, y que cualquier persona puede equivocarse y cometer errores en su vida.

            Sobre las formas de otorgar el perdón, el mejor consejero es la experiencia de cada uno teniendo en cuenta la personalidad de las personas que ofenden. A veces las palabras sobran y resultan elocuentes los silencios. Otras veces basta un gesto o una palabra oportuna para quitar hierro al asunto y quedar en paz. Sin olvidar que hay también personas que no necesitan recibir respuesta verbal a su petición de perdón. No sienten la necesidad de oír la absolución verbal de las mismas por parte del ofendido. El ofendido intuye que el ofensor espera su perdón y el ofensor intuye que ha sido perdonado por el ofendido. Aquí se cumple cabalmente el dicho popular de que para el buen entendedor pocas palabras bastan.

           

            12. PERDÓN ENGAÑOSO Y PERDÓN VERDADERO

 

            Los analistas del fenómeno del perdón desde el punto de vista psicológico se cuidan mucho también de señalar criterios objetivos de discernimiento entre el perdón engañoso y traicionero y el perdón real y verdadero. Expresiones ingeniosas biensonantes como “yo perdono, pero no olvido” es un recurso muy elegante para dar a entender que el ofendido no desaprovechará ocasión para vengarse. Otra expresión muy frecuentemente utilizada es “que Dios te perdone”. El significado real de este deseo es que, aunque Dios perdone, el hombre ofendido no está en absoluto dispuesto a perdonar. Más clara todavía está esa decisión de no perdonar cuando el ofendido exclama indignado: “¡No tiene perdón de Dios!” Algunas veces con esta exclamación sólo se pretende enfatizar la gravedad del delito cometido, pero por el tono y acento de la exclamación pronto nos damos cuenta de que se está expresando el deseo de vengarlo. Estas expresiones de indignación son casi siempre flechas envenenadas con odio y rencor.

            Conviene insistir en las formas falsas de entender el perdón para no caer en la trampa. Por ejemplo, creer que el perdonar significa olvidar las injurias recibidas como si no hubiera ocurrido nada. Esto es un gran error. El acto de perdonar tampoco es una anestesia contra el dolor moral producido por la ofensa. Lo que desaparece perdonando no es el dolor sino las ganas de vengarlo. El dolor suele subsistir durante mucho tiempo cuando la ofensa ha sido grave. Pero es igualmente cierto que, eliminando con el perdón el deseo de vengar la ofensa, el dolor resulta más llevadero y desaparece más fácilmente.

            Hay también quienes piensan que el acto de perdonar desterrando el instinto de venganza es posible llevarlo a cabo abandonados a nuestras propias fuerzas humanas dinamizadas por la voluntad libre para perdonar o no perdonar. La experiencia demuestra que tal creencia no cuadra con la realidad y que, sin la ayuda de Dios, podremos con nuestras solas fuerzas llegar a admirar a los que perdonan a sus ofensores y enemigos, pero nada más. De la admiración al hecho efectivo de perdonar hay un abismo psicológico.

            Pero digámoslo todo. El mero hecho de admirar el acto de perdonar y respetar a quienes otorgan su perdón, es una buena disposición para que Dios acuda en nuestro auxilio regalándonos el poder de su gracia para que la pongamos en práctica. El extremo opuesto se denomina pecado contra el Espíritu Santo, que consiste en rechazar el perdón que Dios nos ofrece. Judas, por ejemplo, rechazó la misericordia de Dios y se suicidó. Pedro, en cambio, deseó y se sometió a la misericordia de Dios para ser perdonado y Cristo le salvó.

            Tampoco hemos de confundir el perdón con la aprobación o convalidación de la ofensa, como si al perdonar la ofensa estuviéramos transformándola en una obra buena. Algo así como reciclar un producto mal usado y corrompido para seguirlo usando como de segunda mano. El acto de perdonar no hace buena a ninguna acción objetivamente mala. El perdón verdadero nunca es cómplice de las injusticias que exigen compensación. Para ilustrar esta verdad actualmente suele ponerse como ejemplo práctico la conducta de Cristo con sus enemigos y verdugos, y de Juan Pablo II con terrorista a saldo Alí Azca.

            Otro error frecuente cuando se habla del perdón, consiste en creer que después de perdonar al ofensor nuestras relaciones con él han de ser las mismas que antes de recibir la ofensa. Hay que ser prudentes para discernir en cada caso concreto cómo hemos de tatar a cada persona después de haberla otorgado sinceramente el perdón.

            Por otra parte, no siempre la demostración verbal del perdón resulta ser la más adecuada. La razón es porque cada persona perdonada reacciona de acuerdo con su propia personalidad y las situaciones en que se encuentre. En cualquier caso, el acto de perdonar no debe ejercerse nunca como una demostración de superioridad moral o farisaica, por más que la acción de perdonar sea un acto de calidad humana superior. La arrogancia, la hipocresía y los complejos de superioridad son la prueba más clara de que se juega con el perdón como quien regala dinero falso.

            En materia de perdón hay también paradojas como en materia de amor. ¿Quién no quiere amar y ser amado? Pero en la práctica pocos son los que buscan y encuentran el amor personal desnudo sin el ropaje sexual y del enamoramiento vulgar. La gente más inteligente y que razona bien llega a entender con relativa facilidad que perdonar es mejor que vengarse del malhechor. Sin embargo, la mayoría de la gente se conforma con admirar a los que perdonan sin tener en cuenta que el acto de perdonar nos libera de miedos y pesadillas existenciales que nos impiden vivir felices en este mundo y mucho más. Nada como el perdón es tan divino y humano, pero pocos son los que están convencidos de ello y dispuestos a convertirlo en una esperanza permanente de felicidad. En realidad, perdonar es la cumbre más alta y hermosa del amor. Pero, para escalar esta cumbre, hay que subir por la escalera del amor superando grandes obstáculos entre los cuales los más difíciles de vencer son la rabia y el rencor.

            La rabia y el rencor son dos emociones tan fuertes que desgastan alarmantemente nuestra energía vital. Cuando nos perdemos en la rabia nos volvemos sordos a nuestros sentimientos más nobles, porque sólo aprendemos a escuchar a aquellos que saben gritar más fuerte y enfurecidos. Así las cosas, perdonar significa desterrar el odio de nuestro corazón. Si así lo hacemos, sentiremos el alivio de habernos liberado de los efectos debilitadores de la rabia y el rencor crónicos y gozaremos de gran paz con nosotros mismos y con los demás. Toda manifestación de rabia, como son la insensibilidad, irritabilidad, agresividad y cualquier forma de comportamiento agresivo, en realidad no es más que un grito suplicando reconocimiento, respeto, ayuda y amor. Rabiamos, chillamos y amenazamos cuando nos sentimos más débiles por anemia de comprensión y de amor. Quien perdona de verdad está por encima de las amenazas y los gritos. Y el que pide perdón sin hipocresía o interés creados, recibe el perdón con agradecimiento.[2]

           

CONCLUSIÓN

 

            El pedir perdón y perdonar, tal como aquí lo entendemos, es una categoría moral superior, propia de judíos y cristianos, con una variante de fondo muy importante. En el contexto estrictamente judío del Antiguo Testamento, el perdón al enemigo de hombre a hombre queda restringido al pueblo bíblico judío y sus más allegados simpatizantes. Todos los demás quedan fuera de juego cuando se trata de perdonar ofensas. En el contexto cristiano propio del Nuevo Testamento, en cambio, la acción de perdonar abarca a todo ser humano, sin excepción, que sinceramente pide perdón a Dios y a los hombres por sus malas acciones. Las excepciones legales introducidas en la edad media cristiana por teólogos y juristas cristianos son ajenas al espíritu de los hechos y dichos de Cristo tal como nos han llegado en el Nuevo Testamento y la historia mística más sana de la Iglesia. El referente supremo de este comportamiento humano son Cristo reciclando la basura de los pecados de todos los hombres con el bálsamo del amor, y los mártires cristianos que mueren perdonando a sus verdugos como Cristo nos enseñó.

            Pero ojo al parche. No sólo existe el martirio con derramamiento de sangre y pérdida de la vida. Existe también el martirio del sufrimiento moral que unas personas causan a otras como ocurre con los psicópatas integrados y los mafiosos sumergidos. Para definir a estas personas con pocas palabras, se suele decir que son un calvario. Estas personas no crucifican a nadie en una cruz de madera, como le crucificaron a Cristo, pero hacen sufrir sin escrúpulos ni compasión a todo el que se les pone por delante. También estos han de ser perdonados, aunque no pidan perdón.

            La dificultad de perdonar al enemigo mortal, o al que simplemente nos causa daños y sufrimientos morales, es realmente grande y de suyo sólo es posible asumir ese deber moral con la ayuda misteriosa de Dios. Pero las personas más sabias e inteligentes reconocen la grandeza humana del acto de perdonar, aunque ellas no se sientan capaces de hacerlo. Esta actitud sabia e inteligente es una predisposición muy favorable para llegar en algún momento crítico de la vida a encontrar esa paz y felicidad a la que conduce la experiencia del amor humano en su plenitud.

            Entre los psicólogos modernos los hay que destacan la importancia del perdón entre los hombres, como fuente de bienestar personal y concordia social. Cuando se hace una analítica psicológica del odio, del rencor y del resentimiento, siempre aparece de fondo la anemia de amor, la cual sólo tiene cura mediante el perdón compartido entre los hombres como reflejo del amor de Dios sobre todos los pecadores y arrepentidos, sin discriminación de razas, culturas, pueblos o naciones. Por estas simples razones se comprende que tanto los psicólogos creyentes como no creyentes, no tengan reparo en considerar el perdón como una terapia saludable eficaz, como demuestra la experiencia vulgar y corriente con dos dedos de inteligencia no corrompida por los nuevos maestros de la posverdad, de la ideología de género y del manifiesto contrasexual.

                                                                                              NICETO BLÁZQUEZ, O.P.



[1] Cf GERARDO MIGUEL NIEVES LOJA, De la crisis del perdón en la edad media, al perdón incondicional y gratuito: Scintilla, Curitiba, Vol. 12, n.2, pp. 31-58. LEANDRO DUARTE RUST, “Inquisitorial Bulls: Ad abolendam (1184) and Vergentis in Senium (1199)”: Revista de Historia de la Universidad Federal de Matogrosso, 166 (2012) 129-161. JAVIER BELDA INIESTA, Excomunicamus et anathematisamus: Predicación, confesión e inquisición como respuesta a la herejía medieval (1184-1233): Anuario de Derecho Canónico 2 (2013) 97-127.

 

[2] ALGUNAS REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ANTONIO FUENTES MENDIOLA, La alegría de perdonar. El odio superado por el amor. Bilbao, 2010.

PALOUTIAN, R.F., Forgiveness and Reconciliation: Psychological Pathways to Conflict Transformation and Peace Building. New York, 2010. 

WORTHINGTON, E.L., JR., & SANDAGE, S.J., Forgiveness and Spirituality in Psychotherapy: A Relational Approach. Amer Psychological, 2015.

WORTHINGTON, T y Y WILLIAMS DAVID R. Perdón y Salud. Madrid, 2015.

PRIETO, U., Perdón y salud: introducción a la psicología del perdón. Madrid, 2017.

JEAN LAFFITTE, El perdón transfigurado, Madrid 1999.

MARÍA DOLORES LÓPEZ GUZMÁN, Desafíos del perdón después de Auschwitz. Reflexiones de Jankélévitch desde la Shoa, Madrid 2020.

EUSEBIO GÓMEZ NAVARRO, Si perdonas, vivirás. Parábolas para una vida más sana, Bilbao 2008.

G.B. MASSILLON, Il perdono delle offese, en Fiori di Prediche Catholiche, vol. II, pp. 131-12.

JEAN MANBOURQUETTE, Cómo perdonar. Perdonar para sanar. Sanar para perdonar, Santander 1995.

JUAN JOSÉ PÉREZ-SOBA, Amor, justicia y caridad, Pamplona 2011.

MIGUEL RUBIO CARRASCO, La fuerza regeneradora del perdón, Madrid 1987.

AMELIA VALCÁRCEL, La memoria y el perdón, Barcelona 2010.

FRANCISCO UGARTE, Del resentimiento al perdón, Madrid 2019.

 

 

 

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