lunes, 29 de abril de 2019

LA HISTORIA POLITIZADA


LA HISTORIA POLITIZADA
Y RESPONSABILIDAD DE LOS HISTORIADORES

              ABSTRACT. Con ocasión de la Ley de memoria histórica, impuesta por el Gobierno español en el año 2018, el autor ofrece aquí un ramillete de hechos históricos falsificadores de la historia real teniendo como modelo de referencia la “damnatio memoriae” que solía dictar el Senado Romano contra las personas públicas consideradas “non gratas” después de haber muerto. Esta dinámica de condenas alternativas al olvido refleja la actitud crónica de los vencedores en todos los órdenes de la vida, a escribir la historia siempre a su favor, maldiciendo a los vencidos y sus obras hasta el extremo de borrar todos los rastros de su existencia si fuere posible. De ahí el peligro de que los políticos invadan el campo de los historiadores dictándoles a éstos cómo tienen que escribir la historia, dando lugar así a lo que actualmente se denomina “memoria histórica”, la cual lleva consigo una falsificación más o menos descarada de la historia real como maestra de la vida.
             
                     1. “DAMNATIO MEMORIAE”  Y MEMORIA HISTÓRICA

              El 25 de agosto de 2018 apareció en el BOE (Boletín Oficial del Estado) un texto con pretensiones de ley estableciendo medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil española de 1936, y luego durante el régimen del general Francisco Franco. El documento lleva por título Ley de Memoria Histórica. Con motivo de este texto eldiario.es publicó un artículo del juez José Yusty Bastarreche contra el proyecto de esta ley en 2007 en la revista de historia contemporánea, el 26/02/2019, y que me parece oportuno reproducir aquí en nota sin comentarios[1].
              Esta ley, en efecto,  se  presta fácilmente  a ser interpretada de muchas formas, desde su calificación como ridícula y carente de sabiduría política por parte de sus promotores, hasta la negación misma de la realidad histórica como escenario de grandezas y miserias humanas que los buenos historiadores se esfuerzan en presentar sin rencor ni odio. Nada nuevo, pero no estará mal que recordemos algunos datos sobre la damnatio memoriae de los romanos, o “sepultura del olvido”, que diría el autor anónimo del Lazarillo de Tormes. Me limitaré a recordar algunos de los pilares sobre los que este tipo de leyes se vienen produciendo desde tiempos remotos hasta nuestros días. No es una historia abreviada del problema sino un recuerdo selecto de hechos concretos fácilmente reconocibles teniendo de fondo la damnatio memoriae de los romanos hasta nuestros días.

                     2. ACLARACIONES CONCEPTUALES

       Como es sabido, la polémica expresión “memoria histórica” es un concepto moderno muy reciente acuñado por el historiador francés Pierre Nora, para designar el esfuerzo que hacen algunos colectivos sociales de entroncar con su pasado, real o imaginado, valorándolo y tratándolo con especial respeto. Pierre Nora nació en 1931, y es muy conocido por sus trabajos sobre la identidad social y política francesa. La expresión “memoria histórica” se inscribe en el contexto de la historiografía contemporánea como registro escrito del pasado. O sea, de la memoria o recuerdo del pasado fijado en la escritura. La historiografía consiste en poner por escrito nuestro pasado y los que ejercen este noble trabajo se denominan historiadores (Ιστορία y γράφος), que son los que escriben o describen la historia como hechos del pasado. En este mismo sentido se ha de interpretar, creo yo, el programa de la UNESCO sobre la memoria del mundo.
                     Pierre Nora es el fundador de la revista  Le Débat, autor y director de la obra colectiva Les lieux de mémoire. Esta obra es un proyecto ambicioso en el que se introdujo el concepto de memoria como algo diferente  del concepto tradicional de historia. En este matiz radica la cuestión.
                     De la entrevista que Pierre Nora concedió a Evelyn Erlij el 1 de febrero de 2018, cabe destacar los puntos siguientes.
                     Durante esta conversación explicó Nora cómo llegó a convertirse en el “historiador de la memoria” pero advirtiendo sobre el uso abusivo que actualmente se hace de ese concepto. Definió la memoria como la economía y administración del pasado desde el presente, y explicó cómo llegó él a elaborar esa idea. Entre los grupos humanos que le sirvieron de referencia destacó las memorias femeninas, religiosas, judías y  campesinas, así como de los gays y de los antiguos pueblos coloniales. Hay actualmente una suerte de explosión de las memorias grupales- dijo- que no habían sido reconocidas por la historia oficial tradicional, centrada siempre en el Estado, y que reclamaban ser debidamente consideradas. Lo que estos grupos llamaron recuperación de sus memorias era en realidad la recuperación de sus propias historias particulares en el presente.
                     ¿Distinción entre el registro de la historia y el de la memoria, y frontera entre ambos conceptos? El registro de la historia respondió, está construido con base en documentos escritos que permiten reconstituir un hecho. Pero este hecho de reconstruir no se siente de inmediato, sino que es un fenómeno acumulativo, que a través de la ciencia quiere tocar una forma de verdad. Nadie puede decir, por ejemplo, que el descubrimiento de América no tuvo lugar el año 1492 ya que tenemos pruebas escritas de ello. La memoria, en cambio, es otra cosa: es afectiva, psicológica y emotiva. En un principio es individual, a diferencia de la historia. La memoria, además, es voluble, juega muchos papeles y no tiene pasado, ya que por definición es un pasado siempre presente. Nora trató estos dos registros, como si fuesen independientes uno del otro e intentó demostrar que hay una distinción entre historia y memoria colectiva, aunque a menudo se confunden. Lo que me interesó –confiesa- fue hacer la historia de esta memoria colectiva.
                     El gran riesgo de los historiadores, insistió, es el de confundir historia y memoria. El historiador tiene un papel cívico y uno ideológico, y yo estoy a favor del primero y en contra del segundo. El historiador no es un hombre abstracto, sino un hombre concreto de su familia, de su religión, de su país, y no puede desprenderse de todas esas circunstancias para ser lo que en otros tiempos se creía que era un historiador, a saber, un hombre de ningún tiempo y de ningún país. Lo cual es imposible.
                     Pero igualmente debe hacer un gran esfuerzo para no estar condicionado por esas dificultades a fin de intentar una forma de hacer su trabajo con honestidad. Los actuales reclamos por la memoria resultan de la supremacía del presente y de un cierto olvido de la historia. La actual explosión de la memoria en el mundo tiene su explicación. Textualmente: Esta forma de resurrección de la memoria ocurrió cuando los antiguos países comunistas comenzaban a borrar las huellas del comunismo, a luchar contra él y a redescubrir un pasado, una memoria, una genealogía perdida, confiscada, deformada durante treinta o cuarenta años de falsificación histórica enseñada en las escuelas. Empezaron a reencontrarse con formas tradicionales de vida, con los recuerdos de los grandes eventos del pasado, con la religión; en resumen, con una memoria anterior al comunismo.
                     Se puede decir lo mismo de los países que fueron colonizados: en los años setenta y ochenta del siglo pasado lograron su independencia y quisieron encontrar una memoria que precediera a la colonización. Al mismo tiempo, en todo el mundo occidental, que se industrializó de manera muy fuerte entre finales de la Segunda Guerra Mundial y las postrimerías del siglo XX, se dio una transformación prodigiosa de los modos de vida. Tuvo lugar, entre otras cosas, una gran urbanización que trajo como consecuencias el quebranto de la familia y la vida colectiva, el cultivo de la noción de individuo y de su propia vida”.
                     El crecimiento económico -continuó Nora-  modificó la cotidianeidad en el mundo. Inauguró rutas que condujeron a pueblos pequeños, instaló almacenes donde nunca habían existido e implicó un cambio profundo en las relaciones entre hombres y mujeres, y en la relación de las mujeres con su propio cuerpo. “Todo ello creó un corte temporal enorme: lo que pasó está a la vez perdido y rodeado de un aura nostálgica. En otras palabras, el pasado perdido se percibe como algo memorable, digno de ser recuperado”.
                     Pero la memoria histórica es por naturaleza susceptible de manipulación. ¿Cuál es entonces el papel del historiador en este presente en que tantos grupos luchan por incorporar su memoria nacional e instalar sus versiones del pasado en el relato de la historia nacional respectiva?Para mí, el historiador es a la vez un especialista, un árbitro entre las diferentes memorias, un intérprete de cada una de ellas y aquel que trata de reconstruir los sucesos en su profundidad histórica y en su duración”.
              En cualquier caso, la labor del historiador tradicional ha cambiado mucho con el desplazamiento de la historia hacia lo contemporáneo. Nora matizó: “Cuando solo trabajabas con el pasado, no había testigos. El historiador era el amo del pasado y de lo que decía sobre él. Pero si se habla de lo contemporáneo, hay que enfrentarse a los testigos. No se puede decir cualquier cosa sobre Auschwitz ante alguien que lo vivió”. Es sólo un ejemplo entre otros muchos que Pierre Nora conoce y tiene en cuenta como historiador.
                     De todos modos Nora reconoce que es muy difícil establecer la frontera entre la historia y la memoria pero considera que “esa distinción es más necesaria que nunca para que las reivindicaciones de la memoria de algunos grupos no terminen por pervertir la historia”.
                     Esta es la cuestión. ¿Cómo explicar desde el presente los hechos desagradables del pasado sin falsificar la realidad histórica de los mismos? Por una parte, la facultad humana de recordar es muy limitada y con la edad se va apagando naturalmente ella sola. Por otra, es humanamente imposible poner por escrito todo lo que aconteció en el pasado y acontece en el presente, a pesar de las modernas técnicas de almacenamiento de datos memorables. Por si esto no fuera suficiente para complicar las cosas, algunos analistas ya han pronosticado como una amenaza que el siglo XXI será el siglo del olvido.
             
                     3. REFLEXIONES COMPLEMENTARIAS

                     Hasta muy recientemente la  “memoria histórica” evocaba de inmediato en nosotros el triste recuerdo del Holocausto judío y de los desaparecidos por razones políticas en diversos países. Se trata ciertamente de una expresión feliz pero se presta mucho a ser utilizada con significados diversos. En nuestros días se maneja casi exclusivamente como recurso político, lo cual es muy preocupante. De entrada cabe decir que “memoria histórica” es un concepto confuso ya que tanto como recuerdo del pasado como del presente fugazmente desaparecido, la memoria es una categoría psicológica individual marcadamente afectiva. La memoria es la facultad o capacidad individual de recordar el pasado.  En este sentido decimos, por ejemplo, que una persona concreta tiene mucha o poca memoria. Además, esta facultad se pierde progresivamente de una forma natural. Uno de los signos más alarmantes de senilidad es precisamente la pérdida de la memoria que en vano tratamos  de conservar. Todos sabemos que vivir con una persona que ha perdido parte importante de la capacidad de recordar es un calvario. Ahora bien, cabe distinguir dos tipos fundamentales de memoria: sensitiva e intelectiva.
                     La memoria sensitiva nos capacita para recordar y retener fácilmente hechos y acontecimientos del pasado. Con la particularidad de que, si bien la buena memoria sensitiva es un factor muy importante para el desarrollo posterior del pensamiento, ello no significa que el tener buena memoria sensitiva sea una garantía segura de sana inteligencia. Hay personas que recuerdan hechos y dichos con gran facilidad, hablan descriptivamente de todo pero apenas piensan o razonan de forma correcta sobre su caudal de recuerdos. Por el contrario, quienes están dotados de buena memoria intelectual recuerdan principalmente los datos esenciales de los problemas con vistas a la solución correcta de los mismos en el presente. La memoria, por tanto, es una facultad de recuerdo personal que hay que tratar con mucho cuidado reconociendo la importancia que ella tiene, pero sin violentar su naturaleza atribuyéndole una importancia que no le corresponde. El mucho recordar puede ser tan indeseable como la amnesia, lo mismo desde el punto de vista sensible que intelectual. Por otra parte, se asocia la memoria a la historia lo cual exige otra aclaración importante.
                     El hecho de relacionar la memoria con la historia tiene un precedente singular en el filósofo Francis Bacon (1561-1626) el cual tuvo la ocurrencia de clasificar las ciencias de acuerdo con las facultades cognoscitivas implicadas en el conocimiento humano, a saber: memoria, imaginación y razón. De este modo relacionó las ciencias de la razón con las matemáticas y la filosofía; las ciencias de la imaginación con la poesía y las ciencias de la memoria con la historia. Esta definición pasó pronto a la enciclopedia francesa y empezó a funcionar por ahí hasta nuestros días con un cariz abiertamente político, que nada tiene que ver con el sentido baconiano original de la expresión.
                     La memoria, en efecto, se refiere a la historia en el sentido de que tiene como objetivo la acumulación de datos del pasado para elevar sobre ellos la inducción. En este sentido habla Bacon en su Novum Organum hasta de ciento treinta “historias” diferentes, todas ellas encuadradas en el marco general de la historia natural, humana o civil. La facultad más representativa de la historia como recuerdo del pasado es la memoria, como la imaginación lo es del arte y la razón de la ciencia. La memoria, pues, es tomada aquí sólo como facultad de conocimiento memorístico y nada más. Esta clasificación universal del saber humano la propuso Bacon en función del conocimiento del pasado que debería culminar en estudios históricos científicamente objetivos y no como excusa para recrear en el presente problemas del pasado, o simplemente incrementar los ya existentes. De este importante trabajo de la investigación histórica se ocuparon y deben seguir ocupándose los buenos historiadores que en su trabajo se mantienen alejados de prejuicios e intereses ideológicos o políticos. La memoria histórica, por el contrario, tal como se la entiende actualmente, es casi siempre un derivado bastardo de intereses ideológicos, políticos y sentimentales.
                     En esta línea de politización indeseable de la memoria histórica me parece oportuno recordar algunas matizaciones del filósofo Gustavo Bueno en el curso de una conferencia. Cito a este pensador porque se podrá estar en desacuerdo con él casi en todo lo que es de su cosecha, pero nadie podrá decir que fue  un hombre entregado al servilismo de ningún grupo político.
                     Refiriéndose al caso español, definió el proyecto de ley socialista sobre la “memoria histórica como "un arma arrojadiza contra el PP para identificarlo con el franquismo, entendiendo que no hubo transición". Y en otro momento: "Lo que la izquierda llama Memoria Histórica es un intento de reconstruir la historia durante el franquismo desde perspectivas totalmente partidistas". O sea, todo lo contrario de lo que debe hacer un historiador objetivo con los hechos del pasado sin prejuicios ni manipulaciones de los recuerdos. En otro momento de su intervención el filósofo descalificó al Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero por pretender borrar del callejero los nombres de los "golpistas del 36 y no retirar los nombres de los golpistas del 34, que se levantaron contra el Gobierno establecido reivindicando una dictadura del proletariado". La memoria histórica consiste en la utilización del pasado como arma política dando la espalda a la historia real en la que se aprende de los errores del pasado evitando su repetición en el presente.
                     Cabe hablar de memoria histórica personal, familiar y nacional. Un buen ejemplo de memoria personal lo tenemos en los historiales clínicos. Los buenos médicos no improvisan sus diagnósticos y remedios terapéuticos. Antes de tomar cualquier decisión tratan de conocer lo más y mejor posible la historia clínica archivada del paciente. Innecesario advertir que cualquier error incorporado en el historial clínico puede ser nefasto a la hora de tomar decisiones sobre el trato que se ha de dispensar al enfermo.
                     Otro ejemplo memorable lo encontramos en la vida familiar. En el contexto familiar, dadas las posibilidades actuales de viajar, cada vez es más frecuente que miembros de una determinada familia de antiguos emigrantes vuelvan al país de origen de sus padres o abuelos para reconstruir y perpetuar la memoria de sus respectivas familias. La gente bien nacida, suele decirse, no reniega ni se avergüenza de sus orígenes sino que trata de aprovechar de ellos lo mejor olvidando lo peor.
                     Luego está la memoria histórica de las naciones, mediante la cual los historiadores tratan de reconstruir por escrito sus orígenes y el proceso de formación en los períodos intermitentes de paz durante las malditas guerras entre los habitantes de una determinada configuración geográfica y las naciones ya constituidas entre sí. Esta reconstrucción escrita del pasado de pueblos y naciones es de suyo muy difícil de llevar a cabo de forma totalmente satisfactoria por razones obvias, pero los buenos historiadores se esfuerzan en ser objetivos en la reconstrucción de los hechos pasados evitando la distorsión o falsificación intencionada de los mismos para utilizarlos después como arma política en nombre de la justicia. Cuando el historiador trabaja sobre el pasado, no para establecer la verdad de las cosas que ocurrieron, felices o desgraciadas, sino por intereses ideológicos o políticos, se convierte fácilmente en un buitre desenterrador de cadáveres y provocador de odios entre los vivos.
                     4. LA MEMORIA HISTÓRICA COMO ARMA POLÍTICA

                     Durante la primera década del siglo XXI se puso de moda hablar de la Recuperación de la Memoria Histórica como concepto definitorio de una acción social, cultural y política realizada hasta esas fechas. En tal sentido algunos definen ese concepto como un movimiento socio-cultural de izquierdas de origen civil, para divulgar de forma sistemática la historia de la lucha política contra el fascismo y sus protagonistas. Su único objetivo es que se haga justicia y sean recuperados referentes del pasado para luchar por los derechos humanos y construir la izquierda deseable para el siglo XXI.
                     Algunos matizan más diciendo que cuando esos historiadores hablan de justicia se refieren al reconocimiento y reparación de hechos injustos y de actitudes revanchistas que no beberían tener cabida en este movimiento ya que la revancha equivaldría a hacer con los herederos de los verdugos lo mismo que estos hicieron con nuestros padres o abuelos. Lo que realmente se pretende, dicen, es establecer la verdad histórica ya que hasta ahora sólo el bando vencedor en las guerras tuvo acceso a los medios de difusión y el apoyo institucional necesario para acometer esta tarea.
                     Otros grupos no hacen ascos a la reivindicación de la verdad histórica de una forma salvaje, si ello se considera oportuno, desenterrando cadáveres y borrando los nombres de calles que no son de su gusto político, lo que suele tener como resultado la destrucción de la paz lograda en el presente por las víctimas más inmediatas a las presuntas injusticias del pasado. En cualquier caso lo que a mí me interesa en este momento es destacar el giro político de la memoria histórica intoxicando el significado propio de la memoria como capacidad de recuerdo, y de la historia real como maestra de la vida. Por razones obvias de espacio me voy a limitar a recordar sólo algunos casos concretos de antología como botones de muestra de lo que ha venido ocurriendo a lo largo de la historia de la humanidad en este terreno histórico de pueblos y personas.

                     5. HOLOCAUSTO Y MEMORIA HISTÓRICA COMO DEBER

       Hablando de memoria histórica resulta obligado hacer una referencia al Holocausto judío perpetrado por los nazis durante la segunda guerra mundial. Entre otros rasgos del desgraciado evento histórico cabe destacar los siguientes. En este macabro y descomunal genocidio no solo se trataba de matar judíos sino que se hacía de tal forma que no quedara rastro histórico de ellos. El genocidio judío implicaba un proyecto formal bien calculado de OLVIDO total en el sentido de que se los asesinaba de tal forma que no quedara de ellos ni el más mínimo vestigio de su cultura. En definitiva se trataba de expulsarlos para siempre de la condición humana.
                     De acuerdo con la mentalidad nazi, los judíos eran seres abyectos que sólo merecían la muerte y en razón de esta peculiaridad surgió el concepto de “crimen contra la humanidad” (contra la especie humana y contra la razón) como un delito que no debe prescribir y que, por lo mismo, ha de ser perseguido en todos los tiempos. El holocausto judío ha sido tipificado como un crimen específico contra la especie humana y contra todas las conquistas del progreso. Con la muerte del judío los nazis se propusieron hacer morir también muchas de las cualidades del hombre y de ahí la importancia de la “memoria histórica” como recuerdo permanente. El pueblo judío se convirtió así en el pueblo de la memoria. Esta singularidad del holocausto judío no significa que las víctimas judías sean de primera clase y que las muchas otras existentes hayan de ser tratadas como de segunda o tercera. No es que el sufrimiento judío valga más que otros sufrimientos padecidos por otros pueblos.
              La singularidad del proyecto nazi de exterminio del pueblo judío consistió en que se buscaba explícitamente el olvido de las víctimas, mientras que en otros genocidios bien conocidos las víctimas quedan a la vista de todos. De ahí la necesidad de no olvidar o infravalorar su memoria. Esta es una interpretación de la memoria histórica judía que algunos consideran válida en lo esencial, pero a condición de que no se exagere la memoria histórica judía con menoscabo de la memoria histórica del cristianismo y de tantas otras instituciones históricas homologables a lo largo de la historia hasta nuestros días.
                     Los historiadores actuales no se ponen de acuerdo sobre este tema. Se admite la memoria de unos y se olvida sistemáticamente la de otros. Cada cual entiende por memoria histórica el recuerdo de lo suyo y de los derechos que le afectan más directamente sin pensar en los demás. Para salir de este callejón sin salida cabe hablar de al menos tres formas de entender la memoria histórica:
                     1) Como sentido interno previo al entendimiento.
                     2) Como un sentimiento moral en clave de conocimiento mediante el cual se destaca la importancia de las víctimas.
                     3) Como deber de memoria, interiorizado. El recuerdo permanente de las víctimas del holocausto judío se convierte así en una obligación permanente. Se trataría de una estrategia para que lo ocurrido no se repita en el futuro, más que sólo de recordar cosas del pasado para atizar el rencor o los sentimientos revanchistas en las futuras generaciones.
                     Se reconoce, por otra parte, que el ejercicio de la memoria histórica complica las cosas en lugar de resolverlas, por la simple razón de que el recuerdo de las injusticias del pasado abre inevitablemente las viejas heridas en el presente. Por lo tanto, no basta el mero recuerdo sentimental del Holocausto para que no se repita en el futuro, sino que es necesario un programa de reflexión sobre el genocidio judío para no quedar atrapados psicológicamente por el mero recuerdo de las injusticias padecidas en el pasado. En opinión de los tratadistas más razonables de este tema, el objetivo principal de la memoria histórica debe ser la reconciliación humana entre las partes.
                     Aún dejando a un lado las interpretaciones fanáticas del holocausto judío, el riesgo de exagerar algunas de sus notas específicas no desaparece. Sobre todo al describirlas como si no hubieran existido otros genocidios de naturaleza similar. Muchos supervivientes de los tormentos y de las masacres llevadas a cabo por algunos regímenes comunistas, por ejemplo, podrían describir su situación con los mismos rasgos patéticos con los que suele describirse el holocausto judío.
                     En los genocidios y brutalidades de los regímenes marxistas más extremosos, en efecto, se buscó igualmente el olvido de cualquier rastro o memoria de los vencidos o exterminados y también se pensaba en un antes y un después del exterminio de personas, pueblos, historia, fronteras y culturas diversas. Por esta razón creo que la pretensión por parte de algunos de monopolizar el dolor humano mediante el holocausto judío es emocionalmente comprensible pero razonablemente discutible. Hoy más que nunca cabe espantarnos de la irracionalidad nazi respecto del pueblo judío desde el terreno de la genética más autorizada, que desmiente cualquier pretensión racista. Esta es una lección que hemos de aprender todos, incluidos los judíos y pro-judíos fanáticos excluyentes, que todavía existen.
                     Tampoco conviene exagerar el presunto “deber de memoria”. La memoria es una facultad muy frágil que se va perdiendo de forma natural, y es inútil pretender imponer el recuerdo de ciertos acontecimientos pasados por importantes que ellos sean. Si ya el recuerdo selectivo y persistente de cosas agradables termina produciendo hastío, cabe pensar que mucho más causará hastío el recuerdo forzado de acontecimientos tan deleznables como el Holocausto. La psicología humana tiene sus leyes y cuando no son respetadas se produce el efecto contrario de lo que se pretende.
                     Hay muchas cosas del pasado que, más que recordarlas, merecen ser olvidadas. De lo contrario, el “deber de memoria” respecto del holocausto judío puede convertirse en una coacción moral en toda regla, con lo cual el remedio podría resultar tan malo o peor que la enfermedad. La experiencia enseña que las injusticias del pasado son como cierta basura, que cuanto más se la revuelve peor huele. Pienso que la memoria del Holocausto sólo se justifica si con ella se busca la reconciliación y la mejor comprensión entre las generaciones presentes y futuras. Si, por el contrario, lo que se pretende es atizar el rencor y el instinto justiciero de venganza, mejor es que tales injusticias queden sepultadas en el olvido de los archivos históricos. Esto, dicho en relación con el holocausto judío, es aplicable a todos los genocidios que se han perpetrado a lo largo de la historia hasta nuestros días.
                     A este respecto me parece oportuno recordar algunas observaciones de Sholomo  Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel y Vicepresidente del Centro Internacional de Toledo por la Paz. De su discurso el 26 de enero del 2007 en Madrid, en el Congreso de los Diputados, cabe destacar algunas afirmaciones muy significativas.
                     El pueblo judío está obligado a recordar a los héroes del bien y no sólo a los protagonistas del mal, para inmortalizar el bien que el ser humano es capaz de hacer en los momentos en que la civilización parece haber sido secuestrada por las fuerzas del mal. En este sentido criticar a Israel no tiene por qué ser interpretado como antisemitismo. Pero esa crítica no puede aceptarse cuando se trata de negar o infravalorar el hecho y significado del holocausto, como algunos pretenden.
                     Otra forma de negar el holocausto judío, dijo, es el relativismo igualándolo con otras formas de genocidio. No obstante, matizó, “también nosotros los israelíes tenemos la obligación de ser cautos con nuestro mensaje y con las metáforas que manejamos. La Shoá es no sólo una herida de una envergadura meta-histórica, es también un agente presente en la configuración de nuestra identidad y una posible explicación de no pocos de los complejos espirituales y políticos como israelíes y judíos”.
                     Dijo después que tanto el pueblo judío como sus verdugos tienen que educar a las nuevas generaciones contra las malignas consecuencias de la xenofobia, el racismo y el antisemitismo evitando la tentación de caer en el victimismo obsesivo.  Después de insistir en que el Holocausto es una atrocidad única que no admite ser “banalizada”, como si de otra cualquiera atrocidad humana perpetrada en el pasado por los diversos regímenes políticos se tratara, dijo que a pesar de ello “aún sigue abierto el debate de si ha llegado la hora de cerrar definitivamente la cuenta entre judíos y cristianos en Europa”.
                     Y añadió: “Yo defiendo la memoria. Pero al mismo tiempo es necesario que los judíos, también en Israel, empecemos a abandonar la mentalidad de la víctima y del gueto, que a veces es un impedimento en nuestra relación con el mundo que nos rodea. Sólo si llegamos a asumir la legitimidad de las demandas de otras víctimas y llegamos a aceptar que nosotros, en nuestro afán de asegurar un futuro normal para nuestro pueblo, hemos convertido a otros en víctimas, seremos capaces de conseguir la reconciliación con nuestro entorno. La memoria del Holocausto sí, pero para abrir caminos hacia el futuro y no para quedarnos anclados en el pasado”. El ilustre conferenciante reconoce pues que no se puede seguir haciendo creer que los judíos no rompieron nunca un plato y que los no judíos rompieron siempre su vajilla.
                     En este sentido no anda descarriado Yehuda Elkaná, superviviente de Auschwitz, cuando se decanta a favor del olvido de la Shoá cuando de ésta sólo se sacan lecciones de exclusivismo nacionalista.
                     Según Elkaná, “llegamos a una situación en la que Israel y su sociedad, en vez de actuar como un Estado soberano en un mundo que cambia vertiginosamente, vive encarcelado en la paranoia holocáustica  de un gueto que se siente siempre al borde de la destrucción. Israel necesita dominar la memoria en vez de convertirse en su rehén”.
                     Terminó su discurso insistiendo en que los judíos no pueden permanecer encerrados en el gueto mental de sus convicciones y que se han de emplear afondo en la titánica labor de quebrar el código genético del conflicto árabe-israelí y abrir el camino a la reconciliación. Pero hay que contar con los fundamentalismos y los líderes suicidas, los cuales dejan poco o nulo margen para la misericordia con los débiles. De ahí que, a juicio de Shlomo Ben-Ami, la única salida posible de esta situación es la del reconocimiento mutuo y el respeto a la dignidad humana de todos.

       6. LA DAMNATIO MEMORIAE EN LA ROMA IMPERIAL
                    
                     Dije más arriba que el acuñador del concepto de memoria histórica fue el historiador francés Pierre Nora. Pues bien, el acuñador de la expresión damnatio memoriae o condena del recuerdo, fue el jurista alemán Christoph Schreiter en 1689. Según los expertos, este concepto no se conocía en la antigüedad y el primer documento académico conocido en el que se utiliza por vez primera fue, como digo, la tesis jurídica escrita en Leipzig por Christoph Schreiter, intitulada: De damnatione memoriae. Se trata pues de una expresión latina que literalmente significa condena de la memoria o destrucción del recuerdo.  Los expertos dicen que era una práctica de la antigua Roma consistente en condenar el recuerdo de los enemigos del Estado después de muertos. La sentencia la dictaba oficialmente el Senado Romano y con ella se procedía a eliminar todo cuanto recordara o evocara el recuerdo del condenado, como eran las imágenes, los monumentos  e  inscripciones de todo tipo.
                     En este contexto se incluía la posibilidad de que ni siquiera el nombre de esas personas pudiera ser pronunciado. Para efectos prácticos era una sentencia judicial “post mortem” con rango de ley contra cualquier persona que pasaba a ser considerada retroactivamente como un enemigo del Estado. Dicha sentencia era denominada también damnatio funebris (condena fúnebre) por el hecho de ser dictada después de la muerte del malaventurado. La expresión damnatio memoriae  tal cual, aparece por primera vez en la literatura jurídica romana a finales del siglo I cuando, según el famoso testimonio de Suetonio en Vida de los césares, la sentencia fue aplicada al emperador Domiciano.
                     Una observación interesante que hacen los expertos en esta materia es que, de hecho, conocemos muchos de los nombres condenados y buena parte de sus hazañas biográficas. Sobre el significado y alcance de esta sentencia de condena al ostracismo histórico de las personas declaradas no gratas post mortem por el Senado romano, hay dos interpretaciones. Según una, se debía proceder a la destrucción de todo rastro o reliquia del malaventurado, incluido el nombre personal. Según otra interpretación, cabe pensar que no siempre se tomó la condena con demasiado empeño, entre otras razones tal vez porque en aquella época la destrucción de las obras y monumentos que quedaban de esas personas importantes no era cosa fácil física ni económicamente.
                     Tal proyecto destructor no lo lograron en los tiempos más recientes ni los nazis, ni los regímenes comunistas, ni el franquismo en España ni los gobiernos socialistas españoles de nuestro tiempo. Según estos hechos históricos, algunos piensan que el objetivo principal de la damnatio romana era más una sentencia de carácter moral de desprestigio que de carácter material. No sería un intento de borrar por completo el recuerdo oficial de la persona caída en desgracia póstuma sino de conseguir que el recuerdo que perviviera de ella en la memoria colectiva fuese profundamente negativo.
                     Según Carlos Madeira (The Million, 26/marzo 2016), en la Roma antigua la damnatio memoriae era considerada en la práctica como un castigo mayor incluso que la pena de muerte  por cuanto se trataba de eliminar hasta el recuerdo del nombre del condenado. Tal pena póstuma implicaba la destrucción sistemática de estatuas, bustos, retratos de los condenados así como la eliminación de sus nombres de todos los monumentos y documentos donde aparecieran escritos.
                     Muchos de los emperadores romanos como Calígula, y bastantes otros con sus familias respectivas, recibieron el trato póstumo de la damnatio memoriae. Los investigadores y turistas todavía pueden encontrar en diversos estamentos coloniales romanos los efectos de esa condena en efigies, bustos y monumentos ruinosos bien conservados. Los romanos aplicaron diversas medidas encaminadas a que las personas consideradas oficialmente  indeseables por el Senado, perdieran después de su muerte todo rastro de honor y condición de ciudadanos romanos.
                     La culminación de esas medidas era la abolitio nominis. O sea, que no quedara de ellos como recuerdo ni el nombre. Con la eliminación del nombre pensaban que quedaba eliminado también cualquier rastro de la existencia de esas personas. De ahí la expresión popular latina que reza así: neque nominetur inter nos. ¡De esta persona ni se hable! Hablar de una persona sin conocer su nombre ni sus hechos personales era como si no hubiera existido. En la sociedad romana el honor, el prestigio social y la fama eran ideales y valores supremos cuya carencia natural o penitenciaria constituía una gran desgracia que se materializaba en la condena del recuerdo y la eliminación del nombre personal.
                     Muerto el Emperador, el Senado romano convocaba una sesión extraordinaria para hacer balance de su gestión y decidir si el muerto se había convertido en un dios y había que rendirle el culto público correspondiente. En algunos casos reconocía su divinización y se procedía a rendirle un homenaje, o bien se elevaban oraciones en su honor en el contexto del culto gremial a los antepasados. Pero cuando el Emperador muerto era declarado persona detestable o su sucesor imponía una visión negativa del fallecido, el Senado decretaba solemnemente la condena al olvido total, o damnatio memoriae, borrando su nombre de todos los monumentos, pinturas, monedas y edificios. Sus estatuas eran destruidas junto con la representación física de su imagen. Sus leyes y decisiones eran abrogadas o simplemente se las consideraba como instituidas por sus sucesores.
                     Esta práctica fue importada del mundo helenístico a Roma después de la muerte de Julio César, pero los expertos han detectado su existencia ya en los tiempos faraónicos. En el caso de Calígula se dice que la damnatio memoriae tuvo lugar por aclamación popular. El caso del pastor Eróstrato, que incendió el templo de Artemisa en el 356 antes de Cristo, es muy significativo. Dicen que Eróstato cometió tal hazaña ígnea para hacerse famoso y que los gobernantes de Éfeso decretaron que el nombre de Erótrato fuera borrado de todo recuerdo humano y que nadie osara pronunciar o registrar su nombre, bajo pena de muerte.
                     Lactancio, por ejemplo, en el libro III de su famosa obra De mortibus persecutorum, escribió sobre la damnatio memoriae contra el emperador Domiciano lo siguiente:”Ni fue suficiente castigo ser asesinado en su misma casa, pues hasta el recuerdo de su nombre fue borrado. Habiendo él levantado muchas y admirables construcciones, habiendo hecho el Capitolio y otros soberbios monumentos, hasta tal punto persiguió el Senado su nombre, que no dejó ni rastro de sus estatuas ni de sus inscripciones, ordenando bajo severísimas penas, que después de muerto, fuese quemado su nombre para ignominia sempiterna”.
                     En cualquier caso, los expertos en esta materia están de acuerdo en que la práctica política de la damnatio memoriae o destrucción del recuerdo de personas e instituciones declaradas no gratas, con vistas a crear una “historia oficial” que recoja lo que interesa y elimine lo que molesta a los poderosos y vencedores, es un fenómeno universal que ha tenido y sigue teniendo lugar en todos los tiempos y culturas hasta nuestros días. Actualmente cabe hablar con triste realismo de damnationes o condenas de esta naturaleza, antiguas y modernas, laicas y religiosas y de todos los colores políticos. La damnatio de todos los tiempos tiene hoy día un buen aliado en la manipulación informativa y la posverdad como recursos normales para mantenerse los vencedores en el poder y los vencidos para escalarlo.
                     El extremo opuesto de la condena al olvido total y absoluto de las personas era la Apoteosis.  Ahora se trataba de la glorificación de la persona desaparecida, que en el caso de los emperadores llevaba consigo que se les rindiera culto público como dioses. El caso de Julio César, por mencionar solo un ejemplo.
                     Algunos analistas piensan que el emperador romano que más puso en práctica la damnatio mamoriae o condena de la memoria de personas no gratas después de muertas, fue Constantino el Grande (272-337), considerado como el primer emperador cristiano. Se dice que éste se cebó con miembros de su propia familia y todos aquellos que le salieron al camino para impedir su ascenso al poder. No está claro hasta qué punto este hombre quicial en el curso de la historia del mundo occidental fue en algún momento cristiano sincero. Lo que sí está fuera de duda es que trató al cristianismo como punta de lanza preferida de sus ambiciones políticas y muchos jerarcas cristianos cayeron en la trampa. Llama mucho la atención su forma de tratar a los que no eran santos de su devoción aplicándoles la damnatio memoriae, que es el polo opuesto de la caridad cristiana, la cual implica el perdón a los propios enemigos, reales o imaginarios. Pero no es mi propósito entrar aquí al trapo de este tema fascinante sino sólo dejar constancia del hecho y su naturaleza siguiendo el camino recorrido en Occidente por judíos, cristianos, musulmanes, comunistas y nazis.

                     7. DAMNATIO JUDÍA

                     El castigo de personas e instituciones con la condena al olvido sempiterno no fue un invento original de los romanos ni de los judíos modernos después de la segunda guerra mundial. Como en este asunto hay todavía mucha tela que cortar, me voy a limitar a recordar sólo algunos de los postes más altos que han servido para transmitir esa energía castigadora hasta nuestros días en el mundo occidental.
                     En el mundo judío o hebreo, para el caso es lo mismo, las bendiciones para los suyos y las maldiciones contra los que no eran de su cuerda étnica y religiosa llovían copiosamente en muchos textos del Antiguo Testamento, donde  las bendiciones y maldiciones se alternaban como buenas hermanas que caminan cogidas del brazo.
                     - “¡Hija de Babel, la devastadora. Dichoso el que te diere el pago que a nosotros nos diste. Dichoso el que tome tus niños y los estrelle contra la peña!” (Salmo 137, 8-9).
                     - Contra los jueces injustos: "Oh Dios, rompe los dientes de su boca, quiebra, Señor, sus colmillos de leones. Que se escurran como agua de un vaso roto, que se sequen como hierba pisoteada. Que sean cual babosa que se va deshaciendo, o como el aborto que no ha visto el sol, como zarza quemada antes de que claven sus espinas. ¡Que los arrebate un torbellino las muelas de los leoncillos! Sean disipados como aguas que corren. Cuando disparen sus saetas, que se rompan en pedazos.        Pasen ellos como con el caracol que se deshace; como el que nace muerto, no vean el sol. Antes que sus ollas sientan la llama de los espinos, así vivos, así airados, los arrebatará él con tempestad. Se alegrará el justo cuando vea la venganza. Bañará  sus pies en la sangre del impío”. (Salmo 58, 7-11).
                     - En la primera parte del salmo 59 el salmista se presenta como un ser inocente atacado por todas partes por sus enemigos. En la segunda pide a Dios que los aniquile a todos para que se enteren quién es Dios en Jacob.
                     -“¡Acábalos con tu furor. Acábalos para que no existan más  y sepan que Dios gobierna en Jacob hasta los confines de la tierra!” (Salmo 59, 14).
                     - En el salmo 69 el salmista se siente anegado por todos los males y pide a Dios su ayuda y misericordia. Pero seguidamente se revuelve disparando improperios contra sus enemigos: “Me dieron a comer veneno y en mi sed me dieron a beber vinagre. Sea para ellos su mesa lazo y tropiezo para sus amigos. Que se oscurezcan sus ojos y no vean y que sus lomos vacilen siempre. Derrama sobre ellos tu ira; alcáncelos el furor de tu cólera. Asoladas sean sus moradas y no haya quien habite en sus tiendas. Porque persiguieron al que tú habías herido y acrecentaron el dolor del que tu llagaste. Añade esta iniquidad a sus iniquidades y no tengan parte en tu justicia. Que sean borrados del libro de la vida y no sean inscritos con los justos” (Salmo 69,22-29).
                     Además de estos salmos imprecatorios contra el adversario, reclamando a Dios su desaparición vengativa del libro de la vida, hay otros muchos diseminados en el Antiguo Testamento del mismo jaez. Hablando de la guerra contra los madianitas (Números 31), el hagiógrafo no tiene ningún escrúpulo en decir lo siguiente: “¿Por qué habéis dejado la vida a las mujeres? Fueron ellas las que por consejo de Balam arrastraron a los hijos de Israel a ser infieles y a Yavé en lo de Fogor. Matad de los niños a todo varón, y de las mujeres a cuantas han conocido lecho de varón”. El apoteósico y triunfal canto de Débora y Barac termina con la maldición siguiente: “Perezcan así todos los enemigos, oh Yavé,  y sean los que te aman, como el sol cuando nace con toda su fuerza (Jueces 5, 31). Tampoco Jeremías se anda con chiquitas cuando exclama: “Sepáralos como un rebaño destinado a la matanza. Conságralos para el día de la mortandad” (Jeremías, 12, 3).
                     Hablando de los salmos hay más de una treintena de ellos en los que existen este tipo de imprecaciones de maldición, calamidad o juicio divino contra los enemigos internos y externos del pueblo judío. Los expertos modernos sudan tinta cuando comparan estas maldiciones con el mandato del amor y perdón a los malhechores, incluidos los enemigos, tal como se revela en los hechos y dichos de Cristo en el Nuevo Testamento. Pero no es mi propósito hacer aquí exégesis bíblica o reflexiones teológicas sobre esos textos sino destacar la forma cómo en el judaísmo del Antiguo Testamento se aceptaba desde una perspectiva específicamente religiosa lo que en el Imperio Romano se denominaba damnatio memoriae, de la que hemos hablado antes.
                     Luego llegaron los cristianos y se armó, no la de san Quintín, sino la de Jerusalén. Cristo fue condenado a muerte  por instigación de las autoridades judías de turno y a sus inmediatos seguidores se les conminó judicialmente a que ni siquiera pronunciaran su nombre por miedo a que aumentara el número de sus seguidores después de haber muerto y resucitado. Esteban y Santiago fueron ejecutados pero esta medida no dio el resultado esperado de barrer el recuerdo de Cristo, sino todo lo contrario.
                     Pues bien, estando así las cosas entre las viejas autoridades judías y los cristianos recién nacidos, llegó el ejército romano a las órdenes del general Tito, arrasó la ciudad de Jerusalén el año 70, y tanto los judíos como los cristianos supervivientes huyeron de Jerusalén como alma que lleva el diablo. Esta intervención militar por parte del ejército imperial romano cambió el curso de la historia del mundo occidental. Los cristianos arrastraron consigo el lastre de los judaizantes y los judíos el complejo sentimental de víctimas universales.
                     Los judíos, según Roly Zilberztein, a partir de este traumático acontecimiento trataron de reconstruirse en base a la Mishná al tiempo que el cristianismo lo hacía en base al Nuevo Testamento. En este contexto  es obligado destacar el proyecto de borrar la memoria de los cristianos en la Mishná con dos formatos. Uno, en la plegaria de las 18 bendiciones y otro en clave exegética del Antiguo y Nuevo Testamento.
                     La famosa plegaria comienza con tres bendiciones de alabanza a Dios; continúa con bendiciones pidiendo a Dios respuesta a las necesidades comunitarias y personales y termina con bendiciones de acción de gracias. Pero se cuela una bendición (Birkat haminin) que en realidad es una maldición en toda regla. Una verdadera damnatio memoriae al estilo romano en clave ahora judía.
                      ¿Maldición contra quiénes en concreto? Este es el texto: “Y para los calumniadores que no haya esperanza; y toda la maldad de un instante desaparezca; y todos tus enemigos rápidamente sean exterminados, y los perversos rápidamente sean extirpados, destruidos, aniquilados y humillados prontamente en nuestros días. Bendito eres Tú, El Eterno, que destruyes a los enemigos y humillas a los perversos”.
              Obviamente quienes más desprotegidos de esta maldición estaban en aquel momento histórico del pueblo judío eran los cristianos, a los que ni siquiera se nombra. Se trata de una damnatio nominis en toda regla, que era el cenit de la condena póstuma al olvido de colectivos sociales y de personas consideradas “no gratas” por el Senado Romano.
                     Vengamos ahora al segundo formato de la condena al olvido del nombre de Cristo y su obra teológica de redención en el Talmud o  Mishná. A este respecto es interesante destacar la exégesis llevada a cabo por un importante joven judío como Roly Zilberztein. Le conocí siendo ya él Doctor en Historia Judía Medieval por la Universidad Hebrea de Jerusalén al tiempo que se preparaba en la Freie Universitaet de Berlín con vistas a su promoción rabínica.
                     Roly Zilberztein ha hecho una exégesis del significado anticristiano de algunos textos del Talmud en los que se habla contra la figura de Jesús. Su trabajo ha consistido en descifrar el significado de cinco textos,  tomando como punto histórico de referencia la destrucción de Jerusalén el año 70 por el ejército romano.
                     Se trata de dos lecturas distintas del Antiguo Testamento teniendo en cuenta además que el judaísmo es muy complejo. Por algo se dice en tono humorístico que en cada lugar hay dos sinagogas distintas y una tercera para rezar. Luego añadió que el judaísmo plural es una derivación de la Mishná o judaísmo restaurado y no del judaísmo del Templo destruido el año 70.
                     Según él, en lugar de pensar que el cristianismo es hijo del judaísmo sería más correcto pensar que el judaísmo y el cristianismo son religiones hermanas por el simple hecho de que después del desastre del año 70 ambas surgen y sobreviven como dos formas diferentes de interpretar la Biblia judía o Antiguo Testamento.         En el fondo del conflicto judeo-cristiano estaba en juego la cuestión sobre quién tenía las garantías de la Palabra divina. Así las cosas, los judíos optaron por la religión legal sobre la base de normas de conducta y prácticas religiosas, y los cristianos habrían optado por la reflexión teológica al estilo de la cultura griega.
                     Un dato muy interesante destacado por Zilberztein en la génesis del Talmud fue el siguiente. Los rabinos protagonistas de la restauración del judaísmo reinterpretaron la Biblia del Templo siguiendo técnicas griegas de interpretación, lo cual dio lugar a la Mishná. Pero ¿qué autoridad tenían esas reinterpretaciones? Así de simple. Para asegurar su autoridad, los rabinos dijeron que ellos estaban respaldados por Dios para realizar su obra. La pregunta obvia ante este hecho es esta: ¿Inspirados por Dios, o auto-proclamados de una presunta autoridad divina por razones pragmáticas?
                     La Mishná derivó en Talmud y los rabinos se atribuyeron una autoridad presuntamente recibida de Dios. En cualquier caso la Biblia viene del judaísmo del Templo, mientras que el Talmud, del que se alimenta el judaísmo actual en sus múltiples formas de expresión, se inspira en la Mishná. Sea como fuere, el Talmud es actualmente la base para entender la Biblia judía o Antiguo Testamento.
                     Antes de proceder a la interpretación de los textos talmúdicos anticristianos Roly advierte que son muy fuertes, por lo que podrían herir la sensibilidad de algunos cristianos. Pero igualmente se adelanta a decir que se trata de calumnias y no de relatos históricos como piensan los judíos fundamentalistas. Se trata de cinco textos escritos en un lenguaje farragoso casi ininteligible a menos que uno sea un experto consumado.
                     Sobre el primero de ellos hizo las siguientes matizaciones. Los rabinos que lo escribieron conocían los evangelios pero los interpretaban de forma distinta que los cristianos. Por ejemplo, se sustituye el término crucificado y en su lugar se dice “colgado”.
                     Las curaciones de Jesús son presentadas como brujerías y Jesús es presentado como políticamente cercano al Gobierno de Roma como potencia colonizadora. El término heraldo es utilizado en el contexto de una contra-narración evangélica en la que Jesús predice su muerte y resurrección. Por otra parte lo de “colgado” permite ser interpretado en el sentido de que la ejecución de Jesús fue un asunto interno exclusivamente judío de suerte que los rabinos no tuvieron ningún inconveniente en asumir que fueron ellos quienes de hecho ejecutaron a Jesús por haber fundado una herejía dentro del judaísmo.
                     Sobre el texto segundo dice que Jesús es descrito como rabino y el mensaje de fondo que se desea transmitir es que Jesús cometió errores que le obligaron a alejarse del gremio de los rabinos por culpa de los propios rabinos. Por otra parte se le imputa a Jesús el haber pecado mirando sexualmente a una mujer, de practicar la magia y confundir al pueblo de Israel. 
                     Según la exégesis de Roly en el texto tercero está claro que se acusa a Jesús de hereje merecedor de la condena más severa por cuenta propia de los rabinos al margen de la justicia romana.
                     La evocación de prostitutas y dinero procedente de la prostitución no es tampoco casual sino intencionada para minar la reputación personal de Jesús. El texto cuarto es breve  pero muy difícil de descifrar su contenido en conjunto. Pero en lo que no admite duda según Roly, es que se trata de un texto anticristiano con alusiones veladas a presuntas formas de conducta sexuales sospechosas por parte de Jesús y se su familia. Este sería el argumento aquí utilizado como arma arrojadiza contra Jesús. Lo cual se aprecia más claramente en el texto quinto, que también es breve y relativamente fácil de descubrir su significado.
                     Según Roly Zylbersztein, en este texto se cuestiona el nacimiento de Jesús según el relato evangélico. El padre de Jesús habría sido hijo de un legionario o soldado romano con el que María, su madre, habría tenido relaciones adulterinas, y no descendiente de la estirpe de David como pretenden los evangelios. Este texto es una contra-narración al relato evangélico sobre el nacimiento de Jesús, con el objetivo de echar por tierra la fe cristiana sobre este tema. Según la mentalidad judaica en la que se inspira este texto, tanto en la genealogía de Jesús según S. Mateo como en la genealogía de David, aparecen mujeres de dudosa conducta sexual y prostitutas en el camino, lo cual afectaría a la propia reputación personal de la madre de Jesús y del propio Cristo.
                     Por otra parte, las obras presuntamente milagrosas de Jesús, según los evangelios, no serían milagros sino obras de brujería. Jesús no habría sido un taumaturgo sino un ingenioso maestro de la magia. Nótese cómo en estos textos se trata de desprestigiar a Jesús sin mencionar nunca su nombre. 
                     Estos textos, según Roly Zilberztein, son calumniosos y sólo reflejan la mentalidad de las personas que los redactaron y no el pensamiento de la mayoría actual de los grupos judíos. De hecho, durante algún tiempo estuvieron censurados dentro del judaísmo pero es bueno recordarlo para que el diálogo judeo-cristiano se lleve a cabo a la luz de la verdad y no de ocultaciones y calumnias provenientes siempre de los sectores fundamentalistas[2].
                     La condena o damnatio mutua de judíos y cristianos se radicalizó dramáticamente a través de los siglos al declararse una guerra sorda sin perspectivas de paz entre la “Iglesia y la Sinagoga”.
                     El Senado Romano imperial trató de borrar a título póstumo la historia personal y social de aquellas personas e instituciones que no eran de su interés político o cultural. Los dos hechos históricos de referencia actualmente mejor conocidos para evaluar el alcance de esta actitud son la destrucción de Jerusalén el año 70 por el ejército romano -con la correspondiente diáspora de judíos y cristianos- y las persecuciones posteriores contra los cristianos en Roma. Pero, como siempre, donde las dan las toman, y los cristianos tampoco se quedaron de brazos cruzados frente a judíos y paganos. Después vendrá el tío Paco con la rebaja contra judíos y cristianos con los musulmanes en el siglo VII, y ahí nos las den todas hasta nuestros días[3]. 
                     8. DAMNATIO CRISTIANA

                     El Emperador Constantino se distinguió notablemente por la aplicación de la damnatio memoriae romana, antes y después de su compromiso con los cristianos. Hasta entonces estos habían sido siempre víctimas propiciatorias de dicha damnatio o condena, mediante las conocidas persecuciones imperiales. Pero se da vuelta a la tortilla y ahora, encaramados los cristianos con Constantino en el poder, les devuelven la pelota a judíos y paganos. Tanto unos y otros habían sido tratados como basura política, condenados a morir en el olvido ignominioso por negarse a practicar los ritos paganos tradicionales y rendir culto al Emperador romano. Pero su irrupción sostenida en la vida pública romana hizo que se cambiaran las tornas. Espiguemos algunos datos angulares de este fenómeno, fáciles de encontrar en cualquier tratado serio de historia de la Iglesia.
                     Diocleciano dimitió de su cargo en el año 305, y al morir Constancio Cloro, su hijo Constantino fue proclamado Emperador por el ejército. A raíz de la batalla del Puente Milvio, el 28 de octubre del 312, Majencio se quedó políticamente tirado en la cuneta y Constantino I se levantó con el santo y la limosna del Imperio romano en Occidente.
                     Anteriormente, el 30 de abril del 311, el Emperador Galerio había emitido un edicto conocido como el Edicto de Tolerancia de Nicomedia. En él se concedía indulgencia a los cristianos reconociendo legalmente su existencia con libertad para celebrar reuniones y construir templos cristianos. Fue un Decreto de tolerancia  religiosa, una vez comprobado que las persecuciones contra ellos habían resultado políticamente un fracaso. Este gesto de tolerancia no significó de momento el final definitivo de dichas persecuciones, ni un “mea culpa” por haberlas antes desencadenado, sino el deseo de reconocer a los cristianos un estatuto social de integración social en función de los intereses políticos del Imperio romano, que se encontraba en un estado de decadencia imparable. Como pago por esta indulgencia los cristianos habrán de orar a su dios por la seguridad de la república para que ésta continúe intacta y ellos puedan vivir tranquilos en sus hogares.
                     El contenido sustancial de este histórico documento es el siguiente. Reprende paradójicamente a los cristianos por haber abandonado la religión de sus antepasados y reconoce el fracaso de la persecución contra ellos. Pero justifica su finalidad castigadora para que volvieran al sano juicio. Comprende su dramática situación por no poder adorar a la vez a su Dios y a los dioses oficiales del Imperio y les concede “ut denuo sint christiani”, o sea, que existan como cristianos.
                     El Decreto de tolerancia no fue una proclamación del fin de las persecuciones, que en Oriente continuaron por algún tiempo, sino el reconocimiento jurídico de la Iglesia. Por lo mismo, se permite que los cristianos edifiquen templos para el culto. Pero ojo al parche. Los exhorta también a que nieguen a su Dios por el bienestar del Emperador y del Imperio. Los cristianos tienen ya carta de naturaleza en el Imperio, pero a condición de que no hagan nada contra las instituciones imperiales vigentes. Pero el año 313 Constantino tiene ya en sus manos todo el poder imperial en Occidente y da un golpe magistral de damnatio memoriae a favor de los cristianos con el Edicto de Milán del 313.
                     El contenido esencial del Edicto de Milán para nuestro propósito es el siguiente. En la primera parte se proclama formalmente el principio general de libertad religiosa para todos los súbditos del Imperio, mencionando expresamente a los cristianos por considerar que ellos habían sido víctimas de persecución religiosa. La segunda parte del Edicto está dedicada exclusivamente a los cristianos, estableciendo la restitución de sus lugares de culto y de los bienes inmuebles que les habían sido confiscados durante la persecución de Diocleciano.
                     Restitución que ha de hacerse al “corpi christianorum”, o colectivo social cristiano, con la siguiente matización. La restitución se ha de llevar a cabo lo mismo si esos bienes están  en poder del fisco imperial como si  fueron a parar a manos de particulares. Es más, en este segundo caso, el fisco imperial es quien debe indemnizar a los damnificados. Los analistas del histórico documento destacan dos cosas muy importantes. Primera, la proclamación solemne del principio de libertad religiosa para todos los credos religiosos, y no solo de tolerancia como era el Decreto de Galerio, al que nos hemos referido antes. Segunda, el reconocimiento pleno al colectivo social cristiano a poseer bienes, o lo que es igual, el derecho efectivo de propiedad.
                     Pero llega Licinio, militarmente enfrentado con Constantino el 314, y devuelve la patata caliente poniendo a funcionar la damnatio memoriae tradicional romana contra el Edicto de Milán. ¿Cómo? prohibiendo a los obispos reunirse en sínodos para tratar de asuntos eclesiásticos; entorpeciendo los actos de culto; prohibiendo la asistencia mixta de hombres y mujeres a los actos de culto. Y lo que es más. Hacia el año 319 encarceló a varios cristianos, condenando a otros a trabajos forzados y a la pena capital. El año 324 Licinio fue asesinado con lo cual todo el poder imperial quedó en manos de Constantino, el cual reactivó el Edicto de Milán del 313 derramando leyes y favores generosos a la Iglesia hasta convertir al cristianismo en religión oficial del Imperio.
                     Independientemente de los motivos imperiales, prioritariamente políticos, la Iglesia encontró la oportunidad de hacer cosas muy encomiables en virtud y gracia de esos favores, al tiempo que, paradójicamente, la alta jerarquía de la Iglesia se fue  mundanizando a pasos agigantados. Pero este es otro asunto fuera del propósito de estas reflexiones sobre la condena de la memoria y la memoria histórica. Lo que interesa para nuestro propósito es destacar cómo a partir de Constantino los emperadores cristianos de turno no cesaron de reprimir sin piedad las huellas del paganismo y los disturbios internos entre los mismos cristianos, enfrentados  sobre todo a partir de la polémica sobre cómo tratar a los lapsi  o cristianos que habían sido débiles o cobardes durante las persecuciones, al contrario de los mártires que se jugaron el tipo simplemente por ser cristianos sin hacer mal a nadie. Estos disturbios internos de índole religiosa terminaron siendo tratados también como delitos sociales imperdonables junto con la paganía.
                     Así estaban las cosas el año 361 cuando llegó al poder Juliano el Apóstata, y otra vez a borrar la memoria de los cristianos. Durante los dos años que estuvo en el poder quitó a la Iglesia todos los privilegios recibidos, prohibió a los cristianos ser profesores de los autores cásicos paganos, favoreció los cismas y las herejías y escribió su libro contra los cristianos con el título Contra Galileos. Restauró y organizó el culto pagano, y aunque no decretó oficialmente ninguna persecución contra los cristianos como hicieron sus predecesores, no faltaron mártires bajo su mandato.
                     Y así, dando bandazos entre favores arbitrarios y persecuciones vengativas, llegamos al año 380 cuando el Emperador Teodosio promulgó un Decreto en Tesalónica declarando solemnemente al cristianismo religión oficial del Imperio. El 382 Graciano suprimió en Occidente todas las ayudas económicas a los sacerdotes paganos y en el 386 Teodosio mandó cerrar todos los templos paganos para convertirlos en iglesias cristianas. Después suprimió las vacaciones en los días festivos paganos y en el año 392 tipificó como crimen de lesa majestad (pena de muerte) el culto pagano en todas sus formas. Con lo cual echó por tierra el Decreto de tolerancia de Galerio y con ello la libertad religiosa reconocida en el Decreto de Milán.
                     Como resultado de este proceso el cristianismo pasó a ser de una religión perseguida a ser la única y oficial del Imperio. Con estas decisiones imperiales quedó prácticamente anulada la libertad religiosa en todas sus formas de expresión social bajo la amenaza de pena de muerte, tanto contra los viejos paganos romanos como contra los nuevos herejes cristianos contumaces.
                     Lo que hizo Graciano para borrar la memoria de los paganos en el campo intelectual lo hizo después Justiniano en el siglo VI. El emperador Justiniano actuó como un verdadero señor de cielos y tierras y en el famoso Código legislativo que lleva su nombre, tomó medidas severas contra la expansión de los focos paganos. Una de ellas consistió en prohibir que los maestros y filósofos de ideología pagana impartieran la enseñanza pública con posibilidad de que hicieran adeptos entre los cristianos. Este fue el histórico texto prohibitivo del 529:
                     “Y prohibimos que se enseñe doctrina alguna por los que están dominados por el furor de los impíos paganos, para que no aparenten de este modo instruir a los que por su mísera suerte recurran a ellos cuando en realidad corrompen el espíritu de sus educandos; y no perciban tampoco de los aprovisionamientos públicos ningún socorro, no teniendo, por divinos rescriptos o pragmáticas sanciones, facultad para reivindicar para sí semejante derecho…” (CJ.1.11.10.2). 
                     Como es obvio, se trata de un plan de depuración educativa en toda regla al estilo moderno de la depuración de intelectuales no simpatizantes con los regímenes políticos comunistas, nazis, fascistas o islámicos fundamentalistas.
                     Ante estos hechos, protagonizados por los emperadores romanos de turno desde Constantino hasta la edad media, ¿qué papel jugaron los jerarcas de la Iglesia? Los historiadores de la Iglesia tienen la respuesta. Yo sólo me limito a destacar el hecho de que la Iglesia se dejó inscribir sin escrúpulos en el engranaje mundano del poder temporal como una pieza más de poner y quitar, y de quitar y poner, de acuerdo con la dinámica de la damnatio memoriae entre vencedores y vencidos. Así llegamos a la edad media y ¿qué pasó? Digámoslo con muy pocas palabras ya que sobre ello hay muchos miles de páginas escritas.
                     A partir de la “mundanización” de la Iglesia Jerárquica con la paz constantiniana, la fe cristiana dejó de ser tratada oficialmente como una pura gracia divina para ser socialmente tratada desde ahora como un deber gravísimo que puede ser impuesto por decreto-ley bajo pena de muerte. Con lo cual topamos con la Inquisición episcopal primero y la papal después. La Iglesia Jerárquica (propietaria adoptiva de los Estados Pontificios) heredó la pena de muerte directamente del Antiguo Testamento y del Derecho Romano, y la aplicó durante varios siglos contra los llamados “herejes contumaces”. En un principio, tanto en Oriente como en Occidente, se impuso el cesaro-papismo, reconociendo con mayor o menor reticencia la última palabra al Emperador cristiano de turno.
                     Pero con el paso del tiempo, en Occidente se declaró la lucha sin cuartel entre el Papa y el Emperador durante la denominada “guerra de las investiduras”, saliendo victorioso el Papa e imponiéndose el papa-cesarismo. Ahora quien tiene siempre la última palabra es el Papa y no el Emperador. Pero en el siglo XIX desaparecieron los Estados Pontificios y muchos creyeron que, con la desaparición de los mismos, su recuerdo histórico habría sido condenado al olvido sempiterno según los cánones de la damnatio memoriae universal. En Oriente, el  cesaro-papismo sigue agazapado sutilmente hasta nuestros días en la forma de actuar de la mayoría de los jerarcas ortodoxos no reformados
                     Dijimos más arriba que el polo opuesto de la damnatio memoriae romana era la APOTEOSIS o glorificación de los personajes de grata memoria. Pues bien, el trabajo de glorificación apoteósica del Emperador Constantino lo llevó a cabo Eusebio de Cesarea, considerado como el padre de la historia de la Iglesia después del proyecto lapidario de S. Lucas con los Hechos de los Apóstoles.
                     La Vita Constantini es una “encomiastike tetrabiblos” o panegírico en cuatro libros, como la definió acertadamente Focio. Es la última obra del célebre Eusebio, obispo de Cesarea de Palestina, publicada a título póstumo por su sucesor y albacea Acacio allá por los años 340-341, poco después de la muerte de Eusebio. El texto relata la vida presuntamente santa de Constantino I, muerto el 22 de mayo del año 337. Esta obra apoteósica  de Eusebio de Cesarea es considerada como la primera biografía del primer emperador cristiano, narrada por un contemporáneo suyo que lo conoció personalmente. 
                     La obra ofrece un fenotipo muy extraño pero no del todo sorprendente  pues se trata de un relato literario de encomio según la conocida preceptiva del retórico Menandro de Laodicea, lo cual hace sospechar ya desde el principio que se trata de una pseudobiografía mucho más que de una historia objetiva de la vida real del Emperador. El propio Eusebio es sincero y confiesa abiertamente que sólo tratará de lo que se refiere a la piedad del Emperador cristiano, es decir, sub specie Dei. Con lo cual pasa por alto sin escrúpulos los muchos vicios y pecados del homenajeado, cuyo solo recuerdo no favorecían la mitificación del personaje. Así pues, Eusebio se ciñe a magnificar retóricamente los aspectos buenos o piadosos del Emperador olvidando deliberadamente cualquier aspecto de su vida que pudiera ensombrecerla delante de Dios.
                     Dada la intención explícita de Eusebio de ensalzar el arquetipo del monarca futuro del Imperio Cristiano, era necesario que, siguiendo la preceptiva del encomio o apología apoteósica de su ídolo político, omitiera una serie de actividades éticamente sucias y hasta criminales, que los historiadores modernos conocen al dedillo. Por ejemplo, la matanza de pretendientes potenciales al trono durante el verano del 337. O la muerte de su hijo Crispo y de su esposa Fausta. Eusebio hace una vaga referencia a las ejecuciones de miembros de la familia imperial pero pasa de largo porque esto no cuadraba con el género literario que había elegido para entronizar a su ídolo por encima de todo y de todos. Dice que después de Maximiano “otros miembros de su familia imperial fueron sorprendidos urdiendo en secreto conjura en su contra, pues, de modo milagroso, le reveló Dios mediante prodigios los propósitos de estos contra su servidor, el emperador”.
                     Eusebio se las arregla como puede en su escrito para que se cumpla la damnatio memoriae de los asesinados dejando al Emperador limpio de miserias y pecados como una patena. Pero los historiadores modernos conocen por otras fuentes mucho de lo malo que Constantino I hizo durante su vida, antes y después de ser cristiano. De ahí la falta de credibilidad de lo que dice elogiando a su ídolo político y religioso para mirarle casi como a un ángel enviado por Dios para bien de la entera humanidad por los siglos de los siglos[4].
                     Ya en el libro I, antes de empezar el relato sobre su ídolo imperial Constantino, Eusebio nos pone en guardia con las siguientes palabras textuales: “Considero oportuno dejar de lado la mayor parte de las gestas imperiales de este tres veces bienaventurado: las contiendas y los enfrentamientos armados, los actos de heroísmo, las victorias, los trofeos conquistados contra el enemigo, y cuantos triunfos celebró, así como las determinaciones tomadas por él en tiempos de paz en aras de la reforma del Estado y en interés de cada individuo, las medidas legislativas que adoptó a beneficio del ordenamiento jurídico de los súbditos y los numerosísimos empeños restantes en los que el emperador compitió, que están en el recuerdo de todos.
                     El objetivo de la presente obra nuestra dicta escribir y hablar sólo de lo que atañe a su vida de religiosa piedad. Pero al ser esto inconmensurable, he seleccionado lo más apropiado de que tenemos noticia y que es digno que se recuerde tras nuestra existencia, haciendo el relato de ello del modo más sucinto posible. Por lo demás, el momento actual ordena exaltar al de verdad bienaventurado con toda gama de registros y sin cortapisa alguna, cosa que anteriormente no nos era lícito hacer, por habérsenos advertido que no felicitásemos a un hombre antes de su muerte, dada la incertidumbre que reina en los avatares de la vida. Sea invocado el socorro de Dios, y que su celestial y cooperante verbo nos inspire”.
                     Si es verdad lo que dice Eusebio en el libro III de la Vita Constantini, en elogio siempre de su ídolo imperial, éste aplicó a raja tabla la damnatio memoriae contra los paganos, ordenando la destrucción de cualquier rastro o reliquia de sus costumbres y creencias no cristianas, incluso bajo pena de muerte en algunos casos.
              He traído esto a colación para destacar hasta qué extremo en el mundo cristiano se condenaba a unos al olvido sempiterno (damnatio memoriae) mientras que a otros, como el Emperador Constantino, se los entronizaba en la falsa cátedra apoteósica de la gloria humana y divina.
                     Esta apoteosis literaria de Eusebio sobre Constantino nos trae también a la memoria a Carlo Magno y Stefan Cel Mare. Sobre el primero, digamos que tuvo su pago mediante el obligado elogio piadoso de sus seguidores, que preferían olvidar aspectos nada edificantes de su vida. Del segundo queda un dicho popular según el cual por cada batalla que ganaba construía una iglesia. Con afirmaciones como esta quedaban silenciadas piadosamente sus miserias morales, que no debieron ser pocas.
                     En este contexto de condenas y maldiciones de la memoria ajena me parece oportuno recordar aquí el caso inefable del Papa Esteban VI (897), responsable de la damnatio memoriae del Papa Formoso. Nos hallamos ya pisando los talones del siglo X, calificado por el cardenal Cesare Baronio en sus Annales ecclesiastici como un “saeculum ferreum, plumbeum et  obscurum (férreo, plomizo y oscuro).
                     Por su parte, el Obispo Luitprando de Cremona en su Antapodosis, no se privó de denunciar a su modo las calamidades de esa época de la cristiandad, cuyos responsables supremos cometieron atrocidades como  la del Papa Esteban VI contra el Papa Formoso después de muerto. ¡Una damnatio memoriae romana en toda regla entre Papas.
                     Según Luitprando, “cuando Formoso dejó esta vida y Arnulfo murió en sus propios Estados, fue expulsado aquel que había sido electo después del asesinato de Formoso y Adalberto proclamó como Papa a Sergio (Esteban VI). Éste, una vez nombrado, dado que era impío e ignoraba las sagradas doctrinas, mandó que Formoso fuera extraído del sepulcro y colocado en la sede del Pontificado Romano, vestido con los ornamentos sacerdotales, y le dijo: “¿por qué, cuando eras obispo de Ostia, has usurpado, por espíritu de ambición, la universal sede romana?”
                     Luego ordenó que lo arrojasen al Tíber después de haberlo despojado de todos los ornamentos sagrados y de haberle amputado tres dedos. Del mismo modo, dispuso que fuesen destituidos de su grado todos aquellos que habían sido ordenados por el difunto y personalmente los consagró de nuevo.
                     ¡Oh padre santísimo, por este hecho podrás comprender cómo actuó aquel! Cuánta autoridad haya tenido y cuánta religión haya profesado el Papa Formoso lo podemos deducir del siguiente hecho. Cuando el cuerpo fue hallado en el río por algunos pescadores, quienes lo llevaron a la iglesia del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, algunas imágenes de santos lo saludaron con veneración, cuando fue depuesto en la tumba. Esto lo he oído contar muchas veces por hombres religiosísimos de Roma”.
                     Aparte este comentario piadoso gratuito, hay que añadir que los partidarios del Papa Formoso se vengaron después de Esteban VI, el cual no tuvo mucho tiempo para seguir cometiendo atrocidades. Fue arrestado por una insurrección popular y murió estrangulado en la cárcel en agosto del 897. Ahora no era el Senado de la Roma imperial quien decretaba la sentencia de muerte contra el recuerdo y memoria de las personas no gratas, después de muertas, sino la autoridad suprema de la Iglesia romana. Con el paso del tiempo este vicio invadió a los cristianos divididos y se contagió domésticamente entre ellos mediante las excomuniones mutuas y las guerras de religión.



                    
                     9. DAMNATIO MUSULMANA

                     Pero en el siglo VII  irrumpió el Islam enfrentado a judíos y cristianos al mismo tiempo.  El Corán, como es sabido, es el Libro sagrado de los musulmanes como la Biblia lo es de los judíos y cristianos. Literalmente significa lectura o recitación y fue presentado por Mahoma como palabra de Dios. Sin ser linces, pronto nos damos cuenta de que es un sincretismo de creencias religiosas judías y cristianas, hábilmente utilizado como un instrumento eficaz de unificación política y religiosa de antiguas tribus árabes. Las creencias cristianas reflejadas en el Corán corresponden a tradiciones cristianas apócrifas y deformadas, conocidas por Mahoma muy probablemente durante sus viajes comerciales. El Islam asumió aspectos adulterados del cristianismo al tiempo que recibió el impacto de la filosofía griega e incluso del mazdeísmo y el maniqueísmo. S. Juan Damasceno consideró al Islam como una herejía o desviación cristiana. Lo cual resulta comprensible si tenemos en cuenta que hubo monjes y cristianos sirios que abrazaron la fe islámica y precisamente de este maridaje religioso nació la teología de El Kalám.
                     La polémica entre los teólogos sobre la interpretación del Corán  indujo a todos ellos a servirse de la filosofía para defender sus respectivas posiciones. El Kalam se convirtió así en un semillero de sectas y de fanatismo religioso al tiempo que la filosofía platónica y aristotélica se revitalizó como instrumento intelectual al servicio de la fe  islámica, de modo análogo a como había ocurrido antes con los intelectuales cristianos. Huelga decir que el islamismo fanático trató y sigue tratando de borrar la memoria histórica de judíos y cristianos por igual. Actualmente es bien conocida la La guía de la Yihad, con las enseñanzas del Corán en que se basan los salafistas y yihadistas para torturar y ejecutar a los “infieles”, que para ellos siguen siendo principalmente los judíos y los cristianos, sin excluir a grupos islámicos domésticos que no se caen bien entre ellos.   
                     Según los expertos en estas lides, los versículos del Corán en los que se inspiran los terroristas del Estado Islámico (EI) actual son los siguientes.
                     Sura 2, versículo 191: "Matadles donde deis con ellos y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: esa es la retribución de los infieles".
              Sura 2, versículo 193: "Combatid contra ellos hasta que dejen de induciros a apostatar y se rinda culto a Alá. Si cesan, no haya más hostilidades que contra los impíos".
                     Sura 2, versículo 216: "Se os ha prescrito que combatáis, aunque os disguste. Puede que os disguste algo que os conviene y améis algo que no os conviene. Alá sabe, mientras que vosotros no sabéis".
                     Sura 2, versículo 218: "Quienes creyeron y quienes dejaron sus hogares, combatiendo esforzadamente por Alá, pueden esperar la misericordia de Alá. Alá es indulgente, misericordioso".
                     Sura 2, versículo 244: "¡Combatid por Alá y sabed que Alá todo lo oye, todo lo sabe!"
                     Sura 3, versículo 157: "Y si sois muertos por Alá o morís de muerte natural, el perdón y misericordia de Alá son mejores que lo que ellos amasan".
                     Sura 3, versículo 158: "Si morís de muerte natural o sois muertos en el camino de Alá, seréis, sí, congregados/llevados hacia Alá".
                     Sura 3, versículo 169: "Y no penséis que quienes han caído por Alá hayan muerto. ¡Al contrario! Están vivos y sustentados junto a su Señor".
                     Sura 3, versículo 195.  "Su Señor escuchó su plegaria: 'No dejaré que se pierda obra de ninguno de vosotros, lo mismo si es varón que si es hembra, que habéis salido los unos de los otros. He de borrar las malas obras de quienes emigraron y fueron expulsados de sus hogares, de quienes padecieron por causa Mía, de quienes combatieron y fueron muertos, y he de introducirles en jardines por cuyos bajos fluyen arroyos: recompensa de Alá'. Alá tiene junto a sí la bella recompensa".
                     Sura 4, versículo 56 y 57: "A quienes no crean en Nuestro signos arrojaremos al fuego. Siempre que se les consuma la piel, se la repondremos, para que gusten el castigo. Alá es poderoso, sabio".
                     Sura 4, versículo 71: "¡Creyentes! ¡Tened cuidado! Acometed en destacamentos o formando un solo cuerpo".
                     Sura 4, versículo 74: "¡Quienes cambian la vida de acá por la otra combatan por Alá! A quien, combatiendo por Alá, sea muerto o salga victorioso, le daremos una magnífica recompensa".
                     Sura 4, versículo 84: "¡Combate, pues, por Alá! Sólo de ti eres responsable. ¡Anima a los creyentes! Puede que Alá contenga el ímpetu de los infieles. Alá dispone de más violencia y es más terrible en castigar".
                     Sura 4, versículo 89: "Querrían que, como ellos, no creyerais, para ser iguales que ellos. No hagáis, pues, amigos entre ellos hasta que hayan emigrado por Alá. Si cambian a propósito, apoderaos de ellos y matadles donde les encontréis. No aceptéis su amistad ni auxilio".
                     Sura 4, versículo 91: "Hallaréis a otros que desean vivir en paz con vosotros y con su propia gente. Siempre que se les invita a la apostasía, caen en ella. Si no se mantienen aparte, si no os ofrecen someterse, si no deponen las armas, apoderaos de ellos y matadles donde deis con ellos. Os hemos dado pleno poder sobre ellos".
              Sura 4, versículo 101: "Cuando estéis de viaje, no hay inconveniente en que abrevies la azalá, si teméis un ataque de los infieles. Los infieles son para vosotros un enemigo declarado".
                     Sura 4, versículo 144: "¡Creyentes! No toméis a los infieles como amigos, en lugar de tomar a los creyentes. ¿Queréis dar a Alá un argumento manifiesto en contra vuestra?".
                     Sura 5, versículo 33: "Retribución de quienes hacen la guerra a Alá y a Su Enviado y se dan a corromper en la tierra: serán muertos sin piedad, o crucificados, o amputados de manos y pies opuestos, o desterrados del país. Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo en la otra".
                     Sura 5, versículo 35: "¡Creyentes! ¡Temed a Alá y buscad el medio de acercaron a Él! ¡Combatid por Su causa! Quizás, así, prosperéis".
                     Sura 8, versículo 12: "Cuando vuestro Señor inspiró a los ángeles: 'Yo estoy con vosotros. ¡Confirmad, pues a los que creen! Infundiré terror en los corazones de quienes no crean. ¡Cortadles el cuello, pegadles en todos los dedos!'".
                     Sura 8, versículo 17: "No erais vosotros quienes les mataban, era Alá quien les mataba. Cuando tirabas, no eras tú quien tiraba, era Ala quien tiraba, para hacer experimentar a los creyentes un favor venido de Él. Alá todo lo oye, todo lo sabe".
                     Sura 8, versículo 39: "Combatid contra ellos hasta que dejen de induciros a apostatar y se rinda todo el culto a Alá. Si cesan, Alá ve bien lo que hacen".
                     Sura 8, versículo 60: "¡Preparad contra ellos toda la fuerza, toda la caballería que podáis para amedrentar al enemigo de Alá y vuestro y a otros fuera de ellos, que no conocéis pero que Alá conoce! Cualquier cosa que gastéis por la causa de Alá os será devuelta, sin que seáis tratados injustamente".
                     Sura 8, versículo 65: "¡Profeta! ¡Anima a los creyentes al combate! Si hay entre vosotros veinte hombres tenaces, vencerán a doscientos. Y si cien, vencerán a mil infieles, pues éstos son gente que no comprende".
                     Sura 8, versículo 74: "Los creyentes que emigraron y lucharon por Alá, y quienes les dieron refugio y auxilio, ésos son los creyentes de verdad. Tendrán perdón y generoso sustento".
                     Sura 8, versículo 75: "Quienes, después, creyeron, emigraron y combatieron con vosotros, ésos son de los vuestros. Con todo, y según la Escritura de Alá, los unidos por lazos de consanguinidad están más cerca unos de otros. Alá es omnisciente".
                     Sura 9, versículo 5: "Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! Pero si se arrepienten, hacen la azalá y dan el azaque, entonces ¡dejadles en paz! Dios es indulgente, misericordioso".
                     Sura 9, versículo 14: "¡Combatid contra ellos! Dios le castigará a manos vuestras y les llenará de vergüenza, mientras que a vosotros os auxiliará contra ellos, curando así los pechos de gente creyente".
              Los terroristas del Estado Islámico amenazan con nuevos baños de sangre en Europa y Estados Unidos.
                     Sura 9, versículo 20: "Quienes crean, emigren y luchen por Dios con su hacienda y sus personas tendrán una categoría más elevada junto a Dios. Ésos serán los que triunfen".
                     Sura 9, versículo 24: "Di: 'Si preferís vuestros padres, vuestros hijos varones, vuestros hermanos, vuestras esposas, vuestra tribu, la hacienda que habéis adquirido, un negocio por cuyo resultado teméis y casas que os placen, a Alá y a Su Enviado y a la lucha por Su causa, esperad a que venga Alá con Su orden...'. Alá no dirige al pueblo perverso".
                     Sura 9, versículo 29: "¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Alá ni en el último Día, ni prohíben lo que Alá y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!".
                     Sura 9, versículo 36: "El número de meses, para Alá, es de doce. Fueron inscritos en la Escritura de Alá el día que creó los cielos y la tierra. De ellos, cuatro son sagrados: ésa es la religión verdadera. ¡No seáis injustos con vosotros mismos no respetándolos! ¡Y combatid todos contra los asociadores como ellos también combaten todos contra vosotros! Y sabed que Alá está con los que Le temen".
                     Sura 9, versículo 38: "¡Creyentes! ¿Qué os pasa? ¿Por qué, cuando se os dice: '¡Id a la guerra por la causa de Dios!', permanecéis clavados en tierra? ¿Preferís la vida de acá a la otra? Y ¿qué es el breve disfrute de la vida de acá comparado con la otra, sino bien poco...?".
                     Sura 9, versículo 39: "Si no vais a la guerra, os infligirá un doloroso castigo. Hará que otro pueblo os sustituya, sin que podáis causarle ningún daño. Alá es omnipotente".
                     Sura 9, versículo 41: "¡Id a la guerra, tanto si os es fácil como si os es difícil! ¡Luchad por Alá con vuestra hacienda y vuestras personas! Es mejor para vosotros. Si supierais...".
                     Sura 9, versículo 73: "¡Profeta! ¡Combate contra los infieles y los hipócritas, sé duro con ellos! Su refugio será la gehena. ¡Qué mal fin...!".
              "Combatir al infiel", una orden repetida en las suras del Corán.
                     Sura 9, versículo 111: "Alá ha comprado a los creyentes sus personas y su hacienda, ofreciéndoles, a cambio, el Jardín. Combaten por Alá: matan o les matan. Es una promesa que Le obliga, verdad, contenida en la Tora, en el Evangelio y en el Corán. Y ¿quién respeta mejor su alianza que Alá? ¡Regocijaos por el trato que habéis cerrado con Él! ¡Ése es el éxito grandioso!".
                     Sura 9, versículo 123: "¡Creyentes! ¡Combatid contra los infieles que tengáis cerca! ¡Que os encuentren duros! ¡Sabed que Dios está con los que Le temen!".
                     Sura 22, versículo 58: "A quienes, habiendo emigrado por Alá, sean muertos o mueran, Alá les proveerá de bello sustento. Alá es el Mejor de los proveedores".
                     Sura 22, versículo 78: "¡Luchad por Alá como Él se merece! Él os eligió y no os ha impuesto ninguna carga en la religión! ¡La religión de vuestro padre Abraham! Él os llamó 'musulmanes' anteriormente y aquí, para que el Enviado sea testigo de vosotros y que vosotros seáis testigos de los hombres. ¡Haced  la azalá y dad el azaque! ¡Y aferraos a Alá! ¡Él es vuestro Protector! ¡Es un protector excelente, un auxiliar excelente!".
                     Sura 25, versículo 52: "No obedezcas, pues, a los infieles y lucha esforzadamente contra ellos, por medio de él".
                     Sura 29, versículo 6: "Quien combate por Alá combate, en realidad, en provecho propio. Alá, ciertamente, puede prescindir de las criaturas".
                     Sura 47, versículo 4:"Cuando sostengáis, pues, un encuentro con los infieles, descargad los golpes en el cuello hasta someterlos. Entonces, atadlos fuertemente. Luego, devolvedles la libertad, de gracia o mediante rescate, para que cese la guerra. Es así como debéis hacer. Si Alá quisiera, se defendería de ellos, pero quiere probaros a unos por medio de otros. No dejará que se pierdan las obras de los que hayan caído por Alá".
                     Un yihadista cumple lo que le manda el Corán, según la lógica impuesta por los yihadistas.
                     Sura 49, versículo 15: "Son creyentes únicamente los que creen en Alá y en Su Enviado, sin abrigar ninguna duda, y combaten por Alá con su hacienda y sus personas. ¡Ésos son los veraces!".
                     Sura 61, versículo 4: "Alá ama a los que luchan en fila por Su causa, como si fueran un sólido edificio".
                     Sura 61, versículo 11 y 12: "¡Creed en Alá y en Su Enviado y combatid por Alá con vuestra hacienda y vuestras personas! Es mejor para vosotros. Si supierais...". "Así, os perdonará vuestros pecados y os introducirá en jardines por cuyos bajos fluyen arroyos y en viviendas agradables en los jardines del edén. ¡Ese es el éxito grandioso!".
                     Sura 66, versículo 9: "¡Profeta! ¡Combate contra los infieles y los hipócritas! ¡Muéstrate duro con ellos! Tendrán la gehena por morada.
              La damnatio o maldición musulmana corámica, lanzada originalmente contra la existencia de judíos y cristianos, se ha ampliado en los tiempos modernos considerando “infieles” a cualquier ser humano que no encaje en los sentimientos del fundamentalismo islámico de cuño mahometano. Las masacres de cristianos llevadas a cabo por grupos fundamentalistas islámicos actuales así como la destrucción de monumentos históricos en algunos países islamistas reflejan bien su deseo de condenar al olvido total cualquier rastro histórico o personal que no encaje en su forma maléfica o patológica de entender la vida. Se dice que el Corán se escribió para poner firmes a judíos y cristianos, que no se entendían y se aborrecían entre sí. Es verdad que los judíos y cristianos corporativamente hablando no fueron nunca un ejemplo a seguir en su forma despreciativa de relacionarse. Pero el Islam mahometano, lo único que ha aportado hasta ahora para apagar ejemplarmente el fuego es gasolina de alta calidad incendiaria.

                     10. DAMNATIO COMUNISTA Y NAZI

                     Llegados al siglo XXI, nos olvidamos por un momento de la que se armó en Jerusalén para asistir a la que se armó con la llegada al poder de los comunistas de cuño marxista y de Adolf Hitler con sus siervos nazis en el siglo XX. Total: ¡Dos guerras mundiales e innumerables otras civiles, nacionales, tribales y nacionalistas disparando misiles de inhumanidad contra el globo terráqueo y todos sus habitantes. Antiguamente el número de vencedores que trataban de borrar del mapa la historia de los vencidos se contaban por miles exagerando mucho. Actualmente pueden contarse con más precisión por millones quedándonos cortos. El tema está muy estudiado informativamente pero apenas hay pensadores que hayan sacado consecuencias prácticas de estas condenas a muerte de la memoria de los vencidos del siglo XX. Como términos clave para valorar el fenómeno pueden bastar los siguientes: purgas y depuraciones comunistas, revolución cultural en China, racismo nazi y lavado cerebral nacionalista; manual yijadista y  manuales de la posverdad.
                     En la antigua Unión Soviética el régimen comunista practicó la damnatio memoriae más temerosa contra sus adversarios políticos como quien se bebe a diario un vaso de agua en ayunas. Además de eliminar mediante el asesinato o la prisión a las personas e instituciones no favorables al todopoderoso Partido Comunista, se prohibió bajo severas penas toda mención de sus nombres eliminando estos de la prensa, libros, registros históricos y documentos de archivo. Las fotografías oficiales eran todas retocadas y manipuladas por la censura del régimen para evitar que aparecieran en ellas personas no gratas al dictador comunista.
                     Según la asesora del FSB, Yelena Zimatkina, durante los años de la Gran Purga o del Gran Terror, las oleadas represivas del estalinismo alcanzaron su apogeo en el año 1937. Según datos actualmente divulgados por los cuatro puntos cardinales, “más de un millón de personas fueron fusiladas. Cuatro millones, enviados a campos de trabajo. Cerca de 6,5 millones, deportados durante las purgas de la dictadura de Josef Stalin (1878-1953). Socialistas, anarquistas, miembros del Partido Comunista Soviético, opositores, cualquiera que diera muestras de ser “enemigo del pueblo”, recordaba María R. Sahuquillo, con ocasión de una entrevista en Moscú con George Shajet (El País, (El País, 8 de abril de  2019). Los archivos donde están guardados estos datos están ahí pero muy pocos tienen acceso a ellos para reconstruir la verdadera historia de lo que ocurrió con vistas a reflexionar y aprender alguna lección de humanidad por contraste con la inhumanidad que se trata políticamente ahora de ocultar.
                     Es verdad que en los últimos años se han erigido en Rusia algunos monumentos en memoria de las víctimas. El propio Presidente Vladímir Putin inauguró en 2017 algunos de ellos, colocando placas en las casas donde vivieron los represaliados, pero las autoridades rusas eluden el debate. Putin ha condenado las represiones de palabra, pero de hecho, no llega a reconocer que el régimen comunista soviético fue criminal. No hay que olvidar que él mismo fue jefe de la KGB y, por lo mismo, colaborador activo de las represiones que siguieron después de la etapa estalinista de las purgas.
                     Desde el punto de vista académico y cultural, la “escolástica soviética” pretendió borrar del memorial de la historia de la filosofía el periodo de tiempo comprendido entre el viejo filósofo Heráclito (544-584 antes de Cristo) y Carlos Marx (1818-1883). Los intelectuales de la diabólica dictadura comunista soviética imitaron descaradamente la metodología teológica de la escolástica clásica cristiana para explicar el pensamiento marxista. Se utilizaba el mismo método vaciándolo de su contenido original. De esa forma resultaba que el pensamiento cristiano quedaba condenado en el olvido al ser sustituido por el pensamiento marxista leninista y estalinista. Thomas J. Blakeley, entre otros muchos, nos dejó un testimonio impresionante en Soviet Scolasticism acerca de ese barrido de la cultura judeocristiana filosófica y teológica comprendida entre el viejo Heráclito y el moderno Carlos Marx.
                     En el terreno artístico unas veces dejaban que los monumentos históricos no marxistas se arruinaran y los guías de turismo explicaban su significado como si fueran obras del régimen por el mero hecho de no haberlos destruido directa o indirectamente. Los periodistas soviéticos, así como los historiadores, los artistas y deportistas, eran tenidos como simples agentes del régimen comunista con la obligación de rechazar y olvidar todo lo que no fuera considerado como una aportación a los intereses tiránicos y materialistas del Partido Comunista.
                     El racismo nazi trató de eliminar científicamente y por las armas a judíos, gitanos y otros colectivos sociales, considerándolos indignos de existir. En otro orden de cosas se dice que Hitler tuvo en la mente un plan para destruir los monumentos históricos más emblemáticos de París. Terminó la segunda guerra mundial y sus apóstoles del terror racista fueron sentados en el banquillo para después condenarlos también al olvido sempiterno de la historia. El lugar provisional para enterrar penalmente a siete racistas condenados como criminales de guerra en los juicios de Núremberg, como es sabido, fue la prisión de Spandau, situada en la zona occidental de Berlín, donde murió el último superviviente nazi, Rodolf Hess, el 17 de agosto de 1987.
                     Los aliados vencedores de la guerra iniciaron inmediatamente una frenética campaña de damnatio memoriae  orientada a enterrar las huellas del pasado nazi o simplemente a ocultarlo bajo montañas de escombros. En este contexto, una vez muerto el último inquilino Hess, el gesto más simbólico fue, entre otros, el derribo de la prisión de Spandau. En la lucha contra los neonazis se incluyeron  una serie de proyectos que tenían por objeto hacer irreconocibles con cemento y césped los lugares lugares acusadores y cargados de historia. Nada nuevo. Sólo era imitar la damnatio memoriae de los romanos. Comunistas y nazis contra media humanidad, y la otra media contra nazis y comunistas.
                     Es un círculo vicioso de dar y devolver mal por mal convencidos todos de que hacen una obra de bien a la humanidad. ¿Se romperá alguna vez este círculo vicioso? Entrados ya en el siglo XXI, renacen políticamente los movimientos comunistas, nazis y antisemitas como setas venenosas disfrazadas de modernos colores deslumbrantes. En esta dinámica de damnatio memoriae alternativa, ocurre algo parecido a lo que ocurre con algunas malas hierbas. Cuanto más se las pisa y se trata de arrancarlas de cuajo con más fuerza renacen y crecen.

                     11. LA MEMORIA HISTÓRICA DE LOS MÁRTIRES CRISTIANOS

                     La Iglesia como institución ha cometido errores importantes a lo largo de la historia, debido a la condición humana de sus líderes de turno. Pero igualmente hemos de reconocer que es la única institución pública que, antes o después, asume la responsabilidad de sus errores y se esfuerza por reconocerlos para no reincidir en ellos, al tiempo que perdona a sus perseguidores sin exigir pago revertido en términos de venganza justiciera. La Iglesia cuenta con una historia impresionante de víctimas, desde sus orígenes hasta nuestros días, pero no olvida el recuerdo ejemplar de sus mártires. Un ejemplo de memoria histórica singular de sus víctimas es la “beatificación” y “canonización” de muchas de esas víctimas  inocentes. Salvadas las diferencias, estos actos de reconocimiento público son comparables a los actos académicos instituidos para conferir el título de profesor “honoris causa” a personas cuya trayectoria intelectual se han destacado de forma eminente en alguna rama de la ciencia o del saber en general.
                     En clave cristiana el criterio para definir esa faceta eminente es el grado de caridad o amor que caracterizó a las personas entregadas al servicio de los demás de acuerdo con los parámetros que el propio Cristo estableció para la promoción del Reino de los cielos, en cuyos dominios el odio, el recuerdo rencoroso y la venganza disfrazada de justicia no tienen cabida. Ahora bien, los mártires cristianos son justamente aquellos hombres y mujeres que fueron ejecutados por ser leales a esta causa suprema de humanidad sin envenenar sus sentimientos con ideas o motivos políticos. Sólo tres ejemplos recientes pueden bastar para ilustrar lo que termino de decir, ya que su historia es muy larga de contar.

                     12. HUÁSCAR, MALVINAS Y GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

       En la base naval de Talcahuano, Chile, se encuentra anclado el monitor Huáscar. Como es sabido, es un buque de guerra del siglo XIX de destacada participación en la guerra del Pacífico. Sirvió en la Marina de Guerra del Perú hasta el 8 de octubre de 1879 en que fue capturado por la escuadra chilena en el combate naval de Angamos. Sirvió en la Armada Chilena hasta 1897 y hasta hoy día sirve como museo flotante en Talcahuano.
                     Tuve la oportunidad de visitarlo y me llamó la atención el modo de contarme la historia de los hechos ocurridos. No se me ocultó lo que allí ocurrió. Los hechos son hechos y el historiador no tiene derecho a ocultarlos caprichosamente y menos aún a deformarlos. Pero en la memoria o recuerdo de los mismos percibí la delicadeza y respeto con que fueron descritos de suerte que la admiración de la belleza del barco y la comprensión de las miserias humanas de la guerra invitaban más al olvido de lo ocurrido que al recuerdo orgulloso o vengativo por parte de quienes nada tuvieron que ver personalmente en aquel triste acontecimiento.
                     El año 1982 se produjo el conflicto político que degeneró en la guerra de las Malvinas entre Argentina y Reino Unido.  Al final del conflicto la Primer ministro Margaret Thatcher decidió que se celebrara en la catedral de S. Pablo un acto nacional conmemorativo de las víctimas británicas durante la contienda. Pero el servicio religioso tenía un carácter exclusivamente político y no humanitario al excluir a los soldados argentinos igualmente caídos.
                     Thatcher se negó en rotundo a que durante la celebración religiosa fueran mencionados los soldados argentinos muertos durante la guerra. El Arzobispo Dr. Runcie protestó y dijo que, como soldado que había sido antes que obispo, conocía mejor que Margaret Thatcher la maldad de una guerra y que, como cristiano, se creía en el deber de recordar a los soldados argentinos como víctimas de la guerra igual que los británicos. El Arzobispo no se opuso a que los historiadores contaran objetivamente lo que había ocurrido en la guerra. Pero, una vez la guerra declarada, todos los que murieron en ella, argentinos y británicos, fueron víctimas por igual del conflicto bélico y debían ser recordados con la misma comprensión y compasión en lugar de utilizar orgullosamente el acto religioso como arma política, que es lo que hizo el Gobierno británico presidido por la pintoresca Margaret Thatcher.
                     En octubre del 2007 tuvo lugar la beatificación de 498 personas asesinadas durante la guerra civil española. Con este motivo la Conferencia Episcopal Española había emitido un comunicado del que cabe resaltar lo siguiente. En primer lugar, se habla en concreto de la persecución religiosa de los años treinta desencadenada durante la década de los años treinta del siglo XX.
                     A los muchos miles de personas asesinadas por su confesión religiosa cristiana se los denomina, como siempre se hizo a lo largo de la historia, “testigos heroicos del Evangelio”. Nada de opositores políticos. Los historiadores objetivos lo saben bien.  En 1999 la CEE había pedido ya perdón por las “violencias inauditas” a las que el mundo, Europa y España se vieron arrastradas por “ideologías totalitarias, que pretendían hacer realidad por la fuerza las utopías terrenas”. Y citando a Juan Pablo II: “Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires y el testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y del ateísmo”. Los mártires cristianos, en efecto, “están por encima de las trágicas circunstancias que los llevaron a la muerte. Con su beatificación se trata, ante todo, de glorificar a Dios por la fe que vence al mundo (cf. 1Jn 5,4) y que trasciende las oscuridades de la historia y las culpas de los hombres. Los mártires  “vencieron en virtud de la sangre del Cordero, y por la palabra del testimonio que dieron, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12, 11).  Ellos han dado gloria a Dios con su vida y con su muerte y se convierten para todos nosotros en signos de amor, de perdón y de paz.”
                     Los mártires cristianos de la guerra civil española no fueron héroes políticos sino hombres y mujeres que murieron por el mero hecho de creer en Dios y morir perdonando a sus verdugos. O sea, todo lo contrario de quienes mueren matando o exigen venganza eterna en nombre de la justicia. Cualquier persona de cultura hoy día puede verificar, si lo desea, cómo a estas personas se las exigió incondicionalmente renunciar a su fe cuya insignia moral propia es el amor incluso a los enemigos. Con ello se pretendió borrar esta noble fe religiosa en aras de una ideología totalitaria que rezumaba odio, alimentado principalmente por la ideología marxista dominante y el laicismo más cerril e incivilizado.
                     Sin embargo, en medio de tanta destrucción y de tanto odio prevaleció el amor más grande contra la política más brutal y rastrera. Por eso, cuando se los llama «mártires de la guerra civil» sin más, se están manipulando los términos. La guerra civil, en efecto, fue el contexto sociopolítico en que se produjo su muerte, pero ellos fueron víctimas, no de una guerra civil como tal, sino de una persecución religiosa programada por un sector político, lo cual cambia por completo el enfoque del problema. Los beatificados hasta ahora nunca fueron a la guerra. Eran personas pacíficas que estaban en sus respectivas casas o residencias sociales o comunidades religiosas y los mataron porque eran religiosos, católicos o gente de fe. Sólo algunas matizaciones para terminar este desagradable capítulo de la memoria histórica “a la española”.
                     Desde el punto de vista político, el paso de la administración franquista a la democracia se llevó a cabo de una manera tan ejemplar que causó asombro en el mundo entero. Y ello gracias a la sensatez política de un grupo de personas y la mediación sapiencial y humana de la Iglesia. Ningún historiador profesionalmente competente y fiable se atreve hoy día a negar esta realidad. La “política del olvido” de los hechos desagradables del pasado había triunfado y las personas más razonables y honestas estaban convencidas de que no habría ya ranas que ensuciaran el agua de la paz y la buena convivencia con la memoria histórica rencorosa.
                     Pero todo el gozo en un pozo. Con la llegada del Partido socialista al poder las aguas empezaron a agitarse de nuevo con el riesgo de transformar el lago de la tranquilidad y del civismo patrio en un charco de recuerdos desagradables en el cual sacia su sed de rencor un pequeño rebaño de cabras sueltas por las calles. En este contexto se pretendió politizar burdamente la memoria de los mártires cristianos del siglo XX.
                     Contra esta operación distorsionadora de la realidad histórica está el hecho de que los mártires cristianos fueron héroes de la fe en Dios y del amor y no héroes del poder político. Y lo que es más. Los mártires cristianos de la guerra civil española no murieron matando o pidiendo la muerte de nadie, sino perdonando a sus propios verdugos. Esto es lo que sabemos de su historia personal. Por eso, cuando se les concede el título excelso de “beatos” o “santos” no es por razones políticas sino por la calidad y dignidad ética de sus vidas en grado heroico sirviendo a los demás en nombre de Dios. Esta ha sido la trayectoria de la Iglesia durante veinte siglos en relación con sus mártires y resulta por lo menos pedante la pretensión de confundir la categoría de mártir cristiano con la de héroe político.
                     Mientras los mártires cristianos son capaces de perdonar el mal que recibieron y olvidar las cosas que no merecen ser recordadas, los militantes de la “memoria histórica política” son incapaces de recordar sin rencor, y menos aún de perdonar a quienes les han ofendido. Pero esa incapacidad, disfrazada de justicia histórica, es problema suyo y no tienen derecho a contagiarla a los demás.
                     Para evitar que estas beatificaciones fueran utilizadas como arma política por la administración franquista, Pablo VI decidió suspenderlas hasta que pasaran al menos 50 años. Unos dicen que olvidan pero no perdonan. Otros, que ni olvidan ni perdonan. Los más sensatos piensan que hay que escribir la historia con objetividad sin omitir ni distorsionar los hechos que realmente tuvieron lugar en el pasado, lo mismo agradables como desagradables, para que prevalezca lo bueno y no se repita lo malo. Sólo así se comprende el sabio aforismo de que  la historia es maestra de la vida.

                     13. DEPURACIÓN FRANQUISTA Y SOCIALISTA EN ESPAÑA
             
               Terminada la contienda civil con el balance de muertos y miseria humana añadida como salsa funeraria, llegó la paz ciertamente, pero no igual para todos. El plan de depuración de todos los personajes no adictos al nuevo régimen militar instaurado se puso en ejecución sin tardanza. El primer objetivo fue barrer del cuerpo docente y educativo nacional a todos los vencidos o simplemente sospechosos de haber colaborado con el régimen de los vencidos. Y por la misma regla de tres, impedir por las bravas que ningún componente administrativo del régimen instaurado dejara el más mínimo margen de dudas sobre su lealtad y sumisión incondicional al caudillo vencedor.
                     El Decreto de depuración fue impuesto también a la Iglesia, lo cual dio lugar a muchos problemas internos. A los obispos se les imponía el deber de prestar una forma específica de colaboración con el régimen en este campo y ello dio lugar a una situación de intoxicación del ambiente y malestar preocupante. Hubo eclesiásticos que burlaron esa orden como Dios les dio a entender, nunca mejor dicho. Otros se jugaron el tipo oponiéndose abiertamente con cautelas, y no faltaron los que colaboraron en la depuración facilitando informaciones concretas sobre personas consideradas sospechosas por el régimen franquista.
                     Con el paso del tiempo las cosas fueron mejorando hasta llegar al famoso “certificado de penales”, que terminó siendo un mero trámite burocrático no exento a veces de sentido del humor. Cuando digo esto estoy pensando en uno de esos certificados que yo recibí por orden del Director General de Seguridad del Estado en vida del “Caudillo”, y no  de D. Claudio, como decía un humorista. Actualmente se están realizando estudios minuciosos y en los archivos diocesanos sobre el impacto del Decreto depurador franquista y las diversas posturas que adoptaron los obispos y párrocos diocesanos. El barrido franquista inmediato al fin de la fratricida contienda española significó una damnatio memoriae en toda regla contra el comunismo en España, del cual, dicho sea de paso, ningún historiador profesionalmente competente podrá hablar como de un feliz y añorado recuerdo, sino todo lo contrario.
                     Pero se fueron cambiando las tornas y quienes no comulgábamos intelectualmente con la “santidad” marxista íbamos siendo después depurados en la Universidad sin darnos cuenta de ello en virtud y gracia de la “mística” del despotismo democrático.
                     Yo personalmente conocí la modalidad romana de la damnatio nominis con ocasión de dos libros míos en los que hablé sobre algunas connotaciones del nefasto nacionalismo vasco con la clerecía, y de los pecados o errores cometidos en el seno de la Iglesia a través de los siglos hasta nuestros días. En ambos casos muchos pensaron que los dos libros se convertirían comercialmente en best sellers, pero ocurrió justamente todo lo contrario. Se produjo un inesperado apagón informativo sobre ellos en los medios de comunicación social de suerte que apenas dejaron margen para pensar siquiera sobre la existencia del autor y sus libros.
                     Otra damnatio memoriae contra mí fue dictada en el IX Congreso Interamericano de Filosofía, celebrado en Caracas en 1977. El Congreso filosófico estaba plagado de marxistas y el mero hecho de no serlo yo fue considerado como una actitud digna de castigo por parte de los responsables de publicar las Actas. Agustín Basave y yo fuimos acusados de coincidir en nuestros respectivos planteamientos filosóficos, no favorables al marxismo imperante. En consecuencia, él temió seriamente que boicotearan la celebración de las conferencias que tenía programadas, y a mí me ajustaron las cuentas excluyendo la publicación de mi ponencia en la Actas del Congreso a raíz de haber publicado yo antes en la revista Arbor una crónica en la que denunciaba la metodología marxista utilizada por un grupo bien organizado. En dicha crónica escribí, entre otras cosas, que en los países comunistas del “telón de acero” había encontrado un margen de libertad de expresión mucho más generoso que en Caracas. Como consecuencia, el texto de mi ponencia no apareció en las Actas.
                     Es interesante observar que en tiempo de los romanos la condena de una persona al olvido castigador de su nombre se producía siempre post mortem, mientras que en nuestro tiempo tiene lugar también en vida del encausado.
                     Pero según son los cauces así corren por ellos las aguas cuando llueve y se forman los arroyos y los ríos. Me explico. En España tuvimos la ingenua impresión de que con el nuevo cauce político de la transición del régimen franquista a la democracia civilizada, el olvido de las desgracias del pasado había tomado el relevo perpetuo cediendo la palabra a los buenos historiadores no politizados  o resentidos como perros políticos sin amaestrar. O mejor dicho, como perrillos falderos políticamente amaestrados.
                     En este contexto se abrió el nuevo cauce del Gobierno socialista español en el 2018 con la publicación de su Ley de memoria histórica española. El Decreto franquista de depuración tuvo como objeto principal borrar por completo todo rastro del comunismo militarmente vencido por las armas. Pero donde las dan las toman y la Ley socialista de memoria histórica promulgada en el 2018 tenía como objetivo inmediato y único borrar todo rastro y reliquia del régimen franquista después de muchos años de muerto y bien sepultado su fundador.
                     Resulta curioso observar cómo el Senado romano dictaba la condena o damnatio memoriae inmediatamente después de la muerte de los malhadados, mientras que el Gobierno socialista español realizó la misma operación con el franquismo cuando dicho régimen descansaba en la tumba del olvido del noventa por ciento de los españoles desde hacía muchos años. Por otra parte, con la damnatio memoriae romana no se abrían heridas cicatrizadas porque estaban todavía abiertas y calientes. Con la Ley socialista española de memoria histórica, por el contrario, todas las heridas que habían ya cicatrizado volvieron a abrirse supurando odio y rencor como legado político.

                     14. LA BATALLA ENTRE POLÍTICOS E HISTORIADORES

       El concepto de memoria histórica, como dije al principio, lo puso en marcha Pierre Nora. Luego adquirió un significado muy particular en la Shoá como paradigma de la justicia histórica del pueblo judío frente a sus verdugos nazis. Últimamente la memoria histórica se ha convertido en una forma deshonesta de hacer política con perjuicio de la objetividad histórica y de la justa administración de la justicia. Se dice con razón que los vencedores en los conflictos bélicos y los tiranos escriben la historia siempre a su favor. Esto no es algo nuevo. Tampoco sorprende a nadie el hecho de que los historiadores sean incapaces de reconstruir el pasado de forma totalmente objetiva e imparcial aunque se lo propongan como objetivo profesional. Con frecuencia hemos sido testigos de algún acontecimiento, pero luego leemos los medios de comunicación y exclamamos con asombre: ¡Así se escribe la historia! No en vano se ha incrementado la aparición de libros relacionados con grandes mentiras de la historia. Estas publicaciones vienen a confirmar lo que en el lenguaje coloquial se expresa cuando decimos que las mentiras más grandes están todas escritas en los libros.
                     Todos somos conscientes de la dificultad de escribir sobre hechos que tienen lugar en nuestro entorno mientras estamos vivos y los medios de comunicación hablan de la historia del día a día en presente. Pues bien, si resulta tan difícil dar cuenta y razón de forma satisfactoria de lo que ocurrió el día anterior entre  vivos, cabe pensar que la reconstrucción de la memoria histórica de hechos remotos en el pasado será mucho más difícil. Con la circunstancia agravante de que la mayor parte o todos los que fueron protagonistas de aquellos hechos están muertos y la capacidad de recordar entre los vivos es frágil y poco duradera. Hoy por hoy la edad no perdona y la capacidad de recordar fielmente lo que ha ocurrido en nuestro entorno se pierde con facilidad hasta extremos muy lamentables ya antes de morir.
              Por estas elementales razones vitales, que entienden hasta los niños de pecho, se comprende fácilmente que ninguna persona sensata se escandaliza porque incluso los mejores historiadores tengan lagunas importantes en sus reconstrucciones escritas del pasado. Lo que sí resulta novedoso y escandaloso es el giro que se ha producido hacia la politización total de la verdadera historia, reivindicando obsesivamente el recuerdo de lo peor de forma políticamente partidista y vengativa.
              Lo cual significa que los ideólogos y políticos menos cualificados se atribuyen el derecho de dictar a los verdaderos historiadores lo que éstos tienen que recordarnos de forma permanente  y selectiva sobre el pasado. Hay grupos políticos que obligan a explicar la historia en los centros de enseñanza de acuerdo con su ideario político.            Los grupos nacionalistas y los dictadores tienen particular interés en politizar la memoria histórica y a utilizar a los historiadores como instrumentos útiles de usar y tirar según que obedezcan o desobedezcan las consignas políticas que reciben.
              Personalmente pienso que los historiadores deben plantar cara a los políticos que pretenden dictarles cómo se escribe y hay que enseñar la historia. Los historiadores, como los jueces, deben ser imparciales en sus investigaciones, y más aún en la forma de relatar y suministrar los hechos históricos sin presiones o intenciones políticas. El pasado de todos los pueblos y naciones está infectado de odios, guerras e injusticias. No existe ningún país del mundo totalmente inocente o totalmente culpable. En el pasado, como en el presente, en todas partes hubo gente sensata, locos sueltos y malvados profesionales. Como consecuencia de lo cual, en todas partes, y bajo todos los regímenes políticos sin excepción, hubo víctimas inocentes. Cualquier intento, pues, de escribir la historia olvidando esta triste realidad se convierte en una provocación desde el momento en que entran en juego los intereses políticos. La memoria histórica se ha politizado y los buenos historiadores tienen ante sí el reto de no caer ingenuamente en los cepos de la política que los convierte en desaprensivos desenterradores de cadáveres y malos recuerdos.
                     Por lo que se refiere a la memoria del Holocausto, estoy totalmente de acuerdo con Sholomo Ben Ami y Yehuda Elkaná. Si el recordar sólo sirve para quedar obsesivamente anclados en el pasado como rehenes de recuerdos desgraciados, o para seguir abriendo heridas saciando los más rastreros sentimientos políticos, más vale la estrategia del olvido inteligente y pragmático. Una cosa es reconstruir la historia como maestra de la vida y otra cosa muy distinta el recordar obsesivamente acontecimientos del pasado para legitimar sentimientos subliminales de venganza en nombre de la justicia.
                     Pienso que en nombre del buen uso de la razón y del realismo de la vida hay que denunciar y desacreditar moralmente la politización de la memoria histórica. La historia como memoria escrita del pasado ha de ser contada con cruda y prudente objetividad, lo mismo en lo bueno que en lo malo. Pero sin prejuicios o intenciones políticas. Cuando esta condición no se cumple, la historia deja de ser maestra de la vida y termina convirtiéndose  en mentidero universal. Hay que dar cuenta y razón de los hechos del pasado, lo mismo si son buenos como si son malos.
                     El buen historiador no oculta jamás la realidad y si algunas heridas quedan abiertas, esto sólo debe ocurrir cuando no haya otra alternativa para que cicatricen y queden definitivamente curadas, no para agrandarlas y exhibirlas permanentemente. Los buenos historiadores son como los buenos galenos de la memoria histórica. Donde no hay heridas no las abren y donde las hay tratan de hacerlas desaparecer dinamizando las gestas felices y sepultando en los archivos históricos las gestas desgraciadas. Lo contrario sólo sirve para fomentar reivindicaciones obsesivas de revancha en nombre de la justicia. Con el agravante añadido de que todo eso a los muertos y víctimas del pasado no les sirve para nada. Para ayudar a entender el alcance de esta propuesta del olvido selectivo de los recuerdos desgraciados y la potenciación de los recuerdos felices, me parece oportuno terminar este breve discurso con las reflexiones siguientes, por analogía a lo que ocurre en la vida individual de las personas.
                     A lo largo y tendido de mi carrera profesional me he encontrado con personas de toda raza, cultura, nación, sexo y edad. Y también con gente sensata, loca de atar y mentalmente perversa. Pero todas con un denominador común que es el sufrimiento. Pues bien, una de las causas del sufrimiento suele ser el recuerdo obsesivo de los males que recibieron en el pasado. En casos extremos el dolor deriva en situaciones patológicas y entran en acción los psiquiatras. Esto está a la vista de todos y no es mi propósito hacer aquí una crítica de los diversos métodos de tratamiento psiquiátrico. Lo que quiero destacar es que hay personas que             viven del pasado obsesionadas por sus males endémicos y por las presuntas injusticias recibidas por parte de los demás. Pues bien, quienes se obstinan en sus malos recuerdos con el pretexto de que se haga justicia en su favor corren el riesgo de convertir su memoria histórica personal en una obsesión que les impide ser razonables y buscar las vías alternativas para poner las cosas en su sitio de forma humana y civilizada. He llegado a la conclusión de que la memoria histórica personal ha de ser selectiva. Pero no en el sentido de excluir bajo presiones externas y prejuicios, unos hechos condenando otros sistemáticamente al olvido.         
                     Seleccionar la memoria histórica personal significa, en primer lugar, conocer con objetividad lo que ha sido nuestra vida sin ocultar nada importante. Y, en segundo lugar, reactivar los recuerdos felices condenando al olvido eterno los recuerdos desagradables. Obviamente, quienes dicen que olvidan pero no perdonan, o que no hay que olvidar ni perdonar nunca las injusticias históricas, difícilmente podrán ser optimistas y ellos mismos terminarán cometiendo injusticias iguales o mayores que aquellas para cuya reparación exigen memoria permanente y justicia sin compasión.
                     El olvido sapiencial de los recuerdos desgraciados es un remedio clínico eficaz para curar las enfermedades del espíritu cuya etiología es la injusticia sufrida en el pasado. He conocido a personas que han practicado este método del olvido sapiencial con resultados envidiables en el balance de su felicidad personal. Por el contrario, no he conocido a nadie que sea verdaderamente feliz atizando con el fuelle de los malos recuerdos la memoria personal de recuerdos desgraciados, o reivindicando obsesivamente compensaciones incondicionales de justicia.
                     Esto que acabo de decir sobre la historia íntima de las personas es aplicable, por analogía, a la vida de las naciones y de los diversos colectivos humanos. La politización de la memoria histórica que se está produciendo actualmente fuera del ámbito de la Shoá, especialmente en España, es un fenómeno preocupante y paradójico. Preocupante porque contribuye a la corrupción del verdadero relato del recuerdo histórico en términos de objetividad y realismo. Y paradójico, porque dicho fenómeno se produce cuando dentro del judaísmo hay ya voces autorizadas que reconocen la utilidad práctica de la política del olvido sin renunciar a la memoria objetiva. De hecho, en España se practicó la política civilizada del olvido al final de la administración política franquista y ello dio un resultado político envidiable. Pero, como suele decirse, siempre hay alguna rana que empuerca el agua.  
                     En el caso de España las ranas políticas fueron y siguen siendo principalmente algunos grupos socialistas y nacionalistas. Memoria histórica, sí, pero no politizada sino escrita por profesionales sin rencor de tal forma que la historia resulte realmente maestra de la vida y no una excusa gratuita para potenciar instintos de venganza bajo el palio de la justicia. La verdadera memoria histórica exige rigor profesional sin intereses políticos o ideológicos mezclados, y olvido terapéutico de los hechos desgraciados del pasado que han de quedar puestos a buen recaudo en los museos de la historia y no de los sentimientos humanos.
                     Los historiadores no politizados tratan de deshacer las “leyendas negras” canonizadas por los políticos. Como ejemplo de este trabajo de historiadores, me parece oportuno recordar aquí la intervención de Luis Gorrochategui en el I Congreso Internacional La Armada española de 1588 y la Contra Armada inglesa de 1589, celebrado en Cartagena en 2019. Como cronista del Congreso, Olaya Vicente (El País, 25/IV/2019) escribió entre otras cosas que dijo Gorrochategui: “Norris, a su vuelta a Londres está a punto de llegar a las manos con Drake y lanza un llamamiento al patriotismo: la misión fracasada será ocultada para siempre. Los ingleses escribirán panfletos exculpatorios que, junto a la leyenda de la Invencible, extenderá Willian Cecil (1520-, barón de Burghley, y mano derecha de Isabel I. Felipe II en cambio, apenas hizo nada, olvidando el desastre de los otros y aceptando una leyenda falsa”[5].

                     15. IMPORTANCIA DEL OLVIDO TERAPÉUTICO

                     Hemos hablado de la necesidad de avivar la memoria histórica en lugar de apagarla con la damnatio memoriae en el pozo del olvido castigador. Pues bien, Ana Cabuli, directora de Feng Shui Homes, insiste a su manera en algo tan elemental como lo que termino de decir sobre la necesidad de activar los recuerdos felices de la vida y olvidar los desagradables. Nuestra mente, en efecto, es susceptible de ser manipulada de tantas formas como la calidad de pensamientos que generamos dentro de nosotros. De ahí la importancia de saber qué pensamientos enviamos, cuáles repetimos y de qué manera los ponemos en el candelero. Si tenemos una mala experiencia y decidimos no volver a pensar jamás en ella, es posible que pronto o tarde termine quedando en el olvido y nos deje de molestar, por muy seria que sea. Ecos de esta experiencia son algunos dichos populares como “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”; “ojos que no ven corazón que no siente”, y tantos otros, usados para mitigar las penas de aquellas personas que sufren constantemente por el recuerdo obsesivo de sus experiencias negativas del pasado.
                     Por el contrario, si recordamos intermitentemente las experiencias negativas, lo único que conseguimos es generar dentro de nosotros más energía negativa, la cual termina convirtiéndose  en obsesiones y quebraderos psicológicos de cabeza. A veces ocurre que un asunto desagradable de poca importancia, al convertirlo en un recuerdo obsesivo, arruina la vida interna de una persona. Es lo mismo que ese triste recuerdo tenga fundamento sólido en la realidad o que sea fruto de la imaginación. Los pensamientos y los recuerdos son armas de doble filo. Si no los manejamos bien, lo mismo sirven para enriquecer nuestra vida que para arruinarla al convertirse en manías y obsesiones. Las expresiones coloquiales como “se le ha metido una idea en la cabeza y no hay quien se la saque”; o “está obsesionado” por un asunto o una persona, reflejan bien esas situaciones.
                     La opción para obviar esos riesgos consiste en activar los recuerdos felices dejando en un segundo o tercer plano los desagradables, hasta que paulatinamente todos ellos vayan quedando sepultados en el olvido y dejen de molestar aunque circunstancialmente sean recordados. Lo ideal es llegar a ser capaces de recordar los males pasados sin rencor, sin odio y sin activar los instintos de venganza. Cuando esto tiene lugar la “memoria histórica” no se contrapone a la historia real reconstruida por escrito por los buenos historiadores sino que la memoria sentimental del presente y la objetiva del pasado se abrazan y contribuyen a la maduración de nuestra personalidad y al progreso de la humanidad. En esto los buenos psiquiatras y los moralistas tienen mucho que decir.
                     En esta onda el psiquiatra Enrique Rojas, por ejemplo (ABC/21/1/1019), escribió: “Aprender qué cosas debemos olvidar es sabiduría. Madurez es saber echar fuera de nuestra memoria todo aquello que ha sido perturbador y quedarnos con las lecciones aprendidas de aquellas experiencias borrando la parte dañina”.
                     En efecto, sabemos por experiencia que a vivir se aprende viviendo y que la capacidad para olvidar el mal que nos han hecho con el sufrimiento anejo, es fundamental para vivir  felices en este mundo. Hay que pactar con el pasado el olvido de las experiencias negativas. Es cuestión de aprender a manejar la información remota y más reciente haciendo uso de la razón práctica para obtener como resultado final un ajustamiento a la realidad objetiva de la vida.
                     La persona inteligente y realista sabe computar lo vivido con lo sabido, y la experiencia de la vida con los conocimientos que va adquiriendo con el paso del tiempo. La memoria sensitiva funciona como registro mental de lo que nos ha acontecido en el pasado y como recuperación de las experiencias agradables o desagradables que tuvieron lugar. Pero con el paso del tiempo y la irrupción de circunstancias existenciales nuevas, en la memoria se producen distorsiones y clarificaciones imprevistas. En este sentido psicológico y sin connotaciones morales, cabe hablar de buena y mala memoria. La primera es aquella que se refiere a hechos positivos que al recordarlos nos causan alegría y contento. La segunda es la que retiene sólo lo negativo causando en nosotros desagrado, dolor  y sufrimiento. En este contexto cabe decir con fundamento real que la capacidad para olvidar lo malo que nos causa sufrimiento es condición psicológica indispensable para asegurar un mínimo felicidad personal y social en este mundo.
                     Lo que termino de decir de forma históricamente esquemática es sólo un aperitivo de mucho más que podríamos decir sobre la diabólica propensión de vencedores y vencidos, de anularse recíprocamente matando sin discriminación sus recuerdos del pasado. Una cosa es batir el cobre de la historia con el cucharón de la basura humana (memoria histórica politizada) y otra muy distinta el escribir la historia con objetividad científica sin odio ni rencor para reflexionar y corregir errores mirando al futuro con esperanza.
                     No hay que temer miedo a la historia real condenándola al olvido. Al contrario, hay que escucharla como maestra de la vida, dispuestos a aprender de nuestros errores personales y ajenos. Pero hay que aprender también a olvidar magnánimamente para no reincidir en el recuerdo obsesivo y vengativo de injusticias reales o imaginarias que pensamos haber sufrido.
                     Con el olvido “terapéutico” en el contexto de nuestra historia personal y colectiva, se evita el riesgo de terminar convirtiéndonos en hipocondríacos históricos que disfrutan hipocondríacamente recordando noche y día sus reales o imaginarias enfermedades. Equivocarse es cosa de hombres, pero permanecer en el error con odio y rencor es diabólico. Hay que desechar la memoria histórica politizada y fortalecer la verdadera historia con objetividad profesional para aprender de los aciertos humanos sin olvidar los errores cometidos para corregirlos. De ahí la importancia también del “olvido terapéutico” para evitar la hipocondría histórica del recuerdo como deber moral permanente.
             
                     16. REFLEXIONES FINALES

                     No hace falta castigar la realidad histórica teñida de injusticias y a sus protagonistas mediante decisiones y decretos alternativos de condena. Con el paso del tiempo y el deterioro natural de nuestras facultades psicológicas para recordar y repensar el pasado, el castigo al olvido eterno no tiene ningún sentido. Los recuerdos son como los rescoldos que terminan siempre apagándose solos si nadie sopla en ellos. La propia naturaleza se encarga de hacer justicia mediante el olvido naturalmente inducido entre los vivos y consumado en las tumbas de los muertos. La senilidad es un fenómeno natural que afecta directamente al ejercicio de la memoria individual como facultad para hacer presentes los acontecimientos e injusticias del pasado. Contra este hecho es inútil forzar a la naturaleza para que conserve como presente lo que pertenece a nuestro pasado lejano e incluso reciente. El “Alzehimer, por ejemplo, no es más que un anticipo más o menos acelerado de la pérdida natural de la memoria. Siendo esto así, el recordar algo por coacción moral como deber de conciencia, conduce fácilmente al recuerdo morboso y vengativo de verdaderas o falsas injusticias cometidas en el pasado.
            Los casos históricos que hemos señalado son sólo algunos botones de muestra muy llamativos de este lamentable fenómeno, y la Ley de Memoria Histórica española, que dio lugar a estas reflexiones,  es otro garbanzo negro sin cocer en la olla de la historia reciente de España. Resulta totalmente inaceptable que los políticos obsesos y vengativos dicten a los verdaderos profesionales de la historia lo que tienen que decir u omitir del pasado. La memoria histórica politizada no puede ser considerada jamás como “maestra de la vida” sino más bien como violación del derecho a conocer la verdad sin prejuicios, sin odio y sin rencores hereditarios.
            La verdadera historia, por otra parte, no excluye el saludable olvido terapéutico. Desde el punto de vista individual es fácil comprobar que cuando una persona se obsesiona recordando constantemente los males de su vida pasada, por culpa propia o ajena, su vida termina convirtiéndose en un infierno donde prenden y arden fácilmente el rencor y el instinto de venganza, camuflados de justicia retroactiva. De modo parecido, cuando se inculca socialmente el recuerdo permanente de las injusticias cometidas por nuestros antepasados, como incentivo de lucha y revancha política o religiosa permanente, la paz social resulta prácticamente imposible y la personal desaparece como alma que se llevó el diablo.
            De ahí la necesidad de que los verdaderos historiadores no se humillen nunca ante la memoria histórica politizada, renunciando a la objetividad de los acontecimientos del pasado por intereses políticos. Cuando esa humillación tiene lugar, la historia deja de ser “maestra de la vida” y fuente de sabiduría, convirtiéndose en un frigorífico destinado a la conservación permanente de productos políticos y religiosos corrompidos. De ahí también la necesidad de aprender a recordar lo bueno y a olvidar lo malo con realismo, sin miedo ni obsesiones. Tan indeseable es la imposición del recuerdo de las injusticias pretéritas como la prohibición de olvidar saludablemente los desperdicios y basura de la historia, tanto individual como colectiva.
             La “memoria histórica politizada” es como el agua potable de la verdadera historia contaminada con el odio y el rencor heredado de nuestros antepasados naturales o sociales. Para evitar estas injerencias nefastas de la política en la verdad histórica, hay que concienciar a los  historiadores para que recuerden lo bueno del pasado para perfeccionarlo y lo malo para corregirlo y enmendarlo. Después veremos cada uno de nosotros lo que interesa recordar  y lo que conviene prudente y sensatamente olvidar. Tan imposible es recordar lo que por su propia naturaleza se olvida, como olvidar lo bueno o malo que desconocemos.  
                                                NICETO BLÁZQUEZ, O.P.




























[1] El artículo del juez  Jesús Yusty Bastarreche fue el siguiente.
                1. "La verdad es que no sé muy bien si toda esta cuestión de la memoria histórica es una gran maldad de Zapatero y el socialnacionalismo o es una maniobra de gran habilidad. Por un lado, representa el resquemor, el ansia de venganza y el odio de los vencidos en la Guerra Civil, en estado puro, sin mezcla de grandeza alguna, frente a los que la ganaron".
                2. "No se sabe muy bien si lo que quieren los autores del Proyecto de Ley y el coro social, profesional y mediático que los anima es verdaderamente llegar a una verdad auténtica o simplemente tratar de ganar la guerra con efecto retroactivo".
                3. "El socialnacionalismo no parece haber aprendido nada. Se empeña en homenajear a personajes tan siniestros como Pasionaria, Carrillo o Companys, o hablar con nostalgia de la República, como si semejante régimen no fuese la antesala de la Guerra y los políticos de la misma los grandes fogoneros de la hoguera que vino después".
                4. "La exposición de motivos de esa Ley [de Memoria Histórica] de tan largo título se inicia con una referencia al ‘espíritu de reconciliación y concordia’ que guió la Transición. Sin embargo rápidamente se traiciona esta idea".
                5. "Para todos los que sirvieron con más o menos entusiasmo o lealtad al Régimen anterior, incluso los que simplemente lo soportaron, ciertamente tiene que ser un tanto molesto que ahora, cuando entre todos se había acordado cerrar un capítulo de la Historia de España, se vuelva a abrir por unos pocos, que son más o menos la mitad de la nación, y en contra claramente de la otra".
                6. "No seré yo quien justifique ni niegue los crímenes nazis o de la revolución soviética, pero lo que no me parece lógico es que no se pueda discutir sobre ello".
7. "La reconciliación consiste en que la derecha, y sólo la derecha, pida perdón por serlo y porque, en opinión de la izquierda, que está en posesión de la razón y la verdad, la derecha es hija y heredera directa de los vencedores de la Guerra Civil".
                8. "Pero con ser todo lo anterior grave, lo es más la actitud del PSOE, Izquierda Unida y demás partidos parlamentarios, que no se han dignado dirigir una palabra de condolencia al Partido Popular, ni han condenado los hechos. Naturalmente, ¿por qué van a condenar algo que la derecha se merece?"
                9. "Empeñarse en reabrir determinados procesos históricos, con la intención de fijar una verdad oficial, de obligado seguimiento, no deja de ser a estas alturas del siglo XXI un tanto estrafalario, sin sentido alguno, y solamente puede acarrear —como ya ha ocurrido— que se destapen viejos odios y recelos. El Proyecto de Ley va a conseguir que hasta los muertos sean de dos clases, ‘buenos’ y ‘malos".
                10. "[Esta ley] podría ser, una simple maniobra a las que tan aficionado es Rodríguez Zapatero para tenernos fritos hablando y discutiendo de todo esto, mientras él se limita a permanecer en el Palacio de la Moncloa, que por lo visto es lo que más le importa en el mundo".

             [2]  Cf N. Blázquez: Studium 48 (2008/3) 403-445.
            
[3] Cf CASTRO SAENZ, A, Damnatio memoriae: el modelo de Domiciano un recorrido histórico-jurídico entre Tiberio y Trajano, en e-Legal History Review 14 (2012). Eric VARNER, Mutilation and transformation. Damnatio Memoriae and Roman Imperial portraiture. Monumenta graeca et romana X (2004). SUETONIO, Vida de los Césares. Nerón XLIX, 2. Domiciano 23. DION CASIO, Historia romana LVIII, 1-13 Madrid 2011. FERNÁNDEZ URIEL y VÁZQUEZ HOYS, Diccionario del mundo antiguo. Próximo Oriente, Egipto, Grecia y Roma. BLOG DE HISTORIA. PENSAMIENTO CRÍTICO Y CULTURA ALTERNATIVA, 2019. LACTANCIO, Sobre la muerte de los perseguidores, Sevilla 2000. Introducción, traducción y notas de Casimiro Sánchez Aliseda.



[4] Cf. ESTEBAN MORENO RESAMO, Dialogues D´histoire Ancienne: 41 (2015) 177-200. MARTÍN GURRUCHAGA, Eusebio de Cesarea. Vida de Constantino. Madrid 1994. PABLO HERNÁNDEZ APARICIO, Eusebio Obispo de Cesárea, Vida de Constantino. Historiografía cristiana y la creación del Emperador cristiano. RAMÓN TEJA, El ceremonial en la corte del imperio romano tardío. Emperadores, obispos, monjes y mujeres. Protagonistas del cristianismo antiguo. Madrid, 1999.

[5] Cf LUIS GORROCHATEGUI SANTOS, Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra,  Madrid 2011.
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