GÉNEROS
LITERARIOS Y POSVERDAD
Por
Niceto
Blázquez
1. GÉNEROS LITERARIOS Y FALSEAMIENTO DE
LA REALIDAD
En mi obra El uso
de la razón hablé de los sofismas y del metalenguaje para tomar conciencia
de las trampas y engaños en que podemos caer cuando hablamos con los demás. Son
trucos que impiden entendernos correctamente sobre todo mediante el lenguaje
hablado. Ahora me ha parecido oportuno reflexionar sobre los géneros literarios
escritos en el contexto de la posverdad. Me refiero a las múltiples formas de
escribir en las que está en juego nuestro compromiso con la realidad y la
verdad sobre lo que escribimos. No es lo mismo, por ejemplo, describir una rosa
con lenguaje poético en un soneto que mediante el lenguaje científico de
laboratorio.
El género literario es una forma de escribir con
características propias que el escritor utiliza con alguna intención personal o
por alguna causa concreta. El autor del libro bíblico conocido como El Apocalipsis, por ejemplo, tuvo sus
buenas razones para escribirlo en clave apocalíptica, forzado por la falta de
libertad de expresión y el estado de represión política vigentes de los
destinatarios del libro cuando éste fue escrito. En los regímenes totalitarios
donde no existe la libertad de expresión, muchas veces la única alternativa es
escribir novelas críticas, publicar revistas de humor, escribir música
revolucionaria, teatro de costumbres y Dios sabe cuántos trucos más para
conseguir describir situaciones de sufrimiento y de injusticia impunemente
promovidas por los déspotas del poder constituido.
Los
géneros literarios han sido estudiados exhaustivamente por los literatos así
como por los expertos en estudios bíblicos y los resultados de esos estudios
están al alcance de cualquiera que tenga interés por conocerlos. Para nuestro
propósito en esta ocasión bastará recordar algunos datos informativos para
fijar la atención en dichos géneros literarios con vistas a soslayar el riesgo
de falsear la realidad cuando no son utilizados con maestría.
Los expertos de la vieja retórica clasificaban los
géneros literarios (no científicos o históricos) atendiendo a su contenido, en
tres grupos importantes, a saber: lírico, épico y dramático. El primero, para
expresar sentimientos y pensamientos con predominio de la subjetividad del
escritor y su forma literaria específica de expresión es el verso y la prosa
poética. El segundo relata sucesos reales o imaginarios que le han ocurrido al
poeta o a otra persona. El relato épico pretende ser objetivo por más que su
forma de expresión sea siempre el verso. El género dramático es el tipo de
género que se usa en el teatro. Por medio del dialogo entre los actores el autor
plantea problemas y conflictos diversos. Puede estar escrito en verso o en
prosa pero su finalidad específica es la representación ante el público. Los
expertos presentan análisis minuciosos de estos géneros literarios acompañados
de infinidad de subgéneros, pero sin perder de vista las notas esenciales a
todos ellos, y que termino de recordar.
Por razones prácticas vamos a tomar como libro de
referencia la Biblia. En esta obra judeo-cristiana nos encontramos con una
riqueza extraordinaria de géneros literarios que los expertos suelen reducir a
los siguientes:
Géneros jurídicos. Son textos relativos a la constitución y gobierno del
pueblo judío y que se encuentran en códigos legales. Véanse, por ejemplo, los
lugares siguientes: Decálogo: Ex 20, 2-17; De la Alianza: Ex 20, 22-23; Ritual
o Decálogo cultural: Ex 34,11; Deuteronómico: Dt 12-26; De santidad: Lev 17-26.
Géneros proféticos. Los textos proféticos expresan una visión bíblica relativa a la tensión mesiánica y escatológica existente en la
época de los profetas bíblicos, los cuales se expresaban frecuentemente
mediante visiones, oráculos, sueños, acciones simbólicas, confesiones, augurios
astrales e imágenes apocalípticas impresionantes. Los escritos de los profetas
del Antiguo Testamento son una mina de recursos literarios relacionados con la
dramática historia del pueblo de Israel y la esperanza mesiánica. La lectura de
cualquier profeta bíblico es una obra maestra en su género, pero hay algunos como
Isaías, Jeremías o Ezequiel que merecen un estudio aparte.
El lenguaje profético bíblico es complejo y a veces
desconcertante hasta para los estudiosos. En cualquier caso los expertos suelen
reconocer como características o rasgos más importantes de este tipo de
lenguaje (oral o escrito) los siguientes.
1) Ningún profeta
ha visto la realidad completa de la que habla. Cada uno disponía de una visión
fragmentaria e insuficiente del plan divino. De ahí que con frecuencia el
propio profeta no sabe lo que está diciendo, qué le ha sido mostrado ni de qué
está hablando. Pero esta fatal ignorancia no invalida la verdad de su profecía.
La parcialidad de su visión profética suscita la esperanza de comprender el
resto causando una sensación de misterio como ingrediente inexorable de la fe.
Con frecuencia los profetas se refieren al futuro o porvenir del Israel pero no
aciertan a decir si ese futuro llegará pronto o tarde, mañana, pasado mañana o
en el siglo venidero.
2) El lenguaje profético es simbólico. Lo cual significa
que su mensaje es expresado y transmitido mediante símbolos visuales o imágenes
simbólicas que exigen una trabajosa interpretación para ser entendido, si es
que hay lugar a ello. La clave de su intelección es más religiosa y moral que
literaria o científica. Sólo las personas justas o buenas se encuentran en
condiciones favorables para entender el mensaje de los profetas bíblicos.
3) El profeta sabe hacia dónde va la historia. El profeta se siente siempre en condiciones
de predecir el curso general que seguirá la historia del pueblo de Israel.
4) El profeta suele contradecir los deseos de la gente.
Paradójicamente, muy raras veces las profecías satisfacen el sentimiento
general del pueblo, por lo que el ser profeta era un trabajo difícil y siempre
arriesgado. Cuando el pueblo duerme en paz los profetas anuncian guerra; cuando
hay calma predicen el castigo y cuando hay prosperidad prevén hambruna en el
horizonte. Pero ante el hambre, el castigo y la guerra, los profetas siempre
preconizaban la salvación y la restauración religiosa y moral del pueblo de
Israel.
5) Los profetas bíblicos eran hombres del pueblo y
mezclados con el pueblo. Como miembros del pueblo y portavoces de Dios para la
gente, los profetas se diferenciaban de los sabios en el sentido de que no se
limitaban a predicar de palabra, sino que se sentían obligados a intervenir en
los asuntos de la vida diaria. Los profetas bíblicos eran hombres de acción más
que intelectuales.
Géneros
apocalípticos. Se refieren por igual a la
literatura judía y cristiana como respuesta contestataria a las persecuciones
violentas. Son célebres en su género, en el Antiguo Testamento los escritos de
Zacarías y Daniel, y en el Nuevo el Apocalipsis atribuido a S. Juan. Géneros Poéticos (Lenguaje poético). Es el
estilo del libro de Los Salmos y el
poema amoroso El cantar de los cantares.
Géneros
sapienciales. Era el estilo de lenguaje más
característico de las escuelas rabínicas. Ejemplos magistrales de este género
son: Proverbios, Eclesiástico, Job y Sabiduría.
Géneros evangélicos. En los cuatro textos, al margen de las
diferencias estilísticas entre los tres sinópticos y el texto de Juan,
encontramos discursos apologéticos, inventivas, predicciones escatológicas y
abundancia de enseñanzas mediante el recurso a las parábolas.
Género epistolar.
El género epistolar lo encontramos en todas las obras escritas a modo de carta.
La carta es una de las manifestaciones de la comunicación escrita utilizada con
más frecuencia. Entre los interlocutores epistolares media siempre un contexto
de complicidad formado por el ambiente, las relaciones y situaciones que sólo
ellos saben y que resultan ajenas para un extraño. En el Nuevo Testamento son
particularmente notables los escritos epistolares atribuidos a S. Pablo.
Género
histórico. En el A.T. los libros históricos narran un período de casi 1200 años de la
historia del pueblo judío, desde la muerte de Moisés hasta la revuelta de los
Macabeos. Como modelos de este género cabe destacar, entre otros, los libros de
Judit, Ester y Reyes.
Paradójicamente, los géneros literarios bíblicos
constituyen una riqueza expresiva muy notable, pero al mismo tiempo muchas
veces resultan desconcertantes. En lugar de ayudar a entender lo que se nos
quiere decir con ellos se tiene la impresión de que nos lo quieren ocultar. La
lectura del Apocalipsis, por ejemplo, puede pasar por momentos de absoluta
decepción. Hay momentos en los que un no experto pudiera estar tentado a pensar
que no se trata de un libro serio sino de una falta de respeto al lector que
busca verdad y claridad. Sin embargo, tras el estudio en profundidad del libro,
no es difícil percatarnos de que esa forma de escribir fue una opción realista
y sabia por parte del autor del libro para hacer llegar con garantías su mensaje
a sus destinatarios. Pero para llegar a esta conclusión hay que emplearse a
fondo con la cabeza dejando a un lado el impacto de las primeras impresiones
nacidas de la emotividad. Lo dicho de los géneros literarios bíblicos es
válido, salvadas las diferencias, para cualquier otro género literario
extra-bíblico.
Actualmente resulta difícil hablar de géneros literarios
en el contexto de la mentalidad modernista y posmoderna, debido a que no
existen características formales reconocidas, como ocurría en el pasado, para
determinar qué obras pertenecen a un determinado género. La novela, por
ejemplo, admite muchos discursos en su concepto sin que se exija unidad o
coherencia en la acción de acuerdo con los cánones clásicos. El concepto de
novela, piensan algunos, es muy amplio y ambiguo por lo que no existe un
elemento formal común que permita decir esto es novela y lo otro no. No
obstante, veremos que también esta convicción es más un sofisma que una verdad.
Por lo que se refiere al género narrativo cabe hablar de
una narrativa de la modernidad y otra de la posmodernidad. La primera tiene
muchos tonos y significados. Como dicen los expertos, es polifónica y
multi-semántica. Y, sobre todo, rompe con el tratamiento cronológico de los hechos
concatenados. Además, tiene una estructura fragmentaria ya que cada frase o
cada fragmento puede tener su propia autonomía. En las narraciones puede o no
haber momentos culminantes en absoluto. Es una narrativa anárquica con relación
a la narrativa clásica reglamentada. La narrativa posmoderna juega con técnicas
narrativas diversas y es intertextual en el sentido de que una sola narración
abarca varios discursos. Por otra parte es fluctuante ya que varía entre la
parodia, el juego de espejos y lo canónico o normativo.
Antes se seguir adelante me parece interesante recordar lo siguiente. La novela,
cuyo reconocimiento epistemológico y social es impresionante, no gozó de
estatuto propio como tal género hasta mediados del siglo XX. Más exactamente
hasta después 1934 cuando M. Mijailovish
diferenció la novela de la prosa novelesca y de la poesía lírica. Hasta
entonces los críticos consideraron que la novela carecía del estilo poético y
por ello se le había negado cualquier significación artística para sólo
tratarla como un documento.
Actualmente nadie pone en cuestión que el género novela
constituye un arte. Pero, sobre todo, a nadie se le oculta el poder de
fascinación que ejercen las novelas y la repercusión que ello tiene en la
economía de mercado. Basta entrar en cualquier librería importante para darnos
cuenta del volumen de producción novelesca existente. Sobre todo cuando las
novelas son convertidas en imágenes visuales a través del cine y la televisión.
El éxito de las telenovelas es una prueba evidente del grado de fascinación que
ejerce este género literario en las masas con los riesgos que ello lleva
consigo para el uso de la razón. Está en juego el falseamiento de la realidad y
la correcta percepción racional de la misma. Pero vayamos por partes porque el
asunto es grave.
2. NECESIDAD DE LAS IMÁGENES Y CONFLICTO CON LA REALIDAD
La naturaleza humana está configurada de tal forma que
las imágenes son imprescindibles para conocer la realidad y comunicarla después
a nuestros semejantes. Necesitamos elaborar imágenes para conocer la realidad,
para formar nuestros juicios de valor y para transmitir nuestros pensamientos,
sentimientos y deseos a los demás. Siempre que nos referimos a símbolos,
signos, semejanzas, analogías, simulacros, arte, fotografía, conceptos, ideas,
opiniones, pareceres, lenguaje y comunicación humana, estamos elaborando o tratando
de comunicar algún tipo de imagen. Dada nuestra condición humana, el acceso
cognoscitivo a la realidad y el ejercicio de la comunicación interpersonal y
social resultan prácticamente imposibles sin la mediación de algún tipo de
imagen.
Esta afirmación supone que el concepto de imagen es
analógico. No es lo mismo, por ejemplo, el
concepto resultante del proceso psicológico de la abstracción que una
imagen técnica como resultado de un proceso científico de laboratorio. Las
imágenes son necesarias para acercarnos a la realidad, pero al mismo tiempo nos
alejan de ella. Una buena fotografía nos acerca a la realidad fotografiada,
pero no se identifica con ella, sino que se distancia. Y tanto más cuanto la
fotografía es más artística y técnicamente está manipulada con el fin de lograr
determinados efectos deseados o créditos.
El conflicto realidad-ficción en el plano objetivo, y
verdad-engaño en el cognoscitivo, resulta insoslayable. Para cruzar el Atlántico
lo mejor es lanzamos al espacio en un magnífico avión. Pero sería una locura
pretender permanecer en el aire desconectados de los controladores aéreos, que
se encuentran en tierra, o pretender darnos a la fuga alegremente de la tierra
para vivir en otro planeta por nuestra propia cuenta y riesgo en las actuales
circunstancias. ¿Hasta dónde es razonable desconectar la imaginación, la
fantasía y los sentimientos de los rigurosos controles terrenos de la razón,
para lanzamos a un mundo de vivencias exclusivamente imaginarias, fantásticas y
emocionales? ¿Acaso la historia personal de muchos artistas y profesionales fanáticos
de la imagen no es suficientemente elocuente?
El problema de las imágenes está relacionado directamente
con nuestra actitud frente al principio de realidad lo que lleva consigo un
problema ético fundamental que podíamos formular así: ¿Hasta qué punto es
razonable y lícito embarcarnos en el mundo de la imagen alejándonos de la
realidad? La respuesta graduada a este interrogante fundamental queda descrita
a continuación teniendo como punto de referencia aquello en lo que todas las
imágenes tienen en común como necesidad y al mismo tiempo como amenaza para el
uso certero de la razón.
3. LA CIVILIZACIÓN DE LA IMAGEN
Esta expresión se popularizó en 1960 con la aparición de
un libro de orientación teológica. Un grupo de intelectuales franceses
reflexionó sobre la importancia que ya por aquellos años había cobrado la imagen
audiovisual. Algunos pensaron que en nuestros días sería más exacto hablar de
«civilización del simulacro» de la mera representación. Pero entrados ya en el
siglo XXI se ha impuesto la cultura de las apariencias. Lo importante para
muchos no es lo que somos sino lo que parecemos aunque realmente sea mentira.
De ahí la importancia que se otorga a los expertos en el cuidado de la imagen.
Una imagen personal o institucional, aparentemente atractiva, aunque realmente
sea falsa, cotiza hoy día mucho más que una imagen realmente objetiva y verdadera.
Lo cual dificulta y entorpece brutalmente el uso correcto de la razón.
Las imágenes visuales tienden a sustituir por completo a
la realidad reflejada en nuestros conceptos mentales más objetivos. Se dispensa
más importancia a lo que se ve directamente por los ojos y se oye con los oídos
que a lo que se pueda entender mediante el uso correcto de la inteligencia. La
representación y la apariencia sustituyen a la comprensión del ser. Con la
radio, el cine, la televisión e internet se borran las fronteras geográficas,
ideológicas y hasta personales. Con un pequeño teléfono celular, por ejemplo, se
nos ofrece la oportunidad de oír cómodamente todo lo que otros quieran decimos
desde cualquier parte del mundo. Y no se diga nada sobre la ampliación de esta
posibilidad en todas las redes sociales y sus derivados técnicos. Ya es posible
contemplar en una pantalla de Red, o simplemente en un telefonillo de bolsillo,
las cosas y los acontecimientos más remotos y recónditos sin necesidad de hacer
viajes y correr muchos riesgos como en tiempos pasados. La fotografía ha
propiciado una configuración espectacular del mundo externo y avanza hacia el
microcosmos de los organismos vivientes con promesas todavía inéditas.
El desarrollo de la informática constituye el capítulo
más fascinante de la historia de las imágenes fotoquímicas. La sofisticación
técnica facilita tal grado de inmediatez que resulta a veces difícil distinguir
la realidad de su imagen o simulacro. Cuando contemplamos una puesta de sol a
simple vista, la imagen que nos formamos de tan bello espectáculo natural nos
induce a creer que el astro rey se acuesta rozando suavemente lo más alto del
monte y lo más bajo del cielo. Es una imagen óptica inmediata y sensiblemente
evidente. La imagen que se dibuja en la retina de nuestros ojos es real, pero ello
no quiere decir que sea imagen de la realidad. El juicio de la razón nos dice
que se trata de una imagen falsa porque no refleja la auténtica realidad. Ya a
simple vista la imagen suscita problemas éticos de fondo por su referencia a la
realidad.
Cuando la imagen es fruto o resultado de un sofisticado
proceso tecnológico el problema se agudiza aún más. Es el caso de aquellas
imágenes que, por su perfección técnica y grado de manipulación sobre ellas, el
simulacro y la apariencia terminan reemplazando a la realidad de suerte que
resulta muy difícil discernir entre lo que es la realidad objetiva en su estado
natural y la representación figurativa de la misma. La gente consume vorazmente
imágenes, sobre todo visuales, mediante las cuales sus productores y emisores
técnicos imponen de forma gratificante al pueblo sus formas de entender la
vida, sus ideas, sus intereses lucrativos y sus formas de estar en el mundo.
Los medios de comunicación social más destacables son la
fotografía, la prensa, el cine, la radio, la televisión, el vídeo, la
fotonovela, las revistas ilustradas, los carteles y los recursos publicitarios
en general. El uso del ordenador en todas sus modalidades constituye la
culminación actual de todos los media. El público se está convirtiendo en un
fanático espectador, al cual lo que menos le interesa es conocer el origen de
esas imágenes o símbolos. Tampoco lo que realmente significan en sí mismos o en
la intención de quienes los suministran. El público se comporta sumisamente,
apoderándose ávidamente de las imágenes y acumulando la mayor cantidad posible
de ellas, para verlas una y otra vez con una actitud reverencial rayando en la
superstición.
Otro dato importante a tener en cuenta es que las fascinantes
imágenes servidas por la moderna tecnología se transmiten de forma más o menos
predeterminada a expensas de la capacidad de reacción crítica por parte de los
destinatarios, que son colectivamente igualados. Tan pronto da comienzo la
película, los espectadores se imponen automáticamente el más riguroso silencio,
desconectan inconscientemente la imaginación y el sentimiento de los controles
de la razón y se entregan gustosamente al torrente de imágenes, que aparecen
sucesivamente en la gran pantalla. El mismo fenómeno tiene lugar frente al
televisor y cada vez más, fascinados por la computadora, con la particularidad nada despreciable de
que ahora todo esto puede tener lugar en un contexto de casi absoluta
intimidad.
A simple vista podríamos pensar que los responsables de
la producción y emisión de esas imágenes gozan de absoluta autonomía frente a
los medios que utilizan. Pero esto no es verdad. El fotógrafo que maneja una
super-cámara fotográfica , por ejemplo, apenas hace más que ejecutar unas instrucciones
elementales. El resto lo hace la máquina. La perfección técnica del medio amenaza
con suplir el trabajo creador del que lo maneja. Las imágenes audiovisuales se
han convertido en un producto de consumo masivo, que llega por igual a niños,
jóvenes, ancianos, sanos o enfermos. En los países materialmente más
desarrollados, donde la radio, el cine, la televisión, el ordenador y las
campañas publicitarias invaden la vida pública y privada, los niños de las
grandes ciudades crecen como cera
moldeada. Desde sus más tiernos años están acostumbrados a verlo todo en
dibujos e imágenes a través de Internet y su primera experiencia consciente
suele ser antes con la imagen representativa que con la cosa representada. Han
visto todos los animales en dibujos e imágenes antes que en la realidad y
cuando se encuentran con la realidad cruda las reacciones no siempre son
positivas. El paso de las imágenes a la realidad objetiva suele ser
traumatizante y los psicólogos tienen ya mucho que decir al respecto.
Nuestro mundo es comparable a un supermercado repleto de
imágenes fascinantes que acosan la imaginación y el sentimiento con tal
intensidad, frecuencia y fuerza persuasiva, que ponen en peligro el desarrollo
positivo de los mecanismos de la razón y del ejercicio efectivo de la libertad
personal. La condición singularmente representativa y vicarial inherente a toda
imagen puede empañar y hasta falsificar nuestra visión correcta de lo
auténticamente real y humanamente valioso. Hasta las imágenes más realistas
conllevan un mínimo de alejamiento de la realidad que representan in ordine naturae. Esas imágenes que nos
llegan a través de los media no son leídas, sino simplemente consumidas de
forma intransitiva o acrítica por parte de los destinatarios. «Una fanática
religiosidad de lo visual, escribe D. Font, caracteriza el entorno; un vicio de
poseer la imagen espectacular (voyerismo) se apodera del hombre en un intento
por alcanzar lo real de forma imaginaria, como si de una magia de aprehensión
se tratara y, al igual que el hombre del paleolítico creía dominar el objeto
representado en sus pinturas o captar sus cualidades, el contemporáneo acumula
imágenes de lo que es y de lo que no es, de lo deseado y lo inalcanzable».
4. LA IMAGEN COMO LENGUAJE
Por otra parte, la imagen audiovisual está henchida de
retórica y se presta a las mil maravillas para transmitir ideología. Esto
equivale a decir que la imagen es un lenguaje con características propias. Sus
productores y emisores lo saben bien. Constituida por un entramado de signos
codificados o claves convencionales de interpretación, se presta para la
infiltración de mensajes, lo cual es posible porque detrás del simulacro o
apariencia inmediatamente perceptible contiene múltiples connotaciones,
sugestiones e insinuaciones susceptibles de ser descifradas por el destinatario
humano. Estas implicaciones constituyen lo que los expertos en la materia
denominan “retórica de la imagen”.
Existe una retórica publicitaria, consistente en utilizar
operaciones artificiosas para lograr el asentimiento persuasivo y emotivo de
los destinatarios de la publicidad. De modo similar existe también el montaje
de imágenes móviles con fines análogos a los de la publicidad. Tales montajes
pueden ser considerados como una verdadera retórica de la imagen audiovisual.
Toda imagen es en alguna medida alusiva o sugestiva y
esta característica común puede apreciarse de modo particular en las imágenes
audiovisuales por ser el resultado de un artificio imaginario. Sobre todo
cuando dicho artificio responde a unas intenciones concretas de los productores
o emisores. Un cartel publicitario, por ejemplo, es por sí mismo un lenguaje,
aunque no vaya acompañado de texto. El cartel posee un código descifrable por
el destinatario del mismo, como un discurso en chino posee sus claves de
interpretación merced a las cuales se puede averiguar lo que con dicho discurso
se nos quiere decir. Entre los artificios más frecuentes, comunes al lenguaje
oral y a las imágenes audiovisuales, cabe destacar algunos.
Uno de ellos es la hipérbole,
como cuando, para demostrar la seguridad de un nuevo automóvil, se presenta una
imagen del mismo lanzado a mil kilómetros por hora, cayendo por un precipicio
abismal y resultando incólumes tanto el automóvil como el conductor. La hipérbole
es el recurso más frecuente para impactar a la gente, y se detecta con relativa
facilidad en las imágenes tendenciosas alusivas a la violencia, al
sensacionalismo y el sexo. El recurso a las imágenes hiperbólicas audiovisuales
campea en los artificios conocidos como condensadores de significados.
Otras veces las imágenes son verdaderas metáforas. Tal ocurre cuando se quiere
expresar con ellas comparaciones. Así, para atraer la atención sobre un
producto alimenticio se lo asocia a una joven exuberante y bella. En este
género es muy frecuente el recurso a imágenes relacionadas con los atletas.
Cuando lo que se exhibe en la imagen es algún aspecto parcial que evoca en el
contemplador la idea del todo correspondiente, la imagen cumple la función
retórica de la sinécdoque. Este
género de imágenes abunda mucho en la publicidad turística. La torre Eiffel,
por ejemplo, nos transporta a París, como la imagen del Parlamento británico a
Londres.
Supongamos ahora que pasamos por una librería y nos encontramos
frente a un estupendo retrato de Cervantes. Ello significa casi con toda
probabilidad que allí se pueden adquirir todas las obras del ilustre escritor.
La figura retórica utilizada es la metonimia.
Otro recurso retórico frecuente en el lenguaje de la imagen es la sustitución, que consiste en reemplazar
un signo visual por otro parecido. Así, por ejemplo, podemos simbolizar la
belleza femenina con una imagen de la Venus de Milo, o evocar la idea del
hombre valiente con la imagen de un león. El Apocalipsis de San Juan es un
texto rico en imágenes literarias, posteriormente traducidas en imágenes
visuales.
A todo esto hay que añadir que el lenguaje retórico de
cualquier imagen puede ser reforzado con frases imperativas, esquemas seductores
e imágenes comparativas. Cualquier imagen visual puede ir acompañada de un
texto en el que se insta a comprar o a cualquiera otra finalidad. A veces se
añade otra imagen compitiendo con la anterior o sumándose a ella en retórica y
fuerza persuasiva. Estas sencillas observaciones pueden ser suficientes para
formarnos una idea inicial de la capacidad de mensaje subliminal de las
imágenes audiovisuales. Estos procesos o recursos son como píldoras
subliminales de gran capacidad persuasiva, lo que explica su frecuencia, por
más que para mucha gente resulten imperceptibles.
5. ELOCUENCIA DE LAS
IMÁGENES
La imagen es, por su propia naturaleza, elocuente. «Por ser lugar viviente de expresión
comunicativa –escribe Alfonso López Quintás- la imagen es elocuente, constituye
una forma de auténtico lenguaje humano; y, como todo lenguaje verdadero, no
sólo comunica algo ya existente, da cuerpo expresivo a los ámbitos de vida y
realidad que se van instaurando al hilo de la historia. Una sonrisa compartida
funda un ámbito de comprensión, de acogida complaciente, de dulce serenidad. Un
gesto hosco, en cambio, crea un clima de repulsa y distanciamiento. La imagen
presenta una contextura relacional y posee, consiguientemente, una ineludible
ambigüedad».
La imagen, además, constituye una encrucijada hacia lo
profundo o hacia lo superficial. La imagen puede remitimos tanto a la
trascendencia como a la vulgaridad de los sentidos y de los instintos
primarios. «Uno puede ver a través de la imagen, hacerla vibrar con todo lo que
implica, contemplarla como lugar de encuentro de lo sensible y lo metasensible
que en ella se expresa. Pero puede optar por quedarse en la imagen vista
estáticamente como mera figura y entregarse al ritmo trepidante de la mera
sucesión vertiginosa de figuras, para sentir la exaltación que produce el
dejarse arrastrar por torrentes de estímulos inmediatamente gratificantes».
La imagen, además, puede ser un instrumento humano tanto
para la verdad como para la mentira y el engaño. «Cuando una persona revela su
intimidad a través de una imagen expresiva puede actuar de modo sincero o de
modo falaz. El hombre tiene el enigmático poder de interponer su voluntad entre
la intimidad que se expresa y los medios expresivos, y dotar al acto de
expresión de condiciones opuestas: veracidad o falacia, comunicación o
retracción».
Es cierto que la imagen vive de la plenitud de la
palabra. «Pero también es cierto que la imagen refuerza el efecto de la palabra
de mil maneras, le da colorido, concreción y hace presentes de modo enérgico
los contenidos que la palabra evoca. Entre palabra e imagen media un vínculo de
mutua interacción y enriquecimiento». Por lo mismo, la imagen puede convertirse
en un recurso innoble de manipulación. Ella es una constante invitación provocadora
a lo mera-mente sensorial y genera o puede generar una peligrosa y dulce fascinación
por lo superficial. «La imagen, por darse a través de la vista, tiene un poder
singular para imponerse, para hacer sentir su realidad de modo incisivo». De
hecho, tocar y ver son las imágenes sensoriales que más suelen impactarnos como
representantes de presuntas evidencias indiscutibles. «Esta condición de la
imagen suscita el apego del contemplador a su parte meramente sensible y estática,
es decir, a la figura. Las figuras, por su parte, sólo tienen viveza si se
suceden con rapidez. La rapidez se opone al tiempo lento que pide la
contemplación de las imágenes y de cuanto ellas expresan de profundo, denso de
sentido y expresividad. He aquí la razón por la cual la imagen y los medios de
comunicación basados en ella se prestan dócilmente al fomento del vértigo de la
entrega pasiva a ríos de impresiones sensoriales». Impresiones que son
unilaterales, entorpecen la visión realista y profunda y se prestan para el uso
y abuso de los demagogos de los medios de comunicación”.
La pasividad ante las impresiones sensoriales no es todo.
La imagen suele ser atractiva y ello facilita la fascinación por lo superficial
y frívolo en el banquete de la vida social y privada. La imagen divierte al
contemplador. Es decir, le saca de sí mismo, le aliena, impidiendo ahondar en
los valores humanos permanentes. En la imagen cinematográfica, por ejemplo, la
imagen erótica tiene más atractivo que las imágenes sobre el amor auténtico.
Mediante las imágenes comerciales se provoca la fascinación por los productos
sin necesidad de emitir juicios de valor, o incluso haciendo más atractivo lo
malo que lo bueno.
En política la cosa adquiere niveles de descaro casi
increíbles, sobre todo en Occidente desde las elecciones presidenciales
norteamericanas de 1988. Desde el punto de vista psicológico los expertos están
de acuerdo en que el resultado de las elecciones es cada vez más una
demostración del poder de la televisión y de las redes sociales para crear la
imagen del candidato.
Alfonso López Quintás resume la problemática ética
fundamental del uso de la imagen en política con estas palabras: «Los asesores
de imagen consiguen transmitir al pueblo una idea de ciertos políticos que
puede ejercer un papel decisivo en la hora de otorgar el voto, al margen
totalmente de las cuestiones de fondo que debieran orientar la elección. A
través de una imagen cabe dar la impresión de ser sincero, afable, persona
entregada al bien común, dotada de talante progresista, abierta a un futuro
sonriente. La imagen, debidamente elaborada, puede sugerir condiciones de
madurez en un político extremadamente joven o bien de lozana juventud y energía
indomable en una persona ya entrada en años».
Sería entretenido y divertido ilustrar este análisis con
historias narradas por los modernos “asesores de imagen” de personajes
públicos, sobre todo en el terreno de la política y de las finanzas.
6. EL PROBLEMA DE FONDO DE LAS IMÁGENES COMO LENGUAJE
Después de lo dicho sobre el lenguaje de las imágenes
cabe ya plantearnos algunas cuestiones radicales reconociendo que existe el
riesgo de confundir el nivel de realidad de cualquier imagen, con otros niveles
de realidad o con la realidad misma absolutamente hablando. Algo así como si
uno confundiera una magnífica fotografía de su madre con la madre real de carne
y hueso que le trajo al mundo. O la objetividad de los hechos históricos con el
realismo de las imágenes gráficas que de ellos nos proporcionan los
historiadores y los profesionales modernos de la comunicación social.
Recuerdo a este propósito el caso de una joven estudiante
de imagen audiovisual, la cual hizo
públicamente en clase este razonamiento: siempre se nos había presentado una
imagen de Cristo liberado de ciertos conflictos emocionales y como una persona
altamente equilibrada. Sin embargo, en la película La última tentación de Cristo, vemos con toda evidencia que la
realidad fue otra.
Confesión muy sincera en la que se confirma hasta qué
extremo las imágenes pueden suplantar a la realidad sin otro fundamento que el
sugestivo impacto de las mismas sobre el sentido de la vista en base a un
montaje fotográfico, al sesenta por ciento producto cexclusivo de la
imaginación, de la fantasía y la intención caprichosa del autor de la película.
Existe el riesgo de dejamos arrastrar por el hechizo del mundo ficción,
perdiendo, como esta joven estudiante, el sentido de la auténtica realidad.
Peligro mayor cuanto más gratificantes son las imágenes que nos sirven los
expertos y con más visos de realismo.
Las imágenes pueden no ser reflejos objetivos de
realidades, pero poseen una realidad sui
generis ellas mismas, así como una capacidad de evocación subliminal impresionante.
Y ello hasta el punto de que, como en el caso antes citado, se puede llegar
hasta el alucinamiento. O en el mejor de los casos a confundir los diversos
niveles de realidad, la parte con el todo, lo real con lo simplemente
imaginario y efímero.
Así las cosas, cabe ahora preguntar hasta dónde es
razonable entregarse a la creación y vivencia de un mundo ficción, dejando a un
lado el de la auténtica realidad. Nadie pone en duda que para viajar de Europa a
América en poco tiempo y confortablemente lo más indicado es embarcarse en una
gigantesca aeronave. Para ello hay que tener el arrojo de dejar la tierra y
lanzamos al aire. Pero ¿qué pensar de un piloto que despegara del suelo
despreciando los controles aéreos sin intención de aterrizar o tomar tierra en
alguna parte? ¿Hasta qué punto es éticamente lícito lanzamos al fascinante
mundo de la imaginación y de la fantasía despreciando los controles de la
razón, que nos mantienen en contacto permanente con el principio de realidad?
¿Hasta dónde es lícito al ser humano huir de la realidad en aras de la
imaginación y del sentimiento, desconectados de la razón?
Esta es la gran cuestión latente en el mundo de la
imagen.
Toda imagen, en efecto, por el solo hecho de serlo, nos
aleja de la realidad, y sería un error lamentable dejamos alucinar por el
espejismo de realidad que ciertas imágenes pudieran producir en nuestra percepción.
Alguien ha dicho que la imagen en nuestro mundo actual equivale a inflación y
ceguera. La civilización de la imagen lo es del cliché, y todo lenguaje icónico
es fruto de una estrategia en la que juega un papel decisivo la persuasión como
técnica manipuladora.
La llamada ecología
de la imagen se refiere a que ésta
es capaz de condicionar el comportamiento humano. La invasión icónica nos hace
creer equivocadamente que asistimos a un espectáculo de realidad nunca visto en
el pasado. Es una forma de engañamos de una manera sumisa y gratificante. La
imagen es una realidad, pero moldeada, lo que da lugar a una confrontación
entre la realidad y la imagen que la moldea.
A esta confrontación radical cabe añadir otra en tanto
que la imagen es modelización representativa de la realidad en sentido
analógico. La introducción de la analogía resulta indispensable para entender
adecuadamente lo que hay de común y de diferente entre el nivel de realidad
referencial y el de su imagen representativa. Incluso cabe hablar de la imagen
como molde simbólico, lo que implica una transferencia de la imagen a la
realidad. La imagen como tal equivale en todo caso a una inevitable fuga de la
realidad. Al entregarnos sin control racional al mundo de las imágenes corremos
siempre el riesgo de no poder o no querer volver a la realidad desnuda del
mundo y de la vida.
Así es como surge el problema fundamental. ¿Hasta qué
punto es lícito entregamos al mundo de la imaginación, de la fantasía y del
sentimiento marginando los criterios racionales que nos mantienen sujetos al
principio de realidad? La representación, característica principal de las
imágenes teatrales, cinematográficas y televisivas, tiene mucho que ver con el
mundo ficción. Lo que ocurre es que los medios de comunicación se encargan de
concretizar físicamente con contornos bien definidos ese espacio ficticio en
algún soporte determinado, como pueden ser la pantalla o el papel.
Cuando se dice que un signo significa algo, lo que
realmente estamos diciendo es que suple la ausencia de la realidad objetiva con
una presencia diversa, cual es la de su significante. Ahora bien, el signo goza
de un privilegio respecto de la cosa significada, el cual consiste en estar
siempre disponible y dispuesto para hacer indirectamente presente su referencia
semántica. La imagen tomada como signo puede retomar en formas físicamente diversas
sin dejar de ser siempre el mismo signo. La representación figurativa,
característica esencial de toda imagen, suple y sustituye a la realidad. Pero
este hecho, inevitable, hace que salte como una chispa un problema ético
fundamental.
Problema que se agudiza a medida que la imagen es más
sensible a la vista. Toda imagen visual es representación sensible de algo
concreto. La imagen es como el contorno o cáscara exterior de algo particular.
Esto significa que el lenguaje de la imagen es inservible para expresar la
esencia de las cosas, a la que tenemos acceso mediante el lenguaje verbal. La
imagen técnica y sensible sólo puede ofrecemos una visión bidimensional de tal
cosa, acontecimiento o persona. O sea, la epidermis, no la esencia de lo que
representa. Una fotografía, por ejemplo, expresa un acto concreto de amor, pero
no el amor. Pero también hemos de reconocer que la visión de ese acto concreto
resulta mucho más atrayente o más rechazable que un discurso. Ahí está precisamente
la trampa y el posible engaño de la imagen.
La imagen técnica facilita la comunicación por impacto
directo produciendo fuertes emociones en el receptor, el cual se siente solicitado
a participar en el espectáculo representado. En ello influyen el ritmo, la luz,
el formato de la pantalla y todo el contexto representativo. Frente a la
representación de un fascinante partido de fútbol, por ejemplo, de una escena
amorosa, una corrida de toros o un asesinato, resulta casi imposible que el
espectador permanezca indiferente sin participar de forma emotiva en un sentido
o en otro. La psicología de grupo tiene mucho que decir al respecto sobre el
proceso de despersonalización que suele desencadenarse cuando esas excitantes
imágenes espectaculares son seguidas masivamente.
La imagen tiene su propia lógica que consiste en imponer formas de conducta de una
manera directa condicionando así profundamente
la conducta de las personas. La experiencia enseña, además, que la cantidad de
información recibida mediante las imágenes es muy superior a la que podemos
transmitir en igualdad de circunstancias mediante la lectura de su descripción
verbal. Los expertos en publicidad ponen especial atención en la rapidez con
que debe ser captado el mensaje de sus carteles publicitarios. A esta
eficiencia comunicativa de la imagen audiovisual responde el dicho popular «una
imagen vale por mil palabras».
Otro dato a tener en cuenta es la universalidad y el
poder de evocación que caracterizan al lenguaje de las imágenes. Con la nueva
tecnología de la imagen se ha ampliado enormemente la visión que teníamos del
mundo. Pero no deja de ser aparente, efímera y equívoca. Toda imagen se presta
al equívoco y puede desencadenar mecanismos psicológicos subliminales con
repercusiones profundas en la conducta de las personas. A la tentación de
imitar puede sumarse la de perdemos en un mundo nebuloso, mistérico e irreal
como consecuencia del poder de evocación que acompaña a toda imagen audiovisual
de intensa representatividad.
Mirando a nuestro entorno nos percatamos cómo la mayoría
de los niños actuales crecen en un bosque de imágenes. Antes de conocer las
cosas tal como son en sí mismas, tienen noticia de ellas a través de
representaciones imaginarias o refritos tecnológicos de las mismas. Nuestros
niños han visto las vacas, los pollos y los caballos en los dibujos del
cuaderno del colegio o en las pantallas, y es muy frecuente que cuando ven esos
mismos animales en la realidad se llevan una gran desilusión, si no es que son
víctimas del miedo. Podíamos ilustrar lo que termino de decir con anécdotas
para parar un tren. La prioridad de la representación sobre la cosa
representada constituye un peligro ético muy serio ya que la cultura de la
imagen ejerce un poder monstruoso de convertir la realidad en ficción y de
inducir al hombre a una actitud infantil y mágica de la existencia.
El mundo de la imagen favorece el nacimiento de cultura prometedora
de felicidad falsa. La cultura-ficción consiste en la creación de un mundo
feliz artificial puramente imaginario e irreal. O lo que es igual, un cielo de
estrellas de pantalla y frívola exhibición social servido por los medios
sociales de comunicación y con el cual tratamos puerilmente de identificamos.
Decimos y repetimos que la imagen puede terminar suplantando a la realidad y
que lo ficticio puede llegar a parecernos más verdadero que lo real. Este,
insisto, es el problema de fondo. ¿Hasta dónde es lícito al ser humano abstraer
y huir del mundo real para buscar la felicidad y el sentido de la vida en un
mundo creado caprichosamente a la medida de la fantasía potenciada por la
tecnología?
Desde cualquier punto de vista que consideremos la imagen
nos asalta como una liebre el mismo problema ético fundamental. La imagen, por
ejemplo, tiene mucho que ver con los ídolos y simulacros. Ahí está el peligro
de idolatría. Todas las nociones de imagen nos hablan de alejamiento de la
realidad y potencial alienación personal. Necesitamos de las imágenes para
conocer, para comunicamos y hasta para vivir. Pero son como las medicinas cuyas
propiedades curativas no excluyen la posibilidad de resultar venenosas.
El problema ético fundamental de los profesionales
audiovisuales se perfila como un duelo entre la opción fundamental por la
imaginación, la fantasía, el sentimiento y la tecnología, y la razón como
facultad específica del ser humano, la cual nos mantiene en contacto directo
con el principio de realidad y de finalidad.
Dado que la comunicación humana audiovisual ha de
realizarse necesariamente por medio de imágenes técnicamente procesadas, sería
una inmoralidad fundamental ofrecer al público meras semejanzas, es decir,
imágenes falsificadas sin representación objetiva de la realidad imaginada. La
oferta programada de semejanzas por imágenes realistas constituye de por sí un
engaño fundamental. Cuando la imagen, en lugar de ser reflejo de alguna
realidad, no es más que mera similitud, falla como imagen verdadera y produce
el engaño en el receptor humano de la comunicación. Riesgo que aumenta con la
mecanización de las imágenes artificiales y la producción de las mismas en cantidades
astronómicas sin relación con el ordo
naturae. Al reemplazar la imagen por el simulacro, cuando se informa, lo
único que hacemos es servir al público lo que en términos castizos suele
llamarse «gato por liebre».
La imagen tiene algo que ver también con el vestigio. No es éticamente recomendable
quedamos en el mero vestigio, sin llegar a la imagen representativa de realidades. Cabe igualmente preguntarnos
hasta qué punto los medios audiovisuales pueden ser utilizados para transmitir
sólo signos arbitrarios sin relación objetiva ninguna a la verdad, la belleza y
el bien humano. A veces se tiene la impresión de que lo único que interesa a los
profesionales audiovisuales es la perfección tecnológica, el lucro y el
prestigio social.
Los medios audiovisuales son los instrumentos separados
al servicio de la publicidad y de la propaganda. Tanto en el sector del
comercio, del lucro, del poder financiero, de las ideologías y de los
sentimientos, los medios audiovisuales se prestan a las mil maravillas para
poner en práctica los mecanismos de la persuasión como técnica manipuladora.
Las imágenes de persuasión ideológica y comercial llevan consigo con mucha
frecuencia signos con connotaciones intencionales programadas que poco o nada
tienen que ver con las deseables imágenes objetivas portadoras de verdad,
belleza y bondad disfrutables en el contexto de una verdadera libertad
personal. Para resolver este gran problema en la práctica es indispensable que
los signos no se desenganchen de las imágenes, como éstas no deben
desvincularse de la realidad. Lo con¬trario sólo conduce a la decepción y al
engaño.
Es obvio que en el recorrido de la imagen desde el objeto
al sujeto cognoscente y de éste al
receptor a través de los sentidos externos e internos, pueden producirse muchas
anomalías capaces de falsificar el mensaje objetivo de la imagen. Este riesgo resulta
mayor todavía si tenemos en consideración el posible uso irresponsable de los modernos medios tecnológicos
destinados a la producción técnica de las imágenes. La posibilidad de
manipulación placentera del mensaje es
enorme ya que el medio técnico puede transformar por completo el mensaje antes
de llegar al receptor.
Existe un riesgo natural de adulteración del mensaje,
pero tal vez sea más preocupante el riesgo de manipulación artificial
programada. Bastaría para ello con convertir la imagen en un fin en sí misma,
en lugar de servirnos de ella como medio. Nos quedaríamos así con el mero juego
de imágenes. En vez de preocupamos por informar nos dedicaríamos a fabricar
imágenes sin relación necesaria con la realidad. La información se convertiría
así en desinformación o mal-información, y la tecnología suplantaría a la
verdad, a la belleza y al bien humano. Por estas razones parece obvio que en
nombre de la cordura humana hemos de esforzarnos por evitar a cualquier precio
la idolatría de la imagen técnica echando por tierra su propia razón de ser y
utilidad.
7. EL DESAFÍO MODERNO
DE LAS IMÁGENES TÉCNICAS
La imagen técnica es el epicentro y la clave para comprender
el protagonismo de los modernos medios de comunicación social y su impacto en
la conducta humana. «Quien no comprende en profundidad –escribe N. Alcover- cuanto gira en tomo al universo
de la imagen técnica, jamás comprenderá ni la naturaleza epistemol6gica, ni el
dinamismo psico-sociológico, ni el por qué de la eficacia de los lenguajes
mediales, impidiéndose concederles la objetiva trascendencia que tienen, y,
además, poder conectarlos, sin instrumentalizarlos, con los lenguajes tradicionales,
en búsqueda de una cultura más globalizante que sume la palabra desde la imagen
y al revés».
Por ello hay que insistir en las características
específicas de la imagen técnica y en las diferencias básicas entre el lenguaje
verbal clásico y el icónico moderno. La imagen técnica capta, elabora y transmite
la realidad original sólo en sus contornos sensibles y no esenciales. La imagen
técnica nos ofrece sólo la apariencia externa de las cosas y de las personas, pero
no su esencia. Esto, que era obvio en el cine clásico y en la televisión, es
válido también tratándose de imágenes radiofónicas y más aún en la maquetación
visual de los textos periodísticos en todas las redes sociales avanzadas.
Las imágenes técnicas nos ofrecen auténticas
representaciones sensibles y no imitaciones al modo de las imágenes mentales.
Ahí radica su impacto en el receptor usuario de los medios de comunicación
social modernos presididos por el universo de las redes sociales. Ellas nos
ponen en contacto directo con las realidades sensibles a través de los sentidos
y a través de la razón. Para ello se usan técnicas mediatizantes de su propio
proceso comunicacional, y no razonamientos discursivos. Nuestra cultura tiende
así a sumergimos en un mundo de imágenes audiovisuales cada vez más sofisticado
en la que el protagonismo humano de la razón tiende a ser sustituido por el
manejo de la imaginación y de los sentimientos con grave perjuicio del uso
correcto de la razón.
El lenguaje icónico o imaginativo suplanta sin pudor al
lenguaje verbal. Pero las diferencias entre ambos tipos de lenguaje son tan
notables e importantes que conviene recordarlas.
La palabra comunica una idea universal aplicable a todos
los individuos de una misma especie (hombre); la imagen lo es de una visión o aspecto
particular e intransferible (Pedro, Juan). La palabra comunica un concepto
abstracto y en abstracto como el amor Pero la imagen amorosa comunica la acción
concreta de ama. Por ejemplo, a dos personas que se están abrazando. Mientras
la palabra nos lleva a la naturaleza íntima de las cosas, la imagen nos deja
sólo en las apariencias externas sensibles.
El escritor se sirve de elementos dados de antemano,
cuales son las palabras sistematizadas en un vocabulario. El que trabaja con
imágenes, en cambio, ha de crear sus propios elementos antes de usarlos en un
montaje. Las palabras y el vocabulario pueden catalogarse en un diccionario
recibiendo un sentido unívoco. Las imágenes audiovisuales son siempre equívocas
y no codificables. En las palabras prevalece el valor semántico sobre la fuerza
expresiva, a no ser que se trate formalmente de lenguaje poético.
Tratándose de imágenes técnicas audiovisuales, prevalece
el valor lingüístico o fuerza expresiva, la forma sobre el fondo. En el ámbito
de la sintaxis cabe recordar que la sintaxis verbal posee flexibilidad
temporal. Se habla así de presente, pasado y futuro en grados diversos. En la
sintaxis icónica, en cambio, sólo cabe el presente. Incluso cuando se
representan imágenes del pasado. Esta copresencia
temporal tiene ventajas didácticas, como el presentar el pasado como si fuera presente.
Pero suprime la evocación literaria. La palabra carece de dimensiones
espaciales, y se acerca a lo concreto por la multiplicación de sus elementos.
La sintaxis icónica, en cambio, posee un contorno físico y se acerca a lo
abstracto por la multiplicación de sus elementos. Mientras el lenguaje hablado
posee una sintaxis cerrada y rígida, la icónica es abierta y flexible, los planos
y las secuencias se yuxtaponen dejando siempre que se logre su significación
plena en la totalidad. Por otra parte, la sintaxis verbal admite la afirmación,
la duda, la negación y los interrogantes; la imagen directamente sólo afirma, aunque
lo que afirme sea una duda.
En cuanto a la lógica, la imagen verbal, al expresar
directamente los conceptos, nos lleva derechamente a las ideas y sólo por
derivación o consiguientemente produce emociones. La lógica de la imagen, en
cambio, conduce directamente a la emoción y sólo por derivación podría evocar
ideas. La imagen muestra opiniones y juicios afectivos o emocionales, pero no
demuestra verdades ni emite juicios racionales. El lenguaje hablado, por el
contrario, posee una concatenación lógica capaz de expresar la causalidad de
las cosas, lo cual no tiene lugar en la lógica icónica, cuya concatenación es
sólo espacio-temporal. La causalidad queda confiada a la integración y eventual
interpretación por parte del receptor o espectador. Las palabras sirven para
convencer y precisar, las imágenes para conmover y sugerir.
El mundo de la imagen audiovisual tiene sus luces y sus
sombras. Sin duda alguna favorece una visión más universal del mundo y de la
convivencia humana. Al favorecer la universalidad, genera una mayor conciencia
de implicación en los asuntos humanos de toda la humanidad. El mundo de la
imagen técnica audiovisual favorece el enriquecimiento de nuestros conocimientos,
intensifica nuestra vivencia del presente y potencia el desarrollo de nuestra
sensibilidad. La imagen puede contribuir a la mejora de nuestra condición
humana en muchos sentidos. Como se dirá más adelante, no podemos vivir ni
convivir de forma plenamente humana sin imágenes.
Pero una afirmación exagerada de esta necesidad puede
elevar el alto riesgo ya existente de sofocar el uso de la razón en lugar de
ayudar a desarrollarlo mejor. Para comprender todo el alcance de esta
afirmación me parece útil recordar lo que algunos llaman “características
negativas del hombre de la iconosfera”. Esas características negativas serían:
empequeñecimiento vivencial, equiparación de la importancia de los hechos,
desconocimiento del propio yo, olvido del pasado y del futuro, destrucción de
la sensibilidad e intoxicación del mito.
La tendencia universalista de la imagen puede degenerar
en una visión reducida y ajustada a la medida de un local determinado, en el que
contemplamos imágenes tan concretas y
determinadas que podrían impedirnos ver más allá de ellas mismas. Las imágenes
favorecen también la curiosidad simplista y la pasividad. Es lo que se ha
denunciado como la vivencia de hombres y mujeres que se acostumbran a vivir
miserablemente en plena riqueza de datos e imágenes acumulados sin digestión
mental.
Por otra parte, está la conciencia de implicación que
puede degenerar también en un déficit de capacidad interpretativa personal que
nos lleve a conceder a todos los datos informativos la misma importancia. Como
si las cosas no tuvieran otro valor que el haber aparecido antes o después que
otras en las secuencias icónicas. La tecnificación en la transmisión de los
mensajes puede inducimos a identificar la importancia de una cosa con la técnica
que la produce. Las cosas y los acontecimientos nos vienen dados por orden
secuencial y sin relevancia por razón de su valor objetivo y se corre el riesgo
de frivolizar la historia humana pasando todos los acontecimientos por el mismo
rasero del puro orden técnico secuencial.
Es verdad que la imagen puede ser una fuente fecunda de
conocimientos, pero cabe también el riesgo de que los medidores de las imágenes
sólo contribuyan a aumentar nuestro caudal de conocimientos superficiales y
meramente cuantitativos, los cuales inducen a la confusión del propio yo.
El mero almacenaje de conocimientos en el mejor de los casos
puede generar erudición, pero no sabiduría de la vida y fortalecimiento del yo
personal. La actividad icónica debe estar sometida a la razón si no queremos
que la inflación de imágenes sofoque la maduración de nuestra personalidad. La
imagen audiovisual es como un fagocito del pasado y del futuro del hombre, al
que sumerge dulcemente en una vivencia intensa y exclusiva del presente sensible. Lleva consigo la castración implícita del
sentido de la historia. Malo es prescindir del pasado humano, pero es más
peligroso aún pretender sumirse en un presente sin proyección de futuro.
En todo este asunto está en juego la opción fundamental
por la trascendencia y la felicidad propia del hombre. Y lo que es muy grave
y paradójico: la imagen técnica moderna
audiovisual avanzada puede contribuir poderosamente a desarrollar nuestra
sensibilidad, pero también a acabar con ella. Con frecuencia las ofertas
audiovisuales de los medios de comunicación social son zafias porque, como
insiste Alberto Alcover, lo que con
frecuencia se nos ofrece «es una vida desvivida de todas aquellas
potencialidades de verdad, bondad y belleza que los seres humanos albergamos en
nuestra intimidad, y que si son machacadas por la mentira, la maldad y la fealdad
más descaradas, nos convierten en factores de inestabilidad y embrutecimiento”.
Está, por último, el riesgo de que, bajo el influjo de
las imágenes técnicas audiovisuales, el mundo de los mitos y de las
irrealidades suplante en nosotros al mundo de la realidad, en lugar de ayudamos
a comprenderla mejor. Entonces nos encontramos con la “mitificación de lo
real”, convertido en espectáculo alucinador y en una especie de divinidad tan
intocable como trágica, que, al ser obnubilados por ella salimos de nosotros
mismos para proyectamos hacia lo inexistente.
De esta forma se dificulta y aniquila el compromiso, el
análisis y la capacidad lógica hasta el extremo de hacemos perder el sentido de
la realidad. A nadie se le oculta que el consumo indiscriminado de imágenes
constituye un riesgo permanente de sofocar el uso de la razón. Las imágenes son
base nutricional de la inteligencia pero su consumo ha de estar siempre
regulado y controlado por la propia inteligencia. Ésta asume y asimila las
imágenes que le son convenientes y rechaza las que le pueden ser nocivas.
8. EL LIDERAZGO DE LA RAZÓN
La imagen bajo la razón de imagen nos distancia de la
realidad y nos sumerge en el mundo de la imaginación, de la fantasía y del
sentimiento. A este hecho fundamental es
oportuno añadir que la tesis de David Hume, según la cual la ética es un asunto
exclusivo de sentimientos y no de razones, está siendo aplicada literalmente al
campo de la bioética y ejerce poderoso atractivo en el de la vida artística,
estética y política. Su aplicación a la tecnología de la imagen audiovisual
llevaría consigo la justificación teórica del alejamiento sistemático del
principio de realidad subordinando el correcto uso de la razón a la vivencia
caprichosa de los sentimientos. La pretensión de derribar el protagonismo de la
razón en los asuntos éticos es tan vieja como la historia del pensamiento
filosófico. Pero el intento más peligroso de los últimos tiempos lo encontramos
en el neo-¬freudismo-marxista de Herbert Marcuse a la sombra de la metafísica
kantiana.
La imaginación estaría llamada a reconciliar con el arte
el presunto despotismo histórico de la razón sobre el sentimiento. Esta sería
la gran tarea hoy en día de los profesionales de la imagen. Algunos van todavía
más lejos desacreditando cualquier recurso a la razón, proclamando la
supremacía del sentimiento y de la imaginación sobre ella. La ética no sería según ellos más que una
retórica del sentimiento y de la persuasión sin vinculación finalista racional. Esta forma de pensar significa una vuelta
histórica a la frivolidad ética de los sofistas griegos.
Pienso que, en nombre de la experiencia humana más
castiza y liberada de prejuicios, se ha de rechazar tanto la opción
racionalista como abuso de la razón, y la irracional o sentimental como abuso
del sentimiento y de la imaginación.
Una opción fundamental razonable, y por tanto humana,
exige aceptar el liderazgo de la razón sobre la vida imaginaria y sentimental.
Liderazgo que no significa represión o una sumisión despótica, sino orientación
y dotación de sentido a esos sentimientos ciegos por su propia naturaleza y
comunes con mundo animal.
La actividad de la razón sin imaginación y sentimiento es
tan indeseable como la vivencia sentimental atizada por la imaginación desvinculada
de la razón. La razón sola mata y nos tiraniza, pero la imagen y el sentimiento
irracionales nos llevan al abismo de la irrealidad, del engaño y de la
frustración.
Quienes no aceptan el liderazgo de la razón sobre su
imaginación y sobre sus sentimientos corren el riesgo de perder su norte. La
prueba contundente la tenemos en la infelicidad y fracaso vital de muchos
profesionales de la imagen artística y de pensadores desequilibrados que han
pasado a la historia con más penas que felicidad personal. Imaginación,
fantasía y sentimiento, cuanto más mejor. Pero sólo a condición de que su
ejercicio esté presidido y regulado por el principio de realidad interpretado
por la facultad específica del hombre, que es la razón.
9 ¿FUNCIÓN FIGURATIVA
O REPRODUCTIVA DE LA REALIDAD?
Las imágenes audiovisuales son todas artificiales. Ahora
bien, toda imagen artificial representa sólo figurativamente. Una imagen equivale a una representación
figurativa. Lo cual significa que las imágenes no deben ser confundidas con lo
que comúnmente llamamos reproducir
materialmente la realidad. La representación figurativa difiere de la mera
reproducción en que ésta realiza el mismo acto, la misma cosa, el mismo
acontecimiento. La representación, en cambio, se refiere a la simple
representación figurada. Ahora bien, la figura no es la realidad. La figura es
como la sombra. La reproducción se dice prioritariamente de la cosa objetiva en
sí misma, mientras que la representación se dice prioritariamente de la figuración
de las cosas, de las personas y de los acontecimientos.
Hecha esta aclaración, podemos decir ya que la imagen
como tal, es decir, como representación
figurada, en sí misma es éticamente indiferente. Se dice buena o mala por
el modo de representar. Desde una perspectiva ética razonable no se puede
confundir, por ejemplo, la moralidad específica de la acción de representar con
la materialidad intrínseca de la acción representada. Así, por ejemplo, representar
un asesinato no es matar como representar un robo no es robar. La salud ética
de la creación de imágenes depende de nuestra capacidad de representar
figurativamente las cosas y los acontecimientos sin reproducirlos. Los grandes
artistas son capaces de representar cosas y conductas objetivamente detestables
sin jamás reproducirlas. En representar artísticamente los crímenes, si llega el caso, sin
perpetrarlos en la realidad ni inducir a que otros los ejecuten. Esta es la
prueba de fuego de los grandes y buenos artistas.
10. EL IMPACTO DE LAS IMÁGENES BAJO EL CONTROL DE LA
RAZÓN
Sobre el influjo de las imágenes audiovisuales
relacionadas con los mass media se han
ocupado ampliamente los sociólogos y los psicólogos. Remito al lector a esos
numerosos estudios ya existentes. Pero un poco de sentido común y de reflexión
es suficiente para hacemos una idea aproximada de los problemas psicológicos y
éticos que surgen de ese influjo, tanto personal como colectivo. Toda imagen
artificial es lenguaje y posee su propia moralidad específica por su modo de
representar, aun sin pensar en sus potenciales destinatarios o en el contenido
objetivo de la misma. Fijemos por un momento la atención en el eventual influjo
que la imagen puede ejercer sobre los destinatarios. Más que hacer un estudio analítico
pormenorizado del tema nos limitamos a descubrir y enunciar el criterio
racional que debe prevalecer siempre en ese campo de acción. Haciendo
abstracción del aspecto personal o colectivo del influjo, merece la pena
destacar tres tipos de influjos fácilmente detectables y éticamente evaluables.
Se habla, por ejemplo, del influjo por enseñanza.
No me refiero al método de enseñar escolásticamente con
la ayuda de imágenes audiovisuales para reforzar o incluso sustituir el
discurso verbal clásico. En estos casos surgen problemas particulares que se
estudian en la ética y deontología de la educación. Me refiero al hecho,
comúnmente conocido, de que la contemplación de ciertas imágenes impulsa a muchos
a realizar eso mismo que aparece figurativamente representado. Las imágenes son
por sí mismas maestras que nos enseñan a hacer lo que estamos viendo en ellas
independientemente de la intencionalidad magisterial de los creadores de esas
imágenes.
La imagen de un suicidio, presentada con fines
exclusivamente informativos, por ejemplo, puede convertirse en la pista
orientativa de suicidios en cadena. Y las imágenes informativas en materia de
terrorismo pueden ser también la mejor lección de terrorismo para ciertas
personas. El influjo por enseñanza plantea el problema ético de la imitación,
la cual puede terminar en la reproducción y ejecución material de lo
representado por la imagen. Este tipo de influjo puede ser inmediato o
subliminal, pero en cualquier caso habrá que tener en cuenta las inclinaciones
predominantes de los destinatarios de esas imágenes, así como la proporción de
motivos para exhibirlas o quitarlas de la vista de un determinado público.
Pienso que el mejor criterio ético como antídoto para
evitar ese posible influjo pernicioso es educar a la gente para que aprenda a
no perder jamás el sentido de la realidad y a superar reflexivamente el engaño
inherente a toda representación figurativa, sobre todo cuando arrastra consigo
la carga de una intencionalidad dudosa, de imaginación y de sentimiento.
Se habla también de influjo por sugestión.
Toda imagen enseña siempre lo que representa, ya sea ello
bueno o malo. Pero no necesariamente de una manera sugestiva. La sugestión se
produce cuando la imagen resulta muy atractiva y fascinante. El espectador
queda como absorto ante ella y emocionalmente conmocionado. Aparece entonces la
tendencia a adherirse e identificarse con ella. Baste pensar en la concentración
con que ciertos adolescentes se pegan a las pantallas o al auricular embrujados
por ciertas imágenes audiovisuales transmitidas en las redes sociales. Surge
aquí el problema ético de la pérdida de la libertad interior para decidir u
optar por otra cosa que no sea lo que se nos ofrece en esas imágenes.
Es difícil medir
la capacidad de resistencia psicológica de las personas frente a las eventuales
sugestiones imaginativas y emocionales. Cada persona debería asumir la
responsabilidad de conocerse a sí misma en este sentido. Lo cual no significa
que los productores y emisores de imágenes estén exentos de responsabilidad
dispensándose a sí mismos de tener en cuenta por lo menos lo que la experiencia
común enseña al respecto.
Las diferencias de edad, el grado cultural, la educación
previa recibida y las circunstancias ambientales en que las imágenes son exhibidas
constituyen una pauta ética suficiente para atenuar los eventuales efectos
nocivos de la sugestión. Cuando el grado de sugestión se dispara tiene lugar lo
que suele llamarse influjo hipnotizante.
El espectador entonces queda como abstraído y alienado de
la realidad de la vida y como sumergido por completo en el mundo nebuloso y
fantasmal de la imagen. Al contemplar ciertas imágenes, se desactivan los
circuitos de acción cerebrales, reduciendo la actividad psíquica del espectador
a una actividad exclusivamente imaginativa. Desactivados los mecanismos de la
razón, el espectador queda a merced de los reflejos más primarios y elementales
sin relación con el mundo real exterior.
Lo alarmante de este fenómeno es el estado de alienación
al que queda reducido el espectador. La persona humana, en efecto, sufre una
profunda hetero-dependencia mental y pasividad enajenante, que conduce a la
evasión. Se produce una confusión mental en los espectadores de los medios de
comunicación masiva debida al impacto de los mensajes informativos heterogéneos
e inconexos.
La televisión, por ejemplo, contribuye a crear en
determinados casos una visión unidimensional de la realidad, y en otros ofrece
una cultura poliédrica en la que el único hilo que conecta los contenidos
informativos con otros es su valor de noticia o novedad efímera como atractivo.
La hetero-dependencia
creada en los destinatarios de la información gráfica con frecuencia constituye
un atentado contra su conciencia ética personal al ser manipulada y “altero-dirigida”
por los agentes informativos. Obviamente, lo que está siempre en juego en estos
casos es el principio de libertad y el principio de realidad, que son
atropellados con la alienación y la evasión. De ahí la necesidad de ser
vigilantes para defendernos contra el riesgo de perder nuestra libertad
interior, o de huir de la realidad entregándonos al consumo indiscriminado de
imágenes potencialmente alienantes y
evasivas desactivando los necesarios controles de la razón.
11. INTENCIONALIDAD Y CONTENIDO DE LAS IMÁGENES
En toda obra audiovisual cabe distinguir la intención del
autor y el contenido objetivo que ella representa. Tomemos como ejemplo
ilustrativo la película titulada La
última tentación de Cristo. Muchos de los críticos atacaron el filme
precisamente porque no se ajusta en su contenido a la realidad histórica de la
persona de Cristo. En respuesta el autor confesó en repetidas ocasiones que
sólo pretendió realizar una obra de fantasía y no un documento histórico sobre
la persona real de Cristo. Algunos críticos atacaron la película por su contenido
objetivo, y el autor se defendió apelando a su intención, no identificable con
el contenido reconocible en la obra.
Esta distinción real entre la moralidad objetiva de la
obra y la intencional del autor se confirma por los hechos siguientes. Toda
imagen es signo y lenguaje. La imagen habla por sí misma, sin necesidad de ser
activada intencionalmente por su autor. La película que terminamos de mencionar
tiene un contenido representativo que nada tiene que ver con el que puede
apreciarse en la película Candilejas.
La obra audiovisual, además, continúa comunicando su mensaje independientemente
de que el autor esté vivo o muerto o cambie de idea o estimación por la misma.
Más aún. Una vez producida la obra, ésta hipnotiza, transmite simpatía o
antipatía y solicita sentimientos a veces opuestos a los pretendidos por el
autor. De ahí el que una obra audiovisual pueda ser éticamente considerada por
sí misma como correcta, incorrecta, aceptable o rechazable, independientemente
de la carga intencional del autor y de las reacciones que pueda provocar en los
diversos públicos condicionados por sus ideas o prejuicios. El criterio ético racional que ha de presidir
la evaluación ética de la obra audiovisual por razón del contenido objetivo que
representa es el de la adecuación de los contenidos
temáticos e ideológicos que representa con la verdad objetiva. Si la obra
deforma la realidad (piénsese en filmes
de documentación o en informativos de radio, televisión e Internet), ocultando
algo esencial, engañando, atentando contra la veracidad, estaríamos ante obras
objetivamente inmorales, al margen de la intención honesta o deshonesta de la
obra artística o informativa exhibida.
12. VISIÓN SUPERFICIAL DE LA VIDA
Con los pies puestos en el suelo es obvio que corremos el
peligro de vivir iconizados. La llamada «civilización de la imagen» y de las
apariencias es un tipo de cultura determinada en muchos aspectos por el
predominio de la imagen en los medios de comunicación clásica y en las modernas
redes sociales actuales más avanzadas. La imagen se ha convertido
equivocadamente en la panacea cultural, como si tuviéramos que verlo todo con los ojos de la cara y con el
menor esfuerzo posible para estar a la altura de las circunstancias de la
modernidad y del progreso humano. Lo cual no parece haber dado los resultados
ilusamente esperados. La razón objetiva de este desencanto es obvia. La imagen
es de por sí un fenómeno ambivalente e inspira modos diversos, a veces
antagónicos, de relacionarse con ella, de forma semejante a lo que acontece con
el lenguaje. Es un error serio considerar a la imagen como una panacea
cultural.
Por otra parte, la imagen es como el rostro de los seres
expresivos. «La vertiente sensible- insiste López Quintás- en la que se expresa
y hace patente la intimidad de un ser recibe el nombre de imagen. Toda imagen
presenta por ello una particular tensión y riqueza de sentido, posee un
carácter ambiguo, bifronte, poderosamente simbólico: remite a zonas íntimas de
los seres expresivos por constituir un lugar de apertura comunicativa. La
imagen supera en profundidad a la figura. Ella es un lugar de vibración de la
realidad en el ser expresivo». «La figura es la parte sensible de la imagen
vista de modo estático, en sí misma, no como lugar de presencia de una realidad
expresiva que se comunica en ella».
Y añade este ilustre autor: «Una foto vulgar transmite
figuras. Un retrato artístico plasma imágenes. La imagen se instaura de dentro
afuera, en virtud de un impulso creador. La figura es un conjunto de rasgos
coherentes que forman un todo lleno de sentido pero se quedan bloqueados en sí
mismos. Proceden de una realidad expresiva pero se los toma en sí, como algo
aparte. Por eso la figura puede ser dibujada artificiosamente. No así la
imagen, que debe ser creada espontáneamente».
Por supuesto que estos efectos no se consiguen siempre a
la primera de cambio. Para lograr mantenerse en el ámbito de lo superficial hay
que conseguir que el espectador se quede fijado en la mera figura, sin exigir
auténticas imágenes sin tener añoranza por el trasfondo que en ésta late. Por
ello actualmente se concede una importancia decisiva a la imagen vista como
mera figura. Ello puede ser indicio de cortedad de miras por parte de los
espectadores, de falta de penetración en la mirada, de degeneración de la
imagen y quiebra de la imaginación. Lo cual supone a su vez mengua de la
creatividad. El cultivo masivo de la imagen, reducida a figura y a medio de
fácil distracción contribuye a tomar actitudes superficiales frente a la vida
vistas las cosas desde la atalaya y uso correcto de la razón.
13. SUGERENCIAS DESDE LA RAZÓN Y EL PRINCIPIO DE REALIDAD
Tanto el entreguismo alegre al mundo de la imagen como su
rechazo radical son actitudes éticas peligrosas y razonablemente difíciles de
justificar. La indiferencia humana frente a las imágenes es prácticamente
imposible. Necesitamos de las imágenes para elaborar nuestro conocimiento
primero y para comunicarlo después. La imagen es un medio natural de
comunicación humana. Sin imágenes no es posible vivir en este mundo como
personas. Pero borrachos de ellas resulta muy difícil vivir con dignidad. La
realidad de los hechos y de nuestra condición humana obliga a adoptar una
postura realista y razonable.
En términos generales hay que reconocer que en el mundo
de la imagen hemos de contar con el recurso a la ficción imaginaria. Admitido
este hecho como ineludible, cabe hacer las siguientes recomendaciones.
a) No perjudicar con las imágenes al honor, intimidad o
imagen moral de las personas concernidas ni del público receptor de las mismas.
b) Destacar debidamente el fin que se persigue con las
imágenes. Las imágenes con finalidad informativa, por ejemplo, deben ser lo más
fieles posible a la realidad de los hechos de los que se informa.
c) No crear confusión en el público presentando las
imágenes de forma que resulte difícil o imposible discernir entre lo que las
cosas realmente son y cómo nos las presentan.
d) No es de esperar que el autor de una película, por
ejemplo, explique en cada momento cuándo está utilizando elementos reales o
ficticios. Pero debe ser fiel a la realidad y evitar la confusión metodológica
del público, por más que éste no esté dispensado de aprender a descifrar el
lenguaje específico de las imágenes que contempla.
e) La introducción de elementos ficticios en la
información audiovisual es una exigencia del medio, de la estética y del buen
gusto. Pero a condición de que la fascinación sensual y la verosimilitud no
suplanten al principio de realidad.
f) En toda información en cuyo procesamiento entran en
juego elementos ficticios o imágenes, el informador ha de permanecer siempre
fiel a la realidad que relata sin ocultar que está informando en clave
ficticia. Es una forma de decir que el deber de no mentir exige la sinceridad
de identificar lo que corresponde a la realidad de base y lo que pertenece al
mundo-ficción. La introducción de elementos ficticios en el relato de una
historia se justifica siempre que se atenga a los cánones de la estética y no
contribuya a falsear sustancialmente la realidad.
g) Tanto en la ficción pura como mixta, tratándose de
medios informativos, el comunicador ha de ser sincero evitando el plagio y
respetando los principios éticos de la estética.
h) Se ha de evitar que la ficción audiovisual se
convierta en un medio de manipulación sentimental del público.
14. NOVELA PURA, NOVELA
HISTÓRICA E HISTORIA NOVELADA
Si preguntamos a un niño de cuatro años qué es un cuento,
lo más probable es que no sepa responder. Pero si le contamos uno interesante,
casi con toda seguridad nos va a pedir que le contemos otro. Sabe perfectamente
lo que es un cuento, aunque no sepa definirlo, y lo distingue al instante de
cualquier otro relato.
Pues bien, una novela es cualquier narración en prosa más
extensa que un cuento con una trama más o menos complicada en la que
intervienen personajes y ambientes bien definidos con lo que se crea un mundo
autónomo e imaginario.
El término novela en español procede del italiano novella, y éste del latín nova, que significa literalmente noticia. Una novela, pues, es algo novedoso susceptible de ser noticia.
Los expertos dicen que el término novella en italiano comenzó a utilizarse después para nombrar los
relatos de ficción con una extensión entre el cuento y el romance. Se han
estudiado hasta la hartura todas las características de la novela como género
literario, pero a nosotros sólo interesa destacar aquí lo que es esencial y
común a cualquier tipo de novela, desde las antiguas novelas de caballería,
descalificadas por Cervantes en El Quijote, hasta la moderna novela policíaca o
de ciencia ficción, pasando por la novela “progre”, posmoderna y violenta.
La razón de hablar aquí con preferencia de la novela es
porque se trata de un género literario en auge, el cual se presta más que otros
para introducirnos en el mundo de la imaginación y de la fantasía alejándonos
del principio de realidad. La novela es un género literario maravilloso pero
sólo útil y aconsejable para la vida si se lo maneja con maestría. La razón en
que apoyo esta afirmación es obvia. La novela pura, o pura novela, si es que
ésta es posible, se realiza en el terreno de la pura ficción. Es fruto de la
fantasía sin fundamento sólido en la realidad extra-imaginativa.
Otras veces la novela pretende ser histórica. En cuyo
caso el novelista trata de explicar o criticar hechos reales que han acontecido
en una trama novelesca. Y está la historia novelada en la que el escritor
quiere contarnos la historia de forma imaginaria lo que le obliga a falsear la
realidad de la misma.
Para destacar la
importancia de la novela como género literario y la necesidad de estar
vigilantes para no engañarnos alejándonos peligrosamente de la realidad en aras
de la imaginación y la fantasía, me parece útil recordar algunos títulos de
obras maestras en su género. Unas breves reflexiones sobre su naturaleza,
intencionalidad y contenido objetivo pueden ser suficientes para darnos cuenta de
la necesidad de no claudicar del uso de la razón ante el imperio de la
imaginación y del mundo ficción.
15. REALISMO APOCALÍPTICO
Hablando de los géneros literarios nos hemos referido
antes al género apocalíptico. Aparentemente, resulta difícil imaginar un libro
más alejado de la realidad y comprometido con la imaginación y la fantasía que El Apocalipsis. Su lectura puede
resultar muchas veces desesperante. Parece como si el autor tuviera particular
interés en oscurecer lo que es claro y ennegrecer lo que es oscuro con tal de
que el lector no entienda en absoluto lo que está leyendo. Es como si
estuviéramos leyendo un sueño absurdo que produce pesadillas. Es un escrito
tachonado de símbolos que ni los expertos han logrado todavía descifrar
satisfactoriamente. Por supuesto que los estudiosos del lenguaje han encontrado
siempre en este libro una mina de sugerencias y trucos literarios. A pesar de
todo, y esto es lo importante, este libro, contra todas las apariencias, es un
libro realista que no se pierde en la imaginación. Esta afirmación puede
resultar demasiado chocante, pero no tanto si se tienen en cuenta las
reflexiones que hago a continuación.
A nadie se le oculta que la novela, la poesía y el teatro
(incluso la música) han sido con frecuencia en la historia una trinchera ideal
para burlar abiertamente la falta de libertad de expresión pública. Todos los
movimientos revolucionarios, indeseables unos y ejemplares otros, contaron con
poetas y artistas que mediante el recurso a las imágenes literarias fueron
socavando las resistencias de muchos tiranos. Pues bien, para descifrar el
objetivo realista del autor del libro bíblico del Apocalipsis, basta tener en cuenta el contexto políticamente
represivo en que se encontraban sus destinatarios así como la urdimbre de su
mensaje por relación al Antiguo Testamento. Los expertos no han llegado a
desvelar todo el entramado histórico-literario del texto en cuestión pero sí
disponemos de datos suficientes para sostener la tesis de su realismo.
Históricamente se sabe que el Apocalipsis fue escrito cuando las persecuciones romanas contra los
cristianos se hicieron más cruentas, sobre todo en tiempo de Domiciano. Este,
como algunos otros emperadores, exigió que sus estatuas fueran adoradas en todo
el territorio imperial, cosa que los cristianos se negaron a hacer por motivos
religiosos. Los Césares se autoproclamaban ‘Señor de Señores’, además de ‘hijos
de Dios’, títulos que los cristianos reservaban exclusivamente para Jesucristo.
Pues bien, el Apocalipsis fue
escrito en ese contexto histórico por lo que abundan en él referencias
múltiples a estas persecuciones y a los consejos que el autor daba a sus
lectores cristianos para que se mantuvieran firmes en la fe y soportar las
calamidades de la persecución poniendo la esperanza final de la nueva
Jerusalén.
La clave histórica para descubrir el contenido realista
del libro del Apocalipsis, según
Prévost, podía ser esta: Persecución de los cristianos bajo el emperador Nerón,
destrucción del templo de Jerusalén por los romanos y expulsión de los judíos
del territorio de Palestina (70-73). A
partir del año 73 se incrementaron los conflictos entre judíos y cristianos y
hacia el año 90 fue escrito el Apocalipsis
siendo Domiciano emperador de Roma. Domiciano impuso por la fuerza a los
cristianos el culto al emperador, los cuales, como no podía ser de otra manera,
la mayoría de ellos se negó provocando así el recrudecimiento de las medidas
imperiales contra ellos.
Con estos datos ya tenemos una de las claves para
descifrar el carácter realista del texto en cuestión. El género literario
apocalíptico de este libro no se justifica por el deseo de escapar de la
realidad hacia el terreno incontrolado de la imaginación sino todo lo
contrario. La represión política y falta de libertad de expresión obligó al
autor a expresarse así convencido de que sus destinatarios sabrían aplicar las
imágenes correctamente a la vida real. No se trata, pues, de un libro fantasioso y fuera de la
realidad sino de un libro realista en el que el autor elige el género literario
que le permite comunicar unas creencias y convicciones a sus destinatarios
sometidos a persecución y desposeídos del derecho a la libertad de expresión.
Por otra parte, los expertos han logrado ya descifrar el
significado real de algunas de las imágenes utilizadas, con lo cual se confirma
el realismo del género apocalíptico utilizado por el autor del Apocalipsis. Babilonia, por ejemplo,
significa Roma con todo su poder político. La primera fiera es el imperio
romano y la segunda, el culto al emperador. El caballo blanco significa al Cristo
verdadero que murió por nosotros en la Cruz y con el que pretenden
identificarse los falsos predicadores confundiendo y engañando a la gente. El
caballo rojo, que aparece matando hombres y llevándose la paz de la tierra,
simboliza la guerra. El caballo negro simboliza la hambruna. El pálido, la
peste y así sucesivamente.
Los analistas del lenguaje utilizado en la redacción del Apocalipsis encuentran muchas
dificultades para hallar la clave simbólica de cada imagen, pero todos están de
acuerdo en el realismo de su mensaje. Después de un corto período de expansión,
siempre difícil pero estimulante, los cristianos entraron en conflicto directo
con Roma. El año 64 Nerón
desencadenó la primera persecución contra ellos en la que fueron asesinados los
dos líderes más importantes, Pedro y Pablo. Domiciano (81-96) fue un verdadero
tirano con la pretensión de hacerse tratar como dios hasta reclamar culto
público. Muchos de los cristianos que se rebelaron contra tanta estupidez fueron
dados en pasto a las fieras. En tal situación interviene el autor del Apocalipsis para denunciar la represión
tiránica y levantar el ánimo de los cristianos.
Pero la falta de libertad de expresión le obligó a lanzar
su mensaje de esperanza haciendo uso, como ya se había hecho en circunstancias
análogas en el Antiguo Testamento, del lenguaje y del estilo apocalíptico. Un
lenguaje para nosotros desconcertante, pero que en aquel momento histórico a
nadie le pillaba de sorpresa por ser un lenguaje conocido. La realidad era que
los cristianos estaban políticamente condenados a desaparecer, frente a lo cual
había que buscar la manera de hablar de Cristo y de su Iglesia burlando el
status de represión decretado contra ella. Y esa fórmula práctica la encontró
el autor del Apocalipsis en el lenguaje apocalíptico.
He hecho estas consideraciones para reivindicar el
realismo del Apocalipsis a pesar de
que su estilo pudiera dar a entender que se trata de una huida de la realidad.
Lo cual no significa que me agrade este género literario. En efecto, no seré yo
quien lo utilice, a menos que me vea en la desgracia de tener que hablar bajo
el yugo de la tiranía o de la falta de libertad para usar la razón.
16. REALISMO QUIJOTESCO
D. Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) escribió una
de las novelas más grandiosas de la historia universal: Don Quijote de la Mancha. Como novela cabe pensar que se trata de
un libro ficción y lo es. Pero me llamó siempre la atención el realismo de su
mensaje central. La primera lectura de esta obra magistral suele causar en los
lectores poco avisados la sensación de que se trata de un libro ingenioso para
divertimiento y recreación de la imaginación. Tanto Sancho como D. Quijote
hacen reír con sus extravagancias y donaires. La segunda lectura suscita la
reflexión y durante la tercera el lector descubre la seriedad y realismo del
autor.
D. Quijote se arruina económicamente y pierde la cabeza
comprando y leyendo novelas de caballería. La razón de la sin razón, es decir,
la imaginación, se convierte en el motor de su vida tratando de reproducir
fielmente las escenas más irracionales y descabelladas descritas en aquellos
libros salidos de la “loca de la casa” que es la imaginación activada sin el
debido control de la razón. La vida de D. Quijote y de Sancho Panza es
presentada con humor y dramatismo.
Pero hay un momento de la trama en el que el lector ya no
sabe si Sancho, símbolo de la realidad, ha perdido el norte y se ha marchado
psicológicamente por los cerros de Úbeda de la imaginación alocada de D.
Quijote. Más aún, cuando D. Quijote vuelve a la cordura y al mundo de lo real,
se tiene la impresión de que los de su entorno quedan sorprendidos después de
haberse acostumbrado a sus locuras y sinrazones. Y es que también a ser locos
nos vamos acostumbrando y la cordura termina resultando sospechosa. Cuenta el
fabulista que, como consecuencia de un naufragio, unos tripulantes hicieron
tierra en una isla donde todos sus habitantes eran jorobados. Al percatarse los
nativos de la isla de que los náufragos no eran jorobados, se mofaron de ellos
como si fueran seres anormales. La locura también es contagiosa y corremos el
riesgo de que, a fuerza de vivir con locos y dar rienda suelta a nuestra
imaginación, la locura termine pareciéndonos lo normal y el uso de la razón y
la cordura algo extraño y divertido e incluso motivo de marginación social.
En este sentido llama la atención hasta qué extremo el
autor de esta gran novela no pierde en ningún momento de su relato el sentido
de la realidad. Cuando una persona o un proyecto cualquiera nos parecen
exagerados o demasiado fantasiosos, los calificamos de “quijotescos”, es decir,
irreales. Sin embargo, El Quijote es
una novela maestra de realismo vital. Sólo es cuestión de saber descifrarlo.
D. Miguel de Cervantes no se hizo ilusiones. La lectura
indiscriminada de novelas caballerescas puede poner en peligro el uso de la
razón sacándonos del mundo de la realidad para sumergirnos en el de la
imaginación y la fantasía. Por otra parte, sabemos por experiencia que la
pérdida del uso de la razón es la enfermedad más temible, entre otras cosas,
porque tienen difícil si no imposible curación satisfactoria. D. Quijote, por el contrario, es presentado en
la novela como un caso ejemplar y consolador. Pierde la razón hasta extremos
altamente preocupantes, pero, al final la recupera reintegrándose al mundo de
la realidad. Miguel de Cervantes ofrece aquí una lección magistral de realismo
y optimismo. Ante todo, “no perder nunca los estribos”, “la cabeza”, que es lo
mismo que decir “no perder el uso de la
razón” consumiendo ansiosamente paja literaria acarreada en los campos de la
imaginación y de la fantasía. Pero
mientras hay vida hay esperanza. El optimismo cervantismo es tal que, aún en
los casos más extremos, como el de D. Quijote, es posible recuperar la cordura
y volver al redil de la realidad y uso de la razón. Cabe preguntarnos si D.
Miguel sería hoy día tan optimista como en su tiempo, cuando los libros extravagantes de caballería
se llaman redes sociales, televisión, cine o Internet.
17. REALISMO CRÍTICO DE “D. CAMILO”
El siglo XX pasó a la historia como el siglo de las dos
guerras mundiales más horribles de todos los tiempos y de los avances
científicos más prometedores. Las dos guerras fueron el resultado del uso más
perverso de la razón que pudiera imaginarse encarnado en las ideologías nazi y
marxista. Entre ambos extremos hubo y sigue habiendo uso perverso de la razón
en los fundamentalismos religiosos y el nuevo capitalismo democrático. Pero no
es mi propósito demostrar la objetividad y alcance de estas afirmaciones sino
situar en el tiempo un género de novela crítica que, lejos de llevarnos fuera
de la realidad, describe con humor, respeto y gusto estético una situación
grotesca creada en Italia y otros países al final de la segunda guerra mundial. La desgracia consistió en que la
derrota militar del nazismo se llevó a cabo con la colaboración de los
regímenes comunistas, que también habían sido amenazados por los nazis. Los
comunistas aprovecharon esta circunstancia de co-vencedores para imponer a lo
bestia su propia tiranía en los países en los que conservaron la hegemonía y,
en la medida de lo posible, también donde ellos no gobernaban. Así las cosas,
uno de los países donde los comunistas estuvieron a punto de hacerse totalmente
con el poder fue Italia.
En ese contexto surgieron situaciones muy peculiares,
sobre todo en localidades pequeñas,
donde todo el mundo se conocía, en función de la convivencia ciudadana entre
personas, que habían luchado en bandos opuestos, y que ahora estaban condenados
a convivir como buenos ciudadanos en tiempo de paz.
El periodista y novelista Giovanni Guareschi (1908-1968)
aprovechó esta circunstancia para escribir los relatos de su famoso D. Camilo, una novela crítica,
divertida, imaginativa y magistral por su manera de usar la imaginación sin
perder el sentido de la realidad. Los dos personajes centrales, Peppone, el
alcalde comunista, y D. Camilo, el cura párroco del pueblo, son presentados
cómo los personajes centrales. Peppone
representa toda la irracionalidad y brutalidad del comunismo y sus detestables
proyectos. D. Camilo es presentado como el cura castizo, voluntarioso e
insensato, pero de buen fondo. En realidad, lo mismo Peppone que D. Camilo son
presentados como hombres de buenas intenciones. De ahí, que, después, y a pesar
de sus brutales discusiones y peleas, ese fondo bueno aparece siempre. Lo único
que les faltaba a los dos era el uso de la razón. D. Camilo y Peppone discuten,
se insultan y hasta se dan de puñetazos. Cualquier cosa menos razonar. En la
mayoría de los casos conflictivos presentados en estos relatos novelescos
ninguno de los dos tiene razón. El único que razona es Guareschi, que expresa
sus propios puntos de vista mediante la voz del Cristo del Altar Mayor.
D. Camilo es una novela deliciosa en la que la
imaginación vuela como un lindo pajarillo de un árbol a otro pero sin perder de
vista la tierra que pisa y la realidad de las personas con las que trata. Es
una obra maestra del humorismo y de la sátira más acertada de la absurda y ridícula confrontación entre marxistas y
cristianos al término de la segunda guerra mundial. En la novela hay mucha
imaginación y humor. Pero el autor ha introducido deliberadamente la voz de la
razón en las intervenciones de Cristo, que son de hecho, las razones críticas
de Guareschi frente a las sinrazones y brutalidades de Peppone y D. Camilo y
sus secuaces. Nos encontramos ante un
caso de novela crítica de una situación histórica en la que se describe una
realidad de forma novelada bajo el control de la razón. De ahí que su lectura
pueda resultar amena y al mismo tiempo útil.
18. EL REALISMO HISTÓRICO DE “LA REBELIÓN EN LA GRANJA”
En la línea de la novela crítica de D. Camilo me parece
interesante recordar La rebelión en la
granja de George Orwell. (1903-1950). Pensada en 1937, fue terminada en
1943 y en 1944 fue rechazada por cuatro editores. ¿Por qué? Recordemos primero el entramado de la pequeña
novela y después comprenderemos mejor el por qué de ese rechazo.
Los animales de la granja del Sr. Jones, después de oír
un discurso nocturno subversivo de un venerable cerdo, se sublevaron contra sus
dueños humanos y los expulsaron de la granja. Al principio de la nueva
situación todo parecía “coser y cantar” a las órdenes de dos cerdos
excepcionales (Snowball y Napoleón), los cuales, a su vez, no estaban nunca de
acuerdo en nada de lo que se hacía y se discutía. Si el uno decía blanco el
otro decía negro. Si Snowball creía que había que sembrar cebada, Napoleón
opinaba que había que sembrar nabos. Y así en todo. La rivalidad entre estos
dos líderes cerdos terminó con la satanización del uno por el otro el cual se
hizo con el poder y no dudó en degollar a los animales de la granja que osaron
presentar la más mínima oposición a sus órdenes.
A causa de estas rivalidades internas y de los contactos
inevitables con sus enemigos los hombres, la revolución de los animales de la
granja fracasó. Algunos se aliaron con los amos de las granjas humanas vecinas
y así quedó traicionada la identidad de la “granja animal” y su ideal de
derrocamiento de sus enemigos los hombres.
La razón por la que se impuso la censura contra esta
obra, según el testimonio de un alto funcionario del Ministerio de información
británico, fue la siguiente. “Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser
publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos
los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría
mal vista. Pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de
los Soviets y de sus dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con
exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa. Sería menos
ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los
cerdos. Creo que la elección de estos animales puede ser ofensiva y de modo
especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos”.
Así de claro. Al
terminar la segunda guerra mundial incluso en Gran Bretaña se impuso la censura
contra cualquier opinión que pudiera disgustar a los comunistas y Orwell se
refugió en la fábula para escribir una crítica pura y dura del comunismo
estalinista vigente en la antigua Unión Soviética. ¿Novela? Sí. Pero para
describir en clave fabulada la terrible realidad histórica que fue el régimen
comunista a las órdenes de un tirano como Stalin. Por extensión, la novela es
aplicable a todos los sistemas políticos despóticos e irracionales.
Cualquiera que haya conocido de cerca la realidad de la
antigua Unión Soviética y de sus satélites identificará fácilmente en esta
novela a sus líderes más importantes y formas irracionales de gobernar
encarnados en los cerdos, perros y demás animales de la granja. Igualmente se
describen las famosas “purgas” estalinistas y las corrupciones vergonzantes del
sistema. Nos encontramos ante una novela por la forma de hablar y el uso de las
imágenes literarias. Pero, de hecho, describe una realidad histórica que no
podía ser denunciada de otra forma sin incurrir en sanciones severas. De ahí
su realismo travestido de imaginación
mediante el recurso a esta breve y magistral fábula alegórica. Fábula, porque
el autor hace hablar a los animales, y alegórica, porque cada animal representa
a una persona humana concreta de carne y hueso.
19. LENGUAJE NOVELESCO Y USO DE LA RAZÓN
Insisto una vez más en que no es posible la percepción de
la realidad y la comunicación humana sin la ayuda de imágenes o
representaciones figurativas de la misma. Pero precisamente por ello tenemos
que cuidar de que ellas, las imágenes, sean elaboradas y utilizadas de tal
forma que no nos saquen de la realidad para sumergirnos en un mundo imaginario
y engañoso. La novela, por su propia naturaleza, es ficción y como tal, un
mecanismo evasivo de la realidad. Por lo tanto, en el caso de que utilicemos
ese género literario, por sentido común y en nombre de la razón, cabe hacer las
siguientes observaciones relacionadas con los modelos a los que termino de
hacer referencia.
Como principio
general, pienso que cuando se escribe cualquier tipo de novela se debe hacer de
tal forma que en ningún momento el lector confunda el mundo real con el mundo
ficción. Los buenos y buenas novelistas se distinguen de los malos, entre otras
cosas, porque nunca pervierten el orden de la realidad, de tal forma que los
lectores se sienten gratificados con la lectura de sus novelas pero nunca
confundidos o engañados. El lector de una buena novela sabe en todo momento en
qué punto de la realidad o del mundo ficción se encuentra. Es posible que durante
la lectura puedan surgir dudas, pero al final de la misma todas las dudas al
respecto quedan aclaradas. El lector cierra la novela y vuelve al mundo de la
realidad con la misma naturalidad y gozo que después de haber jugado una
partida de ajedrez se recogen las fichas y asunto terminado. O terminamos de
ver una buena película y salimos satisfechos de la sala de cine a la realidad
de la calle.
Las buenas novelas devuelven al lector a la realidad en
lugar de dejar su imaginación convertida en un nido de pájaros locos. Si,
además, el recurso al género novelesco ha sido forzado por situaciones
puntuales de falta de libertad de expresión para denunciar injusticias o
defender derechos, por mucho que la novela nos parezca irreal y fruto de la
fantasía, al final nos devuelve a la realidad cruda de la vida. En este sentido
los casos arriba mencionados son realmente ejemplares. El autor del
Apocalipsis, por ejemplo, por más que su lenguaje nos pueda parecer a nosotros
ininteligible y desconcertante por la artillería imaginaria utilizada, contiene
una tesis sobre Cristo y la Iglesia que no podía explicar con lenguaje
corriente a sus destinatarios por la falta de libertad de expresión vigente
bajo un régimen político represivo. Sus destinatarios no fueron engañados sino
informados de la única manera que era posible en aquellas circunstancias
lamentables. En cualquier caso, lo ideal es que nunca sea necesario tener que
recurrir al género apocalíptico. No es un género literario que favorezca al uso
de la razón y la comprensión deseable entre las personas normales.
Tratándose de novelas
históricas, los buenos autores delimitan con maestría lo que se ha de tomar
como históricamente verdadero y lo que es fruto de su imaginación creativa. De
todos modos el riesgo de que el lector se pierda y no sepa dónde termina lo
real de su relato y empieza lo ficticio o fruto de su imaginación, es
constante. Hay autores que son incapaces de escribir un relato histórico sin
inventar situaciones o acontecimientos que nunca tuvieron lugar. Cuando se les
pregunta por tal o cual personaje en acción responden con una sonrisa o
simplemente confiesan que les pareció oportuno introducirlos por razones
literarias.
Yo tuve un profesor que tenía este “vicio” de novelar la
realidad. Le encargaron que escribiera una biografía y la escribió
literariamente tan bien que los lectores la tomaron en gran parte por novela.
Luego publicó un libro histórico, como testigo de excepción de la segunda
guerra mundial en Filipinas con el mismo estilo novelado. Este género literario
no ayuda a clarificar las cosas y, por lo mismo, nos aleja de la realidad. Por
lo mismo, huelga decir que en nombre del uso de la razón no es un género aconsejable
en la medida en que no se facilita al lector la posibilidad de discernir entre
lo que se relata como algo real y distinto de lo que se relata como producto de
la imaginación
Este defecto, en cambio, no tiene lugar en El Quijote. La primera impresión de esta
obra genial puede ser de humor. Hay quienes la leen como divertimiento. ¡Y vive
Dios que hay en ella relatos divertidos! Pero a medida que se entra en materia
con su lectura pronto nos damos cuenta de que se trata de una obra llena de
sabiduría de la vida real expresada con mucha imaginación y buen gusto
estético. Y todo ello para persuadirnos a no perder el uso de la razón leyendo
libros que nos alejan de la realidad. D. Miguel de Cervantes escribió su gran
novela para decirnos que no huyamos de la realidad. Y lo que es más admirable.
Si hemos tenido la desgracia de contaminar nuestra mente con imágines falsas de
la realidad, cabe siempre pensar que, mientras hay vida hay esperanza. D.
Quijote, el personaje central de la gran novela, perdió el uso de la razón pero
al final de su vida recobró la razón y la cordura. Este es un mensaje
consolador transmitido en una novela realmente “ejemplar”, porque no sólo no
nos aleja de la realidad sino que nos acerca más a ella de una manera seria,
grata y divertida al mismo tiempo.
Lo mismo cabe decir de Giovanni Guareschi y George
Orwell. Cualquiera que haya conocido la situación de la “Europa libre” al final
de la segunda guerra mundial leerá Don
Camilo con verdadera fruición sin engañarse en ningún momento. El alcalde
Peppone y el cura párroco D. Camilo son presentados de forma exagerada y hasta
ridícula en muchos casos, pero nunca de forma que el lector pierda el sentido
de la estúpida realidad social y política de fondo que motivó la novela. El
lector pronto se da cuenta de que la voz imaginaria de Cristo desde el
crucifijo de la iglesia parroquial es la voz de la razón del propio Guareschi.
Nos encontramos ante una novela crítica de signo político en un contexto de
libertad de expresión. No hay en ella confusión entre lo real e imaginario y,
por lo mismo, puede ser considerada como una obra maestra en su género.
El contexto real e histórico de La rebelión en la granja de Orwell fue distinto. Ahora nos
encontramos ante una completa fábula en la que el autor se refugia para
denunciar el despotismo del comunismo estalinista en un momento en el que tal
denuncia podía dar lugar a una represión imprevisible. Tiene el gran mérito de
describir en clave de novela una realidad política y social de forma breve y realista.
Cualquiera que haya conocido la estructura y los métodos del régimen comunista
soviético verá reflejada en la novela aquella triste realidad. En La
rebelión en la granja no hay lugar
para el divertimiento o la hilaridad. La realidad que de forma fabulada se
describe es tan cruda que no deja lugar ni al humor ni al divertimiento; es una
realidad pura y dura a más no poder.
El inconveniente de este tipo de novelas no es que nos
alejen de la realidad sino que, con el paso del tiempo, las personas que no
conocieron aquellas situaciones o contextos políticos y sociales, encontrarán
dificultad para entender su verdadero significado. Los lectores necesitan tener
una preparación histórica específica. Nos pasa lo mismo que con el estilo
apocalíptico. Los destinatarios inmediatos de estos libros los entendieron sin
hacer mucho esfuerzo mientras que las generaciones posteriores necesitamos
estudiarlos en profundidad para descifrar su contenido real.
CONCLUSIÓN
La conclusión principal de este breve discurso es que
hemos de cuidar mucho el uso de los géneros literarios para no alejarnos de la
realidad y ser víctimas de nuestros sueños, sentimientos, deseos primarios y
fantasías. No hay tiempo mejor empleado que aquel que dedicamos a conocer la
realidad directamente tal como es, en lugar de huir de ella embarcados en
nuestra imaginación y fantasía como quien vive huyendo de su propia sombra.
En la era denominada de la “posverdad”, la necesidad de
mantenernos lo más cerca posible de la realidad es más apremiante que nunca por
el simple hecho de que las apariencias y las mentiras se presentan como
verdades envueltas en fascinantes mentiras prefabricadas y mediáticamente
empaquetadas. Aquello de que “no es verdad lo que nos dicen” se ha volteado
semánticamente de tal manera que hoy día muchos prefieren decir sin pudor y con
añoranza: no es mentira todo lo que nos presentan como verdad.
Lo deseable para estas personas no es la verdad objetiva de
las cosas y de los acontecimientos, sino la mentira prefabricada y
comercializada desde las instancias del poder político y financiero. En la era
de la posverdad se ha pervertido el
orden de los valores y la verdad cede fácilmente su primacía a las mentiras
literariamente revestidas de falsedad. De ahí la necesidad de manejar
responsablemente los géneros literarios para no salirnos de la realidad y
evitar caer en el abismo de las trapacerías lingüísticas y de las mentiras
institucionalizadas.
NICETO
BLÁZQUEZ, O.P.
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