jueves, 7 de noviembre de 2019

JOHN HENRY NEWMAN. NI PAPISTA NI CONCILIARISTA


ABSTRACT

Con ocasión de la canonización del antiguo anglicano británico John Henry Newman, el autor de estas páginas destaca el significado humano y cristiano del personaje así como la importancia y actualidad de su forma de entender y comportarse ante la doctrina sobre la infalibilidad de la Iglesia y del Romano Pontífice. Igualmente destaca su respeto a los dictados de la propia conciencia en la búsqueda de la verdad. Por esto y por el itinerario de su conversión a la Iglesia madre de Roma, puede ser considerado como una puerta siempre abierta  para salir a respirar los aires nuevos de ecumenismo cristiano y de fraternidad universal.

JOHN HENRY NEWMAN
NI PAPISTA NI CONCILIARISTA

El cardenal John Henry Newman (1801-1890) fue beatificado por Benedicto XVI en Birmingham el año 2010 y canonizado en Roma el 13 de octubre de 2019 por el papa Francisco. Este es el motivo de las presentes reflexiones en el contexto de las muchas e importantes publicaciones que ya tuvieron lugar, con motivo de ambos actos papales, reconociendo la talla humana y cristiana de este hombre de Dios, admirado por casi todos los que le conocieron e incomprendido y hasta denostado públicamente también por algunos.
           
            I. ACLARACIÓNES INFORMATIVAS

            Coloquialmente se habla del cardenal Newman. Pero esta tradicional costumbre requiere una aclaración. El título de cardenal de la Iglesia no es un título sacramental sino meramente administrativo y honorífico. Esto quiere decir que para recibir ese título no se necesita ser sacerdote ni obispo. Lo puede recibir cualquier hombre o mujer, a quien el Papa considere justo y oportuno otorgárselo. En este caso, León XIII. En el momento actual casi la totalidad de los cardenales son obispos en activo o eméritos y sólo hay algunos que no son obispos pero sí sacerdotes. Tampoco el título de Arzobispo es sacramental. De suyo es un título canónico-administrativo y por añadidura honorífico también en algunos casos.
            Desconozco si existe actualmente algún laico en la Iglesia que ostente el título de cardenal. Pero echando una mirada al pasado, saltan a la vista algunos personajes insignes al respecto.
El cardenal Armand Jean du Plessis, cardenal y duque de Richelieu, por ejemplo (1585-1642), fue sacerdote, obispo y cardenal, si bien ha pasado a la historia principalmente como un estadista francés y no como un pastor de la Iglesia, aunque escribió un catecismo. El cardenal Julio Mazarino, en cambio, (1602-1661), sucesor de Richelieu, recibió del Papa Urbano VIII el título de cardenal sin ser sacerdote ni obispo sino laico puro y duro de solemnidad. El Cardenal Giacomo Antonelli, por su parte, Secretario de Estado de Pío IX durante 25 años (1848-1876), hizo los estudios eclesiásticos institucionales de rigor y fue ordenado diácono, pero ahí se paró el carro siéndole otorgado el título cardenalicio sin recibir nunca la ordenación sacerdotal o episcopal.
            Traigo aquí estos datos informativos para destacar la peculiaridad del título cardenalicio otorgado por León XIII a nuestro protagonista John Henry Newman, recién canonizado y motivo de estas reflexiones. La novedad consiste en que John Henry Newman fue primero sacerdote anglicano y posteriormente ordenado sacerdote católico. Pero nunca fue obispo. León XIII le otorgó este honroso título a petición de muchos e importantes admiradores suyos como reconocimiento al ejemplo que dio con su vida como sacerdote anglicano que buscó ansiosamente sentirse plenamente en el seno de la Iglesia católica como garantía de la salvación pronosticada por el propio Cristo en persona.
            En tiempos ya más recientes la otorgación del capelo cardenalicio a sacerdotes no obispos como Henry Newman ha sido más frecuente. Sólo recordaré tres nombres de la Orden de Predicadores que personalmente tuve la suerte de conocer y con dos de ellos en algunas ocasiones trabajar. Me refiero a los teólogos Yves Congar, Mario Luigi Ciappi y Georges Cottier, ya fallecidos los tres. Actualmente hay otros, procedentes de diferentes códigos eclesiásticos que ostentan también el título cardenalicio sin ser obispos, por razones de notoria ejemplaridad pastoral dando ejemplo de fidelidad al mensaje salvador de Cristo con libertad de pensamiento y amor a la Iglesia.
            El ya sacerdote católico John Henry Newman se sinceró en una carta a Sir J. Simeon con estas palabras: “I am neither Bishop, nor theologian. I am but a convert, a controversialist, a private priest”. Ni Obispo ni teólogo. No más que un convertido discutidor y simple sacerdote privado. Henry Newman, por tanto, no participó en el Concilio Vaticano I, ni como obispo o cardenal- que no lo era- ni como teólogo del Concilio. Sin embargo, su reacción ante el rumor de que pudiera salir del concilio Vaticano I un documento (el único prácticamente que salió) como la Pastor Aeternus, no le ayudó a conciliar el sueño. Esta desazón fue filtrada en la prensa y voló como pájaro mensajero entre algunos  teólogos hasta el punto de que el líder antipapista Ignaz von Döllinger, le pidiera que se manifestara públicamente contra el Concilio Vaticano I. Pero Newman rehusó elegantemente el ofrecimiento, manteniéndose siempre lejos de aquellos denominados católicos liberales de su tiempo que se oponían a la Sede de Pedro, sin por eso incurrir él en los excesos de algunos ultramontanos que atribuían a las actuaciones del Papa un alcance que nadie en Roma sospechaba. Pero vayamos por partes.

II. HIJO DEL NACIONAL ANGLICANISMO INGLÉS

            Se dice que fue el jurista Joachim Stephani, quien acuñó en 1582 la ingeniosa expresión cuius regio eius religio. O sea, que según sea la religión del rey así ha de ser la religión del reino. En tiempos más antiguos a partir del siglo IV se hablaba del “cesaropapismo”, en el sentido de que en la Iglesia la última palabra debería tenerla el César o emperador cristiano de turno y no el Papa. Pero ahora de lo que se trataba era de encontrar una solución pacífica a la guerra religiosa interna del cristianismo europeo, a raíz de la revolución protestante, por parte de los representantes de los Estados alemanes en la Conferencia de Ausburgo.
            Como es sabido, la Conferencia de Augsburgo, o Paz de las religiones, fue un tratado firmado por Fernando I de Habsburgo, representante del emperador Carlos V, y las fuerzas de la Liga de Esmalcalda el 25 de septiembre de 1555,  con la cual se trató de resolver políticamente el conflicto religioso surgido a raíz de la presunta reforma protestante, que en realidad fue una revolución en toda regla de ámbito internacional.
            Este fue el hecho histórico que está en la base de lo que actualmente se denomina Religión de Estado en Europa. Cada Estado o Nación soberana impone oficialmente su propio sistema religioso, que ha de prevalecer por encima de cualquiera otro. Pero como este fenómeno se produjo en el contexto del cristianismo europeo, de aquellos polvos salieron los lodos de todos los “nacionalismos religiosos” posteriores hasta nuestros días. Por ejemplo, el nacional catolicismo español, el nacional galicanismo católico francés así como el nacionalismo ortodoxo ruso, ucraniano, griego o rumano. Pues bien, a raíz de la revolución protestante, en Inglaterra se impuso el “nacional anglicanismo inglés”, a partir del grotesco y tiránico reinado de Enrique VIII. En la Europa continental norteña a su vez predominó el “nacional luteranismo” con diversos rostros y matices.
            Traigo a colación estos hechos sin entrar en más explicaciones sobre ellos, para recordar que John Henry Newman nació y creció en el seno del nacional anglicanismo inglés, que a partir de la revolución protestante se había convertido en religión oficial del Estado. Sin tener en cuenta esta circunstancia resulta muy difícil comprender el perfil de personalidad religiosa de nuestro protagonista así como el profundo significado humano y cristiano de su viaje de conversión a la Iglesia de Roma, después de haberla considerado desde el púlpito intelectual y piadoso del anglicanismo inglés como la sede escandalosa del Anticristo.
            El principio jurídico formulado por Joachim Stephani (cuius regio eius religio) da pie por las consecuencias prácticas que ha tenido para reformularlo así: cuius religio, eius nationalitas. En la práctica esto significa que un rumano, por ejemplo, para ser rumano de cuerpo entero, ha de ser ortodoxo. De no ser así, será considerado rumano de nacimiento y cultura pero sólo de segunda o tercera clase. Y lo mismo puede decirse análogamente de un ruso, ucraniano, búlgaro o griego tradicional.
            Pues bien, en tiempo de John Henry Newman, el declararse alguien anglicano en la Inglaterra de su tiempo era como declararse en España o Italia católico, apostólico y romano. Catolicismo y anglicanismo de religión era el mejor documento de identidad personal en aquellos países en los que la religión se había convertido en el dato más significativo de su DNI o documento de identidad nacional.
            John Henry Newman nació en Londres en el seno de una familia de abolengo calvinista por parte su madre, la cual fomentó en él desde niño el gusto por la lectura de la Biblia. Esta orientación materna hacia la Biblia le llevó derechamente a la lectura de libros de inspiración calvinista, con lo cual terminó abrazando las enseñanzas de Calvino sobre La Trinidad, la Encarnación y la Redención. En contrapartida se potenciaron en él los sentimientos antipapistas más rabiosos.
             Pero tuvo ocasión también de descubrir a los Padres de la Iglesia, un factor que fue decisivo después para dar el salto desde el nacional anglicanismo inglés a la universalidad o catolicidad genuina de Roma. Luego tuvo la suerte también de encontrarse con buenos amigos que le pusieron en contacto con las creencias teológicas de la High Church anglicana. La Alta Iglesia, que era de hecho el sector más selecto y minoritario del anglicanismo oficial de Estado por aquella época, en el cual existía una tendencia pro-católica importante dentro del anglicanismo en general. A partir de ese momento Newman comenzó a mirar a la Iglesia de Roma con creciente simpatía hasta el punto de llegar a reconocer la presencia real de Cristo en la Eucaristía, a sentir profundo respeto por la Virgen María y aceptar la doctrina católica de la sucesión apostólica.
            Este hecho me trae a la memoria la emoción que yo sentí hace muchos años cuando visitando las iglesias anglicanas del Reino Unido, en la puerta de entrada principal de una de ellas me encontré con una nota informativa recordando que allí se celebraba la Eucaristía tradicional, incluida la comunión, pero se recomendaba no arrodillarse ya que Cristo no estaba presente en la Eucaristía. Que la celebración era sólo un recuerdo o memorial de la pasión de Cristo y nada más. Este templo pertenecía a la Low Church anglicana.
            Por el contrario, en la puerta de otra iglesia anglicana se recordaba que Cristo está realmente presente en la Eucaristía y por lo mismo se recomienda comulgar con la debida devoción e incluso adorarlo de rodillas. Pues bien, John Henry Newman pasó de la inculturación calvinista original a su incorporación formal a la High Church o Alta Iglesia anglicana. Dicho lo cual, no me resisto a reproducir un párrafo de la Apologia pro vita sua, hablando de la defensa de la libertad personal contra toda clase de estrechez de algunas autoridades de Roma.
            “Me parece que sería un gravísimo daño, del cual Dios nos libre, el que la Iglesia se redujera en Europa a un conjunto de nacionalidades particulares. Es una gran idea el introducir la civilización latina en América y mejorar los católicos de allí con la energía de la religión francesa; pero yo confío que todas las naciones europeas tendrán siempre su lugar en la Iglesia, y firmemente creo que la pérdida del elemento inglés, por no decir el germánico, a causado un daño grave a su composición. Hay aquí, ciertamente, una consideración que, más que otra alguna, nos debe hacer a nosotros, los ingleses, agradecidos a Pío IX, por habernos dado una Iglesia propia; así ha preparado el camino para que nuestros propios hábitos de pensamiento, nuestra manera de razonar, nuestros propios gustos y virtudes, encontrasen un lugar, y, por tanto, una santificación de la Iglesia católica”.
            Si estas observaciones de John Henry Newman se entienden en clave eclesial, como parece lo más obvio por el momento de su vida y el contexto típicamente inglés dentro del cual fueron escritas, nos hallamos ante una perspectiva ecuménica realmente inteligente y prometedora. Si, por el contrario, se interpretaran en clave política, podrían utilizarse también para potenciar la existencia de iglesias nacionalistas promovidas emocionalmente por personas eclesiásticas comprometidas con los nacionalismos actuales más sectarios, excluyentes y violentos. Pero este es un extremo que no encaja en absoluto con los nobles sentimientos patrióticos de un inglés de cuerpo entero como lo fue siempre John Henry Newman, antes y después de su partida del nacional anglicanismo inglés para domiciliarse en la catolicidad apostólica de la Iglesia de Roma. Lo mismo que S. Pablo no dejó de sentirse orgulloso de sus raíces judías después de su conversión a Cristo, así también John Henry Newman no dejó de sentirse orgulloso y agradecido al anglicanismo inglés después de su conversión a la catolicidad de la Iglesia de Roma, sede históricamente titular de S. Pedro y no del tirano protestante Enrique VIII y sus sumisos herederos.
            Baste recordar su último sermón de despedida en Littlemore. Fue una despedida de amigos y no de malnacidos. De hecho, dejó a la audiencia llorando como quien se separa de un amigo que nunca dejará después de serlo. No en vano el histórico sermón lleva el título The Parting of Friends.  Lo cortés no quita lo valiente y nuestro protagonista fue antes y después de su conversión a la Iglesia católica de Roma un verdadero Sir y caballero inglés universal opuesto a todos los sectarismos religiosos cristianos.

III. MOTIVO Y SIGNIFICADO DE LA APOLOGÍA PRO VITA SUA

            Hablando ahora de la Apologia pro vita sua del cardenal Newman, resulta inevitable pensar en otras obras emblemáticas similares, escritas por personajes célebres. ¿Por qué escribieron sus memorias o recuerdos? ¿Por qué pusieron tanto interés en que la posteridad conociera los entresijos de su existencia terrenal? A nadie le sorprende que haya actualmente personas famosas en el campo del arte y de la política que escriban sus memorias para descargar la mala conciencia de recuerdos y pesadillas torturantes por motivos económicos o simplemente literarios y de autocomplacencia económicamente rentables. O por motivos nobilísimos y admirables también pero asentados en formas erróneas de enfocar las experiencias del amor humano, como pudiera ser el caso reciente del ilustre filósofo español Fernando Savater[1].
            Dado que la Apología pro vita de Newman ha sido comparada con las Confesiones de S. Agustín, parece oportuno hacer algunas matizaciones sobre la obra autobiográfica del Hiponense.
            Las Confesiones de S. Agustín, (al que Newman menciona como teólogo que influyó profundamente en el pensamiento y vida de la Iglesia occidental sin jamás creerse él infalible), son una autobiografía, sin duda, pero mucho más un canto de acción de gracias a Dios por la maravillas de su misericordia para con él, llevándole siempre de su mano providencial como hilo conductor de su jadeante peregrinar en busca de la verdad suprema encarnada en Cristo. Las Confesiones de S. Agustín  son la historia íntima de una búsqueda azarosa y un encuentro feliz del autor con Dios.
            En los escritos de S. Agustín hay numerosas referencias autobiográficas, sobre todo en los sermones y en su correspondencia epistolar. Pero donde se manifiesta más su intimidad y transparencia personal es en las Confesiones. En el comienzo de la obra indica ya el hilo conductor de toda ella: “Fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te” (Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti).
            Agustín quiere narrar su trayectoria personal, proclamando lo que la bondad de Dios y su gracia hicieron de él sin merecerlo. No escribe pues para auto-justificarse de nada mal hecho, o para hacer gala de sus pecados sino para hacer comprender a los lectores que por infame que pudiera haber sido su vida, la acción de Dios le permitió superar todas sus miserias humanas. No se trata de una confesión narcisista de pecados sino de una confesión-proclamación pública de la grandeza y bondad de Dios. S. Agustín, por tanto, escribió sus Confesiones motivado por un deber de conciencia de confesar-proclamar las misericordias del Señor, como un veterano salmista cuyas experiencias desagradables y agradables de la vida le impulsaban a suplicar a Dios perdón y misericordia para el errático pueblo de Israel[2].
            Demos ahora un salto del siglo V al siglo XV para preguntar a Pío II por qué y para qué escribió él sus Commentarii rerum mirabilium... o Memorias. Su respuesta es breve y sincera a más no poder. ¿Por qué su empeño en buscar la gloria y la fama de un buen recuerdo escribiendo unas Memorias? Pregunta a la que responde con brevedad y sinceridad: “La fama y la gloria estimulan al hombre y recrean su alma. Sobre todo recrean el alma del Romano Pontífice, vituperado por casi todos mientras vive y alabado cuando muere. Conocí personalmente a los últimos cuatro Papas Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y Calisto III: todos sin excepción alguna fueron condenados por el pueblo cuando vivían, y ahora que están muertos, son aclamados. Los Vicarios siguen la suerte de su Señor”.
            Y continúa: “La lengua insidiosa que no descansó con tantos Vicarios de Cristo  y aún con el mismo Cristo, tampoco reposa conmigo: me siento acusado y maldecido. Probablemente cuando haya muerto, y no pueda regresar entre ellos, seré alabado. Mientras tanto, escribiré la historia de mi Pontificado, precedida de lo que hice antes de llegar aquí. Quisiera poder terminar el trabajo que ahora comienzo con una frase que escribí hace años: Scripsi, non finxi. Res acta es”. O lo que es igual: Escribí, no imaginé; las cosas que he contado sucedieron así en realidad. Y remata la faena con estas palabras: “Cuando yo muera, espero que sea reproducida esta autobiografía que empiezo a escribir ahora. Entonces tú, que algún día leerás mis páginas, recíbelas con buen talante, y conoce la verdad de Eneas Silvio Piccolomini primero, y del Pontífice Máximo Pío II, después”.
            Pío II escribió sus Memorias para curarse en salud diciéndonos él mismo cómo fue su frívola vida de juventud y su gestión madura como Papa[3].
            Pero hablando de las Memorias de Pío II, parece obligado recordar aquí  también a Benedicto XVI. Últimas conversaciones con Peter Seewald.  Por el contenido de la obra se trata de unas Memorias en toda regla. Pero no fueron motivadas por el deseo expreso de escribirlas por parte del Benemérito Papa, que Dios guarde durante muchos años. Fueron escritas porque un periodista sagaz consiguió ganarse la confianza del autor para tirarle de la lengua durante mucho tiempo con el fin de escribir un libro sensacional por su cuenta sobre el Pontífice germano, su compatriota. Al cabo del tiempo el periodista pensó que el resultado de sus entrevistas con Benedicto XVI estaban ya maduro para ser publicado como autobiografía del Pontífice haciendo un balance de su vida personal y de su pontificado. Propuso la idea a su entrevistado y se publicaron sin dificultad.
            ¿Habría escrito alguna vez Benedicto XVI sus Memorias por propia iniciativa?  No se lo he preguntado a él pero me atrevo a decir que lo más probable es que no. Por ello siempre habrá que agradecer al periodista Peter Seewald el haber conseguido que lo hiciera[4].
            Lo mismo que S. Agustín, también J.J. Rousseau (1712-1778) escribió sus Confesiones, que quedaron incompletas por el asalto de la muerte a la vida del autor. ¿Por qué y para qué las escribió? Nos lo dijo él mismo: ”Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen.
            Sino soy mejor, al menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente: He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que puso haberlo sido, más nunca lo que sabía que era falso.
            Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He descubierto mi alma tal como Tú has visto, ¿Oh Ser Supremo! reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis flaquezas y se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad, y que después que alguno se atreva a decir en tu presencia: Yo fue mejor que ese hombre”.
            Rousseau habla de sus Confesiones, como S. Agustín, y en ellas de su vida con la misma sinceridad y franqueza que Pío II. Pero Rousseau es un cristiano católico sólo por cultura sin fe en un Dios personal. Es un ateo cuyo Dios es la Naturaleza y a ella somete el juicio final sobre su vida para curarse en salud ante la opinión de los hombres sobre su modo de ser y comportarse en la vida. Confiesa conocerse a sí mismo y la condición humana mejor que nadie y reta a quien se ofrezca a ello, a presentar una forma de vivir mejor que la suya. En el trasfondo de su relato subyace subliminalmente un desafío a que quien crea haber llevado una vida mejor que la suya, tire contra él la primera piedra[5].
            En el polo opuesto cabe destacar aquí las Memorias de Dolores Hart. Nos hallamos ahora ante una estrella de cine que viaja From Hollywood To Holy Vows. ¿Qué movió a esta gloriosa estrella de Hollyood a escribir sus Memorias?
            Aunque había escrito muchas páginas en un diario privado, no consta que las escribiera con la intención de hacerlas algún día públicas. Por otra parte, en 1982 su amiga Patricia Neal estaba escribiendo su autobiografía con la ayuda del que fuera fotógrafo oficial de Dolores Hart durante su carrera artística en Hollyood. Existía entre ambos una amistad entrañable y confianza mutua, hasta el punto de que este hombre, Dick DeNeut, fue quien, durante la toma del hábito monacal de la estrella de cine, tuvo en sus manos el velo monástico para ponérselo.
            Pasó el tiempo y cuando la Comunidad benedictina de Regina Laudis la pidió que escribiera su historia, pensó inmediatamente que necesitaba de la ayuda de Dik DeNeut para poderlo hacer. Su trabajo comenzó con muchas limitaciones. Por una parte, él vivía en Los Ángeles, California, y ella, en un claustro de monjas benedictinas en Bethlehem, Connecticut. Cuando llegaba Dik Dolores quedaba dispensada de sus obligaciones como priora del monasterio y otros compromisos para que se dedicara intensamente a preparar el texto de las Memorias con la ayuda de su antiguo fotógrafo Dik.
            En este texto Dolores Hart ofrece detalles minuciosos de su vida con el único propósito de responder a una pregunta que ella misma se había hecho muchas veces: How could I throw away a promising acting career for monastic life of a cloistered nun? ¿Cómo había podido ella abandonar una prometedora carrera artística en Wollyood para encerrarse en un monasterio de monjas de clausura? Ella siempre aspiró desde su niñez a ser una actriz. Pero contra sus deseos artísticos más nobles y ardientes, confiesa: “I was called by God”. El objeto de Dolores Hart con sus Memorias es explicar cómo la llamada persistente de Dios pudo más que todos sus deseos de gloria y felicidad a través del arte sensacional en el paraíso del cine en Hollywood[6].
            Por último, recordemos el motivo principal que el recién canonizado John Henry Newman tuvo para escribir sus Memorias o apología pro vita sua. Y nunca mejor dicho “apología”, en lugar de memorias, como se verá a continuación.          
            El año 1864, retirado él ya como un simple private priest del mundanal ruido, el polémico Charles Kingsley la emprendió contra el clero católico y el propio Newman en persona. Según el cañonazo crítico del dialéctico enemigo, la religión católica hace peores a los hombres y la verdad no había sido nunca una virtud del clero católico. Y como prueba de ello puso de ejemplo al Padre Newman. Fue entonces cuando éste decidió romper su silencio para responder cumplidamente al Dr. Kingsley. Primero intentó pararle los pies epistolarmente pidiéndole que indicara en qué textos suyos publicados había encontrado base para decir las cosas que había dicho contra él. Pero al Dr. Kingsley le sentó mal el golpe y respondió con el denigratorio libelo difamador “Mr. Kingsley`s Hethod of Disputation”, como lo bautizó benignamente nuestro protagonista recién canonizado.
            El P. Newman contesto luego a su calumniador con una serie de siete tracts o folletos que conmovieron a la gente más sensata de toda Inglaterra, lo mismo católicos que protestantes. A Manuel Graña, uno de los mejores traductores de la Apología pro vita sua, no le tembló el pulso cuando dijo que detrás del avieso doctor Kingsley estaban la Iglesia nacional inglesa (el nacional-anglicanismo inglés), el Parlamento, la Universidad y hasta el vulgo protestante, tanto piadoso como descreído.
            Parar los pies al Movimiento de Oxford era para su acusador el último cartucho que quedaba por disparar contra el catolicismo rampante ante un protestantismo de bajo perfil y muy decadente. El paso siguiente a los tracts fue la Apologia pro vita sua. Dentro de este contexto polémico Newman trata de contarnos de forma magistral los trabajos y tormentos que tuvo que soportar hasta culminar felizmente su viaje interior desde el nacional-anglicanismo inglés hasta la Iglesia de Roma, madre espiritual de todos los cristianos bajo el servicio unitario y caritativo de su Obispo histórico, el Papa, sucesor histórica y teológicamente legítimo del mismísimo S. Pedro.
            El relato que Newman ofrece de su itinerario interior e intelectual es un ejemplo admirable de honestidad y respeto a la libertad de conciencia en su camino hacia el catolicismo, a la vez que de respeto y estima sincera hacia el anglicanismo del que procedía y había marcado el perfil de su personalidad desde la infancia. No sin razón esta obra fue considerada como obra cumbre de la literatura autobiográfica universal y de la inglesa en particular. Para su autor supuso la anhelada oportunidad de defenderse frente a la incomprensión y el rechazo que había causado en Inglaterra su conversión al catolicismo. No, él no había sido un hipócrita aparentando ser un anglicano de cuerpo entero de cara a la galería y al mismo tiempo un traidor en su vida privada marchándose cautelosamente por los cerros de Úbeda de la Iglesia de Roma. Nada de eso. Fue fiel a su conciencia y a la luz recibida de la teología patrística con profundo respeto por todo aquello que de bueno y noble había aprendido de la Iglesia anglicana.
            Pero tratar de convencer a sus acusadores de esta realidad era un riesgo. Dentro de este contexto se comprende fácilmente el tenor de estas sus palabras: “Es fácil suponer cuán grande será para mí el riesgo de escribir mi propia biografía, pero no debe arredrarme la empresa. Las palabras mi secreto para mí siguen resonando en mis oídos; los hombres, sin embargo, según se van aproximando al fin de su vida, menos temen las revelaciones. No es la mayor parte de mi riesgo el prever que mis amigos, a la primera lectura de lo que escriba, pueden considerarlo de poco interés para mi propósito; más no puedo menos de pensar que, considerado en su conjunto, producirá el efecto que yo me propongo”.
            Por otra parte, no se lamenta por la descarga de misiles dialécticos del Dr. Kingsley contra él. Al contrario, aprovecha con gusto la oportunidad para leer en vida las peores cosas dichas en su contra y responder con satisfacción a las mismas. Mejor que el francotirador haya disparado sus furias contra él en vida que después de muerto[7].

IV. INFALIBILIDAD DE LA IGLESIA

            Newman trató el tema de la infalibilidad (indefectibilidad) de la Iglesia en diversas ocasiones desde su plataforma anglicana original primero y después de su conversión a la Iglesia católica. Como escritos emblemáticos de estas dos épocas cabe destacar dos de ellos: Essay on the Development of the Christian Doctrine, en 1845; y A Letter Addressed to the Duke of Norfolk, en 1877. En este último afirma abiertamente que él había siempre creído en la doctrina de la infalibilidad pontificia pero que temía que el pronunciamiento del Concilio Vaticano I sobre este tema podría constituir un obstáculo importante para las conversiones a la fe católica de Roma.
            El año 1854 tuvo lugar la proclamación del dogma de la Inmaculada y en el 1870 el de la infalibilidad del Romano Pontífice en el único y precipitado documento que salió de este Concilio, con el título Constitución dogmática Pastor Aeternus. A nadie se le oculta que un anglicano convertido al catolicismo de la Iglesia de Roma no podía quedar indiferente ante la declaración de ambos dogmas por Pio IX. Tanto más cuanto que en los ataques por lo bajo del beligerante anglicano Charles Kingsley, que obligaron al P. Newman a escribir sus Memorias, el tema de la infalibilidad de la Iglesia estaba en pleno apogeo. De hecho, el apéndice de la obra está dedicado a responder detalladamente a las acusaciones del Dr. Kingsley con el tema de la infalibilidad de la Iglesia de fondo. Baste indicar el sumario de los temas que desarrolla en su defensa:
            Defensa propia y de la Iglesia; poder corrosivo del pensamiento; la infalibilidad de la Iglesia; la infalibilidad en sí; autoridad y juicio privado; límites de la infalibilidad; la Inmaculada Concepción; otra observación (sobre la infalibilidad del Papa y del concilio); la gran prueba de la razón; actos prácticos de la Iglesia; las dificultades de la ciencia; la infalibilidad y las controversias; la infalibilidad de los individuos; libertad para la investigación.
            En todos estos casos el sujeto de la infalibilidad, según Newman, es la Iglesia. Y la Iglesia católica de Roma, no la anglicana, como pensaba antes de su conversión. Que la Iglesia tenga una autoridad con categoría de infalible en determinadas situaciones históricas es una necesidad.
            Después de un análisis crítico de la dramática situación religiosa a la que se había llegado ya en su tiempo en la Europa cristiana, escribe: “la necesidad de alguna forma de religión para los intereses de la Humanidad, ha sido generalmente reconocida. ¿Pero dónde está el representante concreto de las cosas invisibles, que pueda tener la fuerza y la efectividad necesarias para poner un dique a este diluvio?
            Tres siglos hace que el establecimiento de una religión material, legal y social, fue adoptaba generalmente como el mejor remedio para este propósito, en aquellos países que se separaron de la Iglesia católica. Durante un largo tiempo se logró el propósito, pero ahora las fallas de estos edificios dan entrada a los enemigos.
            Hace treinta años se confiaba en la educación; hace diez años había esperanza de que las guerras cesasen para siempre, bajo la influencia de las empresas comerciales y el reinado de las artes bellas y útiles. ¿Pero quién se atreverá a decir que hay en alguna parte de la tierra algo que nos dé un apoyo para contener este movimiento vertiginoso del mundo? El juicio que nos da la experiencia acerca de las instituciones o de la educación, como medios de mantener la verdad religiosa en este mundo anárquico, debe extenderse hasta la Escritura, aunque la Escritura sea divina. La experiencia demuestra que la Biblia no sirve para un propósito para el cual no fue creada. Puede ser circunstancialmente el medio de conversión para algunos individuos; pero un libro, después de todo, no puede hacer frente al salvaje y vivaz entendimiento del hombre, y hoy se comienza a demostrar que, por lo que se refiere a su estructura y contenido, el poder de este disolvente universal, que tan eficazmente obra sobre las instituciones religiosas”.
            Como antídoto contra este disolvente corrosivo universal Newman consideraba necesaria la voz infalible de la Iglesia: “Suponiendo, pues, que sea voluntad del Creador intervenir en los asuntos humanos y tomar medidas para que permanezca en el mundo el conocimiento de Él, tan definido y distinto que sea prueba contra la energía del humano escepticismo, en este caso, y estoy lejos de decir que no haya otro camino, nada puede sorprender a nuestro espíritu que Él pensase convenientemente introducir un poder en el mundo, investido de la prerrogativa de la infalibilidad en materia religiosa. Esta medida sería un medio directo, inmediato, activo y pronto de hacer frente a la dificultad, y sería un instrumento apto para la necesidad.
            Por tanto, cuando veo que esta es la verdadera pretensión de la Iglesia católica, no solamente no encuentro dificultad alguna para admitir la idea, sino que encuentro en ella una aptitud y oportunidad que se recomiendan a mi espíritu. Así, me veo obligado a hablar de la infalibilidad de la Iglesia como un medio o provisión adoptada por la misericordia del Creador, para conservar la religión en el mundo y restringir la libertad de pensamiento, que naturalmente en sí misma es uno de los grandes dones de nuestra  naturaleza, y librarla de sus propios excesos suicidas”.
            Luego explica el alcance de esta convicción suya, que nada tiene que ver con la ingenuidad de pensar que hay que creer en cualquier capricho eclesiástico cubierto con el paraguas de la infalibilidad de la Iglesia. Nada de eso. “En primer lugar, la doctrina inicial de un maestro infalible (la Iglesia) debe ser una protesta enérgica contra el actual estado de la Humanidad. El hombre se ha rebelado contra su Creador. Esto produjo la intervención divina. Y proclamarlo, debe ser el primer acto del mensajero divinamente acreditado. La Iglesia debe denunciar esta rebelión como el mayor de todos los males posibles. No debe darle cuartel. Si quiere ser fiel a su Maestro, debe proscribirlo y anatematizarlo. Este es el sentido de una afirmación mía que ha dado materia para una de esas acusaciones a las cuales estoy respondiendo ahora”.
            Según nuestro protagonista recién canonizado, la infalibilidad de la Iglesia se impone por voluntad de Dios y por la necesidad de que haya una autoridad religiosa y moral que evite la rebeldía contra el Creador. ¿Pero qué decir de la infalibilidad del Romano Pontífice (del Papa), tal como fue definida en la Constitución dogmática Pastor Aeternus del Vaticano I?
           
V.  INFALIBILIDAD DEL ROMANO PONTÍFICE

            La postura del entonces ya converso P. Newman podríamos  describirla brevemente del siguiente modo.
            Los rumores de que el Concilio  Vaticano I podría definir la infalibilidad del Romano Pontífice fueron motivo suficiente para escribir dos cartas en el mismo día expresando sus temores y reservas. Una, dirigida al Obispo Moriarty of Kerry con fecha 28 de enero de 1878, en la cual le decía entre otras cosas:
             “¿Qué herejía exige hoy una decisión de esa naturaleza? ¿Qué hemos hecho ahora nosotros para que no puedan dejarnos solos? Hasta ahora, las definiciones de fide se producían por alguna grave necesidad, no como un fervorín devocional. Esos que sostienen ese proyecto, ¿han tenido para nada en cuenta las almas de sus hermanos? Las ranas dicen a los chavales que les tiran piedras: “Es divertido para vosotros pero es la muerte para nosotros”. ¿Dónde están ahora Arrio y Nestorio, cuyas herejías generaron la necesidad de que la Iglesia hablara?”[8]
            Y en el mismo día (28/I/1878) a su Obispo Ordinario Ullathorne of Birmingham: “Roma debería ser un nombre para iluminar el corazón de todos los tiempos y el oficio propio de un Concilio, cuando alguna gran herejía u otro peligro amenaza, consiste en inspirar esperanza y confianza en los fieles... pero ahora tenemos poco más que miedo y desconsuelo...No hay ningún peligro amenazador que rechazar pero se va a producir una gran dificultad. ¿Es este el trabajo propio de un Concilio Ecuménico? ¿Qué hemos hecho para ser tratados ahora como no lo fueron los fieles anteriormente? ¿Cuándo una definición de doctrina de fide fue un lujo devocional, y no una necesidad dolorosa? ¿Por qué se ha de permitir que una facción de insolentes agresivos “haga llorar el corazón de los justos, a quienes el Señor no hizo tristes?”[9].
            Con fecha 12 de abril 1870 escribió al Provincial de los jesuitas estas alarmantes palabras: “Ustedes están yendo demasiado deprisa en Roma. Piense en lo despacio y cautelosamente que procedieron ustedes en la definición de la Inmaculada Concepción, cuántos pasos fueron dados, cuántos siglos hubieron de pasar para que el dogma estuviera maduro. Nosotros no estamos todavía maduros para la infalibilidad del Papa”[10].
            Pero atención a lo que sigue. El 18 de julio de mismo año la Pastor Aeternus vió la luz y los rumores del principio se convirtieron en realidad. Frente a este hecho ya consumado, el P. Newman escribió una carta célebre a Lady Chatterton en la que le dijo lo siguiente: “Yo mismo he sostenido siempre la infalibilidad del Papa desde que soy católico, pero igualmente he tenido para mí que otros tengan el derecho, si les place, de negarla”[11].
            En cualquier caso, había un problema de fondo nada baladí. La forma abrupta en que terminó el Concilio, justo la víspera de que estallara la guerra franco-prusiana, y el hecho de que 88 obispos se marcharan para no votar a favor del texto final de la Pastor Aeternus, hizo pensar a muchos, incluido el P. Newman, sobre la validez del documento conciliar. Algunos analistas de la situación dudaron incluso de que durante los debates conciliares hubiese existido la suficiente libertad para todos de forma que hubiera que aceptar ciegamente la infalibilidad papal como una verdad reconocida por la Iglesia universal.
            En una carta al Obispo Clifford, fechada el 12 de agosto, apenas un mes después del inesperado acontecimiento, le decía que si los obispos opuestos a la infalibilidad pontificia, abierta o tácitamente aceptan esa doctrina dada por supuestamente válida entre todos los católicos, él no tenía inconveniente en pensar que dicha doctrina había sido definida por el Concilio. En cuyo caso, habría que tomar dicha definición como la voz de la Iglesia aclamando la infalibilidad pontificia.
            El P. Newman era consecuente con el principio de que securus iudicat, o sea que la aceptación general, el juicio de la Cristiandad, es la última garantía de que una verdad ha sido revelada. Esto queda claro en su carta dirigida a Ambrose De Lisle, fechada el 4 de julio de 1870, cuando las castañas del Concilio estaban todavía calientes y las de la guerra franco-prusiana empezaban a arder y dispararse como balas.
            Ahora bien, si de hecho no hubo unanimidad episcopal, al menos moral, ¿es válida dicha definición? ¿Depende esto de que la unanimidad, al menos moral, sea o no necesaria para la validez? Su respuesta a esta pregunta de momento es afirmativa. Piensa que sí, que esa unanimidad, al menos moral, es necesaria. Como botón de muestra remite a Pío IV, el cual, según él, puso gran énfasis en la unanimidad de los Padres conciliares (“As the present advised, I think it is, certainly Pius IV lays a great stress on the unanimity of the Council of Trent”).
            Pero sucedió que un grupo de obispos de gran carácter representando a un número importante de fieles, protestaron abiertamente por la definición de infalibilidad, y el P. Newman empezó a tener también sus dudas. A medida que por diversos motivos prácticos se fueron calmando los ánimos y algunos de esos obispos fueron resignándose y aceptando aunque fuera a regañadientes la definición de infalibilidad, su convicción de que tenía categoría conciliar se consolidó. Pero sin olvidar nunca que Newman estuvo siempre muy lejos de las tácticas de los ultramontanos fanáticos de la infalibilidad pontificia durante el Concilio, así como de sus estrategias pastorales en sus respectivas diócesis. Baste recordar un par de textos al respecto.
            El día 2 de enero del 1871, después de casi cinco meses de escandalosa algarabía posconciliar, escribió una carta a Mrs. Froude, en la que confiesa que “nada nuevo sobre el Papa que él no haya sostenido antes, pero que es imposible negar que el texto (Pastor Aeternus) se ha dado con imperiosa y avasalladora arrogancia causando gran escándalo, y que él no piensa que los rayos y centellas sean un signo de aprobación. Esta alusión a los rayos y centellas tiene como trasfondo la tormenta estrepitosa que se produjo en Roma durante la sesión en que se aprobó el texto, y que algunos fanáticos ultramontanos interpretaron como un signo de condena a los que no votaran a favor de la infalibilidad[12].
            Pero antes, el día 1 de noviembre del 1870, había escrito una segunda carta al Obispo Mariarty en términos contundentes contra los fanáticos de la infalibilidad pontificia. La verdadera crueldad de cierta gente, de la que el P. Newman se lamenta, es que ellos no dejan tiempo a la gente para pensar. Con tiempo por delante y despacio, entrarían en razones. Pero cuando se apunta a la cabeza de una persona con una pistola y se la exige que crea esta doctrina (de la infalibilidad) lo mismo que en el misterio de la Santísima Trinidad, bajo pena de ir por la vía rápida a las calderas de Pedro Gotero, se le corta la respiración y no puede responder. Suplica angustiosamente que le den tiempo para pensar pero sus confesores responden: No, ni una hora más o te vas al infierno. Queremos cribar en el cuerpo Católico a todos los católicos de medias tintas[13].

VI. ACTITUD PASTORAL DEL P. NEWMAN
           
            Desde el año 1845 en que apareció su famoso Essay on the Development of Christian Doctrine, donde el tema de la infalibilidad de la Iglesia fue un tema estrella, hasta la celebración del Vaticano I, Newman trató el tema en repetidas ocasiones en sus escritos teológicos. Pero a raíz de la Pastor Aeternus en 1870, tuvo especial relevancia su famosa carta al Duke de Norfolk en 1875[14].
            Ante el hecho consumado de la Pastor Aeternus, cuál fue la actitud pastoral operativa del P. Newman para salir al paso de la confusión que se había creado entre los laicos de su entorno después de la publicación oficial de esta definición dogmática?
            Primero explicaba el texto centrando la atención en el “Ex cathedra” o cláusula restrictiva del mismo para salir al paso de los excesos pretendidos por los ultramontanos fanáticos, dejando al Papa en un segundo o tercer plano. Y luego, por encima de todo, recomendaba resignación y paciencia cristianas, convencido de que con el tiempo las aguas volverían a su propio cauce.
 “Let us be patient: the turn of things may not take place in our time; but there will be surely, sooner or later, an energetic and stern nemesis of imperious acts, such as now afflict us” (To H. Loyson on 24 Nov. 1870).
            Pero ante el hecho consumado de la Pastor Aeternus, confesaba su impotencia para hacer otra cosa que no fuera la actitud de resignación ante Dios omnipotente como camino obligado. El Concilio no puede forzar e imponer las cosas, y la voz de los teólogos de toda la Iglesia terminará haciéndose oír algún día, de forma que los instintos e ideas sean debidamente asimilados y armonizados entre las creencias de la Cristiandad y de la tradición viva de los fieles, que en el momento presente algunos quieren imponer a los demás[15].
            Más aún. La definición, según Newman en la misma carta, tuvo lugar fuera del tiempo que le correspondía de acuerdo con el orden programático del Concilio. De hecho, estaba previsto que el asunto de la Pastor Aeternus sería abordado ciertamente, pero después de haber debatido antes el tema de los poderes de la Iglesia. Si se hubiera respetado ese orden establecido, posiblemente la Pastor Aeternus no habría salido como salió.
            En cualquier caso Newman insiste en que se mantenga la calma con paciencia y la ayuda de Dios para no poner las cosas peor. Tengamos fe y paciencia, aconsejaba a Miss Holmes el 15 de mayo de 1870[16].
            Por lo demás, el P. Newman estaba convencido de que el Concilio Vaticano I estuvo dominado por los “ultras” ultramontanos más papistas que el Papa, y su temor de que una propuesta de infalibilidad pontificia desorbitada pudiera resultar aprobada en el Concilio terminó siendo una realidad dolorosa para él. Pero le brindó también la ocasión propicia para matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, demostrar públicamente la sinceridad de su conversión contra la acusación de hipócrita contra él, subyacente en todo el alegato del Dr. Kingsley, y por otra, confirmar la necesidad de oír la voz de la recta conciencia personal para salir airosos en medio de las dificultades y dudas que asaltan durante la vida humana en general y cristiana en particular. Y todo ello sin rencor ni resentimiento, como un verdadero Sir o caballero inglés donde los haya. Así nació su Apología pro vita sua, cumpliéndose en su caso aquello de que no hay mal que bien no venga.

            VII. REFLEXIONES FINALES

            Después de lo dicho parece ahora obligado hacer algunas reflexiones, breves pero sugestivas, mirando al futuro del ecumenismo y el respeto a la recta conciencia personal en nuestras relaciones con las autoridades eclesiásticas, sin olvidar algunas anécdotas pastorales de menor calado teológico pero no por ello menos importantes.
            El pensamiento del cardenal Newman sobre su testimonio teológico y personal en materia de ecumenismo estuvo presente en muchos de los teólogos que participaron en el Concilio Vaticano II y en la polémica dialéctica desatada después por Hans Küng sobre la infalibilidad pontificia. Se ha dicho incluso que el cardenal Newman fue, con su pensamiento y actitud personal, uno de los inspiradores del concilio Vaticano II. Por su parte, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI no escatimaron referencias a él como maestro ejemplar de teología ecuménica y de fidelidad a la Iglesia con libertad de pensamiento y de conciencia.
             A lo largo de la historia de la Iglesia, sobre todo desde el siglo IV, ha existido lo que metafóricamente podíamos llamar una balanza o romana eclesiástica con dos platillos competitivos dentro de la Iglesia: El papismo y el conciliarismo. El primero se refiere a aquellos cristianos de los que se dice peyorativamente que son “más papistas que el Papa”. El segundo platillo se refiere a aquellos que son acusados de ser más episcopales que los Obispos. O lo que es igual: Hay quienes son más papistas que S. Pedro y quienes son más episcopales que el resto los Apóstoles.
            En el escandaloso conciliábulo de Basilea, por ejemplo, predominó el conciliarismo sin éxito posterior destacable. En el Vaticano I, predominó el papismo, con escándalo inmediato pero sin pena ni gloria después hasta nuestros días. En el concilio Vaticano II predominó la sensatez y el sentido común nivelando el fiel de la balanza con la puesta en marcha de las nuevas Conferencias Episcopales. Pero oigamos a Pío II (1458-1464) hablar del conciliarismo de Basilea. Él fue líder destacado del conciliarismo antes de ser Papa, y es interesante recordar la versión del mismo que nos ofrece en sus Memorias o Commentarii rerum memorabilium quae temporibus sui contingerunt. Esto nos ayudará a entender mejor la postura ecuménica de Newman entre estos dos extremos.
             Eneas Piccolomini, futuro Pío II, todavía al servicio particular del cardenal Albergati, reproduce textualmente esta declaración de su jefe: “Nuestra presidencia en el Concilio como legados pontificios es ficticia, no real. Estos locos están empeñados en arrancar de las manos del Romano Pontífice la administración material de los bienes, y su cacareada reforma se reduce a convertir el gobierno de la Iglesia en una república con participación de todos”.
            Huelga decir que de lo que se trataba principalmente no era de cuestiones teológicas o de algún tipo de reforma ejemplar de la vida de los cristianos todos, autoridades y súbditos, sino de gobernar de forma autoritaria o democrática los Estados Pontificios. Y el cardenal Tommaso Sanzano de Parentucelli echó leña al fuego con estas palabras: “¿Qué Concilio recomendáis con tanta vehemencia? ¡Nadie que esté en sus cabales se atreverá a decir que aquí se está celebrando un Concilio o una Asamblea de sacerdotes! ¡Hombres malvados, esclavos del demonio! ¡Lo que formáis no es un Concilio, sino una sinagoga de Satanás!”
             Inmediatamente el cardenal Parentucelli fue detenido y encarcelado, si bien fue puesto luego secretamente en libertad, gracias a la intervención del cardenal Giuliano Cesarini. Dice Pío II que en Basilea se cantaba esta coplilla crítica compuesta por un alemán: “Ya Roma desprecia las redes con que San Pedro pescaba peces. Hoy con las redes romanas se pescan ciudades, oro y plata”. Más claro, agua. El dinero de los Estados Pontificios estaba por encima de la teología y de la reforma espiritual de la Iglesia, que era lo que muchos dramáticamente esperaban de los Papas, Obispos y Concilios de aquellos tiempos. Pío II no tiene pelos en la lengua para decir que el incidente cismático de Basilea “saltó a propósito del dinero”, y lo explica con claridad meridiana[17].
             Es obvio que en el Concilio Vaticano I los problemas de la Iglesia fueron planteados desde una perspectiva esencialmente teológica y no económica y política. Pero tampoco hay que olvidar la presencia solapada del galicanismo nacionalista y el final de los Estados Pontificios.
            Así las cosas, ¿puede decirse que era la Constitución dogmática Pastor Aeternus la respuesta más adecuada a esa situación de rebeldía intelectual generalizada contra la doctrina social de la Iglesia y el derrocamiento de los poderes temporales de los papas desde la edad media hasta aquel momento? No. Esto está muy lejos de la teología ecuménica de Newman, antes y después de su conversión al catolicismo.
            Una aclaración importante. Sus temores iniciales a la posibilidad de que surgiera un texto del tenor de la Pastor Aeternus y su posición contraria a la declaración del dogma no implicaban oposición a su verdad. Igualmente,  pensaba que el poder temporal del Papa era un hecho histórico pero que no pertenecía para nada a la esencia de la doctrina católica. Newman preveía que de esa situación confusa había que salir con una renovación de la Teología en la Iglesia.
            Esa actitud frente a la Pastor Aeternus es lo que dio pie a que Ignaz von Döllinger, como dije más arriba, le invitara a que se expresara públicamente contra el Concilio. Pero no sabía el furibundo antipapista con quién trataba. Newman rehusó el ofrecimiento y se mantuvo siempre lejos de los extremismos y excesos de los católicos liberales de aquella época, los cuales se oponían rabiosamente  de forma ciega e indiscriminada a la Sede de  S. Pedro.
            Desde el punto de vista ecuménico, puede decirse que John Henry Newman fue un teólogo de pura cepa anglicana que buscó a su verdadera madre eclesial hasta que la encontró y se fue a vivir en su casa con ella, dejando a la madre adoptiva anglicana en la que había nacido y crecido, olvidándose al mismo tiempo de los malos tratos recibidos y agradeciendo también los buenos cuidados recibidos. Su emigración espiritual fue un viaje de feliz término en la casa de la Madre Iglesia verdadera guiado por la teología de los Santos Padres, la reflexión teológica sincera y la pequeña luz de su propia conciencia.
            En su famosa “vía media” no tuvo éxito y la abandonó. Pero ojo al parche. En realidad lo que hizo fue cambiar de estrategia sin abandonar su búsqueda teológica de la Iglesia Madre realmente católica y universal. En un principio trató de establecer un puente de unión desde el nacional anglicanismo inglés con la Iglesia de Roma, las iglesias ortodoxas y los protestantes del continente europeo. Pero poco a poco, pelea teológica tras pelea, se fue dando cuenta de que el punto de partida debía ser la Iglesia apostólica y universal de Roma como heredera mayor del legado evangélico de Pedro, y no el anglicanismo, que empezó a compararlo con algunas de las primeras herejías del cristianismo.
            Newman fue primero católico anglicano, y después católico romano convencido, formando parte de la Iglesia universal con raíces en el Evangelio y en los Santos Padres alejandrinos y antioquenos, así como en Roma, en Bizancio y posteriormente con todos los protestantes europeos, incluido el anglicanismo, de cuya cepa había sido un sarmiento agraz hasta que se dio cuenta de ello.
            Se comprende fácilmente que en el estado desganado y formalista en que actualmente se encuentra el idílico proyecto ecuménico entre las diversas confesiones cristianas, el cardenal Newman, S. John Henry Newman, sea considerado ya por algunos como un candidato próximo para recibir con toda razón el título de Doctor de la Iglesia y de la recta conciencia humana como eco de la voz de Dios.
            Por lo demás, sus temores a que la Pastor Aeternus se convirtiera en un obstáculo importante para que continuara el goteo normal de conversiones a la Iglesia de Roma se confirma actualmente en el desarrollo del ecumenismo. Lo mismo por parte protestante como católica y ortodoxa se reconoce hoy día que la definición dogmática sobre la infalibilidad del Romano Pontífice es como un canto rodado en el camino del diálogo ecuménico con el que antes o después se tropieza siempre. Juan Pablo II pidió en su día sugerencias para obviar ese obstáculo y yo creo que S. John Henry Newman puede ser un referente ejemplar para encontrar la forma más honrosa para salir todos del atolladero.
            En esta misma línea se encuentra su respeto incondicional a la conciencia humana como eco íntimo de la voz de Dios. La rectitud de conciencia fue siempre el hilo conductor que aplicó con éxito indiscutible a su forma de sentir, pensar y actuar con relación a la Pastor Aeternus. El tema es fascinante, pero en este momento sólo quiero destacar aquí las cosas que dice en su novela Calista y la célebre Carta al Duke de Norfolk.
            La obediencia a la conciencia natural puede ser un preludio de la obediencia a la revelación divina. En Calista: “Siento que Dios está dentro de mi corazón. Me siento en su presencia. Él me dice: 'Haz esto: no hagas eso'. Puede decirme que este dictado es una mera ley de mi naturaleza, ya que es de alegría o de duelo. No puedo entender esto. No, es el eco de una persona que me habla. Lleva consigo pruebas de su origen divino. Mi naturaleza se siente hacia ella como hacia una persona. Cuando lo obedezco, siento satisfacción; cuando desobedezco, un dolor, como el que siento al complacer u ofender a un amigo venerado. Un eco implica una voz; una voz un orador. Ese orador que amo y temo”.
            En la Carta al Duke de Norfolk explica de quién es esa voz. “La conciencia no es un egoísmo a largo plazo, ni un deseo de ser coherente con uno mismo. Es un mensajero de Él, quien, tanto en naturaleza como en gracia, nos habla detrás de un velo, y nos enseña y nos gobierna por medio de Sus representantes. La conciencia es el Vicario aborigen de Cristo”.
            Por el contrario, hablar de luces internas y voces extrañas tiene un sentimiento decididamente gnóstico o incluso psicótico. Si escuchamos voces que nadie más puede escuchar, ¡probablemente deberíamos ver a un médico o un exorcista! Y si la conciencia fuera realmente una voz fuera de nuestro razonamiento, no jugaría ningún papel en la filosofía moral y podría sugerir una doble verdad en la teología moral: mi razonamiento práctico meramente humano me dice que haga X, pero mi 'voz divina' dice que haga Y, no X.”
            Como es sabido, hasta hace muy poco tiempo se hablaba en los tratados de ética y moral profesional de la cláusula de conciencia como un valor y un derecho que debían respetar todos los sistemas jurídicos. Y la formación de la recta conciencia también para discernir acertadamente entre el bien y el mal, para hacer lo uno y evitar lo otro, era un principio de pedagogía educativa irrenunciable. Pero en esta época de la posverdad rampante en el siglo XXI, la mala conciencia se ha convertido en un referente más aconsejable que la buena, así como la mentira tiene la primacía sobre la búsqueda de la verdad. Pienso que la teoría y práctica del recién estrenado S. John Henry Newman sobre la conciencia humana es un foco de luz en medio de la noche oscura del triunfo de  la mentira y de la mala conciencia.
            En este contexto testimonial cabe recordar también lo siguiente. Como queda dicho y repetido, en 1845 la honorabilidad de Newman fue impugnada por el fanático anglicano Charles Kingsley. Lo cual provocó su famosa Apologia Pro Vita Sua, que es una autobiografía espiritual en toda regla en la que detalla sus problemas de conciencia y responde a las acusaciones de mala fe.
            Pues bien, unos años más tarde el P. Newman habló en contra de un fraile dominico llamado Giacinto Achilli, graduado en la universidad de Oxford.      No he averiguado si este sujeto salió de la Orden de Predicadores por iniciativa propia o fue expulsado por corrupto. Lo que sí sabemos es que se convirtió en un  demagogo anticatólico y tal vez algo más.  Pero fue acusado y parece claro que el juicio de Achilli, fue decidido a partir  de una conferencia que el ya católico P. John Henry Newman dio en Birmingham sobre la posición actual de los católicos en Inglaterra, en la que se refirió a los delitos sexuales de un ex fraile dominico llamado Giacinto Achilli, quien había tenido el hábito de seducir y violar mujeres al por mayor. Así las cosas, el P. Newman fue juzgado y condenado por difamación, a pesar de la abrumadora evidencia de las víctimas del ex - fraile.   
            Para que el P. Newman no fuera a la cárcel, sus elevadas multas y costos judiciales fueron pagados por amigos y admiradores suyos. Pero eso no impidió que recibiera un humillante latigazo del juez sobre su presunto deterioro moral desde que se convirtió en católico. Ese latigazo judicial fue el símbolo de la intolerancia y del fanatismo religioso de muchos protestantes ingleses de aquella época contra la libertad de conciencia para emigrar con dignidad de una confesión religiosa a otra. Cualquier excusa era buena entonces para apalear con calumnias a los católicos, sobre todo a los que se convertían como Newman.
            Pero ya que ha surgido este incidente relacionado con un fraile dominico nada ejemplar, me parece oportuno recordar también que el pensamiento y ejemplo de Newman ha encontrado siempre una gran simpatía y respeto por parte de teólogos dominicos importantes. Contemporáneo de Newman fue, por ejemplo, el Cardenal Filippo Maria Guidi,O.P. Arzobispo de Bolonia. En Mansi 52,740-748 puede leerse la crítica pormenorizada que hizo al texto que luego terminaría convirtiéndose en la Pastor Aeternus. Una enmienda que le costó una bronca soberana por parte del Soberano Pontífice, nunca mejor dicho.
            El P. Newman no tuvo ocasión de conocer ese texto de enmienda del cardenal dominico, pero estoy convencido de que de haberlo conocido, lo hubiera suscrito sin pestañear. Pero había prisa en proclamarlo sin darse cuenta de que se estaba violando la sabia ley del tiempo para pensar reposadamente esos asuntos tan importantes antes de tomar decisiones sin marcha atrás sobre ellos. Ya se lo había advertido el P. Newman en su día al Provincial de los jesuitas. ¿Qué prisas eran aquellas? Iban demasiado lejos hacia una declaración de infalibilidad pontificia a todas luces desorbitada.
             Más recientemente cabe mencionar la simpatía y respeto del P. Yves Congar hacia la persona y pensamiento eclesial del cardenal Newman, sin olvidar la presencia del mismo en los escritos místicos del P. Juan González Arintero y la evolución del dogma del P. Francisco Marín Solá. Por lo demás, en las redes sociales está publicada la magistral conferencia del también dominico Anthony Fisher, Arzobispo de Sidney el día antes de la canonización del cardenal Newman.
            También en vísperas de dicha canonización, el cardenal Marc Ouellet dijo con emoción en la casina de Pío IV del Vaticano: “Considero que el maestro inglés se encuentra a la altura de Doctores de la Fe como Atanasio y Agustín, cuyas vidas fueron confesiones de fe a costa de grandes sacrificios, y que proporcionaron ideas decisivas tanto por sus contenidos como por sus actos”. En su brillante intervención propuso a Newman como estímulo ejemplar para alentar la unidad entre todos los cristianos. Todo su discurso fue una invitación a seguir el ejemplo del nuevo santo.
            Final del formulario
El Cardenal Newman, que se convirtió al catolicismo, tras haber sido criado como anglicano, y que será canonizado, puede significar un nuevo ímpetu ecuménico hacia la reconciliación y la reconstitución de la unidad católica. “Esta falta de unidad afecta la comunión de los individuos y las Iglesias, y apunta también a la falta de integración de las riquezas doctrinal y espiritual de las Iglesias hermanas y las comunidades eclesiales que siguen separadas de Roma”. En esta empresa ecuménica Newman, dijo, nos ofrece las cualidades típicas de la cultura inglesa, además de la tradición, y nos permite tener una evaluación de lo que se ha perdido durante siglos de separación”. Ha llegado el momento de promover iniciativas nuevas que impulsen el diálogo y la reconciliación entre todos los cristianos y ahí está S. John Henry Newman como maestro consumado en el oficio.
            El Cardenal Fernando Filoni, por su parte, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, destacó la extraordinaria personalidad humana, teológica y social de John Henry Newman, al que calificó como un ilustre hijo de Gran Bretaña y apostilló: “Según el pensamiento de Pablo VI, Newman se encontraba invisiblemente en el centro del Concilio Vaticano II. De hecho, él estuvo fielmente presente con su enseñanza, algo que se percibe en algunos documentos. Recuerdo aquí principalmente la declaración Dignitatis humanae, donde se acoge el primado de la conciencia en la búsqueda de la verdad”.
            Entre el público estaba el futuro cabeza de la Iglesia Anglicana y heredero al trono británico, el Príncipe Carlos, quien escribió un artículo con el título John Henry Newman: la armonía de la diferencia, publicado en L`Osservatore Romano (12/octubre 2019). En dicho artículo alaba a Newman como “un gran británico, un gran hombre de Iglesia, y ahora un gran santo”. “Sean cuales sean nuestras creencias, y sin importar nuestras tradiciones, sólo podemos estar agradecidos a Newman por los regalos, arraigados en su fe católica, que compartió con la sociedad”.
            Según el Príncipe Carlos de Gales, “Newman no se ha dedicado sólo a la Iglesia, sino también al mundo. Aunque estaba totalmente dedicado a la Iglesia, a la que había llegado pasando por tantas pruebas intelectuales y espirituales, inició un debate abierto entre católicos y otros cristianos, allanando el camino para posteriores diálogos ecuménicos. Cuando en 1879 fue elevado a la dignidad cardenalicia, eligió como lema Cor ad cor loquitor (corazón habla a corazón) y sus conversaciones más allá de las diferencias confesionales, culturales, sociales y económicas estaban radicadas en esta íntima amistad con Dios”.
            Termina su cálido discurso así: ”Amaba Oxford, honrándola no sólo con apasionados y eruditos sermones, sino también con la hermosa Iglesia Anglicana de Littlemore, construida después de un viaje formativo a Roma donde, buscando una guía para su camino espiritual y meditando sobre su relación con la Iglesia de Inglaterra y con el Catolicismo, escribió su amado himno Lead Kindly Light. Cuando finalmente decidió dejar la Iglesia de Inglaterra, su último sermón, en el que se despidió de Littlemore, dejó a la congregación llorando. Se titulaba The Parting of Friends, "La despedida de los amigos".
            Mientras recordamos la vida de este gran británico, gran eclesiástico y, como podemos decir ahora, gran santo, que supera las divisiones entre tradiciones, es ciertamente justo dar gracias por la amistad que, a pesar de la separación, no sólo ha resistido sino que también se ha fortalecido.
            En la imagen de la armonía divina, expresada tan elocuentemente por Newman, podemos ver cómo, después de todo, cuando seguimos sincera y valientemente los diferentes caminos a los que nos llama nuestra conciencia, todas nuestras divisiones pueden conducir a una mayor comprensión y todos nuestros caminos pueden encontrar una casa común”[18].
CONCLUSIÓN BREVE

            La cuestión de la infalibilidad de la Iglesia y del Romano Pontífice fueron dos cuestiones vertebrales del pensamiento teológico de nuestro protagonista y líder intelectual indiscutible en la Universidad de Oxford. Por lo que se refiere a la Iglesia, es realmente fascinante su entrega ejemplar y de buena fe al nacional anglicanismo inglés. Pero más aún cómo marcó distancia después con la iglesia anglicana de una forma inteligente y responsable tan pronto empezó a sospechar con fundamento teológico que esa su madre eclesial anglicana lo era sólo por cultura y adopción legal pero que su verdadera madre eclesial y teológica era la Iglesia católica de Roma.
            Ese cambio de domicilio espiritual cristiano tuvo lugar con mucha pena y dolor. Pero la rectitud de conciencia en la búsqueda de la verdad teológica le compensó colmadamente. Su canonización reciente no ha sido más que un esplendoroso brindis de agradecimiento para celebrar el feliz término de su azaroso itinerario intelectual a la luz de la razón y la voz de su conciencia, a la que escuchó siempre como un eco auténtico de la voz de Dios.
            Por lo que se refiere a su actitud frente a la definición dogmática de la infalibilidad del Romano Pontífice, rompió todos los esquemas de los  papistas, de los conciliaristas y de los pastoralistas fanáticos de su tiempo. Por una parte confiesa creer en la infalibilidad del Papa. Pero, por otra,  censura y lamenta sin tapujos la inoportunidad y falta de sentido pastoral de la Pastor Aeternus. ¿A qué se debió el precipitado interés del Pío IX en sacar adelante su aprobación?
            ¿O fue sólo un mero devotional outpourings o luxury of devotion, como irónica y muy benignamente la define? That`s the question. En cualquier caso Newman dejó aquí abierta una puerta para el ecumenismo en esta materia y esperamos que no la cierre nadie en el futuro. Por ello remito al lector a lo que dije al principio. Ni más papista que S. Pedro, que nunca se consideró infalible, ni más episcopal que el resto de los Apóstoles, que tampoco se proclamaron infalibles. Ni el Papa sólo por su cuenta, desligado del cuerpo episcopal y los demás fieles cristianos, ni los obispos por su cuenta, desligados del Papa. Ni papismo fanático ni conciliarismo político.
            Sólo dos observaciones más. Ni la reflexión teológica de Newman ni su ejemplo personal pueden invocarse sin faltar al respeto, para justificar los nacionalismos clericales como el nacional clericalismo ortodoxo, católico o protestante, liderados por grupos de eclesiásticos pringados hasta la coronilla en actividades políticas al estilo vasco o catalán en España. Incluso hablando en términos exclusivamente políticos, me atrevo a decir que Newman no habría votado nunca a favor del Brexit o salida del Reino Unido de la Comunidad Europea.
            Pero no olvidemos que el inteligente apego de John Henry Newman a su conciencia estaba apoyado por el respeto y la caridad incondicional a los demás. Por ello no se complace nunca en airear los trapos sucios del protestantismo y de sus líderes históricos. Al contrario, se confiesa él públicamente de haber identificado durante algún tiempo al Papa con el Anticristo. Sólo por esto se comprende que al final de su vida fuera admirado y respetado por casi todos los que le conocieron y ahora haya sido canonizado. NICETO BLÁZQUEZ, O.P.




[1] FERNANDO SAVATER, La peor parte. Memorias de amor, Barcelona 2019.

[2] SAN AGUSTÍN, Las confesiones, BAC, Madrid 1979.

[3] NICETO BLÁZQUEZ, Las memorias de Pío II (Madrid 2018) p. 13.

[4]  BENEDICTO XVI, Últimas conversaciones con Peter Seewald (Bilbao 2016).

[5] JEAN-JACQUES ROUSSEAU, Les confessions (Gèneve 1782).
[6] MOTHER DOLORES HART, O.S.B and RICHARD DeNEUT, The Ear of the HEART. An Actress`Journey  From Hollywood  To Holy Vows  (San Francisco 2013).

[7] “It may easily be conceived how great a trial it is to me to write the following history of myself; but I must not shrink from the task… I cannot be sorry to have forced Mr. Kingsley to bring out in fullness his charges against me. It is far better that he should discharge his thoughts upon me in my lifetime, than after I am dead “ JOHN HENRY NEWMAN, Apologia pro Vita Sua. By Styled LimpidSoft, p. 92.

[8]  ¿What heresy calls for a decisión? What have we done that we can`t be let alone? Hitherto definitions de fide were grave necessities, not devotional outpourings…Have men who entertain such a project any regard at all for the souls of their brethrem? The frogs said to the boys who threw stones  at them, “It is fun to you, but death for us”. Where is the Arius or Nestorius, whose heresy makes imperative for the Holy Church to speak?” (Jan.28th, to Bishop Moriarty).

[9] Rome ought to be a name to lighten the heart at all times, and a Counsil`s proper office is, when some great heresy or other ivil impends, inspire the faithful with hope and confidence; but now we have … little else than fear and dismay… No impending danger is to be averted, but a great difficulty is to be created. Is this the proper work for an Ecumenical Counsil?...What have we done to be treated, as the faithful never were treated before? What have we done to treated  as the faithful never were treated before? When has the definition of doctrine de fide been a luxury of devotion, and not a stern painful necessity? Why ahould an aggressive insolent faction be allowed to “make the heart of the just to mourn, whom the Lord hath not made sorrowful? (To his own Ordinary, Ullathorne of Birmingam).

[10] You are going too fast at Rome...Think how slowly and cautiously you procceded in the definition of the Immaculate Conception, how many steps were made, how many centuries passed, before the dogma was ripe. We are not ripe yet for the Pope`s Infallibility”. (To the Jesuit Provincial, Robert Whitte, on 12 April 1870).

[11] “I have ever held the infallibility of the Pope myself, since I have been a Catholic, but I have ever felt also that others had a right, if they please, to denay  it”. (To Lady Chatterton).
[12] “As little as possible was passed at the Council, nothing about the Pope whitch I have not myself held, but it is impossible to deny that it was done with an imperiousness and overbearing whilfulness, which  has been a great scandal, and I cannot think thunder and lightning a mark of approbation”. (To Mrs. Froude, 2 Jan.71).

[13] “The very cruelty of certain people, of which I complain, is that they will not let people have time. They would come round quietly if you give them time, but, when you hold a pistol to their heads  and say, “Bilieve this doctrine, however new to you, as you bilive in Holy Trinity, under pain of damnation”, they can`t. Their breath is taken away-they seem to say “Give me time, give me time”, and their confessors all about the country say “No, not an hour, believe or damned”. We want to sift the Catholic of all half Catholics” ( To Bishop Moriaty, 1 Nov. 1870).

[14] A Letter Addressed to the Duke of Norfolk on Occasion of Mr. Gladstone`s Resent Expostulation.

[15] From feeling that we can really do nothing, I come to think that our helplessness, and therefore that our resignation under the mighty hand of God, is the path of duty…The Council cannot force things. The voice of the Schola Theologorum, of the whole Church diffusive, will in time make itself heard, and Catholic instincts and ideas will assimilate and harmonize into the credenda of Christendom, and the living tradition of the faithful, what at present many would impose upon us, and are startled as momentous addition to the faith”.  ( To W. Maskell, 12 Feb. 1871)

[16] “Let us have faith and patience”. “Our wisdom is to keep quiet, not to make things worse, but to pray that He, who before now has completed a first Council by a second, may do so now.” Hace referencia aquí a la definición del dogma de la Trinidad, que se llevó a cabo en dos concilios, y lo mismo podría ocurrir ahora, pensaba él, con el dogma de la infalibilidad pontificia, lo cual dejaba abierta una puerta a la esperanza.

[17] Cf NICETO BLÁZQUEZ O.P, Las memorias de Pío II, Madrid 2018) pp. 31-35.

[18] Cf. JOHN HENRY NEWMAN, Apologia pro Vita Sua. By Styled LimpidSoft. (Texto completo con apéndice y postcriptum)
AA.VV., Teaching authority and infallibility in the Church. Common Statement, en Theological Studies 40 (1979) 113-166).
JOHN T. FORD, C.S.C., Infallibility: A review of recent studies, en
Theological Studies 40 (1979) 273-305.
CHARLES STEPHEN DESSAIN AND THOMAS GORNALL, S.J., The Letters and Diaries of John Henry Newman, Vol. XXV, Oxford 1973.
JEREMY MILLER, O.P, The Letters and Diaries of John Henry Newman, en The Thomist 38 (1974) 372-375.
PAUL MISNER, Newman and the Tradition concerning the Papal Antichrist, en Church History 42 (1973) 377-95.
                - Papacy and development.  Newman and the Primacy of the Pope, Leiden 1976.
J. HOLMES, Liberal Catholicism and Newman's Letter to the Duke of Norfolk en Clergy Review 60 (1975) 498-511.
JOHN T. FORD, Recent  Studies on Newman: Tow Review Articles, en The Thomist  41 (1977)  424-440.
DAVID P. LONG, John Henry Newman, Infallibility, And The Development of Christian Doctrine, en The Heythrop Journal  58 (2017) 181-184.
B. C. BUTLER, The Limits of Infallibility,  Tablet 225 (1971) 372-75.
KARL RAHNER (Director de la obra), La infalibilidad de la Iglesia, (Biblioteca de Autores Cristianos) vol. 401 Madrid 1978.
LA ASOCIACIÓN ALMUDÍ (Valencia), La infalibilidad del Papa y la libertad de las conciencias. Artículos antiguos. John Henry Newman: desde las sombras.
CARDENAL JOHN HENRY NEWMAN, Apología pro vita sua, Madrid 1961.
CARDENAL OUELLET, Cardenal Newman: Una celebración. Evento celebrado en la casina Pío IV en el Vaticano.
ARZOBISPO ANTHONY FISHER OP. Conferencia sobre Newman el Profeta:Un santo para nuestros tiempos. (Pontificia Universidad de Santo Tomás (Angelicum), Roma. 12 de octubre del 2019.
SU ALTEZA REAL EL PRÍNCIPE DE GALES, John Henry Newman: la armonía de la diferencia (L’Osservatore Romano 12 de octubre de 2019).




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