LECCIONES BIBLICAS
1
HIJA DE
UN MIEMBRO DE LA SINAGOGA
(Mc 5,21-43; Luc 8, 49-56)
Junto
al Lago se encontraba,
Jesús
el famoso de la Galilea,
Cuando
un hombre pesaroso,
Se
acercó a Él desde la ribera.
Jairo
dijeron que se llamaba,
Aquella
autoridad de Sinagoga,
Y
postrado a los pies de Jesús,
La
salud para su hija implora.
Jefe,
tu hija ya se ha muerto,
Para
qué molestar al Maestro,
Fue
reproche que uno le hizo,
Causándole
así gran tormento.
Pero
Jesús, que tenía oído fino,
Pudo
escuchar la recriminación,
Y
los gemidos de las plañideras,
Gimiendo
y llorando con dolor.
Jairo,
tú tranquilo, Jesús replicó,
Porque
tu hija no está ya muerta,
Como
todos ahí están pensando,
Y
te lo muestro a cara descubierta.
Amigo
Jairo, ten fe y confía en Mí,
Vosotros:
Pedro, Juan, Santiago,
Venid
con sus padres junto a Mí,
Para
ver la muerte de la niña salir.
Escucha,
niña, dame tu mano,
La
vida perdida tú encontrarás,
Levántate
y deja ya de dormir,
Pues
tu padre no cesa de llorar.
Las
plañideras dejaron de llorar,
Y
los burlones dejaron de reír,
La
niña de doce añitos despertó,
Comió
y con sus padres fue feliz
.
Es
muy interesante que un funcionario de la Sinagoga recurra a Jesús para que haga
algo con su hija que, según la mentalidad judía, sólo Dios podía hacer.
Precisamente Jesús será acusado de intruso en esos asuntos exclusivos de Dios,
como perdonar los pecados o resucitar a los muertos. Posiblemente Jairo recurrió
a Él llevado por el comprensible amor de un padre hacia su hija ya muerta, o a
punto de morir, más que por otro motivo de calado teológico. Hay gente que en
situaciones extremas dice: venga el milagro, aunque sea del diablo. Jesús
utilizó primero el eufemismo corriente entre los judíos, que consistía en decir
sueño en lugar de muerte. Pero algunos de los presentes, ante el cadáver de la
niña, cuya muerte era ya un hecho consumado, se olvidaron del eufemismo y
socarronamente se rieron de Jesús por usarlo.
Consumado
el milagro de la resurrección de la niña muerta, Jesús pide que, lo que termina
de hacer no sea divulgado. Es el denominado “secreto mesiánico”. El secreto
consistía en no hablar de forma que Jesús fuera aceptado como el Mesías
prometido e Hijo de Dios, hasta que Él considerara oportuno desvelar el
secreto. Crear un ambiente público prematuro para proclamar su mesianidad en
razón de las cosas que decía y hacía, consideradas como propias de Dios,
hubiera dado lugar a situaciones sociales tensas y poco pacíficas por
contradecir la opinión que tenían de Él las autoridades judías de turno. Sin
olvidar que cualquier desorden social de etiología religiosa entre judíos,
podía provocar una intervención violenta por parte de la autoridad romana de ocupación
palestina. No olvidemos que la Palestina en la que vivió Jesús era
administrativamente una colonia romana y las legiones estaban dispuestas para
intervenir sin piedad en cualquier perturbación del orden social. Por ello,
entre otras razones más teológicas, Jesús quiso que la revelación de su
carácter mesiánico y divino fuera progresiva y prudente hasta que las cosas
quedaran claras por sí mismas.
HIJO ÚNICO DE MADRE VIUDA
(Luc 7, 11-15)
En
el pueblecito palestino Naím,
Vivía
con su único hijo una viuda,
Pero
este hijo cayó presto enfermo,
Y
su madre le vio morir sin ayuda.
A
enterrarle le llevaban ya muerto,
Llegó
Jesús a la puerta de la ciudad,
Alzó
la mano para hablar con calma,
Y
al cortejo fúnebre lo mandó parar.
Mirando
Jesús a la dolorida madre,
La
quiso con mucho amor consolar:
No
llores más tú tan dolorida madre,
Porque
tu dolor lo voy Yo a reparar.
Muchacho,
contigo estoy hablando:
Levántate
de ahí y deja de dormir,
Tu
madre te espera con gran amor,
Vete
ya con ella y no la hagas sufrir.
Pero,
por favor, no lo digáis a nadie,
Pues
de eso luego me encargaré Yo,
Cuando
llegue el momento oportuno,
De
mi propia muerte y resurrección.
La
exigencia de que se respete el “secreto mesiánico” es explícita y contundente
en el caso de la resurrección del hijo de la viuda de Naím. Había que evitar
por todos los medios la precipitación de los acontecimientos. Los hechos cantarán
a su debido tiempo sin forzar las cosas acerca de la mesianidad de Jesús de
Nazaret. Por otra parte, Jesús no se privó de hacer su obra admirable de amor
con aquella mujer viuda, transida de dolor ante el cuerpo exánime de su hijo
único muerto. Ni siquiera tuvo en cuenta si al resucitarlo infligía o no la
legalidad en vigor. Sólo tuvo en cuenta el dolor de una buena madre necesitada
de consuelo y amor.
Al
encontrarse con el cortejo fúnebre, se sumó a él, siguiendo la piadosa
costumbre en Israel. Pero no para hacer de mirón y comentarios de
circunstancia, sino que se dirigió al tiro a la desconsolada madre, para
ofrecerle su divina ayuda y amor. Y no de cualquier forma le devolvió vivo a su
hijo muerto. Jesús no era un curandero o un prestidigitador. Jesús era Dios
viviendo en la tienda de campaña de nuestra condición humana, siempre dispuesto
a salvar a los demás. Por eso usa sin reparo su propia autoridad, ordenando al
joven que deje ya de estar muerto, para que vivo se vaya a casa con su madre y
no a una fosa terrenal.
3
ANTE LA MUERTE DE UN
AMIGO
(Jn 11, 38-44)
Lázaro se llamaba el
amigo de Jesús,
Y Marta y María eran sus
hermanas,
En Betania los tres
hermanos vivían,
Cuando Lázaro se murió y
sin ganas.
Marta y María ellas se
apresuraron,
A su grande amigo Jesús
informar,
Con un mensaje breve
informativo,
Sobre lo ocurrido sin Él
cerca estar.
Jesús recibió con pena
el mensaje,
De la muerte de su amigo
ocurrir,
Mas no se alarmó por
ello mucho,
Dejando pasar cuatro
días y partir.
Mi amigo Lázaro está
dormido,
Y quiero ahora irle a
despertar,
Secar lágrimas de las
hermanas
Consolarlas y con ellas
merendar.
Pues si duerme, a Jesús
replicaron,
Es porque él muerto aún
no lo está,
Sigamos pues nosotros
tranquilos,
Dejándole de sus penas
descansar.
No, amigos, Jesús al
tiro contestó,
Lázaro no duerme, ha
muerto ya,
Pongámonos nosotros en
camino,
Para ir y a sus hermanas
consolar.
Señor, matizó el Dídimo
y Tomás:
¿No será esto riesgo
para nosotros,
volver contigo
justamente por allí,
donde ellos te quisieron
apedrear?
Marta decidió quedarse
en su casa,
Y María se fue al
Maestro encontrar,
Muy conmovidos llegaron
a la casa,
Marta con amor le fue a
reprochar.
Si Tú hubieras estado
antes aquí,
Mi hermano no hubiera
muerto ya,
Pero producido ya el
fatal entuerto,
Nosotros no lo podemos
enderezar.
Dicho esto, Marta se
puso a llorar,
Y Jesús con el corazón
conmovido,
La acompañó con lágrimas
a Marta,
De forma también muy
particular.
Mucho debía Él querer a
su amigo,
Comentaron algunos allí
presentes,
Sí, y no hay lugar para
de ello dudar,
¿Por qué a ciego sí y a
este no curar?
Llegados todos a la
tumba mortuoria,
Jesús se emocionó mucho
y otra vez,
Se cuadró muy firme ante
la puerta,
Para todo lo que había
dentro Él ver.
No, mi amor, replicó
Marta a su Señor,
Pues lleva él cuatro
días ya enterrado,
Y su cuerpo descompuesto
huele mal,
Déjale tranquilo para yo
no sufrir más.
Quitad de ahí esa piedra
de la puerta,
Y escuchad lo que ahora
voy a decir:
Padre, Tú me has
escuchado siempre,
Te pido, Lázaro, de la
tumba vivo salir.
Amigo Lázaro: Yo ahora
te lo ordeno,
Escúchame y sal ahora
mismo de ahí,
El muerto obedeció la
orden de Jesús,
Y le dejaron marchar
vivo y muy feliz.
Cristo
era muy humano y lloró por la muerte de su amigo. Las hermanas del difunto le
amaron, y Él les devolvió a ellas multiplicado su amor. Amar mucho y ser
querido fue el gran delito que las autoridades israelitas de turno no
perdonaron a Jesús, y con la resurrección de su amigo Lázaro precipitó su
condena a muerte irrevocable, crucificándole sádica e hipócritamente en una
inocente Cruz. La suerte estaba echada. Las autoridades fueron informadas de lo
ocurrido y decidieron firmemente quitar a Jesús del medio, asesinándole tan
pronto surgiera la ocasión más propicia para ello. No fue difícil encontrarla.
Judas les dijo dónde estaba y le detuvieron, celebraron una farsa de proceso judicial
y pidieron su cabeza cobardemente sin ofrecer Él ninguna resistencia, como un
cordero inocente llevado al matadero. Pero les salió el tiro por la culata al
resucitar Jesús de entre los muertos.
Y DESPUÉS RESURRECCIÓN
(Mt 28, 1-20. Mc 16, 1-18. Lc 24, 1-43. Jn 20, 1-30)
Muerto
el perro se acabó la rabia,
Reza
un antiguo refrán popular,
Pero
la rabia sigue aún muy viva,
Como
la muerte y siempre fatal.
Rabia
la de la humana muerte,
Siempre
en el mundo existió,
Y
los hombres se preguntaron,
Si
contra ella habrá solución.
Los
científicos no la encuentran,
Y
los filósofos no quieren hablar,
Nadie
pudo encontrar respuesta,
Hasta
Jesús Él morir y resucitar.
Pero
¿cómo todo esto pudo ser,
si
esa rabia fatal de la muerte,
después
de muchas amenazas,
también
a Él le cayó en suerte?
Muerto
ya y muy bien enterrado,
En
una tumba luego le pusieron,
Y
por temor a posibles ladrones,
con
muy muchas precauciones.
Pero
según su grande previsión,
Jesús
de su tumba desapareció,
Sin
saber nadie cuándo ni cómo,
Y
en Galilea triunfante apareció.
¿Dónde
estaba ahora la muerte?,
¿Y
dónde su punzante aguijón?,
Sólo
Jesús respondió sin dudas,
Con
su triunfante resurrección.
Y lo que no
conviene olvidar:
¿Vivimos y
morimos como Él,
con esperanza y
con su amor?
Segura será
nuestra salvación.
Mujeres
todas madre y amigas,
Secretarias
de este acontecer,
Le
amaron ellas las primeras,
Muerto
y resucitado después.
Buenos
días, señor hortelano,
¿Dime dónde está mi Señor?
Pues aquí cierto le enterraron,
Pero Él presto ya desapareció.
Se sonrió luego el hortelano,
Que amoroso mucho la miró,
Pero María y muy de repente
A los pies de Jesús se arrojó.
Besándolos con dulce lamento,
En ellos sus lágrimas derramó,
Mientras en voz bajita repetía:
¡Yo te quiero mucho mi Amor!
Gracias porque tú me lo digas,
Aunque ya de antes saberlo Yo,
Ahora solamente te pido esto:
Anuncia ya tú mi resurrección.
Esto será cosa de las mujeres,
Pensaron algunos sin dudar,
Y todos mucho se equivocaron,
Ante el hecho de Jesús resucitar.
¿Hay otra vida más allá de la
muerte fuera del tiempo y del espacio? Esta es la gran cuestión a la que Cristo
dio respuesta adecuada con su resurrección. La hay, pero para entrar en esa
nueva dimensión de la existencia humana, hemos de buscar sinceramente la
verdad, amar mucho a Dios y a los hombres en este mundo y lo demás lo pondrá
amorosamente Él. No temáis, nos dijo. Si amáis como Yo os he amado, moriréis
ciertamente como Yo, pero conmigo resucitaréis también. Quien vive y muere en
Mí no morirá para siempre. Estas palabras de consuelo y esperanza resuenan en
los momentos más tristes de la vida humana mortal como música divina, digna
siempre de escuchar.
EL EMBARAZO DE MARÍA
(Luc 1,26-38)
María
muy joven ella así se llamaba,
La
madre del gran Jesús de Nazaret,
Legalmente
casada ya con su pareja,
El
honrado carpintero llamado José.
Mucho
él amaba a su hermosa mujer,
Y
mucho ella a él le amaba también,
Pero
un día se miraron muy perplejos,
Por
lo ocurrido y sin saber el por qué.
Pues
embarazada ella María se sintió,
Y
pronto su marido José lo descubrió,
Amor
mío, pero tú dime ya de quién,
Seguros
ambos estamos de no ser yo.
Querido
José, con gusto yo te lo diré,
Es
muy probable que no lo entiendas,
Pues
ni yo tampoco me siento segura,
Pero
escúchame y hablamos después.
Distraída
yo con mis pensamientos,
Algo
o alguien de cerca ello irrumpió,
Me
pareció mucho ser algún Ángel,
Y
este misterioso mensaje me dejó.
María,
piadosa y hermosa mucho eres,
No
tengas vergüenza ni temor a José,
Que
preñada del Espíritu Santo serás,
Y
no como resultado de algún traspiés.
¿Y
cómo esto pudo ser?, José la replicó.
Pues
tampoco yo lo he entendido bien,
Pregúntaselo
a Dios y Él te responderá,
Diciéndote
toda la verdad a ti también.
Tranquilo,
José, tu mujer fiel ella ser,
Las
cosas de Dios tienen propio perfil,
Y
los hombres no saben muchas veces,
Cómo
a blanco de lo negro distinguir.
Fecundar
sexualmente una bella mujer,
Parece
normal y lo más fácil para hacer,
Pero
Dios no tiene el sexo del hombre,
Y
sí puede procrear nueva vida sin él.
Causa
segunda llamamos sexo fiel,
Causa
primera a Dios fuente del ser,
Jesús
fue engendrado por la Virgen,
Sin
necesitar ayuda sexual de José.
Hace
más de 2000 años, cuando tuvo lugar la génesis y alumbramiento virginal de
Jesús al mundo por la joven, hermosa y piadosa María, esposa del operario José,
era impensable que una mujer pudiera quedar embarazada sin la ayuda sexual,
directa o indirecta, de algún hombre. Esto explica en parte las prudentes dudas
e incertidumbres de María y José ante el anuncio de esta imprevista y para
ellos inexplicable maternidad. Hoy día los científicos son capaces de burlar en
el laboratorio la tradicional necesidad del ayuntamiento sexual de hombre y
mujer para procrear. Las técnicas de fecundación in vitro, en todas sus
modalidades, hacen ya posible prescindir del amor y concurso sexual para traer
seres humanos al mundo a placer. El hecho de que estas técnicas no se lleven a
cabo casi nunca de una forma honesta y sin destrucción de vidas humanas
indefensas, no invalida su novedad asombrosa por relación a los tiempos en que
Cristo fue engendrado y parido por una mujer sexualmente virgen y sin el
concurso de ningún hombre de carne y hueso sexualmente capacitado. Ante esta
realidad, se impone la siguiente reflexión: Si los científicos modernos son
capaces de traer hijos al mundo sin relaciones sexuales entre hombre y mujer,
con mayor razón puede hacerlo Dios directamente con su fuerza creadora de la
vida como Causa Primera de todo ser y de todo conocimiento científico. Nada
podríamos hacer los hombres sin contar con la fuerza primera de Dios. Lo cual
nos permite decir actualmente con fundamento que el misterio de la concepción
virginal de la Madre de Jesús, es menos misterio para nosotros que lo fue para
la Virgen María, san José y sus contemporáneos. Así pues, rechazar sin más la
concepción virginal de María hoy día no sería cosa seria sino una consecuencia
de la ignorancia o de la frivolidad intelectual.
DE TRAIDORES Y ARREPENTIDOS
(Mt 26-27. Mc 14,10-11,66-72. Lc 22,54-62. Jn
13,21-30)
Pillado y muy maltratado,
Jesucristo Él así empezó,
Con su pasión y calvario,
Para nuestra salvación.
En la Cena de despedida,
A los más amigos reunió,
Para darles instrucciones,
Y su mandato del Amor.
Doce eran allí los invitados,
Y presididos por su Señor,
Pero entre todos ellos allí,
Había uno avaro y traidor.
Por Judas era bien conocido,
Cuando Jesús a él le llamó,
Pero aquella misma noche,
Ganó el diploma de traidor.
¿Y cómo esto podía ello ser,
sin quejas y sin protestas?
Y Jesús, que todo lo sabía,
Cargó con la cruz a cuestas.
Hijo que lo era Él de Dios,
Lo sabía todo y se callaba,
Pues Dios todo lo conoce,
Y parece que Él no habla.
Pero volvamos ahora a Judas,
El apellidado ya “el traidor”,
Y condenemos su conducta,
Contra su Señor y Redentor.
Tesorero fue él del grupo,
Pero el dinero le enterró,
Arrastrado por la avaricia,
Sin vergüenza y sin pudor.
Jesús estaba aún muy vivo,
Pero Judas no se arrepintió,
De haberle vendido ya antes,
Al precio de una vil traición.
No se quiso él arrepentir,
Para así recibir el perdón,
De su Señor traicionado,
Que a todos nos redimió.
Pero él, muy al contrario,
Prefirió más desesperar,
Y pertrechado de la cuerda,
Se fue con prisa a suicidar.
Así pues, terminó la vida,
De aquel apóstol criminal,
Que murió por su avaricia,
Sin perdón y sin dignidad.
Y también otro fue traidor,
El que le negó a su Señor,
Pero al contrario que Judas,
Lloró suplicando el perdón.
Pedro fue aquel Apóstol,
Valiente y muy cobarde:
Primero prometió lealtad,
Y luego renegó más tarde.
Ejemplar en su conducta,
Confesó luego su pecado,
Con lágrimas en los ojos,
Y dolor nada disimulado.
En este “sporco mondo”,
De traidores y de santos:
No imitemos a los Judas,
Sino a Pedro y sus llantos.
Judas
y Pedro son el paradigma de dos modelos de hombre: el de los traidores
irredentos y el de los pecadores arrepentidos. Las malas acciones y pecados
siempre hacen daño a alguien. Pero las acciones traicioneras producen más daño
aún y mucha indignación. La traición es una forma de cobardía muy desagradable.
No cabe hablar de traidores honrados ya que en ellos prevalece la maldad. Los
pecadores, en cambio, muchos de ellos son gente honrada cuando sus pecados son
más atribuibles a las debilidades humanas congénitas que a la pretensión de
hacer las cosas mal, y menos aún a su intención de hacer mal a nadie. Todos
somos pecadores. Pero unos rechazan reconocerlos y ser perdonados, como Judas,
y otros se arrepienten y piden perdón como Pedro. El
rechazo del perdón por parte de Judas representa de forma evidente y eminente
el gran pecado contra el Espíritu Santo. Dios está siempre dispuesto a perdonar
cualquier pecado, por grave que sea, como le perdonó a Pedro. Pero no perdona
el pecado contra el Espíritu Santo porque el pecador rechaza explícitamente el
perdón y a Dios mismo como autor y fuente del perdón. Una persona se muere
irremisiblemente de sed, no porque falte el agua para calmarla, sino porque la
persona sedienta se niega a tomarla o prefiere tomar poca cantidad contaminada.
7
DIOS PADRE Y NUESTRO
(Lc 11, 1-4.
Mt 6,9-13)
Padre mío, ¿y dónde estás,
para yo poderte ya mirar?
¿En los cielos, como dicen,
en las tierras o en el mar?
En los cielos y en la tierra,
En todas partes Yo estar,
Para que todos mis hijos,
Me vean y puedan amar.
Pero no entiendo, Dios mío,
Cómo ello puede ser tan así,
Pues los hombres te buscan,
Y dicen que tú no estás aquí.
Unos dicen que no existes,
Otros que muerto ya estás,
Y también yo me pregunto,
Dónde Tú ser y allí morar.
Tu pregunta es muy sencilla,
Y mi respuesta escucharás,
Mi morada sois los hombres,
Con alma y buena voluntad.
Muy bien venido seas Tú aquí,
A este mundo tan desalmado,
Que se olvida tanto del alma,
Y promueve así lo más malo.
Pues nosotros prometemos,
Y te lo juramos de corazón,
Recibirte pronto con ilusión,
Y declararte nuestro Dios.
Tu reino venga ya a nosotros,
El de la justicia y de toda paz,
Y tus soldados sólo combatan,
Con las armas del sólo amar.
Armados así con estas armas,
Las del amor y de la amistad,
Cumpliremos ya tus órdenes,
Haciendo tu divina voluntad.
Y el pan nuestro de cada día,
Que no falte nunca, por favor,
Para poder mejor sobrevivir,
En los hielos y en el gran calor.
Pero hambre y también la sed,
Lo tendréis vos que erradicar,
Con vuestro trabajo y la justicia,
Sin abandonarlo nunca jamás.
Dios mío Tú y Padre el bueno,
Danos también de tu buen pan,
Pues con solo cebada y el trigo,
No podremos trabajar y yantar.
Mucha razón tienes, hijo mío,
En lo que me acabas de decir,
Porque el pan de la Eucaristía,
También lo tendrás que recibir.
¿Pero recibir yo la Eucaristía?
Para mí muy costoso ello ser,
Tal vez habrá otro alimento,
Que de Ti provenga también.
Pues lo hay en abundancia,
Hete aquí siempre yo tener,
No es el pan de solo cebada,
Sino el de la verdad también.
Pues matado así el hambre,
Con ese tu verdadero pan,
Sólo ahora te pido una cosa:
Que no falte tu amor eternal.
Pero no olvides el otro pan,
Que es del amor el gran don,
Para que tú lo repartas luego:
Se trata del pan del perdón.
Los caminos de este mundo,
Peligrosos y mucho ellos ser,
Dame tu mano ya, Dios mío,
Para tropezar sin nunca caer.
Se dice de un buen judío,
Que viajando una vez él,
Desde Judea a la Galilea,
Se sintió cansado con sed.
Mirando a su alrededor,
Dónde poder descansar,
Divisó pronto un pozo,
Y allí se fue a recostar.
Muy solo Él allí se quedó,
Con su hambre y su sed,
Pero por poco tiempo,
Por haber allí una mujer.
¿Pues cómo venir tú aquí?
Ella muy al tiro le increpó,
Pudorosa yo y samaritana,
Judío tú y enemigo mayor.
Por favor, bella y hermosa,
Yo tengo ahora mucha sed,
Dame un poco de tu agua,
Y con la mía yo vos pagaré.
Mi agua no es de este pozo,
Pues lo es de otro manantial,
De la vida así ello lo llaman,
Y te invito ahora a degustar.
La mujer muy sorprendida,
Comenzó ella a reflexionar,
Pero no tanto con la cabeza,
Como con buena voluntad.
Dime pues de quién eres tú,
Para poder amarte también,
Tú me has amado primero,
Y yo te quiero corresponder.
Pero tengo un gran problema,
Un problema de lo más mayor:
Tengo cinco maridos legales,
Pero con ellos yo ningún amor.
No sufras más por lo que dices,
Samaritana tú y mi gran amiga,
Sí, yo soy ciertamente un judío,
Pero no me importa que se diga.
Tú has llegado aquí con estupor,
Temiendo el poder escandalizar,
Hablando sola con hombre judío,
Violando las leyes de esta ciudad.
¿Peligroso mi descubierto amigo?
Escucha y conmigo al pueblo ven,
Allí proclamaremos nuestro amor,
Sin a nadie nosotros ahora temer.
Y así con ella el buen judío se
fue,
Como el mayor profeta esperado,
Siendo recibido con gran respeto,
Gracias a una hija de samaritano.
Y aquí terminó la triste historia,
De estos pueblos en enemistad,
Volviendo a la casa de su Dios,
Padre del amor y de la amistad.
"Ama y haz lo que quieras. Si callas,
callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con
amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti,
ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos". S. Agustín, autor de estas
bellas y humanas palabras, sabía por experiencia la diferencia que hay entre el
amor personal y los amores de cuño exclusivamente sexual o de enamoramiento.
Pero tan gozoso descubrimiento sólo tuvo lugar cuando puso el amor de Dios por
medio. Un amor en el que Dios no tiene cabida está llamado a fracasar si Dios
no lo remedia. La verdadera reconciliación de las personas y de los pueblos
resulta muy difícil, si no imposible, sin la ayuda de Dios obtenida mediante el
amor. Pero repitámoslo una y mil veces. Se trata del amor personal que
practicaba Jesucristo y nos recomendó como el núcleo central de su ética
humana.
Amor
es un término ambiguo culturalmente diluido en el sexo, el erotismo y el
enamoramiento quedándose en los perfiles de personalidad con olvido de las
personas. De cara al futuro se especula ya con el amor tecnológico, como una
técnica material que abstrae por completo del componente natural del ser humano
más obvio al sentido común, recta razón y la experiencia. Ya no es cuestión de
amores platónicos, románticos, sexuales o de enamoramiento al estilo clásico.
La ideología de género y la revolución contrasexual tienen por objeto destruir
filosófica, jurídica y políticamente todas las formas de amor humano
tradicionales inspiradas, con mayor o peor acierto en los instintos y
estructuras de nuestra naturaleza humana. Cabe pensar, sin embargo, que estas
ideologías puedan suplantar, ni siquiera por la fuerza, a la naturaleza del
amor personal como Dios manda y la experiencia de la vida enseña.
9
LOS HIJOS PRÓDIGOS DE DIOS
(Lc 15, 11-32)
Un padre que tuvo dos hijos,
Los dos con su propia mujer,
Los crió como padre bueno,
Pero ellos muy ingratos ser.
El más chico era un vivales,
El grande un fiel trabajador,
Y los dos ambos hermanos,
Se peleaban día sí y otro no.
La herencia de los padres,
Es siempre una tentación,
Para los hijos mal nacidos,
Siendo hermanos sólo dos.
El más chico y descarado,
Al su buen padre le exigió,
La parte suya de herencia,
Sin vergüenza y sin pudor.
Tenla pues ya tú, hijo mío,
Vaya también mi bendición,
Dios te acompañe siempre,
En las penas y en el dolor.
Abandonó su casa paterna,
Con la bolsa y su morral,
Muy sólo se fue por la vida,
Con mujeres malas a folgar.
La herencia ya dilapidada,
A los cerdos fue él a pedir,
De sus bellotas un cuenco,
Para sobrevivir y no morir.
El hambre fue aumentando,
Cada día sin poderlo apagar,
Se acordó entonces de casa,
Y a ella se decidió retornar.
Pero qué diré yo a mi padre,
Pensó muy dentro de su ser,
Y sin dudarlo un momento,
Se puso en camino hacia él.
Su padre siempre esperaba,
De su hijo chico retorno ver,
Y al verlo venir desde lejos,
Tranquilo esperó con placer.
Acortando su padre distancia,
Fue a su hijo abrazar y besar,
Pues muy feliz se encontraba,
Viendo al hijo perdido tornar.
Con su hambre y mucha sed,
Cuando miró y vio a su padre,
Muy triste y más arrepentido,
Corrió a sus pies a postrarse.
Yo soy tu hijo el mal nacido,
Y que me olvidé de tu amor,
Te ruego que me perdones,
Y aceptes como a un labrador.
Pero tú no eres otro operario,
Tú eres mi hijo el más menor,
Vayamos pues a nuestra casa,
A retorno celebrar con honor.
No soy digno de tanto honor,
Por mi conducta tan inmoral,
Sólo te pido ahora padre mío,
Un sitio para trabajar y sudar.
Basta ya, hijo, de disculpas,
Que te conozco muy bien yo,
Incluso mejor que tu madre,
Que con tanto amor te parió.
Yo no soy empresario rapaz,
Que explota a trabajadores,
Dando trabajo como a burros,
Y de beber en los cangilones.
Soy hombre temeroso de Dios,
Y los trato a mis hijos por igual,
Sean ellos justos o pecadores,
Para con amor poderlos salvar.
En esta parábola Jesús revela la
imagen de Dios como AMOR y no como un juez implacable con las debilidades
humanas. El padre de la parábola conoce mejor que nadie la forma incorrecta e
inaceptable de sus dos hijos. El mayor representa la legalidad y la hipocresía
y el menor, la frivolidad e irresponsabilidad egoísta juvenil. El padre no
aprueba el comportamiento de ninguno de los dos hijos suyos y sólo desea que el
dado por perdido vuelva a casa, y el legalmente justo sea humano y caritativo,
recibiendo en la casa paterna a su hermano sin rencor ni ajuste de cuentas.
Jesucristo, como rostro vivible de Dios, hablaba y se comportaba siempre como
un espejo divino del amor de Dios, y esta parábola, constituye un ejemplo
verbal basado en la realidad de nuestra vida diaria, difícil de superar y tal
vez único en la literatura universal. El amor de Dios es el amor de un padre
bueno que sólo busca la felicidad de sus hijos y no el ajuste de cuentas por
sus formas incorrectas de conducta.
ORIGEN Y USO DE LA AUTORIDAD
(Mt 22, 15-32. Mc 12,13-17. Lc 20, 19-26)
El fariseo es un grande hipócrita,
Maestro en cosas buenas enseñar,
Pero siempre en su vida práctica,
Lo contrario hace para bien estar.
Hipócritas los llamó el Nazareno,
A los fariseos muy engañadores,
Que ponían sus pesados fardos,
En espaldas de fieles seguidores.
Jóvenes fariseos y los herodianos,
Llegaron entre ellos a un acuerdo,
Para poner a Jesús en gran
aprieto,
Con fingimiento y ningún respeto.
¿Lícito pagar impuestos al César,
a judíos siendo el pueblo de Dios?
Creyeron pillarle en su respuesta,
Y acusarle a Israel o al
Emperador.
Si como judío respondía que no,
Los romanos acusarle de traidor,
Y si respondía que sí claramente,
Acusarle ser mal judío ante Dios.
Pero el tiro les salió por la culata,
A los fariseos y a los herodianos,
Que abatidos todos muy de cerca,
Jesús dejó absortos y humillados.
Al César todo lo que es del César,
Y a Dios todo lo que sea de Dios,
El César sepa él estar en su casa,
Como en todas casas lo está Dios.
La respuesta fue tan convincente,
Que no le pudieron ellos replicar,
Tomando pronto las de Villadiego,
Para cumplir su deber de informar.
Para Roma Jesús es buen romano,
Para judíos buenos Él es el mejor,
Cada cual que se quede en su casa,
Y en la de todos, el buen padre
Dios.
César que no compita con su Dios,
Es su primera y mayor obligación,
De gobernante digno de gobernar,
Por ser justo y de buena
intención.
Porque hay una frontera
inviolable,
Que el César mucho ha de respetar,
La frontera de toda la vida
humana,
Que sólo Dios Él la puede
flanquear.
Toda ley contra una vida humana,
Muy grande es y flagrante
violación,
Del derecho de Dios sobre toda
vida,
Y sin ningún tipo de
discriminación.
César ha de proteger nuestra vida,
Pero sin abusar nunca de su poder,
Los líderes todos ellos y
religiosos,
A Dios mucho amor han de ofrecer.
Lo demás es buscar tres pies al
gato,
Políticos y religiosos ellos
también,
Que de forma más o menos abusiva,
Ofenden a Dios con su mal hacer.
No es lo mismo el origen de la
autoridad que el uso que hagan de ella los que la ejercen en la vida pública.
Toda autoridad viene de Dios, pero no el uso indebido que los hombres hacemos
muchas veces de ella. El origen está en Dios, pero el mal uso siempre está en
nosotros. Así las cosas, hay que respetar a la autoridad constituida siempre
que gobierna respetando los derechos que son exclusivos de Dios. Pero hay que
desobedecerla cuando los gobernantes y legisladores promueven leyes y formas de
conducta contra la vida y los derechos fundamentales del hombre. Por ejemplo,
tolerando la muerte de los seres más inocentes e indefensos en el seno de sus
madres en clínicas abortistas legalmente protegidas. Toda vida humana, incluida
la de los malhechores, es propiedad exclusiva e intransferible de Dios, y ese
derecho natural de Dios no puede ser desafiado por parte de los gobernantes de
turno ni de los legisladores. Toda legítima autoridad, pública o privada, es
delegada por Dios y de ahí el deber de respetarla y obedecerla cuando respeta
la línea roja existente entre el poder legítimo de los hombres y Dios su padre
y creador. Igualmente, los líderes religiosos sólo han de ser respetados por
los poderes de este mundo cuando usan de forma responsable la libertad
religiosa pública y ofrecen una imagen de Dios sin coacción moral, con
franqueza y con amor. Hay un terrorismo político contra las cosas de Dios y un
terrorismo religioso contra las conciencias y los asuntos del bien común como
la paz. Ambos extremos fueron condenados por Cristo aconsejando dar a cada uno
lo suyo, a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César, cuya
autoridad sólo es legítima cuando es concorde con la recta razón y los planes
de Dios sobre la vida y la muerte.
EL BUEN PASTOR DE
ISRAEL
(Jn
10, 1-16)
Un
judío y de todos el más bueno,
Se
bautizó como ser el buen pastor,
Que
las conoce a todas sus ovejas,
Tratándolas
con su cariño y amor.
El
de Nazaret y conocido Jesús,
Predicador
del reino de los cielos,
Llamó
ovejas a todos los buenos,
De
palestina y del mundo entero.
Él
las conocía a todas sus ovejas,
Y
las ovejas todas conocían a Él,
Por
entregarse a ellas por entero,
Y
su vida por ellas darla también.
Un
día de lluvia muy desaforado,
Del
rebaño un corderillo perdió,
Dejó
en establo las otras ovejas,
Y
salió en su busca sin dilación.
Luego
de haberlo Él encontrado,
En
su cuello le puso y lo acarició.
Con
prisa y con mucho contento,
Al
establo lo llevó y así lo redimió.
Pero los pastores que son malos,
A sus ovejas apedrean sin piedad,
Considerándolas sólo como piezas,
De dueño celoso de su propiedad.
Hay asalariados malos pastores,
Que por solo dinero y sin amor,
Se ocupan de sus mansas ovejas,
Para sacrificarla sin compasión.
Cuando el lobo anuncia su llegada,
Los asalariados se echan a correr,
Dejando rebaño a merced del lobo,
Que viene para de su sangre beber.
Pastores vos todos los espirituales,
Cristianos y también los de Israel,
No seáis como los pastores malos,
Sino como lo fue Jesús de Nazaret.
El mal
pastoreo del pueblo de Israel por parte de sus dirigentes consistió
esencialmente en no reconocer al Mesías prometido y anunciado por los profetas,
en la persona de Jesús de Nazaret. La idea de Mesías que tenían los gobernantes
de Israel era muy distinta de la que transmitían los profetas. Para las
autoridades de Israel en tiempo de Jesús, el Mesías debía presentarse como un político
más poderoso y glorioso que todos los que estaban en funciones. El Mesías
anunciado por los profetas, en cambio, era un ser humilde, sufriente, sin
ambiciones y aparentemente llamado a fracasar. Este fue el Mesías real que hizo
su aparición humilde en un establo de ganado doméstico y no en ningún palacio o
residencia principesca o real. La vida de Jesús de Nazaret estuvo llena de
éxitos bien ganados entre los más sencillos y humildes, pero su muerte fue la
que correspondía en aquellos tiempos a los más despreciados y fracasados. Sin
embargo, y contra todas las previsiones, Jesús venció a la muerte con su
resurrección de entre los muertos, liderando sin competencia el reino de los
cielos, donde tendrá lugar el imperio de la justicia, del amor y de la paz.
Este fue el Mesías real que hizo su aparición humilde en un establo de ganado
doméstico y no en un palacio o residencia principesca o real. La vida de Jesús
de Nazaret estuvo llena de éxitos bien ganados entre los sencillos y humildes,
pero su muerte fue la que correspondía en aquellos tiempos a los más
despreciados y fracasados. Sin embargo, y contra todas las previsiones, Jesús
venció a la muerte con su resurrección de entre los muertos, liderando sin
competencia el reino de los cielos, donde tendrá lugar el imperio de la
justicia, del amor y de la paz.
El SAMARITANO EJEMPLAR
(Lc 10,30-37)
Un
grande experto de la Ley,
Quiso
él examinarle al Señor,
Y
pregunta comprometedora,
Fue
esta que así le formuló.
Maestro,
¿cómo me salvo yo?
Dímelo
Tú que lo sabrás bien.
De
lo que he de hacer luego,
Me
ocuparé gustoso también.
¿Qué
está escrito y en la Ley?
Jesús
al muy experto contestó:
Practica
lo que allí es mandado,
Y
de lo demás se encarga Dios.
El
experto y letrado de la Ley,
Presto
muy seguro respondió:
Amarás
a Dios con todo tu ser,
Y
al prójimo como a ti también.
Pero
¿quién es ese mi prójimo?
Dímelo
Tú que lo sabrás bien:
¿Tiene
que ser hijo de Israel?
Que
si otro fuere yo no lo saber.
Escucha
tú, experto de la Ley,
Este
cuento que te voy a decir,
Acerca
de honrado samaritano,
Presunto
gran enemigo él de ti.
Dos
de ellos muy ilustres judíos,
De
camino a un hombre hallaron,
Más
muerto que vivo por paliza,
De
los ladrones que le robaron.
De
Jerusalén iban y venían los dos,
Sacerdote
uno y un levita también,
Absortos
pensando en sus méritos,
Y
viendo al malherido pasaron de él.
Un
samaritano pasó luego por allí,
Vio
a la víctima y a ella se dirigió,
Sorprendido
y más compadecido,
Y
sus heridas de urgencia las curó.
Pero
no solo le curó sus heridas,
Hizo
después y muchísimo más:
Puso
al herido en su propio asno,
Para
en su posada poderle curar.
Experto
y muy mucho siéndolo tú,
Una
pregunta Yo te quiero hacer:
¿Quién
fue el prójimo del herido,
hallado
por judíos al amanecer?
La
pregunta es demasiado sabia,
No
sé si yo podré bien responder:
Prójimo
del herido fue samaritano,
Que
con mucho amor cuidó de él.
Muy
bien sabes, experto en la Ley,
Lo
que para salvarte has de hacer:
Amar
a Dios sobre todas las cosas,
Y
a los hombres sin tú desfallecer.
La
enemistad entre judíos y samaritanos en los tiempos de Jesús era proverbial y
la historia de la misma está muy estudiada por los especialistas en los
estudios bíblicos. Por ello resulta más sorprendente el que Jesús en la
parábola del buen samaritano, siendo Él judío de pies a cabeza, tomara como
referente ejemplar a un samaritano para explicar de forma gráfica e inteligible
el alcance teológico del mandato del amor. En la cultura judía más ortodoxa el
término prójimo tenía y sigue teniendo un significado restringido a las
personas de raza judía y por extensión a sus afines y simpatizantes. Amar al
prójimo equivale a amar por encima de todos a los judíos con exclusión de los
demás.
Cristo
rompió este círculo cerrado ampliando el mandato del amor al prójimo a toda la
humanidad sin excluir a nadie, ni siquiera a los enemigos. De ahí el calado
teológico de la parábola del buen samaritano descalificando la conducta de los
dos ilustres judíos que pasaron de largo y se desentendieron del deber de
socorrer al herido encontrado en el camino. Jesús ligó el amor de Dios y a
nuestros semejantes de tal forma que jamás puede haber excusa para nosotros
desligarlo por motivos racistas o cualquiera otro motivo. En el feliz encuentro
de Jesús junto a un pozo con la samaritana hay ejemplaridad indiscutible y
belleza sin igual al poner de manifiesto de forma práctica el nexo entre amor a
Dios y a todos los hombres sin discriminación de pueblo, raza, nación, hombre o
mujer.
MUJERES APEDREADAS
(Jn,
8, 1-11)
Resucitado
ya su amigo Lázaro,
La
suerte de Jesús estaba echada:
Buscad
una excusa para detenerlo,
Para
juzgarlo y matarlo con ganas.
La
excusa la encontraron pronto,
Haciéndole
una pregunta mortal:
¿Es
lícito en este pueblo de Israel,
a
las mujeres adúlteras lapidar?
Pues
nuestras leyes así aconsejan,
Para
nuestra conducta preservar,
De
las infidelidades de esta mujer,
Que
ofende a su marido y a Israel.
Traída
y puesta ante Él una mujer,
Los
escribas y fariseos la acusaron,
De
flagrante y vergonzoso adulterio,
Y
dictaron sentencia según Moisés.
La
hemos visto en acto de adulterio,
Y
la ley de Moisés ordena apedrear,
A
cualquier mujer vista en adulterio,
Con
firmeza sostenida y sin piedad.
Tú,
Maestro, ¿qué dices a todo esto?
Le
interrogaron con mucha maldad,
Acusadores
ellos de la joven mujer,
Pues
Tú justo eres y hay que actuar.
Esperando
de Él respuesta obligada,
Diciendo
sí, como si no quería hablar,
Estuvieron
muy atentos a la respuesta,
Para
acusarle y poderle ya crucificar.
La
respuesta no puso ser más original:
Jesús,
inclinado hacia el suelo, escribía,
Garabatos
ininteligibles con sus dedos,
En
silencio total sin hacer algarabías.
Pero
ellos insistían en preguntarle,
Se
enderezó Jesús y sereno les dijo:
El
que de vosotros esté sin pecado,
Tire
contra ella la piedra o un botijo.
Inclinándose
de nuevo hacia el suelo,
Siguió
trazando garabatos en la tierra,
Ellos
desde los viejos a los más jóvenes,
Dejaron
a Jesús y la acusada en tierra.
Enderezándose
ahora Jesús de nuevo,
Viendo
sola a la acusada y triste mujer,
La
miró con gran ternura y dictaminó:
Mujer,
¿dónde están los que te acusan?
¿Es
que ninguno de ellos te apedreó?
Ninguno,
muy agradecida respondió,
Jesús
con bellas palabras la absolvió:
Ni
yo te condeno: vete y no pecar vos.
En el Antiguo Testamento las
mujeres casadas y acusadas de adulterio eran condenadas a muerte y lapidadas.
Esta terrible peste existe aún hoy día en culturas de raigambre islámica y
otras más. Pero esto no es todo. El machismo tradicional y actual permite que
casi siempre los hombres casados queden legalmente impunes por sus
infidelidades conyugales, atropellando a cualquier mujer que se les ponga por
delante, como quien se toma una taza de café. No hay derecho a esto, protestaba
san Agustín, quien reclamó iguales y mayores penas legales para los maridos
infieles que para las mujeres dentro del respeto a la vida y los cánones de la
caridad. ¿Por qué la mataste?, reza el refrán. Porque era mía, respondió el
marido criminal.
En el derecho romano de cuño
pagano la mujer era tratada como mero objeto de propiedad del hombre. De ahí el
dicho social: esta o aquella es mi mujer. El término “esposa” tiene un matiz de
respeto e igualdad entre el hombre y la mujer. Pero la mentalidad islámica y
machista sigue en pleno vigor, lo cual es una gran desgracia y calamidad. Por
eso, la respuesta irónica de Jesús: el que esté libre aquí del pecado de
adulterio, que arroje la primera piedra contra esta mujer. ¡Cuántas piedras
habría que tirar hoy día contra hombres casados e infieles con su mujer! ¿Por
qué contra las mujeres sí y contra los hombres no? Pero ojo al parche.
La “ideología de género” trata de
resolver actualmente este problema con la venganza feminista
institucionalizada, lo cual significa que el remedio puede resultar aún peor
que la enfermedad. Cualquier forma de
salir al paso de una injusticia humana que no tenga en cuenta el amor verdadero
y el perdón de las ofensas, está llamada fatalmente al fracaso. Los estereotipos
culturales predominantes sobre el amor humano y la amistad han favorecido esta
pretensión revolucionaria de la ideología de género, pero terminará
imponiéndose la concepción humana del amor personal. No creo que las ideologías
puedan imponerse por mucho tiempo a la realidad y necesidad del amor personal.
14
PERFUME DE AMOR EN BETANIA
(Jn
12, 1-11. Mt 26, 6-13)
Jesús se fue a visitar en
Betania,
A su amigo Lázaro ya resucitado,
Y le agasajaron con grande
cena,
Marta y María con amor y
agrado.
Marta servía a Jesús y a
Lázaro,
Y María tomó una libra de
nardo,
Y se tiró a los pies de su
invitado,
Con gran amor nada
disimulado.
Muy hermosa estaba ella
María,
Con su cuidada larga
cabellera,
Con que enjugó los pies a
Jesús,
Dándole amor de
quinceañera.
Ungió los pies de Jesús y
los besó,
Y la casa se inundó con el
perfume,
Cuando el envidioso Judas
traidor,
Al punto muy indignado
preguntó:
¿Por qué ese perfume no se vendió,
y con el precio ayudar a
los pobres?
No porque le preocuparan
los pobres,
Sino que tenía la bolsa
como ladrón.
Déjala, lo tenía para mi
sepultura,
Pues pobres siempre los
tendréis,
Como malvadamente lo sabes
tú,
Pero conmigo no siempre estaréis.
Algunos, sabiendo Jesús
estar allí,
Fueron para oírle y
conocerle mejor,
Pero más por ver a su amigo
Lázaro,
Al que días antes a su vida
devolvió.
Chivatazo llegó a sumos
sacerdotes,
Y tomaron esta resolución
sin dudar:
Hay que matarlos a Jesús y
a Lázaro,
Y así nuestros seguidores
conservar.
Según el relato de Juan,
pocos días después de la resurrección de Lázaro, Jesús fue a visitarle en su
casa, donde las hermanas María y Marta habían preparado una cena. ¿Fue Lázaro
quien invitó a Jesús para ofrecerle una cena de acción de gracias, o fue Jesús
quien tomó la iniciativa de ir a visitar a su amigo después de haberle
resucitado? Pero, según el relato de Mateo y de Marcos, la cena se estaba
celebrando en casa de Simón el Leproso y allí fue María a perfumar y enjugar
los pies de Jesús, derramando un frasco de nardo sobre ellos y enjugándolos con
su hermosa melena después. Otra cuestión es si esa amorosa María es siempre la
hermana de Lázaro o había otra María conocida como María la de Magdala, que
supuestamente se convirtió a Jesús después de haber llevado una vida ligera y
de haberla Jesús liberado de los demonios. En cualquier caso, se trata de una
escena de amor jamás conocida hasta entonces por lo cual Jesús dijo que había
que recordarla y actualizarla constantemente en el futuro. Y esto es lo que
estamos haciendo aquí al margen de otras consideraciones, destinadas a
satisfacer sólo curiosidades olvidando la grandeza y belleza del amoroso
episodio acontecido.
La conducta de María
contrasta con la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la
ayuda a los pobres ocultaba el egoísmo y la falsedad del tesorero de los
apóstoles, encadenado por la avidez y el hambre de dinero sin saber valorar el
perfume del amor divino. Judas calculó mezquinamente en el espacio reservado al
amor de entrega total a Dios. Jesús comprendió al tiro que María había intuido
el amor de Dios y aprovechó la ocasión para anunciar a todos que esta estaba
cerca la hora en que el Amor hallaría su expresión suprema con su muerte en la
cruz, seguida de su triunfante resurrección de entre los muertos. San Agustín
escribió estas bellas palabras: "Toda alma que quiera ser fiel, únase a
María para ungir con perfume precioso los pies del Señor... Unja los pies de
Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con
los cabellos y si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y así habrás
enjugado los pies del Señor"» (Homilía de Benedicto XVI, 29 de marzo de
2010).
15
PARÁBOLA DEL
SEMBRADOR
(Mt 13, 1-23. Lc 8, 4-8. Mc 4, 1-9)
Un buen día salió Jesús de su casa,
Y tomó cómodo asiento junto al mar,
Y no para tratar problemas de pesca,
Sino cómo sembrar trigo y cosechar.
Mucha gente que andaba por la playa,
Pronto como moscas se acercaron a Él,
Muy curiosos ellos sólo para escuchar,
Porque sabían que hablaba poco y bien.
Pero rodeado de tanta gente en la playa,
Se decidió a una barca de la playa subir,
Se acomodó muy cómodamente en ella,
Y en voz alta empezó a hablarles y decir.
Entre otras cosas que desde allí dijo,
Una se merece mucho aquí recordar,
Por no ser asunto de pesca o del mar,
Sino de cómo en tierra trigo cosechar.
Un sembrador de trigo salió a sembrar,
Parte de semilla cayó junto al camino,
Nació, pero las aves muy voraces ellas,
En un abrir de ojos le dieron destino.
Otra parte de aquella buena semilla,
Entre los pedregales se fue a podrir,
Con poca tierra, mucha piedra y seca,
La raíz se secó y no pudo ella resurgir.
Entre espinos parte de semilla cayó,
Los espinos crecieron por su cuenta,
Hicieron la tierra toda su propiedad,
Y la semilla de trigo murió sin piedad.
Pero no todo ello fue una calamidad,
Otra parte cayó en tierra muy buena,
Nació, creció y en su tiempo maduró,
Con alegría de todos en Nochebuena.
Jesús puso fin a la parábola de una forma seca e
irónica sin más explicaciones: El que tenga oídos para oír, que oiga. ¿Por qué
esta forma de terminar, le preguntaron los apóstoles allí presentes? ¿Por qué
nos has hablado en parábolas y no en lenguaje llano y fácilmente inteligible? Y
Jesús, en lenguaje normal y corriente, les dio esta respuesta. Entre los que
vienen a escucharme los hay que no lo hacen por conocer la verdad que yo
predico, sino para encontrar alguna disculpa para acusarme y ajustarme las
cuentas. Estos tales tienen ojos para ver y oídos para escuchar, pero los
cierran para no ver ni oír lo que yo digo. Se refería Jesús a aquellos de los
que había pronosticado el profeta Isaías que, llegado este momento de mi
presencia entre ellos, ni quieren verme ni oírme. Pero vosotros estad
tranquilos. Venid solos conmigo y con gusto y claridad os explicaré lo que he
querido decir con esta parábola bucólica. Felices vosotros que me seguís, veis
y escucháis con buen corazón y sin prejuicios absurdos. Así de claro.
1) Hay gente buena que escucha mis palabras acerca del
Reino de los Cielos con gusto, pero luego llega algún listillo y les arrebata
de su corazón lo que Yo allí había sembrado. A esto robado se refiere lo del
grano que cayó junto al camino.
2) Lo sembrado en pedregales se refiere a los que de
momento escuchan con entusiasmo lo que Yo digo, pero no echa raíces porque al
venir la aflicción o cualquier persecución por mi causa, tropiezan y caen con
la primera piedra que encuentran en el camino.
3)
Hay otros que oyen mi palabra también con entusiasmo, pero las ambiciones
humanas y la dedicación exclusiva a producir y aumentar riquezas materiales,
terminan ahogando mis enseñanzas y haciéndolas infructuosas. Tienen tiempo para
todo menos para las cosas de Dios. Piensan que su tiempo es sagrado y no dejan
margen para lo más sagrado, que es Dios.
4) La semilla de
trigo sembrada en tierra buena se refiere a los que oyen con interés y tratan
de entender sin prejuicios lo que Jesús dijo e hizo. Ellos son los que dan
ubérrimo y abundante fruto al ciento por uno sin que ni un solo grano de la
semilla del trigo sembrado deje de producir su propia espiga.
16
CANTO PAULINO AL AMOR
(1Cor 13)
Aunque seas un Ángel políglota,
Y hables bien todos los idiomas,
Cuanto más hables a los demás,
Si no amas, metal y ruido serás.
Profeta también podrás tú ser,
Y los designios de Dios conocer,
Ser tú un gran científico famoso,
Y las montañas con tu fe mover.
Si no amas a Dios y a tu prójimo,
Nada serás en este mundo sin Él,
Desnutrido del amor e inmundo,
Y siempre muy necesitado sin Él.
Pero no te hagas muchas ilusiones:
Aunque seas rico y pobres socorrer,
Si no lo haces movido por el amor,
Inútil será para ti y tu bella mujer.
Ni seas orgulloso por algún interés,
Entregando tu cuerpo a las llamas,
Y por honor lo dejes con ellas arder,
Alcanzando fama merecida también.
Si no amas con el amor verdadero,
A todo hombre y no sólo a tu mujer,
No te sientas seguro de tu paradero,
Si de amor eres examinado después.
Pablo de Tarso escribió unas palabras
sobre la primacía del amor personal en la vida y enseñanza de Cristo que se han
convertido en una página magistral de la literatura universal. Me refiero al
capítulo trece de su primera carta a los corintios. Como aclaración previa digo
que el término amor adquiere un significado nuevo que se expresa con el término
caridad. Dice así: “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles,
si no tengo caridad soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque
tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia;
aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad
nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las
llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente y servicial;
no es envidiosa ni jactanciosa ni se engríe. La caridad es decorosa, no busca
su interés ni se irrita; no toma en cuenta el mal ni se alegra de la injusticia
y se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera y
soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las
lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial
nuestra profecía. Cuando venga lo perfecto desaparecerá lo parcial. Cuando yo
era niño hablaba como niño. Pensaba como niño. Razonaba como niño. Al hacerme
hombre dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo en enigma.
Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial pero entonces
conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad.
Estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1Cor 13).
En el primer párrafo, Pablo afirma la
necesidad que tenemos todos del amor. Una persona puede estar dotada de
cualidades humanas excepcionales. Si carece del amor ante Dios, no le servirán
para nada. Cuando hay una gran sequía es corriente oír este comentario: podemos
vivir careciendo de muchas cosas menos del agua. Cuando ésta falta es cuando
nos damos cuenta de la absoluta necesidad que tenemos de este elemento. De modo
parecido, una persona puede rebosar de bienes y privilegios de la naturaleza.
Pero si no es buena persona, se irá en el mejor de los casos al archivo del
olvido en este mundo y de los rechazados en el mundo venidero. Este párrafo es
un canto al amor teniendo en cuenta al ser humano en todas sus dimensiones y
aspiraciones más profundas de felicidad. En el segundo párrafo Pablo hace una
descripción psicológica magistral de las características del amor personal
resaltando su belleza y dignidad moral.
En
los trabajos y contratiempos la caridad es paciente y agradable. Personas
hay que se dicen buenas, pero olvidan fácilmente que su compañía resulta
desagradable. Las personas realmente caritativas se preocupan de hacer grata su
compañía prestando más atención a los intereses de los demás que a los suyos
propios. Es incompatible con la envidia. No es difícil encontrar gente que se
alegra de todo corazón cuando a los demás las cosas les van mal. Cuando esto
ocurre, tenemos la prueba más evidente de que no hay amor. Alegrarse del mal
ajeno es una vileza humana muy frecuente. Por el contrario, quien ama, disfruta
con lo suyo y se alegra generosamente de que a los otros las cosas les vayan
bien. Sin pretenderlo, disfruta con la felicidad propia y con la ajena.
La
caridad no es jactanciosa ni se crece ante los demás.
La caridad es incompatible con la arrogancia y el culto a la personalidad. La
caridad nos invita a no hablar arrogantemente de nosotros mismos como si
fuéramos los reyes del mundo. Esta fea costumbre con frecuencia no es más que
el resultado de falta de reflexión o poca inteligencia. Es característico de
los cortos de inteligencia hacer de sus vidas un éxito incomparable. Lo
contrario de las personas bien dotadas, que contrastan sus éxitos con sus
fracasos y limitaciones. La caridad nos enseña a ser realistas valorando lo que
somos sin menguarlo, y reconociendo lo que no somos sin exagerarlo. La caridad
no prescinde de la inteligencia, sino que la presupone y perfecciona.
La
caridad es cortes y desinteresada. Antes de
hacer o decir algo, además de pensarlo dos veces, hemos de tener en cuenta a
los demás, para evitar de antemano el causarles algún daño. Igualmente, no
debemos buscar ninguna utilidad inmediata en beneficio propio. Las auténticas
obras de amor suelen reportar compensaciones importantes, incluso en esta vida.
Pero otras veces ni siquiera provocan una palabra de gratitud. Cuando tal
ocurre, la persona caritativa o amorosa no retracta su acción como respuesta a
la ingratitud. Tampoco pierde los estribos (no se irrita) cuando las cosas no
salen a su gusto. Del bien hecho a los demás no hay que arrepentirse nunca.
La
caridad es absolutamente incompatible con los sentimientos de venganza bajo
ningún pretexto. Por ejemplo, camuflando ese instinto
maligno con pretextos de justicia. Un caso histórico podría ser la pena de
muerte como forma de castigo público contra criminales de rango superior en
nombre del derecho a la legítima defensa. A nivel personal, hay gente que
disfruta ajustando cuentas a los demás por cualquier cosa baladí. Existe un
viejo grupo social bien conocido, para el cual, sólo hay justicia cuando se ha
vengado al delincuente. Es el polo opuesto del amor cristiano que postula, no
sólo la ausencia de venganza en la administración de la justicia, sino el
perdón al mismísimo enemigo. En este mismo sentido la caridad no se alegra de la injusticia que otros puedan cometer,
aunque ello pudiera reportarnos alguna ventaja momentánea. Esto nos trae a
la memoria las trapisondas en la especulación financiera y las corrupciones
políticas y administrativas. Me refiero a esas operaciones que realizan muchos
políticos y financieros para enriquecerse ellos a costa de los demás. Hay gente
que las conoce y no las ven mal mientras se puede sacar partido de ellas.
La
caridad no legitima el disfrute de las injusticias.
Por el contrario, se complace en la verdad y en que las cosas discurran de
forma honesta y por el buen camino. Por otra parte, no niega los defectos del
prójimo, pero no se ceba en ellos. Al contrario, busca disculpas y atenuantes
para ayudar a curar las heridas en lugar de agrandarlas. La caridad nos impulsa a creer lo que otros nos dicen, a esperar lo que
nos prometen y a ser tolerantes con los débiles e impertinentes. Lo cual no
es una invitación a ser ingenuos predisponiéndonos para ser engañados o
molestados. Significa que, mientras no haya pruebas en contrario, como actitud
primera hemos de suponer la buena intención de nuestros interlocutores, darles
un margen de confianza y, si las cosas no salen bien, no descorazonarnos y
echarlo todo por la borda. La gente necesita ser escuchada con interés y
paciencia incluso cuando dice o hace tonterías. De hecho, una de las formas de
caridad más apreciadas hoy día es la de aquellos que saben escuchar
pacientemente a las personas, que lo único que necesitan es desahogarse con
alguien en medio de sus penas y soledades.
En el párrafo tercero Pablo hace una
proclama emotiva de la validez permanente del amor. Con la muerte desaparecerán
de un golpe todas las dotes personales que nos hayan acompañado durante la
vida. Sólo la caridad permanecerá eternamente disfrutando de la unión directa y
estrecha con el objeto amado. Conoceremos a Dios a la manera como somos
conocidos por Él, a saber, con conocimiento inmediato, directo y eterno. Sólo
en este ágape teológico tiene sentido aquello de que el amor no muere nunca. En
Pablo de Tarso, esta afirmación tiene sentido real y no meramente poético o
sentimental como en el platonismo o el romanticismo. El amor personal, más allá
del amor/sexo o el amor/enamoramiento, es una realidad humana dinámica y gratificante
y no una ilusión sentimental o una idea platónica congelada en el espacio sin
transferencia afectiva.
Este descubrimiento del amor personal,
que Cristo puso como piedra angular de la felicidad humana y de la esperanza
más allá de la muerte, es una novedad gozosa que se encuentra reseñada por
escrito sólo en la Biblia y de ahí que, a pesar de la dificultad de su lectura,
este libro singular siga siendo tan estudiado y editado. Las fiestas de Navidad
y Pascua de Resurrección son los momentos culminantes en los que siglo tras
siglo la humanidad se reconforta con el recuerdo gozoso de este descubrimiento.
Según Jn 13,34-35, Cristo se despidió de los suyos con palabras como estas: “Os
doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he
amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán
todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”.
A propósito de estas palabras cabe
hacer las siguientes matizaciones. En primer lugar, no se trata aquí de una
simple recomendación, sino de un mandato taxativo o condición indispensable
para profesar el humanismo cristiano. Las novedades que Cristo introduce con la
primacía del amor son las siguientes. 1) Debe ser un amor universal hacia toda
persona humana y no limitado al pueblo judío. 2) Es un amor al modo de Dios, es
decir, esencialmente personal y no sexual o de enamoramiento. 3) Debe ser
universal, incluidos los enemigos. 4) Este tipo de amor, que culminó en el
reciclaje de la basura moral humana de todos los tiempos, es la verdadera y
definitiva señal social del humanismo cristiano. De hecho, esta primacía y
forma de entender el amor en clave personal, por encima de las fronteras
étnicas, del sexo y del enamoramiento, es lo que fascinó al mundo pagano según
los testimonios autorizados de Tertuliano y de Minucio Félix.
Para terminar esta fascinante cuestión
del amor personal revelado por Cristo, me parece oportuno recordar unas
vetustas palabras tomadas del Papa León Magno (440-461) de su sermón séptimo
con motivo de la Navidad o nacimiento de Cristo, y que suenan así: “Al nacer
nuestro Señor Jesucristo como hombre verdadero, sin dejar por un momento de ser
Dios verdadero, realizó en sí mismo el comienzo de la nueva creación y, con su
nuevo origen, se dio al género humano un principio de vida espiritual. ¿Qué
mente será capaz de comprender este misterio, qué lengua será capaz de explicar
semejante don? La iniquidad es transformada en inocencia, la antigua condición
humana queda renovada y los que eran enemigos y estaban alejados de Dios se
convierten en hijos adoptivos y herederos suyos.” Ante este hecho protagonizado
por Cristo tal como es presentado en el Nuevo Testamento, el orador exclamó:
“Despierta, hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que
fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen que fue destruida en Adán, ha sido
restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, cómo
usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos;
y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en
motivo de alabanza y gloria del Creador”.
ORACIÓN DE JESÚS EN EL
HUERTO
(Mt 26, 57-68. Mc14, 32-42. Lc 22, 39-46. Jn 18,14)
Aunque tenga que morir
contigo,
Yo, Pedro, te lo juro por
mi honor,
Como antes no negué no te
negaré,
En esta comprometedora
situación.
También sus compañeros
asistieron,
Muy valientes y con gran
decisión,
A defender con su firme
resolución,
A su Maestro, antes de la
crucifixión.
Llegados todos al
siniestro lugar,
Jesús dijo a los
discípulos ya allí:
Sentaos aquí mientras voy
a orar,
Velad, no hay tiempo para
dormir.
Pero tú, Pedro, e hijos de
Zebedeo,
Veníos los tres conmigo
hasta allí,
Y solo a un tiro de piedra
de aquí,
Para que estéis más cerca
de mí.
Llegados los cuatro al
lugar señalado,
Jesús empezó a sufrir
mucho y llorar,
Con tanta tristeza y
también angustia,
Que de hinojos cayó y se
puso a orar.
Padre mío, decía muy
conmovido Él,
Estoy a punto de ser
prendido y morir,
De forma traidora y muy
dolorosa,
Sólo por ser Yo tu Hijo y
de Israel.
Si posible ello fuere,
pregunto, Señor:
¿Por qué no demostrar que
soy tu Hijo,
El Mesías tuyo y también
el Redentor,
de forma más justa y sin
tanto dolor?
¿No tienes, Padre mío,
otra copa mejor,
Para hacer Yo mi trabajo
del Redentor,
Sin ser así de esta forma
tan humillado,
con traición de Judas y mi
crucifixión?
Padre mío, perdóname si
soy temerario,
Como si dudara para nada
de tu Amor,
El dolor, Tú lo sabes, es
mal consejero,
Y nos hace pensar en lo
malo y lo peor.
Gracias por escucharme,
Padre mío,
Mejor sabes Tú lo que me
conviene,
Hágase tu bendita y
sagrada voluntad,
Para Yo acatarla con mi
amor perenne.
Más o menos así, Jesús
tres veces oró,
Pero el tren del tiempo no
esperó más,
Llegó Judas con su
corrupta pandilla,
Le besó y a la muerte
entregó sin más.
¡Qué
humanidad divina la de Cristo! No menos que su divinidad. Hipostasiadas estaban
ambas naturalezas en un solo Dios verdadero, ni menos ni más. No hay ser humano
insensible al sufrimiento y la muerte, y más aún cuando ésta es causada por
otros seres humanos de forma injusta, traidora, cruel y sin piedad. Cristo
asumió este dolor en nombre de toda la humanidad y pidió a Dios la fuerza y el
consuelo, suficientes para tantas penas sobrellevar. Pero recibió de Él la
fuerza moral y el encargo de reciclar en el amor infinito toda la basura humana
producida por nuestros pecados. La sabiduría popular nos recuerda muy bien esta
lección divina de humanidad: mejor sabe Dios lo que nos conviene que lo que
nosotros le pedimos, hágase pues siempre su misteriosa y santísima voluntad.
Así se hizo y el balance final fue feliz, con el triunfo sobre la muerte con su
resurrección. Morirá nuestro cuerpo, pero no el amor. Durante los inviernos de
esta vida mortal hemos de invertir toda nuestra capacidad de amor verdadero
para no sucumbir a las embestidas de la enfermedad y la muerte mirando como
Jesús al cielo después de nuestra propia muerte y resurrección.
EL PRIMADO DE PEDRO
(Mt
16,13-20. Mc 8, 27-30. Lc 9, 18-21)
En la región
de Cesarea de Filipo,
Jesús a sus
apóstoles les interrogó:
¿Y qué dice la gente por ahí de Mí?
¿Saben los
hombres quién soy YO?
Sí, Señor,
ya que Tú nos preguntas,
Te lo
diremos con gusto y claridad:
Juan el
Bautista, Elías o Jeremías,
Son los
profetas ellos y alguno más.
Y vosotros,
mis más fieles discípulos,
Después de
ya de más me conocer,
¿Podéis
decirme sin ningún reparo,
quién
pensáis que Yo podría ser?
Simón Pedro,
el más viejo de ellos,
Respondió al
tiro sin nada dudar:
Tú eres
Cristo, el Hijo de Dios vivo,
Ungido como
Mesías y mucho más.
Bienaventurado
tú, Simón Bar Yoná,
Por lo que
terminas ahora de decir,
Porque no te
lo dictó un ser humano,
Sino mi
Padre quien te lo hizo sentir.
Ahora tú, mi
querido Simón Pedro,
Escucha
atento lo que te voy a decir:
Tu nombre
desde ahora será Piedra,
Para sobre
ella mi Iglesia construir.
Mas esto no
es todo pues hay aún más:
Las puertas
del abismo no la destruirán,
Y tú
recibirás las llaves de la autoridad,
Para abrirla
y cerrarla con seguridad.
Son las
llaves del Reino de los Cielos,
No lo
olvides nunca con la autoridad,
Pues lo que
atado en la Iglesia tengas,
Desatado
también en el cielo lo será.
Con estas palabras Jesús realizó
varias cosas. Le cambia el nombre de Simón para llamarle Pedro, instituye la
Iglesia y le nombra jefe de ella entregándole el poder de las llaves. En la tradición judía, el cambio de nombre implicaba
un cambio en su relación con Dios. Para los discípulos de Jesús proveniente del
linaje de Abraham, el cambio de nombre era profundo y trascendental. En el
análisis que el antiguo cardenal Ratzinger realizó sobre el Primado de Pedro
destaca la primacía de Pedro sobre los demás Apóstoles: "«Primero Simón, llamado Pedro» (Mt 10, 2). Con este significativo
relieve de la primacía de Simón Pedro, san Mateo introduce en su Evangelio la
lista de los doce Apóstoles, que también en los otros dos Evangelios sinópticos
y en los Hechos comienza con el nombre de Simón (Cf. Mc 3, 16; Lc 6, 14; Hch 1,
13). Esta lista, dotada de gran fuerza testimonial, y otros pasajes evangélicos
muestran con claridad y sencillez que el canon neotestamentario recogió las
palabras de Cristo relativas a Pedro y a su papel en el grupo de los Doce. Por
eso, ya en las primeras comunidades cristianas, como más tarde en toda la
Iglesia, la imagen de Pedro quedó fijada como la del Apóstol que, a pesar de su
debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo en el primer lugar
entre los Doce y llamado a desempeñar en la Iglesia una función propia y
específica. Es la roca sobre la que Cristo edificará su Iglesia (Cf. Mt 16,
18); es aquel cuya fe, una vez convertido, no fallará y confirmará a sus
hermanos (Cf. Lc 22, 32), y, por último, es el Pastor que guiará a toda la
comunidad de los discípulos del Señor (Cf. Jn 21, 15-17)". (Congregación
para la Doctrina de la Fe titulado "El primado del sucesor de Pedro en el
misterio de la Iglesia").
Como ejemplos de la primacía de
Pedro en el Evangelio cabe recordar los siguientes. Pedro ocupa un lugar
especial en la primera formulación del Credo. Allí, San Pablo advierte que a
quien primero se apareció Jesús fue a ese apóstol: "En primer lugar les he
transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí: que Cristo murió por nuestros
pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado; que resucitó al tercer
día, también según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los
Doce." (1 Co 15, 3-5) En el capítulo 16 de San Marcos, el Ángel que las
mujeres se encuentran en el sepulcro vacío les dice que Jesús ha resucitado y a
continuación les ordena, que les cuenten a los discípulos lo ocurrido, pero
especialmente a Pedro: "Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado
a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. Él les
dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha
resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. Pero marchad,
decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea; allí
lo veréis, como os dijo". (Mc 16, 5-7). En el evangelio de San Juan, María
Magdalena va donde Pedro y Juan para contarles que no ha encontrado a Jesús en
el sepulcro. Los dos apóstoles corren al sepulcro. Juan, más joven, llega
primero, pero no entra, sino que espera a Pedro, quien entra primero (Jn 20,
1-8).
Señor,
Pedro con ansiedad le preguntó,
¿Cuántas
veces si alguien es mi ofensor,
debo
perdonarle por amor sin dudar?
¿Hasta
siete veces contadas y no más?
Jesús
al tiro de esta forma respondió:
No
digo que solo siete veces lo hagas,
Bien
contadas despacio y sopesadas,
Sino
hasta setenta veces siete y más.
Y
no te alarmes por esta contestación,
Escuchad
ahora todos con atención,
Pues
quiero daros con corta parábola,
Adecuada,
clara y justa explicación.
El
reino de los cielos se parece a un rey,
Que
quiso hacer cuenta con sus siervos,
Pero
cuando comenzó a ajustarla bien,
Trajeron
al deudor de muchos talentos.
No
tenía con qué el préstamo pagar,
El
prestamista mandó que vendiesen,
A
él con su mujer y cuanto más tenía,
Para
que al préstamo respondiesen.
Arrojándose
a sus pies aquel siervo,
Triste
decía: ten paciencia conmigo,
Yo
te lo pagaré todo bien arrepentido,
Compasión
de mí y mi mujer te pido.
Movido
a compasión el rey del siervo,
Lo
dejó perdonándole su gran deuda,
Sin
ninguna otra carga de exigencias,
Que
seguir trabajando con conciencia.
Cuando
el deudor se despidió del rey,
Encontró
a un compañero trabajador,
Que
sólo debía cien denarios limpios,
Y
su amo le pidió cuentas y amenazó.
Págame
aquí ahora cuanto me debes,
O
te estrangulo aquí sin compasión,
Y
el deudor a sus pies le suplicaba:
Ten
paciencia que todo lo pagaré yo.
En
la cárcel le puso sin compasión,
Hasta
pagar deuda chica contraída,
Sin
tener cuenta su buena voluntad,
De
pagar y más que la deuda debida.
Sabiendo
los compañeros lo ocurrido,
Muy
tristes al rey fueron a protestar,
Por
lo allí con sorpresa sucedido,
Imposible
de entender y de aceptar.
Llamó
el rey a su cruel apoderado,
Y
de forma muy solemne le increpó:
Siervo,
has sido malo con mi gente,
Y
no indulgente como contigo fui yo.
Debiste
hacer lo que yo hice contigo:
Te
perdoné la gran deuda contraída,
Por
piedad pediste y me suplicaste,
Y
con generosidad te fue redimida.
¿Por qué no trataste a tu
deudor así?
Debiste compadecerte del
compañero,
Como yo me había
compadecido de ti,
Y por ello ordeno tu
encarcelamiento.
Que vengan los verdugos y pronto,
Y que en la cárcel te asignen puesto,
Mayordomo desagradecido y ruin:
Págame tu deuda o quedas muerto.
Terminada esta chocante narración,
Jesús quiso su significado explicar:
Así hará el Padre Dios con aquellos,
Que ofendidos no quieren perdonar.
Ahora escuchad lo que os
digo:
Amaréis a vuestros
enemigos,
Haréis bien a los que os
odian,
Y bendeciréis a los
malignos.
Rogad por los que os
calumnian,
A quien os abofetee en la
mejilla,
Presentadle también vos la
otra,
Te quitó el manto, dale la
túnica.
Dale tú lo que cualquiera
te pida,
Al que tome lo tuyo no se
lo pidas,
Según quieres que hagan
contigo,
Así harás tú con quienes
te pidan.
Si amáis sólo a quienes os
aman,
¿Qué favor merecer con
ello tener?
También los pecadores
ellos aman,
A los que los aman a ellos
también.
¿Hacéis bien a quienes os
lo hacen?
¿Qué favor merecéis con
ello tener?
También pecadores hacen lo
mismo.
Para ventajas y regalos
ellos obtener.
¿Préstamos esperando
restitución?,
Tampoco esto tiene mérito
alguno,
Los pecadores prestan a
pecadores,
Esperando tener retorno
oportuno.
Pero vosotros, muy por el
contrario,
Amad a vuestros amigos y
enemigos,
Haced el bien y prestad
sin esperar,
Recompensa oportuna con
testigos.
Vuestra recompensa será
grande,
Porque seréis los hijos
del Altísimo,
Que es bueno con buenos y
malos,
Aunque vosotros lo echéis
en olvido.
Imitad la misericordia de
Dios Padre,
Y sed misericordiosos como
Él lo es,
No juzguéis y no seréis
vos juzgados,
No condenéis y no seréis
condenados.
Absolved y seréis también
absueltos,
Dad de lo que vos podáis y
se os dará:
En una medida buena bien
apretada,
Con la medida que medís se
os medirá.
Por todo esto seréis hijos
de Dios,
Bueno con desagradecidos y
malos,
Sin esperar favores ni
restituciones,
Sólo por compasión divina
amados.
El momento culminante del acto de
perdonar a los que nos han ofendido, siendo estos nuestros deudores morales más
grandes, tiene lugar cuando el perdón es otorgado a quien nos ha causado algún
daño material o moral de forma voluntaria e intencionada sin otro objetivo que
el de cebar su sed de venganza causándonos algún mal. A la vuelta te espero. El
que la hace la paga. ¡Ya nos veremos las caras! Ojo por ojo y diente por
diente. O sea, la ley del talión que, permite causar a nuestros enemigos el
mismo daño físico o moral que nos han causado ellos. Este es el trasfondo de
las enseñanzas de Jesús con su conducta personal y doctrina. Se os ha dicho que
amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero Yo os digo que hagáis lo
contrario: amar a todos los hombres, de cualquier pueblo raza o nación, no sólo
a los judíos, y orad a Dios por todos los que os persigan. Aparentemente Jesús
estaba aconsejando una forma de injusticia. Lo mismo que en su discurso de las
bienaventuranzas. Pero las cosas no son así. Jesús explicó esta forma de
pensar, acerca del trato que hemos de dar a nuestros enemigos, haciendo uso de
la hipérbole y de contrastes muy sorprendentes, para destacar la grandeza
humana de quienes están dispuestos a desterrar el odio y desactivar los
instintos de venganza disfrazados de justicia y amor.
Cristo confirmó esta enseñanza
oral con el ejemplo de su crucifixión. Murió pidiendo perdón y comprensión a
Dios para los propios asesinos. ¡Perdónalos porque no saben lo que hacen
conmigo! Con lo cual no dio por bueno lo que estaban haciendo con Él, sino todo
lo contrario. Si necesitaban de perdón era porque algo malo estaban haciendo.
Otro referente práctico acerca del perdón a los que nos ofenden hasta el
extremo de causarnos la muerte, es el de los mártires cristianos. Uno de los
momentos más alucinantes de su martirio es cuando mueren pidiendo a Dios que
les perdone el crimen horrendo que están cometiendo los verdugos. No. Perdonar
no equivale a convalidar la injusticia, que no deja de serlo por más que el
injusto agresor haya sido perdonado. La justicia verdadera debe seguir su curso
normal. Sólo un ejemplo práctico de lo que termino de decir. El delincuente y
desventurado joven que intentó matar al Papa Juan Pablo II en la Plaza de S.
Pedro, fue detenido y puesto en la cárcel y allí fue el Santo Padre a
perdonarle. Le perdonó, pero su agresor siguió encarcelado hasta que cumplió
con la condena que la justicia le había impuesto. Y para terminar este
discurso, tres cuestiones más de perfil práctico acerca del perdón.
¿Cuáles son las características
específicas del perdón? En primer lugar,
que el perdonar no significa aprobar de alguna manera las injusticias cometidas
por el delincuente. Perdonar no significa que perdonando damos por bueno el mal
que nos han hecho. Lo mal hecho mal hecho está y hay que corregirlo y
repararlo. En segundo lugar, la acción de perdonar no es una anestesia contra
el dolor infligido por el malhechor. Lo cual no excluye que sea un paliativo
excepcional para sobrellevar ese dolor más fácilmente y con dignidad. Ante el
dolor de una ofensa el que perdona al ofensor sufre menos que el que lo odia.
La sana experiencia de la vida no deja dudas sobre este hecho sicológico. Sufre
menos el que ama más. El perdonar ayuda a olvidar y con el olvido se mitiga
eficazmente el dolor. Pero queda pendiente una cuestión capital.
¿Es posible perdonar a quienes nos hacen daño?
Porque de las palabras al hecho hay un gran trecho. En mi opinión, la respuesta
no es tan difícil como parece. La naturaleza humana por sí sola no está
capacitada para perdonar en sentido estricto. Es capaz de pedir disculpas y de
disuadir al malhechor con fórmulas de cortesía para evitar mayores males. Pero
lo que se dice perdonar, sin devolver el mismo mal recibido, esto sólo es
posible con la ayuda de Dios.
Paradójicamente, en la cultura
hebrea y musulmana esta forma de conducta con los ofensores y presuntos
malhechores no es aceptada. Por una parte, su concepto de prójimo queda
restringido a los de su pueblo raza y nación. Y por otra, el concepto que
tienen de la justicia no excluye el ejercicio de la venganza, traducida en
fórmulas legales inspiradas en la antigua ley hebrea del talión. Tampoco en la
civilización cristiana ha sido superada del todo esta mentalidad, que sigue
camuflada y mitigada todavía en el derecho penal de muchos países. Me refiero a
la llamada “pena de muerte” decretada contra algunos crímenes minuciosamente
tipificados. Pero esto no casa en absoluto con el concepto cristiano de prójimo
y menos aún con el mandato formal del amor cristiano.
21
PARÁBOLA DEL TRIGO Y LA CIZAÑA
(Mt
13, 24-30; 13, 36-43
El reino de
los cielos nos decía Jesús,
Es semejante
al hombre sembrador,
Que sembró
grano sano en su campo,
Y muy
satisfecho a su casa retornó.
Mientras él
y toda la su gente dormía,
Un enemigo
se desplazó hasta el lugar,
Cruzó la
linde con sigilo y nocturnidad,
Para entre
trigo bueno cizaña sembrar.
Cuando brotaron los
granos del trigo,
Con
el trigo también la cizaña creció,
Se
alarmaron los operarios del dueño,
Y
al dueño se fueron con indignación.
¿Pues
no sembraste tú grano bueno?,
¿Por
qué ha crecido cizaña también?,
Dinos
qué habrá podido allí ocurrir,
Para
pronto nosotros remedio poner.
Pero
Jesús les respondió con firmeza:
Y
vosotros ¿qué pensáis ahora hacer?
Les
preguntó Jesús con tranquilidad,
Ante
la triste información recibida Él.
¿Quieres
que arranquemos la cizaña,
ahora
mismo sin dejar tiempo pasar?
Pues
si con el trigo crece cizaña junta,
Poco
trigo cosechar y de baja calidad.
No,
les dijo muy seguro con decisión,
No
sea que al arrancar vos la cizaña,
Con
ella arranquéis el trigo también,
Más
paciencia y dejadlo junto crecer.
Llegará
el esperado día de la siega,
Entonces
la cara nos hemos de ver,
Para
poner todas las cosas en orden,
Cuando
el segador segará la mies.
Las
gavillas de cizaña serán quemadas,
Y
el trigo limpio puesto en mi granero,
Sin
el peligro de que ladrones lo roben,
O
con la mala hierba vaya al basurero.
Así
de breve y sustanciosa fue la homilía de Jesús comentando esta parábola
alegórica. (Mt 3, 36-43). Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa
y acercándose a él sus discípulos y posiblemente algún grupo más, le pidieron
que les descifrara de la parábola del trigo y de la cizaña clandestinamente
sembrada después del trigo. Él tomó nuevo la palabra y gustoso dijo: El que
siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo de sembradura es el
mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del
maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo y
los segadores son los ángeles. De manera que, así como se arranca la cizaña y
se la quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del
Hombre a sus ángeles y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo
y a los que hacen iniquidad, los echarán en el horno del fuego y allí será el
llorar y crujir de dientes. Pero entonces los justos resplandecerán como el sol
en el reino de su Padre. ¡El que tenga oídos para oír, que oiga! O lo que es
igual: si hay alguien aquí entre vosotros mis discípulos, con intenciones
torcidas para después sembrar cizaña, que tome buena nota de lo que acabo de
decir. El mal de la cizaña, sea quien fuere el que lo siembre en la Iglesia,
terminará devorado por el fuego purificador de toda maldad. Con esta alegórica
parábola de fondo cabe hablar de tres actitudes frente a los sembradores de
cizaña en la Iglesia: intolerancia, resignación y realismo.
¿Qué
hacer con aquellos y aquellas que desde dentro de la Iglesia, en lugar de ser
fermento de paz, esperanza y amor, se dedican a sembrar la cizaña de las
críticas despiadadas sin caridad, de la ansiedad en las conciencias con su
fanatismo piadoso y desesperanzador? Los intolerantes exigen que los
sembradores de la cizaña sean arrancados pronto y de cuajo. Los resignados
piensan que hay que soportarlos como inevitables, haciendo de tripas corazones
y haciendo de la necesidad virtud. Los realistas, siguiendo el ejemplo de
Jesús, toman distancia ante esos extremos y optan por la tolerancia caritativa,
convencidos de que al final de todo habrá justicia y los sembradores de cizaña
serán puestos por Dios en el lugar que les corresponde. Buenos y malos, donde
los haya, han de convivir tolerándose unos a otros, si no quieren todos ellos
juntos sucumbir. Tened paciencia y no os precipitéis. Llegará el tío Paco con
la rebaja de la justicia divina, los buenos heredarán la vida eterna y los
malignos cizañeros recibirán su también su merecido.
LOS PELIGROS DE LAS RIQUEZAS
(Mt 19, 16-26. Lc. 18, 18-27; Mc
10, 17-27)
Entonces
se acercó un joven muy rico,
Se
postró a los pies de Jesús y preguntó:
Maestro
bueno, pues ¿qué de bien haré,
para
ganar la vida eterna también yo?
¿Por
qué me llamas Maestro el bueno?
¿Puede
bueno ser otro más que Dios?
Yo
no conozco mejor que Dios a nadie,
Ya
que Él es entre los buenos el mejor.
Pero
si quieres entrar seguro en la vida,
Sus
mandamientos habrás de guardar,
Hazlo
con fidelidad y completa libertad,
Y
con seguridad la vida eterna tendrás.
Más
eso, Maestro, ya me lo sé yo bien,
Pero
¿cuáles son esos mandamientos,
para
cumplirlos muy pronto con fervor?
Dímelo
ahora mismo te pido por favor.
No
matarás ni adulterarás, no hurtarás,
No
digas falso testimonio contra nadie,
Amarás
a tu prójimo como a ti mismo.
Hónrale
a tu padre como a tu madre.
Todo esto lo he guardado desde
niño,
¿Y
qué más me falta por hacer ahora?
Dímelo
presto, te lo pido ya por favor,
Antes
que anochezca y se pase la hora.
Querido
joven, Jesús le respondió:
Quieres
ser hombre bueno en Dios,
Cuanto
tienes dáselo ya a los pobres,
Y
conmigo tendrás la compensación.
No
será piso para vivir e hijos criar,
Ni
lujoso coche para hacer turismo,
Tu
sueldo será por amor tú trabajar,
Y
Yo te pago sin propina ni egoísmo.
El
joven oyó este raro razonamiento,
Y
decidió sin mucho pensar alejarse,
De
Jesús y de todos sus discípulos,
Como
quien veía venir un desastre.
Triste
y muy contrariado se ausentó,
Pues
tenía gran riqueza en propiedad,
Pero
se sentía esclavo de su posesión,
E
incapacitado para ser feliz de verdad.
En
ausencia del joven rico admirador,
Jesús
hizo esta significativa reflexión:
Es
difícil que un rico entre en mi Reino,
Si
se pega a las riquezas con obsesión.
Más
fácil pasa camello por ojo de aguja,
Que
entrar un rico en el reino de Dios,
A
menos que el muy rico se convierta,
De
las riquezas a su verdadero Dios.
Los
discípulos oyeron este argumento,
Con
mucho asombro, sorpresa y temor,
Y
con mucha ansiedad le preguntaron:
¿Quién,
pues, así podrá salvarse, Señor?
Y
mirándolos Jesús muy comprensivo,
Esta
tan consoladora respuesta les dio:
Lo
que para los hombres es imposible,
Nunca
podrá ser imposible para Dios.
La pregunta de los apóstoles,
después de escuchar la exposición de la parábola acerca del peligro de las
riquezas, fue muy objetiva y realista. Hay mucha gente, en efecto, que da más
importancia a la acumulación ambiciosa de riquezas que a Dios. Esto es un hecho
constatado y universalmente aceptado. Pero hay más. Esas gentes están apegadas
a las riquezas materiales como lapas, o la pintura a la madera. Donde quiera
que ponen las manos, se les quedan pegadas al dinero. Por eso también no es
difícil encontrar personas ricas que cuanto más ricas, más tacañas, agarradas y
roñosas son. Esta dependencia tiránica de las riquezas por nuestro apego a
ellas, es lo que Cristo censuró al joven que le interrogó acerca de la conducta
a seguir para ser feliz en este mundo y entrar después de la muerte en el reino
de Dios. No censuró el tener mucho o poco, ganado con el sudor de nuestra
frente de forma honesta y esforzada. Censuró la actitud del joven porque
concedía más importancia a sus riquezas que a Dios. Muy apegado estaba a ellas
y esto le perdió. Si en lugar de ponerse triste por tener que compartirlas con
los pobres, se hubiera desprendido amorosamente de ellas en nombre de Dios,
otro gallo habría cantado. Pero Cristo no fuerza la voluntad de nadie y por eso
el joven desilusionado se marchó, víctima responsable de su propia decisión.
Pero, como suele decirse, nunca es tarde si la dicha es buena. Lo que es
imposible para los hombres, concluyó Jesús, no lo es nunca para Dios.
23
LA
RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS
(Mt 22, 23-33. Mc 12, 18-27. Lc
20, 27-40)
Los
saduceos negaban la resurrección,
Se
acercaron a Jesús y le preguntaron,
Acerca
de este extraño y ridículo creer,
Y
con su mala intención le interrogaron.
Por
favor, Maestro, dinos tu parecer,
Sobre
la resurrección de los muertos,
Los
fariseos y nosotros los saduceos,
Nos
hallamos en esto descompuestos.
Sabemos
qué dijo el legislador Moisés:
¿Casado
y te mueres sin tener hijos?
Pues
que tu hermano tome a tu mujer,
Cásese
con ella y tenga hijos también.
Pero
este es nuestro problema, Maestro.
Basta
un ejemplo para Tú nos entender:
Siete
hermanos casados se murieron,
Sin
tener hijos con la joven viuda mujer.
Hermano
del muerto sin descendencia,
Tomó
a la cuñada viuda como esposa,
Se
murió él sin dejar la descendencia,
Y
otro hermano la hizo también esposa.
Luego se repitió esta misma historia,
Hasta
unas siete veces sin descansar.
Pero
si es que los muertos resucitan,
La cosa se complica aún mucho más.
Después de ellos se murió la mujer,
Y esperamos ahora ya tu opinión,
Siempre muy sabia y bien razonada:
¿Una vez muertos hay resurrección?
Si hay, ¿de cuál de los siete es mujer?,
Pues todos la tuvieron como su esposa,
Con ella vivieron para tener los hijos,
Y todos se murieron sin un hijo tener.
Jesús muy claramente les respondió:
Ignoráis Escrituras y el poder de Dios,
Casarse o no casarse son cosas de acá,
Del mundo antes de la resurrección.
En la resurrección que viene después,
Ni se casarán ni harán descasamientos,
Pues serán como los ángeles de Dios,
Viviendo en casa con otros cimientos.
Pero, ¿hay resurrección de muertos?
Esta es para nosotros la gran cuestión,
Replicaron ellos los saduceos al Señor,
Con gran insistencia y mala intención.
Incrédulos vosotros y enemigos míos:
¿No habéis leído alguna vez en la Ley,
lo que dijo Dios y con tanta claridad,
y que vosotros intentáis olvidarlo ya?
Os lo recuerdo ahora bien resumido:
Yo soy el Dios de Abraham y de Isaac,
Como también lo soy del padre Jacob,
No de muertos sino de vivos soy Yo.
La gente desahuciada por tal respuesta,
Se marchó a su casa muy sorprendida,
Por la doctrina de Jesús que allí oyeron,
Nueva y antes en la Ley bien resumida.
¿Qué va a ser de nosotros después
de la muerte? Esta es la gran cuestión que no pudo ser obviada por ningún
pensador realista e inteligente. Tratándose de la vida y su reverso la muerte,
el mirar para otra parte cómodamente como si fuera una cuestión banal, sólo
contribuye a echar a perder la vida, entreteniéndonos con cosas muy ruidosas y
fascinantes, pero que son como nueces secas por dentro y muy ruidosa por fuera.
Históricamente hablando, sólo Cristo ha respondido de forma satisfactoria con
su resurrección a esta cuestión capital. Pero ojo al parche. No es cuestión de
revivir para reanudar nuestra vida en este mundo terrenal, para después volver
a morir. Esto es lo que ocurrió con el joven hijo de la viuda de Naím, de la
hija del funcionario de la Sinagoga, y del gran amigo de Jesús, Lázaro. En la
resurrección de Cristo, por el contrario, se abre una perspectiva nueva
fascinante que nos pondrá fuera de las coordenadas del tiempo, del espacio y de
la gravedad, situándonos en una dimensión extraterrenal de la existencia humana
sin marcha atrás y mucho más bella y feliz que la que dejamos detrás de nuestra
muerte. Se comprende así el ridículo de los saduceos ante Jesús, los cuales no
sabían, o no querían saber, que los trapicheos de bodas, divorcios, casados con
muchas mujeres o con una sola, con hijos o sin ellos, no tendrán vigencia
ninguna después de la resurrección.
FELICES
ELLOS Y VOSOTROS
(Mt 5, 1-12. Lc 6, 20-26)
Felices
serán los pobres de espíritu,
Pues
de ellos es el reino de los cielos,
Pero
cuidado con no estar apegados,
Con
el egoísmo a vuestros dineros.
Felices
los que derraman lágrimas,
Gimiendo
y llorando machacados,
En
este valle tan solitario de la vida,
Siendo
tiranamente maltratados.
Terminarán
los tiranos de este mundo,
Envejeciendo,
muriendo y enterrados,
En
la tierra de sus grandes posesiones,
Y
por Dios serán juzgados sus pecados.
Tened
paciencia y mucha constancia,
Porque
llegará el gran día de justicia,
Los
tiranos serán todos ellos juzgados,
Y
vosotros seréis por Dios consolados.
Felices
los pobres y los desheredados,
Sed
vos realistas y muy esperanzados,
Llegará
para vosotros aquel buen día,
Y
con divinas tierras seréis pagados.
Felices
vos con hambre y sed de justicia,
Ni
por hambre ni sed seréis enterrados,
Recibiréis
pan de vida y agua cristalina,
Pues
seréis nutridos por Dios y saciados.
Felices
vos también los misericordiosos,
Que
tenéis compasión y otorgáis perdón,
Y
sin arrogante altanería ni humillación,
Porque
recibiréis la misericordia de Dios.
Y
felices los que, con su limpio corazón,
No
ensucian su vida ni la de los demás,
Porque
sin pena y mucha más felicidad
Ellos
sin dudarlo también a Dios verán.
¿Y
qué decir de los que procuran la paz,
la
de sus conciencias y de los demás?
Pues
serán ellos llamados hijos de Dios.
Para
siempre y con toda la seguridad.
Felices
los que hayan sido perseguidos,
Y
por mi causa de la justicia y de la paz,
Porque
de igual forma que los buenos,
El
reino de los cielos de ellos luego será.
Y
lo será cuando os insulten y persigan,
Y
digan mal contra ustedes falsamente,
Por
causa de Mí sin vergüenza ni pudor,
Como
hicieron a los profetas solventes.
Regocíjense
y alégrense mucho ustedes,
Pues
la recompensa de vos en los cielos,
Cuando
llegue ella la hora de la verdad,
Grande
y colmada también ella será.
Pero
¡ay de vosotros los que sois ricos!,
Pues
habéis recibido vuestro consuelo,
Y
de vosotros los que ahora os regaláis,
Porque
lloraréis sin ayuda del pañuelo.
El apoyo de Jesús a los
débiles y desvalidos de este mundo terrenal resulta desconcertante a primera
vista, pero no así cuando se tienen en cuenta adecuadamente las dos formas de
entender la vida humana que son confrontadas en el discurso de Cristo. Según la
primera, las riquezas acumuladas, la buena salud, el poder sobre los demás y el
haber generado y parido muchos hijos y nietos, era interpretado como recompensa
de Dios y aprobación de la forma de comportarse de esos presuntos agraciados
consigo mismos y los demás. Esto parece ser así en los reinos de este mundo
caduco y terrenal. Pero en el reino de los cielos, anunciado por Cristo, sólo
será tenido en cuenta el amor a Dios y a nuestros semejantes de forma
incondicional. Por eso les dice a los más pobres y oprimidos de este mundo que
no se preocupen, porque sus sufrimientos, la falta de salud y de hijos será
compensada con creces y sin llanto desesperado allende la muerte por toda la
eternidad. Eso sí, con una condición indispensable: los oprimidos, explotados y
maltratados por los ricos y poderosos despiadados de este mundo, no busquen
excusas para odiar y maltratar a su vez ellos a sus opresores y explotadores,
violando el sagrado mandato de amar a Dios por encima de todas las cosas y a
sus prójimos de cualquier pueblo raza o nación, aunque estos se hayan
comportado de forma injusta y perversa con ellos. Esto, que humanamente parece
absurdo e imposible, para los que así aman a Dios y a sus prójimos como a sí
mismos, resulta muy consolador en este mundo y esperanzador, mirando al otro
mundo del más allá, descubierto con la muerte y resurrección de Cristo Nuestro
Señor.
25
LOADO SEA MI DIOS DEL
AMOR
Alabado
seas Tú mi grande Señor,
Fuente
del ser de vida y del amor,
Muy
bella es tu obra de creación,
Más
bueno y más grande ser Vos.
Que
te alaben todas tus criaturas:
Tierra
luna mares estrellas y sol,
Con
sus olas belleza y esplendor,
Todas
ellas con gran resplandor.
Viento
fuego y madre ella la tierra,
Frutos
sazonados flores y hierbas,
Canten
a coro tus grandes proezas,
De
pie de rodillas y por tierra ellas.
Quienes
te aman y ellos perdonan,
Sean
ellos amados y perdonados,
Tú
nos amaste a nosotros primero,
Sin
nos tu perdón haberlo ganado.
Desde
nuestro corazón arrepentido,
Tu
misericordia Señor imploramos,
Con
lágrimas y muchas en los ojos,
Y
sinceras por cometidos pecados.
En
la hora de nuestra vecina muerte,
No
nos dejes nunca con ella y solos,
Quédate
a nuestro lado con tu amor,
Y
no abandonados a nuestra suerte.
Hay una forma de buscar a Dios, que consiste en preguntar a las cosas de este mundo por su existencia. El joven y brillante profesor de retórica Agustín de Hipona, eligió primero este camino. Preguntó primero intelectualmente a todas las cosas de la creación, pero ninguna de ellas ni todas juntas fueron capaces de darle una respuesta plenamente satisfactoria. A pesar de todo, ello no fue para él un obstáculo para recomendar este camino, accesible a cualquier persona sicológicamente sana, pero con una condición indispensable: que dicha búsqueda sea sincera y honesta, poniendo a pleno rendimiento los sentimientos más nobles del corazón. ¿Dónde está Dios? Preguntó él a las principales criaturas de la creación, y todas ellas se excusaron diciendo que ellas no eran Dios. La respuesta obtenida no pudo ser más iluminadora. Por lo menos la grandeza y su belleza sabían que Dios está en alguna parte. Era solo cuestión de encontrar ese lugar privilegiado. El Hiponense descubrió luego por sí solo que el lugar donde podemos encontrar más fácilmente a Dios es ni más ni menos que el buen corazón de los hombres. Le había buscado antes fatigosamente por todos los rincones de la creación y terminó su periplo felizmente sorprendido, al descubrir que el Dios, que tan ansiosamente buscada, le acompañaba siempre sin él tener conciencia de ello, en lo más profundo de su buen corazón. Dios estaba en él y con él de forma más íntima que su propia intimidad. Como si la presencia de Dios en él fuera más íntima que su propia intimidad.
NICETO BLÁZQUEZ, O.P.




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