miércoles, 11 de mayo de 2022

LECTURAS BÍBLICAS

 

LECCIONES BIBLICAS

1

HIJA DE UN MIEMBRO DE LA SINAGOGA

(Mc 5,21-43; Luc 8, 49-56)

                           


Junto al Lago se encontraba,

Jesús el famoso de la Galilea,

Cuando un hombre pesaroso,

Se acercó a Él desde la ribera.

 

Jairo dijeron que se llamaba,

Aquella autoridad de Sinagoga,

Y postrado a los pies de Jesús,

La salud para su hija implora.

 

Jefe, tu hija ya se ha muerto,

Para qué molestar al Maestro,

Fue reproche que uno le hizo,

Causándole así gran tormento.

 

Pero Jesús, que tenía oído fino,

Pudo escuchar la recriminación,

Y los gemidos de las plañideras,

Gimiendo y llorando con dolor.

 

Jairo, tú tranquilo, Jesús replicó,

Porque tu hija no está ya muerta,

Como todos ahí están pensando,

Y te lo muestro a cara descubierta.

 

Amigo Jairo, ten fe y confía en Mí,

Vosotros: Pedro, Juan, Santiago,

Venid con sus padres junto a Mí,

Para ver la muerte de la niña salir.

 

Escucha, niña, dame tu mano,

La vida perdida tú encontrarás,

Levántate y deja ya de dormir,

Pues tu padre no cesa de llorar.

 

Las plañideras dejaron de llorar,

Y los burlones dejaron de reír,

La niña de doce añitos despertó,

Comió y con sus padres fue feliz


. 


              Es muy interesante que un funcionario de la Sinagoga recurra a Jesús para que haga algo con su hija que, según la mentalidad judía, sólo Dios podía hacer. Precisamente Jesús será acusado de intruso en esos asuntos exclusivos de Dios, como perdonar los pecados o resucitar a los muertos. Posiblemente Jairo recurrió a Él llevado por el comprensible amor de un padre hacia su hija ya muerta, o a punto de morir, más que por otro motivo de calado teológico. Hay gente que en situaciones extremas dice: venga el milagro, aunque sea del diablo. Jesús utilizó primero el eufemismo corriente entre los judíos, que consistía en decir sueño en lugar de muerte. Pero algunos de los presentes, ante el cadáver de la niña, cuya muerte era ya un hecho consumado, se olvidaron del eufemismo y socarronamente se rieron de Jesús por usarlo. 

              Consumado el milagro de la resurrección de la niña muerta, Jesús pide que, lo que termina de hacer no sea divulgado. Es el denominado “secreto mesiánico”. El secreto consistía en no hablar de forma que Jesús fuera aceptado como el Mesías prometido e Hijo de Dios, hasta que Él considerara oportuno desvelar el secreto. Crear un ambiente público prematuro para proclamar su mesianidad en razón de las cosas que decía y hacía, consideradas como propias de Dios, hubiera dado lugar a situaciones sociales tensas y poco pacíficas por contradecir la opinión que tenían de Él las autoridades judías de turno. Sin olvidar que cualquier desorden social de etiología religiosa entre judíos, podía provocar una intervención violenta por parte de la autoridad romana de ocupación palestina. No olvidemos que la Palestina en la que vivió Jesús era administrativamente una colonia romana y las legiones estaban dispuestas para intervenir sin piedad en cualquier perturbación del orden social. Por ello, entre otras razones más teológicas, Jesús quiso que la revelación de su carácter mesiánico y divino fuera progresiva y prudente hasta que las cosas quedaran claras por sí mismas.

 

2

 

HIJO ÚNICO DE MADRE VIUDA

(Luc 7, 11-15)

                                                         En el pueblecito palestino Naím,

                                                         Vivía con su único hijo una viuda,

                                                         Pero este hijo cayó presto enfermo,

                                                         Y su madre le vio morir sin ayuda.

 

                                                         A enterrarle le llevaban ya muerto,

                                                         Llegó Jesús a la puerta de la ciudad,

                                                         Alzó la mano para hablar con calma,

                                                         Y al cortejo fúnebre lo mandó parar.

 

                                                         Mirando Jesús a la dolorida madre,

                                                         La quiso con mucho amor consolar:

                                                         No llores más tú tan dolorida madre,

                                                         Porque tu dolor lo voy Yo a reparar.

 

                                                         Muchacho, contigo estoy hablando:

                                                         Levántate de ahí y deja de dormir,

                                                         Tu madre te espera con gran amor,

                                                         Vete ya con ella y no la hagas sufrir.

 

                                                         Pero, por favor, no lo digáis a nadie,

                                                         Pues de eso luego me encargaré Yo,

                                                         Cuando llegue el momento oportuno,

                                                         De mi propia muerte y resurrección.


 


              La exigencia de que se respete el “secreto mesiánico” es explícita y contundente en el caso de la resurrección del hijo de la viuda de Naím. Había que evitar por todos los medios la precipitación de los acontecimientos. Los hechos cantarán a su debido tiempo sin forzar las cosas acerca de la mesianidad de Jesús de Nazaret. Por otra parte, Jesús no se privó de hacer su obra admirable de amor con aquella mujer viuda, transida de dolor ante el cuerpo exánime de su hijo único muerto. Ni siquiera tuvo en cuenta si al resucitarlo infligía o no la legalidad en vigor. Sólo tuvo en cuenta el dolor de una buena madre necesitada de consuelo y amor.

              Al encontrarse con el cortejo fúnebre, se sumó a él, siguiendo la piadosa costumbre en Israel. Pero no para hacer de mirón y comentarios de circunstancia, sino que se dirigió al tiro a la desconsolada madre, para ofrecerle su divina ayuda y amor. Y no de cualquier forma le devolvió vivo a su hijo muerto. Jesús no era un curandero o un prestidigitador. Jesús era Dios viviendo en la tienda de campaña de nuestra condición humana, siempre dispuesto a salvar a los demás. Por eso usa sin reparo su propia autoridad, ordenando al joven que deje ya de estar muerto, para que vivo se vaya a casa con su madre y no a una fosa terrenal.

 

 

 

 

 

 

3

 

ANTE LA MUERTE DE UN AMIGO

(Jn 11, 38-44)


 


Lázaro se llamaba el amigo de Jesús,

Y Marta y María eran sus hermanas,

En Betania los tres hermanos vivían,

Cuando Lázaro se murió y sin ganas.

 

Marta y María ellas se apresuraron,

A su grande amigo Jesús informar,

Con un mensaje breve informativo,

Sobre lo ocurrido sin Él cerca estar.

 

Jesús recibió con pena el mensaje,

De la muerte de su amigo ocurrir,

Mas no se alarmó por ello mucho,

Dejando pasar cuatro días y partir.

 

Mi amigo Lázaro está dormido,

Y quiero ahora irle a despertar,

Secar lágrimas de las hermanas

Consolarlas y con ellas merendar.

 

Pues si duerme, a Jesús replicaron,

Es porque él muerto aún no lo está,

Sigamos pues nosotros tranquilos,

Dejándole de sus penas descansar.

 

No, amigos, Jesús al tiro contestó,

Lázaro no duerme, ha muerto ya,

Pongámonos nosotros en camino,

Para ir y a sus hermanas consolar.

 

Señor, matizó el Dídimo y Tomás:

¿No será esto riesgo para nosotros,

volver contigo justamente por allí,

donde ellos te quisieron apedrear?

 

Marta decidió quedarse en su casa,

Y María se fue al Maestro encontrar,

Muy conmovidos llegaron a la casa,

Marta con amor le fue a reprochar.

 

Si Tú hubieras estado antes aquí,

Mi hermano no hubiera muerto ya,

Pero producido ya el fatal entuerto,

Nosotros no lo podemos enderezar.

 

Dicho esto, Marta se puso a llorar,

Y Jesús con el corazón conmovido,

La acompañó con lágrimas a Marta,

De forma también muy particular.

 

Mucho debía Él querer a su amigo,

Comentaron algunos allí presentes,

Sí, y no hay lugar para de ello dudar,

¿Por qué a ciego sí y a este no curar?

 

Llegados todos a la tumba mortuoria,

Jesús se emocionó mucho y otra vez,

Se cuadró muy firme ante la puerta,

Para todo lo que había dentro Él ver.

 

No, mi amor, replicó Marta a su Señor,

Pues lleva él cuatro días ya enterrado,

Y su cuerpo descompuesto huele mal,

Déjale tranquilo para yo no sufrir más.

 

Quitad de ahí esa piedra de la puerta,

Y escuchad lo que ahora voy a decir:

Padre, Tú me has escuchado siempre,

Te pido, Lázaro, de la tumba vivo salir.

 

Amigo Lázaro: Yo ahora te lo ordeno,

Escúchame y sal ahora mismo de ahí,

El muerto obedeció la orden de Jesús,

Y le dejaron marchar vivo y muy feliz.


 

              Cristo era muy humano y lloró por la muerte de su amigo. Las hermanas del difunto le amaron, y Él les devolvió a ellas multiplicado su amor. Amar mucho y ser querido fue el gran delito que las autoridades israelitas de turno no perdonaron a Jesús, y con la resurrección de su amigo Lázaro precipitó su condena a muerte irrevocable, crucificándole sádica e hipócritamente en una inocente Cruz. La suerte estaba echada. Las autoridades fueron informadas de lo ocurrido y decidieron firmemente quitar a Jesús del medio, asesinándole tan pronto surgiera la ocasión más propicia para ello. No fue difícil encontrarla. Judas les dijo dónde estaba y le detuvieron, celebraron una farsa de proceso judicial y pidieron su cabeza cobardemente sin ofrecer Él ninguna resistencia, como un cordero inocente llevado al matadero. Pero les salió el tiro por la culata al resucitar Jesús de entre los muertos.

4

 

Y DESPUÉS RESURRECCIÓN

(Mt 28, 1-20. Mc 16, 1-18. Lc 24, 1-43. Jn 20, 1-30)

 

Muerto el perro se acabó la rabia,

Reza un antiguo refrán popular,

Pero la rabia sigue aún muy viva,

Como la muerte y siempre fatal.

 

Rabia la de la humana muerte,

Siempre en el mundo existió,

Y los hombres se preguntaron,

Si contra ella habrá solución.

 

Los científicos no la encuentran,

Y los filósofos no quieren hablar,

Nadie pudo encontrar respuesta,

Hasta Jesús Él morir y resucitar.

 

Pero ¿cómo todo esto pudo ser,

si esa rabia fatal de la muerte,

después de muchas amenazas,

también a Él le cayó en suerte?

 

Muerto ya y muy bien enterrado,

En una tumba luego le pusieron,

Y por temor a posibles ladrones,

con muy muchas precauciones.

 

Pero según su grande previsión,

Jesús de su tumba desapareció,

Sin saber nadie cuándo ni cómo,

Y en Galilea triunfante apareció.

 

¿Dónde estaba ahora la muerte?,

¿Y dónde su punzante aguijón?,

Sólo Jesús respondió sin dudas,

Con su triunfante resurrección.

 

Y lo que no conviene olvidar:

¿Vivimos y morimos como Él,

con esperanza y con su amor?

Segura será nuestra salvación.

 

Mujeres todas madre y amigas,

Secretarias de este acontecer,

Le amaron ellas las primeras,

Muerto y resucitado después.

 

Buenos días, señor hortelano,

¿Dime dónde está mi Señor?

Pues aquí cierto le enterraron,

Pero Él presto ya desapareció.

 

 Se sonrió luego el hortelano,

 Que amoroso mucho la miró,

 Pero María y muy de repente

 A los pies de Jesús se arrojó.

 

Besándolos con dulce lamento,

En ellos sus lágrimas derramó,

Mientras en voz bajita repetía:

¡Yo te quiero mucho mi Amor!

 

Gracias porque tú me lo digas,

Aunque ya de antes saberlo Yo,

Ahora solamente te pido esto:

Anuncia ya tú mi resurrección.

 

Esto será cosa de las mujeres,

Pensaron algunos sin dudar,

Y todos mucho se equivocaron,

Ante el hecho de Jesús resucitar.


 


              ¿Hay otra vida más allá de la muerte fuera del tiempo y del espacio? Esta es la gran cuestión a la que Cristo dio respuesta adecuada con su resurrección. La hay, pero para entrar en esa nueva dimensión de la existencia humana, hemos de buscar sinceramente la verdad, amar mucho a Dios y a los hombres en este mundo y lo demás lo pondrá amorosamente Él. No temáis, nos dijo. Si amáis como Yo os he amado, moriréis ciertamente como Yo, pero conmigo resucitaréis también. Quien vive y muere en Mí no morirá para siempre. Estas palabras de consuelo y esperanza resuenan en los momentos más tristes de la vida humana mortal como música divina, digna siempre de escuchar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

 

EL EMBARAZO DE MARÍA

(Luc 1,26-38)

 


María muy joven ella así se llamaba,

La madre del gran Jesús de Nazaret,

Legalmente casada ya con su pareja,

El honrado carpintero llamado José.

 

Mucho él amaba a su hermosa mujer,

Y mucho ella a él le amaba también,

Pero un día se miraron muy perplejos,

Por lo ocurrido y sin saber el por qué.

 

Pues embarazada ella María se sintió,

Y pronto su marido José lo descubrió,

Amor mío, pero tú dime ya de quién,

Seguros ambos estamos de no ser yo.

 

Querido José, con gusto yo te lo diré,

Es muy probable que no lo entiendas,

Pues ni yo tampoco me siento segura,

Pero escúchame y hablamos después.

 

Distraída yo con mis pensamientos,

Algo o alguien de cerca ello irrumpió,

Me pareció mucho ser algún Ángel,

Y este misterioso mensaje me dejó.

 


María, piadosa y hermosa mucho eres,

No tengas vergüenza ni temor a José,

Que preñada del Espíritu Santo serás,

Y no como resultado de algún traspiés.

 

¿Y cómo esto pudo ser?, José la replicó.

Pues tampoco yo lo he entendido bien,

Pregúntaselo a Dios y Él te responderá,

Diciéndote toda la verdad a ti también.

 

Tranquilo, José, tu mujer fiel ella ser,

Las cosas de Dios tienen propio perfil,

Y los hombres no saben muchas veces,

Cómo a blanco de lo negro distinguir.

 

Fecundar sexualmente una bella mujer,

Parece normal y lo más fácil para hacer,

Pero Dios no tiene el sexo del hombre,

Y sí puede procrear nueva vida sin él.

 

Causa segunda llamamos sexo fiel,

Causa primera a Dios fuente del ser,

Jesús fue engendrado por la Virgen,

Sin necesitar ayuda sexual de José.


             

              Hace más de 2000 años, cuando tuvo lugar la génesis y alumbramiento virginal de Jesús al mundo por la joven, hermosa y piadosa María, esposa del operario José, era impensable que una mujer pudiera quedar embarazada sin la ayuda sexual, directa o indirecta, de algún hombre. Esto explica en parte las prudentes dudas e incertidumbres de María y José ante el anuncio de esta imprevista y para ellos inexplicable maternidad. Hoy día los científicos son capaces de burlar en el laboratorio la tradicional necesidad del ayuntamiento sexual de hombre y mujer para procrear. Las técnicas de fecundación in vitro, en todas sus modalidades, hacen ya posible prescindir del amor y concurso sexual para traer seres humanos al mundo a placer. El hecho de que estas técnicas no se lleven a cabo casi nunca de una forma honesta y sin destrucción de vidas humanas indefensas, no invalida su novedad asombrosa por relación a los tiempos en que Cristo fue engendrado y parido por una mujer sexualmente virgen y sin el concurso de ningún hombre de carne y hueso sexualmente capacitado. Ante esta realidad, se impone la siguiente reflexión: Si los científicos modernos son capaces de traer hijos al mundo sin relaciones sexuales entre hombre y mujer, con mayor razón puede hacerlo Dios directamente con su fuerza creadora de la vida como Causa Primera de todo ser y de todo conocimiento científico. Nada podríamos hacer los hombres sin contar con la fuerza primera de Dios. Lo cual nos permite decir actualmente con fundamento que el misterio de la concepción virginal de la Madre de Jesús, es menos misterio para nosotros que lo fue para la Virgen María, san José y sus contemporáneos. Así pues, rechazar sin más la concepción virginal de María hoy día no sería cosa seria sino una consecuencia de la ignorancia o de la frivolidad intelectual.

                                                                                   6

 

DE TRAIDORES Y ARREPENTIDOS

(Mt 26-27. Mc 14,10-11,66-72. Lc 22,54-62. Jn 13,21-30)

 


Pillado y muy maltratado,

Jesucristo Él así empezó,

Con su pasión y calvario,

Para nuestra salvación.

 

En la Cena de despedida,

A los más amigos reunió,

Para darles instrucciones,

Y su mandato del Amor.

 

Doce eran allí los invitados,

Y presididos por su Señor,

Pero entre todos ellos allí,

Había uno avaro y traidor.

 

Por Judas era bien conocido,

Cuando Jesús a él le llamó,

Pero aquella misma noche,

Ganó el diploma de traidor.

 

¿Y cómo esto podía ello ser,

sin quejas y sin protestas? 

Y Jesús, que todo lo sabía,

Cargó con la cruz a cuestas.

 

Hijo que lo era Él de Dios,

Lo sabía todo y se callaba,

Pues Dios todo lo conoce,

Y parece que Él no habla.

 

Pero volvamos ahora a Judas,

El apellidado ya “el traidor”,

Y condenemos su conducta,

Contra su Señor y Redentor.

 

Tesorero fue él del grupo,

Pero el dinero le enterró,

Arrastrado por la avaricia,

Sin vergüenza y sin pudor.

 

Jesús estaba aún muy vivo,

Pero Judas no se arrepintió,

De haberle vendido ya antes,

Al precio de una vil traición.

 

No se quiso él arrepentir,

Para así recibir el perdón,

De su Señor traicionado,

Que a todos nos redimió. 

 

Pero él, muy al contrario,

Prefirió más desesperar,

Y pertrechado de la cuerda,

Se fue con prisa a suicidar.

 

Así pues, terminó la vida,

De aquel apóstol criminal,

Que murió por su avaricia,

Sin perdón y sin dignidad.

 

Y también otro fue traidor,

El que le negó a su Señor,

Pero al contrario que Judas,

Lloró suplicando el perdón.

 

Pedro fue aquel Apóstol,

Valiente y muy cobarde:

Primero prometió lealtad,

Y luego renegó más tarde.

 

Ejemplar en su conducta,

Confesó luego su pecado,

Con lágrimas en los ojos,

Y dolor nada disimulado.

 

En este “sporco mondo”,

De traidores y de santos:

No imitemos a los Judas,

Sino a Pedro y sus llantos.


                                                                                    


           Judas y Pedro son el paradigma de dos modelos de hombre: el de los traidores irredentos y el de los pecadores arrepentidos. Las malas acciones y pecados siempre hacen daño a alguien. Pero las acciones traicioneras producen más daño aún y mucha indignación. La traición es una forma de cobardía muy desagradable. No cabe hablar de traidores honrados ya que en ellos prevalece la maldad. Los pecadores, en cambio, muchos de ellos son gente honrada cuando sus pecados son más atribuibles a las debilidades humanas congénitas que a la pretensión de hacer las cosas mal, y menos aún a su intención de hacer mal a nadie. Todos somos pecadores. Pero unos rechazan reconocerlos y ser perdonados, como Judas, y otros se arrepienten y piden perdón como Pedro. El rechazo del perdón por parte de Judas representa de forma evidente y eminente el gran pecado contra el Espíritu Santo. Dios está siempre dispuesto a perdonar cualquier pecado, por grave que sea, como le perdonó a Pedro. Pero no perdona el pecado contra el Espíritu Santo porque el pecador rechaza explícitamente el perdón y a Dios mismo como autor y fuente del perdón. Una persona se muere irremisiblemente de sed, no porque falte el agua para calmarla, sino porque la persona sedienta se niega a tomarla o prefiere tomar poca cantidad contaminada.

 

 

 

 

 

 

 

7

 

DIOS PADRE Y NUESTRO

(Lc 11, 1-4. Mt 6,9-13)


 


Padre mío, ¿y dónde estás,

para yo poderte ya mirar?

¿En los cielos, como dicen,

en las tierras o en el mar?

 

En los cielos y en la tierra,

En todas partes Yo estar,

Para que todos mis hijos,

Me vean y puedan amar.

 

Pero no entiendo, Dios mío,

Cómo ello puede ser tan así,

Pues los hombres te buscan,

Y dicen que tú no estás aquí.

 

Unos dicen que no existes,

Otros que muerto ya estás,

Y también yo me pregunto,

Dónde Tú ser y allí morar.

 

Tu pregunta es muy sencilla,

Y mi respuesta escucharás,

Mi morada sois los hombres,

Con alma y buena voluntad.

 

Muy bien venido seas Tú aquí,

A este mundo tan desalmado,

Que se olvida tanto del alma,

Y promueve así lo más malo.

 

Pues nosotros prometemos,

Y te lo juramos de corazón,

Recibirte pronto con ilusión,

Y declararte nuestro Dios.

 

Tu reino venga ya a nosotros,

El de la justicia y de toda paz,

Y tus soldados sólo combatan,

Con las armas del sólo amar.

 

Armados así con estas armas,

Las del amor y de la amistad,

Cumpliremos ya tus órdenes,

Haciendo tu divina voluntad.

 

Y el pan nuestro de cada día,

Que no falte nunca, por favor,

Para poder mejor sobrevivir,

En los hielos y en el gran calor.

 

Pero hambre y también la sed,

Lo tendréis vos que erradicar,

Con vuestro trabajo y la justicia,

Sin abandonarlo nunca jamás.

 

 

Dios mío Tú y Padre el bueno,

Danos también de tu buen pan,

Pues con solo cebada y el trigo,

No podremos trabajar y yantar.

 

Mucha razón tienes, hijo mío,

En lo que me acabas de decir,

Porque el pan de la Eucaristía,

También lo tendrás que recibir.

 

¿Pero recibir yo la Eucaristía?

Para mí muy costoso ello ser,

Tal vez habrá otro alimento,

Que de Ti provenga también.

 

Pues lo hay en abundancia,

Hete aquí siempre yo tener,

No es el pan de solo cebada,

Sino el de la verdad también.

 

Pues matado así el hambre,

Con ese tu verdadero pan,

Sólo ahora te pido una cosa:

Que no falte tu amor eternal.

 

Pero no olvides el otro pan,

Que es del amor el gran don,

Para que tú lo repartas luego:

Se trata del pan del perdón.

 

Los caminos de este mundo,

Peligrosos y mucho ellos ser,

Dame tu mano ya, Dios mío,

Para tropezar sin nunca caer.


 

8

DE JUDÍOS Y SAMARITANOS

(Lc 10, 25-37)

 


Se dice de un buen judío,

Que viajando una vez él,

Desde Judea a la Galilea,

Se sintió cansado con sed.

 

Mirando a su alrededor,

Dónde poder descansar,

Divisó pronto un pozo,

Y allí se fue a recostar.

 

Muy solo Él allí se quedó,

Con su hambre y su sed,

Pero por poco tiempo,

Por haber allí una mujer.

 

¿Pues cómo venir tú aquí?

Ella muy al tiro le increpó,

Pudorosa yo y samaritana,

Judío tú y enemigo mayor.

 

Por favor, bella y hermosa,

Yo tengo ahora mucha sed,

Dame un poco de tu agua,

Y con la mía yo vos pagaré.

 

Mi agua no es de este pozo,

Pues lo es de otro manantial,

De la vida así ello lo llaman,

Y te invito ahora a degustar.

 

La mujer muy sorprendida,

Comenzó ella a reflexionar,

Pero no tanto con la cabeza,

Como con buena voluntad.

 

Dime pues de quién eres tú,

Para poder amarte también,

Tú me has amado primero,

Y yo te quiero corresponder.

 

Pero tengo un gran problema,

Un problema de lo más mayor:

Tengo cinco maridos legales,

Pero con ellos yo ningún amor.

 

No sufras más por lo que dices,

Samaritana tú y mi gran amiga,

Sí, yo soy ciertamente un judío,

Pero no me importa que se diga.

 

Tú has llegado aquí con estupor,

Temiendo el poder escandalizar,

Hablando sola con hombre judío,

Violando las leyes de esta ciudad.

 

¿Peligroso mi descubierto amigo?

Escucha y conmigo al pueblo ven,

Allí proclamaremos nuestro amor,

Sin a nadie nosotros ahora temer.

 

Y así con ella el buen judío se fue,

Como el mayor profeta esperado,

Siendo recibido con gran respeto,

Gracias a una hija de samaritano.

 

Y aquí terminó la triste historia,

De estos pueblos en enemistad,

Volviendo a la casa de su Dios,

Padre del amor y de la amistad.

 


      "Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos". S. Agustín, autor de estas bellas y humanas palabras, sabía por experiencia la diferencia que hay entre el amor personal y los amores de cuño exclusivamente sexual o de enamoramiento. Pero tan gozoso descubrimiento sólo tuvo lugar cuando puso el amor de Dios por medio. Un amor en el que Dios no tiene cabida está llamado a fracasar si Dios no lo remedia. La verdadera reconciliación de las personas y de los pueblos resulta muy difícil, si no imposible, sin la ayuda de Dios obtenida mediante el amor. Pero repitámoslo una y mil veces. Se trata del amor personal que practicaba Jesucristo y nos recomendó como el núcleo central de su ética humana.

      Amor es un término ambiguo culturalmente diluido en el sexo, el erotismo y el enamoramiento quedándose en los perfiles de personalidad con olvido de las personas. De cara al futuro se especula ya con el amor tecnológico, como una técnica material que abstrae por completo del componente natural del ser humano más obvio al sentido común, recta razón y la experiencia. Ya no es cuestión de amores platónicos, románticos, sexuales o de enamoramiento al estilo clásico. La ideología de género y la revolución contrasexual tienen por objeto destruir filosófica, jurídica y políticamente todas las formas de amor humano tradicionales inspiradas, con mayor o peor acierto en los instintos y estructuras de nuestra naturaleza humana. Cabe pensar, sin embargo, que estas ideologías puedan suplantar, ni siquiera por la fuerza, a la naturaleza del amor personal como Dios manda y la experiencia de la vida enseña.

                                                                      

9

 

LOS HIJOS PRÓDIGOS DE DIOS

(Lc 15, 11-32)

 


Un padre que tuvo dos hijos,

Los dos con su propia mujer,

Los crió como padre bueno,

Pero ellos muy ingratos ser.

 

El más chico era un vivales,

El grande un fiel trabajador,

Y los dos ambos hermanos,

Se peleaban día sí y otro no.

 

La herencia de los padres,

Es siempre una tentación,

Para los hijos mal nacidos,

Siendo hermanos sólo dos.

 

El más chico y descarado,

Al su buen padre le exigió,

La parte suya de herencia,

Sin vergüenza y sin pudor.

 

Tenla pues ya tú, hijo mío,

Vaya también mi bendición,

Dios te acompañe siempre,

En las penas y en el dolor.

 

Abandonó su casa paterna,

Con la bolsa y su morral,

Muy sólo se fue por la vida,

Con mujeres malas a folgar.

 

La herencia ya dilapidada,

A los cerdos fue él a pedir,

De sus bellotas un cuenco,

Para sobrevivir y no morir.

 

El hambre fue aumentando,

Cada día sin poderlo apagar,

Se acordó entonces de casa,

Y a ella se decidió retornar.

 

Pero qué diré yo a mi padre,

Pensó muy dentro de su ser,

Y sin dudarlo un momento,

Se puso en camino hacia él.

 

Su padre siempre esperaba,

De su hijo chico retorno ver,

Y al verlo venir desde lejos,

Tranquilo esperó con placer.

 

Acortando su padre distancia,

Fue a su hijo abrazar y besar,

Pues muy feliz se encontraba,

Viendo al hijo perdido tornar.

 

Con su hambre y mucha sed,

Cuando miró y vio a su padre,

Muy triste y más arrepentido,

Corrió a sus pies a postrarse.

 

Yo soy tu hijo el mal nacido, 

Y que me olvidé de tu amor,

Te ruego que me perdones,

Y aceptes como a un labrador.

 

Pero tú no eres otro operario,

Tú eres mi hijo el más menor,

Vayamos pues a nuestra casa,

A retorno celebrar con honor.

 

No soy digno de tanto honor,

Por mi conducta tan inmoral,

Sólo te pido ahora padre mío,

Un sitio para trabajar y sudar.

 

Basta ya, hijo, de disculpas,

Que te conozco muy bien yo,

Incluso mejor que tu madre,

Que con tanto amor te parió.

 

Yo no soy empresario rapaz,

Que explota a trabajadores,

Dando trabajo como a burros,

Y de beber en los cangilones.

 

Soy hombre temeroso de Dios,

Y los trato a mis hijos por igual,

Sean ellos justos o pecadores,

Para con amor poderlos salvar.


 


              En esta parábola Jesús revela la imagen de Dios como AMOR y no como un juez implacable con las debilidades humanas. El padre de la parábola conoce mejor que nadie la forma incorrecta e inaceptable de sus dos hijos. El mayor representa la legalidad y la hipocresía y el menor, la frivolidad e irresponsabilidad egoísta juvenil. El padre no aprueba el comportamiento de ninguno de los dos hijos suyos y sólo desea que el dado por perdido vuelva a casa, y el legalmente justo sea humano y caritativo, recibiendo en la casa paterna a su hermano sin rencor ni ajuste de cuentas. Jesucristo, como rostro vivible de Dios, hablaba y se comportaba siempre como un espejo divino del amor de Dios, y esta parábola, constituye un ejemplo verbal basado en la realidad de nuestra vida diaria, difícil de superar y tal vez único en la literatura universal. El amor de Dios es el amor de un padre bueno que sólo busca la felicidad de sus hijos y no el ajuste de cuentas por sus formas incorrectas de conducta.

 

 

 

 

 

 

 

 

10

 

ORIGEN Y USO DE LA AUTORIDAD

(Mt 22, 15-32. Mc 12,13-17. Lc 20, 19-26)

 


El fariseo es un grande hipócrita,

Maestro en cosas buenas enseñar,

Pero siempre en su vida práctica,

Lo contrario hace para bien estar.

 

Hipócritas los llamó el Nazareno,

A los fariseos muy engañadores,

Que ponían sus pesados fardos,

En espaldas de fieles seguidores.

 

Jóvenes fariseos y los herodianos,

Llegaron entre ellos a un acuerdo,

Para poner a Jesús en gran aprieto,

Con fingimiento y ningún respeto.

 

¿Lícito pagar impuestos al César,

a judíos siendo el pueblo de Dios?

Creyeron pillarle en su respuesta,

Y acusarle a Israel o al Emperador.

 

Si como judío respondía que no,

Los romanos acusarle de traidor,

Y si respondía que sí claramente,

Acusarle ser mal judío ante Dios.

 

Pero el tiro les salió por la culata,

A los fariseos y a los herodianos,

Que abatidos todos muy de cerca,

Jesús dejó absortos y humillados.

 

Al César todo lo que es del César,

Y a Dios todo lo que sea de Dios,

El César sepa él estar en su casa,

Como en todas casas lo está Dios.

 

La respuesta fue tan convincente,

Que no le pudieron ellos replicar,

Tomando pronto las de Villadiego,

Para cumplir su deber de informar.

 

Para Roma Jesús es buen romano,

Para judíos buenos Él es el mejor,

Cada cual que se quede en su casa,

Y en la de todos, el buen padre Dios.

 

César que no compita con su Dios,

Es su primera y mayor obligación,

De gobernante digno de gobernar,

Por ser justo y de buena intención.

 

Porque hay una frontera inviolable,

Que el César mucho ha de respetar,

La frontera de toda la vida humana,

Que sólo Dios Él la puede flanquear.

 

 

Toda ley contra una vida humana,

Muy grande es y flagrante violación,

Del derecho de Dios sobre toda vida,

Y sin ningún tipo de discriminación.

 

César ha de proteger nuestra vida,

Pero sin abusar nunca de su poder,

Los líderes todos ellos y religiosos,

A Dios mucho amor han de ofrecer.

 

Lo demás es buscar tres pies al gato,

Políticos y religiosos ellos también,

Que de forma más o menos abusiva,

Ofenden a Dios con su mal hacer.


 

              No es lo mismo el origen de la autoridad que el uso que hagan de ella los que la ejercen en la vida pública. Toda autoridad viene de Dios, pero no el uso indebido que los hombres hacemos muchas veces de ella. El origen está en Dios, pero el mal uso siempre está en nosotros. Así las cosas, hay que respetar a la autoridad constituida siempre que gobierna respetando los derechos que son exclusivos de Dios. Pero hay que desobedecerla cuando los gobernantes y legisladores promueven leyes y formas de conducta contra la vida y los derechos fundamentales del hombre. Por ejemplo, tolerando la muerte de los seres más inocentes e indefensos en el seno de sus madres en clínicas abortistas legalmente protegidas. Toda vida humana, incluida la de los malhechores, es propiedad exclusiva e intransferible de Dios, y ese derecho natural de Dios no puede ser desafiado por parte de los gobernantes de turno ni de los legisladores. Toda legítima autoridad, pública o privada, es delegada por Dios y de ahí el deber de respetarla y obedecerla cuando respeta la línea roja existente entre el poder legítimo de los hombres y Dios su padre y creador. Igualmente, los líderes religiosos sólo han de ser respetados por los poderes de este mundo cuando usan de forma responsable la libertad religiosa pública y ofrecen una imagen de Dios sin coacción moral, con franqueza y con amor. Hay un terrorismo político contra las cosas de Dios y un terrorismo religioso contra las conciencias y los asuntos del bien común como la paz. Ambos extremos fueron condenados por Cristo aconsejando dar a cada uno lo suyo, a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César, cuya autoridad sólo es legítima cuando es concorde con la recta razón y los planes de Dios sobre la vida y la muerte.

 

11

 

EL BUEN PASTOR DE ISRAEL

(Jn 10, 1-16)

 


Un judío y de todos el más bueno,

Se bautizó como ser el buen pastor,

Que las conoce a todas sus ovejas,

Tratándolas con su cariño y amor.

 

El de Nazaret y conocido Jesús,

Predicador del reino de los cielos,

Llamó ovejas a todos los buenos,

De palestina y del mundo entero.

 

Él las conocía a todas sus ovejas,

Y las ovejas todas conocían a Él,

Por entregarse a ellas por entero,

Y su vida por ellas darla también.

 

Un día de lluvia muy desaforado,

Del rebaño un corderillo perdió,

Dejó en establo las otras ovejas,

Y salió en su busca sin dilación.

 

 

Luego de haberlo Él encontrado,

En su cuello le puso y lo acarició.

Con prisa y con mucho contento,

Al establo lo llevó y así lo redimió.

 

 Pero los pastores que son malos,

 A sus ovejas apedrean sin piedad,

 Considerándolas sólo como piezas,

 De dueño celoso de su propiedad.

 

 Hay asalariados malos pastores,

 Que por solo dinero y sin amor,

 Se ocupan de sus mansas ovejas,

 Para sacrificarla sin compasión.

 

 Cuando el lobo anuncia su llegada,

 Los asalariados se echan a correr,

 Dejando rebaño a merced del lobo,

 Que viene para de su sangre beber.       

 

 Pastores vos todos los espirituales,

 Cristianos y también los de Israel,

 No seáis como los pastores malos,

 Sino como lo fue Jesús de Nazaret.


 

              El mal pastoreo del pueblo de Israel por parte de sus dirigentes consistió esencialmente en no reconocer al Mesías prometido y anunciado por los profetas, en la persona de Jesús de Nazaret. La idea de Mesías que tenían los gobernantes de Israel era muy distinta de la que transmitían los profetas. Para las autoridades de Israel en tiempo de Jesús, el Mesías debía presentarse como un político más poderoso y glorioso que todos los que estaban en funciones. El Mesías anunciado por los profetas, en cambio, era un ser humilde, sufriente, sin ambiciones y aparentemente llamado a fracasar. Este fue el Mesías real que hizo su aparición humilde en un establo de ganado doméstico y no en ningún palacio o residencia principesca o real. La vida de Jesús de Nazaret estuvo llena de éxitos bien ganados entre los más sencillos y humildes, pero su muerte fue la que correspondía en aquellos tiempos a los más despreciados y fracasados. Sin embargo, y contra todas las previsiones, Jesús venció a la muerte con su resurrección de entre los muertos, liderando sin competencia el reino de los cielos, donde tendrá lugar el imperio de la justicia, del amor y de la paz. Este fue el Mesías real que hizo su aparición humilde en un establo de ganado doméstico y no en un palacio o residencia principesca o real. La vida de Jesús de Nazaret estuvo llena de éxitos bien ganados entre los sencillos y humildes, pero su muerte fue la que correspondía en aquellos tiempos a los más despreciados y fracasados. Sin embargo, y contra todas las previsiones, Jesús venció a la muerte con su resurrección de entre los muertos, liderando sin competencia el reino de los cielos, donde tendrá lugar el imperio de la justicia, del amor y de la paz.

12

 

El SAMARITANO EJEMPLAR

(Lc 10,30-37)

 


Un grande experto de la Ley,

Quiso él examinarle al Señor,

Y pregunta comprometedora,

Fue esta que así le formuló.

 

Maestro, ¿cómo me salvo yo?

Dímelo Tú que lo sabrás bien.

De lo que he de hacer luego,

Me ocuparé gustoso también.

 

¿Qué está escrito y en la Ley?

Jesús al muy experto contestó:

Practica lo que allí es mandado,

Y de lo demás se encarga Dios.

 

El experto y letrado de la Ley,

Presto muy seguro respondió:

Amarás a Dios con todo tu ser,

Y al prójimo como a ti también.

 

Pero ¿quién es ese mi prójimo?

Dímelo Tú que lo sabrás bien:

¿Tiene que ser hijo de Israel?

Que si otro fuere yo no lo saber.

 

Escucha tú, experto de la Ley,

Este cuento que te voy a decir,

Acerca de honrado samaritano,

Presunto gran enemigo él de ti.

 

Dos de ellos muy ilustres judíos,

De camino a un hombre hallaron,

Más muerto que vivo por paliza,

De los ladrones que le robaron.

 

De Jerusalén iban y venían los dos,

Sacerdote uno y un levita también,

Absortos pensando en sus méritos,

Y viendo al malherido pasaron de él.

 

Un samaritano pasó luego por allí,

Vio a la víctima y a ella se dirigió,

Sorprendido y más compadecido,

Y sus heridas de urgencia las curó.

 

Pero no solo le curó sus heridas,

Hizo después y muchísimo más:

Puso al herido en su propio asno,

Para en su posada poderle curar.

 

Experto y muy mucho siéndolo tú,

Una pregunta Yo te quiero hacer:

¿Quién fue el prójimo del herido,

hallado por judíos al amanecer?

 

La pregunta es demasiado sabia,

No sé si yo podré bien responder:

Prójimo del herido fue samaritano,

Que con mucho amor cuidó de él.

 

Muy bien sabes, experto en la Ley,

Lo que para salvarte has de hacer:

Amar a Dios sobre todas las cosas,

Y a los hombres sin tú desfallecer.


 


             

              La enemistad entre judíos y samaritanos en los tiempos de Jesús era proverbial y la historia de la misma está muy estudiada por los especialistas en los estudios bíblicos. Por ello resulta más sorprendente el que Jesús en la parábola del buen samaritano, siendo Él judío de pies a cabeza, tomara como referente ejemplar a un samaritano para explicar de forma gráfica e inteligible el alcance teológico del mandato del amor. En la cultura judía más ortodoxa el término prójimo tenía y sigue teniendo un significado restringido a las personas de raza judía y por extensión a sus afines y simpatizantes. Amar al prójimo equivale a amar por encima de todos a los judíos con exclusión de los demás.

              Cristo rompió este círculo cerrado ampliando el mandato del amor al prójimo a toda la humanidad sin excluir a nadie, ni siquiera a los enemigos. De ahí el calado teológico de la parábola del buen samaritano descalificando la conducta de los dos ilustres judíos que pasaron de largo y se desentendieron del deber de socorrer al herido encontrado en el camino. Jesús ligó el amor de Dios y a nuestros semejantes de tal forma que jamás puede haber excusa para nosotros desligarlo por motivos racistas o cualquiera otro motivo. En el feliz encuentro de Jesús junto a un pozo con la samaritana hay ejemplaridad indiscutible y belleza sin igual al poner de manifiesto de forma práctica el nexo entre amor a Dios y a todos los hombres sin discriminación de pueblo, raza, nación, hombre o mujer.

                                                                                    

13

 

MUJERES APEDREADAS

(Jn, 8, 1-11)


Resucitado ya su amigo Lázaro,

La suerte de Jesús estaba echada:

Buscad una excusa para detenerlo,

Para juzgarlo y matarlo con ganas.

 

La excusa la encontraron pronto,

Haciéndole una pregunta mortal:

¿Es lícito en este pueblo de Israel,

a las mujeres adúlteras lapidar?

 

Pues nuestras leyes así aconsejan,

Para nuestra conducta preservar,

De las infidelidades de esta mujer,

Que ofende a su marido y a Israel.

     

Traída y puesta ante Él una mujer,

Los escribas y fariseos la acusaron,

De flagrante y vergonzoso adulterio,

Y dictaron sentencia según Moisés.

 

La hemos visto en acto de adulterio,

Y la ley de Moisés ordena apedrear,

A cualquier mujer vista en adulterio,

Con firmeza sostenida y sin piedad.

 

Tú, Maestro, ¿qué dices a todo esto?

Le interrogaron con mucha maldad,

Acusadores ellos de la joven mujer,

Pues Tú justo eres y hay que actuar.

 

Esperando de Él respuesta obligada,

Diciendo sí, como si no quería hablar,

Estuvieron muy atentos a la respuesta,

Para acusarle y poderle ya crucificar.

 

La respuesta no puso ser más original:

Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía,

Garabatos ininteligibles con sus dedos,

En silencio total sin hacer algarabías.

 

Pero ellos insistían en preguntarle,

Se enderezó Jesús y sereno les dijo:

El que de vosotros esté sin pecado,

Tire contra ella la piedra o un botijo.

 

Inclinándose de nuevo hacia el suelo,

Siguió trazando garabatos en la tierra,

Ellos desde los viejos a los más jóvenes,

Dejaron a Jesús y la acusada en tierra.

 

Enderezándose ahora Jesús de nuevo,

Viendo sola a la acusada y triste mujer,

La miró con gran ternura y dictaminó:

Mujer, ¿dónde están los que te acusan?

 

¿Es que ninguno de ellos te apedreó?

Ninguno, muy agradecida respondió,

Jesús con bellas palabras la absolvió:

Ni yo te condeno: vete y no pecar vos.


 


              En el Antiguo Testamento las mujeres casadas y acusadas de adulterio eran condenadas a muerte y lapidadas. Esta terrible peste existe aún hoy día en culturas de raigambre islámica y otras más. Pero esto no es todo. El machismo tradicional y actual permite que casi siempre los hombres casados queden legalmente impunes por sus infidelidades conyugales, atropellando a cualquier mujer que se les ponga por delante, como quien se toma una taza de café. No hay derecho a esto, protestaba san Agustín, quien reclamó iguales y mayores penas legales para los maridos infieles que para las mujeres dentro del respeto a la vida y los cánones de la caridad. ¿Por qué la mataste?, reza el refrán. Porque era mía, respondió el marido criminal.

              En el derecho romano de cuño pagano la mujer era tratada como mero objeto de propiedad del hombre. De ahí el dicho social: esta o aquella es mi mujer. El término “esposa” tiene un matiz de respeto e igualdad entre el hombre y la mujer. Pero la mentalidad islámica y machista sigue en pleno vigor, lo cual es una gran desgracia y calamidad. Por eso, la respuesta irónica de Jesús: el que esté libre aquí del pecado de adulterio, que arroje la primera piedra contra esta mujer. ¡Cuántas piedras habría que tirar hoy día contra hombres casados e infieles con su mujer! ¿Por qué contra las mujeres sí y contra los hombres no? Pero ojo al parche.

              La “ideología de género” trata de resolver actualmente este problema con la venganza feminista institucionalizada, lo cual significa que el remedio puede resultar aún peor que la enfermedad.  Cualquier forma de salir al paso de una injusticia humana que no tenga en cuenta el amor verdadero y el perdón de las ofensas, está llamada fatalmente al fracaso.  Los estereotipos culturales predominantes sobre el amor humano y la amistad han favorecido esta pretensión revolucionaria de la ideología de género, pero terminará imponiéndose la concepción humana del amor personal. No creo que las ideologías puedan imponerse por mucho tiempo a la realidad y necesidad del amor personal.

 

14

 

PERFUME DE AMOR EN BETANIA

(Jn 12, 1-11. Mt 26, 6-13)

 


Jesús se fue a visitar en Betania,

A su amigo Lázaro ya resucitado,

Y le agasajaron con grande cena,

Marta y María con amor y agrado.

 

Marta servía a Jesús y a Lázaro,

Y María tomó una libra de nardo,

Y se tiró a los pies de su invitado,

Con gran amor nada disimulado.

 

Muy hermosa estaba ella María,

Con su cuidada larga cabellera,

Con que enjugó los pies a Jesús,

Dándole amor de quinceañera.

 

Ungió los pies de Jesús y los besó,

Y la casa se inundó con el perfume,

Cuando el envidioso Judas traidor,

Al punto muy indignado preguntó:

 

¿Por qué ese perfume no se vendió,

y con el precio ayudar a los pobres?

No porque le preocuparan los pobres,

Sino que tenía la bolsa como ladrón.

 

Déjala, lo tenía para mi sepultura,

Pues pobres siempre los tendréis,

Como malvadamente lo sabes tú,

Pero conmigo no siempre estaréis.

 

Algunos, sabiendo Jesús estar allí,

Fueron para oírle y conocerle mejor,

Pero más por ver a su amigo Lázaro,

Al que días antes a su vida devolvió.

 

Chivatazo llegó a sumos sacerdotes,

Y tomaron esta resolución sin dudar:

Hay que matarlos a Jesús y a Lázaro,

Y así nuestros seguidores conservar.


  


              Según el relato de Juan, pocos días después de la resurrección de Lázaro, Jesús fue a visitarle en su casa, donde las hermanas María y Marta habían preparado una cena. ¿Fue Lázaro quien invitó a Jesús para ofrecerle una cena de acción de gracias, o fue Jesús quien tomó la iniciativa de ir a visitar a su amigo después de haberle resucitado? Pero, según el relato de Mateo y de Marcos, la cena se estaba celebrando en casa de Simón el Leproso y allí fue María a perfumar y enjugar los pies de Jesús, derramando un frasco de nardo sobre ellos y enjugándolos con su hermosa melena después. Otra cuestión es si esa amorosa María es siempre la hermana de Lázaro o había otra María conocida como María la de Magdala, que supuestamente se convirtió a Jesús después de haber llevado una vida ligera y de haberla Jesús liberado de los demonios. En cualquier caso, se trata de una escena de amor jamás conocida hasta entonces por lo cual Jesús dijo que había que recordarla y actualizarla constantemente en el futuro. Y esto es lo que estamos haciendo aquí al margen de otras consideraciones, destinadas a satisfacer sólo curiosidades olvidando la grandeza y belleza del amoroso episodio acontecido.

              La conducta de María contrasta con la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres ocultaba el egoísmo y la falsedad del tesorero de los apóstoles, encadenado por la avidez y el hambre de dinero sin saber valorar el perfume del amor divino. Judas calculó mezquinamente en el espacio reservado al amor de entrega total a Dios. Jesús comprendió al tiro que María había intuido el amor de Dios y aprovechó la ocasión para anunciar a todos que esta estaba cerca la hora en que el Amor hallaría su expresión suprema con su muerte en la cruz, seguida de su triunfante resurrección de entre los muertos. San Agustín escribió estas bellas palabras: "Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor... Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos y si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y así habrás enjugado los pies del Señor"» (Homilía de Benedicto XVI, 29 de marzo de 2010).

 

15

 

PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

(Mt 13, 1-23. Lc 8, 4-8. Mc 4, 1-9)

 


Un buen día salió Jesús de su casa,

Y tomó cómodo asiento junto al mar,

Y no para tratar problemas de pesca,

Sino cómo sembrar trigo y cosechar.

 

Mucha gente que andaba por la playa,

Pronto como moscas se acercaron a Él,

Muy curiosos ellos sólo para escuchar,

Porque sabían que hablaba poco y bien.

 

Pero rodeado de tanta gente en la playa,

Se decidió a una barca de la playa subir,

Se acomodó muy cómodamente en ella,

Y en voz alta empezó a hablarles y decir.

 

Entre otras cosas que desde allí dijo,

Una se merece mucho aquí recordar,

Por no ser asunto de pesca o del mar,

Sino de cómo en tierra trigo cosechar.

 

Un sembrador de trigo salió a sembrar,

Parte de semilla cayó junto al camino,

Nació, pero las aves muy voraces ellas,

En un abrir de ojos le dieron destino.

 

Otra parte de aquella buena semilla,

Entre los pedregales se fue a podrir,

Con poca tierra, mucha piedra y seca,

La raíz se secó y no pudo ella resurgir.

 

Entre espinos parte de semilla cayó,

Los espinos crecieron por su cuenta,

Hicieron la tierra toda su propiedad,

Y la semilla de trigo murió sin piedad.

 

Pero no todo ello fue una calamidad,

Otra parte cayó en tierra muy buena,

Nació, creció y en su tiempo maduró,

Con alegría de todos en Nochebuena.


             


              Jesús puso fin a la parábola de una forma seca e irónica sin más explicaciones: El que tenga oídos para oír, que oiga. ¿Por qué esta forma de terminar, le preguntaron los apóstoles allí presentes? ¿Por qué nos has hablado en parábolas y no en lenguaje llano y fácilmente inteligible? Y Jesús, en lenguaje normal y corriente, les dio esta respuesta. Entre los que vienen a escucharme los hay que no lo hacen por conocer la verdad que yo predico, sino para encontrar alguna disculpa para acusarme y ajustarme las cuentas. Estos tales tienen ojos para ver y oídos para escuchar, pero los cierran para no ver ni oír lo que yo digo. Se refería Jesús a aquellos de los que había pronosticado el profeta Isaías que, llegado este momento de mi presencia entre ellos, ni quieren verme ni oírme. Pero vosotros estad tranquilos. Venid solos conmigo y con gusto y claridad os explicaré lo que he querido decir con esta parábola bucólica. Felices vosotros que me seguís, veis y escucháis con buen corazón y sin prejuicios absurdos.  Así de claro.

              1) Hay gente buena que escucha mis palabras acerca del Reino de los Cielos con gusto, pero luego llega algún listillo y les arrebata de su corazón lo que Yo allí había sembrado. A esto robado se refiere lo del grano que cayó junto al camino.

              2) Lo sembrado en pedregales se refiere a los que de momento escuchan con entusiasmo lo que Yo digo, pero no echa raíces porque al venir la aflicción o cualquier persecución por mi causa, tropiezan y caen con la primera piedra que encuentran en el camino.

              3) Hay otros que oyen mi palabra también con entusiasmo, pero las ambiciones humanas y la dedicación exclusiva a producir y aumentar riquezas materiales, terminan ahogando mis enseñanzas y haciéndolas infructuosas. Tienen tiempo para todo menos para las cosas de Dios. Piensan que su tiempo es sagrado y no dejan margen para lo más sagrado, que es Dios.

              4) La semilla de trigo sembrada en tierra buena se refiere a los que oyen con interés y tratan de entender sin prejuicios lo que Jesús dijo e hizo. Ellos son los que dan ubérrimo y abundante fruto al ciento por uno sin que ni un solo grano de la semilla del trigo sembrado deje de producir su propia espiga.

 

 

 

16

 

CANTO PAULINO AL AMOR

(1Cor 13)


 


Aunque seas un Ángel políglota,

Y hables bien todos los idiomas,

Cuanto más hables a los demás,

Si no amas, metal y ruido serás.

 

Profeta también podrás tú ser,

Y los designios de Dios conocer,

Ser tú un gran científico famoso,

Y las montañas con tu fe mover.

 

Si no amas a Dios y a tu prójimo,

Nada serás en este mundo sin Él,

Desnutrido del amor e inmundo,

Y siempre muy necesitado sin Él.

 

Pero no te hagas muchas ilusiones:

Aunque seas rico y pobres socorrer,

Si no lo haces movido por el amor,

Inútil será para ti y tu bella mujer.

 

Ni seas orgulloso por algún interés,

Entregando tu cuerpo a las llamas,

Y por honor lo dejes con ellas arder,

Alcanzando fama merecida también.

 

Si no amas con el amor verdadero,

A todo hombre y no sólo a tu mujer,

No te sientas seguro de tu paradero,

Si de amor eres examinado después.


             


Pablo de Tarso escribió unas palabras sobre la primacía del amor personal en la vida y enseñanza de Cristo que se han convertido en una página magistral de la literatura universal. Me refiero al capítulo trece de su primera carta a los corintios. Como aclaración previa digo que el término amor adquiere un significado nuevo que se expresa con el término caridad. Dice así: “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente y servicial; no es envidiosa ni jactanciosa ni se engríe. La caridad es decorosa, no busca su interés ni se irrita; no toma en cuenta el mal ni se alegra de la injusticia y se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera y soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando venga lo perfecto desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño hablaba como niño. Pensaba como niño. Razonaba como niño. Al hacerme hombre dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad. Estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1Cor 13). 

En el primer párrafo, Pablo afirma la necesidad que tenemos todos del amor. Una persona puede estar dotada de cualidades humanas excepcionales. Si carece del amor ante Dios, no le servirán para nada. Cuando hay una gran sequía es corriente oír este comentario: podemos vivir careciendo de muchas cosas menos del agua. Cuando ésta falta es cuando nos damos cuenta de la absoluta necesidad que tenemos de este elemento. De modo parecido, una persona puede rebosar de bienes y privilegios de la naturaleza. Pero si no es buena persona, se irá en el mejor de los casos al archivo del olvido en este mundo y de los rechazados en el mundo venidero. Este párrafo es un canto al amor teniendo en cuenta al ser humano en todas sus dimensiones y aspiraciones más profundas de felicidad. En el segundo párrafo Pablo hace una descripción psicológica magistral de las características del amor personal resaltando su belleza y dignidad moral.

En los trabajos y contratiempos la caridad es paciente y agradable. Personas hay que se dicen buenas, pero olvidan fácilmente que su compañía resulta desagradable. Las personas realmente caritativas se preocupan de hacer grata su compañía prestando más atención a los intereses de los demás que a los suyos propios. Es incompatible con la envidia. No es difícil encontrar gente que se alegra de todo corazón cuando a los demás las cosas les van mal. Cuando esto ocurre, tenemos la prueba más evidente de que no hay amor. Alegrarse del mal ajeno es una vileza humana muy frecuente. Por el contrario, quien ama, disfruta con lo suyo y se alegra generosamente de que a los otros las cosas les vayan bien. Sin pretenderlo, disfruta con la felicidad propia y con la ajena.

La caridad no es jactanciosa ni se crece ante los demás. La caridad es incompatible con la arrogancia y el culto a la personalidad. La caridad nos invita a no hablar arrogantemente de nosotros mismos como si fuéramos los reyes del mundo. Esta fea costumbre con frecuencia no es más que el resultado de falta de reflexión o poca inteligencia. Es característico de los cortos de inteligencia hacer de sus vidas un éxito incomparable. Lo contrario de las personas bien dotadas, que contrastan sus éxitos con sus fracasos y limitaciones. La caridad nos enseña a ser realistas valorando lo que somos sin menguarlo, y reconociendo lo que no somos sin exagerarlo. La caridad no prescinde de la inteligencia, sino que la presupone y perfecciona. 

La caridad es cortes y desinteresada. Antes de hacer o decir algo, además de pensarlo dos veces, hemos de tener en cuenta a los demás, para evitar de antemano el causarles algún daño. Igualmente, no debemos buscar ninguna utilidad inmediata en beneficio propio. Las auténticas obras de amor suelen reportar compensaciones importantes, incluso en esta vida. Pero otras veces ni siquiera provocan una palabra de gratitud. Cuando tal ocurre, la persona caritativa o amorosa no retracta su acción como respuesta a la ingratitud. Tampoco pierde los estribos (no se irrita) cuando las cosas no salen a su gusto. Del bien hecho a los demás no hay que arrepentirse nunca.

La caridad es absolutamente incompatible con los sentimientos de venganza bajo ningún pretexto. Por ejemplo, camuflando ese instinto maligno con pretextos de justicia. Un caso histórico podría ser la pena de muerte como forma de castigo público contra criminales de rango superior en nombre del derecho a la legítima defensa. A nivel personal, hay gente que disfruta ajustando cuentas a los demás por cualquier cosa baladí. Existe un viejo grupo social bien conocido, para el cual, sólo hay justicia cuando se ha vengado al delincuente. Es el polo opuesto del amor cristiano que postula, no sólo la ausencia de venganza en la administración de la justicia, sino el perdón al mismísimo enemigo. En este mismo sentido la caridad no se alegra de la injusticia que otros puedan cometer, aunque ello pudiera reportarnos alguna ventaja momentánea. Esto nos trae a la memoria las trapisondas en la especulación financiera y las corrupciones políticas y administrativas. Me refiero a esas operaciones que realizan muchos políticos y financieros para enriquecerse ellos a costa de los demás. Hay gente que las conoce y no las ven mal mientras se puede sacar partido de ellas.

La caridad no legitima el disfrute de las injusticias. Por el contrario, se complace en la verdad y en que las cosas discurran de forma honesta y por el buen camino. Por otra parte, no niega los defectos del prójimo, pero no se ceba en ellos. Al contrario, busca disculpas y atenuantes para ayudar a curar las heridas en lugar de agrandarlas. La caridad nos impulsa a creer lo que otros nos dicen, a esperar lo que nos prometen y a ser tolerantes con los débiles e impertinentes. Lo cual no es una invitación a ser ingenuos predisponiéndonos para ser engañados o molestados. Significa que, mientras no haya pruebas en contrario, como actitud primera hemos de suponer la buena intención de nuestros interlocutores, darles un margen de confianza y, si las cosas no salen bien, no descorazonarnos y echarlo todo por la borda. La gente necesita ser escuchada con interés y paciencia incluso cuando dice o hace tonterías. De hecho, una de las formas de caridad más apreciadas hoy día es la de aquellos que saben escuchar pacientemente a las personas, que lo único que necesitan es desahogarse con alguien en medio de sus penas y soledades.

En el párrafo tercero Pablo hace una proclama emotiva de la validez permanente del amor. Con la muerte desaparecerán de un golpe todas las dotes personales que nos hayan acompañado durante la vida. Sólo la caridad permanecerá eternamente disfrutando de la unión directa y estrecha con el objeto amado. Conoceremos a Dios a la manera como somos conocidos por Él, a saber, con conocimiento inmediato, directo y eterno. Sólo en este ágape teológico tiene sentido aquello de que el amor no muere nunca. En Pablo de Tarso, esta afirmación tiene sentido real y no meramente poético o sentimental como en el platonismo o el romanticismo. El amor personal, más allá del amor/sexo o el amor/enamoramiento, es una realidad humana dinámica y gratificante y no una ilusión sentimental o una idea platónica congelada en el espacio sin transferencia afectiva.

Este descubrimiento del amor personal, que Cristo puso como piedra angular de la felicidad humana y de la esperanza más allá de la muerte, es una novedad gozosa que se encuentra reseñada por escrito sólo en la Biblia y de ahí que, a pesar de la dificultad de su lectura, este libro singular siga siendo tan estudiado y editado. Las fiestas de Navidad y Pascua de Resurrección son los momentos culminantes en los que siglo tras siglo la humanidad se reconforta con el recuerdo gozoso de este descubrimiento. Según Jn 13,34-35, Cristo se despidió de los suyos con palabras como estas: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”.

A propósito de estas palabras cabe hacer las siguientes matizaciones. En primer lugar, no se trata aquí de una simple recomendación, sino de un mandato taxativo o condición indispensable para profesar el humanismo cristiano. Las novedades que Cristo introduce con la primacía del amor son las siguientes. 1) Debe ser un amor universal hacia toda persona humana y no limitado al pueblo judío. 2) Es un amor al modo de Dios, es decir, esencialmente personal y no sexual o de enamoramiento. 3) Debe ser universal, incluidos los enemigos. 4) Este tipo de amor, que culminó en el reciclaje de la basura moral humana de todos los tiempos, es la verdadera y definitiva señal social del humanismo cristiano. De hecho, esta primacía y forma de entender el amor en clave personal, por encima de las fronteras étnicas, del sexo y del enamoramiento, es lo que fascinó al mundo pagano según los testimonios autorizados de Tertuliano y de Minucio Félix.

Para terminar esta fascinante cuestión del amor personal revelado por Cristo, me parece oportuno recordar unas vetustas palabras tomadas del Papa León Magno (440-461) de su sermón séptimo con motivo de la Navidad o nacimiento de Cristo, y que suenan así: “Al nacer nuestro Señor Jesucristo como hombre verdadero, sin dejar por un momento de ser Dios verdadero, realizó en sí mismo el comienzo de la nueva creación y, con su nuevo origen, se dio al género humano un principio de vida espiritual. ¿Qué mente será capaz de comprender este misterio, qué lengua será capaz de explicar semejante don? La iniquidad es transformada en inocencia, la antigua condición humana queda renovada y los que eran enemigos y estaban alejados de Dios se convierten en hijos adoptivos y herederos suyos.” Ante este hecho protagonizado por Cristo tal como es presentado en el Nuevo Testamento, el orador exclamó: “Despierta, hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, cómo usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en motivo de alabanza y gloria del Creador”. 

 

17

ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO

(Mt 26, 57-68. Mc14, 32-42. Lc 22, 39-46. Jn 18,14)

 


Aunque tenga que morir contigo,

Yo, Pedro, te lo juro por mi honor,

Como antes no negué no te negaré,

En esta comprometedora situación.

 

También sus compañeros asistieron,

Muy valientes y con gran decisión,

A defender con su firme resolución,

A su Maestro, antes de la crucifixión.

 

Llegados todos al siniestro lugar,

Jesús dijo a los discípulos ya allí:

Sentaos aquí mientras voy a orar,

Velad, no hay tiempo para dormir.

 

Pero tú, Pedro, e hijos de Zebedeo,

Veníos los tres conmigo hasta allí,

Y solo a un tiro de piedra de aquí,

Para que estéis más cerca de mí.

 

Llegados los cuatro al lugar señalado,

Jesús empezó a sufrir mucho y llorar,

Con tanta tristeza y también angustia,

Que de hinojos cayó y se puso a orar.

 

Padre mío, decía muy conmovido Él,

Estoy a punto de ser prendido y morir,

De forma traidora y muy dolorosa,

Sólo por ser Yo tu Hijo y de Israel.

 

Si posible ello fuere, pregunto, Señor:

¿Por qué no demostrar que soy tu Hijo,

El Mesías tuyo y también el Redentor,

de forma más justa y sin tanto dolor?

 

¿No tienes, Padre mío, otra copa mejor,

Para hacer Yo mi trabajo del Redentor,

Sin ser así de esta forma tan humillado,

con traición de Judas y mi crucifixión?

 

Padre mío, perdóname si soy temerario,

Como si dudara para nada de tu Amor,

El dolor, Tú lo sabes, es mal consejero,

Y nos hace pensar en lo malo y lo peor.

 

Gracias por escucharme, Padre mío,

Mejor sabes Tú lo que me conviene,

Hágase tu bendita y sagrada voluntad,

Para Yo acatarla con mi amor perenne.

 

Más o menos así, Jesús tres veces oró,

Pero el tren del tiempo no esperó más,

Llegó Judas con su corrupta pandilla,

Le besó y a la muerte entregó sin más.


 

              ¡Qué humanidad divina la de Cristo! No menos que su divinidad. Hipostasiadas estaban ambas naturalezas en un solo Dios verdadero, ni menos ni más. No hay ser humano insensible al sufrimiento y la muerte, y más aún cuando ésta es causada por otros seres humanos de forma injusta, traidora, cruel y sin piedad. Cristo asumió este dolor en nombre de toda la humanidad y pidió a Dios la fuerza y el consuelo, suficientes para tantas penas sobrellevar. Pero recibió de Él la fuerza moral y el encargo de reciclar en el amor infinito toda la basura humana producida por nuestros pecados. La sabiduría popular nos recuerda muy bien esta lección divina de humanidad: mejor sabe Dios lo que nos conviene que lo que nosotros le pedimos, hágase pues siempre su misteriosa y santísima voluntad. Así se hizo y el balance final fue feliz, con el triunfo sobre la muerte con su resurrección. Morirá nuestro cuerpo, pero no el amor. Durante los inviernos de esta vida mortal hemos de invertir toda nuestra capacidad de amor verdadero para no sucumbir a las embestidas de la enfermedad y la muerte mirando como Jesús al cielo después de nuestra propia muerte y resurrección.


18

 

EL PRIMADO DE PEDRO

(Mt 16,13-20. Mc 8, 27-30. Lc 9, 18-21)

 

                                                         En la región de Cesarea de Filipo,

                                                         Jesús a sus apóstoles les interrogó:

                                                          ¿Y qué dice la gente por ahí de Mí?

                                                         ¿Saben los hombres quién soy YO? 

 

                                                         Sí, Señor, ya que Tú nos preguntas,

                                                         Te lo diremos con gusto y claridad:

                                                         Juan el Bautista, Elías o Jeremías,

                                                         Son los profetas ellos y alguno más.

 

                                                         Y vosotros, mis más fieles discípulos,

                                                         Después de ya de más me conocer,

                                                         ¿Podéis decirme sin ningún reparo,

                                                         quién pensáis que Yo podría ser?

 

                                                         Simón Pedro, el más viejo de ellos,

                                                         Respondió al tiro sin nada dudar:

                                                         Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo,

                                                         Ungido como Mesías y mucho más.

 

                                                         Bienaventurado tú, Simón Bar Yoná,

                                                         Por lo que terminas ahora de decir,

                                                         Porque no te lo dictó un ser humano,

                                                         Sino mi Padre quien te lo hizo sentir.

 

                                                         Ahora tú, mi querido Simón Pedro,

                                                         Escucha atento lo que te voy a decir:

                                                         Tu nombre desde ahora será Piedra,

                                                         Para sobre ella mi Iglesia construir.

 

                                                         Mas esto no es todo pues hay aún más:

                                                         Las puertas del abismo no la destruirán,

                                                         Y tú recibirás las llaves de la autoridad,

                                                         Para abrirla y cerrarla con seguridad.

 

                                                         Son las llaves del Reino de los Cielos,

                                                         No lo olvides nunca con la autoridad,

                                                         Pues lo que atado en la Iglesia tengas,

                                                         Desatado también en el cielo lo será.


 

           Con estas palabras Jesús realizó varias cosas. Le cambia el nombre de Simón para llamarle Pedro, instituye la Iglesia y le nombra jefe de ella entregándole el poder de las llaves. En la tradición judía, el cambio de nombre implicaba un cambio en su relación con Dios. Para los discípulos de Jesús proveniente del linaje de Abraham, el cambio de nombre era profundo y trascendental. En el análisis que el antiguo cardenal Ratzinger realizó sobre el Primado de Pedro destaca la primacía de Pedro sobre los demás Apóstoles: "«Primero Simón, llamado Pedro» (Mt 10, 2). Con este significativo relieve de la primacía de Simón Pedro, san Mateo introduce en su Evangelio la lista de los doce Apóstoles, que también en los otros dos Evangelios sinópticos y en los Hechos comienza con el nombre de Simón (Cf. Mc 3, 16; Lc 6, 14; Hch 1, 13). Esta lista, dotada de gran fuerza testimonial, y otros pasajes evangélicos muestran con claridad y sencillez que el canon neotestamentario recogió las palabras de Cristo relativas a Pedro y a su papel en el grupo de los Doce. Por eso, ya en las primeras comunidades cristianas, como más tarde en toda la Iglesia, la imagen de Pedro quedó fijada como la del Apóstol que, a pesar de su debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo en el primer lugar entre los Doce y llamado a desempeñar en la Iglesia una función propia y específica. Es la roca sobre la que Cristo edificará su Iglesia (Cf. Mt 16, 18); es aquel cuya fe, una vez convertido, no fallará y confirmará a sus hermanos (Cf. Lc 22, 32), y, por último, es el Pastor que guiará a toda la comunidad de los discípulos del Señor (Cf. Jn 21, 15-17)". (Congregación para la Doctrina de la Fe titulado "El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia").

              Como ejemplos de la primacía de Pedro en el Evangelio cabe recordar los siguientes. Pedro ocupa un lugar especial en la primera formulación del Credo. Allí, San Pablo advierte que a quien primero se apareció Jesús fue a ese apóstol: "En primer lugar les he transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado; que resucitó al tercer día, también según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce." (1 Co 15, 3-5) En el capítulo 16 de San Marcos, el Ángel que las mujeres se encuentran en el sepulcro vacío les dice que Jesús ha resucitado y a continuación les ordena, que les cuenten a los discípulos lo ocurrido, pero especialmente a Pedro: "Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. Él les dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. Pero marchad, decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis, como os dijo". (Mc 16, 5-7). En el evangelio de San Juan, María Magdalena va donde Pedro y Juan para contarles que no ha encontrado a Jesús en el sepulcro. Los dos apóstoles corren al sepulcro. Juan, más joven, llega primero, pero no entra, sino que espera a Pedro, quien entra primero (Jn 20, 1-8).


 

19

 

PERDONAR A NUESTROS DEUDORES

(Mt 18, 21-35. Lc 6, 27-38)

 


Señor, Pedro con ansiedad le preguntó,

¿Cuántas veces si alguien es mi ofensor,

debo perdonarle por amor sin dudar?

¿Hasta siete veces contadas y no más?

 

Jesús al tiro de esta forma respondió:

No digo que solo siete veces lo hagas,

Bien contadas despacio y sopesadas,

Sino hasta setenta veces siete y más.

 

Y no te alarmes por esta contestación,

Escuchad ahora todos con atención,

Pues quiero daros con corta parábola,

Adecuada, clara y justa explicación.

 

El reino de los cielos se parece a un rey,

Que quiso hacer cuenta con sus siervos,

Pero cuando comenzó a ajustarla bien,

Trajeron al deudor de muchos talentos.

 

No tenía con qué el préstamo pagar,

El prestamista mandó que vendiesen,

A él con su mujer y cuanto más tenía,

Para que al préstamo respondiesen.

 

Arrojándose a sus pies aquel siervo,

Triste decía: ten paciencia conmigo,

Yo te lo pagaré todo bien arrepentido,

Compasión de mí y mi mujer te pido.

 

Movido a compasión el rey del siervo,

Lo dejó perdonándole su gran deuda,

Sin ninguna otra carga de exigencias,

Que seguir trabajando con conciencia.

 

Cuando el deudor se despidió del rey,

Encontró a un compañero trabajador,

Que sólo debía cien denarios limpios,

Y su amo le pidió cuentas y amenazó.

 

Págame aquí ahora cuanto me debes,

O te estrangulo aquí sin compasión,

Y el deudor a sus pies le suplicaba:

Ten paciencia que todo lo pagaré yo.

 

En la cárcel le puso sin compasión,

Hasta pagar deuda chica contraída,

Sin tener cuenta su buena voluntad,

De pagar y más que la deuda debida.

 

Sabiendo los compañeros lo ocurrido,

Muy tristes al rey fueron a protestar,

Por lo allí con sorpresa sucedido,

Imposible de entender y de aceptar.

 

Llamó el rey a su cruel apoderado,

Y de forma muy solemne le increpó:

Siervo, has sido malo con mi gente,

Y no indulgente como contigo fui yo.

 

Debiste hacer lo que yo hice contigo:

Te perdoné la gran deuda contraída,

Por piedad pediste y me suplicaste,

Y con generosidad te fue redimida.

                                       


¿Por qué no trataste a tu deudor así?                 

Debiste compadecerte del compañero,

Como yo me había compadecido de ti,

Y por ello ordeno tu encarcelamiento.

                                                     

Que vengan los verdugos y pronto,

Y que en la cárcel te asignen puesto,

Mayordomo desagradecido y ruin:

Págame tu deuda o quedas muerto.

 

Terminada esta chocante narración,

Jesús quiso su significado explicar:

Así hará el Padre Dios con aquellos,

Que ofendidos no quieren perdonar. 


 


20

 

PERDÓN Y AMOR A LOS ENEMIGOS

(Lc 6,27-38. Mt 5, 38-48)

 


Ahora escuchad lo que os digo:

Amaréis a vuestros enemigos,

Haréis bien a los que os odian, 

Y bendeciréis a los malignos.

 

Rogad por los que os calumnian,

A quien os abofetee en la mejilla,

Presentadle también vos la otra,

Te quitó el manto, dale la túnica.

 

Dale tú lo que cualquiera te pida,

Al que tome lo tuyo no se lo pidas,

Según quieres que hagan contigo,

Así harás tú con quienes te pidan.

 

Si amáis sólo a quienes os aman,

¿Qué favor merecer con ello tener?

También los pecadores ellos aman,

A los que los aman a ellos también.

 

¿Hacéis bien a quienes os lo hacen?

¿Qué favor merecéis con ello tener?

También pecadores hacen lo mismo.

Para ventajas y regalos ellos obtener.

 

¿Préstamos esperando restitución?,

Tampoco esto tiene mérito alguno,

Los pecadores prestan a pecadores,

Esperando tener retorno oportuno.

 

Pero vosotros, muy por el contrario,

Amad a vuestros amigos y enemigos,

Haced el bien y prestad sin esperar,

Recompensa oportuna con testigos.

 

Vuestra recompensa será grande,

Porque seréis los hijos del Altísimo,

Que es bueno con buenos y malos,

Aunque vosotros lo echéis en olvido.

 

Imitad la misericordia de Dios Padre,

Y sed misericordiosos como Él lo es,

No juzguéis y no seréis vos juzgados,

No condenéis y no seréis condenados.

 

Absolved y seréis también absueltos,

Dad de lo que vos podáis y se os dará:

En una medida buena bien apretada,

Con la medida que medís se os medirá.

 

Por todo esto seréis hijos de Dios,

Bueno con desagradecidos y malos,

Sin esperar favores ni restituciones,

Sólo por compasión divina amados.


 


              El momento culminante del acto de perdonar a los que nos han ofendido, siendo estos nuestros deudores morales más grandes, tiene lugar cuando el perdón es otorgado a quien nos ha causado algún daño material o moral de forma voluntaria e intencionada sin otro objetivo que el de cebar su sed de venganza causándonos algún mal. A la vuelta te espero. El que la hace la paga. ¡Ya nos veremos las caras! Ojo por ojo y diente por diente. O sea, la ley del talión que, permite causar a nuestros enemigos el mismo daño físico o moral que nos han causado ellos. Este es el trasfondo de las enseñanzas de Jesús con su conducta personal y doctrina. Se os ha dicho que amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero Yo os digo que hagáis lo contrario: amar a todos los hombres, de cualquier pueblo raza o nación, no sólo a los judíos, y orad a Dios por todos los que os persigan. Aparentemente Jesús estaba aconsejando una forma de injusticia. Lo mismo que en su discurso de las bienaventuranzas. Pero las cosas no son así. Jesús explicó esta forma de pensar, acerca del trato que hemos de dar a nuestros enemigos, haciendo uso de la hipérbole y de contrastes muy sorprendentes, para destacar la grandeza humana de quienes están dispuestos a desterrar el odio y desactivar los instintos de venganza disfrazados de justicia y amor.

              Cristo confirmó esta enseñanza oral con el ejemplo de su crucifixión. Murió pidiendo perdón y comprensión a Dios para los propios asesinos. ¡Perdónalos porque no saben lo que hacen conmigo! Con lo cual no dio por bueno lo que estaban haciendo con Él, sino todo lo contrario. Si necesitaban de perdón era porque algo malo estaban haciendo. Otro referente práctico acerca del perdón a los que nos ofenden hasta el extremo de causarnos la muerte, es el de los mártires cristianos. Uno de los momentos más alucinantes de su martirio es cuando mueren pidiendo a Dios que les perdone el crimen horrendo que están cometiendo los verdugos. No. Perdonar no equivale a convalidar la injusticia, que no deja de serlo por más que el injusto agresor haya sido perdonado. La justicia verdadera debe seguir su curso normal. Sólo un ejemplo práctico de lo que termino de decir. El delincuente y desventurado joven que intentó matar al Papa Juan Pablo II en la Plaza de S. Pedro, fue detenido y puesto en la cárcel y allí fue el Santo Padre a perdonarle. Le perdonó, pero su agresor siguió encarcelado hasta que cumplió con la condena que la justicia le había impuesto. Y para terminar este discurso, tres cuestiones más de perfil práctico acerca del perdón.

              ¿Cuáles son las características específicas del perdón?  En primer lugar, que el perdonar no significa aprobar de alguna manera las injusticias cometidas por el delincuente. Perdonar no significa que perdonando damos por bueno el mal que nos han hecho. Lo mal hecho mal hecho está y hay que corregirlo y repararlo. En segundo lugar, la acción de perdonar no es una anestesia contra el dolor infligido por el malhechor. Lo cual no excluye que sea un paliativo excepcional para sobrellevar ese dolor más fácilmente y con dignidad. Ante el dolor de una ofensa el que perdona al ofensor sufre menos que el que lo odia. La sana experiencia de la vida no deja dudas sobre este hecho sicológico. Sufre menos el que ama más. El perdonar ayuda a olvidar y con el olvido se mitiga eficazmente el dolor. Pero queda pendiente una cuestión capital.

               ¿Es posible perdonar a quienes nos hacen daño? Porque de las palabras al hecho hay un gran trecho. En mi opinión, la respuesta no es tan difícil como parece. La naturaleza humana por sí sola no está capacitada para perdonar en sentido estricto. Es capaz de pedir disculpas y de disuadir al malhechor con fórmulas de cortesía para evitar mayores males. Pero lo que se dice perdonar, sin devolver el mismo mal recibido, esto sólo es posible con la ayuda de Dios.  

              Paradójicamente, en la cultura hebrea y musulmana esta forma de conducta con los ofensores y presuntos malhechores no es aceptada. Por una parte, su concepto de prójimo queda restringido a los de su pueblo raza y nación. Y por otra, el concepto que tienen de la justicia no excluye el ejercicio de la venganza, traducida en fórmulas legales inspiradas en la antigua ley hebrea del talión. Tampoco en la civilización cristiana ha sido superada del todo esta mentalidad, que sigue camuflada y mitigada todavía en el derecho penal de muchos países. Me refiero a la llamada “pena de muerte” decretada contra algunos crímenes minuciosamente tipificados. Pero esto no casa en absoluto con el concepto cristiano de prójimo y menos aún con el mandato formal del amor cristiano.

 

 

 

 

 

 

 

21

 

        PARÁBOLA DEL TRIGO Y LA CIZAÑA

(Mt 13, 24-30; 13, 36-43

                                                        

                                                         El reino de los cielos nos decía Jesús,

                                                         Es semejante al hombre sembrador,

                                                         Que sembró grano sano en su campo,

                                                         Y muy satisfecho a su casa retornó.

 

                                                         Mientras él y toda la su gente dormía,

                                                         Un enemigo se desplazó hasta el lugar,

                                                         Cruzó la linde con sigilo y nocturnidad,

                                                         Para entre trigo bueno cizaña sembrar.

 

                                                        Cuando brotaron los granos del trigo,

                                                         Con el trigo también la cizaña creció,

                                                         Se alarmaron los operarios del dueño,

                                                         Y al dueño se fueron con indignación.

 

                                                         ¿Pues no sembraste tú grano bueno?,

                                                         ¿Por qué ha crecido cizaña también?,

                                                         Dinos qué habrá podido allí ocurrir,

                                                         Para pronto nosotros remedio poner.

 

                                                         Pero Jesús les respondió con firmeza:

                                                         Y vosotros ¿qué pensáis ahora hacer?

                                                         Les preguntó Jesús con tranquilidad,

                                                         Ante la triste información recibida Él.

 

                                                         ¿Quieres que arranquemos la cizaña,

                                                         ahora mismo sin dejar tiempo pasar?

                                                         Pues si con el trigo crece cizaña junta,

                                                         Poco trigo cosechar y de baja calidad.

 

                                                         No, les dijo muy seguro con decisión,

                                                         No sea que al arrancar vos la cizaña,

                                                         Con ella arranquéis el trigo también,

                                                         Más paciencia y dejadlo junto crecer.

 

                                                         Llegará el esperado día de la siega,

                                                         Entonces la cara nos hemos de ver,

                                                         Para poner todas las cosas en orden,

                                                         Cuando el segador segará la mies.

 

                                                         Las gavillas de cizaña serán quemadas,

                                                         Y el trigo limpio puesto en mi granero,

                                                         Sin el peligro de que ladrones lo roben,

                                                         O con la mala hierba vaya al basurero.

 

  

              Así de breve y sustanciosa fue la homilía de Jesús comentando esta parábola alegórica. (Mt 3, 36-43). Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa y acercándose a él sus discípulos y posiblemente algún grupo más, le pidieron que les descifrara de la parábola del trigo y de la cizaña clandestinamente sembrada después del trigo. Él tomó nuevo la palabra y gustoso dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo de sembradura es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo y los segadores son los ángeles. De manera que, así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen iniquidad, los echarán en el horno del fuego y allí será el llorar y crujir de dientes. Pero entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. ¡El que tenga oídos para oír, que oiga! O lo que es igual: si hay alguien aquí entre vosotros mis discípulos, con intenciones torcidas para después sembrar cizaña, que tome buena nota de lo que acabo de decir. El mal de la cizaña, sea quien fuere el que lo siembre en la Iglesia, terminará devorado por el fuego purificador de toda maldad. Con esta alegórica parábola de fondo cabe hablar de tres actitudes frente a los sembradores de cizaña en la Iglesia: intolerancia, resignación y realismo.

          ¿Qué hacer con aquellos y aquellas que desde dentro de la Iglesia, en lugar de ser fermento de paz, esperanza y amor, se dedican a sembrar la cizaña de las críticas despiadadas sin caridad, de la ansiedad en las conciencias con su fanatismo piadoso y desesperanzador? Los intolerantes exigen que los sembradores de la cizaña sean arrancados pronto y de cuajo. Los resignados piensan que hay que soportarlos como inevitables, haciendo de tripas corazones y haciendo de la necesidad virtud. Los realistas, siguiendo el ejemplo de Jesús, toman distancia ante esos extremos y optan por la tolerancia caritativa, convencidos de que al final de todo habrá justicia y los sembradores de cizaña serán puestos por Dios en el lugar que les corresponde. Buenos y malos, donde los haya, han de convivir tolerándose unos a otros, si no quieren todos ellos juntos sucumbir. Tened paciencia y no os precipitéis. Llegará el tío Paco con la rebaja de la justicia divina, los buenos heredarán la vida eterna y los malignos cizañeros recibirán su también su merecido.

 

       22

 

          LOS PELIGROS DE LAS RIQUEZAS

            (Mt 19, 16-26. Lc. 18, 18-27; Mc 10, 17-27)

 

                                                         Entonces se acercó un joven muy rico,

                                                         Se postró a los pies de Jesús y preguntó:

                                                         Maestro bueno, pues ¿qué de bien haré,

                                                         para ganar la vida eterna también yo?

                                                        

                                                         ¿Por qué me llamas Maestro el bueno?

                                                         ¿Puede bueno ser otro más que Dios?

                                                         Yo no conozco mejor que Dios a nadie,

                                                         Ya que Él es entre los buenos el mejor.

 

                                                         Pero si quieres entrar seguro en la vida,

                                                         Sus mandamientos habrás de guardar,

                                                         Hazlo con fidelidad y completa libertad,

                                                         Y con seguridad la vida eterna tendrás.

                                                        

                                                         Más eso, Maestro, ya me lo sé yo bien,

                                                         Pero ¿cuáles son esos mandamientos,

                                                         para cumplirlos muy pronto con fervor?

                                                         Dímelo ahora mismo te pido por favor.

 

                                                         No matarás ni adulterarás, no hurtarás,

                                                         No digas falso testimonio contra nadie,

                                                         Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

                                                         Hónrale a tu padre como a tu madre.

 

 

                                                        Todo esto lo he guardado desde niño,

                                                         ¿Y qué más me falta por hacer ahora?

                                                         Dímelo presto, te lo pido ya por favor,

                                                         Antes que anochezca y se pase la hora.

 

                                                         Querido joven, Jesús le respondió:

                                                         Quieres ser hombre bueno en Dios,

                                                         Cuanto tienes dáselo ya a los pobres,

                                                         Y conmigo tendrás la compensación.

 

                                                         No será piso para vivir e hijos criar,

                                                         Ni lujoso coche para hacer turismo,

                                                         Tu sueldo será por amor tú trabajar,

                                                         Y Yo te pago sin propina ni egoísmo.

 

                                                         El joven oyó este raro razonamiento,

                                                         Y decidió sin mucho pensar alejarse,

                                                         De Jesús y de todos sus discípulos,

                                                         Como quien veía venir un desastre.

 

                                                         Triste y muy contrariado se ausentó,

                                                         Pues tenía gran riqueza en propiedad,

                                                         Pero se sentía esclavo de su posesión,

                                                         E incapacitado para ser feliz de verdad.

 

                                                         En ausencia del joven rico admirador,

                                                         Jesús hizo esta significativa reflexión:

                                                         Es difícil que un rico entre en mi Reino,

                                                         Si se pega a las riquezas con obsesión.

 

                                                         Más fácil pasa camello por ojo de aguja,

                                                         Que entrar un rico en el reino de Dios,

                                                         A menos que el muy rico se convierta,

                                                         De las riquezas a su verdadero Dios.

 

                                                         Los discípulos oyeron este argumento,

                                                         Con mucho asombro, sorpresa y temor,

                                                         Y con mucha ansiedad le preguntaron:

                                                         ¿Quién, pues, así podrá salvarse, Señor?

 

                                                         Y mirándolos Jesús muy comprensivo,

                                                         Esta tan consoladora respuesta les dio:

                                                         Lo que para los hombres es imposible,

                                                         Nunca podrá ser imposible para Dios.

 

              La pregunta de los apóstoles, después de escuchar la exposición de la parábola acerca del peligro de las riquezas, fue muy objetiva y realista. Hay mucha gente, en efecto, que da más importancia a la acumulación ambiciosa de riquezas que a Dios. Esto es un hecho constatado y universalmente aceptado. Pero hay más. Esas gentes están apegadas a las riquezas materiales como lapas, o la pintura a la madera. Donde quiera que ponen las manos, se les quedan pegadas al dinero. Por eso también no es difícil encontrar personas ricas que cuanto más ricas, más tacañas, agarradas y roñosas son. Esta dependencia tiránica de las riquezas por nuestro apego a ellas, es lo que Cristo censuró al joven que le interrogó acerca de la conducta a seguir para ser feliz en este mundo y entrar después de la muerte en el reino de Dios. No censuró el tener mucho o poco, ganado con el sudor de nuestra frente de forma honesta y esforzada. Censuró la actitud del joven porque concedía más importancia a sus riquezas que a Dios. Muy apegado estaba a ellas y esto le perdió. Si en lugar de ponerse triste por tener que compartirlas con los pobres, se hubiera desprendido amorosamente de ellas en nombre de Dios, otro gallo habría cantado. Pero Cristo no fuerza la voluntad de nadie y por eso el joven desilusionado se marchó, víctima responsable de su propia decisión. Pero, como suele decirse, nunca es tarde si la dicha es buena. Lo que es imposible para los hombres, concluyó Jesús, no lo es nunca para Dios.

                                                                               23

 

                                          LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

                                                        (Mt 22, 23-33. Mc 12, 18-27. Lc 20, 27-40)

                                              

                                               Los saduceos negaban la resurrección,

                                               Se acercaron a Jesús y le preguntaron,

                                               Acerca de este extraño y ridículo creer,

                                               Y con su mala intención le interrogaron.

                                              

                                               Por favor, Maestro, dinos tu parecer,

                                               Sobre la resurrección de los muertos,

                                               Los fariseos y nosotros los saduceos,

                                               Nos hallamos en esto descompuestos.

                                              

                                               Sabemos qué dijo el legislador Moisés:

                                               ¿Casado y te mueres sin tener hijos?

                                               Pues que tu hermano tome a tu mujer,

                                               Cásese con ella y tenga hijos también.

                                              

                                               Pero este es nuestro problema, Maestro.

                                               Basta un ejemplo para Tú nos entender:

                                               Siete hermanos casados se murieron,

                                               Sin tener hijos con la joven viuda mujer.

 

                                               Hermano del muerto sin descendencia,

                                               Tomó a la cuñada viuda como esposa,

                                               Se murió él sin dejar la descendencia,

                                               Y otro hermano la hizo también esposa.

                                              

                                               Luego se repitió esta misma historia,

                                               Hasta unas siete veces sin descansar.

                                               Pero si es que los muertos resucitan,

                                               La cosa se complica aún mucho más.

 

                                               Después de ellos se murió la mujer,

                                               Y esperamos ahora ya tu opinión,

                                               Siempre muy sabia y bien razonada:

                                               ¿Una vez muertos hay resurrección?

 

                                               Si hay, ¿de cuál de los siete es mujer?,

                                               Pues todos la tuvieron como su esposa,

                                               Con ella vivieron para tener los hijos,

                                               Y todos se murieron sin un hijo tener.

 

                                               Jesús muy claramente les respondió:

                                               Ignoráis Escrituras y el poder de Dios,

                                               Casarse o no casarse son cosas de acá,

                                               Del mundo antes de la resurrección.

 

                                               En la resurrección que viene después,

                                               Ni se casarán ni harán descasamientos,

                                               Pues serán como los ángeles de Dios,

                                               Viviendo en casa con otros cimientos.

 

                                               Pero, ¿hay resurrección de muertos?

                                               Esta es para nosotros la gran cuestión,

                                               Replicaron ellos los saduceos al Señor,

                                               Con gran insistencia y mala intención.

 

 

                                               Incrédulos vosotros y enemigos míos:

                                               ¿No habéis leído alguna vez en la Ley,

                                               lo que dijo Dios y con tanta claridad,

                                               y que vosotros intentáis olvidarlo ya?

 

                                               Os lo recuerdo ahora bien resumido:

                                               Yo soy el Dios de Abraham y de Isaac,

                                               Como también lo soy del padre Jacob,

                                               No de muertos sino de vivos soy Yo.

 

                                               La gente desahuciada por tal respuesta,

                                               Se marchó a su casa muy sorprendida,

                                               Por la doctrina de Jesús que allí oyeron,

                                               Nueva y antes en la Ley bien resumida.

             

              ¿Qué va a ser de nosotros después de la muerte? Esta es la gran cuestión que no pudo ser obviada por ningún pensador realista e inteligente. Tratándose de la vida y su reverso la muerte, el mirar para otra parte cómodamente como si fuera una cuestión banal, sólo contribuye a echar a perder la vida, entreteniéndonos con cosas muy ruidosas y fascinantes, pero que son como nueces secas por dentro y muy ruidosa por fuera. Históricamente hablando, sólo Cristo ha respondido de forma satisfactoria con su resurrección a esta cuestión capital. Pero ojo al parche. No es cuestión de revivir para reanudar nuestra vida en este mundo terrenal, para después volver a morir. Esto es lo que ocurrió con el joven hijo de la viuda de Naím, de la hija del funcionario de la Sinagoga, y del gran amigo de Jesús, Lázaro. En la resurrección de Cristo, por el contrario, se abre una perspectiva nueva fascinante que nos pondrá fuera de las coordenadas del tiempo, del espacio y de la gravedad, situándonos en una dimensión extraterrenal de la existencia humana sin marcha atrás y mucho más bella y feliz que la que dejamos detrás de nuestra muerte. Se comprende así el ridículo de los saduceos ante Jesús, los cuales no sabían, o no querían saber, que los trapicheos de bodas, divorcios, casados con muchas mujeres o con una sola, con hijos o sin ellos, no tendrán vigencia ninguna después de la resurrección.

 

24

 

    FELICES ELLOS Y VOSOTROS

(Mt 5, 1-12. Lc 6, 20-26)

                                                         Felices serán los pobres de espíritu,

                                                         Pues de ellos es el reino de los cielos,

                                                         Pero cuidado con no estar apegados,

                                                         Con el egoísmo a vuestros dineros.

 

                                                         Felices los que derraman lágrimas,

                                                         Gimiendo y llorando machacados,

                                                         En este valle tan solitario de la vida,

                                                         Siendo tiranamente maltratados.

 

                                                         Terminarán los tiranos de este mundo,

                                                         Envejeciendo, muriendo y enterrados,

                                                         En la tierra de sus grandes posesiones,

                                                         Y por Dios serán juzgados sus pecados.

 

                                                         Tened paciencia y mucha constancia,

                                                         Porque llegará el gran día de justicia,

                                                         Los tiranos serán todos ellos juzgados,

                                                         Y vosotros seréis por Dios consolados.

 

                                                         Felices los pobres y los desheredados,

                                                         Sed vos realistas y muy esperanzados,

                                                         Llegará para vosotros aquel buen día,

                                                         Y con divinas tierras seréis pagados. 

                                                                                                                                       

 

                                                         Felices vos con hambre y sed de justicia,

                                                         Ni por hambre ni sed seréis enterrados,

                                                         Recibiréis pan de vida y agua cristalina,

                                                         Pues seréis nutridos por Dios y saciados.

 

                                                         Felices vos también los misericordiosos,

                                                         Que tenéis compasión y otorgáis perdón,

                                                         Y sin arrogante altanería ni humillación, 

                                                         Porque recibiréis la misericordia de Dios.

 

                                                         Y felices los que, con su limpio corazón,

                                                         No ensucian su vida ni la de los demás,

                                                         Porque sin pena y mucha más felicidad

                                                         Ellos sin dudarlo también a Dios verán.

                                                        

                                                         ¿Y qué decir de los que procuran la paz,

                                                         la de sus conciencias y de los demás?

                                                         Pues serán ellos llamados hijos de Dios.

                                                         Para siempre y con toda la seguridad.

 

                                                         Felices los que hayan sido perseguidos,

                                                         Y por mi causa de la justicia y de la paz,

                                                         Porque de igual forma que los buenos,

                                                         El reino de los cielos de ellos luego será.

 

                                                         Y lo será cuando os insulten y persigan,

                                                         Y digan mal contra ustedes falsamente,

                                                         Por causa de Mí sin vergüenza ni pudor,

                                                         Como hicieron a los profetas solventes.

 

                                                         Regocíjense y alégrense mucho ustedes,

                                                         Pues la recompensa de vos en los cielos,

                                                         Cuando llegue ella la hora de la verdad,

                                                         Grande y colmada también ella será.

 

                                                         Pero ¡ay de vosotros los que sois ricos!,

                                                         Pues habéis recibido vuestro consuelo,

                                                         Y de vosotros los que ahora os regaláis,

                                                         Porque lloraréis sin ayuda del pañuelo. 

 

              El apoyo de Jesús a los débiles y desvalidos de este mundo terrenal resulta desconcertante a primera vista, pero no así cuando se tienen en cuenta adecuadamente las dos formas de entender la vida humana que son confrontadas en el discurso de Cristo. Según la primera, las riquezas acumuladas, la buena salud, el poder sobre los demás y el haber generado y parido muchos hijos y nietos, era interpretado como recompensa de Dios y aprobación de la forma de comportarse de esos presuntos agraciados consigo mismos y los demás. Esto parece ser así en los reinos de este mundo caduco y terrenal. Pero en el reino de los cielos, anunciado por Cristo, sólo será tenido en cuenta el amor a Dios y a nuestros semejantes de forma incondicional. Por eso les dice a los más pobres y oprimidos de este mundo que no se preocupen, porque sus sufrimientos, la falta de salud y de hijos será compensada con creces y sin llanto desesperado allende la muerte por toda la eternidad. Eso sí, con una condición indispensable: los oprimidos, explotados y maltratados por los ricos y poderosos despiadados de este mundo, no busquen excusas para odiar y maltratar a su vez ellos a sus opresores y explotadores, violando el sagrado mandato de amar a Dios por encima de todas las cosas y a sus prójimos de cualquier pueblo raza o nación, aunque estos se hayan comportado de forma injusta y perversa con ellos. Esto, que humanamente parece absurdo e imposible, para los que así aman a Dios y a sus prójimos como a sí mismos, resulta muy consolador en este mundo y esperanzador, mirando al otro mundo del más allá, descubierto con la muerte y resurrección de Cristo Nuestro Señor.

 

 

 

25

 

LOADO SEA MI DIOS DEL AMOR

 

                                                         Alabado seas Tú mi grande Señor,

                                                         Fuente del ser de vida y del amor,

                                                         Muy bella es tu obra de creación,

                                                         Más bueno y más grande ser Vos.

 

                                                         Que te alaben todas tus criaturas:

                                                         Tierra luna mares estrellas y sol,

                                                         Con sus olas belleza y esplendor,

                                                         Todas ellas con gran resplandor.

 

                                                         Viento fuego y madre ella la tierra,

                                                         Frutos sazonados flores y hierbas,

                                                         Canten a coro tus grandes proezas,

                                                         De pie de rodillas y por tierra ellas.

 

                                                         Quienes te aman y ellos perdonan,

                                                         Sean ellos amados y perdonados,

                                                         Tú nos amaste a nosotros primero,

                                                         Sin nos tu perdón haberlo ganado.

 

                                                         Desde nuestro corazón arrepentido,

                                                         Tu misericordia Señor imploramos,

                                                         Con lágrimas y muchas en los ojos,

                                                         Y sinceras por cometidos pecados.

                                                        

                                                         En la hora de nuestra vecina muerte,

                                                         No nos dejes nunca con ella y solos,

                                                         Quédate a nuestro lado con tu amor,

                                                         Y no abandonados a nuestra suerte.

             

              Hay una forma de buscar a Dios, que consiste en preguntar a las cosas de este mundo por su existencia. El joven y brillante profesor de retórica Agustín de Hipona, eligió primero este camino. Preguntó primero intelectualmente a todas las cosas de la creación, pero ninguna de ellas ni todas juntas fueron capaces de darle una respuesta plenamente satisfactoria. A pesar de todo, ello no fue para él un obstáculo para recomendar este camino, accesible a cualquier persona sicológicamente sana, pero con una condición indispensable: que dicha búsqueda sea sincera y honesta, poniendo a pleno rendimiento los sentimientos más nobles del corazón. ¿Dónde está Dios? Preguntó él a las principales criaturas de la creación, y todas ellas se excusaron diciendo que ellas no eran Dios. La respuesta obtenida no pudo ser más iluminadora. Por lo menos la grandeza y su belleza sabían que Dios está en alguna parte. Era solo cuestión de encontrar ese lugar privilegiado. El Hiponense descubrió luego por sí solo que el lugar donde podemos encontrar más fácilmente a Dios es ni más ni menos que el buen corazón de los hombres. Le había buscado antes fatigosamente por todos los rincones de la creación y terminó su periplo felizmente sorprendido, al descubrir que el Dios, que tan ansiosamente buscada, le acompañaba siempre sin él tener conciencia de ello, en lo más profundo de su buen corazón. Dios estaba en él y con él de forma más íntima que su propia intimidad. Como si la presencia de Dios en él fuera más íntima que su propia intimidad.

 NICETO BLÁZQUEZ, O.P.

 





 

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