ABSTRACT
Con
ocasión de la canonización del antiguo anglicano británico John Henry Newman,
el autor de estas páginas destaca el significado humano y cristiano del
personaje así como la importancia y actualidad de su forma de entender y
comportarse ante la doctrina sobre la infalibilidad de la Iglesia y del Romano
Pontífice. Igualmente destaca su respeto a los dictados de la propia conciencia
en la búsqueda de la verdad. Por esto y por el itinerario de su conversión a la
Iglesia madre de Roma, puede ser considerado como una puerta siempre
abierta para salir a respirar los aires
nuevos de ecumenismo cristiano y de fraternidad universal.
JOHN
HENRY NEWMAN
NI
PAPISTA NI CONCILIARISTA
El cardenal John
Henry Newman (1801-1890)
fue beatificado por Benedicto XVI en Birmingham el año 2010 y canonizado en
Roma el 13 de octubre de 2019 por el papa Francisco. Este es el motivo de las
presentes reflexiones en el contexto de las muchas e importantes publicaciones
que ya tuvieron lugar, con motivo de ambos actos papales, reconociendo la talla
humana y cristiana de este hombre de Dios, admirado por casi todos los que le
conocieron e incomprendido y hasta denostado públicamente también por algunos.
I. ACLARACIÓNES INFORMATIVAS
Coloquialmente se habla del cardenal
Newman. Pero esta tradicional costumbre requiere una aclaración. El título de cardenal de la Iglesia no es un título
sacramental sino meramente administrativo y honorífico. Esto quiere decir que
para recibir ese título no se necesita ser sacerdote ni obispo. Lo puede
recibir cualquier hombre o mujer, a quien el Papa considere justo y oportuno
otorgárselo. En este caso, León XIII. En el momento actual casi la totalidad de
los cardenales son obispos en activo o eméritos y sólo hay algunos que no son
obispos pero sí sacerdotes. Tampoco el título de Arzobispo es sacramental. De
suyo es un título canónico-administrativo y por añadidura honorífico también en
algunos casos.
Desconozco si existe actualmente
algún laico en la Iglesia que ostente el título de cardenal. Pero echando una
mirada al pasado, saltan a la vista algunos personajes insignes al respecto.
El cardenal Armand Jean du
Plessis, cardenal y duque de Richelieu, por ejemplo (1585-1642),
fue sacerdote, obispo y cardenal, si bien ha pasado a la historia
principalmente como un estadista francés y no como un pastor de la Iglesia, aunque
escribió un catecismo. El cardenal Julio Mazarino, en cambio, (1602-1661),
sucesor de Richelieu, recibió del Papa Urbano VIII el título de cardenal sin
ser sacerdote ni obispo sino laico puro y duro de solemnidad. El Cardenal
Giacomo Antonelli, por su parte, Secretario de Estado de Pío IX durante 25 años
(1848-1876), hizo los estudios eclesiásticos institucionales de rigor y fue
ordenado diácono, pero ahí se paró el carro siéndole otorgado el título
cardenalicio sin recibir nunca la ordenación sacerdotal o episcopal.
Traigo
aquí estos datos informativos para destacar la peculiaridad del título cardenalicio
otorgado por León XIII a nuestro protagonista John Henry Newman, recién
canonizado y motivo de estas reflexiones. La novedad consiste en que John Henry
Newman fue primero sacerdote anglicano y posteriormente ordenado sacerdote
católico. Pero nunca fue obispo. León XIII le otorgó este honroso título a
petición de muchos e importantes admiradores suyos como reconocimiento al ejemplo
que dio con su vida como sacerdote anglicano que buscó ansiosamente sentirse
plenamente en el seno de la Iglesia católica como garantía de la salvación
pronosticada por el propio Cristo en persona.
En
tiempos ya más recientes la otorgación del capelo cardenalicio a sacerdotes no
obispos como Henry Newman ha sido más frecuente. Sólo recordaré tres nombres de
la Orden de Predicadores que personalmente tuve la suerte de conocer y con dos
de ellos en algunas ocasiones trabajar. Me refiero a los teólogos Yves Congar,
Mario Luigi Ciappi y Georges Cottier, ya fallecidos los tres. Actualmente hay
otros, procedentes de diferentes códigos eclesiásticos que ostentan también el
título cardenalicio sin ser obispos, por razones de notoria ejemplaridad
pastoral dando ejemplo de fidelidad al mensaje salvador de Cristo con libertad
de pensamiento y amor a la Iglesia.
El
ya sacerdote católico John Henry Newman se sinceró en una carta a Sir J. Simeon
con estas palabras: “I am neither Bishop,
nor theologian. I
am but a convert, a controversialist, a private priest”. Ni Obispo ni teólogo. No
más que un convertido discutidor y simple sacerdote privado. Henry Newman, por
tanto, no participó en el Concilio Vaticano I, ni como obispo o cardenal- que
no lo era- ni como teólogo del Concilio. Sin embargo, su reacción ante el rumor
de que pudiera salir del concilio Vaticano I un documento (el único
prácticamente que salió) como la Pastor
Aeternus, no le ayudó a conciliar el sueño. Esta desazón fue filtrada en la
prensa y voló como pájaro mensajero entre algunos teólogos hasta el punto de que el líder
antipapista Ignaz von Döllinger, le pidiera que se manifestara públicamente
contra el Concilio Vaticano I. Pero Newman rehusó elegantemente el
ofrecimiento, manteniéndose siempre lejos de aquellos denominados católicos
liberales de su tiempo que se oponían a la Sede de Pedro, sin por eso incurrir
él en los excesos de algunos ultramontanos que atribuían a las actuaciones del
Papa un alcance que nadie en Roma sospechaba. Pero vayamos por partes.
II. HIJO DEL NACIONAL ANGLICANISMO INGLÉS
Se
dice que fue el jurista Joachim Stephani, quien acuñó en 1582 la ingeniosa
expresión cuius regio eius religio. O
sea, que según sea la religión del rey así ha de ser la religión del reino. En
tiempos más antiguos a partir del siglo IV se hablaba del “cesaropapismo”, en
el sentido de que en la Iglesia la última palabra debería tenerla el César o
emperador cristiano de turno y no el Papa. Pero ahora de lo que se trataba era
de encontrar una solución pacífica a la guerra religiosa interna del
cristianismo europeo, a raíz de la revolución protestante, por parte de los
representantes de los Estados alemanes en la Conferencia de Ausburgo.
Como
es sabido, la Conferencia de Augsburgo, o Paz de las religiones, fue un tratado firmado por Fernando I de Habsburgo, representante del
emperador Carlos V, y las fuerzas de la Liga de Esmalcalda el 25 de
septiembre de 1555, con la cual se trató
de resolver políticamente el conflicto religioso surgido a raíz de
la presunta reforma protestante, que en realidad fue una
revolución en toda regla de ámbito internacional.
Este fue el hecho histórico que está en la base de lo que
actualmente se denomina Religión de
Estado en Europa. Cada Estado o Nación soberana impone oficialmente su
propio sistema religioso, que ha de prevalecer por encima de cualquiera otro.
Pero como este fenómeno se produjo en el contexto del cristianismo europeo, de
aquellos polvos salieron los lodos de todos los “nacionalismos religiosos”
posteriores hasta nuestros días. Por ejemplo, el nacional catolicismo español,
el nacional galicanismo católico francés así como el nacionalismo ortodoxo
ruso, ucraniano, griego o rumano. Pues bien, a raíz de la revolución
protestante, en Inglaterra se impuso el “nacional anglicanismo inglés”, a
partir del grotesco y tiránico reinado de Enrique VIII. En la Europa
continental norteña a su vez predominó el “nacional luteranismo” con diversos
rostros y matices.
Traigo a colación estos hechos sin entrar en más explicaciones
sobre ellos, para recordar que John Henry Newman nació y creció en el seno del
nacional anglicanismo inglés, que a partir de la revolución protestante se
había convertido en religión oficial del Estado. Sin tener en cuenta esta
circunstancia resulta muy difícil comprender el perfil de personalidad
religiosa de nuestro protagonista así como el profundo significado humano y
cristiano de su viaje de conversión a la Iglesia de Roma, después de haberla
considerado desde el púlpito intelectual y piadoso del anglicanismo inglés como
la sede escandalosa del Anticristo.
El principio jurídico formulado por Joachim Stephani (cuius
regio eius religio) da pie por las consecuencias prácticas que ha tenido para
reformularlo así: cuius religio, eius
nationalitas. En la práctica esto significa que un rumano, por ejemplo,
para ser rumano de cuerpo entero, ha de ser ortodoxo. De no ser así, será
considerado rumano de nacimiento y cultura pero sólo de segunda o tercera
clase. Y lo mismo puede decirse análogamente de un ruso, ucraniano, búlgaro o
griego tradicional.
Pues
bien, en tiempo de John Henry Newman, el declararse alguien anglicano en la Inglaterra
de su tiempo era como declararse en España o Italia católico, apostólico y romano.
Catolicismo y anglicanismo de religión era el mejor documento de identidad
personal en aquellos países en los que la religión se había convertido en el
dato más significativo de su DNI o documento de identidad nacional.
John
Henry Newman nació en Londres en el seno de una familia de abolengo calvinista
por parte su madre, la cual fomentó en él desde niño el gusto por la lectura de
la Biblia. Esta orientación materna hacia la Biblia le llevó derechamente a la
lectura de libros de inspiración calvinista, con lo cual terminó abrazando las
enseñanzas de Calvino sobre La Trinidad,
la Encarnación y la Redención. En contrapartida se
potenciaron en él los sentimientos antipapistas más rabiosos.
Pero tuvo ocasión también de descubrir a los
Padres de la Iglesia, un factor que fue decisivo después para dar el salto desde
el nacional anglicanismo inglés a la universalidad o catolicidad genuina de
Roma. Luego tuvo la suerte también de encontrarse con buenos amigos que le
pusieron en contacto con las creencias teológicas de la High Church anglicana. La Alta Iglesia, que era de hecho el sector
más selecto y minoritario del anglicanismo oficial de Estado por aquella época,
en el cual existía una tendencia pro-católica importante dentro del
anglicanismo en general. A partir de ese momento Newman comenzó a mirar a la
Iglesia de Roma con creciente simpatía hasta el punto de llegar a reconocer la
presencia real de Cristo en la Eucaristía, a sentir profundo respeto por la
Virgen María y aceptar la doctrina católica de la sucesión apostólica.
Este
hecho me trae a la memoria la emoción que yo sentí hace muchos años cuando
visitando las iglesias anglicanas del Reino Unido, en la puerta de entrada principal
de una de ellas me encontré con una nota informativa recordando que allí se
celebraba la Eucaristía tradicional, incluida la comunión, pero se recomendaba
no arrodillarse ya que Cristo no estaba presente en la Eucaristía. Que la
celebración era sólo un recuerdo o memorial de la pasión de Cristo y nada más. Este
templo pertenecía a la Low Church
anglicana.
Por
el contrario, en la puerta de otra iglesia anglicana se recordaba que Cristo
está realmente presente en la Eucaristía y por lo mismo se recomienda comulgar
con la debida devoción e incluso adorarlo de rodillas. Pues bien, John Henry
Newman pasó de la inculturación calvinista original a su incorporación formal a
la High Church o Alta Iglesia
anglicana. Dicho lo cual, no me resisto a reproducir un párrafo de la Apologia pro vita sua, hablando de la
defensa de la libertad personal contra toda clase de estrechez de algunas
autoridades de Roma.
“Me
parece que sería un gravísimo daño, del cual Dios nos libre, el que la Iglesia
se redujera en Europa a un conjunto de nacionalidades particulares. Es una gran
idea el introducir la civilización latina en América y mejorar los católicos de
allí con la energía de la religión francesa; pero yo confío que todas las
naciones europeas tendrán siempre su lugar en la Iglesia, y firmemente creo que
la pérdida del elemento inglés, por no decir el germánico, a causado un daño
grave a su composición. Hay aquí, ciertamente, una consideración que, más que
otra alguna, nos debe hacer a nosotros, los ingleses, agradecidos a Pío IX, por
habernos dado una Iglesia propia; así ha preparado el camino para que nuestros
propios hábitos de pensamiento, nuestra manera de razonar, nuestros propios
gustos y virtudes, encontrasen un lugar, y, por tanto, una santificación de la
Iglesia católica”.
Si
estas observaciones de John Henry Newman se entienden en clave eclesial, como
parece lo más obvio por el momento de su vida y el contexto típicamente inglés
dentro del cual fueron escritas, nos hallamos ante una perspectiva ecuménica realmente
inteligente y prometedora. Si, por el contrario, se interpretaran en clave
política, podrían utilizarse también para potenciar la existencia de iglesias
nacionalistas promovidas emocionalmente por personas eclesiásticas
comprometidas con los nacionalismos actuales más sectarios, excluyentes y
violentos. Pero este es un extremo que no encaja en absoluto con los nobles
sentimientos patrióticos de un inglés de cuerpo entero como lo fue siempre John
Henry Newman, antes y después de su partida del nacional anglicanismo inglés
para domiciliarse en la catolicidad apostólica de la Iglesia de Roma. Lo mismo
que S. Pablo no dejó de sentirse orgulloso de sus raíces judías después de su
conversión a Cristo, así también John Henry Newman no dejó de sentirse
orgulloso y agradecido al anglicanismo inglés después de su conversión a la
catolicidad de la Iglesia de Roma, sede históricamente titular de S. Pedro y no
del tirano protestante Enrique VIII y sus sumisos herederos.
Baste
recordar su último sermón de despedida en Littlemore. Fue una despedida de
amigos y no de malnacidos. De hecho, dejó a la audiencia llorando como quien se
separa de un amigo que nunca dejará después de serlo. No en vano el histórico
sermón lleva el título The Parting of
Friends. Lo cortés no quita lo
valiente y nuestro protagonista fue antes y después de su conversión a la
Iglesia católica de Roma un verdadero Sir y caballero inglés universal opuesto
a todos los sectarismos religiosos cristianos.
III. MOTIVO Y SIGNIFICADO DE LA APOLOGÍA PRO VITA SUA
Hablando
ahora de la Apologia pro vita sua del
cardenal Newman, resulta inevitable pensar en otras obras emblemáticas
similares, escritas por personajes célebres. ¿Por qué escribieron sus memorias
o recuerdos? ¿Por qué pusieron tanto interés en que la posteridad conociera los
entresijos de su existencia terrenal? A nadie le sorprende que haya actualmente
personas famosas en el campo del arte y de la política que escriban sus
memorias para descargar la mala conciencia de recuerdos y pesadillas
torturantes por motivos económicos o simplemente literarios y de
autocomplacencia económicamente rentables. O por motivos nobilísimos y
admirables también pero asentados en formas erróneas de enfocar las
experiencias del amor humano, como pudiera ser el caso reciente del ilustre
filósofo español Fernando Savater[1].
Dado
que la Apología pro vita de Newman ha
sido comparada con las Confesiones de
S. Agustín, parece oportuno hacer algunas matizaciones sobre la obra
autobiográfica del Hiponense.
Las
Confesiones de S. Agustín, (al que
Newman menciona como teólogo que influyó profundamente en el pensamiento y vida
de la Iglesia occidental sin jamás creerse él infalible), son una autobiografía,
sin duda, pero mucho más un canto de acción de gracias a Dios por la maravillas
de su misericordia para con él, llevándole siempre de su mano providencial como
hilo conductor de su jadeante peregrinar en busca de la verdad suprema
encarnada en Cristo. Las Confesiones
de S. Agustín son la historia íntima de
una búsqueda azarosa y un encuentro feliz del autor con Dios.
En
los escritos de S. Agustín hay numerosas referencias autobiográficas, sobre
todo en los sermones y en su correspondencia epistolar. Pero donde se manifiesta más su intimidad y
transparencia personal es en las Confesiones.
En el comienzo de la obra indica ya el hilo conductor de toda ella: “Fecisti nos ad te et inquietum est cor
nostrum, donec requiescat in te” (Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro
corazón está inquieto, hasta que descanse en ti).
Agustín
quiere narrar su trayectoria personal, proclamando lo que la bondad de Dios y
su gracia hicieron de él sin merecerlo. No escribe pues para auto-justificarse
de nada mal hecho, o para hacer gala de sus pecados sino para hacer comprender
a los lectores que por infame que pudiera haber sido su vida, la acción de Dios
le permitió superar todas sus miserias humanas. No se trata de una confesión
narcisista de pecados sino de una confesión-proclamación pública de la grandeza
y bondad de Dios. S. Agustín, por tanto, escribió sus Confesiones motivado por un deber de conciencia de
confesar-proclamar las misericordias del Señor, como un veterano salmista cuyas
experiencias desagradables y agradables de la vida le impulsaban a suplicar a
Dios perdón y misericordia para el errático pueblo de Israel[2].
Demos
ahora un salto del siglo V al siglo XV para preguntar a Pío II por qué y para
qué escribió él sus Commentarii rerum
mirabilium... o Memorias. Su
respuesta es breve y sincera a más no poder. ¿Por
qué su empeño en buscar la gloria y la fama de un buen recuerdo escribiendo
unas Memorias? Pregunta a la que
responde con brevedad y sinceridad: “La fama y la gloria estimulan al hombre y
recrean su alma. Sobre todo recrean el alma del Romano Pontífice, vituperado
por casi todos mientras vive y alabado cuando muere. Conocí personalmente a los
últimos cuatro Papas Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y Calisto III: todos sin
excepción alguna fueron condenados por el pueblo cuando vivían, y ahora que
están muertos, son aclamados. Los Vicarios siguen la suerte de su Señor”.
Y continúa: “La lengua insidiosa que
no descansó con tantos Vicarios de Cristo
y aún con el mismo Cristo, tampoco reposa conmigo: me siento acusado y
maldecido. Probablemente cuando haya muerto, y no pueda regresar entre ellos,
seré alabado. Mientras tanto, escribiré la historia de mi Pontificado,
precedida de lo que hice antes de llegar aquí. Quisiera poder terminar el
trabajo que ahora comienzo con una frase que escribí hace años: Scripsi, non finxi. Res acta es”. O lo
que es igual: Escribí, no imaginé; las cosas que he contado sucedieron así en
realidad. Y remata la faena con estas palabras: “Cuando yo muera, espero que
sea reproducida esta autobiografía que empiezo a escribir ahora. Entonces tú,
que algún día leerás mis páginas, recíbelas con buen talante, y conoce la
verdad de Eneas Silvio Piccolomini primero, y del Pontífice Máximo Pío II,
después”.
Pío II escribió sus Memorias para curarse en salud
diciéndonos él mismo cómo fue su frívola vida de juventud y su gestión madura
como Papa[3].
Pero
hablando de las Memorias de Pío II,
parece obligado recordar aquí también a Benedicto XVI. Últimas conversaciones con
Peter Seewald. Por el contenido de
la obra se trata de unas Memorias en
toda regla. Pero no fueron motivadas por el deseo expreso de escribirlas por
parte del Benemérito Papa, que Dios guarde durante muchos años. Fueron escritas
porque un periodista sagaz consiguió ganarse la confianza del autor para
tirarle de la lengua durante mucho tiempo con el fin de escribir un libro
sensacional por su cuenta sobre el Pontífice germano, su compatriota. Al cabo
del tiempo el periodista pensó que el resultado de sus entrevistas con
Benedicto XVI estaban ya maduro para ser publicado como autobiografía del
Pontífice haciendo un balance de su vida personal y de su pontificado. Propuso
la idea a su entrevistado y se publicaron sin dificultad.
¿Habría escrito alguna vez Benedicto
XVI sus Memorias por propia
iniciativa? No se lo he preguntado a él
pero me atrevo a decir que lo más probable es que no. Por ello siempre habrá
que agradecer al periodista Peter Seewald
el haber conseguido que lo hiciera[4].
Lo mismo que S. Agustín, también
J.J. Rousseau (1712-1778)
escribió sus Confesiones,
que quedaron incompletas por el asalto de la muerte a la vida del autor. ¿Por
qué y para qué las escribió? Nos lo dijo él mismo: ”Emprendo una obra de la que
no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un
hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo.
Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de
cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos
existen.
Sino soy mejor, al menos soy
distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en
que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la
trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me
presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente: He aquí lo que hice,
lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada
malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno
insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber
supuesto cierto lo que puso haberlo sido, más nunca lo que sabía que era falso.
Me he mostrado como fui,
despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He
descubierto mi alma tal como Tú has visto, ¿Oh Ser Supremo! reúne en torno mío
la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones,
lamenten mis flaquezas y se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego
descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad, y que
después que alguno se atreva a decir en tu presencia: Yo fue mejor que ese
hombre”.
Rousseau habla de sus Confesiones, como S. Agustín, y en ellas
de su vida con la misma sinceridad y franqueza que Pío II. Pero Rousseau es un
cristiano católico sólo por cultura
sin fe en un Dios personal. Es un ateo cuyo Dios es la Naturaleza y a ella
somete el juicio final sobre su vida para curarse en salud ante la opinión de
los hombres sobre su modo de ser y comportarse en la vida. Confiesa conocerse a
sí mismo y la condición humana mejor que nadie y reta a quien se ofrezca a
ello, a presentar una forma de vivir mejor que la suya. En el trasfondo de su
relato subyace subliminalmente un desafío a que quien crea haber llevado una
vida mejor que la suya, tire contra él la primera piedra[5].
En
el polo opuesto cabe destacar aquí las Memorias
de Dolores Hart. Nos hallamos ahora ante una estrella de cine que viaja From Hollywood To Holy Vows. ¿Qué movió
a esta gloriosa estrella de Hollyood a escribir sus Memorias?
Aunque había escrito muchas páginas
en un diario privado, no consta que las escribiera con la intención de hacerlas
algún día públicas. Por otra parte, en 1982 su amiga Patricia Neal estaba
escribiendo su autobiografía con la ayuda del que fuera fotógrafo oficial de
Dolores Hart durante su carrera artística en Hollyood. Existía entre ambos una
amistad entrañable y confianza mutua, hasta el punto de que este hombre, Dick
DeNeut, fue quien, durante la toma del hábito monacal de la estrella de cine,
tuvo en sus manos el velo monástico para ponérselo.
Pasó el tiempo y cuando la Comunidad
benedictina de Regina Laudis la pidió
que escribiera su historia, pensó inmediatamente que necesitaba de la ayuda de
Dik DeNeut para poderlo hacer. Su trabajo comenzó con muchas limitaciones. Por
una parte, él vivía en Los Ángeles, California, y ella, en un claustro de
monjas benedictinas en Bethlehem, Connecticut. Cuando llegaba Dik Dolores
quedaba dispensada de sus obligaciones como priora del monasterio y otros
compromisos para que se dedicara intensamente a preparar el texto de las Memorias con la ayuda de su antiguo
fotógrafo Dik.
En este texto Dolores Hart ofrece
detalles minuciosos de su vida con el único propósito de responder a una
pregunta que ella misma se había hecho muchas veces: “How could I throw away a promising acting career for monastic life of a
cloistered nun? ¿Cómo había podido
ella abandonar una prometedora carrera artística en Wollyood para encerrarse en
un monasterio de monjas de clausura? Ella siempre aspiró desde su niñez a ser
una actriz. Pero contra sus deseos artísticos más nobles y ardientes, confiesa:
“I was called by God”. El objeto de Dolores Hart con sus Memorias es explicar cómo la llamada persistente de Dios pudo más
que todos sus deseos de gloria y felicidad a través del arte sensacional en el
paraíso del cine en Hollywood[6].
Por
último, recordemos el motivo principal que el recién canonizado John Henry
Newman tuvo para escribir sus Memorias
o apología pro vita sua. Y nunca
mejor dicho “apología”, en lugar de memorias, como se verá a continuación.
El
año 1864, retirado él ya como un simple private
priest del mundanal ruido, el polémico Charles Kingsley la emprendió contra
el clero católico y el propio Newman en persona. Según el cañonazo crítico del
dialéctico enemigo, la religión católica hace peores a los hombres y la verdad
no había sido nunca una virtud del clero católico. Y como prueba de ello puso
de ejemplo al Padre Newman. Fue entonces cuando éste decidió romper su silencio
para responder cumplidamente al Dr. Kingsley. Primero intentó pararle los pies
epistolarmente pidiéndole que indicara en qué textos suyos publicados había
encontrado base para decir las cosas que había dicho contra él. Pero al Dr.
Kingsley le sentó mal el golpe y respondió con el denigratorio libelo difamador
“Mr. Kingsley`s Hethod of Disputation”, como lo bautizó benignamente nuestro
protagonista recién canonizado.
El
P. Newman contesto luego a su calumniador con una serie de siete tracts o folletos que conmovieron a la
gente más sensata de toda Inglaterra, lo mismo católicos que protestantes. A
Manuel Graña, uno de los mejores traductores de la Apología pro vita sua, no le tembló el pulso cuando dijo que detrás
del avieso doctor Kingsley estaban la Iglesia nacional inglesa (el
nacional-anglicanismo inglés), el Parlamento, la Universidad y hasta el vulgo
protestante, tanto piadoso como descreído.
Parar
los pies al Movimiento de Oxford era para su acusador el último cartucho que
quedaba por disparar contra el catolicismo rampante ante un protestantismo de
bajo perfil y muy decadente. El paso siguiente a los tracts fue la Apologia pro
vita sua. Dentro de este contexto polémico Newman trata de contarnos de
forma magistral los trabajos y tormentos que tuvo que soportar hasta culminar
felizmente su viaje interior desde el nacional-anglicanismo inglés hasta la
Iglesia de Roma, madre espiritual de todos los cristianos bajo el servicio unitario
y caritativo de su Obispo histórico, el Papa, sucesor histórica y
teológicamente legítimo del mismísimo S. Pedro.
El
relato que Newman ofrece de su itinerario interior e intelectual es un ejemplo
admirable de honestidad y respeto a la libertad de conciencia en su camino
hacia el catolicismo, a la vez que de respeto y estima sincera hacia el
anglicanismo del que procedía y había marcado el perfil de su personalidad
desde la infancia. No sin razón esta obra fue considerada como obra cumbre de
la literatura autobiográfica universal y de la inglesa en particular. Para su
autor supuso la anhelada oportunidad de defenderse frente a la incomprensión y
el rechazo que había causado en Inglaterra su conversión al catolicismo. No, él
no había sido un hipócrita aparentando ser un anglicano de cuerpo entero de
cara a la galería y al mismo tiempo un traidor en su vida privada marchándose
cautelosamente por los cerros de Úbeda de la Iglesia de Roma. Nada de eso. Fue
fiel a su conciencia y a la luz recibida de la teología patrística con profundo
respeto por todo aquello que de bueno y noble había aprendido de la Iglesia
anglicana.
Pero
tratar de convencer a sus acusadores de esta realidad era un riesgo. Dentro de
este contexto se comprende fácilmente el tenor de estas sus palabras: “Es fácil
suponer cuán grande será para mí el riesgo de escribir mi propia biografía,
pero no debe arredrarme la empresa. Las palabras mi secreto para mí siguen resonando en mis oídos; los hombres, sin
embargo, según se van aproximando al fin de su vida, menos temen las
revelaciones. No es la mayor parte de mi riesgo el prever que mis amigos, a la
primera lectura de lo que escriba, pueden considerarlo de poco interés para mi
propósito; más no puedo menos de pensar que, considerado en su conjunto,
producirá el efecto que yo me propongo”.
Por
otra parte, no se lamenta por la descarga de misiles dialécticos del Dr.
Kingsley contra él. Al contrario, aprovecha con gusto la oportunidad para leer
en vida las peores cosas dichas en su contra y responder con satisfacción a las
mismas. Mejor que el francotirador haya disparado sus furias contra él en vida
que después de muerto[7].
IV. INFALIBILIDAD DE LA IGLESIA
Newman
trató el tema de la infalibilidad (indefectibilidad) de la Iglesia en diversas
ocasiones desde su plataforma anglicana original primero y después de su
conversión a la Iglesia católica. Como escritos emblemáticos de estas dos
épocas cabe destacar dos de ellos: Essay
on the Development of the Christian Doctrine, en 1845; y A Letter Addressed to the Duke of Norfolk,
en 1877. En este último afirma abiertamente que él había siempre creído en la
doctrina de la infalibilidad pontificia pero que temía que el pronunciamiento
del Concilio Vaticano I sobre este tema podría constituir un obstáculo
importante para las conversiones a la fe católica de Roma.
El
año 1854 tuvo lugar la proclamación del dogma de la Inmaculada y en el 1870 el
de la infalibilidad del Romano Pontífice en el único y precipitado documento
que salió de este Concilio, con el título Constitución
dogmática Pastor Aeternus. A nadie se le oculta que un anglicano convertido
al catolicismo de la Iglesia de Roma no podía quedar indiferente ante la
declaración de ambos dogmas por Pio IX. Tanto más cuanto que en los ataques por
lo bajo del beligerante anglicano Charles Kingsley, que obligaron al P. Newman
a escribir sus Memorias, el tema de
la infalibilidad de la Iglesia estaba en pleno apogeo. De hecho, el apéndice de
la obra está dedicado a responder detalladamente a las acusaciones del Dr.
Kingsley con el tema de la infalibilidad de la Iglesia de fondo. Baste indicar
el sumario de los temas que desarrolla en su defensa:
Defensa
propia y de la Iglesia; poder corrosivo del pensamiento; la infalibilidad de la
Iglesia; la infalibilidad en sí; autoridad y juicio privado; límites de la
infalibilidad; la Inmaculada Concepción; otra observación (sobre la
infalibilidad del Papa y del concilio); la gran prueba de la razón; actos
prácticos de la Iglesia; las dificultades de la ciencia; la infalibilidad y las
controversias; la infalibilidad de los individuos; libertad para la
investigación.
En
todos estos casos el sujeto de la infalibilidad, según Newman, es la Iglesia. Y
la Iglesia católica de Roma, no la anglicana, como pensaba antes de su
conversión. Que la Iglesia tenga una autoridad con categoría de infalible en
determinadas situaciones históricas es una necesidad.
Después
de un análisis crítico de la dramática situación religiosa a la que se había
llegado ya en su tiempo en la Europa cristiana, escribe: “la necesidad de
alguna forma de religión para los intereses de la Humanidad, ha sido
generalmente reconocida. ¿Pero dónde está el representante concreto de las
cosas invisibles, que pueda tener la fuerza y la efectividad necesarias para
poner un dique a este diluvio?
Tres
siglos hace que el establecimiento de una religión material, legal y social, fue
adoptaba generalmente como el mejor remedio para este propósito, en aquellos
países que se separaron de la Iglesia católica. Durante un largo tiempo se
logró el propósito, pero ahora las fallas de estos edificios dan entrada a los
enemigos.
Hace
treinta años se confiaba en la educación; hace diez años había esperanza de que
las guerras cesasen para siempre, bajo la influencia de las empresas
comerciales y el reinado de las artes bellas y útiles. ¿Pero quién se atreverá
a decir que hay en alguna parte de la tierra algo que nos dé un apoyo para
contener este movimiento vertiginoso del mundo? El juicio que nos da la
experiencia acerca de las instituciones o de la educación, como medios de
mantener la verdad religiosa en este mundo anárquico, debe extenderse hasta la
Escritura, aunque la Escritura sea divina. La experiencia demuestra que la
Biblia no sirve para un propósito para el cual no fue creada. Puede ser
circunstancialmente el medio de conversión para algunos individuos; pero un
libro, después de todo, no puede hacer frente al salvaje y vivaz entendimiento
del hombre, y hoy se comienza a demostrar que, por lo que se refiere a su
estructura y contenido, el poder de este disolvente universal, que tan
eficazmente obra sobre las instituciones religiosas”.
Como
antídoto contra este disolvente corrosivo universal Newman consideraba
necesaria la voz infalible de la Iglesia: “Suponiendo, pues, que sea voluntad
del Creador intervenir en los asuntos humanos y tomar medidas para que
permanezca en el mundo el conocimiento de Él, tan definido y distinto que sea
prueba contra la energía del humano escepticismo, en este caso, y estoy lejos
de decir que no haya otro camino, nada puede sorprender a nuestro espíritu que
Él pensase convenientemente introducir un poder en el mundo, investido de la
prerrogativa de la infalibilidad en materia religiosa. Esta medida sería un
medio directo, inmediato, activo y pronto de hacer frente a la dificultad, y
sería un instrumento apto para la necesidad.
Por
tanto, cuando veo que esta es la verdadera pretensión de la Iglesia católica,
no solamente no encuentro dificultad alguna para admitir la idea, sino que
encuentro en ella una aptitud y oportunidad que se recomiendan a mi espíritu.
Así, me veo obligado a hablar de la infalibilidad de la Iglesia como un medio o
provisión adoptada por la misericordia del Creador, para conservar la religión
en el mundo y restringir la libertad de pensamiento, que naturalmente en sí
misma es uno de los grandes dones de nuestra
naturaleza, y librarla de sus propios excesos suicidas”.
Luego
explica el alcance de esta convicción suya, que nada tiene que ver con la
ingenuidad de pensar que hay que creer en cualquier capricho eclesiástico
cubierto con el paraguas de la infalibilidad de la Iglesia. Nada de eso. “En
primer lugar, la doctrina inicial de un maestro infalible (la Iglesia) debe ser
una protesta enérgica contra el actual estado de la Humanidad. El hombre se ha
rebelado contra su Creador. Esto produjo la intervención divina. Y proclamarlo,
debe ser el primer acto del mensajero divinamente acreditado. La Iglesia debe
denunciar esta rebelión como el mayor de todos los males posibles. No debe
darle cuartel. Si quiere ser fiel a su Maestro, debe proscribirlo y
anatematizarlo. Este es el sentido de una afirmación mía que ha dado materia
para una de esas acusaciones a las cuales estoy respondiendo ahora”.
Según
nuestro protagonista recién canonizado, la infalibilidad de la Iglesia se
impone por voluntad de Dios y por la necesidad de que haya una autoridad
religiosa y moral que evite la rebeldía contra el Creador. ¿Pero qué decir de
la infalibilidad del Romano Pontífice (del Papa), tal como fue definida en la
Constitución dogmática Pastor Aeternus
del Vaticano I?
V.
INFALIBILIDAD DEL ROMANO PONTÍFICE
La
postura del entonces ya converso P. Newman podríamos describirla brevemente del siguiente modo.
Los
rumores de que el Concilio Vaticano I podría
definir la infalibilidad del Romano Pontífice fueron motivo suficiente para
escribir dos cartas en el mismo día expresando sus temores y reservas. Una,
dirigida al Obispo Moriarty of Kerry con fecha 28 de enero de 1878, en la cual
le decía entre otras cosas:
“¿Qué herejía exige hoy una decisión de esa
naturaleza? ¿Qué hemos hecho ahora nosotros para que no puedan dejarnos solos?
Hasta ahora, las definiciones de fide
se producían por alguna grave necesidad, no como un fervorín devocional. Esos
que sostienen ese proyecto, ¿han tenido para nada en cuenta las almas de sus
hermanos? Las ranas dicen a los chavales que les tiran piedras: “Es divertido
para vosotros pero es la muerte para nosotros”. ¿Dónde están ahora Arrio y
Nestorio, cuyas herejías generaron la necesidad de que la Iglesia hablara?”[8]
Y
en el mismo día (28/I/1878) a su Obispo Ordinario Ullathorne of Birmingham:
“Roma debería ser un nombre para iluminar el corazón de todos los tiempos y el
oficio propio de un Concilio, cuando alguna gran herejía u otro peligro
amenaza, consiste en inspirar esperanza y confianza en los fieles... pero ahora
tenemos poco más que miedo y desconsuelo...No hay ningún peligro amenazador que
rechazar pero se va a producir una gran dificultad. ¿Es este el trabajo propio
de un Concilio Ecuménico? ¿Qué hemos hecho para ser tratados ahora como no lo
fueron los fieles anteriormente? ¿Cuándo una definición de doctrina de fide fue un lujo devocional, y no una
necesidad dolorosa? ¿Por qué se ha de permitir que una facción de insolentes
agresivos “haga llorar el corazón de los justos, a quienes el Señor no hizo
tristes?”[9].
Con
fecha 12 de abril 1870 escribió al Provincial de los jesuitas estas alarmantes
palabras: “Ustedes están yendo demasiado deprisa en Roma. Piense en lo despacio
y cautelosamente que procedieron ustedes en la definición de la Inmaculada
Concepción, cuántos pasos fueron dados, cuántos siglos hubieron de pasar para
que el dogma estuviera maduro. Nosotros no estamos todavía maduros para la
infalibilidad del Papa”[10].
Pero
atención a lo que sigue. El 18 de julio de mismo año la Pastor Aeternus vió la luz y los rumores del principio se
convirtieron en realidad. Frente a este hecho ya consumado, el P. Newman
escribió una carta célebre a Lady Chatterton en la que le dijo lo siguiente:
“Yo mismo he sostenido siempre la infalibilidad del Papa desde que soy
católico, pero igualmente he tenido para mí que otros tengan el derecho, si les
place, de negarla”[11].
En
cualquier caso, había un problema de fondo nada baladí. La forma abrupta en que
terminó el Concilio, justo la víspera de que estallara la guerra franco-prusiana,
y el hecho de que 88 obispos se marcharan para no votar a favor del texto final
de la Pastor Aeternus, hizo pensar a
muchos, incluido el P. Newman, sobre la validez del documento conciliar.
Algunos analistas de la situación dudaron incluso de que durante los debates
conciliares hubiese existido la suficiente libertad para todos de forma que
hubiera que aceptar ciegamente la infalibilidad papal como una verdad
reconocida por la Iglesia universal.
En
una carta al Obispo Clifford, fechada el 12 de agosto, apenas un mes después
del inesperado acontecimiento, le decía que si los obispos opuestos a la
infalibilidad pontificia, abierta o tácitamente aceptan esa doctrina dada por
supuestamente válida entre todos los católicos, él no tenía inconveniente en
pensar que dicha doctrina había sido definida por el Concilio. En cuyo caso,
habría que tomar dicha definición como la voz de la Iglesia aclamando la
infalibilidad pontificia.
El
P. Newman era consecuente con el principio de que securus iudicat, o sea que la aceptación general, el juicio de la
Cristiandad, es la última garantía de que una verdad ha sido revelada. Esto
queda claro en su carta dirigida a Ambrose De Lisle, fechada el 4 de julio de
1870, cuando las castañas del Concilio estaban todavía calientes y las de la
guerra franco-prusiana empezaban a arder y dispararse como balas.
Ahora
bien, si de hecho no hubo unanimidad episcopal, al menos moral, ¿es válida
dicha definición? ¿Depende esto de que la unanimidad, al menos moral, sea o no
necesaria para la validez? Su respuesta a esta pregunta de momento es
afirmativa. Piensa que sí, que esa unanimidad, al menos moral, es necesaria.
Como botón de muestra remite a Pío IV, el cual, según él, puso gran énfasis en
la unanimidad de los Padres conciliares (“As
the present advised, I think it is, certainly Pius IV lays a great stress on
the unanimity of the Council of Trent”).
Pero
sucedió que un grupo de obispos de gran carácter representando a un número
importante de fieles, protestaron abiertamente por la definición de
infalibilidad, y el P. Newman empezó a tener también sus dudas. A medida que
por diversos motivos prácticos se fueron calmando los ánimos y algunos de esos
obispos fueron resignándose y aceptando aunque fuera a regañadientes la definición
de infalibilidad, su convicción de que tenía categoría conciliar se consolidó.
Pero sin olvidar nunca que Newman estuvo siempre muy lejos de las tácticas de
los ultramontanos fanáticos de la infalibilidad pontificia durante el Concilio,
así como de sus estrategias pastorales en sus respectivas diócesis. Baste
recordar un par de textos al respecto.
El
día 2 de enero del 1871, después de casi cinco meses de escandalosa algarabía
posconciliar, escribió una carta a Mrs. Froude, en la que confiesa que “nada
nuevo sobre el Papa que él no haya sostenido antes, pero que es imposible negar
que el texto (Pastor Aeternus) se ha
dado con imperiosa y avasalladora arrogancia causando gran escándalo, y que él
no piensa que los rayos y centellas sean un signo de aprobación. Esta alusión a
los rayos y centellas tiene como trasfondo la tormenta estrepitosa que se
produjo en Roma durante la sesión en que se aprobó el texto, y que algunos
fanáticos ultramontanos interpretaron como un signo de condena a los que no
votaran a favor de la infalibilidad[12].
Pero
antes, el día 1 de noviembre del 1870, había escrito una segunda carta al
Obispo Mariarty en términos contundentes contra los fanáticos de la
infalibilidad pontificia. La verdadera crueldad de cierta gente, de la que el
P. Newman se lamenta, es que ellos no dejan tiempo a la gente para pensar. Con
tiempo por delante y despacio, entrarían en razones. Pero cuando se apunta a la
cabeza de una persona con una pistola y se la exige que crea esta doctrina (de
la infalibilidad) lo mismo que en el misterio de la Santísima Trinidad, bajo
pena de ir por la vía rápida a las calderas de Pedro Gotero, se le corta la
respiración y no puede responder. Suplica angustiosamente que le den tiempo
para pensar pero sus confesores responden: No, ni una hora más o te vas al
infierno. Queremos cribar en el cuerpo Católico a todos los católicos de medias
tintas[13].
VI. ACTITUD PASTORAL DEL P. NEWMAN
Desde
el año 1845 en que apareció su famoso Essay
on the Development of Christian Doctrine, donde el tema de la infalibilidad
de la Iglesia fue un tema estrella, hasta la celebración del Vaticano I, Newman
trató el tema en repetidas ocasiones en sus escritos teológicos. Pero a raíz de
la Pastor Aeternus en 1870, tuvo
especial relevancia su famosa carta al Duke de Norfolk en 1875[14].
Ante
el hecho consumado de la Pastor Aeternus,
cuál fue la actitud pastoral operativa del P. Newman para salir al paso de la
confusión que se había creado entre los laicos de su entorno después de la
publicación oficial de esta definición dogmática?
Primero
explicaba el texto centrando la atención en el “Ex cathedra” o cláusula restrictiva del mismo para salir al paso de
los excesos pretendidos por los ultramontanos fanáticos, dejando al Papa en un
segundo o tercer plano. Y luego, por encima de todo, recomendaba resignación y
paciencia cristianas, convencido de que con el tiempo las aguas volverían a su
propio cauce.
“Let
us be patient: the turn of things may not take place in our time; but there
will be surely, sooner or later, an energetic and stern nemesis of imperious
acts, such as now afflict us” (To H.
Loyson on 24 Nov. 1870).
Pero ante el hecho consumado de la Pastor Aeternus, confesaba su impotencia
para hacer otra cosa que no fuera la actitud de resignación ante Dios
omnipotente como camino obligado. El Concilio no puede forzar e imponer las
cosas, y la voz de los teólogos de toda la Iglesia terminará haciéndose oír
algún día, de forma que los instintos e ideas sean debidamente asimilados y
armonizados entre las creencias de la Cristiandad y de la tradición viva de los
fieles, que en el momento presente algunos quieren imponer a los demás[15].
Más
aún. La definición, según Newman en la misma carta, tuvo lugar fuera del tiempo
que le correspondía de acuerdo con el orden programático del Concilio. De
hecho, estaba previsto que el asunto de la Pastor
Aeternus sería abordado ciertamente, pero después de haber debatido antes el
tema de los poderes de la Iglesia. Si se hubiera respetado ese orden
establecido, posiblemente la Pastor
Aeternus no habría salido como salió.
En
cualquier caso Newman insiste en que se mantenga la calma con paciencia y la
ayuda de Dios para no poner las cosas peor. Tengamos fe y paciencia, aconsejaba
a Miss Holmes el 15 de mayo de 1870[16].
Por
lo demás, el P. Newman estaba convencido de que el Concilio Vaticano I estuvo
dominado por los “ultras” ultramontanos más papistas que el Papa, y su temor de
que una propuesta de infalibilidad pontificia desorbitada pudiera resultar
aprobada en el Concilio terminó siendo una realidad dolorosa para él. Pero le
brindó también la ocasión propicia para matar dos pájaros de un tiro. Por una
parte, demostrar públicamente la sinceridad de su conversión contra la
acusación de hipócrita contra él, subyacente en todo el alegato del Dr.
Kingsley, y por otra, confirmar la necesidad de oír la voz de la recta
conciencia personal para salir airosos en medio de las dificultades y dudas que
asaltan durante la vida humana en general y cristiana en particular. Y todo
ello sin rencor ni resentimiento, como un verdadero Sir o caballero inglés
donde los haya. Así nació su Apología pro
vita sua, cumpliéndose en su caso aquello de que no hay mal que bien no
venga.
VII.
REFLEXIONES FINALES
Después
de lo dicho parece ahora obligado hacer algunas reflexiones, breves pero
sugestivas, mirando al futuro del ecumenismo y el respeto a la recta conciencia
personal en nuestras relaciones con las autoridades eclesiásticas, sin olvidar algunas
anécdotas pastorales de menor calado teológico pero no por ello menos
importantes.
El
pensamiento del cardenal Newman sobre su testimonio teológico y personal en
materia de ecumenismo estuvo presente en muchos de los teólogos que participaron
en el Concilio Vaticano II y en la polémica dialéctica desatada después por
Hans Küng sobre la infalibilidad pontificia. Se ha dicho incluso que el
cardenal Newman fue, con su pensamiento y actitud personal, uno de los
inspiradores del concilio Vaticano II. Por su parte, Pablo VI, Juan Pablo II y
Benedicto XVI no escatimaron referencias a él como maestro ejemplar de teología
ecuménica y de fidelidad a la Iglesia con libertad de pensamiento y de
conciencia.
A lo largo de la historia de la Iglesia, sobre
todo desde el siglo IV, ha existido lo que metafóricamente podíamos llamar una
balanza o romana eclesiástica con dos
platillos competitivos dentro de la Iglesia: El papismo y el conciliarismo.
El primero se refiere a aquellos cristianos de los que se dice peyorativamente que
son “más papistas que el Papa”. El segundo platillo se refiere a aquellos que
son acusados de ser más episcopales que los Obispos. O lo que es igual: Hay
quienes son más papistas que S. Pedro y quienes son más episcopales que el
resto los Apóstoles.
En el escandaloso conciliábulo de
Basilea, por ejemplo, predominó el conciliarismo
sin éxito posterior destacable. En el Vaticano I, predominó el papismo, con escándalo inmediato pero
sin pena ni gloria después hasta nuestros días. En el concilio Vaticano II
predominó la sensatez y el sentido común nivelando el fiel de la balanza con la
puesta en marcha de las nuevas Conferencias Episcopales. Pero oigamos a Pío II
(1458-1464) hablar del conciliarismo
de Basilea. Él fue líder destacado del conciliarismo
antes de ser Papa, y es interesante recordar la versión del mismo que nos
ofrece en sus Memorias o Commentarii rerum memorabilium quae temporibus sui contingerunt. Esto
nos ayudará a entender mejor la postura ecuménica de Newman entre estos dos extremos.
Eneas Piccolomini, futuro Pío II, todavía al
servicio particular del cardenal Albergati, reproduce textualmente esta
declaración de su jefe: “Nuestra presidencia en el Concilio como legados
pontificios es ficticia, no real. Estos locos están empeñados en arrancar de
las manos del Romano Pontífice la administración material de los bienes, y su
cacareada reforma se reduce a convertir el gobierno de la Iglesia en una
república con participación de todos”.
Huelga
decir que de lo que se trataba principalmente no era de cuestiones teológicas o
de algún tipo de reforma ejemplar de la vida de los cristianos todos,
autoridades y súbditos, sino de gobernar de forma autoritaria o democrática los
Estados Pontificios. Y el cardenal Tommaso Sanzano de Parentucelli echó leña al
fuego con estas palabras: “¿Qué Concilio recomendáis con tanta vehemencia?
¡Nadie que esté en sus cabales se atreverá a decir que aquí se está celebrando
un Concilio o una Asamblea de sacerdotes! ¡Hombres malvados, esclavos del
demonio! ¡Lo que formáis no es un Concilio, sino una sinagoga de Satanás!”
Inmediatamente el cardenal Parentucelli fue
detenido y encarcelado, si bien fue puesto luego secretamente en libertad,
gracias a la intervención del cardenal Giuliano Cesarini. Dice Pío II que en
Basilea se cantaba esta coplilla crítica compuesta por un alemán: “Ya Roma
desprecia las redes con que San Pedro pescaba peces. Hoy con las redes romanas
se pescan ciudades, oro y plata”. Más claro, agua. El dinero de los Estados
Pontificios estaba por encima de la teología y de la reforma espiritual de la
Iglesia, que era lo que muchos dramáticamente esperaban de los Papas, Obispos y
Concilios de aquellos tiempos. Pío II no tiene pelos en la lengua para decir
que el incidente cismático de Basilea “saltó a propósito del dinero”, y lo
explica con claridad meridiana[17].
Es obvio que en el Concilio Vaticano I los
problemas de la Iglesia fueron planteados desde una perspectiva esencialmente
teológica y no económica y política. Pero tampoco hay que olvidar la presencia
solapada del galicanismo nacionalista y el final de los Estados Pontificios.
Así
las cosas, ¿puede decirse que era la Constitución dogmática Pastor Aeternus la respuesta más adecuada
a esa situación de rebeldía intelectual generalizada contra la doctrina social
de la Iglesia y el derrocamiento de los poderes temporales de los papas desde
la edad media hasta aquel momento? No. Esto está muy lejos de la teología
ecuménica de Newman, antes y después de su conversión al catolicismo.
Una aclaración importante. Sus
temores iniciales a la posibilidad de que surgiera un texto del tenor de la Pastor Aeternus y su posición contraria a la declaración del dogma no
implicaban oposición a su verdad. Igualmente, pensaba que el poder temporal del Papa era un
hecho histórico pero que no pertenecía para nada a la esencia de la doctrina
católica. Newman preveía que de esa situación confusa había que salir con una
renovación de la Teología en la Iglesia.
Esa
actitud frente a la Pastor Aeternus
es lo que dio pie a que Ignaz von Döllinger, como dije más arriba, le invitara a
que se expresara públicamente contra el Concilio. Pero no sabía el furibundo
antipapista con quién trataba. Newman rehusó el ofrecimiento y se mantuvo siempre
lejos de los extremismos y excesos de los católicos liberales de aquella época,
los cuales se oponían rabiosamente de
forma ciega e indiscriminada a la Sede de S. Pedro.
Desde el punto de vista ecuménico,
puede decirse que John Henry Newman fue un teólogo de pura cepa anglicana que
buscó a su verdadera madre eclesial hasta que la encontró y se fue a vivir en
su casa con ella, dejando a la madre adoptiva anglicana en la que había nacido
y crecido, olvidándose al mismo tiempo de los malos tratos recibidos y
agradeciendo también los buenos cuidados recibidos. Su emigración espiritual
fue un viaje de feliz término en la casa de la Madre Iglesia verdadera guiado
por la teología de los Santos Padres, la reflexión teológica sincera y la pequeña
luz de su propia conciencia.
En
su famosa “vía media” no tuvo éxito y la abandonó. Pero ojo al parche. En
realidad lo que hizo fue cambiar de estrategia sin abandonar su búsqueda
teológica de la Iglesia Madre realmente católica y universal. En un principio
trató de establecer un puente de unión desde el nacional anglicanismo inglés
con la Iglesia de Roma, las iglesias ortodoxas y los protestantes del
continente europeo. Pero poco a poco, pelea teológica tras pelea, se fue dando
cuenta de que el punto de partida debía ser la Iglesia apostólica y universal
de Roma como heredera mayor del legado evangélico de Pedro, y no el
anglicanismo, que empezó a compararlo con algunas de las primeras herejías del
cristianismo.
Newman
fue primero católico anglicano, y después católico romano convencido, formando
parte de la Iglesia universal con raíces en el Evangelio y en los Santos Padres
alejandrinos y antioquenos, así como en Roma, en Bizancio y posteriormente con
todos los protestantes europeos, incluido el anglicanismo, de cuya cepa había
sido un sarmiento agraz hasta que se dio cuenta de ello.
Se
comprende fácilmente que en el estado desganado y formalista en que actualmente
se encuentra el idílico proyecto ecuménico entre las diversas confesiones
cristianas, el cardenal Newman, S. John Henry Newman, sea considerado ya por
algunos como un candidato próximo para recibir con toda razón el título de Doctor
de la Iglesia y de la recta conciencia humana como eco de la voz de Dios.
Por
lo demás, sus temores a que la Pastor Aeternus
se convirtiera en un obstáculo importante para que continuara el goteo normal
de conversiones a la Iglesia de Roma se confirma actualmente en el desarrollo
del ecumenismo. Lo mismo por parte protestante como católica y ortodoxa se
reconoce hoy día que la definición dogmática sobre la infalibilidad del Romano
Pontífice es como un canto rodado en el camino del diálogo ecuménico con el que
antes o después se tropieza siempre. Juan Pablo II pidió en su día sugerencias
para obviar ese obstáculo y yo creo que S. John Henry Newman puede ser un
referente ejemplar para encontrar la forma más honrosa para salir todos del atolladero.
En
esta misma línea se encuentra su respeto incondicional a la conciencia humana
como eco íntimo de la voz de Dios. La rectitud de conciencia fue siempre el hilo
conductor que aplicó con éxito indiscutible a su forma de sentir, pensar y
actuar con relación a la Pastor Aeternus.
El tema es fascinante, pero en este momento sólo quiero destacar aquí las cosas
que dice en su novela Calista y la
célebre Carta al Duke de Norfolk.
La
obediencia a la conciencia natural puede ser un preludio de la obediencia a la
revelación divina. En Calista: “Siento que Dios está dentro de mi corazón. Me
siento en su presencia. Él me dice: 'Haz esto: no hagas eso'. Puede decirme que
este dictado es una mera ley de mi naturaleza, ya que es de alegría o de duelo.
No puedo entender esto. No, es el eco de una persona que me habla. Lleva
consigo pruebas de su origen divino. Mi naturaleza se siente hacia ella como
hacia una persona. Cuando lo obedezco, siento satisfacción; cuando desobedezco,
un dolor, como el que siento al complacer u ofender a un amigo venerado. Un eco
implica una voz; una voz un orador. Ese orador que amo y temo”.
En
la Carta al Duke de Norfolk explica de quién es esa voz. “La conciencia no es
un egoísmo a largo plazo, ni un deseo de ser coherente con uno mismo. Es un
mensajero de Él, quien, tanto en naturaleza como en gracia, nos habla detrás de
un velo, y nos enseña y nos gobierna por medio de Sus representantes. La
conciencia es el Vicario aborigen de Cristo”.
Por
el contrario, hablar de luces internas y voces extrañas tiene un sentimiento
decididamente gnóstico o incluso psicótico. Si escuchamos voces que nadie más
puede escuchar, ¡probablemente deberíamos ver a un médico o un exorcista! Y si
la conciencia fuera realmente una voz fuera de nuestro razonamiento, no jugaría
ningún papel en la filosofía moral y podría sugerir una doble verdad en la
teología moral: mi razonamiento práctico meramente humano me dice que haga X,
pero mi 'voz divina' dice que haga Y, no X.”
Como
es sabido, hasta hace muy poco tiempo se hablaba en los tratados de ética y
moral profesional de la cláusula de
conciencia como un valor y un derecho que debían respetar todos los
sistemas jurídicos. Y la formación de la recta conciencia también para
discernir acertadamente entre el bien y el mal, para hacer lo uno y evitar lo
otro, era un principio de pedagogía educativa irrenunciable. Pero en esta época
de la posverdad rampante en el siglo XXI, la mala conciencia se ha convertido
en un referente más aconsejable que la buena, así como la mentira tiene la
primacía sobre la búsqueda de la verdad. Pienso que la teoría y práctica del
recién estrenado S. John Henry Newman sobre la conciencia humana es un foco de
luz en medio de la noche oscura del triunfo de
la mentira y de la mala conciencia.
En este contexto testimonial cabe
recordar también lo siguiente.
Como queda dicho y repetido, en 1845 la honorabilidad de Newman fue impugnada
por el fanático anglicano Charles Kingsley. Lo cual provocó su famosa Apologia Pro Vita Sua, que es una autobiografía
espiritual en toda regla en la que detalla sus problemas de conciencia y
responde a las acusaciones de mala fe.
Pues bien, unos años más tarde el P.
Newman habló en contra de un fraile dominico llamado Giacinto Achilli, graduado
en la universidad de Oxford. No he
averiguado si este sujeto salió de la Orden de Predicadores por iniciativa
propia o fue expulsado por corrupto. Lo que sí sabemos es que se convirtió en
un demagogo anticatólico y tal vez algo
más. Pero fue acusado y parece claro que el juicio de Achilli, fue
decidido a partir de una conferencia que
el ya católico P. John Henry Newman dio en Birmingham sobre la posición actual de los católicos en
Inglaterra, en la que se refirió a los delitos sexuales de un ex fraile
dominico llamado Giacinto Achilli, quien había tenido el hábito de seducir y
violar mujeres al por mayor. Así las cosas, el P. Newman fue juzgado y condenado
por difamación, a pesar de la abrumadora evidencia de las víctimas del ex - fraile.
Para que el P. Newman no fuera a la
cárcel, sus elevadas multas y costos judiciales fueron pagados por amigos y admiradores
suyos. Pero eso no impidió que recibiera un humillante latigazo del juez sobre
su presunto deterioro moral desde que se convirtió en católico. Ese latigazo
judicial fue el símbolo de la intolerancia y del fanatismo religioso de muchos
protestantes ingleses de aquella época contra la libertad de conciencia para
emigrar con dignidad de una confesión religiosa a otra. Cualquier excusa era
buena entonces para apalear con calumnias a los católicos, sobre todo a los que
se convertían como Newman.
Pero ya que ha surgido este
incidente relacionado con un fraile dominico nada ejemplar, me parece oportuno
recordar también que el pensamiento y ejemplo de Newman ha encontrado siempre
una gran simpatía y respeto por parte de teólogos dominicos importantes.
Contemporáneo de Newman fue, por ejemplo, el Cardenal Filippo Maria Guidi,O.P. Arzobispo
de Bolonia. En Mansi 52,740-748 puede leerse la crítica pormenorizada que hizo
al texto que luego terminaría convirtiéndose en la Pastor Aeternus. Una enmienda que le costó una bronca soberana por
parte del Soberano Pontífice, nunca mejor dicho.
El
P. Newman no tuvo ocasión de conocer ese texto de enmienda del cardenal
dominico, pero estoy convencido de que de haberlo conocido, lo hubiera suscrito
sin pestañear. Pero había prisa en proclamarlo sin darse cuenta de que se
estaba violando la sabia ley del tiempo para pensar reposadamente esos asuntos
tan importantes antes de tomar decisiones sin marcha atrás sobre ellos. Ya se
lo había advertido el P. Newman en su día al Provincial de los jesuitas. ¿Qué
prisas eran aquellas? Iban demasiado lejos hacia una declaración de
infalibilidad pontificia a todas luces desorbitada.
Más recientemente cabe mencionar la simpatía y
respeto del P. Yves Congar hacia la persona y pensamiento eclesial del cardenal
Newman, sin olvidar la presencia del mismo en los escritos místicos del P. Juan
González Arintero y la evolución del dogma del P. Francisco Marín Solá. Por lo
demás, en las redes sociales está publicada la magistral conferencia del
también dominico Anthony Fisher, Arzobispo de Sidney el día antes de la
canonización del cardenal Newman.
También
en vísperas de dicha canonización, el cardenal Marc Ouellet dijo con emoción en
la casina de Pío IV del Vaticano: “Considero que el maestro inglés se encuentra
a la altura de Doctores de la Fe como Atanasio y Agustín, cuyas vidas fueron
confesiones de fe a costa de grandes sacrificios, y que proporcionaron ideas decisivas
tanto por sus contenidos como por sus actos”. En su brillante intervención
propuso a Newman como estímulo ejemplar para alentar la unidad entre todos los
cristianos. Todo su discurso fue una invitación a seguir el ejemplo del nuevo
santo.
El Cardenal Newman,
que se convirtió al catolicismo, tras haber sido criado como anglicano, y que
será canonizado, puede significar un nuevo ímpetu ecuménico hacia la
reconciliación y la reconstitución de la unidad católica. “Esta falta de unidad
afecta la comunión de los individuos y las Iglesias, y apunta también a la
falta de integración de las riquezas doctrinal y espiritual de las Iglesias
hermanas y las comunidades eclesiales que siguen separadas de Roma”. En esta
empresa ecuménica Newman, dijo, nos ofrece las cualidades típicas de la cultura
inglesa, además de la tradición, y nos permite tener una evaluación de lo que
se ha perdido durante siglos de separación”. Ha llegado el momento de promover
iniciativas nuevas que impulsen el diálogo y la reconciliación entre todos los
cristianos y ahí está S. John Henry Newman como maestro consumado en el oficio.
El Cardenal Fernando Filoni, por su
parte, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos,
destacó la extraordinaria personalidad humana, teológica y social de John Henry
Newman, al que calificó como un ilustre hijo de Gran Bretaña y apostilló: “Según
el pensamiento de Pablo VI, Newman se encontraba invisiblemente en el centro
del Concilio Vaticano II. De hecho, él estuvo fielmente presente con su
enseñanza, algo que se percibe en algunos documentos. Recuerdo aquí
principalmente la declaración Dignitatis
humanae, donde se acoge el primado de la conciencia en la búsqueda de la
verdad”.
Entre el público estaba el futuro
cabeza de la Iglesia Anglicana y heredero al trono británico, el Príncipe
Carlos, quien escribió un artículo con el título John Henry Newman: la armonía
de la diferencia, publicado en L`Osservatore Romano (12/octubre 2019). En dicho artículo alaba
a Newman como “un gran británico, un gran hombre de Iglesia, y ahora un
gran santo”. “Sean cuales sean nuestras creencias, y sin importar nuestras
tradiciones, sólo podemos estar agradecidos a Newman por los regalos,
arraigados en su fe católica, que compartió con la sociedad”.
Según el Príncipe Carlos de Gales,
“Newman no se ha dedicado sólo a la Iglesia, sino también al mundo. Aunque
estaba totalmente dedicado a la Iglesia, a la que había llegado pasando por
tantas pruebas intelectuales y espirituales, inició un debate abierto entre
católicos y otros cristianos, allanando el camino para posteriores diálogos
ecuménicos. Cuando en 1879 fue elevado a la dignidad cardenalicia, eligió como
lema Cor ad cor loquitor (corazón habla a corazón) y sus
conversaciones más allá de las diferencias confesionales, culturales, sociales
y económicas estaban radicadas en esta íntima amistad con Dios”.
Termina su cálido discurso así: ”Amaba
Oxford, honrándola no sólo con apasionados y eruditos sermones, sino también
con la hermosa Iglesia Anglicana de Littlemore, construida después de un viaje
formativo a Roma donde, buscando una guía para su camino espiritual y meditando
sobre su relación con la Iglesia de Inglaterra y con el Catolicismo, escribió
su amado himno Lead Kindly Light.
Cuando finalmente decidió dejar la Iglesia de Inglaterra, su último sermón, en
el que se despidió de Littlemore, dejó a la congregación llorando. Se
titulaba The Parting of Friends, "La despedida de los
amigos".
Mientras recordamos la vida de este
gran británico, gran eclesiástico y, como podemos decir ahora, gran santo, que
supera las divisiones entre tradiciones, es ciertamente justo dar gracias por
la amistad que, a pesar de la separación, no sólo ha resistido sino que también
se ha fortalecido.
En la imagen de la armonía divina,
expresada tan elocuentemente por Newman, podemos ver cómo, después de todo,
cuando seguimos sincera y valientemente los diferentes caminos a los que nos
llama nuestra conciencia, todas nuestras divisiones pueden conducir a una mayor
comprensión y todos nuestros caminos pueden encontrar una casa común”[18].
CONCLUSIÓN
BREVE
La cuestión de la infalibilidad de
la Iglesia y del Romano Pontífice fueron dos cuestiones vertebrales del
pensamiento teológico de nuestro protagonista y líder intelectual indiscutible en
la Universidad de Oxford. Por lo que se refiere a la Iglesia, es realmente
fascinante su entrega ejemplar y de buena fe al nacional anglicanismo inglés.
Pero más aún cómo marcó distancia después con la iglesia anglicana de una forma
inteligente y responsable tan pronto empezó a sospechar con fundamento
teológico que esa su madre eclesial anglicana lo era sólo por cultura y
adopción legal pero que su verdadera madre eclesial y teológica era la Iglesia
católica de Roma.
Ese cambio de domicilio espiritual
cristiano tuvo lugar con mucha pena y dolor. Pero la rectitud de conciencia en
la búsqueda de la verdad teológica le compensó colmadamente. Su canonización reciente
no ha sido más que un esplendoroso brindis de agradecimiento para celebrar el
feliz término de su azaroso itinerario intelectual a la luz de la razón y la
voz de su conciencia, a la que escuchó siempre como un eco auténtico de la voz
de Dios.
Por lo que se refiere a su actitud frente
a la definición dogmática de la infalibilidad del Romano Pontífice, rompió
todos los esquemas de los papistas, de
los conciliaristas y de los pastoralistas fanáticos de su tiempo. Por una parte
confiesa creer en la infalibilidad del Papa. Pero, por otra, censura y lamenta sin tapujos la
inoportunidad y falta de sentido pastoral de la Pastor Aeternus. ¿A qué se debió el precipitado interés del Pío IX en
sacar adelante su aprobación?
¿O fue sólo un mero devotional outpourings o luxury of devotion, como irónica y muy
benignamente la define? That`s the question. En cualquier caso Newman dejó aquí
abierta una puerta para el ecumenismo en esta materia y esperamos que no la
cierre nadie en el futuro. Por ello remito al lector a lo que dije al
principio. Ni más papista que S. Pedro, que nunca se consideró infalible, ni
más episcopal que el resto de los Apóstoles, que tampoco se proclamaron
infalibles. Ni el Papa sólo por su cuenta, desligado del cuerpo episcopal y los
demás fieles cristianos, ni los obispos por su cuenta, desligados del Papa. Ni
papismo fanático ni conciliarismo político.
Sólo dos observaciones más. Ni la
reflexión teológica de Newman ni su ejemplo personal pueden invocarse sin
faltar al respeto, para justificar los nacionalismos clericales como el
nacional clericalismo ortodoxo, católico o protestante, liderados por grupos de
eclesiásticos pringados hasta la coronilla en actividades políticas al estilo
vasco o catalán en España. Incluso hablando en términos exclusivamente
políticos, me atrevo a decir que Newman no habría votado nunca a favor del
Brexit o salida del Reino Unido de la Comunidad Europea.
Pero no olvidemos que el inteligente
apego de John Henry Newman a su conciencia estaba apoyado por el respeto y la
caridad incondicional a los demás. Por ello no se complace nunca en airear los
trapos sucios del protestantismo y de sus líderes históricos. Al contrario, se
confiesa él públicamente de haber identificado durante algún tiempo al Papa con
el Anticristo. Sólo por esto se comprende que al final de su vida fuera
admirado y respetado por casi todos los que le conocieron y ahora haya sido
canonizado. NICETO BLÁZQUEZ, O.P.
[1] FERNANDO SAVATER, La peor parte. Memorias de amor, Barcelona 2019.
[6]
MOTHER DOLORES HART, O.S.B and RICHARD DeNEUT, The Ear of the HEART. An Actress`Journey From Hollywood To Holy Vows (San Francisco 2013).
[7] “It may easily be conceived how great a trial it is to
me to write the following history of myself; but I must not shrink from the
task… I cannot be sorry to have forced Mr. Kingsley to bring out in fullness
his charges against me. It is far better that he should discharge his thoughts
upon me in my lifetime, than after I am dead “ JOHN HENRY
NEWMAN, Apologia pro Vita Sua. By
Styled LimpidSoft, p. 92.
[8] ¿What heresy calls for a decisión? What have
we done that we can`t be let alone? Hitherto definitions de fide were grave
necessities, not devotional
outpourings…Have men who entertain such a project any regard at all for
the souls of their brethrem? The frogs said to the boys who threw stones at them, “It is fun to you, but death for
us”. Where is the Arius or Nestorius, whose heresy makes imperative for the
Holy Church to speak?” (Jan.28th,
to Bishop Moriarty).
[9] Rome
ought to be a name to lighten the heart at all times, and a Counsil`s proper
office is, when some great heresy or other ivil impends, inspire the faithful
with hope and confidence; but now we have … little else than fear and dismay…
No impending danger is to be averted, but a great difficulty is to be created.
Is this the proper work for an Ecumenical Counsil?...What have we done to be
treated, as the faithful never were treated before? What have we done to
treated as the faithful never were
treated before? When has the definition of doctrine de fide been a luxury of devotion, and not a
stern painful necessity? Why ahould an aggressive insolent faction be allowed
to “make the heart of the just to mourn, whom the Lord hath not made sorrowful?
(To his own Ordinary, Ullathorne of Birmingam).
[10]
You are going
too fast at Rome...Think how slowly and cautiously you procceded in the
definition of the Immaculate Conception, how many steps were made, how many
centuries passed, before the dogma was ripe. We are not ripe yet for the Pope`s
Infallibility”. (To the Jesuit
Provincial, Robert Whitte, on 12 April 1870).
[11] “I have ever held the infallibility
of the Pope myself, since I have been a Catholic, but I have ever felt also
that others had a right, if they please, to denay it”. (To Lady Chatterton).
[12] “As little as possible was passed at the Council,
nothing about the Pope whitch I have not myself held, but it is impossible to
deny that it was done with an imperiousness and overbearing whilfulness,
which has been a great scandal, and I
cannot think thunder and lightning a mark of approbation”. (To Mrs. Froude, 2 Jan.71).
[13] “The
very cruelty of certain people, of which I complain, is that they will not let people have time. They
would come round quietly if you give them time, but, when you hold a pistol to
their heads and say, “Bilieve this
doctrine, however new to you, as you bilive in Holy Trinity, under pain of
damnation”, they can`t. Their breath
is taken away-they seem to say “Give me time, give me time”, and their
confessors all about the country say “No, not an hour, believe or damned”. We
want to sift the Catholic of all half Catholics” ( To Bishop Moriaty, 1 Nov. 1870).
[15] From feeling that we can really do nothing, I come to
think that our helplessness, and therefore that our resignation under the
mighty hand of God, is the path of duty…The Council cannot force things. The
voice of the Schola Theologorum, of the whole Church diffusive, will in time
make itself heard, and Catholic instincts and ideas will assimilate and
harmonize into the credenda of Christendom, and the living tradition of the
faithful, what at present many would impose upon us, and are startled as
momentous addition to the faith”. ( To W. Maskell, 12 Feb. 1871)
[16] “Let
us have faith and patience”. “Our wisdom is to keep quiet, not to make things
worse, but to pray that He, who before now has completed a first Council by a
second, may do so now.” Hace
referencia aquí a la definición del dogma de la Trinidad, que se llevó a cabo
en dos concilios, y lo mismo podría ocurrir ahora, pensaba él, con el dogma de
la infalibilidad pontificia, lo cual dejaba abierta una puerta a la esperanza.
[18] Cf. JOHN HENRY NEWMAN, Apologia pro Vita Sua. By Styled LimpidSoft. (Texto completo
con apéndice y postcriptum)
AA.VV., Teaching authority and infallibility in the
Church. Common Statement, en Theological
Studies 40 (1979) 113-166).
JOHN T. FORD,
C.S.C., Infallibility: A review of recent
studies, en
Theological Studies 40 (1979) 273-305.
CHARLES STEPHEN
DESSAIN AND THOMAS GORNALL, S.J., The
Letters and Diaries of John Henry Newman, Vol. XXV, Oxford 1973.
JEREMY MILLER,
O.P, The Letters and Diaries of John
Henry Newman, en The Thomist 38 (1974) 372-375.
PAUL MISNER, Newman and the Tradition concerning the
Papal Antichrist, en Church History 42 (1973) 377-95.
- Papacy and development. Newman
and the Primacy of the Pope, Leiden 1976.
J. HOLMES, Liberal Catholicism and
Newman's Letter to the Duke of Norfolk
en Clergy Review 60
(1975) 498-511.
DAVID P. LONG, John Henry Newman, Infallibility, And The
Development of Christian Doctrine, en The Heythrop Journal 58 (2017) 181-184.
B. C. BUTLER, The Limits of
Infallibility, Tablet 225
(1971) 372-75.
KARL RAHNER (Director de la obra), La infalibilidad de la Iglesia,
(Biblioteca de Autores Cristianos) vol. 401 Madrid 1978.
LA ASOCIACIÓN ALMUDÍ (Valencia), La infalibilidad del Papa y la libertad de
las conciencias. Artículos antiguos. John Henry Newman: desde las sombras.
CARDENAL JOHN HENRY NEWMAN, Apología pro vita sua, Madrid 1961.
CARDENAL OUELLET, Cardenal Newman: Una celebración. Evento
celebrado en la casina Pío IV en el Vaticano.
ARZOBISPO ANTHONY FISHER OP.
Conferencia sobre Newman el Profeta:Un
santo para nuestros tiempos. (Pontificia Universidad de Santo Tomás
(Angelicum), Roma. 12 de octubre del 2019.
SU ALTEZA REAL EL PRÍNCIPE DE GALES, John Henry Newman: la armonía de la diferencia (L’Osservatore
Romano 12 de octubre de 2019).
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